Misericordia
by Benito Pérez Galdós · Spanish · Gutenberg #21831 · 499,593 chars · public domain (US)
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Title: Misericordia
Author: Benito Pérez Galdós
Release date: June 14, 2007 [eBook #21831]
Most recently updated: January 2, 2021
Language: Spanish
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Misericordia
Benito Pérez Galdós
I
Dos caras, como algunas personas, tiene la parroquia de San Sebastián...
mejor será decir la iglesia... dos caras que seguramente son más
graciosas que bonitas: con la una mira a los barrios bajos, enfilándolos
por la calle de Cañizares; con la otra al señorío mercantil de la Plaza
del Ángel. Habréis notado en ambos rostros una fealdad risueña, del más
puro Madrid, en quien el carácter arquitectónico y el moral se aúnan
maravillosamente. En la cara del Sur campea, sobre una puerta chabacana,
la imagen barroca del santo mártir, retorcida, en actitud más bien
danzante que religiosa; en la del Norte, desnuda de ornatos, pobre y
vulgar, se alza la torre, de la cual podría creerse que se pone en
jarras, soltándole cuatro frescas a la Plaza del Ángel. Por una y otra
banda, las caras o fachadas tienen anchuras, quiere decirse, patios
cercados de verjas mohosas, y en ellos tiestos con lindos arbustos, y un
mercadillo de flores que recrea la vista. En ninguna parte como aquí
advertiréis el encanto, la simpatía, el _ángel_, dicho sea en andaluz,
que despiden de sí, como tenue fragancia, las cosas vulgares, o algunas
de las infinitas cosas vulgares que hay en el mundo. Feo y pedestre como
un pliego de aleluyas o como los romances de ciego, el edificio
bifronte, con su torre _barbiana_, el cupulín de la capilla de la
Novena, los irregulares techos y cortados muros, con su afeite barato de
ocre, sus patios floridos, sus hierros mohosos en la calle y en el alto
campanario, ofrece un conjunto gracioso, picante, _majo_, por decirlo de
una vez. Es un rinconcito de Madrid que debemos conservar cariñosamente,
como anticuarios coleccionistas, porque la caricatura monumental también
es un arte. Admiremos en este San Sebastián, heredado de los tiempos
viejos, la estampa ridícula y tosca, y guardémoslo como un lindo
mamarracho.
Con tener honores de puerta principal, la del Sur es la menos favorecida
de fieles en días ordinarios, mañana y tarde. Casi todo el señorío entra
por la del Norte, que más parece puerta excusada o familiar. Y no
necesitaremos hacer estadística de los feligreses que acuden al sagrado
culto por una parte y otra, porque tenemos un _contador_ infalible: los
pobres. Mucho más numerosa y formidable que por el Sur es por el Norte
la cuadrilla de miseria, que acecha el paso de la caridad, al modo de
guardia de alcabaleros que cobra humanamente el portazgo en la frontera
de lo divino, o la contribución impuesta a las conciencias impuras que
van a donde lavan.
Los que hacen la guardia por el Norte ocupan distintos puestos en el
patinillo y en las dos entradas de este por las calles de las Huertas y
San Sebastián, y es tan estratégica su colocación, que no puede
escaparse ningún feligrés como no entre en la iglesia por el tejado. En
rigurosos días de invierno, la lluvia o el frío glacial no permiten a
los intrépidos soldados de la miseria destacarse al aire libre (aunque
los hay constituidos milagrosamente para aguantar a pie firme las
inclemencias de la atmósfera), y se repliegan con buen orden al túnel o
pasadizo que sirve de ingreso al templo parroquial, formando en dos alas
a derecha e izquierda. Bien se comprende que con esta formidable
ocupación del terreno y táctica exquisita, no se escapa un cristiano, y
forzar el túnel no es menos difícil y glorioso que el memorable paso de
las Termópilas. Entre ala derecha y ala izquierda, no baja de docena y
media el aguerrido contingente, que componen ancianos audaces, indómitas
viejas, ciegos machacones, reforzados por niños de una acometividad
irresistible (entiéndase que se aplican estos términos al arte de la
postulación), y allí se están desde que Dios amanece hasta la hora de
comer, pues también aquel ejército se raciona metódicamente, para volver
con nuevos bríos a la campaña de la tarde. Al caer de la noche, si no
hay Novena con sermón, Santo Rosario con meditación y plática, o
Adoración Nocturna, se retira el ejército, marchándose cada combatiente
a su olivo con tardo paso. Ya le seguiremos en su interesante regreso al
escondrijo donde mal vive. Por de pronto, observémosle en su rudo luchar
por la pícara existencia, y en el terrible campo de batalla, en el cual
no hemos de encontrar charcos de sangre ni militares despojos, sino
pulgas y otras feroces alimañas.
Una mañana de Marzo, ventosa y glacial, en que se helaban las palabras
en la boca, y azotaba el rostro de los transeúntes un polvo que por lo
frío parecía nieve molida, se replegó el ejército al interior del
pasadizo, quedando sólo en la puerta de hierro de la calle de San
Sebastián un ciego entrado en años, de nombre Pulido, que debía de
tener cuerpo de bronce, y por sangre alcohol o mercurio, según resistía
las temperaturas extremas, siempre fuerte, sano, y con unos colores que
daban envidia a las flores del cercano puesto. La florista se replegó
también en el interior de su garita, y metiendo consigo los tiestos y
manojos de siemprevivas, se puso a tejer coronas para niños muertos. En
el patio, que fue _Zementerio de S. Sebastián_, como declara el azulejo
empotrado en la pared sobre la puerta, no se veían más seres vivientes
que las poquísimas señoras que a la carrera lo atravesaban para entrar
en la iglesia o salir de ella, tapándose la boca con la misma mano en
que llevaban el libro de oraciones, o algún clérigo que se encaminaba a
la sacristía, con el manteo arrebatado del viento, como pájaro negro que
ahueca las plumas y estira las alas, asegurando con su mano crispada la
teja, que también quería ser pájaro y darse una vuelta por encima de la
torre.
Ninguno de los entrantes o salientes hacía caso del pobre Pulido, porque
ya tenían costumbre de verle impávido en su guardia, tan insensible a la
nieve como al calor sofocante, con su mano extendida, mal envuelto en
raída capita de paño pardo, modulando sin cesar palabras tristes, que
salían congeladas de sus labios. Aquel día, el viento jugaba con los
pelos blancos de su barba, metiéndoselos por la nariz y pegándoselos al
rostro, húmedo por el lagrimeo que el intenso frío producía en sus
muertos ojos. Eran las nueve, y aún no se había estrenado el hombre. Día
más _perro_ que aquel no se había visto en todo el año, que desde Reyes
venía siendo un año fulastre, pues el día del santo patrono (20 de
Enero) sólo _se habían hecho_ doce _chicas_, la mitad aproximadamente que
el año anterior, y la Candelaria y la novena del bendito San Blas, que
otros años fueron tan de provecho, vinieron en aquel con diarios de
siete _chicas_, de cinco _chicas_: ¡valiente puñado! «Y me _paice_ a
mí--decía para sus andrajos el buen Pulido, bebiéndose las lágrimas y
escupiendo los pelos de su barba--, que el amigo San José también nos
vendrá con mala pata... ¡Quién se acuerda del San José del primer año de
Amadeo!... Pero ya ni los santos del cielo son como es debido. Todo se
acaba, Señor, hasta _el fruto de la festividá_, o, como quien dice, la
_probeza honrada_. Todo es por tanto pillo como hay en la política
_pulpitante_, y el aquel de las suscriciones para las _vítimas_. Yo que
Dios, mandaría a los ángeles que reventaran a todos esos que en los
papeles andan siempre inventando _vítimas_, al cuento de jorobarnos a
los pobres _de tanda_. Limosna hay, buenas almas hay; pero liberales por
un lado, el _Congrieso_ dichoso, y por otro las _congriogaciones_, los
_metingos_ y _discursiones_ y tantas cosas de imprenta, quitan la
voluntad a los más cristianos... Lo que digo: quieren que no _haiga_
pobres, y se saldrán con la suya. Pero _pa_ entonces, yo quiero saber
quién es el guapo que saca las ánimas del Purgatorio... Ya, ya se
pudrirán allá las señoras almas, sin que la cristiandad se acuerde de
ellas, porque... a mí que no me digan: el rezo de los ricos, con la
barriga bien llena y las carnes bien abrigadas, no vale... por Dios vivo
que no vale».
Al llegar aquí en su meditación, acercósele un sujeto de baja estatura,
con luenga capa que casi le arrastraba, rechoncho, como de sesenta años,
de dulce mirar, la barba cana y recortada, vestido con desaliño; y
poniéndole en la mano una perra grande, que sacó de un cartucho que sin
duda destinaba a las limosnas del día, le dijo: «No te la esperabas hoy:
di la verdad. ¡Con este día!...
---Sí que la esperaba, mi Sr. D. Carlos--replicó el ciego besando la
moneda--, porque hoy es el _universario_, y usted no había de faltar,
aunque se helara el cero de los _terremotos_ (sin duda quería decir
_termómetros_).
--Es verdad. Yo no falto. Gracias a Dios, me voy defendiendo, que no es
flojo milagro con estas heladas y este pícaro viento Norte, capaz de
encajarle una pulmonía al caballo de la Plaza Mayor. Y tú, Pulido, ten
cuidado. ¿Por qué no te vas adentro?
--Yo soy de bronce, Sr. D. Carlos, y a mí ni la muerte me quiere. Mejor
se está aquí con la ventisca, que en los interiores, alternando con esas
viejas charlatanas, que no tienen educación... Lo que yo digo: la
educación es lo primero, y sin educación, ¿cómo quieren que _haiga_
caridad?... D. Carlos, que el Señor se lo aumente, y se lo dé de
gloria...».
Antes de que concluyera la frase, el D. Carlos voló; y lo digo así,
porque el terrible huracán hizo presa en su desmedida capa, y allá
veríais al hombre, con todo el paño arremolinado en la cabeza, dando
tumbos y giros, como un rollo de tela o un pedazo de alfombra
arrebatados por el viento, hasta que fue a dar de golpe contra la
puerta, y entró ruidosa y atropelladamente, desembarazando su cabeza del
trapo que la envolvía. «¡Qué día... vaya con el día de porra!»--exclamaba
el buen señor, rodeado del enjambre de pobres, que con chillidos
plañideros le saludaron; y las flacas manos de las viejas le ayudaban a
componer y estirar sobre sus hombros la capa. Acto continuo repartió las
perras, que iba sacando del cartucho una a una, sobándolas un poquito
antes de entregarlas, para que no se le escurriesen dos pegadas; y
despidiéndose al fin de la pobretería con un sermoncillo gangoso,
exhortándoles a la paciencia y humildad, guardó el cartucho, que aún
tenía monedas para los de la puerta del frontis de Atocha, y se metió en
la iglesia.
II
Tomada el agua bendita, don Carlos Moreno Trujillo se dirigió a la
capilla de Nuestra Señora de la Blanca. Era hombre tan extremadamente
metódico, que su vida entera encajaba dentro de un programa
irreductible, determinante de sus actos todos, así morales como físicos,
de las graves resoluciones, así como de los pasatiempos insignificantes,
y hasta del moverse y del respirar. Con un solo ejemplo se demuestra el
poder de la rutinaria costumbre en aquel santo varón, y es que, viviendo
en aquellos días de su ancianidad en la calle de Atocha, entraba siempre
por la verja de la calle de San Sebastián y puerta del Norte, sin que
hubiera para ello otra razón que la de haber usado dicha entrada en los
treinta y siete años que vivió en su renombrada casa de comercio de la
Plazuela del Ángel. Salía invariablemente por la calle de Atocha, aunque
a la salida tuviera que visitar a su hija, habitante en la calle de la
Cruz.
Humillado ante el altar de los Dolores, y después ante la imagen de San
Lesmes, permanecía buen rato en abstracción mística; despacito recorría
todas las capillas y retablos, guardando un orden que en ninguna ocasión
se alteraba; oía luego dos misitas, siempre dos, ni una más ni una
menos; hacía otro recorrido de altares, terminando infaliblemente en la
capilla del Cristo de la Fe; pasaba un ratito a la sacristía, donde con
el coadjutor o el sacristán se permitía una breve charla, tratando del
tiempo, o de _lo malo que está todo_, o bien de comentar el cómo y el
por qué de que viniera turbia el agua del Lozoya, y se marchaba por la
puerta que da a la calle de Atocha, donde repartía las últimas monedas
del cartucho. Tal era su previsión, que rara vez dejaba de llevar la
cantidad necesaria para los pobres de uno y otro costado: como
aconteciera el caso inaudito de faltarle una pieza, ya sabía el mendigo
que la tenía segura al día siguiente; y si sobraba, se corría el buen
señor al oratorio de la calle del Olivar en busca de una mano desdichada
en que ponerla.
Pues señor, entró D. Carlos en la iglesia, como he dicho, por la puerta
que llamaremos del Cementerio de San Sebastián, y las ancianas y ciegos
de ambos sexos que acababan de recibir de él la limosna, se pusieron a
picotear, pues mientras no entrara o saliera alguien a quien acometer,
¿qué habían de hacer aquellos infelices más que engañar su inanición y
sus tristes horas, regalándose con la comidilla que nada les cuesta, y
que, picante o desabrida, siempre tienen a mano para con ella saciarse?
En esto son iguales a los ricos: quizás les llevan ventaja, porque
cuando tocan a charlar, no se ven cohibidos por las conveniencias
usuales de la conversación, que poniendo entre el pensamiento y la
palabra gruesa costra etiquetera y gramatical, embotan el gusto inefable
del dime y direte.
«¿No _vus_ dije que D. Carlos no faltaba hoy? Ya lo habéis visto. Decir
ahora si yo me equivoco y no estoy al tanto.
--Yo también lo dije... Toma... como que es el _aniversario del mes_, día
24; quiere decir que cumple mes la defunción de su esposa, y Don Carlos
bendito no falta este día, aunque lluevan ruedas de molino, porque otro
más cristiano, sin agraviar, no lo hay en Madrid.
--Pues yo me temía que no viniera, motivado al frío que hace, y pensé
que, por ser día de perra gorda, el buen señor suprimía la _festividá_.
--Hubiéralo dado mañana, bien lo sabes, Crescencia, que D. Carlos sabe
cumplir y paga lo que debe.
--Hubiéranos dado mañana la gorda de hoy, eso sí; pero quitándonos la
chica de mañana. Pues ¿qué crees tú, que aquí no sabemos de cuentas? Sin
agraviar, yo sé ajustarlas como la misma luz, y sé que el D. Carlos,
cuando se le hace mucho lo que nos da, se pone malo por ahorrarse
algunos días, lo cual que ha de saberle mal a la difunta.
--Cállate, mala lengua.
--Mala lengua tú, y... ¿quieres que te lo diga?... ¡adulona!
--¡Lenguaza!».
Eran tres las que así chismorreaban, sentaditas a la derecha, según se
entra, formando un grupo separado de los demás pobres, una de ellas
ciega, o por lo menos cegata; las otras dos con buena vista, todas
vestidas de andrajos, y abrigadas con pañolones negros o grises. La
_señá_ Casiana, alta y huesuda, hablaba con cierta arrogancia, como quien
tiene o cree tener autoridad; y no es inverosímil que la tuviese, pues
en donde quiera que para cualquier fin se reúnen media docena de seres
humanos, siempre hay uno que pretende imponer su voluntad a los demás,
y, en efecto, la impone. Crescencia se llamaba la ciega o cegata,
siempre hecha un ovillo, mostrando su rostro diminuto, y sacando del
envoltorio que con su arrollado cuerpo formaba, la flaca y rugosa mano
de largas uñas. La que en el anterior coloquio pronunciara frases
altaneras y descorteses tenía por nombre _Flora_ y por apodo _la
Burlada_, cuyo origen y sentido se ignora, y era una viejecilla pequeña
y vivaracha, irascible, parlanchina, que resolvía y alborotaba el
miserable cotarro, indisponiendo a unos con otros, pues siempre tenía
que decir algo picante y malévolo cuando los demás _repartijaban_, y
nunca distinguía de pobres y ricos en sus críticas acerbas. Sus ojuelos
sagaces, lacrimosos, gatunos, irradiaban la desconfianza y la malicia.
Su nariz estaba reducida a una bolita roja, que bajaba y subía al mover
de labios y lengua en su charla vertiginosa. Los dos dientes que en sus
encías quedaban, parecían correr de un lado a otro de la boca,
asomándose tan pronto por aquí, tan pronto por allá, y cuando terminaba
su perorata con un gesto de desdén supremo o de terrible sarcasmo,
cerrábase de golpe la boca, los labios se metían uno dentro de otro, y
la barbilla roja, mientras callaba la lengua, seguía expresando las
ideas con un temblor insultante.
Tipo contrario al de _la Burlada_ era el de _señá_ Casiana: alta,
huesuda, flaca, si bien no se apreciaba fácilmente su delgadez por
llevar, según dicho de la gente maliciosa, mucha y buena ropa debajo de
los pingajos. Su cara larguísima como si por máquina se la estiraran
todos los días, oprimiéndole los carrillos, era de lo más desapacible y
feo que puede imaginarse, con los ojos reventones, espantados, sin
brillo ni expresión, ojos que parecían ciegos sin serlo; la nariz de
gancho, desairada; a gran distancia de la nariz, la boca, de labios
delgadísimos, y, por fin, el maxilar largo y huesudo. Si vale comparar
rostros de personas con rostros de animales, y si para conocer a _la
Burlada_ podríamos imaginarla como un gato que hubiera perdido el pelo
en una riña, seguida de un chapuzón, digamos que era la Casiana como un
caballo viejo, y perfecta su semejanza con los de la plaza de toros,
cuando se tapaba con venda oblicua uno de los ojos, quedándose con el
otro libre para el fisgoneo y vigilancia de sus cofrades. Como en toda
región del mundo hay clases, sin que se exceptúen de esta división
capital las más ínfimas jerarquías, allí no eran todos los pobres lo
mismo. Las viejas, principalmente, no permitían que se alterase el
principio de distinción capital. Las _antiguas_, o sea las que llevaban
ya veinte o más años de pedir en aquella iglesia, disfrutaban de
preeminencias que por todos eran respetadas, y las _nuevas_ no tenían
más remedio que conformarse. Las _antiguas_ disfrutaban de los mejores
puestos, y a ellas solas se concedía el derecho de pedir dentro, junto
a la pila de agua bendita. Como el sacristán o el coadjutor alterasen
esta jurisprudencia en beneficio de alguna _nueva_, ya les había caído
que hacer. Armábase tal tumulto, que en muchas ocasiones era forzoso
acudir a la ronda o a la pareja de vigilancia. En las limosnas
colectivas y en los repartos de bonos, llevaban preferencia las
_antiguas_; y cuando algún parroquiano daba una cantidad cualquiera para
que fuese distribuida entre todos, la antigüedad reclamaba el derecho a
la repartición, apropiándose la cifra mayor, si la cantidad no era
fácilmente divisible en partes iguales. Fuera de esto, existían la
preponderancia moral, la autoridad tácita adquirida por el largo
dominio, la fuerza invisible de la anterioridad. Siempre es fuerte el
antiguo, como el novato siempre es débil, con las excepciones que pueden
determinar en algunos casos los caracteres. La Casiana, carácter duro,
dominante, de un egoísmo elemental, era la más antigua de las antiguas;
_la Burlada_, levantisca, revoltosilla, picotera y maleante, era la más
nueva de las nuevas; y con esto queda dicho que cualquier suceso trivial
o palabra baladí eran el fulminante que hacía brotar entre ellas la
chispa de la discordia.
La disputilla referida anteriormente fue cortada por la entrada o
salida de fieles. Pero _la Burlada_ no podía refrenar su reconcomio, y
en la primera ocasión, viendo que la Casiana y el ciego Almudena (de
quien se hablará después) recibían aquel día más limosna que los demás,
se deslenguó nuevamente con la _antigua_, diciéndole: «Adulona, más que
adulona, ¿crees que no sé que estás rica, y que en Cuatro Caminos tienes
casa con muchas gallinas, y muchas palomas, y conejos muchos? Todo se
sabe.
--Cállate la boca, si no quieres que dé parte a D. Senén para que te
enseñe la educación.
--¡A ver!...
--No vociferes, que ya oyes la campanilla de alzar la Majestad.
--Pero, señoras, por Dios--dijo un lisiado que en pie ocupaba el sitio más
próximo a la iglesia--. Arreparen que están alzando el Santísimo
Sacramento.
--Es esta habladora, escorpionaza.
--Es esta dominanta... ¡A ver!... Pues, hija, ya que eres _caporala_, no
tires tanto de la cuerda, y deja que las _nuevas_ alcancemos algo de la
limosna, que todas _semos_ hijas de Dios... ¡A ver!
--¡Silencio, digo!
--¡Ay, hija... ni que _fuas_ Cánovas!».
III
Más adentro, como a la mitad del pasadizo, a la izquierda, había otro
grupo, compuesto de un ciego, sentado; una mujer, también sentada, con
dos niñas pequeñuelas, y junto a ella, en pie, silenciosa y rígida, una
vieja con traje y manto negros. Algunos pasos más allá, a corta
distancia de la iglesia, se apoyaba en la pared, cargando el cuerpo
sobre las muletas, el cojo y manco Elíseo Martínez, que gozaba el
privilegio de vender en aquel sitio _La Semana Católica_. Era, después
de Casiana, la persona de más autoridad y mangoneo en la cuadrilla, y
como su lugarteniente o mayor general.
Total: siete reverendos mendigos, que espero han de quedar bien
registrados aquí, con las convenientes distinciones de figura, palabra y
carácter. Vamos con ellos.
La mujer de negro vestida, más que vieja, envejecida prematuramente,
era, además de _nueva_, temporera, porque acudía a la mendicidad por
lapsos de tiempo más o menos largos, y a lo mejor desaparecía, sin duda
por encontrar un buen acomodo o almas caritativas que la socorrieran.
Respondía al nombre de la _señá Benina_ (de lo cual se infiere que
Benigna se llamaba), y era la más callada y humilde de la comunidad, si
así puede decirse; bien criada, modosa y con todas las trazas de
perfecta sumisión a la divina voluntad. Jamás importunaba a los
_parroquianos_ que entraban o salían; en los _repartos_, aun siendo
leoninos, nunca formuló protesta, ni se la vio siguiendo de cerca ni de
lejos la bandera turbulenta y demagógica de la _Burlada_. Con todas y
con todos hablaba el mismo lenguaje afable y comedido; trataba con
miramiento a la Casiana, con respeto al cojo, y únicamente se permitía
trato confianzudo, aunque sin salirse de los términos de la decencia,
con el ciego llamado Almudena, del cual, por el pronto, no diré más sino
que es árabe, del Sus, tres días de jornada más allá de Marrakesh.
Fijarse bien.
Tenía la Benina voz dulce, modos hasta cierto punto finos y de buena
educación, y su rostro moreno no carecía de cierta gracia interesante
que, manoseada ya por la vejez, era una gracia borrosa y apenas
perceptible. Más de la mitad de la dentadura conservaba. Sus ojos,
grandes y obscuros, apenas tenían el ribete rojo que imponen la edad y
los fríos matinales. Su nariz destilaba menos que las de sus compañeras
de oficio, y sus dedos, rugosos y de abultadas coyunturas, no
terminaban en uñas de cernícalo. Eran sus manos como de lavandera, y aún
conservaban hábitos de aseo. Usaba una venda negra bien ceñida en la
frente; sobre ella pañuelo negro, y negros el manto y vestido, algo
mejor apañaditos que los de las otras ancianas. Con este pergenio y la
expresión sentimental y dulce de su rostro, todavía bien compuesto de
líneas, parecía una Santa Rita de Casia que andaba por el mundo en
penitencia. Faltábanle sólo el crucifijo y la llaga en la frente, si
bien podría creerse que hacía las veces de esta el lobanillo del tamaño
de un garbanzo, redondo, cárdeno, situado como a media pulgada más
arriba del entrecejo.
A eso de las diez, la Casiana salió al patio para ir a la sacristía
(donde tenía gran metimiento, como _antigua_), para tratar con D. Senén
de alguna incumbencia desconocida para los compañeros y por lo mismo muy
comentada. Lo mismo fue salir la _caporala_, que correrse la Burlada
hacia el otro grupo, como un envoltorio que se echara a rodar por el
pasadizo, y sentándose entre la mujer que pedía con dos niñas, llamada
Demetria, y el ciego marroquí, dio suelta a la lengua, más cortante y
afilada que las diez uñas lagartijeras de sus dedos negros y rapantes.
«¿Pero qué, no creéis lo que vos dije? La _caporala_ es rica, mismamente
rica, tal como lo estáis oyendo, y todo lo que coge aquí nos lo quita a
las que _semos_ de verdadera _solenidá_, porque no tenemos más que el
día y la noche.
--Vive por allá arriba--indicó la Crescencia--, _orilla en ca los Paúles_.
--¡Quiá, no, señora! Eso era antes. Yo lo sé todo--prosiguió la Burlada,
haciendo presa en el aire con sus uñas--. A mí no me la da ésa, y he
tomado lenguas. Vive en Cuatro Caminos, donde tiene corral, y en él
cría, con perdón, un cerdo; sin agraviar a nadie, el mejor cerdo de
Cuatro Caminos.
--¿Ha visto usted la jorobada que viene por ella?
--¿Que si la he visto? Esa cree que _semos_ bobas. La corcovada es su
hija, y por más señas costurera, ¿sabes?, y con achaque de la joroba,
pide también. Pero es modista, y gana dinero para casa... Total, que
allí son ricos, el Señor me perdone; ricos sinvergonzonazos, que engañan
a nosotras y a la Santa Iglesia católica, apostólica. Y como no gasta
nada en comer, porque tiene dos o tres casas de donde le traen todos los
días los cazolones de cocido, que es la gloria de Dios... ¡a ver!
--Ayer--dijo Demetria quitándole la teta a la niña--, bien lo _vide_. Le
trajeron...
--¿Qué?
--Pues un arroz con almejas, que lo menos había para siete personas.
--¡A ver!... ¿Estás segura de que era con almejas? ¿Y qué, _golía_ bien?
--¡Vaya si _golía_!... Los cazolones los tiene en _ca_ el sacristán. Allí
vienen y se los llenan, y hala con todo para Cuatro Caminos.
--El marido...--añadió la Burlada echando lumbre por los ojos--, es uno que
vende teas y perejil... Ha sido _melitar_, y tiene siete cruces sencillas
y una con cinco _riales_... Ya ves qué familia. Y aquí me tienes que hoy
no he comido más que un corrusco de pan; y si esta noche no me da cobijo
la Ricarda en el cajón de Chamberí, tendré que quedarme al santo raso.
¿Tú qué dices, Almudena?
El ciego murmuraba. Preguntado segunda vez, dijo con áspera y
dificultosa lengua:
--¿Hablar vos del _Piche_? Conocierle mí. No ser marido la Casiana con
casarmiento, por la luz bendita, no. Ser quirido, por la bendita luz,
quirido.
--¿Conócesle tú?
--Conocierle mí, comprarmi dos rosarios él... de mi tierra dos rosarios,
y una pieldra imán. Diniero él, mucho diniero... Ser capatazo de la sopa
en el Sagriado Corazón de allá... y en toda la probieza de allá,
mandando él, con garrota él... barrio Salmanca... capatazo... Malo, mu
malo, y no dejar comer... Ser un criado del Goberno, del Goberno malo de
Ispania, y de los del Banco, aonde estar tuda el diniero en cajas
soterranas. Guardar él, matarnos de hambre él...
--Es lo que faltaba--dijo la Burlada con aspavientos de oficiosa ira--; que
también tuvieran dinero en las arcas del Banco esos hormigonazos.
--¡Tanto como eso!... Vaya usted a saber--indicó la Demetria, volviendo a
dar la teta a la criatura, que había empezado a chillar--. ¡Calla,
tragona!
--¡A ver!... Con tanto _chupío_, no sé cómo vives, hija... Y usted, señá
Benina, ¿qué cree?
--¿Yo?... ¿De qué?
--De si _tien_ o no _tien_ dinero en el Banco.
--¿Y a mí qué? Con su pan se lo coman.
--Con el nuestro, ¡ja, ja!... y encima codillo de jamón.
--¡A callar se ha dicho!--gritó el cojo, vendedor de _La Semana_--. Aquí se
viene a lo que se viene, y a guardar la _circuspición_.
--Ya callamos, hombre, ya callamos. ¡A ver!... ¡Ni que _fuas_ Vítor
Manuel, el que puso preso al Papa!
--Callar, digo, y tengan más religión.
--Religión tengo, aunque no como con la Iglesia como tú, pues yo vivo en
compañía del hambre, y mi negocio es miraros tragar y ver los
_papelaos_ de cosas ricas que vos traen de las casas. Pero no tenemos
envidia, ¿sabes, Eliseo? y nos alegramos de ser pobres y de morirnos de
flato, para irnos en globo al cielo, mientras que tú...
--Yo ¿qué?
--¡A ver!... Pues que estás rico, Eliseo; no niegues que estás rico...
Con la _Semana_, y lo que te dan D. Senén y el señor cura... Ya sabemos:
el que parte y reparte... No es por murmurar: Dios me libre. Bendita sea
nuestra santa miseria... El Señor te lo aumente. Dígolo porque te estoy
agradecida, Eliseo. Cuando me cogió el coche en la calle de la Luna...
fue el día que llevaron a ese Sr. de Zorrilla... pues, como digo, mes y
medio estuve en el _espital_, y cuando salí, tú, viéndome sola y
desamparada, me dijiste: «_Señá_ Flora, ¿por qué no se pone a pedir en
un templo, quitándose de la _santimperie_, y arrimándose al cisco de la
religión? Véngase conmigo y verá cómo puede sacar un diario, sin rodar
por las calles, y tratando con pobres decentes». Eso me dijiste, Eliseo,
y yo me eché a llorar, y me vine acá contigo. De lo cual vino el estar
yo aquí, y muy agradecida a tu _conduta_ fina y de caballero. Sabes que
rezo un Padrenuestro por ti todos los días, y le pido al Señor que te
haga más rico de lo que eres; que vendas _sinfinidá_ de _Semanas_, y
que te traigan buen bodrio del café y de la casa de los señores condes,
para que te hartes tú y la _carreterona_ de tu mujer. ¿Qué importa que
Crescencia y yo, y este pobre Almudena, nos desayunemos a las _doce del
mediodía_ con un mendrugo, que serviría para empedrar las santas calles?
Yo le pido al Señor que no te falte para el aguardentazo. Tú lo
necesitas para vivir; yo me moriría si lo catara... ¡Y ojalá que tus dos
hijos lleguen a duques! Al uno le tienes de aprendiz de tornero, y te
mete en casa seis reales cada semana; al otro le tienes en una taberna
de las Maldonadas, y saca buenas propinillas de las golfas, con
perdón... El Señor te los conserve, y te los aumente cada año, y véate
yo vestido de terciopelo y con una pata nueva de palo santo, y a tu
tarasca véala yo con sombrero de plumas. Soy agradecida: se me ha
olvidado el comer, de las hambres que paso; pero no tengo malos
quereres, Eliseo de mi alma, y lo que a mí me falta tenlo tú, y come y
bebe, y emborráchate; y ten casa de balcón con mesas de _de noche_, y
camas de hierro con sus colchas rameadas, tan limpias como las del Rey;
y ten hijos que lleven boina nueva y alpargata de suela, y niña que
gaste toquilla rosa y zapatito de charol los domingos, y ten un buen
anafre, y buenos felpudos para delante de las camas, y cocina de _co_,
con papeles nuevos, y una batería que da gloria con _tantismas_
cazoletas; y buenas láminas del Cristo de la Caña y Santa Bárbara
bendita, y una cómoda llena de ropa blanca; y pantallas con flores, y
hasta máquina de coser que no sirve, pero encima de ella pones la pila
de _Semanas_; ten también muchos amigos y vecinos buenos, y las grandes
casas de acá, con señores que por verte inválido te dan barreduras del
almacén de azúcar, y _papelaos_ del café de _la moca_, y de arroz de
tres pasadas; ten también metimiento con las señoras de la Conferencia,
para que te paguen la casa o la cédula, y den plancha de fino a tu
mujer... ten eso y más, y más, Eliseo...
Cortó los despotriques vertiginosos de la Burlada, produciendo un
silencio terrorífico en el pasadizo, la repentina aparición de la _señá_
Casiana por la puerta de la iglesia.
--Ya salen de misa mayor--dijo; y encarándose después con la habladora,
echó sobre ella toda su autoridad con estas despóticas palabras:
«Burlada, pronto a tu puesto, y cerrar el pico, que estamos en la casa
de Dios».
Empezaba a salir gente, y caían algunas limosnas, pocas. Los casos de
ronda total, dando igual cantidad a todos, eran muy raros, y aquel día
las escasas moneditas de cinco y dos céntimos iban a parar a las manos
diligentes de Eliseo o de la _caporala_, y algo le tocó también a la
Demetria y a _señá_ Benina. Los demás poco o nada lograron, y la ciega
Crescencia se lamentó de no haberse estrenado. Mientras Casiana hablaba
en voz baja con Demetria, la Burlada pegó la hebra con Crescencia en el
rincón próximo a la puerta del patio.
--¡Qué le estará diciendo a la Demetria!
--A saber... Cosas de ellas.
--Me ha _golido_ a bonos por el funeral _de presencia_ que tenemos mañana.
A Demetria le dan más, por ser _arrecomendada_ de ese que celebra la
primera misa, el D. Rodriguito de las medias moradas, que dicen es
secretario del Papa.
--Le darán toda la carne, y a nosotras los huesos.
--¡A ver!... Siempre lo mismo. No hay como andar con dos o tres criaturas
a cuestas para sacar tajada. Y no miran a la decencia, porque estas
holgazanotas, como Demetria, sobre ser unas grandísimas pendonazas,
hacen luego del vicio su comercio. Ya ves: cada año se trae una
lechigada, y criando a uno, ya tiene en el buche los huesos del año que
viene.
--¿Y es casada?
--Como tú y como yo. De mí nada dirán, pues en San Andrés bendito me casé
con mi Roque, que está en gloria, de la consecuencia de una caída del
andamio. Esta dice que tiene el marido en _Celiplinas_, y será que
desde allá le hace los chiquillos... por carta... ¡Ay, qué mundo! Te
digo que sin criaturas no se saca nada: los señores no miran a la
_dinidá_ de una, sino a si da el pecho o no da el pecho. Les da lástima
de las criaturas, sin reparar en que más _honrás_ somos las que no las
tenemos, las que estamos en la _senetú_, hartas de trabajos y sin poder
valernos. Pero vete tú ahora a _golver_ del revés el mundo, y a gobernar
la compasión de los señores. Por eso se dice que todo anda trastornado y
al revés, hasta los cielos benditos, y lleva razón Pulido cuando habla
de la _rigolución mu_ gorda, _mu_ gorda, que ha de venir para meter en
cintura a ricos miserables y a pobres _ensalzaos_».
Concluía la charlatana vieja su perorata, cuando ocurrió un suceso tan
extraño, fenomenal e inaudito, que no podría ser comparado sino a la
súbita caída de un rayo en medio de la comunidad mendicante, o a la
explosión de una bomba: tales fueron el estupor y azoramiento que en
toda la caterva mísera produjo. Los más antiguos no recordaban nada
semejante; los nuevos no sabían lo que les pasaba. Quedáronse todos
mudos, perplejos, espantados. ¿Y qué fue, en suma? Pues nada: que Don
Carlos Moreno Trujillo, que toda la vida, desde que _el mundo era
mundo_, salía infaliblemente por la puerta de la calle de Atocha... no
alteró aquel día su inveterada costumbre; pero a los pocos pasos volvió
adentro, para salir por la calle de las Huertas, hecho singularísimo,
absurdo, equivalente a un retroceso del sol en su carrera.
Pero no fue principal causa de la sorpresa y confusión la desusada
salida por aquella parte, sino que D. Carlos se paró en medio de los
pobres (que se agruparon en torno a él, creyendo que les iba a repartir
otra perra por barba), les miró como pasándoles revista, y dijo: «Eh,
señoras ancianas, ¿quién de vosotras es la que llaman la _señá_ Benina?».
--Yo, señor, yo soy--dijo la que así se llamaba, adelantándose temerosa de
que alguna de sus compañeras le quitase el nombre y el estado civil.
--Esa es--añadió la Casiana con sequedad oficiosa, como si creyese que
hacía falta su _exequatur_ de caporala para conocimiento o certificación
de la personalidad de sus inferiores.
--Pues, _señá_ Benina--agregó D. Carlos embozándose hasta los ojos para
afrontar el frío de la calle--, mañana, a las ocho y media, se pasa usted
por casa; tenemos que hablar. ¿Sabe usted dónde vivo?
--Yo la acompañaré--dijo Eliseo echándosela de servicial y diligente en
obsequio del señor y de la mendiga.
--Bueno. La espero a usted, _señá_ Benina.
--Descuide el señor.
--A las ocho y media en punto. Fíjese bien--añadió D. Carlos a gritos, que
resultaron apagados porque le tapaban la boca las felpas húmedas del
embozo raído--. Si va usted antes, tendrá que esperarse, y si va después,
no me encuentra... Ea, con Dios. Mañana es 25: me toca en Montserrat, y
después, al cementerio. Con que...
IV
¡María Santísima, San José bendito, qué comentarios, qué febril
curiosidad, qué ansia de investigar y sorprender los propósitos del buen
D. Carlos! En los primeros momentos, la misma intensidad de la sorpresa
privó a todos de la palabra. Por los rincones del cerebro de cada cual
andaba la procesión... dudas, temores, envidia, curiosidad ardiente. La
_señá_ Benina, queriendo sin duda librarse de un fastidioso hurgoneo, se
despidió afectuosamente, como siempre lo hacía, y se fue. Siguiola, con
minutos de diferencia, el ciego Almudena. Entre los restantes empezaron
a saltar, como chispas, las frasecillas primeras de su sorpresa y
confusión: «Ya lo sabremos mañana... Será por desempeñarla... Tiene más
de cuarenta papeletas.
--Aquí todas nacen de pie--dijo _la Burlada_ a Crescencia--, menos
nosotras, que hemos caído en el mundo como talegos».
Y la Casiana, afilando más su cara caballuna, hasta darle proporciones
monstruosas, dijo con acento de compasión lúgubre: «¡Pobre Don Carlos!
Está más loco que una cabra».
A la mañana siguiente, aprovechando la comunidad el hecho feliz de no
haber ido a la parroquia ni la _señá_ Benina ni el ciego Almudena,
menudearon los comentarios del extraño suceso. La Demetria expuso
tímidamente la opinión de que D. Carlos quería llevar a la Benina a su
servicio, pues gozaba ésta fama de gran cocinera, a lo que agregó Eliseo
que, en efecto, la tal había sido maestra de cocina; pero no la querían
en ninguna parte por vieja.
«Y por sisona--afirmó la Casiana, recalcando con saña el término--. Habéis
de saber que ha sido una sisona tremenda, y por ese vicio se ve ahora
como se ve, teniendo que pedir para una rosca. De todas las casas en que
estuvo la echaron por ser tan larga de uñas, y si ella _hubiá_ tenido
_conduta_, no le faltarían casas buenas en que acabar tranquila...
--Pues yo--declaró _la Burlada_ con negro escepticismo--, _vos_ digo que si
ha venido a pedir es porque fue honrada; que las muy sisonas juntan
dinero para su vejez y se hacen ricas... que las hay, vaya si las hay.
Hasta con coche las he conocido yo.
--Aquí no se habla mal de _naide_.
--No es hablar mal. ¡A ver!... La que habla pestes es _bueycencia_,
señora presidenta de ministros.
--¿Yo?
--Sí... Vuestra Eminencia Ilustrísima es la que ha dicho que la Benina
sisaba; lo cual que no es verdad, porque si sisara tuviera, y si tuviera
no vendría a pedir. Tómate esa.
--Por _bocona_ te has de condenar tú.
--No se condena una por bocona, sino por rica, mayormente cuando quita la
limosna a los pobres de buena ley, a los que tienen hambre y duermen al
raso.
--Ea, que estamos en la casa de Dios, _señoras_--dijo Eliseo dando golpes
en el suelo con su pata de palo--. Guarden respeto y decencia unas para
otras, como manda la santísima _dotrina_».
Con esto se produjo el recogimiento y tranquilidad que la vehemencia de
algunos alteraba tan a menudo, y entre pedir gimiendo y rezar
bostezando se les pasaban las tristes horas.
Ahora conviene decir que la ausencia de la _señá_ Benina y del ciego
Almudena no era casual aquel día, por lo cual allá van las explicaciones
de un suceso que merece mención en esta verídica historia. Salieron
ambos, como se ha dicho, uno tras otro, con diferencia de algunos
minutos; pero como la anciana se detuvo un ratito en la verja, hablando
con Pulido, el ciego marroquí se le juntó, y ambos emprendieron juntos
el camino por las calles de San Sebastián y Atocha.
«Me detuve a charlar con Pulido por esperarte, amigo Almudena. Tengo que
hablar contigo».
Y agarrándole por el brazo con solicitud cariñosa, le pasó de una acera
a otra. Pronto ganaron la calle de las Urosas, y parados en la esquina,
a resguardo de coches y transeúntes, volvió a decirle: «Tengo que hablar
contigo, porque tú solo puedes sacarme de un gran compromiso; tú solo,
porque los demás _conocimientos_ de la parroquia para nada me sirven.
¿Te enteras tú? Son unos egoístas, corazones de pedernal... El que
tiene, porque tiene; el que no tiene, porque no tiene. Total, que la
dejarán a una morirse de vergüenza, y si a mano viene, se gozarán en
ver a una pobre mendicante por los suelos».
Almudena volvió hacia ella su rostro, y hasta podría decirse que la
miró, si mirar es dirigir los ojos hacia un objeto, poniendo en ellos,
ya que no la vista, la intención, y en cierto modo la atención, tan
sostenida como ineficaz. Apretándole la mano, le dijo: «_Amri_, saber tú
que servirte Almudena él, Almudena mí, como _pierro_. _Amri_, _dicermi_
cosas tú... de cosas _tigo_.
--Sigamos para abajo, y hablaremos por el camino. ¿Vas a tu casa?
--Voy a do _quierer_ tú.
--Paréceme que te cansas. Vamos muy a prisa. ¿Te parece bien que nos
sentemos un rato en la Plazuela del Progreso para poder hablar con
tranquilidad?».
Sin duda respondió el ciego afirmativamente, porque cinco minutos
después se les veía sentados, uno junto a otro, en el zócalo de la verja
que rodea la estatua de Mendizábal. El rostro de Almudena, de una
fealdad expresiva, moreno cetrino, con barba rala, negra como el ala del
cuervo, se caracterizaba principalmente por el desmedido grandor de la
boca, que, cuando sonreía, afectaba una curva cuyos extremos, replegando
la floja piel de los carrillos, se ponían muy cerca de las orejas. Los
ojos eran como llagas ya secas e insensibles, rodeados de manchas
sanguinosas; la talla mediana, torcidas las piernas. Su cuerpo había
perdido la conformación airosa por la costumbre de andar a ciegas, y de
pasar largas horas sentado en el suelo con las piernas dobladas a la
morisca. Vestía con relativa decencia, pues su ropa, aunque vieja y
llena de mugre, no tenía desgarrón ni avería que no estuvieran
enmendados por un zurcido inteligente, o por aplicaciones de parches y
retazos. Calzaba zapatones negros, muy rozados, pero perfectamente
defendidos con costurones y remiendos habilísimos. El sombrero hongo
revelaba servicios dilatados en diferentes cabezas, hasta venir a
prestarlos en aquella, que quizás no sería la última, pues las
abolladuras del fieltro no eran tales que impidieran la defensa material
del cráneo que cubría. El palo era duro y lustroso; la mano con que lo
empuñaba, nerviosa, por fuera de color morenísimo, tirando a etiópico,
la palma blanquecina, con tono y blanduras que la asemejaban a una rueda
de merluza cruda; las uñas bien cortadas; el cuello de la camisa lo
menos sucio que es posible imaginar en la mísera condición y vida
vagabunda del desgraciado hijo de Sus.
«Pues a lo que íbamos, Almudena--dijo la _señá_ Benina, quitándose el
pañuelo para volver a ponérselo, como persona desasosegada y nerviosa
que quiere ventilarse la cabeza--. Tengo un grave compromiso, y tú, nada
más que tú, puedes sacarme de él.
--_Dicermi_ ella, tú...
--¿Qué pensabas hacer esta tarde?
--En casa mí, _mocha_ que jacer mí: lavar ropa mí, coser _mocha_,
remendar _mocha_.
--Eres el hombre más apañado que hay en el mundo. No he visto otro como
tú. Ciego y pobre, te arreglas tú mismo tu ropita; enhebras una aguja
con la lengua más pronto que yo con mis dedos; coses a la perfección;
eres tu sastre, tu zapatero, tu lavandera... Y después de pedir en la
parroquia por la mañana, y por las tardes en la calle, te sobra tiempo
para ir un ratito al café... Eres de lo que no hay; y si en el mundo
hubiera justicia y las cosas estuvieran dispuestas con razón, debieran
darte un premio... Bueno, hijo: pues lo que es esta tarde no te dejo
trabajar, porque tienes que hacerme un servicio... Para las ocasiones
son los amigos.
--¿Qué _sucieder_ ti?
--Una cosa tremenda. Estoy que no vivo. Soy tan desgraciada, que si tú no
me amparas me tiro por el viaducto... Como lo oyes.
--_Amri_... tirar no.
--Es que hay compromisos tan grandes, tan grandes, que parece imposible
que se pueda salir de ellos. Te lo diré de una vez para que te hagas
cargo: necesito un duro...
--¡Un _durro_!--exclamó Almudena, expresando con la súbita gravedad del
rostro y la energía del acento el espanto que le causaba la magnitud de
la cantidad.
--Sí, hijo, sí... un duro, y no puedo ir a casa si antes no lo consigo.
Es preciso que yo tenga ese duro: discurre tú, pues hay que sacarlo de
debajo de las piedras, buscarlo como quiera que sea.
--Es _mocha_... _mocha_...--murmuraba el ciego volviendo su rostro hacia
el suelo.
--No es tanto--observó la otra, queriendo engañar su pena con ideas
optimistas--. ¿Quién no tiene un duro? Un duro, amigo Almudena, lo tiene
cualquiera... Con que ¿puedes buscármelo tú, sí o no?».
Algo dijo el ciego en su extraña lengua que Benina tradujo por la
palabra «imposible», y lanzando un suspiro profundo, al cual contestó
Almudena con otro no menos hondo y lastimero, quedose un rato en
meditación dolorosa, mirando al suelo y después al cielo y a la estatua
de Mendizábal, aquel verdinegro señor de bronce que ella no sabía quién
era ni por qué le habían puesto allí. Con ese mirar vago y distraído que
es, en los momentos de intensa amargura, como un giro angustioso del
alma sobre sí misma, veía pasar por una y otra banda del jardín gentes
presurosas o indolentes. Unos llevaban un duro, otros iban a buscarlo.
Pasaban cobradores del Banco con el taleguillo al hombro; carricoches
con botellas de cerveza y gaseosa; carros fúnebres, en el cual era
conducido al cementerio alguno a quien nada importaban ya los duros. En
las tiendas entraban compradores que salían con paquetes. Mendigos
haraposos importunaban a los señores. Con rápida visión, Benina pasó
revista a los cajones de tanta tienda, a los distintos cuartos de todas
las casas, a los bolsillos de todos los transeúntes bien vestidos,
adquiriendo la certidumbre de que en ninguno de aquellos repliegues de
la vida faltaba un duro. Después pensé que sería un paso muy salado que
se presentase ella en la cercana casa de Céspedes diciendo que hicieran
el favor de darle un duro, siquiera se lo diesen a préstamo.
Seguramente, se reirían de tan absurda pretensión, y la pondrían
bonitamente en la calle. Y no obstante, natural y justo parecía que en
cualquier parte donde un duro no representaba más que un valor
insignificante, se lo diesen a ella, para quien la tal suma era... como
un _átomo inmenso_. Y si la ansiada moneda pasara de las manos que con
otras muchas la poseían, a las suyas, no se notaría ninguna alteración
sensible en la distribución de la riqueza, y todo seguiría lo mismo:
los ricos, ricos; pobre ella, y pobres los demás de su condición. Pues
siendo esto así, ¿por qué no venía a sus manos el duro? ¿Qué razón había
para que veinte personas de las que pasaban no se privasen de un real, y
para que estos veinte reales no pasaran por natural trasiego a sus
manos? ¡Vaya con las cosas de este desarreglado mundo! La pobre Benina
se contentaba con una gota de agua, y delante del estanque del Retiro no
podía tenerla. Vamos a cuentas, cielo y tierra: ¿perdería algo el
estanque del Retiro porque se sacara de él una gota de agua?
V
Esto pensaba, cuando Almudena, volviendo de una meditación calculista,
que debía de ser muy triste por la cara que ponía, te dijo:
«¿No tenier tú cosa que _peinar_?
--No, hijo: todo empeñado ya, hasta las papeletas.
--¿No haber persona que _priestar ti_?
--No hay nadie que me fíe ya. No doy un paso sin encontrar una mala
cara.
--Señor Carlos llamar ti mañana.
--Mañana está muy lejos, y yo necesito el duro hoy, y pronto, Almudena,
pronto. Cada minuto que pasa es una mano que me aprieta más el dogal que
tengo en la garganta.
--No llorar, _amri_. Tú ser buena _migo_; yo arremediando ti... Veslo
ahora.
--¿Qué se te ocurre? Dímelo pronto.
--Yo _peinar_ ropa.
--¿El traje que compraste en el Rastro? ¿Y cuánto crees que te darán?
--Dos _piesetas_ y media.
--Yo haré por sacar tres. ¿Y lo demás?
--Vamos a casa _migo_--dijo Almudena levantándose con resolución.
--Prontito, hijo, que no hay tiempo que perder. Es muy tarde. ¡Pues no
hay poquito que andar de aquí a la posada de Santa Casilda!».
Emprendieron su camino presurosos por la calle de Mesón de Paredes,
hablando poco. Benina, más sofocada por la ansiedad que por la viveza
del paso, echaba lumbre de su rostro, y cada vez que oía campanadas de
relojes hacía una mueca de desesperación. El viento frío del Norte les
empujaba por la calle abajo, hinchando sus ropas como velas de un barco.
Las manos de uno y otro eran de hielo; sus narices rojas destilaban.
Enronquecían sus voces; las palabras sonaban con oquedad fría y triste.
No lejos del punto en que Mesón de Paredes desemboca en la Ronda de
Toledo, hallaron el parador de Santa Casilda, vasta colmena de viviendas
baratas alineadas en corredores sobrepuestos. Entrase a ella por un
patio o corralón largo y estrecho, lleno de montones de basura,
residuos, despojos y desperdicios de todo lo humano. El cuarto que
habitaba Almudena era el último del piso bajo, al ras del suelo, y no
había que franquear un solo escalón para penetrar en él. Componíase la
vivienda de dos piezas separadas por una estera pendiente del techo: a
un lado la cocina, a otro la sala, que también era alcoba o gabinete,
con piso de tierra bien apisonado, paredes blancas, no tan sucias como
otras del mismo caserón o humana madriguera. Una silla era el único
mueble, pues la cama consistía en un jergón y mantas pardas, arrimado
todo a un ángulo. La cocinilla no estaba desprovista de pucheros,
cacerolas, botellas, ni tampoco de víveres. En el centro de la
habitación, vio Benina un bulto negro, algo como un lío de ropa, o un
costal abandonado. A la escasa luz que entraba después de cerrada la
puerta, pudo observar que aquel bulto tenía vida. Por el tacto, más que
por la vista, comprendió que era una persona.
«Ya estar aquí la _Pedra_ borracha.
--¡Ah! ¡qué cosas! Es esa que te ayuda a pagar el cuarto... Borrachona,
sinvergüenzonaza... Pero no perdamos tiempo, hijo; dame el traje, que yo
lo llevaré... y con la ayuda de Dios, sacaré siquiera dos ochenta. Ve
pensando en buscarme lo que falta. La Virgen Santísima te lo dará, y yo
he de rezarle para que te lo dé doblado, que a mí seguro es que no
quiere darme cosa ninguna».
Haciéndose cargo de la impaciencia de su amiga, el ciego descolgó de un
clavo el traje que él llamaba nuevo, por un convencionalismo muy
corriente en las combinaciones mercantiles, y lo entregó a su amiga, que
en cuatro zancajos se puso en el patio y en la Ronda, tirando luego
hacia el llamado Campillo de Manuela. El mendigo, en tanto, pronunciando
palabras coléricas, que no es fácil al narrador reproducir, por ser en
lengua arábiga, palpaba el bulto de la mujer embriagada, que como cuerpo
muerto en mitad del cuartucho yacía. A las expresiones airadas del
ciego, sólo contestó con ásperos gruñidos, y dio media vuelta,
espatarrándose y estirando los brazos para caer de nuevo en sopor más
hondo y en más brutal inercia.
Almudena metía mano por entre las ropas negras, cuyos pliegues,
revueltos con los del mantón, formaban un lío inextricable, y
acompañando su registro de exclamaciones furibundas, exploró también el
fláccido busto, como si amasara pellejos con trapos. Tan nervioso estaba
el hombre, que descubría lo que debe estar cubierto, y tapaba lo que
gusta de ver la luz del día. Allí sacó rosarios, escapularios, un fajo
de papeletas de empeño envuelto en un pedazo de periódico, trozos de
herradura recogidos en las calles, muelas de animales o de personas, y
otras baratijas. Terminado el registro, entró la Benina, de vuelta ya de
su diligencia, la cual había despachado con tanta presteza, como si la
hubieran llevado y traído en volandas los angelitos del cielo. Venía la
pobre mujer sofocadísima del veloz correr por las calles; apenas podía
respirar, y su rostro sudoroso despedía fuego, sus ojos alegría.
«Me han dado tres--dijo mostrando las monedas--, una en cuartos. No he
tenido poca suerte en que estuviera allí Valeriano; que a llegar a estar
el ama, la Reimunda, trabajo que costara sacarle dos y pico».
Respondiendo al contento de la anciana, Almudena, con cara de regocijo y
triunfo, le mostró entre los dedos una peseta.
«Encuentrarla aquí, en el _piecho_ de esta... Cogerla _tigo_.
--¡Oh, qué suerte! ¿Y no tendrá más? Busca bien, hijo.
--No tenier más. Mi regolver cosas _piecho_».
Benina sacudía las ropas de la borracha esperando ver saltar una moneda.
Pero no saltaron más que dos horquillas, y algunos pedacitos de carbón.
«No tenier más».
Siguió parloteando el ciego, y por las explicaciones que le dio del
carácter y costumbres de la mujerona, pudo comprender que si se hubieran
encontrado a esta en estado de normal despejo, les habría dado la peseta
con sólo pedirla. Con una breve frase sintetizó Almudena a su compañera
de hospedaje: «Ser güena, ser mala... Coger ella _tudo_, dar ella
_tudo_».
Acto continuo levantó el colchón, y escarbando en la tierra, sacó una
petaca vieja y sucia, que cuidadosamente escondía entre trapos y
cartones, y metiendo los dedos en ella, como quien saca un cigarro,
extrajo un papelejo, que desenvuelto mostró una monedita de dos reales,
nueva y reluciente. La cogió Benina, mientras Almudena sacaba de su
bolsillo, donde tenía multitud de herramientas, tijeras, canuto de
agujas, navaja, etc., otro envoltorio con dos perras gordas. Añadió a
ellas la que había recibido de D. Carlos, y lo dio todo a la pobre
anciana, diciéndole: «_Amri_, arriglar así tigo.
--Sí, sí... Pongo lo mío de hoy, y ya falta tan poco, que no quiero
molestarte más. ¡Gracias a Dios! Me parece mentira. ¡Ay, hijo, qué
bueno eres! Mereces que te caiga la lotería, y si no te cae, es porque
no hay justicia en la tierra ni en el cielo... Adiós, hijo, no puedo
detenerme ni un momento más... Dios te lo pague... Estoy en ascuas. Me
voy volando a casa... Quédate en la tuya... y a esta pobre desgraciada,
cuando despierte, no la pegues, hijo, ¡pobrecita! Cada uno, por el aquel
de no sufrir, se emborracha con lo que puede: esta con el aguardentazo,
otros con otra cosa. Yo también las cojo; pero no así: las mías son de
cosa de más adentro... Ya te contaré, ya te contaré».
Y salió disparada, las monedas metidas en el seno, temerosa de que
alguien se las quitara por el camino, o de que se le escaparan volando,
arrastradas de sus tumultuosos pensamientos. Al quedarse solo, Almudena
fue a la cocina, donde, entre otros cachivaches, tenía una palanganita
de estaño y un cántaro de agua. Se lavó las manos y los ojos; después
cogió un cazuelo en que había cenizas y carbones apagados, y pasando a
una de las casas vecinas, volvió al poco rato con lumbre, sobre la cual
derramó un puñadito de cierta substancia que en un envoltorio de papel
tenía junto a la cama. Levantose del fuego humareda muy densa y un olor
penetrante. Era el sahumerio de benjuí, única remembranza material de la
tierra nativa que Almudena se permitía en su destierro vagabundo. El
aroma especial, característico de casa mora, era su consuelo, su placer
más vivo, práctica juntamente casera y religiosa, pues envuelto en aquel
humo se puso a rezar cosas que ningún cristiano podía entender.
Con el humazo, la borracha gruñía más, y carraspeaba, y tosía, como
queriendo dar acuerdo de sí. El ciego no le hacía más caso que a un
perro, atento sólo a sus rezos en lengua que no sabemos si era arábiga o
hebrea, tapándose un ojo con cada mano, y bajándolas después sobre la
boca para besárselas. Mediano rato empleó en sus meditaciones, y al
terminarlas, vio sentada ante sí a la mujerzuela que con ojos esquivos y
lloricones, a causa del picor producido por el espeso sahumerio, le
miraba. Presentándole gravemente las palmas de las manos, Almudena le
soltó estas palabras:
«Gran púa, no haber más que un Dios... _b'rracha_, _b'rrachona_, no
haber más que un Dios... un Dios, un Dios solo, solo».
Soltó la otra sonora carcajada, y llevándose la mano al pecho, quería
arreglar el desorden que la mano inquieta de su compañero de vivienda
había causado en aquella parte interesantísima de su persona. Tan torpe
salía del sueño alcohólico, que no acertaba a poner cada cosa en su
sitio, ni a cubrir las que la honestidad quiere y ha querido siempre
que se cubran. «_Jai_, tú me has _arregistrao_.
--Sí... No haber más que un Dios, un Dios solo.
--¿Y a mí, qué? Por mí que _haigan_ dos o cuarenta, todos los que ellos
mesmos quieran haberse... Pero di, gorrón, me has quitado la peseta. No
me importa. _Pa_ ti era.
--¡Un Dios solo!».
Y viéndole coger el palo, se puso la mujer en guardia, diciéndole: «Ea,
no pegues, _Jai_. Basta ya de sahumerio, y ponte a hacer la cena.
¿Cuánto dinero tienes? ¿Qué quieres que te traiga?...
--_¡B'rrachona!_ no haber diniero... Llevarlo los _embaixos_, tú dormida.
--¿Qué te traigo?--murmuró la mujer negra tambaleándose y cerrando los
ojos--. Aguárdate un poquitín. Tengo sueño, _Jai_».
Cayó nuevamente en profundo sopor, y Almudena, que había requerido el
palo con intenciones de usarlo como infalible remedio de la embriaguez,
tuvo lástima y suspiró fuerte, mascullando estas o parecidas palabras:
«Pegar ti otro día».
VI
Casi no es hipérbole decir que la _señá_ Benina, al salir de Santa
Casilda, poseyendo el incompleto duro que calmaba sus mortales
angustias, iba por rondas, travesías y calles como una flecha. Con
sesenta años a la espalda, conservaba su agilidad y viveza, unidas a una
perseverancia inagotable. Se había pasado lo mejor de la vida en un
ajetreo afanoso, que exigía tanta actividad como travesura, esfuerzos
locos de la mente y de los músculos, y en tal enseñanza se había
fortificado de cuerpo y espíritu, formándose en ella el temple
extraordinario de mujer que irán conociendo los que lean esta puntual
historia de su vida. Con increíble presteza entró en una botica de la
calle de Toledo; recogió medicinas que había encargado muy de mañana;
después hizo parada en la carnicería y en la tienda de ultramarinos,
llevando su compra en distintos envoltorios de papel, y, por fin, entró
en una casa de la calle Imperial, próxima a la rinconada en que está el
Almotacén y Fiel Contraste. Deslizose a lo largo del portal angosto,
obstruido y casi intransitable por los colgajos de un comercio de
cordelería que en él existe; subió la escalera, con rápidos andares
hasta el principal, con moderado paso hasta el segundo; llegó jadeante
al tercero, que era el último, con honores de sotabanco. Dio vuelta a un
patio grande, por galería de emplomados cristales, de suelo desigual, a
causa de los hundimientos y desniveles de la vieja fábrica, y al fin
llegó a una puerta de cuarterones, despintada; llamó... Era su casa, la
casa de su señora, la cual, en persona, tentando las paredes, salió al
ruido de la campanilla, o más bien afónico cencerreo, y abrió, no sin la
precaución de preguntar por la mirilla, cuadrada, defendida por una cruz
de hierro.
«Gracias a Dios, mujer...--le dijo en la misma puerta--. ¡Vaya unas horas!
Creí que te había cogido un coche, o que te había dado un accidente».
Sin chistar siguió Benina a su señora hasta un gabinetillo próximo, y
ambas se sentaron. Excusó la criada las explicaciones de su tardanza por
el miedo que sentía de darlas, y se puso a la defensiva, esperando a ver
por dónde salía doña Paca, y qué posiciones tomaba en su irascible
genio. Algo la tranquilizó el tono de las primeras palabras con que fue
recibida; esperaba una fuerte reprimenda, vocablos displicentes. Pero
la señora parecía estar de buenas, domado, sin duda, el áspero carácter
por la intensidad del sufrimiento. Benina se proponía, como siempre,
acomodarse al son que le tocara la otra, y a poco de estar junto a ella,
cambiadas las primeras frases, se tranquilizó. «¡Ay, señora, qué día! Yo
estaba deshecha; pero no me dejaban, no me dejaban salir de aquella
bendita casa.
--No me lo expliques--dijo la señora, cuyo acentillo andaluz persistía,
aunque muy atenuado, después de cuarenta años de residencia en Madrid--.
Ya estoy al tanto. Al oír las doce, la una, las dos, me decía yo: 'Pero,
Señor, por qué tarda tanto la Nina?'. Hasta que me acordé...
--Justo.
--Me acordé... como tengo en mi cabeza todo el almanaque... de que hoy es
San Romualdo, confesor y obispo de Farsalia...
--Cabal.
--Y son los días del señor sacerdote en cuya casa estás de asistenta.
--Si yo pensara que usted lo había de adivinar, habría estado más
tranquila--afirmó la criada, que en su extraordinaria capacidad para
forjar y exponer mentiras, supo aprovechar el sólido cable que su ama le
arrojaba--. ¡Y que no ha sido floja la tarea!
--Habrás tenido que dar un gran almuerzo. Ya me lo figuro. ¡Y que no
serán cortos de tragaderas los curánganos de San Sebastián, compañeros y
amigos de tu D. Romualdo!
--Todo lo que le diga es poco.
--Cuéntame: ¿qué les has puesto?--preguntó ansiosa la señora, que gustaba
de saber lo que se comía en las casas ajenas--. Ya estoy al tanto. Les
harías una mayonesa.
--Lo primero un arroz, que me quedó muy a punto. ¡Ay, Señor, cuánto lo
alabaron! Que si era yo la primera cocinera de toda la Europa... que si
por vergüenza no se chupaban los dedos...
--¿Y después?
--Una pepitoria que ya la quisieran para sí los ángeles del cielo. Luego,
calamares en su tinta... luego...
--Pues aunque te tengo dicho que no me traigas sobras de ninguna casa,
pues prefiero la miseria que me ha enviado Dios, a chupar huesos de
otras mesas... como te conozco, no dudo que habrás traído algo. ¿Dónde
tienes la cesta?».
Viéndose cogida, Benina vacilé un instante; mas no era mujer que se
arredraba ante ningún peligro, y su maestría para el embuste le sugirió
pronto el hábil quite: «Pues, señora, dejé la cesta, con lo que traje,
en casa de la señorita Obdulia, que lo necesita más que nosotras.
--Has hecho bien. Te alabo la idea, Nina. Cuéntame más. ¿Y un buen
solomillo, no pusiste?
--¡Anda, anda! Dos kilos y medio, señora. Sotero Rico me lo dio de lo
superior.
--¿Y postres, bebidas?...
--Hasta _Champaña de la Viuda_. Son el diantre los curas, y de nada se
privan... Pero vámonos adentro, que es muy tarde, y estará la señora
desfallecida.
--Lo estaba; pero... no sé: parece que me he comido todo eso de que has
hablado... En fin, dame de almorzar.
--¿Qué ha tomado? ¿El poquito de cocido que le aparté anoche?
--Hija, no pude pasarlo. Aquí me tienes con media onza de chocolate
crudo.
--Vamos, vamos allá. Lo peor es que hay que encender lumbre. Pero pronto
despacho... ¡Ah! también le traigo las medicinas. Eso lo primero.
--¿Hiciste todo lo que te mandé?--preguntó la señora, en marcha las dos
hacia la cocina--. ¿Empeñaste mis dos enaguas?
--¿Cómo no? Con las dos pesetas que saqué, y otras dos que me dio D.
Romualdo por ser su santo, he podido atender a todo.
--¿Pagaste el aceite de ayer?
--¡Pues no!
--¿Y la tila y la sanguinaria?
--Todo, todo... Y aún me ha sobrado, después de la compra, para mañana.
--¿Querrá Dios traernos mañana un buen día?--dijo con honda tristeza la
señora, sentándose en la cocina, mientras la criada, con nerviosa
prontitud, reunía astillas y carbones.
--¡Ay! sí, señora: téngalo por cierto.
--¿Por qué me lo aseguras, Nina?
--Porque lo sé. Me lo dice el corazón. Mañana tendremos un buen día,
estoy por decir que un gran día.
--Cuando lo veamos te diré si aciertas... No me fío de tus corazonadas.
Siempre estás con que mañana, que mañana...
--Dios es bueno.
--Conmigo no lo parece. No se cansa de darme golpes: me apalea, no me
deja respirar. Tras un día malo, viene otro peor. Pasan años aguardando
el remedio, y no hay ilusión que no se me convierta en desengaño. Me
canso de sufrir, me canso también de esperar. Mi esperanza es traidora,
y como me engaña siempre, ya no quiero esperar cosas buenas, y las
espero malas para que vengan... siquiera regulares.
--Pues yo que la señora--dijo Benina dándole al fuelle--, tendría confianza
en Dios, y estaría contenta... Ya ve que yo lo estoy... ¿no me ve? Yo
siempre creo que cuando menos lo pensemos nos vendrá el golpe de suerte,
y estaremos tan ricamente, acordándonos de estos días de apuros, y
desquitándonos de ellos con la gran vida que nos vamos a dar.
--Ya no aspiro a la buena vida, Nina--declaró casi llorando la señora--:
sólo aspiro al descanso.
--¿Quién piensa en la muerte? Eso no: yo me encuentro muy a gusto en este
mundo fandanguero, y hasta le tengo ley a los trabajillos que paso.
Morirse no.
--¿Te conformas con esta vida?
--Me conformo, porque no está en mi mano el darme otra. Venga todo antes
que la muerte, y padezcamos con tal que no falte un pedazo de pan, y
pueda uno comérselo con dos salsas muy buenas: el hambre y la esperanza.
--¿Y soportas, además de la miseria, la vergüenza, tanta humillación,
deber a todo el mundo, no pagar a nadie, vivir de mil enredos, trampas y
embustes, no encontrar quien te fíe valor de dos reales, vernos
perseguidos de tenderos y vendedores?
--¡Vaya si lo soporto!... Cada cual, en esta vida, se defiende como
puede. ¡Estaría bueno que nos dejáramos morir de hambre, estando las
tiendas tan llenas de cosas de substancia! Eso no: Dios no quiere que a
nadie se le enfríe el cielo de la boca por no comer, y cuando no nos da
dinero, un suponer, nos da la sutileza del caletre para inventar modos
de allegar lo que hace falta, sin robarlo... eso no. Porque yo prometo
pagar, y pagaré cuando lo tengamos. Ya saben que somos pobres... que hay
formalidad en casa, ya que no _haigan_ otras cosas. ¡Estaría bueno que
nos afligiéramos porque los tenderos no cobran estas miserias, sabiendo,
como sabemos, que están ricos!...
--Es que tú no tienes vergüenza, Nina; quiero decir, decoro; quiero
decir, dignidad.
--Yo no sé si tengo eso; pero tengo boca y estómago natural, y sé también
que Dios me ha puesto en el mundo para que viva, y no para que me deje
morir de hambre. Los gorriones, un suponer, ¿tienen vergüenza? ¡Quia!...
lo que tienen es pico... Y mirando las cosas como deben mirarse, yo digo
que Dios, no tan sólo ha criado la tierra y el mar, sino que son obra
suya mismamente las tiendas de ultramarinos, el Banco de España, las
casas donde vivimos y, pongo por caso, los puestos de verdura... Todo es
de Dios.
--Y la moneda, la indecente moneda, ¿de quién es?--preguntó con lastimero
acento la señora--. Contéstame.
--También es de Dios, porque Dios hizo el oro y la plata... Los billetes,
no sé... Pero también, también.
--Lo que yo digo, Nina, es que las cosas son del que las tiene... y las
tiene todo el mundo menos nosotras... ¡Ea! date prisa, que siento
debilidad. ¿En dónde me pusiste las medicinas?... Ya: están sobre la
cómoda. Tomaré una papeleta de salicilato antes de comer... ¡Ay, qué
trabajo me dan estas piernas! En vez de llevarme ellas a mí, tengo yo
que tirar de ellas. _(Levantándose con gran esfuerzo.)_ Mejor andaría yo
con muletas. ¿Pero has visto lo que hace Dios conmigo? ¡Si esto parece
burla! Me ha enfermado de la vista, de las piernas, de la cabeza, de los
riñones, de todo menos del estómago. Privándome de recursos, dispone que
yo digiera como un buitre.
--Lo mismo hace conmigo. Pero yo no lo llevo a mal, señora. ¡Bendito sea
el Señor, que nos da el bien más grande de nuestros cuerpos: el hambre
santísima!».
VII
Ya pasaba de los sesenta la por tantos títulos infeliz Doña Francisca
Juárez de Zapata, conocida en los años de aquella su decadencia
lastimosa por _doña Paca_, a secas, con lacónica y plebeya
familiaridad. Ved aquí en qué paran las glorias y altezas de este mundo,
y qué pendiente hubo de recorrer la tal señora, rodando hacia la
profunda miseria, desde que ataba los perros con longaniza, por los años
59 y 60, hasta que la encontramos viviendo inconscientemente de limosna,
entre agonías, dolores y vergüenzas mil. Ejemplos sin número de estas
caídas nos ofrecen las poblaciones grandes, más que ninguna esta de
Madrid, en que apenas existen hábitos de orden, pero a todos los
ejemplos supera el de doña Francisca Juárez, tristísimo juguete del
destino. Bien miradas estas cosas y el subir y bajar de las personas en
la vida social, resulta gran tontería echar al destino la culpa de lo
que es obra exclusiva de los propios caracteres y temperamentos, y buena
muestra de ello es doña Paca, que en su propio ser desde el nacimiento
llevaba el desbarajuste de todas las cosas materiales. Nacida en Ronda,
su vista se acostumbró desde la niñez a las vertiginosas depresiones del
terreno; y cuando tenía pesadillas, soñaba que se caía a la profundísima
hondura de aquella grieta que llaman _Tajo_. Los nacidos en Ronda deben
de tener la cabeza muy firme y no padecer de vértigos ni cosa tal,
hechos a contemplar abismos espantosos. Pero doña Paca no sabía
mantenerse firme en las alturas: instintivamente se despeñaba; su
cabeza no era buena para esto ni para el gobierno de la vida, que es la
seguridad de vista en el orden moral.
El vértigo de Paquita Juárez fue un estado crónico desde que la casaron,
muy joven, con D. Antonio María Zapata, que le doblaba la edad,
intendente de ejército, excelente persona, de holgada posición por su
casa, como la novia, que también poseía bienes raíces de mucha cuenta.
Sirvió Zapata en el ejército de África, división de Echagüe, y después
de Wad-Ras pasó a la Dirección del ramo. Establecido el matrimonio en
Madrid, le faltó tiempo a la señora para poner su casa en un pie de vida
frívola y aparatosa que, si empezó ajustando las vanidades al marco de
las rentas y sueldos, pronto se salió de todo límite de prudencia, y no
tardaron en aparecer los atrasos, las irregularidades, las deudas.
Hombre ordenadísimo era Zapata; pero de tal modo le dominaba su esposa,
que hasta le hizo perder sus cualidades eminentes; y el que tan bien
supo administrar los caudales del ejército, veía perderse los suyos,
olvidado del arte para conservarlos. Paquita no se ponía tasa en el
vestir elegante, ni en el lujo de mesa, ni en el continuo zarandeo de
bailes y reuniones, ni en los dispendiosos caprichos. Tan notorio fue ya
el desorden, que Zapata, aterrado, viendo venir el trueno gordo, hubo
de vencer la modorra en que su cara mitad le tenía, y se puso a hacer
números y a querer establecer método y razón en el gobierno de su
hacienda; pero ¡oh triste sino de la familia! cuando más engolfado
estaba el hombre en su aritmética, de la que esperaba su salvación,
cogió una pulmonía, y pasó a mejor vida el Viernes Santo por la tarde,
dejando dos hijos de corta edad: Antoñito y Obdulia.
Administradora y dueña del caudal activo y pasivo, Francisca no tardó en
demostrar su ineptitud para el manejo de aquellas enredosas materias, y
a su lado surgieron, como los gusanos en cuerpo corrupto, infinitas
personas que se la comían por dentro y por fuera, devorándola sin
compasión. En esta época desastrosa, entró a su servicio Benigna, que si
desde el primer día se acreditó de cocinera excelente, a las pocas
semanas hubo de revelarse como la más intrépida sisona de Madrid. Qué
tal sería la moza en este terreno, que la misma doña Francisca, de una
miopía radical para la inspección de sus intereses, pudo apreciar la
rapacidad minuciosa de la sirviente, y aun se determinó a corregirla. En
justicia, debo decir que Benigna (entre los suyos llamada _Benina_, y
_Nina_ simplemente por la señora) tenía cualidades muy buenas que, en
cierto modo, compensaban, en los desequilibrios de su carácter, aquel
defecto grave de la sisa. Era muy limpia, de una actividad pasmosa, que
producía el milagro de agrandar las horas y los días. Además de esto,
Doña Francisca estimaba en ella el amor intenso a los niños de la casa;
amor sincero y, si se quiere, positivo, que se revelaba en la vigilancia
constante, en los exquisitos cuidados con que sanos o enfermos les
atendía. Pero las cualidades no fueron bastante eficaces para impedir
que el defecto promoviera cuestiones agrias entre ama y sirviente, y en
una de estas, Benina fue despedida. Los niños la echaron muy de menos, y
lloraban por su Nina graciosa y soboncita.
A los tres meses se presentó de visita en la casa. No podía olvidar a la
señora ni a los nenes. Estos eran su amor, y la casa, todo lo material
de ella, la encariñaba y atraía. Paquita Juárez también tenía especial
gusto en charlar con ella, pues algo (no sabían qué) existía entre las
dos que secretamente las enlazaba, algo de común en la extraordinaria
diversidad de sus caracteres. Menudearon las visitas. ¡Ay! la Benina no
se encontraba a gusto en la casa donde a la sazón servía. En fin, que ya
la tenemos otra vez en la domesticidad de Doña Francisca; y tan contenta
ella, y satisfecha la señora, y los pequeñuelos locos de alegría.
Sobrevino en aquel tiempo un aumento de las dificultades y ahogos de la
familia en el orden administrativo: las deudas roían con diente voraz el
patrimonio de la casa; se perdían fincas valiosas, pasando sin saber
cómo, por artes de usura infame, a las manos de los prestamistas. Como
carga preciosa que se arroja de la embarcación al mar en los apuros del
naufragio, salían de la casa los mejores muebles, cuadros, alfombras
riquísimas: las alhajas habían salido ya... Pero por más que se
aligeraba el buque, la familia continuaba en peligro de zozobra y de
sumergirse en los negros abismos sociales.
Para mayor desdicha, en aquel funesto periodo del 70 al 80, los dos
niños padecieron gravísimas enfermedades: tifoidea el uno; eclampsia y
epilepsia la otra. Benina les asistió con tal esmero y solicitud tan
amorosa, que se pudo creer que les arrancaba de las uñas de la muerte.
Ellos le pagaban, es verdad, estos cuidados con un afecto ardiente. Por
amor de Benina, más que por el de su madre, se prestaban a tomar las
medicinas, a callar y estarse quietecitos, a sudar sin ganas, y a no
comer antes de tiempo: todo lo cual no impidió que entre ama y criada
surgiesen cuestiones y desavenencias, que trajeron una segunda
despedida. En un arrebato de ira o de amor propio, Benina salió
disparada, jurando y perjurando que no volvería a poner los pies en
aquella casa, y que al partir sacudía sus zapatos para no llevarse
pegado en ellos el polvo de las esteras... pues lo que es alfombras, ya
no las había.
En efecto: antes del año, apareciose Benina en la casa. Entró, anegado
en lágrimas el rostro, diciendo: «Yo no sé qué tiene la señora; yo no sé
qué tiene esta casa, y estos niños, y estas paredes, y todas las cosas
que aquí hay: yo no sé más sino que no me hallo en ninguna parte. En
casa rica estoy, con buenos amos que no reparan en dos reales más o
menos; seis duros de salario... Pues no me hallo, señora, y paso la
noche y el día acordándome de esta familia, y pensando si estarán bien o
no estarán bien. Me ven suspirar, y creen que tengo hijos. Yo no tengo a
nadie en el mundo más que a la señora, y sus hijos son mis hijos, pues
como a tales les quiero...». Otra vez Benina al servicio de Doña
Francisca Juárez, como criada única y para todo, pues la familia había
dado un bajón tremendo en aquel año, siendo tan notorias las señales de
ruina, que la criada no podía verlas sin sentir aflicción profunda.
Llegó la ocasión ineludible de cambiar el cuarto en que vivían por otro
más modesto y barato. Doña Francisca, apegada a las rutinas y sin
determinación para nada, vacilaba. La criada, quitándole en momentos tan
críticos las riendas del gobierno, decidió la mudanza, y desde la calle
de Claudio Coello saltaron a la del Olmo. Por cierto que hubo no pocas
dificultades para evitar un desahucio vergonzoso: todo se arregló con la
generosa ayuda de Benina, que sacó del Monte sus economías, importantes
tres mil y pico de reales, y las entregó a la señora, estableciéndose
desde entonces comunidad de intereses en la adversa como en la próspera
fortuna. Pero ni aun en aquel rasgo de caridad hermosa desmintió la
pobre mujer sus hábitos de sisa, y descontó un pico para guardarlo
cuidadosamente en su baúl, como base de un nuevo montepío, que era para
ella necesidad de su temperamento y placer de su alma.
Como se ve, tenía el vicio del descuento, que en cierto modo, por otro
lado, era la virtud del ahorro. Difícil expresar dónde se empalmaban y
confundían la virtud y el vicio. La costumbre de escatimar una parte
grande o chica de lo que se le daba para la compra, el gusto de
guardarla, de ver cómo crecía lentamente su caudal de perras, se
sobreponían en su espíritu a todas las demás costumbres, hábitos y
placeres. Había llegado a ser el sisar y el reunir como cosa instintiva,
y los actos de este linaje se diferenciaban poco de las rapiñas y
escondrijos de la urraca. En aquella tercera época, del 80 al 85, sisaba
como antes, aunque guardando medida proporcional con los mezquinos
haberes de Doña Francisca. Sucediéronse en aquellos días grandes
desventuras y calamidades. La pensión de la señora, como viuda de
intendente, había sido retenida en dos tercios por los prestamistas; los
empeños sucedían a los empeños, y por librarse de un ahogo, caía pronto
en mayores apreturas. Su vida llegó a ser un continuo afán: las
angustias de una semana, engendraban las de la semana siguiente: raros
eran los días de relativo descanso. Para atenuar las horas tristes,
sacaban fuerzas de flaqueza, alegrando con afectadas fantasmagorías los
ratos de la noche, cuando se veían libres de acreedores molestos y de
reclamaciones enfadosas. Fue preciso hacer nuevas mudanzas, buscando la
baratura, y del _Olmo_ pasaron al _Saúco_, y del _Saúco_ al _Almendro_.
Por esta fatalidad de los nombres de árboles en las calles donde
vivieron, parecían pájaros que volaban de rama en rama, dispersados por
las escopetas de los cazadores o las pedradas de los chicos.
En una de las tremendas crisis de aquel tiempo, tuvo Benina que acudir
nuevamente al fondo de su cofre, donde escondía el _gato_ o montepío,
producto de sus descuentos y sisas. Ascendía el montón a diez y siete
duros. No pudiendo decir a su señora la verdad, salió con el cuento de
que una prima suya, la Rosaura, que comerciaba en miel alcarreña, le
había dado unos duros para que se los guardara. «Dame, dame todo lo que
tengas, Benina, así Dios te conceda la gloria eterna, que yo te lo
devolveré doblado cuando los primos de Ronda me paguen lo del pejugar...
ya sabes... es cosa de días... ya viste la carta».
Y revolviendo en el fondo del baúl, entre mil baratijas y líos de
trapos, sacó la sisona doce duros y medio y los dio a su ama diciéndole:
«Es todo lo que tengo. No hay más: puede creerlo; es tan verdad como que
nos hemos de morir».
No podía remediarlo. Descontaba su propia caridad, y sisaba en su
limosna.
VIII
Tantas desdichas, parecerá mentira, no eran más que el preámbulo del
infortunio grande, aterrador, en que el infeliz linaje de los Juárez y
Zapatas había de caer, la boca del abismo en que sumergido le hallamos
al referir su historia. Desde que vivían en la calle del Olmo, Doña
Francisca fue abandonada de la sociedad que la ayudó a dar al viento su
fortuna, y en las calles del Saúco y Almendro desaparecieron las pocas
amistades que le restaban. Por entonces la gente de la vecindad, los
tenderos chasqueados y las personas que de ella tenían lástima empezaron
a llamarla _Doña Paca_, y ya no hubo forma de designarla con otro
nombre. Gentezuelas desconsideradas y groseras solían añadir al nombre
familiar algún mote infamante: _Doña Paca la tramposa_, _la Marquesa del
infundio_.
Está visto que Dios quería probar a la dama rondeña, porque a las
calamidades del orden económico añadió la grande amargura de que sus
hijos, en vez de consolarla, despuntando por buenos y sumisos, agobiaran
su espíritu con mayores mortificaciones, y clavaran en su corazón
espinas muy punzantes. Antoñito, defraudando las esperanzas de su mamá,
y esterilizando los sacrificios que se habían hecho para encarrilarle en
los estudios, salió de la piel del diablo. En vano su madre y Benina,
sus dos madres más bien, se desvivían por quitarle de la cabeza las
malas ideas: ni el rigor ni las blanduras daban resultado. Se repetía el
caso de que, cuando ellas creían tenerle conquistado con carantoñas y
mimos, él las engañaba con fingida sumisión, y escamoteándoles la
voluntad, se alzaba con el santo y la limosna. Era muy listo para el
mal, y hallábase dotado de seducciones raras para hacerse perdonar sus
travesuras. Sabía esconder su astuta malicia bajo apariencias
agradables; a los diez y seis años engañaba a sus madres como si fueran
niñas; traía falsos certificados de exámenes; estudiaba por apuntes de
los compañeros, porque vendía los libros que se le habían comprado. A
los diez y nueve años, las malas compañías dieron ya carácter grave a
sus diabluras; desaparecía de la casa por dos o tres días, se
embriagaba, se quedó en los huesos. Uno de los principales cuidados de
las dos madres era esconder en las entrañas de la tierra la poca moneda
que tenían, porque con él no había dinero seguro. La sacaba con arte
exquisito del seno de Doña Paca, o del bolso mugriento de Benina.
Arramblaba por todo, fuera poco, fuera mucho. Las dos mujeres no sabían
qué escondrijos inventar, ni en qué profundidades de la cocina o de la
despensa esconder sus mezquinos tesoros.
Y a pesar de esto, su madre le quería entrañablemente, y Benina le
adoraba, porque no había otro con más arte y más refinado histrionismo
para fingir el arrepentimiento. A sus delirios seguían comúnmente días
de recogimiento solitario en la casa, derroche de lágrimas y suspiros,
protestas de enmienda, acompañadas de un febril besuqueo de las caras de
las dos madres burladas... El blando corazón de estas, engañado por tan
bonitas demostraciones, se dejaba adormecer en la confianza cómoda y
fácil, hasta que, de improviso, del fondo de aquellas zalamerías,
verdaderas o falsas, saltaba el ladronzuelo, como diablillo de trampa en
el centro de una caja de dulces, y... otra vez el muchacho a sus
correrías infames, y las pobres mujeres a su desesperación.
Por desgracia o por fortuna (y vaya usted a saber si era fortuna o
desgracia), ya no había en la casa cubiertos de plata, ni objeto alguno
de metal valioso. El demonio del chico hacía presa en cuanto encontraba,
sin despreciar las cosas de valor ínfimo; y después de arramblar por los
paraguas y sombrillas, la emprendió con la ropa interior, y un día, al
levantarse de la mesa, aprovechando un momento de descuido de sus madres
y hermana, escamoteó el mantel y dos servilletas. De su propia ropa no
se diga: en pleno invierno andaba por las calles sin abrigo ni capa,
respetado de las pulmonías, protegido sin duda contra ellas por el fuego
interior de su perversidad. Ya no sabían Doña Paca y Benina dónde
esconder las cosas, pues temían que les arrebatara hasta la camisa que
llevaban puesta. Baste decir que desaparecieron en una noche las
vinajeras, y un estuchito de costura de Obdulia; otra noche dos planchas
y unas tenacillas, y sucesivamente elásticas usadas, retazos de tela, y
multitud de cosas útiles aunque de valor insignificante. Libros no
había ya en la casa, y Doña Paca no se atrevía ni a pedirlos prestados,
temerosa de no poder devolverlos. Hasta los de misa habían volado, y
tras ellos, o antes que ellos, gemelos de teatro, guantes en buen uso, y
una jaula sin pájaro.
Por otro estilo, y con organismo totalmente distinto del de su hermano,
la niña daba también mucha guerra. Desde los doce años se desarrolló en
ella el neurosismo en un grado tal, que las dos madres no sabían cómo
templar aquella gaita. Si la trataban con rigor, malo; si con mimos,
peor. Ya mujer, pasaba sin transición de las inquietudes epilépticas a
una languidez mortecina. Sus melancolías intensas aburrían a las pobres
mujeres tanto como sus excitaciones, determinantes de una gran actividad
muscular y mental. La alimentación de Obdulia llegó a ser el problema
capital de la casa, y entre las desganas y los caprichos famélicos de la
niña, las madres perdían su tiempo, y la paciencia que Dios les había
concedido al por mayor. Un día le daban, a costa de grandes sacrificios,
manjares ricos y substanciosos, y la niña los tiraba por la ventana;
otro, se hartaba de bazofias que le producían horroroso flato. Por
temporadas se pasaba días y noches llorando, sin que pudiera averiguarse
la causa de su duelo; otras veces se salía con un geniecillo
displicente y quisquilloso que era el mayor suplicio de las dos mujeres.
Según opinión de un médico que por lástima las visitaba, y de otros que
tenían consulta gratuita, todo el desorden nervioso y psicológico de la
niña era cuestión de anemia, y contra esto no había más terapéutica que
el tratamiento ferruginoso, los buenos filetes y los baños fríos.
Era Obdulia bonita, de facciones delicadas, tez opalina, cabello
castaño, talle sutil y esbelto, ojos dulces, habla modosita y dengosa
cuando no estaba de morros. No puede imaginarse ambiente menos adecuado
a semejante criatura, mañosa y enfermiza, que la miseria en que había
crecido y vivía. Por intervalos se notaban en ella síntomas de
presunción, anhelos de agradar, preferencias por estas o las otras
personas, algo que indicaba las inquietudes o anuncios del cambio de
vida, de lo cual se alegraba Doña Paca, porque tenía sus proyectos
referentes a la niña. La buena señora se habría desvivido por
realizarlos, si Obdulia se equilibrara, si atendiera al complemento de
su educación, bastante descuidada, pues escribía muy mal, e ignoraba los
rudimentos del saber que poseen casi todas las niñas de la clase media.
La ilusión de Doña Paca era casarla con uno de los hijos de su primo
Matías, propietario rondeño, chicos guapines y bien criados, que
seguían carrera en Sevilla, y alguna vez venían a Madrid por San
Isidro. Uno de ellos, Currito Zapata, gustaba de Obdulia: casi se
entablaron relaciones amorosas que por el carácter de la niña y sus
extravagancias melindrosas no llegaron a formalizarse. Pero la madre no
abandonaba la idea, o al menos, acariciándola en su mente, con ella se
consolaba de tantas desdichas.
De la noche a la mañana, viviendo la familia en la calle del Olmo, se
iniciaron, sin saber cómo, no sé qué relaciones telegráficas entre
Obdulia y un chico de enfrente, cuyo padre administraba una empresa de
servicios fúnebres. El bigardón aquel no carecía de atractivos:
estudiaba en la Universidad y sabía mil cosas bonitas que Obdulia
ignoraba, y fueron para ella como una revelación. Literatura y poesía,
versitos, mil baratijas del humano saber pasaron de él a ella en
cartitas, entrevistas y honestos encuentros.
No miraba esto con buenos ojos Doña Paca, atenta a su plan de casarla
con el rondeño; pero la niña, que tomado había en aquellos tratos no
pocas lecciones de romanticismo elemental, se puso como loca viéndose
contrariada en su espiritual querencia. Le daban por mañana y tarde
furiosos ataques epilépticos, en los que se golpeaba la cara y se
arañaba las manos; y, por fin, un día Benina la sorprendió preparando
una ración de cabezas de fósforos con aguardiente para ponérsela entre
pecho y espalda. La marimorena que se armó en la casa no es para
referida. Doña Paca era un mar de lágrimas; la niña bailaba el
zapateado, tocando el techo con las manos, y Benina pensaba dar parte al
administrador de _entierros_ para que, mediante una buena paliza u otra
medicina eficaz, le quitase a su hijo aquella pasión de _cosas de
muertos_, _cipreses_ y _cementerios_ de que había contagiado a la pobre
señorita.
Pasado algún tiempo sin conseguir apartar a la descarriada Obdulia del
trato amoroso con _el chico de la funebridad_, consintiéndoselo a veces
por vía de transacción con la epilepsia, y por evitar mayores males,
Dios quiso que el conflicto se resolviera de un modo repentino y fácil;
y la verdad, con tal solución se ahorraban unas y otros muchos
quebraderos de cabeza, porque también la _familia fúnebre_ andaba a
mojicones con el chico para apartarle del abismo en que arrojarse
quería. Pues sucedió que una mañanita la niña supo burlar la vigilancia
de sus dos madres y se escapó de la casa; el mancebo hizo lo propio.
Juntáronse en la calle, con propósito firme de ir a algún poético lugar
donde pudieran quitarse la miserable vida, bien abrazaditos, expirando
al mismo tiempo, sin que el uno pudiera sobrevivir al otro. Así lo
determinaron en los primeros momentos, y echaron a correr pensando
simultáneamente en cuál sería la mejor manera de matarse, de golpe y
porrazo, sin sufrimiento alguno, y pasando en un tris a la región pura
de las almas libres. Lejos de la calle del Almendro, se modificaron
repentinamente sus ideas, y con perfecta concordancia pensaron cosas muy
distintas de la muerte. Por fortuna, el chico tenía dinero, pues había
cobrado la tarde anterior una factura de _féretro doble de zinc_ y otra
de un _servicio completo de cama imperial y conducción con seis
caballos_, _etc_... La posesión del dinero realizó el prodigio de
cambiar las ideas de suicidio en ideas de prolongación de la existencia;
y variando de rumbo se fueron a almorzar a un café, y después a una casa
cercana, de la cual, ya tarde, pasaron a otra donde escribieron a sus
respectivas familias, notificándoles que _ya estaban casados_.
Como casados, propiamente hablando, no lo estaban aún; pero el trámite
que faltaba tenía que venir necesariamente. El padre del chico se
personó en casa de Doña Paca, y allí se convino, llorando ella y
pateando él, que no había más remedio que reconocer y acatar los hechos
consumados. Y puesto que Doña Francisca no podía dar a su niña dinero o
efectos, ni aun en mínima cantidad para ayuda de un catre, él daría a
_Luquitas_ alojamiento en lo alto del depósito de ataúdes, y un
sueldecillo en la sección de _Propaganda_. Con esto, y el corretaje que
pudiera corresponderle por _trabajar el género_ en las _casas
mortuorias_, colocación de _artículos de lujo_, o por agencia de
embalsamamientos, podría vivir el flamante matrimonio con honrada
modestia.
IX
No se había consolado aún la desventurada señora de la pena que el
desatino de su hija le causara, y se pasaba las horas lamentándose de su
suerte, cuando entró en quintas Antoñito. La pobre señora no sabía si
sentirlo o alegrarse. Triste cosa era verle soldado, con el chopo a
cuestas: al fin era señorito, y se le despegaba la vida de los
cuarteles. Pero también pensaba que la disciplina militar le vendría muy
bien para corregir sus malas mañas. Por fortuna o por desgracia del
joven, sacó un número muy alto, y quedó de reserva. Pasado algún tiempo,
y después de una ausencia de cuatro días, presentose a su madre y le
dijo que se casaba, que quería casarse, y que si no le daba su
consentimiento él se lo tomaría.
«Hijo mío, sí, sí--dijo la madre prorrumpiendo en llanto--. Vete con Dios,
y solitas Benina y yo, viviremos con alguna tranquilidad. Puesto que has
encontrado quien cargue contigo, y tienes ya quien te cuide y te
aguante, allá te las hayas. Yo no puedo más».
A la pregunta de cajón sobre el nombre, linaje y condiciones de la
novia, replicó el silbante que la conceptuaba muy rica, y tan buena que
no había más que pedir. Pronto se supo que era hija de una sastra, que
pespuntaba con primor, y que no tenía más dote que su dedal.
«Bien, niño, bien--le dijo una tarde Doña Paca--. Me he lucido con mis
hijos. Al menos Obdulia, viviendo entre ataúdes, tiene sobre qué caerse
muerta... Pero tú, ¿de qué vas a vivir? ¿Del dedal y las puntadas de ese
prodigio? Verdad que como eres tan trabajador y tan económico,
aumentarás las ganancias de ella con tu arreglo. ¡Dios mío, qué
maldición ha caído sobre mí y sobre los míos! Que me muera pronto para
no ver los horrores que han de sobrevenir».
Debe notarse, la verdad ante todo, que desde que empezó el noviazgo de
Antoñito con la hija de la sastra, se fue corrigiendo de sus mañas
rapaces, hasta que se le vio completamente curado de ellas. Su carácter
sufrió un cambio radical: mostrándose afectuoso con su madre y con
Benina, resignábase a no tener más dinero que el poquísimo que le daban,
y hasta en su lenguaje se conocía el trato de personas más honradas y
decentes que las de antaño. Esto fue parte a que Doña Paca le concediera
el consentimiento, sin conocer a la novia ni mostrar ganas de conocerla.
Charlando con su señora de estas cosas, Benina aventuró la idea de que
tal vez por aquel torcido sendero de la boda del mequetrefe, vendría la
suerte a la casa, pues la suerte, ya se sabe, no viene nunca por donde
lógicamente se la espera, sino por curvas y vericuetos increíbles. No se
daba por convencida Doña Paca, que sintiéndose minada de una melancolía
corrosiva, no veía ya en la existencia ningún horizonte que no fuera
ceñudo y tempestuoso. Con hallarse ya las dos mujeres, por la colocación
de los hijos, en mejores condiciones de reposo y de vida, no se avenían
con su soledad, y echaban de menos a _la familia menuda_; cosa en verdad
muy natural, porque es ley que los mayores conserven el afecto a la
descendencia, aunque esta les martirice, les maltrate y les deshonre.
A poco de celebrarse las dos bodas, trasladose Doña Paca de la calle del
Almendro a la Imperial, buscando siempre baraturas, que al fin y al cabo
no le resolvían el problema de vivir sin recursos. Estos se habían
reducido a cero, porque el resto disponible de la pensión apenas bastaba
para tapar la boca a los acreedores menudos. Casi todos los días del mes
se pasaban en angustiosos arbitrios para reunir cuartos, cosa en extremo
difícil ya, porque no había en la casa objetos de valor. El crédito en
tiendas o en cajones de la plazuela, habíase agotado. De los hijos nada
podía esperarse, y bastante hacían los pobres con asegurar malamente su
propia subsistencia. La situación era, pues, desesperada, de naufragio
irremediable, flotando los cuerpos entre las bravas olas, sin tabla o
madero a que poder agarrarse. Por aquellos días, hizo la Benina
prodigiosas combinaciones para vencer las dificultades, y dar de comer a
su ama gastando inverosímiles cantidades metálicas. Como tenía
conocimiento en las plazuelas, por haber sido en tiempos mejores
excelente parroquiana, no le era difícil adquirir comestibles a precio
ínfimo, y gratuitamente huesos para el caldo, trozos de lombardas o
repollos averiados, y otras menudencias. En los comercios para pobres,
que ocupan casi toda la calle de la Ruda, también tenía buenas amistades
y relaciones, y con poquísimo dinero, o sin ninguno a veces, tomando al
fiado, adquiría huevos chicos, rotos y viejos, puñados de garbanzos o
lentejas, azúcar morena de restos de almacén, y diversas porquerías que
presentaba a la señora como artículo de mediana clase.
Por ironía de su destino, Doña Paca, afligida de diversas enfermedades,
conservaba su buen apetito y el gusto de los manjares selectos; gusto y
apetito que en cierto modo venían a ser también enfermedad, en aquel
caso de las más rebeldes, porque en las farmacias, llamadas tiendas de
comestibles, no despachan sin dinero. Con esfuerzos sobrehumanos,
empleando la actividad corpórea, la atención intensa y la inteligente
travesura, Benina le daba de comer lo mejor posible, a veces muy bien,
con delicadezas refinadas. Un profundo sentimiento de caridad la movía,
y además el ardiente cariño que a la triste señora profesaba, como para
compensarla, a su manera, de tantas desdichas y amarguras. Conformábase
ella con chupar algunos huesos y catar desperdicios, siempre y cuando
Doña Paca quedase satisfecha. Pero no por caritativa y cariñosa perdía
sus mañas instintivas; siempre ocultaba a su señora una parte del
dinero, trabajosamente reunido, y la guardaba para formar nuevo fondo y
capital nuevo.
Al año del casorio, los hijos, que habían entrado en la vida matrimonial
con regular desahogo, empezaron a recibir golpes de la suerte, como si
heredaran la maldición recaída sobre la pobre madre. Obdulia, que no
pudo habituarse a vivir entre cajas de muerto, enfermó de hipocondría;
malparió; sus nervios se desataron; la pobreza y las negligencias de su
marido, que de ella no se cuidaba, agravaron sus males constitutivos.
Mezquinamente socorrida por sus suegros, vivía en un sotabanco de la
calle de la Cabeza, mal abrigada y peor comida, indiferente a su esposo,
consumiéndose en letal ociosidad, que fomentaba los desvaríos de su
imaginación.
En cambio, Antoñito se había hecho hombre formal después de casado, tal
vez por obra y gracia de la virtud, buen juicio y laboriosidad de su
mujer, que salió verdadera alhaja. Pero todos estos méritos, que habían
producido el milagro de la redención moral de Antonio Zapata, no
bastaban a defenderle de la pobreza. Vivía el matrimonio en un cuartito
de la calle de San Carlos, que parecía el interior de una bombonera, y
apenas se entraba en él se veía en todo una mano hacendosa. Para mayor
dicha, el que en otro tiempo perteneció a la clase de los llamados
_golfos_, adquiría el hábito y el gusto del trabajo productivo, y no
habiendo cosa mejor en que ocuparse, se había hecho corredor de
anuncios. Todo el santo día le teníais como un azacán, de comercio en
comercio, de periódico en periódico, y aunque de sus comisiones había
que descontar el considerable gasto de calzado, siempre le quedaba para
ayuda del cocido, y para aliviar a la Juliana de su enorme tarea en la
_Singer_. Y que la moza no se andaba en chiquitas: su fecundidad no era
inferior a su disposición casera, porque en el primer parto se trajo dos
gemelos. No hubo más remedio que poner ama, y una boca más en la casa
obligó a duplicar los movimientos de la _Singer_ y las correrías de
Antoñito por las calles de Madrid. Antes de la venida de los gemelos, el
_ex-golfo_ solía sorprender a su madre con esplendideces y rasgos de
amor filial, que eran las únicas alegrías saboreadas por la infeliz
señora en mucho tiempo: le llevaba una peseta, dos pesetas, a veces
medio duro, y Doña Paca lo agradecía más que si sus parientes de Ronda
le regalaran un cortijo. Pero desde que se posesionaron de la casa los
mellizos, ávidos de vida y de leche, que había que formar con buenos
alimentos, el dichoso y asendereado padre no pudo obsequiar a la
abuelita con los sobrantes de su ganancia, porque no los tenía. Más que
para dar estaba para que le dieran.
Al contrario de este matrimonio, el de los _funerarios_, Luquitas y
Obdulia, iba mal, porque el esposo se distraía de sus obligaciones
domésticas y de su trabajo; frecuentaba demasiado el café, y quizás
lugares menos honestos, por lo cual se le privó de la cobranza de
facturas de servicios mortuorios. Obdulia no tenía ni asomos de
arreglo; pronto se vio agobiada de deudas; cada lunes y cada martes
enviaba recaditos a su madre con la portera, pidiéndole cuartos, que
Doña Paca no podía darle. Todo esto era ocasión de nuevos afanes y
cavilaciones para Benina, que amaba entrañablemente a la señorita de la
casa, y no podía verla con hambre y necesidad, sin tratar al instante de
socorrerla según sus medios. No sólo tenía que atender a su casa, sino a
la de Obdulia, cuidando de que lo más preciso no faltase en ella. ¡Qué
vida, qué fatigas horrorosas, qué pugilato con el destino, en las
sombras tétricas de la miseria vergonzante, que tiene que guardar el
crédito, mirar por el decoro! La situación llegó a ser un día tan
extremadamente angustiosa, que la heroica anciana, cansada de mirar a
cielo y tierra por si inopinadamente caía algún socorro, perdido el
crédito en las tiendas, cerrados todos los caminos, no vio más arbitrio
para continuar la lucha que poner su cara en vergüenza saliendo a pedir
limosna. Hízolo una mañana, creyendo que lo haría por única vez, y
siguió luego todos los días, pues la fiera necesidad le impuso el triste
oficio mendicante, privándola en absoluto de todo otro medio de atender
a los suyos. Llegó por sus pasos contados, y no podía menos de llegar y
permanecer allí hasta la muerte, por ley social, económica, si es que
así se dice. Mas no queriendo que su señora se enterase de tanta
desventura, armó el enredo de que le había salido una buena _proporción_
de asistenta, en casa de un señor eclesiástico, alcarreño, tan piadoso
como adinerado. Con su presteza imaginativa bautizó al fingido
personaje, dándole, para engañar mejor a la señora, el nombre de D.
Romualdo. Todo se lo creyó Doña Paca, que rezaba algunos Padrenuestros
para que Dios aumentase la piedad y las rentas del buen sacerdote, por
quien Benina tenía algo que traer a casa. Deseaba conocerle, y por las
noches, engañando las dos su tristeza con charlas y cuentos, le pedía
noticias de él y de sus sobrinas y hermanas, de cómo estaba puesta la
casa, y del gasto que hacían; a lo que contestaba Benina con detalladas
referencias y pormenores, simulacro perfecto de la verdad.
X
Pues señor, atando ahora el cabo de esta narración, sigo diciendo que
aquel día comió la señora con buen apetito, y mientras tomaba los
alimentos adquiridos con el duro del ciego Almudena, digería fácilmente
los piadosos engaños que su criada y compañera le iba metiendo en el
cuerpo. Había llegado a tener Doña Paca tal confianza en la disposición
de Benina, que apenas se inquietaba ya por las dificultades del mañana,
segura de que la otra las había de vencer con su diligencia y
conocimiento del mundo, valiéndole de mucho la protección del bendito D.
Romualdo. Ama y criada comieron juntas, y de sobremesa Doña Paca le
decía: «No debes escatimar el tiempo a esos señores; y aunque tu
obligación es servirles no más que hasta las doce, si algún día quieren
que te estés allí por la tarde, estate, mujer, que ya me entenderé yo
aquí como pueda.
--Eso no--respondió Benina--, que tiempo hay para todo, y yo no puedo
faltar de aquí. Ellos son gente buena, y se hacen cargo...
--Bien se les conoce. Yo le pido al Señor que les premie el buen trato
que te dan, y mi mayor alegría hoy sería saber que a D. Romualdo me le
hacían obispo.
--Pues ya suena el run run de que van a proponerle; sí, señora, obispo de
no sé qué punto, allá en las islas de Filipinas.
--¿Tan lejos? No, eso no. Por acá tienen que dejarle para que haga mucho
bien.
--Lo mismo piensa la Patros, ¿sabe? la mayor de las sobrinas.
--¿Esa que me has dicho tiene el pelo entrecano y bizca un poco?
--No; esa es la otra.
--Ya, ya... Patros es la que tartamudea, y padece de temblores.
--Esa. Pues dice que a dónde van ellas por esos mares de tan lejos... No,
no; más vale simple cura por aquí, que arzobispo allá, donde, según
dicen, son las doce del día cuando aquí tenemos las doce de la noche.
--En los antípodas.
--Pero la hermana, Doña Josefa, dice que venga la mitra, y sea donde Dios
quisiere, que ella no teme ir al fin del mundo, con tal de ver al
reverendísimo en el puesto que le corresponde.
--Puede que tenga razón. ¿Y qué hemos de hacer nosotras más que
conformarnos con la voluntad del Señor, si nos llevan tan lejos al que,
amparándote a ti, a mí también me ampara? Ya sabe Dios lo que hace, y
hasta podría suceder que lo que creemos un mal fuera un bien, y que el
buen D. Romualdo, al marcharse, nos dejara bien recomendadas a un obispo
de acá, o al propio Nuncio...
--Yo creo que sí. En fin, allá veremos».
No pasó de aquí la conversación referente al imaginario sacerdote, a
quien Doña Paca conocía ya como si le hubiera visto y tratado,
forjándose en su mente un tipo real con los elementos descriptivos y
pintorescos que Benina un día y otro le daba. Pero lo demás que
picotearon se queda en el tintero para dar lugar a cosas de mayor
importancia.
«Cuéntame, mujer. Y Obdulia ¿qué dice?
--Pues nada. ¿Qué ha de decir la pobre? El pillo de Luquitas no parece
por allí hace dos días. Asegura la niña que tiene dinero, que cobró de
un _embalsamado_, y se lo gasta con unas pendangas de la calle del
Bonetillo.
--¡Jesús me valga! Y su padre, ¿qué hace?
--Reprenderle, castigarle, si le coge a mano. Lo que es a ese no le
enderezan ya. A la niña le mandan comida de casa de los padres; pero tan
tasada, que no le llega al colmillo. Se moriría de hambre si no le
llevara yo lo que le llevo. ¡Pobre ángel! Pues verá usted: estos días me
la he encontrado contenta. Ya sabe usted que la niña es así. Cuando hay
más motivos para que esté alegre, se pone a llorar; cuando debiera estar
triste, se pone como unas castañuelas. Sólo Dios entiende aquella
zampoña y la manera de templarla. Pues la he visto contenta, sí señora,
y es porque da en figurarse cosas buenas. Más vale así. Es de las que se
creen todo lo que fabrican ellas mismas en su cabeza. De este modo, son
felices cuando debieran ser desgraciadas.
--Pues si le da por lo contrario, ayúdame tú a sentir... ¿Y estaba sola,
enteramente sola con la chica?
--No, señora: allí estaba ese caballero tan fino que la acompaña algunas
mañanas; ese que es de la familia de los Delgados, paisanos de usted.
--Ya... Frasquito Ponte. Figúrate si lo conoceré. Es de mi tierra, o de
Algeciras, que viene a ser lo mismo. Ha sido elegantón y se empeña en
serlo todavía... porque te advierto que es más viejo que un palmar...
Buena persona, caballero de principios, y que sabe tratar con damas, de
estos que no se estilan ya, pues ahora todo es grosería y mala
educación. Viene a ser Ponte cuñado de unas primas de mi esposo, porque
su hermana casó con... en fin, ya no me acuerdo del parentesco. Me
alegro de que trate a mi hija, pues a esta le convienen relaciones de
sujetos dignos, decentes y de buena posición.
--Pues la posición del tal D. Frasquito me parece a mí que es como la del
que está montado al aire, lo mismo que los brillantes.
--En mis tiempos era un solterón que se daba buena vida. Tenía un buen
empleo, comía en casas grandes, y se pasaba las noches en el Casino.
--Pues debe de estar ahora más pobre que una rata, porque las noches se
las pasa...
--¿Dónde?
--En los palacios encantados de la _señá_ Bernarda, calle de Mediodía
Grande... la casa de dormir, ¿sabe?
--¿Qué me cuentas?
--Ese Ponte duerme allí cuando tiene los tres reales que cuesta la cama,
en el dormitorio de primera.
--Tú estás trastornada, Benina.
--Le he visto, señora. La Bernarda es amiga mía. Fue la que nos prestó
los ocho duros aquellos, ¿sabe? cuando la señora tuvo que sacar cédula
con recargo, y pagar un poder para mandarlo a Ronda.
--Ya... la que venía todos los días a reclamar la deuda y nos freía la
sangre.
--La misma. Pues con todo, es buena mujer. No nos hubiera reclamado _por
justicia_, aunque nos amenazaba. Otras son peores. Sepa usted que está
rica, y con las seis casas de dormir que tiene, no le baja de cuarenta
mil duros lo que ha ganado, sí señora, y todo ello lo ha puesto en el
Banco, y vive del interés.
--¡Qué cosas se ven! Bueno está el mundo... Pues volviendo al _caballero
Ponte_, que así le llamaban en Andalucía, si es tan pobre como dices,
dará lástima verle... Y más vale así, porque la reputación de la niña
podría sufrir algo, si en vez de ser el tal una ruina, un pobre mendigo
de levita, fuera un galán de posibles, aunque viejo.
--Yo creo--dijo Benina riendo, pues su condición jovial se mostraba en
cuantito que los afanes de la vida le daban un respiro--, que va allá...
para que le embalsamen... Buena falta le hace. Y que se den prisa, antes
que esté _corruto_».
Doña Paca se rió un poco con aquellas ocurrencias, y después pidió
informes de la otra familia.
«Al niño no le he visto ni hoy ni ayer--respondió Benina--; pero me ha
dicho la Juliana que anda corriendo ahora como las mismas exhalaciones,
porque, con esto del trancazo, le han salido muchos anunciantes de
medicinas. Piensa ganar mucho dinero y _echar_ él un periódico, todo de
cosas de tienda, poniendo, un suponer, dónde venden este artículo o el
otro artículo. Los dos mellizos parecen dos rollos de manteca; pero
buenos cocidos y buenos guisados les cuestan, que el ama se sabe cuándo
empieza a comer, pero no cuándo acaba. La Juliana me dijo que probaremos
algo de la _matanza_ que le ha de mandar su tío el día del santo, y
además dos cortes de botinas, de las echadas a perder en la zapatería
para donde ella pespunta.
--Es buena esa chica--dijo con gravedad Doña Paca--, aunque tan ordinaria,
que no empareja ni emparejará nunca conmigo. Sus regalos me ofenden,
pero se los agradezco por la buena voluntad... En fin, es hora de que
nos acostemos. Pues ya me parece que va medio hecha la digestión,
prepárame la medicina para dentro de media hora. Esta noche me siento
más cargada de las piernas, y con la vista muy perdida. ¡Santo Dios, si
me quedaré ciega! Yo no sé qué es esto. Como bien, gracias a Dios, y la
vista se me va de día en día, sin que me duelan los ojos. Ya no paso las
noches en vela, gracias a ti, que todo lo discurres por mí, y al
despertar, veo las cosas borradas y las piernas se me hacen de algodón.
Yo digo: ¿qué tiene que ver el reúma con la visual? Me mandan que pasee.
¿Pero a dónde voy yo con esta facha, sin ropa decente, temiendo
tropezarme a cada paso con personas que me conocieron en otra posición,
o con esos tipos ordinarios y soeces a quien se debe alguna cantidad?».
Acordose al oír esto Benina de lo más importante que tenía que decir a
su señora aquella noche, y no queriendo dejarlo para última hora, por
temor a que se desvelara, antes de que salieran de la cocina, y mientras
una y otra recogían las escasas piezas de loza para fregarlas, no
desdeñándose Doña Francisca de este bajo servicio, le dijo en el tono
más natural que usar sabía:
«¡Ah! ya no me acordaba... ¡qué cabeza tengo! Hoy me encontré al Sr. D.
Carlos Moreno Trujillo».
Quedose Doña Paca suspensa, y poco faltó para que se le cayera de las
manos el plato que estaba lavando.
«D. Carlos... Pero ¿has dicho D. Carlos? Y qué... ¿te habló, te preguntó
por mí?
--Naturalmente, y con un interés que...
--¿Es de veras? A buenas horas se acuerda de mí ese avaro, que me ha
visto caer en la miseria, a mí, a la cuñada de su mujer... pues Purita y
mi Antonio eran hermanos, ya sabes... y no ha sido para tenderme una
mano...
--El año pasado, tal día como hoy, cuando se quedó viudo, mandó a la
señora un socorrito.
--¡Seis duros! ¡Qué vergüenza!--exclamó Doña Paca, dando vueltas a su
indignación y a la inquina y despecho acumulados en su alma durante
tantos años de oprobio y escasez--. La cara se me pone como fuego al
decirlo. ¡Seis duros! y unos pingajos de Purita, guantes sucios, faldas
rotas, y un traje de sociedad, antiquísimo, de cuando se casó la
Reina... ¿Para qué me sirvieron aquellas porquerías?... En fin, sigue
contando: le encontraste, ¿a qué hora, en qué sitio?
--Serían las doce y media. Él salía de San Sebastián...
--Ya sé que se pasa toda la mañana de iglesia en iglesia, royendo peanas.
¿Dices que a las doce y media? ¡Pues si a esa hora estabas tú sirviendo
el almuerzo a D. Romualdo!».
No era Benina mujer que se acobardaba por esta cogida. Su mente, fecunda
para el embuste, y su memoria felicísima para ordenar las mentiras que
antes había dicho y hacerlas valer en apoyo de la mentira nueva, la
sacaron del apuro.
«¿Pero no dije a usted que cuando ya habían puesto la mesa, faltaba una
ensaladera, y tuve que ir a comprarla de prisa y corriendo a la plaza
del Ángel, esquina a Espoz y Mina?
--Si me lo dijiste, no me acuerdo. ¿Pero cómo dejabas la cocina momentos
antes de servir el almuerzo?
--Porque la zagala que tenemos no sabe las calles, y además, no entiende
de compras. Hubiera tardado un siglo, y de fijo nos trae una jofaina en
vez de una ensaladera... Yo fui volando, mientras la Patros se quedaba
en la cocina... que lo entiende, crea usted que lo entiende tanto como
yo, o más... En fin, que me encontré al vejestorio de D. Carlos.
--Pero si para ir de la calle de la Greda a Espoz y Mina no tenías que
pasar por San Sebastián, mujer.
--Digo que él salía de San Sebastián. Le vi venir de allá, mirando al
reloj de Canseco. Yo estaba en la tienda. El tendero salió a saludarle.
D. Carlos me vio; hablamos...
--¿Y qué te dijo? Cuéntame qué te dijo.
--¡Ah!... Me dijo, me dijo... Preguntome por la señora y por los niños.
--¡Qué le importarán a ese corazón de piedra la madre ni los hijos! ¡Un
hombre que tiene en Madrid treinta y cuatro casas, según dicen, tantas
como la edad de Cristo y una más; un hombre que ha ganado dinerales
haciendo contrabando de géneros, untando a los de la Aduana y engañando
a medio mundo, venirse ahora con cariñitos! A buenas horas, mangas
verdes... Le dirías que le desprecio, que estoy por demás orgullosa con
mi miseria, si miseria es una barrera entre él y yo... Porque ese no se
acerca a los pobres sino con su cuenta y razón. Cree que repartiendo
limosnas de ochavo, y proporcionándose por poco precio las oraciones de
los humildes, podrá engañar al de arriba y estafar la gloria eterna, o
colarse en el cielo de contrabando, haciéndose pasar por lo que no es,
como introducía el hilo de Escocia declarándolo percal de a real y medio
la vara, con marchamos falsos, facturas falsas, certificados de origen
falsos también... ¿Le has dicho eso? Di, ¿se lo has dicho?
XI
--No le he dicho eso, señora, ni había para qué--replicó Benina, viendo
que Doña Francisca se excitaba demasiado, y que toda la sangre al rostro
se le subía.
--Pero tú no recordarás lo que hicieron conmigo él y su mujer, que
también era _Alejandro en puño_. Pues cuando empezaron mis desastres, se
aprovechaban de mis apuros para hacer su negocio. En vez de ayudarme,
tiraban de la cuerda para estrangularme más pronto. Me veían devorada
por la usura, y no eran para ofrecerme un préstamo en buenas
condiciones. Ellos pudieron salvarme y me dejaron perecer. Y cuando me
veía yo obligada a vender mis muebles, ellos me compraban, por un pedazo
de pan, la sillería dorada de la sala y los cortinones de seda...
Estaban al acecho de las gangas, y al verme perdida, amenazada de un
embargo, claro... se presentaban como salvadores... ¿Qué me dieron por
el San Nicolás de Tolentino, de escuela sevillana, que era la joya de la
casa de mi esposo, un cuadro que él estimaba más que su propia vida?
¿Qué me dieron? ¡Veinticuatro duros, Benina de mi alma, veinticuatro
duros! Como que me cogieron en una hora tonta, y yo, muerta de ansiedad
y de susto, no sabía lo que me hacía. Pues un señor del Museo me dijo
después que el cuadro no valía menos de diez mil reales... ¡Ya ves qué
gente! No sólo desconocieron siempre la verdadera caridad, sino que ni
por el forro conocían la delicadeza. De todo lo que recibíamos de Ronda,
peros, piñonate y alfajores, le mandábamos a Pura una buena parte. Pues
ellos cumplían con una bandejita de dulces el día de San Antonio, y
alguna cursilería de bazar en mi cumpleaños. D. Carlos era tan gorrón,
que casi todos los días se dejaba caer en casa a la hora a que tomábamos
café... ¡y cómo se relamía! Ya sabes que el de su casa no era más que
agua de fregar. Y si íbamos al teatro juntos, convidados a mi palco,
siempre se arreglaban de modo que comprase Antonio las entradas... De la
grosería con que utilizaban a todas horas nuestro coche, nada te digo.
Ya recordarás que el mismo día en que ajustamos la venta de la sillería,
se estuvieron paseando en él todita la tarde, dándose un pisto
estrepitoso en la Castellana y Retiro».
No quiso Benina quitarle la cuerda con interrupciones y negativas,
porque sabía que cuando se disparaba en aquel tema, era mejor dejar que
le diese todas las vueltas. Hasta que no puso la señora el punto,
sofocada y casi sin aliento, no se aventuró a decirle: «Pues D. Carlos
me mandó que fuera a su casa mañana.
--¿Para qué?
--Para hablar conmigo...
--Como si lo viera. Querrá mandarme una limosna... Justamente: hoy es el
aniversario de la muerte de Pura... Se saldrá con alguna porquería.
--¡Quién sabe, señora! Puede que se arranque...
--¿Ese? Ya estoy viendo que te pone en la mano un par de pesetas o un par
de duros, creyendo que por este rasgo han de bajar los ángeles, tocando
violines y guitarras, a ensalzar su caridad. Yo que tú, rechazaría la
limosna. Mientras tengamos a nuestro D. Romualdo, podemos permitirnos un
poquito de dignidad, Nina.
--No nos conviene. Podría incomodarse y decir, un suponer, que es usted
orgullosa y qué sé yo qué.
--Que lo diga. ¿Y a quién se lo va a decir?
--Al propio D. Romualdo, de quien es amigote. Todos los días le oye la
misa, y después echan un parrafito en la sacristía.
--Pues haz lo que quieras. Y por lo que pueda sobrevenir, cuéntale a D.
Romualdo quién es D. Carlos, y hazle ver que sus devociones de última
hora no son de recibo. En fin, yo sé que no has de dejarme mal, y ya me
contarás mañana lo que saques de la visita, que será lo que el negro del
sermón».
Algo más hablaron. Benina procuraba extinguir y enfriar la conversación,
evitando las réplicas y dando a estas tono conciliador. Pero la señora
tardó en dormirse, y la criada también, pasándose parte de la noche en
la preparación mental de sus planes estratégicos para el día siguiente,
que sería, sin duda, muy dificultoso, si no tenía la suerte de que D.
Carlos le pusiera en la mano una buena porrada de duros... que bien
podría ser.
A la hora fijada por el Sr. de Moreno Trujillo, ni minuto más ni minuto
menos, llamaba Benina a la puerta del principal de la calle de Atocha, y
una criada la introdujo en el despacho, que era muy elegante, todos los
muebles igualitos en color y hechura. Mesa de ministro ocupaba el
centro, y en ella había muchos libros y fajos de papeles. Los libros no
eran _de leer_, sino de cuentas, todo muy limpio y ordenadito. La pared
del centro ostentaba el retrato de Doña Pura, cubierto con una gasa
negra, en marco que parecía de oro puro. Otros retratos de fotografía,
que debían de ser de las hijas, yernos y nietecillos de D. Carlos,
veíanse en diversas partes de la estancia. Junto al cuadro grande, y
pegadas a él, como las ofrendas o ex-votos en el altar, pendían multitud
de coronas de trapo con figuradas rosas, violetas y narcisos, y luengas
cintas negras con letras de oro. Eran las coronas que había llevado la
señora en su entierro, y que D. Carlos quiso conservar en casa, porque
no se estropeasen en la intemperie del camposanto. Sobre la chimenea,
nunca encendida, había un reloj de bronce con figuras, que no andaba, y
no lejos de allí un almanaque americano, en la fecha del día anterior.
Al medio minuto de espera entró D. Carlos, arrastrando los pies, con
gorro de terciopelo calado hasta las orejas, y la capa de _andar por
casa_, bastante más vieja que la que usaba para salir. El uso continuo
de esta prenda, aun más allá del 40 de Mayo, se explica por su
aborrecimiento de estufas y braseros que, según él, son la causa de
tanta mortandad. Como no estaba embozado, pudo Benina observar que traía
cuellos y puños limpios, y gruesa cadena de reloj, galas que sin duda
respondían a la etiqueta del aniversario. Con un inconmensurable pañuelo
de cuadros se limpiaba la continua destilación de ojos y narices;
después se sonó con estrépito dos o tres veces, y viendo a Benina en
pie, la mandó sentar con un gesto, y él ocupó gravemente su sitio en el
sillón, compañero de la mesa, el cual era de respaldo alto y tallado,
al modo de sitial de coro. Benina descansó en el filo de una silla, como
todo lo demás, de roble con blando asiento de terciopelo verde.
«Pues la he llamado a usted para decirle...».
Pausa. La cabeza de D. Carlos hallábase afectada de un crónico temblor
nervioso, movimiento lateral como el que usamos para la denegación. Este
_tic_ se acentuaba o era casi imperceptible, según los grados de
excitación del individuo.
«Para decirle...».
Otra pausa, motivada por un golpe de destilación. D. Carlos se limpió
los ojos ribeteados de rojo, y se frotó la recortada barba, la cual no
tenía más razón de ser que la pereza de afeitarse. Desde la muerte de su
esposa, el buen señor, que sólo por ella y para ella se rapaba la cara,
quiso añadir a tantas demostraciones de duelo el luto de su rostro,
dejándolo cubrir, como de una gasa, de pelos blancos, negros y
amarillos.
«Pues para decirle a usted que lo que le pasa a la Francisca, y el
encontrarse ahora en condición tan baja, es por no haber querido llevar
cuentas. Sin buen arreglo, no hay riqueza que no venga a parar en la
mendicidad. Con orden, los pobres se hacen ricos. Sin orden, los
ricos...
--Paran en pobres, sí, señor,--dijo humildemente Benina, que, aunque ya
sabía todo aquello, quiso recibir la máxima como si fuera descubrimiento
reciente de D. Carlos.
--Francisca ha sido siempre una mala cabeza. Bien se lo decíamos mi
señora y yo: «Francisca, que te pierdes, que te vas a ver en la
miseria», y ella... tan tranquila. Nunca pudimos conseguir que apuntara
sus gastos y sus ingresos. ¿Hacer ella un número? Antes la mataran. Y el
que no hace números, está perdido. ¡Con decirle a usted que no supo
jamás lo que debía, ni en qué fecha vencían los pagarés!
--Verdad, señor, mucha verdad--dijo Benina suspirando, en expectativa de
lo que D. Carlos le daría después de aquel sermón.
--Porque usted calcule... si yo tengo en mi vejez un buen pasar para mí y
para mis hijos; si no me falta una misa en sufragio del alma de mi
querida esposa, es porque llevé siempre con método y claridad los
negocios de mi casa. Hoy mismo, retirado del comercio, llevo al día la
contabilidad de mis gastos particulares, y no me acuesto sin pasar todos
los apuntes a la agenda, y luego, en los ratitos libres, lo paso al
Mayor. Vea usted, véalo para que se convenza--añadió marcando más el
temblor negativo--. Lo que yo quisiera es que Francisca pudiera
aprovechar esta lección. Aún no es tarde... Entérese usted».
Y cogió un libro, y después otro, y los fue mostrando a la Benina, que
se acercó para ver tanta maravilla numérica.
«Fíjese usted. Aquí apunto el gasto de la casa, sin que se me pase nada,
ni aun los cinco céntimos de una caja de fósforos; los cuartos del
cartero, todo, todo... En este otro chiquitín, las limosnas que hago y
lo que empleo en sufragios. Limosnas diarias, tanto. Limosnas mensuales,
cuánto. Después lo paso todo al Mayor, donde se puede saber, día por
día, lo que gasto, y hacer el balance... Usted calcule: si Francisca
hubiera hecho balance, no estaría como está.
--Cierto, señor, muy cierto. Y yo le digo a la señora que haga balance,
que lleve todo por apuntación, lo que entra como lo que sale. Mas ella,
como ya no es niña, no puede apencar por la buena costumbre. Pero es un
ángel, señor, y no hay que reparar en si apunta o no apunta para
socorrerla.
--Nunca es tarde para entrar por el aro, como quien dice. Yo le aseguro a
usted que si hubiera visto en Francisca siquiera intenciones o deseos de
llevar sus cuentas en regla, le hubiera prestado... prestar no, le
hubiera facilitado medios de llegar a la nivelación. Pero es una cabeza
destornillada; convenga usted conmigo en que es una cabeza
destornillada.
--Sí, señor, convengo en ello.
--Y se me ha ocurrido... para eso la he llamado a usted... se me ha
ocurrido que el mejor donativo que puedo hacer a esa desgraciada es
este».
Diciéndolo, D. Carlos cogió un libro largo y estrecho, nuevecito, y lo
puso delante de sí para que Benina lo cogiera. Era una agenda.
«Vea usted--dijo el buen señor hojeando el libro--: aquí están todos los
días de la semana. Fíjese bien: a un lado, la columna del _Debe_; a
otro, la del _Haber_. Vea cómo en los gastos se marcan los artículos:
carbón, aceite, leña, etc... Pues ¿qué trabajo cuesta ir poniendo aquí
lo que se gasta, y en esta otra parte lo que ingresa?
--Pero si a la señora no le ingresa nada.
--¡Caramelos!--exclamó Trujillo dando una palmada sobre el libro--. Algo
habrá, porque su poco de consumo hacen ustedes, y para ese consumo
alguna cantidad, corta o larga, chica o grande, han de tener. Y lo que
usted saca de las limosnas, ¿por qué no ha de anotarse? Vamos a ver,
¿por qué no ha de anotarse?».
Benina le miró entre colérica y compadecida. Pero más pudo la ira que la
lástima, y hubo un momento, un segundo no más, en que le faltó poco para
coger el libro y estampárselo en la cabeza al Sr. D. Carlos. Conteniendo
su furor, y para que el monomaníaco de la contabilidad no se lo
conociera, le dijo con forzada sonrisa: «De modo que el señor apunta las
perras que nos da a los pobres de San Sebastián.
--Día por día--replicó el anciano con orgullo, moviendo más la cabeza--. Y
puedo decirle a usted, si quiere saberlo, lo que he dado en tres meses,
en seis, en un año.
--No, no se moleste, señor--indicó Benina, sintiendo otra vez ganas de
darle un papirotazo--. Llevaré el libro, si usted quiere. La señora se lo
agradece mucho, y yo también. Pero no tenemos pluma ni lápiz para un
remedio.
--Todo sea por Dios. ¿En qué casa, por pobre que esté, no hay recado de
escribir? Se ofrece echar una firma, tomar una cuenta, apuntar un nombre
o señas de casa para que no se olviden... Tome usted este lápiz, que ya
está afilado, y lléveselo también, y cuando se le gaste la punta, se la
saca usted con el cuchillo de la cocina».
Y a todas estas, D. Carlos no hablaba de darle ningún socorro positivo,
concretando su caridad a la ofrenda del libro, que debía ser fundamento
del orden administrativo en la desquiciada hacienda de Doña Francisca
Juárez. Al verle mover los labios para seguir hablando, y echar mano a
la llave puesta en el cajón de la izquierda, Benina sintió grande
alegría.
«No hay ni puede haber prosperidad sin administración--afirmó D. Carlos,
abriendo la gaveta y mirando dentro de ella--. Yo quiero que Francisca
administre, y cuando administre...
--Cuando administre, ¿qué?--dijo Benina con el pensamiento--. ¿Qué nos va
usted a dar, viejo loco, más loco que los que están en Leganés? Así se
te pudra todo el dinero que guardas, y se te convierta en pus dentro del
cuerpo para que revientes, zurrón de avaricia.
--Coja usted el libro y el lápiz, y lléveselo con mucho cuidado... no se
le pierda por el camino. Bueno: ¿se ha hecho usted cargo? ¿Me responde
de que apuntarán todo?
--Sí, señor... no se escapará ni un verbo.
--Bueno. Pues ahora, para que Francisca se acuerde de mi pobre Pura y
rece por ella... ¿Me promete usted que rezarán por ella y por mí?
--Sí, señor: rezaremos a voces, hasta que se nos caiga la campanilla.
--Pues aquí tengo doce duros, que destino al socorro de los necesitados
que no se determinan a pedir limosna porque les da vergüenza...
¡pobrecitos! son los más dignos de conmiseración».
Al oír _doce duros_, Benina abrió cada ojo como la puerta de una casa.
¡Cristo, lo que ella haría con doce duros! Ya estaba viendo el descanso
de muchos días, atender a tantas necesidades, tapar algunas bocas,
vivir, respirar, dando de mano al petitorio humillante, y al suplicio de
la busca por medios tan fatigosos. La pobre mujer vio el cielo abierto,
y por el hueco la docena de pesos, compendio hermosísimo de su felicidad
en aquellos días.
«Doce duros--repitió D. Carlos pasando las monedas de una mano a otra--;
pero no se los doy en junto, porque sería fomentar el despilfarro: se
los asigno...».
A Benina se le cayeron las alas del corazón.
«Si se los diera, mañana a estas horas no tendría ya ni un céntimo. Le
señalo dos duros al mes, y todos los días 24 puede usted venir a
recogerlos, hasta que se cumplan los seis meses, y pasado Septiembre yo
veré si debo aumentar o no la asignación. Eso depende, fíjese usted, de
que yo me entere, tocante a si se administra o no se administra, si hay
orden o sigue el... el caos. Mucho cuidado con el caos.
--Bien, señor--manifestó Benina con humildad, pensando que más cuenta le
tenía conformarse, y coger lo que se le daba, sin meterse en cuestiones
con el estrafalario y ruin vejete--. Yo le respondo de que se llevarán
los apuntes con _ministración_, y no se nos escapará ni una hilacha...
¿Con que pasaré los días 24? Nos viene bien para ayuda de la casa. El
Señor se lo aumente, y a la señora difunta téngala en su santo
descanso... por jamás amén».
D. Carlos, después de anotar, gozando mucho en ello, la cantidad
desembolsada, despidió a Benina con un gesto, y mudándose de capa y
encasquetándose el sombrero nuevo, prenda que no salía de la caja sino
en días solemnes, se dispuso a salir y emprender con voluntad segura y
firme pie las devociones de aquel día, que empezaban en Montserrat y
terminaban en la Sacramental de San Justo.
XII
«El demontre del viejo--se decía la _señá_ Benina, metiéndose a buen andar
por la calle de las Urosas--, no puede hacer más que lo que le manda su
natural. Válgate Dios: si cosas muy raras cría Nuestro Señor en el aquel
de plantas y animales, más raras las hace en el aquel de personas. No
acaba una de ver verdades que parecen mentiras... En fin, otros son
peores que este D. Carlos, que al cabo da algo, aunque sea por cuenta y
apuntación... Peores los hay, y tan peores... que ni apuntan ni dan...
El cuento es que con estos dos duros no se me arregla el día, porque
quiero devolverle a Almudena el suyo, que bueno es tener con él palabra.
Vendrán días malos, y él me servirá... Me quedan veinte reales, de los
cuales habré de dar parte a _la niña_, que está pereciendo, y lo demás
para comer hoy, y... Tendré que decirle a la señora que su pariente no
me ha dado más que el libro de cuentas, con el cual y el lápiz pondremos
un puchero que será muy rico... caldo de números y substancia de
imprenta... ¡qué risa!... En fin, para las mentiras que he de decirla a
Doña Paca, Dios me iluminará, como siempre, y vamos tirando. A ver si
encuentro a Almudena por el camino, que esta es la hora de subir él a la
iglesia. Y si no nos tropezamos en la calle, de fijo está en el café de
la Cruz del Rastro».
Dirigiose allá, y en la calle de la Encomienda se encontraron: «Hijo, en
tu busca iba--le dijo la Benina cogiéndole por el brazo--. Aquí tienes tu
duro. Ya ves que sé cumplir.
--_Amri_, no tener priesa.
--No te debo nada... Y hasta otra, Almudenilla, que días vendrán en que
yo carezca y tú me sirvas, como te serviré yo viceversa... ¿Vienes del
café?
--Sí, y _golvier_ si querer tú _migo_. Convidar _tigo_».
Asintió Benina al convite, y un rato después hallábanse los dos
sentaditos en el _café económico_, tomándose sendos vasos de a diez
céntimos. El local era una taberna retocada, con ridículas elegancias
entre pueblo y señorío; dorados chillones; las paredes pintorreadas de
marinas y paisajes; ambiente fétido, y parroquia mixta de pobretería y
vendedores del Rastro, locuaces, indolentes, algunos agarrados a los
periódicos, y otros oyendo la lectura, todos muy a gusto en aquel vagar
bullicioso, entre salivazos, humo de mal tabaco y olores de aguardiente.
Solos en una mesa Benina y el marroquí, charlaron de sus cosas: el ciego
le contó las barrabasadas de su compañera de vivienda, y ella su
entrevista con D. Carlos, y el ridículo obsequio del libro de cuentas y
de los dos duros mensuales. De las riquezas que, según voz pública,
atesoraba Trujillo (treinta y cuatro casas, la mar de dinero en
papelorios del Gobierno, _muchismos_ miles de miles en el Banco),
charlaron extensamente, corriéndose luego a considerar, _verbigracia_,
el sinnúmero de pobres que podrían ser felices con toda aquella _guita_,
que a D. Carlos le venía tan ancha, pues descontando una parte para sus
hijos, que _de natural_ debían poseerlo, con lo demás se apañarían
tantos y tantos que andan por estas calles de Dios ladrando de hambre.
Pero como ellos no habían de arreglarlo a su gusto, más cuenta les tenía
no pensar en tal cosa, y buscarse cada cual su mendrugo de pan como
pudiera, hasta que viniese la muerte y después Dios a dar a cada uno su
merecido. Por fin, con extraordinaria gravedad y tono de convicción
profunda, Almudena dijo a su amiga que todos los dinerales de D. Carlos
podían ser de ella, si quisiera.
«¿Míos? ¿Has dicho que todo lo de D. Carlos puede ser mío? Tú estás
loco, Almudenilla.
--_Tudo_ tuya... por la bendita luz. Si no creer mí, _priebar_ tú y ver.
--Vuélvemelo a decir: que todo el dinero de D. Carlos puede ser mío,
¿cuándo?
--Cuando querer ti.
--Lo creeré, si me explicas cómo ha de ser ese milagro.
--Mí _sabier_ cómo... _Dicir_ ti secreto.
--Y si tú puedes hacer que todo el caudal de ese viejo loco, un suponer,
pase a ser de otra persona, ¿por qué te conformas con la miseria, por
qué no lo coges para ti?».
Replicó a esto Almudena que la persona que hiciera el milagro, cuyo
secreto él poseía, había de tener vista. Y el milagro era seguro, por la
bendita luz; y si ella dudaba, no tenía más que probarlo, haciendo
puntualmente todo cuanto él le dijera.
Siempre fue Benina algo supersticiosa, y solía dar crédito a cuantas
historias sobrenaturales oía contar; además, la miseria despertaba en
ella el respeto de las cosas inverosímiles y maravillosas, y aunque no
había visto ningún milagro, esperaba verlo el mejor día. Un poco de
superstición, un mucho de ansia de fenómenos estupendos y nunca vistos,
y otro tanto de curiosidad, la impulsaron a pedir al marroquí
explicaciones concretas de su ciencia o arte de magia, pues esto había
de ser seguramente. Díjole el ciego que todo consistía en saber el arte
y modo de pedir lo que se quisiera a un ser llamado _Samdai_.
«¿Y quién es ese caballero?
--El Rey de _baixo terra_.
--¿Cómo? ¿Un Rey que está debajo de la tierra? Pues el diablo será.
--Diablo no: Rey _bunito_.
--¿Eso es cosa de tu religión? ¿Tú qué religión tienes?
--Ser _eibrío_.
--Vaya por Dios--dijo Benina, que no había entendido el término--. ¿Y a ese
Rey le llamas tú, y viene?
--Y dar ti _tuda_ que pedir él.
--¿Me da todo lo que le pida?
--_Siguro_».
La convicción profunda que Almudena mostraba hizo efecto en la infeliz
mujer, quien, después de una pausa en que interrogaba los ojos muertos
de su amigo y su frente amarilla lustrosa, rodeada de negros cabellos,
saltó diciendo:
«¿Y qué se hace para llamarlo?
--Yo diciendo ti.
--¿Y no me pasa nada por hacerlo?
--_Naida_.
--¿No me condeno, ni me pongo mala, ni me cogen los demonios?
--No.
--Pues ve diciendo; pero no engañes, no engañes, te digo.
--_N'gañar_ no ti...
--¿Podemos hacerlo ahora?
--No: _hacirlo_ a las doce del noche.
--¿Tiene que ser a esa hora?
--_Siguro_, _siguro_...
--¿Y cómo salgo yo de casa a media noche?... _Amos_, déjame a mí de
pamplinas. Verdad que podría decir, un suponer, que se ha puesto malo D.
Romualdo y tengo que velarlo... Bueno: ¿qué hay que hacer?
--_N'cesitas_ cosas _mochas_. Comprar tú cosas. Lo _primiero_ candil de
barro. Pero comprarlo has tú sin hablar _paliabra_.
--Me vuelvo muda.
--Muda tú... Comprar cosa... y si hablar no valer.
--Válgate Dios... Pues bueno: compro mi candil de barro sin chistar, y
luego...».
Almudena ordenó después que había de buscar una olla de barro con siete
agujeros, con siete nada más, todo sin hablar, porque si hablaba no
valía. ¿Pero dónde demontres estaban esas ollas con siete agujeros? A
esto replicó el ciego que en su tierra las había, y que aquí podían
suplirse con los tostadores que usan las castañeras, buscando el que
tuviese siete _bujeros_, ni uno más ni uno menos.
«¿Y ello ha de comprarse también sin hablar?
--Sin hablando _naida_».
Luego era forzoso procurarse un palo de _carrash_, madera de África, que
aquí llaman laurel. Un vendedor de garrotes, en el primer tinglado _cabe_
las Américas, lo tenía. Había que comprárselo sin pronunciar palabra.
Bueno: pues reunidas estas cosas, se pondría el palo al fuego hasta que
se prendiera bien... Esto había de ser el viernes a las cinco en punto.
Si no, no valía. Y el palo estaría ardiendo hasta el sábado, y el sábado
a las cinco en punto se le metía en el agua siete veces, ni una más ni
una menos.
«¿Todo callandito?
--Hablar _naida_, _naida_».
Luego se vestía el palo con ropas de mujer, como una muñeca, y bien
vestidito se le arrimaba a la pared, poniéndole derecho, _amos_, en pie.
Delante se colocaba el candil de barro, encendido con aceite, y se le
tapaba con la olla, de modo que no se viese más luz que la que saldría
por los siete _bujeros_, y a corta distancia se ponía la cazuela con
lumbre para echar los sahumerios, y se empezaba a decir la oración una y
otra vez con el pensamiento, porque hablada no valía. Y así se estaba la
persona, sin distraerse, sin descuidarse, viendo subir el humo del
benjuí, y mirando la luz de los siete agujeros, hasta que a las doce...
«¡A las doce!--repitió Benina sobresaltada--. ¡Y al dar las doce
campanadas viene... sale, se me aparece!...
--El Rey de _baixo terra_: pedir tú lo que _quierer_, y darlo ti él.
--Almudena, ¿tú crees eso? ¿Cómo es posible que _ese señor_, sin más que
las _cirimonias_ que has contado, me dé a mí lo que ahora es de Don
Carlos Trujillo?
--Verlo tú, si queriendo.
--Pero con tanto _requesito_, si una se descuida un poco, o se equivoca
en una sola palabra del rezo mental...
--Tener tú cuidado _mocha_.
--¿Y la oración?
--Mi enseñarla ti; _dicir_ tú: _Semá Israel Adonai Elohino Adonai
Ishat_...
--Calla, calla: en la vida digo yo eso sin equivocarme. Como no sea
castellano neto yo no atino... Y también te aseguro que tengo mieditis
de esas suertes de brujería... quita, quita... Pero ¡ah! ¡si fuera
verdad, qué gusto, cogerle a ese zorrocloco de D. Carlos todo su
dinero... _amos_, la mitad que fuera, para repartirlo entre tantos
pobrecitos que perecen de hambre!... Si se pudiera hacer la prueba,
comprando los cacharros y el palitroque sin hablar, y luego... Pero no,
no... cualquier día iba a venir acá ese Rey Mago... También te digo que
suceden a veces cosas muy _fenómenas_, y que andan por el aire los que
llaman espíritus o, verbigracia, las ánimas, mirando lo que hacemos y
oyéndonos lo que hablamos. Y otra: lo que una sueña, ¿qué es? Pues cosas
verdaderas de otro mundo, que se vienen a este... Todo puede ser, todo
puede ser... Pero yo, qué quieres que te diga, dudo mucho que le den a
una tanto dinero, sin más ni más. Que para socorrer a los pobres, un
suponer, se quite a los ricos medio millón, o la mitad de medio millón,
pase; pero tantas, _tantismas_ talegas para nosotros... no, esa no
cuela.
--_Tuda_, _tuda_ la que haber en el Banco, _millonas mochas_, _lotería_,
_tuda pa ti_, _hiciendo_ lo que decir ti.
--Pues si eso es tan fácil, ¿por qué no lo hacen otros? ¿O es que tú solo
tienes el secreto? ¡El secreto tú solo! _Amos_, cuéntaselo al Nuncio,
que aquí no nos tragamos esas papas... Yo no te digo que no sea
posible... y si supiera yo hacer la prueba, la haría, con mil pares...
Vuélveme a decir la receta de lo que ha de comprar una sin hablar...».
Repitió Almudena las fórmulas y reglas del conjuro, añadiendo
descripción tan viva y pintoresca del Rey _Samdai_, de su rostro
hermosísimo, apostura noble, traje espléndido, de su séquito, que
formaban _arregimientos_ de príncipes y magnates, montados en camellos
blancos como la leche, que la pobre Benina se embelesaba oyéndole, y si
a pie juntillas no le creía, se dejaba ganar y seducir de la ingenua
poesía del relato, pensando que si aquello no era verdad, debía serlo.
¡Qué consuelo para los miserables poder creer tan lindos cuentos! Y si
es verdad que hubo Reyes Magos que traían regalos a los niños, ¿por qué
no ha de haber otros Reyes _de ilusión_, que vengan al socorro de los
ancianos, de las personas honradas que no tienen más que una muda de
camisa, y de las _almas_ decentes que no se atreven a salir a la calle
porque deben tanto más cuanto a tenderos y prestamistas? Lo que contaba
Almudena era de lo que _no se sabe_. ¿Y no puede suceder que alguno sepa
lo que no sabemos los demás?... ¿Pues cuántas cosas se tuvieron por
mentira y luego salieron verdades? Antes de que inventaran el telégrafo,
¿quién hubiera creído que se hablaría con las Américas del Nuevo Mundo,
como hablamos de balcón a balcón con el vecino de enfrente? Y antes de
que inventaran la fotografía, ¿quién hubiera pensado que se puede una
retratar sólo con _ponerse_? Pues lo mismo que esto es aquello. Hay
misterios, secretos que no se entienden, hasta que viene uno y dice tal
por cual, y lo descubre... ¡Pues qué más, Señor!... Allá estaban las
Américas desde que Dios hizo el mundo, y nadie lo sabía... hasta que
sale ese Colón, y con no más que poner un huevo en pie, lo descubre todo
y dice a los países: «Ahí tenéis la América y los americanos, y la caña
de azúcar, y el tabaco bendito... ahí tenéis Estados Unidos, y hombres
negros, y onzas de diez y siete duros». ¡A ver!
XIII
No había acabado el marroquí su oriental leyenda, cuando Benina vio
entrar en el café a una mujer vestida de negro. «Ahí tienes a esa
fandangona, tu compañera de casa.
--¿Pedra? Maldita ella. Sacudir ella yo esta mañana. Venir, _siguro_, con
la Diega...
--Sí, con una viejecica, muy chica y muy flaca, que debe de ser más
borracha que los mosquitos. Las dos se van al mostrador, y piden dos
_tintas_.
--_Señá_ Diega enseñar vicio ella.
--¿Y por qué tienes contigo a esa gansirula, que no sirve para nada?».
Contole el ciego que Pedra era huérfana; su padre fue empleado en el
Matadero de cerdos, con perdón, y su madre _cambiaba_ en la calle de la
Ruda. Murieron los dos, con diferencia de días, por haber comido gato.
Buen plato es el micho; pero cuando está rabioso, le salen pintas en la
cara al que lo come, y a los tres días, muerte natural por calenturas
_perdiciosas_. En fin, que espicharon los padres, y la chica se quedó en
la puerta de la calle, sentadita. Era hermosa: por tal la celebraban; su
voz sonaba como las músicas bonitas. Primero se puso a cambiar, y luego
a vender churros, pues tenía tino de comercianta; pero nada le valió su
buena voluntad, porque hubo de cogerla de su cuenta la Diega, que en
pocos días la enseñó a embriagarse, y otras cosas peores. A los tres
meses, Pedra no era conocida. La enflaquecieron, dejándola en los puros
pellejos, y su aliento apestaba. Hablaba como una carreterona, y tenía
un toser perruno y una carraspera que tiraban para atrás. A veces pedía
por el camino de Carabanchel, y de noche se quedaba a dormir en
cualquier parador. De vez en cuando se lavaba un poco la cara, compraba
_agua de olor_, y rociándose las flaquezas, pedía prestada una camisa,
una falda, un pañuelo, y se ponía _de puerta_ en la casa del
_Comadreja_, calle de Mediodía Chica. Pero no tenía constancia para
nada, y ningún acomodo le duró más de dos días. Sólo duraba en ella el
gusto del aguardiente; y cuando se _apimplaba_, que era un día sí y otro
también, hacía figuras en medio del arroyo, y la toreaban los chicos.
Dormía sus monas en la calle o donde le cogía, y más bofetadas tenía en
su cara que pelos en la cabeza. Cuerpo más asistido de cardenales no se
conoció jamás, ni persona que en su corta edad, pues no tenía más que
veintidós años, aunque representaba treinta, hubiera visitado tan a
menudo las prevenciones de la Inclusa y Latina. Almudena la trataba, con
buen fin, desde que se quedó huérfana, y al verla tan arrastrada, dábale
de tres cosas un poco: consejos, limosna y algún palo. Encontrola un día
curándose sus lamparones con zumo de higuera chumbo, y aliñándose las
greñas al sol. Propúsole que se fuera con él, poniendo cada cual la
mitad del alquiler de la casa, y comprometiéndose ella a cortar de raíz
el vicio de la bebida. Discutieron, parlamentaron; diose solemnidad al
convenio, jurando los dos su fiel observancia ante un emplasto viscoso y
sobre un peine de rotas púas, y aquella noche durmió Pedra en el cuarto
de Santa Casilda. Los primeros días todo fue concordia, sobriedad en el
beber; pero la cabra no tardó en tirar al monte, y... otra vez la
endiablada hembra divirtiendo a los chicos y dando que hacer a los del
Orden.
«No poder mí con ella. _B'rracha_ siempre. Es un dolor... un dolor. Yo
estar ella migo por lástima...».
Al ver que las dos mujeres, después de atizarse un par de _tintas_,
miraban burlonas al ciego y a Benina, esta tuvo miedo y quiso retirarse.
«_Dir_ tú no, _Amri_. Quedar migo--le dijo el ciego cogiéndola de un
brazo.
--Temo que armen bronca estas indinas... Acá vienen ya».
Aproximáronse las tales, y pudo la Benina ver y examinar a su gusto el
rostro de Pedra, de una hermosura desapacible y que despedía. Morena, de
facciones tan regulares como pronunciadas, magníficos ojos negros, cejas
que al juntarse culebreaban, boca sucia y bien rasgueada, que no parecía
hecha para sonreír, cuerpo derecho y esbeltísimo en su flaqueza y
desaliño, la compañera de Almudena era una figura trágica, y como tal
impresionó a Benina, aunque esta no expresaba su juicio sino pensando
que le daría miedo encontrarse con tal persona, de noche, en lugar
solitario.
De la Diega no podía determinarse si era joven o entre-vieja. Por la
estatura parecía una niña; por la cara escuálida y el cuello rugoso,
todo pliegues, una anciana decrépita; por los ojos, un animalejo
vivaracho. Su flaqueza era tan extremada, que Benina no pudo menos de
comentarla mentalmente con una frase andaluza que usar solía su señora:
«Esta es de las que sacan espinas con los codos».
Pedra se sentó, dando los buenos días, y la otra quedose en pie, sin
alzar del suelo más que la cabeza de Almudena, en cuyos hombros dio
fuertes palmetazos.
«_Tati_ quieta--le dijo este enarbolando el palo.
--Cuidado con él, que es malo y traicionero...--indicó la otra.
--_Jai_... ¿verdad que eres malo y pegar _tú mí_?
--Yo _ero beno_; tú mala, _b'rracha_.
--No lo digas, que se escandalizará la señora anciana.
--Anciana no ser ella.
--¿Tú qué sabes, si no la ves?
--Decente ella.
--Sí que lo será, sin agraviar. Pero a ti te gustan las viejas.
--Ea, yo me voy, señora, que lo pasen bien--dijo Benina, azoradísima,
levantándose.
--Quédese, quédese... ¡Si es _groma_!».
La Diega la instó también a quedarse, añadiendo que habían comprado un
décimo de la Lotería, y ofreciéndole participación.
«Yo no juego--replicó Benina--: no tengo cuartos.
--Yo sí--dijo el marroquí--: dar vos una _pieseta_.
--Y la señora, ¿por qué no juega?
--Mañana sale. Seremos ricas, ricachonas en _efetivo_--dijo la Diega--. Yo,
si me la saco, San Antonio me oiga, volveré a establecerme en la calle
de la Sierpe. Allí te conocí, Almudena. ¿Te acuerdas?
--No _mi cuerda_, no...
--Vos conocisteis en Mediodía Chica, por la casa de atrás.
--A este le llamaban Muley Abbas.
--Y a ti _Cuarto e kilo_, por lo chica que eres.
--Poner motes es cosa fea. ¿Verdad, Almudenita? Las personas decentes se
llaman por el santo bautismo, con sus nombres de cristiano. Y esta
señora, ¿qué gracia tiene?
--Yo me llamo Benina.
--¿Es usted de Toledo, por casualidad?
--No, señora: soy... dos leguas de Guadalajara.
--Yo de Cebolla, en tierra de Talavera... y dime una cosa: ¿por qué esta
gorrinaza de Pedrilla te llama a ti _Jai_? ¿Cuál es tu nombre en tu
religión y en tu tierra cochina, con perdón?
--Llamarle _mi Jai_ porque ser morito él--dijo la trágica remedando su
habla.
--Nombre mío _Mordejai_--declaró el ciego--, y ser yo nacido en un _puebro
mu bunito_ que llamar allá Ullah de Bergel, _terra_ de Sus... ¡oh!
_terra_ divina, _bunita_... _mochas arbolas_, _aceita mocha_, _miela_,
_frores_, _támaras_, _mocha güena_».
El recuerdo del país natal le infundió un candoroso entusiasmo, y allí
fue el pintarlo y describirlo con hipérboles graciosas, y un colorido
poético que con gran entretenimiento y gozo saborearon las tres mujeres.
Incitado por ellas, contó algunos pasajes de su vida, toda llena de
estupendos casos, peligrosas empresas y fantásticas aventuras. Refirió
primero cómo se había fugado del hogar paterno, de edad de quince años,
lanzándose a correr mundo, sin que en todo el tiempo transcurrido desde
aquel suceso, tuviese noticia alguna de su patria y familia. Mandole su
padre a casa de un mercader amigo suyo con este recado: «Dile a Rubén
Toledano que te dé doscientos duros que necesito hoy». El tal debía de
ser al modo de banquero, y entre ambos señores reinaba sin duda
patriarcal confianza; porque el encargo se hizo efectivo sin ninguna
dificultad, cogiendo Mordejai los doscientos pesos en cuatro pesados
cartuchos de moneda española. Pero en vez de ir con ellos a la casa
paterna, tomó el caminito de Fez, ávido de ver mundo, de trabajar por su
cuenta, y de ganar mucho dinero para el autor de sus días, no los
doscientos duros, sino dos mil o cientos de miles. Comprando dos
borricos, se puso a portear mercaderías y pasajeros entre Fez y
Mequínez, con buenas ganancias. Pero un día de mucho calor, ¡castigo de
Dios! pasó junto a un río y le entraron ganas de darse un baño. En el
agua flotaban dos caballos muertos, cosa mala. Al salir del baño le
dolían los ojos: a los tres días era ciego.
Como aún tenía dinero, pudo algún tiempo vivir sin implorar la caridad
pública, con la tristeza inherente al no ver, y la no menos honda
producida por el brusco paso de la vida activa a la sedentaria. El
muchacho ágil y fuerte se hizo de la noche a la mañana hombre enclenque
y achacoso, y sus ambiciones de comerciante y sus entusiasmos de viajero
quedaron reducidos a un continuo meditar sobre lo inseguro de los bienes
terrenos, y la infalible justicia con que Dios Nuestro Padre y Juez
sienta la mano al pecador. No se atrevía el pobre ciego a pedirle que le
devolviese la vista, pues esto no se lo había de conceder. Era castigo,
y el Señor no _se vuelve atrás_ cuando pega de firme. Pedíale que le
diera dinero abundante para poder vivir con desahogo, y una _muquier_ que
le amara; mas nada de esto le fue concedido al pobre Mordejai, que cada
día tenía menos dineros, pues estos iban saliendo, sin que entraran
otros por ninguna parte, y de _muquieres_ nada. Las que se acercaban a
él fingiéndole cariño, no iban a su covacha más que a robarle. Un día
estaba el hombre muy molesto por no poder cazar una pulga que atrozmente
le picaba, burlándose de él con audacia insolente, cuando... no es
broma... se le aparecieron dos ángeles.
XIV
«¿Pero tú ves algo, Almudena?--le preguntó _Cuarto e kilo_.
--_Ver mí burtos ellos_».
Explicó que distinguía las masas de obscuridad en medio de la luz: esto
por lo tocante a las cosas del mundo de acá. Pero en lo de los mundos
misteriosos que se extienden encima y debajo, delante y detrás, fuera y
dentro del nuestro, sus ojos veían claro, cuando veían, _mismo como
vosotras ver migo_. Bueno: pues se le aparecieron dos ángeles, y como no
era cosa de aparecérsele para no decir nada, dijéronle que venían de
parte del Rey de _baixo terra_ con una embajada para él. El señor
_Samdai_ tenía que hablarle, para lo cual era preciso que se fuese mi
hombre al Matadero por la noche, que estuviese allí quemando _ilcienso_,
y rezando en medio de los despojos de reses y charcos de sangre, hasta
las doce en punto, hora invariable de la entrevista. No hay que añadir
que los ángeles se marcharon con viento fresco en cuanto dieron
conocimiento de su mensaje a Mordejai, y este cogió sus trebejos de
sahumar, la pipa, la ración de _cáñamo_ en un papel, y se fue caminito
del Matadero: el largo plantón que le esperaba, se le haría menos
aburrido fumando.
Allí se estuvo, sentado en cuclillas, aspirando los vahos olorosos del
sahumerio, y fumando pipa tras pipa, hasta que llegó la hora, y lo
primerito que vio fue un par de perros, más grandes que _el cameio_,
_brancos_, con ojos de fuego. Él, Mordejai, _mocha medo_, un _medo_ que
le quitaba el respirar. Vino después un _arregimiento_ de jinetes con
mucho cantorio, galas _mochas_; luego empezó a caer lluvia espesísima de
arena y piedras, tanto, tanto, que se vio enterrado hasta el
pescuezo... y no respiraba. Cada vez más _medo_... Por encima de toda
aquella escoria pasó velocísimo otro escuadrón de jinetes, dando al
viento los blancos alquiceles, y sin cesar disparando tiros. Siguió un
diluvio de culebras y _alcranes_, que caían silbando y enroscándose. El
pobre ciego se moría de _medo_, sintiéndose envuelto en la horrorosa
nube de inmundos animales... Pero luego vinieron hombres y mujeres a
pie, en pausada procesión, todos con blancas vestiduras, llevando en la
mano canastillas y bateas de oro, y pisando sobre flores, pues en rosas
y azucenas se habían convertido mágicamente las serpientes y alacranes,
y en olorosas ramas de menta y laurel todo aquel material llovido de
arena cálida y puntiagudos guijarros.
Para no cansar, apareció por fin el Rey, hermoso, con humana y divina
hermosura, barba larga y negra, aretes en las orejas, corona de oro que
parecía tener por pedrería el sol, la luna y las estrellas. Verde era su
traje, que por lo fino debía de ser obra de unas arañas muy pulidas que
en los profundos senos de la tierra tejen con hebras de fuego. El
séquito de _Samdai_ era tan vistoso y brillante que deslumbraba. Como le
preguntara la Petra si no venía también Su Majestad la Reina, quedose un
momento parado el narrador, recordando, y al fin dio cuenta de que
_vido_ también a la señora del Rey, pero con la cara muy tapada, como la
luna entre nubes, y por esta razón Mordejai no pudo distinguirla bien.
La Soberana vestía de amarillo, de un color así como nuestros
pensamientos cuando estamos entre alegres y tristes. Expresaba esto el
ciego con dificultad, supliendo las torpezas de su lenguaje con el juego
fisonómico de la convicción, y los mohines y gestos elocuentes.
Total: que a una orden del Rey le fueron poniendo delante todas aquellas
bateas y canastos de oro que traían las mujeres de blanco vestidas. ¿Qué
era? _Pieldras_ de diversas clases, _mochas_, _mochas_, que pronto
formaron montones que no cabrían en ninguna casa: _rubiles_ como
garbanzos, perlas del tamaño de huevos de paloma, _tudas_,
_tudas_ grandes, _diamanta fina_ en tal cantidad, que había para llenar
de ellos sacos _mochas_, y con los sacos un carro de mudanzas;
esmeraldas como nueces y _trompacios_ como _poño mío_...
Oían esto las tres mujeres embobadas, mudas, fijos los ojos en la cara
del ciego, entreabiertas las bocas. Al comienzo de la relación, no se
hallaban dispuestas a creer, y acabaron creyendo, por estímulo de sus
almas, ávidas de cosas gratas y placenteras, como compensación de la
miseria bochornosa en que vivían. Almudena ponía toda su alma en su
voz, y con la lengua hablaban todos los pliegues movibles de su cara, y
hasta los pelos de su barba negra. Todo era signos, jeroglífico
descifrable, oriental escritura que los oyentes entendían sin saber por
qué. El fin de la espléndida visión fue que el Rey le dijo al bueno de
Mordejai que de las dos cosas que deseaba, riquezas y mujer, no podía
darle más que una; que optase entre las pedrerías de gran valor que
delante miraba, y con las cuales gozaría de una fortuna superior a la de
todos los soberanos de la tierra, y una mujer buena, bella y laboriosa,
joya sin duda tan rara que no se podía encontrar sino revolviendo toda
la tierra. Mordejai no vaciló un momento en la elección, y dijo a Su
Majestad de _baixo terra_, que para nada quería tanta pedrería _por
fanegas_, si no le daban _muquier_... «Querer mi ella... gustar mí
_muquier_, y sin _muquier_ migo, no querer _pieldras_ finas, ni
_diniero_ ni _naida_».
Señalole entonces el Rey una hembra que bien envuelta en un manto que la
tapaba toda, el rostro inclusive, iba por el camino, y le dijo que
aquella era _la suya_, y que la siguiese hasta cogerla o más bien
cazarla, pues a paso muy ligero iba la condenada. Y dicho esto por el
Rey, se dignó Su Majestad desaparecerse, y con él se fueron todos los de
su comitiva, y los _arregimientos_ y las señoras de blanco, y _tudo_,
_tudo_, no quedando más que un olor penetrante del _ilcienso_, y los
ladridos de los dos perrazos que se iban perdiendo en las lontananzas de
la noche fría, cual si despavoridos huyeran hacia los montes. Tres meses
estuvo enfermo Mordejai después de este singular suceso, y no comía más
que agua y harina de cebada sin sal. Quedose tan flaco que se contaba al
tacto todos los huesos, sin que se le escapara uno en la cuenta. Por
fin, arrastrándose como pudo, emprendió su camino por toda la grandeza
del mundo en busca de la mujer que, según dicho del divino _Samdai_, era
suya.
«Y no la encontraste hasta _tantismos_ años de correr, y se llamaba
Nicolasa--dijo la Petra, queriendo ayudar al biógrafo de sí mismo.
--¿Tú qué saber? No ser Nicolasa.
--Entonces será _la señora_--apuntó la Diega, señalando no sin cierta
impertinencia a la pobre Benina, que no chistaba.
--¿Yo?... ¡Jesús me valga! Yo no soy ninguna tarascona que anda por los
caminos».
Contó Almudena que desde Fez había ido a la Argelia; que vivió de
limosna en Tlemcén primero, después en Constantina y Orán; que en este
punto se embarcó para Marsella, y recorrió toda Francia, Lyon, Dijon,
París, que es _mu_ grande, con tantos _olivares_ y buenos pisos de
calle, todo como la palma de la mano. Después de subirse hasta un pueblo
que le llaman _Lila_, volviose a Marsella y a Cette, donde se embarcó
para Valencia.
«Y en Valencia encontraste a la Nicolasa, con quien veniste por
_badajes_, que vos daban los _aiuntamientos_, con dos _riales de
tapa_--dijo la Petra--, y de Madrid vos fuisteis a los _Portugales_, y
tres años te duró el contento, camastrón, hasta que la _golfa_ se te fue
con otro.
--Tú no saber.
--Que cuente la historia de Nicolasa y cómo a él le cogieron en Madrid
para llevarle a San Bernardino, y ella fue al _espital_; y estando él
una noche durmiendo, se le aparecieron dos mujeres del otro mundo,
verbigracia, _ánimas_, para decirle que la Nicolasa _hablaba_ en
el _espital_ con uno que le iban a dar de alta...
--No ser eso, no ser eso: cállate tú.
--Otro día nos lo contará--indicó Benina, que, aunque gustaba de oír
aquellos entretenidos relatos, no quería detenerse más, recordando sus
apremiantes quehaceres.
--Espérese, señora: ¿qué prisa tiene?--le dijo la Diega--. ¿A dónde irá
usted que más valga?
--Otro día contar más--indicó el ciego sonriendo--. Mí ver mundo _mocha_.
--Estás cansadito, Jai. Convídanos a un medio para que se te remoje la
lengua, que la tienes más seca que suela de zapato.
--Yo no convidar mí ellas, _b'rrachonas_. No tener _diniero migo_.
--Por eso no quede--dijo la Diega, rumbosa.
--Yo no bebo--declaró la Benina--, y además tengo prisa, y con permiso de
la compañía me voy.
--Quedar ti rato más. Dar once _reloja_.
--Dejarla--manifestó con benevolencia la Petra--, por si tiene que ir a
ganarlo; que nosotras ya lo hemos ganado».
Interrogadas por Almudena, refirieron que habiendo cogido la Diega unos
dineros que le debían dos mozas de la calle de la Chopa, se habían
lanzado al comercio, pues una y otra tenían suma disposición y travesura
para el compra y vende. La Petra no se sentía mujer honrada y cabal sino
cuando se dedicaba al tráfico, aunque fuese en cosas menudas, como
palillos, mondarajas de tea, y _torraé_. La otra era un águila para
pañuelos y puntillas. Con el dinero aquel, venido a sus manos por
milagro, compraron género en una casa de saldos, y en la mañana de aquel
día pusieron sus bazares junto a la Fuentecilla de la Arganzuela,
teniendo la suerte de colocar muchas carreras de botones, varas muchas
de puntilla y dos chalecos de bayona. Otro día _sacarían_ loza,
_imágenes_, y caballos de cartón de los que daban, _a partir
ganancias_, en la fábrica de la calle del Carnero. Largamente hablaron
ambas de su negocio, y se alababan recíprocamente, porque si _Cuarto e
kilo_ era de lo que no hay para la adquisición de género _por gruesas_, a
la otra nadie aventajaba en salero y malicia para la venta al menudeo.
Otra señal de que había venido al mundo para ser o _comercianta_ o nada,
era que los cuartos ganados en la compra-venta se le pegaban al
bolsillo, despertando en ella vagos anhelos de ahorro, mientras que los
que por otros medios iban a sus flacas manos, se le escapaban por entre
los dedos antes de que cerrar pudiera el puño para guardarlos.
Oyó Benina muy atenta estas explicaciones, que tuvieron la virtud de
infundirle cierta simpatía hacia la borracha, porque también ella,
Benina, se sentía _negocianta_; también acarició su alma alguna vez la
ilusión del compra-vende. ¡Ah! si, en vez de dedicarse al servicio,
trabajando como una negra, hubiera tomado _una puerta de calle_, otro
gallo le cantara. Pero ya su vejez y la indisoluble sociedad moral con
Doña Paca la imposibilitaban para el comercio.
Insistió la buena mujer en abandonar la grata tertulia, y cuando se
levantó para despedirse cayósele el lápiz que le había dado D. Carlos,
y al intentar recogerlo del suelo, cayósele también la agenda.
«Pues no lleva usted ahí pocas cosas--dijo la Petra, cogiendo el libro y
hojeándolo rápidamente, con mohines de lectora, aunque más bien
deletreaba que leía--. ¿Esto qué es? Un libro para llevar cuentas. ¡Cómo
me gusta! _Marzo_, dice aquí, y luego _Pe...setas_, y luego _céntimos_.
Es _mu_ bonito apuntar aquí todo lo que sale y entra. Yo escribo tal
cual; pero en los números me atasco, porque los ochos se me enredan en
los dedos, y cuando sumo no me acuerdo nunca de lo que _se lleva_.
--Ese libro--dijo Benina, que al punto vislumbró un negocio--, me lo dio un
pariente de mi señora, para que lleváramos por apuntación el gasto; pero
no sabemos. Ya no está la Magdalena para estos tafetanes, como dijo el
otro... Y ahora pienso, señoras, que a ustedes, que comercian, les
conviene este libro. Ea, lo vendo, si me lo pagan bien.
--¿Cuánto?
--Por ser para ustedes, dos reales.
--Es mucho--dijo _Cuarto e kilo_, mirando las hojas del libro, que
continuaba en manos de su compañera--. Y ¿para qué lo queremos nosotras,
si nos estorba lo negro?
--Toma--indicó Petra, acometida de una risa infantil al repasar, con el
dedo mojado en saliva, las hojas--. Se marca con rayitas: tantas
cantidades, tantas rayas, y así es más claro... Se da un real, ea.
--¿Pero no ven que está nuevo? Su valor, aquí, lo dice: «dos pesetas».
Regatearon. Almudena conciliaba los intereses de una y otra parte, y por
fin quedó cerrado el trato en cuarenta céntimos, con lápiz y todo. Salió
del café la Benina, gozosa, pensando que no había perdido el tiempo,
pues si resultaban fantásticas las _pieldras_ preciosas que en montones
Mordejai pusiera ante su vista, positivas y de buena ley eran las cuatro
perras, como cuatro soles, que había ganado vendiendo el inútil regalo
del monomaníaco Trujillo.
XV
El largo descanso en el café le permitió recorrer _como una exhalación_
la distancia entre el Rastro y la calle de la Cabeza, donde vivía la
señorita Obdulia, a quien deseaba visitar y socorrer antes de irse a
casa, pues era indudable que a la niña correspondía la mitad, perra más
o menos, de uno de los duros de D. Carlos. A las doce menos cuarto
entraba en el portal, que por lo siniestro y húmedo parecía la puerta de
una cárcel. En lo bajo había un establecimiento de _burras de leche_,
con borriquitas pintadas en la muestra, y dentro vivían, sin aire ni
luz, las pacíficas nodrizas de tísicos, encanijados y catarrosos. En la
portería daban asilo a un conocido de Benina, el ciego Pulido, que era
también punto fijo en San Sebastián. Con él y con el burrero charló un
rato antes de subir, y ambos le dieron dos noticias muy malas: que iba a
subir el pan y que había bajado mucho la Bolsa, señal lo primero de que
no llovía, y lo segundo de que estaba al caer una revolución gorda, todo
porque los _artistas_ pedían _las ocho horas_ y los _amos_ no querían
darlas. Anunció el burrero con profética gravedad que pronto se quitaría
todo el dinero metálico y no quedaría más que papel, hasta para las
pesetas, y que echarían nuevas contribuciones, _inclusive_, por rascarse
y por darse de quién a quién los buenos días. Con estas malas
impresiones subió Benina la escalera, tan descansada como lóbrega, con
los peldaños en panza, las paredes desconchadas, sin que faltaran los
letreros de carbón o lápiz garabateados junto a las puertas de
cuarterones, por cuyo quicio inferior asomaba el pedazo de estera, ni
los faroles sucios que de día semejaban urnas de santos. En el primer
piso, bajando del cielo, con vecindad de gatos y vistas magníficas a las
tejas y buhardillones, vivía la señorita Obdulia; su casa, por la
anchura de las habitaciones destartaladas y frías, hubiera parecido
convento, a no ser por la poca elevación de los techos, que casi se
cogían con la mano. Esteras y alfombras allí eran tan desconocidas, como
en el Congo las levitas y chisteras; sólo en lo que llamaban gabinete
había un pedazo de fieltro raído, rameado de azul y rojo, como de dos
varas en cuadro. Los muebles de baratillo declaraban con sus chapas
rotas, sus patas inválidas, sus posturas claudicantes, el desastre de
sus infinitas peregrinaciones en los carros de mudanza.
La misma Obdulia abrió la puerta a Benina, diciéndole que la había
sentido subir, y al punto se vio la buena mujer como asaltada de una
pareja de gatos muy bonitos, que mayando la miraban, el rabo tieso,
frotando su lomo contra ella. «Los pobres animalitos--dijo la _niña_ con
más lástima de ellos que de sí misma--, no se han desayunado todavía».
Vestía la hija de Doña Paca una bata de franela color rosa, de corte
elegante, ya descompuesta por el mucho uso, las delanteras manchadas de
chocolate y grasa, algún siete en las mangas, la falda arrastrada,
revelándose en todo, como prenda adquirida de lance, que a su dueña le
venía un poco ancha, por _aquello de que la difunta era mayor_. De todos
modos, tal vestimenta se avenía mal con la pobreza de la esposa de
Luquitas.
«¿No ha venido anoche tu marido?--le dijo Benina, sofocada de la penosa
ascensión.
--No, hija, ni falta que me hace. Déjale en su café, y en sus casas de
perdición, con las _socias_ que le han sorbido el seso.
--¿No te han traído nada de casa de tus suegros?
--Hoy no toca. Ya sabes que lo dejaron en un día sí y otro no. No ha
venido más que Juana Rosa a peinarme, y con ella se fue mi Andrea. Van a
comer juntas en casa de su tía.
--De modo que estás como los camaleones. No te apures, que Dios aprieta,
pero no ahoga, y aquí estoy yo para que no ayunes más de la cuenta, que
el cielo bien ganado te lo tienes ya... Siento una tosecilla... ¿Ha
venido ese caballero?
--Sí: ahí está desde las diez. Con las cosas bonitas que cuenta me
entretiene, y casi no me acuerdo de que no hay en casa más que dos onzas
de chocolate, media docena de dátiles, y algunos mendrugos de pan... Si
has de traerme algo, sea lo primero para estos pobres gatos aburridos,
que desde el amanecer no me dejan vivir. Parece que me hablan, y dicen:
«Pero ¿qué es de nuestra buena Nina, que no viene con nuestra
cordillita?».
--En seguida traeré para remediaros a todos--dijo la anciana--. Pero antes
quiero saludar a ese caballero rancio, que es tan fino y atento con las
señoras».
Entró en el llamado gabinete, y el señor de Ponte y Delgado se deshizo
con ella en afectuosos cumplidos de buena sociedad. «Siempre echándola a
usted de menos, Benina... y muy desconsolado cuando _brilla usted por su
ausencia_.
--¡Que brillo por mi ausencia!... ¿Pero qué disparates está usted
diciendo, Sr. de Ponte? O es que no entendemos nosotras, las mujeres de
pueblo, esos términos tan _fisnos_... Ea, quédense con Dios. Yo vuelvo
pronto, que tengo que dar de almorzar a la niña y a los señores gatos. Y
aunque el Sr. D. Frasquito no quiera, ha de hacer aquí penitencia. Le
convido yo... no, le convida la señorita.
--¡Oh, cuánto honor!... Lo agradezco infinito. Yo pensaba retirarme.
--Sí, ya sabemos que siempre está usted convidado en casas de la
grandeza. Pero como es tan bueno, se _dizna_ sentarse a la mesa de los
pobres.
--Consideración que tanto le agradecemos--dijo Obdulia--. Ya sé que para el
Sr. de Ponte es un sacrificio aceptar estas pobrezas...
--¡Por Dios, Obdulia!...
--Pero su mucha bondad le _inspira_ estos y otros mayores sacrificios.
¿Verdad, Ponte?
--Ya la he reñido a usted, amiga mía, por ser tan paradójica. Llama
sacrificio al mayor placer que puede existir en la vida.
--¿Tienes carbón?...--preguntó Benina bruscamente, como quien arroja una
piedra en un macizo de flores.
--Creo que hay algo--replicó Obdulia--; y si no, lo traes también».
Fue Nina para adentro, y habiendo encontrado combustible, aunque escaso,
se puso a encender lumbre y a preparar sus pucheros. Durante la prosaica
operación, conversaba con las astillas y los carbones, y sirviéndose del
fuelle como de un conducto fonético, les decía: «Voy a tener otra vez el
gusto de dar de comer a ese pobre hambriento, que no confiesa su hambre
por la vergüenza que le da... ¡Cuánta miseria en este mundo, Señor! Bien
dicen que quien más ha visto, más ve. Y cuando se cree una que es el
acabose de la pobreza, resulta que hay otros más miserables, porque una
se echa a la calle, y pide, y le dan, y come, y con medio panecillo se
alimenta... Pero estos que juntan la vergüenza con la gana de comer, y
son delicados y medrosicos para pedir; estos que tuvieron posibles y
educación, y no quieren rebajarse... ¡Dios mío, qué desgraciados son!
lo que discurrirán para matar el gusanillo... Si me sobra dinero,
después de darle de almorzar, he de ver cómo me las compongo para que
tome la peseta que necesita para pagar el catre de esta noche. Pero ¡ay!
no... que necesitará ocho reales. Me da el corazón que anoche no pagó...
y como esa condenada Bernarda no fía más que una vez... será preciso
pagarle toda la cuenta... y a saber si le ha fiado dos o tres noches...
No, aunque yo tuviera el dinero, no me atrevería a dárselo; y aunque se
lo ofreciese, primero dormía al raso que cogerlo de estas manos
pobres... ¡Señor, qué cosas, qué cosas se van viendo cada día en este
mundo tan grande de la miseria!».
En tanto el lánguido Frasquito y la esmirriada Obdulia platicaban
gozosos de cosas gratas, harto distantes de la triste realidad. Desde
que vio entrar a la Providencia, en figura de Benina, sintiose la niña
calmada de su ansiedad y sobresalto, y el caballero también respiró por
el propio motivo feliz, y se le alegraron las pajarillas viendo
conjurado, por aquel día, un grave conflicto de subsistencias. Uno y
otro, marchita dama y galán manido, poseían, en medio de su radical
penuria, una _riqueza_ inagotable, eficacísima, casi acuñable, extraída
de la mina de su propio espíritu; y aunque usaban de los productos de
este venero con prodigalidad, mientras más gastaban, más superabundancia
tenían sus caudales. Consistía, pues, esta riqueza, en la facultad
preciosa de desprenderse de la realidad, cuando querían, trasladándose a
un mundo imaginario, todo bienandanzas, placeres y dichas. Gracias a
esta divina facultad, se daba el caso de que ni siquiera advirtiesen, en
muchas ocasiones, sus enormes desdichas, pues cuando se veían privados
absolutamente de los bienes positivos, sacaban de la imaginación el
cuerno de Amaltea, y lo agitaban para ver salir de él los bienes
ideales. Lo extraño era que el Sr. de Ponte Delgado, con tener tres
veces lo menos la edad de Obdulia, casi la superaba en poder
imaginativo, pues en la declinación de la vida, se renovaban en él los
aleteos de la infancia.
D. Frasquito era lo que vulgarmente se llama _un alma de Dios_. Su edad
no se sabía, ni en parte alguna constaba, pues se había quemado el
archivo de la iglesia de Algeciras donde le bautizaron. Poseía el raro
privilegio físico de una conservación que pudiera competir con la de las
momias de Egipto, y que no alteraban contratiempos ni privaciones. Su
cabello se conservaba negro y abundante; la barba, no; pero con un poco
de betún casi armonizaban una con otro. Gastaba melenas, no de las
románticas, desgreñadas y foscas, sino de las que se usaron hacia el
50, lustrosas, con raya lateral, los mechones bien ahuecaditos sobre las
orejas. El movimiento de la mano para ahuecar los dos mechones y
modelarlos en su sitio, era uno de esos resabios fisiológicos, de
_segunda naturaleza_, que llegan a ser parte integrante de la primera.
Pues con su melenita de cocas y su barba pringosa y retinta, el rostro
de Frasquito Ponte era de los que llaman _aniñados_, por no sé qué
expresión de ingenuidad y confianza que veríais en su nariz chica, y en
sus ojos que fueron vivaces y ya eran mortecinos. Miraban siempre con
ternura, lanzando sus rayos de ocaso melancólico en medio de un celaje
de lagrimales pitañosos, de pestañas ralas, de párpados rugosos, de
extensas patas de gallo. Dos presunciones descollaban entre las muchas
que constituían el orgullo de Ponte Delgado, a saber: la melena y el pie
pequeño. Para las mayores desdichas, para las abstinencias más crueles y
mortificantes, tenía resignación; para llevar zapatos muy viejos o que
desvirtuaran la estructura perfecta y las lindas proporciones de sus
piececitos, no la tenía, no.
XVI
Del arte exquisito para conservar la ropa no hablemos. Nadie como él
sabía encontrar en excéntricos portales sastres económicos, que por
poquísimo dinero _volvían_ una pieza; nadie como él sabía tratar con
mimo las prendas de uso perenne para que desafiaran los años,
conservándose en los puros hilos; nadie como él sabía emplear la bencina
para limpieza de mugres, planchar arrugas con la mano, estirar lo
encogido y enmendar rodilleras. Lo que le duraba un sombrero de copa no
es para dicho. Para averiguarlo no valdría compulsar todas las
cronologías de la moda, pues a fuerza de ser antigua la del
chisterómetro que usaba, casi era moderna, y a esta ilusión contribuía
el engaño de aquella felpa, tan bien alisada con amorosos cuidados
maternales. Las demás prendas de ropa, si al sombrero igualaban en
longevidad, no podían emular con él en el disimulo de años de servicio,
porque con tantas vueltas y transformaciones, y tantos recorridos de
aguja y pases de plancha, ya no eran sino sombra de lo que fueron. Un
gabancillo de verano, clarucho, usaba D. Frasquito en todo tiempo: era
su prenda menos inveterada, y le servía para ocultar, cerrado hasta el
cuello, todo lo demás que llevaba, menos la mitad de los pantalones. Lo
que se escondía debajo de la tal prenda, sólo Dios y Ponte lo sabían.
Persona más inofensiva no creo haya existido nunca; más inútil, tampoco.
Que Ponte no había servido nunca para nada, lo atestiguaba su miseria,
imposible de disimular en aquel triste occidente de su vida. Había
heredado una regular fortunilla, desempeñó algunos destinos buenos, y no
tuvo atenciones ni cargas de familia, pues se petrificó en el celibato,
primero por adoración de sí mismo, después por haber perdido el tiempo
buscando con demasiado escrúpulo y criterio muy rígido un matrimonio de
conveniencia, que no encontró, ni encontrar podía, con las gollerías y
perendengues que deseaba. En la época en que aún no existía la palabra
_cursi_, Ponte Delgado consagró su vida a la sociedad, vistiendo con
afectada elegancia, frecuentando, no diré los salones, porque entonces
poco se usaba esta denominación, sino algunos estrados de casas buenas y
distinguidas. Los verdaderos salones eran pocos, y Frasquito, por más
que en su vejez hacía gala de haber entrado en ellos, la verdad era que
ni por el forro los conocía. En las tertulias que frecuentaba y bailes
a que asistía, así como en los casinos y centros de reunión masculina,
no digamos que desentonaba; pero tampoco se distinguía por su ingenio,
ni por esa hidalga mezcla de corrección y desgaire que constituye la
elegancia verdadera. Muy estiradito siempre, eso sí; muy atento a sus
guantes, a su corbata, a su pie pequeño, resultaba grato a las damas,
sin interesar a ninguna; tolerable para los hombres, algunos de los
cuales verdaderamente le estimaban.
Sólo en nuestra sociedad heterogénea, libre de escrúpulos y
distinciones, se da el caso de que un hidalguete, poseedor de cuatro
terruños, o un empleadillo de mediano sueldo, se confundan con marqueses
y condes de sangre azul, o con los próceres del dinero, en los centros
de falsa elegancia; que se junten y alternen los que explotan la vida
suntuaria por sus negocios, o sus vanidades, o bien por audaces amoríos,
y los que van a bailar y a comer y departir con las señoras, sin más
objeto que procurarse recomendaciones para un ascenso, o el favor de un
jefe para faltar impunemente a las horas de oficinas. No digo esto por
Frasquito Ponte, el cual era algo más que un pelagatos fino en los
tiempos de su apogeo social. Su decadencia no empezó a manifestarse de
un modo notorio hasta el 59; se defendió heroicamente hasta el 68, y al
llegar este año, marcado en la tabla de su destino con trazo muy negro,
desplomose el desdichado galán en los abismos de la miseria, para no
levantarse más. Años antes se había comido los últimos restos de su
fortuna. El destino que con grandes fatigas pudo conseguir de González
Bravo, se lo quitó despiadadamente la revolución; no gozaba cesantía, no
había sabido ahorrar. Quedose el cuitado sin más rentas que el día y la
noche, y la compasión de algunos buenos amigos que le sentaban a su
mesa. Pero los buenos amigos se murieron o se cansaron, y los parientes
no se mostraban compasivos. Pasó hambres, desnudeces, privaciones de
todo lo que había sido su mayor gusto, y en tan tremenda crisis, su
delicadeza innata y su amor propio fueron como piedra atada al cuello
para que más pronto se hundiera y se ahogara: no era hombre capaz de
importunar a los amigos con solicitudes de dinero, vulgo _sablazos_, y
sólo en contadísimas ocasiones, verdaderos casos críticos o de peligro
de muerte, en la lucha con la miseria, se aventuró a extender la mano en
demanda de auxilio, revistiéndola, eso sí, para guardar las formas, de
un guante, que aunque descosido y roto, guante era al fin. Antes se
muriera de hambre Frasquito, que hacer cosa alguna sin dignidad. Se dio
el caso de entrar disfrazado en el figón de Boto, a comer dos reales de
cocido, antes que presentarse en una buena casa, donde si le admitían
con agasajo, también lastimaban con crueles bromas su decoro,
refregándole en el rostro su gorronería y parasitismo.
Con angustioso afán buscaba el infeliz medios de existencia, aunque
fueran de los menos lucrativos; pero la cortedad de sus talentos
dificultaba más lo que en todos los casos es difícil. Tanto revolvió,
que al fin pudo encontrar algunos empleíllos, indignos ciertamente de su
anterior posición, pero que le permitieron vivir algún tiempo sin
_rebajarse_. Su miseria, al cabo, podía decorarse con un barniz de
dignidad. Recibir un corto auxilio pecuniario como pasante de un
colegio, o como escribiente de unos boteros de la calle de Segovia, para
llevarles las cuentas y _ponerles_ las cartas, era limosna ciertamente,
pero tan bien disimulada, que no había desdoro en recibirla. Arrastró
vida mísera durante algunos años, solitario habitante de los barrios del
Sur, sin atreverse a pasar a los del Centro y Norte, por miedo de
encontrar _conocimientos_ que le vieran mal calzado y peor vestido; y
habiendo perdido aquellos acomodos, buscó otros, aceptando al fin, no
sin escrúpulos y crispaduras de nervios, el cargo de comisionista o
viajante de una fábrica de jabón, para ir de tienda en tienda y de casa
en casa ofreciendo el género, y colocando las partidas que pudiera. Mas
tan poca labia y malicia el pobrecillo desplegaba en este oficio
chalanesco, que pronto hubo de quedarse en la calle. Últimamente le
deparó el cielo unas señoras viejas de la Costanilla de San Andrés, para
que les llevara las cuentas de un resto de comercio de cerería, que
liquidaban, cediendo en pequeñas partidas las existencias a las
parroquias y congregaciones. Escaso era el trabajo; mas por él le daban
tan sólo dos pesetas diarias, con las cuales realizaba el milagro de
vivir, agenciándose comida y lecho, y no se dice casa, porque en
realidad no la tenía.
Ya desde el 80, que fue el año terrible para el sin ventura Frasquito,
se determinó a no tener domicilio, y después de unos días de horrorosa
crisis en que pudo compararse al caracol, por el aquel de llevar su casa
consigo, entendiose con la _señá_ Bernarda, la dueña de los dormitorios
de la calle del Mediodía Grande, mujer muy dispuesta y que sabía
distinguir. Por tres reales le daba cama de a peseta, y en obsequio a la
excepcional decencia del parroquiano, por sólo un real de añadidura le
dejaba tener su baúl en un cuartucho interior, donde, además, le
permitía estar una hora todas las mañanas arreglándose la ropa, y
acicalándose con sus lavatorios, cosméticos y manos de tinte. Entraba
como un cadáver, y salía desconocido, limpio, oloroso y reluciente de
hermosura.
La restante peseta la empleaba en comer y en vestirse... ¡Problema
inmenso, álgebra imposible! Con todos sus apuros, aquella temporada le
dio relativo descanso, porque no sufría la humillación de pedir socorro,
y malo o bueno, tuerto o derecho, tenía el hombre un medio de vivir, y
vivía y respiraba, y aún le sobraba tiempo para dar algunas volteretas
por los espacios imaginarios. Su honesto trato con Obdulia, que vino del
conocimiento con Doña Paca y de las relaciones comerciales de las viejas
cereras con el _funerario_, suegro de la niña, si llevó al espíritu de
Ponte el consuelo de la concordancia de ideas, gustos y aficiones, le
puso en el grave compromiso de desatender las necesidades de boca para
comprarse unas botas nuevas, pues las que por entonces prestaban
servicio exclusivo hallábanse horrorosamente desfiguradas, y por todo
pasaba el menesteroso, menos por entrar con feo pie en las regiones de
lo ideal.
XVII
Con el espantoso desequilibrio que trajeron al menguado presupuesto, las
botas nuevas y otros artículos de verdadera superfluidad, como pomada,
tarjetas, etc., en los cuales fue preciso invertir sumas de relativa
consideración, se quedó Frasquito enteramente vacío de barriga y sin
saber dónde ni cómo había que llenarla. Pero la Providencia, que no
abandona a los buenos, le deparó su remedio en la casa misma de Obdulia,
que le mataba el hambre algunos días, rogándole que la acompañase a
almorzar; y por cierto que tenía que gastar no poca saliva para
reducirle, y vencer su delicadeza y cortedad. Benina, que le leía en el
rostro la inanición, gastaba menos etiquetas que su señorita, y le
servía con brusquedad, riéndose de los melindres y repulgos con que daba
delicada forma a la aceptación.
Aquel día, que tan siniestro se presentaba, y que la aparición de Benina
trocó en uno de los más dichosos, Obdulia y Frasquito, en cuanto
comprendieron que estaba resuelto el problema de la reparación
orgánica, se lanzaron a cien mil leguas de la realidad, para espaciar
sus almas en el rosado ambiente de los bienes fingidos. Las ideas de
Ponte eran muy limitadas: las que pudo adquirir en los veinte años de su
apogeo social se petrificaron, y ni en ellas hubo modificación, ni las
adquirió nuevas. La miseria le apartó de sus antiguas amistades y
relaciones, y así como su cuerpo se momificaba, su pensamiento se iba
quedando fósil. En su manera de pensar, no había rebasado las líneas del
68 y 70. Ignoraba cosas que sabe todo el mundo; parecía hombre caído de
un nido o de las nubes; juzgaba de sucesos y personas con candorosa
inocencia. La vergüenza de su aflictivo estado y el retraimiento
consiguiente, no tenían poca parte en su atraso mental y en la pobreza
de sus pensamientos.
Por miedo a que le viesen hecho una facha, se pasaba semanas y aun meses
sin salir de sus barrios; y como no tuviera necesidad imperiosa que al
centro le llamase, no pasaba de la Plaza Mayor. Le azaraba continuamente
la monomanía centrífuga; prefería para sus divagaciones las calles
obscuras y extraviadas, donde rara vez se ve un sombrero de copa. En
tales sitios, y disfrutando de sosiego, tiempo sin tasa y soledad, su
poder imaginativo hacía revivir los tiempos felices, o creaba en los
presentes seres y cosas al gusto y medida del mísero soñador.
En sus coloquios con Obdulia, Frasquito no cesaba de referirle su vida
social y elegante de otros tiempos, con interesantes pormenores: cómo
fue presentado en las tertulias de los señores de Tal, o de la Marquesa
de Cuál; qué personas distinguidas allí conoció, y cuáles eran sus
caracteres, costumbres y modos de vestir. Enumeraba las casas suntuosas
donde había pasado horas felices, conociendo lo mejorcito de Madrid en
ambos sexos, y recreándose con amenos coloquios y pasatiempos muy
bonitos. Cuando la conversación recaía en cosas de arte, Ponte, que
deliraba por la música y por el _Real_, tarareaba trozos de _Norma_ y de
_Maria di Rohan_, que Obdulia escuchaba con éxtasis. Otras veces,
lanzándose a la poesía, recitábale versos de D. Gregorio Romero
Larrañaga y de otros vates de aquellos tiempos bobos. La radical
ignorancia de la joven era terreno propio para estos ensayos de
literaria educación, pues en todo hallaba novedad, todo le causaba el
embeleso que sentiría una criatura al ver juguetes por primera vez.
No se saciaba nunca la _niña_ (a quien es forzoso llamar así, a pesar de
ser casada, con su aborto correspondiente) de adquirir informes y
noticias de la vida de sociedad, pues aunque algunos conocimientos de
ello tuviera, por recuerdos vagos de su infancia, y por lo que su madre
le había contado, hallaba en las descripciones y pinturas de Ponte mayor
encanto y poesía. Sin duda, la sociedad del tiempo de Frasquito era más
bella que la coetánea, más finos los hombres, las señoras más graciosas
y espirituales. A ruego de ella, el elegante fósil describía los
convites, los bailes, con todas sus magnificencias; el _buffet_ o
_ambigú_, con sus variados manjares y refrigerios; contaba las aventuras
amorosas que en su tiempo dieron que hablar; enumeraba las reglas de
buena educación que entonces, hasta en los ínfimos detalles de la vida
suntuaria, estaba en uso, y hacía el panegírico de las bellezas que en
su tiempo brillaron, y ya se habían muerto o eran arrinconados
vejestorios. No se dejó en el tintero sus propias aventurillas, o más
bien pinitos amorosos, ni los disgustos que por tales excesos tuvo con
maridos escamones o hermanos susceptibles. De las resultas, había tenido
también su duelo correspondiente, ¡vaya! con padrinos, condiciones,
elección de armas, dimes y diretes, y, por fin, choque de sables,
terminando todo en fraternal almuerzo. Un día tras otro, fue contando
las varias peripecias de su vida social, la cual contenía todas las
variedades del libertinaje candoroso, de la elegancia pobre y de la
tontería honrada. Era también Frasquito un excelente aficionado al arte
escénico, y representó en distintos teatros caseros papeles principales
en _Flor de un día_ y _La trenza de sus cabellos_. Aún recordaba
parlamento y _bocadillos_ de ambas obras, que repetía con énfasis
declamatorio, y que Obdulia oía con arrobamiento, _arrasados los ojos en
lágrimas_, dicho sea con frase de la época. Refirió también, y para ello
tuvo que emplear dos sesiones y media, el baile de trajes que dio, allá
por los años de Maricastaña, una señora Marquesa o Baronesa de No sé
cuántos. No olvidaría Frasquito, si mil años viviese, aquella grandiosa
fiesta, a la que asistió de _bandido calabrés_. Y se acordaba de todos,
absolutamente de todos los trajes, y los describía y especificaba, sin
olvidar cintajo ni galón. Por cierto que los preparativos de su
vestimenta, y los pasos que tuvo que dar para procurarse las prendas
características, le robaron tanto tiempo día y noche, que faltó semanas
enteras a la oficina, y de aquí le vino la primera cesantía, y con la
cesantía sus primeros atrasos.
Aunque en muy pequeña escala, también podía Frasquito satisfacer otra
curiosidad de Obdulia: la curiosidad, o más bien ilusión, de los viajes.
No había dado la vuelta al mundo; pero ¡había estado en París! y para un
elegante, esto quizás bastaba. ¡París! ¿Y cómo era París? Obdulia
devoraba con los ojos al narrador, cuando este refería con hiperbólicos
arranques las maravillas de la gran ciudad, nada menos que en los
esplendorosos tiempos del segundo Imperio. ¡Ah! ¡la Emperatriz Eugenia,
los Campos Elíseos, los bulevares, Nôtre Dame, Palais Royal... y para
que en la descripción entrara todo, Mabille, las loretas!... Ponte no
estuvo más que mes y medio, viviendo con grande economía, y aprovechando
muy bien el tiempo, día y noche, para que no se le quedara nada por ver.
En aquellos cuarenta y cinco días de libertad parisiense, gozó lo
indecible, y se trajo a Madrid recuerdos e impresiones que contar para
tres años seguidos. Todo lo vio, lo grande y lo chico, lo bello y lo
raro; en todo metió su nariz chiquita, y no hay que decir que se
permitió su poco de libertinaje, deseando conocer los encantos secretos
y seductoras gracias que esclavizan a todos los pueblos, haciéndoles
tributarios de la voluptuosa Lutecia.
Precisamente aquel día, mientras Benina con diligencia suma trasteaba en
la cocina y comedor, Frasquito contaba a Obdulia cosas de París, y tan
pronto, en su pintoresco relato, descendía a las alcantarillas, como se
encaramaba en la torre del pozo artesiano de Grenelle.
--Muy cara ha de ser la vida en París--le dijo su amiga--. ¡Ah! Sr. de
Ponte, eso no es para pobres.
--No, no lo crea usted. Sabiendo manejarse, se puede vivir como se
quiera. Yo gastaba de cuatro a cinco napoleones diarios, y nada se me
quedó por ver. Pronto aprendí las _correspondencias_ de los ómnibus, y a
los sitios más distantes iba por unos cuantos _sus_. Hay _restauranes_
económicos, donde le sirven a usted por poco dinero buenos platos.
Verdad es que en propinas, que allí llaman _pour boire_, se gasta más de
la cuenta; pero créame usted, las da uno con gusto por verse tratado con
tanta amabilidad. No oye usted más que _pardon_, _pardon_ a todas horas.
--Pero entre las mil cosas que usted vio, Ponte, se olvida de lo mejor.
¿No vio usted a los grandes hombres?
--Le diré a usted. Como era verano, los grandes hombres se habían ido a
tomar baños. Víctor Hugo, como usted sabe, estaba en la emigración.
--Y a Lamartine, ¿no le vio usted?
--En aquella época, ya el autor de _Graziella_ había fallecido. Una
tarde, los amigos que me acompañaban en mis paseos me enseñaron la casa
de Thiers, el gran historiador, y también me llevaron al café donde, por
invierno, solía ir a tomarse su copa de cerveza Paul de Kock.
--¿El de las novelas para reír? Tiene gracia; pero sus indecencias y
porquerías me fastidian.
También vi la zapatería donde le hacían las botas a Octavio Feuillet.
Por cierto que allí me encargué unas, que me costaron seis napoleones...
¡pero qué hechura, qué género! Me duraron hasta el año de la muerte de
Prim...
--Ese Octavio, ¿de qué es autor?
--De _Sibila_ y otras obras lindísimas.
--No le conozco... Creo confundirle con Eugenio Sué, que escribió, si no
recuerdo mal, los _Pecados capitales_ y _Nuestra Señora de París_.
--_Los Misterios de París_, quiere usted decir.
--Eso... ¡Ay, me puse mala cuando leí esa obra, de la gran impresión que
me produjo!
--Se identificaba usted con los personajes, y vivía la vida de ellos.
--Exactamente. Lo mismo me ha pasado con _María o la hija de un
jornalero_...».
En esto les avisó Benina que ya tenía preparada la pitanza, y les faltó
tiempo para caer sobre ella y hacer los debidos honores a la tortilla de
escabeche y a las chuletas con patatas fritas. Dueño de su voluntad en
todo acto que requiriese finura y buenas formas, Ponte se las compuso
admirablemente con sus nervios para no dar a conocer la ferocidad de su
hambre atrasada. Con bondadosa confianza, Benina le decía: «Coma, coma,
Sr. de Ponte, que aunque esta no es comida fina, como las que a usted le
dan en otras casas, no le viene mal ahora... Los tiempos están malos.
Hay que apencar con todo...
--Señora Nina--replicaba el _proto-cursi_--, yo aseguro, bajo mi palabra de
honor, que es usted un ángel; yo _me inclino a creer_ que en el cuerpo de
usted se ha encarnado un ser benéfico y misterioso, un ser que es _mera_
personificación de la Providencia, según la entendían y entienden los
pueblos antiguos y modernos.
--¡Válgate Dios lo que sabe, y qué tonterías tan saladas dice!».
XVIII
Con la reparadora substancia del almuerzo, los cuerpos parecía que
resucitaban, y los espíritus fortalecidos levantaron el vuelo a las más
altas regiones. Instalados otra vez en el gabinete, Ponte Delgado contó
las delicias de los veranos de Madrid en su tiempo. En el Prado se
reunía toda la nata y flor. Los pudientes iban de estación a la Granja.
Él había visitado más de una vez el Real Sitio, y había visto correr
las fuentes.
«¡Y yo que no he visto nada, nada!--exclamaba Obdulia con tristeza,
poniendo en sus bellos ojos un desconsuelo infantil--. Crea usted, amigo
Ponte, que ya me habría vuelto tonta de remate, si Dios no me hubiera
dado la facultad de figurarme las cosas que no he visto nunca. No puede
usted imaginar cuánto me gustan las flores: me muero por ellas. En su
tiempo, mamá me dejaba tener tiestos en el balcón: después me los
quitaron, porque un día regué tanto, que subió el policía y nos echaron
multa. Siempre que paso por un jardín, me quedo embobada mirándolo.
¡Cuánto me gustaría ver los de Valencia, los de la Granja, los de
Andalucía!... Aquí apenas hay flores, y las que vemos vienen por
ferrocarril, y llegan mustias. Mi deseo es admirarlas en la planta.
Dicen que hay tantísimas clases de rosas: yo quiero verlas, Ponte; yo
quiero _aspirar su aroma_. Se dan grandes y chicas, encarnadas y
blancas, de muchas variedades. Quisiera ver una planta de jazmín grande,
grande, que me diera sombra. ¡Y cómo me quedaría yo embelesada, viendo
las mil florecillas caer sobre mis hombros, y prendérseme en el pelo!...
Yo sueño con tener un magnífico jardín y una estufa... ¡Ay! esas estufas
con plantas tropicales y flores rarísimas, quisiera verlas yo. Me las
figuro; las estoy viendo... me muero de pena por no poder poseerlas.
--Yo he visto--dijo Ponte--, la de D. José Salamanca en sus buenos tiempos.
Figúresela usted más grande que esta casa y la de al lado juntas.
Figúrese usted palmeras y helechos de gran altura, y piñas de América
con fruto. Me parece que la estoy viendo.
--Y yo también. Todo lo que usted me pinta, lo veo. A veces, soñando,
soñando, y viendo cosas que no existen, es decir, que existen en otra
parte, me pregunto yo: '¿Pero no podría suceder que algún día tuviera yo
una casa magnífica, elegante, con salones, estufa... y que a mi mesa se
sentaran los _grandes hombres_... y yo hablara con ellos y con ellos me
instruyera?'.
--¿Por qué no ha de poder ser? Usted es muy joven, Obdulia, y tiene aún
mucha vida por delante. Todo eso que usted ve en sueños, véalo como una
realidad posible, probable. Dará usted comidas de veinte cubiertos, una
vez por semana, los miércoles, los lunes... Le aconsejo a usted, como
perro viejo en sociedad, que no ponga más de veinte cubiertos, y que
invite para esos días gente muy escogida.
--¡Ah!... bien... lo mejor, la _crema_...
--Los demás días, seis cubiertos, los convidados íntimos y nada más;
personas de alcurnia, ¿sabe? personas allegadas a usted y que le tengan
cariño y respeto. Como es usted tan hermosa, tendrá adoradores... eso no
lo podrá evitar... No dejará de verse en algún peligro, Obdulia. Yo le
aconsejo que sea usted muy amable con todos, muy fina, muy cortés; pero
en cuanto se propase alguno, revístase de dignidad, y vuélvase más fría
que el mármol, y desdeñosa como una reina.
--Eso mismo he pensado yo, y lo pienso a todas horas. Estaré tan ocupada
en divertirme, que no se me ocurrirá ninguna cosa mala. ¡Que gusto ir a
todos los teatros, no perder ópera, ni concierto, ni función de drama o
comedia, ni estreno, ni nada, Señor, nada! Todo lo he de ver y gozar...
Pero crea usted una cosa, y se la digo con el corazón. En medio de todo
ese barullo, yo gozaría extremadamente en repartir muchas limosnas; iría
yo en busca de los pobres más desamparados, para socorrerles y... En
fin, que yo no quiero que haya pobres... ¿Verdad, Frasquito, que no debe
haberlos?
--Ciertamente, señora. Usted es un ángel, y con la _varilla mágica de su
bondad_ hará desaparecer todas las miserias.
--Ya se me figura que es verdad cuanto usted me dice. Yo soy así. Vea
usted lo que me pasa: hace un rato hablábamos de flores; pues ya se me
ha pegado a la nariz un olor riquísimo. Paréceme que estoy dentro de mi
estufa, viendo tantos primores, y oliendo fragancias deliciosas. Y
ahora, cuando hablábamos de socorrer la miseria, se me ocurrió decirle:
'Frasquito, tráigame una lista de los pobres que usted conozca, para
empezar a distribuir limosnas'.
--La lista pronto se hace, señora mía--dijo Ponte contagiado del delirio
imaginativo, y pensando que debía encabezar la propuesta con el nombre
del primer menesteroso del mundo: _Francisco Ponte Delgado_.
--Pero habrá que esperar--añadió Obdulia, dándose de hocicos contra la
realidad, para volver a saltar otra vez, cual pelota de goma, y
remontarse a las alturas--. Y diga usted: en ese correr por Madrid
buscando miserias que aliviar, me cansaré mucho, ¿verdad?
--¿Pero para qué quiere usted sus coches?... Digo, yo _parto de la base_
de que usted tiene una gran posición.
--Me acompañará usted.
--Seguramente.
--¿Y le veré a usted paseando a caballo por la Castellana?
--No digo que no. Yo he sido regular jinete. No gobierno mal... Ya que
hemos hablado de carruajes, le aconsejo a usted que no tenga cocheras...
que se entienda con un alquilador. Los hay que sirven muy bien. Se
quitará usted muchos quebraderos de cabeza.
--¿Y qué le parece a usted?--dijo Obdulia ya desbocada y sin freno--.
Puesto que he de viajar, ¿a dónde debo ir primero, a Alemania o a Suiza?
--Lo primero a París...
--Es que yo me figuro que ya he visto a París... Eso es de clavo
pasado... Ya estuve: quiero decir, ya estoy en que estuve, y que
volveré, de paso para otro país.
--Los lagos de Suiza son linda cosa. No olvide usted las ascensiones a
los Alpes para ver... los perros del Monte San Bernardo, los grandes
témpanos de hielo, y otras maravillas de la Naturaleza.
--Allí me hartaré de una cosa que me gusta atrozmente: manteca de vacas
bien fresca... Dígame, Ponte, con franqueza: ¿qué color cree usted que
me sienta mejor, el rosa o el azul?
--Yo afirmo que a usted le sientan bien todos los colores _del iris_;
mejor dicho: no es que este o el otro color hagan valer más o menos su
belleza; es que su belleza tiene bastante poder para dar realce a
cualquier color que se le aplique.
--Gracias... ¡Qué bien dicho!
--Yo, si usted me lo permite--manifestó el galán marchito, sintiendo el
vértigo de las alturas--, haré la comparación de su figura de usted con
la figura y rostro... ¿de quién creerá?... pues de la Emperatriz
Eugenia, ese prototipo de elegancia, de hermosura, de distinción...
--¡Por Dios, Frasquito!
--No digo más que lo que siento. Esa mujer _ideal_ no se me ha olvidado,
desde que la vi en París, paseando en el _Bois_ con el Emperador. La he
visto mil veces después, cuando _flaneo_ solito por esas calles soñando
despierto, o cuando me entra el insomnio, encerrado las horas muertas _en
mis habitaciones_. Paréceme que la estoy viendo ahora, que la veo
siempre... Es una idea, es un... no sé qué. Yo soy un hombre que adora
los ideales, que no vive sólo de la _vil materia_. Yo desprecio la _vil
materia_, yo sé desprenderme del _frágil barro_...
--Entiendo, entiendo... Siga usted.
--Digo que en mi espíritu vive la imagen de aquella mujer... y la veo
como un ser real, como un ente... no puedo explicarlo... como un ente,
no figurado, sino tangible y...
--¡Oh! sí... lo comprendo. Lo mismo me pasa a mí.
--¿Con ella?
--No... con... no sé con quién».
Por un momento, creyó Frasquito que el _ser ideal_ de Obdulia era el
Emperador. Incitado a completar su pensamiento, prosiguió así:
«Pues, amiga mía, yo que _conozco_, que _conozco_, digo, a Eugenia de
Guzmán, sostengo que usted es como ella, o que ella y usted son una
misma persona.
--Yo no creo que pueda existir tal semejanza, Frasquito--replicó la niña,
turbada, echando lumbre por los ojos.
--La fisonomía, las facciones, así de perfil como de frente, la
expresión, el aire del cuerpo, la mirada, el gesto, los andares, todo,
todo es lo mismo. Créame usted, yo no miento nunca.
--Puede ser que haya cierto parecido...--indicó Obdulia, ruborizándose
hasta la raíz del cabello--. Pero no seremos iguales; eso no.
--Como dos gotas de agua. Y si se _parecen ustedes_ en lo físico...--dijo
Frasquito, echándose para atrás en el sillón y adoptando un tonillo de
franca naturalidad--, no es menor el parecido en lo moral, en el aire de
persona que ha nacido y vive en la más alta posición, en algo que revela
la conciencia de una superioridad a la que todos rinden acatamiento. En
suma, yo sé lo que me digo. Nunca veo tan clara la semejanza como cuando
usted manda algo a la Benina: se me figura que veo a Su Majestad
Imperial dando órdenes a sus chambelanes.
--¡Qué cosas!... Eso no puede ser, Ponte... no puede ser».
Entrole a la niña un reír nervioso, cuya estridencia y duración
parecían a
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