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El prisionero de Zenda

by Anthony Hope · Spanish · Gutenberg #24801 · 314,776 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of El prisionero de Zenda
    
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Title: El prisionero de Zenda

Author: Anthony Hope


        
Release date: March 11, 2008 [eBook #24801]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/24801

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL PRISIONERO DE ZENDA ***




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BIBLIOTECA DE «LA NACION»

ANTONIO HOPE

EL PRISIONERO DE ZENDA



BUENOS AIRES 1909

       *       *       *       *       *




       INDICE


      I.--Los Raséndil, y dos palabras acerca de los Elsberg
     II.--Que trata del color de los cabellos
    III.--Francachela nocturna con un pariente lejano
     IV.--El Rey acude a la cita
      V.--Aventuras de un suplente
     VI.--El secreto de un sótano
    VII.--Su majestad duerme en Estrelsau
   VIII.--Prima rubia y hermano moreno
     IX.--Una nueva catapulta
      X.--Amores por cuenta ajena
     XI.--Caza mayor
    XII.--Un anzuelo bien cebado
   XIII.--Nueva escala de Jacob
    XIV.--Rondando el castillo
     XV.--Tentación
    XVI.--Un plan desesperado
   XVII.--A media noche
  XVIII.--Golpe de mano
    XIX.--Cara a cara en el bosque
     XX.--El prisionero y el Rey
    XXI.--¡Hay algo más que amor!
   XXII.--Presente, pasado ¿y futuro?

       *       *       *       *       *




I

LOS RASÉNDIL, Y DOS PALABRAS ACERCA DE LOS ELSBERG


--¡Pero cuándo llegará el día que hagas algo de provecho,
Rodolfo!--exclamó la mujer de mi hermano.

--Mi querida Rosa--repliqué, soltando la cucharilla de que me servía
para despachar un huevo,--¿de dónde sacas tú que yo deba hacer cosa
alguna, sea o no de provecho? Mi situación es desahogada; poseo una
renta casi suficiente para mis gastos (porque sabido es que nadie
considera la renta propia como del todo suficiente); gozo de una
posición social envidiable: hermano de lord Burlesdón y cuñado de la
encantadora Condesa, su esposa. ¿No te parece bastante?

--Veintinueve años tienes, y no has hecho más que...

--¿Pasar el tiempo? Es verdad. Pero en mi familia no necesitamos hacer
otra cosa.

Esta salida mía no dejó de producir en Rosa cierto disgustillo, porque
todo el mundo sabe (y de aquí que no haya inconveniente en repetirlo)
que por muy bonita y distinguida que ella sea, su familia no es con
mucho de tan alta alcurnia como la de Raséndil. Amén de sus atractivos
personales, poseía Rosa una gran fortuna, y mi hermano Roberto tuvo la
discreción de no fijarse mucho en sus pergaminos. A éstos se refirió la
siguiente observación de Rosa, que dijo:

--Las familias de alto linaje son, por regla general, peores que las
otras.

Al oír esto, no pude menos de llevarme la mano a la cabeza y acariciar
mis rojos cabellos; sabía perfectamente lo que ella quería decir.

--¡Cuánto me alegro de que Roberto sea moreno!--agregó.

En aquel momento, Roberto, que se levanta a las siete y trabaja antes de
almorzar, entró en el comedor, y, dirigiendo una mirada a su esposa,
acarició suavemente su mejilla, algo más encendida que de costumbre.

--¿Qué ocurre, querida mía?--le preguntó.

--Le disgusta que yo no haga nada y que tenga el pelo rojo--dije como
ofendido.

--¡Oh! En cuanto a lo del pelo no es culpa suya--admitió Rosa.

--Por regla general, aparece una vez en cada generación--dijo mi
hermano.--Y lo mismo pasa con la nariz. Rodolfo ha heredado ambas cosas.

--Que por cierto me gustan mucho--dije levantándome y haciendo una
reverencia ante el retrato de la condesa Amelia.

Mi cuñada lanzó una exclamación de impaciencia.

--Quisiera que quitases de ahí ese retrato, Roberto--dijo.

--¡Pero, querida!--exclamó mi hermano.

--¡Santo Cielo!--añadí yo.

--Entonces, siquiera podríamos olvidarlo--continuó Rosa.

--A duras penas, mientras ande Rodolfo por aquí--observó mi hermano.

--¿Y por qué olvidarlo?--pregunté yo.

--¡Rodolfo!--exclamó mi cuñada ruborizándose y más bonita que nunca.

Me eché a reír y volví a mi almuerzo. Por lo pronto me había librado de
seguir discutiendo la cuestión de lo que yo debería hacer o emprender. Y
para cerrar la polémica y también, lo confieso, para exasperar un poco
más a mi severa cuñadita, añadí:

--¡La verdad es que me alegro de ser todo un Elsberg!

Cuando leo una obra cualquiera paso siempre por alto las explicaciones;
pero desde el momento en que me pongo a escribir, yo mismo comprendo que
una explicación es aquí inevitable. De lo contrario, nadie entenderá por
qué mi nariz y mi cabello tienen el don de irritar a mi cuñada y por qué
digo de mí que soy un Elsberg. Desde luego, por muy alto que piquen los
Raséndil, el mero hecho de pertenecer a esa familia no justifica la
pretensión de consanguinidad con el linaje aun más noble de los Elsberg,
que son de estirpe regia. ¿Qué parentesco puede existir entre Ruritania
y Burlesdón, entre los moradores del palacio de Estrelsau o el castillo
de Zenda y los de nuestra casa paterna en Londres?

Pues bien (y conste que voy a sacar a relucir el mismísimo escándalo que
mi querida condesa de Burlesdón quisiera ver olvidado para siempre); es
el caso que allá por los años de 1733, ocupando el trono inglés Jorge
II, hallándose la nación en paz por el momento, y no habiendo empezado
aún las contiendas entre el Rey y el príncipe de Gales, vino a visitar
la corte de Inglaterra un regio personaje, conocido más tarde en la
historia con el nombre de Rodolfo III de Ruritania. Era este Príncipe un
mancebo alto y hermoso, a quien caracterizaban (y no me toca a mí decir
si en favor o en perjuicio suyo) una nariz extremadamente larga, aguzada
y recta, y una cabellera de color rojo obscuro; en una palabra, la nariz
y el cabello que han distinguido a los Elsberg desde tiempo inmemorial.
Permaneció algunos meses en Inglaterra, donde fue objeto del
recibimiento más cortés; pero su salida del país dio algo que hablar.
Tuvo un duelo (y muy galante conducta fue la suya al prescindir para el
caso de su alto rango), siendo su adversario un noble muy conocido en la
buena sociedad de aquel tiempo, no sólo por sus propios méritos, sino
también como esposo de una dama hermosísima. Resultado de aquel duelo
fue una grave herida que recibió el príncipe Rodolfo, y apenas curado de
ella lo sacó ocultamente del país el embajador de Ruritania, a quien dio
no poco que hacer aquella aventura de su Príncipe. El noble salió ileso,
pero en la mañana misma del duelo, que fue por demás húmeda y fría,
contrajo una dolencia que acabó con él a los seis meses de la partida de
Rodolfo. Dos meses después dio a luz su esposa un niño que heredó el
título y la fortuna de Burlesdón. Fue esta dama la condesa Amelia, cuyo
retrato quería retirar mi cuñada del lugar que ocupaba en la casa de mi
hermano; y su esposo fue Jaime, cuarto conde de Burlesdón y
vigésimo-segundo barón Raséndil, inscrito bajo ambos títulos en la «Guía
Oficial de los Pares de Inglaterra,» y caballero de la Orden de la
Jarretiera. Cuanto a Rodolfo, regresó a Ruritania, se casó y subió al
trono, que sus sucesores han ocupado hasta el momento en que escribo,
con excepción de un breve intervalo. Y diré, para terminar, que si el
lector visita la galería de retratos de Burlesdón, verá entre los
cincuenta pertenecientes a los últimos cien años, cinco o seis, el del
quinto Conde inclusive, que se distinguen por la nariz larga, recta y
aguzada y el abundante cabello de color rojo obscuro. Estos cinco o seis
tienen también ojos azules, siendo así que entre los Raséndil predominan
los ojos negros.

Esta es la explicación, y me alegro de haber salido de ella; las manchas
de honrada familia son asunto delicado, pero lo cierto es que la
transmisión por herencia, de que tanto se habla, es la chismosa mayor y
más temible que existe; para ella no hay discreción ni secreto que
valga, y a lo mejor inscribe las notas más escandalosas en la «Guía de
los Pares.»

Observará el lector que mi cuñada, dando muestras de escasísima lógica,
se empeñaba en considerar mi rojiza cabellera casi como una ofensa y en
hacerme responsable de ella, apresurándose a suponer en mí, sin otro
fundamento que esos rasgos externos, cualidades que por ningún concepto
poseo, y mostrando como prueba de tan injusta deducción, lo que ella
daba en llamar la vida inútil y sin objeto determinado que he llevado
hasta la fecha. Sea de ello lo que fuere, lo cierto es que esa vida me
ha proporcionado no escaso placer y abundantes enseñanzas. He estudiado
en una universidad alemana y hablo el alemán con tanta facilidad y
perfección como el inglés; lo mismo digo del francés, mascullo el
italiano y sé jurar en español. No tiro mal la espada, manejo la pistola
perfectamente y soy jinete consumado. Tengo completo dominio sobre mí
mismo, no obstante el color engañador de mis cabellos; y si el lector
insiste en que a pesar de todo lo dicho me hubiera valido más dedicarme
a algún trabajo útil, sólo añadiré que mis padres me habían dejado en
herencia diez mil pesos de renta y un carácter aventurero.

--La diferencia entre tu hermano y tú--prosiguió mi cuñada, que también
gusta de sermonear un poco de cuando en cuando,--está en que él reconoce
los deberes de su posición y tú no ves más que las ventajas de la tuya.
Ahí tienes a Sir Jacobo Borrodale ofreciéndote precisamente la
oportunidad que necesitas y que más te conviene.

--¡Gracias mil!--murmuré.

Tiene prometida una embajada para dentro de seis meses, y Roberto está
seguro de que te ofrecerá el puesto de agregado. Acéptalo, Rodolfo,
aunque sólo sea por complacerme.

Puesta la cuestión en este terreno y con mi cuñadita frunciendo las
cejas y dirigiéndome una de sus más irresistibles miradas, no le quedaba
a un tunante como yo más remedio que ceder, compungido y pesaroso.
Además, pensé que el puesto ofrecido no dejaría de proporcionarme grata
oportunidad de divertirme y pasarlo divinamente, y por lo tanto
repliqué:

--Mi querida hermana, si dentro de seis meses no se presenta algún
obstáculo imprevisto y Sir Jacobo no se opone, que me cuelguen si no me
agrego a su embajada.

--¡Qué bueno eres, Rodolfo! ¡Cuánto me alegro!

--¿Y adónde va destinado el futuro embajador?

--Todavía no lo sabe, pero sí está seguro de que será un puesto de
primer orden.

--Hermana mía--dije,--por complacerte iré aunque sea a una legación de
tres al cuarto. No me gusta hacer las cosas a medias.

Es decir, que mi promesa estaba hecha; pero seis meses son seis meses,
una eternidad, y como había que pasarlos de alguna manera, me eché a
pensar en seguida diversos planes que me permitieran esperar
agradablemente el principio de mis tareas diplomáticas; esto suponiendo
que los agregados de embajada se ocupen en algo, cosa que no he podido
averiguar, porque, como se verá más adelante, nunca llegué a ser
_attaché_ de Sir Jacobo ni de nadie. Y lo primero que se me ocurrió,
casi repentinamente, fue hacer un viajecillo a Ruritania. Parecerá
extraño que yo no hubiera visitado nunca aquel país; pero mi padre (a
pesar de cierta mal disimulada simpatía por los Elsberg, que le llevó a
darme a mí, su hijo segundo, el famoso nombre de Rodolfo, favorito entre
los de aquella regia familia), se había mostrado siempre opuesto a dicho
viaje; y muerto él, mi hermano y Rosa habían aceptado la tradición de
nuestra familia, que tácitamente cerraba a los Raséndil las puertas de
Ruritania. Pero desde el momento en que pensé visitar aquel país, se
despertó vivamente mi curiosidad y el deseo de verlo. Después de todo,
las narices largas y el pelo rojo no eran patrimonio exclusivo de los
Elsberg, y la vieja historia que he reseñado, a duras penas podía
considerarse como razón suficiente para impedirme visitar un importante
reino que había desempeñado papel nada menospreciable en la historia de
Europa y que podía volver a hacerlo bajo la dirección de un monarca
joven y animoso, como se decía que lo era el nuevo Rey. Mi resolución
acabó de afirmarse al leer en los periódicos que Rodolfo V iba a ser
coronado solemnemente en Estrelsau tres semanas después y que la
ceremonia prometía ser magnífica. Decidí presenciarla y comencé mis
preparativos de viaje sin perder momento. Pero como nunca había
acostumbrado enterar a mis parientes del itinerario de mis excursiones,
y además en aquel caso esperaba resuelta oposición por su parte, me
limité a decir que salía para el Tirol, objeto favorito de mis viajes, y
me gané la aprobación de Rosa diciéndole que iba a estudiar los
problemas sociales y políticos del interesante pueblo tirolés.

--Mi viaje puede dar también un resultado que no sospechas--añadí con
gran misterio.

--¿Qué quieres decir?--preguntó Rosa.

--Nada, sino que existe cierto vacío que pudiera llenarse con una obra
concienzuda sobre...

--¿Piensas escribir un libro?--exclamó mi cuñada
palmoteando.--¡Magnífico proyecto! ¿Verdad, Roberto?

--En nuestros días es la mejor manera de comenzar una carrera
política--asintió mi hermano, que había compuesto ya, no uno, sino
varios libros. «Teorías antiguas y hechos modernos,» «El resultado
final» y algunas otras obras originales de Burlesdón gozan muy justo
renombre.

--Tiene mucha razón Roberto--declaré.

--Prométeme que lo harás--dijo Rosa muy entusiasmada con mi plan.

--Nada de promesas, pero si reúno suficientes materiales lo haré.

--No se puede pedir más--dijo Roberto.

--¡Qué materiales ni qué calabazas!--exclamó Rosa, haciendo un gracioso
mohín.

Pero no cedí, y tuvo que contentarse con aquella promesa condicional.
Por mi parte, hubiera apostado cualquier cosa a que mi excursión
veraniega no daría por resultado ni una sola página. Y la mejor prueba
de que me equivocaba de medio a medio, es que estoy escribiendo el
prometido libro, aunque confieso que ni me puede servir a mí para
lanzarme a la política, ni tiene nada que ver con el Tirol.

Y bien puedo añadir que tampoco merecería la aprobación de la Condesa mi
cuñada, suponiendo que yo lo sometiese a su severa censura; cosa que me
guardaré muy bien de hacer.




II

QUE TRATA DEL COLOR DE LOS CABELLOS


Mi tío Guillermo solía decir, y lo sentaba como máxima invariable, que
nadie debe pasar por París sin detenerse allí veinticuatro horas. Y yo,
con el respeto debido a la madura experiencia de mi tío, me instalé en
el Hotel Continental de aquella ciudad, resuelto a pasar allí un día y
una noche, camino del... Tirol. Fui a ver a Jorge Federly en la
embajada, comimos juntos en Durand y después nos fuimos a la Opera; tras
una ligera cena nos presentamos en casa de Beltrán, poeta de alguna
reputación y corresponsal de _La Crítica_, de Londres. Ocupaba un piso
muy cómodo, y hallamos allí algunos amigos suyos, personas muy
simpáticas todas, con quienes pasamos el rato agradablemente, fumando y
conversando. Sin embargo, noté que el dueño de la casa estaba preocupado
y silencioso, y cuando se hubieron despedido todos los demás y
quedádonos solos con él Federly y yo, empecé a bromear a Beltrán, hasta
que exclamó, dejándose caer en el sofá:

--¡Pues nada, que tienes tú razón y estoy enamorado, perdidamente
enamorado!

--Así escribirás mejores versos--le dije por vía de consuelo.

Se limitó a fumar furiosamente sin decir palabra, en tanto que Federly,
de espaldas a la chimenea, lo contemplaba con cruel sonrisa.

--Es lo de siempre, y lo mejor que puedes hacer es cantar de plano,
Beltranillo--dijo Federly.--La novia se te va de París mañana.

--Ya lo sé--repuso Beltrán furioso.

--Pero lo mismo da que se vaya o que se quede. ¡La dama pica muy alto
para ti, poeta!

--¿Y a mí qué?

--Vuestra conversación me interesaría muchísimo más--observé,--si
supiera de quién estáis hablando.

--Antonieta Maubán--dijo Federly.

--De Maubán--gruñó Beltrán.

--¡Hola!--exclamé.--¡Conque esas tenemos, mocito!

--¿Me haces el favor de dejarme en paz?

--¿Y adónde va?--pregunté, porque la dama gozaba de cierta celebridad y
su nombre no me era desconocido.

Jorge hizo sonar las monedas que tenía en el bolsillo, miró a Beltrán
dirigiéndole su más despiadada sonrisa y replicó:

--Nadie lo sabe. Y a propósito, Beltrán; la otra noche vi en su casa a
todo un personaje, el duque de Estrelsau. ¿Le conoces?

--Sí, ¿y qué?

--Muy cumplido caballero, a fe mía.

Era evidente que las alusiones de Jorge al Duque tenían por objeto
aumentar las penas del pobre Beltrán, de donde inferí que el Duque había
distinguido a la señora de Maubán con sus atenciones. Era ella viuda,
hermosa, rica, y la voz pública decíala ambiciosa. Nada tenía de extraño
que procurase, como lo había insinuado Jorge, conquistar a un personaje
que ocupaba en su país lugar inmediato al del Rey; porque el Duque era
hijo del finado rey de Ruritania y de su segunda y morganática esposa y,
por consiguiente, hermano paterno del nuevo Rey. Había sido el favorito
de su padre, quien fue objeto de muy desfavorables comentarios al
crearlo Duque y dar por nombre a su ducado el de la capital del Reino.
Su madre había sido de buena familia pero no de alta nobleza.

--¿Sigue en París el Duque?--pregunté.

--¡Oh, no! Se ha ido porque tiene que asistir a la coronación; ceremonia
que de seguro no le hará mucha gracia. ¡Pero no desesperes, Beltrán! Con
la bella Antonieta no se ha de casar, por lo menos mientras no fracase
otro plan. Sin embargo, quizás ella...--Hizo una pausa y dijo,
riéndose:--No es fácil resistir las atenciones de un príncipe real, ¿no
es así, Rodolfo?

--¿Te callarás?--le dije, y levantándome, dejé a Beltrán en las garras
de Jorge y me fui al hotel.

Al siguiente día Jorge Federly me acompañó a la estación, donde tomé un
billete para Dresde.

--¿Vas a contemplar las pinturas?--preguntó Jorge guiñándome el ojo.

Jorge es un murmurador incorregible, y si hubiese sabido que yo iba a
Ruritania, la noticia hubiera llegado a Londres en tres días. Iba, pues,
a darle una respuesta evasiva cuando le vi dirigirse apresuradamente al
otro extremo del andén y saludar a una joven bonita y muy elegantemente
vestida, que acababa de dejar la sala de espera. Podría tener unos
treinta o treinta y dos años y era alta, morena y algo gruesa. Mientras
hablaba con Jorge noté que me miraba, con gran disgusto mío, porque no
me consideraba muy presentable con el largo gabán ruso que me envolvía
para preservarme del frío en aquella destemplada mañana de abril, sin
contar la bufanda que llevaba al cuello y el sombrero de fieltro calado
hasta las orejas.

--Tienes una encantadora compañera de viaje--me dijo Federly al
reunírseme.--Esa es la diosa adorada de Beltrán, la bella Antonieta,
que va, como tú, a Dresde... a ver pinturas también, probablemente. Sin
embargo, me extraña que precisamente ahora no desee tener el honor de
conocerte.

--No he podido serle presentado--dije un tanto mohino.

--Pero yo me ofrecí a presentarte y me contestó que otra vez sería. No
importa, chico; quizás haya un descarrilamiento o un choque durante el
viaje y tengas oportunidad de dejar plantado al duque de Estrelsau.

Pero ni la señora de Maubán ni yo tuvimos el menor desastre, y bien
puedo afirmarlo de ella con tanta seguridad como de mí, porque tras una
noche de descanso en Dresde, al continuar mi jornada, la vi subir a un
coche del mismo tren que yo había tomado. Comprendiendo que deseaba
hallarse sola, evité cuidadosamente acercármele; pero vi que llevaba el
mismo punto de destino que yo y no dejé de observarla atentamente sin
que ella lo notase.

Tan luego llegamos a la frontera de Ruritania (y por cierto que el viejo
administrador de la aduana se quedó mirándome con tal fijeza que me hizo
recordar más que nunca mi parentesco con los Elsberg), compré unos
periódicos y me hallé con noticias que modificaron mi itinerario. Por
motivos no muy claramente explicados, se había anticipado repentinamente
la fecha de la coronación, fijándola para dos días después. En todo el
país se hablaba de la solemne ceremonia y era evidente que Estrelsau, la
capital, estaba atestada de forasteros. Las habitaciones disponibles
alquiladas todas, los hoteles llenos, iba a serme muy difícil obtener
hospedaje, y dado que lo consiguiera tendría que pagarlo a precio
exorbitante. Resolví, pues, detenerme en Zenda, pequeña población a
quince leguas de la capital y a cinco de la frontera. El tren en que yo
iba, llegaba a Zenda aquella noche; podría pasar el día siguiente,
martes, recorriendo las cercanías, que tenían fama de muy pintorescas,
dando una ojeada al famoso castillo e ir por tren a Estrelsau el
miércoles, para volver aquella misma noche a dormir a Zenda.

Dicho y hecho. Me quedé en Zenda y desde el andén vi a la señora de
Maubán, que evidentemente iba sin detenerse hasta Estrelsau, donde por
lo visto contaba o esperaba conseguir el alojamiento que yo no había
tenido la previsión de procurarme de antemano. Me sonreí al pensar en la
sorpresa de Jorge Federly si hubiera llegado a saber que ella y yo
habíamos viajado tanto tiempo en buena compañía.

Me recibieron muy bien en el hotel, que no pasaba de ser una posada,
presidida por una corpulenta matrona y sus dos hijas; gente bonachona y
tranquila, que parecía cuidarse muy poco de lo que sucedía en la
capital. El preferido de la buena señora era el Duque, porque el
testamento del difunto Rey lo había hecho dueño y señor de las
posesiones reales en Zenda y del castillo, que se elevaba
majestuosamente sobre escarpada colina al extremo del valle, a media
legua escasa del hotel. Mi huéspeda no vacilaba en decir que sentía no
ver al Duque en el trono, en lugar de su hermano.

--¡Por lo menos al duque Miguel lo conocemos!--exclamaba.--Ha vivido
siempre entre nosotros y no hay ruritano que no sepa de él. Pero el Rey
es casi un extraño; ha residido tanto tiempo fuera del país, que apenas
si de cada diez hay uno que lo haya visto.

--Y ahora--apoyó una de las muchachas,--dicen que se ha afeitado la
barba y que no hay quien lo conozca.

--¡Que se ha quitado la barba!--exclamó la madre.--¿Quién te lo ha
dicho?

--Juan, el guardabosque del Duque, que ha visto al Rey.

--¡Ah, sí! El Rey, señor mío, está de cacería en una posesión que tiene
el Duque, ahí en el bosque; de Zenda irá a Estrelsau para la coronación
el miércoles por la mañana.

Me interesó la noticia y resolví dirigir al día siguiente mis pasos
hacia la casa del guarda, con la esperanza de ver al Rey.

--¡Ojalá se quedase cazando toda la vida!--me decía mi
huéspeda.--Cuentan que la caza, el vino y otra cosa que me callo, es lo
único que le gusta o le importa. Pues que coronen al Duque; eso es lo
que yo quisiera, y no me importa que me oigan.

--¡Cállese usted, madre!--dijeron ambas mozas.

--¡Oh, son muchos los que piensan como yo!--insistió la vieja.

Reclinado en cómodo sillón, de brazos, me reía al oírlas.

--Lo que es yo--declaró la menor de las hijas, una rubia regordeta y
sonriente,--aborrezco a Miguel el Negro. ¡A mí déme usted un Elsberg
rojo, madre! Del Rey dicen que es tan rojo como... como...

Me miró maliciosamente y lanzó una carcajada, sin hacer caso de la cara
hosca que ponía su hermana.

--Pues mira que muchos han maldecido antes de ahora a esos Elsberg
pelirrojos--refunfuñó la buena mujer; y yo me acordé en seguida de
Jaime, cuarto conde de Burlesdón.

--¡Pero nunca los ha maldecido una mujer!--exclamó la moza.

--También, y más de una, cuando ya era tarde--fue la severa respuesta,
que dejó a la doncella callada y confusa.

--¿Cómo es que el Rey se halla aquí, en tierras del Duque?--pregunté
para romper el embarazoso silencio.

--El Duque lo invitó, mi buen señor, a que descansase aquí hasta el
miércoles, mientras él preparaba la recepción del Rey en Estrelsau.

--¿Es decir que son buenos amigos?

--Los mejores del mundo.

Pero la linda rubia no era de las que se callan por largo tiempo, y
exclamó:

--¡Sí, se quieren tanto como pueden quererse dos hombres que ambicionan
el mismo trono y la misma mujer!

Su madre le dirigió una mirada furibunda, pero aquellas palabras habían
picado mi curiosidad; y antes de que la vieja pudiera reñirla, le
pregunté:

--¿Cómo es eso? ¿La misma mujer?

--Todo el mundo sabe que Miguel el Negro--bueno, madre, el duque
Miguel,--daría su alma por casarse con su prima, la princesa Favia, que
está destinada al Rey.

--¡Pobre Duque!--repuse.--Declaro que empiezo a compadecerlo. Pero el
segundón tiene que contentarse con lo que el mayor le deje, y aun dar
gracias a Dios de que algo le toque.--Y pensando en lo que a mí mismo me
sucedía, me encogí de hombros y me eché a reír. También recordé entonces
a Antonieta de Maubán y su viaje a Estrelsau.

--Lo que es Miguel el Negro...--continuó la muchacha arrostrando la
indignación de su madre; pero en aquel momento se oyeron unos pesados
pasos y una voz brusca preguntó, con acento amenazador:

--¿Quién habla del duque Miguel con tan poco respeto y en sus propias
tierras?

La muchacha dio un ligero grito, entre atemorizada y risueña.

--¿No me acusarás a tu amo, Juan?--preguntó.

--Ahí tienes lo que nos traes con tu charla--dijo la madre.

El hombre que había hablado entró en la habitación.

--Tenemos un huésped, Juan--dijo la posadera al recién llegado, que
inmediatamente se quitó la gorra. Pero al verme retrocedió un paso,
como ante una aparición.

--¿Qué tienes, Juan?--preguntó la mayor de las jóvenes.--Este señor es
un viajero, que viene a ver la coronación.

El guardabosque se había repuesto de su sorpresa, pero seguía mirándome
fijamente, con expresión de intensa curiosidad no exenta de amenaza.

--Buenas noches--le dije.

--Buenas noches, señor--murmuró, observándome sin cesar, hasta que la
rubia exclamó con gran risa:

--¡Sí, míralo bien, Juan; es tu color favorito! Lo ha sorprendido el
color de su cabello, señor viajero; color que no es el que más vemos
aquí en Zenda.

--Dispense el señor--balbuceó el mozo, todavía sorprendido.--No creí
encontrar aquí más que a los de casa.

--Denle ustedes un vaso de vino para que lo beba a mi salud. Buenas
noches a todos, y gracias, señoras mías, por su bondad y su grata
conversación.

Me levante, e inclinándome ligeramente me dirigí hacia la puerta. La
alegre muchacha corrió a alumbrar el camino y el joven retrocedió un
paso, fijos los ojos en mí. Al llegar a su lado me dijo:

--Con perdón, señor: ¿conoce usted al Rey?

--Jamás lo he visto, pero espero conocerlo el miércoles.

Nada más dijo, pero presentí que sus ojos siguieron clavados en mí hasta
que se cerró la puerta. Mi picaresca conductora iba delante y al subir
la escalera me dijo:

--No hay remedio; el pelo de usted es de un color que no le gusta a
Juan.

--¿Prefiere quizás el tuyo, eh?

--¡Oh! quiero decir en un hombre--replicó coquetonamente.

--Vamos a ver--dije asiendo el candelero que tenía ella en la
mano;--¿qué importa que un hombre tenga el pelo de tal o cual color?

--Lo que sé es que a mí me gusta el de usted; es el rojo de los Elsberg.

--Te repito que lo del color es una bicoca, una fruslería. Como ésta;
toma.--Y le di algunas monedas.

--¡Cielo santo!--exclamó.--Lo que es esta noche voy a cerrar la puerta
de la cocina, por si acaso.

De entonces acá he aprendido que el color del pelo es en ocasiones
detalle de la más alta importancia para un hombre.




III

FRANCACHELA NOCTURNA CON UN PARIENTE LEJANO


La conducta del guardabosque del Duque al siguiente día, fue tan atenta
y se mostró tan servicial, que hubiera bastado para reconciliarme con
él, suponiendo que yo hubiese podido guardarle el menor rencor porque a
él le gustase o no el color de mi cabello. Habiendo sabido que me
dirigía a la capital, se presentó cuando estaba yo almorzando para
decirme que una hermana suya, casada con un acomodado mercader de
Estrelsau, lo había invitado a ocupar un cuarto en su casa durante las
fiestas de la coronación. Que había aceptado de mil amores, pero ahora
se hallaba con que sus deberes no le permitían ausentarse. Por lo tanto
me rogaba que aceptase la invitación en su lugar, asegurándome que la
casa, aunque modesta, era cómoda y limpia, y que su hermana se avendría
al cambio con placer; acabando por recordarme las molestias que me
aguardaban en los coches atestados del tren, en mis idas y venidas
entre Zenda y Estrelsau. Acepté su oferta sin la menor vacilación y él
fue a telegrafiar a su hermana mientras yo preparaba mis efectos para
tomar el próximo tren. Pero me quedaba todavía el deseo de ir al bosque
y llegarme hasta la casilla del guarda; y cuando mi linda camarera me
dijo que podía tomar el tren en otra estación, andando cosa de dos
leguas a través del bosque, resolví enviar mi equipaje directamente a
las señas que había dejado Juan, dar mi paseo y continuar después el
viaje a Estrelsau. Juan había partido ya y nada supo de este cambio en
mis planes; pero como el único efecto había de ser un retraso de algunas
horas en mi llegada a la casa de su hermana, no había para qué enterarlo
de ello, y desde luego mi futura huéspeda no se había de preocupar por
mi tardanza.

Tomé una ligera colación poco antes de mediodía, y habiéndome despedido
de la buena mujer y sus hijas, prometiendo volver a verlas a mi regreso,
comencé el ascenso de la colina que lleva al castillo y desde éste al
bosque de Zenda. Media hora de pausado andar me llevó a las puertas del
castillo. Fortaleza en otro tiempo, los macizos muros se hallaban
todavía en buen estado y aparecían muy imponentes. Tras ellos se veía
otra sección de la antigua fortaleza, y después de ésta, separada por
un ancho y profundo foso que rodeaba también los antiguos edificios,
hallábase una hermosa quinta moderna, mandada construir por el difunto
Rey y que al presente era la residencia de campo del duque de Estrelsau.
Ambas porciones, antigua y moderna, se comunicaban por medio de un
puente levadizo, único medio de acceso a la parte antigua de la
construcción; en cambio en frente de la quinta se extendía una hermosa y
ancha avenida. Era aquella una posesión ideal. Cuando «Miguel el Negro»
deseaba compañía, habitaba la quinta; si quería estar solo le bastaba
cruzar el puente, alzarlo tras sí, y hubieran sido necesarios un
regimiento y una batería de sitio para sacarlo de allí. Proseguí mi
camino, alegrándome de ver que el pobre duque Miguel, ya que no pudiese
conseguir trono ni princesa, tenía por lo menos una residencia no
inferior a la de ningún otro príncipe de Europa.

No tardé en llegar al bosque, cuyos frondosos árboles me proporcionaron
fresca sombra por más de una hora. Las ramas se entrelazaban sobre mi
cabeza y los rayos del sol podían apenas deslizarse entre las hojas,
poniendo aquí y allá brillantes toques sobre el húmedo césped. Encantado
con aquel lugar, me senté al pie de un árbol, apoyé la espalda contra su
tronco y extendiendo las piernas me entregué a la contemplación de la
solemne belleza del bosque, a la vez que aspiraba el delicioso aroma de
un buen cigarro. Consumido éste y al parecer satisfecha mi contemplación
estética, me quedé profundamente dormido, sin cuidarme para nada del
tren que debía de llevarme a Estrelsau ni de la rapidez con que iban
deslizándose las horas de aquella tarde. Pensar en trenes en aquel lugar
hubiera sido un sacrilegio. Lejos de eso, me puse a soñar que era el
feliz esposo de la princesa Flavia, con la cual habitaba en el castillo
de Zenda y me paseaba por las sombreadas alamedas del bosque, todo lo
cual constituía un sueño muy placentero por cierto. No ocultaré que me
hallaba en el acto de estampar un ardiente beso en los lindos labios de
la Princesa, cuando oí una voz estridente, que al principio me pareció
parte de mi sueño, y que decía:

--¡Pero, hombre, si parece cosa, del diablo! No hay más que afeitarlo y
ya tenemos al Rey hecho y derecho.

Aquella ocurrencia me pareció bastante rara, aun para soñada; ¡el
sacrificio de mi bien cuidada barba y aguzada perilla transformarme en
un monarca! Hallábame a punto de besar otra vez a mi princesa, cuando me
convencí, muy a mi pesar, de que estaba despierto.

Abrí los ojos y vi a dos hombres que me contemplaban con gran
curiosidad. Ambos vestían trajes de caza y llevaban sus escopetas. Bajo
y robusto uno de ellos, con una cabeza redonda como bala de cañón,
áspero bigote gris y pequeños ojos azules. El otro era joven, esbelto,
de mediana estatura, moreno y de distinguido porte. Desde luego me
pareció el primero un veterano y el otro un joven noble, pero también
soldado. Más tarde tuve ocasión de ver confirmado mi juicio.

El de más edad se adelantó, haciendo seña al otro de que le siguiera; y
éste lo hizo así, descubriéndose cortésmente, a tiempo que yo me ponía
en pie.

--¡Hasta la misma estatura!--oí murmurar al veterano, mientras parecía
medir atentamente con la vista los seis pies y dos pulgadas de estatura
que Dios me ha dado. Después, haciendo el saludo militar, dijo:

--¿Me sería permitido preguntarle a usted su nombre?

--Mi opinión, señores míos--contesté sonriéndome,--es que habiendo
tomado ustedes la iniciativa en este encuentro, les toca también
comenzar por decirme sus nombres.

El joven se adelantó con faz risueña.

--El coronel Sarto--dijo presentando a su compañero.--Y yo soy Federico
de Tarlein; ambos al servicio del rey de Ruritania.

Me incliné y dije descubriéndome:

--Mi nombre es Rodolfo Raséndil y soy un viajero inglés. También he sido
por dos años oficial del ejército de Su Majestad la Reina.

--Pues en tal caso somos hermanos de armas--repuso Tarlein tendiéndome
la mano, que estreché gustoso.

--¡Raséndil, Raséndil!--murmuró el coronel Sarto. De repente pareció
despertarse un claro recuerdo en su memoria y exclamó:

--¡Por vida de! ¿Sois Burlesdón?

--Mi hermano es el actual Conde de este título.

--¡Claro está! Con esa cabeza no podía ser otra cosa--dijo echándose a
reír.--¿No conoce usted la historia, Tarlein?

El joven me miró, algo cortado, con una delicadeza que mi cuñada hubiera
admirado grandemente. Y deseoso yo de tranquilizarlo, dije chanceándome:

--¡Ah! Por lo visto la historia es tan bien conocida aquí como entre
nosotros.

--¡Conocida!--exclamó Sarto.--Y como siga usted algún tiempo en el país
no habrá en toda Ruritania quien la dude.

Empecé a sentirme algo inquieto. Si hubiera sabido hasta qué punto
podía leerse mi genealogía en mi aspecto, lo hubiera pensado mucho antes
de visitar a Ruritania. Pero a lo hecho pecho.

En aquel momento se oyó una voz imperiosa entre los árboles:

--¡Federico! ¿Dónde te has metido, hombre?

Tarlein se sobresaltó y dijo apresuradamente:

--¡El Rey!

El viejo Sarto se limitó a reírse con sorna.

No tardó en aparecer un joven, a cuya vista lancé una exclamación de
asombro; y él, al verme, retrocedió un paso, no menos atónito que yo. A
no ser por mi barba, por cierta expresión de dignidad debida a su alto
rango y también por media pulgada menos de estatura que él podía tener,
el rey de Ruritania hubiera podido pasar por Rodolfo Raséndil y yo por
el rey Rodolfo.

Permanecimos un momento inmóviles, contemplándonos. Después me descubrí
y saludé respetuosamente. El Rey recobró entonces el uso de la palabra y
preguntó con extrañeza:

--Coronel, Federico ¿quién es este caballero?

Iba yo a contestar, cuando el coronel Sarto se interpuso y empezó a
hablar al rey en voz baja, con su tono gruñón. La estatura del Rey
aventajaba mucho a la de Sarto, y mientras escuchaba a éste, sus ojos se
fijaban de cuando en cuando en los míos. Por mi parte lo contemplé larga
y detenidamente. Nuestra semejanza era en verdad extraordinaria, si bien
noté asimismo los puntos de diferencia. La cara del Rey era ligeramente
más llena que la mía, el óvalo de su contorno un tanto más pronunciado,
muy poco, y me pareció o me imaginé que a las líneas de su boca les
faltaba algo de la firmeza (obstinación quizás) que denunciaban mis
comprimidos labios. Pero con todo esto y a pesar de esas diferencias
menores, nuestro parecido subsistía, innegable, evidente, portentoso.

El coronel dejó de hablar, pero el rostro del Rey siguió contraído; por
último, moviéronse sus labios, se encorvó su nariz (exactamente como le
sucede a la mía cuando me río), parpadeó y acabó por echarse a reír de
tan buena gana y tan fuertemente, que sus carcajadas resonaron en el
bosque, proclamando la jovial disposición de su ánimo.

--¡Bienvenido, primo mío!--exclamó acercándose y dándome una palmada en
el hombro, sin cesar de reírse.--Muy disculpable es mi sorpresa, porque
no todos los días ve un hombre su propia imagen contemplándole frente a
frente. ¿Verdad, señores?

--Espero no haber incurrido en el desagrado de Vuestra
Majestad...--comencé a decir.

--¡No, a fe mía! Y la verdad es que nadie con más razón puede aspirar al
favor del Rey. ¿Adónde se dirige usted?

--A Estrelsau, para presenciar la coronación.

El Rey miró a sus servidores; continuaba sonriéndose, pero su expresión
revelaba ligera inquietud. Sin embargo, el lado cómico de la situación
volvió a imponérsele.

--¡Tarlein!--exclamó,--daría mil escudos por contemplar mañana la cara
de mi hermano Miguel cuando vea que somos dos. ¡Un par de Reyes, nada
menos!--Y sus alegres carcajadas resonaron de nuevo.

--Hablando seriamente--dijo Tarlein,--dudo que sea muy acertada la
visita del señor Raséndil a Estrelsau en estos momentos.

El Rey encendió un cigarrillo.

--¿Y bien, Sarto?--preguntó.

--No debe de ir--gruñó el veterano.

--Veamos, coronel; es decir que el señor Raséndil me haría un servicio
si...

--Eso, eso; Vuestra Majestad puede darle la forma más cortés y
diplomática que juzgue conveniente--dijo Sarto sacando del bolsillo una
enorme pipa.

--¡Basta, señor!--exclamé dirigiéndome al Rey.--Hoy mismo saldré de
Ruritania.

--¡Eso no!--exclamó el Rey.--Cenará usted conmigo esta noche, suceda
después lo que quiera, ¡Voto a! como dice Sarto; no se encuentra uno de
manos a boca con un pariente todos los días.

--Nuestra cena de esta noche será sobria--dijo Tarlein.

--No tal--repuso el Rey,--teniendo por convidado a nuestro primo. No por
eso olvido que debemos partir mañana temprano, Tarlein.

--Tampoco lo olvido yo--dijo el coronel fumando gravemente,--pero
siempre habrá tiempo de pensar en ello mañana.

--¡Ah, viejo Sarto!--exclamó el Rey.--¡Bien dicho! Cada cosa a su
tiempo. Andando, señor Raséndil. Y a propósito, ¿qué nombre le han
puesto a usted?

--El mismo de Vuestra Majestad--contesté inclinándome.

--¡Bravo! Eso prueba que no se avergüenzan de nosotros--repuso
riéndose.--¡Vamos, primo Rodolfo. No tengo palacio ni casa propia por
aquí, pero mi amado hermano Miguel me presta una de las suyas y en ella
procuraremos tratarlo a usted lo mejor posible.--Y tomando mi brazo,
indico a los otros que nos siguiesen y nos pusimos en camino.

Anduvimos por el bosque cosa de media hora y el Rey fumó cigarrillos y
charló incesantemente. Mostró vivo interés por mi familia, se rió en
grande cuando hablé de los retratos con cabellera de Elsberg, existentes
en nuestra galería de antepasados y redobló su risa al oír que mi
expedición a Ruritania era secreta.

--¿Es decir que tiene usted que visitar a su depravado primo a
escondidas?--dijo.

Al salir del bosque nos hallamos ante un rústico pabellón de caza. Era
una construcción de un solo piso, toda de madera. Salió a recibirnos un
hombrecillo con modesta librea, y la única otra persona que allí
habitaba era una vieja, la madre de Juan, el guardabosque del Duque,
según averigüé después.

--¿Está lista la cena, José?--preguntó el Rey.

El hombrecillo contestó que todo estaba pronto y no tardamos en
sentarnos a una mesa abundantemente servida. El Rey comía con apetito,
Tarlein moderadamente y Sarto con voracidad. Yo me mostré buen comedor,
como lo he sido siempre, y el Rey lo notó, sin ocultar su aprobación.

--Nosotros, los Elsberg, nos portamos siempre bien en la mesa,
observó.--Pero ¿qué es esto? ¿Estamos comiendo en seco? ¡Vino, José! Eso
de engullir sin beber se queda para los animales. ¡Pronto, pronto!

José puso apresuradamente sobre la mesa numerosas botellas.

--¡Acuérdese Vuestra Majestad de la ceremonia de mañana!--dijo Tarlein.

--¡Eso es, mañana!--repitió el viejo Sarto.

El Rey vació una copa a la salud de «su primo Rodolfo,» como tenía la
bondad de llamarme, y yo apuré otra en honor «del color de los Elsberg,»
brindis que le hizo reír mucho. No diré si era buena la carne que
comíamos, pero sí que los vinos eran exquisitos y que les hicimos
justicia. Tarlein se aventuró una vez a detener la mano del Rey.

--¿Cómo se entiende?--exclamó éste--Acuérdate, Federico, de que debes
partir mañana antes que yo, y por lo tanto tienes que dejar de beber dos
horas antes.

Tarlein vio que yo no comprendía.

--El coronel y yo--me explicó,--saldremos de aquí a las seis de la
mañana para ir a caballo a Zenda, regresaremos con la guardia de honor a
las ocho, y entonces cabalgaremos todos juntos hasta la estación.

--¡El diablo cargue con la tal guardia de honor!--gruñó Sarto.

--No, ha sido una atención muy delicada de mi hermano el pedir esa
distinción para su regimiento--dijo el Rey.--¡Ea, primo! Tú no tienes
que levantarte temprano. ¡Venga otra botella!

Y despaché otra botella, o, mejor dicho, parte de ella, porque lo menos
los dos tercios de su contenido se los apropió el monarca. Tarlein
renunció a predicar moderación y pronto nos pusimos todos tan alegres de
cascos como sueltos de lengua. El Rey empezó a hablar de lo que se
proponía hacer; Sarto, de lo que había hecho; Tarlein se destapó por
unas aventuras amorosas, y a mí me dio por encomiar los altos méritos de
la dinastía de los Elsberg. Hablábamos todos a la vez y seguíamos al pie
de la letra la máxima favorita de Sarto: mañana será otro día.

--Por fin, el Rey puso su copa sobre la mesa y se reclinó en la silla.

--Ya he bebido bastante--dijo.

--No seré yo quien contradiga al Rey--asentí.

La verdad es que había bebido demasiado. Y entonces se presentó José y
puso delante del Rey un venerable frasco, que, por su apariencia, debía
de haber reposado largos años en obscuro sótano.

--Su Alteza el duque de Estrelsau me ordenó presentar este frasco al Rey
cuando hubiese gustado ya otros vinos menos añejos, y suplicarle que lo
bebiera en prenda del cariño que le profesa su hermano.

--¡Bravo, Miguel!--exclamó el Rey.--¡Destápalo pronto, José! ¿Pues qué
se ha creído mi caro hermano? ¿Que me iba a asustar una botella más?

Destapado el frasco, José llenó el vaso del Rey. Apenas hubo probado el
vino nos dirigió una mirada solemne, muy en consonancia con el estado en
que se hallaba, y dijo:

--¡Caballeros, amigos míos, primo Rodolfo (¡cuidado que es escandalosa
la historia esa, Rodolfo!), la mitad de Ruritania os pertenece desde
este momento. ¡Pero no me pidáis una sola gota de este frasco divino,
que vacío a la salud de... de ese taimado, del bribón de mi hermano,
Miguel el Negro!

Y llevándose el frasco a los labios bebió hasta la última gota, lo lanzó
después lejos de sí y apoyando los brazos en la mesa dejó caer sobre
ellos la cabeza.

Bebimos una vez más a la salud del Rey y es todo lo que recuerdo de
aquella noche. Que no es poco recordar.




IV

EL REY ACUDE A LA CITA


Al despertarme no hubiera podido decir si había dormido un minuto o un
año. Me despertó repentinamente una sensación de frío; el agua chorreaba
de mi cabeza, cara y traje, y frente a mí divisé al viejo Sarto, con su
burlona sonrisa y con un cubo vacío en la mano. Sentado a la mesa,
Federico de Tarlein, pálido y desencajado como un muerto.

Me puse en pie de un salto, y exclamé encolerizado:

--¡Esto pasa de broma, señor mío!

--¡Bah! No tenemos tiempo de disputar. No había modo de despertarlo, y
son las cinco.

--Repito, coronel...--iba a continuar más irritado que nunca, aunque
medio helado el cuerpo, cuando me interrumpió Tarlein apartándose de la
mesa y diciéndome:

--Mire usted, Raséndil.

El Rey yacía tendido cuan largo era en el suelo. Tenía el rostro tan
rojo como el cabello y respiraba pesadamente. Sarto, el irrespetuoso
veterano, le dio un fuerte puntapié, pero no se movió. Entonces noté que
la cara y cabeza del Rey estaban tan mojadas como las mías.

--Ya hace media hora que procuramos despertarlo--dijo Tarlein.

--Bebió tres veces más que cualquiera de nosotros--gruñó Sarto.

Me arrodillé y le tomé el pulso, cuya lentitud y debilidad eran
alarmantes.

--¿Narcótico?... ¿la última botella?--pregunté con voz apenas
perceptible.

--Vaya usted a saber--dijo Sarto.

--Hay que llamar a un médico.

--No encontraríamos uno en tres leguas a la redonda; y además ni cien
médicos son capaces de hacerlo ir a Estrelsau. Sé muy bien en qué estado
se halla. Todavía seguirá seis o siete horas por lo menos sin mover pie
ni mano.

--¿Y la coronación?--exclamé horrorizado.

Tarlein se encogió de hombros, como tenía por costumbre.

--Tendremos que avisar que está enfermo--dijo.

--Me parece lo único que podemos hacer--asentí.

El viejo Sarto, en quien la francachela de la víspera no dejara el más
leve rastro, había encendido su pipa y fumaba furiosamente.

--Si no lo coronan hoy--dijo,--apuesto un reino a que no lo coronan
nunca.

--¿Pero, por qué?

--Toda la nación, puede decirse, está esperándolo allá en la capital con
la mitad del ejército, y digo, con Miguel el Negro a la cabeza.
¿Mandaremos a decirles que el Rey está borracho?

--¡Que está enfermo!

--¿Enfermo?--repitió Sarto con sarcasmo.--Demasiado saben la enfermedad
que le aqueja. No sería la primera vez.

--Digan lo que quieran--repuso Tarlein con desaliento.--Yo mismo llevaré
la noticia y la daré lo mejor que sepa y pueda.

--¿Creen ustedes que el Rey está bajo la influencia de un
narcótico?--preguntó Sarto.

--Yo sí lo creo--repliqué.

--¿Y quién es el culpable?

--Ese infame, Miguel el Negro--rugió Tarlein.

--Así es--continuó el veterano;--para que no pudiera concurrir a la
coronación. Raséndil no conoce todavía a nuestro sin par Miguel. Pero
usted, Tarlein, ¿cree usted que el Duque no tiene ya elegido candidato
al trono, el candidato de la mitad de los habitantes de Estrelsau? Tan
cierto como hay Dios, Rodolfo pierde la corona si no se presenta hoy en
la capital. Cuidado que yo conozco a Miguel el Negro.

--¿No podríamos llevarlo nosotros mismos a la ciudad?--pregunté.

--Bonita figura haría--dijo Sarto con profundo desprecio.

Tarlein ocultó el rostro entre las manos. La respiración del Rey se hizo
más ruidosa y Sarto lo empujó con el pie.

--¡Maldito borracho!--murmuró.--¡Pero es un Elsberg, es el hijo de su
padre, y el diablo me lleve si permito que Miguel el Negro usurpe su
puesto!

Permanecimos en silencio algunos instantes; después Sarto, frunciendo
las pobladas cejas y retirando su pipa de la boca, dijo dirigiéndose a
mí:

--A medida que el hombre envejece cree en el hado. El hado lo ha traído
a usted aquí y el hado lo lleva también a Estrelsau.

--¡Cielo santo!--murmuré, retrocediendo tembloroso.

Tarlein me miró con viva ansiedad.

--¡Imposible!--dije sordamente.--Lo descubrirían.

--Es una posibilidad contra una certeza--dijo Sarto.--Si se afeita
usted apuesto a que nadie duda que sea el Rey. ¿Tiene usted miedo?

--¡Señor mío!

--¡Vamos, joven, calma! Ya sabemos que si lo descubren le cuesta a usted
la vida, y también a mí y a Federico. Pero si se niega usted, le juro
que Miguel el Negro se sentará en el trono antes de que acabe el día y
el Rey yacerá en una prisión o en su tumba.

--El Rey no lo perdonaría nunca--balbuceé.

--¿Pero somos mujerzuelas o qué? ¿Quién se cuida de que el Rey perdone o
no?

Medité profundamente, y en la habitación no se oía otro rumor que el
tic-tac del reloj, cuyo péndulo osciló cincuenta, sesenta, setenta
veces; por fin mi rostro debió reflejar mis pensamientos, porque de
repente el viejo Sarto asió mi mano y exclamó conmovido:

--¿Irá usted?

--Sí, iré--dije mirando el postrado cuerpo del Rey.

--Esta noche--continuó Sarto apresuradamente y en voz baja,--debemos
pasarla en palacio, de acuerdo con el programa trazado de antemano. Pues
bien, apenas nos dejen solos, se queda Federico de guardia en la cámara
del Rey, montamos a caballo usted y yo y nos venimos aquí a escape. El
Rey estará esperándonos, informado de todo por José, e inmediatamente
se pondrá conmigo camino de Estrelsau, mientras que usted saldrá
disparado para la frontera, como si lo persiguiera una legión de
demonios.

Comprendí el plan en un instante e hice un ademán de aprobación.

--Siempre es una probabilidad--dijo Tarlein,--que por primera vez
mostraba alguna confianza en el proyecto.

--Si antes no descubren la substitución--indiqué.

--¡Y si la descubren, yo me encargo de mandar a Miguel el Negro a los
profundos infiernos antes de que me toque el turno, como hay
Dios!--exclamó Sarto.--Siéntese usted en esa silla, joven.

Obedecí y él se precipitó fuera de la habitación, gritando: «¡José,
José!» Volvió a los dos minutos y José con él, trayendo este último un
jarro de agua caliente, jabón y navajas de afeitar. El pobre mozo tembló
al oír las explicaciones que el coronel creyó necesario darle antes de
decirle que me afeitase.

De repente Tarlein se dio una palmada en la frente exclamando:

--¡Pero la guardia, la guardia de honor, que vendrá aquí, verá y se
enterará de todo!

--¡Bah! No la esperaremos. Iremos a caballo a la estación de Hofbau,
donde tomaremos el tren, y cuando llegue la guardia ya habrá volado el
pájaro.

--¿Y el Rey?

--En el sótano, adonde lo voy a transportar ahora mismo.

--¿Y si lo descubren?

--No lo descubrirán. José se encargará de despistarlos.

--Pero...

--¡Basta ya!--rugió Sarto, dando una patada en el suelo.--¡Por vida de!
¿No sé yo lo que arriesgamos? Si lo descubren no se verá en peor
predicamento que si no lo coronan hoy en Estrelsau.

Hablando así abrió la puerta de par en par e inclinándose asió y levantó
en sus brazos el cuerpo del Rey, dando prueba de un vigor que yo estaba
lejos de suponerle. En aquel instante apareció en la puerta la madre de
Juan el guardabosque. Permaneció allí algunos momentos y sin manifestar
la menor sorpresa nos volvió la espalda y se alejó por el corredor.

--¿Habrá oído?--preguntó Tarlein.

--¡Yo le cerraré la boca!--dijo Sarto con siniestro acento;--y salió
llevándose el cuerpo inerte del Rey.

Por mi parte, me dejé caer, medio alelado, en amplio sillón, y José
procedió a rasurarme sin pérdida de momento; no tardó en desaparecer mi
pobre barba, quedando mi cara tan monda como la del Rey. Al mirarme
Tarlein, no pudo menos de exclamar, asombrado:

--¡Por Dios vivo! ¡Ahora sí que realizaremos nuestro plan.

Eran las seis y no teníamos tiempo que perder. Sarto me llevó
apresuradamente al cuarto del Rey, donde me puse el uniforme de coronel
de la Guardia Real, no olvidando preguntar a Sarto, mientras me calzaba
las botas, qué había sido de la vieja.

--Me juró que nada había oído--contestó el coronel;--pero para mayor
seguridad la até de manos y pies, la amordacé de firme y la tengo bajo
llave en la carbonera, pared por medio del sótano donde duerme el Rey.
José cuidará de ambos más tarde.

No pude reprimir la risa y el mismo Sarto me imitó.

--Me figuro--continuó,--que cuando José anuncie a la escolta la partida
del Rey, la atribuirán a que nos temíamos una mala pasada. Desde luego
juraría que Miguel el Negro no espera ver hoy al Rey en Estrelsau.

Me puse el casco y Sarto me entregó la regia espada, mirándome
prolongada y cuidadosamente.

--¡Gracias a Dios que el Rey se afeitó la barba!--exclamó.

--¿Por qué lo hizo?--pregunté.

--Porque la princesa Flavia así lo quiso. Y ahora, a caballo.

--¿Está todo seguro aquí?

--Nada está seguro hoy, pero cuanto podemos hacer está hecho.

En aquel momento se nos unió Tarlein, que vestía uniforme de capitán del
mismo regimiento que yo, y a Sarto le bastaron cinco minutos para
ponerse también su respectivo uniforme. José anunció que los caballos
estaban listos; montamos y partimos al trote rápido. Había empezado la
peligrosa aventura. ¿Cuál sería su término?

El aire fresco de la mañana despejó mi cabeza y pude darme perfecta
cuenta de cuanto me iba diciendo Sarto, que mostraba sorprendente
serenidad. Tarlein apenas habló y cabalgaba como si estuviera dormido;
pero Sarto, sin dedicar una sola palabra más al Rey, empezó a instruirme
desde luego en mil cosas que necesitaba saber, a enseñarme
minuciosamente todo lo relativo a mi vida pasada, a mi familia, mis
gustos, ocupaciones, defectos, amigos y servidores. Me detalló la
etiqueta de la Corte de Ruritania, prometiendo hallarse constantemente a
mi lado para indicarme los personajes a quienes yo debía conocer y la
mayor o menor ceremonia con que convenía recibirlos y tratarlos.

--Y a propósito--me dijo,--¿supongo que es usted católico?

--No por cierto--contesté.

--¡Santo Dios, un hereje!--gimió el veterano; y en seguida me enumeró
una porción de prácticas y ceremonias del culto católico que me
importaba conocer.

--Afortunadamente--continuó,--no se esperará que esté usted muy al
tanto, porque el Rey se ha mostrado ya bastante descuidado e indiferente
en materia de religión. Pero hay que aparecer lo más afable del mundo
con el cardenal, a quien esperamos atraer a nuestro partido ahora que
tiene una cuestión pendiente con Miguel el Negro sobre asuntos de
procedencia.

Llegamos a la estación, y Tarlein, que había recobrado en parte su
presencia de ánimo, dijo brevemente al sorprendido jefe de estación, que
el Rey había tenido a bien modificar sus planes. Llegó el tren, tomamos
asiento en un coche de primera, y Sarto, cómodamente arrellanado,
reanudó su lección. Consulté mi reloj, mejor dicho el reloj del Rey, y
vi que eran las ocho en punto.

--¿Habrán ido a buscarnos?--¡pregunté.

--¡Con tal que no descubran al Rey!--dijo Tarlein inquieto, mientras que
el impasible Sarto se encogía de hombros.

A las nueve y media vi por la ventanilla las torres y los edificios más
elevados de una gran ciudad.

--Vuestra capital, señor--dijo Sarto con cómica reverencia, e
inclinándose me tomó el pulso.--Algo agitado--continuó con su eterno
tono gruñón.

--¡Como que no soy de piedra!--exclamé.

--Pero servirá usted para el caso--dijo satisfecho.--En cambio este
Federico de mis pecados parece sufrir un ataque de tercianas. ¡Saca el
frasco, muchacho, y toma un trago!

Tarlein lo hizo como se lo decían.

--Llegamos con una hora de anticipación--observó Sarto.--En cuanto
echemos pie a tierra enviaremos aviso de la llegada de Vuestra Majestad,
porque lo que es ahora no habrá nadie esperándonos. Y entretanto...

--Entretanto--dije yo,--el Rey acabará por darse a Satanás si tiene que
seguir mucho tiempo todavía sin almorzar.

El viejo Sarto se rió socarronamente y me tendió la mano.

--¡Es usted un verdadero Elsberg!--dijo. Después nos miró detenidamente
y exclamó:--¡Dios haga que nos veamos vivos esta noche!

--¡Amén!--fue el comentario de Federico de Tarlein.

El tren se detuvo. Mis dos compañeros bajaron al andén, descubriéndose y
dejando abierta la portezuela del coche. Por un momento fui presa de una
profunda emoción. Después afirmé el casco sobre mi cabeza, dirigí al
Cielo (lo confieso sin avergonzarme) una breve y ferviente súplica, y
bajé al andén de la estación de Estrelsau.

Momentos después todo era movimiento y confusión; hombres que se
acercaban apresuradamente, sombrero en mano, y partían con no menor
celeridad; otros que me conducían al restaurant de la estación, jinetes
que salían a escape con dirección a los cuarteles, a la catedral, a la
residencia del duque Miguel. Tomaba yo el último sorbo de mi taza de
café cuando se oyeron los alegres tañidos de las campanas en toda la
ciudad, y poco después llegaron a mis oídos los acordes de una banda de
música y las primeras aclamaciones de la multitud.

¡El rey Rodolfo V se hallaba en su leal ciudad de Estrelsau!

--¡Viva el Rey!--gritaba el pueblo fuera de la estación.--¡Dios proteja
a nuestro Soberano!

En los labios del viejo Sarto apareció irónica sonrisa.

--¡Dios los proteja a los dos!--le oí murmurar.--¡Animo, joven!--y su
mano estrechó disimuladamente la mía.




V

AVENTURAS DE UN SUPLENTE


Volví al andén seguido de cerca por Federico de Tarlein y el coronel
Sarto, y lo primero que hice fue cerciorarme de que tenía el revólver a
mano y de que mi espada salía fácilmente de la vaina. Me esperaba un
alegre grupo de jefes militares y grandes dignatarios y al frente de
ellos un anciano alto, de porte marcial y cubierto el pecho de cruces y
medallas. Ostentaba la banda roja y amarilla de la Rosa de Ruritania
que, dicho sea de paso, decoraba también mi indigno pecho.

--El general Estrakenz--murmuró Sarto, haciéndome saber así que me
hallaba en presencia del más famoso veterano del ejército de Ruritania.

Detrás del General se hallaba un hombrecillo que vestía amplio ropaje
rojo y negro.

--El Canciller del Reino--murmuró Sarto.

El General me saludó con algunas leales palabras y en seguida me
presentó las excusas del duque de Estrelsau. Al parecer, éste era
víctima de una indisposición súbita que le impedía venir a la estación,
pero me rogaba que le permitiese esperarme en la catedral. Manifesté mi
sentimiento, acepté bondadosamente las excusas del General y recibí los
plácemes de muchos y muy distinguidos personajes. Ninguno manifestó la
menor sospecha y sentí que iba recobrando la serenidad y que mi corazón
latía menos apresuradamente. Pero Tarlein seguía pálido y noté que le
temblaba la mano al dársela al General.

El cortejo formó frente a la estación, donde monté a caballo, teniéndome
el estribo el anciano General. Los dignatarios civiles tomaron asiento
en sus carruajes y comencé a recorrer las calles de Estrelsau, con
Estrakenz a mi derecha y Sarto (que como mi primer ayudante tenía
derecho a ello) a mi izquierda. La ciudad consta de una parte antigua y
otra moderna. Anchas avenidas y barrios enteros de magníficos edificios
rodean la primitiva ciudad, con sus calles estrechas, tortuosas y
pintorescas. En los barrios modernos residen las clases acomodadas, y en
el centro están situadas las tiendas y vive una población pobre,
turbulenta y en parte criminal, que se oculta en sus obscuras
callejuelas.

Aquellas divisiones sociales y locales correspondían, según los informes
suministrados por Sarto, a otra distinción mucho más importante para mí.
La Ciudad Nueva estaba toda por el Rey; para la Ciudad Vieja, Miguel de
Estrelsau era una esperanza, un héroe y un ídolo.

Brillante era el golpe de vista al pasar la cabalgata por la Avenida
Central y también en la gran plaza donde se alzaba el palacio regio.
Allí me encontraba rodeado de mis más adictos partidarios. Todas las
casas ostentaban rojas colgaduras y banderas; en la calles habían
construido gradas para los espectadores y pasé saludando a derecha e
izquierda, entre entusiastas aclamaciones, saludado a mi vez por
millares de blancos pañuelos. Los balcones estaban llenos de damas
vistosamente ataviadas, que aplaudían, saludaban y me dirigían sus más
seductoras miradas. Caía sobre mí una lluvia de rosas; tomé un precioso
capullo que se había enredado en las crines de mi caballo y lo coloqué
en el ojal de mi levita de uniforme. El General se sonrió con ironía. Yo
le había dirigido frecuentes miradas, pero su impasible semblante no me
revelaba si era o no de los míos.

--Para los Elsberg, la rosa roja, General--le dije alegremente; a lo
cual contestó con un ademán afirmativo.

He dicho «alegremente» y parecerá extraño. Pero la verdad es que me
hallaba por completo bajo el dominio de la intensa excitación creada por
aquellas circunstancias excepcionales. En aquel momento no distaba mucho
de creerme realmente el Rey, y alzando la frente dirigí una mirada de
triunfo a los balcones atestados de hermosas. De repente me sobresalté;
acababa de ver, fijos los ojos en mí, el hermoso rostro de mi compañera
de viaje, Antonieta de Maubán; noté que también ella parecía
sorprendida, que se movían sus labios y que se inclinaba hacia mí como
para verme mejor. Me repuse de mi sorpresa inmediatamente y sostuve su
mirada con toda calma. Pero también me acordé del revólver, pronto a
empuñarlo. ¿Qué hubiera sucedido si la hermosa dama hubiese gritado en
aquel momento: «¡Ese no es el Rey!»?

Pero, en fin, pasamos sin tropiezo hasta llegar a un punto donde el
General, volviéndose en la silla, hizo una señal con la mano e
inmediatamente nos rodearon los coraceros, de suerte que ninguna persona
del pueblo hubiera podido llegarse hasta mí. Era que salíamos ya de la
Ciudad Nueva para entrar en los barrios del duque Miguel, y aquella
precaución del General me indicó con más claridad aún de lo que hubieran
podido hacerlo las palabras, cuál era el estado de la opinión en
aquella parte de la ciudad. Pero ya que el hado me había convertido en
Rey, lo menos que podía yo hacer era representar dignamente, mi papel.

--¿Por qué este cambio, General?--pregunté.

Estrakenz se mordió el cano bigote.

--Es más prudente, señor--murmuró.

Inmediatamente detuve mi caballo.

--Sigan andando los que me preceden--mandé,--hasta llegar a cincuenta
varas de mí; y usted, General, y el coronel Sarto, esperarán aquí con el
resto de la escolta hasta que yo también me haya adelantado otras
cincuenta varas. Quiero ir absolutamente solo, para demostrar a mi
pueblo que tengo confianza en él.

Sarto extendió una mano hacia mí, y el General pareció vacilar.

--¿No han sido comprendidas mis órdenes?--pregunté; y el General,
mordiéndose otra vez el bigote, dio las órdenes necesarias.--Vi que
Sarto se sonreía ligeramente, pero también me hizo con la cabeza una
señal negativa. Cierto es que si me hubieran asesinado aquel día en las
calles de Estrelsau, el bueno de Sarto se hubiera visto en apurado
trance.

No estará de más decir aquí que yo llevaba puesto un uniforme blanco y
cruzada al pecho la ancha banda de la rosa; el casco era de plata con
adornos de oro, y las altas botas de montar completaban mi atavío.
Hubiera sido hacer una injusticia al Rey el no confesar, modestia
aparte, que con aquellos arreos hacía yo muy buena figura a caballo. Tal
fue también la opinión del pueblo, pues al adelantarme aislado por las
callejas sombrías y apenas decoradas de la Ciudad Vieja, se oyó primero
un murmullo, después una aclamación, y una viejecilla asomada al balcón
de una casucha, repitió en alta voz el dicho tradicional y popularísimo:

--«¡Es rojo, luego es bueno!»

Al oírla me sonreí y quitándome el casco mostré al pueblo mi roja
cabeza, acto que fue acogido con grandes aclamaciones.

Cabalgando solo, el paseo era mucho más interesante para mí, porque
podía oír los comentarios del pueblo.

--Parece más pálido que de costumbre--dijo uno.

--Y tú parecerías un espectro si llevaras la vida que él hace--fue la
irrespetuosa respuesta de otro.

--Es más alto de lo que yo creía--comentó un tercero.

--Sus retratos no le hacen mucho favor--dijo una bonita muchacha,
cuidando de que yo la oyese. Pura lisonja, sin duda.

Pero, a pesar de aquellas muestras aisladas de aprobación e interés, la
mayoría de la población miguelista me recibió en silencio y con ceñudos
semblantes, y en gran número de casas se veía el retrato de mi muy amado
hermano, irónica manera de dar la bienvenida al Rey. Me alegré de que
éste no estuviera allí para presenciar el nada grato espectáculo. Era
Rodolfo de carácter poco sufrido y probablemente no lo hubiera tomado
con la imperturbable calma que yo demostré.

Llegamos por fin a la catedral, cuya gran mole de piedra obscura,
embellecida con numerosas estatuas y las puertas más primorosas entre
las de todos los templos de Europa, se alzaba ante mí por primera vez,
haciéndose comprender toda la audacia de mi conducta. Al desmontar vi
confusamente cuanto me rodeaba; el General, Sarto y la multitud de
sacerdotes y religiosos que a la puerta esperaban. Y con igual vaguedad
se me aparecían todos los objetos al recorrer la gran nave central,
mientras el órgano dejaba oír sus notas majestuosas. No distinguí la
brillante concurrencia que llenaba el templo, y apenas vi al venerable
cardenal cuando dejó su solio para recibirme. Tan sólo dos rostros se me
aparecieron con toda precisión y claridad: el de una joven, pálido y
encantador, realzado por una corona del hermoso cabello rojo de los
Elsberg (porque en una mujer es hermosísimo); y el semblante de un
hombre cuyas encendidas mejillas, negro cabello y obscuros ojos de
penetrante mirada, me anunciaron que me hallaba por fin en presencia de
mi hermano, Miguel el Negro. Y al verme, sus mejillas palidecieron de
repente y el casco se le escapó de las manos y cayó ruidosamente al
suelo. Era indudable que hasta aquel momento no había creído en la
presencia del Rey en Estrelsau.

No recuerdo cosa alguna de lo que sucedió después. Me arrodillé ante el
altar y el cardenal ungió mi frente; después extendí la mano y tomé de
las suyas la corona de Ruritania, que puse sobre mi cabeza, prestando a
la vez el juramento regio. Volvió a oírse el órgano, el General ordenó a
los heraldos que me proclamasen y Rodolfo V quedó coronado Rey;
imponente ceremonia reproducida en un cuadro magnífico que hoy adorna mi
comedor. El retrato del Rey es acabadísimo.

La dama de pálido rostro y encantadora cabellera se aproximó entonces,
sostenida la cola del vestido por dos pajecillos, y el heraldo anunció:

--¡Su Alteza Real la princesa Flavia!

Hízome profunda reverencia y tomando mí mano la beso. Vacilé un
momento. Después la atraje hacia mí y deposité dos besos en sus
mejillas, que coloreó el rubor. Tras ella, Su Eminencia el cardenal
llevó también mi mano a sus labios y me presentó una carta autógrafa de
Su Santidad, ¡la primera y la última que he recibido de tan elevado
personaje!

Vino después el duque de Estrelsau. Juraría que le temblaban las piernas
y miraba a derecha e izquierda como si hubiera querido huir de allí;
tenía el rostro amoratado, y al tomar mi mano con las agitadísimas suyas
para besarla, noté que sus labios estaban secos y ardientes. Dirigí una
rápida mirada a Sarto, que se sonreía socarronamente, y resuelto a
cumplir mi deber hasta el fin, en la posición que me había deparado la
suerte, abracé a mi muy amado Miguel y le di un beso fraternal. No dudo
que uno y otro nos alegramos de ver terminada aquella comedia.

Pero ni en el rostro de la Princesa, ni en el de ninguna otra persona
allí presente, noté el menor indicio de duda o extrañeza. Si el Rey
hubiera estado a mi lado, habrían podido distinguirnos sin gran
dificultad. Pero no podían imaginarse que yo fuese otro que el Rey,
tanta era nuestra semejanza; y allí permanecí por espacio de una hora,
tan a mis anchas y al fin tan fatigado por la ceremonia como si hubiese
sido Rey toda la vida. Continuó el besamanos y me saludaron también
todos los miembros del cuerpo diplomático extranjero, entre ellos lord
Tofán, el Embajador inglés, en cuyos salones de la Plaza Grosvenor de
Londres, había bailado yo una docena de veces. A Dios gracias, el buen
señor era medio cegato y no se dio por entendido.

Vino después el regreso por las calles de la capital hasta palacio, y no
dejé de oír algunos vivas al duque Miguel, quien, según me dijo después
Tarlein, iba royéndose las uñas y como absorto en negros pensamientos,
tan anonadado que hasta sus mismos admiradores convinieron en que debió
haber mostrado menos desaliento. Hice el camino de regreso en una
carretela descubierta, teniendo a mi lado a la princesa Flavia, lo cual
hizo exclamar a un palurdo:

--¿Cuándo es la boda?

La pregunta le valió una puñada por parte de otro espectador, que gritó:
«¡Viva el duque Miguel!» y la Princesa volvió a ruborizarse, más hermosa
que nunca.

Grande era el aprieto en que me hallaba junto a ella, porque había
olvidado preguntar a Sarto el estado exacto de mis relaciones con
Flavia; y a decir verdad, si yo hubiera sido el Rey, habría deseado que
aquellas relaciones estuviesen lo más avanzadas posible, porque ni soy
de piedra ni podía olvidar el par de besos dados a mi bella prima. En la
duda, preferí guardar silencio, hasta que algo más tranquila la
Princesa, me dijo:

--¿Sabes Rodolfo, que te encuentro hoy algo cambiado?

No era extraño, pero la pregunta era algo inquietante.

--Me pareces--continuó--más grave y serio, hasta pensativo, y casi estoy
por decir también que más delgado. ¿Será posible que tú, con tu
carácter, hayas empezado a tomar la vida en serio?

Por donde se verá que la princesa Flavia tenía del Rey un concepto muy
parecido al que mi cuñada Rosa tenía formado de mí. Hice un esfuerzo
para sostener aquella difícil conversación.

--¿Te sería grato ese cambio?--le pregunté dulcemente.

--¡Oh, demasiado conoces mi opinión sobre ese punto!--contestó apartando
la vista.

--Procuraré hacer siempre lo que sea de tu agrado--continué; y al notar
su sonrisa y el leve rubor, no pude menos de decirme, que por lo pronto,
representaba bien el panel de Rey y aun le estaba haciendo a éste un
famoso servicio. Proseguí, pues, con toda sinceridad.

--Te aseguro, mi querida prima, que nada en mi vida me ha afectado tan
profundamente como la recepción de que he sido objeto hoy.

Volvió a aparecer su animada sonrisa, que se disipó un instante después,
al murmurar:

--¿Reparaste en Miguel?

--Sí, no parecía muy satisfecho que digamos.

--¡Tén cuidado! No le vigilas bastante, estoy segura de ello. Ya sabes
que...

--Sí, ya sé que ambiciona precisamente lo que yo poseo.

--Eso es. ¡Silencio!

Entonces (y el hecho no tiene justificación posible, porque obligué y
comprometí al Rey mucho más de lo que tenía derecho a hacer) me sentí
dominado por la hermosa y continué:

--Y también algo más que no poseo aún, pero que espero conquistar algún
día.

De haber sido yo el Rey, la respuesta que recibí me hubiera parecido
suficientemente animadora:

--¿No crees, primo, haber contraído hoy bastantes responsabilidades para
un solo día?

El estampido de los cañones y el toque penetrante de las cornetas nos
anunciaron que habíamos llegado al palacio. Nos esperaban guardias y
lacayos formados en largas hileras; y dando la mano a la Princesa subí
con ella la gran escalera del regio edificio, morada de mis antepasados,
de la cual tomé posesión como Rey coronado. Me senté después a mi propia
mesa, teniendo a mi derecha a la Princesa, al otro lado de ésta a Miguel
el Negro y a mi izquierda al venerable cardenal. Detrás de mi sillón se
hallaba el coronel Sarto, y al otro extremo de la mesa vi a Federico de
Tarlein, quien, por cierto, apuró su primera copa de champaña algo antes
de lo que en rigor se lo permitía la etiqueta.

No pude menos de preguntarme qué estaría haciendo en aquel momento el
rey de Ruritania.




VI

EL SECRETO DE UN SÓTANO


Nos hallábamos en el gabinete del Rey, Federico de Tarlein, Sarto y yo.
Me dejé caer rendido en un sillón de brazos. Sarto encendió su pipa y
aunque no formuló la menor felicitación por el maravilloso éxito de
nuestra descabellada tentativa, su aspecto revelaba claramente la
satisfacción, de que estaba poseído. Cuanto a Tarlein, nuestro triunfo y
algunas copas de buen vino habían hecho de él otro hombre.

--¡Qué recuerdo para usted el de este día!--exclamó.--Confieso que yo
también quisiera ser Rey por doce horas. Pero cuidado, Raséndil, con
tomar su papel muy por lo serio. No me admira que Miguel el Negro
pareciese hoy más negro y tétrico que nunca, visto que usted y la
Princesa parecían tener tantas cosas que decirse.

--¡Qué hermosa es!--exclamé.

--Prescindamos de ella--dijo Sarto.--¿Está usted pronto a partir?

--Sí--contesté con un suspiro.

Eran las cinco y a las doce volvería a convertirme en Rodolfo Raséndil,
transformación a la cual me referí chanceándome.

--Y afortunado será usted--comentó Sarto,--si a las doce no es el
_finado_ Roberto Raséndil. ¡Vive el cielo! No sentiré mi cabeza segura
sobre los hombros mientras se halle usted en la ciudad. ¿Sabe usted,
amigo Raséndil, que el duque Miguel ha recibido hoy noticias de Zenda?
Se retiró a una habitación para leerlas a solas y al salir parecía
aturdido.

--Estoy pronto--dije, sintiéndome menos dispuesto que nunca a prolongar
mi permanencia en Estrelsau.

--Tengo que extender un permiso para que podamos salir de la
ciudad--continuó Sarto, sentándose.--Miguel es Gobernador de la plaza,
como ustedes saben y hay que esperar que no nos faltarán obstáculos. El
documento tiene que firmarlo usted.

--Querido coronel, no he nacido para falsificador.

Sarto sacó un papel del bolsillo.

--Aquí está la firma del Rey--dijo.--Y aquí tengo un pliego de papel de
calco. Si en diez minutos no consigue usted escribir «Rodolfo» de una
manera presentable, lo escribiré yo.

--Pues escríbalo usted desde luego--dije,--que mi habilidad no llega a
tanto.

El coronel puso manos a la obra y no tardó en presentarnos una
falsificación muy pasable.

--Y ahora, Federico--prosiguió,--el Rey se retira porque está muy
fatigado, no sin ordenar que no se permita la entrada en su cámara a
nadie hasta mañana a las nueve. A nadie ¿comprende usted?

--Comprendo perfectamente.

--Puede que se presente Miguel pidiendo audiencia inmediata. Contestará
usted que sólo los Príncipes de la sangre tienen derecho a ello.

--Bueno se pondrá el Duque--replicó Tarlein echándose a, reír.

--¿Queda bien entendido?--repitió Sarto.--Si la puerta de la cámara real
se abre durante nuestra ausencia, ha de ser después de muerto usted...

--No hay para qué recordármelo, coronel--repuso Tarlein con altivez.

--Ahora, envuélvase usted en esta amplia capa--continuó Sarto
dirigiéndose a mí,--y póngase esta gorra de cuartel. Es usted mi
ordenanza, que me acompaña esta noche al pabellón de caza que usted
sabe.

--Hay un obstáculo--dije,--y es que no existe caballo capaz de recorrer
más de quince leguas conmigo a cuestas.

--Por eso montará usted dos, uno aquí y otro en Zenda. ¿Estamos listos?

--Por mi parte lo estoy--contesté.

Tarlein me tendió la mano.

--Por si acaso--dijo;--y nos estrechamos la mano cordialmente.

--¡Nada de niñerías!--gruñó el coronel.--¡En marcha!

Pero en lugar de dirigirse a la puerta se acercó a la pared del fondo.

--En tiempo del viejo Rey--dijo,--hacíamos uso frecuente de este camino.

Le seguí y anduvimos cosa de doscientas varas por un estrecho corredor,
hasta llegar a maciza puerta de roble, que Sarto abrió. Salimos y nos
hallamos en una solitaria calle a la que daban los jardines de la parte
de atrás del palacio. Allí nos esperaba un hombre con dos caballos; uno
alazán, magnífico, de gran alzada y el otro bayo, no menos fuerte y
brioso. Sarto me indicó que montase el primero y sin decir palabra nos
pusimos en marcha. Animada y bulliciosa estaba la ciudad, pero tomamos
las calles menos concurridas, cubierta yo la mitad del rostro con la
capa y bien calada la gorra para ocultar en lo posible mis delatores
cabellos. Hallamos pocos transeuntes en nuestro tortuoso camino, y
cuando llegamos a las murallas se oía todavía el tañido de las campanas
que daban la bienvenida al Rey. Eran las seis y media y no había
obscurecido aún.

--Mano al revólver--me dijo Sarto al acercarnos a una puerta.--Si el
guarda se da por entendido hay que cerrarle la boca para siempre.

Empuñé mi arma. Sarto llamó y vimos acercarse a una chiquilla de trece o
catorce años. La suerte nos favorecía.

--Mi padre ha ido a ver al Rey, señor oficial--dijo.

--Pues para eso mejor hubiera hecho en quedarse aquí--me dijo Sarto con
sorna y a media voz.

--Pero me encargó que no abriese la puerta.

--¿Sí, eh?--dijo Sarto desmontando.--Pues dame la llave.--La mozuela
tenía la llave en la mano. Sarto le dio una moneda de oro.

--He aquí una orden del Rey. Enséñasela a tu padre. ¡Abre esa puerta,
muchacha!

Eché pie a tierra, abrimos entre los dos la pesada puerta y haciendo
salir a nuestros caballos volvimos a cerrarla.

--Lo siento por el guarda, si el Duque averigua que estaba ausente de su
puesto. Y ahora, joven, al trote. No conviene acelerar mucho el paso
mientras sigamos cerca de la ciudad.

Ya algo más apartados de las murallas y cerrada la noche, disminuyó el
peligro y pusimos los caballos al galope. El magnífico animal que yo
montaba iba tan ligero como si no llevase la menor carga. La noche era
hermosa y no tardó en aparecer la luna. Hablamos poco y eso reducido
casi exclusivamente a los progresos que hacíamos en nuestra jornada.

--Quisiera saber el contenido de los despachos que recibió el
Duque--dije una vez.

--También yo--se limitó a contestarme Sarto

Nos detuvimos para vaciar un vaso de vino y dar pienso a los caballos,
con lo que perdimos media hora. No me arriesgué a entrar en el figón y
me quedé con los caballos en la cuadra. Continuamos la marcha y
llevábamos recorrida más de la mitad del camino, unas nueve leguas,
cuando Sarto se detuvo repentinamente.

--¿Oye usted?--me dijo.

Escuché atentamente. A lo lejos, detrás de nosotros, resonaban pisadas
de caballos. Eran entonces las nueve y media y en el silencio de la
noche la fuerte brisa que se había levantado traía muy distintamente
hasta nosotros aquel rumor lejano. Miré a Sarto.

--¡Adelante!--exclamó,--y poniendo espuelas al caballo se lanzó al
galope.

Cuando volvimos a detenernos nada oímos, pero a poco se repitió el
rumor. El coronel desmontó y aplicó el oído a tierra.

--Son dos--dijo,--y están a un cuarto de legua. Por fortuna el camino es
tortuoso y la dirección del viento nos favorece.

Galopamos de nuevo, logrando mantener la misma distancia entre nosotros
y los que sin duda nos perseguían. Habíamos llegado al bosque de Zenda y
a la media hora nos hallamos en una bifurcación del camino. Sarto detuvo
su caballo.

--El sendero de la derecha es el nuestro--dijo.--El de la izquierda
conduce al castillo y ambos son de unas tres leguas. Desmonte usted.

--¡Pero nos alcanzarán!--exclamé.

--¡Pie a tierra!--repitió bruscamente; y obedecí.

El bosque era espesísimo desde la orilla misma del camino. Ocultamos
nuestros caballos entre los árboles, les vendamos los ojos y
permanecimos inmóviles junto a ellos.

--¿Quiere usted saber quiénes son?--murmuré

--Sí, y adónde van.

Entonces noté que su diestra empuñaba un revólver. Oíase cada vez más
próximo el trote de los caballos. La luna brillaba en toda su plenitud
y el camino se destacaba como ancha franja blanca. Nuestras cabalgaduras
no habían dejado el menor rastro sobre la tierra endurecida.

--¡Ahí están!--murmuró Sarto.

--¡Es el Duque!

--Me lo figuraba--contestó.

Era el Duque, en efecto; y con él un robusto gañán a quien yo conocía y
que más tarde aprendió a conocerme a mí más de lo que hubiera querido;
era Máximo Holf, hermano de Juan el guardabosque y criado de Su Alteza.
Se hallaban frente a nosotros; el Duque detuvo su caballo y vi que el
dedo de Sarto acariciaba el gatillo de su arma. Tengo para mí que
hubiera dado diez años de su vida por pegarle un balazo a Miguel el
Negro, a quien hubiera podido despachar en aquel momento con tanta
facilidad como yo una gallina a diez pasos de mi revólver. Posé la mano
sobre su brazo, y movió la cabeza negativamente, para tranquilizarme: el
deber ante todo era su máxima.

--¿Qué camino tomaremos?--preguntó el Duque.

--El del castillo, Alteza--aconsejó su compañero.

--Allí sabremos la verdad.

El Duque vaciló un momento.

--Me parecía haber oído pasos de caballo--dijo.

--No creo que nadie nos preceda, Alteza.

--¿Por qué no ir al pabellón de caza?

--Temo una celada. Si «todo va bien,» es inútil ir al pabellón. En caso
contrario el aviso no es más que una celada.

De repente el caballo del Duque relinchó. Un momento nos bastó para
cubrir las cabezas de los caballos con nuestras capas y después
apuntamos al Duque y su compañero con nuestros revólvers. De habernos
descubierto los hubiéramos matado allí mismo, o hécholos prisioneros.

--¡A Zenda, pues!--exclamó por fin Miguel y clavando las espuelas a su
caballo lo lanzó al galope.

Sarto siguió apuntándole, con expresión tan dolorida en el rostro que me
costó trabajo no soltar la carcajada. Permanecimos allí diez minutos
más.

--Ya lo ha oído usted--dijo Sarto.--Le han mandado a decir que «todo va
bien.»

--¿Y qué quieren decir con eso?--pregunté.

--¡Dios sabe!--contestó Sarto frunciendo el ceño.

--Pero es innegable que el mensaje le ha hecho venir de Estrelsau en la
mayor incertidumbre.

Montamos otra vez y tomamos el camino del pabellón con toda la rapidez
que permitía el cansancio de nuestros caballos. No pronunciamos palabra
durante aquel último tramo de nuestra jornada y nos asaltaban mil
temores. «Todo va bien.» ¿Qué significaba esa frase? ¿Le habría ocurrido
algo al Rey?

Llegamos por fin a la puerta del pabellón, en el que todo parecía
tranquilo y silencioso. Nadie acudió a recibirnos y desmontamos
precipitadamente. De repente, Sarto oprimió mi brazo.

--¡Mire usted!--exclamó señalando al suelo.

Vi a mis pies cinco o seis pañuelos de seda hechos trizas y me volví
hacia él.

--Son los pañuelos con que até a la vieja--me dijo.

--Asegure usted los caballos y sígame.

La puerta cedió sin resistencia y entramos en la habitación donde
habíamos cenado la noche anterior, en la que se veían aún los restos de
la cena y numerosas botellas vacías.

--¡Adelante!--exclamó Sarto, que por primera vez parecía próximo a
perder su maravillosa serenidad.

Nos precipitamos por el corredor en dirección a la entrada del sótano.
La puerta de la carbonera estaba abierta de par en par.

--Han descubierto a la vieja--dije.

--Eso ya lo sabía yo desde que vi los pañuelos--repuso el coronel.

Llegamos frente a la puerta del sótano, que estaba cerrada, y al parecer
en el mismo estado en que la habíamos dejado aquella mañana.

--Entremos, todo va bien--dije.

Me contestó una violenta imprecación de Sarto, cuyo rostro palideció a
la vez que señalaba al suelo con el dedo. Por debajo de la puerta se
extendía una gran mancha roja que cubría parte del pasillo del sótano.
Sarto se apoyó en la pared opuesta a la puerta. Traté de abrir ésta,
pero estaba cerrada.

--¿Dónde está José?--preguntó Sarto.

--¿Dónde está el Rey?--fue mi respuesta.

El veterano sacó un frasco y lo llevó a los labios. Por mi parte volví
corriendo al comedor y tomé del hogar una sólida barra de hierro
destinada a atizar el fuego. Lleno de terror, desatinado, descargué con
ella fuertes golpes sobre la puerta y por último disparé mi revólver
contra la cerradura, que saltó en pedazos y se abrió la puerta.

--¡Venga una luz!--dije,--pero Sarto siguió apoyado en la pared,
inmóvil.

Estaba, naturalmente, más conmovido que yo porque amaba profundamente a
su señor. No temía por sí mismo, nadie hubiera creído de él semejante
cosa; pero le aterrorizaba el pensar en lo que podía revelarnos aquel
sótano. Fui al comedor, tomé de la mesa un candelero de plata y encendí
una vela: la esperma hirviente que cayó sobre mi mano, reveló cómo
temblaba ésta, y cuán disculpable era la agitación de Sarto.

Llegué a la puerta del sótano, la mancha roja, de color más obscuro en
los bordes, se extendía al interior. Penetré unas dos varas en el sótano
y elevé la vela. Vi las pipas de vino formando hilera, algunas arañas
que corrían por la pared, un par de botellas vacías en el suelo y más
allá, en un rincón, el cuerpo de un hombre tendido de espaldas, con los
brazos abiertos y una sangrienta herida en el cuello. Me dirigí a él, me
arrodillé a su lado y encomendé a Dios el alma de aquel fiel servidor.
Porque era el cuerpo del pobre José, muerto en defensa del Rey.

Sentí que una mano se posaba sobre mi hombro y volviéndome vi los ojos
brillantes y espantados de Sarto.

--¡El Rey, Dios mío, Rey!--articuló sordamente.

Dirigí la luz de la vela a todos los rincones del sótano.

--El Rey no está aquí--dije.




VII

SU MAJESTAD DUERME EN ESTRELSAU


Rodeé la cintura de Sarto con mi brazo y sosteniéndole le hice salir del
sótano, cuya destrozada puerta cerré lo mejor que pude. Permanecimos en
el comedor, sentados y silenciosos unos diez minutos. Después el viejo
Sarto se frotó los ojos, dio un profundo suspiro y pareció recobrar su
calma habitual. Al oír la una en el reloj de repisa, golpeó fuertemente
el suelo con el pie y exclamó:

--¡Se han apoderado del Rey!

--Sí--contesté.--«¡Todo va bien!» como decía el despacho recibido por el
Duque. ¡Qué rato pasaría al oír esta mañana las salvas que saludaban al
Rey! ¿Cuándo recibió el mensaje?

--Debió de ser por la mañana. Se lo enviaron probablemente antes de que
llegase a Zenda la noticia de la presencia de usted en Estrelsau; porque
supongo que el mensaje lo mandaron de Zenda.

--¡Y lo ha llevado encima todo el santo día!--exclamé.--Bien puedo
decir que no soy el único que ha pasado un día de prueba. ¿Pero qué
pensaría él de todo esto, Sarto?

--¿Qué nos importa? Pregunte usted más bien qué es lo que piensa ahora.

--Tenemos que volver a la capital--dije poniéndome de pie
apresuradamente.--Importa reunir en seguida cuantas fuerzas hay allí y
ponernos en persecución de Miguel antes de mediodía.

Sarto sacó su pipa, la llenó y la encendió cuidadosamente en la vela que
goteaba sobre la mesa.

--¡Quizá estén asesinando al Rey mientras seguimos aquí cruzados de
brazos!--exclamé.

Sarto continuó fumando en silencio.

--¡Maldita vieja!--gruñó por fin.--Lograría atraer su atención de alguna
manera. Me figuro lo ocurrido. Vinieron a apoderarse del Rey y como
digo, de una manera u otra dieron con él. Si no hubiera usted ido a
Estrelsau, usted, Federico y yo estaríamos a estas horas en el reino de
los Cielos.

--¿Y el Rey?

--¿Quién sabe dónde está el Rey en este momento?

--¡Partamos!--exclamé; pero Sarto siguió inmóvil. Y de repente se echó a
reír.

--¡Por vida de!--exclamó;--no le hemos dado mal sofocón a Miguel el
Negro.

--¡Vamos, vamos!--repetí.

--¡Y no es malo tampoco el que le espera!--añadió con aviesa sonrisa que
acentuó las arrugas de su atezado rostro.--Corriente, joven, volveremos
a Estrelsau. El Rey estará otra vez mañana en su capital.

--¿El Rey?

--¡El Rey coronado hoy!

--¿Está usted loco?--exclamé.

--Si volviéramos y confesásemos la jugada que les hemos hecho ¿cuánto
daría usted por nuestras vidas?

--Ni más ni menos que lo que valen.

--¿Y por el trono del Rey? ¿Se imagina usted que a los nobles y al
pueblo les hará pizca de gracia verse burlados como los ha burlado
usted? ¿Cree usted que seguirán amando y respetando a un Rey que,
demasiado borracho para ser coronado, les envió a su criado para que lo
representase en aquel acto?

--¡El Rey fue víctima de un narcótico y yo no soy su criado!

--Me limito a dar la versión que hará de lo ocurrido Miguel el Negro.

Dejó su asiento, se me acercó y posando la mano sobre mi hombro, dijo:

--Raséndil, si se porta usted como un hombre, todavía puede usted salvar
al Rey. ¡A Estrelsau otra vez, a conservarle su trono!

--Pero el Duque lo sabe todo, los villanos que le sirven han
averiguado...

--Pero no pueden decir palabra!--gritó Sarto con expresión de
triunfo.--Los tenemos en nuestro poder. ¿Cómo han de denunciarle a usted
sin denunciarse a sí mismos? ¿Osarán decir al país: «Ese hombre es un
impostor, porque al verdadero Rey lo tenemos nosotros prisionero y hemos
asesinado a su servidor?» ¿Pueden hacer tal cosa?

La situación se me apareció de repente con toda claridad. Me conociese o
no el Duque, tenía que callarse. ¿Qué podía hacer mientras no presentase
al verdadero Rey? Y si éste apareciese, ¿qué sería del Duque? Por un
momento me sentí convencido, pero no tardé en comprender todas las
dificultades del proyecto.

--Me descubrirán--dije.

--Quizás, pero entretanto cada hora que ganemos vale mucho. Ante todo,
es indispensable que tengamos un Rey en Estrelsau, o, de lo contrario,
Miguel será dueño de la ciudad en veinticuatro horas. Y entonces ¿qué
valdría la vida del Rey? ¿dónde estaría su trono? ¡Joven, tiene usted
que aceptar!

--¿Y si matan al Rey?

--Lo matarán si es que no lo mata usted.

--¿Y si lo han asesinado ya?

--En tal caso ¡voto a sanes! tan buen Elsberg es usted como Miguel el
Negro y reinará usted en Ruritania. Pero no creo que le hayan dado
muerte; como tampoco lo harán mientras siga usted en el trono. Matar al
verdadero Rey, en tales condiciones, sería en beneficio exclusivo de
usted.

Era un plan descabellado, una empresa más loca y difícil aún que la
jugarreta anterior tan felizmente terminada por mi parte; pero al
escuchar a Sarto pude ver y apreciar las ventajas que teníamos a nuestro
favor. Además, era yo joven, activo y se me ofrecía un papel tal y en
tales circunstancias como jamás le había tocado en suerte a ningún
hombre.

--Me descubrirán--repetí.

--Quizás--volvió a decir Sarto.--¡Vamos a Estrelsau! Mire usted que si
seguimos aquí nos van a coger como en una ratonera.

--¡Sarto!--exclamé.--¡voy a intentarlo!

--¡Bien, joven, bien! Ahora sólo falta que nos hayan dejado los caballos
que tenía aquí de repuesto. Voy a ver.

--Pero tenemos que dar sepultura a ese infeliz--dije.

--No hay tiempo para eso.

--Pues he de hacerlo.

--¡El demonio me lleve!--gruñó.--Lo hago a usted Rey, y... Bueno, pues
lo enterraremos. Vaya usted a traerlo mientras yo procuro los caballos.
No será muy profunda la fosa, pero dudo que al muerto le importe gran
cosa. ¡Pobre José! Era todo un hombre.

Salió y yo bajé al sótano. Tomé el cuerpo en mis brazos y lo llevé por
el corredor hasta cerca de la puerta del pabellón, donde lo deposité en
el suelo, recordando, que necesitábamos azadones para cavar la fosa. En
aquel momento regresó Sarto.

--Los caballos están ahí--dijo--Uno de ellos es hermano del que le trajo
a usted aquí. Cuanto al oficio de sepulturero, puede usted ahorrarse ese
trabajo.

--No me iré hasta dejar a José bajo tierra.

--¡A que sí!

--No, coronel; ni que me diera usted a todo Ruritania.

--¡Terco!--exclamó.--Venga usted aquí.

Me llevó a la puerta. La luna iluminaba el camino y vi a cosa de
quinientas varas un grupo de hombres que se acercaban por el camino de
Zenda. Eran siete u ocho, cuatro de ellos a caballo, y vi que llevaban
al hombro palas y azadones.

--Esos le ahorrarán a usted el trabajo--dijo Sarto.--Vámonos.

Tenía razón.--Los que llegaban eran sin duda servidores de Miguel,
enviados para hacer desaparecer las huellas de su crimen. Ya no vacilé,
pero se apoderó de mí un deseo irresistible de castigarlos, y señalando
al cadáver del pobre José, dije a Sarto:

--Venguémoslo, coronel!

--¿Desea usted proporcionarle compañía, eh? Pero no deja de ser
arriesgado.

--No me voy sin darles una lección--insistí.

Sarto vaciló.

--Pues bien--dijo,--no es lo más acertado, pero se ha conducido usted
bien y hay que complacerle. Después de todo, si caemos nos habremos
ahorrado una porción de disgustos y cavilaciones. Yo le diré a usted
cómo sorprenderlos.

Cerró cuidadosamente la puerta--que teníamos apenas entreabierta,--y
pasando por el interior de la casa llegamos a la puertecilla de atrás,
junto a la cual estaban los caballos. En torno del pabellón había un
camino destinado a los coches.

--¿Tiene usted a mano el revólver? preguntó Sarto.

--No, quiero caer sobre ellos espada en mano--repliqué.

--¡Diantre! Veo que, se le ha despertado a usted el apetito esta noche.
Corriente.

Montamos, desenvainamos las espadas y esperamos unos momentos en
silencio. Por fin oímos los pasos de los recién llegados en el camino de
coches, al otro lado del pabellón, donde se detuvieron y uno de ellos
exclamó:

--¡Id a buscar al muerto y traedlo aquí!

--¡Ahora!--murmuró Sarto.

Clavamos espuelas y dando vuelta a la casa nos precipitamos sobre
aquellos bribones. Sarto me dijo después que había matado a uno y lo
creí, pero por lo pronto lo perdí de vista. Lo que sé es que de un tajo
le abrí la cabeza a uno de los jinetes, que cayó al suelo. Entonces me
hallé frente a frente de un mocetón y vi también que a mi derecha
quedaba otro enemigo. Era peligroso seguir allí y hundí otra vez las
espuelas en los ijares de mi caballo, a la vez que clavaba mi espada en
el pecho del rufián que tenía delante. La bala de su revólver me rozó
una oreja; tiré de la espada, pero no pudiendo arrancársela del cuerpo
la solté y salí a escape en seguimiento de Sarto, a quien divisé en
aquel momento a unas veinte varas de distancia. Agité la mano en señal
de despedida, pero la bajé inmediatamente dando un grito, porque una
bala me había alcanzado en un dedo. Sarto se volvió hacia mí y sonó otro
disparo, pero como sólo tenían revólvers pronto nos pusimos fuera de
tiro. Entonces Sarto se echó a reír.

--Uno yo y dos usted--dijo.--No lo hemos hecho mal y el pobre José
tendrá compañía.

--Sí, partida completa--repuse; estaba furioso y me alegraba de haber
despachado a dos de aquellos truhanes.

--Y con eso les ha caído también algún trabajo a los
restantes--prosiguió el coronel.--¿Cree usted que lo han reconocido?

--Al recibir la estocada el segundo, le oí exclamar: «¡el Rey!»

--¡Bravo! No vamos a darle poco que hacer a Miguel el Negro.

Nos detuvimos un instante para vendar mi dedo, que sangraba
abundantemente y me dolía no poco, pues la bala había interesado algo el
hueso. Después galopamos de nuevo en silencio, disipada ya la excitación
de la lucha. Despuntó el día, frío y despejado, y un labrador nos
proporcionó algún alimento y pienso para los caballos. Pretexté un dolor
de muelas y me cubrí la cara casi por completo. Tras larga carrera
llegamos por fin a Estrelsau, entre ocho y nueve de la mañana. Todas las
puertas de la ciudad estaban abiertas como de ordinario, excepto cuando
las cerraban el capricho o las intrigas del Duque. Entramos en la
capital siguiendo el mismo camino que habíamos recorrido la noche
anterior, pero rendidos de cansancio, tanto jinetes como caballos. Las
calles estaban aún más desiertas que la víspera, como si los moradores
buscasen en el sueño el necesario descanso tras las fiestas y
prolongados regocijos de la noche precedente, y apenas hallamos alma
viviente a nuestro paso. Junto a la puertecilla de palacio nos esperaba
el fiel servidor de Sarto.

--¿No ha habido novedad, señor?--preguntó.

--Todo va bien--dijo Sarto,--a tiempo que su criado tomaba mi mano para
besarla.

--¡El Rey está herido!--exclamó.

--No es nada--dije desmontando.--Me lastimé el dedo cerrando una puerta.

--Y sobre todo silencio--dijo Sarto;--aunque a ti, mi buen Freiler, es
casi inútil recomendártelo.

El interpelado se encogió de hombros.

--A todos los jóvenes les gusta hacer una salida de noche, de cuando en
cuando--dijo.--¿Por qué no ha de gustarle también al Rey?

La risa de Sarto pareció confirmar aquella interpretación de mi breve
ausencia.

--Mi sistema--dijo cuando hubimos entrado--es no confiar en nadie más
allá de donde sea absolutamente necesario confiar.

Al abrir la puerta de mi antecámara vimos a Federico de Tarlein, vestido
y reclinado en el sofá. Parecía haber dormido, pero nuestra entrada lo
despertó. Incorporándose vivamente me dirigió una mirada y con un grito
de alegría se arrodilló a mis pies.

--¡Gracias a Dios, señor, que os veo sano y salvo!--exclamó, procurando
asir mi mano.

Confieso que me sentí conmovido. El rey Rodolfo--cualesquiera que fuesen
sus faltas,--sabía hacerse amar de sus subditos. Por breves instantes no
me atreví a hablar ni disipar la ilusión del pobre joven. Pero el viejo
Sarto no era de los que se conmovían y dando palmadas exclamó:

--¡Bravo, joven! ¡Cuando digo yo que todo marchará a pedir de boca!

Tarlein nos miró atónito y yo le tendí la mano.

--¡Estáis herido, señor!--exclamó.

--No es más que un rasguño--dije,--pero...--y me detuve.

Tarlein se puso en pie con expresión de profundo asombro en el rostro.
Tomó mi mano, me miró atentamente y de repente retrocedió un paso.

--¡Pero, el Rey! ¿Dónde está el Rey?--gritó.

--¡Silencio, imprudente!--dijo Sarto.--No tan alto. Este es el Rey.

Oímos llamar a la puerta. Sarto asió mi mano

--¡Pronto, a su cámara! ¡Fuera esa gorra y esas botas! Métase usted en
cama y cubra bien todo el traje con las sábanas.

Hícelo así en un abrir y cerrar de ojos y momentos después aparecía
Sarto, saludando, para anunciarme a un caballerete muy ceremonioso, que
se acercó a mi lecho y tras grandes reverencias dijo que se hallaba al
servicio de la princesa Flavia, y que Su Alteza lo enviaba a preguntar
cómo seguía Su Majestad después de la fatiga de la víspera.

--Dé usted las gracias a mi prima--dije,--y asegúrele que jamás me he
sentido mejor.

--El Rey ha pasado toda la noche en un sueño--agregó el viejo Sarto, a
quien, según empezaba yo a descubrir, le gustaba endilgar una mentira de
vez en cuando, nada más que por el gusto de mentir.

El mensajero se deshizo otra vez en reverencias y salió de la cámara.
Había terminado la comedia y el rostro pálido de Tarlein nos llamó a la
realidad; por más que en definitiva la farsa proyectada iba a
convertirse para nosotros en _única_ realidad.

--¿Ha muerto el Rey?--preguntó.

--¡Dios no lo quiera!--contesté.--¡Pero se halla en poder de Miguel el
Negro!




VIII

PRIMA RUBIA Y HERMANO MORENO


La vida de un Rey tiene sin duda sus exigencias, pero la de un Rey
apócrifo las tiene decididamente mucho mayores. Desde el siguiente día
comenzó Sarto a instruirme en mis regios deberes, a explicarme lo que
tenía que saber y hacer, y la primera lección duró tres horas. Almorcé
apresuradamente, con Sarto siempre frente a mí, diciéndome que el Rey
bebía vino blanco en el almuerzo y que detestaba los platos picantes.
Después se presentó el Canciller, con quien me pasé otras tres horas y a
quien le expliqué que habiéndome lastimado un dedo (y aquí me vino de
perlas el balazo recibido) no podía escribir ni siquiera firmar; tras
discutir mucho el punto y rebuscar precedentes, quedó acordado que me
bastaría trazar una cruz al pie de los documentos y que el Canciller
atestiguaría la validez de aquella nueva firma regia con gran copia de
fórmulas y juramentos. Recibí más tarde al embajador de Francia, que me
presentó sus credenciales; ceremonia en la que nada me perjudicó la
ignorancia del oficio, porque tampoco el Rey había recibido embajadores
hasta entonces. En los días siguientes se repitió el acto hasta quedar
recibido todo el cuerpo diplomático, formalidad que hay que cumplir cada
vez que sube al trono un nuevo soberano. Por fin logré verme solo. Llamé
a mi nuevo sirviente (habíamos elegido para reemplazar al pobre José, a
un joven que nunca había visto al Rey) le ordené que me trajese un
refresco y volviéndome hacia Sarto le manifesté la esperanza de que por
fin me dejasen descansar algo.

--Pero ¡cómo se entiende!--exclamó Federico de Tarlein, que también se
hallaba presente.--¿No vamos a desollar a Miguel el Negro?

--Poco a poco, caballerito--dijo Sarto frunciendo el ceño.--Sería una
satisfacción, sin duda, pero podría costarnos cara. ¿Creen ustedes
posible que si cae Miguel deje vivo al Rey?

--Además--añadí,--¿qué motivo de queja puede alegarse contra mi amado
hermano mientras el Rey siga aparentemente en Estrelsau y en su trono?

--¿Es decir que nada haremos?

--Por lo pronto se trata de no hacer una tontería--gruñó Sarto.

--La situación--dije,--me recuerda la escena dominante de una de
nuestras modernas comedias inglesas, en la que dos personajes se
amenazan mutuamente con sus revólveres. Porque la verdad es que no puedo
denunciar a Miguel sin denunciarme a mí mismo...

--Y al Rey--interrumpió Sarto.

--Y lo propio le sucede a Miguel, que no puede decir palabra contra mí
sin acusarse gravemente.

--Situación llena de interés--comentó el viejo Sarto.

--Si me descubren--proseguí,--lo confesaré todo y me veré cara a cara
con el Duque; pero por ahora no hago más que esperar su próxima jugada.

--Que será matar al Rey--dijo Tarlein.

--Se guardará bien de hacerlo--repuso Sarto.

--Tres de los seis están en Estrelsau--continuó Tarlein.

--¿Tres no más? ¿Está usted seguro?--preguntó el veterano coronel con
vivo interés.

--Segurísimo. La mitad de la cuadrilla.

--¡Pues entonces el Rey vive, porque los otros tres están vigilándolo en
su prisión!--exclamó Sarto.

--¡Verdad es!--dijo Tarlein.--Si el Rey hubiera muerto los seis
estarían aquí con Miguel el Negro. ¿Sabe usted que el Duque ha
regresado, coronel?

--Sí, lo sé. ¡El diablo le lleve!

--A ver, señores míos--dije.--¿Quiénes son esos seis de que tanto
hablan?

--No tardará usted en trabar conocimiento con ellos--contestó
Sarto.--Son seis caballeros a quienes Miguel tiene a su servicio, y que
le pertenecen en cuerpo y alma. Tres son ruritanos, uno francés, uno
belga y el otro compatriota de usted.

--Y todos ellos dispuestos a cortarle el pescuezo a cualquiera, si el
Duque se lo manda.

--Quizás me corten el mío--se me ocurrió decir.

--Es muy posible--asintió Sarto.--¿Quiénes son los que están aquí,
Tarlein?

--De Gautet, Bersonín y Dechard.

--¡Los extranjeros! Es más claro que la luz del día. El Duque los ha
traído consigo, dejando a los tres ruritanos con el Rey; y es porque
quiere comprometer a estos últimos todo lo posible.

--¿Vio usted a alguno de ellos entre los jayanes a quienes zurramos en
el pabellón de caza, coronel?--pregunté.

--No, por desgracia; de lo contrario ya no serían seis, sino cuatro.

Por lo pronto había adquirido yo una cualidad regia, la de no revelar
todo mi pensamiento o mi plan, ni aun a mis más íntimos amigos. Había
tomado una resolución irrevocable. Estaba resuelto a conquistar el mayor
grado de popularidad posible, y al propio tiempo no mostrar hostilidad
alguna al Duque; esperando calmar así la oposición de sus partidarios y
conseguir, llegado el caso de un rompimiento definitivo, que Miguel
apareciese ante el pueblo, no como un hermano perseguido, sino como un
ser ingrato y descastado.

No es esto decir que yo desease o temiese un conflicto con él. En
interés del Rey convenía seguir guardando el secreto, y mientras éste no
se descubriese tenía yo las mejores cartas en mi juego. Toda dilación
había de redundar forzosamente en perjuicio del Duque.

Pedí un caballo, y en compañía de Federico de Tarlein recorrí la gran
avenida del parque real, devolviendo todos los saludos con la mayor
cortesía. Pasé después por algunas calles, me detuve para comprar flores
a una linda muchacha, a quien pagué con una moneda de oro; y habiendo
atraído suficientemente la atención pública, hasta el punto de notar que
me seguían más de quinientas personas, tomé el camino del palacio que
habitaba la princesa Flavia, a quien envié a preguntar si se dignaba
recibirme. Aquel paso creó vivo interés en el pueblo y fue saludado con
aclamaciones. La Princesa era popularísima y el Canciller mismo no había
vacilado en decirme que cuanto más asiduamente hiciese yo la corte a mi
noble prima y cuanto antes se verificase la boda, tanto mayor sería la
satisfacción de mis subditos, y, por consiguiente, la popularidad del
nuevo soberano. Claro está que el Canciller no tenía idea de los
obstáculos que me impedían seguir su leal y excelente consejo. Díjeme,
sin embargo, que la visita era a todas luces conveniente; y Tarlein la
aprobó con gran entusiasmo, que no dejó de sorprenderme algo, hasta que
descubrí que él también tenía sus motivos para querer visitar el palacio
de Su Alteza, cuya dama de honor, la condesa Elga, era la dama de sus
pensamientos.

La etiqueta favoreció los deseos de Tarlein; pues mientras yo fui
recibido en el salón de la Princesa, él permaneció en la antecámara con
la linda Condesa; y no dudo que logró contemplarla y hablarle a su
saber, a pesar de las otras muchas personas que allí esperaban. Pero lo
más importante para mí en aquel momento era el delicado paso que iba a
dar en la dificilísima partida empeñada. Tenía que atraer a la
Princesa, y al propio tiempo serle indiferente o poco menos; tenía que
mostrarle afecto y no sentirlo. Consistía mi papel en hacer el amor por
cuenta de otro, y a una joven que, princesa o no, era desde luego la más
hermosa que había visto en mi vida. Me recibió con encantadora
confusión, que hizo aún más difíciles los primeros momentos de nuestra
entrevista. Del éxito de mis esfuerzos para realizar el programa antes
trazado, se juzgará más adelante.

--Vuestra Majestad está conquistando preciados lauros--me dijo, dándome
por primera vez aquel alto tratamiento.--Como uno de los príncipes de
Shakespeare, Vuestra Majestad se ha transformado por completo al
convertirse en Rey.

--Dos cosas te ruego, prima mía--le contesté.--Que, Rey o no, me digas
siempre lo que tu corazón te dicte, y que continúes llamándome por mi
nombre.

--Me miró un instante y dijo:

--Tus palabras me alegran y me enorgullecen, Rodolfo. Como te dije, todo
en ti parece cambiado, hasta tu rostro.

Agradecí el cumplido, pero no me agradaba aquel tema de conversación,
por lo que dije:

--Mi hermano está de vuelta, según me han anunciado.

--Sí, está aquí--repuso frunciendo ligeramente el ceño.

--Parece que no puede seguir ausente de Estrelsau por mucho
tiempo--observé sonriéndome.--Más vale así, y me alegro de verlo aquí.
Cuanto más cerca mejor.

La Princesa me dirigió una rápida mirada y preguntó:

--¿Qué quieres decir, primo? ¿Que así podrás?...

--Ver mejor lo que hace, eso es. Y tú, ¿por qué te alegras de ello?

--No he dicho tal cosa.

--Pero no falta quien lo diga por ti.

--Nunca faltan personas insolentes--observó con encantadora altivez.

--¿Y quizás sea yo una de ellas?

--Vuestra Majestad no puede serlo nunca--dijo haciéndome cómica
reverencia.--A no ser que quieras decir...

-¿Qué?

--Que me importa ni poco ni mucho que el Duque se halle aquí o en otra
parte--añadió picarescamente.

A la verdad, hubiera querido ser el Rey en aquel momento.

--¿No te importa que tu primo Miguel?...

--¿Mi primo Miguel? Yo le llamo siempre el duque de Estrelsau.

--Y Miguel cuando le hablas.

--Sí, por orden del Rey tu padre.

--Eso es. ¿Y ahora por orden mía?

--Si así me lo mandas.

--Desde luego. Conviene que todos nos mostremos muy amables con nuestro
querido Miguel.

--¿Y supongo que también me ordenas recibir a sus amigos?

--¿Los seis?

--¿Tú también los llamas así?

--Por seguir la moda. Pero no te mando recibir más que a las personas a
quienes tú quieras hacer esa honra.

--¿Excepto a ti?

--Por lo que a mí se refiere, no tengo órdenes que darte. Me limito a
suplicar.

En aquel momento se oyeron vítores en la calle. La Princesa corrió hacia
uno de los balcones.

--¡Es él!--exclamó.--¡El duque de Estrelsau!

Me sonreí, pero nada dije, y ella volvió a su asiento. Permanecimos
breves instantes en silencio. Cesó el clamor callejero, pero oímos
rumor de voces y pasos en la antecámara. Empecé a hablar sobre diversos
temas, y al cabo de algunos minutos me pregunté qué se habría hecho del
Duque. Sin embargo, me pareció que no me tocaba intervenir en el asunto,
cuando de repente, y con gran sorpresa mía, cruzó Flavia las manos y
exclamó con agitada voz:

--¿Te parece bien irritarlo así?

--¿Irritarlo? ¿A quién? ¿Cómo?

--Haciéndolo esperar tanto.

--Pero, prima mía, si yo no quiero hacerlo esperar ni...

--¿Es decir, que puede entrar?

--Sin duda, si tú se lo permites.

Flavia me miró con curiosidad.

--¡Qué cosas tienes!--dijo.--Demasiado sabes que mientras estés conmigo
no pueden anunciarme a nadie.

¡Valiosa prerrogativa regia!

--No hay nada como la etiqueta--dije.--Pero había olvidado esa regla por
completo. Y dime: si yo estuviese a solas con otra persona, ¿podrían
anunciarte a ti?

--Lo sabes tan bien como yo--contestó admirada.--Podrían anunciarme,
porque soy princesa de la sangre.

--Jamás pude acordarme de todas esas distinciones--dije, en tanto
interiormente maldecía a Tarlein por no haberme instruido mejor.--Pero
sabré reparar mi falta.

--Me dirigí presuroso a la puerta, y abriéndola de par en par entré en
la antecámara. Miguel se hallaba sentado ante una mesa, irritado el
semblante y torva la mirada. Todas las otras personas presentes estaban
en pie, excepto el tunante de Tarlein, que arrellanado en un sillón
galanteaba a la condesa Elga. Al entrar yo se levantó de un salto,
mostrando tanto respeto hacia mí como indiferencia hacia el Duque. No
era extraño que éste no le tuviese buena voluntad.

Tendí la mano a Miguel, que la estrechó, y le di un abrazo. Después lo
conduje yo mismo a la habitación inmediata.

--Hermano--le dije,--de haber sabido yo que Vuestra Alteza se hallaba
aquí, no hubiera vacilado un momento en solicitar de la Princesa permiso
para conducir a Vuestra Alteza a su lado.

Me dio las gracias, pero con mucha frialdad. Sin negar al Duque algunas
buenas cualidades, no tenía la de saber ocultar sus impresiones. Aun el
más indiferente hubiera comprendido que me odiaba, sobre todo viéndome a
solas con la princesa Flavia; sin embargo, estoy convencido de que
procuró disimular su odio y aun hacerme creer que me tomaba por el
verdadero Rey. Comprendía yo que esto último era imposible, y me
figuraba la ira de que estaría poseído al tributarme homenaje y al oírme
hablar de «Miguel» y «Flavia.»

--Noto que Vuestra Majestad tiene herida o lastimada una mano--observó
con fingido interés.

--Sí, me puse a jugar con un perro faldero--dije, resuelto a burlarme de
él,--y ya sabe Vuestra Alteza cuán falsos y traidores son.

Se sonrió sarcásticamente y me miró con fijeza breves momentos.

--¡Pero esas mordeduras son peligrosas!--exclamó alarmada la Princesa.

--Nada temas, prima mía--dije.--Otra cosa sería si yo hubiese permitido
al gozquecillo morderme más profundamente.

--¿Pero, le han dado muerte?

--Todavía no. Esperamos a ver si su mordedura es nociva.

--¿Y si lo fuese?--preguntó Miguel con su siniestra sonrisa.

--Lo despacharíamos en un santiamén, hermano.

--¿Pero no volverás a jugar con él?--preguntó Flavia.

--Puede que sí.

--¿Y si vuelve a morderte?

--Procurará hacerlo, no lo dudo--contesté sonriéndome.

Después, temeroso de que Miguel dijese algo que me obligase a mostrarme
ofendido, empecé a felicitarlo por el marcial aspecto de su guardia y
por la lealtad que me había demostrado el día de la coronación. Pasé
después a hacer un caluroso elogio del pabellón de caza que había puesto
a mi disposición. Pero sin duda le iba faltando la paciencia, porque
levantóse de repente y se despidió en breves frases. Sin embargo,
llegado a la puerta, se detuvo para decir:

--Tres caballeros a quienes estimo, desean vivamente ser presentados a
Vuestra Majestad. Esperan en la antecámara.

Inmediatamente me llegué al Duque y tomé su brazo, a pesar del gesto
avinagrado que puso, y entramos en la antecámara como buenos hermanos.
Hizo Miguel un ademán y se adelantaron tres hombres.

--Estos caballeros--dijo el Duque con la más graciosa y perfecta
cortesía,--son los más leales y adictos servidores de Vuestra Majestad,
a la vez que fieles amigos míos.

--Títulos ambos, repuse, que los hacen igualmente acreedores a toda mi
estimación.

Uno tras otro se adelantaron y besaron mi mano. De Gautet, un sujeto
alto, delgado, de erizados cabellos y retorcido bigote. El belga
Bersonín, personaje grueso, de mediana estatura y calvo, aunque no
contaba mucho más de treinta años. Y por último el inglés Dechard, de
cara estrecha y larga, cabello cortado al rape y bronceado color. Tenía
muy arrogante presencia, ancho de hombros, delgada la cintura. «Buena
espada, pero un bribón de marca,» me dije al verlo. Le hablé en inglés,
con ligero acento extranjero y vi asomar a sus labios una sonrisa, que
reprimió en seguida.

--Es decir que el caballero Dechard está en el secreto--pensé.

Una vez libre de mi querido hermano y sus amigos, me volví para
despedirme de mi prima. Estaba esperándome en la puerta que separa ambas
habitaciones, y al tomar yo su mano me dijo muy quedo:

--Sé prudente, Rodolfo. Tén cuidado...

--¿De qué?

--Bien lo sabes; no puedo decirlo ahora. Pero piensa en lo que vale y
significa tu vida para...

--¿Para quién?

--Para Ruritania.

¿Hacía yo bien o mal en representar aquel papel? No lo sé; ambos
caminos eran peligrosos y no me atreví a decirle la verdad.

--¿Sólo para Ruritania?--le pregunté dulcemente.

Súbito rubor coloreó sus primorosas facciones.

--Y también para tus amigos--dijo.

--¿Amigos?

--Y para tu prima--murmuró por fin;--tu amante prima.

No pude hablar. Besé su mano y salí indignado contra mí mismo.

Hallé afuera al galante Tarlein, muy entretenido con la condesa Elga,
sin cuidarse de los lacayos que le observaban.

--¡Qué diantre!--dijo.--No todo ha de ser conspirar y el amor reclama
también sus derechos.

--Lo mismo digo--contesté; y Tarlein me siguió respetuosamente.




IX

UNA NUEVA CATAPULTA


No dudo que la enumeración de los diarios sucesos de mi vida en aquellos
días, revestiría gran interés para los que nada saben de lo que ocurre
dentro de regios palacios; como no dudo tampoco que la revelación de
alguno de los secretos que allí descubrí, tendría gran valor para los
estadistas de Europa. Pero lejos de mí una y otra cosa. Por un lado el
temor a la monotonía del relato y por otro el riesgo de parecer
indiscreto, me aconsejan concretarme al drama que iba desarrollándose
calladamente bajo la tranquila apariencia de la política ruritana. Sí
diré que mi impostura no fue descubierta. Cometí algunos errores, pasé
mis malos ratos, necesité de todo el tacto y toda la afabilidad que me
fue posible desplegar para desvanecer los malos efectos de ciertos
olvidos y descuidos inexplicables, que a veces me llevaban hasta no
recordar ni reconocer a personas que de antiguo me eran, o debían de
serme, perfectamente conocidas. Pero salí en bien de todo, y lo
atribuyo, como ya lo indiqué antes, a la audacia misma de mi temeraria
empresa. Tengo para mí, que en iguales condiciones de parecido físico,
me fue más fácil suplantar al Rey que pretender hacerme pasar por otra
persona cualquiera.

Un día entró Sarto en la habitación donde me hallaba y arrojándome una
carta, dijo:

--Ahí va eso para usted. Letra de mujer si no me engaño. Pero ante todo
tengo que darle una noticia.

--¿Qué es ello?

--El Rey está en el castillo de Zenda.

--¿Cómo lo sabe usted?

--Porque allí está la otra mitad de la cuadrilla de Miguel, de los Seis.
Lo tengo bien averiguado: Laugrán, Crastein, el mozo Ruperto Henzar,
tres bribones, a fe mía, como no hay otros en toda Ruritania.

--¿Y bien?

--Pues nada, sino que Tarlein quiere que marche usted en seguida contra
el castillo, con infantería, caballería y artillería.

--¿Para qué? ¿Para desaguar el foso de la fortaleza hasta dejarlo en
seco?

--Probablemente--refunfuñó Sarto.--Y con eso no hallaríamos ni aun el
cadáver del Rey.

--¿Pero está usted seguro de que tienen al Rey en el castillo?

--Lo creo muy probable. No sólo están allí los tres belitres citados,
sino que el puente levadizo permanece alzado día y noche y a nadie se
permite entrar sin permiso especial del joven Henzar o del mismo Miguel.
Acabaremos por tener que atar a Tarlein de pies y manos.

--Yo seré quien vaya a Zenda--dije.

--¿Está usted loco?

--Repito que iré, algún día.

--Puede ser, y lo más probable es que se quede usted allí.

--¡Oh, eso está por ver!--repuse con arrogancia.

--Vamos, parece que hoy está Vuestra Majestad de mal humor. ¿Cómo van
los amores?

--¡Silencio!--exclamé.

Me contempló por un momento y encendió su pipa. Tenía razón al decir que
estaba yo de un humor insufrible, y continué furioso:

--Me siguen por todas partes media docena de espías.

--Ya lo sé; yo se lo tengo mandado--contestó muy tranquilo.

--¿Y a qué viene eso?

--Pues a que Miguel no vería con malos ojos la desaparición de usted.
Una vez quitado usted de en medio podría él realizar la jugada que
antes le echamos a perder, o por lo menos lo intentaría.

--Yo me basto para defenderme.

--De Gautet, Bersonín y Dechard están en Estrelsau; cualquiera de ellos,
joven, lo degollaría a usted con tanto primor y gusto como... como lo
haría yo con Miguel el Negro, por ejemplo, pero mucho más traidoramente.
¿Qué dice esa carta?

La abrí y leí en alta voz:

«Si el Rey desea saber nuevas de gran interés para él, le bastará seguir
las indicaciones contenidas en esta carta. Al fin de la Avenida Nueva
hay una casa en el centro de extenso jardín. La casa tiene un pórtico
con la estatua de una ninfa en el centro. El jardín está rodeado de una
tapia y en ésta, por la parte de atrás de la casa, hay una puertecilla.
Si el Rey entra por ella solo a la media noche de hoy, verá un cenador a
veinte varas de la puerta. Suba los seis escalones que a él conducen,
entre, y hallará en el cenador a una persona que le impondrá de lo que
más vivamente atañe hoy a su vida y a su trono. Estas líneas están
trazadas por un amigo fiel. Tiene que acudir solo. Si menosprecia este
aviso pondrá en peligro su vida. No enseñe el Rey esta carta a nadie;
va en ello la suerte de una mujer que le ama: Miguel el Negro no
perdona.»

--No--comentó Sarto;--pero también sabe dictar una carta muy zalamera.

Tuve la misma idea y ya iba a rasgar el anónimo cuando noté unas líneas
escritas al dorso:

«Si el Rey duda, consulte al coronel Sarto...»

--¿Eh?--hizo el veterano asombrado.--¿Me toma por tan sandio como a
usted?

Indicándole que guardase silencio continué la lectura:

--«Pregúntele qué mujer está más dispuesta que ninguna otra a impedir el
matrimonio del Duque con su prima y por consiguiente a impedir también
que alcance la corona. Pregúntele si el nombre de esa mujer empieza con
A.»

Me puse en pie de un salto y el coronel colocó su pipa sobre la mesa.

--¡Antonieta de Maubán como hay Dios!--exclamé.

--¿Y cómo lo sabe usted?--preguntó Sarto.

Le dije cuanto sabía de aquella dama, y Sarto hizo un ademán de
aprobación.

--Lo cierto es--dijo pensativo,--que ha tenido un disgusto serio con el
Duque.

--Si quisiera podría sernos útil--observé.

--Pero sigo creyendo que esa carta la ha escrito Miguel.

--Pienso lo mismo, pero quiero saberlo con certeza. Acudiré a la cita,
Sarto.

--No; yo iré.

--Hasta la puertecilla del muro, pero no más adelante.

--Iré al cenador.

--¡Que me ahorquen si lo permito!--exclamé levantándome y apoyando la
espalda en la repisa de la chimenea.--Sarto--añadí,--tengo confianza en
esa mujer e iré.

--Pues yo no tengo fe en ninguna mujer, y no irá usted.

--O acudo a la cita o me vuelvo a Inglaterra--le dije.

Sarto empezaba a aprender hasta dónde podía dictarme a mí y dónde y
cuándo tenía que ceder y someterse.

--Estamos tomando las cosas con sobrada calma--continué.--Cada día que
dejamos pasar sin rescatar al Rey es un nuevo peligro. La prolongación
de esta farsa mía constituye, también, un peligro más. Sarto, ha llegado
el momento de jugar el todo por el todo.

--Así sea--suspiró.

A las once y media de aquella noche montamos Sarto y yo nuestros
caballos. A Tarlein le volvimos a dejar de guardia, sin revelarle
nuestros propósitos. La noche era obscurísima. Yo no llevaba espada,
pero sí el revólver, un largo puñal y una linterna sorda. Llegamos a la
puertecilla, desmontamos, y Sarto me tendió la mano.

--Esperaré aquí--dijo.--Si oigo un disparo, me...

--Permanezca usted aquí, como la única esperanza de salvación que le
queda al Rey. Si yo caigo, importa que no perezca también usted.

--Es verdad, joven. ¡Buena suerte!

Empujé la puerta, que cedió, y me hallé en un jardín abundante en
plantas y arbustos. El sendero desviaba algo hacia la derecha y por él
tomé, cautelosamente. Tenía oculta la luz de la linterna y mi diestra
empuñaba el revólver. No percibía el menor sonido. Pronto distinguí los
vagos contornos del cenador, cuyos peldaños subí. La puerta de madera y
muy endeble, se abrió en seguida y una mujer que allí esperaba se
apoderó vivamente de mi mano.

--Cierre usted la puerta--murmuró.

Obedecí y dirigí hacia ella la luz de la linterna. Llevaba vestido de
corte, con ricas joyas, y su hermosura aparecía deslumbradora bajo la
viva luz que la inundaba. El cenador no tenía más mueblaje que un par
de sillas y una mesita de hierro como las que se ven en algunos cafés.

--No hable usted--me dijo.--No tenemos tiempo para ello. Limítese usted
a escucharme, señor Raséndil. Escribí la carta por orden del Duque.

--Lo sospechaba--dije.

--Dentro de veinte minutos estarán aquí tres hombres que se proponen
asesinarlo a usted.

--Tres... ¿Los tres aquellos?

--Sí, tiene usted que partir antes de que lleguen. De lo contrario
perecerá usted esta noche...

--O perecerán ellos.

--¡Escúcheme usted! Una vez asesinado llevarán su cuerpo a uno de los
barrios bajos de la ciudad, donde lo descubrirán. Miguel hará prender en
seguida a todos los amigos de usted, Sarto y Tarlein los primeros;
proclamará el estado de sitio en la capital y enviará un mensajero a
Zenda. Los otros tres asesinarán al Rey en el castillo y el Duque se
proclamará a sí mismo o a la Princesa; a sí mismo si llegado el momento
se considera suficientemente fuerte para hacerlo. De todos modos, se
casará con ella y será Rey de hecho y pronto también de nombre.
¿Comprende usted?

--No es malo el plan. Pero usted, señora, ¿cómo es que?...

--Diga usted, si quiere, que estoy celosa. Pero, ¡Dios eterno! ¿puedo,
acaso, verlo casado con ella? Y ahora, retírese usted. Pero recuerde, y
esto es lo que principalmente quería decirle, que nunca, ni de día ni de
noche, estará usted seguro aquí. Tres personas, tres guardianes le
siguen a usted constantemente ¿no es así? Pues a ellos los siguen y
espían otros tres. Esas hechuras de Miguel no se hallan nunca a más de
quinientos pasos de usted. Si llega un momento en que lo hallen solo
está usted perdido. La puerta del jardín está ya cerrada y guardada por
ellos. A este lado del cenador, junto a la tapia, hallará una escalera,
puesta allí para salvarlo...

--¿Y usted?

--Yo representaré mi papel. Si el Duque descubre lo que estoy haciendo,
no volverá usted a verme nunca. De lo contrario, quizás yo... Pero no
importa. Parta usted.

--¿Y qué le dirá usted?

--Que usted no acudió a la cita. Que sospechó el lazo.

Tomé su mano y deposité en ella un beso.

--Señora--dije,--ha hecho usted un magno servicio al Rey esta noche.
¿En qué parte del castillo lo tienen?

--Al otro lado del puente levadizo--dijo bajando la voz,--hay una maciza
puerta, y tras ella queda... ¿Oye usted? ¿Qué ruido es ese?

Se oían pasos fuera del cenador.

--¡Están ahí! ¡Han anticipado su venida! ¡Dios mío, Dios mío!--exclamó,
pálida como un cadáver.

--No podían llegar más a tiempo--dije.

--Oculte usted la luz de la linterna. La puerta tiene una rendija, ahí.
¿Los ve usted?

Apliqué el ojo a la puerta y divisé vagamente tres hombres al pie de la
escalinata. Monté el revólver y Antonieta posó su mano sobre la mía.

--Podrá usted matar uno de ellos--murmuró.--¿Y después?

--¡Señor Raséndil!--oímos decir, en inglés y con perfecto acento.

No contesté.

--Deseamos hablarle. ¿Promete usted no hacer fuego hasta habernos oído?

--¿Tengo el gusto de hablar con el señor Dechard?--pregunté.

--No importa el nombre.

--Pues entonces prescindan ustedes del mío.

--Corriente. Tengo que hacerle a usted una proposición.

Yo seguía mirando por la hendidura y vi que mis enemigos habían subido
dos escalones y que tres revólvers apuntaban a la puerta.

--¿Nos deja usted entrar? Damos nuestra palabra de honor de observar la
tregua convenida.

--No confíe usted en ellos--murmuró Antonieta.

--Podemos hablar perfectamente sin abrir la puerta--dije.

--Pero también puede usted abrirla cuando le parezca y disparar--repuso
Dechard,--y aunque lo mataríamos, siempre moriría también uno de
nosotros. ¿Da usted su palabra de no hacer fuego mientras hablemos?

--Desconfíe usted--repitió Antonieta.

Me ocurrió una idea, que juzgué practicable.

--Prometo no disparar antes que ustedes--dije.--Pero no los dejaré
entrar. Quédense donde están y hablen.

--Aceptado--dijo Dechard.

Los tres acabaron de subir la escalinata y se detuvieron al otro lado de
la puerta. No pude oír lo que se decían, pero vi que Dechard hablaba al
oído del más alto de sus compañeros. De Gautet, según creo.

--Secreto tenemos--pensé.

Y añadí en voz alta:

--Veamos, señores, cuáles son esas proposiciones.

--Un salvo-conducto hasta la frontera y doscientos cincuenta mil pesos.

--No, no--murmuró Antonieta casi imperceptiblemente.--Todo es una
traición.

--Generosa oferta--dije sin perderles de vista un momento.

Los tres se hallaban juntos y pegados a la puerta. Conocía bien a
aquellos bandidos y no necesitaba las advertencias de Antonieta. Lo que
proyectaban era precipitarse sobre mí repentinamente durante mi
conversación con ellos.

--Déjenme ustedes meditar su promesa unos instantes--añadí, pareciéndome
oír burlona risa al otro lado de la puerta.

--Póngase usted ahí, contra la pared, fuera del alcance de los
revólvers--murmuré dirigiéndome a Antonieta.

--¿Qué va usted a hacer?--preguntó alarmada.

--Ya lo verá usted.

Así la mesita de hierro por las patas y la levanté poniéndola ante mí a
manera de escudo que me protegía por completo cabeza y pecho. Aunque
pesada, no lo era mucho para un hombre de mis fuerzas. Antes había
colgado del cinto la linterna y puesto el revólver en un bolsillo, bien
al alcance de la mano. De repente vi que la puerta se abría algunas
líneas, como movida por el viento, o impulsada quizás por una mano para
probar si cedía. Retrocedí, apartándome de la puerta cuanto pude y
guareciéndome tras la mesa de hierro en la posición que dejo descrita.

--Acepto su oferta, señores--grité,--confiando en su palabra de
caballeros. Si se toman el trabajo de abrir la puerta...

--¡Ábrala usted!--exclamó Dechard.

--¡Se abre hacia fuera!

--¡Qué diantres, Bersonín--gritó impaciente Dechard.--¿Tienes miedo a un
hombre solo?

Me sonreí al oírle y en el mismo instante se abrió la puerta
violentamente. La luz de una linterna me mostró a los tres rufianes
agrupados en el umbral y apuntando con sus revólvers. Lancé un grito y
me precipité sobre ellos a la carrera. Sonó una triple detonación y tres
proyectiles se estrellaron contra mi improvisado escudo. La mesa cogió
de lleno al grupo y hombres y mesa rodamos juntos escalera abajo, entre
gritos y juramentos. Antonieta de Maubán lanzó un agudo chillido, al que
yo, levantándome de un salto, contesté con una carcajada.

De Gautet y Bersonín yacían en tierra como aturdidos. A Dechard le cayó
la mesa encima, pero al incorporarme yo, la echó a un lado y volvió a
hacerme fuego. Levanté mi revólver y disparé casi sin apuntar. Oí una
blasfemia y apreté a correr como un gamo, sin dejar de reírme. Alguien
corría también detrás de mí, y tendiendo el brazo en su dirección solté
otro balazo al azar. Los pasos cesaron.

--¡Con tal que halle la escalera!--pensé, porque la tapia era alta y
estaba erizada de púas.

Sí, allí estaba y subí por ella en un abrir y cerrar de ojos. Me incliné
sobre el muro y vi los caballos. Cerca de ellos oí un tiro. Era Sarto,
que habiendo oído los disparos en el jardín se desesperaba por abrir la
puertecilla y al fin la emprendía a tiros con la cerradura. Había
olvidado por completo que le estaba prohibido tomar parte en la lucha.
Al ver aquello volví a reírme, salté al suelo y poniéndole la mano en el
hombro le dije:

--A casa y a la cama, viejo mío. Tengo que contarle a usted la historia
más graciosa que ha oído en su vida.

Se volvió, absorto, y exclamó, estrechando mi mano:

--¡Salvado! ¡Salvado!

Pero en seguida refunfuñó como acostumbraba.

--¿De qué demonios se ríe usted?

--De cuatro convidados, al figurármelos en torno de cierta mesa...

Y volví a soltar la carcajada, pensando en la ridícula derrota del
formidable y malparado trío.

Y como habrá observado el lector, cumplí mi palabra y no disparé hasta
que mis enemigos rompieron el fuego.




X

AMORES POR CUENTA AJENA


Era costumbre establecida que el jefe de la policía me enviase todas las
tardes un informe sobre la situación en la capital y el estado de la
opinión pública; documento que también contenía datos relativos a las
personas que la policía tenía orden de vigilar. Desde mi llegada a
Estrelsau, Sarto me leía el referido informe, comentando muchas noticias
de interés que solía contener. El día siguiente a mi aventura en el
cenador, trajeron el parte de policía en ocasión de hallarme jugando una
partida de tresillo con Federico de Tarlein.

--Muy interesante viene el informe de esta tarde--dijo Sarto sentándose.

--¿Habla de cierta aventura nocturna?...

El coronel no pudo reprimir una sonrisa y dijo:

--Leo en primer lugar: «Su Alteza el duque de Estrelsau ha salido de la
capital (repentinamente, al parecer) acompañado de algunos de sus
servidores. Se cree que su destino es el castillo de Zenda, en dirección
del cual salió, no por el tren, sino a caballo. Los señores de Gautet,
Bersonín y Dechard le siguieron una hora más tarde, llevando el último
un brazo en cabestrillo. Se ignora la causa de la herida, pero se
sospecha que ha tenido un duelo, en el que figura como causa una mujer.»

--Informes auténticos--observé, alegrándome al saber que el bribón tenía
buena memoria mía.

--«La señora de Maubán--siguió leyendo Sarto,--a quien se vigila por
orden superior, tomó el tren de mediodía. Pidió billete para Dresde...»

--Antigua costumbre suya--comenté.

--«Pero el tren de Dresde pasa por Zenda.» ¡Si será listo el autor del
parte éste! Y por último, oiga usted lo que dice aquí: «El estado de la
opinión en la ciudad no es satisfactorio. Se critica mucho al Rey» (ya
sabe usted que al jefe de policía le hemos mandado ser muy franco),
«porque no activa los preparativos de su matrimonio. Por informes
adquiridos entre las personas más allegadas a la princesa Flavia, se
sabe que está muy ofendida por la indiferencia de Su Majestad. El pueblo
habla ya de boda posible de Su Alteza con el duque de Estrelsau,
proyecto que aumenta mucho la popularidad del Duque. He hecho anunciar
que el Rey dará esta noche un baile en honor de la Princesa, y la
noticia ha producido desde luego el mejor efecto.»

--Y a mí me coge de nuevo--observé.

--¡Oh, los preparativos están todos hechos!--exclamó Tarlein
riéndose.--Yo me he encargado de eso.

Sarto se volvió hacia mí para decirme con imperioso acento:

--¡Y sepa usted que esta noche tiene que hacerle la corte a la Princesa!

--A lo cual estoy más que dispuesto, como pueda verme con ella a
solas--contesté.--De seguro no cree usted que la tarea pueda parecerme
ingrata ni difícil, ¿eh, Sarto?

Tarlein tuvo a bien ponerse a silbar, y luego dijo:

--Tarea es esa que hallará usted más fácil de lo que piensa. Mire usted,
Raséndil, me duele decírselo, pero no lo puedo remediar. La condesa Elga
me ha confesado que la Princesa está prendada del Rey, y que desde el
día de la coronación su afecto por él ha ido en aumento. También es
cierto que está muy ofendida por la aparente indiferencia del Rey.

--¡Buena la hemos hecho!--exclamé angustiado.

--¿Y eso qué?--dijo Sarto.--Supongo que más de una vez le habrá usted
dicho requiebros a una muchacha bonita. Pues eso es todo lo que ella
quiere.

Tarlein, que estaba enamorado, comprendió mejor la penosa situación en
que yo me veía, y sin decir palabra puso la mano sobre mi hombro.

--Sin embargo--prosiguió impasible el viejo Sarto,--creo que esta noche
debe usted declarársele.

--¡Santo cielo¡--exclamé.

--O poco menos. Y por mi parte mandaré a los periódicos una nota
semioficial.

--¡No haré semejante cosa!--dije.--¡Ni usted tampoco! Desde ahora me
niego rotundamente a engañar de tal modo a la Princesa.

Sarto clavó en mí sus ojillos penetrantes. Después apareció en sus
labios sardónica sonrisa.

--Corriente, joven; como usted quiera. Vaya, limítese usted a
tranquilizarla un poco, como pueda. Y ahora hablemos de Miguel.

--¡A quien Dios confunda!--dije.--Ya hablaremos de él otro día.
Tarlein, vamos a dar una vuelta por los jardines.

Sarto cedió inmediatamente. Bajo sus bruscas maneras se ocultaba
prodigioso tacto y también, como lo fui reconociendo más y más cada día,
un profundo conocimiento del corazón humano. ¿Por qué se mostró tan poco
exigente conmigo respecto de la Princesa? Porque sabía que la belleza de
ésta y mi natural impulso me habían de llevar mucho más allá que todos
sus argumentos, y que cuanto menos pensase yo en aquella trama, tanto
más probable sería que la llevase adelante. No podía ocultársele la
desventura que acarrearía a la Princesa, pero esta consideración nada
significaba para él. ¿Puedo decir, con toda sinceridad, que hacía mal?
Suponiendo que el Rey volviese al trono, le devolveríamos la Princesa.
Pero ¿y si no lográsemos libertarlo? Punto era éste del cual jamás
habíamos hablado. Pero yo tenía la idea de que, en tal caso, Sarto se
proponía instalarme en el trono de Ruritania y sostenerme en él toda la
vida. Al mismo Satanás hubiera él puesto en el trono antes que a Miguel
el Negro.

El baile fue suntuoso. Lo inauguré yo con la princesa Flavia y con ella
bailé también después, seguidos ambos por las miradas y los comentarios
de la brillante concurrencia. Llegó la hora de la cena y en medio de
ella me puse en pie, enloquecido por las miradas de mi prima, y
quitándome el collar de la Rosa de Oro se lo puse al cuello. Aquel acto
fue acogido con unánimes aplausos, y vi que Sarto se sonreía satisfecho,
pero no Tarlein, cuya sombría expresión revelaba su disgusto. Pasamos el
resto de la cena en silencio; ni Flavia ni yo podíamos hablar. Por fin,
a una señal de Tarlein, me levanté, ofrecí mi brazo a la Princesa y
recorriendo el salón de uno a otro extremo, la conduje a una habitación
contigua, más pequeña, donde nos sirvieron el café. Las damas y
caballeros de nuestro séquito se retiraron y quedamos solos.

Los balcones de aquella pieza daban a los jardines del palacio. La noche
era hermosísima. Flavia tomó asiento y yo permanecí en pie ante ella.
Luchaba conmigo mismo y creo que hubiera triunfado si en aquel momento
no me hubiese dirigido ella una mirada breve, repentina, que equivalía a
una interrogación; mirada a la que siguió fugaz rubor.

¡Ah, si la hubieseis visto en aquel instante! Me olvidé del Rey
prisionero en Zenda y del que reinaba en Estrelsau. Ella era una
Princesa, yo un impostor. Pero ¿acaso pensé en ello un solo momento? Lo
que hice fue doblar la rodilla ante la bella y tomar su mano entre las
mías. Nada dije. ¿Para qué? Me bastaban los suaves rumores de aquella
hermosa noche y el perfume de las flores que nos rodeaban, únicos
testigos del beso que deposité en sus labios.

Flavia me rechazó dulcemente, exclamando:

--¡Ah! Pero ¿es verdad?...

--¿Si es verdad mi amor?--dije en voz baja, con apasionado acento.--¡Te
amo más que a mi vida, más que a la verdad misma, más que a mi honor!

No pareció dar a mis palabras otro valor que el de una de tantas
exageraciones del lenguaje de los enamorados.

--¡Oh, si no fueses Rey! ¡Entonces podría demostrarte cuánto te amo!
¿Por qué te quiero tanto ahora, Rodolfo?

--¿Ahora?

--Sí, últimamente. Antes... antes no era así.

El orgullo del triunfo embargó mi ánimo. ¡Era yo, Rodolfo Raséndil,
quien la había conquistado!

--¿No me amabas antes?--pregunté rodeándole el talle con mi brazo.

Me miró sonriente y dijo:

--¿Será tu corona? Este nuevo sentimiento se me despertó en mí el día de
la coronación.

--¿No antes?--le pregunté ansioso.

Dejóme oír su argentina risa y contestó:

--Hablas como si desearas oírme repetir que no te amaba cuando no eras
Rey.

--Pero ¿es eso cierto?

--Sí--murmuró casi imperceptiblemente.--Pero tén cuidado, Rodolfo, sé
prudente. Mira que ahora estará furioso.

--¿Quién? ¿Miguel? ¡Oh, si no fuera más que eso!

--¿Qué quieres decir, Rodolfo?

Aquella era la última oportunidad que podía ofrecérseme. Logré
dominarme, no sin gran esfuerzo, y retirando mi brazo me aparté dos o
tres pasos de ella.

--Si yo no fuera Rey--comencé,--si fuese un simple caballero...

Antes de que pudiera añadir una palabra puso ella su mano sobre la mía,
diciendo:

--Aunque fueras un miserable presidiario nunca dejarías de ser mi Rey.

--¡Dios me perdone!--dije para mí. Y estrechando su mano volví a
preguntarle:--¿pero si no fuese Rey?

--Basta--murmuró.--No merezco que dudes de mí de esa manera. ¡Ah,
Rodolfo! ¿Acaso una mujer que va a casarse sin sentir amor podría
mirarte como te miro yo?

Después inclinó el rostro, procurando ocultarlo. Más de un minuto
permanecimos unidos, abrazados; pero aun entonces, a pesar de su
hermosura y de las circunstancias en que nos hallábamos, apelé a mi
honor y a mi conciencia.

--Flavia--dije con voz tan alterada que no parecía la mía,--has de saber
que no soy...

Elevábanse sus ojos hacia mí cuando oímos, pesados pasos en el enarenado
sendero del jardín y un hombre se detuvo ante el abierto balcón. Flavia
lanzó un ligero grito y se apartó de mí rápidamente. La frase que mis
labios habían comenzado quedó interrumpida. Sarto, pues era él, se
inclinó profundamente, grave y sombrío.

--Perdonad, señor--dijo,--pero Su Eminencia el cardenal espera hace un
cuarto de hora, deseoso de ofrecer sus respetos a Vuestra Majestad antes
de partir.

--No es mi voluntad hacer esperar a Su Eminencia--repuse.

Pero Flavia, que no se avergonzaba de su amor, radiantes los ojos y
ruborizado el rostro, tendió su mano a Sarto. Nada dijo, pero a nadie
que haya visto a una mujer en la exaltación producida por el amor, podía
ocultársele lo que aquel ademán significaba. Con triste sonrisa se
inclinó el veterano y besó la mano que ella le tendía, diciendo con
cariñosa y conmovida voz:

--Alegre o triste, feliz o desgraciada, ¡Dios proteja siempre a Vuestra
Alteza!

Hizo una pausa y añadió, mirándome y cuadrándose como un soldado:

--Pero ante todo y sobre todo está el Rey. ¡Dios lo proteja!

Y Flavia, besando mi mano, murmuró:

--¡Así sea! ¡Oh, Dios mío, te ruego que así sea!

Volvimos a la sala de baile. Obligado a recibir los saludos de
despedida, me vi separado de ella. Cuantos me habían saludado se
dirigían en seguida a la Princesa. Sarto iba de grupo en grupo, dejando
tras sí miradas de inteligencia, sonrisas y cuchicheos. No dudé que, en
cumplimiento de su irrevocable resolución, iba dando a todos la noticia
que acababa de adivinar más bien que oír. Preservar la corona para el
verdadero Rey y derrotar a Miguel el Negro; ese era todo su afán.
Flavia, yo y aun el mismo Rey, no éramos más que otras tantas cartas
puestas en juego y nos estaba prohibido tener pasiones. No se limitó a
propagar la nueva dentro de los muros del palacio, y así fue que al
descender yo la escalera principal dando la mano a Flavia y conducirla a
su carruaje, nos esperaba en la calle densa multitud, que prorrumpió en
aclamaciones entusiastas. ¿Qué podía hacer yo? De haber hablado
entonces se hubieran negado a creer que no era el Rey; a lo sumo
hubieran creído que el Rey se había vuelto loco. Los manejos de Sarto y
mi propia pasión me habían impulsado; la retirada no era ya posible y la
pasión seguía llevándome hacia delante. Aquella noche aparecí ante todo
Estrelsau como el verdadero Rey y el prometido de la princesa Flavia.

Por fin, a las tres de la mañana, cuando empezaba a romper el alba, me
vi en mis habitaciones sin más compañía que la de Sarto. Contemplaba
distraídamente el fuego; mi compañero fumaba su pipa y Tarlein se había
retirado a descansar, negándose a dirigirme la palabra. Cerca de mí,
sobre la mesa, se veía una rosa de las que Flavia había llevado al pecho
aquella noche. Ella misma me la había entregado, después de besarla.

Sarto hizo ademán de tomarla, pero detuve su mano con rápido ademán,
diciéndole:

--Es mía, no de usted... ni del Rey.

--Esta noche hemos ganado una victoria a favor del Rey--dijo.

--¿Y quién puede impedirme ganar otra a favor mío?--pregunté iracundo,
volviéndome hacia él.

--Sé muy bien lo que está usted pensando--contestó.--Pero su honor se lo
prohibe.

--¿Y es usted quien viene a hablarme de honor?

--Vamos, la cosa no es para tanto. Una broma inocente que en nada puede
perjudicar a la muchacha...

--No prosiga usted, coronel, a no ser que me tenga usted por un villano
desalmado. Si no quiere que su Rey se pudra en su prisión de Zenda
mientras Miguel y yo nos disputamos aquí lo que vale más que la
corona... ¿Me comprende usted bien?

--Sí, adelante.

--Tenemos que libertar al Rey, o intentarlo cuando menos, y pronto. Si
esta comedia, por usted preparada, continúa una semana más, va usted a
hallarse con otro problema entre manos, y de los más difíciles. ¿Cree
usted poder resolverlo?

--Sí lo creo. Pero si llegara usted a hacer lo que amenaza, tendría que
habérselas conmigo y que matarme.

--Con usted y con veinte más. ¿Qué significaría eso para mí? Sin contar
con que en un instante puedo levantar a todo Estrelsau contra usted y
ahogarlo con sus propias mentiras.

--No lo niego.

--Como podría casarme con la Princesa y mandar y Miguel y su hermano
a...

--También es cierto--asintió el viejo soldado.

--¡Pues entonces, en nombre del Cielo--grité extendiendo hacia él los
puños,--corramos a Zenda, aplastemos a Miguel y traigamos al Rey a su
capital y a su trono!

Sarto se puso en pie y me miró fijamente.

--¿Y la Princesa?--preguntó.

Incliné la cabeza y tomando la rosa la oprimí hasta destrozarla entre
mis manos y mis labios. Sentí la diestra de Sarto sobre mi hombro y oí
que decía, con turbada voz:

--¡Por Dios vivo! Es usted más Elsberg que todos ellos. Pero yo he
comido el pan del Rey y mi deber es servirle. ¡Iremos a Zenda!

Le miré y tomé su mano. Ambos teníamos lágrimas en los ojos.




XI

CAZA MAYOR


Asaltábame una tentación terrible. Quería que Miguel, obligado a ello
por mí, diese muerte al Rey. Me creía en situación de afrontar la ira y
el poder del Duque y de retener a la fuerza la corona, no por ambición,
sino porque el Rey de Ruritania era el esposo destinado a la princesa
Flavia. ¡Sarto, Tarlein! ¿Qué me importaban? ¿Qué significan los
obstáculos, ni cómo examinarlos y medirlos a sangre fría cuando la
pasión ciega domina al hombre por completo?

Hermosa mañana aquella en que me dirigí a pie al palacio de la Princesa,
llevando en la mano un ramo de preciosas flores. La razón de estado
excusaba mi amor; y si bien las atenciones que prodigaba a mi supuesta
prima eran nuevos incentivos a la pasión que me impulsaba, me unían
también más estrechamente al pueblo de la gran ciudad, que adoraba a la
Princesa. Encontré a la condesa Elga cogiendo flores en el jardín y le
rogué que ofreciese las mías a su señora. La amada de Tarlein parecía
radiante de felicidad, olvidada por el momento del odio que el duque de
Estrelsau profesaba al predilecto de su corazón, único obstáculo que
hasta entonces había empañado la dicha de ambos amantes.

--Y ese obstáculo--me dijo con picaresca sonrisa,--lo ha suprimido
Vuestra Majestad. Llevaré gustosa estas flores a la Princesa. ¿Quiere
Vuestra Majestad que le diga lo primero que Su Alteza hará con ellas?

Nos hallábamos en una amplia terraza inmediata al palacio.

--¡Señora!--llamó alegremente la Condesa, y a su vez apareció Flavia en
uno de los abiertos balcones del primer piso.

Me descubrí y saludé profundamente. La Princesa tenía puesta una blanca
bata y llevaba suelta la hermosa cabellera. Contestó a mi saludo
enviándome un beso y dijo:

--Sube con el Rey, Elga. Le ofreceré siquiera una taza de café.

La Condesa me miró de soslayo sonriéndose y me precedió hasta la
habitación donde esperaba Flavia. Una vez solos nos saludamos de nuevo
como verdaderos amantes y en seguida me presentó dos cartas. Era una de
Miguel el Negro, invitándola cortésmente a pasar el día en el castillo
de Zenda, como tenía por costumbre hacerlo una vez cada verano, cuando
el parque y los jardines del castillo ostentaban toda su belleza. Arrojé
al suelo la carta con desprecio, lo que hizo reír a Flavia, que me
presentó la segunda misiva.

--Ignoro quién me la envía--dijo.--Léela.

Un momento me bastó para saber quién había trazado aquellas líneas. Era
la misma letra de la esquela que me había dado cita en el cenador de
Antonieta de Maubán, y decía:

«No tengo motivos para querer a Vuestra Alteza, pero Dios la libre de
caer en poder del Duque. No acepte Vuestra Alteza invitación alguna
suya. No vaya sola a ninguna parte; una fuerte guardia armada bastará
apenas para protegerla. Enseñe esta carta al que reina hoy en
Estrelsau.»

--¿Por qué no dice «al Rey?»--preguntó Flavia inclinándose hacia mí
hasta que sus cabellos rozaron mi mejilla.--¿Será broma?

--Si tienes en algo tu vida, y aun más que tu vida, amor mío, haz al pie
de la letra lo que esa carta te dice. Hoy mismo enviaré fuerza
suficiente para proteger este palacio, del cual no saldrás sino
custodiada por numerosa guardia.

--¿Es esa una orden que me da el Rey?--preguntó altiva.

--Lo es, Flavia. Orden que obedecerás... si me amas.

--¡Ah!--exclamó, con expresión tal que le di otro beso.

--¿Sabes quién ha escrito eso?--preguntó.

--Creo saberlo. El aviso proviene de persona que es buena amiga mía, y
más diré, lo envía una mujer desgraciada. Precisa contestar que estás
indispuesta, Flavia, y no puedes ir a Zenda. Presenta tus excusas en la
forma más fría y ceremoniosa que sepas.

--¿Es decir que te consideras suficientemente fuerte para desafiar la
cólera de Miguel?--me dijo con orgullosa sonrisa.

--Nada hay que yo no esté dispuesto a hacer por tu propia seguridad--fue
mi contestación.

Poco después me separé de ella, no sin esfuerzo, y tomé el camino de la
casa del general Estrakenz, sin consultar a Sarto. Había tratado algo al
anciano General, creía conocerlo y lo estimaba. No así Sarto, pero yo
había aprendido ya que éste sólo estaba satisfecho cuando él mismo lo
hacía todo, y que a menudo lo impulsaba, más que el deber, un
sentimiento de rivalidad. La situación era tan crítica que Sarto y
Tarlein no me bastaban para dominarla, pues ambos tenían que
acompañarme a Zenda y necesitaba una persona segura que velase por lo
que yo amaba más en el mundo y me permitiese dedicarme con ánimo
tranquilo a la empresa de libertar al Rey.

El General me recibió con afectuosa lealtad. Le hice confidencias
parciales, le encomendé la guardia de la Princesa y mirándole fija y
significativamente le ordené que no permitiese a ningún emisario del
Duque acercarse a Flavia, como no fuese en su presencia y en la de una
docena de nuestros amigos, por lo menos.

--Quizás no se engañe Vuestra Majestad--dijo, moviendo tristemente la
encanecida cabeza.--A hombres que valían más que el Duque les he visto
hacer peores cosas por amor.

Yo más que nadie podía apreciar el valor de aquellas palabras, y dije:

--Pero hay en todo esto algo más que amor, General. El amor puede
satisfacer su corazón. Pero ¿no necesita y procura algo más para saciar
la ambición que le devora?

--Ojalá le juzgue mal Vuestra Majestad.

--General, voy a ausentarme de Estrelsau por algunos días. Todas las
noches le enviaré a usted un mensajero. Si durante tres días
consecutivos no recibe usted noticias mías, publicará un decreto que
dejaré en su poder, privando al Duque del Gobierno de Estrelsau y
nombrándolo a usted en su lugar. En seguida declarará usted la capital
en estado de sitio, y mandará a decir al Duque que exige ser recibido en
audiencia por el Rey... ¿Me comprende usted bien?

--Perfectamente, señor.

--Si en el plazo de veinticuatro horas no consigue usted ver al
Rey--continué posando mi mano sobre su rodilla,--eso significará que el
Rey habrá muerto y que usted deberá proclamar al heredero de la corona.
¿Sabe usted quién es?

--La princesa Flavia.

--Júreme usted por Dios y por su honor que la defenderá y apoyará hasta
morir por ella, que matará, si es necesario, al traidor, y que la pondrá
en el trono que hoy ocupo.

--¡Lo juro, por Dios y por mi honor! Y ruego a Dios que proteja a
Vuestra Majestad, porque creo que la misión que se propone está llena de
peligros.

--Lo único que espero es que esa misión no cueste otras vidas más
valiosas que la mía--dije levantándome y ofreciéndole mi
mano.--General--continué,--quizás llegue un día en que oiga usted
revelaciones inesperadas concernientes al hombre que en este momento le
dirige la palabra. Cualesquiera que sean ¿qué opina usted de la
conducta de ese hombre desde el día en que fue proclamado Rey en
Estrelsau?

El anciano, estrechando mi mano, me habló de hombre a hombre.

--He conocido a muchos Elsberg--dijo.--Y ¡suceda lo que quiera, _usted_
se ha portado como buen Rey y como un valiente; y también como el más
galante caballero de todos ellos.

--Sea ese mi epitafio--dije,--el día en que otro ocupe el trono de
Ruritania.

--¡Lejano esté ese día y no viva yo para verlo!--exclamó Estrakenz,
contraídas las facciones.

Ambos nos hallábamos profundamente conmovidos. Me senté para escribir el
decreto que debía de entregarle, y dije:

--Apenas puedo escribir; la herida del dedo me impide todavía moverlo.

Era aquella la primera vez que me arriesgaba a escribir, a excepción de
mi nombre y a pesar de los esfuerzos que había hecho para imitar la
letra del Rey, distaba mucho de la perfección.

--La verdad es, señor--observó el General,--que este carácter de letra
se diferencia bastante del que todos conocemos. Circunstancia deplorable
en este caso, porque puede despertar sospechas y aun hacer creer que la
orden no procede del Rey.

--General--exclamé sonriéndome,--¿de qué sirven los cañones de Estrelsau
si con ellos no puede disiparse una mera sospecha?

Tomó el documento en sus manos, sonriéndose a su vez de la ocurrencia
mía.

--El coronel Sarto y Federico de Tarlein me acompañarán--continué.

--¿Va Vuestra Majestad a ver al Duque?--preguntó en voz baja.

--Sí; al Duque y a otra persona a quien necesito ver y que se halla en
Zenda.

--Quisiera poder ir con Vuestra Majestad--dijo retorciendo el blanco
bigote.--Quisiera hacer algo por el Rey y su corona.

--Aquí le dejo a usted algo más precioso que la vida y la corona--le
dije;--y lo hago porque en toda Ruritania no hay hombre que más merezca
mi confianza.

--Le devolveré a Vuestra Majestad la Princesa sana y salva, y si esto no
es posible la haré Reina.

Nos separamos, regresé a palacio y dije a Sarto y Tarlein lo que acababa
de hacer. Sarto refunfuñó algo, pero lo esperaba, y en definitiva dio su
aprobación a mi plan, animándose a medida que se acercaba la hora de
realizarlo. También Tarlein se manifestó dispuesto a todo, aunque por
estar enamorado arriesgaba más que Sarto. ¡Cuánto lo envidiaba yo! Para
Tarlein el triunfo de mi empresa significaba también el de su amor, su
unión con la joven a quien adoraba, en tanto que para mí, era aquel
triunfo señal cierta de sufrimientos más crueles que cuantos pudiera
proporcionarme el fracaso de mis planes. Así lo comprendió él también,
porque tan luego nos vimos algo apartados de Sarto, tomó mi brazo y me
dijo:

--Dura prueba es ésta para usted; mas no por ello disminuirá un ápice la
confianza que me merecen su rectitud y su hidalguía.

Desvié el rostro para no dejarle ver todo lo que pasaba en mi ánimo;
bastaba que presenciase lo que me proponía hacer. Ni aun Tarlein mismo
había descubierto toda la verdad, porque no se había atrevido a elevar
sus miradas hasta la princesa Flavia y leer en sus ojos, como lo había
hecho yo.

Quedó por fin acordado nuestro plan en todos sus detalles, los mismos
que se verán más adelante. Se anunció que a la mañana siguiente
saldríamos a una cacería, lo dispuse todo para mi ausencia y sólo una
cosa me quedaba ya por hacer, la más penosa y difícil. Al anochecer
crucé en coche las calles más concurridas y me dirigí a la residencia de
Flavia. Fui reconocido y aclamado cordialmente, y a pesar de mis
temores y tristezas, me sonreí al notar la frialdad y altivez con que
me recibió mi amada. Había oído ya que el Rey se proponía salir de
Estrelsau para ir de caza.

--Siento que no podamos divertir a Vuestra Majestad lo suficiente para
retenerle en la capital--dijo golpeando ligeramente el suelo con el
pie.--Comprendo que yo hubiera podido ofrecer a Vuestra Majestad alguna
mayor distracción, pero fui bastante inocente para creer...

--¿Qué?--pregunté inclinándome hacia ella.

--Que aunque sólo fuese por dos o tres días, después de... de lo
ocurrido anoche, quizás Vuestra Majestad se sentiría suficientemente
complacido para no necesitar otras distracciones. Espero que los
jabalíes consigan interesarlo y distraerlo más que yo--agregó.

--Precisamente voy en busca de un jabalí--dije,--y de los más feroces y
corpulentos--y luego, sin poderlo remediar, me puse a acariciar sus
cabellos, pero ella apartó la cabeza.

--¿Estás irritada conmigo?--pregunté fingiendo sorpresa y deseoso de
aumentar un tanto su enojo. Nunca la había visto irritada hasta entonces
y la hallaba no menos graciosa bajo aquel nuevo aspecto.

--¿Tengo acaso el derecho de enojarme?--preguntó.--Cierto es que anoche
tuviste a bien decir que cada hora pasada lejos de mí era una hora
perdida. Pero tratándose de un jabalí enorme ya es cosa muy diferente.

--Tan enorme que quizás sea yo cazado por él.

Flavia nada dijo.

--¿No te conmueve mi propio peligro?

Como continuase muda, acerqué mi rostro al suyo, que procuraba ocultar a
mis miradas y vi que tenía los ojos llenos de lágrimas.

--¿Lloras porque corro peligro?

--Te portas ahora como solías ser antes, pero no como el Rey... como el
Rey que yo había aprendido a amar.

Lancé un gemido y la estreché sobre mi corazón.

--¡Amor mío!--exclamé olvidado de todo para no pensar más que en
ella;--¿has podido creer que yo iba a dejarte para ir de caza?

--Pero entonces, Rodolfo... ¿vas acaso?...

--Sí, en busca de esa fiera, de Miguel en su guarida.

Flavia estaba densamente pálida.

--Ya ves, pues, querida mía, que no soy el amante ingrato que suponías.
Pero no permaneceré ausente mucho tiempo.

--¿Me escribirás, Rodolfo?

Aunque pareciese debilidad por mi parte, no podía decir cosa, alguna
que despertase sus sospechas.

--Te enviaré mi corazón todos los días--respondí.

--¿Y no correrás peligro?

--Ninguno que pueda yo evitar.

--¿Cuándo volverás? ¡Oh, qué largos me parecerán ahora los días!

--¿Que cuándo volveré?--repetí.--No lo sé, no puedo saberlo.

--¿Pronto, Rodolfo, pronto?

--Sólo Dios lo sabe. Pero si no volviese, amada mía...

--¡Oh, cállate, Rodolfo! ¡Cállate!--y posó sus labios sobre los míos.

--Si yo no volviese--murmuré,--tendrías que ocupar mi puesto, porque
entonces tú serías la única representante de nuestra casa. Tu deber
entonces sería reinar, no llorarme.

Irguióse con toda la majestad de una Reina y exclamó:

--¡Sí, lo haría! ¡Ceñiría la corona y representaría mi papel! Pero ¡ah!
mi corazón moriría contigo...

Se detuvo, y aproximándose otra vez a mí murmuró dulcemente:

--¡Vuelve pronto, Rodolfo!

Su voz, su acento, me dominaron.

--¡Juro--exclame,--verte una vez más, pero yo mismo, antes de morir!

--¿Tú mismo? ¿Qué quieres decir?--preguntó fijando en mi sus asombrados
ojos.

No me atreví a pedirle perdón; le hubiera parecido un insulto. No podía
decirle entonces quién era yo. Flavia lloraba y me limité a enjugar sus
lágrimas.

--¿Es acaso posible--pregunté,--que hombre alguno no regrese al lado de
la mujer más hermosa del mundo?--dije.--¡Un centenar de Migueles no
podrían impedírmelo!

Se estrechó aún más contra mí, algo consolada.

--¿No permitirás que Miguel te mate?

--No, amor mío.

--¿Ni que te separe de mí?

--No, amor mío.

--¿Nadie podrá separarte de mí?

Y una vez más contesté:

--No, amor mío.

Y sin embargo, existía un hombre--no Miguel,--que debía de separarme de
ella y por cuya vida iba yo a arriesgar la mía. El recuerdo de aquel
hombre, la arrogante figura que yo había contemplado por primera vez en
el bosque de Zenda, el cuerpo inerte abandonado en el sótano del
pabellón de caza, se me aparecía entonces como una doble sombra,
interponiéndose, separándome de Flavia, que yacía pálida y casi
desvanecida en mis brazos, pero fijando en mí una mirada llena de amor,
como no he visto otra en mi vida; una mirada cuyo recuerdo me persigue
aún y me perseguirá eternamente, hasta que la tierra cubra mis huesos y
(¿quién sabe?) quizás aun más allá de la tumba.




XII

UN ANZUELO BIEN CEBADO


A dos leguas de Zenda y por la parte opuesta de aquella donde se alza el
castillo, queda un extenso bosque. En su centro y sobre la colina, cuyas
laderas cubre el bosque, está construida la hermosa residencia del conde
Estanislao de Tarlein, pariente lejano de mi amigo el joven Tarlein. El
Conde visitaba aquella propiedad muy raras veces, la había puesto a mi
disposición y a ella nos dirigíamos. Elegida en apariencia por la
abundante caza de sus cercanías, entre la que no escaseaban los
jabalíes, lo había sido principalmente por su inmediación a la magnífica
residencia del Duque, situada, como dicho queda, al lado opuesto de la
población. Por la mañana salieron de Estrelsau numerosas personas de mi
servidumbre, con caballos y equipaje, y nosotros los seguimos a
mediodía, yendo buena parte del camino por tren y haciendo después la
jornada a caballo hasta la posesión de Tarlein.

Me acompañaban diez bizarros caballeros, además de Sarto y Tarlein,
cuidadosamente elegidos todos ellos y ciegamente adictos al Rey. Se les
dijo parte de la verdad, revelándoles también la tentativa contra mi
vida hecha en el cenador de Antonieta de Maubán, para estimular su celo
y acrecentar el odio que profesaban al Duque. Se les dijo además que
éste tenía preso en el castillo de Zenda a un fiel servidor del Rey,
cuyo rescate era uno de los objetos de la expedición; pero añadiendo que
la mira principal del nuevo soberano era tomar ciertas medidas contra su
díscolo hermano, respecto de las cuales nada más podía revelárseles por
entonces. Jóvenes, leales y valientes, les bastaba que el Rey
manifestase sus deseos; lo único que deseaban era mostrarle su buena
voluntad, y tanto mejor si para ello tenían que desenvainar la espada.

Así quedó trasladado el teatro de los sucesos desde Estrelsau al palacio
de Tarlein y al castillo de Zenda, que se alzaba sombrío y amenazador al
otro lado del valle. Por mi parte traté de no pensar por el momento en
Flavia y de dedicarme con toda energía al cumplimiento de mi ardua
empresa. Era ésta nada menos que sacar vivo al Rey de su prisión. La
fuerza era inútil; había que idear alguna estratagema y yo tenía ya un
proyecto en embrión; pero me veía muy contrariado por la publicidad dada
a mi salida de la capital. Miguel debía de estar ya perfectamente
enterado de mi expedición y de su verdadero objeto, pues ni por un
momento podía engañarle el pretexto de la cacería. Pero había que
aceptar ese riesgo, con todo lo que para nosotros significaba, porque
tanto Sarto como yo reconocíamos que la situación era ya insostenible.
Una ventaja militaba a mi favor; la de que Miguel el Negro no podía
creer que yo abrigase favorables designios respecto del Rey. El veía y
apreciaba la oportunidad que se me ofrecía, como la veía yo, como la
había visto Sarto. Miguel, por su parte, amaba a la Princesa y no dudo
que hubiera matado al Rey, a mi otro rival, sin el menor escrúpulo; pero
no sin quitar antes de en medio a Rodolfo Raséndil.

En todo esto iba pensando yo por el camino, y no había permanecido más
de una hora en la casa cuando se presentó una imponente embajada enviada
por el Duque. No tuvo el cinismo de mandarme a los tres que antes
intentaron asesinarme, pero sí diputó la otra mitad del sexteto,
Laugrán, Crastein y Ruperto Henzar, los ruritanos. Tres arrogantes
mocetones, soberbiamente montados y equipados, el último de los cuales,
Henzar, que no contaría más de veintidós o veintitrés años, me dirigió
un bien pensado discurso, manifestándome que mi cariñoso hermano se veía
privado del placer de ofrecerme sus respetos en persona y aun de poner
su residencia a mi disposición, porque así él como varios de sus
servidores estaban atacados de escarlatina. Así lo aseguró, con
sardónica sonrisa, Henzar, su embajador, apuesto mozo, tan bribón como
bien parecido, de quien se decía que andaban enamoradas muchas y muy
principales damas.

--Vamos, que mi hermano Miguel con escarlatina debe de estar más
parecido a mí que de ordinario, a lo menos por el color--dije.--¿Sufre
mucho?

--No tanto que no pueda atender a sus asuntos, señor.

--Espero que no se contarán entre los otros enfermos mis tres buenos
amigos De Gautet, Bersonín y Dechard--continué.--Del último he oído
decir que está herido.

Laugrán y Crastein hicieron una feísima mueca, pero el joven Henzar se
sonrió al decir:

--Dechard espera hallar muy pronto bálsamo eficaz para su herida.

Por mi parte me eché a reír, porque sabía que para mi malparado enemigo
no había más que un remedio: venganza.

--¿Se sentarán ustedes a mi mesa, señores?--pregunté.

El joven Ruperto declinó respetuosamente la invitación, alegando que
importantes deberes los llamaban al castillo.

--Pues entonces--dije con un ademán de despedida,--¡hasta nuestra
próxima entrevista, que espero nos permitirá conocernos mejor!

--¡Y para ello, ojalá que Vuestra Majestad nos proporcione pronta
oportunidad!--agregó Ruperto altaneramente; y al pasar junto a Sarto
miró a éste con tal expresión de desprecio y burla que el veterano
apretó los puños y sus ojos brillaron amenazadores.

Cuanto a mí, me agradaba aquel bribón franco y alegre y lo prefería con
mucho a sus dos compañeros de sombrío rostro y siniestra mirada. Más
vale ser un bribón con gracia que sin ella.

Aquella primera noche, en vez de saborear la excelente comida que me
habían preparado mis cocineros, dejé que los caballeros de mi séquito la
despachasen a su gusto, bajo la presidencia de Sarto, mientras yo
cabalgaba en compañía de Tarlein hacia la villa de Zenda y más
particularmente hacia cierta posada que allí conocía. La excursión
ofrecía poco peligro; la noche era clara, el camino hasta Zenda, muy
concurrido y lo único que hice fue envolverme en una amplia capa. Un
lacayo nos seguía a distancia.

--Tarlein--dije al llegar a la población;--en la posada adonde nos
dirigimos hay una muchacha muy linda.

--¿Cómo lo sabe usted?--preguntó.

--Porque he estado en ella.

--¿Desde?...

--No, antes.

--Pero le reconocerán a usted.

--Probablemente. Y por lo mismo, he aquí lo que vamos a hacer. Somos dos
caballeros del séquito del Rey, uno de los cuales tiene dolor de muelas.
El otro dispondrá que nos sirvan de comer en habitación separada, con
una botella de buen vino para alivio del paciente. Y si es usted tan
avisado como lo creo, la linda muchacha de que le he hablado, y nadie
más, será quien nos sirva a la mesa.

--¿Y si ella se niega a servirnos?

--Querido Tarlein, si se niega a hacerlo por usted, lo hará por mí.

Llegamos a la posada, bien embozado yo; vi a la madre de la muchacha y
poco después a ésta, se dio orden de servirnos la comida, me instalé en
una pieza reservada para nosotros, y no tardó en reunírseme Tarlein.

--La chica será quien nos sirva--dijo.

--Y de lo contrario--añadí,--hubiera yo dudado mucho del buen gusto de
la condesa Elga.

Entró la buena moza, le di tiempo de poner la botella sobre la mesa para
evitar que con la sorpresa la hiciera pedazos, y Tarlein llenó un vaso,
que me ofreció.

--¿Sufre mucho este caballero?--preguntó la joven.

--Ni más ni menos que la primera vez que te vio--dije desembarazándome.

Dio ella un ligero grito y exclamó:

--¡Con que era el Rey! Así se lo dije a mi madre apenas vi el retrato de
Su Majestad. ¡Oh, señor, perdón!

--No recuerdo tener nada que perdonarte--dije.

--Pero, señor, todas aquellas cosas que dijimos...

--¡Oh, te las perdono de todo corazón!

--Voy a decirle a mi madre...

--Ni una palabra--le ordené.--Vé a traer la comida y nada digas a nadie
sobre la presencia del Rey en esta casa.

Volvió a los pocos momentos llena de curiosidad.

--¿Y Juan?--le pregunté, empezando a comer.--¿Qué tal está?

--Apenas le vemos ahora, señor.

--¿Por qué?

--Yo le dije que venía por aquí muy a menudo.

--¿Es decir que está enfadado y se oculta?

--Sí, señor.

--¿Pero tú puedes hacerlo volver por aquí?

--Es muy probable...

--¡Oh, sí! Yo sé lo mucho que tú vales y puedes--le dije, haciéndola
ruborizarse de placer.

--Pero, señor, no sólo es eso lo que lo aleja de Zenda. En el castillo
tienen ahora mucho que hacer.

--Pero si el Duque no está de caza...

--No, señor; pero Juan tiene a su cargo el servicio interior.

--¿Juan convertido en doncella de servicio?

La muchacha se desvivía por chismear un poco.

--Es que no hay allí nadie más que pueda hacerlo--explicó.--Ni una sola
mujer. Es decir, como criada, porque no falta quien diga que... Pero es
falso, sin duda.

--No importa, sepamos lo que dicen.

--Pues corre el rumor de que en el castillo habita una señora. Lo cierto
es que Juan tiene que servir a los caballeros que allí residen ahora.

--¡Pobre Juan! No dejará de hallarse muy ocupado. Sin embargo, estoy
seguro de que nunca le faltará media hora para venir a verte. ¿Tú lo
quieres?

--No mucho, señor.

--¿Pero quieres servir al Rey?

--Sí, señor.

--Pues entonces, mándale a decir que le esperas junto a la gran piedra
que hay en el camino de Zenda al castillo, a la salida del pueblo,
mañana a las diez de la noche.

--¿Piensa usted hacerle algún daño, señor?

--Ninguno, si hace lo que yo le ordene. Pero creo haberte dicho lo
bastante, linda muchacha. Cuida de obedecerme puntualmente y recuerda
que nadie ha de saber que el Rey ha estado aquí.

Hablé con alguna severidad, porque nunca está de más infundir cierto
grado de temor a las mujeres que nos quieren; y al propio tiempo,
suavicé la severidad de mis palabras, haciéndole un valioso presente.
Comimos, volví a embozarme y precedido de Tarlein me dirigí adonde nos
esperaban los caballos.

No eran más de las ocho y media de la noche, había mucha gente en las
calles para una población tan pequeña y era fácil ver que los buenos
vecinos de Zenda comentaban noticias al parecer muy interesantes. Y no
era extraño, porque con el Duque por un lado y el Rey por otro, Zenda
les parecía indudablemente el centro de toda Ruritania. Recorrimos las
calles al paso de nuestros caballos, pero les pusimos al galope tan
luego salimos al campo.

--¿Quiere usted atrapar a ese Juan de que habla?--preguntó Tarlein.

--Sí, y convendrá usted conmigo en que he cebado bien el anzuelo.
Nuestra bonita Dalila de la posada, atraerá al Sansón del castillo. La
precaución del duque Miguel, de no tener mujeres en el castillo no
basta, amigo Tarlein. Para lograr completa seguridad, se necesita que no
haya faldas en cincuenta leguas a la redonda.

--Conque las haya en Estrelsau me basta--dijo el enamorado Tarlein dando
un suspiro.

Subimos por la avenida que conducía a la villa Tarlein y apenas pudo
oírse desde ésta el paso de los caballos, salió Sarto apresuradamente a
recibirnos.

--¡Gracias a Dios que vuelve usted sano y salvo!--exclamó.--¿No ha
asomado ninguno de ellos por el camino?

--¿De quiénes habla usted, coronel?--pregunté, echando pie a tierra.

Nos llevó a un lado, para que no lo oyesen los lacayos.

--Joven--dijo,--basta ya de cabalgar solo o poco menos, por estos
alrededores. No puede usted volver a hacerlo, sin que le acompañemos
media docena de nosotros. ¿Sabe usted lo que le ha pasado a Berstein?

El caballero de este nombre, uno de los de mi séquito, era un arrogante
mozo, casi tan alto como yo, y de caballo muy parecido al mío.

--Pues está arriba en su cuarto y en cama, con una bala en el brazo.

--¡Qué me dice usted!

--Lo que oye. Después de comer se le ocurrió ir a dar un paseo por el
bosque, y a lo mejor divisó entre los árboles a tres hombres, uno de los
cuales le apuntó con un fusil. Como estaba desarmado, echó a correr en
dirección a esta casa, pero sonó un disparo, le atravesaron un brazo y
cuando llegó aquí estaba a punto de caer desvanecido.

Hizo Sarto una pausa y continuó:

--Esa bala, joven, le estaba destinada a usted.

--Es muy probable--dije.--Primera sangre a favor de Miguel.

--Quisiera saber cuál de los dos tríos es el autor de esa hazaña--dijo
Tarlein.

--Sarto--dije a mi vez,--mi salida de esta noche tenía objeto
importante, como lo verá usted más adelante. Pero por lo pronto puedo
asegurar una cosa.

--¿Y es?

--Que creería corresponder muy mal a los grandes honores de que me ha
colmado Ruritania, si saliese del país dejando con vida a uno siquiera
de los Seis. Y con la ayuda de Dios me propongo limpiar de ellos al
país.

Sarto, al oírme, tomó y estrechó mi mano.




XIII

NUEVA ESCALA DE JACOB


A la mañana siguiente di algunas órdenes y me sentí más satisfecho que
nunca. Había puesto manos a la obra, al trabajo, y éste, ya que no cura
el amor, es por lo menos como un narcótico que nos permite olvidarlo
temporalmente. Sarto, que andaba agitado y nervioso, se sorprendió mucho
al verme aquella mañana, arrellanado en cómodo sillón de brazos,
escuchando la canción amorosa que con muy buena voz entonaba uno de los
caballeros de mi séquito. Tal era mi ocupación cuando el más joven de
los Seis, Ruperto Henzar, que no temía a Dios ni al diablo, se adelantó
de repente a caballo, con tanta calma como si detrás de cada árbol no
pudiese tener yo apostado un buen, tirador, y ni más ni menos que si
cabalgase en el parque de Estrelsau.

Se acercó a mí, saludándome con cómica reverencia, y solicitó hablarme a
solas para comunicarme un mensaje del duque Miguel. Hice que se
retirasen todos y Henzar, sentándose a mi lado, comenzó:

--¿El Rey está enamorado a lo que parece?

--No de la vida, señor mío--contesté sonriéndome.

--Más vale así. Pero estamos solos. Usted, Raséndil...

--¿Qué es eso? ¿Cómo se entiende?--le dije en tono seco y arrogante,
haciendo ademán de levantarme.

--¿Qué ocurre?--preguntó.

--Pues nada, sino que iba a llamar para que le trajeran a usted su
caballo. Si ignora usted cómo dirigirse al Rey, es indispensable que mi
hermano elija otro embajador.

--¿Para qué continuar esta farsa?--preguntó con suma indiferencia,
sacudiendo con su latiguillo el polvo que cubría sus altas botas.

--Porque la farsa no ha terminado todavía--repliqué;--y mientras dure me
reservo el derecho de usar el nombre que mejor me cuadre.

--Corriente. Lo único que me proponía hacer era hablarle con entera
franqueza. Porque no le quiero a usted mal, es usted todo un hombre.

--Por tal me tengo, modestia aparte. Soy honrado con los hombres y honro
y respeto a las mujeres, señor mío.

Me dirigió una mirada iracunda.

--¿Vive su madre de usted?--proseguí.

--No, ha muerto.

--Tanto mejor para ella--dije, gozándome al oír la maldición que me
lanzó entre dientes.--Y ahora, oigamos ese mensaje.

Le había herido en lo vivo, porque todo el mundo sabía que Henzar había
instalado a una querida en su propia casa, y destrozado el corazón de su
madre, muerta de pesar. Toda su arrogancia desapareció por el momento.

--El Duque le ofrece a usted más de lo que yo le ofrecería--murmuró.--Mi
opinión era que le mandase a usted la cuerda con que merece ser
ahorcado, pero él se empeñó en darle un salvo-conducto hasta la frontera
y quinientos mil pesos.

--Pues entre las dos ofertas prefiero la de usted, señor mío.

--¿Es decir que rehusa usted la del Duque?

--Desde luego.

--Así se lo dije a Su Alteza.

Y el bribón que había recobrado todo su aplomo, me dirigió la más alegre
de sus sonrisas.

--La verdad es, acá entre nosotros, que Miguel no sabe ni puede
comprender lo que es un caballero.

--¿Y usted?--dije riéndome en sus barbas.

--Yo sí. Corriente: pues le daremos a usted la cuerda.

--Lo malo es que no vivirá usted para verme ahorcado con ella--observé.

--¿Me hace Vuestra Majestad el honor de buscarme querella?

--Para eso sería preciso que tuviera usted siquiera algunos años más.

--Maldito lo que eso importa. Joven o no, me basto y me sobro para el
caso--dijo con burlona risa.

--¿Cómo está su prisionero?

--¿El Rey?

--Su prisionero, digo.

--¡Ah, sí! Había olvidado los deseos de Vuestra Majestad. Pues el preso
vive todavía.

Dejó su asiento, le imité y sonriéndose dijo:

--¿Y qué tal la bella Princesa? Apuesto a que el próximo Elsberg será
rojo, por más que Miguel el Negro le haga las veces de padre...

Di un salto hacia él cerrando los puños. No retrocedió una sola línea y
siguió mirándome con expresión y sonrisa insolentes.

--¡Vete, antes de que te haga pedazos!--murmuré.

Me había pagado con creces la alusión a la muerte de su madre.

Lo que hizo después fue buena muestra de su increíble audacia. Mis
amigos se hallaban a cincuenta pasos de distancia. Heznar ordenó a un
lacayo que le trajese su caballo y despidió al criado dándole una moneda
de oro. Yo permanecía inmóvil, sin sospechar cosa alguna. Fingió que iba
a montar, pero volviéndose de repente hacia mí, con la mano izquierda en
el cinto y tendiéndome la diestra, dijo:

--Aquí está mi mano.

Me limité a inclinarme e hice lo que él había previsto: crucé ambas
manos a la espalda. Rápida como el rayo brilló en alto su daga y se
clavó en mi hombro: de no haberme apartado bruscamente me hubiera
atravesado el corazón. Retrocedí lanzando un grito, saltó él en la silla
sin tocar el estribo y salió disparado como una flecha, perseguido por
gritos y tiros de revólver, tan inútiles éstos como aquéllos. Me dejé
caer en mi sillón, mirando cómo el malvado desaparecía al extremo de la
avenida. Después me rodearon mis amigos y perdí el conocimiento.

Supongo que me llevaron al lecho, donde pasé muchas horas de las que
nunca conservé el menor recuerdo. Era de noche cuando recobré el
conocimiento y vi a Tarlein a mi lado. Me sentía débil y fatigado, pero
Tarlein se apresuró a darme la buena noticia de que mi herida curaría
pronto y que entretanto todo iba bien, pues Juan el guardabosque había
caído en el lazo que le tendimos y se hallaba en nuestro poder.

--Y lo más raro es--continuó Tarlein,--que no parece muy contrariado de
verse aquí. Sin duda se dice que le tiene más cuenta no figurar como
testigo del crimen que Miguel prepara con el auxilio de sus Seis
matachines.

Aquella idea me hizo concebir muy buenas esperanzas en la cooperación de
nuestro prisionero. Dispuse que me lo trajeran en seguida, y pronto
llegó acompañado de Sarto, que le hizo tomar asiento junto a mi lecho.
Estaba atemorizado, pero también nosotros abrigábamos nuestros recelos
después de la tentativa de Ruperto Henzar, y Sarto cuidó de tenerlo muy
al alcance de su revólver mientras duró la entrevista. Al entrar tenía
atadas las manos, pero inmediatamente hice que lo desataran.

No detallaré todas las garantías y recompensas que le ofrecimos y que en
su día fueron cumplidas religiosamente, de suerte que hoy vive con
holgura, aunque no diré dónde. Era más débil que perverso y muy pronto
nos convencimos de que hasta entonces había obrado por temor al Duque y
a su hermano Máximo más que por adhesión a la causa de aquél. Pero todos
estaban convencidos de su lealtad; y aunque ignoraba los planes secretos
de su amo, su conocimiento de la disposición interior del castillo, y
de las medidas tomadas en él, lo hacían un auxiliar precioso. He aquí en
breve los informes que nos proporcionó:

Debajo del piso del castillo había dos pequeñas celdas labradas en la
roca viva, a las cuales se bajaba por medio de una escalera de piedra
que comenzaba a un extremo del puente levadizo. Una de dichas celdas
carecía de ventanas y había que tener siempre en ella velas encendidas.
La segunda tenía una ventana cuadrada que daba al foso. En esta celda
velaban siempre de día y de noche, tres de los Seis, con orden de
defender la puerta que daba a la otra celda, en caso de ataque, mientras
les fuera posible; pero dado que los asaltantes parecieran próximos a
triunfar, Henzar y Dechard, uno de los cuales se hallaba siempre allí,
tenían orden expresa del Duque de separarse de sus compañeros, entrar en
la celda inmediata y matar al Rey. Allí estaba preso éste, bien tratado
hasta entonces, pero sin armas y atados los brazos con delgadas cadenas
de acero que apenas le permitían moverlos. Es decir que antes de
franquear nosotros la segunda puerta habría muerto el Rey. ¿Y su cuerpo?
¿No sería éste la prueba más clara y comprometedora del crimen de
Miguel?

--No señor--dijo Juan.--Su Alteza ha pensado en eso, y el asesino del
Rey no tiene más que abrir la reja de hierro que encierra la ventana de
la celda, reja cuyo marco gira sobre sus goznes. El hueco de la ventana
está hoy obstruido por un enorme tubo, capaz de dar paso al cuerpo de un
hombre, y cuyo extremo opuesto llega precisamente hasta la superficie
del agua que llena el foso. Muerto el Rey, su matador arrastra el cuerpo
hasta la ventana, le ata un peso de plomo que allí tienen preparado y
desliza el cadáver por el tubo hasta el agua del foso, que mide allí
veinte pies de profundidad. Hecho esto, da un grito que sirve de señal a
los otros, se arroja a su vez por el tubo, le siguen los demás si
pueden, y mientras el cuerpo del Rey va derecho al fondo del foso, los
asesinos nadan hacia la orilla opuesta, donde varios hombres tienen
orden de esperarlos con cuerdas para sacarlos del agua y caballos para
huir, si no queda otro recurso. En este caso Miguel huiría también con
ellos. Pero si les quedase alguna esperanza de triunfar, volverían al
castillo y cogerían a sus enemigos en las dos piezas subterráneas, como
en una trampa. Este es el plan de Su Alteza, pero sólo se propone
emplearlo en último extremo, porque su intento es no matar al Rey hasta
haberlo matado a usted, o hasta tener la seguridad de que podrá
despacharlo poco después de muerto el Rey. Y ahora, señor, le ruego que
me proteja, porque si el duque Miguel llega a saber lo que he hecho, no
habrá tormento bastante cruel para mí.

Por el relato de Juan, que completamos con nuestras preguntas, supimos
también que en caso de ataque al castillo por una fuerza numerosa, como
la que yo el Rey podía reunir, sus defensores renunciarían a toda
resistencia, limitándose a matar al Rey y arrojar su cadáver al fondo
del foso. Pero en lugar de huir los asesinos, uno de ellos debía ocupar
el lugar del Rey en el calabozo y pedir a los asaltantes favor y
justicia a grandes gritos; llamado entonces Miguel, declararía que el
preso había ofendido a la señora Maubán y por eso sufría aquel castigo;
y que él, el Duque, se alegraba de tener aquella oportunidad para
aclarar lo ocurrido en la fortaleza y contradecir y disipar ciertos
rumores que habían circulado acerca de la presencia de un misterioso
prisionero en el castillo de Zenda. Burlados entonces los invasores, se
retirarían, permitiendo al Duque disponer con toda calma del cuerpo del
Rey.

Sarto, Tarlein y yo en mi lecho oíamos con horror aquellos detalles de
la maldad del Duque y de la audacia de su plan. Fuese yo al castillo
ocultándome o en pleno día, solo o al frente de mis tropas, el Rey
estaba condenado a morir antes de que yo pudiera acercármele. Si Miguel
me vencía todo acababa allí, pero de ser yo vencedor no tendría medios
de castigarlo, ni de mostrar su culpa sin descubrir también la mía. Pero
por lo pronto sería yo Rey, ¡Rey! pensamiento que hacía latir mi corazón
apresuradamente; y el porvenir se encargaría de decidir en la lucha
entre él y yo. Hasta entonces me había inclinado a creer que el Duque
gustaba de dejar a sus amigos los peligros de la empresa; pero desde
aquel momento comprendí que se reservaba la dirección de la misma y que
no le faltaban ni audacia ni astucia.

--¿Conoce el Rey esos detalles?--pregunté.

--Mi hermano y yo--contestó Juan,--colocamos el tubo, dirigidos por el
señor de Henzar, pues estaba de guardia aquel día. El Rey preguntó lo
que aquello significaba y el señor de Henzar le contestó riéndose que
era una nueva «Escala de Jacob,» por la cual, como dice la Biblia, pasan
los hombres de la tierra al Cielo; y que si llegase el caso de hacer el
viaje, aquel camino sería más propio de un Rey, que pasaría por él con
toda comodidad, sin verse expuesto a las miradas de los curiosos.
Después soltó otra carcajada y pidió al Rey permiso, para volver a
llenar su vaso, porque Su Majestad estaba comiendo. Valiente como es el
Rey y como lo son todos los Elsberg, palideció al mirar el siniestro
tubo y oír al villano que así se mofaba de él.--¡Ah, señores!--acabó
diciendo Juan,--en el castillo de Zenda le cortan la cabeza a un hombre
con tanta frescura como juegan una partida de cartas; y precisamente ese
Henzar es el más cruel de todos... y el más temible también cuando hay
mujeres cerca.

Cesó de hablar el guardabosque y dispuse que Tarlein diese orden de
vigilarlo cuidadosamente. Pero antes de que se lo llevaran le dije:

--Si alguien te pregunta si hay un prisionero en Zenda, puedes contestar
que sí, pero si te preguntan quién es cállate. Todas mis promesas no
podrían salvarte la vida si alguien llegase a saber que el Rey está en
el castillo. ¡Yo mismo te mataría como un perro si la verdad se
sospechase siquiera en esta casa!

Cuando hubo salido miré a Sarto.

--¡Difícil empresa, amigo!--le dije.

--Tanto--respondió moviendo pensativamente la encanecida cabeza,--que
según toda probabilidad dentro de un año seguirá usted siendo Rey de
Ruritania. Y dicho esto desahogó su cólera lanzando una sarta de
maldiciones contra Miguel el Negro.

--Mi opinión es--dije reclinándome en las almohadas,--que sólo tenemos
dos medios de sacar al Rey vivo de Zenda. El uno es lograr que los
amigos del Duque le hagan traición...

--Prescinda usted de ese medio--dijo Sarto.--Veamos el otro.

--¡Pues el otro--dije,--es ni más ni menos que un milagro del Cielo!




XIV

RONDANDO EL CASTILLO


Grande hubiera sido la sorpresa del buen pueblo ruritano si hubiera
podido oír la conversación que acabo de transcribir, porque según las
noticias oficiales yo me había herido con un venablo durante una
cacería. Por orden mía el primer boletín oficial hizo constar que la
herida era algo grave, lo cual ocasionó viva sensación en Estrelsau y
produjo el triple resultado siguiente, que yo estaba lejos de esperar:
primero, ofendí gravemente a los médicos de la Corte, prohibiéndoles que
vinieran a mi lado a excepción de un joven cirujano amigo de Tarlein, en
quien podíamos confiar; segundo, el general Estrakenz mandó a decirme
que, a pesar de sus órdenes y las mías, la Princesa se disponía a salir
para Tarlein, escoltada por él (noticia que a pesar de lo alarmante que
era me llenó de alegría y orgullo); y tercero, que mi buen hermano el
Duque, perfectamente enterado de la procedencia de mi herida, creyó que
mi estado era grave y aun que se hallaba en peligro mi vida.

Esto último lo supe por Juan, en quien tuve que confiar, mandándole
volver a Zenda, donde Ruperto Henzar le hizo dar de latigazos por el
crimen de haber pasado toda una noche fuera del castillo, engatusado por
alguna mozuela del pueblo. Aquel castigo aumentó el odio de Juan hacia
Henzar y el Duque, y me respondió de su auxilio y lealtad más que cuanto
hubieran podido hacerlo todas mis ofertas y promesas.

Poco diré de la llegada de Flavia. Es aquél un recuerdo que no puedo
renovar sin dolor. Nunca olvidaré su alegría al verme casi restablecido
y no moribundo como temía; y sus quejas y reproches por no haber
confiado en ella y díchole la verdad, justifican en parte los medios de
que me valí para aplacarla. Su presencia fue para mí en aquellas
circunstancias lo que la vista del cielo para el condenado réprobo, y
tanto más dulce porque yo sabía la suerte casi inevitable que me hubiera
impedido volver a verla sin aquella su última visita. Dos días pasé con
ella en completa inacción, al cabo de los cuales el duque de Estrelsau
tuvo a bien anunciar que me había preparado una partida de caza.

Se acercaba el momento decisivo. Sarto y yo habíamos acordado, tras
ansiosas conferencias, arriesgar el golpe; afirmándonos en esta
resolución las malas noticias que Juan nos daba sobre la salud del Rey,
que palidecía y se debilitaba con aquel prolongado encierro. En mi
opinión, Rey o no, la muerte instantánea recibida de un balazo o una
estocada, era preferible mil veces a la lenta agonía que esperaba al
joven Soberano en su calabozo. Desde este punto de vista, importaba
obrar prontamente a favor del Rey; pero no menos interesado estaba yo en
ello por cuenta propia. Estrakenz insistía en la necesidad de mi
inmediato matrimonio, al cual me impulsaban también mis deseos, hasta el
punto de hacerme vacilar en la senda del deber. No me creía capaz de
faltar a éste, pero sí podía ocurrírseme huir, abandonar el país, lo
cual hubiera significado la ruina de los Elsberg. Es más: como no soy
santo (dígalo mi cuñadita), podría llegar un momento de ofuscación que
me hiciera cometer una falta irreparable.

Jamás había ocurrido caso semejante en la historia de ningún pueblo. El
hermano del Rey y el que personificaba a éste en el trono, empeñados en
una guerra a muerte, disputándose la persona del verdadero Rey, sin que
el país se diera cuenta de ello, en medio de la más profunda paz y a las
puertas de una población tranquila y confiada. Y, sin embargo, tal era
en aquellos momentos la situación entre el castillo de Zenda y la morada
de los Tarlein. Cuando recuerdo ahora aquella época me pregunto si
estuve loco. Sarto me ha dicho después que por entonces yo no admitía
intervención alguna ni aceptaba consejos de nadie; que me conduje como
Rey absoluto de Ruritania. Por ninguna parte veía solución que pudiera
hacerme atractiva la vida, y por lo mismo la arriesgue de la manera más
temeraria. Al principio trataron de protegerme, quisieron evitar que me
expusiese al peligro; pero, cuando comprendieron que mi resolución era
inquebrantable, se dijeron, dándose o no cuenta de la verdad, que el
único medio era fiarlo todo a la suerte y dejarme llevar adelante, a mi
manera, la lucha mortal emprendida contra Miguel.

A la noche siguiente dejé muy tarde la mesa en que acababa de comer en
compañía de Flavia y la conduje hasta la puerta de sus habitaciones.
Allí besé su mano y me despedí de ella deseándole tranquilo reposo.
Inmediatamente cambié de traje y salí. Sarto y Tarlein me esperaban con
tres hombres y los caballos. Sarto llevaba consigo una larga cuerda, y
ambos iban bien armados. Cuanto a mí, sólo tenía una pequeña maza y un
agudo puñal. Dimos un largo rodeo para no cruzar el pueblo, y al cabo
de una hora subíamos la cuesta que conducía al castillo de Zenda. Era la
noche obscura y tormentosa; el viento soplaba con furia, agitando los
árboles, y llovía a cántaros. Llegados a un bosquecillo no muy distante
de la fortaleza, dispuse que nuestros tres acompañantes se quedasen allí
con los caballos. Sarto tenía un silbato con el cual podía llamarlos en
mi auxilio; pero hasta aquel momento nadie nos había visto ni aparecía
señal de peligro. Yo tenía la esperanza de que Miguel siguiera
desprevenido, creyéndome postrado todavía en el lecho. Llegamos sin
tropiezo a la cumbre y a la orilla del cenagoso foso. Sarto, sin perder
momento, ató la cuerda al tronco de un árbol inmediato al foso. Yo me
quité las botas, tomé un trago de licor, estreché las manos de mis dos
amigos sin hacer caso de la mirada suplicante de Tarlein, y después de
asegurarme de que el puñal salía fácilmente de la vaina, así la maza con
los dientes y me aproximé al foso. Iba a inspeccionar la «Escala de
Jacob.»

Con ayuda de la cuerda me deslicé suavemente en el agua, nada fría,
porque el día había sido muy caluroso. Crucé a nado el foso y seguí
nadando junto a los altos muros de la fortaleza, sin ver a más de tres
varas de distancia y con muy buenas esperanzas de no ser descubierto. En
la parte nueva del castillo se veían algunas luces, y oí también risas
y cantos, pareciéndome distinguir entre las voces la de Ruperto Henzar,
a quien me figuré excitado por el vino. Descansé un momento, y
orientándome pensé que si la descripción hecha por Juan era exacta,
debía hallarme en aquel momento al pie de la ventana que buscaba. Volví
a nadar lentamente, y a tres pasos vi una sombra; era el enorme cilindro
que saliendo de la ventana llegaba a flor de agua. Su diámetro era,
aproximadamente, doble que el cuerpo de un hombre. Iba a acercarme más,
cuando divisé al otro lado del tubo la proa de un bote. Mi corazón latió
con violencia y permanecí inmóvil. Escuchando atentamente, oí en el bote
un rumor como el de una persona que cambiase de posición. ¿Quién era
aquel hombre encargado de guardar la invención diabólica de Miguel?
¿Estaba despierto o dormido? Llevé maquinalmente la mano al puño de mi
daga, y al propio tiempo noté con alegría que hacía pie. Los cimientos
del castillo proyectaban hacia el foso formando un reborde de unas
quince pulgadas, sobre el cual posé ambos pies con agua hasta el pecho.
Después me incliné y miré por debajo del tubo.

En el bote vi a un hombre y a su lado brillaba el cañón de un fusil.
¡Era el centinela! Permanecía inmóvil, y a poco pude oír su
respiración, fuerte y acompasada. ¡Dormía! Arrodillándome sobre el
reborde, adelanté el cuerpo por debajo del tubo hasta poner mi rostro a
media vara del suyo. Era Máximo Holf, un hombrachón, hermano de Juan.
Deslicé la mano hasta el cinto y saqué el puñal. El recuerdo de aquel
momento es el que más me remuerde en mi vida, y no quiero ni pensar si
fue aquél un acto varonil o una traición. Lo único que me dije fue: «Es
esta una guerra a muerte, y de mí depende la vida del Rey.» Llegué junto
al bote, respirando apenas, fijé los ojos en el punto donde quería
descargar el golpe y alcé el brazo armado. El centinela hizo un
movimiento y abrió los ojos; los abrió desmesuradamente, mirándome con
expresión de terror intenso, y empuñó el fusil. Descargué el golpe. Y
desde la orilla opuesta oí el coro de una canción de amor.

Dejando a mi víctima en el bote, me volví hacia la «Escala de Jacob.»
Tenía poco tiempo disponible. Además, de un momento a otro podían venir
a relevar al centinela. Inclinándome sobre el tubo, lo examiné desde el
punto en que proyectaba del agua hasta su extremidad superior, que
parecía hundirse en el macizo muro. No presentaba la menor solución de
continuidad; pero mi corazón latió precipitadamente al notar que por su
parte superior, donde entraba en el hueco del muro, se deslizaba un
tenue rayo de luz. ¡Aquella luz procedía de la celda del Rey! Apoyé el
hombro contra el tubo, y el intersticio por donde salía la luz se
ensanchó perceptiblemente, algunas líneas. Desistí en seguida; aquella
prueba me bastaba para convencerme de que el tubo no estaba sólidamente
adherido al muro por su parte superior.

Entonces oí una voz brusca, que decía:

--Y ahora, si Vuestra Majestad no desea mi compañía por más largo
tiempo, le dejaré descansar. Pero antes tengo que asegurarle las muñecas
con este precioso par de brazaletes...--¡Era Dechard, cuyo acento inglés
reconocí al instante!

--¿Desea Vuestra Majestad darme alguna orden antes de separarnos?

Entonces la voz del Rey, cavernosa y débil, muy distinta de aquella otra
tan alegre que había oído en el bosque de Zenda, contestó:

--Ruegue usted a mi hermano que me mate, que abrevie esta muerte lenta.

--El Duque no desea la muerte de Vuestra Majestad--replicó burlonamente
Dechard;--a lo menos... por ahora. Si llega el momento, allí está el
camino que lleva derecho a la gloria.

--Está bien--dijo el Rey.--Y ahora, si sus instrucciones se lo
permiten, déjeme usted solo.

--¡Buenas noches y gratos sueños!--exclamó el rufián.

La luz desapareció y oí el ruido de los cerrojos y después los sollozos
del Rey. Se creía solo. ¿Quién podía oírle y mofarse de su llanto?

No me atreví a hablarle. Podía escapársele una exclamación de sorpresa
que nos vendiera. Nada me quedaba por hacer aquella noche sino ponerme
en salvo y ocultar el cadáver del centinela, cuyo hallazgo en aquellas
circunstancias hubiera puesto en guardia a mis enemigos. Desaté el bote
y subí a él. El viento soplaba con violencia y nadie podía oír el ruido
de los remos. Me dirigí rápidamente al punto donde me esperaba Sarto, y
en el momento de tocar la orilla oí un penetrante silbido detrás de mí,
al lado opuesto del foso.

--¡Eh, Máximo!--gritó una voz.

Llamé a Sarto por lo bajo, cayó la cuerda en el bote y con ella até el
cadáver. Después salté a la orilla.

--Silbe usted también--ordené a Sarto,--para llamar a nuestra gente y
entretanto icemos el cuerpo que ahí traigo. No hablemos ahora.

Llegaron nuestros hombres y apenas tuvimos el cadáver de Máximo en
tierra, vimos a tres jinetes que saliendo del otro lado del castillo,
se dirigían hacia nosotros, aunque no podían vernos todavía, porque
estábamos a pie.

--¡Obscura está la maldita noche!--exclamó una voz penetrante.

Era Ruperto Henzar, que un momento después se halló frente a mis
compañeros. Inmediatamente sonaron varios tiros y me adelanté seguido de
Sarto y Tarlein.

--¡Mata, mata!--aullaba Ruperto, y un gemido me anunció que el bribón
daba el ejemplo a su gente.

--¡Estoy perdido, Ruperto!--exclamó al caer uno de los que le
seguían.--Son tres contra uno. ¡Sálvate!

Me precipité hacia Ruperto, empuñando la maza, y le vi inclinarse sobre
su caballo.

--¿Te han despachado también a ti, Crastein?--gritó.--No obtuvo
respuesta. Di un salto y así las riendas del caballo.

--¡Por fin!--exclamé.

Creía tenerlo seguro. Mis amigos le rodeaban y no parecía quedarle otro
recurso que rendirse o morir.

--¡Por fin!--repetí.

--¡Calla! ¡es el cómico!--exclamó,--y de un poderoso tajo cortó mi maza
en dos. Preferí la huida a la muerte y (me avergüenzo de confesarlo)
eché a correr. Aquel Ruperto Henzar era un verdadero demonio. Le vi
lanzarse a escape y arrojarse al agua con su caballo, entre una
granizada de balas. La profunda obscuridad que reinaba le salvó la vida.
Ganó la orilla opuesta del foso y desapareció.

--¡El diablo le lleve!--exclamó Sarto.

--Lástima que sea tan gran bribón. ¿Quiénes han caído?

--Laugrán y Crastein.

Allí estaban sus ensangrentados cadáveres, que arrojamos al foso junto
con el de Máximo, pues ya era inútil ocultarlo. Montamos a caballo y
bajamos la cuesta, llevándonos el cuerpo de uno de nuestros amigos cuya
muerte lamenté profundamente.

También me inquietaba más que nunca la suerte del Rey y me dolía verme
burlado una vez más por Ruperto Henzar, que además de escaparse me había
llamado cómico.




XV

TENTACIÓN


Ruritania no es Inglaterra, pues de lo contrario, la lucha empeñada
entre el duque Miguel y yo, con todos los notables incidentes que la
caracterizaban, no hubiera podido proseguir sin llamar vivamente la
atención pública. Los duelos entre personas de las clases más elevadas,
era cosa frecuente y ocasionaban feudos y reyertas en los que
participaban también los amigos y servidores de los principales
contendientes. Sin embargo, después del encuentro que dejo reseñado,
circularon rumores tales, que me impusieron la mayor prudencia. Era
imposible ocultar a los parientes de las víctimas la muerte de sus
deudos. Di, pues, un severo edicto contra el duelo, redactado en los
términos más enérgicos por el gran Canciller, en el cual se decía que
habiendo tomado aquella práctica proporciones inusitadas, quedaba
prohibida bajo rigurosas penas, a excepción de ciertos casos contados y
gravísimos. Envié un mensaje de pésame al Duque y recibí de él cortés y
amistosa respuesta; porque es de notar que ni él ni yo podíamos jugar a
cartas vistas y que a pesar de nuestros odios nos importaba fingir una
concordia que hasta entonces había engañado al público.

Lo peor era que el disimulo me imponía nuevas dilaciones, y entretanto
podía morir el Rey o podían transportarlo a otra prisión desconocida
para mí. Durante aquella tregua tuve el consuelo de ver que Flavia
aprobaba cordialmente mi edicto contra el duelo, si bien me rogó que lo
prohibiese en absoluto.

--Lo haré después de nuestra boda--le dije sonriéndome.

Uno de los más curiosos resultados de la tregua y del derecho que la
dictó, fue la conversión de la villa de Zenda, en una especie de zona
neutral en la que ambos bandos podían encontrarse sin peligro durante el
día; de noche no hubiera yo fiado gran cosa en su protección. Por
entonces tuve también un encuentro que aunque chistoso, no dejó de
preocuparme bastante. Cabalgando un día entre Flavia y Sarto, vimos
acercarse un coche descubierto tirado por dos caballos, en el cual iba
un pomposo personaje que echó pie a tierra y me saludó profundamente.
Entonces reconocí al jefe de policía de la capital.

--Puedo asegurar a Vuestra Majestad--me dijo,--que estoy haciendo
cumplir al pie de la letra las órdenes dictadas contra el duelo.

Y temiéndome yo que su presencia en Zenda tuviese por objeto seguir
dando allí pruebas de igual celo que en Estrelsau, resolví impedírselo
cuanto antes.

--¿Es ese el motivo de su venida a Zenda, señor prefecto?--le pregunté.

--¡Oh, no, señor! Me trae el deseo de complacer al Embajador inglés...

--¿De qué se trata--dije aparentando indiferencia.

--Parece que un joven compatriota del señor Embajador, miembro de
distinguida familia, ha desaparecido. Ni amigos ni parientes han tenido
la menor noticia suya desde hace dos meses, y hay motivos para creer que
ha estado en Zenda. Flavia dedicaba escasa atención a las palabras del
prefecto. Por mi parte no me atrevía a mirar a Sarto.

--¿Qué motivos son esos?

--Un amigo suyo que reside en París, el señor Federly, ha dado informes
que hacen creer en su presencia aquí, y los empleados del ferrocarril
recuerdan haber visto el nombre del viajero en su equipaje.

--¿Y ese nombre?

--Raséndil, señor.

En la manera de decirlo comprendí que el tal nombre nada significaba
para él. Dirigió luego una rápida mirada a Flavia y prosiguió, bajando
la voz:

--Se cree que ha venido en seguimiento de una mujer. ¿Ha oído hablar
Vuestra Majestad de cierta señora de Maubán?

--Sí--dije mirando involuntariamente hacia el castillo.--Esa dama llegó
a Ruritania al mismo tiempo que el Raséndil de quien habla usted.

El prefecto me miró fijamente, como interrogándome.

--Sarto--dije,--tengo que hablar un momento a solas con el prefecto.
Escolte usted a la Princesa. Veamos, señor prefecto; ¿qué quiere usted
decir?--pregunté.

Se me acercó y me incliné hacia él.

--¿Y si el joven ese hubiera estado enamorado de la
dama?--murmuró.--Nada se ha sabido de él en los dos meses--y a su vez el
prefecto dirigió una mirada al castillo.

--Sí, la señora de Maubán está allí--dije con toda calma.--Pero no creo
que Raséndil... ¿es ese el nombre?

--El Duque no tolera rivales--murmuró.

--Tiene usted razón--repuse con absoluta sinceridad.--Pero la suposición
esa implica un grave cargo.

Iba el prefecto a excusarse, pero sin darle tiempo le dije casi al oído:

--El asunto es serio. Vuelva usted a Estrelsau...

--Pero, señor, tengo y sigo aquí una pista que...

--Vuelva usted a Estrelsau--repetí.--Diga al embajador que ha
descubierto una pista, pero que necesita una o dos semanas para seguirla
con éxito. Y entretanto yo mismo me encargaré de investigar el asunto.

--El embajador se muestra muy apremiante, señor.

--Cálmelo usted. Es evidente que si las sospechas de usted son fundadas,
hay que proceder con la mayor prudencia. Nada de escándalo. Regrese
usted esta misma noche.

Prometió hacerlo así y me reuní con mi comitiva, algo más tranquilo.
Importaba evitar toda investigación de mi paradero por una o dos
semanas, y el prefecto había andado muy cerca de descubrir la verdad.
Algún día podrían ser útiles sus sospechas, pero por lo pronto sólo
significaban un grave peligro para el Rey. Maldije a Federly de todo
corazón por no haber sabido refrenar la lengua.

--¿Y bien?--preguntó Flavia.--¿Ha terminado la conferencia?

--De la manera más satisfactoria--contesté.--Volvamos atrás; estamos
casi en tierras del Duque.

Habíamos llegado al extremo del pueblo, y al pie mismo de la colina
donde empezaba el pendiente camino del castillo. Admirando estábamos la
solidez de sus altas murallas, cuando vimos salir de ella numerosas
personas que lentamente empezaron el descenso de la cuesta.

--Retirémonos--dijo Sarto.

--No, preferiría permanecer aquí--fue la opinión de Flavia.

Puse mi caballo junto al suyo y esperamos la aproximación del cortejo.
Venían en primer término dos sirvientes a caballo, con negras libreas
galoneadas de plata. Seguíanlos un coche fúnebre tirado por cuatro
caballos, y en él un féretro cubierto con negros crespones. Detrás iba
un jinete enlutado y

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