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La gaviota

by Fernán Caballero · Spanish · Gutenberg #23600 · 550,233 chars · public domain (US)

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Title: La gaviota

Author: Fernán Caballero


        
Release date: November 23, 2007 [eBook #23600]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/23600

Credits: Produced by Julie Barkley, Chuck Greif and the Online
        Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA GAVIOTA ***




Produced by Julie Barkley, Chuck Greif and the Online
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LA GAVIOTA[1]

Novela de Costumbres

por

Fernán Caballero

[Nota 1: Gaviota es el nombre de un ave marítima. Se aplica
familiarmente a la mujer gritona, imprudente, atolondrada y de ásperos
modales, como lo indica el conocido refrán: _La Gaviota, mientras más
vieja, más loca._]




Capítulo I

Hay en este ligero cuadro lo que más debe
gustar generalmente: novedad y naturalidad.

  G. DE MOLÈNE

Es innegable que las cosas sencillas son
las que más conmueven los corazones
profundos y los grandes entendimientos.

  ALEJANDRO DUMAS


En noviembre del año de 1836, el paquebote de vapor _Royal Sovereign_
se alejaba de las costas nebulosas de Falmouth, azotando las olas con
sus brazos, y desplegando sus velas pardas y húmedas en la neblina, aún
más parda y más húmeda que ellas.

El interior del buque presentaba el triste espectáculo del principio de
un viaje marítimo. Los pasajeros amontonados luchaban con las fatigas
del mareo. Veíanse mujeres en extrañas actitudes, desordenados los
cabellos, ajados los camisolines, chafados los sombreros. Los hombres,
pálidos y de mal humor; los niños, abandonados y llorosos; los criados,
atravesando con angulosos pasos la cámara, para llevar a los pacientes
té, café y otros remedios imaginarios, mientras que el buque, rey y
señor de las aguas, sin cuidarse de los males que ocasionaba, luchaba a
brazo partido con las olas, dominándolas cuando le oponían resistencia,
y persiguiéndolas de cerca cuando cedían.

Paseábanse sobre cubierta los hombres que se habían preservado del azote
común, por una complexión especial, o por la costumbre de viajar. Entre
ellos se hallaba el gobernador de una colonia inglesa, buen mozo y de
alta estatura, acompañado de dos ayudantes. Algunos otros estaban
envueltos en sus _mackintosh_, metidas las manos en los bolsillos, los
rostros encendidos, azulados o muy pálidos, y generalmente
desconcertados. En fin, aquel hermoso bajel parecía haberse convertido
en el alcázar de la displicencia.

Entre todos los pasajeros se distinguía un joven como de veinticuatro
años, cuyo noble y sencillo continente, y cuyo rostro hermoso y apacible
no daban señales de la más pequeña alteración. Era alto y de gentil
talante; y en la apostura de su cabeza reinaban una gracia y una
dignidad admirables. Sus cabellos negros y rizados adornaban su frente
blanca y majestuosa: las miradas de sus grandes y negros ojos eran
plácidas y penetrantes a la vez. En sus labios sombreados por un ligero
bigote negro, se notaba una blanda sonrisa, indicio de capacidad y
agudeza, y en toda su persona, en su modo de andar y en sus gestos, se
traslucía la elevación de su clase y la del alma, sin el menor síntoma
del aire desdeñoso, que algunos atribuyen injustamente a toda especie de
superioridad.

Viajaba por gusto, y era esencialmente bueno, aunque un sentimiento
virtuoso de cólera no le impeliese a estrellarse contra los vicios y los
extravíos de la sociedad. Es decir, que no se sentía con vocación de
atacar los molinos de viento, como don Quijote. Érale mucho más grato
encontrar lo bueno, que buscaba con la misma satisfacción pura y
sencilla, que la doncella siente al recoger violetas. Su fisonomía, su
gracia, su insensibilidad al frío y a la desazón general, estaban
diciendo que era español.

Paseábase observando con mirada rápida y exacta la reunión, que, a guisa
de mosaico, amontonaba el acaso en aquellas tablas, cuyo conjunto se
llama navío, así como en dimensiones más pequeñas se llama ataúd. Pero
hay poco que observar en hombres que parecen ebrios, y en mujeres que
semejan cadáveres.

Sin embargo, mucho excitó su interés la familia de un oficial inglés,
cuya esposa había llegado a bordo tan indispuesta, que fue preciso
llevarla a su camarote; lo mismo se había hecho con el ama, y el padre
la seguía con el niño de pecho en los brazos, después de haber hecho
sentar en el suelo a otras tres criaturas de dos, tres y cuatro años,
encargándoles que tuviesen juicio, y no se moviesen de allí. Los pobres
niños, criados quizá con gran rigor, permanecieron inmóviles y
silenciosos como los ángeles que pintan a los pies de la Virgen.

Poco a poco el hermoso encarnado de sus mejillas desapareció; sus
grandes ojos, abiertos cuan grandes eran, quedaron como amortiguados y
entontecidos, y sin que un movimiento ni una queja denunciase lo que
padecían, el sufrimiento comprimido se pintó en sus rostros asombrados y
marchitos.

Nadie reparó en este tormento silencioso, en esta suave y dolorosa
resignación.

El español iba a llamar al mayordomo, cuando le oyó responder de mal
humor a un joven que, en alemán y con gestos expresivos, parecía
implorar su socorro en favor de aquellas abandonadas criaturas.

Como la persona de este joven no indicaba elegancia ni distinción, y
como no hablaba más que alemán, el mayordomo le volvió la espalda,
diciéndole que no le entendía.

Entonces el alemán bajó a su camarote a proa, y volvió prontamente
trayendo una almohada, un cobertor y un capote de bayetón. Con estos
auxilios hizo una especie de cama, acostó en ella a los niños y los
arropó con el mayor esmero. Pero apenas se habían reclinado, el mareo,
comprimido por la inmovilidad, estalló de repente, y en un instante
almohada, cobertor y sobretodo quedaron infestados y perdidos.

El español miró entonces al alemán, en cuya fisonomía sólo vio una
sonrisa de benévola satisfacción, que parecía decir: ¡gracias a Dios, ya
están aliviados!

Dirigióle la palabra en inglés, en francés y en español, y no recibió
otra respuesta sino un saludo hecho con poca gracia, y esta frase
repetida: _ich verstehe nicht_ (no entiendo).

Cuando después de comer, el español volvió a subir sobre cubierta, el
frío había aumentado. Se embozó en su capa, y se puso a dar paseos.
Entonces vio al alemán sentado en un banco, y mirando al mar; el cual,
como para lucirse, venía a ostentar en los costados del buque sus perlas
de espuma y sus brillantes fosfóricos.

Estaba el joven observador vestido bien a la ligera, porque su levitón
había quedado inservible, y debía atormentarle el frío.

El español dio algunos pasos para acercársele; pero se detuvo, no
sabiendo cómo dirigirle la palabra. De pronto se sonrió, como de una
feliz ocurrencia, y yendo en derechura hacia él, le dijo en latín:

--Debéis tener mucho frío.

Esta voz, esta frase, produjeron en el extranjero la más viva
satisfacción, y sonriendo también como su interlocutor, le contestó en
el mismo idioma:

--La noche está en efecto algo rigurosa; pero no pensaba en ello.

--¿Pues en qué pensabais?--le preguntó el español.

--Pensaba en mi padre, en mi madre, en mis hermanos y hermanas.

--¿Por qué viajáis, pues, si tanto sentís esa separación?

--¡Ah!, señor; la necesidad... Ese implacable déspota...

--¿Con que no viajáis por placer?

--Ese placer es para los ricos, y yo soy pobre. ¡Por mi gusto!... ¡Si
supierais el motivo de mi viaje, veríais cuán lejos está de ser
placentero!

--¿Adónde vais, pues?

--A la guerra, a la guerra civil, la más terrible de todas: a Navarra.

--¡A la guerra!--exclamó el español al considerar el aspecto bondadoso,
suave, casi humilde y muy poco belicoso del alemán--. ¿Pues qué, sois
militar?

--No, señor, no es esa mi vocación. Ni mi afición ni mis principios me
inducirían a tomar las armas, sino para defender la santa causa de la
independencia de Alemania, si el extranjero fuese otra vez a invadirla.
Voy al ejército de Navarra a procurar colocarme como cirujano.

--¡Y no conocéis la lengua!

--No, señor, pero la aprenderé.

--¿Ni el país?

--Tampoco: jamás he salido de mi pueblo sino para la universidad.

--¿Pero tendréis recomendaciones?

--Ninguna.

--¿Contaréis con algún protector?

--No conozco a nadie en España.

--Pues entonces, ¿qué tenéis?

--Mi ciencia, mi buena voluntad, mi juventud y mi confianza en Dios.

Quedó el español pensativo al oír estas palabras. Al considerar aquel
rostro en que se pintaban el candor y la suavidad; aquellos ojos azules,
puros como los de un niño; aquella sonrisa triste y al mismo tiempo
confiada, se sintió vivamente interesado y casi enternecido.

--¿Queréis--le dijo después de una breve pausa--bajar conmigo, y aceptar
un ponche para desechar el frío? Entre tanto, hablaremos.

El alemán se inclinó en señal de gratitud, y siguió al español, el cual
bajó al comedor y pidió un ponche.

A la testera de la mesa estaba el gobernador con sus dos acólitos; a un
lado había dos franceses. El español y el alemán se sentaron a los pies
de la mesa.

--Pero ¿cómo--preguntó el primero--habéis podido concebir la idea de
venir a este desventurado país?

El alemán le hizo entonces un fiel relato de su vida. Era el sexto hijo
de un profesor de una ciudad pequeña de Sajonia, el cual había gastado
cuanto tenía en la educación de sus hijos. Concluida la del que vamos
conociendo, hallábase sin ocupación ni empleo, como tantos jóvenes
pobres se encuentran en Alemania, después de haber consagrado su
juventud a excelentes y profundos estudios, y de haber practicado su
arte con los mejores maestros. Su manutención era una carga para su
familia; por lo cual, sin desanimarse, con toda su calma germánica, tomó
la resolución de venir a España, donde, por desgracia, la sangrienta
guerra del Norte le abría esperanzas de que pudieran utilizarse sus
servicios.

--Bajo los tilos que hacen sombra a la puerta de mi casa--dijo al
terminar su narración--, abracé por última vez a mi buen padre, a mi
querida madre, a mi hermana Lotte[2] y a mis hermanitos. Profundamente
conmovido y bañado en lágrimas, entré en la vida, que otros encuentran
cubierta de flores. Pero, ánimo; el hombre ha nacido para trabajar: el
cielo coronará mis esfuerzos. Amo la ciencia que profeso, porque es
grande y noble: su objeto es el alivio de nuestros semejantes; y el
resultado es bello, aunque la tarea sea penosa.

[Nota 2: Diminutivo alemán de Carlota.]

--¿Y os llamáis...?

--Fritz Stein--respondió el alemán, incorporándose algún tanto sobre su
asiento, y haciendo una ligera reverencia.

Poco tiempo después, los dos nuevos amigos salieron.

Uno de los franceses, que estaba enfrente de la puerta, vio que al subir
la escalera el español echó sobre los hombros del alemán su hermosa capa
forrada de pieles; que el alemán hizo alguna resistencia, y que el otro
se esquivó y se metió en su camarote.

--¿Habéis entendido lo que decían?--le preguntó su compatriota.

--En verdad--repuso el primero (que era comisionista de comercio)--, el
latín no es mi fuerte; pero el mozo rubio y pálido se me figura una
especie de Werther llorón, y he oído que hay en la historia su poco de
Carlota, amén de los chiquillos, como en la novela alemana. Por dicha,
en lugar de acudir a la pistola para consolarse, ha echado mano del
ponche, lo que si no es tan sentimental, es mucho más filosófico y
alemán. En cuanto al español, le creo un don Quijote, protector de
desvalidos, con sus ribetes de San Martín, que partía su capa con los
pobres: esto, unido a su talante altanero, a sus miradas firmes y
penetrantes como alambres, y a su rostro pálido y descolorido, a manera
de paisaje en noche de luna, forma también un conjunto perfectamente
español.

--Sabéis--repuso el otro--que como pintor de historia voy a Tarifa, con
designio de pintar el sitio de aquella ciudad, en el momento en que el
hijo de Guzmán hace seña a su padre de que le sacrifique antes que
rendir la plaza. Si ese joven quisiera servirme de modelo, estoy seguro
del buen éxito de mi cuadro. Jamás he visto la naturaleza más cerca de
lo ideal.

--Así sois todos los artistas: ¡siempre poetas!--respondió el
comisionista--. Por mi parte, si no me engañan la gracia de ese hombre,
su pie mujeril y bien plantado, y la elegancia y el perfil de su
cintura, le califico desde ahora de torero. Quizá sea el mismo Montes,
que tiene poco más o menos la misma catadura, y que además es rico y
generoso.

--¡Un torero!--exclamó el artista--, ¡un hombre del pueblo! ¿Os estáis
chanceando?

--No, por cierto--dijo el otro--; estoy muy lejos de chancearme. No
habéis vivido como yo en España, y no conocéis el temple aristocrático
de su pueblo. Ya veréis, ya veréis. Mi opinión es que, como gracias a
los progresos de la igualdad y fraternidad los chocantes aires
aristocráticos se van extinguiendo, en breve no se hallarán en España,
sino en las gentes del pueblo.

--¡Creer que ese hombre es un torero!--dijo el artista con tal sonrisa
de desdén que el otro se levantó picado, y exclamó:

--Pronto sabré quién es: venid conmigo, y exploraremos a su criado.

Los dos amigos subieron sobre cubierta, donde no tardaron en encontrar
al hombre que buscaban.

El comisionista, que hablaba algo de español, entabló conversación con
él, y después de algunas frases triviales, le dijo:

--¿Se ha ido a la cama su amo de usted?

--Sí, señor--respondió el criado, echando a su interlocutor una mirada
llena de penetración y malicia.

--¿Es muy rico?

--No soy su administrador, sino su ayuda de cámara.

--¿Viaja por negocios?

--No creo que los tenga.

--¿Viaja por su salud?

--La tiene muy buena.

--¿Viaja de incógnito?

--No, señor: con su nombre y apellido.

--¿Y se llama?...

--Don Carlos de la Cerda

--¡Ilustre nombre, por cierto!--exclamó el pintor.

--El mío es Pedro de Guzmán--dijo el criado--, y soy muy servidor de
ustedes.

Con lo cual, les hizo una cortesía y se retiró.

--El Gil Blas tiene razón--dijo el francés--. En España no hay cosa más
común que apellidos gloriosos: es verdad que en París mi zapatero se
llamaba Martel, mi sastre Roland y mi lavandera madame Bayard. En
Escocia hay más Estuardos que piedras. ¡Hemos quedado frescos! El
tunante del criado se ha burlado de nosotros. Pero bien considerado, yo
sospecho que es un agente de la facción; un empleado oscuro de don
Carlos.

--No, por cierto--exclamó el artista--. Es mi Alonso Pérez de Guzmán, el
Bueno: el héroe de mis sueños.

El otro francés se encogió de hombros.

Llegado el buque a Cádiz, el español se despidió de Stein.

--Tengo que detenerme algún tiempo en Andalucía--le dijo--. Pedro, mi
criado, os acompañará a Sevilla, y os tomará asiento en la diligencia de
Madrid. Aquí tenéis una carta de recomendación para el ministro de la
Guerra, y otra para el general en jefe del Ejército. Si alguna vez
necesitáis de mí, como amigo, escribidme a Madrid con este sobre.

Stein no podía hablar de puro conmovido. Con una mano tomaba las cartas
y con otra rechazaba la tarjeta que el español le presentaba.

--Vuestro nombre está grabado aquí--dijo el alemán poniendo la mano en
el corazón--. ¡Ah! No lo olvidaré en mi vida. Es el del corazón más
noble, el del alma más elevada y generosa, el del mejor de los mortales.

--Con ese sobrescrito--repuso don Carlos sonriendo--, vuestras cartas
podrían no llegar a mis manos. Es preciso otro más claro y más breve.

Le entregó la tarjeta, y se despidió.

Stein leyó: _El duque de Almansa._

Y Pedro de Guzmán, que estaba allí cerca, añadió:

--Marqués de Guadalmonte, de Val-de-Flores y de Roca-Fiel; conde de
Santa Clara, de Encinasola y de Lara; caballero del Toisón de Oro, y
Gran Cruz de Carlos III; gentilhombre de cámara de Su Majestad, grande
de España de primera clase, etc.




Capítulo II


En una mañana de octubre de 1838, un hombre bajaba a pie de uno de los
pueblos del condado de Niebla, y se dirigía hacia la playa. Era tal su
impaciencia por llegar a un puertecillo de mar que le habían indicado,
que creyendo cortar terreno entró en una de las vastas dehesas, comunes
en el sur de España, verdaderos desiertos destinados a la cría del
ganado vacuno, cuyas manadas no salen jamás de aquellos límites.

Este hombre parecía viejo, aunque no tenía más de veintiséis años.
Vestía una especie de levita militar, abotonada hasta el cuello. Su
tocado era una mala gorra con visera. Llevaba al hombro un palo grueso,
del que pendía una cajita de caoba, cubierta de bayeta verde; un paquete
de libros, atados con tiras de orillo, un pañuelo que contenía algunas
piezas de ropa blanca, y una gran capa enrollada.

Este ligero equipaje parecía muy superior a sus fuerzas. De cuando en
cuando se detenía, apoyaba una mano en su pecho oprimido, o la pasaba
por su enardecida frente, o bien fijaba sus miradas en un pobre perro
que le seguía, y que en aquellas paradas se acostaba jadeante a sus
pies.

«¡Pobre _Treu_![3]--le decía--, ¡único ser que me acredita que todavía
hay en el mundo cariño y gratitud! ¡No: jamás olvidaré el día en que por
primera vez te vi! Fue con un pobre pastor, que murió fusilado por no
haber querido ser traidor. Estaba de rodillas en el momento de recibir
la muerte, y en vano procuraba alejarte de su lado. Pidió que te
apartasen, y nadie se atrevía. Sonó la descarga, y tú, fiel amigo del
desventurado, caíste mortalmente herido al lado del cuerpo exánime de
tu amo. Yo te recogí, curé tus heridas, y desde entonces no me has
abandonado. Cuando los graciosos del regimiento se burlaban de mí, y me
llamaban _cura-perros_, venías a lamerme la mano que te salvó, como
queriendo decirme: 'los perros son agradecidos'. ¡Oh Dios mío! Yo amaba
a mis semejantes. Hace dos años que, lleno de vida, de esperanza, de
buena voluntad, llegué a estos países, y ofrecía a mis semejantes mis
desvelos, mis cuidados, mi deber y mi corazón. He curado muchas heridas,
y en cambio las he recibido muy profundas en mi alma. ¡Gran Dios! ¡Gran
Dios! Mi corazón está destrozado. Me veo ignominiosamente arrojado del
Ejército, después de dos años de servicio, después de dos años de
trabajar sin descanso. Me veo acusado y perseguido, sólo por haber
curado a un hombre del partido contrario, a un infeliz, que perseguido
como una bestia feroz, vino a caer moribundo en mis brazos. ¿Será
posible que las leyes de la guerra conviertan en crimen lo que la moral
erige en virtud, y la religión en deber? ¿Y qué me queda que hacer
ahora? Ir a reposar mi cabeza calva y mi corazón ulcerado a la sombra de
los tilos de la casa paterna. ¡Allí no me contarán por delito el haber
tenido piedad de un moribundo!»

[Nota 3: Treu significa en alemán fiel, y se pronuncia Troy.]

Después de una pausa de algunos instantes, el desventurado hizo un
esfuerzo.

«Vamos, _Treu_; _vorwarts, vorwarts_»[4].

[Nota 4: Adelante, adelante.]

Y el viajero y el fiel animal prosiguieron su penosa jornada.

Pero a poco rato perdió el estrecho sendero que había seguido hasta
entonces, y que habían formado las pisadas de los pastores.

El terreno se cubría más y más de maleza, de matorrales altos y espesos:
era imposible seguir en línea recta; no se podía andar sin inclinarse
alternativamente a uno u otro lado.

El sol concluía su carrera, y no se descubría el menor aviso de
habitación humana en ningún punto del horizonte; no se veía más, sino la
dehesa sin fin, desierto verde y uniforme como el océano.

Fritz Stein, a quien sin duda han reconocido ya nuestros lectores,
conoció demasiado tarde que su impaciencia le había inducido a contar
con más fuerzas que las que tenía. Apenas podía sostenerse sobre sus
pies hinchados y doloridos, sus arterias latían con violencia, partía
sus sienes un agudo dolor; una sed ardiente le devoraba. Y para aumento
del horror de su situación, unos sordos y prolongados mugidos le
anunciaban la proximidad de algunas de las toradas medio salvajes, tan
peligrosas en España.

«Dios me ha salvado de muchos peligros--dijo el desgraciado viajero--:
también me protegerá ahora, y si no, hágase su voluntad.»

Con esto apretó el paso lo más que le fue posible: pero ¡cuál no sería
su espanto, cuando habiendo doblado una espesa mancha de lentiscos, se
encontró frente a frente, y a pocos pasos de distancia, con un toro!

Stein quedó inmóvil y como petrificado. El bruto, sorprendido de aquel
encuentro y de tanta audacia, quedó también sin movimiento, fijando en
Stein sus grandes y feroces ojos, inflamados como dos hogueras. El
viajero conoció que al menor movimiento que hiciese era hombre perdido.
El toro, que por el instinto natural de su fuerza y de su valor quiere
ser provocado para embestir, bajó y alzó dos veces la cabeza con
impaciencia, arañó la tierra y suscitó de ella nubes de polvo, como en
señal de desafío. Stein no se movía. Entonces el animal dio un paso
atrás, bajó la cabeza, y ya se preparaba a la embestida, cuando se
sintió mordido en los corvejones. Al mismo tiempo, los furiosos ladridos
de su leal compañero dieron a conocer a Stein su libertador. El toro
embravecido se volvió a repeler el inesperado ataque, movimiento de que
se aprovechó Stein para ponerse en fuga. La horrible situación de que
apenas se había salvado, le dio nuevas fuerzas para huir por entre las
carrascas y lentiscos, cuya espesura le puso al abrigo de su formidable
contrario.

Había ya atravesado una cañada de poca extensión, y subiendo a una loma,
se detuvo casi sin aliento, y se volvió a mirar el sitio de su
arriesgado lance. Entonces vio de lejos entre los arbustos a su pobre
compañero, a quien el feroz animal levantaba una y otra vez por alto.
Stein extendía sus brazos hacia el leal animal, y repetía sollozando:

«¡Pobre, pobre _Treu_! ¡Mi único amigo! ¡Qué bien mereces tu nombre!
¡Cuán caro te cuesta el amor que tuviste a tus amos!»

Por sustraerse a tan horrible espectáculo, apresuró Stein sus pasos, no
sin derramar copiosas lágrimas. Así llegó a la cima de otra altura,
desde donde se desenvolvió a su vista un magnífico paisaje. El terreno
descendía con imperceptible declive hacia el mar, que, en calma y
tranquilo, reflejaba los fuegos del sol en su ocaso, y parecía un campo
sembrado de brillantes, rubíes y zafiros. En medio de esta profusión de
resplandores, se distinguía como una perla el blanco velamen de un
buque, al parecer clavado en las olas. La accidentada línea que formaba
la costa presentaba ya una playa de dorada arena que las mansas olas
salpicaban de plateada espuma, ya rocas caprichosas y altivas, que
parecían complacerse en arrostrar el terrible elemento, a cuyos embates
resisten, como la firmeza al furor. A lo lejos, y sobre una de las peñas
que estaban a su izquierda, Stein divisó las ruinas de un fuerte, obra
humana que a nada resiste, a quien servían de base las rocas, obra de
Dios, que resiste a todo. Algunos grupos de pinos alzaban sus fuertes y
sombrías cimeras, descollando sobre la maleza. A la derecha, y en lo
alto de un cerro, descubrió un vasto edificio, sin poder precisar si era
una población, un palacio con sus dependencias o un convento.

Casi extenuado por su última carrera, y por la emoción que recientemente
le había agitado, aquel fue el punto a que dirigió sus pasos.

Ya había anochecido cuando llegó. El edificio era un convento, como los
que se contruían en los siglos pasados, cuando reinaban la fe y el
entusiasmo: virtudes tan grades, tan bellas, tan elevadas, que por lo
mismo no tienen cabida en este siglo de ideas estrechas y mezquinas;
porque entonces el oro no servía para amontonarlo ni emplearlo en lucros
inicuos, sino que se aplicaba a usos dignos y nobles, como que los
hombres pensaban en lo grande y en lo bello, antes de pensar en lo
cómodo y en lo útil. Era un convento, que en otros tiempos suntuoso,
rico, hospitalario, daba pan a los pobres, aliviaba las miserias y
curaba los males del alma y del cuerpo; mas ahora, abandonado, vacío,
pobre, desmantelado, puesto en venta por unos pedazos de papel, nadie
había querido comprarlo, ni aun a tan bajo precio.

La especulación, aunque engrandecida en dimensiones gigantescas, aunque
avanzando como un conquistador que todo lo invade, y a quien no arredran
los obstáculos, suele, sin embargo, detenerse delante de los templos del
Señor, como la arena que arrebata el viento del desierto, se detiene al
pie de las Pirámides.

El campanario, despojado de su adorno legítimo, se alzaba como un
gigante exánime, de cuyas vacías órbitas hubiese desaparecido la luz de
la vida. Enfrente de la entrada duraba aún una cruz de mármol blanco,
cuyo pedestal, medio destruido, la hacía tomar una postura inclinada,
como de caimiento y dolor. La puerta, antes abierta a todos de par en
par, estaba ahora cerrada.

Las fuerzas de Stein le abandonaron, y cayó medio exánime en un banco de
piedra pegado a la pared cerca de la puerta. El delirio de la fiebre
turbó su cerebro; parecíale que las olas del mar se le acercaban, cual
enormes serpientes, retirándose de pronto y cubriéndole de blanca y
venenosa baba; que la Luna le miraba con pálido y atónito semblante; que
las estrellas daban vueltas en rededor de él, echándole miradas
burlonas. Oía mugidos de toros, y uno de estos animales salía de detrás
de la cruz y echaba a los pies del calenturiento su pobre perro, privado
de la vida. La cruz misma se le acercaba vacilante, como si fuera a
caer, y abrumarle bajo su peso. ¡Todo se movía y giraba en rededor del
infeliz! Pero en medio de este caos, en que más y más se embrollaban sus
ideas, oyó no ya rumores sordos y fantásticos, cual tambores lejanos,
como le habían parecido los latidos precipitados de sus arterias, sino
un ruido claro y distinto, y que con ningún otro podía confundirse: el
canto de un gallo.

Como si este sonido campestre y doméstico le hubiese restituido de
pronto la facultad de pensar y la de moverse, Stein se puso en pie, se
encaminó con gran dificultad hacia la puerta, y la golpeó con una
piedra; le respondió un ladrido. Hizo otro esfuerzo para repetir su
llamada, y cayó al suelo desmayado.

Abrióse la puerta y aparecieron en ella dos personas.

Era una mujer joven, con un candil en la mano, la cual, dirigiendo la
luz hacia el objeto que divisaba a sus pies, exclamó:

--¡Jesús María!, no es Manuel; es un desconocido... ¡y está muerto!
¡Dios nos asista!

--Socorrámosle--exclamó la otra, que era una mujer de edad, vestida con
mucho aseo--. Hermano Gabriel, hermano Gabriel--gritó entrando en el
patio--: venga usted pronto. Aquí hay un infeliz que se está muriendo.

Oyéronse pasos precipitados, aunque pesados. Eran los de un anciano, de
no muy alta estatura, cuya faz apacible y cándida indicaba un alma pura
y sencilla. Su grotesco vestido consistía en un pantalón y una holgada
chupa de sayal pardo, hechos al parecer de un hábito de fraile; calzaba
sandalias, y cubría su luciente calva un gorro negro de lana.

--Hermano Gabriel--dijo la anciana--, es preciso socorrer a este hombre.

--Es preciso socorrer a este hombre--contestó el hermano Gabriel.

--¡Por Dios, señora!--exclamó la del candil--. ¿Dónde va usted a poner
aquí a un moribundo?

--Hija--respondió la anciana--, si no hay otro lugar en que ponerle,
será en mi propia cama.

--¿Y va usted a meterle en casa--repuso la otra--, sin saber siquiera
quién es?

--¿Qué importa?--dijo la anciana--. ¿No sabes el refrán: haz bien y no
mires a quién? Vamos: ayúdame, y manos a la obra.

Dolores obedeció con celo y temor a un tiempo.

--Cuando venga Manuel--decía--, quiera Dios que no tengamos alguna
desazón.

--¡Tendría que ver!--respondió la buena anciana--, ¡No faltaba más sino
que un hijo tuviese que decir a lo que su madre dispone!

Entre los tres llevaron a Stein al cuarto del hermano Gabriel. Con paja
fresca y una enorme y lanuda zalea se armó al instante una buena cama.
La tía María sacó del arca un par de sábanas no muy finas, pero limpias,
y una manta de lana.

Fray Gabriel quiso ceder su almohada, a lo que se opuso la tía María,
diciendo que ella tenía dos, y podía muy bien dormir con una sola. Stein
no tardó en ser desnudado y metido en la cama.

Entre tanto se oían golpes repetidos a la puerta.

--Ahí está Manuel--dijo entonces su mujer--. Venga usted conmigo, madre,
que no quiero estar sola con él, cuando vea que hemos dado entrada en
casa a un hombre sin que él lo sepa.

La suegra siguió los pasos de la nuera.

--¡Alabado sea Dios! Buenas noches, madre; buenas noches, mujer--dijo al
entrar un hombre alto y de buen talante, que parecía tener de treinta y
ocho a cuarenta años, y a quien seguía un muchacho como de unos trece.

--Vamos, Momo[5]--añadió--, descarga la burra y llévala a la cuadra. La
pobre _Golondrina_ no puede con el alma.

[Nota 5: Diminutivo de Gerónimo en Andalucía.]

Momo llevó a la cocina, punto de reunión de toda la familia, una buena
provisión de panes grandes y blancos, unas alforjas y la manta de su
padre. En seguida desapareció llevando del diestro a _Golondrina_.

Dolores volvió a cerrar la puerta, y se reunió en la cocina con su
marido y con su madre.

--¿Me traes--le dijo--el jabón y el almidón?

--Aquí viene.

--¿Y mi lino?--preguntó la madre.

--Ganas tuve de no traerlo--respondió Manuel sonriéndose, y entregando a
su madre unas madejas.

--¿Y por qué, hijo?

--Es que me acordaba de aquel que iba a la feria, y a quien daban
encargos todos sus vecinos. Tráeme un sombrero; tráeme un par de
polainas; una prima quería un peine; una tía, chocolate; y a todo esto,
nadie le daba un cuarto. Cuando estaba ya montado en la mula, llegó un
chiquillo y le dijo: «Aquí tengo dos cuartos para un pito, ¿me lo quiere
usted traer?» Y diciendo y haciendo, le puso las monedas en la mano. El
hombre se inclinó, tomó el dinero y le respondió: «¡Tú pitarás!» Y, en
efecto, volvió de la feria, y de todos los encargos no trajo más que el
pito.

--¡Pues está bueno!--repuso la madre--: ¿para quién me paso yo hilando
los días y las noches? ¿No es para ti y para tus hijos? ¿Quieres que sea
como el sastre del Campillo, que cosía de balde y ponía el hilo?

En este momento se presentó Momo a la puerta de la cocina. Era bajo de
cuerpo y rechoncho, alto de hombros, y además tenía la mala maña de
subirlos más, con un gesto de desprecio y de _qué se me da a mí_, hasta
tocar con ellos sus enormes orejas, anchas como abanicos. Tenía la
cabeza abultada, el cabello corto, los labios gruesos. Era además chato
y horriblemente bizco.

--Padre--dijo con un gesto de malicia--, en el cuarto del hermano
Gabriel hay un hombre acostado.

--¡Un hombre en mi casa!--gritó Manuel saltando de la silla--. Dolores,
¿qué es esto?

--Manuel, es un pobre enfermo. Tu madre ha querido recogerlo. Yo me
opuse a ello, pero su merced quiso. ¿Qué había yo de hacer?

--¡Bueno está!, pero, aunque sea mi madre, no por eso ha de tener en
casa al primero que se presenta.

--No; sino dejarle morir a la puerta, como si fuera un perro--dijo la
anciana--. ¿No es eso?

--Pero madre--repuso Manuel--, ¿es mi casa algún hospital?

--No; pero es la casa de un cristiano; y si hubieras estado aquí,
hubieras hecho lo mismo que yo.

--Que no--respondió Manuel--; le habría puesto encima de la burra, y le
habría llevado al lugar, ya que se acabaron los conventos.

--Aquí no teníamos burra ni alma viviente que pudiera hacerse cargo de
ese infeliz.

--¡Y si es un ladrón!

--Quien se está muriendo, no roba.

--Y si le da una enfermedad larga, ¿quién la costea?

--Ya han matado una gallina para el caldo--dijo Momo--; yo he visto las
plumas en el corral.

--¿Madre, ha perdido usted el sentido?--exclamó Manuel colérico.

--Basta, basta--dijo la madre con voz severa y dignidad--. Caérsete
debía la cara de vergüenza de haberte incomodado con tu madre, sólo por
haber hecho lo que manda la ley de Dios. Si tu padre viviera, no podría
creer que su hijo cerraba la puerta a un infeliz que llegase a ella
muriéndose y sin amparo.

Manuel bajó la cabeza, y hubo un rato de silencio general.

--Vaya, madre--dijo en fin--; haga usted cuenta que no he dicho nada.
Gobiérnese a su gusto. Ya se sabe que las mujeres se salen siempre con
la suya.

Dolores respiró más libremente.

--¡Qué bueno es!--dijo gozosa a su suegra.

--Tú podías dudarlo--respondió ésta sonriendo a su nuera, a quien quería
mucho, y levantándose para ir a ocupar su puesto a la cabecera del
enfermo--. Yo, que lo he parido, no lo he dudado nunca.

Al pasar cerca de Momo, le dijo su abuela:

--Ya sabía yo que tenías malas entrañas; pero nunca lo has acreditado
tanto como ahora. Anda con Dios; te compadezco: eres malo, y el que es
malo, consigo lleva el castigo.

--Las viejas no sirven más que para sermonear--gruñó Momo, echando a su
abuela una impaciente y torcida mirada.

Pero apenas había pronunciado la última palabra, cuando su madre, que lo
había oído, se arrojó a él y le descargó una bofetada.

--Aprende--le dijo--a no ser insolente con la madre de tu padre, que es
dos veces madre tuya.

Momo se refugió llorando a lo último del corral, y desahogó su coraje
dando una paliza al perro.




Capítulo III


La tía María y el hermano Gabriel se esmeraban a cual más en cuidar al
enfermo; pero discordaban en cuanto al método que debía emplearse en su
curación. La tía María, sin haber leído a Brown, estaba por los caldos
sustanciosos y los confortantes tónicos, porque decía que estaba muy
débil y muy extenuado. Fray Gabriel, sin haber oído el nombre de
Broussais, quería refrescos y temperantes, porque, en su opinión, había
fiebre cerebral, la sangre estaba inflamada y la piel ardía.

Los dos tenían razón; y del doble sistema, compuesto de los caldos de la
tía María y de las limonadas del hermano Gabriel, resultó que Stein
recobró la vida y la salud el mismo día en que la buena mujer mató la
última gallina, y el hermano cogía el último limón del árbol.

--Hermano Gabriel--dijo la tía María--, ¿qué casta de pájaro cree usted
que será nuestro enfermo? ¿Militar?

--Bien podrá ser que sea militar--contestó fray Gabriel, el cual,
excepto en puntos de medicina y de horticultura, estaba acostumbrado a
mirar a la tía María como a un oráculo, y a no tener otra opinión que la
suya, lo mismo que había hecho con el prior de su convento. Así que casi
maquinalmente, repetía siempre lo que la buena anciana decía.

--No puede ser--prosiguió la tía María, meneando la cabeza--. Si fuera
militar, tendría armas, y no las tiene. Es verdad que al doblar su
levitón para quitarlo de en medio, hallé en el bolsillo una cosa a modo
de pistola; pero al examinarla con el mayor cuidado, por si acaso, vine
a caer en que no era pistola, sino flauta. Luego no es militar.

--No puede ser militar--repitió el hermano Gabriel.

--¿Si será un contrabandista?

--¡Puede ser que sea un contrabandista!--dijo el buen lego.

--Pero no--repuso la anciana--, porque para hacer el contrabando es
preciso tener géneros o dineros, y él no tiene ni lo uno ni lo otro.

--Es verdad: ¡no puede ser contrabandista!--afirmó fray Gabriel.

--Hermano Gabriel, ¿a ver qué dicen los títulos de esos libros?, puede
ser que por ahí saquemos cuál es su oficio.

El hermano se levantó, tomó sus espejuelos engarzados en cuerno, los
colocó sobre la nariz, echó mano al paquete de libros, y aproximándose a
la ventana que daba al gran patio interior, estuvo largo rato
examinándolos.

--Hermano Gabriel--dijo al cabo la tía María--. ¿Se le ha olvidado a
usted el leer?

--No, pero no conozco estas letras; me parece que es hebreo.

--¡Hebreo!--exclamó la tía María--. ¡Virgen Santa! ¿Si será judío?

En aquel momento, Stein, que había estado largo tiempo aletargado, abrió
los ojos y dijo en alemán:

--_Gott, wo bin ich?_ (Dios mío, ¿dónde estoy?)

La tía María se puso de un salto en medio del cuarto. El hermano Gabriel
dejó caer los libros, y se quedó hecho una piedra, abriendo los ojos tan
grandes como sus espejuelos.

--¿Qué ha hablado?--preguntó la tía María.

--Será hebreo como sus libros--respondió fray Gabriel--. Quizá será
judío como usted ha dicho, tía María.

--¡Dios nos asista!--exclamó la anciana--; pero no. Si fuera judío, ¿no
le habríamos visto el rabo cuando lo desnudábamos?

--Tía María--repuso el lego--, el padre prior decía que eso del rabo de
los judíos es una patraña, una tontería, y que los judíos no tienen tal
cosa.

--Hermano Gabriel--replicó la tía María--, desde la bendita
Constitución todo se vuelve cambios y mudanzas. Esa gente que gobierna
en lugar del rey no quiere que haya nada de lo que antes hubo; y por
esto no han querido que los judíos tengan rabo, y toda la vida lo han
tenido como el diablo. Si el padre prior dijo lo contrario, le obligaron
a ello, como lo obligaron a decir en la misa rey _constitucional_.

--¡Bien podrá ser!--dijo el hermano.

--No será judío--prosiguió la anciana--, pero será un moro o un turco
que habrá naufragado en estas costas.

--Un pirata de Marruecos--repuso el buen fraile--; ¡puede ser!

--Pero entonces llevaría turbante y chinelas amarillas, como el moro que
yo vi hace treinta años cuando fui a Cádiz: se llama el moro Seylan.
¡Qué hermoso era! Pero para mí, toda su hermosura se le quitaba con no
ser cristiano. Pero más que sea judío o moro, no importa: socorrámosle.

--Socorrámosle aunque sea judío o moro--repitió el hermano.

Y los dos se acercaron a la cama.

Stein se había incorporado y miraba con extrañeza todos los objetos que
le rodeaban.

--No entenderá lo que le digamos--dijo la tía María--, pero hagamos la
prueba.

--Hagamos la prueba--repitió el hermano Gabriel.

La gente del pueblo en España cree generalmente que el mejor medio de
hacerse entender es hablar a gritos. La tía María y fray Gabriel, muy
convencidos de ello, gritaron a la vez, ella: «¿quiere usted caldo?», y
él: «¿quiere usted limonada?»

Stein, que iba saliendo poco a poco del caos de sus ideas, preguntó en
español:

--¿Dónde estoy? ¿Quiénes son ustedes?

--El señor--respondió la anciana--es el hermano Gabriel, y yo soy la tía
María, para lo que usted quiera mandar.

--¡Ah!--dijo Stein--, el Santo Arcángel y la bendita Virgen, cuyos
nombres lleváis, aquella que es la salud de los enfermos, la consoladora
de los afligidos, y el socorro de los cristianos, os pague el bien que
me habéis hecho.

--¡Habla español--exclamó alborozada la tía María--, y es cristiano, y
sabe las letanías!

Y llena de júbilo, se arrojó a Stein, le estrechó en sus brazos y le
estampó un beso en la frente.

--Y a todo esto, ¿quién es usted?--dijo la tía María, después de haberle
dado una taza de caldo--. ¿Cómo ha venido usted a parar enfermo y
muriéndose a este despoblado?

--Me llamo Stein, y soy cirujano. He estado en la guerra de Navarra, y
volvía por Extremadura a buscar un puerto donde embarcarme para Cádiz, y
de allí a mi tierra, que es Alemania. Perdí el camino, y he estado largo
tiempo dando rodeos, hasta que por fin he llegado aquí enfermo, exánime
y moribundo.

--Ya ve usted--dijo la tía María al hermano Gabriel--, que sus libros no
están en hebreo, sino en la lengua de los cirujanos.

--Eso es, están escritos en la lengua de los cirujanos--repitió fray
Gabriel.

--¿Y de qué partido era usted?--preguntó la anciana--: ¿de don Carlos o
de los otros?

--Servía en las tropas de la reina--respondió Stein.

La tía María se volvió a su compañero, y con un gesto expresivo, le dijo
en voz baja:

--Este no es de los buenos.

--¡No es de los buenos!--repitió fray Gabriel, bajando la cabeza.

--Pero ¿dónde estoy?--volvió a preguntar Stein.

--Está usted--respondió la anciana--en un convento, que ya no es
convento; es un cuerpo sin alma. Ya no le quedan más que las paredes, la
cruz blanca y fray Gabriel. Todo lo demás se lo llevaron los otros.
Cuando ya no quedó nada que sacar, unos señores que se llaman _crédito
público_ buscaron un hombre de bien para guardar el convento, es decir,
el caparazón. Oyeron hablar de mi hijo, y vinimos a establecernos aquí,
donde yo vivo con ese hijo, que es el único que me ha quedado. Cuando
entramos en el convento, salían de él los padres. Unos iban a América,
otros a las misiones de la China, otros se quedaron con sus familias, y
otros se fueron a buscar la vida trabajando o pidiendo limosna. Vimos a
un hermano lego, viejo y apesadumbrado que, sentado en las gradas de la
cruz blanca, lloraba unas veces por sus hermanos que se iban, y otras
por el convento que se quedaba solo. «¿No viene su merced?», le preguntó
un corista. «¿Y adónde he de ir?--respondió--Jamás he salido de estos
muros, donde fui recogido niño y huérfano, por los padres. No conozco a
nadie en el mundo ni sé más que cuidar la huerta del convento. ¿Adónde
he de ir? ¿Qué he de hacer? ¡Yo no puedo vivir sino aquí!» «Pues quédese
usted con nosotros», le dije yo entonces. «Bien dicho, madre--repuso mi
hijo--. Siete somos los que nos sentamos a la mesa; nos sentaremos
ocho; comeremos más, y comeremos menos, como suele decirse.»

--Y gracias a esta caridad--añadió fray Gabriel--, cáteme usted aquí
cuidando la huerta; pero desde que se vendió la noria, no puedo regar ni
un palmo de tierra; de modo que se están secando los naranjos y los
limones.

--Fray Gabriel--continuó la tía María--se quedó en estas paredes, a las
cuales está pegado como la yedra; pero, como iba diciendo, ya no hay más
que paredes. ¡Habrá picardía! Nada, lo que ellos dicen: «Destruyamos el
nido, para que no vuelvan los pájaros.»

--Sin embargo--dijo Stein--, yo he oído decir que había demasiados
conventos en España.

La tía María fijó en el alemán sus ojos negros vivos y espantados;
después, volviéndose al lego, le dijo en voz baja:

--¿Serán ciertas nuestras primeras sospechas?

--¡Puede ser que sean ciertas!--respondió el hermano.




Capítulo IV


Stein, cuya convalecencia adelantaba rápidamente, pudo en breve, con
ayuda del hermano Gabriel, salir de su cuarto y examinar menudamente
aquella noble estructura, tan suntuosa, tan magnífica, tan llena de
primores y de riquezas artísticas, la cual, lejos de las miradas de los
hombres, colocada entre el cielo y el desierto, había sido una digna
morada de muchos varones ricos e ilustres, que vivieron en el convento,
realzando su nobleza y suntuosidad con las virtudes y grandes prendas de
que Dios los había dotado, sin otro testigo que su Criador, ni más fin
que glorificarle; porque se engañan mucho los que creen que la modestia
y la humildad se ocultan siempre bajo la librea de la pobreza. No: los
remiendos y las casuchas abrigan a veces más orgullo que los palacios.

El gran portal embovedado, por donde había sido introducido Stein, daba
a un gran patio cuadrado. Desde la puerta hasta el fondo del patio, se
extendía una calle de enormes cipreses. Allí se alzaba una vasta reja de
hierro, que dividía el patio grande, de otro largo y estrecho, en que
continuaba la calle de cipreses, pareciendo entrar en ella con paso
majestuoso, y formando una guardia de honor al magnífico portal de la
iglesia, que se hallaba en el fondo de este segundo y estrecho patio.

Cuando la puerta exterior y la reja estaban abiertas de par en par, como
las iglesias de los conventos no están obstruidas por el coro, desde las
gradas de la cruz de mármol blanco, que estaba situada a distancia fuera
del edificio, se divisaba perfectamente el soberbio altar mayor, todo
dorado desde el suelo hasta el techo, y que cubría la pared de la
cabecera del templo. Cuando reverberaban centenares de luces en aquellas
refulgentes molduras, y en las innumerables cabezas de los ángeles que
formaban parte de su adorno; cuando los sonidos del órgano, armonizando
con la grandeza del sitio, y con la solemnidad del culto católico
estallaban en la bóveda de la iglesia, demasiado estrecha para
contenerlos, y se iban a perder en las del cielo; cuando se ofrecía esta
grandiosa escena, sin más espectadores que el desierto, la mar y el
firmamento, no parecía sino que para ellos solos se había levantado
aquel edificio y se celebraban los oficios divinos.

A los dos lados de la reja, fuera de la calle de cipreses, había dos
grandes puertas. La de la izquierda, que era el lado del mar, daba a un
patio interior, de gigantescas dimensiones. Reinaba en torno de él un
anchuroso claustro, sostenido en cada lado por veinte columnas de mármol
blanco. Su pavimento se componía de losas de mármol azul y blanco. En
medio se alzaba una fuente, alimentada por una noria que estaba siempre
en movimiento. Representaba una de las obras de misericordia, figurada
por una mujer dando de beber a un peregrino que, postrado a sus pies,
recibía el agua, que en una concha ella le presentaba. La parte
inferior de las paredes, hasta una altura de diez pies, estaba revestida
de pequeños azulejos, cuyos brillantes colores se enlazaban en
artificiosos mosaicos. Enfrente de la entrada se abría una anchísima
escalera de mármol, construcción aérea, sin más apoyo ni sostén que la
sabia proporción de su masa enorme. Estas admirables obras maestras de
arquitectura eran muy poco comunes en nuestros conventos. Los grandes
artistas, autores de tantas maravillas, estaban animados de un santo
celo religioso y por el noble deseo y la creencia de que trabajaban para
la más remota posteridad. Sabido es que el primero y el más popular de
ellos no trabajaba en ningún asunto religioso sin haber comulgado
antes[6].

[Nota 6: Bartolomé Esteban Murillo.]

El claustro alto estaba sostenido por veinte columnas más pequeñas que
las del bajo. Reinaba en torno a una balaustrada de mármol blanco,
calada y de un trabajo exquisito. Caían a estos claustros las puertas de
las celdas, hechas de caoba, pequeñas pero cubiertas de adornos de
talla. Las celdas se componían de una pequeña antecámara, que daba paso
a una sala también chica, con su correspondiente alcoba. El ajuar lo
formaban en la pieza principal, algunas sillas de pino, una mesa y un
estante, y en la alcoba, una cama que consistía en cuatro tablas sin
colchón y dos sillas.

Detrás de este patio había otro por el mismo estilo: allí estaban el
noviciado, la enfermería, la cocina y los refectorios. Consistían estos
en unas mesas largas, de mármol, y una especie de púlpito para el que
leía durante las comidas.

El departamento situado a la derecha de la calle de cipreses contenía un
patio semejante a la del lado opuesto. Allí estaba la hospedería, donde
eran recibidos los forasteros, ya fuesen legos o religiosos. Estaban
también la librería, las sacristías, los guardamuebles y otras
oficinas. En el segundo patio, al que se entraba por una puerta
exterior, se hallaban abajo los almacenes para el aceite y arriba los
graneros. Estos cuatro patios, en medio de los cuales, precedida de la
calle de cipreses, se erguía la iglesia con su campanario, como un
enorme ciprés de piedra, formaban el conjunto de aquel majestuoso
edificio. El techo se componía de un millón de tejas, sujeta cada una
con un gran clavo de hierro, para evitar que las arrancasen los
huracanes en aquel sitio elevado y próximo al mar.

A razón de real por clavo, esta sola parte del material había costado
cincuenta mil duros.

Rodeaba el convento por delante el patio grande, de que ya hemos
hablado, y en él, a izquierda y derecha de la puerta de entrada, había
cuartos pequeños de un solo piso, para alojar a los jornaleros, cuando
los religiosos cultivaban sus tierras: allí habitaba en la época en que
pasa nuestra historia, el guarda Manuel Alerza con su familia. A la
izquierda, hacia el lado del mar, se extendía una gran huerta,
ostentando bajo las ventanas de las celdas, su fresco verdor, sus
árboles, sus flores, el murmullo de sus acequias, el canto de los
pájaros y la esquila del buey que tiraba de la noria. Formaba todo esto
un pequeño oasis, en medio de un desierto seco y uniforme, cerca de esa
mar que se complace en el estrago y en la destrucción y que se detiene
delante de un límite de arena. Pero lo que abundaba en este lugar
solitario y silencioso, eran los cipreses y las palmeras, árboles de los
conventos, los unos de brote derecho y austero, que aspiran a las
alturas; los otros no menos elevados, pero que inclinan sus brazos a la
tierra, como para atraer a las plantas débiles que vegetan en ella.

Los pozos y la armazón entera de las norias colocados en colinas
artificiales para dar elevación a las aguas, se abrigaban bajo
enramadas piramidales de yedra, tan espesa que, cerrada la puerta de
entrada, no se podían distinguir los objetos sin luz artificial. El eje
que sostenía la rueda, estaba apoyado en dos troncos de olivo, que
habían echado raíces y cubiértose de una corona de follaje verde oscuro.
La espesura vegetal y agreste del techo, daba abrigo a innumerables
pajarillos, alegres y satisfechos con tener allí ocultos sus nidos,
mientras que el buey giraba con lento paso, haciendo resonar la esquila
que le pendía al cuello y cuyo silencio indicaba al hortelano que el
animal disfrutaba el dulce _far niente_.

Las celdas del piso bajo abrían a un terrado con bancos de piedra, y
sentados en ellos los solitarios, podían contemplar aquel estrecho y
ameno recinto, animado por el canto de las aves y perfumado por las
emanaciones de las flores, parecido a una vida tranquila y
reconcentrada; o bien podían esparcir sus miradas por el espacio, en sus
anchos horizontes, en la inmensa extensión del océano, tan espléndido
como traidor; unas veces manso y tranquilo como un cordero, otras
agitado y violento como una furia, semejante a esas existencias ingentes
y ruidosas, que se agitan en la escena de mundo.

Aquellos hombres de ciencia profunda, de estudios graves, de vida
austera y retirada, cultivaban macetas de flores en sus terrados y
criaban pajaritos con paternal esmero; porque si el paganismo puso lo
sublime en la heroicidad, el cristianismo lo ha puesto en la sencillez.

En el lado opuesto a la huerta, un espacio de las mismas dimensiones, y
encerrado en las tapias del convento, contenía los molinos de aceite,
cuyas vigas, de cincuenta pies de largo y cuatro de ancho, eran de
caoba, y además las atahonas, los hornos, las caballerizas y los
establos.

Guiado por el buen hermano Gabriel, pudo Stein admirar aquella grandeza
pasada, aquella ruina proscrita, aquel abandono que, a manera de cáncer,
devoraba tantas maravillas; aquella destrucción que se apodera de un
edificio vacío, aunque fuerte y sólido, como los gusanos toman posesión
del cadáver de un hombre joven y robusto.

Fray Gabriel no interrumpía las reflexiones del cirujano alemán.
Pertenecía a la excelente clase de pobres de espíritu, que lo son
también de palabras. Concentraba en sí su tristeza _incolora_, sus
uniformes recuerdos, sus pensamientos monótonos. Por esto solía decirle
la tía María:

«Es usted un bendito, hermano Gabriel; pero no parece que la sangre
corre en sus venas, sino que se pasea. Si algún día tuviese usted una
viveza (y sólo podría ser si volviesen los padres al convento, las
campanas a la torre y las norias a la huerta), le ahogaría a usted.»

En la iglesia, vacía y desnuda, todavía quedaban bastantes restos de
magnificencia para poder graduar toda la que se había perdido. Aquel
dorado altar mayor, tan brillante cuando reflejaba la luz de los cirios
que encendía la devoción de los fieles, estaba empañado por el polvo del
olvido. Aquellas preciosas cabezas de angelitos, que ceñían las arañas;
aquellas ventanas, cuyas vidrieras habían desaparecido y que dejaban
entrada libre a los mochuelos y otros pájaros, cuyos nidos afeaban las
bien talladas y doradas cornisas y que convertían en inmunda sentina el
rico pavimento de mármol; aquellos esqueletos de altares despojados de
todos sus adornos; aquellos grandes y hermosos ángeles que parecían
salir de las pilastras; que habían tenido en sus manos lámparas de plata
siempre encendidas y extendían aún sus brazos, mirando aquellas con
dolor vacías. Los lindos frescos de las bóvedas que no habían podido
ser arrebatados y a los cuales inundaban de llanto las nubes del cielo,
pulsadas por los temporales; el yermo santuario, cuyas puertas habían
sido de plata maciza y con bajorrelieves de Berruguete; las pilas secas
y cubiertas de polvo... ¡Dios mío! ¿Qué artista no suspira al verlos?
¿Qué cristiano no se estremece? ¿Qué católico no se prosterna y llora?

En la sacristía, guarnecida en derredor de cómodas, cuya parte superior
formaba una mesa prolongada, los cajones estaban abiertos y vacíos. En
ellos se guardaron antes las albas de holán guarnecidas de encajes, los
ornamentos de terciopelo y de tisú, en los que la plata bordaba el
terciopelo; el oro, la plata, y las perlas, el oro. En un retrete
inmediato estaban todavía las cuerdas de las campanas; una, más delgada
que las otras, movía la campana clara y sonora, que llamaba los fieles a
misa; otra hacía vibrar el bronce retumbante y melodioso, como una banda
de música militar; grave, aunque animada, en compañía de sus acólitas,
menos estrepitosas, anunciaba las grandes festividades cristianas. Otra,
finalmente, despertaba sonidos profundos y solemnes, como los del cañón,
para pedir oraciones a los hombres y clemencia al cielo por el pecador
difunto. Stein se sentó en el primer escalón de las gradillas del
púlpito sostenido por un águila de mármol negro. Fray Gabriel se hincó
de rodillas en las gradas de mármol del altar mayor.

--¡Dios mío!--decía Stein, apoyando la cabeza en las manos--, esas
hendiduras, ese agua que penetra en las bóvedas y gotea minando el
edificio con su lento y seguro trabajo, ese maderaje que se hunde, esos
adornos que se desmoronan... ¡qué espectáculo tan triste y espantoso! A
la tristeza que produce todo lo que deja de existir, se une aquí el
horror que inspira todo lo que perece de muerte violenta y a manos del
hombre. ¡Este edificio, alzado en honor de Dios por hombres piadosos,
condenado a la nada por sus descendientes!

--¡Dios mío!--decía el hermano Gabriel--, en mi vida he visto tantas
telarañas. Cada angelito tiene un solideo de ellas. San Miguel lleva una
en la punta de la espada, y no parece sino que me la está presentando.
¡Si el padre prior viera esto!

Stein cayó en una profunda melancolía. «Este santo lugar--pensaba--,
respetado por el rumor del mundo y por la luz del día, donde venían los
reyes a inclinar sus cabezas y los pobres a levantar las suyas; este
lugar que daba lecciones severas al orgullo y suaves alegrías a los
humildes, hoy se ve decaído y entregado al acaso, como bajel sin
piloto.»

En este momento, un vivo rayo de sol penetró por una de las ventanas y
vino a dar en el remate del altar mayor, haciendo resaltar en la
oscuridad con su esplendor, como si sirviera de respuesta a las quejas
de Stein, un grupo de tres figuras abrazadas. Eran la Fe, la Esperanza y
la Caridad[7].

[Nota 7: Habíamos pensado en acortar la descripción, quizá demasiado prolija,
del convento, persuadidos por una parte de que es de poco interés y no
tiene novedad para la presente generación, que conoce estas obras
portentosas esparcidas por toda España; y por otra, de que la opinión
reinante clasificará tal vez estas suntuosidades, cuando menos, de
gastos inútiles; reflexión, y sea dicho de paso, que no se les ocurre a
los fabricadores de las modernas opiniones, cuando de entre las ruinas
de los templos griegos levantados a los falsos dioses, desentierran
tantas maravillas del arte, ni al rebuscar y recoger las riquezas que en
los templos americanos e indios se acumulaban. Habíamos, pues, decimos,
pensado en acortar esta descripción del convento; hemos dicho la causa.
Pero no lo hemos verificado acaso por las mismas razones que lo
aconsejaban y hemos expuesto. Creemos que nos comprenderá el lector.]




Capítulo V


El fin de octubre había sido lluvioso y noviembre vestía su verde y
abrigado manto de invierno.

Stein se paseaba un día por delante del convento, desde donde se
descubría una perspectiva inmensa y uniforme: a la derecha, el mar sin
límites; a la izquierda, la dehesa sin término. En medio se dibujaba en
la claridad del horizonte el perfil oscuro de las ruinas del fuerte de
San Cristóbal, como la imagen de la nada en medio de la inmensidad. La
mar, que no agitaba el soplo más ligero, se mecía blandamente,
levantando sin esfuerzo sus olas, que los reflejos del sol doraban, como
una reina que deja ondear su manto de oro. El convento, con sus grandes,
severos y angulosos lineamentos, estaba en armonía con el grave y
monótono paisaje; su mole ocultaba el único punto del horizonte
interceptado en aquel uniforme panorama.

En aquel punto se hallaba el pueblo de Villamar, situado junto a un río
tan caudaloso y turbulento en invierno, como pobre y estadizo en
verano. Los alrededores bien cultivados, presentaban de lejos el aspecto
de un tablero de damas, en cuyos cuadros variaba de mil modos el color
verde; aquí, el amarillento de la vid aún cubierta de follaje; allí, el
verde ceniciento de un olivar, o el verde esmeralda del trigo, que
habían hecho brotar las lluvias de otoño; o el verde sombrío de las
higueras; y todo esto dividido por el verde azulado de las pitas de los
vallados. Por la boca del río cruzaban algunas lanchas pescadoras; del
lado del convento, en una elevación, se alzaba una capilla; delante, una
gran cruz, apoyada en una base piramidal de mampostería blanqueada;
detrás había un recinto cubierto de cruces pintadas de negro. Este era
el campo santo.

Delante de la cruz pendía un farol, siempre encendido; y la cruz,
emblema de salvación, servía de faro a los marineros; como si el Señor
hubiera querido hacer palpables sus parábolas a aquellos sencillos
campesinos, del mismo modo que se hace diariamente palpable a los
hombres de fe robusta y sumisa, dignos de aquella gracia.

No puede compararse este árido y uniforme paisaje con los valles de
Suiza, con las orillas del Rin o con la costa de la isla de Wight. Sin
embargo, hay una magia tan poderosa en las obras de la naturaleza, que
ninguna carece de bellezas y atractivos; no hay en ellas un solo objeto
desprovisto de interés, y si a veces faltan las palabras para explicar
en qué consiste, la inteligencia lo comprende y el corazón lo siente.

Mientras Stein hacía estas reflexiones, vio que Momo salía de la
hacienda en dirección al pueblo. Al ver a Stein, le propuso que le
acompañase; este aceptó, y los dos se pusieron en camino en dirección al
lugar.

El día estaba tan hermoso, que sólo podía compararse a un diamante de
aguas exquisitas, de vivísimo esplendor y cuyo precio no aminora el más
pequeño defecto. El alma y el oído reposaban suavemente en medio del
silencio profundo de la naturaleza. En el azul turquí del cielo no se
divisaba más que una nubecilla blanca, cuya perezosa inmovilidad la
hacía semejante a una odalisca, ceñida de velos de gasa y muellemente
recostada en su otomana azul.

Pronto llegaron a la colina próxima al pueblo, en que estaban la cruz y
la capilla.

La subida de la cuesta, aunque corta y poco empinada, había agotado las
fuerzas aún no restablecidas de Stein. Quiso descansar un rato y se puso
a examinar aquel lugar.

Acercóse al cementerio. Estaba tan verde y tan florido, como si hubiera
querido apartar de la muerte el horror que inspira. Las cruces estaban
ceñidas de vistosas enredaderas, en cuyas ramas revoloteaban los
pajarillos, cantando: ¡_Descansa en paz_! Nadie habría creído que
aquella fuese la mansión de los muertos, si en la entrada no se leyese
esta inscripción: «_Creo en la remisión de los pecados, en la
resurrección de la carne y en la vida perdurable._ _Amén._» La capilla
era un edificio cuadrado, estrecho y sencillo, cerrado con una reja y
coronada su modesta media naranja por una cruz de hierro. La única
entrada era una puertecita inmediata al altar.

En este había un gran cuadro pintado al óleo que representaba una de las
caídas del Señor con la cruz. Detrás, la Virgen, San Juan y las tres
Marías; al lado del Señor, los feroces soldados romanos. De puro vieja,
había tomado esta pintura un tono tan oscuro, que era difícil discernir
los objetos; pero aumentando al mismo tiempo el efecto de la profunda
devoción que inspiraba su vista, sea porque la meditación y el
espiritualismo se avienen mal con los colores chillones y relumbrantes,
o sea por el sello de veneración que imprime el tiempo a las obras de
arte, mayormente cuando representan objetos de devoción; que entonces
parecen doblemente santificados por el culto de tantas generaciones.
Todo pasa y todo muda en torno de esos piadosos monumentos; menos ellos,
que permanecen sin haber agotado los tesoros de consuelos que a manos
llenas prodigan. La devoción de los fieles había adornado el cuadro con
indiferentes objetos de hojuela de plata, colocados de tal modo que
parecían formar parte de la pintura: eran estos una corona de espinas
sobre la cabeza del Señor; una diadema de rayos sobre la de la Virgen,
y remates en las extremidades de la cruz. Esta costumbre extraña y aun
ridícula a los ojos del artista, a los del cristiano es buena y piadosa.
Pero a bien que la capilla del Cristo del Socorro no era un museo; jamás
había atravesado un artista sus umbrales: allí no acudían más que
sencillos devotos que sólo iban a rezar.

Las dos paredes laterales estaban cubiertas de exvotos de arriba abajo.

Los exvotos son testimonios públicos y auténticos de beneficios
recibidos, consignados por el agradecimiento al pie de los altares, unas
veces antes de obtener la gracia que se pide; otras se prometen en
grandes infortunios y circunstancias apuradas. Allí se ven largas
trenzas de cabello, que la hija amante ofreció, como su más precioso
tesoro, el día en que su madre fue arrancada a las garras de la muerte;
niños de plata colgados de cintas color de rosa, que una madre afligida,
al ver a su hijo mortalmente herido, consagró por obtener su alivio al
Señor del Socorro; brazos, ojos, piernas de plata o de cera, según las
facultades del votante; cuadros de naufragios o de otros grandes
peligros, en medio de los cuales los fieles tuvieron la sencillez de
creer que sus plegarias podrían ser oídas y otorgadas por la
misericordia divina; pues por lo visto las gentes _de alta razón, los
ilustrados, los que dicen ser los más y se tienen por los mejores_ no
creen que la oración es un lazo entre Dios y el hombre. Estos cuadros no
eran obras maestras del arte; pero quizá si lo fueran, perderían su
fisonomía y, sobre todo, su candor. ¡Y hay todavía personas que
presumiendo hallarse dotadas de un mérito superior, cierran sus almas a
las dulces impresiones del candor, que es la inocencia y la serenidad
del alma! ¿Acaso ignoran que el candor se va perdiendo, al paso que el
entusiasmo se apaga? Conservad, españoles, y respetad los débiles
vestigios que quedan de cosas tan santas como inestimables. ¡No imitéis
al Mar Muerto, que mata con sus exhalaciones los pájaros que vuelan
sobre sus olas, ni, como él, sequéis las raíces de los árboles, a cuya
sombra han vivido felices muchos países y tantas generaciones![8]

[Nota 8: Que los hombres sin fe en el alma, ni simpatía en el corazón para los
sentimientos religiosos, desdeñen estas prácticas, lo entiendo, por mucho
que me aflija; pero que uno de los primeros y mas acreditados escritores de
Francia, Jorge Sand, haya escrito estas palabras, hablando de los ex-votos:
_ces fétiches affreux, ces exvotos me font peur_, solo puede atribuirse á una
completa ignorancia de lo que son y de lo que significan.]

Entre los exvotos había uno que por su singularidad causó mucha
extrañeza a Stein. La mesa del altar no era perfectamente cuadrada desde
arriba abajo, sino que se estrechaba en línea curva hacia el pie. Entre
su base y el enladrillado había un pequeño espacio. Stein percibió allí
en la oscuridad un objeto apoyado contra la pared; y a fuerza de fijar
en él sus miradas, vino a distinguir que era un trabuco. Tal era su
volumen y tal debía ser su peso, que no podía entenderse cómo un hombre
podía manejarlo: lo mismo que sucede cuando miramos las armaduras de la
Edad Media. Su boca era tan grande que podía entrar holgadamente por
ella una naranja. Estaba roto, y sus diversas partes, toscamente atadas
con cuerdas.

--Momo--dijo Stein--, ¿qué significa eso? ¿Es de veras un trabuco?

--Me parece--dijo Momo--que bien a la vista está.

--Pero ¿por qué se pone un arma homicida en este lugar pacífico y santo?
En verdad que aquí puede decirse aquello de que pega como un par de
pistolas a un Santo Cristo.

--Pero ya ve usted--respondió Momo--que no está en manos del Señor, sino
a sus pies, como ofrenda. El día en que se trajo aquí ese trabuco (que
hace muchísimos años) fue el mismo en que se le puso a ese Cristo el
nombre del Señor del Socorro.

--Y ¿con qué motivo?--preguntó Stein.

--Don Federico--dijo Momo abriendo tantos ojos--, todo el mundo sabe
eso. ¡Y usted no lo sabe!

--¿Has olvidado que soy forastero?--replicó Stein.

--Es verdad--repuso Momo--; pues se lo diré a su merced. Hubo en esta
tierra un salteador de caminos que no se contentaba con robar a la
gente, sino que mataba a los hombres como moscas, o porque no le
delatasen o por antojo. Un día, dos hermanos vecinos de aquí, tuvieron
que hacer un viaje. Todo el pueblo fue a despedirlos, deseándoles que no
topasen con aquel forajido que no perdonaba vida y tenía atemorizado al
mundo. Pero ellos, que eran buenos cristianos, se encomendaron a este
Señor, y salieron confiando en su amparo. Al emparejar con un olivar, se
echaron en cara al ladrón, que les salía al encuentro con su trabuco en
la mano. Echóselo al pecho y les apuntó. En aquel trance se arrodillaron
los hermanos clamando al Cristo: «¡Socorro, Señor!» El desalmado disparó
el trabuco, pero quien quedó alma del otro mundo fue él mismo, porque
quiso Dios que en las manos se le reventase el trabuco. ¡Y el
trabuquillo era flojo en gracia de Dios! Ya lo está usted mirando;
porque en memoria del milagroso socorro, lo ataron con esas cuerdas y lo
depositaron aquí, y al Señor se le quedó la advocación del Socorro[9].
¿Conque no lo sabía usted, don Federico?

[Nota 9: Esta leyenda del Señor del Socorro, o por mejor decir, esta relación
verídica del suceso que es asunto del cuadro, la testificaba el
mencionado trabuco, que a los pies del altar se veía en su capilla, sita
en la calle del _Ganado_, del Puerto de Santa María. Ha poco (en 1855) ha
sido cerrada. El señor vicario de dicho punto, según tenemos entendido,
reclama el cuadro para que se le dé culto en la iglesia mayor. Estamos
persuadidos de que si logra su deseo, no se atreverá, merced a la
ilustración que tanto realza y distingue a nuestra próspera y culta era,
poner a los pies del altar el antiguo y roto trabuco que al reventar
salvó la vida a los dos devotos que al Señor pedían _socorro_. ¿Qué diría
el _decoro protestante_, que se nos va inoculando como un humor frío, de
ver un trabuco en una iglesia? ¿Qué los que acatan la _letra_ y no el
_espíritu_?...]

--No lo sabía, Momo--respondió este, y añadió como respondiendo a sus
propias reflexiones--: ¡si tú supieras cuánto ignoran aquellos que dicen
que se lo saben todo!

--Vamos, ¿se viene usted, don Federico?--dijo Momo después de un rato de
silencio--. Mire usted que no me puedo detener.

--Estoy cansado--contestó este--, vete tú, que aquí te aguardaré.

--Pues con Dios--repuso Momo, poniéndose en camino y cantando:

       Quédate con Dios y adiós,
    Dice la común sentencia;
    Que el pobre puede ser rico.
    Y el rico no compra ciencia.

Stein contemplaba aquel pueblecito tan tranquilo, medio pescador, medio
marinero, llevando con una mano el arado y con la otra el remo. No se
componía, como los de Alemania, de casas esparcidas sin orden con sus
techos tan campestres, de paja, y sus jardines; ni reposaba, como los de
Inglaterra, bajo la sombra de sus pintorescos árboles; ni como los de
Flandes formaba dos hileras de lindas casas a los lados del camino.
Constaba de algunas calles anchas, aunque mal trazadas, cuyas casas de
un solo piso y de desigual elevación, estaban cubiertas de vetustas
tejas: las ventanas eran escasas, y más escasas aún las vidrieras y toda
clase de adorno. Pero tenía una gran plaza, a la sazón verde como una
pradera, y en ella una hermosísima iglesia; y el conjunto era diáfano,
aseado y alegre.

Catorce cruces iguales a la que cerca de Stein estaba, se seguían de
distancia en distancia, hasta la última, que se alzaba en medio de la
plaza haciendo frente a la iglesia. Era esto la _via crucis_.

Momo volvió, pero no volvía solo. Venía en su compañía un señor de edad,
alto, seco, flaco y tieso como un cirio. Vestía chaqueta y pantalón de
basto paño pardo, chaleco de piqué de colores moribundos, adornado de
algunos zurcidos, obras maestras en su género; faja de lana encarnada,
como las gastan las gentes del campo; sombrero calañés de ala ancha, con
una cucarda que había sido encarnada y que el tiempo, el agua y el sol
habían convertido en color de zanahoria. En los hombros de la chaqueta
había dos estrechos galones de oro problemático, destinados a sujetar
dos charreteras; y una espada vieja, colgada de un cinturón ídem,
completaba este conjunto medio militar y medio paisano. Los años habían
hecho grandes estragos en la parte delantera del largo y estrecho cráneo
de este sujeto. Para suplir la falta de adorno natural, había levantado
y traído hacia adelante los pocos restos de cabellera que le quedaban,
sujetándolos por medio de un cabo de seda negra sobre la parte alta del
cráneo, de donde formaban un hopito con la gracia chinesca más genuina.

--Momo, ¿quién es este señor?--preguntó Stein a media voz.

--El comandante--respondió este en su tono natural.

--¡Comandante! ¿De qué?--tornó Stein a preguntar.

--Del fuerte de San Cristóbal.

--¡Del fuerte de San Cristóbal!...--exclamó Stein estático.

--Servidor de usted--dijo el recién venido, saludando con cortesía--; mi
nombre es Modesto Guerrero y pongo mi inutilidad a la disposición de
usted.

Ese usual cumplido tenía en este sujeto una aplicación tan exacta, que
Stein no pudo menos de sonreírse al devolver al militar su saludo.

--Sé quién es usted--prosiguió don Modesto--, tomo parte en sus
contratiempos y le doy el parabién por su restablecimiento, y por haber
caído en manos de los Alerzas, que son, a fe mía, unas buenas gentes; mi
persona y mi casa están a la disposición de usted, para lo que guste
mandar. Vivo en la plaza de la iglesia, quiero decir, de la
Constitución, que es como ahora se llama. Si alguna vez quiere usted
favorecerla, el letrero podrá indicarle la plaza.

--Si en todo el lugar hay otra, ¿a qué tantas señas?--dijo Momo.

--¿Conque tiene una inscripción?--preguntó Stein, que en su vida agitada
de campamentos no había tenido ocasión de aprender los usuales
cumplidos, y no sabía contestar a los del cortés español.

--Sí, señor--respondió este--; el alcalde tuvo que obedecer las órdenes
de arriba. Bien ve usted que en un pueblo pequeño no era fácil
proporcionarse una losa de mármol con letras de oro, como son las
lápidas de Cádiz y de Sevilla. Fue preciso mandar hacer el letrero al
maestro de escuela, que tiene una hermosa letra, y debía ponerse a
cierta altura en la pared del Cabildo. El maestro preparó pintura negra
con hollín y vinagre, y encaramado en una escalera de mano, empezó la
obra, trazando unas letras de un pie de alto. Por desgracia, queriendo
hacer un gracioso floreo, dio tan fuerte sacudida a la escalera, que
esta se vino al suelo con el pobre maestro y el puchero de tinta,
rodando los dos hasta el arroyo. Rosita, mi patrona, que observó la
catástrofe desde su ventana y vio levantarse al caído, negro como el
carbón, se asustó tanto, que estuvo tres días con flatos y de veras me
dio cuidado. El alcalde, sin embargo, ordenó al magullado maestro que
completase su obra, en vista de que el letrero no decía todavía más que
_consti_; el pobre maestro tuvo que apechugar con la tarea; pero esta
vez no quiso escalera de mano y fue preciso traer una carreta y poner
encima una mesa, y atarla con cuerdas. Encaramado allí el pobre, estaba
tan turulato acordándose de lo de marras, que no pensó sino en despachar
pronto; y así es que las últimas letras, en lugar de un pie de alto como
las otras, no tienen más que una pulgada; y no es esto lo peor, sino que
con la prisa, se le quedó una letra en el tintero, y el letrero dice
ahora: PLAZA DE LA CONSTITUCIN. El alcalde se puso furioso; pero el
maestro se cerró a la banda y declaró que ni por Dios ni por sus santos
volvía a las andadas, y que más bien quería montar en un toro de ocho
años, que en aquel tablado de volatines. De modo que el letrero se ha
quedado como estaba; pero a bien que no hay en el lugar quien lo lea. Y
es lástima que el maestro no lo haya enmendado, porque era muy hermoso y
hacía honor a Villamar.

Momo, que traía al hombro unas alforjas bien rellenas y tenía prisa,
preguntó al comandante si iba al fuerte de San Cristóbal.

--Sí--respondió--, y de camino, a ver a la hija del tío Pedro Santaló,
que está mala.

--¿Quién? _¿La Gaviota?_--preguntó Momo--. No lo crea usted. Si la he
visto ayer encaramada en una peña y chillando como las otras gaviotas.

--¡Gaviota!--exclamó Stein.

--Es un mal nombre--dijo el comandante--que Momo le ha puesto a esa
pobre muchacha.

--Porque tiene las piernas largas--respondió Momo--; porque tanto vive
en el agua como en la tierra; porque canta y grita, y salta de roca en
roca como las otras.

--Pues tu abuela--observó don Modesto--la quiere mucho y no la llama más
que _Marisalada_, por sus graciosas travesuras y por la gracia con que
canta y baila y remeda a los pájaros.

--No es eso--replicó Momo--; sino porque su padre es pescador y ella nos
trae sal y pescado.

--¿Y vive cerca del fuerte?--preguntó Stein, a quien habían excitado la
curiosidad aquellos pormenores.

--Muy cerca--respondió el comandante--. Pedro Santaló tenía una barca
catalana que, habiendo dado a la vela para Cádiz, sufrió un temporal y
naufragó en la costa. Todo se perdió, el buque y la gente, menos Pedro,
que iba con su hija; como que a él le redobló las fuerzas el ansia de
salvarla. Pudo llegar a tierra, pero arruinado; y quedó tan desanimado y
triste, que no quiso volver a su tierra. Lo que fue labrar una choza
entre esas rocas con los destrozos que habían quedado de la barca, y se
metió a pescador. Él era el que proveía de pescado al convento, y los
padres, en cambio, le daban pan, aceite y vinagre. Hace doce años que
vive ahí en paz con todo el mundo.

Con esto llegaron al punto en que la vereda se dividía y se separaron.

--Pronto nos veremos--dijo el veterano. Dentro de un rato iré a ponerme
a la disposición de usted y saludar a sus patronas.

--Dígale usted de mi parte a _la Gaviota_--gritó Momo--que me tiene sin
cuidado su enfermedad, porque mala yerba nunca muere.

--¿Hace mucho tiempo que el comandante está en Villamar?--preguntó
Stein a Momo.

--Toma..., ciento y un años, desde antes que mi padre naciera.

--¿Y quién es esa Rosita, su patrona?

--¡Quién, _señá Rosa Mística_!--respondió Momo con un gesto burlón--. Es
la maestra de amiga. Es más fea que el hambre; tiene un ojo mirando a
Poniente y otro a Levante; y unos hoyos de viruelas, en que puede
retumbar un eco. Pero, don Federico, el cielo se encapota; las nubes
van como si las corrieran galgos. Apretemos el paso.




Capítulo VI


Antes de seguir adelante, no será malo trabar conocimiento con este
nuevo personaje.

Don Modesto Guerrero era hijo de un honrado labrador, que no dejaba de
tener buenos papeles de nobleza, hasta que se los quemaron los franceses
en la guerra de la Independencia, como quemaron también su casa, bajo el
pretexto de que los hijos del dueño eran _brigantes_, esto es, reos del
grave delito de defender a su patria. El buen hombre pudo reedificar su
casa. Pero a los pergaminos no les cupo la suerte del fénix.

Modesto cayó soldado, y como su padre no tenía lo bastante para
comprarle un sustituto, pasó a las filas de un regimiento de infantería,
en calidad de distinguido.

Como era un bendito, y además de larga y seca catadura, pronto llegó a
ser el objeto de las burlas y de las chanzas pesadas de sus compañeros.
Estos, animados por su mansedumbre, llevaron al extremo sus bromas,
hasta que Modesto les puso término del modo siguiente. Un día que había
gran formación, con motivo de una revista, Modesto ocupaba su lugar al
extremo de una fila. Allí cerca había una carreta: con gran destreza y
prontitud sus compañeros le echaron a una pierna un lazo corredizo,
atando la extremidad del cordel a una de las ruedas de la carreta. El
coronel dio la voz de «marchen». Sonaron los tambores y todas las
mitades se pusieron en marcha, menos Modesto, que se quedó parado con
una pierna en el aire, como los escultores figuran a Céfiro.

Terminada la revista, Modesto volvió al cuartel tan sosegado como de él
había salido y, sin alterar su paso, pidió una satisfacción a sus
compañeros. Como ninguno quería cargar con la responsabilidad del
chasco, declaró con la misma calma que mediría sus armas con las de
todos y cada uno de ellos, uno después de otro. Entonces salió al frente
el que había inventado y dirigido la burla: se batieron y de sus
resultas perdió un ojo su adversario. Modesto le dijo, con su calma
acostumbrada, que si quería perder el otro, él estaba a su disposición
cuando gustase.

Entre tanto, Modesto, sin parientes ni protectores en la corte, sin
miras ambiciosas, sin disposiciones para la intriga, hizo su carrera a
paso de tortuga, hasta que en la época del sitio de Gaeta, en 1805, su
regimiento recibió orden de juntarse como auxiliar con las tropas de
Napoleón. Modesto se distinguió allí por su valor y serenidad, en
términos que mereció una cruz y los mayores elogios de sus jefes.

Su nombre lució en La Gaceta como un meteoro, para hundirse después en
la eterna oscuridad. Estos laureles fueron los primeros y los últimos
que le ofreció su carrera militar; porque habiendo recibido una profunda
herida en el brazo, quedó inutilizado para el servicio, y en recompensa,
le nombraron comandante del fuertecillo abandonado de San Cristóbal.
Hacía, pues, cuarenta años que tenía bajo sus órdenes el esqueleto de un
castillo y una guarnición de lagartijas.

Al principio no podía nuestro Guerrero conformarse con aquel abandono.
No pasaba año sin que dirigiese una representación al Gobierno, pidiendo
los reparos necesarios y los cañones y tropa que aquel punto de defensa
requería. Todas estas representaciones habían quedado sin respuesta, a
pesar de que, según las circunstancias de la época, no había omitido
hacer presente la posibilidad de un desembarco de ingleses, de
insurgentes americanos, de franceses, de revolucionarios y de carlistas.
Igual acogida habían recibido sus continuas plegarias para obtener
algunas pagas. El Gobierno no hizo el menor caso de aquellas dos ruinas:
el castillo y su comandante. Don Modesto era sufrido; conque acabó por
someterse a su suerte sin acritud y sin despecho.

Cuando vino a Villamar, se alojó en casa de la viuda del sacristán, la
cual vivía entregada a la devoción, en compañía de su hija, todavía
joven. Eran excelentes mujeres: algo remilgadas y secas, con sus ribetes
de intolerantes; pero buenas, caritativas, morigeradas y de esmerado
aseo.

Los vecinos del pueblo, que miraban con afición al comandante, o más
bien al _comendante_, que era como le llamaban, y que al mismo tiempo
conocían sus apuros, hacían cuanto podía para aliviarlos. No se hacía
matanza en casa alguna sin que se le enviase su provisión de tocino y
morcillas. En tiempo de la recolección, un labrador le enviaba trigo,
otro garbanzos; otros le contribuían con su porción de miel o de aceite.
Las mujeres le regalaban los frutos del corral; de modo que su beata
patrona tenía siempre la despensa bien provista, gracias a la
benevolencia general que inspiraba don Modesto; el cual, de índole
correspondiente a su nombre, lejos de envanecerse de tantos favores,
solía decir que la Providencia estaba en todas partes, pero que su
cuartel general era Villamar. Bien es verdad que él sabía corresponder a
tantos favores, siendo con todos por extremo servicial y complaciente.
Levantábase con el sol, y lo primero que hacía era ayudar a misa al
cura. Una vecina le hacía un encargo, otra le pedía una carta para un
hijo soldado; otra, que le cuidase los chiquillos, mientras salía a una
diligencia. Él velaba a los enfermos, rezaba con sus patronas; en fin,
procuraba ser útil a todo el mundo, en todo lo que no pudiese ofender su
honradez y su decoro. No es esto nada raro en España, gracias a la
inagotable caridad de los españoles, unida a su noble carácter, el cual
no les permite atesorar, sino dar cuanto tienen al que lo necesita:
díganlo los exclaustrados, las monjas, los artesanos, las viudas de los
militares y los empleados cesantes.

Murió la viuda del sacristán, dejando a su hija Rosa con cuarenta y
cinco años bien contados y una fealdad que se veía de lejos. Lo que más
contribuía a esta desgracia, eran las funestas consecuencias de las
viruelas. El mal se había concentrado en un ojo, y sobre todo en el
párpado, que no podía levantarse sino a medias; de lo que resultaba que
la pupila, medio apagada, daba a toda la fisonomía cierto aspecto poco
inteligente y vivo, contrastando notablemente el ojo entornado con su
compañero, del cual salían llamas, como de una hoguera de sarmientos, al
menor motivo de escándalo, y en verdad que los solía encontrar con harta
frecuencia.

Después del entierro, y pasados los nueve días de duelo, la señora Rosa
dijo un día a don Modesto:

--Don Modesto, siento mucho tener que decir a usted que es preciso
separarnos.

--¡Separarnos!--exclamó el buen hombre abriendo tantos ojos y poniendo
la jícara de chocolate sobre el mantel, en lugar de ponerla en el
plato--. ¿Y por qué, Rosita?

Don Modesto se había acostumbrado por espacio de treinta años a emplear
este diminutivo cuando dirigía la palabra a la hija de su antigua
patrona.

--Me parece--respondió ella arqueando las cejas que no debía usted
preguntarlo. Conocerá usted que no parece bien que vivan juntas, y
solas, dos personas de estado honesto. Sería dar pábulo a las malas
lenguas.

--Y ¿qué pueden decir de usted las malas lenguas?--repuso don Modesto--;
¡usted, que es la más ejemplar del pueblo!

--¿Acaso hay nada seguro de ellas? ¿Qué dirá usted cuando sepa que usted
con todos sus años y su uniforme y su cruz, y yo, pobre mujer que no
pienso más que en servir a Dios, estamos sirviendo de diversión a estos
deslenguados?

--¿Qué dice usted, Rosita?--exclamó don Modesto asombrado.

--Lo que está usted oyendo. Ya nadie nos conoce sino por el mal nombre
que nos han puesto esos condenados monacillos.

--¡Estoy atónito, Rosita! No puedo creer...

--Mejor para usted si no lo cree--dijo la devota--; pero yo le aseguro
que esos inicuos (Dios los perdone), cuando nos ven llegar a la iglesia
todas las mañanas a misa de alba, se dicen unos a otros: «Llama a misa,
que ahí viene _Rosa Mística y Turris Davídica_, en amor y compaña como
en las letanías.» A usted le han puesto ese mote por ser tan alto y tan
derecho.

Don Modesto se quedó con la boca abierta y los ojos fijos en el suelo.

--Sí, señor--continuó _Rosa Mística_--; la vecina es quien me lo ha
dicho, escandalizada, y aconsejándome que vaya a quejarme al señor cura.
Yo la he respondido que mejor quiero sufrir y callar. Más padeció
nuestro Señor sin quejarse.

--Pues yo--dijo don Modesto--no aguanto que nadie se burle de mí y mucho
menos de usted.

--Lo mejor será--continuó Rosa--acreditar con nuestra paciencia que
somos buenos cristianos, y con nuestra indiferencia, el poco caso que
hacemos de los juicios del mundo. Por otra parte, si castigan a esos
irreverentes, lo harían peor; créame usted, don Modesto.

--Tiene usted razón, como siempre, Rosita--dijo don Modesto--. Yo sé lo
que son los guasones; si les cortasen las lenguas, hablarían con las
narices. Pero si en otro tiempo alguno de mis camaradas se hubiese
atrevido a llamarme _Turris Davídica_, bien hubiera podido añadir: _Ora
pro nobis._ Mas ¿es posible que siendo usted una santa bendita les tenga
miedo a los maldicientes?

--Ya sabe usted, don Modesto, lo que vulgarmente dicen los que piensan
mal de todo: entre santa y santo, pared de cal y canto.

--Pero entre usted y yo--dijo el comandante--no hay necesidad de poner
ni tabique. Yo, con tantos años a cuestas: yo, que en toda mi vida no he
estado enamorado más que una vez... y por más señas que lo estuve de una
buena moza, con quien me habría casado a no haberla sorprendido en
chicoleos con el tambor mayor, que...

--Don Modesto, don Modesto--gritó Rosa poniéndose erguida--. Honre
usted su nombre y mi estado y déjese de recuerdos amorosos.

--No ha sido mi intención escandalizar a usted--dijo don Modesto en tono
contrito--: basta que usted sepa y yo le jure que jamás ha cabido ni
cabrá en mí un mal pensamiento.

--Don Modesto--dijo _Rosa Mística_ con impaciencia (mirándole con un ojo
encendido, mientras el otro hacía vanos esfuerzos por imitarlo)--, ¿me
cree usted tan simple que pueda pensar que dos personas como usted y yo,
sensatas y temerosas de Dios, se conduzcan como los casquivanos, que no
tienen pudor ni miedo al pecado? Pero en este mundo no basta obrar bien;
es preciso no dar que decir, guardando en todo las apariencias.

--¡Esta es otra!--repuso el comandante--. ¿Qué apariencias puede haber
entre nosotros? ¿No sabe usted que el que se excusa se acusa?

--Dígole a usted--respondió la devota--que no faltará quien murmure.

--¿Y qué voy yo a hacer sin usted?--preguntó afligido don Modesto--.
¿Qué será de usted sin mí, sola en este mundo?

--El que da de comer a los pajaritos--dijo solemnemente Rosa--cuidará de
los que en él confían.

Don Modesto, desconcertado y no sabiendo dónde dar de cabeza, pasó a ver
a su amigo el cura, que lo era también de Rosita, y le contó cuanto
pasaba.

El cura hizo patente a Rosita que sus escrúpulos eran exagerados e
infundados sus temores; que, por el contrario, la proyectada separación
daría lugar a ridículos comentarios.

Siguieron, pues, viviendo juntos como antes, en paz y gracia de Dios. El
comandante, siempre bondadoso y servicial; Rosa, siempre cuidadosa,
atenta y desinteresada; porque don Modesto no se hallaba en el caso de
remunerar pecuniariamente sus servicios, puesto que si la empuñadura de
su espada de gala no hubiera sido de plata, bien podría haber olvidado
de qué color era aquel metal.




Capítulo VII


Cuando Stein llegó al convento, toda la familia estaba reunida, tomando
el sol en el patio.

Dolores, sentada en una silla, remendaba una camisa de su marido. Sus
dos niñas, Pepa y Paca, jugaban cerca de la madre. Eran dos lindas
criaturas, de seis y ocho años de edad. El niño de pecho, encanastado
en su andador, era el objeto de la diversión de otro chico de cinco
años, hermano suyo, que se entretenía en enseñarle gracias que son muy a
propósito para desarrollar la inteligencia, tan precoz en aquel país.
Este muchacho era muy bonito, pero demasiado pequeño; con lo que Momo le
hacía rabiar frecuentemente llamándolo Francisco de _Anís_, en lugar de
Francisco de Asís, que era su verdadero nombre. Vestía un diminuto
pantalón de tosco paño con chaqueta de lo mismo, cuyas reducidas
dimensiones permitían a la camisa formar en torno de su cintura un
pomposo buche, como que los pantalones estaban mal sostenidos por un
solo tirante de orillo.

--Haz una vieja, Manolillo--decía _Anís_.

Y el chiquillo hacía un gracioso mohín, cerrando a medias los ojos,
frunciendo los labios y bajando la cabeza.

--Manolillo, mata un morito.

Y el chiquillo abría tantos ojos, arrugaba las cejas, cerraba los puños
y se ponía como una grana a fuerza de fincharse en actitud belicosa.
Después _Anís_ le tomaba las manos y las volvía y revolvía cantando:

       ¡Qué lindas manitas
    que tengo yo!
    ¡Qué chicas! ¡Qué blancas!
    ¡Qué monas que son!

La tía María hilaba y el hermano Gabriel estaba haciendo espuertas con
hojas secas de palmito[10].

[Nota 10: Palmera enana: el _Camerops_ de los botánicos.]

Un enorme y lanudo perro blanco, llamado _Palomo_, de la hermosa casta
del perro pastor de Extremadura, dormía tendido cuan largo era, ocupando
un gran espacio con sus membrudas patas y bien poblada cola, mientras
que _Morrongo_, corpulento gato amarillo, privado desde su juventud de
orejas y de rabo, dormía en el suelo, sobre un pedazo de la enagua de la
tía María.

Stein, Momo y Manuel llegaron al mismo tiempo por diversos puntos. El
último venía de rondar la hacienda, en ejercicio de sus funciones de
guarda; traía en una mano la escopeta y en otra tres perdices y dos
conejos.

Los muchachos corrieron hacia Momo, quien de un golpe vació las
alforjas, y de ellas salieron, como de un cuerno de la Abundancia,
largas cáfilas de frutas de invierno, con las que se suele festejar en
España la víspera de Todos Santos: nueces, castañas, granadas, batatas,
etc.

--Si _Marisalada_ nos trajera mañana algún pescado--dijo la mayor de las
muchachas--, tendríamos jolgorio.

--Mañana--repuso la abuela--es día de Todos Santos; seguramente no
saldrá a pescar el tío Pedro.

--Pues bien--dijo la chiquilla--, será pasado mañana.

--Tampoco se pesca el día de los Difuntos.

--¿Y por qué?--preguntó la niña.

--Porque sería profanar un día que la Iglesia consagra a las ánimas
benditas: la prueba es que unos pescadores que fueron a pescar tal día
como pasado mañana, cuando fueron a sacar las redes, se alegraron al
sentir que pesaban mucho; pero en lugar de pescado, no había dentro más
que calaveras. ¿No es verdad lo que digo, hermano Gabriel?

--¡Por supuesto! Yo no lo he visto; pero como si lo hubiera visto--dijo
el hermano.

--¿Y por eso nos hacéis rezar tanto el día de Difuntos a la hora del
Rosario?--preguntó la niña.

--Por eso mismo--respondió la abuela--. Es una costumbre santa, y Dios
no quiere que la descuidemos. En prueba de ello, voy a contaros un
ejemplo: Érase una vez un obispo, que no tenía mucho empeño en esta
piadosa práctica y no exhortaba a los fieles a ella. Una noche soñó que
veía un abismo espantoso, y en su orilla había un ángel que con una
cadena de rosas blancas y encarnadas sacaba de adentro a una mujer
hermosa, desgreñada y llorosa. Cuando se vio fuera de aquellas
tinieblas, la mujer, cubierta de resplandor, echó a volar hacia el
cielo. Al día siguiente el obispo quiso tener una explicación del sueño
y pidió a Dios que le iluminase. Fuese a la iglesia y lo primero que
vieron sus ojos fue un niño hincado de rodillas y rezando el rosario
sobre la sepultura de su madre.

--¿Acaso no sabías eso, chiquilla?--decía Pepa a su hermana--. Pues mira
tú que había un zagalillo que era un bendito y muy amigo de rezar: había
también en el Purgatorio un alma más deseosa de ver a Dios que ninguna.
Y viendo al zagalillo rezar tan de corazón, se fue a él y le dijo: «¿Me
das lo que has rezado?» «Tómalo», dijo el muchacho; y el alma se lo
presentó a Dios y entró en la gloria de sopetón. ¡Mira tú si sirve el
rezo para con Dios!

--Ciertamente--dijo Manuel--, no hay cosa más justa que pedir a Dios por
los difuntos; y yo me acuerdo de un cofrade de las ánimas, que estaba
una vez pidiendo por ellas a la puerta de una capilla y diciendo a
gritos: «El que eche una peseta en esta bandeja, saca un alma del
Purgatorio.» Pasó un chusco y, habiendo echado la peseta, preguntó:
«Diga usted, hermano, ¿cree usted que ya está el alma fuera?» «Qué duda
tiene», repuso el hermano. «Pues entonces--dijo el otro--, recojo mi
peseta, que no será tan boba ella que se vuelva a entrar.»

--Bien puede usted asegurar, don Federico--dijo la tía María--, que no
hay asunto para el cual no tenga mi hijo, venga a pelo o no venga, un
cuento, chascarrillo o cuchufleta.

En este momento se entraba don Modesto por el patio, tan erguido, tan
grave, como cuando se presentó a Stein en la salida del pueblo, sin más
diferencia que llevar colgada de su bastón una gran _pescada_[11]
envuelta en hojas de col.

[Nota 11: Una merluza.]

--¡El comendante!, ¡el comendante!--gritaron todos los presentes.

--¿Viene usted de su castillo de San Cristóbal?--preguntó Manuel a don
Modesto, después de los primeros cumplidos y de haberle convidado a
sentarse en el apoyo, que también servía de asiento a Stein--. Bien
podía usted empeñarse con mi madre, que es tan buena cristiana, para que
rogase al Santo Bendito que reedificase las paredes del fuerte, al revés
de lo que hizo Josué con las del otro.

--Otras cosas de más entidad tengo que pedirle al santo--respondió la
abuela.

--Por cierto--dijo fray Gabriel--, que la tía María tiene que pedir al
santo cosas de más entidad que reedificar las paredes del castillo.
Mejor sería pedirle que rehabilitase el convento.

Don Modesto, al oír estas palabras, se volvió con gesto severo hacia el
hermano, el cual, visto este movimiento, se metió detrás de la tía
María, encogiéndose de tal manera que casi desapareció de la vista de
los concurrentes.

--Por lo que veo--prosiguió el veterano--, el hermano Gabriel no
pertenece a la Iglesia militante. ¿No se acuerda usted de que los
judíos, antes de edificar el templo, habían conquistado la tierra
prometida, espada en mano? ¿Habría iglesias y sacerdotes en la Tierra
Santa si los cruzados no se hubieran apoderado de ella lanza en ristre?

--Pero ¿por qué?--dijo entonces Stein, con la sana intención de
distraer de aquel asunto al Comandante, cuya bilis empezaba a exaltarse.

--Eso no importa--contestó Manuel--, ni reparan en ello las ancianas,
sino aquella que le pedía a Dios sacar la lotería, y habiéndole
preguntado uno si había echado, respondió: «¿Pues si hubiese echado,
dónde estaría el milagro?»

--Lo cierto es--opinó Modesto--que yo quedaría muy agradecido al santo
si tuviese a bien inspirar al Gobierno el pensamiento laudable de
rehabilitar el fuerte.

--De reedificarlo, querrá usted decir--repuso Manuel--; pero cuidado con
arrepentirse después, como le sucedió a una devota del santo, la cual
tenía una hija tan fea, tan tonta y tan para nada, que no pudo hallar un
desesperado que quisiese cargar con ella. Apurada la pobre mujer, pasaba
los días hincada delante del Santo Bendito, pidiéndole un novio para su
hija: en fin, se presentó uno, y no es ponderable la alegría de la
madre; pero no duró mucho, porque salió tan malo, y trataba tan mal a su
mujer y a su suegra, que esta se fue a la iglesia, y puesta delante del
santo, le dijo:

    San C i-tobalón,
    Patazas, manazas, cara de cuerno,
    Tan judío eres tú como mi yerno.

Durante toda esta conversación, _Morrongo_ despertó, arqueó el lomo
tanto como el de un camello, dio un gran bostezo, se relamió los bigotes
y olfateando en el aire ciertas para él gratas emanaciones, fuese
acercando poquito a poco a don Modesto, hasta colocarse detrás del
perfumado paquete colgado de su bastón. Inmediatamente recibió en sus
patas de terciopelo una piedrecilla lanzada por Momo, con la singular
destreza que saben emplear los de su edad en el manejo de esa clase de
armas arrojadizas. El gato se retiró con prontitud; pero no tardó en
volver a ponerse en observación, haciéndose el dormido. Don Modesto cayó
en la cuenta y perdió su tranquilidad de ánimo.

Mientras pasaban estas evoluciones, _Anís_ preguntaba al niño:

--Manolito, ¿cuántos dioses hay?

Y el chiquillo levantaba los tres dedos.

--No--decía _Anís_, levantando un dedo solo--: no hay más que uno, uno,
uno.

Y el otro persistía en tener los tres dedos levantados.

--Mae--abuela--gritó _Anís_ ofuscado--. El niño dice que hay tres
dioses.

--Simple--respondió esta--, ¿acaso tienes miedo de que le lleven a la
Inquisición? ¿No ves que es demasiado chico para entender lo que le
dicen y aprender lo que le enseñan?

--Otros hay más viejos--dijo Manuel--y que no por eso están más
adelantados; como por ejemplo aquel ganso que fue a confesarse y
habiéndole preguntado el confesor ¿cuántos dioses hay?, respondió muy
en sí: «¡siete!» «¡Siete!--exclamó atónito el confesor--. ¿Y cómo
ajustas esa cuenta?» «Muy fácilmente. Padre, Hijo y Espíritu Santo, son
tres; tres personas distintas, son otros tres, y van seis; y un solo
Dios verdadero, siete cabales.» «Palurdo--le contestó el padre--, ¿no
sabes que las tres Personas no hacen más que un Dios?» «¡Uno no
más!--dijo el penitente--. ¡Ay Jesús! ¡Y qué reducida se ha quedado la
familia!»

--¡Vaya--prorrumpió la tía María--si tiene que ver cuánta chilindrina ha
aprendido mi hijo mientras sirvió al rey! Pero hablando de otra cosa, no
nos ha dicho usted, señor comandante, cómo está _Marisaladilla_.

--Mal, muy mal, tía María, desmejorándose por días. Lástima me da de ver
al pobre padre, que está pasadito de pena. Esta mañana la muchacha tenía
un buen calenturón; no toma alimento y la tos no la deja un instante.

--¿Qué está usted diciendo, señor?--exclamó la tía María--. ¡Don
Federico!, usted que ha hecho tan buenas curas, que le ha sacado un
lobanillo a fray Gabriel y enderezado la vista a Momo, ¿no podría usted
hacer algo por esa pobre criatura?

--Con mucho gusto--respondió Stein. Haré lo que pueda por aliviarla.

--Y Dios se lo pagará a usted; mañana por la mañana iremos a verla. Hoy
está usted cansado de su paseo.

--No le arriendo la ganancia--dijo Momo refunfuñando--. Muchacha más
soberbia...

--No tiene nada de eso--repuso la abuela--; es un poco arisca, un poco
huraña... ¡Ya se ve! Se ha criado sola, en un solo cabo: con un padre
que es más blando que una paloma, a pesar de tener la corteza algo
dura, como buen catalán y marinero. Pero Momo no puede sufrir a
_Marisalada_ desde que dio en llamarle _romo_ a causa de serlo.

En este momento se oyó un estrépito: era el comandante que perseguía,
dando grandes trancos, al pícaro de _Morrongo_, el cual, frustrando la
vigilancia de su dueño, había cargado con la pescada.

--Mi comandante--le gritó Manuel riéndose--, sardina que lleva el gato,
tarde o nunca vuelve al plato. Pero aquí hay una perdiz en cambio.

Don Modesto agarró la perdiz, dio gracias, se despidió y se fue echando
pestes contra los gatos.

Durante toda esta escena, Dolores había dado de mamar al niño y
procuraba dormirle, meciéndole en sus brazos y cantándole:

           Allá arriba, en el monte Calvario,
        Matita de oliva, matita de olor,
        Arrullaban la muerte de Cristo
        Cuatro jilgueritos y un ruiseñor.

Difícil será a la persona que recoge al vuelo, como un muchacho las
mariposas, estas emanaciones poéticas del pueblo, responder al que
quisiese analizarlas, el porqué los ruiseñores y los jilgueros plañeron
la muerte del Redentor; por qué la golondrina arrancó las espinas de su
corona; por qué se mira con cierta veneración el romero, en la creencia
de que la Virgen secaba los pañales del Niño Jesús en una mata de
aquella planta; por qué, o más bien, cómo se sabe que el sauce es un
árbol de mal agüero, desde que Judas se ahorcó de uno de ellos; por qué
no sucede nada malo en una casa si se sahúma con romero la noche de
Navidad; por qué se ven todos los instrumentos de la pasión en la flor
que ha merecido aquel nombre. Y en verdad, no hay respuestas a
semejantes preguntas. El pueblo no las tiene ni las pide: ha recogido
esas especies como vagos sonidos de una música lejana, sin indagar su
origen ni analizar su autenticidad. Los _sabios_ y los hombres
_positivos_ honrarán con una sonrisa de desdeñosa compasión a la
persona que estampa estas líneas. Pero a nosotros nos basta la esperanza
de hallar alguna simpatía en el corazón de una madre, bajo el humilde
techo del que sabe poco y siente mucho, o en el místico retiro de un
claustro, cuando decimos que por nuestra parte creemos que siempre ha
habido y hay para las almas piadosas y ascéticas, revelaciones
misteriosas, que el mundo llama delirios de imaginaciones
sobreexcitadas, y que las gentes de fe dócil y ferviente miran como
favores especiales de la Divinidad.

Dice Henri Blaze, «¡cuántas ideas pone la tradición en el aire en estado
del germen, a las que el poeta da vida con un soplo!» Esto mismo nos
parece aplicable a estas cosas, que nada obliga a creer, pero que nada
autoriza tampoco a condenar. Un origen misterioso puso el germen de
ellas en el aire, y los corazones creyentes y piadosos le dan vida. Por
más que talen los apóstoles del racionalismo el árbol de la fe, si tiene
este sus raíces en buen terreno, esto es, en un corazón sano y
ferviente, ha de echar eternamente ramas vigorosas y floridas que se
alcen al cielo.

--Pero don Federico--dijo la tía María mientras este se entregaba a las
reflexiones que preceden--, todavía a la hora esta no nos ha dicho
usted qué tal le parece nuestro pueblo.

--No puedo decirlo--respondió Stein--, porque no lo he visto: me quedé
afuera aguardando a Momo.

--¿Es posible que no haya usted visto la iglesia, ni el cuadro de
Nuestra Señora de las Lágrimas, ni el San Cristóbal, tan hermoso y tan
grande, con la gran palmera y el Niño Dios en los hombros, y una ciudad
a sus pies, que si diera un paso, la aplastaba como un hongo? ¿Ni el
cuadro en que está Santa Ana enseñando a leer a la Virgen? ¿Nada de eso
ha visto usted?

--No he visto--repuso Stein--sino la capilla del Señor del Socorro.

--Yo no salgo del convento--dijo el hermano Gabriel--sino para ir todos
los viernes a esa capilla, a pedir al Señor una buena muerte.

--¿Y ha reparado usted, don Federico--continuó la tía María--, en los
milagros? ¡Ah, don Federico! No hay un Señor más milagroso en el mundo
entero. En aquel Calvario empieza la _via crucis_. Desde allí hasta la
última cruz hay el mismo número de pasos que desde la casa de Pilatos
al Calvario. Una de aquellas cruces viene a caer frente por frente de mi
casa, en la calle Real. ¿No ha reparado usted en ella? Es justamente la
que forma la octava estación, donde el Salvador dijo a las mujeres de
Jerusalén: «¡No lloréis sobre mí; llorad sobre vosotras y vuestros
hijos!» Estos hijos--añadió la tía María dirigiéndose a fray
Gabriel--son los perros judíos.

--¡Son los judíos!--repitió el hermano Gabriel.

--En esta estación--continuó la anciana--cantan los fieles:

       Si a llorar Cristo te enseña
    y no tomas la lección,
    o no tienes corazón
    o será de bronce o peña.

--Junto a la casa de mi madre--dijo Dolores--está la novena cruz, que es
donde se canta:

       Considera cuán tirano
    serás con Jesús rendido,
    si en tres veces que ha caído
    no le das una la mano.

O también de esta manera:

           ¡Otra vez yace postrado!
        ¡Tres veces Jesús cayó!
        ¡Tanto pesa mi pecado!
        ¡Y tanto he pecado yo!
        Y ¡rompa el llanto y el gemir,
        porque es Dios quien va a morir!

--¡Oh, don Federico!--continuó la buena anciana--, ¡no hay cosa que
tanto me parta el corazón como la Pasión del que vino a redimimos! El
Señor ha revelado a los santos los tres mayores dolores que le
angustiaron: primero, el poco fruto que produciría la tierra que regaba
con su sangre; segundo, el dolor que sintió cuando extendieron y ataron
su cuerpo para clavarlo en la cruz, descoyuntando todos sus huesos, como
lo había profetizado David[12]. El tercero...--añadió la buena mujer
fijando en su hijo sus ojos enternecidos--, el tercero, cuando presenció
la angustia de su Madre. He aquí la única razón--prosiguió después de
algunos instantes de silencio--, porque no estoy aquí tan gustosa como
en el pueblo, porque aquí no puedo seguir mis devociones. Mi marido, sí,
Manuel, tu padre, que no había sido soldado y que era mejor cristiano
que tú, pensaba como yo. El pobre (en gloria esté) era hermano del
Rosario de la Aurora, que sale después de la medianoche a rezar por las
ánimas. Rendido de haber trabajado todo el día, se echaba a dormir, y a
las doce en punto, venía un hermano a la puerta y, tocando una
campanilla, cantaba:

           A tu puerta está una campanilla;
        Ni te llama ella ni te llamo yo:
        que te llaman tu Padre y tu Madre,
        para que por ellos le ruegues a Dios.

[Nota 12: Dinumeraverunt omnia ossa mea.]

--Cuando tu padre oía esta copla, no sentía ni cansancio ni gana de
dormir. En un abrir y cerrar de ojos se levantaba y echaba a correr
detrás del hermano. Todavía me parece que estoy oyéndole cantar al
alejarse:

    La corona se quita María
    y a su propio Hijo se la presentó,
    y le dijo: «Ya yo no soy Reina,
    si tú no suspendes tu justo rigor.»
       Jesús respondió:
    «Si no fuera por tus ruegos, Madre,
    ya hubiera acabado con el pecador.»

Los chiquillos, que gustan tanto de imitar lo que ven hacer a los
grandes, se pusieron a cantar en la lindísima tonada de las coplas de la
Aurora:

           ¡Si supieras la entrada que tuvo
        el Rey de los Cielos en Jerusalén!...
        Que no quiso coche llevar, ni calesa,
        sino un jumentillo que prestado fue!

--Don Federico--dijo la tía María después de un rato de silencio--, ¿es
verdad que hay por esos mundos de Dios hombres que no tienen fe?

Stein calló.

--¡Qué no pudiera usted hacer con los ojos del entendimiento de los
tales, lo que ha hecho con los de la cara de Momo!--contestó con
tristeza y quedándose pensativa la buena anciana.




Capítulo VIII


Al día siguiente, caminaba la tía María hacia la habitación de la
enferma, en compañía de Stein y de Momo, escudero pedestre de su abuela,
la cual iba montada en la formal _Golondrina_, que siempre servicial,
mansa y dócil, caminaba derecha, con la cabeza caída y las orejas
gachas, sin hacer un solo movimiento espontáneo, excepto si se
encontraba con un cardo, su homónimo, al alcance de su hocico.

Llegados que fueron, se sorprendió Stein de hallar en medio de aquella
uniforme comarca, de tan grave y seca naturaleza, un lugar frondoso y
ameno, que era como un oasis en el desierto.

Abríase paso la mar por entre dos altas rocas, para formar una pequeña
ensenada circular, en forma de herradura, que estaba rodeada de finísima
arena y parecía un plato de cristal puesto sobre una mesa dorada.
Algunas rocas se asomaban tímidamente entre la arena, como para brindar
con asientos y descanso en aquella tranquila orilla. A una de estas
rocas estaba amarrada la barca del pescador, balanceándose al empuje de
la marea, cual se impacienta el corcel que han sujetado.

Sobre el peñasco del frente descollaba el fuerte de San Cristóbal,
coronado por las copas de higueras silvestres, como lo está un viejo
druida por hojas de encina.

A pocos pasos de allí descubrió Stein un objeto que le sorprendió mucho.
Era una especie de jardín subterráneo, de los que llaman en Andalucía
_navazos_. Fórmanse estos excavando la tierra hasta cierta profundidad y
cultivando el fondo con esmero. Un cañaveral de espeso y fresco follaje
circundaba aquel enterrado huerto, dando consistencia a los planos
perpendiculares que le rodeaban con su fibrosa raigambre y preservándolo
con sus copiosos y elevados tallos contra las irrupciones de la arena.
En aquella hondura, no obstante la proximidad de la mar, la tierra
produce sin necesidad de riego abundantes y bien sazonadas legumbres;
porque el agua del mar, filtrándose por espesas capas de arenas, se
despoja de su acritud y llega a las plantas adaptable para su
alimentación. Las sandías de los navazos, en particular, son exquisitas,
y algunas de ellas de tales dimensiones que bastan dos para la carga de
una caballería mayor.

--¡Vaya si está hermoso el navazo del tío Pedro!--dijo la tía María--.
No parece sino que lo riega con agua bendita. El pobrecito siempre está
trabajando; pero bien le luce. Apuesto a que coge hogaño tomates como
naranjas y sandías como ruedas de molino.

--Mejores han de ser--repuso Momo--las que acá cojamos en el cojumbral
de la orilla del río.

Un _cojumbral_ es el plantío de melones, maíz y legumbres sembrado en un
terreno húmedo, que el dueño del cortijo suele ceder gratuitamente a las
gentes del campo pobres, que cultivándolo, lo benefician.

--A mí no me hacen gracia los cojumbrales--contestó la abuela meneando
la cabeza.

--¿Pues acaso no sabe usted, señora--replicó Momo--, lo que dice el
refrán, que «un cojumbral da dos mil reales, una capa, un cochino gordo
y un chiquillo más a su dueño».

--Te se olvidó la cola--repuso la tía María--, que es «un año de
tercianas», las cuales se tragan las otras ganancias, menos la del hijo.

El pescador había construido la cabaña con los despojos de su barca, que
el mar había arrojado a la playa. Había apoyado el techo en la peña y
cobijaba este una especie de gradería natural que formaba la roca, lo
que hacía que la habitación tuviese tres pisos. El primero se componía
de una pieza alta, bastante grande para servir de sala, cocina,
gallinero y establo de invierno para la burra. El segundo, al cual se
subía por unos escalones abiertos a pico en la roca, se componía de dos
cuartitos. En el de la izquierda, sombrío y pegado a la peña, dormía el
tío Pedro; el de la derecha era el de su hija, que gozaba del privilegio
exclusivo de una ventanita que había servido en el barco y que daba
vista a la ensenada. El tercer piso, al que conducía el pasadizo que
separaba los cuartitos del padre y de su hija, lo formaba un oscuro y
ahogado desván. El techo, que como hemos dicho se apoyaba en la roca,
era horizontal y hecho de enea, cuya primera capa, podrida por las
lluvias, producía una selva de yerbas y florecillas, de manera que
cuando en otoño, con las aguas, resucitaba allí la naturaleza de los
rigores del verano, la choza parecía techada con un pensil.

Cuando los recién venidos entraron en la cabaña, encontraron al pescador
triste y abatido, sentado a la lumbre, frente de su hija, que con el
cabello desordenado y colgando a ambos lados de su pálido rostro,
encogida y tiritando, envolvía sus desordenados miembros en un
toquillón de bayeta parda. No parecía tener arriba de trece años. La
enferma fijó sus grandes y ariscos ojos negros en las personas que
entraban, con una expresión poco benévola, volviendo en seguida a
acurrucarse en el rincón del hogar.

--Tío Pedro--dijo la tía María--, usted se olvida de sus amigos; pero
ellos no se olvidan de usted. ¿Me querrá usted decir para qué le dio el
Señor la boca? ¿No hubiera usted podido venir a decirme que la niña
estaba mala? Si antes me lo hubiese usted dicho, antes hubiese yo venido
aquí con el señor, que es un médico de los pocos, y que en un dos por
tres se la va a usted a poner buena.

Pedro Santaló se levantó bruscamente, se adelantó hacia Stein; quiso
hablarle; pero de tal suerte estaba conmovido, que no pudo articular
palabra y se cubrió el rostro con las manos.

Era un hombre de edad, de aspecto tosco y formas colosales. Su rostro
tostado por el sol, estaba coronado por una espesa y bronca cabellera
cana; su pecho, rojo como el de los indios del Ohio, estaba cubierto de
vello.

--Vamos, tío Pedro--siguió la tía María, cuyas lágrimas corrían hilo a
hilo por sus mejillas, al ver el desconsuelo del pobre padre--; ¡un
hombre como usted, tamaño como un templo, con un aquel que parece que se
va a comer los niños crudos, se amilana así sin razón! ¡Vaya! ¡Ya veo
que es usted todo fachada!

--¡Tía María!--respondió en voz apagada el pescador--, ¡con esta serán
cinco hijos enterrados!

--¡Señor!, ¿y por qué se ha de descorazonar usted de esta manera?
Acuérdese usted del santo de su nombre, que se hundió en la mar cuando
le faltó la fe que le sostenía. Le digo a usted que con el favor de
Dios, don Federico curará a la niña en un decir Jesús.

El tío Pedro meneó tristemente la cabeza.

--¡Qué cabezones son estos catalanes!--dijo la tía María con viveza, y
pasando por delante del pescador, se acercó a la enferma y añadió:

--Vamos, _Marisalada_, vamos, levántate, hija, para que este señor
pueda examinarte.

_Marisalada_ no se movió.

--Vamos, criatura--repitió la buena mujer--; verás cómo te va a curar
como por ensalmo.

Diciendo estas palabras, cogió por un brazo a la niña, procurando
levantarla.

--¡No me da la gana!--dijo la enferma, desprendiéndose de la mano que
la retenía, con una fuerte sacudida.

--Tan suavita es la hija como el padre; quien lo hereda no lo
hurta--murmuró Momo, que se había asomado a la puerta.

--Como está mala, está impaciente--dijo su padre, tratando de
disculparla.

_Marisalada_ tuvo un golpe de tos. El pescador se retorció las manos de
angustia.

--Un resfriado--dijo la tía María--; vamos que eso no es cosa del otro
jueves. Pero también, tío Pedro de mis pecados, ¿quién consiente en que
esa niña, con el frío que hace, ande descalza de pies y piernas por esas
rocas y esos ventisqueros?

--¡Quería!--respondió el tío Pedro.

--¿Y por qué no se le dan alimentos sanos, buenos caldos, leche, huevos?
Y no que lo que come no son más que mariscos.

--¡No quiere!--respondió con desaliento el padre.

--Morirá de mal mandada--opinó Momo, que se había apoyado cruzado de
brazos en el quicio de la puerta.

--¿Quieres meterte la lengua en la faltriquera?--le dijo impaciente su
abuela; y volviéndose a Stein--; don Federico, procure usted examinarla
sin que tenga que moverse, pues no lo hará aunque la maten.

Stein empezó por preguntar al padre algunos pormenores sobre la
enfermedad de su hija; acercándose después a la paciente, que estaba
amodorrada, observó que sus pulmones se hallaban oprimidos en la
estrecha cavidad que ocupaban, y estaban irritados de resultas de la
opresión. El caso era grave. Tenía una gran debilidad por falta de
alimentos, tos honda y seca y calentura continua; en fin, estaba en
camino de la consunción.

--¿Y todavía le da por cantar?--preguntó la anciana durante el examen.

--Cantará crucificada como los _murciégalos_--dijo Momo, sacando la
cabeza fuera de la puerta para que el viento se llevase sus suaves
palabras y no las oyese su abuela.

--Lo primero que hay que hacer--dijo Stein--es impedir que esta niña se
exponga a la intemperie.

--¿Lo estás oyendo?--dijo a la niña su angustiado padre.

--Es preciso--continuó Stein--que gaste calzado y ropa de abrigo.

--¡Si no quiere!--exclamó el pescador, levantándose precipitadamente y
abriendo un arca de cedro, de la que sacó cantidad de prendas de
vestir--. Nada le falta; ¡cuanto tengo y puedo juntar, es para ella!
María, hija, ¿te pondrás estas ropas? ¡Hazlo por Dios, Mariquilla!, ya
ves que lo manda el médico.

La muchacha, que se había despabilado con el ruido que había hecho su
padre, lanzó una mirada díscola a Stein, diciendo con voz áspera:

--¿Quién me gobierna a mí?

--No me dieran a mí más trabajo que ese y una vara de acebuche--murmuró
Momo.

--Es preciso--prosiguió Stein--alimentarla bien, y que tome caldos
sustanciosos.

La tía María hizo un gesto expresivo de aprobación.

--Debe nutrirse con leche, pollos, huevos frescos y cosas análogas.

--¡Cuando yo le decía a usted--prorrumpió la abuelita encarándose con el
tío Pedro--que el señor es el mejor médico del mundo entero!

--Cuidado que no cante--advirtió Stein.

--¡Que no vuelva yo a oírla!--exclamó con dolor el pobre tío Pedro.

--¡Pues mira qué desgracia!--contestó la tía María--. Deje usted que se
ponga buena, y entonces podrá cantar de día y de noche como un reloj.
Pero estoy pensando que lo mejor será que yo me la lleve a mi casa,
porque aquí no hay quien la cuide ni quien haga un buen puchero, como lo
sé yo hacer.

--Lo sé por experiencia--dijo Stein sonriéndose--; y puedo asegurar que
el caldo hecho por manos de mi buena enfermera, se le puede presentar a
un rey.

La tía María se esponjó tan satisfecha.

--Conque, tío Pedro, no hay más que hablar; me la llevo.

--¡Quedarme sin ella! ¡No, no puede ser!

--Tío Pedro, tío Pedro, no es esa la manera de querer a los
hijos--replicó la tía María--; el amar a los hijos es anteponer a todo
lo que a ellos conviene.

--Pues bien está--repuso el pescador levantándose de repente--;
llévesela usted: en sus manos la pongo, al cuidado de ese señor la
entrego y al amparo de Dios la encomiendo.

Diciendo esto, salió precipitadamente de la casa, como si temiese
volverse atrás de su determinación; y fue a aparejar su burra.

--Don Federico--preguntó la tía María, cuando quedaron solos con la
niña, que permanecía aletargada--, ¿no es verdad que la pondrá usted
buena con la ayuda de Dios?

--Así lo espero--contestó Stein--, ¡no puedo expresar a usted cuánto me
interesa ese pobre padre!

La tía María hizo un lío de ropa que el pescador había sacado, y este
volvió trayendo del diestro la bestia. Entre todos colocaron encima a la
enferma, la que, siguiendo amodorrada con la calentura, no opuso
resistencia. Antes que la tía María se subiese en _Golondrina_, que
parecía bastante satisfecha de volverse en compañía de _Urca_ (que tal
era _la gracia_ de la burra del tío Pedro), este llamó aparte a la tía
María, y le dijo dándole unas monedas de oro:

--Esto pude escapar de mi naufragio; tómelo usted y déselo al médico,
que cuanto yo tengo es para quien salve la vida de mi hija.

--Guarde usted su dinero--respondió la tía María--y sepa que el doctor
ha venido aquí en primer lugar por Dios, y en segundo..., por mí--la tía
María dijo estas últimas palabras con un ligero tinte de fatuidad.

Con esto, se pusieron en camino.

--No ha de parar usted, madre abuela--dijo Momo, que caminaba detrás de
_Golondrina_--, hasta llenar de gentes el convento, tan grande como es.
Y qué, ¿no es bastante buena la choza para la principesa _Gaviota_?

--Momo--respondió su abuela--, métete en tus calzones: ¿estás?

--Pero ¿qué tiene usted que ver ni qué le toca esa gaviota montaraz para
que asina la tome a su cargo, señora?

--Momo, dice el refrán, «¿quién es tu hermana?, la vecina más cercana»;
y otro añade: «al hijo del vecino quitarle el moco y meterlo en casa», y
la sentencia reza: «al prójimo como a ti mismo».

--Otro hay que dice, al prójimo contra una esquina--repuso Momo--.
¡Pero nada!, usted se ha encalabrinado en ganarle la palmeta a San Juan
de Dios.

--No serás tú el ángel que me ayude--dijo con tristeza la tía María.

Dolores recibió a la enferma con los brazos abiertos, celebrando como
muy acertada la determinación de su suegra.

Pedro Santaló, que había llevado a su hija, antes de volverse, llamó
aparte a la caritativa enfermera y, poniéndole las monedas de oro en la
mano, le dijo:

--Esto es para costear la asistencia y para que nada le falte. En cuanto
a la caridad de usted, tía María, Dios será el premio.

La buena anciana vaciló un instante, tomó el dinero y dijo:

--Bien está; nada le faltará; vaya usted descuidado, tío Pedro, que su
hija queda en buenas manos.

El pobre padre salió aceleradamente y no se detuvo hasta llegar a la
playa. Allí se paró, volvió la cara hacia el convento y se echó a llorar
amargamente.

Entre tanto, la tía María decía a Momo:

--Menéate, ves al lugar y tráeme un jamón de en casa del Serrano, que me
hará el favor de dártelo añejo, en sabiendo que es para un enfermo;
tráete una libra de azúcar y una cuarta de almendras.

--¡Eche usted y no se derrame!--exclamó Momo--, y eso, ¿piensa usted que
me lo den fiado, o por mi buena cara?

--Aquí tienes con que pagar--repuso la abuela, poniéndole en la mano una
moneda de oro de cuatro duros.

--¡Oro!--exclamó estupefacto Momo, que por primera vez en su vida veía
ese metal acuñado--. ¿De dónde demonios ha sacado usted esa moneda?

--¿Qué te importa?--repuso la tía María--; no te metas en camisa de once
varas. Corre, vuela, ¿estás de vuelta?

--¡Pues sólo faltaba--repuso Momo--el que sirviese yo de criado a esa
pilla de playa, a esa condenada _Gaviota_! No voy, ni por los catalanes.

--Muchacho, ponte en camino, y _liberal_[13].

[Nota 13: Es decir: pronto, ve de prisa.]

--Que no voy ni hecho trizas--recalcó Momo.

--José--dijo la tía María al ver salir al pastor--, ¿vas al lugar?

--Sí, señora, ¿qué me tiene usted que mandar?

Hízole la buena mujer sus encargos y añadió:

--Ese Momo, ese mal alma, no quiere ir, y yo no se lo quiero decir a su
padre, que le haría ir de cabeza, porque llevaría una soba tal, que no
le había de quedar en su cuerpo hueso sano.

--Sí, sí, esmérese usted en cuidar a esa cuerva, que le sacará los
ojos--dijo Momo--. ¡Ya verá el pago que le da!, y si no..., al tiempo.




Capítulo IX


Un mes después de las escenas que acabamos de referir, _Marisalada_ se
hallaba con notable alivio y no demostraba el menor deseo de volverse
con su padre.

Stein estaba completamente restablecido. Su índole benévola, sus
modestas inclinaciones, sus naturales simpatías le apegaban cada día más
al pacífico círculo de gentes buenas, sencillas y generosas en que
vivía. Disipábase gradualmente su amargo desaliento y su alma revivía y
se reconciliaba cordialmente con la existencia y con los hombres.

Una tarde, apoyado en el ángulo del convento que hacía frente al mar,
observaba el grandioso espectáculo de uno de los temporales que suelen
inaugurar el invierno. Una triple capa de nubes pasaba por cima de él,
rápidamente impelida por el vendaval. Las más bajas, negras y pesadas
parecían la vetusta cúpula de una ruinosa catedral que amenazase
desplomarse. Cuando caían al suelo desgajándose en agua, veíase la
segunda capa, menos sombría y más ligera, que era la que desafiaba en
rapidez al viento que la desgarraba, descubriéndose por sus aberturas
otras nubes más altas y más blancas que corrían aún más deprisa, como si
temiesen mancillar su albo ropaje al rozarse con las otras. Daban paso
estos intersticios a unas súbitas ráfagas de claridad, que unas veces
caían sobre las olas y otras sobre el campo, desapareciendo en breve,
reemplazadas por la sombra de otras mustias nubes, cuyas alternativas de
luz y de sombra daban extraordinaria animación al paisaje. Todo ser
viviente había buscado un refugio contra el furor de los elementos y no
se oía sino el lúgubre dúo del mugir de las olas y del bramido del
huracán. Las plantas de la dehesa doblaban sus ásperas cimas a la
violencia del viento, que después de azotarlas, iba a perderse a lo
lejos con sordas amenazas. La mar agitada formaba esas enormes olas, que
gradualmente, se «hinchan, vacilan y revientan mugientes y espumosas»,
según la expresión de Goethe, cuando las compara en su _Torcuato Tasso_
con la ira en el pecho del hombre. La reventazón rompía con tal furor en
las rocas del fuerte de San Cristóbal, que salpicaba de copos de blanca
espuma las hojas secas y amarillentas de las higueras, árbol del estío,
que no se place sino a los rayos de un sol ardiente, y cuyas hojas, a
pesar de su tosco exterior, no resisten al primer golpe frío que las
hiere.

--¿Es usted un aljibe, don Federico, para querer recoger toda el agua
que cae del cielo?--preguntó a Stein el pastor José--; colemos adentro,
que los tejados se hicieron para estas noches. Algo darían mis pobres
ovejas por el amparo de unas tejas.

Entraron ambos, en efecto, hallando a la familia de Alerza reunida a la
lumbre.

A la izquierda de la chimenea, Dolores, sentada en una silla baja,
sostenía en el brazo al niño de pecho, el cual, vuelto de espaldas a su
madre, se apoyaba en el brazo que le rodeaba y sostenía, como en el
barandal de un balcón, moviendo sin cesar sus piernecitas y sus bracitos
desnudos, con risas y chillidos de alegría, dirigidos a su hermano
_Anís_; este, muy gravemente sentado en el borde de una maceta vacía,
frente al fuego, se mantenía tieso e inmóvil, temeroso de que su parte
posterior perdiese el equilibrio y se hundiese en el tiesto, percance
que su madre le había vaticinado.

La tía María estaba hilando al lado derecho de la chimenea; sus dos
nietecitas, sentadas sobre troncos de pita secos, que son excelentes
asientos, ligeros, sólidos y seguros. Casi debajo de la campana de la
chimenea, dormían el fornido _Palomo_ y el grave _Morrongo_, tolerándose
por necesidad, pero manteniéndose ambos recíprocamente a respetuosa
distancia.

En medio de la habitación había una mesa pequeña y baja, en la que ardía
un velón de cuatro mecheros; junto a la mesa estaban sentados el
hermano Gabriel, haciendo sus espuertas de palma; Momo, que remendaba el
aparejo de la buena _Golondrina_, y Manuel, que picaba tabaco. Hervía al
fuego un perol lleno de batatas de Málaga, vino blanco, miel, canela y
clavos; y la familia menuda aguardaba con impaciencia que la perfumada
compota acabase de cocer.

--¡Adelante, adelante!--gritó la tía María al ver llegar a su huésped y
al pastor--; ¿qué hacen ustedes ahí fuera, con un temporal como este,
que parece se quiere tragar el mundo? Don Federico, aquí, aquí; junto al
fuego, que está convidando. Sepa usted que la enferma ha cenado como
una princesa y ahora está durmiendo como una reina. Va como la espuma su
cura, ¿no es verdad, don Federico?

--Su mejoría sobrepuja mis esperanzas.

--Mis caldos--opinó con orgullo la tía María

--Y la leche de burra--añadió por lo bajo fray Gabriel.

--No hay duda--repuso Stein--, y debe seguir tomándola.

--No me opongo--dijo--la tía María--, porque la tal leche de burra es
como el _redaño_; si no hace bien, no hace daño.

--¡Ah!, ¡qué bien se está aquí!--dijo Stein acariciando a los niños--;
¡si se pudiese vivir pensando sólo en el día de hoy, sin acordarse del
de mañana!...

--Sí, sí, don Federico--exclamó alegremente Manuel--, «media vida es la
candela; pan y vino, la otra media».

--¿Y qué necesidad tiene usted de pensar en ese mañana?--repuso la tía
María--. ¿Es regular que el día de mañana nos amargue el de hoy? De lo
que tenemos que cuidar es del hoy, para que no nos amargue el de mañana.

--El hombre es un viajero--dijo Stein--y tiene que mirar al camino.

--Cierto--dijo la tía María--que el hombre es un viajero; pero si llega
a un lugar donde se encuentra bien, debe decir como Elías o como San
Pedro, que no estoy cierta: «bien estamos aquí: armemos las tiendas».

--Si va usted a echarnos a perder la noche--dijo Dolores--con hablar de
viaje, creeremos que le hemos ofendido o que no está aquí a gusto.

--¿Quién habla de viajes en mitad de diciembre?--preguntó Manuel--. ¿No
ve usted, santo señor, los humos que tiene la mar? Escuche usted las
seguidillas que está cantando el viento. Embárquese usted con este
tiempo, como se embarcó en la guerra de Navarra, y saldrá con las manos
en la cabeza, como salió entonces.

--Además--añadió la tía María--, que todavía no está enteramente curada
la enferma.

--Madre--dijo Dolores, sitiada por los niños--, si no llama usted a esas
criaturas, no se cocerán las batatas de aquí al día del juicio.

La abuela arrimó la rueca a un rincón y llamó a sus nietos.

--No vamos--respondieron a una voz--si no nos cuenta usted un cuento.

--Vamos, lo contaré--dijo la buena anciana.

Entonces los muchachos se le acercaron; _Anís_ recobró su posición en el
tiesto y ella tomó la palabra en los términos siguientes:

    MEDIO-POLLITO

      CUENTO

--Érase vez y vez una hermosa gallina, que vivía muy holgadamente en un
cortijo, rodeada de su numerosa familia, entre la cual se distinguía un
pollo deforme y estropeado. Pues este era justamente el que la madre
quería más; que así hacen siempre las madres. El tal aborto había nacido
de un huevo muy _rechiquetetillo_. No era más que un pollo a medias; y
no parecía sino que la espada de Salomón había ejecutado en él la
sentencia que en cierta ocasión pronunció aquel rey tan sabio. No tenía
más que un ojo, un ala y una pata, y con todo eso, tenía más humos que
su padre, el cual era el gallo más gallardo, más valiente y más galán
que había en todos los corrales de veinte leguas a la redonda. Creíase
el polluelo el fénix de su casa. Si los demás pollos se burlaban de él,
pensaba que era por envidia; y si lo hacían las pollas, decía que era de
rabia, por el poco caso que de ellas hacía.

Un día le dijo a su madre: «Oiga usted, madre. El campo me fastidia. Me
he propuesto ir a la corte; quiero ver al rey y a la reina.»

La pobre madre se echó a temblar al oír aquellas palabras.

«Hijo--exclamó--, ¿quién te ha metido en la cabeza semejante desatino?
Tu padre no salió jamás de su tierra, y ha sido la honra de su casta.
¿Dónde encontrarás un corral como el que tienes? ¿Dónde un montón de
estiércol más soberbio? ¿Un alimento más sano y abundante, un gallinero
tan abrigado cerca del andén, una familia que más te quiera?»

«_Nego_--dijo Medio--pollito en latín, pues la echaba de leído y
escribido--, mis hermanos y mis primos son unos ignorantes y unos
palurdos.»

«Pero hijo mío--repuso la madre--, ¿no te has mirado al espejo? ¿No te
ves con una pata y con un ojo de menos?»

«Ya que me sale usted por ese registro--replicó Medio--pollito--, diré
que debía usted caerse muerta de vergüenza al verme en este estado.
Usted tiene la culpa, y nadie más. ¿De qué huevo he salido yo al mundo?
¿A que fue del de un gallo viejo?[14]»

[Nota 14: Es común en el pueblo la superstición de que los gallos viejos ponen
un huevo, del que sale a los siete años un basilisco. Añaden que este
mata con la vista a la primera persona que ve; pero que muere él si la
persona le ve a él primero.]

«No, hijo mío--dijo la madre--; de esos huevos no salen más que
basiliscos. Naciste del último huevo que yo puse; y saliste débil e
imperfecto, porque aquel era el último de la overa. No ha sido, por
cierto, culpa mía.»

«Puede ser--dijo Medio--pollito con la cresta encendida como la grama--,
puede ser que encuentre un cirujano diestro que me ponga los miembros
que me faltan. Conque, no hay remedio; me marcho.»

--Cuando la pobre madre vio que no había forma de disuadirle de su
intento, le dijo:

«Escucha a lo menos, hijo mío, los consejos prudentes de una buena
madre. Procura no pasar por las iglesias donde está la imagen de San
Pedro: el santo no es muy aficionado a gallos, y mucho menos a su
canto. Huye también de ciertos hombres que hay en el mundo, llamados
_cocineros_, los cuales son enemigos mortales nuestros y nos tuercen el
cuello en un _santiamén_. Y ahora, hijo mío, Dios te guíe y San Rafael
Bendito, que es abogado de los caminantes. Anda y pídele a tu padre su
bendición.»

--Medio--pollito se acercó al respetable autor de sus días, bajó la
cabeza para besarle la pata y le pidió la bendición. El venerable pollo
se la dio con más dignidad que ternura, porque no le quería, en vista de
su carácter díscolo. La madre se enterneció, en términos de tener que
enjugarse las lágrimas con una hoja seca.

Medio--pollito tomó el portante, batió el ala, y cantó tres veces, en
señal de despedida. Al llegar a las orillas de un arroyo casi seco,
porque era verano, se encontró con que el escaso hilo de agua se hallaba
detenido por unas ramas. El arroyo al ver al caminante, le dijo:

«Ya ves, amigo, qué débil estoy: apenas puedo dar un paso ni tengo
fuerzas bastantes para empujar esas ramillas incómodas que embarazan mi
senda. Tampoco puedo dar un rodeo para evitarlas, porque me fatigaría
demasiado. Tú puedes fácilmente sacarme de este apuro, apartándolas con
tu pico. En cambio, no sólo puedes apaciguar tu sed en mi corriente,
sino contar con mis servicios cuando el agua del cielo haya restablecido
mis fuerzas.»

--El pollito le respondió:

«Puedo, pero no quiero. ¿Acaso tengo yo cara de criado de arroyos pobres
y sucios?»

«¡Ya te acordarás de mí cuando menos lo pienses!», murmuró con voz
debilitada el arroyo.

«¡Pues no faltaba más que la echaras de buche!--dijo Medio--pollito con
socarronería--. No parece sino que te has sacado un terno a la lotería,
o que cuentas de seguro con las aguas del diluvio.»

--Un poco más lejos encontró al viento, que estaba tendido y casi
exánime en el suelo:

«Querido Medio--pollito--le dijo--, en este mundo todos tenemos
necesidad unos de otros. Acércate y mírame. ¿Ves cómo me ha puesto el
calor del estío; a mí, tan fuerte, tan poderoso; a mí, que levanto las
olas, que arraso los campos, que no hallo resistencia a mi empuje? Este
día de canícula me ha matado; me dormí embriagado con la fragancia de
las flores con que jugaba, y aquí me tienes desfallecido. Si tú
quisieras levantarme dos dedos del suelo con el pico y abanicarme con tu
ala, con esto tendría bastante para tomar vuelo y dirigirme a mi
caverna, donde mi madre y mis hermanas, las tormentas, se emplean en
remendar unas nubes viejas que yo desgarré. Allí me darán unas sopitas y
cobraré nuevos bríos.»

«Caballero--respondió el malvado pollito--: hartas veces se ha divertido
usted conmigo, empujándome por detrás y abriéndome la cola, a guisa de
abanico, para que se mofaran de mí todos los que me veían. No, amigo; a
cada puerco le llega su San Martín; y a más ver, señor farsante.»

--Esto dijo, cantó tres veces con voz clara, y pavoneándose muy hueco,
siguió su camino.

En medio de un campo segado, al que habían pegado fuego los labradores,
se alzaba una columnita de humo. Medio--pollito se acercó y vio una
chispa diminuta, que se iba apagando por instantes entre las cenizas.

«Amado Medio--pollito--le dijo la chispa al verle--: a buena hora vienes
para salvarme la vida. Por falta de alimento estoy en el último trance.
No sé dónde se ha metido mi primo el viento, que es quien siempre me
socorre en estos lances. Tráeme unas pajitas para reanimarme.»

«¿Qué tengo yo que ver con la jura del rey?--le contestó el pollito--.
Revienta si te da gana, que maldita la falta que me haces.»

«¿Quién sabe si te haré falta algún día?--repuso la chispa--. Nadie
puede decir de este agua no beberé.»

«¡Hola!--dijo el perverso animal--. ¿Con que todavía echas plantas? Pues
tómate esa.»

--Y diciendo esto, le cubrió de cenizas; tras lo cual, se puso a cantar,
según su costumbre, como si hubiera hecho una gran hazaña.

«Medio--pollito llegó a la capital; pasó por delante de una iglesia, que
le dijeron era la de San Pedro; se puso enfrente de la puerta y allí se
desgañitó cantando, no más que por hacer rabiar al santo y tener el
gusto de desobedecer a su madre.

»Al acercarse a palacio, donde quiso entrar para ver al rey y a la
reina, los centinelas le gritaron: «¡Atrás!» Entonces dio la vuelta y
penetró por una puerta trasera en una pieza muy grande, donde vio entrar
y salir mucha gente. Preguntó quiénes eran y supo que eran los cocineros
de su majestad. En lugar de huir, como se lo había prevenido su madre,
entró muy erguido de cresta y cola; pero uno de los _galopines_ le echó
el guante y le torció el pescuezo en un abrir y cerrar de ojos.

«Vamos--dijo--, venga agua para desplumar a este penitente.»

«¡Agua, mi querida doña Cristalina!--dijo el pollito--, hazme el favor
de no escaldarme. ¡Ten piedad de mí!»

«¿La tuviste tú de mí, cuando te pedí socorro, mal engendro?», le
respondió el agua, hirviendo de cólera; y le inundó de arriba abajo,
mientras los galopines le dejaban sin una pluma para un remedio.

Paca, que estaba arrodillada junto a su abuela, se puso colorada y muy
triste.

--El cocinero entonces--continuó la tía María--, agarró a Medio--pollito
y le puso en el asador.

«¡Fuego, brillante fuego!--gritó el infeliz--, tú, que eres tan poderoso
y tan resplandeciente, duélete de mi situación; reprime tu ardor, apaga
tus llamas, no me quemes.»

«¡Bribonazo!--respondió el fuego--; ¿cómo tienes valor para acudir a mí,
después de haberme ahogado, bajo el pretexto de no necesitar nunca de
mis auxilios? Acércate y verás lo que es bueno.»

--Y en efecto, no se contentó con dorarle, sino que le abrasó hasta
ponerle como un carbón.

Al oír esto, los ojos de Paca se llenaron de lágrimas.

--Cuando el cocinero le vio en tal estado--continuó la abuela--, le
agarró por la pata y le tiró por la ventana. Entonces el viento se
apoderó de él.

«Viento--gritó Medio--pollito--, mi querido, mi venerable viento, tú,
que reinas sobre todo y a nadie obedeces, poderoso entre los poderosos,
ten compasión de mí, déjame tranquilo en ese montón de estiércol.»

«¡Dejarte!--rugió el viento arrebatándole en un torbellino y volteándole
en el aire como un trompo--; no en mis días.»

Las lágrimas que se asomaron a los ojos de Paca, corrían ya por sus
mejillas.

--El viento--siguió la abuela--depositó a Medio--pollito en lo alto de
un campanario. San Pedro extendió la mano y lo clavó allí de firme.
Desde entonces ocupa aquel puesto, negro, flaco y desplumado, azotado
por la lluvia y empujado por el viento, del que guarda siempre la cola.
Ya no se llama Medio--pollito, sino veleta; pero sépanse ustedes que
allí está pagando sus culpas y pecados; su desobediencia, su orgullo y
su maldad.

--Madre abuela--dijo Pepa--, vea usted a Paca que está llorando por
Medio--pollito. ¿No es verdad que todo lo que usted nos ha contado no es
mas que un cuento?

--Por supuesto--saltó Momo--que nada de esto es verdad; pero aunque lo
fuera, ¿no es una tontería llorar por un bribón que llevó el castigo
merecido?

--Cuando yo estuve en Cádiz hace treinta años--contestó la tía María--,
vi una cosa que se me ha quedado bien impresa. Voy a referírtela, Momo,
y quiera Dios que no se te borre de la memoria, como no se ha borrado
de la mía. Era un letrero dorado, que está sobre la puerta de la cárcel,
y dice así:

    ODIA EL DELITO Y COMPADECE AL DELINCUENTE.

--¿No es verdad, don Federico, que parece una sentencia del Evangelio?

--Si no son las mismas palabras--respondió Stein--, el espíritu es el
mismo.

--Pero es que Paca tiene siempre las lágrimas pegadas a los ojos--dijo
Momo.

--¿Acaso es malo llorar?--preguntó la niña a su abuela.

--No, hija, al contrario; con lágrimas de compasión y de
arrepentimiento, hace su diadema la Reina de los ángeles.

--Momo--dijo el pastor--, si dices una palabra más que pueda incomodar
a mi ahijada, te retuerzo el pescuezo, como hizo el cocinero con
Medio--pollito.

--Mira si es bueno tener padrino--dijo Momo dirigiéndose a Paca.

--No es malo tampoco tener una ahijada--repuso Paca muy oronda.

--¿De veras?--preguntó el pastor--. ¿Y por qué lo dices?

Entonces Paca se acercó a su padrino, el cual la sentó en sus rodillas
con grandes muestras de cariño, y ella empezó la siguiente relación,
torciendo su cabecita para mirarle.

--Érase una vez un pobre, tan pobre, que no tenía con qué vestir al
octavo hijo, que iba a traerle la cigüeña, ni que dar de comer a los
otros siete. Un día se salió de su casa, porque le partía el corazón
oírlos llorar y pedirle pan. Echó a andar, sin saber adónde, y después
de haber estado andando, andando, todo el día, se encontró por la
noche..., ¿a que no acierta usted dónde, padrino? Pues se encontró a la
entrada de una cueva de ladrones. El capitán salió a la puerta; ¡más
feróstico era! «¿Quién eres? ¿Qué quieres?», le preguntó con una voz de
trueno. «Señor--respondió el pobrecillo hincándose de rodillas--; soy un
infeliz que no hago mal a nadie y me he salido de mi casa por no oír a
mis pobres hijos pidiéndome pan, que no puedo darles.» El capitán tuvo
compasión del pobrecito; y habiéndole dado de comer, y regalándole una
bolsa de dinero y un caballo, «vete--le dijo--, y cuando la cigüeña te
traiga el otro hijo, avísame y seré su padrino».

--Ahora viene lo bueno--dijo el pastor.

--Aguarde usted, aguarde usted--continuó la niña y verá lo que sucedió.
Pues señor, el hombre se volvió a su casa tan contento, que no le cabía
el corazón en el pecho. «¡Qué holgorio van a tener mis hijos!», decía.

--Cuando llegó, ya la cigüeña había traído al niño, el cual estaba en la
cama con su madre. Entonces se fue a la cueva y le dijo al bandolero lo
que había sucedido, y el capitán le prometió que aquella noche estaría
en la iglesia y cumpliría su palabra. Así lo hizo, y tuvo al niño en la
pila y le regaló un saco lleno de oro.

«Pero a poco tiempo el niño se murió y se fue al cielo. San Pedro, que
estaba a la puerta, le dijo que colara; pero él respondió: «Yo no entro
si no entra mi padrino conmigo.»

«¿Y quién es tu padrino?», preguntó el santo.

«Un capitán de bandoleros», respondió el niño.

«Pues, hijo--continuó San Pedro--, tú puedes entrar; pero tu padrino,
no.»

--El niño se sentó a la puerta, muy triste y con la mano puesta en la
mejilla. Acertó a pasar por allí la Virgen y le dijo:

«¿Por qué no entras, hijo mío?»

--El niño respondió que no quería entrar si no entraba su padrino, y San
Pedro dijo que eso era pedir imposibles. Pero el niño se puso de
rodillas, cruzó sus manecitas y lloró tanto que la Virgen, que es Madre
de la misericordia, se compadeció de su dolor. La Virgen se fue y volvió
con una copita de oro en las manos; se la dio al niño y le dijo:

«Ve a buscar a tu padrino y dile que llene esta copa de lágrimas de
contrición, y entonces podrá entrar contigo en el cielo. Toma estas alas
de plata y echa a volar.»

--El ladrón estaba durmiendo en una peña, con el trabuco en una mano y
un puñal en la otra. Al despertar, vio enfrente de sí, sentado en una
mata de alhucema, a un hermoso niño desnudo, con unas alas de plata que
relumbraban al sol y una copa de oro en la mano.

»El ladrón se refregó los ojos creyendo que estaba soñando; pero el
niño le dijo: «No, no creas que estás soñando. Yo soy tu ahijado.» Y le
contó todo lo que había ocurrido. Entonces el corazón del ladrón se
abrió como una granada y sus ojos vertían agua como una fuente. Su dolor
fue tan agudo, y tan vivo su arrepentimiento, que le penetraron el pecho
como dos puñales y se murió. Entonces el niño tomó la copa llena de
lágrimas y voló con el alma de su padrino al cielo, donde entraron y
donde quiera Dios que entremos todos.

--Y ahora, padrino--continuó la niña torciendo su cabecita y mirando de
frente al pastor--, ya ve usted lo bueno que es tener ahijados.

Apenas acababa la niña de referir su ejemplo, cuando se oyó un gran
estrépito: el perro se levantó, aguzó las orejas, apercibido a la
defensa; el gato, erizado el pelo, asombrados los ojos, se aprestó a la
fuga, pero bien pronto al susto sucedieron alegres risas. Era el caso
que _Anís_ se había quedado dormido durante la narración que había hecho
su hermana; de lo que resultó que perdiendo el equilibrio, cumplió el
vaticinio de su madre, cayendo en lo interior del tiesto, en el que
quedó hundida toda su diminuta persona, a excepción de sus pies y
piernas, que se alzaban del interior de la maceta, como una planta de
nueva especie. Impaciente su madre, le agarró con una mano por el
cuello de la chaqueta, le sacó de aquella profundidad y, a pesar de su
resistencia, le tuvo algún tiempo suspenso en el aire, de manera que
parecía uno de esos muñecos de cartón que cuelgan de un hilo, y que
tirándoles de otro, mueven desaforadamente brazos y piernas.

Como su madre le regañaba y todos se reían, _Anís_, que tenía el genio
fuerte, como dicen que lo tienen todos los chicos (lo que no quita que
lo tengan también los altos), reventó en un estrepitoso llanto de
coraje.

--No llores, _Anís_--le dijo Paca--, no llores y te daré dos castañas
que tengo en la faltriquera.

--¿De verdad?--preguntó _Anís_.

Paca sacó las castañas y se las dio; y en lugar de lágrimas se vieron
tan luego brillar a la luz de la llama dos hileras de blancos
dientecitos en el rostro de _Anís_.

--Hermano Gabriel--dijo la tía María, dirigiéndose a este--, ¿no me ha
dicho usted que le duelen los ojos? ¿A qué trabaja usted de noche?

--Me dolían--contestó fray Gabriel--; pero don Federico me ha dado un
remedio que me ha curado.

--Bien puede don Federico saber muchos remedios para los ojos, pero no
sabe su merced el que no marra--dijo el pastor.

--Si usted lo sabe, le agradecería que me lo comunicase--le dijo Stein.

--No puedo decirlo--repuso el pastor--, porque aunque sé que lo hay, no
lo conozco.

--¿Quién lo conoce, pues?--preguntó Stein.

--Las golondrinas--contestó el pastor[15].

--¿Las golondrinas?

[Nota 15: Las cosas que cree y refiere el pueblo, aunque adornadas por su rica
y poética imaginación, tienen siempre algún origen. En la segunda parte
de la obra intitulada Simples _incógnitos en la medicina_, escrita por
fray Esteban de Villa, e impresa en Burgos en 1654, hallamos este
párrafo, que coincide con lo que dice el pastor:

«La ibis (que quieren sea la cigüeña) enseñó el uso de las ayudas, que
se echa a sí misma llenando de agua la boca, sirviéndole lo largo del
pico para el efecto. El perro, el uso del vomitivo, comiendo la grama,
que para él es de virtud vomitiva. El caballo marino la sangría, cuando
se siente cargado de sangre, abriéndose la vena con punta de caña que le
sirve de lanceta, y el barro de venda, revolcándose en él, con lo que
cierra la cisura. La golondrina, el colirio en la Celidonia, con que da
vista a sus pollos y nombre a esta planta, que se dijo _hirundinaria_, por
su inventor la golondrina, etc.»]

--Pues sí, señor--prosiguió el pastor--; es una hierba que se llama
_pito-real_, pero que nadie ve ni conoce sino las golondrinas: si se le
sacan los ojos a sus polluelos, van y se los restriegan con un
_pito-real_, y vuelven a recobrar la vista. Esta yerba tiene también la
virtud de quebrar el hierro, no más que con tocarla; y así cuando a los
segadores o a los podadores se les rompe la herramienta en las manos sin
poder atinar por qué, es porque tocaron al _pito-real_. Pero por más que
la han buscado, nadie la ha visto; y es una providencia de Dios que así
sea, pues si toparan con ella, poca tracamundana se armaría en el mundo,
puesto que no quedarían a vida ni cerraduras, ni cerrojos, ni cadenas,
ni aldabas.

--¡Las cosazas que se engulle José, que tiene unas tragaderas como un
tiburón!--dijo riéndose Manuel. Don Federico, ¿sabe usted otra que dice
y que se cree como artículo de fe?, que las culebras no se mueren nunca.

--Pues ya se ve que las culebras no se mueren nunca--repuso el pastor--.
Cuando ven que la muerte se les acerca, sueltan el pellejo y arrancan a
correr. Con los años se hacen serpientes; entonces, poco a poco, van
criando escamas y alas, hasta que se hacen dragones y se vuelan al
desierto. Pero tú, Manuel, nada quieres creer: ¿si querrás negar también
que el lagarto es enemigo de la mujer y amigo del hombre? Si no lo
quieres creer, pregúntaselo a tío Miguel.

--¿Ese lo sabe?

--¡Toma!, por lo que a él mismo le pasó.

--¿Y qué fue?--preguntó Stein.

--Estando durmiendo en el campo--contestó José--, se le vino acercando
una culebra; pero apenas la vio venir un lagarto, que estaba en el
vallado, salió a defender al tío Miguel y empezaron a pelearse la
culebra y el lagarto, que era tamaño y tan grande. Pero como el tío
Miguel, ni por esas despertaba, el lagarto le metió la punta del rabo
por las narices. Con eso despertó el tío Miguel y echó a correr como si
tuviese chispas en los pies. El lagarto es un bicho bueno y bien
inclinado; nunca se recoge a puestas de sol sin bajarse por las paredes
y venir a besar la tierra.

Cuando había empezado esta conversación tratando de las golondrinas,
Paca había dicho a _Anís_, que sentado en el suelo entre sus hermanas
con las piernas cruzadas parecía el Gran Turco en miniatura.

--_Anís_, ¿sabes tú lo que dicen las golondrinas?

--Yo no; no me _jan jablao_.

--Pues atiende: dicen--remedando la niña el gorgeo de las golondrinas,
se puso a decir con celeridad:

           Comer y beber:
        buscar emprestado,
        y si te quieen prender[16]
        ¡por no haber pagado,
        huir, huir, huir, huiiiir,
        comadre Beatriiiiz.

[Nota 16: Este verso no se puede decir, sino con la manera de abreviar las
palabras que el pueblo gasta pronunciando _quieen_ por _quieren_.]

--¿Por eso se van?--preguntó _Anís_.

--Por eso--afirmó su hermana.

--¡Yo las quiero más...!--dijo Pepa.

--¿Por qué?--preguntó _Anís_.

--Porque has de saber--respondió la niña:

       Que en el monte Calvario
    las golondrinas
    le quitaron a Cristo
    las cinco espinas.
       En el monte Calvario
    los jilgueritos
    le quitaron a Cristo
    los tres clavitos.

--Y los gorriones, ¿qué hacían?--preguntó _Anís_.

--Los gorriones--respondió su hermana--, nunca he sabido que hicieran
más que comer y pelearse.

Entre tanto, Dolores, llevando a su niño dormido en un brazo, había
puesto con la mano que le quedaba libre, la mesa y colocado en medio las
batatas, y distribuido a cada cual su parte. En su propio plato comían
los niños; y Stein observó que Dolores ni aún probaba el manjar que con
tanto esmero había confeccionado.

--Usted no come, Dolores--le dijo.

--¿No sabe usted--respondió esta riendo--el refrán «el que tiene hijos
al lado, no morirá ahitado»? Don Federico, lo que ellos comen, me
engorda a mí.

Momo, que estaba al lado de este grupo, retiraba su plato, para que no
cayesen sus hermanos en tentación de pedirle de lo que contenía.

Su padre que lo notó, le dijo:

--No seas ansioso, que es vicio de ruines; ni avariento, que es vicio de
villanos. Sabrás que una vez se cayó un avariento en un río. Un paisano
que vio se le llevaba la corriente, alargó el brazo y le gritó: «_Deme la
mano._» ¡Qué había de dar!, ¡dar!, antes de dar nada, dejó que se le
llevase la corriente. Fue su suerte que le arrastró el agua cerca de un
pescador, que le dijo: «Hombre, _tome_ usted esta mano.» Conforme se
trató de tomar, estuvo mi hombre muy pronto, y se salvó.

--No es ese chascarrillo el que debías contar a tu hijo, Manuel--dijo la
tía María--, sino ponerle por ejemplo lo que acaeció a aquel rico
miserable que no quiso socorrer a un pobre desfallecido, ni con un
pedazo de pan, ni con un trago de agua. «Permita Dios--le dijo el pobre
que todo cuanto toquéis, se convierta en ese oro y esa plata a que tanto
apegado estáis.» Y así fue. Todo cuando en la casa del avaro había, se
convirtió en aquellos metales tan duros como su corazón. Atormentado por
el hambre y la sed, salió al campo, y habiendo visto una fuente de agua
cristalina, se arrojó con ansia a ella; pero al tocarla con los labios,
el agua se cuajó y convirtió en plata. Fue a tomar una naranja del
árbol, y al tocarla se convirtió en oro; y así murió rabiando y
maldiciendo aquello mismo por lo que ansiado había.

Manuel, _el espíritu fuerte_ de aquel círculo, meneó la cabeza.

--¡Lo ve usted, tía María--dijo José--; Manuel no lo quiere creer!
Tampoco cree que el día de la Asunción, en el momento de alzar en la
misa mayor, todas las hojas de los árboles se unen de dos en dos para
formar una cruz; las altas se doblan, las bajas se empinan, sin que ni
una sola deje de hacerlo. Ni cree que el diez de agosto, día del
martirio de San Lorenzo, que fue quemado en unas parrillas, en cavando
la tierra, se halla carbón por todas partes.

--Cuando llegue ese día--dijo Manuel--, he de cavar un hoyo delante de
ti, José, y veremos si te convenzo de que no hay tal.

--¿Y qué pica en Flandes habrás puesto, si no hallas carbón?--le dijo su
madre--. ¿Acaso crees que lo hallarás si lo buscas sin creerlo? Pero
Manuel, tú te has figurado que todo lo que no sea artículo de fe, no se
ha de creer, y que la credulidad es cosa de bobos; cuando no es, hijo
mío, sino cosa de sanos.

--Pero madre--repuso Manuel--, entre correr y estar parado, hay un
medio.

--¿Y para qué--dijo la buena anciana--escatimar tanto la fe, que al fin
es la primera de las virtudes? ¿Qué te parecería, hijo de mis entrañas,
si yo te dijese: te parí, te crié, te puse en camino; cumplí pues, con
mi obligación?, ¿si sólo como obligación mirase al amor de madre?

--Que no era usted buena madre, señora.

--Pues hijo, aplica esto a lo otro; el que no cree, sino por
_obligación_, y sólo aquello que no puede dejar de creer, sin ser
renegado, es mal cristiano: como sería yo mala madre si sólo te quisiese
por obligación.

--Hermano Gabriel--dijo Dolores--, ¿cómo es que no quiere usted probar
mis batatas?

--Es día de ayuno para nosotros--respondió fray Gabriel.

--¡Qué!, ya no hay conventos, reglas ni ayunos--dijo campechanamente
Manuel, para animar al pobre anciano a que participase del regalo
general--. Además, usted ha cumplido cuanto ha los sesenta años; con que
así, fuera escrúpulos y a comer las batatas, que no se ha de condenar
usted por eso.

--Usted me ha de perdonar--repuso fray Gabriel--; pero yo no dejo de
ayunar, como antes, mientras no me lo dispense el padre prior.

--Bien hecho, hermano Gabriel--dijo la tía María--. Manuel, no te metas
a diablo tentador, con su espíritu de rebeldía y sus incitativos a la
gula.

Con esto, la buena anciana se levantó y guardó en una alacena el plato
que Dolores había servido al lego, diciéndole:

--Aquí se lo guardo a usted para mañana, hermano Gabriel.

Concluida la cena dieron gracias, quitándose los hombres los sombreros
que siempre conservan puestos dentro de casa.

Después del padrenuestro, dijo la tía María:

        Bendito sea el Señor,
        que nos da de comer
        sin merecerlo. Amén.
        Como nos da sus bienes,
        nos dé su gloria. Amén.
        Dios se lo dé
        al pobrecito que no lo tiene. Amén.

_Anís_, al acabar, dio un salto a pie juntillas tan espontáneo, derecho
y repentino, como lo dan los peces en el agua.




Capítulo X


_Marisalada_ estaba ya en convalecencia; como si la naturaleza hubiera
querido recompensar el acertado método curativo de Stein y el caritativo
esmero de la buena tía María.

Habíase vestido decentemente, sus cabellos, bien peinados y recogidos en
una _castaña_, acreditaban el celo de Dolores, que era quien se había
encargado de su tocado.

Un día en que Stein estaba leyendo en su cuarto, cuya ventanilla daba al
patio grande, donde a la sazón se hallaban los niños jugando con
_Marisalada_, oyó que esta se puso a imitar el canto de diversos pájaros
con tan rara perfección, que aquel suspendió su lectura para admirar una
habilidad tan extraordinaria. Poco después, los muchachos entablaron uno
de esos juegos tan comunes en España, en que se canta al mismo tiempo.
_Marisalada_ hacía el papel de madre; Pepa, el de un caballero que
venía a pedirle la mano de su hija. La madre se la niega; el caballero
quiere apoderarse de la novia por fuerza, y todo este diálogo se compone
de copias cantadas en una tonada cuya melodía es sumamente agradable.

El libro se cayó de las manos de Stein, que como buen alemán tenía gran
afición a la música. Jamás había llegado a sus oídos una voz tan
hermosa. Era un metal puro y fuerte como el cristal, suave y flexible
como la seda. Apenas se atrevía a respirar Stein, temeroso de perder la
menor nota.

--Se quisiera usted volver todo orejas--dijo la tía María, que había
entrado en el cuarto sin que él lo hubiese echado de ver--. ¿No le he
dicho a usted que es un canario sin jaula? Ya verá usted.

Y con esto se salió al patio y dijo a _Marisalada_ que cantase una
canción.

Esta, con su acostumbrado desabrimiento, se negó a ello.

En este momento entró Momo mal engestado, precedido de _Golondrina_
cargada de _picón_.

Traía las manos y el rostro tiznados y negros como la tinta.

--¡El rey Melchor!--gritó al verlo _Marisalada_.

--¡El rey Melchor!--repitieron los niños.

--Si yo no tuviera más que hacer--respondió Momo rabioso--que cantar y
brincar como tú, grandísima holgazana, no estaría tiznado de pies a
cabeza. Por fortuna don Federico te ha prohibido cantar; y con esto no
me mortificarás las orejas.

La respuesta de _Marisalada_ fue entonar a trapo tendido una canción.

El pueblo andaluz tiene una infinidad de cantos; son estos boleras ya
tristes, ya alegres; el olé, el fandango, la caña, tan linda como
difícil de cantar, y otras con nombre propio, entre las que sobresale el
_romance_. La tonada del romance es monótona y no nos atrevemos a
asegurar que puesta en música, pudiese satisfacer a los _dilettanti_, ni
a los filarmónicos. Pero en lo que consiste su agrado (por no decir
encanto), es en las modulaciones de la voz que lo canta; es en la manera
con que algunas notas se ciernen, por decirlo así, y mecen suavemente,
bajando, subiendo, arreciando el sonido o dejándolo morir. Así es que el
romance, compuesto de muy pocas notas, es dificilísimo cantarlo bien y
genuinamente. Es tan peculiar del pueblo, que sólo a esas gentes, y de
entre ellas a pocos, se lo hemos oído cantar a la perfección: parécenos
que los que lo hacen, lo hacen como por intuición. Cuando a la caída de
la tarde, en el campo, se oye a lo lejos una buena voz cantar el romance
con melancólica originalidad, causa un efecto extraordinario, que sólo
podemos comparar al que producen en Alemania los toques de corneta de
los postillones, cuando tan melancólicamente vibran suavemente repetidos
por los ecos, entre aquellos magníficos bosques y sobre aquellos
deliciosos lagos. La letra del romance trata generalmente de asuntos
moriscos, o refiere piadosas leyendas o tristes historias de reos.

Este famoso y antiguo romance que ha llegado hasta nosotros, de padres a
hijos, como una tradición de melodía, ha sido más estable sobre sus
pocas notas confiadas al oído, que las grandezas de España, apoyadas con
cañones y sostenidas por las minas del Perú.

Tiene, además, el pueblo canciones muy lindas y expresivas, cuya tonada
es compuesta expresamente para las palabras, lo que no sucede con las
arriba mencionadas, a las que se adaptan esa innumerable cantidad de
coplas, de que cada cual tiene un rico repertorio en la memoria.

María cantaba una de aquellas canciones, que transcribiremos aquí con
toda su sencillez y energía popular.

        Estando un caballerito
        En la isla de León,
        se enamoró de una dama
        y ella le correspondió.
           Que con el aretín, que con el aretón.

          --Señor, quédese una noche,
        quédese una noche o dos,
        que mi marido está fuera por esos montes de Dios.
           Que con el aretín, que con el aretón.

        Estándola enamorando,
        el marido que llegó:
          --Ábreme la puerta, cielo,
        ábreme la puerta, sol.
           Que con el aretín, que con el aretón.

        Ha bajado la escalera
        quebradita de color.
          --¿Has tenido calentura?
        ¿O has tenido nuevo amor?
           Que con el aretín, que con el aretón.

          --Ni he tenido calentura
        ni he tenido nuevo amor.
        Me se ha perdido la llave
        de tu rico tocador.
           Que con el aretín, que con el aretón.

          --Si las tuyas son de acero,
        de oro las tengo yo.
        ¿De quién es aquel caballo
        que en la cuadra relinchó?
           Que con el aretín, que con el aretón.

          --Tuyo, tuyo, dueño mío,
        que mi padre lo mandó,
        porque vayas a la boda
        de mi hermana la mayor.
           Que con el aretín, que con el aretón.

          --Viva tu padre mil años,
        que caballos tengo yo.
        ¿De quién es aquel trabuco que en aquel clavo colgó?
           Que con el aretín, que con el aretón.

          --Tuyo, tuyo, dueño mío,
        que mi padre lo mandó,
        para llevarte a la boda
        de mi hermana la mayor.
           Que con el aretín, que con el aretón.

          --Viva tu padre mil años,
        que trabucos tengo yo.
        ¿Quién ha sido el atrevido
        que en mi casa se acostó?
           Que con el aretín, que con el aretón.
          --Es una hermanita mía,
        que mi padre la mandó
        para llevarme a la boda
        de mi hermana la mayor.
           Que con el aretín, que con el aretón.

        La ha agarrado de la mano,
        al padre se la llevó:
        toma allá, padre, tu hija,
        que me ha jugado traición.
           Que con el aretín, que con el aretón.

          --Llévatela tú, mi yerno,
        que la iglesia te la dio;
        la ha agarrado de la mano,
        al campo se la llevó.
           Que con el aretín, que con el aretón.

        Le tiró tres puñaladas
        y allí muerta la dejó,
        la dama murió a la una,
        y el galán murió a las dos.
           Que con el aretín, que con el aretón[17].

[Nota 17: El ilustre literato, el estudioso recopilador, el sabio bibliófilo
don Juan Nicolás Böhl de Faber, a quien debe la literatura española el
_Teatro anterior a Lope de Vega_, y la _Floresta de rimas castellanas_, trae
en el primer tomo de esta colección, página 255, el siguiente romance
antiguo, de autor no conocido. Nos ha parecido curioso el reproducirlo
aquí por tratar el mismo asunto que trata esta canción. No somos
competentes para juzgar si habrá sido que el canto popular subió del
pueblo al poeta culto que lo rehizo, o si bajaría del poeta culto al
popular que lo simplificó y trató a su manera, o si bien sería el suceso
un hecho cierto, que simultáneamente cantaron, aunque parece el lenguaje
de la canción del pueblo más moderno.]

  --Blanca sois, señora mía,
más que no el rayo del sol,
si la dormiré esta noche
desarmado y sin pavor,
que siete años había, siete,
que no me desarmó, no;
más negras tengo mis carnes
que un tiznado carbón.
--Dormidla, señor, dormidla,
desarmado y sin temor,
que el conde es ido a la caza
a los montes de León.
Rabia, le mate los perros
y águilas el su halcón,
y del monte hasta casa
a él lo arrastre el morón.
Ellos en aquesto estando,
su marido que llegó:
--¿Qué hacéis, la blanca niña,
hija de padre traidor?
--Señor, peino mis cabellos
péinolos con gran dolor,
que me dejéis a mí sola
y a los montes os vais vos.
--Esa palabra, la niña
no era sino traición.
¿Cuyo es aquel caballo
que allá bajo relinchó?
--Señor, era de mi padre,
y enviáralo para vos.
--¿Cuyas son aquellas armas
que están en el corredor?
--Señor, eran de mi hermano,
y hoy os las envió.
--¿Cuya es aquella lanza,
desde aquí la veo yo?
--Tomadla, conde, tomadla
matadme con ella vos,
que aquesta muerte buen conde,
bien os la merezco yo.

Pudiéramos además dar otra versión de este mismo tema recogida en otro
pueblo del campo de Andalucía; pero nos abstenemos por considerar que la
poesía popular no tiene par todo el mundo el interés y el encanto que
para nosotros.]

Apenas hubo acabado de cantar, Stein, que tenía un excelente oído, tomó
la flauta y repitió nota por nota la canción de _Marisalada_. Entonces
fue cuando esta a su vez quedó pasmada y absorta, volviendo a todas
partes la cabeza, como si buscase el sitio en que reverberaba aquel eco,
tan exacto y tan fiel.

--No es eco--clamaron las niñas--; es don Federico que está soplando en
una caña agujereada.

María entró precipitadamente en el cuarto en que se hallaba Stein y se
puso a escucharle con la mayor atención, inclinando el cuerpo hacia
adelante, con la sonrisa en los labios, y el alma en los ojos.

Desde aquel instante, la tosca aspereza de María se convirtió, con
respecto a Stein, en cierta confianza y docilidad, que causó la mayor
extrañeza a toda la familia. Llena de gozo la tía María aconsejó a Stein
que se aprovechase del ascendiente que iba tomando con la muchacha, para
inducirla a que se enseñase a emplear bien su tiempo aprendiendo la ley
de Dios, y a trabajar, para hacerse buena cristiana, y mujer de razón,
nacida para ser madre de familia y mujer de su casa. Añadió la buena
anciana, que para conseguir el fin deseado, así como para domeñar el
genio soberbio de María y sus hábitos bravíos, lo mejor sería suplicar a
_señá_ Rosita, la maestra de amiga, que la tomase a su cargo, puesto que
era dicha maestra mujer de razón y temerosa de Dios y muy diestra en
labores de mano.

Stein aprobó mucho la propuesta y alcanzó de _Marisalada_ que se
prestase a ponerla en ejecución, prometiéndole en cambio ir a verla
todos los días y divertirla con la flauta.

Las disposiciones que aquella criatura tenía para la música,
despertaron en ella una afición extraordinaria a su cultivo, y la
habilidad de Stein fue la que le dio el primer impulso.

Cuando llegó a noticia de Momo que _Marisalada_ iba a ponerse bajo la
tutela de _Rosa Mística_, para aprender allí a coser, barrer y guisar, y
sobre todo, como él decía, a tener juicio, y que el doctor era quien la
había decidido a este paso, dijo que ya caía en cuenta de lo que don
Federico le había contado de allá en su tierra, que había ciertos
hombres, detrás de los cuales echaban a correr todas las ratas del
pueblo, cuando se ponían a tocar un pito.

Desde la muerte de su madre, _señá_ Rosa había establecido una escuela
de niñas, a que en los pueblos se da el nombre de amiga, y en las
ciudades, el más a la moda, de academia. Asisten a ella las niñas en los
pueblos, desde por la mañana hasta mediodía, y sólo se enseña la
doctrina cristiana y la costura. En las ciudades aprenden a leer,
escribir, el bordado y el dibujo. Claro es que estas casas no pueden
crear pozos de ciencia, ni ser semilleros de artistas, ni modelos de
educación cual corresponde a la _mujer emancipada_. Pero en cambio
suelen salir de ellas mujeres hacendosas y excelentes madres de
familia, lo cual vale algo más.

Una vez restablecida la enferma, Stein exigió de su padre que la
confiase por algún tiempo a la buena mujer que debía suplir con aquella
indómita criatura a la madre que había perdido y adoctrinarla en las
obligaciones propias de su sexo.

Cuando se propuso a _señá_ Rosa que admitiese en su casa a la _bravía_
hija del pescador, su primera respuesta fue una terminante negativa,
como suelen hacer en tales casos las personas de su temple; pero acabó
por ceder cuando se le dieron a entender los buenos efectos que podría
tener aquella obra de caridad; como hacen en iguales circunstancias
todas las personas religiosas, para las cuales la obligación no es cosa
convencional, sino una línea recta trazada con mano firme.

No es ponderable lo que padeció la infeliz mujer, mientras estuvo a su
cargo _Marisalada_. Por parte de esta no cesaron las burlas ni las
rebeldías, ni por parte de la maestra los sermones sin provecho y las
exhortaciones sin fruto.

Dos ocurrencias agotaron la paciencia de _señá_ Rosa, con tanta más
razón, cuanto que no era en ella virtud innata, sino trabajosamente
adquirida.

_Marisalada_ había logrado formar una especie de conspiración en las
filas del batallón que _señá_ Rosa capitaneaba. Esta conspiración llegó
por fin a estallar un día, tímida y vacilante a los principios, mas
después osada y con el cuello erguido; y fue en los términos siguientes:

--No me gustan las rosas de a libra--dijo de repente _Marisalada_.

--¡Silencio!--mandó la maestra, cuya severa disciplina no permitía que
se hablase en las horas de clase.

Se restableció el silencio.

Cinco minutos después, se oyó una voz muy aguda, y no poco insolente,
que decía:

--No me gustan las rosas lunarias.

--Nadie te lo pregunta--dijo _señá_ Rosa, creyendo que esta intempestiva
declaración había sido provocada por la de _Marisalada_.

Cinco minutos después, otra de las conspiradoras dijo, recogiendo el
dedal que se le había caído:

--A mí no me gustan las rosas blancas.

--¿Qué significa esto?--gritó entonces _Rosa Mística_, cuyo ojillo negro
brillaba como un fanal--. ¿Se están ustedes burlando de mí?

--No me gustan las rosas del pitiminí--dijo una de las más chicas,
ocultándose inmediatamente debajo de la mesa.

--Ni a mí las rosas de Pasión.

--Ni a mí las rosas de Jericó.

--Ni a mí las rosas amarillas.

La voz clara y fuerte de _Marisalada_ oscureció todas las otras
gritando:

--A las rosas secas no las puedo ver.

--A las rosas secas--exclamaron en coro todas las muchachas--no las
puedo ver.

_Rosa Mística_, que al principio había quedado atónita, viendo tanta
insolencia, se levantó, corrió a la cocina y volvió armada de una
escoba.

Al verla, todas las muchachas huyeron como una bandada de pájaros. _Rosa
Mística_ quedó sola, dejó caer la escoba y se cruzó de brazos.

--¡Paciencia, Señor!--exclamó, después de haber hecho lo posible por
serenarse--. Sobrellevaba con resignación mi apodo, como tú cargaste con
la cruz; pero todavía me faltaba esta corona de espinas. ¡Hágase tu
santa voluntad!

Quizá se habría prestado a perdonar a _Marisalada_ en esta ocasión, si
no se hubiera presentado muy en breve otra, que la obligó por fin a
tomar la resolución de despedirla de una vez. Fue el caso que el hijo
del barbero, Ramón Pérez, gran tocador de guitarra, venía todas las
noches a tocar y cantar coplas amorosas bajo las ventanas severamente
cerradas de la beata.

--Don Modesto--dijo esta un día a su huésped--, cuando usted oiga de
noche a este ave nocturna de Ramón desollarnos las orejas con su canto,
hágame usted favor de salir y decirle que se vaya con la música a otra
parte.

--Pero Rosita--contestó don Modesto--, ¿quiere usted que me indisponga
con ese muchacho, cuando su padre (Dios se lo pague) me está afeitando
de balde desde el día de mi llegada a Villamar? Y vea usted lo que es: a
mí me gusta oírle, porque no puede negarse que canta y toca la guitarra
con mucho primor.

--Buen provecho le haga a usted--dijo _señá_ Rosa--. Puede ser que tenga
usted los oídos a prueba de bomba. Pero si a usted le gusta, a mí no.
Eso de venir a cantar a las rejas de una mujer honrada, ni le hace favor
ni viene a qué.

La fisonomía de don Modesto expresó una respuesta muda, dividida en tres
partes. En primer lugar, la extrañeza, que parecía decir: ¡Qué! ¡Ramón
galantea a mi patrona! En segundo lugar, la duda, como si dijera: ¿será
posible? En tercer lugar, la certeza, concretada en estas frases:
¡ciertos son los toros! Ramón es un atrevido.

Después de pensarlo, continuó _señá_ Rosa:

--Usted podría resfriarse, pasando del calor de su cama al aire. Más
vale que se quede usted quieto, y sea yo la que diga al tal chicharra,
que si se quiere divertir, que compre una mona.

Al sonar las doce de la noche, se oyó el rasgueo de una guitarra y en
seguida una voz que cantaba:

        ¡Vale más lo moreno
        De mi morena,
        Que toda la blancura
        De una azucena!

--¡Qué tonterías!--exclamó _Rosa Mística_, levantándose de la cama--.
¡Qué larga será la cuenta que haya de dar a Dios de tanta palabra vana!

La voz prosiguió cantando:

     Niña, cuando vas a misa,
    La iglesia se resplandece.
    La hierba seca que pisas,
    Al verte, se reverdece.

--¡Dios nos asista!--exclamó _Rosa Mística_, poniéndose las terceras
enaguas--; también saca a colación la misa en sus coplas profanas; y los
que lo oigan, como saben que soy dada a las cosas de Dios, dirán que lo
canta por lavarme la cara. ¿Si pensará ese barbilampiño burlarse de mí?
¡No faltara más!

Rosa llegó a la sala, y ¡cuál no se quedaría al ver a _Marisalada_
asomada al postigo y oyendo al cantor con toda la atención de que era
capaz! Entonces se persignó, exclamando:

--¡Y todavía no ha cumplido trece años! ¡Sobre que ya no hay niñas!

Tomó a _Marisalada_ por el brazo, la apartó de la ventana, y se colocó
en ella a tiempo que Ramón, dándole de firme a la guitarra, entonaba,
desgañitándose, esta copla:

           Asómate a esa ventana,
        Esos bellos ojos abre;
        Nos alumbrarás con ellos,
        Porque está oscura la calle.

Y siguió más violento y desatinado que nunca el rasgueo.

--¡Yo seré quien te alumbraré con un blandón del infierno--gritó con
agria y colérica voz _Rosa Mística--_: libertino, profanador, cantor
sempiterno e insufrible!

Ramón Pérez, vuelto en sí de la primera sorpresa, echó a correr más
ligero que un gamo, sin volver la cara atrás.

Este fue el golpe decisivo. _Marisalada_ fue despedida de una vez, a
pesar del empeño que hizo tímidamente don Modesto en su favor.

--Don Modesto--respondió Rosita--, dice el refrán: cargos son cargos; y
mientras esta descaradota esté al mío, tengo que dar cuenta de sus
acciones a Dios y a los hombres. Pues bien, cada cual tiene bastante
con responder de lo suyo, sin necesidad de cargar con pecados ajenos.
Además de que, usted lo está viendo, es una criatura que no se puede
meter por vereda; por más que se la inclina a la derecha, siempre ha de
tirar a la izquierda.




Capítulo XI


Tres años había que Stein permanecía en aquel tranquilo rincón.
Adoptando la índole del país en que se hallaba, vivía al día, o como
dicen los franceses, _au jour le jour_, y como en otros términos le
aconsejara su buena patrona la tía María, diciendo que el día de mañana
no debía echarnos a perder el de hoy, y que de lo sólo que se debía
cuidar era de que el de hoy no nos echase a perder el de mañana.

En estos tres años había estado el joven médico en correspondencia con
su familia. Sus padres habían muerto, mientras él se hallaba en el
ejército en Navarra; su hermana Carlota había casado con un
arrendatario bien acomodado, el cual había hecho de los dos hermanos
pequeños de su mujer dos labradores poco instruidos, pero hábiles y
constantes en el trabajo. Stein se veía, pues, enteramente libre y
árbitro de su suerte.

Habíase dedicado a la educación de la niña enferma, que le debía la
vida, y aunque cultivaba un suelo ingrato y estéril, había conseguido a
fuerza de paciencia hacer germinar en él los rudimentos de la primera
enseñanza. Pero lo que excedió sus esperanzas, fue el partido que sacó
de las extraordinarias facultades filarmónicas con que la naturaleza
había dotado a la hija del pescador. Era su voz incomparable, y no fue
difícil a Stein, que era buen músico, dirigirla con acierto, como se
hace con las ramas de la vid, que son a un tiempo flexibles y vigorosas,
dóciles y fuertes.

Pero el maestro, que tenía un corazón tierno y suave, y en su temple una
propensión a la confianza que rayaba en ceguedad, se enamoró de su
discípula, contribuyendo a ello el amor exaltado que tenía el pescador a
su hija y la admiración que esta excitaba en la buena tía María; ambos
tenían cierto poder simpático y comunicativo que debió ejercer su
influencia en un alma abierta, benévola y dócil como la de Stein. Se
persuadió, pues, con Pedro Santaló de que su hija era un ángel, y con la
tía María, de que era un portento. Era Stein uno de aquellos hombres que
pueden asistir a un baile de máscaras, sin llegar a persuadirse de que
detrás de aquellas fisonomías absurdas, detrás de aquellas facciones de
cartón piedra, hay otras fisonomías y otras facciones, que son las que
el individuo ha recibido de la naturaleza. Y si a Santaló cegaba el
cariño apasionado, y a la tía María la bondad suma, ambos llegaron a la
vez a cegar a Stein.

Pero después de todo, lo que más le sedujo fue la voz pura, dulce,
expresiva y elocuente de María.

«Es preciso--se decía a sus solas--que la que expresa de un modo tan
admirable los sentimientos más sublimes, posea un alma llena de
elevación y ternura.»

Mas, como el grano de trigo en un rico terreno se esponja y echa raíces
antes de que sus brotes suban a la luz del día, así crecía y echaba
raíces este tranquilo y sincero amor, en el corazón de Stein, antes
sentido que definido.

También María, por su parte, se había aficionado a Stein, no porque
agrediese sus esmeros, ni porque apreciase sus excelentes prendas, ni
porque comprendiese su gran superioridad de alma e inteligencia, ni aun
siquiera por el atractivo que ejerce el amor en la persona que lo
inspira, sino porque agradecimiento, admiración, atractivo, los sentía y
se los inspiraba el _músico_, el maestro que en el arte la iniciaba.
Además, el aislamiento en que vivía, apartaba de ella todo otro objeto
que hubiese podido disputar a aquel la preferencia. Don Modesto no
estaba en edad de figurar en la palestra de amor; Momo, además de ser
extraordinariamente feo, conservaba toda su animosidad contra
_Marisalada_, y no cesaba de llamarla _Gaviota_; y ella le miraba con el
más alto desprecio. Es cierto que no faltaban mozalbetes en el lugar,
empezando por el barberillo, que persistía en suspirar por María; pero
todos estaban lejos de poder competir con Stein.

Por este tranquilo estado de cosas habían pasado tres veranos y tres
inviernos, como tres noches y tres días, cuando acaeció lo que vamos a
referir.

Forjábase en el tranquilo Villamar (¿quién lo diría?) una intriga; era
su promotor y jefe (¿quién lo pensara?) la tía María; era el confidente
(¿quién no se asombra?) ¡don Modesto!

Aunque sea una indiscreción, o por mejor decir, una bajeza el acechar,
oigámoslos en la huerta escondidos detrás de este naranjo, cuyo tronco
permanece firme, mientras sus flores se han marchitado y sus hojas se
han caído, como queda en el fondo del alma la resignación, cuando se ha
ajado la alegría y se han muerto las esperanzas; oigamos, volvemos a
decir, el coloquio que en secreto conciliábulo tienen los mencionados
confidentes, mientras fray Gabriel, que está a mil leguas, aunque pegado
a ellos, amarra con vencejos las lechugas para que crezcan blancas y
tiernas.

--No es que me lo figuro, don Modesto--decía la instigadora--, es una
realidad; para no verlo era preciso no tener ojos en la cara. Don
Federico quiere a _Marisalada_ y a esta no le parece el doctor costal de
paja.

--Tía María, ¿quién piensa en amores?--respondió don Modesto, en cuya
calma y tranquila existencia no se había realizado el eterno, clásico,
pero invariable axioma de la inseparable alianza de Marte y Cupido--.
¿Quién piensa en amores--repitió don Modesto en el mismo tono en que
hubiese dicho: ¿quién piensa en jugar a la _billarda_ o en remontar un
_pandero_?

--La gente moza, don Modesto, la gente moza; y si no fuera por eso, se
acabaría el mundo. Pero el caso es que es preciso darles a estos un
espolazo, porque esa gente de por allá arriba quiéreme parecer que se
andan con gran pachorra, pues dos años ha que nuestro hombre está
queriendo a su ruiseñor, como él la llama, que eso salta a la cara; y
estoy para mí, que no le ha dicho buenos ojos tienes. Usted que es
hombre que supone, un señor _considerable_, y que don Federico le
aprecia tanto, debería usted darle una puntadilla sobre el asunto, un
buen consejo, en bien de ellos y de todos nosotros.

--Dispénseme usted, tía María--respondió don Modesto--, pero Ramón Pérez
está por medio; es amigo y no quiero hacerle mal tercio; me afeita por
mi buena cara, e ir así contra sus intereses, sería una mala partida.
Tiene mucha pena en ver que _Marisalada_ no le quiere y se ha puesto
amarillo y delgado que es un dolor. El otro día dijo que si no se casaba
con _Marisalada_, rompería su guitarra, y ya no podía meterse fraile,
se metería a _faccioso_. Ya ve usted, tía María, que de todas maneras me
comprometo, metiéndome en ese asunto.

--Señor--dijo la tía María--, ¿y va usted a tomar a dinero contado lo
que dicen los enamorados? ¿Si Ramón Pérez, el pobrecillo, no es capaz de
matar un gorrión, cómo puede usted creer que se vaya a matar cristianos?
Pero considere usted que si se casa don Federico se nos quedará aquí
para siempre, ¿y qué suerte no sería esta para todos? Le aseguro a usted
que se me abren las carnes, así que habla de irse. Por fortuna que cada
vez se lo quitamos de la cabeza. Pues y la niña, ¡qué suerte haría! Que
ha de saber usted que gana don Federico muy buenos cuartos. Cuando
asistió y sacó en bien al hijo del alcalde don Perfecto, le dio este
cien reales como cien estrellas. ¡Qué linda pareja harían, mi
comandante!

--No digo que no, tía María--repuso don Modesto--; pero no me dé usted
cartas en el asunto, y déjeme observar mi estricta neutralidad. No tengo
dos caras; tengo la que me afeita Ramón, y no otra.

En este momento entró _Marisalada_ en la huerta. No era ya por cierto la
niña que conocimos desgreñada y mal compuesta; primorosamente peinada y
vestida con esmero, venía todas las mañanas al convento, al que si bien
no la atraían el cariño ni la gratitud a los que lo habitaban, traíala
el deseo de oír y aprender música de Stein, al paso que la echaba de la
cabaña el fastidio de hallarse sola en ella con su padre, que no la
divertía.

--¿Y don Federico?--dijo al entrar.

--Aún no ha vuelto de ver a sus enfermos--respondió la tía María--; hoy
iba a vacunar más de doce niños. ¡Tales cosas, don Modesto! Sacó el
_pues_, como dice su merced, de la teta de una vaca: ¡que las vacas
tengan un contraveneno para las viruelas! Y verdad será, porque don
Federico lo dice.

--Y tanta verdad que es--repuso don Modesto--, y que lo inventó un
_suizo_. Cuando estaba en Gaeta vi a los suizos, que son la guardia del
Papa; pero ninguno me dijo ser él el inventor.

--Si yo hubiese sido Su Santidad--prosiguió la tía María--, hubiese
premiado al inventor con una indulgencia plenaria. Siéntate, saladilla
mía, que tengo hambre de verte.

--No--contestó María--, me voy.

--¿Dónde has de ir que más te quieran?--dijo la tía María.

--¿Qué se me da a mí que me quieran?--respondió _Marisalada_--, ¿qué
hago yo aquí si no está don Federico?

--¡Vamos allá! ¿Conque no vienes aquí sino por ver a don Federico,
ingratilla?

--Y si no, ¿a qué había de venir?--contestó María--; ¿a hallarme con
_Romo_, que tiene los ojos, la cara y el alma todo atravesado?

--¿Conque esto es que quieres mucho a don Federico?--tornó a preguntar
la buena anciana.

--Le quiero--respondió María--; si no fuera por él, no ponía aquí los
pies, por no encontrarme con ese demonio de _Romo_, que tiene un aguijón
en la lengua, como las avispas en la parte de atrás.

--¿Y Ramón Pérez?--preguntó con _chuscada_ la tía María, como para
convencer a don Modesto de que su protegido podía archivar sus
esperanzas.

_Marisalada_ soltó una carcajada.

--Si ese _Ratón Pérez_--(Momo había puesto este sobrenombre al
barberillo) respondió--se cae en la olla, no seré yo la hormiguita que
lo canta y lo llora, y sobre todo la que lo escuche cantar; porque su
canto me ataca el _sistema nervioso_, ce don Federico, que asegura que
lo tengo más tirante que las cuerdas de una guitarra. Verá usted cómo
canta ese _Ratón Pérez_, tía María.

Cogió _Marisalada_ rápidamente una hoja de pita, que estaba en el suelo
y era de las que servían al hermano Gabriel para poner como biombos
contra el viento norte delante de las tomateras cuando empezaban a
nacer, y apoyándola en su brazo, a estilo de una guitarra, se puso a
remedar de una manera grotesca los ademanes de Ramón Pérez, y con su
singular talento de imitación y su modo de cantar y hacer gorgoritos, de
esta suerte cantó:

     ¿Qué tienes, hombre de Dios,
    Que te vas poniendo flaaaaco?
    ¡Es porque puse los ojos
    En un castillo muy aaaalto!

--Sí--dijo don Modesto, que recordó las serenatas a la puerta de
Rosita--; ese pobre Ramón siempre ha puesto alto los ojos.

A don Modesto no le habían podido disuadir los ulteriores sucesos, de
que no fuese Rosita el objeto que atrajo las consabidas serenatas,
porque una idea que entraba en la cabeza de don Modesto, caía como en
una alcancía; ni él mismo la podía volver a sacar. Eran las casillas de
su entendimiento tan estrechas y bien ordenadas, que una vez que
penetraba una idea en la que le correspondía, quedaba encajada,
embutida, e incrustada _per in sæcula sæculorum_.

--Me voy--dijo María, tirando la pita, de modo que vino a dar
ruidosamente contra fray Gabriel, que vuelto de espalda y agachado,
ataba su centésimo vigésimo quinto vencejo.

--¡Jesús!--exclamó asombrado fray Gabriel; pero en seguida se volvió a
atar sus vencejos, sin añadir palabra.

--¡Qué puntería!--dijo María riéndose--. Don Modesto, tómeme usted para
artillero, cuando logre los cañones para su fuerte.

--Esas no son gracias, María; son chanzas pesadas, que sabes que no me
gustan--dijo incomodada la buena anciana--. Dime a mí lo que quieras;
pero a fray Gabriel déjale en paz, que es el único bien que le ha
quedado.

--Vamos, no se enfade usted, tía María--repuso _la Gaviota_--;
consuélese usted con pensar, que nada tiene de vidrio fray Gabriel, sino
sus _espejuelos_.

Mi comandante, dígale usted a _señá Rosa Mística_ que traslade su
_amiga_ al fuerte de usted cuando tenga cañones de veinticuatro, para
que estén bien guardadas las niñas de las asechanzas del demonio, que se
meten en guitarras destempladas. Me voy, porque don Federico no viene;
estoy para mí que está vacunando a todo el lugar, inclusos _señá
Mística_, el maestro de escuela y el alcalde.

Pero la buena anciana, que estaba acostumbrada a las maneras desabridas
de María, y a la que por tanto no herían, la llamó y le dijo se sentase
a su lado.

Don Modesto, que infirió que la buena mujer iba a armar sus baterías,
fiel a la neutralidad que había prometido, se despidió, dio media vuelta
a la derecha y tocó retirada; pero no sin que la tía María le diese un
par de lechugas y un manojo de rábanos.

--Hija mía--dijo la anciana cuando estuvieron solas--, ¿qué no sería que
se casase contigo don Federico y que fueses tú así la _señá_ médica, la
más feliz de las mujeres, con ese hombre que es un San Luis Gonzaga, que
sabe tanto, que toca tan bien la flauta y gana tan buenos cuartos?
Estarías vestida como un palmito, comida y bebida como una mayorazga; y
sobre todo, hija mía, podrías mantener al pobrecito de tu padre, que se
va haciendo viejo y es un dolor verle echarse a la mar, que llueva o
ventee, para que a ti no te falte nada. Así don Federico se quedaría
entre nosotros, consolando y aliviando males, como un ángel que es.

María había escuchado a la anciana con mucha atención, aunque afectando
tener la vista distraída; cuando hubo acabado de hablar, calló un rato y
dijo después con indiferencia:

--Yo no quiero casarme.

--¡Oiga!--exclamó tía María--, ¿pues acaso te quieres meter monja?

--Tampoco--respondió _la Gaviota_.

--¿Pues qué?--preguntó asombrada la tía María--, ¿no quieres ser ni
carne ni pescado? ¡No he oído otra! La mujer, hija mía, o es de Dios o
del hombre; si no, no cumple con su vocación, ni con la de arriba, ni
con la de abajo.

--¿Pues qué quiere usted, señora?, no tengo vocación ni para casada ni
para monja.

--Pues hija--repuso la tía María--, será tu vocación la de la mula. A
mí, Mariquita, no me gusta nada de lo que sale de lo regular; en
particular a las mujeres, les está tan mal no hacer lo que hacen las
demás, que si fuese hombre, le había de huir a una mujer así, como a un
toro bravo. En fin, tu alma en tu palma; allá te las avengas.
Pero--añadió con su acostumbrada bondad--eres muy niña y tienes que dar
más vueltas que da una llave. El tiempo quiebra, sin canto ni piedra.

_Marisalada_ se levantó y se fue.

«¡Sí!--iba pensando, tocándose el pañolón por la cabeza--; me quiere;
eso ya me lo sabía yo. Pero... como fray Gabriel a la tía María, esto
es, como se quieren los viejos. ¿A que no sufría un aguacero en mi reja
por no resfriarse? Ahora, si se casa conmigo me hará buena vida; ¡eso
sí!, me dejará hacer lo que me dé la gana, me tocará su flauta cuando se
lo pida, y me comprará lo que quiera y se me antoje. Si fuera su mujer,
tendría un pañolón de _espumilla_, como Quela, la hija de tío Juan
López, y una mantilla de blonda de Almagro, como la alcaldesa. ¡Lo que
rabiarían de envidia! Pero me parece que don Federico, que se derrite
como tocino en sartén cuando me oye cantar, lo mismo piensa en casarse
conmigo que piensa don Modesto en casarse con su querida Rosa... de
todos los diablos.»

En todo este bello monólogo mental no hubo un pensamiento ni un recuerdo
para su padre, cuyo alivio y bienestar habían sido las primeras razones
que había aducido la tía María.




Capítulo XII


Convencida la tía María de que ningún apoyo ni ayuda alguna tenía que
aguardar del hombre de influencia, al cual había querido asociarse en su
empresa matrimonial, se determinó a llevarla a cabo por sí y ante sí,
segura de vencer las objeciones de María y las que pudiese poner don
Federico, como Sansón a los filisteos. Nada le arredraba, ni el despego
de María, ni la inmovilidad de Stein; porque el amor es perseverante
como una hermana de la caridad y arrojado como un héroe; y el amor era
el gran móvil de todo lo que hacía aquella buenísima mujer. Así fue que
sin más ni mas, le dijo un día a Stein:

--¿Sabe usted, don Federico, que días atrás estuvo aquí _Marisalada_, y
nos dijo muy clarito, y con esa gracia que Dios le ha dado, que no venía
aquí sino por usted? ¿Qué le parece a usted la franqueza?

--Que a ser cierto, sería una ingratitud y que mi ruiseñor no es capaz
de ella; habrá sido una broma.

--Ello es, don Federico, que barbas mayores quitan menores y el primer
lugar compete a quien compete. ¿Tan mal le sabrá a usted que le quieran,
señor mío?

--No por cierto, que estamos de acuerdo en aquel axioma que usted tanto
repite, _amor no dice basta_. Pero... tía María, en querer siempre he
sido mejor donador, que no recaudador.

--Eso no habla conmigo--exclamó con viveza la buena mujer.

--No por cierto, mi querida tía María--respondió Stein tomando y
estrechando entre las suyas la mano de la anciana--. En sentimientos,
estamos en cuenta corriente y pagada; pero en pruebas he quedado muy
atrás; ¡ojalá pudiese dar a usted alguna de mi cariño y de mi gratitud!

--Pues fácil es, don Federico, y voy a pedírsela a usted.

--Desde luego, mi querida tía María, ¿y cuál es esa prueba? Decidlo
pronto.

--Que se quede con nosotros, y para eso, que se case usted, don
Federico; de esta suerte se nos quitaría el continuo sobresalto en que
vivimos, de que se nos quiera usted ir a su país, porque, como dice el
refrán: ¿Cuál es tu tierra? La de mi _mujer_.

Stein se sonrió.

--¿Que me case?--dijo--; pero ¿con quién, mi buena tía María?

--¿Con quién?, ¿con quién había de ser?, con su _ruiseñor_; así tendrá
usted eterna primavera en el corazón. ¡Es tan guapa, tan sandunguera,
está tan amoldada a sus mañas de usted, que ni ella puede vivir sin
usted ni usted sin ella! ¡Si se están ustedes queriendo como dos
tortolillos!, que eso salta a la cara.

--Soy viejo para ella, tía María--respondió Stein suspirando y
sonrojándose al darse cuenta de que en cuanto a él, llevaba razón la
buena mujer--; soy viejo--repitió--, para una niña de dieciséis años y
mi corazón es un inválido a quien deseo hacer la vida dulce y tranquila
y no exponerlo a nuevas heridas.

--¡Viejo!--exclamó la tía María--, ¡qué disparate! ¡Pues si apenas tiene
usted treinta años! Vamos, que eso es una razón de pie de banco, don
Federico.

--¿Qué más desearía yo--replicó Stein--que disfrutar con una inocente
joven de la dulce y santa felicidad doméstica, que es la verdadera, la
perfecta, la sólida que puede disfrutar el hombre y que Dios bendice,
porque es la que nos ha trazado? Pero tía María, ella no me puede querer
a mí.

--¡Esta es otra que mejor baila! Delicadita de gusto había de ser, a fe
mía, la que a usted le hiciese _fo_, don Federico. ¡Jesús!, no diga
usted lo contrario, que parece burla. Pues si la mujer que usted quiera,
ha de ser la más feliz del mundo entero.

--¿Lo cree usted así, mi buena tía María?

--Como me he de salvar, don Federico; y la que no lo fuese, era preciso
asparla viva.

A la mañana siguiente, cuando llegó _Marisalada_, al entrar en el patio,
se dio de frente con Momo, que sentado sobre una piedra de molino,
almorzaba pan y sardinas.

--¿Ya estás ahí, _Gaviota_?--este fue el suave recibimiento que le hizo
Momo--; ¡sobre que un día te hemos de hallar en la olla del potaje! ¿No
tienes nada que hacer en tu casa?

--Todo lo dejo yo--respondió María--por venir a ver esa cara tuya, que
me tiene hechizada, y esas orejas que te envidia _Golondrina_. Oyes,
¿sabes por qué tenéis vosotros las orejas tan largas? Cuando padre Adán
se halló en el paraíso con tanto animal, les dio a cada cual su nombre;
a los de tu especie los nombró borricos. Unos días después, los juntó y
les fue preguntando a cada cual su nombre; todos respondieron, menos los
de tu casta, que ni su nombre sabían. Dióle tal rabia a padre Adán, que
cogiendo al desmemoriado por las orejas, se puso a gritar a la par que
tiraba desaforadamente de ellas; te llamas borriicooo.

Diciendo y haciendo, había cogido María las orejas a Momo, ya se las
tiraba de manera de arrancárselas.

Fue la suerte de María, que al primer berrido que dio Momo, con toda la
fuerza de sus anchos pulmones, se le atravesó un bocado de pan y
sardina, lo que le ocasionó tal golpe de tos, que ella, ligera como
buena gaviota, pudo escaparse del buitre.

--Buenos días, mi ruiseñor--dijo Stein, que al oírla había salido al
patio.

--Por vía del ruiseñor, ¡ehe, ehe, ehe, ehe!--gruñía y tosía Momo--,
¡ruiseñor y es la chicharra más cansada que ha criado el estío!, ¡ehe,
ehe, ehe, ehe!

--Ven, María--prosiguió Stein--, ven a escribir y a leer los versos que
traduje ayer. ¿No te gustaron?

--No me acuerdo de ellos--respondió María--; ¿eran aquellos del país
donde florecen los naranjos? Esos no pegan aquí, donde se han secado por
no bastar a su riego las lágrimas de fray Gabriel. Déjese usted de
versos, don Federico, y tóqueme usted el _Nocturno_ de Weber cuyas
palabras son: «¡Escucha, escucha, amada mía! ¡Se oye el canto del
ruiseñor; en cada rama, florece una flor; antes que aquel calle y estas
se ajen, escucha, escucha, amada mía!»

--¡Los terminachos que ha aprendido esa _Gaviota_!--murmuraba Momo--, y
que le sientan como confites a un ajo molinero.

--Después que leas, tocaré la serenata de Carl de Weber--dijo Stein, que
sólo a favor de esta recompensa podía obligar a María a aprender lo que
quería enseñarle. María tomó con mal gesto el papel que le presentaba
Stein, y leyó corrientemente, aunque de mala gana:

                            AL RETIRO

               (_Traducido del poeta alemán Salis._)

     En la suave sombra del retiro hallé la paz, la paz que a un mismo
     tiempo nos ablanda y fortalece, y que mira tranquila los golpes de
     la suerte como el santo mira los sepulcros.

     ¡Dulce olvido de la marcha del tiempo, suave alejamiento de los
     hombres, que llevas a amarlos más que su trato!, tú sacas
     blandamente de la herida el dardo que en el alma clavó la
     injusticia.

     Aquel que _tolera y aprecia_, aquel que exige mucho de sí mismo y
     poco de los demás, para este brotan las más suaves hojas del olivo,
     con las que coronará la moderación su frente.

     En cuanto a mí, corono a mis _Penates_ con _loto_[18], y los cuidados
     por el porvenir no se acercan a mis umbrales, pues el hombre cuerdo
     concreta su felicidad a un estrecho círculo.

[Nota 18: Loto, planta que simboliza el olvido.--Almez ó almezo.]

--María--dijo Stein cuando esta hubo acabado la lectura--, tú, que no
conoces al mundo, no puedes graduar cuánta y qué profunda verdad hay en
estos versos y cuánta filosofía. ¿Te acuerdas que te expliqué lo que era
filosofía?

--Sí, señor--respondió María--, la ciencia de ser feliz. Pero en eso,
señor, no hay reglas ni ciencia que valga; cada cual entiende el modo de
serlo a su manera. Don Modesto, en que le pongan cañones a su fuerte,
tan ruinoso como él. Fray Gabriel, en que le vuelvan su convento, su
prior y sus campanas; tía María, en que usted no se vaya; mi padre en
coger una corbina, y Momo, en hacer todo el mal que pueda.

Stein se echó a reír, y poniendo cariñosamente su mano sobre el hombro
de María:

--¿Y tú--le dijo--en qué la haces consistir?

María vaciló un momento sobre lo que había de contestar, levantó sus
grandes ojos, miró a Stein, los volvió a bajar, miró de soslayo a Momo,
se sonrió en sus adentros al verle las orejas más coloradas que un
tomate y contestó al fin.

--¿Y usted, don Federico, en qué la haría consistir?, ¿en irse a su
tierra?

--No--respondió Stein.

--¿Pues en qué?--prosiguió preguntando María.

--Yo te lo diré, ruiseñor mío--respondió Stein--; pero antes dime tú en
qué harías consistir la tuya.

--En oír siempre tocar a usted--respondió María con sinceridad.

En este momento, salió la tía María de la cocina con la buena intención
de meter el palo en candela; sucediéndole lo que a muchos, que por un
exceso de celo entorpecen las mismas cosas que desean.

--¿No ve usted, don Federico--le dijo--, qué guapa moza está
_Marisalada_ y qué corpachón ha echado?

Momo, al oír a su abuela, murmuró guillotinando una sardina:

--¡Idéntica a la caña de pescar de su padre!, con unas piernas y brazos
que le dan el garbo de un cigarrón, tan alta y tan seca, que haría buena
tranca para mi puerta, ¡jui!

--Anda, desaborido, rechoncho, que pareces una col sin troncho--repuso
_la Gaviota_ a media voz.

--Sí, sí--respondió Stein a la tía María--; es bella, sus ojos son el
tipo de los tan nombrados de los árabes.

--Parecen dos erizos y cada mirada una púa--gruñó Momo.

--¿Y esta boca tan hermosa que canta como un serafín?--prosiguió la tía
María, tomando la cara a su protegida.

--¡Vea usted!--dijo Momo--, una boca como una espuerta, que echa fuera
sapos y culebras.

--¿Y tu jeta?--dijo María con una rabia, que esta vez no pudo
contener--, ¿y tu jeta espantosa, que no ha llegado de oreja a oreja,
porque tu cara es tan ancha que se cansó a medio camino?

Momo, en respuesta, cantó en tres tonos diferentes.

--_¡Gaviota! ¡Gaviota! ¡Gaviota!_

--_¡Romo! ¡Romo! ¡Romo!,_ chato, nariz de rabadilla de pato--cantó María
con su magnífica voz.

--¿Es posible, Mariquita--le dijo Stein--, que hagas caso de lo que dice
Momo sólo por molerte? Son sus bromas tontas y groseras, pero sin
malicia.

--Alguna de la que a él le sobra, le hace falta a usted, don
Federico--respondió María--. Y para que usted lo sepa, no me da la gana
de aguantar a ese zopenco, más rudo que un canto, más bronco que un
_escambrón_ y más áspero que un cuero sin curtir. Así, me voy.

Diciendo esto, se salió _la Gaviota_ y Stein la siguió.

--Eres un desvergonzado--dijo la tía María a su nieto--; tienes más hiel
en tu corazón, que buena sangre en tus venas: ¡a las faldas se las
respeta, ganso! Pero en todo el lugar hay otro más díscolo ni más
desamoretado que tú.

--¡Como está usted hecha a la finura de esa pilla de playa--respondió
Momo--, que me ha puesto las orejas como usted las ve, le parecen a
usted los demás bastos! El demonio que acierte de qué hechizo se ha
valido esa agua-mala[19] para cortarle a usted y a don Federico el
ombligo. ¡Mire usted una gaviota _leía y escribía_!... ¿Quién ha visto
eso? Así es que esa gran _jaragana_, que no se cuida de otra cosa en
todo el día, sino de hacer gorgoritos como el agua al fuego, ni le guisa
la comida a su padre, que tiene que guisársela él mismo, ni le cuida la
ropa; de manera que tiene usted que cuidársela. Pero su padre, don
Federico, y usted no saben dónde ponerla, y querían que Su Santidad la
santificara. ¡Ella dará el pago!, ¡ella dará el pago!, y si no, ¡al
tiempo! Cría cuervos...

Stein había alcanzado a _Marisalada_ y le decía:

[Nota 19: Agua-mala es el nombre vulgar de un pólipo marino, que vive rodeado
de una materia glutinosa que flota en el mar y cuyo contacto produce un
escozor en la piel, parecido al que causa el de la ortiga.]

--¿De qué sirve, Mariquita, cuanto he procurado ilustrar tu
entendimiento, si no has llegado siquiera a adquirir la poca
superioridad necesaria para sobreponerte a necedades sin valor ni
importancia?

--Oiga usted, don Federico--contestó María--, yo entiendo que la
superioridad me ha de valer para que por ella me tengan en más, y no en
menos.

--Válgame Dios, María, ¿es posible que así trueques los frenos? La
superioridad enseña cabalmente a no engreírse con lauros y a no
rebelarse contra injusticias. Pero esas son--añadió riéndose--cosas de
tu edad casi infantil y de tu efervescente sangre meridional. Tú habrás
aprendido, cuando tengas canas como yo, el poco valor de esas cosas.
¿Has notado que tengo canas, María?

--Sí--respondió esta.

--Pues mira, bien joven soy; pero el sufrir madura pronto la cabeza. Mi
corazón ha quedado joven, María; y te ofrecería flores de primavera si
no temiese te asustasen las tristes señales de invierno que ciñen mi
frente.

--Verdad es--respondió María (que no pudo contener su natural
impulso)--que un novio con canas, no pega.

--¡Bien lo pensé así!--dijo Stein con tristeza--; mi corazón es leal y
la tía María se engañó cuando al asegurarme posible la felicidad, hizo
nacer en él esperanzas, como nace la flor del aire, sin raíces y sólo al
soplo de la brisa.

María, que echó de ver que había rechazado con su aspereza a un alma
demasiado delicada para insistir y a un hombre bastante modesto para
persuadirse de que aquella sola objeción bastaba para anular sus demás
ventajas, dijo precipitadamente:

--Si un novio con canas no pega, un marido con canas no asusta.

Stein quedó sumamente sorprendido de esta brusca salida, y aún más, de
la decisión e impasibilidad con que se hacía. Luego, se sonrió y la
dijo:

--¿Te casarías, pues, conmigo, bella hija de la naturaleza?

--¿Por qué no?--respondió _la Gaviota_.

--María--dijo conmovido Stein--, la que admite a un hombre para marido y
se aviene a unirse a él para to

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