El cuarto poder
by Armando Palacio Valdés · Spanish · Gutenberg #24601 · 772,731 chars · public domain (US)
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Title: El cuarto poder
Author: Armando Palacio Valdés
Release date: February 13, 2008 [eBook #24601]
Most recently updated: July 2, 2021
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK EL CUARTO PODER ***
BIBLIOTECA de LA NACIÓN
ARMANDO PALACIO VALDÉS
EL CUARTO PODER
BUENOS AIRES
1913
El autor de esta obra ha autorizado a LA NACIÓN para editarla y
venderla solamente en las Repúblicas Argentina y Uruguay. Esta
edición no puede circular fuera de las dos Repúblicas mencionadas.
Imp. de LA NACIÓN.—Buenos Aires
ÍNDICE
I.—Se levanta el telón, por esta vez sin metáfora
II.—Del feliz arribo de la «Bella-Paula»
III.—En que la pareja enamorada comienza a pensar en el nido
IV.—Cómo los particulares de Sarrió se congregaban en un recinto
nombrado el «Saloncillo», y lo que allí se platicaba
V.—¡¡¡Ladrones!!!
VI.—Que trata del equipo de Cecilia
VII.—Que trata de dos traidores
VIII.—De la reunión que los próceres de Sarrió celebraron en el teatro
con asistencia del cuarto estado
IX.—Historia de una lágrima
X.—De la gloriosa aparición de «El Faro de Sarrió» en el estadio de la
prensa.—Primeros fuegos de la batalla del pensamiento
XI.—Que Gonzalo se casó.—Graves revueltas entre los socios del
«Saloncillo»
XII.—Cómo se divertía Pablito
XIII.—En que se descubren algunos secretos de la vida de Gonzalo
XIV.—De los galicismos que cometía «El Faro de Sarrió» y otros asuntos
no menos interesantes.—Primeras bajas de la batalla del pensamiento
XV.—De la entrada famosa que hizo en Sarrió el duque de Tornos, conde
de Buenavista
XVI.—De lo mucho y bueno que hizo el duque de Tornos en Sarrió
XVII.—Que Gonzalo toma una gravo resolución y Cecilia otra
XVIII.—Donde tira doña Brígida de la manta
XIX.—En que da fin la presente historia con algunos notables, cuanto
tristes sucesos
Obras de Palacio Valdés
CAPITULO PRIMERO
SE LEVANTA EL TELÓN, POR ESTA VEZ SIN METÁFORA
En Sarrió, villa famosa, bañada por el mar Cantábrico, existía hace
algunos años un teatro no limpio, no claro, no cómodo, pero que servía
cumplidamente para solazar en las largas noches de invierno a sus
pacíficos e industriosos moradores. Estaba construído, como casi todos,
en forma de herradura. Constaba de dos pisos a más del bajo. En el
primero los palcos, así llamados Dios sabe por qué, pues no eran otra
cosa que unos bancos rellenos de pelote y forrados de franela encarnada
colocados en torno del antepecho. Para sentarse en ellos era forzoso
empujar el respaldo, que tenía bisagras de trecho en trecho, y levantar
al propio tiempo el asiento. Una vez dentro se dejaba caer otra vez el
asiento, se volvía el respaldo a su sitio y se acomodaba la persona del
peor modo que puede estar criatura humana fuera del potro de tormento.
En el segundo piso bullía, gritaba, coceaba y relinchaba toda la chusma
del pueblo sin diferencia de clases, lo mismo el marinero de altura que
el que pescaba muergos en la bahía o el peón de descarga; la señá Amalia
la revendedora igual que las que acarreaban «el fresco» a la capital.
Llamábase a aquel recinto «la cazuela». Las butacas eran del mismo
aborrecible pelote que los palcos y el forro debió ser también del mismo
color, aunque no podía saberse con certeza. Detrás de ellas había, a la
antigua usanza, un patio para ciertos menestrales que, por su edad, su
categoría de maestros u otra circunstancia cualquiera, repugnaban subir
a la cazuela y juntarse a la turba alborotadora. Del techo pendía una
araña, cuajada de pedacitos de vidrio en forma prismática, con luces de
aceite. Más adelante se substituyó éste con petróleo, pero yo no alcancé
a ver tal reforma. Debajo de la escalera que conducía a los palcos había
un nicho cerrado con persiana que llamaban «el palco de don Mateo». De
este don Mateo ya hablaremos más adelante.
Pues ha de saberse que en tal lacería de teatro se representaban los
mismos dramas y comedias que en el del Príncipe y se cantaban las óperas
que en la Scala de Milán. ¿Parece mentira, eh? Pues nada más cierto.
Allí ha oído por vez primera el narrador de esta historia aquellas
famosas coplas:
_Si oyes contar de un náufrago la historia_,
_Ya que en la tierra hasta el amor se olvida_...
Por cierto que le parecían excelentes, y el teatro una maravilla de lujo
y de buen gusto. Todo en el mundo depende de la imaginación. Ojalá la
tuviese tan viva y tan fresca como entonces para entretenerles a ustedes
agradablemente algunas horas. También ha visto el _Don Juan Tenorio_. Y
sus difuntos untados de harina de trigo, su comendador filtrándose por
una puerta atada con cuerdas, su infierno de espíritu de vino y su
apoteosis de papel de forro de baúles, le impresionaron de tal modo que
aquella noche no pudo dormir.
En la sala pasaba, poco más o menos, lo mismo que en los más suntuosos
teatros de la Corte. No obstante, por regla general se atendía más al
espectáculo que en éstos. Aun no habíamos llegado a ese grado superior
de perfeccionamiento, mediante el cual las acciones deben formar grato
contraste con el lugar donde se ejecutan; verbigracia, charlar en los
teatros, reirse en las iglesias, ir graves, y silenciosos, y patéticos
en el paseo, como sucede, afortunadamente, en Madrid. Ignoro si en
Sarrió han subido ya a la hora presente este peldaño de la civilización.
Ni se crea que faltaban por eso algunos espíritus lúcidos que se
adelantaban a su época y presentían lo que había de ser el teatro
andando el tiempo. Pablito Belinchón era uno de ellos. Tenía abonado
siempre, en compañía de otros tres o cuatro amigos, el palco de
proscenio. Desde allí dirigía la palabra a otros señores de más edad,
abonados en el palco de enfrente: se decían cuchufletas, se burlaban de
la tiple o del bajo, y se tiraban caramelos y saetas de papel. Por
cierto que el público de las butacas, ajeno todavía a estos
refinamientos de la civilización, solía hacerles callar bárbaramente con
un enérgico chicheo. Las familias más importantes acostumbraban a entrar
en aquellos palcos fementidos después de abierto el telón, con la misma
solemnidad que si penetrasen en una platea del teatro Real, y por de
contado con mucho más ruido. No es posible figurarse bien el horrísono
traquido que daba aquel respaldo al ser empujado y aquel asiento al
dejarlo caer con ánimo de llamar la atención.
Dígalo si no la familia que en este momento hace su entrada triunfal en
uno de ellos y permanece en pie despojándose de los abrigos, mientras
los espectadores divierten por un instante la vista de la escena y la
fijan en ellos, hasta que se sientan. Son los señores de Belinchón. El
jefe de la familia, don Rosendo, es un caballero alto, enjuto, doblado
por el espinazo, calvo por la coronilla, de ojos pequeños y hundidos,
boca grande, que se contraía con sonrisa mefistofélica, dejando ver dos
filas de dientes largos e iguales, la obra más acabada de cierto
dentista establecido hacía pocos meses en Sarrió. Gasta patillas cortas
y bigote, y representa unos sesenta años de edad. Está reputado por el
primer comerciante de la villa y uno de los primeros importadores de
bacalao de la costa cantábrica. Durante muchos años monopolizó
enteramente la venta por mayor de este artículo, no sólo en la villa,
sino en toda la provincia, y gracias a ello había granjeado una fortuna
considerable. Su esposa, doña Paula... ¿Pero por qué se despierta tal y
tan prolongado rumor en el teatro a su aparición? La buena señora, al
escucharlo, queda temblorosa y confusa, no acierta a desembarazarse del
abrigo, y su hija Cecilia se ve obligada a quitárselo y a decirle al
oído:—¡Siéntate, mamá! Se sienta, o por mejor decir, se deja caer sobre
el banco y pasea una mirada extraviada por el público, mientras sus
mejillas se tiñen de vivo carmín. En vano se abanica con brío y procura
serenarse. Nada: cuantos más esfuerzos hace por alejar la sangre
tumultuosa del rostro, más empeño pone la maldita en ocupar aquel lugar
visible.
—¡Mamá, qué colorada estás!—le dice Venturita, su hija menor, pugnando
para no reir.
La madre la mira con expresión de angustia.
—Calla, Ventura, calla.—dice Cecilia.
Doña Paula, animada con estas palabras, murmura:
—Esta chiquilla no goza sino en avergonzarme.
Y estuvo a punto de enternecerse y llorar.
Al fin, el público se cansó de atormentarla con sus miradas, sonrisas y
murmullos, y fijó de nuevo su atención en la escena. La congoja de doña
Paula fué cesando poco a poco; pero quedaron restos de ella por toda la
noche.
La causa de aquel incidente era el abrigo de terciopelo guarnecido de
pieles que la buena señora se había puesto. Siempre que estrenaba alguna
prenda de apariencia brillante, sucedía lo mismo. Y esto no por otra
cosa más que porque doña Paula no era señora de nacimiento. Procedía de
la clase de cigarreras. Don Rosendo había tenido amores con ella siendo
casi una niña, de los cuales nació Pablito. Así y todo, don Rosendo
estuvo cinco o seis años sin casarse ni querer oir hablar de matrimonio;
pero visitándola en su casa y asistiéndola con dinero. Hasta que al
fin, vencido más por el amor del hijo que el de la madre, y, más que por
todo esto, por las amonestaciones de sus amigos, se decidió a entregar
su mano a Paulina. La población no supo del matrimonio hasta después de
efectuado: tal sigilo se guardó para llevarlo a cabo. Desde entonces la
vida de la cigarrera puede dividirse en varias épocas importantes. La
primera, que dura un año, comprende desde el matrimonio hasta la
«mantilla de velo». Durante este tiempo, la señora de Belinchón no se
mostró poco ni mucho en público. Los domingos iba a misa de alba y se
encerraba otra vez en casa. Cuando se decidió a ponerse la antedicha
mantilla e ir a misa de once, lo mismo en la iglesia que en las calles
del tránsito, la acribillaron a miradas, y se habló del suceso por más
de ocho días. El segundo período, que dura tres años, comprende desde
«la mantilla de velo» hasta «los guantes». La vista de tal ornamento en
las manos grandes y coloradas de la ex cigarrera produjo una excitación
indescriptible en el elemento femenino del vecindario. En las calles, en
la iglesia, en las visitas, las señoras se saludaban preguntando:—¿Ha
visto usted?...—Sí, sí, ya he visto.—Y comenzaba el desuello. Viene
después el tercer período, que dura cuatro años, y termina en «el
vestido de seda», que dió casi tanto que murmurar como los guantes, y
produjo general indignación en Sarrió.—Diga usted, doña Dolores, ¿qué
nos queda ya que ver?—Doña Dolores bajaba los ojos haciendo un gesto de
resignación. Por último, el cuarto período, el más largo de todos porque
dura seis años, termina, ¡oh escándalo! «con el sombrero». Nadie puede
representarse el estremecimiento de asombro que invadió a la villa de
Sarrió cuando cierta tarde de feria se presentó doña Paula en el paseo
con sombrero-capota. Fué un verdadero motín. Las mujeres del pueblo se
santiguaban al verla pasar y pronunciaban comentarios en alta voz para
que los oyese la interesada.
—¡Mujer, mira por tu vida a la Serena qué gabarra lleva sobre la
cabeza!
Porque hay que advertir que a la madre de doña Paula la llamaban la
Serena, y a la abuela y a la bisabuela también.
Excusado es añadir que desde que la cigarrera subió a la categoría de
señora, ni por casualidad la dieron ya su nombre propio.
Al día siguiente, al tropezarse las señoras de Sarrió en la calle, no
encontrando palabras con que expresar su horror, se daban por contentas
con elevar los ojos al cielo, agitar los brazos convulsivamente y pasar
de largo murmurando: «¡¡¡Sombrero!!!»
Ante aquel golpe de audacia que no tiene pareja sino con los de algunos
héroes de la antigüedad, Aníbal, César, Gengis-Khan, la villa quedó muda
y abatida algunos meses. No obstante, cada vez que la buena de doña
Paula aparecía en público con el abominable sombrero en la cabeza o con
cualquier otra prenda propia de su alta jerarquía, era saludada siempre
con un murmullo de reprobación. Y lo original del caso estaba en que
ella no protestaba ni en público ni en secreto, ni aun en lo sagrado de
la conciencia, contra este proceder malévolo de su pueblo natal.
Juzgábalo natural y lógico. No se le ocurría pensar que pudiera ser de
otro modo. Sus ideas sociológicas no le aconsejaban todavía rebelarse
contra el fallo de la opinión pública. Creía de buena fe que al ponerse
los guantes o el abrigo de pieles o el sombrero, cometía un acto
reprobado por las leyes divinas y humanas. Los murmullos, las miradas
burlonas, eran el castigo necesario de esta infracción. De aquí sus
temores y congojas cada vez que iba a presentarse en el teatro o en el
paseo, y el rubor que la acometía.
¿Por qué entonces, se dirá, doña Paula se vestía de este modo? No serán
muy conocedores del corazón humano los que tal pregunten. Doña Paula se
ponía el sombrero y los guantes a sabiendas de que iba a pasar un mal
rato, como un chico abre el aparador y se atraca de dulce a sabiendas de
que en seguida le han de azotar. Los que no se hayan criado en un
pueblo, nunca sabrán cuán apetitosa golosina es el sombrero para una
artesana.
Era doña Paula alta, seca, desgarbada. Cuando joven había sido buena
moza; pero los años, la clausura continua, a la que no estaba avezada, y
sobre todo la lucha que venía sosteniendo con el público para establecer
su jerarquía, la habían marchitado antes de tiempo. Todavía conservaba
hermosos ojos negros encajados en un rostro de correctas y agradables
facciones.
El acto primero tocaba a su fin. Se representaba un melodrama
fantástico, cuyo nombre no recordamos, donde la compañía había
desplegado todo el aparato escénico de que podía disponer. La cazuela
estaba asombrada, y acogía cada cambio de decoración con estrepitosos
aplausos. Pablito Belinchón, que había pasado en Madrid un mes el año
anterior, se reía con incontestable superioridad de aquel aparato; hacía
guiños inteligentes a los del proscenio de enfrente. Y para demostrar
que todo aquello le aburría, concluyó por volverse de espaldas al
escenario y mirar con los gemelos a las bellezas locales. Cada vez que
los preciosos anteojos de piel de Rusia apuntaban a una, la muchacha
sufría un leve estremecimiento: cambiaba de postura, llevaba la mano un
poco trémula al pelo para arreglarlo, sonreía a su mamá o a su hermana
sin razón alguna, se ponía seria de nuevo, y fijaba con insistencia y
decisión sus ojos en la escena. Pero al instante los levantaba rápida y
tímidamente hacia aquellos redondos y brillantes cristales que la
ofuscaban. Al fin concluía por ruborizarse. Pablito, satisfecho,
apuntaba a otra belleza. Las conocía como si fuesen sus hermanas,
tuteaba a la mayor parte de ellas y de muchas había sido novio: pero la
pluma en el aire no era más movible y tornadiza que él en materia de
amores. Todas habían tenido que sufrir algún doloroso desengaño.
Últimamente, hastiado de enamorar a sus convecinas, se había dedicado a
fascinar a cuantas forasteras llegaban a Sarrió, para abandonarlas, por
supuesto, si cometían la torpeza de permanecer en la villa más de un
mes o dos.
Había razones poderosas para que Pablito pudiese disponer a su buen
talante del corazón de todas las jóvenes indígenas y aun de las
extrañas. Era un apuestísimo mancebo de veinticuatro o veinticinco años,
de rostro hermoso y varonil, de figura gallarda y elegante. Montaba a
caballo admirablemente y guiaba un tílburi o un carruaje de cuatro
caballos, lo cual nadie sabía hacer en Sarrió más que los cocheros.
Cuando se llevaban los pantalones anchos, los de Pablito parecían sayas;
si estrechos, era una cigüeña. Venía la moda de los cuellos altos,
nuestro Pablito iba por la calle a medio ahorcar con la lengua fuera.
Estilábanse bajos, pues enseñaba hasta el esternón.
Estas y otras facultades eminentes hacíanle, con razón, invencible.
Quizás algunos no hallen enteramente justificada la dictadura amorosa de
nuestro mancebo en Sarrió. Estamos no obstante seguros de que las
jóvenes de provincia que lean la presente historia la juzgarán lógica y
verosímil.
Cuando bajó el telón, un anciano encorvado, con luenga barba blanca y
gafas, se acercó arrastrándose más que andando al palco de los de
Belinchón.
—¡Don Mateo! Imposible que usted faltase—exclamó doña Paula.
—¿Pues qué quiere usted que haga en casa, Paulita?
—Rezar el rosario y acostarse—dijo Venturita.
Don Mateo sonrió con dulzura, y contestó a aquella impertinencia dando a
la niña una palmadita cariñosa en el rostro.
—Es verdad que debiera hacer eso, hija mía... pero ¿qué quieres? si me
acuesto temprano no duermo... Y luego no puedo resistir la tentación de
ver estas caritas tan lindas...
Venturita hizo un mohín desdeñoso donde se traslucía la satisfacción de
verse requebrada.
—¡Si fuera usted siquiera un pollo guapo!
—Lo he sido.
—¿El año cuántos?...
—¡Qué mala, qué mala es esta chiquilla!—exclamó don Mateo riendo y
acometiéndole acto continuo un golpe de tos que le embargó la
respiración por algunos momentos.
Don Mateo, anciano decrépito, no sólo estropeado por los años, sino por
multitud de achaques adquiridos con una vida harto disipada, era la
alegría de la villa de Sarrió. Ninguna fiesta, ningún regocijo público o
privado se efectuaba en el pueblo sin su intervención. Era presidente
del Liceo, sociedad de baile, desde hacía muchos años, y nadie pensaba
en substituirlo por otro. Presidía también una academia de música de la
cual era fundador. Era vocal-tesorero del Casino de artesanos. La
reedificación del teatro donde nos hallamos a él se debía; y para
recompensarle de sus molestias y desembolsos, el Ayuntamiento le había
permitido labrar en el hueco de la escalera el palco cerrado con
persiana de que ya hemos hablado. Vivía de su retiro de coronel. Estaba
casado y tenía una hija de treinta y tantos años a quien seguía llamando
«la niña».
Ni se crea por esto que don Mateo era un viejo verde. Si lo fuese, el
sexo femenino no le demostraría tanta simpatía, ni le guardaría respeto
alguno. Su único placer era ver divertidos a los demás, que la alegría
reinase en torno suyo. Para conseguirlo, hacía esfuerzos increíbles de
habilidad, y se molestaba lo indecible. Su imaginación, puesta al
servicio de tal idea, no descansaba un instante. Unas veces era un baile
campestre el que organizaba; otra vez hacía construir un escenario en el
salón del Liceo, y ensayaba alguna comedia; otras, contrataba compañías
de saltimbanquis o de músicos. En cuanto se pasaban ocho días sin que
los vecinos de Sarrió se recreasen de algún modo, ya estaba nuestro don
Mateo nervioso y no paraba hasta lograrlo. Gracias a él, podemos
asegurar que no había pueblo en España, en aquella época, donde la vida
fuese más fácil y agradable.
Porque los honestos recreos que sin cesar se repetían, engendraban la
unión y hermandad en el vecindario. Además, don Mateo, elemento
conciliador por excelencia, formaba gran empeño en destruir todas las
malquerencias y rencores que en el pueblo existiesen. Al contrario de
ciertos seres viles que se complacen en transmitir el veneno de la
murmuración, tenía gusto en ir repitiendo a cada cual lo bueno que de él
hablasen los demás:—«Pepita, ¿sabe usted lo que acaba de decirme doña
Rosario del vestido que usted lleva?... que es elegantísimo, muy
sencillo y de mucho gusto.»—Pepita se esponjaba en su palco, y dirigía
una mirada de ternura a doña Rosario, a pesar de que nunca le había sido
simpática.—Buen negocio ha hecho usted en la partida de cacao de la
viuda e hijos de Villamor, amigo don Eugenio.—Phs; regular.—«En este
momento me acaba de decir don Rosendo que ese negocio se le ha escapado
a él de las manos por tonto.» Como don Rosendo pasa por el primer
comerciante de la villa, don Eugenio no puede menos de sentirse
lisonjeado por estas palabras.
Después de haber charlado algunos instantes con la familia Belinchón,
don Mateo se despide para recorrer todos los palcos, como tenía por
costumbre; pero antes dice, dirigiéndose a Cecilia:
—¿Cuándo llega?
La joven se puso levemente encendida.
—No sé decir a usted, don Mateo...
Doña Paula sonrió con malicia, y vino en auxilio de su hija.
—Debe de llegar en la _Bella-Paula_, que ha salido ya de Liverpool.
—¡Oh! Entonces aquí lo tenemos mañana o pasado... ¿Habrás rezado mucho
a la Virgen de las Tormentas, verdad?
—¡Una novena nada menos la ha hecho! Hace días que están seis cirios
ardiendo delante de la imagen—dijo Venturita.
Cecilia se puso aún más colorada y sonrió. Era una joven de veintidós
años, no agraciada de rostro ni gallarda de figura. Lo que más
desconcertaba la armonía de aquél, era la nariz excesivamente aguileña.
Sin esta tacha quizá no habría sido fea, porque los ojos eran
extremadamente lindos, tan suaves y expresivos, que pocas bellezas
podían gloriarse de poseerlos tales. Ni alta ni baja, pero el talle
desgarbado y los hombros un tanto encogidos. Su hermana Ventura tenía
diez y seis años, y aparecía como un hermoso pimpollo, lleno de gracia y
alegría. Su rostro ovalado parecía hecho de rosas y claveles. Apretadita
de carnes y pequeña de estatura; tan sabiamente proporcionada por la
Naturaleza, que parecía modelada en cera. Sus manos eran jazmines y sus
pies de criolla, celebrados en Sarrió como nunca vistos; la suavidad y
tersura de su cutis, vencían a las del nácar y alabastro. Sobre la
frente, alta y estrecha como las de las venus griegas, de un blanco
argentino, caían los bucles de sus cabellos rubios, cuya madeja, tan
espesa como dócil y brillante, le tapaba enteramente la espalda hasta
más abajo de la cintura.
—¡Búrlate de tu hermana, picarilla; no tardarás en hacer lo mismo!
—¿Yo rezar por un hombre? Usted chochea, don Mateo.
—Ya me lo dirás dentro de poco—repuso el anciano pasando a otro palco
a saludar a los señores de Maza.
En esto se acercó Pablito al de sus papás, trayendo en su compañía a un
fiel amigo que merece especial mención. Era hijo del picador que había
en el pueblo, y mozo que por su figura podía ser el regocijo de los
espectadores en un circo de acróbatas. Nada necesitaba añadir a su
persona, ni polvos de harina, ni bermellón, ni tizne para quedar
convertido en _clown_. Era un payaso «al natural». Su nariz vivamente
coloreada ya por la Naturaleza, sus ojos torcidos, la ausencia de
pestañas, su boca de lobo, la disparatada anchura de sus hombros, el
arco de sus piernas y, sobre todo, las muecas grotescas con que se
acompaña al hablar o gruñir, provocan la risa, sin más pelucas y
afeites. Bien lo sabía Piscis (que así se llamaba o le llamaban) y de
ello estaba fuertemente pesaroso y hasta indignado. Para contrarrestar
estas nativas disposiciones cómicas de su rostro, había determinado no
reirse jamás, y cumplía su promesa religiosamente. Además, para el mismo
efecto acostumbraba sabiamente a entreverar sus palabras con las más
ásperas y temerosas interjecciones del repertorio nacional, y varias de
su invención particular. Pero esto, en vez de producir el efecto
apetecido, contribuía a despertar la alegría entre sus conocidos.
El único que hasta cierto punto le tomaba en serio era Pablito. Piscis y
Pablito habían nacido para amarse y admirarse. El punto de conjunción de
estos dos astros era el género ecuestre. Piscis, adiestrado por su padre
desde niño, era el mejor jinete de Sarrió; por consiguiente, para
Pablito la persona más digna de ser admirada. El hijo de don Rosendo era
el chico más rico de la población: para Piscis, debía de ser, claro
está, lo más respetable y digno de veneración que había sobre el
planeta. Nadie sabía a qué época se remontaba esta amistad. Se había
visto a Pablito y Piscis eternamente juntos, cuando niños. Ya hombres no
fué parte a separarlos la diversa posición social que ocupaban. El lugar
de reunión de estos jóvenes notables era constantemente la cuadra de don
Rosendo. Desde allí, después de celebrar siempre una larga y erudita
conferencia, frente a los caballos, con parte teórica y parte práctica,
salían a pasear su figura y sus profundos conocimientos por la villa,
unas veces cabalgando en briosos corceles, otras en una linda
_charrette_, Pablito guiando, Piscis a su lado fijo y absorto en la
contemplación amorosa de los traseros de los caballos. Algunas también,
para dar ejemplo de humildad, caminando sobre las propias piernas.
Pablo se acercó a su familia, retorciéndose de risa.
—¿Qué te ha pasado?—le pregunta doña Paula, sonriendo también.
—Hemos seguido a Periquito a la cazuela y le encontramos mano a mano
con Ramona—dijo el joven, acercando la boca al oído de su hermana
Ventura.
—¿Sí?... ¿Qué le decía?—preguntó ésta con gran curiosidad.
—Pues le decía... (una avenida de risa lo interrumpió por algunos
momentos). Le decía... «Ramona, te amo».
—¡Ave María! ¡A una sardinera!—exclamó la niña riendo también y
haciéndose cruces.
—¡Si vieras con qué voz temblorosa lo decía, y cómo ponía los ojos en
blanco!... Aquí está Piscis, que también lo oyó...
Piscis dejó escapar un gruñido corroborante.
En aquel momento, Periquito, que era un muchacho pálido y enteco, de
ojos azules y poca y rala barba rubia, apareció en las lunetas. Las
miradas de toda la familia Belinchón se clavaron en él sonrientes y
burlonas. Sobre todo Pablo y Venturita se mostraban grandemente
regocijados a su vista. Periquito levantó la cabeza y saludó. La familia
Belinchón contestó al saludo sin dejar de reir. Tornó a levantar la
cabeza otras dos o tres veces y viendo aquellas insistentes sonrisas, se
sintió molesto y salió al pasillo.
Levantóse nuevamente el telón. La decoración representaba unas cavernas
del infierno, aunque no era imposible que alguien creyese que se trataba
de la bodega de un barco. El acto comenzaba por un preludio de la
orquesta, dignamente dirigida por el señor Anselmo, ebanista de la
villa. Figuraban en ella como bombardinos el señor Matías, el sacristán,
y el señor Manolo (barbero); como clarinetes don Juan el Salado
(escribiente del Ayuntamiento) y Próspero (carpintero); como trompas
_Mechacan_ (zapatero) y el señor Romualdo (enterrador); como cornetines
Pepe de la Esguila (albañil) y Maroto (sereno); como figle el señor
Benito el Rato (escribiente de una casa de comercio y figle de la
iglesia). Había otros cuatro o cinco muchachos aprendices, que
acompañaban. El señor Anselmo, en vez de batuta, tenía en la mano para
dirigir una enorme llave reluciente, que era la de su taller.
El preludio era muy triste y temeroso; como que estábamos en el
infierno. El público guardaba absoluto silencio: esperaba con ansia lo
que iba a salir de allí, clavados los ojos en las trampas abiertas en el
suelo del escenario. De pronto, de aquella música suave y misteriosa
salió un trompetazo desafinado. El señor Anselmo se volvió y dirigió una
mirada de reprensión al músico, que se puso colorado hasta las orejas.
Hubo en el público fuerte y prolongado murmullo. De la cazuela salió
entonces una voz que gritó:
—Fué Pepe de la Esguila.
Las miradas del público se dirigieron hacia este menestral, que se hizo
el distraído sacando la boquilla del cornetín y sacudiéndola; pero
estaba cada vez más colorado.
—Si no sabe tocar que se vaya a la cama—gritó la misma voz.
Entonces el corrido y avergonzado Pepe de la Esguila montó en cólera de
pronto, dejó el instrumento en el suelo, y alzándose del asiento con los
ojos encendidos y agitando los puños frente a la cazuela, gritó:
—¡Ya te arreglaré en cuanto salgamos, Percebe!
—¡Chis, chis! ¡Silencio, silencio!—exclamó todo el público.
—¡Qué has de arreglar, morral! Anda adelante y toca mejor la trompeta.
—¡Silencio, silencio! ¡Qué escándalo!—volvió a exclamar el público.
Y todos los ojos se volvieron hacia el palco del alcalde.
Era éste un hombre de sesenta, a setenta años, bajo de estatura y muy
subido de color, el pelo bien conservado y enteramente blanco, las
mejillas rasuradas, la nariz borbónica, los ojos grandes, redondos y
saltones. Parecía un cortesano de Luis XV o un cochero de casa grande.
Don Roque, que así se llamaba, se revolvió en el asiento y dió una voz.
—¡Marcones!
Un alguacil octogenario se acercó al respaldo del palco con la gorra
azul de grande visera charolada en la mano. El alcalde conferenció con
él algunos momentos. Marcones subió a la cazuela bajando poco después
con un joven en traje de marinero, agarrado del brazo. Ambos se
acercaron al palco presidencial.
Don Roque comenzó a increparle procurando apagar la voz y consiguiéndolo
a medias. Se oía de vez en cuando:—«¡Zopenco!»... «no tenéis pizca de
educación»... «animal de bellota»... «¿Te figuras que estás en la
taberna?» El marinero aguantaba la rociada con los ojos en el suelo.
Una voz gritó desde el patio:
—Que lo lleven a la cárcel.
Pero desde la cazuela contestó otra al instante:
—Que lleven también a Pepe de la Esguila.
—¡Silencio! ¡Silencio!
El alcalde, después de haber reprendido y amenazado ásperamente a
Percebe, le dejó volver otra vez a su sitio, con gran satisfacción de la
cazuela, que lo recibió con hurras y aplausos.
La orquesta, callada un instante, tornó a su infernal preludio. Antes
que éste se terminase, comenzaron a salir por las trampas del escenario
hasta una docena de diablos con sendas y enormes pelucas de estopa, el
rabo de etiqueta, y teas encendidas en las manos. Así como se hallaron
sobre el entarimado y cerradas convenientemente las trampas, dieron
comienzo, como es lógico, a una danza fantástica; pues bien sabido es de
antiguo que no pueden estar juntos cuatro demonios sin entregarse con
furor al baile.
Los espectadores seguían con extremada curiosidad sus
vivos y acompasados movimientos. Un chiquillo lloró. El público obligó a
su madre a que lo sacase.
Mas hete aquí que con tanto ir y venir, pasar y rozarse los ministros de
Belcebú en aquel no muy amplio recinto, una tea llegó a prender fuego a
la peluca de uno de ellos. El pobre diablo, sin darse cuenta de ello,
siguió bailando cada vez con más infernal arrebato. El público reía a
carcajadas esperando el próximo desenlace de aquel incidente. En efecto,
cuando sintió caliente la cabeza más de la cuenta el espíritu maligno,
se apresuró a arrancarse la peluca, y la careta, quedando al descubierto
el rostro de _Levita_, donde se pintaba el terror.
—_¡Levita!_—gritó el público alborozado.
El granuja que tenía este apodo, privado de sus atributos infernales,
confuso y avergonzado, se retiró de la escena.
Al poco rato empezó a arder otra peluca. Nuevos murmullos y mayor
ansiedad por ver la metempsícosis de aquel ángel exterminador. No se
hizo esperar. Al cabo de pocos minutos la peluca y la careta volaban por
el aire como encendido cometa.
—_¡Matalaosa!_—gritaron todos. Una inmensa carcajada sonó en el
teatro.
—_Mátala_, no te descubras que te vas a constipar—dijo uno desde la
cazuela.
_Matalaosa_ se retiró avergonzado como su compañero _Levita_.
Todavía ardieron otras dos o tres pelucas, poniendo a la vergüenza a
otros tantos pillastres de la calle que servían de comparsas en el
teatro. El baile se terminó al fin sin más incendios.
Una vez sepultados de nuevo en el Averno los demonios que se habían
salvado de la quema, se presentaron en la escena un gallardo mancebo, de
oficio pastor, a juzgar por el pellico que le tapaba la espalda, y una
hermosa doncella de idéntica profesión. Los cuales, en el mismo punto,
siguiendo el antiguo precepto que obliga a todo pastor a estar enamorado
y a toda pastora a mostrarse esquiva, comenzaron su diálogo, donde las
quejas amorosas y los tiernos lamentos de él contrastaban con las
indiferentes carcajadas de ella. Alegres y regocijados se hallaban
todos, lo mismo los del patio que los de la cazuela, con las sabrosas
razones que pasaban en la escena, cuando a la puerta del teatro se oyó
una gran voz que dijo:
—Don Rosendo, está entrando la _Bella-Paula._
El efecto que aquel inesperado grito produjo, fué inexplicable. Porque
no sólo don Rosendo se levanta como impulsado por un resorte y se
apresura con mano trémula a ponerse el abrigo para salir, sino que por
todo el concurso se esparció un fuerte rumor acompañado de viva
agitación que estuvo a punto de interrumpir el diálogo pastoril. Los
menestrales del patio lanzáronse acto continuo a la calle. De la cazuela
bajaron con fuerte traqueteo casi todos los marineros que allí había. Y
de los palcos y butacas salieron también numerosas personas. A los pocos
minutos no quedaban apenas en el teatro más que las mujeres.
Cecilia se había quedado inmóvil, pálida, con los ojos clavados en la
escena. Su madre y hermana la miraban en tanto con semblante risueño.
—¿Por qué me miráis de ese modo?—exclamó volviéndose de pronto. Y al
decir esto se puso fuertemente colorada.
Doña Paula y Venturita soltaron una carcajada.
II
DEL FELIZ ARRIBO DE LA «BELLA-PAULA»
El pelotón de espectadores corrió por las calles en dirección al muelle.
Delante, rodeado de seis u ocho marineros, de su hijo Pablo y algunos
amigos, iba don Rosendo, silencioso, preocupado, escuchando los
comentarios de sus acompañantes, que los pronunciaban con la voz
entrecortada por la fatiga.
—Tiene suerte don Domingo; llega con más de media marea—dijo un
marinero aludiendo al capitán de la _Bella-Paula._
—¿Qué sabes tú si llega ahora? Bien puede estar fondeado desde la
tarde—respondió otro.
—¿Dónde?
—¿Dónde ha de ser, mamón? en la concha—replicó el otro enfureciéndose.
—Si hubiera estado se vería, tío Miguel.
—¿Cómo lo habías de ver, papanatas?... ¿Has estado por si acaso en la
peña Corvera?
—La bandera de la _Bella-Paula_ se ve por encima de la peña, tío
Miguel.
—¡Qué bandera ni qué mal rayo que te parta!
—¿Qué carga trae, don Rosendo?—preguntóle al armador uno de los que le
acompañaban.
—Cuatro mil quintales.
—¿Escocia?
—No; todo Noruega.
—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?
Don Rosendo no contestó. Al cabo de un momento de marcha cada vez más
precipitada, se volvió diciendo:
—A ver; es necesario avisar a don Melchor que está entrando la
_Bella-Paula_.
—Yo iré—respondió un marinero destacándose del pelotón y marchando a
internarse otra vez en el pueblo.
Llegaron al muelle. La noche estaba fría, sin estrellas: el viento
acostado: la mar en calma. Dejaron el antiguo y diminuto muelle y se
dirigieron a la punta del Peón recién construída que avanzaba bastante
más por el mar. Brillaba en la obscuridad tal cual farolillo de los
barcos anclados. Apenas se advertía la espesa red de su jarcia. Los
cascos aparecían como una masa negra informe.
Los recién llegados no vieron un grupo mucho mayor de gente que se
apiñaba en la punta misma del malecón hasta que dieron sobre él. Todos
guardaban silencio con los ojos puestos en el mar, esforzándose por
advertir entre las tinieblas las maniobras del buque. Las olas, que
rompían blandamente contra las peñas más próximas, blanqueaban de vez
en cuando en la obscuridad.
—¿Dónde está?—preguntaron varios de los espectadores del teatro
sacándose los ojos por ver algo.
—Allí.
—¿Dónde?
—¿No ve usted aquí, hacia la izquierda, una lucecita verde?... Siga
usted mi mano.
—¡Ah, sí, ya la veo!
Don Rosendo subió al segundo cuerpo del paredón, y encontró allí ya a
don Melchor de las Cuevas. Era éste un caballero alto, muy alto, enjuto,
afeitado a la usanza de los marinos, esto es, dejando la barba por el
cuello como una venda. Tenía más razón para ello que la mayoría de los
vecinos de Sarrió que se afeitaban de este modo, pues pertenecía al
honroso cuerpo de la Armada, si bien en calidad de retirado. Pero en los
puertos de mar, particularmente cuando la población es pequeña, como la
en que nos hallamos, el elemento marítimo predomina y se infiltra de tal
modo, que todos los habitantes, sin poderlo remediar, sin darse cuenta
de ello, adoptan ciertos usos, palabras y formas de vestir de los
marinos.
Habría sido apuesto y galán el señor de las Cuevas en sus tiempos
juveniles; porque hoy, a los setenta y cuatro años, es un hombre brioso,
erguido, de vivos y penetrantes ojos, nariz aguileña, noble y
descubierta frente. Toda su figura anuncia energía y decisión.
Estaba en pie sobre uno de los asientos adheridos al pretil del paredón,
con unos enormes anteojos de mar dirigidos hacia la lucecita verde que
brillaba con intermitencias allá a lo lejos. Era con mucho la figura más
elevada que salía del grupo de espectadores.
—¡Don Melchor, usted aquí ya!... Acabo de enviarle un recado a su casa.
—Hace una hora que he venido—repuso el señor de las Cuevas, separando
los anteojos de la cara.—He visto la barca desde el mirador poco
después de puesto el sol.
—Debía suponerlo. ¿Cómo se le había a usted de escapar nada que pase
por ahí afuera?
—Tengo mejor vista que cuando era un mozo de veinte años—dijo don
Melchor con firme entonación y en voz alta para que lo oyesen.
—Lo creo, lo creo, don Melchor.
—A quince millas veo virar una lancha bonitera.
—Lo creo, lo creo.
—Y si me apuran un poco—profirió en voz más alta aún,—les cuento las
portas a las fragatas que cruzan para el Ferrol.
—Arríe, arríe un poco, don Melchor—dijo una voz.
Hubo en la obscuridad carcajadas reprimidas, porque el señor de las
Cuevas inspiraba respeto profundo a toda la marinería.
El viejo marino volvió airado la cabeza hacia el sitio donde había
salido la cuchufleta. Esforzóse en penetrar las tinieblas en silencio
algunos instantes, y al cabo dijo con voz ronca:
—Si supiese quién eres, pronto te arriaba yo en banda a la mar.
Nadie osó decir una palabra, ni hubo el más leve conato de risa. En
Sarrió se sabía que el señor de las Cuevas era muy capaz de hacerlo como
lo decía. Había servido en la marina de guerra más de cuarenta años,
gozando siempre opinión de oficial bravo y pundonoroso, pero al mismo
tiempo de una severidad que rayaba en barbarie. Cuando ya ningún
comandante de buque se acordaba de nuestras antiguas ordenanzas
marítimas, don Melchor se empeñaba en ponerlas en práctica y en todo su
rigor. Contábase con terror en el pueblo, que había ahogado a un
marinero por pasarlo tres veces debajo de la quilla, según prescribía la
ordenanza para ciertas faltas; y a más de ciento había derrengado a
palos o les había levantado el pellejo con el chicote. Además no había
en Sarrió piloto o marinero que se las pudiese haber con él en lo
referente a la mar, lo mismo en el conocimiento del tiempo, que en las
maniobras de los barcos; en todos los secretos de la navegación.
La lucecita verde se iba acercando con lentitud. Percibíase ya el bulto
de la _Bella-Paula_ a simple vista, y además otros dos o tres puntitos
negros cerca de ella, que cambiaban a menudo de sitio. Eran la lancha
del práctico y los botes auxiliares para tirar del barco cuando fuese
necesario. Como el viento no soplaba apenas, la corbeta mantenía izadas
todas las velas. Sin embargo, ya estaba demasiado cerca del paredón para
que esto no constituyese un peligro. Al menos don Melchor así lo
entendió, porque comenzó a jurar por lo bajo y a mostrarse inquieto. No
pudiendo resistir más, a sabiendas de que no le habían de oir, gritó:
—Aferra las gavias, Domingo. ¿Qué aguardas?
Apenas había acabado de pronunciar estas palabras, cuando se vieron
sobre las cofas los bultos casi imperceptibles de los marineros.
—¡Acabáramos!—exclamó don Melchor.
—¡Sí, que Domingo se chupa el dedo!—dijo por lo bajo el marinero a
quien el señor de las Cuevas había amenazado.
El casco de la corbeta, pintado de negro con una banda blanca en la obra
muerta, se destacó al fin con pureza del fondo obscuro. Los ojos de los
espectadores, habituados ya a las tinieblas, veían perfectamente todo lo
que pasaba a bordo. Sobre el puente había dos bultos, el del capitán y
el del práctico. En la proa uno, el del piloto.
—¿Y la escandalosa?—gritó de nuevo don Melchor.
La escandalosa de mesana, como si obedeciese a su voz, cayó. La barca
siguió acercándose cada vez con más pausa. El viento no conseguía
henchir las velas bajas: la cangreja pendía del palo lacia y desmayada
como un vestido de baile usado. Pronto quedaron aferradas aquéllas y
arriada ésta, y el barco comenzó a caminar con sosiego desesperante
remolcado por los dos botes. Las figuras de los remadores se levantaron
acompasadamente sobre los bancos. Y la voz de los patrones
gritando:—¡Hala avante! ¡hala duro!—rompió con brío el silencio de la
noche.
Pero los tirones eran tan débiles con relación a la masa, que el buque
apenas se movía. Cuando al cabo de un cuarto de hora consiguió acercarse
unas treinta brazas de la punta del Peón, largó un cabo, que uno de los
botes trajo al malecón para ayudar a virar a la corbeta.
—¡Capitán, capitán!—gritó uno con voz estentórea desde el grupo.
—¿Qué hay?—contestaron del buque.
—¿Viene a bordo el señorito de las Cuevas?
—Sí.
—Pues ojo con el señorito de las Cuevas... Los demás que se ahoguen.
La broma produjo gran algazara en la muchedumbre. Volvió a reinar el
silencio. La corbeta comenzaba a virar, apoyada en el cabo de tierra,
que rechinaba con la tensión. La gente del muelle se puso a hablar con
la de a bordo. Pero ésta se mostraba silenciosa, taciturna, atendiendo a
las maniobras más que a las preguntas que les dirigían. Entonces el
temperamento burlón de la marinería en aquella comarca se ostentó de
nuevo. Los de tierra comenzaron a dar vaya a los de a bordo, sobre todo
a un cierto sujeto que parecía un montón de pelos, a quien apodaban
Tanganada, el cual se movía de un lado a otro, con la gracia de un oso,
manejando los cables, y lanzando gruñidos de desprecio a la muchedumbre.
—Oyes, Tanganada; ya tendrás ganas de comer una cazuela de bacalao,
¿verdad?
—Alégrate, Tanganada; hay sidra en el lagar de Llandones.
—¿Hacía calor en Noruega?
—¡Allí te quisiera ver yo, ladrón!—gruñó Tanganada, mientras aferraba
una vela.
Los marineros saludaron la frase con grandes carcajadas.
—¡Larga tierra!—gritó el práctico desde el puente.
—¡Hala a bordo!—contestó el marinero que tenía el socaire soltando el
chicote. El cable cayó al mar, y comenzó a subir velozmente por el
costado del buque.
Este se encontraba al abrigo del malecón, pero no había marea bastante
para atracar al antiguo muelle. El capitán dió una voz al piloto.
—¡Fondo!
El piloto dijo a los marineros que tenía a su lado:
—¡Arría!
El ancla cayó al mar con un ruido estridente de cadenas. La barca se
dispuso a virar sobre ella.
—¿Vas a amarrarte a tierra, Domingo?—preguntó don Melchor.
—Sí, señor—respondió el capitán.
—No hay necesidad; amárrate en dos. Dentro de una hora podrás
enmendarte.
—Tanto me cuesta uno como otro—dijo en voz baja el capitán alzando los
hombros, y luego en voz alta añadió:
—¡Echa la de uso!
Otra ancla cayó al mar con el mismo ruido.
—¿Cómo le va a usted, tío?—dijo una voz dulce y varonil desde a bordo.
—Hola, Gonzalito. ¿Llegas bueno, hijo mío?
—Perfectamente; voy allá ahora mismo.
Y se bajó con gran agilidad por un cable al bote.
—Vamos a esperarle—dijo don Rosendo poniéndose a andar.
Pero la mano del señor de las Cuevas le sujetó como unas tenazas por el
brazo.
—¿Dónde va usted, hombre de Dios?
—¿Qué es eso?—preguntó el armador asustado.—¡Ah, es cierto! ¡No me
acordaba de que estábamos en el segundo paredón!... La obscuridad...
Tanto tiempo aquí... El mareo de estar con la vista fija... en el
barco... ¡Dios mío! ¿Qué hubiera sido de mí si usted no me sujeta?
—Pues nada, se hubiera usted deshecho los sesos contra las losas de
abajo.
—¡Virgen Santísima!—exclamó don Rosendo poniéndose horriblemente
pálido. La frente se le cubrió de un sudor frío, y las piernas le
flaquearon.
—No tenga usted miedo por lo que ya pasó, amigo. Bajemos a recibir a
Gonzalito.
Bajaron en efecto al muelle, donde acababa de saltar un joven alto,
rubio, de gallardo aspecto, vestido con un largo gabán que casi le
llegaba a los pies.
—¡Tío!
—¡Gonzalo!
Se fueron acercando, hasta que quedaron abrazados los dos gigantes.
También don Rosendo saludó con efusión al joven; pero estaba tan
preocupado con el peligro que había corrido su existencia, que al
instante volvió a ponerse sombrío y melancólico. Apenas pudo contestar a
las preguntas que el contramaestre le hizo, pidiéndole instrucciones por
encargo del capitán.
Pusiéronse en marcha luego hacia la casa de don Melchor, situada en lo
más alto de la villa, señoreando una extensión inmensa de mar. Durante
el camino, Gonzalo dejó que su tío fuese delante, y un poco acortado
hizo algunas preguntas a don Rosendo acerca de su familia.
—¿Cómo está doña Paula? ¿Le ha desaparecido la rija del ojo? ¿Y Pablo?
¿Continúa con la misma afición a los caballos? ¿Y Venturita? Estará
hecha una mujer ya, ¿verdad?... (Pausa.) ¿Cecilia está buena?—terminó
preguntando rápidamente.
A todas sus preguntas respondió el señor de Belinchón con monosílabos.
—¿Sabes, Gonzalo—dijo parándose de pronto,—que por un poco me mato
ahora mismo?
—¡Cómo!
Le contó con prolijidad el percance del muelle. Terminado el relato,
cayó en una profunda consternación.
—¿Supongo que la familia ya estará en la cama?—preguntó Gonzalo
después que hubo deplorado bastante (al menos en su concepto) el
peligro del comerciante.
—No; están en el teatro... No sabe uno dónde la tiene; ¿verdad,
querido?
—¡Hola! ¿Hay compañía?
—Sí, desde hace unos días. ¿Crees que me hubiera matado, Gonzalo?
—Phs... tal vez se hubiera usted roto una pierna, o las dos... o una
costilla.
—¡Menos malo!—exclamó el señor de Belinchón dejando escapar un
suspiro.
En esto se habían internado ya bastante en la población, y al llegar a
cierta calle, don Rosendo se despidió del tío y del sobrino. Dióle éste
la mano con visible tristeza.
—Voy al teatro a buscar a la familia. Hasta mañana; que descanses,
Gonzalo.
—Hasta mañana... Recuerdos.
El señor de las Cuevas y su sobrino se emparejaron caminando lentamente
la vuelta de la casa del primero. Cayó entonces sobre el viajero un
chaparrón de preguntas, no relativas a su estancia en Inglaterra, sino
todas ellas referentes al viaje por mar. «¿Qué tal el viento? de bolina
siempre, ¿verdad?... ¿No se os cayó alguna vez? El barco no cabecearía
mucho; viene bien cargado... ¿Y las corrientes? No marearíais siempre
con toda la tela, ¿eh? ¿A que habéis arrizado a la salida de Liverpool?
¡Conozco, conozco el paño!
Respondía Gonzalo con distracción a las preguntas, que, por otra parte,
entendía a duras penas. Iba cabizbajo y melancólico. Observándolo al fin
su tío, se paró en firme y dijo:
—¿Qué tienes, Gonzalito? Parece que estás triste.
—¿Yo? ¡Ca! No, señor.
—Juraría que sí.
Siguieron otro rato en silencio, y don Melchor, dándose una palmada en
la frente, exclamó:
—¡Ya sé lo que tienes!
—¿Qué?
—Mal de la tierra. A mí me ha pasado siempre lo mismo. Cuando saltaba
en tierra después de algún viaje ¡me entraba una desazón, una tristeza,
un deseo tan grande de volverme a bordo! Duraba dos o tres días hasta
que me iba acostumbrando. El caso es que tenía afán de llegar al puerto;
pero, una vez en él, echaba de menos la vida de a bordo. No sé lo que
tiene el mar que atrae, ¿verdad?... ¡Aquel aire tan puro!... ¡Aquel
movimiento!... ¡Aquella libertad!... A que sientes ganas de volverte al
barco, ¿eh?—terminó diciendo con una sonrisa maliciosa que acreditaba
su extremada perspicacia.
—Malditas... De lo que tengo gana, tío, voy a decírselo en confianza...
es de ver a mi novia.
Don Melchor quedó asombrado.
—¿De veras?
—Lo que usted oye.
Reflexionó un momento el señor de las Cuevas, y al cabo dijo:
—Bien; si quieres puedes ir al teatro a saludarla... Mientras tanto, yo
voy a ver cómo se enmienda Domingo.
—¿De qué se ha de enmendar? Es una persona excelente—repuso el joven
sonriendo.
El tío, sin comprender la ironía, le miró con desprecio.
—Vaya, veo que vienes tan ignorante como has ido... Te aguardo para
cenar.
—No me aguarde usted, tío—contestó Gonzalo, que ya estaba
lejos.—Quizá no cene.
Y sin tomar carrera, pero con extraña velocidad, gracias a sus
descomunales piernas, salvó las calles, alumbradas por algunos raros
faroles de aceite, en dirección al teatro. Cualquiera que le tropezase
en aquella hora le diputaría por un inglesote de los muchos que llegan a
Sarrió mandando barcos unas veces, otras a reconocer cotos mineros o a
montar alguna industria. Su estatura colosal, su corpulencia, no son los
signos característicos de la raza española, siquiera nos hallemos en una
de las provincias del Norte. Luego, aquel gabán tan largo, las botas de
tres suelas, el sombrero de forma exótica, denunciaban claramente al
extranjero. Pues mirándole al rostro acababa de completarse la ilusión,
porque era blanco y terso y adornado con larga barba rubia, los ojos
azules, o más propiamente garzos, al igual de los que se ven casi sin
excepción en las razas septentrionales. Aprovechemos los cortos momentos
que nos quedan antes que llegue al teatro para proporcionar al lector
algunos datos biográficos acerca de este mancebo.
La familia de las Cuevas a la cual pertenece, venía siendo de gigantes y
marinos, desde tiempo inmemorial. Marino había sido su padre, marino su
abuelo, marinos sus tíos, y marinos también los hijos de éstos. Gonzalo
quedó huérfano de padre y madre cuando no contaba ocho años de edad,
dueño de una fortuna no despreciable, administrada por su tío y tutor
don Melchor, en cuyo poder y guarda le dejó el padre al morir. Bien
quisiera el viejo marino que su pupilo continuase la no interrumpida
tradición del linaje de las Cuevas en cuanto a la carrera. Para
despertarle la afición o inclinarle a la marina, le compró una preciosa
balandra donde ambos se paseaban por las tardes o salían de pesca.
Pero todos los propósitos del buen caballero se estrellaron contra las
aficiones terrestres de su sobrino. De la mar no le gustaban a éste más
que los peces; pero aderezados ya y humeando en medio de la mesa.
Todavía transigía, no obstante, con la caldereta merendada allá en algún
recodo de la costa, sentado sobre una peña donde manase agua fresca
potable. A los catorce años era Gonzalo un muchacho espigado y robusto,
que estudiaba en el colegio privado de Sarrió la segunda enseñanza y se
examinaba todos los años en la capital, obteniendo ordinariamente la
calificación de _bueno_ y una que otra vez, muy rara, la de
_notablemente aprovechado_. Bien quisto de sus compañeros por su
condición noble y franca, y respetado también por virtud de sus puños
formidables. Los caballeros de la villa le agasajaban a causa de su
posición y la familia a que pertenecía; los marineros y demás gente del
pueblo le amaban por su carácter llano y comunicativo.
Después de graduado bachiller en Artes, permaneció en Sarrió tres años
todavía sin hacer nada. Levantábase tarde, se iba al casino y allí
pasaba la mayor parte del día jugando al billar, en el cual llegó a ser
extremado. A pesar de ser el niño mimado de la población, visitaba pocas
casas. Prefería la vida estúpida y depravada del café, a la cual se
había habituado. No obstante, como no era cerrado de inteligencia y su
exuberante naturaleza rebosaba de actividad y de fuerza, las empleaba
una que otra vez en el estudio de algunos ramos de la ciencia.
Aficionóse a la mineralogía, y muchas tardes, abandonando el casino y el
billar, se iba por los contornos de la villa en busca de piedras
minerales y ejemplares de fósiles, llegando a reunir una rica colección.
A ratos le dió también por ejercitarse en el microscopio: hizo traer uno
costoso de Alemania y comenzó a examinar diatomeas y a prepararlas
admirablemente sobre unos cristalitos que él mismo cortaba. Por último,
habiendo caído en sus manos un libro sobre la fabricación de la cerveza,
entregóse con ahinco a su estudio, pidió a Inglaterra otros varios y
comenzó a imaginar que acaso en Sarrió se obtendría un resultado feliz y
pingües beneficios con esta industria desconocida. Se le ocurrió montar
una fábrica. Pero habiendo comunicado el proyecto con su tío, este varón
esforzado creyó oportuno lanzar una serie de gritos inarticulados, fuera
todos ellos del diapasón normal, terminados los cuales se le oyó
exclamar:
—¡Cómo! ¡Un Cuevas metido a cervecero! ¡El hijo de un capitán de navío,
el nieto de un contralmirante de la Armada! Tú estás desarbolado,
Gonzalo. Bien dice el refrán que la ociosidad es madre de todos los
vicios. Si hubieses ingresado en la Escuela de Marina como yo te
aconsejaba, a estas horas serías ya guardia marina de primera, y
estarías corriendo el mundo sin pensar en tales payasadas.
Gonzalo se calló, pero no dejó de seguir leyendo sus métodos de
fabricación. Comprendiendo que sin visitar por sí mismo las fábricas
principales y sin estudiar con seriedad el asunto no alcanzaría
resultado alguno, se resolvió a seguir la carrera de ingeniero
industrial en Inglaterra. Cuando se arrojó a decírselo a su tío, no le
sonó mal al marino el nombre de ingeniero; pero el calificativo de
industrial volvió a despertar en su espíritu la misma tempestad de odios
y rencores que le había producido la cerveza.
—¡Industrial, industrial! Hoy cualquier limpiabotas se llama
industrial. Hazte buenamente ingeniero de caminos, canales y puertos, o
de minas.
Por este tiempo conoció, o para hablar con más propiedad, trató, pues en
Sarrió todos se conocían, a su novia actual, la señorita de Belinchón.
Un día su tío le envió a casa del rico comerciante con encargo de
preguntarle si podría darle una letra sobre Manila. Don Rosendo no se
hallaba en su escritorio, que estaba en la planta baja de la casa, y
como el negocio era urgente, Gonzalo se decidió a subir. La doncella que
le abrió estaba con prisa.
—Pase usted, don Gonzalo; la señorita Cecilia le dirá dónde está el
señor.
Penetró en un cuarto desarreglado, con montones de ropa por el suelo y
una mesa en el centro, donde la hija primera de los señores de Belinchón
estaba aplanchando una camisa en traje no adecuado a su categoría. Un
vestidillo raído y un pañuelo atado a la cintura como las artesanas; en
los pies unas zapatillas bastante usadas. No se ruborizó porque el joven
la encontrase en aquel arreo ni en tan baja ocupación, ni exclamó como
otras muchas harían en su caso:
—¡Jesús, de qué forma me encuentra usted!—llevando las manos al pelo o
a la garganta.
Nada de eso. Suspendió un momento su tarea, sonrió con dulzura y aguardó
a que el joven hablase.
—Buenas tardes—dijo, poniéndose colorado.
—Buenas tardes, Gonzalo—respondió ella.
—¿Podría ver a su papá?
—No sé si está en casa. Voy a ver—repuso la joven, dejando la plancha
sobre la mesa y pasando por delante de él.
Cuando ya se había alejado un poco, se volvió para preguntarle:
—¿Su tío está bueno?
—Sí, señora, sí... Digo, no... hace algunos días que no se levanta de
la cama... Tiene un catarro fuerte.
—¿No será cosa de cuidado?
—Creo que no, señora.
La joven continuó su camino sonriendo. Le hacía gracia que Gonzalo la
llamase señora no habiendo cumplido los diez y seis años y contando él
más de veinte. Ambos, sin haberse hablado «de grandes», se conocían como
si fuesen hermanos. Se encontraban todos los días en la calle, en el
paseo, en el teatro, en la iglesia. «De pequeños» recordaba Cecilia que
cierta tarde en la romería de Elorrio bailando la giraldilla con otras
chicas de su edad, se llegaron unos granujas a estorbarlas, tirándolas
del pelo desde fuera, empujándolas con fuerza y metiéndose en el corro
gritando para hacerlas perder el compás. Gonzalo, que era un grandullón
de trece años, viendo aquella fea tosquedad, acudió en su auxilio, y
puntapié va, trompada viene, soplamocos a uno y puñada a otro, en un
instante puso en dispersión a los tres o cuatro descorteses mozuelos.
Los ojos de las diminutas bailarinas le contemplaron con admiración. En
aquellos corazones femeninos de cinco a diez años quedó grabado para no
borrarse jamás un sentimiento de gratitud hacia el heroico mancebo. Otra
vez, años adelante, un día de San Juan, Gonzalo cedió a ella y su
familia la balandra para pasearse por el mar, pues los botes y lanchas
escaseaban en tal ocasión. Mas ninguna de estas circunstancias engendró
el trato entre ellos. Si los encontraba muy de frente, Gonzalo solía
llevarse la mano al sombrero; si no, pasaba de largo como si no los
viese, a pesar del conocimiento, ya que no amistad íntima, que su tío
mantenía con el señor Belinchón. La vida exclusiva de café, el ningún
trato con las mujeres, habían hecho de Gonzalo un joven apocado y
vergonzoso.
—Pase usted, Gonzalo; papá le espera en la sala—dijo la joven cruzando
de nuevo por delante de él.—Que se alivie su tío.
—Muchas gracias—respondió acortado. Y al alejarse caminando hacia
atrás, como era tan alto, dió un testarazo con la lámpara de la
antesala, que por poco la hace venir al suelo.
Miró con angustia hacia arriba, se apresuró a sujetarla y se puso muy
colorado.
—¿Se ha lastimado usted?—preguntó Cecilia con interés.
—¡Ca! No, señora... al contrario... ¡Caramba, por un poco la rompo!
Y se retiró cada vez más confuso.
Hallábase nuestro mancebo en aquel punto y sazón en que los hombres se
enamoran de una escoba. La edad del amor se había retrasado para él un
poco. Esto suele acontecer en todos aquellos en quienes los músculos
tiranizan a los nervios. Por eso la señorita de Belinchón, aunque nada
linda, despertó repentinamente en él cierta simpatía que es fácil
transmutar en pasión. Y como consecuencia de aquella brevísima
entrevista, Gonzalo pasó desde entonces alguna que otra vez sin
necesidad por delante de la casa de los señores de Belinchón mirando con
el rabo del ojo a los balcones; cuidó más del aliño del traje y la
persona; iba a misa de diez los domingos a San Andrés, donde doña Paula
y sus hijos la oían. En el teatro solía dirigirle con disimulo vivas
miradas y alguna que otra vez se aventuraba a soltarle un sombrerazo.
Pero en cuanto lo hacía se ponía colorado y miraba con susto a todas
partes, temblando de que aquel naciente sentimiento de su alma fuese
descubierto.
¡Inocente Gonzalo! Mucho antes de que él se diese cuenta cabal de tal
inclinación, la villa entera la conocía. Nada se puede ocultar, sobre
todo en lo que toca a las relaciones de sexo a sexo, a los ojos
zahoríes de las comadres de un pueblo de escaso vecindario. Y no sólo se
conoció, pero hasta se daba como cierto el matrimonio en plazo más o
menos lejano. Pasaban los meses, no obstante, y aquello no avanzaba un
paso. Los testimonios que Gonzalo daba de su afición seguían siendo los
mismos. La mayor parta de los días se reducían a pasar después de comer
por delante de la casa del rico comerciante, para ir al casino. Cecilia
solía estar cosiendo detrás de los cristales. Mano al sombrero; sonrisa;
adelante; luego el billar, y hasta otro día. Don Melchor le encargó
otras dos veces recados para don Rosendo, pero tuvo la buena suerte de
hallarle siempre en el despacho. Decimos buena suerte, porque Gonzalo
temblaba ante la idea de subir a la casa y tropezarse con Cecilia.
Había cumplido ya los veinte años. La idea de hacerse ingeniero
industrial y ocuparse en algo útil, volvía de vez en cuando a su
espíritu en medio de aquella vida holgazana. El compañero que tornaba de
alguna academia militar, la conversación con algún ingeniero inglés, la
frase de desprecio que escuchaba en el casino acerca de los que no
tenían carrera, despertábanle de pronto el deseo. Al fin, un día le dijo
a su tío que si le daba permiso se iba a Inglaterra a estudiar algo y
ver mundo. Como don Melchor nada podía oponer a este justo y laudable
propósito, pocos días después Gonzalo recorría algunas casas de
parientes y amigos, donde hacía años que no ponía los pies, para
despedirse, y una tarde apacible y bella de primavera se embarcaba en el
bergantín redondo _Vigía_ con rumbo a la Gran Bretaña.
¿Se acordaba de Cecilia? No lo sabemos. En temperamentos como el de
nuestro mancebo, el fuego de las pasiones tarda mucho tiempo en prender,
aunque a la postre causa grandes estragos.
Pasaron tres años. Terminó la carrera de ingeniero que es breve y
práctica en Inglaterra, y se determinó a visitar las principales
fábricas de este país y de Francia y Alemania. En el tiempo que duraron
sus estudios el recuerdo de Cecilia asaltábale de vez en cuando, sin
causarle, por supuesto, emoción muy viva. Allá en la primavera cuando la
sangre circula con más fuerza por las venas y la madre Naturaleza con el
verdor de los campos, los vívidos colores de las flores, los juegos de
la luz, el aire tibio embalsamado, y sobre todo, por medio de sus
intérpretes más fieles, los pájaros, nos incita para que en modo alguno
consintamos que la especie humana se extinga, Gonzalo pensaba en el
matrimonio. Y siempre que tal idea surgía en su mente, presentábasele de
improviso hecha carne en la niña primera de los señores de
Belinchón:—«Pase usted, Gonzalo; papá le espera.» «¿Se ha lastimado
usted?»—Volvían a sonar en sus oídos aquellas palabras y el acento
cariñoso con que fueron pronunciadas encendía en su corazón virgen una
chispa de simpatía. La joven no era hermosa, pero sus ojos sí, y sobre
todo revelábase en ella el atractivo del sexo por el aire modesto y
sencillo, el timbre de la voz, la delicadeza exquisita, enteramente
femenina de sus modales. «No me disgustaría casarme con ella» pensaba
dejando escapar un suspiro; porque juzgaba imposible que se atreviese a
decir a ésta ni a ninguna señorita palabra alguna de amor. Hasta
entonces no conocía de tal pasión más que el aspecto material y grosero,
las relaciones fugaces y tristes de las mujeres que le abocaban por la
noche en las calles de Londres y París.
Un día escribiendo a cierto amigo íntimo de Sarrió se le ocurrió
preguntarle si Cecilia Belinchón se había casado. Contestóle que aún
permanecía soltera y que si era muy cierto que algunos galanes la
rondaban seducidos quizá por el dinero de Belinchón más que por las
gracias de su hija, hasta ahora no se sabía que hubiese dado oídos a
nadie. Al leer esto, se le subió la sangre al rostro al ingeniero
industrial. Tuvo la fatuidad de pensar (que se le dispense por Dios) que
Cecilia rechazaba a los pretendientes a su mano... porque a ninguno
encontraba tan guapo como él. Entonces imaginó declararle su amor por
medio de una carta. Estando tan lejos no tendría vergüenza. Sin embargo,
la tuvo, y cuando trató de coger la pluma para hacerlo, antes de trazar
el primer renglón, volvió a dejarla al representarse la sorpresa que la
joven recibiría. Pasaron algunos días. La idea no le abandonaba. Por
medio de mil sutiles razonamientos procuraba persuadirse a escribir la
epístola amorosa. Si se reía de él, ¿qué? no había de verlo. Con no
volver más a Sarrió estaba concluído; y si volvía ya procuraría no
encontrársela de frente. Al fin la escribió. Túvola guardada en el cajón
de su mesa varios días. La idea de echarla al correo le aterraba. Para
decidirse a ello, necesitó beberse unas copitas de ron. Cuando estuvo un
poco mareado sacó la carta del cajón, lanzóse a la calle con brío, y en
el primer buzón con que tropezaron sus ojos, ¡zas! la encajó.
¡Dios mío, qué he hecho! Disipóse la borrachera. Se puso colorado hasta
las orejas, como si por el agujero de aquel buzón le estuviesen mirando
los ojos burlones de todos los vecinos de Sarrió; y se apresuró a meter
los dedos en él por ver si aún podía atrapar el malhadado sobre. Nada.
Se lo había engullido con la voracidad de un tiburón, y lo estaba ya
digiriendo. Ocurriósele entonces presentarse en las oficinas de Correos
y reclamarlo; pero allí le exigieron tales formalidades, que antes de
pasar por ellas prefirió dejar correr la suerte.
Pasó ocho días en gran zozobra. A la hora de repartir las cartas en la
fonda, experimentaba una ansiedad que le sofocaba, esperando ver llegar
encerradas en un sobrecito las feas y colosales calabazas, castigo justo
a su demasía y sandez. Transcurrieron, no obstante, los ocho días y aun
los quince, y la contestación no parecía. Se fué calmando con la
esperanza vaga de que la carta no hubiese llegado a su destino. Si había
llegado, forjábase la ilusión de que Cecilia la habría roto sin dar
cuenta a nadie. Mas he aquí que, cuando ya no la esperaba, se encuentra
a la hora de almorzar sobre el plato una carta de España, letra
desconocida de mujer. Es irrepresentable la congoja que le acometió. Se
puso tan blanco como el mantel. El corazón quería saltársele del pecho.
Abrióla con mano trémula... ¡Ahaaa! suspiró descansado, después de
haberla devorado en dos segundos. Llevóse la mano al pecho, limpióse el
sudor con el pañuelo, y volvió a tomar la carta y a releerla con calma.
Era, en efecto, de Cecilia, y estaba escrita en un tono suavemente
irónico, que nada tenía, sin embargo, de ofensivo. Manifestábase
sorprendida de su repentina e inopinada declaración. ¿Qué mosca le había
picado al cabo de cuatro años de ausencia? Sus padres, que antes que
ella habían abierto la carta, estaban igualmente sorprendidos: opinaban
que era un paso irreflexivo, propio de los pocos años, un capricho del
momento, del cual ya estaría probablemente arrepentido. Ella compartía
enteramente esta opinión. Sin embargo, la habían permitido, y aun
aconsejado que contestase, por tratarse de un joven del pueblo, con cuya
familia mantenían relaciones de amistad.
Esta epístola le puso contentísimo de pronto. No eran las desdeñosas
calabazas que esperaba. Después se puso triste, y al minuto otra vez
alegre, leyéndola y releyéndola por ver si daba en la clave. ¿Eran o no
eran calabazas? Apresuróse a contestar, pidiendo perdón de su
atrevimiento, y confirmando su declaración anterior con nuevas y
vehementes frases. Replicó al cabo de algunos días la niña en términos
más blandos y afectuosos. Tornó a escribir Gonzalo; cruzáronse retratos;
intervino doña Paula. En suma, al cabo de poco tiempo, se encontraban
ambos jóvenes en relación formal. Comenzó a hablarse de matrimonio;
mediaron cartas entre don Melchor y su sobrino; después visitas entre
aquél y don Rosendo. Finalmente todo quedó arreglado, conviniéndose que
a la primavera regresaría Gonzalo, y se efectuaría el casamiento.
III
EN EL QUE LA PAREJA ENAMORADA COMIENZA A PENSAR EN EL NIDO
Salían ya del teatro los que habían quedado. Gonzalo tropezó con la ola
de gente que vomitaba la puerta, y así como fué reconocido, se
apresuraron a rodearle y saludarle sus antiguos amigos. El primero que
le echó los brazos al cuello fué don Mateo, después vino don Pedro
Miranda y su hijo Periquito, en seguida el alcalde don Roque, después
don Victoriano y su esposa doña Rosario y sus tres hijas. En un instante
se formó círculo en torno del joven, quien se apresuraba a contestar con
efusión a los plácemes, abrazos y apretones de manos que de todos sitios
le venían. Los marineros, las mujeres del pueblo tomaban parte en
aquellas manifestaciones de cariño lo mismo que los _señores_. No se
oían más que exclamaciones de admiración y alegría.
—Cuánto has engordado, Gonzalito.—¡Vaya un real mozo!—¿Por qué no
creces como él, Periquito?—Don Gonzalo, les come usted las sopas en la
cabeza a todos los mozos de Sarrió.—Crecer no ha crecido, lo que ha
hecho es doblar de cuerpo.—Ven acá, granadero, dame un abrazo apretado.
Un patrón de barco afirmó que se parecía como una gota de agua a otra al
Príncipe de Gales. Acaso Gonzalo fuese un poco más alto.
El robusto corpachón de éste, alzábase sobre el grupo. Daba la mano por
encima de las cabezas a los amigos que no podían llegarse a él, y su
noble y bondadosa fisonomía sonreía a todos.
Don Mateo, alzándose sobre la punta de los pies y tirándole del brazo
para que se doblase, pudo decirle al oído:
—¡Qué función te has perdido, Gonzalo! Lástima que no hayas llegado por
la tarde. La tiple cantó como un ángel... ¡Y el baile!... El baile te
digo, chico, que ni en Bilbao ni en la Coruña lo sacan mejor... Pero no
te disgustes, que yo haré que se repita antes que se vaya la compañía...
o poco he de poder.
Pero Gonzalo no atendía. Con los ojos clavados en la puerta, esperaba
inquieto y afanoso la salida de la familia de Belinchón, que como
principal y de las más encopetadas, se retrasaba siempre para no
confundirse con la plebe. Por fin a la luz del farol que ardía sobre el
marco de la puerta, divisó la fisonomía de doña Paula y en seguida la de
Cecilia. Abalanzóse trémulo a saludarlas. La hija se puso colorada como
un pavo (es natural), y la madre también (esto es menos natural). ¿Qué
le tocaba hacer a él? Ruborizarse igualmente; y esto fué lo que llevó a
cabo de un modo perfecto. A los tres les temblaba la voz, y después de
preguntarse por la salud, no supieron qué decirse. Las miradas cargadas,
de curiosidad de la gente contribuían a embarazarlos. Felizmente llegó
Pablito con Ventura, que se habían rezagado, y nuestro joven saludó al
primero afectuosamente y dirigió a la segunda una ceremoniosa cabezada.
Pablo sonrió.
—Qué, ¿no la conoces? Es mi hermana Ventura.
—¡Oh! ¿Cómo había de conocerla? Es una mujer... ¿Cómo está usted,
Ventura?
La niña le alargó la mano mirándole con expresión maliciosa y burlona
que acabó de desconcertarle.
Pusiéronse en marcha hacia casa. Venturita echó a correr delante
arrastrando a su hermano. Detrás marchaban doña Paula, Cecilia y
Gonzalo. Cerraba la marcha don Rosendo con su buen amigo don Pedro
Miranda. Las calles estaban obscuras. Sólo ardían a aquellas horas los
faroles de esquina. La distancia entre los tres grupos se fué haciendo
cada vez mayor.
Gonzalo comenzó a hacer esfuerzos desesperados por sostener la
conversación con su futura esposa y suegra; pero aquélla no despegaba
los labios, dominada, sin duda, por la vergüenza, y doña Paula andaba
muy lejos de ser una madame Stael. Como tampoco él había colaborado en
el Diccionario de la Conversación, el resultado era que ésta no
prosperaba. Por cartas había llegado a tener confianza. Doña Paula ponía
a menudo postdatas en las de Cecilia. Gonzalo replicaba con alguna
cuchufleta, mandaba estampitas, caricaturas para Ventura, y se portaba
en todo como un miembro de la familia. Pero ahora los tres
experimentaban malestar embarazoso. Nuestro joven en su vida había
hablado con la señora de Belinchón, y con Cecilia sólo había cruzado las
palabras que hemos dicho. Luego, allá delante, Venturita reía a
carcajadas con su hermano, y los novios presumían fundadamente que
estaban ellos sobre el tapete. No obstante, cuando ya se acercaban a
casa, la plática fué tomando calor y había algunos síntomas para creer
que muy pronto iba a reinar la confianza.
Formóse un grupo a la puerta de la morada de los señores de Belinchón,
que estaba situada en la Rúa Nueva, la calle más principal de Sarrió, y
era grande y suntuosa para lo que allí se estilaba. Como Gonzalo no
había cenado aún, don Rosendo le invitó a subir a hacerlo con ellos tan
de veras, y con palabras tan apremiantes, que el joven, que no deseaba
otra cosa, concluyó por aceptar. Despidiéronse el señor Miranda y su
hijo Periquito, y la familia Belinchón, con el nuevo individuo que iba a
formar parte de ella, subió a la casa. En el recibimiento, las señoras
se despojaron de los abrigos y las toquillas. La luz volvió a turbarlos.
Gonzalo pudo ver bien entonces a su novia, y observó que no había ganado
nada en los años de ausencia. Estaba más alta, pero más delgada también.
Los amores no ponen gordas a las niñas. La nariz, con esto, se le había
pronunciado todavía más. Sólo aquellos ojos hermosos, suaves,
inteligentes, persistían en brillar como dos estrellas. La
transformación de Venturita, aquella niña que veía cruzar para el
colegio, colgada del brazo de la doncella dando saltitos para no perder
el paso, le llamó poderosamente la atención. Era una mujer, una
verdadera mujer, no tanto por la estatura, como por la redondez y
amplitud de las formas, como por la firmeza singular de su mirada y
cierto brillo malicioso que la acompañaba. Examináronse ambos como dos
extraños de una rápida ojeada. Gonzalo le dijo por lo bajo a doña Paula:
—¡Qué cambio el de Venturita! Es una joven preciosa.
Por bajo que lo dijo la niña lo oyó. Se puso seria con afectación, hizo
un leve mohín de desdén con los labios, y se fué derecha al comedor,
ocultando el cosquilleo placentero que aquel requiebro tan espontáneo la
había causado.
La mesa estaba puesta: una mesa patriarcal de provincia, abundante,
limpia, sin flores ni los demás refinamientos elegantes que la
civilización va introduciendo. Y al acercarse a ella, el embarazo de
Gonzalo había desaparecido. Parecía que ayer había cenado allí también.
Una ráfaga de alegría sopló sobre todos. Cambiáronse palabras y risas.
Gonzalo abrazaba a Pablito y le preguntaba por sus caballos. Doña Paula
arreglaba la distribución de los cubiertos. Venturita, sentada ya, se
atracaba de aceitunas, tirando los huesos a su hermana y haciéndole
guiños provocativos, mientras ésta, con las mejillas encendidas y los
ojos brillantes, se llevaba el dedo a los labios pidiéndole discreción.
Don Rosendo había ido a ponerse la bata y el gorro, sin los cuales le
habría hecho daño la cena. Su esposa invitó al joven forastero a
sentarse en el puesto vecino al de Cecilia. Pero ésta se había pasado al
otro extremo de la mesa, y allí se disponía a sentarse.
—¿Qué haces, chica? ¿Por qué no vienes a tu sitio?—le preguntó doña
Paula con sorpresa.
La joven se levantó sin contestar, ruborizada, y vino a sentarse al lado
de su novio.
La clásica sopa de manteca con huevos humeaba ya en el centro de la
mesa.
—Mira, haz plato a Gonzalo... Comienza ya a servirle—le dijo después
sonriendo bondadosamente, como mujer que profesaba ideas semejantes a
las expresadas por San Pablo en su célebre epístola.
Cecilia se apresuró a obedecer, colmando el plato de su futuro. Este
poseía ordinariamente un apetito excelente, apropiado a su grande
humanidad. Ahora, sobreexcitado por el aire del mar y algunas horas de
ayuno, era voraz. Comió sin dejar migaja, sin cortedad alguna, cuanto le
ponían delante; y eso que Cecilia, como podrá suponerse, no tenía la
mano corta en servirle. Cuando empezaba a comer, Gonzalo perdía la
vergüenza. La necesidad apremiante de su organismo giganteo se imponía.
En cambio, Cecilia apenas si tocaba en los manjares. Viendo en su plato
dos pedacitos de jamón del tamaño de dos avellanas, preguntóle el joven:
—¿Para quién hace usted ese plato, para el loro?
—No; es para mí.
—¿Y no tiene usted miedo que se le indigeste?
Era la primera chanza que se autorizaba con su futura. Esta contestó
sonriendo:
—Nunca como más.
Doña Paula acercó la boca al oído de Venturita, y le dijo:
—¿No reparas con qué ceremonia se tratan?
Venturita se lo dijo al oído a Pablo, y éste a su padre. Todos cuatro
soltaron a reir, mirando a los novios, mientras éstos, confusos,
preguntaban con la vista la razón de aquella súbita alegría.
—Mamá, ¿quieres que les diga de qué nos reímos?
—Díselo.
—Pues bien, señores, pensamos todos que podrían ustedes ir apeándose el
tratamiento.
Los futuros esposos bajaron la cabeza sonriendo.
La alegría de los comensales se expresaba ruidosamente, se charlaba, se
bromeaba. Pablito asaba a preguntas a su próximo cuñado, acerca de las
carreras de caballos, _skating-ring_, y otros asuntos más o menos
transcendentales, relacionados con el _sport_. Sólo el gozo de Cecilia
era concentrado y silencioso. Advertíase en las mejillas teñidas de vivo
carmín. De vez en cuando ponía el dorso de la mano sobre ellas para
enfriarlas, aunque sin lograrlo. Cuando creía que no la miraban, pasaba
largos ratos con los ojos fijos en su novio. Aquel bravo engullir,
incesante, signo de vida y de fuerza, la sorprendía y la cautivaba a un
mismo tiempo. Contemplábale arrobada, adorando en él al símbolo del
poder masculino. Estas largas miradas extáticas no se le escapaban a
Venturita, quien hacía muecas a Pablo o a su madre, para que las
observasen. Gonzalo pagaba las atenciones de su novia con un «muchas
gracias» rápido, sin volver el rostro hacia ella por temor de
ruborizarse. Al levantarlo para contestar a Pablo, sus ojos tropezaban
siempre con los de Venturita, cuya mirada risueña, y maliciosa le
turbaba momentáneamente.
Levantáronse al fin de la mesa y se diseminaron. Don Rosendo y Ventura
desaparecieron. Pablo, después de charlar algunos instantes, concluyó
por irse también. Quedaron solamente en el comedor doña Paula y los
novios. Y todos tres fueron a sentarse en un rincón de la estancia en
sillas bajas. Al poco rato no se oía más que un cuchicheo discreto, como
si estuviesen confesando. Unidas las tres sillas, adelantando los
cuerpos hasta tocarse casi las cabezas, comenzaron a charlar
animadamente. Doña Paula abordó al instante la magna cuestión.
—Estamos a veintiocho de abril... De aquí al primero de septiembre no
hay más que cuatro meses—dijo, echándoles una larga mirada entre
risueña y enternecida.
Si fuese posible que Cecilia se pusiese más colorada, se hubiera puesto.
El rostro de Gonzalo se contrajo con una sonrisa sin expresión, y bajó
los ojos.
Después de haberlos mirado otro rato, gozándose en su confusión, siguió
doña Paula:
—Es necesario ir pensando en el equipo de ropa...
—¡Mamá, por Dios! Es muy pronto—exclamó la joven avergonzada, mientras
el corazón quería salírsele del pecho.
—No es pronto, Cecilia. Tú no sabes el tiempo que aquí echan las
bordadoras en cualquier cosa. Un mes ha empleado Nieves para bordar dos
escudos a la chica de doña Rosario... Y más pesada que ella todavía es
Martina...
—Nieves borda muy bien.
—No, como bordar no hay en la villa quien le ponga el pie delante a
Martina... Tiene manos de oro.
—A mí me gustan más los bordados de Nieves.
—Pues si quieres que ella te borde la ropa, por mí...—repuso doña
Paula mirando a su hija con una condescendencia maliciosa.
—¡No digo eso, mamá!—exclamó ésta toda apurada.—Sólo digo que me
gusta más el bordado de Nieves que el de Martina.
Al poco rato ya había consentido en discutir la cuestión de la ropa.
Tratáronla en todos sus aspectos con la gravedad y el cuidado que
merecía. A quién se encargarían los juegos de sábanas de batista, a
quién los ordinarios, quién haría las camisas, dónde se comprarían los
manteles, etc., etc. Todo fué tratado, medido y ponderado. Doña Paula
emitía su opinión. Cecilia aparentaba contradecirla, pero en el fondo
¿qué le importaba? Lo que embargaba su alma y hacía palpitar su corazón
era aquella proximidad del matrimonio, reconocida expresamente. Así, que
su voz salía temblorosa y algunas veces se le anudaba en la garganta sin
querer salir. Sus ojos soltaban efluvios de dicha; tenían el brillo
suave y misterioso de los luceros en las noches serenas de invierno.
—¡Qué calor!—exclamaba de vez en cuando, y apoyaba las manos en sus
mejillas encendidas.
Gonzalo asentía con estúpida sonrisa a cuanto decían, y estiraba a
menudo sus desmesuradas piernas que, por la escasa altura de la silla,
se le dormían.
Y cuando se concluyó con la ropa blanca, comenzaron con la de color. Y
la conversación se enredaba; y Cecilia, sin mirar a su novio le veía; y
los ojos de doña Paula, posados alternativamente en uno y en otro, se
iban enterneciendo cada vez más; y los alientos se cruzaban. Los hombros
de los futuros esposos se tocaban. Aquel suave cuchicheo, la dormida luz
de la lámpara que apenas los envolvía, el contacto frecuente con el
brazo de su amado, iban hinchendo el seno de Cecilia de una emoción
voluptuosa que la desasosegaba. No pudiendo resistirla levantóse dos o
tres veces para besar con vehemencia a su madre. A la tercera vez ésta
se hizo cargo de lo que aquello significaba, y exclamó mirándola con
ojos risueños y compasivos:
—¡Pobrecita! ¡Pobrecita mía!
Cecilia se tapó los suyos con las manos y estuvo así un rato.
—¿Qué tienes?—le dijo al fin doña Paula.
—Nada, nada.
Pero continuó cubriéndose los ojos.
—Vamos, ¿qué tienes, hija mía?
—No tengo nada—contestó destapándose al fin. Su cara sonreía; pero
tenía los ojos húmedos.
—Ya sé, ya sé—dijo la señora—¿Quieres el éter? ¿Sientes opresión?
—No siento nada. Estoy muy bien.
La plática se enredó de nuevo. Doña Paula expresó la idea de que Gonzalo
se viniese a vivir con ellos. Este se resistió un poco, porque
comprendía que esto iba a disgustar a su tío. No obstante, concluyó por
ceder a los ruegos de ambas. ¡Era tan natural que no quisieran
separarse!
—Pueden ustedes tener independencia. Yo me encargo de ello. Hay una
sala grande, la sala amarilla... ya sabes, Cecilia... Tiene una alcoba
espaciosa... Sólo falta el despacho para Gonzalo; pero ya he pensado en
eso. Al lado de la sala está el cuarto de la ropa, que aunque da al
patio, tiene buena luz. Hoy está hecho un asco; pero haciendo obra en él
puede quedar una habitación muy decente... ¿Quiere usted verlo, Gonzalo?
El joven manifestó que no había necesidad; que pasaba por todo lo que
ella dijese; que ya lo vería... Sin embargo, la señora insistió y
tomando una palmatoria los guió al otro extremo de la casa.
—Esta es la sala... Grande, ¿no es verdad? Dos balcones... La alcoba.
Caben muy bien dos camas... cuanto más una—añadió mirando a su hija,
que se hizo la distraída cerrando un balcón.—Vamos ahora a ver el
cuarto de la plancha.
Y salieron de la sala, y salvando un corredor y dando una vuelta,
entraron en otro cuarto lleno de armarios y otros trastos.
—No se asuste usted por la distancia. Este cuarto está pegado a la
sala. No hay más que abrir una puerta de comunicación.
Gonzalo se inclinó hacia su novia y le dijo por lo bajo:
—¿Por qué no me tratará mamá de tú, como tu papá? Díselo de mi parte...
yo no me atrevo.
Cecilia entonces se acercó al oído de su madre y murmuró con voz
apagada, llena de vergüenza:
—Gonzalo se alegraría de que le tratases de tú.
—¿Qué dices, niña?—preguntó doña Paula, poniendo la mano en la oreja.
Cecilia levantó un poquito la voz, haciendo un terrible esfuerzo.
—Dice Gonzalo que por qué no le tratas de tú como papá.
—Ah... me alegro que haya salido de él. No me atrevía... Bueno, pues en
cuanto se abra una puerta aquí, en esta pared, ya puedes pasar de la
sala al despacho sin cruzar el pasillo... ¿Te gusta la habitación? ¿Es
bastante grande?
—Demasiado. Mis negocios, por ahora, no exigen tanto.
A Cecilia le retozaba en el cuerpo una pregunta. Estaba inquieta. Varias
veces estuvo por tomar la palabra, pero el temor la retenía. Allá, al
fin, en una pausa larga, se aventuró a decir:
—Falta una cosa, mamá.
—¿Qué falta?
La joven se detuvo un instante, como para tomar arranque, y dijo al fin
con voz temblorosa:
—Falta un cuarto para arreglarse Gonzalo.
—Es verdad; no me había hecho cargo... ¿Dónde tendría yo la cabeza?
Pues ahora no encuentro sitio aquí cerca... Aguarda un poco...
aguarda... Podríamos bajar la despensa al sótano y quedaba un cuartito,
que bien arreglado, acaso serviría... Lo que hay es que no comunica con
estas habitaciones. Tendrías que cruzar el pasillo.
—¡Qué importa eso!
Fueron de nuevo al comedor y se sentaron en el mismo rincón. Poco
después de hacerlo apareció Venturita con un peinador blanco que dejaba
ver enteramente la garganta de alabastro y una parte de su hermoso seno
virginal. Traía sueltos por la espalda los cabellos, y calzaba unos
lindos pantuflos bordados. Venía a despedirse para ir a la cama.
Acercóse a su madre y la dió un beso en la mejilla, haciendo, mientras
tanto, muecas maliciosas a su hermana, que Gonzalo no podía ver.
—Vaya, buenas noches—dijo alargando a éste la mano.
—Buenas noches—repuso él mirándola extático, con cierta especie de
embelesamiento que no pasó inadvertido para la niña.
Iba a retirarse, pero un sentimiento de coquetería la hizo volver desde
la puerta y preguntar a Cecilia:
—¿Dónde has colocado el calzador? He tenido que venir con chinelas por
no hallarlo...
Y al mismo tiempo mostró su lindo pie.
—Pues allá está, en el cajón de la mesa de noche.
—¡Si supierais qué sueño tengo!—dijo avanzando más y colocando una
mano sobre la cabeza de su hermana.—¿Sabéis con qué se quita
esto?—añadió sonriendo.
Gonzalo la examinaba con atención. Era realmente una criatura perfecta.
Cuanto más de cerca se la observase, más se admiraban las singulares
partes de que estaba dotada. La epidermis era suave y brillante como el
raso, de un color rosa desvanecido; la boca húmeda y fresca, de labios
rojos un tanto grandes que descubrían al abrirse dos filas de dientes
menudos e iguales; los cabellos dorados, sedosos, abundantes. Su única
imperfección consistía en la estatura. Si tuviera la de su madre nadie
se atrevería a ponerle un reparo, exceptuando, por supuesto, sus amigas.
Notando que la examinaban, no acababa de marcharse. Daba vueltas en
redondo para que se la viese bien por todas partes, adoptaba posiciones
caprichosas, afectadas, dirigía preguntas impertinentes a su hermana,
reía sin motivo, la cubría de besos y la sobaba sin consideración.
—Déjame, Ventura. ¡Qué retozona estás hoy!—exclamaba aquélla con su
franca sonrisa bondadosa, procurando desasirse.
—Vaya, vaya, a la cama—decía doña Paula.
—Voy.
Pero en lugar de irse se abrazaba de nuevo a Cecilia; la hacía
cosquillas aprovechando cualquier movimiento para decirla al oído:
—¡Cómo estás gozando, picarona! No le eches esos ojazos, mujer, que le
vas a aturdir.—Adiós, adiós, señores—concluyó por decir en voz
alta...—Y dejar algo para mañana, ¿eh?
—¡Qué tonta!—exclamó Cecilia ruborizándose.
Doña Paula y Gonzalo sonrieron. Este dijo en voz baja:
—¡Qué pelo tan hermoso!
Ventura lo oyó, y dijo sacudiéndolo:
—Es postizo.
Todos se echaron a reir.
—¿No lo cree usted?—preguntó con seriedad y acercándose.—Tire usted.
Verá cómo se le queda en la mano.
El joven no se atrevió, y continuó sonriendo.
—Tire usted, tire usted—insistió ella volviendo la espalda y
metiéndole el pelo por la cara.
Gonzalo llevó la mano a él, pero no hizo más que acariciarlo.
—¿Qué, no se le ha quedado? Es que está muy bien sujeto.
Y salió corriendo de la estancia.
Un rato todavía duró el cuchicheo secreto. Se tocaron algunos puntos de
la vida futura. Cecilia escuchaba a su madre disertar sobre lo que
debían hacer una vez casados, sintiendo un cosquilleo en el alma que
apenas era poderosa a ocultar. Le había cogido una mano y se la apretaba
y acariciaba con intermitencias nerviosas. De vez en cuando la llevaba a
los labios y se la besaba con fuerza. Doña Paula la miraba con
enternecimiento y sonreía gozándose en la felicidad que inundaba el
corazón de su hija.
El reloj del comedor vibró, dando las doce y media. Gonzalo levantóse
apresuradamente.
—¡Oh, qué tarde! ¿Qué dirá don Rosendo?
—Nunca se acuesta antes de esta hora—repuso Cecilia.
—Sí; pero ya sabes que emplea mucho tiempo en cerrar las
puertas—replicó doña Paula.
Cecilia calló. Gonzalo les dió la mano con efusión, prometiendo volver
al día siguiente. Después pasó al despacho del señor de Belinchón para
despedirse.
La madre y la hija siguieron charlando en el mismo rincón sobre el mismo
tema, recibiendo la primera un sinnúmero de abrazos y besos
apretadísimos.
—Esto no es para mí—decía con cierta expresión entre alegre y
melancólica.
—Sí, mamá, sí—replicaba la joven abrazándola con más fuerza.
IV
CÓMO LOS PARTICULARES DE SARRIÓ SE CONGREGABAN EN UN RECINTO NOMBRADO EL
«SALONCILLO», Y LO QUE ALLÍ SE PLATICABA.
Don Melchor de las Cuevas se levantó de la mesa, encendió un cigarro, y
dijo, ofreciendo otro a su sobrino:
—Vámonos a tomar café.
Gonzalo quiso guardarlo en el bolsillo porque jamás hasta entonces se
había autorizado el fumar delante de su tío; pero éste le retuvo el
brazo.
—Enciende, chiquito, enciende; ya has dejado de ser grumete.
El joven sacó un fósforo y se puso a dar chupetones al cigarro con
emoción.
Salieron de la casa emparejados y bajaron lentamente por la calle
disfrutando del bienestar voluptuoso que sienten las naturalezas
poderosas después de una comida abundante. Parecían dos cedros gigantes,
majestuosos, orgullosos de su altura. Y guardaban el mismo silencio que
ellos cuando no les sopla el viento. Las mujeres que trabajaban a las
puertas de sus casas los miraban con curiosidad tocada de admiración.
—¿Quién es el señorito que va con don Melchor?
—Mujer, ¿no le conoces? El sobrino; el señorito Gonzalo, que llegó ayer
en la _Bella-Paula_.
—¡Vaya un real mozo!
—Como su padre don Marcos, que en paz descanse.
—Y como su abuelo don Benito—añadió una vieja.—¡Qué familia tan noble
y campechana!
En las bocacalles por donde se descubría un cacho de mar, el señor de
las Cuevas solía detenerse un momento para echar una ojeada escrutadora.
—Por ahora bonanza. Dentro de poco terral.
—¿Las ves?—dijo con expresión de triunfo al cabo de un instante.
—¿Qué?
—Las lanchas, hombre, las lanchas. ¡Cómo lo han olido!
—No veo nada,—repuso Gonzalo sacándose los ojos por columbrarlas en el
horizonte.
—Sigues como antes. No ves más que la sopa en el plato—manifestó el
tío sonriendo con lástima.
El café de la Marina hervía ya de gente. El rumor de las conversaciones
y disputas, el campaneo de las copas, el choque de las fichas de dominó
contra el mármol de las mesas, formaba un ruido ensordecedor. Estaba
situado en una plazoleta que formaba la Rúa Nueva al desembocar en el
muelle, y una de sus fachadas miraba al mar. Reuníanse en él la mayor
parte de los capitanes y pilotos que estaban en Sarrió de paso, y casi
todos los que sin ejercer el oficio habitaban en la villa, con más los
vecinos que sentían de un modo o de otro inclinaciones marítimas. Al
atravesar por medio fueron llamados a gritos de diferentes mesas. Don
Melchor era el hombre más popular, el más querido y respetado que
entraba en aquel café. Fué necesario acercarse a saludar a unos y a
otros, y presentarles a Gonzalo. Aquellos lobos se extasiaron mirándole;
le apretaban la mano hasta descoyuntársela, y le ofrecían con todas las
veras de su corazón una copa de ron y marrasquino. Cuando la rehusaba
hablando de subir a tomar café arriba, la tristeza más honda se pintaba
en sus rostros curtidos.
Don Melchor tenía, en efecto, la costumbre de tomarlo en el Saloncillo.
Este era un aposento del piso principal de aquella casa, que tenía
comunicación con el café por medio de una escalerilla de hierro. Por
ella subieron al cabo tío y sobrino. Ya estaban reunidos los notables
del pueblo, sentados en un diván corrido, con sendas mesillas japonesas
delante, donde cada cual tomaba su café. Por una de las puertas, que
generalmente estaba abierta, se veía la sala de billar donde jugaban
siempre las mismas personas rodeadas de los mismos mirones.
Cuando don Melchor y su sobrino entraron, se hablaba de un proyecto de
mercado cubierto para preservar de la intemperie a las pobres mujeres
que vendían al raso legumbres y leche. Y Gonzalo recordó que en cierta
ocasión que subió a buscar a su tío antes de irse a Inglaterra, se
estaba debatiendo el mismo asunto. Los temas variaban poco en aquella
asamblea. La existencia de la villa se deslizaba tranquila y serena en
medio del trabajo cotidiano. Los únicos acontecimientos que sacudían de
vez en cuando su letargo, eran la entrada o salida de cualquier barco
importante, la muerte de una persona conocida, una letra protestada, el
empedrado de algunas calles, la avería de algún cargamento, el alijo de
un contrabando, la limpieza del muelle.
Las mujeres y los muchachos estaban más socorridos de asuntos para
saciar el humano afán de novedades: la llegada de un forastero guapo y
elegante (gran sensación entre las niñas casaderas), que Fulanito
acompañó a Margarita en el paseo por primera vez (¿por lo visto es cosa
hecha ya?), que Severino el de la tienda de quincalla deslomó a su mujer
de una paliza (¡bien empleado la está por haberse casado con ese
burro!...). El traje que Fulanita sacó el día de Nuestra Señora (dicen
que vino de Madrid... ¡Qué Madrid, mujer, si yo misma se lo he visto
cortar a Martina!). El baile de confianza que se dará el jueves en el
Liceo. (No toca baile ese día.—Pagan el gasto los pollos a escote.) Los
graves varones que se reunían en el Saloncillo desdeñaban estos temas,
aunque de vez en cuando, por excepción, picaban en ellos.
A algunos, a don Rosendo, a don Mateo, a don Pedro Miranda y al alcalde
don Roque, ya Gonzalo les había saludado la noche anterior. Pero estaban
allí además Gabino Maza, don Feliciano Gómez, el ingeniero francés M.
Delaunay, Alvaro Peña, Marín, don Lorenzo, don Agapito y otros cinco o
seis señores, que se levantaron para abrazarle.
Don Pedro Miranda, de quien ya hemos hecho mención, era un hombre que
pasaba bien de los sesenta, bajo de estatura y de color, las mejillas
rasuradas, la cabeza monda y lironda, los ojos grandes y apagados, los
ademanes tímidos. Era el propietario territorial más rico de la
población y el representante genuino de la aristocracia por venir de una
antigua familia de terratenientes y no haber en la villa persona
titulada que mejor la representase. No daba, sin embargo, importancia a
este privilegio. Era hombre afable, modesto, que con todos los vecinos
alternaba sin atender a su condición social, extremadamente servicial,
siempre que no se tratase de dinero, y poco amigo de imponer su voluntad
ni contradecir a nadie. Pero si declinaba enteramente las preeminencias
del nacimiento, en cambio era celosísimo de sus derechos de propiedad.
Jamás se había conocido ni se conocerá un propietario más propietario
que don Pedro Miranda. Las instituciones de derecho vigente, las del
derecho antiguo, las universidades, el ejército, la marina, la
constitución política y hasta la religión, no tenían razón de ser a sus
ojos sino como elementos que de un modo directo o indirecto afianzaban
aquellos derechos. La máquina asombrosa del Universo estaba formada para
sustentar sus títulos indiscutibles al dominio pleno de los Praducos,
caserío situado a media legua de la villa, y al directo que poseía sobre
el de las Meanas, con un canon anual de ciento quince ducados. Esta
conciencia clarísima de su derecho engendraba, no obstante, por exceso
de claridad, algunos conflictos. Venía un colono y le decía:—Señor;
Joaquín el martinetero, ha cortado ayer las cañas del nogal que colgaban
sobre su huerta.—¡Pero el nogal era _mío_!—exclamaba don Pedro
enrojecido súbito por la cólera y sorpresa.—Sí, señor... pero como
colgaban sobre su huerta...—¿Cómo se ha atrevido ese pillo a tocar en
una cosa que es _mía, mía?_—Inmediatamente entablaba un interdicto, y
como es natural, lo perdía. De estos interdictos había perdido ya
algunas docenas en su vida, sin escarmentar jamás.
Don Roque de la Riva, alcalde constitucional de Sarrió, a quien hemos
tenido el honor de comparar, cuando por primera vez le vimos en el
teatro, a un cortesano de Luis XV, o a un cochero de casa grande, no se
distinguía por la pureza de la dicción; antes era ésta tan atropellada y
confusa, que al interlocutor le costaba gran trabajo entenderle. No
sabemos si era en la boca o en la garganta o en la región de las fosas
nasales, donde el señor de la Riva tenía a bien machacar y atormentar
las palabras; lo cierto es que salían casi siempre transformadas en
sonidos obscuros, huecos, caóticos, completamente ininteligibles.
Particularmente después de comer, se hacía imposible conversar con él. Y
esto, no por otra razón, según decían, sino porque don Roque solía
encargar a los pilotos amigos un vino del Rivero, tan exquisito, que
nadie dejaría de beberlo, aun a riesgo de quedarse mudo. El jefe
superior civil de la villa salía todas las tardes de su casa solo, en la
apariencia, en realidad gratamente acompañado. Su enorme faz rasurada
quería echar la sangre por los poros, concentrándose con preferencia en
el lomo gigantesco de su nariz borbónica. Los ojos, con ramos de sangre
también, medio velados por no poder sufrir la gran pesadumbre de los
párpados, se espaciaban lentamente por todo el ancho de la calle,
expresando un grado envidiable de bienestar físico. El paso grave,
lento, vacilante, acusaba de igual modo una armonía perfecta entre sus
facultades psíquicas y corporales. No le faltaba a don Roque para
alcanzar la bienaventuranza más que tropezar con un alguacil, o
barrendero, o sereno, o picapedrero, con cualquier empleado, en fin, del
municipio. Desde lejos lo columbraba, y sus párpados se levantaban
repentinamente, y las ventanas de la nariz se le abrían al olor de la
presa. Si ésta, olfateando al tigre, se pasaba a la otra acera, o
trataba de esconderse, don Roque le llamaba con voz de trueno.
—¡Juan, Juaan, Juaaaan!
La víctima acudía bajando la cabeza.
—¿Has llevado el oficio a don Lorenzo?
—Sí, señor.
—¿Has dicho al secretario que dejase apartado el expediente del
cementerio?
—Sí, señor.
—¿Has llevado las cédulas al pedáneo de San Martín?
—Sí, señor.
—¿Has ido a avisar a don Manuel que quite los escombros que tiene
delante de su casa?
En fin, iba preguntando, hasta que el pobre alguacil contestaba
negativamente.
Entonces, la voz de sochantre del alcalde se dejaba oir en toda la
calle, y aun en los confines de la villa. Sus ojos se inyectaban, y su
rostro apoplético llegaba a ponerse morado. Imposible entender lo que
decía, si no eran los _ajos_ con que salpicaba el discurso, y aun éstos
los ahuecaba de tal modo, que sólo la jota se percibía con claridad. La
reprensión nunca duraba menos de quince o veinte minutos, el tiempo
indispensable para desalojar la inmensa cantidad de _ajos_ que se le
habían acumulado en el cuerpo desde la noche anterior. Así como hay
personas que por la mañana se meten los dedos en la boca para provocar
la bilis, don Roque necesitaba indefectiblemente este desahogo para
quedar a gusto. No se le había oído jamás otra interjección, pero, en
cambio, de ésta poseía tal abundancia, que no le bastaba poner una a
cada palabra; a veces ponía dos o tres.
Los tenderos salían a la puerta a escucharle, pero sonriendo, sin
sorpresa alguna, como acostumbrados de antiguo a este espectáculo.
—Don Roque hoy ha tirado de firme a los vencejos—le decía uno a otro
en voz alta.
—Mira qué caso le hace Juan.
En efecto, el alguacil a cada vuelta en redondo que daba el alcalde, se
llevaba el dedo pulgar a la boca y hacía la seña de empinar.
Don Roque prefería encontrar a un barrendero o picapedrero en el
ejercicio de sus funciones. Se acercaba a él cautelosamente por detrás,
y le hincaba sus dedazos en el cuello.
—¡...ajo! so tuno, ¿qué modo de barrer es ése? ¿Te parece ¡...ajo! que
yo te pago para que me dejes la mitad de la porquería entre las piedras?
¡...ajo! ¿Es esto gratitud? ¡...ajo! ¿Es esto vergüenza? ¡...ajo!
A veces él mismo en el entusiasmo del discurso empuñaba la escoba y se
ponía a dar al barrendero una lección de su oficio. Los tenderos, los
pocos transeuntes que cruzaban por la calle y alguna señora que se
asomaba al balcón con el ruido, soltaban a reir alegremente. El
barrendero mismo, a pesar de su crítica situación, no podía reprimir una
sonrisa viendo a aquel energúmeno con la levita remangada dando furiosos
y desconcertados limpiones al suelo.
—¡Así se barre!... ¡...ajo! (Golpe terrible de escoba.) ¡Así se
barre!... ¡...ajo! (Otro golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo! (Otro
golpe.) ¡Así se barre!... ¡...ajo!
Hasta que fatigado, sudoroso y a punto de caer a tierra con un derrame,
le entregaba la escoba y recogía el bastón con borlas.
Desahogado de este modo su noble pecho de la copia de ajos que le
embargaba, emprendía de nuevo su camino y llegaba al Saloncillo en una
felicísima disposición de cuerpo y espíritu.
Gabino Maza era hombre de unos cuarenta y cinco años de edad, oficial de
la Armada, retirado antes de tiempo porque su carácter díscolo no podía
sufrir la disciplina militar. De rostro moreno aceitunado, ojos pequeños
y vivos con ojeras constantes que pregonaban su temperamento
excesivamente bilioso. Alto, seco, musculoso, la barba y el pelo de un
color negro que daba en azul; los ademanes descompuestos siempre y
violentos; la voz indefinible, grave unas veces, otras, cuando se
enfadaba, que era casi siempre que se ponía a hablar, chillona y aguda,
de un falsete tan estridente que rompía los oídos. Disfrutaba de una
pequeña renta y de un pequeñísimo retiro, con los cuales podía vivir y
alimentar a su familia en Sarrió con el respeto de un caballero
acomodado. En la capital de la provincia le sería ya imposible.
Disputador eterno, poniendo en cada disputa, por nimia que fuese, una
cantidad de pasión y de violencia verdaderamente asombrosas; ganoso
siempre de llevar la contraria a cuanto se decía aunque fuese más claro
que la luz del mediodía; de un pesimismo feroz y antipático para juzgar
a los hombres, a tal punto que no se dió el caso jamás de que creyese
puros los móviles de una acción humana, por noble y honrada que
apareciese; rencoroso y vengativo hasta la locura. Este hombre, sin
embargo, no concitaba los odios del vecindario contra sí, como podía
suponerse. En las aldeas y villas, por el trato íntimo, largo y
constante de las personas, se penetra más en el alma de cada uno que en
las grandes poblaciones. Un trato superficial hace, en éstas, simpáticos
a muchos hombres fríos, egoístas y hasta perversos. Los modales
corteses, las palabras afables, la sonrisa insinuante, proporcionan en
seguida opinión de «persona agradable y decente». En provincia no vale
nada de esto. Al contrario, se desconfía de la amabilidad excesiva y,
sobre todo, de la sonrisa dulzona; se le buscan a cada hombre los
pliegues y repliegues del alma con el mismo cuidado y atención con que
un disecador va palpando y poniendo a la vista con el bisturí todas las
fibras de la máquina corporal. Por donde son generalmente aborrecidos
algunos hombres que al forastero le seducen, mientras otros, duros,
violentos, agresivos, suelen caer en gracia. El disimulo, que es el
talento de las naturalezas rudas y vulgares, no se perdona jamás en
provincia, quizá por ser el vicio predominante en todas las relaciones
sociales. Los genios vivos, los temperamentos exaltados, no causan temor
como los «toros claros». Hay casi siempre en ellos un espíritu
justiciero, que aunque exagerado y adulterado por la pasión, no acaba
de hacerles antipáticos. Además, como la violencia y la exaltación son
causa constante de sufrimiento, de malestar físico y moral, se juzga con
razón que los hombres de tal temperamento llevan en sí mismos el castigo
de sus demasías.
Gabino Maza no era aborrecido ni excesivamente amado. Los que tenían de
él agravios, le murmuraban y evitaban su encuentro llamándole
«envidioso» y «mala lengua». Los que no, se reían de sus exageraciones y
le abocaban con gusto, sin profesarle gran afecto tampoco.
Otro de los personajes allí congregados era don Feliciano Gómez.
Comerciante en géneros ultramarinos al por menor, poseedor al mismo
tiempo de tres o cuatro pataches y algunos quechemarines que hacían el
comercio de cabotaje por la costa cantábrica, aventurándose una que otra
vez los de más porte a llegar hasta Sevilla. De mediana estatura, la
cabeza desnuda de cabellos en forma de pirámide, patillas que le
llegaban hasta la nariz, la voz casi siempre enronquecida. Era hombre
divertido, bondadoso, optimista. Estaba soltero y vivía con tres
hermanas de más edad, a quienes había hecho verdaderas señoras a fuerza
de trabajo y economía. El pago que ellas le daban según pública voz, era
tenerle dominado y sujeto como un niño, reprenderle agriamente las
faltas más ligeras, y mortificarle y aburrirle por todos los medios
imaginables. No obstante, a él nunca se le oyó una queja de ellas.
El ingeniero belga, M. Delaunay, había llegado a Sarrió años atrás, con
el objeto de beneficiar un coto minero de una poderosa compañía inglesa.
La explotación no dió resultado. La compañía le retiró su comisión y el
sueldo. Pero Delaunay, que poseía genio emprendedor y algún dinero, se
metió sucesivamente en seis u ocho empresas industriales. Primero montó
una fábrica de papel; después otra de puntas de París; más tarde intentó
formar un criadero de ostras; después fábrica de quesos y de hielo. Por
último quiso aprovechar unas grandes marismas que había cerca de
Sarrió. Todas estas empresas habían fracasado, sin saber nadie por qué.
Delaunay era inteligente, ilustrado, laborioso. Conocía cada industria
que iba a ejercitar como el más competente maestro; encargaba los
aparatos a Inglaterra, los montaba y los hacía funcionar felizmente,
obteniendo productos muy aceptables. El achacaba sus caídas a la falta
de vías de comunicación. La última de sus grandes empresas, abortada
antes de nacer, le desacreditó más que ninguna otra. En una de sus
excursiones por los alrededores de la villa, había visto próximos a una
pequeña ría ciertos terrenos incultos que con poco esfuerzo podían
reducirse a cultivo. Túvolo en cuenta; levantó el plano. Pocos meses
después, cuando se vió forzado a cerrar la fábrica de hielo y despedir a
los obreros, acordóse de las marismas y habló de ellas a don Rosendo
Belinchón, a don Feliciano Gómez y a dos indianos más para que le
ayudasen en su magna empresa. Replicaron ellos que era necesario verlas,
y concertóse la excursión. Una mañana montados en sendos caballos
emprendieron secretamente la marcha hacia la ría de Orleo, distante
cuatro leguas de Sarrió. Al llegar cerca de ella dejaron los caballos y
subieron a pie una colina, desde la cual se oteaban las marismas. ¡Cuál
sería la vergüenza y confusión de Delaunay al ver los terrenos que
intentaba robar al mar, cubiertos de maíz, verdes y florecientes que
eran una bendición de Dios! En efecto, hacía más de seis años que
estaban cultivados. Su equivocación nació de haberlos visto en diciembre
cuando estaban descansando. Dieron la vuelta para la villa, y el suceso
produjo en ella la risa que debe suponerse.
Quedó al cabo arruinado. Vióse obligado a vivir miserablemente. Pero,
lejos de apagarse en su espíritu el furor de las empresas, encendióse en
la pobreza con más ímpetu. De tal modo que no dejó un solo capitalista
en Sarrió a quien no tantease con el fin de embarcarle en alguna. Unas
veces era un tranvía a la capital, otras un puerto de refugio o unos
muelles de madera, otras una gran fonda. Algunos indianos, pocos por
cierto, por él seducidos, pagaron con algunos miles de duros su
inocencia. El caso es que Delaunay era hombre de talento, estudioso,
enterado muy bien de todos los adelantos de la ciencia y la industria.
Imposible despreciarle sin cometer una injusticia.
El ayudante de Marina del puerto, Alvaro Peña, joven de treinta años,
moreno, con grandes ojos negros y bigotes a lo Víctor Manuel, se
caracterizaba por un odio profundo, implacable, al estado eclesiástico y
a todo el que lo representase, aunque fuese su mismo hermano. Sin ser
aficionado en modo alguno a la ciencia o la literatura, poseía una
biblioteca bastante numerosa, compuesta exclusivamente de libros contra
la religión y sus ministros. Estaba suscripto a tres o cuatro periódicos
conocidos por sus opiniones anti-clericales, y se decía que desde hacía
algunos años venía ocupándose en acumular datos para un libro que
pensaba publicar con el título de _La religión al alcance de todas las
fortunas_, del cual varios vecinos conocían ya algunos fragmentos. Era
alegre, valiente, aficionado a cuentos y chascarrillos, donde siempre
jugaba papel principalísimo algún cura o monja. No pronunciaba bien las
erres.
Don Jaime Marín, propietario de cuatrocientas fanegas de pan, que con la
contribución equivalían a unas seis mil pesetas, sería un gran calavera,
un licencioso, un monstruo de corrupción si no tuviese por mujer a doña
Brígida. Esta eminente señora había conseguido con una saludable energía
que su marido no arruinase a la familia y los echase a todos por
puertas. Antes que desbaratase su hacienda logró que se la privase
judicialmente de la administración de los bienes y se le encomendase a
ella. No es fácil representarse la firmeza con que doña Brígida empuñó
las riendas de la casa. Ningún patricio romano tuvo jamás una idea más
perfecta del _sui juris_, de los sagrados derechos que «la ciudad» había
depositado en sus manos. Desde que esto acaeció, don Jaime, a pesar de
sus cincuenta y pico de años, pasó a ser en sus manos una verdadera
_cosa_ como previene la Instituta. En su condición de _alieni juris_
hubo de sufrir la acción directa y constante de su dueño y señor, y
sujetarse en un todo a su omnímoda voluntad. ¡Adiós cenas opíparas con
mariscos y vino de Rueda en el café de la Marina! ¡Adiós caza de la
liebre con Fermo el carnicero y Marcelino el tallista! ¡Adiós noches
seductoras de tresillo! ¡Tardes de paz y de dicha en el lagar de
Sebastián de la Puente, adiós! La inflexible señora depositaba en sus
manos cada domingo tres pesetas; ni más ni menos. Era todo el caudal de
que disponía durante la semana para sus vicios, salvo el fumar, que ella
subvencionaba, comprando los cigarros por sí misma. Cuando necesitaba un
sombrero, ella se lo compraba; cuando un traje o unas botas, se avisaba
al sastre o zapatero para que viniese a tomar las medidas. Hasta se le
impedía ir a la barbería, por temor de que se gastase los dos reales.
Venía el barbero a afeitarle los sábados. Por cierto que, con poca o
ninguna consideración, el rapador de barbas llegaba algunas veces a las
nueve de la mañana, cuando don Jaime estaba durmiendo.
—¿Qué hago?—preguntaba a doña Brígida.
—Aféitele usted—contestaba la severísima señora.
El barbero, obedeciendo la consigna, se acercaba, le embadurnaba la cara
de jabón y le despojaba bonitamente de las barbas sin que don Jaime se
despertase más que a medias. Echaba otro sueño, y al despertarse de
veras solía decir a la criada que le servía el chocolate:
—Hoy es sábado; que llamen al barbero.
—¡Tonto, borricote, incapaz de sacramentos!—contestaba su dulce
consorte desde el gabinete.—¿No ves que estás afeitado ya?
—¡Pues es verdad!—decía el buen señor palpándose la cara.
En un principio solía pedir a sus amigos o conocidos del café algún
dinero para jugar al tresillo, y bebía al fiado en el café; pero al poco
tiempo ni los amigos quisieron darle nada, ni el dueño del
establecimiento le fiaba ya por valor de dos cuartos. Faltó poco para
que doña Brígida le echase a rodar por las escaleras cierto día que le
llevó una cuenta de ciento veinte reales.
Don Jaime quedó, pues, reducido a pasar las horas mirando jugar al
tresillo y dando a los jugadores consejos que no le agradecían. Los
gananciosos solían pagarle la copa de ron. Una que otra vez jugaba a las
damas con don Lorenzo, y como éste se negaba rotundamente a seguir la
partida sin interés, preciso era que Marín arbitrase alguno que no fuese
metal precioso. Discurrió exponer uno de los dos cigarros puros que su
mujer le daba por la mañana. Cuando lo perdía, aquella tarde se quedaba
sin fumar. A veces buscando el desquite, perdía dos y tres que iba
entregando uno a uno a su adversario en los días sucesivos. Entonces se
dedicaba, como sus amigos decían, «a la gramática», esto es, a pedir
aquí y allí un pitillo para calmar el insufrible prurito de chupar.
¡Pobre Marín!
Lo que doña Brígida no pudo jamás, fué hacerle acostarse a una hora
regular. Tantos años de trasnochar hasta las cuatro o las cinco de la
mañana, habían formado un hábito imposible de vencer. Como reteniéndole
en casa no se iba de todos modos a la cama hasta que rayaba el alba, y
pasaba la noche trasteando por las habitaciones, y como el vicio de
trasnochar por sí solo es de los más baratos que se conocen, la
ingeniosa señora le dejaba retirarse a la hora que quisiera. Permanecía
en el café de la Marina con los últimos parroquianos. Después que éstos
se retiraban, todavía se quedaba mientras los mozos colocaban en su
sitio la vajilla y el dueño apuntaba las últimas partidas. Cuando
materialmente le echaban del establecimiento se iba a hacer compañía al
sereno de la Rúa Nueva, muy su amigo. Charlando con él mataba las horas
que aún faltaban para el amanecer.
Don Lorenzo, don Agapito, don Pancho, don Aquilino, don Germán y don
Justo, eran _indianos_, esto es, gente a quien sus padres habían enviado
a América de niños a ganarse la vida y habían vuelto entre los
cincuenta y sesenta años con un capital que variaba de treinta a cien
mil duros. Había de éstos más de cincuenta en Sarrió. El duro trabajo y
la sujeción en que habían vivido muchos años, les hacía tener de la
felicidad una idea muy distinta de la nuestra. Para nosotros la dicha
consiste en gozar un placer nuevo cada día, agitarse, viajar, gozar con
el cuerpo y el espíritu de la hermosa variedad de cosas que la
Naturaleza nos ofrece. Para ellos se cifraba única y exclusivamente en
no trabajar, pasar un día y otro redimidos de la dura ley impuesta por
Dios a Adán después del pecado. Y la verdad es que se cebaban ferozmente
en este goce singular. La mayor parte de ellos tenían su capital en
papel del Estado, cuya renta, cuando se cobra no origina molestia
alguna. Levantábanse temprano por el hábito de madrugar, y andaban toda
la mañana por las calles o por el muelle en pandillas de seis u ocho
mirando la entrada y salida, la carga y descarga de los barcos. Después
de comer se iban al entresuelo del café de la Marina o al de la Amistad,
y pasaban tres o cuatro horas jugando o mirando jugar al billar.
«¡Anda, bolita de hueso, anda, entra en cabaña!—Déjela, déjela, don
Pancho, que va herida.—Sal, niña, sal de la manigüita.—¡Ah, ah, qué
bien mete uté, don Lorenso!—No se ponga bravo, don Pancho!»
El juego siempre iba salpicado de estas frases que olían a plátano y
cocotero. Cuando los días eran largos, veíaseles allá a la tarde por las
cercanías de la villa paseando también en pandilla o sentados sobre el
césped a orillas de una fuente. Era la hora de los recuerdos tropicales.
«¿Se acuerda uté, don Agapito, se acuerda uté de aqueya mulatica perra
que le venía a dar plasé a la tienda?—¡Y qué bien que cantaba las
guarachas, la sinvergüensa!—Disen que uté alguna vese la sobaba, don
Agapito, la sobaba duro.—¿Y cómo no, don Pancho, si a lo mejó se me iba
al baile de la gente de coló con el negro de mi compare don
Justo?—¡Vaya, hombre, no diga eso, que me enoha! El que se iba al
baile era uté. ¡Poquita vese que le he visto trabao con eya bailando el
chiquita abajo, chiquita abajo!»
No había que contar con ellos para subvencionar la orquesta, ni el
teatro, ni otro recreo público. Los jóvenes indígenas si querían
divertirse necesitaban apelar al bolsillo de sus papás. Ya sabían que
era inútil solicitar el auxilio del oro americano. Esto les indignaba.
Por la espalda, y aun de frente, les llamaban roñosos, aldeanos, burros
cargados de dinero. Pero los indianos tenían la piel muy dura y
despreciaban tales desahogos. El que les tenía un odio declarado (¿a
quién no lo tenía?) era Gabino Maza.—«¿Para qué sirven esos cincuenta
vagos tirados todo el día por la calle, abriendo la boca y estirándose
como los perros? ¡Si destinaran siquiera su dinero a alguna industria
útil a la población!»
Cuando don Melchor de las Cuevas y su sobrino entraron en el Saloncillo,
el único que se mantenía en pie en medio del corro gesticulando era este
mismo Gabino Maza. No podía permanecer dos minutos sentado. La continua
exaltación de su organismo, la vehemencia con que trataba de persuadir a
sus oyentes, le obligaba a alzarse en seguida del asiento, lanzarse al
medio del salón y gritar y manotear hasta que se le concluía el aliento
y las fuerzas. Se hablaba de la compañía del teatro que había anunciado
su marcha por haber experimentado pérdidas en el primer abono de treinta
funciones. Maza trataba de convencerles de que no había habido
semejantes pérdidas, que todo era una superchería.
—¡No es verdad, no es verdad! El que diga que han perdido un céntimo
¡miente!... (_Bajando la voz y dando la mano a Gonzalo._)—¿Cómo estás,
Gonzalo? Ya sé que has llegado ayer. Vienes bueno: me alegro... ¡Repito
que miente! ¿A que no se atreven a decírmelo a mí?
—Seis mil reales han perdido en las treinta funciones, según los datos
que me presentó el barítono—apuntó don Mateo.
Maza rechina los dientes. La indignación no le permite hablar. Al fin
rompe.
—¿Y usted hace caso de ese borracho, don Mateo?... Vaya, vaya (_con
afectado desdén_), a fuerza de tratar con cómicos se le ha olvidado el
oficio, como al herrero de marras.
—Oye tú, botarate; yo no he dicho que lo creyese. Lo único que digo, es
que así resulta de los datos que me presentó el barítono.
Maza da una vuelta en redondo, se coloca otra vez en medio del salón,
arranca violentamente el sombrero de la cabeza con ambas manos, y
agitándolo vocifera frenético:
—¡Pero, señor! ¡pero, señor! ¡no parece más que aquí nos hemos caído de
un nido!... ¿Quieren ustedes decirme qué han hecho de veinte mil y pico
de reales que ha importado el abono, y casi otro tanto que habrá entrado
en la taquilla?
—Los sueldos son muy crecidos—apuntó el ayudante del puerto.
—¡No seas borrico, por la Virgen Santísima, Alvaro! ¡No seas
borrico!... Te diré en seguida los sueldos (_contando por los dedos_).
El tenor, seis duros; la tiple, otros seis, son doce; el bajo, cuatro,
son diez y seis; la contralto, tres, son diez y nueve; el barítono,
cuatro...
—El barítono, cinco—apuntó Peña.
—El barítono, cuatro—insistió furibundo Maza.
—A mí me consta que son cinco.
—El barítono, cuatro—rugió de nuevo Maza.
Alvaro Peña se levanta exaltado a su vez, ardiendo en noble deseo de
llevar el convencimiento a su adversario, y se entabla una contienda
furiosa, descomunal, que dura cerca de una hora, en la que toman parte
todos o casi todos los socios de aquella ilustre reunión de notables.
Nada más semejante a las famosas reyertas que entre los griegos pasaban
delante de los muros de Ilion. El mismo fragor y cólera. La misma
sencillez primitiva en los argumentos. La misma violencia candorosa y
bárbara en los dictados.
«¡Habrá hombre más pollino!—¡Calla, calla, cabeza de
alcornoque!—¡Habló el buey, y dijo mú!—Te digo que faltas a la verdad,
y si lo quieres más claro, te digo que mientes.—¡Jesús, qué
gansada!—Parece usted una mala mujer.»
Eran muy frecuentes, casi cotidianos, tales altercados en el Saloncillo.
Como todos los que tomaban parte tenían un modo directo, enteramente
primitivo de apreciar las cuestiones, parecido, por no decir igual al de
los héroes de Homero, la argumentación establecida al comienzo de la
disputa, seguía invariablemente hasta el fin. Había hombre que pasaba
una hora repitiendo sin cesar: «¡No hay derecho a meterse en la vida
privada de nadie!» o bien: «Eso sucederá en Alemania, ¡pero como estamos
en España!»... Alguno era, todavía más breve, y gritaba siempre que le
dejaban un hueco:—«¡Chiflos de gaita! ¿sabéis? ¡chiflos de gaita!»
hasta que caía exánime en el diván.
Pero lo que perdían en amplitud los argumentos ganábanlo en intensidad.
Cada vez eran expresados con mayor y contundente energía, y con más
descompasadas voces. De tal modo, que raro era el día que no saliese de
allí alguno ronco; generalmente, eran Alvaro Peña y don Feliciano; los
más débiles de laringe, no los más voceadores. Que el Ayuntamiento había
mandado podar los árboles del paseo de Riego: disputa en el Saloncillo.
Que el dependiente de la casa González Hijos se había escapado con
catorce mil reales: disputa. Que el cura de la parroquia se negaba a dar
certificado de buena conducta al piloto Velasco: Alvaro Peña tuvo un
vómito de sangre a consecuencia de esta disputa.
Ningún desabrimiento quedaba jamás después de ellas, ni había memoria de
que hubiesen originado cuestión personal alguna. ¿Cómo podía haberla
cuando todos habían convenido tácitamente en aceptar sin enojarse los
graciosos epítetos de que hemos hecho mención? El carácter local de los
temas, era perfecto. La política tenía en Sarrió muy pocos cultivadores.
Sólo cuando los periódicos noticiaban algún suceso de mucho bulto, se
preocupaban momentáneamente con ella sus habitantes. Hacía cerca de
veinte años que la representación del distrito en el Congreso estaba
encomendada al opulento banquero Rojas Salcedo, el cual sólo una vez en
su vida había estado en Sarrió a tomar leche de burra. Nadie pensaba en
disputarle la elección. Generalmente se hacía reuniéndose los
presidentes y secretarios de los colegios, y apuntando en las actas el
número de votos que se les antojaba. La razón de esto, era que Sarrió
siempre había sido una villa comercial donde cada uno podía ganarse la
subsistencia sin recurrir a los empleos del Estado. La mayoría de los
jóvenes, después de haber pasado dos o tres años en algún colegio de
Inglaterra o Bélgica, se empleaban en los escritorios de sus padres y
eran sus sucesores en ellos. Otros, los menos, seguían alguna carrera
militar o civil de sueldo fijo, y sólo venían de tarde en tarde a pasar
unos días con su familia.
Sarrió, hay que confesarlo de una vez, era una población dormida para
todas las grandes manifestaciones del espíritu, para todas las luchas
regeneradoras de la sociedad contemporánea. Nadie estudiaba los altos
problemas de la política. Las terribles batallas que los diversos bandos
libran en otras partes para conseguir la victoria y el poder no
apasionaban en modo alguno los ánimos. En una palabra, en Sarrió el año
de gracia de 1860 no existía la vida pública. Se comía, se dormía, se
trabajaba, se bailaba, se jugaba, se pagaba la contribución; pero todo
de un modo absolutamente privado.
Cuando se cansaron de disputar los del Saloncillo y llevaban de vencida
la digestión, don Mateo les anunció, relamiéndose de gusto, que le tenía
sin cuidado la marcha de la compañía. Dentro de pocos días preparaba una
sorpresa a los sarrienses. Después de muchos trabajos, se consiguió que
desembuchara. Estaba en tratos con el célebre Marabini, frenólogo,
prestidigitador. Acaso el martes... sí, el martes o el miércoles podrían
admirar sus habilidades en el teatro. Traía además cuadros disolventes y
un lobo domesticado.
Gonzalo se había ido a la sala de billar y veía jugar el _chapó_ a media
docena de indianos, los cuales al dar el tacazo, hacían sonar como un
repique de campanas todos los dijes de oro que pendían de sus enormes
cadenas de reloj. Estas cadenas y estos dijes eran el atractivo más
poderoso, la tentación suprema que presentaban a sus hijos los artesanos
de Sarrió para decidirles a ir a Cuba.—«¡Tonto, quién te verá venir
dentro de pocos años con levita de paño fino, gran camisola planchada,
bota de charol y mucha cadena de relós, como don Pancho!» A este último
envite casi ningún muchacho resistía.—«¿Que me dé siete vueltas al
cuello, padre?—Sí, hombre, sí, y con una porción de lapiceros de oro y
guardapelos colgando.» Y allá se iban de cabeza los pobres chicos en la
_Bella-Paula_, en la _Carmen_, en la _Villa de Sarrió_ o en otro
barcucho de vela cualquiera, a perecer del vómito negro o del hambre,
más negra aún, fascinados por el brillo de aquellas joyas cursis que
representaban los ojos de la terrible Loreley.
Las actitudes de algunos indianos jugando, como gente que no está
avezada a reprimir sus ademanes y componerlos, eran extrañas y
graciosas; servían de regocijo a los jóvenes del pueblo, cuya antipatía
a los americanos se manifestaba siempre por la burla. Quién, como don
Benito, daba fuertes taconazos en el suelo mientras las bolas corrían;
quién, como don Lorenzo, se inclinaba a un lado y a otro, se torcía y se
retorcía como si de sus movimientos dependiese que la bola se inclinase
a un sitio u otro; quién, por fin, como don Pancho, que era pequeño y
gordo, casi cuadrado, se subía de un brinco al diván después de haber
empujado la bola, para mejor ver los estragos que había hecho en los
palos. De vez en cuando se oía el grito de impaciencia de alguno de
ellos dirigiéndose al chico:—«¡Apunte, niño, no se distraiga!»
Al lado de Gonzalo vino a sentarse don Feliciano Gómez, que comenzó a
marearle con su charla bondadosa e insubstancial, dándole a cada
instante palmaditas afectuosas en el muslo como tenía por costumbre.
—¿Cuándo es el gran día, Gonzalín? ¿Pronto, eh? ¡Vaya, que tengo ya
ganas de verte con tu señora del brazo yendo a misa de doce!... Bien, mi
queridín, bien; vas a ser feliz. En casa las nenas (_así llamaba a sus
ancianas hermanas siempre_) no me dejan vivir desde ayer: «¿Cuándo se
casa Gonzalín? no dejes de preguntárselo.» ¡Como te han visto nacer las
pobres!... No hay nada como el matrimonio para vivir contento y
tranquilo. Tú me dirás: y siendo así, ¿por qué no se ha casado usted,
don Feliciano? Oyes, mi queridín, ¿por qué me había de casar si vivo
feliz soltero? ¿Qué me hace falta a mí? Tengo en casa a las nenas que me
cuidan a qué quieres boca, que me adoran... (¡Pobre hombre! otra cosa
muy distinta se decía en el pueblo.) Y para otras cosas... nunca falta
Dios; ¿verdad, mi queridín?... Además, mientras uno es mozo se padece
mucho. Todo se vuelve apetecer y rabiar... Hay aquí dentro un fuego que
no le deja a uno sosiego... Pero cuando vienen los años y cesa el calor
amante y se queda uno fresco como una lechuga, entonces, ¡en grande, mi
queridín!... Mira, si me dijesen ahora: «Feliciano, ¿quieres volverte a
los veinte años?» ¡Ca! a otro perro con ese hueso. La gran edad del
hombre, los cincuenta años. No lo dudes, Gonzalín. Ahora es cuando se
sabe lo que es comer y dormir con tranquilidad. ¿Hay ninguna Fulana que
valga una fuente de sardinas frescas acabadas de freir?... ¿Y una
langosta con sidra sacada por el espichón? ¿No se te hace la boca agua,
hijo del alma?... Tú ahora casarte y besitos y «mi vida» para aquí y
«alma mía» para allá, ¿verdad?... Bien, bien, descuida que todo se
andará. Esto es bueno, pero aquello es mejor... La muchacha es de buena
familia... Don Rosendo está rico... Vas bien, vas bien, mi queridín...
Pero oye, ¿por qué no te casas con la pequeña, con Venturita, que es más
guapa? Yo no digo que la primera sea fea; pero no hay duda que la
segunda es más linda; un botón de rosa. ¡Qué ojos tan pícaros! ¡qué
pelo! ¡qué dentadura! ¡qué garbo! En fin, si estás comprometido con la
otra no digo nada... ¡Pero lo que es como guapa!... Y la familia, la
misma...
Estas palabras hicieron una impresión extraña en Gonzalo. El pensamiento
así expresado era la fórmula brutal, pero exacta y precisa de su vago
imaginar, de cierto desasosiego que le había quedado desde la noche
anterior. Efectivamente, ¡qué ojos tan hermosos, tan cándidos y
maliciosos a la vez! ¡Qué cutis de alabastro! ¡Qué labios, qué dientes,
qué dorada madeja de cabellos! Cecilia, la pobre, estaba aún más delgada
que cuando se había ido y más desgarbada. ¿Cómo le había gustado aquella
chica? Gonzalo se confesó con sencillez que gustar... lo que se llama
gustar de veras... como ahora Venturita, por ejemplo, nunca le había
gustado. ¿Entonces por qué?... ¡Vaya usted a saber lo que son estas
cuestiones! Era un niño, no hablaba con señoritas. La amabilidad de
aquélla le impresionó... Luego cierta vanidad de tener novia... Después
la distancia que agranda y mejora los objetos... En fin, todo se había
combinado para ligarle a aquella muchacha... ¡Pero si él hubiera visto
antes a Venturita!... Más valía no pensar en ello. El asunto estaba ya
demasiado adelantado para volverse atrás.
Contra su costumbre, quedóse un buen cuarto de hora pensativo mirando
rodar las bolas de marfil sin verlas. Don Feliciano se había ido. Al fin
su robusto temperamento sanguíneo se sobrepuso a aquellas nerviosidades
insanas que pretendían turbarle. Alzóse del asiento. Los rasgos de su
fisonomía, contraídos momentáneamente, se dilataron, y se esparció, por
ella la sonrisa serena que la caracterizaba. Al mismo tiempo se encogió
de hombros con un supremo desdén. Con aquel gesto parecía decir:—«Me
caso con la más fea de las chicas de Belinchón... bueno, ¿y qué? De
todos modos, sea con una o con otra, ¡aunque no me case con ninguna! yo
he de ser feliz. No necesito que la felicidad me venga de fuera. La
llevo dentro de mí, en este humor de ángel que Dios me dió, en el dinero
que mis padres me dejaron, en esta salud inconcebible, en esta fuerza de
toro...»
Cuando entró de nuevo en el Saloncillo, grandemente perturbados halló a
sus cotidianos tertulios con la nueva que acababa de traer Severino el
de la tienda de quincalla:—«¿No saben ustedes lo que pasa,
señores?»—Todos se levantan y le cercan. El comerciante habla
visiblemente conmovido.—Esta noche han robado y asesinado a don
Laureano.—¿Qué don Laureano, el de la quinta?—Sí, el de las Aceñas...
Dicen que a las dos y media, poco más o menos, entraron nueve hombres
enmascarados en su casa, molieron a palos al criado, amarraron a la
señora y a la criada y a don Laureano lo degollaron... Antes creo que le
hicieron sufrir mucho para obligarle a soltar el dinero... El buen señor
no tenía más que doce mil reales, y ellos empeñados en que había gato
escondido... Le amarraron por aquí, salva sea la parte, y tira que tira
para hacerle cantar...
Un estremecimiento de horror agitó a los notables de Sarrió. Quedáronse
pálidos como si se les hubiese aparejado ya a todos aquel espantoso
tormento. La quinta de las Aceñas estaba a una legua de la villa, en la
soledad de un bosque de pinos; pero nadie tuvo esto en cuenta. Veíanse
ya asaltados en sus casas de la Rúa Nueva o de Caborana y asesinados
crudelísimamente. ¡Sobre todo aquellos tirones! ¡Santo Cristo, qué
atrocidad!
Pasados los primeros momentos de sorpresa, comenzaron los comentarios en
voz baja. Los ladrones no serían de muy lejos. Sin embargo, no se
recordaba que en Sarrió ni en sus alrededores hubiera pasado jamás una
cosa semejante. Marín afirmó que hacía ya días que veía algunos hombres
sospechosos de noche. Esta noticia produjo en los circunstantes un
saludable terror que no llegó a manifestarse. Todos se propusieron no
salir de casa por la noche, sin comunicarse, no obstante, tan acertada
resolución. El alcalde manifestó que, en su opinión, los ladrones debían
de haber venido de Castilla.—¿De Castilla?—Sí, señor, de Castilla...
Oí contar a mi padre (que en gloria esté), que el año de cinco se
presentaron diez y siete hombres a caballo y armados en Sariego,
rodearon el pueblo y robaron a don José María Herrero sesenta mil duros
que tenía escondidos debajo de uno de los ladrillos del hogar.
En cualquiera otra ocasión, los tertulios habrían observado que el que
hubiera acaecido tal suceso en Sariego el año de cinco, no implicaba
necesariamente que sucediese lo mismo en las Aceñas el año de sesenta.
Pero ahora nadie se atrevió a contradecir la aventurada proposición. Y
siguieron cementando en voz baja el suceso, y parecían estar todos de
acuerdo en las opiniones más extravagantes y contradictorias. Mas como
no se había dado jamás el caso de que Gabino Maza asintiese por más de
diez minutos a lo que en su presencia se hablase, tomó pretexto de una
sencillísima indicación, hecha por don Feliciano Gómez, con la perfecta
naturalidad y modestia que caracterizaban los discursos de este
distinguido comerciante, para caer sobre él de un modo tan violento como
injustificado.
—¡Ya me extrañaba que no soltases alguna coz! ¿Para qué quieres que se
registren las casas de los vecinos? Te figuras que te vas a encontrar
allí muy apiladito el dinero de don Laureano.
—Si no se halla el dinero, se hallará algún indicio...
—¿De qué, cabeza de chorlito, de qué?
Armóse la disputa consabida. Se chilló, se alborotó lo indecible. Al
fin, nadie pudo entenderse, como siempre. Las voces se oían
perfectamente en toda la plazoleta de la Marina; pero los transeuntes
estaban acostumbrados, y no se paraban a escucharlas.
V
¡¡¡LADRONES!!!
Y desde entonces los notables de Sarrió, no pusieron el pie en la calle
de noche, como discretamente se lo habían propuesto. La tertulia del
Saloncillo de última hora, la de la tienda de Graells, la de la Morana
misma, quedaron abandonadas. Los cuatro o seis herreros establecidos en
la villa no daban ni podían dar cumplimiento a los numerosos pedidos de
cerraduras, pasadores, trancas de hierro y llaves maestras que de todas
las casas les hacían. Los ladrones de las Aceñas no habían sido habidos.
Todos preveían, con más o menos fundamento, que andaban rondando la
población para caer, sobre ella a saco en un plazo perentorio.
No obstante, como el hombre se habitúa a todo, hasta a la enfermedad,
hasta a las conferencias del Ateneo, los vecinos de Sarrió, al cabo de
algunos días se habituaron al peligro. Comenzaron a salir de sus casas,
cerrada ya la noche, si bien con las debidas precauciones. El primero
que se aventuró fué Marín. Siendo inútiles todos los esfuerzos que doña
Brígida hizo para que se durmiese a una hora racional, le arrojó de casa
sin conmiseración. Don Jaime pidió permiso para sacar debajo de la talma
azul gendarme que usaba por las noches, un viejo fusil de chispa que
había en el desván. La magnánima señora se lo otorgó a condición de
llevarlo descargado. Salió después Alvaro Peña. Como autoridad militar
hasta cierto punto y hombre que gozaba fama de enérgico, estaba obligado
a mostrar valor en aquellas críticas circunstancias: llevaba dos
pistolas de arzón en los bolsillos, y bastón de estoque. El alcalde don
Roque, que desde tiempo inmemorial venía asistiendo a la tienda de la
Morana en compañía de don Segis el capellán de las monjas Agustinas y
don Benigno el coadjutor de la parroquia, y se bebía en el transcurso de
la noche, de cuatro a ocho vasos de vino de Rueda, según las
circunstancias, no pudo sufrir el hogar doméstico más de tres días y
salió también a la calle. Le acompañaba el octogenario alguacil Marcones
con tercerola y sable. El iba armado de revólver y estoque.
Después, y sucesivamente, fueron saliendo y diseminándose por las
tertulias nocturnas don Melchor, Gabino Maza, don Pedro Miranda,
Delaunay, don Mateo, y todos los demás. Los indianos tardaron más
tiempo. Lo mismo la tienda de Graells que la de la Morana y el
Saloncillo, se transformaban al llegar la noche en verdaderos arsenales.
Cada uno de los que iban llegando dejaba arrimadas a la pared sus armas
y pertrechos de guerra. Al salir tornaban a empuñarlas con un valor
impávido, digno de la sangre cántabra que casi todos llevaban en las
venas. Allí el antiguo arcabuz de chispa alternaba de igual a igual con
el moderno rifle americano de doce tiros, el estoque cilíndrico de
hierro con el espadín pavonado que guardan los nuevos bastones, el
cachorro tosco de bronce con el revólver nielado. Y esta misma
diversidad de armas mortíferas contribuía poderosamente a mantener en
todos los pechos el espíritu bélico tan necesario en aquella ocasión.
Se habían tomado algunas medidas acertadísimas; de gran utilidad. Hasta
las doce de la noche los serenos tenían orden de no apagar ningún farol.
A aquéllos se les había provisto de nuevos pitos infinitamente más
sonoros que los antiguos. Además tenían prevención para vigilar a
cualquier persona desconocida que transitase por las calles. Entre los
vecinos se había convenido juiciosamente no dejar la acera a nadie desde
las diez en adelante como no fuese a un amigo. Sabida es de todos la
enorme influencia que tiene en la criminalidad esta costumbre de dejar
la acera. Con tal motivo, encontrándose una noche en la calle de San
Florencio don Pedro Miranda y don Feliciano Gómez, ambos embozados en
sus carriks, con los estoques desenvainados, prevenidos para cualquier
evento, don Feliciano le gritó a don Pedro desde lejos:
—¡Eh, amigo, al arroyo!
—Phs, phs; sepárese usted—contesta don Pedro.
—Quien debe apartarse es usted—replica el comerciante.—¡Al arroyo, al
arroyo!
—Phs, phs, haga usted el favor de dejar franco el paso—responde el
señor Miranda.
Ninguno de los dos se movía de su sitio. Habíanse desembozado y
mostraban ya la punta aguzada de sus floretes.
—Tenga usted la bondad...
—Haga usted el obsequio...
¿Quién sabe la horrible tragedia que hubiera acaecido en Sarrió, si al
cabo de un rato bastante largo de hallarse estos varones así detenidos
en su camino, no se hubiesen reconocido?
—¿Sería usted tal vez don Feliciano?...
—¿Sería usted don Pedro?
—¡Don Feliciano!
—¡Don Pedro!
Y se acercaron corriendo y se estrecharon las manos con efusión.
—¡Qué suerte ha tenido usted en que le hubiese reconocido, don
Feliciano!—exclamó el señor Miranda mostrando su ancho estoque de
hierro con puño de hueso.
—¡Pues la de usted no ha sido pequeña, don Pedro!—contesta el
comerciante esgrimiendo en el aire una hoja fina y pavonada de Toledo.
Para entrar en la tienda de la Morana era preciso bajar dos escalones.
La tienda era una confitería, aunque no lo pareciese; la única
confitería que había entonces en Sarrió. Hoy, si no me engaño, cuenta ya
con tres. Y digo que no lo parecía, porque se vendían cirios de
iglesia, pies y manos y cabezas y troncos de cera para ofertas. Estos
objetos poco a poco habían ido llenando todo su ámbito, pasando de
comercio suplementario a principal, en virtud de lo nada golosos que
eran los vecinos de aquella villa. Y éste es uno de los rasgos
característicos que reclamo para ella. En España es muy general que los
habitantes de las villas y ciudades pequeñas sean dados con pasión a los
confites. No gozando de los placeres de toda laya con que brindan las
grandes capitales, la sensualidad se escapa por ahí.
Acaso se arguya que en Sarrió las monjas Agustinas también fabricaban
dulces; pero debemos advertir que esta fabricación estaba limitada
exclusivamente al rallado de ciruela, membrillo, pera y albaricoque,
alguna que otra tarta de almendra y borraja, y un dulce especialísimo
parecido a las escamas de los peces llamado flor de azahar. No hay que
dudarlo; en Sarrió había pocos golosos. Después de todo, esta virtud
rara en las villas de lo interior, no lo es tanto en las poblaciones
marítimas menos sometidas, como es sabido, a la influencia clerical.
Porque según la observación que puede hacerse viajando por los pueblos
de lo interior de España, allí se comen más dulces donde el culto y las
prácticas de la religión absorben más parte de la vida, y la mayor
energía del sentimiento religioso se traduce en novenas, rosarios
cantados, cofradías y canónigos. Lo cual demuestra que debe de existir
cierta misteriosa afinidad entre el misticismo y la confitería.
Esta se hallaba representada en la tienda de la Morana por dos armarios
de pino pintado de azul con puertas de cristales, situados a entrambos
lados del mostrador. En estos armarios se guardaba una razonable
cantidad de caramelos, rosquillas bañadas, suspiros, magdalenas,
almendrados, y sobre todo, las alabadas crucetas y famosísimas
_tabletas_ cuyo renombre habrá alcanzado seguramente los oídos de
nuestros lectores. Todo de la más remota antigüedad. Las tabletas, cuya
mágica composición nunca hemos podido averiguar, tenían un atractivo
irresistible, basado, ¡caso extraño! en su extraordinaria dureza. A la
edad en que se comían las tabletas de la Morana lo importante no era que
los dulces fuesen delicados, sabrosos, exquisitos, sino que durasen
mucho. Para lograr que los dientes se hincasen en ellas, era forzoso
impregnarlas previamente de una cantidad fabulosa de saliva. Una vez
hincados en su pasta pegajosa en alto grado, el separarlos de nuevo
llegaba a constituir un verdadero problema. Permítaseme dedicar un
delicado recuerdo de simpatía y reconocimiento a estas tabletas que
desde los cuatro hasta los ocho años van unidas a los momentos más
dichosos de mi existencia. A su azucarado influjo quizá deba el autor de
este libro la flor de optimismo, que, al decir de los críticos,
resplandece en sus obras.
La Morana, hija y heredera de otra Morana que ya había muerto, era una
mujer de cuarenta años, pálida, con parches de gutapercha en las sienes
para los dolores de cabeza. Estaba casada con un Juan Crisóstomo, que al
decir de don Segis, el capellán, no era de los Crisóstomos. Sin embargo,
cuando administraba alguna paliza a su mujer, solía mostrar cierta
erudición poco común.
—«Yo que amaba a esta mujer—exclamaba con enternecimiento, arrimando
el garrote a la pared.—¡Yo que amaba a esta mujer como esposa y no como
sierva, según manda el apóstol San Pablo!... ¿Tú has leído al apóstol
San Pablo?... ¡Qué habías de leer tú, gran vaca!...»
El vino era muy bueno, casi puede decirse que era lo único bueno en este
establecimiento, y eso que no paraba mucho en la bodega. Don Roque, don
Segis, don Benigno, don Juan el Salado y el señor Anselmo el ebanista,
se encargaban a plazo fijo de hacerlo pasar a la suya. Era un vino
blanco, fuerte, superior, que se subía a la cabeza con facilidad
asombrosa. Los tertulios de la tienda, todas las noches, entre once y
doce, salían dando tumbos para sus casas; pero silenciosos, graves, sin
dar jamás el menor escándalo. Solían salir los cinco cogidos del brazo,
apoyándose los unos en los otros. Al llegar a las tapias de la huerta
del convento de las Agustinas, orinaban. Después proseguían su camino
sin decirse una palabra, aunque bufando y soplando mucho. El instinto,
que nunca les abandonaba por completo, les sugería esta prudente
conducta. Comprendían que si hablaban poco o mucho, podían enredarse en
alguna disputa. De ahí las voces y el escándalo consiguiente... Nada,
nada, lo mejor era no chistar. Al llegar a sus casas se soltaban
murmurando con torpe lengua «buenas noches». El último era don Roque por
vivir más lejos que ninguno.
De este modo serio, modesto, patriarcal, se emborrachaban aquellos
venerables ancianos todas las noches del año. Dos de ellos, don Juan el
Salado, escribiente del Ayuntamiento, y don Segis, experimentaban ya las
consecuencias de aquella vida. El Salado tenía una nariz que daba miedo
verla: el día menos pensado se le caía sobre el libro de actas. Don
Segis había padecido un ataque apoplético, de resultas del cual
arrastraba la pierna derecha cual si llevase en ella un peso de seis
arrobas. Verdad que el insaciable capellán no se contentaba con los
cuarterones de vino de la confitería. Por cada uno que se tragaba era
preciso que la Morana le sirviese una copa de ginebra, la cual vertía
cuidadosamente en un frasco que llevaba al efecto en el bolsillo. Si
eran seis cuarterones, seis copas; si ocho, ocho. Toda esta ginebra
pasaba delicadamente a su estómago en pequeños sorbos después que se
había metido en la cama. «¿Pero don Segis, cómo se bebe usted tanta
ginebra de una vez?—No tengo más remedio—contestaba en un tono
resignado y humilde que partía el corazón.—¿Si no bebiese una copa por
cada cuarterón, qué sería de mí, hijo del alma?... ¡Pasaría la noche
como un caballo!»
Las conversaciones de la tienda de la Morana eran menos interesantes y
movidas que las del Saloncillo. A los viejos tertulianos les interesaban
ya poquísimas cosas en el mundo. Los asuntos más graves de la villa,
los que promovían tempestades en el Saloncillo, se trataban, o por mejor
decir, se tocaban ligeramente sin apasionamiento alguno. Que los
González habían despedido al capitán de la _Carmen_ y nombrado en su
lugar un andaluz.
—Cuando los González lo han hecho—afirmaba uno lenta y
sordamente,—sus razones tendrían.
—Es verdad—contestaba otro al cabo de un rato, llevándose el vaso a
los labios.
—Ripalda parecía un buen sujeto—afirmaba un tercero, después de cinco
minutos, dejando el vaso sobre el mostrador y eructando.
—Sí lo parecía—replicaba otro gravemente.
Transcurrían diez minutos de meditación. Los tertulios daban algunos
cariñosos besos al vaso, que parecía de topacio. Don Roque rompe el
silencio:
—De todos modos, no hay duda que don Antonio le abrasó.
—Le abrasó—dice don Juan el Salado.
—Le abrasó—confirma don Benigno.
—Le abrasó—corrobora el señor Anselmo.
—Le abrasó completamente—resume, por fin, don Segis lúgubremente.
Lo que alteraba los ánimos una que otra vez, era la cuestión de
pichones. El señor Anselmo y don Benigno alimentaban pasión
inextinguible por estos animalitos. Cada cual tenía su palomar, sus
castas, sus procedimientos de cría, y sobre tales extremos se enredaban
a menudo en largas y vivas discusiones. Los demás escuchaban gravemente
sin atreverse a decidir, subiendo y bajando el vaso del mostrador a los
labios con religioso silencio. El crimen de las Aceñas les disgustó,
pero no causó en ellos la profunda desazón que en el resto del
vecindario. Al cabo de cinco o seis días tornaron a sus patriarcales
costumbres. Y era tal su valor, que la mayor parte de las noches dejaban
olvidadas las armas en la tienda.
Serían las doce por filo de una, en que don Roque había rebasado con
tres cuarterones más la tasa de seis que ordinariamente se imponía,
cuando las cinco columnas de la confitería de la Morana salieron en
apretada cadena hacia sus domicilios. Cerraba la marcha Marcones, con el
fusil al hombro. El primero que se soltó fué don Segis, que vivía en una
casita de dos balcones, pegada al convento de las Agustinas. Después fué
don Juan el Salado. Después el coadjutor. Por último, el señor Anselmo,
sacando la enorme llave lustrosa que le servía de batuta cuando dirigía
la orquesta, abrió el taller donde dormía.
Quedó el alcalde solo con la fuerza de su mando. Dijo algo; pero la
fuerza no le entendió. Comenzaron a caminar hacia casa, que ya no estaba
lejos. Mas antes de llegar a ella, don Roque, que soplaba y bufaba como
una ballena, e imitaba en lo posible la marcha jadeante y arremolinada
de este cetáceo, se paró de repente, y pronunció en alta voz un largo
discurso, del cual no entendió Marcones más que la palabra ladrones,
repetida bastantes veces. Miró el alguacil con sobresalto a todas partes
por ver si veía alguno, preparando el fusil al mismo tiempo; pero nada
observó que le hiciese sospechar la presencia de los forajidos. Tornó
don Roque a usar de la palabra, si tal nombre merecía la regurgitación
intermitente de una porción de sonidos extraños, bárbaros, lamentables,
que infundían tristeza y horror al mismo tiempo, y Marcones pudo colegir
entonces que su jefe deseaba que hiciesen una batida por la villa, en
busca de los criminales de las Aceñas.
Marcones meditó que la fuerza era escasa y mal prevenida para aquella
empresa; pero la disciplina no le permitió hacer objeciones. Además,
nació en su pecho la esperanza de que los asesinos fuesen poco
aficionados a tomar el fresco a tales horas. Y después de haber
examinado cuidadosamente las armas, emprendieron una marcha peligrosa al
través de todas las calles y callejas de la villa. En honor de la
verdad, hay que advertir que don Roque marchaba delante como cumple a un
valeroso caudillo, con su revólver en la mano izquierda y el bastón de
estoque en la derecha, exponiendo el primero su noble pecho al plomo
enemigo. Marcones, agobiado bajo el peso del fusil y de los ochenta y
dos años que tenía marchaba detrás a una distancia de seis pasos
próximamente.
La noche era de luna, pero negros y grandes nubarrones la ocultaban a
menudo por largo rato. Y entonces la escasa claridad de los faroles de
aceite que ardían en las esquinas de las calles no bastaba a deshacer
las sombras que se amontonaban hacia el medio de ellas. Sarrió consta de
cinco principales, a saber: la Rúa Nueva, que desemboca en el muelle; la
de Caborana, la de San Florencio, la de la Herrería y la de Atrás. Estas
calles son largas, bastante anchas y paralelas entre sí. Los edificios
en general son bajos y pobres. Otras calles secundarias, en número
considerable, las cruzan y las comunican. Además, en las afueras le
salen algunos rabos a la villa, donde han edificado suntuosas casas los
indianos. Son lo que pudiera llamarse el ensanche de la población.
Al llegar la columna caminando por la calle de Atrás, cerca de la de
Santa Brígida, oyó gritos y lamentos que la obligó a hacer alto.
—¿Qué es eso, Marcones?—preguntó el alcalde.
El anciano alguacil se encogió de hombros filosóficamente.
—Nada, señor; será en casa de Patina Santa.
—¿Y cómo se atreven esas pendangas?... Vamos allá, Marcones, vamos acto
continuo.
«Acto continuo» era una frase de la que usaba y abusaba don Roque.
Simbolizaba para él la energía, la decisión, la rapidez de la autoridad
para remediar todos los daños.
Patina Santa era el gran sacerdote de uno de los dos templos del placer
que existían en Sarrió. De vez en cuando salía por las aldeas comarcanas
y traía las sacerdotisas que le hacían falta, que nunca pasaban de
cuatro. No había más gabinetes, y eso que dormían de dos en dos. Vestían
el mismo refajo de bayeta verde o encarnada, el mismo justillo sin
ballenas, la misma camisa de lienzo gordo, el mismo pañuelo de percal
que cuando triscaban allá por los prados y los montes con los vaqueros
vecinos. Patina Santa, como únicos símbolos del nuevo y elevado destino
a que la suerte les había llamado, colgaba de sus orejas pendientes de
perlas y aprisionaba sus pies con zapatos descotados de sarga, los
cuales eran bienes adheridos a la casa y servían para todas las que iban
llegando. Más adelante Patina, haciéndose cargo de que el mundo marcha y
que las leyes del progreso son indeclinables, tuvo la audacia de
introducir en su templo los polvos de arroz. Después compró unos
medallones de _doublé_ para colgar al cuello con un terciopelito negro.
Verdad que a todas estas reformas le estimulaba la competencia
desastrosa que le hacía Poca Ropa, el cual tenía su instituto en la
calle del Reloj, al otro extremo de la villa.
—¿Qué escándalo es éste?—gritó don Roque con voz estentórea
acercándose a la inmunda casucha.
Tres o cuatro muchachos que había en la calle huyeron como pajarillos a
la vista del gavilán. Pero quedaban las palomas. Dos de ellas estaban a
la puerta en camisa, las otras dos asomadas a las ventanas en el mismo
traje. Las de la puerta quisieron retirarse a la vista del alcalde, pero
éste las agarró con sus manazas.
—¿Qué escándalo es éste,...ajo?—repitió.
—Señor alcalde, nos han dado dos piezas falsas...—dijo una de ellas.
—No estáis vosotras malas piezas... ¡A la cárcel!
—¡Pero, señor alcalde!
—¡A la cárcel,...ajo, a la cárcel!—rugió don Roque.—Y vosotras lo
mismo. Todo el mundo abajo. ¿Dónde está ese maricón de Patina?
¡Santo cielo, qué alboroto se armó allí en un momento!
Las niñas de la ventana no tuvieron más remedio que bajar, y Patina lo
mismo, todos en camisa, porque don Roque no admitió término dilatorio.
No se oían más que gemidos y lamentos, y por encima de ellos la voz
horripilante del alcalde, repitiendo sin cesar:
—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo!
Las infelices pedían por Dios y por la Virgen que las dejasen vestirse;
pero el alcalde, con la faz arrebatada por la cólera y los ojos
inyectados, cada vez gritaba con más fuerza, aturdiéndose con su propia
voz:
—¡A la cárcel...ajo! ¡A la cárcel...ajo!
Y no hubo otro remedio. El sereno, que se había acercado al escuchar los
primeros ajos, las condujo en aquella disposición a la cárcel municipal,
en compañía de su digno jefe, mientras los vecinos, entre risueños y
compasivos, contemplaban la escena por detrás de los cristales de sus
ventanas.
La autoridad de don Roque cerró por sí misma la puerta del palomar, y
puso la llave «acto continuo», bajo la custodia de Marcones. Después
continuaron su marcha peligrosa.
No habían caminado mucho espacio, cuando en una de las calles más
estrechas y lóbregas, acertaron a ver el bulto de una persona que se
acercaba cautelosamente a la puerta de una casa y trataba de abrirla.
—¡Alto!—murmuró don Roque al oído de su subordinado.—Ya hemos
tropezado con uno de los ladrones.
El alguacil no entendió más que la última palabra. Fué bastante para que
se le cayese el fusil de las manos.
—No tiembles, Marcones, que por ahora no es más que uno—dijo el
alcalde cogiéndole por el brazo.
Si el venerable Marcones tuviese en aquel momento cabales sus facultades
de observación, hubiese advertido acaso en la mano de la autoridad
cierta tendencia muy determinada al movimiento convulsivo.
El ladrón, al sentir los pasos de la patrulla, volvió la cabeza con
sobresalto y permaneció inmóvil con la ganzúa en la mano. Don Roque y
Marcones también se estuvieron quietos. La luna, filtrándose con trabajo
por una nube, comenzó a alumbrar aquella fatídica escena.
—Phs, phs, amigo—dijo el alcalde al cabo de un rato, sin avanzar un
paso.
Oir el ladrón este amical llamamiento de la autoridad y emprender la
fuga, fué todo uno.
—¡A él, Marcones! ¡Fuego!—gritó don Roque, dándose a correr con
denuedo en pos del criminal.
Marcenes quiso obedecer la orden de su jefe, pero no le fué posible; el
martillo cayó sobre el pistón sin hacer estallar el fulminante.
Entonces, con decisión marcial, arrojó el arma que no le servía de nada,
sacó el sable de la vaina de cuero e hizo esfuerzos supremos por
alcanzar al alcalde, que con valor temerario se le había adelantado lo
menos veinte pasos en la persecución del ladrón.
Este había desaparecido por la esquina de una calle.
Pero al llegar a ella la columna pudo verle tratando de ganar la otra.
¡Pum!
Don Roque disparó su revólver, gritando al mismo tiempo:
—¡Date, ladrón!
Tornó a desaparecer: tornaron a verle al llegar a la calle de la
Misericordia.
¡Pum! Otro tiro de don Roque.
—¡Date, ladrón!
Pero el forajido, sin duda como recurso supremo, y para evitar que algún
sereno le detuviese, comenzó a gritar también:
—¡Ladrones, ladrones!
Se oyó el silbido agudo y prolongado del pito de un sereno, después,
otro, después otro...
La calle de San Florencio estaba bien iluminada, y pudo verse claramente
al criminal deslizarse con rapidez asombrosa buscando en vano la sombra
de las casas.
¡Pum, pum!
—¡Date, ladrón!
—¡Ladrones!—contestó el bandido sin dejar de correr.
Dos serenos se habían agregado a la columna, y corrían blandiendo los
chuzos al lado del alcalde.
El criminal quería a todo trance ganar la Rúa Nueva con objeto tal vez
de introducirse en el muelle y esconderse en algún barco o arrojarse al
agua. Mas antes de llegar a ella tropezó y dió con su cuerpo en el
suelo. Gracias a este accidente la patrulla le ganó considerable
distancia; anduvo cerca de alcanzarle. Pero antes que esto sucediese, el
forajido, alzándose con extremada presteza, huyó más ligero que el
viento. Don Roque disparó los dos últimos tiros de su revólver, gritando
siempre:
—¡Date, ladrón!
Desapareció por la esquina de la Rúa Nueva. Al desembocar en ella el
alcalde y su fuerza cerca de la plaza de la Marina, no vieron rastro de
criminal por ninguna parte. Siguieron vacilantes hasta llegar a dicha
plaza. Allí se detuvieron sin saber qué partido tomar.
—Al muelle, al muelle; allí debe de estar—dijo un sereno.
Y ya se disponían todos a emprender la marcha, cuando se abrió con
estrépito el balcón de una de las casas, apareció un hombre en
calzoncillos, y se oyeron estas palabras, que resonaron profundamente en
el silencio de la noche:
—¡El ladrón acaba de entrar en el café de la Marina!
El que las pronunciaba era don Feliciano Gómez. La patrulla, al
escucharlas, se precipitó hacia la puerta del café, y entró por ella
tumultuosamente. El salón estaba desierto. Allá en el fondo, al lado del
mostrador, se veía a tres o cuatro mozos con su delantal blanco,
rodeando a un hombre que estaba tirado más que sentado sobre una silla.
El alcalde, el alguacil, los serenos cayeron sobre él, poniéndole al
pecho los chuzos, el estoque y el sable. Y a un tiempo gritaron todos:
—¡Date, ladrón!
El criminal levantó hacia ellos su faz despavorida, más pálida que la
cera.
—¡Ay, re... si es don Jaime, así me salve Dios!—exclamó un sereno
bajando el chuzo.
Todos los demás hicieron lo mismo, mudos de sorpresa. Porque, en efecto,
el forajido que habían perseguido a tiros, no era otro que Marín
sorprendido _infraganti_, en el momento de abrir la puerta de su casa.
Hubo que llevarle a ella en hombros, y sangrarle. Al día siguiente, don
Roque se presentó a pedirle perdón, y lo obtuvo. Doña Brígida, su
inflexible esposa, no quiso concedérselo, sin haberle soltado antes una
buena rociada de adjetivos resquemantes, entre otros el de borracho. Don
Roque sufrió con resignación el desacato, y no hizo nada de más.
VI
QUE TRATA DEL EQUIPO DE CECILIA
En la morada de los Belinchón habían comenzado los preparativos de boda.
Primero, con mucha reserva, doña Paula hizo venir a Nieves la bordadora,
y celebró con ella una larga conferencia a puertas cerradas. Después se
pidieron muestras a Madrid. Pocos días más tarde, aquella señora,
acompañada de Cecilia y Pablito, hizo un viaje a la capital de la
provincia, en el familiar de la casa. La fisgona de doña Petra, hermana
de don Feliciano Gómez, que pasaba por la Rúa Nueva al tiempo de apearse
doña Paula y sus hijos, pudo observar que el criado sacaba del coche una
porción de paquetes, que se le antojaron piezas de tela. Bastó para que
todo Sarrió supiese que en casa de don Rosendo se trabajaba ya en el
equipo de la hija mayor. Doña Paula, con tal motivo, tuvo una
sofocación. Echó la culpa a Nieves. Esta protestó de que no había salido
palabra alguna de sus labios. Insistió doña Paula. Lloró la bordadora.
En fin, un disgusto.
Pues que todo se había descubierto, nada de tapujos, y pelillos a la
mar. Constituyóse en la sala de atrás, la que daba a la calle de
Caborana, un taller u oficina de ropa blanca, bajo la alta dirección de
doña Paula, y la inmediata de Nieves. Se componía de cuatro oficialas,
las dos doncellas de la casa, cuando los quehaceres domésticos se lo
permitían, Venturita y la misma Cecilia. Era una juventud bulliciosa, a
la cual, el trabajo activo no impedía charlar, reir y cantar todo el
día. La alegría les rebosaba del alma a aquellas muchachas, y se
desbordaba en risas inmotivadas, que a veces duraban larguísimo rato.
Que a una se le caían las tijeras: risa. Que otra pedía la madeja del
hilo teniéndola colgada al cuello: risa. Que se presentaba la cocinera
con la cara tiznada, pidiendo a la señora dinero para la lechera: gran
algazara en el costurero.
No solamente eran jóvenes y alegres las que cosían el equipo de Cecilia;
pero además guapas, comenzando por su directora. Nieves era una rubia
alta y esbelta, de cutis blanco y transparente, ojos azules claros,
nariz y boca perfectas. Tenía veintidós años de edad, y un carácter que
era una bendición del cielo. Imposible estar melancólico a su lado. No
que fuera decidora o chistosa; nada de eso. La pobrecilla tenía poco más
ingenio que un pez. Pero su alegría inagotable chispeaba en sus ojos de
tan gentil manera, sonaba en la garganta con notas tan puras, tan
frescas y argentinas, que como un contagio adorable se esparcía en torno
suyo. Era la única riqueza que poseía. Con el trabajo de sus manos
mantenía a una madre paralítica y a un hermano vicioso y perezoso, que
la maltrataba inicuamente cuando no podía darle lo que necesitaba para
emborracharse. Sus padecimientos, que para otra serían insoportables, la
turbaban sólo momentáneamente. Por encima de ellos rezumaba muy pronto
la linfa de aquel divino y gozoso manantial que guardaba en su corazón.
Gozaba también de una salud perfecta. Los únicos dolores que sentía eran
en el costado izquierdo, después de reirse mucho.
Valentina, bordadora también, y también rubia, no era tan hermosa. Sus
ojos más pequeños, su cutis menos delicado, la nariz un poco remangada,
más baja de estatura. En cambio sus cabellos dorados eran rizosos y le
caían con mucha gracia por la frente; sus manos y sus pies más delicados
y breves que los de Nieves; y, sobre todo, tenía a menudo, casi
constantemente, un ceño, cierto fruncimiento del entrecejo que no era de
enfado y prestaba a su fisonomía un matiz picaresco extremadamente
simpático. Encarnación era costurera; moza robusta, colorada, mofletuda,
de fisonomía vulgar. Entre los artesanos de Sarrió pasaba por la mejor
moza de las cuatro: para el catador inteligente y refinado valía muy
poco. Teresa, costurera también, era por su rostro una verdadera mora, y
de las más oscuritas; el cabello negro como el azabache, los ojos
rasgados y tan negros como el pelo, la nariz y la boca correctas. Pasaba
por fea en la villa a causa de su color: en realidad era un hermoso tipo
oriental. De las dos doncellas de la casa, la una, Generosa, nada tenía
que llamase la atención; la otra, Elvira, era una palidita, de ojos
grandes y entornados, muy graciosa.
Las artesanas de Sarrió no han entrado jamás por la ridícula imitación
de las damas, tan extendida hoy, por desgracia, entre las de otros
pueblos de España. Creían y creen estas insignes sarrienses, y yo me
adhiero del todo a su opinión, que el traje y las modas adoptadas por
las señoritas no avaloran poco ni mucho sus naturales gracias; antes las
menoscaban. Y esto es lógico. En primer lugar no están acostumbradas a
vestirse con tal sujeción o aprieto como los figurines exigen de sus
subordinadas. Después, en las villas no hay quien corte con elegancia.
Por último, el género tiene que ser de peor calidad, más pobre y más
feo. En cambio, ¿quién sobre el globo terráqueo, y aun sobre los otros
globos que navegan por el espacio, compite con ellas en ponerse el rico
mantón de la China floreado, anudándolo a la cintura por detrás? ¿Quién
deja caer con más gracia, ni siquiera con tanta, los rizos del pelo por
la frente en estudiado desgaire? ¿Quién se mueve con más garbo dentro de
la giraldilla ni da con más elegancia un _rempujón_ al señorito que se
desmanda, diciendo al mismo tiempo entre risueña y
enojada?—«¿Cristiano, usted es tonto, o se hace? ¡Mire que se va a
pinchar!» ¿Quién es capaz de cantar con más sentimiento y menos oído a
la vuelta de una romería aquello de
_Aben-Hamet al partir de Granada_
_el corazón traspasado sintió?_
No hay que dudarlo. Las artesanas de Sarrió, cuyos arraigados principios
estéticos son la admiración de propios y extraños, hoy sobre todo en que
van desapareciendo los caracteres, hacen bien en mantener su
independencia y en levantar la cabeza delante de las señoritas
encopetadas de la villa. Porque (digámoslo bajo para que éstas no se
enteren) la verdad es que son mucho más hermosas. Esto, sin ofender a
nadie en particular; líbreme Dios. No hay viajero peninsular que al
recordarle a Sarrió no afirme lo mismo con más o menos energía, según la
índole de su temperamento. No hay inglesote de aquellos que atracan por
unos días a la punta del Peón que al hablar allá en Cardiff o Bristol a
sus amigos de este _spanish town_, no comience por levantar mucho las
cejas, abrir la boca en forma de círculo perfecto extendiendo hacia
afuera los labios, y echándose hacia atrás en la silla no
exclame:—_¡Oh, oh, oh! Sarrió the yeung girls very, very, very
beautiful!_
Y cuando los ingleses lo dicen, ¡qué no diremos los españoles, y en
particular aquellos que hemos vivido tanto tiempo bajo su influencia
bienhechora!
Las cuatro oficialas, y Nieves también, aunque ésta picaba más alto,
pertenecían, pues, a esta famosísima casta de mujeres por cuya
conservación y prosperidad hago votos al cielo todos los días y aconsejo
a todo buen católico que los haga. En los días de trabajo vestían de
percal, mantoncito de lana atado atrás y pañuelo de seda al cuello,
dejando al descubierto, por supuesto, la cabeza. Nieves, por excepción,
traía al diario mantón de la China negro con fleco.
Acaban de ponerse al trabajo después de comer. El sol penetra por los
dos balcones de la sala al través de los visillos. Para que no les
moleste, las costureras se agrupan en uno de los rincones. Teresa, la
más filarmónica de ellas, entona con voz suave y tímida un canto
romántico de cadencias tristes y prolongadas, a propósito para ser
acompañado en terceras. Y en efecto, Nieves no tardó en _hacerle el
dúo_, como allí se decía. Las demás la siguen cantando, unas en primera
y otras en segunda voz. De todo lo cual resulta una armonía asaz
melancólica, de sabor romántico muy marcado. El romanticismo podrá huir
de las costumbres y ser arrojado de la novela y el teatro; más siempre
hallará un nido tibio y delicioso donde guarecerse en el corazón de las
jóvenes artesanas de Sarrió. Aquella armonía dura hasta que Pablito se
encarga de desbaratarla lanzando repentinamente en medio de ella su
vozarrón de carnero. Las costureras suspenden el canto y levantan
asustadas la cabeza. Después se echan a reir.
El bello Pablito, recostado en su butaca allá en otro rincón, se ríe
también con fuertes carcajadas de su gracia.
Desde que había comenzado a coserse el equipo de su Hermana, Pablito
manifestaba cierto gusto por la vida sedentaria que hasta entonces jamás
se había observado en él. ¿Quién le había visto en los días de la vida
detenerse un minuto en casa después de comer? ¿Quién pudiera imaginar
que se pasaba la mañana sentado en aquella butaca dando parola a las
costureras? Nada más cierto, sin embargo. Hacía ya cerca de un mes que
no salía a caballo ni en coche, y no pasaba en la cuadra más de una hora
todos los días.
Piscis se hallaba consternado. Venía diariamente a buscarlo, pero en
vano.
—Mira, Piscis, hoy tengo que limpiar los estribos de plata, no puedo
salir.—Mira, Piscis, tengo que ir a cobrar una letra por encargo de
papá.—Mira, Piscis, la Linda está con torozón y no se la puede montar.
—Ya está buena—gruñía Piscis.
—¿Vienes de la cuadra?
—Sí.
—Bien... pues de todos modos hoy no puedo salir... Tengo una rozadura
aquí... salva sea la parte...
Algunos días Piscis entraba en la sala de costura, y sin decir nada
aguardaba sentado un rato, no muy largo casi nunca, porque abrigaba
vehementes sospechas de que las costureras se reían de él, y esto le
tenía sobresaltado y en brasas. Cuando le parecía llegado el momento
oportuno, o porque observase síntomas de cansancio en Pablo o por
cualquier otra circunstancia que no está a nuestro alcance, se levantaba
del asiento y hacía una seña con la mano a su amigo silbando al mismo
tiempo. Y esto porque se entendían mucho mejor con silbidos que con
palabras. Ambos sentían aversión por el sonido articulado, sobre todo
Piscis, y escatimaban su empleo. Mas a Pablito lo mismo le daban ya
pitos que flautas.
—Hombre, Piscis... ¡tengo una pereza!... ¿Quieres hacerme el favor de
ir a la cuadra y decirle a Pepe que le dé otra untura de aceite al
Romero?
—Yo se la daré—respondía con semblante fosco Piscis.
—Bueno, Piscis, muchas gracias... Adiós... No dejes de venir mañana,
¿eh?... Puede que salga a caballo.
Decía esto con gran dulzura y amabilidad, para desagraviarle. Piscis
mascullaba unas «buenas tardes» sin volverse hacia los circunstantes, y
salía con los ojos torcidos, más feo y endemoniado que nunca. Al día
siguiente lo mismo. A pesar de la veneración que Pablito le inspiraba
Piscis llegó a presumir que le gustaba una de las costureras. ¿Cuál? Su
perspicacia no llegaba a resolverlo.
Comenzaron de nuevo su cántico las jóvenes, pero al llegar a aquello de
_Sólo tú, mujer divina_,
_rezarás una plegaria_
_en mi tumba solitaria, etc._
Pablito soltó otro berrido estridente y atronador. Vuelta a la risa.
Venturita se puso seria.
—Mira, Pablo, si has de seguir haciendo payasadas, más vale que te
vayas con Piscis.
A su vez Pablito se pone fosco.
—Me iré cuando se me antoje. ¡Siempre has de ser tú la que todo lo eche
a perder!
Quería decir con esto el joven Belinchón, que sólo su hermana Ventura se
empeñaba en desconocer el ingenio con que el cielo le había dotado. Y
así era la verdad. Todas las demás reían alborozadas, como si en vez de
un berrido acabasen de escuchar un pasaje de Rabelais. Doña Paula, que
sentía por su hijo primogénito admiración idolátrica, y al mismo tiempo
guardaba cierto rencor a su hija por sus contestaciones, aunque se
hallase grandemente pagada de su hermosura, vino en ayuda de aquél.
—Tiene razón Pablo. ¡Siempre has de aguar todas las fiestas!... ¡Jesús
qué criatura!... Lo que es el hombre que te lleve, algún pecado gordo
tiene que purgar.
En aquel momento apareció en la puerta de la estancia Gonzalo, quien se
dobló como un arco para dar la mano a su futura suegra, a Ventura y a
Cecilia. Esta se puso seria. Sin volver hacia ellas la cabeza, advertía
que todas las costureras la miraban con el rabillo del ojo. Veía con el
pensamiento el esbozo de sonrisa que se formaba en sus rostros.
Todos los días pasaba igual. Antes de llegar Gonzalo, las costureras se
complacían en dirigir, siempre que venía a cuento, alguna pulla a la
novia.
—Cecilia, ¿cuál de estas camisas te vas a poner el día de la boda?
Hay que advertir que algunas de ellas la tuteaban por haberse conocido
de niñas. Es muy frecuente en los pueblos.
—Señorita, en estas sábanas tan finas se va usted a resbalar.
—No será ella sola la que resbale. ¿Verdad, Cecilia?
—¡Anda, picarona, que buen mozo te llevas!
—No lo llevará tan guapo Venturita.
—¡Quién sabe!—replicaba ésta.
Cecilia escuchaba estos dichos con la sonrisa en los labios y
ruborizada. Desde que habían comenzado los preparativos de boda, sus
mejillas, antes tan pálidas, estaban casi siempre arreboladas. Esta
animación y el brillo que la felicidad prestaba a sus ojos, si no
bonita, la hacían interesante y simpática. No hay muchacha que en
vísperas de casarse deje de serlo más o menos.
Cecilia era de condición reservada y silenciosa, sin dar por eso en
taciturna. Ordinariamente no hablaba más que cuando le dirigían la
palabra; pero sus contestaciones eran suaves, claras, precisas. No era
la nota distintiva de su carácter la timidez, que suele prestar soberano
hechizo a las jóvenes. Mas en sustitución de esta cualidad, poseía
nuestra heroína una serenidad dulce, cierta firmeza simpática en todas
sus palabras y ademanes que revelaban la perfecta limpidez de su
espíritu. Esta serenidad pasaba para algunas personas poco observadoras,
si no por orgullo, que bien claro estaba que Cecilia no lo tenía, por
frialdad de corazón. Creían, aun los más allegados a la casa, que era
incapaz de concebir una pasión viva y tierna. Acostumbrados a verla
impasible cumpliendo los deberes domésticos con la regularidad de un
reloj, les era forzoso un esfuerzo grande de penetración, que no todos
pueden llevar a cabo, para adivinar la verdadera fisonomía moral de la
primogénita de los Belinchón. La mayor parte de estos seres viven y
mueren desconocidos, porque no poseen una de esas cualidades brillantes
que seducen y atraen al que se acerca. La inocencia misma, aunque
parezca raro, pertenece a ese número, y no es la que menos relieve
presta al carácter de una mujer. Muy contados son los que saben apreciar
la hermosura que encierran estas almas cristalinas. La mirada se sumerge
en ellas sin hallar nada que despierte la atención. Pero lo mismo pasa
con ciertos venenos; igual con ciertos filtros que dan la vida. Porque
nuestros ojos torpes y limitados no vean los elementos de salud o de
muerte que hay en suspensión en ellos, ¿hemos de afirmar que no existen?
Difícil era averiguar las emociones tristes o placenteras que cruzaban
por el alma de Cecilia, aunque no imposible. No sabemos si ponía empeño
en ocultarlas o era forzada a ello por su misma naturaleza. Lo cierto es
que en la casa, hasta sus mismos padres las desconocían casi siempre. Se
trataba, verbigracia, de salir un día a visitas, o de comprarse un
vestido, doña Paula preguntaba a su hija con solicitud:
—¿Qué te parece, Cecilia?
—Me parece bien—contestaba ésta.
—Te parece bien, ¿de veras?—decía la madre mirándola fijamente a los
ojos.
—Sí, mamá, me parece bien.
Doña Paula siempre quedaba en duda de si en realidad le placía o le
disgustaba el vestido o lo que fuese.
Lloraba poquísimas veces, y aun esas, se ocultaba de tal modo para
hacerlo, que nadie lo sabía. El mayor disgusto que hubiera tenido, sólo
se denunciaba por una ligera arruguita en la frente; la mayor alegría
por un poco más de intensidad en la sonrisa delicada, esparcida
constantemente por su rostro. Cuando Gonzalo le escribió desde el
extranjero, así que leyó la carta se presentó a su madre y se la
entregó.
—¿Te gusta el muchacho?—le preguntó ésta después de leerla con más
emoción que había manifestado su hija al entregársela.
—¿Te gusta a ti?
—A mí sí.
—Pues si te gusta a ti y a papá, a mí también me gusta—replicó la
joven.
¿Quién pudiera imaginar después de estas frías palabras que Cecilia
estaba tiempo hacía profundamente enamorada? Sin embargo, como el amor
es el sentimiento humano más difícil de disimular, y después del
consentimiento de sus padres no había razón alguna para ocultarlo, lo
dejó ver con bastante claridad. En los temperamentos como el de nuestra
heroína, cualquier señal, por leve que sea, tiene una importancia
decisiva. La felicidad que henchía su corazón, brotaba, pues, a su
rostro a la vista de todos los que la conocían íntimamente. Pocos seres
habrán gozado más en la tierra que Cecilia en aquella temporada. Todo
aquel lienzo extendido por la estancia, aquellos patrones de papel, los
dibujos, los bastidores, los carretes de hilo, le hablaban un lenguaje
misterioso y tierno. Las tijeras al cortar _chis chis_, las agujas al
coser _cruj, cruj_, ¡le decían tantas cosas graciosas de lo futuro! Unas
veces le decían: «—¿Quién te verá, Cecilia, ir a misa los domingos del
brazo de tu marido? El te llevará el devocionario, te dejará ir al altar
de Nuestra Señora de los Dolores y se colocará detrás entre los hombres.
Luego te esperará a la salida, te ofrecerá el agua bendita y volverá a
cogerte del brazo». Otras veces le decían: «—Por la mañana temprano te
levantarás muy despacito para que él no se despierte, limpiarás su ropa,
pondrás los botones a su camisa, y cuando llegue la hora tú misma le
servirás el chocolate». Otras exclamaban de pronto: «—¡Y cuando tengas
un niño!» Entonces la novia sentía un vuelco gratísimo en el corazón;
sus manos temblaban y echaba una rápida mirada a las costureras temiendo
que hubiesen advertido su emoción.
Cuando las diferentes piezas de ropa estaban terminadas y planchadas,
Cecilia las iba poniendo cuidadosamente en una cesta. Así que estaba
llena la subía sobre la cabeza a uno de los cuartos de arriba, donde con
todo esmero y arte colocaba las camisas, las chambras, cofias y
peinadores sobre unos mostradores hechos al intento: las cubría
delicadamente con un lienzo, y luego se salía cerrando la puerta y
guardando la llave en el bolsillo.
Después que hubo saludado, Gonzalo fué a sentarse cerca de Pablito, y
pasándole la mano familiarmente por encima del hombro, le dijo al oído:
—¿Cuál es la que más te gusta?
Y al inclinarse hacia su futuro cuñado, clavaba una mirada intensa en
Venturita, que correspondió a ella con otra muy singular. Después ambos
las convirtieron a Cecilia. Esta no había levantado la cabeza del
bastidor.
—Nieves—respondió Pablo sin vacilar, y en el mismo tono de falsete.
—Lo sabía, y te aplaudo el gusto—dijo riendo Gonzalo.—¡Qué cutis de
raso!... ¡Qué dentadura!
—¡Y qué andares! Pasi-corta, ¿sabes?
Ambos miraban a la bordadora. Esta levantó la cabeza, y comprendiendo
que se trataba de ella, les hizo una mueca con la lengua.
—Vamos, no vale hablarse al oído—dijo doña Paula con la
susceptibilidad vidriosa que caracteriza a las mujeres del pueblo.
—Déjelos usted, señora—replicó Nieves.—Están hablando de mí: no hay
que quitarles el gusto.
—Cierto; Pablo me hacía notar el color rojo de ciertos labios, la
transparencia de cierto cutis, un pelo dorado a fuego...
—Valentina, entonces hablaban de ti—dijo Nieves ruborizada tocando en
el muslo a su compañera.
—¡Qué gracia! No te apures, mujer. ¡Si ya sabemos que eres la más
guapa!—dijo la otra visiblemente picada.
—¡Paz, paz, señoras!—exclamó Gonzalo.—Verdad que Pablo comenzó
hablándome de las perfecciones de Nieves; pero también es cierto que
pensaba continuar con las de todas las demás, si no se le hubiese
interrumpido... ¿No es eso, Pablo?
—Desde luego: contaba seguir con Valentina...
Esta levantó la cabeza y le miró con aquel gracioso ceño burlón que daba
carácter a su rostro.
—Ten cuidado, Nieves, que estos señoritos se pierden de vista.
Pablo, sin hacer caso de la interrupción, prosiguió:
—Después con Teresa y Encarnación, Elvira y Generosa. Hablaría también
de Venturita (para ponerla, por supuesto, por los pies de los caballos).
De Cecilia no, porque está comprometida, y algo diría también de mi
señora doña Paula, que, sin ofender a nadie, es la más hermosa de todas.
—¡Qué pillastre!—exclamó ésta admirada del donaire de su hijo.
Pablo se había levantado de la butaca, y abrazó a su madre con efusión.
—¡Quita, quita, adulador!—dijo ella riendo.
—Ve aflojando el bolsillo, mamá—dijo Venturita.
—¡Lo ves! La pata de gallo de siempre—exclamó iracundo el joven,
volviendo la cabeza hacia su hermana, mientras ésta se reía
maliciosamente sin levantar la suya del bastidor.
—Mucho has trabajado—dijo Gonzalo en voz baja, sentándose al lado de
su novia.
—Así, así—respondió Cecilia fijando en él sus ojos grandes, llenos de
luz.
—Mucho, sí; ayer no tenías bordado ese clavel... digo, me parece que es
clavel...
—Es jazmín.
—Ni esas dos hojas más.
—¡Bah! Eso no es nada.
—¿Y qué es lo que estás bordando?
Cecilia siguió moviendo la aguja sin contestar.
—¿Qué es lo que bordas?—preguntó Gonzalo en voz, más alta, pensando
que no le había oído.
—Una sábana... ¡calla!—replicó la joven levantando un poco los ojos
hacia las costureras y volviendo a abatirlos rápidamente.
Al mismo tiempo, los de Gonzalo y Venturita se tropezaron por encima de
la cabeza de Cecilia, y de ellos brotó una chispa.
—Ya ven ustedes que hay para todas—decía Pablito mirando al mismo
tiempo fijamente a Nieves, como diciendo: «No hagas caso, esto lo digo
por cumplir».
—¿Qué es lo que hay para todas, don Pablo?—preguntó Valentina con
tonillo irónico.
—Flores, criatura.
—Écheselas usted al Santísimo.
—Y a las niñas guapas como tú.
—Si no soy guapa, paso delante de las guapas y no les hago la venia,
¿sabe usted?
—¡Demonio! No hay que acercarse a esta Valentina; se levanta de
atrás—exclamó el apuesto mancebo.
El símil, aunque nada culto, y acaso por eso, hizo reir a las
costureras.
—A Valentina no le gustan los señoritos—manifestó Encarnación.
—Hace bien; de los señoritos no se saca más que parola, tiempo perdido
y a veces la desgracia para toda la vida—dijo sentenciosamente doña
Paula sin acordarse de que ella había sacado la felicidad.—Tocante a
eso, Sarrió está perdido. Apenas hay muchacha que se deje acompañar de
uno de su igual. El mozo ha de traer por lo menos corbata y hongo, y ha
de fumar con boquilla... aunque no tenga plato en que comer. Ninguna se
oculta ya para ir al obscurecer acompañada de algún señorito, y a la
vuelta de las romerías da grima verlas venir colgadas del brazo de ellos
cantando al alta la lleva... ¡Pobrecillas! No sabéis lo que os espera.
Porque el hijo de don Rudesindo se casó con la de Pepe la Esguila y el
piloto de la _Trinidad_ con la de Mechacan, se os figura que todo el
monte es orégano. Al freir será el reir... Mirad, mirad a Benita la del
señor Matías el sacristán. ¿Qué linda está y que compuestita, verdad?
—Benita está escriturada—dijo Encarnación.
—Escriturada, ¿eh? ¡Ya veréis de qué le vale la escritura!
—Señora, el novio no puede dejarla; si la deja, va a presidio por toda
la vida.
—Calla, calla, bobalicona; ¿quién os ha metido esas bolas por la
cabeza?
—Eso se sabe... vamos. Benita está consultada.
—Mire, señora—dijo Teresa, la morena sentimental,—la verdad en que
nosotras corremos peligro; tiene usted razón... ¿Pero qué quiere que
hagamos? Los artesanos de esta villa ¡están tan echados a perder! El que
más y el que menos pasa el domingo y el lunes en la taberna, y algún día
también por la semana. ¿Cuántos son los que traen el jornal a casa y lo
entregan a su mujer, dígame por su vida? Si es marinero, se le ve una
vez cada año; trae cuatro cuartos, y hala, otra vez para allá. Los
cuartos se concluyen, y la infeliz mujer se ve arrastrada, trabajando
para dar un pedazo de pan a sus hijos... Y luego, ¿qué saben ellos de
dar estimación ni un poco de gracia a la mujer? Si salen con ella un
domingo por la tarde, se van parando en todas las tabernas del camino,
dejándola, si se tercia, a la pobrecilla a la puerta, o llamándola para
que oiga alguna sandez, que la pone más colorada que una amapola...
¡Calle, calle, señora, si hay cada mostrenco que, como Dios me ha de
juzgar, no vale el pan que come!... El otro día encontré a Tomasina...
ya sabe, la del tío Rufo, que no hace tan siquiera un año que se casó
con un oficial de Próspero... Pues iba en aquel mismo instante a por dos
reales en casa de su padre para comprar un pan, porque en todo aquel día
no había comido un bocado. Su marido se bebe casi todo el jornal, y a
mitad de semana, ¡claro! tiene la infeliz que apretarse la barriga...
¡Válgate Dios! Y las más de las noches viene borracho perdido a casa, y
le da cada sopimpa que la deja por muerta. ¡Cuántas veces se va la
pobrecilla a la cama sin cenar y harta de palos!... Luego quieren que
una, viendo estas cosas... ¡Vaya, más vale callar! Lo que yo digo,
¡caramba! ya que la lleve a una el diablo, que la lleve en coche.
—Oye, tú—saltó Valentina levantando el rostro con su ceño habitual
algo más pronunciado,—no te pongas tan fanfarrona. Di que te gustan los
señoritos, bueno... yo no me meto en eso; pero no vengas quitando el
crédito a los rapaces de tu igual... Se emborrachan, los que se
emborrachan... Más de un señorito y mas de dos he visto yo venir como
cabras para su casa... Y pegan a sus mujeres, también los que pegan...
Si ellas no tuvieran la lengua larga, no las llevarían la mitad de las
veces... Atiende; y don Ramón el maestro de música cuando llegaba a casa
por la noche ¿daba bizcochos a su mujer? Tú lo debes de saber... bien
cerca vivías.
—Mujer, yo no hablo por todos—repuso Teresa amainando por el temor de
que su díscola compañera le sacase a relucir el acompañamiento nocturno
de Donato Rojo, el médico de la Sanidad,—sólo digo que los hay muy
brutos...
—Bueno, pues déjalos en paz y no te acuerdes de ellos, que ellos
tampoco se acuerdan de ti. Cada una es cada una, y la que más y la que
menos sabe por dónde corre el agua del molino.
—Oyes, Valentina—dijo Elvira sonriendo maliciosamente,—cuando te
cases, ¿piensas llevarlas de Cosme?
—Si las merezco las llevaré... Más quiero llevar dos bofetadas de mi
Cosme que el desprecio de un señorito, ¡alza!
—Así me gusta; ¡aprended, aprended, chiquillas!—dijo Pablito.
Gonzalo, después de un rato de conversación en voz baja con su novia, se
levantó, dió tres o cuatro vueltas por la sala, y vino a sentarse al
lado de Venturita, con la cual solía tener jarana. Gustaban ambos de
embromarse y retozar después que había nacido la confianza. La niña
estaba dibujando unas letras para bordar.
—No vengas a hacer burla, Gonzalo. Ya sabemos que dibujo mal—dijo
clavándole una mirada provocativa, relampagueante, que obligó al joven a
bajar la suya.
—No es cierto eso; no dibujas mal—respondió él en voz baja y levemente
temblorosa, acercando el rostro al papel que Venturita tenía sobre el
regazo.
—Pura galantería. Convendrás en que podía estar mejor.
—Mejor... mejor... todo puede estar mejor en el mundo. Está bastante
bien.
—Te vas haciendo muy adulador. Yo no quiero que te rías de mí, ¿lo
oyes?
—¡Oh! yo no me río de nadie... pero mucho menos de ti...—repuso él sin
levantar los ojos del papel, con voz cada vez más baja y visiblemente
conmovido.
Venturita tenía siempre los ojos fijos en él con una expresión
maliciosa, donde se leía claramente el triunfo del orgullo satisfecho.
—Vamos, dibújalas tú, señor ingeniero—dijo alargándole con gracioso
despotismo el papel y el lápiz.
El joven los tomó y osó levantar la vista hacia la niña; pero la bajó en
seguida como si temiera electrizarse. Plantó el libro, que ella tenía en
el regazo, sobre sus rodillas, aplicó encima un papel blanco, y se puso
a dibujar. Mas en vez de las letras, comenzó a trazar con soltura la
cabeza de una mujer. Primero el pelo partido en dos trenzas, después la
frente estrecha y bonita, luego una nariz delicada, una boca pequeña, la
barba admirablemente recortada unida a la garganta por una curva suave y
elegante... Se parecía prodigiosamente a Venturita. Esta, apoyada sobre
el hombro de su futuro hermano, seguía los movimientos del lápiz. Poco a
poco se iba esparciendo por su rostro una sonrisa vanidosa. Después de
trazar la cabeza, Gonzalo siguió con el busto. Le puso el peinador o
_matinée_ que la niña vestía, y se entretuvo buen rato a dibujar
minuciosamente los lazos de seda con que se sujetaba por delante. Cuando
el retrato estuvo terminado. Venturita le dijo con acento picaresco:
—Ahora, pon debajo quién es.
El joven levantó la cabeza y sus miradas chocaron sonrientes. Luego, con
viveza y decisión, escribió debajo de la figura: _Lo que más quiero en
el mundo._
Venturita tomó el papel entre las manos y lo contempló unos instantes
con deleite. Después, haciendo una mueca de fingido desdén, se lo alargó
otra vez diciendo:
—Toma, toma, embustero.
Pero antes de llegar a manos de Gonzalo, Cecilia extendió la suya y se
lo arrebató riendo.
—¿Qué papelitos son ésos?
Venturita, como si la hubieran pinchado, brincó en el asiento y sujetó
fuertemente la muñeca de su hermana.
—¡Trae, trae, Cecilia! ¡Deja eso!—exclamó con el rostro echando fuego,
contraído por forzada sonrisa.
—No; quiero verlo.
—Ya lo verás después; ¡suelta!
—Quiero verlo ahora.
—Vamos, niña, déjaselo ver. ¿Qué te importa?—dijo doña Paula.
—No quiero que me lo quite nadie por fuerza—gritó poniéndose seria.
Después, comprendiendo la imprudencia de esto, tornó a ponerse risueña.
—Vamos, Cecilia, suelta; no seas mala.
—¡Vaya un empeño! ¡Suelta tú, que me lastimas!
—¿Quién eres tú para quitarme el papel de la mano?—profirió con rabia,
poniéndose esta vez seria de verdad.—¡Suelta, suelta, fea, narices de
cotorra, tonta!... ¡Suelta, o te araño!—añadió con los ojos
centelleantes y la faz descompuesta por la cólera.
Al verla de aquel modo, la risa que agitaba el pecho de Cecilia
paralizóse súbito, y abriendo sus grandes ojos donde se pintaba la
sorpresa, exclamó:
—¡Jesús! Pareces loca, niña. Toma, toma, no vaya a darte algo.
Y soltó el papelito que arrugaba en el puño. Venturita, la faz alterada
aún, lo hizo mil trozos.
—¡En los días de mi vida he visto una criatura más loca!—exclamó doña
Paulina santiguándose.—¡Ave María! ¡Ave María! ¿De quién has sacado ese
genio, chiquilla?
—Sería de ti—respondió Venturita enfoscada, sin mirar a nadie.
—¡Desvergonzada!... ¡Si no fuera mirando a que hay gente delante!...
¿Cómo contestas de ese modo a tu madre, pícara? ¿No sabes los
mandamientos de la ley de Dios? Mañana mismo te llevo a confesar con don
Aquilino.
—Bueno, dale memorias a don Aquilino.
—¡Espera, espera, grandísima pícara!—gritó la señora haciendo ademán
de levantarse para castigar a su hija.
Pero en aquel instante aparecía en la puerta la figura de don Rosendo
con bata multicolor y gorro de terciopelo con borla de seda.
—¿Qué pasa?—preguntó sorprendido viendo la actitud airada de su
esposa.
Esta le puso al corriente, sofocada por los sollozos, de la falta de
respeto de su hija.
Don Rosendo se creyó en el caso de arrugar el entrecejo, y decir con
tono solemne:
—Eso está mal hecho, Ventura. Ve a pedir perdón a tu mamá.
Se le conocía que estaba distraído, absorto por algún pensamiento, y que
aquel suceso doméstico no conseguía más que a medias arrancarle de su
preocupación.
Sin embargo, al ver a la chica inmóvil, en actitud altiva y desdeñosa,
dijo de nuevo, con más firmeza:
—Vamos, hija, ve a pedirla perdón, ya que la has ofendido.
La niña hizo su peculiar mohín de desprecio con los labios, y murmuró
muy bajito:
—¡Sí, en eso estoy pensando!
—Vaya, Ventura, ¿qué murmuras ahí? Anda, antes que me enfade.
—Anda, anda, Venturita. Ve allá. No seas así—le dijeron por lo bajo
las costureras.
—No me da la gana. ¿Queréis dejarme en paz?—les respondió ella en voz
baja también, mas con acento iracundo.
—¿No quieres ir?—preguntó don Rosendo con afectada severidad.—¿No
quieres ir?
La niña permaneció inmóvil y silenciosa.
—¡Pues sal de aquí ahora mismo! ¡Quítate de mi vista!
Venturita se levantó de la silla, pasó por el medio del concurso erguida
y enfurruñada, y salió de la sala dando un gran portazo.
Don Rosendo, después de permanecer un momento inmóvil con los ojos
puestos en la puerta por donde su hija había salido, volvióse diciendo:
—Siento mucho estar tan fuerte con mis hijas... pero algunas veces no
hay más remedio.
VII
QUE TRATA DE DOS TRAIDORES
Borróse súbito de su noble faz pseudomarítima la temerosa expresión que
la obscurecía, y apareció de nuevo aquella otra distraída, signo de
constantes meditaciones.
—Gonzalo, si no te molesta, te rogaría que pasases conmigo al
despacho—manifestó dirigiéndose a su futuro yerno.
Este, que durante la anterior escena había empalidecido y vuelto a su
ser varias veces, tornó a desconcertarse. Nada menos se le ocurrió que
don Rosendo se había percatado de la instabilidad de sus sentimientos
amorosos, y le iba a pedir de ello estrecha cuenta. Fuese, pues, detrás
de él cabizbajo y receloso, y penetró en el escritorio. Era una estancia
espaciosa, amueblada con lujo de comerciante rico: gran mesa de caoba
maciza, armarios de caoba también, donde había más legajos de papeles
que libros, alfombra de terciopelo, divanes forrados de brocatel, y
escribanía de plata enorme como un monumento. Cerca de la cuarta parte
de esta cámara ocupábalo un montón de paquetitos envueltos en papel de
varios colores, que para cualquiera que por primera vez entrase en ella,
sería un misterio. No lo era para Gonzalo ni para ninguno de los íntimos
de la casa. Aquellos paquetes guardaban palillos de dientes.
¿Cómo?—preguntará el lector.—¿Don Rosendo Belinchón, un negociante de
tanto fuste, comerciaba también en palillos de dientes? No, don Rosendo
no comerciaba con ellos, los fabricaba. Y esto no con el fin de
especular, cosa indigna de su categoría, sino por pura y desinteresada
inclinación de su espíritu. Desde muy joven se le había manifestado. Las
asiduas ocupaciones del comercio y las vicisitudes por que había pasado
su existencia, no le habían consentido satisfacer esta pasión sino de
una manera precaria en los ratos materialmente perdidos. Pero desde que
pudo dejar el escritorio confiado a algunos fieles dependientes,
entregóse de lleno con alma y vida a tan útil y honesta distracción. Por
la mañana en la tienda de Graells, por la tarde en el Saloncillo, por la
noche en su casa o en la de don Pedro Miranda, siempre trabajando. Su
criado ocupaba una gran parte del día en cortarle unos tacos de avellano
seco perfectamente iguales, de donde su mano diestra había de sacar la
gala de los palillos.
Y como no se daba punto de reposo, ni aun en los días festivos, la
producción era excesiva. No había bastantes consumidores en la villa, y
se veía necesitado a remitir paquetes de ellos a los amigos de la
capital, cuando el montón del despacho llegaba al techo. Gracias a los
esfuerzos nobilísimos de este claro representante de su comercio,
podemos decir con orgullo que Sarrió, en tal ramo interesante del
progreso, se hallaba a la altura de las grandes capitales. Ninguna otra
villa española o extranjera podría sufrir con ella competencia. En casa
del rico, como en la del menestral, jamás faltaba un bien abastecido
palillero, testimonio indiscutible de la refinada cultura de sus
habitantes.
Señaló don Rosendo un diván a su hijo en ciernes, y éste, asustado,
dejóse caer en él hundiéndole profundamente. Acercó después el
comerciante una silla con ademán misterioso, y sentándose frente al
joven y mirándole entre risueño y avergonzado, dijo, dándole al propio
tiempo una palmadita en el muslo:
—Vamos a ver, Gonzalito: ¿qué te parece de la cuestión del matadero?
—¿El matadero?—preguntó aquél abriendo unos ojos como puños.
—Sí, el nuevo matadero; ¿crees que debe emplazarse en la Escombrera, o
en la playa de las Meanas detrás de las casas de don Rudesindo?
Gonzalo vió el cielo abierto, y, sonriendo de placer, respondió:
—Yo creo que en la playa de las Meanas estaría bien... Muy abierto
aquello... muy ventilado...
Pero notando que la frente de su suegro se fruncía, y en sus ojos se
apagaba repentinamente la sonrisa, añadió balbuciendo:
—Tampoco me parece que estaría mal en la Escombrera...
—Mucho mejor, Gonzalo... ¡Infinitamente mejor!
—Puede, puede.
—Hombre, tan puede ser, que reservadamente te diré que el emplazarlo en
la playa lo juzgo (hazme el favor de guardar reserva sobre esta
opinión), lo juzgo... una verdadera insensatez... u-na ver-da-de-ra
in-sen-sa-tez—repitió señalando mejor todas las sílabas.
—Y esta opinión mía—añadió—no vayas a figurarte que es de ayer
mañana, sino de toda la vida. Desde que fuí capaz de entender ciertas
cosas, comprendí que el matadero no debía estar donde hoy está. En una
palabra, que debía trasladarse. ¿Dónde? Una voz interior me decía
siempre que a la Escombrera. Antes de poder dar ninguna razón
científica, estaba tan convencido como ahora de que allí debía
emplazarse, y no en otra parte. Hoy que la resolución del problema se
aproxima, me creo obligado a sostener esta opinión, a comunicar al
pueblo mi pensamiento y el resultado de mis meditaciones. Si no tienes
que hacer voy a leerte la carta que dirijo con este motivo al _Progreso
de Lancia._
Y en efecto, sin aguardar la contestación de Gonzalo, se dirigió a la
mesa, tomó unos pliegos de papel que había sobre ella, se puso las
gafas, y acercándose al balcón dió comienzo, no sin cierta emoción que
se le traslucía en la voz, a la lectura de la carta.
Estaba escrita en papel comercial, grande y rayado. Todas las que desde
hacía años dirigía al _Progreso de Lancia_ y a otros periódicos de la
capital de la provincia, iban escritas en el mismo papel por las dos
caras. Aún no sabía que para la imprenta debía escribirse por una
solamente. Pero muy pronto adquirió este precioso conocimiento, como
hemos de ver.
Casi al mismo tiempo que la de los palillos de dientes había nacido en
don Rosendo Belinchón la afición a escribir comunicados a los
periódicos: es decir, que databa de una remota antigüedad. Ardiente
partidario de los progresos humanos, de las reformas en todos los
órdenes, de la discusión y de la luz, claro está que la prensa había de
infundirle respeto y entusiasmo. Los periódicos habían sido siempre un
elemento indispensable de su existencia. Estaba suscripto a muchos
nacionales y extranjeros; porque, como educado para el comercio, conocía
bastante bien el francés y el inglés, y nunca le había faltado, ni aun
en los días más ocupados, un par de horas que dedicar a su lectura.
Estas horas se aumentaron considerablemente desde hacía algunos años, no
sin que se resintiese por ello el bacalao. El goce que nuestro héroe
experimentaba por las mañanas después de tomar el chocolate tragándose
los artículos de fondo del _Pabellón Nacional_, los sueltos de _La
Política_ y las _Nouvelles à la main_ del _Fígaro_ era tan vivo, que le
quedaba impreso largo tiempo en el rostro, hasta que por la irradiación
se iba perdiendo en la atmósfera.
Como todos los hombres de miras amplias y elevadas, no era exclusivista
en sus gustos periodísticos. Amaba el periódico por el periódico, por
ser una muestra gentil del progreso de la razón humana, o como él decía
mejor, «una manifestación levantada de la conciencia pública». Las
opiniones que cada cual defendía, eran cosa secundaria. Estaba suscripto
a periódicos de todos colores, y los gozaba por igual. Si alguna
predilección mostraba, era únicamente por los artículos y sueltos
_intencionados_. Porque eso de decir una cosa aparentando expresar la
contraria y retorcer las frases de modo que una cláusula inocente en la
apariencia llevase dentro «una saeta envenenada» llenaba de admiración a
don Rosendo y le volvía loco de alegría. ¡Cuántas veces al leer en _La
España_ algún párrafo por el estilo:—«Ayer apareció por fin la circular
del señor Presidente del Supremo a sus subordinados. Felicitamos al
general O’Donnell, presidente de esta situación liberal, al señor
Negrete, que en algún rato lúcido ha dado cima a obra tan colosal, y a
los demócratas protectores de este Gobierno»,—hubo exclamado agitando
el periódico en las manos:—¡Qué intención! ¡Caracoles! ¡¡Qué
intención!!
Este afán, mejor dicho, esta pasión por la prensa, no era platónico como
ya hemos advertido. Allá en sus mocedades había dirigido dos cartas a un
periódico semanal que se publicaba en Lancia, titulado _El Otoño_, con
motivo de las fiestas anuales que en Sarrió se celebran en el mes de
septiembre. Estas cartas leyéronse con fruición en la villa y le
valieron no pocos plácemes. Esto le animó para escribir otras tres al
año siguiente, dando cuenta al público del número asombroso de cohetes
que se dispararon en Sarrió los días 13, 14 y 15, la lindísima
iluminación del 16, y el suntuoso baile celebrado en el Liceo la noche
del 17. Después de haber gustado las dulzuras de la publicidad, don
Rosendo no podía menos de paladearlas de vez en cuando. El menor
pretexto le bastaba para dirigir, bien una carta, ora un comunicado a
los periódicos. Unas veces firmaba con su nombre, otras con cualquier
gracioso pseudónimo o anagrama. Celebraban los mareantes una fiesta en
honor de San Telmo: don Rosendo escribía inmediatamente su carta al
_Progreso de Lancia_ o a _La Abeja_, describiendo la verbena, los fuegos
artificiales, la misa, la procesión, etc. Se daba un banquete en el
nuevo edificio de las escuelas para inaugurarlo: a los tres o cuatro
días se recibía el periódico de Lancia con la consabida carta publicando
los brindis y los sonetos improvisados. Se caía un albañil de un
andamio; comunicado de don Rosendo pidiendo más garantías para los
albañiles que se ponen en los andamios. Cantaba misa el hijo de don
Aquilino; carta de don Rosendo describiendo la conmovedora ceremonia, y
elogiando la voz clara, y sonora y la serenidad del joven presbítero. Si
las mareas eran altas y fuertes y arrancaban algunas piedras de la punta
del Peón; carta. Si los buques de Bilbao se negaban a recibir a bordo
los prácticos de Sarrió; comunicado. Si se perdía la cosecha del maíz
por la sequía; carta. Si los vientos reinantes eran del Noroeste; carta.
En fin, no acaecía suceso en el suelo o en la atmósfera de la villa
digno de mención, que no la recibiese de la diestra y bien tallada pluma
de nuestro comerciante.
¡Cuánto trabajo se evitarán los futuros historiadores de Sarrió con
esto, valiosísimos materiales acumulados por uno de sus más claros
hijos!
Según iba avanzando en años don Rosendo Belinchón, daba a sus cartas un
carácter menos romántico, por no decir frívolo (sería tan inexacto como
irrespetuoso tal calificativo aplicado a los escritos de aquel estimable
caballero). Es decir, que los temas de ellas no eran tan a menudo los
holgorios y recreos de los habitantes de la villa, como cualquier cosa
que tendiera directa o indirectamente a fomentar los intereses morales y
materiales de ella. Los mercados, las escuelas, el salvamento de
náufragos, la erección de un templo o de una cárcel, etc., etc., eran
los asuntos en que para gloria suya y bien del pueblo que le vió nacer,
se ejercitaba con más frecuencia.
Uno de ellos, de «vital interés para Sarrió», como él afirmaba muy bien,
era el matadero. Hasta entonces jamás había abordado esta cuestión,
porque sabía que su parecer iba a discrepar algo del de una gran parte
del vecindario. Mas había llegado, a su entender, la hora de «emitirlo
sin ambages ni rodeos». El comunicado que leyó era el primero que acerca
de este asunto dirigía al _Progreso de Lancia_. Comenzaba así:
«Señor Director de _El Progeso de Lancia_.
Muy señor mío: La preferencia con que se mir
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