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Amar es vencer

by Pauline Caro · Spanish · Gutenberg #24925 · 329,807 chars · public domain (US)

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Title: Amar es vencer

Author: Pauline Caro


        
Release date: March 27, 2008 [eBook #24925]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/24925

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK AMAR ES VENCER ***




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BIBLIOTECA DE «LA NACIÓN»

MADAME P. CARO

AMAR ES VENCER

BUENOS AIRES

1909

Imp. y estereotipia de LA NACIÓN.--Buenos Aires.

       *       *       *       *       *




AMAR ES VENCER




Máximo de Cosmes a Javier de Cosmes.

París, 26 de junio de 190...


Celebro en el alma, mi querido Javier, que San Petersburgo te guste y
que guste también a Marta, así como que hayáis encontrado en la embajada
agradables colegas. Se pondera mucho el encanto y la bondad de la
embajadora y esto facilitará vuestra aclimatación.

Dame detalles de vuestra instalación, de vuestras relaciones y hasta del
trabajo que se te ha confiado, sin revelar, por supuesto, los secretos
de Estado, pues para esto bastan los periódicos.

Salgo dentro de poco para un viaje bastante inesperado, pero quiero
participarte sin demora una buena noticia, y es que estoy encargado de
suplir al buen viejo Marignol en su cátedra del Colegio de Francia. El
buen señor no quiere todavía soltar su presa enteramente y me ha
escogido para hacer sus veces mediante un poco de dinero y lejanas
esperanzas. Pero estoy encantado, porque, si lo hago bien, y lo
procuraré con todas mis fuerzas, estaré designado para sucederle un día.

Y vuelvo a mi viaje, que te va a hacer mucha gracia. Figúrate que esta
mañana una esquela de Lacante me llama a su lado. Corro a verlo y lo
encuentro luchando con un violento ataque de gota. Con su bata de grueso
muletón obscuro y anchas mangas, en las que ocultaba sus doloridas y
temblorosas manos, y con aquel cráneo calvo, que relucía sobre una
estrecha corona de cabello, parecía un fraile viejo.

A la primera ojeada vi una profunda turbación en aquella cara redonda y
afeitada, tan maliciosa y jovial de ordinario.

--Querido mío--me dijo sin preámbulos,--me ocurre una contrariedad
considerable: he perdido a mi tía.

--¿Qué tía?

--No tenía más que una, la señorita de Boivic, y aun ésta no lo era más
que por benevolencia y especial elección. Era, en efecto, hermana del
segundo marido de mi madre, de modo que no me unía con ella ningún lazo
real de parentesco... Sin embargo...

--Siempre es triste--dije al ver que vacilaba para continuar--perder a
los, que...

--No diga usted vulgaridades, mi buen amigo--me interrumpió con un gesto
de impaciencia.--Apenas conocía a esa señora, a la que puede que no haya
visto seis veces en mi vida. La muerte de esa respetable persona no me
causaría, pues, ningún pesar particular... Preciso es que todo acabe,
¿verdad? Era muy vieja, casi octogenaria, y su muerte está en el orden,
evidentemente... Por desgracia, no le conozco ningún pariente próximo, y
tengo que ejercer derechos como heredero a una parte, al menos, de sus
bienes. Su fortuna es la que el señor de Boivic legó a mi madre...
¿comprende usted? Esta situación me impone también deberes, el primero
de los cuales sería hacer los honores fúnebres a la difunta y
acompañarla decentemente al cementerio... Ahora bien, mire usted, hijo
mío, estas piernas llenas de cataplasmas... ¡Bonita facha de heredero
para escoltar hasta la última morada a aquella noble señorita! No puedo,
sin embargo, dejarla ir sola, bajo la presidencia de una criada... Esto
es lo que espero de usted, amigo mío; va usted a hacer la maleta y a
tomar esta noche el tren para Quimper.

--¡Diablo!--dije un poco contrariado.

--Sí, amigo mío, Quimper, Quimper, Corentin, nada menos... Es usted mi
pupilo, mi amigo, y esto equivale a un parentesco... Y hará usted mejor
figura que yo al frente del cortejo...

--Estoy a las órdenes de usted.

--Otra cosa. La de Boivic era muy devota, y no me extrañaría que hubiera
dispuesto de su fortuna, bastante modesta por otra parte, en favor de
la gente de iglesia... Tendrá usted que cuidar de que no haya usurpado
la parte que me corresponde.

--Pero, querido maestro, ¿con qué derecho habré de intervenir?

--Le enviaré a usted un poder en regla. Usted ha estudiado Derecho y es,
justamente, el hombre que necesito... Observe usted que no me opondré en
modo alguno a ciertos legados, ya a un hospital, ya a alguna obra
piadosa... hasta a la Iglesia. Quiero respetar la voluntad de la difunta
en todo lo que sea razonable, pero no consiento expoliación real o
disfrazada, ni astutas intrigas... ¿Comprende usted?

--Perfectamente.

--No conozco el valor de la herencia ni me importa en lo que a mí se
refiere. Gano bastante dinero con mi pluma, sin contar mi pequeñísimo
patrimonio...

--Naturalmente; es por un espíritu de justicia, de estricta equidad, por
lo que...

Lacante me miraba y sus ojillos vivos y movibles tenían una singular
expresión, que cortó mi frase en suspenso.

--Querido amigo--continuó después de un instante,--es para cumplir un
deber... un deber de conciencia en interés de la niña...

--¿Qué niña? ¡Cómo! ¿Acaso aquella noble dama tenía?...

Lacante no me dejó acabar.

--¿Qué diablos va usted a pensar, amigo querido? La niña, y esto es lo
que me preocupa, la niña es hija mía.

Como comprenderás, no pude contener un grito de sorpresa, y tú, con toda
tu diplomacia, vas a hacer lo mismo al leerlo.

Lacante siguió diciendo con sonrisa, mitad confusa, mitad placentera:

--¡Bah! querido, yo he sido joven, y lo he sido demasiado tiempo... Hay
allí una flor tardía, que me pertenece, brotada en un tronco viejo y
arruinado.

--¿Es joven?

--Una chicuela.

Reflexionó un instante y dijo:

--Apenas quince años. Su madre ha muerto. Es una triste historia, mi
querido amigo... La pobre mujer estaba ya muy enferma cuando me casé con
ella en Quimper...

--¡Ha sido usted casado!--exclamé en el colmo del asombro.

--¡Muy poco tiempo!... Y como no tenía por qué jactarme de una alianza
que, lo confieso, no había premeditado y que contraje por un sentimiento
de lástima, el incidente pasó inadvertido para el mayor número y fue
pronto olvidado por los pocos que lo supieron. Ya lo he dicho... la
pobre criatura estaba sentenciada y la muerte la arrebató al nacer
Elena, es el nombre de la niña, a la que mi madre se encargó de
educar... Después se la legó a mi tía Boivic, su cuñada, que acaba de
morir... ¿Qué voy a hacer con esa muchacha, amigo mío? Es para perder
la cabeza.

Y se cogió la frente entre las manos con expresión desesperada.

Yo no sabía qué decir.

--Tenerla con usted es difícil--me aventuré a decir tímidamente.

--¡Imposible!... Completamente imposible. Polidora tiene preciosas
cualidades y es un ama de gobierno agradable para un solterón... pero
eso de dirigir y acompañar a una señorita, no creo que sea su negocio...

--No, por cierto--dije con convicción.

Lacante continuó:

--Mi casa no está hecha para criar palomas... Mis costumbres... mis
amigos... las conversaciones... yo mismo... No me hago ilusiones; no
tengo nada de lo que haría falta.

--¿Qué va usted a decidir?

--No tengo dónde elegir, amigo mío; voy a meterla en un convento.

--¡En un convento!... ¡Él! No podía creer lo que estaba oyendo.

--¿La va usted a hacer una mojigata? ¿Usted?...

--Sí, hijo mío, hasta que pueda casarla. No veo qué otro partido pueda
tomar.

--Hay colegios laicos, institutos de niñas, en los que la instrucción
está ciertamente más desarrollada y fundada en un espíritu más ancho,
más científico...

--Es posible... no digo que no... Pero no conozco esas casas ni sé qué
pasa en ellas, mientras que es de tradición que en los conventos las
niñas son bien tratadas y se encuentran a gusto... No soy un padre muy
tierno... tengo de eso lo menos posible, lo confieso... Los niños me han
parecido siempre un estorbo lamentable y tiránico... Sin embargo, no
quisiera que esa muchacha fuera desgraciada... En cuanto a la
instrucción, ya la desarrollará ella más adelante, si quiere... Su
marido la ayudará.

¿He soñado que, al decir esto, me miraba de reojo? ¡Ah! no, eso no.
Consiento en prestarle todos los servicios que pueda, porque le quiero
mucho. Es el ser de este mundo a quien tú y yo debemos más, pues ha
sido, más que un tutor, un padre para nosotros. Le soy enteramente
adicto, pero no hasta el punto de casarme con su mojigata. Además, y
aprovecho la ocasión para decírtelo, mi corazón ha elegido ya... Te
contaré esto otro día.

Lacante me explicó entretanto que la niña estaría menos fuera de su
centro en un convento que en otra parte, pues allí encontraría su
atmósfera acostumbrada, los olores de incienso y de sacristía, las
devociones meticulosas... Después de todo, todo eso me es igual... En
cuanto a casarme, esos son otros cantares... No cuente usted con tal
cosa, mi buen Lacante...

Adiós, me marcho... Por fortuna, tengo tiempo de aquí a diciembre para
preparar mi curso del Colegio de Francia.




Máximo de Cosmes a su hermano.

30 de junio.


Continuación de mi aventura. Estoy hace tres días en Quimper y no sé
todavía cuándo podré marcharme.

He atravesado la Bretaña de un tirón y me gusta su aspecto áspero y
recogido. Algún día volveré para conocerla más íntimamente.

Llegué a Quimper anteayer, a la caída de la tarde, y después de haberme
hecho llevar al mejor hotel de la ciudad, lo que no quiere decir que sea
bueno, me he dirigido a la casa de la señorita de Boivic, un edificio
situado en las cercanías de la Catedral y de aspecto austero y triste,
que hace menos sorprendente el encontrar en ella muertos que vivos, una
criada en traje rústico y cofia bretona me introdujo en un vasto salón
herméticamente cerrado y débilmente alumbrado. Allí me esperaba la dueña
de la casa en su ataúd clavado y entre cuatro cirios. Cerca de ella
había una religiosa pasando las cuentas de un rosario. La religiosa me
entregó una rama de boj mojada en agua bendita, y yo sacudí gravemente
unas cuantas gotas, en señal de bienvenida, sobre el ataúd forrado de
lana blanca.

Un desagradable olor de moho, mezclado con el de la cera quemada, se me
agarró a la garganta, mientras la luz de los cuatro cirios temblaba en
la vasta obscuridad como al soplo de invisibles fantasmas.

No sé qué fúnebre impresión se apoderó de mí... Y como, por otra parte,
no tenía nada que decir a la muerta, me apresuré a marcharme.

Era muy tarde para ir a casa del notario y me fui a dar un paseo
solitario por la ciudad, que no es muy grande. Atraviésala un riachuelo
encajonado entre dos muelles de granito, por los que me paseé un buen
rato, y, para terminar con las curiosidades de la localidad, entré en la
Catedral, cuyo ábside, por un capricho del arquitecto, según dicen, está
un poco inclinado a la derecha. La piedad de la gente del país quiere
ver en esto la imagen de la cabeza inclinada de Cristo agonizante.
Estamos aquí en el país de las leyendas y de las candideces místicas.

Era ya tarde y la iglesia estaba obscura. La lámpara del santuario hacía
más sensibles las tinieblas en que se perdía su vacilante claridad. A la
puerta de la sacristía, un farolillo encendido proyectaba vagos
resplandores en una de las naves. El resto del edificio estaba sumido en
la obscuridad, y apenas caía de las altas vidrieras la claridad
suficiente para impedirme tropezar en los anchos pilares. Encontraba yo
una especie de voluptuosidad severa en errar por aquel gran santuario
vacío, repleto de los llantos, de los gemidos y de las plegarias de las
generaciones muertas, y allí me estaba apoyado en un pilar, con los ojos
vagos y la mente más vaga todavía, saboreando impresiones de una poética
melancolía, cuando un rayo de luna, surgiendo de uno de los rosetones
del crucero, atravesó el espesor de las tinieblas y trazó en ellas un
surco de luz pálida y temblorosa que hizo aparecer la sublime altura de
la bóveda y destacarse las esbeltas columnas de pesados capiteles
esculpidos... Fue un efecto de incomparable belleza.

Pero creí ser juguete de una aparición fantástica cuando, al bajar los
ojos, vi destacarse sobre la obscuridad, iluminado por el rayo de luna,
un perfil puro y divino; así me lo pareció al menos en aquella
fosforescente claridad, una cara inmóvil hasta el punto de hacerme dudar
si era la estatua de alguna tumba: tan obstinadamente fijos en lo alto
estaban sus ojos, como absortos en ardiente contemplación.

No me atrevía a moverme por miedo de que se desvaneciese la aparición,
pero un ruido de llaves, del lado de la sacristía, deshizo el encanto.
En un instante, la figura desapareció, tan de prisa, que no pude
percibir ninguno de sus movimientos. Pareció que las tinieblas se habían
abierto y vuéltose a cerrar detrás de ella.

Me apresuré a salir al pórtico para verla; pero se me había adelantado y
por la calle, mal alumbrada, vi una figura negra e indistinta que
parecía correr, hasta tal punto era rápida su marcha. La seguí, y, sin
gran sorpresa, pues un presentimiento me lo había advertido, la vi
entrar en casa de la señorita de Boivic.

Era la hija de Lacante, a la que acababa de sorprender en sus devociones
de la tarde.

Como estaba muy cansado, me fui al hotel y tuve exquisitos sueños de una
pureza de arcángel, hasta el punto de hacerme sentir el tener que
levantarme de mi mala cama de posada cuando por la mañana tuve que
hacerlo para asistir al entierro. Sabía que el notario había llenado
todas las formalidades y que mi papel en la ceremonia consistía en ir a
la cabeza del cortejo y en dar las gracias a los asistentes en nombre de
la familia.

Me vestí, pues, de negro, como lo requerían las circunstancias y me fui
a la casa mortuoria en unas disposiciones muy poco fúnebres, mal que
pesara a la pobre solterona. Convendrás en que no estaba yo obligado a
un duelo muy profundo. Todo mi cuidado consistía en desempeñar
dignamente un papel nuevo para mí y en no escandalizar a aquella buena
gente de Quimper con alguna involuntaria irreverencia.

También tenía, como comprenderás, una viva curiosidad por ver de cerca y
a buena luz a mi fugitiva aparición de la Catedral.

La mañana estaba hermosa y serena. Los pájaros revoloteaban con alegres
gorjeos y, detrás de una tapia orlada de yedra, oíanse voces de niños
que reían y disputaban entre confusos pataleos y llamadas guerreras. Las
mujeres pasaban con su cesto de provisiones al brazo. Un carpintero,
delante de su banco, cepillaba unas tablas, cuyas olorosas virutas se
rizaban alrededor. En la esquina de la calle unos albañiles estaban
aserrando piedras con estridente ruido. Todo vivía y se agitaba en sus
necesidades o sus placeres acostumbrados como si la señorita de Boivic
no estuviese, allí cerca, clavada entre cuatro tablas bajo el inmaculado
sudario de las vírgenes.

Las campanas de la Catedral doblaban pesadamente con ecos plañideros y
entrecortados de silencios, como suspiros de agonía. Pero sólo las
campanas lloraban en aquella mañana llena de sol y vida. Escuchábalas yo
sin emoción alguna y me daban ganas de decirles: «Sí, sí; ha muerto...
Todo muere, y ha hecho como los demás, lo más tarde que ha podido, la
venerable dama. Pero no es esta una razón para lamentarnos y perder el
tiempo de ser felices. Cada cual a su vez; la nuestra es de vivir.»

Sin embargo, cuando pasé el umbral de aquel gran salón herméticamente
cerrado, en el que ardían los cirios hacía dos días, y respiré el olor
frío de las altas vigas saturadas de vejez, sentí un malestar de
tristeza y como repugnancia por una vida que conduce a la infalible
muerte.

Empezaron a llegar amigos y parientes que yo no conocía y a quienes
expliqué la ausencia de Lacante. Pero, a todo esto, no veía a la hija, y
salí a informarme de lo que había sido de ella.

--¿Pregunta usted por la señorita Elena?... No sé si podrá bajar. ¡Ha
llorado tanto, la pobre!... Casi tiene fiebre.

--¡Pobre joven! ¿Quería mucho a su tía?

--Ya ve usted... No tenía a nadie más que a ella para querer... puesto
que a su padre no lo conoce y su madre y su abuela han muerto.

--Estoy encargado de llevar a la señorita Elena al lado de su
padre--dije prontamente para destruir en el ánimo de aquella mujer la
mala idea que tenía de Lacante.

--Sí, eso la consolará acaso, si su padre es un poco bueno para ella.
¡No ha sido muy mimada, la infeliz!

La llegada de nuevos invitados me obligó a volver al salón.

En seguida llegaron los sepultureros.

Cuando el convoy iba a ponerse en marcha, vi aparecer por una puerta
lateral, entre un rumor de sollozos, a la hija de Lacante, con un
inmenso sombrero de crespón y un denso velo que la aplastaba y le hacía
parecer tan pequeña como si tuviese apenas doce años.

Escapándose de entre las manos de una criada que se esforzaba por
retenerla, se echó de rodillas al lado del ataúd y lo estrechó en sus
brazos en un movimiento apasionado, como si la muerta pudiera sentir
todavía su presión, y ocultó la llorosa cara entre los pliegues del paño
mortuorio.

Su rasgo fue tan espontáneo, su dolor tan verdadero, tan profundo su
olvido de todo lo que la rodeaba, que mi corazón se oprimió de dolor y
los ojos de algunos se llenaron de lágrimas.

La criada y los amigos se esforzaban por levantarla y llevársela; pero
ella se agarraba al ataúd con sus manitas crispadas, y el tiempo urgía.

Me aproximé, y en el tono más dulce y compasivo que me fue posible, pero
con firmeza, le rogué que no interrumpiera la ceremonia, por respeto
hacia aquella a quien lloraba.

Al sonido extraño de mi voz levantó la cabeza, y, a través del espeso
velo negro húmedo y arrugado, vi una cara hinchada y enrojecida por las
lágrimas, indescriptible de puro descompuesta, y dos grandes ojos negros
que parecían preguntarme: «¿Quién es usted?... ¿Cómo se atreve?...»

--En nombre de su padre, ruego a usted que domine su dolor.

La joven bajó la cabeza, se levantó lentamente y, apoyada en el brazo de
una señora que parecía de su intimidad, siguió el cortejo y asistió con
valor a toda la ceremonia, hasta la inhumación en el panteón de familia.

No la volví a ver. Me dijeron que estaba enferma y que había tenido que
acostarse.

He recibido cita, para la apertura del testamento, del notario y de las
personas designadas por la muerta como ejecutores testamentarios. La
reunión se verificará mañana.




Máximo de Cosmes a su hermano.


Excepto unas mandas a los pobres, a ciertas obras de beneficencia y a
los criados, la señorita de Boivic deja toda su fortuna, unos cuarenta
mil pesos, a su sobrina Elena Lacante.

Así, pues, todo está bien. Nada de discusiones ni pleitos. Por esta vez
no utilizaré los retazos de conocimientos variados que he sacado de los
manuales de Derecho.

El testamento ha sido leído por el notario en presencia de Elena, como
ayer velada y encapuchada con su gran sombrero y tan menuda y pequeñita
con sus ropas de viuda, que inspiraba profunda piedad.

Pero no queda nada de la ideal aparición de la primera tarde en la
Catedral bajo el fantástico rayo de luna. Su figura no es ya la de una
santa o una madona poética y extasiada. No hay delante de mí más que una
pobre niña temerosa, desolada y casi agreste. Me evita cuanto puede,
huye en cuanto me ve y retarda todo lo posible la conversación que le he
pedido. Preciso es que convenga con ella lo concerniente a su partida.
No puedo estarme eternamente en Quimper, y he hecho rogar a Elena que me
reciba en seguida; a las cuatro.




El mismo día a las siete de la tarde.


Por fin la he visto de cerca.

Me estaba esperando en el gran salón en que ayer reposaba su tía. Se
habían quitado las colgaduras fúnebres y abierto de par en par las
ventanas, pero aquel salón conservaba, sin embargo, un aspecto
singularmente glacial y solemne, con sus ensambladuras sucias y
desnudas, sus sillas y butacas metódicamente alineadas junto a las
paredes y su mesa redonda con tabla de mármol, que, en el vacío de la
vasta pieza, parecía un velador de niño, olvidado allí por descuido.

En el extremo del salón y acurrucada en un gran sillón de terciopelo de
Utrecht de un amarillo ajado, estaba Elena Lacante.

Esperó para levantarse a que estuviese yo muy cerca de ella, y se estuvo
tiesa delante de mí, sin ofrecerme la mano y mirándome furtivamente a
través de las largas pestañas negras de sus párpados medio cerrados.

La saludé con mi expresión más amable y le pregunté si estaba muy
cansada por las emociones que había sufrido.

--¿Cansada?... No, no lo estoy... Soy muy desgraciada.

Acentuó estas palabras con voz baja y apasionada y labios temblorosos.
Sus manos, finas y un poco flacas, que la joven frotaba una con otra en
un ademán de cortedad infantil, temblaban también. Y a las pocas
palabras de simpatía que le dirigí, respondió con la misma voz sorda y
ahogada.

--Todo lo he perdido... No tengo ya a nadie.

--¿No le queda a usted su padre?

Levantó los párpados y, olvidando su timidez, me miró de frente.

--Mi padre... ¿Está enfermo, no es verdad?

¡Qué ojos! Unos ojos gris claro, inmensos, cándidos y dulces, con
reflejos cambiantes a la espesa sombra de unas pestañas muy negras... Es
encantadora, amigo mío, esta hija de Lacante. ¿Cómo diablos se las habrá
compuesto para dotar al mundo de esa flor de poesía? Preciso es que la
madre haya puesto mucho de su parte, porque la verdad es que no
encuentro en esta muchacha nada que le recuerde con su cabezota redonda,
sus ojillos chispeantes, sus delgados labios contraídos por maliciosa
sonrisa y su ancha y corta barbilla. Elena no es alta, muy menudita, con
ademanes tímidos de pájaro dispuesto a volar. Su cara es ovalada, con
espesos rizos separados como los de la Virgen sobre una frente muy
blanca. Estaba pálida, acaso de emoción y de fatiga.

--No esté usted de pie--le dije,--y permítame sentarme a su lado.
Tenemos que hablar.

La muchacha se dejó deslizar entre los almohadones del sillón, que casi
la ocultaban, y me senté a su lado. Le expliqué que el estado de su
padre no tenía nada de alarmante, puesto que sus crisis dolorosas le
privaban de movimiento sin poner en peligro su vida. Añadí que tenía el
encargo de llevarla a su lado y que debía preparar su viaje lo más
pronto que le fuese posible.

La joven me escuchaba inmóvil, sin responder ni manifestar aprobación o
disgusto.

--¿Le causa a usted pena lo que le digo?--pregunté por fin.

La muchacha hizo un gesto de incertidumbre y murmuró en voz baja y
quebrantada que era mucho su dolor para que nada le produjera placer ni
pena.

--Pero... su padre de usted... ¿No está usted contenta porque va a su
lado?

Elena tardó en responder:

--No lo conozco... y él no me quiere.

--¿Quién le ha dicho a usted eso?--exclamé vivamente.

--Lo sé... no me ha querido nunca; ¿no es verdad?

A mi vez tardé en responder.

¿Qué podía decirle de aquel padre que no había tratado de verla en doce
años? Protesté, sin embargo, lo mejor que pude.

--Juro a usted que, al saber la muerte de la señorita de Boivic, la
mayor preocupación de su padre de usted ha sido el no poder hacerla
feliz.

La joven me miraba ardientemente y sus labios se estremecieron; pero no
dijo nada.

--¿No me cree usted?--añadí con insistencia.

Elena hizo con la cabeza un gesto indeciso y triste.

--¿Será posible--exclamé,--que alguien haya cometido la imprudente
crueldad de hablar a usted mal de su padre? ¿Qué se han atrevido a decir
a usted?

--Nada... pero me han enseñado a temerlo. Cuando no era buena, me
amenazaban con enviarme a su lado.

--¿Quién? ¿La señorita de Boivic?

--Sí... y también Marivette.

Convertido Lacante en el coco, ¿con qué alegría debe considerar esta
niña la perspectiva de ir a vivir con él?

--Le han dado a usted de él una idea muy falsa...

Traté de hacerle comprender la vida de estudio y de trabajo que hace
Lacante, sus relaciones con escritores y sabios, su casa sin mujer y lo
difícil que le hubiera sido tener a su lado y educar a una niña. Le
pinté además sus ataques de gota que le entregan a los cuidados
mercenarios de una criada.

La muchacha se conmovió.

--Yo sería de buena gana su sirviente--exclamó con pasión.--Lo cuidaré
si quiere... y le querré si me lo permite...

Creo que posee un alma ardiente y tierna.

Al preguntarle qué sentía más dejar en Quimper, me respondió:

--¡Todo! ¡Todo!

Y rompió a llorar con la cara entre las manos.

--No hay una piedra de este país, ni una flor, ni una mata, ni una cara
a que no esté unido mi corazón.

Y siguió sollozando mucho tiempo.

Su niñez, sin embargo, no ha sido muy dichosa. Su antigua criada,
Marivette, me ha contado que la Boivic era muy seca y hasta dura para su
sobrina, que nunca ha conocido caricias ni indulgencia. La muchacha, sin
embargo, tiene tan buen corazón, que siente a su tía como si nunca
hubiera tenido que sufrir su mal humor.

Nos vamos dentro de dos días.

Había yo pensado llevarme a Marivette como doncella de Elena, pero
parece que no puede ser. Esta mujer está casada y tiene hijos. Su marido
y ella quedan encargados, hasta nueva orden, de guardar la casa.

Y yo me llevo a Elena bajo mi única responsabilidad. ¿No encuentras que
esto parece un rapto?

Tengo hecha la maleta, pagada mi cuenta en la fonda y espero, no sin
impaciencia, el momento de reunirme con mi compañera de viaje. Estoy
harto de Quimper, cuyas bellezas he saboreado hasta la saciedad, y tengo
prisa por recobrar mi cuarto, mi trabajo, mis libros y a la que quiero
más que todo, a la elegida de mi corazón.

Esta mañana, después de una entrevista con el notario a quien he
encargado que arregle todos estos asuntos, paseaba yo mis ocios por las
calles próximas a la Catedral, cuando vi a Elena, a la que conocí
fácilmente por su ridículo traje, compuesto de trapos viejos de su tía,
exhumados de un armario, y que la muchacha lleva con estoica
indiferencia. La seguí, riéndome a pesar mío del extraño aspecto que la
daban aquel chal tan largo que arrastraba por el suelo y el enorme
sombrero de calesín, en el que desaparecía su delicada carita. La pobre
muchacha resultaba irresistiblemente cómica.

Entré detrás de ella en la iglesia, con cuidado para que no me viera.
Empezaba una misa en el altar de la Virgen, y Elena la oyó con un
recogimiento inaudito, sin levantar los ojos hasta el momento en que se
aproximó a comulgar. No puedes figurarte, amigo mío, el celestial candor
de aquella cara extasiada y transfigurada. Veíala de perfil; el horrible
sombrero y todas las grotescas fealdades habían desaparecido. No veía
más que la aparición del primer día y su puro y radiante perfil. Lejos
de ser un místico, soy un descreído... Pues bien, amigo mío; por un
momento, deploré no tener la sencillez y la fe de aquella niña para
conocer la sagrada embriaguez cuyo reflejo veía en aquella frente pura.
Como en un relámpago, sentí el roce de lo divino, como en uno de esos
golpes de sorpresa que ponen en conmoción nuestro sistema nervioso y le
levantan un instante, para caer después, más que nunca, en la seca
realidad.

Acabada la misa, vuelto el sacerdote a la sacristía, apagados los cirios
y dispersos los asistentes, Elena se levantó y dio la vuelta a la
iglesia deteniéndose en cada altar pare una oración o una reverencia.
Hasta la vi enviar piadosos besos a sus santos favoritos. Llegada a la
puerta, mojó los dedos en la pila de agua bendita, y como si no pudiera
resolverse a un adiós definitivo, volvió a arrodillarse en la nave para
rezar de nuevo. Por fin, dejó aquel sombrío santuario, patria de su
alma, y cuando la vi marcharse sola con aquella gran pena en su juvenil
corazón, tan pequeña, tan débil, no tenía ya gana de reírme de su traje.
¡Pobre niña! Sea la que quiera la buena voluntad de Lacante, temo que no
tenga para ella entrañas de padre. Es un estorbo en su existencia, una
carga de la que se ha librado todo el tiempo que ha podido y que le va a
resultar incómoda hasta lo ridículo. Imagina el efecto de esa hija que
le cae de improviso como una revelación que va a divertir, y casi a
escandalizar, a sus respetables colegas de la Academia... ¿Cómo va a
salir de la aventura? Es verdad que existe el convento... hasta que se
case, dice él... ¿Quién sabe? Quizá hasta la muerte... Si la mete allí,
allí se quedará.




Máximo a su hermano.

2 de julio de 190...


...¿Quieres saber lo que ha sido de mi amiguita Elena Lacante?...
Celebro haber logrado interesarte por esta niña singular; una florecilla
silvestre trasplantada de aquella landa bretona, que cubre con su gran
sombra el alto campanario calado, a este hormiguero parisiense, agitado,
turbulento, escéptico, burlón y malsano, en el que los intereses, los
placeres, los teatros, los museos, todas las invenciones de la ciencia y
de la civilización, dejan tan poco espacio al recogimiento de las almas
pensativas. La florecilla silvestre por poco se muere aquí de asfixia
física y moral.

Nuestro viaje fue bueno y velé por ella con cuidados de nodriza. Reíame
para mis adentros y, sin embargo, me sentía asaltado por mil temores
quiméricos. Me parecía que aquella joven cabeza, confiada a mi guarda,
estaba amenazada de inauditas catástrofes y que el tren, que corría con
su velocidad monótona y prevista, iba a conducirnos a los abismos.
Comprendí entonces y excusé las más locas alarmas de ciertas madres, que
me habían exasperado en otro tiempo. El proteger a un ser débil,
desarmado, ignorante del peligro y que se fía de nosotros, es misión de
una terrorífica dulzura. En aquella noche de viaje comprendí los
transportes y las angustias del amor, todo ternura y todo temor; lo
comprendí viendo dormir a aquella niña casi desconocida de la que una
ironía de la suerte me hacía en aquel momento único protector. Estaba
triste, después de los primeros asombros del viaje, y, al oírla suspirar
debajo de su gran velo echado y murmurar palabras ahogadas que parecían
quejas o plegarias, la compadecía con todo mi corazón. Hubiera querido
mecerla en mis rodillas y consolarla con palabras acariciadoras como a
un niño a quien se duerme para que no sufra. Es tanta la ignorancia de
la vida y tan cándida su timidez, que daría gana de permitirse con ella
una familiaridad de hermano mayor, sin sus ojos, aquellos ojazos de
profunda gravedad, superior a sus años, que desconciertan e infunden
respeto. En el fondo de aquellos ojos de larga mirada se ve vivir un
alma, una razón ya firme y ejercitada en velar sobre sí misma; una
inteligencia que reflexiona y observa, un corazón ya dispuesto para la
ternura y el sufrimiento inocente, silencioso y solitario. Puedes, pues,
suponer que no la senté en mis rodillas y que la dejé suspirar a sus
anchas hasta que el cansancio le hizo dormirse. Sólo entonces, y con mil
precauciones para no despertarla, extendí sobre ella mi manta de viaje,
pues la noche estaba fresca.

Un señor de edad y su mujer, que viajaban con nosotros, se interesaban
mucho por la juventud de Elena, por su tristeza y por su luto riguroso.
Una vez les oí murmurar en voz baja:

--Debe ser la viuda de algún marino.

--Es demasiado joven. Más bien será una huérfana con su hermano.

--No, porque él no está de luto.

--Entonces será su novio.

Aquellas suposiciones me hacían gracia. Aquellos señores bajaron en
Versalles y Elena y yo nos quedamos solos hasta París. Iba despierta, y
como observé que me miraba de reojo a través de su velo, le dirigí
algunas palabras animadas con una sonrisa.

--Sí, he dormido--me respondió,--y usted ha debido de pasar frío. Es
usted demasiado bueno para mí.

--¿Por qué demasiado? ¿No quiere usted que seamos amigos?

--¡Soy tan poca cosa!

--No es esa la opinión de todo el mundo. ¿Sabe usted lo que pensaban
esos señores que han viajado con nosotros esta noche? Que era usted una
viuda o mi novia.

Elena se echó a reír y, por primera vez, oí su risa franca y joven, que
me la reveló como capaz de alegría y de divertirse un poco.

--¡Viuda! ¡Novia!... ¿Tengo un aspecto tan majestuoso?

--¿No le gustaría a usted estar ya prometida?

--¡Oh! no--exclamó;--sería ridículo.

Y añadió con un candor deplorable:

--Mejor podría usted ser mi padre, ¿verdad?

--No lo veo así enteramente, Elena. ¿Qué edad cree usted que tengo?

--No sé...

Y añadió vacilando:

--¿Es muy viejo mi padre?

--Tiene sesenta y dos años...

--- ¡Oh! ¡Tanto como eso!

--Y yo tengo veintinueve.

--¡Ah!

--Confiese usted que me encuentra muy viejo.

--No, muy joven.

Creo que esta muchacha no encuentra gran diferencia entre mis
veintinueve años y los sesenta y dos de Lacante... ¡Es tan grande la
distancia entre ella y yo! Esta muchacha me ha puesto en la categoría de
los característicos de teatro. Creer que apenas se ha empezado a vivir y
echar de ver que para los demás se ha pasado ya de la juventud, es un
descubrimiento que le pone a uno melancólico.

Elena miraba pasar por la ventanilla las estaciones y los pueblos con
una emoción que parecía sufrimiento.

--¿Llegamos pronto a París?--preguntaba ansiosa.

--Todavía no; yo la advertiré a usted.

--¡Ahí está París!--exclamó al ver la inmensa extensión de casas y
monumentos que surgía en el horizonte.

Y se puso muy pálida.

En la estación tomé un coche con mi compañera, que temblaba hasta el
punto de tener que sostenerla. Y, con voz ahogada, me preguntaba cada
dos pasos:

--¿Es aquí?

Ni siquiera observaba el ruido de las calles, el cruzamiento de coches,
ni la agitación de la multitud, absorbida por la idea de su padre, al
que no conocía.

En la calle de Tournon la ayudé a apearse y a subir el único tramo que
conduce a casa de Lacante.

Nuestro amigo es un madrugador, como sabes, y estaba ya levantado e
instalado en su mesa de escribir.

La señora Polidora, digna y tiesa, nos introdujo, y al ver el
extravagante traje de Elena, colgada de mi brazo, murmuró entre dientes
con impertinencia:

--¡Dios mío! ¿Qué es esto?

No fue mejor la impresión que hizo a Lacante la vista de Elena, que
estaba de pie delante de mí, cortada y confusa, esperando una palabra
de bienvenida mientras la examinaban los penetrantes ojillos de aquel
buen señor gordo y calvo, cuyos labios sinuosos se torcían en una risita
nerviosa.

--Es Elena--le dije presentándosela.

Lacante le ofreció la mano.

--Acércate, hija mía, acércate... Yo no puedo salir a recibirte.

Tenía la pierna extendida y el pie rodeado de franela.

--...Pero mi corazón va a tu encuentro; sí, mi corazón va a tu
encuentro.

Lacante dijo esto dos veces, como para convencerse bien a sí mismo.

La muchacha se arrodilló al lado de su butaca y le besó la mano, en la
que cayeron unas lágrimas.

--¿Qué tiene? ¿Qué es lo que tiene?--me preguntó Lacante agitado.

--Un poco de cansancio y mucha emoción.

--Sí, sí... ciertamente... cansancio, emoción... Es muy natural...
¡Pobre niña! Eso pasará cuando nos hayamos conocido mejor.

Le dio unos golpecitos en el hombro y mandó a la señora Polidora que la
llevase al cuarto que le había hecho preparar y que es la pieza contigua
al despacho, atestada de libros, entre los cuales se ha logrado
introducir una camita de campaña y un lavabo.

A todo esto, me estaba yo ocupando de hacer entrar los equipajes, que
acababan de llegar. Cuando volví al cuarto de Lacante me le encontré
hundido en su sillón, con las cejas fruncidas y aspecto de preocupación.

--Es un paquete, mi querido amigo, un verdadero paquete--me dijo
moviendo la cabeza con aire consternado.

Protesté diciéndole que Elena era encantadora y que la había visto mal.

--¿Cómo había de verla debajo de aquellos trapos grotescos y a través de
sus lágrimas? Detesto a las mujeres que lloran.

--Elena no está siempre llorando, y hasta tiene una risa fresca como un
manantial de agua pura. Si yo tuviera una hija desearía que fuera como
ella.

--Y devota, ¿no es verdad?

--Eso sí, lo es bastante...

--¡Vamos allá! Todo eso está muy bien, muy bien. Era lo que hacía falta
en mi casa.

Hablaba con seca ironía, dando golpecitos impacientes con las manos en
los brazos del sillón.

Yo le respondí con algo de aspereza:

--No hay que hacerle reproches; ha sido educada así.

--Sí, sin duda... sin duda... La Boivic la ha educado a su imagen; pero
lo malo es que ha muerto a la mitad de su obra... En fin, a lo hecho,
pecho. Después de todo esas mojigaterías no duran. No hay como París
para limar lo que hay de sobra de ese género en un cerebro joven.

--Pero si tiene usted la intención de meterla en un convento...

--Hasta en el convento, amigo mío... El aire ambiente penetra por las
rejas y por los claustros. Dentro de un año se quedará usted asombrado
del camino que habrá hecho... y acaso llegue usted hasta a asustarse...

Lacante se dirigía a mí como para prevenir mis objeciones. Palabra de
honor; cree que me voy a casar con su hija... ¿Y Luciana, entonces, mi
Luciana adorada, que no es devota, sino que tiene una alma alta y
generosa y una inteligencia hermana de la mía?

Mi amigo me ha hecho quedarme a almorzar, y mientras tanto hemos hablado
de Elena. Me ha rogado que me informe de diversas casas religiosas, y
después me ha dictado unas cuantas esquelas advirtiendo a nuestros
amigos que no fuesen aquella noche, que era, como jueves, la de su
recepción, con el pretexto de que le atormentaba la gota. La verdad era
que le embarazaba la presencia de Elena en aquella casa tan pequeña,
cuyas cuatro piezas están siempre abiertas. Veo que quisiera retardar la
divulgación de aquella parte secreta de su vida, de aquel matrimonio no
confesado, y acaso inconfesable, contraído según creo con una mujer de
condición inferior, y del nacimiento de aquella hija, a la que había
pensado establecer en Bretaña. Ahora va a tratar de confinarla en un
convento hasta que se case, si es que no toma allí el velo. Por muy
escéptico que sea, estoy seguro de que aceptaría con gusto esa solución,
la más cómoda y la más secreta de todas.

Sirviéronnos el almuerzo en una mesita volante, al lado del sillón del
enfermo, y aquello pareció una comidita de niños.

Elena entró, libre ya de su horrible casco y muy linda, a pesar de su
timidez, con aquel puro perfil virginal entre los pesados rizos de
cabello castaño obscuro.

Su padre se puso contento al verla así, y varias veces me hizo guiños de
satisfacción.

Pero hete aquí que, al sentarse a la mesa, la muchacha se santigua con
gravedad y recogimiento. La señora Polidora se echa a reír encogiéndose
de hombros. Lacante sonríe, mira a Elena con curiosidad y, poniendo los
dedos sobre la mano de su hija, le dice:

--Veo, hija mía, que eres piadosa y te felicito por ello; la piedad es
una fuente de goces íntimos para los que la poseen... Aquí, en París, no
se usa el hacer a cada paso manifestaciones de religión. Hay iglesias, a
las que se va a rezar públicamente, y cada cual tiene su conciencia, que
es una especie de capilla privada en la que se puede adorar a Dios «en
espíritu y en verdad,» como dice la Sagrada Escritura, sin poner a nadie
en la confidencia. No hagas más señales exteriores de fe y conténtate
con llamar en secreto la bendición de Dios sobre tus actos del día.
¿Comprendes?

La muchacha se puso encarnada y escuchó inmóvil, con los ojos bajos,
pero respondió sin vacilar y con voz firme:

--Sí, papá.

Al siguiente día otro incidente.

Era viernes, y Elena no comía. Interrogada por su padre, respondió que
tenía costumbre de ayunar.

--Pues bien, querida niña--le respondió Lacante,--tienes que perder esa
costumbre y conformarte con las mías, esto es lo justo. La obediencia es
una virtud que hará las veces de la austeridad. Estoy seguro de que no
me darás el disgusto de resistirte.

Elena sonrió y presentó el plato sin decir palabra. Lacante se puso muy
contento por aquella sumisión sin echarlas de víctima ni sombra de
enfado. Cuando llegué, lo encontré radiante.

--Es buena muchacha la tal Elenita, querido. Nada gazmoña ni rebelde.

Y me contó el episodio del día.

--¡Cuando yo decía que es una joven deliciosa!--exclamé.

Lacante arrugó la nariz y movió maliciosamente la cabeza.

--Sí, sí--dijo,--deliciosa y dócil... Se ha comido animosamente su
chuleta... pero... no ha tomado postre. ¿Qué dice usted de esto?... No
he querido contrariarla y he hecho como que no lo observaba... Pero lo
he visto y comprendido perfectamente.

--Ha sido un medio ingenioso--dije--de conciliar la obediencia con el
precepto de la mortificación cristiana.

--Sin duda, amigo mío. Así nos las devuelve la Iglesia cuando ha sido su
nodriza: de una dulzura flexible en la superficie, pero firmes en el
fondo... ¿Firmes?... Esto es lo que habría que ver después de
todo--añadió con expresión pensativa.

--¿Qué importa que quede el fondo, siempre que no haya al exterior ni
mal humor ni exigencias? Bueno es, por el contrario, que las muchachas
tengan principios; así es más probable que sean mujeres honradas.

Lacante estaba reflexionando.

--Sería interesante saber--dijo como hablando consigo mismo,--quién
podría más, si las influencias hereditarias y atávicas o las que se
ejercen en la más tierna edad por una mente extraña. Sería curioso. No
puedo yo jactarme de haberle infundido el germen de todas las virtudes,
y en cuanto a su madre, pobre criatura muy mal educada por unos padres
que no le dieron más que golpes y malos ejemplos, no sé qué pudo
transmitirle de bueno, fuera de la belleza... Esa niña tiene, sin
embargo, una expresión de rectitud y de inocencia que debe de proceder
de la educación que ha recibido...

--No sé por qué, querido maestro, se rehusa usted a sí mismo la
satisfacción de haber transmitido a su hija, con la vida, las cualidades
que hacen de usted un hombre honrado. En el maravilloso alambique de la
Naturaleza, las cualidades especiales de nuestro sexo se transforman en
las que convienen a la mujer. El sentimiento que nosotros tenemos del
honor, por ejemplo, es en ellas el pudor y la fidelidad a la fe jurada.

--Puede ser, amigo mío, puede ser... Pero esa transformación gana,
acaso, cuando es fortificada por lo que llamamos las antiguas
supersticiones, muy bien apropiadas, en suma, para la imaginación viva y
sensible de las mujeres. Para los que creen en ella con sinceridad, la
religión debe de ser punto de apoyo sólido en la lucha contra las
pasiones. Falta saber si el contraveneno sería suficiente para una
naturaleza combatida por instintos más o menos desordenados y, lo
repito, el experimento sería interesante.

--Si no se tratara de su hija de usted. Supongo que no tendrá usted la
intención de experimentar...

Lacante tomó una expresión de cólera.

--¿Quién habla de eso?--exclamó golpeando en la mesa con la regla.--¿He
dicho yo semejante cosa?... Mi hija irá al convento, que es el sitio más
propio para mantenerla en las ideas que se le han inculcado... Y no seré
yo el que trate... No diga usted tonterías, amigo.

Gruñó todavía un rato, y después, volviéndose hacia Polidora, que entró
a darle unos periódicos, la interpeló en tono de buen humor:

--Y bien, Polidora, ¿qué dice usted de mi hija?

La mujer se regodeó con aire de suficiencia y dijo no sin desdén:

--Es una joven sencilla y sin malicia, seguramente... Pero no sabe
llevar un vestido ni servirse de sus ojos...

--¡Alto ahí, Polidora! Agradeceré a usted mucho que no la enseñe esas
artes de adorno... No necesita saber más, hasta nueva orden... ¿Entiende
usted?

--Perfectamente, señor, y basta... Si el señor encuentra bien así a la
señorita... Lo que yo decía era por su bien. Me pondré guantes para
hablarla, si eso agrada al señor.

--Sí; me agrada, Polidora; y como usted es inteligente, quedo tranquilo.




Máximo a su hermano.

10 de julio.


He corrido una porción de conventos. Nunca había visto tantas monjas,
mujeres amables, en resumidas cuentas, con una dignidad sencilla y una
urbanidad púdica que tienen gran encanto.

Después de muchas comparaciones y reflexiones, creo que vamos a
decidirnos a meterla en la Casa de Sión, que es la que parece más
propia para ella. Los estudios no son allí malos y la admisión de
pensionistas se hace con menos pretensiones aristocráticas que en el
Sagrado Corazón, por ejemplo.

Elena, por otra parte, está delicada desde ayer, y el médico ha
aconsejado que se le haga guardar cama. Es, sin duda, la consecuencia
del cambio de aire y de vida.

Su existencia no es alegre, siempre sola con Polidora... y el diablo
sabe qué es lo que Polidora podrá decirle en aquel cuarto lóbrego de un
entresuelo, cuya ventana da a un patio, rodeado por todas partes de
casas de cinco pisos.

He propuesto que se le haga pasear por París, antes de enjaularla entre
las rejas de Sión; pero hay que esperar que esté vestida decentemente y
libertada para siempre de aquellas galas enmohecidas en un armario, y
que llevaba, sin duda, la señorita de Boivic hace treinta años.




Máximo de Cosmes a su hermano.

15 de julio.


Tenía que suceder; debía de ocurrírsete esa idea. ¡Enamorado de Elena
Lacante!... La cosa estaba en el aire y dentro de las verosimilitudes
románticas, y tu superior perspicacia no ha vacilado en desgarrar los
velos del porvenir ni en profetizar. Pues bien, no; nada de vaticinios.
Nadie es profeta en su familia.

Elena es agradable y las circunstancias singulares en que se me apareció
fueron conmovedoras y de una fúnebre poesía. Pero, ya te lo he dicho, mi
elección está hecha. ¿Crees tú que tengo un corazón con cajones
numerados en el que colecciono las ternuras?

Dices que desconfías de las aventuras novelescas y galantes y de los
amores que hieren como un rayo. Pero no sabes, amigo, que no se trata de
aventuras galantes ni de amores a la ligera. Nada de rayos. La que amo
es Luciana Grevillois, a la que conozco hace mucho tiempo; desde antes
de la muerte de su padre, que falleció de repente, hace tres años, en el
Observatorio, cuando estaba estudiando con su telescopio un eclipse de
luna. Todos los periódicos hablaron de esto. Era un astrónomo
distinguido, miembro de la Academia y de varias sociedades científicas.
Privado de fortuna, dejó, al morir, a su mujer y a su hija en la
situación más precaria, con una modesta viudedad a la que la
munificencia del Gobierno añadió un estanco, que Lacante les consiguió.
Las dos pobres mujeres han tenido que ingeniarse para suplir la
insuficiencia de sus recursos y se han puesto animosamente a trabajar.
La madre hace muestrarios de bordados para los almacenes, y la hija, que
tiene talento, pinta miniaturas. No son éstos antecedentes ni
procedimientos de aventureras y creo que no puede haber nada más
honroso.

Las he visto con frecuencia en casa de la Marquesa de Oreve, la gran
amiga de Lacante, que tiene un salón artístico y literario en el que
nuestro tutor es rey y pontífice, bajo los auspicios del mismo Marqués
de Oreve, un papamoscas de alto coturno. Toda esta gente debe ser
desconocida para ti, que la habrás olvidado después del tiempo que
llevas corriendo por el mundo, lejos del _boulevard_.

Las señoras de Grevillois no asisten a los jueves de Lacante, pero
forman parte del círculo habitual de la Marquesa Leontina de Oreve. Allí
se ve también a miss Carolina Godwin, poetisa lírica muy apreciada en
Inglaterra, no muy joven y nada linda, aunque gusta a algunos por sus
monadas de pájaro asustado y por una especie de gorjeo de que se sirve
para expresar sentimientos supraterrestres e ideas de una elevación que
causa vértigos. También va Sofía Jansien, una gorda subida de color y de
potentes atractivos, cuya historia te contaré un día. Luciana brilla
entre aquellas señoras, puedes creerlo, con un fulgor que deslumbra, con
su cabellera de oro y su talle de diosa.

Admirábala yo de lejos, sin haber jamás pensado en hacerle la corte
(sabes que soy, por naturaleza, poco galante), ni siquiera en hablar con
ella de un modo particular. Hermosa y admirada como era, me parecía de
una especie diferente de la mía y, por instinto, sin intención
deliberada, me mantenía a distancia, dichoso solamente con su presencia,
como se es dichoso con un rayo de sol.

Duraba esto hacía unos años, cuando, en una tarde del último octubre,
Luciana vino a sentarse a mi lado. Me levanté al acercárseme, dispuesto
a cederle el sitio y sin pensar que se hubiese molestado por mí. Pero
ella, con un gracioso ademán, me hizo seña de que me volviera a sentar.

--Confiese usted, caballero, que no es usted curioso--me dijo sonriendo.

--¿A qué se refiere la observación?

--Hace meses y aún años que nos encontramos casi todas las semanas en
este círculo, tan reducido que es imposible que seamos completamente
extraños el uno al otro, y nunca ha tenido usted la tentación, ni aun la
más frívola y pasajera, de hablar conmigo y tratar de saber si hay en mi
alma más que una muñeca...

Y al ver que, estupefacto por aquel brusco ataque, no respondía, siguió
diciendo:

--Yo deseo hace mucho tiempo conocer el color íntimo de su mente de
usted, no de la que se muestra en plena luz en conversaciones hechas
para la galería, sino de la que se calla, de la que se reserva, de la
que sólo se entrega cuando está segura de encontrar una simpatía.

Estaba yo literalmente aturdido. Sabes que no soy inclinado a hacerme
valer. Si tengo cierta estima por mi inteligencia, prescindo por
completo de mis prendas físicas, y la atención de que era objeto por
parte de aquella radiante belleza hacíame dudar si estaba despierto o
sumido en las perfidias de un sueño.

Como convenía, me mostré conmovido por su benevolencia y hablamos
largamente. Me quedé maravillado de la razón de aquella joven, de la
madurez de su pensamiento, de la penetración, un poco desengañada, de su
inteligencia. Se ve en ella un corazón que ha sufrido y que, si no se ha
agriado, se ha empapado en las amargas aguas de la adversidad y está más
dispuesto a la lucha que a una pasiva resignación. Es una valiente, esta
Luciana, y he amado a esta valiente. Por mi parte, he creído conocer que
le había agradado.

Tomamos la costumbre de crearnos, en todos nuestros encuentros, unos
instantes de conversación íntima, y echamos de ver que estábamos
maravillosamente de acuerdo en una multitud de cuestiones de arte, de
sentimiento de la Naturaleza, de preferencias literarias, aspectos
generales de la vida, en todo, en fin. Es verdad que hay en ella
aspiraciones religiosas en las que yo no puedo seguirla; pero nada
estrecho, nada de devociones infantiles como las de nuestra amiguita
Elena Lacante. La religión es en Luciana un vuelo del alma hacia las
alturas.

Unas semanas después, me dijo, un día en que habíamos hablado con
singular confianza:

--Confiese usted que tuve razón al arriesgarme a los primeros pasos y
que estábamos hechos para entendernos. ¿Por qué se separaba usted
sistemáticamente de mí?

--Es usted demasiado hermosa y no me atrevía a aproximarme.

--¿De veras me encuentra usted hermosa?... Yo lo aprecio a usted mucho.
¿Cuál de los dos da más al otro?

--Una sola mirada de usted vale más que todo lo que hay en mí y que todo
lo que pudiera ofrecerle en cambio.

--Ofrezca usted, con todo--díjome ella sonriendo,--y me contentaré con
lo que sea.

Si en aquel momento me hubiera dicho que abriese el balcón y me arrojase
de cabeza a la calle, creo que no hubiera vacilado, hasta tal punto
estaba mi corazón fanatizado de amor por ella en aquel momento.

--Haga usted de mí lo que quiera--dije muy conmovido.

Luciana respondió:

--Lo que yo quiero es un amigo. ¿Quiere usted serlo?

--No es bastante.

Se quedó un momento silenciosa, mirándome al fondo de los ojos, y dijo
en seguida:

--¿Piensa usted en lo que pide?

--Ciertamente que pienso.

--No se apresure usted, porque acaso después le pesaría. A mí me basta
con la amistad.

--Y yo la quiero a usted toda--exclamé con ardor.

Si hubiéramos estado solos, la hubiera estrechado contra mi corazón;
pero nos rodeaban diez personas, y aunque las costumbres del salón
autorizan ciertos modales familiares y una amistad íntima, debemos por
eso mismo observar una circunspección y una reserva exterior
irreprochables.

Obtuve de ella en aquella tarde permiso para considerarla como mi
prometida y le expuse lealmente mi situación, que no es brillante. Tenía
ya en aquel momento esperanza de que Marignol me escogiese para suplirlo
en la cátedra del Colegio de Francia; pero no era más que una esperanza,
y, por otra parte, las condiciones leoninas que me impone ese avaro de
Marignol mejoran muy poco mi situación.

Luciana pareció sorprendida de que mis trabajos de crítica sean tan mal
pagados. Lo cierto es que con lo que yo gano y con lo poco que a la
pobre muchacha le producen sus miniaturas no podríamos sostener una
casa.

--Veo--me dijo con un ligero suspiro--que durante largo tiempo tendremos
que armarnos de paciencia, a no ser que alguna hada benéfica...

--Las hadas--respondí suspirando--olvidaron el darme, al nacer, entre
otros dones, el de la riqueza... y nunca lo he lamentado como hoy.
Tendremos, pues, que no contar más que con nosotros mismos y con nuestro
esfuerzo.

--Soy valiente--me dijo.

Pero conocí, sin embargo, que aquella larga perspectiva de cuidados, de
trabajos y de lucha encarnizada contra la mala fortuna, la entristecía,
como era muy natural.

Al despedirme de ella, la estreché la mano y le dije con energía:

--Siento que su cariño de usted me traerá la dicha y espero encontrarme
pronto en estado de poder asegurar a usted la dignidad de vida y la
tranquilidad de espíritu a que tiene derecho.

Luciana respondió a la presión de mi mano:

--Eso es; esperemos con paciencia el momento favorable para realizar
nuestros proyectos.

--¿No retira usted nada de lo que me ha prometido?

--No, por cierto; guardemos nuestras queridas esperanzas y tengámoslas
secretas, ¿verdad?

Hubiera yo deseado hacer mis confidencias al Cielo y a la tierra, pero
Luciana me hizo observar que la situación de una novia a largo plazo y
sin época determinada era embarazosa y algo ridícula.

Consentí, pues, en guardar para mí solo la felicidad que me tenía y me
tiene aún deslumbrado, y hasta he concebido por ello cierto nuevo grado
de consideración para mí mismo. Hay, además, dulces e incomparables
delicias en el misterio de este amor velado a las miradas profanas y que
es para nosotros un cielo de goces.

Aquí tienes, amigo mío, toda mi novela, perfectamente legítima y
honrosa. Nada hay en las de Grevillois que huela a aventuras, y como
Luciana es la belleza misma, seré con ella el más feliz de los hombres.

Perdóname que no te haya contado desde el principio todos los detalles,
pero me lo impedía mi promesa de discreción absoluta. Con un hermano,
sin embargo, se puede hacer una excepción, y no quiero que imagines
alguna aventura dudosa emprendida a la ligera. Pero no nos vendas. Y,
sobre todo, no vayas a figurarte que estoy enamorado de Elena. Si
supieras cómo se borra hasta desaparecer la pobre chica cuando la
comparo con Luciana... He tenido una prueba muy clara al volver de
Bretaña. Fui a ver a esas señoras, y en cuanto se presentó mi hermosa
prometida, sentí una impresión de luz como el que sale en pleno día de
una cueva, o de un lugar de tinieblas.

La pobre Elena, enfermiza e infeliz, me causó una especie de
enternecimiento al que contribuyeron el aparato fúnebre y la decoración
mística que rodeaban su juventud.

Pero en el entresuelo de la calle de Tournon el prestigio poético se
atenúa y se descolora y veo a esta joven tal como es: una criaturita
inofensiva y graciosa, que sería acaso linda si fuese feliz, pero que
tiene las facciones envueltas en un velo de melancolía y de temor que
empañan su brillo.




Máximo de Cosmes a su hermano.

15 de julio.


Elena está decididamente enferma. El médico dice que tiene una fiebre
mucosa. Lamentable contratiempo para Lacante, pues es imposible llevarla
al convento, donde no la recibirían en tal estado. Hay que tenerla en la
casa y puedes figurarte qué trastorno interior. El pobre Lacante, que
contaba con seguir ejerciendo de incógnito su paternidad y había
suspendido dos semanas seguidas, con diversos pretextos sus reuniones de
los jueves, se va a ver obligado a confesar. No se puede guardar en la
casa una muchacha enferma sin que se note algo.

El doctor, Carlos Muret, está ya en el secreto, y el desgraciado Lacante
se arranca los últimos cabellos.

A pesar de mi cariño, no puedo menos de encontrar cómico el apuro de
Lacante, y él, que lo ha observado, me ha tirado su gorro a la cara. El
estado de Elena no es grave hasta ahora, y puede uno reírse sin
remordimiento del gracioso embrollo en que este buen señor está metido.
Él mismo ha acabado por reír, sin cesar en sus anatemas líricos contra
el demonio de los tardíos e intempestivos amores que lo han impulsado a
proporcionarse una familia a la edad en que, de ordinario, se descansa
después de la obra realizada. En su lugar, hubiera yo contado en seguida
mi historia, ahorrándome el embarazo de una situación falsa que se hace
insostenible al prolongarse. Lo que le detiene no es tanto la confesión
del pasado como el partido que hay que tomar para el porvenir. Teme las
interpretaciones, las críticas y los consejos sobre la conducta que debe
seguir para con esta niña a la que tan poco conoce y a la que tanto debe
en compensación de su largo descuido. Lucha entre el sentimiento que
tiene de su deber y el egoísmo de sus costumbres independientes, y
quisiera estar libre de toda influencia y de toda intervención extraña
para cerrar este debate.

Pero, a pesar de sus anatemas y de su aire regañón y contrariado, se le
escapan palabras que denuncian una sensibilidad más excitada de lo que
él quiere confesar. La juventud, unida al sufrimiento, tiene gracias a
que no es posible resistir.




Máximo de Cosmes a su hermano.

18 de julio.


La revelación pública se hizo de improviso, ayer tarde. Unos amigos
habían entrado forzando la consigna y estaba yo esforzándome por
explicarles la ausencia prolongada de Lacante, mientras éste
conferenciaba con el médico; cuando lo vi entrar pálido y descompuesto.
Todos lo observaron y le hicieron preguntas sobre su salud.

Lacante entonces se decidió:

--Amigos míos, estoy bueno; pero aquí, en el cuarto contiguo, hay una
enferma, y esa enferma es... mi hija.

En seguida, viéndolos a todos estupefactos, añadió:

--Sí, mi hija, una pobre niña que vino al mundo hace quince años, sin
grandes ceremonias y en un lecho mortuorio... He sido casado, amigos
míos, y si algunos de vosotros no lo han sabido, es porque me han
quedado de aquella corta unión impresiones tan dolorosas, que trato de
olvidarlas. De los dos amigos que me asistieron en aquellas
circunstancias, el uno ha muerto, y el otro no ha salido nunca de
Bretaña. Y ahora que la venerable persona que ha educado a mi hija acaba
también de morir, pido vuestra benevolencia para esta niña, si no es
que...

No pudo acabar y su emoción me conmovió.

--¿Tan mal está?--le dije.

--¡Está muy grave!

Un gran silencio se cernió sobre la estupefacción de todos. Creo que
hubiera sido curioso observar las fisonomías, pero yo no tuve la
serenidad necesaria. Se murmuraba en voz baja palabras de asombro y de
vaga simpatía, pero nadie tenía gana de reír. La muerte, muy próxima,
acurrucada sobre aquella joven víctima, quitaba a la aventura lo que, de
otro modo, hubiera tenido de irresistiblemente jovial, y la emoción que
lo dominaba salvó del ridículo a aquel padre recalcitrante.

Por muy tarde que se hubiesen conmovido sus entrañas por aquel pobre ser
nacido de él, había sentido, sin embargo, en su corazón la llamada de la
Naturaleza. Bien fuese por lástima, bien por remordimiento, él sufría y
no podíamos menos de compadecerlo. Encorvado hacia el suelo y con las
manos en las rodillas, parecía agobiado por un gran peso invisible, y
sus facciones, tan expresivas y gesticulantes, en las que cada gesto
subraya una malicia propia para provocar la risa, tenían en aquel
momento una expresión trágica, por lo mismo que no era la acostumbrada.

Le preguntamos la opinión del médico. El doctor teme una meningitis y he
pedido consulta. Hemos arrancado estas noticias a Lacante y todos se han
despedido. Se veía que deseaba estar solo.

Me ofrecí a quedarme toda la noche a su disposición, pero él no aceptó y
me estrechó calurosamente la mano.

--Mi querido amigo--me dijo con voz alterada,--_era_ encantadora y creo
que me hubiera querido... me quería ya...

--Y le querrá a usted todavía. ¿Por qué desesperar?

Lacante movió la cabeza sin responder.

¿No sería un extraño desquite de la niña abandonada el haber venido a
casa de su padre para morir en ella, dejándole un eterno pesar?

Encontré en la calle a mis amigos, que me estaban esperando para
asaltarme con sus preguntas. Tuve que contarles mi viaje a Quimper y
hacerles la descripción de Elena. ¡Cuántas curiosidades va a tener que
satisfacer, si vive, la pobre inocente! Como era natural, los amigos se
desquitaron un poco de la violencia que se habían impuesto en casa de
Lacante y se permitieron algunos epigramas jocosos, sin gran malicia,
para decir la verdad.

Como era temprano me fui a acabar la velada en casa de las de
Grevillois, que daban un té en su minúsculo cuartito del piso quinto.
Puedes pensar si tendría yo prisa por ir. Me acompañó Gerardo Lautrec.
¿Te he hablado de él? Y cuando llegamos estaba la reunión en todo su
esplendor. Unas quince personas llenaban literalmente la estrecha salita
y refluían hasta el comedor, en el que había unos platos con pastas y
_sandwichs_, escoltados por unos vasos de agua de naranja y una tetera
de metal blanco. Una lámpara colgada y unas cuantas bujías iluminaban
toda la casa.

Una señora estaba cantando en la sala, bastante mal por cierto: no podía
verla; pero estaba tranquilo, porque Luciana no canta ni sabe más música
que la necesaria para tocar un rigodón. Esperé con paciencia que aquella
dama hubiera exhalado el último grito, que me pareció estridente y de un
timbre infernal; así fue que el descanso resultó magnífico y la
suprimida tortura se tradujo en un aplauso unánime. Me precipité
entonces a la sala, empujando a unos cuantos jovenzuelos, so color de un
entusiasmo irresistible, y me encontré con la cantante, que, roja, sin
aliento y con el pecho al aire, estaba recibiendo los cumplidos con un
gusto exento de toda modestia.

Era Sofía Jansien, de quien ya te he hablado. Hija de un plantador de la
Jamaica se enamoró del intendente de su padre y se casó con él. Llevaron
una existencia miserable durante unos años; pero, habiendo muerto el
padre de una caída del caballo sin haber tomado la precaución de
desheredar a la fugitiva, se encontró Sofía en posesión de una bonita
fortuna, de la que disfruta con su esposo, quien la aprovecha para
emborracharse concienzudamente una vez al día por lo menos.

Gracias a su dinero y a algunos altos parentescos, Sofía es admitida en
sociedad, pero no lleva a su Jansien, que se encuentra más a sus anchas,
para satisfacer sus gustos, en el recogimiento del hogar conyugal. Se
dice que se llevan bien. Ella no murmura sobre el número de botellas que
el hombre se bebe todos los días, y él la deja, sin mal humor, ir adónde
le acomoda y hacer lo que se le antoja.

Esta historia, que todo el mundo conoce, la audacia un poco cínica de su
lenguaje y la extravagancia de sus modales, hacen que no la vea yo con
mucho gusto en casa de Luciana; pero sé que la pobre muchacha tiene que
conservar en ella una cliente preciosa. Esa exuberante amiga de las
artes, que pinta como canta, ha escogido a Luciana para retocar
clandestinamente sus obras maestras, y paga liberalmente su talento, y,
sobre todo, su discreción.

La felicité con un bravo un poco seco, saludé a la de Grevillois, muy
ocupada en cumplimentarla para hacer caso de mí, y traté de descubrir a
Luciana. Estaba sentada en una silla baja, entre un torrente espumoso de
gasas y tules blancos y rosa, y en cuanto me vio se levantó vivamente.

--¿Y Lacante? ¿Dónde está el señor Lacante?

Comprendió en seguida, en la expresión de mi cara, que Lacante no me
había acompañado, y sus hermosas facciones se ensombrecieron.

--¡Cómo! ¿No ha venido? Me había usted prometido traerlo... ¡Es
fastidioso!... Querida Condesa, me va usted a guardar rencor por esta
decepción, pero no es mía la culpa.

El desagrado de la Condesa Vannier era visible a pesar de sus protestas
de urbanidad. La especialidad de esta Condesa consiste en conocer y
recibir en su casa a todas las celebridades, no sólo de París, sino del
mundo entero, cualquiera que sea su clase de celebridad. Creo que
tendría orgullo en recibir en su salón a un licenciado de presidio, con
tal que su crimen hubiese sido un poco ruidoso. Le falta Lacante en su
colección, y Luciana le había prometido procurárselo valiéndose de mí.

Me esforcé por excusar a Lacante con vagas razones, pero Lautrec cortó
mi inútil retórica.

--Si Máximo no trae a Lacante--dijo,--trae en cambio una novela inédita.

--¡Una novela! Veamos, veamos... Señor Cosmes, no puede usted negarse.

Tuve que contar de nuevo la historia de Elena, que interesó y divirtió
mucho al auditorio.

Las mujeres se enternecieron por la enfermedad de la inocente y vieron
en ella un castigo por la insensibilidad de Lacante.

Los hombres decían:

--Es acaso un desenlace y una buena solución.

Sofía Jansien resumió todas las opiniones con su voz de clarín:

--Si ha de perder a su hija, más vale que no la haya educado él mismo,
pues así se consolará más fácilmente. Si vive, tendrá tiempo para hacer
que olvide el pasado y para hacerla feliz... Señoras, no nos
enternezcamos por Lacante... Ha amado y esto basta; su misión está
cumplida. El gran negocio en esta vida es el amor.

Luciana preguntó:

--¿Es bonita esa joven? No nos lo ha dicho usted.

--¡Lindísima!

Procuré, con algo de malicia, acentuar mi respuesta, pues nada molesta a
las mujeres como la belleza de las demás.

--¿Tan bonita es?

--¡Deliciosa!

--El viaje, entonces, no le habrá a usted parecido largo...

--¡Oh! Máximo no se ha aburrido--dijo Lautrec riendo.

Me pareció leer un poco de despecho en los ojos de Luciana; y como todo
lo que atestigua el amor gusta al que ama, aquel despecho me resultó
agradable.

La Condesa Vannier creyó que debía defenderme y habló de misión de
confianza, de joven doncella sin protector, de lealtad, de delicadeza,
de honor y otros lugares comunes, que todo el mundo tenía en la mente
antes de que ella los dijese.

Pero la de Grevillois intervino oportunamente, rogando a Lautrec que nos
recitara alguna de sus poesías.

Lautrec se excusó diciendo, con un acento de ironía más picante que
todas las frases, que la paternidad de Lacante le tenía fuera de su
estado normal; pero unas palabras de Luciana, acompañadas de una de sus
irresistibles miradas, lo decidieron, y nos recitó un soneto de corte
romántico, según el cual la crisis fatal de la vida humana no es el día
en que se ama ni el en que se muere, sino aquel en que se sufre el
primer desengaño de amor...

--Hay también el día en que se paga al casero--dijo una voz.

Hubo risas, pero el éxito de esta melancólica reflexión se perdió en el
ruidoso triunfo de Gerardo Lautrec. Leyendo los versos no es posible
formarse idea del efecto que produjeron dichos por él, con su voz cálida
y envolvente, patético sin esfuerzo y con matices de infinita ternura o
de varonil altivez. ¡Cómo tenía atentas y palpitantes a todas las
mujeres! ¡Y cuánta era mi irritación al ver a Luciana suspendida de sus
labios! Es el tal casi hermoso, alto y rubio como un inglés y con su
flema y su tiesura un poco altanera. Joven, rico y con bastante talento
para deslumbrar, tiene con las mujeres todos los éxitos que puede desear
y hasta algunos más. Luciana, que tenía los ojos brillantes de
entusiasmo, le dio las gracias con efusión y se lo llevó después al
comedor con el pretexto de darle un refresco.

Lautrec, sin embargo, no tardó en despedirse, y yo me ofrecí el pobre
desquite de hacer rabiar un poco a Luciana.

--¡Cómo!--la dije,--¿ya se ha marchado el poeta, a pesar de los encantos
de usted?

--¡Ay de mí!--exclamó riendo;--olvidemos lo que es triste y hablemos un
poco de esa joven tan deliciosa... de la hija de Lacante.

--Tampoco eso es alegre; la pobre niña está acaso a estas horas en el
duro trance de la muerte.

--Entonces hablemos de otra cosa--dijo secamente; y me dejó casi en
seguida.

No me he engañado sobre aquella sequedad aparente ni sobre aquel
movimiento de mal humor: todo ese despecho viene de que he ponderado la
belleza de Elena, de que está celosa, y sus celos prueban que me ama.
¿Qué más puedo desear?

Pronto la vi reír con unos cuantos hombres agrupados a su alrededor. Me
mantuve a distancia, y mientras la de Jansien me confiaba a voz en
cuello sus ideas soldadescas sobre el grande y único negocio de la vida,
que es el amor, yo me embriagaba, de lejos, con la belleza de Luciana,
con su ingenio, con su gracia, con los incomparables encantos de su
talle y de sus movimientos, y pensaba que aquellos tesoros eran míos.
¿Comprendes que haya yo podido agradarla? Es increíble.




Máximo de Cosmes a su hermano.

30 de julio.


La enfermedad de Elena se prolonga sin dejar de ser grave. Los médicos
esperan el veintiún día para pronosticar, entonces deberá producirse
una crisis que será decisiva. La vi la otra mañana, muy blanca, en su
camita de campaña instalada en la biblioteca para dos o tres noches y
que será, acaso, el lecho de su eterno reposo. Su cara, tan pálida como
las sábanas, se destacaba sobre la obscura encuadernación de los libros
y sus ojos hundidos brillaban en la penumbra.

Me vio en la rendija de la puerta, donde estaba yo medio escondido, y me
hizo una señal con la mano. Sus labios se movieron al mismo tiempo, pero
su débil voz no pudo llegar hasta mí.

--¿Qué quiere?--pregunté a Polidora que estaba allí.

--Dice que no entre usted, porque se le puede pegar su enfermedad.

¡Pobre niña! Aquel cuidado por los demás, en medio de su fiebre, era
conmovedor.

Polidora la cuida con un celo que la rehabilita a mis ojos. Después de
todo, es posible que no le haya faltado más que la ocasión de tener
virtudes.

He recibido esta mañana una deliciosa carta de Luciana. No la he visto
desde la reunión de la otra noche y creía, no sé por qué, que estaba
enfadado. La he tranquilizado en seguida con unas palabras dirigidas a
la lista del correo, como está convenido entre nosotros. Nada más
legítimo, puesto que somos prometidos. Sería duro a nuestra edad someter
nuestra correspondencia a la buena señora de Grevillois, y acaso más
duro todavía el excluirla de ella. Hemos pensado que lo mejor era
ahorrarle ese disgusto.

Adoro las cartas de Luciana, porque se muestra en ellas más libre y más
tierna que hablando. En los raros instantes en que podemos hablar solos
está reservada y casi fría y me hace feliz esta reserva, hija de su
pudor y de su dignidad. El lazo que nos une, aun siendo un poco místico,
no deja de ser fuerte.




Máximo de Cosmes a su hermano.

6 de agosto.


¿Sabes que estoy celoso del interés que tomas por todo lo que se refiere
a Elena Lacante?

La pobre niña es interesante, pero yo también, qué diablo... Y tú no
parece que te das cuenta de ello.

Voy, pues, a decirte el estado de Elena. La crisis que se esperaba ha
traído un alivio de la fiebre y la muchacha empieza a revivir, a mirar
a su alrededor y a darse cuenta de las cosas. Hay todavía, sin embargo,
alteraciones y lagunas en su memoria.

Lacante es extraordinario. Aunque el médico ha recomendado el reposo y
el aislamiento a la enferma, Lacante entra diez veces al día en el
cuarto de su hija, ya con el pretexto de buscar un libro, ya con el de
cerciorarse de la buena temperatura. La fibra paternal hasta ahora
inerte y muda, ha vibrado por fin al contacto de esta débil criatura,
tan dulce en sus sufrimientos y tan linda en su doliente palidez. ¡Ah,
querido! La belleza es una maga poderosa.

Además, a Lacante le parece deliciosa la novedad del sentimiento que
experimenta a una edad en que todo se ha probado y agotado hasta las
heces. En la pureza inmaculada de tales sentimientos ¡qué irresistible
fuerza la de esas sensaciones todavía no gustadas! Lacante saborea su
encanto con una alegría temblorosa por miedo de ver agotarse ante sus
ojos ese manantial en el que sueña con apagar la sed de su vejez.

Creo que no podría ya separarse de su hija. El otro día le oí encargar
una institutriz inglesa o alemana para acompañar a Elena durante su
convalecencia... Piensa, con razón, que Polidora, con toda su buena
voluntad, no será una compañía conveniente para su hija. También me ha
hablado de un cuartito que se alquila en el mismo piso que el suyo y que
podría completar su casa. Creo que las cosas se arreglarán de ese modo,
y, realmente, puesto que la existencia de Elena no es ya un secreto para
nadie, no veo por qué se ha de privar de la alegría de su presencia.
Esto le obligará acaso a sacrificar algunas intimidades y a moderar el
tono de las conversaciones. El buen gusto no perderá nada con ello.




Máximo de Cosmes a su hermano

8 de agosto.


Hoy ha sido gran fiesta para Lacante y sus amigos: Elena se ha
presentado un momento en la sala. Hace quince días que han vuelto a
verificarse las veladas de los jueves y esta noche el dueño de la casa,
aunque algo atacado de la gota, nos había parecido de muy buen humor. A
eso de las diez nos ha dejado sin decir palabra, y, casi en seguida, ha
vuelto a entrar con Elena de la mano.

¡Qué aparición, querido mío, la de aquella niña olvidada, demacrada,
vestida con una bata blanca, flexible y sedosa, que le daba un aspecto
de figura antigua! Con sus cabellos obscuros separados en la frente y
unidos por detrás en una gruesa trenza, y con el tímido asombro de sus
ojazos, un poco hundidos, parecía un ser celestial. Su padre, radiante,
se la presentó a la Marquesa de Oreve, que allí estaba y que la acogió
con miradas, fijamente investigadoras y palabras de bienvenida un poco
arrulladoras y afectadas. Me gustaría saber lo que ha pensado la
muchacha de aquella cara redonda, coronada por un complicado edificio de
trenzas y rizos y que se paseaba de un hombro a otro con lentitud
presuntuosa. Nunca me había chocado tanto como entonces, por el
contraste con la cándida sencillez de Elena, la ridiculez de aquellas
maneras y de aquellos adornos.

Lacante hizo que su hija se sentase y le presentó, uno por uno, sus
invitados, añadiendo al nombre de cada cual una nota característica
destinada a fijar sus recuerdos. Cuando llegó a mí, Elena dijo con
presteza:

--A este caballero lo conozco. Es el amigo de Quimper, que tan bueno ha
sido conmigo.

Y me ofreció su manita demacrada.

En este momento entró el doctor Muret y se indignó al encontrarla
todavía de pie siendo más de las diez. Hubo que ver a Lacante, confuso
como un colegial cogido en falta, dándose prisa para llevarse a Elena, a
pesar de su pie gotoso, y volviendo la espalda a la cólera del médico.
Parecía rejuvenecido con la belleza de su hija.

Cuando volvió, fue unánime y calurosamente felicitado. Gerardo Lautrec
improvisó, en honor de Elena, un soneto de rimas sonoras y raras, en el
que la comparaba con las vírgenes de las Propilias y rimaba ánfora con
canéfora, lo que es rico, nuevo... y no hace daño a nadie.




Máximo de Cosmes a su hermano.

20 de agosto.


Acabo de recibir tu carta y quiero responder sin tardanza a tu afectuosa
reprimenda.

Me regañas por mi elección porque hubiera podido hacer un matrimonio
mejor. Dí, si quieres, que hubiera podido hacerlo más rico, pero no con
tan bella prometida. El matrimonio, para mí, no debe ser un buen
negocio, cómodo y fructuoso; el buen matrimonio es aquel en que los
corazones se unen, las inteligencias se comprenden y los gustos se
adaptan, y esto es lo que sucede con Luciana y conmigo.

Lo que tú piensas sin atreverte a decirlo; lo que yo veo a través de tus
precauciones oratorias, es que he debido de dejarme engañar por una
ambiciosa coqueta y pobre, que ha creído hacer una excelente presa y que
finge el amor para asegurarse una posición. No lo niegues; adivino tu
pensamiento a pesar de los velos que le disfrazan... Pero ten en cuenta
que conoce la insuficiente medianía de mis recursos actuales y lo
incierto de mis lejanas esperanzas, que se reducen a una cátedra en el
Colegio de Francia cuando Marignol tenga a bien dejarme la suya.

¿Crees realmente que con su belleza, su juventud, tiene veintitrés años,
el nombre honrado de su padre, su ingenio y su talento, necesita
representar la comedia del amor para procurarse un marido?

La sospecha es injuriosa y poco agradable para mí. No soy fatuo ni me
creo en condiciones de hacer perder la cabeza a las mujeres que
encuentro al paso. Pero ¡qué diablo! no soy tampoco un monstruo y no me
parece enteramente imposible que una muchacha de talento y de corazón se
enamore de un mozo que no es tonto, aunque no tenga la belleza de Apolo
ni las gracias perversas de don Juan.

Y, además amigo mío, aun cuando se me probase que Luciana ha querido
ante todo asegurarse una posición y un marido de buena voluntad, y que
había usado de astucia para pescarme en el anzuelo de su belleza, sería
ya tarde para desdecirme, pues he dado mi palabra. Pero tranquilízate;
me ama y me prefiere a todos los que la asedian con sus adulaciones. De
otro modo, ¿por qué me había de escoger?

Ayer, en casa de la Marquesa de Oreve, donde nos reunimos a festejar la
convalecencia de Elena, Luciana deslumbraba. Las demás mujeres parecían
comparsas destinadas a hacerla valer y resultaba entre ellas una
estrella refulgente. La misma Elena, muy linda, sin embargo, bajo el
velo de timidez y de modesto silencio en que se envuelve, se eclipsaba y
desaparecía. Nadie puede compararse con Luciana.

Puesto que te divierten mis crónicas, voy a contarte aquella comida en
casa de la Marquesa.

La de Oreve tenía a su derecha a Lacante, por supuesto, y a su izquierda
a Kisseler, el escultor.

Enfrente de ella, su augusto esposo.

¿Lo conoces? No creo. Un hombre alto y delgado, barba escasa y una
cabellera bermeja, muy indisciplinada a pesar de los emplastos de
cosmético que tratan de civilizarla. Fuera de esta malignidad de unos
pelos rebeldes, el Marqués es feliz. Tiene la nariz aguileña y larga;
lo que es eminentemente aristocrático y le llena de satisfacción. Es
aficionado a la historia y se pasa la vida rebuscando las antiguas
crónicas. Sabe al dedillo las alianzas, buenas y malas, de todas las
grandes familias y las juzga soberanamente, para hacer olvidar, sin
duda, que él se casó con Leontina Marsh, hija de un fabricante de
drogas. Con la cabeza un poco echada hacia atrás y con los ojos
ahuevados y vagos, pasea su pensamiento por un pasado tan lejano y ve
tan alto en las jerarquías de Príncipes, que no puede ver lo que pasa
delante de sus narices. ¡Y deben de haber sucedido unas cosas!...

El Marqués tenía a sus dos lados a la de Grevillois y a Sofía Jansien,
y, mientras nos sentábamos, le oí decir:

--En 1590, una señorita La Fertè-Jonchère se casó con un caballero de
Grevaulx-Loys, de donde debe de haber salido, después de varias
alteraciones de lenguaje, la familia de usted: Grevaulx-Loys...
Greville-Loys... Grevillois... ¿Comprende usted?

Lo abandoné a su disertación para ir a sentarme en el extremo de la mesa
con la juventud, pues mi escasa importancia social me permite asociarme
a ese batallón ligero. No me atreví a sentarme al lado de Luciana, que
me había dicho por lo bajo, siempre prudente en su táctica: «No llamemos
la atención.»

Gerardo Lautrec tenía el honor de ser su vecino y yo estaba enfrente,
sin perder ni un movimiento, ni una expresión, ni un matiz siquiera de
sus fisonomías. Acaso me hubieran molestado las solicitudes de Gerardo
si Luciana, con una seña y una imperceptible sonrisa, no me hubiera
probado que estábamos secretamente unidos.

La conversación versó al principio sobre la literatura y las novelas
nuevas. Desde que Lacante es de la Academia, la Marquesa se ha vuelto de
una intolerancia feroz para los otros escritores, y su celosa amistad no
reconoce el mérito de ninguno. Ni siquiera Loti encuentra gracia con
este adorable Bamountcho. Los extranjeros le parecen de una rivalidad
menos próxima y son tratados menos severamente. D'Annunzio no sale mal
librado. Lacante sonríe con bondad ante esos holocaustos en su honor y
defiende a las víctimas con buenas razones un poco flojas. Su equidad
natural se deja adormecer por el rumor de esas adulaciones abundantes y
locuaces, que no le permiten siquiera desarrollar su opinión. Se resigna
e inclina la cabeza bajo el peso de las indiscretas razones que le
asesta la inagotable elocuencia de la dueña de la casa, a no ser que el
Marqués, molestado por el ruido, no la detenga con un ademán de su larga
mano incolora:

--Querida amiga, nos gusta oír hablar a Lacante; permítenos escucharlo.

La primera parte de la comida se consagró a la literatura. Hacia el
asado, sin embargo, la conversación se extravió, y dejando los
laberintos literarios, hicimos una excursión atrevida hasta las más
altas cimas del arte, bajo la dirección de Kisseler. Después, como
cediendo a la atracción del vacío, dimos un inmenso chapuzón en el
obscuro abismo en que lucha la metafísica contra las religiones, que la
desdeñan, y contra la ciencia que la desprecia.

Te hago gracia de los largos rodeos por donde llegamos, de digresión en
digresión, al concepto de la divinidad. Kisseler fue también quien
inició el asunto con una audaz apología de la belleza plástica que fue
como divinizar la forma: la belleza era para él el primer atributo de un
dios; y el culto de la belleza, el primer dogma de una religión: la
Grecia antigua fue la cuna de la verdadera religión, única digna de
conmover a la conciencia humana y de unirla en un culto común, la
adoración de la belleza. Gerardo Lautrec trató de espiritualizar la idea
mostrándonos en la belleza de la forma la imagen y el símbolo de la
belleza moral, única representación de la divinidad. Al oír esto Sofía
Jansien, roja como la grana bajo sus ricillos de un negro azabache,
preguntó con indignado desprecio cómo era posible que se perdiese el
tiempo en definir lo que no existe.

--Nosotros--dijo,--somos nuestros propios dioses, puesto que siempre
dotamos a la divinidad de nuestros propios atributos, incluyendo
nuestros vicios, como lo prueba la mitología de los griegos.

La Marquesa interpeló a Lacante, que se había limitado hasta entonces a
aprobar sucesivamente todas las teorías con la benevolencia ligeramente
irónica y con la sonriente indiferencia que opone generalmente a las
opiniones ajenas en todo, lo que se refiere a las cuestiones de
metafísica religiosa. Es este un terreno en el que se cree maestro y en
el que no soporta incursiones extrañas más que con sonriente piedad.
Hubiera él preferido no verse obligado a responder, y salió del paso con
su habilidad acostumbrada para no herir a nadie.

Desarrolló primero la idea de que para los que consideran el Universo
como una fuerza independiente que saca de sí misma todo lo que existe,
no es necesaria la hipótesis Dios; y la cuestión de saber si Dios es
bueno o justo, bueno o malo, no significa nada.

--Es verdad--añadió--que si no se puede demostrar racionalmente la
existencia de Dios, no es absolutamente imposible que exista. Lo
prudente es, pues, obrar como si su existencia estuviese demostrada y
reconocerlo como fuente de todo el bien que hay en nosotros.

--¿Para qué?--exclamó la impetuosa Sofía, contrariada por aquella hábil
balanza entre las diversas opiniones.--¿Para qué ese engaño impuesto a
nuestra credulidad? Lo que subleva en las religiones es que hablen en
nombre de un Dios que no pueden definir.

Gerardo replicó que la palabra dios expresa justamente lo inexpresable;
y yo hice observar que la ciencia usa el mismo procedimiento al emplear
ciertas palabras para expresar hipótesis, como el éter y el átomo, lo
que facilita la explicación de los fenómenos.

Muy bajo, por deber de conciencia, sin duda, la de Grevillois afirmó que
la virtud no existiría sin la creencia en Dios, y esto proporcionó a
Kisseler la ocasión de dar una carga furiosa contra las virtudes
asalariadas, letras de cambio giradas contra el Padre Eterno.

Y entonces (he querido traerte aquí por este largo rodeo) Luciana, que
había guardado hasta entonces un prudente silencio, levantó la linda
cabeza y dijo con emoción:

--No es recompensas lo que pedimos a Dios, sino que sea nuestro testigo
en el áspero camino de la vida. Necesitamos saber que está presente,
invisible y eterno, viendo las injusticias del destino, las violencias
que nos imponemos por su gloria, las fatalidades que nos oprimen,
nuestras miserias y nuestras virtudes, muchas veces ignoradas de todo el
mundo.

Su voz vibraba, brillaban sus ojos, y Lacante la saludaba con gestos
amables, más por su asombrosa belleza que por su elocuencia.

--Luciana nos hace ver maravillosamente--dijo con galantería
Lacante--una ley fatal de nuestra pobre humanidad, que la conduce a
concebir la existencia de Dios como un dogma necesario, mientras es
incapaz de establecer racionalmente ese dogma. Este callejón sin
salida--añadió riéndose--es el gran infortunio de los filósofos.

Después, dirigiéndose a Elena, que estaba escuchando con profunda
atención, le preguntó:

--¿Qué comprendes tú de todo esto, hija mía?

Bajo la transparencia de su piel corrió la llama de rubor. La muchacha
bajó los ojos sin responder; pero su cortedad divertía a Lacante, que
insistió:

--Vamos a ver, dinos lo que piensas. Una devota como tú debe estar muy
enterada de estas cosas. ¿Qué te representa mejor a Dios, la bondad o la
belleza?

Elena respondió con gran dulzura:

--¡El amor!

Y tal palabra tuvo un encanto exquisito en aquellos labios inocentes.

Sofía nos echó a perder aquel delicado placer gritando a voz en cuello:

--¡Bravo! ¡Bravo! Esa es la verdad; la verdadera religión es la del
amor.

--El amor, hijo de Venus--murmuró el Marqués, a quien aburrían estas
cuestiones y buscaba un refugio, habitual para él, en la genealogía.

La Marquesa creyó que debía explicar el pensamiento de Elena.

--Esta niña, señores, sólo ha querido hablar del amor divino y no conoce
otro; ¿verdad, querida? En el convento de Bretaña no enseñaron a usted
más que a amar a Dios...

--A Dios y a los hombres, señora--respondió Elena con cándida intrepidez
y sin echar de ver las sonrisas de todos.

--¡Diablo!--exclamó Kisseler con su brutalidad de siempre;--pido que se
agregue a las señoras...

Elena no lo oyó, aturdida por la risa estrepitosa de Sofía, a quien
estas bromas gustan extraordinariamente.

Nos levantamos de la mesa al ruido de aquellas carcajadas, y pasamos al
salón.




Elena Lacante al Padre Jalavieux.

Agosto.


Señor cura:

Me siento muy culpable y muy ingrata para con usted. Le había prometido
darle noticias de mi viaje, de mi llegada a casa de mi padre y de lo que
fuera de mí. Han pasado cerca de dos meses y no he cumplido, mi promesa;
y aunque pudiera excusarme por haber estado mala, muy mala, según
dicen, prefiero acusarme y pedir a usted perdón, para oír en mi corazón
aquellas palabras tan dulces que pronunciaba usted después de la
confesión de mis faltas: «¡Váyase en paz!»

¡Cuánta necesidad tendría de sus consejos en esta existencia tan nueva!
Y no tengo nadie a quien dirigirme, porque nadie me conoce bastante para
interesarse por mí. Mi padre es muy bueno, pero necesitaría consejos
para agradarle y no me atrevo a pedírselos. Me intimida hasta el
extremo, a pesar de su bondad, que excede a todo lo que podía esperar.
Me demuestra hasta ternura, y esto es un verdadero prodigio, pues nada
he hecho hasta ahora para que me quiera. Creo que se ha aficionado a mí,
por los cuidados que me ha prodigado durante mi enfermedad, y que me
agradece que viva, como si tuviese yo en ello algún mérito. Si por eso
es feliz no debe dar gracias más que a Dios. Por desgracia (y este es un
gran secreto que confío a usted) no creo que piense en tal cosa y esto
me produce una pena extremada. Según lo que mi ignorancia me permite
juzgar, me parece que Dios es para él un asunto de estudios, un problema
interesante e insoluble, y no ese Padre lleno de justicia y de amor al
que usted me ha enseñado a amar y a temer. Y esta diferencia en el modo
de concebir a Dios, la vida eterna, nuestra alma misma, pues todas estas
creencias se encadenan, es acaso lo que me hace ser tan tímida al lado
de mi padre. Hay entre nosotros una equivocación, más todavía, una
dificultad para entendernos, que me hace encontrarme como en país
extranjero entre esta sociedad tan inteligente, tan ingeniosa y, según
creo, tan sabia. Mis sentimientos no encuentran eco. Todo lo que digo
asombra y hace sonreír.

Todo esto viene acaso de mi ignorancia y de que no sé el sentido exacto
de las palabras; pero lo que sí veo claramente es que las prácticas
religiosas no se usan en París y que el domingo se diferencia poco de
los demás días de la semana. Mi padre, sin embargo, es tan bueno, que me
permite obrar según mi conciencia, con tal que no le moleste en sus
costumbres, lo que es, después de todo, muy natural. ¿Lo creerá usted,
señor cura? Lo poco que hago por Dios, discretamente y en silencio, lo
hago con más fervor y me proporciona más dulzura por lo mismo que tengo
que superar más dificultades. Deseo mucho complacer a mi padre y que me
quiera. Piense usted que es el único ser en el mundo a quien puedo
consagrar mi vida: ¿qué iba yo a hacer de mi corazón si nadie se cuidase
de él?... ¿Lo escandalizo a usted, señor cura? Usted piensa que Dios nos
pide ese corazón y esa vida, y que esto es bastante para llenarlos.
Pero, se lo ruego a usted, no piense eso. Dios es demasiado grande y yo
demasiado pequeña, y necesito intermediarios para elevarme hasta Él,
como los peldaños de una escala de amor; pero si mi inteligencia va
derecha hacia Él, y no pide más luz; si la fe me basta para creer; mi
corazón no podría subir tan alto de un solo vuelo. Siento mi corazón
como vacío, y pesado por estar vacío... Es acaso absurdo lo que estoy
escribiendo, pero me resiento todavía de esta larga enfermedad, tengo la
cabeza débil y no sé cómo van mis pensamientos. Es preciso, pues,
perdonarme si digo alguna tontería.

Adiós; escribiré a usted otro día más en detalle mis impresiones sobre
la gente que rodea a mi padre. Hasta este momento las mujeres me gustan
menos que los hombres... Quiero decir que me desorientan más, porque son
realmente de otra especie que las mujeres de Quimper, al menos que las
que conocí en casa de mi pobre tía. Aquí, por mucho que las miro, me es
imposible saber si son jóvenes o viejas, guapas o feas, buenas o malas,
pues tienen un aspecto, que desconcierta, de serlo todo a la vez. En el
mismo momento se presentan bajo aspectos enteramente contrarios y la
incertidumbre que producen es causa de cierto malestar. He visto, sin
embargo, una señorita muy linda a la que desearía querer mucho, pero...
Señor cura, borro el "pero" hasta que la conozca mejor.

Adiós, mi bueno y venerado padre, usted me permite, ¿verdad? continuar
dándole ese nombre. No olvide usted en sus oraciones a su hija
respetuosa,

ELENA LACANTE.




Máximo a su hermano.

25 de agosto.


Hace unos días llegué a casa de Lacante, como casi siempre, a llevarle
algunas notas que me había pedido. Lacante había ido a una reunión del
_Diario de los Sabios_, y no encontré en su despacho más que a Elena,
muy ocupada en acabar una carta.

--¿A quién escribe usted con tanta aplicación?--le pregunté sentándome
enfrente de ella.

Elena me enseñó el sobre.

--Al padre Jalavieux.

Parece que es el sacerdote que le dio la primera comunión.

--¿Y qué le dice usted que tan largo es? ¿Los pecados mortales?

--No, por cierto. Podían equivocarse de camino y... figúrese usted. Las
cartas se pierden algunas veces.

--Enséñeme usted la carta, ¿quiere usted?

--No.

--¿Tan graves secretos escribe usted a ese padre Jalavieux?

Elena titubeó.

--No son precisamente secretos...

--¿Qué son, entonces?

--Cosas de poca importancia, pero dichas en confianza.

--¿No tiene usted bastante confianza en mí para decírmelas?

La muchacha bajó la cabeza sin responder.

Estaba tan linda con aquel aspecto de confusión juvenil y sincera, que
quise divertirme en continuar la broma.

--¿No sabe usted que me intereso mucho por su persona, por sus ideas,
por sus sentimientos?...

--Sé que es usted muy bueno y que quiere mucho a mi padre. A causa de
esto, bien puede usted interesarse por mí.

--A causa de eso y otras muchas razones además, Elena. La quiero a usted
ya... como a una hermanita.

--¡Oh! mejor--exclamó la muchacha con cándida alegría.

--En ese caso enséñeme usted su carta como lo haría si tuviese yo la
suerte de ser su hermano.

Elena movió la cabeza y se puso grave.

--No... no puedo. Me parece que sería faltar a las consideraciones
debidas al señor Jalavieux el admitir un tercero entre los dos sin que
él lo sepa.

--He ahí un escrúpulo sutil... Por otra parte, ese señor no lo sabrá.

--¿Qué importa? La ofensa existiría aunque fuese ignorada... Puede que
esté yo en un error, pero lo siento así.

Mientras hablaba estaba doblando la carta para meterla en el sobre, y yo
me incliné rápidamente y se la quité.

--Ahora--dije poniéndola lejos para que no pudiera cogérmela,--soy dueño
de sus secretos de usted, señorita Elena.

Echéme a reír al ver la indignación que había en su mirada por mi audaz
atentado, y mientras me reía, mis ojos se fijaron casualmente en esta
frase: «He visto una señorita muy linda a la que desearía querer mucho,
pero...» Esta última palabra, aunque muy legible todavía, había sido
tachada con un rasgo de pluma, y tal circunstancia tomó para mí una
singular importancia.

--¿Es a la señorita de Grevillois a la que encuentra usted tan
linda?--le dije enseñándole el párrafo de lejos.

--No quiero responder a usted.

Elena parecía enfadada y volvía la cabeza para no verme.

--Si me responde usted, le devolveré la carta.

--Sí, es esa señorita.

Cogió la carta, que le devolví, y se apresuró a meterla en el sobre.

--¿Qué quería decir ese «pero» que ha borrado usted?

--Eso no tiene importancia, puesto que lo he borrado.

--Quisiera saber qué tiene usted que reprochar a esa amable persona.

Elena me miró con fijeza.

--¿Le interesa a usted mucho esa amable persona?

--Lo que me interesa, Elena, es la manera que usted tiene de juzgar las
personas... Me gustaría penetrar en su alma, tan secreta y prudente, y
aprovecho para ello todas las ocasiones que se presentan...

Una coqueta no hubiera dejado de hacer con este motivo unas cuantas
monadas; pero Elena, que es demasiado sencilla y natural, reflexionó
unos instantes y me dijo con acento de sincero pesar:

--Quisiera responder a usted; pero no debo, en conciencia. Sería injusto
comunicarle una impresión poco favorable, cuando a mí misma me ha
parecido bastante precipitada y superficial para no querer atenerme a
ella.

Insistí yo, secretamente picado y deseoso de saber qué podía reprochar a
mi amada Luciana, pero se negó obstinadamente a responder.

--No, no; estaría muy mal. No insista usted, porque perderá el tiempo.

Vi que, en efecto, sería inútil insistir, pues su cara había tomado una
expresión de dulce resolución, contra la cual se veía que no prevaldría
ningún esfuerzo.

Y, como se trataba de Luciana, aquella resistencia me mortificó.

--Decididamente, es usted demasiado perfecta, señorita Elena, y su
conciencia se alarma demasiado fácilmente... La caridad cristiana gana
mucho cuando no se la exhibe con cierta pedantería... Aquí están las
notas que deseaba su padre de usted. Sírvase usted entregárselas cuando
vuelva.

Saludé y me fui.

Elena hizo un movimiento como para retenerme, pero nada dijo sin
embargo.

Y nos separamos enfadados.




Máximo de Cosmes a su hermano.


...Diversos obstáculos me han impedido ir a casa de Lacante durante
varios días. Ayer, jueves, día de la comida semanal, me fui temprano
para poder hablar con él tranquilamente.

Elena estaba sola en la salita, y me salió al encuentro con expresión de
cándida ansiedad.

--¿Todavía enfadado?--me preguntó, y su voz, su mirada, su hermosa
mirada, pues no se puede negar que tiene unos ojos admirables, todo, en
su joven fisonomía y en su actitud, parecía implorar.

Yo no pude fingir un descontento que tenía ya olvidado, y respondí:

--Nada de eso... ¿Cómo guardar rencor a una niña como usted?

Le dí la mano, la tomó, y antes de que yo pudiera preverlo ni impedirlo,
me la besó...

Si te crees que el beso de aquellos lindos y frescos labios me produjo
un inmenso placer, te engañas. Ese beso me ocasionó sorpresa y
confusión, además del secreto chasco de sentir bajo su candor un
sentimiento de inconsciente veneración. Y, ¡qué diablo! si es hermoso el
ser venerable, y honroso el ser venerado, con todo, la cosa es, a mi
edad, un poco desconsoladora.

Lacante, con gran estupefacción de todos, nos anunció aquella noche que
se va a instalar en el campo. Si lo conocieras como yo, comprenderías lo
que tiene de revolucionaria esa extraña decisión. Hace mucho tiempo que
nos dejaste y que estás corriendo por el mundo de las embajadas, para
darte cuenta de la fijeza proverbial de las costumbres de nuestro amigo.

Piensa que nunca ha viajado para no separarse de sus libros y de su
mesa.

Aquel espíritu tan curioso se ha condenado a no conocer nada del vasto
mundo más que por la lectura y por su maravillosa intuición de las
cosas. Así fue que le hicimos repetir varias veces su declaración.

Parece ser que es la Marquesa la que ha provocado esta revolución, que
ella sola aprovechará, pues la casita que Lacante ha alquilado en
Vaucresson está muy cerca de su «Villa del Lys.» Ha convencido a Lacante
de que el aire puro de los bosques es necesario para el completo
restablecimiento de Elena, y acaso tiene razón, pues la convaleciente
tarda en recobrar sus colores. Este arreglo me agrada desde que he
sabido que Luciana y su madre están invitadas para fin del verano en la
«Villa del Lys.» La Marquesa quiere que Luciana le haga su retrato en
miniatura y dar al mismo tiempo a Elena una amiga joven y distinguida
que dispense provisionalmente a Lacante de la necesidad de buscarle una
señora de compañía. Todo está habilidosamente combinado en favor de los
intereses de la Marquesa, que no puede pasarse sin Lacante.

Es asombrosa la influencia que ha tomado esta mujer sobre un hombre de
una inteligencia notable, de una penetración extremadamente sutil y
dotado de un sentido tan distinguido de lo delicado y de lo raro. Ella
es pesada y ruda, sin conjunto ni elegancia natural. A pesar de los
artificios de la modista y del peluquero, sigue ordinaria, tiesa y
evidentemente salida de los almacenes de productos químicos de su señor
padre. Y su espíritu está en armonía con su cuerpo. Tiene inteligencia,
pero vulgar, y sus ideas, que ella quiere presentar como superiores,
son todas prestadas y reflejas, no se apoyan en nada personal y sólo
descansan en el vacío. Tiene opiniones generalmente extremas, porque se
figura que pensar fuera del sentido común es colocarse en la categoría
de las almas privilegiadas. Sus juicios son duros e inflexibles, porque
su escasa vista no distingue los matices, pero pronuncia sus sentencias
en voz baja e indiferente, por haber oído decir que es de buen tono no
animarse por nada. Tiene pocos o ningunos principios, y pasa, sin
embargo, por haberse mostrado virtuosa en más de una circunstancia. Pero
emplea una especie de ostentación en adornarse con la amistad de
Lacante, cuyo alcance parece que trata de acentuar.

Y es que así conviene a su vanidad. Con cierta instrucción y alguna
memoria, quiere echarlas de ingeniosa, y puedes pensar cuánto contribuye
a su reputación la presencia habitual de Lacante y cuánto se la
envidian.

Lo más asombroso es que a él le guste, pues no es posible que se haga
ilusiones sobre lo que vale la señora. Pero esos demonios de escépticos
y de «ironistas» no necesitan ilusión y toman de cada cual lo bueno que
tiene, sin ocuparse de lo demás.

Hay varias cosas que le han gustado en la Marquesa de Oreve y alrededor
de ella. En primer lugar, la atmósfera de lujo y de elegancia en que
vive. Sabes tan bien como yo que Lacante es de una familia de las más
modestas y que ha conocido en su juventud la estrechez y las
vulgaridades de las existencias necesitadas, la fealdad de los mueblajes
de ocasión y el olorcillo de las alcobas demasiado pobladas, en las que
se mezclan las emanaciones de las camas con las de la cocina. Ha comido
en mesas en que un hule hacía de mantel y en vajillas desportilladas.
Fuera ya de la familia y durante las languideces de sus largos comienzos
en la república de las letras, ha sufrido trabajos y hasta ayunado, más
ávido entonces de libros que de bienestar, aunque llevando en sí mismo,
oculto y comprimido, el sentido de las cosas bellas, delicadas y
exquisitas.

El prestigio y la influencia encantadora de tales cosas se apoderó de él
al entrar en la existencia íntima de los Oreve y en aquella casa de una
suntuosidad elegante, en la que sus consejos y su innato buen gusto han
introducido refinamientos de arte. Las atenciones de la de Oreve ganaban
a sus ojos con estar adornadas de alhajas, de sedas y de encajes y hasta
su título de Marquesa tenía como un perfume de polvos «_a la maréchale_»
que le hacían retroceder un siglo, lo que gustaba a su imaginación
curiosa del pasado. Puede ser también que lo conquistase el culto
entusiasta de la Marquesa y su admiración fecunda en adulaciones, pues
los más listos se dejan atrapar por ellas. La vanidad del uno y del
otro, aunque desde puntos de vista diferentes, ha podido ser el lazo de
esa amistad tan desproporcionada en apariencia. La verdad es, sí, que
los afectos más tiernos se cansan algunas veces, la vanidad subsiste
siempre por lo mismo que nunca se harta.

¿Se sabe jamás en qué consiste el atractivo de dos seres, el uno hacia
el otro? Los mismos que le experimentan no se dan cuenta de ello muchas
veces.

También el Marqués ha contribuido a mantener esa rara intimidad. La
solemnidad beatífica con que encubre su nulidad, sus manos cuidadas de
ocioso, sus pretensiones de resolver las cuestiones de etiqueta
diplomática, porque fue en otro tiempo simple agregado a la legación de
Berna, y hasta ese pueril conocimiento de las genealogías aristocráticas
que le permite jugar con los grandes nombres como un chicuelo con las
tabas, todo ese conjunto de necedades divierte a Lacante y completa el
decorado.

El Marqués, por su parte, encuentra natural, conveniente y ajustado en
todo a las tradiciones, que un literato coma a su mesa, y sea el amigo
íntimo de su mujer. La satisfacción que le inspira el espejo cuando
contempla en él la palidez aristocrática de su cara, a la que sirven de
marco unas patillas escasas pero bien peinadas, su ancha frente y hasta
su cabellera bermeja e indisciplinada, no le permiten sospechar nada
malo por la familiaridad de Lacante en su casa, y acaso, tiene razón. En
todo caso, sería verdaderamente difícil suponer ahora nada incorrecto en
tales relaciones.




Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.


Puesto que usted me lo permite, querido y respetable padre, y hasta me
lo pide con insistencia, voy a continuar, con toda sinceridad y
confianza, el relato de mis impresiones. Debo decirle, ante todo, que
procuro adaptarme a sus consejos no juzgando demasiado de prisa a las
personas que me rodean.

Tiene usted razón al decir que un cambio brusco de localidad puede
producir dos efectos contrarios y casi igualmente peligrosos: o una
especie de entusiasmo por la novedad de las cosas y de las personas, o
una tristeza que exagera la crítica. Con este último sentimiento es con
el que yo tengo que luchar y así lo procuro desde que usted me lo ha
advertido.

¡Es todo aquí tan diferente de lo que estaba acostumbrada a ver y a
conocer en Quimper!

Y no es que todo fuera allí para mí gozo y dulzura. Usted, señor cura,
conocía a mi pobre tía, y aunque no quisiera decir nada que pareciese un
reproche a su memoria, sabe, sin embargo, que era severa, y, a veces,
hasta un poco gruñona. Detestaba el ruido y el movimiento y me obligaba
a estar inmóvil y muda a su lado, cuando tanto hubiera yo querido
moverme y hablar. Decía que hay que saber aburrirse, porque la vida no
es una expedición de placer.

A pesar de esto, me quería y me cuidaba bien, y como siempre me estaba
recordando que yo no tenía madre y que mi padre no se cuidaba de mí, la
encontraba muy buena por tenerme a su lado y soportar mis defectos, y
estaba tan acostumbrada a ella, a sus maneras un poco rudas y a sus
manías, que cuando murió, no sabía qué hacer de mi vida sin ella.
También estaba muy hecha a aquellas costumbres tan metódicas: a misa por
la mañana, el almuerzo a las diez, la comida a las seis, y entre uno y
otra, lo más delicioso del día, que era la merienda de pan y fruta, que
se me permitía comer en el jardín, corriendo, saltando y hasta trepando
a los árboles, lo que no era muy bonito para una joven.

¡Cómo me gustaba aquel jardín, con sus cuadros de huerta, con sus orlas
de flores rodeadas de boj, con sus musgosos y viejos manzanos, sus
rosales grandes como árboles y la parra y las campanillas azules que
vestían la fachada de la casa! También tenía cariño a aquel destartalado
caserón, en el que corrían los ratones por delante del indolente gato,
que les dejaba correr.

¡Y qué bien me parecían los amigos de mi tía cada uno en su género!
Aquel señor de Tintellier y aquella señora de Rech, empaquetada en su
traje de seda granate, y su hermana Malvina, tan sentimental, de cuyos
largos «arrepentimientos» se burlaba usted, señor cura, con un poco de
malicia, que también me gustaba.

Después había allí la Catedral. ¡Qué a mis anchas me encontraba en su
gran nave obscura, tan sonora, por la que corrían ruidos que no se
pueden expresar, bajo aquella bóveda alta y misteriosa y entre aquellos
severos pilares por los que parecía que circulaban los ángeles! Y los
sonidos del órgano que subían, subían, entre nubes de incienso, y
parecía que me arrebataban con ellos... ¡Cuánto me agradaba todo
aquello! Sólo el recordarlo me conmueve y me ocupo en hablar a usted de
esto en vez de describirle mi nueva vida.

Aquí todo ha cambiado, y cada variación que echo de ver es como un muro
de olvido que se levanta y me separa de aquellas cosas del tranquilo
pasado. No sólo han cambiado el cuadro exterior y las personas, sino
también, y sobre todo, la atmósfera en que se agita la gente a mi
alrededor y en la que me siento como aturdida de perfumes desconocidos y
embriagadores, tan diferentes de los sanos olores de mi ciudad natal,
como las esencias en que aquí se impregnan las señoras son distintas del
aroma de las violetas y de las rosas. Todo me parece artificial y
contrahecho, las figuras, las fisonomías, las actitudes, las
conversaciones, los sentimientos... Parece que, aquí, todo el mundo
desconfía de la Naturaleza y trabaja para alejarse de ella; y todos
viven con tal soltura en estas sutiles complicaciones, que estoy al
verlos estupefacta, sin aliento y anonadada. Me cuesta trabajo
comprender y no soy comprendida. Tomo en serio simples chistes, y cuando
digo con sinceridad lo que me viene en mientes, todos se asombran o se
ríen. Hay veces en que parece que me encuentran ingenio, siendo así que,
sencillamente, no han comprendido lo que yo quería decir. Este perpetuo
error me cansa. He rogado a mi padre que me preste unos cuantos libros
de literatura y de historia; cuando esté acostumbrada a los asuntos que
son el objeto habitual de la conversación, acaso mi inteligencia será
más flexible y más despierta y pareceré menos tonta. Lo malo es aquí (se
va usted a reír, señor cura, y, sin embargo, es la verdad), que yo no
soy bastante joven. Todas las personas que me rodean saben reír y
bromear y como yo no sé, debo de parecer terriblemente fastidiosa. Esto
me da pena, porque tengo mucho amor propio, y lo siento además por mi
padre. También él, se lo aseguro a usted, es demasiado joven para mí.
Físicamente tiene el aspecto bastante aviejado; es grueso, algo cargado
de espalda, muy calvo y tiene un cerquillo de cabello blanco que le hace
parecer un fraile, mucho más, con una especie de solideo redondo que
usa por casa y que completa el parecido. Con sus piernas gotosas, no
parece ciertamente un muchacho; pero su sonrisa, la movilidad de su
cara, su vivacidad, su calor de vida interior y una llama de pensamiento
que le corre de pies a cabeza, le hacen vivir en un instante, más de lo
que se vive en Quimper en diez años. No diga usted esto a nadie, señor
cura, pero en el primer momento encontré a mi padre más bien feo; ahora,
me gusta su cara de tal modo, que creo que no habría otra alguna que me
gustase más. ¡Es todo el mundo tan insignificante a su lado!...
Ciertamente, tiene el aspecto menos... ¿cómo lo diré? menos padre de
familia que el señor Ravenaz, por ejemplo, el mayordomo de cofradía que
cantaba tan fuerte en la misa mayor y hacía cantar con él a sus cuatro
hijas y siete hijos, todos dóciles a una señal de sus ojos; o que el
señor Tintellier, que sólo tiene un hijo, pero que es tan escéptico y no
ríe nunca más que con un lado de la boca, de modo que su alegría se
parece al esfuerzo de tragar algo amargo y más da lástima que envidia.
Mi padre ríe de tan buena gana, no a carcajadas, pero con tal fe e
intención, que se toma parte en su alegría aun sin saber por qué. Sus
ojos ríen al mismo tiempo que sus labios y las mejillas, la barba y
hasta las orejas parece que se divierten a la vez con lo que le hace
reír, que es, a veces, un pensamiento que ni siquiera ha dicho. Yo no
puedo separar de él la mirada, tanto me interesa y me encanta.

Tiene algunos amigos bastante agradables. Primero, don Máximo de Cosmes,
al que vio usted en Quimper y que es el favorito de mi padre. Tiene
hermosos ojos (no sé si usted lo repararía), bonitos dientes que se ven
mucho, aunque él no trata de enseñarlos, y un carácter que creo en
armonía con su cara franca y simpática. Hay otro también que me gusta
bastante, porque defiende generalmente ideas que se aproximan a las
mías. Mis ideas, señor cura, puede usted figurarse que no son inventadas
por mí, pues son las del catecismo y el Evangelio. Las de don Gerardo
Lautrec no son tan límpidas, pero son hermosas, sin embargo, y él las
sostiene con formas elegantes, con palabras lindas y musicales y con una
especie de emoción entusiasta, sin decir nunca nada que me mortifique,
mientras que noto en los demás una indiferencia hostil y hasta aversión
y desprecio declarados contra todo lo que es más sagrado para mí... Y
todavía se contienen por mi causa... He visto a don Máximo hacerles
señas y contener en sus labios palabras que iban a decir. Lo más
sorprendente es que las mujeres, muchas al menos, hablan exactamente
igual que los hombres, con el mismo atrevimiento respecto de todos los
asuntos, y acaso, con más violencia todavía.

Con toda esta charla, señor cura, no le he dicho a usted que, hace una
semana, estamos instalados en el campo, a unas leguas de París y en un
sitio delicioso, rodeado de bosques y praderas. Más bonito sería, sin
embargo, si no hubiera tantas casas, pues las hay por todas partes y eso
desfigura el paisaje. Más parece esto un arrabal que el campo.

Muy cerca de nosotros, la Marquesa de Oreve, de la que ya he hablado a
usted, tiene una hermosa casa, a la que llaman la «Villa del Lys». Aquí
se llama así a cualquier casa por pequeña que sea. La nuestra es la
«Villa Sol», nombre retumbante y pomposo para tan modesta casita. La
verdad es, sin embargo, que está bañada de sol de la mañana a la tarde,
lo que parece que es muy bueno para mi salud.

Estoy tan débil todavía, que me cansa el escribir y aquí hago punto, a
pesar de todo lo que tengo todavía que decir a usted. Otra vez será.

Bendiga usted a esta su hija, mi buen señor cura, y deséele prudencia y
salud.

ELENA LACANTE.




Máximo a Su hermano.

5 de septiembre.


La de Grevillois y su hija se han instalado en la «Villa del Lys», y
Luciana ha bosquejado ya el retrato de la «patrona,» como llamamos a la
Marquesa. Creo que está muy parecido, demasiado casi, y preveo que a
Luciana le costará trabajo contentar a su modelo. La Marquesa ha
manifestado ya cierta discreta indignación ante el boceto.

«Sobre todo, hija mía, cuide usted de no engordarme exageradamente...
Sin criticar a usted, creo que me da las proporciones de una nodriza...
Creo también (y usted me dispensará, ¿verdad? esta pequeña coquetería)
que me hace usted la cara demasiado ancha y demasiado corta... Además,
los ojos no están parecidos... Siempre me han dicho que son lo mejor que
tengo... Pero usted corregirá todo esto cuando revise mañana su obra...
Hace falta tiempo para acostumbrarse al modelo y sólo se ve exactamente
a la larga...»

Luciana estaba un poco nerviosa y traté de calmarla como pude durante un
corto paseo que hicimos solos para ir a la «Villa Sol». El tiempo estaba
hermoso y de una suavidad encantadora. Vagos y finos perfumes
embalsamaban el aire, penetraban en los sentidos y ablandaban el
corazón, que parecía fundirse en el pecho con una sensación de
desvanecerse y de evaporarse en el éter... Era aquello delicioso y
hubiera yo querido que Luciana participase de mi encanto, pero seguía
nerviosa y despechada.

--Es estúpido--decía--el ser pobre y depender de la primer tonta que se
presente... Porque tiene dinero y lo paga, cree tener derecho para
decírselo a una todo, a no ahorrarle humillaciones ni críticas, a
exasperarla con sus consejos de idiota y a aplastarla bajo la enorme y
pesada superioridad de su fortuna... Juventud, ingenio, talento,
belleza, todo, absolutamente todo, es juzgado, medido y pesado
desdeñosamente por cualquier imbécil encaramado en sus sacos de pesos,
desde donde dominan a la despreciada multitud de los pobres diablos de
uno y otro sexo...

Mi pobre Luciana tenía los hermosos ojos llenos de lágrimas de cólera
mientras lanzaba sus imprecaciones con risa nerviosa y un calor de
despecho que denunciaba su humillación.

Yo sufría por ella y tanto como ella, pero le contesté con dulzura y
logré hacerle comprender que su resentimiento era excesivo y hasta
injusto, pues, al fin, la vanidad de la Marquesa de Oreve no hace daño a
nadie más que a ella misma y en modo alguno al artista que la pinta como
es. La superioridad del dinero no existe realmente más que para aquellos
que la reconocen, e indignarse por ella es un modo de reconocerla.
Seamos, pues, orgullosos y permanezcamos libres de todo sentimiento de
envidia, de adulación y de cólera, le dije besando sus bonitas manos.

Luciana sonrió débilmente.

--Habla usted como un sabio--me dijo,--pero la cordura es difícil, se lo
juro, cuando hay que habérselas con la suficiencia presuntuosa. Quisiera
tener esa hermosa filosofía; pero carezco de fuerza de alma, lo
confieso, y tengo rencor a la Marquesa por ser rica, única cualidad que
es indiscutible. Todo puede ser puesto en duda, la belleza, el mérito,
hasta la juventud, puesto que no se tiene en el mundo más que la edad
que se representa y los sabios artificios de una mujer de cuarenta años
hácenla asemejarse a otra de veinticinco. Solamente la fortuna se pesa y
se mide y sólo las cifras tienen una realidad inflexible.

--Lo que se cuenta, se mide o se pesa--contesté;--no vale nada al lado
de una sola gota de infinito...

Luciana dejó ver su bella y seductora sonrisa y respondió:

--Lo veo a usted venir: el amor es infinito, ¿verdad?

--Lo es el mío, ciertamente.

--Diga usted el nuestro, Máximo.

Mi amada recobró su alegría y su gracia seductora, Íbamos lentamente por
los frondosos senderos del bosque y habíamos olvidado el objeto de
nuestro paseo, cuando vimos venir a nuestro encuentro, muy lejos aún, a
Elena con Polidora, que no nos habían visto y se detenían de vez en
cuando para cortar flores.

--Ahí tiene usted al retoño de Lacante en su elemento--dijo Luciana con
un dejo de desdén.

--¿No le gusta a usted, Elena?

--¿Qué quiere usted que le diga? Apenas la conozco... No es más que una
chiquilla...

--Si usted quisiera ocuparse de ella con un poco de indulgencia, la
sociedad de usted podría serle muy provechosa.

Luciana hizo un gesto que no fue de entusiasmo.

--No sabría qué decirle... Es imposible encontrar dos naturalezas más
opuestas que la de la hija de Lacante y la mía. No sabe nada de lo que a
mí me interesa... No sabe nada de nada, por otra parte... Me extraña
mucho que pueda usted hablar con ella más de diez minutos.

--Pues yo la encuentro encantadora... y rara.

--Rara, ciertamente, pues ese tipo no se encuentra más que en las selvas
vírgenes o en las estepas de Bretaña. Que es encantadora... me lo ha
dicho usted varias veces...

--Aseguro a usted que me complacería mucho procurando trabar amistad con
ella... Ya sabe usted lo que es Lacante para mí.

--¡Hacerme amiga suya!--exclamó.--Enséñeme usted entonces por dónde hay
que tomarla.

Estábamos ya muy cerca de Elena, quien nos conoció y nos saludó con un
gran ramo que traía en la mano.

--¿De dónde viene usted?--le pregunté.--¿De una santa peregrinación, de
una iglesia, de una capilla?

--No acierta usted... He pasado el tiempo de un modo más profano... Vea
usted mi cosecha.

Y nos enseñó el ramo.

Polidora, tomando un aspecto de importancia, empezó a decir con algún
retintín:

--Venimos de...

Elena se volvió vivamente hacia ella.

--No diga usted nada, Polidora; se lo ruego... Hay que enseñar a don
Máximo a no ser curioso.

--Tendré que contar, ciertamente, su fechoría de usted a su señor
padre--respondió el ama de gobierno.--Nada me impedirá cumplir con mi
deber.

Elena respondió con dulzura:

--Hará usted bien.

Y dirigiéndose a Luciana, le preguntó si le gustaban las flores e hízole
admirar las que formaban su ramo...

Mientras tanto hice hablar a Polidora, que muy engallada y con gesto
desdeñoso, iba detrás como para separar sistemáticamente su causa de la
de Elena. Era evidente que había discordia entre ellas, y como la vieja
estaba deseando charlar, no esperó a que yo la preguntase.

--¡Dios mío! No es que esta muchacha sea mala, ¡oh! no; pero es
imprudente. Ha sido criada como una salvaje en un país donde no hay
civilización... Habla a todo el mundo y hace conocimiento con el primero
que se presenta.

--¡Cómo!--exclamé.--Pues parece más bien tímida y más inclinada a
callarse que a hablar.

--Sí, aquí, en la buena sociedad... porque conoce que no está en su
centro ni a la altura necesaria. Pero en los caminos, no pasa un mendigo
ni una paleta sin que arme conversación con ellos. No tiene malicia, ni
desconfianza, ni sentimiento alguno de las conveniencias... Por más que
le digo: «¡Eso no se hace!» ya está hecho cuando yo hablo... El otro día
iba un pobre hombre tirando, con su perro, de una carretilla cargada de
chirimbolos, y con la lengua fuera al subir un repecho. Vuelvo la cabeza
y ¿qué es lo que veo? La señorita, que iba empujando por detrás con
todas sus fuerzas y que siguió así hasta lo alto de la cuesta, por más
que le dije. Además le dio todo el dinero que llevaba... No es por el
dinero, pues me gusta que las jóvenes tengan la mano abierta, pero las
conveniencias...

--¿Y hoy... ha empujado algún otro carro?

--¡Mucho peor!... Figúrese usted que ayer vinieron dos chicos a mendigar
a la puerta, y la señorita les dio pan y unos centavos y les hizo
hablar. No dije nada, porque su padre estaba allí y lo permitía... Pero
hete aquí que esta mañana pide ir a paseo, y en cuanto estamos fuera me
dice muy amablemente: «Querida doña Polidora, quisiera ir hacia la
Celle-Saint-Cloud, a ver la madre de los dos niños que vinieron ayer;
está enferma, tiene muchos hijos, carece de recursos, y qué sé yo
cuántas cosas más.» Parecía al oiría, que no había otras miserias en la
tierra... «¿Cómo se llama?» le dije. «La Briffarde; vive en el campo
Quemado... Vamos allá, ¿verdad? ¿Quiere usted, mi querida doña
Polidora?» Porque es mimosa como ninguna, la chiquilla. En fin, le dije:
«Vamos,» no queriendo contrariarla. Echamos a andar preguntando el
camino de vez en cuando, y por último llegamos a la Celle. «El campo
Quemado, me dijo un segador, está allá, en lo bajo del camino. ¿Qué va
usted buscando en el campo Quemado? No hay por allí nada bueno.»
«Buscamos a una familia de pobres que vive allí.» «Entonces allí la
encontrarán ustedes. La mala semilla se encuentra en todas partes.» El
tono en que me dijo esto me dio qué pensar. Veo a dos pasos unas mujeres
trabajando junto a una puerta, me acerco y pregunto: «¿Vive por aquí la
Briffarde?» No tardé mucho en oír más de lo que quería: una perdida, una
arrastrada, con toda clase de vicios y miserias. Intento entonces
marcharme más que a paso y llevarme a la señorita; pero, que si quieres;
ya se había echado a correr sin volver la cabeza y estaba en la
perrera, porque no merece otro nombre el agujero en que vive esa mujer
con sus crías. Naturalmente, tuve que seguirla y aún tengo levantado el
estómago del hedor y de la podredumbre en que se revolcaban aquellos
chiquillos y de los guiñapos infectos que servían de cama a la madre.

--¿Pero estaba verdaderamente enferma? ¿No habían mentido los niños?

--Lo estaba y mucho, según creo. Habían dicho la verdad. Los chicos se
echaron como lobos sobre las provisiones que llevábamos. ¡Buen día
tuvieron, los desgraciados! La madre trató de comer; pero no pudo... Lo
que es esa no tiene para mucho tiempo. Pero ¿cree usted, caballero, que
es el sitio de la señorita Elena la casa de una mujer así?... Ya sé, ya
sé; la caridad... Pero también existen las conveniencias...

Y la tal Polidora se llenaba la boca con esto de «las conveniencias.»

Pensé, sin embargo, como ella, que no sería prudente dejar que Elena
volviese a aquel antro, donde podía tener malos encuentros para su
inocencia.

Hablaré de esto con Lacante, pues no me atrevería a iniciar con ella la
cuestión. Un alma inocente es como las alas de una mariposa, a las que
no se osa tocar por miedo de hacer caer el fino polvillo de oro y azul
que nada puede reemplazar después. La pureza de un alma virgen realiza
la idea que yo me formo de lo divino, es decir, de algo primordial,
superior a todo conocimiento, antagónico con la ciencia misma, en una
palabra, sublime. Da tristeza el pensar que un día se atentará contra la
divina ignorancia. Querría uno colocar para siempre a la joven inocente
en un altar, como esas celestiales vírgenes de los Primitivos cuyo
colorido deslumbrador y cuya cándida gracia llegan intactos hasta
nosotros desde el fondo de los siglos cristianos. Elena tiene el sereno
candor de aquellas vírgenes. ¿No te gusta, como a mí, esa valentía y esa
misericordia para con la pecadora?

En la «Villa Sol» encontramos a Lacante esperándonos sentado a la sombra
del único tilo, y Polidora le contó sin tomar aliento la aventura de la
Briffarde y le rogó que prohibiese a Elena volver a casa de aquella
mujer de mala vida.

Elena estaba extraordinariamente desolada.

--Pero, ¿y los hijos, papá, qué mal han hecho? ¡Si los hubieseis visto
devorar el pan y la carne! Tienen hambre y están hechos jirones... ¡Y la
madre está tan enferma! No creo que tenga cura.

--Seguramente que no--exclamó Polidora.--Todo lo que se haga por ella
será como no hacer nada.

--Papá, te lo ruego; permíteme al menos que les envíe algún socorro.

--Pero tú quieres arruinarme--dijo Lacante sonriendo y acariciando el
cabello de su hija, que estaba arrodillada a su lado en la hierba.

--¿Quieres, verdad?--le dijo Elena besándole la mano.--Estoy segura de
que doña Polidora consentirá en volver al campo Quemado.

Pero Polidora, muy ofendida y roja de indignación, declaró secamente que
lo que no estaba bien para la señorita no lo estaba para ella y que, por
otra parte, no tenía afición ninguna a visitar perdidas.

¿Comprendes a la joven y dulce virtud de Polidora temblando por su
pureza?

Elena, muy confusa por haber ocasionado tal algarada, me echó una mirada
cuya angustia comprendí en seguida, y me propuse ser el mensajero de su
caridad.

Lacante dijo entonces que permitía a Elena volver, acompañada por mí...

--¡Y por mí!--se apresuró a decir Luciana.

Se convino en que iríamos los tres el domingo próximo, y Elena,
radiante, nos dio las gracias a Luciana y a mí como si le hubiéramos
hecho un rico regalo.




Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.


Me pregunta usted, señor cura, si tengo amigas y cómo son... Todavía no
he encontrado ninguna a mi gusto.

Tengo, sin embargo, por vecina a una joven muy guapa, inteligente y
artista. La veo con frecuencia, casi todos los días, desde que vivimos
en la «Villa Sol». Viene a buscarme, sola o acompañada, para que demos
un paseo por los bosques, y creo que la aburro, mientras que ella me
intimida, lo que hace que apenas cambiemos palabras y menos aún
pensamientos. Encuentra que soy ignorante, lo que es mucha verdad, y que
tengo un entendimiento estrecho y limitado, lo que podrá ser cierto sin
que yo me dé cuenta de ello. Naturalmente, no me lo dice así en mi cara,
porque es muy fina; pero en varias ocasiones en que no se trataba
directamente de mí, le he oído expresarse duramente contra las personas
demasiado devotas y cuyas prácticas diarias empequeñecen la religión.
Sabe usted, sin embargo, señor cura, con cuánta facilidad se cae en la
indiferencia cuando se descuida el rezar todos los días. Dios se vuelve
entonces como extraño, no se oye ya su voz en el fondo de la conciencia,
no se sabe lo que nos manda ni lo que nos prohíbe y, en ese silencio de
la voz interior, se flota al azar del humor y de las circunstancias.

Hace un momento, Luciana, así se llama, me ha preguntado de repente,
después de andar juntas un gran rato sin decir palabra, si no sentía a
Dios presente en el aire puro y libre de los campos, en las frescas
enramadas del bosque, en el brillo chispeante del sol y hasta en la
delicada pequeñez de los musgos y de las flores lo mismo que en la
iglesia.

Le respondí que, en efecto, nada me hace más sensible la presencia de
Dios que las inocentes bellezas de la Naturaleza.

--Entonces, ¿por qué le gusta a usted tanto ir a las iglesias?

--Porque allí es donde se realizan los misterios.

Me miró con una especie de asombro y no insistió.

Luciana es creyente, tiene el alma religiosa y habla noblemente de Dios
y de las cosas divinas, que ella saborea como artista, más sensible,
acaso, al sentimiento un poco vago de lo divino que a una fe precisa y
determinada. Piensa que los dogmas estorban al impulso del alma hacia
Dios, cuando, por el contrario, son para ella un punto de apoyo sólido
que nos impide extraviarnos del camino recto; y porque así se lo digo me
encuentra el entendimiento estrecho y limitado. Siento cernerse su
desdén sobre mi cabeza y esto me produce una timidez que me cuesta
trabajo dominar.

Su madre, la señora Grevillois, es una persona dulce, siempre cansada y
sin aliento. Es muy piadosa, pero no del mismo modo que su hija, a la
que sólo el respeto impide juzgar a su madre como a mí. Esta excelente
persona pasa los días enteros sentada en una butaca junto a la ventana,
con un bastidor de tapicería en las rodillas, y, casi sin levantar los
ojos, clava la aguja en el cañamazo con una regularidad apacible y
mecánica que da sueño. Es viuda, no tiene fortuna y creo que trabaja
para ganar dinero. De todas las mujeres que me rodean, ella es la que me
inspira más simpatía. Es la única que no se ríe con los chistes del
señor Kisseler, un escultor amigo de mi padre, cuyo ingenio hace gracia
a todo el mundo. Este señor me disgusta y me parece grosero, acaso
porque no le comprendo, pues da a las palabras más sencillas, en
apariencia, un sentido particular que hace reír a los hombres y
ruborizarse a las señoras, sin perjuicio de reírse también. La de
Grevillois permanece seria y con una expresión de placidez, como si no
oyera lo que se dice. A la Marquesa de Oreve, por el contrario, le
divierten extraordinariamente las ocurrencias del señor Kisseler y, si
está callado, lo que es raro, no deja de incitarlo: «Kisseler está
triste esta noche... Se conoce que no le inspiramos.»

Y esto basta para inflamar la pólvora. Mi padre dice muchas veces a la
de Oreve:

--No lo provoque usted, señora, porque tenemos aquí muchachas esta
noche.

Pero ella responde tranquilamente:

--No se apure usted; hay gracias de estado para las jóvenes y no
entienden más que lo que deben entender. ¿Verdad, señoritas? Todo es
puro para los puros.

Y el señor Kisseler se dispara.

La otra noche tuvo la ocurrencia de parodiar las ceremonias de la
Iglesia, el modo de andar, las actitudes y genuflexiones del sacerdote
en el altar. Al mismo tiempo murmuraba sílabas raras e incomprensibles,
con inflexiones de voz cómicas, resoplidos grotescos y contorsiones
extáticas y devotas. Estaba tan gracioso que, a pesar de la repugnancia
que me inspiraba aquella farsa burlesca que era una profanación, no
podía guardar mi seriedad ante aquella cara mofletuda, aquella nariz
arremangada y aquellas muecas de compunción. La risa me retozaba en los
labios, y puedo asegurar a usted, señor cura, que contra mi voluntad.

Por la noche, antes de volverse a París en el último tren, esos señores
quisieron acompañarnos, a mi padre y a mi, a la «Villa Sol». Mi padre,
un poco molestado de la gota, iba apoyado en el brazo de don Máximo. El
señor Kisseler revoloteaba y mosconeaba alrededor de nosotros como un
gran saltamontes aturdido, y don Gerardo Lautrec iba a mi lado,
explicándome como poeta, las bellezas del claro-obscuro, mientras se
levantaba en el horizonte una fina luna nueva. Este señor Lautrec es una
persona muy agradable, alto, esbelto y rubio. Tiene unos ojos muy
brillantes y muy rápidos, con los que parece que recorre el horizonte
entero de una ojeada, y creo que su ingenio tiene la misma prontitud que
su mirada.

Iba yo muy entretenida con lo que me decía, pero escuchándolo sin
responder, intimidada por sus brillantes ojos, que se posaban a veces en
mí como un relámpago, y avergonzada por la necedad de mi silencio,
cuando el señor Kisseler vino involuntariamente en ayuda de mi torpeza.
En una de sus piruetas, puso el pie en falso sobre una piedra, tropezó y
se quedó bonitamente sentado en el camino, con el sombrero por un lado y
el bastón por el otro. Sin turbarse absolutamente nada, sacó
tranquilamente el pañuelo y se puso a enjugarse la frente con expresión
satisfecha, como si el sueño de su vida se hubiera realizado al
encontrarse allí gozando de un reposo definitivo. La carcajada fue
general, pues la flema del señor Kisseler en tal aventura resultó
irremisiblemente cómica. Fueron necesarias las instancias de sus amigos,
que temían perder el tren, para decidirlo a levantarse del polvo donde
estaba sentado y que le cubría la ropa. No fue floja tarea la de
sacudírsela para ponerlo presentable.




Máximo a su Hermano.

14 de septiembre.


Ayer, domingo, fui a almorzar a la «Villa Sol» y a ponerme a la
disposición de Elena para la visita proyectada a la Briffarde. Lautrec
almorzó también en casa de Lacante y se ofreció a acompañarnos al campo
Quemado. Luciana, fiel a su promesa, llegó en el momento en que íbamos a
ponernos en marcha. Salimos, pues, los cuatro, dando escolta alegremente
a un voluminoso cesto lleno de provisiones, con el que cargábamos
alternativamente Lautrec y yo.

El tiempo estaba radiante y el calor nos hubiera parecido insoportable
si hubiéramos tenido que ir a descubierto por una carretera. Pero
atravesamos, por el contrario, un ancho trozo de bosque lleno de quintas
con sus jardines floridos, sobre los que notaba el tibio perfume de las
resedas, de los heliotropos y de las rosas.

El paseo era delicioso, a pesar del peso del cesto, que nos aserraba el
brazo a Gerardo y a mí, torpes para llevarlo a causa de nuestra
inexperiencia. Yo propuse aligerarlo haciendo una meriendilla a expensas
del contenido, pero esta idea práctica fue acogida con una explosión de
indignado desprecio, y las jóvenes, exaltadas, se apoderaron
valerosamente del cesto y lo llevaron durante unos cien pasos, después
de lo cual volvieron hacia nosotros miradas suplicantes y se dejaron
convencer de que debían desistir de su hazaña.

Por fin llegamos.

He aquí el campo Quemado y la miserable cueva en cuyo umbral dos niños
llenos de harapos se revuelcan en el polvo como perrillos alegres.

Entramos. Un olor fétido y sofocante se nos coge a la garganta y me
basta una mirada para convencerme de que a la enferma le quedan pocas
horas de vida.

La imaginación no puede concebir un marco más siniestro para el drama de
la muerte: un camastro en una choza; ni eso siquiera, un montón de
trapos sórdidos en una cabaña abandonada, podrida y agrietada, en la
que, por lástima, se ha dejado instalarse a aquella desgraciada con sus
crías, abortos demacrados, medio desnudos, sucios, enmarañados y
rabiosos como animales hambrientos que se disputan un hueso. Por fuera,
el dulce sol de septiembre, un aroma de hojas maduras, que una ligera
brisa trae del bosque, y el puro incienso que exhalan los campos hacia
un cielo azul pálido... Dentro, un aliento pestilente de fiebre, un
hedor de roña inveterada, exhalaciones rancias, y, en una cama
indescriptible, entre trapos sucios que apenas lo cubren, un esqueleto
lívido, de arrecido sudor y en el que sólo brillan dos ojos ardientes,
feroces, atrevidos, desesperados, dos ojos en cuyo fondo se leen todos
los terrores de la muerte y todas las ambiciones de la vida.

Es la Briffarde.

La moribunda pasea por nosotros la espantada interrogación de sus ojos y
los fija después en Elena, a la que mira un rato sin decir palabra, ya
porque al pronto no la ha conocido, ya porque necesitase reunir sus
fuerzas para hablar.

--Ya está usted ahí--dijo en voz baja y bronca.--Creí que no vendría
usted.

--Lo había prometido.

--Se dicen esas cosas... y después... si te vi no me acuerdo.

Su voz se debilitó y murmuró, con cólera, sílabas incomprensibles. En
seguida exclamó con aliento ahogado:

--Los pequeños... tienen hambre... No hay qué comer... Yo no puedo
trabajar.

--No, pobre mujer, está usted todavía muy débil--dijo Elena con
dulzura.--He traído para ellos pan y carne, y para usted caldo y vino.

Al mismo tiempo sacó las provisiones del cesto.

--Y aquí tiene usted un poco de dinero--añadió abriendo el portamonedas.

--¡Venga, venga el dinero!--exclamó la enferma, abriendo con ademán de
fiera las largas y huesudas manos sacudidas por un calofrío...--¡El
dinero! ¡El dinero!

No se calmó hasta que sintió en la mano dos monedas de plata, sobre las
cuales se crisparon sus dedos; y, como si el esfuerzo la hubiese
aniquilado, sus párpados se cerraron y su aliento anheloso se suspendió
un instante.

A todo esto, la hija mayor de la Briffarde, pálida muchachona de unos
doce años, estaba repartiendo entre sus hermanos el pan, la carne y unos
cuantos coscorrones destinados a reprimir la indiscreta avidez de su
apetito, todo esto en medio de un ruido infernal de gritos y llantos.

--Salgamos--me dijo Luciana, sofocada por el hedor de aquella cueva y
estremecida de repugnancia. Yo hice seña a Elena de que se acercase.

--Esta mujer se está muriendo--le dije muy bajo.

Elena me miró con espanto y palideció.

--Todavía no, ¿verdad? Todavía no...

Y su voz me suplicaba como si hubiera dependido de mí el prolongar
aquella vida expirante.

--Estoy seguro de que le quedan pocos instantes de vida. Si quiere usted
evitar el cruel espectáculo de su agonía, no se esté usted aquí.

--¡Oh! no, no es eso lo que temo...

Se aproximó a la moribunda, le cogió la mano, aquella mano a la que una
avaricia suprema tenía fuertemente apretada sobre las dos monedas, y la
acarició dulcemente.

--¡Pobre mujer! La encuentro a usted hoy muy débil... Los niños deben de
fatigarla...

--¡Oh! sí, los arrastrados... Siempre gritando, disputando y
pegándose... No puedo con ellos... Mejor estaría en el hospital... pero
dejarlos solos...

La voz de Elena continuó con gran dulzura:

--Podríamos colocarlos en alguna parte mientras esté usted enferma...
¿Dónde quiere usted que los metamos? Dígame lo que desea.

La mujer se quedó un rato sin responder, con los ojos fijos y el oído en
tensión, como si tratase de penetrar el sentido de las palabras de
Elena.

--¿Colocarlos? ¿Los chicos?... ¡Ah! sí, sí quiero... Las niñas con las
monjas... de la Celle... Debe de costar caro... Los dos pequeños al
Asilo, o en casa del padre Boussel, en Auteuil... ¿Sabe usted?

Elena prometió ocuparse de todo aquello, y yo admiré la ingeniosa gracia
de aquel corazón de quince años tratando de arrancar a una madre, sin
que ella lo sospechase, su última voluntad sobre los que iba a dejar
huérfanos.

Me estaba ahogando en aquel aire pestilente y salí a reunirme con
Luciana y Gerardo. Como ellos, aspiré con delicia el poco de aire puro
que caía de las alturas del bosque al campo Quemado.

Elena, mientras tanto, seguía inclinada sobre aquel semicadáver, cuyo
pecho huesudo estaba sacudido por un hipo siniestro. Había echado un
poco de vino en una taza desportillada, y con el brazo alrededor del
cuerpo de la Briffarde, estaba humedeciendo sus secos labios.

La mujer aceptaba aquellos cuidados como había aceptado las limosnas,
sin dar las gracias y como cosa debida.

Los niños se habían diseminado por el campo, adonde los había enviado
Luciana a cortar amapolas.

No quedaba en la choza más que la hija mayor, sentada en una piedra que
servía de mesa y de banco. Sus ojos, pálidos y sin expresión, nos
miraban obstinadamente a través de los mechones de cabello y detallaban
de pies a cabeza el traje de Luciana, indiferentes, al parecer, al
gemido casi continuo de la moribunda.

En el silencio de la choza, llegaba hasta nosotros la voz de Elena:

--¿Vienen alguna vez a visitarla a usted las hermanas de la Celle?

--Cuando tienen tiempo... muy de tarde en tarde...

--¿Y el señor cura, viene alguna vez?

La mujer exclamó duramente:

--¿El cura?... No, por cierto... A ese ni lo conozco.

--Estoy segura de que vendría si usted quisiera verlo.

--¿Para qué?--Hizo un movimiento brusco de protesta y cayó pesadamente,
sin poder incorporarse.--¿Qué iba a hacer aquí el cura?... No quiero
sotanas ni hombres negros a mi alrededor.

Elena respondió con voz temblorosa:

--Pues le diría a usted cosas consoladoras y palabras dulces y buenas.

--¡Palabras!... ¿De qué sirven las palabras y las frases?... Lo que yo
necesito es que me curen... y el cura no puede hacerlo... El cura no es
Dios...

--No es Dios, pero se dirige a Él y le reza...

--¡Oraciones!... Simplezas... Eso es lo que saben hacer... Hay quien los
quiere; pero no... Si hay un Dios, tendrá otra cosa que hacer que
ocuparse de mí, según parece... Puede jactarse de haberme hecho dura la
vida, el tal Dios... ¿Por qué hay pobres como yo y ricos que no carecen
de nada? Cuando oigo a los chicos aullar de hambre, ¿cree usted que
tengo ganas de dar las gracias a ese Dios?

La moribunda se incorporó entonces, desgreñada, medio desnuda, con los
hombros de esqueleto descubiertos, y sus ojos despedían llamas mientras
sus labios, contraídos, se retorcían en una mueca espantosa. Elena
retrocedió instintivamente.

--Dígale usted que deje a esa mujer agonizar en paz--murmuró Luciana a
mi oído.--Hace mal en atormentarla así.

Yo también pensaba que Elena hacía mal. Sus esfuerzos por despertar la
conciencia de la moribunda, por conmover su corazón e inspirarle mejores
sentimientos, me parecían a la vez crueles y patéticos. ¿Para qué
perturbar a aquella miserable bestia humana en su lucha suprema contra
la disgregación? ¿Para qué exponerse a hacerla ver el negro abismo en el
que estaba ya medio caída?

Me aproximé a Elena y traté de llevármela.

--Venga usted--le dije,--y deje a esta mujer agonizar en paz. Vámonos.

La muchacha hizo un movimiento para seguirme; pero una fuerza, mayor que
toda repugnancia y que todo consejo, la aproximó al camastro y triunfó
de la repugnancia y del horror que, por un instante, la había dominado.

Puso otra vez la mano en la de la moribunda, humedecida por un sudor
glacial, y le dijo tiernamente:

--¡Cuánto sufre usted! Quisiera, antes de marcharme, que rogásemos
juntas a Dios, pues yo creo en Él y lo amo.

La mujer dejó ver una risa sarcástica, y aquella risa, cortada por el
hipo de la muerte, resultó horrible.

--Usted lo ama porque tiene razones para ello... ¡Yo, no!

--Siempre tenemos razones para amar a nuestro padre, y Dios lo es para
los que le ruegan, para los que tienen confianza en Él, y le piden
perdón por sus faltas... ¿Quién será el que no lo haya ofendido mil
veces? Una sola palabra de arrepentimiento puede obtenernos su perdón...
Usted lo sabe, ¿verdad? pues se lo han enseñado en el catecismo...

--Allá, en tiempos... sí, como a los demás.

--Entonces creía usted en Dios...

--Es posible... Cuando una es joven cree todo lo que le cuentan... pero
después todo varía... Ya no creo en nada... Esas son historias para
divertir a los pobres.

Volvió los ojos irritados hacia la puerta, en la que estábamos apoyados
Gerardo y yo, y dijo:

--Oiga usted; pregunte a esos señores si van a misa.

--¡Yo sí voy!--dijo Gerardo.

--¿Y a confesarse?... ¡Bah! Eso es bueno para los desgraciados... para
cerrarles la boca cuando la miseria les hace gritar demasiado fuerte...
Dios, los curas y los ricos, se entienden muy bien... Yo no quiero
cura... no quiero... He jurado que ninguno se acercaría a mí... y quiero
cumplir mi promesa...

--¿A quién ha hecho usted tal promesa, pobre mujer?

--¿A quién?...

Estúvose un buen rato sin responder y dijo después bruscamente:

--El que me hizo jurar eso fue el padre de mi hijo más pequeño.

--¿Y dónde está el padre?--preguntó cándidamente Elena.

--- ¿Dónde está?... ¡Qué sé yo!... Se marchó hace muchos meses... Desde
entonces estoy enferma...

Su palabra, entrecortada por las sofocaciones, se iba haciendo
incomprensible.

--¿No guarda usted rencor al padre de ese niño? Dígame que le perdona.

--Hay veces que si lo atrapara por mi cuenta, al miserable...

Intentó un gesto de amenaza, pero no pudo levantar la mano, que se
crispó bajo los harapos que la cubrían en parte.

Después siguió diciendo con voz vacilante:

--Otras veces... otras veces...

Y parecía buscar penosamente los jirones de su pensamiento fugitivo.

--Otras veces--dijo dulcemente Elena, inclinada hacia los fétidos
harapos,--recuerda usted el tiempo en que se le enseñaba esta hermosa
oración: «Dios mío, perdónanos, como nosotros perdonamos a los que nos
han ofendido.»

La Briffarde volvió hacia ella aquellos ojos que se apagaban, y sus
facciones contraídas tomaron una expresión de paz. Sus labios resecos se
entreabrieron, y, como un soplo, dejaron pasar la palabra: «Perdón...»
Desde las profundidades del pecho subió a la garganta un estertor que se
detuvo de repente. En aquellos ojos, ya fijos, aparecieron dos lágrimas
sin rebosar de los párpados y se reabsorbieron lentamente, como el agua
en una tierra árida.

Me aproximé a Elena y la así la mano.

--¡Se acabó!--dije.--Ahora venga usted.

--Hay que cerrarle los ojos--respondió Gerardo, que estaba a mi lado y
cumplió ese piadoso deber.

Elena se levantó sin resistencia y me siguió.

En el campo se oía reír a los niños pequeños, que estaban jugando al
escondite, mientras el mayor se pegaba con otro chico de su edad.

--¡Vámonos pronto!--exclamó Luciana estremeciéndose.--¡Es horrible la
muerte!...

Elena me miraba indecisa.

--Los niños... ¿Qué hacemos? ¿Dejarlos solos con su madre muerta?

--Voy a avisar a los vecinos. Espéreme usted.

Luciana, impaciente por dejar aquel fúnebre lugar, vino conmigo hasta la
casa más próxima, donde había dos mujeres trabajando junto a una ventana
abierta.

--Por fin se ha muerto--dijo una de ellas cuando le noticié la muerte de
la Briffarde.

--No se ha perdido mucho--respondió la otra; una morenilla bastante
fresca.

--Con todo, caballero, la muerte es siempre alguna cosa, ¿no es verdad?

Creí que debía apoyar ese sencillo sentimiento y añadí que aquella
muerte era triste a causa de los niños.

--¡Bah! Para el socorro y los buenos consejos que les daba--respondió
la morena,--puede que sea mejor que esté donde está.

--No se les puede dejar solos con el cadáver--indiqué yo.

--Claro está que no... Allá voy... Tú, Aniceta, corre a la Celle y
advierte a la hermana y al cura, para el entierro. Bueno es que esos
chicos vean a su madre pasar por la iglesia antes de irse a la tierra.

La buena mujer puso en orden las calcetas que estaba zurciendo, me
siguió y no dejó de hablarme de las fechorías de la pobre Briffarde.

--No tenía nada de buena... Sin los chiquillos, que pedían limosna por
los caminos, todos se hubieran muerto de hambre, porque usted comprende
que la caridad de los vecinos no basta para tapar tantas bocas...
Además, la tal Briffarde no tenía nada de cómoda... Una salvaje,
caballero, una leona... Las monjas de la Celle casi no podían con
ella...

Y yo iba pensando en el cándido apostolado de Elena y en su paciente
dulzura, que había triunfado al fin de la rudeza de aquella miserable
criatura y de su desesperada impenitencia. Una palabra de misericordia y
de ruego había encontrado el camino de su corazón, enternecido su último
suspiro y desarmado un poco su áspero y furioso rencor.

No era, acaso, el arrepentimiento lo que se había despertado en su alma,
sino una turbación precursora; y la miserable pecadora no habría
comparecido con la blasfemia en los labios y la ira en el corazón ante
el Juez infalible en quien Elena tiene fe.

Fuera de la fúnebre choza, y sentados juntos en un haz de leña verde,
recogido por los chicos en el bosque, estaban Elena y Gerardo hablando
en voz baja.

En el campo habían cesado los gritos y los juegos y remaba un trágico
silencio.

En el interior, los muchachos, agrupados en un rincón, estaban llorando
con llamadas monótonas y, en cierto modo, mecánicas: «Mamá... mamá...»
entrecortadas por sollozos en los que la conmoción nerviosa, el asombro
y el terror tenían tanta parte como el desconsuelo. La mayor habíase
sentado de nuevo en la piedra y tenía en la falda al más pequeño, al que
daba golpes intermitentes para hacerle estarse quieto. Un niño de tres o
cuatro años había cogido el resto del pan blanco llevado por Elena y lo
estaba babeando concienzudamente al tratar de morderlo sin partir; pero
el mayor lo vio e interrumpió su cantinela llorosa para quitárselo, y
reforzó vigorosamente este acto de justicia con un coscorrón en la
cabeza del delincuente, después de lo cual secó el zoquete con un jirón
que le colgaba de la manga.

En esto entró la amable vecina, echó una ojeada al descarnado esqueleto
cuyas angulosas formas dejaban adivinar los trapos que la cubrían. La
cara parecía como fundida y achicada, pues la nariz afilada y las sienes
hundidas dibujaban duramente sus líneas, y los párpados cerrados le
daban una expresión de augusta calma y revelaban una belleza
desaparecida hacía mucho tiempo.

--¡Esta mujer no tenía treinta y cinco años, caballero!... ¡Vea usted lo
que queda de ella!... ¡Vamos! A callar--exclamó volviéndose hacia los
chicos;--no se debe hacer ruido al lado de los muertos... Y además, por
mucho que la llaméis, no ha de volver... Arregladme todos esos
trapajos... Y tú, Eudosia, que eres la mayor, lava la cara a tus
hermanos, para que no estén asquerosos cuando venga el cura.

Luciana me suplicó que nos fuésemos, alterada de nerviosa impaciencia
por escaparse de aquella atmósfera de muerte.

--Es tarde, y su padre de usted estará inquieto--dije a Elena, que se
levantó en seguida.

La última mirada a la difunta, unas cuantas palabras dulces a los niños,
con promesa de volver a verlos, y hétenos en marcha por la creciente
sombra que invade el camino.

Gerardo iba al lado de Elena e inclinaba graciosamente la cabeza hacia
atrás, como para verla andar.

Y Luciana, cuya alegría iba renaciendo a medida que nos alejábamos del
campo Quemado, le preguntó riendo:

--¿Qué busca usted en la espalda de Elena?

--Quiero ver si le brotan las alas.

Elena, muy absorta en sus pensamientos, no oyó nada de esto.

Y Luciana siguió diciendo a media voz:

--Me parece un poco formalista, este ángel... Su implacable caridad me
ha dado calofríos... ¿Le gustaría a usted, cuando estuviera luchando con
una enfermedad, que vinieran a decirle con la mejor intención del
mundo?: «Hermano, hay que morir; ha llegado la hora...» ¿Le gustaría a
usted que le presentasen, ante los ojos alucinados por la fiebre, el
espectro espantoso de la muerte en el fondo de un negro agujero?

--¿Por qué no, si la voz que me advertía era dulce y el corazón tierno?

--Pues yo pido que me dejen morir con la ilusión de la vida.

--Y yo--exclamé--pido que deje usted a un lado esos crespones fúnebres y
esos trágicos deseos para gozar en paz de su juventud y de la fiesta de
esta hermosa noche que nos ofrece la benévola Naturaleza...

¡Qué bonita estaba Luciana y qué resplandeciente de vida, en la
radiación oblicua del sol al esconderse detrás de la movible cortina de
los bosques! Había como un nimbo de oro en torno de su frente. Los
pájaros revoloteaban cantando su canción de la tarde, y poco a poco se
iban desvaneciendo las impresiones siniestras que traíamos del campo
Quemado. Como entrábamos en lo más espeso del bosque y el sendero era
allí estrecho, dejé a Gerardo que se adelantase con Elena y retuve
detrás a Luciana. ¿Fue aquella visión de la muerte lo que había rozado
nuestras vidas? ¿Fue la dulzura embriagadora de la resplandeciente
Naturaleza lo que dio un impulso más fuerte a la avidez de vivir y de
ser feliz que yace en nosotros? Lo cierto es que sentí un extremado
enternecimiento al ver a mi lado a aquella hermosa criatura en todo el
esplendor de la juventud, de la gracia y de la fuerza, y que debía ser
mía. Rodeé con el brazo su talle, y, teniéndola muy cerca, le dije
bajito:

--¿Me ama usted?... ¡Yo la adoro!...

No sé qué la preocupaba e ignoro si me oyó, pues no se dignó
responderme... Después de largo rato de distracción, acabó por decir:

--¿Me ha hablado usted?... ¿Qué me decía?

El encanto estaba roto. Retiré el brazo, me separé de ella y respondí:

--¿Yo? nada... Usted sueña... ¿Qué puedo tener que decirle?

--Me pareció... ¡Vaya! ¡Ya está usted enfadado!

--Nada de eso... Usted es linda, el tiempo hermoso y el bosque está
perfumado, ¿qué más puedo yo pedir?

Mirábala yo de reojo, de vez en cuando, y la veía andar, tiesa y
orgullosa, sin volver ni una vez la cabeza hacia mí, y con los ojos
fijos en la joven pareja que iba delante de nosotros y que parecía
hablar con animación. Pensé entonces que, al verlos tan interesados el
uno por el otro, comparaba tristemente su entusiasmo con nuestro
silencio de enfado, y este pensamiento me conmovió.

--Querida Luciana... he debido comprender que esta expedición la ha
puesto a usted nerviosa y que su rigor no era más que un efecto del
cansancio... No he debido guardarle a usted rencor...

--Luego, quiere usted decir que me lo guardaba usted--respondió en tono
más dulce, pero con cierta expresión de aburrimiento.--La verdad es que
este paseo me ha hecho daño y que no me falta nada para llorar.

Y su voz temblaba, en efecto, lo que acabó de enternecerme.

--Luciana mía--exclamé,--si la he disgustado a usted, le pido perdón...
Y, sobre todo, no llore, pues no podría resistir sus lágrimas, y no sé
qué me impediría colgarme de la rama más alta de ese roble.

--Excelente medio de arreglar de una vez nuestras querellas--dijo
Luciana riendo.

Después se adelantó hasta alcanzar a Elena y a Gerardo, y añadió en voz
alta:

--Señor Lautrec, usted, que es alto, ¿quiere alcanzarme esa rama de
madreselva?

Gerardo se volvió al oír su nombre y se apresuró a cortar y ofrecer a
Luciana la rama de madreselva que estaba enredada en el mismo árbol en
que había yo dicho que podría ahorcarme.

--¿Es para darme un disgusto para lo que ha recurrido usted a Gerardo a
fin de que le diese esa flor?--pregunté a Luciana.

--Ha sido para ofrecérsela a usted, caballero--respondió poniéndomela en
el ojal.

Su mal humor parecía disipado y Luciana sonreía embriagándome con su
mirada y con el ligero aliento de sus labios. Besé aquellos finos dedos
que me condecoraban con tanta gracia, y se firmó la paz.

Sin embargo, me ha quedado de aquel día un vago e inquieto malestar.
¿Qué hay en Luciana que no puedo definir?... De los rincones
inexplorados de su alma surgen, a veces, como relámpagos, unos rayos
fugitivos que me dejan vislumbrar su misterio, y se apagan después sin
que se haya determinado nada preciso. De esos resplandores furtivos en
el alma impenetrable de mi amada me queda un temor lleno de atractivo y
como un deslumbramiento doloroso.




Elena al Padre Jalavieux.

Septiembre.


Otra vez ya, mi buen señor cura. Debe usted de pensar que me doy
demasiada importancia y que invado un poco su descanso. Pero ¿es mía
toda la culpa? ¿No me anima mucho la bondad de usted?

Hoy le escribo teniendo en el corazón un gran peso de cuidados y de
emociones.

Mi padre acaba de estar muy enfermo, señor cura. La otra mañana se puso
de repente muy pálido, su vista se quedó fija y turbia y perdió el
conocimiento. Durante unos minutos, que me parecieron siglos, estuvo
como muerto, caído en su butaca, inerte e insensible a nuestros cuidados
y a los gritos de doña Polidora... En esos instantes han pasado por mi
mente horribles pensamientos...

Cuando por fin abrió los ojos y me vio toda temblorosa a su lado, sus
pobres labios azulados se esforzaron por sonreír, y sus primeras
palabras fueron para darme una broma, lo que prueba que su espíritu no
se había extraviado muy lejos de nosotros y que había vuelto, con el
primer aliento, a entrar en sus moradas de costumbre: «¿Me creías ya
muerto, juzgado y condenado, mi querida devota?... Ea, no te
entristezcas; otra vez será.»

Esperaba tranquilizarme con ese tono jocoso, pero en su cara, pálida y
un poco contraída era tan doloroso el esfuerzo para sonreír, que no pude
contener las lágrimas.

Mi padre me alargó la mano, torpe y pesada, y me dijo con una especie de
melancólico asombro:

--Pero, entonces, ¿me quieres?...

¡Lo dudaba, después de las bondades que tiene para mí continuamente!

Cubrí de besos aquella mano que estrechaba la mía con una presión
todavía muy débil, y le respondí desde el fondo de mi corazón:

--¿A quién he de querer en este mundo sino a ti?

Creí leer en sus facciones el paso fugitivo de un ligero
enternecimiento; pero después, y a medida que se disipaban rápidamente
las nubes del síncope, se volvía a encender la malicia de la mirada en
sus pupilas todavía turbias, y me dijo en su tono ordinario:

--¿Que a quién habéis de querer?... ¡Vaya, vaya! señorita Elena, ¿es
usted sincera?... Creí que ese corazoncito era más pronto en
conmoverse... y esperaba...

--¿Qué, papá?

Su viva y penetrante mirada me traspasó, en cierto modo, de parte a
parte, y escudriñó todos los repliegues de mi alma antes de responder:

--Si esos ojos mintieren, habría que desistir de la verdad... Ya
hablaremos de esto otro día, hijita. En este momento, lo mejor que puedo
hacer es descansar... Sobre todo, no te agites; la muerte es poca cosa,
¿sabes? Un síncope como éste, un poco más largo, y ya estaba... No hay
que formarse espantajos...

¡Ay!... Yo también pensaba lo mismo: un síncope un poco más largo sería
la muerte, y temblaba de espanto pensando en el despertar, en el temible
despertar en la otra vida...

Y no me atreví a decir nada.

Me faltó el valor y me callé cobardemente.

¿Por qué no está usted a mi lado, querido señor cura, para acallar mi
remordimiento y aconsejar a mi buena aunque incierta voluntad, tan
fácilmente extraviada en mis pensamientos?

Me siento tan débil, tan desarmada ante un hombre como mi padre, que ha
vivido, estudiado y reflexionado tanto...

Creo que el lenguaje humano no tiene palabras para demostrar los
misterios, y el pensamiento de poner mi ignorancia enfrente de la
sabiduría y la ciencia de mi padre me parece un orgullo insoportable.

Y, sin embargo, ¿es bastante rezar en el secreto de mi corazón? ¿Es
bastante? Dígamelo usted, mi buen señor cura.




Máximo a su hermano.

6 de octubre.


Lacante acaba de pasar una crisis que nos ha asustado un poco. Hace dos
días recibí un telegrama de Elena advirtiéndome que su padre estaba
enfermo y rogándome que llevase un médico.

Correr a casa de Muret y llevármelo a la «Villa Sol», fue cuestión de
una hora.

Cuando llegamos, la crisis había terminado y encontramos a Lacante
acostado por orden de su hija y bromeando agradablemente.

El doctor no encontró nada alarmante por el momento y prescribió un
régimen que Lacante no seguirá, por desgracia.

Cuando Muret se marchó, después de haber ordenado un reposo absoluto y
elogiando mucho a Elena por su sangre fría y por la prudencia de sus
cuidados, fui a buscarla al jardinito, donde estaba sentada en el
sillón habitual de su padre, a la sombra del tilo y en una postura un
poco caída. Sus ojos hundidos y su palidez atestiguaban su emoción. A
pesar de la expresión de tristeza que la envolvía por entero, los rayos
del sol que se filtraban por el ramaje, ponían un nimbo de oro en torno
de aquella fisonomía cándida y doliente.

Corté unas violetas y se las di con palabras de ánimo, a las que ella
respondió con una débil sonrisa.

Me senté al lado suyo, penetrado de compasión. ¡La comprendía, la
adivinaba tan bien!... ¿No había visto, hacía poco tiempo, al lado de la
cama de la mendiga, a aquella criatura delicada, tan pronto confundida
por una mirada, tan propensa a turbarse, tan tierna, desplegar una
energía moral y una firmeza que llegaron a parecerme hasta duras, para
arrancar a una pecadora al peligro de una muerte inconsciente, que
hubiera sido para su fe la muerte sin perdón, la muerte eterna? Por muy
extraño que yo fuese a sus creencias, la había comprendido y había
admirado su fe robusta y activa y aquel imperioso sentimiento del deber
que podía más que sus timideces y hasta que su compasión.

Y entonces también la adivinaba.

Comprendía su sufrimiento y su espanto al ver a su padre inanimado, y mi
piedad por aquel débil corazón de niña, estaba impregnada de ternura.
¿Por qué el aspecto de la muerte predispone el corazón a esos
enternecimientos? ¿Será que buscamos por instinto un refugio contra el
aniquilamiento final? ¿Será que las fibras más profundas del ser se
conmueven a la vez y vibran al unísono al contacto de la formidable
enemiga?

Tenía yo un deseo apasionado de decir a Elena:

--Te he comprendido, alma piadosa y tierna. Por descreído que yo sea a
los ojos de tu fe, he sentido y comprendo tu divina caridad. Nuestras
inteligencias son diferentes y las influencias que han presidido a
nuestro desarrollo han sido opuestas; hay, sin embargo, un punto en el
que nos entenderemos siempre, y es el amor a la pobre humanidad,
condenada al dolor y a la muerte.

Mientras yo me dirigía este monólogo, Elena mordisqueaba las violetas
que yo le había dado y nuestros pensamientos se encontraban.

--¿Usted no cree?--me preguntó tristemente.

--Creo, por el contrario, en muchas cosas hermosas... en la bondad... en
la ciencia... en la...

Elena me interrumpió:

--Hay un nombre que lo resume todo, ¿y no lo dice usted?

--Es que quisiera comprender...

--¿Comprenderlo todo?--me preguntó.--¿Es eso posible? ¿Cree usted que
todo se puede explicar?

Yo no quería ni afligirla ni discutir.

--No--respondí;--las cosas de la fe, no. A esas se llega por el corazón.

--¡Oh! ¡Cuánta razón tiene usted!--exclamó con mirada brillante.

--Ya ve usted que no estamos lejos de entendernos--dije sonriendo.--Si
usted quisiera que hablásemos así algunas veces, acabaríamos por ser de
la misma opinión.

--Sí... usted me enseñaría a pensar...

--¡Oh! Para eso aténgase usted a su catecismo, Elena... He lamentado
muchas veces que esté usted aquí expuesta a oír discursos que hieren sus
creencias... Si alguna palabra mía lo ha hecho alguna vez, pido a usted
de todo corazón que me perdone. Me acusaría siempre de haber cambiado en
algo las ideas que le han hecho a usted ser lo que es.

Recordé que su padre dijo un día lo mismo delante de mí.

Elena sonrió y dijo:

--No tema usted; lo que ha entrado una vez en el corazón ya no sale.




Máximo a su hermano.

8 de octubre.


Ayer, día de la comida semanal en casa de Lacante, llegó Kisseler
reventando de gozo. Acababa de saber una fea historia de uno de nuestros
hombres políticos más visibles, favorito del Ministerio y en condiciones
de ser ministro de un día a otro. Naturalmente, todos se esfuerzan por
echar tierra al escándalo, y lo lograrán: testigos sobornados, supresión
parcial del sumario, jueces bien elegidos, nada se omitirá para
conseguir que se evite el proceso. Desde el punto de vista político,
pues, las consecuencias serán nulas, por el momento al menos. Pero los
detalles son curiosos e irresistiblemente cómicos para un cínico como
este diablo de Kisseler.

Apenas entró, estando todos ya a la mesa, pues, según costumbre, llegaba
tarde, empezó a contar la cosa con una gracia, con una mímica y con un
lujo de detalles verdaderamente chistosos.

Desde las primeras palabras, Lacante le mostró con una seña a Elena,
sentada enfrente de él, y Kisseler afirmó que sería prudente y que
velaría su relato. Lo veló, en efecto, pero con un velo tan extrañamente
plegado, que no hacía más que añadir un incentivo más a la brutal
aventura.

Yo no podía menos de mirar a Elena, tan joven, tan inocente, entre todos
aquellos hombres excitados y retorcidos de risa. Éramos siete, sin
contar la Marquesa de Oreve.

Luciana y su madre no habían venido, afortunadamente, y Elena parecía
entre nosotros como una hermosa azucena surgiendo de un lodazal. De vez
en cuando dirigía a su padre una seña de amistad con un ligero gesto que
quería decir claramente: «¡Qué fastidioso es ver reír a los demás cuando
no se sabe de qué se ríen!»

¡Cuánto le agradecía yo el que no comprendiese, y cómo me felicitaba por
la ausencia de Luciana, que, más madura en la atmósfera parisiense,
hubiera ciertamente comprendido! Creo que en este caso hubiera tirado a
Kisseler por la ventana...

Cuando todos se marcharon y Elena se metió en su cuarto, me quedé
fumando un cigarro con Lacante para esperar la hora del tren.

Lacante estaba preocupado y tocaba el tambor nerviosamente con los
dedos en la mesa. Por fin dio un suspiro y dijo:

--Tendré que separarme de mis amigos o de mi hija.

Y después de una pausa añadió:

--Es duro, a mi edad, romper con unas amistades de cuarenta años.

--Kisseler es incorregible e incomprensible, es verdad... Los demás
tienen más tacto.

--¿Cree usted eso?... Hay discusiones de ciencia y de filosofía que
ofrecen iguales o mayores peligros que las enormidades de Kisseler para
un entendimiento joven y cándido como el de Elena. ¿Le parece a usted
que ha comprendido ni una palabra de toda esa grosera historia?... Como
si la hubieran contado en chino. Mientras que la sequedad de la duda que
se introduce en esa tierna naturaleza substituye a la cándida fe que es
su fuerza y su gracia...

Y Lacante levantó las manos y las dejó caer, como si viese ya
pulverizado todo el edificio de fuerza mística.

--Admito--dijo,--que Elena no entiende las obscenidades de Kisseler,
pero así como el oído se acostumbra a los sonidos de una lengua
extranjera y acaba por comprender su significación, ¿no teme usted
que?...

--¿Que sepa pronto más de lo necesario? Sí, sin duda.

--Es verdad--dije no sin malicia,--que le he oído a usted en otro tiempo
expresar la opinión de que no es prudente dejar a las jóvenes en la
ignorancia de las necesidades de la vida y que los padres asumen así una
gran responsabilidad cuando llega el momento de elegir su destino.

--Aquellas eran teorías y frases de solterón--dijo moviendo la
cabeza.--Solamente sabe el precio de la pureza el que ha podido penetrar
hasta el fondo el alma de una virgen. Toda iniciación que no sea la del
amor es un sacrilegio. Sí, sólo el amor tiene derecho a revelar los
misterios...

Reflexionó unos instantes y siguió diciendo:

--Habría que casar a Elena. Podría ciertamente sacrificarle Kisseler y
mucho más; pero soy viejo, amigo mío, y he recibido hace poco una dura
advertencia, y debo asegurar el porvenir de esa pobre niña. Tiene
algunos bienes, a los que se añadirán después los míos; es bonita y
tiene bastantes cualidades para que no le falten los partidos.

--Es deliciosa--exclamé.

Lacante fijó en mí sus ojillos grises y penetrantes y yo bajé la cabeza.

Después siguió diciendo:

--Sí, ¿verdad? Más de uno lo juzga así, y cuando yo declare mis
intenciones ya sé quiénes se pondrán en la fila... Pero solamente Elena
decidirá.

Se levantó pausadamente (noto que se va entorpeciendo) y se apoyó en mi
brazo para entrar en su cuarto.

Al estrecharme la mano, me dijo:

--Esta niña merece ser dichosa.

--Lo será--respondí maquinalmente.

Me dirigió entonces una seña amistosa y me dijo:

--Gracias, hijo mío.

¿Aplicábase esta frase al apoyo de mi brazo o a mi frase trivial sobre
la dicha de Elena? Me quedé en la duda y esta duda me ha turbado.

Durante todo el camino he ido repitiéndome los términos empleados por
Lacante en esta conversación y los de mis respuestas. ¿Debía revelar a
Lacante mis compromisos con Luciana, a pesar de mi promesa de no
decírselo a nadie? ¿Por qué debía hacerlo así?... Por temor de que a
Lacante se le haya puesto en la cabeza darme su hija. Pero, si no piensa
en tal cosa y me he engañado, ¿no sería tan ridículo como impertinente
el tomarle la delantera y hacerle comprender que he adivinado su
intención y que no debe contar conmigo? Por otra parte, ¿no ha dicho que
solamente Elena elegiría?

Este último pensamiento ha calmado considerablemente mis escrúpulos,
pues no tengo ningún motivo para creer que Elena decidirá nunca en mi
favor, sino todo lo contrario.

Este Lautrec me parece muy solícito para con ella (lo está, eso sí, con
todas las mujeres); es joven, elegante, rico, y como tiene pretensiones
literarias que Lacante puede favorecer, bien pudiera ocurrir que por ese
lado hubiera un desenlace muy dichoso...

Pero, es raro, la idea de ver a Lautrec convertido en el hijo de la
casa, en la de Lacante, me oprime el corazón... No puedo, sin embargo,
casarme al mismo tiempo con Luciana y con Elena, la morena y la rubia...
Estoy loco y me voy a la cama.

Buenas noches, querido hermano...




Elena al Padre Jalavieux.

Octubre.


He leído, releído y meditado su carta de usted, mi buen señor cura, a
fin de hacer entrar en mí el espíritu que la ha dictado y que quiero que
sea mi regla de conducta: «No discutir jamás las cuestiones de fe...»
¡Cómo me agrada esto! La paz, la modestia del silencio... «Afirmar
valientemente mi fe cuando se presente la ocasión, sin tratar de
imponérsela a los demás.» También esto me gusta extraordinariamente.

Pero, señor cura, «hacer amar la fe haciendo amar en mí las virtudes que
le debo...» ¡Señor! ¡Virtudes! Yo, tan débil, y que no tengo más que
instintos ora buenos, ora malos y casi siempre infinitamente medianos...

Eso es mostrarme con el dedo toda mi impotencia. Me conozco bien y sé
que cedo al primer movimiento y que no pienso en resistir hasta que el
mal está hecho. También lo sabe usted que me conoce mejor que yo misma,
puesto que es más imparcial.

Esto me recuerda una de la mayores humillaciones de mi vida, un día en
que mi pobre tía me sorprendió encaramada en una silla delante de la
chimenea del comedor, con la nariz pegada al tremó, que tenía reflejos
verdes, para verme más de cerca. Mi tía se indignó enormemente y me
llevó, toda temblorosa, hasta la sacristía, donde estaba usted
escribiendo en un gran librote. Le contó a usted mi crimen y creo que
habló de propensiones hereditarias, palabras que oía yo por primera vez
y que me dieron un miedo atroz, pues me creí atacada de alguna
enfermedad mortal. Recuerdo qué bueno fue usted, señor cura, y cuánto le
quise desde aquel día. «Mi querida señora, le dijo usted; hay un
precepto de la Sabiduría, que dice: Conócete a ti mismo. Elena ha
empezado el inventario por el exterior; después llegará a lo principal.»
Y me dio usted un cachetito en la mejilla. Era yo muy niña, pues tenía
seis años; pero siento aún en el carrillo la dulzura de aquel cachetito
consolador.

Mi padre está ahora mejor y ha vuelto a todas sus costumbres de trabajo,
a sus estudios y a sus lecturas.

He ganado en esta crisis, que tanto me atormentó, una intimidad más
estrecha con él; me permite que le lea y encuentra que lo hago bien y
con inteligencia. Observe usted esto, señor cura; mi padre, que sabe lo
que se dice, asegura que leo con inteligencia. En otro tiempo me acusaba
usted de leer a escape y sin enterarme de lo que leía... Pero era que
(ahora puedo decirlo) los libros de edificación, las meditaciones, los
sermones y las controversias, me aburrían cruelmente. No me gustaba nada
más que la vida de los santos, con tal que no fuesen muy largas ni
atestadas de notas. Me parece que, en esas hermosas historias de almas
enamoradas de lo divino, la precisión pedantesca y el exceso de
documentos son un contrasentido, o en todo caso, una torpe maniobra que
nos sujeta a la tierra cuando quisiéramos remontar el vuelo y subir a lo
más alto. Espero que no se escandalizará usted y que me perdonará la
ligereza y el mal gusto de mi entendimiento.

Mi padre lleva su bondad hasta tomarme por su secretaria, y entonces
escribo al dictado u hojeo los libros necesarios para su trabajo y le
marco o le copio los párrafos que necesita. Y no puede usted figurarse
lo agradable y gloriosa que encuentro así la vida.

Lo mejor de todo es que, ahora, hablamos con más frecuencia y más
íntimamente, y que cada día lo quiero más.




Elena al Padre Jalavieux.


Hace un momento, después de dos largas horas de trabajo a la sombra del
único árbol del jardín, entre las matas de rosales, y a pesar del
vientecillo que levantaba las hojas de mi libro, mi padre se ha
recostado en su butaca, después de sujetar cuidadosamente las cuartillas
cubiertas de su fina letra, y me ha mirado con sonrisa de aprobación.

--Esto es lo que se llama una hija trabajadora y buena... Capaz serías
de estarte trabajando hasta perder las fuerzas, sin pedir gracia.

Yo no estaba cansada y así se lo dije, y añadí que era muy feliz
figurándome que le ayudaba un poco.

--Sí que me ayudas y que me facilitas la tarea. Me extraña el ver que,
sin confusión ni ruido, te has hecho este trabajo de investigaciones
que no tiene nada de seductor y que exige, después de todo, sagacidad y
atención.

Yo estaba contentísima, como usted comprende, señor cura.

Mi padre siguió diciendo:

--Las mujeres son, verdaderamente, criaturas asombrosas, dotadas de una
facultad de asimilación y de una finura de intuición que suplen a lo que
ignoran. Ven a darme un beso, pequeña encantadora. No te figuras lo que
te admiro a veces sin que lo parezca. Tu vida es muy grave para una
muchacha de tu edad.

Me apresuré a ir a besarlo, y después me senté en la hierba a sus
pies... Mi padre se puso a acariciarme el cabello, un poco pensativo.

Y yo, que nunca he sido acariciada, me sentía feliz, en aquella tarde de
sol, entre el perfume de las resedas y de los heliotropos.

--De pronto me dijo:

--¿A quién haces tú tus confidencias?... No siempre es a mí...

--¿Mis confidencias?...

--Sí, tus ideas... tus reflexiones... tus sentimientos secretos... ¿A
quién se los dices?... ¿Es a doña Polidora?

--¡Dios mío! no, papá. No comprendo bien lo que tú entiendes por...

Mi padre hizo un gesto de impaciencia.

--Vamos a ver... Hace seis meses que vives a mi lado, rodeada de hombres
de talento y de valía... y todos empeñados en agradarte. Es imposible
que no haya uno que te guste más que los demás... Sé franca...

--Desde luego, el que me gusta menos es el señor Kisseler.

--Procedamos, si quieres, por eliminación. ¿Qué piensas de Gerardo
Lautrec?

--Lo encuentro fino, ingenioso, amable...

--¿Es a él a quien prefieres?

--¡Oh! no...

Me interrumpí, no sabiendo realmente si decía la verdad.

--Entonces es Máximo... a no ser que el doctor...

--No, no, por cierto.

--Bueno--dijo mi padre radiante,--entonces la palma es de Máximo...

--Te aseguro, querido papá, que no lo sé y que nunca me he preguntado
semejante cosa. Mi único pensamiento, que ha absorbido todos los demás,
ha sido no serte molesta, no disgustarte y tratar de hacerme querer un
poco. Todo lo demás me es igual.

Mi padre me atrajo hacia sí y me besó tiernamente.

--¡Pobre hija mía! Dios sabe, si existe, que lo has logrado bien.

A pesar de la exquisita dulzura de sus palabras, a pesar de sus
caricias, me pareció que una larga y acerada aguja había penetrado en mi
corazón, y en medio de mi alegría, pasó por mí un calofrío de espanto.
«¡Dios sabe, si existe!» No puedo acostumbrarme a esa forma irónica de
la duda, habitual en mi padre. Acaso no es más que un vicio de su mente,
contraído hace largo tiempo y que se manifiesta mecánicamente.

No quise hacerle ver que me había entristecido y traté de responderle
con buen humor.

--La prueba de que Dios existe es que tú eres bueno...

--¿Eso crees? ¿Es eso una prueba?... ¿Cómo te arreglas para verlo así?

--Eres bueno y Dios me ha dado un padre como tú.

--¡Ah! Vamos; sales del paso con un madrigal... Pero piensa que lo que
Dios te ha dado, puede quitártelo.

Me estremecí, y él, que lo vio, siguió diciendo con dulzura y
estrechándome contra su pecho:

--La experiencia prueba, hija mía, que todo lo que vive tiene que morir,
y no he de escaparme yo de la ley. Por eso te preguntaba hace un
momento, no por malicia ni por curiosidad, sino porque desearía
vivamente que entre los jóvenes, distinguidos por diversos títulos, que
me rodean, hubiese alguno bastante dichoso para agradarte y al que
pudiera yo confiar el cuidado de tu porvenir.

--¡Me dices cosas crueles!--exclamé.

--¿Qué tiene de cruel el que desee tener dos hijos en vez de uno?... Tu
matrimonio, tontina, no apresuraría mi fin sino todo lo contrario, pues
me daría una tranquilidad de espíritu preciosa a mi edad. Hay que ver
las cosas con calma y buen sentido. El matrimonio es la verdadera
vocación de la mujer, y no veo nada de espantoso en que una guapa
muchacha se case con un buen mozo de su gusto... ¿Qué dice de esto la
señorita?

Al decir esto me estaba pellizcando amistosamente una oreja y moviéndola
para despertar mi atención.

--Es que, hasta ahora, no tengo gana de casarme... ¡Soy tan feliz a tu
lado!

--Frase clásica de dama joven. Todas las muchachas, tarde o temprano,
tienen gana de casarse y si tú no la tienes todavía es que estás un poco
atrasada para tu edad. ¡Diecisiete años! ¡Ahí es nada!... Un monstruo...
de una bonita especie, lo confieso...

--Pues bien, papá, elige tú...

--Perfectamente... Elijo a Kisseler...

--¡Kisseler!

Mi espanto le hizo reír de buena gana.

--Eso le enseñará a usted, señorita, a reflexionar antes de hablar.

--Creí que elegirías otro.

--¿Cuál? ¿A quién harías de buen grado el precioso don de tu personilla?

--Ya lo pensaré, papá. Veo que contigo no hay que andarse en bromas.
Pero ¿quién me dice que el feliz elegido no será recalcitrante?

--Eso, pequeña, es asunto vuestro. No puedo darte ni garantía ni
consejos. Creo que esas cosas se arreglan de un modo amistoso y que tú
estás hecha de un modo que hará fáciles los arreglos.

--¡Amor propio de autor!--pensé tristemente.

--Ahora--dijo mi padre,--trabajemos una hora más y te dejaré en
libertad.

Estaba yo distraída, mi pensamiento divagaba y tenía gana de llorar. Mi
padre echó de ver esta languidez desusada, y me despidió.

Puse en orden los papeles y me levanté prestamente.

--¡Cómo! Hija desnaturalizada, ¿te vas sin darme un beso? ¿Me tienes
rencor?

--Sí--respondí apretándole la cabeza con las manos y besándole en la
calva;--sí, porque veo que tienes prisa de desembarazarte de mí.

Mi padre dio un golpe en la mesa con mucha furia.

--Faltas a la verdad a sabiendas... ¡Vete de aquí o te tiro mi
Aristóteles a la cabeza!

Y blandía el librote con fingida cólera.

Eché a correr y me refugié en el bosque vecino, un lindo bosque de
senderos tortuosos y sombríos, en los que me interné con gran necesidad
de estar sola.

Aquella prisa por casarme me entristecía.

A pesar de toda la bondad de mi padre, temo que mi vida, bruscamente
incrustada en la suya, sea para él un estorbo y una carga dura de
soportar.

Aquel temor se mezclaba con otro más cruel, el de que mi padre sintiese
acaso más comprometida su salud de lo que quería dejar ver.

¡Cómo! Siempre está presente la muerte; en todas las vueltas del camino,
en las horas más serenas de la mañana como en el ocaso de la vida,
aparece con su misterio y su terrible silencio.

En aquel bosque de vivificantes aromas y de follajes enrojecidos por el
otoño, pasé, señor cura, unos momentos crueles.

Después, la calma fue viniendo poco a poco al recordar las pruebas de
ternura de mi padre y la necesidad cada vez mayor que parece tener de mi
presencia.

Me convencí, porque lo necesitaba mucho, de que las seguridades del
médico sobre la fuerte constitución de mi padre eran enteramente
sinceras y de que podía tener confianza.

Y entonces se impuso a mi reflexión la idea del matrimonio en sí misma.
Casarme; elegir un ser para entregarme a él y que sea mi dueño; dar de
una vez y para toda la vida el corazón, es cosa grave...

Además, hay que agradar, hacerse amar... ¡Qué trabajo de Hércules, Dios
mío! ¿Cómo se arregla una para hacerse amar? ¿Por dónde se empieza? ¡Si
usted cree, señor cura, que estas cuestiones son fáciles de resolver!...

Mi padre no parece que las encuentra la menor dificultad, pero es por su
infatuación paternal.

Y luego, ¿a quién quisiera yo agradar? El señor Lautrec tiene ideas que
se aproximan a las mías, o que, al menos, no las contradicen
violentamente. Es muy agradable y, sin decir jamás piropos triviales,
sabe hacer halagüeñas sus atenciones. Pero hay en él algo que se opone a
la idea del matrimonio. Parece que va por la vida como un viajero que
está dando la vuelta al mundo, sin fijarse en parte alguna, sensible a
las bellezas del camino, vibrante, entusiasta, apto para comprenderlo
todo, para deslumbrar, para gozar, para pescar al vuelo y saborear las
más finas y las más fuertes sensaciones. Amar debe ser otra cosa. Me
parece que el amor debe tener menos superficies para concentrarse más.
Debe ser humilde, puesto que implora, y altivo también, puesto que es
fuerte. No veo en el señor Lautrec ni esa humilde ternura ni ese robusto
orgullo. Y, en todo caso, no soy yo quien podría inspirárselos. Me
parece muy fascinado por la bellísima Luciana, que es tan a propósito
para gustarle. Hay, ciertamente, entre ellos un atractivo. Borremos,
pues, de la lista, a don Gerardo Lautrec.

Tengo cariño y agradecimiento por el doctor Muret, que me cuidó con
tanto celo y bondad cuando estuve mala. Mi padre lo estima mucho, y
puede una acostumbrarse a su fealdad que es interesante. Sin embargo, su
aire de solemne importancia me da siempre gana de reírme en sus barbas,
y esta es una mala disposición para casarse. Además, tiene siempre en la
mano aquel dichoso libro de apuntes y saca el reloj cada minuto, lo que
es también un poco fastidioso.

Kisseler... No quiero pensar siquiera en él, porque lo detesto de pies a
cabeza.

No queda ya más que Máximo, el candidato de mi padre. Tiene una dulzura
tranquila y fuerte que inspira confianza; su sonrisa es agradable y
benévola; sus maneras, sencillas y naturales. No trata de brillar ni de
forzar la atención y me gusta su cara pensativa. Da gana de leer en el
secreto de aquel corazón tan bien cerrado. Tiene hermosos ojos, cuya
mirada, a veces, conmueve y penetra. Y, además, es muy adicto a mi
padre...

Pero yo no puedo, sin embargo, ir a decirle: «Por el amor de papá,
cásese usted conmigo, caballero.» Tendría que ocurrírsele a él solito.




Máximo a su hermano.


Es verdad, soy culpable. Hace siglos que no te escribo y me acuso de
ello todos los días sin tener nunca valor para tomar la pluma.

Y es que, la verdad, no comprendo ya ni a los demás ni a mí mismo, y
nada hay que desanime tanto como no poder poner en claro los propios
sentimientos y encontrarlos ilógicos, contradictorios y miserables.

Estoy más humillado de lo que puedo decir por este lío de conciencia.

Tú sabes si adoro a Luciana por su belleza soberbia, por su naturaleza
independiente y franca y por su modo de conquistarme, pues fue ella la
que me conquistó con la confesión espontánea de una preferencia que yo
no sospechaba.

La amo, y, sin embargo, me siento cambiado para con ella o más bien, mi
amor ha tomado una forma inquieta y dolorosa. No dudo de ella, pero no
me entrego ya con la misma serena confianza. A pesar mío, la observo, la
analizo, y no encuentro ya sus cualidades tan indiscutibles. Hallo una
discordancia entre la hermosa franqueza que usó conmigo el primer día y
la excesiva prudencia que impone a nuestras relaciones en la pequeña
sociedad que nos rodea.

Cuando así se lo hago observar amablemente, me responde riendo:

--Está jurado y no hay que hablar más del asunto.

Y añade en tono de broma:

--¿Quiere usted que, dentro de diez años, al vernos todavía novios, nos
abrumen a chistes nuestros amigos?

--¡Diez años, Luciana!... es imposible...

--¿Por qué es imposible? El viejo Marignol, como usted le llama, tiene
sesenta y ocho años; nada le impide llegar a setenta y ocho como muchos
de sus colegas, e interceptarnos todo ese tiempo el camino de la
iglesia.

La discreción que me impone me es penosa para con Lacante, que es para
mí más que un amigo; pero ella me responde que si Lacante es mi tutor,
la Marquesa de Oreve es su protectora y habría las mismas razones para
hacerle la confidencia.

Y entonces, adiós secreto y vienen todos los inconvenientes de una
espera interminable.

Hay otra cosa que me alarma en Luciana. Creo haberte dicho que me ha
escrito algunas veces y me ha autorizado a responderle a la lista del
correo. Esos misterios no son muy de mi gusto, aunque no haya nada más
inocente, puesto que la señora de Grevillois conoce nuestros compromisos
y los aprueba. A Luciana, por el contrario, le divierte esta novela, y
lo que me preocupa es el tono de esa correspondencia, la ternura
exaltada de las cartas de Luciana y el contraste de esa ternura con la
corrección casi fría de nuestras conversaciones. ¿Será que, cuando
estamos juntos, una delicadeza pudorosa detiene en sus labios las
expresiones vivas? Quisiera creerlo. ¿Será que tema mis temeridades?
Hará mal. Respeto mucho en ella a la mujer que será mía para que tenga
nada que temer. Sea como quiera, me produce cierto malestar esa
disparidad entre la palabra y su expresión escrita. Sospecho que está
más prendada del amor que de su prometido. Me figuro que cede a la
inocente e inconsciente retórica de un alma romántica enamorada de los
bellos períodos y de las frases cadenciosas, y esto me produce una
especie de impaciencia despechada que me hace responder con frialdad y
casi en tono burlesco.

Si crees que la amo menos, te engañas. Su presencia me produce siempre
la misma turbación deliciosa, y su belleza me encanta. Si supieras la
gracia de aquel talle de divina y esbelta elegancia, el atractivo de
aquellos labios húmedos y rojos y la potencia de aquellos ojos, tan
pronto chispeantes de luz como tenebrosos y obscuros, bajo el misterio
de las largas pestañas... ¡Qué seducción hasta en sus caprichos, pues
los tiene! Tiene también desigualdades de humor, y, de repente, accesos
de un encanto imprevisto y de una humildad encantadora.

¡Pobre Luciana! ¿Por qué soy tan severo... y tan injusto acaso con ella?

Ayer, cuando llegué a casa de la Marquesa de Oreve, estaba Luciana en el
jardín con un libro abierto en la falda. Gerardo Lautrec, que estaba
sentado a su lado en una silla de tijera, se levantó al verme subir la
escalinata. Luciana me ofreció distraídamente la mano y continuó en
seguida la conversación interrumpida a mi llegada.

--¿De modo que querría usted estar ya lejos de Francia?

--Adoro a mi país, pero francamente, pasarse la vida en oscilar desde el
Luxemburgo al parque Monceau es un poco monótono.

--Usted piensa--díjele riendo,--que el bosque de Bolonia es insuficiente
como selva virgen.

--Eso puede llevar muy lejos--repuso Luciana.

--¡Bah! El mundo es tan pequeño... Pronto se le da la vuelta.

--¿Qué es lo que usted llama pronto?

--Dos o tres años...

--¿Y encuentra usted que es poco? Eso prueba que no deja usted detrás
ningún pesar.

--Siempre se dejan pesares... aunque no sea más que el de los sueños no
realizados.

--Los sueños son humo y no valen un pesar...

--Todo lo contrario... Hay sueños deslumbradores... tan inaccesibles,
por desgracia, como el Himalaya... Eso se los lleva uno consigo...

--Para perderlos por el camino.

Ambos se reían y yo me figuré, sabe Dios por qué, que la risa de Luciana
era nerviosa y falsa, y cátame triste para toda la noche. ¿Estoy, pues,
celoso? Ciertamente, Luciana es coqueta y le gusta agradar y ser
alabada. ¿Por qué acusarla? Es bella y lo natural es que goce del éxito
de su belleza. ¿Y qué me importa, puesto que su corazón es mío y estoy
seguro de su rectitud y de su ternura? Lo demás es polvo que el viento
disipa.




Elena al Padre Jalavieux.


Estoy asistiendo a una bonita novela que espero terminará por una boda
entre Luciana Grevillois y el señor Lautrec. Es visible lo que se gustan
mutuamente y no me ocurre qué podría impedirles casarse. Luciana no
tiene fortuna, pero creo que él tiene bastante para dos. Lautrec había
anunciado que iba a hacer un viaje de unos cuantos años, pero, de
repente, ha dejado de hablar de ello, y el otro día me respondió a una
pregunta que le dirigí sobre este asunto:

--Tiempo tengo. Haré ciertamente ese viaje, pero la fecha no es segura,
pues depende de circunstancias ajenas a mi voluntad.

Creo que esas circunstancias ajenas a su voluntad son el consentimiento
de Luciana, y lo creo más al ver que me dejó para ir a afilar los
lápices a aquella linda persona, que estaba dibujando, y que los dos se
pusieron a hablar en voz baja de cosas indiferentes, pero en ese tono
confidencial que indicaba claramente que sólo esperaban que yo me fuese
para cambiar de asunto. Lo comprendí y me marché a casa para saladar a
la Marquesa de Oreve.

La señora de Grevillois, que estaba al lado de la ventana trabajando
activamente en su bordado, me interpeló al pasar para reprocharme
graciosamente que dejase sola a Luciana. Me previno que la Marquesa
estaba de mal humor y que no había querido colocarse para su retrato, y
añadió dando un suspiro:

--No sé qué va a pasar con la tal pintura; mi pobre hija la ha vuelto a
empezar dos veces sin conseguir dar gusto a la de Oreve... Es
fastidioso. Y ya sabe usted que Luciana tiene poca paciencia... De esto
nacen violencias penosas y temo que resulte un poco de frialdad entre la
Marquesa y nosotras. Véala usted, querida amiga, y trate de disponerla
mejor en favor del retrato... Y si Luciana le habla a usted de sus
dificultades, procure apaciguarla.

--No me hablará, querida señora. Tengo yo muy poca importancia para que
se confíe a mí.

--No lo crea usted. Puede usted serle muy útil. No se sabe el bien que
puede hacer una palabra dicha con oportunidad.

La Marquesa estaba en su saloncillo, echada en un sofá y con una bata
rosa que estaba lejos de rejuvenecerla. Sus ricillos, muy lacios, le
caían por un lado, y los postizos, mal arreglados al color del cabello,
tenían un lamentable aspecto de negligencia. Me ofreció una mano
lánguida y me dijo:

--Buenos días, hija mía; siéntese un instante y deme noticias de su
padre. ¿Está mejor? ¿Vendrá a comer esta tarde? Dígale usted que quiero
absolutamente verlo... Necesito su filosofía para restaurar la mía, que
está muy decaída... Tengo contrariedades que me asesinan. ¿Ha visto
usted mi retrato? Ahí lo tiene usted, en esa mesa; quítele el papel de
seda y contemple ese horror... ¿Qué dice usted de eso? Yo creí que esa
joven tenía talento, o, a falta de talento, ingenio... Pero nada, no
tiene nada... Esto es tan torpe como feo... sin elegancia, sin
expresión, sin poesía...

Contemplé la miniatura y la verdad es que no se parecía al modelo.

--Los ojos son hermosos--me atreví a decir.

--¡Unas puertas cocheras! Ocupan la mitad de la cara... ¡Eso, unos
ojos!... No tienen vida ni llama; son negros y estúpidos como bocas de
horno... Yo tengo los ojos grandes, es verdad, pero no desmesurados. Es
preciso que, en una cara, esté todo proporcionado. Además, yo no tengo
esa fisonomía de una legua; mi óvalo es más bien un poco corto. Parece
que se ha propuesto desfigurarme.

--Me parece--dije tímidamente--que había hecho un boceto un poco mejor.

--¿El primero? No, querida; era igualmente feo en otro género. Había
exagerado en un sentido opuesto... Una cara de luna llena, boca común y
conjunto de una vulgaridad repugnante. Jamás consentiré en reconocerme
en los pintarrajos fantásticos de la señorita Grevillois. Renuncio a
ello.

Mientras hablaba, la estaba yo mirando, y compadecía con todo mi corazón
a la pobre Luciana, obligada a hacer un lindo retrato de tal cara.

La Marquesa siguió diciendo:

--No puedo despedir a esas señoras de un momento a otro, como a criadas;
tienen derecho a miramientos y las haré estarse aquí hasta final de
verano, como estaba convenido. Pero rogaré a Luciana que no se ocupe de
mí.

--¿No teme usted que se ofenda?

--Yo doraré la píldora... e inventaré pretextos. Además, está muy
ocupada con sus coqueteos para pensar en otra cosa... Mire usted allí a
Lautrec, a su lado. Se diría que está a sus pies... No sé, realmente, lo
que tiene para embrujarlos así.

--Es muy guapa.

--Sí, no es fea... Hay, sin embargo, otras que valen lo que ella...
Usted misma, querida.

--¡Oh! señora...

--Vale usted lo mismo, en un género más delicado. Máximo dijo el otro
día que tiene usted un delicioso tipo de virgen. Y Kisseler añadió: «Una
virgen que haría condenarse a todos los santos.»

No se escandalice usted, querido señor cura; en este país se habla de
todo así, en broma.

La Marquesa se reía y se extasiaba por el ingenio de Kisseler y por sus
graciosas salidas. Yo estaba encarnada como una puesta de sol, y muy
contenta, lo confieso, al saber que Máximo me encuentra bonita.
¡Quisiera tanto gustarle!

El mal humor de la Marquesa se ha ido disipando poco a poco y ha acabado
por convenir en que la presencia de Luciana en su casa es un gran
atractivo para los amigos.

--Lautrec no hubiera venido a pedirme de almorzar esta mañana si hubiera
estado yo sola--dijo en tono melancólico.

Y, al ver que yo iniciaba un gesto de política protesta, continuó:

--La juventud atrae a la juventud... No digo yo que, en mis tiempos...
En fin, esos tiempos han pasado, bien lo sabe usted, aunque su buena
educación le impida decirlo... A la edad de usted, una persona de...
de...--Buscaba un número de años verosímil, y no encontrándolo a su
gusto, acabó de este modo:--una mujer de mi edad me parecía un ser
antidiluviano... enteramente inútil en este mundo... Después, las ideas
se ensanchan... Yo hago justicia los encantos de la juventud, aunque
prefiero un poco más de seriedad y de madurez... No olvide usted decir a
su padre que cuento con él para comer. Usted lo acompañará
necesariamente.

Cuando me retiraba, me volvió a llamar:

--- No tema usted por Luciana; no le diré nada desagradable, aunque
retiraré mi cabeza de entre sus manos crueles. Hasta muy pronto, hija
mía.

En el jardín seguía el señor Lautrec afilando lápices a Luciana, que ya
no dibujaba.

La de Grevillois, en la ventana, clavaba asiduamente la aguja en el
cañamazo.

Las avispas zumbaban en los espliegos y el sol reía en mi corazón; era
feliz y pensaba cómo se aclara el porvenir y cómo se despeja y se allana
ante mí la vida, todo esto porque sé que no disgusto a Máximo.

¿No es curioso, señor cura, el ver qué poca cosa nos transforma y
transforma con nosotros todo lo que nos rodea?

Pasé por detrás del banco en que estaban hablando Luciana y Gerardo, y
como me ocultaban los arbustos, no sospecharon que estaba yo tan cerca
ni que sus palabras, escasas y lentas, llegaban hasta mí.

Luciana decía:

--Yo no tengo confianza.

Y él respondió:

--Sin embargo, pruebe usted...

Las palabras eran insignificantes, pero la entonación era tan íntima,
tan penetrante y tan dulce, que temí ser indiscreta y me escapé de allí.

Y en mi precipitación por poco dejo caer al Marqués de Oreve, que se
estaba paseando con un librote debajo del brazo y aspecto de
preocupación.

--Figúrese usted--me dijo poniéndome una mano en el hombro para
contener mi impulso--que no puedo encontrar el vínculo de parentesco
entre los Olmutz y los La Fribourgére...

--¿Desea usted saberlo?

--Ciertamente... Pero es humillante preguntar a esa gente, porque parece
que ignora uno la gramática. Los La Fribourgére son nobleza de toga, y
de toga muy corta... Mientras que los Olmutz, ¡diablo! esos son otra
cosa; nobleza de espada. Su casa remonta al siglo XII, tachada solamente
por un matrimonio desigual a mediados del XIV.

Evidentemente--dije con convicción;--un parentesco así es honroso.

Y después de excusarme diciendo que mi padre me esperaba, separé
vivamente el hombro de su larga y blanca mano y me eché a correr.

Es tan corta la distancia entre la «Villa del Lys» y la nuestra, que mi
padre me permite ir y venir sin escolta, y yo no abuso, se lo aseguro a
usted, señor cura.

Aquel día, sin embargo, hubiera querido dar un rodeo para saborear mi
contento, pero esos excesos no están en el programa e invité a mi
alegría a no salirse del camino recto.

¿Y sabe usted, señor cura, por qué estaba yo tan alegre?... Porque
Máximo de Cosmes ha dicho que soy bonita... ¡Qué horrible vanidad!

Y por mucho que trato de ruborizarme de vergüenza, la verdad es que
estoy contenta.

¡Impenitencia final!




Elena al Padre Jalavieux.


Tiene usted mucha razón, mi buen señor cura, y su sermón ha venido muy a
propósito para poner un poco de aplomo en mi cabeza y un poco de
prudencia en mi corazón.

«No basta ser bonita, me dice usted, para ser amada; los hombres tratan
de encontrar cualidades más sólidas y de un orden más elevado en la que
será la madre de sus hijos... Y, después, nada prueba que el corazón de
don Máximo esté libre.»

Es verdad; jamás me he preguntado si el corazón de Máximo está libre.

Siempre me parece que también los demás empiezan su vida, que sus ojos
se han abierto al mismo tiempo que los míos y que en ellos, como en mí,
todo el pasado es una página en blanco.

Máximo, sin embargo, no es joven. ¡Veintinueve años; casi treinta! Es
más que probable que no haya esperado a conocerme para fijar su
corazón.

Y aquí me tiene usted desazonada de mis ilusiones. Era muy dulce el
pensamiento de pasar mi vida entre mi padre y él. ¡Son tan buenos los
dos y se entienden tan bien para mimarme!... Casi no hay día en que
Máximo no me envíe o me traiga algunas pruebas de su recuerdo: un libro,
un dibujo de bordado, un ramo de violetas... pequeñeces, pero
afectuosamente ofrecidas.

No tengo experiencia, pero dudo que un novio pudiera ser más amable.

¡Sus maneras conmigo son tan graves y tan dulces, y me agradan tanto!...
Hay, sin embargo, una especie de violencia, casi de frialdad, que se
interpone a veces entre él y yo y parece helar en sus labios las
palabras cariñosas. Y ya esto, aun antes de la advertencia de usted,
señor cura, me había dado qué pensar.

Hace unos días, me dolía la cabeza después de un largo paseo al sol, y
no quise comer. Mi padre se alarmó y dijo que iba a llamar al médico,
pero le supliqué que no lo hiciese, segura de que aquella simple jaqueca
no resistiría a una noche de sueño. Así estaba convenido cuando llegó
Máximo. En cuanto me vio echada en el sofá de la sala, su cara se alteró
y, en voz conmovida, reprobó a mi padre el haber cedido a mi capricho no
llamando a Muret. Quise protestar, y me dijo bruscamente: «No crea usted
que vamos a consultar sus antojos cuando se trata de su vida...» Dio
media vuelta y, sin querer fiarse de nadie, corrió él mismo a
telegrafiar al doctor, que no tardó en venir y se rió de nosotros.

--Mi padre y Máximo tienen la culpa de que se haya usted molestado--le
dije.--De este modo, cuando otra vez le llamen a usted, no vendrá.

--Vendré lo mismo; pero me tomaré tiempo para comer.

Mi padre se lo llevó en seguida e hizo que le sirvieran una cena.

Me quedé sola, cerré los ojos para que descansase mi dolorida cabeza, y
me quedé dormida. Cuando desperté era de noche, y por la ventana abierta
oía la voz de mi padre en el jardín y el ruido de sus pasos algo pesados
sobre la arena. No sé qué ligero ruido, un suspiro acaso, me hizo volver
la cabeza, y, en la obscuridad, adiviné, más que vi, a Máximo a mi lado.

Cuando vio que estaba despierta, me apoyó dulcemente la mano en la
frente y me dijo:

--¿Le duele a usted aún?

--Casi nada; pero ¿por qué está usted ahí en la obscuridad, en vez de
pasearse con mi padre y el médico?

--¿La contrarío a usted?

--Siento que no goce usted de esta hermosa noche.

--El tiempo me ha resultado agradable de este modo.

--¿Ha dormido usted también?

--No... He estado repasando mis recuerdos. Me acordaba de nuestro viaje;
cuando la traje a usted de Quimper a París. Estaba usted dormida y
gruesas lágrimas permanecían inmóviles en sus mejillas, mientras grandes
suspiros espasmódicos la agitaban de vez en cuando, como los de una niña
castigada. ¡Era usted tan débil y tan pequeña! Y yo sentía que no lo
fuera usted más... un nene al que hubiera podido acunar en mis rodillas
para consolarlo.

--Y me cubrió usted con su manta; no lo he olvidado... ¡Qué bueno fue
usted! Es verdad que lo es usted siempre...

En seguida cambió de tono y me dijo con una especie de dureza:

--Todo aquello pasó. Ha crecido usted, se ha hecho una guapa joven y ya
no siento deseo alguno de hacer de nodriza.

Se levantó y cerró la ventana, por creer que la noche estaba fresca.

Y se marchó.

Pienso algunas veces si estará enamorado de Luciana, tan bella y tan
inteligente. Sin embargo, más bien parece que se evitan.

Pero queda lo desconocido, tan tenebroso, tan inmenso, tan lleno de
misterios...




Máximo a su hermano.

20 de octubre.


También esta vez tengo que excusarme por mi lentitud en escribirte; pero
tenía una repugnancia inconcebible a la pluma, al papel, a mis ideas, a
mis sentimientos, a todo, hasta a Luciana... Sí, Luciana, mi Luciana me
resultaba una carga, un dolor, un despecho constante.

Estaba celoso, y la he ofendido gravemente, como un estúpido. Ella se
irritó y hemos estado enfadados una semana entera, con motivo de ese
Gerardo, que la corteja sin ocultarse. Encontraba yo que ella aceptaba y
hasta buscaba imprudentemente sus galanteos y que se comprometía.

Hícele la observación y ella la tomó con altanería e impaciencia. La
acusé de ser una coqueta y de hacer doble juego, y ella se indignó, por
lo que cambiamos palabras crueles.

--Sospechas, reproches, escenas violentas; ¿es así como comprende usted
el amor?--me preguntó.--Si piensa usted ser un marido escamón y
tiránico, es tiempo aún de decirlo.

--Y si usted ha de ser una mujer inconsiderada y ligera, que da lo mejor
de sí misma al primero que se presenta...

Luciana me interrumpió con violencia:

--¿Qué he dado yo al señor Lautrec más que atención trivial y política
que tiene toda mujer para el hombre que se ocupa de ella? ¿Qué me
reprocha usted, fuera de una inofensiva charla? ¿Tendré que volverme
imbécil y huraña para complacerlo a usted? Si así es, no soy la mujer
que le conviene.

--Mucho lo temo.

--¿Quiere usted un rompimiento?--exclamó deteniéndose de repente y
mirándome a la cara, pues íbamos juntos por los paseos del bosque,
delante del grupo de nuestros amigos, que no podían oírnos.

Mi cora

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