La Argentina, o La conquista del Rio de La Plata. Poema histórico
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Title: La Argentina, o La conquista del Rio de La Plata. Poema histórico
Author: Martín del Barco Centenera
Contributor: Pedro de Angelis
Release date: May 3, 2008 [eBook #25317]
Language: Spanish
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[Nota del transcriptor: la ortografía del original fue conservada; no
ha sido corregida ni actualizada.]
LA
ARGENTINA,
O LA
CONQUISTA DEL RIO DE LA PLATA,
POEMA HISTÓRICO
POR EL
ARCEDIANO D. MARTIN DEL BARCO
CENTENERA.
BUENOS-AIRES.
IMPRENTA DEL ESTADO.
1836.
* * * * *
DISCURSO PRELIMINAR
AL MARQUES DE CASTEL RODRIGO
LA ARGENTINA.
* CANTO PRIMERO.
* CANTO SEGUNDO.
* CANTO TERCERO.
* CANTO CUARTO.
* CANTO QUINTO.
* CANTO SEXTO.
* CANTO SEPTIMO.
* CANTO OCTAVO.
* CANTO NONO.
* CANTO DECIMO.
* CANTO UNDECIMO.
* CANTO DUODECIMO.
* CANTO DECIMO-TERCIO.
* CANTO DECIMO-CUARTO.
* CANTO DECIMO-QUINTO.
* CANTO DECIMO-SEXTO.
* CANTO DECIMO-SEPTIMO.
* CANTO DECIMO-OCTAVO.
* CANTO DECIMO-NONO.
* CANTO VIGESIMO.
* CANTO VIGESIMO-PRIMERO.
* CANTO VIGESIMO-SEGUNDO.
* CANTO VIGESIMO-TERCIO.
* CANTO VIGESIMO-CUARTO.
* CANTO VIGESIMO-QUINTO.
* CANTO VIGESIMO-SEXTO.
* CANTO VIGESIMO-SEPTIMO.
* CANTO VIGESIMO-OCTAVO.
TABLA
NOTAS
* * * * *
DISCURSO PRELIMINAR
A LA
ARGENTINA DE BARCO CENTENERA.
Cuando salió á luz este poema sobre la conquista del Rio de la Plata,
las musas castellanas habian desplegado, en las obras de Garcilaso,
Herrera y Luis de Leon, un estilo culto y elegante. Ni la lucha
intestina de Fernando el Catòlico contra los Moros, ni las guerras
exteriores de su sucesor Carlos V, fueron bastantes à detener los
progresos de las letras, que sin proteccion y estìmulo florecieron en el
reinado sombrío é inquisitorial de Felipe II. El gusto de la literatura
italiana, que à mediados del siglo XVI. se habia generalizado en España,
y el verso endecasilabo, introducido por Boscan, pusieron en voga à los
grandes modelos que se ilustraron en la epopeya, y Ariosto, Camoens, y
Taso, tuvieron sus émulos è imitadores.
Mientras que Zapata, Urrea y Samper celebraban à porfia las glorias de
Carlos V, Pinciano escribia el _Pelayo_; Cueva, la _Conquista de la
Bética_; Hojeda, la _Cristiada_; Mosquera y Zamora, la _Numantina_ y la
_Saguntina_; y el fèrtil è inagotable Lope de Vega, la _Dragontea_, el
_Isidro_ y la _Jerusalen_. Entre tantos ensayos desgraciados, ocupaba un
lugar eminente el poema de D. Alonso de Ercilla, que al relatar los
sucesos de Arauco, podia decir como Enea
_quorum pars magna fui_.
El mismo objeto se propuso D. Martin del Barco Centenera en su
_Argentina_, en que describiò los acontecimientos que presenciaba, sino
con toda la escrupulosidad de un historiador, almenos con un fondo de
candor que le grangea crédito y confianza. Nació en Logrosan, en el
partido de Trujillo en Extremadura, cerca del año de 1535, cuando se
fundò por primera vez Buenos Aires, de la que estaba destinado á cantar
la reedificacion. Abrazò el estado eclesiástico, y en clase de capellan
acompañò la expedicion que, en 1572, saliò del puerto de San Lucar, bajo
los auspicios del Adelantado Juan Ortiz de Zárate. La descripcion de
este viage, una de las partes mas interesantes del poema, los amagos de
una tempestad, y los estragos del hambre que estallò en Santa Catalina,
son pinturas animadas de los incidentes de una larga navegacion.
En los veinticuatro años que pasò en Amèrica, el deseo de observar
tantos objetos nuevos y curiosos, le hizo tomar parte en varias
empresas, en las que arrostrò grandes peligros, siendo testigo de
infinitas desgracias: y al cuidado que tuvo de relatarlas debemos las
únicas memorias que nos quedan de un perìodo importante en la conquista
de estas regiones. Acompañó á Melgarejo y á Garay en casi todas sus
expediciones, y, segun parece indicarlo, fué uno de los que concurrieron
à la fundacion de Buenos Aires en 1580.[1]
De todas las privaciones que sufrió, la que mas le molestò fué el
hambre. Sus efectos fueron sobre todo terribles en Santa Catalina, donde
á los horrores de una escasez absoluta se agregaron los de una crueldad
refinada en los gefes, que enviaban al cádalso á los que luchaban con la
muerte por falta de alimentos. El autor deplora estos rigores culpables;
porque
La cosa á tal extremo habia llegado
Que carne humana ví que se comia.[2]
El mismo tuvo que echar mano de lagartijas, que no le parecieron tan
sabrosas como ciertos gusanos que comiò despues en las márgenes del rio
Huybay. Los habia de dos especies, y se criaban en cañas mas corpulentas
que los _robles_:
En muy poco difieren sus sabores:
Estando el uno y otro derretido,
Manteca fresca á mi me parecia;
¡Mas sabe Dios el hambre que tenia![3]
En uno de estos apuros tuvo que usar de su influjo para tranquilizar la
conciencia de una muger, que habia hurtado un perro sin atreverse à
echar mano de él. Este episodio puede servir á dar una idea del génio
festivo del poeta.
Viniendo de la iglesia una mañana
Que habia sacrificio celebrado,
Una comadre mia, Mariana,
De su pequeña choza me llamaba
En una isla, dó antes la tirana
Le habia á su marido sepultado:
Y oid lo que me dice muy gozosa,
Aunque del hecho suyo recelosa.
Un solo perro habia en el armada,
De gran precio y valor para su dueño:
Llamado, entró ese dia en su posada,
Mas nunca mas salió de aquel empeño;
Porque ella le mató de una porrada,
Al tiempo del entrar, con un gran leño.
Mostrándolo, me dice: _¿Qué haremos_?
Yo dije:--_Asad, Señora, y comeremos_.
Estos lances de la vida estàn descritos en un estilo fácil y natural,
que es el tono ordinario del poeta; sin que le falte vigor para
elevarse, cuando su alma se halla profundamente conmovida. Si no fuera
por no multiplicar citas, reproduciriamos varios trozos que nos parecen
dignos de competir con los modelos mas acabados de la poesia castellana.
Sirva de egemplo la octava, en que describe el hambre que asaltó à los
compañeros de D. Pedro de Mendoza en Buenos Aires:
Comienzan á morir todos rabiando,
Los rostros y los ojos consumidos.
A los niños que mueren sollozando
Las madres les responden con gemidos:
El pueblo sin ventura lamentando
A Dios envia suspiros dolorosos:
Gritan viejos y mozos, damas bellas
Perturban con clamores las estrellas.[4]
Estos versos son tiernos, pero mas llenos de sensibilidad son los que le
inspira la muerte de su compatriota Ana de Valverde.
Llore mi musa y verso con ternura
La muerte de esta dama generosa;
Y llórela mi tierra, Extremadura,
Y Castilla la Vieja perdidosa:
Y llore Logrosán la hermosura
De aquesta dama bella, tan hermosa,
Cual entre espinas, rosa y azucena,
De honra y de virtudes tan bien llena.
Las Argentinas Ninfas, conociendo
De aquesta Ana Valverde la belleza,
Sus dorados cabellos descojendo,
Envueltas en dolor y gran tristeza,
Estan á la fortuna maldiciendo,
Las flechas y los dardos, la crueza
Del indio Mañuá, que así ha robado
Al mundo de virtudes un dechado.[5]
No es nuestro propósito exagerar el mérito poético de la _Argentina;_ y
mas bien quisiéramos que quedase reducido à lo que es puramente
indispensable para no fastidiar al lector que la consulta como monumento
histórico de la época á que pertenece. Cuando se considera que los
acontecimientos de un perìodo, que comprende toda la administracion de
Garay y la de su sucesor Mendieta, no tienen mas historiador que un
poeta, se siente la necesidad de acreditar, que
.........aunque su musa en verso canta,
Escribe la verdad de lo que ha oido
Y visto por sus ojos y servido.[6]
Este empeño en que se constituyò voluntariamente el autor, justifica su
principal defecto, que es cierto aire prosaico, que es natural que
prevalesca en una obra, despojada del brillante cortejo de las
ficciones. Quítese todo lo que hay de fantàstico en los grandes poemas
épicos, antiguos y modernos:--bórrense de la Eneida, de la Jerusalen y
de la Lusiada, las pinturas de los Campos Eliseos, de los palacios y de
las islas encantadas que tanto nos arrebatan, y no quedará mas que una
fria narracion del viage de Eneas, de las guerras de Palestina y de la
navegacion de Vasco de Gama.
Esta especie de _crónicas rimadas_ tienen todos los vicios de los
gèneros bastardos, cuyo carácter ambiguo es el mayor obstàculo à su
perfeccion. Moratin en una de sus mejores sàtiras se declara contra esta
clase de escritores, à los que dirige irònicamente los siguientes
consejos.
Sigue la historia religiosamente,
Y conociendo á la verdad por guia,
Cosa no has de decir que ella no cuente.
No fingas, no; _que es grande picardia_:
Refiere sin doblez lo que ha pasado,
Con nimiedad escrupulosa y pia;
Y en todo cuanto escribas ten cuidado
De no olvidar las fechas y las datas,
_Que así lo debe hacer un hombre honrado_.[7]
Pero Moratin habla como poeta, y no piensa que pueda haber una sociedad
que busque, en las pocas memorias coevas, tradiciones ciertas de su
infancia: porque en este caso los defectos que ridiculiza le hubieran
parecido otras tantas recomendaciones. Si algo falta al autor de la
Argentina es la _nimiedad escrupulosa_, que tanto desagrada al Terencio
español.
Aun así, la autoridad de Centenera ha sido de tanto peso para sus
sucesores, que hasta han adoptado sus fábulas; y si por mucho tiempo se
ha creido en las _Sirenas_, en los _Carbunclos_ y en otras patrañas del
mismo quilate, es porque él aseguró que los habia visto con sus propios
ojos.
Los servicios que prestò en la conquista de estas provincias, mas reales
que estos juegos de una imaginacion acalorada, le merecieron el titulo
de arcediano de la Asumpcion, en cuyo caràcter acompañó à Fray Alonso
Guerra (recien promovido à la silla episcopal del Paraguay), al concilio
convocado en Lima en 1582, por el Arzobispo Melgarejo, mas conocido en
los fastos de la iglesia bajo el nombre de _Santo Toribio_ con que fué
canonizado.
Para introducir alguna variedad en la relacion de estas tareas, pinta la
hermosura y el lujo de las damas limeñas, de las que hace un retrato
seductor.
Por las calles y plaza y las ventanas
Se ponen, que es contento de mirarlas,
Con ricos aderezos muy galanas,
Y pueden los que quieren bien hablarlas.
No se muestran esquivas ni tiranas,
Que escuchan á quien quiere requebrarlas:
Y dicen só el rebozo chistecillos,
Con que engañan á veces los bobillos.[8]
En estos episódios, y en los que le ministran los acometimientos de
Drake y Candish, acaba su poema, imitando en esto à Ercilla, que tambien
se distrae en describir las batallas de San Quintin y Lepanto.
Centenera, que no ponia mucha importancia en conservar la unidad del
poema, estuvo tentado de tratar de las guerras de Chile; y si no lo
hizo, no fué por respeto à los preceptos de Aristóteles, sino por el que
le inspiraba el mérito de la Araucana. El elógio que hace de Ercilla es
honroso para entrambos.
Y pues que á Chile cupo tal belleza
De pluma, de valor, de cortesia,
No es justo que se atreva mi rudeza
Decir de Chile cosa: que seria
Muy loca presumpcion y gran simpleza
Meter hoz en la mies no siendo mia.[9]
Su morada en Lima, y la obligacion de sostener con decoro su rango,
agotaron su peculio y lo dejaron sumido en la indigencia. Acostumbrado à
vivir en la mediocridad, hubiera sobrellevado con resignacion esta
desgracia, si hubiese podido renunciar igualmente al deseo de volver á
su patria. Esta idea, que se habia apoderado de su espíritu, lo dispuso
á la tristeza; y se hallaba en el mayor abatimiento, cuando
La Inquisicion le hizo comisario,
Y el Obispo de Charcas su vicario.[10]
En estas nuevas funciones pasó los ùltimos años de su residencia en
Amèrica, hasta que en 1596 se resolvió á regresar á Europa. Al deseo de
reunirse à su familia debiò agregarse el de dar publicidad á su poema,
siendo imposible que lo verificase en Amèrica, donde aun no habia
penetrado el arte tipográfico. Desembarcó en Lisboa, en donde dió á luz
la _Argentina_, en 1602, bajo los auspicios del Marques de Castel
Rodrigo, que gobernaba entonces el Portugal, à nombre de Felipe III:
otra edicion publicó Barcia en el tercer tomo de sus _Historiadores
primitivos de las Indias occidentales_; y ambas tan llenas de errores,
que bastaria esta circunstancia á justificar su reimpresion.
Los ejemplares de que nos hemos valido, nos han sido franqueados, con su
acostumbrada liberalidad, por el Sr. Canònigo Dr. D. Saturnino Segurola;
y no creemos que se halle en Buenos Aires otra copia de la edicion de
Lisboa. La que cita Pinelo[11], del año de 1631, si existe, debe ser
mucho mas rara que la primera; puesto que ha quedado ignorada á los
demas bibliògrafos.
El juicio de Azara, sobre el autor de la _Argentina_, no solo es severo,
sino injusto: porque de todos los cargos que se le pueden hacer, el que
nos parece mas infundado es, _no haber puesto el menor cuidado en
averiguar la verdad de los hechos_.[12]
Ciertamente, no son exactos todos los que alega; pero este defecto
parcial, y excusable, por ser comun à todos los escritores de aquel
siglo, no le quitan el mérito de habernos transmitido con fidelidad
muchas noticias que ignorariamos sin èl; en lo que no puede menos de
convenir el mismo Azara.[13]
Tambien se equivoca cuando dice que la _Argentina_ comprende los
acontecimientos de la conquista de estas provincias, hasta el año de
1581: porque en el canto XXIV se describen minuciosamente las
circunstancias de la muerte de Garay, que acaeció en 1584; y en el
ùltimo se habla de la victoria de los portugueses sobre Candish, que
corresponde al año de 1592.
Una segunda parte, de la que se ocupaba el autor cuando publicó su
poema[14], quedó interrumpida por su muerte, que lo acometiò poco
despues, en una edad avanzada, y fuera de su patria, adonde habia
deseado tanto volver.
_Buenos Aires, Junio de 1836._
=PEDRO DE ANGELIS.=
AL MARQUES DE CASTEL RODRIGO,
_Virey, Gobernador y Capitan General de Portugal, por el Rey D. Felipe
III, Nuestro Señor._
D. MARTIN DEL BARCO CENTENERA,
ARCEDIANO DEL RIO DE LA PLATA.
Habiendo considerado y revuelto muchas veces en mi memoria el gran gusto
que recibe el humano entendimiento con la lectura de los varios y
diversos acaecimientos de cosas, que aun por su variedad es la
naturaleza bella; y que aquellas amplísimas provincias del Rio de la
Plata estaban casi puestas en olvido, y su memoria sin razon
obscurecida, procuré poner en escrito algo de lo que supe, entendì y vì
en ellas, en veinticuatro años que en aquel nuevo orbe peregrinè:--lo
primero, por no parecer al malo é inutil siervo que abscondiò el talento
recibido de su señor:--lo segundo, porque el mundo tenga entera noticia
y verdadera relacion del Rio de la Plata, cuyas provincias son tan
grandes, con gentes tan belicosas, animales y fieras tan bravas, aves
tan diferentes, víboras y serpientes que han tenido con hombres
conflicto y pelea, peces de humana forma, y cosas tan exquisitas, que
dejan en éxtasis à los ánimos de los que con alguna atencion las
consideran.
He escrito, pues, aunque en estilo poco pulido y menos limado, este
libro, á quien intitulo y nombro _Argentina_, tomando el nombre del
subjecto principal que es el Rio de la Plata; para que V. E., si acaso
pudiera tener algun rato como que hurtado à los necesarísimos y graves
negocios de tan grande gobierno como sus hombros tienen, pueda con
facilidad leerle, sin que le dè el disgusto y fastidio que de las largas
y prolijas històrias se suele recibir; y héme dispuesto à presentarla y
ofrecerla á V. E., como propia suya; pues, segun derecho, los bienes del
siervo son vistos ser del señor.
Y así confio que, puesto en la posesion del amparo de V. E., cobrará
nuevo ser y perpetuo renombre mi trabajo; y pido à Dios te siga solo
haber acertado á dar à V. E. algun pequeño contento con este mi
paupèrrimo servicio: lo que será para mi muy aventajado prémio, y
crecerán en mì las alas de mi flaco y débil entendimiento para volar,
aspirando siempre à cosas mas altas y mayores: enderezadas todas à su
fin debido, que es el servicio de Dios, de S. M. y de V. E., à quien
Dios nos guarde por largos y felicísimos tiempos, para el buen gobierno
y amparo de este reino, y como yo siervo y perpetuo capellan de V. E.
deseo.
De LISBOA, 10 de Mayo de 1601.
LA ARGENTINA.
CANTO PRIMERO.
_En que se trata del órigen de los Chiriguanas ó Guaranís, gente
que come carne humana, y del descubrimiento del Rio de la Plata._
Del indio Chiriguana encarnizado
En carne humana, orìgen canto solo.
Por descubrir el ser tan olvidado
Del Argentino reino, ¡gran Apolo!
Envìame del monte consagrado
Ayuda con que pueda aquí, sin dolo,
Al mundo publicar, en nueva historia,
De cosas admirables la memoria.
Mas ¡qué digo de Apolo, Dios eterno!
A vos solo favor pido y demando.
Què mal lo puede dar en el infierno
El que en continuo fuego está penando.
Haré con vuestra ayuda este cuaderno,
Del Argentino reino recontando
Diversas aventuras y estrañezas,
Prodigios, hambres, guerras y proezas.
Tratar quiero tambien de sucedidos
Y estraños casos que iba yo notando.
De vista muchos son, otros oidos,
Que vine à descubrir yo preguntando.
De personas me fueron referidos
Con quien comunicaba, conversando
De cosas admirables codicioso,
Saber por escribirlas deseoso.
Perú de fama eterna y estendida
Por sus ricos metales por el mundo;
La Potosì imperial ennoblecida,
Por tener aquel cerro tan rotundo;[15]
La tucumana tierra bastecida[16]
De cosas de comer, con el jocundo
Estado del Brasil, daràn subjecto
A mi pluma que escriba yo prometo.
Que aunque en esta obra el fundamento
Primero y principal, Rio de la Plata,
Y así es primero su descubrimiento;
Con todo no serà mi pluma ingrata:
Que aquí pintarà al vivo lo que siento
Del nuevo orbe al Marques Mora:[17] y si trata
Contrario à la verdad, yo sea borrado
De su libro, y à olvido condenado.
Tambien dirè de aquel duro flagelo,
Que Dios al mundo diò por su pecado,
El Drake que cubrió con crudo duelo[18]
Al un polo y al otro en sumo grado.
Trataré de castigos, que del Cielo
Parece nuestro Dios nos ha enviado:
Temblores, terremotos y señales
Que bien pueden juzgarse por finales.
En todo hallará bien, si lo quisiere,
A su gusto el lector, gusto sabroso.
Y guste lo que mas gusto tuviere,
Y deje lo sin gusto y disgustoso.
Hará al fin lo que mas gusto le diere:
Què esto de escribir es azaroso.
En nombre de Jesus comienzo agora,
Y de la Vírgen para Emperadora.
Despues del gran castigo y gran justicia,
Que hizo nuestro Dios Omnipotente,
Por ver como crecia la malicia
Del hombre que compuso sabiamente,
Habiendo recibido la propicia
Señal del amistad, Noé prudente,
De Japhet, hijo suyo, así llamado,
Tubal nació valiente y esforzado.[19]
Aqueste fué el primero que en España
Pobló: pero despues viniendo gentes
Con la de aqueste Tubal y otra estraña
Mas, del mismo Noè remanecientes,
España se pobló, y tanta saña
Creció entre unos hombres muy valientes
Tupìs, que por costumbre muy tirana
Tomaron á comer de carne humana.
Creciendo en multitud por esta tierra
Estremadura bella, aquesta gente
De tan bestial designio y suerte perra,
Por atajar tal mal de incontinente
Hicieron los Ricinos grande guerra[20]
Contra aquestos caribes fuertemente;
En tiempo que no estaba edificada
La torre de Mambrós tan afamada.[21]
Ni menos el alcazar trujillano,
En que vive la gente trujillana:
Ni la puente hermosa, que el Romano
En Merida nos puso á Guadiana.
Ni habia comenzado el Lusitano,[22]
Que habita en la provincia comarcana.
Empero habia Ricinos en la tierra,
Muy fuertes y valientes para guerra.
Aquestos son nombrados Trujillanos;
Cual pueblo _Castrum Julii_ fuè llamado:[23]
Qué cuando le poblaron los Romanos
El nombre de su Cèsar le fuè dado.
Fronteros de estas tierras los profanos
De aquel designio pèrfido, malvado,
Caribes inhumanos habitaban,
Y toda la comarca maltrataban.
Corriendo las riberas del gran Tajo,
Y à veces por las sierras de Altamira,[24]
Ponian en angustia y en trabajo
La gente con su rabia cruda y dira.
No dejan cosa viva: que de quajo,
Cuanto puede el Caribe, roba y tira;
A cual quitan el hijo y los haberes,
Y á otros con sus vidas las mugeres.
Vistos por los Ricinos trujillanos,
Con ánimo invencible belicoso,
Contra aquellos caribes inhumanos
Formaron campo grande y poderoso.
Venido este negocio ya á las manos,
De entre ambas partes fuè muy sanguinoso:
Mas siendo los caribes de vencida,
Las reliquias se ponen en huida.
Espulsos de la tierra, fabricaron
Las barcas y bateles que pudieron,
Y à priesa muchos de estos se embarcaron
Y sin aguja al viento velas dieron.
A las furiosas aguas se entregaron,
Y asì de Estremadura se salieron;
Y à las islas, que dicen Fortunadas,
Aportan con sus barcas destrozadas.
Platon escribe y dice, que solia
El mar del norte, Atlàntico llamado,
Ser islas lo mas de él, y se extendia
La tierra desde España en sumo grado.
Y que en tiempos pasados se venia
Por tierra mucha gente; y se han llamado
Las islas Fortunadas que quedaron,
Cuando otras del mar Norte se anegaron.[25]
Y asì à muchos pilotos yo he oido,
Que navegando han visto las señales
Y muestras de edificios que han habido,[26]
(Cosas son todas estas naturales,
Que bien pueden haber acontecido)
Por donde los Tupis descomunales,
Irian facilmente à aquellas partes,
Buscando para ello maña y artes.[27]
Llegando, pues, allí ya reformadas
Sus barcas y bateles, con gran pio,
Tornàronse à entregar á las hinchadas
Ondas del bravo mar á su albedrío.
Las barcas iban rotas, destrozadas,
Cuando tomaron tierra en Cabo Frio,
Que es tierra del Brasil, yendo derecho
Al Rio de la Plata y al Estrecho.
Comienzan á poblar toda la tierra,
Entre ellos dos hermanos han venido.
Mas presto se comienzan à dar guerra,
Que sobre un papagayo ha sucedido.
Dejando el uno al otro, se destierra
Del Brasil, y á los llanos se ha salido.
Aquel que queda ya Tupí se llama,
Estotro Guaranì de grande fama.[28]
Tupì era el mayor y mas valiente,
Y al Guaraní menor dice que vaya
Con todos sus soldados y su gente,
Y que él se quedará allí en la playa.
Con la gente que tiene incontinente
El Guaraní se parte y no desmaya:
Que habiendo con su gente ya partido,
La tierra adentro y sierras ha subido.
Pues estos dos hermanos divididos,
La lengua guaranì han conservado:
Y muchos que con ellos son venidos,
En partes diferentes se han poblado,
Y han sido en los lenguages discernidos,
Que por distancia nadie ha olvidado.
Tambien con estos otros, aportaron,
Que por otro viage allà pasaron.
Mahomas, Epuaes y Calchines,
Timbues, Cherandies y Beguaes,
Agaces, y Nogoès, y Sanafines,
Maures, Tecos, Sansones, Mogoznaes.
El Paranà abajo, y à los fines
Habitan los malditos Charruaes,
Naues y Mepenes, Chiloazas:
A pesca todos dados y à las cazas.
Los nuestros Guaranís, como señores,
Toda la tierra cuasi dominando,
Por todo el Paraná, y alrededores
Andaban crudamente conquistando.
Los brutos, animales, moradores
Del Paraguay, sugetan à su mando.
Poblaron mucha parte de esta tierra,
Con fin de dar al mundo cruda guerra.
Poblando y conquistando han alcanzado
Del Perú las nevadas cordilleras;
A cuyo piè ya tienen subyugado
El rio Pilcomayo y sus riberas.[29]
Muy cerca de la sierra han sugetado,
A gente muy valientes y guerreras
En el rio Condorillo y Yesuì,
Y en el grande y famoso Guapaí.
Una canina rabia les forzaba
A no cesar jamas de su contienda.
Qué el Guaraní en la guerra se hartaba,
(Y así lo haria hoy, sin la rienda,
Que le tenemos puesta), y conquistaba,
Sin pretender mas oro, ni hacienda,
Que hacerse como vivas sepulturas
De símiles y humanas criaturas.
Que si mirar aquesto bien queremos,
Caribe dice, y suena sepultura
De carne: que en latin _caro_ sabemos
Que carne significa en la lectura.
Y en lengua guaranì decir podemos
_Ibí_, que significa compostura
De tierra, dó se encierra carne humana:
Caribe es esta gente tan tirana.
Teniendo, pues, la gente conquistada,
En mil parages se poblaron de hecho.
El Guaraní con ansia acelerada
A los Charcas camina muy derecho.
La cordillera y sierra es endiablada:
Parece le será de gran provecho
Parar aquì, y hacer asiento y alto,
Con fin de allí al Perù hacer asalto.
Muy largos tiempos y años se gastaron,
Y muchos descendientes sucedieron,
Desde que los hermanos se apartaron.
De Tupì en el Brasil permanecieron
Tupìes, y destotros que pasaron
Guaranìes se nombran, y así fueron
Guerreros siempres aquestos en la tierra,
Que el nombre suena tanto como guerra.[30]
Aquestos Guaraníes se han mestizado
Y envuelto con mil gentes diferentes,
Y el nombre Guaranì han renunciado,
Tomando otro por casos y accidentes.
Allà en las cordilleras, mal pecado,
Chiriguanaes se dicen estas gentes,
Que por la poca ropa que tenian,
De frio muchos de ellos perecian.
La costa del Brasil es muy caliente,
Y el Paraguay y toda aquella tierra.
Camina aquesta gente del oriente,
Y para en las montañas y la sierra,
Caminando derechos al poniente,
Haciéndoles el frio cruda guerra.
Que mal puede el desnudo en desafio
Entrar y combatirse con el frio.
Llegaron, pues, al fin á aquel parage
Dó el frio les hizo guerra encarnizada,
Y frio _chiri_ suena en el lenguage
Del Inga, que es la lengua mas usada;
_Guana_ es escarmiento de tal trage.
Aquesta gente iba mal parada,
Y el frio que tomaron, escarmiento
Fué para el Chiriguana y cognomento.[31]
En este tiempo ya habian venido
Por otra parte y via al Perú gentes:
Por ser tan exquisitos, no he querido
Sus nombres referir tan diferentes.
En una lengua muchos se han unido,
Que es _quichua_, y los hidalgos y valientes,
De aqueste nombre Inca se han jactado,
Y à todos los demas han sugetado.
Estando de esta suerte apoderados
Los Incas, los Pizarros allegaron,
Y siendo del Perù bien enterados,
La tierra en breve tiempo conquistaron.
Los Guaranís sus dientes acerados
Alegres con tal nueva aparejaron,
Pensando que hartarian sus vientres fieros,
De la sangre de aquellos caballeros.
El corazon pedia la venganza
De sus pasados padres, que habian sido
De la tierra Estremeña à espada y lanza
Expulsos, como arriba habeis oido.
Mas viendo de Pizarro la pujanza,[32]
Temieron de pasar; y así han tenido
Por seguros los montes despoblados,
Sin ser á gente humana sugetados.
De allí hacen hazañas espantosas,
Asaltos, hurtos, robos y rapiñas,
Contra generaciones belicosas,
Que estan al rededor circunvecinas.
En sus casas estan muy temerosas,
Como unas humillisimas gallinas,
Con sobrado temor noche y mañana,
Temiendo de que venga el Chiriguana.
Usan embustes, fraudes y marañas,[33]
Tambien tienen esfuerzo y osadía,
Y así suelen hacer grandes hazañas,
Que arguyen gran valor y valentía.
A aquestos ví hacer cosas estrañas
En tiempo que yo entre ellos residía:
Y el que no me quisiere á mi escuchallo,
Al de Toledo vaya á preguntallo.
Dejemos esto agora:--navegando
Magallanes tambien vino derecho,
La costa del Brasil atras dejando
En busca fuè y demanda del Estrecho.
Salió del mar del sur atravesando,
Y hàllase contento y satisfecho,
Y al mundo dà una vuelta con Victoria,
Ganando en este caso fama y gloria.
Despues à los quinientos y trece años,
Contados sobre mil del nacimiento
De aquel que padeció por nuestros daños,
Dió Juan Diaz de Solìs la vela al viento,
Al Paraná aportò, dó los engaños,
Del Timbú le causaron finamiento,
En un pequeño rio de grande fama,
Que á causa suya de _Traicion_ se llama.
Por piloto mayor de Magallanes
Al Estrecho venido aqueste habia;
No harto de pasar penas y afanes,
La conquista á D. Carlos le pedia.
Entró el rio arriba con desmanes,
Hasta que ya el postrero le venia,
En que su alma del cuerpo se desata,
Poniendo al Paraná nombre de Plata.[34]
No fué sin causa, creo, de secreto,
Y señal de misterio y buen agüero.[35]
Aunque es así que todo está sugeto
Al divino juicio verdadero,
Y aunque usó este nombre por respeto,
Que vido cierta plata allí primero,
Yo entiendo que ha de haber grande tesoro
Algun tiempo de plata allí y de oro.
La muerte pues de aqueste ya sabida,
El gran Carlos envia al buen Gaboto,[36]
Con una flota al gusto proveida.
Como hombre que lo entiende y que es piloto.
Entró en el Paraná, y ya sabida
La mas fuerza del rio le ha sido roto
Del Guaraní, dejando fabricada
La torre de Gaboto bien nombrada.
Algunos de los suyos se escaparon
De aquel río Timbus dó fué la guerra,
Al rio San Salvador despues bajaron,
Donde la demas gente estaba en tierra.
A nuestra dulce España se tornaron,
Huyendo de esta gente infiel y perra.
Mas no pone temor esta destroza
A D. Pedro Guadix y de Mendoza.
D. Pedro de Guadix, como diremos,
Despues de haber de Roma malvenido,
Cuando hubo disencion en los supremos,
El gobierno Argentino hubo pedido.
Empero algun tanto ahora descansemos,
Que no le dejaremos por olvido,
Pues su hambre rabiosa y grande ruina
Ayuda á lamentar á la Argentina.
De nuestro rio Argentino y su grandeza
Tratar quiero en el canto venidero,
De sus islas, y bosques y belleza,
Epilogo haré muy verdadero.
Ninguno en lo léer tenga pereza,
Que espero dar en él placer entero,
De cosas apacibles y graciosas,
Y dignas de tenerse por curiosas.
CANTO SEGUNDO.
_En este canto se trata de la grandeza del Rio de la Plata, del
Paraguay, y de las islas, peces, aves que hay en ellos._
La obra excelentísima y grandiosa
Arguye grande artifice y maestro:
Que no puede hacer obra preciosa
El hombre que en el arte no está diestro.
Como la creacion maravillosa
Enseña, Señor mio, el poder vuestro,
En su tanto tambien aqueste rio
Muestra grande saber y poderío.
Inmensas gracias, Dios Señor, os damos,
Pues todo á nuestra causa lo criastes;
Y á nosotros que mal os lo pagamos,
Para vuestro servicio nos formastes.
Cuanto sois, mi Señor, si bien miramos
Las cosas que en el mundo vos plantastes,
Nos da bien á entender, y la grandeza
De vuestro gran saber y la riqueza.
El rio que llamamos Argentino,[37]
Del indio _Paraná_ ó mar llamado,
De norte á sur corriendo su camino
En nuestro mar del norte entra hinchado.
Parece en su corriente un torbellino,
O tiro de arcabus apresurado.
Más con el viento sur placidamente
Se vence navegando su corriente.
De mas de treinta leguas es su boca,
Y dos cabos y puntas hace llanas.
Al tiempo que en la mar brava se emboca,
Al un cabo dos islas, como hermanas,
Estan, que cada cual parece roca.
Los Castillos se dicen, muy cercanas
Al cabo que nombré Santa Maria,
Que poco de estas islas se desvía.
Al otro cabo, Blanco le llamamos,
El cual en la mar entra mas derecho
Y mas bajo, y por esto navegamos,
Por mas seguro este otro, un poco trecho.
Despues al otro cabo nos tornamos,
El cual está á la banda del Estrecho:
Entrambas costas son muy peligrosas,
Y de futuros casos portentosas.
Pasadas estas islas de Castillos,
Adelante estan dos algo mayores:
De los Lobos se dicen, que lobillos
Como becerros hay, poco menores.
Un poco mas arriba dos islillos
Estan, nombrados islas de las Flores,
Y habiendo treinta leguas caminado,
Al puerto San Gabriel hemos llegado.
Siete islas hay en él, altas, graciosas,[38]
Un poco de la tierra desviadas,
De palmas y laureles muy copiosas,
Estan aquestas islas bien pobladas.
Aquí llegan las naves poderosas,
Como salen de España despachadas.
Frontero es Buenos Aires ya poblado,
Y del sur importuno resguardado.
De ancho nueve leguas ó mas tiene
El rio por aquí, y muy hondable.
La nave hasta aquí segura viene:
Que como el ancho mar es navegable,
Pasado este parage le conviene
Al piloto mirar el gobernable,
En la mano llevando siempre sonda,
O seguir la canal que va bien honda.
Doce leguas de aquí Martin Garcia,[39]
Una isla de este nombre está llamada:
Una legua de tierra se desvía,
Y mas de legua y media es prolongada.
A partes por el bosque está sombria,
Y á partes tierra alta y asombrada,
Don Pedro, y Juan Ortiz allí poblaron,
Y de hambre mucha gente sepultaron.
Aquí llegó Eduardo de Fontano,
El año sobre mil y los quinientos
De ochenta con mas dos, con viento sano,
Mas no supo de pueblos ni de asientos:
Que si acaso supiera el luterano
Que allí habia poblados y cimientos,
Sin duda en pesadumbre nos pusiera,
Que habia el aparejo en gran manera.
Cuatro leguas de aquí ya navegadas
Las islas de San Lázaro estan juntas,
De tierra media legua desviadas
A dó enderezan ambas sendas puntas.
Estan aquestas islas separadas,
Aunque al parecer no estan disjuntas,
Y habiendo media legua navegado,
Está el Uruguay, rio afamado.
Es rio de caudal y poderoso,
Su boca legua y media casi tiene.
Entra en este parage muy furioso,
Que de peñas y riscos altos viene.
En él entra otro rio con reposo,
Que al parecer entrando se detiene;
Al cual San Salvador llamó Gaboto,
Antes que de los indios fuese roto.
A dos leguas entra otro, que es nombrado
El Rio Negro, que _Hum_ tenia por nombre.
Aquí en nuestros tiempos se han hallado
Pescados semejantes mucho al hombre.[40]
Aquesto de pasada lo he tocado,
Ninguno de léerlo aquí se asombre,
Que, siendo Dios servido, en otro canto
Diré cosas de vista y mas espanto.
Dejemos este rio, que corriendo
De allá hácia el Brasil viene derecho;
Y en él se vienen otros mil metiendo,
Que le tienen famoso y grande hecho.
Al nuestro de la Plata revolviendo,
Desde aquí él comienza á ser deshecho,
Y en once brazas grandes se reparte,
Tirando cada cual su larga parte.
Del rio Nilo refieren escritores
Lo mismo: pero es tanta la grandeza
De aqueste y de sus brazos, que mayores
Los juzgo, que no estiman la braveza
Del Nilo en tanto grado los autores.
Y si del Nilo fuera la estrañeza
Tan grande como este, y se escríbiera,
Al mundo admiracion mayor pusiera.
En el nuestro se forman muy hermosas
Islas, de á doce leguas y mayores:
En sus tiempos muy frescas y frondosas,
Pobladas de mil rosas y de flores:
De caza y bastimentos abundosas;
En ellas Guaranís son pobladores,
Sin que alguna nacion otra se atreva
En él poblar, en ella hacer prueba.
Pasadas estas islas, torna el rio
A su primera madre acostumbrada.
De una y otra parte gran gentío
La tierra firme tiene bien poblada.
El Guaraní les manda con gran brio,
Que tiene la mas tierra sujetada:
Entre ellos Yamaudú, gran hablador,
Que se titula y nombra Emperador.
Este malvado y perro como artero,
A todos los mas indios comarcanos
Los trae á su opinion al retortero:
Y como son los indios tan livianos,
Y el pica su poquillo en hechicero,
Donde el pone los pies ponen las manos:
De suerte que si quiere hacer la guerra,
Al punto le vereis juntar la tierra.
Y no piense el que lea aquesta história
Que al falso Yamandú perecedero
Le falta quien levante su memoria,
Que en mi tiempo murió: mas su heredero
Levantar procurò su fama y gloria:
Y lo hizo en mas grado que el primero.
Así que Yamandú, es el dictado,
Y nombre que se pone el que ha heredado.
De aquelle trataremos adelante,
De sus embustes, falsos y marañas.
De cuerpo y parecer era gigante,
Y así lo demostraban sus hazañas.
Un poco tiempo fuí su doctrinante,
Teniendole en prision, á dó sus sañas
Procuré doctrinar: trabajé en vano,
Porque era muy malvado este pagano.
De aquí el rio arriba, navegadas
Ciento y veinte leguas ya del rio,
Otras islas estan tan bien pobladas
De gentiles naciones y gentío.
Timbues las mas de ellas son llamadas,
Que muy poco temor tienen al frio.
La torre de Gaboto está cercana
Y la gente llamada Cherandiana.
De allí á veinte leguas, otro asiento,
Que Santa Fé se dice, está poblado:
Garay le dió principio y fundamento,
Cuando Martin Suarez ha mandado.
Tratarse ha en otra parte aqueste cuento:
Volvamos al negocio comenzado.
El rio hace aquí muchos islones,
Poblados de onsas, tigres y leones.
Al pié de ochenta leguas adelante
El grande Paraguay entra famoso,
Con mas quietud se muestra, y mas semblante
A este rio corriendo con reposo.
El Paraná se aparta allá á levante,
De á dó corre con fuerza muy furioso;
Del norte corre el otro, consumiendo
Las aguas que el Perú viene virtiendo.
Entrando el Paraná está Santa Ana,
De Guaranís provincia bien poblada.
Es tierra aquesta firme buena y llana,
Que mucha de la dicha es anegada.
Empero esta enjuta es muy galana,
De nuestros españoles conquistada;
Y así tienen aquí repartimiento
Los que en el Paraguay tienen asiento.
La peña pobre está mas adelante:
Es alta como roca muy crecida.
Aquí han visto muchos un gigante
De gran disposicion y muy crecida.
No está, segun yo supe, el aquí estante:
Que allá la tierra adentro es su guarida;
Mas viene aquí á pescar muy á menudo,
De sus redes cargado, mas desnudo.
Arriba de aquí están los remolinos,
Que es cosa de admirar y gran espanto.
En el medio del agua hay torbellinos,
Como suele acá en tierra: y esto tanto,
Que navegando algunos, los vecinos
Celebran sus exéquias con gran planto,
Diciendo que Caribdis está á punto,
Para lo que viniere tragar junto.
Aquí muchas canoas se han perdido,
Y muchos en mi tiempo se anegaron.
Muy mal al de la Puente ha sucedido,
Y á aquellos que con él aquí bajaron.
Que habiéndoles Caribdis sumergido,
Las vidas y haciendas trabucaron,
Y aquellos, que mejor les fué en la féria,
Aun lloran todavia su miseria.
El Salto ya me está gran priesa dando,
Diciendo este lugar ser propio suyo:
Y yo, solo en lo estar imaginando,
De miedo, y de pensarlo de mí huyo.
Decir aqueste cuento procurando
La mano está temblando, y lo rehuyo;
Por ser la cosa horrible y espantosa,
Y en todo el Paraná maravillosa.
Por aquí el Paraná dos leguas tiene,
Y peñascos y sierras hasta el cielo:
Y al pié de una gran legua de aquí viene
Con impetu furioso y crudo vuelo.
Cualquiera que navega le conviene
Con tiempo tomar tierra, que en el suelo
De mil picas en alto dará cierto:
Por tanto muy de atras se toma puerto.
De legua mas atras encanalado
El Paraná desciende poderoso:
Un peñasco terrible está tajado
De á dó se arroja y cae muy furioso.
El estruendo que hace es muy sobrado,
Y el humo al aire tiene tenebroso,
Una noche dormí en una sábna,
Dos leguas de él, mas fué la Toledana.
Yo proprio lo he oido á naturales,
Tratando de este salto y su grandeza,
Que estaban con temores desiguales,
A oir aquel sonido y su braveza.
Las aves huyen de él; los animales,
Oyendo su estruendo, sin pereza
Caminan, no parando apresuradas,
Y con temor las colas enroscadas.
Despues está Guaira, ciudad enferma,
Y que por Malgarejo fué poblada.
Mas él, podrá decir cierto Belerma,
De mi para mi mal fué engendrada.
Es causa que Rui Diaz nunca duerma,
La gente Chiriguana levantada,
Por donde el pobre viejo anda á la guerra
Con tino, por tener en paz la tierra.
Poblada está tambien otra ciudad,
Cuarenta leguas mas arriba de esta.
En ella hay de metales cantidad,
Empero, aunque los haya ¿de que presta?--
Hablando como es justo la verdad,
Que el hombre es lo que solo allá les resta,
Pues vemos plomo saca Melgarejo,
Y hierro, con tener poco aparejo.
Al Paraná es ya tiempo que dejemos,
Y al Paraguay ameno revolvamos;
En el cual á la clara bien veremos,
Que está cifrado el bien que deseamos.
El bien, digo, que en tierra pretendemos,
Que agora del divino no hablamos;
Que aquese solo y sumo bien superno,
Está solo en gozar de Dios eterno.
Entrando al Paraguay á izquierda mano,
El Ipití se vé, que es rio famoso:
Muy plácido desciende por un llano
De palmas y laureles muy copioso.
El Paraná-miri está cercano,
Que al Paraná traviesa caudaloso,
Haciendo triangular una isla llana,
De doce leguas casi de sabána.
Si en este riachuelo el otro fuera,
Que dicen á buscar su muger iba,
El rio arriba espanto no pusiera;
Pues vemos que este corre hácia arriba
Algunas veces, y es de esta manera,
Que es justo la razon aquí se escriba:
Está cuando uno crece el otro bajo,
Y el chico corre arriba y corre abajo.
No corre el Paraguay tanto furioso,
Y es un rio mayor que él de Sevilla,
De vista y parecer es muy gracioso,
Con ribera vistosa y linda orilla.
De frescas arboledas muy copioso,
Y en partes prado verde á maravilla.
Tambien tiene en los valles mas cercanos
Lagunas, negadizos y pantanos.
Una laguna tiene de gran fama
Llegada al Ipití que dicho habemos.
De los Mahomas es, y así se llama,
Que aquesta gente habita sus extremos.
En el rio Bermejo se derrama,
Y que esta tenga perlas lo sabemos,
El Mahoma, Señor de esta laguna,
Estando en la Asumpcion me diò mas de una.
En gran precio las perlas estos tienen;
Empero ellos no saben horadarlas.
Si en su asiento españoles se detienen,
De los hostiones procuran de sacarlas,
Y al español con ellas luego vienen.
El órden pues que tienen en pescarlas
Es facil; que en pequeños redejones,
A veces sacan veinte y mas hostiones.
Antes de la Asumpcion hay angostura
Del rio, y así corre allí furioso.
Alegre es por allí y de frescura,
De muchas arboledas muy umbroso:
Con islas que hay en él de hermosura
Estraña, y parecer muy deleitoso.
Entra aquí Pilcomayo que, vertiendo
Sus aguas, del Perú viene corriendo.
Cuatro leguas arriba está situada
La gran ciudad, antigua y populosa,
Que es dicha la Asumpcion, que fué poblada,
Por Salazar en era muy famosa.
Es aquesta ciudad tan regalada,
Que mi pluma escribirlo aquí no osa:
Algunos, por baldon con mal aviso,
La llaman de Mahoma paraiso.
Poblóse de muy buena y noble gente,
En tiempo de D. Pedro de Mendoza,
Aunque hay, como sabemos, al presente
En abundancia ya de toda broza.
La causa de este mal inconveniente
Pareceme será la gente moza,
Que, aunque salen valientes y esforzados,
Al mal y no al bien son muy inclinados.
Gran copia de mestizos hay en ella,
Pero mas abundancia de mugeres:
Porque la guerra hace en ellos mella,
La cual sin interes y sin haberes,
Con solo el fin la siguen de tenella.
Y así, lector curioso, si quisieres
El número saber de las doncellas
De cuatro mil ya pasan como estrellas.
De frutos de la tierra y de Castilla,
De pan, y vino, y carnes y pescado
Hay copia; pero oid la maravilla,
Que sé que aconteció un dia pasado.
Un peje palometa, que freilla
Pensaba una muger enharinado,
De la sartén saltó muy derrepente,
Y el dedo le cortó redondamente.
Un palmo y mas tendrá la palometa,
Y mayor en el ancho que una mano.
A donde hace presa fuerte aprieta,
Como suele hacer el crudo alano.
Es cosa de notar ver que acometa
Este pequeño pez á todo humano.
Del rio ví salir un dia un soldado
Gritando, y en el muslo un gran bocado.
Jugóse allí al presente que faltaba
De carne media libra al desdichado,
Y el peje palometa lo llevaba
En la boca redondo aquel bocado.
Mas de otro oí decir que lamentaba
Su suerte desastrosa y triste hado,
Que en la boca de un pez perdido habia,
Lo que el pez le cortó con gran porfia.
Dorados hay enormes y crecidos,
Mandís, rayas, pacues amarillos:
Muchos pescados hay desconocidos,
Por tanto determino no escribillos.
Los indios naturales mantenidos
Los mas son de pescado y venadillos,
Los Guaranís son solo labradores,
Los mas dados á caza y pescadores.
Aves la tierra cria diferentes,
Que habitan por las islas de este rio,
Pavas y avestruces muy valientes,
Neblies y falcones de gran brio.
Culebras hay y vívoras, serpientes,
Que han tenido con hombres desafio:
En otro canto aquesto contaremos,
Y cosas admirables trataremos.
Que aquesto ahora tocamos de pasada;
Y cierto que en pensar yo la estrañeza
De las cosas que he visto, embelezada
Me queda la memoria, y mi rudeza
En estasis se pone enagenada,
De toda la humana naturaleza:
Y habiendo de escribirlo todo en suma
La mano está temblando con la pluma.
Dejemos, pues, ya el rio, que corriendo
Por èl quinientas leguas sin contento,
Del enemigo á veces yo huyendo,
Jamas pude hallarle nacimiento.
De otros con porfia les siguiendo,
He hallado el principio y fundamento;
Y quiero darle ya al canto tercero,
Que cosas espantosas cantar quiero.
CANTO TERCERO.
_En que se trata de la calidad de la tierra, animales reptiles, y
espantosìsimas víboras y serpientes; de la sirena, del carbunclo,
de unas mariposas, que se tornan en gusanos, y despues en ratones,
y otras maravillas._
Demas de que en nosotros señalada
La lumbre està de Dios como creemos,
Y el alma por él mismo fué criada
A su bendita imagen, lo leemos.
Para que de esta suerte doctrinada
En bien fuese así mismo; si queremos
Mirar las corporales criaturas,
Veremos que son vivas escripturas.
La flor de la granada ó granadilla
De Indias, y misterios encerrados,
¿A quien no causarà gran maravilla?
Figúranse los doce consagrados,
De una color verde y amarilla:
La corona y los clavos tresmorados
Tan natural estan, y casi al vivo,
Que yo me admiro agora que lo escribo.
Un àrbol hay pequeño de la tierra
Que tiene rama y hoja menudita:
En tocando la hoja ella se cierra,
Y en el punto se pone muy marchita.
Yo he visto yendo veces à la guerra
Por los campos aquesta yerbecita,
_Caycobé_ se llama, y es tenida
Por yerba viva, y nòmbranla _de vida_.[41]
Quièn no se admirarà luego en oyendo
Que hay un papagallo muy hermoso,
La hembra cuando huevos va poniendo,
Tres pone, que es el nùmero gracioso.
Al punto que los pollos van saliendo
Conoce el papagallo el que es vicioso
Y sobra; y asì le mata en aquel dia,
Dejando macho y hembra para cria.
Al _Micuren_ diò Dios una bolsilla[42]
Por medio de los pechos, en que encierra
Siete ù ocho hijuelos: si seguilla
Procura otro animal, le hace guerra
A quien le sigue; y guarda su cuadrilla
Como suele hacer la brava perra:
Y en viendose de mal libre y de duelos,
Abre la bolsa y salen los hijuelos.
El _Yumirì_, que es oso hormiguero,
¿A quien no espantará su compostura?
Por boca tiene un muy chico agujero,
Como un novillo grande, y de hechura
Del oso acà comun: no es carnicero,
Y prívale de serlo el angostura
De la boca: mas vence al tigre fuerte,
Causàndole por hambre cruda muerte.[43]
El instinto de un vil animalejo,
_Eyra_ ha por nombre, me ha admirado;
De suerte es y de forma de un conejo,
Mas mata, como vemos, un venado.
Salta y aferra firme en el pellejo,
Y en el seseso dá fiero bocado,
Haciendo con las uñas tal camino,
Que saca al animal el intestino.
Lo mismo hace al hombre y otra cosa
Una horrenda culebra, que es nombrada
_Curiyú_; muy grande y espantosa,[44]
De largo, y de grosor descompasada.
Lo que ha comido y traga no lo bosa,
Ni echa por abajo: mas posada
En tierra la barriga, se abre y echa
Aquello que de nada le aprovecha.
Las víboras que son mas ponzoñosas,
Cascabel en la cola tienen puesto,
De diversas colores son vistosas,
Saltando de la tierra, y de su puesto,
Arremeten al hombre muy furiosas.
Hasta morder con rabia el rostro y gesto.
A dó las hay criò Dios una yerba,
Que es dicha por su nombre contrayerba.
El hombre ò animal á quien le hiere
Algunas de estas víboras
malvadas,
En un dìa natural, sin falta, muere,
Y en él son medicinas escusadas.
Empero si la yerba el tal bebiere,
Antes que doce horas sean pasadas,
Escapa. Aquesta yerba Dios le ha dado,
El mismo cascabel muy apropiado.
¡A quien no admiraràn las cosas tales!
Pues mas he de decir en este canto:
Que contarè en él cosas desiguales,
Muy raras, peregrinas y de espanto.
Agora de la tierra y naturales
De la Asumpcion digamos tanto cuanto;
Y luego escribiremos mil cosillas,
Que bien podrè llamarlas maravillas.
El temple la Asumpcion tiene gracioso,
Apacible, sereno y claro cielo;
Invierno frio; estio caloroso,
Algunas veces nieve, tambien yelo.
De invierno y de verano está hermoso
El campo todo el año, verde el suelo,
Porque de cuando en cuando bien se moja,
Y casi siempre està de verde hoja.
La gente natural y comarcana,
Es de muchas naciones diferentes.
Empero la mas es la Chiriguana,
Que estàn à los cristianos obedientes.
Ya no comen aquestos carne humana,
Si no es por exquisitos accidentes
En guerras y conquistas con paganos,
Empero no de carne de cristianos.
Una pestilencia grande hubo venido,
De que muchos Guaranìs se murieron,
Que carne de cristianos han comido,
La peste les sucede atribuyeron.
Tambien por desabrida aborrecido
La tienen, segun muchos me dijeron:
Que mas les sabe carne de un pagano,
Que no la de español ó castellano.
Los Guaycurús habitan la otra banda:
Es gente muy valiente y belicosa.
Cuando nuestro español en guerras anda,
Alquila Guaycurús por donde osa
Al Guaranì seguir, que le dán tanda
Aquestos de tal suerte, que medrosa
La gente Guaraní queda y deshecha,
Que el Guaycurú jamas teme su flecha.
Los Agaces estaban bien poblados
En tiempo de D. Pedro de Mendoza,
Y aun eran muy valientes y esforzados.
Los cristianos hicieron tal destroza
En ellos, que los indios y soldados
Mataban sin piedad à toda broza:
Y así vino la cosa à tal estado
Que no hay hoy del Agaz pueblo poblado.
Tambien habia muchos Guatataes,
Que es gente muy amiga de cristianos,
Y otros que se llaman Mogolaes,
Que viven en esteras por los llanos;
Aquestos, y tambien Coñamequaes,
Estàn de la ciudad algo cercanos:
Acuden á servir con gran contento,
Aunque de ellos no hay repartimiento.
Los Guaraníes solos repartidos
Están, que las demas generaciones,
Aunque lo estàn, y han sido sometidos
Al español, mas son por ocasiones,
Que tienen los que mandan eximidos
Del servicio, y acuden con mil dones;
De suerte que hablando mas de vero,
Es de estos el que manda encomendero.
Junto à la Asumpcion está una sierra,
Nombrada Lambaré, sierra afamada;
En gran parte de toda aquesta tierra,
Ninguna tan alta hay, tan encumbrada.
Allì diò Salazar muy cruda guerra
A Lambaré, y su gente rebelada.
Y muy cerca de allí, bajando al rio,
Oid una batalla y desafio.
Habiendo Salazar aquì vencido
El bravo Lambaré y toda su gente;
A los pies de alta sierra le ha salido
Una terribilísima serpiente.
Con ànimo gallardo y muy crecido
Embraza la rodela diligente,
Y comenzando á darla con la espada,
En tierra echa una mano destroncada.
La sierpe con la cola revolviendo,
Al buen Capitan diera muy airada
Un golpe tan terrible, que cayendo
Venia el Capitan, y con la espada,
En el suelo se tuvo, y acudiendo
Con una venturosa cuchillada,
Tal golpe de reves dà con destreza,
Que ahì la sierpe queda sin cabeza.
La del tigre no fué tan grande hazaña,
Aunque era muy terrible y espantoso:
Matòlo antes que fuese à nuestra España
Aqueste Capitán tan valeroso.
Y habiendo ido, volviò, cosa estraña,
Que siendo tan valiente y poderoso,
Muriò pobre, dejando muchos hijos,
Con pleitos y demandas y litijos.
Por armas le dió el Rey el tigre fiero
Con Lambarè, la sierra que he contado,
Y un hàbito y señal de caballero,
Con que á las Indias vuelve muy honrado.
Mas como nunca dió en tener dinero,
Murió sin dejar solo ni un cornado:
Que aquesto de tener la plata à sobra,
Yo tengo firmemente que Dios obra.
De que me sirve á mi querer riqueza,
Y andar aperreado por habella,
Si Dios por me azotar me dà pobreza.
¿A quien presentarè yo mi querella,
Si la Suprema Causa y Suma Alteza
Dispone que no haya de tenella?
De arriba, de lo alto todo viene:
Dejadlo al que poder en todo tiene.
Volviendo á nuestra história; rio arriba
Una laguna está muy afamada:
Itapuà se llama una peña viva,
Está en medio de aquella levantada.
Compèleme el temor que no lo escriba,
Mas no lo dejarè: es prolongada
De cien codos la piedra, y muy derecha,
Y arriba en lo supremo una vesecha.
Es como el ave Fenix muy graciosa,
Que pintan los autores y su nido,
Compuesto es de especiosa y olorosa
Madera, que en mis manos la he tenido;
La Sirena tambien bella, y hermosa
Como una bella dama, ha parecido
En medio esta laguna, y aun gemiendo,
Y sus doradas crines esparciendo.
Otra laguna grande mas crecida,
De mas admiracion que aquesta vemos,
Que està la tierra adentro algo metida;
Los indios del Acay en sus extremos[45]
Habitan, y ellos dicen que fundida
Antiguamente fué gente, y creemos,
Nos dicen, està el diablo atormentando
Aquellos que pecaron en nefando.
Gran grita y alarido y gran estruendo
Allá dentro parece que resuena;
Cuando se allega junto, estremeciendo
El cuerpo queda todo con gran pena.
Algunos de temor vuelven huyendo;
Pajas, se les antoja, y el arena
Que son diablos que vienen en pos de ellos,
Y vuelven erizados los cabellos.
Y no lejos de aquí, por propios ojos,
El Carbunclo animal veces he visto:[46]
Ninguno me lo juzgue por antojos,
Que por cazar alguno anduve listo.
Mil penas padecí, y mil enojos
En seguimiento de èl; ¡Mas cuan bien quisto,
Y rico y venturoso se hallàra
Aquel que Anagpitan vivo cazára!
Un animalejo es, algo pequeño,
Con espejo en la frente reluciente,
Como la brasa ignita en recio leño.
Corre y salta veloz y diligente:
Asì como le hirieren echa el ceño,
Y entùrbiase el espejo de repente:
Pues para que el Carbunclo de algo preste
En vida el espejuelo sacan de este.
¡Cuan triste se hallò, y cuan penoso
Rui Diaz Melgarejo! que hallado
Habia, à mi me dijo, de uno hermoso;
Perdiólo por habérsele volcado
Una canòa en que iba muy gozoso.
Yo le ví lamentar su suerte y hado,
Diciendo--"si el carbunclo no perdiera,
Con él al Gran Philipo yo sirviera."
Andando por la guerra, y escuadrones,
De mì fueron mil cosas conocidas.
Trataré de una forma de ratones,
Y de vista hablaré y no de oidas.
Unas cañas he visto, y cañutones
Tran gruesos como piernas muy crecidas;
Catorce y quince tiene pocos menos
Cada caña, y de agua todos llenos.
El agua es muy sabrosa, clara y fria,
Mas yendo ya la caña madurando,
Un gusano se engendra adentro y cria,
Y al cañuto el gusano horadando
Afuera mariposa parecia.
Con las alas comienza de ir volando,
Y por tiempo las pierde, y queda hecho
De forma de raton hecho y derecho.
Al tiempo que en la caña estan metidos,
A gente natural son nutrimento.
Frutos sabrosos son: mas ya salidos
A luz, causan dolor, pena y tormento,
Porque tornados ya y convertidos
En ratones, consumen el sustento;
Y privan muchas veces de la vida
Al natural, quitando su comida.
De veinte mil pasaron, naturales,
Que murieron á causa del estrago
Que hicieron aquestos animales:
Que en todo el Ubay dejaron pago
De planta, ni maiz, ni sementales,
Sin pasar por aquel tan crudo trago.
Dejando desta vez tan asolada
La tierra, que tardó de ser poblada.
No hay bruco, ni langosta perniciosa,
Ni erugo, ni otra plaga que yo entienda,
Que iguale á esta maldita mariposa,
Terrible, si comienza su contienda.
Así està desta plaga tan medrosa
La gente del Ubay, que viendo senda
Por do huir su tierra y nacimiento,
La dejan por tener algun contento.
Tambien hay otras cañas muy mayores,
(Del grueso son de un roble bien crecido)
En que se crian gusanos, y mejores.
De los unos y de otros he comido:
En muy poco defieren sus sabores.
Estando el uno y otro derretido,
Manteca fresca à mi me parecia,
¡Mas sabe Dios el hambre que tenia!
En los mojos de aquestas cañas vimos,
Con agua bien sabrosa, mas gusanos,
Ni dentro ni de fuera los sentimos
En toda la montaña ni en los llanos.
Las cañas por cumbreras las pusimos,
Con tener otros palos muy cercanos,
Mas no habia que temer, que la corteza
Tenian de terrible fortaleza.
Es tanta la espesura de las cañas,
A dò las hay, que es cosa de gran grima:
Y aunque dentro se crian alimañas,
Estan tan encerradas como encima.
Quien á cortar va cañas, por mil mañas
Que tenga, á las veces se lastima,
Con puas, con espinas, con abrojos,
Y el mal sale mil veces à los ojos.
Mas ya estoy enfadado en este canto,
¡Cuanto mas lo estarà quien le leyere!
Degemos de contar cosas de espanto,
Volver quiero á D. Pedro. Quien quisiere
Las mudanzas saber y crudo llanto
De fortuna, y de aquel que las siguiere,
Con mucha atencion lea diligente
El canto lastimoso aquí presente.
CANTO CUARTO.
_En que se trata de la mas cruda hambre que se ha visto entre los
cristianos, la cual padecieron los de D. Pedro de Mendoza en Buenos
Aires, y como se pobló el Argentino._
Lo que ha sido muy justo y bien ganado
Muchas veces se pierde, como vemos:
Pues de lo que con mal se ha grangeado,
Que se pierda y el dueño esperaremos.
Don Pedro de Mendoza fué soldado
Cuando hubo disencion entre Supremos,
Y al tiempo de pillar hinchò la mano;
Mas todo su trabajo salió en vano.
Borbon perdió la vida; Juan de Urbina
Entrò en Roma cantando la victoria:
De aqueste asalto y saco, y grande ruina
D. Pedro enriquecido, en vana gloria,
A D. Carlos pedia la Argentina
Provincia, pretendiendo su memoria
Levantar en conquista de paganos,
Con dinero robado entre romanos.
Como fuese de suyo gran guerrero,
Viéndose de riquezas abastado,
Ofrecióse à gastar mucho dinero,
Y el Rio de la Plata ha demandado.
Don Carlos, en valor claro lucero,
El título le da de Adelantado;
Y asì hizo una gruesa y rica armada,
De gente muy lucida y extremada.
Dos mil soldados salen de Castilla,
Sin gente de la mar y marineros.
Juntáronse en alarde allà en Sevilla,
Y viendo tan lucidos caballeros,
Salian á los ver á maravilla
Tan apuestos à punto de guerreros:
Mas dicen: "pues se van estos soldados,
Recemos los oficios de finados."
Al fin salió de España aquesta armada
Muy rica, muy hermosa y muy lucida;
De todos adherentes abastada,
Aunque hubo despues hambre muy crecida.
La gente que embarcó era extremada,
De gran valor, y suerte muy subida,
Mayorazgos è hijos de Señores,
De Santiago y San Juan comendadores.
Es Maestre de Campo un caballero
Juan Osorio, que es hombre muy valiente,
Tambien va Juan de Oyolas el guerrero,
Medrano, Salazar, Lujan prudente.
Otros muchos que van decir no quiero,
Que cada cual bien puede ser regente:
Mas Osorio entre todos se señala,
Y en todo lleva à todos palma y gala.
A Neptuno y sus ondas carniceras,
Se entregan invocando à Santiago.
Las naves van corriendo muy lijeras,
Rompiendo con gran furia el ancho lago.
¡O lastima, y angustias lastimeras,
Horrendo, y gran temor, ó crudo trago!
Que tan brava tormenta se levanta,
Que el mas fuerte y bizarro mas se espanta.
D. Pedro con buen celo y pecho pio,
En Dios pongamos, dice, la esperanza,
Y pues es para mas su poderío,
El nos darà muy breve mar bonanza,
Los pilotos con grande desvarìo,
Dicen que la tormenta va en pujanza:
El tríste marinero con gran pena,
No acierta al aparejo ni á la antena.
Iza el trinquete, amaina la mesana,
Aferra ese timon que imos perdidos;
A la bomba, à la bomba muy de gana,
Que seremos de presto sumergidos,
Cual llama San Lorenzo, cual Santa Ana,
San Telmo dicen otros afligidos,
Otros San Nicolas, que puso quilla
Y costado, de nos tenga mancilla.
El sexo feminil y lacrimoso
Levanta hácia el cielo vocería.
Con la furia del viento tan furioso
La una nave de otra se desvía;
Mas volviendo la mar en su reposo
Conviertese el dolor en alegría,
Y llegan á Canària muy ufanos,
Dò toman tierra, y salen muy galanos.
Despues de haberse aquí ya refrescado,
A proseguir tornaron su viage.
Habiendo ya diez dias navegado,
Hallàronse muy cerca del parage
De las islas, y Cabo que es llamado
_Verde_; enfermo asiento y estalage;
Cansados del sañoso y largo lago,
Tomaron la que dicen de Santiago.
No estaba en este tiempo tan poblada,
Como al presente está de Lusitanos:
No está mucho la costa desvíada,
Poblada de valientes Africanos:
De color negra y son muy tisnada,
Los que mas á Cabo Verde son cercanos,
Y tienen en comun carniceria,
De los negros haciendo anotomía.
Tomòse de estas islas bastimento,
Tambien se refrescaron los soldados,
Y diòse con presteza vela al viento,
Los ánimos de todos bien osados.
Mas ¡Ay dolor! cuan presto à mas de ciento
De poco prestarà ser esforzados,
Que la hambre pasando de la zona
A roso ni velloso no perdona.
Con pròspero nordeste favorable
Camina alegremente nuestra armada,
Y el mar mas sosegado navegable,
La lìnea en breve tiempo fué pasada
Con viento en popa próspero y amigable,
De Cabo Frio la punta ya doblada,
En costa del Brasil tierra tomaron,
Y aun isla Santa Bàrbara nombraron.
Del gran Carlos las armas le pusieron
Y posesion por él allì tomando,
Y luego su viage prosiguieron,
Y en el puerto de Vera le encerrando,
Bien comiendo alegres estuvieron.
Continuò por la playa mariscando,
Que hay en aquel puerto grande suma
De hermosos pescados como espuma.
Estando pues aquí, ha comenzado
El demonio sus cosas tan usadas;
Salazar que con otros se ha juntado
A Juan de Osorio dan de puñaladas.
Envidia y cobardia lo han causado,[47]
Por ser las obras dèl tan señaladas:
A don Pedro hicieron que creyese
Que le iba en esta muerte el interese.
Al principio el error, aunque pequeño,
Grandìsimo se hace al fin y cabo.
Era este caballero halagüeño
Con todos; y en aquesto mas le alabo,
Que en verle sacudido y zahareño
Con nobles, de lo cual le desalabo:
Que al mas pobre soldado en mas tenia,
Que diez de presumpcion de hidalguia.
Fué causa, segun dicen, esta muerte
Tan fuera de razon, contra justicia,
Del funesto suceso, horrible, y fuerte
Del infeliz D. Pedro y su milicia.
Que echada esta envidiosa y cruda suerte
Con tanta cobardía y gran malicia,
Comenzò à castigar Dios el armada,
Con un grave flagelo y cruda espada.
Desde que empieza el mundo está sabido
El castigo que hace Dios eterno;
Por vista de los ojos conocido,
Está cuando la estima el Sempiterno:
La muerte del que es justo y bien creido,
Tenemos la castiga con infierno:
Que la sangre de Abel el inocente
Clamando está ante Dios omnipotente.
Al fin de aquesta isla se ha pasado,
Con algunos descuentos que no digo,
Y el Rio de la Plata se ha tomado,
Y el puerto San Gabriel de desabrigo.
De allí luego pasóse al otro lado,
A Buenos Aires, que es de mas abrigo,
A dó fué el lastimoso acabamiento,
De tanta bizarria, cual yo cuento.
De ver era salir en aquel llano
Al soldado valiente y caballero,
De sedas y brocado muy galano,
A guisa y parecer de perulero.
Salìa con contento muy ufano,
Y hasta el pobrecito marinero
Aquella bella tierra contemplaba,
Y à España no volver jamas juraba.
A Juan de Oyolas hubo despachado
Don Pedro el rio arriba, porque asombre
Al indio. Va con èl un buen soldado,
Llamado Salazar, valiente y hombre.
Don Pedro en este tiempo hubo enfermado
Del morbo, que de Galia tiene nombre:
Con miedo de morirse en aquel rio,
A Castilla se vuelve en un navío.
Volvia, pues, D. Pedro en su viage
A España sin haber puerto tomado:
Empero á vueltas ya de aquel parage,
Que llaman las Terceras, ha acabado.
Asì no gozó bien ni su linage,
El tesoro que en Roma habia pillado.
Dichoso el que atesora allá en el cielo,
Que es burla atesorar acà en el suelo.
Quedò por Capitan y por Teniente,
Y en muerte sucesor de aquella tierra,
Oyolas, que fué arriba con la gente:
Acà Francisco Ruiz hace la guerra
En Buenos Aires, y anda diligente,
Mas poco le aprovecha, que la perra
Pestífera cruel hambre canina,
A todos abandona y los arruina.
La gente ya comienza à enflaquecerse,
Las raciones se acortan cada dia,
No puede el padre al hijo socorrerse,
Que cada cual su muerte mas temia;
Y aunque es muy natural el condolerse,
Y cada cual del otro se dolia,
Empero mas su vida procuraba,
Y caridad de sì la comenzaba.
Un hecho horrendo, digo lastimoso,
Aquì sucede: estaban dos hermanos;
De hambre el uno muere, y el rabioso
Que vivo està, le saca los livianos
Y bofes y asadura, y muy gozoso
Los cuece en una olla por sus manos,
Y còmelos; y cuerpo se comiera,
Si la muerte del muerto se encubriera.
Comienzan à morir todos rabiando,
Los rostros y los ojos consumidos:
A los niños que mueren sollozando
Las madres les responden con gemidos.
El pueblo sin ventura lamentando,
A Dios envia suspiros doloridos:
Gritan viejos y mozos, damas bellas,
Perturban con clamores las estrellas.
Es hambre enfermedad la mas rabiosa
Que puede imaginar ningún cristiano:
La mano està temblando temerosa,
No quisiera de tal ser escribano.
Mi Dios, por vuestra sangre tan preciosa,
Libradme de este azote, que el tirano
Que llegaba à tentaros, bien sabia
Que es grave mal la hambre en demasia.
Fuè cierto celebrada allí su saña,
De aquesta matadora sin medida,
Con tanta crueldad y tan estraña,
Que no podrá de alguno ser creida,
No hizo ella jamàs tal otra hazaña
En Roma, ni en Judea referida,
Como esta: de dos mil que se contaron,
Con la vida doscientos no escaparon.
No quiero referir estrañas cosas
Causadas de esta perra y vil tirana,
Que bien pudiera yo muy dolorosas.
Una muger habia, llamada Ana,
Entre otras damas bellas y hermosas;
Tomò paga del cuerpo una mañana,
Forzada de la hambre, y hecha iguala,
Al pretensor envia en hora mala.
Era el galan pretenso un marinero,
El precio una cabeza de pescado;
Acude à la posada muy ligero,
Y viendo que la Dama le ha burlado,
Al capitan Ruiz, buen justiciero,
De la dama se habia querellado;
El cual juzga que cumpla el prometido,
O vuelva lo que tiene recibido.
Maldito seas, juez, si no quisieras
Mirar á nuestro Dios omnipotente,
Y de esto à buen juzgar te conmovieras,
Y à quitar el pecado subsecuente
Por evitar la muerte, lo hicieras.
Que claro està que el casto y continente
Mejor pasa la hambre que el vicioso,
Y dado al vicio y acto lujurioso.
Sabemos, semejante á esta bajeza,
Que causa otras dos mil esta traidora,
Que aunque dice el refran, que no es vileza,
Y ser con nuestro Dios merecedora
Creemos la virtud de la pobreza:[48]
Sin su favor la perra es causadora,
De hambre, que es un mal tan sin medida,
Que darà el padre al hijo por la vida.
Mas volvamos á Oyolas y su gente,
Que sube el rio arriba muy gozoso.
El puerto Paraguay, que es al presente,
Hallaron del caribe belicoso.
Poblado estaba aquì el fuerte y valiente,
Yanduazubì, en la tierra poderoso
Capitan, y cabeza que regía,
Y toda la comarca le temia.
Aqueste fuè en favor de los cristianos,
Y hizo à Salazar que allí poblase.
Oyolas pasò el rio y los pantanos,
Diciendo á Salazar que le aguardase.
Llegó donde hinchó muy bien las manos,
Mas Dios no fué servido que tornase;
Que Salazar no cumple el prometido,
Por dó el pobre de Oyolas se ha perdido.
El Paraguay arriba poco trecho
Habia Juan de Oyolas navegado;
Saltó en tierra, y camina bien derecho
La vuelta del Perú, y bien cargado
De plata, y à su gusto satisfecho,
Volvió dò à Salazar habia dejado
Con barcos y navios esperando,
En tanto que la tierra iba talando.
Salazar como viese que tardaba,
Bajóse al Paraguay dó ya dijimos,
El gran Yanduazubi-Rubicha estaba[49]
Con el gran Lambaré; y entrambos primos
Le dicen, de lo cual mucho gustaba,
"En tanto que nosotros dos vivimos,
Ayuda te daremos como à hermano,
A tí y todo nombre de cristiano."
En esto vuelve Oyolas diligente
Con plata, mas no halla los navios.
El hecho viendo el indio derrepente,
La carga de la plata deja y lios,
Y acude contra Oyolas y su gente:
No puede escabullirse, que los ríos
Estan delante de él, y asì murieron
El pobre, y los demas que con él fueron.
Los indios, que esta gente aquí mataron,
Payaguaes se dicen, belicosos:
A muchos en mi tiempo cautivaron,
Y yo tambien lo fuì de estos furiosos.
Salazar, y los otros que bajaron
Poblaron en el puerto muy gozosos.
Las familias aumentan con sus hijos,
Y se entregan à dulces regocijos.
El guaranì se huelga en gran manera
De verse emparentar con los cristianos:
A cada cual le dan su compañera
Los padres, y parìentes mas cercanos.
¡O lástima de ver muy lastimera,
Que de aquestas mancebas los hermanos,
A todos los que estan amancebados,
Les llaman hoy en dia sus cuñados.
A tal tèrmino llega aquesta cosa,
Que cada cual vivia à su albedrio;
Aquel que india tenia mas hermosa,
Se juzga por mejor, y de mas brio.
Y en siendole la india enfadosa
Libello de repudio con desvio
Concede, y toma á otra _mazacára_,
Que manceba la llama á la clara.
Mazacàra es un pece muy sabroso,
Y tanto que los indios cosa rica
Le dicen, por ser pece tan gustoso;
Y el nombre de este pece el indio aplica
Al amiga que tiene, deseoso
De siempre la gozar, que significa
Mazacàra la cosa que es amada,
Que no enfada por ser muy estimada.
No habia en este caso alguna enmienda,
Por ser en general costumbre mala,
Que aquel que convenia poner la rienda,
Sin guarda de excepcion todo lo tala;
Aprenden de la escuela y de la tienda
En esto los demas todos de Irala;
Que aunque era en muchas cosas concertado,
En esto de la carne desfrenado.
Y el mal era mayor y mas crecido:
Que los gobernadores se han jactado
De tener mazacàras; y ha venido
A terminos la cosa, que tratado
Con ellas han, é hijos han tenido
En público, y por suyos los han criado.
¡Ved los pequeños tal que documento
Habian de tomar de tal descuento!
Cuanto convenga en tierra, cuando es nueva,
Sembrar buena semilla, labradores,
Era en los principios à dar prueba
De virtud y bondad, predicadores.
El dicho del poeta lo comprueba;
Que el vaso en que una vez echan licores
Guarda bìen el sabor siendo reciente:
Así ni mas ni menos es la gente.
Estando pues el pueblo muy ufano
Al gusto, y paladar de su medida,
Juzgaron por consejo bueno y sano
A Irala obedecer toda su vida.
Sobre esto muchos dicen ser tirano:
Serà bien esta cosa conocida.
De todo aquel curioso que leyere,
El canto que tras este se siguiere.
Que yo no he de juzgar aquì sus hechos,
Decir lo bueno y malo me conviene.
Confieso que hizo Irala mil provechos,[50]
Por dó en aquella tierra fama tiene.
Algunos perseguidos y deshechos
Por él fueron, y quiera Dios no pene
En pago de sus culpas, y los males
Que hizo á Diego de Abreu y leales.
Mandando, pues, la tierra como digo
Irala, y Buenos Aires despoblado,[51]
Cesado habia la hambre, y mucho trigo
Tenian, y otras cosas que han sembrado.
A la Asumpcion se suben al abrigo,
Los unos y los otros se han juntado:
Que la virtud estando bien unida
Mas fuerte vemos que es que desparcida.
Estando así, cualquiera procuraba
Hacer casas, estancias y hacienda:
Y aunque la dulce España deseaba,
Y mas el que tenia alguna prenda,
El imposible visto, trabajaba
Cualquiera, por no haber plaza ni tienda:
Por donde todos eran labradores,
Monteros, hortelanos, pescadores.
D. Carlos V. en esto ha proveido
Por su Gobernador y Adelantado,
A Cabeza de Vaca, que ha salido
De allá de la Florida, donde ha estado
Cautivo de los indios, y metido
La tierra adentro à fuerza de su grado.
Diremos de èl despues, en entretanto
Cesemos hasta ver el quinto canto.
CANTO QUINTO.
_En este canto se dice como vino Alvar Nuñez Cabeza de Vaca al Rio
de la Plata, y de su prision y trabajos que de ella sucedieron, y
del gran Moxo, Señor del Paytití._
Segura vida llaman la pobreza,[52]
Y de santos, de santas es amada;
Tambien la Magestad y sacra Alteza
Amándola, le dió suerte estimada.
Aquel que en poco tiene la riqueza
Por cierto vive vida sosegada;
Y el que con su pobreza se contenta
Mas rico es que el que tiene mucha renta.
Las guerras y las grandes disenciones
El interes las causa, como vemos.
Motines y revueltas, rebeliones,
¡Qué de mal por la plata padecemos!
Autores de las santas religiones,
Que amastes la pobreza por extremos,
Decid, ¿no es mas segura la pobreza,
Pues por ella gozais de la riqueza?
Cualquiera en la Asumpcion está gozoso,
Con solo su comer vive contento:
No andaba por la plata codicioso:
Metido en su morada y aposento
Labrado, muy pulido, muy costoso,
Sin curar de tapiz ó paramento.
Y al fin por interes la furia ingrata,
Discordia, su contento desbarata.
¡Qué fuera si tuvieran plata y oro!
Que aquesto mas conmueve en esta vida.
Que al fin aquel que tiene gran tesoro
Procura su contento sin medida,
Aqueste fin le fuerza el triste lloro,
Y llanto al navegante en su corrida,
Y aquesta á veces causa en este mundo
A muchos que desciendan al profundo.
Mas oro, y plata es lo que lo vale:[53]
Y bien es honra, mando, poderío,
Cualquiera de estas cosas equivale,
Y trae al retortero, al albedrio.
Que aunque no sea forzada, empero sale
La voluntad de madre como rio,
Y lleva á la razon tras sí rendida,
Y á su diccion y gusto sometida.
Al fin, pues, interes les fuerza tanto
En la Asumpcion sin plata ni dinero,
Que su placer se vuelve en triste llanto,
Los cuellos entregando al carnicero.
Pensaron de salir de un gran quebranto,
Y dieron en un hondo sumidero:
Como verá cualquiera que esté atento,
A la historia presente que yo cuento.
Habiendo aquel que al mundo dió de mano
En trueco del eterno y gran reposo,
Dejándole primero todo llano
Y en paz, al heredero muy dichoso,[54]
Juzgado por consejo bueno y sano,
De dar hombre valiente y belicoso,
Al Argentino envia Adelantado,
Que Cabeza de Vaca fué nombrado.
Del cual su armada á prisa abastecida
De todo el necesario, y sus pertrechos,
De la ciudad de Cádiz fué partida,
Y á las Canarias llegan bien derechos.
Los mas de todos es gente lucida,
Algunos con insignias en los pechos,
De nobles y lutrosas encomiendas,
Y muchos de valor y grandes prendas.
Pasada la famosa y gran Canarìa,
En Cabo Verde, que es de Lusitanos,
Entraron; y aunque era tan contraría
Entonces su nacion á Castellanos,
No le fué á la nuestra allí adversaria,
Que á todos los reciben como á hermanos:
Que al fin la diferencia es de tal guisa,
Que para las mas veces todo en risa.
Despues de haberse aquí ya refrescado,
La gente del armada muy gozosa,
Con algun bastimento que ha tomado
Se embarca, por le ser muy deseosa
La fin de su viage comenzado,
Juzgándole por cosa provechosa:
Que vemos que cualquier descubrimiento
Es al tono de boda ò casamiento.[55]
La Torrida, que alguno inhabitable
Escribe, traspasaron derrepente.
No ser en todo tiempo navegable
Sabemos, que el sol hiere crudamente.
Un viento hace á veces amigable,
Navégase con él al occidente:
Despues de aquesta tórrida doblada,
Está casi ya hecha la jornada.[56]
La costa del Brasil reconocida,
Y un isla, Santa Bárbara, tomada.
Por la insignia imperial que de corrida
Allí fué por D. Pedro bien fijada,
Conocen que su armada fué surgida
En ella, mas tocando de pasada,
El rumbo enderezaron muy aína
Al isla dicha Santa Catalina.
De aquí el Gobernador ha despachado
Con gente que descubran el camino,
A Dorantes de Bejar, buen soldado;
El cual fué, y con presteza mucha vino.
Noticia del camino cierta ha dado;
Por donde caminando con buen tino,
La tierra adentro entraron muy gozosos,
Mas de los naturales recelosos.
No quiero referir la gran miseria,
Trabajos, infortunios que sufrieron
En aqueste camino, y su lazeria,
Y hambre y sed que todos padecieron.
Pues vemos no murió en aquella feria
Alguno de trecientos que allá fueron.
Que aquesto de las hambres y su queja,
Solo á Mendoza y á Zárate se deja.
En tanto que Alvar Nuñez caminaba
Al Paraguay con guias muy derecho,
Su gente con salud toda llevaba
A manos el camino de indios hecho.
Sabido por Irala que llegaba,
Con maña, que la usaba en su provecho,
Envia á cierta gente de corrida,
Que el parabien le dén de su venida.
Sobre cuarenta el quinto año corria,
Cuando el buen Alvar Nuñez ha llegado,
Y no el cuarenta y siete se cumplia,
Cuando se vé de grillos rodeado.
La causa de este mal y tirania,
Y de caer el pobre de su estado,
Envidia fué, que suele, dó se ofrece,[57]
Aquello combatir que mas florece.
Llegado al Paraguay se determina
De ir el rio arriba descubriendo,
Y sin hallar noticia de oro ó mina,
Con barcos y navíos fué subiendo.
Trecientas y mas leguas pues camina,
Hasta saber de plata: pero viendo
Que la rabiosa muerte andaba suelta,
Por no perder su gente dió la vuelta.
San Fernando se dice este parage,
Dó se tuvo notícia de riqueza:
Mas era tan enfermo el estalage,
Que cobran los soldados gran tibieza.
Dejaron á esta causa su viage,
Que promete sacarlos de pobreza:
Que la piel por la piel el mentiroso,
Nos dijo, que dá el hombre y el reposo.
Si la muerte no teme aquesta gente,
El Argentino fuera mas somoso
El dia de hoy, que nueva ciertamente,
Se tuvo aquí de un indio belicoso.
La plata y oro bello reluciente
Se ha visto, no es negocio fabuloso,
Que cántaros de oro á maravilla
Tenia aqueste indio y gran vajilla.
En una gran laguna este habitaba,
Entorno de la cual están poblados
Los indios, que á su mano él sugetaba
En pueblos por gran órden bien formados.
En medio la laguna se formaba
Un isla, de edificios fabricados,
Con tal belleza y tanta hermosura,
Que exceden á la humana compostura.
Una casa el Señor tenia labrada[58]
De piedra blanca toda hasta el techo,
Con dos torres muy altas á la entrada,
Habia del una al otra poco trecho.
Y estaba en medio de ellas una grada
Y un poste en la mitad della derecho,
Y dos vivos leones á sus lados,
Con sus cadenas de oro aherrojados.
Encima de este poste y gran coluna,
Que de alto veinte y cinco pies tenia,
De plata estaba puesta una gran luna,
Que en toda la laguna relucía.
La sombra, que hacia en la laguna,
Muy clara desde aparte parecía.
¿Quien hay que no tomára una tajada
De la luna, aunque fuera de menguada?
Pasadas estas torres, se formaba
Una pequeña plaza bien cuadrada;
En el mayor estío fresca estaba,
Que de árboles está toda poblada,
Los cuales una fuente los regaba,
Que en medio de la plaza está sitiada,
Con cuatro caños de oro gruesos, bellos,
Que yo sé quien holgára de tenellos.
La pila de la fuente mas tenia
De tres pasos en cuadra su hechura:
De mas que de hombre mortal parecía
En talle, perfeccion y compostura.
En estremo la plata relucía
Mostrando su fineza y hermosura.
El agua diferencia no mostraba
De la fuente y pilar dó se arrojaba.
La puerta del palacio era pequeña,
De cobre, pero fuerte y muy fornida:
El quicio puesto, y firme en dura peña,
Con fuertes edificios guarnecida.
Seguro que del pelo y de la greña,
Del viejo del portero, que es crecida,
Pudieramos hacer un gran cabestro:
Oid pues del viejazo el mal siniestro.
Aquellos que por dicha ya han pasado
Por medio de las torres y coluna,
Habiendo las rodillas ya postrado,
Levantando los ojos á la luna,
Aqueste viejo así les ha hablado,
Con una muy feroz voz importuna,
Y dice: "A este adorad, que es solo uno
El Sol, y fuera dél otro ninguno."
En alto está un altar de fina plata,
Con cuatro lamparillas á los lados
Encendidas, y alguna no se mata,
Que estan cuatro ministros diputados.
Un sol bermejo mas que una escarlata,
Allí está con sus rayos señalados:
Es de oro fino el sol allí adorado,
¿Mas hay de quien él sea deshechado?
Aqueste gran Señor de esta riqueza
El gran Mojo se dice, y es sabido
Muy cierto su valor y su nobleza:
Su ser, y señorío enriquecido
De sus vasallos, fuerzas, y destreza,
Por nuestro mal habemos conocido:
Que pocos tiempos ha que en cortas trechas,
Probamos la fiereza de sus flechas.
¡A que no fuerzas, hambre detestada
Del oro, que los ánimos perdidos
Tras tí llevas con ànsia tan nefanda,
Que ciega las potencias y sentidos!
Con todo désque ven que la muerte anda
De priesa, con temor los doloridos,
Que habian emprendido este viaje,
Se vuelven para atras de este parage.
Volviendo pues la gente de su entrada,
Sucede en la Asumpcion una tormenta:
Dos hombres la levantan, que escusada
La tal ó motin es, si no lo inventa
El pecado, que cosa es muy usada.
Lebron el uno es, el otro Armenta:
Desde que el Gobernador preso tenia,
Muy bueno ha andado Armenta, les decia.
Sucede á prima noche el desbarate:
El pobre caballero está durmiendo.
Entrégales la puerta Juan Oñate,
Y así de golpe entraron con estruendo.
A voces dicen todos ser dislate
Que con la vida quede, que viviendo,
Habrá de causar mal, pues está cierto
El hombre no hablarà despues de muerto.
Rasquin con un arpon enarbolado
Le apunta amenazando que se diese.
De la cama se ha el pobre levantado,
Sin saber de este caso como fuese.
La espada con gran ánimo ha empuñado;
Mas ¿quien era posible resistiese
A tantos, pues que Hércules el griego
No pudo contra dos entrar en juego?
Irala astuto, sabio, cauteloso,
Del enfermo se hizo en este punto,
Y por quedar él libre y ganancioso,
Segun pude saber, y lo barrunto
A Cáceres agudo y bullicioso,
Le dice, con Venegas vaya junto,
Y Cabrera, del Rey tres oficiales,
Principio y causadores de estos males.
El pueblo conmovieron ignorante,
Y en odio le encendieron como brasa.
Acude á la prision, y en un instante
Le sacan muy asido de su casa.
Irala se ha hallado muy triunfante,
Que cierne, hiñe, y masa aquesta masa,
Y siendo el preso puesto en tal aprieto,
Por caudillo de todos es electo.
Comienza gobernando pues Irala
Su negocio á entablar, y aficionaba
A todos, y en mil cosas se señala,
Y al pobre con mas veras ayudaba.
Empero corta, abrasa, hiende, tala
Al que el contrario bando acompañaba:
De suerte, que el leal era tenido
Por hombre vil, infame y abatido.
A muchos ahorcó de los leales,
Diciendo que la tierra perturbaban.
A tal punto se vino, que los tales
En los montes y bosques habitaban.
Los que eran causadores de estos males,
Lo bueno de la tierra se gozaban;
Los otros hambreaban suspirando,
Y á Dios justa venganza suspirando.
Entre otros que prendió fuera Vergara,
Hermano de Ruy Diaz Melgarejo:
Y á aqueste sino huye le ahorcára,
Que voluntad no falta y aparejo.
Al otro con su hija le casára;
Ruy Diaz nunca fué de tal consejo,
Y así con los leales se ha huido,
Andando por los bosqués escondido.
Había Diego de Abreu tomado
La mano en señalarse con cuadrilla,
Contradiciendo á Irala por alzado.
Son Abrego y Ruy Diaz de Sevilla:
Consigo mucha gente han congregado;
Irala ha procurado de seguilla,
Y algunos los conmueve por regalo,
Y á muchos cuelga y pónelos de un palo.
Irala sale en esto con armada,
Y el rio arriba yendo bien se aleja;
Y porque la ciudad sea gobernada,
A D. Francisco de Mendoza deja.
Lazcano muy malvado de celada,
Con ánimo endiablado se le queja,
Diciendo no conviene que tuviese
Por un tirano el mando, y desistiese.
Y que él con los leales trataría,
Que en nombre del Gran Carlos se eligiese,
Y aquesto facilmente lo haría,
Sin que persona alguna lo impidiese.
Tratólo de tal suerte, que hacia
Que el triste D. Francisco le creyese:
Con este engaño y falso compellido,
Mendoza de su mando ha desistido.
Al punto que desiste luego viene
La gente de leales de los sotos,
Y el Abrego leal no se detiene,
Que espera de tener aquí mas votos:
El Lazcano malvado pues no tiene
Los filos del intento, malos votos,
Que con presteza á muchos sobornando,
Al Abrego procura dén el mando.
Malvado llamo á Lazcano yo en mi verso
Por ser causa primera de un gran daño,
Que nunca se perdiera el universo,
Por Mendoza mandar siquiera un año:
Que si buen celo tuvo al fin fué adverso
A Mendoza causando un mal tamaño,
Y al Abrego de muerte, y gran fatiga
A todos cuantos eran de la liga.
El Abrego por votos fuè elegido,
Que cédula real dispone de esto:
Y siendo ya del pueblo recibido,
Comienza de envidar todo su resto.
El Mendoza se vé tan afligido,
Y acaso le fué Abrego muy molesto,
Que no pudo sufrir verse burlado;
Y oid en lo que para este nublado.
Con sus pocos amigos, dicen, quizo
Tratar de recobrar con nueva traza
El mando. Mas este otro tiene aviso
Del caso, y con presteza dále caza:
Y préndele al punto de improviso,
Y la cabeza cortánle en la plaza.[59]
Al tiempo que cortar se la querian,
A sus hijos habló que allí venian.
A D. Diego el mayor habló primero,
Diciendo en alta voz: "Mira que seas
Vasallo de tu Rey, muy verdadero,
Porque en aqueste trance no te veas:
Y pues, hijo, tú ves como yo muero,
Así la gloria eterna tu poseas,
Que cures de vivir siempre de suerte,
Que no mueras tambien de aquesta muerte."
El presagio del padre, que moria,
Dejado por postrero testamento,
Al D. Diego de poco le servia,
Pues tuvo en Santa Cruz atrevimiento,
Y pagó en Potosí su tiranía.
Diré en otro lugar este alzamiento:
Al Abrego volvamos, que sabiendo
Que Irala vuelve, al monte vá huyendo.
Irala habiendo tiempo navegado
El Paraguay arriba con su gente,
Y al buen Nuño de Chaves despachado
A que salga al Perú muy diligente,
Se vuelve á la Asumpcion, que el que ha pecado
No puede asegurar jamás la mente:
Que no puede hallarse mejor ciencia,
Ni prueba, que le iguale á la conciencia.
Llegando á la ciudad al fin Irala,
Con grande regocijo es recibido;
De Mendoza la muerte le desala
El corazon, y entrañas le ha rompido.
Tras Abrego con priesa el monte tala,
Y á Escaso aquesta causa ha cometido:
Mas no le fué en el tiro de su mano,
Que un tiro que tiró no sale vano.
Al Abrego á prender Irala envia,
Porque él con los leales retirado
Andaba por los bosques á porfia,
Del remedio de España confiado.
El Escaso, que supo dó dormia,
Una noche le halla descuidado,
Y al blanco pecho apunta, y fué tan cierto,
Que el corazon le parte, y deja muerto.
Muchos de los leales desmayaron,
Por verse sin cabeza y perseguidos,
Y algunos al Irala se pasaron,
Y fueron con amor dél recibidos.
Los otros, que mas tiempo porfiaron,
Vinieron con dolor muy afligidos:
Que el nombre de leal era nefando,
Y en trisca le nombraban, y burlando.
A tal punto llegó el atrevimiento,
Del bando del Irala, que casando
Su hija con Vergara, por contento
Y placer, un soldado suspirando
En una farsa sale descontento,
Y roto y pobre, y otro preguntando,
Y él responde, diciéndole ¿quien era?
De los leales soy, que no debiera.
¿Qué, de leales sois, le dice luego:
Mirad pues bien el pago que sacado
Habeis de esa contienda y triste juego,
Que tan contra razon habeis jugado?
Hermano, por ventura estais tan ciego,
Que no veis que es andar de pié quebrado:
El triste del leal dice temblando,
Hermano, lo que sé que estoy penando.
El valeroso Chaves caminaba
La vuelta del Perú donde ha salido,
Con trabajo sobrado que pasaba,
De gente que el camino le ha impedido.
A muchos fuertemente conquistaba,
Y á su diccion y mando ha sometido,
Rompiendo fuertes y altas palizadas,
Con obras muy heroicas y afamadas.
Conquistò los Chiquitos, que es frontera
Del gran Mojo, Señor de la Laguna:
Y entiendo que si mas adentro fuera,
A cuestas nos sacára la coluna;
Y Hércules segundo Chaves fuera,
Y por mas le imitar, el sol y luna
A cuestas sustentára, como al cielo
El otro, por le dar á Atlas consuelo.
Al fin salió al Perú, donde ha hallado
Al licenciado Gasca el venturoso.
Despues de su negocio relatado,
Procura de volverse muy gozoso.
Un pueblo en el camino hubo poblado,
Por extender su fama deseoso,
Santa Cruz de la Sierra le nombraba,
Que el sitio al de su tierra semejaba.
A Cabeza de Vaca ya volviendo,
Lleváronle á Castilla aherrojado.
Agora que lo estoy aquí escribiendo
Me admiro, como nunca castigado
Aqueste caso fué, atroz y horrendo,
Y el gran levantamiento confirmado.
En mi tiempo yo ví se recelaba
El pueblo del castigo que esperaba.
Venegas y Cabrera, pues, al preso
Llevaron á Castilla, y lo entregaron
Al Consejo Real con gran proceso,
Y causas, que á su gusto fulminaron.
De aquestos dos el uno pierde el seso,
Al otro en breve tiempo lo enterraron,
El preso por sentencia fué privado
Del título y blason de Adelantado.
En su lugar habiendo proveido
A Sanabria el gobierno, va á Sevilla,[60]
Casóse, y el casamiento le ha impedido
Que no pueda salir ya de Castilla:
Que en breve se murió; y ha partido
Con el resto de gente y la cuadrilla
Que en armada Sanabria puesto habia,
Entregada á la mar, Doña Mencía.
Tomaron de la costa á San Vicente
Después á San Francisco, dó estuvieron
Algun tiempo viviendo alegremente.
Por tierra al Paraguay despues vinieron.
La mas de toda aquesta poca gente,
Que nombre del Socorro les pusieron,
De Estremadura son, dó influye Marte
De sus sacros tesoros tan gran parte.
Sanabria en Medellin nacido habia,
Con hijos y muger allí ha vivido,
Viudo ya una vez, Doña Mencía
En Sevilla por suerte le ha cabido.
Movida de su vana fantasía,
Con sus hijas de España se ha partido,
Con fin de las casar; y así sucede,
Que en la muger la honra vale y puede.
Tambien Diego Sanabria, el heredero,
Despues salió con gente en mala extrena;
Que erraron dos pilotos su rotero,
Y dieron en el puerto Cartagena.
En Potosí le ví hecho minero,
Mas nunca tuvo el pobre mina buena:
Busquemos una agora en otro canto,
Que ya cansa decir en este tanto.
CANTO SEXTO.
_Viene Obispo al Paraguay. Muere Domingo de Irala. Eligen por
Gobernador á Francisco Ortiz de Vergara, y sale con el Obispo al
Perù._
Los hijos de este siglo, la Sapiencia
Nos enseña, que son muy mas prudentes,
Que no los muy dotados de inocencia,
Para el vivir y trato de las gentes.
Aquellos que no tienen tal prudencia
Perecen con dos mil inconvenientes,
Llevándoles ventaja los osados,
Astutos y sagaces y treznados.
Tan sábio era, y astuto y cauteloso
En su trato y vivienda nuestro Irala,
Que no tiene algun hombre dél quejoso,
Que á todos en amor parece iguala.
Con esto y con su pecho valeroso,
Contrasta cualquier mal, y suerte mala,
Y á su diccion y mando muy rendidos,
A sus contraríos tiene y sometidos.
En paz tiene la tierra, gobernando
Con gran sagacidad y señorío,
La gente rebelada castigando
Con fuerza, maña, y arte y poderío.
Los leales su causa ya juzgando
Por vana presumpcion y desvarío,
Por no tener de España nueva cierta,
Se le entran cada dia por la puerta.
Filipo el Sábio, rey muy poderoso,
Que en suerte el Nuevo Mundo le ha cabido,
Del aumento cristiano codicioso,
Al Paraguay obispo ha proveido,
Del órden Franciscano religioso,
D. Pedro de la Torre es su apellido:
Urue por General vá de la armada,
Que fué para este efecto congregada.
Apréstase el armada muy hermosa,
Y sale de San Lucar, y se entrega
A las ondas del mar brava y sañosa;
Y con un viento próspero navega.
Ha sido en su viage tan dichosa,
Que al Rio de la Plata presto llega,
Sin refriega de mar y sin tormènta,
Que al bueno Dios le ayuda y le sustenta.
Desde Castilla al Rio de la Plata,
Cuarenta dias solos se gastaban,
Y no echaba el piloto en ello cata,
Y el rio los navios embocaban.
El General, llegando, desbarata
De dos navios las obras que sobraban,
Hermosos bergantines quedan hechos,
Y en breve á la Asumpcion fueron derechos.
No quiero aquí tratar el gran contento
Que toda la ciudad ha recibido,
Ni menos la tristeza y el lamento
Del malo, que se vé ya sometido.
Y aunque esto de pasada yo lo cuento,
Muy bien fué en el suceso conocido,
Pues cualquiera rehusa ser mandado;
Que el buey suelto se lame por el prado.
Irala como vé que está con miedo
El triste del Obispo, y que la féria
Por él corre, contento, alegre y ledo,
Mudando muy en breve la materia,
Le dice, mi Señor, en cuanto puedo
Trabajo, que salgamos de lacéria,
Buscando si hay riquezas en la tierra,
Mas tengo gran trabajo con la guerra.
El santo del Obispo sonriendo,
Con un blando semblante respondia
A lo que Irala iba repartiendo,
Que ya su condicion bien conocia:
Bien á la propia suya resistiendo,
Porque de Irala mucho se temia,
Procura de sufrir, pues se vé solo,
Y todos contra él con fraude y dolo.
En esto de Castilla, ¡Dios eterno,
Cuan grande es, y cuan alta tu sapiencia!
Al Irala le envian el gobierno;
Mas sobreviene luego una dolencia,
Y no pudo durar solo un invierno:
Que el que con fraude obtuvo la potencia
Los veinticuatro años con tal daño,
No dura con derecho solo un año.
Despues de Irala muerto, se juntaron
En una iglesia todos, y eligieron,
De doce caballeros que nombraron,
Los cuatro, cuyos nombres escribíeron:
Por opuestos aquestos señalaron,
Los vecinos sus votos aquí dieron.
Salió Francisco Ortiz, el de Vergara,
Que con hija de Irala se casára.
Su hermano, que es Rui Diaz, habitaba
En Guayra en este tiempo, retirado
De Irala, que con él mal se llevaba:
Allí poblando se ha fortificado,
Y de allí con su gente conquistaba
Los indios, y en la tierra apoderado
Procura atravesar á San Vicente,
Con ánimo crecido y poca gente.
La costa del Brasil está temblando,
Sabiendo de Rui Diaz la venida,
Que piensan que se viene apoderando
De todo lo que halla de corrida:
Pues saben como ha andado conquistando,
Y que tiene la tierra así rendida;
Y no sabe que quiere Melgarejo:
Mas ved en que ha parado su consejo.
Allega á San Vicente, dó Cupido
Desembraza cruel su flecha dira,
Y hácele quedar preso y rendido
Al rostro angelical de Doña Elvira.
Quien indios y españoles ha vencido,
Vencido y muerto queda, porque mira.
¡Y piensas tú, Cupido, no lo fueras,
Mirando á Doña Elvira de Contreras!
De Medellin saliò la dama bella,
De conocida, casta y gente clara:
Y aunque fué en hermosura linda estrella,
Fortuna se mostró con ella avara.
Procura el capitan luego con ella
Casarse, mas la muerte la llevára
Entonces, y no diera mala cuenta,
Causándose á si misma tanta afrenta.
Casóse en mal punto, y en hora mala,
Dios sabe lo que siento en escribillo.
Amor, que con lo bajo lo alto iguala,
La hace aficionarse á Juan Carrillo.
Cojélos Melgarejo en una sala,
Y como no es el caso de sufrillo,
Aunque la dama es tal, y el galan viejo,
A entrambos los ha muerto Melgarejo.
Entrando el capitan en su aposento,
Al adultero mató de una estocada:
La dama viene al grito con lamento,
La gente viene al grito alborotada:
Ayudanla á matar, ó crudo cuento,
¡Qué no hay quien te defienda, desdichada!
Fenece la extremada hermosura
En el colmo de extrema desventura.
Vergara y el Obispo se han movido,
En esto de salir, que no debieran,
Al Perú: pero habiendo ya venido
A Santa Cruz, dó nunca ellos vinieran;
Allí les fuè por Chaves impedido
El camino: yo creo que si pudieran
Pasar, ellos pasáran; mas yo hallo
Que en propio muladar bien canta el gallo.
El Chaves á los Charcas va y camina,
Dejándose á los pobres muy llorosos.
Tras él salen despues, y de una mina
Llevaron grandes muestras muy gozosos.
Ensayase el metal, y plata fina
Se saca, que movió á los codiciosos;
Y entre ellos Juan Ortiz Pica, pensando
Ganar honra y dinero gobernando.
El licenciado Castro gobernaba;
Y vista la intencion del perulero,
Y que en aqueste caso el importaba
Por tener abundancia de dinero.
El gobierno argentino le encargaba
Quitándosele al pobre caballero:
El cual como se vido descompuesto
A Castilla se vino muy dispuesto.[61]
Matienzo el Presidente no repugna
En esto; que formando una quimera,
En el cuerno le pone de la luna
Al Argentino reino y su ribera:
Y dice, que no puede haber alguna
Provincia de riqueza en tal manera,
Cual esta; aunque rodeen todo el mundo
Entre el polo primero y el segundo.
Y aun dice un dicho necio, y he de decillo,
Pues ví con juramento yo afirmarlo,
Y prometí yo á muchos de escribillo,
Ni quiere mi Argentina aquí callarlo.
"Si fuera yo Filipo, á ese Turquillo[62]
Habia con España de dejallo,
Decia, por gozar de tanta tierra,
Tan bella y apacible, y tan sin guerra."
Con estos desatinos que decia,
Que muy grande aficion al Argentino
Mostraba el Presidente que tenia,
Procuran de volverse en su camino
El Obispo, y teniente que ponia
En su lugar Ortiz el zaratino;
Que es Cáceres, un hombre bullicioso,
Amigo de mandar y sedicioso.
El Juan Ortiz se parte para Lima,
Con título y blason de Adelantado:
De barras lleva hecha grande rima,
Que sabe Dios cual él las ha juntado.
Aquesto le causaba gran estima,
Y ser de todo él mundo respetado:
Que tanto de valor cualquiera abarca,
Cuanto tiene dineros en el arca.
De Lima se partió muy placentero
Por ver que le es fortuna favorable;
A Panamá camina muy ligero,
Con viento en popa suave y amigable
Allega á Panamá con su dinero,
Y en breve lo vereis muy miserable:
Que fé ninguna tengo, ni confianza
En fortuna, que es cierta su mudanza.
En nombre de Dios parte á Cartagena,
Y entrega su fortuna á una fragata.
El Francés esto tiene á dicha buena,
Que le ha sido la presa muy barata.
Encuéntrale, "y amaina vela, antena,
Le dice, y deja, amigo, aquí la plata,
Sino quieres dejar tambien la vida,
A vueltas de la plata aquí perdida."
Amainan á pesar vela y trinquete,
Rendidos del Francés y su pujanza,
Ni queda marinero ni grumete,
Que no pierda del todo la esperanza.
La vida á Juan Ortiz allí promete,
Mas pierde de la plata la confianza.
La vela dá el Francés, desque le quita
La plata, y con placer picando grita.
Quien vido á Juan Ortiz lo que hacia,
Pudiera no moverse á crudo duelo.
Los suspiros que daba los ponia
Con gran sentimiento allá en el suelo:
Sus carnes tan heladas las tenia
Como la pura nieve y duro yelo,
Y dice: "¡Cuan en breve aquí he perdido,
Lo que en tan largos años he adquirido!"
De mas de ochenta mil pesos pasaron
Los que el Francés sacó de aquesta feria.
En Cartagena amigos ayudaron
A Zarate á salir de su laceria:
Qué muchos de su mal se constritaron,
Por verle haber venido á tal miseria:
Que para asar, cocer, freir, decia,
Que en mucha cantidad barras tenia.
Con este desastrado desbarate,
Y desdichado fin y mal suceso,
A Castilla se viene el de Zarate,
Sin sacar de su plata un solo peso.
No teme que el Francés le desbarate:
Qué el pobre del ladron jamas es leso;
Mas antes caminando á su albedrio,
Delante del ladron canta vacio.
Llegado á España, el Rey le ha confirmado
Lo que Castro le dió, y por mas pago
A Zarate vereis ya señalado
En los pechos con cruz de Santiago.
Habiendo mucha gente congregado,
Se entregan al feroz y hondo lago.
Diráse en su lugar de aquesta armada,
Volvamos á la história comenzada.
Al Cáceres y Obispo revolviendo,
Llegan á Santa Cruz, que de la Sierra
Se llama; dó discordia, descogendo
Sus velas, ha causado tanta guerra
Entre los dos, que el odio ya creciendo,
Los huesos uno al otro desentierra,
Y mas que unas berceras en cantillo
Se tratan, que es vergüenza de escribillo.
De Santa Cruz salieron, procurando
Llegar al Paraguay con gran presteza;
Y aunque las dos cabezas caminando
Van juntos por la tierra de aspereza,
No van cosa ninguna conversando,
Que en mala voluntad tienen firmeza.
Llegando á la Asumpcion muy brevemente
Lo que pasó dirá el canto siguiente.
CANTO SEPTIMO.
_Llegan à la Asumpcion el Obispo y General. Prende el General al
Obispo, y despues el Obispo al General, y llevàndole á Castilla,
muere el Obispo._
Sentencia es celebrada, llana y clara,
Que todo hombre que anda en malos pasos
Al fin de la jornada siempre pára
En mal con desastrado fin y casos.[63]
Con el mando, poder, y con la vara,
El Cáceres echaba contrapaso,
Al santo del Obispo: mas tenia
Un provisor que mal los recibia.
Aunque el Obispo era mal sufrido,
No era codicioso de venganza.
Segovia, el provisor, no ha consentido
A Cáceres crecer en su pujanza;
Mas antes con un odio encrudecido
Le mete, como dicen, bien la lanza,
Tomando informaciones y testigos:
A Cáceres lo dicen sus amigos.
Un hombre, que Daroca se llamaba,
Que del Perú sacó en su compañía
El Obispo, en el pueblo publicaba
Contra el Obispo mal en demasía:
Mil cosas en escrito denunciaba
Al Cáceres, que bien las recibía:
Con que publican todos por estenso,
Que el bueno del Obispo está suspenso.
Al provisor metió en un aposento
El General, con grillos remachados,
El comer al Obispo y el sustento
Le quita; que no son hombres osados
A darle un jarro de agua, que al momento
El servicio y los indios son quitados:
Y por mayor baldon y mas afrenta,
Al Obispo le priva de su renta.
A Pedro de Esquivel, un caballero
De bella compostura y bella traza,
Amigo del Obispo y compañero,
(Por sola su pasion) le prende y caza.
Con el Obispo ser particionero
En su prisión afirma, y en la plaza
Le corta la cabeza, y en picota
La fija, y de traidor le reta y nota.
La traicion de Esquivel está fundada
En una informacion que ha fulminado,
En que el Obispo y él, de mano armada
Conciertan de prenderle: ha concertado
Que el triste del Obispo en su posada
Estè sobre fianzas encerrado.
En la iglesia el Obispo está rezando,
Y oid lo que está el malo publicando.
En pregon dice: "Pena de la vida,
A la Iglesia mayor nadie se atreva
Por hoy ir, porque es cosa conocida,
Que el Obispo intencion muy mala lleva.
Y pues que la tenemos ya sabida,
No habernos menester, dice, mas prueba."
Ayala su alguacil vá prestamente
Al templo para echar fuera la gente.
¡O Marqués! destos casos escribano,
En dó toda maldad pura se encierra,
Secáriase primero aquesta mano,
Que escribiera escriptura mala y perra.
Mas ¡ay! como el juicio soberano
Para castigo tuyo envia á Guerra
Obispo, que poniéndote en cadena[64]
A tí, y tu hacienda lleva pena.
Al fin, pues, ya del templo consagrado,
Diciendo mil oprobios y baldones,
Y falsos testimonios del Prelado,
Por solos sus rencores y pasiones,
Expelen al cristiano arrodillado,
Haciéndole que salga á rempujones.
Forzándola á salir la puerta afuera,
Una dama hablò de esta manera.
¡Pues no son poderosos los maridos!
Pidamosles las armas, y volvamos
Por la honra de Dios. Y con gemidos
Decía:--no conviene consintamos
Aquestos maleficios conocidos;
Y todas al prelado defendamos.[65]
Que mas vale morir honrosa muerte,
Que un mal disimular de aquesta suerte.
Poblado está de màrtires el cielo
Que por honra de Dios han padecido;
De su sangre està lleno todo el suelo,
Que infieles y tiranos han vertido:
Tomemos pues con esto gran consuelo,
Que Dios dà gloria à aquel que ha merecido.
Y pues sabemos que este es un tirano,
Volvamos por el nombre de cristiano.
Con sobrado valor y pecho osado,
Otra dàma hablò de esta manera:--
De aqueste lugar santo consagrado,
Nadie me hará salir de aquì afuera;
Ni consentir yo tengo que al Prelado
Agravien, sin que yo primero muera:
Que à mí, que soy su oveja, su fatiga,
A condolerme de ella bien me obliga.
A mis padres, hablando de Castilla
Y de santas histórias, tengo oido
De la sábia Judith, si sè decilla,
Que bien veis que en la tierra soy nacida;
Aquella grande hazaña y maravilla
Que hizo, por dò nombre ha merecido
Tan alto, que la Iglesia la pregona
Por dechado de fuertes y corona.
Holofernes soberbio, crudo, altivo,
Tenia la ciudad desta cercada;
Al nombre hebraico era muy nocivo
Con su fuerza, poder y cruda espada:
Estaba al punto ya de ser cautivo
El pueblo, y la ciudad desconsolada;
Judith de remediarla deseosa
Saliò por el ejército animosa.
La gente de Holofernes que la vido,
Al punto se la hubo presentado,
Diciendo, á buena parte hemos venido,
¿Quien hay que no pelee muy de grado?
Al Holofernes bien le ha parecido,
Y cenando y bebiendo, se ha embriagado:
La noche sobreviene, y se dormia
Con el vino abundante que bebia.
Judith, que esta ocasion consideraba,
La cabeza le corta, y con secreto
Saliò con la criada que llevaba:
Librando de esta suerte del aprieto
A su pueblo, en que vió ella que estaba.
El prémio ha recibido, mas perfecto;
Y pues vemos que el prèmio ya nos llama,
Dejemos de nosotras grande fama.
El triste doloroso del Prelado
A su casa se vuelve, no cesando
De gemir y llorar muy congojado,
Por ver su oveja irse condenando.
Allí le hace estar emparedado;
Con barro las ventanas le tapando:
Fianzas dà el Obispo que estaria
En su casa, y que de ella no saldria.
Mas teniendo noticia que querian
Echarle de la tierra, se ha salido
Huyendo á media noche, y acudian
Algunos en su busca, dò escondido
Estaba, y los mosquitos le comian,
Que en toda aquella noche no ha dormido.
A su casa le vuelven, dó se queda,
En tanto que fortuna vuelve y rueda.
El Cáceres estaba tan furioso,
Tan altivo, soberbio y endiablado,
Que no tiene en sì mismo algun reposo,
Ni puede estar momento reposado.
Del Provisor estando receloso,
Por ver que era sagaz y redoblado,
Acuerda de embarcarle en un navìo,
Y él bajase así mismo por el rio.
Bajò con intencion de despacharle
Al Perú, por sacarle de la tierra;
Mas no halla manera de enviarle:
Por dó su voluntad en esto cierra,
Que dos ò tres procuren de fiarle:
Con esta condicion no lo destierra,
Mas suelto el Provisor del crudo lazo,
Sacude, como dicen, zapatazo.
Teniendo, pues, la causa fulminada,
Juntaron de mancebos gran canalla,
Que es gente para todo aparejada,
De españoles tambien parte se halla,
A quien noticia fuè del caso dada:
No hace Fray Francisco Ocampo falla,
Que aunque al principio fué de la otra parte,
Aquì lleva el guion y el estandarte.
En casa de Segovia se juntaron
De noche, con secreto sin ruido;
Entre todos allí se concertaron,
Y el caso fué de breve concluido.
Que Cáceres se prenda concertaron,
Y esperan á que sea amanecido.
Una vision al punto que amanece
Encima de la iglesia se aparece.
A mirar la vision los que salieron
A un patio dò el Segovia reparaba,
Un Angel relumbrando todos vieron,
Que parece una espada desnudaba.
Muchos aquesto mismo me dijeron;
Y el Angel parecia que amagaba
Con la espada desnuda que tenia,
Y golpes hàcia abajo sacudia.
El Cáceres venido pues à misa,
Entrò la turba multa muy derecha,
Echó à Càceres mano muy à prisa,
Y algunos de los suyos no aprovecha;
Que el negocio seguìa ya de guisa,
Que cada cual à puja mano le echa;
Y al fin preso le llevan muy de vuelo,
Sin dejarle llegar los pies al suelo.
Con voz del Santo Oficio y apellido
Le prenden, y eso suena su proceso:
En un punto se vé el pobre afligido,
Con miserable fin del mal exceso.
¡Quien duda que estaba arrepentido,
En contemplar el triste aquel suceso!
Que el solo conocer su grave culpa,
Es lo que al pecador mas le disculpa.
Su pompa, presuncion, y bizarria,
Fenece con muy vìl abatimiento:
Que cosa cierta es que no podia
Para siempre durar su ensalzamiento.
Un negro que este Càceres tenia
Habiendo visto aqueste acaecimiento,
Tened dijo, Señor, la barba queda,
Que el mundo de esta suerte corre y rueda.
Teniéndole pues preso y arecado,
Nombrado otro teniente entra en consejo,
Y tratan quien lo lleve aprisionado
A España con presteza y aparejo;
Que vaya luego fuè determinado
El capitan Rui Diaz Melgarejo,
Que no se huelga poco de este hecho,
Y piensa sacar de ello algun provecho.
El Obispo tambien se determina
Con ànimo de ver à nuestra España:
Y aunque dicen algunos desatina,
Y que su ida á la tierra mucho daña,
Empero dicen otros que lo atina,
Porque él preso no use alguna maña,
Con que se suelte y libre de cadena,
Y cause al santo Obispo cruda pena.
El teniente que nombran se decia
Martin Suarez, noble caballero:
Al Càceres muy mucho aborrecia,
A asì en le desechar es el primero.
De presto un navichuelo componia,
Y puesto brevemente en astillero
Despacha al preso en este, procurando
Quedarse por señor, y gobernando.
Tambien en compañia fué ordenado
Que saliese Garay que lo desea:
Aquì tuvo principio, y ha probado
En la guerra muy bien y en la pelea;
Mas nunca supo ser considerado.
Su tiempo le vendrá, cuando se lea
El fin en que paró su desventura,
Por quererse seguir por su locura.
Saliò de la Asumpcion la caravela
Con otro bergantin acompañada,
Izan antenas, dan al viento vela,
La nave por el sur es gobernada.
Con el viento y corriente tanto vuela
Que en breve à S. Gabriel fuera llegada,
A dó se declaró para Castilla,
Con Cáceres, Obispo y su cuadrilla.
Garay el rio arriba se ha tornado,
Y puebla á Santa Fé ciudad famosa:[66]
La gente que está en torno ha conquistado,
Que es de ànimo costante y belicosa.
Los Argentinos mozos han probado
Allì su fuerza brava y rigurosa,
Poblando con soberbia y fuerte mano
La propia tierra y sitio del pagano.
Estando Santa Fé ya bien poblada,
Garay bajó à Gaboto por el rio,
Geronimo y su gente en la llanada[67]
Estaban, que venian con gran pio
De hacer en el rio su morada.
Garay no osa salir de su navio,
Aunque es de los de Córdoba rogado:
Del agua y de la tierra se han hablado.
Del una parte y de otra ha habido dones,
Los ánimos mostrando halagueños,
Empero por quitarse de pasiones,
No salen del batel los paragueños.
Partieron sin mostrar los escuadrones,
A nuestro parecer, torcidos ceños:
Mas dejan los de Còrdoba fijada,
Por señal una cruz de su llegada.
A Córdoba llegando el de Cabrera,
La nueva le ha llegado que ha venido
Abrego à gobernar, que no debiera,
Pues tan mal á los dos ha sucedido.
El Abreu como llega le prendiera,
Y preso su negocio ha fenecido;
De suerte, que quitandole la vida
Le deja su memoria obscurecida.
Garay quitó la cruz de aquel asiento,
Dó quedó por Cabrera levantada,
Que sabe que es su intento y fundamento
Dejar la posesion allì tomada.
Con esto, él y su gente con contento
Se vuelven à su asiento, y su morada,
Que es dicho Santa Fé, tierra muy llana,
Y à Tucuman y Córdoba cercana.
El Obispo al Brasil en breve llega
Con su preso, y la gente, aunque temieron
En golfo y alta mar la gran refriega,
En San Vicente alegres pues surgieron,
A dò al preso el Obispo da y entrega
A gentes, que encerrado le tuvieron:
El cual de la prision se ha escabullido,
Y anduvo algunos dias escondido.
De à poco, precediendo excomuniones,
El Càceres ha sido descubierto,
Y puesto en un navio con prisiones,
Para Castilla sale de aquel puerto.
De enfermedad, congojas y pasiones,
Fray Pedro de la Torre ha sido muerto,
Dejando grande fama en San Vicente,
De grande religioso y continente.
Muy pùblico en la costa se decia,
Que al tiempo que murió aqueste prelado
La pieza y aposento mucho olia,[68]
Y el sepulcro dó fuera sepultado.
Aquel que en la mortaja le envolvia,
Conjuramento lo ha testificado,
Y así lo dicen hoy los lusitanos,
Que muerto, bien le olian pies y manos.
Ya Juan Ortiz de Zàrate está dando
Gran priesa, y que me acuerde que ha partido,
Me dice, y que ya viene navegando;
Que cumpla lo que tengo prometido.
De solo me acordar ya está temblando
La mano; que en pensar que he padecido
Calamidad tan grande y tal miseria,
Temor tengo de verme en otra feria.
Y así por no acordarme de tal llanto,
De tan crudo dolor y triste suerte,
Quisiera fenecer con este canto,
Que dudo que mi pluma bota acierte.
Que puesta la memoria en el quebranto,
Cuando me ví tan cerca de la muerte,
Temo se ofuscarà; pero digamos
Las tristes desventuras que pasamos.
CANTO OCTAVO.
_Sale Juan Ortiz de Castilla, llega à Canaria, y de ahí á Cabo
Verde, de adonde viene en demanda de la isla de Santa Catalina._
Al tiempo que alas cobra la hormiga
Le viene su remate y perdimiento.[69]
Fortuna à Juan Ortiz ha sido amiga
Desde el orígen suyo y nacimiento;
Mas ya le comenzó à ser enemiga,
Al punto de su vano pensamiento:
Que las altivas alas que tenia,
Ya vimos que el francés las abatìa.
Fortuna acá y allà yendo y viniendo,
En la corte le pone en tal estado,
Que aunque á la sazon està rigendo,
Le tiene al parecer desbaratado.
Con todo, de sus mañas se valiendo,
Con tìtulo y blason de Adelantado
Del puerto de San Lucar se salia,
Y el año de setenta y dos corria.
Con el ìban solteros y casados,
Casadas y doncellas de viage,
En tres navios mal aderezados,
Con una zabra mala y de mal trage.
Al parecer à muerte condenados,
Con otros quince ó veinte en un patage.
Mas estos mejor dicha al fin tuvieron,
Que en tierra del Brasil libres surgieron.
Camina pues la armada algunas leguas,
Entregada á las ondas de Neptuno,
Y engolfada en el golfo de las Yeguas,
Sucede un vendaval tan importuno,
Que si Dios no pusiera presto treguas,
De todos no escapàra ni solo uno:
Y viendo andar el mar por las estrellas,
De temor lloran hombres y doncellas.
La noche muy obscura, la mar brava,
El viento vendaval muy presuroso
Soplaba y de temor cualquiera traba
Del otro por valerse deseoso:
Y mientras esta furia reposaba,
Los pilotos amainan sin reposo.
Las naves van volando ya sin guia,
Mientras que cesa el viento su porfia.
Y despues que cesò la furia y viento,
(Habiendo ya su término corrido)
La gente alborotada, del tormento
Temor y desconsuelo padecido,
Decia con un ronco y flaco aliento,
"Si habemos del peligro ya salido."
Allì muchas promesas publicaron,
Que en el temor pasado à Dios votaron.
Despues, dando lugar el gran Neptuno
A que fuesen sus ondas navegadas,
Con muy próspero viento y oportuno,
A cabo de cien leguas caminadas,
Descubrimos del bárbaro importuno
La costa, con sus tierras malhadadas.
Era una tierra larga, baja y llana,
Que tiene por renombre Tafetana.
Dejando aquesta costa á izquierda mano,
Despues de veinte y cinco dias pasados
De nuestro navegar por el Oceano,
De vanas esperanzas confiados,
A la Gomera un dia muy temprano
Llegamos, los peligros olvidados:
Que pasado el peligro, olvida luego
El marchante el voto, prece y ruego.
Aquì estuvo el armada reposando
Tres dias no cabales, que corria
Buen viento, que nos iba convidando
A tener regocijo y alegría.
Del puerto, pues, à prisa se levando,
Navega á Cabo Verde recta via:
Mas el viento y pilotos yerran tanto,
Que el gozo se volvió muy presto en llanto.
Andaban los navíos sin concierto,
Arando el importuno y largo lago;
Ya caminan derecho, ya muy tuerto,
Al fin toman la isla de Santiago.
Es isla muy alegre con buen puerto;
Mas yo à mi obligacion no satisfago,
Si no fuerzo á escribir yo aquí mi pluma,
Su temple y compostura en breve suma.
El sitio es apacible y deleitoso,
La gente muy lucida y muy galana,
Por el ingles cosario y belicoso,
En ronda suele andar cada mañana.
Enfermo es el asiento y peligroso,
Por el calor la gente no está sana,
Mas viven á placer los lusitanos,
Contentos, muy alegres, muy ufanos.
A mi posada vino un caballero
De buena compostura y bien tratado,
Alegre, conversable y placentero,
Y con una encomienda señalado.
Tiene una negra allí mucho dinero,
Con ella se casò el desventurado.
¡Mirad pues el dinero à cuanto obliga!
Que sufre este en sus ojos una viga.
Partióse de este puerto Santiago
En breve con un próspero y buen viento:
Mas entrando á la mar y grande lago,
Calmó, y todos perdieron el contento.
Algunos lo tuvieran por buen pago
A España se tornar, porque el aliento
Faltaba, desque entienden alargarse
El tiempo, y la jornada no acabarse.
A la lìnea en aquesto se acercaron,
A dó (con aguaceros que tuvieron)
Al piè de quince dias mal pasaron,
Y algunos en la línea se murieron.
Despues de aqueste tiempo la doblaron,
Y en demanda al Brasil las velas dieron.
Mas no vieron la costa de sus ojos,
Huyendo de no dar en los Abrojos.[70]
Los diez eran de Marzo ya pasados,
Cuando toman los campos nuevo trage,
Y vuelve por sus pasos compasados
El gran Apolo à España su viage.
En este tiempo fueron desviados
Los unos de los otros, y el patage
Con viento y aguaceros se apartaba,
Y en costa del Brasil puerto tomaba.
En San Vicente salta, dó han hallado
La gente del Obispo y Melgarejo,
Del armada de Zàrate han contado,
De sus armas, pertrechos y aparejo:
Rui Diaz les ha à todos convidado,
Que se vuelvan con èl: este consejo
Algunos del patage lo tomaron,
Mas otros en el puerto se quedaron.
Pudieran bien decir los doloridos,
Estando en San Vicente reposados,
Si nosotros no fueramos perdidos,
Por ser de nuestra flota ya apartados,
O fueramos de hambre consumidos,
O muertos de los indios y acabados;
Y cierto para haber de guarecernos
El medio mas seguro fuè perdernos.
El armada con pena navegando,
A veinte y uno de Marzo una mañana,
Antes de aquella Pascua, en que llorando
Buscaba al buen Jesus de Marta hermana,
La tierra se descubre, y vela dando,
En breve se llegò, que está cercana:
Mas no se toma puerto, que buscaban
A donde le tomar, y no le hallaban.
Andando los pilotos vacilando
En luengo de la costa, cada dia
Sus cartas y roteros remirando,
Por ver donde el armada surgiria:
Sus grados y sus puntos cotejando,
Anclaron en Abril tercero dia
En una playa y puerto sin abrigo,
Que es dicho por renombre D. Rodrigo.
Su cara mostrò Febo muy cubierta
Aquì, cuando se entraba en occidente:
La noche obscurecida como puerta
De muy profunda cueva dò no hay gente.
Neptuno muy sañoso se despierta,
Y à las aguas comienza bravamente
A mandar, que se muevan alteradas
Del sur, y en altos montes levantadas.
Ni el Puerto Pico, ó Sierra Mariana,
Ni Teide, ò Potosí, ni el Atumare,
Ni el volcan de Arequipa, ni Lupana,
Ni el alto monte ó sierra de Lambare,
Ni Villuerca, ni Sierra Verzocana,
Se puede ya hallar que se compare
A los montes y sierras que formaba
En alta mar el viento que bramaba.
Estaba el Almirante del armada
Con solo un cable y ancla: el porfiado
E importuno sur desamarrada
La lleva, habiendo el cable reventado.
La nave por la mar andaba errada,
El piloto no acierta de turbado
A decir ni mandar lo que conviene,
Que en el alma metido el miedo tiene.
Con este temporal tan peligroso
La nave sobre tierra va volviendo:
El viento con su impetu furioso,
Las velas en un punto descojendo,
Hace volver la popa sin reposo
A tierra, y el mar adentro vá corriendo.
La gente alborotada sin consuelo,
Levantan alaridos hasta el cielo.
Quedan la capitana y vizcaina
En gran peligro surtas junto á tierra:
Mas luego en un momento muy aína
La vizcaina el ancla desafierra:
Agarrando dos leguas ya camina
En luengo de una costa y de una sierra;
Mas no se osa meter en la mar brava
Con el temor de la agua que faltaba.
El Almirante sale al mar sañoso,
Del importuno viento sacudido:
La gente clama al Alto Poderoso
Con voces, gritos, llantos y alarido.
El sexo femenil mas doloroso,
Causaba fuese el caso dolorido,
Que tantos alaridos levantaban,
Que la tormenta mas acrecentaban.
En demanda del Rio de la Plata
Se leva de este puerto que he contado
La flota; mas el sur ya se desata
Con un furor terrible acelerado:
Y viendo que este viento desbarata,
Y hace desandar lo que está andado,
Procura de tomar puerto la flota,
Con fin de desistir de su derrota.
Y tanto el bravo viento los aqueja,
Que se siguen tras él desconfiados
De su recto viage, que se deja,
Por ser del vendabal tan contrastados.
La capitana un poco mas se aleja,
Y surge con sus naves á los lados,
Si no es el almiranta, que apartada
Surgió en una bahía no abrigada.
Del almiranta á tierra sale luego
Alguna gente, y halla las pisadas
Del indio, por dó siguen, aunque ciego
El camino, y las yerbas mal holladas,
A la señal, y humo de un gran fuego
Descubren unas gentes congregadas
De nación Guaraní, que recibieron
A los nuestros muy bien, y les sirvieron.
Las cosas, que tenian ofrecidas
A los nuestros, con ellos se metieron
En la barca con flechas muy crecidas,
Y en trueco de rescates las vendieron.
Sus carnes, de aire y sol ennegrecidas,
Algunos españoles las cubrieron;
Que estima esta nacion mucho cubrirse,
Y à nuestro modo y forma de vestirse.
De aquestos se tomó lengua y aviso,
Mayormente de un indio ya muy viejo;
A Santa Catalina de improviso,
Que vayan les ha dado por consejo,
Y èl propio ir á mostrar el puerto quiso:
Y viendo tal recado y aparejo,
Las naves en un punto se levaron,
Y en luengo de la costa navegaron.
Surgieron en el puerto que es llamado
Ayumirì, que es boca angosta ò chica,
Del isla hacia el este; al otro lado
Està la tierra firme en forma oblica.
La flota procurando lo abrigado,
Dejando el primer puesto allá se aplica,
Adonde hace el mar una ensenada
En forma de la luna de menguada.
Aquì puerto y lugar aparejado
Para surgir mil naves está bueno:
Entre la isla y la tierra va ensenado,
Un golfo de pescados todo lleno;
De una parte y otra reguardado
De vientos, todo alegre y muy ameno.
Empero del armada Zaratina
Aquí fuè la caida y grande ruina.
Aquí reposaremos sin reposo.
Que mal pueden tenerlo los hambrientos.
Trataremos del trance doloroso
De la infeliz armada, y sus descuentos:
Hambre, muerte, tristeza, lacrimoso
Planto, suspiros, gritos y lamentos,
Daràn subiecto cierto al nono canto,
O por mejor decir al nono planto.
CANTO NONO.
_En este canto se cuenta la grande hambre de la isla de Santa
Catalina, con las desventuras lastimosas que en ella se
padecieron._
Oíd, las damas bellas, este canto,
A quien ha repartido la natura
De su grande valor, y bienes tanto,
Que se huelga de ver ya su hechura;
Causaros ha á vosotras mas espanto,
Por ser de delicada compostura,
Y llorareis con migo un mal tamaño,
De desastrado fin y crudo daño.
El canto vuestro es, pues que contiene
De damas y galanes la caida:
Por tanto el ofrecerosle conviene,
Porque de vuestro ser el tome vida.
Haced con vuestra fuerza que no pene
Aquel que le leyere, pues rendida
De este siglo teneis la mayor parte,
Con vuestra gran belleza, industria y arte.
En el pasado canto recontamos
Del puerto que tomó el Zaratino:
Escuchad pues agora que contamos
El fin tan desastrado que le vino.
En esta tierra, y puerto que tratamos,
El triste Adelantado fuè mohido,
Que bien cierto està, el pobre procuraba
El bien, mas la codicia le cegaba.
Saliò à tierra del isla, deseoso
De dar remate y fin à su fatiga:
Su hado le es contrario y envidioso,
Y fortuna le fué muy enemiga.
Por el tiempo contrario le es forzoso
Tomar aquesta tierra, y aun se obliga
A echar toda la gente un dia en tierra
Al pié de una montuna y alta sierra.
Celebraba la iglesia aqueste dia
Del Corpus, fiesta santa señalada:
Celebróse con gozo y alegria
La fiesta del Señor tan celebrada.
Por esta causa al puerto se ponia
Por nombre _Corpus Christi_, y es nombrada.
Santa Catalina: es isla sin ventura
De tantos españoles sepultura.
De à poco se partió el Adelantado
Con mas de ochenta hombres escogidos,
Al puerto de Ibiacá que està poblado,
Dejando à los demas muy desabridos.
Consejo fué cierto este mal guiado;
Y así los que quedaron son perdidos,
Que ni armas, ni comida les quedaba,
Y la fuerza ya à todos les faltaba.
Quedaron en la isla á buena cuenta
Docientos y cincuenta, ó mas soldados,
Casadas y doncellas hay cincuenta,
Sujetas á miseria y tristes hados.
En ver que Juan Ortiz de alli se ausenta,
Algunos de temor estan turbados,
Y su temor se dicen y publican,
Que cruda muerte y hambre pronostican.
Quedò por capitan aquí nombrado
Un Pablo Santiago; pues camina
Al puerto de Ibiacà el Adelantado,
Que es tierra muy cercana y bien vecina:
Y así el propio dia hubo llegado,
Sin suceder desastre ni mohina.
Los indios salen presto á recibillos,
Y danles de comer á dos carrillos.
En el isla no comen tan à prisa,
Que la racion se dá por grande tasa:
Seis onzas de harina solas guisa
El pobre del soldado y las amasa.
A nuestro Adelantado se le avisa
Que la racion es corta y muy escasa:
Mas el que está seguro en talanquera,
Muy poco se le dà que el otro muera.
En este tiempo cinco se han huido.
Gallegos de nacion, y un castellano
De su negocio parte hubo sabido,
Segun jurò y depuso ante escribano.
Aqueste, en esta culpa convencido,
Alega su inocencia, mas en vano,
Que en una horca luego le pusieron,
Y los cinco isla adentro se metieron.
Un portugues mulato marinero,
Con otros tres grumetes y un soldado,
Huyeron por la isla; mas empero
El piloto mayor cuatro ha hallado:
Entre ellos el mulato es el primero,
Que alega ser de grados ordenado.
A muerte les condenan, mas la muerte
Previénele primero por su suerte.
El soldado llegó casi ya muerto,
Y asì no se le hizo de esto cargo,
Que el dia que llegò en aqueste puerto
El ùltimo remate de descargo
Le vino de su bueno ó mal concierto.
El uno de los tres se hizo à largo;
De suerte que jamas hueso ni pelo,
Se supo dél por mar ni por el suelo.
Los otros dos grumetes que quedaron,
Por ser con el mulato en la huida,
Y haber ya confesado la intentaron,
Estando ya su causa fenecida,
A muerte les condenan; y apelaron,
Llamàndose menores: concedida
Les fué la apellacion, y que viviesen,
Para que mas trabajos padeciesen.
De los que una canoa habian tomado,
La cual en tierra firme fué hallada,
El uno aqueste puerto se ha tornado,
El otro va siguiendo su jornada.
Habianse dos meses sustentado
Entreambos con palmitos; la tornada
Del triste, que llegó muy flaco y malo,
Se celebra, colgàndole de un palo.
¡Ay, inhumano juez, justicia dira,
Que tal justicia quieres sin justicia
Egecutar agora en quien suspira
Por solo pan sin otra mas codicia!
Si aquesto no te mueve, solo mira
Que no ha pecado aqueste de malicia;
Que solo por la isla ha caminado
En busca de comida, y se ha tornado.
Mas ¡ay! que Juan Ortiz dejó un flagelo
Cortado muy al gusto y su medida,
Que cierto no hallarà en todo el suelo
Alguna bestia tan descomedida
Cual esta. ¡O crudo mal, ó triste duelo,
Tristeza, á mil tristezas sometida,
Pues vemos que de hambre estan muriendo
Aquellos que en la horca estan poniendo!
De los cinco soldados que huyeron,
Por cuya causa uno fué ahorcado,
A quien de su negocio parte dieron,
Al cabo ya de dias se han hallado
Los dos, y los demas dicen murieron,
Y el uno de estos dos poco ha durado,
Que luego se murió; mas tal venia
Que solo figuraba anatomia.
Pues los que estàn acá, en crudo llanto
Están, y tan mudados y trocados,
Que solo con mirarlos dan espanto,
Y están de verse tales admirados.
A muchos el pellejo como manto
Les cubre aquellos huesos descarnados,
En otros agua, humor, corrupto viento,
Entre pellejo y huesos han asiento.
Hoy mueren diez, mañana mueren veinte:
No basta gentileza y bizarría,
A contrastar el hado, ni el sapiente
Al rustico ventaja le hacia.
La gala y hermosura prestamente
Fenece, y el aviso y cortesía,
Que la tirana, cruel, rabiosa perra
A barrisco lo lleva todo á tierra.
Así se van ya todos acabando,
Que es lastima de ver ruina tamaña;
Los galanes y damas suspirando,
En ver la muerte andar con su guadaña,
Los niños descaecidos sollozando,
Tragedia representan muy estraña;
Y las madres maldicen su ventura,
Por verles padecer tal desventura.
No fuera muy mejor, dicen, hijitos
Que no os hubiera yo triste parido,
O ya que yo os parì, que de chiquitos
El alto cielo os hubiera recibido:
O dejaros allà dando mil gritos,
Que yo vine à pagar mi merecido:
Y á vosotros, mi bien, es cosa cierta,
Que no os faltára pan de puerta en puerta.
Maldito seas honor, y honra mundana,
Pues bastaste à sacarme de mi asiento.
¿No me fuera mejor pasada llana,
Que no buscar mejora con descuento!
Vinierame la muerte muy temprana,
Y nunca yo me viera en tal tormento:
Mas quiso mi desdicha conservarme,
Para con crudo golpe lastimarme.
El triste lamentar y las endechas
Que cada cual cantaba de su modo,
A la falta del pan iban derechas,
Que en tratar de comer estaba todo.
Las carnes consumidas y deshechas,
Los rostros de color de puro lodo,
Perdiò el amor su fuerza aquì de hecho,
Que cada cual miraba su provecho.
De dos quiero decir un caso extraño,
(Que solo el referirlo me dá pena)
A quien el amor hizo tanto daño,
Cuanto suele à quien prende en su cadena.
En fama de casados habia un año
Que estaban, y, se dice, á boca llena
El galan su muger deja é hijuelos,
La dama su marido en hornachuelos.
Aquestos à palmitos han salido,
Como otros lo hacian cada dia,
Y la montaña adentro se han metido,
A dò la oscura noche les cogia:
En esto à nuestro amante dolorido
Una espantosa fiebre sucedìa,
La dama le consuela, aunque afligida,
Por verse en la montaña tan metida.
No quiero referir lo que trataron
Los tristes dos amantes, y su llanto,
Las voces y suspiros que formaron,
Porque era necesario entero canto.
Al fin su triste noche la pasaron,
Envueltos en dolor y crudo planto,
Quien duda que la dama no diría,
¡En mal punto topé tal compañia!
Habiendo pues ya Febo caminado
Su curso en redondez, de la cerea,
Mostraba el rostro rojo y colorado,
Cubriendo la montaña de librea.
El sin ventura amante fatigado,
El camino buscaba, mas pelea
En vano; que no acierta con camino,
Que el miedo y el temor le quita el tino.
Salieron los dos juntos à la playa,
Pensando que salieran al poblado:
La dama sin ventura se desmaya,
En ver como se habian alejado;
Al galan le amonesta ella que vaya
En busca de camino, y que hallado
Se vuelva à aquel lugar: él ha partido,
Mas presto el sin ventura anda perdido.
Quedó por esta causa allí la dama
De dolor, y congoja y pena llena,
Dó la siguiente noche tuvo cama,
Triste, sola, llorosa en el arena.
El pobre por el bosque grita y clama,
Al aire publicando su gran pena;
Que por buscar camino, senda y via
Sin su dama se vé, y sin alegria.
A sí propio se odia y aborrece,
Que en verse sin su luz y clara estrella,
A la muerte de veras él se ofrece,
Que mas quiere morir que estar sin ella.
La noche no durmió y no amanece,
En su busca camina por aquella,
La dama un poco duerme, porque suele
En ellas aflojar cuando mas duele.
Un pece de espantable compostura
Del mar salió reptando por el suelo,
Subióse ella huyendo en una altura
Con gritos que ponia allá en el cielo:
El pece la siguió, la sin ventura
Temblando está de miedo con gran duelo;
El pece con sus ojos la miraba,
Y al parecer gemidos arrojaba.
Salió en esto el galan de la montaña,
Y el pece se metió en la mar huyendo;
Sus ojos el galan arrasa y baña,
Con lágrimas, y á ella se viniendo
Le dice: si la vista no me engaña,
Camino tengo ya, venid corriendo.
La dama le responde: á prisa vamos
Al pueblo, porque mas no nos perdamos.
Allegan al lugar muy destrozados,
Hambrientos, amarillos, sin sentido:
Mas uno de otro fueron apartados,
Que su vivir y trato fué sabido.
Entrambos de mí fueron castigados,
Que por suerte el oficio me ha cabido,
Mas que castigo haber allí podia,
Igual á aquel que ya se padecia.
En este tiempo andaba con presteza
Juntando Juan Ortiz mucha comida:
El Sargento mayor vá sin pereza
De los indios buscando la manida;
Y tanto calor pone, y tal destreza,
Que la miseria en breve fenecida,
Que el indio tiene, deja y los buhíos
Barridos de alto á bajo, y muy vacios.
A cual indio le toma la hamaca,
A cual el pellejuelo que tenia,
A cual, si le replica, allí le saca
La manta con que el triste se cubria.
Al fin, en la pared no deja estaca,
Que todo cuanto halla, destruia,
Y no contento de esta tal destroza,
Enojo dá al que tiene muger moza.
El Juan Ortiz aquí se regalaba,
Y no tengais temor, pues que le duela
Saber como su gente lo pasaba.
Y aunque él de solo el indio se recela,
Alguna de su gente se alteraba;
El ardidoso Rocha, el bravo Vela,
Con otros quince mozos concertaron
Su remedio buscar, mas no acertaron.
De dó estaba el real ir pretendieron
Por tierra al Paraguay: determinado
El caso, con secreto, pues, salieron
Siguiendo su camino despoblado.
Al piè de treinta dias anduvieron,
Al cabo del cual tiempo han acordado
Volverse dó primero ya salido
Habian, por pagar su merecido.
Los nécios, pues, traian confianza,
De conseguir perdon de su delito:
En vano les saliera su esperanza,
Qué voz horrenda suena y crudo grito.
De Juan Ortiz la gente con pujanza
Les prende, y el negocio por escrito
Se pone, y á los tres luego cortaron
Las cabezas, y en alto las fijaron.
Tambien allá en la isla pretendieron
Llevar de la Almiranta unos soldados
La barca, con la cual ir se quisieron
Al puerto San Vicente encaminados.
En este caso, pues, entrevieron
Mugeres por huir los tristes hados;
Mas no pudo quajarse este concierto,
Que fué por las mugeres descubierto.
Huirse todos, se, lo deseaban,
Que el temor de morir les incitaba,
Y algunos ví que allí lo procuraban,
Aunque el posible á todos les faltaba:
Sobre esto muchas juntas se efectuaban,
Y á algunos el juntar vida costaba.
Era dolor, tristezas y tormentos,
El ver poblar las horcas de hambrientos.
Aquellos que el huirse no han certado,
Juzgaban por no ver camino cierto;
Y al perro que hallaban desmandado
Mataban: y aun á penas era muerto,
Cuando estando cocido ó mal asado,
En el hambriento vientre era encubierto,
Temiendo que si el dueño lo supiera,
La presa de las manos les cogiera.
Culebras quien hallaba era dichoso,
Y de padres y hermanos envidiado,
Lagartijas pequeñas yo bien oso
Decir, que las comí mal de mi grado:
Y sé que me hallaba deseoso
De tener abundancia, que probado
Su sabor ricamente me sabia,
Y mas que de cabritos parecia.
Algunos en cazar de los ratones
Tan diestros y tan hábiles estaban,
Que en trueco de una, ó dos, ó mas raciones,
Un número tasado concertaban:
Tambien habia una especie de lirones,
Que al modo de conejos se guisaban,
Y aunque faltaba aceite y vino añejo,
La gran hambre prestaba salmorejo.
Los sapos ponzoñosos é hinchados,
Con escuerzos nocivos, por muy sanas
Comidas se juzgaban; que forzados
Los hombres de su rabia y fuertes ganas,
Estando los escuerzos desollados,
Juzgaban ser en todo puras ranas:
Y aun el sabor decian que excedia
A las ranas en grande demasía.
La cosa á tal extremo hubo llegado,
Que carne humana ví que se comia:
Hambre canina fuerza allí á un soldado,
Pensando que su hecho nadie via.
Las tripas le sacára á un ahorcado,
Y al medio del cocer se las comia:
Los huesos se roian de finados,
¿Quien no llora estos casos desastrados?
Un mozo, que atambor fuè de la armada,
En esta cruda, horrenda y grande ruina,
Sabiendo se guardaba en la posada
De Florentina y Doña Catalina,
El resto de raciones, ya pasada
La media noche, á priesa va y camina;
Y entrando en la chozuela le sentian
Las damas, y al encuentro le salian.
La una dama y otra le cogieron,
Sin que pudiese el pobre escabullirse:
A piedad ninguna se movieron,
Que de ellas con verdad no ha de escribirse.
La oreja de su rostro desprendieron,
Y al pobre sin curarle dejan irse,
Y por mas presumir de su mal hecho,
La oreja abscisa clavan en su techo.
La prenda de este triste ya perdida,
Y abscisa de su rostro ha recobrado,
Y en prenda muchas veces de comida,
A gentes en la isla la ha empeñado;
Y apartase del pleito que pedida
Tenia su justicia el desdichado,
En trueco de que el reo allí le diese
Algun maiz ó raices que comiese.
Las damas que hicieron este aleve,
Haciendose justicia sin justicia,
Eran de bajo ser; que bien se debe
Aquesto presumir de su malicia.
Ninguna de valor á tal se atreve,
Aunque es de las mugeres sin justicia,
Ingratitud, maldad, lágrimas, lloro,
Mentiras, y venganzas su tesoro.
Pregunten á Aristoteles qué sentia
De la muger? Pues dice en su escritura,
A lágrimas, y llanto en demasía,
Inclinada bien es de su natura,
Envidia y querimonia la seguia,
Flojedad, y pereza y detractura:
Mas dice de ella un bien; que se contenta
Con muy poco manjar y se sustenta.
Al fin, á aquestas damas el teniente
Las prende, y les tomò sus confesiones:
Despues todo se hizo buenamente,
Aunque hubo de este caso informaciones:
Al triste sin oreja mal paciente
Le dieron por concierto diez raciones.[71]
Decia un mentecato, que mugeres
Podian mucho mas que los haberes.
Es tanto su poder y maña fuerte,
Que todo el mundo tienen ya rendido,
Procuran de tomar primera suerte
A su gusto del bien mas conocido:
Hambre, ni desventura, ni la muerte
Contrastar su poder nunca han podido.
Mirad lo que en la isla padecieron,
Y al fin todas con vida escabulleron.
Es cierto de notar su gran ventura
Con ser un débil ser tan imperfecto:
Cuanto hoy tiene criado la natura,
Las mugeres lo tienen muy sujeto.
Decid, no es de llorar tal desventura,
Que rindan las mugeres al perfecto,
Al sábio, al necio, al pobre y al que es rico,
Al Rey, y caballero y pastorcico.
Dejemoslas, pues ya que es escusado
Querer con flacas fuerzas conquistarlas,
La fuerza el homenage ya han tomado,
Será al mundo imposible debelarlas.
Y pues en su servicio hemos cantado
Aqueste canto, yo quiero rogarlas
Para el siguiente dén favor y ayuda
A nuestra lengua tosca, torpe y muda.
CANTO DECIMO.
_En este canto se cuenta como vuelto el Adelantado de Ibiaza, fué
al Rio de la Plata, y de la venida del capitan Rui Diaz en su
demanda._
¡O mísero contento de esta vida,
Aguado con sobrados descontentos!
Tras el deleite siempre viene asida
La pena, los disgustos y tormentos:
Que no hace en un ser jamás manida
Fortuna, sin tener mil mudamientos.
Mas qué digo fortuna, la miseria
Del hombre está sugeta á tal laceria.
En tanto que uno es hombre, está obligado
A dos mil infortunios y flaquezas,
Qué del primero padre se ha heredado
Dolor, pena, congojas y tristezas;
Que todas son reliquias del pecado,
Con otros mil defectos y vilezas,
Que juntos en Adam los recibimos,
Cuando por el pecado en él morimos.
En el Ibiaza, pues, se ha recogido,
Como digimos, maiz y frijoles,
Y habiendo los huidos convencido,
Apresta Juan Ortiz sus españoles
Para salir de allí; y no ha partido,
Cuando un gran temporal vereis, y dióles
En medio una laguna que pasaban,
A donde seis soldados se ahogaban.
Embárcanse en canoas los soldados,
Y al tiempo del pasar andaba brava
La mar, que allí desagua dó los hados,
Y el crudo vendabal que resoplaba,
Se juntan, y al pasar son anegados
Delante Juan Ortiz, que los miraba,
Seis hombres; y mas que estos, se ahogáran,
Si los indios socorro no prestáran.
Pasada la laguna, se metieron
Los soldados, y gente que venia,
Por la montaña adentro, y padecieron
Trabajo caminando en demasia.
Al fin al puerto, pues, todos vinieron,
Pasado en caminar el cuarto dia:
Juan Ortiz por la mar viene, y navega
Dos dias, y tambien al puerto allega.
Llegado, con placer es recibido,
Y luego determina de partirse;
Y á aquellos que digimos, pretendido
Habian en la barca escabullirse,
En mas grave prision los ha metido:
Porque jamas intenten de huirse.
Con un Sotomayor fenece presto,
Dejándole en un palo y horca puesto.
Al tiempo que el verdugo ya queria
Quitarle la escalera, así hablaba:
"Oid un poco ahora: yo solia
Una oracion rezar, y acostumbraba
Aquesto mucho tiempo cada dia,
Y hoy, por mi desdicha, la olvidaba:
Dejádmela decir:"--mas no ha acabado,
Cuando el sayon la escala le ha quitado.
El armada salió de aqueste puerto,
En demanda del Rio de la Plata:
Ningun piloto lleva que esté cierto
A donde seguirá; mas ya desata
A los vientos Eolo, y bien abierto
Habiendo sus cavernas, disparata
Con ellos por el aire de tal modo,
Que parece acabarlo quiere todo.
La mar sube por cima las estrellas;
Los cielos hácia abajo se bajaban;
Las olas parecia que centellas
Por cima de las aguas arrojaban.
Lloraban las mugeres y doncellas;
Los hombres grande grita levantaban;
De sola contricion ya se procura,
Que al mar tienen por cierta sepultura.
Anduvo algunos días el Armada
Fortuna acá y allá yendo y viniendo;
Despues, la mar estando sosegada,
Navega, en breve tiempo descubriendo
La tierra tan de todos deseada.
Y sin saber dó están, yendo diciendo,
¿Qué tierra puede ser la que se via?
Paró el Armada allí, que anochecía.
Al tiempo, pues, que Febo matizando
Venia de colores la mañana,
Entraron por el rio, costeando
La banda del Brasil que es mas cercana.
La via á San Gabriel enderezando,
Llevando de llegar crecida gana,
A cabo de tres dias, medio á tiento,
Tomó puerto el Armada con contento.
Surgiendo en San Gabriel, que así se llama
El puerto á donde surge aquesta Armada,
Los indios acudieron á la fama.
Mas ¡Ay dolor! la noche ya cerrada,
El viento sur sacude, y hiere y brama,
Y tanto se embravece, que en nonada
La Capitana corta árbol y antena,
Y el Almiranta asienta en el arena.
Al dia de contento y alegria
El triste corresponde y es vecino;
La gente sin ventura, pues tenia
Contento, mas tristeza sobrevino.
Dolor, angustia, aprieto y agonia,
Aguas y huracán, mar, torbellino,
Las naves traen en torno condenadas,
Al fondo y en la costa desrumbadas.
Pilotos y maestres, marineros,
Grumetes, pages, frailes y soldados,
Mugeres y muchachos, pasageros,
Andaban dando voces muy turbados.
Los gritos y alaridos mensageros
Allí son de una nave á otra enviados,
Y cada cual socorro demandaba,
Que igual era el dolor que se pasaba.
Librónos nuestro Dios de aquel tormento,
De aquel trance y dolor tan doloroso,
Desistiendo el feroz y crudo viento,
Y viniendo bonanza con reposo.
Mas ¡Ay! que en acordarme del tal cuento,
Temblando estoy, confuso y temeroso:
Que tales cosas ví, que parecia
Que el juicio final llegado habia.
¿Quien duda que el demonio no procure
Impedir cuanto puede á los cristianos
A que la Fé no cresca, porque dure
El reino que él obtiene en los paganos?
¿Pues no está claro ya, sin que se jure,
Cuan estendida está entre los indianos,
Y con cuanto fervor se han bautizado,
Y sus malditos ritos renunciado?
Pues esta causa tengo yo por clara,
Por donde Satanás tanto procura,
Con su mala intencion inicua avara,
Que nuestra Armada nunca esté segura.
Que en su tanto le quita el cetro y vara,
Y viendo su reinado poco dura,
Movido de rencor y crudo duelo,
Con las ondas del mar enturbia el cielo.
¡Gran Dios, Señor inmenso y soberano,
Que permitís azote, como vemos,
Aqueste Satanás con cruda mano!
El secreto tan alto no entendemos;
Sabemos pero bien, que nos es sano
El mal que muchas veces padecemos,
Que son por los pecados cometidos,
Los males muchas veces infligidos.
El freno, que le pone Dios eterno,
Le hace estar á raya; que si fuera
En manos del demonio, en el infierno
Al humano linaje ya tuviera.
Es tan malo de aqueste su gobierno,
Que en sus penas á todos ver quisiera,
Con saber que de aquesto la ganancia
Que le viese, es tormento en abundancia.
Y así dice San Pedro, que rodea,
Buscando á quien tragar muy presuroso,
El adversario diablo, y que pelea
Contra el linage humano riguroso:
Incita, mueve al hombre y le grangea
Con sus mañas y artes, (que es mañoso)
Y cuando mas no puede con sus tretas,
Contèntase en hacerle mil burletas.
¿Qué diremos de aquel gran marinero
Carreño, que en tres dias vino á España
De las Indias, trayendo mal tempero,
Huracanes, tormenta muy estraña?
Ni gente de la mar, ni pasagero
En pié estaba, y andaba gran compaña
De diablos, que las velas marinaban
Y la nave con fuerza se llevaban.
_Larga escota_, el piloto les decia,
Y cavan el trinquete y la mesana;
Y si les dice, _aiza_, con porfia
Amainan los traidores con gran gana.
Y viendo que al contrario se hacia,
Al contrario mandó: y así fué sana
Su nave por los diablos marinada;
¡Y quien duda que fué de Dios guardada!
Mil cuentos semejantes yo pudiera
Decir aquí, mas solo por aviso
A todos doy por cosa verdadera,
Que si quieren gozar del Paraiso,
No traten con Satán. Uno dijera,
_Descálzame aquí, diablo_: de improviso
Un diablo de la bota le tiraba,
Y la pierna á las vueltas le arrancaba.
Al Armada volviendo:--habia quedado
La Capitana en seco, y sin antena,
Sin árbol, que ya dije fué cortado
Un dia de bonanza con mar llena:
Por el consejo, y órden y mandado
De Juan Ortiz, zaborda en el arena;
Y así, quedando hecha fortaleza,
La gente sale á tierra sin pereza.
El Almiranta en floto estuvo dias,
Mas torna á dar en seco, y desrumbada
Ha sido, entrándole agua por mil vias:
Procúrase que luego sea varada,
Sus fuerzas conociendo ya ser frias,
La gente fuera apenas de ella echada,
Cuando yendo la mar y agua menguando,
La nave cae, el un lado recostando.
Estando Capitana y Almiranta
Entrambas al traves, sale la gente
A tierra, dó se aloja alegre y planta
Haciendo sus chozuelas prestamente.
El Zapicano ejército se espanta,
De ver tantos cristianos de presente,
Y acuden con gran copia de venados,
Avestruces y sábalos, dorados.
La gente que aquì habita en esta parte
Charruahas se dicen, de gran brio,
A quien ha repartido el fiero Marte
Su fuerza, su valor y poderio.
Lleva entre esta gente el estandarte,
Delante del Cacique, que es su tio,
Abayubá, mancebo muy lozano,
Y el Cacique se nombra Zapicano.
Es gente muy crecida y animosa,
Empero sin labranza y sementera:
En guerras y batallas, belicosa,
Osada y atrevida en gran manera.
En siéndoles la parte ya enfadosa
Dó viven, la desechan, que de estera
La casa solamente es fabricada,
Y así presto dó quieren es mudada.
Tan sueltos y ligeros son, que alcanzan
Corriendo por los campos los venados;
Tras fuertes avestruces se abalanzan,
Hasta dellos se ver apoderados;
Con unas bolas que usan, los alcanzan,
Si vén que están á lejos apartados;
Y tienen en la mano tal destreza,
Que aciertan con la bola en la cabeza.
A cien pasos (que es cosa monstruosa)
Apunta el Charruaha á donde quiere,
Y no yerra ni un punto aquella cosa
Que tira; que dó apunta allí la hiere.
Entre ellos aquel es de fama honrosa,
A cuyas manos gente mucha muere,
Y tantas, cuantos mata, cuchilladas
En su cuerpo se deja señaladas.
Mas no por eso deja de quitarle
Al cuerpo del que mata algun despojo:
No solo se contenta con llevarle
Las armas ó vestidos á que echa el ojo,
Que el pellejo acostumbra desollarle
Del rostro: ¡Qué maldito y crudo antojo!
Que en muestra de que sale con victoria
La piel lleva, y la guarda por memoria.
Otra costumbre tienen aun mas mala
Aquestos Charruahaes, que en muriendo
Algun pariente, hacen luego cala
En sí propios, su carne dividiendo;
Que de manos y pies se corta y tala
El número de dedos, que perdiendo
De propincuos parientes vá en su vida,
El Charruaha por órden y medida.
Paréceme que ya me he detenido
Con esta gente tanto, que olvidado
Dirán que tengo al campo, que tendido
Pintè en el arenal desabrigado.
Con su memoria estoy tan afligido,
Que temo de me ver en tal estado:
Espérenme á otro canto de amargura,
Y ayuden á llorar tal desventura.
Agora á Melgarejo con su gente
Volvamos: como supo que pasado
Habia Juan Ortiz, muy prestamente
La vuelta el Argentino se ha tornado:
El caso se le cuenta en San Vicente
Por los que del patax han arribado,
Con él vienen algunos de su hecho,
Pretendiendo sacar algun provecho.
Saliendo, pues, en nuestro seguimiento,
La isla dó estuvimos han tomado,
En los sepulcros vieron el descuento,
De la terrible ruina y triste hado:
La horca dió tambien su documento,
Y muestra de temor y mal sobrado:
Con todo al Ibiaza pasan derechos,
A donde son de todo satisfechos.
Mas quiero yo contar aquí primero
De monos una cosa muy galana,
Que cierto me contó este caballero,
Diciendo: que él lo vido una mañana,
Estando en esta isla muy entero
Su juicio, y razon muy libre y sana:
De monos vió juntarse gran canalla,
Y él púsose á escondidas á miralla.
Un mono grande, viejo como alano,
Estaba á la cuadrilla predicando:
Heria y apuntaba con la mano,
Mudando el tono á veces, y gritando:
El auditorio estaba por el llano,
Atento á maravilla y escuchando,
Y él subido en un alto y seco tronco,
De dar gritos y voces está ronco.
A su lado en el tronco dos estaban,
A la banda siniestra y la derecha:
Aquestos la saliva le quitaban,
Que gritando el monazo vierte y echa.
Concluso su sermon, todos gritaban,
Y la cuadrilla y junta ya deshecha,
Aprieta cada cual dando mil gritos,
Y despacio vá el mono y pagecitos.
Rui Diaz muy confuso contemplaba
El bruto razonar de aquel monazo,
Y como el arcabuz presto llevaba,
Tirando le matò de un pelotazo.
Los dos monillos pages que llevaba,
Oyendo aquel terrible arcabuzazo,
Aprietan por el monte, dando gritos,
Mas en breve acudieron infinitos.
Fué tanta multitud la que venia
De monos á la muerte de aquel viejo,
Que la tierra dò estaba se cubria,
Y huye de temor el Melgarejo.
Un Indio del Brasil que allí venia,
Con sobrado dolor y sobrecejo,
Le dice, y embebido en cruda saña:
"¿Porqué has muerto al Señor de la montaña?"
Entre los indios era conocido
Aquel monazo viejo, y respetado,
Y por señor y rey era tenido
De aquel áspero monte, y despoblado.
Rui Diaz de esta isla fué partido,
El rumbo al Argentino enderezado,
La costa y tierra firme van bojando,
Y con los Guaranies rescatando.
En tanto que camina lo que queda
Al rio de la Plata, quiero agora
Volver á mi real. ¡Quiera Dios pueda
Segun el corazon lo siente y llora!
Quien quisiere saber cual dió á la rueda
Su vuelta la fortuna burladora,
Comienze con _requiescant_ en la gloria
El infelice canto de esta história.
CANTO UNDECIMO.
_Estando en tierra firme poblada la gente, son muertos y cautivos
de indios cien hombres. Retráense los que quedan à la isla de San
Gabriel, donde mueren muchos de hambre_.
Al enhornar, decimos, que se entuertan
Los panes; y así vemos que parece,
Que cuando en el principio no conciertan
Las cosas con prudencia, que acontece,
Que al fin de todo punto desconciertan;
Y el caso mal guiado en mal fenece:
Lo cual se muestra claro en este canto,
Que bien podria mejor llamarle llanto.
Estaba, como dije, rancheada
La gente sin ventura en aquel llano,
De paja cada cual hecha morada.
La inexorable Parca, con tirano,
Desapiadado curso desfrenada,
Con las tijeras crudas en su mano,
Comienza de cortar las tristes vidas,
Que estaban á la vista mas floridas.
Dijimos, que el Cacique de esta gente,
Llamada Charruaha, es Zapicano,
Y que tiene un sobrino muy valiente,
Abayubá, mancebo may galano,
De gran disposicion y diligente,
Discreto al parecer y muy lozano;
Valor en su persona bien mostraba,
Por donde Zapican mucho le amaba.
Al real en mal punto fue traido
Por ciertos capitanes, y llegado
El Juan Ortiz le prende, que ha sabido
Que entre los indios era respetado.
En su busca veinte indios han venido;
Un Guaranì, que entre ellos se ha criado,
Y de lengua servia, ha sido preso,
Y oid de estas prisiones el suceso.
El un preso del otro no sabia,
Que así se diera la òrden y la traza:
Mas presto Zapican triste venia,
Que miedo, ni temor no le embaraza.
El preso à Juan Ortiz pide y envia
A su gente que traiga mucha caza,
Y èl queda con el preso; y mas valiera,
Que vivo del real jamas saliera.
Consulta Juan Ortiz como le pide
El Cacique al sobrino: aconsejaba
Vergara no se dè, y aun que lo impide
Por causas muy urgentes que mostraba.
Por sola voluntad suya se mide
El Juan Ortiz, que á pocos escuchaba;
Una canoa pide á Zapicano
Le traiga por rescate y un cristiano.
Habia à un marinero maltratado,
Por donde entre los indios se ha huido:
Aquel y la canoa presto ha dado
En trueco de Abayuba su querido:
La caza que los indios han sacado,
Por precios y rescates la han vendido;
El tio y el sobrino van ufanos,
Jurando de vengarse por sus manos.
Los nuestros, por la falta de comida,
A yerbas como suelen ván un dia:
Los indios al encuentro de corrida
Les salen, y mataron à porfia
Cuarenta, y el que escapa con la vida,
Es porque al enemigo se rendia.
A pura pata dos se escabulleron,
Y el caso de esta forma refirieron.
Asì como llegaron, los paganos
En dos alas en torno se pusieron,
Desmayaron de miedo los cristianos,
Cuando en medio los indios los cogieron.
Con los indios vinieron á las manos,
Que de los arcabuces no pudieron
Aprovecharse, cosa que la mecha
Y pòlvora que llevan, no aprovecha.
La pòlvora mojada, los cañones
Tenia Juan Ortiz enmohecidos:
Vencido de sus vanas pretensiones,
No tiene los soldados guarnecidos;
Las armas les quitò, y en ocasiones
Las vuelve, que no son favorecidos
Con ellas, que no son ya de provecho.
Que el moho y el orin las ha deshecho.
La mas gente que á yerbas ha salido,
Sin armas, y sin fuerzas y sin brio,
Con solos los costales han partido,
Los mas casi desnudos y con frio.
Pues llega el Abayuba encrudecido,
A su lado con él viene su tio,
Y entrambos tal estrago van haciendo,
Que las yerbas del campo van tiñendo.
La grita y alarido levantaban,
Diciendo el capitan echa prisiones:
Los nuestros defenderse procuraban,
Los indios vuelan mas que unos halcones;
Y à cuantos con las bolas alcanzaban,
No basta á defenderles morriones.
Al fin muertos y presos todos fueron,
Sino fueron los dos que se huyeron.
Venidos al real estos huidos,
Despacha Juan Ortiz á priesa gentes:
Con Pablo Santiago son partidos
Diez ó doce soldados diligentes.
Aquestos en un cerro estan subidos
A vista del real, á dó valientes
Y astutos en la guerra, y muy cursados,
Estan con el temor acobardados.
El Sargento Mayor Martin Pinedo,
Con cincuenta soldados ha partido,
El Pablo Santiago estaba quedo
Con sus doce, y los mas que han acudido.
El Sargento Mayor no tiene miedo,
Segun dice, à Roldan que haya venido.
Con su gente camina; y llegado
Dó estaba Santiago, así le ha hablado.
"Conviene que marchemos todos luego,
Ninguno de seguirme tenga escusa."
El Pablo Santiago como fuego
Camina, mas de à poco lo rehusa,
Diciendo: "alto hagamos aquì ruego."
Pinedo de cobarde allí le acusa:
Con estos pareceres discordados,
Bastò para que fuesen desolados.
El Sargento Mayor dice "marchemos:"
El otro del peligro se temiendo,
"Hagamos alto, dice, pues que vemos
Que indios se vienen descubriendo."
El sargento replica "caminemos,
Que el indio viene á priesa acometiendo:"
"Volvamos las espaldas:" "Santiago,
No es tiempo ya: haced como yo hago."
Embraza su rodela, y con la espada
Resiste á los cristianos que querian
Volver atras: mas viendo que de nada
Les sirve, y que los indios le herian,
Con solos cinco ò seis de camarada
Espera; que los otros, que huyan
Tras el sargento, iban tan lijeros,
Cual suelen ir tras uno mil carneros.
El zapicano ejército venia
Con trompas y bocinas resonando;
Al sol la polvareda obscurecia,
La tierra del tropel està temblando:
De sangre el suelo todo se cubria,
Y el zapicano ejèrcito gritando,
Cantaba la victoria lastimosa
Contra la gente triste y dolorosa.
Los enemigos, viendo el campo roto,
Siguieron la victoria tan gozosos,
Cual suele el cazador ir por el coto,
Matando los conejos temerosos.
Cual indio espada, alfange lleva boto
De herir y matar, cual los mohosos
Cañones de arcabuz lleva bañados
De sangre con los sesos misturados.
Cual toma el alabarda muy lucida,
Y comienza á jugar con ambas manos,
Quitando al que la tiene allì la vida,
Despues á los demas pobres cristianos.
El Sargento Mayor vá de corrida,
Echando la rodela por los llanos,
Caytua le siguiò, indio de brio,
Y alcánzale à matar dentro del rio.
El viejo Zapican con grande maña
El escuadron y gente bien regia,
Abayuba el sobrino con gran saña
En seguimiento va del que huya.
Su grande lijereza es tan estraña,
Que nadie por los pies le escabullía,
Cheliplo y Melibon, que son hermanos,
Pretenden hoy dar fin de los cristianos.
A Taboba le cabe aquella parte,
A dò està con los cinco Santiago:
Aqueste es en la guerra un fiero Marte,
Y asì hizo este dia crudo estrago.
A Canillo por medio el cuerpo parte,
Un brazo derrocó á Pedro Gago:
Buenrostro el Cordoves, y un Arellano,
Fenecen à los pies de este pagano.
El Capitan y el otro compañero
Habian grande rato peleado,
Y el Taboba, muy crudo carnicero,
Estaba muy sangriento y muy llagado.
Y asì vino à su lado muy ligero,
Y en esto ha disparado un mal soldado,
Y al Capitan la espada atravesaba.
Aunque su muerte presto èl esperaba.
El Capitan cayò muerto en la tierra,
Benito, segun dicen, lo matára:
Movióle à lo matar la pasion perra
Que con el capitan este tomara.
Jurado lo tenia, que en la guerra
Se habia de vengar, que le injuriara:
Y asì le diò el castigo de este hecho,
Metiéndole una flecha por el pecho.
Aquí Domingo Larez, valeroso
En sangre, y en valor y valentìa,
Anduvo con esfuerzo y animoso,
Reprimiendo del indio la osadía:
Y viendole ya andar tan orgulloso,
Los indios acudieron à porfia,
Y á puja, à cual mas puede, le hirieron,
Y quebrándole un brazo, le prendieron.
Cansados los contrarios de la guerra,
O por mejor decir, de la matanza,
Y viendo que la noche ya se cierra,
No curan de llegar á nuestra estanza.
Del fuerte se les tira, mas dió en tierra
Un tiro culebrina, que no alcanza.
Por eso, y por la noche à los cristianos
Dejaron de seguir los Zapicanos.
El despojo que llevan son espadas,
Alfanges, alabardas, morriones,
Rodelas, salmatinas muy doradas,
Sombreros, capas, sayos y jubones.
Las cajas de arcabuces, ya quebradas,
Llevaban solamente los cañones:
Con que, dando la vuelta, ván matando
Aquellos que hallaban boqueando.
Y al que hallan en piè ya levantado
Del sueño de la muerte que ha dormido,
Del peligro librarse confiado,
Por ver como ya ha vuelto en su sentido,
En un punto le tienen amarrado,
Quitandole primero su vestido.
Con armas y cautivos ván triunfando,
Y la gente en el fuerte lamentando.
Cual dice: ¡O desventura, ó caso estraño,
O mìsero suceso de esta armada!
Cual dice: "no viniera tanto daño,
Si fuera aquesta cosa bien pensada:"
Cual dice, que la causa de este engaño
Procede de la hambre acobardada:
Cual dice, que la suerte de esta vida
Está á aquestas caidas sometida.
Pues, quien perdiò el amigo y el hermano
Levanta hasta el cielo los gemidos,
Y dice con dolor!: "¡Pueblo cristiano
En manos de los lobos desambridos!
Volved con piedad, Señor, la mano,
Doléos de los tristes afligidos,
Doléos de los niños inocentes
Que gritan, con sus ojos hechos fuentes.
Doléos de las tristes afligidas
Que quedan sin abrigo y compañìa;
Tambien de las doncellas doloridas
Que pierden á sus padres y alegrìa:
De las madres, Señor, enternecidas,
Que pierden à quien sombra les hacia,
De todos os doled, Dios poderoso
Y socorred al pueblo doloroso.
Mas quiero las dejar, que bien les queda
Para poder llorar el tiempo largo,
Mas no al que salir del fuerte veda,
Que aquesto tomò entonces á su cargo.
Y quiera Dios consuelo tomar pueda,
(Que tiene el corazon triste y amargo)
El buen Capitan Pueyo, que al hermano
Tendido vido muerto en aquel llano.
Aqueste Capitan, aunque miraba
De lejos al hermano que vé muerto,
Al fuerte á grande priesa procuraba
Que todos se recojan, que es lo cierto.
El Juan Ortiz à priesa caminaba
A donde están los indios sin concierto,
Y si el desventurado allá llegàra,
El resto del Armada se acabàra.
Pues ido el enemigo ya, y venida
La triste de la noche temerosa,
La miserable hacienda ya metida
En el fuerte con priesa presurosa;
Nuestra gente sin fuerzas y rendida
A la tirana muerte dolorosa,
Por la frigida arena està tendida,
Y de puro desmayo, amortecida.
El Juan Ortiz su ropa con presteza
Embarca aquella noche; que temia
No diese Zapicán con ligereza
Sobre el fuerte y real antes del dia:
Y no tardó que vino sin pereza
Al punto que el aurora descubria;
Y piedras à menudo al fuerte tira,
Mas en tocando al arma se retira.
Pues viendo como al fuerte hubo venido
El enemigo à ver lo que pasaba,
En la Capitana todos se han metido,
Que cerca de la tierra en seco estaba.
Allí con gran dolor se ha recogido
El resto sin ventura que quedaba.
La noche tristemente se ha pasado,
Y el ùltimo remate se ha esperado.
Cuando el Sol aun apenas descubria,
Un indio por la playa caminando
Bajaba, y el semblante que traia
Parece de español: de cuando en cuando
Paraba; con la priesa que traia
A dò estamos se viene ya acercando:
De su trage y manera bien parece
Que alguna cosa nueva nos ofrece.
Llegando donde estaba el despoblado,
Sin tener á las chozas advertencia,
Contra el navio el paso enderezado,
Desde la playa hizo reverencia:
Con un sombrero señas ha formado,
Con gran placer y grande continencia.
Saliendo pues por él, viene contento,
Y dice de su caso el fundamento.
Yamandú, dice el perro que se llama,
Que arriba ya tratamos su manera,
Y que Juan de Garay le quiere y ama,
Por donde le encargó aquesta ligera.
Que de nuestra venida tiene fama,
Y que con la respuesta allà le espera,
Para venir con balsas y comida,
Sabiendo que el armada ya es venida.
Por señal el vestido representa
Un sayo de algodon con un sombrero,
Y à muchos Españoles nombra y menta,
Por dó su embuste pinta verdadero.
Aquel que se vè puesto en una afrenta,
Bien vemos que se crèe muy de ligero:
Con la primera nueva que ha venido
El ánimo dudoso es compelido.
Con este Yamandù se escribe luego,
Y à Garay Juan Ortiz dà cuenta larga
De la pérdida grande, y sin sosiego
En que la gente queda, y cuan amarga:
Y que venga volando como fuego
Le manda, y de comida traiga carga.
Mas Yamandú malvado no saliera
Cuando Zapican viene à la ribera.
Sus indios piedras tiran, aun allegan
Con ellas á la nave, dò temblando
La gente està. En la pólvora no pegan
Las mechas, aunque estan mas refregando.
Los indios por las yerbas se refriegan,
Motin, perneta hacen muy gritando;
Al fin dejan el campo ya venida
La noche horrible, triste, obscurecida.
Apenas amanece, cuando viene
Un indio de endiablada catadura,
Y muy poco en la playa se detiene,
Hasta que el agua llega à su cintura
De allí dice, que gana grande tiene
De probar en el campo su ventura,
Que salga aquel cristiano del navio,
Que quisiere aceptar el desafio.
"De parte de la Luna á quien adoro,
Està diciendo el indio, yo prometo
Guardar la fé que diere; que el tesoro
Que estimare mayor de aqueste rieto,
Serà que en estas tierras donde moro
De Zapican un indio su subiecto,
Sin otra ayuda alguna en este llano,
Se atreva á combatir con un cristiano."
Estando aqueste indio razonando
Con superbas palabras y blasones,
En breve de mi lado retumbando,
Un tiro le ha acortado sus razones:
De entre las yerbas salen bojeando
Del indio Zapican dos escuadrones,
Que estaban à la mira en emboscada.
Por dar fin y remate del Armada.
Comienzan á hacer gran alboroto,
En luengo de la playa ya corriendo,
Ya al fuerte, que tenia todo roto,
Las paredes y chozas abatiendo:
Y viendo à los cristianos como en coto
Estan, aunque gran pena padeciendo,
Y no pueden hacerles mal alguno,
Comienzan á acogerse de consuno.
Con todo aquesto viene cada dia
A vista el enemigo Zapicano,
Por ver en el estado que estaria
El encogido ejército cristiano.
En tanto Juan Ortiz á tierra envía,
Por una media barca que en el llano
Estaba, con la cual presto es mudada
Al isla San Gabriel la triste Armada.
Despues que aquesta isla se tomaba,
Un dia noticia cierta se ha tenido,
Que Zapican su ejèrcito mudaba
Al Uruguay, que es rio muy crecido.
Al tiempo que el cristiano reposaba
Con su gente y canoas ha subido;
De aquesto dan noticia los cristianos,
Que se escapan huyendo de sus manos.
Vinieron seis soldados fugitivos,
Y no pudieron mas, porque los atan
De noche, y dicen quedan treinta vivos,
Que despues que una vez prenden, no matan.
Con ellos no se muestran muy esquivos,
Y si les sirven bien, no los maltratan;
Pero si sirven mal, à rempujones
Les fuerzan á que salgan de harones.
Aunque esto se le puso por delante
A Alonso Ontiveros, no aprovecha
A que deje de obrar cosa que espante,
Pues no puede tenerse por bien hecha.
Aqueste en el hablar era elegante,
Mas no lo fué en hacer esta deshecha,
Pues bien claro descubre en el remate
El ser cualquiera cosa y su quilate.
Estaba en un navio aprisionado,
Que en parte del delito se hallàra
Por dó Sotomayor fuera ahorcado,
Cuando huirse con él se concertàra.
Habiánle los grillos ya quitado,
Y creese tambien que se librára:
Mas él al enemigo va huyendo
Por mas seguro medio le escojendo.
Del Zapicano fué bien recibido,
Y luego se mudó el nombre cristiano;
De las costumbres de indio se ha vestido,
Usando de los ritos de pagano.
En confusion aqueste me ha metido,
Que por amigo túvole y hermano;
Huyéndo de la muerte ha apostado,
Despues se arepintiò de su pecado.
No quiero mas decir que estoy cansado,
Y temo de cansar à quien me oyere,
Mayormente que el canto desastrado
Ha sido, y de llorar: mas quien quisiere
Saber de Juan Ortiz Adelantado
Su suerte; si leerla le plugiere,
Espéreme à otro canto, que ya siento,
Que da Rodrigo Diaz vela al viento.
CANTO DUODECIMO.
_Viene Rui Diaz Melgarejo; mùdase el Armada à la isla de Martin
Garcia; baja Garay con socorro; sucede la muerte de los dos firmes
amantes Yanduballo y Liropeya._
Fortuna, por hablar de esta manera,
O hado, bien tomándolo sin dolo,
Favorece à Rodrigo, porque espera
La sin ventura gente en ese solo.
Ayudale con pròspera carrera,
Y con tus largos vientos, gran Eolo,
Que el zaratino ejército penando
Está, y á Dios suspiros enviando.
Y tù sosiega al mar, viejo Neptuno,
Y haz que su carrera llana sea,
Que toda aquesta Armada de consuno
A brazos con la muerte ya pelea:
Y dudo ya que escape ni solo uno,
De hambre no se halla ya quien vea.
Remèdielo, pues, Dios, que él solo puede,
Y aquel à quien él solo lo concede.
El capitan Rui Diaz aprestado,
Salió de San Vicente y tomò puerto
En Yumirí, que habemos ya tratado,
Dò vido del Armada el desconcierto.
Al Rio de la Plata enderezado,
El rumbo lleva à prisa, que està cierto,
Que Juan Ortiz padece; con su gente
Allega, pues, un dia prestamente.
El triste lamentar que allí hicieron,
Dés que en tanta miseria nos hallaron,
Aquel dolor y pena que sintieron,
Las làgrimas que todos derramaron,
No quiero referir: mas que vinieron
A tiempo que á llorar nos ayudaron;
Tambien con sus regalos ayudaban
A muchos, que la vida ya dejaban.
Con su venida todos resucitan,
Que viendo la miseria tan crecida,
A dar de lo que tienen bien se incitan,
Por volver de la muerte à alguno à vida:
Con esto ya las fuerzas se habilítan
De aquellos que la muerte de vencida
Llevaba, y si Rodrigo no viniera,
Sin duda todo el resto pereciera.
Del isla San Gabriel sale el Armada,
Con nuestro buen Rodrigo en la demanda,
De la Martin García, así nombrada,
Que està por cima de esta y à su banda.
En breve y poco espacio fué tomada,
A dó el Adelantado luego manda
Salir á tierra á todos, porque quiere
Poblar en esta isla si pudiere.
El capitan Rui Diaz Melgarejo,
Porque de la rabiosa se recela,
A nuestro Adelantado por consejo
Que le despache dá en la caravela.
Con ella, y con un mal bergantinejo,
Se hace el buen Rui Diaz á la vela,
Al preso Abarorì lleva consigo,
Que promete guiarle como amigo.
A mi me cupo en suerte esta jornada,
Que de saber y ver muy deseoso,
Jamas dejé de entrar cualquiera entrada,
Aunque fuese el peligro temeroso.
En una isla muy fèrtil y poblada
Abarorì nos mete muy gozoso:
Entramos por un brazo, no calando
Los remos, que las yerbas van tocando.
Salieron à nosotros embijados
Catorce ó quince indios diligentes,
Con arcos y con flechas denodados,
Mostrándose gallardos y valientes.
Por tierra entre las yerbas emboscados,
Pintados de colores diferentes.
Andaban levantado voceria,
Cubiertos de muy rica plumeria.
Por este brazo estrecho, y chico rio
Llegamos con favor de la marea
A la primera casa, y al buhio,
Que es dicho Tabobá, de paja y nea.
Los indios luego salen con gran brio,
Con arcos y con flechas de pelea,
Y viendo los rescates acudieron,
Y mucho bastimento nos vendieron.
De à poco dicen, vamos adelante,
Que todo lo de aquí ya está gastado.
Diciendo aquesto muestran tal semblante,
Que encubren lo que tienen ordenado.
Estaba el enemigo tan pujante,
Que dudo del cristiano acobardado,
Por su fuerza tener tan consumida,
Que pueda escabullir libre con vida.
En esto de la casa hubo salido
Desnudo macilento por el llano,
Un mozo del Armada conocido,
Que Vargas se llamaba, trugillano.
Salió à la baraunda y al ruìdo;
Trajeronle al navío por la mano,
A dó le confesè, y en aquel dia
Entrò al universal camino y via.
Cristoval, indio amigo, que viniera
De allà del Yumirí en nuestra Armada,
Cautivo estaba aquì, y cuenta diera
De la traicion que entre estos està armada.
De seis cautivos que hay, este dijera:
Y siendoles la paga ya entregada,
Trajeronlos, y fueles prometido
Que el precio à mas traer serà subido.
Entre ellos fuè este dia rescatado
El buen Domingo Larez, muy prudente,
Hombre de gran juicio y recatado,
De Huete natural, de noble gente.
Diònos aviso él, que està ordenado
De hacernos la guerra el dia siguiente:
Nosotros estuvimos contratando
Con los indios, y en vela siempre estando.
Salìmonos de aquí, que se temia
Que el indio se pusiese en emboscada,
Diciendo que à las bocas estarìa.
Y cierto fué la cosa bien pensada:
Que à no salir muy mal sucedería,
Pues siendo la mañana ya llegada,
Los indios à dó estabamos vinieron,
Y á Mora y á Loria nos trajeron.
En el barco pequeño se ha metido
El maiz, y captivos referidos;
En breve á nuestra Armada se ha venido,
A dó de hambre estan desflaquecidos:
Y à haberse esta comida detenido,
De hambre fueran todos perecidos.
Mas Dios remedia el tiempo peligroso,
Con mano de Señor tan poderoso.
Pues llega la comida y los cautivos,
Y salen al encuentro luego todos:
Estaban ya diez menos de los vivos,
Y aquestos de dos mil suertes y modos.
Los padres con los hijos son esquivos,
Los unos y los otros como lodos
Los rostros; manos, pies, todos temblando,
Los ojos hácia el cielo levantando.
Algun vigor cobraron dèsque vieron
El socorro que viene de comida;
Con làgrimas los presos recibieron,
Que su vida juzgaban por perdida.
En el pequeño barco se volvieron,
Y dice Juan Ortiz, que por la vida
Conviene aventurar vida de suerte,
Que no ponga temor la misma muerte.
Mas visto no conviene se acometa
Aquello que hacerse es imposible,
Y que el lugar y tiempo nos aprieta
A tomar el consejo convenible:
El buen Rodrigo à todos se sujeta,
Y dice: "Juan Ortiz cosa terrible
Nos manda, mas yo cierto aquì prometo
De estar à vuestro gusto muy sujeto."
Unánime y conforme es la sentencia
De todos, que no se entre al Riachuelo:
Que bien se tiene cierta y firme ciencia,
Que todo ha de acabar con crudo duelo.
Esto nos enseñò ya la experiencia,
Pos dó se determina, que de vuelo
A los Timbús se vaya: con contento,
De aquì tendimos vela presto al viento.
Trabajo no pequeño se pasaba,
Que la gente sin fuerzas no podía
Tomar remo, que el viento nos faltaba,
Y á veces por la proa sacudia.
El temor de la hambre apresuraba,
Esfuérzase quien fuerzas no tenia:
Navegando una noche à la mañana
Llegamos á una gente Cherandiana.
Salieron á nosotros prestamente,
Que en esto del rescate estan cursados.
Delante de nosotros diligente,
Pescaba cada cual muchos pescados:
Ninguno en los vender era inocente,
Que son en el vender muy porfiados.
Despues mucho maiz en abundancia
Trajeron por gozar de la ganancia.
Beguas de la otra banda conocieron
La cosa del rescate que pasaba,
A gran priesa á nosotros acudieron,
Temiendo que el rescate se acababa.
Rescatan todo aquello que trajeron,
Y mas, dicen, en casa les quedaba:
A Gaboto de aquí presto se llega,
Por dó el Carcarañà se estiende y riega.
Pasando de Gaboto, à poco trecho
El rio Juan de Oyolas se ha tomado:
Por él se entró, que es rio muy estrecho,
De vientos y tormentas resguardado.
Atraviesa este rio bien derecho
Al Paraná; y las islas que ha formado
Habitan los Timbús, gente amorosa,
Sagaz, astuta, fuerte y bellicosa.
Al Paraná saliendo caudaloso,
Tres leguas se camina bien cabales:
El Paraná venia muy furioso,
Los tristes navegantes muy mortales.
Del soldado pequeño y del grandioso
Las fuerzas eran todas casi iguales,
Y aun cierto que à la clara bien se vía,
Que el pequeño mas ànimo tenia.
Del capitan Garay certificaron
Los indios, que aquí vino con su gente,
Las huellas de caballos nos mostraron,
Por dó dimos la vuelta prestamente;
Y en tierra los soldados que saltaron,
Cojeron la comida que al presente
Hallaron, que aun no estaba sazonada,
Y apenas con la espiga bien formada.
Volver quiero á tratar un poco agora
Del falso Yamandú, nuestro cartero.
Salió de San Gabriel con la traidora
Y mala condicion de carnicero:
Adonde el Zapicano està de mora
Se và, por ser con él particionero;
Aunque no se hallò en la triste guerra,
Que al venir se ha tardado de su tierra.
Este indio, ya hemos dicho, que es sabido,
Astuto, muy sagaz y hechicero;
En todas las naciones es tenido
Por lumbre, por espejo y por lucero.
A mis própios oidos yo le he oido
Decir á este lenguaz y gran parlero:
"El sol alumbra à oriente y occidente,
Así yo Yamandú, toda la gente."
Pues siendo con las cartas despachado,
Tratò con Zapican, que las tenia
Guardadas, hasta ver en que ha parado
Un negocio que arriba pretendia:
El cual era, que tiene concertado
Con un indio Terú, el cual vendria
A dar en Santa-Fé con otras manos,
Queriendose vengar de los cristianos.
E hízolo el Terù, que con su gente
Haciendo para aquesto llamamiento,
Se fuè á Santa-Fé: mas de repente
Volvió huyendo en busca de su asiento.
Los mancebos pelean fuertemente,
Los indios llevan de ello el escarmiento,
Y viendo Yamandú que nada ha hecho,
Con las cartas se va à Garay derecho.
Del capitan Garay fué recibido
Mejor el mensagero, que lo fuera,
Si hubiera sin las cartas parecido,
Aunque él por no culpado se fingiera:
Mas viendo el Capitan como ha venido,
Y que puede volver à dò saliera,
Tratòle bien è hízole gran fiesta,
Y tórnale à enviar con la respuesta.
Ya vuelve Yamandù con mas cuidado,
Que tuvo con las cartas, pues pensaba
Guardarlas para sí: mas ha acordado
Urdir otra, pues esta no cuajaba.
En tanto que la urde este malvado,
Tratemos de Garay, que procuraba
Bajar con muchas balsas y comida,
Dejando à Santa-Fé bien guarnecida.
Partió con treinta mozos valerosos,
Y veinte y un caballos, y servicio
En balsas: y los mozos deseosos
De guerra, que la tienen por oficio,
Procuran, que en los indios enojosos,
Se ofresca al crudo Marte sacrificio,
De aquel Terú vengando la osadia,
Con triste y carnicera anatomia.
Son islas, por aquí en este parage,
De grandes bastimentos abastadas,
De muy hermosas tierras y boscage,
Y de indios Guaranies bien pobladas
El falso Yamandú de mal corage:
Aquí tienen sus gentes rancheadas,
Terú, Añanguazúu, Maracopá,
Y en otras mas abajo, Tabobá.
Entraron por las islas: entendiendo
Poder hacer la guerra, los caballos
Metieron: mas los indios van huyendo,
Que no pueden los mozos alcanzallos.
Entre los verdes bosques se ascondiendo
Se meten, que imposible es el hallallos,
Sino es al sin ventura, que guardada
La suerte le está ahora desdichada.
Con gran solicitud en su caballo
Entre aquestos mancebos se señala
En andar por las islas Caravallo,
Y así por las espesura hiende y tala
En medio de una selva, y Yanduballo
Halló con Liropeya, su zagala:
La bella Liropeya reposaba
Y el bravo Yanduballo la guardaba.
El mozo, que no vió á la doncella,
En el indio enristró su fuerte lanza,
El cual se levantó como centella,
Un salto dá y el golpe no le alcanza.
Afierra con el mozo, y aun perdella
La lanza pienza el mozo, que abalanza
El indio sobre él, por dó al ruido
La moza despertó, y pone partido.
Al punto que á la lanza mano echaba
El indio, Liropeya ha recordado;
Mirando á Yanduballo, así hablaba:
"Deja, por Dios amigo, ese soldado,
Un solo vencimiento te quedaba,
Mas ha de ser de un indio señalado,
Que muy diferente es aquesa empresa,
Para cumplir con migo la promesa."
Diciendo Liropeya estas razones,
El bravo Yanduballo muy modesto
Soltó la lanza, y hace las acciones,
Y á Caraballo ruega baje presto.
El mozo conoció las ocasiones,
Y muévele tambien el bello gesto
De Liropeya, y baja del caballo,
Y siéntase á la par de Yanduballo.
El indio le contó que un año habia
Que andaba á Liropeya tan rendido,
Que libertad ni seso no tenia,
Y que le ha la doncella prometido,
Que si cinco caciques le vencia,
Que al punto será luego su marido.
El tener de español una centella
No quiere, por quedar con la doncella.
Mas viendo el firme amor de estos amantes,
Licencia les pidió para irse luego,
Dejándoles muy firmes y costantes
En las brasas de amor, y vivo fuego.
Dos tiros de herron no fué distantes,
Con furia revolvió, de amores ciego;
Pensando de llevar por dama esclava,
Al indio con la lanza cruda clava.
Yanduballo cayéra en tierra frio,
La triste Liropeya desmayada;
El mozo con crecido desvario
A la moza habló, que está turbada:
"Volved en vos, le dice, ya amor mio,
Que esta ventura estaba á mi guardada,
Que ser tan lindo, bello y soberano,
No habia de gozarlo aquel pagano."
La moza, con ardid y fingimiento,
Al cristiano rogó no se apartase
De allí, si la queria dar contento,
Sin que primero al muerto sepultase;
Y que concluso ya el enterramiento
Con él en el caballo la llevase.
Procurando el mancebo placer darle,
Al muerto determina de enterrarle.
El hoyo no tenia medio hecho,
Cuando la Liropeya con la espada
Del mozo se ha herido por el pecho;
De suerte que la media atravesada,
Quedó diciendo: "haz tambien el lecho
En que esté juntamente sepultada
Con Yanduballo aquesta sin ventura,
En una misma huesa y sepultura."
Lo que el triste mancebo sentiria
Contemple cada cual de amor herido.
Estaba muy suspenso qué haria,
Y cien veces matarse allí ha querido.
En esto oyó sonar gran gritería:
Dejando al uno y otro allí tendido,
A la grita acudió con grande priesa,
Y sale de la selva verde espesa.
Aquesta Liropeya en hermosura
En toda aquesta tierra era estremada:
Al vivo retratada su figura
De pluma vide yo muy apropiada:
Y vide lamentar su desventura,
Conclusa Caravallo su jornada
Diciendo, que aunque muerta estaba bella,
Y tal, como un lucero y clara estrella.
Mil veces se maldijo el desdichado,
Por ver que fué la causa de la muerte
De Liropeya, andando tan penado,
Que mal siempre decia de su suerte.
"¡Ay triste! por saber que fuí culpado
De un caso tan extraño, triste y fuerte,
Tendrè, hasta morir, pavor y espanto,
Y siempre viviré en amargo llanto."
Salió pues de la selva Caravallo
A la grita y estruendo que sonaba,
Y vido que la gente de á caballo
A gran priesa en las balsas se embarcaba.
No curan ya mas tiempo de esperallo,
Que de su vida ya no se esperaba,
Teniendo por muy cierto que habia sido
Cautivo de los indios, y comido.
Mas viendole venir, alegremente
El capitan y gente le esperaron:
Allega, y embarcóse con la gente,
Y á priesa de aquel sitio se levaron.
Entróse por un rio que de frente
Está, y á tierra firme atravesaron,
A dó está de Gaboto la gran torre,
Por dó el Carcarañá se estiende y corre.
En tanto que Garay aquí esperaba,
Y en tierra sus caballos saca, y gente,
El capitan Rui Diaz se levaba
De donde le dejamos prestamente.
Volviendo hácia abajo, atravesaba
Acaso Yamandú que está de frente:
Allí nos dieron nueva muy entera,
Que en el Carcarañá Garay espera.
Con esta nueva cierta, á grande priesa
Bajamos hácia el rio Juan de Ayolas:
No se tiene temor de la traviesa
Del gran rio Paraná, ni de sus olas:
Que el bien, que en la tornada se interesa,
Lo facilita todo: mas no á solas
Nos vemos, cuando viene anocheciendo,
Que los Timbues vienen muy corriendo.
Despues cuando ya Febo caminando
Volvia con sus carros presuroso,
Los campos con sus rayos matizando
De rojo, verde, y blanco luminoso,
Llegaron los Timbues pregonando,
"Comprad de mi, que vendo mas gracioso."
Y tanto regatean, que en Sevilla
Podrian imprimir nueva cartilla.
En tanto que la cosa así pasaba,
Desde el Carcarañá nos ha enviado
Una carta Garay, en que avisaba
Que estaba en _Sancti Spiritus_ parado.
Al viento vela en popa se entregaba,
Y no se ha á _Sancti Spiritus_ llegado,
Cuando Garay por tierra y á caballo
Asoma, y aquí un poco he de dejallo.
CANTO DECIMO-TERCIO.
_Entra Rui Diaz en el Carcarañà, baja à Martin Garcia, pretende
Yamandú dar en la isla, padece Garay naufragio en el Uruguay._
Jamas fortuna dió contentamiento
Que no fuese mezclado con dolores;
De á donde el disfavor es fundamento
De todo buen suceso de favores.
Tambien el favorido pensamiento,
Por fin muy cierto tiene disfavores,
Por lo cual Salomon, sigue, decia,
El dia de tristeza al de alegría.
¡Cuanto dolor, tristeza y amargura,
Y cuanto sobresalto ha pasado
La gente zaratina sin ventura!
Pues quien con atencion bien lo ha notado
Verá, que al mayor mal en coyuntura
Un buen suceso ò gusto ha acompañado:
Que no haber de esta suerte sucedido,
Hubiera el resto Zárate perdido.
¡Qué pena, qué dolor no mitigára
El ver al buen Garay por aquel llano!
La barbara nacion que se juntaba,
No pudiera escaparse de su mano.
Si el bravo y crudo Marte se hallára
Con tal gente de guerra, tan ufano
Y altivo se sintiera, que en la tierra
A todos los mortales diera guerra.
La trompa y atambor les ayudaba,
Los caballos calor iban tomando:
Contento grande, cierto, que causaba
Aquesta gente allí escaramuzando.
Rui Diaz con los suyos lo miraba,
Viniendo su viage navegando;
Y llegando dó aquesto se hacia
Mandó soltar la flaca artillería.
Al fin tomaron puerto, y recontada
La cosa de una parte á otra pedida,
La carga de las balsas descargada,
Caray parte en demanda de comida.
El Melgarejo sale desplegada
Con gran placer su vela y descogida.
En tanto que uno baja y otro queda
Me fuerza Yamandú vuelva la rueda.
Llegado este tacaño con las cartas
Al isla, con placer fué recibido;
El Juan Ortiz le dió cuchillos, sartas,
Y de paño de grana un buen vestido.
De dádivas y dones fueron hartas
Sus manos, por pensar lo ha merecido,
Y él pretende entregarse á suelta rienda
En vida del cristiano y de hacienda.
Pues tiene la traicion así ordenada,
Que dadas estas cartas, vuelva luego
Al rio Igapopé, que es la morada
De un indio, que se dice _Grande Fuego_,
Y de otros que allí viven de coplada,
Con Aguazó, que es guia de este juego.
Allí tiene la cosa de ordenarse
Por dó el cartero dá priesa á tornarse.
Y dice: "volveré yo con comida,
Que así con mis amigos lo he ordenado,
Aquesta cosa quiero sea sabida,
Porque en vernos ninguno sea alterado:
Que aquesta tierra toda está rendida
A mi diccion, é yo la he sujetado."
Con esto Yamandú se suelta en breve,
Y con mas brevedad volver se atreve.
Con diez ú once canoas esquifadas
La vuelta dá el malvado, procurando
Que no esten las personas recatadas,
Mas antes las ocupa rescatando.
No quiero referir, pues, cuan turbadas
Lo estaban, segun supe, y cuan temblando:
Mas con todo se dieron tanta maña,
Que no quajó el cartero su maraña.
En un fuerte la gente recogida,
Porque de esta traicion tienen aviso,
De todo lo posible guarnecida,
Salió el indio que estaba ya arrepiso.
De humos gran señal ha parecido
El rio arriba, y luego de improviso
Los indios que en la gente dar pensaban,
Con gran priesa á su isla se tornaban.
Quedaron los cristianos, como cuando
Levanta un huracan muy espantoso
Las olas en la mar, y vá bufando
El viento con un impetu furioso:
El piloto sagaz está temblando,
Vencido del trabajo y temeroso:
Mas viendo que el peligro está pasado,
Veréisle presumir del esforzado.
O como aquel mancebo que ha cogido
El toro furibundo entre s
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