Honor de artista
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Title: Honor de artista
Author: Octave Feuillet
Release date: March 11, 2008 [eBook #24802]
Language: Spanish
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BIBLIOTECA de LA NACIÓN
OCTAVIO FEUILLET
HONOR DE ARTISTA
BUENOS AIRES
1919
Derechos reservados.
Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires
* * * * *
ÍNDICE
I.--Pedro de Pierrepont
II.--Fabrice
III.--Beatriz
IV.--Aquellas señoritas
V.--La vizcondesa de Aymaret
VI.--El secreto de Pedro
VII.--Rivales
VIII.--Marcela
IX.--Gustavo Calvat
X.--Confidencias
XI.--«Fin de siglo»
XII.--Del palco del Teatro Francés
XIII.--Pasión
XIV.--La apuesta
XV.--Honor de artista
* * * * *
I
PEDRO DE PIERREPONT
Uno de los más nobles nombres de la vieja Francia, el de los Odón de
Pierrepont, era llevado, y bien llevado, hacia 1875, por el marqués
Pedro Armando, quien frisaba entonces en los treinta años, y venía a ser
el último descendiente masculino de tan ilustre familia. Era el marqués
uno de esos hombres que, por su bello y serio rostro, su gracia viril,
su elegancia correcta y sencilla, hacía espontáneamente brotar de los
labios esta frase de trivial admiración: tiene porte de príncipe.
Y en efecto, difícil hubiera sido figurárselo detrás de un mostrador,
midiendo seda en un almacén o desempeñando otra profesión cualquiera que
no fuese la de diplomático o la de soldado, que son, al fin, oficios de
magnate. Por otra parte, habíase podido apreciar de qué fuera capaz el
marqués de Pierrepont, vistiendo el uniforme militar, por cuanto en la
guerra del 70 dio pruebas del más cumplido valor, volviendo
pacíficamente, una vez terminada aquélla, a emprender su vida habitual
de parisiense y de dilettante a que lo impulsaban tendencias, gustos,
falta de ambición, y un poco también el deseo de complacer a cierta
anciana tía, que no se contaba seguramente entre las fervientes
admiradoras de la república.
Era esta tía la baronesa de Montauron, por su familia Odón de
Pierrepont; cifraba en su apellido el más grande orgullo y era viuda y
sin hijos, circunstancia que no la entristecía, puesto que, merced a
ella, proponíase disponer a su muerte en favor de su sobrino, de los
cuantiosos bienes que heredara de su difunto marido, dando por esta
combinación nuevo brillo a los un tanto deslustrados blasones de su
casa, porque sin que pudiera estrictamente decirse que los Pierrepont se
hallasen arruinados, encontrábanse, de dos generaciones atrás, en menos
que mediano estado de fortuna, sobre toda si se considera cuán grandes
son las exigencias de la vida al uso de los tiempos que alcanzamos.
Una renta de escasas treinta mil libras fue todo lo que de la sucesión
paterna pudo sacar el joven marqués, y si esta suma era suficiente para
asegurar su independencia, no era bastante ni aun adicionada con el
ligero suplemento que a título de aguinaldos dábale anualmente su tía,
para llenar las necesidades de posición a que se veía obligado un hombre
de su clase, representante de toda una estirpe de grandes señores.
Ciertamente que la señora de Montauron, que tenía por su parte una
entrada anual de muy cerca de cuatrocientos mil francos, habría podido
muy bien no aguardar la hora de la muerte para dorar un poco el escudo
heráldico de su sobrino, pero la dominaba una pasión todavía más
decisiva que el orgullo de raza, y esa pasión era el egoísmo. Verdad es
que la vida un tanto estrecha que las circunstancias obligaban a llevar
a aquél, mortificaba grandemente la altivez de la vieja baronesa, pero,
así y todo, no se resolvía a tomar sobre sí la obligación de mejorarla
en algo mediante cualquier leve sacrificio impuesto a sus comodidades
personales. Tenía esta señora, en la época de nuestro relato, cincuenta
años, y según cálculos que hiciera sobre ciertas estadísticas de
mortalidad, tenida en cuenta la longevidad de sus ascendientes, había
venido a sacar en limpio que su existencia podría aún prolongarse cosa
de treinta años, por término medio. La humillación de ver al último
varón de su raza reducido a estado relativamente precario por tan largo
espacio de tiempo, era para ella prueba penosísima, pero la sola idea de
verse obligada a vender su casa de la calle Varennes o sus bosques de
los Genets, presentábase a su imaginación cual rasgo de rematada locura,
y, en su afán de conciliar sentimientos tan contradictorios, dio en la
idea de mejorar la suerte del marqués por el único expediente posible,
que era casarlo con una rica heredera.
Tal era el fin que perseguía con vehemente anhelo la señora de Montauron
en los momentos en que principia esta verídica historia. Serias
preocupaciones atormentaban a la baronesa acerca de que su hermoso
sobrino, como ella lo llamaba, quien, por otra parte, era muy buscado en
sociedad, sobre todo por las damas, se prestase fácilmente a abandonar
su vida independiente y galante para doblar el cuello a la, marital
coyunda, si bien debe observarse, como es bastante frecuente, que suelen
ser aquellos hombres más llamados por sus atractivos personales a más
rápidas conquistas de femeninos corazones, precisamente los que menos
importancia dan a su envidiable fortuna: indiferentes hacia triunfos
para ellos fáciles, carecen en general de esa fatuidad, de eso que
pudiéramos llamar furor galante, característico en aquellos otros de sus
congéneres cuyas victorias sobre el bello sexo débenlas únicamente a la
constante lucha contra un modo de ser moral y físico en que no abundan
como don natural los atractivos. Mucho se hablaba de los éxitos
obtenidos en esas lides por el marqués de Pierrepont, si bien él,
conduciéndose con caballeresca discreción, jamás confesó ninguno, por
más que en lo que se decía mucho debía haber de verídico y auténtico; en
resumen, no era un libertino, y aun puede asegurarse que había en él un
fondo de seria dignidad que comenzaba a alarmarse de esos devaneos a
que tarde o temprano lleva fatalmente la soltería.
Y como prueba de lo que venimos diciendo, manifestaremos que departiendo
acerca de estos escabrosos particulares con el pintor Jacques Fabrice, a
cuya casa solía ir por las tardes con el fin de tomar una taza de te y
fumar un cigarrillo, se expresaba en estos términos el señor de
Pierrepont, dirigiéndose a su amigo:
--¿Sabes lo que me pasa? Hoy cumplo treinta y un años.
--Hermosa edad--replicó el pintor, que dibujaba al amparo de la amplia
pantalla de su lámpara.
--Es, en efecto, una hermosa edad--continuó el señor de Pierrepont--; es
la edad en que el hombre se halla en la plenitud de sus facultades, pero
es al mismo tiempo una hora crítica, una hora decisiva en la vida y
sobre todo en la vida de un ocioso, de un simple dilettante como yo. Me
encuentro en esa fatídica línea que separa la juventud de la edad
madura... Si resbalo, en ese período de la existencia, llevando a él las
pasiones y los hábitos de los pasados días, no puedo hacerme ilusiones
sobre el porvenir que me espera... Me parece que tengo algunas nociones
siquiera de honor y de buen gusto... además, profeso instintivo horror a
todo lo que es falso y bajo... y, sin embargo, si me abandono al ciego
destino en estos momentos de crisis, vislumbro un futuro que hiere todas
mis singulares aprensiones... Entreveo en el horizonte amores de
decadencia, una juventud artificial obstinándose en combatir en vano
contra las advertencias y las humillaciones de la edad... secretas
operaciones de tocador tan vergonzosas como inútiles... alguna vieja
amante legítima in extremis... y otras mil cosas del mismo género, a las
cuales, es cierto, amigo mío, que en nada me cedían cuanto a delicadeza,
han concluído por resignarse mansamente... Pues bien, mi buen Fabrice,
cuanto más reflexiono acerca del medio de escapar a este triste futuro,
tanto más me convenzo de que no hay otro medio sino seguir la trillada
senda de nuestros antecesores.
--¡Ah! ¡Ah!--dijo Fabrice.
--¡Naturalmente!--exclamó Pedro--; el matrimonio, sin duda que el
matrimonio tiene sus inconvenientes, sus tristezas, sus peligros, pero,
así y todo, es el mejor abrigo en que un hombre puede pasar tranquilo la
vejez y aguardar la muerte sin deshonrar sus canas.
El pintor dio un hondo suspiro sin responder a Pedro.
--Dispénsame--le dijo su amigo--. Este asunto te enoja con razón. No
debiera haberlo olvidado.
--Mi experiencia personal es muy triste a este respecto; tú lo sabrás,
Pedro--contestó el pintor--; pero, después de todo, eso no quiere decir
nada... Hice un matrimonio de loco... en fin, no me arrepiento, porque,
al cabo, tengo a mi hija.
--Precisamente--añadió Pierrepont--, tienes una hija... yo también puedo
tener otra, tal vez un hijo, y ésos son afectos, distracciones que
hacen olvidar a un hombre el eterno femenino: digo más: pueden revestir
de cierto prestigio la edad madura de la vida... Es hermoso ver a un
padre todavía joven llevando a sus hijos de la mano a paseo... ¡Bueno!
qué quieres, vas a admirar mi candor... pero... pero siento como un vago
deseo de amar siquiera una vez en la vida a una mujer honrada.
Los ojos del pintor se apartaron un momento del dibujo para fijarse con
aire de extrañada simpatía en el bello rostro de su amigo.
--¡Vamos! ¡Ya! quieres ensayar un segundo estilo... quieres saber si en
materia de amor, hay algo más superior, algo que aventaje a eso que en
lenguaje de mostrador se llama bisutería. Y bien, ¿qué te falta para
realizar tan poético ensueño?
--Una mujer.
--Exactamente. Pero me parece que con tu nombre, tu porvenir... tus
atractivos personales, si me permites que así me exprese, no te será
difícil encontrarla con sólo quererlo.
--No sólo con quererlo yo; es preciso que también lo quiera mi tía.
--¿No me has dicho que tu tía deseaba casarte lo más pronto posible?
--Di mejor lo más ricamente posible--replicó el marqués acentuando
amargamente la frase--: mi tía sostiene que, siendo el matrimonio una
pura lotería, de lo que solamente debe uno preocuparse es del dote,
abandonando lo demás al azar... Te aseguro que yo no opino del mismo
modo... Compréndeme bien: no me encuentro en situación de mirar con
desdén los títulos de renta al tres por ciento... pero, sin embargo,
desearía, que al mismo tiempo me ofreciera mi prometida ciertas
garantías de honor y de dicha... y todavía añado, garantías
excepcionales... Ya tú sabes la educación que hoy reciben las niñas...
eso aterra. Y ahí tienes por qué mi matrimonio, aun deseándolo tanto mi
tía y yo, no acaba de salir de los limbos de la hipótesis... A propósito
de mi tía: ¿vas a venir a los Genets? Mi tía me dice en su última carta
que cuándo puede contar contigo.
--A partir del 15 de agosto estoy libre y a sus órdenes.
--¡Magnífico! No la conoces, ¿es verdad?
--No, hijo, ni aun de retrato.
--Bien, ya te he dicho que como retrato, sería... ¿cómo te diría yo?...
sería... un poco ingrata.
--Ya trataré de conquistarla.
--Tendrás méritos si lo consigues.
--Hasta la vista, pues.
--Hasta la vista, adiós.
II
FABRICE
¿Hay en el arte especial del pintor, en esa vida solitaria,
semiclaustral que su profesión le impone, en esa afanosa carrera en pos
de un tipo de absoluta belleza, jamás alcanzado, alguna secreta virtud
que eleve su espíritu, que depure su moral personalidad? No lo sé, mas
no me engañaría si asegurase que suelen encontrarse en los talleres del
pintor, con más frecuencia que en cualquier otro sitio, esas almas
candorosas y graves, esos corazones sencillos, rectos y altivos que tan
alto hablan en honor de la humana especie; y sin que pretenda dar a mi
observación la fuerza de una verdad axiomática, que sería irracional e
injusta, puedo decir en conciencia, que pocos caracteres podrían
compararse en nobleza con los de algunos artistas a quienes muy de cerca
he conocido.
Los orígenes de Jacques Fabrice eran humildísimos.
Desempeñaba su padre modesto empleo en una de las alcaldías de París, y,
aunque murió joven, vivió, sin embargo, lo bastante para contrariar por
todos los medios la precoz disposición que para las artes del dibujo
mostrara el niño. Ocupábase la madre en la, confección de flores
artificiales, y dotada de más delicado instinto, simpatizaba
secretamente con los gustos de su hijo. Una vez viuda, consiguió en
breve hallar el camino de procurar a éste la indispensable enseñanza
artística, alentándolo al propio tiempo en su noble vocación; y contaba
el muchacho apenas quince años, cuando ya podía ayudar a la madre en
los breves gastos de su pobre hogar, pintando para el caso muestras de
tienda, en los estrechos intervalos que le dejaba el aprendizaje. Dícese
que fue viéndole trabajar en la fachada de cierta miserable taberna de
Meudon, donde uno de los príncipes de la pintura contemporánea echó de
ver sus méritos, y tal afecto le cobró a poco, que no sólo lo recibió en
su taller, sino lo que es más, dos años después llevólo consigo a
Italia. Tuvo la madre de nuestro Fabrice la dicha inefable de presenciar
los triunfos primeros de su hijo, quien le debía en parte no sólo la
naciente nombradía, si que también esa atractiva mezcla de suavidad y de
energía que es la natural y conmovedora consecuencia de ese doble papel
de protegidos y de protectores que nos hacen, tantas veces jugar los
acontecimientos.
No fue, sin embargo, hasta después del admirable cuadro que en el salón
de 1875 expuso Jacques Fabrice, que su reputación quedó sentada cual
hecho indiscutible; hasta entonces la fama de su competencia no había
traslucido fuera de un limitado círculo de amigos y de admiradores,
porque su trabajo, lento y concienzudo hasta la nimiedad, su gusto
difícil, su horror a lo vulgar, en una palabra, su probidad artística,
fueron causas que retardaron esa revelación brillante de su luminoso
talento.
Por otra parte, había tenido que luchar en los comienzos de su carrera
con abrumadores pesares. Una ligereza de juventud lo impulsó en sus
veintidós años a contraer matrimonio con la hermana de uno de sus
compañeros de taller: era ésta una muchacha bonitilla que parecía
arrancada de un cuadro de Creuze, y como la madre de nuestro pintor,
obrera en flores. Fabrice la veía trabajar asiduamente en su ventana, y
parecíale al incauto artista que ella fuese la imagen misma de la dicha
y de las domésticas virtudes, y forjóse un idilio, barajando en el
desvarío de su inexperiencia la alianza de la casta pobreza con la
naciente fortuna. Casóse, pues, con ella, y todos los tormentos que una
inteligencia predestinada, todas las amarguras que un alma delicada
puede sufrir al contacto permanente de la vulgaridad de espíritu y de la
bajeza de carácter, todo eso lo sufrió Fabrice al lado de esa preciosa
criatura. Incapaz de comprender siquiera las altas condiciones del
artista, le reprochaba sin cesar con gritos de furia, la lentitud de sus
estudios, la serena conciencia que ponía en su trabajo, impulsándolo a
la premura productiva de la ruin producción comercial, y aun se dio caso
de llevar ella misma ávidos mercaderes al taller de su propio marido,
ausente éste, vendiéndoles a vil precio no acabados cuadros, con gran
desesperación del artista sin ventura. No tuvo, por último, más que un
mérito: murió al cabo de siete u ocho años, dejando a Fabrice una niña
que por dicha no se parecía a su madre.
El joven marqués de Pierrepont, cuyo diletantismo ocupábase casi con
idéntico entusiasmo en las cosas del sport como en las del arte, y que
era un juez eximio en ambas materias, fue uno de los primeros en
vislumbrar el gran porvenir que la fortuna reservaba a Jacques Fabrice.
Se habían conocido durante los aciagos días del sitio de París, eran
camaradas en la misma compañía de uno de los regimientos de marcha y
habían sido también compañeros de ambulancia, los dos heridos en la
batalla de Châtillon. Como resultado de estas relaciones, empezó el
marqués a frecuentar el taller de su nuevo amigo, haciéndose desde este
momento el apologista de su talento en la buena sociedad, talento
todavía o ignorado, o discutido. Así, con el transcurso del tiempo,
habíase venido a formar entre ellos una amistad tan estrecha y confiada,
cual puede ella serlo tratándose de dos hombres por naturaleza altivos y
reservados.
Pedro de Pierrepont procuró varias veces, aunque sin éxito, convencer a
su tía de que se dejase retratar por su amigo, garantizándole su
competencia e indiscutibles méritos, insinuándole que sería honroso para
ella, y al mismo tiempo económico, ser una de las primeras en dar
relieve a un artista llamado a alcanzar ruidosa reputación.
--Mira--le contestaba la tía--, me parece mejor aguardar a que esa
celebridad se haya hecho por ministerio del prójimo; a mí no me gusta
servir de muestra.
Pero los triunfos que en el salón de 1875 obtuvieron los cuadros de
Fabrice decidieron a la desconfiada baronesa, dignándose por fin otorgar
su protección a un hombre que precisamente ya en aquellos momentos para
nada la necesitaba; pero el hecho fue que al cabo se resolvió, y después
de ardua y detenida conferencia con Pierrepont, tuvo a bien invitar al
pintor a que fuera a pasar algunas semanas en los Genets, donde ella
podría entregarse a las molestias consiguientes a tal operación, con más
comodidad y espacio que en París.
Por consecuencia de tan alta merced, Fabrice debía, según ya dijimos,
trasladarse a la susodicha posesión, en el departamento de Orne, para
reunirse allí con el marqués, una vez vuelto éste de las carreras de
Deauville.
III
BEATRIZ
La baronesa de Montauron, en cuya casa vamos a penetrar, siguiendo los
pasos de su sobrino el marqués de Pierrepont, era una mujer de mucho
talento y gracia suma, pero sin corazón: había hallado, sin embargo,
modo de crearse sólida reputación de alma generosa, recogiendo cierta
joven huérfana, lejana pariente de su marido, la cual huérfana le servía
de lectriz, de enfermera y aun un poco de doncella.
Beatriz de Sardonne, era hija del conde de su apellido a quien las
carreras de caballos principiaron a arruinar, rematándolo la Bolsa;
murió, pues, dejando a su hija con mil francos de renta, y dicho se está
que mil francos de renta son la miseria o el convento. La señora de
Montauron, que envejecía en tiempo y declinaba en salud, hacía fecha que
pensaba en procurarse una señorita de compañía que aliviase el peso de
su soledad y la carga de sus enfermedades. Deseaba, naturalmente, que
dicha señorita fuese distinguida, y esto por decoro de su casa y
nombre: quería también que la candidata tuviera buen carácter
(circunstancia más que esencial, indispensable, créanos el lector, para
estar a su lado). Exigía que fuera hermosa, a fin de que su presencia
viniese a ser como un cebo para el sexo fuerte, de cuyos atractivos
había sido siempre la baronesa devota fervientísima. La señorita de
Sardonne parecía responder a la perfección a tan varias exigencias,
puesto que era de ilustre cuna, perfecta distinción y soberana belleza,
y aun hay quien dice que demasiado soberana en sentir de la baronesa,
pero era necesario ser indulgente en algo, dado que las señoritas de
compañía no pueden mandarse hacer, como los sombreros. Era la señorita
de Sardonne de bastante estatura, pero lo que sobre todo la hacía
admirar era su magnífico aire: una reina. Ojos de obscuro purísimo azul,
tez ligeramente morena, y al sonreír dos hoyuelos se abrían en sus
mejillas. ¡Detalle por cierto encantador! Su traje tenía que ser por
fuerza muy sencillo; casi siempre un vestido negro sin adornos; algunas
veces lo cambiaba por otro tornasolado que modelaba finamente su
soberbio busto de diosa, realzando cada uno de sus movimientos a un
metálico rielar. Circunspecta por carácter y posición, no hablaba nunca
más que para responder con breve urbanidad a las preguntas que se le
dirigían, y obedecía, si no con paciencia, al menos con calma
imperturbable las con frecuencia mortificantes órdenes y tiránicos
caprichos de la baronesa: un imperceptible vertical pliegue entre los
dos arcos de sus cejas, que se acentuaba algunas veces bruscamente,
podía sólo dar testimonio de la secreta repugnancia que le causaba su
casi servil situación.
Esta resplandeciente beldad llena de encanto y de misterio, tenía, cual
fácilmente puede concebirse, numerosísimos y a veces no muy delicados
apreciadores entre los jóvenes y viejos amigos de la casa, pero la grave
decencia, la fría reserva de la señorita de Sardonne derrotaban presto
tan sospechosos homenajes. Tal vez en la ingenuidad de su alma, en la
tranquila conciencia de su belleza, pudo quizás ella creer que algunas
de estas adoraciones eran dictadas por leales sentimientos, por
confesables intenciones, mas con su rápida y fina penetración de mujer,
no tardó en comprender que todos estos postulantes que sin respiro la
asediaban, aspiraban a todo, menos a su mano, y esta convicción
diariamente ratificada concluyó por añadir a la honda melancolía que
minaba el corazón de la huérfana, la sensación cruel del más acerbo
desprecio. Y además, aun cuando ella no hubiese tenido tan alto y
merecido concepto de sí propia, aun cuando ella no hubiese sido la hija
del conde de Sardonne, contra las asechanzas más o menos tácitas de que
pudieran hacerla blanco, tenía nuestra interesante huérfana broquel más
templado que el desprecio, escudo más noble todavía que el honor mismo,
porque la señorita de Sardonne había ya hecho a alguien merced de su
alma.
Es muy raro, en efecto, que una joven no haya escogido, aun desde la
infancia, allá en el secreto de su pensamiento, al hombre a que daría su
mano, si bien es cierto que sus secretos votos rara vez se realizarán al
compás de su voluntad. Encuentra ella siempre entre las personas que
frecuenta, una determinada, respondiendo perfectamente al ideal que la
mujer se forja del marido, es decir, del novio, porque en esta dichosa
edad las dos palabras son sinónimas. Apenas contaba doce años Beatriz de
Sardonne, cuando ya paró mientes en la acogida excepcionalmente
favorable que en su familia y sociedad se hiciera a cierto joven vecino
del campo que pasaba en París los inviernos. Era evidente para la niña
que sus tías, sus primas, su mamá misma se conmovían más que de
ordinario cuando el susodicho anunciaba una de sus visitas, hasta el
punto que la conversación, con frecuencia lánguida aun entre mujeres en
el campo, animábase de súbito.
No podía dudarse que la próxima llegada del esperado huésped despertaba
en aquellos femeniles corazones grata emoción, y hasta se corría a las
ventanas para espiar su venida: en fin, cuando Pedro de Pierrepont
aparecía con su aire de príncipe, haciendo caracolear su caballo en
torno del césped del jardín, las señoras acudían radiantes al patio,
mientras que la señorita de Sardonne, observando las cosas a través del
follaje, sentía que su joven corazón se agitaba en su pecho con
palpitaciones a su edad proporcionadas.
Las impresiones de la niña, creciendo con ella, fueron tomando de año
en año más profundo y reflexivo carácter. El marqués de Pierrepont era
universalmente considerado como el prototipo del caballero, del hombre
seductor, pero para Beatriz fue más todavía, porque su educación, sus
gustos, sus preocupaciones mismas, la predisponían más que a persona
alguna a admirar aquella graciosa figura del gentilhombre, aquel ser,
por decirlo así, de lujo, que parecía moldeado en diferente arcilla que
los hombres humanos y creado únicamente para nobles ocupaciones y
elegantes quehaceres: guerra, caza, letras, amor.
Los sentimientos de la señorita de Sardonne por Pedro de Pierrepont
habíanse ido desenvolviendo poco a poco hasta llegar a la adoración,
adoración que la niña guardaba cual en un santuario, en el más oculto
rincón de su casto pecho, sin que Pedro lo sospechara siquiera, pues
tenía por las jóvenes de la edad de Beatriz el desprecio propio en un
hombre de su temple y años.
Próximamente diez y siete tenía la señorita de Sardonne cuando viéndose
sus padres al borde del abismo, donde los restos de su fortuna iban a
perderse, retiráronse bruscamente del mundo, no conservando relaciones
sino con dos o tres muy íntimos amigos. El marqués de Pierrepont,
después de dos o tres infructuosas tentativas para forzar la consigna,
había creído delicado no insistir, así, pues, perdió de vista a esta
familia, sabiendo luego su total naufragio y la muerte del conde y la
condesa. En consecuencia, no volvió a ver a Beatriz hasta el momento de
su entrada en casa de la señora de Montauron bajo los tristes auspicios
de prima en la miseria, de señorita de compañía; de comodín, en fin. Muy
lejos estaba ciertamente de sospechar el marqués que a él se debiera en
gran parte, quizás en todo, que la señorita Sardonne hubiera preferido
al convento la casa de la baronesa, pero era de un natural demasiado
generoso para no sentirse conmovido ante tal infortunio, aun cuando él
no se hubiera presentado de por sí bajo formas tan dramáticas y
atractivas.
Observábase que ponía particular empeño en realzar a fuerza de
respetuosas consideraciones la humillante situación de la huérfana; pero
al mismo tiempo parecía como que evitaba toda clase de intimidad con
ella, y lo que es más, manifestábale habitualmente una reserva vecina a
la frialdad, cual si desconfiara ora de ella, ora de sí propio.
Tales eran las recíprocas relaciones de estas dos personalidades en los
días en que Pierrepont llegó a la posesión de los Genets, precediendo en
algunos a su amigo Jacques Fabrice.
Los Genets era una antigua propiedad de aquella familia que había sido
en parte destruída y en parte vendida, durante el período
revolucionario, y sólo al cabo de cincuenta años decidióse el barón de
Montauron, a instancias de su mujer, de quien aquél era el más seguro y
el más humilde servidor, a rescatar en gran precio las tierras,
restaurando al mismo tiempo el arruinado edificio, del cual no quedaba,
otra cosa más que una hermosa y almenada torre sacrílegamente
encuadrada entre dos construcciones modernas. El conjunto, a pesar de su
irregularidad arquitectónica, no dejaba de ser imponente, y grandes
avenidas de hayas, un parque y bosques cruzados por un afluente del
Orne, acababan de dar a esta habitación eso que es de uso llamar
señorial apariencia.
La señora de Montauron, que profesaba a la soledad cordialísimo
aborrecimiento, concedía a sus amigos la más amplia hospitalidad en su
campestre mansión, aunque, habiendo resuelto que aquel año de 1875
marcaría el fin del celibato de su sobrino, extendió aún más sus
invitaciones en esta jornada, poniendo en la confección de las listas de
convite los más diplomáticos cuidados. Admitió así, con mayor
indulgencia de la acostumbrada, buen número de herederas pertenecientes
a la alta banca francesa y cosmopolita, contando astutamente con que las
intimidades de la vida de campo ofrecerían la deseada ocasión y harían
madurar el perseguido proyecto, descartando con maquiavélica experiencia
a las casadas jóvenes y bonitas, quienes podrían distraer la atención
del neófito, en secundarias bagatelas.
Encontró, pues, el marqués en los Genets hasta media docena de lindas y
candorosas señoritas, quienes, a pesar de su probada inocencia, parecían
darse cuenta bastante exacta de la situación; por lo menos así se
hubiese creído considerados sus respectivos comportamientos, pudiendo
presumirse que estaban en el secreto y aun en la complicidad de la
baronesa, visto cuanto cada una de ellas, según sus personales
intuiciones y peculiar estilo, ponía de su parte, a fin de hacer
triunfar su candidatura. Nada más natural.
El catecúmeno que se trataba de atraer a la buena senda era no sólo un
hombre de raras seducciones personales, sino, lo que es más, el presunto
heredero de una gran fortuna, que, por si algo faltaba, disponía también
de una corona de marquesa, y no hay que decir, considerados estos graves
antecedentes, si sería formidable el despliegue de trajes, gracia,
candor, aturdimiento o afectada indiferencia a que se entregaron
aquellas adorables señoritas.
No era, pues, en verdad aburrida la existencia en los Genets, porque
familias de las invitadas, hermanos y amigos componían una divertida y
animada colonia, pronta siempre a distraerse con los ejercicios de
práctica en el campo, menudeando los paseos en coche, las partidas de
pescas, los _lawn-tennis_ por la mañana, pasándose las noches en
inocentes juegos alternados con tal cual rigodón. La baronesa, a quien
el silencio era odioso porque le hacía pensar en la muerte, gustaba de
todo ese movimiento, si bien mezclándose poco directamente a él por
cuanto el reuma no le dejaba casi momento de reposo; pero ya desde su
sillón de donde daba órdenes como desde un trono, ya sentada a la sombra
de los copudos árboles del parque, complacíase en ver agitarse aquella
brillante juventud, que la formaba una pequeña corte, deleitándose en
ver desfilar aquellos breacks, aquellos mails llenos de exquisitas
elegancias, rebosando refinadas alegrías.
Espectáculo tal no parecía seguramente tan grato a la señorita de
Sardonne, porque, descontadas las raras ocasiones en que la señora de
Montauron se decidía a subir en carruaje, en cuyo caso llevaba consigo a
su lectriz, la tenía sin misericordia encerrada en casa, bajo el
pretexto de decencia social. La pobre Beatriz quedaba así fuera de
aquella vida de placer y de lujo, en medio de la cual presentía, por
otra parte, que su sencillo traje y modesto continente habría sido
motivo de sonrojo. Educada ella misma en los esplendores de la vida
mundana, tenía, como la mayor parte de las jóvenes de su clase,
irresistibles aficiones a la elegante vida del sport. Era, en suma, más
un corazón noble que un alma superior; altanera pero no reflexiva, tras
los encantos de su hermoso sonreír, ocultábanse a veces amargos
sufrimientos, y cuando seguía con la vista aquellos caballeros y
aquellas amazonas que se perdían bajo los añosos árboles de las anchas
avenidas, si su frente permanecía serena y pura, partíase su pecho al
duro golpe del dolor.
La llegada de Pierrepont al castillo le aparejó aún más crueles
suplicios, que por cierto no fue ella la última en prever, puesto, que
la baronesa tenía muy poderosas razones para poner al cabo a la huérfana
sobre las pretensiones y proyectos conyugales que acerca de su sobrino
abrigara. Debemos decir en justicia que nunca Beatriz, una vez
consumada la ruina de su familia, había alimentado esperanza alguna de
ver un día compartidos sus sentimientos con el marqués, y sancionados
por el matrimonio, advirtiéndole su razón distintamente cómo Pierrepont
estaba para siempre perdido para ella y que sólo a milagro pudiera deber
el verlo su marido; pero en fin, en tanto que Pedro continuase soltero
podía tal vez el Cielo operar el prodigio... y este blando ensueño le
daba la vida... más ahora... ¡Oh, ahora!... La dulce quimera habíase
para siempre desvanecido.
Beatriz sentía cual cosa evidente que el temeroso suceso estaba a punto
de realizarse: todo lo presagiaba: la baronesa, como ella misma decía a
su lectriz, jugaba esta vez su última carta, y el joven marqués se
prestaba al juego con toda buena voluntad, que el final resultado no
podía ser dudoso.
Es difícil figurarse ni más acerbo ni más glacial tormento que aquel que
hacía días venía sin piedad torturando el alma de la señorita de
Sardonne; brillantes rivales se disputaban la mano del hombre de su
amor, y ella veíase forzada a presenciar ese torneo en sonriente
expectativa.
IV
AQUELLAS SEÑORITAS
Pierrepont había llegado a los Genets un lunes. Hacia el mediodía del
domingo siguiente, abandonó a los huéspedes de su tía, quienes tenían
concertada una partida de pesca, para después del almuerzo, y se fue a
la estación inmediatamente con el fin de esperar a su amigo y
presentarlo a la baronesa. Encontraron a la señora de Montauron haciendo
una labor cualquiera en una inmensa sala tapizada de blanco y en cuyas
paredes campeaban antiguos retratos de familia: Beatriz, entretanto,
leía un diario.
No tuvo el pintor necesidad de reflexionar mucho para decirse a sí
propio que, si la elección le hubiese sido permitida, no habría sido
seguramente la señora de Montauron la retratada. Sin embargo, no había
que hacerse grandes ilusiones acerca de la acogida de la lectriz, quien
sin levantarse le echó una hostil mirada y continuó en voz baja la
lectura de su periódico, mientras que Fabrice cambiaba algunas frases
con la señora de la casa.
--Tanto gusto de contarlo a usted en el número de mis amigos--dijo
aquélla con su más amable sonrisa--, y muy orgullosa de que mi retrato
sea hecho por mano tan experta... y por cierto que no es un estímulo
retratar a una mujer de mis años.
--¡Señora!
--Pero, según tengo entendido, también es usted paisajista... Hay en los
alrededores puntos de vista deliciosos... Ese será su desquite y su
consuelo de usted.
--Señora baronesa, crea usted firmemente que no tengo necesidad ni del
uno ni del otro.
--¿Permite usted que los modelos hablen durante la sesión? ¿No incomoda
a usted eso?
--Todo lo contrario, señora; así se me ofrecerá la ocasión de darme más
exacta cuenta de la fisonomía.
--¡Tanto mejor!... soy por naturaleza muy habladora... ¿no es verdad,
Beatriz?
--Yo no me quejo, señora--dijo Beatriz sonriendo débilmente.
--¿Ve usted, señor? no se queja pero asiente.
El piafar de los caballos acompañado de un tumulto de risas y de voces
anunció que la cabalgata estaba de vuelta. Tres o cuatro hermosas
jóvenes se apearon, sosteniendo con sus manos las colas de sus vestidos,
que por aquellos tiempos se tenía el buen gusto de llevar más largos que
ahora, y presentaron sus frentes a los besos de la baronesa, mientras
que otras en cortos y ligeros trajes de mañana se precipitaron detrás de
las primeras, agitando con triunfal aire diminutas redes que
esparcieron por el salón acre olor a pescado y a fango.
--¡Jesús, hijas!... ¡Qué perfume!... ¡Qué horror!--exclamó la
baronesa--. Beatriz, en seguida mi tarro de sales; luego, que estas
señoritas te den sus redes y llévalas a la cocina.
--Perdone usted, tía--dijo el marqués de Pierrepont, tomando vivamente
aquellos artefactos--; las voy a llevar yo.
Fabrice, grande observador, por instinto y profesión, advirtió al
momento que la lectriz palideció ligeramente y que por contrario efecto
se encendieron las mejillas de la baronesa.
Llevadas por Pedro las redes a la cocina, acompañó después a Fabrice a
sus habitaciones, pero antes de quedarse éste en ellas díjole al
marqués:
--Dime, Pedro, ¿quién es esa señorita que leía el diario a tu tía?
--Una parienta, la señorita de Sardonne. Una pobre huérfana que mi tía
ha recogido.
--Nunca me habías hablado de ella.
--No... phs... es posible... No ha habido ocasión... ¿Te parece bonita?
--Interesante.
--Sí... ¿no es verdad?... pobrecilla... He aquí tu instalación, he aquí
tu celda, amigo Fabrice.
Y diciendo esto lo introducía en un pequeño departamento compuesto de
saloncito y dormitorio, cuya comodidad y buen gusto ponderó mucho
Fabrice, dejando en seguida a éste que se vistiera para comer.
Durante la velada, el pintor, a quien Beatriz cada momento más enamoraba
a causa de su melancólica hermosura, de sus actitudes de reina en
cautiverio, ensayó de interrogar de nuevo a Pierrepont sobre los
antecedentes, la situación y el carácter de tan misteriosa y atractiva
persona, pero no insistió como advirtiera en las breves respuestas de
Pedro que este punto de conversación era para el marqués, si no
desagradable, al menos decididamente tedioso.
--No te ocupes de la lectriz de mi tía--decía riéndose a Fabrice--. Sé
amable conmigo y atiende a esas señoritas... Ven, te voy a presentar,
estúdialas con detenimiento y dame luego cuenta de tus impresiones...
Desde todo punto de vista mi confianza en tu buen gusto y en tu
penetración es absoluta... Así me ayudarás en esa elección terrible a
que por fuerza tengo que decidirme para no enajenarme la buena voluntad
de mi tía... Ya ves que ha llamado a concurso de toda la Europa y ambas
Américas... Es necesario, pues, que no trabaje para el obispo...
Procura, mi buen Fabrice, leer en lo ojos y en los corazones de esas
jóvenes esfinges... Si un pintor no es gran fisonomista, ¡qué diablo!
¿quién puede serlo?
--Querido Pedro--respondió Fabrice--, no podías haber hecho peor
elección. Ignoro si mis compañeros de profesión se me parecen a este
respecto... En cuanto a mí, soy un fisonomista detestable y estoy
firmemente persuadido de que mis diagnósticos psicológicos resultan
siempre falsos... Te juro que nunca puedo penetrar a fondo en el alma
de las personas cuyos retratos hago... les presto, verosímilmente,
multitud de pensamientos y pasiones; de virtudes y vicios a que ellos
son de todo punto ajenos. Fíjate, para comprender esto que te digo, en
lo que pasa en nuestros talleres: cantantes de café-concierto nos
proporcionan cabezas de vírgenes... muchachuelas incapaces de coordinar
dos ideas vienen a resultar el tipo de una de las musas... viejos
pillastres de la más baja ralea conviértense en santos y en apóstoles...
Y es que todas estas fisonomías son para nosotros meramente subjetivas.
No vemos en ellas más que lo que nosotros les ponemos de nuestra
cosecha; no sirven para otra cosa sino para fijar un poco la fugitiva,
la indecisa idea... Desengáñate, tanto los artistas como los poetas, son
los más cándidos de entre los hombres y los peores jueces que pueden
encontrarse para establecer correlación entre lo físico y lo moral,
porque no pintan lo que realmente ven, sino lo que creen ver a través
del prisma de su imaginación... No pintan lo natural, sino según el
natural, lo que no es lo mismo.
--Pero, entonces, ¿cómo hay parecido?--pregunto Pierrepont.
--Ahí tienes lo curioso; hay parecido y más que parecido, porque
reproduciendo fielmente las líneas de una cara, por ejemplo,
transfiguran su expresión... Porque, mira, no hay un rostro humano que
no tenga su nota poética, su faceta luminosa: la cuestión es dar con
ella, encontrarla... pero no busques esa nota, esa faceta en el alma
del modelo... allí no existe... donde está es en el ojo del pintor, del
propio modo que por lo general todas las gracias de una amante están
menos en ella que en la vista de su enamorado. Así, pues, Pedro, no
cuentes con mis luces para guiarte en tus delicadas maniobras... temería
extraviarte... Pero esto no quiere decir que no me presentes a esas
señoritas, aunque te aseguro, aquí entre nosotros, que me dan miedo...
Solamente lo que sí te suplicaría es que lo dejases para mañana... esta
noche me siento... así... pesado... Me parece que los excelentes vinos
de tu tía se me han ido un poco a la cabeza, lo que explica la
conferencia de estética que con tanta crueldad te he disparado, crueldad
que, por otra parte, tú sabes que no es en mí consuetudinaria... Tú
sabes también que detesto charlar sobre mi arte, y no ignoras cuál es la
divisa que yo desearía ver escrita en la puerta de todos los talleres:
«Trabaja y calla».
Estas palabras dichas, retiróse discretamente Fabrice en el momento que
comenzó a bailarse. Su creciente reputación le había abierto de par en
par las puertas de los salones y de la alta sociedad parisiense; pero,
como la mayor parte de aquellos que nacieron fuera de ese medio y a él
llegaron tarde, sentía siempre en el mundo cierta cortedad, cierta
inquietud que lo desconcertaba, disgustándolo.
Al día siguiente, bastante temprano, la señora de Montauron mandó llamar
a su sobrino, y cuando éste se presentó a la baronesa, acababa la
anciana señora de tomar el desayuno.
--¿No mal de salud, tía, me parece?
--No, te he hecho venir tan temprano porque durante el día no estamos
nunca solos y quiero hablarte... Siéntate... Principiaré por decirte que
no estoy descontenta de tu grande hombre... el pintor... un poco corto,
un poco tímido... ¡pero en estos hombres de talento hay siempre un
encanto!... Y ahora hablemos de cosas serias... ¿Qué... piensas de
matrimonio?... Vamos, ¿qué te han parecido mis niñas?
--Tía, todavía estoy en el período de... de observación... Esta pléyade
de sílfides me causa un cierto embeleso... Usted comprende que es
natural.
--Sí, es natural... Yo no te pido que te decidas inmediatamente... pero,
en fin, hace ocho días que vives en la intimidad de ellas... ya habrás
sentido alguna impresión... principiará a manifestarse alguna
preferencia...
--Tía, francamente, ocho días es poco tiempo para conocerlas a fondo.
--Dime, ¿y cuánto necesitas, según tú, para adquirir ese conocimiento?
--¡Phs!... no sé... algunas semanas, me parece.
--¡Algunas semanas!--exclamó la baronesa,--. ¡Pobre sobrino mío!... Al
paso que vamos necesitarás un siglo, y no por eso estarás más
adelantado... Una joven, hijo mío, es lo más impenetrable que hay en el
mundo... sólo Dios puede saber lo que será una vez casada... ¡Y aun
así!
--Sin embargo... tía.
--Sí, ya sé lo que vas a decir... y de antemano te prevengo que en esta
materia no hay más que tres cosas acerca de las cuales pueda tenerse una
aproximada certidumbre... a saber: familia, dote y figura... En cuanto a
lo demás, es necesario entregarse piadosamente a la Providencia... si
tienes en cuenta que no está todavía en uso de tomar las mujeres a
prueba como los caballos... por más que se anuncia una ley estableciendo
el divorcio absoluto... lo que será principiar a andar aquella senda...
Pero, vamos, para salir de generalidades, a mí me parece que si yo
hubiera sido hombre habría amado locamente a la señorita de Alvarez...
¿No te dice nada la señorita de Alvarez?
--Me dice demasiado, tía... Tiene una pupila demasiado incandescente
para mis gustos... dicho sea con el respeto debido... Venus Ciprea...
etc., etc.
--¡Bah! ¿Qué sabes tú? Nada hay más engañoso que esos ojos... debías
tener experiencia a tu edad... Generalmente, los azules son los
peores... Y esa adorable americanita, miss Nicholson... un querubín con
tres millones de dote... y esperanzas.
--Es hermosa, tía... Solamente que anda como un hombre... y después, ¿no
le parece a usted que tanto ella como su papá, tienen así como un vago
olor a petróleo?
--¡Qué tontería! En fin, tomemos nota de ella, de esta encantadora miss
Nicholson... ¿Y la deliciosa rubia, la señorita Lahaye?
--Muy bien también, tía... pero su padre vende vino... ¡eso es grave!...
--¡Sí, pero vende mucho! ¿Y qué me dices de la señorita de Aurigney?
¡qué radiante hermosura! ¡y tan distinguida!
--Muy distinguida, sin duda... ¡pero tan glacial!
--¡Magnífico! ¡ahora salimos con lo glacial! Hace un momento era Venus
quien te asustaba... ahora es lo contrario... ahora es el hielo...
¡pero, entonces, hijo mío, tienes miedo de todo!... ¿qué significa esto,
caballerito?
--Confesad, mi querida tía, que la señorita de Aurigney parece un
sorbete.
--¡Tú sí que pareces un sorbete! Acabaré por creer que tus dificultades
reconocen por causa una resolución tomada de antemano.
--Pero, mi buena tía, usted me pide que le manifieste mis impresiones, y
así lo hago lealmente.
--Sí, pero es que encuentras objeciones a todo, y objeciones casi
siempre pueriles.
--Es únicamente para hacer reír a usted... tía...
--¡Mira que la cosa no me causa risa!... vamos, y la señorita de
Chalvin... un poco aturdida quizás... ¡pero tan elegante, tan
encantadora!
--Y sobre todo tan bien educada, tía... ayer decía su madre refiriéndose
a ella: Mi hija tiene un excelente carácter; verdad es que ni su padre
ni yo la contrariamos nunca... es un caballito desbocado... cuando se
abandona la brida nada la contiene.
--Su madre es incapaz... mas como no te vas a casar con ella... En
fin... llegamos a mi predilecta... ¡una perla, hijo mío!... No, lo que
es a ésta no permito que la critiques... ¡La señorita de La Treillade!
--Ciertamente, tía, es sin duda alguna lo mejor de la colección...
--¡Ya lo creo! Rostro de _virgen_... instruída, inteligente, modesta...
no digo ella; su misma institutriz es una persona ejemplar... una
verdadera perfección... Créeme, dedícate a estudiarla... ¡obsérvala,
hijo mío!
--Se lo prometo a usted, tía.
--Bueno, ahora vete, tengo que escribir... mira, dile a Beatriz que
venga.
Pedro se retiró, encargando a una sirvienta que encontró en la escalera
previniese a la señorita Beatriz de que la señora la necesitaba; en
seguida bajó algunos escalones, llamando al departamento de Fabrice. Era
este departamento un piso bajo, o mejor dicho, una especie de entresuelo
cuyas puertas se abrían sobre los antiguos fosos del castillo, ahora
convertidos en jardines. El pintor, que debía empezar a mediodía el
retrato de la baronesa, se ocupaba en preparar su paleta. Después de
haberse cerciorado por sí mismo de que nada faltaba para la comodidad de
su amigo, Pierrepont le daba algunos detalles históricos y arqueológicos
acerca de los Genets, cuando se interrumpió de pronto al oír risas y
femeniles voces bajo las ventanas del departamento; aproximóse
rápidamente a la ventana del saloncito, que ocupaba una de las
torrecillas de los ángulos del castillo, siendo por consecuencia fácil
dominar desde allí con la vista el foso... Las persianas estaban
cerradas para preservarse sin duda contra los rayos del sol de una
ardiente mañana de agosto, pero a través de los listones inferiores,
casi horizontalmente dispuestos, pudo echar Pedro una mirada al
exterior, y volviéndose con viveza a Fabrice, hízole seña de que
guardase silencio, diciéndole al propio tiempo, que sonreía y bajaba la
voz:
--Yo no tengo la costumbre de escuchar entre puertas... ni entre
ventanas... pero, en este caso, la tentación se me presenta
invencible... ya te diré por qué...
--¡Lo que puede el mal ejemplo!--repuso Fabrice acercándose a su vez.
Pudo conocer entonces las dos señoritas cuyas voces llegaban hasta
ellos; estas señoritas habían bajado, a lo que podía creerse, a uno de
los jardinillos de bajo la torre con el fin de evitar el sol, y se
paseaban del brazo protegidas por la fresca sombra de grandes rosales
allí plantados; una de ellas, morena, pálida, con cara de arcángel,
decía a la otra:
--Qué bien se está aquí para charlar, ¿no es verdad, hija?
--Sí--respondió la otra, que era muy encendida de color, aunque de buen
ver y tenía ligero acento inglés--. Se está muy bien... sobre todo,
puede una ponerse a tiempo en guardia contra los indiscretos...
Continúe... ¡me interesa tanto lo que me está contando!
--Pues sí, esta Georgina, de que le hablaba, es muy complaciente con mi
hermano, quien le paga en la misma moneda: como ya, le he dicho,
Georgina Bacot trabaja en las _Folies-Lyriques_, por cuya razón mi
hermano anda mucho entre bastidores, y allí se encuentra a menudo con la
madre de Georgina, que fue también actriz en sus tiempos... y mi hermano
nos contaba el otro día a mamá y a mí que una de estas noches pasadas
había encontrado en la escena, durante un entreacto, a la madre de
Georgina... Estaba mirando por el agujero del telón cuando de pronto se
volvió a aquél y le dijo con voz llorosa... «Hay cosas que halagan a una
mujer... ¿creerá usted, señor, que hay esta noche en la sala cuatro de
mis antiguos amantes... y todos senadores?»
--¡Oh! Mariana--dijo la linda inglesa.
--Pero la historia del peluquero es todavía más divertida--replicó
Mariana.
--¡Oh! cuénteme la historia del peluquero... cuéntemela.
Mariana titubeó un momento.
--No, mi cara Eva--añadió Mariana riendo--: ésta es realmente demasiado
salpimentada.
--¡Se lo ruego, querida mía!
--Pues bien, ese peluquero... pero no... mi buena Eva...
decididamente... es demasiado... no puede pasar... La dejaremos para una
de esas noches en que se nos va un poco la mano en el champagne.
Pasaron cerca de un rosal. Mariana cortó una rosa y se la puso en el
pecho.
--¿Y ese pintor que llegó ayer, qué le parece, Eva?
--Tiene buenos ojos y algo de genial en la fisonomía--respondió la
interpelada.
--Sí, pero sin distinción--arguyó la niña, haciendo desdeñosa mueca--.
El otro... ese sí... el amigo Pedro... ¡ese sí que quisiera yo
encontrármelo una noche en cualquier rincón del bosque!
--El encuentro sería un tanto peligroso--objetó Eva.
--Donde no hay riesgo, no, hay deleite--apoyó Marianita--. Entre
paréntesis, ninguna lástima tengo yo a mi prima la de Aymaret, que le ha
dado su corazón... etc. Digo, así se dice, yo no sé si es verdad... lo
que sí sé es que se ven casi todos los días... con este pretexto... y
con aquél... y con el de más allá.
--Parece que no es muy dichosa con su marido la pobre vizcondesa, ¿es
cierto?
--¿Qué mujer es dichosa con su marido, mi buena Eva? Y si no, vea qué
bien se entienden los Laubécourt, que son nuestros compañeros de
temporada.
--Es verdad, he notado que tienen siempre los dos caras de entierro...
¡mire usted que algunas mañanas en el almuerzo!
--¡Algunas mañanas! ¡Y peor algunas noches!
--¿Cómo así?--preguntó Eva.
--Pero, querida, mía, ¿no sabe usted las causas de sus desavenencias?...
El señor de Laubécourt tiene pasión por los niños, en tanto que a la
señora la horrorizan... y tiene razón, a mi entender.
--¡Oh! ¿por qué, amada mía?
--Primero, porque nada hay más incómodo ni más enojoso que esos muñecos
para una mujer que ama la sociedad... segundo, porque cuando se es
bonita desea conservarse el mayor tiempo posible... y los niños, es
sabido, son los verdugos de la belleza.
--No comprendo, Mariana, ¡a mí me parece...!
Aquí Mariana bajó la voz para responder, y pareció como que explicaba
algún trascendental misterio a su amiga, quien enrojeció ligeramente.
--Ahora me explico--manifestó ésta con aire pensativo--por qué el señor
de Laubécourt tiene un aspecto de tanta tristeza.
--¡Si no fuera más que tristeza!... pero es que casi todas las noches,
en su cuarto, pasa con su mujer escenas terribles.
--¡Ya lo creo! ¡hay de qué! ¿Y qué es lo que aquélla le responde?
--Le responde... le responde... ¡chito!--concluyó Marianita.
Al decir esto las dos rompieron en una carcajada, y como la campana
anunciara el almuerzo, se alejaron en dirección al comedor.
Aún no se habían perdido de vista, cuando Fabrice, que durante el
sorprendido curioso diálogo cambiara con Pierrepont frecuentes y
edificantes miradas, le preguntó a éste con la calma que le era
habitual.
--¿Quién es esta expeditiva señora, esta preciosa Mariana?
--Mi buen Fabrice--dijóle el marqués--, no es una señora, es una
señorita.
--¡Diablo!--replicó vivamente el pintor--. ¿Y la otra... Eva?
--Es su institutriz.
--¡¡Dia...blo!!--acentuó Fabrice con energía.
Y volvió tranquilamente a preparar su paleta.
--Como hoy mismo voy a presentarte a esas inocentes, sería inútil
ocultarte que tan aventajada criatura es la señorita de la Treillade, y
no parece de más advertirte que esta mañana precisamente, me la
recomendaba, mí tía cual un modelo de todas las virtudes... Verdad es
que añadía que era muy instruída... en lo que, como has visto, no se
equivocaba... Cuando pienso que tal vez me hubiera decidido por ella,
siento escalofríos... Ahora comprenderás por qué razón he prescindido de
todos los principios de la delicadeza ante la idea de darme exacta
cuenta sobre los principios de esa señorita... Diríase que la suerte me
ha presentado la ocasión de juzgarla... Te aseguro que no me arrepiento
de mi falta... ¡Vamos a almorzar!
V
LA VIZCONDESA DE AYMARET
El primer impulso de Pierrepont fue ir a contar en caliente a la
baronesa la instructiva conversación que acababa de sorprender, entre la
que aquélla llamaba su joya predilecta y la digna institutriz de tal
encanto; pero, después de haber reflexionado un poco, prefirió aplazar
la modificación, reservándola como un argumento dilatorio para el día en
que la señora de Montauron lo empujase de nuevo a resolverse en
definitiva. Atormentado por dudas de que el lector conocerá pronto la
causa real, si ya no es que la haya adivinado, el joven marqués, en sus
indecisiones, deseaba ante todo ganar tiempo. Continuó, pues, durante
aquel día y los sucesivos, tomando parte activa en las distracciones de
la bulliciosa colonia que habitaba los Genets, haciendo creer a su tía
que se ocupaba a través de juegos y de risas, en profundos estudios y
maduras observaciones acerca del carácter de aquellas señoritas,
quienes, en realidad, lo tenían sin cuidado.
Entretanto, el retrato de la señora de Montauron adelantaba poco a
poco. Las sesiones artísticas se tenían en el salón blanco, y después de
la interesada y del pintor, únicamente Beatriz asistía a ellas; pero
autorizado por su competencia en materias artísticas, solía el marqués
introducirse tal cual vez en el santuario, aparentando seguir con el más
vivo interés el trabajo del pintor, quien pudo advertir con ese motivo
las respetuosas atenciones que Pedro demostraba siempre a la lectriz de
su tía. Era el único de entre los huéspedes del castillo que la tratase
de igual a igual; todos los demás, con especial las señoras, tomaban
ejemplo de la baronesa, para afectar con la pobre Beatriz aires de fina
superioridad o de desdeñosa protección. Fabrice notó que aquella parte
más penosa en las funciones de la lectriz las prevenía Pierrepont con el
mayor cuidado; él era quien se levantaba para acercar el taburete,
colocar un cojín, abrir una ventana, llamar un criado, desviviéndose, en
fin, por satisfacer los caprichos sin número de una anciana señora
enfermiza, nerviosa, y de un tan imperioso, cuanto superlativo egoísmo.
Pero la baronesa parecía preferir con mucho los servicios de la señorita
de Sardonne a los de su sobrino.
--Muy bien, Pedro... mucho te lo agradezco... y Beatriz también,
supongo... aunque te diré con franqueza que los hombres tienen la mano
demasiado pesada para estos delicados menesteres... no hay como Beatriz
para arreglarme los cojines sin molestarme... ¿No es verdad, señor
Fabrice?... Además, hijo mío, no quiero monopolizarte... tú eres aquí
un poco dueño de casa... y te debes a mis huéspedes, que son también los
tuyos... Anda, pues, con ellos... anda... ¡dame gusto!... anda.
De todas las amigas de infancia de Beatriz, una sola, mayor que ésta en
dos o tres años, le había quedado obstinada y tiernamente fiel. Esa
amiga era la vizcondesa de Aymaret, prima de la señorita de La
Treillade, cuya linda calumniadora había perfidamente asociado el nombre
de aquélla con el del marqués de Pierrepont, en su crónica escandalosa.
La señora de Aymaret habitaba el verano la pequeña posesión de las
Loges, situada a dos kilómetros, poco más o menos, de los Genets. En el
campo como en París, dejaba raras veces pasar una semana sin ir a ver a
Beatriz, arrostrando denodadamente para llenar tan sagrado deber de
amistad, las temibles iras de la señora de Montauron, quien temía,
juzgando por varias apariencias, que la amable persona no viniese a ser
un obstáculo para el deseado casamiento de su sobrino.
Pierrepont, que tal vez sin motivo no tenía muy alta opinión de las
femeninas virtudes, alababa con calor las de la señora de Aymaret, de lo
que la baronesa venía a deducir, con mundana lógica, que era su amante.
Sea como quiera, es lo cierto, que la vizcondesa de Aymaret constituía
para la señorita de Sardonne, tan sola, tan abandonada, un consuelo y
una confidente de impagable precio: sólo delante de ella abandonaba
alguna vez Beatriz su máscara impasible dejando correr sus lágrimas...
Y, sin embargo, aun para ella guardaba su corazón un secreto. Cierto
día, habiéndola encontrado la vizcondesa en su alcoba deshecha en llanto
a consecuencia de una de esas humillantes escenas que la señora de
Montauron no le evitaba, rogóle vivamente su amiga que abandonase el
servicio de la vieja dama, aceptando un asilo en su propia casa. Beatriz
titubeó al pronto, pero después de un momento de reflexión respondióle
abrazándola:
--¡Qué buena eres!... ¡Cuánto te lo agradezco!... pero excúsame... soy
todavía, a pesar de todo, demasiado altiva, para aceptar casa y mesa por
pura caridad... Aquí al menos sirvo para algo... tengo deberes... presto
algunos servicios, gano mi pan... en tu casa no sería otra cosa, al fin,
que una parásita.
Como su amiga procurase afectuosamente vencer sus escrúpulos, Beatriz le
replicó sonriendo tristemente...
--¡Y además, tu marido me haría la corte!
La señora de Aymaret, que conocía bien a su consorte y que lo sabía
capaz de violar sin escrúpulo alguno las santas leyes de la
hospitalidad, inclinó con dolor la cabeza y no insistió.
El vizconde de Aymaret hubiera deseado, como otros tantos en el mundo,
haber sido un hombre honrado, sobrio, arreglado de conducta y enemigo de
la sota de copas, y si le gustaban las mujeres, el juego y el vino
hasta, el escándalo y la degradación, era... que no podía remediarlo.
Los psicólogos lo mirarían quizás como una víctima del determinismo,
pero para el común de mártires era sencillamente un tunante.
Tenía agradable aspecto, y no le faltaba inteligencia; mucho lo había
amado su mujer, pero él hubo de observar tal comportamiento con ella que
la vizcondesa concluyó por profesarle el más completo desprecio. Sentía
hacia su marido, sin embargo, una especie de lástima, y aun se prestaba
a la singular manía en que últimamente aquél había dado revelando a su
propia mujer, sus pérdidas al juego, sus desventuras amorosas, su
naufragio moral, y cómo le eran indispensables las mujeres para
consolarse de las traiciones del juego, y el vino para olvidar las
femeninas veleidades. Se dirá que en escucharlo probaba su mujer
paciencia de santa, pero hay de entre aquéllas algunas que merecen ser
canonizadas.
La señora de Aymaret tenía dos hijos de este indigno marido, dos hijos
que fueron su consuelo y en los cuales cifraba todas sus afecciones. Era
una de esas raras mujeres que el marqués de Pierrepont hubiese
seriamente amado; la habría amado por sus suaves encantos, por un no sé
qué de luminoso que orlaba su blonda cabeza, por la gracia de su
aristocrático marchar, por la tierna claridad de sus tiernos ojos, que
como los de Enriqueta de Inglaterra, parecían estar siempre pidiendo
besos. Y todavía aún la hubiera amado porque era honrada, por ese
atractivo inexplicable que para todo humano inmortal tiene el prohibido
fruto; la habría también amado por un impulso de generosa simpatía,
porque mejor que a nadie eran notorias a Pedro las íntimas tristezas de
la vizcondesa. Miembro del mismo club que de Aymaret, había visto más de
una vez a su consorte, en los comienzos de su matrimonio, venir a
buscarlo en la mañana enrojecidos los ojos por las lágrimas y el
insomnio.
En resumen, procuró al principio el vizconde consolarla, sin alcanzar su
objeto; muy admirado de su previsto fracaso, acabó por aceptar
francamente su situación, ese hombre de mundo, contentándose con esa
especie de reservada amistad que le ofrecía su adorable cónyuge. Desde
ese día, continuaron tratándose bajo el pie del confiado compañerismo,
fácil, y no exento de cierta ironía.
La señora de Aymaret, que era grande entusiasta por las artes, sentía
viva admiración por los talentos de Jacques Fabrice. Poseía la
vizcondesa algunas acuarelas que databan de los primeros tiempos del
pintor, verdadero tesoro de cuya propiedad considerábase orgullosa. La
llegada del artista a los Genets despertó en ella ardiente curiosidad, y
le gustó el hombre por su modesto continente y su grave melancolía.
Constantemente preocupada de la situación penosa y precaria de su amiga
Beatriz, recordaba ella que antes de los desastres de la familia de
Sardonne, había demostrado aquella joven serias aficiones por la pintura
a la acuarela, y la señora de Aymaret se dijo que Fabrice podría darle
algunas lecciones durante su residencia en los Genets, alentando al
mismo tiempo sus naturales disposiciones y dando así vida a sólidas
aptitudes que podrían asegurar tal vez a la huérfana una existencia
independiente en lo futuro. Beatriz, a pesar de su amargo desapego a
todo, aceptó la idea con algún interés.
--Pero--objetó a su amiga--, ¿cómo pedir semejante favor a ese
caballero?... Yo nunca me atreveré.
--Podrías--replicóle la vizcondesa--rogar al señor de Pierrepont que se
encargara de hablarle.
--No--dijo Beatriz--; el señor de Pierrepont podría disgustar a su tía
dando ese paso.
--No me parece que la epidermis del marqués sea tan delicada por lo que
se refiere a manías de la baronesa... Por otra parte, nada nos obliga a
desenvolver a Pedro nuestro plan de operaciones... Es natural que tú
procures perfeccionar tus conocimientos cuando la ocasión se te
presente... ¿Quieres que yo le hable al marqués?
--Me harías un gran favor.
El mismo día que ocurrió esta conversación, la banda de invitados fue a
visitar cierta estación termal próxima a los Genets. Pierrepont se había
quedado en el castillo pretextando una ocupación cualquiera, y como la
señora de Aymaret saliese del parque para volver a los Loges,
atravesando el vecino bosque, advirtió que Pedro se hallaba desatando
una canoa junto al estanque que alimentaba el riachuelo del parque.
--¿Cómo vamos?--díjole la vizcondesa, haciéndole con su sombrilla señas
de que se acercase--. Tengo que hablar a usted.
--Escuchar es obedecer--respondió Pedro alegremente.
--Pues bien: usted sabe o no sabe que Beatriz trataba muy lindamente la
acuarela antes de sus desgracias... Ella desea volver a las andadas y
tomar algunas lecciones del señor Fabrice durante su residencia aquí...
¿Se puede contar con los buenos oficios de usted?
Pierrepont reflexionó algunos segundos.
--Con mis buenos oficios no puede contarse en este caso, vizcondesa; con
los de usted, sí... Dicho se está que estoy enteramente a la disposición
de usted y de la señorita de Sardonne... pero siendo Fabrice invitado
mío, estoy seguro que usted se abstendría de pedirle cosa que podía
tener los visos todos de una semi-imposición... mientras que si usted
misma le presentase el memorial, ya eso tiene otra forma... Mire
usted... precisamente iba a embarcarme para ir a buscarlo... Está
sacando un croquis al pie de la cascada, allá abajo... ¿Quiere usted
venir conmigo?
--¿Embarcada?--preguntó la señora de Aymaret.
--¡Embarcada! ¿Por qué no?... es a cinco minutos de aquí... Si es el
_tête-à-tête_ lo que asusta a usted, no será largo... Otros hemos visto
peores, créalo usted... Por otra parte, así queda usted a dos pasos de
su casa... Vamos, querida vizcondesa, confianza... confianza.
--¡Vamos, pues!
Y apoyándose en el brazo de Pierrepont, saltó con ligereza a la canoa.
Pedro tomó los remos, puso aquélla en movimiento y, abandonándola al
hilo de la corriente, se dejó ir suavemente.
Y por cierto que era encantador este riachuelo oculto bajo el follaje de
los sauces y de los fresnos que festoneaban sus orillas. Únicamente
habíase practicado acá y allá algún ligero claro para comodidad de los
aficionados a la pesca. Además, se deslizaba en silencio bajo arcos de
verdura apenas interrumpidos lo bastante para que el sol dejara pasar
tal cual dorado, tembloroso rayo.
Después de un momento de silencio, Pierrepont interpeló bruscamente a su
compañera en ese tono, medio serio, medio irónico, que era de uso entre
ellos.
--¡Señora de Aymaret!
--¡Mi querido amigo!
--¿Sabe usted que quieren casarme?
--¡Es natural!
--¡Pues bien... decididamente, huyo el cuerpo a ese santo lazo... estoy
desalentado!
--¿Por qué?
--¡Porque cuanto más observo, más me convenzo de que ya no hay niñas
honradas, y, por consecuencia, no puede haber tampoco fieles esposas!
--¿Qué ha dicho usted?
--Digo, que ya no hay mujeres honradas... al menos en nuestra clase...
es una especie desaparecida.
--¡Perdone usted!--repuso la señora de Aymaret--. ¿A mí se atreve usted
a decirme eso?
--Bien sabe usted que a usted la exceptúo... Usted ha nacido virtuosa,
es su complexión de usted, pero... es una complexión rara.
--¡Ah! perfectamente--replicó la vizcondesa--, así nos juzgan ustedes...
¡no hay mujeres honradas!... y si se encuentra una de la que por
casualidad no dudan ustedes... entonces es que ha nacido así como
hubiera podido nacer tuerta... no hay mérito porque no ha habido ni
tentación, ni lucha, ni nada... ¡Ay, Dios mío! ¡qué duro de oír es eso,
y cuán ligeras, injustas y crueles son esas apreciaciones!
--¡Querida vizcondesa!--murmuró Pierrepont, conmovido por el sincero
acento de aquélla.
La señora de Aymaret prosiguió diciendo en contenida, aunque vibrante
voz:
--No puede llamarse una traición que yo hable de los detalles de mi vida
íntima... todo el mundo los conoce, y usted mejor que nadie... Y usted
sabe que si jamás una mujer tuviera disculpa en conducirse mal... esa
mujer sería yo... pero no, tengo hijos... dos hijos, y quiero que mañana
se diga... «Si el padre era un pobre hombre... un desgraciado loco... la
madre fue una mujer honrada... una digna persona...» ¿Y usted cree que
resignarme a esto me ha sido fácil... no es verdad?... Me ha sido fácil
porque es mi temperamento... porque he nacido así... sin pasiones y sin
debilidades... ¡Ay, Dios mío, Dios mío, y lo cree usted!... ¡lo cree
usted! ¡usted!...
--¡Señora!--balbuceó el marqués con emoción y dificultad--; sería en mí
una necedad insigne pensar siquiera... por más que halagase mi amor
propio... Sin duda he comprendido a usted mal...
--¡No!--continuó la vizcondesa con mayor vivacidad aún--. Me ha
entendido usted muy bien... de usted se trata... Usted me ha hecho la
corte... No sé si usted me amaba entonces... en cuanto a mí, lo amaba a
usted... y... lo amo todavía... lo confieso a usted atrevidamente... y
lo confieso a usted porque mi franqueza no tendrá consecuencias...
Honrada soy y honrada seré, por mis hijos... Así, pues, crea usted...
crea usted... que nunca seré su amante... pero nunca tendrá usted una
amiga mejor que yo... De eso puede estar seguro.
Y apartó su mirada del rostro de Pedro, enjugándose una furtiva lágrima.
--¡Déme su mano, señora!--díjole el marqués.
La vizcondesa accedió a su ruego, y él entonces, sin añadir una palabra,
besó delicadamente la mano de aquélla.
Siguióse en seguida un largo silencio, apenas turbado por el leve
murmullo del agua: Pierrepont lo rompió primero, procurando volver a la
ligera tonalidad acostumbrada entre los dos.
--En realidad, usted tiene un poco la culpa en las contrariedades que me
está haciendo soportar este matrimonio... porque si no hubiera conocido
a usted sería menos difícil.
La señora de Aymaret movió graciosamente la cabeza sin responder.
--Me gustaría--añadió el marqués con seriedad--, recibir una esposa de
su mano.
--Es muy delicado eso... Jamás me atreveré a arrostrar semejante
responsabilidad... nunca osaría designarle una persona... aun cuando su
nombre estuviera para caerse de mis labios.
--¿Qué quiere usted decir con eso?
--Nada.
--¿Piensa usted en alguien?
--En nadie.
--¡No es usted sincera en este punto!
--¡No! pero doblemos la hoja, hablemos de otra cosa, se lo ruego... ¿Es
complaciente su amigo Fabrice?... ¿Sería amable conmigo si tuviese
necesidad de pedirle algún favor? ¿Qué cree usted?
--Estoy seguro de que sí... Pero es necesario que bajemos aquí; de otro
modo la corriente nos arrastraría por encima de la esclusa.
En efecto, el riachuelo caía en el Orne a poca distancia, franqueando un
pequeño dique. El salto de agua se dividía en dos brazos, de los cuales
uno daba movimiento a un molino instalado en la orilla. He ahí el motivo
de paisaje que Fabrice bosquejaba cuando la señora de Aymaret y
Pierrepont se le juntaron.
Después de los cumplimientos de usanza, la señora de Aymaret,
ruborizada--por nada se ruborizaba esta mujer adorable--, habló al
pintor de su pretensión, que el artista acogió con la mejor voluntad.
--Será para mí un placer--dijo a la vizcondesa--, dar consejos a la
señorita de Sardonne, aunque ella haya abandonado un poco el estudio de
la acuarela... ¿La señorita de Sardonne copiaba ya la naturaleza o
únicamente la muestra?
La señora de Aymaret, siempre ruborizada, no pudo asegurarle nada sobre
aquel particular.
--¿Y qué hora preferiría la señorita de Sardonne para sus lecciones?
La señora de Aymaret interrogó a Pierrepont con una mirada.
--Creo--respondió el marqués--, que la señorita Beatriz no tiene durante
el día más que, una hora libre... es aquella en que mi tía duerme la
siesta después del almuerzo.
--Perfectamente; entonces ésos son nuestros momentos.
La propiedad de la vizcondesa hallábase frente del molino: los dos
amigos la acompañaron hasta la portada y volvieron a los Genets haciendo
comentarios sobre los atractivos de aquella encantadora criatura; mas de
Beatriz no hablaron ni una sola palabra.
VI
EL SECRETO DE PEDRO
Fabrice presentó aquella noche misma sus servicios a la señorita de
Sardonne, quien pagó su atención con una de aquellas hermosas sonrisas
que tan de tarde en tarde iluminaban con dulzura tanta sus trigueñas
mejillas. Deseó el pintor ver algunos de los bosquejos por Beatriz
comenzados, mostrándoselos ésta con cierto aire de confusión; eran
copias directas de la naturaleza misma que el artista no halló
desacertadas. Convinieron, pues, en que a contar del día siguiente al de
la entrevista empezarían de nuevo, y durante la siesta de la baronesa,
los interrumpidos estudios sobre la acuarela, bajo la dirección de
Fabrice.
Imposible era poner en práctica proyectos tales sin contar de antemano
con el no fácil beneplácito de la señora de Montauron, encargándose el
marqués de empresa tan de por sí escabrosa, y éralo ella tanto, que tía
y sobrino estuvieron a punto de reñir con este motivo ligera escaramuza.
La baronesa creía que bajo las inesperadas artísticas aficiones de su
lectriz emboscábase una intentona de emancipadora rebelión, y ya que no
pudiese oponer un formal veto sin manifestar al desnudo su celoso
despotismo, desahogó su mal humor presentando un diluvio de objeciones.
--¡Es gracioso que esa señorita se permita disponer de su tiempo sin mi
permiso!--dijo a su sobrino.
--Perdone usted, tía, no dispone sino de aquel que buenamente le deja
usted libre.
--¡Es que puede hacerme falta a cada momento!
--¡Vamos, tía! ¿para qué puede usted necesitarla mientras se halla usted
durmiendo?
--¡Sí, pero me parece absurdo que yo la tenga toda la vida a mi lado
para proporcionarme el placer de verla embadurnar papel de marquilla!
--¡La pobre no tiene tantas distracciones que digamos, mi buena tía... y
ésta es tan inocente!
--¡Sí, inocente!... ¡por supuesto!... ¡qué tontísimo eres!... yo estoy
segura de que Fabrice gusta a... a su señoría... No puede negarse, la
verdad que es hermoso, con la más peligrosa de las hermosuras... la
hermosura tenebrosa de los hombres de inteligencia... y luego, eso, el
prestigio del talento... ¿Crees tú que esos cotidianos _tête-à-tête_
entre maestro y discípula no han de traer sus consecuencias?
--Sí, tía, lo creo... sobre todo cuando el alumno es la señorita de
Sardonne.
--¡Muy bien! ¡Me gusta! ya verás cómo esas dichosas lecciones nos van a
proporcionar un disgusto.
Así, después de haber dado rienda suelta a su enfado, se resignó la
anciana dama a que Beatriz tomase lecciones de acuarela: por ende todos
los días, entre una y dos de la tarde, instalábase la huérfana en una
silla al lado de Fabrice para dibujar a la vista de éste, ya un paisaje,
ya un motivo de arquitectura, si bien por atendibles razones de
decencia, nunca se apartaron de debajo de las ventanas del castillo,
donde, por otra parte, encontraban suficiente tema de estudio, ora aquel
señorial edificio, ora en las rientes circunvecinas campiñas.
Entretanto había llegado la apertura de la caza, y esta novedad trajo a
los huéspedes de los Genets otro elemento de animación y de placeres.
Las señoritas de la colonia se ensayaban en este género de sport, con
gran desesperación y terror grande de los cazadores serios. Pierrepont
era, según inapelable sentencia de su tía, el encargado de iniciar y
moderar los venatorios ímpetus de aquellas jóvenes Dianas, dándole en
sus funciones no escaso trabajo Mariana de La Treillade, quien, para la
caza, como para otras muchas cosas, mostraba singularísimas
disposiciones. Debemos confesar, a fuer de sinceros, que el marqués se
ocupaba con predilección marcada de aquella señorita desde que
descubriera cómo aquellos grandes y cándidos ojos encubrían tesoros de
precoz perversidad, porque la verdad es que esta mezcla picante divertía
su incurable dilettantismo.
La señora de Montauron, que estaba siempre en acecho, ojo avizor y oreja
al viento, cayó en la eterna trampa de las apariencias, interpretándolas
a la medida de sus deseos. Resolvió en vista, coger al vuelo eso que
ella denominaba, el momento psicológico, y firme en sus propósitos hizo
cierta mañana comparecer al marqués en la hora habitual de sus
audiencias secretas. Al inexorable mandato acudió inquieto y receloso
Pierrepont, porque bien, le decía su claro instinto que su tía iba a
ponerlo, sin escape alguno, entre la espada y la pared.
--¡Amigo mío!--rompió la baronesa con aire de triunfo--, me parece de
más preguntarte si te has decidido. Tus procederes con la señorita de La
Treillade son, por dicha mía, bastante significativos; así, pues, recibe
mi enhorabuena.
--Tía, ¡cuantísimo siento tener que desengañar a usted! Cierto es que la
señorita de La Treillade me interesa... porque, a pesar de su extremada
juventud, es una excelente actriz... pero, con franqueza, nunca me
casaré con ella.
--¡Cómo! ¿qué quiere decir eso?--preguntó la baronesa roja de cólera.
--Escúcheme usted, tía.
Y Pedro le contó sin omitir punto ni coma la conversación que cierta
mañana sorprendiera desde las ventanas de Fabrice, entre la señorita de
La Treillade y su institutriz.
--Si antes no le había contado esto--añadió--, ha sido porque me costaba
trabajo causar a usted semejante desilusión.
Desconcertada un instante bajo el golpe de tal desencanto, la baronesa
recobró pronto su sangre fría y con agrio tono repuso a su sobrino:
--Después de todo, yo no veo en eso más que niñerías... baladronadas de
muchacha que juega a la señora... apostaría que a pesar de eso no dejará
de ser con el tiempo una honrada y amable esposa.
--¡Es posible! pero no quiero exponerme a la prueba--objetó Pedro.
--¡Nadie te fuerza, hijo mío! pero si pretendes casarte con una niña
criada en una cueva, con una niña que nada haya visto ni oído y que
lleve a la cámara nupcial el candor de la cuna, eres más inocente de lo
que yo conjeturaba.
--Tía, no creo realmente manifestar ridículas exigencias, pidiendo a mi
futura mujer principios más sólidos que los de la señorita de la
Treillade, para quien los niños son polichinelas molestos, verdugos de
la belleza... y en cuanto a las escandalosas historias, a las pocas
decentes bromas, a los eróticos equívocos con que aquella señorita
esmalta sus conversaciones con sus amigas, sé de sobra que por desdicha,
es hoy moneda corriente entre señoras de alta sociedad, y aun, lo que es
peor... entre solteras... Pero, si me caso, es precisamente para no oír
en mi casa lo que escucho en la de cualquier cortesana... Todo lo
contrario, deseo para siempre olvidar ese tono, ese lenguaje de que me
siento harto hasta el fastidio... ¡Quiero respirar un poco de aire puro
en mi hogar!
--Amado mío--replicó con cierta dulzura la baronesa, en quien el firme y
serio acento de Pierrepont causó efecto--, esos sentimientos te hacen
honor ciertamente... si tantas prevenciones guardas contra las jóvenes
del día, bien puedes ir pensando en renunciar al matrimonio... porque,
dime, ¿en qué parte del mundo vas a encontrar una señorita que no sea un
puro misterio?
--¡Tía, francamente! antes de correr el riesgo de casarme con un
misterio como la señorita de La Treillade, preferiría mil veces meterme
en la Trapa... pero, en fin, si es imposible, como el otro día me decía
usted, tomar las mujeres a prueba, no creo que lo sea encontrar alguna
que ofrezca ciertas garantías... alguna que especiales circunstancias...
una educación particular... aquélla, por ejemplo, que se adquiere en la
desgracia... hayan puesto de relieve sus méritos... y cuyo pasado
constituya una seguridad para el futuro.
La vieja dama echó furtivamente torcida y equívoca mirada a su sobrino,
y frunciendo sus pálidos labios objetóle con agridulce tono:
--¡Sí, sin duda! puede encontrarse la joya que deseas... pero debo antes
observar que las niñas criadas en la escuela de la adversidad,
generalmente no tienen un cuarto.
--¡Tía, el dote para mí es cuestión secundaria!
--¡Claro está!... ¡Eres tan rico!... ¡tienes gustos tan sencillos!...
verdad es que, según toda probabilidad, serás mi heredero... pero me
permitirás te recuerde que tendrás que esperar mucho tiempo... Mi padre
murió de ochenta y cinco años, de lo que puede deducirse que yo tengo
aún treinta por delante... y no te ocultaré que mi intención es ésa...
--¡Tía!--exclamó Pierrepont con acento de sentido reproche.
--¡Bien!, te ofendo... tienes razón... estas decepciones me ponen de mal
humor... ya hablaremos de nuevo... ¡ahora vete!
Y Pierrepont se retiró, besando antes a la baronesa en las dos manos.
Una vez sola, levantóse aquélla bruscamente de su sillón y dio algunos
pasos por su gabinete, aspirando con descomunal ira el frasco de
inglesas sales, mientras que se entregaba para su corpino a este
aproximado monólogo:
--¡No hay duda! Piensa en ella... ¡Como que ya yo lo había
barruntado!... ¡Claro, sus atenciones para con ella!... ¡Su distraída
indiferencia hacia las demás!... ¡Sus perpetuos aplazamientos!... ¡Nunca
lo hubiera creído capaz de semejante locura!... ¡Qué absurdo!... ¡Qué
absurdo tan culpable!... ¡Primero, quitarme a esa muchacha que ha
llegado a serme indispensable!... Después, imponerme la carga de
mantenerlos, porque los desafío a que vivan si yo no los ayudo... ¡Están
frescos!... Pero, ¿se entienden?... ¿Se han puesto de acuerdo?... ¿Es
tiempo todavía de parar el golpe?... ¡Eso es lo que ante todo necesito
averiguar!
Llamó, presentándose una doncella.
--A la señorita Beatriz, que venga.
Aproximóse la baronesa a su tocador, humedeció su frente y mejillas, por
la emoción enrojecidas, y volvió a sentarse, con una falsa sonrisa en
los labios, cuando Beatriz entró.
--Señora...
--¡Escúchame, hija mía!... Esta pasada noche reflexionaba... pensaba en
ti... pensaba que yo era para ti todo lo que debo ser... todo lo que
quiero ser... Soy una anciana enferma... Esa es mi excusa... Tus
cuidados, tus buenos oficios me son preciosos, no lo oculto... sería
para mí contrariedad muy grande verme privada de ellos.
--Pero, señora, yo absolutamente pienso...
--Sé lo que vas a decir... no piensas abandonarme, y eso me encanta...
Sin embargo, si defecto hay en el mundo que me sea antipático y del cual
trate de preservarme con el mayor cuidado, es el egoísmo... y la noche
pasada me preguntaba a mí propia si el valor extremo que concedo a tu
compañía no argüía un poco de aquella pasión con respecto a ti... Así,
pues, hija mía, me ha parecido conveniente decirte que de ninguna manera
pretendo confiscar tu vida en mi provecho... Eres bonita, hija mía, y a
pesar de la adversidad que con tanta injusticia te ha herido, no es
imposible, ni mucho menos, que algún pretendiente aspire uno u otro día
a tu mano...
--Señora, aseguro a usted...
--¿Que esta circunstancia no se ha presentado todavía, vas a decirme?...
¡Sea! pero puede ofrecerse de un momento a otro... Aquí, como en París,
recibo mucha gente, y nada tendría de particular, que el día menos
pensado saliese al paso un hombre de gusto y de corazón... (espéralo
sentada, se dijo para sí la baronesa). En fin, lo que en resumen quiero
decirte es que, si el caso llega, no obstante el sacrificio que tu
ausencia fuese para mí, ten la seguridad de que yo nunca sería un
obstáculo... Muy al contrario, en mí hallarás el más decidido apoyo...
Permitiéndome poner una sola condición, que te parecerá, creo, muy
natural... Y es que me prometas no comprometerte a nada sin prevenirme
de antemano.
--Señora, ése es mi deber, y puede usted estar segura de que jamás
faltaré a él.
--¡Bueno, hija mía! permíteme un beso.
Beatriz se levantó y le presentó la frente.
--¡Ah!--prosiguió la baronesa haciendo seña a la huérfana de que se
sentara de nuevo, y cual si de pronto hubiera venido a su memoria un
detalle olvidado por azar...--Aun tengo que decirte algo... por más que
la precaución sea inútil... Al dejarte entera libertad en la elección
del hombre que escojas para marido, queda dicho, sin embargo, que hago
una excepción: mi sobrino Pedro.
Al oír estas palabras, tan rápida y profunda fue la turbación de la
lectriz, que pareció imposible a la baronesa hacerse la inadvertida.
--¡Oh! ¡compréndeme, hija! ¡No des mal sentido a mis palabras! No hay en
ellas nada de depresivo para ti... Por otra parte, nada tampoco tengo
que decir de tu comportamiento personal... Es irreprochable... Y no
ignoro que eres, por tu nacimiento y tus particulares prendas, digna de
mi sobrino... Y aun ve si soy sincera: añado que, a mi entender, Pedro,
al menos hasta ahora, no piensa en ti más de lo que tú piensas en él...
Pero, al cabo, es deber de una madre... ¿no soy yo como una madre para
ti?... es deber de una madre prever aun lo imposible cuando entra en
juego el interés y la dicha de sus hijos... ¡Sé bastante generosa para
escucharme hasta el fin!... Pues bien, si alguna vez pudiese entrar en
la cabeza de mi sobrino y ceder a la tentación del atractivo que el
fruto prohibido tiene para los vividores hastiados como él, me creeré en
la imperiosa obligación de oponerme, por todos los medios posibles a la
realización de su capricho... Voy, hija mía, a ponerte al corriente de
nuestros secretillos de familia. ¡Tan grande es la confianza que me
inspiras!... Mi sobrino Pedro no tiene sino... una insignificante
fortuna, que basta apenas, aun sumadas las larguezas que yo agrego, que
basta apenas, decía, a persona de su nombre y aficiones, para llevar
pasablemente y con cierto decoro su vida no ejemplar de soltero... Supón
que en una hora de locura se case con una muchacha sin dote... es la
estrechez... la miseria... y, lo que es peor, a la larga un detestable
hogar... porque mi sobrino, ya su capricho satisfecho, concluiría por
tomar aborrecimiento a la mujer que lo habría reducido a una premiosa
existencia... Verdad que hasta ahora es el heredero de mi fortuna, mas
en primer lugar no he muerto... y puedo vivir todavía muy bien una
treintena de años. (¡Tal era su ardiente deseo!) Y, en segundo, si Pedro
se casa contra mi voluntad, no solamente tendría que dejar de contar
conmigo en vida, sino lo que es más, declaro inapelablemente que lo
desheredaría, sin titubear un solo minuto... ¡Por cierto que anda por
ahí un sobrino de mi marido que, si tal sucediera, se daría con una
piedra en los dientes!... Ahora, hija mía, que te he abierto mi corazón,
como sentía necesidad de hacerlo, sólo me queda dirigirte una súplica...
Ya te he dicho cuan satisfecha estoy de tus atenciones y de tus
cuidados... ¿Tendré la satisfacción de saber que por tu parte concedes
alguna estima a lo poco que en tu obsequio he hecho hasta ahora?
--Señora, no lo dude usted un momento.
--Pues bien, hija mía, se te ofrece la ocasión--dijo la anciana dama con
solemne acento--de mostrarme tu gratitud; empéñame tu palabra de
señorita, y de señorita de noble clase, de que lo que te acabo de
manifestar será para siempre un secreto a guardar entre las dos.
--Empeño a usted mi palabra.
--¡Eres un tesoro, hija mía!... dame un beso... ¿quieres decir abajo que
no me aguarden para almorzar?... No me encuentro bien... Cuando me dejo
dominar por mi desdichada sensibilidad, me pongo mala, de seguro... Di a
Juan que me suba aquí alguna cosa ligera... Lo dejo a tú elección... Ya
conoces mis gustos, hija mía.
--Muy bien, señora.
Y Beatriz abandonó el gabinete..
Si algo de práctico hubo, como no puede negarse, en la larga homilía de
la baronesa, será preciso excusar a la señorita de Sardonne de que
verdades tales y tales advertencias no fuesen de su agrado. Lo que sobre
todo le había causado disgusto profundísimo, fue la falsa bondad, la
cazurra malicia, la perfecta y cruel diplomacia con que esta vieja hada
de la falacia la había envuelto y torturado, a fin de arrancarle como
final objetivo el más doloroso de los sacrificios, sacrificio mayor
todavía ahora por cuanto no escapaba a la penetrante mirada de la
huérfana cómo el marqués, al mismo tiempo que no concedía a sus rivales
otra cosa que las muestras de una fría urbanidad, reservaba para ella
atenciones tan expresivas que rayaban casi en la ternura. La misma
inquieta hipocresía de que la baronesa acababa de darle transparente
testimonio, decía claro a Beatriz cuánto sospechaba la vieja dama acerca
de las intenciones de su sobrino y cuánta rosada esperanza podía ella
abrigar en su pecho... Y, sin embargo, ahora más que nunca se encontraba
amarrada a su adverso destino, ya que no sólo había empeñado su leal
palabra a la de Montauron, sí que también teñía Beatriz en sus amantes
manos la suerte o la total ruina del hombre de sus predilecciones,
porque conocía demasiado la huérfana a la baronesa para poner un solo
instante en duda que, si Pedro se casaba contra la voluntad de su
orgullosa tía, no dejaría ésta por motivo alguno de poner en práctica
sus fulminantes amenazas; así, pues, veíase la joven sin ventura
reducida a temer lo que anhelado había más en la vida, y ante el temor
de verse expuesta, a prueba superior a sus fuerzas, rogaba al Cielo que
su elegido jamás llegase a amarla.
Pero ya lo era... No había sido sin reñir violentos interiores combates
que el marqués se hubiese abandonado a la pasión secreta que la señorita
de Sardonne le inspirara; desde el primer día, deslumbrado por su
resplandeciente hermosura, interesado por un inmerecido infortunio,
púsose con prudencia en guardia contra un sentimiento cuyos peligros
preveía; pero su indispensable asiduidad hacia su tía, poniendo casi
diariamente a Beatriz ante su vista, habían concluído por derrotar tan
sesudos propósitos. Su afición fue agrandándose al compás del tiempo, y
con el transcurrir de los días llegó lentamente a ese fatal estado en
que alma, corazón y sentidos llegan a absorberse en la incontrastable
atracción hacia una mujer, ella sola, ella única, ella... A fuerza de
verídicos, cúmplenos confesar que el ensueño que al marqués inspiraran
los sombríos y profundos encantos de la hermosa lectriz, no tomó desde
luego la forma de un meditado matrimonio; Pierrepont se hallaba muy
lejos de ser un malvado, pero había vivido demasiado en el mundo y
precisamente en ese mundo en que los crímenes de amor encuentran siempre
complacientes jueces; además, la pasión tiene avasalladoras exigencias,
y cuando la mujer entra en juego no hay nunca perfectos caballeros,
presintiendo que sería de todo punto imposible obtener de la baronesa un
consentimiento trastornador de todos sus planes, un momento se agitó en
el alma de Pedro la idea de la seducción, pero ese fondo de honor y
rectitud que formaban su carácter íntimo acabó por hablar, imponiéndose,
y el amor quedó subsistiendo tan ardiente y más puro. La ejemplar
conducta de Beatriz en la situación penosa y delicada que la desventura
le había aparejado, tocaron el corazón del marqués en su más noble
sitio, porque esta joven probada y purificada por la adversa suerte,
esta joven seria, bella, casta, realizaba el ideal que él se había
forjado de la mujer para llenar su hogar, para ser honor y encanto de su
privado techo.
Su prolongada residencia en los Genets, aproximándolo aún más a la
señorita de Sardonne gracias a cotidianas relaciones, fue exaltando su
pasión de día en día, hasta ese punto en que ella puede ser rebelde y
sorda a los argumentos de la razón, a los dictados del propio interés.
El de Pierrepont, en el asunto de su matrimonio, era por manera tan
clara y evidente obedecer a su tía ciñéndose, a sus inspiraciones, que
desconocerlo así habría sido demencia consumada, y como a aquél no se
obscurecía esta circunstancia, la lucha que venía sosteniendo entre su
pasión y su razón tomaba por estos días el más punzante y lúgubre
aspecto. Decíale su buen sentido que, a ceder a sus íntimos
sentimientos, concertaba un matrimonio de amor, corría el casi seguro
riesgo de perder con las buenas gracias de su tía la fundada esperanza
de su rica sucesión, y, en consecuencia, podría caer en estado de muy
precaria fortuna, mensajera de duros sacrificios; no era un niño; sabía
lo que cuesta el vivir; conocía de memoria cuán caras son las
distracciones en la alta sociedad parisiense; caballos, teatros, lujo;
sería necesario, pues, renunciar a todo eso, y lo que es peor aún,
imponer a aquella que iba a ser su mujer privaciones idénticas.
¿Se amarían bastante en el futuro para que sus recíprocas ternuras
viniesen a compensar todo lo que faltarles pudiera en presente y
porvenir? Horas había en que así lo pensaba en la amante efusión de su
alma, otras corrían en que la idea de sus gustos contrariados, de su
porvenir sin esperanzas, de su mujer en la estrechez, lo clavaban
desalentado en el umbral de sus resoluciones...
Tres días después de la entrevista que celebrara con su tía y en la cual
entrevista había a medias librado a aquélla su secreto, tal vez por
inadvertencia, quizás con intención, presentóse Pedro a mediodía en
casa, de la vizcondesa de Aymaret. Encontró a esta señora leyendo en el
terrado que se prolongaba entre la puerta de su salón, mientras que sus
dos hijos de blondas cabelleras jugaban a sus pies.
--¡Dios mío! ¿qué sucede?--decía la vizcondesa a Pierrepont que la
saludaba--; ¿qué hay?... ¡Qué pálido está usted!... ¿Está usted malo?
--¡Absolutamente!--replicó Pedro sonriendo--. Solamente vengo a pedir a
usted un favor un tanto enojoso... ¿Podría hablar a usted un momento a
solas?
La vizcondesa echóle sorprendida y curiosa mirada.
--¡Entremos!--replicóle después.
--¿Puedo cerrar las puertas?--preguntó el marqués.
--¡Ciertamente!
Pierrepont cerró las ventanas sentándose a algunos pasos de la
vizcondesa.
--Cuando decía a usted el otro día durante nuestra navegación que
desearía tomar mujer por elección de usted, declinó usted esa
responsabilidad, pero al mismo tiempo creí comprender que un nombre
estaba a punto de caer de sus labios...
--¡Es posible!
--¡Dígamelo!
--¡Nunca!
--¿Ni aun cuando yo rogara que tuviese usted a bien ofrecer mi mano a su
amiga Beatriz?
--¿De veras?--murmuró la vizcondesa.
--No me permitiría jamás, vizcondesa, la broma más leve en asunto tan
serio.
Un relámpago de intensa alegría iluminó de pronto el gracioso rostro de
la señora de Aymaret, y lanzando un grito de contento, tomó vivamente
las manos de Pedro, diciendo a éste:
--¡Ah! es usted un perfecto caballero.
--¿Quedamos, pues, en que se encarga usted de mi embajada?
--¡Ya lo creo!--replicó la encantadora vizcondesa saltando de gozo.
--Pero, puesto que es usted un poco confidente de la señorita de
Sardonne, ¿no puede usted calcular cómo acogerá la misiva?
--Debo decirle con franqueza que no conozco absolutamente sus íntimos
secretos... si los tiene... Pero, en fin, según lo que yo me imagino,
quedaría más que sorprendida si su demanda de usted no fuera bien
acogida.
--Usted sabe muy bien que no soy rico--añadió Pedro con cierta timidez.
--Para ella lo es usted... ¡pobre Beatriz!... y además...
Aquí interrumpióse de súbito y preguntó a Pierrepont:
--¿Qué dice de esto su tía de usted?
--No dice nada, porque nada sabe.
La señora de Aymaret se incorporó bruscamente en su silla.
--Pero, querido amigo, eso es muy grave... puede usted encontrar en su
oposición un obstáculo invencible.
--Puede proporcionarme la oposición de mi tía una grave contrariedad,
mas suscitarme un obstáculo invencible, no, porque desde el momento que
he dado cerca de usted este paso es que estoy decidido a todo.
--Amigo mío, bien sabe usted que su matrimonio con Beatriz ha sido
siempre mi más cara ilusión... pero soy demasiado amiga de usted para no
preguntarle si ha reflexionado usted maduramente sobre las posibles
consecuencias que para usted pueda tener su resolución.
--Todo lo he previsto, mi buena amiga... Es evidente que mi tía, que
abriga sobre mí otros proyectos, se mostrará al principio muy
irritada... Sin embargo, me parece que el cariño que me tiene no es
grande, en tanto que es muchísimo su apego al nombre de familia, de que
yo soy el único representante... Fundándome en esto, no desespero de
traer a mi tía a la razón a fuerza de cariño y de buenos procederes...
aunque no se me oculta que corro el riesgo de enajenarme su voluntad en
el presente y quizás en el futuro... Faltaría a la verdad si no le
confesase a usted que me sería doloroso renunciar a las esperanzas de
mejor posición que por ese lado abrigo... pero aún es para mí más
ingrato abandonar este proyecto de casamiento con su amiga de usted, en
que fundo mi dicha... Todo lo que deseo es que la señorita de Sardonne
acepte mis proposiciones dignándose concederme su mano, sin que entre en
sus designios ser mañana la poseedora de una fortuna que puede muy bien
escapársenos... ¿Puedo contar absolutamente con usted a fin de que le
indique cuál puede ser nuestro porvenir si mi tía me deshereda?
--Ciertamente puede usted.
--Usted sabe mi fortuna personal... Usted sabe que es muy modesta...
pues bien, que la señorita de Sardonne no lo ignore.
--Creo que Beatriz se preocupará bastante menos que usted de esos
detalles... Tiene naturalmente gustos elegantes y distinguidos, porque
es una gran señora... pero suelen ser las grandes señoras las que mejor
saben llevar, si el caso se presenta, una vida modesta y sencilla...
Sin embargo, déjeme usted reflexionar un poco.
Apoyó el brazo sobre el velador, dejando caer en la mano su adorable
cabeza, y después de meditar un momento preguntó a Pedro, cubiertas de
rubor las mejillas, si le causaría invencible sonrojo aceptar una no
abrumadora ocupación que pudiera añadir a sus medios serios recursos.
Aseguróle la vizcondesa que ella tenía amigos y parientes en importantes
empresas financieras, y que no le sería difícil encontrar para él uno de
esos empleos en que se pide más la respetabilidad que los conocimientos
especiales. El marqués le dio las gracias, no sin enrojecer a su vez un
poco, mostrándose cordialmente dispuesto a aprovechar sus buenos
oficios.
--¿Y cuándo quiere usted que hable a Beatriz?
--Vizcondesa, lo más pronto posible, le suplico... le aseguro que hasta
que conozca su respuesta estaré en angustias de muerte... Usted ve que a
esta carta juego mi porvenir... es para mí un momento solemne... y, a
pesar de sus seguridades de usted... qué sé yo... no tengo gran
confianza... ¡tengo miedo!
--¡Hola, amiguito!--arguyó la de Aymaret riendo--. ¡Bueno, voy a darle
una cita para mañana!
Acercóse a su escritorio y escribió este corto billete:
«Querida, quisiera verte un instante a solas, tengo algo que decirte.
Mañana a las 10 estaré en tu casa. Mil besos.--_Elisa._»
Entregó la esquela a Pierrepont, conviniendo con él en que al día
siguiente se verían en una de las avenidas de los Grenets después de la
entrevista con Beatriz.
Apenas de vuelta en el castillo, entregó Pedro a la huérfana, que se
preparaba para la comida, la misiva de la señora de Aymaret; leyóla
aquélla de prisa y no vio al pronto en su contenido nada de
extraordinario, nada que pudiera distinguirla de esa correspondencia
trivial que casi diariamente cruzaba con su amiga. Fue sólo aquella
noche cuando Pedro le preguntó si había leído el billete que de Elisa él
le trajera, que Beatriz advirtió la turbación y el desconcertado
continente del marqués.
--¿Ha ido usted hoy a casa de la señora de Aymaret?--le preguntó la
señorita de Sardonne.
--Sí... y aun hemos tenido una conversación muy larga... y muy
interesante.
--¡Ah!--exclamó aquélla--, ¿y sobre qué?
--Acerca de usted misma.
Beatriz no respondió nada y se alejó dulcemente: se sentía en trance de
muerte: había entrevisto de un golpe la verdad, y parecíale que el cielo
se rasgaba para fulminarla con sus rayos.
El deber más penoso que la señorita de Sardonne debía llenar en servicio
de la baronesa, era leerle a ésta por la noche, y a veces hasta muy
tarde, en tanto la anciana dama no lograba dormirse; en seguida Beatriz
se retiraba a sus habitaciones procurando a su vez conciliar el sueño,
si lo conseguía la pobre enamorada: aquella noche no alcanzó ganarlo,
que pasó sus mortales horas en mil veces leer y en comentar mil veces el
billete de su fiel amiga; transcurrieron para ella lentos los instantes
en cien veces decirse a sí misma que el momento de la terrible prueba no
se hallaba remoto y que la conminatoria arenga de la señora de Montauron
no fue más que el preludio de infernales torturas.
¡Luego era verdad!... Ese hombre que, de hacía tantos años, fuera el
pensamiento de su pensamiento, la vida de su vida, había contra toda
vislumbre de esperanza pedido al fin su mano, esa amante mano a quien
tardaba posarse en la de él; y ella veíase forzada a rehusársela so pena
de faltar a deberes sagrados de conciencia y de honor, a deberes
sagrados no sólo ante ella misma sino también ante su propio amado. Pues
qué, ¿no se le había advertido que al desposarlo causaba su ruina? Y ni
aun decirle podía en qué fundaba su negativa, dándose a sí misma,
proporcionando a él ese postrer consuelo; no podía, sin hacer traición a
su palabra leal, sin arrastrarlo a fuer de caballero, a empeñar una
querella de familia cuyos resultados serían funestos para su propio
elegido.
En su desamparo, ni suficiente le pareció siquiera su habitual plegaria
para pedirle fuerzas a Aquel que las otorga, y al romper el día salió
del castillo atravesando las húmedas praderas, en busca de la iglesia,
allá, en el límite del aún dormido bosque: momentos después habría
podido vérsela en el templo rogando desolada con fervor de mártir que
se apresta al supremo sacrificio.
Al volver, como siguiese la orilla del riachuelo, arrodillóse en sus
márgenes, empapó en el agua el pañuelo y humedeció sus ojos abrasados
por lágrimas de fuego: dos horas más tarde la señora de Aymaret entraba
radiante de alegría en las habitaciones de la huérfana. Comenzaron por
besarse según costumbre, después de lo cual, anticipándose Beatriz a la
vizcondesa, le habló en estas palabras:
--¡Es singular! Cuando anoche recibí tu billete iba yo a escribirte
rogándote que vinieras hoy a verme... tengo que pedirte un favor...
--¿Un favor?--repitió la señora de Aymaret sentándose a su lado.
--Sí... tú conoces personalmente al cura de San ***--y designóle una de
las más aristocráticas parroquias de París.
--¿El padre D***? Seguramente, es mi confesor.
--Si no me engaño, ¿es superior de las Carmelitas de la calle d'Enfer?
--Sí.
--Te suplico que le escribas dos renglones recomendándome a su
amabilidad: deseo ponerme al habla con él.
Alteróse el rostro de la vizcondesa, que interrogó a Beatriz con mirada
inquieta.
--Sí, pero me parece que ni pensarás siquiera...--díjole con emoción a
la huérfana su seductora amiga.
--¿En entrar en el Carmelo?--repuso aquélla--. ¿Y por qué no?... Hace
tiempo que lo vengo pensando... mucho tiempo... ¿Qué mejor puedo hacer
sino abandonar este mundo, para mí tan duro?... Perdóname, amada Elisa,
si antes no te he hablado de mis proyectos... pero, en asunto tan grave
como éste, no hay mejor consejero que uno mismo... En materias de valor
y de vocación, cuando se consulta a un tercero es que se carece del uno
y de la otra...
--¡Pero, por Dios, hija mía!... Tu vocación no la han hecho sino el
desaliento y la desesperación... Arrastras aquí, al lado de tu falsa
bienhechora, una existencia odiosa, sin esperanza probable de mejora...
pero, ¿y si yo te trajera no sólo esa esperanza sino la certeza de un
porvenir más dulce, más digno... un porvenir dichoso, en fin...? ¡Vamos!
óyeme, escúchame... ya te he dicho que estoy encargada de una misiva
para ti... ¿Quieres hacerme el favor de escucharme, repito?
--Bueno... habla, mas sea lo que sea aquello que vas a decirme, no
alteraré en un punto mi resolución...
--Entonces, te encuentras decidida a causar la desdicha de un dignísimo
caballero... Me refiero al marqués de Pierrepont, quien denodadamente
pide tu mano.
Beatriz clavó en los ojos de su amiga una mirada fija, extraña, sombría,
mezcla de sorpresa y desvarío.
--¡Dios mío!--balbució en sorda voz.
--Y bien, amada mía--prosiguió la señora de Aymaret estrechando las
manos de la de Sardonne--; ¿no es eso mejor que el convento?
--Me hallo, como bien lo ves, totalmente turbada con lo que acabas de
decirme... pero no te engañas acerca de la causa de mi emoción...
Experimento sorpresa... gratitud... Siento muchísimo responder con una
negativa a la generosa demanda del señor de Pierrepont... al honor que
me dispensa... pero, como te he dicho, mis ideas van por otro camino...
otros son mis sentimientos, y no pienso alterarlos.
--Había creído comprender, Beatriz, que tu decisión no era irrevocable.
--Cierto... debo reflexionar todavía.
--Entonces, ¿me autorizas para que responda al marqués que pensarás?...
¿que no debe perder esperanzas?
--Si le dijeses eso le engañarías.
--¡Cómo! ¿aun cuando no entraras en el convento rehusarías su mano?
¡Ah!--exclamó la vizcondesa--, ¡aquí hay gato encerrado!... ¡tú amas a
otro! ¡Tú amas a otro!--repitió la señora de Aymaret sin sospechar qué
torturas imponía a su amiga.
--Tal vez--murmuró Beatriz.
--¿No hay esperanzas, pues?
Beatriz respondió melancólicamente por un negativo signo de cabeza.
--¿No puedo saber quién es?
--¡Elisa, no insistas, te ruego!
--¡Bueno! ¡está bien!--replicó aquélla con vivacidad--, ¡antes eras más
franca conmigo!... ¡adiós, hija!
Y se dirigió rápidamente a la puerta.
--¿No me das un beso?...--le preguntó la pobre Beatriz.
--¡Siempre! ¡no uno, mil!--replicó tiernamente la vizcondesa saltando al
cuello de su amiga.
Besáronse largo tiempo deshechas en lágrimas, y, en medio de su efusión,
cambiáronse todavía algunas palabras, recomendando Beatriz a Elisa que,
por razones que brevemente le explicó, nada dijese a nadie, el marqués
exceptuado, acerca de su proyectada entrada en religión.
La señora de Aymaret abandonó el castillo y tomó el camino de las Loges,
fraguando en su cabeza el mejor plan para atenuar en lo posible el rudo
golpe que aguardaba a Pedro, resolviendo al cabo en sus adentros,
insistir sobre la entrada de su amiga en el Carmelo y dejar en la sombra
esos misteriosos amores cuya semi-confidencia había logrado arrancar a
Beatriz. No tardó la vizcondesa en divisar al marqués, quien lentamente
se paseaba en la convenida alameda, y como aquél reconociese a su vez a
la de Aymaret, se aproximó en seguida, no sin que la consternada
fisonomía de la joven dama hubiérale ya tácitamente revelado cuál fuese
su definitiva sentencia.
--¡Que no!--se anticipó a decir a su confidente. Esta le apretó con
fuerza la mano poniéndose a caminar al lado de Pedro, mientras le decía
agitada febrilmente:
--Nada de depresivo para usted... nada que pueda herir su dignidad...
¡Al contrario!... Se ha sentido conmovida hasta el llanto de lo que
ella llama su generosidad de usted... Pero el caso es que ha tomado una
gran resolución... Se va al convento... Entra carmelita... Sí, señor,
carmelita... Mi sorpresa es tan grande como la de usted... porque yo
sabía que era piadosa, creyente, pero no beata... Necesariamente la
lleva a dar este paso esa vida miserable que arrastra al lado de su
horrible tía de usted... dispénseme usted la palabra... Le he prometido
guardar el secreto para con todo el mundo, excepción hecha de usted...
Porque su tía de usted se pondría furiosa de perderla y Beatriz no la
prevendrá hasta el último momento por miedo de que le juegue una mala
pasada... Y ahora, amigo mío, si quiere usted tomar mi consejo...
Pero, al decir esto, se interrumpió a sí misma al notar la profunda
palidez del marqués: paróse, pues, y tocándole en la espalda con su
pequeña enguantada mano, díjole:
--¡Realmente lo siente usted mucho, amigo mío!
--¡Siento que mi existencia se desploma!--replicó Pedro, sonriendo con
tristeza--. Escúcheme... crea usted que nunca olvidaré cuánto le debo...
Pero, ¿está segura de que se va al convento?
--Me ha encargado ponerla en relaciones con el cura de San ***, que es,
al mismo tiempo, superior del Carmelo.
--¿Está usted segura de que eso no es un pretexto? ¿Amará a otro?
--¿A quién?... eso es muy improbable.
--Pues entonces, ya es algo--añadió Pierrepont--, que su alma se
encuentre libre.
--¡Sin duda alguna, amigo mío!--corroboró la de Aymaret--, y ahora, me
parece que debería usted alejarse de ella un poco de tiempo.
--Es lo que pienso hacer.
--¡Sin embargo, hay un inconveniente! ¿Cómo va usted a explicar su
partida a su tía en medio de este período de fiestas en su casa?
--Justamente la casualidad me proporciona una excusa, que me parece
aceptará aquélla. Ayer, sin ir más lejos, he recibido carta de un amigo
de Inglaterra, lord S... invitándome a ir a pasar con él dos o tres
semanas en Batsford-Park. El convite tiene un carácter especial; se
trata de una reunión de caza a que debe asistir un personaje de sangre
real que se ha dignado designarme entre las personas que desearía lo
acompañaran; me propongo, pues, partir mañana.
--¡Es lo mejor!--asintió, la señora de Aymaret.
Entretanto había llegado a la vista de las Loges; el marqués paróse un
momento, y tocando la mano a la vizcondesa, le dijo con acento
conmovido:
--No sé si tendré tiempo de ver a usted antes de mi partida... hasta la
vista, pues... ¡mil y mil veces gracias!
--¡Dios mío! ¿gracias de qué?
--De su leal amistad... hasta la vuelta...
--¡Hasta la vuelta!
Y se alejó en dirección a las Loges, mientras que Pierrepont volvía al
castillo.
So pretexto de una violenta jaqueca abstúvose aquella mañana la señorita
de Sardonne de presentarse en el almuerzo, pero su ausencia no escapó a
la suspicaz atención de la baronesa, como tampoco se le había ocultado
la sombría preocupación de su sobrino. Conocía también ya que la señora
de Aymaret tuvo aquella mañana y en hora inusitada cierta misteriosa
entrevista con Beatriz; así, pues, relacionando estos tres incidentes y
atando cabos, vino a caer en la cuenta de lo que pasaba, creyendo
comprender que una parte de sus sospechas habíanse realizado, aunque sin
poder discernir con claridad cuál había sido el resultado; era de entera
evidencia para la señora de Montauron que su sobrino había dado un paso
decisivo cerca de Beatriz... Pero, ¿con qué éxito?; lo ignoraba, y el
averiguarlo era indispensable, por cuanto si el anonadamiento visible de
su sobrino podía significar que había sufrido una negativa, pudiera
argüir también que, hallándose al cabo por obra de Beatriz de la
oposición y amenazas de su tía, meditaba el marqués sobre esos textos.
De un lado la certidumbre, del otro el temor de una escena enojosa,
mantuvieron un día a la señora de Montauron en terrible agitación de
espíritu; así que cuando en la velada comunicóle Pedro la carta de lord
S... anunciándole que bajo la reserva de su aprobación contaba partir al
día siguiente, la primera impresión de la baronesa fue la de un grande
alivio, porque de cualquier lado que el asunto se mirase, esa
precipitada fuga no significaba en puridad otra cosa sino la
desesperación de un enamorado en derrota... Beatriz había sin duda
alguna cumplido su palabra, y de ese cuadrante toda tempestad resultaba
conjurada. En otras circunstancias, la señora de Montauron habría
sujetado a muy severo examen el vínculo obligatorio de la invitación
británica, pero, si en las actuales coyunturas la súbita ausencia de su
sobrino desconcertaba algunos de sus planes contrariándola en ciertos
respectos, veíase en cambio libre de obsesión tan pesada, que ante esa
idea otorgó su permiso con relativa buena voluntad.
Por consecuencia, al día siguiente, bien de mañana, el marqués de
Pierrepont tomaba el tren, acompañado de las caricias de su tía y de las
maldiciones de aquellas señoritas.
VII
RIVALES
Cuando Pierrepont abandonó el castillo de los Genets en las
circunstancias que acabamos de describir, hacía ya más de doce días que
Fabrice también se hallaba de vuelta en París, súbitamente llamado por
una indisposición de su hija Marcela, indisposición que dio cierto
cuidado a las Hermanas de Auteuil, en cuyo instituto educábase la niña.
La baronesa había visto con muy malos ojos la partida del pintor, por
cuanto así se aplazaba indefinidamente la terminación de su retrato, de
que ella, a justo título, se sentía no sólo cumplidamente satisfecha,
sino hasta orgullosa, porque en él se veía, cual si se mirara en su
espejo, con un no sabía qué de algo más que ese pícaro espejo le
rehusaba obstinadamente, habiendo tenido el artista la galante
condescendencia de otorgárselo.
Al día siguiente de su llegada a París escribió Fabrice a la baronesa
que había encontrado a la niña restablecida, mas que le era forzoso
prolongar la ausencia en dos o tres semanas, a fin de dar a la
convaleciente, antes de volverla a la pensión, las distracciones que
reclamaba su estado. Testigo Pierrepont del vivo descontento que causaba
a su tía paréntesis tal, le sugirió la idea de apresurar la vuelta del
pintor a los Genets haciéndolo acompañar de la enfermita, quien con los
puros aires del campo lograría más pronto restablecimiento. Aunque
gruñendo un poco, concluyó la señora de Montauron por dar el
beneplácito, y como Pedro tuviera que pasar por París para ir a
embarcarse en Boulogne, fue el encargado de trasmitir la invitación a
Fabrice.
Cuando el marqués anunció a este amigo su viaje a Inglaterra, donde
debía permanecer varias semanas, no pudo el artista dominar su extremada
sorpresa.
--Pero, ¿y tus proyectos de matrimonio?--le preguntó.
--Mis proyectos de matrimonio, querido Jacques, han ido a juntarse con
las nieves de antaño... El casamiento visto a la distancia se me había
presentado como a otros hombres de mi edad bajo aspectos muy
halagüeños... Pero, a medida que me aproximaba, fue tomando tales formas
de esfinge y de quimera, que he acabado por desalentarme... Cuando he
encarado de frente los inconvenientes, me he convencido de que no puedo
vencerlos con mis medios... Rehuso, pues, y recobro mi libertad.
--Y tu tía, ¿qué dice?
--Mi tía... tiene paciencia... pero a ti te reclama a voz en grito, y
para anticiparse a cualquier objeción te ruega que vayas con Marcelita,
que hará allí buena provisión de salud corriendo en los bosques.
Aunque demostrando su agradecimiento, manifestó Fabrice dudas y empacho
en admitir las ofertas de la baronesa. Pedro insistió: se pondría a la
niña una doncella, con el exclusivo objeto de que la cuidase; el médico
iría a verla diariamente... En fin, el artista, pareciendo tomar con
esfuerzo una resolución ingrata, preguntó a Pedro si podía concederle
media hora de atención para escucharlo.
--¡Media hora!... y una... cuantas quieras.
--Siéntate, entonces--le dijo Fabrice mostrándole un ancho diván que
ocupaba uno de los ángulos del taller. Sentóse Jacques junto al marqués
y comenzó así su diálogo, con voz turbada:
--Voy a ser sin duda indiscreto... Pero, ¿debo entender que, según me
has dicho, abandonas los Genets libre de todo compromiso y aun toda idea
que se refiera a matrimonio? ¿He comprendido bien?... ¿Es así?
--Has comprendido bien... así es.
--¡Pues bien!... me sorprendes... yo hubiera jurado que amabas a la
señorita de Sardonne, y aun que pensabas casarte con ella.
--¡Singular idea!...--dijo fríamente Pierrepont--. No, te equivocas;
conozco a la señorita de Sardonne desde su niñez y le tengo cierto
afecto... Eso es todo... Sabes, además, que mi fortuna es escasa y que
ella nada tiene... un matrimonio entre los dos sería una locura.
--Puesto que ahí están las cosas, voy a hacerte una franca confidencia.
En la misma carta que se me participó que mi hija estaba indispuesta, se
me decía también que ya se hallaba restablecida, y no hubiera regresado
a París si no hubiese creído que debía aprovechar la ocasión para poner
a mis relaciones de amistad con Beatriz un punto final. Quería romper,
si ya era tiempo, la fascinación que sobre mí ejercía, considerándola no
sólo peligrosa para mi reposo, sino, lo que es más, desleal hacia ti.
--Esos escrúpulos son dignos de tu caballerosidad, maestro queridísimo,
pero son infundados... y si abrigas, como me parece comprenderlo,
proyectos acerca, de la señorita de Sardonne, no tienes que temer, te lo
repito, ninguna rivalidad por mi parte.
--Me dispensarás que te diga, caro marqués, que tus explicaciones no me
satisfacen... La señorita de Sardonne es casi de tu familia, y nuestras
conexiones de amistad son tales que no podrían abandonarme a mis
proyectos acerca de aquella joven sin obtener de antemano tu aprobación.
Pierrepont se inclinó con gravedad, y prosiguió Fabrice:
--Pero antes de darlo es preciso que conozcas mis sentimientos...
Fórmanlos elementos bastante heterogéneos... unos un tanto honrosos...
otros que lo son menos... Juzga con tu propio criterio... Puedo jurarte
que en mis relaciones cotidianas con Beatriz, ya en el salón de tu tía,
ya durante nuestras diarias lecciones de acuarela, me sentía a cada,
instante más influído por la simpatía, la estimación y el respeto que
aquélla me inspiraba; así como por su conducta y dignidad en soportar
sus sufrimientos, porque es imposible hacer cara a la desventura con más
altiva resignación; es imposible mantener con mayor decencia ni mayor
decoro una situación tan ambigua, delicada y peligrosa... Podría también
jurarte sin remordimientos que la idea de rescatar a aquella noble
criatura de la especie de abismo a que el infortunio la ha arrojado, ha
tenido en mis determinaciones parte muy principal, porque hay en esa
idea atractivos infinitos... Pero, en fin, ante todo y desde el primer
momento ha sido su hermosura la que me ha conquistado. Acabas de decirme
que conoces a la señorita de Sardonne desde su infancia, y sin duda por
eso, por el hastío que engendra el hábito, no te das cuenta de cuan
grande es su belleza... ¡Oh! ¡es fascinadora!... Tiene el puro, serio, y
un tanto trágico, encanto de Urania... y de Musa también; es su voz,
armoniosa y grave; encanta oírla leer; durante nuestras sesiones para
pintar el retrato de la baronesa, mil veces me ha asaltado la loca idea
de traerla a mi casa para hacerla el hada de este taller en que nos
encontramos... que por la magia de su presencia resplandecería cual otro
paraíso... Si hubiese conocido a la señorita de Sardonne en la alta
posición social en que nació, todo eso no habría pasado de un ensueño
pasajero de artista... uno de esos ensueños que con tanta frecuencia nos
asaltan... porque nosotros somos generalmente muy aristócratas en
nuestros amores... La mitad de nuestra vida la pasamos por ministerio
de la imaginación en muy altas esferas, en muy escogida compañía...
Vemos con harta frecuencia a las grandes damas en medio de los
esplendores de sus palacios, y entrevemos a las diosas tronando sobre
sus solios de nubes... Y aun es una de nuestras grandes decepciones, de
nuestros grandes dolores caer de pronto desde esas doradas alturas
encima de las ronzas de la tierra... Ahí tienes por qué, precisamente en
estas cuestiones de matrimonio, son tan graves nuestros errores y tan
profundos nuestros desencantos... ¡Ay! ¿quién lo sabe mejor que yo?...
Pues bien, te decía que si hubiese encontrado a la señorita de Sardonne
en todo el brillo de su nacimiento y de su fortuna, conozco demasiado
las leyes y las costumbres sociales como para que ni un momento se me
hubiera ocurrido aspirar a su mano... Pero, en fin, la veía desgraciada
y pobre... y al menos, si no en otro, en el camino de la riqueza me
encuentro ya... Aquellas circunstancias venían a acortar la distancia
entre nosotros... Podía al menos ofrecerla una posición independiente...
dar a su hermosura un marco digno de ella... y poco a poco me dejaba
ganar por una tentación tan poderosa, precisamente cuando me pareció
observar que tu amistad hacia la señorita de Sardonne tomaba el carácter
de más serios sentimientos... Desde ese momento mi línea de conducta
estaba trazada... ponerme en fuga...
--Carísimo maestro--interrumpió Pierrepont--, eres un niño grande...
Todo eso me lo debiste contar... allá... en los... Genets... así te
habrías evitado un viaje de ida y vuelta.
--Si diera rienda suelta a mi deseo--replicó el pintor--, ¿podría
contar, querido marqués, con tu simpatía y tus buenos consejos?
--Simpatía desde luego... Cuanto a consejos, son siempre muy delicados
en estas materias... Yo no quisiera verte dar un paso en falso... Ante
todo es necesario saber si la señorita de Sardonne participa de tus
ideas.
--Las ignora absolutamente--repuso el pintor.
--¿Estás seguro? ¿En vuestras largas conversaciones durante la lección
de pintura no se te ha escapado nunca alguna palabra que la haya puesto
en sospecha?
--Nunca. Era vuestro huésped.
--Eres un caballero. En adelante, por lo que a mí se refiere, quedas en
completa libertad de hacer lo que te plazca. No debo ni puedo oponerme a
que la señorita de Sardonne sea dichosa contigo si ella así lo estima.
--Pero, tú que la conoces de hace tanto tiempo, ¿crees que acogerá mi
demanda, si me atrevo al fin a presentársela?
--En cuanto a eso, no sé qué decirte... ¡Es un carácter tan
misterioso!... Dicen que en su tiempo tuvo idea de entrar en el
convento... Pero eso tal vez fuera a falta de cosa mejor.
--¿Y tú tía?
--Mi tía se encuentra muy bien con su lectriz... Así es que por su parte
no debes aguardar muchos entusiasmos... pero no tiene ninguna autoridad
legal sobre Beatriz, quien depende en ese punto únicamente de su tutor,
cierto antiguo amigo de su padre, amigo por añadidura muy indiferente...
De modo que concluirá por decir amén a lo que a ella se le antoje.
Hubo un corto silencio.
--¿Crees--preguntó Jacques--que Beatriz querrá a mi hija, que se portará
bien con ella?
--¿Por qué suponer lo contrario?
--¡Es verdad!... ¿De manera que tu tía me permite que lleve la niña a
los Genets?
--No sólo lo permite, lo desea.
De nuevo quedaron en silencio.
--Y bien, querido maestro, ¿es cuanto deseas que yo te diga?
--Eso es todo... Te estoy sumamente agradecido... ¿Quieres darme tu
dirección en Inglaterra?
Pierrepont se levantó, y escribiendo dos líneas en una de sus tarjetas,
la entregó a Fabrice.
--¡Ahí tienes! Batsford-Park, Moreton in Marsh, Woorcester... ¡Adiós!
¡Hasta la vista!
--¿Te vas esta tarde?
--Esta tarde... sí... ¡Ea, hasta la vista!
Diéronse la mano y se separaron.
Únicamente por un esfuerzo de voluntad y altivez pudo el marqués seguir
hasta el fin la narrada conversación que fue para él interminable
suplicio, y tanto, que más de una vez tuvo que hacer un llamamiento a su
razón para no acusar a Fabrice de verdugo, despiadado e irónico... En
vano le había afirmado el artista con palmaria sinceridad que Beatriz
ignoraba su pasión; ¿qué sabía el pintor? Las mujeres tienen en esos
asuntos un don de doble vista sorprendente, y sobre todo con los pobres
de espíritu a la manera de Jacques Fabrice; tal vez la causa verdadera
de la negativa que Pierrepont había sufrido estribaba en ese amor que
ella vislumbraba y que se sentía inclinada a compartir desde el momento
que se le confesase.
Dada la reputación que Jacques disfrutaba, era notorio que la puerta de
las grandes riquezas quedaba abierta para él, y, en ese caso, podía
contar con una pingüe renta para lo sucesivo: quizás era ése el mayor
atractivo para una muchacha criada en el lujo y ahora sumida en enojosas
privaciones a que le tardaba poner fin.
En suma, aun haciendo lo posible para persuadirse de que sus temores
eran quiméricos y de que su rival encontraría a Beatriz tan inflexible
como se le presentara Pedro a él mismo, no podía éste defenderse contra
las angustias punzantes ni las locas injusticias de los celos.
Casi se sentía inclinado a reprochar el leal comportamiento de Fabrice
ante cuya lealtad veíase obligado a inclinarse, cuando él se hubiera
creído dichoso en poderle arrojar al rostro cualquier sangriento
ultraje.
Era, pues, ¡ay!, con sentimientos vecinos al odio que se alejaba del
amigo de su juventud.
Este, por su lado, guardaba de la conferencia una impresión equívoca y
penosa, porque el lenguaje cortés y la casi impasible fisonomía del
marqués no habían sido parte a disimularle la especie de embarazo y de
frialdad con que aquél acogió su confidencia.
Pedro, después de haber meditado sobre ese capítulo, acabó por
explicarse tal reserva merced a una razón que parecía verosímil: sin
duda hubo al principio de parte de Pierrepont, dados sus antecedentes y
opiniones, disgusto y extrañeza al considerar cómo un nombre de los
humildes orígenes de Jacques se atrevía a poner sus ojos en una joven de
elevada cuna, que era al mismo tiempo casi una parienta del marqués,
porque ya en más de una ocasión, aun en medio de su franca amistad,
había advertido Fabrice cómo tras del amable dilettantismo de Pedro
asomaba en ocasiones una punta de protección aristocrática, cual si su
amigo pretendiese arrogarse con respecto a él el papel de Mecenas. El
artista sonreía, como un sabio y un justo que era, absolviendo esas
debilidades radicadas en la levadura humana, pequeñeces al fin que
excusaba de buena voluntad por cuanto conocía cuan grande y noble fuese,
a pesar de ellas, el alma de su amigo.
En la tarde misma de aquel memorable día de la entrevista, escribió
Fabrice a la señora de Montauron dándole gracias por sus atenciones, y
al día siguiente llegaba a los Genets acompañado de su hija Marcelita.
VIII
MARCELA
Marcela, la hija del pintor, era por estos tiempos una linda niña de
cinco años, que tenía la misma frente serena y seria de su padre,
cautivando, además, por el gentil donaire de su graciosa personita. La
señora de Montauron declaró ex cáthedra que tenía aire de española.
--Y no es extraño--añadía la señora--, porque usted también, Fabrice,
tiene tipo español... ¿Está usted seguro de no serlo?... Recuerdo haber
visto en San Sebastián, hace dos o tres años, un torero que tenía con
usted extraordinario parecido.
--Eso es muy lisonjero para mí, señora, pero crea usted firmemente que
mi único parentesco con aquel diestro, es la común descendencia de Adán.
La sociedad de invitados de los Genets se había, renovado en parte
durante la ausencia del pintor, pero el personal femenino, aunque un
poco más frío por la ausencia de Pierrepont, era siempre numeroso y
brillante.
Las mujeres en general, en su necesidad de conceder tiernas
demostraciones, aprovechan presto la ocasión de otorgarlas a algo o a
alguien; así, pues, Marcela no tardó en atraer sobre su monísima figura
las cariñosas efusiones de que tan pródigo es el sexo bello; únicamente
entre los habitantes del castillo, la señorita de Sardonne mostró hacia
la criatura lejanía e indiferencia, dirigiéndole como al paso breves
palabras, en tono brusco, distraído, casi enojado, sin que tuviera con
el padre durante las reanudadas lecciones de acuarela ni una frase
cariñosa para la niña: el mismo angelito sentía esa especie de
menosprecio, pareciendo tener miedo a la bella desdeñosa. Jacques
ignoraba en absoluto la tremenda prueba por que acababa de pasar la de
Sardonne, prueba cuyas amarguras desgarraban todavía su alma con toda la
crueldad de una pesadilla. Alarmado y herido el pintor en su ternura
paternal, acusó a la huérfana de insensibilidad, de vano orgullo, de
sequedad de alma, preguntándose si sus mismos sentimientos serían jamás
comprendidos por aquel corazón de acero, diciéndose también que, de
continuar persiguiendo su ensueño amoroso, comprometía la dicha de su
hija, ¡el adorado encanto!
En estas incertidumbres transcurrió para él la primera semana después de
su vuelta a los Genets.
Cierta hermosa mañana del fin de septiembre hallábase el pintor sentado
en un banco del parque, aguardando a Beatriz, que aquel día tardaba un
poco en venir a dar su lección; Marcela corría y jugaba delante de él,
y a cada instante interrumpía su juego, llegándose a besar a su padre,
porque este querubín guardaba para Fabrice ternuras de mujer enamorada.
Ella le hacía el nudo de la corbata, ella sacudía el polvo de su traje,
ella le echaba al cuello un pañuelo de seda para preservarlo de la
húmeda brisa. Descubrió la niña, en medio de su incesante ir y venir,
algunas tempranas violetas ocultas entre la yerba, y haciendo un ramito
las colocó en el vestido del artista; después sentóse, y abrazando con
mimo a su padre:
--¿Te encuentras bien, papá?--le preguntaba--: yo me encuentro muy
bien... ¿Verdad que es bonito el campo?
Esta escena íntima tenía desde hacía algunos minutos un mudo testigo; la
señorita de Sardonne había salido del castillo llevando en la mano su
caja de colores, y sin ser advertida habíase aproximado al tierno grupo;
paróse un momento, avanzó de nuevo, y con aquella voz cadenciosa y grave
que estremecía al pintor hasta el fondo del alma:
--¿Se quieren ustedes mucho?--preguntó.
--Somos todo el uno para el otro--replicó Fabrice poniéndose de pie.
Clavó sobre él una mirada inquisitiva, y volviéndose a la niña:
--¿Quieres mucho a tu papá?--le dijo.
La niña, cortada por la presencia de su enemiga, respondió con un
sencillo gesto poniéndose la mano sobre el corazón.
--¡Monísima!... dame un beso... ¿Quieres?
Admirada la niña, acercóse lentamente; entonces Beatriz la tomó en
brazos, la puso de pie sobre el banco y la abrazó contra su pecho
cubriéndola de besos.
Estas caricias apasionadas por parte de una persona tan avara de
expansiones conmovió a Fabrice hasta lo íntimo del corazón, como si esos
cariños hubiesen sido concedidos a él mismo, y todos sus temores, todas
sus ansiedades se desvanecieron al soplo de esos besos. Adivinó todo el
calor de alma que la altiva joven disimulaba por una especie de pudor
bajo sus heladas apariencias, y su pasión, un momento en derrota, lo
ganó de nuevo por entero.
Marcela volvió al castillo y Beatriz se puso a la obra bajo la vista del
maestro.
Acababa de dibujar una especie de chalet, cubierto por una enredadera
que servía de habitaciones al jardinero. Fabrice examinó el diseño, le
hizo una ligera corrección y, devolviéndoselo:
--¡Qué amable ha estado usted con mi hija!--le dijo.
--¡Admira a usted eso!
--No, seguramente... pero...
--Sí, le admira... lo he leído en sus ojos... Sé muy bien que hasta
ahora no había mimado a su hija de usted... Excúseme usted... soy
algunas veces tan distraída... suelo estar tan preocupada... Me decía
usted, señor Fabrice, que eran ustedes todo el uno para el otro... ¿Hace
mucho que esa pobre niña perdió a su madre?
--Poco más de cinco años.
--¿Se casó usted muy joven?
--Sí, muy joven.
--¿Y ese angelito no tiene más parientes que usted?
--Tiene un tío... hermano de su madre.
--Es religioso, ¿no es verdad? ¿En los Oiseaux, me parece?
--No, señorita, en la Asunción d'Auteuil.
--¡Ah! sí, conozco... allí se está muy bien... es un paraíso... Pero,
¡Dios mío! Señor Fabrice, qué mal está mi enredadera... se diría de
estuco... no tiene aire... ¡Decididamente, esto no marcha!... Pierdo la
fe, señor Fabrice.
--No tiene usted razón, señorita... aseguro a usted que ha hecho serios
progresos.
--Sí, pero nunca seré pintora... no tengo talento... ¿no es verdad?
--Perdón--respondió el pintor con su habitual sinceridad un poco ruda--.
Tiene usted un muy cumplido talento de aficionada.
--Sí, pero no es un talento que en rigor pudiera proporcionarme recursos
para vivir.
--Podrá usted conseguirlo... pero para eso habrá que conceder más tiempo
al estudio.
--¡Más tiempo!--murmuró Beatriz.
Y precisamente al decir eso dio dos golpes la campana del castillo.
--¡Me llaman!--exclamó aquélla, guardando con prisa su dibujo en la
caja--. ¡Más tiempo!... ¡Ya ve usted si es fácil!... ¡Ya ve usted cómo
puedo disponer de mis horas!
--¡Su vida de usted no es por cierto dichosa!--añadió Fabrice echando a
la huérfana una mirada de tierna compasión.
--Señor Fabrice--le replicó aquélla bajando la voz y con una energía
extraordinaria--, no importaría nada ser sólo desgraciada... Lo que es
terrible es sentir cómo va una volviéndose perversa.
Y se dirigió casi corriendo hacia el castillo.
Fabrice no tardó en seguirla; una vez en sus habitaciones paseóse largo
tiempo de arriba abajo, torturado por supremas incertidumbres; después
se sentó delante de una mesa, tomó una pluma y escribió la siguiente
carta:
«Señorita:
»Me permito decir a usted por escrito lo que me ha faltado valor
para expresarle de palabra. Mi carta será corta. Respeto a usted
demasiado para dirigirme a usted con frases de una admiración y de
una galantería triviales. El único homenaje que me atrevo a
rendirle, es poner mi destino en sus manos. No puede en adelante
ser dichoso o desgraciado mi porvenir sino en virtud de lo que
usted se digne resolver. ¿Bastará con que le diga que no hay uno
solo de sus méritos, uno solo de sus atractivos, uno solo de sus
sufrimientos de que no me sienta profundamente, perdidamente
penetrado?
»Estimo a usted tanto, señorita, que me parece cometer una
profanación al osar amarla. Pero, en fin, humildemente le ofrezco
lo poco que yo soy. ¿Quiere usted ser la madre de mi hija?... ¿Nos
rechaza a ella y a mí?
»De usted respetuosísimo servidor siempre y en todo caso,--_Jacques
Fabrice_.»
Como el artista, después de haber cerrado la carta reflexionase acerca
del medio más pronto y seguro para hacerla llegar a su destino, vio
desde la ventana de su salón, que precisamente atravesaba Beatriz en
aquellos momentos el patio de honor del castillo. Este patio, muy
grande, se hallaba plantado en parte de césped y de árboles. Hermosos
castaños formaban en un ángulo una especie de bosquecillo provisto de
rústicas sillas. A ese bosquecillo solía venir Beatriz algunos mediodías
a leer a sus anchas, cuando la baronesa la dejaba respirar. El pintor
llamó a su hija que ocupaba una habitación contigua a la suya.
--¡Ven acá, alma mía!--le dijo--. Mira, la señorita Beatriz está allí
sentada debajo de aquel árbol, junto a la capilla... Anda y entrégale
esta carta de mi parte... ¡Anda, hija mía!
Un momento más tarde Fabrice seguía angustiosamente con la vista la
marcha de la niña a través del patio. Al fin desapareció bajo la sombra
espesa de los castaños. Interminables minutos transcurrieron; después
Marcela salió del círculo de sombra y volvió hacia el castillo a cortos
pasos. Fabrice creyó ver que la criatura tornaba con la carta en la
mano; pasóse la suya sobre la frente helada, diciendo:
--¡Dios mío!
Y esperó inmóvil. Marcela entró.
--¡Toma, papá!--le dijo.
Y le devolvió el pliego que tenía en la mano.
Era, en efecto, el sobre de su carta, pero el sobre solo, abierto y
medio desgarrado. En uno de sus ángulos estaba escrita con lápiz esta
única palabra: «Mañana.»
Hubo una pausa.
--¿No te ha dicho nada ella?--le preguntó Jacques a la niña.
--Nada.
--¿Te ha dado un beso?
--No.
Todos los que aman, o los que amaron, se imaginarán fácilmente las
imaginaciones, la fiebre, los súbitos transportes de esperanza, los
repentinos golpes de desaliento que atenazaron el alma de Jacques
Fabrice en las eternas horas que le separaban del mañana. Aquella noche
vio como de ordinario a Beatriz en el salón; pero no pudo sorprender ni
en su fría actitud ni en sus ojos impasibles de esfinge el menor signo
que pudiera ayudarle a descifrar el enigma que encerraba esa palabra:
«Mañana.»
¿Le escribiría ella? ¿le respondería de viva voz cuando viniese, según
costumbre, a tomar su lección de pintura?...
Al día siguiente, mucho antes de la hora habitual, Jacques se hallaba en
el sitio de la cita, ocupando el banco que había escuchado la
conversación de la víspera. Beatriz llegó, respondió a su saludo con un
ligero movimiento de cabeza, sentóse y púsose a preparar sus colores sin
pronunciar una sola palabra; después, haciéndole seña de que se sentara:
--Señor Fabrice--le dijo con voz contenida, dulce y triste--; señor
Fabrice, le estoy reconocida... muy reconocida... pero no debo ni
quiero engañarle... puedo acordarle mi mano... pero temo que mi corazón
desgarrado, marchito, ulcerado por la desgracia, no pueda devolverle
todo lo que el de usted le da... Temo que los sinceros sentimientos de
estimación y simpatía que experimento hacia usted, no respondan sino
imperfectamente a los que tiene a bien consagrarme... Temo también que
este paso que da, no sea para usted una desgracia.
--Señorita, nunca pude esperar encontrar en usted desde el primer
momento la ternura infinita que usted me ha inspirado... No puedo
confiar sino al tiempo, lo sé, a mis cuidados afectuosos, a mi adhesión
apasionada, a su dicha, que la amistad se torne en afecto.
--Señor Fabrice, sólo debemos contar con el presente y debo decir la
verdad... Cuanto al porvenir, todo lo que puedo asegurarle es que pondré
de mi parte lo posible para ser una buena y honrada esposa, una madre
cariñosa de su hija.
Jacques, los ojos húmedos por la emoción, tomó la blanca mano que
Beatriz le tendía e intentó llevarla a sus labios, pero ella la retiró
suavemente:
--¡Cuidado!...--dijo--; si cree que debe darme las gracias, démelas
usted más tarde... Se nos vigila, muy de cerca cuando estamos en este
sitio... y le suplico que no traicione nuestro secreto hasta tanto que
haya puesto en antecedentes a... mi bienhechora--dijo la señorita de
Sardonne con una sonrisa de extraña amargura al pronunciar esta última
palabra.
--Pero, señorita--dijo el pintor--, ¿no es a mí a quien toca hablar
sobre este asunto, con la que usted llama su bienhechora?
--Seguramente, eso será conveniente y aun necesario, pero me parece que
debo prevenirla de antemano. Tengo mis razones.
--¡Dios mío! señorita, sabemos que vamos a encontrar de su lado una
actitud un poco hostil... y, en ese caso, su entrevista va a causarle un
verdadero disgusto... Permítame que se lo evite... o, al menos--añadió
sonriendo--, que sufra yo las primeras descargas... Respeto mucho a la
señora de Montauron, pero no le tengo miedo.
--Ni yo tampoco--afirmó Beatriz--. Si usted me ha visto sufrir con
paciencia las humillaciones de una verdadera domesticidad, cualquiera
que fuesen los motivos de mi resignación, esté usted seguro de que la
bajeza no entraba para nada en ella... Muy mal me conoce usted, señor
Fabrice, si cree...
La joven se interrumpió bruscamente; acababa la campana del castillo de
dar los dos golpes indicadores de que la lectriz debía volver al lado de
la baronesa.
--¡Voy!--dijo levantándose, y un centelleo de fiera brotó de sus
pupilas.
Tendió de nuevo la mano a Fabrice, y se alejó.
El día en que la señora de Montauron impuso a Beatriz el sacrificio
definitivo de su amor hacia Pierrepont, destruyó por el hecho el motivo
único que tenía la huérfana para tolerar la mísera existencia que
arrastraba al lado de la baronesa, y desde ese momento el disculpable
sentimiento de sorda irritación que la joven nutría hacia su dura
protectora habíase cambiado, en esta alma contenida pero ardientemente
apasionada, en verdadero horror. La vista misma de la baronesa había
llegado a hacérsele insoportable; su resolución de abandonarla estaba
definitivamente tomada, y no aguardaba sino el momento de ponerla por
obra; su primera idea fue, como hemos visto, llevar a cabo una especie
de suicidio sepultándose en las austeridades de una de las más severas
órdenes religiosas, y aun volvió, a hablar de nuevo a su amiga la señora
de Aymaret sobre su próxima entrada en el Carmelo, esforzándose
realmente en cifrar en el Cielo un amor para el que ya no quedaba
esperanza alguna en la tierra; pero es menos difícil hacer un sacrificio
que perseverar en él. Así, pues, la pobre joven encontraba en su natural
apego al mundo, en su enérgica y floreciente salud, resistencias que le
hacían muy dolorosa esa renuncia a todo... Y, sin embargo, ¿qué hacer?
¿adónde ir?
La carta con la declaración de Fabrice vino a sorprenderla en medio de
estas indecisiones crueles. Muy admirada, sin embargo, y aun enojada por
el paso que aquél había dado, quiso no obstante dar algunas horas a la
reflexión; más de una secreta repugnancia tuvo que vencer, pero, en fin,
en la extremidad a que se veía reducida, ¿cómo no aceptar ese refugio,
después de todo honroso, que le abría una mano afectuosa y fiel? Para
un náufrago de la existencia como lo era ella, la solución que se le
presentaba era, si no la dicha, al menos la vida, y, sobre todo, el
término cierto, seguro, de su pesada esclavitud.
Además, no ignoraba ella que la noticia de su matrimonio y consiguiente
salida de la casa, era para la baronesa un trance horriblemente
desagradable, y el solo placer de darle ese justificado mal rato venía a
satisfacer la pasión más violenta que existe tal vez en la tierra; el
odio de mujer contra mujer.
La señora de Montauron acababa de dormir pacíficamente su siesta en su
gabinete contiguo al salón, y como digería con dificultad, su sueño era
premioso, por cuya razón despertaba siempre de terrible mal humor. Así,
pues, apenas vio entrar a Beatriz:
--¡Me parece, amiguita--le dijo--, que prolongas mucho tus lecciones con
el señor Fabrice!... He tenido tiempo de leer casi la mitad de mi
diario... me están llorando los ojos... ¡Vaya! ¡toma! estaba en la
gacetilla... pero no, prefiero el folletín... veamos qué sucede al cabo
a esa divertida duquesa... a quien el autor hace hablar como a una
lavandera... ¡Bueno! ¡Vayamos, lee! ¡Principia!
--Perdón, señora--replicó la joven con extremada cortesía--; ¿podría
decir a usted antes cuatro palabras?
La baronesa la vio vagamente inquieta.
--¿Qué deseas?--le replicó con acritud.
--Señora, ¿me permite usted que le recuerde la conversación que tuvimos
en secreto en su habitación de usted hace quince días? Usted tuvo a bien
decirme que si alguna vez cualquier caballero, un hombre de corazón, me
pidiese en matrimonio, no solamente no tendría que temer ninguna
dificultad por parte de usted, sino que hasta podía contar con su más
sincero concurso... Tales palabras, señora, son demasiado preciosas para
que yo haya podido olvidarlas... ¿Tiene usted, tal vez, señora, la
bondad de recordarlas?
A pesar de no ser la baronesa persona que con facilidad se
desconcertase, esta vez quedó descorazonada al oír semejante exordio, y
fue casi balbuceando que respondió a Beatriz:
--Pero, ¡es posible!... Sí, pude decir algo de lo que me indicas... pero
con ciertas reservas...
--Es cierto, señora, estableció usted ciertas reservas. Puso usted a su
bondadoso concurso dos condiciones: la primera fue que su sobrino de
usted sería excluido del número de aquellos entre los cuales podía yo
escoger marido... la he respetado; fue la segunda que no me decidiría en
favor de nadie sin prevenir antes a usted... es lo que ahora efectúo.
--¡Bien! escucho.
--Señora--prosiguió la señorita de Sardonne con el mismo tono de
correcta urbanidad--; la circunstancia que usted tuvo a bien prever y
desear con respecto a mí, se presenta hoy.
--¡Ah!
--Y vengo a rogarle que acoja con benevolencia la súplica que... para
honor mío, no tardará en presentarle el señor Jacques Fabrice.
--¿Te pide en matrimonio Fabrice?
--Sí, señora.
--Me parece que debiera haber empezado por dirigirse a mí... Eso es la
educación rudimentaria.
--Así lo hubiera hecho, señora, pero ha juzgado inútil proporcionar a
usted esa molestia sin conocer antes mis sentimientos personales...;
que, después de todo, era lo que más le importaba.
--¿Y te satisface ese casamiento?
--Sí, señora; el señor Fabrice es una honrada persona y un hombre de
talento cuyo nombre me sentiré orgullosa de llevar.
--Supongo que no ignoras a quién sucedes como esposa... su primera mujer
fue una lavandera.
--Perdón, señora, era florista.
--¡Es lo mismo!... ¡en bonita sociedad te vas a meter!
--Me encontraré contenta en ella si soy tratada con consideraciones.
--¿De modo que me dejas plantada, así, sin más ni más, olvidando todo lo
que he hecho por ti, desde el momento que te recogí como si fueses mi
hija?
--Esté usted segura, señora, de que no olvido un momento ninguna de las
singulares bondades que a usted debo desde el momento que tuvo a bien
tomarme a su servicio.
Para que nada faltase a la baronesa, tenía el don de hacerse cargo
rápidamente de los menores matices de lenguaje; de ahí que no le pasaran
por alto ni una sola de las impertinencias corteses ni de las vengadoras
ironías de que la venía haciendo blanco su lectriz. Sucedió en
consecuencia, que al oír aquella última y sangrienta réplica, la de
Montauron se levantó vivamente de su asiento, y si hubiese podido
disponer de los rayos celestes, habría sido muy verosímil que la
señorita de Sardonne no hubiese podido repetir el cuento. A falta de
otro expediente, verdad es que podía despedirla de su casa cubierta de
ignominia, y lo pensó, pero la reflexión no tardó en mostrarle los mil
peligros que traería un escándalo. Las malas lenguas la acusarían de
oponerse al puro egoísmo de un casamiento, por otra parte muy razonable
para la huérfana, que era al mismo tiempo su protegida; de manera que la
baronesa resolvió callarse y tener paciencia; puesto que de cualquier
modo que fuese, la lectriz escapaba a sus garras, valía más, pues, por
sensible que le fuese perderla, tomar su partido y darse siquiera el
mérito, cubriendo las apariencias, de haber sido generosa hasta el
fin... ¡Bueno! después de todo, ese estúpido matrimonio tenía su lado
conveniente, puesto que libraba a la señora de Montauron _per omnia
sæcecula_ del terror de ver a su sobrino casado con esa muchacha en la
ruina.
En virtud de estas diversas consideraciones, la belicosa conferencia
entre la baronesa y la lectriz iba a tomar un sesgo bastante
imprevisto, aunque perfectamente femenino. La señora de Montauron, que
había dado muy agitada varios paseos por el gabinete aspirando su pomito
de sales, posó la mano sobre el hombro de Beatriz, diciéndole:
--Querida niña, supongo que no te habrá sorprendido que mi primer ímpetu
al saber que me dejas haya sido de mal humor... Porque yo siento mucho
tu ida, aunque a ti mi contrariedad te tenga sin cuidado... ¡Vamos, hija
mía, dame un beso!
La señorita de Sardonne pasó por este sacrificio, y al abrazarla, la
baronesa, cuyo sistema nervioso venía estando en insoportable tensión,
rompió en llanto; fue para ella un alivio.
--¿Sabes--preguntó a Beatriz a través de sus sollozos--cuánto gana por
año?
--No le he preguntado, señora.
--Estos pintores, cuando llegan a adquirir fama, ganan lo que quieren...
Serás rica, hija mía... ¡Esa es la verdad!
--¿Puedo decir al señor Fabrice que tiene usted a bien recibirlo?
--Sin duda.... a mi hora acostumbrada... pero es preciso que antes de
casarse termine mi retrato... Dile que venga dentro de media hora.
Beatriz le presentó de nuevo sus mejillas y se retiró. Pronto encontró a
Fabrice en el parque, haciéndole un breve resumen de su entrevista con
la baronesa.
--Ya ve usted cómo la cosa ha pasado sin mayores inconvenientes y que la
señora no me ha maltratado mucho.
--Es que sabía que estaba usted sólidamente apoyada por
retaguardia--respondió el pintor riéndose--. Yo estoy obligado a
guardarle más consideraciones, eso lo sabe ella muy bien, y temo que la
tempestad que no ha hecho más que asomar para usted, estalle sobre mí.
--Debe, a no dudarlo, aguardar algunas impertinencias... pero, si en
algo me estima usted, súfralas con resignación, a fin de no echar a
perder las cosas, que no van saliendo del todo mal.
--Se lo prometo a usted, y aun desearía que la prueba fuese dura, puesto
que por usted voy a soportarla.
--Muchas gracias... pero usted comprenderá que deseo, a ser posible,
salir de esta casa sin escándalo.
Prolongóse aún un poco de tiempo la conversación entre ellos, y mientras
paseaban por la avenida central del parque, Beatriz daba al artista
algunos antecedentes sobre la persona de su tutor, a quien se proponía
escribir en seguida y cuyo consentimiento no era dudoso; y habiendo
llegado en esto la hora de sesión, para el retrato de la señora, Fabrice
volvió al castillo, encontrándose momentos después cara a cara con
aquélla.
La señora de Montauron ocupaba ya su sitial en el centro de la sala.
--Señora baronesa--comenzó el pintor--, la señorita Beatriz me ha dicho
que tenía usted a bien aprobar la unión que tengo la audacia extremada
de ambicionar... Mil gracias le doy a usted por mi parte, señora, con
tanto mayor motivo cuanto que usted se priva en mi obsequio de una
compañía, de una intimidad de quien nadie mejor que yo conoce el precio.
--¡Dios mío! ¿Qué quiere usted, señor Fabrice? Lo que hace la dicha de
los unos constituye la desgracia de los otros... ¡Esa es la vida!...
Siéntese usted. Hablaremos del particular mientras usted trabaja, puesto
que eso no le molesta.
Fabrice se inclinó, instaló el caballete, tomó la paleta y se puso a
pintar.
--Creo que necesitaremos dos sesiones todavía.
--¡En fin!--dijo la baronesa. Callóse un momento, y a poco empezó de
nuevo--. ¡Bueno!... volviendo a nuestro casamiento, mi querido señor
Fabrice, va usted a casarse con una persona de la que me veo obligada a
hacer las mejores ausencias... Su conducta y comportamiento desde que
está a mi lado han sido positivamente ejemplares, como habrá podido
juzgar por usted mismo... Beatriz posee cualidades mil que yo aprecio
infinito... y, a pesar de eso, si me hubiera usted hecho el honor de
consultarme antes de ofrecerle su mano, quizás me habría visto obligada
en conciencia a quitar a usted su idea de la cabeza.
--¿Puedo saber por qué, señora baronesa?
--¡Dios mío! porque el día que se case usted con ella esas mismas
cualidades, algunas por lo menos, pueden convertirse en defectos... No
soy yo por cierto la que le reprocharé el sentirse orgullosa de su
nacimiento y de poner muy alto la estima de su nombre y de su propia
persona... pero aun a mis ojos, muy indulgentes por cierto en esos
particulares, la señorita de Sardonne exagera sus méritos... Tiene, y
quede esto entre nosotros, más soberbia que Lucifer... Usted mismo lo va
a experimentar si Dios no lo remedia, mucho me lo temo, mi querido
señor... No voy hasta decir que menospreciará a su marido, que a nadie
puede inspirar tal sentimiento, ¡no, señor!... pero una alianza como la
que ella concierta, tan completamente honrosa por otra parte, está en
demasiado abierta contradicción con las tradiciones, con las costumbres
de su familia, y de nuestra sociedad, como para que la señorita de
Sardonne no deje de sufrir, más o menos, en su fuero interno... ¡Ay!
querido señor, sé tan bien como usted que bajo el punto de vista de la
sana razón, todo eso es perfectamente absurdo... pero permítame que le
diga que conozco mejor que usted las ideas que a ese respecto reinan en
nuestro medio social... Muy poco han cambiado, créame usted, esos
sentimientos desde la época de Luis XIV y de Saint-Simon... ¡Perdone
usted! sé lo que va usted a decirme... ¡Va usted a hablarme de la
revolución!... ¡Jesús! ciertamente ha habido la revolución... pero si la
revolución ha podido arrebatarnos nuestros privilegios y aun nuestras
cabezas, no ha podido quitarnos los beneficios de eso que ustedes
llaman, si no estoy equivocada, atavismo... es decir, en viejo francés,
la excelencia de una sangre que se ha destilado y refinado en nuestras
venas de generación en generación por espacio de quinientos o
seiscientos años... Y... esa sangre se revela a pesar nuestro, mi
querido maestro, cuando se la mezcla con otra... más joven... más
pura... ¡Dios mío! no digo lo contrario, pero que, en fin, ni es de la
misma esencia ni del mismo color... Por consecuencia, no es el uso hoy,
pese a la revolución, que una señorita de la nobleza se case con un
industrial... un sabio... un escritor... un artista, sean cualesquiera
sus méritos... Algunas veces, suelen verse señoras tituladas casarse con
poetas o con artistas... pero ésas son princesas extranjeras... En
Francia la cosa no tiene casi precedentes... Y no vaya usted a creer, mi
querido señor Fabrice, que en tales procederes haya nada de depresivo
para aquellos que son objeto de él... a nadie en el mundo le gustan más
que a nosotros los escritores, los poetas y los artistas... Hacemos de
ellos con el mayor gusto el ornamento de nuestras mesas, el interés y el
atractivo de nuestros salones... pero no nos casamos con ellos...
¡Excúseme usted! va usted a decirme que somos menos difíciles en lo que
se refiere a alianzas de nuestros hijos y que los casamos con señoritas
más o menos bien nacidas con tal que sean ricas. A eso le responderé, en
primer lugar, que no es en lo que mejor nos portamos, y, en segundo,
que, según nuestras ideas, el varón ennoblece, principio, fíjese bien,
que reposa sobre una acertada concepción de la naturaleza humana, porque
hay en la mujer una delicadeza de instinto, una flexibilidad, una
facilidad de asimilación, una plasticidad, por decirlo así... si me
expreso mal, mi caro señor, repréndame usted sin embarazo... hay, decía,
cualidades de flexibilidad que la hacen plegarse con prontitud a todas
las condiciones de la vida social... Se podrá hacer una muy pasable
duquesita de la hija de un cualquiera, pero, de ese mismo cualquiera no
se hará nunca nada... Usted comprenderá fácilmente, mi caro maestro, que
la palabra _cualquiera_ significa en mi boca un hombre de dinero, no un
hombre de talento... Estos tienen, por el contrario, algo de femenino en
su naturaleza, que los pone al par casi casi con las mujeres más
delicadas, más impresionables. Porque, no lo olvide, señor Fabrice, y
ahora más que nunca habla a usted su leal amiga, no olvide que en
nuestras largas sucesiones y selecciones de familia, no es únicamente la
sangre la que se refina, como le decía hace un momento... es también la
educación, el gusto, el tacto social... todos los sentidos, en fin,
todas las facultades... De ahí esa superior distinción que le encanta en
la señorita de Sardonne y que será para usted, por cierto, un grande
encanto y un grande peligro... porque una complexión tan perfecta y tan
exquisita, por decirlo así, se siente herida por una nada, se rebela por
sólo un detalle... Créame, señor Fabrice, preste suma atención a estas
nimiedades... Hay matices que parecen insignificantes, matices en los
cuales usted ni siquiera se fija y que pueden parecer verdaderas
monstruosidades a la señorita de Sardonne... Vaya un ejemplo... una
bagatela... Usted me llama, a todo propósito, cuando me habla, _señora
baronesa_... pues bien, esté seguro que esto crispa, los nervios de su
futura esposa... porque es completamente incorrecto emplear esas dos
denominaciones... o _señora_ simplemente, o _baronesa_ a secas...
_señora baronesa_ queda reservado o para el teatro o para la cocina... Y
como ésta, mi buen señor, hay una infinidad de pequeñeces que pueden ser
verdaderos escollos en su hogar de ustedes y acerca de los cuales le
pondría en guardia si no temiera fatigarle.
--Si usted misma no lo está, señora, podría usted continuar--respondió
con frialdad el pintor.
Pero a pesar de esta insinuación, la señora de Montauron no prosiguió,
porque aunque Fabrice había conservado su sangre fría, comprendió la
señora, considerada la palidez mortal que cubría el rostro del artista,
que hubiera sido impertinente por demás avanzar aún en aquella senda, y
la verdad es que más de una vez había tenido que invocar la imagen de
Beatriz para no poner punto final a semejante inoportuno sermón, rayando
con un trazo de pincel el retrato de su insolente modelo. Cuando un poco
más tarde dio cuenta a la señorita de Sardonne de tan penosa entrevista,
parecióle prudente no entrar en detalles y se contentó con decirle
simplemente «que no parecía sino que la baronesa había puesto particular
empeño en mostrarse desagradable en cuanto a la forma; pero en cuanto al
fondo se ha limitado a hacerme comprender que yo era indigno de usted.
Hemos concluído por estar de acuerdo, porque ésa es, en suma, mi
opinión».
Sin embargo, la baronesa consiguió ampliamente obtener el fin que se
propusiera: había hecho como esos insectos cuya picadura imperceptible,
sin ser precisamente mortal al pronto, deja en el organismo una
perturbación tan profunda como quizás incurable.
No fue en verdad, sin algún embarazo y aún con ligera angustia, que
Beatriz fue al día siguiente a casa de la vizcondesa de Aymaret, a quien
deseaba comunicar de viva voz su formal compromiso con Fabrice. Pero la
señora de Aymaret no pareció ni admirada ni enojada, porque desde el día
que vio cómo Beatriz rechazara las proposiciones de Pierrepont, quedó
convencida, por el lenguaje un tanto equívoco y las semi-confidencias de
su amiga, de que ella tenía algún oculto amor, y a fuerza de reflexionar
vino a dar en la flor de que entre todos los huéspedes de los Genets
únicamente Jacques Fabrice, gracias a su talento y a su renombre, podía
justificar la pasión de que Beatriz parecía dominada. Las sospechas de
la vizcondesa adquirían aún mayor cuerpo por esa intimidad que las
lecciones de pintura habían establecido entre el artista y su amiga,
acabando por creer la señora de Aymaret que la joven renunciara al
convento desde el momento que se convenció de que su amor era
correspondido por su parte, y, considerándose la señorita de Sardonne
por demás afortunada en verse relevada de entrar en mayores
explicaciones, dejó que su amiga perseverara en tales conjeturas.
En el curso de su recíproca conversación sugirió la vizcondesa a Beatriz
una idea que ésta no titubeó en aceptar, y que le fue fácil imponer a
Fabrice. Como se había hecho difícil para los futuros esposos la
residencia en los Genets, dada la actitud asumida por la señora de
Montauron, decidieron aquéllos que Beatriz tomaría pretexto de las
atenciones a que la obligaba su próxima instalación para irse a París en
la entrante semana, conviniendo en que residiría hasta la época de sus
próximas nupcias en el convento de Auteuil, donde Marcelita se hallaba
en pensión; y como la baronesa estudiaba por su parte el medio de verse
libre de los gastos y molestias que siempre acarrean unas bodas,
prestóse del mejor grado a los deseos de su ex lectriz.
Pocos días después de los sucesos que hemos relatado, el conde de
Villerieux, tutor de la huérfana, vino a buscarla a los Genets a fin de
acompañarla a París, en cuya ciudad se encontraba ya Fabrice con su
hija; y no necesitaremos decir que la despedida de la señora de
Montauron y Beatriz no fue cosa que llamase la atención por su
cordialidad.
Nada diremos por el pronto del efecto que causaron en el ánimo de
Pierrepont las noticias que de Francia llegaban acerca de los
acontecimientos que venimos narrando. Basta saber que las triviales
cartas cambiadas entre los dos amigos a propósito del ya inmediato
matrimonio, carecieron por completo de interés; la de Jacques fueron
cuatro renglones a modo de simple notificación; la del marqués era, sea
dicho en justicia, aunque breve, amistosa. Decía Pedro a su amigo que,
por mala fortuna, habíase comprometido con su amigo lord S*** para dar
con él una vuelta en su yacht por el Mediterráneo; pero que, sin
embargo, contaba con estar de vuelta en tiempo oportuno para asistir a
la ceremonia nupcial, encargándole al propio tiempo que transmitiera sus
respetuosos parabienes a la señorita de Sardonne. Casi en los mismos
días que esta carta, llegaba de Londres un rico brazalete dirigido a la
hermosa desposada.
IX
GUSTAVO CALVAT
Cuatro meses han transcurrido. Nos encontramos ahora en París, bulevar
Malesherbes, en casa de la madre de Mariana de La Treillade, o, mejor
dicho, de Mariana misma, quien tiene sus amiguitas personales a quienes
recibe con entera independencia para _charlar_, según vocablo de su
predilecta devoción. Y, en efecto, charla en esos propios instantes a
más y mejor en amor y compañía de su inolvidable institutriz miss Eva
Brown, de la gentil millonaria norteamericana miss Ketty Nicholson, de
petrolesco olor, según detenidas observaciones de Pierrepont, sin que
falte en el arcangélico coro aquella por siempre famosísima señorita de
Chalvin, que se encabritaba como un caballito resabiado, según confesión
de su misma interesante mamá, cuando en algo se le contrariaba. Estas
señoritas, que se habían hecho amigas en los Genets, vuelven a
encontrarse en París con recíproco placer de todas. Todas son elegantes,
todas son bonitas, todas son muy blancas, la institutriz de marras
inclusive, que, además de muy blanca, es muy sonrosada, ¡una manzanita!
¡Pero aventaja a todas también ese diablillo de Mariana! ¡Mariana! de
puro rostro oval, mate blancura, grandes ojos en que voltejea la ironía
y pequeños dientes de roedor.
Mariana se encontraba ya en París cuando el matrimonio de Beatriz, e
historiaba a sus adorables amiguitas aquella ceremonia. Efectuóse en la
iglesia de Passy, y Beatriz había querido que fuera muy sencilla a causa
de su luto y de las pasadas desgracias de familia: además, hubo poca
gente a causa de la estación, mediado de octubre, en que todo el mundo
elegante está aún fuera de la gran ciudad. Sin embargo, Mariana había
notado que entre los concurrentes había mucho cursi y conjeturaba
magnánimemente que debían ser parientes del desposado... La señora de
Montauron pretextó una violenta crisis reumática y tuvo a bien quedarse
en su casa... enviando a los novios como regalo una docena de cubiertos
de plata... ¡qué ruindad!... ¡y siendo tan rica!... El marqués de
Pierrepont tampoco estuvo en la fiesta; se limitó a enviar un telegrama
desde Malta, y su ausencia había llamado la atención, puesto que era el
amigo predilecto de Fabrice... pero sin duda había temido que la
desposada diera un espectáculo arrojándose a su cuello delante de la
concurrencia... ¡Era tan tonto ese Pierrepont!... Estaba tan pagado de
su persona y méritos, que se creía, el muy necio, que todas las mujeres
estaban locas por él... A Marianita lo que más le chocaba en el mundo
era un fatuo... Miss Eva y la señorita de Chalvin estaban de acuerdo...
Únicamente miss Nicholson, aunque americana, tímida, _¡rara avis!_, tomó
mansamente la defensa del marqués... Mariana se enfadó... Era Pedro un
hombre que ella no había podido soportar... Además lo aborrecía desde
que con su charla había comprometido tan terriblemente a su prima la de
Aymaret... verdad que a ésta no le importaba; muy al contrario, tenía
como una especie de empeño en hacer ver que era amante de él... ¡Ya se
ve, como es tan guapo!... ¡y tan caballero!... Y si no, aquí entre
nosotras, añadía Marianita, ¿no ha hecho todo lo posible por comprometer
también a la señorita de Sardonne antes de que se casara con el señor
Fabrice que, por cierto, me parece un buen hombre...? ¿Y saben ustedes
que ha montado bien su casa, calle Prony?... Elisa, precisamente la
prima de Aymaret es quien lo ha dirigido todo... Fabrice quería hacer
verdaderas locuras... me ha dicho que ella ha tenido que contenerlo...
Francamente, no es rico... no tiene más que lo que gana con su
trabajo... Verdad es que vende muy caros sus cuadros... ¡Y quisiera yo
saber lo que le ha llevado a la baronesa por su retrato!... ¡También es
cierto que yo en su lugar hubiera saldado la cuenta de lo lindo!...
¡Miren ustedes con una docena de cubiertos!
--¿Y el marqués de Pierrepont está siempre en Malta?--preguntó miss
Nicholson.
--No, ahora creo que está, en Gythere.
--¿En Gythere?
--Sí, al menos yo lo he visto anoche en el teatro con una _ella_ que
tenía el tipo de aquel país.
--Pero, ¿es un calavera?--interrogó otra vez miss Nicholson poniéndose
colorada.
--No... está de mal humor... ¡aburrido!--respondió Mariana.
Los informes de la señorita de La Treillade sobre la boda de Fabrice,
aunque tan maliciosos en la forma, eran bastante exactos en cuanto al
fondo, y nos dispensan de entrar en más detalles acerca del particular.
También era exacto que el marqués de Pierrepont estaba de regreso en
Francia hacía algunas semanas, pero no hizo más que pasar a uña de
caballo por París, para presentarse en los Genets a su tía,
impacientísima ya por su larga ausencia. Pocas fechas corrían desde que
la señora de Montauron se había reinstalado en París y en su hotel de la
calle Varennes, ocupando el sobrino su antiguo elegante entresuelo del
bulevar Malesherbes, mansión no lejana del palacete en que respiraba
Mariana de La Treillade.
La primera visita de Pedro fue para la señora de Aymaret, qué también
habitaba por aquellas cercanías, parque Monceau: había prevenido de
antemano a la vizcondesa, quien lo esperaba con cierta desazón, porque
durante la ausencia del marqués, ni éste le había escrito ni ella se
atrevió tampoco a hacerlo, no pudiendo olvidar que ella fue quien lo
alentó en sus desdichados propósitos acerca de la señorita de Sardonne,
que ella había sido su oficiosa mensajera para con aquella joven, que
ella contribuyó en no escasa parte a la humillación que Pedro soportara,
humillación que venía a hacer más punzante el efectuado enlace de
Beatriz con Fabrice; por todas estas razones temió una escena de
despecho, quizás de cólera y reproches, pero, por ventura de la
interesante dama, su temor se hubo de disipar, por cuanto el marqués se
presentó ante ella un poco pálido, es verdad, pero tranquilo, cortés y
aun sonriente. Después de haber respondido casi alegremente a las
preguntas sobre su viaje se dirigió a la vizcondesa:
--Querida amiga mía--le dijo--, aún voy a abusar otra vez de su
amistad... Tengo que pedirle un consejo.
--No sé cómo después de lo pasado, es usted todavía tan magnánimo como
para tomarme por consejera--replicó aquélla con tristeza.
--Siempre tendré un honor en que sea usted mi confidente... no sé qué
línea de conducta debo seguir con Fabrice... No es para usted un secreto
la estrecha amistad que nos unía de años atrás... Carezco de motivos
fundados para romper mis relaciones con él... pero antes de ir a verlo
quisiera cerciorarme de si mi presencia en su casa no sería un mal rato
para él, para su mujer y para mí... En una palabra, ¿supone usted que la
señorita de Sardonne, mejor dicho, la señora Fabrice... haya puesto en
antecedentes a su marido acerca de los sentimientos que su mujer me
inspiró en el pasado, y de las pretensiones que a la mano de aquélla
abrigué?... Usted comprende que si es así...
--Excúseme usted si le interrumpo--exclamó la vizcondesa--, pero puedo
dar a usted garantías a este respecto... Ayer mismo he visto a Beatriz,
y como la conversación recayese sobre su regreso de usted, me dijo
aquélla que, después de haber pensado mucho, había resuelto no hacer
jamás aquella confidencia a su marido, porque consideraba que eso sería,
de una parte, turbar gratuitamente su reposo, y, por la otra, faltar a
la delicadeza por lo que a usted se refiere.
--Entonces, ¿cree usted que puedo presentarme en casa de ellos sin
inconvenientes?
--Sin duda, y aun creo que los inconvenientes estarían en no hacerlo
así, porque Fabrice no se podría explicar su abstención, buscaría la
causa y caería en sospechas del cuál fuese ella, lo que para nadie sería
una ventaja. Le aconsejo, pues, que poco a poco corte usted relaciones
que por fuerza no le han de ser gratas, pero sin romperlas bruscamente.
--Tiene usted razón... Iré... Es más, voy a ir en saliendo de aquí...
¿cree usted que los encontraré en casa?... ¿La señora de Fabrice ha
fijado un día de recibo?
--Sí, los lunes... hoy es martes... pero tiene usted seguridad de
encontrar siempre a Fabrice en su taller... y probablemente también a su
mujer, porque me parece que aquél está haciendo su retrato.
--¡Ah! ¡eso me interesará!
Habló Pedro en seguida de bailes, de teatros, y a poco se despidió de la
señora de Aymaret. Al darle la mano le dijo ésta conmovida:
--¡Muy contenta de verle tan prudente!
--¡Señora, los viajes son un gran calmante!--contestó riendo, y partió.
Al cumplimentarlo la vizcondesa por su prudencia esperó provocar una
expansión confidencial que mucho ansiaba, porque después de haber temido
por parte de este enamorado con tanta crueldad desahuciado violentos
transportes de enojos, creyó descubrir en sus claras intuiciones de
mujer que, bajo aquella tranquilidad seca y fría, se ocultaba algo
terriblemente alarmante, porque si esta indiferencia de Pierrepont era
sincera, acusaba una ligera y casi despreciativa inconstancia que el
bello sexo no admite en estos asuntos de corazón; pero con el íntimo
conocimiento que del carácter del marqués poseía, temía más bien que
esas apariencias glaciales encubriesen una de esas heridas tanto más
terribles cuanto que no están sino cerradas en falso.
Diez minutos después Pedro entraba en casa de Fabrice; por la indicación
de un criado subió directamente al taller del pintor con la antigua
confianza de los pasados tiempos: llamó ligeramente, y alzando una
cortina encontróse cara a cara con Beatriz, cuyos labios se
entreabrieron para lanzar un grito apenas contenido merced a un duro
esfuerzo; estaba sentada a pocos pasos del caballete de Fabrice, con un
libro en una mano y acariciaba con la otra la suelta cabellera de
Marcela, arrodillada a sus pies. En medio de aquella grande estancia
sobriamente decorada tenía lugar una de esas escenas íntimas que
admiramos en los viejos cuadros de los maestros flamencos donde las
nobles alegrías del trabajo parecen aliarse con las más dulces ideas de
dicha y de paz.
Jacques prorrumpió en una exclamación de alegría, corriendo hacia Pedro,
a quien la cordial acogida del pintor certificó en seguida de la
discreción de Beatriz. Gracias a la narrada circunstancia pudo el
marqués cumplimentar con más libre espíritu a los recién casados,
haciéndoles mil elogios de su instalación y excusándose de no haber
podido asistir a sus bodas, retenido en Malta por una grave
indisposición de su amigo lord S***. La mano de Beatriz posada sobre la
cabeza de Marcela abríase y cerrábase convulsivamente, haciendo
centellear al vario movimiento las piedras de sus sortijas, y éste fue
el único signo de emoción que diera la hermosa desposada. Dio ésta las
gracias a Pedro por el brazalete enviado de Londres, prenda que
encontraba del mejor gusto, informándose después del sincero interés ¡la
noble criatura! de la salud de la señora de Montauron y respondiéndole
su sobrino que continuaba tan lozana como en sus mejores tiempos. Parece
ocioso añadir que nadie creyó esto, ni aun el que lo afirmaba; pero,
como a todos les tenía sin cuidado la baronesa, no se insistió sobre ese
punto, y así, el marqués, después de prodigar sus alabanzas al esbozado
retrato, que en efecto prometía ser una obra maestra, se despidió de
los recién casados.
Y se retiró llevando impreso a fuego en su imaginación el cuadro de este
interior honrado y venturoso, que es la idea perdurable de los hastiados
vividores de su edad, hogar que él mismo había soñado con tan sincero
ardor.
¡Ay! ¡qué engañosas son con frecuencia esas escenas de aparente dicha!
¡Cuántas veces al penetrar en la intimidad de un salón de familia,
cuántas veces al pasar delante de la verja de alguna riente quinta,
bañada por el sol, rebosando de flores, alegrada por la argentina risa
de los niños, hemos dicho: ¡he aquí la dicha!... ¡Y cuántas veces nos
hemos engañado!
Tal cual la vio, oyó y admiró Fabrice por la primera vez en el blanco
salón de la baronesa, con su belleza de Musa y su voz grave y melodiosa,
tal está Beatriz delante de él en estos momentos... Y Beatriz es su
mujer: tiene allí, además, bajo su vista, cerca del corazón, su hija y
su arte, es decir, todo cuanto ama en el mundo... y no es dichoso... Las
venenosas insinuaciones de la señora de Montauron voltejean traidoras,
implacables por su cabeza. Le parece advertir en los procederes de
Beatriz hacia él algo así como una especie de tristeza resignada, una
carencia de amante abandonado, cierta frialdad un tanto desdeñosa que
parecen justificar las pérfidas profecías de la baronesa. Aunque aquella
hermosa estatua le pertenezca, siente que no es suya, que hay en ella
algo que se rebela, un fondo de ternura apasionada que no se entrega,
que se guarda como en reserva. Y como le es imposible sospechar siquiera
que en el corazón de su mujer tiene un rival, se culpa a sí mismo, y un
poco también a lo que le rodea. Experimenta una inquietud indefinible,
se vigila con penosa desconfianza a sí mismo; teme que haya en su
lenguaje, en sus maneras, en sus hábitos personales algunas torpezas
involuntarias que hieran los instintos delicados, los refinados gustos,
la superior cultura de su aristocrática consorte, y al mismo tiempo
tiembla por el vejamen que para ella puede ser el contacto con ciertas
relaciones un poco vulgares que el oficio y el compañerismo imponen al
artista.
Por desgracia, las aprensiones que asaltan a Fabrice no se hallan
distantes de la certeza; aunque lo haya aceptado únicamente por
desesperación, Beatriz ha entrado en casa del pintor como mujer honrada,
con la más sincera resolución de sofocar todo sentimiento en
contradicción con sus nuevos deberes, y decidida firmemente a
identificarse con su marido; pero aunque estime sus talentos, hay en el
arte del pintor algo de manual, un no sabía qué de mercantil que chocaba
a esta altiva patricia. Nota también ella y nota con dolor, casi con
ira, en los pequeños detalles de la vida común, ligeros solecismos de
buen gusto, pecados veniales de ignorancia, faltas de menor cuantía
contra ciertos principios, que denuncian en el pobre grande hombre las
explicables lagunas de su educación primera, y las mujeres del temple y
clase de Beatriz perdonan con más facilidad un vicio, tal vez un
crimen, que una incorrección.
Conociendo Fabrice la pasión de su mujer por los ejercicios del sport,
quiso que ella volviese a montar a caballo y aun él mismo se había dado
a la equitación hacía dos o tres meses, acompañando frecuentemente a su
mujer en sus paseos matutinos al _Bosque_. Jacques era un jinete
atrevido y sólido, pero montaba mal, sin escuela y sin elegancia: su
mujer se sentía avergonzada, y buscaba las más de las veces un pretexto
cualquiera para no acompañarlo, prefiriendo privarse de su placer
favorito antes que ver sonreírse al pasar su marido, a los correctos
jinetes de la avenida de las _Acacias_.
Había más todavía: contábanse entre los íntimos del taller de Fabrice,
cual acontece en todos aquellos, algunos aficionados y compañeros de
juventud del pintor, formando más o menos en las filas del arte y de la
literatura, cuyo tono y manera disgustaban extremadamente a Beatriz y
era en vano que el artista pretextase su apremiante trabajo, era en vano
que se esforzara en desalentar a estos parásitos contertulios, con
especial a aquellos que se distinguían por sus procederes y maneras de
bohemios. Contábase en el número de estos últimos, uno que, para
desgracia de Jacques, se creía éste en el deber de tolerar; llamábase el
tal Gustavo Calvat, era hermano de la primera mujer de Fabrice y, por
consecuencia, tío de Marcelita; sus relaciones con el pintor remontaban
a la época, ya lejana, en que los dos fueron discípulos de idéntico
maestro en el mismo taller. El punto de partida era, pues, común, pero
mientras Fabrice, por el no interrumpido esfuerzo y constante y austero
trabajo, llegara poco a poco al ápice de su arte, Gustavo Calvat
embotaba sus aptitudes y perdía lastimosamente el tiempo en palabras,
proyectos, teorías, críticas trascendentales y elucubraciones estéticas
que le conquistaban la admiración del bulevar de las Batignolles...
«Tú hablas mucho y dibujas poco», le decía sobriamente Jacques.
Calvat se llevó mucho tiempo buscando qué género de pintura podría
convenir mejor a su siglo y a su talento, creyendo varias veces haberlo
al fin encontrado. Durante un viaje por Italia, que hizo a costa de
Fabrice, se había decidido con ardor por los pintores primitivos, y
volvió no hablando sino de Duccio, Cimabue, Giotto, Tadeo Gaddi, el
Massaccio y el Perugino, entonando himnos interminables a los mosaicos
de San Miniato y a la simplicidad hierática de los bizantinos. «En esas
fuentes frescas y puras era, según él decía con churrigueresca
verbosidad, en donde debían vigorizarse las anémicas artes del siglo
XIX. Él, personalmente, se hacía el apóstol y el precursor de un nuevo
Renacimiento... porque él, Calvat, había penetrado por manera
indestructible, la inspiración y los procedimientos de esos inimitables
patriarcas de lo bello... ¿Y cuáles eran esos procedimientos?... La
sinceridad... el candor... la fe... El artista debía principiar por
borrar de un rasgo la historia del mundo, a contar del año 1400...
olvidar redondamente que ha habido un Lutero, un Voltaire, que se ha
tomado la Bastilla... era preciso no acordarse del 89... etcétera,
etcétera... cerrar los ojos, recogerse en sí mismo... arrodillarse en
espíritu en medio de un capítulo de viejos monjes del siglo XIV...
Después abrir de nuevo los ojos y mirar al cielo piadosa, humildemente,
cual un niño que reza su oración... Y entonces... entonces... tomar la
paleta y pintar.» Y esto diciendo, trazaba en el aire con contorsiones
de poseído el disparatado bosquejo de una obra maestra imaginaria. Era
curioso, en verdad, ver a Gustavo desarrollar esta teoría dando a su
cara de _bohemio_ aires de vidente, mientras hacía muecas
prerrafaélicas.
Después de haber hecho una _Anunciación_, de estilo bizantino, y una
_Santa Familia_, sobre fondo de oro, quedó desazonado, cobrando horror a
los primitivos (había de qué). Pasó después a imitar los maestros
venecianos... luego la escuela flamenca y holandesa que tanto se
aproxima a la naturaleza... después pintó la naturaleza, misma... ¡Este
fue el último crimen, porque sus obras, que nunca fueron buenas,
concluyeron por ser aborrecibles!
Fabrice procuró en vano hacerle comprender que el arte de ninguna manera
consiste en servilmente copiar a la naturaleza, la que en sí misma es
inerte y muda, sino en reflejar sobre ella las ideas que su
contemplación sugiere a nuestra mente, prestándole un algo de esa alma
que nosotros poseemos y de que ella carece; pero Calvat al oír tan
exactos y atinados razonamientos, rompía en indignación, apostrofando a
su cuñado de ser pintor de damiselas, de paisajista de corte, enviándolo
por fin a esa repulsiva fosa común del ya difunto idealismo, es decir,
la Academia.
Jacques, por íntima complexión bondadoso, reía a más no poder de la
gárrula charla de Gustavo y de su pintura por el método de las
gesticulaciones, mas lo que no le perdonaba fácilmente era el desorden
de su vida, que entera se deslizaba en cafés y cervecerías, y aun más lo
disgustaba el perverso espíritu de envidia, la hostilidad maldiciente
con que denigraba a todo lo que valía más que él. A pesar de todo,
Fabrice continuaba acogiendo amistosamente a este triste pariente y aun
sacándolo de muy repetidos aprietos monetarios, y se conducía así porque
en su piedad de hombre honrado consideraba que aquél era el hermano de
su primera mujer, criatura que, si enojosa en vida, reposaba ya en la
huesa, después porque Calvat tenía un mérito siempre grande a los ojos
de un padre; el de amar a su hija divirtiéndola al mismo tiempo, porque
con sus tendencias y aficiones a la mímica, le representaba escenas de
Guignol, imitaba el grito de diversos animales y los sonidos de varios
instrumentos: era, en suma, un farsante que, con sus mil arlequinadas,
arrancaba a la niña esas infantiles carcajadas que suenan tan gratas en
los paternos oídos.
Desde el primer momento este joven avejentado, gritón, charlatán,
maltrecho de traje y no limpio de persona, con nariz como pico de ave
carnicera, pegajoso bigote, dudosas uñas y marcado olor a tabaco y
cerveza, inspiró a Beatriz la más profunda antipatía. Cierto es que se
había sentido conmovida ante las razones de sentimiento en que su marido
fundaba su tolerancia, mas no por eso dejaba de ser para ella una
contrariedad de las más fuertes tener que sufrir a la continua el trato
y la presencia de semejante documento.
Calvat vio por su parte con muy malos ojos el matrimonio de Fabrice con
esta gran dama, cuyos desdenes presentía, y que iba a ser un fiscal
implacable de sus habituales inconveniencias, y además le molestaba que
ahora cada vez que iba a ver a su sobrina tenía que ponerse _paquete_.
¡Trascendental motivo de rencor! Aparte del cual inspirábale Beatriz esa
aversión odiosa que sentía por todo lo que fuese superior, a él, ora en
el orden físico, ya en el moral e intelectual. Por último, se sentía
inquieto en el único honrado sentimiento que le restase, temiendo que la
nueva esposa de su cuñado no le arrebatara la afección de Marcelita a
quien, en su entender, alejaría de él poco a poco la altanera madrastra.
Por todas estas comprensibles razones, tanto Calvat aborrecía a Beatriz
cuanto ésta lo despreciaba, y la mutua antipatía de estos seres, unidos
por diabólico designio, no podía menos de crecer más, y más emponzoñarse
con el transcurso del tiempo.
X
CONFIDENCIAS
Debe reposar sobre algún principio científico, será tal vez un fenómeno
de sugestión, ese afecto constante, seguro y marcado de todos los
maridos hacia el hombre que sus mujeres aman. El pobre Fabrice no debía
escapar a esa fatalidad: desde el regreso de Pierrepont mostraba por él
aún más efusiva amistad que en los mejores tiempos del pasado, lo que
quizás explicaba, el deseo de ganar para Beatriz la compañía de un tan
consumado y brillante hombre de mundo cual era el marqués. Habiendo
mostrado éste una muy natural reserva en renovar sus visitas a la joven
pareja, el pintor le dirigió reproches y lo mortificó a este respecto de
una manera hasta enojosa; de todas las involuntarias torpezas en que
incurrir pudo ante los ojos de su mujer nuestro pintor, no fue ésta la
que menos dejó de chocarle, porque olvidando que Jacques ignoraba en
absoluto el recíproco secreto de ella con Pierrepont, vio en la
insistencia de su marido para atraer al marqués al domicilio conyugal
una falta de tacto, una inhabilidad peligrosa, y lo que es más, un
rasgo de maldad con respecto a ella. ¡Cómo! ¡cuando ella misma agotaba
voluntad y valor por expulsar para siempre de su alma el pensamiento de
ese hombre, que tanto había amado, era su propio marido quien se lo
traía de la mano imponiéndole su presencia turbadora!
Fue ésta una nueva inculpación que formuló contra Jacques y que, como
las otras, no tenía tampoco fundamento alguno de justicia, mas cuando
una mujer tiene la desgracia de no amar a su marido, encuentra siempre
motivo para atenuar a sus propios ojos la sin razón que su conciencia
íntima reprueba, y al proceder así obra de buena fe, porque para su alma
ulcerada todos son sufrimientos, para su enfermo corazón todas son
heridas.
Era, sin embargo, tan elevado el temple de carácter de Beatriz, que ni
un momento pasó por su mente la idea de ceder a la tentación, abusando
de la vulgar ceguera de su marido; persistió, pues, en la conducta que
de antemano se había trazado al prever, más o menos tarde, la vuelta de
Pierrepont, y fue para ella tanto menor dificultad tenerlo a distancia,
cuanto que Pedro procuraba, por su parte, altivo y desdeñoso, mantenerse
lejos de Beatriz, prefiriendo los reproches del marido al desprecio de
la mujer.
Fabrice, sin embargo, aunque sintiendo amargamente la frialdad sombría
en que su mujer se encerrara, no desconfiaba vencerla a la larga en
fuerza de generosas y delicadas atenciones. Después de haber consentido
y mimado de todas maneras durante el invierno a su ingrato ídolo, le
tomó para el verano una linda quinta entre Meudon y Bellevue, cuya
quinta tenía, entre otras ventajas, la de aproximarla a su amiga la
señora de Aymaret, quien pasaba el estío de aquel año en Versalles. La
mansión, con frecuencia habitada por pintores, era bastante sencilla,
pero dominaba el radiante valle del Sena, mientras que a sus espaldas
desarrollábase el siempre grandioso panorama de París. La planta baja se
abría sobre un vasto jardín que bajaba hasta el río en suave pendiente a
través de bosquecillos y malezas llenas de gracia en medio de su
abandono un tanto agreste: próximo a la casa cierta especie de
colgadizo, grande y acristalado, servía a Jacques de taller. En la parte
baja del jardín una espaciosa avenida rectilínea, bordeada de arrayanes
entrelazados, parecía por su grandioso estilo ser el resto de un parque
de cualquier antiguo castillo, y un camino público, profundamente
encajonado, corría por de fuera. Esta avenida se encontraba limitada en
sus dos extremidades por muros muy elevados contra uno de los cuales
habíase puesto un blanco, y en frente, al otro lado, un asiento rústico;
era nuestra alameda, en fin, un lugar particularmente retirado y
solitario que hacía las delicias de la mujer del pintor. Allí pasaba
cierto día Beatriz sus ensueños, y era una ardiente mañana de julio, a
fines, cuando vio aparecer en el recodo del vecino sendero a la
vizcondesa de Aymaret, que le dijo en festivo tono:
--¡Estaba segura de encontrarte en la alameda de los suspiros!
En seguida, después de haberla besado:
--Vengo a darte una noticia... bastante inesperada... La pobre baronesa,
que se lisonjeaba de tener treinta años por delante...
--¡Qué!--exclamo Beatriz tornando violentamente el brazo de su amiga.
--Se murió anoche, hija mía, de un ataque de gota al corazón...
Pierrepont me envía un telegrama encargándome que te lo prevenga...
La señora de Aymaret se interrumpió; Beatriz, cubierto el rostro de
palidez mortal, la miraba con aterradora fijeza... débil contorsión
plegó sus labios, apoyó la espalda contra los arrayanes, pero sus
rodillas se doblaron y cayó desplomada.
La vizcondesa lanzó un ligero grito, titubeó un momento, mas advirtiendo
que se hallaba demasiado lejos de la habitación para ser oída,
arrodillóse delante de la joven desmayada e hízole respirar su frasquito
de sales, prodigándole al mismo tiempo dulces palabras. Beatriz volvió
lentamente a la vida, y mientras se levantaba desconcertada y atónita:
--¿Qué he tenido?--murmuró en débil voz.
Un pliegue sombrío obscureció su nítida frente de diosa y la sangre
agolpóse a sus mejillas.
--¡Ah! ¡ya me acuerdo!
--¿Quieres que vaya y llame a tu marido?
--No... No... además, sería inútil... Está en París... ¿Tienes ahí el
telegrama?
--Tómalo.
Beatriz lo leyó, e inclinando con desaliento la cabeza:
--¡Oh! ¡Dios mío... esto es ya lo último!--dijo en casi imperceptible
tono.
Y como la señora de Aymaret la mirase con estupor:
--¿Me crees loca?--continuó...--¿No te explicas la emoción que me causa
la muerte de esa mujer?
--No... no te comprendo... ¡pero absolutamente!
--¡Bueno! pues vas a comprenderme; pero prométeme que lo que voy a
decirte quedará para siempre entre las dos.
--Te lo prometo... pero me das miedo... ¿qué es esto?... ¿qué hay?
--Hay, mi querida Elisa, que yo amaba al marqués de Pierrepont... lo amo
de toda mi vida... y si rehusé su mano es porque la tía me juró que lo
desheredaba si se casaba conmigo... y hoy ha muerto... ¿entiendes?... ha
muerto algunos meses después de mi matrimonio con otro... si hubiese
esperado este poco de tiempo sería su mujer... ahora me encuentro
separada de él para siempre... ¡y lo amo más que nunca!
Ocultó el rostro entre sus manos y rompió a llorar.
Para la señora de Aymaret, que hasta este instante mismo continuaba
creyendo que Beatriz se había casado con Fabrice por un arrebato de
amor, fue esta revelación tan nueva, tan imprevista, que en el primer
momento no pudo responder a su amiga sino con vagas exclamaciones de
admiración y lástima.
--¡Ah! ¿pero es posible?... ¡Pobre amiga mía!... ¡Pobre amada mía! ¿Cómo
no me lo habías dicho antes?
Beatriz le contó entonces brevemente lo que había pasado aún no hacía un
año entre ella y la baronesa de Montauron, el juramento que ella
empeñara, juramento que la muerte rompía ahora.
--Y aun cuando hubiese podido comunicarte mi secreto, no lo hubiera
hecho... te conozco. Lo habrías contado todo al marqués, éste hubiera
roto con su tía y vendríamos, hoy a estar en el mismo caso... ¡Su ruina
estaría consumada, teniendo yo tal vez un día que sufrir sus
reproches!... ¡No, eso no!... Mi única falta ha sido haber abandonado mi
primera inspiración de entrar en el convento en lugar de contraer este
desdichado matrimonio, engañando a un hombre honrado.
--Pero--arguyó la señora de Aymaret--, a ese hombre honrado, que es al
mismo tiempo un hombre de corazón y un hombre de talento, ¿no puedes
amarlo un poco siquiera?
--Lo he procurado... pero no puedo... Juzga mi situación--replicó
Beatriz con suma viveza.
Y entonces puso a su amiga en antecedentes de sus primeros disgustos
domésticos, de sus decepciones continuas, de sus repulsiones secretas.
La señora de Aymaret afectó chancear acerca de estas pequeñas miserias
comparándolas con los dolores realmente trascendentales de la vida,
exponiendo con mucho acierto a Beatriz que para borrar esas ligeras
faltas de educación de que adolecía Fabrice, le bastaría con dar a éste,
poco a poco, y como en broma, algunas lecciones de perfecta corrección,
que, a no dudar, su marido recibiría con buena, voluntad.
El verdadero dolor para Beatriz estaba en ese perturbador amor que, a
pesar suyo, la siguiera a su hogar, perturbador amor que la desalentaba
en todos sus propósitos emponzoñando su existencia, ilegítimo afecto de
que era necesario denodadamente hacer el sacrificio.
--¡Muy fácil de decir!--replicó su amiga.
Entonces la señora de Aymaret, tomando un tono confidencial, le hizo
entender que ella tuvo necesidad de hacer un análogo, hacía algunos
años, y que le constaba ser difícil, mas no imposible, llevarlo a
cabo...
--¡Y confesarás, amada mía, que yo hubiese tenido más excusas que tú!
--¿Y de qué medio te has valido?--interrogó Beatriz, a quien esta
misteriosa revelación le interesaba--¿Has dejado de verle?
--Amada mía, eso de dejar de verse no son más que palabras cuando se
vive en la misma esfera social... No... pura y simplemente he cambiado
mi amor en amistad... De esta manera el corazón no lo pierde todo...
Beatriz la miró de hito en hito.
--¡Ese es Pierrepont!--le dijo con voz muy baja.
--De esto hace cuatro años--prosiguió la vizcondesa--. No recuerdo quién
distintamente... pero se parecía algo al que has nombrado... Por otra
parte, puedes estar tranquila... no me quería a mí tanto como a ti...
porque a mí no se me insinuó para casarme...
Beatriz titubeó un momento, pero al cabo atrajo hacia sí tiernamente a
su amiga, besándose las dos en medio de abundantes lágrimas.
--¡En fin! procuraré--afirmó Beatriz--; me ayudarás con tus consejos y
tu ejemplo... pero tú eres una valerosa y prudente mujercita, y yo soy
un pobre ser débil y despechado... No hay mal que por bien no venga:
siquiera ahora tengo el consuelo de poder hablar contigo de todas estas
cosas... ¡pero por Dios ni una palabra al marqués de lo que te he
confiado!...
--¡Si cometiese semejante falta--replicó la señora de Aymaret riendo--,
no sería una prudente mujercita!...
Caía la tarde y las dos amigas se despidieron.
Pero Elisa vino a ver a Beatriz con frecuencia hasta tanto que pareció
ésta a la vizcondesa más calmada. Sin embargo, a pesar de las tiernas
exhortaciones de la señora de Aymaret, era imposible que Beatriz no se
sintiese profundamente turbada por las reflexiones que forzosamente
había de sugerirle la muerte de la señora de Montauron; era imposible
que en adelante no le pareciesen todavía más pesados sus deberes,
todavía más amargas sus contrariedades.
XI
«FIN DE SIGLO»
No habiendo dejado la señora de Montauron disposiciones testamentarias,
venía a ser su legítimo heredero el marqués de Pierrepont, quien por
este hecho reunía en sus manos una renta de más de cuatrocientos mil
francos.
Pasó Pedro el primer período del luto cazando en los Genets y regresó a
París hacia fin de octubre instalándose en el hotel de la calle
Varennes, que perteneció a su tía, pero conservando al propio tiempo su
entresuelo del bulevar Malesherbes, detalle que hacía sonreír a las
señoras... Fue el marqués, aun en los tiempos de su relativa pobreza,
personalidad muy buscada en el alto mundo parisiense por cuanto su
gracia caballeresca, su dignidad personal, su galantería discreta,
hicieron de él el prototipo de la más correcta distinción.
Sorpresa, y sorpresa ingrata produjo, pues, verlo reaparecer en la
escena donde era tan conocido y apreciado, con procederes mucho menos
irreprochables. Ya el pasado invierno, después de su vuelta de Londres,
notáronse cambios singulares en las costumbres de Pierrepont, pues se le
vio con frecuencia en el teatro ocupando el segundo término de un palco
de escena en compañía de _señoritas_, muy agradables sin duda alguna,
pero con las cuales no es uso mostrarse en público, una vez pasados los
días de la adolescencia.
Este particular, como puede recordarse, no escapó a la mirada de la
señorita de La Treillade, ¡penetrante y adelantada criatura! Mostróse
igualmente Pierrepont cabalgando sin aprensiones en las avenidas del
_Bosque_ al lado de ciertas amazonas que no blasonaban de virtuosas, lo
que no dejó de admirar también, mucho más tratándose de un hombre que
hasta entonces conquistara con justicia la reputación de discreto y
decente. Y aun se decía más: se decía que nuestro personaje había
contraído en Inglaterra un vicio, no tan raro en aquel país como lo es
en cualquier otro fuera de las islas. Al menos el vizconde de Aymaret,
juez competente en estas materias, aseguraba a su mujer que ese diablo
de Pierrepont trajo de por allá una afición un tanto desmedida al Jerez
y al brandy.
Las dos personas que en París se interesaban por el marqués, a saber:
Beatriz y la señora de Aymaret, estaban consternadas con la divulgación
de tales desfavorables hablillas, pero habían acabado por engañarse a sí
mismas, conviniendo que aquellas voces no eran más que el despecho de la
envidia impotente.
Sin embargo, fuerza era convencerse, porque apenas de regreso en París,
desvanecido por su inesperada fortuna, el heredero de la señora de
Montauron acentuó de modo tan escandaloso sus deslices, que aun sus más
ardientes devotos tuvieron que confesar la extraña y desfavorable
metamorfosis que en la conducta y el carácter de aquél se efectuara;
nunca fue Pedro un puritano, es cierto, pero siempre se le veía llevar a
sus aventuras galantes aquella delicadeza moral que ellas reclaman, y
que consiste, para el hombre de honor, en ocultar al público sus
debilidades en asuntos de amor, y con mucho más motivo que sus
debilidades sus vicios, mientras que ahora parecía como si el marqués
pusiera empeño en desafiar la opinión. Tal vez en consideración a ese
menguado propósito pregonaba a la luz del día sus relaciones con cierta
comiquilla que merced a las larguezas del tardío calavera arrastraba en
el _Bosque_ uno de los mejores equipajes de París, y aun se añadía que
no era ésta la mayor de sus locuras, comenzando a prestársele detalles
de vida y costumbres que informaban los más deplorables caracteres.
Hablábase entre dientes, por los salones, de ciertas cenas semanales
donde se reunían con el marqués y sus amigos esas mujeres sin principio
que París ve girar cual estrellas errantes entre los confines de la
buena sociedad y de la sociedad dudosa, no faltando quien asegurara que
de aquellas personas, algunas eran llevadas a tan orgiásticos festines
por sus mismos maridos, lo que hace de tales entes el más cumplido
elogio.
Contábanse en desdoro de Pierrepont otras imprudentes excentricidades
del mismo jaez que no hace al caso precisar aquí, y que sin herir por
incurable manera el honor de aquél, levantaban en torno de su nombre,
hasta entonces tan respetado, ciertos lamentables rumores de
desestimación.
Beatriz y la señora de Aymaret se hallaban demasiado mezcladas al
movimiento parisiense para que no se les ofreciera la ocasión de
verificar por sí mismas, ya en el _Bosque_, ora en el teatro, los
desórdenes que con tanta imprudencia a la vista de todos desplegaba el
marqués, y además la vizcondesa estaba en autos a estos respectos por su
propio marido, consuetudinario comensal de las famosas citadas cenas,
mientras que el portavoz para con Beatriz era Gustavo Calvat, a quien
sus jocosidades de _bohemio_, aunque menospreciado, divertido,
introducían en los teatros y en los cafés de periodistas donde
ávidamente recogía los escándalos corrientes del París a la moda. Nunca
habían existido entre Pierrepont y aquel ejemplar, a quien Pedro
encontraba de continuo en el taller de Fabrice, grandes simpatías, por
cuya razón ponía Calvat esmeradísimo empeño en poner de relieve, sobre
todo delante de Beatriz, a fin de mortificarla, las calaveradas del
marqués, adivinando las secretas solidaridades de ésta con un hombre
nacido en su misma clase social. Pero, lo que más indiscutiblemente
acusaba a Pierrepont ante los ojos de las jóvenes amigas, era ese
completo y absoluto alejamiento de aquél hacia ellas, cual si el
marqués hiciera por el hecho una tácita confesión de su indignidad;
jamás aparecía por el taller de Fabrice, con grande aflicción del
pintor, que tan sinceramente estimaba a aquel antiguo compañero del
combate y de la ambulancia.
No era de extrañar su proceder con Jacques, puesto que Pedro había
renegado de la mayor parte de sus antiguas relaciones: veíasele, sin
embargo, de vez en cuando en el mundo, puesto que lo encontramos, hacia
mediados de diciembre, en el saloncito privado de Mariana de La
Treillade, si bien es cierto que una circunstancia especial lo llevaba a
ese elegante santuario de la malicia, puesto que Pierrepont venía a
felicitar a Marianita por su próximo matrimonio. Sí, al fin esta linda
joven se casa, se casa con el barón Julio Grèbe, hijo de un acaudalado
banquero de París. Julio es ya heredero por línea directa de una docena
de millones de francos, y espera suceder a su tío en igual suma redonda.
En el momento en que Pierrepont se presenta, la señora de La Treillade
va a salir, muy ocupada con la instalación de su hija, y ruega a aquél
que la dispense si lo deja solo con su hija y miss Eva.
--Señorita--le dice sentándose y afectando un aire de gravedad bastante
equívoco--, permítame que le dirija las más respetuosas
felicitaciones... Se casa usted con uno de mis mejores amigos... un
perfecto caballero... y una excelente persona de quien hará usted cuanto
usted quiera.
--No sé--responde Mariana, mirándolo de lleno con sus grandes ojos
burlones--, no sé si es tan arreglado como usted dice, pero, en todo
caso, le da un ejemplo que debiera usted imitar... ¡pone a tiempo un
punto final!
--Pero, desgraciadamente, no a todos se presenta tan propicia ocasión
como lo es ésta.
--Y note usted--continúa Mariana--, que es bastante más joven que usted.
--¡Sí, pero yo soy muy joven para mi edad, señorita!
--¡Así se dice al menos!
--Y bien dicen... mientras que él, Julio, es casi un viejo para la que
tiene.
--Eso me encanta; no podría usted hacerme mayor elogio... Yo soy de un
natural tan suave, tranquilo y sensible, que un marido demasiado vivo de
carácter me haría sufrir mucho.
--Estoy tan convencido, desde hace mucho tiempo, de lo que me dice
usted, señorita, que hasta me he permitido poner en antecedentes sobre
el particular a mi joven camarada.
--¿Cómo así, mi querido amigo?
--Como usted lo oye... «Amado Julio--le he dicho... ¡tan íntima es
nuestra amistad!...--He tenido el gusto de conocer a la señorita de La
Treillade en casa de mi tía, durante una temporada de campo... con ese
motivo tuve la ocasión de estudiarla, descubriendo en ella una dulzura,
una sensibilidad, y permítame la expresión, señorita... un candor... que
exigen los mayores miramientos.
--Señor de Pierrepont, no sé realmente cómo darle las gracias por sus
bondades conmigo...
--No hacen más que principiar, señorita... ¡si usted tiene a bien
alentarlas!
--Pues bien, las aliento... ¿Continuará usted visitándome después de
casada?
--Todos los días, si me lo permite usted.
--Todos los días sería demasiado fatigoso para usted... porque nosotros
vamos a vivir en la calle Monceau, y es un poco lejos de su horrible
calle Varennes.
--Perdón, señorita, pero, además del hotel de la calle Varennes,
conservo el entresuelo del bulevar Malesherbes.
--¿Para qué, amigo mío?
--Para tener el honor de continuar siendo vecino de usted.
--¡De veras!... ¡si usted supiera cómo me divierte eso!
--A mí tampoco me contraría, señorita, se lo aseguro a usted.
Este chispeante diálogo, que parecía hacer las delicias de la candorosa
institutriz, en aquellos lugares presente, fue interrumpido por la
súbita y bulliciosa irrupción de dos o tres jóvenes amigas que
invadieron el saloncito de Mariana. El fresco rostro de miss Nicholson
tomó los colores de una rosa de Bengala cuando advirtió que Pierrepont
se encontraba allí, pero, desdichadamente, al marqués no se le antojó
prolongar su visita, por cuya razón se puso en retirada, no sin haber
antes dado la mano a Mariana, que le dijo:
--Creo que no será la última vez... ¡espero que cumplirá usted su
palabra!
--¡Oh! ¡de eso esté usted bien segura, señorita!
Después de los besos de ordenanza, las señoritas de Alvarez y de
Chalvin, que acompañaban a miss Nicholson, preguntaron con insistencia a
la de La Treillade si se había ya fijado la época del casamiento.
--Sí--respondió Mariana--, se ha decidido que se efectúe el 5 de enero,
así como a manera de aguinaldos para mí... o, mejor dicho, para mi
marido...
--¿Creerás, querida, que aún no conozco a tu marido?--dijo la señorita
de Chalvin--, ¡y tengo una curiosidad!
--¡Glotona!--replicó Marianita--, pues bien, relámete... va a venir...
lo estoy esperando...
--¡Dicen que es seductor, amada mía!
--¡Seductor!... ¡aun me parece poco!...
Un momento después la puerta se abría para dejar paso al barón Julio
Grèbe, conocido por los gomosos de su laya por «Fin de Siglo»; era este
el sobrenombre que él se daba, llevándolo con más orgullo que un título,
en razón a que sus amigos llamábanlo familiarmente por tan simbólico
apodo.
Era nuestro barón hijo único y mimadísimo por su mamá, que vivió en
éxtasis delante de él desde el momento en que abrió los ojos a esta
pícara vida; tiernamente hubo de sonreír aquella buena señora al saber
las primeras calaveradas de su niño, contribuyendo por su parte; con
laudable empeño, a hacer de su pimpollo el insoportable señorito que
retratando vamos. Para conservar en sociedad este original la
prepotencia a que lo habituaron en familia, decidió buscar una actitud,
un algo que lo distinguiera de los demás mortales, y a falta de otros
méritos, nada encontró mejor que admirar o, más bien, según su lenguaje,
_espantar_ a sus contemporáneos, haciendo los más cínicos alardes de la
más necia perversidad. Algunas nociones remotísimas de Darwin, recogidas
por aquí y por allí a salto de mata, compaginadas a la diabla con
ciertas confusas pinceladas de Schopenhauer, proveyeron a nuestro
baroncito de una descabellada teoría nihilista, que predicaba
impertérrito de círculo en círculo y de salón en salón, declarándose en
todas materias, literatura, política, artes y sobre todo en moral, tan
escéptico, cansado, aburrido, desengañado y desalentado, tan corrompido
y tan caduco, tan hastiado de las viejas tradiciones, tan en
liquefacción, en fin, que pronto sería necesario recogerlo con cuchara.
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