Amaury
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Title: Amaury
Author: Alexandre Dumas
Translator: Florencio S. de Yarza
Release date: April 4, 2008 [eBook #24988]
Language: Spanish
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AMAURY
POR
Alejandro Dumas
Traducción por Florencio S. de Yarza
La Nación
Buenos Aires
1911
Existe en Francia una cosa tan peculiar, tan genuina del carácter
nacional, que con dificultad se encuentra en otro país cualquiera: la
conversación, en cuya especialidad no hay nadie que pueda competir con
los franceses.
En el resto del globo se discute, se argumenta, se perora; sólo en
Francia se conversa por costumbre.
No pocas veces, estando yo en Italia, en Alemania o en Inglaterra, me ha
ocurrido anunciar de pronto que al día siguiente me volvía a París. Si
alguno, admirado de tan súbita resolución, me preguntaba:
--¿A qué vas a París?
Yo le respondía sencillamente:
--A conversar.
Y no era flojo su asombro al saber que yo, ahito de conversación,
pensaba en hacer un viaje de centenares de leguas sólo por darme el
gusto de conversar.
Nadie podía explicarse un capricho semejante; sólo me comprendían los
franceses. Estos solían exclamar:
--¡Qué dicha! ¡qué placer!
Y sucedía a veces que alguno de ellos se venía conmigo.
A decir verdad no hay nada más grato que esas minúsculas tertulias que
en un salón elegante improvisan unas cuantas personas charlando a su
sabor, dando vueltas a una idea mientras dura el hechizo que produjo,
para abandonarla después de sacar de ella todo el partido posible,
cediendo al atractivo de otra nueva que a su vez surge en medio de las
bromas de unos, de los discreteos de otros y de las agudezas de todos,
lo cual no obsta para que súbitamente, al llegar al punto culminante de
su desenvolvimiento, se desvanezca como pompa de jabón tocada por la
dueña de la casa, que mientras sirve el te lleva de grupo en grupo el
hilo de la charla general, recopilando opiniones, pidiendo pareceres,
planteando problemas y obligando casi siempre a cada corrillo a verter
su correspondiente frase en ese tonel de las Danaides que se llama «la
conversación».
Por el estilo del salón que describo hay en París cinco o seis en los
cuales no se baila, ni se carta, ni se juega, y sin embargo no se sale
de ellos nunca antes del amanecer.
Cuéntase entre estos salones el de un buen amigo mío, el conde M... Digo
amigo mío y en realidad no haría mal en decir amigo de mi padre, pues es
el caso que el conde de M... quien por nada de este mundo es capaz de
confesar _motu proprio_ su edad (ni, por otra parte, tampoco hay quien
le pregunte sobre ella), no dejará de tener sus sesenta y tantos años
bien cabales, aunque no represente más allá de los cincuenta, gracias al
extremado esmero con que cuida su persona. Es uno de los últimos y más
genuinos representantes del tan calumniado siglo XVIII, lo cual debe sin
duda explicar la escasez de sus creencias, circunstancias que (dicho sea
en su honor), no le ha hecho caer, como a la mayoría de los incrédulos,
en el afán de empeñarse en que los demás dejen de creer también.
Puede decirse que hay en él dos principios, uno hijo del corazón y otro
del entendimiento, que mutuamente se repelen. Es egoísta por sistema y
generoso por naturaleza. Nacido en tiempo de nobles y filósofos, el
instinto aristocrático viene a equilibrar en su espíritu la
independencia del pensador. Conoció a los hombres más conspicuos del
pasado siglo. Fue bautizado por Rousseau con el título de ciudadano;
Voltaire le auguró que sería poeta; Franklin le recomendó simplemente
que fuese un hombre honrado y bueno.
Juzga el año terrible, el cruento 93, como juzgaba San Germán las
proscripciones de Sila y las matanzas de Nerón. Con escéptica mirada ha
presenciado el desfile de los asesinos, de los septembristas, y de los
guillotinadores, primero en carro y luego en carreta. Ha conocido a
Florián y a Andrés Chénier, a Demoustier y a Madama de Stael, a Bertin y
a Chateaubriand; ha rendido homenaje a madama Tallién, a madama
Récamier, a la princesa Borghése, a Josefina, y a la duquesa de Berry.
Ha asistido al encumbramiento de Bonaparte y a la caída de Napoleón. El
padre Maury y Talleyrand le llaman discípulo: es un diccionario de
fechas, un catálogo de acontecimientos, un archivo de anécdotas, una
mina de agudezas.
Nunca ha querido escribir por temor de perder su preeminencia, pero en
cambio presume de _narrador_.
He ahí por qué su salón, como he dicho más arriba, es uno de los cinco o
seis salones de París en los que, sin haber juego, música, ni baile, se
pasan de un modo grato las horas hasta bien entrada ya la madrugada.
Cierto es que en las esquelas de invitación escribe de su puño y letra:
_Se conversará_, como otros estampan: _Se bailará_. Fórmula es ésta que
suele alejar a banqueros y agiotistas; pero que atrae a los hombres de
ingenio, siempre gustosos de hablar; a los artistas, dispuestos a
escuchar, y a los misántropos de todo género, que nunca complacieron a
la dueña de la casa bailando un solo, con el fútil pretexto de que la
contradanza recibe ese nombre por ser lo contrario de lo que se llama
danza.
Es innegable, además, que posee un admirable talento para cortar con una
sola palabra, ya el desarrollo de cualquiera teoría que esté en pugna
con el modo de pensar del auditorio, ya toda discusión que tienda a
hacerse pesada.
Cierto día, un joven melenudo y de barbuda faz hacía en su presencia
desmedidos elogios de Robespierre, declarándose acendrado partidario de
su sistema, lamentando su prematuro fin y augurando su rehabilitación
como un acto de justicia.
--Ese grande hombre no ha sido bien comprendido--dijo al terminar su
perorata.
--Pero sí guillotinado, afortunadamente--replicó el conde de M...
Esta frase dio fin a la conversación por aquel día.
Hace un mes próximamente asistí yo a una de estas reuniones. A última
hora se había hablado ya de tantas cosas que, agotados los temas, vínose
a tratar de amor. A la sazón, la conversación se había hecho general y
entre los grupos cruzábanse algunas palabras sueltas.
--¿Quién habla por ahí de amor?--preguntó el conde de M...
--El doctor P...--contestó una voz.
--¡Ah! ¡Es curioso! ¿Y qué dice el doctor?
--Que el amor es una congestión cerebral de carácter benigno que se
puede curar poniendo al enfermo a dieta, aplicándole sanguijuelas y
usando de sangrías moderadas.
--¿Así opina usted, doctor?
--Claro que sí; por más que conceptúo preferible la posesión. Ese sí que
es el remedio más eficaz.
--Está bien; pero supongamos que ésta no se consigue y que en tal trance
no acudimos a usted, que ha hallado la panacea universal, sino a alguno
de sus colegas, menos prácticos que usted en la terapéutica, y que le
espetamos esta pregunta concreta: «¿Podemos morirnos de amor?»
--Eso no se pregunta a los médicos, sino a los enfermos--repuso el
doctor.--Respondan ustedes, señoras, y ustedes también, caballeros.
Arduo por demás era el problema y, como no podía menos de esperarse,
dividiéronse las opiniones. Los jóvenes, que creían tener sobrado tiempo
para morir de desesperación, respondieron que sí; los viejos, cuya vida
pendía ya de un ataque de gota o de un simple catarro, contestaron que
no; las mujeres se limitaron a hacer un gesto de duda. Eran demasiado
altivas para negar y sobrado sinceras para afirmar.
A todo esto empeñábanse todos en explicar sus votos respectivos; así,
que no había manera de entenderse.
--¡Ea!--dijo el conde de M...--Yo voy a dilucidar la cuestión.
--¿Usted?
--Sí, señores, yo mismo.
--¿Cómo?
--Explicándoles a ustedes el amor que mata y el amor que no trunca la
existencia.
--¿Así, pues, hay varios amores?--preguntó una mujer que era tal vez, de
todas las presentes, la que menos debiera haber hecho tal pregunta.
--Sí, señora--respondió el conde.--Crea usted que costaría trabajo
enumerarlos. Pero vamos al asunto. Aún no son las doce; de modo que
disponemos de unas horas. Está cayendo una copiosa nevada; aquí nos
calentamos ante un fuego magnífico, y ustedes forman un auditorio muy de
mi gusto; conque, prepárense a oírme. ¡Augusto! Ordene usted que cierren
bien las puertas y tráigame aquel manuscrito que usted sabe.
Obedeció el interpelado, que era el secretario del conde, joven amable y
distinguido, del cual se susurraba que podía ser acreedor a un título
más íntimo; y, a la verdad, el paternal cariño que el conde le mostraba
parecía justificar esta creencia.
La palabra _manuscrito_ originó un movimiento de impaciente curiosidad y
todo el mundo se dispuso a escuchar con religiosa atención.
--Perdonen ustedes--dijo el conde.--No hay novela sin prólogo, y yo debo
concluir el mío. Adelantándome a toda sospecha he de advertir en primer
término que nunca inventé yo nada. Explicaré cómo ha venido a mis manos
ese manuscrito. Hace año y medio fui nombrado albacea de un amigo mío, y
al registrar y clasificar sus papeles me topé con unas Memorias. El,
como médico que era, escribió en ellas una especie de autopsia... (No
hay que asustarse, señoras; me refiero a una autopsia moral, a una de
esas autopsias del corazón que a ustedes les gustan tanto.) Con esas
Memorias encontré otro diario de distinta letra, unido a sus recuerdos
del mismo modo que la biografía de Kressler anda confundida con las
meditaciones del gato Muur. Yo conocía aquella letra: era la de un joven
a quien había visto muchas veces en casa de mi amigo, por ser éste tutor
del tal mancebo. Los dos manuscritos, que sueltos resultaban
incomprensibles, completábanse mutuamente constituyendo una historia que
me pareció muy... ¿cómo diré?... muy humana. Interesome mucho, a causa
tal vez del escepticismo que me atribuyen... ¡Felices aquéllos a quienes
se crea una reputación, sea cual fuere!... Decía, pues, que a causa del
escepticismo que se me atribuye, casi nunca encuentro cosas que me
interesen, y viendo que ese relato me había subyugado el corazón en
absoluto... (perdone usted, doctor; yo bien sé que propiamente hablando,
esa víscera nada tiene que ver en tales asuntos; pero por fuerza hay que
valerse del lenguaje corriente para hacerse entender). Juzgué pues, que
una historia que de tal modo me había cautivado tenía que embelesar
también a mis contemporáneos. Y además, ¿a qué ocultarlo? no era la
vanidad del todo ajena a mi propósito: ambicionaba el título de escritor
aunque para alcanzarlo hubiese de perder mi fama de hombre de ingenio,
como le sucedió a M... aquel consejero de Estado a quien todos ustedes
conocen. Me puse a la tarea de ordenar ambos diarios y enumerar sus
hojas colocándolas de modo que la narración fuese inteligible; borré
después los nombres propios, que sustituí por otros muy diferentes, y
puse todo el relato en tercera persona, acabando por encontrarme con dos
tomos bastante voluminosos...
--Que usted no hizo imprimir porque aún viven los personajes de esa
historia. ¿No es así?
--Ni por pienso. De los dos personajes principales, el uno murió ya hace
año y medio, y el otro salió de París hace dos semanas; y yo les creo a
ustedes sobrado atareados y olvidadizos para conocer a un muerto y a un
ausente, por mucha semejanza que exista en los retratos. Dista mucho de
ser ése el motivo que me ha impulsado a ocultar los nombres de ellos.
--¿Pues cuál es?
--¡Chitón! No se lo digan ustedes a Lamennais, ni a Béranger, ni a
Alfredo de Vigny, ni a Soulié, ni a Balzac, ni a Deschamps, ni a
Sainte-Beuve, ni a Dumas. Me han dicho que cuente con uno de los
primeros sillones que queden vacantes en la Academia a condición de que
siga sin escribir absolutamente nada. Así que esté nombrado, recobraré
mi libertad de acción y haré de mi capa un sayo. Augusto--prosiguió el
conde, dirigiéndose al joven, que acababa de entrar con el
manuscrito,--siéntese usted y lea: le escuchamos.
Obedeció Augusto, tomando asiento en el acto, y cuando todos nos hubimos
acomodado bien para ser, como suele decirse, todo oídos y no perder
detalle del relato, el joven comenzó así su lectura:
I
Al dar las diez de la mañana de uno de los primeros días de mayo del año
1838, se abrió la puerta cochera de un pequeño palacio de la calle de
los Maturinos para dar paso a un joven montado en magnífico corcel de
pura raza inglesa. Tras él y a la debida distancia salió un criado
vestido de negro y montado también en un caballo de pura sangre, pero
visiblemente inferior al primero.
No había más que ver a aquel jinete para clasificarlo entre los que,
sirviéndonos de una palabra de la época, llamaremos lechuguinos. Era un
joven que aparentaba tener unos veinticuatro años, y vestía con
estudiada sencillez, que revelaba en él esos hábitos aristocráticos que
se adquieren desde la cuna y que no puede crear la educación en aquellos
que no los posean ya de un modo natural.
Forzoso es reconocer que su fisonomía estaba en perfecta consonancia con
su apostura y su traje, y que no era fácil el imaginar facciones más
elegantes que las de su rostro orlado de negros cabellos y negras
patillas que le servían de marco y al que prestaba un carácter altamente
distinguido la mate y juvenil palidez que lo cubría. Cierto es que dicho
joven, último representante de una de las más linajudas familias de la
monarquía, llevaba uno de esos antiguos apellidos que van de día en día
extinguiéndose, hasta el punto de que muy pronto no figurarán ya sino en
la historia. Se llamaba Amaury de Leoville.
Si del examen externo, esto es, del aspecto físico, pasáramos al del
ente moral, veríamos en su sereno semblante reflejado fielmente su
espíritu. La sonrisa que de vez en cuando erraba por sus labios como si
a ellos quisieran asomarse las impresiones de su alma, era la sonrisa
del hombre feliz.
Vayamos en pos de ese hombre privilegiado que recibió de la suerte, con
el don de una ilustre prosapia, los de la fortuna, la distinción, la
belleza y la dicha, porque es el protagonista de nuestra historia.
Salió de su casa al trote corto, y a este paso llegó al bulevar: dejó
atrás la Magdalena, y tomando por el arrabal de San Honorato entró en la
calle de Angulema.
Allí acortó el paso mientras fijaba con persistencia su mirada, que
hasta entonces había vagado al azar, en un punto de la calle.
Lo que tanto atraía su atención era un lindo palacio situado entre un
florido patio y uno de los extensos jardines, ya muy raros en París, que
los ve desaparecer poco a poco para ceder el puesto a esos gigantes de
piedra sin aire, sin espacio y sin verdor, llamados casas, con notoria
impropiedad. Frente al edificio se detuvo el caballo, como obedeciendo a
la costumbre; pero el joven, tras de lanzar una intensa mirada a las
ventanas, que aparecían cerradas o imposibilitaban toda investigación
indiscreta, siguió su camino, volviendo de vez en cuando la cabeza y
consultando con frecuencia el reloj como queriendo asegurarse de que no
era aún la hora en que debían serle abiertas las puertas de aquella
hermosa mansión.
No le quedaba otro recurso que el de matar el tiempo de algún modo.
Desmontó, pues, en casa de Lepage y se entretuvo en romper algunos
muñecos, cuya suerte corrieron después varios huevos, sirviéndole por
último, de blanco, hasta las moscas.
Como los ejercicios de destreza aguijonean el amor propio, el joven, aun
sin otros espectadores que los criados, estuvo cerca de una hora
consagrado a este deporte. Después volvió a montar a caballo, dirigiose
al trote hacia el Bosque de Bolonia, y habiéndose tropezado con un amigo
en la alameda de Madrid le habló de las últimas carreras y de las
próximas a celebrarse en Chantilly, y así conversando transcurrió otra
media hora.
Encontráronse en la puerta de San Jaime con un tercer paseante, el cual,
recién llegado del Oriente, les relató de un modo tan interesante la
vida que había llevado en el Cairo y en Constantinopla, que en tan amena
conversación pasó una hora o quizá más. Entonces nuestro héroe ya
manifestó impaciencia, y despidiéndose de sus amigos, se dirigió al
galope a la esquina de la calle de Angulema que da a los Campos Elíseos.
Detúvose en aquel sitio, consultó el reloj, y viendo que señalaba la
una, se apeó, dejó el caballo a cargo del criado, adelantose hacia la
casa ante cuya fachada se había detenido tres horas, y llamó a la
puerta.
Si Amaury hubiese abrigado algún temor, no habría dejado de parecerle
bien extraño a quien hubiere observado la sonrisa con que le recibían
todos los criados, desde el conserje que acudió a abrirle la verja hasta
el ayuda de cámara que al pasar encontró en el vestíbulo, sonrisa
reveladora de que lo consideraban como miembro de la familia que
habitaba en el palacio.
Por eso al preguntar el joven si el señor de Avrigny estaba visible, le
contestó el criado, como quien habla a una persona con la cual no rezan
ciertas trabas impuestas por conveniencias sociales:
--No lo está, señor conde, pero en el saloncito encontrará usted a las
señoras.
Y como se dispusiese a adelantarse para anunciarle, el joven le indicó
que era cosa innecesaria. Amaury, a fuer de buen conocedor del terreno,
llegó en seguida a la puerta del saloncito en cuestión, que precisamente
estaba entreabierta, y antes de entrar permaneció un instante en el
umbral como fascinado por el cuadro que se ofrecía ante su vista.
Dos lindas jóvenes, que contarían de unos diez y ocho a veinte años,
bordaban en un mismo bastidor, casi enfrente la una de la otra mientras
que una inglesa, situada junto a la ventana, las contemplaba con
curiosidad cariñosa, olvidándose de reanudar la lectura del libro que
tenía en la mano a la sazón.
Justo es reconocer que nunca el arte pictórico reprodujo un grupo más
seductor que el que formaban, casi juntas, las cabezas de aquellas dos
criaturas, tan diametralmente opuestas en sus rasgos físicos y en su
carácter, que no parecía sino que el propio Rafael las había unido para
hacer un estudio de dos tipos graciosos en igual medida, aunque
ofreciendo con su unión el contraste más vivo.
Era la una, en efecto, rubia y pálida con largos bucles a la inglesa,
ojos de cielo y cuello de cisne; un tipo, en fin, que traía a la memoria
a aquellas delicadas y vaporosas vírgenes osiánicas prestas a deslizarse
sobre las nieblas que coronan las cimas de las áridas montañas escocesas
o a esfumarse entre las brumas que invaden las llanuras británicas; una
de esas visiones que tienen a un tiempo naturaleza de mujer y de hada,
sólo vislumbradas por el genio de Shakspeare, que logró transportarlas
del mundo de la fantasía al de la realidad; portentosas creaciones que
nadie había alcanzado adivinar antes que él, que nadie ha repetido
después, y a las que él puso los dulces nombres de Cordelia, Ofelia o
Miranda.
Tenía la otra, en cambio, negros cabellos cuya doble trenza servía de
orla al ovalado rostro; con sus ojos brillantes, sus labios purpurinos y
sus vivos y resueltos ademanes, semejaba una de aquellas doncellas
doradas por el sol del Mediodía, a las cuales reunía Bocaccio en la
villa Palmieri para leerles los alegres cuentos de su _Decamerón_.
Rebosaba su cuerpo vida y salud; chispeábale en la mirada el donaire
cuando éste no brotaba de sus labios; su tristeza, si alguna vez la
sentía, nunca llegaba a velarle por completo la expresión risueña que
animaba habitualmente su rostro, y aun al través de su melancolía
dejábase adivinar su sonrisa como se presiente el sol tras una nube de
estío.
Así eran las dos jóvenes que, inclinadas sobre el mismo bastidor, hacían
surgir sobre el lienzo un ramo de flores en el cual, fieles a su
temperamento, ponía la una lirios y jacintos de suave blancura, mientras
la otra lo adornaba con claveles y tulipanes que le prestaban animación
con sus encendidos tonos.
Pasados unos instantes de muda contemplación, empujó Amaury la puerta, y
penetró en la sala.
Al oír el ruido las dos jóvenes volvieron la cabeza, lanzando un grito
como gacelas sorprendidas por el cazador, al tiempo que animó un
fugitivo rubor las mejillas de la rubia y una suave palidez blanqueó
ligeramente el rostro de la morena.
--Ya veo que he hecho mal en no dejar que me anunciasen--dijo el joven,
adelantándose hacia la rubia, sin cuidarse de su amiga--pues te he
asustado, Magdalena. Perdona mi ligereza: siempre me conceptúo hijo
adoptivo del señor de Avrigny y procedo en esta casa como si todavía
fuese uno de sus comensales.
--Haces muy bien, Amaury--respondió Magdalena.--Además, creo que aunque
quisieras obrar de otro modo no sabrías, pues no se pierden así en pocas
semanas las costumbres adquiridas en el transcurso de diez y ocho años.
Pero, ¿no le dices nada a Antoñita?...
Amaury se apresuró a estrechar la mano a la morena, diciéndole
sonriente:
--Perdóneme usted, querida Antoñita; ante todo tenía que presentar mis
disculpas a la que había asustado mi torpeza: he oído el grito de
Magdalena e instintivamente he corrido hacia ella.
Y volviéndose hacia el aya, añadió:
--Señora Braun, tengo el honor de saludarla.
Con cierta expresión de tristeza sonrió Antoñita al estrechar la mano
del joven, pensando que también ella había gritado, sin que su voz
llegase a los oídos de Amaury.
La institutriz no había visto nada, o mejor dicho, lo había visto todo,
pero habíase detenido su mirada en la superficie de las cosas sin querer
profundizar.
--No se excuse, conde--dijo;--antes bien, convendría que con frecuencia
se hiciese lo que usted hizo, para curar a esa criatura de su
impresionabilidad nerviosa. Debe eso consistir en su cavilosa
imaginación. Creo yo que se ha construido para sí un mundo aparte en el
cual busca refugio tan pronto como dejan de sujetarla al mundo material.
No sé qué es lo que pasa en ese mundo; pero si esto continúa acabará de
seguro por abandonar los dos, y entonces su existencia será el sueño y
en sueño se convertirá su vida.
Magdalena clavó en el rostro del joven una amorosa mirada que parecía
decirle:
--De sobras sabes tú en quién pienso cuando estoy tan abstraída:
¿verdad, Amaury?
Antonia, que sorprendió esta mirada se levantó, pareció quedar perpleja
un instante y después, abandonando definitivamente su interrumpida
labor, sentose al piano y se puso a ejecutar de memoria una fantasía de
Thalberg.
Magdalena continuó bordando y Amaury ocupó un asiento a su lado.
II
El joven dijo a su amada en voz baja:
--¡Es un horrible tormento, Magdalena, el no poder vernos con libertad y
a solas muy de tarde en tarde! ¿Crees que es casualidad o que tu padre
lo ha dispuesto de este modo?
--No sé qué pensar, Amaury--respondió Magdalena.--Sólo puedo decirte que
lo siento como tú. Cuando podíamos vernos a todas horas no sabíamos
apreciar en su justo valor nuestra dicha. No en vano dicen que la sombra
es lo que hace que el sol sea deseable.
--¿Hay inconveniente en que hagas comprender a Antoñita que nos
prestaría un señalado servicio alejando de aquí por un rato a la señora
Braun? Me parece que se queda aquí más por costumbre que por prudencia,
y no creo que tu padre le haya dado el encargo de vigilarnos.
--Ya se me ha ocurrido muchas veces, y es el caso que no sé a qué
atribuir el sentimiento que me veda el hacer eso. Siempre que abro la
boca para hablar de ti a mi prima siento que se ahoga la voz en mi
garganta. Y sin embargo, no ignora ella que te quiero.
--También yo lo sé, Magdalena; pero necesito que me lo digas tú misma en
alta voz. Para mí no hay dicha comparable a la que disfruto al verte, y
así y todo preferiría privarme de ella a tener que contemplarte ante
personas extrañas, frías e indiferentes que obligan al disimulo. No
acierto a expresarte lo que en este momento me mortifica semejante
tiranía.
Magdalena se levantó y dijo sonriente:
--Amaury, ¿quieres ayudarme a buscar en el jardín algunas flores? Estoy
pintando un ramo y el que hice ayer se ha marchitado ya.
Antonia dejó el piano al oír esto y cruzando con ella una mirada de
inteligencia repuso:
--Magdalena, no debes salir al aire libre y exponer tu salud con el
tiempo frío y nebuloso que está haciendo. Ya iré yo. ¡Verás qué ramo tan
precioso voy a traerte! Señora Braun, hágame el favor de traerme al
jardín el ramo que verá usted en un jarro del Japón sobre una mesita del
cuarto de Magdalena, porque hay que hacerlo enteramente igual a ése.
Diciendo esto bajó al jardín por la escalinata, mientras que el aya, que
no tenía que cumplir orden alguna respecto a Amaury y a Magdalena y que
conocía los vínculos de afecto que les unían desde la niñez, iba en
busca del ramo.
Siguióla Amaury con los ojos, y así que la perdió de vista tomó con
dulzura la mano de Magdalena, exclamando con acento apasionado:
--¡Ya nos han dejado solos, siquiera sea por un instante!
Aprovechémoslo, Magdalena: mírame, dime que me amas, pues a ser sincero,
desde que he visto a tu padre tan transformado, voy dudando ya de todo.
De mí, bien sabes que te amo, que te amo con todo mi ser.
--¡Sí, Amaury, lo sé!--dijo la joven, exhalando un gozoso suspiro de
esos que parecen aliviar un corazón oprimido.--Al verme así tan endeble,
me parece que únicamente tu amor me da la vida. ¡Qué singular es lo que
me pasa, Amaury! Viéndote a mi lado, respiro mejor y me siento más
fuerte. Antes de tu llegada y después de tu partida noto que me falta el
aire, y tus ausencias son demasiado prolongadas desde que no vives en
nuestra compañía. ¿Cuándo voy a tener el derecho de no separarme de ti,
que eres mi alma y mi existencia?
--Oyeme, Magdalena: ocurra lo que quiera, esta misma noche pienso
escribir a tu padre.
--¿Y qué ha de ocurrir, sino que al fin se realizarán los sueños de toda
nuestra vida? Desde que cumplimos tú veinte años y yo diez y ocho, ¿no
venimos considerándonos destinados el uno al otro? Escribe a mi padre
sin temor, que no habrá de resistir a nuestros ruegos.
--Bien quisiera yo participar de tu confianza, Magdalena... Pero por
desdicha veo de algún tiempo a esta parte a tu padre muy cambiado para
mí. Al cabo de haberme tratado durante quince años como si fuera su
propio hijo, viene a mirarme ahora como si fuera un extraño. Después de
haber vivido a tu lado como un hermano, hoy mi entrada te asusta y
lanzas un grito al verme...
--Me arrancó el gozo ese grito, Amaury; jamás me sorprende tu presencia,
puesto que siempre la aguardo; pero estoy tan débil y soy tan nerviosa,
que todas las impresiones me causan un efecto extraordinario. Pero no te
preocupes por eso; acostúmbrate a tratarme como a aquella pobre
sensitiva que días pasados atormentábamos por puro entretenimiento,
olvidándonos de que tiene vida como nosotros y de que tal vez le
hacíamos mucho daño. Ten en cuenta que yo soy lo mismo que ella. Tu
presencia me da el bienestar que sentía en mi niñez al sentarme en el
regazo de mi madre. Cuando Dios me la quitó te puso junto a mí para que
la reemplazaras. A ella debo mi primera existencia; a ti te soy deudora
de la segunda. Ella hizo que brillase para mí la luz del mundo; tú, en
cambio, me hiciste ver la del alma. Amaury, para que renazca eternamente
tuya, mírame siempre: no apartes de mí tus ojos.
--¡Oh! ¡siempre, siempre!--exclamó Amaury cubriendo sus manos de besos
ardientes y apasionados.--Magdalena: ¡te amo! ¡te amo con frenesí!
Mas al sentir estos besos la pobre niña levantose temblorosa y febril, y
con la mano puesta sobre el corazón, exclamó:
--¡Oh! así, no. Tu voz apasionada me trastorna; tus labios me abrasan.
Trátame con miramiento. Acuérdate de la pobre sensitiva; ayer quise
contemplarla y la encontré marchita, muerta.
--Haré lo que tú quieras, Magdalena. Siéntate y deja que me siente en
este almohadón, a tus pies. Si mi amor te conmueve demasiado te hablaré
como un hermano. ¡Gracias, Dios mío! Tus mejillas vuelven a tener su
color natural; ya ha desaparecido de ellas el brillo extraño que me
sorprendió cuando entré y la triste palidez que las cubría entonces. Ya
te encuentras mejor, Magdalena; ya estás bien, hermana mía.
Magdalena se dejó caer en la butaca, inclinando el rostro, medio oculto
por sus blondos cabellos, cuyos bucles acariciaban con leve roce la
frente del mancebo.
Confundíanse sus alientos.
--Sí, Amaury, sí--dijo la joven.--Tú me haces ruborizar y palidecer a tu
antojo. Eres para mí lo que el sol para las flores.
--¡Oh! ¡Qué placer! ¡Qué feliz soy al poder vivificarte así, con la
mirada, al poder reanimarte con una palabra! ¡Te amo, Magdalena, te amo!
Reinó el silencio un momento, durante el cual parecía haberse
concentrado toda el alma de Amaury en su mirada.
Oyose de pronto un leve ruido. Magdalena alzó la cabeza. Amaury se
volvió y vieron al señor de Avrigny que les miraba de hito en hito con
manifiesta severidad.
--¡Mi padre!--exclamó Magdalena echándose hacia atrás.
--¡Mi querido tutor!--dijo Amaury levantándose para saludarle y sin
poder disimular su turbación.
El padre de Magdalena, antes de responder, se quitó con calma los
guantes, dejó el sombrero sobre una butaca, y sólo entonces rompió el
glacial silencio que tuvo un rato en tortura a nuestros dos jóvenes,
para decir con acritud:
--¡Ya estás aquí otra vez, Amaury! ¡A fe mía que vas a hacer un gran
diplomático si sigues estudiando la política en los tocadores y las
necesidades y los intereses de tu país viendo bordar a las niñas! A ese
paso no serás por mucho tiempo simple agregado; pronto te nombrarán
primer secretario en Londres o en San Petersburgo, si así te engolfas en
la ciencia de los Talleyrand y los Metternich haciendo compañía a una
colegiala.
--Señor de Avrigny--contestó Amaury con acento en el cual vibraban a la
vez el amor filial y el orgullo herido.--Quizás a sus ojos descuide yo
algún tanto los estudios a que usted me ha destinado; pero puedo decirle
que el ministro nunca ha observado en mí esa falta y que ayer mismo
leyendo un trabajo que me había encomendado...
--¡Hola! ¿Conque el ministro te ha encomendado un trabajo?... ¿Y sobre
qué, vamos a ver? ¿sobre la formación de un nuevo Jockey-club, sobre los
principios del boxeo o de la esgrima, sobre las reglas del _sport_ en
general o del _steeple-chase_ en particular? ¡En tal caso, ya me explico
la satisfacción que muestras!
--Pero, querido tutor--repuso Amaury, sin poder reprimir una ligera,
sonrisa,--habré de hacerle observar que todos esos conocimientos
superfluos que usted me critica los debo a su cuidado casi paternal.
Usted me ha dicho siempre que la esgrima y la equitación, unidas al
conocimiento de algunos idiomas extranjeros, vienen a completar la
educación de un noble en nuestra época.
--Así es, no lo niego, cuando esas cosas se tornan como una distracción
a trabajos serios; pero no cuando se juzgan éstos como un pretexto para
divertirse. Veo que eres el prototipo de los hombres de nuestro siglo,
que creen poseer la ciencia infusa; que con pasarse una hora por la
mañana en la Cámara, otra en la Sorbona por la tarde y otra en el teatro
por la noche, se consideran capaces de eclipsar la gloria de Mirabeau,
de Cuvier y de Geoffroy, juzgando todas las cosas desde la altura de su
ingenio y dejando caer con desdén sus fallos de salón en la balanza
donde se pesan los destinos de la humanidad... ¿Conque ayer te felicitó
el ministro? ¡Enhorabuena! Vive de esas gloriosas esperanzas, descuenta
esos pomposos elogios, y el día en que llegue la ocasión te traicionará
la suerte. Porque a los veintitrés años, dirigido por un tutor bonachón,
te ves doctor en derecho, bachiller en letras y agregado de embajada;
porque asistes de uniforme a las fiestas palatinas; porque te han
prometido la cruz de la Legión de honor, lo mismo que a otros muchos que
aún no la tienen, crees ya haberlo hecho todo y que lo demás te lo
ofrecerá la suerte. Tú razonas así:--Soy rico, y por lo tanto, tengo
derecho a ser inútil; y con arreglo a tan luminoso raciocinio tu título
de nobleza ha venido a parar en privilegio de holgazanería.
--¡Padre mío!--exclamó Magdalena, atemorizada por la irritación
creciente del señor de Avrigny.--¿Qué es lo que dice usted? ¡Nunca le he
visto tratar a Amaury de ese modo!
--¡Señor de Avrigny!--decía el joven, aturdido por las palabras de su
antiguo tutor.
--¡Qué es eso!--repuso el padre de Magdalena con acento más tranquilo,
pero más mordaz todavía.--Te ofenden mis reproches porque son justos,
¿no es cierto? Pues no tendrás más remedio que habituarte a ellos si
sigues llevando esa vida ociosa, o renunciar a tratarte con un tutor
regañón y descontentadizo. Tu emancipación es de fecha muy reciente.
Las atribuciones que tu padre me legó sobre ti han dejado ya de existir
para la ley, pero subsisten todavía moralmente, y debo advertirte que en
esta época turbulenta en que las riquezas y las distinciones dependen de
un capricho de la muchedumbre o de una revuelta popular, nadie puede
contar sino consigo mismo y que a despecho de tu opulencia y de tu
título de conde, un padre de familia de elevada alcurnia y de cuantioso
caudal, obraría con acierto si te negara la mano de su hija,
conceptuando como insuficientes garantías tus triunfos en las carreras y
tus grados obtenidos en el Jockey-club como hombre diestro en deportes.
El señor de Avrigny se excitaba, más y más con sus propias palabras y
paseábase por la estancia visiblemente agitado, sin mirar a su hija, que
temblaba como la hoja en el árbol, ni a Amaury que le escuchaba de pie y
frunciendo el entrecejo.
La mirada del joven, que a duras penas lograba reprimir su enojo, vagaba
del señor de Avrigny, cuya irritación no atinaba a explicarse, a
Magdalena, estupefacta, como él.
--¿Aún no has comprendido--prosiguió el doctor interrumpiendo sus paseos
y parándose delante de ellos,--por qué te he rogado que no permanecieses
por más tiempo con nosotros? Pues fue porque no le está bien a un joven
rico y de ilustre prosapia consumir así el tiempo entre muchachas;
porque lo que es natural a los doce años resulta ridículo a los
veintitrés; porque, al fin y a la postre, mi hija puede salir
perjudicada de esas visitas tan repetidas.
--¡Caballero! ¡caballero!--exclamó Amaury.--¡Tenga usted compasión de
Magdalena! ¿No ve que la está matando?
Era verdad. Magdalena se había desplomado en su butaca, quedando inmóvil
e intensamente pálida.
--¡Oh! ¡hija mía!--gritó Avrigny, demudándose como ella.--¡Ah! ¡Tú le
das la muerte, Amaury!
Y alzándola en sus brazos la llevó al aposento contiguo.
Amaury siguió al doctor.
--¡No entres!--dijo éste deteniéndole en el umbral de la puerta.
--Magdalena necesita asistencia.
--¿Acaso no soy médico?
--Perdone usted, caballero; yo pensaba... no quería irme sin saber...
--Gracias por tu cuidado. Pero tranquilízate: yo estoy aquí para
asistirla. Puedes irte cuando quieras.
--¡Adiós! ¡Hasta la vista!
--¡Adiós!--repitió el doctor lanzándole una mirada glacial.
Después empujó la puerta, que volvió a cerrarse en seguida.
Amaury quedó como clavado en el sitio en que estaba, inmóvil y como
aturdido.
De pronto se oyó la campanilla que llamaba a la doncella, y al propio
tiempo entró Antoñita seguida de la señora Braun.
--¡Dios eterno!--exclamó Antoñita.--¿Qué le pasa, Amaury, que está usted
tan pálido? ¿Y Magdalena? ¿en dónde está?
--¡En su cama! ¡muy enferma!--exclamó el joven.--Entre usted a verla,
señora Braun, que la necesita.
La inglesa corrió a la estancia que Amaury le indicaba con la mano
mientras que Antoñita le preguntaba:
--¿Y usted por qué no entra?
--Porque me han cerrado la puerta y me han echado de esta casa.
--¿Quién?
--¡El! ¡el padre de Magdalena!
Y tomando el sombrero y los guantes, Amaury huyó como un loco del
palacio de Avrigny.
III
Cuando Amaury entró en su casa encontró a un amigo que le estaba
aguardando. Era un joven abogado condiscípulo suyo en el colegio de
Santa Bárbara primero, y en la facultad de derecho más tarde. Tenía, con
poca diferencia, la misma edad que Amaury. Vivía con desahogo, pues
disfrutaba de una renta que podría estimarse en unos diez mil pesos;
pero no era, como su compañero, de esclarecido linaje.
Se llamaba Felipe Auvray.
Por el ayuda de cámara tuvo Amaury noticia de aquella visita inoportuna
y su primera intención fue subir directamente a su cuarto, dejando a
Felipe que esperara hasta que ya, aburrido, se marchase, cansado de
aguardar.
Pero Auvray era tan buen amigo que le dio lástima y entró en su
despacho, donde sabía por el criado que estaba esperándole Felipe.
--¡Gracias a Dios!--dijo éste al ver a Amaury.--Una hora hace que te
aguardo. Ya lo habría dejado para mejor ocasión si no fuese porque tengo
que pedirte un gran favor, contando con tu amistad.
--Ya sabes, Felipe--respondió Amaury,--que te considero como mi mejor
amigo. Así, no habrás de enojarte por lo que ahora te diré. ¿Tienes que
pagar una deuda de juego o batirte en duelo? Esas son las dos únicas
cosas que no admiten demora. ¿Has de pagar hoy? ¿Has de batirte mañana?
En cualquiera de esos casos dispón en el acto de mi bolsa y de mi
persona.
--Nada hay de lo que imaginas--respondió Felipe.--Venía a hablarte de un
asunto bastante más importante, pero no de tanta urgencia.
--Entonces debo decirte francamente que estoy en una situación de ánimo
nada a propósito para prestar atención a tus palabras, no obstante el
gran interés que me inspira todo cuanto te concierne.
--Siendo así, permíteme que te pregunte a mi vez si por mi parte puedo
prestarte ayuda de algún modo.
--No es fácil, por desgracia. Lo más que puedes hacer es diferir por dos
o tres días la confidencia que querías hacerme ahora. Necesito estar
solo.
--¡Es posible que no seas feliz tú, Amaury, con un apellido ilustre y
una fortuna que nada tiene que envidiar a las primeras de Francia! ¡Se
puede ser desgraciado siendo conde de Leoville y poseyendo cien mil
francos de renta! A fe mía que no lo creyera si no lo oyese de tu propia
boca.
--¡Y sin embargo, así es, amigo mío! soy desgraciado, ¡muy desgraciado!
y tengo para mí, que cuando a nuestros amigos les aqueja un infortunio
estamos en el caso de dejarlos a solas con su aflicción. Si no
comprendes esto, Felipe, será porque jamás te ha herido la desgracia.
--Puesto que me lo pides, lo haré, contra mis deseos.--¿Quieres estar
solo? pues solo te dejo. ¡Adiós, Amaury! ¡adiós, amigo mío!
--¡Adiós!--respondió Amaury, dejándose caer en un sillón.
Y añadió:
--Di a mi ayuda de cámara que no quiero ver a nadie y que no permita que
se me moleste sin que yo llame. No estoy para soportar la menor molestia
ni deseo contemplar un rostro humano.
Auvray cumplió el encargo, y salió devanándose los sesos por atinar con
la causa de aquella misantropía que de un modo tan brusco había hecho
presa en el alma de su amigo.
Este, perplejo y malhumorado, evocaba entretanto sus recuerdos, pugnando
por explicarse la razón del extremado rigor que el señor de Avrigny
había usado con él.
Según ya hemos dicho, Amaury era un hombre que podía considerarse, en
todos conceptos, nacido con buena estrella.
Dotado por la Naturaleza de elegancia, apostura y distinción, había
recibido de su padre un apellido glorioso, cuyos méritos contraídos
cerca de la monarquía habíanse acrecentado en las guerras del Imperio, y
una fortuna que pasaba de millón y medio, confiada a la intachable
administración del doctor Avrigny, uno de los médicos más renombrados de
la época y amigo íntimo y muy antiguo de la familia de Leoville.
A mayor abundamiento, su fortuna, manejada con gran tacto por tutor tan
cuidadoso, aumentó durante su menor edad en más de un tercio.
Pero el doctor no se había limitado a velar por el patrimonio de su
pupilo, sino que había dirigido personalmente su educación como pudiera
haberlo hecho tratándose de un hijo.
Resultó de ello que Amaury, criado junto a Magdalena, que era casi de su
edad, se había acostumbrado a querer entrañablemente y con amor más que
fraternal, a la que le miraba como un hermano.
Así, ambos concibieron desde niños, en la sencillez de su alma inocente
y en la pureza de su corazón, el proyecto halagador de no separarse
nunca.
El amor intensísimo que Avrigny había profesado a su esposa, arrebatada
a este mundo por la tisis, en la flor de su juventud, y que había
cifrado más tarde en su única hija, unido al cariño casi paternal que
Amaury le inspiraba, hacía que éste y Magdalena ni por pienso hubiesen
nunca dudado de obtener su aquiescencia.
Todo se aunaba para infundir en sus almas la esperanza de ver unidos sus
destinos, y éste era siempre el tema de sus coloquios desde que uno y
otro habían leído claro en el fondo de su pecho.
Las frecuentes ausencias del doctor, cuya persona reclamaba a cada
instante la clientela, el hospital que dirigía y el Instituto del cual
era miembro, dejábanles tiempo de sobra para forjarse hermosos sueños
que por la memoria del tiempo pasado y fiando en la esperanza del
venidero juzgaban realizables.
Así las cosas, acababan de cumplir, Magdalena veinte años y Amaury
veintidós cuando cambió súbitamente el humor del doctor Avrigny que
comenzó a mostrarse grave y severo desde entonces.
Al pronto se atribuyó este cambio de carácter a la circunstancia de
haberse muerto una hermana a la cual quería acendradamente, y que le
legaba, para que velase por ella, una hija de la edad de Magdalena, su
mejor amiga, y su inseparable compañera de estudios y de recreos. Pero,
con el transcurso del tiempo, el semblante del doctor fue acusando cada
vez más severidad y llegose a notar que su mal humor solía desahogarse,
deshaciéndose en reproches sobre Amaury. No pocas veces alcanzaba el
chubasco a Magdalena, a aquella hija adorada, a la cual había prodigado
a raudales un amor del que sólo parecía susceptible un corazón materno.
Desde entonces se observó que la jovial y aturdida Antoñita era la
predilecta del doctor y que ella y no Magdalena poseía el privilegio de
decirle cuanto le venía en gana.
Delante de Amaury, no cesaba el doctor de encomiar las cualidades de
Antoñita, dejando traslucir en más de una ocasión el agrado con que
vería que Amaury renunciase a los planes que él mismo había trazado
respecto a su pupilo y a Magdalena, para dedicarse a aquella sobrina que
había prohijado, y en la cual parecía haber concentrado ya todo el
afecto.
Para Amaury y Magdalena, a quienes la fuerza de la costumbre no les
dejaba ver la verdadera causa de las rarezas del doctor, no obedecían
éstas a otra causa, que a pasajeras contrariedades, y estaban muy lejos
de advertir la pesadumbre real que motivaba aquella metamorfosis.
Así, conservaban casi toda su confianza, cuando un día y mientras
jugaban como dos niños, corriendo alrededor de la mesa de billar por
haberse empeñado Amaury en quitarle una flor a Magdalena, se abrió de
pronto la puerta y entró el doctor, el cual se encaró con ellos y en
tono áspero exclamó:
--¿Qué niñerías son éstas? ¿Piensas tener aún doce años, Magdalena?
¿Crees no haber pasado de los quince, Amaury? ¿Te imaginas que corres
todavía por el parque del castillo de Leoville? ¿A qué viene ese empeño
en arrebatarle a Magdalena una flor que te niega con sobrada razón?
Hasta hoy, había creído que esos pasos coreográficos, sólo estaban
reservados a los pastorcillos de la Opera; pero por lo visto andaba yo
equivocado.
--¡Pero, papá!--osó decir Magdalena, que acababa de advertir que el
doctor hablaba en serio.--Ayer aún...
--Una cosa era ayer, y otra es hoy--replicó con sequedad
Avrigny.--Sujetarse de ese modo a lo pasado es renunciar a dirigir lo
futuro. Para sentir tal afición a las costumbres de la infancia no valía
la pena de haber abandonado las muñecas y juguetes. A aquel de los dos
que no alcance a comprender que el tiempo transforma los deberes y
conveniencias sociales, yo cuidaré de hacérselo bien presente.
--Permítame usted, querido tutor--repuso Amaury,--que le tache de ser
demasiado severo con nosotros. Hoy se queja de nuestras niñerías, y yo
recuerdo haberle oído decir muchas veces, que entre las plagas de
nuestro siglo se contaba el afán de los niños por echarla ya de hombres.
--¿Lo dije así? Sería indudablemente por esos mozalbetes recién salidos
del colegio, que la echan de políticos altruistas; por esos Richelieu de
veinte años que alardean de misántropos; por esos poetas en capullo para
quienes la desilusión es una décima musa. Pero tú, querido Amaury, ya
que no por tu edad, por tu posición, debes pretender algo más serio. Y
si en realidad no es así, aparéntalo siquiera. Pero he venido para
hablarte de cosas graves. Retírate, Magdalena.
La joven salió, dirigiendo a su padre una mirada preñada de súplicas que
en otro tiempo hubiera desarmado su enojo por completo. Indudablemente
recordó el doctor por quién intercedían aquellos hermosos ojos, pues
permaneció irritado e inmutable. Dio algunos paseos por el aposento sin
pronunciar palabra, mientras que Amaury le seguía anhelosamente con la
vista. Por último se paró ante su pupilo y, sin atenuar la expresión de
severidad, manifiesta en su rostro, le dijo:
--Escúchame, Amaury. Quizás he tardado más de lo conveniente en decirte
lo que vas a oír, y es que un joven de veintidós años, como tú, no puede
vivir bajo un mismo techo que dos señoritas con las que no le une ningún
vínculo de parentesco. Esta separación es para mí muy penosa.
Difiriéndola por más tiempo, incurriría yo en una falta imperdonable.
Ahórrate reflexiones que serían de todo punto inútiles y no se te ocurra
hacer objeción alguna, pues mi resolución es inquebrantable.
--Pero, querido tutor--dijo Amaury con acento conmovido,--creía yo que
la costumbre de verme a su lado y de llamarme hijo le había hecho ya
considerarme como individuo de su familia, o por lo menos como digno de
ingresar en ella. ¿Me habrá cabido la desgracia de ofenderle
involuntariamente? ¿Me condena a alejarme de aquí por haberme retirado
su estimación?
--Querido Amaury--repuso el doctor,--siempre he creído, que una vez ya
arregladas contigo las cuentas de la tutela, quedábamos en paz.
--Pues se equivoca usted, señor de Avrigny--replicó Amaury,--porque al
menos yo no creeré nunca haberle pagado. Ha sido usted para mí más que
un tutor fiel un padre cariñoso y previsor; me ha educado, ha hecho de
mí lo que soy, me ha inculcado los sentimientos más nobles y generosos;
ha sido a la vez, tutor, padre, mentor, guía y amigo. Así, debo ante
todo obedecerle con respeto, y en virtud de ello me retiro. Adiós, padre
mío; confío en que algún día se acordará usted de su hijo.
Diciendo estas palabras, se acercó Amaury al doctor, tomole la mano casi
a la fuerza, y después de besársela salió.
Al otro día hízose anunciar en casa de su tutor, como si hubiera sido un
extraño, y esforzándose por aparecer sereno, participole con firmeza
desmentida a las claras por sus húmedos ojos, que había alquilado un
pequeño palacio en la calle de los Maturinos y que su visita era ya de
despedida.
Magdalena, que presenciaba esta entrevista, dobló la cabeza, abatida por
el paternal capricho, como lirio que troncha el cierzo helado, y cuando
alzó la vista para mirar a Amaury, su padre la vio tan demudada que se
estremeció de espanto.
Quizás comprendió el señor de Avrigny que su inexplicable rigor había de
parecer odioso a su hija, pues deponiendo su actitud severa tendió la
mano al joven, diciéndole:
--Amaury, no has interpretado bien mi pensamiento. Tu partida no reviste
el carácter de un destierro. Aquí estarás siempre en tu casa y cuando
vengas a vernos te recibiremos con los brazos abiertos.
Un destello de alegría brilló en los hermosos ojos de Magdalena y por
sus descoloridos labios vagó una débil sonrisa al oír las palabras de su
padre.
Pero Amaury, adivinando que el doctor hacía esta concesión
exclusivamente a su hija, saludó con humildad a su tutor y besó la mano
de Magdalena, revelando su semblante tan profunda tristeza que en esta
acción el amor parecía ceder su puesto al pesar.
Sólo a partir de aquel día, sólo cuando se vieron separados,
comprendieron ambos jóvenes cuánto se amaban y hasta qué punto la
intensidad de su afecto hacía que el uno fuese indispensable a la
existencia del otro.
Los vehementes deseos de volverse a ver después de separarse, la
sensación de grata sorpresa al encontrarse de nuevo, las pueriles
tristezas y las misteriosas alegrías, síntomas de esa enfermedad del
alma que llaman amor, todo lo fueron sucesivamente experimentando los
dos jóvenes, sin que ni una sola circunstancia escapara a la escrutadora
mirada, del doctor, quien en más de una ocasión había parecido como que
se arrepentía de haber sido condescendiente con Amaury, cuando ocurrió
la escena que queda relatada.
El joven recordaba, uno por uno todos estos acontecimientos, y hacía mil
conjeturas sin lograr hallar, por más que consultase su conciencia y
sondeara su memoria, una explicación razonable de aquel cambio
repentino.
Ocurriósele entonces la única idea que podía explicar de una manera
plausible la conducta de su tutor, esto es, supuso que, como por
considerar que su enlace con Magdalena, era ya asunto resuelto, no había
hablado nunca de ello al doctor, éste podía haber creído que su pupilo,
viniendo en su casa primero y frecuentándola después, abrigaba
propósitos muy diferentes de los que al principio se había imaginado.
Creyó que esta informalidad había ofendido al señor de Avrigny, y se
decidió a escribirle oficialmente pidiéndole la mano de Magdalena.
Tan pronto como se resolvió a hacerlo, puso manos a la obra, escribiendo
esta epístola:
IV
«Señor de Avrigny:
»He cumplido veintitrés años, me llamo Amaury de Leoville y llevo, por
lo tanto, uno de los apellidos más antiguos de Francia, venerado en los
consejos e ilustre en los ejércitos.
»A fuer de hijo único, heredé de mis padres una fortuna de tres millones
de francos en bienes raíces, que me producen más de cien mil de renta.
»Enumero estas circunstancias, que son hijas del acaso y no debidas a mi
propio mérito, considerando que con este patrimonio, con la nobleza de
mi estirpe, y con la protección de los que me aman puedo escalar la
cumbre de la carrera de la diplomacia, a la que me he consagrado.
»Caballero: tengo el honor de pedir a usted la mano de su hija, la
señorita Magdalena de Avrigny.»
* * *
«Querido tutor:
»Terminada mi carta oficial al señor de Avrigny, carta descarnada y seca
como todo formalismo, ¿permite usted a su hijo que le hable con el
lenguaje de la gratitud y de los sentimientos que llenan su corazón?
»Amo a Magdalena y ella corresponde a mi afecto. Si hemos tardado tanto
en hacerle a usted esta confesión, es porque nosotros no habíamos
sondeado aún nuestras almas.
»Este amor ha ido tomando cuerpo tan lentamente y se ha revelado de un
modo tan súbito, que nos sorprendió a los dos como un trueno que
estallara en un día despejado. Me he educado junto a ella y bajo la
vigilancia de usted, y cuando el novio sustituyó al hermano, no supo
darse cuenta de este cambio.
»Se lo demostraré a usted.
»Me acuerdo aún de los juegos y las caricias de nuestra niñez, pasada en
la hermosa quinta que usted posee en Ville d'Avray, ante los benévolos
ojos de la señora Braun.
»Magdalena y yo aprendimos allí a tutearnos. Corríamos por las extensas
alamedas en cuyo fondo se ocultaba el sol; saltábamos bajo los
corpulentos castaños del parque en las hermosas noches de verano;
dábamos deliciosos paseos por el agua y emprendíamos largas excursiones
por el bosque.
»¡Oh! ¡Qué feliz tiempo aquél!
»¿Por qué nuestras existencias, confundidas en su aurora, han de
separarse sin haber llegado siquiera a la mitad de su carrera?
»¿Por qué no he de ser para usted en realidad un hijo, como lo soy ya de
nombre?
»¿Por qué no hemos de seguir Magdalena y yo haciendo la misma vida?
»Me parece todo ello tan natural, tan sencillo, que mi imaginación
inventa mil obstáculos; pero ¿existen realmente, querido tutor?
»Quizás me juzga usted joven y frívolo en demasía; pero le llevo a ella
dos años y la frivolidad no es elemento esencial de mi carácter.
»Hasta me atrevo a decirle que si soy frívolo no lo soy por naturaleza,
sino porque usted me ha aconsejado que lo sea.
»Dispuesto estoy a renunciar a todos los placeres cuando usted lo
quiera; bastará para ello una palabra suya o una indicación de
Magdalena, pues la amo tanto cuanto a usted le respeto, y la haré
dichosa, se lo aseguro.
»¡Sí! ¡muy dichosa! ¿Me considera usted muy joven? ¡Mejor! Así podré
dedicar más tiempo a amarla. Mi vida entera le pertenece.
»Usted, que adora a su hija, sabe de sobra que cuando se ama a Magdalena
es para siempre.
»¿Acaso sería posible dejar de amarla? Fuera insensato quien tal
imaginara. Verla, contemplar su hermosura, y los inmensos tesoros de
bondad y de fe, de amor y castidad, que encierra su alma equivale a
quedar subyugado, confesando que no hay en el mundo mujer que se le
iguale. Creo que ni en el Cielo hay un ángel que pueda serle comparado.
¡Oh, tutor, padre mio! La quiero con toda mi alma. Escribo con esta
incoherencia porque expreso las ideas tal y como se me agolpan a la
mente. De sobra comprenderá usted que este amor me enloquece.
«Confíemela, querido tutor. No nos separaremos de su lado para que pueda
usted ser nuestro guía. Usted no nos abandonará; velará por nuestra
dicha, y si algún día ve asomar a los ojos de Magdalena una lágrima, una
sola lágrima de pena o de tristeza cuya causa sea yo, eche mano a una
pistola y levántame la tapa de los sesos: lo tendré muy merecido.
»Pero no, no haya cuidado: Magdalena no tendrá por qué llorar.
»¿Quién sería capaz de hacer verter a ese ángel, a un ser tan bueno y
delicado, a quien una palabra algo severa lastima, a quien un
pensamiento celoso causaría la muerte? Sería una infamia, y ya me
conoce usted, querido tutor, y sabe que no soy ningún infame.
»Su hija será feliz, padre mío. Ya ve que le llamo _padre_: ésa es otra
costumbre que usted no querrá extirpar. Pero de algún tiempo a esta
parte me mira y me habla con una severidad a la cual no me tenía
acostumbrado, sin duda por mi tardanza en decirle lo que hoy le escribo,
¿no es verdad?
»Sí es así, me lisonjeo de haber hallado para justificarme un medio muy
sencillo que me ha proporcionado usted mismo.
»Está enfadado conmigo porque cree que no le he sido franco, porque le
he ocultado como un agravio este amor que no debía ni podía ofenderle.
Lea usted en mi corazón y verá si hay que culparme.
»No ignora usted que por la noche escribo mis actos y pensamientos de
todo el día, siguiendo una costumbre que me hizo usted adoptar desde la
infancia y que usted mismo, atareado por tan graves ocupaciones, no ha
descuidado jamás.
«Siempre que uno está así solo y frente a frente consigo mismo, se juzga
con imparcialidad, y al día siguiente se conoce mejor. Esta meditación
renovada cada día, este examen de la propia conducta, bastan para dar
unidad a la vida y rectitud de proceder.
«Constantemente he seguido hasta hoy esta práctica que usted mismo me
enseñó, y nunca he comprendido su utilidad mejor que ahora, ya que
gracias a ella podrá usted leer en mi alma como en un libro exento de
falsía, si no de toda reprensión.
»Vea usted en este espejo mi amor siempre presente aunque para mí
invisible, pues a decir verdad no supe hasta qué punto amaba yo a
Magdalena sino el día en que usted me separó de ella, en el momento en
que comprendí que podía perderla, y cuando usted me conozca, como yo me
conozco, entonces juzgará si soy digno aún de su aprecio.
»Ahora, padre mío, aunque confiando en esta prueba y en su afecto espero
con angustia el fallo que va a dictar sobre mi suerte.
»En sus manos está mi destino. No lo rompa, se lo ruego como se lo ruego
al Altísimo.
»¡Ah! ¿Cuándo podré saber si la sentencia pronunciada por usted es de
muerte o es de vida? Una noche es a veces infinita y ocasiones hay en
que una hora puede convertirse en un siglo.
»Adiós, querido tutor. ¡Haga el Cielo que el padre enternezca al juez!
¡Adiós!
»Perdone a la fiebre que me devora el desorden y la incoherencia de esta
carta, que comienza con la frialdad de un documento comercial y que
quiero terminar con un grito salido de lo más hondo de mi pecho y que
debe hallar eco en el suyo.
»Amo a Magdalena, padre mío, y no podría vivir si usted o Dios me
separase de ella.
»Su adicto y agradecido pupilo
»_Amaury de Leoville._»
* * *
Después, Amaury tomó el diario en el cual apuntaba día por día los
pensamientos, las sensaciones y los hechos más notables de su vida,
encerró en un sobre el manuscrito y la carta, y llamando al criado le
hizo llevar el paquete a su destino, mientras él quedaba con el corazón
agitado por la ansiedad y la incertidumbre.
V
Cuando Amaury cerraba la carta que queda transcrita, el señor de Avrigny
salía de la estancia de su hija para encerrarse en su despacho.
El doctor estaba pálido y tembloroso y en su semblante notábanse las
huellas de un profundo pesar. Se acercó en silencio a una mesa atestada
de papeles y libros, inclinó la cabeza, que ocultó entre las manos,
lanzó un hondo suspiro y permaneció largo rato sumido en profundas
reflexiones.
Abandonó su asiento, dio unos paseos por la habitación presa de viva
inquietud, se detuvo ante una papelera, sacó del bolsillo una llavecita,
y tras una corta vacilación abrió con ella un mueble y extrajo de él un
cuaderno.
Aquel cuaderno era el diario del doctor. En él escribía el señor de
Avrigny todo cuanto le pasaba cotidianamente, lo mismo que hacía Amaury
en el suyo.
El doctor permaneció un momento en pie, leyendo las últimas líneas que
había escrito el día anterior. Luego, como quien acaba de tomar una
resolución penosa, sentose, tomó la pluma y escribió lo que sigue:
«_Viernes, 12 de mayo, a las cinco de la tarde._
»Gracias al Cielo, está mejor Magdalena. Ahora reposa.
»He hecho cerrar todos los postigos de su aposento, y a la débil luz de
la lamparilla he visto cómo su tez recobraba poco a poco el color de la
vida y su respiración, ya tranquila, levantaba su pecho a intervalos
iguales. Entonces he besado su frente, húmeda y enardecida, y he salido
de puntillas, procurando no hacer ruido.
»A su lado quedan Antonia y la señora Braun. Estoy, pues, aquí a solas
con mi conciencia para juzgarme y condenarme yo mismo.
»Reconozco que he sido injusto y cruel; he herido sin compasión dos
corazones puros, generosos y que me aman. He causado un desmayo de pena
a mi hija, criatura tan delicada que basta un soplo para hacerla caer al
suelo.
»He vuelto a despedir de mi casa a mi pupilo, al hijo de mi mejor amigo,
a Amaury, excelente muchacho que de seguro se empeña todavía en
disculpar mi crueldad. Y todo, ¿por qué razón?
»¿Qué es lo que motiva esta injusticia y esta perversidad? ¿Qué causa
reconoce tan inútil barbarie con unos seres a quienes yo quiero tanto?
»Todo es porque estoy celoso.
»Habrá quien no me comprenda; pero no sucederá así con los padres. Tengo
celos de mi hija, de su amor a otro, de lo porvenir, del destino de su
vida.
»Hay que confesarlo, por triste que sea. Aun los que se juzgan más
buenos (y todos creemos contarnos entre ellos) tienen en su alma
execrables misterios y vergonzosas reservas. Los conozco como Pascal.
»En el ejercicio de mi profesión he sondeado muchos corazones y he
penetrado muchas conciencias en el lecho del dolor; pero explicarse con
la conciencia propia es tarea algo más ardua.
»Al reflexionar como ahora lo hago en mi estudio, lejos de mi hija y
dueño de toda, mi serenidad, me prometo vencerme y curarme de este mal.
Pero luego sorprendo una mirada amorosa que Magdalena dirige a Amaury,
comprendo que ocupo sólo un lugar secundario en el corazón de mi hija,
que posee el mío por entero, y el egoísta sentimiento paternal triunfa,
me ciego, y en mi irritación llego a perder la cabeza.
»Y, bien mirado, el caso es muy natural. El tiene veintitrés años y ella
poco más de veinte: son jóvenes y hermosos, y el amor inflama sus
corazones.
»Antes, cuando Magdalena era niña, pensé mil veces con gusto en esta
unión, y hoy tengo que preguntarme si mis actos son razonables y dignos
de un hombre que en el mundo de la ciencia ocupa un lugar tan
envidiable.
»Sí, me reputan de lumbrera científica, porque he penetrado un poco más
que otros de mis compañeros en los misterios del organismo humano;
porque cuando tomo el pulso del enfermo suelo adivinar el mal que
padece; porque he tenido en ocasiones la suerte de curar ciertas
dolencias que otros más ignorantes que yo tenían por incurables.
»Pero encomiéndeseme la curación de la más leve enfermedad moral y se
estrellará mi orgullo en el escollo de la impotencia.
»¡Ah! ¡Es que hay otros males que no alcanza a curar la ciencia humana!
Así perdí a la única mujer que ha sido dueña de mi cariño, a la madre de
Magdalena.
»¡Oh, Avrigny! Tu esposa, joven, bella, a la cual amabas con locura y
por la cual eras correspondido, abandona este mundo y vuela al Cielo,
dejándote como único consuelo, como esperanza suprema un ángel, imagen
suya que semeja su alma rejuvenecida y un resurgimiento de su hermosura
y entonces te aferras a ese gozo postrero como un náufrago a los restos
del navío, y besas esas manecitas que te ligan a la vida y te hacen más
amable la existencia.
»Juzgabas tú que tu dicha se había ya disipado; pero viene otra a
sustituirla; aún puedes recobrarla gozando de la felicidad que vas a
dar. Al ocurrirte tan consoladora idea te consagras con alma y vida a
las de tu tierna hija. Cuando la ves respirar te parece que respiras tú
mismo.
»Tu triste vida se anima con su presencia y se cubre de flores a su paso
este mundo que sin ella habría sido para ti un desolado desierto.
»Desde que la recibiste de los brazos de su madre moribunda no la has
perdido de vista ni un momento; tu mirada la ha seguido siempre; de día
mientras jugaba, de noche mientras dormía, a cada instante has
interrogado su aliento y su pulso, alarmándote cada vez que cubría su
rostro una súbita palidez o un repentino rubor. Su fiebre ha inflamado
tus arterias, su tos te ha desgarrado el pecho; has gritado cien veces a
la muerte, a ese espectro que siempre anda en torno nuestro, invisible
para todos, menos para nosotros los míseros privilegiados de la ciencia;
has gritado cien veces a ese espectro, que tocando tu flor puede
troncharla y con su soplo puede matar tu resurrección y tu dicha:
»¡Arrástrame contigo, pero déjala vivir!
»Y ha huido la muerte, no por acceder a tus ruegos, sino por no haber
sonado aún la hora, y a medida que iba alejándose te has sentido
renacer, lo mismo que al acercarse te sentiste morir.
»Mas no es suficiente que tu hija haya recobrado la vida; hay que
criarla y educarla para la sociedad.
»Posee una hermosura, ideal; pero hay que realzar con la gracia su
belleza.
»Tiene un corazón hermoso; pero hay que enseñarle cómo se ha de hacer
para practicar el bien.
»Su imaginación es viva; pero hay que enseñarle de qué modo se debe usar
el ingenio.
»Constantemente te dedicas a construir ese pensamiento, a formar ese
corazón, a esculpir esa alma. ¡Cómo te asombras luego de tu propia
creación y qué natural te parece que sea el pasmo de la sociedad entera!
»Quizá los demás la juzgan vacilante; pero para ti anda con paso seguro.
»No balbucea, que ya habla.
»No deletrea, que lee.
»Te empequeñeces para ser de su estatura y te admiras de encontrar en
los cuentos de Perrault más interés que en la Iliada.
»Un hombre ilustre, sabio, poeta o estadista, te hablará quizá en tu
jardín de los abstrusos problemas de la ciencia, de las concepciones
poéticas más sublimes, de los cálculos políticos más ingeniosos. Le
parece que estás pendiente de sus palabras porque inclinas la cabeza con
ademán pensativo...
»¡Pobre estadista! ¡pobre poeta! ¡pobre sabio!
»Estás a cien leguas de lo que te está diciendo, sin atender a otra cosa
que a la hija adorada que juega junto a ese maldito estanque en el cual
podría caer corriendo y sin pensar más que en el fresco de la noche que
pueda helarla, porque recuerdas que su madre, a los veintidós años,
sucumbió víctima de una de esas enfermedades que siegan en flor la
vida.
»No obstante, tu Magdalena ha crecido, su espíritu se ilustra, su
imaginación se ensancha y te entiende cuando le hablas de los poetas, de
los campos, de Dios Todopoderoso. Empieza a quererle de otro modo que
por el solo instinto, y empieza a oírse a su paso un lisonjero rumor de
alabanzas que su hermosura y gentileza arrancan a quien le ve.
»Opinan todos que es la más encantadora; mas, para que nada le falte, es
preciso que también disponga de riquezas. Para ti nada necesitas; pero
para ella todo es mezquino según lo que merece.
»¡Conque, manos a la obra! Conviértete por ella en ambicioso y avaro,
créale una aureola con tu gloria y un tesoro con tus sudores; las rentas
del Estado están sujetas a fluctuaciones que pueden ser causa de
depreciación de su valor; cómprale esa hermosa granja; con dos años de
trabajo puedes proporcionársela.
»Y no ya la riqueza, sino hasta el lujo, es preciso procurarle.
»Esos lindos piececitos que apenas pueden llevarla, están pidiéndote un
coche. Es cuestión de un mes de economía; no es, pues, cosa de oponer
ningún reparo.
»Cuando sientas fatigado tu cuerpo, dile que te mire; cuando sientas
cansado tu espíritu, haz que te sonría.
»Ya tiene granja y coche; ahora le faltan joyas.
»¿Qué padre hay que repare en la fatiga del cuerpo y del alma para
lograr que su hija se atavíe con riqueza? Cada arruga de tu frente tiene
el valor de una perla, cada una de tus canas puede comprarle un rubí; si
agregas algunas gotas de tu sangre completarás su aderezo. Merced al
sacrificio de unos años de tu vida tu hija estará deslumbradora como una
reina, y será un modelo de belleza y distinción.
»A la postre todos estos esfuerzos, todos estos cuidados, todos estos
trabajos son otros tantos goces, y en plazo no lejano obtendrá la
recompensa. Pronto la niña será mujer. ¡Cuál no será tu alegría cuando
veas que su entendimiento comprende todas tus ideas y su corazón todo tu
amor!
»Entonces tendrás ya una amiga, una confidente, una compañera: más que
todo eso, porque ningún sentimiento terrenal podrá mezclarse con ese
amor mutuo que habrán de profesarse padre e hija. Su presencia será la
de un ángel que por permisión divina habita en la tierra.
»Ten aún un poco de paciencia y cosecharás lo que sembraste, y tus
privaciones te valdrán cuantiosas riquezas, y tus pesares se convertirán
en inefables alegrías.
»Mas he aquí que en un momento dado pasa un extraño, ve a tu hija, le
desliza unas cuantas palabras al oído, y no bien las ha escuchado cuando
le consagra un amor más intenso que el que te profesa a ti y te deja por
él y entrega para siempre a ese extraño su vida, que es la tuya.
Cúmplese así la ley de la Naturaleza; ésta mira siempre a lo futuro.
»¡Y, ay de ti, si profieres una queja! Estrecha con la sonrisa en los
labios la mano de tu yerno, es decir, de ese ladrón de felicidad que
viene a robarte tu dicha, si no quieres resignarte a que se diga de ti:
»He ahí a Sganarelle, que no permite que su hija Lucinda se case con
Clitandro.
»Pues Molière ha escrito a propósito de esto una terrible comedia,
intitulada EL AMOR MÉDICO, en la cual como en todas sus producciones, la
jovialidad sólo sirve de máscara para cubrir un rostro bañado en amargo
llanto.
»Ya pueden ponderar hasta el colmo los amantes el martirio que les
causan sus celos. ¿Qué supone la ira de un Otelo si se la compara con la
desesperación de Brabantio y de la Sachette?
»¡Oh! ¡Los amantes! ¿Acaso vivieron veinte años de la vida del ser que
ellos idolatran?
»¿Por ventura, después de crearlo una vez, lo perdieron para salvarlo
otras veinte?
»¿Acaso es para ellos su sangre y su alma, como para nosotros los padres
lo es nuestra hija? ¡Nuestra hija! Esas dos palabras lo expresan todo.
»Cuando les traiciona por otro, exclaman a voz en grito que aquello es
un crimen; pero cuando antes nos hizo traición por ellos les pareció la
cosa más natural.
»Y aún me dejo por decir lo más terrible, lo más doloroso; y es que
nuestro abandono y nuestra pena no tienen ya lenitivo, mientras que los
amantes si pierden su amor conservan la posesión de lo presente y
esperan en lo futuro.
»Nosotros los padres damos nuestro adiós de una vez a lo venidero, a lo
actual y a lo pasado.
»A los amantes les acompaña la juventud, en tanto que a los padres nos
acecha la vejez.
»Lo que para ellos es su primera pasión para nosotros es nuestro último
sentimiento.
»Cuando a un marido le engañan, cuando a un amante le venden, encuentra
a su placer mil queridas, y sucesivos amores llegan a hacerle olvidar
el primero.
»Mas ¡ay! un padre ¿podrá encontrar otra hija?
»¡Que se atrevan ahora todos esos jóvenes paliduchos a comparar con el
nuestro su infortunio!
»El amante asesina, cuando el padre se sacrifica; el amor del primero no
es más que orgullo, mientras que el del segundo es todo abnegación;
ellos aman a sus esposas y a sus queridas en beneficio propio, con un
cariño egoísta; nosotros queremos a nuestras hijas pensando únicamente
en labrar su felicidad.
»Hagamos, pues, el último sacrificio, el más cruento de todos, aunque
nos cueste la vida. Ni la menor sombra de egoísmo debe manchar lo más
desinteresado, misericordioso y divino que posee el alma humana: el amor
de padre.
»Consagrémonos ahora más que nunca a esa hija que se aleja de nosotros;
mostrémosle tanto o más cariño cuanto más indiferencia y frialdad veamos
en ella; queramos al que ella quiere, entreguémosla al que viene a
robárnosla.
»¿Qué vale nuestra pena, si a costa de ella podemos darle la dicha?
»¿No lo hace así el propio Dios de cuyo amor inmenso participan también
los que no le aman, Dios que no es otra cosa que un gran corazón
paternal?
»Queda así, pues, decidido: dentro de tres meses Magdalena será la
esposa de Amaury, a no ser que...
»¡Oh! ¡Dios mío! no me atrevo a proseguir...»
Así era en efecto. La pluma se le cayó de la mano, lanzó un profundo
suspiro o inclinó la cabeza, presa de profundo abatimiento.
VI
Se abrió en esto la puerta del despacho para dar paso a una joven que se
aproximó de puntillas al doctor y después de contemplarle un instante
con melancólica expresión a la que no parecía habituado su semblante
risueño, le dio en la espalda una palmada cariñosa.
El doctor se estremeció y levantó la cabeza.
--¡Cómo! ¡Antoñita! ¿eres tú?--exclamó.--¡Bien venida seas, hija mía!
--No sé si dirá usted eso mismo dentro de muy poco rato, tío.
--¿No? ¿por qué no he de decirlo?
--Porque vengo a reñirle.
--¿Reñirme, tú?
--Sí, yo misma.
--¡A ver! Explícate; dime por qué.
--Querido tío, lo que tengo que decirle es cosa muy seria.
--¿De veras?
--Mire usted si lo será, que casi no me atrevo...
--En verdad, tiene que ser algo muy serio para que te dé tanto reparo a
ti, querida sobrina. Pero veamos, ¿de qué se trata?
--De cosas que no son propias ni de mi edad, ni de mi posición.
--Vamos, habla de una vez, tontuela. Ya sé yo que tu jovialidad encubre
una inteligencia sesuda y grave y que tras de tu frivolidad aparente
escóndese un carácter más prudente y razonable que el nuestro. Habla,
pues, sin recelo, máxime si, como supongo, vienes a hablarme de mi
hija...
--Sí, tío, precisamente vengo a hablarle a usted de Magdalena.
--¿Y qué tienes que decirme?
--Tengo que decirle, tío, mejor dicho, debo decirle a usted... perdóneme
si soy tan atrevida, pero debo decirle que quiere demasiado a mi prima y
acabará por matarla...
--¡Yo! ¡Matarla, yo! ¿Qué es lo que estás diciendo?
--Digo, tío, que su lirio, como usted la llama, es cosa muy frágil, muy
delicada, y que combatido por dos amores a la vez no resistirá, sino que
habrá de quebrarse.
--No te entiendo, Antoñita, si no te explicas mejor.
--Sí que me entiende usted, tío--dijo la joven rodeando con sus brazos
el cuello de Avrigny.--¡Ya lo creo que me entiende!... Tan bien como yo
le he comprendido.
--¿Pero estás loca, chiquilla?--exclamó el doctor, aterrado.--¿Que tú me
has comprendido, dices?
--Sí, señor.
--¡No puede ser!
--Tío--dijo la joven sonriendo tan melancólicamente que no se comprendía
cómo podían sonreír así aquellos labios tan sonrosados--tío, no hay
corazón impenetrable para los ojos de los que aman; yo que le quiero a
usted he alcanzado a leer en el suyo.
--¿Y qué has visto en él?
Antonia miró a su tío e hizo un gesto de vacilación.
--¡Vamos! ¡habla!--ordenó el doctor.--¡No me martirices más con tus
reticencias!
Antonia, acercando sus labios al oído de Avrigny le dijo en voz muy
baja:
--Está usted celoso, tío.
--¿Yo?--exclamó el doctor.
--Sí--afirmó la joven--y esos celos llegan a hacerle obrar mal.
--¡Dios de bondad!--exclamó el doctor inclinando la cabeza con profundo
abatimiento.--Yo creía que sólo Tú, con tu omnisciencia infinita,
conocías mi secreto.
--¿Acaso hay en ello algo que pueda causar horror? Los celos constituyen
una pasión execrable, pero que no es tan difícil de vencer, después de
todo. Yo también he tenido celos de Amaury.
--¿Tú? ¿Celos de Amaury, dices?
--Sí--repuso Antoñita bajando a su vez la frente;--los tenía porque él
venía a robarme a mi hermana y porque cuando vivía con nosotros mi prima
sólo tenía ojos para él y ni siquiera se acordaba de que yo estaba con
ellos.
--¿Así, pues, has sentido tú lo mismo que siento yo?
--Poco más o menos, sí; pero gracias a Dios yo he logrado dominarme,
puesto que vengo a decirle: «Tío, los dos se aman con locura y es
conveniente casarlos, porque separarlos sería la muerte de ambos.»
El doctor movió la cabeza tristemente y sin despegar sus labios mostró a
Antoñita las últimas líneas que acababa de trazar. Su sobrina las leyó
en voz alta, y dijo:
--Tranquilícese usted, tío; Magdalena no ha sufrido ni un solo acceso de
tos.
--¡Dios mío!--exclamó Avrigny mirando a su sobrina con asombro
manifiesto.--¡Todo lo adivina esta criatura! ¡Lo ha comprendido todo!
--Sí, tío, sí, he llegado a comprender toda la ternura que encierra su
corazón. Mas reflexione que si Magdalena se ha de casar alguna vez, ¿no
hemos de preferir todos que se case con Amaury? ¿Es que habremos de
creer que su dicha constituirá nuestra desgracia? ¿Acaso hemos de
echarle en cara su alegría? Dejemos que sean felices y no tratemos de
oponernos insensatamente a su destino. No por eso irá usted a quedarse
solo, porque tendrá en su compañía a su sobrina, a su Antoñita, que
tanto le quiere, que a nadie ama más que a usted y que jamás se separará
de su lado. No sabrá reemplazar a Magdalena, demasiado lo comprendo,
pero sí será otra hija, aunque no tan rica ni tan hermosa, que no se
enamorará como ella, pues aunque la pretendiesen y poseyera las dotes de
Magdalena no habrá de querer a nadie, porque le consagrará toda su vida
y le consolará... Así como usted será a su vez su consuelo.
--Pues Felipe Auvray, ese amigo de Amaury ¿no está enamorado de ti? Y tú
¿no le correspondes?
--¡Tío!... ¡Tío!...--exclamó Antoñita, como queriendo reconvenirle.
--Está bien, no hablemos de ello. Todo se hará como quieras, que en
resumen es lo mismo que yo tenía en proyecto. Pero es necesario hacer
que se explique Amaury, porque hemos podido equivocarnos... Si así
fuera... Si no amase a Magdalena...
--No es posible equivocarse, tío, y usted está bien seguro de su amor...
como también lo estoy yo.
Avrigny no replicó porque su convicción era la misma de su sobrina.
Se abrió de pronto la puerta del aposento y José, el ayuda de cámara del
doctor, entró para anunciarle que el criado del conde Amaury de Leoville
traía para él una carta de parte de su amo.
Avrigny y su sobrina cambiaron una mirada de inteligencia, pues los dos
supusieron en el acto cuál sería el contenido de la misiva de Amaury.
El doctor dijo al criado:
--Venga la carta y di a Germán que espere un momento y podrá llevarse la
respuesta.
Pocos instantes después tenía Avrigny la carta entre sus manos sin
atreverse a abrirla.
--¡Valor, tío!--díjole Antoñita para darle ánimo.
Obedeció maquinalmente el doctor, abrió la carta y después de leerla de
un tirón alargóla a su sobrina que con un gracioso ademán la rechazó y
le dijo:
--¿Para qué, tío? ¡Si ya me imagino lo que dice!
--Tienes razón--asintió el padre de Magdalena, contestando a Antonia con
las palabras de Hamlet a Polonio (_Words, Words, Words_):--¡Palabras,
palabras, palabras!
--¿Sólo palabras ha visto usted en esa carta?--preguntó con viveza
Antonia arrebatándosela y devorándola de una ojeada.
--Palabras solamente--replicó el doctor;--palabras con que esos artistas
de la frase saben suplantarnos en el corazón de nuestras hijas que no
tienen empacho en sacrificar a esa retórica huera el cariño que les
profesamos.
--Tío--dijo con gravedad Antonia devolviéndole la carta;--créame usted:
Amaury quiere a Magdalena con amor puro y sincero. Y yo, que he leído
esta carta como usted, he visto algo más en ella y le respondo que la ha
escrito con el corazón, no con el entendimiento.
--Entonces...
Antonia ofreció a su tío una pluma que él aceptó para escribir acto
continuo:
«Querido Amaury: Ven a verme mañana. Te aguardaré a las once.
»Tu padre,
»_Leopoldo de Avrigny._»
--¿Y por qué no le cita usted para esta misma noche?--preguntó Antoñita,
que por encima del hombro de su tío leía lo que éste iba escribiendo.
--Porque serían muchas emociones juntas, para mi pobre hija. Ahora irás
a decirle que le he escrito ya y que crees que vendrá mañana por la
mañana.
Y haciendo entrar al ayuda de cámara de Leoville le entregó la
respuesta.
VII
Cuando al día siguiente despertó Magdalena, a quien la intensa emoción
sufrida había rendido hasta el extremo de dejarla sumida en un sopor
profundo, era ya bien entrada la mañana.
Llamó a su doncella y le mandó que abriese las ventanas.
Por el muro exterior trepaba un frondoso jazmín a la sazón en plena
florescencia y cuyas ramas penetrando algunas veces en la estancia
embalsamaban el ambiente con el fragante aroma de sus flores.
Magdalena, como todo temperamento nervioso, adoraba las flores y sus
perfumes, que por cierto le eran muy perjudiciales, y pidió que le
diesen su jazmín acostumbrado.
Antonia paseábase ya por el jardín sin otro abrigo que un sencillo
peinador de batista. Su salud robusta permitiale hacer muchas cosas que
a Magdalena le estaban vedadas en absoluto.
La hija de Avrigny, bien arropada en su lecho, tenía que pedir que le
acercasen las flores; en cambio Antonia corría a buscarlas con la
ligereza de un pájaro, sin miedo a la brisa matutina y al relente de la
noche. Esto era lo único que podía envidiarle Magdalena, ya que era más
hermosa y más rica que su prima.
Pero en aquella ocasión Antoñita, contra su costumbre, en lugar de
correr en busca de sus flores paseábase lentamente en actitud
meditabunda y casi triste.
Magdalena, incorporada en su lecho, la siguió con la mirada, en la que
se revelaba cierta inquietud, y luego cuando Antoñita, que había
desaparecido acercándose a la casa, volvió a aparecer lejos del
edificio, se dejó caer de nuevo en la cama lanzando un hondo suspiro.
--¿Qué tienes, hija mía?--preguntó el doctor, que entraba a verla, y
habiendo levantado con sigilo el cortinaje presenció aquel pequeño
combate de la envidia contra los buenos sentimientos que abrigaba el
corazón de Magdalena.
--Tengo, papá, que me parece Antoñita muy feliz--contestó la
joven.--Ella es libre en absoluto en tanto que yo estoy condenada a
eterna esclavitud. Que el sol del mediodía es demasiado ardiente... Que
el aire matinal es demasiado frío... ¡Siempre la misma canción! ¿Para
qué quiero unos pies tan gustosos de correr, sino se les deja salirse
con la suya? Me tratan como a una pobre flor de invernadero, condenada a
vivir en un medio artificial. ¿Será que estoy enferma, papá?
--No, hija mía, no, ¡qué niñería! No padeces ninguna enfermedad, pero tu
constitución es muy delicada. Tú misma acabas de decirlo: Eres una flor
de invernadero, una de esas flores que así se guardan porque se las
tiene en gran estima. Ya habrás visto que son las más cuidadas. ¿Qué es
lo que puede faltarles? ¿Carecen por ventura de algo que puedan poseer
sus compañeras? ¿No disfrutan como ellas de la vista del cielo? ¿No las
acaricia el sol del mismo modo? Me dirás que eso es al través de los
cristales, pero cuenta también que éstos las resguardan del viento y de
la lluvia, que tronchan las demás flores.
--No diré lo contrario, papá; pero más me gustaría ser violeta o
margarita al aire libre como Antonia, que verme convertida en la planta
preciosa y delicada que tanto pondera usted. Mírela; vea cómo ondean al
aire sus sueltos cabellos; así se orea su frente mientras la mía... ¡Oh!
Observe usted cómo abrasa.
Al decir esto Magdalena tomó la mano de su padre, acercándola a su
frente.
--Pues por eso mismo temo tanto los efectos de ese aire glacial. Cuando
hagas que los sueños de un corazón ilusionado dejen de abrasar tu frente
te permitiré correr como tu prima. Si tienes empeño en salir de tu
invernáculo y vivir al aire libre, te llevaré a Hyéres, a Niza o a
Nápoles, y en un edén de esos tres que te he nombrado yo te dejaré hacer
lo que quieras.
--Pero... ¿vendrá él con nosotros?--preguntó Magdalena mirando a su
padre con cierta timidez.
--Sí; vendrá, ya que te es necesaria su presencia.
--¿Y no le reñirá usted? No será un papá tan malo como lo fue ayer
¿verdad?
--No abrigues ningún temor. Ya sabes que me he arrepentido, puesto que
anoche mismo le escribí para que venga.
--Y ha hecho usted muy bien, papá, pues si le prohibiesen quererme
amaría a mi prima y entonces yo sucumbiría de pena.
--¿Quién habla de morir, hija, mía?--dijo el doctor acariciando sus
manos.--No pienses en esas cosas que me causan tristeza, pues aunque sé
que no las dices de veras, me parece, cuando te oigo hablar así, que
estoy viendo a un niño jugando con un arma envenenada.
--¡Pero si yo no digo que deseo morir ni mucho menos, papá, yo te lo
juro! Me siento ahora demasiado feliz para pensar en tal cosa. Además,
¿no es usted el primer médico de París? Pues no dejaría así como así que
se muriese su hija.
Avrigny lanzó un suspiro.
--¡Ay!--murmuró.--Si mi ciencia y mi saber tuviesen la eficacia que
imaginas, aún viviría tu madre, hija mía... Pero ¿quieres decirme en qué
piensas, Magdalena, para perder así el tiempo? Mira que son ya las diez
y Amaury debe venir a las once, pues a esta hora le he citado.
--Ya lo sé, papá; llamaré a Antoñita que me ayudará a vestirme y dentro
de un momento me tendrá usted, a su disposición. ¡A ver si ahora me
llamará, como siempre, perezosa!
--Porque lo eres, te llamo así, Magdalena.
--Considere usted, papá, que no me encuentro bien sino en la cama.
Mientras estoy levantada siento dolor o cansancio.
--¿Acaso te has sentido enferma estos días alguna vez, sin
participármelo?
--No, papá; siempre me he encontrado bien. Luego, ya sabe usted que lo
que me atormenta no puede calificarse propiamente de dolor, pues es un
malestar sordo y febril, y aun no es continuo, porque me deja en paz
algunos ratos. Ahora mismo estoy bien, no siento nada... Te tengo a mi
lado y pronto veré a Amaury... Soy feliz y me encuentro muy a gusto.
--Mira: ahí tienes a Amaury.
--¿En dónde está?
--En el jardín, hablando con Antoñita. Por lo visto ha equivocado la
hora--dijo sonriéndose el doctor;--yo le decía en mi carta que viniera a
las once y él habrá leído con los ojos del deseo que la cita era a las
diez.
--¡Que está con Antoñita en el jardín!--exclamó Magdalena incorporándose
para mirar en aquella dirección.--Es cierto... ¡Papá, llama a Antoñita
en seguida, por favor! Quiero vestirme y necesito su ayuda.
Avrigny se aproximó a la ventana y llamó a su sobrina.
Amaury, sorprendido, no queriendo que se notase en la casa su prematura
llegada, se escondió rápidamente tras un grupo de árboles, creyendo que
así no sería visto.
Poco después entró Antoñita en el dormitorio de Magdalena y el doctor
se retiró mientras su hija se disponía a vestirse; y una hora más tarde
Antoñita quedaba en el aposento en tanto que su prima y el doctor
aguardaban a Amaury en el mismo saloncito donde ocurrió la escena de la
víspera.
Un criado anunció al conde de Leoville y al entrar éste el doctor se
adelantó a recibirle sonriente; Amaury le estrechó la mano con timidez y
Avrigny, le condujo ante Magdalena, que le miraba asombrada.
--Hija mía--le dijo;--te presento a Amaury de Leoville, tu prometido.
Amaury--añadió volviéndose hacia el joven,--he aquí a Magdalena de
Avrigny, tu futura esposa.
Magdalena lanzó un grito de alegría y Amaury cayó de hinojos. Mas de
pronto levantose porque acababa de ver que Magdalena vacilaba y estaba a
punto de desplomarse.
El señor de Avrigny se apresuró a acercar una butaca en la que Magdalena
se dejó caer más bien que se sentó, porque, en efecto, sentíase
desfallecer por momentos. Tantas emociones trastornaban su espíritu
aniquilando sus fuerzas, y para ella el gozo era casi tan peligroso como
la pena.
Al volver a abrir los ojos vio a Amaury arrodillado junto a ella y a su
padre estrechándola contra su pecho. Besaba el uno sus manos y el otro
prodigábale cuidados, llamándola con los nombres más cariñosos. Su
primer beso fue para su padre; su primera mirada fue para su prometido.
Los dos sintieron a un tiempo el torcedor de los celos.
--Querido Amaury--dijo el señor de Avrigny,--hoy eres mi prisionero y
tenemos que pasar juntos el día haciendo proyectos, y forjando
novelas... Digo, dando por supuesto que quieras admitir en tu
intimidad, a un padre tan déspota como yo.
--Así, pues, padre mío (ya que ahora bien puedo llamarle así), su
frialdad no reconoció otra causa que la que yo había supuesto: mi falta
de franqueza con usted.
--Sí, Amaury; pero no hablemos ya de eso--repuso sonriéndose el
doctor.--Te perdono tu disimulo si tú me perdonas a mí mi mal humor.
Quedamos así en paz, ¿no te parece? Pensemos desde hoy solo en amarnos,
¡ingratos! Así lo exige mi condición de tirano implacable y
desnaturalizado.
A tal punto habían llegado las cosas que únicamente faltaba fijar la
época, en que había de celebrarse la boda.
Como es natural, Amaury quería apresurarla y se oponía enérgicamente a
todo aplazamiento; pero al fin la certeza de su dicha le hizo someterse
a las razones que le expuso el padre de Magdalena.
Verdad es que éste se mostró de todo punto inflexible pues decía con
razón:
--La sociedad en que vivimos no gusta de que se la den sorpresas
especialmente en esta clase de asuntos y suele vengarse de ello
esgrimiendo el arma de la calumnia.
En resumen, no había más remedio que dejar pasar el tiempo preciso para
poder hacer la presentación de Amaury como yerno de Avrigny.
Entonces pidió el joven que se llevase a cabo cuanto antes aquella
formalidad.
En su virtud, fijose la presentación para la semana siguiente, y para
dos meses más tarde quedó acordada la fecha del casamiento.
De todo ello se trató en presencia de Magdalena, sin que ésta despegase
los labios, pero sin que perdiese ni una palabra de cuanto allí se
habló. Sus mejillas ruborosas y su mirada, un tanto inquieta prestaban a
su semblante una expresión de candor inefable. La felicidad revelada en
su rostro, realzaba su belleza: sus miradas vagaban de su novio a su
padre, y de éste a su novio, haciéndoles por igual con coquetería
encantadora los honores de su gracia.
Cuando ya no hubo nada que decidir entre todos levantose el doctor y con
un ademán indicó a Amaury que le siguiese:
--Desde hoy, niña mimada, atrévete a estar enferma, y verás cómo te las
entiendes conmigo--dijo a su hija al disponerse a salir.
--Gracias a usted, hoy entro en convalecencia, y ya considero que he
recobrado la salud de un modo definitivo. ¡Qué bueno es usted, papá!
Pero, dígame, ¿adonde se lleva a Amaury? ¿Por qué no se queda aquí?
--Porque ahora lo necesito. Lo siento mucho, pero es una ausencia
necesaria. A la poesía del amor sigue la prosa del matrimonio. Mas no te
apenes, por eso, hija mía, porque, si te dejamos un momento, lo hacemos
para tratar de tu dicha.
Amaury se acercó a ella, y besando sus cabellos le dijo en voz muy baja:
--Te prometo volver en seguida.
El doctor había pensado que tenían que fijar las condiciones del
contrato. Conocía él muy bien la fortuna de Amaury, casi doblada por su
integérrima administración; pero el joven no tenía la menor idea de la
cuantía de la de su suegro, que, dicho sea de paso, casi igualaba a la
suya.
Avrigny, señaló la cantidad de un millón de francos como dote de su
hija. Al saberlo Amaury, creyó atinar con la causa de aquella
sistemática oposición que a su amor había hecho el padre de Magdalena;
pensó que quizás esperaba proporcionarle a ésta un esposo, si no más
rico que él, por lo menos en situación más brillante que la suya; que
ocupase un puesto conquistado por sus méritos en lugar de una posición
heredada de sus padres. Y como esta explicación era la más razonable, a
ella se atuvo Leoville.
Verdad es que pronto desterró de su mente estas ideas retrospectivas.
Generalmente buscan refugio en los recuerdos del pasado, los que tienen
cerrado el porvenir; los que lo ven abierto ante sí precipítanse en él
sin reflexionar jamás.
Media hora escasa duró la conferencia entre Amaury y el doctor, pues
viendo éste la impaciencia del joven, se compadeció de él, y fingiendo
que no la advertía, dio por terminado el asunto, y dejó en libertad a su
antiguo pupilo, que se apresuró a volver al salón, en busca de
Magdalena.
VIII
Pero la joven estaba a la sazón en el jardín, adonde había bajado,
dejando sola a Antoñita, y ante ésta, se encontró Amaury cuando entró en
la vasta pieza.
Antonia hizo ademán de retirarse en el acto, pero comprendiendo que, si
se marchaba de aquel modo, parecía rehuir la presencia de Leoville como
si se sintiese pesarosa de su dicha, se detuvo y volviendo la cabeza le
dijo, sonriendo de un modo encantador:
--¿Es usted feliz ya, Amaury?
--¡Mucho, Antoñita! Aunque me había dejado usted adivinar algo esta
mañana, no podía yo sospechar en modo alguno la realidad. ¿Y
usted?--agregó, acompañándola hasta su asiento. Dígame: ¿Cuándo podré
felicitarla yo a usted?
--¿Felicitarme a mí? ¿De dónde saca usted que pueda ocurrir tal cosa?
¿Es posible que llegue nunca ese caso?
--Sí, Antoñita; casándose usted. Ni su linaje, ni su edad, ni su figura
dan motivo para suponer ni por asomo que pueda usted quedarse para
vestir imágenes.
--Pues oiga usted lo que voy a decirle ahora, en este momento cuya
solemnidad dará suficiente valor a mis palabras para que queden por
siempre grabadas en su memoria: No me casaré jamás.
Y al pronunciar Antoñita estas palabras era su acento tan grave y
revelaba tal resolución, que Amaury quedó asombrado al oírla.
--¡Vaya! ¡vaya!--exclamó procurando tomar en broma la afirmación de
Antoñita.--¡A otro perro con ese hueso! ¿Va usted a decirme eso a mí que
conozco tanto al feliz mortal que habrá de hacerle mudar de intención?
--¡Oh! ¡Ya sé, ya, adónde quiere usted ir a parar!--repuso Antonia con
melancólica sonrisa,--pero se equivoca usted Amaury; esa persona a que
se refiere no ha puesto nunca en mí sus ojos ni ha pensado en mí para
nada. No hay nadie que pretenda a una huérfana que carece de bienes de
fortuna, y yo, si he de serle franca, tampoco amo a ningún hombre...
--Ahora es usted quien se engaña--replicó Amaury,--pues no puede usted
ser pobre, siendo la sobrina, del doctor Avrigny, y la hermana de
Magdalena. Cuenta usted, Antonia, con doscientos mil francos de dote, y
en estos tiempos, ese capital, representa, muchas veces, el triple de la
fortuna de las hijas de algunos pares de Francia.
--No ignoro yo que mi tío tiene un corazón muy noble, y no necesitaba
esta prueba para convencerme de ello; pero por eso mismo no hay razón
alguna para que yo pague con ingratitud sus beneficios. Mi tío quedará
solo, y cuando esto ocurra no me separaré de su lado mientras él me lo
permita. Después, mi destino futuro está en Dios.
Con tal convicción se expresaba Antoñita, que Amaury comprendió que por
el momento, al menos, era inútil hacer ninguna objeción; así, que se
limitó a estrecharle la mano en silencio, con ternura, porque amaba a
Antoñita con cariño de hermano. Pero la joven retiró la mano con
rapidez, y Amaury volvió la cabeza, sospechando que algún motivo debía
tener para ello.
Entonces vio a Magdalena que estaba contemplándoles, tan pálida como la
rosa blanca que acababa de cortar en el jardín, y que con infantil
coquetería lucía en los cabellos.
Leoville corrió hacia ella y le preguntó en voz baja:
--¿Qué te pasa, Magdalena? ¿Estás indispuesta? ¿Qué tienes?
--No me pasa nada, Amaury--respondió la pobre niña.--Me encuentro bien:
quien debe estar indispuesta es Antoñita; mira qué triste parece.
--Sí, está triste, precisamente yo le preguntaba ahora la causa de esa
tristeza... ¿Sabes cuál es?... Dice que nunca se casará. ¿Será que está
enamorada?
--Sí--respondió Magdalena de un modo singular;--creo que has acertado.
Pero dejemos esto y acerquémonos a ella, pues nuestras conversaciones en
voz baja, le causan gran pesadumbre.
Efectivamente, Antoñita parecía estar inquieta, como si fuese presa de
una viva desazón. Aproximáronse a ella, mas no lograron que se sentase
de nuevo. Dijo que tenía que escribir una carta, y se retiró a su
cuarto.
Así que hubo salido del salón, respiró Magdalena con más libertad, y
volvieron ella y Amaury a forjarse nuevos planes. Proyectaron largos
viajes por Italia, y en medio de sus protestas de amor no menos nuevas
por ser siempre repetidas, prometiéronse prolongar aquellos dulces
coloquios durante toda su vida.
De este modo sorprendioles la noche cuando ellos imaginaban no haber
pasado juntos sino muy pocos instantes.
De su arrobamiento vinieron a sacarles Antonia y el doctor que
aparecieron cada uno por su lado y se acercaron a ellos sonriendo.
Amaury estaba, de nuevo a los pies de su amada, pero esta vez Avrigny,
lejos de irritarse como la víspera, le indicó que no se moviese y tras
de contemplar un momento aquel hermoso grupo, les tendió sus manos,
exclamando:
--¡Hijos míos!
Antoñita, por su parte, ya fuese debido a su fuerza de voluntad o a
versatilidad de humor, estuvo como nunca, encantadora, haciendo gala de
su jovialidad y de su gracia. Quizás un frío observador habría
considerado algo febril aquella animación y algo aparente aquella franca
alegría.
Los dos novios, absorbidos en sus propios sentimientos, no tenían tiempo
para analizar los ajenos. Sólo de vez en cuando Magdalena hacía
recordar a Amaury, tocándole en el codo, que estaban en presencia de su
padre. Entonces la conversación se hacía general, no siendo ella la que
menos ponía de, su parte en tal empeño; pero pronto triunfaba el
sentimiento predominante, dando motivo al doctor para evaluar con
amargura el sacrificio que había hecho al otorgarle la limosna de una
caricia, de una mirada, o de una simple palabra.
No tuvo valor para ver cómo le escatimaba su amor filial y apenas dieron
las nueve pretextó la fatiga de la víspera para retirarse a descansar
dejando en su lugar a la señora Braun.
Pero antes de marcharse, al dar a su hija el beso de despedida,
apoderose de una de sus manos y le tomó disimuladamente el pulso. Una
ráfaga de indecible alegría, iluminó en el acto el contraído semblante
del doctor. El pulso era normal; circulaba la sangre con regularidad
perfecta; la arteria no denunciaba la más leve agitación y los hermosos
ojos de Magdalena no brillaban ya con el fulgor de la fiebre, sino con
el resplandor de la felicidad.
Volviose Avrigny hacia Amaury, y estrechándole en sus brazos le deslizó
al oído estas palabras:
--¡Si tú pudieras salvarla!...
Y gozoso casi en igual medida que los novios se dirigió a su despacho
para trasladar a su diario las impresiones de aquel día, uno de los más
memorables de su vida.
No tardó en retirarse Antoñita, cuya desaparición no advirtieron ni
Amaury ni Magdalena, y aun podría asegurarse que ambos la creían
presente cuando al dar las once se les acercó la señora Braun, para
recordar a Magdalena que su padre no permitía que se acostase más
tarde.
Hubieron, pues, de separarse por fuerza, no sin hacerse las más tiernas
promesas para el día siguiente.
Al volver Amaury a casa, se conceptuaba el más dichoso de los mortales.
Había pasado un día de felicidad completa, de esos que hacen época en la
existencia de un hombre; uno de esos días que no son oscurecidos por la
más ligera nube, y en que todos los accidentes de la vida ordinaria
confúndense de un modo armónico lo mismo que los detalles de un
magnífico paisaje se confunden con el cielo.
Ni una leve ondulación había turbado la tranquila superficie del lago de
aquel día, ni una sombra había venido a oscuraecer los perdurables
recuerdos que debía dejar en su memoria.
Leoville entró en su casa, casi asustado de tanta dicha, tratando
vanamente de adivinar de dónde podría venir la primera nube capaz de
empañar el cielo radiante de su felicidad.
IX
Para Amaury la velada que acabamos de describir, tuvo su continuación en
los deliciosos sueños que ocuparon su imaginación aquella noche.
Así, por la mañana despertó en la mejor disposición de ánimo para
recibir a su amigo Felipe, que no tardó en presentarse.
Cuando Germán entró anunciando su visita, recordó Amaury que dos días
antes había estado Auvray a verle para pedirle un favor y que no
encontrándose dispuesto a pensar en otra cosa que en los asuntos que a
él le preocupaban, había diferido para otro día aquella conferencia.
Felipe volvía con la perseverancia que formaba parte de su carácter, a
preguntar a Amaury si podía al fin oírle.
Leoville, que aquel día habría contribuido de buen grado a hacer dichoso
a todo el mundo, ordenó que le hiciesen entrar en seguida y le recibió
sonriente. Felipe, en cambio, entró muy serio y con aire grave y
acompasado. Aún cuando era muy temprano, pues no habían dado las nueve,
vestía de rigurosa etiqueta.
Permaneció de pie, hasta que el criado hubo salido, y luego con solemne
ademán preguntó a su amigo:
--¿Vengo en mejor ocasión que anteayer? ¿Estás hoy dispuesto a
concederme una audiencia?
--Amigo Felipe--contestó Amaury,--no me guardes rencor por esta pequeña
dilación; harías muy mal en ello, pues ya pudiste advertir el otro día
que no estaba yo para escuchar confidencias. Hoy sí que vienes en
ocasión muy oportuna. Por lo tanto, siéntate y dime qué asunto es ese
que hace que vengas tan serio, tan estirado y tan correcto.
Auvray sonrió con satisfacción, y luego haciendo un gesto teatral, como
actor que se prepara para declamar un largo parlamento, dijo:
--Suplícote no olvides que soy abogado, lo cual quiere decir que debes
escucharme con paciencia, sin interrumpirme ni replicar hasta el fin de
mi discurso. Desde luego te prometo que éste no pasará de un cuarto de
hora.
--Convenido--dijo riendo Amaury,--pero ten mucho cuidado, porque te
escucharé reloj en mano. Mira: señala en este momento las nueve y diez
minutos.
Felipe sacó también el suyo, comparó los dos cronómetros con cómica
gravedad, que era habitual en él, y repuso:
--Tu reloj adelanta cinco minutos.
--O los atrasa el tuyo. Ya te he dicho muchas veces que me pareces tú
aquel hombre de quien se dice que vino al mundo con un día de retraso, y
en toda su vida no pudo ya recobrarlo.
--Ya lo sé. Sí; ésa es mi costumbre, hija de la maldita irresolución
propia de mi carácter, que me hace titubear sin resolverme a hacer una
cosa hasta que los demás ya la han hecho; de dónde resulta que en todos
mis asuntos cualquiera me gana siempre por la mano. Pero en esta ocasión
confío, _Deo volente_, en llegar con oportunidad al fin que me propongo.
--Pues si pierdes el tiempo perorando inútilmente no será nada extraño
que haya quién lo aproveche y tú te quedes rezagado como siempre.
--Si así sucede la culpa será tuya, porque yo te he suplicado que no me
interrumpas y no parece sino que te ha faltado tiempo para hacerlo.
--Está bien. Habla, pues; ya te escucho. Veamos qué es lo que tienes que
contarme.
--Se trata de una historia que tú conoces tan bien como yo; pero debo
forzosamente empezar por recordártela para llegar a mi objeto.
--¡A ver si vamos a representar ahora la escena de Augusto y Cinna!
¡Tendría gracia! ¿Te imaginas que conspiro?
--¡Vaya! Ya me has interrumpido dos veces, a pesar de haberme empeñado
tu palabra. Después te quejarás de que mi discurso ha durado más de lo
convenido, y te creerás con derecho para hacerme objeto de tus
reproches.
--No temas, Felipe; me acordaré de que eres abogado.
--Ea, dejémonos de bromas y hablemos en serio porque el asunto es grave.
--¡Muy bien! Mírame--repuso Amaury, afirmando los codos sobre el lecho
con seriedad afectada.--¿Qué te parece? ¿Estoy bien de este modo? Pues
yo te juro que no haré ni un movimiento mientras tu hables... Conque,
empieza cuando quieras.
--Escúchame, Amaury--dijo Felipe.--¿Te acuerdas del primer curso de
leyes que estudiamos juntos? Salíamos de clase abarrotados de filosofía,
sabios como Sócrates y sensatos como Aristóteles. El corazón de Hipólito
habría envidiado al nuestro pues si nosotros amábamos a alguna Aricia,
no era más que en sueños, y así en los exámenes hubo tres bolas blancas,
símbolos de nuestra inocencia, que recompensaron nuestra aplicación y
que colmaron de alegría a nuestra familia. De mí, yo sé decir que,
emocionado por las alabanzas de mis profesores y las muestras de cariño
de mis padres, había hecho ya nada menos que un propósito firme de morir
envuelto en virginal vestidura, lo mismo que San Anselmo; pero no
contaba con el diablo, con el mes de abril, y con mis diez y ocho años,
que habían de dar al traste con mi buena intención. En suma, que muy
pronto cayó por tierra mi plan al choque de una violenta contrariedad.
Yo hasta entonces había visto siempre ante mis ventanas otras dos en las
que de vez en cuando aparecía el rostro avinagrado de una vieja fea y
gruñona, verdadero tipo de clásica dueña española que parecía vivir sin
otra compañía que un perro tan asqueroso como ella; por lo menos nunca
vi asomarse a las ventanas, exceptuando a la vieja, otro ser viviente
que aquel animalito, el cual, cuando por casualidad su dueña abría la
ventana, corría a poner las patas sobre el alféizar y me miraba con ojos
curiosos al través de su pelaje ensortijado por el fango. El perro y la
vieja me inspiraban horror, e indudablemente, el tener yo siempre
cerrada herméticamente mi ventana para no verlos, fue la causa principal
de que yo obtuviese al terminar el curso un resultado tan brillante en
la carrera de los Cuyacios y los Delvincourt.
Pero ¡ay! un día, allá a principios de marzo, vi con júbilo una plancha
en la cual había escritas estas consoladoras palabras:
CUARTO Y GABINETE POR ALQUILAR PARA EL MES DE ABRIL
Era indudable que iba a verme libre de la vecindad de aquella horrible
vieja, y que por fin vendría un ser humano a sustituir a la espantosa
bruja que durante dos años había afeado mi perspectiva con el espectro
de Medusa.
Ya aguardaba yo impaciente la fecha del 1.º de abril cuando la víspera
me escribió mi excelente tío, el mismo que me ha dejado veinte mil
francos de renta, invitándome a pasar el día siguiente, que era festivo,
en su quinta de Enghien.
Como yo no andaba muy al corriente de mis estudios, pasé en vela buena
parte de la noche a fin de encontrarme el lunes al nivel de los demás
compañeros, y ¡claro está! a la mañana siguiente en lugar de levantarme
a las siete, lo hice a las ocho y en vez de partir a las ocho lo hice a
las nueve, por lo que no me fue posible llegar a las diez, como debía,
sino a las once bien dadas, cuando estaban ya acabando de almorzar. Ya
supondrás que el retardo no me quitó el apetito. Me senté, pues, a la
mesa, prometiendo a los demás comensales que pronto los alcanzaría; pero
por más que hice y por bien que jugué mis mandíbulas, no logré impedir
que todos concluyeran antes que yo, y como hacía un día espléndido y
figuraba en el programa un paseo por el lago, me manifestaron que salían
a dar una vuelta mientras yo terminaba de almorzar y concediéronme diez
minutos, asegurándoles yo que aún me sobraría tiempo.
Pero quiso el diablo que me sirviesen el café hirviendo, y entre soplar,
hacer gestos y tomarlo poco a poco, perdí muy cerca de una hora. Por si
algo faltaba, para colmo de desdichas, había en la comitiva un
matemático, uno de esos hombres que por lo ordenados guardan gran
analogía con un cuadrante solar, que supeditan, todos sus actos a su
reloj, tan fijo como el sol. Así que hubieron pasado los diez minutos
que me fueron concedidos, consultó mi hombre su cronómetro y haciendo
notar que yo no había cumplido mi palabra se dirigió a la orilla y dio
comienzo el embarco.
A la sazón salía, yo de la casa, y al ver la jugarreta que iban a
hacerme, eché a correr, llegando al embarcadero en el preciso momento en
que la barca se apartaba de la orilla. Saludáronme las carcajadas de
todos, esto picó mi amor propio, medí con la vista la distancia a que se
hallaba la barca, y viendo que no me separaban de ella más de unos
cuatro pies, salté y... ¡zas!... ¡dí con mi cuerpo en el lago!
--¡Pobre Felipe! Gracias a que sabes nadar como un pez, pues de otro
modo...
--Esa circunstancia me valió--interrumpió Auvray.--Mas, como el agua
estaba helada, volví a la orilla aterido y tiritando de frío, mientras
que el matemático calculaba de seguro, cuántos milímetros me habían
faltado para caer en el bote y evitarme el chapuzón. A consecuencia de
aquel baño intempestivo, tomado en tan malas condiciones, pasé tres días
en la quinta, con una fiebre muy alta. El mismo día en que el médico me
declaró radicalmente curado, obligome mi tío a volver a París sin perder
tiempo, pues mi ausencia podía perjudicarme para los exámenes, y entré
en mi casa a las diez de aquella noche, no sin ir antes a llamar a tu
puerta; pero o tú estabas fuera o te habías acostado. Por cierto que
después he recordado esta circunstancia muchas veces.
--Pero, ¿querrás decirme adonde diablos vas a parar?
--Pronto lo verás. Prosigo. Me metí en la cama respetando tu ausencia,
tu sueño o lo que fuere; dormí como un lirón, y por la mañana me
despertó el piar de los gorriones, cosa que me produjo la ilusión de que
estaba aún en el campo; así, que abrí los ojos creyendo ver el verdor,
las flores y los pájaros y me quedé sorprendido cuando me encontré, con
que desde mi cuarto vi todo eso. Aun vi más, porque al través de los
vidrios y entre rosas y claveles contemplé a la modistilla más linda y
más retrechera que puedas tú imaginarte, distribuyendo comida a varios
pájaros de especie diferentes, que merced sin duda al dulce gobierno de
su dueña, convivían en paz dentro de una misma jaula. Parecía un cuadro
de Mieris. No ignoras tú que los cuadros me gustan con delirio: te
explicarás, pues, perfectamente, que yo me estuviera allí más de una
hora contemplando aquel que me parecía tanto más encantador cuanto que
venía a destruir el efecto que durante dos años me había causado la
odiosa visión de la vieja y el perro. Mientras yo estuve fuera, mi
Fisifona se había largado, cediendo su puesto a la gentil griseta. Sin
pasar de aquel día, decidí enamorarme con locura de mi encantadora
vecina, y no desperdiciar la primera ocasión que se me ofreciera para
declararle mi pasión.
--¡Ah! Ya te veo venir, amigo Felipe--dijo Amaury riendo;--pero ya creía
yo que habías olvidado aquella aventura en la que tuve la desgracia de
ser tu rival, llevándote dos días de delantera.
--Ni mucho menos, Amaury; antes bien, la recuerdo con todos sus detalles
y como tú no conoces éstos, me permitirás que te los cuente para que
sepas hasta dónde llegan tus culpas para con tu amigo Felipe.
--Pero, hombre, ¿habrás sido capaz de venir a provocarme a un duelo
retrospectivo?
--¡Qué disparate! No vengo más que a pedirte un favor, y si te cuento
esa historia es con el fin de que a la amistad inquebrantable que existe
entre nosotros y que debe moverte a prestarme ayuda se sume el deseo de
reparar ciertos agravios.
--Muy bien; pero volvamos a Florencia.
--¿Florencia se llamaba?--preguntó Felipe.--No lo sabía yo. Me gusta
mucho ese nombre, casi tanto como me gustaba ella. Volvamos, pues, a
Florencia. Te decía que tomé dos decisiones a un tiempo, cosa muy
extraña en mí, que apenas sé tomar una. Verdad es que, si alguna vez lo
hago, no hay nadie que persevere más en su propósito ni que siga su
camino tan impertérritamente como yo... ¡Por vida de!... Se me figura
que acabo de soltar un adverbio.
--Tienes perfecto derecho a hacerlo--repuso Amaury con gravedad.
--El primer propósito era el de enamorarme, como un loco, de mi hermosa
vecina--continuó Felipe,--y como era el más factible, lo puse en
práctica aquel mismo día. Consistía el segundo en declararle mi pasión a
la primera oportunidad, y eso ya no era tan fácil; como que era
necesario primeramente encontrar la ocasión y después atreverse a
aprovecharla.
Tres días tuve que estar en constante espionaje; el primero, oculto
detrás de mis cortinas, porque temía asustarla dejándome ver
súbitamente; al otro día ya la contemplé pegado a los cristales, pero
aun no me atreví a abrir mi ventana; al tercero ya la abrí, y observé
gozoso que no la espantaba mi osadía.
Aquella misma tarde la vi echarse sobre los hombros un chal, y
abrocharse las botas. Mi vecina iba a salir, y como eso precisamente era
lo que esperaba ansioso, me preparé a seguirla adondequiera que fuese.
X
Auvray prosiguió:
--Mi plan ya estaba trazado. Tenía que armarme de valor para detenerla y
ofrecerme a compañarla, declarándole por el camino mi pasión, y
explicándole con fuego los estragos que en mi pobre corazón habían hecho
en tres días su nariz arremangada y su graciosa sonrisa. Tomé, pues, el
bastón, el sombrero y el gabán y en cuatro brincos me planté en la
calle, sin que me fuera dable evitar, a pesar de mi presteza, que ella
ya me llevase unos treinta pasos de delantera. Me lancé como una flecha
en seguimiento suyo, y poco a poco logré acortar la distancia. En la
esquina de la calle de San Jaime, llevaba yo ganados diez pasos; en la
calle de Racine eran ya veinte, y después de atravesar un patio,
emprendió la ascensión por una escalera, cuyos últimos escalones
alcanzaban a verse desde la calle. Pasome por la mente la idea de
aguardarla en el patio, pero la deseché pronto, considerando que el
portero, que a la sazón estaba barriendo me preguntaría adónde iba y yo
no sabría responderle ni siquiera explicarle a quién seguía, puesto que
ignoraba el nombre de la joven. Hube, pues, de contentarme con esperar
paseando por la acera de enfrente como pudiera hacerlo un centinela, y
he de confesar que si alguna afición hubiera tenido yo a la guardia
nacional la habría perdido entonces.
Así pasó una hora, y otra, y otra más, y mi griseta no se dejaba ver por
parte alguna.
--¿Será que la habré espantado?--me pregunté.
A todo esto se acercaba ya la noche y yo, mísero de mí, no disponía del
poder de Josué para detener el sol a mi placer. De repente, a la escasa
luz del farol que alumbraba la escalera, alcancé a ver el vestido de mi
fugitiva, pero ésta no iba sola, pues también vi la capa de un hombre
que bajaba en su compañía.
--¿Será su amante? ¿Será su hermano?--pensé.
Muy bien podía ser lo primero, pero tampoco era descabellado suponer que
fuera lo segundo, y recordando a la sazón la famosa máxima del sabio:
«En la duda abstente», yo me abstuve. Los dos pasaron junto a mí sin
verme, pues la oscuridad no podía ser más densa.
Aquel acontecimiento me hizo cambiar de plan. Así como así, en mi fuero
intento, renegaba de mi pusilanimidad, temiendo que en el instante en
que hubiera de dirigirle la palabra me abandonara el valor de que venía
haciendo tan gran acopio, y, por lo tanto, juzgué que era mejor
declararme por escrito.
Y así como lo pensé lo hice en seguida; apenas llegué a casa, sentome
ante mi mesa, pluma en ristre. Pero trazar una epístola amorosa de la
que dependía el juicio que yo iba a merecer a mi vecina y, por lo tanto,
la mayor o menor rapidez con que yo debía captarme su voluntad, no era
empresa muy fácil que digamos. Además, era la primera vez que yo me
metía en tales aventuras. Así, me pasé hasta la madrugada trazando una
serie de borradores que al releerlos luego me parecieron detestables. A
la mañana siguiente hice unos cuantos más, y por fin adopté este último
ensayo.
Y al decir esto Auvray, sacó su cartera y de ella un papel que desdobló
y leyó en voz alta. He aquí lo que decía aquella carta:
«Señorita:
»Verla a usted es adorarla; yo la he visto y la adoro. Por las mañanas
la veo distribuyendo el alimento a sus pájaros, demasiado dichosos,
porque les da de comer una mano tan linda; la veo regar sus rosas, menos
rosadas que sus mejillas, y sus claveles, que no tienen la fragancia de
su aliento, y aquellos breves instantes bastan para llenar mis días de
ilusiones y mis noches de ensueños.
»Señorita, usted no me conoce y yo ignoro también quién es usted, pero
me basta vislumbrarla un segundo para juzgar que bajo tan seductora
apariencia se oculta un alma llena de pasión y de ternura. Su espíritu
no puede menos de ser tan poético como su hermosura y sus sueños son de
fijo tan dulces como sus miradas. ¡Feliz aquél que pueda dar realidad a
esas encantadoras ilusiones! ¡Triste de quien se atreva a destruir tan
dulces quimeras!»
--¿Qué te parece? ¿Verdad que logré imitar perfectamente en ese borrador
el estilo de la época?--preguntó Felipe con visible satisfacción de sí
mismo.
--Lo mismo iba yo a decirte: pero he recordado a tiempo que no te debía,
interrumpir--contestó Amaury.
Auvray continuó:
«Ya ve usted señorita, que la conozco. ¿Y a usted, jamás le ha dicho su
instinto de mujer que muy cerca de usted, en la casa de enfrente, había
un joven que poseyendo algunos bienes, vive solo y aislado y necesita un
corazón amante y cariñoso que sepa comprenderle? ¿No ha adivinado usted
que aquí había un hombre capaz de dar su sangre, su vida, y su alma al
ángel que bajase del Cielo para llenar el vacío de su triste existencia,
y cuyo amor no sería un capricho profano y ridículo, sino una adoración
eterna? Señorita, si usted no me ha visto, ¿por qué no me habrá siquiera
presentido?»
Volvió a detenerse Felipe para mirar a Amaury, como pidiéndole su
opinión sobre este segundo período de la carta.
Leoville hizo un gesto de aquiescencia, y Auvray prosiguió:
«Perdone usted, señorita, si no he sabido resistir al ardiente deseo de
declararle la volcánica pasión que su sola presencia me ha inspirado:
perdone mi atrevimiento, pero no podía menos de revelarle este amor que
de hoy más habrá de llenar mi vida. No le ofenda la ingenua sencillez de
quien le profesa tanto amor como respeto y si quiere creer en la
sinceridad de este pobre corazón que ya es suyo por entero, permítame
que le manifieste de palabra toda la ternura y veneración que siento por
usted.
»Por favor, señorita, déjeme ver de cerca a mi ídolo. No pido que me
conteste, no me atrevo a exigir tanto; pero será suficiente una palabra,
una seña, un ademán, la más leve indicación para que yo vuele a sus
pies, y pase a su lado la existencia.
»_Felipe Auvray._
»Calle de San Nicolás, 5.º piso. Hay una pata de liebre en el cordón de
la campanilla.»
--¿Has comprendido, Amaury? No le pedía respuesta, porque no me juzgase
muy osado; pero le daba las señas de mi habitación por si se compadecía
de mí y me contestaba sin pedirle yo que lo hiciese.
--No era mala precaución--repuso Amaury.
--No, no era mala, pero en cambio era excusada, amigo Amaury. Concluida
la apasionada epístola, no faltaba otra cosa que llevarla a su destino:
pero, ¿cómo iba a hacerla llegar a manos de mi vecina?... ¿Valiéndome
del correo? No conocía el nombre de mi deidad. ¿Comisionando al portero
para que se la entregase mediante una propina de tres francos? Yo no
fiaba mucho en ese medio porque había oído hablar muchas veces que hay
porteros incorruptibles. ¿La enviaría por un demandadero? Este medio me
resultaba prosaico y hasta un tanto peligroso, pues podía suceder
perfectamente que encontrase allí al hermano, es decir, al individuo
aquel que la acompañaba la noche en que la seguí, y que en medio de mi
ilusión, creía yo que no podía ser más que su hermano. Costábame trabajo
el resignarme a creer que fuese un amante.
Pensé contarte entonces mi aventura, pero me arrepentí en el acto porque
se me ocurrió que tú, como más experto que yo en lides de amor, te
burlarías de mis perplejidades. En suma, paralizado por ellas, tuve tres
días la carta cerrada sobre mi mesa sin saber qué hacer con ella. Por
fin, cuando ya anochecía el tercero y mientras yo entristecido por su
ausencia, pues había salido aquella tarde, contemplaba su habitación
desierta, vi desprenderse de sus rosales una hoja que empujada por el
viento cayó revoloteando hasta la calle.
La manzana que a Newton le cayó en la nariz, fue para el sabio una
revelación de la gravitación universal. Del mismo modo una hoja flotando
a merced del viento, me reveló a mí el medio de correspondencia que
debía emplear. Envolví con la carta el primer objeto pesado que hallé a
mano, y lo tiré con habilidad a la habitación de mi vecina, hecho lo
cual y asombrado de mí mismo por este rasgo de audacia, cerré
prestamente la ventana y aguardé temblando por las consecuencias que
podía tener el acto de osadía perpetrado, porque si mi vecina regresaba
con su hermano, y éste leía la carta, quedaría muy comprometida la
infeliz muchacha.
Oculto tras de las cortinas, y con el corazón lleno de angustia, esperé
su vuelta. De pronto vi que entraba, y al advertir que no le acompañaba
nadie, respiré con libertad. Ligera y juguetona como siempre, recorrió
en todos sentidos su aposento sin tropezar con mi carta, hasta que por
último quiso la casualidad que pusiera el pie encima. Entonces se
inclinó para recogerla.
Yo estaba en ascuas. Latía mi corazón con violencia inusitada y
comparábame con la Lauzun, Richelieu y Lovelace.
Como ya te he dicho antes, comenzaba a anochecer. Mi vecina se acercó a
la ventana como queriendo averiguar de dónde podían haber arrojado la
misiva, y luego se dispuso a leerla. Entonces creí llegada la ocasión de
darme a ver, y a mi vez me asomé yo a mi ventana. Al oír el ruido que
hice al abrirla, volviose mi vecina y paseó su mirada con cierto asombro
no exento de curiosidad, de la carta a mi persona y de ésta a la carta.
Con elocuente mímica supe indicarle que era yo su autor, y cruzando las
manos, le rogué que la leyera.
Quedó perpleja un instante, mas se decidió muy pronto.
--¿A qué?
--A leerla, hombre, a leerla.
Comenzó por abrir la carta con la punta de los dedos; me miró sonriendo,
leyó unas cuantas líneas, volvió a sonreír, y por último, aumentando su
jovialidad, prorrumpió en una franca carcajada que a mí me dejó
desconcertada. Con todo, como acabó de leer la carta de cabo a rabo, ya
iba yo recobrando una ligera esperanza, cuando súbitamente vi que la
rasgaba. Estuve a punto de gritar, pero en seguida pensó que quizás
tomaba tal precaución por miedo a que la carta cayese en manos de su
hermano. Entonces juzgué que obraba bien y hasta aplaudí su idea por más
que se me antojaba que era demasiado cruel el encarnizamiento con que se
cebaba en mi desventurada epístola. Que la hubiese roto en cuatro
pedazos, pase; en ocho, aún podía tolerarse; pero que la rasgase en y
diez y seis, en treinta y dos, en sesenta y cuatro, que la redujese a
imperceptibles trozos, era ya refinamiento, y convertirla en un puñado
de átomos, era dar muestra de insigne perversidad.
Y es el casó que así lo hizo, y sólo cuando por ser ya los fragmentos
muy pequeños le fue imposible hacer una nueva división, abrió la mano, y
envolvió a los transeúntes en aquella nevada intempestiva; hecho esto
volvió a reírse en mis barbas y cerró la ventana, mientras una importuna
ráfaga de viento me traía un fragmento de mi carta y una muestra con él
de mi elocuencia. ¿A qué no imaginas cuál era? ¡Pues nada menos que
aquel que contenía la palabra _ridículo_!
Sentí que la furia me cegaba; pero, como al fin y a la postre ninguna
culpa tenía ella de este último incidente, únicamente achacable al
viento inoportuno, cerré también mi ventana con dignidad, y me puse a
discurrir, buscando el medio de vencer aquella, resistencia desusada en
la honorable corporación de las grisetas.
XI
Los primeros planes que ideé se resintieron, como es natural, del estado
de exaltación en que me encontraba yo; así, no se me ocurrieron más que
feroces combinaciones y proyectos tan locos como salvajes, mientras
pasaba revista en mi memoria a todas las catástrofes amorosas ocurridas
en el mundo desde Otelo hasta Ansony.
Pero antes de adoptar ningún plan definitivo decidí acostarme con el fin
de que el sueño amansase mi furor, teniendo por bueno aquel proverbio
que dice que «la noche es buena consejera». Y así debe ser en efecto,
porque al otro día me levanté completamente tranquilo; aquellos planes
sanguinarios de la víspera, se habían trocado en resoluciones mucho más
parlamentarias, y yo me resolví a aguardar la noche para llamar a su
puerta, y una vez que me abriese arrojarme a sus pies, y repetirle
verbalmente lo que ya le había dicho en mi carta. Si rechazaba mi amor,
estando con ella a solas, siempre tenía el recurso de apelar a los
medios más violentos. No podía ser este plan más atrevido; pero en
cambio su autor lo era bien poco.
Dispuesto a ponerlo en práctica aquella noche, llegué valientemente
hasta el pie de la escalera, pero de allí no pasé. A la noche siguiente,
subí hasta el segundo piso; pero allí me detuvo mi falta de decisión. A
la tercera llegué hasta el rellano de su propio piso, pero me quedé
delante de su puerta, sin atreverme a llamar. Me pasaba a mí lo mismo
que a Querubín: _No me atrevía a atreverme._
Pero a la cuarta noche, juré acabar de una vez y no ser por más tiempo
tan necio y tan cobarde. Entré en un café, tomé hasta seis tazas de este
brebaje, y reanimado mi valor por aquellos tres francos de energía, subí
sin retenerme los tres pisos, y con mano temblorosa y febril ademán, sin
querer pensar en nada por miedo de arrepentirme, tiré del cordón de la
campanilla, cuyo sonido me heló la sangre en las venas.
Diéronme entonces tentaciones de echar a correr, pero me quedé como
clavado en el suelo, retenido allí por mi propio juramento. No tardé en
oír pasos... Alguien abrió... Lancéme al interior de una habitación
oscura como boca de lobo, abrí una puerta por cuyos intersticios se
filtraba la luz y exclamé con acento de resolución suprema:
--¡Señorita!
Pero en el acto, me sentí asido por una mano varonil que me puso delante
de mi hermosa vecina, y mientras ésta se levantaba de su asiento
haciendo un mohín lleno de gracia, mi amigo Aumary, le dijo:
--Vida mía, tengo el gusto de presentarte a mi amigo, Felipe Auvray. Es
vecino tuyo y hace tiempo que desea conocerte.
Ya conoces el resto de la aventura. Pasé allí diez minutos, sin lograr
reponerme de mi aturdimiento, y abrumado al fin por el peso del ridículo
balbuceé algunas excusas y me retiré acompañado por las carcajadas de
Florencia que no pudo contener la hilaridad al ofrecerme su casa.
--¿Y a qué viene el recordar ahora tales cosas? A raíz de aquel suceso,
me pusiste mala cara, y tardó bastante en pasársete el enfado; pero creí
que ya me habías perdonado, en gracia a que tú mismo tuviste la culpa de
lo que te pasó entonces.
--De sobra lo sé y nunca te guardé rencor por ello. Pero debes reconocer
que esas cosas no sirven de gusto a nadie, y como tú, queriendo
resarcirme en cierto modo de la amarga impresión que dejó en mi ánimo la
desdichada aventura te opusiste a presentarme a tu tutor y contrajiste
solemne compromiso de hacerme en adelante cuantos favores pudieses, he
creído conveniente recordarte tu crimen para recordarte tu promesa, ya
que hoy necesito que me ayudes.
--Habla, Felipe--dijo Amaury, pugnando por contener la risa.--Estoy
arrepentido de mi culpa, tengo en cuenta el compromiso y aguardo la
ocasión de expiar aquel pecado... involuntario.
--Bueno. Sabe, pues, que ha llegado el momento--dijo Felipe con
gravedad.--Amaury: estoy enamorado.
--¡Diablo! ¿Lo dices en serio?
--Sí; y esta vez no es un amor pasajero, sino una afección honda y
duradera que llenará mi vida.
Amaury se sonrió, pensando en Antoñita.
--¿Y de seguro quieres pedirme que te sirva de intérprete cerca de tu
ídolo? ¡Desdichado! Me haces temblar... Pero prosigue. ¿Cómo te has
enamorado? ¿y de quién?...
--Ya no se trata de una modistilla cuyo amor se busca por capricho, sino
de una señorita de noble alcurnia a la que sólo puedo unirme en
matrimonio. Mucho he titubeado en decírtelo a ti, que eres mi mejor
amigo, pero al fin tenía que hacerlo y he creído llegado el momento
oportuno. No poseo títulos de nobleza, pero tampoco soy de origen
oscuro, pues pertenezco a una familia distinguida; hace poco heredé de
mi buen tío veinte mil francos de renta y su quinta de Enghien, y estas
circunstancias me animan a decirte a ti, que más que amigo eres para mí
un hermano y además estás propicio a darme reparación de las pasadas
ofensas: «Amaury, ¿quieres pedir en mi nombre a tu tutor la mano de su
hija Magdalena?
--¡Cómo! ¿qué es lo que dices?--exclamó Amaury, con la estupefacción
pintada en el semblante.
--Digo--respondió Felipe sin abandonar su aire solemne,--que suplico a
mi amigo y hermano Amaury, recordándole sus compromisos, que pida para
mí la mano de...
--¿De Magdalena?
--Si.
--¿De Magdalena de Avrigny?
--Sí; de la hija de tu tutor.
--Pero ¿no estabas enamorado de Antoñita?
--¿Yo? ¡Ca, hombre!
--Así, pues, ¿amas a Magdalena?
--¡Claro está! Por eso vengo a pedirte...
--¡Calla, desgraciado! ¡Está de Dios que siempre llegues tarde! Yo
también la amo.
--¿Qué dices? ¿Que tú la amas?
--Sí, y es el caso...
--¿Qué?...
--Que ayer mismo pedí y obtuve su mano.
--¿La mano de Magdalena?
--Sí: la mano de Magdalena.
Felipe se llevó las manos a las sienes como temiendo que su cabeza
estallara; luego, aturdido, sin darse cuenta de sus actos, se levantó
vacilante, tomó maquinalmente el sombrero y con paso de autómata salió
sin despegar ya los labios, como si aquel golpe le hubiese dejado mudo.
Amaury, compadecido de su amigo, estuvo tentado a correr tras él para
detenerle y prodígarle consuelos; pero en aquel instante oyó las diez y
se acordó de que a las once le esperaba Magdalena.
XII
DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY
15 de mayo
«Por lo menos no me separaré de mi hija; se quedarán a mi lado; yo iré a
donde ellos vayan y viviré con ellos.
»Proyectan pasar el invierno en Italia, o para hablar con más propiedad,
mi prudente previsión les ha sugerido ese propósito. Así, pues,
presentaré mi dimisión de médico de cámara y me iré con mis hijos.
»Magdalena es rica y yo también lo soy. ¡Qué puedo necesitar yo, si lo
que guardé fue para ella!
»Seguro estoy de que mi partida causará a muchos gran sorpresa y que
tratarán de retenerme en nombre de la ciencia, diciéndome que no debo
dejar abandonada mi clientela, pero, ¿qué importa?
»Para mí la única persona en quien tengo que pensar es Magdalena; eso no
sólo constituye una dicha sino que es además un deber. Mis hijos
necesitan de mí y a ellos me debo. Les serviré de cajero; es necesario
que Magdalena sea la más deslumbradora entre todas, ya que es la más
hermosa, sin que su fortuna disminuya por tal causa.
»Nos procuraremos en Nápoles, en Villa Reale, un palacio cuya fachada dé
al Mediodía. Allí mi hija florecerá como una planta lozana restituida
al suelo natal.
»Yo dirigiré su casa, organizaré sus saraos, haré el papel de intendente
y les descargaré del peso de todos los cuidados materiales que la vida
social lleva consigo.
»Sólo habrán de pensar en ser felices y en quererse... Ya es bastante
ocupación, después de todo.
»Quiero además que este viaje, que para ambos es de puro recreo, sea
provechoso para Amaury y le sirva para adelantar en su carrera; así, sin
enterarles de nada, ayer mismo pedí al ministro que le encomendase una
importante comisión secreta y mi pretensión fue atendida.
»Todo lo que treinta años de trato con los hombres más eminentes y de
observación constante en el orden físico y en el moral me han producido
en influencia y en conocimientos, lo pondré a su disposición para que se
sirva de ello.
»Y no sólo me propongo ayudarle en el cumplimiento de la misión que le
encargan, sino que su trabajo lo llevaré a cabo yo mismo. Sembraré para
él a fin de que sólo tenga que tomarse el trabajo de recoger la cosecha.
»Todo lo que yo le doy pertenece a mi hija, como le pertenecen mi
fortuna, mi vida y mi pensamiento, que ya le había dado antes.
»Todo será para ellos; yo no quiero reservarme para mí otra, cosa que el
derecho de mirar de vez en cuando a Magdalena, escucharla cuando me
hable y verla hermosa y satisfecha.
»No me separaré de ella y me olvidaré, como me olvido ya, del instituto,
de los clientes y hasta del rey, que hoy ha enviado a preguntar por mi
salud. Todo lo olvidaré menos mis hospitales; los demás enfermos son
ricos v pueden acudir a otro médico, pero mis pobres no; si éstos no me
tuvieran a mí ¿quién los asistiría?
»Y el caso es que no tendré más remedio que dejarles, cuando me vaya con
mi hija. Algunas veces me pregunto si tengo derecho a abandonarles; pero
no paso a creer que haya nadie en el mundo que tenga sobre mí más
derecho que mi hija.
»Parece increíble la facilidad con que dudamos a veces de las cosas más
simples. Ya rogaré a Cruveilhier o a Jaubert que ocupen mi lugar.»
16 de mayo.
«Tan felices son que en mí se refleja su júbilo. No dejo de comprender
que el aumento de amor hacia mí que en ella advierto no es otra cosa que
un desbordamiento del que le profesa a él; pero a veces lo echo en
olvido, como quien viendo una representación dramática, llega a
imaginarse que presencia escenas de la realidad.
»Hoy le he visto venir tan regocijado que me privé de entrar en la
habitación de mi hija para no obligarles a que se hiciesen violencia
delante de mí.
»¡Ah! Son tan escasos en la vida estos momentos que, como dicen muy bien
los italianos, es un crimen ponerles tasa cuando se tiene la dicha de
disfrutarlos.
»Unos minutos después paseaban los dos por el jardín. Este es su edén.
En él están más aislados, sin que por eso estén solos; pero abundan los
árboles tras de los cuales pueden estrecharse la mano, y recodos en que
pueden acercarse el uno al otro.
»Contemplábales yo oculto tras de mi ventana y veía por entre las lilas
buscarse sus manos y confundirse sus miradas. También ellos parecían
nacer y florecer, como las plantas que los rodeaban. ¡Oh, primavera,
juventud del año! ¡Oh juventud, primavera de la vida!
»A pesar de todo no puedo pensar, sin estremecerme, en las emociones,
por agradables que sean, que esperan a mi pobre hija. Es tan delicada, y
tan débil de cuerpo y de espíritu que una alegría la trastorna tanto
como a otros una pena.
»¿Obrará el novio con la prudencia del padre? ¿La tasará ciertas cosas
como yo, que le taso el viento que puede perjudicarla? ¿Encerrará a la
delicada flor en una atmósfera tibia y embalsamada sin sobra de sol y
sin vientos tempestuosos?
»Ese joven fogoso y apasionado puede destruir en un mes con sus locos
transportes mi compleja tarea de diez y siete años de cuidado constante.
»Navega pues, supuesto que es preciso, frágil barquilla mía; ve a
desafiar la tempestad. Afortunadamente yo seré tu piloto; yo sabré
gobernarte y no te abandonaré a merced de las olas.
»¿Qué sería de mi vida, pobre hija mía, si te abandonara yo?
»Pensando en lo delicada y endeble que es tu constitución, siempre
creería verte enferma, o amenazada de estarlo. ¿Quién podría decirte a
todas horas:--Mira, Magdalena, que ese sol del mediodía quema
demasiado.--Mira, que esa brisa nocturna es fría con exceso.--Magdalena,
cúbrete la cabeza con un velo.--Magdalena, échate un chal sobre los
hombros?
»No; nadie te hablará así. El te amará, pero no pensará en otra cosa que
en quererte, mientras que yo pensaré en hacer que vivas.»
XIII
17 de mayo
«¡Desdichado de mí!
»Se desvanecieron otra vez mis sueños; volaron todas mis ilusiones.
»Cuando me levanté confiaba en pasar un día feliz, y Dios había
dispuesto que fuese de aflicción y de dolor.
»Amaury ha venido como siempre esta mañana. Los he dejado muy contentos
bajo la vigilante mirada de la señora Braun y he salido a mis quehaceres
acostumbrados.
»Me he pasado todo el día pensando en el gozo con que anunciaría a
Amaury la comisión que logré para él y los planes que he forjado. Cuando
llegué a casa eran más de las cinco y se disponían a sentarse ya a la
mesa.
»Amaury había salido para volver más pronto indudablemente, y se conocía
que no hacía mucho rato porque el semblante de Magdalena, estaba,
radiante aún de felicidad.
»¡Pobre hija mía! A creerla, nunca se encontró mejor.
»¿Me habré equivocado yo? Este amor que a mí me asustaba, tanto, ¿habrá
venido a dar vigor a esa complexión enfermiza y enclenque, cuya
destrucción temía? La Naturaleza está llena de abismos que la mirada más
escrutadora jamás alcanzará a sondear.
»Todo el día había estado pensando en la dicha que les tenía preparada,
lo mismo que el niño que guarda una sorpresa para una persona a quien
ama y que siempre está a punto de revelar el secreto. Temiendo descubrir
el mío a Magdalena, dejé a ésta en el salón y descendí al jardín.
Mientras me paseaba oía vagamente la sonata que estaba tocando al piano;
era una melodía que ejecutada por mi hija me llenaba de gozo el corazón.
»Aquel arrobamiento duró como un cuarto de hora.
»Complacíame yo en aproximarme a aquella fuente de armonía, y después de
deleitarme un instante me alejaba de ella para dar la vuelta al jardín.
»Cuando llegaba al límite de éste, casi yo no oía el piano, y únicamente
llegaban a mis oídos las notas más agudas bastante amortiguadas por la
distancia. Después, al regresar, entraba de nuevo en el círculo
armonioso, del cual volvían a alejarme mis paseos en dirección opuesta.
»A todo esto iba cerrando la noche.
»Súbitamente cesó de oírse el piano. Yo sonreí, adivinando la causa de
ello: Amaury acababa de llegar.
»Entonces volví al salón, pero por otro camino; por una senda oscura, a
lo largo del muro.
»En ella encontré a Antoñita, que estaba sentada en un banco, sola y muy
pensativa. Dos días hacía que tenía el propósito de hablarla, y juzgando
el momento favorable, me detuve ante ella.
»¡Pobre Antonia! Había creído yo que en cierto modo iba a ser un estorbo
para la feliz existencia que pensábamos pasar; que los sentimientos más
íntimos no debían ser manifestados entre testigos y por lo tanto,
juzgaba muy conveniente que ella no viniese con nosotros.
»Pero tampoco podía yo dejar aquí sola a la pobre criatura. Quería
separarme de ella; mas dejándola disfrutando también de una dicha
análoga a la nuestra. El cariño que yo siento hacia ella y el que
profesé a mi hermana, me obligaban a obrar así.
»Cuando me vio, alzó la vista y me dijo sonriendo:
»--Ya ve usted cómo no me engañaba cuando le dije que la felicidad de
ellos le haría dichoso.
»--Sí, hija mía, pero eso no es bastante; has de serlo tú también.
»--¿Yo? ¡Si ya lo soy! ¿Me falta algo, por ventura? Usted me quiere como
un padre; Magdalena y Amaury me quieren como una hermana: ¿qué más puedo
desear?
»--Una persona que te quiera como esposa, Antoñita; y ya me parece que
he encontrado esa persona.
»--¡Tío!--exclamó Antoñita con acento que parecía suplicarle que no
prosiguiese.
»--Escúchame, querida sobrina, y ya responderás luego.
»--Hable usted, tío.
»--¿Conoces a Julio Raymond?
»--¿Quién? ¿Ese joven que es procurador de usted?
»--Sí, el mismo. ¿Qué te parece?
»--Me parece muy simpático... aun cuando procurador.
»--¡Vaya! déjate de bromas. ¿Te repugnaría ese joven?
»--Para que a una mujer le cause repugnancia un hombre, tiene que amar
a otro, y como yo no me encuentro en ese caso, todos me son igualmente
indiferentes.
»--Pues bien, Antoñita: sabe que ayer vino Julio a verme; si tú no has
fijado en él tus ojos, él en cambio pronto ha puesto en ti los suyos...
Te advierto, que es un hombre destinado a tener gran porvenir; ya se ha
labrado por sí mismo una fortuna, y quiere compartirla contigo. Por lo
pronto comienza por dotarte en doscientos mil francos...
»--Mire usted, tío--repuso Antonia interrumpiéndole,--todo eso que usted
me dice, no deja de ser, y así lo reconozco, muy noble, y muy hermoso y
yo no puedo menos de darle por ello las gracias más cumplidas. No negaré
que Julio es entre los hombres de su clase, una excepción muy digna de
estima; pero ya le he dicho a usted en más de una ocasión, que no tengo
otro deseo que quedarme a su lado, viviendo en su compañía, mientras
usted lo permita. Ni concibo ni quiero otra felicidad, y si usted no
dispone otra cosa, ésa es la que yo elijo.
»Traté de insistir, queriendo convencerla de las ventajas que le
aportaba ese enlace. Yo le proponía un joven rico, y considerado; mi
vida no podía ser muy larga; ¿qué sería de ella, cuando le faltasen mi
apoyo y mi cariño?
»Me escuchó con calma, que revelaba su resolución, y cuando hube
terminado, me contestó:
»--Tío, yo le debo a usted obediencia como se la debía a mis padres, ya
que al morir éstos me confiaron a usted. Ordene, pues, y me apresuraré a
obedecerle; pero no intente convencerme, porque mi situación de ánimo es
tal, que mientras sea dueña de mi voluntad no aceptaré partido alguno,
así se trate de un millonario o de un príncipe.
»Tan gran firmeza revelaban su voz, sus ademanes y hasta sus menores
gestos, que el insistir yo, habría significado tanto como querer
convertir la persuasión en mandato. Así, pues, díjele que podía disponer
libremente de su mano, le dí cuenta de los planes que iba a exponer a
mis hijos, y le anuncié que vendría con nosotros, al oír lo cual movió
la cabeza y me respondió que quedaba muy agradecida a mi buena
intención, pero que no podía aceptar mi oferta. Protesté yo, y entonces
ella repuso:
»--Oiga usted, tío. Dios, que manda en los destinos del mundo, ha
dispuesto para unos la felicidad, y para otros la desdicha. Mi suerte es
la soledad. De muy joven he perdido ya mis padres. La animación y el
ruido de un largo viaje, y el variado espectáculo de pueblos y paisajes
no me convienen a mí. Me quedaré aquí en París, y acompañada de nuestra
aya, esperaré el regreso de ustedes. Sólo dejaré mi aposento para ir a
misa, o para salir a dar un paseo por la noche a este jardín, y cuando
ustedes vuelvan me encontrarán donde me han dejado, y yo les recibiré
con la misma calma en mi corazón, e igual sonrisa en mis labios; lo cual
no podría ser si usted se empeñara en introducir en mi existencia el
cambio de lo que me hablaba, que la convertiría en cosa muy distinta de
lo que debe ser.
»No quise insistir más; pero hube de preguntarme qué era lo que podría
impulsar a Antoñita a convertirse en religiosa cambiando en celda la
habitación de una joven como ella, hermosa, gentil, llena de gracia y
que poseía un dote de doscientos mil francos.
»Mas, ¿para qué había de entretenerme en buscar la razón de tan
inexplicables caprichos, y en apiadarme de Antonia, en vez de ir al
salón directamente?
»No sé cuánto tiempo habría estado yo allí contemplando a mi sobrina, es
decir a mi segunda hija, a no haber sido porque ella algo confusa quizá
por mis miradas y queriendo esquivar mis futuras preguntas, me pidió
permiso para retirarse a su aposento.
»--No, hija mía, no--le dije;--yo soy quien se retira. Tú puedes tomar
el fresco sin cuidado. ¡Ojalá pudiera Magdalena hacer lo mismo!
»--Tío--repuso Antoñita levantándose,--le juro por las estrellas que
tachonan el cielo y por la luna que nos alumbra con su suave resplandor,
que si me fuese factible el dar mi salud a Magdalena, se la daría con
toda mi voluntad. ¿No sería mejor que el peligro en que se encuentra, lo
corriese una triste huérfana como yo, que no ella rodeada de riquezas y
de afecto?
»Abracé a Antoñita, que había pronunciado estas palabras en un tono de
sinceridad que no dejaba lugar a la más leve sombra de duda; y mientras
ella volvía a tomar asiento en su banco, yo me dirigí hacia la
escalinata para subir al salón.
XIV
»Al poner el pie en la primera grada, oí la voz de Magdalena, suave como
el cántico de un ángel, y esto vino a disipar mi tristeza.
Instintivamente me detuve para escuchar embelesado, sin parar mientes
en lo que pudiera hablar: pero algunas palabras que llegaron
distintamente a mis oídos lograron excitar mi curiosidad, y entonces ya
no me contenté con oír, sino que quise escuchar y enterarme de la
conversación que arriba se sostenía.
»Detrás de la cortina, que para interceptar el aire de la noche, había
sido corrida ante la ventana que da al jardín, abierta a la sazón, veía
yo la sombra de sus dos cabezas, inclinada y muy juntas.
»Como si temieran ser oídos, hablaban en voz baja. Yo les escuché
inmóvil, petrificado, reteniendo el aliento y con el pecho oprimido,
pues sus palabras caían sobre mi corazón como gotas de agua helada.
»--Voy a ser feliz, Magdalena--decía Amaury.--Todos los días podré ver
tu adorable cabeza encerrada en el marco que mejor le sienta: el claro
cielo de Nápoles y Sorrento.
»--Sí, Amaury--contestaba Magdalena.--Y yo podré decir como Mignon:
_¡Qué hermoso es el país en que florece el naranjo!_ Pero tu amor, que
refleja el paraíso, es para mí aún más hermoso.
»--¡Ay!--suspiró Amaury.
»--¿Qué te pasa?--le preguntó Magdalena.
»--¿Por qué la dicha va siempre acompañada de una sombra que por muy
leve que sea, lleva, la inquietud consigo?
»--¿Qué quieren decir con eso? ¡Explícate!
»--Quiero decir que para nosotros sería Italia un edén en donde yo
repetiría contigo las palabras de Mignon: _Sí, aquí debemos amar; aquí
debemos vivir_, a no ser por una cosa que llenará de turbación nuestra,
existencia e infundirá tristeza a nuestro cariño.
»--¿Qué cosa es esa?
»--No oso decírtela, Magdalena.
»--Pues, quiero que me la digas. Habla.
»--Es que creo que para ser completamente dichosos, deberíamos estar
solos los dos; creo que el amor es una flor delicada y pura, que con la
presencia de un tercero se agosta y se marchita, y que para vivir
confundidos en una sola alma y en un solo pensamiento no deberíamos ser
tres...
»--¿Qué quieres decir, Amaury?
»--¿No me comprendes, Magdalena?...
»--¿Lo dices porque nos acompaña mi padre? ¿No consideras que sería una
ingratitud dejarle sospechar, siendo como es el autor de nuestra dicha,
que ésta no es completa por impedirlo su presencia? Considera que mi
padre no es una persona extraña; no es un tercero, no; nos ama tanto a
ti como a mí, y en la misma moneda debemos los dos pagarle.
»--Está bien, Magdalena--dijo Amaury fríamente.--Puesto que disentimos
en ese punto, no hablemos más de ello; olvida mis palabras, y hazte
cuenta que no te he dicho nada.
»--¿Te has enojado, Amaury?--repuso con viveza Magdalena.--Perdóname si
te he puesto de mal humor. ¿No sabes acaso que el amor filial es muy
diferente del que se tiene al marido?
»--Ya lo sé; pero el amor de un padre no es celoso ni absorbente como el
del esposo; lo que para él es una costumbre es para mi necesidad. La
Biblia, que es el gran libro de la humanidad, dijo ya hace veinticinco
siglos: _Dejarás a tus padres para»seguir a tu esposo_.
»Tentaciones me dieron de interrumpirles, gritando:
»--También la Biblia dijo a propósito de Raquel: _¡No quiso que la
consolasen, porque sus hijos habían dejado de existir!_
»Yo estaba como clavado en el suelo, saboreando la triste satisfacción
de oír la defensa que de mí hacía mi hija, por más que a mi juicio
aquello no bastaba, pues habría preferido oírla declarar a Amaury, que
tenía necesidad de mí, como yo de ella, y aún confiaba en que llegaría,
a hacerlo; pero lejos de eso contestó:
»--Tal vez estés en lo cierto; pero no podemos evitar que nos acompañe
sin causarle una gran pena, y debemos considerar que, si alguna vez
puede ser un estorbo para la expansión de nuestro cariño, en cambio
otras completará nuestros recuerdos y nuestras impresiones.
»--No lo creas, Magdalena. Tienes que desengañarte. Cuando estemos en
presencia de tu padre, ¿crees que podré expresarte como ahora mi pasión?
Cuando nos paseemos los tres juntos bajo los floridos naranjos de que
hablábamos hace un momento, o a orillas del mar límpido y sereno, ¿
crees que podré rodear con mi brazo tu cintura, o imprimir en tus labios
un beso apasionado?
»¿No menguará él con su gravedad nuestro júbilo? ¿Acaso su edad le
dejará comprender nuestras locuras? Ya verás cómo su severidad habitual
envolverá en su sombra toda nuestra alegría, mientras que si los dos nos
encontrásemos solos, ¡cuántas cosas nos diríamos! y ¡ cuánto
callaríamos!»Pero con tu padre nunca tendremos libertad; habremos de
callar, cuando queramos hablar y habremos de hablar cuando más deseos
tengamos de callar. Con él habrá que hablar siempre, y siempre de los
mismos asuntos; no habrá que pensar en aventuras ni en excursiones
arriesgadas, ni en nada que nos reserve ignotos atractivos; siempre
iremos por el camino trillado, siempre sujetos a la regla y a las
conveniencias. No sé si sé expresarme, Magdalena; hacia tu padre siento
a un tiempo gratitud, respeto y cariño acendrado; pero has de convenir
conmigo en que un compañero de viaje, debe inspirar otro sentimiento que
el de la veneración. No hay cosa más incómoda en semejantes
circunstancias que las reverencias del respeto. A ti, con tu amor filial
y tu virginal castidad, no se te había ocurrido pensar nunca en esto, y
ahora piensas en ello por primera vez, según me revela tu rostro
meditabundo. Cuanto más medites acerca de esta cuestión, más claramente
verás que estoy en lo cierto, y que cuando viajan tres juntos siempre
hay por lo menos dos que se aburren.
»Yo aguardaba con angustia la respuesta de mi hija que no se hizo
esperar. Después de cortos instantes de silencio, dijo:
»--Y aun cuando yo pensase como tú, ¿qué íbamos a hacerle? Todo está ya
preparado para ese viaje; de modo que aunque tuvieras razón ya no habría
tiempo. Por otra parte, ¿quién se atrevería a decirle a mi padre que es
para nosotros un estorbo? ¿Lo harías tú? Yo, jamás.
»--Bien lo sé; precisamente por eso me desespero. Ya que tu padre posee
una gran inteligencia y una sutil penetración que le permite leer a
fondo en lo más recóndito de nuestra naturaleza, bien podría tener igual
privilegio respecto a nuestra mente y no caer en esa cargante manía
senil, propia de todo anciano, de querer imponerse a los jóvenes a toda
costa. No quisiera agraviarle al acusarle; pero no es posible
desconocer que se obedecen lamentablemente los padres que, no sabiendo
adivinar los sentimientos de sus hijos ni contando con su edad, se
empeñan en someterlos a los gustos y caprichos de la de ellos. Ya ves;
nosotros tenemos en perspectiva un viaje que habría podido ser delicioso
y que por una falta...
»--¡Calla!--exclamó Magdalena.--¡Calla! No soy dueña de enfadarme por
esas exigencias que después de todo nacen de tu mismo amor; pero...
»--¿Qué? Las crees fuera de razón en absoluto, ¿verdad?--repuso Amaury
en tono ligeramente irónico.
»--No digo tanto... Mas hablemos bajo, porque tengo miedo hasta de oír
mi propia voz. Lo que ahora te diré creo que es una impiedad manifiesta.
»Y Magdalena bajó la voz, en efecto, para decir:
»--Oye, Amaury; lejos de creer que tus exigencias son insensatas, pienso
también como tú, y si no te he dicho nada, es porque no tenía valor para
confesarme a mí misma una cosa semejante. Pero tanto te suplicaré y
tanto habré de repetirte que te quiero, que al fin tendrás que hacer
algo por mí. No tendrás más remedio que resignarte como me resigno yo
también.
»Me fue imposible oír más. Las últimas palabras hirieron mi corazón,
como pudiera hacerlo la punta aguda y fría de un puñal, y no pude
resistir aquella situación.
»Comprendía entonces cuán ciego y egoísta había sido. Yo, que había
visto que Antoñita me estorbaba, no me había dado cuenta de que yo a
ellos les estorbaba a mi vez.
»Afortunadamente la reacción fue tan rápida, como el golpe. Con
semblante tranquilo y disimulando mi tristeza, subí la escalinata y
penetré al salón.
»Al verme, se levantaron los dos. Besé a mi hija en la frente, y
estreché la mano a Amaury.
»--¡Hijos míos! Soy portador de una nueva bastante desagradable--les
dije.
»Aun cuando mi acento debía revelarles que no se trataba de una
desgracia muy grande, sobre todo para ellos, vi que ambos temblaban.
»--Sí, hijos míos, sí, me veo obligado a renunciar a mi sueño dorado,
que consistía en hacer el viaje los tres juntos. Yo me quedaré aquí,
porque el rey se niega a concederme el permiso que yo le había pedido,
dignándose decirme que le soy útil y hasta indispensable, y rogándome,
por lo tanto, que me quede. ¿Qué podía responder yo? El ruego de un rey
es una orden para el vasallo.
»--Es usted muy malo, papá--dijo Magdalena,--puesto que prefiere agradar
al rey a darle gusto a su hija.
»--¡Qué vamos a hacerle, querido tutor! No hay más remedio que bajar la
cabeza ante una imposición de esa índole--dijo a su vez Amaury, sin
poder ocultar su gozo bajo la apariencia de la pena.--Aun cuando usted
esté lejos de nosotros, siempre pensaremos en usted, y lo tendremos
presente.
»Intentaron darle vueltas a este tema; pero yo imprimía a la
conversación otro giro; me apenaba mucho su inocente hipocresía.
»Comuniqué a Amaury lo que tenía que decirle; mi misión diplomática
obtenida para él, y la idea de hacer que este viaje de recreo fuese de
provechosa utilidad a su carrera.
»Me pareció que quedaba muy agradecido a mis gestiones; pero, a decir
verdad, lo que entonces le absorbía por completo era su amor y no otra
cosa. Al retirarse le acompañó Magdalena hasta la puerta, y por
casualidad no se fijó en que a la sazón estaba yo detrás de ésta.
»--¿Verdad--le dijo,--que los acontecimientos parece que adivinan
nuestros deseos y se adelantan a ellos?... ¿Qué piensas de todo esto?
»--Pienso que no habíamos contado con la ambición y que los que
calumnian a esa debilidad humana hacen muy mal en ello... ¡Cuántos
defectos hay que a veces son más beneficiosos que las propias virtudes!
»Así, creerá mi hija que me quedo en París por ambición.
»¡Todo sea por Dios! Quizás esto sea lo mejor.»
XV
En los días sucesivos nada vino ya a turbar la alegría de los novios, y
durante una semana pudo verse asomar a todos los labios la sonrisa, sin
que la menor sombra flotase en el ambiente ni pudiese vislumbrarse que
entre los cuatro corazones reunidos allí había dos amargados por la pena
que allá en la soledad hacía a sus semblantes recobrar la triste
expresión oculta bajo la ficción del disimulo.
Cierto es que el padre de Magdalena tan alarmado como antes por el
estado de su hija, no la perdía de vista en los contados momentos que
pasaba en casa.
Desde que había quedado acordado su casamiento, Magdalena estaba a
juicio de todos más robusta que nunca; pero los ojos del médico y del
padre alcanzaban a ver en ella síntomas de dolencia física y moral que
a todas horas se manifestaban claramente.
No podía negarse que las mejillas, generalmente pálidas de Magdalena,
habían recobrado el color de la salud; pero este color, sobrado vivo
quizá, se concentraba demasiado en los pómulos, dejando el resto del
semblante envuelto en una palidez que dejaba trasparentarse una red de
azuladas venas casi imperceptibles en otra persona cualquiera y que
marcaba una huella sensible en el cutis de la joven.
El fuego de la juventud y del amor brillaba en sus ojos, pero en sus
fulgores, el doctor sabía advertir a veces algún que otro relámpago de
fiebre.
Pasábase el día saltando por el salón o corriendo locamente por el
jardín, como la muchacha más animada y robusta; pero, por la mañana
antes de llegar Amaury y por la noche cuando éste se marchaba, parecía
extinguirse todo el ardor juvenil que sólo la presencia de su novio
parecía reanimar, y su débil cuerpo, libre de toda traba femenina,
doblábase como una caña y necesitaba apoyo, no ya para andar, sino hasta
para permanecer en reposo.
Su propio carácter, suave y benévolo de ordinario, parecía haber sufrido
recientemente, aunque respecto a una sola persona, ciertas
modificaciones. Si aparentemente Antonia, a quien Magdalena había
considerado como hermana suya desde que su padre la había prohijado dos
años antes, seguía siendo la misma para la hija del doctor, ésta, a los
ojos escrutadores de su padre que era observador profundo, había
cambiado mucho para con su prima.
Siempre que la graciosa morenita, con su cabellera negra como el ébano,
sus ojos rebosantes de vida, sus labios purpurinos y su aire de vigorosa
y alegre juventud entraba en el salón, dominaba a Magdalena un
sentimiento instintivo de pesar que habría tenido semejanza con la
envidia, si su corazón angelical hubiera sido capaz de abrigar tal
sentimiento; y esa desnaturalizaba en su ánimo todos los actos de su
prima.
Cuando Antonia se quedaba en su cuarto y Amaury preguntaba por ella,
bastaba aquella simple muestra de interés debido a la amistad para
provocar una respuesta agria y desabrida.
Cuando Antonia estaba presente y a Amaury se le ocurría mirarla, poníale
mala cara Magdalena, y le hacía bajar con ella al jardín.
Cundo estaba en él Antonia y Amaury, ignorante de ello, proponía a su
novia bajar a dar un paseo, siempre encontraba Magdalena un pretexto
para no abandonar el salón, ya brillase un sol abrasador, ya reinase una
vivificadora brisa.
En suma, Magdalena tan encantadora, tan graciosa, tan amable para todos,
cometía en menoscabo de su prima todas esas faltas que un niño mimado
suele cometer con cualquier otro niño que le estorba o molesta.
Cierto es que Antonia por propio instinto y conceptuando como cosa muy
natural el proceder de su prima, aparentaba no dar ninguna importancia a
aquellos actos que tiempo atrás habrían herido tanto su corazón como su
orgullo; antes bien, parecía que las faltas de Magdalena le inspiraban
compasión. Siendo ella quien debía perdonar parecía que era quien
imploraba perdón, por culpas imaginarias. Todos los días antes de llegar
Amaury y después de partir éste, se acercaba a su prima, y entonces,
como si Magdalena se hubiese dado cuenta de su injusticia le estrechaba
la mano con efusión, o se colgaba de su cuello deshecha en llanto.
¿Habría entre sus dos corazones alguna misteriosa comunicación
desconocida para todos?
Siempre que el doctor trataba de excusar a Magdalena, Antoñita sonriendo
hacíale callar en el acto.
Acercábase ya a todo esto la noche del baile. El día anterior las dos
jóvenes hablaron mucho de los trajes que habían de lucir, y con asombro
de Amaury, Magdalena pareció preocuparse bastante menos del suyo que del
de su prima. Quiso proponer Antonia que vistiesen iguales, según su
costumbre, es decir, un vestido de tul blanco con transparente de raso;
pero empeñose Magdalena en que el color que mejor sentaba a Antonia era
el de rosa, y la interesada aceptó en el acto el parecer de su prima, no
volviendo a hablarse ya del asunto. Al otro día, fijado para la solemne
fiesta en que el doctor debía hacer pública entre sus convidados la
dicha de sus hijos, Amaury no se separó apenas de Magdalena mientras
ésta preparaba su tocado con visible agitación y cuidado singular, sobre
todo para Amaury, que conocía la natural sencillez de la hija del
doctor. ¿A qué obedecía aquella prolijidad y aquel deseo de agradar?
¿Olvidaba acaso que para él siempre sería la más hermosa de todas?
El joven dejó a Magdalena a las cinco para volver a las siete. Quería
que antes de llegar los convidados y de verse obligada Magdalena a
atender a unos y a otros le dedicase a él por lo menos una hora; quería
contemplarla a su placer y hablarla, en voz muy queda sin que nadie
tuviera que escandalizarse de ello.
Al entrar Amaury no le quedaba a la joven por hacer otra cosa que
ceñirse una corona de camelias de nívea blancura que preparada tenía
sobre la mesa; pero, se quejaba de no estar bien vestida. Su palidez
asustó a Amaury. Habiendo sufrido durante el día múltiples desazones que
acabaron con sus fuerzas, sólo se sostenía gracias a una violenta
reacción moral y a la energía que le prestaban los nervios.
No recibió a Amaury con su sonrisa acostumbrada; lejos de ello, se le
escapó, al verle entrar, un movimiento de despecho, y le dijo:
--De seguro esta noche te pareceré muy fea ¿verdad? Hay días horribles
en los que no hago cosa derecha, y hoy es uno de esos. Luzco un peinado
risible y un vestido muy mal hecho: en fin, parezco un espantajo.
La costurera que la ayudaba hacía vivas protestas, sin salir de su
asombro.
--¿Tú, un espantajo?--exclamó Leoville.--¡Calla! ¡calla! Yo te aseguro
que el peinado te sienta a las mil maravillas, que el traje es
elegantísimo y que tú eres tan hermosa como un ángel.
--Pues entonces la culpa no es de la modista ni del peluquero, sino
exclusivamente mía. ¡Dios de bondad! ¿Cómo haces, Amaury, para tener un
gusto tan detestable como el de quererme a mí?
Acercósele Amaury y quiso besar su mano; pero Magdalena fingió no
advertir su ademán a pesar de haber delante un espejo y señalándole a la
costurera una arruga casi invisible del corpino, dijo:
--Hay que quitarla en seguida, porque, si no, tiro en el acto este traje
y me visto con el primero que encuentre a mano.
--No se enfade, señorita; esto es obra de un instante; pero, eso sí,
tiene que quitárselo.
--Ya lo estás oyendo, Amaury; tienes que dejarnos solas. No quiero
presentarme con este pliegue que me afea horriblemente.
--¿Y prefieres que te deje, Magdalena? En fin, hágase tu voluntad. Ya te
obedezco: no quiero que se me acuse de un crimen de lesa belleza.
Y Amaury se retiró a la habitación contigua, sin que Magdalena, ocupada
real o aparentemente en el arreglo del vestido, tratase de detenerle.
Como aquella compostura no debía durar mucho, Leoville echó mano a una
revista que encontró sobre la mesa y se puso a hojearla por puro
entretenimiento. Mientras su mirada recorría las líneas impresas, su
espíritu estaba ausente, preso en la vecina estancia, de la cual
solamente le separaba una puerta; así, pues, escuchaba las frases con
que Magdalena seguía expresando su indignación contra el peluquero y las
reprensiones que dirigía a la costurera, y hasta oía cómo su impaciente
piececito golpeaba el pavimento del tocador.
De pronto se abrió la puerta situada frente a esta pieza y apareció la
prima de Magdalena. Siguiendo el consejo de ésta se había puesto
Antoñita un sencillo traje de crespón rosado sin adornos ni flores, y no
ostentaba ni aun la más insignificante joya: no podía estar vestida con
más sencillez ni ver realzada de un modo más adorable su belleza
hechicera.
--¡Cómo!--exclamó la joven al ver a Leoville.--¿Estaba usted ahí? No lo
sabía yo.
E hizo ademán de retirarse acto seguido.
--¡No se vaya usted!--dijo Amaury con viveza.--Déjeme siquiera que la
felicite; esta noche está usted encantadora.
--¡Chist!--repuso Antonia en voz muy baja.--No diga usted esas cosas.
--¿Con quién estás hablando, Amaury?--preguntó Magdalena, apareciendo
entonces en la puerta, arrebujada en un amplio chal de cachemira y
lanzando una rápida mirada a su prima, que dio un paso pretendiendo
retirarse.
--Ya lo estás viendo, Magdalena: hablo con Antoñita, y estaba
felicitándola por su elegancia.
--Tan sinceramente como acababas de felicitarme a mi, de seguro. Más te
valdría, Antoñita, venir a ayudarme que no escuchar sus falaces
lisonjas.
--¡Si acababa de entrar en este mismo instante! A haber sabido que me
necesitabas habría venido mucho antes.
--¡Calle! ¿Quién te ha hecho ese traje?
--¿Quién, me lo ha de hacer? Yo misma. Ya sabes que lo tengo por
costumbre.
--Y haces perfectamente: nunca te hará una modista un vestido semejante.
--He querido hacer el tuyo y tú no lo has consentido.
--¿Quién te ha vestido?
--Yo.
--¿Y quién te ha peinado?
--Yo. ¿No ves que voy peinada como siempre?
--Es cierto--asintió Magdalena con amarga expresión.--Tu hermosura no
necesita de adornos que la realcen.
--Oye, Magdalena,--repuso Antonia acercándose a su prima y deslizando en
su oído estas palabras que Amaury no pudo oír:--Si por cualquier motivo
no quieres que se me vea en el baile, dímelo francamente y me volveré a
mi habitación.
--¿Y con qué derecho y por qué razón habría yo de privarte de ese
gusto?--preguntó Magdalena en voz alta.
--Yo te juro que eso no constituye ningún gusto para mi.
--Pues, hija, yo creía--repuso con sequedad Magdalena--que todo aquello
que para mí era una dicha lo era también para mi amiga y mi prima, para
mi buena Antoñita.
--¿Necesito acaso el son de los instrumentos, el resplandor de las luces
y el bullicio del baile para participar de tu dicha? No, Magdalena, no;
yo te vuelvo a jurar que en la soledad de mi cuarto elevo mis preces al
Altísimo y hago votos por tu felicidad como pudiera hacerlos en la
fiesta más solemne. Esta noche, además, no me encuentro bien del todo;
estoy algo indispuesta.
--¿Que estás indispuesta, tú, con tal brillo en esos ojos y tal
animación en esa tez? ¿Pues cómo estaré yo entonces, con esta palidez en
el rostro y este cansancio en los ojos?
--Señorita--dijo entonces la modista,--ya está arreglado el vestido.
--¿No querías que te ayudase?--preguntó Antonia con timidez.--¿Qué
hacemos? Dime.
--Haz tú lo que te plazca--contestó la hija del doctor;--creo que no soy
yo quien debo ordenarte nada. Puedes venir conmigo, si quieres; puedes
quedarte con Amaury, si eso te agrada más.
Y así que hubo pronunciado estas palabras, abandonó la estancia para
entrar en su tocador, haciendo un ademán de displicencia que no pasó
inadvertido para Amaury de Leoville.
XVI
--Aquí estoy--dijo Antonia, siguiendo a Magdalena y cerrando tras sí la
puerta del tocador.
--¿Qué le pasará hoy a Magdalena?--exclamó Amaury, exteriorizando su
pensamiento en voz alta.
--Es que sufre--respondió alguien detrás de él.--Tantas y tan repetidas
emociones le producen fiebre y la fiebre la trastorna.
--¡Usted!--exclamó Amaury al ver al doctor, pues no era otro el que
había pronunciado las anteriores palabras, después de haber asistido a
la escena antes descrita, oculto tras de la puerta.--No trataba de
reprochar su conducta a Magdalena; era sólo una pregunta que a mí mismo
me dirigía, temiendo haber sido causa de su enfado.
--Tranquilízate, Amaury; ni tú ni Antoñita tienen culpa de nada. En caso
de ser tú culpable lo serías solamente de ser amado por mi hija con
entusiasmo excesivo.
--¡Cuán bueno es usted que así trata de tranquilizarme, padre mío!
--Ahora, Amaury, vas a prometerme no hacerla bailar demasiado y estar en
todo momento a su lado procurando distraerla con tu conversación.
--Se lo prometo a usted.
Oyose entonces la voz de Magdalena, que decía, reprendiendo a la
modista:
--¡Por la Virgen Santísima! ¡Cuidado que está usted hoy torpe! ¡Vaya!
¡Deje usted que me ayude únicamente Antoñita y acabemos de una vez!
Al cabo de un instante de silencio exclamó:
--¿Pero qué haces, Antoñita?
Y a esta exclamación siguió un ruido parecido al que se produce cuando
se rasga una tela.
--No hay que apurarse, no ha sido nada--dijo Antoñita riendo:--un
alfiler que ha resbalado sobre el raso. No pases pena: esta noche serás
la reina del baile.
--¡La reina del baile, dices! ¡Qué broma más generosa! Puede ser reina
del baile, aquella a quien todo sienta bien y a quien todo la hermosea;
pero no la que es tan difícil de adornar y embellecer como yo.
--¡Qué cosas dices, Magdalena!--repuso Antonia en son de reprensión
cariñosa.
--La verdad. Quien pronto podrá burlarse de mí en el salón y aniquilarme
con sus sarcasmos y coqueterías no procede de un modo muy noble
persiguiéndome hasta mi cuarto para entonar en mi presencia un canto
anticipado de triunfo.
--¡Cómo! ¿Me despides, Magdalena?--preguntó Antonia, con los ojos
preñados de lágrimas.
La hija del doctor no se dignó responder y su prima salió del aposento
prorrumpiendo en sollozos.
El señor de Avrigny detúvola al pasar. Amaury, estupefacto, estaba como
clavado en su asiento.
--Ven, hija mía; ven conmigo, Antoñita--dijo en voz baja el doctor.
--¡Ay, padre mío! ¡Soy muy desgraciada!--gimió la pobre joven.
--No digas eso, hija mía; di más bien que Magdalena es injusta; pero
debes perdonarla, porque es la fiebre y no ella, quien habla por su
boca; más que vituperio merece compasión. Con la salud recobrará la
razón; entonces reconocerá su yerro, y arrepentida pedirá perdón por su
injusta cólera.
Al oír Magdalena el rumor de este diálogo sostenido en voz baja, debió
creer que Antonia conversaba con Amaury, y abriendo la puerta
bruscamente, dijo con imperioso acento:
--¡Amaury!
Como movido por un resorte se levantó el joven. Magdalena vio entonces
que estaba solo, y paseando la mirada en torno suyo vio a su padre y a
Antonia en el fondo de la estancia. Se sonrojó levemente al darse cuenta
de su error, mientras Amaury tomándola de la mano la hacía volver al
tocador y le decía con acento que revelaba, una penosa ansiedad.
--¡Magdalena! ¡Magdalena mía! ¿Qué tienes? ¡No te conozco esta noche!
Ella se dejó caer en un asiento y rompió a llorar.
--¡Sí! ¡Sí!--exclamó.--Soy muy mala, ¿verdad que soy muy mala?... Sé que
todos piensan eso y nadie se atreve a decírmelo... ¡Sí! ¡soy mala! he
ofendido a mi pobre prima; no hago otra cosa que causar pesadumbre a
aquellos que más me quieren... Pero es que nadie comprende que todo se
vuelve contra mí, que todo me molesta, y la menor cosa me hace sufrir,
hasta las más indiferentes y las más gratas. Me causan enojo los muebles
en que tropiezo, el aire que respiro, las palabras que me dirigen, todo
en fin, ¡todo! No sé a qué achacar este mal humor que me domina; no sé
por qué mis nervios debilitados sufren una impresión desagradable al
percibir la luz, la sombra, el silencio y el ruido... Yo no sé... A una
negra melancolía sucede en mi ánimo una cólera injusta e inmotivada. Yo
temo volverme loca... A estar enferma o ser desgraciada no me
sorprendería nada de esto; pero, siendo felices como lo somos
nosotros... ¿verdad, Amaury?... ¡Oh, Dios mío!... Dime que somos
felices...
--Sí, Magdalena; sí, vida mía, sí, somos felices... ¿Pues no hemos de
serlo? Nos queremos; dentro de un mes nos uniremos para siempre...
¿Podrían pedir más dos elegidos a quienes por permisión divina les fuese
factible regular a su gusto la existencia?
--¡Oh! ¡Gracias! ¡gracias! Bien sé que cuento con tu perdón; pero
Antoñita, mi pobre prima, a quien he tratado de un modo tan cruel...
--También ella te perdona, Magdalena; yo te lo aseguro. No te
apesadumbres por ello; todos tenemos momentos de mal humor y tristeza. A
veces la lluvia, la tempestad, una nube que nos intercepta el sol, nos
produce un malestar cuya causa no sabemos explicarnos y que determina
nuestras alternativas de temperatura moral, si así puede llamarse el
fenómeno... Venga usted, querido tutor--añadió volviéndose hacia el
señor de Avrigny,--venga usted a decirle que todos conocemos la bondad
de su alma y que ni nos ofende un antojo suyo ni nos alarma uno de sus
arranques impetuosos.
El doctor, antes de responder se acercó a su hija, la examinó
atentamente y le tomó el pulso. Pareció reflexionar un instante y luego
dijo con grave acento:
--Hija mía, voy a pedirte un sacrificio y es preciso que me prometas no
negármelo en modo alguno.
--¡Dios mío! ¡me asusta usted, papá!--exclamó Magdalena.
Amaury palideció porque vislumbró vivos temores en el acento de súplica
del doctor, cuyo rostro iba adquiriendo por momentos una expresión muy
sombría.
--Dígame, papá, ¿qué exige usted de mi? ¿qué quiere usted que
haga?--preguntó temblando Magdalena.--¿Es que estoy más enferma de lo
que pensábamos?
--¡Hija mía!--respondió el doctor, tratando de esquivar esta
pregunta.--No me atrevo a pedirte que dejes de asistir al baile aunque
eso sería lo más conveniente, porque dirías que te pido demasiado...
Pero sí te ruego que no bailes, sobre todo el vals... No es que estés
enferma; pero te veo tan nerviosa y agitada que no puedo permitir que te
entregues a un ejercicio que habría de exacerbar tu excitación. ¿Conque,
me lo prometes, Magdalena? Di, hija mía.
--¡Es muy triste y costoso de hacer lo que usted me pide, papá!--repuso
Magdalena, haciendo un mohín de desagrado.
--Yo no bailaré--le dijo Amaury al oído.
Como Amaury decía muy bien, Magdalena era la bondad personificada, y si
tenía aquellos arranques de mal humor era tan sólo obrando a impulsos de
la fiebre. Conmoviose hondamente ante las muestras de abnegación de los
que la rodeaban, y enternecida y pesarosa, dijo, mientras a sus labios
asomaba, para extinguirse en el acto, una fugitiva sonrisa:
--Está bien: me sacrifico. Debo a todos una reparación y quiero
demostrar que no siempre soy caprichosa y egoísta. Papá, no bailaré. Y a
ti, Amaury, como tienes que cumplir con los deberes que impone la
sociedad, te autorizo para bailar cuanto quieras, a condición de que no
lo hagas a menudo y que de vez en cuando me acompañes, ya que la
facultad y la paternidad se han confabulado para condenarme a
representar un papel pasivo en la fiesta de esta noche.
--¡Gracias, hija mía, gracias!--exclamó el doctor sin poder contener su
júbilo.
--¡Eres adorable! ¡Te adoro, Magdalena!--le dijo Amaury en voz baja.
Entró entonces un criado para anunciar que comenzaban a llegar los
invitados. Había que bajar, pues, al salón. Pero Magdalena no quiso
hacerlo sin que antes fuesen en busca de su prima. Apenas manifestó este
deseo cuando apareció en el umbral Antoñita con los ojos húmedos aún por
el llanto, pero con su sonrisa más encantadora, dibujada en los labios.
--¡Hermana mía!--exclamó Magdalena adelantándose hacia ella para
abrazarla.
Al mismo tiempo su prima le echó los brazos al cuello y la colmó de
besos. Así reconciliadas, entraron luego en el baile unidas de la mano:
Magdalena tan pálida y demudada como Antoñita animada y jovial.
XVII
Todo fue a las mil maravillas al principio.
A despecho de la postración y la palidez de Magdalena, la hermosura
soberana y la perfecta distinción de la joven hacíanla ser sin disputa
reina de la fiesta. Únicamente Antoñita por su gracia atractiva y por la
animación de su carácter, podía alegar derechos a compartir con ella su
trono.
Para que nada faltara, los primeros acordes de la orquesta produjeron en
Magdalena un efecto magnético, haciéndole recobrar el color y la
sonrisa y reavivando a impulsos de su mágica influencia aquellas fuerzas
que momentos antes parecían agotadas.
Y aún había otra circunstancia que henchía su corazón de indecible
alegría. Su padre presentaba a Amaury por yerno a cuantas personas
notables entraban en el salón y todo el mundo, al mirar alternativamente
a Magdalena y a su novio, parecía decir de un modo unánime que era muy
feliz aquel que se iba a unir con una joven tan encantadora.
Amaury había cumplido su palabra con rigurosa exactitud. Sólo había
bailado dos o tres veces con otras tantas damas a las que sin pecar de
grosero no habría podido dejar de invitar al baile; pero en cuanto
estaba libre volvía en seguida al lado de Magdalena, que estrechándole
la mano con cariño le manifestaba así su gratitud mientras su muda
mirada le decía elocuentemente cuán dichosa se juzgaba.
También Antoñita se acercaba alguna vez a su prima como vasalla que
rindiera homenaje a su reina, preguntándole por su salud y burlándose
con ella de esas fachas ridículas que suelen verse hasta en los salones
más distinguidos ni más ni menos que si fuesen allí para ofrecer un tema
de conversación a los que no tienen asuntos de que hablar.
Al alejarse Antoñita después de una de esas visitas que hacía a
Magdalena, Amaury, que acompañaba a ésta, le dijo:
--Ya que eres tan magnánima, ¿no te parece, Magdalena, que para que la
reparación sea completa debo bailar con tu prima?
--¡Naturalmente!--respondió Magdalena.--No había pensado en eso y se
resentiría ella...
--¡Cómo! ¿Que se resentiría?
--¡Claro está! Creería que yo me opongo a que bailes tú con ella.
--¡Qué niñería!--replicó Amaury.--¿Cómo supones que iría a ocurrírsele
idea tan insensata?
--Tienes razón--repuso Magdalena esforzándose para reír.--Sería una
hipótesis absurda; pero, de todos modos, como que es cosa que entra en
el terreno de la posibilidad ha sido una buena idea la que has tenido al
pensar en invitarla. Ve, pues, sin perder tiempo; ya ves que la rodea
una corte de adoradores.
Amaury, sin advertir el mal humor que ligeramente se traslucía en el
acento con que Magdalena pronunció las anteriores palabras, las tomó al
pie de la letra y se dirigió hacia Antonia. Poco después, tras de
sostener con ella un largo coloquio, volvió adonde estaba Magdalena, que
no lo había perdido de vista ni un instante y así que lo vio a su lado
le preguntó con la mayor indiferencia que pudo aparentar:
--¿Qué baile te ha concedido?
--Por lo visto--contestó Leoville--si tú eres la reina del baile, ella
es la virreina y yo he llegado tarde; me ha enseñado su _carnet_ tan
atestado de nombres que ya no había manera de añadir allí ninguno.
--¿Es decir que no hay medio posible?--repuso Magdalena con viveza.
--Sí, pero por especial merced, pues en virtud de pedírselo yo en tu
nombre va a sacrificar a uno de sus adoradores, me parece que a mi amigo
Felipe Auvray, y tengo el número cinco.
--¡El número cinco!--dijo Magdalena.--Y después de meditar un momento,
añadió:
--¡Así, bailarás un vals!
--Puede ser--contestó Amaury en tono indiferente.
A partir de aquel instante estuvo Magdalena distraída y visiblemente
preocupada, tanto que casi no respondía a las palabras de Amaury. Seguía
con la mirada a Antoñita, que habiendo recobrado con el bullicio, la luz
y el movimiento, su habitual jovialidad, parecía infundir a su paso una
corriente de alegría en el ambiente de aquel salón que atravesaba ligera
y gentil como una sílfide.
Felipe Auvray parecía estar enojado con Amaury. En un principio había
decidido no asistir al baile por juzgarse lastimado en su dignidad;
pero, más fuerza que esta consideración había hecho en su ánimo el deseo
de poder decir al día siguiente que había estado en el gran baile con
que el doctor Avrigny celebraba el enlace de su hija, y no pudiendo
resistir a los requerimientos de su amor propio, había ido como todos.
Ya en casa del doctor y después de lo que había pasado entre él y
Amaury, dispúsose a mostrarse tan rendido y obsequioso con Antoñita como
indiferente y frío con Magdalena.
Pero, como Amaury había guardado bien el secreto, su reserva y su
galantería pasaron inadvertidas para todo el mundo.
En cierta ocasión, el señor de Avrigny, que desde lejos observaba a
Magdalena, se aproximó a ella después de un baile, y le dijo:
--Harías bien en retirarte, hija mía, pues no te conviene permanecer más
tiempo en el salón.
--¡Pero si me encuentro aquí muy bien!--respondió ella con viveza.--Me
distraigo con el baile y en ningún sitio creo que estaré mejor.
--¡Pero Magdalena!
--No me mande usted que me retire, papá, se lo suplico; se engaña usted
si cree que no estoy buena. ¡Ojalá estuviese siempre como hoy!
Efectivamente, Magdalena, en medio de su excitación nerviosa, estaba
encantadora, y todos a su alrededor lo repetían.
A medida que el tiempo pasaba y se acercaba el vals que Antoñita había
prometido a Amaury, la pobre niña miraba a Magdalena con inquietud
manifiesta. Más de una vez chocaron sus miradas con las de ella y cuando
esto sucedía Antonia inclinaba su cabeza al mismo tiempo que en los ojos
de Magdalena brillaba el fulgor de un relámpago.
Al terminar el baile que hacía el número cuatro, es decir, el anterior
al vals que tenía comprometido con Amaury, Antonia fue a sentarse al
lado de su prima para hacerle compañía hasta que la orquesta preludiase
los primeros compases de la próxima danza.
El padre de Magdalena, que con los ojos fijos en su hija observaba con
inquietud reciente el extraño brillo de sus ojos y los nerviosos
estremecimientos que de vez en cuando agitaban su cuerpo, no pudo
contenerse por más tiempo y acercándose a ella dijole con triste acento,
mientras estrechaba cariñosamente una de sus manos:
--¿Quieres algo, Magdalena? Dime, hija mía, lo que deseas, porque todo
es preferible al oculto pesar que aflige tu corazón.
--¿Habla usted de veras, papá?--exclamó Magdalena, en cuyos ojos brilló
un destello de alegría.--¿Va usted a complacerme?
--Sí, aunque sea contra mi voluntad.
--Así, pues, ¿me permitirá bailar un vals, uno solo, con Amaury?
--Sí; si así lo quieres, sea--dijo el doctor.
--Ya lo oyes, Amaury: bailaremos el próximo vals.
--Pero recuerda, Magdalena--repuso Amaury, gozoso y turbado a un
tiempo,--que precisamente ése es el vals que debía bailar con
Antoñita...
Magdalena volvió vivamente la cabeza y sin pronunciar palabra interrogó
a su prima con una muda mirada. Antonia contestó en el acto:
--Me siento tan cansada que si Magdalena quisiera sustituirme, yo muy a
gusto descansaría un ratito.
Brilló un rayo de alegría en la febril mirada de Magdalena, y como a la
sazón se oyesen las primeras notas del vals, alzose de su asiento y
asiendo con su mano nerviosa la de Amaury lo arrastró al centro del
salón, en donde abundaban ya las parejas. Cuando Amaury pasó junto al
doctor, éste le dijo en voz baja:
--¡Ten prudencia!
--Pierda usted cuidado--repuso Leoville;--daremos muy pocas vueltas.
Y se lanzaron en medio del torbellino, perdiéndose muy pronto entre las
otras parejas.
Bailaban un vals de Weber cuyo compás, que al principio era lento y
moderado, se animaba gradualmente hasta el final, en que terminaba de un
modo vertiginoso. Ardiente y grave a la vez, como trasunto del genio de
su autor, era uno de esos valses que arrebatan y a la vez invitan a
meditar.
Amaury hacía lo posible para sostener a Magdalena; pero a las pocas
vueltas notó que flaqueaban sus fuerzas y le dijo con cariñoso interés:
--¿Quieres sentarte a descansar, Magdalena?
--¡No! ¡no!--contestó la hija del doctor.--No pases cuidado: me siento
con fuerzas suficientes para continuar. Si papá ve que nos detenemos no
me dejará bailar más.
Y aferrándose al brazo de Amaury, a quien comunicó sus ardientes
ímpetus, siguió con increíble ligereza el ritmo del vals, cuyo aire era
cada vez más vivo.
No es fácil imaginarse pareja más admirable que la formada por aquellos
dos jóvenes, a quienes la Naturaleza había colmado de dones con
prodigalidad, que enlazados se deslizaban a lo largo del salón con rauda
ligereza como si sus pies tocasen apenas el pavimento. Magdalena,
dechado de elegancia y distinción, apoyábase en su novio y éste,
radiante de felicidad, olvidándose de los espectadores, del bullicio del
baile, del ritmo de la música, y anegando sus miradas en los ojos
entornados de Magdalena, confundiendo con ella su aliento y escuchando
los latidos de sus corazones, unidos por misteriosa corriente magnética,
sintiose contagiado por la embriaguez que dominaba a su novia y le
trastornó el vértigo. Olvidó la recomendación del doctor y su promesa;
extinguiose su memoria para dejar paso al delirio más extraño y a partir
de aquel instante ni vio ni oyó nada más de cuanto le rodeaba; toda su
alma la tenía concentrada en Magdalena, cuyo flexible talle oprimía con
su brazo. Ya no se deslizaban; parecían volar en alas de aquel compás
febril que parecía empujarlos como un huracán, y así y todo, Magdalena
repetía a cada, instante:--¡Más de prisa, Amaury! ¡vayamos, más de
prisa!--Y Amaury obedecía, estrechando su talle con más fuerza.
Ya no era la pálida y desencajada Magdalena quien decía esas palabras,
sino una joven vigorosa, radiante de belleza, cuyos ojos lanzaban rayos
de fuego y en cuya frente brillaba el esplendor de la vida. Ya habían
cesado de bailar los más resistentes y ellos seguían valsando, y aun no
contentos con esto, aceleraban el compás en medio de su vértigo sin ver
ni oír ya nada, ciegos de amor y ebrios de dicha. Las luces, los
convidados, el salón, todo les parecía que rodaba en torno suyo. En una
o dos ocasiones creyó Amaury oír la voz del doctor que le decía
angustiado:
--¡Bastante, Amaury, bastante! ¡Mira que vas a matarla!
Pero en el acto oía también la voz de Magdalena, que con nervioso acento
repetía:
--¡Más de prisa, Amaury! ¡vayamos más de prisa!
Los dos novios parecían no pertenecer ya a la tierra. Sentíanse
arrebatados por la felicidad, envueltos en un torbellino de amor y
sumidos en un sopor delicioso; sus miradas fundían en una sus dos almas;
jadeantes decíanse: ¡te amo! y reavivado su vigor por estas mágicas
palabras valsaban y valsaban vertiginosamente, de un modo insensato, y
esperaban morir en aquel éxtasis, juzgándose lejos de este mundo,
creyéndose ya en el Cielo.
Mas, súbitamente, Amaury sintió que hacía presión sobre su brazo todo el
peso del cuerpo de su amada, entonces se detuvo asustado al verla con el
talle doblado hacia atrás, lívido el rostro, cerrados los ojos y
entreabiertos los labios. Se había desmayado.
Amaury no pudo contener un grito. El corazón de Magdalena no latía;
hubiérase dicho que la muerte lo había paralizado.
Sintió el joven que la sangre se helaba en sus venas y quedó un momento
inmóvil, como clavado en el suelo, mudo de estupor, inconsciente de
cuanto le rodeaba; luego se repuso un tanto y al volver a darse cuenta
de lo que había pasado alzó a Magdalena como una pluma y la llevó en sus
brazos lejos de aquel salón en el que se saboreaba una felicidad que
podía costar tan cara.
El doctor corrió en pos de ellos y cuando alcanzó a Amaury no le dirigió
la menor reconvención.
Le acompañó al tocador, tomó allí una luz y pasando delante le guió al
cuarto de su hija. Amaury dejó a Magdalena sobre su lecho y el señor de
Avrigny se consagró por entero a prestarla sus cuidados, tomándole el
pulso con una mano mientras con la otra le hacía respirar algunas sales.
No tardó Magdalena en recobrar sus sentidos, y aunque su padre estaba
inclinado ante ella mientras que Amaury permanecía casi invisible
arrodillado junto a la cama, a éste fue a quien buscó con su mirada
apenas abrió los ojos.
--¡Amaury! ¡Amaury!--exclamó.--¿Qué ha ocurrido? ¿Estamos muertos o
vivos? ¿Nos encontramos en el Cielo con los ángeles o no hemos
abandonado aún la tierra?
El joven no pudo reprimir un sollozo. Entonces Magdalena le miró con
sorpresa.
--Amaury--dijo el doctor--vuelve al salón y encárgate de despedir a los
invitados. Entre Antoñita y las doncellas desnudarán y acostarán a
Magdalena: yo te tendré al corriente de su estado. Si no quieres
alejarte de ella haré que te preparen una cama en tu antigua
habitación.
Amaury, después de besar la mano a Magdalena que sonrió y le siguió con
la vista hasta la puerta, salió del aposento. Cuando llegó al salón ya
se habían marchado todos los convidados. Entonces ordenó que le
arreglasen su cuarto y se acercó al de Magdalena, deteniéndose junto a
la puerta y procurando escuchar desde allí lo que adentro se hablaba.
Poco rato después salió el doctor y estrechándole la mano le dijo:
--Ya está mejor. Yo me quedo a velarla toda la noche; vete tú a
descansar y mañana veremos.
Amaury se dirigió al aposento que ocupaba cuando vivía en la casa; pero
a fin de poder responder al primer llamamiento que se le hiciera, en
lugar de acostarse en el lecho prefirió arrellanarse en un sillón junto
al fuego que ardía en la chimenea.
El doctor por su parte se fue a su biblioteca y allí pasó mucho rato
hojeando los libros de los profesores más eminentes del mundo; pero a
cada momento movía la cabeza con cierto desaliento porque nada nuevo
para él encontraba en todas aquellas obras. Sólo al llegar a un reducido
volumen que, encuadernado en piel de zapa y ostentando sobre la tapa una
cruz de plata, ofrecía más bien todo el aspecto de un devocionario que
el de una obra científica, se detuvo en sus investigaciones y tomándolo
fue a sentarse junto a la cabecera de Magdalena, que a la sazón dormía.
Aquel libro era la _Imitación de Cristo_.
Nada podía esperar ya de los hombres el doctor; no le restaba otra cosa
que su confianza en Dios.
XVIII
DIARIO DEL DOCTOR AVRIGNY
22 de mayo, por la noche.
«Queda entablada la lucha entre el médico y la muerte. De nuevo tengo
que infundir la vida en el cuerpo aniquilado de mi hija. Si Dios me
ayuda confío en conseguirlo; pero, si me abandona a mis propias fuerzas,
no habrá remedio para Magdalena y mi pobre hija morirá.
»Ahora su sueño es febril y agitado, pero siquiera duerme, pronunciando
sin cesar el nombre de Amaury.
»¡Oh! ¡Yo soy culpable de todo! ¿Por qué he permitido que bailara?... Y
sin embargo, si otra vez me encontrase en iguales circunstancias
volvería a proceder como esta noche lo he hecho.
»Es preciso tratar el alma de mi hija con más delicadeza y más cuidado
que su cuerpo, porque la pena que a veces le causan sus pensamientos es
mucho más temible que la dolencia de su pecho. Antes se habrá desmayado
de celos, que de desfallecimiento físico.
»¡Sucumbió a los celos!... ¡Dios mío! ¡Era verdad lo que yo tanto
temía!... Tiene celos de su prima... ¡Pobre Antonia! Ella lo ha
advertido tan pronto como yo y en todos sus actos ha mostrado toda la
bondad y la abnegación de que su alma es capaz.
»Amaury es el único que ignora todo esto; él no ha sabido ver nada. En
verdad hay que convenir en que el hombre a veces es rematadamente ciego.
»Tentaciones me han dado de enterarle de lo que pasa; pero he tenido
miedo de que ahora se fijase más que antes en Antonia... No, no, vale
más que no sepa una palabra.
»¡Hija mía!
»Me pareció que despertaba. Acaba de murmurar palabras incoherentes, que
no he podido entender, y ha vuelto a dejar caer la cabeza sobre el
almohadón, sumida en su sopor.
»Estoy muy inquieto y como sobresaltado. Desearía hacer que despertase
cuanto antes... Quisiera averiguar si está mejor... Pero me detiene el
temor de encontrar que se ha agravado.
»Esperemos, pues, y velaré entretanto... ¡Dios mío! Cada vez que pienso
en que se ha repetido el caso de que Amaury la hiera sólo con tocarla...
¡Ese hombre acabará por matarla! Cuando pienso en que si no le conociera
ella podría vivir... Pero, no, no; si no fuera él sería otro; así lo
exige de un modo implacable la ley de la Naturaleza. Tanto los corazones
como las almas se buscan unos a otros. ¡Desgraciados de aquéllos cuyo
corazón y cuya alma se encierran en un cuerpo débil y sin resistencia!
Esos sucumben al choque que los despedaza.
»¡No y no! Ese casamiento es un sueño irrealizable; es un proyecto
utópico. Mi hija sería víctima de su propia dicha. ¿No la tengo ahí
moribunda por haber sido feliz un solo instante?»
30 de mayo.
«En los ocho días transcurridos nada he tenido que apuntar en mi diario.
»¡Ocho días, durante los cuales he vivido pendiente de los latidos de su
corazón y de las alteraciones de su pulso! ¡Ocho días, durante los
cuales no he salido de casa, no me he movido de este aposento ni me he
apartado siquiera de la cabecera de esa cama; y, no obstante, jamás han
pasado para mí en tan poco tiempo tantos sucesos, jamás he sufrido
tantas emociones ni me han asaltado tantas ideas! He dejado abandonados
a todos mis enfermos para pensar en uno solo.
»En esos días, el rey me ha enviado a buscar dos veces, participándome
que estaba indispuesto y que necesitaba de mis servicios. Yo he
respondido a su mensajero:
»--Diga usted al rey que mi hija se está muriendo.
»Gracias a Dios, está ya un poco mejor. Hora era de que la Parca
comenzara ya a cansarse. Jacob no había combatido más que una noche,
mientras que yo llevo ocho días con sus noches luchando contra la
muerte.
»¡Oh, Dios eterno! ¿Quién sería capaz de describir la angustia de
aquellos instantes en que creía próximo mi triunfo; en que veía cómo la
Naturaleza, (¡admirable auxiliar del arte, por la permisión divina!)
vencía a la enfermedad; en que tras una crisis que podría muy bien
calificarse de batalla, lograba yo descubrir una leve mejoría que venía
a henchir mi corazón de esperanza... y un simple acceso de tos o un
nuevo ataque de la fiebre se encargaba de desvanecer tan gratas
ilusiones?
»Todo volvía entonces a ser materia de duda, y yo descendía de nuevo
abatido por el desaliento al abismo de la desesperación, al ver que el
enemigo ahuyentado un instante reanudaba el combate con más
encarnizamiento que nunca.
»El horrible buitre que con su pico y sus garras destroza el pecho de mi
hija volvía a hacer presa en ella y entonces yo, prosternado y con la
frente inclinada, invocaba a Dios diciendo:--¡Dios mío, escucha mis
súplicas! ¡no me abandones! ¡Si tu providencia infinita no ayuda a mi
ciencia desmedrada y estéril, mi hija y yo estamos perdidos!
»Gozo fama de ser médico muy entendido; hay en París centenares de
personas que a mi saber y a mis desvelos deben su vida; yo, que he
devuelto tantas esposas a sus maridos, tantas madres a sus hijos, tantos
hijos a sus padres, tengo en estos momentos a mi hija moribunda, y no
soy dueño de decir: ¡La salvaré!
«No pasa día sin que tropiece en la calle con personas, que ni siquiera
se cuidan de saludarme, porque creen haberme pagado bien con su dinero,
y sin embargo, a haberlas yo abandonado, ahora reposarían para siempre
en el fondo del sepulcro, en vez de pasear a la luz del sol... ¡Y yo,
que he sabido combatir a la muerte y llegar a humillarla en pro de seres
extraños y hasta desconocidos para mí, tendré que sucumbir forzosamente
ahora que lucho por la vida de mi hija, que es mi propia existencia!
»¡Oh! ¡Qué amargo sarcasmo! ¡Qué lección tan terrible recibe del destino
mi vanidad de sabio!
«¡Ah! Es que las enfermedades de todos esos a quienes yo he curado eran
terribles, sí, pero no mortales necesariamente; eran enfermedades para
todas las cuales hay remedios conocidos. El tifus se cura con caldo y
agua de Sedlitz; las meningitis más graves, con tratamientos
antiflogísticos; las afecciones del corazón más rebeldes, con el método
de Valsava; pero ¡ay! la tisis... No hay más que una enfermedad, sólo
una, que ni el mismo Dios puede curar, si no es haciendo un milagro, y
precisamente es ésa la que me arrebata a mi hija.
»Con todo, tengo yo noticia de dos o tres ejemplos de tisis de segundo
grado, que ha sido radicalmente curada, y yo mismo he presenciado un
caso en el hospital. Tratábase de un pobre huérfano, sobre cuya tumba no
habría llorado nadie. Creo yo que Dios se apiadó de él porque lo vio tan
solo, tan abandonado en este mundo.
»Muchas veces doy gracias al Altísimo por haber infundido en mi alma la
vocación que me hizo abrazar esta carrera, que hoy me permite velar por
la vida de mi hija.
»¿Puede haber alguien capaz de tener, como yo tengo, la paciencia de
permanecer día y noche a la cabecera de mi enferma sin guiarle otro
estímulo que el sentimiento altruista de la ciencia? ¿Habría alguien
capaz de hacer por el oro o por la gloria lo que por amor paternal estoy
yo haciendo? No; no hay nadie capaz de eso. Si yo la abandonase un
momento y no estuviese a su lado para prever y combatir los riesgos que
puedan presentarse, ya habría sido amenazada su existencia varias veces.
»Cierto es también que constituye un suplicio muy superior a todos los
del infierno del Dante el ver con tal claridad en el pecho de una hija
los dos fieros adversarios, los dos principios de vida y de muerte,
cuando la vida, vencida, aniquilada, retrocede paso a paso para ir
abandonando el campo poco a poco a su enemigo implacable y eterno.
»Afortunadamente el progreso del mal parece haberse detenido por ahora y
me deja respirar con libertad un instante.
»Espero. ¿Podré también confiar? ¡Dios lo sabe!»
XIX
5 de julio
«Sigue muy mejorada y esta mejoría la debo a Amaury y a Antoñita. Amaury
se ha portado como hombre capaz de todo sacrificio por la mujer a quien
ama. Verdad es que él fue el causante del mal; pero justo es reconocer
que no podía hacer más por llevar a la cima la empresa de repararlo. Ha
dedicado a Magdalena todo el tiempo que le ha sido posible,
consagrándose a cuidarla y reanimándola con su cariño y su tierna
solicitud; y estoy seguro de que ella sola ha ocupado su pensamiento en
todo instante.
»Mas yo advertía una cosa; cuando Amaury y Antoñita me acompañaban cerca
de Magdalena, ésta parecía inquieta; miraba alternativamente al uno y al
otro como si quisiera sorprender sus miradas y sus gestos, y como casi
siempre tenía su mano en la mía, sin que ella se diese cuenta, yo sentía
en su pulso latir los celos.
»Si se le aproximaba uno solo de los dos, volvía el pulso a su estado
normal. Mas si los dos dejaban la habitación, ¡qué horrible debía ser
el sufrimiento de mi pobre hija! ¡Cómo se recrudecía su estado febril
hasta que alguno de ellos volvía a acompañarnos!
»Yo no podía hacer que Amaury se alejase, porque ella necesita como el
aire su presencia. Ya veremos más adelante.
»Y tampoco era dueño de alejar de aquí a Antoñita. ¿Cómo podía decirle a
esa pobre criatura, casta como la pura luz del cielo:--¡Vete!, Antoñita?
»Pero ella, que todo lo adivina, entró ayer en mi despacho y me dijo:
--Tío, creo que usted dijo un día que en cuanto volviera el buen tiempo
y Magdalena estuviese algo mejor, la llevaría a su quinta de
Ville-d'Avray. Pues bien, Magdalena se encuentra ya mejor, y estamos ya
en primavera, y si hemos de ir allá, hay que visitar primeramente la
quinta, que está deshabitada desde el año pasado, y sobre todo, tenemos
que preparar con especial cuidado la habitación de mi prima. Deje a mi
cargo esas cosas, que yo lo arreglaré todo.
»Adivinando yo su intención, en cuanto comenzó a hablar, la miré
fijamente clavando mis ojos en los suyos, que acabaron por bajar su
mirada, mientras su rostro se teñía de vivo carmín. Cuando volvió a
alzar la vista, arrojose llorando en mis brazos y yo la estreché contra
mi pecho.
»--¡Tío! ¡tío!--exclamó con voz ahogada por los sollozos.--No tengo yo
la culpa, se lo juro. Amaury no ha puesto en mí sus ojos, ni siquiera le
he llamado la atención, y desde que Magdalena está enferma se ha
olvidado hasta de sí mismo para pensar sólo en ella; y a despecho de
todo eso está celosa, y esos celos la matan. ¡Pobre Magdalena! Usted,
tío, sabe lo que ocurre tan bien como yo; es un sentimiento que se
revela en sus miradas ardientes, en su voz temblorosa, en sus
movimientos bruscos. Ya ve usted que debo partir; lo comprende usted muy
bien y si no fuera tan bueno, ya me lo habría indicado usted mismo.
»Por toda respuesta, imprimí un beso en su frente.
»Poco después entrábamos en el dormitorio de Magdalena, a la cual
encontramos inquieta y visiblemente agitada.
»No nos costó mucho trabajo adivinar la causa; Amaury se había marchado
hacía media hora y mi hija creía indudablemente que estaba con Antoñita.
»Me incliné hacia ella y le dije:
»--Hija mía, puesto que estás ya mucho mejor y de aquí a quince días
podremos irnos al campo, tu prima se ha ofrecido a aposentarnos, yendo
antes que nosotros para prepararlo todo en la quinta.
»--¿Qué dice usted, papá?--exclamó Magdalena.--¿Que Antoñita va a Ville
d'Avray?
»--Sí, Magdalena--contestó su prima.--Ahora tú ya estás mejor, como
acabas de oír de labios de tu padre, y tu doncella y la señora Braun y
Amaury bastarán para cuidarte. Creo que no necesita más un
convaleciente. Mientras tanto yo iré allí, prepararé tu cuarto, cuidaré
tus flores, arreglaré tus invernaderos; en fin, pondré todo en orden y
verás como cuando tú llegues lo encuentras a medida de tus deseos.
»--¿Y cuándo partes?--preguntó Magdalena con una emoción que no pudo
ocultar.
»--Dentro de breves momentos. Ya hemos dado orden de que enganchen.
»Magdalena, impulsada por el remordimiento, por la gratitud, o quizás a
la vez por ambas cosas, abrió entonces sus brazos a Antoñita y las dos
primas se abrazaron con efusión. Hasta me pareció oír que mi hija
deslizaba al oído de Antoñita esta palabra:--¡Perdón!
»Después, Magdalena pareció reunir sus fuerzas para preguntar:
»--¿No vas a aguardar a Amaury? ¿Vas a marcharte sin despedirte de él?
»--¿Despedirme? ¿Qué necesidad hay de eso, si hemos de volver a vernos
de aquí a dos o tres semanas? Hazlo tú en mi nombre, que eso le gustará
más.
»Y después de pronunciar estas palabras, salió de la habitación.
»Poco después, oímos rodar el coche que la llevaba, al mismo tiempo que
José entraba a anunciarnos que acababa de partir.
»En aquel momento yo, que tomaba el pulso a Magdalena, noté un cambio
muy sensible cuando ella oyó la noticia.
»De noventa pulsaciones, bajó setenta y cinco; luego fortalecida de
aquellas emociones que a cualquier observador superficial habrían
parecido bastante menos intensas, se durmió, tal vez con el sueño más
tranquilo que había podido conciliar desde la noche fatal en que Amaury
la llevó desde el salón al lecho en que aun estaba acostada.
»Como yo ya suponía que Amaury volvería pronto, adopté la precaución de
abrir la puerta con cuidado para que no la despertase el rumor de su
llegada.
»Esta no se hizo esperar. Cuando él entró, le indiqué con una seña que
se sentase en el lado hacia el cual tenía vuelta la cara mi hija, para
que pudiese verle así que abriera los ojos, ¡Ay de mí! Bien sabe Dios
que ya no estoy celoso. ¡Quiera El que no se cierren sus ojos, sino
después de gozar de dilatada existencia, y no importa que todas sus
miradas las dedique a su novio!
»Desde este momento se afirma la mejoría.
9 de junio
»Acentúase cada vez más la mejoría...¡Gracias, gracias, Dios mío!
10 de junio.
»Su vida está ahora en manos de Amaury. Si consiente en lo que le pido,
está salvada.»
XX
Para relatar los anteriores sucesos nos hemos valido del diario del
doctor, por ser éste el mejor medio de enterarnos de todo lo ocurrido a
la cabecera del lecho de su hija y de compenetrarnos con el estado de
ánimo de los que en ella tenían cifradas sus más caras afecciones.
El señor de Avrigny no se equivocaba al decir que estaba mejor la
enferma. Gracias a los cuidados del padre y a la ciencia del sabio se
había operado el milagro, y por aquella vez la muerte había sido
vencida.
Con todo, el doctor, a pesar de toda su ciencia o tal vez a causa de
ella, que le descubría todos los misterios del organismo humano, había
vislumbrado interpuesta entre él y la enfermedad, una tercera
influencia que él se consideraba impotente para combatir y que tan
pronto venía en auxilio del mal con en el del médico. Esta tercera
influencia la representaba Amaury; por eso había estampado en su diario
que en manos de él estaba la vida de Magdalena.
Así, obrando en consecuencia, al día siguiente a aquél en que había
escrito esta triste confesión envió a Amaury un recado diciéndole que le
aguardaba, pues necesitaba hablarle. El joven, que aún no se había
acostado, acudió inmediatamente al despacho del doctor.
El padre de Magdalena, sentado junto a la chimenea con la cabeza oculta
entre las manos, estaba abstraído en tan hondas reflexiones que no lo
oyó entrar ni notó su presencia cuando llegó adonde él estaba, hasta que
Amaury, después de contemplarle un momento, le preguntó con acento de
inquietud:
--¿Qué ocurre? ¿Por qué me ha hecho usted llamar? ¿Ha recaído Magdalena?
--No, hijo mío, no--respondió el doctor.--Precisamente porque está mucho
mejor he querido hablar contigo. Siéntate, pues, y hablaremos.
Obedeció Amaury sin replicar, mas no libre de inquietud, porque el
acento del doctor, por lo solemne, le revelaba que iba a tratarse allí
de algún asunto muy serio.
Efectivamente, tan pronto como Amaury se acomodó en u
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