Quilito
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Title: Quilito
Author: Carlos María Ocantos
Release date: October 14, 2007 [eBook #23035]
Language: Spanish
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BIBLIOTECA de LA NACIÓN
CARLOS M.ª OCANTOS
QUILITO
BUENOS AIRES 1913
Derechos reservados.
Imp. de LA NACIÓN.--Buenos Aires
QUILITO
I
Pampa se había quedado dormida, acurrucada en el umbral. Envuelta su
monstruosa cabeza en el refajo de bayeta amarilla, que había levantado
por detrás al sentarse; un pie montado sobre el otro, como para
prestarse mutuo calor, calzados ambos en gruesos zapatos claveteados;
las manos debajo del delantal blanco, dormía sobre la dura piedra, como
sobre un cómodo colchón de muelles. ¡Pobre Pampa! Cansada del fregoteo
de platos, del bruñido de cuchillos y del lavado de vasos, de traer y
llevar, de bajar y subir, de salir y de entrar, había obtenido la
promesa de acompañar a la señora a una visita de intimidad aquel día, lo
que le serviría de pretexto, para ver las calles y quizá la plaza de la
Victoria; pues con ser 25 de Mayo, fiesta patria, había _Tedéum_, rifa,
parada militar y qué sé yo. Soñaba la india en las lindas cosas que
vería: tanta bandera; tanta gente endomingada; los niños, con traje de
terciopelo, muy orondos, agarrotados los dedos por los guantes; las
niñas, de blanco, unas con banda azul y otras no; las personas que se
agolpaban a las ventanas del Cabildo, donde el transeunte es asaltado
por una, dos o tres señoritas, que le meten por las narices, como si
dieran a oler una pastilla, la cedulita de la rifa, y le marean y le
cercan, y le siguen y le persiguen, repitiendo:
--¡Caballero! ¿una cedulita? ¿una cedulita, caballero?--como muletilla
de mendigo.
Detrás de la reja, majestuosa y cómodamente sentadas, dos matronas, tan
gordas, que casi no caben las dos de frente, con las costas repletas de
papelillos en la falda, despachan su mercancía, echando de vez en cuando
por aquella boca un _¡Caballero!_ que más parece un bostezo, que un
llamado. Luego, los vendedores de naranjas, de silbatos y de globos; la
corriente humana que no cesa de circular, engrosada por los torrentes
que cada bocacalle vomita sobre la plaza; los soldados, tan marciales,
en fila, los ojos sobre el jefe, que recorre la línea a caballo, dejando
ondear al viento su penacho azul y blanco; las músicas, que tocan; el
cañón, que truena; los cohetes, que estallan; las campanas, que vibran,
y por último, el Presidente, que pasa, a pie, camino de la Catedral, en
medio de los acordes graves y solemnes del himno nacional, precedido,
rodeado y seguido de brillante cortejo.
Pampa hacía sonar, con fruición, en el bolsillo de su vestido de lana
nuevo, los centavos que le diera el _patrón_ para la rifa, cuando
alguien la llamó.
--¡Pampa! que tienes que lavar las medias del niño, y traer azúcar del
almacén y limpiar el espejo de la sala, que está perdido de moscas.
Y vuelta al trajín, sin una queja, encerrada en su mutismo de salvaje,
no desbastada aún. Y las medias quedaron lavadas, y se trajo el azúcar y
se limpió el espejo; pero, entonces, faltaron fósforos y hubo que poner
un remiendo.
En el patio de la cocina, el último de la casa, tan frío que la humedad
trazaba verdosos arabescos en la pared sin cal, trabajaba la chica
febrilmente. Un apetitoso olor de guisado salía de la cocina abierta,
donde una genovesa cerril movía espátulas y zarandeaba cacerolas,
envuelta en el humo espeso del asado, que chirriaba sobre las parrillas;
en las habitaciones altas, las del niño, se oía el chasquido del
cepillo.
--¡Pampa!--chilló allá arriba una voz atiplada.
Y como la muchacha tardara en contestar, el cepillo salió disparado de
las alturas y, rebotando contra los peldaños de la escalera, vino a caer
en medio del patio.
--¡Voy, niño, voy!--- dijo la india sin asustarse, como acostumbrada a
aquella singular forma de llamamiento.
--A ver si te mueves, ¡china salvaje!--chilló de nuevo la voz atiplada.
Y cayó otro proyectil, un frasco vacío, que explotó como una bomba. La
muchacha echó a correr escalera arriba, a tiempo que salía del comedor
misia Casilda, con su cara de muñeca sin expresión, tan rosada y
lustrosa que de porcelana parecía, y el pelo partido al medio y recogido
detrás de las orejas, ennegrecido y pegado a la frente por el cosmético.
--¿Qué hay? ¿qué escándalo es éste? La cocinera se mostró en la puerta
de su santuario, limpiando sus manazas en el sucio delantal.
--¡Pues el niño, señora!--dijo en su jerga endiablada.
Ya la india bajaba la escalera, con un cubo en la mano. Naturalmente,
¿quién había de ser sino ella? Siempre que el niño llama, ha de
incomodársele. En concluyendo de servirle, a poner la mesa, que ya es
tarde, y la salida queda para otro día.
Está bien; ¡ya no saldría Pampa! Entró en el comedor, sin chistar, y
puso la mesa con el orden y simetría de siempre: en la cabecera, el
cubierto de don Pablo Aquiles; en el lado de la derecha, el de misia
Casilda, y a la izquierda, el del niño; luego, los vasos, el pan, la
servilleta... nada olvidaba, y si, por acaso, cometía una torpeza, allí
estaba la muñeca de porcelana, vigilante en el sofá. Entretanto, había
obscurecido ya; se encendió luz, y el comedor apareció tan pobre, tan
frío y desmantelado, que más hubiera valido no encenderla: la calva de
don Pablo Aquiles, sentado delante de la apagada chimenea, resplandeció
como bruñida patena, y las frutas, aves y peces de los cromos que
adornaban las paredes, se animaron con la crudeza de sus colorines. Daba
la chica la última mano a su tarea, cuando sonó, de nuevo, la voz
atiplada en las alturas.
--¡Voy, niño, voy!--repitió maquinalmente Pampa.
Y escabullóse del comedor y subió a saltos la escalera del patinillo y
volvió a bajar y a subir con los zapatos del niño y la ropa del niño y
la camisa del niño... El cielo estaba obscuro y a intervalos los cohetes
estallaban con alegre estampido, trazando en el espacio un reguero de
fuego y deshaciéndose en fantástica lluvia de colores.
Pampa salió a la puerta de la calle y se sentó en el umbral. ¿La
dejarían tranquila, ahora? El niño acababa de vestirse, los señores
charlaban en el comedor; la mesa estaba puesta; ya que no la plaza, ni
las niñas de banda azul, ni las señoras de la rifa, ni tanto detalle
curioso del animadísimo cuadro que ofrece aquel día de las fiestas
patrias, vería los cohetes desde la puerta; y era mucho, si la dejaban.
La casa era de estas bajas, trazada según el patrón antiguo, que la
piqueta del progreso va ahuyentando del centro de la ciudad: una puerta
y dos ventanas a la calle; el zaguán recto hasta el fondo, cortado por
dos patios embaldosados y el comedor abriendo sus puertas sobre ambos; y
a la derecha, cuatro o seis habitaciones en fila; plantas y aljibe en el
primer patio, la escalerilla de las piezas altas en el segundo, cuyo
maderamen pintado de verde se ve desde la calle. Las pinturas murales
del zaguán; los figurones de las cornisas; el caprichoso enrejado de las
ventanas; el alegre color del frente, ya azul, ya verde, ya rosa, en su
nota más tenue y apagada, da un aire coquetón al conjunto, que se
convierte en interesante y misterioso, si el transeunte es
impresionable y ve, detrás del visillo alzado de la sala, dos ojos
criollos, que ven sin mirar y hablan sin voz. Desgraciadamente, en esta
casita de la calle de Moreno, en cuyo umbral se había sentado Pampa, no
se veía tras los visillos más que la figura acartonada de misia Casilda,
en las tardes de los días festivos... La calle, con ser central y la
hora temprana, estaba desierta; el frío era crudísimo. Miraba al cielo
la pequeña india, como en éxtasis; los cohetes subían tan alto, que
parecía iban a agujerear la negra bóveda. El chico del almacén salió
para un recado, y al pasar echó la zarpa a los pelos ásperos de la
muchacha, verdadera diadema de cerda, y la obsequió con un tirón, a
guisa de saludo.
--¡Malo!--dijo ella.
--¡India!--dijo él.
Y se alejó, sacando la lengua. Al rato volvió.
--¡India, Pampa, china fea!--dijo adelantando la zarpa de nuevo.
Ella le pidió castañas; él la dió un puntapié. Y se marchó, soplándose
los dedos: tanto frío hacía. La muchacha acabó por sentirlo: abrigóse
como pudo, pegada a la pared, y cerró los ojos, para contemplar mejor
las cosas lindas de la plaza: tanta bandera, tanta gente endomingada,
los globos, la música y los cohetes... La fatiga del trabajo diario la
venció y quedó dormida, en el umbral, dando al olvido el servicio de la
mesa. Y como siempre que soñaba, veía a su madre, perdida, como sus
hermanos, en la gran ciudad, la odiosa escena de la Boca se reprodujo
con fidelidad pasmosa: el buque atracado al muelle; el muelle atestado
de curiosos; sobre la cubierta el montón de indios sucios, desgreñados,
hediondos, como piara de cerdos que se lleva al mercado, cohibidos y
temblando, por lo que ven y lo que temen; las mujeres, cerca del marido;
las madres, apretando a los hijos junto a los senos escuálidos y
tratando de ocultar a los más grandes bajo sus andrajos... Y un
militarote, que arrastra su sable con arrogancia, procede al reparto
entre conocidos y recomendados, separando violentamente a la mujer del
marido, al hermano de la hermana, y lo que es más monstruoso, más
inhumano, más salvaje, al hijo de la madre. Todo en nombre de la
civilización. Porque aquella turba miserable es el botín de la última
batida en la frontera...
Detrás de los cristales de la puerta del comedor, apareció una sombra:
la señora Casilda escudriñaba en la obscuridad; pero estaba la chica tan
arrebujada, tan perfectamente escondida dentro de su refajo y enroscada,
por así decirlo, sobre el umbral, que era difícil distinguirla. La
señora repiqueteó con los dedos sobre el cristal y Pampa dió un salto,
despertada bruscamente por este llamamiento, que ella conocía bien.
--¡Voy, niño, voy!--barbotó medio dormida.
Ambos puños en los ojos, entró sin darse mayor prisa. ¡Vamos! no la
dejarían tranquila nunca.
En el comedor, don Pablo Aquiles ocupaba todavía el sillón y misia
Casilda había vuelto a sentarse en el sofá, sus manos de cera
extendidas sobre la falda negra; se esperaba al niño, a Quilito, que
había subido a su cuarto y nunca acababa de bajar a comer. La cocinera
asomó dos o tres veces su cara encendida.
--Espere usted que el niño baje--decía la señora con su voz de flauta.
Entretanto, don Pablo Aquiles volvía al tema que tanto le preocupaba: su
inasistencia al _Tedéum_. ¿Cómo presentarse a la luz del día con un frac
descolorido, deshilachado y remendado? ¿y la _galera_ color de
cucaracha, con golpes de grasa atornasolados? ¿y el pantalón, con
rodilleras y flequillo? ¿y las botas, con puertas y ventanas, para
comodidad de los dedos y recreo del calcetín? ¡Siquiera fuese permitido
ir a tales solemnidades en traje de paisano, con chaqué o chaqueta,
pantalón a cuadros y sombrero hongo! Pero su traje de ceremonia estaba
verdaderamente indecente, más gastado por el tiempo y la polilla, que de
haberle llevado a cuestas; la chistera no sufría ya la plancha, porque
había perdido el pelo y las botas estaban en manos del remendón de la
esquina, por más que decía Quilito, y era peritísimo en la materia, que
el becerro no sienta al frac y el charol, de no ser nuevo, no sirve para
maldita la cosa. Y vaya un modesto empleado de ochenta pesos al mes, que
tiene que sostener una familia, y dar carrera al hijo único, que, por
tratarse con lo más granadito de la sociedad, está obligado a
presentarse con decencia; vaya, digo, un empleadillo de éstos, a
mandarse hacer un frac cada dos carnavales y a gastarse la asignación
mensual para cigarrillos del niño en botas de charol, con que poder ir
a cortejos oficiales. En el Ministerio, habíale recomendado el jefe que
no faltara.
--Vargas, que no deje usted de venir. Vargas, que ya sabe usted que a S.
E. le complace que vengan todos los empleados.
Prometió ir, pero no fué. No fué, porque no pudo; porque los ochenta
pesos de su sueldo no le alcanzaban para comer, pagar la casa... y las
cuentas de Quilito, la esperanza y el orgullo de la familia. ¿Qué le
diría el jefe al día siguiente? Iba a entrar en la oficina sin hacer
ruido, tratando de no llamar la atención, y sin chistar se sentaría en
su despacho y trabajaría hasta las seis, sin levantar cabeza. Y si a la
hora del te, en que pasan los negros con las bandejas repletas de tazas,
venía el jefe, como de costumbre, a liar un cigarro y echar un párrafo,
le daría cualquier excusa, porque él era hombre tan estricto en el
cumplimiento de sus deberes, que consideraba falta grave haberle dicho
que iría y no haber ido. Volviéndose a su hermana, más atenta a sus
manos que a su discurso, exclamó:
--¿Quién diría que un Vargas, Casilda...?
No concluyó la frase, pero sobrada elocuencia tenía el movimiento
melancólico de su cabeza. Cuando se ha tenido y ya no se tiene, el pan
negro se hace más amargo y el blanco más deseado, y los Vargas lo habían
comido sobre manteles de holanda...
--Ese Quilito que no baja--dijo impaciente la tía.
--Estará acicalándose para la función de gala--contestó don Pablo
Aquiles,--ya que no ha podido ir su padre al _Tedéum_, que luzca el
niño su frac nuevo en Colón.
El día anterior lo había pagado, juntando algunos picos sobrantes de
meses atrasados, retardando la cuenta del almacén y del carnicero y
pellizcando en la caja del Ministerio, gracias a la complacencia del
habilitado y correspondiente recibo por adelantado de sueldos. Porque
Quilito, un Vargas, no podía andar vestido de cualquier manera, sino
como correspondía a su origen, y a sus relaciones y a su porvenir. Que
en la chimenea faltara leña y carne en el puchero; pero la camisa de
Quilito, el sombrero de Quilito, las botas de Quilito y el traje de
Quilito, habían de ser de la más irreprochable elegancia y novedad. Y no
se sufragaban sus gastos de coche y palco, porque lo proporcionaban sus
amigos, hijos de millonarios todos, y por ende, riquísimos. ¡Válgame
Dios! pensar que Quilito fuera a apolillarse en una oficina, se
embruteciera en una _estancia_ o se degradara en el comercio... ¡Un
Vargas! El niño estudiaba leyes y sería abogado, y estamparía su título
sobre plancha de bronce, en la puerta de calle, como muestra de
sacamuelas. Y esto tenía que ser el punto de partida de sus brillantes
destinos. Lo que no sabía el padre, ni lo sabía la tía, que le mimaba
como no lo hubiera hecho su propia madre, es que el niño no parecía por
la Facultad y seguía estudios menos académicos en aulas más favorecidas.
Siempre que don Pablo Aquiles volvía de la oficina, éste era el tema
favorito de conversación con su hermana; sentado al lado de la lumbre,
cuando había leña, y mirando melancólicamente los pajarracos de la
pantalla de chimenea, cuando ésta estaba apagada. Pero en esta noche del
25 de Mayo, no era sólo su falta en el cortejo lo que le preocupaba:
había tenido un encuentro aquel día, ¡y qué encuentro! en la calle
Florida, en el sitio más frecuentado, cuando iba él más distraído;
¡cataplúm! la gente esa, la familia de Esteven, frente a frente, a pie,
en la misma acera; la mamá y las dos niñas, tan esponjadas y orgullosas,
que rebosaban de la acera. Aquí misia Casilda dejó de mirar sus manos, y
se puso pálida, muy pálida.
--Y ¿qué hiciste?--preguntó ansiosa;--cruzarías la calle, sin mirarlas.
--Me quedé plantado--contestó don Pablo Aquiles.
La señora protestó. Siempre había de ser el mismo. Haberse hecho el
indiferente, y seguir su camino, como si tal cosa, canturriando algo
para darse aplomo; que, al fin y al cabo, quien debiera perderlo era
ella, Gregoria, como mujer y casi cómplice del picaronazo de su marido.
Pues ¡qué! no era la primera vez que ella se las había encontrado, no en
la calle, frente a frente, sino en tiendas, lado a lado, viendo telas y
regateando con el dependiente, como si no tuvieran lo poco suyo y lo
mucho de los otros, total, una gran fortuna; y sin embargo, ella... tan
tranquila. No tenía por qué ponerse colorada y a soberbia nadie le
ganaba. Con esto, estaba misia Casilda tan agitada, que su cara de
muñeca se había encendido, hasta el punto de hacer dudar de su aserto.
--Pero, Casilda--dijo don Pablo Aquiles,--es nuestra hermana, ¿podremos
negarlo?
--Sí, lo niego; el parentesco no lo hace la sangre, sino el cariño, ¿qué
quieres? yo soy así.
¿No era cosa que clamaba al cielo que, mientras ellos comían los
mendrugos de la miseria, él, atado al potro de una oficina, esclavo de
un sueldo miserable y expuesto el día menos pensado a un puntapié del
ministro; ella, lidiando con el trajín de la casa, sin más criados que
aquella indiecita y la italiana, remendando ropa, punteando medias y
hasta fregando cacerolas, si era menester; Quilito, ese pobre muchacho,
obligado, muchas veces, a hacer mal papel entre sus amigos, él, que
nació entre encajes; los Esteven, ladrones de su fortuna, se regalen y
se den la gran vida con lo que no es de ellos, con lo que han robado,
sí, señor, robado? Daba a esta palabra tal acentuación, que parecía un
latigazo. ¡Y luego, pretender perdón y olvido! Bastante se había hecho
con evitar el escándalo, no acudiendo a los tribunales, contentándose
con romper toda relación. En cuanto a Gregoria (no quería llamarla
Goyita, como antes, porque no lo merecía), había demostrado tener menos
corazón y menos entrañas que el bribón de don Bernardino; porque éste no
tenía en sus venas sangre de los Vargas, y por eso la chupaba sin
remordimiento, pero ella era Vargas por los cuatro costados, y sin
embargo, le ayudaba a chuparla. ¿Había nunca pronunciado una palabra de
reconciliación? ¿No se había mantenido encastillada en su orgullo,
fulminando con su insolente desprecio a sus hermanos despojados?
Don Pablo Aquiles callaba, convencido de la verdad y justicia de
aquellas lamentaciones. Y misia Casilda, tan bondadosa y tranquila
siempre, _una malva_, según la expresión de sus amigos, honroso
calificativo de que rara vez es merecedora una solterona, no podía
estarse quieta, porque aquel tema de los Esteven la sacaba de sus
casillas; movía los vasos, cambiaba los platos, con movimientos
nerviosos, sin fijarse donde colocaba los objetos, hablando a
borbotones. Seguro que aquella noche iban a Colón, como que tenían abono
a palco bajo, con mucho relampaguco de piedras y mucho crujir de seda;
entretanto, ellos comerían su _carbonadita_ en paz y gracia de Dios y se
acostarían a la hora de las gallinas, para no gastar mucha luz, pues el
gas está cada día más caro. Aquí, una copa se quejó tan dolorosamente
entre los dedos de la señora, que cayó partida en dos sobre el mantel,
detalle en que no paró mientes misia Casilda, tan sobreexcitada y fuera
de sí estaba. ¡Si le parecía que fué ayer la muerte de Pilar; la venta
de la casa paterna, calle de Méjico; la desaparición de muebles, alhajas
y efectivo entre las manos de don Bernardino, el albacea de la
testamentaría, el depositario de la confianza de los tres herederos!
¡que fué ayer cuando quedaron casi sin techo, obligado él, don Pablo, a
acudir a la influencia de los amigos, para calzar un empleíto, que
ayudara a tirar adelante! que fué ayer cuando Esteven, con el luto
todavía del suegro, se presentó en la casa, y después de mucho
preámbulo y mucho carraspear, les mostró no sé qué papelotes y leyó no
sé qué cuentas... total, que les entregó unos veinte mil pesos, la parte
de la herencia que les correspondía; pues lo demás se había ido entre
escribanos, abogados y papel sellado. Entretanto, los Esteven subían,
subían y subían, como globo hinchado por el gas, y hoy era una casa en
tal parte, y mañana dos y luego tres, coche, palco, caballos y mucho
ruido y mucha bambolla. ¿De dónde salían estas misas? ¿Era de los
negocitos del marido, de los _picholeos_ equívocos, de la jugarreta de
Bolsa? A otro, que no cuela. En dos años que duró el arreglo de la
testamentaría, por el incidente aquel del pretendido hijo natural, don
Bernardino había encontrado medio de acapararlo todo, de devorarlo todo,
insaciable, como lobo hambriento. ¡Diríase que hay un Dios para los
pícaros! Y don Pablo Aquiles que escuchaba, en silencioso coloquio con
las cigüeñas de la pantalla, cerró el capítulo de las lamentaciones de
su hermana, exclamando sentenciosamente:
--Lo que hay, Casilda, lo que hay, es que los pillos reciben su
recompensa en este mundo y los buenos tienen que esperar al otro para
alcanzarla, y según es ésta de problemática y aquélla de positiva, casi
le vienen a uno ganas de encanallarse, ya que de los pillos es el reino
de la tierra.
Catalina, la genovesa, avisó una vez más que la comida se pasaba.
--¿Y ese Quilito? ¿qué hace ese muchacho?
--Iré yo a llamarle--dijo la señora.
Salió y subió a las habitaciones altas, donde encontró al niño de la
casa, a medio vestir todavía, plantado delante del armario de luna, a
tirones con la corbata, que no conseguía poner a su gusto.
--Pero, ¡Quilito!--dijo la señora en la puerta,--¿acabarás?
--Entre usted, tiíta Silda, así me ayudará a atar la corbata.
Era él delgaducho y endeble, rubito y anémico, los ojos azules, muy
grandes y muy abiertos, ojos de tonto o de inocente, como angelote de
retablo; estatura, menos que regular; señas particulares, ninguna... al
parecer. El cuarto era una liorna: las prendas de vestir se veían
desparramadas por el suelo y sobre los muebles; todos los cajones
abiertos y el espejo del lavabo tan salpicado del agua de la palangana,
que parecía sudar de fatiga; un ligero tabique dividía la habitación en
dos: la primera hacía las veces de despacho o pieza de estudio, con una
mesa en el centro, en que andaban revueltos los libros y los papeles,
advirtiéndose más novelas que textos y más álbumes de fotografías que
cuadernos de apuntes; y la segunda, alcoba y gabinete a un tiempo, con
el techo muy bajo y las puertas muy estrechas; todo modesto, casi
humilde, pero aseadísimo, como que la escoba y el plumero de Pampa
hacían maravillas, bajo la inteligente dirección de misia Casilda.
--Vamos a ver esa corbata--dijo la complaciente tía,--y acabemos de una
vez, que tu padre espera.
Y mientras anudaba los lazos a su gusto, con tal esmero que ponía en
ello sus cinco sentidos, el joven, con la cabeza echada atrás para
facilitar la operación, se impacientaba porque aquello concluía nunca.
Al fin estuvo listo, se miró y se remiró; ahora el chaleco, luego, el
frac...
--¿Sabe usted, tía, que me ajusta un poco? ¡Qué sastres!
Entretanto, la señora había quedado parada delante de un grabado puesto
en la cabecera de la cama, en lugar de la imagen de San Pablo, que yacía
descolgada irreverentemente de su clavo. Y había por qué quedarse
parado, pues el tal cuadrito representaba una dama en traje tan
primitivo, que no podía darse más, ¡qué horror!
--Pero, ¡Quilito!--exclamó la tía escandalizada,--y aquí entra esa
criatura y verá esta vergüenza.
Y él, sin volverse, muy tranquilo:
--Si es la Verdad, tía, o la Fuente, que no lo sé bien, ¿puede darse
nada más natural?
Indudablemente, en cuanto a natural, lo era, y aun sobraba.
--¡Cómo estará Colón esta noche, tía!
¿Por qué no iba ella a la cazuela? Mucho calor y mucha gente, pero una
noche de las fiestas Mayas no debe desperdiciarse. El tenía una butaca,
que le había regalado, ¿a qué no sabía quién? ¡Jacintito Esteven! Este
nombre hizo en la tía el efecto de una picadura. Si ya sabía que andaba
en grande con el chico de Esteven, pero ella no se lo perdonaba, porque
no debía olvidar que aquella familia era enemiga de la suya y la
causante de la triste situación en que se hallaban.
--Pero, ¿qué culpa tiene Jacintito, tía Silda? Es un excelente muchacho,
muy alegre y muy trabajador, a pesar de su fortuna; ¡ha puesto un
escritorio de corretajes en la calle Piedad!
Con la tía Goya era otra cosa; él no la saludaba, y en cuanto a don
Bernardino, no hacía aún dos días le había tomado la acera, dispuesto a
armar camorra. Bien sabía Jacinto que él no podía verles, a causa de los
disgustos de familia, pero no por eso eran menos amigos; todas las
tardes se reunían en el escritorio, y allí discutían si debían entrar o
no en la jugada bursátil del día. Porque él jugaba en la Bolsa, sí,
señor, convencido de que la carrera de abogado no le sacaría nunca de
pobre, y de que, después de mucho romperse la cabeza, alcanzaría un
título, que no sirve de otra cosa, que para adorno del apellido, y se
vería obligado a mendigar un empleo, que no conseguiría sino a fuerza de
hacer antesala a mucho tipo con influencia y sin educación, y de gastar
saliva y paciencia. El tenía que ser rico, abrigaba el firme propósito
de serlo y lo sería. Y del modo más fácil, sin matarse trabajando, ni
vaciándose el cerebro; sin que sufran ni los brazos ni los sesos; juego
a la alza, sube el oro, gano; juego a la baja, baja el oro, gano. Y se
necesita ser muy torpe y muy desgraciado, para que suceda lo contrario.
Si la suerte le favorecía, bueno; si no... se pegaba un tiro. Tan
cierto, como ahora es de noche.
Misia Casilda tomó a lo serio aquello y se asustó. ¡Vaya un bonito modo
de pensar! Quién le metía a él en la Bolsa, sin experiencia y sin
fondos, porque, sin duda, para comprar oro y comprar acciones, y jugar a
la baja o a la alza, como él decía, se necesita tener con qué; lo mismo
que en la ruleta de los garitos. El joven se rió.
--Pues no, no se necesita, y ahí está la gracia. Se da orden al corredor
de comprar tanto o cuanto, y una vez hecha la operación y llegado el día
de liquidar, se deducen las ganancias o las pérdidas, y en caso de mala
suerte se paga o no se paga.
Perfectamente. Para pagar se necesita dinero y para no pagar, no tener
vergüenza, y como ella sabía, que escaseaba tanto de lo uno, como le
sobraba lo otro, pues no podía creerse otra cosa, le aconsejaba que se
dejara de alzas y de bajas y se ocupara seriamente de sus estudios, que
debían andar muy descuidados con aquella manía de la Bolsa, que le había
entrado. Si no hay cosa mejor que ganarse el pan honradamente, por sus
cabales, con tesón, sin impaciencias ni desfallecimientos, que así se va
lejos, y de golpe y porrazo no puede hacerse nada bueno. Quilito volvió
a reírse.
--Mire usted, tía, no de otra manera se hacen fortunas en Buenos Aires;
ahí tiene a fulano, a zutano y a mengano: ¿dónde se han hecho ricos?
¿detrás de un mostrador? No, en la Bolsa. Ayer no poseían un centavo y
hoy _se les saca el sombrero_. Yo quiero hacer como ellos y ser como
ellos.
Bien se veía que el tal Jacintito le había imbuído aquellas ideas; ¡si
siendo Esteven no podía ser bueno! Quilito ensayaba el frac delante del
espejo. ¡Cuán equivocada estaba! era excelente... y luego tan cariñoso
con sus hermanas, y Susana y Angelita se lo merecían todo, francamente.
¿No le parecía que los faldones no caían bien?
--Lo que no cae bien--replicó con acritud misia Casilda,--es tanto
elogio de osa gente en tu boca.
--Convénzase usted, tía, que es porque no les conoce; los viejos serán
todo lo que usted quiera, pero los hijos son diferentes.
Susana y Angelita eran las muchachas más bonitas de Buenos Aires, sin
exageración; en Palermo no se veía nada mejor. Luego, con una educación
de primera, amables, sencillas... Siguió ensartando alabanzas, hasta que
la señora se impacientó.
--Mira, Quilito, que no seremos amigos, si no dejas ese tema; ya sabes
cuánto me desagrada.
--¡Oh! tiíta Silda... ¡pues no faltaba más!
Estampó un beso sonoro en la lustrosa mejilla de la señora, acompañado
de cariñosos palmoteos en la espalda.
--Eres un loco, ¿cuándo sentarás el juicio?
No le quitaba ojo, admirada de su aire desenvuelto y de lo bien que le
caía el traje de etiqueta; la luz del gas le volvía más pálido y
señalaba sus profundas ojeras, esa huella de las malas noches que no
puede ocultarse. El, mientras hacía jugar el resorte del claque,
ensayaba la petitoria de ordenanza, algo para llevar en el bolsillo, dos
pesos siquiera, que le prometía devolver intactos; como después del
teatro, es fuerza ir a tomar cualquier cosa al café y cuando llega el
momento de pagar al mozo, es costumbre echar mano a la cartera,
discutiendo con los amigos el mejor derecho a satisfacer el gasto, él,
siempre que llegaba el caso, mostraba el billete sin soltarlo, mientras
daba tiempo al vecino de saldar cuentas. ¡Qué papel iba a hacer aquella
noche si no tenía dinero que mostrar! dos pesos siquiera... la tía era
bastante rica, porque poseía su rentita de las cédulas hipotecarias y el
alquiler de la casita aquella. ¡Buen alquiler te dé Dios! cien pesos,
que el inquilino, un herrero con más hijos que días tiene el año, no le
pagaba nunca, siempre llorando lástimas y pidiendo prórrogas. Sí, ¿pero
las cédulas? eso es seguro.
--Tiíta Silda, se los devolveré intactos.
Así decía siempre, y luego venía con esto y con lo otro, pero con las
manos vacías. ¿Qué había hecho de los veinte pesos de la semana
anterior? Quilito, con la cara muy afligida, dijo que los había gastado
en muchas cosas, en muchísimas cosas, en libros, por ejemplo... Bien
está, le prestaría los dos pesos, pero con la condición que no había de
tirarlos de mala manera. Y mientras el joven intentaba hacerla dar unas
vueltas de vals, en señal de regocijo, ella le espetaba el sermoncito
con que solía sazonar sus dádivas. Más seriedad y más contracción al
estudio; la vida que llevaba, no era conveniente para un mocoso que no
tenía pelo de barba; aquellas trasnochadas frecuentes, sobre todo,
debían concluir, por su salud y por su nombre. Que no le viniera con
dianas, que ella se sabía bien que a las tantas no se vuelve de la
iglesia, y no pusiera en el duro trance a su padre de quitarle la llave
de la puerta de calle que, por mal de sus pecados, había conseguido ella
se le diera antes de cumplir los catorce años. Luego, ¡menos gastos! ¡si
en aquella casa nunca se acababa de pagar sus cuentas! ¿se figuraba,
acaso, que tenían algún tesoro escondido? Ni la rentita de las cédulas,
ni el sueldo de don Pablo alcanzaban para cubrirlas. La situación de la
familia no permitía aquellas ruinosas liberalidades, de que él abusaba;
¿a dónde iban a parar por aquel camino? El joven dió un bostezo.
--¿Tiene usted, tiíta, el dinero a mano?--preguntó.
Y mientras la señora buscaba en el bolsillo, él largó las botaratadas
con que siempre respondía a tales prédicas: si no había que apurarse por
tan poca cosa, cuando él trabajaba por echar los cimientos de la fortuna
de la familia, y lo conseguiría en un dos por tres, porque además de sus
operaciones de Bolsa, tentaba al demonio de la lotería, comprando un
numerito en cada jugada. Ya verían cuando entrara por aquellas puertas,
con la gran noticia: ¡el número tantos, su número, con tantos miles de
miles de premio! ¡o en tal venta de acciones, han resultado cuántos
millones de ganancia! todo así, de la noche a la mañana. Hacerse rico de
otro modo, no tiene gracia. Se desloma uno sobre el yunque, suda el
quilo, gasta su juventud, y cuando la mano tiembla y el cuerpo no puede
tenerse en pie, alcanza el fruto de su trabajo, ¿de qué le sirve
entonces? ¡para pagarse el responso y hacer gozar a los demás! No se
vería él en ese espejo. Mascar mientras haya dientes, porque a boca
desportillada sabe mal el mejor bocado. Pronto iba a cumplir veinte
años: pues antes, mucho antes de cumplirlos, sería rico o por lo menos
estaría en vía de serlo. Y entonces...
--¡No le digo a usted nada, tiíta, no le digo nada!
La señora le oía y se reía. ¡Qué cabeza más destornillada! era un
tarambana, y nunca haría cosa de provecho, si no tenía más juicio y no
dejaba de lado aquellas ideas de fortunas improvisadas, que le quitaban
el sueño. Dióle el billete de dos pesos, que sacó de su cartera de
tafilete, a tiempo que don Pablo Aquiles golpeaba las manos en la puerta
del comedor, impaciente. Tía y sobrino bajaron la escalerilla,
encontrando en el patio a Pampa, que pasaba con la sopera humeante en
las manos; ya don Pablo Aquiles se había sentado a la cabecera de la
mesa y desdoblaba con calma la servilleta.
--¿Qué es esto, caballerito? ¡cómo se hace usted esperar!
Minia Casilda ocupó su asiento, mientras Quilito sacaba los guantes del
bolsillo interior de su abrigo, arrojando de paso una mirada a la mal
provista mesa: el mantel, remendado a trechos, no alcanzaba a cubrirla;
la vajilla era de loza, tan maltratada, que el borde de los platos
parecía haber estado expuesto a los mordiscos de hambrientos canes; los
cubiertos, desdentados los tenedores y gastados los cuchillos.
--Yo no como aquí--dijo el joven, enfundando las manos en sus guantes,
como en el Café de París, con unos amigos.
¡Muy bien! ¿y para eso había hecho esperar tanto tiempo? ¡Ir a comer
fuera, cuando la tía se había esmerado tanto en la confección de
aquellos hojaldres, que olían deliciosamente, recién saliditos del
horno! Quilito dijo que tenía un compromiso anterior con los tales y los
cuales, citando media docena de nombres del más legítimo _high-life_, y
mientras sacaba con negligencia un grueso habano y se disponía a
encenderlo, añadió, dirigiéndose a su padre:
--Esta tarde encontré a tu jefe, el Subsecretario, y me preguntó si
estabas enfermo; le dije que sí, ¿he hecho mal?
--No, señor, perfectamente.
¿De qué otro modo disculpar su falta? Ya se encontraría bueno al día
siguiente, para preparar la mejor excusa. Tomó una fuente de manos de
Pampa, y al colocarla sobre la mesa, insistió sobre aquello de los
hojaldres:
--¡Ea, anímate, muchacho! que esto vale más que tus trufas del Café de
París.
--Si él es muy francés--dijo la tía,--y desprecia estas cosas.
Don Pablo Aquiles le miraba sonriendo y no se hartaba de contemplarle;
¡qué buen mozo y qué elegante era! tenía los ojos de su madre, aquella
Pilar tan amada, que tanto le había hecho sufrir, y también su genio, un
polvorín de explosiones sin consecuencia. Entretanto, el joven había
tomado pie del dicho de misia Casilda, para fundar sus teorías
gastronómicas y anonadar con sus invectivas a la humilde cocina
casera... mucha grasa, mucho aceite y ningún aparato; una fuente que se
presenta en la mesa sin adorno, es como un comensal que se sienta en
mangas de camisa. La señora empezó a toser, a causa del humo del
cigarro; daban las siete.
--Buenas noches--dijo Quilito.
Y salió, haciendo resonar sus tacones sobre las losas del patio.
--¡Que te diviertas!--gritó el padre.
--¡Que no vuelvas tarde!--apuntó la tía.
Concluyó tristemente la modesta comida; con el último bocado se
levantaron y Pampa entró a quitar la mesa. Siempre sucedía lo mismo,
cuando faltaba el niño; era él el alma, la luz, el calor y la alegría de
la casa, y sabía con su picante charla entretener a los viejos, que
babeaban, escuchándole; ¡qué de cosas refería, qué ideas las suyas y qué
pico de oro aquél!
--Casilda--dijo don Pablo Aquiles a su hermana,--voy a salir; cuidado
con la reja del zaguán, y no dormirse hasta que yo vuelva, que no será
tarde.
Abrigado en su _ruso_, que llevaba más de seis inviernos encima, salió a
dar su paseíto higiénico de costumbre; podía él perder la sobremesa, y
aún la lectura de los diarios vespertinos, pero no su paseo de
digestión, que ocupaba lugar preferente en su programa de cada día.
Nadie hubiera dicho que era aquélla, noche de popular regocijo, en que
se celebraba una fecha memorable, tales eran la soledad, la tristeza y
el silencio de la calle. Verdad es que la casa de don Pablo Aquiles
quedaba un poco al oeste y lejos, por lo tanto, del centro del
bullicio, pero él pensaba lo que era en sus tiempos aquella fiesta: de
día, _pruebas_, palo jabonado, rompe-cabezas en la Plaza de la Victoria,
y fuegos artificiales, por la noche. ¿Qué digo en sus tiempos? hasta
hace poco se cumplía idéntico programa. Pero, como si la ciudad se
avergonzara de que el extranjero la vea celebrar sus solemnidades a la
moda de aldea, aquellos populares festejos se han desterrado a los
barrios extremos, y ha quedado la gran plaza solitaria y fría, en medio
de los resplandores de sus luces de gas. Don Pablo Aquiles no estaba por
estas innovaciones; pensaba en el entusiasmo que presidía entonces a las
fiestas: en las pruebas, de día; en los fuegos, de noche, que servían de
pretexto para animada tertulia, no de soldados y niñeras, _compadritos_
y pilluelos, sino de damas principalísimas, que no tenían a menos
descender de sus salones a la arena de la plaza. ¡Cuánta mirada de amor,
cambiada entre dos volteretas del acróbata! ¡Cuánto pacto amoroso,
sellado durante el colosal incendio de un castillo de colores! ¡Qué
alegría entonces! los balcones ostentaban colgaduras y las ventanas
ramos de olivo y de laurel; las músicas recorrían las calles, y el himno
nacional resonaba en todas partes; dentro de su pecho, cantaba también
el amor su himno y el nombre de Pilar aparecía asociado al de la patria
en aquel día de tantas emociones. Después... los desengaños, la miseria,
la vejez. ¿Qué mucho que le pareciera ahora, todo negro y todo triste?
Pero él no lo atribuía al lente de su pesimismo, y se decía:
--O ya no hay patriotas, o el cosmopolitismo va ahogándolo todo.
Seguía su camino, apoyado en el bastón, mirando, con burlona sonrisa,
los colgajos de las tiendas de carne y comestibles: las ramas de sauce
de la puerta, los faroles de papel de la muestra y la vistosa exposición
del escaparate; en las casas, muy pocas banderas se veían, pero conforme
iba acercándose a las calles centrales, los establecimientos públicos y
los comercios de lujo resplandecían de luces: en el borde de las
cornisas, a lo largo de las columnas, en balcones y ventanas, ya en
haces, ya sueltas, encerradas en bombas de cristal azul y blanco. Pero,
la nota del entusiasmo popular no resonaba en parto alguna; el silencio
y la falta de animación contrastaban con el alegre espectáculo de las
iluminaciones. Hacía aquello el mismo efecto que un salón de baile,
adornado y dispuesto para la fiesta, al que faltan los convidados. Con
el estruendo de costumbre sobre el malísimo empedrado, pasaban muchos
carruajes, cuyos cristales, empañados por el frío de la noche, dejaban
apenas percibir la blanca forma de una dama de copete; y seguían los
tranvías su trotar monótono, entretenido el conductor en regalar el oído
de los viajeros con espantables sonatas de corneta.
Al entrar don Pablo Aquiles en la plaza de la Victoria, quedóse un rato,
embobado como un chiquillo, mirando las luces y las banderas. Y cátate
que cuando más distraído estaba, deslumbrada la vista por los
resplandores del Cabildo y de la Catedral, sintió a su espalda el
galopar violento de soberbio tronco y al volverse, vió a Quilito, a su
hijo, seguir, pegado a la pared, el carruaje que pasaba. ¿Quién diablos
iba en aquel carruaje? Vióle don Pablo llegar a Colón, abrirse la
portezuela y bajar dos niñas de blanco, que al punto no reconoció, y
luego... misia Goya y don Bernardino Esteven, llevando detrás, como
cosido a sus talones, al mismo, al mismísimo Quilito. ¿Era casualidad?
¡Lo que le dió aquello que pensar! Volvióse mohino, con la boca amarga
sin saber por qué, tan preocupado, que tropezaba en la acera con las
bandadas de lindas muchachas, que se dirigían al teatro, ávidas de
presenciar la función de gala. Echóse al medio de la calle, para caminar
con más desembarazo.
Cuando llegó a casa, Pampa dormía otra vez en el umbral de la puerta.
II
Todos le han conocido, de lejos o de cerca, de vista o de oídas. Don
Aquiles Vargas, el primer Aquiles de la familia, padre de don Pablo y
abuelo de Quilito, tuvo tienda muchos años en la que se llamó calle de
Mendocinos, y en tiempos en que todo andaba revuelto y no se contaba
segura la cabeza, supo hacer fortuna comerciando en géneros de las
provincias. Era unitario puro, aunque llevaba el chaleco rojo de los
federales, pues él decía que para andar entre lobos, es preciso
disfrazarse de tal, y tan bien le salió la práctica de este consejo, que
salvó piel y fortuna y vino a morir, ya anciano, en olor de millonario.
Había casado muy joven con una niña de familia, sin belleza, sin
voluntad y sin criterio propio, que veía por los ojos de su marido; tan
tonta, sosa y descolorida, que era como cuerpo sin alma o lámpara sin
aceite, precisamente el conjunto de cualidades que debía reunir una
mujer, para poder desempeñar el pesadísimo cargo de esposa, ante Dios y
los hombres, de don Aquiles Vargas. Porque don Aquiles Vargas, de suyo
honradote y trabajador, de alegre carácter en corro de amigos y hasta
galanteador de afición en sus horas perdidas, tenía un geniecito que no
había quien le aguantara en la casa, y sólo una mujer de las condiciones
apuntadas, sorda, muda y ciega, podía salir airosa de tan difícil
cometido. Los que le han conocido, en la puerta del _registro_ de la
calle Florida, arrellanado en ancho sillón de rejilla, con su chaleco
floreado y sus zapatos de paño, echando piropos a las muchachas y
llevando la batuta en aquel concierto de viejos babosos y apolillados,
no se imaginarían que setentón tan decidor y risueño era una fiera en su
casa. El había de reñir con todos, con la mujer, con los hijos y con los
criados, con pretexto o sin pretexto, y en ocasiones con todos a la vez
porque era hombre muy bien templado. Aunque unitario por simpatía, nunca
se metió en dibujos políticos y pasó la mayor parte de su vida doblado
sobre el trabajo, sin más distracciones que llevar el pendón de la
cofradía, de que era protector, o las andas del santo, en la procesión
del titular, porque era creyente de boca abierta, y chismorrear en el
citado mentidero. ¡Quién le ha visto con el escapulario sobre el pecho,
pequeñito y regordete, avanzar entre dos hileras de cirios, sudando bajo
el peso del aparatoso estandarte, tan hinchado y satisfecho de su papel,
que parecía creer que el incienso y las genuflexiones se ofrecían a su
excelsa persona! Cuando murió su mujer, sin hacer cama ni gastos de
botica, como vela que apaga invisible soplo, nada varió en la casa,
porque la falta de aquella bienaventurada apenas se echó de ver: don
Aquiles dió a las iglesias abundantes limosnas por misas y novenarios y
las cosas siguieron su corriente acostumbrada.
Don Aquiles vivía en la calle de Méjico, pues la antigua casa en que
tuvo su tienda, fué vendida y derribada; y aunque alejado del comercio,
metía baza en negocitos fáciles y sin peligro, pero sin caer en el
pecado de la usura; él no tenía más defecto que su genio endemoniado y
aquella manía de las cosas religiosas, que secaba su corazón y
descarrilaba su buen sentido.
En aquel caserón de la calle de Méjico, que más parecía dependencia de
cuartel que habitación de familia, de techo de teja abohardillado y
ventanas voladas de gruesos barrotes, vivió, pues, muchos años el viejo
don Aquiles, con sus tres hijos: Gregoria, la mayor; Pablo Aquiles, el
varón, y Casilda, la menor, no la vida de paz del hogar, seguramente,
porque allí se andaba de zarpa a la greña todos los días de la semana, a
causa de la mala educación de los hijos y el carácter atrabiliario del
padre. Este era duro, inflexible y tiránico, más bien juez de su hogar,
que padre de su familia; de aquellos que no inspiran cariño y respeto,
sino miedo y terror a los hijos; que usan el azoto, el encierro y el
ayuno, como medios de represión. Cuando se presentaba en el espacioso
comedor, a la hora de la cena, que es la hora de las expansiones, los
hijos se ponían de pie; las mujeres, acoquinadas y silenciosas; el
varón, nervioso y temblando, y eso que gastaba barbas; el padre hablaba
cuando lo tenía por conveniente, y los hijos escuchaban y callaban; no
había discusión de temas, ni intercambio de ideas; a una pregunta, una
respuesta y otra vez el silencio. En una ocasión, Gregoria contestó de
mal talante y el padre le arrojó un pan a la cara, bañándosela en
sangre; el varón estuvo desterrado quince días de la casa, por igual
delito. Sólo se reunían a la hora de la mesa y cuando él no salía a la
calle no permitía el menor ruido, ni que tocaran el piano las niñas; las
ventanas debían estar siempre cerradas y la puerta no se abría, sino a
muy contadas personas. Ni visitas, ni teatros; muy pocos paseos; ningún
vino en las comidas y ayuno todos los viernes y demás días de
abstinencia. Con la edad y los achaques, se volvió tan santurrón, que
oía misa a diario, obligando a acompañarle a los tres hijos, Pablo
Aquiles el primero, con el libraco de horas, en la mano. No entraban en
la casa sino sotanas; y de tal manera la admisión de seglares estaba
prohibida que, cuando Gregoria echó novio, no se sabe cómo, en medio de
aquel cautiverio, aunque para esta clase de pesca las mujeres son muy
duchas, se vió y se deseó para comunicar con él. Seamos francos: ni
Gregoria, ni Pablo Aquiles tenían mejor carácter que el padre; Gregoria,
sobre todo, a quien una simple contradicción producía una pataleta, en
que se mordía los puños de rabia impotente; Pablo Aquiles desdeñaba el
estudio, y sin talento ni aspiraciones, se había dedicado a la más
cómoda de las carreras: la de heredero de ricacho; y si no de genio tan
violento como su hermana, luchaban ambos, sin embargo, en encarnizado y
fraternal combate, no dejando vaso que romper, ni porrazo que dar,
cuando el padre no estaba delante. Allí la bondadosa, la tierna y la
delicada era Casilda, y por esta sola circunstancia era ella el pavo de
la boda; sobre su humilde cabeza descargaban el mal humor del padre y
las iras de los hermanos. Era tan poquita cosa, que se ahogaba en un
dedal de agua, pero reconcentrada, como todos los caracteres tímidos,
era a la vez rencorosa y no perdonaba fácilmente ofensas que considerase
injustas. Pero, con esto, tan paciente, tan sufrida, que nunca se la oyó
una palabra de censura contra su padre. Ni Gregoria ni Casilda eran
bellas; rubias cenicientas ambas, y de ojos que ni eran verdes ni
azules, ni tenían color definido; eran de buen talle y de mejor andar,
más graciosa Casilda que Gregoria y más elegante Gregoria que Casilda.
Fuese cuestión de temperamento o de gusto, Casilda no anduvo nunca en
noviazgos; para ella no había más hombre que su hermano Pablo Aquiles, a
quien adoraba, y que sabía corresponder dignamente a aquel afecto; si
con Gregoria andaba a brazo partido, con Casilda estaba a partir de un
piñón. Los tres hermanos gemían bajo aquel sistema carcelario; Pablo
Aquiles, que tenía ya veinticinco años, no salía de noche sin permiso, y
estaba obligado, bajo las más severas penas, a regresar a casita a las
diez: antes de acostarse, registraba el padre en camisón y palmatoria en
mano las habitaciones de los hijos; una noche estaba vacío el lecho del
varón... Esperóle en el zaguán; y cuando entró, casi le desnuca del
garrotazo. Había que recurrir al ardid, a la mentira, y todos tres,
hasta la bondadosa, la tierna y la delicada Casilda, engañaban al viejo
a las mil maravillas. Se hartaban de carne en los días de abstinencia,
después de haber comido en la mesa pescado y legumbres; salían de paseo,
a visitas y a compras, a las horas en que don Aquiles estaba fuera,
exponiéndose a ser pilladas infraganti... Pero las tretas de Pablo eran
las que ofrecían más peligro: después de la ronda nocturna y de haber
fingido estar entregado al más profundo sueño, levantábase con
precaución, vestíase con prisa y saltando por la ventana al patio,
escabullíase a la calle, para no volver hasta el alba.
En lo que no valían tretas ni engañifas, era en lo de sacarle dinero al
viejo; los domingos, después de misa, daba a cada uno de los hijos un
billetito de cinco pesos, de los pesos de entonces, y hasta el domingo
siguiente. ¡Atreverse a pedir más! ¿quién lo intentaba? Aunque ello sea
en desdoro de Pablo Aquiles, diré que una vez pretendió meter mano en la
gaveta del padre, pero la terca cerradura no se dejó violentar y aquí
paró la tentativa. ¡Y qué hacer, cuando se tiene veinticinco años, la
cabeza llena de ilusiones, el corazón de deseos y los bolsillos vacíos!
Figuraba en la no muy numerosa servidumbre de la casa, con el título,
las atribuciones y preeminencias de ama de gobierno, una mujer ya
cuarentona, hija de antigua criada de la familia, de esas criadas de
antaño que nacían, vivían y morían a la sombra, protectora de sus
_patrones_, la cual mantenía a su lado un niño, que el maligno rumor
público susurraba ser obra y gracia de don Aquiles. Era feo el muchacho
y antipático, por su facha y y por sus hechos; tenía vara alta y
enredaba con todos, siendo el único que escapaba a las granizadas
cotidianas del amo. Mientras vivió la mujer de don Aquiles, no se vió
semejante mostrenco en la casa, pero así que aquella buena alma se
marchó para no volver, por la misma puerta que ella salía, entró el
chiquillo aquel, tan orondo y campante, como quien pisa país
conquistado. Y desde aquel día, para él fueron las golosinas, los
regalitos de imágenes y medallas y las caricias que el viejo santurrón
escatimaba a sus hijos. ¡Lo que se dijo en el barrio, se repitió, se
inventó y se propaló a los cuatro vientos! Ni Pablo Aquiles ni las niñas
sabían nada, y si Pablo Aquiles lo había oído, no lo creía, más por
repugnancia de semejante parentesco, que por falta de convicción o sobra
de dudas; pero, como de casi todas las baraúndas domésticas era el niño
el principal causante, por ser correo de chismes y tejedor de embustes,
cuando el viejo estaba en la calle y la cara aceitunada de Pepa, la
madre, no estaba delante, entre Pablo y Gregoria y Gregoria y Casilda le
daban tal vuelta de azotes y rociada de moquetes, que quedaba el chico
hecho un _ecce homo_, sin temor a las reclamaciones y reconvenciones
posteriores. ¡Cosa rara! la madre, en estas circunstancias y en otras y
en todas, no olvidaba su papel de mujer reposada, que todo lo tiene
previsto y resuelto; cuidadosa de no ponerse mal con _los niños_,
evitando todo choque con habilidad estudiada, acudía a calmar al
inocente con un par de sonoras palmadas, que daban fin al asunto,
aunque no al llanto de la víctima. Y era por la noche, según los dichos
de cocina adentro, que elevaba Pepa hasta su señor sus quejas y obtenía
el desagravio de las ofensas hechas, que se traducía al día siguiente en
tempestad tan violenta, que parecía desplomarse la casa.
Aparte estos frecuentes nublados, la favorita no intervenía más que en
los quehaceres de su cargo, sin despegarse de las niñas, a quienes
acompañaba a la iglesia, tan melosa y solícita, que ellas no podían
sufrirla. Los sucesos posteriores vinieron a desmentir este aserto, pero
era entonces voz corriente entre la servidumbre, que esta mujer había
logrado para sí y su hijo un lugarcito ventajoso en el testamento de don
Aquiles y a guardar el puesto conquistado tendían todas sus artimañas.
Se ha dicho que Gregoria tenía novio. Cómo tuvo lugar aquella pesca
milagrosa no se sabe; sin duda, el pretendiente, que era pobre, olfateó
la herencia en un día de vagancia, como los perros hambrientos que
huelen la carne de lejos, y se plantó en la esquina y rondó la casa e
hizo todas las tonterías que en semejantes casos se hacen, pero no entró
en la fortaleza, porque estaba bien guardada. Era Bernardino Esteven
tenedor de libros, de familia obscura y sin más beneficio que su
mezquino sueldo; de facha vulgar, pero listo y truhán, supo colarse en
el corazón de Gregoria, por más que la tarea no fuese difícil, pues la
pobre estaba tan harta de aquella vida de ayunos, sermones, gritos,
cerrojos y amenazas, que al sacristán de la parroquia diera oídas, con
tal de salir de su purgatorio. Y acá hace nuevamente su aparición el
condenado hijo de la Pepa; ¡ay de la carta que caía en sus manos!
Fisgoneaba en los pasillos y acudía a la esquina a espiar la llegada de
Bernardino, vigilando que Gregoria no entreabriera la ventana de la
sala. ¡Qué sustos pasaron ambos, qué sinsabores, y cuántas veces
contempló de lejos el pretendiente la cara acongojada de su prometida,
víctima de paternal corrección la víspera!
¡Lo que pueden el amor y el hambre, cuando van aparejados! Cansado de
suspirar a la luna y de pasear su chaqué avellana por el barrio,
ocurriósele a Bernardino robar a la muchacha, expediente muy socorrido
en la vida y en el teatro. Los que han conocido, después al fastuoso
Esteven, tan formalote y estirado, de una gravedad de campana mayor que
toca a muerto, creerán que es pura invención y fantasía esta aventura de
sus mocedades; pero no es así, sino verdad incontestable, que el señor
Esteven tuvo sus veinte años, y sufrió las agonías del amor y los
dolores del hambre, como cualquier mortal, y arrastrado e impulsado por
estas dos invencibles fuerzas, quiso apoderarse por la violencia, y se
apoderó, en efecto, de lo que de grado se le negaba. ¿Cómo? Aunque
parezca mentira, Bernardino tenía su casa entonces, es decir, dormía
bajo techado, y una hermana, muy mona, que se llamaba Pilar y cosía para
fuera; ésta, que sabía los quebraderos de cabeza del joven, no cesaba de
decirle:
--¡Mira, Bernardino, no eres hombre, si no te casas con la de Vargas!
Aguijoneado su amor propio por la frasecita ésta, y no hallando otra
salida, se le metió en la cabeza aquello del rapto: una carta, un coche
en la esquina, y andando; su casa sería el asilo, su hermana la
guardadora y aquí paz y después gloria. Ante razones de tal calibre,
tenía el viejo que ceder o reventar.
La carta llegó sin contratiempo a poder de Gregoria, que se pasmó de tal
proyecto, quedando aturdida y sin saber qué hacer; vinieron a las manos
su pudor y su cariño, el deber filial y su conciencia, y en esta lucha y
en este sobresalto estaba, cuando llegó la hora de sentarse a la mesa.
Anochecía. Don Aquiles había entrado de la calle tan regañón, que todos
andaban con alas en los pies, huyendo el bulto; al ocupar el sillón de
cabecera, notaron los hijos, con terror, que había nubarrones en el
horizonte, y metieron los ojos en el plato, abriendo el paraguas de la
resignación. La tempestad empezaba por movimientos violentos en la
silla, paseo de dedos crispados por el mantel o por la calva,
resoplidos, palmadas en el borde de la mesa... Algunas veces, se
agregaba a estos síntomas, el retintín del tenedor sobre el plato o el
baile de la copa, a la que hacía dar vueltas su mano de perlático... El
criado servía, los hijos comían, o lo aparentaban, sin hablar, y el
viejo, en tanto, rechazaba su ración, contentándose con la corajina que
le andaba por el cuerpo y debía servirle de alimento. De repente, sonaba
un trueno y caía el chaparrón, es decir, daba el padre un puñetazo y
rompía a hablar, en períodos entrecortados... Aquella noche, le tocó el
turno a la infeliz Gregoria, a quien llamó desvergonzada, terca y mala
hija, comparándola a las _mucamas_ de barrio, que pelan la pava por la
ventana con el novio descamisado o hacen señas a los mayorales del
tranvía; mientras la cosa no pasó de aquí, Gregoria se estuvo quieta,
devorando su rabia y una pierna de gallina en pepitoria, pero cuando oyó
el nombre de Bernardino y vió que le ponía patas arriba, con cruel y no
merecido ensañamiento, sin temor a los rayos paternales protestó con
energía, y dijo, o quiso decir, porque no se le entendía, tal era su
soberbia, que no y que mil veces no, que aquello era una gran mentira y
una infamia (esta palabra la largó bien clara) lo que se decía. Gran
confusión. Levantóse el padre, con los puños cerrados, se interpuso
Pablo Aquiles, muy pálido, y Casilda, llorando; pero Gregoria, ya sin
freno, se desbocó, vociferando que cansada de aquella vida, se marchaba
lejos y no la volverían a ver más, nunca, nunca. Dió una manotada al
vaso que tenía delante y salió del comedor, ciega, fué a su cuarto, se
envolvió en un mantón y se plantó en la calle. En aquel momento, se
acordó de su madre. ¡Su madre! ¿la había tenido ella acaso? Este poder
moderador entre la indisciplina de los hijos y la absoluta autoridad del
padre, no se hizo sentir nunca en vida de aquella buena mujer, víctima
ella misma y culpable inconsciente de las desventuras de la familia. En
la esquina había un coche y alguien dentro que la esperaba. Se cerró la
portezuela, y andando, coma había dicho Bernardino.
Cuando el viejo se enteró de la escapatoria de su hija, tuvo un acceso
de coraje tal, que todos en la casa creyeron llegada su última hora,
pero pasado el ciclón de gritos y juramentos y la granizada de moquetes
que descargó a ciegas y que alcanzó hasta al mismo chico de la Pepa, se
calmó, aparentemente por lo menos, y ni volvió a hablar ni hizo cosa
alguna que con el asunto se refiriese. Siguió su vida de siempre, y se
apartó más que nunca del trato de sus hijos, dándose por completo a la
visita de iglesias y sacristías, exacerbado su furor religioso con
aquella desgracia, que parecía no haber rozado siquiera su corazón de
granito. Pablo no se atrevía a chistar y la pobre Casilda no tenía ya
ojos para llorar a su hermana.
Así las cosas, dió don Aquiles el gran batacazo, cuando menos se
esperaba. No sé qué dimes y diretes tuvo aquella mañana con Pepa, pues
se oyó el vocear de ambos en el despacho, y hasta lloriqueos y aún
porrazos sobre los muebles, signos evidentes de violenta disputa; luego
salió la mujer muy agitada, con los pelos desordenados y echando chispas
por los ojos, y alguien que la encontró al paso, la oyó decir:
--¡No quiere, no quiere! pues veremos si la ley le obliga.
En esto, se oyó un gran ruido en el despacho, acudieron todos los que en
la casa estaban y hallaron desplomado, junto al sofá, a don Aquiles, con
los ojos torcidos y la boca contraída, barbotando palabras sin sentido.
Mientras le trasladaban a su alcoba y se iba a buscar el médico, llegó
Pablo de la calle, y enterado del suceso, convino con la desolada
Casilda en que era urgente avisar a Gregoria.
Pablo sabía el escondite de Gregoria; fué, pues, a golpear a la puerta
de Esteven. Recibióle la muchacha llorando, arrepentida sin duda de su
calaverada, pues vistas ya las patas de la sota, no la quedaba ilusión
que la sirviera de disculpa; y mientras el galán hacía protestas de que
él no era el responsable de aquel desaguisado, sino el propio señor
Vargas por su maldita terquedad, estando dispuesto a reparar lo hecho
del mejor modo posible, Pablo miraba la pieza, que le pareció muy pobre
y hasta desaseada, y a Pilar, sentada delante de la máquina, absorta en
su tarea de desenredar el hilo de un carrete, la que encontró muy bonita
y muy de su gusto. Otro en su lugar se las hubiera liado con el
seductor, pero él, que disculpaba la escapatoria por razones que se
sabía, creía que demasiado duramente la había condenado, desoyendo los
ruegos de Gregoria, que en varias cartas le había pedido fuera a verla.
Limitóse, pues, a dar la referencia de la desgracia. Ella, muerta de
pena y de vergüenza, preguntó entre sollozos:
--¿Me recibirá si voy, Pablo?
--No conoce a nadie y nada debes temer.
Gregoria, sumisa, se cubrió con su mantón. Cuando los dos hermanos
salieron, volvióse Esteven a la joven, que cosía indiferente, y con una
sonrisa burlona, exclamó:
--¡Bien lo dije yo, que tenía que ceder o reventar!
Pablo y Gregoria llegaron silenciosos a la casa paterna, que entonces
más que en ocasión alguna, parecía convento de cartujos; y empujando la
puerta entornada, atravesaron el zaguán y el patio desiertos, donde
algunas plantas amarilleaban ya bajo el cielo nublado de otoño, y
entraron en la alcoba de don Aquiles. Al punto nada vieron, sino la
llama temblorosa de una lamparilla; luego aparecieron, como esfumadas,
las figuras principales del cuadro: un franciscano, rezando bajo
descomunal y tétrico crucifijo; en un rincón, la Pepa, silenciosa como
una esfinge; a la cabecera del lecho, Casilda... Sobre la blancura de
las almohadas, destacábase la cara lívida del muerto, con los ojos
todavía abiertos, vueltos del lado de la puerta, por donde acababa de
aparecer Gregoria; esta mirada de ultratumba, figurósele a la triste
arrepentida señal de eterno y enconado reproche, y sacudida por temblor
convulsivo, se precipitó en el cuarto y fué a prosternarse delante del
padre que había ofendido, derramando sinceras lágrimas. Pero él ya no la
veía, como si hubiera de ser sordo siempre a toda compasión.
Al día siguiente, avisados los amigos y parientes cercanos, hubo en la
casa numeroso desfile de sotanas y sayales, que iban olfateando alguna
manda del testamento, y de levitas de entierro y caras compungidas
hechas de encargo; en las habitaciones interiores, cerrada toda ventana,
en una obscuridad de catacumba, andaban a tropezones las sombras de las
mujeres enlutadas, en busca del sitio donde pudieran estar las
doloridas, para darles el largo apretón de manos y besos de rúbrica, con
la frase dicha entre mal ensayados suspiros:
--¡Ay, Goyita! ¡qué desgracia! esto ha sido un escopetazo. Cuénteme
usted, Casildita, cómo ha pasado esto. En fin, no hay más que
conformarse.
Gregoria y Casilda en un rincón, rodeadas de media docena de inmóviles
fantasmas, contestaban a cada saludo con una nueva explosión de
sollozos, y a esto se seguía un tan furioso sonar de narices del
concurso, que no parecía sino que estaban todas acatarradas. En el
comedor, entretanto, se tomaba chocolate con bollos, y un grupo discutía
política en la puerta de la sala, donde el muerto se estaba quietecito
en la caja, rodeado de blandones. Dos señoras salían, con los ojos muy
colorados de tanto restregarlos con el pañuelo, y decía la una a la
otra, al llegar al zaguán:
--_¿Sabés_ la noticia que me han dado? que Goyita se escapó la semana
pasada con un dependiente de almacén, y ésta es la causa de la apoplejía
del padre.
--¿De veras, _ché_? pues, la cosa no era para menos.
Cuando Pablo Aquiles volvió del cementerio, se encerró en el despacho de
su padre; la idea de que hubiera hecho testamento le preocupaba. Buscó y
rebuscó sin encontrar nada; nada había tampoco en el armario de caoba,
que registró luego, tapándose las narices a causa del olor desagradable
de ácido fénico, que saturaba la atmósfera del cuarto mortuorio. Volvió
al despacho, para seguir buscando, y en la puerta tropezó con la Pepa,
enlutada, llevando al chico de la mano.
--No, no busque usted--dijo ella,--si no ha querido hacerlo.
Y prorrumpió en lamentaciones sin fin, diciendo que el difunto no había
cumplido con sus promesas ni con su deber; que ella no ambicionaba nada
para sí, sino pedía lo que de derecho correspondía a aquel inocente, que
ninguna culpa tenía de su triste origen. Atónito Pablo Aquiles, no sabía
qué responder, temeroso de que sus hermanas se enterasen del escándalo;
tuvo, sin embargo, un asomo de energía, cosa rara en él, y dijo a la
mujer que se _mandara mudar_ de prisita y en silencio.
Lívida, ella chilló:
--¿Irme yo? ¡pues no faltaba más! si el mismo derecho de estar en la
casa que usted lo tiene mi niño, como que lleva su sangre.
--¡Cállese usted!--dijo Pablo Aquiles, ahogado y descompuesto.
--Que no y que no; he de gritar y me han de oír los sordos, me quiere
usted echar a la calle, ¿eh? pues lo veremos.
Se sentó en el umbral de la puerta que caía al patio, como quien ocupa
cómoda tribuna para hacerse oír de los vecinos; a sus voces se unió el
llanto del niño, y ante tamaña algarada acudieron Gregoria y Casilda,
sorprendidas. Verlas la Pepa y descargar su boca cuanta palabrota y
desvergüenza llevaba almacenadas, fué instantáneo; hecha una fiera, las
guedejas caídas sobro los ojos, increpaba a todos con el puño cerrado,
maldiciendo del difunto, a quien condenaba a los fuegos del infierno.
--No le han de valer rezos ni responsos--vociferaba, ¡miren el muy
hipócrita, que comía los santos y besaba la pezuña a los frailes, que
se daba disciplinazos y se ponía cilicio, dejar en la calle a mi niño, a
su hijo, tan hijo como ustedes y con tanto derecho a llevar su nombre!
¡Hipócrita santurrón!
--¡La hipócrita y la deslenguada es usted!--exclamó Pablo, furioso,
cogiéndola del brazo y tirando de ella.
Se empeñó una lucha deplorable en medio del patio; chillaba el chico, y
las muchachas, asustadas, refugiáronse en sus habitaciones.
--¡Déjeme usted, que me hace daño!--decía Pepa, agarrada con ambas manos
a la reja del zaguán.
Pablo Aquiles la soltó. Ella recogió su mantón, se arregló los pelos,
limpióse las babas con la bocamanga.
--Queden ustedes con Dios--dijo,--me voy, pero al juzgado; ¡la ley ha de
ampararme!
Y se largó, arrastrando tras sí al renacuajo.
La muerte de don Aquiles produjo en la casa radical transformación; todo
cambió, como en una decoración de teatro. No más ayunos, no más
sermones, no más caras foscas, ni escándalos a diario; no había quien
siguiera los pasos, espiara los gestos, pescara las palabras,
fiscalizara los actos. Se respiraba a plenos pulmones, se comía a dos
carrillos, sin sustos ni encogimiento; se salía cuando se deseaba, se
entraba cuando se quería; y todos tres, esclavos de un viejo maníaco que
había entristecido su niñez y sofocado su juventud, manteniendo el alma
de sus hijos sujeta, por así decirlo, bajo su férrea mano, como pájaro a
quien encierran en jaula demasiado estrecha, se creían felices, porque
se veían libres. No faltaba, sin embargo, una oración y una lágrima para
el padre difunto, y ninguno de ellos osó tocar uno solo de los objetos
que le pertenecieron; los que conservaban, como reliquias, en el antiguo
despacho, cuya llave guardaba Pablo con respeto.
El casamiento de Gregoria se celebró a los dos meses, entre gallos y
media noche, porque el luto y las circunstancias que le habían
precedido, no permitían otra cosa; fué una ceremonia triste, casi
fúnebre: los cuadros de la sala ostentaban aún negros crespones y la
araña de cristal los colgajos negros, entonces de rigor; para alegrar la
vista, se pusieron flores en los jarrones de las consolas. Gregoria se
presentó de luto, sin azahares, y Bernardino con la misma levita que le
prestaron para asistir al entierro de don Aquiles, y delante de los
hermanos y de dos testigos, bajo la luz tristona de las bujías, leyó la
epístola el cura y echóles la bendición, de prisa y corriendo. Esto fué
todo. Instalóse la nueva pareja en la misma casa, y Pilar con ella, con
gran regocijo de Pablo, a quien quitaban el sueño los atractivos de la
muchacha.
Ni Bernardino ni Pilar tenían un cuarto; hasta entonces habían vivido
los dos de su trabajo, ella de la costura, él llevando los libros de un
almacén, siempre tan pobres y hambrientos que la escasez hacía para
ellos todos los días iguales, por lo cual abrigaban la ambición, muy
legítima, de verlos lucir mejores. Familia no la tenían, pues sus padres
habían muerto, y Agapito o Agapo, como familiarmente le decían, no era
para ellos un hermano, sino un pilluelo que vivía en medio de la calle,
a quien no se le veía sino cuando se presentaba a pedir dinero,
aporreado siempre y harapiento. Y como el dinero allí no era posible
hallarle, ni con candil, Agapo desaparecía por meses enteros, sin dejar
rastros; ya se le daba por muerto, cuando otra vez volvía, para
escurrirse al día siguiente, sordo a las amonestaciones de su hermano
mayor y a los ruegos de Pilar, y aun a los golpes de ambos, entregado a
la vagancia y a todos los vicios que ella engendra, sin reconocer más
ley que su santa voluntad. A parte de las malas inclinaciones y del
carácter indomable del muchacho, la verdad es que Bernardino, obligado a
buscarse el pan cotidiano donde podía, no hacía por él todo lo que
debiera; siendo causa de esta desidia el poco cariño y aun cierto encono
que sentía contra aquel rapazuelo, hijo de la vejez de su padre y de una
odiada madrastra, que apenas muerto el anciano, de privaciones y
disgustos, alzó el vuelo con un bombero vecino, dejándoles el niño aquel
en hipoteca.
Bernardino tenía aspiraciones, una conciencia poco escrupulosa,
entendimiento claro y audacia, sobre todo audacia; con esto y la suerte
de por medio, se va siempre lejos. Sin embargo, nunca soñó él calzar el
título de yerno de don Aquiles Vargas, que tanta fama de ricacho tenía,
pues, lo cierto es, que más que a su viveza e ingenio debió tal ventura
a las circunstancias especiales en que se hallaba colocada la
aburridísima Gregoria; así es que, cuando se vió metido en aquel lío,
que la mano de la fortuna desenredó bonitamente, y trasplantado de su
modesta morada al caserón de la calle de Méjico, sintió mareos y algo
así como un sentimiento de orgullo. Pero, ante todo, Bernardino era
prudente. No creyó deber abandonar su trabajo, sino que, por el
contrario, acudió a sus quehaceres con más asiduidad, si cabe, que
antes. En cuanto a Pilar, ufana con el cambio, olvidaba las miserias
pasadas junto a la máquina de coser, las veladas fatigosas, los
madrugones constantes, la visita, noche a noche, de _registros_, a
entregar o recibir los pantalones de paño y los chalecos de bayeta.
Pilar era alta, rubia y de ojos negros; no era hermosa, como una heroína
de novela antigua, pero sí muy agraciada y simpática; no tenía los dedos
hechos a torno, porque la aguja y el trabajo los habían deformado, ni el
busto escultural, porque no me atrevería a decir si la corrección de sus
líneas era debida al corsé o era natural patrimonio de su dueña; mas, la
verdad sea dicha: Pilar pasaba por buena moza y aun llegaba a parecer
bonita, y lo hubiera parecido mucho más sin aquella palidez de su cara,
que no se sabía si atribuirla a la fatiga o a la anemia. Naturalmente,
entre el bobalicón de Pablo Aquiles y ella se estableció, desde el
primer día, una corriente de simpatía, que favorecieron Casilda y
Gregoria, y más que todos Bernardino, como hombre sagaz que busca
afianzar su prestigio. El idilio tuvo su lógico desenlace, y digo
lógico, porque así debieran concluir todos los idilios: hubo, pues,
nueva boda en la casa, la que fué solemniza con algo más de ruido y su
poquito de música, en reunión de íntimos; fiesta, que vino a aguar, a
última hora, la aparición del perdido de Agapo, que después de una jira
de recreo por los fortines de la frontera, llegaba descalzo y muerto de
hambre, a recoger las migajas del banquete.
Pablo Aquiles era un bendito de Dios. Entregado, por completo, al amor
de su mujer, dejaba el gobierno de la casa en manos del cuñado, que
mandaba en jefe; éste pagaba las cuentas, recibía los criados, hacía y
deshacía, sin consulta ni apelación. De la testamentaría iniciada, era
él el albacea, y se entendía con abogados, procuradores y escribanos.
Había echado unas carnazas y unas barbas de a pulgada, que no parecía el
mismo: aquel mozo lánguido del chaqué avellana, que rondaba el barrio,
escapado del almacén, donde llevaba los libros, sino un rentista
satisfecho y protector.
La testamentaría, entretanto, seguía sus pesados trámites, y hoy era un
título que faltaba y mañana una reclamación que surgía y vengan
consultas y vayan pesos; aunque, felizmente, había con qué hacer frente
a todo: además de la casa calle de Méjico, otras tres en la ciudad, una
quinta en Quilmes, una _estancia_ en Cañuelas y regular número de
cédulas en el Banco. La presentación, ante el juez, del chico de la
Pepa, como hijo natural de don Aquiles, vino a entorpecer los trámites;
y mientras unos querían probar la paternidad y los otros le declaraban,
por lo menos, adulterino, con lo cual la reputación del muerto andaba en
lenguas, tanta declaración, tanta prueba, tanto reponer de fojas, tal
entra y sal de testigos y de curiales, aquello era un laberinto y nadie
se entendía. Lo cierto es que pasaban los meses y la testamentaría no se
acababa.
--De todos modos, no hay apuro--decía Pablo Aquiles.
Las explicaciones de Bernardino le satisfacían, pero a la callada y
observadora Casilda se le antojaba que en una sucesión tan clara como el
agua, no había para qué tanto ajetreo y que el enredador y el
_chicanero_ era el despierto albacea.
Hacía tiempo que le habían a ella chocado las libertades que se tomaba,
sus aires de dueño de casa, la impertinencia con que respondía a toda
observación, encogiendo, los hombros desdeñoso. Siempre que podía,
recriminaba a su hermano por su indolencia, de dejar así todo en manos
de aquel advenedizo; poco a poco, le había cobrado desconfianza y no le
perdía de vista; cuando salía, de buena gana le hubiera registrado los
bolsillos, para ver si se llevaba algo. Entre ella y el cuñado, habían
habido ya ligeras escaramuzas, alfilerazos que no se olvidan, por la
intención de la frase y la acritud del acento. Un día, disputando por
fruslerías, él la llamó: ¡Solterona! y ella: ¡Perdulario! y en una
ocasión le dijo ella, que no debía darse tantos humos, cuando allí tenía
casa y comida gratis y se le había matado el hambre. De aquí, tiroteo de
improperios y arañazos de cuñados. Pero, el primer disgusto grave lo
tuvieron cuando el parto de Gregoria; a Bernardino se le puso ocupar el
despacho del viejo, que era para los hijos un sagrario, a fin de huir
del lloriqueo del recién nacido y poder trabajar tranquilo, pero Casilda
dijo que jamás lo consentiría y cogió la llave y se la guardó,
desafiándole a que se la quitara; Esteven, en broma o de veras, hizo
ademán de tomarla por la fuerza, con lo que se armó una marimorena
escandalosa. El despacho siguió cerrado, y Casilda y Bernardino pasaron
mucho tiempo sin hablarse. Fueron así separándose; del cuñado pasó la
antipatía a la hermana, Gregoria, que se ponía siempre del lado del
marido, y que con su genio altanero lo echaba todo a perder, y se
declararon una guerra sorda, agravada por las demoras de la
testamentaría y la actitud insolente de Bernardino, que tomaba
disposiciones sin la intervención de los herederos, estallando durante
la enfermedad de Pilar.
Pilar no había gozado nunca de buena salud; era endeble, paliducha,
tosía con frecuencia, sufría accidentes nerviosos, síntomas todos que se
atribuyeron primero a la vida de trabajo que había llevado, y luego al
estado interesante en que quedó a los dos años de casada. Pero cuando
empezó a escupir sangre y a no querer comer, el pecho desgarrado por la
tos, todos se alarmaron y se llamó al médico: según el sabio profesor,
no era nada; después del alumbramiento, aquello pasaría. Y salió la
joven de su cuidado, dando a Pablo Aquiles un niño que era un pimpollo,
con una cabezota tal, que los tíos declararon unánimemente que allí
debía estar encerrado todo el talento del mundo. Pablo Aquiles le
recibió en palmitas, orgulloso de aquel presente; pensaba el infeliz que
aquel nuevo ser había de indemnizarle de sus horas amargas, porque no
estará de más decir, que no se tenía él por dichoso, a pesar del amor de
su mujer, en medio de aquella lucha abierta de intereses y de cuñados.
Además, no había encontrado en Pilar el ánimo y el calor que le hacían
falta, carácter débil el suyo y corazón candoroso; Pilar era, ante todo,
Esteven, mujer de cálculo y de reflexión, no apasionada ni sentimental.
Si bien no habían reñido nunca seriamente, de los siete días de la
semana pasaban seis de morros, porque él quiso besarla y ella no estaba
de humor de consentirlo, o porque ella pensó ir al teatro y a él se le
ocurrió meterse en cama, con dolor de cabeza; pero, así y todo, no
pertenecían al grupo de los mal casados, teniendo ambos la discreción de
no ahondar lo que pudiera separarles y manteniéndose alejados, en lo
posible, de la lucha que dividía a sus hermanos. La enfermedad alteró el
carácter de Pilar, y se hizo caprichosa, díscola y regañona; tenía
antojos estrafalarios, como el que se le ocurrió un día, de hacerse
llevar por el patio en un carro de mano, que servía de distracción a
Jacintito, el niño de Gregoria, tirando de él su marido, a guisa de
caballo; y accesos de mal humor tan violentos, que llegó, una vez, a
arrojar por la ventana una taza de manzanilla, porque tenía demasiado
azúcar. En la mesa acribillaba a pelotillas a Pablo Aquiles, que era
siempre el pavo de la boda, y se hacía servir por él la comida y
ponérsela en la boca, impacientándose iracunda por su demora o sus
torpezas. Con su hijo tenía rachas de vehemente cariño, besuqueándole
con tal ímpetu y grosería, que había que quitarle el angelito de los
brazos; o le rechazaba con desvío, mandando que le llevaran muy lejos,
para que no la aturdieran sus vagidos. Marido más complaciente y sufrido
que Pablo Aquiles, no se ha visto; no tenía voluntad propia, y era
manejado por su mujer como obediente maniquí, dándose el espectáculo de
que él cuidara del niño y le llevara en brazos, haciendo _arrorró_ y
pasara junto a la cuna, muchas noches, sin dormir.
Pablo esperaba, conforme a lo asegurado por el médico, que el malestar
de su mujer cesaría, una vez libre de su cuidado; pero no sucedió así:
si el niño trajo la alegría a la casa, no devolvió la salud a la madre.
Los meses pasaron y la enfermedad fué acentuándose, con caracteres
tales, que se cayó por fin en la cuenta de que era una tisis incurable.
Entretanto, de orden del juez, según Bernardino, se habían vendido la
quinta de Quilmes y la _estancia_ de Cañuelas, para pagar no sé qué
deudas dejadas por don Aquiles y luego, siempre de orden del juez, las
tres casas de la ciudad. Los gastos de la testamentaría eran tales, que
todo de lo que se echara mano, no bastaba para sufragarlos. Las cuentas
eran bien claras y ahí estaban para que las examinasen: Don Aquiles
debía casi, casi más de lo que tenía; luego, la baja de la propiedad
raíz, el mal estado de los campos, los honorarios de ahogados y
procuradores, que sumaban un dineral, y más que esto y más que todo, el
incidente del hijo natural. Si él sabe a tiempo la cosa, aquello se
hubiera arreglado fácilmente, tapando la boca a la Pepa con un buen
rollo de billetes; pero, arrojarla violentamente a la calle, al día
siguiente de muerto el amo, vamos, había sido no mediana torpeza; es
cierto que el juez había declarado no tener derecho a la sucesión y
rechazado de plano la demanda; pero, ¡cuánto trabajo y cuántas desazones
y cuánto tiempo había costado! Luego, la Pepa no se daba por vencida, y
apelaría, y mientras venía el fallo definitivo, ¡cuánto tiempo más
perdido! Era preciso, pues, quitar este obstáculo, dar algo a aquella
mujer para que desistiera de la apelación, muy poco, una bicoca. Y
bicoca fué, que se vendieron las cédulas del Banco y aun llegó a
retirarse cierto depósito de reserva. Pablo Aquiles dejaba hacer y
Gregoria lo aprobaba todo, diciendo que más valía quedarse sin nada, que
enredados en pleitos y debiendo a cada santo una vela; pero Casilda no
se conformaba con lo que ella llamaba despojo y decidió dar el
campanazo, antes de quedarse en la calle.
Francamente, las cosas habían llegado a un extremo tal, que se
necesitaba estar ciego para no ver en lo que iban a parar. Esteven
marchaba derecho a su objeto, imperturbable; despertada su codicia con
el manejo de intereses, cuya tercera parte le correspondía, parecióle
poco esto y quiso apoderarse de todo: muchas noches pasó en vela, con la
visión de aquella fortuna que tenía en sus manos, y que estaba obligado
a repartir; tonto sería él si desperdiciaba la ocasión de enriquecerse,
de realizar su sueño dorado, tan a poca costa. Hábilmente trazó su plan,
contando con la debilidad de Pablo Aquiles y la pasividad de Casilda, y
si no con la complicidad, por lo menos con la aquiescencia absoluta de
su mujer; el resultado fué excelente. Con pretextos siempre plausibles,
que él fundaba en elocuentes párrafos, porque poseía el pico de oro de
los sinvergüenzas para engañar a los incautos, iba desmenuzando la
herencia y recogiendo glotonamente los pedazos en su bolsa, cuya boca no
se cerraba sino para volverse a abrir y devorar con más apetito que
antes. Las casas desaparecieron así, se evaporaron como tocadas por
varita mágica, y lo propio aconteció con la quinta en Quilmes; respetó
la _estancia_ cierto tiempo, pero ya en la pendiente, no había más que
rodar al fondo: la _estancia_ se vendió y luego lo que pudo o mejor
dicho lo que quiso, porque nadie le ponía cortapisas. Era un vampiro,
siempre insaciable. Quería resarcirse ampliamente de su pasada miseria,
abasteciendo su granero, de modo que no le faltara trigo si el mal
tiempo llegaba.
Pero había un ojo que seguía sus maniobras, alguien que adivinaba sus
cábalas: Casilda. Resuelta a hablar, y a hablar fuerte, una tarde que se
hallaban todos reunidos en la habitación de Pilar, rodeando el sillón en
que descansaba la enferma, abordó el tema de la testamentaría,
quejándose de sus demoras y de aquella furia de vender que les había
entrado; lanzó dos o tres saetazos dirigidos a Esteven con tanto
acierto, que saltó el hombre descompuesto y con muy malos modos dijo que
él no hacía sino lo que mandaba el juez, y que la culpa se la tenía él
en haberse hecho cargo de tamaño lío.
--Claro está--apoyó Gregoria,--sólo que a esta cabeza dura nadie la
convence que para hacer las particiones, hay que vender...
Casilda, con mucha calma, preguntó:
--¿Me quiere decir mi señor cuñado, qué se ha hecho del producto de las
ventas?
--Pues... el juez se lo dirá a usted y los acreedores de la
testamentaría.
Levantó la voz, gritando que aquello ya le aburría, que tales preguntas
denotaban desconfianza, que ahí estaban las firmas de todos autorizando
la venta de las propiedades, ejecutada de orden del juez; en suma, que
si tenía tanto apuro en recibir su parte, la comunicaba que esto no
podía ser, hasta que no se vendiera la casa en que vivían.
--¡También ésta!--exclamó Casilda.
--Pues la compra usted, si la tiene tanto apego.
--¡Es que no podré, porque no ha de dejarme usted lo suficiente!
Sí, se lo decía cara a cara, bien claro para que lo entendiera; ella no
sabía jota de códigos ni de la práctica de tribunales: se daba por
convencida de que había que vender todo, todo, aunque esto le parecía un
despropósito que no podía mandar la ley, pero no de un modo irrisorio, a
bajo precio; se daba por convencida que había mucho que pagar y era
forzoso sacar el dinero de alguna parte, mas, ¿por qué se eternizaba un
asunto tan sencillo? ¿qué deudas eran ésas? ¿qué cuentas eran ésas? Allí
no había más cuentas que las del Gran Capitán y una persona sin
conciencia, que quería enriquecerse a costa de los herederos.
--Esto no lo puedo yo tolerar--exclamó Bernardino, fuera de sí.
Gregoria se dirigió a su hermana, increpándola; Pablo Aquiles, que
servía una taza de tisana a la enferma y no había querido hasta entonces
tomar parte en la disputa, se vió precisado a intervenir, porque la cosa
tomaba mal aspecto. Los improperios se cruzaban de parte a parte, y
entre las voces enardecidas, oíase la de Casilda, que chillaba:
--¡Sí, señor, lo dicho, dicho!
Pilar se cubrió la cara con su pañuelo.
--¡Mala lengua!--decía Gregoria.
--¿Quién había de creer esto de usted?--exclamaba con dramático acento
Esteven.
--Esto es una vergüenza--decía Pablo.
Y entonces, dominando el tumulto, se alzó de nuevo la voz de Casilda,
para arrojar a la cara de su cuñado esta palabra:
--¡Ladrón!
Si a Pilar no se le ocurre desmayarse, se pegan.
--Hay que salir de aquí--gritó Bernardino, como un energúmeno.
--Ya debía haberlo usted hecho--contestó Casilda.
Gregoria, demudada, metiendo las manos por los ojos de la hermana,
exclamó:
--¡Nos iremos, sí, y no hemos de vernos jamás, jamás y jamás!
A los pocos días, Esteven y su familia se mudaban; Casilda vió a su
hermana guardar alhajas que habían pertenecido a su madre, cubiertos de
plata y muchos objetos de uso de la familia y llevarse muebles,
suficientes para llenar tres carros hasta el tope, pero no chistó. Desde
el día de la disputa no se hablaban, mirándose entre ojos, como enemigas
a muerte, y cuando salió Gregoria de la casa, la cabeza muy levantada,
ni se despidió de ella ni de Pablo Aquiles, a quien llamaba mandria,
echándole la culpa de todo.
--Si es la que mató a nuestro padre, ¿qué entrañas ha de tener?--dijo
Casilda llorando.
Triste quedó el caserón, después del rompimiento. Pilar empeoró,
sacudidos sus nervios por tanto suceso desagradable, herida en el
corazón por el desvío de su hermano, que así la abandonaba en sus
últimos días; en cuanto a Casilda, bondadosa siempre, lamentó el cisma
de la familia, que ella misma provocara, aunque sin quererlo. ¿Qué culpa
tenía ella, si Esteven era un mal hombre y la puso en el disparadero de
decirle cuatro verdades? Pero Gregoria, su hermana mayor, criada y
educada a su lado, copartícipe siempre de sus penas y placeres... ¿era
posible que pudiera conducirse así? Casilda no podía consolarse. Tuvo al
principio la idea de buscar un abogado y presentarse al juez demandando
a Esteven, y aun llegó a hablar de esto a Pablo Aquiles, que no sabía ni
lo que hacía ni lo que le pasaba, pero desistió, temerosa del escándalo
y entristecida con lo ocurrido. Está bien; que se llevaran todo, que
dilapidaran la herencia o la guardaran para sí, en detrimento de ella
misma y de su hermano, pero que no le hablaran más del asunto, porque le
daba dolor y vergüenza. Habíale entrado un descorazonamiento tal, que
no salía, llorando a solas en su cuarto, cuando el cuidado de la enferma
no la ocupaba.
Pilar murió un mes más tarde; su vida se apagó dulcemente en brazos de
Pablo y de Casilda, después de besar al pequeño Aquiles, o Quilito, como
ella le decía. Ni Bernardino ni Gregoria asistieron a sus últimos
momentos, aunque se les mandó recado de su gravedad; ni se mostraron en
el entierro ni en los funerales, probando con esta actitud su propósito
de no verse más, de romper para siempre toda relación.
Golpes fueron éstos, que acabaron de anonadar a Pablo Aquiles. Un
abogado vino a verle un día, de parte de Esteven, para que firmara
ciertos documentos que eran indispensables para la terminación de la
testamentaría, y él firmó y firmó también Casilda, al pie del nombre de
Gregoria, estampado el suyo con segura mano; deseosos ambos de concluir
de una vez, sin protesta, porque no tenían ya fuerza para seguir la
lucha. Cuando aparecieron en la ruinosa fachada de la casa paterna los
cartelones anunciando, en letra muy gorda, la subasta, Pablo Aquiles y
Casilda comprendieron que había que marcharse; buscaron una casa pequeña
y modesta, recogieron lo poco que quiso dejarles Gregoria, y salieron
ambos del hogar de sus padres, como tristes desterrados.
La visita de Bernardino Esteven es digna de ser contada. Se presentó en
la nueva casa correctamente vestido de negro, serio y grave, con un
rollo de papeles en la mano; Casilda no quería recibirle, pero Pablo,
más conciliador, le hizo pasar a la sala y allí, inclinándose con
afectación de académico, declaró que iba a rendir cuentas del albaceazgo
y a entregar lo que en la partición había correspondido a los herederos,
después de pagar deudas y honorarios, para lo cual había habido
necesidad de vender las propiedades, como lo sabían muy bien. Hablaba
con voz campanuda, muy despacio, sin mirar a Pablo Aquiles, mudo delante
de él. Vino Casilda, y con aire digno se sentó, sin saludar a su cuñado.
Entonces desenrolló éste el paquete que traía y puso delante de los ojos
de ambos muchos garabatos y números, que él descifraba con negligencia;
luego sacó de su cartera un mazo de billetes, que contó: veinte mil
pesos, diez mil para cada uno y diez mil que había recibido Gregoria;
él, a pesar de sus trabajos en la testamentaría, del derecho que le
asignaba la ley, renunciaba generosamente al cobro de sus haberes.
¿Querían conservar las cuentas para examinarlas despacio? Maquinalmente,
Pablo Aquiles y Casilda dijeron con la cabeza que no. Firmado el
correspondiente recibo, Esteven recogió sus papeles y sin añadir
palabra, salió como había entrado. ¿Quién reconocería en aquel personaje
tan finchado, al tenedorcillo de libros de marras?
--¿Te convences ahora?--dijo Casilda mirando tristemente los billetes
dejados sobre la consola.
Pablo Aquiles bajó la cabeza y suspiró.
Y él, que nunca había servido para nada, se vió obligado a buscar un
empleo fácil, para ayuda de gastos. ¡Qué disgustos pasó antes de
lograrlo! Con su pequeño sueldo y la escasa renta que les habían dejado,
no le faltaría pan a su hijo. En medio de todas sus desdichas, sólo le
quedó una ilusión y una esperanza: Quilito.
Tales son los antecedentes que he conseguido reunir, acerca de las
familias de Vargas y Esteven.
III
Agapo no era, así como así, un tipo cualquiera, sino, un _atorrante_ de
raza, que había seguido la carrera por sus pasos contados, y conquistado
el título a fuerza de contracción y desvelo, favorecido, es verdad, por
su vocación a tan honroso oficio y sus excepcionales facultades.
Matriculado, cuando niño, en una banda de pilluelos de barrio, sin el
freno de la autoridad paterna, porque no tenía padres y no hacía caso de
sus hermanos, libre como un pájaro y celoso de su independencia; con el
sucio pantalón doblado sobre la rodilla y la camisa desteñida asomando
por los fondillos, un sombrero agujereado sobre la rubia cabeza,
recorría las calles de su parroquia, entretenido en jugar a los cobres
en la acera, darse de mojicones con los compañeros y decir desvergüenzas
a las señoras; no había bautizo en que él no tomara parte, esperando a
la comitiva en el atrio de la iglesia para llamar _pelao_ al padrino, ni
escándalo callejero en que no estuviera, como espectador de primera
fila. Parecióle muy pronto estrecho el campo de sus operaciones y
extendió su radio hasta el _Bajo_; allí entre las _toscas_ y bajo los
sauces, se daban batallas a pedradas y rara era la vez que no sacaba
alguno de la banda soberbia magulladura. Como el dinero escaseaba en
casa y cada vez que se presentaba Agapo, era recibido con una lección de
solfeo, no se atrevía él a ir y pasaba los días vagando, comiendo
naranjas o un pedazo de pan duro, mojado en el cocido de alguna
lavandera caritativa; a veces, por ganar algo, hacía _changas_ en el
muelle, llevando la maleta de algún viajero o vendía periódicos y
fósforos, pero, decididamente, no servía él para el trabajo; un día le
llevaron a la comisaría por desorden, y ya aprendió el camino, de tal
modo, que rara era la noche que no dormía en duro banco, en compañía de
borrachos y ladrones. Se familiarizó con su jerga, adquirió amistades
vergonzosas, aprendió a beber y a jugar, pero no cayó nunca en el vicio
del robo; en medio de la crápula, supo mantenerse honrado, porque él no
era malo, sino haragán.
Sus largas ausencias no preocupaban a nadie; eran eclipses parciales, en
que desaparecía por encanto y reaparecía por milagro, más sucio, más
andrajoso y más hambriento que antes. El cambio de fortuna de sus
hermanos, no varió su situación; le recibían ellos de tan mala manera,
le llamaban con motes tan injuriosos, que Agapo evitaba verles; y luego,
¿para qué? para recibir consejos, en vez de cuartos. Que abandonara esa
vida de vagancia, que se hiciera hombre de provecho, que trabajara...
¡Trabajar Agapo! ¡si apenas podía llevar su alma a cuestas! sus brazos
colgaban lánguidos de los hombros, sus piernas se negaban a sostenerle
mucho rato y hasta su pensamiento era tardo y perezoso, como obrero
holgazán que ama el descanso. Su delicia era tenderse al sol sobre un
banco, o bajo un sauce en la ribera, según la estación, y dormir a
pierna suelta, sin cuidados, con un sueño de ángel o de niño; y también,
sentarse en un portal de calle muy concurrida y ver pasar la gente
afanosa tras el pan de cada día, mientras él, libre de preocupaciones,
sonreía filosóficamente. ¡Trabajar Agapo! ¡si no vale la pena! ¡mucho
sudar, mucho sufrir; el hombre, como bestia de carga, dando vueltas, de
sol a sol, a la rueda de la fortuna, para recibir el esquinazo, en
premio de sus fatigas! más vale estarse con el pico abierto, para que en
él caiga el maná del cielo, y manos quietas; dejar que los demás cuiden
del árbol y comer nosotros su fruto sazonado.
Hasta Agapo no habían llegado aún esas ideas de socialismo, anarquismo y
nihilismo que corren por ahí, haciendo temblar las carnes de todo el que
tiene algo que perder, pero él poseía su credo, que era éste: vivir a
costa del prójimo, pedir al vecino lo que falte en casa y no trabajar
sino en provecho propio, dando quehacer a las mandíbulas; que, al fin y
al cabo, todos somos iguales: el estómago del rico, no se diferencia del
pobre, y no es justo que mientras aquél engulle y se regala, sean para
éste todos los días de cuaresma.
Por lo demás, estaba él orgulloso de su categoría de atorrante: no tenía
casa y no pagaba alquileres; no tenía criados y no le robaban y
vendían; no tenía suegra, ni mujer, ni hijos, que le quemaran la sangre;
ni negocios, que le preocuparan; ni amigos, que le engañaran; sobre él
no pesaban impuestos ni carga alguna. Se consideraba feliz, y lo era en
efecto: no ambicionaba nada y nada temía del día siguiente; envuelto en
sus guiñapos, paseaba por los sitios públicos y gozaba del sol, como el
que iba arrastrado en carretela; dormía donde le cogía el sueño, tan
ricamente como sobre un colchón de plumas; comía cuando tenía hambre y
no le faltaban buenos platos de casa grande, y en lo tocante a vicios
menudos, llevaba en el bolsillo de su raída chaqueta provisión abundante
de colillas de cigarro. Era gran maestro en el arte de _pechar_ o dar
sablazos, y lo hacía con tal comedimiento, que pocas veces quedaba
desairado.
El alud de las revoluciones pasó sobre él y le arrastró como hoja seca,
pero, restablecida la calma, aparecía Agapo, de nuevo, sobre la
superficie, como cuerpo boyante; sus peregrinaciones, ya voluntarias, ya
forzadas, le llevaron por toda la República y aun fuera de ella, pero su
cuartel general era Buenos Aires, y a la capital volvía, como bestia
extraviada a la querencia. Frisaba en los cuarenta años y parecía tener
sesenta, con su barba gris de patriarca, la melena casi blanca y las
arrugas de su frente de pensador: diríase un hombre combatido por las
adversidades, un inválido del trabajo, un paria de la suerte, todo menos
el prototipo del holgazán.
Era digno, a su manera. Aunque no pudiera tachársele de delito alguno,
porque no era ladrón, ni capaz de hacer mal a nadie, ocultaba su
apellido y pocos eran los que sabían que pertenecía a la opulenta
familia de Esteven. No quería él que se supiera el cercano parentesco de
Agapo el atorrante con el rico bolsista don Bernardino, por vergüenza de
su propia situación; conservaba hondo rencor contra su hermano, a quien
acusaba de haberle abandonado y hasta empujado al vicio para librarse de
él, y no le socorría como debiera, ahora que era dueño de cuantiosa
fortuna. Sabedor de los enredos de la testamentaría de Vargas, y del
profundo cisma de ambas familias, solía él decir con maligna intención,
en el seno de la confianza, que quién sabe cuál de los dos, si el
millonario don Bernardino o Agapo el atorrante, mantenía más honrado el
apellido.
A casa de los Esteven iba contadas veces. Le imponía tanta
magnificencia: la escalera toda de mármol, con dos leonazos melenudos al
pie, a derecha e izquierda, las fauces abiertas, como si quisieran
tragarse al incauto visitante; en el primer descanso, plantas exóticas;
arriba, una vidriera de colores, y cuando la puerta se abría, veíase
lujoso recibimiento, con estatuas y cuadros. No conocía Agapo lo demás,
porque nunca le habían dejado pasar de allí, pues podía manchar las
alfombras con sus patas embarradas o ensuciar la seda de los muebles con
sus ropas grasientas; se sentaba humildemente en la escalera, después de
tocar el timbre. El criado salía, le miraba de pies a cabeza y
desaparecía, cerrando la puerta. Pasaba largo rato; se oía el manoteo
del piano en la sala; Agapo pensaba que serían sus sobrinas, Susana y
Angela. La puerta volvía a abrirse y el criado entregaba un billete al
atorrante, con este recado:
--Dice el señor que no venga usted con tanta frecuencia.
--Si no he vuelto desde el mes pasado... pero diga usted al señor que no
le incomodaré más.
Y se iba, colérico, jurando no volver... y volvía, reflexionando que era
fuerte cosa que mientras su familia estaba _podrida en plata_, no
tuviera él ni para cigarros. En estas visitas solía ver, por la puerta
entreabierta del recibimiento, a su cuñada Gregoria, con su aire
orgulloso y muy compuesta siempre, a pesar de sus canas y su obesidad;
un día tropezó en la escalera con Jacintito, que bajaba los escalones de
dos en dos, silbando, de habano y bastón, y no le miró, porque le
chocaba mucho este mequetrefe, que jugaba en la Bolsa y tiraba el
dinero, que no sabía ganar. Mostrábase, sí, muy satisfecho cuando
lograba ver a las dos muchachas, tan lindas y frescas como dos
pimpollos; ellas pasaban a su lado, plegando las faldas vaporosas de
miedo de mancharlas y haciendo un gestito de desagrado con la boca
encantadora. En cuanto a su hermano, nunca le vió y si llegaba a
columbrarle en la calle, escabullíase avergonzado.
Pero donde él iba con gusto, era a casa de los Vargas, calle Moreno, si
no todos los días, porque era él muy comedido, por lo menos tres veces
en la semana. Pampa le recibía poco menos que a escobazos, diciéndole
que la señora no estaba, que se marchara, pues no había nada para él.
--Esperaré, muchacha; no tengo prisa.
Y se sentaba en el umbral de la puerta del comedor, viendo barrer el
patio a la india, admirando la limpieza y el orden que allí reinaban,
mucho más agradables que el lujo y la farsa de Esteven; el pequeño
jardín daba gloria verle, tan verdecito y tan cuidado.
--¡Hola! ya estás aquí--decía en esto la voz simpática de misia Casilda.
Y aparecía la señora con un plumero en la mano, muy sofocada por el
trajín de la casa, amable y sonriente. Agapo se descubría, como ante una
imagen, y entraba en el comedor y se sentaba, sí, señor, se sentaba en
una silla de rejilla, porque allí no temían que lo manchara todo con su
contacto; en la alacena no faltaba el trozo de carne fría guardado para
él, o el platito de arroz con leche o el resto de _carbonada_, que la
señora calentaba por sus manos en la maquinilla de alcohol. Y luego, era
una de charlar de todo, al compás de la escoba de Pampa...
Al día siguiente de aquella noche del 25 de Mayo, en que don Pablo
Aquiles vió cosas que le suspendieron y preocuparon hasta el punto de
interrumpir su paseo de digestión, Agapo se presentó en la casa, pasadas
las doce, siendo recibido con el ceremonial de estilo.
--Señora no estando--dijo Pampa cerrándole el paso y esgrimiendo el
doméstico cetro.
--¿Y el _patrón_?
--En el Ministerio.
--¿Y el niño?
--En la Bolsa.
--¡Esperaré!
--Déjale pasar--dijo misia Casilda desde adentro.
El atorrante entró en el comedor; iba menos rotoso y sucio que de
costumbre, porque para esta visita hacíase esmerada _toilette_, en lo
que cabe.
--¿Ha visto usted la inquina que tiene la india conmigo?--exclamó Agapo,
sentándose en el borde de una silla, a la vez que echaba hambrienta
mirada a la alacena.
La señora tenía dos ruedecitas de patata sobre las sienes, y con su
semblante fatigado mostraba a las claras padecer fuerte neuralgia.
--Tengo un dolor de cabeza...--dijo ella, llevando una mano a la frente.
Fué a la alacena, sacó un plato en que se veían restos de los hojaldres
desdeñados por el niño la noche antes, y lo puso delante de Agapo,
quien, dejando finezas a un lado, empezó a devorar glotonamente.
--¿No estás borracho?--preguntó la señora, mirándole a la cara.
--¡Oh! no--protestó el atorrante.
--Pablo Aquiles te encontró ayer en un estado deplorable.
--Era día de la patria... y había que festejarlo.
--¡Jesús! ¡qué vicio más feo! mira, si se te ocurre presentarte aquí de
esa manera, te haré dar cuatro escobazos por Pampa y llamaré al
vigilante.
Agapo seguía comiendo, sin hacer mayor caso de la amenaza. Cuando quedó
el plato limpio, cual si lo hubieran lamido los perros, se pasó la mano
por la boca, restregó los dedos sobre el pantalón, y mirando con ojos
tiernos a la señora, sentada al otro extremo de la mesa, exclamó:
--¡Ay, señora! ¡yo merezco más lástima que castigo! A buen corazón no me
gana nadie, y si no fuera la fatalidad y mi hermano...
--Eso sí--saltó misia Casilda,--siempre he dicho yo que eres lo
mejorcito de esa familia; sólo que te dió por no querer trabajar... ¡y
ahí tienes!
Agapo se encogió de hombros. No, señor, no era por eso; él quería
trabajar, pero no encontraba en qué: buscó un empleo mucho tiempo y no
quisieron dársele y ahora andaba tras de una concesioncita de
ferrocarril, sin resultado; había visitado a senadores y diputados y
hasta a cierto ministro, que tenía fama de dejarse untar la mano...
--Pero, ¿qué van a darte con esa facha?--dijo riendo la señora.
Ahí está; si él fuera vestido, de levita, y hablara en extranjero o
siquiera en provinciano, lo conseguiría al momento, sin más capital que
mucha labia y poca vergüenza. Negocio más lucrativo no se ha visto: le
dan a usted la concesión, usted la vende al momento y se hace rico, o
poco menos. Y el ferrocarril se construye o no; generalmente, no se
construye... ¡Cuántas cosas podría hacer valiéndose de la influencia de
su hermano! Hoy, para medrar, no hay más que meterse con el Gobierno...
o en la Bolsa: un compañero suyo, que dormía en los bancos de las plazas
y en los caños abandonados, se había metido no se sabe cómo en un
negoción de tierras, y se ganó lo que quiso, convirtiéndose en un
personaje que arrastra coche...
--Aquí tenemos lo de Quilito--observó misia Casilda,--esas fortunas
improvisadas me hacen a mí el efecto de casa sin cimientos; deja que
sople el aire y verás dónde van a parar. Mejor sería que tuvieran más
cabeza, pues esto se va poniendo muy malo: esta mañana el casero nos
mandó aviso que para el mes que viene subirá el alquiler, y siempre con
el mismo pretextito: el oro; ¿qué culpa tenemos nosotros de que se vaya
a las nubes?
--¡Y lo que vendrá!--dijo Agapo en tono profético, acariciando sus
barbazas.
--Tengo un dolor de cabeza...--volvió a decir misia Casilda.
--Algún disgusto, ¿no es verdad?
--Sí, ese atolondrado de Quilito tiene la culpa. La noche antes había
llegado don Pablo Aquiles de mal talante, porque se encontró al niño en
la puerta de Colón, detrás de las de Esteven, lo que vino a corroborar
sus sospechas de que _festejaba_ a una de ellas; ya se lo habían dicho
no sé en qué parte, y la idea de que fuese cierto y que los otros
pudieran creer que ellos autorizaban semejante cosa, les tenía
disgustadísimos. Decidieron sondar al muchacho, y cuando bajó a
almorzar, le espetaron la preguntita.
¿Crees tú que negó? ¡qué esperanzas! es muy deslavado y tiene una manera
de contestar al padre... Que sí, que Susana le gusta mucho, y que si
puede que ya lo creo que se casará con ella, pero que _todavía_, no hay
nada serio... ¡Todavía! ¡vaya un consuelo! Entonces, yo tomé la cosa por
mi cuenta y le dije las del barquero.
Eso es, muy bien; ¿le parecía decente poner los ojos en una niña, cuya
familia era enemiga mortal de la suya propia? ¿no había en Buenos Aires
ninguna otra más que ella, tan buena o mejor? ¿no temía que la gente esa
dijera que iba por su dinero y que su padre y su tía estaban mezclados
en el negocio? Y luego, ¿qué significaba eso de casarse un mocoso, que
no sabe dónde tiene las narices? ¿con qué contaba para el casorio?
¿tenía siquiera su carrera concluída? Estos muchachos de ahora son de
una impavidez extraordinaria; todo se lo llevan por delante, y creen a
pies juntillos en la engañifa aquella de «querer es poder»; así, no son
pocos los desengaños.
En fin, que me despaché a mi gusto, y como golpe final, le hice esta
pregunta: Pero, ¿has hablado con la niña.--No.--¿Y entonces?--Ella me
mira, y con esto basta.--¡Inocente! ¡te fías de los ojos, cuando las
promesas de la lengua no se cumplen! si todas las mujeres bonitas miran
y remiran, porque buscan el homenaje de los hombres y quieren ver el
efecto que su hermosura, su tocado o sus alhajas producen. Entonces él,
retorciendo su bigotillo, dijo con petulancia:--Hay modos de mirar,
tía... y yo me entiendo.--¿Habráse visto botarate? ¡Un chico que no
levanta media vara del suelo! Quedaba el gran argumento y se lo largué:
Mira, Quilito, que se te quiten tales disparates de la cabeza: el señor
don Bernardino Esteven nunca consentirá en ese casamiento. Lo aplasté.
Pero él se irguió, y en tono de amargo reproche, replicó:--Seré muy
desgraciado entonces, pero la causa de mi desgracia serán ustedes, con
su terquedad ridícula y su odio injustificado.--¿Qué te parece? mira que
Pablo Aquiles tiene una paciencia de santo, pero al oír aquello no se
pudo contener, y eso que le aguanta cosas al muchacho, que parece
mentira. Total, que Quilito subió a su cuarto muy enfadado, Pablo se fué
a la oficina de mal humor, y yo quedé con jaqueca. ¡Qué muchacho, Señor!
--Eso me lo sabía yo de corrido--dijo Agapo,--¡las veces que le he visto
en la calle Florida detrás de ella! y una tarde, al salir de casa de mi
señor hermano, tropecé en la acera con Quilito, y cuando doblaba la
esquina vi a Susana en el balcón... Que ellos se entienden, no hay duda.
--Si esto es una fatalidad--exclamó misia Casilda, va a ser un semillero
de disgustos para nosotros.
Lo que Agapo no se atrevía a decir, es que él era el protector de
aquellos amores contrariados, el correo de gabinete entre los dos
tórtolos; su buen corazón no había podido resistir al ruego de
Quilito... y a la propina de dos pesos por carta, enternecido ante la
desgracia que separaba a sus sobrinos más simpáticos y que más quería.
Esto le obligaba a ir con alguna más frecuencia a casa de don
Bernardino, y a valerse de estratagemas para comunicar con la muchacha;
pero todo lo hacía con gusto... y con provecho. Seguramente que si misia
Casilda sabe que en la ocasión en que ella tanto se lamentaba de la
ocurrencia, era portador Agapo de una carta traidora, que había de
encender más la hoguera sobre la cual ella, por amor propio y amor de su
sobrino, trataba de echar el agua fría de la reflexión, no hubiera sido
flojo el escándalo. Pero él se guardaba bien de descubrirse... si no,
¡adiós platitos de arroz con leche! la escoba de Pampa y el vigilante...
El sol entraba en el comedor, tan alegre, que parecía de primavera; a su
grato calorcito, el morrongo de la casa, espatarrado, exponía su vientre
de terciopelo. Afuera, cantaba Catalina la genovesa un aire de su país,
con acompañamiento de platos y cacerolas.
--¿Está Quilito?--preguntó Agapo tímidamente.
--Debe estar en su cuarto--contestó la señora.
¡Había subido más enfurruñado! dando portazos y diciendo que iba a hacer
y acontecer, con las palabritas escogidas de uso diario. Todo se le
podía perdonar, menos aquel capricho desatinado de enamorar a la hija de
Gregoria, que le despreciaba hasta el punto de no haberle jamás dirigido
la palabra, como que le dejó en mantillas... y hasta la fecha. Pero él
no entendía de razones. Era un muchacha que no tenía pies ni cabeza.
--¿Sabes a qué hora llegó anoche?... hoy, mejor dicho: ¡a las tres y
treinta y cinco!
Hacía muy poco que habían dado las tres y media, cuando ella, metida
entre sábanas, oyó abrir la puerta de calle, con cautela de malhechor, y
pasos apagados en el patio: era el niño que entraba. ¡A las tres y
treinta y cinco de la mañana!
--Si todos hacen lo mismo, señora--se atrevió a decir Agapo.
--Ese es el razonamiento de Pablo; pues yo digo que si todos hacen lo
mismo, no sé qué juventud es la de ahora; ¡siquiera estuvieran de visita
en casas honestas! pero, no, señor, no tienen sociedad ninguna; que se
pongan en rueda de señoras y no hay quien les saque una palabra del
cuerpo. Quilito se esconde apenas ve gente en casa, y cuando le
reprendo, me contesta que él no está para perder su tiempo con
vejestorios. Lo que a aquel chiquillo hacía falta, era un padre como don
Aquiles, su abuelo, que le arreglara a ordenanza; el látigo es un
remedio excelente: con esto y rienda tirante, no hay hijo indócil ni
descarriado.
--Más se consigue con el cariño, que con los azotes--dijo Agapo
acordándose de los sopapos y tundas de su niñez.
--Pues éste no echará de menos los mimos...
Se oyó sonar la escalera del patinillo.
--Aquí le tenemos--murmuró misia Casilda poniéndose muy seria.
Quilito entró, con un cigarro en la boca.
--¡Hola! ¡tanto bueno por acá!
Tiróle de las barbas a Agapo, y mientras le presentaba su cigarrera de
níquel, le deslizó hábilmente en el oído esta pregunta:
--¿Hay algo?
El atorrante dijo que sí, moviendo la cabeza, muy risueño, a la vez que
se apresuraba a desocupar la cigarrera.
--¿Vienes, Agapo?--dijo el joven.--Me voy a la Bolsa y tengo prisa.
Y mientras el otro se levantaba, la señora, silenciosa hasta entonces,
llamó aparte a Quilito; en un rincón, pasando la mano por el cuello de
su gabán para quitarle las hilachas que siempre se dejaba, le dijo
bajito que no le parecía bien saliera en compañía de aquel hombre; ¿qué
dirían los que le vieran?
--¿No es mi tío?--dijo él con afectada seriedad.
Eso, felizmente, nadie lo sabía; bueno era protegerle en su desgracia,
pero no mostrarse con él.
--Si no voy a ir por la calle Florida, tiíta Silda, es para darle
algo... y no quiero hacerlo delante de usted por no avergonzarle... En
la esquina le despacho.
--Eso es otra cosa.
Y levantando la voz, añadió:
--¡Que les vaya bien!
Salieron ambos, y ya en la acera, a pocos pasos de la puerta, el joven,
ansiosamente, pidió la carta, que le entregó Agapo con precaución,
contando las fatigas que le había costado conseguirla. El criado de
Esteven era muy bruto, y se permitía ofrecerle puntapiés cada vez que le
veía; luego, como misia Gregoria estaba con frecuencia en la pieza que
da al recibimiento, no era posible hablar a Susana, sin que ella lo
_pispara_. Generalmente, la muchacha abría la puerta de la sala y por la
rendija echaba la carta; pero aquel día hasta este recurso faltó, porque
estando sin cerrar la vidriera de colores, a causa de la limpieza, del
recibimiento se veía todo lo que pasaba en la escalera; hubo que
esperar la hora de Palermo. Al salir ellas al paseo, recogió en el
zaguán la carta de manos de la santita, en las mismas narices de la
oronda misia Gregoria y de Angela, sin que ninguna se enterara. ¿Qué
tal? Quilito no le escuchaba: había rasgado el sobre y leía; con el afán
de un sediento ante un vaso de agua, saboreaba la miel de la fraseología
de su prima, temblándole las manos de emoción.
--¡Ca... ramba!--exclamó echando un terno,--¡maldita suerte la mía! ¿he
de estar condenado a vivir siempre separado de ella?
Con gesto de mal humor, dió los dos pesos de la tía a Agapo,
recomendándole que no fuera a emborracharse, y allí mismo le dejó
plantado, siguiendo la calle de Moreno a buen paso. La verdad es que
tenía por qué quejarse de su estrella. El abismo que separaba a las dos
familias era tan hondo, que no había medio de salvarle: en la escena del
almuerzo pudo comprobarlo; no, ni su padre, tan condescendiente siempre,
ni la bondadosa tiíta Silda se prestarían jamás a una reconciliación, y
por el lado de los otros, ya se lo había dicho Jacintito con mucha
frescura: la tía Goya decía que si se atrevía a poner los pies en su
casa, le echaría de escaleras abajo. Pero, ¿qué culpa tenían Susana y él
si hubo o dejó de haber en la malhadada testamentaría del abuelo?
¡Renunciar a Susana! nunca, aunque en ello se empeñaran el cielo y la
tierra juntos. Se amaban hacía tiempo, de lejos, porque las chicas no
iban a bailes y no había medio de hablarse, y se decían muchas cosas con
los ojos cuando se veían, que las cartitas traducían luego en períodos
almibarados. La fatalidad había levantado infranqueable barrera entre
ellos; pero el joven, caprichoso de suyo y testarudo, con la agravante
de _encamotado_, tenía hecho el juramento de vencer todos los
obstáculos, y conseguir la mano de la muchacha: ítem más, la
reconciliación de las dos familias. ¡Qué final de melodrama más hermoso;
una boda y pelillos a la mar, o canje de abrazos fraternales entre los
que han andado durante toda la obra tirándose los trastos a la cabeza!
Por eso quería hacerse rico de prisa, para tener algo que ofrecer a la
novia y con qué amansar a los padres: la lotería, la Bolsa y la timba de
clubs y cafés, todo lo ponía a contribución; hasta entonces su estrella
seguía nublada, pero el gran día llegaría... porque forzosamente tenía
que llegar.
Entretanto, ¿a dónde iba? Por la tarde debía encontrarse en Palermo:
_ella_ estaría. Y aquí cumple confesar otro de los inconvenientes en que
el pobre muchacho tropezaba, un síntoma más de la vida artificial, que
su mala educación y las pretendidas exigencias sociales le obligaban a
llevar. Para ir a Palermo, se necesita coche de lujo y para hacer la
corte a una muchacha _high-life_ concurrir a teatros y a bailes; Quilito
era pobre, pero él iba en coche de lujo y se mostraba en palco todas las
noches. ¿Cómo hacía semejante milagro? Digamos la verdad: a costa de sus
amigos ricos; era un gorrón y nada más, dicho sea sin ofenderle.
Pegajoso con aquellos de quienes podía sacar algo, sabía llegar a la
casa en el momento en que iban a sentarse a la mesa, cansado de los
guisotes de Catalina y los platos criollos de la tía Silda; cuando iban
al teatro, cuando iban al paseo: era un lebrel a caza de invitaciones.
En todas partes estaba, y siempre de _arriba_. Así podía darse ese
barniz de rico, que engañaba a los más y hacía sonreir desdeñosamente a
los _paganos_ y sabedores del secreto, pero que bastaba para la
satisfacción de sus gustos y de sus propósitos, desde que la suerte le
había colocado en posición inferior a la que él tenía derecho a ocupar,
y la sociedad, no su presunción, le exigía cubrir las apariencias.
Ahora pensaba de qué amigo valerse para ir a Palermo. X*** le había
convidado la víspera a comer en el Café de París; Y***[**] le pagó el
coche y las entradas de las carreras del domingo último; Z*** le llevó a
su palco de la Opera, el lunes. De dos o tres más, había recibido en la
semana iguales o parecidos favores. Quedaba Jacinto Esteven. Con
Jacintito tenía más confianza: cierto es que la butaca de Colón se la
regaló él la noche anterior, pero era su primo y no tenía nada de
particular que ocupara la tarde siguiente su elegante faetón. En
definitiva, el chico de Esteven cargaba con los gastos de representación
de Quilito, comodidad muy grande e inapreciable para el que no tiene en
su presupuesto partida tan importante y necesaria. Quilito pasaba por el
rodrigón de su primo Jacinto, y a él acudía siempre aunque, por
delicadeza, no dejaba de hacerlo también con X***, Y*** Z*** y los demás
de su círculo. Vaya por Jacintito, pues.
Tenía éste un escritorio de comisiones en la calle Piedad, en una casa
vieja que parecía iba a derrumbarse de vergüenza al ver, a sus lados y a
su frente, edificios nuevos y lujosos, y de mostrar su fachada
desconchada y sus ventanas del año 10 en barrio tan concurrido. Era el
escritorio una pieza reducidísima, tan obscura, que había sido necesario
abrir una claraboya; las paredes cubiertas de un papel de ramos dorados,
que la humedad había deslustrado y dejaba colgar en jirones; sin más
muebles que dos mesas de patas largas, con sus bancos correspondientes,
un sofá y cuatro sillas sueltas; una mampara de pino pintado cubría la
puerta de calle, y al exterior, a ambos lados de esta puerta, se veían
dos planchas de metal, que nunca se limpiaban, con este letrero:
_Esteven y C.ª--Comisionistas_. Adentro, la atmósfera apestaba a
cigarro; el polvo blanqueaba los muebles con espesa capa, sobre la cual
el dedo de algún desocupado se había entretenido en hacer dibujos
estrafalarios, pues allí parecía no haber más plumero que los faldones
de los visitantes y la manga de los escribientes; el suelo, de madera,
estaba esmaltado de puchos, salivazos, fósforos servidos y papeles
rotos.
Cuando Quilito entró, Jacinto en el sofá leía un periódico, y encaramado
sobre un banco, escribía un joven muy rubio, casi albino, el socio, o la
compañía de que hablaba el letrero. Hijo de inglés y nacido, en el país,
seriote, reservado, un erizo a primera vista y un pedazo de pan en el
trato diario, sobre él gravitaba todo el peso de la razón social; porque
Jacintito no era sino un socio de lujo, que había aportado gran parte
del capital y su apellido conocido, sin dar palotada en lo que tenía
entre manos, pues él sólo entendía de juego y de caballos. Míster Robert
llevaba los libros, trataba con los clientes, discutía transacciones;
era el poder legislativo y ejecutivo del escritorio. El otro tenía sólo
los honores de pantalla: llegaba después de las doce, siempre
soñoliento; oía bostezando la relación que, por mera fórmula, hacía el
_inglés_, plantado en su alto sitial; recorría los periódicos, mientras
venían los amigos...
--¿A cuánto el oro?--preguntaba.
Quedábase absorto, como un gran financista abismado en sus cálculos.
--Qué le parece, míster Robert, las cédulas siguen bajando; esta es la
ocasión de dar el golpe.
El inglés protestaba de estas especulaciones bursátiles; a pesar de la
angustia que invadía poco a poco la plaza, la casa parecía marchar con
desembarazo, sabiamente guiada por tan prudente piloto.
--La mejor jugada es no jugar--contestaba.
No insistía porque, al fin y al cabo, Jacinto iba a la Bolsa de su
cuenta y riesgo, y tenían además las espaldas bien guardadas, pues
detrás de la razón social estaba la robusta fortuna de don Bernardino.
Antes de la una, salía Jacintito para la Bolsa, después de charlar en el
escritorio con los amigos y discutir con míster Robert. Aquella sesión
de barbilampiños, en que se exponían las más peregrinas teorías
económicas, con la gravedad de padre de la patria, y se barajaban los
millones de pesos como simples naipes, ofrecía especial interés; había
empleadillo de tres al cuarto, que hablaba de hacer una operación de
muchos miles, y niño apenas destetado, que decía con arrogancia que el
Banco acababa de otorgarle fuerte suma con su sola firma; el hermano de
alguien que estaba en el candelero, pellizcándose el bozo incipiente,
brindaba su poderosa influencia, y un _rabonero_ recalcitrante, sin más
haber que las dádivas de su papá, se lamentaba de sus pérdidas en la
última liquidación. Pero el que allí predominaba, por su desfachatez y
su audacia, era Quilito; como su padre estaba empleado en un Ministerio,
y debía conocer al dedillo los secretos políticos, hacíase él sabedor de
noticias gravísimas, que iban a influir de manera formidable sobre la
plaza; ¡ya verían a dónde llegaba el oro! Se lo acababan de decir al
salir del Café de París, con el palillo todavía entre los dientes.
¿Quién? Un personaje que entra y sale en la _Rosada_, como Pedro por su
casa: tal ministro se _apretaba el gorro_, porque el que todo lo puede,
se lo había sumido hasta las orejas. O si no era algo muy feo,
descubierto en cierta repartición, o algo peor atribuído a algún
fantoche de las esferas oficiales. Los otros abrían tamaña boca. Debía
ser cierto, cuando Quilito lo decía. ¿Y si soltaba el trapo a disertar
sobre finanzas? tenía tales trazas de catedrático, que nadie chistaba.
--¿Qué noticias traes?--le preguntó Jacinto.
--¡Psh!--hizo Quilito,--lo de siempre, que esto se lo lleva el diablo.
Echóse el sombrero a la nuca, y saludó con un gesto familiar a míster
Robert.
--A quien se va a llevar el diablo es a mí--dijo Jacintito estrujando
con rabia el periódico,--¡estoy de un humor! ¡maldito sea o senhor don
Raimundo de Melo Portas e Azevedo!
--¿Te ha echado otra vez la garra?
--¿Cómo no? pero la culpa es mía. ¡No le costó poco arrancarle al
_viejo_ los cinco mil nacionales, que debía al pícaro portugués! Si uno
pudiera adivinar las oscilaciones de los valores en la Bolsa...
Jugó a la alza, cuando ésta se mostraba firme, y de repente la baja se
pronunció, sin saber cómo ni por qué, arrastrando en su caída a muchos
incautos, él entre ellos; quedó deudor de cierta suma, a pagar dentro de
las veinticuatro horas, no se atrevió a acudir al padre, esperando
resarcirse en otra jugada, y para salir del paso valióse del usurero.
Siguió adversa la suerte, y entretanto, llegó el plazo fijado por don
Raimundo; no hubo más remedio que impetrar del viejo la salvación. Le
puso una cara y le echó un sermón de fraile descalzo, pero aflojó la
_mosca_, que era lo esencial; dióle a entender, sin embargo, que aquella
sería la última vez, pues la borrasca se acercaba, y según indicios, iba
a ser muy fuerte y muy pocos los que escaparían de ella.
--¡Chocheces de viejo!--dijo Quilito con suficiencia:--si te cierra la
bolsa, acudes al Banco, que es el padre común de los fieles.
--No habrá más remedio...
Bajó la voz, porque quería contar algo que no convenía oyera el socio,
inclinado sobre el pupitre. El padre le había dicho también, que veía
con sumo disgusto, su amistad con el Varguitas de la otra banda, por la
centésima vez, y cuando en esto estaban, hizo irrupción la madre en el
despacho, y adhirió su protesta a la de don Bernardino, significando que
había observado ciertos paseos y ciertas ojeadas entre Susana y el
primito que le olían a _festejo_ descarado, lo que hizo enfurecer al
padre. Salió Jacinto en defensa del acusado y sostuvo que no había tal
delito, que no podía haberlo, porque él, compañero inseparable, y a
mucha honra, de su primo, tenía que estar enterado, como lo estaba, de
que el otro no pensaba en semejante cosa; pero, la tía Goya, sin dar su
brazo a torcer, llamó a la barra a la supuesta cómplice, y entre todos
se la sometió a minucioso interrogatorio. Susana negó de plano, y el
juicio quedó terminado con esta sentencia inapelable de don Bernardino:
--¡Ni ahora ni nunca daré mi consentimiento, en el caso desgraciado que
a un hijo mío se le ocurriera unir su nombre al de la familia que nos ha
ofendido!
--¡Nunca, nunca!--apoyó el fiscal, o sea misia Gregoria.
Y el abogado defensor, es decir, Jacintito, impugnó la sentencia,
declarándola improcedente, porque no había motivo para dictarla, e
inicua, porque era la sanción de odios que los años debían haber
apagado. En cuanto a la amistad del primo, demostró el propósito de
perseverar en ella... porque no le quitaba a él ningún pedazo, ni le
haría perder casamiento, como aseguraba su madre.
--Tenía los cinco mil en el bolsillo--concluyó Jacinto,--y bien podía
desahogarme; si todo esto les digo antes, de seguro no me los dan.
Quilito, muy contrariado, replicó:
--Sobre el mismo tema me han regalado hoy una sonata destemplada en
casa. ¿Quién será el inventor de esa _zoncera_? Ni yo miro a tu hermana,
ni ella a mí. Además, ninguno de nosotros tiene nada que ver en que
ellos anden como el perro y el gato.
Cambiando de conversación, preguntó:
--¿Vas a Palermo?
--Sí, iremos; a las cuatro viene el faetón.
--Bueno; ya que te empeñas...
Abrióse la mampara y entró un hombre, que parecía una figura de cromo:
muy encendido el color, el bigote afeitado, la nariz encorvada, los ojos
pequeños y penetrantes, con un levitón color de café y una chistera
tornasol; era el muy respetable señor don Raimundo de Melo Portas e
Azevedo, de estado casado, de nacionalidad portugués y de profesión
usurero, el ángel protector de empleados impagos y pensionistas
atrasados, el agente de funeraria de toda quiebra, el cuervo voraz de
toda desgracia, el pastor de los hijos de familia descarriados. Entró
haciendo saludos de miope y se sentó sin ceremonia en la primera silla
que encontró, colocando la chistera sobre sus rodillas, después de mirar
y convencerse que no había sitio más apropiado.
--Ya está usted aquí, señor don Raimundo--dijo Jacintito.
--Hoy estamos a 26 de mayo--contestó el viejo secamente.
--Lo sé, lo sé; ¡Dios nos libre de su buena memoria, de su reloj y de su
almanaque!
Sacó la cartera y le pagó, presentando los billetes con arrogancia;
calóse las gafas el otro, maravillado de tal espectáculo y metió las
narices en ellos, menos por causa de su miopía, que por regalarse el
olfato con su dudoso perfume, que al usurero debe trascender a gloria; y
como quiera que don Raimundo, poco acostumbrado a la puntualidad de sus
clientes, iba preparado a decir cuatro palabras agrias, los oídos
rellenos de algodón para hacerse el sordo a las lamentaciones del deudor
moroso, quedóse desarmado al ver los billetes en su mano, y sonrió, más
de gozo íntimo, que por parecer amable.
--Me alegro y me felicito--dijo ensayando nuevo saludo;--esto me prueba
que marchamos viento en popa.
--¡Y tanto!--contestó Jacinto con petulancia.
Quilito, así que vió aparecer al portugués, sintió cierto desasosiego, y
para ocultarlo, cogió el periódico que tenía cerca y lo colocó delante
de su cara, fingiendo estar entregado a la más interesante lectura; de
vez en cuando, miraba al descuido a don Raimundo, y le parecía tan feo y
repulsivo como aquella vez que tuvo necesidad de sus servicios y se
abocó a él, más muerto que vivo. La punta de la nariz se le movía
entonces, como ahora, y mostraba también sus dientes mellados y los
colmillos saltones, al preguntarle su nombre y el de las personas que
podían servirle de fiador.
--Sí, Vargas, Vargas--decía mascullando las palabras,--empleado con
ochenta nacionales... esto no basta. ¿No tiene usted un pariente o amigo
de representación?...
Y Quilito echó mano al clavo ardiendo, largando el nombre de su tío, don
Bernardino Esteven.
--Eso es otra cosa--exclamó el usurero;--conozco mucho al señor Esteven;
cuente usted, mi amigo, con la cantidad pedida.
--Espero que no hablará usted a mi tío, ni a nadie, de este asunto.
--Sólo a plazo vencido y letra protestada--contestó don Raimundo
levantando un dedo, lo que al muchacho se le antojó terrible signo de
amenaza.
Todavía el plazo no había vencido, faltaba un mes, pero la suerte le
trataba tan mal que pensaba con terror ver llegar el 22 de junio, sin un
centavo que ofrecer a aquella fiera de los colmillos saltones. ¿Le
habría conocido? Era tan corto de vista... Inquieto, sin embargo, se
levantó y fué a hablar con míster Robert, procurando dar la espalda;
ambos se enredaron en una discusión política de tono muy subido.
--Si aquí no hay opinión, ni energía, ni principios, ni nada, ni quien
se levante y se ponga en frente del gobierno. Nos hace falta un hombre,
como a Diógenes, míster Robert.
--Lo que hace falta es no vivir al día, y gastar menos de lo que se
tiene; no arrastrar coche cuando el puchero escasea, y confiar el
porvenir al trabajo honrado y no al azar del juego.
--Diríase que es usted _situacionista_.
--No lo fuí nunca y menos lo sería ahora.
--Pero no me negará usted que aquí todo se vuelve hablar y nada entre
dos platos. Luego, el ministro de Hacienda...
--¡Si todos fueran como usted!--decía don Raimundo guardando enternecido
los billetes en el bolsillo interior de su levitón;--se está poniendo la
plaza de tal modo, que no sabe uno ya con quién trata.
--Ya tendrá usted sus quebraderos de cabeza--insinuó Jacinto,--y qué
gastar muchas botas y cansar mucho las piernas.
--¡Ay, ay, ay! le citaré a usted un caso, uno de los mil que me han
ocurrido, de los cien mil que van a ocurrirme; usted conoce a S***,
¿verdad? un hombre que se ha improvisado millonario, politiquero de viso
y jugador de muñeca, que vino de su provincia _cantando_ y ahora hace
bailar los títeres a su antojo... Pues no puede pagarme los veinte mil
pesos que me debe y que en un momento de apuro le presté a escaso
interés, créalo usted, a muy escaso interés. Y S*** es un hombre que
tiene todos los Bancos a su disposición, pero está de tal modo metido en
negocios y comprometido, que para vestir un santo tiene que desnudar a
otro. Y si esto sucede con los pájaros gordos, ¿qué no ha de suceder con
esos _chingolos_, que la enfermedad de la época ha contaminado, pichones
caídos del nido y desplumados? Pero, señor, si aquí todos estamos locos
o poco menos; la pasión del juego de Bolsa se ha desarrollado en forma
tan alarmante, que hasta mi señora, Belarmina, una excelente mujer que
no ha hecho otra cosa en su vida que espumar el cocido y pegarme los
botones, ha echado también su cuarto a espadas, y hoy mi cocinera me ha
preguntado, con mucho interés, si las cédulas tales subían o bajaban. Mi
hijo, que tiene ocho años, me ha declarado que él será corredor de
Bolsa, para ganar mucho, mucho dinero, cuando salga del
colegio.--Siquiera tuviera quince años--dijo la madre.--Por mí le
habilito la edad--contesté;--para ser corredor más que inteligencia,
necesita buenas piernas. En fin, sería el cuento de nunca acabar: el
sebo de una fácil ganancia ha engatusado a muchos, y con el afán del
lucro se han metido a ojos cerrados en el pantano, y ya han perdido pie
y empiezan a hundirse; el liquidar de cuentas será un rechinar de
dientes.
--Así tuviéramos buen gobierno--decía Quilito.
--Pero si no sabemos gobernarnos nosotros mismos, ¿cómo hemos de
gobernar al país?--replicaba el inglés descargando golpes con la regla
sobre el pupitre;--lo que yo siento, es que aquí vamos a pagar justos
por pecadores.
En la calle el rumor de vehículos y transeuntes ensordecía; los
muchachos pregonaban a grito herido los periódicos de la tarde.
--¿Y su papá de usted?--preguntó don Raimundo bajando la voz,--¿qué tal
le va en medio de esta marejada? Me habían dicho que tuvo pérdidas de
consideración el último mes y que dos _quebrados_ le dejaron clavado.
--_¡Macanas!_--respondió Jacintito con desprecio;--el viejo sabe lo que
se hace.
--Muchas veces por saber demasiado, se yerra peor, mi amigo.
Le miraba a través de sus gafas con insistencia: el chico debía estar en
el secreto de la verdadera situación de su padre, porque ésta no puede
ocultarse en el hogar; si los cimientos de la fortuna de Esteven seguían
inconmovibles, ¿por qué le había buscado a él, don Raimundo? Cuando se
acordaba de que existían prestamistas, es que iba a pedir lo que quizá
en aquel momento no tenía... Sus pérdidas recientes en la Bolsa y su
visita, sin resultado, porque no le encontró. Don Raimundo ataba estos
cabos.
Jacintito miró el reloj y dijo que se marchaba a la Bolsa. ¡Aquel era el
gran día! Su corredor le esperaba después de la primera rueda; si la
baja se acentuaba, la operación se realizaría con una no despreciable
ganancia. No había de hacer siempre el perdidoso...
--Pues vamos allá, a ver si logro pescar algunos clientes, que se me
escurren como anguilas.
Levantóse el señor de Melo Portas e Azevedo, cubrió su calva con la
chistera tornasol y se dirigió a la puerta, después de saludar a derecha
e izquierda.
--¿No vienes?--preguntó a su primo, Jacintito.
--Te espero--respondió Quilito sin volverse.
Cuando el joven y el prestamista salieron, un sol radiante iluminaba la
ciudad; eran las dos y un hacinamiento de carros, carruajes, caballos y
transeuntes obstruía la calle y las aceras, con zumbido colosal de
colmena entregada al pillaje. El tranvía, inmóvil, pedía con estridente
toque de corneta paso franco, mientras un grupo de desocupados rodeaba
al caballo de un vehículo, caído en mitad de la vía, bajo el peso de su
carga y de sus largos servicios; entre el vigilante, el carrero y el
mayoral, había ruda porfía a quién gastaba más ajos y cebollas, para
dejar bien sentado su derecho y su cultura: el vigilante, un chinazo de
pera, los ojos atravesados, el kepis sobre la oreja, usando de malos
modos y peores palabras; el carrero, un criollo pura sangre, de
chambergo ladeado y pañuelo al cuello, y el mayoral, un _compadrito_ de
melena, dandy echado a perder, contoneando las caderas a compás. Y
mientras estos tres oradores de plazuela desfogaban su elocuencia, en
medio de las risotadas del auditorio, yacía el triste animal sin
movimiento, la noble cabeza cogida bajo las varas del carro, echando en
cada resoplido espumarajos sanguinolentos. Pasaban lujosos equipajes,
camino de Palermo; en la calle, demasiado estrecha, no había espacio
para todos: al lado de elegante _victoria_, marchaba enorme carromato,
cargado de cajones, o de pipas o de sacos, dando tumbos en los baches
del empedrado, con espantoso chirriar de ruedas; se encabritaban los
caballos, juraban los cocheros, y había linda cabeza que se asomaba a la
portezuela, con inquietud o impaciencia. Por la acera, las gentes
andaban de prisa, no como personas que se pasean y a quienes la hora
poco importa; cada cual con rumbo fijo, al grano de sus negocios,
contando los pasos y los minutos. Y sobre todo aquel rumor de océano
encrespado, resonaba el grito de los vendedores ambulantes y el toque de
corneta del tranvía, que parecía la llamada pavorosa del juicio final.
--¡Que vengan después a decirnos que estamos en crisis!--exclamó don
Raimundo;--mire usted, amigo Esteven, el movimiento y la vida de esta
ciudad populosa y rica; todos parecen nadar en la opulencia y llevan
cara de satisfacción. Allí va la mujer de S***, el fantasmón de quien le
hablaba hace poco: fíjese en su tren de princesa; entretanto, el marido
no paga a nadie. Y así muchas y muchos. Pero de esto no tiene la culpa
el país, cuya prosperidad no puede sufrir eclipse sino momentáneo, para
volver a brillar con nuevo y poderoso resplandor. La crisis que aquí
tenemos, amigo Esteven, es de sentido común.
Siguió filosofando a sus anchas, desatada su lengua y animada su
imaginación por la pesca de los cinco mil. Pasó en revista las causas de
la crisis y discutió sus efectos, con cifras y con datos, mientras daba
a las alas de su nariz aquel movimiento de bomba aspirante, que tanto
chocaba a Quilito. Jacinto, tirando nerviosamente de su patillita rala,
pensaba que aquel hombre se ponía muy fastidioso, cuando tomaba la
palabra; contestaba con signos afirmativos a las disquisiciones del
portugués, reservando su opinión para no caer en la polémica. Pero el
otro no callaba; volvió a la carga sobre aquello de los pájaros gordos,
que parecían repletos y sin embargo iban a pedirle un poco de alpiste,
bajo secreto de confesión... Jacinto no chistó.
--O no hay nada, o no sabe nada--se dijo don Raimundo.
Entretanto, en el escritorio, Quilito se aburría. Agotada la discusión
política, míster Robert reanudó sus anotaciones en el libro mayor, y el
joven fué a sentarse en el sofá, donde encendió un cigarro y se puso a
leer de nuevo la carta de su prima. Pero esta vez, las palabritas
dulces, no le hacían ningún efecto; sin concluirla la guardó, y quedóse
cavilando sobre la relación de Jacinto, desalentado ante la gravedad de
la lucha; él iba a la conquista de la felicidad y de la fortuna, al
asalto, al escalamiento, como tanto guerrero intrépido de la época. ¿Por
qué no había de hacerse rico, por un golpe audaz de la suerte? Entonces,
seguramente que don Bernardino no haría ascos a su candidatura, y las
diferencias de familia quedarían olvidadas. Miraba a míster Robert y se
encogía de hombros con lástima. No, no se vería él en ese espejo. Allí
estaba de la mañana casi hasta la noche, la espalda encorvada, los dedos
agarrotados sobre el lapicero, sentado en el banco de patas largas, sin
descanso, sin distracción, esclavo del trabajo, prisionero del deber; y
así todos los días, todos los días... hasta que la enfermedad le clavase
en el lecho, la vejez le baldara o le sorprendiera la muerte.
Entretanto, habría pasado los mejores años de su vida sin gozarlos,
dejando para otros el fruto de lo que él sembrara...
Un doctorcito, de estos que apenas salen de las aulas, ya se presentan
candidatos a todos los puestos vacantes de importancia, sin más títulos
que su título y sin más bagaje científico que los atracones, a fin de
curso, de textos sin digerir, y así hacen de jueces y diputados, como
juegan los niños haciendo de generales y de obispos, entró con mucho
sonar de botas nuevas, preguntando dónde estaba Jacintito.
--Hace una hora que le busco, porque mi corredor me dice que las
acciones siguen bajando y ya es tiempo de largarlas.
Decía mi corredor, como diría mi zapatero.
Quilito contestó:
--En la Bolsa le encontrarás.
Y cuando el otro salía, acompañado del chasquido de sus suelas, le
asestó esta cuchufleta:
--¿Y qué tal la diputación? ¿te _nombran_; quiero decir, te eligen, por
fin?
Reíase del flamante doctor, aunque con secreta envidia. Todavía no había
alcanzado él la suspirada borla, pero se consolaba, porque él tenía
también _su_ corredor.
Pasaba el tiempo. Míster Robert escribía imperturbable, abstraído en su
tarea, como si estuviera solo. Quilito tiró el cigarro y se acostó en el
sofá, bostezando. Cerró los ojos, decidido a esperar la vuelta del primo
durmiendo, porque la compañía del inglés, a quien nadie arrancaba de sus
libros, era más soporífera que una infusión de opio. La mampara volvió a
abrirse, y apareció primero una chistera descomunal, luego una cara de
muñeco llorón y por último un cuerpecito ataviado de larga levita, y
botas altas, que todo él hubiera cabido, como en una funda, dentro del
sombrero de copa; era el lacayo de Jacinto, que traía el faetón. Quilito
saltó del sofá y fué a la puerta a ver el carruaje. ¡Qué corte más
elegante tenía y cómo deslumbraban su caja y los rayos de las ruedas! el
caballo, un alazán hermosísimo, tascaba el freno, impaciente, moviendo
sus piernas finas y nerviosas.
--¿No has visto al niño?--preguntó Quilito al lacayo.
El chico contestó que no, ajustándose el sombrero, que parecía venirle
algo grande.
--Mira que concluirá por cubrirte del todo--dijo el joven riendo.
Por fin llegó Jacinto, cariacontecido y de mal humor.
--No he podido hacer la operación--exclamó con un juramento.
--Lo dejas para mañana, hombre, ¿qué apuro tienes?
Jacinto entró en el escritorio, vió a míster Robert trabajando siempre,
y no queriendo interrumpirle, salió y dijo a Quilito:
--¡Vamos a Palermo!
Subieron ambos en el faetón, colocóse detrás el lacayito, empuñó Jacinto
las riendas y al ligero latigazo, arrancó el alazán gallardamente.
Y entonces, vínole a la memoria a Quilito la frase de su tía aquella
mañana:
--¡Por este camino, hijo mío, no llegarás a ser sino un segundo Agapo en
la familia!
IV
A las cinco y media, cuando ya no se veía en el escritorio, míster
Robert cerró su libro; la claraboya dejaba caer una luz mortecina, que
embrollaba los números sobre el papel, simulando extraña danza de
esqueletos, y no era posible continuar el trabajo. A veces, cuando la
urgencia del asunto lo requería, encendía el gas y seguía en su tarea,
sin preocuparse de la hora, ni de la que marcara su estómago, mientras
su aristocrático socio faroleaba en Palermo, descuidado. No salía, sin
dejarlo todo en orden, cada cosa en su sitio de costumbre: la pluma, muy
limpia, envuelta en el mismo pedacito de tela negra, que trajo el primer
día; la chaqueta de casa, en el segundo clavo de la percha del fondo; el
lápiz, la regla y el lacre en el cajón del centro de su mesa, objetos
todos que cuidaba con cariñoso esmero, como dóciles compañeros de la
labor diaria. Así resplandecía el sitio que él ocupaba de sorprendente
limpieza, en medio del desorden y la dejadez del resto de la habitación;
al principio, quiso imponer sus hábitos morigerados, asignando su puesto
a cada objeto y haciendo que la escoba y el plumero desempeñaran el
papel que aconseja y manda la higiene; pero aquello fué lo mismo que
pretender aplicar la regla de San Benito a una tropa de reclutas.
Jacintito tenía convertido el escritorio en club familiar, y allí se
charlaba y fumaba, como se jugaba al box y al palo, y en momentos de
amistosa expansión volaban los libros, cual si tuvieran alas; todo lo
cual contribuía a darle el aspecto de sala de escuela, manchado de tinta
el suelo y garabateadas las paredes por los muchachos revoltosos. Míster
Robert creyó poner un dique a la invasión, ordenando su mesa y los avíos
de escribir con la minuciosidad femenina que le caracterizaba, mas no
logró escapar a sus efectos: su querida pluma, cuyo rum-rum le era tan
grato, abandonaba a lo mejor el lecho de cartón y el cobertor de lana,
que tan bien sabía prepararle, y salía a recorrer las otras mesas,
volviendo de estas calaveradas maltrecha y sin barbas; parecidas
excursiones hacían el lápiz, que llegaba despuntado; el secante, que
traía perfiles grotescos, y la regla, con más porrazos que cabeza de
turco. Puso entonces todo bajo llave, pero asimismo no le dejaban
tranquilo: ya era Jacintito, que le pedía papel y lo borroneaba o pluma
y la echaba a perder; ya el escribientillo que tenían, cagatinta con
aires de ministro, de onda sobre la frente, que escribía a fuerza de
raspador y de sandáraca, quien no sabía resistir ante la roja barra de
lacre o el paquete de sobres, liado en su elegante cinturón de colores.
A pesar de su carácter blando, el _inglés_ tenía sus cuartos de hora de
mal humor, y nada le incomodaba más que encontrar una cosa fuera de su
sitio, o no encontrarla en ninguna parte: entrecerrando sus ojos de
albino, como un murciélago a quien daña la luz, se revolvía en su banco
de patas largas, buscando en los cajones, palpando sobre la mesa;
convencido de la inutilidad de sus pesquisas, miraba al escribiente,
como si quisiera devorarle, pero no decía nada, porque guardaba sus
sentimientos y sus pasiones bajo la llave de la reflexión, tan bien,
como los objetos de su escritorio.
Con Jacinto no se llevaba mal, y con esto queda dicho que, si sus
relaciones no eran cordiales, tampoco estaban a matar. Para un hombre
tan metódico como míster Robert, que tenía clasificadas las horas del
día y llevaba el _debe_ y _haber_ de su vida, con la misma
escrupulosidad que el libro mayor de la casa, el carácter inconsistente
de su socio, aquella falta de instrucción y de juicio, que denotaba en
sus actos y en sus palabras, no podía inspirarle confianza ni simpatía.
La ley de la necesidad le obligaba, sin embargo, a soportar compañía tan
incómoda, pues el otro representaba la fuerza bruta, es decir, el
capital, y él no traía sino la inteligencia y el trabajo, que no
alcanzan en plaza cotización alguna, menos cuando van refrendados por la
firma del favoritismo.
Míster Robert no concurría a cafés ni a teatros; su distracción única,
suprema, que saboreaba con el deleite de un goloso, era su familia: la
mujer, un ángel; el hijo, otro ángel, y el padre, viejo patriarca de
Irlanda, más católico que el Papa y de una honradez a toda prueba; de
esos caracteres que ya no se estilan y que, temerosos, se esconden en
el santuario del hogar, como prenda pasada de moda, para no exponerse a
la irrisión del público. Tal como llega al nido la paloma amorosa,
trayendo en el pico el alimento para su prole, las alas fatigadas, pero
satisfecha de no haber perdido el viaje, así entraba en su casa míster
Robert cada noche; besaba a su mujer, a su hijo y a su padre, ya
octogenario y medio baldado, y se sentaba sonriente, mientras la sopera
humeaba sobre la mesa. ¿Qué había de ir él buscando fuera, si el amor y
la felicidad le hacían compañía?
Salió del escritorio, cerrando la puerta con el llavín, que guardó, y se
fué por la acera de la izquierda, que seguía siempre con lluvia o con
buen tiempo, a tomar el tranvía en la esquina de la Catedral. Al pie del
farol, recorría los diarios de la tarde, espiando la aparición, del lado
del río, de la luz verde, azul o roja del vehículo; el frío y la humedad
le incomodaban, e impaciente por la tardanza, se paseaba por el atrio
solitario, como galán que espera: el rumor inmenso de la ciudad se había
apagado, las luces palidecían en medio de la neblina, las vidrieras de
los escaparates sudaban de frío, las palmeras tísicas de la plaza se
quejaban... Andando, míster Robert pasó la esquina de Reconquista y
llegó hasta la Bolsa, en su afán de salir al encuentro del tranvía,
creyendo así alcanzarle más pronto.
¡Qué triste y silencioso estaba el edificio, que en el día rebosa de
animación y de gente! Las puertas cerradas, las bombas de gas apagadas,
las banderas, con que se engalanara la víspera, enrolladas al asta por
el viento, todo envuelto en la niebla, como en un sudario. Ahí estaba,
en la actitud de fiera que reposa, bien nutrida de vidas y de honras;
los lamentos de las víctimas no se oían, pero quizá, aplicando el oído,
se escuchara la voz doliente de los desgraciados, que la loca ambición
sacrificara. Semejante a aquel palacio de los cuentos, en el cual se
entraba por una puerta riendo y salíase por la otra llorando; ¡cuántos y
cuántos habrían penetrado en el fatal recinto, con la sonrisa de la
esperanza en los labios, y salido con las lágrimas del desengaño en los
ojos! Picados todos por la tarántula del lucro fácil, vienen, en danza
infernal, a ofrecer sus dádivas al monstruo: uno, el pan suyo de cada
día; otro, el blanco cordero de sus ilusiones; aquél, su crédito; éste,
su nombre, el porvenir, la vida... Todo lo devora la fiera hambrienta.
Las filas se clarean; pero, como en las batallas, los que vienen detrás
ocupan el sitio de los caídos y el asalto a la fortaleza de la fortuna
se renueva, con más vigor en cada acometida. Sigilosamente, tiende el
trabajo su escala al primer baluarte, y va subiendo peldaño a peldaño,
regando el camino con el sudor de su frente, y llega y se reposa y mira
todo aquel estruendo y aquel chocar de pasiones, que bulle en su
derredor, como mar agitado por la tormenta; cobra nuevos alientos, y
sube y sube, siempre peldaño a peldaño... a veces, flaquean las fuerzas,
se detiene, vacila, cae... pero, agarrado a la escala, recobra pronto el
equilibrio y vuelve a subir penosamente. Mira hacia arriba, y le espanta
el camino que aun falta; mira hacia abajo, y le asusta el espectáculo
del combate. Y mientras el trabajo recorre el áspero camino paso a paso,
ya animoso, ya desfallecido, hay afortunado que, de un golpe de ala,
llega a la cima, y desde lo alto ríe desdeñosamente de aquel que
pretende subir arrastrándose como la culebra, y le apostrofa y le
insulta. Torna el otro a mirar hacia arriba y ve con desconsuelo, que
hay quien sube con alas que a él le negaron y que la ansiada meta no la
tocará él con sus manos callosas, sino a costa de esfuerzos supremos.
¿Por qué no mejor dejarse caer y abandonar la empresa? Se reanima, y
sigue subiendo, siempre peldaño a peldaño, en tanto que la cima va
coronándose de vencedores. Y llega él también, fatigado, enfermo,
moribundo casi, y se sienta en la altura a descansar, satisfecho del
triunfo... Mas he aquí, que se oye un gran estruendo y la fortaleza se
derrumba, falta de cimientos, arrastrando a los que subieron con alas y
al que subió paso a paso. ¡Y en el campo de la catástrofe, la fiera
escarba y se ceba!
De pie en la acera, meditabundo, enfrente del silencioso edificio,
míster Robert pensaba que no es otro el destino del trabajo honrado, en
lucha abierta con el agio: el interés los une en apretada cadena, y es
tal la solidez de sus eslabones, y tal el engranaje de la máquina, que
el que cae, arrastra a los demás que le siguen, envolviendo a todos en
la propia ruina. ¿Y las fatigas y los desvelos del que sembró su
semilla, cuidó su germinación, se recreó en la florescencia y se preparó
a recoger el fruto apetecido? ¡Quién sabe! él era de los que van poco a
poco, por la recta de la honradez, enemigo de las curvas del
mercantilismo, y quizá en el nublado que se aproximaba, cayera también,
víctima inocente de ajenos errores. ¿Qué sería entonces de su pobre
familia? ¿sembraría nueva semilla, sin temor de que las bestias del
vecino pisotearan su sembrado y le arruinaran una vez más?
Había caído en dos ocasiones: la primera, por manipulaciones de un socio
desordenado; la segunda, por manejos de un corredor desleal, y en ambas
tuvo que responder con su capital y sus ahorros de la impericia y de la
mala fe ajenas. ¡Horas más amargas, no las recordaba en su vida! Su
casamiento postergado, su porvenir obscurecido, decaído el ánimo... Y
volvió al trabajo, con rabioso tesón, dispuesto a llegar o a perecer.
Divisaba ya la tierra prometida, cuando nuevo golpe le sume otra vez en
la desgracia, y otra vez encuentra fuerzas para rehacerse, y llega y
realiza todo su programa de felicidad. Pero entonces luchaba solo, no
arriesgando sino el propio bienestar, mas ahora, que tenía seres débiles
y queridos que proteger... Cual otro Sisifo, subía por tercera vez la
montaña, con el peso de su honradez sobre los hombros, expuesto a la
acometida del agio, que le acechaba y le echaría a rodar al menor
descuido. Y bien, si era vencido, no había de ser sin una feroz
resistencia, sin luchar cuerpo a cuerpo con el odiado enemigo y tratar
de ahogarle entre sus brazos robustos.
La niebla se hacía más espesa y la fachada de la Bolsa adquiría extraño
aspecto, detrás de aquella cortina de tules; míster Robert creía ver en
los huecos de las columnas, en el borde de las cornisas y sobre el
marco de puertas y ventanas, urnas cinerarias y fúnebres inscripciones,
antorchas volcadas y figuras de buhos solitarios, el conjunto, en fin,
de las tristes alegorías de los comenterios. Llegaba a leer el _aquí
yace_ fatal y deletreaba nombres; entre éstos el suyo. Antojábasele el
edificio, inmenso panteón de vivos.
Las puertas se abrían sin ruido y veíanse luces amarillas y nichos que
se descubrían por sí solos y tumbas que se destapaban, y allá en el
fondo una mesa, sobre la mesa una bandeja y sobre la bandeja monedas
apiladas; un juego de dados muy cerca, y de pie, al lado de ella, una
figura enmascarada, que bien podía ser Mercurio, a juzgar por el pie
alado, que trataba de disimular bajo la vestidura que le servía de
disfraz. Y de cada nicho y de cada tumba salían sombras que, en correcta
formación, avanzaban hasta la mesa, cada una con un bolsillo de oro en
la mano, y en llegando arrojaban el bolsillo, al mismo tiempo que la
figura enmascarada volvía los dados. Una voz siniestra cantaba los
números, y a cada cifra, que repercutía lúgubremente bajo las bóvedas,
se desprendía una sombra de la mesa, abandonando sobre la bandeja el
bolsillo. Luego volvían con otro y más tarde con otro, y el oro se
amontonaba de manera tal, que tocaba al techo en soberbia columna de
tentadores chispazos. Y los dados seguían bailando y cantando la voz
siniestra. De repente, escuchóse un gran rumor y estallaron, como trueno
formidable, las lamentaciones de las sombras; dando ayes dolorosos, se
apartaban de la mesa, volvían a sus nichos y a sus tumbas, y
registraban los cuatro rincones, buscando una moneda más que arrojar en
la bandeja; las que tropezaban con ella, corrían a ofrecerla a la figura
enmascarada, quien, de una vuelta de dados, hacíala desaparecer; las que
nada encontraban, gemían, la cara contra la tierra. Bien pronto, no se
oyó sino el concierto colosal de quejas, que la mala suerte arrancaba a
los perdidosos; los dados quedaron quietos y la voz siniestra se apagó.
Tímidamente, acercóse una sombra y echó sobre la mesa algo que brillaba
como diamantes.
--Aquí traigo las lágrimas de mi esposa--dijo,--tómelas usted el peso y
aprecie bien los quilates.
Otra trajo el corazón de su madre, diciendo:
--Es de oro macizo.
Dos llegaron, entregando la primera un escudo y la otra una lanza. Esta
dijo:
--Doy a usted mi nombre; no tiene mella.
La del escudo dijo:
--Entrego a usted mi crédito; no lleva abolladura.
Con arrogancia, una quitó de sus hombros el manto y lo arrojó sobre el
tapete, diciendo:
--Ahí va mi honra; no tiene tacha.
Otra, que aparecía encorvada por el pesar o por los años, trajo costosa
joya, manchada de sangre.
--Aquí tiene usted la felicidad de mi hogar--dijo;--esas manchas salen
con oro derretido.
Fueron así todas ofreciendo lo poco que tenían, lo único que les
quedaba; y cuando la última vuelta de dados faltaba que dar, apareció
una sombra más pequeña que las otras, con toda la cara y todas las
trazas de Jacintito Esteven, trayendo un ave desplumada y malherida, y
presentándola, dijo:
--Este es el trabajo; ábrale usted el vientre y encontrará dentro huevos
de oro...
Aquella fantasmagoría desapareció; el telón de niebla cayó sobre la
fachada de la Bolsa, y quedaron ocultas las figuras del sombrío drama,
que la imaginación del comerciante acababa de hacer representar. Míster
Robert levantó su brazo, cual si lanzara un anatema, y exclamó:
--¡Garito amparado por las leyes, ladrón de haciendas, yo te maldigo!
Venía el tranvía, el suyo, con su luz roja brillando, como un ojo de
fuego, en medio de la neblina; míster Robert se metió en él, transido de
frío. El reloj del Cabildo daba las seis.
Era la hora ordinaria de su regreso al hogar, en invierno, porque en
verano no lo hacía hasta después de las siete. Al escritorio llegaba
siempre a mediodía; el mismo tranvía le dejaba en la esquina de la
Catedral. De ida y de vuelta, irremediablemente, tenía que pasar por
delante de la Bolsa, y no lo hacía sin arrojarle una mirada de odio, tal
era la ojeriza que sentía por aquella institución, no por lo que ella
representaba, sino por lo que era al presente, convertida en mercado de
especulaciones vergonzosas. Pasaba sin querer detenerse, contemplando
con lástima a los que penetraban en el sitio maldito, viejos y jóvenes,
espoleados todos por la misma idea de crear fortuna sobre base de arena;
mirábales al rostro y sorprendíale la palidez intensa, la mirada
inquieta, el respirar anheloso, de los que corren tras una quimera, como
tras la mariposa un niño, y a intervalos, ya ponen sobre ella la mano,
como la retiran desengañados, se agitan, se revuelven y consumen en
estériles esfuerzos. El, entretanto, iba a su trabajo con la
tranquilidad del hombre que todo lo espera de su propia iniciativa y no
de una vuelta de dados, sólo con el cuidado del que lleva un pedazo de
pan y trata de defenderlo de los canes famélicos que le siguen.
A la hora en que míster Robert pasaba para el escritorio y desde esa
hora en adelante, todos los días hábiles, es tal la afluencia de gente
en la Bolsa, que diríase ermita de santo milagroso en día de romería.
Por ambas puertas, porque tiene dos entradas, y es por eso tan difícil
de guardar, llegan, salen, se tropiezan, se codean los neófitos y los
iniciados en el culto del sagrado becerro, que van a prosternarse ante
el ara y a consultar el oráculo; no da éste a conocer sus sentencias por
medio de epiléptica pitonisa, sentada en su trípode y acompañada de
truenos y relámpagos, sino por modesto civil que, tiza en mano, las
traduce fielmente sobre negro pizarrón, y son escuchadas con avidez y
recogidas y transmitidas de los que salen, a los que entran, de éstos a
los que llegan después y de los últimos que se retiran, a la ciudad
inmensa, que espera anhelante, como si de la cotización bursátil
dependieran su bienestar y su porvenir, y se regocija o alarma,
alternativamente.
La fila de _tílburis_ se estaciona a lo largo de la ancha acera; de
cada uno baja ligeramente el corredor, abandonando las riendas en manos
del lacayo, sube aprisa la escalinata y se pierde en el grupo numeroso
del pórtico. A bocanadas sale a la calle el rumor de adentro, y arrecia
por instantes la agitación y el vocerío; una sola pregunta rueda en
todos los labios: ¿A cuánto el oro? Se hacen comentarios sobre las
contingencias que pueden ofrecer las operaciones realizadas, se discuten
las noticias políticas y se habla de las bajas que la crisis produce. El
sol cae a plomo sobre la gran plaza, y los chicos de los _tílburis_
dormitan, aburridos. Sale a paso de carga el corredor que acaba de
entrar y se aleja en el ligero vehículo; va preocupado, el ceño
fruncido, con el aire de un diplomático encargado de la resolución de
arduo asunto; a poco vuelve, y cinco minutos después está otra vez en la
calle. Tal entrar y salir de gentes apresuradas, tanto secreteo en los
rincones, la inquietud que en los semblantes se retrata, todo hace creer
al transeunte curioso que en aquella casa tan grande, que quiere ser
palacio, hay un enfermo grave que se muere por momentos. Por eso, las
consultas de médicos se multiplican y aparecen los parientes y amigos
contristados.
De los primeros en llegar era el insigne portugués don Raimundo, después
de dar una regular batida por las aceras del Cabildo y del Palacio de
Gobierno, tarea que llevaba a cabo con el arte de un consumado
polizonte; llegaba malhumorado, porque él decía repugnarle en extremo
esta caza cotidiana al deudor olvidadizo, verse obligado a acechar a
cada uno, correr detrás, cogerle por los faldones y recordarle por la
centésima vez, por la milésima vez que en tal fecha le hizo tal
préstamo, y esto todos los días, y siempre sin resultado. No entraba
inmediatamente, sino que se quedaba en el pórtico viendo el desfile,
caladas las gafas y sonriendo a unos y a otros. ¡Señor don Raimundo,
aquí! ¡Señor don Raimundo, allá! Era alguien que le reconocía o alguien
que le necesitaba. Charlaba con todos, pedía informes y daba noticias, y
a lo mejor se escurría, rodeaba la manzana e iba a apostarse en la
puerta de la calle Piedad.
--Entre usted, amigo don Raimundo--le decían.
--Luego, luego--contestaba,--es la hora de levantar la caza y no quiero
asustarla.
De allí marchaba de nuevo al Palacio de Gobierno y otra vez al Cabildo,
para volver a ponerse de facción en la Bolsa.
--¿Ha visto usted a S***?--preguntaba.
--Acaba de entrar.
Seguía el rastro de S***, como perro perdiguero, y no lo abandonaba
hasta no dar con él, empresa tanto más difícil, cuanto que las dos
opuestas salidas del edificio son obstáculo no pequeño para toda
vigilancia; a pesar de su acentuada miopía, iba directamente tras la
pista, de tal manera, que diríase era el olfato y no la vista que le
guiaba. Veíasele atravesar la plaza, agitando los faldones de su levitón
color de café, pasar bajo la arquería de la Recova, perderse entre el
hormiguero de la acera y al cabo de corto rato reaparecer, por el lado
contrario, la chistera en la mano y secándose la frente y la calva con
el pañuelo. Concluída la requisa, entraba tranquilamente en el sagrado
recinto, y como era así tan locuaz y francote, tenía su círculo que le
festejaba; mas, ocurría a veces con él lo que con aquella gata doncella
de la fábula, que, en viendo un ratón, le corría detrás, olvidando su
nuevo papel y su alto rango: alguien pasaba junto al grupo, en que don
Raimundo peroraba con su grandilocuencia de costumbre, veíale el orador
y allí mismo se dejaba su discurso y su público, para correr en pos del
otro y echarle el guante sin más trámite. Luego volvía, y con
naturalidad pasmosa tomaba el hilo de la oración, donde la había dejado:
--Pues bien, señores, sucedió que...
A pesar del cargo que ejercía, que es en el comercio lo que el verdugo
en la justicia, no puede decirse que fuera un mal hombre mi don
Raimundo: tenía sus escrúpulos de conciencia, sus asomos de caridad y
más fama de blando y misericordioso, que de inexorable y de cruel;
aunque esto quizá dependa de la manera en que él, ejecutor de la ley de
la necesidad, se conducía con el mísero sentenciado, pidiéndole perdón
antes de apretar el nudo de la garganta, porque la forma suele salvar el
principio.
Hay que aclarar esto de los escrúpulos de conciencia del insigne
portugués: con ello ha querido decirse, que no era capaz de cometer un
robo en despoblado, ni de llevar a cabo, ostensiblemente, acción alguna
de las que pena el código; pero realizaba sin ambages negocitos de doble
fondo y a tan delicada y lucrativa faena dedicaba todo su tiempo, toda
su inteligencia y todas sus uñas. Apoderarse del caudal del prójimo, es
un robo; sisar del tesoro público, no lo es. El que cae en aquel pecado,
pierde la estimación y la libertad; el que mete mano en las arcas
fiscales, gana posición y renombre. Don Raimundo, pues, la metía hasta
el codo sin miramientos, y procuraba acercarse del lado que más
calentaba el sol, tras del servicio por proveer, tierras que liquidar o
concesión que acordar. Así tenía, a más del producto de sus préstamos
usurarios, la renta fabulosa que sacaba sin repugnancia del estercolero
de los negocios sucios. En cuanto a su caridad, practicaba la de su
conveniencia, y nada más.
Cualquiera dirá, enterado de estos datos, que, siendo don Raimundo un
tipo moral despreciable, era un tipo social despreciado. Pues, ¡no,
señor! Don Raimundo de Melo Portas e Azevedo era un hombre a quien se
agasajaba y mimaba, como puede serlo, y en realidad no lo es, el varón
de grandes y positivos méritos. La ola de la emigración europea, entre
lo bueno y lo malo que periódicamente nos aporta, había arrojado a
nuestras playas este digno ejemplar de la familia de los natobdélidos,
honorable agrupación zoológica a la que da tono y carácter la
sanguijuela; la prodigiosa bondad del suelo y del ambiente contribuyó a
su rápido desarrollo.
Es indudable que don Raimundo tenía talento, no esa facultad creadora
que da vida al libro, a la estatua, al cuadro, y que tan bajo se cotiza
en el mercado social, sino ese sexto sentido indispensable para andar
suelto, sin peligro, por los vericuetos del mundo, y se llama sentido
práctico, el _savoir vivre_ de los franceses, y consiste en buscarle la
vuelta, como quien dice, a las cosas y hablar a cada cual en su idioma.
Este talento especialísimo poseíalo el portugués en grado sumo, y así
era él de escurridizo, de flexible y de listo; sabía amoldarse a las
circunstancias, aprovechar los momentos y servirse de los hombres. De
todo sacaba partido y lo mismo espigaba en los campos de la miseria, que
segaba en los de la opulencia.
Su hablar dulzón, su aire humilde, su afabilidad exquisita, le abrían
todas las puertas y le ganaban todas las voluntades. De lo que se decía
de él, burlábase desdeñoso: don Raimundo trabajaba en la sombra y sus
secretos guardábanlos sus cómplices y sus víctimas, empeñados todos en
callar, por conveniencia o por vergüenza.
No era en llegar tan exacto ni tan matinal don Bernardino Esteven, otra
fisonomía curiosísima del pandemónium bursátil. Entraba majestuosamente,
como gran sacerdote que va a oficiar de pontifical, saludaba con
distracción, hablaba con misterio, tenía ¡oh! y ¡ah! en abundante
provisión, para servirlos de comentario a lo que escuchaba, pasando así
por hombre que sabía muchas cosas, a quien sus altas vinculaciones
impiden ser explícito... Había engrosado hasta el punto de parecer
obeso; se teñía la barba y llevaba pelada la coronilla; pero su aire era
siempre el mismo: diríase que estaba más hinchado de orgullo, que de
grasa. Cual si fuera zahorí que lleva en la mano el número ganancioso,
estrecho círculo le rodeaba, tratando de adivinarlo en un gesto, en
media palabra de tan conspicuo personaje; y cuando las ráfagas de la
tormenta próxima, que así temían los árboles corpulentos como los enanos
arbustos, se hacían sentir con mayor ímpetu, a él se acercaban todos,
como barómetro seguro, a consultar su prestigioso consejo. Sabían que su
voz era la del Sinaí, que por su boca hablaban los profetas del
oficialismo, porque era compadre y socio en primer grado del ministro
Eneene, de aquella encanijada personilla que había subido a la poltrona
ministerial a gatas, y convertido el despacho en _pulpería_;
forzosamente, tenía que saber algo, que conocer el pensamiento luminoso
y la fórmula salvadora de los pastores del asustado rebaño: el lobo
estaba ahí y la hora del banquete iba a sonar. Esteven hablaba entonces
de planes financieros, más o menos complicados, de economías, de
reformas, que habían de volver todo a su quicio, ajustando las clavijas
que el favoritismo dejara demasiado flojas, y se mostraba partidario de
concluir con el despilfarro, con el agio y demás plagas de la época, más
temibles aún que las egipcias: su lenguaje era el de un puritano a
machamartillo, ardoroso, intransigente. Y citaba, como prueba al canto,
el presupuesto que su amigo ilustre el doctor Eneene componía: rebaja de
sueldo a todos los empleados de inferior categoría, porque para lo que
hacen bien pagados están con cuatro cuartos; supresión de media docena
de ordenanzas y de las pastas, que una malísima costumbre había dado de
compañía al te de las tres de la tarde, en la oficina, y hasta quizá se
hiciera cuestión de gabinete el suprimir también el te. A la tropa palo
limpio, dieta perpetua a los maestros e impuestos al buen pueblo, sobre
todo impuestos, muchos impuestos; la hacienda no se nivela de otra
manera. Con esto, y un par de _sablazos_ más a los ingleses, quedaba la
situación dominada. ¡Era mucho hombre este doctor Eneene! Su
lugarteniente ensalzaba los planes del señor ministro con convicción que
parecía sincera, pero los que le oían no se dejaban ganar de su
entusiasmo. ¿Era cierto que Eneene y Esteven estaban metidos hasta el
pescuezo, en el pantano de los negocios turbios? ¿que don Bernardino era
el maestro concertador de los chanchullos oficiales, quien organizaba
las empresas subterráneas, dirigía detrás del anónimo toda clase de
compañías, pescaba toda clase de concesiones y disponía, como de cosa
propia, de los empleos del Gobierno y del dinero de los Bancos? Hasta
los niños lo sabían y repetíanlo todos los ecos.
Su palacio era un jubileo de postulantes, un _steeple-chase_ detrás de
la cartita de recomendación, de doctorcitos sin _conchavo_ e inútiles de
todo pelaje, desde los que no tienen colocación en la _estancia_, hasta
los que estorban en su casa; daba audiencias como un ministro y dos
secretarios le asistían en el despacho de su correspondencia. Venal
hasta la impudicia, recibía regalos de sus protegidos y el precio de su
firma variaba según la ocasión y según el asunto: desde el portal hasta
el desván, el pie tropezaba con objetos de arte, abandonados, oferta de
la turba de ambiciosos agradecida. Su mujer, Gregoria, ostentaba las
joyas de una reina, que los amigos del omnipotente socio de S. E. se
apresuraban a ofrecerla el primero de año o el día de su santo; y sus
hijas, Susana y Angelita, no bebían las perlas disueltas en el vino de
sus comidas, se decía, porque no les daba la gana.
Este detentador de fortunas ajenas, llegado a una insolente altura por
sendas extraviadas y procedimientos vergonzosos, gozaba de un favor y de
una influencia más insolentes todavía. Se le adulaba, como si sus
antecedentes no se conocieran o quizá porque se conocían; entre don
Raimundo y él, igualmente criminales y condenados a la misma pena por la
opinión pública, había una capitalísima diferencia: la que existe entre
el ladrón y el ratero, no porque el portugués se contentara con pequeños
robos al por menor, que era un pez de primera magnitud, sino porque ante
las hazañas de don Bernardino, quedábase en mantillas. La llave para
abrir las arcas fiscales de que éste se servía, era la amistad de la
corrompida Excelencia ya citada, y por sus manos poco escrupulosas
pasaban los caudales, que dejaba caer, como lluvia de oro, sobre su
familia, sus parientes y sus amigos. Naturalmente, una levita bien
cortada impone siempre respeto, y cuando se sabe que el que tan
airosamente la lleva es dispensador de beneficios, veneración profunda:
todos se inclinaban ante don Bernardino Esteven.
Su aparición en la Bolsa era saludada con entusiasmo; los especuladores,
olfateando un indicio cualquiera, para lanzarse en las corrientes del
alza, o de la baja, salían a su encuentro, le preguntaban, le seguían.
--¿Qué dice don Bernardino? ¿compra oro? ¿vende cédulas?
Misterio. El señor Esteven iba solo a charlar un rato, a ver a sus
amigos, a tomar el pulso del mercado. Sin perder el menor de sus gestos,
le hablaban de política, sacando a colación las cuestiones candentes del
día: ¿Era cierto que el doctor Eneene renunciaba? Los diarios de
oposición le vapuleaban de lo lindo por la concesión aquella consabida.
Esteven se enfadaba entonces; calumnias de la oposición: cuatro perdidos
que gritan, porque no se les ha tapado la boca con un empleo. ¡Si en
este país no sale a luz medida administrativa alguna, sin que la malicia
la vuelva de todos lados, para encontrarle el secreto o el quid que
necesariamente debe encerrar! Eneene no renunciaría, ni por la grita de
la prensa, ni por la antipatía del público tornadizo, sino cuando el
señor Presidente se mostrara cansado de sus servicios, y ya había para
rato, pues ministro más sumiso, maleable y fiel no encontraría. Allí
mismo espetaba su discursito, ungido de la doctrina moralizadora más
ortodoxa, semejante a un fraile que, dominado de la gula y con todos los
síntomas de su pasión a la vista, predicara la abstinencia, y se iba en
busca del corredor favorito, a darle órdenes.
En la mirada inquieta con que seguía la marcha, siempre ascendente, del
oro en la pizarra, los conciliábulos que celebraba y el aire de
contrariedad que no sabía disfrazar, denunciaba claramente que la cosa
no marchaba a su gusto, como él decía.
--Vamos, don Bernardino, confiese usted que esto se acaba, de seguir
así; si las economías y la buena administración y la política honrada y
todo eso que usted nos canta ahí, no es infundio puro, ¿por qué continúa
el oro su viaje a las regiones etéreas?
--Calma, mi amigo, ¿acaso pretende usted que la situación se normalice
de golpe y porrazo? Hay que ir despacio, ensayar medios, ver,
consultar...
Hombre más marrullero no se ha visto, y sin embargo, los incautos le
creían; no ignoraban que sus manos estaban manchadas y que, adulador
endiosado del poder, era uno de los llamados a dar estrecha cuenta ante
la barra de la opinión en el día del juicio público, lejano, pero
seguro; mas, entretanto, le iban a la zaga, como perros tras el hueso.
No, la cosa no marchaba a su gusto, y prueba de ello era la corte
discreta que hacía a don Raimundo el prestamista, aquel pájaro que no se
aventuraba en una empresa, sin probar antes la resistencia de sus alas,
tan prudente, que no daba nunca un paso en falso, tan sutil, que no
dejaba rastro; la situación empeoraba, apremiaban las deudas, escaseaba
el dinero, los Bancos iban a cerrarse, la campana de la liquidación
suprema a tocar a rebato... Si la marea subía siempre y llegaba hasta la
poltrona de Eneene, su protector y su cómplice, era seguro que las aguas
le arrastrarían también a él... Miraba el levitón café de don Raimundo
moverse de grupo en grupo, y se decía que quizá su salvación estaba en
agarrarse de aquellos faldones y dejarse allí las uñas, antes que
soltarlos.
Pero no osaba acercarse al portugués en público, y espiaba la ocasión de
una entrevista; un día y otro día entraba en la Bolsa, y antes que la
pizarra, sus ojos buscaban el levitón café, le seguía, le rozaba con la
manga al pasar, pero sin detenerse; don Bernardino saludaba sonriendo y
el señor de Melo Portas mostraba sus dientes de jabalí, lo que más
parecía amenaza de mordisco, que expresión de cortesía.
--Si yo pudiera hablarle--decía Esteven.
--¿Qué querrá de mí?--pensaba don Raimundo.
Parecíale muy singular que el opulento personaje diera tales muestras de
su deseo de acortar distancias, cuando operaban en diversa esfera. Y el
otro pensaba que con sólo abrir el pico, daríase cuenta el portugués de
la verdad de su situación, y el oropel de su nombre quedaba al
descubierto, como alhaja falsa que pierde la capa de oro con que ha
engañado la vista.
Seguramente que el levitón de don Raimundo no ejercía atracción tal
sobre Jacinto y Quilito y el grupo de congresistas de la calle Piedad,
que capitaneaban; al contrario, era odio mortal, era terror pánico, lo
que experimentaban así que le veían acercarse, dando el hombre
tropezones a causa de su miopía. Cada cual tenía sus cuentecitas
pendientes con el abominable acreedor, y era de los que don Raimundo
perseguía, la zarpa en el aire, a la hora de la batida diaria; el
abogadillo aquel, aspirante a diputado, que perseguía el
_nombramiento_, como si se tratara del más menguado empleo del
Gobierno, escurría el bulto, cual figura de tramoya, y con él, Quilito,
que más que nadie, tenía por qué ocultarse.
El cigarro en la boca y el junco cimbreño en la mano, entraban en la
Bolsa las dos primos, atropelladamente, asaltando los grupos, codeando a
todo el mundo, en dirección a la pizarra, a ver la cotización de los
valores: hacían un gesto, lanzaban una exclamación, y con el lapicero
tomaban rápidamente apunte.
--¿Qué te parece, _ché_? ¡El oro ha subido diez puntos!
Nuevo gesto y nueva exclamación del otro. Intervalo de algunos minutos,
durante los cuales, Quilito y Jacinto miran los números que la tiza va
marcando en la pizarra, en medio de la baraúnda de la rueda.
--Las _vitalicias_ siguen firmes--dice Quilito,--creo que debemos
lanzarnos.
--Vamos a ver al _gringo_ Rocchio--dice Jacinto.
Y buscan a Rocchio, el corredor, llevados de la idea de que siempre es
bueno tentar al diablo. Rocchio habla en un corro y da noticias de la
crisis; es un hombrazo con muchas barbas, italiano con sus ribetes de
criollo.
--Fulano, el senador, quebrado; la casa tal y compañía, quiebra
fraudulenta; el corredor B., desaparecido; Mengano, en descubierto por
doscientos mil pesos; éste, por quinientos mil; aquél, obligado a hacer
cesión de bienes...
A cada nombre conocido se eleva un clamor del grupo, como si Rocchio
diera un pinchazo en carne viva; las caras se alargan y los comentarios
se suceden sordamente.
--¡También Fulano!
Y como cuando en los días sombríos de epidemia, al pasar por las calles
desiertas y ver el fúnebre convoy de los apestados camino del
cementerio, la terrible idea de la muerte viene con la pregunta:
--¿Me tocará a mí mañana el turno?
Los que escuchan a Rocchio el corredor, ante este alud de nombres y de
fortunas, que ven desaparecer en el abismo del agio, se dicen, allá en
su fuero interno:
--¿Quién de nosotros caerá mañana?
Y las orejas gachas, se separan con apretones de manos silenciosos.
Quilito y Jacinto, dos capitalistas con más agujeros en los bolsillos
que moneda sonante, no se preocupaban de estas historias; si la guerra
es así y la vida es así: el soldado no huye, ni abandona el fusil,
porque el compañero cae y las balas silban... Adelante; el camino es
corto y el premio a conseguir brillante; ofuscada la mente por la visión
de fortunas instantáneas, iban derecho al enemigo, sin temor al fuego ni
a la muerte.
--Amigo Rocchio--dice Jacintito tirando desapiadadamente de la punta de
sus bigotes,--va usted a comprarme quinientas acciones del Banco
Vitalicio.
--Y otras quinientas para un servidor--dice el joven Vargas con mucho
aplomo.
--Perfectamente--contesta Rocchio,--pero... andar con cuidado, no sea
cosa que se les vayan los pies.
Los dos clientes se encogen de hombros y se marchan a ver los telegramas
expuestos.
--En la primera alza las vendemos--dice Jacinto.
--Y el alza vendrá en pocos días--contesta Quilito convencido;--¡ya lo
verás!
Las ideas de pérdida y de insolvencia que, a pesar suyo, se entrechocan
en su cerebro, les produce desagradable comezón.
--Si pierdo--piensa Jacinto,--pagará el _viejo_.
Quilito no tiene viejo que pague los platos rotos, y piensa que si
pierde, no tendrá más recurso que el tirito prometido a la tía Silda.
Las alternativas de la suerte les mantiene en una agitación penosa, y
diariamente van a leer su sentencia en la pizarra; ningún curso de
catedrático es seguido con más asiduidad que este de la Bolsa, dictado
por el demonio del juego. Allí están los dos primos, a la misma hora,
infaltables, ya alegres, ya decaídos, según el número que marca la tiza;
ayer en la primera rueda la fortuna les sonrió, hoy se les muestra
huraña.
--¡Mañana será!
Y el mañana no llega, parece no querer llegar nunca.
Después de las cuatro se marchan, encargando a Rocchio mucho ojo; no hay
que dejar pasar el cuarto de hora de la suerte. El lujoso faetón les
espera, y se dirigen a Palermo, soñando que al siguiente día andarán con
el oro a paletadas.
La cara que ellos llevan, iluminada por la esperanza que la
inconsciencia de la edad alimenta, no la muestran todos los que en la
Bolsa han entrado. Poco a poco van saliendo, abatidos unos, mohinos
otros, preocupados todos; en el pórtico, que hormiguea, se detienen
algunos para dar la última puntada de un negocio o comentar los
incidentes de la jornada, mientras los demás se alejan, encorvados bajo
la pesadumbre del presente y la inquietud del porvenir; los tílburis se
mueven y uno a uno se desprenden de la acera. Sale don Bernardino,
receloso, y don Raimundo, desconfiado, y Rocchio, un corredor que teme
ser corrido, y la turba de jovenzuelos bulliciosa; la ceremonia ha
concluído y parece oírse el galop final de endiablada orquesta. Los
últimos grupos se disuelven, se cierran las pesadas puertas y queda el
inmenso edificio sumido en el silencio, en medio de la penumbra de la
tarde que cae... Allá van todos, enroscada la horrible duda al corazón,
en triste compañía con el fantasma de la bancarrota, luchando entre el
pesimismo de sus impresiones y la promesa de sus esperanzas.
Entretanto, la plaza se anima, con los mecheros de gas, que se encienden
y el rodar de los coches, que pasan. Los tranvías hacen sonar sus
cascabeles y la corneta ensaya alegres aires; se siguen, se cruzan,
doblan gallardamente las curvas de la vía, cada cual con su farol de
color al frente y sus banderolas al tope. El reloj del Cabildo muestra
su enorme esfera iluminada, marcando la hora bendita de la comida; la
feísima Pirámide va a quedar pronto sola, hundida hasta las rodillas,
aterida de frío, porque el viento del río la consume y la humedad
devora la cal y el revoque de su vestimenta; aburrida, porque los
figurones en camisa, que la decoran, no la prestan compañía. Las tristes
palmeras, sujetas al suelo por largos hilos de alambre, como prisioneras
engrilladas ante el temor de una evasión al trópico, salúdanla de lejos,
agitando sus penachos amarillos.
Sentado en un banco Agapo, el filósofo cínico, ha visto con mirada
distraída el desfile de bolsistas; tiene sobre sus rodillas un periódico
doblado en cuatro, a guisa de servilleta, y come tranquilamente una
rueda de salchichón, un trozo de queso, pan y dos naranjas, de postre.
--¡Vaya, vaya!--refunfuña,--que si yo tuviera aquí un rifle, un
miserable rifle, os cazaba como a patos en una laguna; no quedaría uno
de vosotros para un remedio, grandísimos pillos. Con qué gusto cargaría
el arma, apuntaría al más pintado y ¡zas! lo echaría a rodar hecho
polvo. El primero que caía era mi señor hermano, por ladronazo y sin
entrañas; ¡qué bala más bien puesta y más merecida! luego mi sobrino
Jacintito, por botarate y sinvergüenza, y ese portugués, que se me
figura un lagartón de marca mayor. ¡Y tantos otros! a éste quiero, a
éste no quiero ¡zás! ¡zás! ¡zás! ¡Qué limpia más necesaria y más útil!
Después, llevaba mi cartuchito de dinamita a ese caserón que llaman la
Bolsa, donde las gentes se descamisan entre sí, y otro cartuchito al
Palacio de Gobierno, esa caverna de pícaros.
Dió un mordisco al pedazo de pan y se sonrió, cual si asistiera al
espectáculo que describía y viera los cadáveres y los escombros.
--No me vengan a mí con revoluciones--prosiguió,--con salidas a la
calle, gritando ¡viva la libertad! en la creencia estúpida que vais a
vencer, con el solo esfuerzo del patriotismo y que los mandones se van a
amilanar ante la opinión. _¡Pa los pavos!_ la opinión son los
remingtons, ajo. Ya veréis la que os espera, y cómo se barren las calles
a bala rasa, y cómo os mandan a casita a puntapiés, como muchachos de
escuela revoltosos que sois, con la promesa obligada de no volver a
hacerlo más, y cuidadito con alzar el gallo. Nada, nada, la dinamita o
la horca; aquí en la plaza, una buena horca, sólida, y a colgar a todo
bicho que sea perjudicial o lleve las uñas largas. ¡Si me dieran a mí el
poder por una hora, nada más que por una hora, lo arreglaba todo muy
lindamente, y entregaba el país más limpio de pícaros y más sano de
crisis! Claro, como que los malos gobiernos son como los microbios en el
cuerpo, que lo devoran y destruyen, si no se les expulsa a tiempo, y
para esto se necesita un enérgico medicamento.
Agapo se irguió en el banco, animándose con la idea de ejecutar las
hazañas que decía; allí, al pie de la Pirámide, para escarmiento, con
mucho alarde de tropas y de pueblo; ¡qué función de gala!
El queso había sido ya devorado y tenía la boca seca; sacó del bolsillo
de su gabán raído una botella tapada con cuidado, y bebió. Luego atacó
las naranjas, navaja en mano. Una vez concluída la cena, plegó la
servilleta, digo, el periódico y atravesó a la acera de la Bolsa, en
busca de colillas de cigarro. Casi a gatas, como un trapero que hurga en
los rincones, recogía los puchos, jurando cuando no encontraba o la
cosecha era escasa.
--¡Estos bolsistas hasta los puchos pierden en la rueda!--murmuraba.
Y volviendo a su idea de hacer justicia, como él la entendía, añadió:
--¡Vaya si lo hacía, y qué bien hecho estaría! ¡zas! ¡zas! y ¡zas! no
hay otro remedio.
Aplicó el oído a la puerta del edificio, creyendo oír sonar el oro o el
crujido de las arcas que se abrían.
--¡Ca!--dijo riendo burlonamente,--¡si aquí no hay oro ni nada!
Dió un golpe en la madera, que devolvió el eco como lejano trueno, y se
fué en dirección al río, vacilante a causa del vino. El Palacio de
Gobierno erguía su fachada churrigueresca, del otro lado de la plaza,
también obscuro y silencioso, como la Bolsa. Al pasar, Agapo le mostró
los puños.
Y mientras él se alejaba, en la esquina de la Catedral aparecía, el
honrado y pacífico míster Robert, en busca de su tranvía, el de la luz
roja; el día ha sido malo, el trabajo rudo y piensa con delicia en el
hogar, donde va a encontrar el descanso del cuerpo y del espíritu. Pasa
la luz verde, la azul, la anaranjada, pero la roja no se columbra
todavía. La espera, mirando hacia el río, y su pensamiento, entretanto,
vuela al escritorio que acaba de abandonar, abre el libro mayor, y
verifica las cifras amontonadas al pie de cada hoja. Es evidente; la
casa se hundirá, como edificio de cartón, a pesar de toda su
inteligencia, de toda su probidad y de todo su cuidado: no hay
equilibrio entre las entradas y las salidas. Los gastos son enormes, los
deudores numerosos, y las operaciones que se malogran, por falta de
confianza o de oportunidad, incalculables. ¡Ese Jacintito! Nunca fué un
socio de consejo, y pronto dejará de ser un socio de dinero, porque el
capital está ya comprometido; cada jugada de Bolsa del atolondrado joven
es un golpe de azada para la casa, que descubre ya sus poco seguros
cimientos. Es cierto, que ahí está don Bernardino Esteven, pero malos
vientos soplan también de ese lado; la fortuna de don Bernardino está
anémica, dicen, y su caída no es sino cuestión de tiempo.
¡Perfectamente!
Míster Robert suspira y sigue andando; al tocar el límite de la
escalinata del templo, ve, cerca de la última columna, dos hombres que
hablan en la sombra: uno es alto y grueso y está de cara a la calle; el
otro lleva un levitón color de café y da la espalda. Míster Robert les
reconoce y siente dolorosa angustia. ¡El rico Esteven en conciliábulo
con el prestamista don Raimundo! aquello sí que no es una visión. Los
rumores que corren son entonces ciertos, y el opulento personaje está
herido de muerte cuando acude al recurso supremo del portugués...
Parécele escuchar el estrépito de su casa que se derrumba, la casa
Esteven y Compañía, y no quiere darse vuelta, de temor de no poder
soportar el espectáculo de la catástrofe.
La luz roja llega y míster Robert sube al tranvía. Se sienta y abandona
la cabeza sobre el pecho; va con más frío que nunca, con más tristeza
que nunca, porque ha creído sentir ahora, como en otro tiempo, la férrea
mano del agio sobre su brazo robusto de trabajador.
V
Rocchio se sentó, al fin, aniquilado. El trajín que llevaba desde por la
mañana, era suficiente para quebrar la fibra de un individuo más bien
templado, si podía haberlo, que aquel italiano atlético, cuadrado, con
las crines erizadas, cuya voz era un rugido; tan brusco en sus maneras,
que un _buenas tardes_ de su boca hacía el efecto de un escopetazo a
quema ropa, y un apretón de manos producía la sensación de arrancar el
brazo, a tirones, brutalmente. Trabajador, eso sí, como una mula de
carga, y ahorrativo como una hormiga; Rocchio no perdía un minuto de su
día comercial, ni gastaba un centavo más de su cuenta del mes, que él
estiraba cual si fuera de goma elástica, a fin de cubrir sus escasas
necesidades, porque él aseguraba venirle la sábana corta para sus
piernas tan largas.
Con esto, de tan mala sombra, que siempre estaba a la cuarta pregunta, y
había que creerle; no se dió nunca quiebra en que él no estuviera
mezclado, ni colega fugado que no le comprometiera, ni deudor que no le
engañara. Así, venía la hora de los pagos, y todo era tirar de la
cuerda, y esforzarse en hacerla llegar hasta el extremo adonde llegar
debía, pero la cuerda no daba más de sí y se rebelaba contra la
violencia, amenazando romperse; Rocchio decía, melancólicamente, que su
presupuesto parecía el del Gobierno; que para una gotera que se tapa,
ciento se abren, de tanto manotazo y dentellada que sufre al cabo del
año.
Se sentó, pues, aniquilado y con un humor de todos los diablos; era día
de liquidación y todavía uno que le plantaba en medio del arroyo, sin
presentarle sus excusas siquiera, con una grosería verdaderamente
irritante. Otros, al confesar su insolvencia, invocan el nombre sagrado
de la familia, piden plazos, ofrecen una satisfacción probable,
entregando su crédito en rehenes, en medio de las lamentaciones en que
su dignidad, herida por la desgracia, estalla; pero éste, un
falsificador de votos, gran matachín de elecciones, actor principal en
todos los enjuagues políticos y picardigüelas de su parroquia, títulos
todos que le facilitaron la entrada al Congreso y le aseguraban el
ascenso a la primera poltrona ministerial vacante, le había dado con la
puerta en las narices, acompañando la acción con estas palabras:
--Déjeme usted en paz; ¡qué gringo más impertinente y más j...! No tengo
dinero, ¿quiere que vaya a robarlo a los caminos?
En viendo a Rocchio, cualquiera se imaginaría que a aquel corpachón de
elefante, correspondía un carácter de avasalladora energía, y que, si
aquellos puños de gladiador, eran manejados por un genio violento e
irascible, el acceso a la temible fiera era tan difícil como peligroso.
Pues bien: en Rocchio todo era apariencia; incapaz de matar una mosca,
su espíritu conciliador acogía a todos con la misma sonrisa, sin
cuidarse de los rasguños de la malicia, semejante a un león al que han
limado las uñas, desdeñoso de la curiosidad que despierta, cautivo y
domesticado, pero que sabe bien que, de un golpe de zarpa, puede
pulverizar al audaz que pretenda molestarle en demasía. Mas que a
Rocchio no le tocaran al bolsillo, su punto vulnerable, porque entonces
ya no respondía de sí mismo; salía a su defensa con aquella voz tonante,
que infundía pavor cual una descarga de metralla, y levantando sus puños
formidables, dispuesto a aplastar, como un insecto, al que cogiera
debajo. Así, cuando el politicastro aquel le obsequió con tal andanada
de perrerías, de una patada abrió la puerta, y estoy por creer que un
buen boquete en ella, y puso verde y de todos colores al infeliz,
alcanzándole una caricia de la mano en la mejilla. No se lo comió allí
mismo, porque no tenía hambre, sino mucha rabia. Entretanto, no cobraba
de él, ni cobraría nunca, por las trazas. Lo mismo habíale ocurrido con
otro cliente, un saladerista más exacto que un reloj y cuya palabra
podía venderse al peso; es decir, lo del plantón repentino, que no hubo
necesidad de pedir la razón a la fuerza, pues el hombre las dió tan
justas y aceptables, que Rocchio se conformó y aun llegó a disculparse
por haberle molestado tan temprano. ¡Otro reloj descompuesto que no
marcaba la hora! Pero la de la liquidación apuntaba en la esfera de la
Bolsa. ¿Y qué hacer? ¡Acudir, otra vez, a los ahorrillos! Era preciso
ver antes si quedaba algo todavía, pues bien podía ser que su cuenta
corriente estuviera exhausta, como bota de vino que las libaciones
frecuentes han exprimido. El político de marras le había dicho:
--¿Conque no tiene usted de dónde sacar dinero? pues busque usted en la
lana de sus colchones o en el forro de su chaqueta. Quisiera yo tener el
gato que, sin duda, tiene usted encerrado. ¡Valiente gringo está usted!
siempre llorando lágrimas...
No, lo que es la bofetada se la había ganado bien y todas sus
inmunidades no le valdrían para quitársela de encima.
Tanto andar aquella mañana, y sin resultado, abatió su ánimo; además, no
había probado bocado y sentía un amargor en la boca y un
desfallecimiento en el estómago... ¡Pero buenos eran los momentos para
pensar en cuestiones de bucólica! aunque de bucólica se trataba, la más
grave y pavorosa de las cuestiones... La Bolsa presentaba un aspecto
imponente; un rumor inmenso llenaba el vasto local, como huracán que
ruge en la selva, y la atmósfera parecía cargada de tanta electricidad,
que era inminente el incendio, si estallaba la chispa. Y todos,
apiñados, ahogados, torturados por una tensión de nervios insoportable,
volvíanse ansiosos, deseando ver saltar, por fin, la chispa salvadora,
en la esperanza de que la bóveda se abriera y se desplomara la fábrica y
se hundiera el mundo entero. El humo de los cigarros y el polvo de las
pisadas formaban una nube azulada sobre las cabezas, que el sol doraba
con sus rayos, al pasar por las altas vidrieras; la rueda era como la
roca, contra la cual se estrellan las oleadas tempestuosas; allí los
gritos eran más fuertes, los apóstrofes más rudos, la lucha más reñida,
más desesperada, más implacable; los bastones, esgrimidos por brazos que
la pasión enardecía hasta la epilepsia, se levantaban amenazadores. Como
montón de hojas secas que el viento arremolina, arrastra y desparrama,
los grupos se movían, atropelladamente, se formaban y se disolvían;
dominando el fragor del tumulto, alzábase una voz:
--¡Oro 325!
E inmediatamente un alarido colosal la apagaba, recorriendo todos los
ámbitos de la sala estremecida.
Desde la mesa en que Rocchio se había refugiado, distinguíase el fúnebre
pizarrón; las cifras aparecían tan claras, tan netas, tan blancas, que
producían el vértigo: el oro, como habilísimo acróbata, daba saltos
mortales: 325, 330, 336, 340... ¡dos puntos, cinco puntos, diez puntos
de golpe! y ahí quedaba con un pie en el trapecio y en el aire el otro,
pronto a dar nuevo salto, delante del público aterrado, que seguía sus
movimientos con espantosa ansiedad. Los demás valores bajaban
rápidamente, como piedras que ruedan la pendiente de un precipicio. Las
acciones y las cédulas, de toda especie y categoría, ensayan posturas de
equilibrio, se esfuerzan y luchan por sostenerse, pero a paso de
cangrejo, a reculones, van perdiendo terreno y caen, las alas rotas. El
oro hace una cabriola y del 40 baja al 35, de éste al 29 y luego al 28;
los pechos respiran con más facilidad... ¡cinco puntos de golpe! esto
animará quizá a las cédulas, y las acciones saldrán de su postración.
Pero ellas no se mueven, y el oro, de repente, salta del 28 al 42, en
medio de la gritería del público desengañado.
--¡Oro 342! ¡Compro! ¡Vendo!
Rocchio, el cuello estirado, los ojos febriles, mira las volteretas del
metal y su corazón le hace ¡pum! ¡pum! allá dentro; su mano ancha y
peluda se crispa sobre la mesa. Como un toro herido, resuella
ruidosamente y echa pestes en su lengua contra el oro y los agiotistas
que, entre las bambalinas, tiran de la cuerda de aquel títere y le hacen
bailar al son del organillo de sus conveniencias.
--_Brigantes_, estafadores, ¡qué celda más confortable os preparaba yo
en la Penitenciaría! Allí podríais hacer todos los juegos de manos que
quisierais; ¿hasta cuándo os burlaréis de nosotros? estáis
comprometiendo el país y no lo veis, egoístones sin vergüenza... Ahora
baja el oro otra vez, dos puntos, tres puntos, cuatro puntos, y las
acciones del Banco Vitalicio suben medio punto, un punto, con un trabajo
que ya, ya... Pero, ya daréis vosotros un tironcito de la cuerda, y
vuestro mono hará una pirueta, saludará con una mueca a los tontos que
asistimos a la función, e irá otra vez a meter la cabeza en las nubes. Y
esas pobrecitas, desalentadas, de nuevo boca abajo... ¿no lo dije? ocho
puntos más el oro, y las acciones en el suelo. ¡Ah! _¡sacramento!
¡sacramento!_
A su lado, un anciano respetable comenta también en voz alta el curso de
las operaciones, con palabras agrias que nadie escucha; a pesar de sus
anteojos, no ve bien la pizarra: se empina, empuja a los vecinos y jura
cada vez que algún oficioso repite la cifra que él no alcanza a
distinguir. Encarándose con Rocchio, exclama:
--¡Pero esto es la ruina de todos! El país está perdido.
Rocchio, desolado, hace un gesto. Y se ponen a hablar de la crisis, del
callejón sin salida en que todos se han metido, del _krac_ que se
anuncia, con todos los síntomas de un terremoto bursátil.
--Ya verá usted esos _chalets_ de la especulación desmoronarse; claro
está, todos han querido construir su _home_ con materiales prestados, en
el aire, endeudándose con los Bancos para pagar a los obreros...
Se callaron, porque muy cerca, dos corredores reñían y se daban de
mojicones. Quién corría, quién gritaba y algunos se interpusieron entre
ambos combatientes; apabullado el sombrero, la corbata deshecha y la
cara amoratada, se fueron cada cual por su lado, echándose miradas de
desafío.
--Los nervios están cargados de dinamita--dijo Rocchio.
--Esto es el diluvio universal, el fin del mundo--repuso el viejo.
--¡Ojalá!--exclamó un joven pálido, ojeroso, que acusaba en su
semblante el desgaste precoz de sus fuerzas.
Y volviéndose al anciano, añadió:
--¿Sabe usted cuánto llevo perdido? ochenta mil nacionales, y tengo que
pagarlos en las veinticuatro horas, y mujer e hijos que mantener, y un
sueldo en una oficina que apenas me alcanza para comer y vestir. ¡Que
venga, que venga el diluvio! ¡Ojalá!
Bondadosamente, el viejo, un antiguo conocido, le hizo reflexiones, que
le impresionaron.
--Ya lo sé--contestó el joven,--pero he querido hacer como todos; veía
cada día salir de la nada en un periquete a éste, a aquél, y triunfar
con lujo soberbio en todas partes. Si la Bolsa levantaba a tantos, ¿por
qué no había yo de subir también? El empleado, en nuestro país, está
sujeto al capricho del jefe, sin la salvaguardia de un reglamento que,
en todos los casos, es siempre la arbitrariedad y el favoritismo más
vergonzoso, más humillante, más indigno. No llega sino el que es amigo
del ministro, el que es pariente del ministro; los méritos contraídos,
los servicios prestados nada significan, y sin buenas cuñas no hay
ascensos, y sin adulación y sin bajeza: el empleado que quiere marchar
por sus cabales, es condenado a vegetación perpetua, y esto si, en un
día de mala digestión del señor ministro, no se le borra del cuadro de
una plumada. El deseo de salir de una situación semejante y el mal
ejemplo me arrastraron, y jugué, jugué lo que tenía y lo que no tenía.
¡Ochenta mil nacionales! ¿de dónde sacarlos? Mi alma al diablo vendería.
¡Que venga el diluvio! ¡Ojalá!
Calló el joven pálido y los dos hombres se miraron, entristecidos.
Rocchio pensaba que él, siquiera, era un hongo, y que en su triste
cuarto de hombre solo, no encontraría lágrimas en el día de la
desgracia, si llegaba. Ya que se cae, por la propia falta, sufrir solo
sus consecuencias es siempre un consuelo para los corazones generosos.
Detrás, se contaba dinero sobre las mesas, afanosamente: no se escuchaba
la agradable música de las monedas, porque eran enormes mazos de
billetes, sucios y deleznables, espulgados por dedos que la práctica
hacía parecer mecánicos. Las mesas desbordaban; sobre las sillas
cercanas había pilas simétricas: era una orgía de dinero, tentadora,
insolente y cruel, como mesa cubierta de suculentos platos, a los que es
prohibido tocar, y que el hambriento mira encandilado, de lejos, bajo la
tortura de su estómago y de su olfato. Las narices se inflaban, y
sorbían con delicia el aroma que la diosa Fortuna desparramaba en la
sala, como oxígeno vivificante, estímulo fugaz de cansados pulmones;
regocijábanse los ojos, y las manos sentían cosquilleos extraños,
impulsos poderosos de pasearse sobre las mesas y tocar y acariciar tanta
riqueza acumulada, y revolcarse en aquel lecho voluptuoso, poseídas de
una sensualidad irresistible. Don Raimundo Portas rondaba el tesoro,
arrojando miradas de codicia, embriagado, subyugado con aquel
espectáculo, relamiéndose golosamente.
--¡Oro 343!--gritó una voz.
Alguien tocó en el hombro a Rocchio. Era Jacintito, descompuesto, con el
sombrero ladeado, amarillo, muy grave. El coloso se levantó.
--Amigo Esteven, me alegro de verle.
--Amigo Rocchio, una palabrita...
Se apartaron, y a boca de jarro, Jacinto soltó la palabrita:
--No puede ser, no puede ser y no puede ser; el mes que viene quizá,
pero hoy no, no y no.
Sacudía la cabeza a cada negativa.
--La liquidación de mayo es un desastre general; no habrá uno que se
salve de la _volteada_: ¡hasta Schlingen quiebra, dicen! ¿qué puedo yo
hacer? Usted me conoce bien y sabe que he cumplido siempre mis
compromisos, pero hoy me es imposible, absolutamente imposible,
irremediablemente imposible pagarle los cincuenta mil nacionales. ¡Usted
ve cómo está esto! ¿quién podía prever lo que ha pasado? Acciones que
han bajado veinte y treinta puntos de golpe...
--¡Perfectamente!--dijo Rocchio, temblándole las manazas, con ganas de
hacer una atrocidad, porque era la tercera acometida que sufría su
bolsillo aquel día.--¿De modo que usted también me planta? ¿y con qué
voy a pagar yo las acciones compradas a su nombre y por su orden? ¿Sabe
usted que ya me andará buscando el vendedor, y que si no le pago saldré
a la vergüenza en la pizarra?
--Pero, amigo Rocchio...
--Amigo Esteven, cuando no se tiene dinero a mano, no se hacen
operaciones de Bolsa; comprar al fiado, con ánimo de pagar si se gana y
de trampear si se pierde, es una estafa, sí, señor, una estafa; y no
retiro la palabra.
Jacintito de amarillo se puso rojo, y de rojo, amarillo otra vez, porque
el vozarrón del italiano se oía como un trompetazo, y la gente se
volvía, con curiosidad.
--Cálmese usted, no tiene usted derecho de tratarme así; cuando yo le
digo que para junio...
--Si usted no puede responder, responderá su padre.
--¿Mi padre? imposible; está agobiado de compromisos.
--O su socio; el señor Robert es una persona decente y no querrá dejar
empañada la reputación de su casa; precisamente, acabo de verle aquí, y
he de hablarle.
El muchacho enrojeció de nuevo hasta las orejas, hasta el blanco de los
ojos.
--Ya sabe usted que mi socio no tiene nada que ver con mis negocios de
Bolsa; yo juego porque sí, porque me da la gana, solo, por mi cuenta y
riesgo. No mezcle usted mi casa en este asunto.
--¡Bonita excusa!--tronó el gigante.--¿Qué galimatías es ése? ¿No forma
usted parte de la razón social Esteven y Compañía? Pues la casa Esteven
y Compañía es la responsable de sus operaciones comerciales.
El chico se ahogaba; ¡no poder tapar la boca de aquel animal! Ensayó
domesticarlo, con frases cariñosas y acento humilde.
--Vamos, amigo Rocchio, no sea usted malo, que no es tan fiero como
quiere hacerse; no es la primera vez que usted me concede plazos, y más
largos todavía. Será en junio... ¡piense cómo está el mercado! ¡hasta
Schlingen!
Rocchio, siempre encrespado, refunfuñaba:
--Y su alhajita de primo, el joven Vargas, también me dará la castaña...
--No sé--dijo Jacintito,--no le he visto. Con que quedamos que en junio.
Escabullóse, sin esperar respuesta, y desapareció.
--La culpa me la tengo yo--masculló Rocchio volviendo a su sitio,--yo,
que me acuesto con estos mequetrefes sin responsabilidad. _¡Sacramento!_
En medio de su mala ventura, la idea de que Schlingen, el especulador
afortunado, el atrevido acaparador de títulos, el rey de la rueda, en
fin, estuviera comprometido en la liquidación, le hizo el efecto de una
ducha en la nuca. ¿Era entonc
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