Los pazos de Ulloa
by condesa de Emilia Pardo Bazán · Spanish · Gutenberg #18005 · 513,107 chars · public domain (US)
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Title: Los pazos de Ulloa
Author: condesa de Emilia Pardo Bazán
Release date: March 16, 2006 [eBook #18005]
Most recently updated: January 20, 2020
Language: Spanish
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Los pazos de Ulloa
Emilia Pardo Bazán
Tomo I
-I-
Por más que el jinete trataba de sofrenarlo agarrándose con todas sus
fuerzas a la única rienda de cordel y susurrando palabritas calmantes y
mansas, el peludo rocín seguía empeñándose en bajar la cuesta a un trote
cochinero que descuadernaba los intestinos, cuando no a trancos
desigualísimos de loco galope. Y era pendiente de veras aquel repecho
del camino real de Santiago a Orense en términos que los viandantes, al
pasarlo, sacudían la cabeza murmurando que tenía bastante más declive
del no sé cuántos por ciento marcado por la ley, y que sin duda al
llevar la carretera en semejante dirección, ya sabrían los ingenieros lo
que se pescaban, y alguna quinta de personaje político, alguna
influencia electoral de grueso calibre debía andar cerca.
Iba el jinete colorado, no como un pimiento, sino como una fresa,
encendimiento propio de personas linfáticas. Por ser joven y de miembros
delicados, y por no tener pelo de barba, pareciera un niño, a no
desmentir la presunción sus trazas sacerdotales. Aunque cubierto de
amarillo polvo que levantaba el trote del jaco, bien se advertía que el
traje del mozo era de paño negro liso, cortado con la flojedad y poca
gracia que distingue a las prendas de ropa de seglar vestidas por
clérigos. Los guantes, despellejados ya por la tosca brida, eran
asimismo negros y nuevecitos, igual que el hongo, que llevaba calado
hasta las cejas, por temor a que los zarandeos de la trotada se lo
hiciesen saltar al suelo, que sería el mayor compromiso del mundo. Bajo
el cuello del desairado levitín asomaba un dedo de alzacuello, bordado
de cuentas de abalorio. Demostraba el jinete escasa maestría hípica:
inclinado sobre el arzón, con las piernas encogidas y a dos dedos de
salir despedido por las orejas, leíase en su rostro tanto miedo al
cuartago como si fuese algún corcel indómito rebosando fiereza y bríos.
Al acabarse el repecho, volvió el jaco a la sosegada andadura habitual,
y pudo el jinete enderezarse sobre el aparejo redondo, cuya anchura
inconmensurable le había descoyuntado los huesos todos de la región
sacro-ilíaca. Respiró, quitóse el sombrero y recibió en la frente
sudorosa el aire frío de la tarde. Caían ya oblicuamente los rayos del
sol en los zarzales y setos, y un peón caminero, en mangas de camisa,
pues tenía su chaqueta colocada sobre un mojón de granito, daba
lánguidos azadonazos en las hierbecillas nacidas al borde de la cuneta.
Tiró el jinete del ramal para detener a su cabalgadura, y ésta, que se
había dejado en la cuesta abajo las ganas de trotar, paró
inmediatamente. El peón alzó la cabeza, y la placa dorada de su sombrero
relució un instante.
--¿Tendrá usted la bondad de decirme si falta mucho para la casa del
señor marqués de Ulloa?
--¿Para los Pazos de Ulloa?--contestó el peón repitiendo la pregunta.
--Eso es.
--Los Pazos de Ulloa están allí--murmuró extendiendo la mano para señalar
a un punto en el horizonte.--Si la bestia anda bien, el camino que queda
pronto se pasa.... Ahora tiene que seguir hasta aquel pinar ¿ve? y luego
le cumple torcer a mano izquierda, y luego le cumple bajar a mano
derecha por un atajito, hasta el crucero.... En el crucero ya no tiene
pérdida, porque se ven los Pazos, una _costrución_ muy grandísima....
--Pero..... ¿como cuánto faltará?--preguntó con inquietud el clérigo.
Meneó el peón la tostada cabeza.
--Un bocadito, un bocadito....
Y sin más explicaciones, emprendió otra vez su desmayada faena,
manejando el azadón lo mismo que si pesase cuatro arrobas.
Se resignó el viajero a continuar ignorando las leguas de que se compone
un _bocadito_, y taloneó al rocín. El pinar no estaba muy distante, y
por el centro de su sombría masa serpeaba una trocha angostísima, en la
cual se colaron montura y jinete. El sendero, sepultado en las oscuras
profundidades del pinar, era casi impracticable; pero el jaco, que no
desmentía las aptitudes especiales de la raza caballar gallega para
andar por mal piso, avanzaba con suma precaución, cabizbajo, tanteando
con el casco, para sortear cautelosamente las zanjas producidas por la
llanta de los carros, los pedruscos, los troncos de pino cortados y
atravesados donde hacían menos falta. Adelantaban poco a poco, y ya
salían de las estrecheces a senda más desahogada, abierta entre pinos
nuevos y montes poblados de aliaga, sin haber tropezado con una sola
heredad labradía, un plantío de coles que revelase la vida humana. De
pronto los cascos del caballo cesaron de resonar y se hundieron en
blanda alfombra: era una camada de estiércol vegetal, tendida, según
costumbre del país, ante la casucha de un labrador. A la puerta una
mujer daba de mamar a una criatura. El jinete se detuvo.
--Señora, ¿sabe si voy bien para la casa del marqués de Ulloa?
--Va bien, va....
--¿Y... falta mucho?
Enarcamiento de cejas, mirada entre apática y curiosa, respuesta ambigua
en dialecto:
--La carrerita de un can....
¡Estamos frescos!, pensó el viajero, que si no acertaba a calcular lo
que anda un can en una carrera, barruntaba que debe ser bastante para un
caballo. En fin, en llegando al crucero vería los Pazos de Ulloa..... Todo
se le volvía buscar el atajo, a la derecha..... Ni señales. La vereda,
ensanchándose, se internaba por tierra montañosa, salpicada de manchones
de robledal y algún que otro castaño todavía cargado de fruta: a derecha
e izquierda, matorrales de brezo crecían desparramados y oscuros.
Experimentaba el jinete indefinible malestar, disculpable en quien,
nacido y criado en un pueblo tranquilo y soñoliento, se halla por vez
primera frente a frente con la ruda y majestuosa soledad de la
naturaleza, y recuerda historias de viajeros robados, de gentes
asesinadas en sitios desiertos.
--¡Qué país de lobos!--dijo para sí, tétricamente impresionado.
Alegrósele el alma con la vista del atajo, que a su derecha se
columbraba, estrecho y pendiente, entre un doble vallado de piedra,
límite de dos montes. Bajaba fiándose en la maña del jaco para evitar
tropezones, cuando divisó casi al alcance de su mano algo que le hizo
estremecerse: una cruz de madera, pintada de negro con filetes blancos,
medio caída ya sobre el murallón que la sustentaba. El clérigo sabía que
estas cruces señalan el lugar donde un hombre pereció de muerte
violenta; y, persignándose, rezó un padrenuestro, mientras el caballo,
sin duda por olfatear el rastro de algún zorro, temblaba levemente
empinando las orejas, y adoptaba un trotecillo medroso que en breve le
condujo a una encrucijada. Entre el marco que le formaban las ramas de
un castaño colosal, erguíase el crucero.
Tosco, de piedra común, tan mal labrado que a primera vista parecía
monumento románico, por más que en realidad sólo contaba un siglo de
fecha, siendo obra de algún cantero con pujos de escultor, el crucero,
en tal sitio y a tal hora, y bajo el dosel natural del magnífico árbol,
era poético y hermoso. El jinete, tranquilizado y lleno de devoción,
pronunció descubriéndose: «Adorámoste, Cristo, y bendecímoste, pues por
tu Santísima Cruz redimiste al mundo», y de paso que rezaba, su mirada
buscaba a lo lejos los Pazos de Ulloa, que debían ser aquel gran
edificio cuadrilongo, con torres, allá en el fondo del valle. Poco duró
la contemplación, y a punto estuvo el clérigo de besar la tierra, merced
a la huida que pegó el rocín, con las orejas enhiestas, loco de terror.
El caso no era para menos: a cortísima distancia habían retumbado dos
tiros.
Quedóse el jinete frío de espanto, agarrado al arzón, sin atreverse ni a
registrar la maleza para averiguar dónde estarían ocultos los agresores;
mas su angustia fue corta, porque ya del ribazo situado a espaldas del
crucero descendía un grupo de tres hombres, antecedido por otros tantos
canes perdigueros, cuya presencia bastaba para demostrar que las
escopetas de sus amos no amenazaban sino a las alimañas monteses.
El cazador que venía delante representaba veintiocho o treinta años:
alto y bien barbado, tenía el pescuezo y rostro quemados del sol, pero
por venir despechugado y sombrero en mano, se advertía la blancura de la
piel no expuesta a la intemperie, en la frente y en la tabla de pecho,
cuyos diámetros indicaban complexión robusta, supuesto que confirmaba la
isleta de vello rizoso que dividía ambas tetillas. Protegían sus piernas
recias polainas de cuero, abrochadas con hebillaje hasta el muslo; sobre
la ingle derecha flotaba la red de bramante de un repleto morral, y en
el hombro izquierdo descansaba una escopeta moderna, de dos cañones. El
segundo cazador parecía hombre de edad madura y condición baja, criado o
colono: ni hebillas en las polainas, ni más morral que un saco de
grosera estopa; el pelo cortado al rape, la escopeta de pistón,
viejísima y atada con cuerdas; y en el rostro, afeitado y enjuto y de
enérgicas facciones rectilíneas, una expresión de encubierta sagacidad,
de astucia salvaje, más propia de un piel roja que de un europeo. Por lo
que hace al tercer cazador, sorprendióse el jinete al notar que era un
sacerdote. ¿En qué se le conocía? No ciertamente en la tonsura, borrada
por una selva de pelo gris y cerdoso, ni tampoco en la rasuración, pues
los duros cañones de su azulada barba contarían un mes de antigüedad;
menos aún en el alzacuello, que no traía, ni en la ropa, que era
semejante a la de sus compañeros de caza, con el aditamento de unas
botas de montar, de charol de vaca muy descascaradas y cortadas por las
arrugas. Y no obstante trascendía a clérigo, revelándose el sello
formidable de la ordenación, que ni aun las llamas del infierno
consiguen cancelar, en no sé qué expresión de la fisonomía, en el aire y
posturas del cuerpo, en el mirar, en el andar, en todo. No cabía duda:
era un sacerdote.
Aproximóse al grupo el jinete, y repitió la consabida pregunta:
--¿Pueden ustedes decirme si voy bien para casa del señor marqués de
Ulloa?
El cazador alto se volvió hacia los demás, con familiaridad y dominio.
--¡Qué casualidad!--exclamó--. Aquí tenemos al forastero..... Tú,
Primitivo.... Pues te cayó la lotería: mañana pensaba yo enviarte a Cebre
a buscar al señor.... Y usted, señor abad de Ulloa.... ¡ya tiene usted
aquí quien le ayude a arreglar la parroquia!
Como el jinete permanecía indeciso, el cazador añadió:
--¿Supongo que es usted el recomendado de mi tío, el señor de la Lage?
--Servidor y capellán...--respondió gozoso el eclesiástico, tratando de
echar pie a tierra, ardua operación en que le auxilió el abad--. ¿Y
usted...--exclamó, encarándose con su interlocutor--es el señor marqués?
--¿Cómo queda el tío? ¿Usted... a caballo desde Cebre, eh?--repuso éste
evasivamente, mientras el capellán le miraba con interés rayano en viva
curiosidad. No hay duda que así, varonilmente desaliñado, húmeda la piel
de transpiración ligera, terciada la escopeta al hombro, era un cacho de
buen mozo el marqués; y sin embargo, despedía su arrogante persona
cierto tufillo bravío y montaraz, y lo duro de su mirada contrastaba con
lo afable y llano de su acogida.
El capellán, muy respetuoso, se deshacía en explicaciones.
--Sí, señor; justamente.... En Cebre he dejado la diligencia y me dieron
esta caballería, que tiene unos arreos, que vaya todo por Dios.... El
señor de la Lage, tan bueno, y con el humor aquél de siempre.... Hace
reír a las piedras.... Y guapote, para su edad.... Estoy reparando que si
fuese su señor papá de usted, no se le parecería más.... Las señoritas,
muy bien, muy contentas y muy saludables.... Del señorito, que está en
Segovia, buenas noticias. Y antes que se me olvide....
Buscó en el bolsillo interior de su levitón, y fue sacando un pañuelo
muy planchado y doblado, un _Semanario_ chico, y por último una cartera
de tafilete negro, cerrada con elástico, de la cual extrajo una carta
que entregó al marqués. Los perros de caza, despeados y anhelantes de
fatiga, se habían sentado al pie del crucero; el abad picaba con la uña
una tagarnina para liar un pitillo, cuyo papel sostenía adherido por una
punta al borde de los labios; Primitivo, descansando la culata de la
escopeta en el suelo, y en el cañón de la escopeta la barba, clavaba sus
ojuelos negros en el recién venido, con pertinacia escrutadora. El sol
se ponía lentamente en medio de la tranquilidad otoñal del paisaje. De
improviso el marqués soltó una carcajada. Era su risa, como suya,
vigorosa y pujante, y, más que comunicativa, despótica.
--El tío--exclamó, doblando la carta--siempre tan guasón y tan célebre....
Dice que aquí me manda un santo para que me predique y me convierta....
No parece sino que tiene uno pecados: ¿eh, señor abad? ¿Qué dice usted a
esto? ¿Verdad que ni uno?
--Ya se sabe, ya se sabe--masculló el abad en voz bronca.... Aquí todos
conservamos la inocencia bautismal.
Y al decirlo, miraba al recién llegado al través de sus erizadas y
salvajinas cejas, como el veterano al inexperto recluta, sintiendo allá
en su interior profundo desdén hacia el curita barbilindo, con cara de
niña, donde sólo era sacerdotal la severidad del rubio entrecejo y la
compostura ascética de las facciones.
--¿Y usted se llama Julián Álvarez?--interrogó el marqués.
--Para servir a usted muchos años.
--¿Y no acertaba usted con los Pazos?
--Me costaba trabajo el acertar. Aquí los paisanos no le sacan a uno de
dudas, ni le dicen categóricamente las distancias. De modo que....
--Pues ahora ya no se perderá usted. ¿Quiere montar otra vez?
--¡Señor! No faltaba más.
--Primitivo--ordenó el marqués--, coge del ramal a esa bestia.
Y echó a andar, dialogando con el capellán que le seguía. Primitivo,
obediente, se quedó rezagado, y lo mismo el abad, que encendía su
pitillo con un misto de cartón. El cazador se arrimó al cura.
--¿Y qué le parece el rapaz, diga? ¿Verdad que no mete respeto?
--Boh.... Ahora se estila ordenar _miquitrefes_.... Y luego mucho de
alzacuellitos, guantecitos, perejiles con escarola.... ¡Si yo fuera el
arzobispo, ya les daría el demontre de los guantes!
-II-
Era noche cerrada, sin luna, cuando desembocaron en el soto, tras del
cual se eleva la ancha mole de los Pazos de Ulloa. No consentía la
oscuridad distinguir más que sus imponentes proporciones, escondiéndose
las líneas y detalles en la negrura del ambiente. Ninguna luz brillaba
en el vasto edificio, y la gran puerta central parecía cerrada a piedra
y lodo. Dirigióse el marqués a un postigo lateral, muy bajo, donde al
punto apareció una mujer corpulenta, alumbrando con un candil. Después
de cruzar corredores sombríos, penetraron todos en una especie de sótano
con piso terrizo y bóveda de piedra, que, a juzgar por las hileras de
cubas adosadas a sus paredes, debía ser bodega; y desde allí llegaron
presto a la espaciosa cocina, alumbrada por la claridad del fuego que
ardía en el hogar, consumiendo lo que se llama arcaicamente un mediano
monte de leña y no es sino varios gruesos cepos de roble, avivados, de
tiempo en tiempo, con rama menuda. Adornaban la elevada campana de la
chimenea ristras de chorizos y morcillas, con algún jamón de añadidura,
y a un lado y a otro sendos bancos brindaban asiento cómodo para
calentarse oyendo hervir el negro _pote_, que, pendiente de los llares,
ofrecía a los ósculos de la llama su insensible vientre de hierro.
A tiempo que la comitiva entraba en la cocina, hallábase acurrucada
junto al pote una vieja, que sólo pudo Julián Álvarez distinguir un
instante--con greñas blancas y rudas como cerro que le caían sobre los
ojos, y cara rojiza al reflejo del fuego--, pues no bien advirtió que
venía gente, levantóse más aprisa de lo que permitían sus años, y
murmurando en voz quejumbrosa y humilde: «Buenas _nochiñas_ nos dé
Dios», se desvaneció como una sombra, sin que nadie pudiese notar por
dónde. El marqués se encaró con la moza.
--¿No tengo dicho que no quiero aquí pendones?
Y ella contestó apaciblemente, colgando el candil en la pilastra de la
chimenea:
--No hacía mal..., me ayudaba a pelar castañas.
Tal vez iba el marqués a echar la casa abajo, si Primitivo, con mayor
imperio y enojo que su amo mismo, no terciase en la cuestión,
reprendiendo a la muchacha.
--¿Qué estás _parolando_ ahí...? Mejor te fuera tener la comida lista. ¿A
ver cómo nos la das corriendito? Menéate, despabílate.
En el esconce de la cocina, una mesa de roble denegrida por el uso
mostraba extendido un mantel grosero, manchado de vino y grasa.
Primitivo, después de soltar en un rincón la escopeta, vaciaba su
morral, del cual salieron dos perdigones y una liebre muerta, con los
ojos empañados y el pelaje maculado de sangraza. Apartó la muchacha el
botín a un lado, y fue colocando platos de peltre, cubiertos de antigua
y maciza plata, un mollete enorme en el centro de la mesa y un jarro de
vino proporcionado al pan; luego se dio prisa a revolver y destapar
tarteras, y tomó del vasar una sopera magna. De nuevo la increpó
airadamente el marqués.
--¿Y los perros, vamos a ver? ¿Y los perros?
Como si también los perros comprendiesen su derecho a ser atendidos
antes que nadie, acudieron desde el rincón más oscuro, y olvidando el
cansancio, exhalaban famélicos bostezos, meneando la cola y levantando
el partido hocico. Julián creyó al pronto que se había aumentado el
número de canes, tres antes y cuatro ahora; pero al entrar el grupo
canino en el círculo de viva luz que proyectaba el fuego, advirtió que
lo que tomaba por otro perro no era sino un rapazuelo de tres a cuatro
años, cuyo vestido, compuesto de chaquetón acastañado y calzones de
blanca estopa, podía desde lejos equivocarse con la piel bicolor de los
perdigueros, en quienes parecía vivir el chiquillo en la mejor
inteligencia y más estrecha fraternidad. Primitivo y la moza disponían
en cubetas de palo el festín de los animales, entresacado de lo mejor y
más grueso del pote; y el marqués--que vigilaba la operación--, no dándose
por satisfecho, escudriñó con una cuchara de hierro las profundidades
del caldo, hasta sacar a luz tres gruesas tajadas de cerdo, que fue
distribuyendo en las cubetas. Lanzaban los perros alaridos
entrecortados, de interrogación y deseo, sin atreverse aún a tomar
posesión de la pitanza; a una voz de Primitivo, sumieron de golpe el
hocico en ella, oyéndose el batir de sus apresuradas mandíbulas y el
chasqueo de su lengua glotona. El chiquillo gateaba por entre las patas
de los perdigueros, que, convertidos en fieras por el primer impulso del
hambre no saciada todavía, le miraban de reojo, regañando los dientes y
exhalando ronquidos amenazadores: de pronto la criatura, incitada por el
tasajo que sobrenadaba en la cubeta de la perra Chula, tendió la mano
para cogerlo, y la perra, torciendo la cabeza, lanzó una feroz
dentellada, que por fortuna sólo alcanzó la manga del chico, obligándole
a refugiarse más que de prisa, asustado y lloriqueando, entre las sayas
de la moza, ya ocupada en servir caldo a los racionales. Julián, que
empezaba a descalzarse los guantes, se compadeció del chiquillo, y,
bajándose, le tomó en brazos, pudiendo ver que a pesar del mugre, la
roña, el miedo y el llanto, era el más hermoso angelote del mundo.
--¡Pobre!--murmuró cariñosamente--. ¿Te ha mordido la perra? ¿Te hizo
sangre? ¿Dónde te duele, me lo dices? Calla, que vamos a reñirle a la
perra nosotros. ¡Pícara, malvada!
Reparó el capellán que estas palabras suyas produjeron singular efecto
en el marqués. Se contrajo su fisonomía: sus cejas se fruncieron, y
arrancándole a Julián el chiquillo, con brusco movimiento le sentó en
sus rodillas, palpándole las manos, a ver si las tenía mordidas o
lastimadas. Seguro ya de que sólo el chaquetón había padecido, soltó la
risa.
--¡Farsante!--gritó--. Ni siquiera te ha tocado la Chula. ¿Y tú, para qué
vas a meterte con ella? Un día te come media nalga, y después
lagrimitas. ¡A callarse y a reírse ahora mismo! ¿En qué se conocen los
valientes?
Diciendo así, colmaba de vino su vaso, y se lo presentaba al niño que,
cogiéndolo sin vacilar, lo apuró de un sorbo. El marqués aplaudió:
--¡Retebién! ¡Viva la gente templada!
--No, lo que es el rapaz... el rapaz sale de punta--murmuró el abad de
Ulloa.
--¿Y no le hará daño tanto vino?--objetó Julián, que sería incapaz de
bebérselo él.
--¡Daño! ¡Sí, buen daño nos dé Dios!--respondió el marqués, con no sé qué
inflexiones de orgullo en el acento--. Déle usted otros tres, y ya
verá.... ¿Quiere usted que hagamos la prueba?
--Los chupa, los chupa--afirmó el abad.
--No señor; no señor.... Es capaz de morirse el pequeño.... He oído que el
vino es un veneno para las criaturas.... Lo que tendrá será hambre.
--Sabel, que coma el chiquillo--ordenó imperiosamente el marqués,
dirigiéndose a la criada.
Ésta, silenciosa e inmóvil durante la anterior escena, sacó un repleto
cuenco de caldo, y el niño fue a sentarse en el borde del lar, para
engullirlo sosegadamente.
En la mesa, los comensales mascaban con buen ánimo. Al caldo, espeso y
harinoso, siguió un cocido sólido, donde abundaba el puerco: los días de
caza, el imprescindible puchero se tomaba de noche, pues al monte no
había medio de llevarlo. Una fuente de chorizos y huevos fritos
desencadenó la sed, ya alborotada con la sal del cerdo. El marqués dio
al codo a Primitivo.
--Tráenos un par de botellitas.... De el del año 59.
Y volviéndose hacia Julián, dijo muy obsequioso:
--Va usted a beber del mejor _tostado_ que por aquí se produce.... Es de
la casa de Molende: se corre que tienen un secreto para que, sin perder
el gusto de la pasa, empalague menos y se parezca al mejor jerez....
Cuanto más va, más gana: no es como los de otras bodegas, que se vuelven
azúcar.
--Es cosa de gusto--aseveró el abad, rebañando con una miga de pan lo que
restaba de yema en su plato.
--Yo--declaró tímidamente Julián--poco entiendo de vinos.... Casi no bebo
sino agua.
Y al ver brillar bajo las cejas hirsutas del abad una mirada compasiva
de puro desdeñosa, rectificó:
--Es decir... con el café, ciertos días señalados, no me disgusta el
anisete.
--El vino alegra el corazón.... El que no bebe, no es hombre--pronunció el
abad sentenciosamente.
Primitivo volvía ya de su excursión, empuñando en cada mano una botella
cubierta de polvo y telarañas. A falta de tirabuzón, se descorcharon con
un cuchillo, y a un tiempo se llenaron los vasos chicos traídos _ad
hoc_. Primitivo empinaba el codo con sumo desparpajo, bromeando con el
abad y el señorito. Sabel, por su parte, a medida que el banquete se
prolongaba y el licor calentaba las cabezas, servía con familiaridad
mayor, apoyándose en la mesa para reír algún chiste, de los que hacían
bajar los ojos a Julián, bisoño en materia de sobremesas de cazadores.
Lo cierto es que Julián bajaba la vista, no tanto por lo que oía, como
por no ver a Sabel, cuyo aspecto, desde el primer instante, le había
desagradado de extraño modo, a pesar o quizás a causa de que Sabel era
un buen pedazo de lozanísima carne. Sus ojos azules, húmedos y sumisos,
su color animado, su pelo castaño que se rizaba en conchas paralelas y
caía en dos trenzas hasta más abajo del talle, embellecían mucho a la
muchacha y disimulaban sus defectos, lo pomuloso de su cara, lo tozudo y
bajo de su frente, lo sensual de su respingada y abierta nariz. Por no
mirar a Sabel, Julián se fijaba en el chiquillo, que envalentonado con
aquella ojeada simpática, fue poco a poco deslizándose hasta llegar a
introducirse entre las rodillas del capellán. Instalado allí, alzó su
cara desvergonzada y risueña, y tirando a Julián del chaleco, murmuró en
tono suplicante:
--¿Me lo da?
Todo el mundo se reía a carcajadas: el capellán no comprendía.
--¿Qué pide?--preguntó.
--¿Qué ha de pedir?--respondió el marqués festivamente--. ¡El vino, hombre!
¡El vaso de tostado!
--¡_Mama_!--exclamó el abad.
Antes de que Julián se resolviese a dar al niño su vaso casi lleno, el
marqués había aupado al mocoso, que sería realmente una preciosidad a no
estar tan sucio. Parecíase a Sabel, y aún se le aventajaba en la
claridad y alegría de sus ojos celestes, en lo abundante del pelo
ensortijado, y especialmente en el correcto diseño de las facciones. Sus
manitas, morenas y hoyosas, se tendían hacia el vino color de topacio;
el marqués se lo acercó a la boca, divirtiéndose un rato en quitárselo
cuando ya el rapaz creía ser dueño de él. Por fin consiguió el niño
atrapar el vaso, y en un decir Jesús trasegó el contenido, relamiéndose.
--¡Éste no se anda con requisitos!--exclamó el abad.
--¡Quiá!--confirmó el marqués--. ¡Si es un veterano! ¿A que te zampas otro
vaso, Perucho?
Las pupilas del angelote rechispeaban; sus mejillas despedían lumbre, y
dilataba la clásica naricilla con inocente concupiscencia de Baco niño.
El abad, guiñando picarescamente el ojo izquierdo, escancióle otro vaso,
que él tomó a dos manos y se embocó sin perder gota; en seguida soltó la
risa; y, antes de acabar el redoble de su carcajada báquica, dejó caer
la cabeza, muy descolorido, en el pecho del marqués.
--¿Lo ven ustedes?--gritó Julián angustiadísimo--. Es muy chiquito para
beber así, y va a ponerse malo. Estas cosas no son para criaturas.
--¡Bah!--intervino Primitivo--. ¿Piensa que el rapaz no puede con lo que
tiene dentro? ¡Con eso y con otro tanto! Y si no verá.
A su vez tomó en brazos al niño y, mojando en agua fresca los dedos, se
los pasó por las sienes. Perucho abrió los párpados y miró alrededor con
asombro, y su cara se sonroseó.
--¿Qué tal?--le preguntó Primitivo--. ¿Hay ánimos para otra _pinguita_ de
tostado?
Volvióse Perucho hacia la botella y luego, como instintivamente, dijo
_que no_ con la cabeza, sacudiendo la poblada zalea de sus rizos. No era
Primitivo hombre de darse por vencido tan fácilmente: sepultó la mano en
el bolsillo del pantalón y sacó una moneda de cobre.
--De ese modo...--refunfuñó el abad.
--No seas bárbaro, Primitivo--murmuró el marqués entre placentero y grave.
--¡Por Dios y por la Virgen!--imploró Julián--. ¡Van a matar a esa
criatura! Hombre, no se empeñe en emborrachar al niño: es un pecado, un
pecado tan grande como otro cualquiera. ¡No se pueden presenciar ciertas
cosas!
Al protestar, Julián se había incorporado, encendido de indignación,
echando a un lado su mansedumbre y timidez congénita. Primitivo, de pie
también, mas sin soltar a Perucho, miró al capellán fría y
socarronamente, con el desdén de los tenaces por los que se exaltan un
momento. Y metiendo en la mano del niño la moneda de cobre y entre sus
labios la botella destapada y terciada aún de vino, la inclinó, la
mantuvo así hasta que todo el licor pasó al estómago de Perucho.
Retirada la botella, los ojos del niño se cerraron, se aflojaron sus
brazos, y no ya descolorido, sino con la palidez de la muerte en el
rostro, hubiera caído redondo sobre la mesa, a no sostenerlo Primitivo.
El marqués, un tanto serio, empezó a inundar de agua fría la frente y
los pulsos del niño; Sabel se acercó, y ayudó también a la aspersión;
todo inútil: lo que es por esta vez, Perucho _la tenía_.
--Como un pellejo--gruñó el abad.
--Como una cuba--murmuró el marqués--. A la cama con él en seguida. Que
duerma y mañana estará más fresco que una lechuga. Esto no es nada.
Sabel se alejó cargada con el niño, cuyas piernas se balanceaban
inertes, a cada movimiento de su madre. La cena se acabó menos
bulliciosa de lo que empezara: Primitivo hablaba poco, y Julián había
enmudecido por completo. Cuando terminó el convite y se pensó en dormir,
reapareció Sabel armada de un velón de aceite, de tres mecheros, con el
cual fue alumbrando por la ancha escalera de piedra que conducía al piso
alto, y ascendía a la torre en rápido caracol. Era grande la habitación
destinada a Julián, y la luz del velón apenas disipaba las tinieblas, de
entre las cuales no se destacaba más que la blancura del lecho. A la
puerta del cuarto se despidió el marqués, deseándole buenas noches y
añadiendo con brusca cordialidad:
--Mañana tendrá usted su equipaje.... Ya irán a Cebre por él.... Ea,
descansar, mientras yo echo de casa al abad de Ulloa.... Está un poco....
¿eh? ¡Dificulto que no se caiga en el camino y no pase la noche al
abrigo de un vallado!
Solo ya, sacó Julián de entre la camisa y el chaleco una estampa
grabada, con marco de lentejuela, que representaba a la Virgen del
Carmen, y la colocó de pie sobre la mesa donde Sabel acababa de
depositar el velón. Arrodillóse, y rezó la media corona, contando por
los dedos de la mano cada diez. Pero el molimiento del cuerpo le hacía
apetecer las gruesas y frescas sábanas, y omitió la letanía, los actos
de fe y algún padrenuestro. Desnudóse honestamente, colocando la ropa en
una silla a medida que se la quitaba, y apagó el velón antes de echarse.
Entonces empezaron a danzar en su fantasía los sucesos todos de la
jornada: el caballejo que estuvo a punto de hacerle besar el suelo, la
cruz negra que le causó escalofríos, pero sobre todo la cena, la bulla,
el niño borracho. Juzgando a las gentes con quienes había trabado
conocimiento en pocas horas, se le figuraba Sabel provocativa, Primitivo
insolente, el abad de Ulloa sobrado bebedor y nimiamente amigo de la
caza, los perros excesivamente atendidos, y en cuanto al marqués.... En
cuanto al marqués, Julián recordaba unas palabras del señor de la Lage:
--Encontrará usted a mi sobrino bastante adocenado.... La aldea, cuando se
cría uno en ella y no sale de allí jamás, envilece, empobrece y
embrutece.
Y casi al punto mismo en que acudió a su memoria tan severo dictamen,
arrepintióse el capellán, sintiendo cierta penosa inquietud que no podía
vencer. ¿Quién le mandaba formar juicios temerarios? Él venía allí para
decir misa y ayudar al marqués en la administración, no para fallar
acerca de su conducta y su carácter.... Con que... a dormir...
-III-
Despertó Julián cuando entraba de lleno en la habitación un sol de otoño
dorado y apacible. Mientras se vestía, examinaba la estancia con algún
detenimiento. Era vastísima, sin cielo raso; alumbrábanla tres ventanas
guarnecidas de anchos poyos y de vidrieras faltosas de vidrios cuanto
abastecidas de remiendos de papel pegados con obleas. Los muebles no
pecaban de suntuosos ni de abundantes, y en todos los rincones
permanecían señales evidentes de los hábitos del último inquilino, hoy
abad de Ulloa, y antes capellán del marqués: puntas de cigarros
adheridas al piso, dos pares de botas inservibles en un rincón, sobre la
mesa un paquete de pólvora y en un poyo varios objetos cinegéticos,
jaulas para codornices, _gayolas_, collares de perros, una piel de
conejo mal curtida y peor oliente. Amén de estas reliquias, entre las
vigas pendían pálidas telarañas, y por todas partes descansaba
tranquilamente el polvo, enseñoreado allí desde tiempo inmemorial.
Miraba Julián las huellas de la incuria de su antecesor, y sin querer
acusarle, ni tratarle en sus adentros de cochino, el caso es que tanta
porquería y rusticidad le infundía grandes deseos de primor y limpieza,
una aspiración a la pulcritud en la vida como a la pureza en el alma.
Julián pertenecía a la falange de los pacatos, que tienen la virtud
espantadiza, con repulgos de monja y pudores de doncella intacta. No
habiéndose descosido jamás de las faldas de su madre sino para asistir a
cátedra en el Seminario, sabía de la vida lo que enseñan los libros
piadosos. Los demás seminaristas le llamaban _San Julián_, añadiendo que
sólo le faltaba la palomita en la mano. Ignoraba cuándo pudo venirle la
vocación; tal vez su madre, ama de llaves de los señores de la Lage,
mujer que pasaba por beatona, le empujó suavemente, desde la más tierna
edad, hacia la Iglesia, y él se dejó llevar de buen grado. Lo cierto es
que de niño jugaba a cantar misa, y de grande no paró hasta conseguirlo.
La continencia le fue fácil, casi insensible, por lo mismo que la guardó
incólume, pues sienten los moralistas que es más hacedero no pecar una
vez que pecar una sola. A Julián le ayudaba en su triunfo, amén de la
gracia de Dios que él solicitaba muy de veras, la endeblez de su
temperamento linfático-nervioso, puramente femenino, sin ardores ni
rebeldías, propenso a la ternura, dulce y benigno como las propias
malvas, pero no exento, en ocasiones, de esas energías súbitas que
también se observan en la mujer, el ser que posee menos fuerza en estado
normal, y más cantidad de ella desarrolla en las crisis convulsivas.
Julián, por su compostura y hábitos de pulcritud-aprendidos de su madre,
que le sahumaba toda la ropa con espliego y le ponía entre cada par de
calcetines una manzana camuesa--cogió fama de seminarista _pollo_, máxime
cuando averiguaron que se lavaba mucho manos y cara. En efecto era así,
y a no mediar ciertas ideas de devota pudicicia, él extendería las
abluciones frecuentes al resto del cuerpo, que procuraba traer lo más
aseado posible.
El primer día de su estancia en los Pazos bien necesitaba chapuzarse un
poco, atendido el polvo de la carretera que traía adherido a la piel;
pero sin duda el actual abad de Ulloa consideraba artículo de lujo los
enseres de tocador, pues no vio Julián por allí más que una palangana de
hojalata, a la cual servía de palanganero el poyo. Ni jarra, ni tohalla,
ni jabón, ni cubo. Quedóse parado delante de la palangana, en mangas de
camisa y sin saber qué hacer, hasta que, convencido de la imposibilidad
de refrescarse con agua, quiso al menos tomar un baño de aire, y abrió
la vidriera.
Lo que abarcaba la vista le dejó encantado. El valle ascendía en suave
pendiente, extendiendo ante los Pazos toda la lozanía de su ladera más
feraz. Viñas, castañares, campos de maíz granados o ya segados, y
tupidas robledas, se escalonaban, subían trepando hasta un montecillo,
cuya falda gris parecía, al sol, de un blanco plomizo. Al pie mismo de
la torre, el huerto de los Pazos se asemejaba a verde alfombra con
cenefas amarillentas, en cuyo centro se engastaba la luna de un gran
espejo, que no era sino la superficie del estanque. El aire, oxigenado y
regenerador, penetraba en los pulmones de Julián, que sintió disiparse
inmediatamente parte del vago terror que le infundía la gran casa
solariega y lo que de sus moradores había visto. Como para renovarlo,
entreoyó detrás de sí rumor de pisadas cautelosas, y al volverse vio a
Sabel, que le presentaba con una mano platillo y jícara, con la otra, en
plato de peltre, un púlpito de agua fresca y una servilleta gorda muy
doblada encima. Venía la moza arremangada hasta el codo, con el pelo
alborotado, seco y volandero, del calor de la cama sin duda: y a la luz
del día se notaba más la frescura de su tez, muy blanca y como
infiltrada de sangre. Julián se apresuró a ponerse el levitín,
murmurando:
--Otra vez haga el favor de dar dos golpes en la puerta antes de
entrar.... Conforme estoy a pie, pudo cuadrar que estuviese en la cama
todavía... o vistiéndome.
Miróle Sabel de hito en hito, sin turbarse, y exclamó:
--Disimule, señor.... Yo no sabía.... El que no sabe, hace como el que no
ve.
--Bien, bien.... Yo quería decir misa antes de tomar el chocolate.
--Hoy no podrá, porque tiene la llave de la capilla el señor abad de
Ulloa, y Dios sabe hasta qué horas dormirá, ni si habrá quién vaya allá
por ella.
Julián contuvo un suspiro. ¡Dos días ya sin misar! Cabalmente desde que
era presbítero se había redoblado su fervor religioso, y sentía el
entusiasmo juvenil del nuevo misacantano, conmovido aún por la impresión
de la augusta investidura; de suerte que celebraba el sacrificio
esmerándose en perfilar la menor ceremonia, temblando cuando alzaba,
anonadándose cuando consumía, siempre con recogimiento indecible. En
fin, si no había remedio....
--Ponga el chocolate ahí--dijo a Sabel.
Mientras la moza ejecutaba esta orden, Julián alzaba los ojos al techo y
los bajaba al piso, y tosía, tratando de buscar una fórmula, un modo
discreto de explicarse.
--¿Hace mucho que no duerme en este cuarto el señor abad?
--Poco.... Hará dos semanas que bajó a la parroquia.
--Ah.... Por eso.... Esto está algo... sucio, ¿no le parece? Sería bueno
barrer... y pasar también la escoba por entre las vigas.
Sabel se encogió de hombros.
--El señor abad no me mandó nunca que le barriese el cuarto.
--Pues, francamente, la limpieza es una cosa que a todo el mundo gusta.
--Sí, señor, ya se sabe.... No pase cuidado, que yo lo arreglaré muy
arregladito.
Lo pronunció con tanta sumisión, que Julián a su vez quiso mostrarle un
poco de caritativo interés.
--¿Y el niño?--preguntó--. ¿No le hizo mal lo de ayer?
--No, señor.... Durmió como un santiño y ya anda corriendo por la huerta.
¿Ve? Allí está.
Mirando por la abierta ventana, y haciéndose una pantalla con la mano,
Julián divisó a Perucho, que, sin sombrero, con la cabeza al sol,
arrojaba piedras al estanque.
--Lo que no sucede en un año sucede en un día, Sabel--advirtió gravemente
el capellán--. ¡No debe consentir que le emborrachen al chiquillo: es un
vicio muy feo, hasta en los grandes, cuanto más en un inocente así!
¿Para qué le aguanta a Primitivo que le dé tanta bebida? Es obligación
de usted el impedirlo.
Sabel fijaba pesadamente en Julián sus azules pupilas, siendo imposible
discernir en ellas el menor relámpago de inteligencia o de
convencimiento. Al fin articuló con pausa:
--Yo qué quiere que le haga.... No me voy a reponer contra mi señor padre.
Julián calló un momento atónito. ¡De modo que quien había embriagado a
la criatura era su propio abuelo! No supo replicar nada oportuno, ni
siquiera lanzar una exclamación de censura. Llevóse la taza a la boca
para encubrir la turbación, y Sabel, creyendo terminado el coloquio, se
retiraba despacio, cuando el capellán le dirigió una pregunta más.
--¿El señor marqués anda ya levantado?
--Sí, señor.... Debe estar por la huerta o por los alpendres.
--Haga el favor de llevarme allí--dijo Julián levantándose y limpiándose
apresuradamente los labios sin desdoblar la servilleta.
Antes de dar con el marqués, recorrieron el capellán y su guía casi toda
la huerta. Aquella vasta extensión de terreno debía haber sido en otro
tiempo cultivada con primor y engalanada con los adornos de la
jardinería simétrica y geométrica cuya moda nos vino de Francia. De todo
lo cual apenas quedaban vestigios: las armas de la casa, trazadas con
mirto en el suelo, eran ahora intrincado matorral de bojes, donde ni la
vista más lince distinguiría rastro de los lobos, pinos, torres
almenadas, roeles y otros emblemas que campeaban en el preclaro blasón
de los Ulloas; y, sin embargo, persistía en la confusa masa no sé qué
aire de cosa plantada adrede y con arte. El borde de piedra del estanque
estaba semiderruido, y las gruesas bolas de granito que lo guarnecían
andaban rodando por la hierba, verdosas de musgo, esparcidas aquí y
acullá como gigantescos proyectiles en algún desierto campo de batalla.
Obstruido por el limo, el estanque parecía charca fangosa, acrecentando
el aspecto de descuido y abandono de la huerta, donde los que ayer
fueron cenadores y bancos rústicos se habían convertido en rincones
poblados de maleza, y los tablares de hortaliza en sembrados de maíz, a
cuya orilla, como tenaz reminiscencia del pasado, crecían libres,
espinosos y altísimos, algunos rosales de variedad selecta, que iban a
besar con sus ramas más altas la copa del ciruelo o peral que tenían
enfrente. Por entre estos residuos de pasada grandeza andaba el último
vástago de los Ulloas, con las manos en los bolsillos, silbando
distraídamente como quien no sabe qué hacer del tiempo. La presencia de
Julián le dio la solución del problema. Señorito y capellán emparejaron
y alabando la hermosura del día, acabaron de visitar el huerto al
pormenor, y aun alargaron el paseo hasta el soto y los robledales que
limitaban, hacia la parte norte, la extensa posesión del marqués. Julián
abría mucho los ojos, deseando que por ellos le entrase de sopetón toda
la ciencia rústica, a fin de entender bien las explicaciones relativas a
la calidad del terreno o el desarrollo del arbolado; pero, acostumbrado
a la vida claustral del Seminario y de la metrópoli compostelana, la
naturaleza le parecía difícil de comprender, y casi le infundía temor
por la vital impetuosidad que sentía palpitar en ella, en el espesor de
los matorrales, en el áspero vigor de los troncos, en la fertilidad de
los frutales, en la picante pureza del aire libre. Exclamó con
desconsuelo sincerísimo:
--Yo confieso la verdad, señorito.... De estas cosas de aldea, no entiendo
jota.
--Vamos a ver la casa--indicó el señor de Ulloa--. Es la más grande del
país--añadió con orgullo.
Mudaron de rumbo, dirigiéndose al enorme caserón, donde penetraron por
la puerta que daba al huerto, y habiendo recorrido el claustro formado
por arcadas de sillería, cruzaron varios salones con destartalado
mueblaje, sin vidrios en las vidrieras, cuyas descoloridas pinturas
maltrataba la humedad, no siendo más clemente la polilla con el
maderamen del piso. Pararon en una habitación relativamente chica, con
ventana de reja, donde las negras vigas del techo semejaban remotísimas,
y asombraban la vista grandes estanterías de castaño sin barnizar, que
en vez de cristales tenían enrejado de alambre grueso. Decoraba tan
tétrica pieza una mesa-escritorio, y sobre ella un tintero de cuerno, un
viejísimo bade de suela, no sé cuántas plumas de ganso y una caja de
obleas vacía.
Las estanterías entreabiertas dejaban asomar legajos y protocolos en
abundancia; por el suelo, en las dos sillas de baqueta, encima de la
mesa, en el alféizar mismo de la enrejada ventana, había más papeles,
más legajos, amarillentos, vetustos, carcomidos, arrugados y rotos;
tanta papelería exhalaba un olor a humedad, a rancio, que cosquilleaba
en la garganta desagradablemente. El marqués de Ulloa, deteniéndose en
el umbral y con cierta expresión solemne, pronunció:
--El archivo de la casa.
Desocupó en seguida las sillas de cuero, y explicó muy acalorado que
aquello estaba revueltísimo-aclaración de todo punto innecesaria--y que
semejante desorden se debía al descuido de un fray Venancio,
administrador de su padre, y del actual abad de Ulloa, en cuyas manos
pecadoras había venido el archivo a parar en lo que Julián veía....
--Pues así no puede seguir--exclamaba el capellán--. ¡Papeles de
importancia tratados de este modo! Hasta es muy fácil que alguno se
pierda.
--¡Naturalmente! Dios sabe los desperfectos que ya me habrán causado, y
cómo andará todo, porque yo ni mirarlo quiero.... Esto es lo que usted
ve: ¡un desastre, una perdición! ¡Mire usted..., mire usted lo que tiene
ahí a sus pies! ¡Debajo de una bota!
Julián levantó el pie muy asustado, y el marqués se bajó recogiendo del
suelo un libro delgadísimo, encuadernado en badana verde, del cual
pendía rodado sello de plomo. Tomólo Julián con respeto, y al abrirlo,
sobre la primera hoja de vitela, se destacó una soberbia miniatura
heráldica, de colores vivos y frescos a despecho de los años.
--¡Una ejecutoria de nobleza!--declaró el señorito gravemente.
Por medio de su pañuelo doblado, la limpiaba Julián del moho, tocándola
con manos delicadas. Desde niño le había enseñado su madre a reverenciar
la sangre ilustre, y aquel pergamino escrito con tinta roja, miniado,
dorado, le parecía cosa muy veneranda, digna de compasión por haber sido
pisoteada, hollada bajo la suela de sus botas. Como el señorito
permanecía serio, de codos en la mesa, las manos cruzadas bajo la barba,
otras palabras del señor de la Lage acudieron a la memoria del capellán:
«Todo eso de la casa de mi sobrino debe ser un desbarajuste.... Haría
usted una obra de caridad si lo arreglase un poco». La verdad es que él
no entendía gran cosa de papelotes, pero con buena voluntad y cachaza....
--Señorito--murmuró--, ¿y por qué no nos dedicamos a ordenar esto como Dios
manda? Entre usted y yo, mal sería que no acertásemos. Mire usted,
primero apartamos lo moderno de lo antiguo; de lo que esté muy
estropeado se podría hacer sacar copia; lo roto se pega con cuidadito
con unas tiras de papel transparente....
El proyecto le pareció al señorito de perlas. Convinieron en ponerse al
trabajo desde la mañana siguiente. Quiso la desgracia que al otro día
Primitivo descubriese en un maizal próximo un bando entero de perdices
entretenido en comerse la espiga madura. Y el marqués se terció la
carabina y dejó para siempre jamás amén a su capellán bregar con los
documentos.
-IV-
Y el capellán lidió con ellos a brazo partido, sin tregua, tres o cuatro
horas todas las mañanas. Primero limpió, sacudió, planchó sirviéndose de
la palma de la mano, pegó papelitos de cigarro a fin de juntar los
pedazos rotos de alguna escritura. Parecíale estar desempolvando,
encolando y poniendo en orden la misma casa de Ulloa, que iba a salir de
sus manos hecha una plata. La tarea, en apariencia fácil, no dejaba de
ser enfadosa para el aseado presbítero: le sofocaba una atmósfera de
mohosa humedad; cuando alzaba un montón de papeles depositado desde
tiempo inmemorial en el suelo, caía a veces la mitad de los documentos
hecha añicos por el diente menudo e incansable del ratón; las polillas,
que parecen polvo organizado y volante, agitaban sus alas y se le metían
por entre la ropa; las correderas, perseguidas en sus más secretos
asilos, salían ciegas de furor o de miedo, obligándole, no sin gran
repugnancia, a despachurrarlas con los tacones, tapándose los oídos para
no percibir el ¡_chac_! estremecedor que produce el cuerpo estrujado del
insecto; las arañas, columpiando su hidrópica panza sobre sus
descomunales zancos, solían ser más listas y refugiarse prontísimamente
en los rincones oscuros, a donde las guía misterioso instinto
estratégico. De tanto asqueroso bicho tal vez el que más repugnaba a
Julián era una especie de lombriz o gusano de humedad, frío y negro, que
se encontraba siempre inmóvil y hecho una rosca debajo de los papeles, y
al tocarlo producía la sensación de un trozo de hielo blando y pegajoso.
Al cabo, a fuerza de paciencia y resolución, triunfó Julián en su
batalla con aquellas alimañas impertinentes, y en los estantes, ya
despejados, fueron alineándose los documentos, ocupando, por efecto
milagroso del buen orden, la mitad menos que antes, y cabiendo donde no
cupieron jamás. Tres o cuatro ejecutorias, todas con su colgante de
plomo, quedaron apartadas, envueltas en paños limpios. Todo estaba
arreglado ya, excepto un tramo de la estantería donde Julián columbró
los lomos oscuros, fileteados de oro, de algunos libros antiguos. Era la
biblioteca de un Ulloa, un Ulloa de principios del siglo: Julián
extendió la mano, cogió un tomo al azar, lo abrió, leyó la portada...
«_La Henriada_, poema francés, puesto en verso español: su autor, el
señor de Voltaire...». Volvió a su sitio el volumen, con los labios
contraídos y los ojos bajos, como siempre que algo le hería o
escandalizaba: no era en extremo intolerante, pero lo que es a Voltaire,
de buena gana le haría lo que a las cucarachas; no obstante, limitóse a
condenar la biblioteca, a no pasar ni un mal paño por el lomo de los
libros: de suerte que polillas, gusanos y arañas, acosadas en todas
partes, hallaron refugio a la sombra del risueño Arouet y su enemigo el
sentimental Juan Jacobo, que también dormía allí sosegadamente desde los
años de 1816.
No era tortas y pan pintado la limpieza material del archivo; sin
embargo, la verdadera obra de romanos fue la clasificación. ¡Aquí te
quiero! parecían decir los papelotes así que Julián intentaba
distinguirlos. Un embrollo, una madeja sin cabo, un laberinto sin hilo
conductor. No existía faro que pudiese guiar por el piélago insondable:
ni libros becerros, ni estados, ni nada. Los únicos documentos que
encontró fueron dos cuadernos mugrientos y apestando a tabaco, donde su
antecesor, el abad de Ulloa, apuntaba los nombres de los pagadores y
arrendatarios de la casa, y al margen, con un signo inteligible para él
solo, o con palabras más enigmáticas aún, el balance de sus pagos. Los
unos tenían una cruz, los otros un garabato, los de más allá una
llamada, y los menos, las frases _no paga, pagará, va pagando, ya pagó_.
¿Qué significaban pues el garabato y la cruz? Misterio insondable. En
una misma página se mezclaban gastos e ingresos: aquí aparecía Fulano
como deudor insolvente, y dos renglones más abajo, como acreedor por
jornales. Julián sacó del libro del abad una jaqueca tremebunda. Bendijo
la memoria de fray Venancio, que, más radical, no dejara ni rastro de
cuentas, ni el menor comprobante de su larga gestión.
Había puesto Julián manos a la obra con sumo celo, creyendo no le sería
imposible orientarse en semejante caos de papeles. Se desojaba para
entender la letra antigua y las enrevesadas rúbricas de las escrituras;
quería al menos separar lo correspondiente a cada uno de los tres o
cuatro principales partidos de renta con que contaba la casa; y se
asombraba de que para cobrar tan poco dinero, tan mezquinas cantidades
de centeno y trigo, se necesitase tanto fárrago de procedimientos, tanta
documentación indigesta. Perdíase en un dédalo de foros y subforos,
prorrateos, censos, pensiones, vinculaciones, cartas dotales, diezmos,
tercios, pleitecillos menudos, de atrasos, y pleitazos gordos, de
partijas. A cada paso se le confundía más en la cabeza toda aquella
papelería trasconejada; si las obras de reparación, como poner carpetas
de papel fuerte y blanco a las escrituras que se deshacían de puro
viejas le eran ya fáciles, no así el conocimiento científico de los
malditos papelotes, indescifrables para quien no tuviese lecciones y
práctica. Ya desalentado se lo confesó al marqués.
--Señorito, yo no salgo del paso.... Aquí convenía un abogado, una persona
entendida.
--Sí, sí, hace mucho tiempo que lo pienso yo también.... Es indispensable
tomar mano en eso, porque la documentación debe andar perdida.... ¿Cómo
la ha encontrado usted? ¿Hecha una lástima? Apuesto a que sí.
Dijo esto el marqués con aquella entonación vehemente y sombría que
adoptaba al tratar de sus propios asuntos, por insignificantes que
fuesen; y mientras hablaba, entretenía las manos ciñendo su collar de
cascabeles a la Chula, con la cual iba a salir a matar unas codornices.
--Sí, señor...--murmuró Julián--. No está nada bien, no.... Pero la persona
acostumbrada a estas cosas se desenreda de ellas en un soplo.... Y tiene
que venir pronto quien sea, porque los papeles no ganan así.
La verdad era que el archivo había producido en el alma de Julián la
misma impresión que toda la casa: la de una ruina, ruina vasta y
amenazadora, que representaba algo grande en lo pasado, pero en la
actualidad se desmoronaba a toda prisa. Era esto en Julián aprensión no
razonada, que se transformaría en convicción si conociese bien algunos
antecedentes de familia del marqués.
Don Pedro Moscoso de Cabreira y Pardo de la Lage quedó huérfano de padre
muy niño aún. A no ser por semejante desgracia, acaso hubiera tenido
carrera: los Moscosos conservaban, desde el abuelo afrancesado,
enciclopedista y francmasón que se permitía leer al _señor de Voltaire_,
cierta tradición de cultura trasañeja, medio extinguida ya, pero
suficiente todavía para empujar a un Moscoso a los bancos del aula. En
los Pardos de la Lage era, al contrario, axiomático que más vale asno
vivo que doctor muerto. Vivían entonces los Pardos en su casa solariega,
no muy distante de la de Ulloa: al enviudar la madre de don Pedro, el
mayorazgo de la Lage iba a casarse en Santiago con una señorita de
distinción, trasladando sus reales al pueblo; y don Gabriel, el
segundón, se vino a los Pazos de Ulloa, para acompañar a su hermana,
según decía, y servirle de amparo; en realidad, afirmaban los
maldicientes, para disfrutar a su talante las rentas del cuñado difunto.
Lo cierto es que don Gabriel en poco tiempo asumió el mando de la casa:
él descubrió y propuso para administrador a aquel bendito exclaustrado
fray Venancio, medio chocho desde la exclaustración, medio idiota de
nacimiento ya, a cuya sombra pudo manejar a su gusto la hacienda del
sobrino, desempeñando la tutela. Una de las habilidades de don Gabriel
fue hacer partijas con su hermana cogiéndole mañosamente casi toda su
legítima, despojo a que asintió la pobre señora, absolutamente inepta en
materia de negocios, hábil sólo para ahorrar el dinero que guardaba con
sórdida avaricia, y que tuvo la imprudente niñería de ir poniendo en
onzas de oro, de las más antiguas, de premio. Cortos eran los réditos
del caudal de Moscoso que no se deslizaban de entre los dedos temblones
de fray Venancio a las robustas palmas del tutor; pero si lograban pasar
a las de doña Micaela, ya no salían de allí sino en forma de peluconas,
camino de cierto escondrijo misterioso, acerca del cual iba poco a poco
formándose una leyenda en el país. Mientras la madre atesoraba, don
Gabriel educaba al sobrino a su imagen y semejanza, llevándolo consigo a
ferias, cazatas, francachelas rústicas, y acaso distracciones menos
inocentes, y enseñándole, como decían allí, a cazar la perdiz blanca; y
el chico adoraba en aquel tío jovial, vigoroso y resuelto, diestro en
los ejercicios corporales, groseramente chistoso, como todos los de la
Lage, en las sobremesas: especie de señor feudal acatado en el país, que
enseñaba prácticamente al heredero de los Ulloas el desprecio de la
humanidad y el abuso de la fuerza. Un día que tío y sobrino se
deportaban, según costumbre, a cuatro o seis leguas de distancia de los
Pazos, habiéndose llevado consigo al criado y al mozo de cuadra, a las
cuatro de la tarde y estando abiertas todas las puertas del caserón
solariego, se presentó en él una gavilla de veinte hombres enmascarados
o tiznados de carbón, que maniató y amordazó a la criada, hizo echarse
boca abajo a fray Venancio, y apoderándose de doña Micaela, le intimó
que enseñase el escondrijo de las onzas; y como la señora se negase,
después de abofetearla, empezaron a mecharla con la punta de una navaja,
mientras unos cuantos proponían que se calentase aceite para freírle los
pies. Así que le acribillaron un brazo y un pecho, pidió compasión y
descubrió, debajo de un arca enorme, el famoso escondrijo, trampa
hábilmente disimulada por medio de una tabla igual a las demás del piso,
pero que subía y bajaba a voluntad. Recogieron los ladrones las hermosas
medallas, apoderáronse también de la plata labrada que hallaron a mano,
y se retiraron de los Pazos a las seis, antes que anocheciese del todo.
Algún labrador o jornalero les vio salir, pero ¿qué había de hacer? Eran
veinte, bien armados con escopetas, pistolas y trabucos.
Fray Venancio, que sólo había recibido tal cual puntapié o puñada
despreciativa, no necesitó más pasaporte para irse al otro mundo, de
puro miedo, en una semana; la señora se apresuró menos, pero, como suele
decirse, no levantó cabeza, y de allí a pocos meses una apoplejía serosa
le impidió seguir guardando onzas en un agujero mejor disimulado. Del
robo se habló largo tiempo en el país, y corrieron rumores muy extraños:
se afirmó que los criminales no eran bandidos de profesión, sino gentes
conocidas y acomodadas, alguna de las cuales desempeñaba cargo público,
y entre ellas se contaban personas relacionadas de antiguo con la
familia de Ulloa, que por lo tanto estaban al corriente de las
costumbres de la casa, de los días en que se quedaba sin hombres, y de
la insaciable constancia de doña Micaela en recoger y conservar la más
valiosa moneda de oro. Fuese lo que fuese, la justicia no descubrió a
los autores del delito, y don Pedro quedó en breve sin otro pariente que
su tío Gabriel. Éste buscó para el sitio de fray Venancio a un sacerdote
brusco, gran cazador, incapaz de morirse de miedo ante los ladrones.
Desde tiempo atrás les ayudaba en sus expediciones cinegéticas
Primitivo, la mejor escopeta furtiva del país, la puntería más certera,
y el padre de la moza más guapa que se encontraba en diez leguas a la
redonda. El fallecimiento de doña Micaela permitió que hija y padre se
instalasen en los Pazos, ella a título de criada, él a título de...
montero mayor, diríamos hace siglos; hoy no hay nombre adecuado para el
empleo. Don Gabriel los tenía muy a raya a entrambos, olfateando en
Primitivo un riesgo serio para su influencia; pero tres o cuatro años
después de la muerte de su hermana, don Gabriel sufrió ataques de gota
que pusieron en peligro su vida, y entonces se divulgó lo que ya se
susurraba acerca de su casamiento secreto con la hija del carcelero de
Cebre. El hidalgo se trasladó a vivir, mejor dicho a rabiar, en la
villita; otorgó testamento legando a tres hijos que tenía sus bienes y
caudal, sin dejar al sobrino don Pedro ni el reloj en memoria; y
habiéndosele subido la gota al corazón, entregó su alma a Dios de
malísima gana, con lo cual hallóse el último de los Moscosos dueño de sí
por completo.
Gracias a todas estas vicisitudes, socaliñas y pellizcos, la casa de
Ulloa, a pesar de poseer dos o tres decentes núcleos de renta, estaba
enmarañada y desangrada; era lo que presumía Julián: una ruina. Dada la
complicación de red, la subdivisión atomística que caracteriza a la
propiedad gallega, un poco de descuido o mala administración basta para
minar los cimientos de la más importante fortuna territorial. La
necesidad de pagar ciertos censos atrasados y sus intereses había sido
causa de que la casa se gravase con una hipoteca no muy cuantiosa; pero
la hipoteca es como el cáncer: empieza atacando un punto del organismo y
acaba por inficionarlo todo. Con motivo de los susodichos censos, el
señorito buscó asiduamente las onzas del nuevo escondrijo de su madre;
tiempo perdido: o la señora no había atesorado más desde el robo, o lo
había ocultado tan bien, que no diera con ello el mismo diablo.
La vista de tal hipoteca contristó a Julián, pues el buen clérigo
empezaba a sentir la adhesión especial de los capellanes por las casas
nobles en que entran; pero más le llenó de confusión encontrar entre los
papelotes la documentación relativa a un pleitecillo de partijas,
sostenido por don Alberto Moscoso, padre de don Pedro, con.... ¡el
marqués de Ulloa!
Porque ya es hora de decir que el marqués de Ulloa auténtico y legal, el
que consta en la _Guía de forasteros_, se paseaba tranquilamente en
carretela por la Castellana, durante el invierno de 1866 a 1867,
mientras Julián exterminaba correderas en el archivo de los Pazos. Bien
ajeno estaría él de que el título de nobleza por cuya carta de sucesión
había pagado religiosamente su impuesto de _lanzas y medias anatas_, lo
disfrutaba gratis un pariente suyo, en un rincón de Galicia. Verdad que
al legítimo marqués de Ulloa, que era Grande de España de primera clase,
duque de algo, marqués tres veces y conde dos lo menos, nadie le conocía
en Madrid sino por el ducado, por aquello de que baza mayor quita menor,
aun cuando el título de Ulloa, radicado en el claro solar de Cabreira de
Portugal, pudiese ganar en antigüedad y estimación a los más eminentes.
Al pasar a una rama colateral la hacienda de los Pazos de Ulloa, fue el
marquesado a donde correspondía por rigurosa agnación; pero los
aldeanos, que no entienden de agnaciones, hechos a que los Pazos de
Ulloa diesen nombre al título, siguieron llamando marqueses a los dueños
de la gran huronera. Los señores de los Pazos no protestaban: eran
marqueses por derecho consuetudinario; y cuando un labrador, en un
camino hondo, se descubría respetuosamente ante don Pedro, murmurando:
«Vaya usía muy dichoso, señor marqués», don Pedro sentía un cosquilleo
grato en la epidermis de la vanidad, y contestaba con voz sonora:
«Felices tardes».
-V-
Del famoso arreglo del archivo sacó Julián los pies fríos y la cabeza
caliente: él bien quisiera despabilarse, aplicar prácticamente las
nociones adquiridas acerca del estado de la casa, para empezar a ejercer
con inteligencia sus funciones de administrador, mas no acertaba, no
podía; su inexperiencia en cosas rurales y jurídicas se traslucía a cada
paso. Trataba de estudiar el mecanismo interior de los Pazos: tomábase
el trabajo de ir a los establos, a las cuadras, de enterarse de los
cultivos, de visitar la granera, el horno, los hórreos, las eras, las
bodegas, los alpendres, cada dependencia y cada rincón; de preguntar
para qué servía esto y aquello y lo de más allá, y cuánto costaba y a
cómo se vendía; labor inútil, pues olfateando por todas partes abusos y
desórdenes, no conseguía nunca, por su carencia de malicia y de
gramática parda, poner el dedo sobre ellos y remediarlos. El señorito no
le acompañaba en semejantes excursiones: harto tenía que hacer con
ferias, caza y visitas a gentes de Cebre o del señorío montañés, de
suerte que el guía de Julián era Primitivo. Guía pesimista si los hay.
Cada reforma que Julián quería plantear, la calificaba de imposible,
encogiéndose de hombros; cada superfluidad que intentaba suprimir, la
declaraba el cazador indispensable al buen servicio de la casa. Ante el
celo de Julián surgían montones de dificultades menudas, impidiéndole
realizar ninguna modificación útil. Y lo más alarmante era observar la
encubierta, pero real omnipotencia de Primitivo. Mozos, colonos,
jornaleros, y hasta el ganado en los establos, parecía estarle
supeditado y propicio: el respeto adulador con que trataban al señorito,
el saludo, mitad desdeñoso y mitad indiferente que dirigían al capellán,
se convertían en sumisión absoluta hacia Primitivo, no manifestada por
fórmulas exteriores, sino por el acatamiento instantáneo de su voluntad,
indicada a veces con sólo el mirar directo y frío de sus ojuelos sin
pestañas. Y Julián se sentía humillado en presencia de un hombre que
mandaba allí como indiscutible autócrata, desde su ambiguo puesto de
criado con ribetes de mayordomo. Sentía pesar sobre su alma la ojeada
escrutadora de Primitivo que avizoraba sus menores actos, y estudiaba su
rostro, sin duda para averiguar el lado vulnerable de aquel presbítero,
sobrio, desinteresado, que apartaba los ojos de las jornaleras garridas.
Tal vez la filosofía de Primitivo era que no hay hombre sin vicio, y no
había de ser Julián la excepción.
Corría entre tanto el invierno, y el capellán se habituaba a la vida
campestre. El aire vivo y puro le abría el apetito: no sentía ya las
efusiones de devoción que al principio, y sí una especie de caridad
humana que le llevaba a interesarse en lo que veía a su alrededor,
especialmente los niños y los irracionales, con quienes desahogaba su
instintiva ternura. Aumentábase su compasión hacia Perucho, el rapaz
embriagado por su propio abuelo; le dolía verle revolcarse
constantemente en el lodo del patio, pasarse el día hundido en el
estiércol de las cuadras, jugando con los becerros, mamando del pezón de
las vacas leche caliente o durmiendo en el pesebre, entre la hierba
destinada al pienso de la borrica; y determinó consagrar algunas horas
de las largas noches de invierno a enseñar al chiquillo el abecedario,
la doctrina y los números. Para realizarlo se acomodaba en la vasta
mesa, no lejos del fuego del hogar, cebado por Sabel con gruesos
troncos; y cogiendo al niño en sus rodillas, a la luz del triple mechero
del velón, le iba guiando pacientemente el dedo sobre el silabario,
repitiendo la monótona salmodia por donde empieza el saber: _be-a bá,
be-e bé, be-i bí_.... El chico se deshacía en bostezos enormes, en muecas
risibles, en momos de llanto, en chillidos de estornino preso; se
acorazaba, se defendía contra la ciencia de todas las maneras
imaginables, pateando, gruñendo, escondiendo la cara, escurriéndose, al
menor descuido del profesor, para ocultarse en cualquier rincón o
volverse al tibio abrigo del establo.
En aquel tiempo frío, la cocina se convertía en tertulia, casi
exclusivamente compuesta de mujeres. Descalzas y pisando de lado, como
recelosas, iban entrando algunas, con la cabeza resguardada por una
especie de mandilón de picote; muchas gemían de gusto al acercarse a la
deleitable llama; otras, tomando de la cintura el huso y el copo de
lino, hilaban después de haberse calentado las manos, o sacando del
bolsillo castañas, las ponían a asar entre el rescoldo; y todas,
empezando por cuchichear bajito, acababan por charlotear como urracas.
Era Sabel la reina de aquella pequeña corte: sofocada por la llama, con
los brazos arremangados, los ojos húmedos, recibía el incienso de las
adulaciones, hundía el cucharón de hierro en el pote, llenaba cuencos de
caldo, y al punto una mujer desaparecía del círculo, refugiábase en la
esquina o en un banco, donde se la oía mascar ansiosamente, soplar el
hirviente bodrio y lengüetear contra la cuchara. Noches había en que no
se daba la moza punto de reposo en colmar tazas, ni las mujeres en
entrar, comer y marcharse para dejar a otras el sitio: allí desfilaba
sin duda, como en mesón barato, la parroquia entera. Al salir cogían
aparte a Sabel, y si el capellán no estuviese tan distraído con su
rebelde alumno, vería algún trozo de tocino, pan o _lacón_ rápidamente
escondido en un justillo, o algún chorizo cortado con prontitud de las
ristras pendientes en la chimenea, que no menos velozmente pasaba a las
faltriqueras. La última tertuliana que se quedaba, la que secreteaba más
tiempo y más íntimamente con Sabel, era la vieja de las greñas de
estopa, entrevista por Julián la noche de su llegada a los Pazos. Era
imponente la fealdad de la bruja: tenía las cejas canas, y, de perfil,
le sobresalían, como también las cerdas de un lunar; el fuego hacía
resaltar la blancura del pelo, el color atezado del rostro, y el enorme
_bocio_ o papera que deformaba su garganta del modo más repulsivo.
Mientras hablaba con la frescachona Sabel, la fantasía de un artista
podía evocar los cuadros de tentaciones de San Antonio en que aparecen
juntas una asquerosa hechicera y una mujer hermosa y sensual, con pezuña
de cabra.
Sin explicarse el porqué, empezó a desagradar a Julián la tertulia y las
familiaridades de Sabel, que se le arrimaba continuamente, a pretexto de
buscar en el cajón de la mesa un cuchillo, una taza, cualquier objeto
indispensable. Cuando la aldeana fijaba en él sus ojos azules, anegados
en caliente humedad, el capellán experimentaba malestar violento,
comparable sólo al que le causaban los de Primitivo, que a menudo
sorprendía clavados a hurtadillas en su rostro. Ignorando en qué fundar
sus recelos, creía Julián que meditaban alguna asechanza. Era Primitivo,
salvo tal cual momentáneo acceso de brusca y selvática alegría, hombre
taciturno, a cuya faz de bronce asomaban rara vez los sentimientos; y
con todo eso, Julián se juzgaba blanco de hostilidad encubierta por
parte del cazador; en rigor, ni hostilidad podía llamarse; más bien
tenía algo de observación y acecho, la espera tranquila de una res, a
quien, sin odiarla, se desea cazar cuanto antes. Semejante actitud no
podía definirse, ni expresarse apenas. Julián se refugió en su cuarto,
adonde hizo subir, medio arrastro, al niño, para la lección
acostumbrada. Así como así, el invierno había pasado, y el calor de la
_lareira_ no era apetecible ya.
En su habitación pudo el capellán notar mejor que en la cocina la
escandalosa suciedad del angelote. Media pulgada de roña le cubría la
piel; y en cuanto al cabello, dormían en él capas geológicas,
estratificaciones en que entraba tierra, guijarros menudos, toda suerte
de cuerpos extraños. Julián cogió a viva fuerza al niño, lo arrastró
hacia la palangana, que ya tenía bien abastecida de jarras, toallas y
jabón. Empezó a frotar. ¡María Santísima y qué primer agua la que salió
de aquella empecatada carita! Lejía pura, de la más turbia y espesa.
Para el pelo fue preciso emplear aceite, pomada, agua a chorros, un
batidor de gruesas púas que desbrozase la virgen selva. Al paso que
adelantaba la faena, iban saliendo a luz las bellísimas facciones,
dignas del cincel antiguo, coloreadas con la pátina del sol y del aire;
y los bucles, libres de estorbos, se colocaban artísticamente como en
una testa de Cupido, y descubrían su matiz castaño dorado, que acababa
de entonar la figura. ¡Era pasmoso lo bonito que había hecho Dios a
aquel muñeco!
Todos los días, que gritase o que se resignase el chiquillo, Julián lo
lavaba así antes de la lección. Por aquel respeto que profesaba a la
carne humana no se atrevía a bañarle el cuerpo, medida bien necesaria en
verdad. Pero con los lavatorios y el carácter bondadoso de Julián, el
diablillo iba tomándose demasiadas confianzas, y no dejaba cosa a vida
en el cuarto. Su desaplicación, mayor a cada instante, desesperaba al
pobre presbítero: la tinta le servía a Perucho para meter en ella la
mano toda y plantarla después sobre el silabario; la pluma, para
arrancarle las barbas y romperle el pico cazando moscas en los vidrios;
el papel, para rasgarlo en tiritas o hacer con él cucuruchos; las
arenillas, para volcarlas sobre la mesa y figurar con ellas montes y
collados, donde se complacía en producir cataclismos hundiendo el dedo
de golpe. Además, revolvía la cómoda de Julián, deshacía la cama
brincando encima, y un día llegó al extremo de prender fuego a las botas
de su profesor, llenándolas de fósforos encendidos.
Bien aguantaría Julián estas diabluras con la esperanza de sacar algo en
limpio de semejante hereje; pero se complicaron con otra cosa bastante
más desagradable: las idas y venidas frecuentes de Sabel por su
habitación. Siempre encontraba la moza algún pretexto para subir: que se
le había olvidado recoger el servicio del chocolate; que se le había
_esquecido_ mudar la toalla. Y se endiosaba, y tardaba un buen rato en
bajar, entreteniéndose en arreglar cosas que no estaban revueltas, o
poniéndose de pechos en la ventana, muy risueña y campechanota,
alardeando de una confianza que Julián, cada día más reservado, no
autorizaba en modo alguno.
Una mañana entró Sabel a la hora de costumbre con las jarras de agua
para las abluciones del presbítero, que, al recibirlas, no pudo menos de
reparar, en una rápida ojeada, cómo la moza venía en justillo y enaguas,
con la camisa entreabierta, el pelo destrenzado y descalzos un pie y
pierna blanquísimos, pues Sabel, que se calzaba siempre y no hacía más
que la labor de cocina y ésa con mucha ayuda de criadas de campo y
comadres, no tenía la piel curtida, ni deformados los miembros. Julián
retrocedió, y la jarra tembló en su mano, vertiéndose un chorro de agua
por el piso.
--Cúbrase usted, mujer--murmuró con voz sofocada por la vergüenza--. No me
traiga nunca el agua cuando esté así... no es modo de presentarse a la
gente.
--Me estaba peinando y pensé que me llamaba...--respondió ella sin
alterarse, sin cruzar siquiera las palmas sobre el escote.
--Aunque la llamase no era regular venir en ese traje.... Otra vez que se
esté peinando que me suba el agua Cristobo o la chica del ganado... o
cualquiera....
Y al pronunciar estas palabras, volvíase de espaldas para no ver más a
Sabel, que se retiraba lentamente.
Desde aquel punto y hora, Julián se desvió de la muchacha como de un
animal dañino e impúdico; no obstante, aún le parecía poco caritativo
atribuir a malos fines su desaliño indecoroso, prefiriendo achacarlo a
ignorancia y rudeza. Pero ella se había propuesto demostrar lo
contrario. Poco tiempo iba transcurrido desde la severa reprimenda,
cuando una tarde, mientras Julián leía tranquilamente la _Guía de
Pecadores_, sintió entrar a Sabel y notó, sin levantar la cabeza, que
algo arreglaba en el cuarto. De pronto oyó un golpe, como caída de
persona contra algún mueble, y vio a la moza recostada en la cama,
despidiendo lastimeros ayes y hondos suspiros. Se quejaba de una
_aflición_, una cosa repentina, y Julián, turbado pero compadecido,
acudió a empapar una toalla para humedecerle las sienes, y a fin de
ejecutarlo se acercó a la acongojada enferma. Apenas se inclinó hacia
ella, pudo--a pesar de su poca experiencia y ninguna malicia--convencerse
de que el supuesto ataque no era sino bellaquería grandísima y
sinvergüenza calificada. Una ola de sangre encendió a Julián hasta el
cogote: sintió la cólera repentina, ciega, que rarísima vez fustigaba su
linfa, y señalando a la puerta, exclamó:
--Se me va usted de aquí ahora mismo o la echo a empellones..., ¿entiende
usted? No me vuelve usted a cruzar esa puerta.... Todo, todo lo que
necesite, me lo traerá Cristobo.... ¡Largo inmediatamente!
Retiróse la moza cabizbaja y mohína, como quien acaba de sufrir pesado
chasco. Julián, por su parte, quedó tembloroso, agitado, descontento de
sí mismo, cual suelen los pacíficos cuando ceden a un arrebato de ira:
hasta sentía dolor físico, en el epigastrio. A no dudarlo, se había
excedido; debió dirigir a aquella mujer una exhortación fervorosa, en
vez de palabras de menosprecio. Su obligación de sacerdote era enseñar,
corregir, perdonar, no pisotear a la gente como a los bichos del
archivo. Al cabo Sabel tenía un alma, redimida por la sangre de Cristo
igual que otra cualquiera. Pero ¿quién reflexiona, quién se modera ante
tal descaro? Hay un movimiento que llaman los escolásticos _primo
primis_ fatal e inevitable. Así se consolaba el capellán. De todos
modos, era triste cosa tener que vivir con aquella mala hembra, no más
púdica que las vacas. ¿Cómo podía haber mujeres así? Julián recordaba a
su madre, tan modosa, siempre con los ojos bajos y la voz almibarada y
suave, con su _casabé_ abrochado hasta la nuez, sobre el cual, para
mayor recato, caía liso, sin arrugas, un pañuelito de seda negra. ¡Qué
mujeres! ¡Qué mujeres se encuentran por el mundo!
Desde el funesto lance tuvo Julián que barrerse el cuarto y subirse el
agua, porque ni Cristobo ni las criadas hicieron caso de sus órdenes, y
a Sabel no quería verle ni la sombra en la puerta. Lo que más extrañeza
y susto le causó fue observar que Primitivo, después del suceso, no se
recataba ya para mirarle con fijeza terrible, midiéndole con una ojeada
que equivalía a una declaración de guerra. Julián no podía dudar que
estorbaba en los Pazos: ¿por qué? A veces meditaba en ello
interrumpiendo la lectura de Fray Luis de Granada y de los seis libros
de San Juan Crisóstomo sobre el sacerdocio; pero al poco rato,
descorazonado por tanta mezquina contrariedad, desesperando de ser útil
jamás a la casa de Ulloa, se enfrascaba nuevamente en sus páginas
místicas.
VI.
De los párrocos de las inmediaciones, con ninguno había hecho
Julián tan buenas migas como con don Eugenio, el de Naya. El abad de
Ulloa, al cual veía con más frecuencia, no le era simpático, por su
desmedida afición al jarro y a la escopeta; y al abad de Ulloa, en
cambio, le exasperaba Julián, a quien solía apodar _mariquita_; porque
para el abad de Ulloa, la última de las degradaciones en que podía caer
un hombre era beber agua, lavarse con jabón de olor y cortarse las uñas:
tratándose de un sacerdote, el abad ponía estos delitos en parangón con
la simonía. «Afeminaciones, afeminaciones», gruñía entre dientes,
convencidísimo de que la virtud en el sacerdote, para ser de ley, ha de
presentarse bronca, montuna y cerril; aparte de que un clérigo no
pierde, _ipso facto_, los fueros de hombre, y el hombre debe oler a
bravío desde una legua. Con los demás curas de las parroquias cercanas
tampoco frisaba mucho Julián; así es que, convidado a las funciones de
iglesia, acostumbraba retirarse tan pronto como se acababan las
ceremonias, sin aceptar jamás la comida que era su complemento
indispensable. Pero cuando don Eugenio le invitó con alegre cordialidad
a pasar en Naya el _día del patrón_, aceptó de buen grado,
comprometiéndose a _no faltarle_.
Según lo convenido, subió a Naya la víspera, rehusando la montura que le
ofrecía don Pedro. ¡Para legua y media escasa! ¡Y con una tarde
hermosísima! Apoyándose en un palo, dando tiempo a que anocheciese,
deteniéndose a cada rato para recrearse mirando el paisaje, no tardó
mucho en llegar al cerro que domina el caserío de Naya, tan
oportunamente que vino a caer en medio del baile que, al son de la
gaita, bombo y tamboril, a la luz de los _fachones_ de paja de centeno
encendidos y agitados alegremente, preludiaba a los regocijos
patronales. Poco tardaron los bailarines en bajar hacia la rectoral,
cantando y _atruxando_ como locos, y con ellos descendió Julián.
El cura esperaba en la portalada misma: recogidas las mangas de su
chaqueta, levantaba en alto un jarro de vino, y la criada sostenía la
bandeja con vasos. Detúvose el grupo; el gaitero, vestido de pana azul,
en actitud de cansancio, dejando desinflarse la gaita, cuyo _punteiro_
caía sobre los rojos flecos del roncón, se limpiaba la frente sudorosa
con un pañuelo de seda, y los reflejos de la paja ardiendo y de las
luces que alumbraban la casa del cura permitían distinguir su cara
guapota, de correctas facciones, realzada por arrogantes patillas
castañas. Cuando le sirvieron el vino, el rústico artista dijo
cortésmente: «¡A la salud del señor abade y la compaña!» y, después de
echárselo al coleto, aún murmuró con mucha política, pasándose el revés
de la mano por la boca: «De hoy en veinte años, señor abade». Las
libaciones consecutivas no fueron acompañadas de más fórmulas de
atención.
Disfrutaba el párroco de Naya de una rectoral espaciosa, alborozada a la
sazón con los preparativos de la fiesta y asistía impávido a los
preliminares del saco y ruina de su despensa, bodega, leñera y huerto.
Era don Eugenio joven y alegre como unas pascuas, y su condición, más
que de padre de almas, de pilluelo revoltoso y ladino; pero bajo la
corteza infantil se escondía singular don de gentes y conocimiento de la
vida práctica. Sociable y tolerante, había logrado no tener un solo
enemigo entre sus compañeros. Le conceptuaban un _rapaz_ inofensivo.
Tras el pocillo de aromoso chocolate, dio a Julián la mejor cama y
habitación que poseía, y le despertó cuando la gaita floreaba la
alborada, rayando ésta apenas en los cielos. Fueron juntos los dos
clérigos a revisar el decorado de los altares, compuestos ya para la
misa solemne. Julián pasaba la revista con especial devoción, puesto que
el patrón de Naya era el suyo mismo, el bienaventurado San Julián, que
allí estaba en el altar mayor con su carita inocentona, su estática
sonrisilla, su chupa y calzón corto, su paloma blanca en la diestra, y
la siniestra delicadamente apoyada en la chorrera de la camisola. La
imagen modesta, la iglesia desmantelada y sin más adorno que algún
rizado cirio y humildes flores aldeanas puestas en toscos cacharros de
loza, todo excitaba en Julián tierna piedad, la efusión que le hacía
tanto provecho, ablandándole y desentumeciéndole el espíritu. Iban
llegando ya los curas de las inmediaciones, y en el atrio, tapizado de
hierba, se oía al gaitero templar prolijamente el instrumento, mientras
en la iglesia el hinojo, esparcido por las losas y pisado por los que
iban entrando, despedía olor campestre y fresquísimo. La procesión se
organizaba; San Julián había descendido del altar mayor; la cruz y los
estandartes oscilaban sobre el remolino de gentes amontonadas ya en la
estrecha nave, y los mozos, vestidos de fiesta, con su pañuelo de seda
en la cabeza en forma de _burelete_, se ofrecían a llevar las insignias
sacras. Después de dar dos vueltas por el atrio y de detenerse breves
instantes frente al crucero, el santo volvió a entrar en la iglesia, y
fue _pujado_, con sus andas, a una mesilla al lado del altar mayor muy
engalanada, y cubierta con antigua colcha de damasco carmesí. La misa
empezó, regocijada y rústica, en armonía con los demás festejos. Más de
una docena de curas la cantaban a voz en cuello, y el desvencijado
incensario iba y venía, con retintín de cadenillas viejas, soltando un
humo espeso y aromático, entre cuya envoltura algodonosa parecía
suavizarse el desentono del _introito_, la aspereza de las broncas
laringes eclesiásticas. El gaitero, prodigando todos sus recursos
artísticos, acompañaba con el _punteiro_ desmangado de la gaita y
haciendo oficios de clarinete. Cuando tenía que sonar entera la
orquesta, mangaba otra vez el _punteiro_ en el _fol_; así podía
acompañar la elevación de la hostia con una solemne marcha real, y el
postcomunio con una muñeira de las más recientes y brincadoras, que, ya
terminada la misa, repetía en el vestíbulo, donde tandas de mozos y
mozas se desquitaban, bailando a su sabor, de la compostura guardada por
espacio de una hora en la iglesia. Y el baile en el atrio lleno de luz,
el templo sembrado de hojas de hinojos y espadaña que magullaron los
pisotones, alumbrado, más que por los cirios, por el sol que puerta y
ventanas dejaban entrar a torrentes, los curas jadeantes, pero
satisfechos y habladores, el santo tan currutaco y lindo, muy risueño en
sus andas, con una pierna casi en el aire para empezar un minueto y la
cándida palomita pronta a abrir las alas, todo era alegre, terrenal,
nada inspiraba la augusta melancolía que suele imperar en las ceremonias
religiosas. Julián se sentía tan muchacho y contento como el santo
bendito, y salía ya a gozar el aire libre, acompañado de don Eugenio,
cuando en el corro de los bailadores distinguió a Sabel, lujosamente
vestida de domingo, girando con las demás mozas, al compás de la gaita.
Esta vista le aguó un tanto la fiesta.
Era a semejante hora la rectoral de Naya un infierno culinario, si es
que los hay. Allí se reunían una tía y dos primas de don Eugenio--a
quienes por ser muchachas y frescas no quería el párroco tener consigo a
diario en la rectoral--; el ama, viejecilla llorona, estorbosa e inútil,
que andaba dando vueltas como un palomino atontado, y otra ama bien
distinta, de rompe y rasga, la del cura de Cebre, que en sus mocedades
había servido a un canónigo compostelano, y era célebre en el país por
su destreza en batir mantequillas y asar capones. Esta fornida
guisandera, un tanto bigotuda, alta de pecho y de ademán brioso, había
vuelto la casa de arriba abajo en pocas horas, barriéndola desde la
víspera a grandes y furibundos escobazos, retirando al desván los
trastos viejos, empezando a poner en marcha el formidable ejército de
guisos, echando a remojo los lacones y garbanzos, y revistando, con
rápida ojeada de general en jefe, la hidrópica despensa, atestada de
dádivas de feligreses; cabritos, pollos, anguilas, truchas, pichones,
ollas de vino, manteca y miel, perdices, liebres y conejos, chorizos y
morcillas. Conocido ya el estado de las provisiones, ordenó las
maniobras del ejército: las viejas se dedicaron a desplumar aves, las
mozas a fregar y dejar como el oro peroles, cazos y sartenes, y un par
de mozancones de la aldea, uno de ellos idiota de oficio, a desollar
reses y limpiar piezas de caza.
Si se encontrase allí algún maestro de la escuela pictórica flamenca, de
los que han derramado la poesía del arte sobre la prosa de la vida
doméstica y material, ¡con cuánto placer vería el espectáculo de la gran
cocina, la hermosa actividad del fuego de leña que acariciaba la panza
reluciente de los peroles, los gruesos brazos del ama confundidos con la
carne no menos rolliza y sanguínea del asado que aderezaba, las rojas
mejillas de las muchachas entretenidas en retozar con el idiota, como
ninfas con un sátiro atado, arrojándole entre el cuero y la camisa
puñados de arroz y cucuruchos de pimiento! Y momentos después, cuando el
gaitero y los demás músicos vinieron a reclamar su _parva_ o desayuno,
el guiso de intestinos de castrón, hígado y bofes, llamado en el país
_mataburrillo_, ¡cuán digna de su pincel encontraría la escena de
rozagante apetito, de expansión del estómago, de carrillos hinchados y
tragos de mosto despabilados al vuelo, que allí se representó entre
bromas y risotadas!
¿Y qué valía todo ello en comparación del festín homérico preparado en
la sala de la rectoral? Media docena de tablas tendidas sobre otros
tantos cestos, ayudaban a ensanchar la mesa cuotidiana; por encima dos
limpios manteles de lamanisco sostenían grandes jarros rebosando tinto
añejo; y haciéndoles frente, en una esquina del aposento, esperaban
turno ventrudas ollas henchidas del mismo líquido. La vajilla era
mezclada, y entre el estaño y barro vidriado descollaba algún _talavera_
legítimo, capaz de volver loco a un coleccionista, de los muchos que
ahora se consagran a la arcana ciencia de los pucheros. Ante la mesa y
sus apéndices, no sin mil cumplimientos y ceremonias, fueron tomando
asiento los padres curas, porfiando bastante para ceder los asientos de
preferencia, que al cabo tocaron al obeso Arcipreste de Loiro--la persona
más respetable en años y dignidad de todo el clero circunvecino, que no
había asistido a la ceremonia por no ahogarse con las apreturas del
gentío en la misa--, y a Julián, en quien don Eugenio honraba a la
ilustre casa de Ulloa.
Sentóse Julián avergonzado, y su confusión subió de punto durante la
comida. Por ser nuevo en el país y haber rehusado siempre quedarse a
comer en las fiestas, era blanco de todas las miradas. Y la mesa estaba
imponente. La rodeaban unos quince curas y sobre ocho seglares, entre
ellos el médico, notario y juez de Cebre, el señorito de Limioso, el
sobrino del cura de Boán, y el famosísimo cacique conocido por el apodo
de _Barbacana_, que apoyándose en el partido moderado a la sazón en el
poder, imperaba en el distrito y llevaba casi anulada la influencia de
su rival el cacique _Trampeta_, protegido por los unionistas y mal visto
por el clero. En suma, allí se juntaba lo más granado de la comarca,
faltando sólo el marqués de Ulloa, que vendría de fijo a los postres. La
monumental sopa de pan rehogada en grasa, con chorizo, garbanzos y
huevos cocidos cortados en ruedas, circulaba ya en gigantescos
tarterones, y se comía en silencio, jugando bien las quijadas. De vez en
cuando se atrevía algún cura a soltar frases de encomio a la habilidad
de la guisandera; y el anfitrión, observando con disimulo quiénes de los
convidados andaban remisos en mascar, les instaba a que se animasen,
afirmando que era preciso aprovecharse de la sopa y del cocido, pues
apenas había otra cosa. Creyéndolo así Julián, y no pareciéndole cortés
desairar a su huésped, cargó la mano en la sopa y el cocido. Grande fue
su terror cuando empezó a desfilar interminable serie de platos, los
veintiséis tradicionales en la comida del patrón de Naya, no la más
abundante que se servía en el arciprestazgo, pues Loiro se le aventajaba
mucho.
Para llegar al número prefijado, no había recurrido la guisandera a los
artificios con que la cocina francesa disfraza los manjares
bautizándolos con nombres nuevos o adornándolos con arambeles y
engañifas. No, señor: en aquellas regiones vírgenes no se conocía, loado
sea Dios, ninguna salsa o pebre de origen gabacho, y todo era neto,
varonil y clásico como la olla. ¿Veintiséis platos? Pronto se hace la
lista: pollos asados, fritos, en pepitoria, estofados, con guisantes,
con cebollas, con patatas y con huevos; aplíquese el mismo sistema a la
carne, al puerco, al pescado y al cabrito. Así, sin calentarse los
cascos, presenta cualquiera veintiséis variados manjares.
¡Y cómo se burlaría la guisandera si por arte de magia apareciese allí
un cocinero francés empeñado en redactar un _menú_, en reducirse a
cuatro o seis principios, en alternar los fuertes con los ligeros y en
conceder honroso puesto a la legumbre! ¡Legumbres a mí!, diría el ama
del cura de Cebre, riéndose con toda su alma y todas sus caderas
también. ¡Legumbres el día del patrón! Son buenas para los cerdos.
Ahíto y mareado, Julián no tenía fuerzas sino para rechazar con la mano
las fuentes que no cesaban de circular pasándoselas los convidados unos
a otros: a bien que ya le observaban menos, pues la conversación se
calentaba. El médico de Cebre, atrabiliario, magro y disputador; el
notario, coloradote y barbudo, osaban decir chistes, referir anécdotas;
el sobrino del cura de Boán, estudiante de derecho, muy enamorado de
condición, hablaba de mujeres, ponderaba la gracia de las señoritas de
Molende y la lozanía de una panadera de Cebre, muy nombrada en el país;
los curas al pronto no tomaron parte, y como Julián bajase la vista,
algunos comensales, después de observarle de reojo, se hicieron los
desentendidos. Mas duró poco la reserva; al ir vaciándose los jarros y
desocupándose las fuentes, nadie quiso estar callado y empezaron las
bromas a echar chispas.
Máximo Juncal, el médico, recién salido de las aulas compostelanas,
soltó varias puntadas sobre política, y también malignas pullas
referentes al grave escándalo que a la sazón traía muy preocupados a los
revolucionarios de provincia: Sor Patrocinio, sus manejos, su influencia
en Palacio. Alborotáronse dos o tres curas; y el cacique _Barbacana_,
con suma gravedad, volviendo hacia Juncal su barba florida y luenga,
díjole desdeñosamente una verdad como un templo: que «muchos hablaban de
lo que no entendían», a lo cual el médico replicó, vertiendo bilis por
ojos y labios, «que pronto iba a llegar el día de la gran barredura, que
luego se armaría el tiberio del siglo, y que los neos irían a contarlo a
casa de su padre Judas Iscariote».
Afortunadamente profirió estos tremendos vaticinios a tiempo que la
mayor parte de los párrocos se hallaban enzarzados en la discusión
teológica, indispensable complemento de todo convite patronal. Liados en
ella, no prestó atención a lo que el médico decía ninguno de los que
podían volvérselas al cuerpo: ni el bronco abad de Ulloa, ni el belicoso
de Boán, ni el Arcipreste, que siendo más sordo que una tapia, resolvía
las discusiones políticas a gritos, alzando el índice de la mano derecha
como para invocar la cólera del cielo. En aquel punto y hora, mientras
corrían las fuentes de arroz con leche, canela y azúcar, y se agotaban
las copas de _tostado_, llegaba a su periodo álgido la disputa, y se
entreoían argumentos, proposiciones, objeciones y silogismos.
--_Nego majorem_....
--_Probo minorem_.
--Eh.... Boán, que con mucho disimulo me estás echando abajo la gracia....
--Compadre, cuidado.... Si adelanta usted un poquito más nos vamos a
encontrar con el libre albedrío perdido.
--Cebre, mira que vas por mal camino: ¡mira que te marchas con Pelagio!
--Yo a San Agustín me agarro, y no lo suelto.
--Esa proposición puede admitirse _simpliciter_, pero tomándola en otro
sentido... no cuela.
--Citaré autoridades, todas las que se me pidan: ¿a que no me citas tú ni
media docena? A ver.
--Es sentir común de la Iglesia desde los primeros concilios.
--Es punto opinable, ¡_quoniam_! A mí no me vengas a asustar tú con
concilios ni concilias.
--¿Querrás saber más que Santo Tomás?
--¿Y tú querrás ponerte contra el Doctor de la gracia?
--¡Nadie es capaz de rebatirme esto! Señores... la gracia....
--¡Que nos despeñamos de vez! ¡Eso es herejía formal; es pelagianismo
puro!
--Qué entiendes tú, qué entiendes tú.... Lo que tú censures, que me lo
claven....
--Que diga el señor Arcipreste.... Vamos a aventurar algo a que no me deja
mal el señor Arcipreste.
El Arcipreste era respetado más por su edad que por su ciencia
teológica; y se sosegó un tanto el formidable barullo cuando se
incorporó difícilmente, con ambas manos puestas tras los oídos,
vertiendo sangre por la cara, a fin de dirimir, si cabía lograrlo, la
contienda. Pero un incidente distrajo los ánimos: el señorito de Ulloa
entraba seguido de dos perros perdigueros, cuyos cascabeles acompañaban
su aparición con jubiloso repique. Venía, según su promesa, a tomar una
copa a los postres; y la tomó de pie, porque le aguardaba un bando de
perdices allá en la montaña.
Hízosele muy cortés recibimiento, y los que no pudieron agasajarle a él
agasajaron a la Chula y al Turco, que iban apoyando la cabeza en todas
las rodillas, lamiendo aquí un plato y zampándose un bizcocho allá. El
señorito de Limioso se levantó resuelto a acompañar al de Ulloa en la
excursión cinegética, para lo cual tenía prevenido lo necesario, pues
rara vez salía del Pazo de Limioso sin echarse la escopeta al hombro y
el morral a la cintura.
Cuando partieron los dos hidalgos, ya se había calmado la efervescencia
de la discusión sobre la gracia, y el médico, en voz baja, le recitaba
al notario ciertos sonetos satírico-políticos que entonces corrían bajo
el nombre de _belenes_. Celebrábalos el notario, particularmente cuando
el médico recalcaba los versos esmaltados de alusiones verdes y
picantes. La mesa, en desorden, manchada de salsas, ensangrentada de
vino tinto, y el suelo lleno de huesos arrojados por los comensales
menos pulcros, indicaban la terminación del festín; Julián hubiera dado
algo bueno por poderse retirar; sentíase cansado, mortificado por la
repugnancia que le inspiraban las cosas exclusivamente materiales; pero
no se atrevía a interrumpir la sobremesa, y menos ahora que se
entregaban al deleite de encender algún pitillo y murmurar de las
personas más señaladas en el país. Se trataba del señorito de Ulloa, de
su habilidad para _tumbar_ perdices, y sin que Julián adivinase la
causa, se pasó inmediatamente a hablar de Sabel, a quien todos habían
visto por la mañana en el corro de baile; se encomió su palmito, y al
mismo tiempo se dirigieron a Julián señas y guiños, como si la
conversación se relacionase con él. El capellán bajaba la vista según
costumbre, y fingía doblar la servilleta; mas de improviso, sintiendo
uno de aquellos chispazos de cólera repentina y momentánea que no era
dueño de refrenar, tosió, miró en derredor, y soltó unas cuantas
asperezas y severidades que hicieron enmudecer a la asamblea. Don
Eugenio, al ver aguada la sobremesa, optó por levantarse, proponiendo a
Julián que saliesen a tomar el fresco en la huerta: algunos clérigos se
alzaron también, anunciando que iban a _echar completas_; otros se
escurrieron en compañía del médico, el notario, el juez y Barbacana, a
menear los naipes hasta la noche.
Refugiáronse al huerto el cura de Naya y Julián, pasando por la cocina,
donde la algazara de los criados, primas del cura, cocineras y músicos
era formidable, y los jarros se evaporaban y la comilona amenazaba durar
hasta el sol puesto. El huerto, en cambio, permanecía en su tranquilo y
poético sosiego primaveral, con una brisa fresquita que columpiaba las
últimas flores de los perales y cerezos, y acariciaba el recio follaje
de las higueras, a cuya sombra, en un ribazo de mullida grama, se
tendieron ambos presbíteros, no sin que don Eugenio, sacando un pañuelo
de algodón a cuadros, se tapase con él la cabeza, para resguardarla de
las importunidades de alguna mosca precoz. A Julián todavía le duraba el
sofoco, la llamarada de indignación; pero ya le pesaba, de su corta
paciencia, y resolvía ser más sufrido en lo venidero. Aunque bien
mirado....
--¿Quiere _escotar_ un sueño?--preguntó el de Naya al verle tan cabizbajo
y mustio.
--No; lo que yo quería, Eugenio, era pedirle que me dispensase el enfado
que tomé allá en la mesa.... Conozco que soy a veces así... un poco
vivo... y luego hay conversaciones que me sacan de tino, sin poderlo
remediar. Usted póngase en mi caso.
--Pongo, pongo.... Pero a mí me están embromando también a cada rato con
las primas..., y hay que aguantar, que no lo hacen con mala intención;
es por reírse un poco.
--Hay bromas de bromas, y a mí me parecen delicadas para un sacerdote las
que tocan a la honestidad y a la pureza. Si aguanta uno por respetos
humanos esos dichos, acaso pensarán que ya tiene medio perdida la
vergüenza para los hechos. Y ¿qué sé yo si alguno, no digo de los
sacerdotes, no quiero hacerles tal ofensa, pero de los seglares, creerá
que en efecto...?
El de Naya aprobó con la cabeza como quien reconoce la fuerza de una
observación; pero, al mismo tiempo, la sonrisa con que lucía la desigual
dentadura era suave e irónica protesta contra tanta rigidez.
--Hay que tomar el mundo según viene...--murmuró filosóficamente--. Ser
bueno es lo que importa; porque ¿quién va a tapar las bocas de los
demás? Cada uno habla lo que le parece, y gasta las guasas que quiere....
En teniendo la conciencia tranquila....
--No, señor; no, señor; poco a poco--replicó acaloradamente Julián--. No
sólo estamos obligados a ser buenos, sino a parecerlo; y aún es peor en
un sacerdote, si me apuran, el mal ejemplo y el escándalo, que el mismo
pecado. Usted bien lo sabe, Eugenio; lo sabe mejor que yo, porque tiene
cura de almas.
--También usted se apura ahí por una chanza, por una tontería, lo mismo
que si ya todo el mundo le señalase con el dedo.... Se necesita una vara
de correa para vivir entre gentes. A este paso no le arriendo la
ganancia, porque no va a sacar para disgustos.
Caviloso y cejijunto, había cogido Julián un palito que andaba por el
suelo, y se entretenía en clavarlo en la hierba. Levantó la cabeza de
pronto.
--Eugenio, ¿es mi amigo?
--Siempre, hombre, siempre--contestó afable y sinceramente el de Naya.
--Pues séame franco. Hábleme como si estuviésemos en el confesonario. ¿Se
dice por ahí... _eso_?
--¿Lo qué?
--Lo de que yo... tengo algo que ver... con esa muchacha, ¿eh? Porque
puede usted creerme, y se lo juraría si fuese lícito jurar: bien sabe
Dios que la tal mujer hasta me es aborrecible, y que no le habré mirado
a la cara media docena de veces desde que estoy en los Pazos.
--No, pues a la cara se le puede mirar, que la tiene como una rosa.... Ea,
sosiéguese: a mí se me figura que nadie piensa mal de usted con Sabel.
El marqués no inventó la pólvora, es cierto que no, y la moza se
distraerá con los de su clase cuanto quiera, dígalo el bailoteo en la
gaita de hoy; pero no iba a tener la desvergüenza de pegársela en sus
barbas, con el mismo capellán.... Hombre, no hagamos tan estúpido al
marqués.
Julián se volvió, más bien arrodillado que sentado en la grama, con los
ojos abiertos de par en par.
--Pero... el señorito..., ¿qué tiene que ver el señorito...?
El cura de Naya saltó a su vez, sin que ninguna mosca le picase, y
prorrumpió en juvenil carcajada. Julián, comprendiendo, preguntó
nuevamente:
--Luego el chiquillo... el Perucho....
Tornó don Eugenio a reír hasta el extremo de tener que limpiarse los
lagrimales con el pañuelo de cuadros.
--No se ofenda...--murmuraba entre risa y llanto--. No se ofenda porque me
río así.... Es que, de veras, no me puedo contener cuando me pega la
risa; un día hasta me puse malo.... Esto es como las cosqui...
cosquillas... involuntario....
Aplacado el acceso de risa, añadió:
--Es que yo siempre lo tuve a usted por un bienaventurado, como nuestro
patrón San Julián..., pero esto pasa de castaño oscuro.... ¡Vivir en los
Pazos y no saber lo que ocurre en ellos! ¿O es que quiere hacerse el
bobo?
--A fe, no sospechaba nada, nada, nada. ¿Usted piensa que iba a quedarme
allí ni dos días, caso de averiguarlo antes? ¿Autorizar con mi presencia
un amancebamiento? ¿Pero... usted está seguro de lo que dice?
--Hombre.... ¿tiene usted gana de cuentos? ¿Es usted ciego? ¿No lo ha
notado? Pues repárelo.
--¡Qué sé yo! ¡Cuando uno no está en la malicia! Y el niño..., ¡infeliz
criatura! El niño me da tanta compasión.... Allí se cría como un
morito.... ¿Se comprende que haya padres tan sin entrañas?
--Bah.... Esos hijos así, nacidos por detrás de la Iglesia.... Luego, si
uno oye a los de aquí y a los de allá.... Cada cual dice lo que se le
antoja.... La moza es alegre como unas castañuelas; todo el mundo en las
romerías le debe dos cuartos: uno la convida a rosquillas, el otro a
_resolio_, éste la saca a bailar, aquél la empuja.... Se cuentan mil
enredos.... ¿Usted se ha fijado en el gaitero que tocó hoy en la misa?
--¿Un buen mozo, con patillas?
--Cabal. Le llaman el _Gallo_ de mote. Pues dicen si la acompaña o no por
los caminos.... ¡Historias!
Por detrás de la tapia del huerto se oyó entonces vocerío alegre y
argentinas carcajadas.
--Son las primas...--dijo don Eugenio--. Van a la gaita, que está tocando
en el crucero ahora. ¿Quiere usted venir un ratito? A ver si se le pasa
el disgusto.... Ahí en casa unos rezan y otros juegan.... Yo no rezo nunca
sobre la comida.
--Vamos allá--contestó Julián, que se había quedado ensimismado.
--Nos sentaremos al pie del crucero.
-VII-
Volvía Julián preocupado a la casa solariega, acusándose de excesiva
simplicidad, por no haber reparado cosas de tanto bulto. Él era sencillo
como la paloma; sólo que en este pícaro mundo también se necesita ser
cauto como la serpiente.... Ya no podía continuar en los Pazos.... ¿Cómo
volvía a vivir a cuestas de su madre, sin más emolumentos que la misa?
¿Y cómo dejaba así de golpe al señorito don Pedro, que le trataba tan
llanamente? ¿Y la casa de Ulloa, que necesitaba un restaurador celoso y
adicto? Todo era verdad: pero, ¿y su deber de sacerdote católico?
Le acongojaban estos pensamientos al cruzar un maizal, en cuyo lindero
manzanilla y cabrifollos despedían grato aroma. Era la noche templada y
benigna, y Julián apreciaba por primera vez la dulce paz del campo,
aquel sosiego que derrama en nuestro combatido espíritu la madre
naturaleza. Miró al cielo, oscuro y alto.
--¡Dios sobre todo!--murmuró, suspirando al pensar que tendría que habitar
un pueblo de calles angostas y encontrarse con gente a cada paso.
Siguió andando, guiado por el ladrido lejano de los perros. Ya divisaba
próxima la vasta mole de los Pazos. El postigo debía estar abierto.
Julián distaba de él unos cuantos pasos no más, cuando oyó dos o tres
gritos que le helaron la sangre: clamores inarticulados como de alimaña
herida, a los cuales se unía el desconsolado llanto de un niño.
Engolfóse el capellán en las tenebrosas profundidades de corredor y
bodega, y llegó velozmente a la cocina. En el umbral se quedó paralizado
de asombro ante lo que iluminaba la luz fuliginosa del candilón. Sabel,
tendida en el suelo, aullaba desesperadamente; don Pedro, loco de furor,
la brumaba a culatazos; en una esquina, Perucho, con los puños metidos
en los ojos, sollozaba. Sin reparar lo que hacía, arrojóse Julián hacia
el grupo, llamando al marqués con grandes voces:
--¡Señor don Pedro..., señor don Pedro!
Volvióse el señor de los Pazos, y se quedó inmóvil, con la escopeta
empuñada por el cañón, jadeante, lívido de ira, los labios y las manos
agitadas por temblor horrible; y en vez de disculpar su frenesí o de
acudir a la víctima, balbució roncamente:
--¡Perra..., perra..., condenada..., a ver si nos das pronto de cenar, o
te deshago! ¡A levantarse... o te levanto con la escopeta!
Sabel se incorporaba ayudada por el capellán, gimiendo y exhalando
entrecortados ayes. Tenía aún el traje de fiesta con el cual la viera
Julián danzar pocas horas antes junto al crucero y en el atrio; pero el
_mantelo_ de rico paño se encontraba manchado de tierra; el dengue de
grana se le caía de los hombros, y uno de sus largos zarcillos de
filigrana de plata, abollado por un culatazo, se le había clavado en la
carne de la nuca, por donde escurrían algunas gotas de sangre. Cinco
verdugones rojos en la mejilla de Sabel contaban bien a las claras cómo
había sido derribada la intrépida bailadora.
--¡La cena he dicho!--repitió brutalmente don Pedro.
Sin contestar, pero no sin gemir, dirigióse la muchacha hacia el rincón
donde hipaba el niño, y le tomó en brazos, apretándole mucho. El
angelote seguía llorando a moco y baba. Don Pedro se acercó entonces, y
mudando de tono, preguntó:
--¿Qué es eso? ¿Tiene algo Perucho?
Púsole la mano en la frente y la sintió húmeda. Levantó la palma: era
sangre. Desviando entonces los brazos, apretando los puños, soltó una
blasfemia, que hubiera horrorizado más a Julián si no supiese, desde
aquella tarde misma, que acaso tenía ante sí a un padre que acababa de
herir a su hijo. Y el padre resurgía, maldiciéndose a sí propio,
apartando los rizos del chiquillo, mojando un pañuelo en agua, y
atándolo con cuidado indecible sobre la descalabradura.
--A ver cómo lo cuidas...--gritó dirigiéndose a Sabel--. Y cómo haces la
cena en un vuelo.... ¡Yo te enseñaré, yo te enseñaré a pasarte las horas
en las romerías sacudiéndote, perra!
Con los ojos fijos en el suelo, sin quejarse ya, Sabel permanecía
parada, y su mano derecha tentaba suavemente su hombro izquierdo, en el
cual debía tener alguna dolorosa contusión. En voz baja y lastimera,
pero con suma energía, pronunció sin mirar al señorito:
--Busque quien le haga la cena..., y quien esté aquí.... Yo me voy, me
voy, me voy, me voy....
Y lo repetía obstinadamente, sin entonación, como el que afirma una cosa
natural e inevitable.
--¿Qué dices, bribona?
--Que me voy, que me voy.... A mi casita pobre.... ¡Quién me trajo aquí!
¡Ay, mi madre de mi alma!
Rompió la moza a llorar amarguísimamente, y el marqués, requiriendo su
escopeta, rechinaba los dientes de cólera, dispuesto ya a hacer alguna
barrabasada notable, cuando un nuevo personaje entró en escena. Era
Primitivo, salido de un rincón oscuro; diríase que estaba allí oculto
hacía rato. Su aparición modificó instantáneamente la actitud de Sabel,
que tembló, calló y contuvo sus lágrimas.
--¿No oyes lo que te dice el señorito?--preguntó sosegadamente el padre a
la hija.
--Oi-go, siii-see-ñoor, oi-go-tartamudeó la moza, comiéndose los
sollozos.
--Pues a hacer la cena en seguida. Voy a ver si volvieron ya las otras
muchachas para que te ayuden. La Sabia está ahí fuera: te puede encender
la lumbre.
Sabel no replicó más. Remangóse la camisa y bajó de la espetera una
sartén. Como evocada por alguna de sus compañeras en hechicerías, entró
en la cocina entonces, pisando de lado, la vieja de las greñas blancas,
la Sabia, que traía el enorme mandil atestado de leña. El marqués tenía
aún la escopeta en la mano: cogiósela respetuosamente Primitivo, y la
llevó al sitio de costumbre. Julián, renunciando a consolar al niño,
creyó llegada la ocasión de dar un golpe diplomático.
--Señor marqués..., ¿quiere que tomemos un poco el aire? Está la noche
muy buena.... Nos pasearemos por el huerto....
Y para sus adentros pensaba:
«En el huerto le digo que me voy también.... No se ha hecho para mí esta
vida, ni esta casa».
Salieron al huerto. Oíase el cuarrear de las ranas en el estanque, pero
ni una hoja de los árboles se movía, tal estaba la noche de serena. El
capellán cobró ánimos, pues la oscuridad alienta mucho a decir cosas
difíciles.
--Señor marqués, yo siento tener que advertirle....
Volvióse el marqués bruscamente.
--Ya sé..., ¡chist!, no necesitamos gastar saliva. Me ha pescado usted en
uno de esos momentos en que el hombre no es dueño de sí.... Dicen que no
se debe pegar nunca a las mujeres.... Francamente, don Julián, según
ellas sean.... ¡Hay mujeres de mujeres, caramba..., y ciertas cosas
acabarían con la paciencia del santo Job que resucitase! Lo que siento
es el golpe que le tocó al chiquillo.
--Yo no me refería a eso...--murmuró Julián--. Pero si quiere que le hable
con el corazón en la mano, como es mi deber, creo no está bien maltratar
así a nadie.... Y por la tardanza de la cena, no merece....
--¡La tardanza de la cena!--pronunció el señorito--. ¡La tardanza! A ningún
cristiano le gusta pasarse el día en el monte comiendo frío y llegar a
casa y no encontrar bocado caliente; ¡pero si esa mala hembra no tuviese
otras mañas...! ¿No la ha visto usted? ¿No la ha visto usted todo el
día, allá en Naya, bailoteando como una descosida, sin vergüenza? ¿No la
ha encontrado usted a la vuelta, bien acompañada? ¡Ah!... ¿Usted cree
que se vienen solitas las mozas de su calaña? ¡Ja, ja! Yo la he visto,
con estos ojos, y le aseguro a usted que si tengo algún pesar, ¡es el de
no haberle roto una pierna, para que no baile más por unos cuantos
meses!
Guardó silencio el capellán, sin saber qué responder a la inesperada
revelación de celos feroces. Al fin calculó que se le abría camino para
soltar lo que tenía atravesado en la garganta.
--Señor marqués--murmuró--, dispénseme la libertad que me tomo.... Una
persona de su clase no se debe rebajar a importársele por lo que haga o
no haga la criada.... La gente es maliciosa, y pensará que usted trata
con esa chica.... Digo _pensará_ Ya lo piensa todo el mundo.... Y el caso
es que yo..., vamos..., no puedo permanecer en una casa donde, según la
voz pública, vive un cristiano en concubinato.... Nos está prohibido
severamente autorizar con nuestra presencia el escándalo y hacernos
cómplices de él. Lo siento a par del alma, señor marqués; puede creerme
que hace tiempo no tuve un disgusto igual.
El marqués se detuvo, con las manos sepultadas en los bolsillos.
--_Leria, leria_...--murmuró--. Es preciso hacerse cargo de lo que es la
juventud y la robustez.... No me predique un sermón, no me pida
imposibles. ¡Qué demonio!, el que más y el que menos es hombre como
todos.
--Yo soy un pecador--replicó Julián--, solamente que veo claro en este
asunto, y por los favores que debo a usted, y el pan que le he comido,
estoy obligado a decirle la verdad. Señor marqués, con franqueza, ¿no le
pesa de vivir así encenagado? ¡Una cosa tan inferior a su categoría y a
su nacimiento! ¡Una triste criada de cocina!
Siguieron andando, acercándose a la linde del bosque, donde concluía el
huerto.
--¡Una bribona desorejada, que es lo peor!--exclamó el marqués después de
un rato de silencio--. Oiga usted...--añadió arrimándose a un castaño--. A
esa mujer, a Primitivo, a la condenada bruja de la Sabia con sus hijas y
nietas, a toda esa gavilla que hace de mi casa merienda de negros, a la
aldea entera que los encubre, era preciso cogerlos así (y agarraba una
rama del castaño triturándola en menudos fragmentos) y deshacerlos. Me
están saqueando, me comen vivo..., y cuando pienso en que esa tunanta me
aborrece y se va de mejor gana con cualquier gañán de los que acuden
descalzos a alquilarse para majar el centeno, ¡tengo mientes de
aplastarle los sesos como a una culebra!
Julián oía estupefacto aquellas miserias de la vida pecadora, y se
admiraba de lo bien que teje el diablo sus redes.
--Pero, señor...--balbució--. Si usted mismo lo conoce y lo comprende....
--¿Pues no lo he de comprender? ¿Soy estúpido acaso para no ver que esa
desvergonzada huye de mí, y cada día tengo que cazarla como a una
liebre? ¡Sólo está contenta entre los demás labriegos, con la hechicera
que le trae y lleva chismes y recados a los mozos! A mí me detesta. A la
hora menos pensada me envenenará.
--Señor marqués, ¡yo me pasmo!--arguyó el capellán eficazmente--. ¡Que
usted se apure por una cosa tan fácil de arreglar! ¿Tiene más que poner
a semejante mujer en la calle?
Como ambos interlocutores se habían acostumbrado a la oscuridad, no sólo
vio Julián que el marqués meneaba la cabeza, sino que torcía el gesto.
--Bien se habla...--pronunció sordamente--. Decir es una cosa y hacer es
otra.... Las dificultades se tocan en la práctica. Si echo a ese enemigo,
no encuentro quien me guise ni quien venga a servirme. Su padre....
¿Usted no lo creerá? Su padre tiene amenazadas a todas las mozas de que
a la que entre aquí en marchándose su hija, le mete él una perdigonada
en los lomos.... Y saben que es hombre para hacerlo como lo dice. Un día
cogí yo a Sabel por un brazo y la puse en la puerta de la casa: la misma
noche se me despidieron las otras criadas, Primitivo se fingió enfermo,
y estuve una semana comiendo en la rectoral y haciéndome la cama yo
mismo.... Y tuve que pedirle a Sabel, de favor, que volviese....
Desengáñese usted, pueden más que nosotros. Esa comparsa que traen
alrededor son paniaguados suyos, que les obedecen ciegamente. ¿Piensa
usted que yo ahorro un ochavo aquí en este desierto? ¡Quiá! Vive a mi
cuenta toda la parroquia. Ellos se beben mi cosecha de vino, mantienen
sus gallinas con mis frutos, mis montes y sotos les suministran leña,
mis hórreos les surten de pan; la renta se cobra tarde, mal y arrastro;
yo sostengo siete u ocho vacas, y la leche que bebo cabe en el hueco de
la mano; en mis establos hay un rebaño de bueyes y terneros que jamás se
uncen para labrar mis tierras; se compran con mi dinero, eso sí, pero
luego se dan a parcería y no se me rinden cuentas jamás....
--¿Por qué no pone otro mayordomo?
--¡Ay, ay, ay! ¡Como quien no dice nada! Una de dos: o sería hechura de
Primitivo y entonces estábamos en lo mismo, o Primitivo le largaría un
tiro en la barriga.... Y si hemos de decir verdad, Primitivo no es
mayordomo.... Es peor que si lo fuese, porque manda en todos, incluso en
mí; pero yo no le he dado jamás semejante mayordomía.... Aquí el
mayordomo fue siempre el capellán.... Ese Primitivo no sabrá casi leer ni
escribir; pero es más listo que una centella, y ya en vida del tío
Gabriel se echaba mano de él para todo.... Mire usted, lo cierto es que
el día que él se cruza de brazos, se encuentra uno colgadito.... No
hablemos ya de la caza, que para eso no tiene igual; a mí me faltarían
los pies y las manos si me faltase Primitivo.... Pero en los demás
asuntos es igual.... Su antecesor de usted, el abad de Ulloa, no se valía
sin él; y usted, que también ha venido en concepto de administrador,
séame franco: ¿ha podido usted amañarse solo?
--La verdad es que no--declaró Julián humildemente--. Pero con el
tiempo..., la práctica....
--¡Bah, bah! A usted no le obedecerá ni le hará caso jamás ningún
paisano, porque es usted un infeliz; es usted demasiado bonachón. Ellos
necesitan gente que conozca sus máculas y les dé ciento de ventaja en
picardía.
Por depresiva que fuese para el amor propio del capellán la observación,
hubo de reconocer su exactitud. No obstante, picado ya, se propuso
agotar los recursos del ingenio para conseguir la victoria en lucha tan
desigual. Y su caletre le sugirió la siguiente perogrullada:
--Pero, señor marqués..., ¿por qué no sale un poco al pueblo? ¿No sería
ése el mejor modo de desenredarse? Me admiro de que un señorito como
usted pueda aguantar todo el año aquí, sin moverse de estas montañas
fieras.... ¿No se aburre?
El marqués miraba al suelo, aun cuando en él no había cosa digna de
verse. La idea del capellán no le cogía de sorpresa.
--¡Salir de aquí!--exclamó--. ¿Y a dónde demontre se va uno? Siquiera aquí,
mal o bien, es uno el rey de la comarca.... El tío Gabriel me lo decía
mil veces: las personas decentes, en las poblaciones, no se distinguen
de los zapateros.... Un zapatero que se hace millonario metiendo y
sacando la lesna, se sube encima de cualquier señor, de los que lo somos
de padres a hijos.... Yo estoy muy acostumbrado a pisar tierra mía y a
andar entre árboles que corto si se me antoja.
--Pero al fin, señorito, ¡aquí le manda Primitivo!
--Bah.... A Primitivo le puedo yo dar tres docenas de puntapiés, si se me
hinchan las narices, sin que el juez me venga a empapelar.... No lo hago;
pero duermo tranquilo con la seguridad de que lo haría si quisiese.
¿Cree usted que Sabel irá a quejarse a la justicia de los culatazos de
hoy?
Esta lógica de la barbarie confundía a Julián.
--Señor, yo no le digo que deje esto... Únicamente, que salga una
temporadita, a ver cómo le prueba.... Apartándose usted de aquí algún
tiempo, no sería difícil que Sabel se casase con persona de su esfera, y
que usted también encontrase una conveniencia arreglada a su calidad,
una esposa legítima. Cualquiera tiene un desliz, la carne es flaca; por
eso no es bueno para el hombre vivir solo, porque se encenaga, y como
dijo quien lo entendía, es mejor casarse que abrasarse en
concupiscencia, señor don Pedro. ¿Por qué no se casa, señorito?--exclamó,
juntando las manos--. ¡Hay tantas señoritas buenas y honradas!
A no ser por la oscuridad, vería Julián chispear los ojos del marqués de
Ulloa.
--¿Y cree usted, santo de Dios, que no se me había ocurrido a mí? ¿Piensa
usted que no sueño todas las noches con un chiquillo que se me parezca,
que no sea hijo de una bribona, que continúe el nombre de la casa...,
que herede esto cuando yo me muera... y que se llame _Pedro Moscoso_,
como yo?
Al decir esto golpeábase el marqués su fornido tronco, su pecho varonil,
cual si de él quisiese hacer brotar fuerte y adulto ya el codiciado
heredero. Julián, lleno de esperanza, iba a animarle en tan buenos
propósitos; pero se estremeció de repente, pues creyó sentir a sus
espaldas un rumor, un roce, el paso de un animal por entre la maleza.
--¿Qué es eso?--exclamó volviéndose--. Parece que anda por aquí el zorro.
El marqués le cogió del brazo.
--Primitivo...--articuló en voz baja y ahogada de ira--. Primitivo que nos
atisbará hace un cuarto de hora, oyendo la conversación.... Ya está usted
fresco.... Nos hemos lucido.... ¡Me valga Dios y los santos de la corte
celestial! También a mí se me acaba la cuerda. ¡Vale más ir a presidio
que llevar esta vida!
-VIII-
Mientras se raía con la navaja de barba los contados pelos rubios que
brotaban en sus carrillos, Julián maduraba un proyecto: afeitado y
limpio que fuese, emprendería el camino de Cebre un pie tras otro, en el
caballo de San Francisco; allí le pediría al cura una jícara de
chocolate, y esperaría en la rectoral hasta las doce, hora en que pasa
la diligencia de Orense a Santiago; malo sería que en interior o cupé no
hubiese un asiento vacante. Tenía dispuesto su maletín: lo enviaría a
buscar desde Cebre por un mozo. Y calculando así, miraba contristado el
paisaje ameno, el huerto con su dormilón estanque, el umbrío manchón del
soto, la verdura de los prados y maizales, la montaña, el limpio
firmamento, y se le prendía el alma en el atractivo de aquella dulce
soledad y silencio, tan de su gusto, que deseaba pasar allí la vida
toda. ¡Cómo ha de ser! Dios nos lleva y trae según sus fines.... No, no
era Dios, sino el pecado, en figura de Sabel, quien lo arrojaba del
paraíso.... Le agitó semejante idea y se cortó dos veces la mejilla....
Estuvo próximo a inferirse el tercer rasguño, porque le dieron una
palmada en el hombro.
Se volvió.... ¿Quién había de conocer a don Pedro, tan metamorfoseado
como venía? Afeitado también, aunque sin detrimento de su barba, que
brillaba suavizada por el aceite de olor, trascendiendo a jabón y a ropa
limpia, vestido con traje de mezclilla, chaleco de piqué blanco, hongo
azul, y al brazo un abrigo, parecía el señor de Ulloa otro hombre nuevo
y diferente, con veinte grados más de educación y cultura que el
anterior. De golpe lo comprendió todo Julián... y la sangre le dio
gozoso vuelco.
--¡Señorito...!
--Ea, despachar, que corre prisa.... Tiene usted que acompañarme a
Santiago y necesitamos llegar a Cebre antes de mediodía.
--¿De veras viene usted? ¡Mismo parece cosa de milagro! Yo estuve hoy
arreglando la maleta. ¡Bendito sea Dios! Pero si usted determina que me
quede aquí entretanto....
--¡No faltaba otra cosa! Si salgo solo, se me agua la fiesta. Voy a dar
una sorpresa al tío Manolo, y a conocer a las primas, que sólo las he
visto cuando eran unas mocosas.... Si ahora me desanimo, no vuelvo a
animarme en diez años. Ya he mandado a Primitivo que ensille la yegua y
ponga el aparejo a la borrica.
En aquel punto asomó por la puerta un rostro que a Julián se le antojó
siniestro, y acaso pensó otro tanto el marqués, pues preguntó
impaciente:
--Vamos a ver, ¿qué ocurre?
--La yegua--respondió Primitivo sin alzar la voz--no sirve para el camino.
--¿Por qué razón? ¿Puede saberse?
--Está sin una ferradura siquiera--declaró serenamente el cazador.
--¡Mal rayo que te parta!--vociferó el marqués echando fuego por los
ojos--. ¡Ahora me dices eso! ¿Pues no es cuenta tuya cuidar de que esté
herrada? ¿O he de llevarla yo al herrador todos los días?
--Como no sabía que el señorito quisiese salir hoy....
--Señor--intervino Julián--, yo iré a pie. Al fin tenía determinado dar ese
paseo. Lleve usted la burra.
--Tampoco hay burra--objetó el cazador sin pestañear ni alterar un solo
músculo de su faz broncínea.
--¿Que... no... hay... bu... rraaaaa?--articuló, apretando los puños, don
Pedro--. ¿Que no... la... hayyy? A ver, a ver.... Repíteme eso, en mi
cara.
El hombre de bronce no se inmutó al reiterar fríamente.
--No hay burra.
--¡Pues así Dios me salve! ¡La ha de haber y tres más, y si no por quien
soy que os pongo a todos a cuatro patas y me lleváis a caballo hasta
Cebre!
Nada replicó Primitivo, incrustado en el quicio de la puerta.
--Vamos claros, ¿cómo es que no hay burra?
--Ayer, al volver del pasto, el rapaz que la cuida le encontró dos
puñaladas.... Puede el señorito verla.
Disparó don Pedro una imprecación, y bajó de dos en dos las escaleras.
Primitivo y Julián le seguían. En la cuadra, el pastor, adolescente de
cara estúpida y escrofulosa, confirmó la versión del cazador. Allá en el
fondo del establo columbraron al pobre animal, que temblaba, con las
orejas gachas y el ojo amortiguado; la sangre de sus heridas, en negro
reguero, se había coagulado desde el anca a los cascos. Julián
experimentaba en el establo sombrío y lleno de telarañas impresión
análoga a la que sentiría en el teatro de un crimen. Por lo que hace al
marqués, quedóse suspenso un instante, y de súbito, agarrando al pastor
por los cabellos, se los mesó y refregó con furia, exclamando:
--Para que otra vez dejes acuchillar a los animales..., toma..., toma...,
toma....
Rompió el chico a llorar becerrilmente, lanzando angustiosas miradas al
impasible Primitivo. Don Pedro se volvió hacia éste.
--Pilla ahora mismo mi saco y la maleta de don Julián.... Volando.... Nos
vamos a pie hasta Cebre.... Andando bien, tenemos tiempo de coger el
coche.
Obedeció el cazador sin perder su helada calma. Bajó la maleta y el
saco; pero en vez de cargar ambos objetos a hombros, entregó cada bulto
a un mozo de campo, diciendo lacónicamente:
--Vas con el señorito.
Sorprendióse el marqués y miró a su montero con desconfianza. Jamás
perdonaba Primitivo la ocasión de acompañarle, y extrañaba su
retraimiento entonces. Por la imaginación de don Pedro cruzaron rápidas
vislumbres de recelo; y como si Primitivo lo adivinase, probó a
disiparlo.
--Yo tengo ahí que atender al rareo del soto de Rendas. Están los
castaños tan apretados, que no se ve.... Ya andan allá los leñadores....
Pero sin mí, no se desenvuelven....
Encogióse de hombros el señorito, calculando que acaso Primitivo se
proponía ocultar en el soto la vergüenza de su derrota. No obstante,
como creía conocerle, hacíasele duro que abandonase la partida sin
desquite. Estuvo a punto de exclamar: «Acompáñame». Presintió
resistencias, y pensó para su sayo: «¡Qué demonio! Más vale dejarle.
Aunque se empeñe, no me ha de cortar el paso.... Y si cree que puede
conmigo...».
Fijó sin embargo una mirada escrutadora en las escuetas facciones del
cazador, donde creía advertir, muy encubierta y disimulada, cierta
contracción diabólica.
--¿Qué estará rumiando este zorro?--cavilaba el señorito--. Sin alguna no
escapamos. ¡No, pues como se desmande! Me coge hoy en punto de caramelo.
Subió don Pedro a su habitación y volvió con la escopeta al hombro.
Julián le miraba sorprendido de que tomase el arma yendo de viaje. De
pronto el capellán recordó algo también y se dirigió a la cocina.
--¡Sabel!--gritó--. ¡Sabel! ¿Dónde está el niño, mujer? Le quería dar un
beso.
Sabel salió y volvió con el chiquillo agarrado a sus sayas. Le había
encontrado escondido en el pesebre de las vacas, su rincón favorito, y
el diablillo traía los rizos entretejidos con hierba y flores
silvestres. Estaba precioso. Hasta la venda de la descalabradura le
asemejaba al Amor. Julián le levantó en peso, besándole en ambos
carrillos.
--Sabel, mujer, lávelo de vez en cuando siquiera.... Por las mañanas....
--Vámonos, vámonos...--apremió el marqués desde la puerta, como si
recelase entrar junto a la mujer y el niño--. Hace falta el tiempo.... Se
nos va a marchar el coche.
Si Sabel deseaba retener a aquel fugitivo Eneas, no dio de ello la más
leve señal, pues se volvió con gran sosiego a sus potes y trébedes. Don
Pedro, a pesar de la urgencia alegada para apurar a Julián, aguardó dos
minutos en la puerta, quizás con la ilusión recóndita de ser detenido
por la muchacha; pero al fin, encogiéndose de hombros, salió delante, y
echó a andar por la senda abierta entre viñas que conducía al crucero.
Era el paraje descubierto, aunque el terreno quebrado, y el señorito
podía otear fácilmente a derecha e izquierda todo cuanto sucediese: ni
una liebre brincaría por allí sin que sus ojos linces de cazador la
avizorasen. Aunque departiendo con Julián acerca de la sorpresa que se
le preparaba a la familia de la Lage, y de si amenazaba llover porque el
cielo se había encapotado, no descuidaba el marqués observar algo que
debía interesarle muchísimo. Un instante se paró, creyendo divisar la
cabeza de un hombre allá lejos, detrás de los paredones que cerraban la
viña. Pero a tal distancia no consiguió cerciorarse. Vigiló más atento.
Acercábanse al soto de Rendas, situado antes del crucero; desde allí el
arbolado se espesaba, y se dificultaba la precaución. Orillaron el soto,
llegaron al pie del santo símbolo y se internaron en el camino más agrio
y estrecho, sin ver nada que justificase temores. En la espesura oyeron
el golpe reiterado del hacha y el ¡ham! de los leñadores, que rareaban
los castaños. Más adelante, silencio total. El cielo se cubría de nubes
cirrosas, y la claridad del sol apenas se abría paso, filtrándose velada
y cárdena, presagiando tempestad. Julián recordó un detalle melancólico,
la cruz a la cual iban a llegar en breve, que señalaba el teatro de un
crimen, y preguntó:
--¿Señorito?
--¿Eh?--murmuró el marqués, hablando con los dientes apretados.
--Aquí cerca mataron un hombre, ¿verdad? Donde está la cruz de madera.
¿Por qué fue, señorito? ¿Alguna venganza?
--Una pendencia entre borrachos, al volver de la feria--respondió
secamente don Pedro, que se hacía todo ojos para inspeccionar los
matorrales.
La cruz negreaba ya sobre ellos, y Julián se puso a rezar el _Padre
nuestro_ acostumbrado, muy bajito. Iba delante, y el señorito le pisaba
casi los talones. Los mozos portadores del equipaje se habían adelantado
mucho, deseosos de llegar cuanto antes a Cebre y echar un traguete en la
taberna. Para oír el susurro que produjeron las hojas y la maleza al
desviarse y abrir paso a un cuerpo, necesitábanse realmente sentidos de
cazador. El señorito lo percibió, aunque tenue, clarísimo, y vio el
cañón de la escopeta apuntado tan diestramente que de fijo no se
perdería el disparo: el cañón no amagaba a su pecho, sino a las espaldas
de Julián. La sorpresa estuvo a punto de paralizar a don Pedro: fue un
segundo, menos que un segundo tal vez, un espacio de tiempo
inapreciable, lo que tardó en reponerse, y en echarse a la cara su arma,
apuntando a su vez al enemigo emboscado. Si el tiro de éste salía, la
bala se cruzaría casi con otra bala justiciera. La situación duró pocos
instantes: estaban frente a frente dos adversarios dignos de medir sus
fuerzas. El más inteligente cedió, encontrándose descubierto. Oyó el
marqués el roce del follaje al bajarse el cañón que amenazaba a Julián,
y Primitivo salió del soto, blandiendo su vieja escopeta certera,
remendada con cordeles. Julián precipitó el _Gloria Patri_ para decirle
en tono cortés:
--Hola.... ¿Se viene usted con nosotros por fin hasta Cebre?
--Sí, señor--contestó Primitivo, cuyo semblante recordaba más que nunca el
de una estatua de fundición--. Dejo dispuesto en Rendas, y voy a ver si
de aquí a Cebre sale algo que tumbar....
--Dame esa escopeta, Primitivo--ordenó don Pedro--. Estoy oyendo cantar la
codorniz ahí, que no parece sino que me hace burla. Se me ha olvidado
cargar mi carabina.
Diciendo y haciendo, cogió la escopeta, apuntó a cualquier parte, y
disparó. Volaron hojas y pedazos de rama de un roble próximo, aunque
ninguna codorniz cayó herida.
--¡Marró!--exclamó el señorito fingiendo gran contrariedad, mientras para
sí discurría: «No era bala, eran postas.... Le quería meter grajea de
plomo en el cuerpo.... ¡Claro, con bala era más escandaloso, más
alarmante para la justicia. Es zorro fino!».
Y en voz alta:
--No vuelvas a cargar; hoy no se caza, que se nos viene la lluvia encima
y tenemos que apretar el paso. Marcha delante, enséñanos el atajo hasta
Cebre.
--¿No lo sabe el señorito?
--Sí tal, pero a veces me distraigo.
-IX-
Como ya dos veces había repicado la campanilla y los criados no llevaban
trazas de abrir, las señoritas de la Lage, suponiendo que a horas tan
tempranas no vendría nadie de cumplido, bajaron en persona y en grupo a
abrir la puerta, sin peinar, con bata y chinelas, hechas unas fachas.
Así es que se quedaron voladas al encontrarse con un arrogante mozo, que
les decía campechanamente:
--¿A que nadie me conoce aquí?
Sintieron impulsos de echar a correr; pero la tercera, la menos linda de
todas, frisando al parecer en los veinte años, murmuró:
--De fijo que es el primo Perucho Moscoso.
--¡Bravo!--exclamó don Pedro--. ¡Aquí está la más lista de la familia!
Y adelantándose con los brazos abiertos fue para abrazarla; pero ella,
hurtando el cuerpo, le tendió una manecita fresca, recién lavada con
agua y colonia. En seguida se entró por la casa gritando:
--¡Papá!, ¡papá! ¡Está aquí el primo Perucho!
El piso retembló bajo unos pasos elefantinos.... Apareció el señor de la
Lage, llenando con su volumen la antesala, y don Pedro abrazó a su tío,
que le llevó casi en volandas al salón. Julián, que por no malograr la
sorpresa de la aparición del primo se había quedado oculto detrás de la
puerta, salía riendo del escondite, muy embromado por las señoritas, que
afirmaban que estaba gordísimo, y se escurría por el corredor, en busca
de su madre.
Viéndoles juntos, se observaba extraordinario parecido entre el señor de
la Lage y su sobrino carnal: la misma estatura prócer, las mismas
proporciones amplias, la misma abundancia de hueso y fibra, la misma
barba fuerte y copiosa; pero lo que en el sobrino era armonía de
complexión titánica, fortalecida por el aire libre y los ejercicios
corporales, en el tío era exuberancia y plétora; condenado a una vida
sedentaria, se advertía que le sobraba sangre y carne, de la cual no
sabía qué hacer; sin ser lo que se llama obeso, su humanidad se
desbordaba por todos lados; cada pie suyo parecía una lancha, cada mano
un mazo de carpintero. Se ahogaba con los trajes de paseo; no cabía en
las habitaciones reducidas; resoplaba en las butacas del teatro, y en
misa repartía codazos para disponer de más sitio. Magnífico ejemplar de
una raza apta para la vida guerrera y montés de las épocas feudales, se
consumía miserablemente en el vil ocio de los pueblos, donde el que nada
produce, nada enseña, ni nada aprende, de nada sirve y nada hace. ¡Oh
dolor! Aquel castizo Pardo de la Lage, naciendo en el siglo XV, hubiera
dado en qué entender a los arqueólogos e historiadores del XIX.
Mostró admirarse de la buena presencia del sobrino y le habló
llanotamente, para inspirarle confianza.
--¡Muchacho, muchacho! ¿A dónde vas con tanto doblar? Cuidado que estás
más hombre que yo.... Siempre te imitaste más a Gabriel y a mí que a tu
madre que santa gloria haya.... Lo que es con tu padre, ni esto.... No
saliste Moscoso, ni Cabreira, chico; saliste Pardo por los cuatro
costados. Ya habrás visto a tus primas, ¿eh? Chiquillas, ¿qué le decís
al primo?
--¿Qué me dicen? Me han recibido como a la persona de más cumplimiento....
A ésta le quise dar un abrazo, y ella me alargó la mano muy fina.
--¡Qué borregas! ¡Marías Remilgos! A ver cómo abrazáis todas al primo,
inmediatamente.
La primera que se adelantó a cumplir la orden fue la mayor. Al
estrecharla, don Pedro no pudo dejar de notar las bizarras proporciones
del bello bulto humano que oprimía. ¡Una real moza, la primita mayor!
--¿Tú eres Rita, si no me equivoco?--preguntó risueño--. Tengo muy mala
memoria para nombres y puede que os confunda.
--Rita, para servirte...--respondió con igual amabilidad la prima--. Y ésta
es Manolita, y ésta es Carmen, y aquélla es Nucha....
--Sttt.... Poquito a poco.... Me lo iréis repitiendo conforme os abrace.
Dos primas vinieron a pagar el tributo, diciendo festivamente:
--Yo soy Manolita, para servir a usted.
--Yo, Carmen, para lo que usted guste mandar.
Allá entre los pliegues de una cortina de damasco se escondía la
tercera, como si quisiese esquivar la ceremonia afectuosa; pero no le
valió la treta, antes su retraimiento incitó al primo a exclamar:
--¿Doña Hucha, o como te llames?... Cuidadito conmigo..., se me debe un
abrazo....
--Me llamo Marcelina, hombre.... Pero éstas me llaman siempre Marcelinucha
o Nucha....
Costábale trabajo resolverse, y permanecía refugiada en el rojo dosel de
la cortina, cruzando las manos sobre el peinador de percal blanco, que
rayaban con doble y largo trazo, como de tinta, sus sueltas trenzas. El
padre la empujó bruscamente, y la chica vino a caer contra el primo,
toda ruborizada, recibiendo un apretón en regla, amén de un frote de
barbas que la obligó a ocultar el rostro en la pechera del marqués.
Hechas así las amistades, entablaron el señor de la Lage y su sobrino la
imprescindible conversación referente al viaje, sus causas, incidentes y
peripecias. No explicaba muy satisfactoriamente el sobrino su impensada
venida: pch... ganas de _espilirse_.... Cansa estar siempre solo.... Gusta
la variación.... No insistió el tío, pensando para su chaleco: «Ya Julián
me lo contará _todo_».
Y se frotaba las manos colosales, sonriendo a una idea que, si
acariciaba tiempo hacía allá en su interior, jamás se le había
presentado tan clara y halagüeña como entonces. ¡Qué mejor esposo podían
desear sus hijas que el primo Ulloa! Entre los numerosos ejemplares del
tipo del padre que desea _colocar_ a sus niñas, ninguno más vehemente
que don Manuel Pardo, en cuanto a la voluntad, pero ninguno más
reservado en el modo y forma. Porque aquel hidalgo de cepa vieja sentía
a la vez gana ardentísima de casar a las chiquillas y un orgullo de raza
tan exaltado, bajo engañosas apariencias de llaneza, que no sólo le
vedaba descender a ningún ardid de los usuales en padres casamenteros,
sino que le imponía suma rigidez y escrúpulo en la elección de sus
relaciones y en la manera de educar a sus hijas, a quienes traía como
encastilladas y aisladas, no llevándolas sino de pascuas a ramos a
diversiones públicas. Las señoritas de la Lage, discurría don Manuel,
deben casarse, y sería contrario al orden providencial que no apareciese
tronco en que injertar dignamente los retoños de tan noble estirpe; pero
antes se queden para vestir imágenes que unirse con cualquiera, con el
teniente que está de guarnición, con el comerciante que medra midiendo
paño, con el médico que toma el pulso; eso sería, ¡vive Dios!,
profanación indigna; las señoritas de la Lage sólo pueden dar su mano a
quien se les iguale en calidad. Así pues, don Manuel, que se desdeñaría
de tender redes a un ricachón plebeyo, se propuso inmediatamente hacer
cuanto estuviese en su mano para que su sobrino pasase a yerno, como el
Sandoval de la zarzuela.
¿Conformaban las primitas con las opiniones de su padre? Lo cierto es
que, apenas el primo se sentó a platicar con don Manuel, cada niña se
escurrió bonitamente, ya a arreglar su tocado, ya a prevenir alojamiento
al forastero y platos selectos para la mesa. Se convino en que el primo
se quedaba hospedado allí, y se envió por la maleta a la posada.
Fue la comida alegre en extremo. Rápidamente se había establecido entre
don Pedro y las señoritas de la Lage el género de familiaridad inherente
al parentesco en grado prohibido pero dispensable: familiaridad que se
diferencia de la fraternal en que la sazona y condimenta un picante
polvito de hostilidad, germen de graciosas y galantes escaramuzas.
Cruzábase en la mesa vivo tiroteo de bromas, piropos, que entre los dos
sexos suele preludiar a más serios combates.
--Primo, me extraña mucho que estando a mi lado no me sirvas el agua.
--Los aldeanos no entendemos de política: ve enseñándome un poco, que por
tener maestras así....
--Glotón, ¿quién te da permiso para repetir?
--El plato está tan rico, que supongo que es obra tuya.
--¡Vaya unas ilusiones! Ha sido la cocinera. Yo no guiso para ti. Te
fastidiaste.
--Prima, esta yemecita. Por mí.
--No me robes del plato, goloso. Que no te lo doy, ea. ¿No tienes ahí la
fuente?
--¿A que te lo atrapo? Cuando más descuidada estés....
--¿A que no?
Y la prima se levantaba y echaba a correr con su plato en las manos,
para evitar el hurto de un merengue o de media manzana, y el juego se
celebraba con estrepitosas carcajadas, como si fuese el paso más
gracioso del mundo. Las mantenedoras de este torneo eran Rita y
Manolita, las dos mayores; en cuanto a Nucha y Carmen, se encerraban en
los términos de una cordialidad mesurada, presenciando y riendo las
bromas, pero sin tomar parte activa en ellas, con la diferencia de que
en el rostro de Carmen, la más joven, se notaba una melancolía perenne,
una preocupación dominante, y en el de Nucha se advertía tan sólo
gravedad natural, no exenta de placidez.
Hállabase don Pedro en sus glorias. Al resolverse a emprender el viaje,
receló que las primas fuesen algunas señoritas muy cumplimenteras y
espetadas, cosa que a él le pondría en un brete, por serle extrañas las
fórmulas del trato ceremonioso con damas de calidad, clase de _perdices
blancas_ que nunca había cazado; mas aquel recibimiento franco le
devolvió al punto su aplomo. Animado, y con la cálida sangre despierta,
consideraba a las primitas una por una, calculando a cuál arrojaría el
pañuelo. La menor no hay duda que era muy linda, blanca con cabos
negros, alta y esbelta, pero la mal disimulada pasión de ánimo, las
cárdenas ojeras, amenguaban su atractivo para don Pedro, que no estaba
por romanticismos. En cuanto a la tercera, Nucha, asemejábase bastante a
la menor, sólo que en feo: sus ojos, de magnífico tamaño, negros también
como moras, padecían leve estrabismo convergente, lo cual daba a su
mirar una vaguedad y pudor especiales; no era alta, ni sus facciones se
pasaban de correctas, a excepción de la boca, que era una miniatura. En
suma, pocos encantos físicos, al menos para los que se pagan de la
cantidad y morbidez en esta nuestra envoltura de barro. Manolita ofrecía
otro tipo distinto, admirándose en ella lozanas carnes y suma gracia,
unida a un defecto que para muchos es aumento singular de perfección en
la mujer, y a otros, verbigracia a don Pedro, les inspira repulsión: un
carácter masculino mezclado a los hechizos femeniles, un bozo que iba
pasando a bigote, una prolongación del nacimiento del pelo sobre la
oreja que, descendiendo a lo largo de la mandíbula, quería ser, más que
suave patilla, atrevida barba. A la que no se podían poner tachas era a
Rita, la hermana mayor. Lo que más cautivaba a su primo, en Rita, no era
tanto la belleza del rostro como la cumplida proporción del tronco y
miembros, la amplitud y redondez de la cadera, el desarrollo del seno,
todo cuanto en las valientes y armónicas curvas de su briosa persona
prometía la madre fecunda y la nodriza inexhausta. ¡Soberbio vaso en
verdad para encerrar un Moscoso legítimo, magnífico patrón donde
injertar el heredero, el continuador del nombre! El marqués presentía en
tan arrogante hembra, no el placer de los sentidos, sino la numerosa y
masculina prole que debía rendir; bien como el agricultor que ante un
terreno fértil no se prenda de las florecillas que lo esmaltan, pero
calcula aproximadamente la cosecha que podrá rendir al terminarse el
estío.
Pasaron al salón después de la comida, para la cual las muchachas se
habían emperejilado. Enseñaron a don Pedro infinidad de quisicosas:
estereóscopos, álbumes de fotografías, que eran entonces objetos muy
elegantes y nada comunes. Rita y Manolita obligaban al primo a fijarse
en los retratos que las representaban apoyadas en una silla o en una
columna, actitud clásica que por aquel tiempo imponían los fotógrafos; y
Nucha, abriendo un álbum chiquito, se lo puso delante a don Pedro,
preguntándole afanosamente:
--¿Le conoces?
Era un muchacho como de diecisiete años, rapado, con uniforme de alumno
de la Academia de artillería, parecidísimo a Nucha y a Carmen cuanto
puede parecerse un pelón a dos señoritas con buenas trenzas de pelo.
--Es mi niño--afirmó Nucha muy grave.
--¿Tu niño?
Riéronse las otras hermanas a carcajadas, y don Pedro exclamó cayendo en
la cuenta:
--¡Bah!, ya sé. Es vuestro hermano, mi señor primo, el mayorazgo de la
Lage, Gabrieliño.
--Pues claro: ¿quién había de ser? Pero esa Nucha le quiere tanto, que
siempre le llama su niño.
Nucha, corroborando el aserto, se inclinó y besó el retrato, con tan
apasionada ternura, que allá en Segovia el pobre alumno, víctima quizá
de los rigores de la cruel _novatada_, debió sentir en la mejilla y el
corazón una cosa dulce y caliente.
Cuando Carmen, la tristona, vio a sus hermanas entretenidas, se
escabulló del salón, donde ya no apareció más. Agotado todo lo que en el
salón había que enseñar al primo, le mostraron la casa desde el desván
hasta la leñera: un caserón antiguo, espacioso y destartalado, como aún
quedan muchos en la monumental Compostela, digno hermano urbano de los
rurales Pazos de Ulloa. En su fachada severa desafinaba una galería de
nuevo cuño, ideada por don Manuel Pardo de la Lage, que tenía el costoso
vicio de hacer obras. Semejante solecismo arquitectónico era el
quitapesares de las señoritas de Pardo; allí se las encontraba siempre,
posadas como pájaros en rama favorita, allí hacían labor, allí tenían un
breve jardín, contenido en macetas y cajones, allí colgaban jaulas de
canarios y jilgueros; tal vez no parasen en esto los buenos oficios de
la galería dichosa. Lo cierto es que en ella encontraron a Carmen,
asomada y mirando a la calle, tan absorta que no sintió llegar a sus
hermanas. Nucha le tiró del vestido; la muchacha se volvió, pudiendo
notarse que tenía unas vislumbres de rosa en las mejillas, descoloridas
de ordinario. Hablóle Nucha vivamente al oído, y Carmen se apartó del
encristalado antepecho, siempre muda y preocupada. Rita no cesaba de
explicar al primo mil particularidades.
--Desde aquí se ven las mejores calles... Ése es el Preguntoiro; por ahí
pasa mucha gente.... Aquella torre es la de la Catedral.... ¿Y tú no has
ido a la Catedral todavía? ¿Pero de veras no le has rezado un Credo al
Santo Apóstol, judío?--exclamaba la chica vertiendo provocativa luz de
sus pupilas radiantes--. Vaya, vaya.... Tengo yo que llevarte allí, para
que conozcas al Santo y lo abraces muy apretadito.... ¿Tampoco has visto
aún el Casino?, ¿la Alameda?, ¿la Universidad? ¡Señor! ¡Si no has visto
nada!
--No, hija.... Ya sabes que soy un pobre aldeano... y he llegado ayer al
anochecer. No hice más que acostarme.
--¿Por qué no te viniste acá en derechura, descastado?
--¿A alborotaros la casa de noche? Aunque salgo de entre tojos, no soy
tan mal criado como todo eso.
--Vamos, pues hoy tienes que ver alguna notabilidad.... Y no faltar al
paseo.... Hay chicas muy guapas.
--De eso ya me he enterado, sin molestarme en ir a la Alameda--contestó el
primo echando a Rita una miradaza que ella resistió con intrepidez
notoria, y pagó sin esquivez alguna.
-X-
Y en efecto, le fueron enseñadas al marqués de Ulloa multitud de cosas
que no le importaban mayormente. Nada le agradó, y experimentó mil
decepciones, como suele acontecer a las gentes habituadas a vivir en el
campo, que se forman del pueblo una idea exagerada. Pareciéronle, y con
razón, estrechas, torcidas y mal empedradas las calles, fangoso el piso,
húmedas las paredes, viejos y ennegrecidos los edificios, pequeño el
circuito de la ciudad, postrado su comercio y solitarios casi siempre
sus sitios públicos; y en cuanto a lo que en un pueblo antiguo puede
enamorar a un espíritu culto, los grandes recuerdos, la eterna vida del
arte conservada en monumentos y ruinas, de eso entendía don Pedro lo
mismo que de griego o latín. ¡Piedras mohosas! Ya le bastaban las de los
Pazos. Nótese cómo un hidalgo campesino de muy rancio criterio se
hallaba al nivel de los demócratas más vandálicos y demoledores. A pesar
de conocer a Orense y haber estado en Santiago cuando niño, discurría y
fantaseaba a su modo lo que debe ser una ciudad moderna: calles anchas,
mucha regularidad en las construcciones, todo nuevo y flamante, gran
policía, ¿qué menos puede ofrecer la civilización a sus esclavos? Es
cierto que Santiago poseía dos o tres edificios espaciosos, la Catedral,
el Consistorio, San Martín.... Pero en ellos existían cosas muy sin razón
ponderadas, en concepto del marqués: por ejemplo, la Gloria de la
Catedral. ¡Vaya unos santos más mal hechos y unas santas más flacuchas y
sin forma humana!, ¡unas columnas más toscamente esculpidas! Sería de
ver a alguno de estos sabios que escudriñan el _sentido_ de un monumento
religioso, consagrándose a la tarea de demostrar a don Pedro que el
pórtico de la Gloria encierra alta poesía y profundo simbolismo.
¡Simbolismo! ¡Jerigonzas! El pórtico estaba muy mal labrado, y las
figuras parecían pasadas por tamiz. Por fuerza las artes andaban
atrasadísimas en aquellos tiempos de maricastaña. Total, que de los
monumentos de Santiago se atenía el marqués a uno de fábrica muy
reciente: su prima Rita.
La proximidad de la fiesta del Corpus animaba un tanto la soñolienta
ciudad universitaria, y todas las tardes había lucido paseo bajo los
árboles de la Alameda. Carmen y Nucha solían ir delante, y las seguían
Rita y Manolita, acompañadas por su primo; el padre cubría la
retaguardia conversando con algún señor mayor, de los muchos que existen
en el pueblo compostelano, donde por ley de afinidad parece abundar más
que en otras partes la gente provecta. A menudo se arrimaba a Manolita
un señorito muy planchado y tieso, con cierto empaque ridículo y
exageradas pretensiones de elegancia: llamábase don Víctor de la
Formoseda y estudiaba derecho en la Universidad; don Manuel Pardo le
veía gustoso acercarse a sus hijas, por ser el señorito de la Formoseda
de muy limpio solar montañés, y no despreciable caudal. No era éste el
único mosquito que zumbaba en torno de las señoritas de la Lage. A las
primeras de cambio notó don Pedro que así por los tortuosos y lóbregos
soportales de la Rúa del Villar, como por las frondosidades de la
Alameda y la Herradura, les seguía y escoltaba un hombre joven,
melenudo, enfundado en un gabán gris, de corte raro y antiguo. Aquel
hombre parecía la sombra de las muchachas: no era posible volver la
cabeza sin encontrársele: y don Pedro reparó también que al surgir
detrás de un pilar o por entre los árboles el rondador perpetuo, la cara
triste y ojerosa de Carmen se animaba, y brillaban sus abatidos ojos. En
cambio don Manuel y Nucha daban señales de inquietud y desagrado.
Ya sobre la pista, don Pedro siguió acechando, a fuer de cazador
experto. Nucha no debía tener ningún adorador entre la multitud de
estudiantes y vagos que acudían al paseo, o si lo tenía, no le hacía
caso, pues caminaba seria e indiferente. En público, Nucha parecía
revestirse de gravedad ajena a sus años. Respecto a Manolita, no perdía
ripio coqueteando con el señorito de la Formoseda. Rita, siempre animada
y provocadora, lo era mucho con su primo, y no poco con los demás, pues
don Pedro advirtió que a las miradas y requiebros de sus admiradores
correspondía con ojeadas vivas y flecheras. Lo cual no dejó de dar en
qué pensar al marqués de Ulloa, el cual, tal vez por contarse en el
número de los hombres fácilmente atraídos por las mujeres vivarachas,
tenía de ellas opinión detestable y para sus adentros la expresaba en
términos muy crudos.
Dormían en habitaciones contiguas Julián y el marqués, pues Julián,
desde su ordenación, había ascendido de categoría en la casa, y mientras
la madre continuaba desempeñando las funciones de ama de llaves y dueña,
el hijo comía con los señores, ocupaba un cuarto de importancia, y era
tratado en suma, si no de igual a igual, pues siempre quedaban matices
de protección, al menos con gran amabilidad y deferencia. De noche,
antes de recogerse, el marqués se le entraba en el dormitorio a fumar un
cigarro y charlar. La conversación ofrecía pocos lances, pues siempre
versaba sobre el mismo proyecto. Decía don Pedro que le admiraban dos
cosas: haberse resuelto a salir de los Pazos, y hallarse tan decidido a
_tomar estado_, idea que antes le parecía irrealizable. Era don Pedro de
los que juzgan muy importantes y dignas de comentarse sus propias
acciones y mutaciones--achaque propio de egoístas--y han menester tener
siempre cerca de sí algún inferior o subordinado a quien referirlas,
para que les atribuya también valor extraordinario.
Agradaba la plática a Julián. Aquellas proyectadas bodas entre primo y
prima le parecían tan naturales como juntarse la vid al olmo. Las
familias no podían ser mejores ni más para en una; las clases iguales;
las edades no muy desproporcionadas, y el resultado dichosísimo, porque
así redimía el marqués su alma de las garras del demonio, personificado
en impúdicas barraganas. Solamente no le contentaba que don Pedro se
hubiese ido a fijar en la señorita Rita: mas no se atrevía ni a
indicarlo, no fuese a malograrse la cristiana resolución del marqués.
--Rita es una gran moza...--decía éste explayándose--. Parece sana como una
manzana, y los hijos que tenga heredarán su buena constitución. Serán
más fuertes aún que Perucho, el de Sabel.
¡Inoportuna reminiscencia! Julián se apresuraba a replicar, sin meterse
en honduras fisiológicas:
--La casta de los señores de Pardo es muy saludable, gracias a Dios....
Una noche cambiaron de sesgo las confidencias, entrando en terreno
sumamente embarazoso para Julián, siempre temeroso de que cualquier
desliz de su lengua desbaratase los proyectos del señorito, y le echase
a él sobre la conciencia responsabilidad gravísima.
--¿Sabe usted--insinuó don Pedro--que mi prima Rita se me figura algo
casquivana? Por el paseo va siempre entretenida en si la miran o no la
miran, si le dicen o no le dicen... juraría que toma varas.
--¿Que toma varas?--repitió el capellán, quedándose en ayunas del sentido
de la frase grosera.
--Sí, hombre..., que se deja querer, vamos.... Y para casarse, no es cosa
de broma que la mujer las gaste con el primero que llega.
--¿Quién lo duda, señorito? La prenda más esencial en la mujer es la
honestidad y el recato. Pero no hay que fiarse de apariencias. La
señorita Rita tiene el genio así, franco y alegre....
Creíase Julián salvado con estas evasivas, cuando, a las pocas noches,
don Pedro le apretó para que _cantase_:
--Don Julián, aquí no valen misterios.... Si he de casarme, quiero al
menos saber con quién y cómo.... Apenas se reirían si porque vengo de los
Pazos me diesen de buenas a primeras gato por liebre. Con razón se diría
que salí de un soto para meterme en otro. No sirve contestar que usted
no sabe nada. Usted se ha criado en esta casa, y conoce a mis primas
desde que nació. Rita.... Rita es mayor que usted, ¿no es verdad?
--Sí, señor--respondió Julián, no teniendo por cargo de conciencia revelar
la edad--. La señorita Rita cumplirá ahora veintisiete o veintiocho
años.... Después viene la señorita Manolita y la señorita Marcelina, que
son seguidas..., veintitrés y veintidós... porque en medio murieron dos
niños varones..., y luego la señorita Carmen, veinte.... Cuando nació el
señorito Gabriel, que andará en los diecisiete o poco más, ya no se
pensaba que la señora volviese a tener sucesión, porque andaba delicada,
y le probó tan mal el parto, que falleció a los pocos meses.
--Pues usted debe conocer perfectamente a Rita. Cante usted, ea.
--Señorito, a la verdad.... Yo me crié en esta casa, es cierto; pero sin
manualizarme con los señores, porque mi clase era otra muy distinta.... Y
mi madre, que era muy piadosa, no me permitió jamás juntarme con las
señoritas para jugar ni nada... por razones de decoro.... ¡Ya usted me
comprende! Con el señorito Gabriel sí que tuve algún trato; lo que es
con las señoritas... buenos días y buenas noches, cuando las encontraba
en los pasillos. Luego ya fui al Seminario....
--¡Bah, bah! ¿Tiene usted gana de cuentos...? Harto estará usted de saber
cosas de las chicas. Basta su madre de usted para enterarle. ¿Acerté? Se
ha puesto usted colorado.... ¡Ajá! ¡Por ahí vamos bien! ¡A ver con qué
cara me niega que su madre le ha informado de algunas cosillas...!
Julián se tornó purpúreo. ¡Que si le habían contado! ¡Pues no habían de
contarle! Desde su llegada, la venerable dueña que regía el llavero en
casa de la Lage no había cogido a solas a su hijo un minuto sin ceder a
la comezón de tocar ciertos asuntos, que únicamente con varones graves y
religiosos pueden conferirse.... Misía Rosario no lo iba a charlar con
otras comadres envidiosas, eso no; por algo comía el pan de don Manuel
Pardo; pero con la gente grave y de buen consejo, v.g., su confesor don
Vicente el canónigo, y Julián, aquel pedazo de sus entrañas elevado a la
más alta dignidad que cabe en la tierra, ¿quién le vedaba el gustazo de
juzgar a su modo la conducta del amo y las señoritas, de alardear de
discreción, censurando melosa y compasivamente algunos de sus actos que
ella «si fuese señora» no realizaría jamás, y de oír que «personas de
respeto» alababan mucho su cordura, y conformaban del todo con su
dictamen? Que si le habían contado a Julián, ¡Dios bendito! Pero una
cosa era que se lo hubiesen contado, y otra que él lo pudiese repetir.
¿Cómo revelar la manía de la señorita Carmen, empeñada en casarse contra
viento y marea de su padre, con un estudiantillo de medicina, un nadie,
hijo de un herrador de pueblo (¡oh baldón para la preclara estirpe de
los Pardos!), un loco de atar que la comprometía siguiéndola por todas
partes a modo de perrito faldero, y de quien además se aseguraba que era
un materialista, metido en sociedades secretas? ¿Cómo divulgar que la
señorita Manolita hacía novenas a San Antonio para que don Víctor de la
Formoseda se determinase a pedirla, llegando al extremo de escribir a
don Víctor cartas anónimas indisponiéndole con otras señoritas cuya casa
frecuentaba? Y sobre todo, ¿cómo indicar ni lo más somero y mínimo de
_aquello_ de la señorita Rita, que maliciosamente interpretado tanto
podía dañar a su honra? Antes le arrancasen la lengua.
--Señorito...--balbució--. Yo creo que las señoritas son muy buenas e
incapaces de faltar en nada; pero si lo contrario supiese, me guardaría
bien de propalarlo, toda vez que yo..., que mi agradecimiento a esta
familia me pondría..., vamos... como si dijéramos... una mordaza....
Detúvose, comprendiendo que se empantanaba más.
--No traduzca mis palabras, señorito.... Por Dios, no saque usted
consecuencias de mi poca habilidad para explicarme.
--¿Según eso--preguntó el marqués mirando de hito en hito al capellán--,
usted juzga que no hay absolutamente nada censurable? Clarito. ¿Las
considera usted _a todas_ unas señoritas intachables... perfectísimas...
que me convienen para casarme? ¿Eh?
Meditó Julián antes de responder.
--Si usted se empeña en que le descubra cuánto uno tiene en el corazón...
francamente, aunque las señoritas son cada una de por sí muy simpáticas,
yo, puesto a escoger, no lo niego..., me quedaría con la señorita
Marcelina.
--¡Hombre! Es algo bizca... y flaca.... Sólo tiene buen pelo y buen genio.
--Señorito, es una alhaja.
--Será como las demás.
--Es como ella sola. Cuando el señorito Gabriel quedó sin mamá de
pequeñito, lo cuidó con una formalidad que tenía la gracia del mundo,
porque ella no era mucho mayor que él. Una madre no hiciera más. De día,
de noche, siempre con el chiquillo en brazos. Le llamaba su hijo: dicen
que era un sainete ver aquello. Parece que el peso del chiquillo la
rindió y por eso quedó más delicada de salud que las otras. Cuando el
hermano marchó al colegio, estuvo malucha. Por eso la ve usted
descolorida. Es un ángel, señorito. Todo se le vuelve aconsejar bien a
las hermanas....
--Señal de que lo necesitan--arguyó don Pedro maliciosamente.
--¡Jesús! No puede uno deslizarse.... Bien sabe usted que sobre lo bueno
está lo mejor, y la señorita Marcelina raya en perfecta. La perfección
es dada a pocos. Señorito, la señorita Marcelina, ahí donde usted la ve,
se confiesa y comulga tan a menudo, y es tan religiosa, que edifica a la
gente.
Quedóse don Pedro reflexionando algún rato, y aseguró después que le
agradaba mucho, mucho, la religiosidad en las mujeres; que la
conceptuaba indispensable para que fuesen «buenas».
--Con que beatita, ¿eh?--añadió--. Ya tengo por dónde hacerla rabiar.
Y tal fue en efecto el resultado inmediato de aquella conferencia donde,
con mejor deseo que diplomacia, había intentado Julián presentar la
candidatura de Nucha. Desde entonces el primo gastó con ella bastantes
bromas, algunas más pesadas que divertidas. Con placer del niño
voluntarioso cuyos dedos entreabren un capullo, gozaba en poner colorada
a Nucha, en arañarle la epidermis del alma por medio de chanzas subidas
e indiscretas familiaridades que ella rechazaba enérgicamente. Semejante
juego mortificaba al capellán tanto como a la chica; las sobremesas eran
para él largo suplicio, pues a las anécdotas y cuentos de don Manuel,
que versaban siempre sobre materias nada pulcras ni bien olientes
(costumbre inveterada en el señor de la Lage), se unían las continuas
inconveniencias del primo con la prima. El pobre Julián, con los ojos
fijos en el plato, el rubio entrecejo un tanto fruncido, pasaba las de
Caín. Imaginábase él que ajar, siquiera fuese en broma, la flor de la
modestia virginal era abominable sacrilegio. Por lo que su madre le
había contado y por lo que en Nucha veía, la señorita le inspiraba
religioso respeto, semejante al que infunde el camarín que contiene una
veneranda imagen. Jamás se atrevía a llamarla por el diminutivo,
pareciéndole _Nucha_ nombre de perro más bien que de persona; y cuando
don Pedro se resbalaba a chanzonetas escabrosas, el capellán, juzgando
que consolaba a la señorita Marcelina, tomaba asiento a su lado y le
hablaba de cosas santas y apacibles, de alguna novena o función de
iglesia, a las cuales Nucha asistía con asiduidad.
No lograba el marqués vencer la irritante atracción que le llevaba hacia
Rita; y con todo, al crecer el imperio que ejercía en sus sentidos la
prima mayor, se fortalecía también la especie de desconfianza instintiva
que infunden al campesino las hembras ciudadanas, cuyo refinamiento y
coquetería suele confundir con la depravación. Vamos, no lo podía
remediar el marqués; según frase suya, Rita _le escamaba_ terriblemente.
¡Es que a veces ostentaba una desenvoltura! ¡Se mostraba con él tan
incitadora; tendía la red con tan poco disimulo; se esponjaba de tal
suerte ante los homenajes masculinos!
El aldeano que llega al pueblo ha oído contar mil lances, mil jugarretas
hechas a los bobos que allí entran desprevenidos como incautos peces.
Lleno de recelo, mira hacia todas partes, teme que le roben en las
tiendas, no se fía de nadie, no acierta a conciliar el sueño en la
posada, no sea que mientras duerme le birlen el bolso. Guardada la
distancia que separaba de un labriego al señor de Ulloa, éste era su
estado moral en Santiago. No hería su amor propio ser dominado por
Primitivo y vendido groseramente por Sabel en su madriguera de los
Pazos, pero sí que le _torease_ en Compostela su artificiosa primilla.
Además, no es lo mismo distraerse con una muchacha cualquiera que tomar
esposa. La hembra destinada a llevar el nombre esclarecido de Moscoso y
a perpetuarlo legítimamente había de ser limpia como un espejo.... Y don
Pedro figuraba entre los que no juzgan limpia ya a la que tuvo amorosos
tratos, aún en la más honesta y lícita forma, con otro que con su
marido. Aún las ojeadas en calles y paseos eran pecados gordos. Entendía
don Pedro el honor conyugal a la manera calderoniana, española neta,
indulgentísima para el esposo e implacable para la esposa. Y a él que no
le dijesen: Rita no estaba sin algún enredillo.... Acerca de Carmen y
Manolita no necesitaba discurrir, pues bien veía lo que pasaba. Pero
Rita....
Ningún amigo íntimo tenía en Santiago don Pedro, aunque sí varios
conocidos, ganados en el paseo, en casa de su tío o en el Casino, donde
solía ir mañana y noche, a fuer de buen español ocioso. Allí se le
embromaba mucho con su prima, comentándose también la desatinada pasión
de Carmen por el estudiante y su continuo atalayar en la galería, con el
adorador apostado enfrente. Siempre alerta, el señorito estudiaba el
tono y acento con que nombraban a Rita. En dos o tres ocasiones le
pareció notar unas puntas de ironía, y acaso no se equivocase; pues en
las ciudades pequeñas, donde ningún suceso se olvida ni borra, donde
gira perpetuamente la conversación sobre los mismos asuntos, donde se
abulta lo nimio y lo grave adquiere proporciones épicas, a menudo tiene
una muchacha perdida la fama antes que la honra, y ligerezas
insignificantes, glosadas y censuradas años y años, llevan a su autora
con palma al sepulcro. Además, las señoritas de la Lage, por su
alcurnia, por los humos aristocráticos de su padre, y la especie de
aureola con que pretendía rodearlas, por su belleza, eran blanco de
bastantes envidillas y murmuraciones: cuando no se las motejaba de
orgullosas, se recurría a tacharlas de coquetas.
Lucía el Casino entre su maltratado mueblaje un caduco sofá de
gutapercha, gala del gabinete de lectura: sofá que pudiera llamarse
tribuna de los maldicientes, pues allí se reunían tres de las más
afiladas tijeras que han cortado sayos en el mundo, triunvirato digno de
más detenido bosquejo y en el cual descollaba un personaje eminentísimo,
maestro en la ciencia del _mal saber_. Así como los eruditos se precian
de no ignorar la más mínima particularidad concerniente a remotas épocas
históricas, este sujeto se jactaba de poder decir, sin errar punto ni
coma, lo que disfrutaban de renta, lo que comían, lo que hablaban y
hasta lo que pensaban las veinte o treinta familias de viso que
encerraba el recinto de Santiago. Hombre era para pronunciar con suma
formalidad y gran reposo:
--Ayer, en casa de la Lage, se han puesto en la mesa dos principios:
croquetas y carne estofada. La ensalada fue de coliflor, y a los postres
se sirvió carne de membrillo de las monjas.
Comprobada la exactitud de tales pormenores, resultaban rigurosamente
ciertos.
Tan bien informado individuo consiguió encender más recelos en el ánimo
del suspicaz señor de Ulloa, bastándole para ello unas cuantas
palabritas, de ésas que tomadas al pie de la letra no llevan malicia
alguna, pero vistas al trasluz pueden significarlo todo.... Encomiando el
salero de Rita, y la hermosura de Rita, y la buena conformación
anatómica del cuerpo de Rita, añadió como al descuido:
--Es una muchacha de primer orden.... Y aquí difícilmente le saldría
novio. Las chicas por el estilo de Rita siempre encuentran su media
naranja en un forastero.
-XI-
Hacía un mes que don Manuel Pardo se preguntaba a sí mismo: «¿Cuándo se
determinará el rapaz a pedirme a Rita?».
Que se la pediría, no lo dudó un momento. La situación del marqués en
aquella casa era tácitamente la del novio aceptado. Los amigos de la
familia de la Lage se permitían alusiones desembozadas a la próxima
boda; los criados, en la cocina, calculaban ya a cuánto ascendería la
propineja nupcial. Al recogerse, sus hermanas daban matraca a Rita. A
todas horas reían fraternalmente con el primo y una ráfaga de alegría
juvenil trocaba la vetusta casa en alborotada pajarera.
Descabezaba una tarde la siesta el marqués, cuando llamaron a la puerta
con grandes palmadas. Abrió: era Rita, en chambra, con un pañuelo de
seda atado a lo curro, luciendo su hermosa garganta descubierta. Blandía
en la diestra un plumero enorme, y parecía una guapísima criada de
servir, semejanza que lejos de repeler al marqués, le hizo hervir la
sangre con mayor ímpetu. Sofocada y risueña la muchacha echaba lumbres
por ojos, boca y mejillas.
--¿Perucho? ¿Peruchón?
--¿Ritiña, Ritona?--contestó don Pedro devorándola con el mirar.
--Dicen las chicas que vengas.... Estamos muy enfaenadas arreglando el
desván, donde hay todos los trastos del tiempo del abuelo. Parece que se
encuentran allí cosas fenomenales.
--Y yo ¿para qué os sirvo? Supongo que no me mandaréis barrer.
--Todo será que se nos antoje. Ven, holgazán, dormilón, marmota.
Conducía al desván empinadísima escalera, y no era el sitio muy oscuro,
pues recibía luz de tres grandes claraboyas, pero sí bastante bajo; don
Pedro no podía estar allí de pie, y las chicas, al menor descuido, se
pegaban coscorrones en la cabeza contra la armazón del techo.
Guardábanse en el desván mil cachivaches arrumbados que habían servido
en otro tiempo a la pompa, aparato y esplendor de los Pardos de la Lage,
y hoy tenían por compañeros al polvo y la polilla; por esperanza, la
visita de muchachas bulliciosas, que de vez en cuando lo exploraban, a
fin de desenterrar alguna presea de antaño, que reformaban según la moda
actual. Con las antiguallas que allí se pudrían, pudiera escribirse la
historia de las costumbres y ocupaciones de la nobleza gallega, desde un
par de siglos acá. Restos de sillas de manos pintadas y doradas;
farolillos con que los pajes alumbraban a sus señoras al regresar de las
tertulias, cuando no se conocía en Santiago el alumbrado público; un
uniforme de maestrante de Ronda; escofietas y ridículos, bordados de
abalorio; chupas recamadas de flores vistosas; medias caladas de seda,
rancias ya; faldas adornadas con caireles; espadines de acero tomados de
orín; anuncios de funciones de teatro impresos en seda, rezando que la
_dama de música_ había de cantar una chistosa tonadilla, y el gracioso
representar una divertida _pitipieza_; todo andaba por allí revuelto con
otros chirimbolos análogos, que trascendían a casacón desde mil leguas,
y entre los cuales distinguíanse, como prendas más simbólicas y
elocuentes, los trebejos masónicos: medalla, triángulo, mallete,
escuadra y mandil, despojos de un abuelo afrancesado y grado 33..., y
una lindísima chaqueta de grana, con las insignias de coronel bordadas
en plata por bocamangas y cuello, herencia de la abuela de don Manuel
Pardo, que según costumbre de su época, autorizada por el ejemplo de la
reina María Luisa, usaba el uniforme de su marido para montar
diestramente a horcajadas.
--A buena parte me trajisteis--decía don Pedro, ahogado entre el polvo y
contrariadísimo por no poder moverse del asiento.
--Aquí te queremos--le replicaban Rita y Manolita, palmoteando
triunfantes--, porque aunque te empeñes, no hay medio de correr tras de
nosotras, ni de hacernos barrabasadas. Llegó la nuestra. Te vamos a
vestir con espadín y chupa. Ya verás.
--Buena gana tengo de ponerme de máscara.
--Un minuto solamente. Para ver qué facha haces.
--Os digo que no me visto de mamarracho.
--¿Cómo que no? Se nos ha puesto a nosotras en el moño.
--Mirad que os pesará. La que se me acerque ha de arrepentirse.
--¿Y qué nos harás, fantasmón?
--Eso no se dice hasta que se vea.
La misteriosa amenaza pareció infundir temor en las primas, que se
limitaron por entonces a inofensivas travesuras, a algún plumerazo más o
menos. Adelantaba la limpieza del desván: Manolita, con sus brazos
nervudos, manejaba los trastos; Rita los clasificaba; Nucha los sacudía
y doblaba esmeradamente; Carmen tomaba poca parte en el trajín, y menos
aún en la jarana: dos o tres veces se eclipsó, para asomarse a la
galería sin duda. Las demás le soltaron indirectas.
--¿Qué tal está el día, Carmucha? ¿Llueve o hace sol?
--¿Pasa mucha gente por la calle? Contesta, mujer.
--Ésa siempre está pensando en las musarañas.
A medida que las prendas iban quedando limpias de polvo, las chicas se
las probaban. A Manolita le sentaba a maravilla el uniforme de coronel,
por su tipo hombruno. Rita era un encanto con la dulleta de seda
verdegay de la abuela. Carmen sólo consintió en dejarse poner un
estrafalario adorno, un penacho triple, que allá cuando se estrenó se
llamaba _Las tres potencias_. Tocóle a Nucha la probatura de las
mantillas de blonda. A todo esto la tarde caía, y en el telarañoso
recinto del desván se veía muy poco. La penumbra era favorable a los
planes de las muchachas; aprovechando la ocasión propicia, acercáronse
disimuladamente las dos mayores a don Pedro, y mientras Rita le plantaba
en la cabeza un sombrero de tres picos, Manolita le echaba por los
hombros una chupa color tórtola, con guirnaldas de flores azules y
amarillas.
Fue de confusión el momento que siguió a esta diablura sosa. Don Pedro,
medio a gatas porque de otro modo no se lo consentía la poca altura del
desván, perseguía a sus primas, resuelto a tomar memorable venganza; y
ellas, exhalando chillidos ratoniles, tropezando con los muebles y
cachivaches esparcidos aquí y acullá, procuraban buscar la puertecilla
angosta, para evitar represalias. Mientras Rita se atrincheraba tras los
restos de una silla de manos y una desvencijada cómoda, huyeron dos
chicas, las menos valientes; y habiendo tenido Manolita la buena
ocurrencia de cegar momentáneamente a su primo arrojándole a la cabeza
un chal, pudo evadirse también Rita, jefe nato del motín. Desenredarse
del chal haciéndolo jirones, y lanzarse a la puerta y a la escalera en
seguimiento de la fugitiva, fueron acciones simultáneas en don Pedro.
Saltó impetuosamente los peldaños, precipitándose en el corredor a
tientas, guiado por su instinto de perseguidor de alimañas ágiles, que
oye delante de sí el apresurado trotecillo de la hermosa res. En una
revuelta del pasillo le dio alcance. La defensa fue blanda, entrecortada
de risas. Don Pedro, determinado a infligir el castigo ofrecido, lo
aplicó en efecto cerca de una oreja, largo y sonoro. Parecióle que la
víctima no se resistía entonces; mas debía ser errónea tan maliciosa
suposición, porque Rita aprovechó un segundo de suspensión de
hostilidades para huir nuevamente, gritando:
--¿A que no me coges otra vez, cobarde?
Engolosinado, olvidando el peligro del juego, el marqués echó detrás de
la prima, que se había desvanecido ya en las negruras del pasadizo.
Éste, irregular y tortuoso, serpeaba alrededor de parte de la casa,
quebrándose en inesperados codos, y a veces estrechándose como longaniza
mal rellena. Rita llevaba ventaja en sus familiares angosturas. Oyó el
marqués chirriar puertas, indicio de que la chica se había acogido al
sagrado de alguna habitación. No estaba don Pedro para respetar
sagrados. Empujó la puerta tras la cual juzgaba parapetada a Rita. La
puerta resistía como si tuviese algún obstáculo delante; mas los puños
de don Pedro dieron cuenta fácilmente de la endeble trinchera de un par
de sillas, que vinieron al suelo con estrépito. Penetró en un cuarto
completamente oscuro, y por instinto alargó las manos a fin de no
tropezar con los muebles; advirtió que algo rebullía en las tinieblas;
tanteó el aire y palpó un bulto de mujer, que aprisionó en sus brazos
sin decir palabra, con ánimo de repetir el castigo. ¡Oh sorpresa! La
resistencia más tenaz y briosa, la protesta más desesperada, unas
manitas de acero que no podía cautivar, un cuerpo nervioso que se
sacudía rehuyendo toda presión, y al mismo tiempo varias exclamaciones
de profunda y verdadera congoja, dos o tres gritos ahogados que
demandaban socorro.... ¡Diantre! Aquello no se parecía a lo otro, no....
Por ciego y exaltado que estuviese el marqués, hubo de comprender....
Sintió una confusión insólita en él, y soltó a la chica.
--Nuchiña, no llores.... Calla, mujer.... Ya te dejo; no te hago nada....
Aguarda un instante.
Registró precipitadamente sus bolsillos, rascó un fósforo, miró
alrededor, encendió una vela puesta en un candelabro.... Nucha, viéndose
libre, callaba; pero se mantenía a la defensiva. Volvió el marqués a
disculparse y a consolarla.
--Nucha, no seas chiquilla.... Perdona, mujer.... Dispensa, no creía que
eras tú.
Conteniendo un sollozo, exclamó Nucha:
--Fuese quien fuese.... Con las señoritas no se hacen estas brutalidades.
--Hija mía, tu señora hermanita me buscó..., y el que me busca, que no se
queje si me encuentra.... Ea, no haya más, no estés así disgustada. ¿Qué
va a decir de mí el tío? Pero ¿aún lloras, mujer? Cuidado que eres
sensible de veras. A ver, a ver esa cara.
Alzó el candelabro para alumbrar el rostro de Nucha. Estaba ésta
encendida, demudada, y por sus mejillas corría despacio una lágrima;
pero al darle la luz en los ojos, no pudo menos de sonreír ligeramente y
secar el llanto con su pañuelo.
--¡Hija! ¡Cualquiera se te atreve! ¡Eres una fierecita! ¡Y hasta fuerza
en los puños descubres en esos momentos! ¡Diantre!
--Vete--ordenó Nucha recobrando su seriedad--. Ésta es mi habitación, y no
me parece decente que te estés metido en ella.
Dio el marqués dos pasos para salir; y volviéndose de pronto, preguntó:
--¿Quedamos amigos? ¿Se hacen las paces?
--Sí, con tal que no vuelvas a las andadas--respondió con sencillez y
firmeza Nucha.
--¿Qué me harás si vuelvo?--interrogó risueño el hidalgo campesino--. Capaz
eres de dejarme en el sitio de una manotada, chica.
--No por cierto.... No tengo yo fuerzas para tanto. Haré otra cosa.
--¿Cuál?
--Decírselo a papá, muy clarito, para que se fije en lo que de seguro no
se le habrá pasado por la cabeza: que no parece natural vivir tú aquí no
siendo nuestro hermano y siendo nosotras muchachas solteras. Ya sé que
es un atrevimiento meterme a enmendarle la plana a papá; pero él no ha
reparado en esto, ni te cree capaz de gracias como las de hoy. En cuanto
note algo, se le ha de ocurrir sin que yo se lo sople al oído, pues no
soy quién para aconsejar a mi padre.
--¡Caramba! Lo dices de un modo..., ¡como si fuese cuestión de vida o
muerte!
--Pues así.
Marchóse con estas despachaderas el marqués, y a la hora de la cena
estuvo taciturno y metido en sí, haciendo caso omiso de las zalamerías
de Rita. Nucha, aunque un poco alterada la fisonomía, se mostró como
siempre, afable, tranquila y atenta al buen servicio y orden de la mesa.
Aquella noche el marqués no dejó dormir a Julián, entreteniéndole hasta
las altas horas con larga y tendida plática. Los días siguientes fueron
de tregua; don Pedro salía bastante, y se le veía mucho en el Casino,
junto a la tribuna de los maldicientes. No perdía allí el tiempo.
Informábase de particularidades que le importaban, por ejemplo, el
verdadero estado de fortuna de su tío. En Santiago se decía lo que él
sospechaba ya: don Manuel Pardo mejoraba en tercio y quinto a su
primogénito Gabriel, que entre la mejora, su legítima y el vínculo,
vendría a arramblar con casi toda la casa de la Lage. No restaba más
esperanza a las primitas que la herencia de una tía soltera, doña
Marcelina, madrina de Nucha por más señas, que residía en Orense,
atesorando sórdidamente y viviendo como una rata en su agujero. Estas
nuevas dieron en qué pensar a don Pedro, que desveló a Julián algunas
noches más. Al cabo adoptó una resolución definitiva.
Estremecióse de placer don Manuel Pardo viendo al sobrino entrar en su
despacho una mañana, con la expresión indefinible que se nota en el
rostro y continente de quien viene a tratar algo de importancia. Había
oído don Manuel que donde hay varias hermanas, lo difícil es deshacerse
de la primera, y después las otras se desprenden de suyo, como las
cuentas de una sarta tras la más próxima al cabo del hilo. Colocada
Rita, lo demás era tortas y pan pintado. Con Manolita cargaría por
último el finchado señorito de la Formoseda; a Carmen se le quitarían de
la cabeza ciertas locuras y siendo tan linda no le faltaría buen
acomodo; y Nucha.... Lo que es Nucha no le hacía a él peso en casa, pues
la gobernaba a las mil maravillas; además, a fuer de heredera presunta
de su madrina, no necesitaba ampararse casándose. Si no hallaba marido,
viviría con Gabriel cuando éste, acabada la carrera, se estableciese
según conviene al mayorazgo de la Lage. Con tan gratos pensamientos, don
Manuel abrió los oídos para mejor recibir el rocío de las palabras de su
sobrino.... Lo que recibió fue un escopetazo.
--¿Por qué se asusta usted tanto, tío?--exclamaba don Pedro gozando en sus
adentros con la mortificación y asombro del viejo hidalgo--. ¿Hay
impedimento? ¿Tiene Nucha otro novio?
Comenzó don Manuel a poner mil objeciones, callándose algunas que no
eran para dichas. Salió la corta edad de la muchacha, su delicada salud,
y hasta su poca hermosura alegó el padre, sazonando la observación con
alusiones no muy reservadas al buen palmito de Rita y al mal gusto de no
preferirla. Dio al sobrino manotadas en los hombros y en las rodillas;
gastó chanzas, quiso aconsejarle como se aconseja a un niño que escoge
entre juguetes; y por último, tras de referir varios chascarrillos
adecuados al asunto y contados en dialecto, acabó por declarar que a las
demás chicas les daría algo al contraer matrimonio, pero que a Nucha...
como esperaba heredar lo de su tía.... Los tiempos estaban malos,
_abofé_.... Luego, encarándose con el marqués, le interrogó:
--¿Y qué dice esa mosquita muerta de Nucha, vamos a ver?
--Usted se lo preguntará, tío.... ¡Yo no le dije cosa de sustancia...! Ya
vamos viejos para andar haciendo cocos.
¡Oh y qué marejada hubo en casa de la Lage por espacio de una quincena!
Entrevistas con el padre, cuchicheos de las hermanas entre sí,
trasnochadas y madrugonas, batir de puertas, lloreras escondidas que
denunciaban ojos como puños, trastornos en las horas de comer,
conferencias con amigos sesudos, curiosidades de dueña oficiosa que
apaga el ruido de su pisar para sorprender algo al abrigo de una
cortina, todas las dramáticas menudencias que acompañan a un grave
suceso doméstico.... Y como en provincia las paredes son de cristal, se
murmuró en Santiago desaforadamente, glosando los _escándalos_ ocurridos
entre las señoritas de la Lage por causa del primo. Se acusó a Rita de
haber insultado agriamente a su hermana porque le quitaba el novio, y a
Carmen de ayudarla, porque Nucha reprendía su ventaneo. Se censuró a
Nucha también por falsa e hipócrita. Se le royeron los zancajos a don
Manuel, afirmando que había dicho en toda confianza a persona que lo
repitió en toda intimidad: «El sobrino no me había de salir de aquí sin
una de las chicas, y como se le antojó Nucha, hubo que dársela». Se
aseguró que las hermanas no cruzaban ya palabra alguna en la mesa, y lo
confirmó ver a Rita en paseo sola con Carmen delante, mientras el primo
seguía detrás con don Manuel y Nucha. Ésta iba como avergonzada,
cabizbaja y modesta. Crecieron los comentarios cuando Rita salió para
Orense, a acompañar una temporada a la tía Marcelina, según dijo, y don
Pedro para una posada, por no considerarse decoroso que los novios
viviesen bajo un mismo techo en vísperas de boda.
Ésta se efectuó llegada la dispensa pontificia, hacia fines del mes de
agosto. No faltaron los indispensables requisitos: finezas mutuas,
regalos de amigos y parientes, cajas de dulces muy emperifolladas para
repartir, buen ajuar de ropa blanca, las _galas_ venidas de Madrid en un
cajón monstruo. Dos o tres días antes de la ceremonia se recibió un
paquetito procedente de Segovia, y dentro de él un estuche. Contenía una
sortija de oro muy sencilla, y una cartulina figurando tarjeta, que
decía: «A mi inolvidable hermana Marcelina, su más amante hermano,
Gabriel». La novia lloró bastante con el obsequio de _su niño_, púsolo
en el dedo meñique de la mano izquierda, y allí se le reunió el otro
anillo que en la iglesia le ciñeron.
Casáronse al anochecer, en una parroquia solitaria. Vestía la novia de
rico gro negro, mantilla de blonda y aderezo de brillantes. Al regresar
hubo refresco para la familia y amigos íntimos solamente: un refresco a
la antigua española, con almíbares, sorbetes, chocolate, vino generoso,
bizcochos, dulces variadísimos, todo servido en macizas salvillas y
bandejas de plata, con gran etiqueta y compostura. No adornaban la mesa
flores, a no ser las rosas de trapo de las _tartas_ o ramilletes de
piñonate; dos candelabros con bujías, altos como mecheros de catafalco,
solemnizaban el comedor; y los convidados, transidos aún del miedo que
infunde el terrible sacramento del matrimonio visto de cerca, hablaban
bajito, lo mismo que en un duelo, esmerándose en evitar hasta el repique
de las cucharillas en la loza de los platos. Parecía aquello la comida
postrera de los reos de muerte. Verdad es que el señor don Nemesio
Angulo, eclesiástico en extremo cortesano y afable, antiguo amigo y
tertuliano de don Manuel y autor de la dicha de los cónyuges, a quienes
acababa de bendecir, intentó soltar dos o tres cosillas festivas, en
tono decentemente jovial, para animar un poco la asamblea; pero sus
esfuerzos se estrellaron contra la seriedad de los concurrentes. Todos
estaban--es la frase de cajón--_muy afectados_, incluso el señorito de la
Formoseda, que acaso pensaba «cuando la barba de tu vecino...», y
Julián, que viendo colmados sus deseos y votos ardentísimos, triunfante
su candidatura, sentía no obstante en el corazón un peso raro, como si
algún presentimiento cruel se lo abrumase.
Seria y solícita, la novia atendía y servía a todo el mundo; dos o tres
veces su pulso desasentado le hizo verter el Pajarete que escanciaba al
buen don Nemesio, colocado en sitio preferente, a su derecha. El novio
entretanto conversaba con los hombres, y, al alzarse de la mesa,
repartió excelentes cigarros de que tenía rellena la petaca. Nadie
aludió al trascendental acontecimiento, ni se atrevió a decir la menor
chanza que pudiese poner colorada a la novia; pero al despedirse los
convidados, algunos caballeros recalcaron maliciosamente las _buenas
noches_, mientras matronas y doncellas, besando con estrépito a la
desposada, le chillaban al oído: «Adiós, _señora_.... Ya eres _señora_,
ya no es posible llamarte _señorita_...», celebrando tan trivial
observación con afectadas risas, y mirando a Nucha como para
aprendérsela de memoria. Cuando todos fueron saliendo, don Manuel Pardo
se acercó a su hija, y la oprimió contra el pecho colosal, sellándole la
frente con besos muy cariñosos. Hallábase realmente conmovido el señor
de la Lage: era la primera vez que casaba una hija; sentía desbordarse
en su alma la paternidad, y al tomar de la mano a Nucha para conducirla
a la cámara nupcial, alumbrándoles el camino Misia Rosario con un
candelabro de cinco brazos cogido de la mesa del comedor, no acertaba a
pronunciar palabra, y un poco de humedad se asomaba a sus lagrimales
áridos, y una sonrisa de orgullo y placer entreabría al mismo tiempo su
boca. En el umbral pudo exclamar al cabo:
--¡Si levantase la cabeza tal día como hoy tu madre que en gloria esté!
Ardían en el tocador de la estancia dos velas puestas en candeleros no
menos empinados y majestuosos que los candelabros del refresco; y como
no la iluminaba otra luz, ni se había soñado siquiera en el clásico
globo de porcelana que es de rigor en todo voluptuoso camarín de novela,
impregnaba la alcoba más misterio religioso que nupcial, completando su
analogía con una capilla u oratorio la forma del tálamo, cuyas cortinas
de damasco rojo franjeadas de oro se parecían exactamente a colgaduras
de iglesia, y cuyas sábanas blanquísimas, tersas y almidonadas, con
randas y encajes, tenían la casta lisura de los manteles de altar.
Cuando el padre se retiraba ya, murmurando «Adiós, Nuchiña, hija
querida», la novia le asió la diestra y se la besó humildemente, con
labios secos, abrasados de calentura. Quedó sola. Temblaba como la hoja
en el árbol, y al través de sus crispados nervios corría a cada instante
el escalofrío de la _muerte chiquita_, no por miedo razonado y
consciente, sino por cierto pavor indefinible y sagrado. Parecíale que
aquella habitación donde reinaba tan imponente silencio, donde ardían
tan altas y graves las luces, era el mismo templo en que no hacía dos
horas aún se había puesto de hinojos.... Volvió a arrodillarse, divisando
allá en la sombra de la cabecera del lecho el antiguo Cristo de ébano y
marfil, a quien el cortinaje formaba severo dosel. Sus labios murmuraban
el consuetudinario rezo nocturno: «Un Padrenuestro por el alma de
mamá...». Oyéronse en el corredor pisadas recias, crujir de botas
flamantes, y la puerta se abrió.
Tomo II
-XII-
Quedaban migajas, no muy añejas aún, del pan de la boda, cuando don
Pedro celebró con Julián una conferencia, conviniendo ambos en lo
urgente de que el capellán se adelantase a salir a los Pazos para
adoptar varias precauciones indispensables y civilizar algo la huronera,
mientras no iban a vivirla sus dueños. Julián aceptó la comisión, y
entonces el señorito mostró remordimientos o escrúpulos de habérsela
encomendado.
--Mire usted--advirtió--que allí se necesitan muchas agallas.... Primitivo
es hombre de malos hígados, capaz de darle a usted cien vueltas....
--Dios delante. Matar no me matará.
--No lo diga usted dos veces--insistió el señor de Ulloa, impulsado por
voces de su conciencia, que en aquel momento se dejaban oír claras y
apremiantes--. Ya le avisé a usted en otra ocasión de cómo es Primitivo:
capaz de cualquier desafuero.... Lo que yo no creo es que vaya a cometer
barbaridades por gusto de cometerlas, ni aun en el primer momento,
cuando le ciega el deseo de la venganza.... Con todo....
No era ésta la única vez que don Pedro manifestaba sagacidad en el
conocimiento de caracteres y personas, don esterilizado por la falta de
nociones de cultura moral y delicadeza, de ésas que hoy exige la
sociedad a quien, mediante el nacimiento, la riqueza o el poder, ocupa
en ella lugar preeminente.
Prosiguió el señorito:
--Primitivo no es un bárbaro.... Pero es un bribón redomado y taimadísimo,
que no se para en barras con tal de lograr sus fines.... ¡Demontres!
Harto estoy de saberlo.... El día que nos vinimos... si él pudiese
detenernos soplándonos un tiro a mansalva... no doy dos cuartos por su
pellejo de usted ni por el mío.
Estremecióse Julián, y se le borraron las rosadas tintas de los pómulos.
No era de madera de héroes, lo cual le salía a la cara. A don Pedro le
divertía infinito el miedo del capellán. En la índole de don Pedro había
un fondo de crueldad, sostenido por su vida grosera.
--Apostemos--exclamó riéndose--que la cruz aquélla del camino va usted a
pasarla rezando.
--No digo que no--contestó Julián repuesto ya--; mas no por eso me niego a
ir. Es mi deber; de suerte que no hago nada de extraordinario en
cumplirlo. Dios sobre todo.... A veces no es tan fiero el león como lo
pintan.
--No le tiene cuenta ahora a Primitivo meterse en dibujos.
Calló Julián. Al cabo exclamó:
--Señorito, ¡si usted adoptase una buena resolución! ¡Echar a ese hombre,
señorito, echarlo!
--Calle usted, hombre, calle usted.... Le pondremos a raya.... Pero eso de
echar.... ¿Y los perros? ¿Y la caza? ¿Y aquellas gentes, y todo aquel
cotarro, que nadie me lo entiende sino él? Desengáñese usted: sin
Primitivo no me arreglo yo allí.... Haga usted la prueba, sólo por gusto,
de aquillotrarme algunas cosas de las que Primitivo maneja durmiendo....
Además, crea usted lo que le digo, que es como el Evangelio: si echa
usted a Primitivo por la puerta, se nos entrará por la ventana.
¡Diantre! ¡Si sabré yo quién es Primitivo!
Julián balbució:
--¿Y... de lo demás...?
--De lo demás.... Arréglese usted como quiera.... Lleva usted plenos
poderes.
¡Ya lo creo que los llevaba! ¡Así llevase también alguna receta eficaz
para servirse de ellos! Investido de autoridad omnímoda, Julián sentía
en el fondo del alma una especie de compasión por la desvergonzada
manceba y el hijo espurio. Este último sobre todo. ¿Qué culpa tenía el
pobre inocente de las bellaquerías maternales? Siempre parecía duro
arrojarle de una casa donde, al fin y al cabo, el dueño era su padre.
Julián no se hubiera encargado jamás de tan ingrata comisión a no
parecerle que iba en ello la salvación eterna de don Pedro, y también el
sosiego temporal de la que él seguía llamando _señorita Marcelina_,
contra el dictamen de las convidadas a la boda.
No sin aprensión cruzó de nuevo el triste país de lobos que antecedía al
valle de los Pazos. El cazador le aguardaba en Cebre, e hicieron la
jornada juntos; Primitivo, por más señas, se mostró tan sumiso y
respetuoso, que Julián, quien al revés que don Pedro poseía el don de
errar en el conocimiento práctico de las gentes, guardando los aciertos
para el terreno especulativo y abstracto, fue poco a poco desechando la
desconfianza, y persuadiéndose de que ya no tenía el zorro intenciones
de morder. El rostro impasible de Primitivo no revelaba rencor ni enojo.
Con su laconismo y seriedad habituales, hablaba del tiempo desapacible y
metido en agua, que casi no había consentido majar, ni segar el maíz, ni
vendimiar como Dios manda, ni cumplir en paz ninguna de las grandes
faenas agrícolas. Estaba en efecto el camino encharcado, lleno de
aguazales, y como había llovido por la mañana también, los pinos dejaban
escurrir de las verdes y brillantes púas de su ramaje gotas de agua que
se aplastaban en el sombrero de los viajeros. Julián iba perdiendo el
miedo y un gozo muy puro le inundaba el espíritu cuando saludó al
crucero con verdadera efusión religiosa.
«Bendito seas, Dios mío--pensaba para sí--, pues me has permitido cumplir
una obra buena, grata a tus ojos. He encontrado en los Pazos, hace un
año, el vicio, el escándalo, la grosería y todas las malas pasiones; y
vuelvo trayendo el matrimonio cristiano, las virtudes del hogar
consagrado por ti. Yo, yo he sido el agente de que te has valido para
tan santa obra.... Dios mío, gracias».
Cortaron el soliloquio ladridos vehementes: era la jauría del marqués,
que salía a recibir al montero mayor, haciendo locas demostraciones de
regocijo, zarandeando los rabos mutilados y abriendo de una cuarta las
fresquísimas bocas. Acariciólos Primitivo con su enjuta mano, pues era
sumamente afectuoso para los perros; y al nieto, que en pos de los
perros venía, le dio una especie de festivo soplamocos. Quiso Julián
besar al niño, pero éste se puso en polvorosa antes de que pudiese
lograrlo; y el capellán experimentó otra vez compasivos remordimientos,
causados por la vista de la ya repudiada criatura. A Sabel la halló en
el sitio de costumbre, entre sus pucheros, pero sin el antiguo séquito
de aldeanas viejas y mozas, de la Sabia y su dilatada progenie. Reinaba
en la cocina orden perfecto: todo limpio, sosegado y solitario; la
persona más severa y amiga de censurar no encontraría qué. El capellán
comenzaba a sentirse confuso viendo en ausencia suya tanto arreglo, y a
temer que su venida lo trastornara: idea dictada por su nativa timidez.
A la hora de cenar aumentó su sorpresa. Primitivo, más blando que un
guante, le daba cuenta en voz reposada de lo ocurrido allí durante medio
año, en materia de vacas paridas, obras emprendidas, rentas cobradas; y
mientras el padre reconocía así su autoridad superior, la hija le servía
diligente y humilde, con pegajosa dulzura de animal doméstico que
implora caricias. No sabía Julián qué cara poner en vista de una acogida
tan cordial.
Creyó que mudarían de actitud al día siguiente, cuando, haciendo uso de
los plenísimos poderes y facultades omnímodas de que venía investido,
ordenó a la Agar y al Ismael de aquel patriarcado emigrar al desierto.
¡Milagro asombroso! Tampoco se alteró entonces la mansedumbre de
Primitivo.
--Los señoritos traerán cocinera de allá, de Santiago...--explicaba
Julián, para fundar en algo la expulsión.
--Por supuesto...--respondió Primitivo con la mayor naturalidad del
mundo--. Allá en la _vila_ guísase de otro modo.... Los señores tienen la
boca acostumbrada.... Cuadra bien, que yo también le iba a pedir que le
escribiese al señor marqués de traer quien cocinase.
--¿Usted?--exclamó Julián, estupefacto.
--Sí, señor.... La hija se me quiere casar....
--¿Sabel?
--Sabel, sí, señor, anda en eso.... Con el gaitero de Naya, el _Gallo_....
Por de contado se empeña en irse para su casa, así que les echen las
bendiciones....
Sintió Julián un sofocón de pura alegría. No pudo menos de pensar que en
todo aquel negocio de Sabel andaba visiblemente la mano de la
Providencia. ¡Sabel casada, alejada de allí; el peligro conjurado; las
cosas en orden, la salvación segura! Una vez más dio gracias al Dios
bondadoso que quita los estorbos de delante cuando la mezquina previsión
humana no cree posible removerlos siquiera.... La satisfacción que le
rebosaba en el semblante era tal, que se avergonzó de mostrarla ante
Primitivo, y empezó a charlar aprisa, por disimulo, felicitando al
cazador y augurando a Sabel un porvenir de ventura en el nuevo estado.
Aquella noche misma escribió al marqués la buena noticia.
Pasaron días, siempre bonancibles. Proseguía Sabel mansa, Primitivo
complaciente, Perucho invisible, la cocina desierta. Sólo notaba Julián
cierta resistencia pasiva en lo tocante al gobierno de los estados y
hacienda del marqués. En este terreno le fue absolutamente imposible
adelantar una pulgada. Primitivo sostenía su posición de verdadero
administrador, apoderado, y, entre bastidores, autócrata: Julián
comprendía que sus plenos poderes importaban tanto como la carabina de
Ambrosio, y hasta pudo cerciorarse, por indicios evidentes, de que el
influjo que ejercía el cazador en el circuito de los Pazos iba
haciéndose extensivo a toda la comarca; a menudo venían a conferenciar
con el mayordomo, en actitud respetuosa y servil, gentes de Cebre, de
Castrodorna, de Boán, de puntos más distantes todavía. En cuatro leguas
a la redonda no se movía una paja sin intervención y aquiescencia de
Primitivo. No poseía Julián fuerzas para luchar con él, ni lo intentaba,
pareciéndole secundario el perjuicio que a la casa de Ulloa originase la
mala administración de Primitivo, en proporción al daño inmenso que
estuvo a punto de causarle Sabel. Descartarse de la hija lo tenía él por
importante; en cuanto al padre....
Verdad es que la hija no se marchaba tampoco; pero se marcharía, ¡no
faltaba más! ¿Quién duda que se marcharía? Tranquilizaba a Julián una
señal en su concepto infalible: el haber sorprendido cierto anochecer,
cerca del pajar, a Sabel y al gallardo gaitero entretenidos en coloquios
más dulces que edificantes. Le ruborizó el encuentro, pero hizo la vista
gorda reflexionando que aquello era, por decirlo así, la antesala del
altar. Seguro de la victoria respecto a la mala hembra, transigió en lo
relativo al mayordomo. Cuanto más que éste no rechazaba las indicaciones
de Julián, ni le llevaba la contraria en cosa alguna. Si el capellán
ideaba planes, censuraba abusos o insistía en la urgente necesidad de
una reforma, Primitivo aprobaba, allanaba el camino, sugería medios, de
palabra se entiende; al llegar a la realización, ya era harina de otro
costal: empezaban las dificultades, las dilaciones: que hoy... que
mañana.... No hay fuerza comparable a la inercia. Primitivo decía a
Julián para consolarle:
--Una cosa es hablar, y otra hacer....
O matar a Primitivo, o entregársele a discreción: el capellán comprendía
que no quedaba otro recurso. Fue un día a desahogar sus cuitas con don
Eugenio, el abad de Naya, cuyos discretos pareceres le alentaban mucho.
Encontróle todo alborotado con los noticiones políticos, que acababan de
confirmar los pocos periódicos que se recibían en aquellos andurriales.
La marina se había sublevado, echando del trono a la reina, y ésta se
encontraba ya en Francia, y se constituía un gobierno provisional, y se
contaba de una batalla reñidísima en el puente de Alcolea, y el ejército
se adhería, y el diablo y su madre.... Don Eugenio andaba, de puro
excitado, medio loco, proyectando irse a Santiago sin dilación para
saber noticias ciertas. ¡Qué dirían el señor Arcipreste y el abad de
Boán! ¿Y Barbacana? Ahora sí que Barbacana estaba fresco: su eterno
adversario Trampeta, amigo de los unionistas, se le montaría encima por
los siglos de los siglos, amén. Con el embullo de estos acontecimientos,
apenas atendió el abad de Naya a las tribulaciones de Julián.
-XIII-
Transcurrido algún tiempo de vida familiar con suegro y cuñadas, don
Pedro echó de menos su huronera. No se acostumbraba a la metrópoli
arzobispal. Ahogábanle las altas tapias verdosas, los soportales
angostos, los edificios de lóbrego zaguán y escalera sombría, que le
parecían calabozos y mazmorras. Fastidiábale vivir allí donde tres gotas
de lluvia meten en casa a todo el mundo y engendran instantáneamente una
triste vegetación de hongos de seda, de enormes paraguas. Le incomodaba
la perenne sinfonía de la lluvia que se deslizaba por los canalones
abajo o retiñía en los charcos causados por la depresión de las
baldosas. Quedábanle dos recursos no más para combatir el tedio:
discutir con su suegro o jugar un rato en el Casino. Ambas cosas le
produjeron en breve, no hastío, pues el verdadero hastío es enfermedad
moral propia de los muy refinados y sibaritas de entendimiento, sino
irritación y sorda cólera, hija de la secreta convicción de su
inferioridad. Don Manuel era superior a su sobrino por el barniz de
educación adquirido en dilatados años de existencia ciudadana y el
consiguiente trato de gentes, así como por aquel bien entendido orgullo
de su nacimiento y apellido, que le salvaba de _adocenarse_ (era su
expresión predilecta). Aparte de la manía de referir en las sobremesas y
entre amigos de confianza mil anécdotas, no contrarias al pudor, pero sí
a la serenidad del estómago de los oyentes, era don Manuel persona
cortés y de buenas formas para presidir, verbigracia, un duelo, asistir
a una junta en la Sociedad Económica de Amigos del País, llevar el
estandarte en una procesión, ser llamado al despacho de un gobernador en
consulta. Si deseaba retirarse al campo, no le atraía tan sólo la
perspectiva de dar rienda suelta a instintos selváticos, de andar sin
corbata, de no pagar tributo a la sociedad, sino que le solicitaban
aficiones más delicadas, de origen moderno: el deseo de tener un jardín,
de cultivar frutales, de hacer obras de albañilería, distracción que le
embelesaba y que en el campo es más barata que en la ciudad. Además, el
fino trato de su mujer, la perpetua compañía de sus hijas suavizara ya
las tradiciones rudas que por parte de los la Lage conservaba don
Manuel: cinco hembras respetadas y queridas civilizan al hombre más
agreste. He aquí por qué el suegro, a pesar de encontrarse
cronológicamente una generación más atrás que su yerno, estaba
moralmente bastantes años delante.
Trataba don Manuel de descortezar a don Pedro; y no sólo fue trabajo
perdido, sino contraproducente, pues recrudeció su soberbia y le
infundió mayores deseos de emanciparse de todo yugo. Aspiraba el señor
de la Lage a que su sobrino se estableciese en Santiago, levantando la
casa de los Pazos y visitándola los veranos solamente, a fin de
recrearse y vigilar sus fincas; y al dar tales consejos a su yerno, los
entreveraba con indirectas y alusiones, para demostrar que nada ignoraba
de cuanto sucedía en la vieja madriguera de los Ulloas. Este género de
imposición y fiscalización, aunque tan disculpable, irritó a don Pedro,
que según decía, no aguantaba ancas ni gustaba de ser manejado por nadie
en el mundo.
--Por lo mismo--declaró un día delante de su mujer--vamos a tomar soleta
pronto. A mí nadie me trae y lleva desde que pasé de chiquillo. Si callo
a veces, es porque estoy en casa ajena.
Estar en casa ajena le exaltaba. Todo cuanto veía lo encontraba
censurable y antipático. El decoroso fausto del señor de la Lage; sus
bandejas y candelabros de plata; su mueblaje rico y antiguo; la
respetabilidad de sus relaciones, compuestas de lo más selecto de la
ciud
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