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Cádiz

by Benito Pérez Galdós · Spanish · Gutenberg #21906 · 463,761 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Cádiz
    
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Title: Cádiz

Author: Benito Pérez Galdós


        
Release date: June 23, 2007 [eBook #21906]

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/21906

Credits: Produced by Chuck Greif


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK CÁDIZ ***




Produced by Chuck Greif








Cádiz

Benito Pérez Galdós

1878




I


En una mañana del mes de Febrero de 1810 tuve que salir de la Isla,
donde estaba de guarnición, para ir a Cádiz, obedeciendo a un aviso tan
discreto como breve que cierta dama tuvo la bondad de enviarme. El día
era hermoso, claro y alegre cual de Andalucía, y recorrí con otros
compañeros, que hacia el mismo punto si no con igual objeto caminaban,
el largo istmo que sirve para que el continente no tenga la desdicha de
estar separado de Cádiz; examinamos al paso las obras admirables de
Torregorda, la Cortadura y Puntales, charlamos con los frailes y
personas graves que trabajaban en las fortificaciones; disputamos sobre
si se percibían claramente o no las posiciones de los franceses al otro
lado de la bahía; echamos unas cañas en el figón de Poenco, junto a la
Puerta de Tierra, y finalmente, nos separamos en la plaza de San Juan de
Dios, para marchar cada cual a su destino. Repito que era en Febrero, y
aunque no puedo precisar el día, sí afirmo que corrían los principios de
dicho mes, pues aún estaba calentita la famosa respuesta: «La ciudad de
Cádiz, fiel a los principios que ha jurado, no reconoce otro rey que al
señor D. Femando VII. 6 de Febrero de 1810».

Cuando llegué a la calle de la Verónica, y a la casa de doña Flora, esta
me dijo:

--¡Cuán impaciente está la señora condesa, caballerito, y cómo se conoce
que se ha distraído usted mirando a las majas que van a alborotar a casa
del señor Poenco en Puerta de Tierra!

--Señora--le respondí--juro a usted que fuera de Pepa Hígados, la
Churriana, y María de las Nieves, la de Sevilla, no había moza alguna en
casa de Poenco. También pongo a Dios por testigo de que no nos detuvimos
más que una hora y esto porque no nos llamaran descorteses y malos
caballeros.

--Me gusta la frescura con que lo dice--exclamó con enfado doña Flora--.
Caballerito, la condesa y yo estamos muy incomodadas con usted, sí
señor. Desde el mes pasado en que mi amiga acertó a recoger en el Puerto
esta oveja descarriada, no ha venido usted a visitarnos más que dos o
tres veces, prefiriendo en sus horas de vagar y esparcimiento la
compañía de soldados y mozas alegres, al trato de personas graves y
delicadas que tan necesario es a un jovenzuelo sin experiencia. ¡Qué
sería de ti--añadió reblandecida de improviso y en tono de confianza--,
tierna criatura lanzada en tan temprana edad a los torbellinos del
mundo, si nosotras, compadecidas de tu orfandad, no te agasajáramos y
cuidáramos, fortaleciéndote a la vez el cuerpecito con sanos y gustosos
platos, el alma con sabios consejos! Desgraciado niño... Vaya se
acabaron los regaños, picarillo. Estás perdonado; desde hoy se acabó el
mirar a esas desvergonzadas muchachuelas que van a casa de Poenco y
comprenderás todo lo que vale un trato honesto y circunspecto con
personas de peso y suposición. Vamos, dime lo que quieres almorzar. ¿Te
quedarás aquí hasta mañana? ¿Tienes alguna herida, contusión o rasguño,
para curártelo en seguida? Si quieres dormir, ya sabes que junto a mi
cuarto hay una alcobita muy linda.

Diciendo esto, doña Flora desarrollaba ante mis ojos en toda su
magnificencia y extensión el panorama de gestos, guiños, saladas muecas,
graciosos mohínes, arqueos de ceja, repulgos de labios y demás signos
del lenguaje mudo que en su arrebolado y con cien menjurjes albardado
rostro servía para dar mayor fuerza a la palabra. Luego que le di mis
excusas, dichas mitad en serio mitad en broma, comenzó a dictar órdenes
severas para la obra de mi almuerzo, atronando la casa, y a este punto
salió conteniendo la risa la señora condesa que había oído la anterior
retahíla.

--Tiene razón--me dijo después que nos saludamos--; el Sr. D. Gabriel es
un chiquilicuatro sin fundamento, y mi amiga haría muy bien en ponerle
una calza al pie. ¿Qué es eso de mirar a las chicas bonitas? ¿Hase visto
mayor desvergüenza? Un barbilindo que debiera estar en la escuela o
cosido a las faldas de alguna persona sentada y de libras que fuera un
almacén de buenos consejos... ¿cómo se entiende? Doña Flora, siéntele
usted la mano, dirija su corazón por el camino de los sentimientos
circunspectos y solemnes, e infúndale el respeto que todo caballero debe
tener a los venerandos monumentos de la antigüedad.

Mientras esto decía, doña Flora había traído luengas piezas de damasco
amarillo y rojo y ayudada de su doncella empezó a cortar unas como
dalmáticas o jubones a la antigua, que luego ribeteaban con galón de
plata. Como era tan presumida y extravagante en su vestir, creí que doña
Flora preparaba para su propio cuerpo aquellas vestimentas; pero luego
conocí, viendo su gran número, que eran prendas de comparsa de teatro,
cabalgata o cosa de este jaez.

--¡Qué holgazana está usted, señora condesa!--dijo doña Flora--, y ¿cómo
teniendo tan buena mano para la aguja no me ayuda a hilvanar estos
uniformes para la <i>Cruzada del Obispado de Cádiz</i>, que va a ser el
terror de la Francia y del Rey José?

--Yo no trabajo en mojigangas, amiguita--repuso mi antigua ama--y de
picarme las manos con la aguja, prefiero ocuparme, como me ocupo, en la
ropa de esos pobrecitos soldados que han venido con Alburquerque de
Extremadura, tan destrozados y astrosos que da lástima verlos. Estos y
otros como estos, amiga doña Flora, echarán a los franceses, si es que
les echan, que no los monigotes de la Cruzada, con su D. Pedro del
Congosto a la cabeza, el más loco entre todos los locos de esta tierra,
con perdón sea dicho de la que es su tiernísima Filis.

--Niñita mía, no diga usted tales cosas delante de este joven sin
experiencia--indicó con mal disimulada satisfacción doña Flora--; pues
podría creer que el ilustre jefe de la Cruzada, para quien doy estos
puntos y comas, ha tenido conmigo más relaciones que la de una afición
purísima y jamás manchadas con nada de aquello que D. Quijote llamaba
<i>incitativo melindre</i>. Conociome el Sr. D. Pedro en Vejer en casa de mi
primo D. Alonso y desde entonces se prendó de mí de tal modo, que no ha
vuelto a encontrar en toda la Andalucía mujer que le interesara. Ha sido
desde entonces acá su devoción para mí cada vez más fina, espiritada y
sublime, en tales términos que jamás me lo ha manifestado sino en
palabras respetuosísimas, temiendo ofenderme; y en los años que nos
conocemos ni una sola vez me ha tocado las puntas de los dedos. Mucho ha
picoteado por ahí la gente suponiéndonos inclinados a contraer
matrimonio; pero sobre que yo he aborrecido siempre todo lo que sea obra
de varón, el señor D. Pedro se pone encendido como la grana cuando tal
le dicen, porque ve en esas habladurías una ofensa directa a su pudor y
al mío.

--No es tampoco D. Pedro--dijo Amaranta riendo--con sus sesenta años a
la espalda, hombre a propósito para una mujer fresca y lozana como
usted, amiga mía. Y ya que de esto se trata, aunque le parezcan
irrespetuosas y tal vez impúdicas mis palabras, usted debiera
apresurarse a tomar estado para no dejar que se extinga tan buena casta
como es la de los Gutiérrez de Cisniega; y de hacerlo, debe buscar varón
a propósito, no por cierto un jamelgo empedernido y seco como D. Pedro,
sino un cachorro tiernecito que alegre la casa, un joven, pongo por
caso, como este Gabriel, que nos está oyendo, el cual se daría por muy
bien servido, si lograra llevar a sus hombros carga tan dulce como
usted.

Yo, que almorzaba durante este gracioso diálogo, no pude menos de
manifestarme conforme en todo y por todo con las indicaciones de
Amaranta; y doña Flora sirviéndome con singular finura y amabilidad,
habló así:

--Jesús, amiga, qué malas cosas enseña usted a este pobrecito niño, que
tiene la suerte de no saber todavía más que la táctica de cuatro en
fondo. ¿A qué viene el levantarle los cascos con...? Gabriel, no hagas
caso. Cuidado con que te desmandes, y mal instruido por esta pícara
condesa, vayas ahora a deshacerte en requiebros, y desbaratarte en
suspiros y fundirte en lágrimas... Los niños a la escuela. ¡Qué cosas
tiene esta Amaranta! Criatura, ¿acaso el muchacho es de bronce?... Su
suerte consiste en que da con personas de tan buena pasta como yo, que
sé comprender los desvaríos propios de la juventud, y estoy prevenida
contra los vehementes arrebatos lo mismo que contra los lazos del
enemigo. Calma y sosiego, Gabriel, y esperar con paciencia la suerte que
Dios destina a las criaturas. Esperar sí, pero sin fogosidades, sin
exaltaciones, sin locuras juveniles, pues nada sienta tan bien a un
joven delicado y caballeroso, como la circunspección. Y si no aprende de
ese Sr. D. Pedro del Congosto, aprende de él; mírate en el espejo de su
respetuosidad, de su severidad, de su aplomo, de su impasible y jamás
turbado platonismo; observa cómo enfrena sus pasiones; como enfría el
ardor de los pensamientos con la estudiada urbanidad de las palabras;
cómo reconcentra en la idea su afición y pone freno a las manos y
mordaza a la lengua y cadenas al corazón que quiere saltársele del
pecho.

Amaranta y yo hacíamos esfuerzos por contener la risa. De pronto oyose
ruido de pasos, y la doncella entró a anunciar la visita de un
caballero.

--Es el inglés--dijo Amaranta--. Corra usted a recibirle.

--Al instante voy, amiga mía. Veré si puedo averiguar algo de lo que
usted desea.

Nos quedamos solos la condesa y yo por largo rato, pudiendo sin testigos
hablar tranquilamente lo que verá el lector a continuación si tiene
paciencia.




II


--Gabriel--me dijo--, te he llamado para decirte que ayer, en una
embarcación pequeña, venida de Cartagena, ha llegado a Cádiz el sin par
D. Diego, conde de Rumblar, hijo de nuestra parienta, la monumental y
grandiosa señora doña María.

--Ya sospechaba--respondí--que ese perdido recalaría por aquí. ¿No trae
en su compañía a un majo de las Vistillas o a algún cortesano de los de
la tertulia del Sr. Mano de Mortero?

--No sé si viene solo o trae corte. Lo que sé es que su mamá ha recibido
mucho gusto con la inesperada aparición del niño, y que mi tía, ya sea
por mortificarme, ya porque realmente haya encontrado variación en el
joven, ha dicho ayer delante de toda la familia: «Si el señor conde se
porta bien y es hombre formal, obtendrá nuestros parabienes y se hará
acreedor a la más dulce recompensa que pueden ofrecerle dos familias
deseosas de formar una sola».

--Señora condesa, yo a ser usted me reiría de don Diego y de las
mortificaciones de cuantas marquesas impertinentes peinan canas y
guardan pergaminos en el mundo.

--¡Ah, Gabriel; eso puede decirse; pero si tú comprendieras bien lo que
me pasa!--exclamó con pena--. ¿Creerás que se han empeñado en que mi hija
no me tenga amor ni cariño alguno? Para conseguirlo han principiado por
apartarla perpetuamente de mí. Desde hace algunos días han resuelto
terminantemente que no venga a las tertulias de esta casa, y tampoco me
reciben a mí en la suya. De este modo, mi hija concluirá por no amarme.
La infeliz no tiene culpa de esto, ignora que soy su madre, me ve poco,
las oye a ellas con más frecuencia que a mí... ¡Sabe Dios lo que le
dirán para que me aborrezca! Di si no es esto peor que cuantos castigos
pueden padecerse en el mundo; di si no tengo razón para estar muerta de
celos, sí, y los peores, los más dolorosos y desesperantes que pueden
desgarrar el corazón de una mujer. Al ver que personas egoístas quieren
arrebatarme lo que es mío, y privarme del único consuelo de mi vida, me
siento tan rabiosa, que sería capaz de acciones indignas de mi categoría
y de mi nombre.

--No me parece la situación de usted--le dije--ni tan triste ni tan
desesperada como la ha pintado. Usted puede reclamar a su hija,
llevándosela para siempre consigo.

--Eso es difícil, muy difícil. ¿No ves que aparentemente y según la ley
carezco de derechos para reclamarla y traerla a mi lado? Me han jurado
una guerra a muerte. Han hecho los imposibles por desterrarme, no
vacilando hasta en denunciarme como afrancesada. Hace poco, como sabes,
proyectaron marcharse a Portugal sin darme noticia de ello, y si lo
impedí presentándome aquella noche en tu compañía, me fue preciso
amenazar con un gran escándalo para obligarlas a que se detuvieran. La
de Rumblar me cobró un aborrecimiento profundo, desde que supo mi
oposición a que Inés se desposase con el tunantuelo de su hijo. Mi tía
con su idea del decoro de la casa y de la honra de la familia me
mortifica más que la otra con su enojo, que tiene por móvil una
desmedida avaricia. Si me encontrara en Madrid, donde mis muchas
relaciones me ofrecen abundantes recursos para todo, tal vez vencería
estos y otros mayores obstáculos; pero nos hallamos en Cádiz, en una
plaza que casi está rigurosamente sitiada, donde tengo pocos amigos,
mientras que mi tía y la de Rumblar, por su exagerado españolismo
cuentan con el favor de todas las personas de poder. Suponte que me
obliguen a embarcarme, que me destierren, que durante mi forzada
ausencia engañen a la pobre muchacha y la casen contra su voluntad;
figúrate que esto suceda, y...

--¡Oh!, señora--exclamé con vehemencia--eso no sucederá mientras usted y
yo vivamos para impedirlo. Hablemos a Inés, revelémosle lo que ya
debiera saber...

--Díselo tú, si te atreves...

--¿Pues no me he de atrever?...

--Debo advertirte otra cosa que ignoras, Gabriel; una cosa que tal vez
te cause tristeza; pero que debes saber... ¿Tú crees conservar sobre
ella el ascendiente que tuviste hace algún tiempo y que conservaste aun
después de haber mudado tan bruscamente de fortuna?

--Señora--repuse--, no puedo concebir que haya perdido ese ascendiente.
Perdóneseme la vanidad.

--¡Desgraciado muchacho!--me dijo en tono de dulce compasión--. La vida
consiste en mil mudanzas dolorosas, y el que confía en la perpetuidad de
los sentimientos que le halagan, es como el iluso que viendo las nubes
en el horizonte, las cree montañas, hasta que un rayo de luz las
desfigura o un soplo de viento las desbarata. Hace dos años, mi hija y
tú erais dos niños desvalidos y abandonados. El apartamiento en que
vivíais y la común desgracia, aumentando la natural inclinación,
hicieron que os amarais. Después todo cambió. ¿Para qué repetir lo que
sabes tan bien? Inés en su nueva posición no quiso olvidar al fiel
compañero de su infortunio. ¡Hermoso sentimiento que nadie más que yo
supo apreciar en su valor! Aprovechándome de él, casi llegué hasta
tolerarle y autorizarle, impulsada por el despecho y por mortificar a mi
orgullosa parienta; pero yo sabía que aquella corazonada infantil
concluiría con el tiempo y la distancia, como en efecto ha concluido.

Oí con estupor las palabras de la condesa, que iban esparciendo densas
oscuridades delante de mis ojos. Pero la razón me indicaba que no debía
dar entero crédito a las palabras de mujer tan experta en ingeniosos
engaños, y esperé aparentando conformarme con su opinión y mi desaire.

--¿Te acuerdas de la noche en que nos presentamos aquí viniendo del
Puerto de Santa María? En esta misma sala nos recibió doña Flora.
Llamamos a Inés, te vio, le hablaste. La pobrecita estaba tan turbada
que no acertó a contestar derechamente a lo que le dijiste.
Indudablemente te conserva un noble y fraternal afecto; pero nada más.
¿No lo comprendiste? ¿No se ofreció a tus ojos o a tus oídos algún dato
para conocer que ya Inés no te ama?

--Señora--respondí con perplejidad--, aquel instante fue tan breve y
usted me suplicó con tanta precipitación que saliese de la casa, que
nada observé que me disgustara.

--Pues sí, puedes creerlo. Yo sé que Inés no te ama ya--afirmó con una
entereza tal que se me hizo aborrecible en un momento mi hermosa
interlocutora.

--¿Lo sabe usted?

--Yo lo sé.

--Tal vez se equivoque.

--No: Inés no te ama.

--¿Por qué?--pregunté bruscamente y con desabrimiento.

--Porque ama a otro--me respondió con calma.

--¡A otro!--exclamé tan asombrado que por largo rato no me di cuenta de
lo que sentía--. ¡A otro! No puede ser, señora condesa. ¿Y quién es ese
otro? Sepámoslo.

Diciendo esto, en mi interior se retorcían dolorosamente unas como
culebras, que me estrujaban el corazón mordiéndolo y apretándolo con
estrechos nudos. Yo quería aparentar serenidad; pero mis palabras
balbucientes y cierta invencible sofocación de mi aliento descubrían la
flaqueza de mi espíritu caído desde la cumbre de su mayor orgullo.

--¿Quieres saberlo? Pues te lo diré. Es un inglés.

--¿Ese?--pregunté con sobresalto señalando hacia la sala donde resonaba
lejanamente el eco de las voces de doña Flora y de su visitante.

--¡Ese mismo!

--¡Señora, no puede ser!, usted se equivoca--exclamé sin poder contener
la fogosa cólera que desarrollándose en mí como súbito incendio, no
admitía razón que la refrenara, ni urbanidad que la reprimiera--. Usted
se burla de mí; usted me humilla y me pisotea como siempre lo ha hecho.

--Qué furioso te has puesto--me dijo sonriendo--. Cálmate y no seas
loco.

--Perdóneme usted si la he ofendido con mi brusca respuesta--dije
reponiéndome--; pero yo no puedo creer eso que he oído. Todo cuanto hay
en mí que hable y palpite con señales de vida, protesta contra tal idea.
Si ella misma me lo dice, lo creeré; de otro modo no. Soy un ciego
estúpido tal vez, señora mía, pero yo detesto la luz que pueda hacerme
ver la soledad espantosa que usted quiere ponerme delante. Pero no me ha
dicho usted quién es ese inglés ni en qué se funda para pensar...

--Ese inglés vino aquí hace seis meses, acompañando a otro que se llama
lord Byron, el cual partió para Levante al poco tiempo. Este que aquí
está, se llama lord Gray. ¿Quieres saber más? ¿Quieres saber en qué me
fundo para pensar que Inés le ama? Hay mil indicios que ni engañan ni
pueden engañar a una mujer experimentada como yo. ¿Y eso te asombra?
Eres un mozo sin experiencia, y crees que el mundo se ha hecho para tu
regalo y satisfacción. Es todo lo contrario, niño. ¿En qué te fundabas
para esperar que Inés estuviera queriéndote toda la vida, luchando con
la ausencia, que en esta edad es lo mismo que el olvido? ¡Pues no pedías
poco en verdad! ¿Sabes que eres modestito? Que pasaran años y más años,
y ella siempre queriéndote... Vamos, pide por esa boca. Es preciso que
te acostumbres a creer que hay además de ti, otros hombres en el mundo,
y que las muchachas tienen ojos para ver y oídos para escuchar.

Con estas palabras que encerraban profunda verdad, la condesa me estaba
matando. Parecíame que mi alma era una hermosa tela, y que ella con sus
finas tijeras me la estaba cortando en pedacitos para arrojarla al
viento.

--Pues sí. Ha pasado mucho tiempo--continuó--. Ese inglés se apareció en
Cádiz; nos visitó. Visita hoy con mucha frecuencia la otra casa, y en
ella es amado... Esto te parece increíble, absurdo. Pues es la cosa más
sencilla del mundo. También creerás que el inglés es un hombre
antipático, desabrido, brusco, colorado, tieso y borracho como algunos
que viste y trataste en la plaza de San Juan de Dios cuando eras niño.
No: lord Gray es un hombre finísimo, de hermosa presencia y vasta
instrucción. Pertenece a una de las mejores familias de Inglaterra, y es
más rico que un perulero... Ya... ¡tú creíste que estas y otras
eminentes cualidades nadie las poseía más que el Sr. D. Gabriel de
Tres-al-Cuarto! Lucido estás... Pues oye otra cosa.

»Lord Gray cautiva a las muchachas con su amena conversación. Figúrate,
que con ser tan joven, ha tenido ya tiempo para viajar por toda el Asia
y parte de América. Sus conocimientos son inmensos; las noticias que da
de los muchos y diversos pueblos que ha visto, curiosísimas. Es hombre
además de extraordinario valor; hase visto en mil peligros luchando con
la naturaleza y con los hombres, y cuando los relata con tanta
elocuencia como modestia, procurando rebajar su propio mérito y
disimular su arrojo, los que le oyen no pueden contener el llanto. Tiene
un gran libro lleno de dibujos, representando paisajes, ruinas, trajes,
tipos, edificios que ha pintado en esas lejanas tierras; y en varias
hojas ha escrito en verso y prosa mil hermosos pensamientos,
observaciones y descripciones llenas de grandiosa y elocuente poesía.
¿Comprendes que pueda y sepa hacerse amar? Llega a la tertulia, las
muchachas le rodean; él les cuenta sus viajes con tanta verdad y
animación, que vemos las grandes montañas, los inmensos ríos, los
enormes árboles de Asia, los bosques llenos de peligros; vemos al
intrépido europeo defendiéndose del león que le asalta, del tigre que le
acecha; nos describe luego las tempestades del mar de la China, con
aquellos vientos que arrastran como pluma la embarcación, y le vemos
salvándose de la muerte por un esfuerzo de su naturaleza ágil y
poderosa; nos describe los desiertos de Egipto, con sus noches claras
como el día, con las pirámides, los templos derribados, el Nilo y los
pobres árabes que arrastran miserable vida en aquellas soledades; nos
pinta luego los lugares santos de Jerusalén y Belén, el sepulcro del
Señor, hablándonos de los millares de peregrinos que le visitan, de los
buenos frailes que dan hospitalidad al europeo; nos dice cómo son los
olivares a cuya sombra oraba el Señor cuando fue Judas con los soldados
a prenderle, y nos refiere punto por punto cómo es el monte Calvario y
el sitio donde levantaron la santa Cruz.

»Después nos habla de la incomparable Venecia, ciudad fabricada dentro
del mar, de tal modo, que las calles son de agua y los coches unas
lanchitas que llaman góndolas; y allí se pasean de noche los amantes,
solos en aquella serena laguna, sin ruido y sin testigos. También ha
visitado la América, donde hay unos salvajes muy mansos que agasajan a
los viajeros, y donde los ríos, grandísimos como todo lo de aquel país,
se precipitan desde lo alto de una roca formando lo que llaman
cataratas, es decir, un salto de agua como si medio mar se arrojase
sobre el otro medio, formando mundos de espuma y un ruido que se oye a
muchísimas leguas de distancia. Todo lo relata, todo lo pinta con tan
vivos colores, que parece que lo estamos viendo. Cuenta sus acciones
heroicas sin fanfarronería, y jamás ha mortificado el orgullo de los
hombres que le oyen con tanta atención, si no con tanta complacencia
como las mujeres.

»Ahora bien, Gabriel, desgraciado joven, ¿por lo que digo comprendes que
ese inglés tiene atractivos suficientes para cautivar a una muchacha de
tanta sensibilidad como imaginación, que instintivamente vuelve los ojos
hacia todo lo que se distingue del vulgo enfatuado? Además, lord Gray es
riquísimo, y aunque las riquezas no bastan a suplir en los hombres la
falta de ciertas cualidades, cuando estas se poseen, las riquezas las
avaloran y realzan más. Lord Gray viste elegantemente; gasta con
profusión en su persona y en obsequiar dignamente a sus amigos, y su
esplendidez no es el derroche del joven calavera y voluntarioso, sino la
gala y generosidad del rico de alta cuna, que emplea sabiamente su
dinero en alegrar la existencia de cuantos le rodean. Es galante sin
afectación, y más bien serio que jovial.

»¡Ay, pobrecito! ¿Lo comprendes ahora? ¿Llegarás a entender que hay en
el mundo alguien que puede ponerse en parangón con el Sr. D. Gabriel
Tres-al-Cuarto? Reflexiona bien, hijo; reflexiona bien quién eres tú. Un
buen muchacho y nada más. Excelente corazón, despejo natural, y aquí paz
y después gloria. En punto a posición oficialito del ejército... bien
ganado, eso sí... pero ¿qué vale eso? Figura... no mala; conversación,
tolerable; nacimiento humildísimo, aunque bien pudieras figurarlo como
de los más alcurniados y coruscantes. Valor, no lo negaré; al contrario,
creo que lo tienes en alto grado, pero sin brillo ni lucimiento.
Literatura, escasa... cortesía, buena... Pero, hijo, a pesar de tus
méritos, que son muchos, dada tu pobreza y humildad, ¿insistirás en
hacerte indestronable, como se lo creyó el buen D. Carlos IV que heredó
la corona de su padre? No, Gabriel; ten calma y resígnate.

El efecto que me causó la relación de mi antigua ama fue terrible.
Figúrense ustedes cómo me habría quedado yo, si Amaranta hubiera cogido
el pico de Mulhacén, es decir, el monte más alto de España... y me lo
hubiese echado encima.

Pues lo mismo, señores, lo mismo me quedé.




III


¿Qué podía yo decir? Nada. ¿Qué debía hacer? Callarme y sufrir. Pero el
hombre aplastado por cualquiera de las diversas montañas que le caen
encima en el mundo, aun cuando conozca que hay justicia y lógica en su
situación, rara vez se conforma, y elevando las manecitas pugna por
quitarse de encima la colosal peña. No sé si fue un sentimiento de noble
dignidad, o por el contrario un vano y pueril orgullo, lo que me impulsó
a contestar con entereza, afectando no sólo conformidad sino
indiferencia ante el golpe recibido.

--Señora condesa--dije--, comprendo mi inferioridad. Hace tiempo que
pensaba en esto, y nada me asombra. Realmente, señora, era un
atrevimiento que un pobretón como yo, que jamás he estado en la India ni
he visto otras cataratas que las del Tajo en Aranjuez, tenga
pretensiones nada menos que de ser amado por una mujer de posición. Los
que no somos nobles ni ricos, ¿qué hemos de hacer más que ofrecer
nuestro corazón a las fregatrices y damas del estropajo, no siempre con
la seguridad de que se dignen aceptarlo? Por eso nos llenamos de
resignación, señora, y cuando recibimos golpes como el que usted se ha
servido darme, nos encogemos de hombros y decimos: «paciencia». Luego
seguimos viviendo, y comemos y dormimos tan tranquilos... Es una
tontería morirse por quien tan pronto nos olvida.

--Estás hecho un basilisco de rabia--me dijo la condesa en tono de
burla--, y quieres aparecer tranquilo. Si despides fuego... toma mi
abanico y refréscate con él.

Antes que yo lo tomara, la condesa me dio aire con su abanico
precipitadamente. Sin ninguna gana me reía yo, y ella después de un rato
de silencio, me habló así:

--Me falta decirte otra cosa que tal vez te disguste; pero es forzoso
tener paciencia. Es que estoy contenta de que mi hija corresponda al
amor del inglés.

--Lo creo señora--respondí apretando con convulsa fuerza los dientes, ni
más ni menos que si entre ellos tuviera toda la Gran Bretaña.

--Sí--prosiguió--, todo suceso que me dé esperanzas de ver a mi hija
fuera de la tutela y dirección de la marquesa y la condesa, es para mí
lisonjero.

--Pero ese inglés será protestante.

--Sí--repuso--, mas no quiero pensar en eso. Puede que se haga católico.
De todos modos, ese es punto grave y delicado. Pero no reparo en nada.
Vea yo a mi hija libre, hállese en situación tal que yo pueda verla,
hablarla como y cuando se me antoje, y lo demás... ¡Cómo rabiaría doña
María si llegara a comprender...! Mucho sigilo, Gabriel; cuento con tu
discreción. Si lord Gray fuera católico, no creo que mi tía se opusiera
a que se casase Inés con él. ¡Ay!, luego nos marcharíamos los tres a
Inglaterra, lejos, lejos de aquí, a un país donde yo no viera pariente
de ninguna clase. ¡Qué felicidad tan grande! ¡Ay! Quisiera ser Papa para
permitir que una mujer católica se casara con un hombre hereje.

--Creo que usted verá satisfechos sus deseos.

--¡Oh!, desconfío mucho. El inglés aparte de su gran mérito es bastante
raro. A nadie ha confiado el secreto de sus amores, y sólo tenemos
noticias de él por indicios primero y después por pruebas irrecusables
obtenidas mediante largo y minucioso espionaje.

--Inés lo habrá revelado a usted.

--No, después de esto, ni una sola vez he conseguido verla. ¡Qué
desesperación! Las tres muchachas no salen de casa, sino custodiadas por
la autoridad de doña María. Aquí doña Flora y yo hemos trabajado lo que
no es decible para que lord Gray se franquease con nosotras, y nos lo
revelara; pero es tan prudente y callado, que guarda su secreto como un
avaro su tesoro. Lo sabemos por las criadas, por la murmuración de
algunas, muy pocas personas de las que van a la casa. No hay duda de que
es cierto, hijo mío. Ten resignación y no nos des un disgusto. Cuidado
con el suicidio.

--¿Yo?--dije afectando indiferencia.

--Toma, toma aire, que te incendias por todos lados--me dijo agitando
delante de mí su abanico--. Don Rodrigo en la horca no tiene más orgullo
que este general en agraz.

Cuando esto decía, sentí la voz de doña Flora y los pasos de un hombre.
Doña Flora dijo:

--Pase usted milord, que aquí está la condesa.

--Mírale... verás--me dijo Amaranta con crueldad--y juzgarás por ti
mismo si la niña ha tenido mal gusto.

Entró doña Flora seguida del inglés. Este tenía la más hermosa figura de
hombre que he visto en mi vida. Era de alta estatura, con el color
blanquísimo pero tostado que abunda en los marinos y viajeros del Norte.
El cabello rubio, desordenadamente peinado y suelto según el gusto de la
época, le caía en bucles sobre el cuello. Su edad no parecía exceder de
treinta o treinta y tres años. Era grave y triste pero sin la pesadez
acartonada y tardanza de modales que suelen ser comunes en la gente
inglesa. Su rostro estaba bronceado, mejor dicho, dorado por el sol,
desde la mitad de la frente hasta el cuello, conservando en la huella
del sombrero y en la garganta una blancura como la de la más pura y
delicada cera. Esmeradamente limpia de pelo la cara, su barba era como
la de una mujer, y sus facciones realzadas por la luz del Mediodía
dábanle el aspecto de una hermosa estatua de cincelado oro. Yo he visto
en alguna parte un busto del Dios Brahma, que muchos años después me
hizo recordar a lord Gray.

Vestía con elegancia y cierta negligencia no estudiada, traje azul de
paño muy fino, medio oculto por una prenda que llamaban <i>sortú</i>, y
llevaba sombrero redondo, de los primeros que empezaban a usarse.
Brillaban sobre su persona algunas joyas de valor, pues los hombres
entonces se ensortijaban más que ahora, y lucía además los sellos de dos
relojes. Su figura en general era simpática. Yo le miré y observé
ávidamente, buscándole imperfecciones por todos lados; pero ¡ay!, no le
encontré ninguna. Mas me disgustó oírle hablar con rara corrección el
castellano, cuando yo esperaba que se expresase en términos ridículos y
con yerros de los que desfiguran y afean el lenguaje; pero consolome la
esperanza de que soltase algunas tonterías. Sin embargo no dijo ninguna.

Entabló conversación con Amaranta, procurando esquivar el tema que
impertinentemente había tocado doña Flora al entrar.

--Querida amiga--dijo la vieja--, lord Gray nos va a contar algo de sus
amores en Cádiz, que es mejor tratado que el de los viajes por Asia y
África.

Amaranta me presentó gravemente a él, diciéndole que yo era un gran
militar, una especie de Julio César por la estrategia y un segundo Cid
por el valor; que había hecho mi carrera de un modo gloriosísimo, y que
había estado en el sitio de Zaragoza, asombrando con mis hechos heroicos
a españoles y franceses. El extranjero pareció oír con suma complacencia
mi elogio, y me dijo después de hacerme varias preguntas sobre la
guerra, que tendría grandísimo contento en ser mi amigo. Sus refinadas
cortesanías me tenían frita la sangre por la violencia y fingimiento con
que me veía precisado a responder a ellas. La maligna Amaranta reíase a
hurtadillas de mi embarazo, y más atizaba con sus artificiosas palabras
la inclinación y repentino afecto del inglés hacia mi persona.

--Hoy--dijo lord Gray--hay en Cádiz gran cuestión entre españoles e
ingleses.

--No sabía nada--exclamó Amaranta--. ¿En esto ha venido a parar la
alianza?

--No será nada, señora. Nosotros somos algo rudos, y los españoles un
poco vanagloriosos y excesivamente confiados en sus propias fuerzas,
casi siempre con razón.

--Los franceses están sobre Cádiz--dijo doña Flora--, y ahora salimos
con que no hay aquí bastante gente para defender la plaza.

--Así parece. Pero Wellesley--añadió el inglés--ha pedido permiso a la
Junta para que desembarque la marinería de nuestros buques y defienda
algunos castillos.

--Que desembarquen; si vienen, que vengan--exclamó Amaranta--. ¿No crees
lo mismo, Gabriel?

--Esa es la cuestión que no se puede resolver--dijo lord Gray--, porque
las autoridades españolas se oponen a que nuestra gente les ayude. Toda
persona que conozca la guerra ha de convenir conmigo en que los ingleses
deben desembarcar. Seguro estoy de que este señor militar que me oye es
de la misma opinión.

--Oh, no señor; precisamente soy de la opinión contraria--repuse con la
mayor viveza, anhelando que la disconformidad de pareceres alejase de mí
la intolerable y odiosísima amistad que quería manifestarme el inglés--.
Creo que las autoridades españolas hacen bien en no consentir que
desembarquen los ingleses. En Cádiz hay guarnición suficiente para
defender la plaza.

--¿Lo cree usted?--me preguntó.

--Lo creo--respondí procurando quitar a mis palabras la dureza y
sequedad que quería infundirles el corazón--. Nosotros agradecemos el
auxilio que nos están dando nuestros aliados, más por odio al común
enemigo que por amor a nosotros; esa es la verdad. Juntos pelean ambos
ejércitos; pero si en las acciones campales es necesaria esta alianza,
porque carecemos de tropas regulares que oponer a las de Napoleón, en la
defensa de plazas fuertes harto se ha probado que no necesitamos ayuda.
Además, las plazas fuertes que como esta son al mismo tiempo magníficas
plazas comerciales, no deben entregarse nunca a un aliado por leal que
sea; y como los paisanos de usted son tan comerciantes, quizás gustarían
demasiado de esta ciudad, que no es más que un buque anclado a vista de
tierra. Gibraltar casi nos está oyendo y lo puede decir.

Al decir esto, observaba atentamente al inglés, suponiéndole próximo a
dar rienda suelta al furor, provocado por mi irreverente censura; pero
con gran sorpresa mía, lejos de ver encendida en sus ojos la ira, noté
en su sonrisa no sólo benevolencia, sino conformidad con mis opiniones.

--Caballero--dijo tomándome la mano--, ¿me permitirá usted que le
importune repitiéndole que deseo mucho su amistad?

Yo estaba absorto, señores.

--Pero milord--preguntó doña Flora--; ¿en qué consiste que aborrece
usted tanto a sus paisanos?

--Señora--dijo lord Gray--, desgraciadamente he nacido con un carácter
que si en algunos puntos concuerda con el de la generalidad de mis
compatriotas, en otros es tan diferente como lo es un griego de un
noruego. Aborrezco el comercio, aborrezco a Londres, mostrador
nauseabundo de las drogas de todo el mundo; y cuando oigo decir que
todas las altas instituciones de la vieja Inglaterra, el régimen
colonial y nuestra gran marina tienen por objeto el sostenimiento del
comercio y la protección de la sórdida avaricia de los negociantes que
bañan sus cabezas redondas como quesos con el agua negra del Támesis,
siento un crispamiento de nervios insoportable y me avergüenzo de ser
inglés.

»El carácter inglés es egoísta, seco, duro como el bronce, formado en el
ejército del cálculo y refractario a la poesía. La imaginación es en
aquellas cabezas una cavidad lóbrega y fría donde jamás entra un rayo de
luz ni resuena un eco melodioso. No comprenden nada que no sea una
cuenta, y al que les hable de otra cosa que del precio del cáñamo, le
llaman mala cabeza, holgazán y enemigo de la prosperidad de su país. Se
precian mucho de su libertad, pero no les importa que haya millones de
esclavos en las colonias. Quieren que el pabellón inglés ondee en todos
los mares, cuidándose mucho de que sea respetado; pero siempre que
hablan de la dignidad nacional, debe entenderse que la quincalla inglesa
es la mejor del mundo. Cuando sale una expedición diciendo que va a
vengar un agravio inferido al orgulloso leopardo, es que se quiere
castigar a un pueblo asiático o africano que no compra bastante trapo de
algodón.

--¡Jesús, María y José!--exclamó horrorizada doña Flora--. No puedo oír a
un hombre de tanto talento como milord hablando así de sus compatriotas.

--Siempre he dicho lo mismo, señora--prosiguió lord Gray--, y no ceso de
repetirlo a mis paisanos. Y no digo nada cuando quieren echársela de
guerreros y dan al viento el estandarte con el gato montés que ellos
llaman leopardo. Aquí en España me ha llenado de asombro el ver que mis
paisanos han ganado batallas. Cuando los comerciantes y mercachifles de
Londres sepan por las <i>Gacetas</i> que los ingleses han dado batallas y las
han ganado, bufarán de orgullo creyéndose dueños de la tierra como lo
son del mar, y empezarán a tomar la medida del planeta para hacerle un
gorro de algodón que lo cubra todo. Así son mis paisanos, señoras. Desde
que este caballero evocó el recuerdo de Gibraltar, traidoramente ocupado
para convertirle en almacén de contrabando, vinieron a mi mente estas
ideas, y concluyo modificando mi primera opinión respecto al desembarco
de los ingleses en Cádiz. Señor oficial, opino como usted: que se queden
en los barcos.

--Celebro que al fin concuerden sus ideas con las mías, milord--dije
creyendo haber encontrado la mejor coyuntura para chocar con aquel
hombre que me era, sin poderlo remediar, tan aborrecible--. Es cierto
que los ingleses son comerciantes, egoístas, interesados, prosaicos;
pero ¿es natural que esto lo diga exagerándolo hasta lo sumo un hombre
que ha nacido de mujer inglesa y en tierra inglesa? He oído hablar de
hombres que en momentos de extravío o despecho han hecho traición a su
patria; pero esos mismos que por interés la vendieron, jamás la
denigraron en presencia de personas extrañas. De buenos hijos es ocultar
los defectos de sus padres.

--No es lo mismo--dijo el inglés--. Yo conceptúo más compatriota mío a
cualquier español, italiano, griego o francés que muestre aficiones
iguales a las mías, sepa interpretar mis sentimientos y corresponder a
ellos, que a un inglés áspero, seco y con un alma sorda a todo rumor que
no sea el son del oro contra la plata, y de la plata contra el cobre.
¿Qué me importa que ese hombre hable mi lengua, si por más que charlemos
él y yo no podemos comprendernos? ¿Qué me importa que hayamos nacido en
un mismo suelo, quizás en una misma calle, si entre los dos hay
distancias más enormes que las que separan un polo de otro?

--La patria, señor inglés, es la madre común, que lo mismo cría y
agasaja al hijo deforme y feo que al hermoso y robusto. Olvidarla es de
ingratos; pero menospreciarla en público indica sentimientos quizás
peores que la ingratitud.

--Esos sentimientos, peores que la ingratitud, los tengo yo, según
usted--dijo el inglés.

--Antes que pregonar delante de extranjeros los defectos de mis
compatriotas, me arrancaría la lengua--afirmé con energía, esperando por
momentos la explosión de la cólera de lord Gray.

Pero este, tan sereno cual si se oyese nombrar en los términos más
lisonjeros, me dirigió con gravedad las siguientes palabras:

--Caballero, el carácter de usted y la viveza y espontaneidad de sus
contradicciones y réplicas, me seducen de tal manera, que me siento
inclinado hacia usted, no ya por la simpatía, sino por un afecto
profundo.

Amaranta y doña Flora no estaban menos asombradas que yo.

--No acostumbro tolerar que nadie se burle de mí, milord--dije, creyendo
efectivamente que era objeto de burlas.

--Caballero--repuso fríamente el inglés--, no tardaré en probar a usted
que una extraordinaria conformidad entre su carácter y el mío ha
engendrado en mí vivísimo deseo de entablar con usted sincera amistad.
Óigame usted un momento. Uno de los principales martirios de mi vida, el
mayor quizás, es la vana aquiescencia con que se doblegan ante mí todas
las personas que trato. No sé si consistirá en mi posición o en mis
grandes riquezas; pero es lo cierto que en donde quiera que me presento,
no hallo sino personas que me enfadan con sus degradantes cumplidos.
Apenas me permito expresar una opinión cualquiera, todos los que me oyen
aseguran ser de igual modo de pensar. Precisamente mi carácter ama la
controversia y las disputas. Cuando vine a España, hícelo con la ilusión
de encontrar aquí gran número de gente pendenciera, ruda y primitiva,
hombres de corazón borrascoso y apasionado, no embadurnados con el vano
charol de la cortesanía.

»Mi sorpresa fue grande al encontrarme atendido y agasajado, cual lo
pudiera estar en Londres, sin hallar obstáculos a la satisfacción de mi
voluntad, en medio de una vida monótona, regular, acompasada, no
expuesto a sensaciones terribles, ni a choques violentos con hombres ni
con cosas, mimado, obsequiado, adulado... ¡Oh, amigo mío! Nada aborrezco
tanto como la adulación. El que me adula es mi irreconciliable enemigo.
Yo gozo extraordinariamente al ver frente a mí los caracteres altivos,
que no se doblegan sonriendo cobardemente ante una palabra mía; gusto de
ver bullir la sangre impetuosa del que no quiere ser domado ni aun por
el pensamiento de otro hombre; me cautivan los que hacen alarde de una
independencia intransigente y enérgica, por lo cual asisto con júbilo a
la guerra de España.

»Pienso ahora internarme en el país, y unirme a los guerrilleros. Esos
generales que no saben leer ni escribir, y que eran ayer arrieros,
taberneros y mozos de labranza, exaltan mi admiración hasta lo sumo. He
estado en academias militares y aborrezco a los pedantes que han
prostituido y afeminado el arte salvaje de la guerra, reduciéndolo a
reglas necias, y decorándose a sí mismos con plumas y colorines para
disimular su nulidad. ¿Ha militado usted a las órdenes de algún
guerrillero? ¿Conoce usted al Empecinado, a Mina, a Tabuenca, a Porlier?
¿Cómo son? ¿Cómo visten? Se me figura ver en ellos a los héroes de
Atenas y del Lacio.

»Amigo mío, si no recuerdo mal, la señora condesa dijo hace un momento
que usted debía sus rápidos adelantamientos en la carrera de las armas a
su propio mérito, pues sin el favor de nadie ha adquirido un honroso
puesto en la milicia. ¡Oh, caballero!, usted me interesa vivamente,
usted será mi amigo, quiéralo o no. Adoro a los hombres que no han
recibido nada de la suerte ni de la cuna, y que luchan contra este
oleaje. Seremos muy amigos. ¿Está usted de guarnición en la Isla? Pues
venga a vivir a mi casa siempre que pase a Cádiz. ¿En dónde reside usted
para ir a visitarle todos los días...?

Sin atreverme a rechazar tan vehementes pruebas de benevolencia, me
excusé como pude.

--Hoy, caballero--añadió--es preciso que venga usted a comer conmigo. No
admito excusas. Señora condesa, usted me presentó a este caballero. Si
me desaíra, cuente usted como que ha recibido la ofensa.

--Creo--dijo la condesa--que ambos se congratularán bien pronto de haber
entablado amistad.

--Milord, estoy a la orden de usted--dije levantándome cuando él se
disponía a partir.

Y después de despedirnos de las dos damas, salí con el inglés. Parecía
que me llevaba el demonio.




IV


Lord Gray vivía cerca de las Barquillas de Lope. Su casa, demasiado
grande para un hombre solo, estaba en gran parte vacía. Servíanle varios
criados, españoles todos a excepción del ayuda de cámara que era inglés.

Dábase trato de príncipe en la comida, y durante toda ella no tenían un
momento de sosiego los vasos, llenos con la mejor sangre de las cepas de
Montilla, Jerez y Sanlúcar.

Durante la comida no hablamos más que de la guerra, y después, cuando
los generosos vinos de Andalucía hicieron su efecto en la insigne cabeza
del <i>mister</i>, se empeñó en darme algunas lecciones de esgrima. Era gran
tirador según observé a los primeros golpes; y como yo no poseía en tal
alto grado los secretos del arte y él no tenía entonces en su cerebro
todo aquel buen asiento y equilibrio que indican una organización
educada en la sobriedad, jugaba con gran pesadez de brazo, haciéndome
más daño del que correspondía a un simple entretenimiento.

--Suplico a milord que no se entusiasme demasiado--dije conteniendo sus
bríos--. Me ha desarmado ya repetidas veces para gozarse como un niño en
darme estocadas a fondo que no puedo parar. ¡Ese botón está mal y puedo
ser atravesado fácilmente!

--Así es como se aprende--repuso--. O no he de poder nada, o será usted
un consumado tirador.

Después que nos batimos a satisfacción, y cuando se despejaron un tanto
las densas nubes que oscurecían y turbaban su entendimiento, me marché a
la Isla, a donde me acompañó deseoso, según dijo, de visitar nuestro
campamento. En los días sucesivos casi ninguno dejó de visitarme. Su
afectuosidad me contrariaba, y cuanto más le aborrecía, más desarmaba él
mi cólera a fuerza de atenciones. Mis respuestas bruscas, mi mal humor,
y la terquedad con que le rebatía, lejos de enemistarle conmigo,
apretaban más los lazos de aquella simpatía que desde el primer día me
manifestó; y al fin no puedo negar que me sentía inclinado hacia hombre
tan raro, verificándose el fenómeno de considerar en él como dos
personas distintas y un solo lord Gray verdadero, dos personas, sí, una
aborrecida y otra amada; pero de tal manera confundidas, que me era
imposible deslindar dónde empezaba el amigo y dónde acababa el rival.

Érale sumamente agradable estar en mi compañía y en la de los demás
oficiales mis camaradas. Durante las operaciones nos seguía armado de
fusil, sable y pistolas, y en los ratos de vagar iba con nosotros a los
ventorrillos de Cortadura o Matagorda, donde nos obsequiaba de un modo
espléndido con todo lo que podían dar de sí aquellos establecimientos.
Más de una vez se hizo acompañar al venir desde Cádiz por dos o tres
calesas cargadas con las más ricas provisiones que por entonces traían
los buques ingleses y los costeros del Condado y Algeciras; y en cierta
ocasión en que no podíamos salir de las trincheras del puente Suazo,
transportó allá con rapidez parecida a la de los tiempos que después han
venido, al Sr. Poenco con toda su tienda y bártulos y séquito mujeril y
guitarril, para improvisar una fiesta.

A los quince días de estos rumbos y generosidades no había en la Isla
quien no conociese a lord Gray; y como entonces estábamos en buenas
relaciones con la Gran Bretaña, y se cantaba aquello de

        La trompeta de la Gloria
        dice al mundo <i>Velintón</i>...

(lo mismo que está escrito) nuestro <i>mister</i> era popularísimo en toda la
extensión que inunda con sus canales el caño de Sancti-Petri.

Su mayor confianza era conmigo; pero debo indicar aquí una
circunstancia, que a todos llamará la atención, y es que aunque
repetidas veces procuré sondear su ánimo en el asunto que más me
interesaba, jamás pude conseguirlo. Hablábamos de amores, nombraba yo la
casa y la familia de Inés, y él, volviéndose taciturno, mudaba la
conversación. Sin embargo, yo sabía que visitaba todas las noches a doña
María; pero su reserva en este punto era una reserva sepulcral. Sólo una
vez dejó traslucir algo y voy a decir cómo.

Durante muchos días estuve sin poder ir a Cádiz, a causa de las
ocupaciones del servicio, y esta esclavitud me daba tanto fastidio como
pesadumbre. Recibía algunas esquelas de la condesa suplicándome que
pasase a verla, y yo me desesperaba no pudiendo acudir. Al fin logré una
licencia a principios de Marzo y corrí a Cádiz. Lord Gray y yo
atravesamos la Cortadura precisamente el día del furioso temporal que
por muchos años dejó memoria en los gaditanos de aquel tiempo. Las olas
de fuera, agitadas por el Levante, saltaban por encima del estrecho
istmo para abrazarse con las olas de la bahía. Los bancos de arena eran
arrastrados y deshechos, desfigurando la angosta playa; el horroroso
viento se llevaba todo en sus alas veloces, y su ruido nos permitía
formar idea de las mil trompetas del Juicio, tocadas por los ángeles de
la justicia. Veinte buques mercantes y algunos navíos de guerra
españoles e ingleses estrelláronse aquel día contra la costa de
Poniente; y en el placer de Rota, la Puntilla y las rocas donde se
cimenta el castillo de Santa Catalina aparecieron luego muchos cadáveres
y los despojos de los cascos rotos y de las jarcias y árboles deshechos.

Lord Gray, contemplando por el camino tan gran desolación, el furor del
viento, los horrores del revuelto cielo, ora negro, ora iluminado por la
siniestra amarillez de los relámpagos, la agitación de las olas verdosas
y turbias, en cuyas cúspides, relucientes como filos de cuchillos, se
alcanzaban a ver restos de alguna nave que se hundía luego en los
cóncavos senos para reaparecer después; contemplando lord Gray, repito,
aquel desorden, no menos admirable que la armonía de lo creado, aspiraba
con delicia el aire húmedo de la tempestad y me decía:

--¡Cuán grato es a mi alma este espectáculo! Mi vida se centuplica ante
esta fiesta sublime de la Naturaleza, y se regocija de haber salido de
la nada, tomando la execrable forma que hoy tiene. Para esto te han
criado ¡oh mar! Escupe las naves comerciantes que te profanan, y prohíbe
la entrada en tus dominios al sórdido mercachifle, ávido de oro,
saqueador de los pueblos inocentes que no se han corrompido todavía y
adoran a Dios en el ara de los bosques. Este ruido de invisibles
montañas que ruedan por los espacios, chocándose y redondeándose como
los guijos que arrastra un río; estas lenguazas de fuego que lamen el
cielo y llegan a tocar el mar con sus afiladas puntas; este cielo que se
revuelca desesperado; este mar que anhela ser cielo, abandonando su
lecho eterno para volar; este hálito que nos arrastra, esta confusión
armoniosa, esta música, amigo, y ritmo sublime que lo llena todo,
encontrando eco en nuestra alma, me extasían, me cautivan, y con fuerza
irresistible me arrastran a confundirme con lo que veo... Esta
alteración se repite en mi alma; esta rabia y desesperado anhelo de
salir de su centro, propiedad es también de mi alma; este rumor, donde
caben todos los rumores de cielo y tierra, ha tiempo que también
ensordece mi alma; este delirio es mi delirio, y este afán con que
vuelan nubes y olas hacia un punto a que no llegan nunca, es mi propio
afán.

Yo pensé que estaba loco, y cuando le vi bajar del calesín, acercarse a
la playa e internarse por ella hasta que el agua le cubrió las botas,
corrí tras él lleno de zozobra, temiendo que en su enajenación se
arrojase, como había dicho, en medio de las olas.

--Milord--le dije--volvámonos al coche, pues no hay para qué convertirse
ahora en ola ni nube, como usted desea, y sigamos hacia Cádiz, que para
agua bastante tenemos con la que llueve, y para viento, harto nos azota
por el camino.

Pero él no me hacía caso, y empezó a gritar en su lengua. El calesero,
que era muy pillo, hizo gestos significativos para indicar que lord Gray
había abusado del Montilla; pero a mí me constaba que no lo había
probado aquel día.

--Quiero nadar--dijo lacónicamente lord Gray, haciendo ademán de
desnudarse.

Y al punto forcejeamos con él el calesero y yo, pues aunque sabíamos que
era gran nadador, en aquel sitio y hora no habría vivido diez minutos
dentro del agua. Al fin le convencimos de su locura, haciéndole volver a
la calesa.

--Contenta se pondría, milord, la señora de sus pensamientos si le viera
a usted con inclinaciones a matarse desde que suena un trueno.

Lord Gray rompió a reír jovialmente, y cambiando de aspecto y tono,
dijo:

--Calesero, apresura el paso, que deseo llegar pronto a Cádiz.

--El lamparín no quiere andar.

--¿Qué lamparín?

--El caballo. Le han salido callos en la jerraúra. <i>¡Ay sé!</i> Este
caballo es muy respetoso.

--¿Por qué?

--Muy respetoso con los amigos. Cuando se ve con Pelaítas, se hacen
cortesías y se preguntan cómo ha ido de viaje.

--¿Quién es Pelaítas?

--El violín del Sr. Poenco. <i>¡Ay sé!</i> Si usted le dice a mi caballo:
«vas a descansar en casa de Poenco, mientras tu amo come una aceituna y
bebe un par de copas», correrá tanto, que tendremos que darle palos para
que pare, no sea que con la fuerza del golpe abra un boquete en la
muralla de Puerta Tierra.

Gray prometió al calesero refrescarle en casa de Poenco, y al oír esto
¡parecía mentira!, el lamparín avivó el paso.

--Pronto llegaremos--dijo el inglés--. No sé por qué el hombre no ha
inventado algo para correr tanto como el viento.

--En Cádiz le aguarda a usted una muchacha bonita. No una, muchas tal
vez.

--Una sola. Las demás no valen nada, señor de Araceli... Su alma es
grande como el mar. Nadie lo sabe más que yo, porque en apariencia es
una florecita humilde que vive casi a escondidas dentro del jardín. Yo
la descubrí y encontré en ella lo que hombre alguno no supo encontrar.
Para mí solo, pues, relampaguean los rayos de sus ojos y braman las
tempestades de su pecho... Está rodeada de misterios encantadores, y las
imposibilidades que la cercan y guardan como cárceles inaccesibles más
estimulan mi amor... Separados nos oscurecemos; pero juntos llenamos
todo lo creado con las deslumbradoras claridades de nuestro pensamiento.

Si mi conciencia no dominara casi siempre en mí los arrebatos de la
pasión, habría cogido a lord Gray y le habría arrojado al mar... Hícele
luego mil preguntas, di vueltas y giros sobre el mismo tema para
provocar su locuacidad; nombré a innumerables personas, pero no me fue
posible sacarle una palabra más. Después de dejarme entrever un rayo de
su felicidad, calló y su boca cerrose como una tumba.

--¿Es usted feliz?--le dije al fin.

--En este momento sí--respondió.

Sentí de nuevo impulsos de arrojarle al mar.

--Lord Gray--exclamé súbitamente--¿vamos a nadar?

--¡Oh! ¿Qué es eso? ¿Usted también?

--¡Sí, arrojémonos al agua! Me pasa a mí algo de lo que a usted pasaba
antes. Se me ha antojado nadar.

--Está loco--contestó riendo y abrazándome--. No, no permito yo que tan
buen amigo perezca por una temeridad. La vida es hermosa, y quien
pensase lo contrario, es un imbécil. Ya llegamos a Cádiz. Tío Hígados,
eche aceite a la lamparilla, que ya estamos cerca de la taberna de
Poenco.

Al anochecer llegamos a Cádiz. Lord Gray me llevó a su casa, donde nos
mudamos de ropa, y cenamos después. Debíamos ir a la tertulia de doña
Flora, y mientras llegaba la hora, mi amigo, que quise que no, hubo de
darme nuevas lecciones de esgrima. Con estos juegos iba, sin pensarlo,
adiestrándome en un arte en el cual poco antes carecía de habilidad
consumada, y aquella tarde tuve la suerte de probar la sabiduría de mi
maestro dándole una estocada a fondo con tan buen empuje y limpieza, que
a no tener botón el estoque, hubiéralo atravesado de parte a parte.

--¡Oh, amigo Araceli!--exclamó lord Gray con asombro--. Usted adelanta
mucho. Tendremos aquí un espadachín temible. Luego, tira usted con mucha
rabia...

En efecto; yo tiraba con rabia, con verdadero afán de acribillarle.




V


Por la noche fuimos a casa de doña Flora; pero lord Gray, a poco de
llegar, despidiose diciendo que volvería. La sala estaba bien iluminada,
pero aún no muy llena de gente, por ser temprano. En un gabinete
inmediato aguardaban las mesas de juego el dinero de los apasionados
tertuliantes, y más adentro tres o cuatro desaforadas bandejas llenas de
dulces nos prometían agradable refrigerio para cuando todo acabase.
Había pocas damas, por ser costumbre en los saraos de doña Flora que
descollasen los hombres, no acompañados por lo general más que de una
media docena de beldades venerables del siglo anterior, que, cual
castillos gloriosos, pero ya inútiles, no pretendían ser conquistables
ni conquistadas. Amaranta representaba sola la juventud unida a la
hermosura.

Saludaba yo a la condesa, cuando se me acercó doña Flora, y
pellizcándome bonitamente con todo disimulo el brazo por punto cercano
al codo, me dijo:

--Se está usted portando, caballerito. Casi un mes sin parecer por aquí.
Ya sé que se divirtió usted en el puente de Suazo con las buenas piezas
que llevó allí el Sr. Poenco hace ocho días... ¡Bonita conducta! Yo
empeñada en apartarle a usted del camino de la perdición, y usted cada
vez más inclinado a seguir por él... Ya se sabe que la juventud ha de
tener sus trapicheos; pero los muchachos decentes y bien nacidos
desfogan sus pasiones con compostura, antes buscando el trato honesto de
personas graves y juiciosas que el de la gentezuela maja y tabernaria.

La condesa afectó estar conforme con la reprimenda y la repitió, dándola
más fuerza con sus irónicos donaires. Después, ablandándose doña Flora y
llevándome adentro, me dio a probar de unos dulces finísimos que no se
repartían sino entre los amigos de confianza. Cuando volvimos a la sala,
Amaranta me dijo:

--Desde que doña María y la marquesa decidieron que no viniera Inés,
parece que falta algo en esta tertulia.

--Aquí no hacen falta niñas, y menos la condesa de Rumblar, que con sus
remilgos impedía toda diversión. Nadie se había de acercar a la niña, ni
hablar con la niña, ni bailar con la niña, ni dar un dulce a la niña.
Dejémonos de niñas: hombres, hombres quiero en mi tertulia; literatos
que lean versos, currutacos que sepan de corrido las modas de París,
diaristas que nos cuenten todo lo escrito en tres meses por las
<i>Gacetas</i> de Amberes, Londres, Augsburgo y Rotterdam; generales que nos
hablen de las batallas que se van a ganar; gente alegre que hable mal de
la regencia y critique la cosa pública, ensayando discursos para cuando
se abran esas saladísimas Cortes que van a venir.

--Yo no creo que haya tales Cortes--dijo Amaranta--porque las Cortes no
son más que una cosa de figurón, que hace el rey para cumplir un antiguo
uso. Como ahora estamos sin rey...

--¿Pues no ha de haber? Nada; vengan esas Cortes. Cortes nos han
prometido, y Cortes nos han de dar. Pues poco bonito será este
espectáculo. Como que es un conjunto de predicadores, y no baja de ocho
a diez sermones los que se oyen por día, todos sobre la cosa pública,
amiga mía, y criticando, criticando, que es lo que a mí me gusta.

--Habrá Cortes--dije yo--porque en la Isla están pintando y arreglando
el teatro para salón de sesiones.

--¿Pero es en un teatro? Yo pensé que en una iglesia--dijo doña Flora.

--El estamento de próceres y clérigos se reunirá en una iglesia--indicó
Amaranta--y el de procuradores en un teatro.

--No, no hay más que un estamento, señoras. Al principio se pensó en
tres; pero ahora se ha visto que uno solo es más sencillo.

--Será el de la nobleza.

--No, hija, serán todos clérigos. Esto parece lo más propio.

--No hay más estamento que el de procuradores, en que entrarán todas las
clases de la sociedad.

--¿Y dices que están pintando el teatro?

--Sí, señora. Le han puesto unas cenefas amarillas y encarnadas que
hacen una vista así como de escenario de titiriteros en feria... En fin,
monísimo.

--Para esta festividad quiere sin duda el Sr. D. Pedro los cincuenta
uniformes amarillos y encarnados que le estamos haciendo, todos
galoneados de plata y cortados en forma que llaman de española antigua.

--Me temo mucho--dijo Amaranta riendo--que D. Pedro y otros tan
extravagantes y locos como él, pongan en ridículo a Cortes y
procuradores, pues hay personas que convierten en mojiganga todo aquello
en que ponen la mano.

--Ya principia a venir gente. Aquí está Quintana. También vienen Beña y
D. Pablo de Xérica.

Quintana saludó a mis dos amigas. Yo le había visto y oído hablar en
Madrid en las tertulias de las librerías, pero sin tener hasta entonces
el placer de tratar a poeta tan insigne. Su fama entonces era grande, y
entre los patriotas exaltados gozaba de mucha popularidad, conquistada
por sus artículos políticos y proclamas patrióticas. Era de fisonomía
dura y basta, moreno, con vivos ojos y gruesos labios, signo claro esto,
así como su frente lobulosa, de la viril energía de su espíritu. Reía
poco, y en sus ademanes y tono, lo mismo que en sus escritos, dominaba
la severidad. Tal vez esta severidad, más que propia, fuera atribuida y
supuesta por los que conocían sus obras, pues en aquella época ya habían
salido a luz las principales odas, las tragedias y algunas de las
<i>Vidas</i>; Píndaro, Tirteo y Plutarco a la vez, estaba orgulloso de su
papel, y este orgullo se le conocía en el trato.

Quintana era entusiasta de la causa española y liberal ardiente con
vislumbres de filósofo francés o ginebrino. Más beneficios recibió de su
valiente pluma la causa liberal que de la espada de otros, y si la
defensa de ciertas ideas, que él enaltecía con todas las galas del
estilo y todos los recursos de un talento superior y valiente cual
ninguno; si la defensa de ciertas ideas, repito, no hubiera corrido
después por cuenta de otras manos y de gárrulas plumas, diferente sería
hoy la suerte de España.

Más simpático en el trato que Quintana, por carecer de aquella
grandílocua y solemne severidad, era D. Francisco Martínez de la Rosa,
recién llegado entonces de Londres, y que no era célebre todavía más que
por su comedia <i>Lo que puede un empleo</i>, obra muy elogiada en aquellos
inocentes tiempos. Las gracias, la finura, la encantadora cortesía, la
amabilidad, el talento social sin afectación, amaneramiento ni empalago,
nadie lo tenía entonces, ni lo tuvo después, como Martínez de la Rosa.
Pero hablo aquí de una persona a quien todos han conocido, y a quien
vida tan larga no imprimió gran mudanza en genio y figura. Lo mismo que
le vieron ustedes hacia 1857, salvo el detrimento de los años, era
Martínez de la Rosa cuando joven. Si en sus ideas había alguna
diferencia, no así en su carácter, que fue en la forma festivamente
afable hasta la vejez, y en el fondo grave, entero y formal desde la
juventud.

No sé por qué me he ocupado aquí de este eminente hombre, pues la verdad
es que no concurrió aquella noche a la tertulia de doña Flora, que estoy
con mucho gusto describiendo.

Fueron, sí, como he dicho, Xérica y Beña, poetas menores de que me
acuerdo poco, sin duda porque su fama problemática y la mediocridad de
su mérito hicieron que no fijase mucho en ellos la atención. De quien me
acuerdo es de Arriaza, y no porque me fuera muy simpático, pues la
índole adamada y aduladora de sus versos serios y la mordacidad de sus
sátiras me hacían poca gracia, sino porque siempre le vi en todas
partes, en tertulias, cafés, librerías y reuniones de diversas clases.
Este llegó más tarde a la tertulia.

Después de los que he mencionado, vimos aparecer a un hombre como de
unos cincuenta años, flaco, alto, desgarbado y tieso. Tenía como D.
Quijote los bigotes negros, largos y caídos, los brazos y piernas como
palitroques, el cuerpo enjutísimo, el color moreno, el pelo entrecano,
aguileña la nariz, los ojos ya dulces, ya fieros, según a quien miraba,
y los ademanes un tanto embarazados y torpes. Pero lo más singular de
aquel singularísimo hombre era su vestido, a la manera de los de
Carnaval, consistente en pantalones a la turquesca, atacados a la
rodilla, jubón amarillo y capa corta encarnada o herreruelo, calzas
negras, sombrero de plumas como el de los alguaciles de la plaza de
toros y en el cinto un tremendo chafarote, que iba golpeando en el
suelo, y hacía con el ruido de las pisadas un compás triple, cual si el
personaje anduviese con tres pies.

Parecerá a algunos que es invención mía esto del figurón que pongo a los
ojos de mis lectores; pero abran la historia, y hallarán más al vivo que
yo lo hago pintadas las hazañas de un personaje, a quien llamo D. Pedro,
para no ridiculizar como él lo hizo, un título ilustre, que después han
llevado personas muy cuerdas. Sí; vestido estaba como he pintado, y no
fue él solo quien dio por aquel tiempo en la manía de vestir y calzar a
la antigua; que otro marqués, jerezano por cierto, y el célebre Jiménez
Guazo y un escocés llamado lord Downie, hicieron lo mismo; pero yo por
no aburrir a mis lectores presentándoles uno tras otro a estos tipos tan
característicos como extraños, he hecho con las personas lo que hacen
los partidos, es decir, una fusión, y me he permitido recoger las
extravagancias de los tres y engalanar con tales atributos a uno solo de
ellos, al más gracioso sin disputa, al más célebre de todos.

Al punto que entró D. Pedro, oyéronse estrepitosas risas en la sala;
pero doña Flora salió al punto a la defensa de su amigo, diciendo:

--No hay que criticarle, pues hace muy bien en vestirse a la antigua; y
si todos los españoles, como él dice, hicieran lo mismo, con la
costumbre de vestir a la antigua vendría el pensar a la antigua, y con
el pensar el obrar, que es lo que hace falta.

D. Pedro hizo profundas reverencias y se sentó junto a las damas, antes
satisfecho que corrido por el recibimiento que le hicieron.

--No me importan burlas de gente afrancesada--dijo mirando de soslayo a
los que le contemplábamos--ni de filosofillos irreligiosos, ni de ateos,
ni de francmasones, ni de <i>democratistas</i>, enemigos encubiertos de la
religión y del rey. Cada uno viste como quiere, y si yo prefiero este
traje a los franceses que venimos usando hace tiempo, y ciño esta espada
que fue la que llevó Francisco Pizarro al Perú, es porque quiero ser
español por los cuatro costados y ataviar mi persona según la usanza
española en todo el mundo, antes de que vinieran los franchutes con sus
corbatas, chupetines, pelucas, polvos, casacas de cola de abadejo y
demás porquerías que quitan al hombre su natural fiereza. Ya pueden los
que me escuchan reírse cuanto quieran del traje, si bien no lo harán de
la persona porque saben que no lo tolero.

--Está muy bien--dijo Amaranta--. Está muy bien ese traje, y sólo las
personas de mal gusto pueden criticarlo. Señores, ¿cómo quieren ustedes
ser buenos españoles sin vestir a la antigua?

--Pero señor marqués (D. Pedro era marqués, aunque me callo su
título)--dijo Quintana con benevolencia--¿por qué un hombre formal y
honrado como usted, se ha de vestir de esta manera, para divertir a los
chicos de la calle? ¿Ha de tener el patriotismo por funda un jubón, y no
ha de poder guarecerse en una chupa?

--Las modas francesas han corrompido las costumbres--repuso D. Pedro
atusándose los bigotes--y con las modas, es decir, con las pelucas y los
colores, han venido la falsedad del trato, la deshonestidad, la
irreligión, el descaro de la juventud, la falta de respeto a los
mayores, el mucho jurar y votar, el descoco e impudor, el atrevimiento,
el robo, la mentira, y con estos males los no menos graves de la
filosofía, el ateísmo, el democratismo, y eso de la soberanía de la
nación que ahora han sacado para colmo de la fiesta.

--Pues bien--repuso Quintana--si todos esos males han venido con las
pelucas y los polvos, ¿usted cree que los va a echar de aquí vistiéndose
de amarillo? Los males se quedarán en casa, y el señor marqués hará reír
a las gentes.

--Sr. D. Manolo, si todos fueran como usted que se empeña en combatir a
los franceses, imitándolos en usos y costumbres, lucidos estábamos.

--Si las costumbres se han modificado, ellas sabrán por qué lo han
hecho. Se lucha y se puede luchar contra un ejército por grande que sea;
pero contra las costumbres hijas del tiempo, no es posible alzar las
manos, y me dejo cortar las dos que tengo, si hay cuatro personas que le
imiten a usted.

--¿Cuatro?--exclamó con orgullo D. Pedro--. Cuatrocientas están ya
filiadas en la <i>Cruzada del obispado de Cádiz</i>, y aunque todavía no hay
uniformes para todos, ya cuento con cincuenta o sesenta, gracias al celo
de respetables damas, alguna de las cuales me oye. Y no nos vestimos
así, señores míos, para andar charlando en los cafés y metiendo bulla
por las calles, ni imprimiendo papeles que aumenten la desvergüenza e
irrespetuosidad del pueblo hacia lo más sagrado, ni para convocar Cortes
ni cortijos, ni para echar sermones a lo dómine Lucas, sino para salir
por esos campos hendiendo cabezas de filósofos y acuchillando enemigos
de la Iglesia y del rey. Ríanse del traje en buena hora, que en cuanto
sean despachados los mosquitos que zumban más allá del caño de
Sancti-Petri, volveremos acá y haremos que los redactores del <i>Semanario
Patriótico</i> se vistan de papel impreso, que es la moda francesa que más
les cuadra.

Dicho esto, D. Pedro celebró mucho con risas su propio chiste, y luego
tomó Beña la palabra para sostener la conveniencia de vestir a la
antigua. ¿Verdad que era graciosa la manía? Para que no se dude de mi
veracidad, quiero trasladar aquí un párrafo del <i>Conciso</i> que conservo
en la memoria:

«Otro de los medios indirectos--decía--pero muy poderoso, para renovar
el entusiasmo, sería volver a usar el antiguo traje español. No es
decible lo que esto podría influir en la felicidad de la nación. ¡Oh,
padres de la patria, diputados del augusto congreso! A vosotros dirijo
mi humilde voz: vosotros podéis renovar los días de nuestra antigua
prosperidad; vestíos con el traje de nuestros padres, y la nación entera
seguirá vuestro ejemplo».

Esto lo escribía poco después aquel mismo Sr. Beña, poeta de
circunstancias, a quien yo vi en casa de doña Flora. ¡Y recomendaba a
los padres de la patria que imitasen en su atavío al gran D. Pedro,
pasmo de los chicos y alboroto de paseantes! ¡Qué bonitos habrían estado
Argüelles, Muñoz Torrero, García Herreros, Ruiz Padrón, Inguanzo, Mejía,
Gallego, Quintana, Toreno y demás insignes varones, vestidos de
arlequines!

Y aquel Beña era liberal y pasaba por cuerdo; verdad es que los
liberales como los absolutistas, han tenido aquí desde el principio de
su aparición en el mundo ocurrencias graciosísimas.

Quintana preguntó a D. Pedro si la <i>Cruzada del obispado de Cádiz</i>
pensaba presentarse a las futuras Cortes en aquel talante el día de la
apertura.

--Yo no quiero nada con Cortes--repuso--. ¿Pero usted es de los bolos
que creen habrá tal novedad? La regencia está decidida a echar la tropa
a la calle para hacer polvo a los vocingleros que ahora no pueden
pasarse sin Cortes. ¡Angelitos! Déseles la novedad de este juguete para
que se diviertan.

--La regencia--repuso el poeta--hará lo que la manden. Callará y
aguantará. Aunque carezco de la perspicacia que distingue al señor D.
Pedro, me parece que la nación es algo más que el señor obispo de
Orense.

--Verdaderamente, Sr. D. Manuel--dijo Amaranta--eso de la soberanía de
la nación que han inventado ahora... anoche estaban explicándolo en casa
de la Morlá, y por cierto que nadie lo entendía; eso de la soberanía de
la nación si se llega a establecer va a traernos aquí otra revolución
como la francesa, con su guillotina y sus atrocidades. ¿No lo cree
usted?

--No, señora; no creo ni puedo creer tal cosa.

--Que pongan lo que quieran con tal que sea nuevo--dijo doña Flora--;
¿no es verdad, Sr. de Xérica?

--Justo, y afuera religión, afuera rey, afuera todo--vociferó D. Pedro.

--Denme trescientos años de soberanía, de la nación--dijo Quintana--y
veremos si se cometen tantos excesos, arbitrariedades y desafueros como
en trescientos años que no la ha habido. ¿Habrá revolución que contenga
tantas iniquidades e injusticias como el solo período de la privanza de
D. Manuel Godoy?

--Nada, nada, señores--dijo D. Pedro con ironía--. Si ahora vamos a
estar muy bien; si vamos a ver aquí el siglo de oro; si no va a haber
injusticias, ni crímenes, ni borracheras, ni miserias, ni cosa mala
alguna, pues para que nada nos falte, en vez de padres de la Iglesia;
tenemos periodistas; en vez de santos, filósofos; en vez de teólogos,
ateos.

--Justamente; el Sr. de Congosto tiene razón--replicó Quintana--. La
maldad no ha existido en el mundo hasta que no la hemos traído nosotros
con nuestros endiablados libros... Pero todo se va a remediar con
vestirnos de mojiganga.

--Pero en último resultado--preguntó la condesa--¿hay Cortes o no?

--Sí, señora, las habrá.

--Los españoles no sirven para eso.

--Eso no lo hemos probado.

--¡Ay, qué ilusión tiene usted, Sr. D. Manuel! Verá usted qué escenas
tan graciosas habrá en las sesiones... y digo graciosas por no decir
terribles y escandalosas.

--El terror y el escándalo no nos son desconocidos, señora, ni los
traerán por primera vez las Cortes a esta tierra de la paz y de la
religiosidad. La conspiración del Escorial, los tumultos de Aranjuez,
las vergonzosas escenas de Bayona, la abdicación de los reyes padres,
las torpezas de Godoy, las repugnantes inmoralidades de la última Corte,
los tratados con Bonaparte, los convenios indignos que han permitido la
invasión, todo esto, señora amiga mía, que es el colmo del horror y del
escándalo, ¿lo han traído por ventura las Cortes?

--Pero el rey gobierna, y las Cortes, según el uso antiguo, votan y
callan.

--Nosotros hemos caído en la cuenta de que el rey existe para la nación
y no la nación para el rey.

--Eso es--dijo D. Pedro--el rey para la nación, y la nación para los
filósofos.

--Si las Cortes no salen adelante--añadió Quintana--lo deberán a la
perfidia y mala fe de sus enemigos; pues estas majaderías de vestir a la
antigua y convertir en sainete las más respetables cosas, es vicio muy
común en los españoles de uno y otro partido. Ya hay quien dice que los
diputados deben vestirse como los alguaciles en día de pregón de Bula, y
no falta quien sostiene que todo cuanto se hable, proponga y discuta en
la Asamblea, debe decirse en verso.

--Pues de ese modo sería precioso--afirmó doña Flora.

--En efecto--dijo Amaranta--y como se reúnen en un teatro la ilusión
sería perfecta. Prometo asistir a la inauguración.

--Yo no faltaré. Sr. de Quintana, usted me proporcionará un palco o un
par de lunetas. ¿Y se paga, se paga?

--No, amiga mía--dijo Amaranta burlándose--. La nación enseña y pone al
público gratis sus locuras.

--Usted--le dijo Quintana sonriendo--será de nuestro partido.

--¡Ay, no, amigo mío!--repuso la dama--. Prefiero afiliarme a la <i>Cruzada
del obispado</i>. Me espantan los revolucionarios, desde que he leído lo
que pasó en Francia. ¡Ay, Sr. Quintana! ¡Qué lástima que usted se haya
hecho estadista y político! ¿Por qué no hace usted versos?

--No están los tiempos para versos. Sin embargo, ya usted ve cómo los
hacen mis amigos; Arriaza, Beña, Xérica, Sánchez Barbero no dejan
descansar a las prensas de Cádiz.

Beña y Xérica se habían apartado del grupo.

--¡Ay, amigo mío!, que no oiga yo aquello de

    ¡Oh! Velintón, nombre amable
    grande alumno del dios Marte.

--Es horrible la poesía de estos tiempos, porque los cisnes callan,
entristecidos por el luto de la patria, y de su silencio se aprovechan
los grajos para chillar. ¿Y dónde me deja usted aquello de

    Resuene el tambor;
    veloces marchemos...?

--Arriaza--indicó Quintana--ha hecho últimamente una sátira preciosa.
Esta noche la leerá aquí.

--Nombren al ruin...--dijo Amaranta, viendo aparecer en el salón al
poeta de los chistes.

--Arriaza, Arriaza--exclamaron diferentes voces salidas de distintos
lados de la estancia--. A ver, léanos usted la oda <i>A Pepillo</i>.

--Atención, señores.

--Es de lo más gracioso que se ha escrito en lengua castellana.

--Si el gran Botella la leyera, de puro avergonzado se volvería a
Francia.

Arriaza, hombre de cierta fatuidad, se gallardeaba con la ovación hecha
a los productos de su numen. Como su fuerte eran los versos de
circunstancias y su popularidad por esta clase de trabajos
extraordinaria, no se hizo de rogar, y sacando un largo papel, y
poniéndose en medio de la sala, leyó con muchísima gracia aquellos
versos célebres que ustedes conocerán y cuyo principio es de este modo:

«Al ínclito Sr. Pepe, Rey (en deseo) de las Españas y (en visión) de sus
Indias.

    Salud, gran rey de la rebelde gente,
    salud, salud, Pepillo, diligente
    protector del cultivo de las uvas
    y catador experto de las cubas».

    . . . . . . . . . . . . . . . .

A cada instante era el poeta interrumpido por los aplausos, las
felicitaciones, las alabanzas, y vierais allí cómo por arte mágico
habíanse confundido todas las opiniones en el unánime sentimiento de
desprecio y burla hacia nuestro rey pegadizo. Por instantes hasta el
gran D. Pedro y D. Manuel José Quintana parecieron conformes.

La composición de Pepillo corrió manuscrita por todo Cádiz. Después la
refundió su autor, y fue publicada en 1812.

Dividiose después la tertulia. Los políticos se agruparon a un lado, y
el atractivo de las mesas de juego llevó a la sala contigua a una buena
porción de los concurrentes. Amaranta y la condesa permanecieron allí, y
D. Pedro, como hombre galante no las dejaba de la mano.




VI


--Gabriel--me dijo Amaranta--es preciso que te decidas a trocar tu
uniforme a la francesa por este español que lleva nuestro amigo. Además,
la orden de la <i>Cruzada</i> tiene la ventaja de que cada cual se encaja
encima el grado que más le cuadra, como por ejemplo D. Pedro, que se ha
puesto la faja de capitán general.

En efecto, D. Pedro no se había andado con chiquitas para subirse por
sus propios pasos al último escalón de la milicia.

--Es el caso--dijo sin modestia el héroe--que necesita uno condecorarse
a sí propio, puesto que nadie se toma el trabajo de hacerlo. En cuanto a
la entrada de este caballerito en la orden, venga en buen hora; pero
sepa que los nuestros hacen vida ascética durmiendo en una tarima y
teniendo por almohada una buena piedra. De este modo se fortalece el
hombre para las fatigas de la guerra.

--Me parece muy bien--afirmó Amaranta--y si a esto añaden una comida
sobria, como por ejemplo, dos raciones de obleas al día, serán los
mejores soldados de la tierra. Ánimo, pues, Gabriel, y hazte caballero
del obispado de Cádiz.

--De buena gana lo haría, señores, si me encontrara con fuerzas para
cumplir las leyes de un instituto tan riguroso. Para esa <i>Cruzada</i> del
obispado se necesitan hombres virtuosísimos y llenos de fe.

--Ha hablado perfectamente--repuso con solemne acento D. Pedro.

--Disculpas, hijo--añadió Amaranta con malicia--. La verdadera causa de
la resistencia de este mozuelo a ingresar en la orden gloriosa es no
sólo la holgazanería, sino también que las distracciones de un amor tan
violento como bien correspondido, le tienen embebecido y trastornado. No
se permiten enamorados en la orden, ¿verdad, Sr. D. Pedro?

--Según y conforme--respondió el grave personaje tomándose la barba con
dos dedos y mirando al techo--. Según y conforme. Si los catecúmenos
están dominados por un amor respetuoso y circunspecto hacia persona de
peso y formalidad, lejos de ser rechazados, con más gusto son admitidos.

--Pues el amor de este no tiene nada de respetuoso--dijo Amaranta,
mirando con picaresca atención a doña Flora--. Mi amiga, que me está
oyendo, es testigo de la impetuosidad y desconsideración de este
violento joven.

D. Pedro fijó sus ojos en doña Flora.

--Por Dios, querida condesa--dijo esta--usted con sus imprudencias es la
que ha echado a perder a este muchacho, enseñándole cosas que aún no
está en edad de saber. Por mi parte la conciencia no me acusa palabra ni
acción que haya dado motivo a que un joven apasionado se extralimitase
alguna vez. La juventud, Sr. D. Pedro, tiene arrebatos; pero son
disculpables, porque la juventud...

--En una palabra, amiga mía--dijo Amaranta dirigiéndose a doña Flora--.
Ante una persona tan de confianza como el Sr. D. Pedro, puede usted
dejar a un lado el disimulo, confesando que las ternuras y patéticas
declaraciones de este joven no le causan desagrado.

--Jesús, amiga mía--exclamó mudando de color la dueña de la casa--, ¿qué
está usted diciendo?

--La verdad. ¿A qué andar con tapujos? ¿No es verdad, señor de Congosto,
que hago bien en poner las cosas en su verdadero lugar? Si nuestra amiga
siente una amorosa inclinación hacia alguien, ¿por qué ocultarlo? ¿Es
acaso algún pecado? ¿Es acaso un crimen que dos personas se amen? Yo
tengo derecho a permitirme estas libertades por la amistad que les tengo
a los dos, y porque ha tiempo que les vengo aconsejando se decidan a
dejar a un lado los misterios, secreticos y trampantojos que a nada
conducen, sí señor, y que por lo general suelen redundar en desdoro de
la persona. En cuanto a mi amiga, harto la he exhortado, condenando su
insistente celibato, y se me figura que al fin mis prédicas no serán
inútiles. No lo niegue usted. Su voluntad está vacilante, y en aquello
de si caigo o no caigo; de modo que si una persona tan respetable como
el Sr. D. Pedro uniera sus amonestaciones a las mías...

D. Pedro estaba verde, amarillo, jaspeado. Yo, sin decir nada, procuraba
al mismo tiempo que contenía la risa, corroborar con mis actitudes y
miradas lo que la condesa decía. Doña Flora, confundida entre la
turbación y la ira, miraba a Amaranta y al esperpento, y como viera a
este con el color mudado y los ojos chispeantes de enojo, turbose más y
dijo:

--Qué bromas tiene la condesa, Sr. D. Pedro ¿quiere usted tomar un
dulcecito?

--Señora--repuso con iracunda voz el estafermo--, los hombres como yo se
endulzan con acíbar la lengua, y el corazón con desengaños.

Doña Flora quiso reír, pero no pudo.

--Con desengaños, sí señora--añadió D. Pedro--, y con agravios recibidos
de quien menos debían esperarse. Cada uno es dueño de dirigir sus
impulsos amorosos al punto que más le conviene. Yo en edad temprana los
dirigí a una ingrata persona, que al fin... mas no quiero afear su
conducta, ni pregonar su deslealtad, y guardareme para mí solo las penas
como me guardé las alegrías. Y no se diga para disculpar esta
ingratitud, que yo falté una sola vez en veinticinco años al respeto, a
la circunspección, a la severidad que la cultura y dignidad de entrambos
me imponía, pues ni palabra incitativa pronunciaron mis labios, ni gesto
indecoroso hicieron mis manos, ni idea impúdica turbó la pureza de mi
pensamiento, ni nombré la palabra matrimonio, a la cual se asocian
imágenes contrarias al pudor, ni miré de mal modo, ni fijé los ojos en
las partes que la moda francesa tenía mal cubiertas, ni hice nada, en
fin, que pudiera ofender, rebajar o menoscabar el santo objeto de mi
culto. Pero ¡ay!, en estos tiempos corrompidos no hay flor que no se
aje, ni pureza que no se manche, ni resplandor que no se oscurezca con
alguna nubecilla. Está dicho todo, y con esto, señoras, pido a ustedes
licencia para retirarme.

Levantábase para partir, cuando doña Flora le detuvo diciendo:

--¿Qué es eso, Sr. D. Pedro? ¿Qué arrebato le ha dado? ¿Hace usted caso
de las bromas de Amaranta? Es una calumnia, sí señor, una calumnia.

--¿Pero qué es esto?--dijo Amaranta fingiendo la mayor estupefacción--.
¿Mis palabras han podido causar el disgusto del Sr. D. Pedro? Jesús,
ahora caigo en que he cometido una gran imprudencia. Dios mío, ¡qué daño
he causado! Sr. D. Pedro, yo no sabía nada, yo ignoraba... Desunir por
una palabra indiscreta dos voluntades... Este mozalbete tiene la culpa.
Ahora recuerdo que mi amiga le está recomendando siempre que le imite a
usted en las formas respetuosas para manifestar su amor.

--Y le reprendo sus atrevimientos--dijo doña Flora...

--Y le tira de las orejas cuando se extralimita de palabra u obra, y le
pellizca en el brazo cuando salen juntos a paseo.

--Señoras, perdónenme ustedes--dijo don Pedro--pero me retiro.

--¿Tan pronto?

--Amaranta con sus majaderías le ha amoscado a usted.

--Tengo que ir a casa de la señora condesa de Rumblar.

--Eso es un desaire, Sr. D. Pedro. Dejar mi casa por la de otra.

--La condesa es una persona respetabilísima que tiene alta idea del
decoro.

--Pero no hace vestidos para los <i>Cruzados</i>.

--La de Rumblar tiene el buen gusto de no admitir en su casa a los
politiquillos y diaristas que infestan a Cádiz.

--Ya.

--Allí no se juega tampoco. Allí no van Quintana el fatuo, ni Martínez
de la Rosa el pedante, ni Gallego el clerizonte ateo, ni Gallardo el
demonio filosófico, ni Arriaza el relamido, ni Capmany el loco, ni
Argüelles el jacobino, sino multitud de personas deferentes con la
religión y con el rey.

Y dicho esto, el estafermo hizo una reverencia que medio le descoyuntó,
marchándose después con paso reposado y ademán orgulloso.

--Amiga mía--dijo doña Flora--, ¡qué imprudente es usted! ¿No es verdad,
Gabriel, que ha sido muy imprudente?

--¡Ya lo creo; contarlo todo en sus propias barbas!

--Yo temblaba por ti, niñito, temiendo que te ensartara con el
chafarote.

--La condesa nos ha comprometido--afirmé con afectado enojo.

--Es un diablillo.

--Amiga mía--dijo Amaranta--, lo hice con la mayor inocencia. Después de
lo que he descubierto, me pongo de parte del desairado don Pedro. La
verdad, señora doña Flora; es una gran picardía lo que ha hecho usted.
Trocarle, después de veinticinco años, por este mozuelo sin
respetabilidad...

--Calle usted, calle usted, picaruela--repuso la dueña--. Por mi parte
ni a uno ni a otro. Si usted no hubiera incitado a este joven con sus
provocaciones...

--De aquí en adelante--dije yo--seré respetuoso, comedido y
circunspecto, como don Pedro.

Doña Flora me ofreció un dulce, pero viose obligada a poner punto en la
cuestión, porque otras damas, que como ella pertenecían a la clase de
plazas desmanteladas y con artillería antigua, intervinieron
inoportunamente en nuestro diálogo.

He referido la anterior burlesca escena, que parece insignificante y
sólo digna de momentánea atención, porque con ser pura broma, influyó
mucho en acontecimientos que luego contaré, proporcionándome sinsabores
y contrariedades. De este modo los más frívolos sucesos, que no parecen
tener fuerza bastante para alterar con su débil paso la serenidad de la
vida, la conmueven hondamente de súbito y cuando menos se espera.




VII


Poco después entró en la sala el memorable D. Diego, conde de Rumblar y
de Peña Horadada, y con gran sorpresa mía, ni saludó a la condesa, ni
esta tuvo a bien dirigirle mirada alguna. Reconociéndome al punto,
llegose a mí, y con la mayor afabilidad me saludó y felicitó por mi
rápido adelantamiento en la carrera de las armas, de que ya tenía
noticias. No nos habíamos visto desde mi aventura famosa en el palacio
del Pardo. Yo le encontré bastante desfigurado, sin duda por recientes
enfermedades y molestias.

--Aquí serás mi amigo, lo mismo que en Madrid--me dijo entrando juntos
en la sala de juego--. Si estás en la Isla, te visitaré. Quiero que
vengas a las tertulias de mi casa. Dime, cuando vienes a Cádiz, ¿paras
aquí en casa de la condesa?

--Suelo venir aquí.

--¿Sabes que mi parienta aprecia la lealtad de los que fueron sus
pajes?... Ya sabrás que de esta me caso.

--La condesa me lo ha dicho.

--La condesa ya no priva. Hay divorcio absoluto entre ella y los demás
de la familia... ¡oh!, ahora me acuerdo de cuando te encontramos en el
Pardo... Cuando le preguntaron a Amaranta que qué hacías allí, no supo
contestar. Lo que hacías, tú lo podrás decir... ¿Juegas, o no?

--Jugaremos.

--Aquí al menos se respira, chico. Vengo huyendo de las tertulias de mi
casa, que más que tertulias son un cónclave de clérigos, frailucos y
enemigos de la libertad. Allí no se va más que a hablar mal de los
periodistas y de los que quieren Constitución. No se juega, Gabriel, ni
se baila, ni se refresca, ni se hablan más que sosadas y boberías... De
todos modos, es preciso que vengas a mi casa. Mis hermanas me han dicho
que quieren conocerte; sí, me lo han dicho. Las pobres están muy
aburridas. Si no fuese porque lord Gray distrae un poco a las tres
muchachas... Vendrás a casa. Pero cuidado con echártela de liberal y de
jacobino. No abras la boca sino para decir mil pestes de las futuras
Cortes, de la libertad de la imprenta, de la revolución francesa, y ten
cuidado de hacer una reverencia cuando se nombre al rey, y de decir algo
en latín al modo de conjuro siempre que citen a Bonaparte, a Robespierre
o a otro monstruo cualquiera. Si así no lo haces, mi mamá te echará al
punto a la calle, y mis hermanas no podrán rogarte que vuelvas.

--Muy bien; tendré cuidado de cumplir el programa. ¿En dónde nos
veremos?

--Yo iré a la Isla o nos veremos aquí, aunque la verdad... Tal vez no
vuelva. Mi mamá me tiene prohibido poner los pies en esta casa. Vete a
la mía, y pregunta por tu amigo don Diego, el que ganó la batalla de
Bailén. Yo le he hecho creer a mi mamá que entre tú y yo ganamos aquella
célebre batalla.

--¿Y Santorcaz?

--En Madrid sigue de comisario de policía. Nadie le puede ver; pero él
se ríe de todos y cumple con su obligación. Con que juguemos. Yo voy al
caballo.

El juego, antes frío y mal sostenido por personas sin entusiasmo, se
animó con la presencia de Amaranta, que fue a poner su dinero en la
balanza de la suerte. Para que todo marchase a pedir de boca, llegó en
aquel crítico punto lord Gray, de quien dije había desaparecido al
comienzo de la tertulia. Como de costumbre, el espléndido inglés reclamó
para sí las preeminencias de banquero, y tallando él con serenidad,
apuntando nosotros con zozobra y emoción, le desvalijamos a toda prisa.
Sobre todo Amaranta y yo tuvimos una suerte loca. Doña Flora, por el
contrario, veía mermados con rapidez sus exiguos capitales y D. Diego se
mantuvo en tabla con vaivenes de desgracia y fortuna.

Indiferente a su ruina el inglés, más sacaba cuanto más perdía, y todo
lo que de sus bolsillos se trasegó al montón, venía después del montón a
visitar los míos, que se asombraban de una abundancia jamás por ellos
conocida. La función no concluyó sino cuando lord Gray no dio más de sí,
acabándose la tertulia. Los políticos, sin embargo, continuaban
disputando en la sala vecina, aun después de retirada la última moneda
de la mesa de juego.

Cuando salimos para continuar el monte en casa de lord Gray, D. Diego me
dijo:

--Mi mamá cree a estas horas que duermo como un talego. En casa nos
retiramos a las diez. Mi mamá, después de cenar, nos echa la bendición,
rezamos varias oraciones y nos manda a la cama. Yo me retiro a la
alcoba, fingiendo tener mucho sueño, apago la luz y cuando todo está en
silencio, escápome bonitamente a la calle. Muy de madrugada vuelvo, abro
mis puertas con llaves a propósito, y me meto en el lecho. Sólo mis
hermanitas están en el secreto y favorecen la evasión.

Lord Gray nos obsequió en su casa con una espléndida cena; sacamos luego
el libro de las cuarenta hojas y con sus textos pasamos febrilmente
entretenidos la noche. D. Diego en tabla, el inglés perdiendo las
entrañas, y yo ganando hasta que cansados los tres y siempre invariable
y terca la fortuna, dimos por terminada la partida. ¡Oh!, en los
gloriosos años de 1810, 1811 y 1812 se jugaba mucho, pero mucho.

Desde aquella noche no pude volver a Cádiz hasta la tarde del 28 de
Mayo, formando parte de las fuerzas que se enviaron para hacer los
honores a la Regencia, que al día siguiente debía instalarse en el
palacio de la Aduana. Esta ceremonia de la instalación fue muy divertida
y animada tanto el día 29 como el 30, por ser en este los de nuestro
señor rey D. Fernando VII. Cuando estábamos en la Aduana, haciendo
guardia de honor a la Regencia, reunida dentro en sesión solemne, oímos
decir que en aquel mismo día se presentarían en Cádiz al pie de cien
coraceros a la antigua que querían ofrecer sus respetos al poder
central. Al punto que tal oí, acordeme del insigne D. Pedro, y no dudé
que él fuese autor de la diversión que se nos preparaba.

Las doce serían, cuando una gran turba de chicos desembocando por las
calles de Pedro Conde y de la Manzana, anunció que algo muy
extraordinario y divertido se aproximaba; y con efecto, tras el infantil
escuadrón, que de mil diversos modos y con variedad de chillidos
manifestaba su regocijo, vierais allí aparecer una falange de cien a
caballo vestidos todos con el mismo traje amarillo y rojo que yo había
visto en las secas carnes del gran D. Pedro. Este venía delante con faja
de capitán general sobre el arlequinado traje, y tan estirado,
satisfecho y orgulloso, que no se cambiara por Godofredo de Bouillón
entrando triunfante en Jerusalén.

Ni él ni los demás llevaban corazas, pero sí cruces en el pecho; y en
cuanto a armas, cuál llevaba sable, cuál espadín de etiqueta. Como
diversión de Carnestolendas, aquello podía tolerarse; pero como <i>Cruzada
del obispado de Cádiz</i> para acabar con los franceses, era de lo más
grotesco que en los anales de la historia se puede en ningún tiempo
encontrar.

La multitud les victoreaba, por la sencilla razón de que se divertía;
ellos, con los aplausos, se creían no menos dignos de admiración que las
huestes de César o Aníbal; y por fortuna nuestra, desde el Puerto de
Santa María, donde estaban los franceses, no podía verse ni con
telescopio semejante fiesta, que si la vieran, de buena gana habrían
hecho más ruido las risas que los cañones.

Llegaron a la Aduana, pidió permiso el que los mandaba para entrar a
saludar a la Regencia, se lo negamos, creyendo que los de la Junta no
habrían perdido el juicio; insistió D. Pedro, golpeando el suelo con el
sable y profiriendo amenazas y bravatas; entramos a notificar a los
señores qué clase de estantiguas querían colarse en el palacio del
gobierno, y este al fin consintió en ser felicitado por los caballeros a
la antigua, temiendo despopularizarse si no lo hacía. ¡Debilidad propia
de autoridades españolas!

Entró, pues, Congosto, seguido de cinco de los suyos, escogidos entre
los más granados, atravesó el salón de corte, y al encarar con los de la
Regencia hizo una profunda cortesía, irguiose después, paseó su
orgullosa vista de un confín a otro de la sala, metió la mano en el
bolsillo de los gregüescos y con gran sorpresa de todos los que le
veíamos, sacó unos anteojos de gruesa armadura, que se caló sobre la
martilluda nariz. Tal facha y vestido con anteojos era de lo más
ridículo que puede imaginarse. Los de la Regencia fluctuaban entre el
enojo y la risa, y los extraños que presenciaban aquello, no disimulaban
su contento por disfrutar de escena tan chusca.

Luego que se ensartó los espejuelos y los acomodó bien, enganchados en
las orejas y apoyados en la nariz, metió la otra mano en el otro
bolsillo y saco un papel, ¡pero qué papel! Lo menos tenía una vara.
Todos creímos que sería un discurso; pero no, señores, eran unos versos.
Entonces, para hablar al Rey o al público o a las autoridades, privaban
los malos versos sobre la mala prosa. Desdobló, pues, el luengo papel,
tosió limpiando el gaznate, se atusó los largos bigotes, y con voz
cavernosa y retumbante dio principio a la lectura de una sarta de
endecasílabos cojos, mancos y lisiados, tan rematadamente malos como
obra que eran del mismo personaje que los leía. Siento no poder dar a
mis amigos una muestra de aquella literatura, porque ni se imprimieron
ni puedo recordarlos; pero si no la forma, tengo presente el sentido,
que se reducía a encomiar la necesidad de que todo el mundo se vistiera
a la antigua, único modo de resucitar el ya muerto y enterrado heroísmo
de los antiguos tiempos.

Durante la lectura había sacado D. Pedro la espada, y todas las frases
fuertes las acompañaba de tajos, mandobles y cuchilladas en el aire,
volteando el arma por encima de su cabeza, lo cual remató el grotesco
papel que estaba haciendo. Luego que acabara de leer los malhadados
versos, guardó el cartapacio, descolgó de la nariz los anteojos, y
envainando la espada, hizo otra profunda reverencia y salió del salón
seguido de los suyos.

¡Señores, que es verdad lo que digo! Me ofenden esas muestras de
incredulidad de los que me escuchan. Ábrase la historia, no las que
andan en manos de todos, sino otras algo íntimas, y que testigos
presenciales dictaron. Pues qué, ¿se ha olvidado ya la condición
sainetesca y un tanto arlequinada de nuestros partidos políticos en el
período de su incubación? Verdad purísima, santa verdad es lo que he
referido, aunque parece inverosímil, y aún me callo otras cositas por no
ofender el decoro nacional.

Después, la graciosa procesión recorrió las calles de Cádiz con grande
alegría de todo el pueblo, que se regocijaba con tal motivo
extraordinariamente, sin decidirse por eso a vestir a la antigua... ¡Tan
grande era su buen sentido! Los balcones y miradores se poblaban de
damas, y en la calle la multitud seguía a los cruzados. Sobre todo los
chicos tuvieron un día felicísimo. No faltó más para que aquello se
pareciese a la entrada de D. Quijote en Barcelona, sino que los
muchachos aplicaran a ciertas partes del caballo que montaba don Pedro
las célebres aliagas, y aun creo que algo de esto aconteció al fin del
triunfal paseo y cuando se volvían a la Isla.

Después del acontecimiento referido, ciertos sucesos tristísimos
determinan un paréntesis no corto en esta parte de la historia de mi
vida que voy refiriendo. El 1º de Junio sentíame enfermo y caí con la
fiebre amarilla, cual otros tantos que en aquella temporada fueron
víctimas del terrible tifus, con menos suerte que un servidor de
ustedes, el cual escapó de las garras de la muerte, después de verse en
estado tal que vislumbraba los horizontes del otro mundo.

Mi mal (ya me había atacado en la niñez con distinto carácter) no fue
muy largo. Yo estaba en la Isla. Asistiéronme mis amigos cariñosamente;
visitábame lord Gray todos los días, y Amaranta y doña Flora hicieron
largas guardias y vigilias en la cabecera de mi lecho. Cuando me vieron
fuera de peligro las dos lloraban de alegría.

Durante la convalecencia, D. Diego fue a visitarme, y me dijo:

--Mañana mismo vendrás a mi casa. Mis hermanas y mi novia me preguntan
por ti todos los días. ¡Qué susto se han llevado!

--Iré mañana--le respondí.

Pero yo estaba muy lejos de esperar la orden militar e inapelable que
por algún tiempo me desterrara de mi ciudad querida. Es el caso que D.
Mariano Renovales, aquel soldado atrevido que tan heroicas hazañas
realizó en Zaragoza, fue destinado a mandar una expedición que debía
salir de Cádiz para desembarcar en el Norte. Renovales era un hombre muy
bravo; pero con esta bravura salvaje de nuestros grandes hombres de
guerra: valor desnudo de conocimientos militares y de todos los demás
talentos que enaltecen al buen general. Había publicado el guerrillero
una proclama extravagantísima, en cuya cabeza se veía un grabado
representando a Pepe Botellas cayéndose de borracho y con un jarro de
vino en la mano, y el estilo del tal documento correspondía a lo innoble
y ridículo de la estampa. Sin embargo, por esto mismo le elogiaron mucho
y le dieron un mando. ¡Achaques de España! Estos majaderos suelen hacer
fortuna.

Pues señor, como decía, diose a Renovales un pequeño cuerpo de ejército,
y en este cuerpo de ejército me incluyeron a mí, obligándome, casi
enfermo todavía, a seguir al loco guerrillero en su más loca expedición.
Obedecí y embarqueme con él, despidiéndome de mis amigos. ¡Oh, qué
aventura tan penosa, tan desairada, tan funesta, tan estéril! Fiad
empresas delicadas a hombres ignorantes y populacheros que no tienen más
cualidad que un valor ciego y frenético.

No quiero contar los repetidos desastres de la expedición. Sufrimos
tempestades, aguantamos todo género de desdichas, y para colmo de
desgracia, lejos de hacer cosa alguna de provecho, parte de las tropas
desembarcadas en Asturias cayeron en poder de los franceses. Gracias
dimos a Dios los pocos que después de tres meses y medio de angustiosas
penas, pudimos regresar a Cádiz, avergonzados por el infausto éxito de
la aventura. Yo comparé a mis compañeros de entonces con los individuos
de la <i>Cruzada</i> en la falta de sentido común.

Regresamos a Cádiz. Algunos fueron a recibirnos con júbilo creyendo que
volvíamos cubiertos de gloria, y en breves palabras contamos lo
ocurrido. La gente entusiasta y patriotera no quería creer que el
valiente Renovales fuese un majadero. Por desgracia, de esta clase de
héroes hemos tenido muchos.

Luego que descansamos un poco, después de poner el pie en tierra, fuimos
a presentarnos a las autoridades de la Isla. Era el 24 de Setiembre.




VIII


Una gran novedad, una hermosa fiesta había aquel día en la Isla.
Banderolas y gallardetes adornaban casas particulares y edificios
públicos, y endomingada la gente, de gala los marinos y la tropa, de
gala la Naturaleza a causa de la hermosura de la mañana y esplendente
claridad del sol, todo respiraba alegría. Por el camino de Cádiz a la
Isla no cesaba el paso de diversa gente, en coche y a pie; y en la plaza
de San Juan de Dios los caleseros gritaban, llamando viajeros:--¡A las
Cortes, a las Cortes!

Parecía aquello preliminar de función de toros. Las clases todas de la
sociedad concurrían a la fiesta, y los antiguos baúles de la casa del
rico y del pobre habíanse quedado casi vacíos. Vestía el poderoso
comerciante su mejor paño, la dama elegante su mejor seda, y los
muchachos artesanos, lo mismo que los hombres del pueblo, ataviados con
sus pintorescos trajes salpicaban de vivos colores la masa de la
multitud. Movíanse en el aire los abanicos, reflejando en mil rápidos
matices la luz del sol, y los millones de lentejuelas irradiaban sus
esplendores sobre el negro terciopelo. En los rostros había tanta
alegría, que la muchedumbre toda era una sonrisa, y no hacía falta que
unos a otros se preguntasen a dónde iban, porque un zumbido perenne
decía sin cesar:--¡A las Cortes, a las Cortes!

Las calesas partían a cada instante. Los pobres iban a pie, con sus
meriendas a la espalda y la guitarra pendiente del hombro. Los chicos de
las plazuelas, de la Caleta y la Viña, no querían que la ceremonia
estuviese privada del honor de su asistencia, y arreglándose sus
andrajos, emprendían con sus palitos al hombro el camino de la Isla,
dándose aire de un ejército en marcha, y entre sus chillidos y bufidos y
algazara se distinguía claramente el grito general:--¡A las Cortes, a las
Cortes!

Tronaban los cañones de los navíos fondeados en la bahía; y entre el
blanco humo las mil banderas semejaban fantásticas bandadas de pájaros
de colores arremolinándose en torno a los mástiles. Los militares y
marinos en tierra ostentaban plumachos en sus sombreros, cintas y
veneras en sus pechos, orgullo y júbilo en los semblantes. Abrazábanse
paisanos y militares congratulándose de aquel día, que todos creían el
primero de nuestro bienestar. Los hombres graves, los escritores y
periodistas, rebosaban satisfacción, dando y admitiendo plácemes por la
aparición de aquella gran aurora, de aquella luz nueva, de aquella
felicidad desconocida que todos nombraban con el grito placentero
de:--¡Las Cortes, las Cortes!

En la taberna del Sr. Poenco no se pensaba más que en libaciones en
honor del gran suceso. Los majos, contrabandistas, matones, chulos,
picadores, carniceros y chalanes, habían diferido sus querellas para que
la majestad de tan gran día no se turbara con ataques a la paz, a la
concordia y buena armonía entre los ciudadanos. Los mendigos abandonaron
sus puestos corriendo hacia la Cortadura que se inundó de mancos, cojos
y lisiados, ganosos de recoger abundante cosecha de limosnas entre la
mucha gente, y enseñando sus llagas, no pedían en nombre de Dios y la
caridad, sino de aquella otra deidad nueva y santa y sublime,
diciendo:--¡Por las Cortes, por las Cortes!

Nobleza, pueblo, comercio, milicia, hombres, mujeres, talento, riqueza,
juventud, hermosura, todo, con contadas excepciones, concurrió al gran
acto, los más por entusiasmo verdadero, algunos por curiosidad, otros
porque habían oído hablar de las Cortes y querían saber lo que eran. La
general alegría me recordó la entrada de Fernando VII en Madrid en Abril
de 1808, después de los sucesos de Aranjuez.

Cuando llegué a la Isla, las calles estaban intransitables por la mucha
gente. En una de ellas la multitud se agolpaba para ver una procesión.
En los miradores apenas cabían los ramilletes de señoras; clamaban a voz
en grito las campanas y gritaba el pueblo, y se estrujaban hombres y
mujeres contra las paredes, y los chiquillos trepaban por las rejas, y
los soldados formados en dos filas pugnaban por dejar el paso franco a
la comitiva. Todo el mundo quería ver, y no era posible que vieran
todos.

Aquella procesión no era una procesión de santas imágenes, ni de reyes
ni de príncipes, cosa en verdad muy vista en España para que así llamara
la atención: era el sencillo desfile de un centenar de hombres vestidos
de negro, jóvenes unos, otros viejos, algunos sacerdotes, seglares los
más. Precedíales el clero con el infante de Borbón de pontifical y los
individuos de la Regencia, y les seguía gran concurso de generales,
cortesanos antaño de la corona y hoy del pueblo, altos empleados,
consejeros de Castilla, próceres y gentileshombres, muchos de los cuales
ignoraban qué era aquello.

La procesión venía de la iglesia mayor donde se había dicho solemne misa
y cantado un <i>Te Deum</i>. El pueblo no cesaba de gritar <i>¡Viva la
nación!</i>, como pudiera gritar ¡viva el rey!, y un coro que se había
colocado en cierto entarimado detrás de una esquina entonó el himno, muy
laudable sin duda, pero muy malo como poesía y música; que decía:

     Del tiempo borrascoso
    que España está sufriendo
    va el horizonte viendo
    alguna claridad.
     La aurora son las Cortes
    que con sabios vocales
    remediarán los males
    dándonos libertad.

El músico había sido tan inhábil al componer el discurso musical, y tan
poco conocía el arte de las cadencias, que los cantantes se veían
obligados a repetir cuatro veces <i>que con sabios, que con sabios</i>, etc.
Pero esto no quita su mérito a la inocente y espontánea alegría popular.

Cuando pasó la comitiva encontré a Andrés Marijuán, el cual me dijo:

--Me han magullado un brazo dentro de la iglesia. ¡Qué gentío! Pero me
propuse ver todo y lo vi. Lindísimo ha estado.

--¿Pero ya empezaron los discursos?

--Hombre no. Dijo una misa muy larga el cardenal narigudo, y luego los
regentes tomaron juramento a los procuradores, diciéndoles:--¿Juráis
conservar la religión católica? ¿Juráis conservar la integridad de la
nación española? ¿Juráis conservar en el trono a nuestro amado rey D.
Fernando? ¿Juráis desempeñar fielmente este cargo?, a lo cual ellos iban
contestando que sí, que sí y que sí. Después echaron un golpe de órgano
y canto llano y se acabó. Gabriel, a ver si podemos entrar en el salón
de sesiones.

Yo no creí prudente intentarlo; pero fui hacia allá, codeando a diestro
y siniestro, cuando al llegar junto al teatro, ante cuyas puertas se
agolpaban masas de gente y no pocos coches, sentí que vivamente me
llamaban, diciendo:--Gabriel, Araceli, Gabriel, señor D. Gabriel, Sr. de
Araceli.

Miré a todos lados, y entre el gentío vi dos abanicos que me hacían
señas y dos caras que me sonreían. Eran las de Amaranta y doña Flora. Al
punto me uní a ellas, y después que me saludaron y felicitaron
cariñosamente por mi feliz llegada, Amaranta dijo:

--Ven con nosotras, tenemos papeletas para entrar en la galería
reservada.

Subimos todos, y por la escalera pregunté a la condesa si algún
acontecimiento había modificado la situación de nuestros asuntos,
durante mi ausencia, a lo que me contestó:

--Todo sigue lo mismo. La única novedad es que mi tía padece ahora un
reumatismo que la tiene baldada. Doña María la domina completamente y es
quien manda en la casa y quien dispone todo... No he podido ni una vez
sola ver a Inés, ni ellas salen a la calle, ni es posible escribirle. Yo
esperaba con ansia tu llegada, porque D. Diego prometió llevarte allá.
Cuando vayas espero grandes resultados de tu celosa tercería. A lord
Gray no hay quien le saque una palabra; pero los indicios de lo que te
dije aumentan. Por la criada sabemos que doña María está con una oreja
alta y otra baja, y que el mismo D. Diego, con ser tan estúpido, lo ha
descubierto y rabia de celos. Mañana mismo es preciso que vayas allá,
aunque yo dudo mucho que la de Rumblar quiera recibirte.

No hablamos más del asunto porque el Congreso Nacional ocupó toda
nuestra atención. Estábamos en el palco de un teatro; a nuestro lado en
localidades iguales veíamos a multitud de señoras y caballeros, a los
embajadores y otros personajes. Abajo en lo que llamamos patio, los
diputados ocupaban sus asientos en dos alas de bancos: en el escenario
había un trono, ocupado por un obispo y cuatro señores más y delante los
secretarios del despacho. Poco habían unos y otros calentado los
asientos, cuando los de la Regencia se levantaron y se fueron como
diciendo: «Ahí queda eso».

--Esta pobre gente--me dijo Amaranta--no sabe lo que trae entre manos.
Mírales cómo están desconcertados y aturdidos sin saber qué hacer.

--Se ha marchado el venerable obispo de Orense--dijo doña Flora--. Por
ahí se susurra que no le hacen maldita gracia las dichosas Cortes.

--Por lo que oigo, están eligiendo quien las presida--dije--. Hay aquí
un traer y llevar de papeletas que es señal de votación.

--Buenas cosas vamos a ver hoy aquí--añadió Amaranta con el regocijo que
da la esperanza de una diversión.

--Yo lo que quiero es que prediquen pronto--añadió doña Flora--.
Prontito, señores. Veo que hay muchos clérigos, lo cual es prueba de que
no faltarán picos de oro.

--Pero estos clérigos filósofos son torpes de lengua--afirmó Amaranta--.
Aquí hablarán más los seglares, y será tal el barullo, que veremos
escenas tan graciosas como las de un concejo de pueblo con fuero. Amiga,
preparémonos a reír.

--Ya parece que tienen presidente. Oigamos lo que lee aquel caballerito
que está en el escenario y que parece un mal actor que no sabe el papel.

--Está conmovido por la majestad del acto--repuso Amaranta--. Me parece
que estos señores darían algo ahora porque les mandasen a sus casas.
Verdaderamente las fachas no son malas.

--Desde aquí veo al vizconde de Matarrosa--indicó doña Flora--. Es aquel
mozalbete rubio. Le he visto en casa de Morlá, y es chico despejado...
Como que sabe inglés.

--Ese angelito debiera estar mamando, y le van a dispensar la edad para
que sea diputado--repuso la condesa--. Como que no tiene más años que
tú, Gabriel. Vaya unos legisladores que nos hemos echado. Aquí tenemos
Solones de veinte abriles.

--Querida condesa--dijo la otra--desde aquí veo todas las narices y toda
la boca de D. Juan Nicasio Gallego. Está abajo entre los diputados.

--Sí, allí está. De un bocado se tragará Cortes y Regencia. Es el hombre
de mejores ocurrencias que he visto en mi vida, y de seguro ha venido
aquí a reírse de sus compañeros de procuraduría. ¿No es aquel que está a
su lado D. Antonio Capmany? ¡Miren qué facha! No se puede estar quieto
un instante y baila como una ardilla.

--Ese que se sienta en este momento es Mejía.

--También veo la cara seráfica de Agustinito Argüelles. Dicen que este
predica muy bien. ¿Ve usted a Borrull? Cuentan que este no quiere
Cortes. Pero empiece de una vez la función ¡qué pesados son!

--Aquí como no se paga la entrada, no hay derecho a impacientarse.

--Ya está dispuesta la presidencia. ¿Tocarán un pito para empezar?

--Yo tengo una curiosidad por oír lo que digan...

--Y yo.

--Será un disputar graciosísimo--dijo Amaranta--porque cada cual pedirá
esto y lo otro y lo de más allá.

--Conque salga uno diciendo: «Yo quiero tal cosa», y otro responda:
«Pues no me da la gana», se animará esta desabrida reunión.

--¡Cuándo las habrán visto más gordas! Será gracioso oír a los clérigos
gritar: «Fuera los filósofos», y a los seglares: «Fuera los curas». Veo
con sorpresa que el presidente no tiene látigo.

--Es que guardarán las formas, amiga mía.

--¿En dónde han aprendido ellos a guardar formas?

--Silencio, que va a hablar un diputado.

--¿Qué dirá? Nadie lo entiende.

--Se vuelve a sentar.

--En el escenario hay uno que lee.

--Se levantarán algunos de sus asientos.

--Ya. Acaban de decir que quedan enterados.

--Nosotros también. Tanto ruido para nada.

--Silencio, señores, que vamos a oír un discurso.

--¡Un discurso! Oigamos. ¡Qué ruido en los palcos!

Si no calla el público, el presidente mandará bajar el telón.

--¿Es aquel clérigo que está allí enfrente quien va a hablar?

--Se ha levantado, se arregla el solideo, echa atrás la capa. ¿Le conoce
usted?

--Yo no.

--Ni yo. Oigamos qué dice.

--Dice que sería prudente adoptar una serie de proposiciones que tiene
escritas en un papelito.

--Bueno: léanos usted ese papelito, señor cura.

--Parece que hablará primero.

--¿Pero quién es?

--Parece un santo varón.

En los palcos inmediatos corría de boca en boca un nombre que llegó
hasta el nuestro. El orador era D. Diego Muñoz Torrero.

Señores oyentes o lectores, estas orejas mías oyeron el primer discurso
que se pronunció en asambleas españolas en el siglo XIX. Aún retumba en
mi entendimiento aquel preludio, aquella voz inicial de nuestras glorias
parlamentarias, emitida por un clérigo sencillo y apacible, de ánimo
sereno, talento claro, continente humilde y simpático. Si al principio
los murmullos de arriba y abajo no permitían oír claramente su voz, poco
a poco fueron acallándose los ruidos y siguió claro y solemne el
discurso. Las palabras se destacaban sobre un silencio religioso,
fijándose de tal modo en la mente que parecían esculpirse. La atención
era profunda, y jamás voz alguna fue oída con más respeto.

--¿Sabe usted, amiga mía--dijo en un momento de descanso doña Flora--que
este cleriguito no lo hace mal?

--Muy bien. Si todos hablaran así, esto no sería malo. Aún no me he
enterado bien de lo que propone.

--Pues a mí me parece todo lo que ha dicho muy puesto en razón. Ya
sigue. Atendamos.

El discurso no fue largo, pero sí sentencioso, elocuente y erudito. En
un cuarto de hora Muñoz Torrero había lanzado a la faz de la nación el
programa del nuevo gobierno, y la esencia de las nuevas ideas. Cuando la
última palabra expiró en sus labios, y se sentó recibiendo las
felicitaciones y los aplausos de las tribunas, el siglo décimo octavo
había concluido.

El reloj de la historia señaló con campanada, no por todos oída, su
última hora, y realizose en España uno de los principales dobleces del
tiempo.




IX


--Atención, que van a leer el papelito.

D. Manuel Luxán leyó.

--¿Se ha enterado usted, amiga doña Flora?

--¿Acaso soy sorda? Ha dicho que en las Cortes reside la <i>Soberanía de
la Nación</i>.

--Y que reconocen, proclaman y juran por rey a Fernando VII...

--Que quedan separadas las tres potestades... no sé qué terminachos ha
dicho.

--Que la Regencia que representa al Rey o sea poder ejecutivo preste
juramento.

--Que todos deben mirar por el bien del Estado. Eso es lo mejor, y con
decirlo, sobraba lo demás.

--Ahora se levanta gran tumulto entre ellos, amiga mía.

--Van a disputar sobre eso. Pues no levantará mal cisco el cleriguito.
¿Cómo se llama?...

--D. Diego Muñoz Torrero.

--Parece que vuelve a hablar.

En efecto, Muñoz Torrero pronunció un segundo discurso en apoyo de sus
proposiciones.

--Ahora me ha gustado más, mucho más, señora condesa--dijo la de
Cisniega--. A este hombre le haría yo obispo. ¿No es justo y razonable
lo que ha dicho?

--Sí, que las Cortes mandan y el rey obedece.

--De modo, que según la <i>Soberanía de la Nación</i>, el gobierno del reino
está dentro de este teatro.

--Ahora le toca a Argüelles, amiga mía. Lo que me gusta es que todos
dicen que están de acuerdo. ¿Para cuándo dejan el disputar?

--Al principio todo es mieles. Repare usted que estamos en el primer
acto.

--Ahora habla Argüelles.

--¡Oh, qué bien! ¿Ha conocido usted muchos predicadores que se expresen
con esa elegancia, esa soltura, esa majestad, ese elevado tono, el cual
nos sorprende y embelesa de tal modo que no podemos apartar la atención
del orador, encantándose igualmente con su presencia y voz, la vista y
el oído?

--¡Cosa incomparable es esta!--expresó con entusiasmo doña Flora--. Diga
usted lo que quiera, han hecho muy bien en traer a España esta novedad.
Así todas las picardías que cometan en el gobierno se harán públicas, y
el número de los tunantes tendrá que ser menor.

--Sospecho que esto va a ser más brillante que útil--repuso la
condesa--. Oradores creo que no faltarán. Hoy todos han hablado bien;
¿pero acaso es tan fácil la obra como la palabra?

Y de este modo iban comentando los discursos que sucedieron al de Muñoz
Torrero, los cuales alargaban tanto la sesión, que bien pronto se hizo
de noche y el teatro fue encendido. No por la tardanza se cansaron las
dos damas, quienes, como el resto de la concurrencia, permanecieron en
sus asientos hasta entrada la noche, gozando de un espectáculo que hoy a
pocos cautiva por ser muy común, pero que entonces se presentaba a la
imaginación con los mayores atractivos. Los discursos de aquel día
memorable dejaron indeleble impresión en el ánimo de cuantos los
escucharon. ¿Quién podría olvidarlos? Aún hoy, después que he visto
pasar por la tribuna tantos y tan admirables hombres, me parece que los
de aquel día fueron los más elocuentes, los más sublimes, los más
severos, los más superiores entre todos los que han fatigado con sus
palabras la atención de la madre España. ¡Qué claridad la de aquel día!
¡Qué oscuridades después, dentro y fuera de aquel mismo recinto, unas
veces teatro, otras iglesia, otras sala, pues la soberanía de la nación
tardó mucho en tener casa propia! Hermoso fue tu primer día, ¡oh, siglo!
Procura que sea lo mismo el último.

Ya avanzada la noche, corrió un rumor por las tribunas. Los regentes
iban a jurar, obligados a ello por las Cortes. Era aquello el primer
golpe de orgullo de la recién nacida soberanía, anhelosa de que se le
hincaran delante los que se conceptuaban reflejo del mismo Rey. En los
palcos unos decían: «Los regentes no juran»: y otros: «Vaya si jurarán».

--Yo creo que unos jurarán y otros no--dijo Amaranta--. Ellos han
intentado tener de su parte el pueblo y la tropa; pero no han encontrado
simpatías en ninguna parte. Los que tengan un poco de valor, mandarán a
las Cortes a paseo. Los débiles se arrastrarán en ese escenario, donde
me parece que resuena todavía la voz del gracioso Querol y de la
Carambilla, y besarán el escabel donde se sienta ese vejete verde, que
es, si no me engaño, don Ramón Lázaro de Dou.

--¡Que juren! Con eso no habrá conflictos. Parece que hay tumulto abajo.

--Y también arriba, en el paraíso. El pueblo cree que está viendo
representar el sainete de Castillo <i>La casa de vecindad</i>, y quiere tomar
parte en la función. ¿No es verdad, Araceli?

--Sí señora. Ese nuevo actor que se mete donde no le llaman, dará
disgustos a las Cortes.

--El pueblo quiere que juren--dijo Flora.

--Y querrá también que se les ponga una soga al cuello y se les cuelgue
de las bambalinas.

--Y fuera también hay marejadita.

--Me parece que esos que han entrado en el escenario son los regentes.

--Los mismos. ¿No ve usted a Castaños, al viejo Saavedra?

--Detrás vienen Escaño y Lardizábal.

--¡Cómo!--exclamó la condesa con asombro--. ¿También jura Lardizábal?
Ese es el más orgulloso enemigo de las Cortes, y andaba por ahí diciendo
a todo el mundo que él se guardaría las Cortes en el bolsillo.

--Pues parece que jura.

--Ya no hay vergüenza en España... Pero no veo al obispo de Orense.

--El obispo de Orense no jura--murmuraron las tribunas en rumoroso coro.

Y en efecto, el obispo de Orense no juró. Hiciéronlo humildemente los
otros cuatro, con mala gana sin duda. La opinión pública en general
estaba muy pronunciada contra ellos. Levantose la sesión, y salimos
todos, oyendo a nuestro paso las opiniones del público sobre el suceso
que había puesto fin al solemne día. Casi todos decían:

--¡Ese testarudo vejete no ha querido jurar! Pero el juramento con
sangre entra.

--Que lo cuelguen. No acatar el decreto que se llamará de 24 de
Setiembre, es dar a entender que las Cortes son cosa de broma.

--Yo me quitaba de cuentos, y al que no bajara la cabeza, le mandaría
prender, y después...

--Si esos señores no quieren más que gobierno absoluto...

En cambio otros, los menos por cierto, se expresaban así:

--¡Magnífico ejemplo de dignidad ha dado el obispo a sus compañeros!
Humillar el poder real ante cuatro charlatanes...

--Veremos quién puede más--decían unos.

--Veremos quién más puede--respondían los otros.

Los dos bandos que habían nacido años antes y crecían lentamente, aunque
todavía débiles, torpes y sin brío, iban sacudiendo los andadores,
soltaban el pecho y la papilla y se llevaban las manos a la boca,
sintiendo que les nacían los dientes.




X


Despedime de Amaranta y su amiga, prometiendo visitarlas al día
siguiente, como en efecto lo hice. En un café de Cádiz juntóseme D.
Diego, quien al punto renovó sus promesas de llevarme a la casa materna,
en lo cual le di tanta prisa, que fijamos para el próximo día la visita.
También hice una a lord Gray, al cual hallé sin variación alguna, y como
le dijese que yo pensaba ir a casa de doña María, se sorprendió,
asegurándome después que él iba todas las noches.

Cuando llegó el anochecer del día indicado, fuimos Rumblar y yo, previa
repetición de las advertencias que el caso requería.

--Ten mucho cuidado--me dijo--de fingirte mojigato, si no quieres que te
echen a la calle. Mis hermanas, a quien dije que estabas aquí, desean
que vayas; pero no te la eches de galante con ellas. Mucho cuidado con
aludir a mis salidas de noche, porque lo hago a escondidas de mi señora
mamá. A los señores que veas allí, trátales cual si fueran lumbreras de
la patria y prodigios de talento y virtudes. En fin, confío en tu buen
sentido.

Llegamos a la casa, que estaba en la calle de la Amargura y era de
hermosa apariencia. Vivía en el piso alto la de Leiva y en el principal
la de Rumblar, quien por el reciente reumatismo de su ilustre parienta,
ejercía el cargo de jefe y director supremo de la familia con toda la
extensión propia de su carácter. Al entrar y subir detúvonos un lejano y
solemne rumor de rezos, y D. Diego dijo:

--Aguardemos aquí; que están rezando el rosario con Ostolaza, Tenreyro y
D. Paco. A este ya le conoces. Los otros son diputados, que vienen aquí
todas las noches.

Mientras aguardábamos observé la casa, que era alegre y bonita como
todas las de Cádiz. Espaciosas vidrieras cerraban el corredor por el
patio, y en las paredes no se veía un palmo de superficie desocupado de
cuadros al óleo, representando asuntos diversos, y confundidos los
religiosos con los profanos. Al fin, concluido el rezo, tuve el honor de
entrar en la sala, donde estaba doña María con sus dos niñas, D. Paco y
tres caballeros más que yo no conocía. Recibiome la de Rumblar con
cierta cortesanía ceremoniosa y un tanto finchada, pero afablemente y
mostrándome benevolencia de alto a bajo, es decir, entre generosa y
compasiva. Las niñas, observando el ritual a que estaban acostumbradas,
me hicieron una reverencia, sin desplegar los labios; D. Paco, tan
pedante en Cádiz como en Bailén, hízome grandilocuentes cumplidos y los
demás personajes miráronme con recelosa prevención, sin mostrarme
urbanidad más que con algunas rígidas inclinaciones de cabeza.

--Has llegado tarde al rosario--dijo doña María a D. Diego después que
me indicó un asiento.

--¿Pero no dije a usted--respondió el joven--que lo rezaba esta tarde en
el Carmen Calzado? De allí vengo ahora, junto con Gabriel, que volvía de
confesarse con el padre Pedro Advíncula.

--¡Qué excelente sujeto es el padre Pedro Advíncula!--me dijo en tono
sumamente ponderativo doña María.

--No existe otro en toda la redondez de Cádiz--respondí--con especialidad
para lo tocante al confesonario. ¿Pues y en el púlpito? ¿Y quién le
echará la zancadilla a cantar una epístola?

--Es verdad.

--A mí me cautiva oírle cantar la epístola--repitió D. Diego.

--Yo celebro mucho--me dijo doña María--los grandes adelantamientos que
ha hecho usted en su carrera.

Me incliné ante la matrona con el mayor respeto.

--Toda persona de rectitud y caballerosidad, atenta al buen servicio de
la religión y del rey--continuó--no puede menos de encontrar premio a su
trabajo. Yo sentí mucho que mi hijo no siguiese en el ejército algún
tiempo más...

--Harto trabajamos Gabriel y yo junto al puente de Herrumblar--dijo D.
Diego--. Verdaderamente, señora madre, si no es por nosotros... Ello fue
que hicimos un movimiento con nuestro escuadrón en tales términos que...
¿te acuerdas, Gabriel? Francamente, si no es por nosotros...

--Calla, vanidoso--dijo doña María--. Más ha hecho el señor que tú y no
se alaba de ello. La propia alabanza es cosa ruin e indigna de personas
bien nacidas. ¿Estará mucho en Cádiz el Sr. D. Gabriel?

--Hasta que concluya el sitio, señora. Después pienso dejar las armas y
seguir en mi ardiente vocación, que me impele a la carrera de la
Iglesia.

--Alabo mucho su resolución, y esclarecidos santos tiene el cielo, que
primero fueron valientes soldados, como San Ignacio de Loyola, San
Sebastián, San Fernando, San Luis y otros.

--¿Ha estudiado usted teología?--me preguntó un señor de los presentes.

--Mi maleta de campaña no contiene más que libros de teología, y desde
que tengo un rato de vagar, entre batalla y batalla, me harto de leer
una materia que es para mí más grata que las mejores novelas. Las
tristes horas de la guardia me dan espacio y tiempo para mis
meditaciones.

--Asunción, Presentación--dijo doña María con entusiasmo--, aquí tenéis
un ejemplo que debe sorprenderos y admiraros.

Asunción y Presentación, al oír que yo era una especie de santo, me
contemplaron con admiradas. Yo las miré también. Estaban tan bonitas,
más bonitas que en Bailén; pero oprimidas bajo la exagerada pesadumbre
de la autoridad materna, sus hermosos ojos estaban llenos de tristeza.
Sin que su madre lo advirtiera, dijéronse algunas palabras por lo bajo.

--¿Y qué nuevas nos trae usted de la Isla?--me preguntó doña María.

--Señora, ayer se inauguró esa jaula de locos. Ya sabrá usted que el
señor obispo de Orense se ha negado, con pretexto de enfermedad, a jurar
ante las Cortes.

--Y ha hecho perfectamente. En verdad no se concibe que haya gente tan
loca... Antes del rosario nos explicaba el Sr. Ostolaza lo que entienden
ellos por la soberanía de la nación, y nos hemos horripilado. ¿Verdad,
niñas?

--¡Dios nos tenga en su mano!--exclamé yo--. Y ahora se susurra que nos
van a dar lo que llaman <i>libertad de la imprenta</i>, que consiste en
permitir a cada uno escribir todas las maldades que quiera.

--Y luego hablan de vencer al francés.

--Los excesos de nuestros políticos--dijo Ostolaza--excederán con mucho
a los de la revolución francesa. Acuérdese usted de lo que le digo.

Observé entonces a aquel hombre, el mismo que tanto figuró después en la
camarilla del rey, durante la segunda época constitucional, y puedo
decir que era grueso, de cara redonda, coloradota y reluciente, mirar
provocativo, hablar chillón y ademanes desembarazados y casi siempre
descompuestos. Junto a él estaba el llamado Teneyro, diputado también,
cura de Algeciras, hombre con pretensiones y fama de gracioso, aunque
más que a la agudeza de los conceptos, debía esta al ceceo con que
hablaba; de cuerpo mezquino, de ideas estrafalarias, tan pronto demagogo
furibundo, como absolutista rabioso; sin instrucción, sin principios ni
más conocimientos que los del toque del órgano, cuyo arte medianamente
poseía. El tercero, D. Pablo Valiente, no era ridículo, ni en el trato
ordinario se distinguía por cosa alguna chocante, en maneras o en
lenguaje.

Contestando a Ostolaza, dije yo con el acento más grave que me era
posible:

--¡El cielo se apiade de nuestra infortunada nación, y nos traiga pronto
a nuestro amado monarca D. Fernando el VII!

El nombre del soberano lo acompañé de una reverencia tan exagerada que
casi hube de besarme las rodillas.

--Pues se dice por ahí--indicó Teneyro--que van a procesar al obispo de
Orense.

--No se atreverán a ello--repuso Valiente, sacando su caja de tabaco y
ofreciendo del oloroso polvo a los circunstantes.

--¿A qué no se atreverá, señores... señores, a qué no se atreverá esta
desalmada grey de filósofos y ateístas?--exclamé yo mirando al techo.

--Señor oficial--me dijo doña María--, es indudable que ustedes los
militares tienen la culpa de que los <i>cortesanos</i>... así los llamo yo...
estén tan ensoberbecidos. Dicen que la Regencia tanteó a la tropa para
dar un golpe, pero la tropa no quiso ponerse de su parte.

--La tropa--dijo Ostolaza--ha cometido la falta de inclinarse al
populacho.

--Lo que no se ha hecho, señores--dije yo con profético tono--se hará.

Y repetí varias veces, mirando a todos lados, el enérgico «se hará».

--Si todos fueran como tú, Gabriel--me dijo don Diego--pronto acabarían
las picardías que estamos viendo.

--¿Durarán las Cortes hasta el mes que viene, señor de
Valiente?--preguntó la de Rumblar.

--Durarán algo más, señora. A no ser que los franceses envalentonados
con nuestras discordias, entren en Cádiz, y hagan con todos los que aquí
estamos un picadillo. Yo he dicho que la soberanía de la nación por un
lado y la libertad de la imprenta por otro, son dos obuses cargados de
horrorosos proyectiles que nos harán más daño que los que ha inventado
Villantroys.

--Caballero--dije yo afeminadamente--, esa comparacioncita es exacta y
procuraré retenerla en la memoria.

--Deploro tantos errores--dijo la dueña de la casa--. Pero aquí, Sr. D.
Gabriel, no tomamos a pecho la política, y los que en casa se reúnen no
hacen más que departir discretamente sobre el mal gobierno y los
filosofastros. Yo no me ocupo más que del matrimonio de mi querido hijo,
que se efectuará en breve, y de completar la educación religiosa de mi
hija--señaló a Asunción--que debe entrar muy pronto en un convento de
Recoletas, siguiendo su decidida e inquebrantable inclinación.
Ocupaciones son estas que llenan alegremente mi cansada vida, y a las
que me consagro con el mayor celo.

Asunción había bajado los ojos, y Presentación me miraba, queriendo leer
en mi cara el efecto que me producían las palabras de su mamá.

--¿Enviasteis recado a Inés?--preguntó doña María--. Diego, tu futura
esposa estará sin duda enojada contigo, por tu mal comportamiento y
desaplicación. Necesario es que varíes de conducta. Ahora, cuando baje,
puedes manifestarle con palabras tiernas tu propósito de no ofenderla
más, como lo has hecho saliendo a la calle por las tardes en la hora que
tengo dispuesto hables con ella y le recites alguna fábula bonita o
poesía instructiva. Yo, señor D. Gabriel--y se dirigió a mí de nuevo--,
no gusto de tiranizar a la juventud. Conozco que es preciso ser
tolerante con los muchachos, sobre todo cuando llegan a cierta edad, y
sé muy bien que los tiempos presentes exigen algo más de holgura que los
pasados en los lazos que atan a los jóvenes con sus familias.

»Con estos principios, permito a mi nuera que baje a la tertulia y
platique con personas finas y juiciosas sobre asuntos profanos, porque
una muchacha destinada al siglo y a dar lustre a una gran casa como la
suya, no debe ser criada con aquel encogimiento y estrechez que tan bien
sienta en la que sólo ha de vivir en su casa, bien reducida a un
decoroso celibato, bien instruyéndose para servir a Dios en el mejor y
más perfecto de los estados. Mis dos niñas viven aquí gozosas sin
apetecer bailes, ni paseos, ni teatros. No soy yo enemiga tampoco de que
se diviertan, ni crea usted que estoy siempre con el rosario en la mano,
haciéndolas rezar y aburriéndolas con un excesivo manoseo de las cosas
santas, no. También aquí se habla de cosas mundanas, siempre con el
debido comedimiento. A veces tengo que imponer silencio, mandando que
cesen las controversias sobre teología, porque lord Gray, que viene aquí
muy a menudo, gusta de tratar con desenvoltura asuntos muy delicados.

--Como que anoche--dijo D. Paco inoportunísimamente--dio en afirmar que
no comprendía el misterio de la Encarnación, para que la señorita
Asunción se lo explicara.

--Estoy hablando yo, Sr. D. Paco--dijo con firmeza y enojo la condesa--.
Nada importa ahora lo que lord Gray hiciera o dejase de hacer anoche...
Pues como decía, aquí viene lord Gray, un sujeto respetabilísimo y tan
formal y circunspecto, que no hay otro que se le iguale. Ellas se
entretienen oyéndole contar sus aventuras. ¿Conoce usted a lord Gray?

--Sí, señora. Es un hombre muy digno y temeroso de Dios. ¿Pero no saben
ustedes que parece inclinado a convertirse al catolicismo?

--¡Jesús y qué me dice usted!--exclamó con asombro y júbilo doña
María--. Aquí se ha tratado algunas veces este punto, y las niñas y yo
le hemos exhortado a que tome tan saludable determinación.

--Como suelo pasarme las horas muertas en el Carmen Calzado--dije yo--he
visto entrar varias veces a lord Gray en busca del padre Florencio, que
es el mejor catequizador de ingleses que hay en todo Cádiz.

--Lord Gray no ha de faltar esta noche--dijo doña María--. Y usted, Sr.
D. Gabriel, ¿no nos acompañará algunos ratitos?

--Señora--respondí--de buen grado lo haría; pero mis ocupaciones
militares y la necesidad que tengo de despachar de una vez todo el
capítulo <i>de prescientia</i>, que es el más difícil de todos, me retendrán
en la Isla.

--¿Y qué opina usted de la <i>prescientia</i>?--me preguntó Ostolaza cuando
yo estaba muy lejos de esperar semejante embestida.

--¿Qué opino yo de la <i>prescientia</i>?--dije tratando de no turbarme para
contestar alguna ingeniosa vulgaridad que me sacase del compromiso.

--Opinará lo mismo que San Agustín, <i>secundum Augustinus</i>--indicó
oficiosamente D. Paco, que anhelaba mostrar su erudición.

--Ya están las niñas con cada ojo...--dijo doña María observando que sus
hijas atendían a la planteada discusión con demasiado interés--. Niñas,
dejad a los hombres que debatan estas cosas tan intrincadas. Ellos se
sabrán lo que se dicen. No abrir tales ojazos, y miren los cuadros y las
pinturas del techo, o hablen conmigo, preguntándome si se me alivia el
dolor del hombro.

--Lo mismo que San Agustín--indicó don Diego--. Opinará como San Agustín
y como yo.

--Según y conforme--dije recapacitando--. ¿Ustedes piensan como San
Agustín?

Ostolaza, Teneyro y D. Paco se desconcertaron.

--Nosotros...

--Supongo que conocerán los nuevos tratados...

A este punto llegaba la controversia, cuando entró lord Gray a sacarme
del apuro. No pudiera llegar en mejor ocasión. Recibiéronle doña María y
sus tertulios con la mayor cordialidad y agasajo, y él saludó a todos
con afectado encogimiento. Tal vez extrañará alguno de los que me oyen o
me leen, que con tan buena amistad fuera recibido un extranjero
protestante en casa donde imperaban ciertas ideas con absoluto dominio;
pero a esto les contestaré que en aquel tiempo eran los ingleses objeto
de cariñosas atenciones, a causa del auxilio que la nación británica nos
daba en la guerra; y como era opinión o si no opinión, deseo de muchos,
que los ingleses, y mayormente los hermanos Wellesley, no veían con
buenos ojos la novedad de la proyectada Constitución, de aquí que los
partidarios del régimen absoluto trajeran y llevaran con palio a
nuestros aliados. Lord Gray además con su ingeniosísima labia, su
simpático carácter, y también poniendo en práctica estudiadas artimañas
y mojigaterías, como yo, había conseguido hacerse respetar y querer
vivamente de doña María. Además solía ridiculizar con gran desenfado las
ceremonias protestantes.

Mientras lord Gray respondía a ciertas enfadosas preguntas que le hizo
Ostolaza, doña María llamó a sus hijas y dijo a Asunción, no tan por lo
bajo que yo dejase de oírlo:

--Mira, Asunción, habla con lord Gray un ratito; coge con disimulo el
tema de la religión y sondéale, a ver si es cierto que está dispuesto a
abjurar sus errores, por abrazarse a nuestra santa doctrina.

En aquel instante sentí ruido de pasos y entró Inés. ¡Dios mío, qué
guapa estaba, pero qué guapa! No recuerdo si en el libro anterior hablé
a ustedes de la soltura, de la elegancia, de la armoniosa
proporcionalidad que el completo desarrollo había dado a su bella
figura. Además de esto, encontrábale mayor animación en el rostro, y una
grata expresión de conformidad y satisfacción, no menos simpática que su
antigua tristeza, resto de la miserable y ruin vida de la infancia.
Observándola, consideré cuánto había ganado en encantos y atractivos
aquella criatura, añadiendo a sus bellezas naturales, a su discreción e
ingénito saber, la dulce cortesanía y las gracias que infunde el trato
frecuente con personas distinguidas y superiores. En su cara advertí el
extraño realce que da la conciencia del propio mérito, lo cual no es lo
mismo que vanidad.

No parecía haber perdido la hermosa modestia que la hacía tan simpática;
pero sí aquella especie de encogimiento, aquel desmedido amor a la
oscuridad, que emanaban del malestar hallado en su repentino cambio de
fortuna. Había adquirido lo que le faltaba cuando la vi en Córdoba y en
el Pardo, el perfecto conocimiento de su posición y las mil menudencias
personales, accidentes casi imperceptibles de la voz, del gesto, de la
mirada con que el individuo da a entender claramente que se halla donde
debe hallarse. Estaba más alta, un poco más gruesa, con el color menos
pálido, la boca más risueña, los ojos no menos seductores y
arrebatadores que los de su madre, célebres en toda la redondez de
España, la voz más segura, sonora y grave, y el conjunto de su persona
respirando firmeza, vida, soltura y nobleza. ¡Oh imagen tan perfecta
vista como soñada! ¿Fue suerte o desgracia haberte conocido?




XI


Inés, no indiferente a mi presencia, según comprendí, pero tampoco
sorprendida, debía saber que yo estaba allí.

--¡Ah!--exclamé con despecho para mis adentros--. La muy pícara aunque
la llamaron, no bajó hasta que vino el maldito inglés.

Doña María me presentó ceremoniosamente a ella diciendo:

--A este caballero le conocimos en nuestra casa de Bailén cuando la
célebre batalla. Es amigo del que va a ser tu marido; allí pelearon
juntos con tan buena suerte, que, según afirma Diego, si no es por
ellos...

--Gabriel es un gran militar--dijo don Diego--. ¿Pero no le conoces tú?
Es amigo de tu prima la condesa.

Doña María frunció el ceño.

--En efecto--dije yo--tuve el honor de conocer en Madrid a la señora
condesa. Ambos teníamos un mismo confesor. Yo solicité de la señora
condesa que me consiguiese una beca en el arzobispado de Toledo; pero
después me vi obligado a servir al rey, y salí de la corte.

--Este joven--añadió doña María--nos acompañará algunas noches, robando
tal cual rato a sus estudios religiosos y a las meditaciones místicas
que le traen tan absorbido. Hoy el servicio de las armas le obliga a
sofocar su ardiente vocación; pero cantará misa después de la guerra.
¡Noble ejemplo que debieran imitar la mayor parte de los militares! Yo
me complazco, hija mía, en que se reúnan aquí personas formales y de
excelentes y sólidos principios. Caballero--añadió encarando conmigo--,
esta damisela es mi futura nuera, prometida esposa de este mi amado hijo
don Diego.

Inés me hizo una profunda reverencia. Se sonrió al mismo tiempo,
comprendiendo el astuto ardid de mi fingida religiosidad.

¿En tanto dónde estaba lord Gray? Extendí la vista y le vi tras el
respaldo del monumental sillón de doña María, muy enfrascado en estrecha
plática con Asunción, que sin duda le estaba convenciendo de la
superioridad del catolicismo con respecto al protestantismo. A cada paso
apartaba él los ojos de su interlocutora para mirar a Inés.

--Bien decía el tunante--observé para mí--que se valía de las discretas
amigas. La otra con su santidad es quien les lleva y trae los recaditos.

Inés me dijo con dulce ironía:

--Celebro mucho que esté usted tan decidido a seguir la carrera
eclesiástica. Hace usted bien, porque hoy no hacen falta militares, sino
buenos clérigos. El mundo está tan pervertido, que no lo curarán las
espadas sino las oraciones.

--Esta afición la tengo desde muy niño--repuse--y nadie puede apartarla
de mí porque sobrevive a todas mis alternativas y desgracias.

Inés miraba a cada instante el grupo formado por el inglés y Asunción.
También doña María volvió allá los ojos, y dijo:

--Hija, basta ya. No marees al buen lord Gray. Ven a mi lado.

La muchacha acudió al lado de su madre, y al mismo tiempo Inés, por
indicación muda de la condesa, pasó al lado del inglés. Yo estaba
asombrado de aquel ir y venir y del incomprensible diálogo de expresivas
miradas que las muchachas tenían constantemente, trabado entre sí. Me
propuse observar atentamente, para descubrir los misterios que allí
pudieran existir; pero doña María distrajo mi atención, diciéndome:

--Sr. D. Gabriel, usted, como persona casi divorciada del siglo, aunque
en su continente y rostro no se advierte nada que lo indique,
comprenderá que en estas recatadas tertulias de mi casa no se puede
tener con las muchachas la licenciosa tolerancia que madres inadvertidas
y ciegas tienen con sus hijas en otras familias. Por eso verá usted que
apenas permito a mis niñas hablar un poco con Ostolaza, con lord Gray o
con usted, si bien ha habido noches en que les he consentido
conversaciones de quince minutos en distintas horas. Comprendo que mi
sistema, aunque no es riguroso, será criticado por los que dan rienda
suelta a los impulsos naturales de la juventud. Pero no me importa.
Usted me hace justicia sin duda y alaba la prudencia de mi proceder.

--Seguramente, señora--respondí con afectación y pedantería--¿qué cosa
más sabia, ni más prudente puede haber que prohibir en absoluto a las
niñas toda conversación, diálogo, mirada o seña con hombre que no sea su
confesor? ¡Oh, señora condesa, parece que ha adivinado usted mi
pensamiento! Como usted, yo he observado la corrupción de las
costumbres, hija de la desenvoltura francesa; como usted, he observado
el descuido de las madres, la ceguera de los padres, la malicia de las
tías, la complicidad de las primas y la debilidad de las abuelas; y he
dicho: «orden, rigor, cautela, reclusión, tiranía, o si no dentro de
poco la sociedad se precipitará en los abismos del pecado». Nada, nada,
señora condesa, yo lo aconsejo a todas las madres de familia que
conozco, y les digo: «mucho cuidado con las niñas mientras sean
solteras. Después de casadas, allá se entiendan ellas, y si quieren
tener dos docenas de cortejos, háganlo».

--En todo estamos de acuerdo--dijo doña María--menos en esto último,
pues ni de solteras ni de casadas, les tolero la inmoralidad. ¡Ay, yo
tengo ideas muy raras, Sr. D. Gabriel! Me asombro de ver por ahí madres
muy cristianas, que celando hasta lo sumo las hijas solteras, ven con
indiferencia los pecadillos de las casadas. Yo no soy así; por eso no
quiero que se casen mis niñas; no, jamás, jamás. Casadas estarían libres
de mi autoridad, y aunque no las creo capaces de nada malo, la idea de
que pueden cometer una falta, siéndome imposible castigarla, me
horripila.

--El gran sistema es el mío, señora; este sistema que no ceso de
recomendar a todas las madres que conozco. Orden, rigor, silencio,
encierro perpetuo y esclavitud constante. Mis lecturas y meditaciones me
han inspirado estas ideas.

--Son también las mías. Mi hija Asunción entrará pronto en un convento,
y Presentación está destinada a ser soltera, porque así lo he resuelto
yo.

--Cosa justísima y naturalísima que usted haya resuelto eso.

--Siendo el destino de la una el claustro y de la otra el celibato, ¿a
qué viene el consentirles conversaciones con los jóvenes?

--Es claro... a qué viene... No aprenderían más que cosas malas,
pecados... ¡y qué pecados!

--Pero como es preciso transigir un poquito con las costumbres, que
exigen cierta licencia, suele írseme la mano en esto del rigor. Ya ve
usted, a casa suelen venir algunas personas muy distinguidas, honestas y
prudentes, sí, pero de mundo. Necesito contemporizar con ellas, por no
aparecer gazmoña, intolerante y extremada. Felizmente baja todas las
noches a mi tertulia, Inés, a quien como muy próxima a ser mujer casada,
puede permitirse que sostenga coloquios tirados con tal cual persona
decente y bien nacida. Si no fuera por ella, lord Gray se aburriría
grandemente en casa. ¿No cree usted, que a una muchacha que va a ser
mayorazga y que ocupará posición muy encumbrada en la corte, se le debe
dar cierta libertad?

--Todas las libertades, señora, todas. ¡Una mayorazga! Pues digo; si me
la hacen camarista de reina, o dama de honor de emperatrices, ¿qué ha de
hacer sin la desenvoltura, el desenfado, la astucia que el buen servicio
y concierto de los palacios exige?

--Cierto; a cada cual se le debe educar según su destino. En posiciones
elevadísimas no puede sostenerse todo el rigor de los principios, según
dice la gente, aunque ciertas leyes sí deben regir en todas partes. Sin
embargo, como así viene de atrás, debemos respetar la obra de nuestros
mayores, quienes harto supieron lo que se hacían.

--Justamente.

--Pero me parece que se prolonga demasiado la conversación de Inés con
lord Gray, y voy a hacer que hablen en corrillo donde les oigamos todos.
Sr. D. Gabriel, ni un momento debe abandonarse el ejercicio de la
prolija autoridad materna. ¡La autoridad! ¿Qué sería del mundo sin la
autoridad?

--En efecto, ¿qué sería? ¡El caos, el abismo!

Doña María, que reglamentaba los diálogos de sus tertulias como mueve y
ordena un general experto los movimientos de una batalla campal, dispuso
que Inés continuase hablando con lord Gray, y que Presentación pegase la
hebra con Ostolaza. En tanto Asunción charlaba en voz bastante alta con
su hermano, diciéndole cosas cuyo sentido no pude entender. Ostolaza,
Teneyro y D. Paco estaban muy metidos en lenguas disertando sobre los
grandes males de la educación a la moderna, y forzosamente me enredaron
en su coloquio, teniendo ocasión de lucir mi intolerancia, y un poco de
cierta erudicioncilla trasnochada que yo tenía para el caso. Poco
después volví al lado de doña María a punto que don Diego, apartándose
de su hermana, hacía lo mismo, y le oí decir:

--Señora madre, a ser usted, yo no permitiría a Inés tantas intimidades
con lord Gray. Francamente, señora, esto no me gusta, y menos cuando veo
que la que va a ser mi mujer, se está los minutos de Dios oyéndole y
contestándole sin pestañear.

--Diego--manifestó doña María con severo acento--. Me enfada la bajeza
de tus conceptos, que indican la ruindad de tus juicios. Si Inés fuera
tu hermana, podrías tener esos escrúpulos; pero siendo tu futura esposa,
cuanto has dicho es ridículo. Una gran señora, ¿ha de ser encogida y
corta de genio como una novicia de convento?

D. Diego, oído esto, se acercó de muy mal talante a sus hermanas.

--Sr. de Araceli--me dijo doña María--la juventud es así. Comprendo los
celillos de mi hijo. Verdaderamente Inés se alarga demasiado con lord
Gray. Aunque le supongo a usted poco aficionado a perder el tiempo
conversando con muchachas frívolas, hágame el favor de departir un rato
con mi futura nuera.

Doña María miró a Inés con enojo, y dirigiéndose luego a lord Gray, le
llamó con afectuosa súplica.

Inés quedó sola y acudí hacia ella. Por primera vez durante la tertulia
hallaba ocasión de poderle hablar lejos de los demás, y la aproveché con
presteza. Ella, anticipándose al afán con que yo iba a hablarle, me
dijo:

--¿Mi prima te ha mandado aquí? ¿Me traes algún recado de ella?

--No--respondí--. No me ha mandado tu prima. No he venido por traerte
recado alguno. He venido porque he querido, y por el deseo de verte y de
saber por mí mismo que me has olvidado.

--Por Dios--me contestó disimulando su emoción--. Repara dónde estás. La
condesa no cesa de observarme. Aquí es preciso fingir a todas horas, y
disimular los pensamientos. ¿Por qué no has venido antes? Pero di: ¿mi
prima no te ha dado ningún recado?

--¿Qué me importa tu prima?--exclamé con enfado--. Tú no sospechabas que
viniera a sorprenderte.

--¿Pero estás loco?, doña María no me quita los ojos.

--Vaya al diantre doña María. Respóndeme, Inés, a lo que te pregunto, o
gritaré y escandalizaré para que nos oigan hasta los sordos.

--Pero si no me has preguntado nada.

--Sí te he preguntado. Pero tú haces que no oyes, y no quieres
responderme.

--No nos entendemos--repuso llena de confusiones, y mortificada por la
observación tenaz de doña María--. ¿Vendrás todas las noches? Aquí es
preciso mucha cautela. Para respirar necesito pedir la venia a la
señora. Ten prudencia, Gabriel; también D. Diego nos mira. Haz de modo
que doña María y los murciélagos crean que estamos a hablando de
religión, o de los cuadros de la pared o de esa gran grieta que hay en
el techo. Aquí es preciso hacerlo todo así. No te expreses con
vehemencia. Ponte risueño y mira a las paredes diciendo: «¡Qué bonitas
láminas! Allí están Dafne y Apolo».

--Pero ¿es preciso ser cómico para entrar aquí?

--Sí; es preciso estar siempre sobre las tablas, Gabriel; fingiendo y
enredando. Esto es muy triste.

--Pues lord Gray no disimula.

--¿Eres amigo de lord Gray?

--Sí, y me lo ha contado todo.

--Te lo ha dicho...--exclamó confusa--. ¡Qué hombre tan indiscreto! Y yo
le había encargado la mayor prudencia... Por Dios, Gabriel, no
pronuncies una palabra, ni un gesto que puedan dar a conocer lo que te
ha contado lord Gray. ¡Qué indiscreción! Hazme el favor de olvidar lo
que te ha dicho. ¿Él te ha traído aquí?

--No; he venido con D. Diego. He querido saber por ti misma que ya no me
amas.

--¿Qué estás diciendo?

--Lo que oyes. Ya lo sabía; pero a mí me hacía falta oírlo de tus
propios labios.

--Pues no lo oirás.

--Ya lo he oído.

--Por Dios, disimula. Ahora, Gabriel, alza la vista y di: «¡Qué terrible
grieta se ha abierto en el techo!». ¿Con que no te quiero yo? ¿Sabes que
no lo había advertido? Y en tanto tiempo ¿qué has hecho tú? ¿Has estado
en el sitio de Zaragoza? Aquello sería un paraíso; no estaba allí doña
María.

--No he vivido más que para ti; y si alguna vez he hecho un esfuerzo
para subir un peldaño en la escala del mundo, hícelo sólo con el deseo
de llegar, si no a valer tanto como tú, al menos a ponerme en condición
tal, que no se rieran de mí cuando te miraba.

--Mentiroso, tú también has aprendido a disimular. Ni una sola vez te
has acordado de mí en tanto tiempo... Pero no te acerques tanto.
Cuidado, no me tomes la mano. Parece que tienes fuego dentro de los
guantes. Doña María nos observa.

--Yo no sé disimular como tú. Te he querido con toda mi alma, Inesilla,
y con veinte almas más, porque una sola no basta para quererte como te
quiero... Dime con la mano puesta sobre el corazón si lo mereces tú;
dímelo.

--Pues no lo he de merecer--me contestó sonriendo--. Merezco eso y mucho
más, porque me lo tengo ganado y pagado con interés y anticipación.
¿Pero no ve usted, Sr. D. Gabriel--añadió alzando la voz--qué hendidura
tan grande es esa que hay en el techo?

--Inés, si es verdad lo que me dices, dímelo otra vez, y alza la voz.
Quiero que lo oigan doña María, D. Diego y los murciélagos.

--Calla; por haber estado tanto tiempo sin verme, merecerías... a ver,
¿que merecerías?

--Bastante castigado estoy por los celos, por unos terribles celos que
me han estado mordiendo el corazón, y me lo muerden todavía.

--¡Celos! ¿De quién?

--¿Me lo preguntas tú? De lord Gray.

--Tú has perdido el juicio--dijo con precipitación y atropellándose en
sus labios frases rápidas y confusas--. ¡Él lo dice!... Tal vez... Ese
hombre me causará grandes pesadumbres.

--¿Tú le amas?

--Por Dios, habla bajo, disimula.

--Yo no puedo disimular. Yo no estoy, como tú, educado en esta escuela
de los fingimientos. Yo no puedo decir más que la verdad.

--¿Has dicho que yo amo a lord Gray? Jamás he pensado en tal cosa.

--¡Oh! ¿Qué haré para creerlo? Bajo la autoridad de doña María has
aprendido de tal modo a disfrazar los pensamientos, que hasta se ocultan
a mis ojos, tan acostumbrados, no sólo a leerlos, sino a adivinarlos. Ha
desaparecido aquella claridad que te rodeaba, y que te hacía doblemente
hermosa ante mí. Ya no hablas aquella palabra divina que ningún mortal,
y menos yo, podía poner en duda. Ahora, Inés, me asegurarás una cosa, me
la jurarás, y... ¿qué quieres tú?, no lo creeré. ¡Maldita sea mil veces
doña María que te ha enseñado a disimular!

--Si te alteras de ese modo, no podremos hablar--repuso con agitación en
voz baja; y luego, en voz alta, añadió--: Sr. D. Gabriel, estas estampas
de Dafne y Apolo, de Júpiter y Europa son indecorosas, y hemos encargado
a Sevilla una colección de santos para sustituirlas. Pero ¿qué has dicho
de lord Gray?--prosiguió quedamente--. ¿Que le amo yo? ¡Oh, ese hombre
me traerá alguna desgracia! No repara en nada. ¡Qué loca he sido! ¡Me
encuentro comprometida! Gabriel, te suplico que olvides lo que te haya
dicho lord Gray. Olvídalo, y a nadie, ni a tu confesor, hables de eso.
Tú reconocerás que está lleno de seducciones y que no es extraño que su
fantasía acalore y agite el alma de una... Pero no hables de eso. Calla,
por favor.

--¿De veras no le amas?

--No.

--¿Ama a alguna otra de esta casa?

--No sé... calla... no, a nadie de esta casa--respondió turbada--. Pero
¿no merezco que me creas?

--No, casi no.

--¿Me has conocido mentirosa?

--No sé qué tiene esta casa y todos los que la viven. Me parece que en
esta morada del disimulo y la mentira, ninguna cosa es como aparece.
Mienten los que aquí moran; mienten los que aquí viven, y hasta yo he
necesitado mentir para que me admitieran. Esta atmósfera está formada de
falsedad y engaño. Los corazones, oprimidos por una autoridad
insoportable, necesitan desfigurarse para que se les permita vivir. Esta
casa, esta familia, a quien preside desde su sillón doña María, como el
genio de la tristeza, no es para mí. Me ahogo, y deseo huir de este
sitio. Veo aquí mil misterios, y sobre todos mis sentimientos domina
uno, que es el más antipático y desagradable de todos: la desconfianza.
El corazón se me oprime cuando considero que tú, Inesilla, tú me dices
una cosa, me la juras y yo no la puedo creer.

--Ten calma. Doña María no nos quita los ojos. D. Diego tampoco. Yo me
muero de pena... Pero, por Dios, Sr. D. Gabriel--añadió en voz alta--.
Un hombre que va a tomar el hábito cuando acabe la guerra, no debe
entusiasmarse tanto al hablar de una batalla.

Doña María, desde su trono, me interpeló pomposísimamente de esta
manera:

--Pero, Sr. D. Gabriel, que oigamos todos esas maravillas que está usted
contando con tanta vehemencia, con tanto ardor.

--Me contaba--dijo Inés con una naturalidad que me asombró--que en cierta
ocasión, estando él en una casa del arrabal de Zaragoza, los franceses
abrieron una mina, pusieron no sé cuántos barriles de pólvora, ¿no fue
así?, y luego pegaron fuego.

--¿Y luego, Sr. D. Gabriel?

--Y luego volamos todos hasta el quinto cielo--repuse--. Siento que
usted no hubiera estado allí... pues... para que lo hubiera visto.

--Gracias.

Los vencejos me tomaron por su cuenta para que les explicase cómo fue
aquello de mis vuelos y cabriolas por el aire, y en tanto llegose Inés
junto al sillón de doña María, llamado por esta; y yo con disimulo
(también aprendía) presté atención a lo que dijeron.

--Ha sido demasiado larga tu conversación con el militarcito--le dijo
con desabrimiento la señora--. ¡Veinte minutos! ¡Has estado en coloquio
con él veinte minutos!

--Señora madre--repuso Inés--si se empeñó en contarme sus hazañas... Yo
buscaba ocasión de poner punto; pero él, dale que dale. Me refirió siete
sitios, cinco batallas y no sé cuántas escaramuzas.

--¡Cómo finge, cómo miente, cómo engaña!--exclamé para mí ciego de
rabia--. ¡La ahogaría!

Lord Gray se juntó después con Inés y hablaron largamente. Mi rabia,
motivada por una duda cruel, era tanta, que apenas podía disimularla,
hablando pestes de las Cortes ante doña María, Ostolaza y Valiente.

Avanzaba la hora y doña María indicó con majestuosa gravedad el fin de
la tertulia. Despedime de Inés, que a hurtadillas me dijo:

--Cuidado con lo que te he encargado.

Y luego tardó en despedirse de lord Gray más de diez minutos. Por mi
parte anhelaba salir para no volver más a aquella casa, y saludando a la
condesa, echeme fuera, juntándose conmigo en la escalera lord Gray, que
salió un poco después.

--Amigo--le dije cuando estábamos en la calle--en todas partes es usted
el favorecido de las damas.

No se dignó contestarme. Iba con la cabeza inclinada, fruncido el ceño y
mudo como una estatua. Repetidas veces me esforcé por hacerle hablar;
pero sus labios no articularon una sílaba, y sólo en la calle Ancha, al
despedirse de mí, me dijo sombríamente:

--El amigo que sorprende un secreto mío y usa de él sin mi licencia, no
es mi amigo. ¿Usted me conoce?

--Un poco.

--Pues suelo reñir con los amigos.

--Antes de reñir nosotros, ¿quiere usted acabar de perfeccionarme en la
esgrima?

--Con mucho gusto. Adiós.

--Adiós.




XII


Pasaron días, muchos días. Yo tan pronto deseaba volver a casa de
Rumblar, como hacía intención de no poner más los pies en aquella casa,
porque me repugnaban los artificios que hacían de las tertulias una
completa representación de teatro. Durante algún tiempo no vi a lord
Gray ni en la Isla ni en Cádiz, y cuando pregunté por él en su casa, el
criado me negó la entrada, diciéndome que su amo no quería recibir a
nadie.

Ocurrió esto el día de la bomba. ¿Saben ustedes lo que quiero decir?
Pues me refiero a un día memorable porque en él cayó sobre Cádiz y junto
a la torre de Tavira la primera bomba que arrojaron contra la plaza los
franceses. Ha de saberse que aquel proyectil, como los que le siguieron
en el mismo mes tuvo la singular gracia de no reventar; así es que lo
que venía a producir dolor, llanto y muertes, produjo risas y burlas.
Los muchachos sacaron de la bomba el plomo que contenía y se lo
repartían llevándolo a todos lados de la ciudad. Entonces usaban las
mujeres un peinado en forma de saca-corchos, cuyas ensortijadas
guedejas se sostenían con plomo, y de esta moda y de las bombas
francesas que proveían a las muchachas de un artículo de tocador, nació
el famosísimo cantar:

    Con las bombas que tiran
    los fanfarrones,
    hacen las gaditanas
    tirabuzones.

Pues como decía, el día de la bomba, después de tocar inútilmente a la
puerta del noble inglés, llevome el destino segunda vez a casa de la
señora doña María, disponiéndose las cosas de modo que cuando me
encaminaba a casa de dona Flora, tropezase con el señor D. Diego, el
cual me habló así:

--¿Vienes de casa de lord Gray? Dicen que está con la morriña. Nadie le
ve por ninguna parte. Por fin, he conseguido de mi madre que no le
reciba más en casa.

--¿Por qué?

--Porque es muy aficionado a las muchachas, y no me gusta verle hablar
con mi novia. Mamá no quería; pero me planté, chico. «O lord Gray o
yo»--dije--y no hubo más remedio.

--Según eso, le han puesto en la puerta de la calle.

--Con cortesía y disimulo. Mi mamá ha dicho que hallándose un poco
enferma, suspende por ahora las tertulias.

--¿Y no salen?

--A misa van las cuatro los domingos muy temprano. Pero puedes ir a casa
cuando gustes. Mamá te aprecia y siempre está preguntando por ti. Ahora
precisamente, te ruego vengas conmigo para servirme de testigo.

--¿De testigo?

--Sí. Mi mamá quiere castigarme porque le han dicho que me vieron ayer
en un café. Es verdad que estaba, pero yo lo he negado, y para dar más
fuerza a mis argumentos he dicho: «Pregúntele usted al Sr. D. Gabriel, y
como no diga que estuvimos juntos viendo sacar agua de la noria...».

--Pues vamos allá.

Entramos, pues, y en la reja del patio, el criado nos dijo que la señora
doña María había salido.

--¡Viva la libertad!--exclamó D. Diego haciendo un par de cabriolas--.
Gabriel, estamos solos. Hermanillas, alegrémonos y regocijémonos.

La chillona algazara que desde los aposentos vino a mis oídos, indicome
que las hembras estaban libres también de la ominosa esclavitud. Cuando
entramos en la estancia de D. Diego, al punto se nos presentó D. Paco,
aturdido, sofocado, balbuciente, con unas disciplinas en la mano, el
vestido menos puesto en orden que de ordinario, y ostentando algunas
desgreñaduras en lo alto de su peluquín.

--Señorito D. Diego--exclamó con furia semejante a la de esos perrillos
que ladran mucho sin que jamás el transeúnte se detenga a mirarlos--, la
señora mandó que no saliese usted de casa. Se lo diré cuando venga.

El condesito tomó un palo que frontero a la cama y en lugar medio oculto
tenía, y esgrimiéndolo de un modo alarmante por las costillas del ayo,
gritó:

--Canalla, pedantón... Si dices una palabra... no te dejaré un hueso en
su lugar.

--Esto no puede tolerarse--dijo D. Paco, no ya enfurecido sino
lloroso--. ¡Dios eterno, y tú, Virgen Santísima del Carmen, tened
compasión de mí! Este niño y sus hermanas van a quitarme los pocos días
que me restan de vida. Si les permito hacer su gusto, la señora me riñe,
y más quisiera ver al sol apagado que a la señora colérica. Si quiero
sujetarlos, palos, rasguños, arañazos, tijeretazos y otros mil martirios
espantosos... Pues sí, señor D. Dieguito: se lo diré a la señora, yo no
puedo aguantar más... ¡Pues no digo nada de lo de las saliditas por las
noches! Yo no puedo acallar la voz de mi conciencia que me dice:
¡Malvado!, ¡servidor desleal!, ¡traidor!... No; se lo diré a la señora,
se lo diré al ama, y entre tanto, orden, silencio, obediencia, todo el
mundo a su sitio.

D. Diego, ciego de enojo, enarboló el palo, y a compás con los
movimientos de su brazo que apuntaban impíamente a las costillas del
pobre ayo, iba diciendo:

--Orden, silencio, obediencia.

Tuve que imponerme para que no acabara con el desdichado perceptor, que
aun vapuleado de aquel modo, tenía la prudencia de no gritar, porque no
se enterase la vecindad del escándalo, y con voz sofocada decía
llorando:

--¡Que me mata este caribe! ¡Favor, señor D. Gabriel, favor!

Huyó D. Paco por el pasillo adelante buscando refugio, y siguiendo tras
él, dimos los tres en una gran pieza, desde la cual se pasaba a otra con
espaciosas rejas a la calle, donde vimos el espectáculo de la más
horrenda anarquía que pueden ofrecer en el interior de una honesta casa
las demasías de la libertad. Asunción, Presentación, Inés, las tres
estaban allí, libres, sueltas, en posesión completa de sus gracias,
donaires, iniciativa y travesura. Pero antes de deciros lo que hacían
aquellos pajaritos aprisionados a quienes se permitía por un momento dar
vueltas holgadamente por la jaula, voy a indicaros cómo era esta.

Varias cestas de labores y algunos bastidores de bordados indicaban que
allí tenía la señora condesa el taller de educación y trabajo de sus
niñas. Una pequeña pero anchísima silla, de fondo hundido por el peso
constante de corpulenta humanidad, denotaba el lugar de la presidencia.
También había una mesilla con libros, al parecer devotos, y en las
paredes no cabían ya más estampas y láminas bordadas, entre las cuales
el mayor número era una variada serie de perritos con el rabo tieso y
los ojos de cuentas negras.

Un pequeño altar ostentaba mil figuras de bulto y realce, alternando con
estampas que sin duda habían pertenecido a libros, y en la delantera
algunos pares de candelabros de plata antigua, sostenían velas de picada
y filigranada cera, adornadas con papelitos, festones y otros primores
de tijera. Pomposos ramos de flores de trapo, que a cien mil leguas
declaraban haber sido hechos por manos de monjas, completaban el ajuar
del altarejo, juntamente con algunos pequeñísimos objetos de plomo,
representando sagrados adminículos, tales como cálices y custodias,
lámparas y misales. Estos juguetes los hacían entonces los veloneros
para los niños buenos y que no lloraban.

Vi asimismo objetos de un orden enteramente distinto, es decir, trajes
hermosísimos de mujer, arrojados en desorden por el suelo, y también
escofietas, moños, lazos, abanicos, quirotecas, zapatillas de raso y
luengos encajes de aquellos finísimos y hereditarios, que eran, como los
diamantes, orgullo y riqueza de las familias. Los bordados, las cestas
de costura, rellenas de fastidiosas telas blancas de indiana y cotonía,
pertenecían a Presentación; los libros, el altar con todo lo que en él
había de místico e infantil, eran de Asunción; y los lujosos trajes y
adornos eran de Inés, que los había bajado para que los viesen sus
primas.

Estaban las tres vestidas según lo que entonces el vulgo, no menos
galicista que ahora, llamaba un <i>savillé</i>. Con semejante traje, que era,
por exigirlo la moda, la menos cantidad posible de traje, y lo
absolutamente necesario para que las lindas personas no anduvieran
desnudas, ni la madre más tolerante y descuidada habría permitido que se
presentasen delante de un hombre, aunque fuese pariente cercano. Estaban
las tres, como digo, graciosísimas y sin comparación más guapas que en
las tertulias. La libertad permitiéndoles una alegre y bulliciosa
agitación, había impreso en sus mejillas frescos y risueños colores, y
las lenguas charlatanas de las dos hermanitas llenaban con dulce y
picotera música el ámbito de la estancia. La voz de Inés apenas se oía.

Os diré lo que hacían y esto es reservado, reservadísimo, pues si doña
María supiese que ojos humanos habían visto a sus niñas en tales arreos,
y que orejas de varón habían oído cantar seguidillas a una de ellas,
reventara de pesadumbre, o se sepultaría para siempre, antes avergonzada
que muerta en el sarcófago de sus mayores. Pero seamos indiscretos y
contemos lo que vimos, ocultos en la estancia inmediata y sin ser vistos
por ellas. Inés, en quien primeramente se fijaron mis ojos desde la
puerta, estaba en la reja, como en acecho, mirando ora a la calle, ora
adentro, sin duda para dar la voz de alarma en cuanto el pomposo perfil
y los pomposos y temidos espejuelos de doña María volviesen la esquina
de la calle Ancha. Le oí decir claramente:

--No seáis locas... que va a venir.

Presentación, la más pequeña de las dos hermanas, estaba en medio de la
pieza. ¿Creerán ustedes que rezando, cosiendo u ocupada en algún otro
grave menester? Nada de eso, pues no estaba sino bailando, sí, señores,
bailando. ¡Y qué zorongo, qué zapateado tan hechicero! Quedeme absorto
al ver cómo aquella criatura había aprendido a mover caderas, piernas y
brazos con tanta sal y arte tan divino cual las más graciosas majas de
Triana. Agitada por la danza, chasqueando los dedos para imitar el ruido
de las castañuelas, su vocecita sonora y dulce decía con lánguida y
soñolienta música:

    Toma, niña, esta naranja
    que he cogido de mi huerto,
    no la partas con cuchillo
    que está mi corazón dentro.

Asunción, que era la mayor, de una hermosura menos picante y graciosa
que su hermana, pero más acabada, más interesante, más seria, digámoslo
así, en una palabra, mucho más hermosa, se había puesto algunas de las
joyas y preseas de Inés. Cogió una gran rosa de papel de las que
adornaban el altar, y púsosela orgullosamente en el moño; tomó después
tres varas de aquellos encajes finísimos de Brujas, de tan sutil
urdimbre que parecen hechos por moscas o arañas, pálidos ya y
amarilleados por el tiempo, y agitándolos en las manos, los echó hacia
arriba, dejándolos caer sobre su cabeza y hombros, con tanta, con
tantísima gracia, señores, cual si toda su vida hubiese estado midiendo
en las tardes de primavera las baldosas de la calle Ancha, plaza de San
Antonio y alameda del Carmen.

Yo estaba asombrado contemplando tales transformaciones y me sorprendía
su extraordinaria belleza de la muchacha, cuando la vi realzada con los
atractivos que el arte presta tan hábilmente a la hermosura. ¡Y qué bien
sabía ella aplicarlos a su persona! ¡Qué singular talento el suyo para
poner cada objeto en el sitio donde debía estar, y donde las leyes más
rigurosas de la estética querían y mandaban que estuviese!

Después de rodear su cabeza con las blondas, colgose de las orejitas los
más hermosos pendientes que creo han salido de manos de artífice
platero. Luego estuvo mirándose un rato en el vidrio que cubría cierta
estampa del Purgatorio, llena toda de ánimas, diablos, llamas,
culebrones, sapos, cocodrilos, ruedas, sartenes, peroles, etc..., y
contempló allí su imagen confusa, por no haber en la estancia espejo, ni
vidrio azogado que hiciese sus veces. Después volvió la cabeza para
verse la caída de faldas por detrás, tomó un abanico, dio el meneo a las
varillas, que chillaron desarrollando un vasto paisaje poblado de
amorcitos, y echándose aire con él, comenzó a pasear por la habitación,
riéndose de sí misma y de la risa que a las otras dos causaba.

Viendo tal profanación, escándalo y desacato, penetró el insigne D. Paco
en la pieza, y exclamó:

--¿Qué alboroto es este? Asuncioncita, Presentacioncita, todo se lo
contaré a mamá cuando venga, todo, todito.

Presentación cesó de cantar, y tomando al preceptor por un brazo, le
dijo:

--Sr. D. Paquito mío, si no le dices nada a mamá, te doy un beso.

Y en el acto se lo dio en sus secas y arrugadas mejillas.

--A mí no se me seduce con besitos, niñas--repuso el viejo vacilando
entre el rigor y la tolerancia--. Cada una a su puesto, a leer, a coser.
Asuncioncita de todos los demonios, ¿qué descaro es ese?

--Calle usted, so bruto--dijo Asunción con muchísima sal.

--Si es un animal--añadió Presentación dándole un sopapo con su suave
manecita.

--Más respeto a mis canas, niñas--exclamó afligido el anciano--. Si no
fuera porque las he visto nacer, porque las he criado a mis pechos,
porque las he cantado el ro-ro...

Presentación haciendo gestos de delicada urbanidad, remedando a una
persona que durante el paseo encuentra en la calle a un conocido, parose
ante D. Paco, hizo una graciosa reverencia y le dijo:

--¡Oh! Sr. D. Protocolo, ¿usted por aquí? ¿Cómo está la señora doña
Circunspecta? ¿Va usted al baile del barón de Simiringande? ¿Qué dice
hoy la <i>Gaceta</i> de Pliquisburgo?...

--Eh... eh...--exclamó D. Paco, queriendo contener la risa que le
embobaba--. Miren la mocosa cómo habla, haciéndose la señora mayor.
Buena pieza tenemos en casa. ¡Qué escándalo, qué profanidad! ¿De dónde
habrá sacado esta niña tales picardías?

Y luego insistiendo ella en llevar adelante el chistoso papel que estaba
desempeñando, llegose a Inés, que también se moría de risa, y le dijo:

--¡Ola, madama! ¿Cómo la porta bu...? ¿Ha visto bu a la condesa? ¡Qué
magnífico ha estado el concierto y la ópera de Mitrídates! ¡Oh!,
madama... andiamo a tocare il forte piano... Aquí viene il maestro siñor
D. Paquitini... tan, taralá, tan tin, tan.

Y se puso a bailar un minueto.

--Vaya--exclamó D. Paco, echándosela de benévolo, pero afectando mucha
seriedad--les perdono lo que ha pasado si se acaba este jaleo, y va cada
una a su puesto. La señora viene.

Inés continuaba en la reja atisbando afuera, y también a ratos decía:

--¡Que va a llegar!

Presentación volvió a cantar, y luego dijo:

--Paquito de mi alma, si bailas conmigo te doy otro beso.

Y sin esperar respuesta del anciano, le tomó por los brazos, haciéndole
dar rápidas vueltas.

--Que me atonta, que me mata esta condenada--exclamaba el maestro,
describiendo curvas sin poderse defender, ni soltar.

--¡Ay, Paquito de mi alma y de mi vida, cuánto te quiero!--decía
Presentación.

El preceptor, abandonado de los ágiles brazos de su pareja, cayó al
suelo, pidiendo al cielo justicia; la muchacha le enredó una flor entre
las blancas guedejas de su peluca de ala de pichón, y dijo así:

--Toma, amor mío, esta flor en memoria de lo que te quiero.

Quiso levantarse, y empujado por Asunción, cayó al suelo. Quiso tirar de
él Presentación y quedose con un pedazo de solapa en la mano. Levantose
al fin, y persiguiéndole las dos con risas y festejo, trató una de ellas
de darle un latigazo con una varita de sacudir telas; mas lo hizo con
tan mala suerte que dando un cachiporrazo al altar, toda la máquina de
santos, velas y juguetes se vino al suelo con estrépito. Mientras acudía
a remediar el desperfecto, D. Paco estaba en tierra de rodillas, con los
brazos en cruz y la mirada fija en el techo y con voz compungida y
entrecortada, mientras gruesos lagrimones lustraban sus mejillas, decía:

--¡Señor Omnipotente y Misericordioso: que estas agonías sean en
descargo de mis pecados! Mucho padeciste en la cruz; ¿pero y esto,
Señor, esto no es cruz, estos no son clavos?, ¿estas no son espinas?,
¿estos no son bofetones y hiel y vinagre? Castigo es este del gran
pecado que cometí ocultando a mi señora las travesuras de estas niñas, y
las mil picardías que han aprendido sin que nadie se las enseñase; pero
por la lanzada que te dieron, Señor, juro que seré leal y fiel con mi
querida ama, y que no he de ocultarle ni tanto así de lo que pasa.

D. Diego y yo, que habíamos permanecido observando aquel espectáculo sin
ser vistos, quisimos entrar; pero vimos que Inés se apartó vivamente de
la reja, y en el mismo instante pasó por la calle una figura, una
sombra, en quien reconocimos a lord Gray. Apenas habíamos tenido tiempo
de reconocerle, cuando un objeto, entrando por la reja, vino a caer en
medio de la sala. Al punto se abalanzó hacia el pequeño bulto D. Paco, y
observándolo y recogiéndolo, dijo:

--¿Una cartita, eh? La ha arrojado un hombre.

Inés, que se acercó de nuevo a la reja, exclamó con terror:

--¡Doña María, doña María viene ya!




XIII


Se quedaron muertas, petrificadas; pero con presteza extraordinaria las
tres empezaron a ordenar los objetos, para que cada cosa estuviese en su
sitio. Arreglaron el altar atropelladamente; despojose la una de los
atavíos que se había puesto; compuso la otra su vestido en desorden;
pero por más prisa que se daban, tales eran la confusión y desconcierto
producidos allí por la anarquía, que no había medio de volverlo todo a
su primitivo estado. D. Diego me dijo, al ver que las muchachas iban a
ser sorprendidas antes de poder borrar las huellas de su rebelión:

--Amigo, huyamos.

--¿A dónde?

--A la Patagonia, a las Antípodas. ¿Tú no adivinas lo que va a pasar
aquí?

--Quedémonos, amigo, y tal vez hagamos una buena obra defendiendo a
estas infelices, si el preceptor las delata.

--¿Viste que pasó un hombre y arrojó dentro un billete?

--Era lord Gray. Veamos en qué para esto.

--Pero mi madre viene; y si te ve aquí en acecho...

Ni esta consideración me hizo apartar de la estancia que nos servía de
observatorio; pero afortunadamente doña María no entró por allí, y
pasando primero a su alcoba, penetró por esta a la funesta habitación
donde ocurriera el sainete que iba a terminar en tragedia. Nosotros nos
pusimos en disposición de poder oírlo todo sin ser vistos, aunque
también sin ver nada. Sepulcral silencio reinó por breve tiempo en la
pieza, y al fin interrumpiole la condesa, diciendo con la mayor
severidad:

--¿Qué desorden es este? Inés, Asunción, Presentación... ese altar
destrozado, esos vestidos por el suelo... Niñas, ¿por qué estáis tan
sofocadas, por qué tenéis tan encendido el rostro?... Tembláis... Vamos
a ver; Sr. D. Paco, ¿qué ha pasado aquí?... ¿Pero qué veo? Señor D.
Paco, señor preceptor, ¿por qué tiene usted destrozada la ropa?... ¡Pues
y ese gran cardenal en el carrillo...? ¿Ha estado usted quitando
telarañas con la peluca?

--Se... se... señora doña María de mi alma--dijo el ayo con voz trémula
y cierto hipo producido por su gran zozobra y la lucha que diversos
sentimientos sostenían sin duda entonces en su pobre alma--yo no puedo
callar más... Mi conciencia no me lo permite. Yo... hace cuarenta años
que co... co... como el pan de esta casa... y no puedo...

No pudiendo seguir, prorrumpió en llanto copiosísimo.

--Pero ¿a qué vienen esos lloros?... ¿Qué han hecho las niñas?

--Señora--dijo al fin D. Paco entre sollozos, hipidos y babeos--; me han
pegado, me han arrastrado, me han... Asuncioncita se puso a imitar a la
gente de los paseos. Presentacioncita bailó el zorongo, el bran de
Inglaterra y la zarabanda... Luego pasó por la calle un caballerito,
miró adentro y les arrojó este billete.

Hubo un momento de silencio, de esos silencios angustiosos como el que
precede al cañonazo, después que se ha visto la mecha próxima al cebo.
Durante aquel intervalo de mudo terror, que desde la escena donde tal
drama pasaba se comunicó a nosotros, haciéndonos temblar como quien
aguarda un terremoto, se sintieron los tenues chasquidos de un papel que
se desdobla, y luego una exclamación de sorpresa, asombro o no sé si de
fiereza inaudita, que salió del tempestuoso seno de doña María.

--Esta letra es de lord Gray...--exclamó--. ¡Qué desvergonzado
atrevimiento! ¿A quién de vosotras se dirige la carta? Dice: «Idolatrado
amor mío: si tus promesas no son vanas...». ¡Pero una persona como yo no
puede leer tales indecencias!... ¿A quién de vosotras dirige lord Gray
esta esquela?

Continuó el silencio, uno de esos silencios que parecen anunciar el
desplome del mundo.

--Presentación, ¿es a ti? Asunción, ¿es a ti? Inés, ¿es a ti? Responded
al momento. ¡Señor misericordioso! ¡Si alguna de mis hijas, si alguien
nacido de mis entrañas ha dado motivo para que un hombre le dirija estas
palabras, prefiero que muera ahora mismo, y yo detrás, antes que tolerar
tal deshonra!

La imprecación retumbó en la sala como una voz de los pasados siglos que
clamaba en defensa de cien generaciones ultrajadas. Oyéronse luego
llantos comprimidos y el resoplido de D. Paco, que así desfogaba los
ardores de su corazón, inflamado ya por nobles impulsos de generosidad.

--Señora--dijo moqueando y babeando--perdone usía a las niñas. Eso no
habrá sido nada. Tal vez un tuno que pasó por la calle. Ellas se han
estado muy calladitas.

--Se me figura--dijo doña María sin perder la dignidad en su cólera--que
no tendré que hacer grandes averiguaciones para saber quién ha motivado
esta amorosa epístola. Tú, Inés, tú has sido. Hace tiempo que sospechaba
esto...

Nuevo silencio.

--Responde--prosiguió doña María--. Yo tengo derecho a saber en qué
emplea su tiempo la que va a casarse con mi hijo.

Entonces oí la voz de Inés, que claramente y no muy turbada respondía:

--Sí, señora doña María. Lord Gray escribió para mí. Perdóneme usted.

--¡De modo que tú!...

--Yo no tengo culpa... Lord Gray...

--Te ha trastornado el juicio--dijo doña María--. ¡Bonita y ejemplar
conducta de una niña de tu condición, que representa una de las más
principales casas de España! ¡Inés, vuelve en ti, por Dios, repara quién
eres! ¿Es posible que una joven destinada?... Yo he observado que es tu
natural de suyo profano a las mundanidades. Ya supieron lo que se hacían
destinándote a ser casada y a ocupar alto puesto en la corte, que si por
arte del demonio hubiérante consagrado al claustro o a un decoroso
celibato... ¡pobre criatura!, tiemblo de pensarlo.

La ansiedad y zozobra que yo experimentaba no me permitieron reflexionar
sobre las peregrinas ideas de doña María.

--No has sido tú educada por mí--prosiguió esta--que de haberlo sido...
otra sería tu conducta...

--Señora madre--dijo Asunción llorando--. Inés no volverá a faltar más.

--Calla tú, necia. Después os ajustaré a vosotras dos las cuentas, pues
dijo D. Paco que habíais bailado y cantado.

--No, señora, no ha habido nada de baile ni de canto: fue broma
mía--exclamó muy sofocado el pobre preceptor, cuyo espíritu se afligía
con los crueles alardes de justicia de su señora.

--¿Y para qué has bajado estas ropas?--preguntó la condesa a Inés.

--Para que ellas las vieran. Las subiré, señora, y no las volveré a
bajar más--repuso Inés con humildad.

--¡Qué fundamento de niña! ¿No conoces que si a ti te cuadran estos
trapos y adornos, a ellas ni aun debe permitírseles el mirarlos? Tu
conducta no puede ser más contraria al decoro.

--Señora doña María--dijo D. Paco--permítame usía que la diga que la
señora doña Inesita en lo íntimo de su corazón deplora el disgusto que
la ha dado. ¿No es verdad, señora doña Inesita? Vaya, señora doña María,
perdón al canto, y todo se acabó.

--No se meta usted en lo que no le importa, Sr. D. Paco--dijo la
condesa--. Y tú, Inés, ten entendido que serás perdonada, si las cosas
no siguen adelante. Y no digo más sobre el particular. Ya saben ustedes
que soy benévola hasta la exageración, tolerante hasta la debilidad.
Ciérrense esas rejas al punto, y vamos a trabajar y a rezar... Inés, te
lo repito, respira tranquilamente. Con tal que no vuelva a repetirse...

Oyéronse voces de las muchachas, que si no de alegría y completa
bonanza, indicaban que el temporal iba pasando.

D. Diego me dijo:

--Vámonos, no sea que mi madre quiera salir por aquí y nos sorprenda.

Nos apartamos de allí.

--¿Qué te parece lo que hemos oído?

--Una infamia, una alevosía, un crimen sin ejemplo--exclamé no pudiendo
contener la cólera que me dominaba.

--¿Qué te parece la Inesita?... Buena pieza en verdad...

--Ese inglés de los demonios, ese monstruo que nos ha enviado aquí la
Gran Bretaña es el ser más odioso, más abominable que existe en la
tierra. Por mi parte, digo que le aborrezco, que le abomino; que sin
piedad le mataría, que me bebería su sangre... Adiós, me voy.

--¿Te vas?

--Sí: no quiero estar más en esta casa.

--Pero hombre, tú estás tonto. Si te he traído aquí para que me ampares.
Tú no sabes que ahora mi señora mamá, después que ponga fin a la
justiciada de allá, ha de venir a emprenderla conmigo por la escapatoria
de ayer tarde. ¿Olvidas, hombre ligero y frívolo, que has de atestiguar
que me viste ayer ocupado en dar vueltas a la noria?

--No quiero farsas, ni falsos testimonios, ni tengo para qué ver a doña
María... Adiós.

--Hombre cruel, detente. Mi madre sale.

En efecto, en el corredor atrapome la señora condesa, la cual después de
mostrarse sorprendida y no muy agradablemente con mi presencia, me
saludó, obligándome a pasar a la sala.

--¿Estabas aquí?--preguntó a su hijo.

--Sí, señora: Gabriel y yo estábamos en mi cuarto leyendo unos libros de
aritmética, y él me enseñaba a encontrar la quinta parte por un medio
nuevo; y como ayer cuando estuvimos viendo dar vueltas a la noria, yo
aposté a que no podía ser tal cosa, vino hoy a demostrármelo.

--¿Conque estuvieron ustedes ayer tarde en la noria?

--Sí, señora; dando vueltas a la noria... quiero decir, viendo.

--Es un entretenimiento inofensivo...

--Sí, señora... e instructivo.

--Propio de jóvenes de cabeza sentada--dijo doña María--. Sin embargo,
he oído que a la noria va mucha gente de mal vivir.

--No señora, de ninguna manera. Canónigos, militares de coronel para
arriba, señoras mayores, frailes...

--Mi hijo es algo distraído, y por eso temo... Pronto será libre y dueño
de sus acciones, porque en los asuntos de un hombre casado, sobre todo
si está en cierta posición, no deben entrometerse las madres.

--Exactamente. ¿Y cuándo se casa D. Diego?

--Ya no hay día seguro--respondió doña María, con firmeza.

--Y en verdad, Sr. D. Diego--dije yo volviéndome hacia mi amigo--que se
lleva usted la más hermosa muchacha que hay en todo Cádiz.

--Lo que es eso...--dijo la condesa con afectación--mi hijo puede estar
satisfecho de la suerte que le ha cabido en su elección, mejor dicho, en
nuestra elección, pues nosotras lo hemos arreglado todo. Para que nada
falte a esa muchacha, tiene hasta aquellas sutiles cualidades de ingenio
y amabilidad que la harán uno de los más bellos adornos de la corte,
cuando la haya. Y no se diga que a una joven mayorazga, destinada a
casarse con otro mayorazgo, se la debe sujetar y comprimir para que ni
hable, ni trate con personas de mundo. Eso no; eso sería ridículo, y
nada hay más contrario a la alteza y sonoridad de ciertas familias que
verlas representadas en la corte por una damisela encogida, vergonzosa,
que se asusta de la gente y no sabe decir más que <i>buenas tardes</i> y
<i>buenas noches</i>.

--Pues maldita la gracia que me hace--dijo D. Diego con
desabrimiento--ver a mi novia muy amartelada con lord Gray en este
salón.

Doña María se puso encendida.

--Este joven--dije yo--no eleva su entendimiento hasta los altos
principios de la educación castiza. ¿Pues acaso su mujer va a ser monja?
A las que van a ser monjas o solteras, bueno que se las enseñe a no
levantar los ojos del suelo; pero a las que van a casarse y a ser
grandes señoras... Pero hombre, ¿está usted loco? Mi amigo es un necio,
un caviloso, señora. ¿Apostamos a que por estas y otras imaginaciones
ridículas va a dar en la flor de decir que no se casa?

--¡Cómo!--exclamó la dama--. Mi hijo no será capaz de tal simpleza.

--Sí, señora, sí seré capaz--dijo D. Diego sin poder contener el ímpetu
de sus celos.

--¡Diego, hijo mío!

--Sí, señora, lo que dice Gabriel es verdad, no quiero casarme, al menos
hasta ver...

--No puede darse necedad mayor--dije--. Porque lord Gray haya conseguido
con su buena apostura, sus finos modales, su talento...

--Mi hijo no me dará tan gran pesadumbre.

La condesa, por hallarse en presencia de un extraño, no soltó la ira que
a borbotones quería escapársele del pecho, al ver en su hijo la
obstinada genialidad, que amenazaba echar por tierra todos sus
proyectos; mas conociendo yo que aquel volcán necesitaba cumplido
desahogo por el cráter de la boca y quizás por el de las manos, juzgué
prudente retirarme.

--¿Se marcha usted?--me dijo--. Ya, una persona discreta no puede
soportar las bachillerías y antojos de este inconsiderado niño.

--Señora--repuse--D. Diego es un niño obediente y hará lo que su madre
le mande. Beso a usted los pies.

Quiso D. Diego salir conmigo; pero la condesa le detuvo, diciendo con
enojo:

--Caballerito, tenemos que hablar.

Yo anhelaba respirar fuera de aquella casa.




XIV


Al encontrarme en la calle miré a las rejas y las vi cerradas.
Atormentado por el recuerdo de lo que había visto y oído, revolviendo en
mi cabeza pensamientos de venganza, proyectos de barbarie, y no sé qué
ideas impías y locas, dije para mí:

--Ya no me queda duda. Mataré a ese maldito inglés.

En las mil alternativas y vicisitudes de mi vida, bajé, subí, caí y
levanteme; creí tocar con mis manos fatigadas el fondo de aquel mar de
la borrascosa desventura, donde transcurrió mi niñez, y fuerzas
ignoradas me sacaron de nuevo a la superficie; luché y padecí, deseé la
muerte y amé la vida; grandes vaivenes y sacudidas experimenté; pero
cuando subía, y bajaba, y luchaba, y vivía, y moría, jamás dejé de
percibir aquella luz, encendida ante la desgracia, lejana estrella a
quien consideraba como expresión de lo divino y sobrenatural que hay en
la existencia. Pero ya la luz se había apagado, y volviendo los ojos en
derredor, yo no veía sino espantosas oscuridades. Lo que yo creía
perfecto ya no lo era; lo que yo juzgué mío, tampoco era mío, y pensando
en esto no cesaba de exclamar:

--Mataré a ese condenado lord Gray. Ahora comprendo la satisfacción de
matar a un hombre.

Turbado por los celos, mi corazón, que hasta entonces había como
florecido, despidiendo un sentimiento apacible y contemplativo cual el
de la religión, ardía ahora con apasionado centelleo, y lo que había
amado, por extraordinaria contradicción más digno de ser amado le
parecía. Sentía ansia de destrucción, y mi amor propio, mi orgullo
herido clamaban al cielo, haciendo a toda la creación solidaria de mi
agravio. Yo creía que el universo entero estaba ofendido, y que cielo y
tierra respiraban anhelo de venganza. Crucé varias calles, repitiendo:

--Mataré a ese inglés, le mataré.

Al volver una esquina creí distinguirle y apresuré el paso. Sí, era él.
Dios me lo ponía delante; le vi de espaldas y corrí; mas cuando estaba
junto a él y antes que me viera, pensé que no era prudente precipitar un
hecho que debía tener justificación completa. Procurando serenarme, dije
para mí:

--Tengo la seguridad de sorprenderle dentro de la casa. Entretanto,
esperemos.

Le toqué en el hombro, y él, al volverse, me miró impasible, sin mostrar
ni alegría ni desagrado.

--Lord Gray--le dije--ha tiempo que estoy esperando la última lección de
esgrima.

--Hoy no tengo humor para lecciones.

--La necesitaré pronto.

--¿Va usted a batirse? ¡Qué felicidad! ¡Hoy tengo yo un humor!... Deseo
atravesar a cualquiera.

--Yo también, lord Gray.

--Amigo mío, proporcióneme usted un hombre con quien romperme el alma.

--¿Tiene usted <i>spleen</i>?

--Horroroso.

--Y yo. Los españoles también solemos padecer esa enfermedad.

--Es muy raro. En buena ocasión me ha salido usted hoy al encuentro.

--¿Por qué?

--Porque tenía una mala tentación. Estaba en lo más negro de la negrura
del <i>spleen</i>, y pasó por mí la idea de pegarme un tiro o de arrojarme de
cabeza al mar.

--Todo por un amor desgraciado. Cuénteme usted eso y le daré buenos
consejos.

--No me hacen falta. Yo me entiendo solo.

--Yo conozco a la mujer que le trae a usted a tan lastimoso estado.

--Usted no conoce nada. Dejemos esa cuestión y no hablemos más de ella.

Aquella vez, como otras muchas, lord Gray esquivaba tratar el asunto.

--¿Con que quiere usted que le dé una lección?--me dijo después.

--Sí; pero tal, que con ella aprenda de una vez todo lo que encierra el
noble arte de la esgrima; porque, milord, tengo que matar a uno.

--Es cosa fácil. Le matará usted.

--¿Vamos a casa de milord?

--No; vamos al ventorrillo de Poenco. Beberemos un poco. ¿Y cuándo va
usted a matar a ese hombre?

--Cuando tenga la certeza de su alevosía. Hasta hoy tengo indicios que
casi son datos evidentes; de los cuales resultan sospechas que casi son
la misma certidumbre. Pero necesito más, porque mi alma, crédula hasta
lo sumo, forja sutilezas y escrúpulos. La pícara quiere prolongar su
felicidad.

Él calló y yo también. Silenciosamente llegamos a Puerta de Tierra.

Había en casa del señor Poenco gran remesa de majas y gente del bronce,
y las coplas picantes, con el guitarreo y las palmadas, formaban
estrepitosa música dentro y fuera de la casa.

--Entremos--me dijo lord Gray--. Esta graciosa canalla y sus costumbres
me cautivan. Poenco, llévanos al cuarto de dentro.

--Aquí viene lo güeno--exclamó Poenco--. Desapartarse todo el mundo.
Abran calle; calle, señores... espejen, que pasa su majestad miloro.

--Muchachos, ¡viva miloro y las cortes de la Isla!--gritó el tío
Lombrijón levantándose de su asiento y saludándonos, sombrero en mano,
con aquel garbo majestuoso que es tan propio de gente andaluza--. Y en
celebración del santo del día, que es la santísima libertad de la
imprenta, señó Poenco, suelte usted la espita y que corra un mar de
manzanilla. Todo lo que beba miloro y la compaña lo pago yo, que aquí
está un caballero pa otro caballero.

El tío Lombrijón era un viejo robusto y poderoso, de voz bronca y gestos
gallardos y caballerescos. Era traficante en vinos y gozaba opinión de
hombre rico, así como de gran galanteador y mujeriego, a pesar de la
madurez de sus años.

Lord Gray le dio las gracias, pero sin imitarle ni en el tono ni en los
movimientos, diferenciándose en esto de la mayor parte de los ingleses
que visitan las Andalucías, los cuales tienen empeño en hablar y vestir
como la gente del país.

--Oigasté, tío Lombrijón--dijo otro a quien llamaban Vejarruco, y que
era joven y curtidor en el Puerto--. A mí no me falta ningún hombre
nacío.

--¿Por qué lo dices, camaraíya y en qué te he faltado?--dijo Lombrijón.

--Bien lo sabes, camaraíya--repuso Vejarruco--. En que asina que vi
venir a miloro y la compañía, dije al señor Poenco: «Lo que beba miloro
y la compañía, corre de mi cuenta; que aquí hay un caballero pa otro
caballero».

--¡Zorongo!--exclamó Lombrijón--. Pero di, Vejarruco, ¿eso es conmigo?

--¡Cachirulo!, contigo es.

--Estira más esa estampa, que no te veo bien.

--Alarga el jocico pa que te tome el molde de él.

--¡Carambita! ¿Usté no sabe que cuando me pica un mosquito le
desmondongo al momento?

--¡Sonsoniche! ¿Usté no sabe que cuando le pego un pezco a un hombre
tiene que pedir prestaos dientes y muelas para comer?

--Basta ya, que se me van regolviendo los sentidos garrofales--dijo
Lombrijón--. Señores, empiecen a cantar el <i>requieternam</i> por ese
probesito Vejarruco.

--Alentaíto está el viejo.

--Pues allá va la lezna.

Lombrijón se llevó la mano al cinturón en ademán de sacar la navaja, y
todos los presentes, principalmente las mujeres, empezaron a gritar.

--Señores, no temblar--indicó Vejarruco.

--No se batirán--me dijo lord Gray--. Todos los días hacen lo mismo y
después no hay nada.

--No he traído el escarbador de dientes--dijo Lombrijón, encontrándose
sin armas.

--Pues ni yo tampoco--añadió Vejarruco.

--Camaraíya, por eso no ha de quedar. Usté está amarillo. Señores,
cuando eché mano al cinturón me relucieron las uñas, y pensó que era
jierro.

--¡Zorongo! Camará, usté ha escondido la lezna para que no haya
compromiso.

--Tú te la habrás metío en el garguero.

--Yo no la traigo, por humaniá--repuso Vejarruco--porque como tengo esta
mano tan pesá, se necesita mucha prudencia pa no matar caa momento.

--Vaya, déjenlo para después--dijo Poenco--y a beber.

--Lo que hace por mí, no tengo prisa... Si Vejarruco se quiere confesar
antes que le endiñe...

--Lo que es por mí... cuando Lombrijón quiera el pasaporte para la
<i>secula culorum</i>, se lo daré.

--Pelillos a la mar--dijo Poenco--; y pos que los dos han de morir,
mueran amigos.

--No hay por qué ofenderse, comparito. ¿Usté se ha ofendío?--preguntó
Lombrijón a su antagonista.

--¡Cachirulo! Yo no, ¿y usté?

--Tampoco.

--Pues vengan esos cinco mandamientos.

--Allá van, y vivan las Cortes y viva miloro.

--Para cortar la cuestión--dijo lord Gray--yo pagaré a todo el mundo.
Poenco, sírvenos.

Las majas que allí había obsequiaron a lord Gray con sonrisas y dichos
graciosos; pero el inglés no tenía humor de bromas.

--¿Ha venido María de las Nieves?--preguntó a una.

--Pesaíto está con María de las Nieves. ¿Nosotras somos aljofifas?

--Si miloro va esta noche a mi casa--dijo en voz baja otra, que era, si
no me engaño, Pepa Higadillos--verá lo bueno. Mi marío ha ido a comprar
burros, y me divierto pa matar la soleá.

--A donde irá miloro esta noche es a mi casa--indicó otra que era ya
matrona--. A mi casa va toda la sal del mundo, y si miloro quiere poner
un par de pesetas a un caballo, no tengo comeniente... Mi casa es muy
principal...

Lord Gray se apartó con hastío de aquella gente, y entramos en un
cuarto, donde el tabernero recibía tan sólo a cierta clase de personas,
y la mesa junto a la cual nos sentamos viose al punto cubierta del rico
tributo de aquellas viñas costaneras, que no tuvieron ni tienen igual en
el mundo.




XV


--Hoy voy a beber mucho--me dijo el inglés--. Si Dios no hubiese hecho a
Jerez, ¡cuán imperfecta sería su obra! ¿En qué día lo hizo? Yo creo que
debió de ser en el sétimo, antes del descanso, pues ¿cómo había de
descansar tranquilo si antes no rematara su obra?

--Así debió de ser.

--No; me parece que fue en el célebre día, cuando dijo: «Hágase la luz»;
porque esto es luz, amigo mío, y quien dice la luz, dice el
entendimiento.

--Señó miloro--dijo Poenco acercándose a mi amigo para hablarle con
oficioso sigilo--; María de las Nieves está ya loquita por vucencia. Se
hizo todo, y ya tiene su pañolón, sus zarcillos y su basquiña. Si no hay
nada que resista a ese jociquito rubio; y como vucencia siga aquí, nos
vamos a quedar sin donceyas.

--Poenco--dijo lord Gray--déjame en paz con tus doncellas, y lárgate de
aquí, si no quieres que te rompa una botella en la cara.

--Pues najencia, me voy. No se enfade mi niño. Yo soy hombre discreto.
Pero sabe vucencia que ofrecí dos duros a la tía Higadillos que llevó el
pañolón... cétera; cétera.

Lord Gray sacó dos duros y los tiró al suelo sin mirar al tabernero,
quien tomándolos, tuvo a bien dejarnos solos.

--Amigo--me dijo el inglés--ya no me queda nada por ver en las negras
profundidades del vicio. Todo lo que se ve allá abajo es repugnante. Lo
único que vale algo es este vivífico licor, que no engaña jamás, como
proceda de buenas cepas. Su generoso fuego, encendiendo llamas de
inteligencia en nuestra mente, nos sutiliza, elevándonos sobre la vulgar
superficie en que vivimos.

Lord Gray bebía con arte y elegancia, idealizando el vicio como
Anacreonte. Yo bebía también, inducido por él, y por primera vez en la
vida, sentía aquel afán de adormecimiento, de olvido, de modificación en
las ideas, que impulsa en sus incontinencias a los buenos bebedores
ingleses.

Resonó un cañonazo en el fondo de la bahía.

--Los franceses arrecian el bombardeo--dije asomándome al ventanillo.

--Y al son de esta música los clérigos y los abogados de las Cortes se
ocupan en demoler a España para levantar otra nueva. Están borrachos.

--Me parece que los borrachos son otros, milord.

--Quieren que haya igualdad. Muy bien. Lombrijón y Vejarruco serán
ministros.

--Si viene la igualdad y se acaba la religión, ¿quién le impedirá a
usted casarse con una española?--dije regresando junto a la mesa.

--Yo quiero que me lo impidan.

--¿Para qué?

--Para arrancarla de las garras que la sujetan; para romper las barreras
que la religión y la nacionalidad ponen entre ella y yo; para reírme en
las barbas de doce obispos y de cien nobles finchados, y derribar a
puntapiés ocho conventos, y hacer burla de la gloriosa historia de diez
y siete siglos, y restablecer el estado primitivo.

Decía esto en plena efervescencia, y no pude menos de reírme de él.

--Hermoso país es España--continuó--. Esa canalla de las Cortes lo va a
echar a perder. Huí de Inglaterra para que mis paisanos no me rompieran
los oídos con sus chillidos en el Parlamento, con sus pregones del
precio del algodón y de la harina, y aquí encontré las mayores delicias,
porque no hay fábricas, ni fabricantes panzudos, sino graciosos majos;
ni polizontes estirados, sino chusquísimos ladrones y contrabandistas;
porque no había boxeadores, sino toreros; porque no hay generales de
academia, sino guerrilleros; porque no hay fondas, sino conventos llenos
de poesía; y en vez de lores secos y amojamados por la etiqueta, estos
nobles que van a las tabernas a emborracharse con las majas; y en vez de
filósofos pedantes, frailes pacíficos que no hacen nada; y en vez de
amarga cerveza, vino que es fuego y luz, y sobrenatural espíritu...

»¡Oh, amigo! Yo debí nacer en España. Si yo hubiese nacido bajo este
sol, habría sido guerrillero hoy y mendigo mañana, y fraile al amanecer
y torero por la tarde, y majo y sacristán de conventos de monjas, abate
y petimetre contrabandista y salteador de caminos... España es el país
de la naturaleza desnuda, de las pasiones exageradas, de los
sentimientos enérgicos, del bien y el mal sueltos y libres, de los
privilegios que traen las luchas, de la guerra continua, del nunca
descansar... Amo todas esas fortalezas que ha ido levantando la
historia, para tener yo el placer de escalarlas; amo los caracteres
tenaces y testarudos para contrariarlos; amo los peligros para
acometerlos; amo lo imposible para reírme de la lógica, facilitándolo;
amo todo lo que es inaccesible y abrupto en el orden moral, para
vencerlo; amo las tempestades todas para lanzarme en ellas, impelido por
la curiosidad de ver si salgo sano y salvo de sus mortíferos remolinos;
gusto de que me digan «de aquí no pasarás», para contestar «pasaré».

Yo sentía inusitado ardor en mi cabeza, y la sangre se me inflamaba
dentro de las venas. Oyendo a lord Gray, sentime inclinado a abatir su
estupendo orgullo, y con altanería le dije:

--Pues no, no pasará usted.

--¡Pues pasaré!--me contestó.

--Yo amo lo recto, lo justo, lo verdadero, y detesto los locos absurdos
y las intenciones soberbias. Allí donde veo un orgulloso, le humillo;
allí donde veo un ladrón, le mato; allí donde veo un intruso, le arrojo
fuera.

--Amigo--me dijo el inglés--me parece que a usted se le van los humos de
la manzanilla a la cabeza. Yo le digo como Lombrijón a Vejarruco:
«Camaraíta, ¿eso que ha dicho es conmigo?».

--Con usted.

--¿No somos amigos?

--No: no somos ni podemos ser amigos--exclamé con la exaltación de la
embriaguez--. ¡Lord Gray, le odio a usted!

--Otro traguito--dijo el inglés con socarronería--. Hoy está usted
bravo. Antes de beber, habló de matar a un hombre.

--Sí, sí... Y ese hombre es usted.

--¿Por qué he de morir, amigo?

--Porque quiero, lord Gray; ahora mismo. Elija usted sitio y armas.

--¿Armas? Un vaso de Pero Jiménez.

Me levanté fuera de mí, y así una silla con resolución hostil; pero lord
Gray permaneció tan impasible, tan indiferente a mi cólera, y al mismo
tiempo tan sereno y risueño, que sentime sin bríos para descargarle el
golpe.

--Despacio. Nos batiremos luego--dijo rompiendo a reír con expansiva
jovialidad--. Ahora voy a declarar la causa de ese repentino enfado y
anhelo de matarme. ¡Pobrecito de mí

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