Gutenberg · eo1.org

← catalogue

La Novela de un Joven Pobre

by Octave Feuillet · Spanish · Gutenberg #22909 · 339,095 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of La Novela de un Joven Pobre
    
This eBook is for the use of anyone anywhere in the United States and
most other parts of the world at no cost and with almost no restrictions
whatsoever. You may copy it, give it away or re-use it under the terms
of the Project Gutenberg License included with this eBook or online
at www.gutenberg.org. If you are not located in the United States,
you will have to check the laws of the country where you are located
before using this eBook.

Title: La Novela de un Joven Pobre

Author: Octave Feuillet


        
Release date: October 7, 2007 [eBook #22909]
                Most recently updated: January 3, 2021

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/22909

Credits: Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
        Proofreading Team at https://www.pgdp.net


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA NOVELA DE UN JOVEN POBRE ***




Produced by Chuck Greif and the Online Distributed
Proofreading Team at https://www.pgdp.net









BIBLIOTECA DE «LA NACION»

OCTAVIO FEUILLET

LA NOVELA DE UN JOVEN POBRE

BUENOS AIRES

1909


_Le roman d'un jeune pauvre_, cuya versión castiza ofrecemos en este
volumen á los lectores de la Biblioteca, apareció en París en 1857.
Tenía el autor entonces treinta y seis años; estaba en toda la plenitud
de su actividad mental y en todo el hervor de su juventud, y de allí tal
vez el cariño con que ha trazado la figura de Máximo Odiot, ese perfecto
gentilhombre, cautivador en su brillante pobreza.

Octavio Feuillet, al escribir este libro, debió de poner en él mucho de
sí mismo, de sus personales y elevados sentimientos--reconocidos por
todos sus críticos contemporáneos--y por eso, sin duda, le ha resultado
la mejor de sus obras, en donde más resaltan sus esenciales cualidades
de novelista, creador de escenas y caracteres de ideal nobleza.

Y no tan sólo es hermosa _La novela de un joven pobre_ por su asunto y
la alteza de los sentimientos que en ella actúan, sino que también
sobresale y seduce por las excelencias primorosas del estilo, en que era
el autor un magistral artífice.

Espíritu delicado y exquisito, Feuillet hacía su prosa dúctil, ágil,
experta. Conocía como pocos el arte de elevarse con prudencia, y de
transportar al lector sin ocasionarle vértigos. Medía, como con un
termómetro, el grado de lirismo que conviene á la mayoría del público, y
así jamás daba notas que pudieran discordar en la general armonía de sus
producciones. En esto estriba el principal encanto de ellas, que tienen,
como distintivo, un perpetuo y uniforme buen gusto.

_La novela de un joven pobre_ es acabado modelo de lo que dejamos dicho.
Por eso será siempre un libro nuevo, un libro joven, con la juventud
eterna que en el arte tiene todo lo que significa belleza, gracia,
fuerza ó elegancia.




LA NOVELA DE UN JOVEN POBRE

_¡Sursum corda!_

París, 20 de abril de 185...


He aquí la segunda noche que paso en este miserable cuarto, contemplando
melancólicamente mi apagado hogar, escuchando, con estupidez, los
rumores monótonos de la calle, y sintiéndome en medio de esta gran
ciudad, más solo, más abandonado y más próximo á la desesperación que el
náufrago que lucha en medio del océano sobre su roto pino. ¡Basta de
cobardía! Quiero encarar frente á frente mi destino para quitarle sus
trazas de espectro; quiero también abrir mi corazón, donde desborda el
pesar, al único confidente cuya piedad no puede ofenderme, á ese pálido
y único amigo que me contempla... á mi espejo. Quiero, pues, escribir
mis pensamientos y mi vida, no con una exactitud cotidiana y pueril,
pero sin omisión seria, y sobre todo sin mentira. Apreciaré mucho este
diario: él será como un eco fraternal que engañe mi soledad y me
servirá, al mismo tiempo, como una segunda conciencia, advirtiéndome no
deje pasar en mi vida ninguna acción que mi propia mano no pueda
escribir con firmeza.

Busco ahora en el pasado, con triste avidez, todos los hechos, todos los
incidentes que hace largo tiempo me hubieran instruído si el respeto
filial, la costumbre y la indiferencia de un feliz ocioso, no hubieran
cerrado mis ojos á toda luz. Me he explicado la melancolía constante y
profunda de mi madre; me explico también su disgusto por la sociedad, y
aquel vestido simple y uniforme objeto ya de las burlas, ya de los
enojos de mi padre:--Pareces una sirvienta--le decía.

Yo no podía dejar de ver que nuestra vida de familia era algunas veces
alterada por querellas de carácter más serio, pero jamás fuí testigo
inmediato de ellas. Los acentos irritados é imperiosos de mi padre, los
rumores de una voz que parecía suplicar y algunos sollozos ahogados, era
todo lo que podía oir. Atribuía estas borrascas á tentativas violentas é
infructuosas por hacer volver mi madre á la vida elegante y bulliciosa
de que había gustado en otro tiempo, tanto como puede hacerlo una mujer
buena; pero en la cual no seguía ya á mi padre sino con una repugnancia
cada día más obstinada. Después de estas crisis era raro que mi padre no
se apresurara á comprar algún bello dije, que mi madre hallaba bajo su
servilleta, al sentarse á la mesa, y que jamás usaba. Un día, á la mitad
del invierno, recibió de París una gran caja de flores preciosas: se las
agradeció con efusión á mi padre, pero cuando hubo salido del cuarto, la
vi alzar ligeramente los hombros, y dirigir al cielo una mirada de
incurable desesperación.

Durante mi infancia y primera juventud había tenido á mi padre mucho
respeto, pero muy poco cariño. En efecto, en el curso de este período no
conocía sino el lado sombrío de su carácter, el único que se reveló en
su vida doméstica, para la que no había nacido. Más tarde, cuando mi
edad me permitió acompañarle en el mundo, me sorprendí alegremente al
encontrar en él un hombre que ni aun había sospechado. Parecía que en el
recinto de nuestro viejo castillo de familia, se hallaba bajo el peso de
algún encanto fatal: apenas se encontraba fuera, veía despejarse su
frente y dilatarse su pecho: se rejuvenecía.

--¡Vamos, Máximo!--exclamaba--¡galopemos un poco!

Y devorábamos el espacio alegremente. Tenía entonces momentos de alegría
juvenil, entusiasmos, ideas caprichosas, efusiones de sentimientos que
encantaban mi joven corazón, y de los que habría querido llevar alguna
parte, á mi pobre madre olvidada en su triste rincón. Entonces comencé á
amar á mi padre, y mi ternura hacia él se acrecentó hasta una verdadera
admiración, cuando pude verle en todas las solemnidades de la vida
mundana, cazas, carreras, bailes y comidas, manifestar las cualidades
simpáticas de su brillante naturaleza. Diestro jinete, conversador
deslumbrante, excelente jugador, corazón intrépido y mano abierta, yo le
miraba como un tipo acabado de la gracia viril y de la nobleza
caballeresca. Él mismo se apellidaba sonriendo, con una especie de
amargura: _el último gentilhombre_.

Tal era mi padre en la sociedad, pero apenas vuelto á casa, mi madre y
yo no teníamos bajo nuestros ojos, más que un viejo intranquilo,
melancólico y violento.

Los furores de mi padre para con una criatura tan dulce y tan delicada
como mi madre, me habrían sublevado seguramente, si no hubieran sido
seguidos de esa reacción de ternura y ese redoblamiento de atenciones de
que antes he hablado. Justificado á mis ojos por estos testimonios de
arrepentimiento, no me parecía sino un hombre naturalmente bueno y
sensible, pero arrojado á veces fuera de sí mismo por una resistencia
tenaz y sistemática á todos sus gustos y predilecciones. Creía á mi
madre atacada de una especie de enfermedad nerviosa. Mi padre me lo daba
á entender así, aunque observando siempre, sobre este asunto, una
reserva que yo juzgaba muy legítima.

Los sentimientos de mi madre para su esposo me parecían de una
naturaleza indefinible. Las miradas que dirigía sobre él, se inflamaban
al parecer algunas veces con una extraña expresión de severidad; pero
esto no era más que un relámpago; un instante después sus bellos ojos
húmedos y su fisonomía inalterable no manifestaban sino una tierna
abnegación y una sumisión apasionada.

Mi madre había sido casada á los quince años, y tocaba yo á los
veintidós cuando vino al mundo mi hermana, mi pobre Elena. Poco tiempo
después de su nacimiento, saliendo mi padre una mañana con la frente
arrugada del cuarto en que mi madre se consumía, me hizo señal para que
le siguiera al jardín; después de haber dado dos ó tres vueltas en
silencio.

--Tu madre, Máximo--me dijo,--se pone cada vez más caprichosa.

--Sufre tanto, ¡padre mío!

--Sí, sin duda; pero tiene un capricho muy singular; desea que estudies
derecho.

--¡Yo, derecho! ¿cómo quiere mi madre que á mi edad, con mi nacimiento y
en mi situación vaya á arrastrarme en los bancos de una escuela? Eso
sería ridículo.

--Esa es mi opinión--dijo secamente mi padre,--pero tu madre está
enferma, y todo está dicho.

Yo era en aquel tiempo un fatuo, muy envanecido de mi nombre, de mi
juvenil importancia y de mis pobres triunfos de salón; pero tenía el
corazón sano, adoraba á mi madre, con la que había vivido durante veinte
años en la más estrecha intimidad que pueda unir dos almas en este
mundo; me apresuré á asegurarle mi obediencia: ella me dió las gracias
inclinando la cabeza con una triste sonrisa y me hizo besar á mi hermana
dormida sobre sus rodillas.

Vivíamos á media legua de Grenoble; pude, pues, seguir mi curso de
derecho, sin dejar la casa paterna. Mi madre se hacía dar cuenta, día
por día, del progreso de mis estudios, con un interés tan perseverante,
tan apasionado, que llegué á preguntarme, si no habría en el fondo de
esta preocupación extraordinaria algo más que un capricho de enferma: si
por acaso la repugnancia y el desdén de mi padre hacia la parte
positiva y fastidiosa de la vida, no habrían introducido en nuestra
fortuna algún secreto desorden, que el conocimiento del derecho y el
hábito de los negocios deberían, según las esperanzas de mi madre,
permitir á su hijo reparar. No pude, sin embargo, detenerme en esta
idea; verdad es que recordaba haber oído á mi padre quejarse amargamente
de los desastres que nuestra fortuna había sufrido durante la época
revolucionaria; pero desde tiempo atrás estas quejas habían cesado, y
por otra parte, yo siempre las había hallado demasiado injustas,
pareciéndome nuestra situación de fortuna de las más satisfactorias.
Habitábamos, cerca de Grenoble, el castillo hereditario de nuestra
familia, que era citado en el país por su aspecto señorial. Solíamos mi
padre y yo cazar durante un día entero sin salir de nuestras tierras ó
de nuestros bosques. Nuestras caballerizas eran grandiosas, y estaban
siempre llenas de caballos de precio, que eran la pasión y el orgullo de
mi padre. Poseíamos, además, en París, en el bulevar de los Capuchinos,
una magnífica casa, donde encontrábamos un confortable apeadero. En fin,
en el lujo habitual de nuestra casa nada dejaba traslucir la sombra de
la escasez ó de la proximidad á ella. Nuestra mesa era siempre servida
con una delicadeza particular y refinada, á la que mi padre daba mucha
importancia.

Entretanto, la salud de mi madre declinaba por una pendiente apenas
sensible, pero continua. Llegó un tiempo en que su carácter angelical se
alteró. Su boca, que jamás había pronunciado, en mi presencia al menos,
sino dulces palabras, se hizo amarga y punzante; cada uno de mis pasos,
fuera del castillo, fué objeto de un comentario irónico. Mi padre que no
era mejor tratado que yo, soportaba estos ataques con una paciencia que
me parecía meritoria de su parte; pero tomó la costumbre de vivir más
que nunca fuera de casa, sintiendo según me decía, la necesidad de
distraerse, de aturdirse sin cesar. Me comprometía siempre á
acompañarle, y hallaba placer en mi cariño, en el ardor impaciente de mi
edad, y para decirlo todo, en una fácil obediencia y en la cobardía de
mi corazón.

Un día del mes de Septiembre de 185... debían tener lugar á alguna
distancia del castillo unas carreras, en las que mi padre había
comprometido muchos caballos. Él y yo habíamos partido de madrugada y
almorzado en el sitio de las carreras. Hacia mediodía galopaba yo sobre
la orilla del Hipódromo, para seguir más de cerca las peripecias de la
lucha, cuando de pronto fuí alcanzado por uno de nuestros criados, que
me buscaba, según dijo, hacía más de media hora; agregando que mi padre
había vuelto ya al castillo, á donde mi madre le había hecho llamar, y
que me suplicaba le siguiera sin demora.

--Pero en nombre del cielo, ¿qué es lo que hay?

--Creo que la señora se ha empeorado--me respondió,--y partí como un
loco. Al llegar vi á mi hermana jugando sobre el césped del gran patio,
silencioso y desierto. Corrió hacia mí al apearme del caballo, y me
dijo, abrazándome con un aire misterioso y casi alegre:--El cura ha
venido.--Sin embargo, yo no apercibía en la casa ninguna animación
extraordinaria, ningún signo de desorden ó de alarma. Subí la escalera
precipitadamente y atravesaba el retrete que comunicaba con el cuarto de
mi madre, cuando la puerta se abrió lentamente: mi padre apareció en
ella.

Me detuve delante de él; estaba muy pálido y sus labios
temblaban.--Máximo--me dijo sin mirarme,--tu madre te llama.--Quise
interrogarlo, pero me hizo una señal con la mano y se aproximó
rápidamente á una ventana como para mirar hacia afuera. Entré, mi madre
estaba medio acostada en su butaca, fuera de la cual pendía uno de sus
brazos como inerte. Sobre su fisonomía, blanca como la cera, volví á
hallar repentinamente la exquisita dulzura y la gracia delicada, que el
sufrimiento había desterrado poco antes; el ángel del eterno reposo
extendía visiblemente sus alas sobre aquella frente apaciguada. Caí de
rodillas: ella entreabrió los ojos, levantó penosamente su cabeza
desfalleciente y me dirigió una larga mirada. Luego con una voz que no
era más que un soplo interrumpido, me dijo lentamente estas
palabras:--¡Pobre niño! Estoy consumida, ya lo ves; no llores; me has
abandonado un poco en este último tiempo; ¡pero estaba yo tan áspera!...
Nos volveremos á ver, Máximo, y nos explicaremos, hijo mío... ¡No puedo
más!... Recuerda á tu padre lo que me ha prometido. ¡Tú, en el combate
de la vida, sé fuerte y perdona á los débiles!...--Pareció extenuada, se
interrumpió un momento; en seguida, levantando un dedo con esfuerzo, y
mirándome fijamente:--¡Tu hermana!--dijo. Sus pupilas azuladas se
cerraron; luego volvió á abrirlas de golpe, extendiendo los brazos con
un gesto rígido y siniestro. Yo lanzé un grito; mi padre se presentó y
estrechó largo tiempo contra su pecho, en medio de sollozos
desgarradores, el pobre cuerpo de una mártir.

Algunas semanas después, satisfaciendo la formal exigencia de mi padre,
que me dijo no hacía sino obedecer los últimos deseos de la que
llorábamos, dejé la Francia y comencé a través del mundo esa vida
nómada, que he llevado casi hasta este día. Durante una ausencia de un
año, mi corazón cada vez más amante, á medida que la inquieta fogosidad
de la juventud se amortiguaba, me acosó más de una vez para que volviera
á los lugares de la fuente de mi vida, entre la tumba de mi madre y la
cuna de mi tierna hermana; pero mi padre había fijado la duración
precisa de mi viaje, y no me había educado de modo que pudiese
desobedecer ligeramente sus órdenes. Su correspondencia, afectuosa, pero
breve, no anunciaba impaciencia alguna con respecto á mi vuelta: fué por
esto que me sorprendí más, cuando al desembarcar en Marsella hace dos
meses, hallé muchas cartas de mi padre en las cuales me llamaba con una
prisa febril.

En una noche sombría del mes de Febrero, volví á ver las murallas
macizas de nuestra antigua morada, destacándose sobre una capa de
escarcha que cubría la campiña.

Un cierzo destemplado y frío soplaba por intervalos; los copos de nieve
caían como las hojas secas de los árboles de la avenida y se posaban
sobre el suelo húmedo, con un ruido débil y triste. Al entrar en el
patio, vi una sombra, que me pareció ser la de mi padre, dibujarse en
una de las ventanas del gran salón que estaba en el piso bajo, y que no
se abría jamás en los últimos tiempos de la vida de mi madre. Me
precipité en él; al apercibirme, mi padre lanzó una sorda exclamación:
luego me abrió los brazos, y sentí su corazón palpitar violentamente
contra el mío.

--Estás helado, pobre hijo mío--me dijo,--caliéntate, caliéntate. Esta
pieza es fría; yo la prefiero sin embargo, porque al menos aquí se
respira.

--¿Y la salud de usted, padre mío?

--Así, así, ya lo ves.--Y dejándome cerca de la chimenea, continuó á
través de este inmenso salón, que estaba apenas iluminado por dos ó tres
bujías, el paseo que al parecer había yo interrumpido. Esta extraña
acogida me había consternado. Miraba á mi padre con estupor.--¿Has visto
mis caballos?--me dijo de pronto y sin detenerse.

--¡Padre mío!

--¡Ah, es verdad!... tú acabas de llegar...--Después de un corto
silencio:

--Máximo--agregó,--tengo que hablarte.

--Le escucho á usted, padre mío.

Pareció no oirme, se paseó algún tiempo y repitió muchas veces por
intervalos:--Tengo que hablarte, hijo.--Por último lanzó un profundo
suspiro, se pasó la mano por la frente y sentándose bruscamente, me
señaló una silla en frente de él. Entonces, como si hubiera deseado
hablarme, sin hallarse con el valor suficiente, sus ojos se detuvieron
sobre los míos, y leí en ellos una expresión tal de angustia, de
humildad y de súplica, que de parte de un hombre tan orgulloso como él,
me conmovió profundamente. Cualesquiera que fueran las culpas, que tanto
le costaba confesar, sentía en el fondo de mi alma que le eran muy
liberalmente perdonadas. Repentinamente esa mirada que no me abandonaba,
tomó una fijeza extraordinaria, vaga y terrible; su mano se crispó sobre
mi brazo; se levantó de su sillón y volviendo á caer en el instante, se
resbaló pesadamente sobre el pavimento: ya no existía. Nuestro corazón
no razona, ni calcula: esa es su gloria. Hacía un momento que todo lo
había adivinado; un solo minuto había bastado para revelarme de repente,
sin una palabra de explicación, por un rayo de luz irresistible, la
fatal verdad que mil hechos repetidos cada día durante veinte años, no
había podido hacerme sospechar. Había comprendido que la ruina estaba
allí, en aquella casa y sobre mi cabeza. ¡Y... bien! No sé, si
dejándome mi padre colmado de todos sus beneficios, me hubiera costado
más y más amargas lágrimas. A mi pesar, á mi profundo dolor, se unía una
piedad que, ascendiendo del hijo al padre, tenía algo de singularmente
punzante.

Veía siempre aquella mirada, suplicante, humilde, extraviada: me
desesperaba por no haber podido decir una palabra de consuelo á aquel
desgraciado corazón antes de acabarse su existencia, y gritaba como un
loco al que ya no me oía--¡yo te perdono!--¡yo te perdono!

¡Oh! ¡qué instante, Dios mío!

Según lo que he podido conjeturar, mi madre al morir había hecho
prometer á mi padre, que vendería la mayor parte de sus bienes para
pagar enteramente la deuda enorme que había contraído, gastando todos
los años una tercera parte más de sus rentas, y reducirse en seguida á
vivir estrictamente con lo que le quedase. Mi padre había tratado de
cumplir este compromiso: había vendido sus bosques y sus tierras; pero,
viéndose entonces dueño de un capital considerable, no había dedicado
sino una pequeña parte á la amortización de su deuda, y había emprendido
el restablecimiento de su fortuna confiando el resto á los detestables
azares de la bolsa. Así acabó de perderse.

No he podido aún sondar el fondo del abismo en que estamos sumergidos.
Una semana después de la muerte de mi padre, caí gravemente enfermo, y
sólo con mucho trabajo, después de dos meses de sufrimiento, he podido
dejar nuestro castillo patrimonial, el día en que un extraño tomaba
posesión de él. Afortunadamente, un antiguo amigo de mi padre que habita
en París, y que en otro tiempo era el encargado de los negocios de
nuestra familia en calidad de notario, ha venido á ayudarme en estas
tristes circunstancias: me ha prometido emprender él mismo, un trabajo
de liquidación que presentaba á mi inexperiencia dificultades
insuperables. Le he abandonado absolutamente el cuidado de arreglar los
negocios de la sucesión y presumo que su tarea estará terminada hoy.
Apenas llegué ayer, fuí á su casa; estaba en el campo, de donde no
vendrá hasta mañana. Estos dos días han sido crueles: la incertidumbre
es verdaderamente el peor de todos los males, porque es el único que
suspende necesariamente todos los resortes del alma, y enerva el valor.
Mucho me hubiera sorprendido hace diez años el que me hubiesen
profetizado, que ese viejo notario, cuyo lenguaje formalista y seca
política, nos divertía tanto, á mi padre y á mí, había de ser un día el
oráculo de quien esperara el decreto supremo de mi destino... Hago lo
posible para ponerme en guardia contra esperanzas exageradas; he
calculado aproximativamente que, pagadas todas nuestras deudas, nos
quedará un capital de ciento veinte á ciento cincuenta mil francos. Es
difícil que una fortuna que ascendía á cinco millones, no nos deje al
menos este sobrante. Mi intención es tomar para mí diez mil francos y
marchar á buscar fortuna en los Estados Unidos, abandonando el resto á
mi hermana.

¡Basta de escribir por esta noche! ¡Triste ocupación es traer á la
memoria tales recuerdos! Siento, sin embargo, que me han proporcionado
un poco de calma. El trabajo es sin duda una ley sagrada, pues me basta
hacer la más ligera aplicación de él, para sentir un no sé qué de
contento y de serenidad. El hombre no ama al trabajo y sin embargo no
puede desconocer sus inefables beneficios; cada día los experimenta, los
goza, y al día siguiente vuelve á emprenderlo con la misma repugnancia.
Me parece que hay en esto una contradicción singular y misteriosa, como
si sintiésemos á la vez en el trabajo, el castigo y el carácter divino y
paternal del juez.




Jueves.


Esta mañana al despertar, se me entregó una carta del viejo Laubepin. En
ella me invitaba á comer, excusándose de esta gran libertad, y no
haciéndome comunicación alguna relativa á mis intereses. Esta reserva me
pareció de muy mal augurio.

Esperando la hora fijada saqué á mi hermana del convento y la he paseado
por París. La niña no presume ni remotamente nuestra ruina. Ha tenido en
el curso del día, diversos caprichos, bastante costosos. Ha hecho larga
provisión de guantes, papel rosado, confites para sus amigas, esencias
finas, jabones extraordinarios, pinceles pequeños, cosas todas muy
útiles sin duda, pero que lo son mucho menos que una comida. ¡Quiera
Dios, lo ignore siempre!

A las seis estaba en la calle Cassette, casa del señor Laubepin. No sé
qué edad puede tener nuestro viejo amigo; pero por muy lejos que se
remonten mis recuerdos en lo pasado, lo hallo tal como lo he vuelto á
ver: alto, seco, un poco agobiado, cabellos blancos, en desorden, ojos
penetrantes, escondidos bajo mechones de cejas negras, y una fisonomía
robusta y fina á la vez. También he vuelto á ver su frac negro de corte
antiguo, la corbata blanca profesional, y el diamante hereditario en la
pechera; en una palabra, con todos los signos exteriores de un espíritu
grave, metódico y amigo de las tradiciones. El anciano me esperaba
delante de la puerta de su pequeño salón: después de una profunda
inclinación, tomó ligeramente mi mano entre sus dos dedos y me condujo
frente á una señora anciana, de apariencia bastante sencilla, que se
mantenía de pie delante de la chimenea:

--¡El señor marqués de Champcey d'Hauterive!--dijo entonces el señor
Laubepin con su voz fuerte, tartajosa y enfática: luego de pronto, en un
tono más humilde y volviéndose hacia mí:--La señora Laubepin--dijo.

Nos sentamos, y hubo un momento de embarazoso silencio. Esperaba un
esclarecimiento inmediato de mi situación definitiva; viendo que era
diferido, presumí que no sería de una naturaleza agradable, y esta
presunción me era confirmada por las miradas de discreta compasión con
que me honraba furtivamente la señora Laubepin. Por su parte, el señor
Laubepin me observaba con una atención singular, que no me parecía
exenta de malicia. Recordé entonces que mi padre había pretendido
siempre, descubrir en el corazón del ceremonioso Tabelion y bajo sus
afectados respetos, un resto de antiguo germen _bourgeois_ plebeyo y aun
jacobino. Me pareció que ese germen fermentaba un poco en aquel momento
y que las secretas antipatías del viejo hallaban alguna satisfacción en
el espectáculo de un noble en tortura. Tomé al instante la palabra,
tratando de mostrar, á pesar de la postración real en que me hallaba,
una plena libertad de espíritu.

--¡Cómo! Señor Laubepin, conque ha dejado usted la plaza de _Petits
Pères_, esa querida plaza de _Petits Pères_. ¿Ha podido usted decidirse
á ello? ¡No lo habría creído jamás!...

--Verdaderamente, señor marqués--respondió el señor Laubepin,--es una
infidelidad que no corresponde á mi edad; pero cediendo el estudio, he
debido ceder también la casa, atendiendo á que un escudo no puede
mudarse como una muestra.

--Sin embargo ¿se ocupa usted aún de negocios?

--Amigable y oficiosamente, sí, señor marqués. Algunas familias
honorables y considerables cuya confianza he tenido la dicha de obtener,
durante una práctica de cuarenta y cinco años, reclaman aún,
especialmente en circunstancias delicadas, los consejos de mi
experiencia, y creo poder agregar que rara vez se arrepienten de
haberlos seguido.

Cuando el señor Laubepin acababa de rendirse á sí mismo este honorífico
testimonio, una vieja criada vino á anunciarnos que la comida estaba
servida. Tuve entonces el placer de conducir al comedor á la señora de
Laubepin. Durante la comida la conversación se arrastró en los más
insignificantes asuntos. El señor Laubepin no cesaba de clavar en mí su
mirada penetrante y equívoca, en tanto que su esposa tomaba, al
ofrecerme cada plato, el tono doloroso y lastimero que se afecta cerca
del lecho de un enfermo. En fin, nos levantamos y el viejo notario me
introdujo en su gabinete, donde al momento se nos sirvió el café.

Haciéndome sentar entonces y poniéndose de espaldas á la chimenea,
dijo:--Señor marqués de Champcey d'Hauterive, me preparaba ayer á
escribirle, cuando supe su llegada á París, la que me permite informarle
á usted _in voce_ del resultado de mi celo y de mis operaciones.

--Presiento, señor, que ese resultado no es muy favorable.

--No le ocultaré, señor marqués, que debe usted armarse de todo su valor
para conocerlo; pero está en mis hábitos proceder con método. El año de
1820, la señorita Luisa Elena Dougalt Delatouche D'Erouville fué pedida
en matrimonio por Carlos Cristian Odiot, marqués de Champcey
d'Hauterive; investido por una especie de tradición secular de la
dirección de los negocios de la familia Dougalt Delatouche, y admitido
con una respetuosa familiaridad de largo tiempo atrás, cerca de la joven
heredera de aquella casa, debí emplear todos los argumentos de la razón
para combatir las inclinaciones de su corazón y retraerla de aquella
funesta alianza, y digo funesta alianza, no porque la fortuna del señor
de Champcey fuese, á pesar de algunas hipotecas que la gravaban á la
sazón, menos que la de la señorita Delatouche. Yo conocía, empero, el
carácter y temperamento, en cierto modo hereditario, del señor de
Champcey: bajo las exterioridades seductoras y caballerescas que lo
distinguían, como á todos los de su familia, percibía claramente la
irreflexión obstinada, la incurable ligereza, el furor de los placeres,
y por último, el implacable egoísmo...

--Caballero--le interrumpí bruscamente,--la memoria de mi padre es
sagrada para mí, y creo que debe serlo á cuantos hablen de él en mi
presencia.

--Señor--replicó el anciano, con una emoción repentina y
violenta,--respeto ese sentimiento, pero al hablar de su padre, me es
muy difícil olvidar que hablo del hombre ¡que mató á su madre de usted,
una joven heroica, una santa, un ángel!

Me había levantado muy agitado. El señor Laubepin, que había dado
algunos pasos por el gabinete, me tomó del brazo.

--Perdón, joven--me dijo,--pero yo amaba á su madre de usted, la he
llorado; perdóneme...

--Después, volviéndose á colocar delante de la chimenea:--Voy á
continuar--añadió con el tono solemne que le es habitual.--Tuve el honor
y la pena de redactar el contrato matrimonial de su señora madre. A
pesar de mi insistencia, nada se hablaba del régimen dotal, y costóme
grandes esfuerzos introducir en el acta, una cláusula protectora que
declaraba inalienable, sin el consentimiento legalmente expreso de su
señora madre, un tercio de su haber inmueble. ¡Vana precaución!, señor
marqués, y podríamos decir, precaución cruel de una amistad mal
inspirada, porque esta cláusula fatal no hizo sino preparar
insoportables tormentos á aquélla, cuya salvaguardia debía ser. Yo
comprendo esas luchas, esas querellas, esas violencias, cuyo eco debió
herir los oídos de usted más de una vez, y en las cuales se arrancaba,
pedazo á pedazo, á su desdichada madre, ¡la última herencia y el pan de
sus hijos!

--¡Señor, por piedad!

--Me someto, señor marqués... me limitaré á lo presente. Apenas honrado
con la confianza de usted, mi primer deber era aconsejarle que no
aceptase sino bajo beneficio de inventario, la embrollada sucesión que
le había correspondido.

--Esta medida, señor, me ha parecido que ultrajaba la memoria de mi
padre, y debí negarme.

El señor Laubepin me lanzó una de sus miradas inquisitoriales que le son
familiares; y repuso.

--Usted no ignora, señor, al parecer, que por no haber usado de aquella
facultad legal, gravitan sobre usted los compromisos que afectan la
sucesión, aun cuando excedan á su valor. Por lo tanto, tengo hoy el
penoso deber de decirle que éste es precisamente el caso en que usted se
encuentra. Como se puede ver, en este legajo consta perfectamente que
después de vender su finca, bajo condiciones inesperadas, quedarán
todavía usted y su hermana adeudando á los acreedores de su señor padre,
la suma de cuarenta y cinco mil francos.

Quedé verdaderamente aterrado con esta noticia, que excedía á mis más
avanzados cálculos. Durante un minuto presté una atención embrutecida al
ruido monótono del péndulo en que fijé mis ojos sin miradas.

--Ahora--continuó el señor Laubepin, después de un corto silencio,--ha
llegado el momento de decirle, señor marqués, que su señora madre, en
previsión de las eventualidades que por desgracia se realizan hoy, me
confió en depósito algunas alhajas cuyo valor se ha estimado en unos
cincuenta mil francos. Para impedir que esta corta cantidad, _su único
recurso en adelante_, pase á manos de los acreedores de la
testamentaría, podemos usar, yo lo creo así, del subterfugio legal que
voy á tener el honor de exponerle.

--Es enteramente inútil, señor; me considero muy dichoso en poder, con
el auxilio de esa cantidad que no esperaba, saldar íntegramente las
deudas de mi padre, y le ruego le dé esa inversión.

El señor Laubepin se inclinó ligeramente.

--Sea--dijo,--pero me es imposible dejar de observar, señor marqués, que
una vez hecho este pago con el depósito que está en mi poder, no les
quedará por toda fortuna, á la señorita Elena y á usted, más que cuatro
ó cinco mil libras, las cuales, al interés actual, les darán una renta
de 225 francos. Sentado esto, séame permitido, señor marqués,
preguntarle confidencial, amigable y respetuosamente, si ha arbitrado
usted algún medio de asegurar su existencia y la de su hermana y pupila,
y cuáles son sus proyectos.

--Yo no tengo ninguno, señor, se lo confieso; todos los que había podido
formar, son inconciliables con el estado á que me veo reducido. Si yo
fuera solo en el mundo, me haría soldado; pero tengo á mi hermana; no
puedo tolerar la idea de ver á la pobre niña sometida al trabajo y
reducida á las privaciones. Ella vive dichosa en su convento; es
bastante joven para permanecer allí algunos años, yo aceptaría de todo
corazón cualquier ocupación que me permitiera, reduciéndome á la mayor
estrechez, ganar cada año el precio de la pensión de mi hermana y
reunirle un dote para el porvenir.

El señor Laubepin me miró con fijeza.--Para alcanzar tan honorable
objeto--contestóme--no debe usted pensar, señor marqués, en entrar, á
su edad, en la trillada carrera de la administración pública, y de las
funciones oficiales. Le convendría un empleo que le asegurase, desde
luego, cinco ó seis mil francos anuales de renta. Debo decirle que en el
estado de nuestra organización social no basta estirar la mano para
alcanzar este _desideratum_ pero afortunadamente tengo que comunicarle
algunas proposiciones que le conciernen y cuya naturaleza puede
modificar desde ahora, y sin gran esfuerzo, su situación.

--El señor Laubepin fijó en mí sus ojos con una atención más penetrante
que nunca y continuó.

--En primer lugar, señor marqués, seré para usted el órgano de
comunicación de un especulador hábil, rico é influyente; este personaje
ha concebido la idea de una empresa de consideración, cuya naturaleza le
explicaré en seguida y que fracasará si no le presta su concurso
particular la clase aristocrática de este país. Él cree que si un nombre
antiguo é ilustre como el de usted, figurase en la lista de los miembros
fundadores de la empresa, llegaría á ganarse simpatías en las clases del
público especial á quien el prospecto se dirige. En vista de esta
ventaja, le ofrece á usted, desde luego, lo que se llama comúnmente una
prima, es decir, diez acciones á título gratuito, cuyo valor estimado
desde este momento en diez mil francos, es verosímil que se triplicará
con el éxito de la operación. Además...

--Basta, señor; semejantes ignominias no valen el trabajo que se toma al
formularlas.

Vi brillar repentinamente los ojos del anciano bajo sus espesas cejas
como si una chispa se hubiera desprendido de ellos. Una débil sonrisa
desplegó las rígidas arrugas de su rostro.

--Si la proposición no le agrada señor Marqués--dijo tartajeando,--á mí
tampoco me gusta; á pesar de todo, he creído de mi deber indicársela. He
aquí otra que tal vez le agradará más, y que de cierto es más aceptable.
Entre mis más antiguos clientes cuento, señor, á un honrado comerciante
retirado, poco ha, de los negocios, que vive holgadamente en compañía de
una hija única, á la que adora como es natural, y que goza de una _aurea
mediocritas_ que avalúo en veinticinco mil libras de renta. La
casualidad quiso, ahora tres días, que la hija de mi cliente tuviese
noticias de la situación de usted: yo he creído ver, y aun he podido
asegurarme para decirlo todo, que la niña, que por otra parte es bonita
y está adornada de cualidades estimables, no vacilaría un instante en
aceptar con la mano de usted, el título de Marquesa de Champcey. El
padre consiente y yo no espero sino una palabra de usted, señor Marqués,
para decirle el nombre y domicilio de esta familia... interesante.

--Esto me determina completamente; mañana mismo dejaré un título que en
mi situación es irrisorio, y que parece además exponerme á las más
miserables empresas de la intriga. El apellido originario de mi familia
es Odiot; este solo es el que llevaré en lo sucesivo. Sin embargo,
reconociendo toda la vivacidad del interés que ha podido inducirle á
usted á ser el intérprete de tan singulares proposiciones, le ruego
omita todas las que puedan tener un carácter análogo.

--En ese caso, señor Marqués--respondió el señor Laubepin,--nada tengo
que decirle.

Al mismo tiempo, atacado de un acceso súbito de jovialidad, frotóse, las
manos, produciendo un ruido como de pergaminos que se restregan. Luego
agregó riéndose.--Es usted un hombre difícil de complacer, señor Máximo.
¡Ah, ah! muy difícil. Es asombroso que no haya notado antes la palpable
similitud que la Naturaleza se ha complacido en establecer entre la
fisonomía suya y la de su señora madre... Particularmente los ojos y la
sonrisa... pero no nos extraviemos, y puesto que no quiere usted deber
la subsistencia sino á un honorable trabajo, perdóneme que le pregunte
cuáles son sus aptitudes y sus talentos.

--Mi educación, señor, ha sido naturalmente la de un hombre destinado á
la riqueza y á la ociosidad. Sin embargo, he estudiado derecho, y tengo
el título de abogado.

--¡Abogado! ¡Ah, diablo!... ¡usted abogado! Pero el título no basta: en
la carrera del foro, es menester, más que en ninguna otra, pagarse un
poco de su persona... y esto... veamos, ¿se cree usted elocuente, señor
Marqués?

--Tan poco, señor, que me creo enteramente incapaz de improvisar dos
frases en público.

--¡Hum! no es eso precisamente á lo que puede llamarse vocación para
orador; será preciso dirigirse á otro lado, pero la materia exige más
amplias reflexiones. Por otra parte, veo que está usted fatigado. Tome
los papeles que le suplico examine á su satisfacción.

--Tengo el gusto de saludarle.

--Permítame que le alumbre. Perdón... ¿debo esperar nuevas órdenes antes
de consagrar al pago de los acreedores el precio de los dijes y joyas
que tengo en mi poder?

--No, ciertamente. Espero, además, que de lo que resta, se cobre usted
la justa remuneración de sus buenos oficios.

Llegábamos á la meseta de la escalera: el señor Laubepin, cuyo cuerpo se
encorva un poco cuando camina, se enderezó bruscamente.

--En lo que concierne á los acreedores, señor Marqués--me dijo--lo
obedeceré con respeto. Por lo que á mí concierne, he sido el amigo de su
señora madre, y suplico humilde y encarecidamente á su hijo, que me
trate como á un amigo.

Tendí al anciano mi mano, que apretó con fuerza y nos separamos.

Vuelto al pequeño cuarto, que ocupo bajo el techo de esta casa, que ya
no me pertenece, he querido probarme á mí mismo que la certidumbre de mi
completa ruina no me sumergía en un abatimiento indigno de un hombre. Me
he puesto á escribir la relación de este día decisivo de mi vida,
esmerándome en conservar la fraseología exacta del viejo notario, y ese
lenguaje, mezcla de dureza y de cortesía, de desconfianza y
sensibilidad, que mientras que tenía el alma traspasada de dolor, me ha
hecho sonreir más de una vez.

He aquí, pues, la pobreza; no ya la pobreza oculta, orgullosa y poética
que mi imaginación soportaba valientemente á través de los grandes
bosques, de los desiertos y de las llanuras, sino la miseria positiva,
la necesidad, la dependencia, la humillación, y algo peor todavía: la
amarga pobreza del rico caído, la pobreza de frac negro que oculta sus
manos desnudas á los amigos que pasan.

--Vamos, hermano, valor.




Lunes, 27 de abril.


He esperado en vano durante cinco días, noticias del señor Laubepin,
confieso que contaba seriamente con el interés que había parecido
manifestarme. Su experiencia, sus conocimientos prácticos, sus muchas
relaciones le proporcionaban los medios de serme útil. Estaba pronto á
ejecutar bajo su dirección todas las diligencias necesarias; pero
abandonado á mí mismo, no sabía absolutamente hacia qué lado dirigir mis
pasos. Le creía uno de esos hombres que prometen poco y hacen mucho.
Temo haberme engañado. Esta mañana me determiné á ir á su casa con el
objeto de devolverle los documentos que me había confiado y cuya triste
exactitud he podido comprobar. Me dijeron que el buen señor había salido
á gozar de las dulzuras del campo, en no sé qué castillo en el fondo de
la Bretaña. Estará aún ausente por dos ó tres días. Esto me ha
consternado. No sentía solamente el pesar de encontrarme con la
indiferencia y el abandono, donde había creído hallar la oficiosidad de
una verdadera amistad, sentía aún más, la amargura de volverme como
había venido, con la bolsa vacía. Contaba con pedir al señor Laubepin
algún dinero á cuenta, sobre los tres ó cuatro mil francos que deben
quedarnos después del pago íntegro de nuestras deudas, pues por más que
me haga el anacoreta desde mi llegada á París, la suma insignificante
que había podido reservar para mí viaje, está agotada completamente, y
tan agotada que después de haber hecho esta mañana un verdadero almuerzo
de pastor, _castanoe molles et pressi copia lactis_, he tenido que
recurrir para comer, á una especie de pillería, cuyo melancólico
recuerdo quiero consignar aquí.

Cuanto menos se ha almorzado, más se desea comer. Es este un axioma cuya
fuerza he sentido hoy en toda su extensión antes que el sol hubiese
terminado su carrera. Entre los paseantes que la pureza del cielo había
traído á las Tullerías, hacia el mediodía, y que contemplaban las
primeras sonrisas de la primavera juguetear sobre la faz de mármol de
los silvanos, se notaba un hombre joven, de un porte irreprochable, que
parecía estudiar con extraordinaria solicitud el despertar de la
Naturaleza. No contento en devorar con la mirada la nueva verdura, se le
veía de vez en cuando arrancar furtivamente de sus tallos algunos nuevos
y apetitosos brotes, hojas no desarrolladas aún, y llevarlas á sus
labios, con una curiosidad de botánico.

He podido asegurarme que este recurso alimenticio que me había sido
indicado por la historia de los náufragos, tiene un valor muy mediocre.
Sin embargo, he enriquecido mi experiencia con algunas nociones útiles:
así sé, para en adelante, que el follaje del castaño es tan amargo á la
boca como al corazón; el rosal no es malo, el tilo es aceitoso y
bastante agradable y la lila picante y malsana según creo.

Meditando sobre estos descubrimientos me dirigí hacia el convento de
Elena. Al poner el pie en el locutorio, que encontré lleno como una
colmena, me sentí más aturdido que nunca por las tumultuosas
confidencias de las jóvenes abejas. Elena llegó con los cabellos en
desorden, las mejillas inflamadas, los ojos colorados y chispeantes;
traía en la mano un pedazo de pan del largo de su brazo. Me abrazó con
un aire preocupado:

--Y bien, hijita, ¿qué es lo que tienes? Tú has llorado.

--No, Máximo, no tengo nada.

--¿Qué es lo que hay? Veamos...

Bajando la voz, me dijo:--¡oh, soy muy desgraciada, mi querido Máximo!

--¿Es verdad? Vaya, cuéntame eso, comiendo tu pan.

--¡Oh! soy demasiado desgraciada para comer mi pan. Como tú sabes
perfectamente, Lucía Campbell es mi mejor amiga, pues bien; hemos reñido
mortalmente.

--¡Oh, Dios mío!... pero permanece tranquila, chiquilla; ya se
arreglarán ustedes...

--¡Ah! Máximo, eso es imposible. Mira, han pasado cosas demasiado
graves. Al principio no fué nada; pero como sabes, una se altera y
pierde la cabeza. Figúrate que jugábamos al volante, y Lucía se equivocó
al contar sus puntos; yo tenía seiscientos ochenta y ella seiscientos
quince solamente, y ha pretendido tener seiscientos setenta y cinco. Me
confesarás que esto era demasiado fuerte. Yo sostuve mi cifra y por
supuesto, ella la suya. Y bien, señorita, le dije, consultemos á estas
señoritas; yo me someto á su fallo. No, señorita, me contestó, estoy
segura de mi cuenta y es usted una mala jugadora. Y usted una mentirosa,
le respondí. Está bien, la desprecio demasiado para contestarle, me
dijo. La hermana Sainte Félix, llegó afortunadamente en ese momento,
pues yo creo que iba á pegarle... He ahí lo que ha pasado. Ya ves, es
imposible arreglarnos después de esto. ¡Imposible! eso sería una
cobardía. Entretanto, no puedo decirte cuánto sufro, creo que no hay
sobre la tierra una persona más desgraciada que yo.

--Ciertamente, hija mía, es difícil imaginarse una desgracia más grande
que la tuya. Pero si he de decirte mi modo de pensar, tú te la has
atraído en cierto modo, porque en esta querella tu boca ha pronunciado
la primer ofensa. Veamos, ¿está en el locutorio tu Lucía?

--Sí, mírala allá en el rincón.--Y me mostró con un movimiento de cabeza
una niña pequeña muy rubia, que tenía como ella los ojos colorados, las
mejillas inflamadas, y que parecía hacer en aquellos momentos, á una
anciana muy atenta, el relato del drama que la hermana Sainte Félix
había afortunadamente interrumpido. Al hablar con un fuego digno del
asunto, la señorita Campbell lanzaba de tiempo en tiempo una mirada
furtiva sobre Elena y sobre mí.

--Mi querida niña--dije á mi hermana--¿tienes confianza en mí?

--Sí, Máximo, tengo mucha confianza en ti.

--En ese caso, mira lo que vas á hacer; te acercas muy despacio, hasta
colocarte detrás de la silla de Lucía; le tomas la cabeza traidoramente,
le estampas un beso en las mejillas, así, con fuerza, y luego verás lo
que ella hace á su turno.

Elena titubeó algunos segundos, luego partió á largos pasos, y cayó como
un rayo sobre la señorita Campbell, á quien, sin embargo, causó la más
agradable sorpresa; las dos niñas infortunadas, reunidas en fin para
siempre, confundieron sus lágrimas en un tierno grupo, en tanto que la
vieja y respetable señora Campbell se sonaba, produciendo el ruido de
una gaita.

Elena volvió á donde yo estaba, radiante de alegría.

--Y bien, querida, espero que ahora comerás tu pan.

--No, Máximo; he estado demasiado conmovida como ves, y, además, es
menester decirte que hoy ha entrado una nueva discípula, que nos ha
regalado merengues y algunos otros dulces; de modo que no tengo hambre.
Me siento al mismo tiempo muy embarazada, porque he olvidado volver el
pan á la canasta, como debe hacerse, cuando no se tiene hambre, y tengo
miedo de ser castigada; pero al pasar por el patio voy á tratar de
arrojarlo por el respiradero del sótano, sin que nadie me vea.

--Cómo, hermana mía--respondí, sonrojándome ligeramente--¿vas á perder
ese gran pedazo de pan?

--Sé que no es bien hecho, porque hay muchos pobres que se
considerarían felices en poseerlo, ¿no es verdad, Máximo?

--Los hay ciertamente, mi querida niña.

--Pero ¿qué quieres que haga? Los pobres no entran aquí.

--Veamos, Elena, confíame ese pan y se lo daré en tu nombre al primer
pobre que encuentre ¿quieres?

--¿Cómo no he de querer, pues?

La hora de retirarse llegó; rompí el pan en dos pedazos que hice
desaparecer vergonzosamente en los bolsillos de mi paletot.

--Querido Máximo--continuó la niña,--hasta muy luego, ¿no es verdad? Tú
me dirás si has encontrado algún pobre, si le has dado mi pan y si lo ha
hallado bueno.

--Sí, Elena, he hallado un pobre y le he dado tu pan, que ha llevado
como una presa á su bohardilla solitaria, y lo ha hallado bueno; pero
era un pobre sin valor, porque ha llorado mucho al devorar la limosna de
tus pequeñas y queridas manos. Te contaré esto, Elena, porque es bueno
que sepas que hay en la tierra sufrimientos más serios que tus
sufrimientos de niña; todo te lo diré, excepto el nombre del pobre.




Martes, 28 de abril.


Esta mañana á las nueve, llamaba yo á la puerta del señor Laubepin,
esperando vagamente que alguna casualidad hubiese acelerado su regreso,
pero me dijeron que no le esperaban hasta la mañana siguiente; ocurrióme
de pronto acudir á la señora Laubepin y participarle el apuro á que me
reducía la ausencia de su marido. Mientras vacilaba entre el pudor y la
necesidad, la vieja sirvienta, aterrada, al parecer, por la mirada
hambrienta que fijé sobre ella, cortó la cuestión, cerrando bruscamente
la puerta. Entonces, tomé mi partido, resolviéndome á ayunar hasta el
día siguiente.--Al fin, dije para mí, un día de abstinencia no me ha de
causar la muerte; si en esta circunstancia soy culpable de un exceso de
orgullo, yo solo sufriré sus consecuencias, por consiguiente esto me
atañe exclusivamente. Después me dirigí hacia la Sorbona, donde asistí
sucesivamente á varios cursos; tratando de llenar á fuerza de goces
espirituales, el vacío que sentía en lo material; mas llegó la hora en
que este recurso me faltó y también empezó á parecerme insuficiente.
Experimentaba, sobre todo, una fuerte irritación nerviosa, que esperaba
calmar paseando.

El día estaba frío y nublado.

Cuando pasaba por el puente de los Santos Padres me detuve un instante
casi sin querer, púseme de codos sobre el parapeto, y contemplé las
turbias aguas del río precipitándose bajo los arcos. No sé qué malditos
pensamientos asaltaron entonces mi debilitado y fatigado espíritu: me
imaginé de repente con los colores más insoportables, el porvenir de
lucha continua, de dependencia y humillación al que entraba lúgubremente
por la puerta del hambre; sentí un disgusto profundo, absoluto, y como
una imposibilidad de vivir. Al mismo tiempo una ola de cólera salvaje y
brutal me subió al cerebro; sentí como un deslumbramiento y echándome
sobre la balaustrada, vi toda la superficie del río cubierta de chispas.

No diré, siguiendo el uso: Dios no lo quiso. No me gustan las fórmulas
triviales. Me atrevo á decir: yo no lo quise, Dios nos ha hecho libres,
y si yo hubiera podido dudar de esta verdad hasta entonces, aquel
momento supremo en que el alma y el cuerpo, el valor y la cobardía, el
bien y el mal se entregaban en mí tan patentemente á un combate mortal,
aquel momento, repito, habría disipado para siempre mis dudas.

Vuelto en mí, no experimenté, frente á frente de aquellas terribles
ondas, sino la tentación muy inocente y bastante necia de apagar en
ellas la sed que me devoraba: después reflexioné que encontraría en mi
habitación un agua mucho más limpia: tomé rápidamente el camino de mi
casa, forjándome una imagen deliciosa de los placeres que en ella me
esperaban. En mi triste situación me admiraba, no podía darme cuenta de
cómo no había pensado antes en este expediente vencedor.

En el bulevar me encontré repentinamente con Gastón de Vaux á quien no
había visto hacía dos años. Detúvose después de un movimiento de duda,
me apretó cordialmente la mano, me dijo dos palabras sobre mis viajes y
me dejó en seguida. Después, volviendo sobre sus pasos:

--Amigo mío--me dijo,--es preciso que me permitas asociarte á una buena
fortuna que he tenido en estos días. He puesto la mano sobre un tesoro;
he recibido un cargamento de cigarros que me cuestan dos francos cada
uno, pero no tienen precio. Toma uno; después me dirás qué tales son.
Hasta la vista, querido.

Subí penosamente mis seis pisos y tomé, temblando de emoción, mi
bienhechora garrafa, cuyo contenido bebí poco á poco; después encendí el
cigarro de mi amigo, y miréme al espejo dirigiéndome una sonrisa
animadora.

En seguida volví á salir, convencido de que el movimiento físico y las
distracciones de la calle me eran saludables. Al abrir mi puerta me
sorprendí desagradablemente al ver en el estrecho corredor á la mujer
del conserje de la casa, que pareció demudarse por mi brusca aparición.
Esta mujer había estado en otro tiempo al servicio de mi madre, quien le
tomó cariño y le dió al casarla la posición lucrativa que hoy tiene.
Había creído observar desde días antes, que me espiaba, y al
sorprenderla esta vez casi en flagrante delito, le pregunté:

--¿Qué quiere usted?

--Nada, señor Máximo, estaba preparando el gas--respondió muy turbada.

Me encogí de hombros y salí.

El día declinaba. Pude pasearme en los lugares más frecuentados sin
temer enojosos encuentros. Mi paseo duró dos ó tres horas, horas
crueles. Hay algo de particularmente punzante al sentirse atacado, en
medio de toda la brillantez y abundancia de la vida civilizada, por el
azote de la vida salvaje: el hambre.

Esto raya en locura; es un tigre que salta al cuello en pleno bulevar.

Yo hacía nuevas reflexiones. ¿El hambre no es una palabra vana? ¿Es
verdad, pues, que existe una enfermedad llamada así; es verdad que hay
criaturas humanas que sufren de ordinario y casi diariamente, lo que yo
sufro por casualidad la primera vez en mi vida? ¿Y cuántos de estos
seres tendrán por añadidura algunos otros sufrimientos que á mí no me
abruman? La única persona que me interesa en el mundo, está al abrigo de
los males que yo sufro, la veo dichosa, sonrosada y risueña. Pero los
que no sufren solos, los que oyen el grito desgarrador de sus entrañas
repetido por labios amados y suplicantes, los que son esperados en una
fría buhardilla por sus mujeres macilentas, y sus hijuelos taciturnos.
¡Pobres gentes!... ¡Oh, santa caridad!

Estos pensamientos me quitaban el valor de quejarme y me han
proporcionado el de sostener la prueba hasta el fin. Podía en efecto
abreviarla. Hay aquí dos ó tres restaurants en que me conocen y donde,
cuando era rico, he entrado sin escrúpulo, aunque hubiese olvidado mi
bolsa. Ahora podía hacer lo mismo. Tampoco me era difícil encontrar en
París, quien me prestara cien sueldos; pero estos expedientes que
huelen a miseria y truhanería, me repugnaron decididamente.

Para los pobres, esta pendiente es resbaladiza y no quiero aún poner en
ella el pie.

Para mí sería lo mismo perder la probidad que perder la delicadeza, que
es la distinción de esta virtud vulgar. Así es que he observado
repetidas veces, con qué terrible facilidad se desflora y degrada este
sentimiento exquisito de la honradez en las almas mejor dotadas, no
solamente al soplo de la miseria, sino al simple contacto de la escasez,
y debo velar sobre mí con severidad, para rechazar en adelante como
sospechosas las capitulaciones de conciencia que parecen más inocentes.

En la adversidad, es menester no habituar el alma á la dejadez;
demasiada inclinación tiene á plegarse.

La fatiga y el frío me hicieron volver como á las nueve.

La puerta de la casa estaba abierta: subía la escalera con paso de
fantasma, cuando oí en el cuarto del conserje, el murmullo de una
agitada conversación, que al parecer versaba sobre mí, pues en ese
momento el tirano de la casa pronunciaba mi nombre en tono
despreciativo.

--Hazme el gusto, señora Vauberger--decía,--de dejarme tranquilo con tu
Máximo; ¿lo he arruinado yo acaso? ¿Y bien, á qué vienen esas
cantinelas? Si se mata, lo enterrarán... y se acabó.

--Te digo, Vauberger--replicó la mujer,--que si lo hubieras visto vaciar
su garrafa, se te hubiera partido el corazón... Y mira, si yo creyera
que piensas lo que dices, cuando exclamas con la negligencia de un
cómico «si se mata lo enterrarán...» Pero no lo puedo creer, porque en
el fondo eres un hombre, aunque no te gusta ser perturbado en tus
hábitos... Piensa, pues, Vauberger... ¡no tener fuego ni pan!... Un
muchacho que ha sido alimentado con tan buenos manjares y criado entre
pieles como un príncipe. ¿No es esto una vergüenza, una indignidad, y no
es un bribón el gobierno que permite semejantes cosas?

--Pero eso nada tiene que ver con el gobierno--respondió Vauberger, con
bastante razón...--Y además, tú te engañas, te lo aseguro... no es como
lo crees, no le puede faltar pan, ¡eso es imposible!

--Pues bien, Vauberger, voy á decírtelo todo, lo he seguido, lo he
espiado, y luego lo he hecho espiar por Eduardo: ¡y bien! estoy segura
que no ha almorzado esta mañana, y como he registrado todos sus
bolsillos y cajones y no le queda en ellos un céntimo, estoy muy cierta
que no habrá aún comido, pues es demasiado orgulloso para mendigar...

--¡Tanto peor para él! Cuando uno es pobre, es necesario no ser
orgulloso--dijo el honorable conserje, que me pareció expresar en esta
circunstancia, los sentimientos de un portero.

Tenía bástanle con este diálogo, y lo terminé bruscamente abriendo la
puerta del cuarto y pidiendo una luz á Vauberger, que creo no se hubiera
consternado más si le hubiera pedido su cabeza. A pesar del deseo que
tenía de mostrar firmeza á estas gentes, me fué imposible no tropezar
una ó dos veces en la escalera: la cabeza me vacilaba. Al entrar en mi
cuarto, ordinariamente helado, tuve la sorpresa de hallar en él, una
temperatura tibia, sostenida suavemente por un fuego claro y alegre. No
tuve el rigorismo de apagarlo; bendije los buenos corazones que hay en
el mundo, me extendí luego en un viejo sofá de terciopelo de Utrecht, á
quien los reveses de la fortuna han hecho pasar como á mí, del piso bajo
á la buhardilla, y traté de dormitar.

Me hallaba hacía media hora, sumergido en una especie de
entorpecimiento, cuya somnolencia uniforme me presentaba la ilusión de
suntuosos festines y campestres fiestas, cuando el ruido de la puerta
que se abría, me despertó sobresaltado. Creí soñar aún, viendo entrar á
la señora Vauberger con una gran bandeja sobre la que humeaban dos ó
tres odoríferos platos. Habíala ya depuesto sobre el pavimento y
comenzado á extender su mantel sobre la mesa, antes que hubiese sacudido
enteramente mi letargo. Por fin me levanté bruscamente.

--¿Qué es esto?--dije.--¿Qué es lo que hace usted?

La señora Vauberger fingió una viva sorpresa.

--¿No había pedido comida, el señor?

--No.

--Eduardo me dijo que...

--Eduardo se ha engañado. Será el inquilino de al lado.

--Pero si no hay inquilino al lado... No comprendo...

--En fin, no es para mí... ¿Qué significa esto? Me fastidia usted;
llévese eso.

La pobre mujer se puso á plegar tristemente su mantel, dirigiéndome las
miradas desconsoladas de un perro á quien se ha castigado.

--¿El señor ha comido probablemente?--volvió á decir con voz tímida.

--Probablemente.

--Es una desgracia, porque la comida está pronta, va á perderse y el
pobre muchacho será reprendido por su padre. Si el señor no hubiera
comido por casualidad, me haría un servicio...

Di un golpe violento con el pie.

--Márchese, le he dicho.

Cuando salía me acerqué á ella.

--Mi buena Luisa--le dije,--la comprendo y le doy las gracias: pero esta
noche sufro bastante y no tengo hambre.

--¡Ah! señor Máximo--exclamó llorando--si supiera usted lo que me
mortifica... pues bien, me pagará después mi comida, si quiere, me
pondrá el dinero en la mano, cuando lo tenga... pero puede usted estar
seguro, que aun cuando me diese cien mil francos, no me proporcionaría
usted tanto placer, como si lo viera aceptar mi pobre comida. Me haría
usted una soberbia limosna. Usted que tiene talento, señor, debe
comprender bien todo esto. Entretanto...

--¡Bueno! mi querida Luisa... qué quiere usted... no puedo darle cien
mil francos... pero tomaré su comida... Me dejará solo, ¿no es así?

--Sí, señor Máximo. ¡Ah! gracias, señor. Le doy muchas gracias. ¡Tiene
usted buen corazón!

--Y buen apetito, también, Luisa. Deme su mano... no es para poner en
ella dinero, esté tranquila... Ahora... hasta la vista.

La excelente mujer salió sollozando.

Acababa de escribir estas líneas después de haber hecho los honores á la
comida de Luisa, cuando oí en la escalera el ruido de un paso pesado y
grave: al mismo tiempo creí distinguir la voz de mi humilde providencia,
expresándose en el tono de una confidencia tumultuosa y agitada. Pocos
instantes después llamaron á mi puerta, y mientras Luisa se perdía en la
sombra, vi aparecer el solemne perfil del viejo notario. El señor
Laubepin arrojó una rápida mirada sobre la bandeja donde yo había
reunido los restos de la comida; luego avanzando hacia mí y abriéndome
los brazos en señal de confusión y de reproche á la vez:

--Señor Marqués--dijo,--en nombre del Cielo, ¿cómo no me ha...?

Interrumpiéndose, se paseó á largos pasos á través del cuarto y
deteniéndose de pronto.

--Joven--continuó,--esto no está bien hecho; ha herido á un amigo y
hecho sonrojar á un viejo.

Estaba muy conmovido. Yo lo miré también con emoción no sabiendo qué
responderle, cuando me atrajo bruscamente contra su pecho, y me oprimió
hasta sofocarme, murmurándome al oído:

--¡Pobre niño!

Hubo un momento de silencio. Nos sentamos.

--Máximo--dijo entonces el señor Laubepin--¿está usted siempre en las
disposiciones en que lo dejé? ¿Tendrá usted valor para aceptar el
trabajo más humilde, el empleo más modesto, con tal que sea honorable, y
que asegurando su existencia personal, aleje de su hermana, en lo
presente y en lo porvenir, los dolores y peligros de la pobreza?

--Ciertamente, señor, ese es mi deber y estoy pronto á cumplirlo.

--En ese caso, amigo mío, escúcheme. Acabo de llegar de la Bretaña;
existe en esta antigua provincia una opulenta familia llamada Laroque,
la cual me honra con su entera confianza hace muchos años. Esta familia
es representada hoy por un anciano y dos mujeres, á quienes su edad y
carácter hacen igualmente inhábiles para los negocios. Los Laroque
poseen una fortuna territorial considerable, cuya administración estaba
confiada en estos últimos tiempos, á un intendente que yo me tomaba la
libertad de mirar como un bribón. Al día siguiente de nuestra
entrevista, Máximo, recibí la noticia de la muerte de este individuo:
me puse en camino inmediatamente para el castillo de Laroque y he pedido
para usted el empleo vacante. He hecho valer su título de abogado y más
particularmente sus cualidades morales. Conformándome con su deseo, no
he hablado nada sobre su nacimiento: no es usted, ni será conocido en la
casa, sino bajo el nombre de Máximo Odiot. Habitará usted un pabellón
separado, donde se le servirá la comida, cuando no le sea agradable
figurar en la mesa de la familia. Sus honorarios están fijados en seis
mil francos por año. ¿Le conviene?

--Me conviene grandemente y todas las precauciones y delicadezas de su
amistad me conmueven vivamente; pero, para decirle la verdad, temo ser
un hombre de negocios muy poco entendido, algo novicio.

--Pierda cuidado sobre ese punto, amigo mío. Mis escrúpulos se han
anticipado á los suyos y no he ocultado nada á los interesados.
Señora--dije á mi excelente amiga la señora de Laroque,--tiene usted
necesidad de un intendente, de un gerente para su fortuna: yo le ofrezco
uno. Está lejos de tener la habilidad de su predecesor; no está versado
absolutamente en los misterios de los arrendamientos y contratos de
tierras: no conoce la primera palabra de los negocios que va usted á
dignarse confiarle; no tiene conocimientos especiales, ni práctica, ni
experiencia, ni nada de lo que se necesita; pero tiene algo, que faltaba
á su predecesor, que cincuenta años de práctica no habían podido darle,
y que diez mil años más no le habrían dado tampoco; tiene probidad,
señora. Lo he visto en el fuego y respondo de él. Tómelo, y tendrá usted
mi reconocimiento y el suyo. La señora de Laroque se rió mucho de mi
manera de recomendar á las gentes, pero finalmente parece que era buena,
puesto que tuvo éxito.

El digno anciano se ofreció entonces á darme algunas nociones
elementales y generales sobre la especie de administración de que iba á
ser encargado y agregar á propósito de los intereses de la familia
Laroque, algunas noticias que se ha tomado el trabajo de recoger y
redactar para mí.

--¿Y cuándo debo partir, mi querido señor?

--A decir verdad, mi querido niño (ya no se trataba del señor Marqués),
cuanto más pronto, será mejor; porque aquellas gentes no son capaces de
hacer por sí mismas una carta de pago. Mi excelente amiga la señora de
Laroque en particular, mujer recomendable por diversos títulos, es en
punto á negocios, de una incuria, una ineptitud y niñería, que
sobrepasa lo imaginable. ¡Es una criolla!

--¡Ah! es una criolla--repetí con vivacidad.

--Sí, joven, una vieja criolla--respondió secamente el señor
Laubepin.--Su marido era bretón; pero estos detalles vendrán á su
tiempo... Hasta mañana, Máximo, ¡valor!... ¡Ah! olvidaba... El jueves
por la mañana antes de mi partida hice una cosa que no le será
desagradable. Tenía usted entre sus acreedores algunos bribones, cuyas
relaciones con su padre habían sido contaminadas de usura: armado de los
rayos legales, he reducido sus créditos á la mitad, y obtenido el saldo
total, quedándole á usted en definitiva un capital de veinte mil
francos. Agregando á esta reserva las economías que podrá usted hacer
cada año, sobre sus honorarios, tendremos en diez años, una linda dote
para Elena... Venga á almorzar mañana con el maestro Laubepin y
acabaremos de arreglar todo esto... ¡Buenas noches, Máximo, buenas
noches, mi querido hijo!

--¡Que Dios le bendiga, señor!




Castillo de Laroque (d'Arz), mayo, 1.º


Ayer dejé á París.

Mi última entrevista con el señor Laubepin fué penosa: he consagrado á
este anciano los sentimientos de un hijo. En seguida, fué preciso decir
adiós á Elena. Para hacerla comprender la necesidad en que me hallo de
aceptar un empleo, fué indispensable dejarle entrever una parte de la
verdad. Hablé de dificultades pasajeras de fortuna. La pobre niña
comprendió, según creo, más de lo que yo le decía: sus grandes ojos
asombrados se llenaron de lágrimas y me saltó al cuello.

Partí.

El ferrocarril me condujo á Rennes, donde pasé la noche. Esta mañana
monté en una diligencia que debía dejarme, cinco ó seis horas después,
en la pequeña ciudad de Morbihan, situada á poca distancia del castillo
de Laroque.

Anduve una diez leguas más allá de Rennes sin llegar á darme cuenta de
la reputación pintoresca de que goza en el mundo, la vieja Armórica. Un
país llano, verde y monótono. Eternos manzanos en eternas praderas,
zanjas y lomas pobladas de arboledas, limitando la vista por ambos
lados del camino; cuando más algunos pequeños recodos de gracia
campestre, todo me hacía pensar desde la víspera que la poética Bretaña
no era sino una hermana pretenciosa de la Baja Normandía. Cansado ya de
decepciones y de manzanos, había dejado hacía una hora de prestar la
menor atención al paisaje, y dormitaba tristemente, cuando de pronto me
pareció apercibir que nuestro pesado carruaje se inclinaba hacia
adelante más de lo natural; al mismo tiempo, el andar de los caballos
aflojaba sensiblemente y un ruido de hierros viejos, acompañado de un
rozamiento particular, me anunciaba, que el último de los conductores
acababa de aplicar la última arrastradera á la rueda de la última
diligencia. Una señora vieja que estaba cerca de mí, me tomó el brazo
con esa viva simpatía que hace nacer la comunidad del peligro.

Saqué la cabeza por la portezuela: descendíamos entre dos pendientes
elevadas, una cuesta enteramente empinada, concepción de un ingeniero
demasiado partidario de la línea recta, y medio deslizándonos, medio
rodando, no tardamos en llegar á un estrecho valle de aspecto siniestro,
en cuyo fondo un miserable arroyo corría penosamente y sin ruido, entre
espesos cañaverales; sobre sus orillas derrumbadas se veían algunos
troncos cubiertos de musgo. El camino atravesaba este río por un puente
de un solo arco; luego remontaba la pendiente opuesta trazando un surco
blanco á través de un arenal inmenso, árido y absolutamente desnudo,
cuya cima cortaba el cielo sensiblemente á nuestro frente. Cerca del
puente, en el borde del camino se levantaba un casucho solitario, cuyo
aire de profundo abandono, oprimía el corazón.

Un hombre joven y robusto, partía leña delante de la puerta: un cordón
negro retenía por detrás sus largos cabellos de un rubio pálido. Levantó
la cabeza y me sorprendió el carácter extraño de sus facciones y la
mirada tranquila de sus ojos azules: me saludó en una lengua
desconocida, con un acento breve, dulce y salvaje. En la ventana de la
cabaña estaba una mujer hilando: su peinado y el corte de sus vestidos
reproducían con una exactitud teatral, la imagen de esas heladas
castellanas de piedra que vemos acostadas encima de los sepulcros.

Aquellas gentes no eran de aspecto vulgar: tenían en el más alto grado
esa apariencia fácil, graciosa y grave, que llamamos aire distinguido.
Su fisonomía participa de la expresión triste y pensativa, que muchas
veces he notado con emoción, en los pueblos que han perdido su
nacionalidad.

Habíame apeado para subir la cuesta.

El arenal que se confundía con el camino, se extendía á mi alrededor
hasta perderse de vista; por todas partes pobres aliagas; que se
arrastraban sobre una tierra negra; aquí y allá, despeñaderos, grutas,
senderos abandonados y algunos peñascos asomando apenas sobre el suelo,
pero ni un solo árbol.

Cuando llegué á la meseta, vi á mi derecha la línea sombría del arenal,
cortar en lontananza una faja de horizonte más lejana aún, ligeramente
ondeada, azul como la mar, inundada de sol, y que parecía abrir en medio
de aquel paraje desolado la repentina perspectiva de alguna región
radiante y pintoresca: era en fin la Bretaña.

Alquilé un calesín en la pequeña ciudad de... para salvar las dos leguas
que me faltaban aún para terminar mi viaje.

Durante la travesía, que no fué de las más rápidas, recuerdo
confusamente haber visto pasar ante mis ojos, bosques, claros, lagos y
oasis de frescura, ocultos entre los valles; pero al aproximarme al
castillo de Laroque, me sentí asaltado por mil pensamientos penosos que
dejaban poco lugar á las preocupaciones del turista. Unos instantes
más, é iba á entrar en una familia desconocida, bajo una especie de
domesticidad mal disfrazada, con un título que me aseguraba apenas los
miramientos y el respeto de los criados; esto era nuevo para mí. En el
momento mismo, en que el señor Laubepin me propuso este empleo, todos
mis instintos, todos mis hábitos se sublevaron violentamente contra el
carácter de dependencia particular, inherente á tales funciones. Había
creído, sin embargo, que era imposible rechazar el empleo sin esquivar,
al parecer, las solícitas diligencias del anciano en mi favor. Además no
podía esperar, sino después de muchos años, obtener en funciones más
independientes, las ventajas que se me ofrecían desde luego, y que me
permitirían trabajar en seguida en el porvenir de mi hermana. Conseguí,
pues, vencer mis repugnancias, pero habían sido tan vivas, que se
despertaban con más fuerza en presencia de la inminente realidad. Tuve
necesidad de releer en el código que todo hombre lleva dentro de sí
mismo, los capítulos del deber y del sacrificio; al mismo tiempo me
repetía que no hay situación por humilde que sea, en la cual no pueda
sostenerse y aun acrisolarse la dignidad personal. Después me tracé un
plan de conducta para con los miembros de la familia Laroque,
prometiéndome atestiguarles un celo concienzudo por sus intereses, y
una justa deferencia hacia sus personas, igualmente distantes del
servilismo y de la altivez. Pero no podía disimularme que esta última
parte de mi tarea, la más delicada sin duda, debía simplificarse ó
complicarse singularmente, por la naturaleza especial de la índole y de
los caracteres con quienes iba á estar en contacto. Además el señor
Laubepin, aunque reconociendo todo lo que mi solicitud tenía de legítimo
respecto al artículo personal, se había mostrado obstinadamente parco de
informes y detalles á este respecto. No obstante, al partir me había
entregado una nota confidencial recomendándome la quemara luego que me
hubiera servido de ella.

Saqué esta nota de mi cartera y me puse á estudiar sus términos que
reproduzco aquí exactamente.

_Castillo de Laroque d'Arz_

ESTADO DE LAS PERSONAS QUE HABITAN DICHO CASTILLO

1.º Señor Laroque (Luis Augusto), octogenario, jefe actual de la
milicia, fuente principal de la riqueza, antiguo marino, célebre bajo el
primer imperio, en calidad de corsario autorizado; parece que se
enriqueció en el mar por empresas legales de diversa naturaleza: vivió
muchos años en las colonias. Oriundo de la Bretaña volvió á ella hará
como treinta años, en compañía del difunto Pedro Antonio Laroque, su
hijo único, esposo de la

2.º Señora Laroque (Clara Josefina), nuera del ya nombrado; criolla de
origen, edad cuarenta años; carácter indolente, espíritu caprichoso,
algo maniática, buen fondo.

3.º La señorita Laroque (Luisa Margarita), nieta, hija y presunta
heredera de los anteriores, edad veinte años, criolla y bretona, algo
quimérica, ¡bella alma!

4.º Señora Aubry, viuda del señor Aubry, cambista, fallecido en Bélgica,
prima en segundo grado, recogida en la casa, índole agria.

5.º La señorita Helouin (Gabriela Carolina), veintiséis años,
exinstitutriz, hoy doncella, talento cultivado, carácter dudoso.

--Quemad.

A pesar de la reserva que caracterizaba este documento, no me ha sido
inútil; conocí que se iban disipando con el horror de lo desconocido,
parte de mis aprensiones. Por otro lado, si había como lo pretendía el
señor Laubepin, dos almas cándidas en el castillo de Laroque, era
seguramente más de lo que había derecho á esperar, sobre una proporción
de cinco habitantes. Después de dos horas de marcha, el cochero se
detuvo delante de una puerta de reja, flanqueada por dos pabellones que
sirven de alojamiento al conserje. Dejé allí la parte pesada del
equipaje y me encaminé hacia el castillo, llevando en una mano mi saco
de noche, y decapitando con la caña que llevaba en la otra, las
margaritas que brotaban en el cesped. Después de haber marchado algunos
centenares de pasos entre dos filas de enormes castaños, me hallé en un
vasto jardín de disposición circular, que más lejos parecía
transformarse en parque; á derecha é izquierda profundas perspectivas
abiertas entre espesuras compactas y ya verdeando, brazos de agua
deslizándose bajo los árboles, y blancas barcas guardadas bajo techos
rústicos. Frente á mí, se eleva el castillo, construcción considerable
del gusto elegante y semiitaliano de los primeros años de Luis XIII.
Está precedido por un terraplén que forma, al pie de una gradería, y
bajo las altas ventanas de la fachada, una especie de jardín particular,
al que se sube por muchos escalones anchos y bajos. El aspecto alegre y
fastuoso de esta morada me causó una verdadera contrariedad que no
disminuyó, cuando, al aproximarme al terraplén, oí un ruido de voces
jóvenes y alegres que se destacaba sobre los rumores más lejanos de un
piano. Entraba decididamente en una casa de recreo, muy diferente del
viejo y severo torreón que me había figurado. Sin embargo, ya no era
tiempo de reflexiones: subí ligeramente las gradas y me hallé de pronto
con una escena que, en cualquiera otra circunstancia, hubiera juzgado
bastante agradable. Sobre uno de los cuadros de césped del jardín, una
media docena de jóvenes, enlazadas de dos en dos, reían con estrépito,
bailando alegremente al sol, mientras que un piano hábilmente tocado,
les enviaba, á través de una ventana abierta, los compases de un
impetuoso vals. Apenas tuve tiempo de entrever las fisonomías animadas
de las bailarinas; los cabellos sueltos, los anchos sombreros flotando
sobre sus espaldas: mi brusca aparición fué saludada por un grito
general, seguido súbitamente de un silencio profundo; la danza cesó, y
toda la banda, formada en batalla, esperó gravemente la pasada del
extranjero, que se detuvo algo confundido. Aunque mi pensamiento no se
preocupa desde hace algún tiempo de las pretensiones mundanas, confieso
que en aquel momento habría tirado de buena gana, mi saco de noche. Fué
menester determinarme, y cuando avanzaba, con el sombrero en la mano
hacia la doble escalera que da acceso al vestíbulo del castillo, el
piano se interrumpió de pronto.

Vi presentarse luego en la ventana abierta un enorme perro de Terranova,
que puso sobre la barra de apoyo su hocico leonino entre sus dos
velludas patas: un instante después apareció una joven de elevada
estatura y seria fisonomía, cuyo rostro, un poco bronceado, estaba
rodeado de una masa espesa de cabellos negros y lustrosos. Sus ojos, que
me parecieron de dimensiones extraordinarias, interrogaron con una
curiosidad indolente la escena que tenía lugar en el terrado.

--Y bien ¿qué es lo que hay?--dijo con una voz tranquila.--Le dirigí
entonces una profunda inclinación, y maldiciendo una vez más mi saco de
noche, que divertía visiblemente á aquellas niñas, me apresuré á subir
las gradas de la escalera.

Un criado de cabellos grises vestido de negro, que hallé en el
vestíbulo, tomó mi nombre: fuí introducido algunos minutos después en un
vasto salón colgado de amarillo, donde reconocí desde luego á la joven
que acababa de ver en la ventana, y que seguramente era de una extrema
belleza. Cerca de la chimenea, que era un verdadero horno, una señora de
mediana edad y cuyas facciones acusaban fuertemente el tipo criollo, se
hallaba sepultada en un gran sofá lleno de plumazones, cojines y
almohadillas de todos tamaños. Un trípode de forma antigua, encima del
cual había un brasero encendido, estaba colocado á su alcance, y
aproximaba á él por intervalos sus manos pálidas y flacas. Al lado de la
señora Laroque estaba sentada una señora que tejía: en su semblante
triste y poco gracioso, no pude desconocer á la prima en segundo grado,
viuda del agente de cambio, fallecido en Bélgica.

La primera mirada que arrojó sobre mí la señora Laroque parecióme llena
de una sorpresa que rayaba en estupor. Me hizo repetir mi nombre.

--Perdóneme... señor...

--Odiot, señora...

--¿Máximo Odiot, el intendente que el señor Laubepin...?

--Sí, señora.

--¿Está usted bien seguro?

--¡Cómo no, señora! perfectamente--respondí sin poder contener una
sonrisa.

Arrojó una rápida mirada sobre la viuda del agente de cambio, y luego
sobre la niña de severa frente, como para decirles:--¿Comprenden ustedes
esto?--Agitóse ligeramente entre sus almohadones y continuó:

--En fin, tenga la bondad de sentarse, señor Odiot. Le agradezco
infinito, señor, el que quiera consagrarnos su talento. Le aseguro que
necesitamos mucho de su ayuda, porque, no puede negarse, tenemos la
desgracia de ser muy ricas... Reparando que á estas palabras, la prima
en segundo grado, encogía los hombros:

--Sí, mi querida señora Aubry;--prosiguió la señora de Laroque--sostengo
lo que he dicho. Dios ha querido probarme al hacerme rica. Yo había
nacido positivamente para la pobreza, para las privaciones, para la
abnegación y el sacrificio, pero he sido contrariada. Por ejemplo, á mí
no me habría disgustado un marido enfermo. ¡Pues bien! el señor Laroque
era un hombre de excelente salud. Vea usted ahí, cómo mi destino ha sido
y será siempre contrariado desde el principio hasta el fin...

--No diga usted eso--dijo secamente la señora Aubry.--Muy bien le iría
con la pobreza á usted, que no se escasea ninguna dulzura, ningún
refinamiento.

--Permítame, querida señora--respondió la señora de Laroque;--yo no
aprecio en modo alguno los sacrificios estériles. El que yo me condenara
á las privaciones más duras ¿á qué ó á quién aprovecharía? Porque yo me
helara desde la mañana hasta la noche, ¿sería usted más dichosa?

La señora Aubry dió á entender con un gesto expresivo que no sería más
dichosa por eso, pero que consideraba el lenguaje de la señora de
Laroque como prodigiosamente afectado y ridículo.

--En fin--continuó ésta,--dicha ó desgracia; poco importa. Somos, pues,
muy ricas, señor Odiot, y por poco caso que haga yo de esta fortuna, mi
deber es conservarla para mi hija, aunque la pobre niña no se cuide de
ella más que yo. ¿No es así, Margarita?

A esta pregunta, una débil sonrisa entreabrió los labios desdeñosos de
la señorita Margarita, y el arco prolongado de sus cejas se extendió
ligeramente, después de lo cual, aquella fisonomía grave y soberbia
volvió de nuevo á su reposo.

--Señor--continuó la señora de Laroque,--se le va á mostrar la
habitación que le hemos destinado, ajustándonos al formal deseo del
señor Laubepin; pero antes permítame que le conduzca á la habitación de
mi suegro, que tendrá placer en conocerle. ¿Quiere usted llamar, prima?
Espero, señor Odiot, que nos hará usted el placer de comer hoy con
nosotros. Adiós, señor, hasta muy luego.

Fuí confiado á los cuidados de un criado, que me suplicó esperara en la
pieza contigua á aquélla de que salía, mientras tomaba órdenes del señor
Laroque. Se había dejado la puerta del salón entreabierta y me fué
inevitable oir estas palabras pronunciadas por el señor Laroque con el
tono de bondad, aunque un poco irónico que le es habitual:

--¡Vaya, vaya! no se puede comprender á Laubepin, que me anuncia un
muchacho de cierta edad, muy sencillo, muy juicioso, ¡y que me envía un
señor como éste!

La señorita Margarita murmuró algunas palabras, que no pude oir, con
vivo pesar mío, lo confieso, y á las que su madre respondió:

--No te digo lo contrario, hija; pero no por eso es menos ridículo de
parte del señor Laubepin. ¿Cómo quieres que un señor como éste vaya á
correr con zuecos? Mira, Margarita, si le acompañaras á la habitación de
tu abuelo...

La señorita Margarita entró casi en el momento á la pieza en me hallaba.
Cuando me vió en ella, pareció poco satisfecha.

--Perdón, señorita; pero el criado me dijo lo esperara aquí.

--Tenga la bondad de seguirme, señor.

La seguí. Me hizo subir una escalera, atravesar muchos corredores, y me
introdujo por fin en una especie de galería donde me dejó.

Púseme entonces á examinar algunos cuadros suspendidos en el muro. Estas
pinturas eran en su mayor parte muy mediocres, consagradas á la gloria
del antiguo corsario del imperio. Había muchos combates de mar, un poco
ahumados, en los que era evidente sin embargo, que el pequeño brik
_L'Aimable_, capitán Laroque, veintiséis cañones, causaba á John Bull
los más sensibles disgustos. Luego venían algunos retratos de pie, del
capitán Laroque, que naturalmente atrajeron mi especial atención.
Representaban todos, salvo ligeras variaciones, un hombre de talla
gigantesca, llevando una especie de uniforme republicano, con grandes
solapas, cabellos á lo Kleber, y arrojando hacia adelante una mirada
enérgica, ardiente y sombría; en resumen, una especie de hombre, que no
tenía nada de agradable. Cuando estudiaba esta gran figura, que realzaba
maravillosamente la idea que se tiene en general de un corsario, y aun
de un pirata, la señorita Margarita me suplicó que entrara. Halléme
entonces frente á un viejo flaco y decrépito, cuyos ojos conservaban
apenas una chispa vital, y que para acogerme, tocó con mano temblorosa
el bonete de seda negra que cubría su cráneo luciente como el marfil.

--Abuelo--dijo la señorita Margarita levantando la voz;--es el señor
Odiot.

El pobre viejo corsario se levantó un poco de su sillón, mirándome con
una expresión apagada é indecisa. Me senté á un signo de la señorita
Margarita, que repitió:--El señor Odiot, el nuevo intendente, abuelo.

--¡Ah! buen día, señor--murmuró el anciano.

Siguió una pausa del más obligado silencio. El capitán Laroque, con el
cuerpo encorvado y la cabeza pendiente, continuaba fijando sobre mí su
incierta mirada. En fin, pareciendo hallar de pronto un asunto de
conversación de un interés capital, me dijo con voz sorda y profunda:

--El señor de Beauchêne ha muerto.

No hallé respuesta alguna á esta comunicación inesperada: ignoraba
absolutamente quién pudiese ser el señor de Beauchêne, y no tomándose la
señorita Margarita la molestia de decírmelo, me limité á atestiguar, por
una débil exclamación de pésame, la parte que tomaba en este desgraciado
suceso. Pero aparentemente esto no era bastante para lo que deseaba el
viejo capitán, porque agregó un momento después con el mismo tono
lúgubre:--¡el señor de Beauchêne ha muerto!

Mi asombro se acrecentó ante esta instancia. Veía el pie de la señorita
Margarita golpear el pavimento con impaciencia: me desesperé y tomando
al azar la primera frase que me vino al pensamiento:

--¿Y de qué ha muerto?--dije.

No había terminado aún esta pregunta, cuando una mirada colérica de la
señorita Margarita me advertía que me hacía sospechoso de no sé qué
irreverencia burlona. Aun cuando no me sintiese realmente culpable sino
de una necia torpeza, me apresuré á dar á la conversación un giro más
agradable. Hablé de los cuadros de la galería, de las grandes emociones
que debían recordar al capitán y del interés respetuoso que sentía al
contemplar al héroe de aquellas gloriosas páginas. Entré también en
detalles y cité, con cierto calor, dos ó tres combates en que el brik
_L'Aimable_ me había parecido realizar verdaderos prodigios.

En tanto que daba yo prueba de esta cortesía de buen gusto, la señorita
Margarita, con mi mayor sorpresa, continuaba mirándome con un
descontento y despecho manifiestos. Su abuelo entretanto me prestaba
oído atento; veía levantarse poco á poco su cabeza. Una extraña sonrisa
iluminaba su fisonomía descarnada y parecía borrarle las arrugas. De
pronto, tomando con sus dos manos los brazos de su sillón, se enderezó
tan alto como era; una llama guerrera brotó de sus profundas órbitas y
exclamó con una voz sonora que me hizo extremecer:

--¡Barra al viento, todo al viento! ¡Fuego á babor! ¡Atraca, atraca;
arrojad los ganchos! ¡Con vigor! ¡Ya lo tenemos! ¡Fuego allá arriba! ¡Un
buen escobajo! ¡Limpiad el puente! ¡A mí ahora! ¡juntos! ¡Sus! ¡al
inglés, al sajón maldito! ¡hurra!

Arrojando este último grito, que agonizó en su garganta, el anciano,
inútilmente sostenido por las manos piadosas de su nieta, cayó como
aniquilado en su sillón. A un signo imperioso de la señorita Laroque,
salí. Hallé el camino como pude á través del dédalo de corredores y de
escaleras, lamentándome vivamente de lo inoportuno que había estado en
mi entrevista con el viejo capitán de _L'Aimable_.

El criado de cabellos grises que me recibió á la llegada, y que se llama
Alain, me esperaba en el vestíbulo para decirme de parte de la señora
Laroque que no tenía tiempo de pasar á mi alojamiento antes de comer, y
que me hallaba bien como estaba.

En el momento mismo en que entraba al salón, una sociedad de unas veinte
personas salía para el comedor con las ceremonias usuales. Era la vez
primera desde mi cambio de condición que me hallaba mezclado en una
reunión mundana. Habituado en otro tiempo á las pequeñas distinciones
que la etiqueta de los salones acuerda en general al nacimiento y á la
fortuna, no recibí sin amargura los primeros testimonios de la
negligencia y el desdén á que inevitablemente me condenaba mi nueva
situación. Reprimiendo lo mejor que pude estas sublevaciones del falso
orgullo, ofrecí mi brazo á una joven pequeña, pero bien formada y
graciosa, que quedaba sola atrás de los convidados, y que era como lo
supuse la señorita Helouin, la institutriz. Mi asiento en la mesa estaba
señalado cerca del suyo. En tanto que cada uno se acomodaba, apareció la
señorita Margarita, como Antígona, guiando la marcha lenta y pesada de
su abuelo. Vino á sentarse á mi derecha con ese aire de tranquila
majestad que le es propio, y el poderoso Terranova, que parece ser el
guardián titular de esta princesa, se acostó de centinela tras de su
silla. Creí deber expresar sin retardo á mi vecina, el pesar que sentía
en haber evocado torpemente recuerdos que parecían agitar de una manera
penosa el ánimo de su abuelo.

--Soy yo quien debe excusarse, señor--respondió,--por no haberle
prevenido que jamás debe hablarse de los ingleses delante de mi padre...
¿Conocéis la Bretaña, señor?

Le contesté que no la había conocido hasta aquel día, pero que me
consideraba muy dichoso en conocerla, y para probar que era digno de
ella, hablé en estilo lírico de las bellezas pintorescas que me habían
llamado la atención durante el camino. En el instante en que creía que
esta diestra lisonja me conciliaba en el más alto grado la benevolencia
de la joven bretona, vi con asombro dibujarse en su frente los síntomas
de la impaciencia y del fastidio. Decididamente era yo desgraciado con
esta niña.

--¡Vamos! veo, señor--dijo con una singular expresión de ironía,--que
ama usted lo bello, lo que habla á la imaginación y al alma, la
naturaleza, la verdura, los matorrales, las piedras y las bellas artes.
Se entenderá usted maravillosamente con la señorita Helouin, que adora
igualmente todas esas cosas, las que para mí no tienen mérito alguno.

--Pero en nombre del cielo, ¿qué es lo que ama usted entonces?

A esta interrogación, que le dirigí en el tono de una amable jovialidad,
la señorita Margarita se volvió á mí bruscamente, me lanzó una mirada
altiva, y respondió secamente:

--Amo á mi perro. ¡Aquí, Mervyn!

Y sumergió afectuosamente su mano en la espesa piel del Terranova, que
parado sobre las patas de atrás, alargaba ya su formidable cabeza,
entre mi plato y el de la señorita Margarita. No pude menos de observar
con nuevo interés la fisonomía de esta mujer, y buscar en ella los
signos exteriores de la poca sensibilidad de alma de que al parecer hace
profesión. La señorita Laroque, que me pareció muy alta, sólo debe esta
apariencia al carácter amplio y perfectamente armonioso de su belleza.
Es en realidad de una estatura ordinaria; su rostro, de un óvalo algo
redondeado, y su cuello, de una postura delicada y arrogante, están
cubiertos ligeramente por un tinte propio de las hijas de Bretaña. Su
cabellera que señala sobre su frente un espeso relieve, arroja á cada
movimiento de su cabeza reflejos ondulosos y azulados; su delicada nariz
parece copiada sobre el divino modelo de una madona romana, y esculpida
en nácar viviente. Debajo de sus ojos grandes, profundos y pensativos,
el color algo tostado de sus mejillas, es matizado por una especie de
aureola más bronceada, que parece una traza proyectada por la sombra de
las pestañas y como quemada por el rayo ardiente de la mirada.
Difícilmente podría retratar la dulzura soberana de la sonrisa, que
viene por intervalos, á animar esta bella fisonomía y á atemperar por no
sé qué contracción graciosa el brillo de sus grandes ojos. Ciertamente,
la diosa misma de la poesía, del sueño y de los mundos encantados,
podía presentarse atrevidamente á los homenajes de los mortales bajo la
forma de esta niña que sólo ama á su perro. La naturaleza, en sus
producciones más escogidas, nos presenta á menudo estas crueles
mistificaciones.

Por otra parte, esto me importa muy poco. Comprendo perfectamente que
estoy destinado á jugar en la imaginación de la señorita Margarita el
papel que podría representar en ella un negro, objeto, como se sabe, muy
poco seductor para las criollas. Por mi parte me jacto de ser tan
orgulloso como la señorita Margarita; el más imposible de los amores
para mí, sería aquel que me expusiera á la sospecha de intriga é
interés. No pienso tampoco tener que armarme de una gran fuerza moral
contra un peligro que no me parece verosímil, pues la belleza de la
señorita Laroque es de aquellas que despiertan más la contemplación del
artista que un sentimiento de naturaleza más humano y más tierno.

Entretanto, sobre el nombre de Mervyn, que la señorita Margarita había
dado á su guardia de Corps, mi vecina de la izquierda, la señorita
Helouin, se lanzó á toda vela en el cielo de Arturo, y quiso enseñarme
que Mervyn era el nombre auténtico del célebre encantador que el vulgo
llama Merlín. Desde los caballeros de la mesa redonda se remontó hasta
los tiempos de César y vi desfilar ante mí, en procesión prolija, toda
la jerarquía de los druidas, de los bardos y de los vates; después de lo
cual caímos fatalmente de _menhir_ en _dolmen_ y de _galgul_ en
_cromlech_[1].

[Nota 1: _Menhir_ (de las palabras bretonas, _main_, piedra, _hirr_,
larga), es un obelisco bruto, algunas veces redondo, generalmente
cuadrado, colocado verticalmente sobro el suelo. No se halla jamás en él
una escultura, por grosera que sea, á no ser en el menhir de Plonarez
(Finisterre), colocada sobre el punto más elevado de los
Leones.--_Camile Duteil_.

Dolmen: mesa enorme de piedra, que como el menhir, son moradas como
altares donde se consumaban sangrientos sacrificios.--_Bouill_
(Diccionario de Historia).

Galgul, es una planta especial.

Cromlech, sitio accidentado.]

Mientras que me extraviaba en las selvas célticas, siguiendo los pasos
de la señorita Helouin, á la que no falta sino un poco de gordura para
ser una druidesa muy pasable, la viuda del agente de cambio, colocada
cerca de nosotros, hacía resonar los ecos de una queja continua y
monótona como la de un ciego; se habían olvidado de ponerle su
calentador, se le servía un potaje frío, se le presentaban huesos
descarnados; ved ahí cómo se la trataba. Por lo demás, ella estaba
habituada.

--Es triste ser pobre, muy triste. ¡Desearía más bien morir! Sí,
doctor--decía, dirigiéndose á su vecino, que parecía escuchar sus
quejas con una afectación de interés un tanto irónico;--sí, doctor, no
es broma: querría más bien haber muerto. Sería una carga menos para
todos. Además, piense, doctor. ¡Cuando se ha estado en mi posición,
cuando uno ha comido en vajilla de plata con sus armas... verse reducida
á la caridad y á ser el juguete de los criados! No se sabe todo lo que
yo sufro en esta casa ni se sabrá jamás. Cuando uno tiene orgullo, sufre
sin quejarse; es por esto que me callo, aunque no deje de pensarlo.

--Eso es, mi querida señora--dijo el doctor, que se llama, según creo,
Desmarets;--no hablemos más de eso; beba refrescos, que la calmarán.

--¡Nada, nada me calmará, doctor, sino la muerte!

--¡Pues bien, señora, cuando guste!--replicó resueltamente el doctor.

En una región más central, la atención de los convidados estaba
monopolizada por el palabreo insubstancial, cáustico y fanfarrón de un
personaje, á quien oí llamar el señor de Bevallan, que goza, al parecer,
de los derechos de una particular intimidad. Es un hombre bastante alto,
de una juventud madura, y cuya cabeza recuerda bastante fielmente el
tipo del rey Francisco I. Se le escucha como á un oráculo, y aun la
señorita Laroque le concede todo el interés y admiración que parece
capaz de concebir aún por las cosas de este mundo.

En cuanto á mí, como la mayor parte de las agudezas que oía aplaudir, se
referían á anécdotas locales y á chismografía de aldea, no he podido
apreciar hasta aquí sino incompletamente el mérito de este león
armórico.

Tuve, sin embargo, que congratularme de su urbanidad: me ofreció un
cigarro después de comer y me llevó al retrete de fumar. Al mismo tiempo
hacía los honores á tres ó cuatro jóvenes apenas salidos de la
adolescencia, que lo miraban evidentemente como un modelo de bellas
maneras y de exquisita pillería.

--¡Y bien, Bevallan!--dijo uno de los jóvenes--¿no renuncia usted, pues,
á la sacerdotisa del sol?

--¡Jamás!--respondió el señor de Bevallan.--Esperaré diez meses, diez
años, si es preciso; ¡pero ó la poseeré yo ó nadie!

--Es usted afortunado, viejo bribón; la institutriz le ayudará á tener
paciencia.

--Debo cortarle la lengua ó las orejas, Arturo--dijo á media voz el
señor de Bevallan avanzando hacia su interlocutor, y haciéndole una
rápida seña para que notara mi presencia.

Se pasó entonces en revista, en una encantadora mezcolanza, todos los
caballos, todos los perros y todas las damas de la comarca. Entre
paréntesis, sería de desear que las mujeres pudiesen asistir
secretamente una vez en su vida á una de esas conversaciones que tienen
lugar entre hombres en la primera efusión que sigue á una abundante
comida; allí hallarían la medida exacta de la delicadeza de nuestras
costumbres y de la confianza que ella debe inspirarlas. Por lo demás, yo
no me jacto de gazmoñería; pero la conversación de que era testigo,
tenía, según mi opinión, la grave falta de ultrapasar los límites de la
broma más libre; todo lo tocaba al pasar, lo ultrajaba todo alegremente,
y tomaba, en fin, un carácter muy gratuito de universal profanación.
Luego mi educación, muy incompleta sin duda, me ha dejado en el corazón
un fondo de respeto, que me parece debe ser reservado en medio de las
más vivas expansiones del buen humor. Entretanto, tenemos hoy en Francia
á nuestra joven América, que no está contenta sino blasfema un poco
después de haber bebido; tenemos amables pichones de bandido, esperanzas
del porvenir, que no han tenido padre ni madre, que no tienen patria,
que tampoco tienen Dios, pero que parecen el producto bruto de alguna
máquina sin entrañas y sin alma, que los ha depositado fortuitamente
sobre este globo, para que le sirvan de mediocre ornamento.

En resumen, el señor de Bevallan, que no teme instituirse profesor
cínico de estos calaveras sin barba, no me ha gustado, ni pienso haberle
agradado tampoco. Protesté un poco de fatiga y me retiré.

A mi llamamiento, el viejo Alain tomó una linterna y me guió á través
del parque hacia la habitación que me estaba destinada. Después de
algunos minutos de marcha, atravesamos un puente de madera echado sobre
un río y nos hallamos delante de una puerta maciza y ogival abierta en
una especie de torre y flanqueada por dos torrecillas. Era esta la
entrada del antiguo castillo. Robles y abetos seculares forman,
alrededor de estos despojos feudales, un cerco misterioso que les da un
aire de profundo retiro. En estas ruinas es donde debo habitar. Mi
departamento compuesto de tres piezas, elegantemente tapizadas de azul,
se prolonga encima de la puerta de una torrecilla á la otra. Esta
melancólica morada no deja de agradarme; ella conviene con mi fortuna.
Apenas me vi libre del viejo Alain, que es de genio un poco noticiero,
me puse á escribir el relato de este importante día, interrumpiéndome
por intervalos para escuchar el murmullo bastante dulce del pequeño río
que corre bajo mis ventanas, y el grito del tradicional mochuelo, que
celebra en sus vecinos bosques sus tristes amores.




1.º de julio.


Ya es tiempo de que trate de desenredar el hilo de mi existencia
personal é íntima, perdido desde hace dos meses, en medio de las activas
obligaciones de mi cargo.

Al día siguiente de mi llegada, después de haber estudiado en mi retiro,
durante algunas horas, los papeles y registros del padre Hivart, como se
llama aquí á mi predecesor, fuí á almorzar al castillo, donde no hallé
más que una pequeña parte de los huéspedes de la víspera. La señora de
Laroque, que ha vivido en París antes que la salud de su suegro la
hubiese condenado á un eterno veraneo, conserva fielmente en su retiro
el gusto por los intereses elevados, elegantes ó frívolos, de que el
arroyo de la calle de Bac era el espejo, en tiempos del turbante de la
señora Stäel. Parece, además, haber visitado la mayor parte de las
grandes ciudades de Europa, y adquirido conocimientos literarios que
pasan la medida común de la erudición parisiense.

Recibe muchos diarios y revistas, y se aplica á seguir, tanto como le es
posible á la distancia en que se encuentra, el movimiento de esa
civilización refinada, de que los teatros, los museos y los libros
recién publicados son las flores y los frutos más ó menos efímeros.
Durante el almuerzo se habló de una ópera nueva, y la señora de Laroque
dirigió sobre este asunto, al señor de Bevallan, una pregunta á que no
supo responder, aun cuando siempre tenga, si ha de creérsele, un pie y
un ojo en el Bulevar de los Italianos. La señora de Laroque se dirigió
entonces hacia mí, manifestando en su aire de distracción la poca
esperanza que tenía de hallar á su encargado de negocios muy al
corriente de estas cosas; pero precisa y desgraciadamente, son las
únicas que conozco. Había oído en Italia la ópera que acababa de darse
en Francia por la primera vez. La reserva misma de mis respuestas,
despertó la curiosidad de la señora de Laroque, que me oprimía á
preguntas, y que se dignó muy luego comunicarme ella misma, sus
impresiones, sus recuerdos y sus entusiasmos de viaje. No tardamos en
recorrer como camaradas, los teatros y las galerías más célebres del
continente, y nuestra conversación, cuando dejamos la mesa, era tan
animada, que mi interlocutora para no romper su curso, tomó mi brazo,
sin pensarlo. Fuimos á continuar en el salón nuestras simpáticas
efusiones, olvidando la señora de Laroque, cada vez más, el tono de
benévola protección, que hasta entonces me había chocado en su
conversación particular conmigo.

Me confesó, que el demonio del teatro la atormentaba en alto grado, y
que meditaba hacer representar comedias en el castillo. Me pidió
consejos sobre la organización de esta diversión. Yo le hablé entonces,
con detalles, de las comedias caseras, que había tenido ocasión de ver
en París y en San Petersburgo; luego no queriendo abusar de mi favor, me
levanté bruscamente, declarando que pretendía inaugurar sin demora mis
funciones, por la exploración de un gran cortijo situado á dos leguas
escasas del castillo. A esta declaración, la señora de Laroque pareció
súbitamente consternada; me miró, se agitó entre sus almohadillas,
aproximó sus manos al brasero, y me dijo á media voz:

--¡Ah! ¿qué importa eso? vaya, déjelo usted.

Y como yo insistiese:

--¡Pero, Dios mío!--agregó, con un gracioso ademán,--¡mire usted que los
caminos están espantosos!... Espere al menos la buena estación.

--No, señora--le dije riendo,--no esperaré ni un minuto; ó soy
intendente ó no lo soy.

--Señora--dijo el viejo Alain, que se hallaba allí,--se podría
enganchar para el señor Odiot el carricoche del padre Hivart; no tiene
elásticos, pero por lo mismo es más sólido.

La señora de Laroque confundió con una mirada fulminante al desgraciado
Alain, que osaba proponer á un intendente de mi especie, que había
asistido á un espectáculo en casa de la gran duquesa Elena, el
carricoche del padre Hivart.

--¿La americana no pasaría por el camino?--preguntó.

--¿La americana, señora? No, á fe mía. No hay riesgo de que pase--dijo
Alain,--y si pasa no será entera... y aun así, creo que no pasará.

Protesté que iría perfectamente á pie.

--No, no, es imposible, yo no lo quiero. Veamos... tenemos una media
docena de caballos de silla que no hacen nada... pero probablemente no
montará usted á caballo.

--Le pido perdón, señora; pero es verdaderamente inútil, voy...

--Alain, haga ensillar un caballo para el señor... Dí tú cuál,
Margarita.

--Dele á Proserpina--murmuró el señor de Bevallan, riendo en mis barbas.

--¡No, á Proserpina no!--exclamó vivamente la señorita Margarita.

--¿Por qué no Proserpina, señorita?--le dije yo entonces.

--Porque lo arrojaría á tierra--me respondió rotundamente la joven.

--¡Oh! ¿cómo es eso? Perdóneme; ¿quiere usted permitirme que le
pregunte, señorita, si monta usted ese animal?

--Sí, señor, pero con dificultad.

--¡Pues bien! puede ser que ella sea menor cuando lo haya yo montado una
ó dos veces. Esto me decide. Haga usted ensillar á Proserpina, Alain.

La señorita Margarita frunció sus negras cejas y se sentó haciendo un
signo con la mano, como para rechazar toda responsabilidad, en la
catástrofe inminente que preveía.

--Si necesita usted espuelas, tengo un par á su servicio--agregó
entonces el señor de Bevallan que decididamente pretendía que yo no
volviese.

Sin notar, al parecer, la mirada de reproche que la señorita Margarita
dirigió al obsequioso gentil hombre, acepté sus espuelas. Cinco minutos
después, un ruido de pisadas desordenadas anunciaba la aproximación de
Proserpina que traían trabajosamente al pie de la escalera del jardín
reservado, y que era, entre paréntesis, una yegua muy bella mestiza,
negra como el azabache. Bajé al punto la escalera. Algunos jóvenes,
encabezados por Bevallan salieron al terrado, por humanidad según creo,
y se abrieron al mismo tiempo las tres ventanas del salón para las
mujeres y los ancianos. Habríame pasado de buena gana sin todo este
aparato, pero en fin, me resigné, y por otra parte no tenía mucha
inquietud sobre las consecuencias de la aventura, pues si bien soy un
novel intendente, soy un antiguo jinete. Apenas caminaba, cuando mi
padre me había ya plantado sobre un caballo, con gran desesperación de
mi madre, y después, no desdeñó ningún cuidado, para hacerme su igual en
este arte en que él sobresalía. Había llevado mi educación en este punto
hasta el refinamiento, haciéndome vestir muchas veces viejas y pesadas
armaduras de familia para que realizara con más facilidad los ejercicios
de equitación que me enseñaba. Entretanto, Proserpina me dejó desenredar
las riendas y aun tocar su pescuezo sin dar la menor señal de
irritación, pero no bien sintió mi pie sobre el estribo, se tendió á un
lado bruscamente, tirando tres ó cuatro soberbias coces por encima de
las macetas de mármol que adornan la escalera, se paró en dos patas
haciéndose la graciosa y batiendo el aire con sus manos; luego reposó
estremeciéndose.

--Difícil para montar--me dijo un criado de caballeriza, guiñando el
ojo.

--Lo veo, muchacho, pero voy á sorprenderla, mira.--En el mismo instante
me senté en la silla sin tocar el estribo, y en tanto que Proserpina
reflexionaba en lo que sucedía, me afirmé sólidamente. Un instante
después desaparecíamos á galope corto por la avenida de los castaños,
seguidos por el ruido de algunos aplausos, que el señor de Bevallan tuvo
la buena inspiración de comenzar.

Este incidente, por insignificante que fuese, no dejó, como pude notarlo
esa misma noche, de realzar mi crédito en la opinión. Algunos otros
talentos del mismo valor, de que mi educación me ha provisto, han
acabado de asegurarme aquí toda la importancia que deseaba, y que debe
garantizar mi dignidad personal. Por lo demás, se ve muy bien que no
pretendo de ningún modo abusar de los agasajos y atenciones de que puedo
ser objeto para usurpar en el castillo un papel poco conforme á las
modestas funciones que desempeño. Enciérrome en mi torre tan á menudo
como puedo, sin faltar formalmente á las conveniencias: en una palabra,
me mantengo estrictamente en mi lugar, á fin de que nadie tenga que
volverme á él.

Algunos días después de mi llegada, asistí á una de esas comidas de
ceremonia, que en esta estación son aquí casi cotidianas; oí que mi
nombre fué pronunciado en tono interrogativo por el gordo subprefecto de
la pequeña ciudad vecina, que estaba sentado á la derecha de la dama
castellana. La señora de Laroque que padece de frecuentes distracciones,
olvidó que yo no estaba lejos de ella, y de buena ó de mala gana, no
perdí una sola palabra de su respuesta.

--¡Dios mío! no me hable usted de ello; hay en eso un misterio
inconcebible... Nosotros pensamos que es algún príncipe disfrazado...
Hay tantos que corren el mundo por humorada... Este posee todos los
talentos imaginables: monta á caballo, toca el piano y dibuja, todo de
una manera admirable... Entre nosotros, mi querido subprefecto, creo que
es un pésimo intendente, pero indudablemente, es un hombre muy
agradable.

El subprefecto que es también hombre agradable, ó que, al menos cree
serlo, lo que viene á ser lo mismo para su satisfacción personal, dijo
entonces graciosamente, acariciando con una mano gordinflona sus
espléndidas patillas, que había en el castillo muchos ojos bastante
bellos para explicar tantos misterios; que sospechaba mucho que el
intendente fuese un pretendiente, y que además el amor era padre
legítimo de la locura é intendente natural de las desgracias...
Cambiando de tono repentinamente:

--Sobre todo, señora--agregó,--si usted tiene la menor inquietud con
respecto á ese individuo, le haré interrogar mañana mismo, por el cabo
de la gendarmería.

La señora de Laroque clamó contra este exceso de celo galante, y la
conversación, en lo que á mí concernía, no fué más lejos, pero me dejó
muy picado, no contra el subprefecto, que por el contrario me gustaba
muchísimo, sino contra la señora de Laroque, que haciendo á mis
cualidades privadas una excesiva justicia, no me había parecido
suficientemente penetrada de mi mérito oficial.

La casualidad quiso que tuviese al día siguiente que renovar la
escritura de un arriendo considerable. Esta operación se negociaba con
un paisano viejo y muy astuto, á quien, sin embargo, conseguí ofuscar
con algunos términos de jurisprudencia, diestramente combinados con las
reservas de una prudente diplomacia. Arregladas nuestras convenciones,
el buen hombre colocó tranquilamente sobre mi escritorio, tres paquetes
de piezas de oro. Si bien la significación de esta entrega, que no se me
debía, me era del todo incomprensible, me guardé de mostrar una sorpresa
inconsiderada; pero desenvolviendo los paquetes, me aseguré por medio
de algunas preguntas indirectas, que esta suma constituía las arras del
arrendamiento, ó en otros términos la gabela que tienen por costumbre
los arrendatarios ceder al propietario en cada renovación de contrato.
Yo no había pensado en reclamar tal cosa, no habiendo hallado mención
alguna de ella en los contratos anteriores, redactados por mi hábil
predecesor, y que me servían de modelo. No saqué por el momento ninguna
conclusión de esta circunstancia, pero cuando fuí á entregar á la señora
de Laroque este don de fausto advenimiento, su sorpresa me asombró.

--¿Qué significa esto?--me dijo.

Le expliqué la naturaleza de esta gratificación. Me la hizo repetir.

--¿Y es esta la costumbre?--agregó.

--Sí, señora, toda vez que se consiente en un nuevo contrato.

--Pero ha habido en treinta años, según creo, más de diez contratos
renovados... ¿Cómo es que no hemos oído hablar jamás de semejante cosa?

--No sabré decírselo, señora.

La señora de Laroque cayó en un abismo de reflexiones, en cuyo fondo, es
probable hallara la sombra venerable del padre Hivart; después alzando
ligeramente los hombros, fijó su mirada en mí, luego sobre las piezas
de oro, una vez más sobre mí, y apareció perpleja. En fin,
arrellanándose en su butaca y suspirando profundamente, me dijo con una
simplicidad de que le estoy agradecido:

--Está bien, señor: le doy mil gracias.

Este rasgo de grosera probidad, por el cual la señora de Laroque tuvo el
buen gusto de no cumplimentarme, no dejó por eso de hacerle concebir una
gran idea de la capacidad y de las virtudes de su intendente. Pude
juzgarlo algunos días después. Su hija le leía la relación de un viaje
al polo en que se hablaba de un pájaro extraordinario, _qui ne vole
pas_.

--Mira--dijo--es como mi intendente.

Espero firmemente haberme adquirido, desde entonces, por el cuidado
severo con que me ocupo de la tarea que he aceptado, títulos á una
consideración de género menos negativo. El señor Laubepin, cuando fuí
recientemente á París, para abrazar á mi hermana, me agradeció con una
viva sensibilidad el honor que hacía á los compromisos que por mí había
contraído.

--Valor, Máximo--me dijo:--dotaremos á Elena. La pobre niña no carecerá
de nada, por decirlo así. Y en cuanto á usted, querido amigo, no tenga
pesares, créame: posee usted en sí mismo lo que más se parece á la
felicidad en este mundo, y gracias al Cielo, creo que siempre lo
poseerá: la paz de la conciencia y la varonil serenidad de una alma
consagrada al deber.

Este anciano tiene razón, sin duda alguna. Estoy tranquilo y sin
embargo, no me siento dichoso. Hay en mi alma, que no está aún sazonada
para los austeros goces del sacrificio, arranques impetuosos de juventud
y desesperación. Mi vida consagrada y sacrificada sin reserva á otra
vida más débil y querida, no me pertenece: no tiene porvenir, está en un
claustro, encerrada para siempre. Mi corazón no debe latir, mi cabeza no
debe pensar sino por cuenta ajena. En fin, que Elena sea dichosa. La
vejez se aproxima: ¡que venga pronto! Yo la imploro: su hielo ayudará mi
valor.

No podría quejarme, además, de una situación que en suma ha engañado mis
más penosas aprensiones, y que aun ha ultrapasado mis mejores
esperanzas. Mi trabajo, mis viajes frecuentes á los vecinos
departamentos, mi afición á la soledad, me tienen á menudo alejado del
castillo, cuyas reuniones bulliciosas huyo sobre todo. Puede muy bien
que la amistosa acogida que hallo en él, sea debida en gran parte á lo
poco que me prodigo. La señora de Laroque, sobre todo, me profesa una
verdadera afección; me toma por confidente de sus extravagantes y muy
sinceras manías de pobreza, de sacrificio y abnegación poética que
forman, con sus multiplicadas precauciones de criolla frívola, un
singular contraste. Tan pronto envidia á las bohemias cargadas de hijos,
que arrastran por las calles una miserable carreta, y cuecen su comida
al abrigo de los cercados, como á las hermanas de la caridad, como á las
cantineras, cuyas heroicidades ambiciona.

En fin, no cesa de reprochar al finado señor Laroque, hijo, su admirable
salud que jamás permitió á su mujer desplegar las cualidades de
enfermera, de que rebosa su corazón. Entretanto, ha tenido, en estos
últimos días, la idea de agregar á su sillón una especie de nicho en
forma de garita, para resguardarse de los vientos colados. La hallé,
mañanas pasadas, instalada triunfalmente en esta especie de kiosco en el
que espera dulcemente el martirio.

Casi otro tanto puedo decir de los demás habitantes del castillo. La
señorita Margarita, siempre sumergida como una esfinge nubia en algún
sueño desconocido, condesciende sin embargo, en repetir bondadosamente
las piezas de mi predilección. Tiene una voz de contralto admirable, de
la que se sirve con arte consumado; pero al mismo tiempo con una dejadez
y una frialdad que podrían creerse calculadas. En efecto, suele suceder
que, por distracción, deja escapar de sus labios acentos apasionados;
pero al punto parece humillada, y como avergonzada de este olvido de su
carácter ó de su papel, y se apresura á entrar de nuevo en los límites
de una helada corrección.

Algunas partidas de _cientos_ que he tenido la fácil galantería de
perder con el señor Laroque, me han conciliado los favores del pobre
anciano, cuyas débiles miradas se clavan algunas veces sobre mí, con una
atención verdaderamente singular. Podría decirse que algún sueño del
pasado, alguna semejanza imaginaria, se despierta á medias en las nubes
de aquella memoria fatigada, en cuyo seno flotan las imágenes confusas
de todo un siglo. ¡Quería devolverme el dinero que me había ganado!
Parece que la señora de Aubry, tertuliana habitual del viejo capitán, no
tiene escrúpulo en aceptar regularmente estas restituciones, lo que no
le impide ganar frecuentemente al antiguo corsario, con quien tiene en
esas circunstancias abordajes tumultuosos.

Esta señora, tratada con mucho favor por el señor Laubepin, cuando la
calificaba simplemente de espíritu agrio, no me inspira ninguna
simpatía. Sin embargo, por respeto á la casa, me he obligado á ganar su
afecto, y he llegado á conseguirlo prestando oído complaciente, unas
veces á sus miserables lamentaciones sobre su condición presente, otras
á las descripciones enfáticas de su fortuna pasada, de su plata labrada,
de sus muebles, de sus encajes y de sus guantes.

Es preciso confesar que me hallo en muy buena escuela para aprender á
desdeñar los bienes que he perdido. En efecto, todos aquí, por su
actitud y su lenguaje me predican elocuentemente el desprecio de las
riquezas; desde luego, la señora Aubry, que se puede comparar á esos
glotones sin vergüenza cuya irritante gula os quita el apetito, y que os
hacen repugnantes los manjares que alaban; este anciano que _se_
extingue sobre sus millones tan tristemente como Job sobre el estiércol;
esa mujer excelente, pero novelesca y estragada, que sueña en medio de
su importuna prosperidad con el fruto prohibido de la miseria, y en fin,
la orgullosa Margarita, que lleva como una corona de espinas la diadema
de belleza y de opulencia con que el Cielo ha oprimido su frente.

¡Extraña niña! Casi todas las mañanas, cuando el tiempo está bueno, la
veo pasar por debajo de las ventanas de mi torre; me saluda con un grave
movimiento de cabeza, que hace ondular la pluma negra de su fieltro y
luego se aleja lentamente por el sombrío sendero que atraviesa las
ruinas del antiguo castillo. Ordinariamente, el viejo Alain la sigue á
alguna distancia; otras veces no lleva más compañero que el enorme y
fiel Mervyn, que alarga el paso al lado de su bella ama, como un oso
pensativo. Con este tren se va á correr por todo el país vecino
aventuras de caridad. Podría considerarse su protectora; no hay cabaña
alguna en seis leguas á la redonda, que no la conozca y la venere como
la hada de la beneficencia. Los paisanos dicen simplemente, al hablar de
ella: ¡La señorita! como si hablaran de una de esas hijas de rey, que
encantan sus leyendas, cuya belleza, poder y misterio les parece ver en
ella.

Busco entretanto cómo explicarme la nube de sombría preocupación que
cubre su frente sin cesar, la severidad altiva y desconfiada de su
mirada, y la amarga sequedad de su lenguaje. Me pregunto, si son estos
los rasgos naturales de un carácter extravagante y variable; ó los
síntomas que algún secreto tormento, de remordimientos, de temor ó de
amor, lo que roe su noble corazón. Por desinteresado que uno sea en la
cuestión, es imposible no sentir cierta curiosidad ante una persona tan
extraordinaria. Ayer en la noche, mientras que el viejo Alain, de quien
soy favorito, me servía mi solitaria comida, le dije:

--¡Qué lindo día ha hecho hoy, Alain! ¿Ha paseado usted?

--Sí, señor: esta mañana salí con la señorita.

--¡Ah!

--¿Pero el señor no nos ha visto pasar?

--Es probable. Los veo pasar muchas veces... Tiene usted una buena
figura á caballo, Alain.

--El señor es demasiado galante. La señorita tiene mejor figura que yo.

--Efectivamente, es una joven muy bella.

--¡Oh! perfecta, señor, y lo mismo por fuera que por dentro, como la
señora de Laroque su madre. Diré al señor una cosa. El señor sabe que
esta propiedad perteneció en otro tiempo al último Conde de Castennec, á
quien tenía el honor de servir. Cuando la familia Laroque compró el
castillo, confesaré que me apesadumbré y vacilé mucho para quedarme en
la casa. Me había criado en el respeto á la nobleza, y me costaba mucho
servir á gentes sin nacimiento. El señor habrá podido observar que
siento un particular placer en prestarle mis servicios, y es que le
hallo un aire muy marcado de nobleza. ¿Está usted seguro, señor, de no
ser noble?

--Lo temo, mi pobre Alain.

--Por lo demás, esto es lo que quería decir al señor--respondió Alain
inclinándose con gracia;--he aprendido al servicio de estas señoras, que
la nobleza de los sentimientos vale tanto como la otra, y en particular
la del señor Conde Castennec, que tenía la debilidad de pegar á sus
criados. Es lástima que la señorita no pueda casarse con un noble de
buen nombre. Entonces nada faltaría á sus perfecciones.

--Pero me parece, Alain, que eso sólo depende de su voluntad.

--Si el señor se refiere al señor de Bevallan, en efecto, sólo depende
de su voluntad, pues que la ha pedido hace más de seis meses. La señora
de Laroque no parecía muy opuesta al matrimonio, y en cuanto al señor de
Bevallan después de los Laroque, es el más rico del país; pero la
señorita, sin pronunciarse positivamente, ha querido tomar tiempo para
reflexionar.

--Pero si ama al señor de Bevallan y si puede casarse cuando quiera,
¿por qué se la ve siempre triste y distraída?

--Es una verdad, señor, que de dos ó tres años á esta parte, la señorita
ha cambiado completamente. En otro tiempo era alegre como un pájaro y
ahora, podría decirse, que hay algo que la apesadumbra; pero no creo,
salvo mis respetos, que sea su amor por ese señor lo que la abate.

--Usted tampoco parece muy tierno por el señor de Bevallan, mi buen
Alain. Es de una excelente nobleza, sin embargo...

--Lo que no le impide ser un mal individuo, que pasa su tiempo en
corromper á las jóvenes de la comarca. Y si el señor tiene ojos, puede
ver que no tendría empacho en hacer de sultán en el castillo, mientras
consigue algo mejor.

Hubo una pausa silenciosa, después de la cual Alain dijo:

--Qué desgracia es que el señor no tenga de renta siquiera un centenar
de miles de francos.

--¿Y por qué, Alain?

--¿Por qué?...--dijo Alain moviendo la cabeza con aire pensativo.




25 de julio.


En el mes que acaba de pasar, he ganado una amiga y me he hecho, según
creo, dos enemigas. Las enemigas son la señorita Margarita y la señorita
Helouin. La amiga, es una señorita de ochenta y ocho años. Temo que no
haya compensación en el cambio.

La señorita Helouin, con la que quiero arreglar mis cuentas desde luego,
es una ingrata. Mis pretendidos agravios hacia ella, deberían más bien
recomendarme á su estimación; pero parece ser una de esas mujeres,
bastante generales en el mundo, que no cuentan la estimación en el
número de los sentimientos, que gustan suspirar, ó que se les suspire.
Desde los primeros tiempos de mi morada en el castillo, una especie de
conformidad entre la situación de la maestra y la del intendente, la
modestia común de nuestro estado en la casa, me indujeron á entablar con
la señorita Helouin las relaciones de una benevolencia afectuosa.
Siempre me he afanado en manifestar á estas pobres muchachas el interés
á que su ingrata tarea, su situación precaria, humillante y sin
porvenir, me parecían hacerlas acreedoras. La señorita Helouin es
además bonita, inteligente y llena de talento, y aunque prodigue un poco
todo esto, por la vivacidad de sus salidas, su febril coquetería, y esa
ligera pedantería que son las propensiones habituales del empleo,
convengo en que había muy poco mérito en sostener el papel caballeresco
que me había propuesto. Este papel tomó á mis ojos el carácter de una
especie de deber, cuando reconocí, como muchas advertencias me lo habían
hecho presentir, que un león devorador, bajo las facciones del Rey
Francisco I, rondaba furtivamente á mi joven protegida. Esta duplicidad
que hace honor á la audacia del señor de Bevallan, pasa, so color de
amable familiaridad, con una política y un aplomo, que engañan
fácilmente las miradas poco atentas ó demasiado cándidas. La señora de
Laroque, y en particular su hija, son completamente ajenas á las
perversidades de este mundo, y viven demasiado apartadas de toda
realidad para sentir la sombra de una suposición. En cuanto á mí,
sumamente irritado contra este insaciable _tragador de corazones_, me
hice un placer en contrariar sus proyectos: más de una vez distraje la
atención, que trataba de monopolizar, y me esforcé, sobre todo en
aminorar en el corazón de la señorita Helouin aquel amargo sentimiento
de abandono y aislamiento, que da en general tanto precio á los
consuelos que le son ofrecidos. ¿He ultrapasado alguna vez, en el curso
de esta lucha indiscreta, la medida delicada de una protección
fraternal? No lo creo, y los términos mismos del corto diálogo, que ha
modificado súbitamente la naturaleza de nuestras relaciones, parece
hablaran en favor de mi reserva. Una noche de la última semana,
tomábamos el fresco en la azotea; la señorita Helouin á quien en aquel
día había precisamente tenido ocasión de prestar algunas atenciones
particulares, tomó ligeramente mi brazo y al mismo tiempo que mordía con
sus pequeños y blancos dientes un ramito de azahares:

--Es usted muy bueno, señor Máximo--me dijo con voz un poco conmovida...

--Trato de serlo al menos.

--Es usted un verdadero amigo.

--Sí.

--¿Pero un amigo cómo?

--Verdadero, como usted lo ha dicho.

--Un amigo... que me ama...

--Sin duda.

--¿Mucho?

--Seguramente.

--¿Apasionadamente?

--No.

A este monosílabo que articulé muy secamente y apoyé con una firme
mirada, la señorita Helouin arrojó vivamente su ramito de azahares y
abandonó mi brazo. Desde esa hora nefasta me trata con un desdén que no
he merecido, y creería decididamente, que la amistad de un sexo por el
otro es un sentimiento ilusorio, si mi desgracia no hubiera tenido al
otro día una especie de indemnización.

Había ido á pasar algunas horas de la noche en el castillo; dos ó tres
familias que acababan de pasar allí una quincena, se habían marchado
aquella mañana. No estaban en él sino los parroquianos habituales, el
cura, el preceptor, el doctor Desmarest, y en fin el general de
Saint-Cast y su mujer, que habitan, como el doctor, en la pequeña ciudad
vecina. La señora de Saint-Cast, que parece haber llevado á su marido
una bella fortuna, estaba entretenida, cuando entré, en una animada
conversación con la señora de Aubry. Estas dos señoras, siguiendo su
costumbre, se entendían perfectamente, celebrando cada una á su turno,
como dos pastores de una égloga, los incomparables encantos de la
riqueza, en un lenguaje en que la distinción de la forma disputaba á la
elevación del pensamiento.

--Tiene usted mucha razón, señora--decía la señora de Aubry--no hay sino
una cosa en el mundo, y esa es ser rica; cuando yo lo era, despreciaba
de todo corazón á los pobres, así hallo ahora muy natural que se me
desprecie, y no me quejo de ello.

--Nadie la desprecia por eso, señora--respondía la señora de
Saint-Cast--seguramente que no, pero es muy cierto, que entre ser rico ó
pobre hay una terrible diferencia. Vea ahí al general, que puede decirle
algo de eso; él no tenía absolutamente otra cosa que su espada cuando se
casó conmigo, y no es con una espada con lo que se pone manteca en la
sopa, ¿no es verdad, señora?

--¡Oh! no, no, señora--exclamó la señora de Aubry aplaudiendo esta
atrevida metáfora. El honor y la gloria son muy bellos en las novelas;
pero yo prefiero con mucho un buen carruaje.

--Sí, ciertamente, y es lo que decía esta mañana al general, al venir
hasta aquí: ¿es verdad, general?

--Hum--refunfuñó el general, que jugaba tristemente en un rincón, con el
antiguo corsario.

--No tenía usted nada cuando nos casamos, general--continuó la señora de
Saint-Cast--¿espero que no tratará de negarlo?

--Usted lo ha dicho ya--murmuró el general.

--Lo que no impide que sin mí, marcharía usted á pie, mi general, lo que
no le sería muy agradable con sus heridas... porque con seis ó siete mil
francos de retiro que tiene usted, no podría arrastrar carroza, amigo
mío... Esta mañana le decía esto, señora, á propósito de nuestro nuevo
carruaje que es lo más cómodo que puede imaginarse. Es lo cierto que lo
he pagado muy bien: me cuesta cuatro mil buenos francos de menos en mi
bolsa.

--¡Ya lo creo, señora! Mi carruaje de gala no me costó menos de cinco
mil francos, contando el cuero de tigre para los pies, que él solo me
costó quinientos.

--Yo me he visto obligada á contenerme un poco, pues acabo de renovar mi
mueblaje del salón; en alfombras y tapices he gastado como quince mil
francos. Es demasiado lujo para un pobre rincón de provincia, me dirá
usted, y es muy cierto... Pero toda la ciudad está muy humilde con
nosotros, y á todos nos gusta ser respetados, ¿no es así, señora?

--Sin duda--replicó la señora de Aubry--á todos nos gusta ser
respetados, y uno sólo es respetado en proporción del dinero que tiene.
Por mi parte, me consuelo de que hoy no se me respete, pensando que si
fuera aún lo que he sido, vería á mis pies á todos los que me
desprecian.

--¡Excepto á mí, voto á sanes!--exclamó el doctor Desmarest levantándose
de pronto.--Aun cuando tuviera usted cien millones de renta, no me vería
á sus pies; se lo aseguro bajo mi palabra de honor. Y me marcho á tomar
el aire, pues el diablo me lleve, si puedo sufrir más.--Al mismo tiempo
el bravo doctor salió del salón, llevando toda mi gratitud, pues me
había hecho un verdadero servicio consolando mi corazón oprimido de
indignación y disgusto.

Aun cuando el señor Desmarest se halla establecido en la casa sobre el
pie de un San Juan Boca-de-oro, á quien se sufre la mayor independencia
en el lenguaje, el apóstrofe había sido demasiado vivo para no causar
entre los asistentes un sentimiento de malestar que se traducía por un
silencio embarazoso. La señora de Laroque lo rompió diestramente,
preguntando á su hija si habían dado las ocho.

--No, madre--respondió Margarita,--pues la señorita de Porhoet no ha
llegado aún.

Un minuto después, el timbre del péndulo se ponía en movimiento; la
puerta se abrió, y la señorita Jocelynde de Porhoet-Gaél, llevada del
brazo por el doctor Desmarest, entró en el salón con una precisión
astronómica.

La señorita de Porhoet-Gaél, que ha visto pasar este año la octogésima
octava primavera de su existencia y que tiene la apariencia de una caña
conservada en seda, es el último vástago de una muy noble raza, cuyos
abuelos se creen hallar entre los reyes fabulosos de la vieja Armórica.
Sin embargo, esta casa no toma seriamente pie en la historia, hasta el
siglo XII en la persona de Juthaal, hijo de Conan _le Tort_,
descendiente de la rama segunda de Bretaña. Algunas gotas de sangre de
los Porhoet, han corrido por las venas más ilustres de Francia: en las
de los Rohan, de los Lusignan, de los Penthièvre, y estos grandes
señores convenían en que no era la menos pura.

Me acuerdo que estudiando un día, en un acceso de vanidad juvenil, la
historia de las alianzas de mi familia, me llamó la atención el singular
nombre de Porhoet y que mi padre, muy erudito en estas materias, me lo
alabó muchísimo. La señorita Porhoet, que es la única que queda hoy de
su nombre, no ha querido casarse jamás á fin de conservar el mayor
tiempo posible en el firmamento de la nobleza francesa, la constelación
de estas mágicas sílabas: Porhoet-Gaél. La casualidad quiso que un día
se hablase delante de ella, de los orígenes de la casa de Borbón.--Los
Borbones--dijo la señorita de Porhoet, metiendo repetidas veces su
aguja de tejer en su rubia peluca--los Borbones son de buena nobleza,
pero--tomando repentinamente un aire modesto--hay mejores--añadió.

Por lo demás, es imposible no inclinarse ante esta vieja niña, tan
augusta, que lleva con una dignidad sin igual la triple y pesada
majestad del nacimiento, de la edad y de la desgracia. Un proceso
deplorable, que se obstina en sostener fuera de Francia hace más de
quince años, ha reducido progresivamente su fortuna, ya muy pequeña, y
apenas le quedarán hoy un millar de francos de renta. Esta situación,
desgraciada, no ha quitado nada á su orgullo, ni aumentado nada á su
carácter: es alegre, igual, cortés; vive, no se sabe cómo, en su casita
con una sirvienta, y halla aún medios para hacer muchas limosnas. La
señora de Laroque y su hija profesan á su noble y pobre vecina, una
pasión que las honra: en su casa es objeto de un respeto atento que
confunde á la señora de Aubry. He visto á menudo á la señorita Margarita
abandonar el baile más animado, para ir á asistir al whist de la
señorita de Porhoet; si el whist de la señorita de Porhoet (á cinco
céntimos la ficha) llegara á faltar un solo día, el mundo se acabaría.
Yo también soy uno de los jugadores preferidos de la vieja señorita, y
la noche de que hablo, no tardamos, el cura, el doctor y yo, en
instalarnos alrededor de la mesa del whist, en frente y á los lados de
la descendiente de Conan le Tort.

Es menester saber, que á principios del último siglo, un tío abuelo de
la señorita de Porhoet, que estaba agregado á la casa del duque de
Anjou, pasó los Pirineos siguiendo al joven príncipe, que fué después
Felipe V, y fundó en España una casa que aun reina hoy. Su descendencia
directa parece haberse extinguido hace una quincena de años, y la
señorita de Porhoet, que jamás había perdido de vista á sus parientes de
allende los montes, se creyó al momento heredera de una fortuna que se
dice ser considerable: sus derechos le fueron disputados muy justamente
por una de las más antiguas casas de Castilla, aliada á la rama española
de los Porhoet. De aquí proviene ese proceso que la desgraciada
octogenaria prosigue con grandes gastos, de jurisdicción en
jurisdicción, con una persistencia que toca en manía, y aflige á sus
amigos y divierte á los indiferentes. El doctor Desmarest, á pesar del
respeto que profesa á la señorita de Porhoet, no deja de tomar partido
en el número de los burlones; tanto más, cuanto que desaprueba
formalmente el uso á que la pobre mujer consagra imaginariamente su
quimérica herencia, á saber: la erección en la ciudad vecina, de una
catedral del más bello y lujoso estilo, que transmitirá hasta el fin de
los siglos futuros el nombre de la fundadora con el de una gran raza
extinguida. Esta catedral, sueño creado sobre un sueño, es el juego
inocente de esta vieja niña. Ha hecho ejecutar los planos de ella; pasa
sus días, y algunas veces sus noches, meditando los esplendores,
cambiándole las disposiciones anteriores y agregándole algunos
ornamentos: habla de ella como de un monumento edificado y
practicable.--Estaba en la nave de mi catedral: he notado anoche en el
ala del Norte de mi catedral una cosa muy chocante; he modificado la
librea del suizo, etc.

--Y bien, señorita--dijo el doctor, en tanto que barajaba las
cartas,--¿ha trabajado usted en su catedral desde ayer?

--¡Cómo no, doctor! Y he tenido una idea muy feliz. He reemplazado el
muro macizo que separaba el coro de la sacristía, por un follaje de
piedra de mucho trabajo, imitando el de la capilla de Clisson en la
iglesia de Josselin. Es mucho más ligero.

--Sí, ciertamente; pero entretanto ¿qué noticias tiene usted de España?
¡Ah, diablo! ¿será verdad como creo haber leído esta mañana en la
_Revista de Ambos Mundos_, que el joven duque de Villa Hermosa le
propone á usted la terminación amistosa del pleito por medio de un
casamiento?

La señorita de Porhoet sacudió con un gesto desdeñoso el penacho de
cintas ajadas que flotaba sobre su cofia.

--Me negaré redondamente--dijo.

--Sí, sí, usted dice eso, señorita; pero ¿qué significa esa guitarra,
que se oye hace ya varias noches bajo sus ventanas?

--¡Vaya!

--¿Vaya? ¿Y ese español de capa y botas amarillas, que se ve rondar por
los alrededores y que suspira sin cesar?...

--Es usted un bromista--dijo la señorita de Porhoet, abriendo
tranquilamente su caja de rapé.--Ya que quiere usted saberlo, le diré
que mi encargado me ha escrito de Madrid hace dos días que, con un poco
de paciencia, veremos sin duda alguna, el fin de nuestros males.

--¡Pardiez, ya lo creo! ¿Sabe usted de dónde sale su agente de negocios?
De la caverna de Gil Blas directamente. Le sacará á usted hasta el
último escudo y se burlará de usted en seguida. ¡Ah, qué discreta sería
si olvidase usted esa locura y viviera tranquila!... ¿Para qué le
servirían esos millones, veamos? ¿No es usted dichosa y considerada?...
¿qué más ambiciona? En cuanto á su catedral, no hablo de ella, porque es
una majadería.

--Mi catedral no es una majadería, sino á los ojos de los majaderos,
doctor Desmarest; por otra parte yo defiendo mi derecho, combato por la
justicia: esos bienes me pertenecen; se lo he oído decir á mi padre más
de cien veces, y jamás pertenecerán, por mi voluntad, á personas tan
extrañas en definitiva á mi familia, como usted, mi querido amigo, ó
como el señor, agregó designándome con un signo de cabeza.

Cometí la torpeza de manifestarme tentado por estas palabras, y respondí
al instante:

--En lo que á mí concierne, señorita, se engaña, porque mi familia ha
tenido el honor de haberse aliado con la suya, y recíprocamente.

Al oir estas enormes palabras, la señorita de Porhoet, aproximó
vivamente á su barba puntiaguda las cartas desenvueltas en forma de
abanico, que tenía en la mano, y enderezando su delgado talle, me miró á
la cara para asegurarse primero del estado de mi razón; luego recobró su
calma, por medio de un esfuerzo sobrehumano, y llevando á su afilada
nariz un poco de polvillo de España:

--Me probará usted eso, joven--me dijo.

Avergonzado de mi ridícula jactancia, y muy embarazado por las curiosas
miradas que sobre mí había atraído, me incliné torpemente sin responder.
Nuestro whist se acabó en un silencio profundo. Eran las diez, y me
preparaba á retirarme, cuando la señorita de Porhoet me tocó el brazo.

--El señor intendente--dijo,--me hará el honor de acompañarme hasta la
avenida.

La saludé y la seguí. Un instante después nos hallábamos en el parque.
La sirvienta, vestida á la moda del país, marchaba delante, llevando una
linterna; luego iba la señorita de Porhoet, derecha y silenciosa,
levantando con mano cuidadosa y decente los pocos pliegues de su angosta
saya de seda; había rechazado secamente el ofrecimiento de mi brazo, y
seguía á su lado, con la cabeza baja, muy poco satisfecho de mi papel.
Al cabo de algunos minutos de esta fúnebre marcha:

--¡Y bien! señor--me dijo la vieja señorita: hable, pues, lo espero: ha
dicho usted que mi familia ha sido aliada á la suya, y como un punto de
alianza de esa especie es enteramente nuevo para mí, le quedaría
sumamente agradecida, si me lo aclarase.

Yo había decidido por mi parte, que debía guardar á todo precio el
secreto de mi incógnito.

--¡Dios mío! señorita--le dije,--me atrevo á esperar que excusará usted
una broma escapada al correr de la conversación...

--¡Una broma!--exclamó la señorita de Porhoet.--La materia en efecto se
presta mucho á la broma. ¿Y cómo llaman, señor, en este siglo las bromas
que se dirigen valientemente á una mujer anciana y sin protección y que
no se dirigirían seguramente á un hombre?

--Señorita, no me deja usted ninguna retirada posible; no me queda otro
recurso que confiarme á su discreción. No sé si el nombre de los
Champcey d'Hauterive le es conocido.

--Conozco perfectamente, señor, á los Champcey d'Hauterive, que son una
buena y una excelente familia del Delfinado. ¿Qué conclusión saca usted
de eso?

--Yo soy hoy el representante de esa familia.

--¿Usted?--dijo la señorita de Porhoet, haciendo alto
súbitamente,--¿usted es un Champcey d'Hauterive?

--Desgraciadamente, sí, señorita.

--Eso cambia la especie--dijo;--déme, primo, su brazo, y cuénteme su
historia.

Creí que en el estado en que las cosas se hallaban, lo mejor era no
ocultarle nada. Terminaba el penoso relato de los infortunios de mi
familia, cuando nos hallamos al frente de una casita sumamente estrecha
y baja, con un palomar de techo puntiagudo y arruinado, en uno de sus
ángulos.

--Entre, marqués--me dijo la hija de los reyes de Gaél, parada en el
umbral de su pobre palacio,--entre, se lo suplico.

Un instante después, era introducido en un pequeño salón tristemente
embaldosado; sobre la pálida tapicería que cubría las paredes, se
oprimían una docena de retratos antiguos, blasonados con el armiño
ducal; arriba de la chimenea vi relumbrar un magnífico reloj de concha
incrustada de cobre, coronado por un grupo que figuraba el carro del
sol. Algunos sillones de espaldar ovalado, y un antiguo canapé de
delgadas patas, completaban la decoración de esta pieza, en que todo
acusaba una rígida limpieza, y en que se respiraba un olor concentrado á
lirio, rapé de España, y vagos aromas.

--Siéntese--me dijo la anciana señorita, tomando un lugar en el
canapé;--siéntese, primo, pues aunque en realidad no seamos parientes,
ni podamos serlo, pues que Juana de Porhoet y Hugo de Champcey
cometieron, sea dicho entre nosotros, la tontería de no tener un
vástago, me será agradable, si me lo permite usted, tratarle de primo,
en la conversación particular, á fin de engañar por un instante el
sentimiento doloroso de mi soledad en este mundo. Así, pues, primo, vea
á qué altura se halla; el pasado es rudo seguramente. Sin embargo, le
sugeriré algunos pensamientos que me son habituales, y que me parece le
proporcionarán muy serios consuelos. En primer lugar, mi querido
marqués, me digo yo á menudo que en medio de tantos modregos y antiguos
criados, que arrastran hoy carroza, hay en la pobreza un perfume
superior de distinción y de buen gusto. Además, no estoy lejos de creer
que Dios ha querido reducir á algunos de nosotros á una vida estrecha,
para que este siglo grosero, material y hambriento de oro, tenga siempre
bajo sus ojos, en nuestras personas, un género de mérito, de dignidad y
de brillo en que el oro y la materia no entran para nada, que con nada
pueda comprarse, y que no es posible venderse. Tal es, primo, según la
apariencia, la justificación providencial de su fortuna y de la mía.

Manifesté á la señorita de Porhoet, cuán orgulloso me sentía en haber
sido escogido con ella para dar al mundo la noble enseñanza que le es
tan necesaria, y de la que parece tan dispuesto á aprovecharse.

--Luego--continuó la señorita de Porhoet;--en cuanto á mí, señor, estoy
acostumbrada á la indigencia, y me hace sufrir poco; cuando uno ha
visto en el curso de una vida demasiado larga, un padre digno de su
nombre y cuatro hermanos dignos de su padre, sucumbir antes de tiempo,
bajo el plomo ó el acero; cuando uno ha visto perecer sucesivamente
todos los objetos de su afección y de su culto, sería menester tener el
alma muy pequeña para preocuparse de una mesa más ó menos abundante ó de
un adorno más ó menos moderno. Por cierto, marqués, que si mi bienestar
personal fuera la única causa, puede usted creerme, despreciaría mis
millones de España; pero me parece conveniente y de buen ejemplo, que
una casa como la mía, no desaparezca de la tierra sin dejar tras ella,
una traza durable, un monumento brillante de su grandeza y de sus
creencias. Es por esto, que á imitación de algunos de nuestros
antepasados, he pensado, primo mío, y no renunciaré jamás, mientras
tenga vida, á la piadosa fundación de que habrá oído hablar.

Habiéndose asegurado de mi asentimiento, la vieja y noble señorita
pareció recogerse, y en tanto que paseaba una melancólica mirada por las
medio borradas imágenes de sus abuelos, el tic-tac del reloj hereditario
fué lo único que turbó, en el obscuro salón, el silencio de la media
noche.

--Habrá--dijo repentinamente la señorita de Porhoet con voz
solemne,--habrá un cabildo de canónigos regulares dedicados al servicio
de esa iglesia. Todos los días á la hora de maitines se dirá, en la
capilla particular de mi familia, una misa rezada por el reposo de mi
alma y la de mis abuelos. Los pies del oficiante pisarán un mármol, sin
inscripción, que formará la grada del altar y cubrirá mis restos.

Yo me incliné con la emoción de un visible respeto. La señorita de
Porhoet tomó mi mano y la apretó dulcemente.

--No estoy loca, primo--continuó,--aunque así se diga. Mi padre, que no
mentía jamás, me ha asegurado siempre que extinguiéndose los
descendientes directos de nuestra rama española, sólo nosotros
tendríamos derecho á la herencia. Su muerte súbita y violenta no le
permitió desgraciadamente darnos sobre este punto noticias precisas,
pero no pudiendo dudar de su palabra, no dudo de mi derecho... Sin
embargo--agregó después de una pausa y con un acento de gran
tristeza,--si no estoy loca, soy vieja, y esas gentes de allá bien lo
saben. Me arrastran hace quince años de demora en demora; esperan mi
muerte, que lo acabará todo... Y créalo usted, no esperarán largo
tiempo: menester es hacer una de estas mañanas, demasiado lo siento, mi
último sacrificio... Esa pobre catedral, mi único amor, que había
reemplazado en mi corazón tantas afecciones rotas... Ella no tendrá
jamás sino una piedra, y esa será la de mi tumba.

La vieja señorita calló. Enjugó con sus manos enflaquecidas dos lágrimas
que corrían por su ajada fisonomía; luego agregó esforzándose por
sonreir:

--Perdón, primo mío: bastante tiene usted con sus desgracias...
Excúseme... Por otra parte es tarde; retírese. Usted me compromete.

Antes de partir recomendé de nuevo á la discreción de la señorita de
Porhoet el secreto que me había visto obligado á confiarle. Me respondió
de una manera un poco evasiva: que podía estar tranquilo, que ella
sabría velar por mi reposo y mi dignidad. Sin embargo, algunos días
después he sospechado por el aumento de miramientos con que me honraba
la señora de Laroque, que mi respetable amiga le había transmitido mi
confidencia. La señorita Porhoet no titubeó en confesármelo,
asegurándome que le había sido imposible obrar de otro modo por el honor
de su familia, y que por otra parte, la señora de Laroque era incapaz de
traicionar ni para con su hija, un secreto confiado á su delicadeza.

Entretanto, mi confidencia con la anciana señorita me había infundido
hacia ella un tierno respeto, del que trato de darle pruebas. Desde el
día siguiente por la noche, apliqué al ornamento interior y exterior de
su querida catedral todos los recursos de mi lápiz. Esta atención á que
tan sensible se ha mostrado, ha tomado poco á poco la regularidad de una
costumbre.

Casi todas las noches, después del whist, me pongo al trabajo, y el
ideal monumento se enriquece con una estatua, un púlpito ó una
claraboya. La señorita Margarita, que parece profesar á su vecina una
especie de culto, ha querido asociarse á mi obra de caridad, consagrando
á la basílica de los Porhoet un álbum especial que estoy encargado de
llenar.

He ofrecido además á mi anciana confidente, tomar parte en las
diligencias, indagaciones ó cuidados de cualquier naturaleza que puedan
serle suscitados por su litigio. La pobre mujer confesó que le prestaba
un verdadero servicio; que á la verdad aún podía llevar su
correspondencia corrientemente, pero que sus ojos debilitados rehusaban
descifrar los documentos manuscritos de su archivo, y que no había
querido hasta entonces, hacerse suplir en este trabajo, que tan
importante puede ser para su causa, á fin de no dar una nueva presa á la
burla incivil de las gentes del país.

En breve me admitió en calidad de consejero y colaborador. Desde este
tiempo he estudiado concienzudamente el voluminoso legajo de su proceso,
y he quedado convencido de que el pleito, que debe ser juzgado en última
apelación, un día de estos, está completamente perdido de antemano. El
señor Laubepin, á quien he consultado, es también de esta opinión, que
me esforzaré en ocultar á mi anciana amiga, tanto como las
circunstancias lo permitan. Entretanto, le doy el placer de examinar
pieza por pieza, sus archivos de familia, en los que espero siempre
descubrir algún título decisivo en su favor. Desgraciadamente, esos
archivos son muy ricos y el palomar está lleno de ellos desde el techo
hasta el sótano.

Ayer, había ido muy temprano á casa de la señorita Porhoet, con el fin
de acabar antes de la hora de almorzar el examen del legajo núm. 115,
que había comenzado la víspera. No estando aún levantada el ama de la
casa, me instalé silenciosamente en el salón, mediante la complicidad de
la sirvienta, y me entregué solitariamente á mi polvorienta tarea. Al
cabo de cerca de una hora, recorría con extrema alegría la última hoja
del legajo número 115, cuando vi entrar á la señorita de Porhoet
arrastrando con trabajo un enorme paquete envuelto con bastante
limpieza en una tela blanca.

--Buenos días, amable primo--me dijo,--habiendo sabido que trabajaba
usted por mí esta mañana, yo he querido hacerlo por usted. Le traigo el
legajo número 116.

Hay, no recuerdo en qué cuento, una princesa desgraciada, á quien se
encierra en una torre, y á la cual, una hada enemiga de su familia
impone sucesivamente una serie de trabajos extraordinarios é imposibles;
confieso que en aquel momento la señorita de Porhoet, á pesar de todas
sus virtudes me pareció ser parienta próxima de aquella hada.

--He soñado anoche--continuó,--que este legajo contiene la llave de mi
tesoro español. Me dejará usted, pues, muy agradecida, no difiriendo su
examen. Terminado este trabajo, me hará el honor de aceptar una comida
modesta que pretendo ofrecerle bajo la sombra del pabellón de mi jardín.

Me resigné, pues. Inútil es decir, que el bienaventurado legajo 116 no
contenía, como los precedentes, sino el vano polvo de los siglos. A las
doce en punto, la anciana señorita vino á tomar mi brazo y me condujo
ceremoniosamente á un pequeño jardín festoneado de boj, que forma con un
pedazo de la pradera contigua, todo el dominio actual de los Porhoet.
La mesa estaba colocada bajo un soto redondo y abovedado, y el sol de un
bello día de verano arrojaba, á través de las hojas, algunos rayos que
jugueteaban sobre el brillante y perfumado mantel. Acababa de hacer
honor al dorado pollo, á la fresca ensalada y á la botella de viejo
Burdeos que constituían el detalle del festín, cuando la señorita de
Porhoet, que se hallaba al parecer encantada de mi apetito, hizo recaer
la conversación sobre la familia Laroque.

--Le confieso--me dijo,--que el antiguo corsario no me gusta nada.
Recuerdo que cuando llegó al país, tenía un gran mono doméstico, que
vestía de criado, y con el que se entendía perfectamente. Este animal
era una verdadera peste para la comarca, y sólo un hombre sin educación
y sin decencia podía ocuparse en disfrazarlo. Se decía que era un mono,
y yo consentía en ello, pero en realidad lo que buenamente pienso, es
que era un negro, tanto más, cuanto que siempre he sospechado que su amo
ha hecho el tráfico de esta mercancía en la costa de África. Por lo
demás, el finado señor Laroque, hijo, era un hombre de bien, y excelente
bajo todos conceptos. En cuanto á las señoras, hablando solamente de la
señora de Laroque y de su hija y de ningún modo de la viuda de Aubry
que es una criatura de vil especie, en cuanto á esas damas no hay elogio
alguno que no merezcan.

Estábamos en esto, cuando el paso acompasado de un caballo se hizo oir
en el sendero que rodea exteriormente el muro del jardín. En el mismo
instante dieron algunos golpes secos en una puertecita vecina al
pabellón.

--¿Quién es?--dijo la señorita de Porhoet.

Levanté los ojos y vi flotar una pluma negra por arriba del muro.

--Abra usted--dijo alegremente desde afuera una voz de timbre grave y
musical;--abra, ¡que es la gracia de la Francia!

--¡Cómo! ¿es usted monona?--exclamó la anciana señorita.--Corra pronto,
primo.

Abierta la puerta, estuve á punto de ser volteado por Mervyn que se
precipitó por entre mis piernas, y vi á la señorita Margarita que se
ocupaba en atar las riendas de su caballo á las barras de un cercado.

--Buenos días, señor--me dijo--sin mostrar la menor sorpresa por
hallarme allí. Luego, levantando en su brazo los largos pliegues de su
saya talar, entró en el jardín.

--Sea bien venida, en tan bello día, la linda niña, y abrázeme--dijo la
señorita de Porhoet.--Ha corrido usted mucho, loquilla, pues tiene la
fisonomía sumamente encendida y de los ojos le brota materialmente
fuego. ¿Qué podría ofrecerle, mi maravilla?

--¡Veamos!--dijo Margarita arrojando una mirada sobre la mesa--¿qué es
lo que hay aquí? ¡El señor se lo ha comido todo! Además, no tengo hambre
sino sed.

--Le prohibo beber en el estado en que se halla; pero espere... aún hay
algunas fresas en este acirate...

--¡Fresas! _o gioja_--cantó la joven.--Tome pronto una de esas grandes
hojas, y venga conmigo.

Mientras escogía yo la más ancha de las hojas de una higuera, la
señorita de Porhoet cerró á medias un ojo y siguió con el otro y con
complacida sonrisa la gallarda marcha de su favorita, á través del
camino lleno de sol.

--Mírela, primo--me dijo muy quedo--¿no sería digna de ser de los
nuestros?

Entretanto la señorita Margarita, inclinada sobre el acirate y
tropezando en su largo vestido, saludaba con un pequeño grito de alegría
cada fresa que llegaba á descubrir. Yo me mantenía cerca de ella,
llevando en mi mano la hoja de higuera sobre la que depositaba de tiempo
en tiempo una fresa, contra dos que engullía para alentar su paciencia.
Cuando la cosecha le pareció suficiente, volvimos en triunfo al
pabellón; las fresas que quedaban fueron polvoreadas con azúcar, y
después comidas por sus lindos y buenos dientes.

--¡Ah, qué bien me sienta esto!--dijo entonces la señorita Margarita,
arrojando su sombrero sobre un banco y echándose de espaldas contra el
cercado de olmedillas.--Y ahora para completar mi dicha, mi querida
señorita, va usted á contarme algunas historias de los pasados tiempos,
en que era usted una bella guerrera.

La señorita de Porhoet sonriendo y encantada, no se hizo rogar para
sacar de su memoria los episodios más notables de sus intrépidas
cabalgatas en la comitiva de los Lescure, y de los Rochejacquelin. Tuve
en esta ocasión una nueva prueba de la elevación del alma de mi vieja
amiga, cuando la oí rendir igual homenaje, á todos los héroes de esa
lucha gigantesca, sin excepción de bandera. Hablaba en particular del
general Hoche, de quien había sido prisionera de guerra, con una
admiración casi tierna. La señorita Margarita prestaba á su relato una
atención tan apasionada, que me asombró. Tan pronto, medio envuelta en
su nicho de olmedillas y un poco cerradas sus largas pestañas, guardaba
la inmovilidad de una estatua, ó ya, avivándose más el interés, se ponía
de codos en la pequeña mesa y sumergiendo su bella mano en las ondas de
su suelta cabellera, hacía vibrar sobre la vieja señorita el relámpago
continuo de sus grandes ojos.

Es preciso decirlo: contaré entre las más dulces horas de mi triste
vida, las que pasé contemplando, sobre aquella noble fisonomía, los
reflejos de un cielo radioso, mezclado á las impresiones de un corazón
valiente.

Agotados los recuerdos de la relatora, la señorita Margarita la abrazó,
y despertando á Mervyn, que dormía á sus pies, anunció que se volvía al
castillo. No tuve escrúpulo alguno en partir al mismo tiempo que ella,
convencido de que no podía causarle molestia. Porque en efecto, aparte
de la extrema insignificancia de mi persona y de mi compañía, á los ojos
de la rica heredera, el _tête-à-tête_ en general no tiene para ella nada
de incómodo, habiéndole dado resueltamente, su madre, la educación
liberal, que ella recibió en una de las colonias británicas: todos saben
que el método inglés otorga á la mujer, antes del matrimonio, toda la
independencia con que nosotros la recompensamos el día en que los abusos
se hacen completamente irreparables.

Salimos, pues, juntos del jardín; le tuve el estribo mientras montaba á
caballo y nos pusimos en marcha hacia el castillo. Al cabo de algunos
pasos:

--¡Dios mío! señor--me dijo,--he venido á incomodarlo no muy á tiempo me
parece. Estaba usted en buena compañía.

--Es verdad, señorita; pero como lo estaba hacía largo tiempo, le
perdono, y aun le doy las gracias.

--Tiene usted muchas atenciones con nuestra pobre vecina. Mi madre le
está muy reconocida á usted.

--¿Y la hija de su señora madre?--dije yo sonriendo.

--¡Oh! en cuanto á mí, yo me exalto menos fácilmente. Si tiene usted la
pretensión de que le admire, es preciso tener la bondad de esperar aún
un poco de tiempo. No tengo el hábito de juzgar con ligereza las
acciones humanas, que tienen generalmente dos faces. Confieso que su
conducta para con la señorita de Porhoet tiene una bella apariencia;
pero...--hizo una pausa, movió la cabeza y continuó con un tono serio,
amargo y verdaderamente ultrajante.--Pero no estoy bien segura de que no
le haga la corte con la esperanza de heredarla.

Sentí que palidecía. Sin embargo, reflexionando el ridículo de responder
con una fanfarronada á aquella niña, me contuve y le respondí con
gravedad:--Permítame, señorita, compadecerla sinceramente.

Me pareció muy sorprendida.--¿Compadecerme, señor?

--Sí, señorita, perdone que le exprese la piedad respetuosa, á que me
parece tiene usted derecho.

--¡La piedad!--dijo deteniendo su caballo y volviendo lentamente hacia
mí sus ojos medio cerrados por el desprecio.--No tengo la dicha de
comprenderle á usted.

--Y sin embargo, es bien sencillo, señorita; si la desilusión del bien,
la duda y la sequedad del alma son los más amargos frutos de la
experiencia de una larga vida, nada merece más compasión en el mundo,
que un corazón herido por la desconfianza, antes de haber vivido.

--Señor--replicó la señorita Laroque con una vivacidad muy extraña á su
habitual lenguaje:--¡no sabe usted lo que dice!--y agregó más
severamente:--olvida usted á quien habla.

--Es cierto, señorita--respondí con dulzura, inclinándome--he hablado
sin saber, y he olvidado un poco con quien hablo; pero usted me ha dado
el ejemplo.

La señorita Margarita con los ojos fijos sobre la cima de los árboles
que bordaban el camino, me dijo entonces con irónica altivez:--¿Será
menester pedirle perdón?

--Ciertamente, señorita--respondí con firmeza--si alguno de los dos
tiene que pedir aquí perdón, sería usted seguramente: usted es rica y yo
soy pobre; usted puede humillarse... ¡y yo no!

Hubo un momento de silencio. Sus labios apretados, sus narices abiertas,
la palidez repentina de su frente atestiguaban el combate interior por
que pasaba. Repentinamente bajando su látigo como para saludar.--¡Pues
bien--dijo--perdón!--En el mismo instante castigó violentamente su
caballo, y partió al galope dejándome en medio del camino.

No la he vuelto á ver después.




30 de julio.


Nunca es tan vano el cálculo de las probabilidades, como cuando se
ejerce á propósito de las ideas y de los sentimientos de una mujer. No
deseando hallarme muy pronto en presencia de la señorita Margarita,
después de la penosa escena que había tenido lugar entre nosotros, había
pasado dos días sin mostrarme en el castillo: creía que este corto
intervalo apenas bastara para calmar los resentimientos, que había
sublevado en aquel altivo corazón. No obstante, anteayer á las siete de
la mañana, trabajaba yo cerca de la ventana abierta de mi torreón,
cuando repentinamente me oí llamar en el tono de una amigable
jovialidad, por la persona misma á quien creía tener por enemiga.

--Señor Odiot, ¿está usted ahí?

Me presenté en la ventana, y noté en una barca, que se estacionaba cerca
del puente, á la señorita Margarita, alzando con una mano el ala de su
gran sombrero de paja bronceada y levantando los ojos hacia mi obscura
torre.

--Aquí me tiene, señorita--respondí con diligencia.

--Venga á pasear.

Después de las justas alarmas, que durante dos días me habían
atormentado, tanta condescendencia me hizo temer, como sucede siempre,
ser el juguete de un sueño insensato.

--Perdón, señorita... ¿cómo decía usted?

--Que venga á dar un pequeño paseo con Alain, Mervyn y yo.

--Con mucho gusto, señorita.

--Entonces, tome su álbum.

Me apresuré á bajar y corrí á la orilla del río.--¡Ah, ah!--me dijo la
joven riendo;--á lo que parece, ¿está usted de buen humor esta mañana?

Murmuré torpemente algunas palabras confusas, cuyo fin era dar á
entender que siempre lo estaba, de lo cual la señorita Margarita pareció
mal convencida; después salté al bote y me senté á su lado.

--¡Vogue, Alain!--dijo al momento. Y el viejo Alain, que se jactaba de
ser un buen remero, púsose á mover metódicamente los remos, lo que le
daba el aire de un pájaro pesado que hace vanos esfuerzos para volar.

--Es necesario--continuó diciendo la señorita Margarita--que venga á
arrancarlo á usted de su castillejo, pues van dos días que se encierra
en él obstinadamente.

--Señorita, le aseguro que sólo la discreción... el respeto... el
temor...

--¡Oh Dios mío! ¡el respeto... el temor... se chancea usted!
Positivamente nosotros valemos menos que usted. Mi madre que pretende,
yo no sé por qué, que debemos tratarle con una consideración muy
distinguida, suplicóme, me inmolara en el altar de su orgullo, y como
hija obediente me inmolo.

Expreséle viva y buenamente mi franco reconocimiento.

--Para no hacer las cosas á medias--respondió--he resuelto darle á usted
una fiesta arreglada á su gusto: así, he ahí una bella mañana de verano,
bosques y claros con todos los efectos de luz deseables; pájaros que
cantan bajo el follaje, una barca misteriosa, que sobre las ondas se
desliza... Usted que tanto ama esta especie de historias, deberá estar
contento.

--Encantado, señorita.

--¡Ah, es una felicidad!

Efectivamente, en aquel momento me hallaba bastante satisfecho de mi
suerte. Las dos riberas entre las cuales nos deslizábamos, estaban
cubiertas de heno recién cortado, que perfumaba el aire. Veía huir de
nuestro alrededor las sombrías avenidas del parque, que el sol de la
mañana sembraba de brillantes regueros de luz; millones de insectos se
embriagaban con el rocío en los cálices de las flores, zumbando
alegremente.

Frente á mí se hallaba el buen Alain, que me sonreía á cada golpe de
remo, con aire de complacencia y protección: más próxima, la señorita
Margarita vestida de blanco contra su costumbre, bella, fresca y pura
como una azucena, sacudía con una mano las húmedas perlas que la mañana
suspendía en el encaje de su sombrero, y presentaba la otra como un
incentivo á Mervyn, que nos seguía á nado. Verdaderamente que no hubiera
sido preciso rogarme mucho para llevarme al fin del mundo en aquella
pequeña y frágil barquilla.

Al salir de los límites del parque, pasando bajo uno de los arcos que
atraviesan la pared que lo rodea:

--¿No me pregunta á dónde lo llevo, señor?--me dijo la criolla.

--No, señorita: me es completamente indiferente.

--Lo llevo al país de las hadas.

--No lo dudo.

--La señorita Helouin, más competente que yo en materias de poesía, ha
debido decirle que los bosquecillos que cubren este país en veinte
leguas á la redonda, son los restos de la antigua selva de Brocélyande
donde cazaban los antepasados de su amiga la señorita de Porhoet,
soberanos de Gaél, y donde el abuelo de Mervyn, que ve usted ahí, fué
encantado, á pesar de ser él mismo encantador, por una señorita llamada
Bibiana. Muy pronto estaremos en el corazón de la selva. Y si esto no es
suficiente para exaltarle la imaginación, sepa que estos bosques
conservan aún mil vestigios de la misteriosa religión de los Celtas, que
por doquiera se hallan en multitud. Tiene, pues, el derecho de figurarse
bajo cada una de esas sombras, un druida, con sus blancas vestiduras, y
de ver relucir una hoz de oro en cada rayo de sol. El culto de esos
insoportables viejos ha dejado también cerca de aquí, en un sitio
solitario, romántico, pintoresco, etcétera, un monumento, ante el cual
las personas predispuestas al éxtasis, tienen por costumbre desmayarse:
he pensado que tendría usted placer en dibujarlo, y como el sitio no es
fácil de descubrir, he resuelto servirle de guía, no pidiéndole en
recompensa sino que me evite las explosiones de un entusiasmo al que no
podría asociarme.

--Sea, señorita; me contendré.

--¡Se lo suplico!

--Convenido. ¿Y cómo llama usted á ese monumento?

--Yo lo llamo un montón de grandes piedras; los anticuarios lo llaman,
unos simplemente un _dolmen_, otros, más pretenciosos, un _cromlech_;
las gentes del país, sin explicar por qué, lo llaman la _migourdit_.

Mientras tanto, descendíamos dulcemente el curso de las aguas entre dos
fajas de húmedas praderas; algunos bueyes de talla pequeña, negros casi
todos, y con largos y afilados cuernos se levantaban aquí y allá al
ruido de los remos y nos miraban pasar con ojos fieros. El valle en que
serpenteaba el río que iba ensanchándose, por ambos lados estaba cerrado
por una cadena de colinas, las unas cubiertas de matorrales y secas
aliagas, las otras de verdeantes sotos. De tiempo en tiempo, una
quebrada transversal abría entre dos cuestas una perspectiva sinuosa, en
cuyo fondo se dibujaba la cima azul de una lejana montaña. La señorita
Margarita, á pesar de su incompetencia, no dejaba de señalar
sucesivamente á mi atención todos los encantos de aquel paisaje severo y
dulce, acompañando, sin embargo, cada una de sus observaciones con una
reserva irónica.

Hacía pocos momentos que un ruido sordo y continuo parecía anunciar la
vecindad de una catarata, cuando el valle se cerró repentinamente y tomó
el aspecto de una garganta solitaria y salvaje. A la izquierda, se
levantaba una alta muralla de rocas salpicadas de musgo; robles y
abetos, interpolados con yedras y malezas pendientes, se ostentaban en
las grietas, hasta la cumbre de la escarpada ribera, arrojando una
sombra misteriosa sobre el agua profunda que bañaba el pie de los
peñascos. A cierta distancia delante de nosotros, las ondas borbotaban,
espumaban y desaparecían repentinamente; la rota línea del río se
dibujaba á través de un humo blanquecino sobre un fondo lejano de
confuso verdor. A nuestra derecha, la ribera opuesta á la escarpada, no
presentaba sino una pequeña margen de pradera en declive, sobre la que
algunas colinas cargadas de bosques, señalaban una franja de sombrío
terciopelo.

--¡A tierra, señor!--dijo la criolla.

Mientras Alain amarraba la barca á las ramas de un sauce:

--¡Y bien! señor--dijo saltando con ligereza sobre la hierba--¿no se
halla mal? ¿no está usted trastornado, herido, petrificado? Se dice sin
embargo que este sitio es lindísimo. A mí me gusta, porque siempre hay
fresco en él... Pero... sígame en estos bosques, si se atreve, y yo le
mostraré esas famosas piedras.

La señorita Margarita, viva, ligera y alegre, como jamás la había visto,
en dos saltos salvó la pradera y tomó una senda que se internaba en la
arboleda, subiendo la cuesta. Alain y yo, la seguíamos en hilera.
Después de algunos minutos de una rápida marcha, nuestra conductora se
detuvo, pareció consultar y reconocer el lugar en que se hallaba, luego
separando resueltamente dos ramas entrelazadas, dejó el camino trazado y
se lanzó en plena selva. El viaje se hizo entonces menos agradable. Era
muy difícil abrirse paso á través de las encinas nuevas aún, pero ya
vigorosas, de que se componía aquel monte y que entrelazaban, como las
empalizadas de Robinsón, sus oblícuos troncos y sus tupidas ramas. Alain
y yo al menos avanzábamos con gran trabajo, encorvados, estrellándonos
la cabeza á cada paso, y haciendo caer sobre nosotros, á cada uno de
nuestros pesados movimientos, una lluvia de rocío; pero la señorita
Margarita, con la destreza superior y la flexibilidad propia de su sexo,
se deslizaba sin esfuerzo aparente, á través de los intersticios de
aquel laberinto, riendo de nuestros sufrimientos, y dejando
negligentemente cimbrar tras ella las flexibles ramas, que venían á
azotar nuestros rostros.

Llegamos en fin á un claro muy estrecho, que parecía coronar la cumbre
de esta colina: allí admiré, no sin emoción, la sombría y monstruosa
mesa de piedra, sostenida por cinco ó seis trozos de mármol que medio
enterrados forman una caverna verdaderamente llena de un horror sagrado.
Al primer aspecto, hay en este intacto monumento de tiempos casi
fabulosos y de religiones primitivas, una potencia de verdad, una
especie de presencia real, que sobrecoge el alma y la estremece. Algunos
rayos de sol, penetrando en el follaje, filtraban por las junturas algo
separadas, jugueteaban sobre el siniestro trozo y prestaban la gracia de
un idilio á aquel bárbaro altar. La misma Margarita parecía pensativa y
recogida. En cuanto á mí, después de haber penetrado en la caverna y
examinado el _dolmen_ bajo todas sus faces, me puse en posición de
dibujarlo.

Hacía diez minutos que me hallaba absorto en este trabajo sin
preocuparme de lo que pasaba á mi alrededor, cuando la señorita
Margarita me dijo de repente:

--¿Quiere usted una Velada para animar el cuadro?--Levanté los ojos.
Había enrollado alrededor de su frente un espeso follaje de robles y se
hallaba parada sobre el _dolmen_, ligeramente apoyada sobre un haz de
tiernos árboles; bajo la media luz de la enramada, su blanca vestidura
tomaba el brillo del mármol, y sus pupilas chispeaban con un fuego
extraño, en la sombra proyectada por el relieve de su corona. Estaba
bella y creo que ella lo conocía. La miré sin hallar nada que decirle.

--Si lo incomodo, me quitaré--me dijo.

--No, no lo haga, se lo suplico.

--Pues bien, despáchese: ponga también á Mervyn: él será el druida, yo
la druidesa.

Tuve la suerte de reproducir bastante fielmente, gracias á lo vago del
bosquejo, la poética visión con que era favorecido. Ella se acercó con
aparente solicitud á examinar mi dibujo.

--No está mal--dijo. Luego arrojó su corona riendo y agregó:--Convenga
usted en que soy buena.

--Convengo en ello--y habría confesado además, si lo hubiera deseado,
que no le faltaba su grano de coquetería; pero sin esto no sería mujer,
y la perfección es odiosa: á las diosas mismas les era necesaria, para
ser amadas, algo más que su inmortal belleza.

Volvimos á ganar á través del enmarañado soto, el sendero trazado en el
bosque y descendimos hacia el río.

--Antes de marcharme--dijo la joven--quiero mostrarle la catarata, tanto
más, cuanto que á mi turno pienso proporcionarme una pequeña diversión.
¡Ven, Mervyn! ¡Ven, noble perro mío! ¡Qué bello eres, eh!

Muy luego nos hallamos en el ribazo frente á los arrecifes, que bordean
el lecho del río. El agua se precipitaba desde una altura de algunos
pies, al fondo de un ancho estanque profundamente encajonado, de forma
circular que parecía limitar por todos los lados un anfiteatro de
verdura, salpicado de húmedas rocas. Sin embargo, algunas quebradas
invisibles recibían el exceso del agua del pequeño lago, y estos arroyos
iban á reunirse algo más lejos en un lecho común.

--Si no es precisamente el Niágara--me dijo la señorita Margarita,
elevando un poco la voz para dominar el ruido de la cascada--he oído
decir, sin embargo, á los conocedores y á los artistas, que es bastante
bella. ¿La ha admirado usted? ¡Bien! Ahora espero que concederá á Mervyn
el poco entusiasmo que puede quedarle. ¡Aquí, Mervyn!

El terranova vino á colocarse al lado de su ama, y la miró
estremeciéndose de impaciencia. La joven entonces, habiendo envuelto en
su pañuelo algunos guijarros, lo lanzó á la corriente un poco más arriba
de la catarata. En el mismo momento Mervyn caía como un trozo de piedra
en el estanque inferior y se alejaba rápidamente de la orilla: el
pañuelo entretanto siguió el curso de las aguas, llegó á los arrecifes,
bailó un instante en un remolino, luego pasando como una flecha por
encima de la redondeada roca, fué á remolinar en una ola de espuma á
los ojos del perro, que lo cogió con pronto y seguro diente. Mervyn ganó
después orgullosamente la ribera, donde la señorita Margarita golpeaba
sus manos.

Este encantador ejercicio se renovó muchas veces con igual éxito. Era la
sexta vez que se repetía, cuando sucedió, sea que el perro partiese
demasiado tarde, ó que el pañuelo fuera lanzado demasiado pronto, que
Mervyn no llegó á tiempo. El pañuelo arrastrado por el remolino de las
cascadas, fué llevado á las malezas espinosas que se veían un poco más
lejos en la superficie del agua. Mervyn fué á buscarlo, pero nos
sorprendimos muchísimo al verlo de pronto revolverse convulsivamente,
soltar su presa, y levantar la cabeza hacia nosotros arrojándonos
lamentables aullidos.

--¡Ah, Dios mío! ¿qué tiene?--exclamó la señorita Margarita.

--Parece que se ha enredado en esas malezas. Pronto va á desembarazarse,
no lo dude usted. A los pocos momentos no sólo fué preciso dudar, sino
desesperar. La red de bejucos en que había caído el desgraciado
terranova como en una trampa, nacía directamente de un ensanche del
pasaje que vertía incesantemente sobre la cabeza de Mervyn, una masa de
agua espumante. El pobre animal, medio sofocado, cesó de hacer
esfuerzos para romper sus ligaduras, y sus ladridos quejumbrosos tomaron
el ahogado acento del estertor. En este momento, la señorita Margarita
tomó mi brazo, y me dijo casi al oído en voz baja:

--Está perdido... venga, señor... ¡Alejémonos!

Yo la miré: el dolor, la angustia, la contrariedad, alteraban sus
pálidas facciones, y marcaban debajo de sus ojos un círculo lívido.

--No hay ningún medio--le dije--de hacer bajar hasta aquí la barca; pero
si quiere usted permitírmelo, sé nadar un poco y me lanzaré á tirar de
la pata al animal.

--No, no: no lo intente, está demasiado lejos... y luego he oído decir
siempre, que el río es profundo y peligroso bajo la cascada.

--Tranquilícese, señorita: soy prudente.

Al mismo tiempo arrojé mi levita sobre la hierba y entré en el pequeño
lago, tomando la precaución de mantenerme á cierta distancia de la
cascada. El agua era muy profunda, en efecto, pues no pude hacer pie
hasta el momento en que me aproximé al agonizante Mervyn. No sé si ha
habido aquí en otro tiempo un islote, que se haya sumergido poco á poco,
ó si alguna creciente del río ha arrastrado y depuesto en este paraje
algunos fragmentos arrancados del ribazo; lo que hay de cierto es que un
espeso entrelazamiento de malezas y ramas se oculta y prospera bajo
aquellas pérfidas aguas. Puse los pies sobre una de las capas de donde
parecía surgir el zarzal y conseguí libertar á Mervyn, que una vez dueño
de sus movimientos volvió á hallar todos sus medios, y se sirvió de
ellos sin retardo para ganar la orilla, abandonándome de buena gana.
Este rasgo no era muy conforme con la reputación caballeresca de que
goza su especie: pero el buen Mervyn, ha vivido mucho entre los hombres
y supongo que se ha vuelto un poco filósofo. Cuando quise tomar mi
impulso para seguirle, reconocí con enfado que era detenido, á mi turno,
por la red de la náyade maligna y celosa, que al parecer reina en estos
parajes. Una de mis piernas estaba enlazada por nudosos bejucos que
traté en vano de romper. No se halla uno bastante libre en una agua
profunda sobre un fondo viscoso, para desplegar todas sus fuerzas:
estaba por otra parte medio ciego por el repulso continuo de la onda
espumante. Además sentía que mi situación se hacía equívoca. Arrojé una
mirada hacia la ribera. La señorita Margarita suspendida del brazo de
Alain, estaba inclinada sobre el abismo y clavaba sobre mí una mirada de
mortal ansiedad. Me dije en aquel momento, que sólo de mí dependía ser
llorado por aquellos hermosos ojos, y dar á una existencia miserable un
fin digno de envidia. Luego sacudí estos cobardes pensamientos: un
violento esfuerzo me desprendió, anudéme al cuello el pequeño pañuelo
hecho pedazos y gané suavemente la ribera. Al abordar, la señorita
Margarita me tendió su mano temblorosa: esto me pareció recompensarme.

--¡Qué locura!--dijo.--¡Qué locura! Podía usted haber muerto allí ¡y por
un perro!

--Era el suyo--le respondí á media voz como ella me había hablado.

Esta palabra pareció contrariarla; retiró bruscamente su mano, y
volviéndose hacia Mervyn que bostezando se secaba al sol, púsose á
acariciarlo:--¡Oh! tonto, gran tonto--dijo.--¡Qué bestia eres!

En tanto, manaba yo agua sobre la hierba como una regadera, y no sabía
qué hacer de mi individuo, cuando la joven volviéndose á mí, me dijo con
bondad:--Señor Máximo tome la barca y márchese pronto. Remando se
calentará un poco. Yo me volveré con Alain por los bosques. El camino es
más corto.--Pareciéndome este arreglo conveniente bajo todos aspectos,
no hice objeción alguna. Me despedí: tuve por segunda vez el placer de
tocar la mano del ama de Mervyn, y me arrojé á la barca.

Vuelto á casa, me sorprendí al vestirme hallando en mi cuello el
despedazado pañuelo que había olvidado entregar á la señorita Margarita.
Ella ciertamente lo creía perdido, y me decidí á apropiármelo como
premio de mi húmedo torneo. Por la noche fuí al castillo, la señorita
Laroque me acogió con ese aire de indolencia desdeñosa, de distracción
sombría y de amargo fastidio que la caracteriza habitualmente, y que
formaba entonces un singular contraste con la graciosa bondad y la
festiva vivacidad de mi matinal compañera. Durante la comida, á la cual
asistía el señor de Bevallan, habló de nuestra excursión; como para
quitarle todo misterio, lanzó de pasada algunas zumbas á propósito de
los amantes de la Naturaleza, y terminó contando la mal aventura de
Mervyn, pero suprimió de este último episodio toda la parte que me
concernía. Si esta reserva ha tenido por objeto, como lo creo, dar tono
á mi propia discreción, la señorita se tomaba un inútil trabajo. Sea lo
que sea, el señor de Bevallan, al oir este relato, nos aturdió con sus
gritos de desesperación.

--¡Cómo! ¡la señorita Margarita había sufrido aquellas tan largas
ansiedades! El bravo Mervyn había corrido tan grave peligro, y él,
Bevallan, ¿no se había hallado allí? ¡Fatalidad! Jamás se consolaría...
no le quedaba otro remedio que colgarse como Crillon.

--Pues bien, si estuviese yo solo para descolgarlo--me dijo el viejo
Alain cuando me acompañaba por la noche--emplearía todo el mayor tiempo
posible para hacerlo.

El día de ayer, no comenzó para mí tan alegremente como el de la
víspera. Recibí por la mañana una carta de Madrid, que me encargaba
anunciar á la señorita de Porhoet la pérdida definitiva de su pleito. El
agente de negocios me hacía saber, además, que la familia con quien se
pleiteaba, al parecer no aprovecharía de su triunfo, pues se hallaba
ahora en lucha con la corona, que se había despertado al ruido de
aquellos millones y que sostiene que la sucesión en litigio le pertenece
por derecho de abolengo. Después de largas reflexiones me ha parecido
que sería muy caritativo ocultar á mi vieja amiga la ruina absoluta de
sus esperanzas. Tengo pues, el proyecto de asegurarme la complicidad de
su agente en España; él pretextará una nueva demora; por mi parte,
seguiré el escudriñamiento de los archivos, y haré en fin lo posible
para que la pobre mujer continúe hasta el fin de sus días alimentando
sus queridas ilusiones. Por muy legítimo que sea el carácter de este
engaño, sentí, sin embargo, la necesidad de hacerlo sancionar por alguna
conciencia delicada.

Me transporté al castillo después de mediodía, é hice mi confesión á la
señora de Laroque: ella aprobó mi plan y aun me alabó más de lo que el
caso parecía exigir. Y no fué sin gran sorpresa que la oí terminar
nuestra conversación con estas palabras:--Ha llegado el momento de
decirle, señor, que le estoy profundamente agradecida por sus cuidados;
que cada día me agrada más su compañía y siento más estimación por su
persona. Querría, señor, perdóneme, porque no puede usted participar de
este voto, querría que no nos separásemos jamás... y ruego humildemente
al Cielo haga todos los milagros que sean necesarios para esto... porque
no se me oculta... que serían menester milagros.

No pude comprender el sentido preciso de este lenguaje, tanto más,
cuanto que no me explicaba la emoción repentina que brilló en los ojos
de la excelente mujer. Di las gracias como convenía y me fuí á pasear mi
tristeza á través de los campos.

Una casualidad, poco singular, para ser franco, me condujo, al cabo de
una hora de camino, al retirado valle y sobre el borde del estanque que
había sido teatro de mis recientes proezas. El cerco de follaje y de
rocas que rodea el pequeño lago, realiza el ideal mismo de la soledad.
Allí se está verdaderamente en el fin del mundo, en un país virgen, en
la China, ó donde se quiera. Me tendí sobre la grama y rehice en mi
imaginación todo el paseo de la víspera, que es de aquellos que no se
hacen dos veces en el curso de la vida más larga. Sentía que si se me
ofreciera segunda vez una fortuna parecida, no tendría ya el mismo
encanto de imprevisión, de calma, y para terminar la palabra, de
inocencia. Era menester repetírmelo bien: este fresco romance de
juventud, que perfumaba mi pensamiento, no podía tener sino un capítulo,
ó más bien una página, y la había leído ya. Sí, esa hora, esa hora de
amor, para llamarla por su nombre, había sido soberanamente dulce,
porque no fué premeditada, porque no había pensado en darle su nombre
sino después de haberla agotado; porque había sentido la ebriedad sin la
falta. Ahora mi conciencia se ha despertado: véome en la pendiente de un
amor imposible, ridículo, peor que esto, ¡culpable! Era tiempo de velar
por mí; ¡pobre desheredado como soy!

Dirigíame tales consejos en este lugar solitario, y no hubiera sido
absolutamente necesario venir aquí para dirigírmelos, cuando un
murmullo de voces me sacó repentinamente de mi distracción. Me levanté
y vi avanzar hacia mí, una reunión de cuatro ó cinco personas que
acababan de desembarcar. Eran la señorita Margarita, apoyada en el brazo
del señor de Bevallan, la señorita Helouin y la señora Aubry seguidas de
Alain y Mervyn. El ruido que hacían al aproximarse, había sido apagado
por el ruido de las cascadas; sólo estaban á dos pasos de mí, no tuve
tiempo para retirarme, fué preciso que me resignara al desagrado de
verme sorprendido en mi actitud de pensador melancólico. Mi presencia en
este lugar no despertó al parecer, ninguna atención particular; creí
únicamente ver pasar por la frente de la señorita Margarita, una nube de
descontento, y me devolvió el saludo con notable sequedad. El señor de
Bevallan, plantado sobre los bordes del valle, fatigó algún tiempo los
ecos con los clamores triviales de su admiración... ¡Delicioso!...
¡pintoresco!... ¡Qué mezcolanza... oh! ¡la pluma de Jorge Sand... el
pincel de Salvator Rosa!... Todo esto iba acompañado de enérgicos
gestos, que parecían arrebatar sucesivamente á estos dos grandes
artistas los instrumentos de su genio. En fin se calmó, y se hizo
mostrar el paso peligroso donde Mervyn estuvo á punto de perecer. La
señorita Margarita contó de nuevo la aventura, observando la misma
discreción en cuanto á la parte que había tenido yo en el desenlace,
hasta insistió con una especie de crueldad, relativamente para mí, sobre
los talentos, el valor y la presencia de ánimo que su perro había
desplegado en aquella heroica circunstancia. Suponía, al parecer, que el
servicio que había tenido la dicha de prestarle, habría hecho subir á mi
cerebro algunos humos de presunción que era urgente destruir.

Habiendo la señorita Helouin y la señora Aubry manifestado un vivo deseo
de ver renovarse las tan ponderadas hazañas de Mervyn, la joven llamó al
terranova y lanzó como el día anterior su pañuelo á la corriente del
río, pero á esta señal el valiente Mervyn, en lugar de precipitarse al
lago, tomó la carrera á lo largo de la ribera yendo y viniendo, con aire
diligente, ladrando con furor, agitando la cola, dando en fin, mil
pruebas de un poderoso interés, pero al mismo tiempo de una excelente
memoria. Decididamente la razón domina el corazón de este animal. En
vano la señorita Margarita, irritada y confusa, empleó sucesivamente las
caricias y las amenazas para vencer la obstinación de su favorito; nada
pudo decidir al inteligente animal á confiar de nuevo su preciosa vida á
aquellas terribles ondas. Después de tan pomposos anuncios, la
obstinada prudencia del intrépido Mervyn, tenía en realidad algo de
ridículo; á mi parecer, tenía yo más que nadie el derecho de reirme y no
tuve escrúpulo en hacerlo. Además, la hilaridad fué general muy luego, y
la señorita Margarita acabó por tomar parte en ella, aunque muy
débilmente.

--Después de todo--dijo,--he perdido otro pañuelo.

El pañuelo arrastrado por el movimiento constante del remolino, había
ido naturalmente á enredarse en las ramas del fatal matorral, á una
corta distancia de la opuesta ribera.

--Fíe en mí, señorita--exclamó el señor de Bevallan.--En diez minutos
tendrá usted su pañuelo, ó no seré quién soy.

Me pareció que la señorita Margarita al oir esta declaración magnánima,
me lanzaba á hurtadillas una expresiva mirada, como para decirme:--¡Vea
que á mi alrededor no es tan raro el sacrificio! Luego respondió al
señor de Bevallan:--¡Por Dios, no haga locuras, el agua es muy profunda!
Hay un verdadero peligro.

--Eso me es absolutamente indiferente--contestó el señor de Bevallan.

--Dígame, Alain, ¿tiene usted un cuchillo?

--¿Un cuchillo?--repitió la señorita Margarita con el acento de la
sorpresa.

--Sí, déjeme, déjeme hacer.

--¿Pero qué pretende usted hacer con un cuchillo?

--Pretendo cortar una rama--dijo el señor de Bevallan.

La joven lo miró fíjamente.

--Creía--murmuró--que iba usted á echarse á nado.

--¡A nado!--dijo el señor de Bevallan;--permítame, señorita... en primer
lugar no estoy en traje de natación... además, le confesaré que no sé
nadar.

--Si no sabe usted nadar--replicó la joven, con un tono seco,--importa
muy poco que esté ó no esté en traje de natación.

--Es una observación muy justa--dijo el señor de Bevallan, con una
festiva tranquilidad;--pero usted no tiene interés particular en que yo
me ahogue, ¿no es así? Quiere usted su pañuelo, ese es el fin. Desde el
momento en que yo lo traiga quedará usted satisfecha ¿no es verdad?

--Pues bien--dijo la joven sentándose con resignación;--vaya á cortar su
rama, señor.

El señor de Bevallan, que no se desconcierta fácilmente, desapareció en
el monte vecino, donde durante un momento oímos crujir el ramaje; á poco
rato volvió armado de un largo vástago de avellano y púsose á
despojarle de sus hojas.

--¿Por ventura piensa usted alcanzar hasta la otra orilla con ese
palo?--preguntó la señorita Margarita, cuya alegría comenzaba á
despertarse visiblemente.

--Déjeme hacer, déjeme hacer, por Dios--respondió el imperturbable
gentilhombre.

Se le dejó obrar. Acabó de preparar su rama y se dirigió hacia la barca.
Comprendimos entonces que su proyecto era atravesar el río en bote, más
arriba de la cascada, y una vez en la ribera opuesta, arponear el
pañuelo que no estaba muy lejos. Este descubrimiento produjo entre los
asistentes un grito de indignación; las damas, como se sabe, gustan
mucho de las empresas peligrosas... efectuadas por otros.

--¡Ya, ya, señor de Bevallan, vaya una bella invención!

--Ta, ta, ta, señoras. Es la misma cosa que el huevo de Colón. Era
preciso saber el cómo.

Sin embargo, contra lo que podía esperarse, esta expedición de tan
pacífica apariencia, no debía terminar sin emociones ni peligros. El
señor de Bevallan, en vez de ganar la ribera directamente frente á la
pequeña ensenada en que estaba amarrada la barca, tuvo la malhadada idea
de atravesar por un punto más vecino á la catarata. Impelió, pues, el
bote hasta el medio de la corriente; luego lo dejó arrastrar por ella
durante un momento; pero no tardó en fijarse de que en la cercanía de la
cascada, el río, como atraído por el abismo y arrebatado por el vértigo,
precipitaba su curso con aterradora rapidez; tuvimos la revelación del
peligro al verlo poner repentinamente el bote de través y comenzar á
agitar los remos con febril energía. Luchó contra la corriente durante
algunos segundos con un éxito muy incierto. Sin embargo, se aproximaba
poco á poco al ribazo opuesto, aun cuando la corriente continuase
arrastrándolo con espantosa impetuosidad hacia las cataratas, cuyos
amenazantes rumores debían entonces llenar de horror sus oídos. No
distaba ya de ellas sino algunos pasos, cuando un esfuerzo supremo le
llevó hasta cerca de la ribera para que su vida al menos quedase
asegurada. Tomó entonces un impulso vigoroso y saltó sobre el declive de
la costa, rechazando con el pie á pesar suyo la abandonada barca, que
fué inmediatamente arrastrada por encima de los arrecifes y vino á vogar
en el estanque con la quilla al aire.

En tanto que el peligro duró no habíamos sentido, en presencia de
aquella escena, otra impresión que la de una viva inquietud; pero
tranquilizados apenas nuestros espíritus, debían ser heridos vivamente
por el contraste que ofrecía el desenlace de la aventura con el aplomo
del que había sido su héroe. La risa es por otra parte tan fácil como
natural después de alarmas felizmente apaciguadas. Así, no hubo nadie
entre nosotros que no se abandonase á una franca alegría en el momento
en que vimos al señor de Bevallan fuera de la barca. Será preciso
advertir que en este mismo momento se completaba su infortunio por un
accidente verdaderamente doloroso. El ribazo á que había saltado
presentaba una pendiente escarpada y húmeda; no bien hubo puesto el pie
en él, resbalándose cayó de espaldas; algunas sólidas ramas se hallaban
afortunadamente á su alcance y se agarró de ellas con frenesí, mientras
sus piernas se agitaban como dos furiosos remos en el agua, por otra
parte poco profunda, que baña la costa. Habiendo desaparecido entonces
toda sombra de peligro, el espectáculo de aquel combate fué puramente
ridículo, y supongo que este cruel pensamiento agregaba á los esfuerzos
del señor de Bevallan una torpe precipitación que le hacía retardar su
triunfo. Logró, sin embargo, levantarse de nuevo y tomar pie sobre la
escarpa; pero súbitamente lo vimos deslizarse otra vez despedazando las
malezas que se oponían á su pasaje, volviendo á comenzar en el agua,
con una desesperación evidente, su desordenada pantomima. Era imposible
contenerse. Creo que jamás la señorita Margarita había asistido á una
fiesta semejante. Había olvidado absolutamente todo cuidado por su
dignidad, y como una ninfa ebria, llenaba el soto con los estallidos de
su alegría casi convulsiva. Golpeaba sus manos, y á través de sus
carcajadas, gritaba con voz entrecortada:--¡Bravo, bravo, señor de
Bevallan! ¡Lindísimo, delicioso, pintoresco! ¡Oh, Salvator Rosa!

El señor de Bevallan, entretanto, había acabado por pararse sobre la
tierra firme. Volviéndose entonces hacia las damas, les dirigió un
discurso, que el ruido estrepitoso de la cascada no permitía oir
claramente, pero por los animados gestos, por los movimientos
descriptivos de sus brazos y el aire torpemente sonriente de su
fisonomía, podíamos comprender que nos hacía una explicación apologética
de su desastre.

--Sí, señor, sí--respondió la señorita Margarita, riendo siempre con la
implacable tranquilidad de una mujer;--¡es un triunfo, un magnífico
triunfo! ¡Sea enhorabuena!

Cuando recobró un poco su seriedad, me interrogó sobre los medios de
recobrar la zozobrada barca, que entre paréntesis, es la mejor de
nuestra flotilla. Prometíle volver al siguiente día con algunos obreros
y presidir su salvamento; luego nos encaminamos alegremente á través de
las praderas, en dirección al castillo, en tanto que el señor de
Bevallan, no estando en traje de natación, debía renunciar á reunírsenos
y se perdía con aire melancólico tras de las rocas que bordean la
opuesta ribera.




20 de agosto.


En fin, aquella alma extraordinaria me ha entregado el secreto de sus
tempestades. ¡Desearía que lo hubiera guardado siempre! En los días
subsiguientes á las escenas que he contado, la señorita Margarita, como
avergonzada de los movimientos de juventud y franqueza á que un instante
se había abandonado, dejó caer de nuevo sobre su frente un velo más
espeso de triste arrogancia, de desconfianza y de desdén. En medio de
los bulliciosos placeres de las fiestas y bailes que en el castillo se
sucedían, pasaba ella como una sombra, indiferente, helada, y algunas
veces hasta irritada. Su ironía atacaba con inconcebible amargura, tan
pronto á los puros goces del espíritu, á los que proporcionan la
contemplación y el estudio, como á los más nobles é inviolables
sentimientos. Si se citaba delante de ella algún rasgo de valor ó de
virtud, lo volvía al momento para buscarle la faz del egoísmo; si se
tenía la desgracia de quemar en su presencia el más pequeño grano de
incienso sobre el altar del arte, al instante lo extinguía de un revés.
Su risa triste, sarcástica, temible, semejante en sus labios á la burla
de un ángel caído, se encarnizaba en ajar donde quiera que veía las
señales de las más generosas facultades del alma humana, el entusiasmo y
la pasión. Sentía yo que este extraño espíritu de denigración, tomaba
para conmigo un carácter de persecución especial y de verdadera
hostilidad. No comprendía y no comprendo aún muy bien, cómo he podido
merecer estas particulares _atenciones_, pues si es verdad que llevo en
mi corazón la firme religión de las cosas ideales y eternas, que sólo la
muerte podía arrancarme (¡oh, gran Dios, qué me quedaría si no tuviera
esto!) de ningún modo soy inclinado á los éxtasis públicos y mis
admiraciones como mis amores, jamás importunarán á nadie. Trataba de
observar con más escrúpulo que nunca aquella especie de pudor que sienta
tan bien á los verdaderos sentimientos; pues no ganaba nada: era
sospechoso de poesía. Se me atribuían quimeras novelescas, para tener el
placer de combatirlas, poníaseme en las manos no sé qué arpa ridícula,
para proporcionarse la diversión de romperle las cuerdas.

Si bien esta guerra declarada á todo lo que es superior á los intereses
positivos y á las secas realidades de la vida, no era nueva en el
carácter de la señorita Margarita, sin embargo, se había exagerado
bruscamente y envenenado, hasta el punto de herir los corazones que más
cariño le profesaban. Un día, la señorita de Porhoet, cansada de esa
incesante burla, le dijo delante de mi:--Querida mía, se ha posesionado
del corazón de usted, hace algún tiempo, un demonio que haría bien en
exorcizar lo más pronto posible; de otro modo, acabará usted por formar
una homogénea trinidad con las señoras de Aubry y de Saint-Cast; quiero
advertírselo bien claro. Por mi parte no me precio de ser ni haber sido
jamás una persona muy novelesca, pero me gusta creer que hay aún en el
mundo algunas almas capaces de sentimientos generosos: creo en el
desinterés, aun cuando no fuese sino en el mío; creo en el heroísmo,
pues he conocido héroes. Además, tengo placer en oir cantar á los
pajarillos bajo mi soto de ojaranza, y en edificar mi catedral en las
nubes que pasan. Todo esto puede ser muy ridículo; pero me atrevo á
recordarle que estas ilusiones son los tesoros del pobre, que el señor y
yo no tenemos otros, y que tenemos la singularidad de no quejarnos.

Otro día que acababa yo de sufrir con mi ordinaria impasibilidad los
sarcasmos de la señorita Margarita, su madre me llamó aparte.

--Señor Máximo--me dijo,--mi hija le atormenta un poco, le suplico que
la excuse. Debe notar que su carácter se ha alterado desde hace algún
tiempo.

--La señorita parece más preocupada que de costumbre...

--¡No es sin razón, Dios mío! Está á punto de tomar una resolución muy
grave y ese es un momento en que el humor de las jóvenes queda entregado
á la locura de las brisas.

Inclinéme sin responder.

--Usted es ahora--continuó la señora Laroque--un amigo de la familia;
por esa razón le quedaré agradecidísima si me dice lo que piensa del
señor de Bevallan.

--El señor de Bevallan, señora, tiene según creo, una muy buena fortuna
aunque un poco inferior á la de usted, pero muy buena sin embargo: cerca
de ciento cuarenta mil francos de renta.

--Sí, pero ¿cómo juzga usted su persona, su carácter?...

--Señora, el señor de Bevallan es lo que se llama un completo caballero.
No le falta talento y pasa por un hombre galante.

--¿Pero cree usted que haga feliz á mi hija?

--No creo que la haga desgraciada. Sería suponerle una alma depravada.

--¿Qué quiere usted que haga, Dios mío? A mí no me gusta nada, pero es
el único que no desagrada á Margarita... y por otra parte, ¡hay tan
pocos hombres que tengan cien mil francos de renta! Debe usted
comprender que mi hija en su posición no ha dejado de tener
pretendientes... Hace dos ó tres años que estamos literalmente
sitiadas... Pues bien, es menester acabar... Yo estoy enferma... Puedo
morirme de un día á otro... Mi hija quedaría sin protección... Además,
este es un matrimonio en que se reunen todas las conveniencias, que la
sociedad aprobará ciertamente, y yo sería culpable si no consintiera en
él... Se me acusa ya de inspirar á mi hija ideas novelescas... la verdad
es que yo nada la inspiro. Ella tiene una cabeza completamente suya. En
fin, ¿qué es lo que me aconseja usted?

--¿Me permitirá, señora, preguntarle cuál es la opinión de la señorita
de Porhoet? Es una persona llena de juicio y de experiencia y que además
le profesa á usted un gran cariño...

--¡Ah! si he de creer á la señorita de Porhoet, enviaría muy lejos al
señor de Bevallan... Pero habla muy fácilmente... ¡cuando él se haya
marchado no será ella quien casará á mi hija!

--Dios mío, señora, desde el punto de vista de la fortuna, el señor de
Bevallan es ciertamente un partido poco común, es preciso no
disimulárselo, y si quiere usted rigurosamente cien mil libras de
renta...

--Para mí lo mismo son cien mil libras de renta que cien cuartos, mi
querido señor... Pero no se trata de mí, sino de mi hija... yo no puedo
darla á un albañil. ¿No es así? A mí me habría gustado ser la mujer de
un obrero, pero lo que habría hecho mi felicidad, es probable que no
haga la de mi hija. Y al casarla, debo consultar las ideas generalmente
recibidas, no las mías.

--Pues bien, señora, si este casamiento le conviene, y conviene
igualmente á su señorita hija...

--Pero no, si él no me conviene... y no conviene á mi hija... Es un
casamiento... ¡Dios mío, es un casamiento de conveniencia, eso es todo!

--¿Debo comprender que es una cosa completamente arreglada?

--No, puesto que le pido consejo. Si lo estuviera, mi hija estaría más
tranquila... esas fluctuaciones son las que la trastornan, y además...

La señora de Laroque, sumergiéndose en la sombra de la pequeña cúpula
que domina su sillón, agregó: ¿Tiene usted alguna idea de lo que pasa en
esa desgraciada cabeza?

--Ninguna, señora.

Su mirada chispeante se fijó sobre mí durante un momento. Arrojó un
profundo suspiro y me dijo con un tono dulce y triste:--Váyase, señor...
no le detengo más.

La confidencia con que acababa de ser honrado no me sorprendió. Hacía ya
algún tiempo que la señorita Margarita consagraba visiblemente al señor
de Bevallan todo el resto de simpatía que conserva aún por la humanidad.
Estos testimonios, sin embargo, parecían más bien señal de una
preferencia amistosa que la de una apasionada ternura. Es menester
decir, además, que esta distinción se explica fácilmente. El señor de
Bevallan, á quien jamás estimé y de quien he hecho, á pesar mío, en
estas páginas, más bien la caricatura que el retrato, reune el mayor
número de cualidades y defectos que habitualmente atraen el sufragio de
las mujeres. La modestia le falta absolutamente; lo que le viene á las
mil maravillas, pues las mujeres no la estiman. Tiene esa seguridad
espiritual burlona y tranquila, que de nada se asusta, que intimida
fácilmente, y que garantiza siempre, al que está dotado de ella, una
especie de dominación y una apariencia de superioridad. Su talle
derecho, sus gallardas facciones, su destreza en los ejercicios físicos,
su renombre como batidor y cazador, le prestan una autoridad viril, que
impone al sexo tímido. Hay por fin, en sus ojos un espíritu de audacia,
de empresa y de conquista no desmentido por sus costumbres, que conmueve
á las mujeres y subleva en sus almas secretos ardores. Justo es agregar,
que tales ventajas no tienen en general todo su precio sino sobre
corazones vulgares; pero el corazón de la señorita Margarita, que yo
había querido, como sucede siempre, elevar al nivel de su belleza,
parece hacer ostentación desde hace algún tiempo de sentimientos de un
orden muy mediocre, y creíala muy capaz de sufrir sin resistencia como
sin entusiasmo, con la frialdad pasiva de una imaginación inerte, el
encanto de ese vencedor venal y el yugo consiguiente á un matrimonio de
conveniencia.

A consecuencia de todo esto, era menester tomar un partido y lo tomé más
fácilmente de lo que un mes antes hubiera creído, pues había empleado
todo mi valor en combatir las primeras tentaciones de un amor que el
buen sentido y el honor reprobaban igualmente, y aquella misma que, sin
saberlo, me imponía este combate, sin saberlo, también, me había ayudado
poderosamente á triunfar. Si no había podido ocultarme su belleza, me
había manifestado su alma, y la mía se había reconcentrado, pequeña
desgracia sin duda para la millonaria joven, pero verdadera, dicha para
mí.

Entretanto, hice un viaje á París donde me llamaban los intereses de la
señora de Laroque y los míos. Volví hace dos días y al llegar al
castillo, se me dijo que el anciano señor Laroque me llamaba con
insistencia desde por la mañana. Pasé inmediatamente á su departamento.
Desde que me divisó, una pálida sonrisa vagó por sus ajadas mejillas,
detuvo sobre mí una mirada en la que creí ver una expresión de maligna
alegría y de secreto triunfo, diciéndome luego con voz sorda y
cavernosa.

--Señor, el señor de Saint-Cast ha muerto.

Esta noticia que aquel singular anciano había querido darme él mismo,
era exacta. En la noche precedente, el pobre general de Saint-Cast había
sido atacado de una fuerte aplopegía, y una hora después era arrebatado
á la existencia opulenta y deliciosa, que debía á su señora. Conocido
apenas el suceso en el castillo, la señora de Aubry se había hecho
transportar en seguida á casa de su amiga, y estas dos compañeras, nos
dijo el doctor Desmarest, habían conferenciado sobre la muerte, la
rapidez de sus golpes, la imposibilidad de preverlos ó de garantirse
contra ellos, la inutilidad de los pesares que á nadie resucitan, sobre
el tiempo que todo lo consuela, acabando por una letanía de ideas
originales y picantes. Después de lo cual habiéndose sentado á la mesa
habían recobrado fuerzas muy tranquilamente.

--Vamos, coma usted, señora; es menester sustentarse, Dios lo quiere
así--decía la señora de Aubry.

A los postres, la señora de Saint-Cast hizo subir una botella de un
vinillo de España que el pobre general adoraba, en consideración á lo
cual suplicaba á la señora Aubry lo probara. Rehusando obstinadamente la
señora de Aubry á probarlo sola, la señora de Saint-Cast se había dejado
persuadir que Dios quería que también ella bebiese un poco de vino de
España con un bizcochito. No se brindó por la salud del general.

Ayer por la mañana, la señora de Laroque y su hija, estrictamente
vestidas de luto, montaron en carruaje: yo tomé un lugar á su lado. A
las diez nos hallábamos en la pequeña ciudad vecina. Mientras yo asistía
á los funerales del general, las señoras se reunían con la señora de
Aubry para formar alrededor de la viuda el círculo de costumbre. Acabada
la triste ceremonia, volví á la casa mortuoria y fuí introducido con
algunos amigos íntimos en el célebre salón cuyo mueblaje cuesta quince
mil francos. En el centro de una fúnebre media luz, distinguí sobre un
canapé de mil doscientos francos, la sombra inconsolable de la señora de
Saint-Cast, envuelta en amplios crespones, cuyo precio no tardaremos en
conocer. A su lado se hallaba la señora de Aubry presentando la imagen
de la más intensa postración física y moral. Una media docena de
parientas y de amigas completaban aquel grupo doloroso. Mientras
nosotros nos colocábamos en fila á la otra extremidad del salón, hubo
algún ruido de refregones de pie y algunos 

Showing first 200,000 characters. Full text: gutenberg.org/ebooks/22909