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Un faccioso más y algunos frailes menos

by Benito Pérez Galdós · Spanish · Gutenberg #17443 · 484,286 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Un faccioso más y algunos frailes menos
    
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Title: Un faccioso más y algunos frailes menos

Author: Benito Pérez Galdós


        
Release date: January 2, 2006 [eBook #17443]
                Most recently updated: December 29, 2023

Language: Spanish

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Credits: Chuck Greif from digital text and images generously made available by La Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK UN FACCIOSO MÁS Y ALGUNOS FRAILES MENOS ***




UN FACCIOSO MÁS Y ALGUNOS FRAILES MENOS

Episodios nacionales. Segunda serie; 20

Por

BENITO PÉREZ GALDÓS

Madrid

1884







-I-


El 16 de Octubre de aquel año (y los lectores del libro precedente saben
muy bien qué año era) fue un día que la historia no puede clasificar
entre los desgraciados ni tampoco entre los felices, por haber ocurrido
en él, juntamente con sucesos prósperos de esos que traen regocijo y
bienestar a las naciones, otros muy lamentables que de seguro habrían
afligido a todo el género humano si este hubiera tenido noticia de
ellos.

No sabemos, pues, si batir palmas y cantar victoria o llorar a lágrima
viva, porque si bien es cierto que en aquel día terminó para siempre el
aborrecido poder de Calomarde, también lo es que nuestro buen amigo D.
Benigno padeció un accidente que puso en gran peligro su preciosa
existencia. Cómo sucedió esto es cosa que no se sabe a punto fijo. Unos
dicen que fue al subir al coche para marchar a Riofrío en expedición de
recreo; otros que la causa del percance fue un resbalón dado con muy
mala fortuna en día lluvioso, y Pipaón, que es buen testimonio para todo
lo que se refiere a la residencia del héroe de Boteros en la Granja,
asegura que cuando este supo la caída de Calomarde y la elevación de D.
José Cafranga a la poltrona de Gracia y Justicia, dio tan fuerte brinco
y manifestó su alegría en formas tan parecidas a las del arte de los
volatineros, que perdiendo el equilibrio y cayendo con pesadez y
estrépito se rompió una pierna. Pero no, no admitamos esta versión que
empequeñece a nuestro héroe haciéndole casquivano y pueril. El vuelco de
un detestable coche que iba a Segovia cuando había personas que
consentían en descalabrarse por ver un acueducto romano, una catedral
gótica y un alcázar arabesco, fue lo que puso a nuestro amigo en estado
de perecer. Y gracias que no hubo más percance que la pierna rota, el
cual fue en tan buenas condiciones y por tan buena parte, al decir de
los médicos, que el paciente debía estar muy satisfecho y alabar la
misericordia de Dios.

--Como todo es relativo en el mundo--decía Cordero en su lecho, cuando se
convenció de que su curación sería pronta y segura--, romperse una pierna
sola es mejor que romperse las dos, y así, Sr. de Monsalud, yo estoy
contentísimo, mayormente viendo que el pesado negocio que me trajo a la
Granja está ya resuelto, y que gracias a mi amigo el gran D. José de
Cafranga (que mil años viva) no tendré más cuestiones con el hipogrifo
de D. Pedro Abarca (a quien vea yo sin hueso sano). Dígame usted, amigo,
¿ha observado usted que en este mundo pícaro, cien veces pícaro, no hay
alegría que no venga contrapesada con un dolor, ni dulzura que no traiga
su acíbar? Pues bien: todo no ha de ser malo. El contento que yo he
tenido ¿no vale una pierna? ¿Qué significa un hueso roto de fácil
soldadura, en comparación de las más puras satisfacciones del alma?
Vengan averías de este jaez y cáigame yo, aunque sea de lo alto del
acueducto, con tal que en proporción de los chichones y de las fracturas
sean los gustos del espíritu y los regocijos del corazón.

De esta manera un poco artificiosa y sutil se consolaba, y así, mientras
duró su enfermedad, apenas perdió el buen humor ni la paz y dulzura de
su condición sin igual. Deparole el cielo excelente compañía en Salvador
Monsalud, que, a pesar de haber despachado también satisfactoriamente
sus asuntos, no quiso salir de la Granja dejando solo y postrado en la
cama a su honrado amigo. La corte se marchó, los cortesanos siguieron a
la corte, el Real Sitio se quedó desierto, calladas las fuentes,
desiertas las alamedas. Empezaron a despojarse de su follaje los
árboles; enfriose el aire al compás del solemne y tristísimo crecimiento
de las noches; soplaron céfiros asesinos, precursores de aguaceros y
tormentas; los remolinos de hojas secas corrían por el suelo húmedo
murmurando tristezas, y sobre todo derramaron llanto sin fin las nubes
pardas, en tal manera que no parecía sino que en la superficie de la
tierra había algo que debía ser para siempre borrado.

Solos en su alojamiento, mal acompañados de una mediana lumbre, D.
Benigno y su amigo pasaban los días. El enfermo, aunque postrado y sin
movimiento, estaba casi siempre menos triste que el sano. Este,
centinela en un sillón frente al hogar, reanimaba el fuego cuando se iba
extinguiendo, y D. Benigno hacía revivir la conversación moribunda
cuando Salvador la dejaba apagar con sus monosílabos o con su silencio.

El tema más amado y más favorecido de Cordero era su familia, y no
pasaba una hora sin que dijese: «¡qué hará en este momento el tunante de
Juanillo Jacobo!» o bien: «¿habrá comprendido Sola, a pesar de mis
precauciones, que me ha pasado desgracia?». Debe advertirse que nuestro
buen señor había puesto singular empeño en que sus queridos hijos, su
hermana y su amiga no se enterasen del triste motivo que en San
Ildefonso le detenía, y por esto sus cartas todas parecían novelas,
según las invenciones y mentiras de que iban llenas. Unas decían:
«Esperadme ocho días más, porque si bien nuestro asunto está terminado,
no quiero marcharme sin hacer una pequeña contrata de pinos, pues desde
aquí oigo los gritos de la casa de los Cigarrales pidiéndome que la
ensanche». Más adelante escribía: «Con estos malditos temporales no hay
carricoche que se atreva con las Siete Revueltas», y una semana después
se disculpaba así: «Un excelente amigo, que vive en la misma posada, ha
caído en cama con tan fuerte pulmonía que no me es posible abandonarle
en este solitario pueblo. Esperadme unos pocos días y rogad a Dios por
el enfermo».

Así les engañaba, dando tiempo al tiempo, hasta que llegara el de la
soldadura del hueso, la cual venía con la tardanza que es natural,
impacientando tanto al buen hombre que a ratos no podía contener su
impaciencia y daba puñadas sobre la cama diciendo: «Esto no se puede
aguantar. Soldada o sin soldar, señora pierna, usted tendrá que ponerse
en polvorosa para Madrid la semana que viene».

Salvador no se apartaba de su amigo ni de noche ni de día. Unas veces
hablaban de política, empezando D. Benigno de este modo: «¿Cree usted
que ese pobre Sr. Zea tendrá buena mano para el timón de la nave del
Estado?».

La enojosa permanencia y quietud en el lecho le ocasionaba insomnios
frecuentes, cuando no letargos breves y febriles, acompañados de
pesadillas o alucinaciones. A veces despertaba de súbito bañado en
sudor, y exclamaba pasándose la mano por los ojos:--Jesús me valga y la
Santa Virgen del Sagrario, ¡qué sueño he tenido! Me parecía estar viendo
a Juanillo Jacobo rodando por un precipicio negro, mientras la pobre
Sola, atada por los cabellos a la cola de un brioso caballo... No lo
quiero contar porque me parece que lo veo otra vez... ¡Cuándo volveré a
vuestro lado, queridos de mi corazón, para que con el placer de veros se
acabe el suplicio de soñaros!

Una noche observó Salvador que daba el enfermo un gran suspiro, y
despertando acongojadísimo parecía reconocer la realidad de las cosas,
medio seguro de espantar las embusteras percepciones del sueño.

--Es todo mentira, Sr. D. Benigno--le dijo Monsalud riendo--. Ánimo.

--¡Ay, Dios mío! ¡qué sueño!--exclamó el de Boteros--. Todavía me duran la
angustia y el mortal frío que sentí. Figúrese usted, señor mío, que me
acercaba a mi casa de los Cigarrales, y la visión era tan perfecta que
todo estaba delante de mí claro, vivo, verdadero. Una soledad tristísima
envolvía mi finca. Ni mis hijos, ni mis criados aparecían por ninguna
parte... Me acerco más, miro a las ventanas y las ventanas me miran con
ceño. De pronto veo que aparece Sola por la puerta de la huerta; doy un
paso hacia ella, me mira con semblante frío, serio como el de una
estatua, mueve su cabeza como diciendo no, no. Luego, señor D. Salvador,
me dice adiós con la mano derecha, y se aleja, huye, desaparece, se
disipa como una sombra entre los almendros... Me quedo yerto, miro a mi
casa y mi casa... créalo usted... se echa a reír... yo no sé cómo era
esto; pero lo cierto es que ella se reía, se reía...

--Y ahora nos reímos nosotros.

--¡Bendito sea Dios! ¿qué será esto del soñar? ¿Anunciarán los sueños
realidades? ¿Estas horribles mentiras traerán consigo algo que con la
misma verdad se relacione? Ello es que la pobre Sola no se aparta de
esta cabeza a ninguna hora de la noche ni del día... Que será feliz
casándome con ella es indudable; que ella lo será también no hay para
qué decirlo... Pienso muchas veces si el Señor habrá decidido que yo me
muera antes de que pueda realizar mi deseo, al cual va unido el mayor
beneficio que se puede hacer a una huérfana pobre y sin amparo. ¿Qué
sería entonces de esa infeliz?...

--La pobrecita tendría una gran pena--dijo Salvador.

--¿Se moriría de pena?--preguntó Cordero con ingenuidad pueril.

--Tanto como morirse...

--No se moriría, no... ¡pero qué desamparada, qué sola se quedaría en el
mundo! ¿Quién comprendería su mérito? ¿quién le tendería una mano?

--No podría reemplazar sin duda dignamente el bien que perdía--dijo
Monsalud, sentándose junto al perniquebrado Cordero--; pero parte del
bien que merece lo hallaría tal vez... casándose conmigo.

Los dos se miraron asombrados y con ligero ceño.

--¡Con usted!--exclamó el de Boteros volviendo de su sorpresa...--¿Ha
pensado usted en eso alguna vez?

--Muchas.

--¡Si yo no existiese!... ¿Y ella consentiría?...

--No lo aseguro. Pero pasado algún tiempo es fácil que consintiese. Sólo
Dios es eterno.

--Y usted desea...

Lanzado de improviso a un mar de confusiones, D. Benigno no pudo decir
más. Su amigo, quizás arrepentido de haber hecho una declaración
imprudente, trató de tranquilizarle hablándole de lo bien que dirigía
Cristina la dichosa nave del Estado. Entonces la alegoría del
barquichuelo estaba en todo su auge, y no se mentaban las dificultades
del Gobierno sin sacar a relucir la consabida embarcación, el mar
borrascoso de la política, y principalmente el timón ministerial, que
algunos llamaban gubernalle. Después dijo que el decreto abriendo las
universidades era un golpe maestro; la amnistía, aunque muy restringida,
un levantado pensamiento digno de los más grandes políticos, y la
destitución de Eguía y González Moreno una obra maestra de previsión;
pero añadió que muchas y muy peregrinas dotes de ingenio y energía había
de desplegar la Reina para someter a la plaga de humanos monstruos que
con el nombre de voluntarios realistas asolaba el Reino. A todo esto
atendía poco el enfermo, porque tenía su pensamiento harto distante de
los disturbios de España. No será ocioso decir que en aquel momento
sintió D. Benigno renacer en su pecho la antipatía que en otras
ocasiones le inspirara su amigote; pero como en tan noble alma no cabía
la ingratitud, pensó en las atenciones y cuidados que al mismo debía
durante la enfermedad, y con esto se le fue pasando el rencorcillo. En
las conversaciones de los días siguientes tuvo el buen acuerdo de no
nombrar a la familia ni los Cigarrales, ni mentar cosa alguna que
pudiese relacionarse con el importuno asunto de sus futuras bodas.

Un día, no obstante, en ocasión que comía en su lecho despaciosamente y
gustando bien los manjares, como era en él costumbre, quedose un buen
rato a medio mascar, sin quitar los ojos de Salvador; y volviendo luego
a atender al plato, habló así:

--Mis distracciones son tan chuscas como mis sueños. Hace un momento
hallábame tan abstraído, tan engolfado con el pensamiento en ideas y
cosas de mi familia que sin saberlo, aparté en el plato y corté con mi
cuchillo los pedacitos con que suelo engolosinar a Juanillo Jacobo
cuando come junto a mí. Me parecía que el pequeñuelo estaba a mi lado y
que los demás distaban poco. Esto es tan frecuente en mí, Sr. D.
Salvador, en el insoportable tedio de esta soldadura, que a veces,
cuando siento pasos, me parece que son ellos que van a entrar, y cuando
suena voz de mujer, si es bronca y regañona, me parece la de mi hermana,
si es dulce y apacible como la de la misma discreción, me parece la de
Sola. Cuando despierto por las mañanitas, mi alucinación es tal que con
la propia evidencia se confunde, y siento que entran y salen, oigo a
Cruz regañando con los chicos y haciendo mimos a los pájaros; oigo a
Sola arreglando a los pequeñuelos para que vayan a la escuela, y me digo
para mi sayo: «Tempranito se ha levantado mi gente. Ya, Sola ha puesto
mi cuarto como el oro, y me ha preparado ese chocolate que, por lo
exquisito, debe de caer en espesos chorros del mismo cielo».

Dando luego un gran suspiro se sonrió y dijo:

--Usted, solterón empedernido, no comprende estas deliciosas chocheces
del alma. Diviértase usted con la política, con el conspirar, con la
suerte de las monarquías, y derrítase los sesos pensando en si debe
haber más o menos cantidad de Rey y tal o cual dosis de Constitución.
Buen provecho, amiguito; yo me atengo a lo del poeta: denme
_mantequillas y pan tierno_; sí señor, mantequillas, es decir amores
puros y tranquilos: pan tierno, es decir, la sosegada compañía de una
esposa honesta y casera, el besuqueo de los nenes, el trabajo y cien mil
alegrías que cruzándose con algunas penillas van tejiendo nuestra vida.

--Bueno es el cuadro, bueno--dijo el otro, ocultando medianamente su
disgusto--. Cuando sea realidad avise usted... Me consolaré de mi
tristeza viendo la alegría de los que con sus buenas acciones han
merecido vivir en paz. Solamente los perversos padecen contemplando el
bien ageno. Yo, que no soy malo, pido un puesto, siquiera sea el último,
en ese festín de regocijos y felicidades... Pero me ocurre preguntar:
«¿Cerrará usted la puerta a los amigos después de su casamiento?».

D. Benigno no contestó nada, porque la afirmativa le pareció ridícula y
la negación aventurada, bastante contraria, si se ha de decir verdad, a
sus propósitos. El otro dio las buenas noches y se fue a su cuarto para
acostarse. Aquella noche, que Cordero contó entre las más infaustas de
su vida, no pudo este dignísimo sujeto conciliar el sueño, porque le
asaltó, a causa de las últimas palabras de su amigo, un pensamiento tan
mortificante que le cambiaría de buen grado por la quebradura de todos
los huesos de su cuerpo; de tal modo padecía su espíritu. Incorporado en
la cama, pasó largas horas en horrorosa cavilación. Allí fue el
amenazador levantamiento de su conciencia, allí la reyerta encarnizada
entre ciertas ilusiones suyas y ciertos temores que aparecieron de
improviso como enemigos emboscados acechando la ocasión. El digno
encajero no podía apartar de si el licor amarguísimo que un demonio
invisible le ponía en los labios; ya suspiraba, ya se golpeaba la cabeza
venerable, ya por fin elevaba los brazos y los ojos al cielo pidiendo a
Dios que le librara de aquel fiero tormento. «Ni un momento más puedo
vivir en esta incertidumbre, gritó.--Sr. D. Salvador, venga usted al
momento; necesito hablarle».

Golpeó fuertemente el tabique inmediato a su cama. En la habitación
próxima dormía Salvador; y durante los días críticos de la enfermedad de
D. Benigno, siempre que este necesitaba de la asistencia de su nuevo
amigo le llamaba con un par de golpes suavemente dados en la pared.

Era la media noche. Salvador, al oír aquel extraordinario ruido en el
tabique, creyó, por la violencia del llamamiento, que a D. Benigno se le
había roto la otra pierna cuando menos, o que había sido atacado de
algún descomunal accidente. Levantose aprisa, y corriendo al lado del
enfermo, hallole sentado en el lecho, pálido, con las gafas caladas, los
ojos chispeantes y las manos en movimiento como quien acompaña de
expresivos gestos las palabras que a sí mismo se dice:

--¿Qué hay?--preguntó--¿se ha deshecho el entablillado? ¿Qué es eso?...
¿calentura, dolores?

--No, hombre de Dios o de cien Satanases; no es nada de eso--replicó el de
Boteros señalándole la silla--. Esto es muy serio, repito a usted que es
muy serio. Ya en ello la tranquilidad, la vida toda, el honor de un
hombre de bien que jamás ha hecho mal a nadie, porque sepa usted, Sr. D.
Salvador o D. Condenador, que yo no he hecho daño a ningún ser nacido, y
cuando Dios me tome cuentas, no se presentará ni un mosquito, ni un
miserable mosquito, a decir: «ese hombre fue mi enemigo».

--Está bien.

--Esto es muy serio, y así yo quiero una explicación categórica, leal,
terminante, para tranquilidad de mi espíritu.

--¿Y esa explicación debo darla yo?

--Usted, sí, que desde hace algún tiempo se me ha puesto delante echando
sobre mí como una ligera sombra, sí, y ahora me ha dicho cosas que
aumentan esa sombra y la hacen más negra. Hablemos con claridad. Yo
tengo ciertos proyectos que usted conoce. Yo pienso casarme, yo debo
casarme, yo he creído que Dios ha dispuesto que yo me case. La que
escogí para ser mi compañera es de tal condición... en fin, excuso de
hacer su elogio, porque usted la conoce... a eso voy, Sr. D. Salvador.
Ella estuvo en un tiempo bajo el amparo y protección de usted; usted le
escribía desde Francia. ¡Ay! Cuando estuvo mala, le nombró a usted en
sus delirios. Después usted la vio en los Cigarrales, según me escribió
ella misma; más tarde, ahora, se me muestra tan admirador de ella y tan
afligido de mi felicidad, que no puedo menos de volverme caviloso y
preguntarme si usted ha tenido o tiene proyectos iguales a los míos, y
si esos proyectos se refieren a la misma persona, que es, digámoslo
claro, la mitad o la principal parte de mi vida.

--Esos proyectos los tuve--replicó Salvador con firmeza--. No fui a los
Cigarrales con otro objeto.

Detuvo D. Benigno su voz y sus manos, como alelado, y preguntó:

--¿Y ella?

--No quiso oírme. Mi situación al salir de los Cigarrales era bastante
desairada.

--¿Y después?

--He pensado que por negligente y confiado perdí la partida.

--¿Y qué hay en usted ahora?

--Resignación.

--De modo que si yo no existiera...

--No deben fundarse cálculos sobre la muerte. En el mundo no es fácil
asegurar quien ayuda o quien estorba. Es posible que sea yo el que está
demás.

--¡Oh! Dios mío... Pero usted no puede apreciar, como yo, sus infinitas
cualidades, que la igualan a los ángeles--dijo D. Benigno con cierto
desdén.

--Quizás las aprecie mejor; quizás yo esté en situación de ver en ella
méritos de abnegación que usted no puede ver.

D. Benigno meditó breve rato. Había caído en un mar de cavilaciones que
sin duda no tenía fondo.

--¡Ah!--exclamó dando un gran suspiro con el cual pudo salir de aquellas
honduras tenebrosas--, usted me confunde más, pero mucho más.

Diciendo esto clavó los ojos en Salvador examinándole prolija y
atentamente de pies a cabeza. Después dio otro gran suspiro y bajando
los ojos murmuró para sí:

--También él se va poniendo viejo.

--¿No se necesitan más explicaciones?--preguntó Monsalud.

--No--replicó Cordero brusca y desabridamente.

--Pues yo voy a dar una que creo necesaria. No soy perverso; reconozco en
usted a uno de los hombres mejores que existen en el mundo. Seré un
miserable si sale de mí, por irresistible efecto de las pasiones, la
más ligera oposición a la felicidad de usted... Es evidente,
evidentísimo que yo soy el que está demás. Declaro que mi deber es no
volver a pisar la casa del que posee lo que yo quise para mí.

--¡Barástolis!... Usted la ofende, señor mío.

--No la ofendo. Mi resolución no indica desconfianza de ninguno de los
dos, sino respeto a entrambos, y además el deseo de ponerme a salvo de
la envidia, porque yo tengo más de hombre que de santo, y la
contemplación del bien perdido no me hará bailar de gozo.

Dijo esto en tono entro serio y festivo, y se retiró. Después de esta
breve conferencia no se disiparon las confesiones ni se calmaron las
ansias del insigne Cordero, antes bien, se dio a cavilar más en el
silencio de la noche, buscando entre sus recuerdos alguna sentencia del
ginebrino que iluminase un poco sus tenebrosos pensamientos; pero Juan
Jacobo no decía nada, y hasta de su querido filósofo y consejero se vio
desamparado en tan tristes horas el hombre más bondadoso que por
aquellos tiempos existía en el mundo.




-II-


Muy avanzado estaba el invierno cuando Cordero y su amigo, despidiéndose
con no poca alegría del Real Sitio, emprendieron su penoso viaje a la
Corte por entre nieves y hielos. Separáronse del modo más cordial en la
posada del Dragón, y D. Benigno, desmejorado y cojo, se fue a su casa
con toda la rapidez que lo permitía su detestable andadura, mientras
Salvador buscaba donde alojarse. Pocos días después hallábase instalado
en habitación propia que alquiló en la calle del Duque de Alba, no lejos
de D. Felicísimo Carnicero, de felicísima recordación. En Madrid no
encontró novedad alguna, pues no merece tal nombre el furor con que todo
el mundo fraguaba levantamiento s y sediciones. Conspiraban las infantas
brasileñas con sin igual descaro; conspiraban los voluntarios realistas,
ayudados por la turbamulta de frailes y clérigos mal avenidos con la
idea de perder su omnipotencia; conspiraban las monjas y los
sacristanes, muchos militares que se habían hecho familiares de los
obispos, y para que no faltase su lado cómico a esta comparsa nacional,
también se agitaban en pro de D. Carlos muchos señores que habían sido
rabiosos _democratistas_ y jacobinos en los tres _llamados_ años de la
_titulada_ segunda época constitucional. Antes habían gritado por el
_sistema_ y ahora suspiraban por los _derechos de la soberanía en su
inmemorial plenitud_.

Oyó también Salvador los despropósitos del vulgo, a quien se había hecho
creer que el Rey no vivía y que aquel buen señor que salía en coche a
paseo era el cadáver embalsamado de Fernando VII. Por un sencillo
mecanismo, la _napolitana_, que a su lado iba, le hacía mover las manos
y la cabeza para saludar. ¡Y con un Rey relleno de paja se estaba
engañando a esta heroica Nación!

Vio un cambio de ministros fundado en que los del 16 de Octubre
parecieron un poco dañados de liberalismo, pues la Corte deseaba un
gobierno absolutamente agridulce que contentase a todos y conciliara el
día con la noche, cosa en verdad más difícil que asar la manteca.
También pudo ver la anulación del célebre codicilo, acto solemne de que
se burlaron los carlistas, y oyó contar la fuga de Calomarde vestido de
fraile, y los desmanes del obispo de León, el cual, ensoberbecido como
un cacique indio y no pudiendo sublevar el reino, puso en armas su
diócesis, dando la comandancia de voluntarios realistas a la Purísima
Concepción.

Otras muchas cosas supo y vio que no son para referidas a la ligera. Sus
relaciones con gente de varias clases le informaban de todo. Pipaón, D.
Felicísimo Carnicero y el marqués de Falfán no hacían misterio de los
planes apostólicos, y Jenara, furibunda sectaria del sistema del justo
medio o de la conciliación, era el órgano más feliz que imaginarse puede
de los pensamientos de aquel astuto Sr. Zea que gobernaba o aparentaba
gobernar la nave (¡siempre la nave!), más cercana a los escollos que al
deseado puerto.

Jenara se había establecido en su antigua casa, notoria tres años antes
por la tertulia a que concurrían literatos tiernos y políticos maduros;
pero ya en el invierno de 1833 no se abrían las puertas de aquella feliz
morada para el primer poeta que viniese de su provincia cargado de
tragedias, ni para los tenores italianos, ni para los abogados oradores
que empezaban a nacer en las aulas con una lozanía hasta cierto punto
calamitosa. El círculo era mucho más estrecho y las amistades más
escogidas, con lo que ganaba en consideración la casa. Y aquí viene bien
decir que la interesante señora había perdido por completo su afición a
la poesía lírica (que no hay cosa durable en el mundo), y tanto caso
hacía ya del prisionero de Cuéllar como de las nubes de antaño. Él era
en verdad de un carácter poco a propósito para la constancia en los
afectos. No se sabe si en la temporada a que nos vamos refiriendo había
dado a conocer Jenara preferencia o simpatía por alguna otra de las
artes liberales, o por la artillería y la náutica, como se dijo.
Careciendo de noticias ciertas, nos abstenemos de afirmar cosa alguna;
que en casos dudosos vale más atenerse a la opinión buena, como mandan
la moral de la historia y la caridad cristiana.

D. Luis Fernández de Córdova, militar brillantísimo, pasaba, cuando vino
de Berlín para encargarse de la embajada de Portugal, largas horas en
casa de Jenara. También iban, aunque no con mucha frecuencia, D.
Francisco Javier de Burgos y Martínez de la Rosa. Era de los asiduos un
joven oficial granadino llamado Narváez, muy vivo de genio, ceceoso,
pendenciero y expeditivo. Pero la persona más digna de mención entre los
que visitaban a la hermosa señora era un jesuita del colegio Imperial,
llamado el padre Gracián, hombre de mucha piedad y oración. Decían
algunos que de la amistad del buen religioso con Jenara iba a salir la
conversión de esta, o sea su entrada en las buenas vías católicas. Otros
declaraban haber notado en ella resabios de mojigatería; pero sea lo que
quiera, lo cierto es que las intenciones del padre Gracián eran
altamente provechosas, porque (digámoslo de una vez) se había propuesto
reconciliar a la señora con su marido.

Que Pipaón visitaba casi diariamente a su antigua amiga y paisana no hay
para qué decirlo. Por añadidura, el excelentísimo D. Juan Bragas había
simpatizado mucho con el jesuita Gracián. Ambos platicaban con seriedad
pasmosa de los negocios de Estado y de la Iglesia, deplorando mucho la
tibieza de creencias que tanto dañaba a la sociedad española en aquellos
tiempos y concluían deseando que viniesen otros mejores en que marchasen
las naciones por el camino de la piedad, dulcemente pastoreadas por los
ministros del altar. Como Gracián se interesaba tanto por sus amigos y
quería llevar todos los beneficios posibles al seno de las familias
cristianas, tomó muy a pecho la realización del casamiento de Bragas con
Micaelita, proyecto de que ya hay noticias en el libro anterior.

Acompañando a Pipaón iba Salvador algunas veces a casa de Jenara; solían
comer juntos los tres, y cuando se encontraban Monsalud y Gracián
también hablaban largamente del Estado y de la Iglesia. Un día, después
de hablar con él, el jesuita pidió informes a la señora de la casa sobre
aquel desconocido amigo, quizás para ver si le podía reconciliar con
alguien, porque el afán del buen discípulo de San Ignacio era la
reconciliación. Jenara respondió:

--Si quiere usted ganar la palma del buen pacificador, hágale usted amigo
de mi marido.

--¿No se quieren bien?--preguntó Gracián con astucia.

--Nada bien... Es enemistad que data desde la guerra con los franceses.
Ambos son tercos, soberbios, y quizás en su juventud aconteciera alguna
cosa de esas que siempre son motivo de rivalidad entre los hombres...

--Alguna mujer...

--Puede ser, puede ser que eso haya sido--dijo ella con serenidad que
tiraba a indiferencia.

Algo más dijeron sobre esto; pero no nos importa todavía, y siendo más
urgente seguir los pasos de la persona a quien aludían la dama y el
sacerdote, vamos tras él sin pérdida de tiempo. Algunos días le vimos
entrar en la casa de D. Felicísimo Carnicero, con quien aún tenía
algunas cuentas pendientes. El agente le recibía como se recibe a todo
aquel con quien se ha hecho un negocio muy lucrativo, y haciéndole
sentar a su lado dábale palmaditas en el hombro y hasta se aventuraba a
contarle cualquier sabrosa cosilla de la conspiración carlista.

Una mañana, al entrar en casa de Carnicero, encontró en la escalera a un
coronel de ejército amigo suyo. Era D. Tomás Zumalacárregui. Iba
acompañado del conde de Negri, y esto le hizo comprender que el valiente
vizcaíno, resistente hasta entonces a los halagos de la gente mojigata,
se había dejado seducir al fin. Se saludaron y siguió adelante. Abriole
la puerta Tablas. Al entrar pisó al gato, que escapó mayando, y luego, a
causa de la oscuridad de los destartalados pasillos, tropezó con Doña
María del Sagrario, que al choque dejó caer de las manos un enormísimo
plato de puches. Puso el grito en el cielo la señora, y al ruido
alarmose tanto D. Felicísimo, que se aventuró a salir de su nicho
preguntando si había entrado en la casa un tropel de _cristinos_.
Salvador se deshacía en excusas, y al acercarse a la pared, manchósele
la negra ropa de tal modo que parecía un molinero. Al sacudirse, no sin
comentar con algunas frases aquel rudimentario blanqueo de las paredes,
hubo de tropezar con una de las vigas que sostenían la casa y pareció
que toda la frágil fábrica se estremecía y que del techo caían pedazos
de yeso, como si por entre las maderas superiores corriesen a paso de
carga belicosos ejércitos de ratones. Por fin llegó a dar la mano a
Carnicero y entraron juntos en el despacho.

--Parece que entra un temporal en mi casa--dijo el anciano colocándose en
su nicho--. ¿Y qué tal? ¿Ha encontrado usted en la escalera a
Zumalacárregui y al señor conde? Buen militar y buen diplomático, jí,
jí...

--Zumalacárregui es una buena adquisición--respondió Salvador--. Tiene
valor y talento.

--Pues hay otras adquisiciones mucho mejores todavía--dijo Carnicero
frotándose las manos--. ¿Con que ese desdichado Gobierno del Sr. Zea ha
emprendido el desarme de los voluntarios realistas?... Sí, el fantasmón
de Castroterreño en León y el mentecato de Llauder en Cataluña ponen
despachos al Gobierno diciendo que han quitado las armas a los
voluntarios realistas. ¿Usted lo cree? ¿Usted cree que se pueden quitar
los rayos al sol? Jí, jí. ¡Y creerá el bobillo que ha puesto una pica en
Flandes!... Yo llamo el _bobillo_ a ese señor Zea, que es una especie de
ministro embalsamado, como el Rey ha venido a ser un Rey de papelón.

--El Gobierno se cree fuerte, Sr. Carnicero, y parece decidido a echar
una losa sobre el partido de D. Carlos. Mucho cuidado, amigo, que ahora
parece que tiran a dar.

--¡Oh! por mí no temo nada--manifestó D. Felicísimo con énfasis, echándose
atrás--. Pero vamos a lo que urge. Ya sé a lo que viene usted hoy.

--A lo mismo que vine ayer.

--Y anteayer y el martes y el sábado pasado. Hoy no ha venido usted en
balde. Al fin, al fin...

--¿Llegó?

--Sí, sí, el Sr. D. Carlos Navarro, nuestro valiente amigo, llegó
anteanoche de su excursión por el reino de Navarra y por Álava y
Vizcaya. Es un guapo sujeto. Dice que en todo aquel religioso país hasta
las piedras tienen corazón para palpitar por D. Carlos, hasta las
calabazas echarán manos para coger fusiles. Las campanas allí, cuando
tocan a misa dicen «no más masones» y el día en que haya guerra los
hombres de aquella tierra serán capaces de conquistar a la Europa
mientras las mujeres conquistan al resto de España... Bueno, muy
bueno... ¿Con que usted desea ver a ese señor? Le prevengo a usted que
está oculto.

--No importa: sólo pienso hablarle de asuntos de familia. En el último
verano estuvo en la Granja pero no le pude ver, porque siempre se negó a
recibirme. Ahora me será más fácil, porque le escribirá usted dos
palabras.

--Lo haré con mucho gusto; pero prevengo a usted también que el Sr. D.
Carlos está enfermo del hígado. Ya se ve ¡ha trabajado tanto! Es un
incansable campeón de las buenas doctrinas. Anoche se quejaba de atroces
dolores, y, cosa rara en hombre tan religioso, jí, jí, más invocaba a
los demonios que a la Santísima Virgen. Si quiere usted tener segura la
entrevista que desea, se lo diremos al padre Gracián, jesuita, excelente
sujeto que viene aquí algunas tardes, y después solemos ir a tomar
chocolate a casa de Maroto, adonde va también el Padre Carasa... Pues
bien, Gracián es amigo del Sr. D. Carlos, y ya hace tiempo que se ha
propuesto reconciliarle con su señora esposa... ¡Oh! es un neblí para
las reconciliaciones ese buen padre Gracián.

--Le conozco. Es un digno sacerdote que tiene las mejores intenciones del
mundo, y si no consigue hacer feliz a la humanidad toda es porque Dios
no quiere... En conclusión, entiéndanse usted y el Padre Gracián para
que yo pueda ver al Sr. Navarro y hablarle de un asunto que no es
político y sólo a él y a mí nos interesa. ¿Él vive...?

--No sé si debo decírselo a usted en este momento, antes de que el mismo
Sr. D. Carlos, bellísima persona, jí, jí... antes de que el mismo Sr. D.
Carlos Navarro de licencia para que usted le vea. Ya lo arreglaré yo.
Vuélvase mañana por esta su casa.

Luego que Salvador se fue, D. Felicísimo escribió una carta en cuyo
sobre, después de trazar tres cruces, puso: _A la Señora Doña María de
la Paz Porreño, calle de Belén_.




-III-


Las pobres señoras casi vivían en la misma estrechez que en 1822, porque
las mudanzas políticas y sociales se detenían respetuosas en la puerta
de aquella casa, que era sin duda uno de los mejores museos de fósiles
que por entonces existían en España. Los períodos de tiempo en que
imperaba el absolutismo eran para el medro de la casa y abundancia de
las despensas Porreñanas lo mismo que aquellos en que prevalecía la vil
canalla de los _clubs_. De modo que en punto a comodidades y vituallas
el agonizante marquesado habría terminado con un desastre igual al que
han sufrido formidables imperios si no viniera en su auxilio una
industria que, si bien es algo prosaica, tiene algo de noble por estar
emparentada con la hospitalidad. Las dos ilustres cuanto desgraciadas
señoras aposentaban en su casa un caballero tan respetable como rico
durante las temporadas, a veces muy largas, que dicho sujeto pasaba en
Madrid. El trato era excelente, la remuneración buena, y la armonía
entre el huésped y las damas tan perfecta que los tres parecían
hermanos. La familiaridad realzada por el respeto y una llaneza decorosa
reinaban en la silenciosa mansión que parecía habitada por sombras.

Bueno es decir, para que lo sepan los historiadores, que con las módicas
ventajas pecuniarias adquiridas por aquel medio honestísimo habían
renovado las señoras parte del mueblaje, aunque todas las piezas de
antaño se conservaban, sostenidas por los remiendos y pulidas por el
tiempo y el aseo. ¡Cosa admirable! el reloj había vuelto a andar; mas
por malicia del relojero o por un misterio mecánico imposible de
penetrar, andaba para atrás, y así después de las doce daba las once,
luego las diez y así sucesivamente. El cuadro de santos de la Orden
Dominica había sido restaurado por la misma Doña Paz, asistida de un
hábil vejete carpintero, sacristán y encuadernador, y emplasto por aquí,
pegote por allá, con media docena de brochazos negros en las sombras y
una buena mano de barniz de coches por toda la superficie, había quedado
como el día en que vino al mundo. Por el mismo estilo se habían salvado
de completa ruina las urnas de santos y las cornucopias, que por no
tener ya en sus cristales sino irregulares manchas de azogue parecían
una colección de mapas geográficos. Lo nuevo, que era muy humilde,
consistía en sillas de paja, cortinas de percal, ruedos de estera de
colores; pero alegraba la casa y su vetusto matalotaje. Por tal manera
aquella imagen cadavérica de los pasados siglos se reía en su tumba.

En la época en que nuevamente la encontramos, Doña María de la Paz se
acercaba velozmente a una vejez apoplética, marchando a ella con los
pies gotosos, la cabeza temblona, los hombros y el cuello crasos. Sus
cabellos, no obstante, se conservaban negros lo mismo que el lunar, y
era que ella perseguía las canas como si fueran liberales, y no daba
cuartel a ninguna, siendo tan implacable con ellas, que cuando vinieron
en tropel y no pudo arrancarlas por temor a quedarse en el puro casco,
las disfrazó vistiéndolas de luto para que nadie las conociera. Así
cuando esta operación no estaba hecha con habilidad (porque con las
fuerzas había mermado la vista) aparecían las sienes y la frente
empañadas con ciertas nubes negras por encima de las cuales brillaba la
nieve remedando un admirable paisaje de invierno.

Doña María Salomé estaba tan momificada que parecía haber sido remitida
en aquellos días del Egipto y que la acababan de desembalar para
exponerla a la curiosidad de los amantes de la etnografía. Fija en una
silleta baja, que había llegado a ser parte de su persona, se ocupaba en
arreglar perifollos para decorarse, y a su lado se veían, en diversas
cestillas de mimbre, plumas apolilladas, cintas de matices mustios,
trapos de seda arrugados y descoloridos como las hojas de otoño, todo
impregnado de un cierto olor de tumba mezclado de perfume de alcanfor.
Decían malas lenguas que al hacerse la ropa juntaba los pedazos y se los
cosía en la misma piel; también decían que comía alcanfor para
conservarse, y que estaba forrada en cabritilla. Boberías maliciosas
son estas de que los historiadores serios no debemos hacer caso.

Una mañana... Olvidaba decir que en la casa había una gran pieza
interior que daba a un patio o corralón muy espacioso, de donde recibía
el sol casi todo el día. En dicha pieza tendía Doña Paz la ropa lavada
en casa. De muro a muro todo era cuerdas, y cuando estaban llenas de
ropa, aquello parecía un bosque de trapos húmedos. Pues bien, una mañana
se paseaba Doña María de la Paz por aquellas alamedas del aseo, cuando
entró Doña María Salomé, y dándole una carta que acababan de traer a la
casa, le dijo:

--Otra carta para el Sr. D. Carlos. Viene con sobre a ti; pero es para
él. Mira las tres cruces. La letra parece del Sr. D. Felicísimo.

--Se la daremos cuando despierte--replicó Doña Paz--. El pobre señor ha
pasado muy mala noche.

--Por cierto--manifestó Doña Salomé con semblante muy serio, en el cual se
revelaba una aprensión escrupulosa--por cierto que no sé si será
conveniente recibir cartas de esta manera. Esto puede dar lugar a
interpretaciones contrarias a nuestro honor y buen nombre. Los vecinos
se enteran de todo... ven que recibimos cartas... ven que entran aquí de
noche muchos hombres... No sé, no sé...

--Calla, mujer--dijo Doña Paz asomando la cabeza por entre el ramaje
blanco--. ¿Qué pueden sospechar de nosotras?

--Puede caer alguna tacha, mujer, sobre nuestra reputación--afirmó Salomé
de muy mal talante--. Bien sabes tú que no basta ser honrada, sino
parecerlo, y dos señoras solas, como nosotras, han de tener mucho
cuidado, para no andar en lenguas de maliciosos.

--¡Siempre tonta!--murmuró Doña María de la Paz desapareciendo en lo más
espeso del bosque de ropa.

--Yo estoy decidida a hablar claramente al Sr. D. Carlos--añadió la otra--.
Nadie le aprecia más que yo; pero este entrar y salir de hombres a todas
horas del día y de la noche no está en conformidad con lo que ha sido
siempre nuestra casa. ¿Qué quieres? no me puedo acostumbrar: yo soy así.
Lo digo y lo repito, hablaré al Sr. D. Carlos.

--No faltaba más sino marear al Sr. D. Carlos con semejante
impertinencia--dijo Doña Paz reapareciendo en una alameda de lienzo.

--Lo digo y lo repito... Además, los compañeros, ayudantes o lo que sean
del Sr. D. Carlos, no nos guardan las consideraciones que merecemos.
¿Qué más?... Ayer no me había acabado de peinar cuando ese bárbaro de
Zugarramurdi entró en mi cuarto sin pedir permiso... ¡Y para qué! para
decirme si había yo visto una de sus espuelas que no podía encontrar.

--Bobadas... Habla más bajo... Me parece que se ha despertado el Sr.
Navarro.

Apareció en la puerta una enorme barba a la cual estaba pegado un
hombre. De entre aquel enorme vellón castaño salió una voz seca y
desabrida que dijo:--El chocolate.

--En seguida, Sr. Zagarramurdi. Tome usted esta carta que han traído para
el Sr. D. Carlos. ¿Qué tal está hoy?

--Mal--respondió el de la barba dando media vuelta y desapareciendo por
donde había venido.

--¡Qué modos!--murmuró Salomé dirigiéndose a su cuarto--. Ya no hay
caballeros.

Navarro moraba en la misma habitación ocupada algunos años antes por una
mujer que murió en olor de santidad. Poco o ningún cambio había tenido
la pieza, que más que gabinete parecía capilla, o mejor un abreviado
trasunto de la corte celestial, pues todo en ella era santicos pintados
y de bulto, reliquias, estampas de santuarios y monasterios, corazones
bordados, palmitos, y un altar completo con sus candeleros de estaño,
sus arañas colgadas del techo, sus misales y sus tres curitas de cartón
con casullas de papel, en actitud de celebrar misa cantada. Completaban
la decoración una enorme espada pendiente del mismo clavo que sostenla
un niño Jesús bordado en cañamazo, dos escopetas arrimadas a un rincón,
dos guantes y dos mascarillas de esgrima junto a dos pares de floretes,
tres maletas muy usadas y un hombre.

Este hombre hallábase sentado o más bien sumergido en un sillón, con las
piernas ocultas bajo gruesa manta que le llegaba a la cintura, la cabeza
inclinada sobre el pecho y tan inmóvil que parecía dormido o muerto. Un
brasero de cisco bien pasado mostraba su montoncillo de ceniza esmaltado
de fuego cerca del envoltorio que debía contener los pies del individuo,
el cual si alguna vez daba señales de existencia era dándolas de frío.
Su cara era morena tirando a verde a causa de la palidez, así como el
blanco de los ojos no era blanco sino amarillo. El cabello negro y
áspero tenía bastantes canas, y generalmente se veía la potente cabeza
apoyada en una mano negra, tostada, cuyas venas retorcidas y tendones y
músculos recordaban la mano que D. Quijote enseñó a Maritornes cuando lo
colgaron del tragaluz de la venta.

En un velador cercano tenía el guerrillero medicinas que tomaba, cartas
que leía, tabaco, un libro, un rosario y una pistola. Beber y fumar:
alternando con lecturas, era su ocupación en las aburridas horas del día
precursoras de los insomnios de las noches. No gustaba de que los amigos
le dieran conversación. Su mejor amigo era el más discreto de todos, el
silencio.

Pero Zugarramurdi y Oricaín tenían un recurso para distraerle, aunque
por poco tiempo. Tiraban al florete, y entonces los ojos del guerrillero
se animaban; seguía con atención los movimientos de los fingidos
duelistas y aun arrojaba alguna palabra picante o algún comentario de
maestro entre los rechinantes aceros. Pero de repente decía «basta» y
los dos atletas soltaban el florete y se quitaban la máscara, sacando a
luz el rostro sudoroso. En aquel momento Zagarramurdi parecía el hombre
prehistórico embutido en sus feroces barbas, y Oricaín, el formidable
oso navarro, perdía mucho en belleza, porque la máscara de alambre
disimulaba su fealdad.

Aquel día (nos referimos al día de la carta de D. Felicísimo) D. Carlos
se cansó más pronto que nunca.

--Basta de estocadas--dijo--. Zugarramurdi, pásate por casa de don Tomás
Zumalacárregui y dile que le espero mañana. Oricaín, alcánzame mi
rosario y voto. Cuando llegue el padre Gracián, entras y si duermo, me
despiertas... Hoy no como.

Pasada la hora de la siesta vino el padre Gracián. Era un mocetón de
alta estatura, de treinta y ocho o cuarenta años de edad, moreno, los
labios gruesos, la nariz aberenjenada, áspero el pellejo y curtido, como
formado expresamente por Dios para resistir a los abrasadores climas del
trópico y a los hielos polares.

Su barba era tan negra y espesa que aun afeitada del mismo día dejaba
una mancha oscura en toda la parte inferior del rostro. Debía tener
fuerzas hercúleas aquel arrogante granadero de la Iglesia, y si bajo el
punto de vista corporal estaba admirablemente constituido para las
misiones, no lo estaba menos en el orden espiritual, por ser hombre de
muchas sabidurías, eruditísimo en las letras sagradas y bastante fuerte
en las profanas, elocuente en el púlpito y persuasivo en la
conversación, águila en la cátedra y lince en el confesionario. También
sabía de medicina y había hecho curas que pasaron por milagrosas. Era
tan grandón que su manteo parecía tener una pieza de tela, y cuando se
embozaba no concluía nunca de echar paño al viento. Su sombrero de teja
no medía menos de una vara, y como lo llevaba siempre un poco echado
atrás y su cuerpo se encorvaba hacia adelante, parecía que iba cargando
una pesada viga. Sus desmesurados pies, sepultados en zapatos de paño,
pisaban con la pesadez y adherencia de la robusta planta calzada de
alpargata, que golpea como una maza las baldosas de muelles y almacenes.

Después de saludar con escogida afabilidad al guerrillero enfermo, tomó
asiento junto a él, y metiendo la mano por ciertas aberturas de la
sotana tras de las cuales había bolsillos tan hondos como el mar, empezó
a sacar varios cucuruchos de papel semejantes en tamaño y forma a los
que hacen en las tiendas para contener dos cuartos de azúcar, de café o
de anises. Conforme los sacaba los iba poniendo sobre el velador y
miraba el rotulillo que de su puño y letra estaba escrito en cada uno.

--¿Qué es eso?--preguntó Navarro picado de curiosidad, sospechando que su
amigo había puesto tienda de comestibles o droguería.

--Esto es tierra de la ruta de San Ignacio en Manresa, reliquia que
solicitan mucho las personas devotas. He recibido hoy una pequeña
remesa, y la distribuyo entre las amigas que ha tiempo me la han
pedido... Si habré olvidado el cucurucho de Doña María de la Paz...
¡Ah! no, aquí está. Me hará usted el favor de entregárselo. Estos otros
son para la Excelentísima Señora Condesa de Rumblar, para las monjas de
Góngora, para el Sr. D. Pedro Rey, que ha tenido a la muerte a su
preciosa niña Perfectita, y para otras diversas familias...

En seguida guardó los cucuruchos en sus bolsillos insondables como la
mar, y dando después violenta palmada en la rodilla del guerrillero, le
dijo:

--Veo que está usted mejor... Esa cara ya es otra... Pronto estará
usted bien.

El guerrillero dio un suspiro y se sonrió. Ambas demostraciones
indicaban incredulidad del pronóstico y gratitud por el consuelo.

--Pronto, muy pronto, cuando llegue el momento de dirimir en los campos
de batalla la cuestión entablada entre el Altísimo y los masones, podrá
contar el Altísimo con su más valiente Macabeo.

--Eso es lo que pido a Dios con todo el fervor de mi alma--dijo Navarro
echando amargura por la boca y por los ojos--y lo que Dios no me
concederá.

--Yo tengo para mí--manifestó el clérigo con mucha fe--, que Dios no se
amputará un brazo tan poderoso... La enfermedad de usted no vale nada,
repito que no vale nada. No hay lesión, repito que no hay lesión. Es un
abatimiento producido por una acumulación biliosa, cuyo origen hemos de
buscar en la trabajosa vida de usted y en los disgustos domésticos que
han acibarado su alma. El alma, el alma, señor mío, es la que está
enferma, y al alma se ha de aplicar la medicina. ¿Cuál es esta? Pues es
un confortamiento dulce que se consigue mezclando la confianza con la
paz y la indulgencia con la piedad.

Navarro manifestó en su semblante, sin decir palabra alguna, el disgusto
que le causaba un tema planteado ya muchísimas veces, aunque, sin fruto,
por el venerable padre Gracián.

--No, no frunza usted el entrecejo--dijo este, mostrándose decidido--. No
cejaré sino cuando usted me retire su amistad y me arroje de su casa.

--Eso no...

--Pues si eso no, resígnese usted a sentir el moscón en su oído. ¿Y qué
dirá el moscón? Dirá que usted no tendrá salud mientras no tenga paz en
su espíritu, y no tendrá paz en su espíritu mientras no tenga familia.
¿Y cuándo tendrá usted familia? Cuando se reconcilie con su esposa,
previo el arrepentimiento de ella y el perdón de usted.
¡Arrepentimiento, perdón! Sobre estos dos polos se mueve el mundo
inmenso de las almas. Todo el saber moral se condensa en estas dos ideas
que establecen el parentesco del hombre con Dios...

Navarro quiso hablar.

--No, no admito réplica sobre esto. Lo digo yo y basta--manifestó el
jesuita, fuerte en su autoridad--. Cuando yo he planteado a usted este
problema incitándole a resolverlo, ya se comprende que no puede haber
deshonra para usted. La verdadera deshonra es cerrar los oídos a las
amonestaciones de la Iglesia que dice a los esposos: «amaos, uníos». Los
juicios del mundo son pérfidos y vanos. ¿Debe hacer caso de ellos un
hombre religioso y prudente? No. ¿Cuál es el peor consejero del hombre?
El orgullo. ¿Y el mejor? La piedad. ¿Qué le dice a usted su orgullo? le
dice: «no cedas y muere envenenado por el rencor antes que pronunciar
una palabra indulgente». ¿Qué le dice la piedad? le dice: «perdona para
que seas perdonado»... Sé que hay razones de aparente fuerza; pero yo
he estudiado el asunto con cariño y he visto que lo que usted presenta
como obstáculo no lo es... Dios quiere sin duda que esta obra se
realice, porque desde que la emprendí, estoy viendo con mucha claridad
el camino de ella. ¿Y qué veo? Veo en esa señora el hastío de la soledad
y un deseo muy vivo de establecer en su vida el orden interrumpido; veo
que lejos de guardar a usted rencor lo respeta y lo ama. He podido
llegar a vencer ciertas resistencias que en su alma había, y con poco
que usted me ayude...

--Padre, padre--dijo D. Carlos respirando fuerte, porque estaba abrumado
bajo el insoportable peso del sermón--, eso no puede ser. Hay roturas que
no pueden soldarse nunca, nunca, ni en el cielo. Suponga usted que yo me
retiro a un desierto, hago penitencia, me santifico, muero, me salvo y
entro en el reino de Dios como bienaventurado, más aún, como santo.
Suponga usted también que ella se arrepiente de su mala conducta, que
recibe de Dios aflicciones y justas calamidades, que se pudre en vida,
que se retira a hacer vida claustral, que luego cae en poder de
infieles, que la martirizan, que la queman, que la achicharran, que
muere, que se salva, que es santa, que es pura como un ángel... Bueno,
suponga usted que nos encontramos en el cielo...

--Y ábrazados llorarán lágrimas de perdón--exclamó el padre muy conmovido
y cruzando las manos.

--¡No!--gritó Navarro, y aquella sílaba sonó como un tiro.

El jesuita se quedó perplejo, mirando a su amigo con espanto. No se
atrevía a insistir en su empeño ante la inalterable dureza de aquella
roca en forma humana, que exteriormente tenía todas las escabrosidades
de la peña y por dentro todos los amargores del mar; pero también él, el
jesuita, tenía a falta de aparentes durezas, la constancia y persistente
fuerza de la ola. No creyó prudente insistir por el momento, y
encalmándose sin esfuerzo, bajó la cabeza, echó un suspiro y murmuró en
tono de paz estas suaves palabras:

--Todo sea por Dios. Hablemos de otra cosa.

--Hablemos de otra cosa--dijo Navarro con alegría--. Hábleme usted de otra
cosa, aunque sea de los cucuruchos.

--Tenía que decir a usted no sé qué--indicó Gracián algo confuso; mas
dándose una palmada en la frente añadió--: ¡Ah! ya me acuerdo... Tengo
aquí la apuntación. Un caballero amigo mío, mejor dicho, conocido, desea
hablar con usted. Lo conocí en casa de Doña Jenara.

--¡En su casa!--exclamó Navarro poniéndose más verde, y clavando las uñas
en los brazos del sillón.

--Sí; también D. Felicísimo me habló de él esta mañana... No me acuerdo
de su nombre... pero lo apunté y aquí debe de estar.

Diciendo esto el buen jesuita metía la mano y después el brazo hasta el
codo en el infinito bolsillo.

--No se moleste usted--dijo Navarro tomando la carta de D. Felicísimo que
abierta sobre el velador estaba, y mostrándosela a su amigo--. ¿Es este
su nombre?

--El mismo--replicó Gracián.

Y en el propio instante se abrió la puerta y apareció la cara, mejor
dicho, la zalea con ojos del Sr. Zugarramurdi, el cual no dijo más que
una sola palabra:

--Ese...

Después de mirar un rato muy hoscamente al suelo, Carlos habló así:

--Que entre... Usted, queridísimo padre, me hará el favor de dejarme
solo... Mañana tampoco puedo asistir a la junta, pero me representa el
Padre Carasa. Deseo saber inmediatamente lo que se decida. ¿Vendrá usted
a decírmelo?

Después de contestar afirmativamente con su afabilidad no estudiada, el
dignísimo Padre Gracián salió para seguir repartiendo sus cucuruchos
entre las damas piadosas que sabían apreciar tan interesante objeto
devoto.




-IV-


Bien se le conocía a Salvador la emoción que sentía al verse delante del
guerrillero, y este, que no esperaba hallar en el semblante de su mortal
enemigo otra cosa que desconfianza y altanería, se sorprendió al mirarle
cohibido y algo acobardado, mas no sospechó la razón de esta mudanza.
Mandole sentar y un buen rato estuvieron los dos mirándose, sin que
ninguno se decidiera a hablar el primero. Por fin Carlos rompió el
silencio diciendo:

--No podía desairar a D. Felicísimo... por eso te he recibido,
exponiéndome a las consecuencias de este mal rato. Ya sabes que estoy
enfermo y el médico dice que no debo incomodarme.

--Eso depende de ti. Yo vengo con bandera de paz y decidido a no
incomodarme. Has hecho bien en recibirme. Hace tiempo que te busco, y
ahora que te encuentro te pregunto si crees que no me has perseguido y
vejado bastante.

--¿Quieres que sea bastante ya?--dijo Garrote con sarcasmo--. Pues sea y
déjame en paz. Si no me acuerdo de ti, si te desprecio...

--¡Pobre hombre!--exclamó Salvador--. Tu orgullo dice tan mal con tus
alardes de piedad religiosa... Yo vengo ahora a ponerte a prueba y a
ver si tu alma rencorosa es, como parece, incapaz de todo sentimiento
que no sea el de la venganza...

--¿Vienes a ponerme a prueba?... Con cien mil rábanos, hombre, que seas
benigno--dijo Navarro empezando a enfurecerse--. ¡Y luego me dirá el
médico que tenga paciencia, que no me sulfure, que no se me suba a la
boca y a los ojos la hiel de mis entrañas!... Oye tú, menguado, por no
darte otro nombre, ¿vienes a gozarte en mi desgracia, viéndome enfermo y
sin fuerza para castigar un insulto, o vienes a espiarme por encargo de
los masones? Si es esta tu intención, no necesitas aguzar el ingenio
para descubrir mis acciones. Puedes decir a esos señores que sí, que
estoy conspirando ¡rábano! que hago lo que me da la gana, que trabajo
como un negro por la causa del Rey legítimo y que yo y mis amigos nos
reunimos y nos concertamos, despreciando a este Gobierno estúpido, cuya
policía hemos comprado. Al ejército lo seducimos y lo traemos
habilidosamente a nuestra causa; al Gobierno le engañamos, y a vosotros
los masones de bulla y gallardete os compramos a razón de dos pesetas
por barba. Ea, ya lo sabes todo; ya puedes ir con el cuento.

--Ya sé que conspiras--dijo Monsalud manteniéndose sereno--y no me
importa... Otro asunto me trae, asunto que es de mucho interés para
entrambos, al menos para mí. Dime, ¿no has pensado alguna vez,
principalmente en estos días de dolencias, aislamiento y tristeza, en la
esterilidad de los infinitos medios que has empleado para exterminarme?
¿No te han venido a la mente consideraciones sobre esto, no te has
sorprendido a ti mismo, en ciertos momentos, meditando, sin saber cómo
ni por qué, sobre el hecho de que todos tus actos de venganza han sido
inútiles, y que Dios me ha preservado casi milagrosamente de tus
crueldades?

Mientras esto decía Salvador, le miraba Navarro con cierto asombro que
no carecía de estupidez, y era que, en efecto, había meditado no pocas
veces sobre aquel problema. Sin embargo, por no declarar que su sombrío
interior había sido descubierto, dijo bruscamente:

--Pues jamás he pensado en tal cosa. ¿A qué vienen esas sandeces?

--Estas sandeces--dijo Salvador creciéndose más--son para demostrarte que
Dios, a quien tú, llevado de una piedad absurda, crees cómplice de tus
violencias y de tus sañudas venganzas, es quien te ha burlado y me ha
protegido. ¡Qué bien y con cuanta oportunidad ha deshecho tus
combinaciones implacables, permitiendo que llegara un día como este, en
el cual voy a desarmarte para siempre!

Navarro seguía mirándole con estupidez.

--Por muy malo que te suponga--añadió Salvador--no te creo capaz de
conservar tus rencores después de saber que tú y yo somos hijos de un
mismo padre.

El guerrillero saltó en su asiento, como quien oye un insulto. Su cara
se congestionó a borbotones echó de su boca estas palabras:

--¡Es mentira, es mentira!

--¿Mentira, eh? ¿Conque es mentira? Tengo de ello un testimonio para mí
sagrado, escrito por la mano de la persona más querida para mí en el
mundo, y ratificado en su lecho de muerte. Tú puedes creerlo o no, según
se te antoje: a tu conciencia lo dejo. Cumplo con mi deber diciéndotelo.
La mitad de este secreto te corresponde a ti, mal que te pese. Yo no
puedo quedarme con él todo entero.

Inquieto en su asiento, Navarro vaciló entre la ira y la curiosidad.

--Esas cosas--dijo--no se pueden creer sin algo que lo pruebe... ¿A ver,
qué es eso? ¿Qué significa ese paquete atado con cintas encarnadas?

Salvador había sacado un paquete y escogía en él los papeles que quería
mostrar a Carlos.

--Esta es la carta que mi madre me escribió poco antes de morir--dijo
poniéndola en manos de Navarro--. Es la confesión de una falta redimida
por una existencia de penas y oscuridad; es una declaración santa, que
respira honradez, paciencia y bondad. Se necesita ser un monstruo para
no inclinarse con respeto ante esa vida de abnegación y deberes
trascurrida a la sombra de una vergüenza jamás reparada...

El otro leía, leía. Salvador le miraba leer y mentalmente seguía los
conceptos de la carta. Concluida la lectura Navarro dio un suspiro y
dijo:

--¡Qué sed tengo!... Si quisieras echar agua de la alcarraza en aquel
vaso que allí está y alcanzármelo...

Monsalud le dio agua, y luego que le vio aplacar su sed, diole otros
papeles diciéndole:

--¿Conoces esa letra?

--Son cartas de mi padre--murmuró Navarro, devorándolas con la vista.

--No es ocasión ahora--dijo Salvador--, de hacer comentarios sobre las
promesas hechas en esas cartas y jamás cumplidas. Esas viejas cuentas se
habrán arreglado en otra parte.

Callaron ambos, y Navarro, puesta su alma toda en los ojos, leía las
pocas páginas de aquel drama oscuro, desenlazado ya por la muerte. Al
concluir se quedó mirando al suelo por larguísimo espacio de tiempo, y
luego, evitando el fijar los ojos en su hermano, le dijo lo siguiente:

--Bueno, convengo en que esto no tiene duda. Parece evidente que por la
Naturaleza... Pero no, la fraternidad no se improvisa. Eres hijo de mi
padre; pero no eres ni serás mi hermano.

--Ni lo pretendo, ni me importa tu fraternidad--replicó Salvador
devolviéndole su desvío--. No necesito de ti para nada. Sólo he querido
que sepas cuán cerca nos puso la Naturaleza, mejor dicho Dios, para que
comprendas que el papel de Caín es malo, y hasta desairado.

--Una carta vieja no puede hacer de dos enemigos irreconciliables dos
hermanos queridos... Convengo en que no puedo perseguirte más: la
memoria de mi buen padre, aquel valiente caballero que murió por la
patria, se interpone y te salva...

--Antes me salvaré yo con la ayuda de Dios--dijo Salvador con desprecio--.
No he venido a solicitar la indulgencia, que no necesito.

--Pues yo te la doy, ¡cien rábanos!--exclamó el guerrillero sulfurándose--.
Mira, dame agua otra vez; tengo mucha sed; tu secreto me sabe a hiel y
vinagre.

Bebió, y después, cavilando un poco, dijo como si masticara las
palabras:

--Además, antes de hablar de reconciliación es preciso determinar bien
quien es el ofendido y quien el ofensor. Te quejas de que te he
perseguido y hablas de mis crueldades. Pues yo digo que tú eres el
monstruo, tú el criminal, tú el indigno de perdón.

--Acuérdate de aquellos días del año 13, cuando se dio la batalla de
Vitoria--dijo Salvador con violencia--. ¡Oh! fuiste tú quien me provocó.

--¡Fuiste tú!

--¡Tú!

--Repito que tú.

La disputa se agriaba. Salvador quiso calmarla con un ademán de
conciliación. Navarro respiraba como quien se va a ahogar.

--Mira--dijo con desabrimiento--lo mejor es que te vayas.

--Antes has de oír lo que voy a decirte.

--Pues di.

--Sí, sostengo que fuiste tú quien primero entabló nuestra rivalidad, no
por eso desconozco que cometí después faltas graves, que te ofendí...

--¡Lo confiesa el menguado!...

--Yo no soy como tú; yo no tengo el orgullo de mis crímenes, ni los
defiendo, por ser míos, contra la razón y el derecho de los demás.

--¡Me has ofendido, y de qué modo!--exclamó Carlos que era todo acíbar--.
Con cien vidas que tuvieras no pagarías tu delito... ¡y vienes a
amansarme ahora con la pamplina de que somos hermanos, hermanos por la
casualidad, por el capricho!... Peor, peor mil veces para tu conciencia.

--Si fuéramos a hacer un análisis--manifestó Salvador--, de todo lo que ha
pasado entre nosotros desde el año 13, asignando a cada uno la parte de
responsabilidad y de culpa que le corresponde, creo que todos
quedaríamos muy mal parados. Bien sé que hay culpas completamente
irreparables en el mundo, y ofensas que no se pueden perdonar. Así, mal
que le pese a nuestro flamante parentesco, no podemos ser nunca amigos.
Pero...

--¿Pero qué?

--Pero debemos extinguir hasta donde sea posible nuestros odios,
considerando que hay un tercer culpable a quien corresponde parte muy
principal de esta enorme carga de faltas que tú y yo llevamos...

Navarro no le dejó concluir la frase; se levantó y alargando la mano
como en ademán de tapar la boca a su hermano, gritó de este modo:

--No la nombres, no la nombres, porque volveremos a las andadas... Has
puesto el dedo en la herida de mi corazón, que aún mana sangre y la
manará mientras yo viva... ¡Desgraciado de ti, que al ponérteme delante
no puedes excitar en mí la clemencia de la fraternidad sin excitar al
mismo tiempo el bochorno de la deshonra! ¿Cómo he de acostumbrarme a ver
con sentimientos cariñosos a la misma persona a quien he visto siempre
con horror?... Déjame en paz. Ya sé que no te puedo matar. Esto basta
para ti y para mí. Márchate.

Se quedó tan ronco que sus últimas palabras apenas se entendían...
Después de hablar algo más con ronquidos y manotadas, pudo hacerse oír
nuevamente.

--Aguarda... La úlcera de mi vida, lo que me ha envenenado el cuerpo y
ha trasformado mi carácter haciéndole displicente y salvaje, ha sido mi
deshonra. Este puñal, Dios poderoso, ¡cuándo se desclavará de mis
entrañas!... ¡Este cartel horrible que en mi frente llevo, cuando
caerá!... Soy un menguado, porque no he sabido castigar. ¡He cortado las
ramas y he dejado crecer el tronco! Pero el tronco caerá: ese es mi
afán, esa es mi locura... Bien sabes que la infame--añadió expresándose
con mucha rapidez en voz baja--, lejos de corregirse, progresa
horriblemente en el escándalo... Me han dicho que tú también la
desprecias... Pues bien, unámonos para castigarla... Merece la
muerte... Castiguémosla y después... después seremos hermanos.

--Veo--dijo Salvador horrorizado--que estás tan enfermo de alma como de
cuerpo. No me propongas tales monstruosidades. Estás demasiado embebido
en los hábitos y en las ideas del guerrillero para pensar
razonablemente.

Al furor sucedió el abatimiento en la irritable persona de Carlos, y por
largo rato no dio señales de vida. Salvador le dijo:

--Renuncia a toda idea de violencia y asesinato. Pensando en un castigo
imposible, te envenenas el alma. Renuncia también a la agitación de la
política y no conspires, no seas instrumento de ambiciones de príncipes.
Retírate a nuestro pueblo, busca en la paz la reparación que necesitas y
cúrate con la medicina del olvido.

--¡Retirarme al pueblo!...--exclamó Carlos alzando los ojos para mirar de
frente a su hermano--. ¿Para qué? ¿para sentir más el horrible vacío de
mi alma y la soledad en que vivo? La agitación de estas luchas civiles y
el afán de hacer algo por una causa justa, me distraen haciéndome
llevadera la vida; pero la soledad del pueblo me abate y entristece de
tal modo que si yo pudiera llorar, lloraría sobre los muros de mi casa
desierta. Si al menos encontrara allí familia, algún pariente, amigos,
antiguos criados... pero no; nadie. Mi casa parece un panteón; y las
calles de la Puebla repiten mis pasos como ecos de cementerio. Los
recuerdos son allí mi única compañía, y los recuerdos me asesinan.

--Lo mismo me pasa a mí--exclamó Salvador--. Sin familia, solo, privado de
todo afecto, parece que estoy condenado, por mis culpas, a vivir sobre
el hielo. También yo he visitado hace poco nuestra villa y se me han
caído las alas del corazón al verme forastero en mi pueblo natal.

--A mí me perseguían de noche no sé qué sombras que salían de aquel negro
caserío. Todos los perros del pueblo me ladraban ¡mil rábanos! con furia
horripilante.

--También a mí. Encontré algunas personas y me reconocieron; pero me
miraban con mucho recelo, como si fuera a quitarles algo.

--Me pasó lo mismo. Entonces conocí cuán triste es no tener a nadie en el
mundo a quien confiar una pena del corazón, una alegría, una esperanza.

--Yo también. Y entonces me sentí viejo, muy viejo.

--Lo mismo yo. Y dije: «si yo tuviera junto a mí a un ser cualquiera,
aunque fuese un niño, no saldría a los campos en busca de aventuras, ni
me afanaría tanto porque reinase Juan o Pedro».

--Igual he pensado yo... Si algo me consolaba en aquella soledad lúgubre
era el recordar cosas de la niñez. ¡Y las veía tan claras cuando pasaba
por los sitios donde solíamos jugar, por el sitio donde estuvo la
escuela, por el atrio de la iglesia y el puente, y casa del tío Roque el
herrero...!

--Pues yo me pasaba las horas muertas reproduciendo en mi memoria
aquellos días... ¡Cuántas veces me acordé de la pobre Doña Fermina tu
madre! ¡Era tan buena!... ¿No se ponía a hacer media sentada junto a una
puerta que hay a mano derecha como entramos en el patio?

--Sí, sí.

--Y me parece ver al Padre Respaldiza, contando chascarrillos, y a
aquella Doña Perpetua que vivió más de cien años. Yo recuerdo que tu
madre me agasajaba mucho cuando yo, jugando contigo y con otros
chicuelos, me metía en el patio de tu casa. Me abrazaba, me besaba y me
ponía sobre sus rodillas; pero yo me desasía de sus brazos para correr y
subirme a un montón de vigas... ¿No había un montón de vigas en el
patio?

--Sí, sí.

--¿Y no tenía tu madre muchas gallinas?

--Sí.

--Un día reñimos por un pollo y nos dimos de bofetadas tú y yo. Otro día
nos hicimos sangre a fuerza de darnos porrazos y quedamos como dos
_Ecce-homos_... Después...

Navarro dio un gran suspiro diciendo luego:

--Parecía que estábamos destinados a una rivalidad espantosa por toda la
vida... Un día, cuando ya éramos grandecitos, volvíamos de componer un
aro de hierro en casa del tío Roque, y encontramos a Jenara que salía de
la escuela...

Aquí concluyeron los recuerdos. Como una luz que se apaga al soplo del
viento, Navarro cerró la boca, apretó los labios fuertemente cual si
quisiera hacer de los dos un labio solo, frunció las cejas haciendo de
ellas como un nudo encargado de contener y apretar toda la piel de la
frente, y descargó al fin la mano con tanta fuerza sobre el brazo del
sillón, que a punto estuvo este buen inválido de saltar en astillas.

--Parece imposible--dijo después--que basten algunos años para que los
ángeles se conviertan en demonios, y los hombres en fieras... Tú,
oye...--añadió con altanería--, no hagas caso de mis habladurías... dígolo
por si se me ha escapado alguna frase que indique disposición a
perdonar, blandurillas de corazón u otra cosa semejante, indigna de mi
carácter entero y de mi honor. Ella será siempre para mí el tormento y
la mala tentación de mi vida, y tú... un hombre a quien no veo ni podré
ver nunca sin violentísima antipatía. Haz aprecio de mi rara franqueza,
ya que no puedas apreciar en mí otra cosa... ¿Quieres que te lo diga
más claro? Pues lo mismo me quemas la sangre ahora que antes. Desconfío
de tus palabras, desconfío de tus acciones, desconfío de nuestro
parentesco, que bien puede ser tramoya inventada por ti, desconfío de
tus arrepentimientos, y como ha de serte más difícil ganar mi voluntad
que ganar el cielo, será bien que me dejes en paz y que no vengas acá
con hermanazgos ni embajadas sentimentales, porque otra vez no tendré la
santísima paciencia que ahora he tenido: ya me conoces, ya sabes mi
genial. Esta enfermedad del demonio me ha echado cadenas y grillos; pero
yo sanaré, con mil rábanos, sanaré, y te juro que no habrá quien me
sufra. ¿Has oído bien? no habrá quien me aguante... Las bromas que yo
gasto pasan por barbaridades en el mundo... No me busques, pues, y yo
te prometo que no te buscaré. Es todo lo que puedo hacer.

Diciendo esto le señaló la puerta. Era ya casi de noche, y en la
sacristanesca pieza oscura cada uno de los personajes veía a su
interlocutor como si fuera su propia sombra. Levantose Salvador de su
asiento y despidiose del guerrillero con esta lacónica frase:

--Adiós. No te buscaré. Si llegas alguna vez a mi puerta, según como
llames a ella te responderé.




-V-


Salió, y cuando iba en busca de la puerta por el pasillo, que oscurísimo
como la caverna de Montesinos estaba, tropezó con un bulto, el cual, por
el agudo chillido que siguió al choque, demostró ser mujer y mujer muy
sensible.

--Brutísimo, salvaje... ¿no tiene usted ojos en la cara?--gritó la voz--.
¿Qué modos son esos?

--Señora--dijo Salvador quitándose el sombrero, mas sin ver gota--,
dispénseme usted. Ojos tengo, pero de nada me sirven, pues no hay luz en
el pasillo. Buscaba la puerta...

--¿Y soy yo acaso la puerta, señor majadero?... ¡Qué consideraciones
gastan con las señoras los hombres de esta casa!...

Hablando así la dama abrió la puerta y con la claridad indecisa que de
la escalera venía pudo Salvador verla y advertir que parecía dispuesta a
salir también. Llevaba mantilla negra y una dulleta en cuyo adorno
habían entrado pieles de diversos animales domésticos, hábilmente
combinadas con galones que siglos antes lucieron en la túnica de algún
santo o en el valiente pecho de algún oficial de guardias walonas.
Salvador, que había visto algunas veces a la dama, la conoció.
Acostumbraba a mirar con respeto aquella decadencia más lastimosa que
risible.

--Vuelvo a pedir a usted mil perdones--le dijo--, por mi torpeza... Veo
que también sale usted, señora, y si me lo permite tendrá mucho gusto en
acompañarla.

--Gracias, muchas gracias--replicó la momia dando en dirección a la
escalera algunos pasos en los cuales se advertía marcado prurito de
agilidad--. Yo también necesito excusarme por haber dicho a usted algunas
palabras inconvenientes, confundiéndole con ese hombre basto, ese
Zugarramurdi, que es un mueble con andadura.

Salvador le ofreció el brazo que ella no tuvo inconveniente en aceptar.
Bajando la momia, arrojó de sí esta pregunta, metida dentro de un
suspiro:

--¿Es usted amigo del Sr. D. Carlos?

--Sí, señora.

--Si no me engaño, es la primera vez que viene usted a casa. ¡Ah! esto
parece la casa de Tócame Roque, según la gente que entra y sale. Y no es
toda gente de principios, ni se nos guardan los miramientos que nos
corresponden. No extrañe usted que me admire de su urbanidad, pues
vivimos en una época en la cual se puede decir que no hay caballeros...
¿Por ventura es usted el que estaban esperando?

--Sí, señora, me esperaban...--indicó Salvador por decir algo.

--El que esperaban de Cataluña, para empezar la danza... ¡Pero ha visto
usted, caballero, qué estupidez! pretender que esta nación heroica sea
gobernada por una reina en mantillas.

--Una necedad, sí señora.

--Porque usted será indudablemente de los primeros espadas en esta
sacratísima guerra que se prepara.

--De los primeros no... mas...

--No sea usted modesto. La modestia es compañera inseparable del
verdadero mérito--dijo la dama trayendo a los labios con no poco trabajo,
desde el fondo de su alma seca una gota de fiambre dulzura--. Quizás me
equivoque, ¿pero no es usted D. José O'Donnell?

--No soy O'Donnell.

--¿No es usted comisionado de la Regencia secreta que se ha formado en
Cataluña, presidida por el prepósito de los Jesuitas? Yo estoy al tanto
de todo, y conmigo, caballero, no valen los misterios.

--Juro a usted, señora, que no soy el que usted supone.

--¿Ni tampoco el coronel D. Juan Bautista Campos, que tiene en el hueco
de la mano, como quien dice, a los voluntarios realistas de media España?

--Tampoco.

--Mire usted que soy algo pícara--dijo la momia contrayendo de tal modo el
amojamado rostro para sonreír, que Salvador, al mirarla, tuvo algo de
miedo--. ¡Oh! no me falta penetración, y en punto a relaciones con
personas comprometidas en la causa del trono legítimo, no habrá
seguramente quien me gane... Caballero, ¿sabe usted que hace un frío
espantoso?

Salvador notó que la dama se agarraba más fuertemente a su brazo. Al
sentir los puntiagudos dedos de esqueleto y el roce de los viejos
tafetanes del vestido, así como el de las pieles impregnadas de olor de
sepulcro, sintió que era una verdad aquel frío glacial de que la dama
hablaba.

--Hace mucho frío, sí señora.

--Y las calles están muy solitarias. Si fuera usted tan bueno que
quisiera acompañarme hasta la casa adonde voy de visita...

--Con muchísimo gusto, señora.

--Es cerca: junto a San Sebastián.

--Media legua--dijo para sí Monsalud; pero no teniendo ocupaciones, dio
por bien empleado el paseo en obsequio de una desvalida señora que tan
bien parecía agradecerlo.

--Doy a usted otra vez las gracias--dijo esta--, por su amabilidad, que es
más digna de aprecio en una época en que se han acabado los
caballeros... Pronto llegaremos: voy a casa de Paquita de Aransis, la
señora del coronel D. Pedro Rey. ¿Conoce usted a esa digna familia?

--No tengo el honor de conocerla; pero ese apellido de Aransis no es
extraño para mí.

--Es una alcurnia noble de Cataluña. ¿Ha estado usted en Cataluña?...
Quizás haya usted conocido al conde de Miralcamp, que es Aransis, al
alcalde de Cervera, que es D. Raimundo Aransis. También conozco yo en
Solsona una monja Aransis, que es hermana de Paquita.

--¡Ah! sí, la conozco--dijo Salvador prontamente, herido por vivísimos
recuerdos.

--Esa familia está emparentada con la nuestra--añadió la señora, que era
harto redicha para ser momia--. Paquita es tan buena, tan cariñosa, tan
excelente cristiana y tan mujer de su casa... Tiene dos hijos que son
dos pedazos de gloria, según dice el padre Gracián, Juanito que ahora va
a Sevilla a estudiar leyes, al lado de sus tíos paternos, y Perfecta,
que es un perfecto ángel de Dios. La pobre niña ha estado enferma hace
poco con unas calenturas malignas que la han puesto al borde del
sepulcro... ¡Cuánto hemos sufrido! La condesa de Rumblar y yo
alternábamos para velarla... una noche ella, otra yo... Usted conocerá
seguramente a la condesa de Rumblar, y a su hija Presentacioncita, y a
su yerno Gasparito Grijalva, ese tronera, liberalote que concluirá en la
horca...

--Si es liberal, no concluirá en bien.

Salvador tuvo que moderar el paso, al notar que su compañera se sofocaba
bastante.

--Usted--dijo esta, aspirando el aire con celeridad, como un fuelle viejo
que para nutrirse necesita agitarse mucho--, ha vivido al parecer lo
bastante, para conocer a mucha gente, tener muchos amigos y presenciar
multitud de sucesos; pero no lo necesario para ver pasar épocas y
familias, para ver extinguirse las amistades, mudarse las fortunas,
morir las ilusiones y caer en ruinas las cosas más reales de la vida.

--Algo y aun algos de eso he visto por desgracia, señora--dijo Salvador
sorprendido de aquel sentimentalismo que por cierto modo artístico se
avenía bien con el empaque funerario de su distinguida interlocutora.

--¡Oh! caballero--exclamó esta deteniéndose y clavando en él sus ojos que
brillaron como las últimas ascuas de un hachón sepulcral--, ¿no es muy
triste ver tanta cosa muerta en derredor nuestro, y sentir ese frío del
alma que dan las memorias marchitas, cuando pasan? Hacen un murmullo
triste como el remolino de hojas secas, y dan escalofríos como la
llovizna de otoño ¿No es verdad, no es verdad esto?

--Es verdad--dijo Salvador participando de aquel escalofrío.

Y vio extinguirse la chispa funeraria en los ojos de Salomé, porque sus
flacos párpados cayeron como apagadores de iglesia, y dejaron el
amarillo semblante en su primitivo aspecto de cosa completamente
acecinada y seca.

--¡Caballero, tengo un frío horrible!--murmuró la dama temblando--. Vamos a
prisa.

El cielo estaba como suele verse en las noches de invierno, limpio,
estrellado hasta la profusión, hasta el derroche, cual si saliesen a la
bóveda del cielo más astros de los que caben y pugnasen por quitarse el
puesto unos a otros. El aire quieto, sereno, tenía un no sé qué, sólo
comparable al fulgor horripilante de la cuchilla acabada de afilar. Las
estrellas alargaban sus fríos rayos atravesando la inmensa región de
invisible hielo, y la luna, pues también había luna, difundía claridad
verdosa por calles y plazas. El suelo parecía el lecho de un río que se
acaba de secar, dejando al descubierto su limo lleno de fosforescencias.
Tres o cuatro calles atravesó la pareja sin decir palabra, y al llegar a
un portal de mediano aspecto en la calle de las Huertas detúvose la
muerta viva, y sin soltar el brazo del caballero, anunció con una sola
voz el fin de la jornada.

--Ya--dijo con expresión de lástima, y luego fue retirando su mano poco a
poco para llevarla a la cabeza, donde pedían reparación los pliegues de
la mantilla y una guedeja rubia, que desertaba de las filas donde la
había puesto el peine pocas horas antes--. Ya se ha molestado usted
bastante. Bueno ha sido el paseo... y debemos dar gracias a Dios de que
no nos haya visto nadie, porque si nos hubieran visto... ¡Ah! no sabe
usted hasta qué punto es atrevida la calumnia en estos tiempos...
¿Quién me asegura que mañana no dirán de mí herejías sin cuento por
haberme dejado acompañar de noche por usted?

--Señora, creo que no dirán nada--observó Salvador, reprimiendo la sonrisa
que a sus labios venía.

--¡Oh! quién sabe... Ahora todo se juzga por el aspecto malo. ¡Ah! ni la
nieve misma está libre de mancharse o de ser manchada... Retírese
usted... yo comprendo que deseará prolongar la conversación en el
portal; pero no puede ser, no puede ser de ningún modo.

Después de ofrecerle su casa con no pocas zalamerías, rogó al caballero
tuviese la bondad de decirle su nombre para conocer mejor a la persona a
quien debía agradecer galanterías inauditas en una época ¡ay! en una
época calamitosa y estéril en que no había caballeros. Dicho el nombre,
la momia lo repitió con agrado y después dijo:

--¿Militar?

--No, señora, paisano.

--¿Andaluz?

--Alavés.

--¿Y hasta la muerte defensor del trono legítimo...?

--Del trono de Isabel II.

--¿Pues qué? es usted...

--Masón, señora.

Al expresarse así, con la sonrisa en los labios, Salvador creyó que no
merecía respuestas serias aquel interrogatorio impertinente. La momia
estuvo a punto de deshacerse en polvo al oír la nefanda palabra.
Estremecida dentro de sus apolilladas pieles y de sus ajados tafetanes,
llevose las manos a la cabeza, lanzó una exclamación de lástima y
desconsuelo, y por breve rato no apartó del cielo sus ojos fijos allí en
demanda de misericordia.

--¡Masón!--repitió luego mirando al que, según ella, era un soldado de las
milicias de Satanás--. ¡Quién lo diría!

Y señalando con su mano flaca, cubierta de guante canelo, una luz que a
cierta distancia se veía, como farolillo de taberna o café, dijo entre
suspiros:

--En donde está aquella luz se reúnen sus amigotes de usted...
Caballero, si me permite usted que le dirija un ruego, le diré que por
nada del mundo sea usted masón. Todo está preparado para el triunfo de
la monarquía verdadera y legítima, y es una lástima que usted perezca,
porque perecerán todos, no hay duda... Cuando usted me dijo que es
masón, vi... yo siempre estoy viendo cosas extrañas que luego resultan
verdaderas... vi un montón de muertos en medio de los cuales asomaba una
cabeza...

Le tomó una mano, y al contacto del guante canelo, que por su delgadez
apenas disimulaba la dureza de los dedos fosilizados, Salvador sintió
que se le comunicaba un frío glacial, llegando hasta su corazón.

--Aquella cabeza era la de usted--prosiguió la momia--. Usted se reirá;
pero yo no; porque la experiencia me ha enseñado a dar un gran valor a
mis corazonadas, y en el tiempo escaso de nuestro conocimiento he podido
apreciar las notables prendas de usted. ¡Oh! sí, todavía hay caballeros;
pero pronto, muy pronto quizás no haya ninguno. Adiós.

Le estrechó un momento la mano y desapareció dentro del portal, oscuro y
profundo como un sarcófago.

Salvador permaneció un rato en la puerta, mirando al hueco oscurísimo
que se había tragado a su dama de aquella noche, y murmuró estas
palabras:

--¡Pobre señora!... sin duda está loca.

Alejose despacio, sin poder echar de su mente tan pronto como quisiera
la imagen de la fantasma a quien había dado el brazo y que parecía el
duendecillo propio de las heladas y claras noches de Enero en el clima
de Madrid. Después de andar un poco maquinalmente y sin dirección fija,
hallose bajo el farol que poco antes le señalara la mano del guante
canelo.

--El café de San Sebastián--pensó--. Ya que estoy aquí entraré. No faltarán
amigos con quienes pasar un rato.




-VI-


El café no estaba lleno de gente, y en su pesada y brumosa atmósfera se
podían contar los grupos diseminados, y aun las personas. Algunos
individuos, con el sombrero echado atrás, la capa colgando de los dos
hombros o de uno solo, charlaban a gritos entre sorbo y sorbo, sin tocar
asuntos de política, por ser género que no se podía tratar a gritos.
Otros en baja y temerosa voz, cual si pronunciaran algún conjuro sobre
el líquido negro, a quién daban cierto carácter quiromántico los
misteriosos ingredientes de que se componía. Estos señores de la capa
arrastrada y de los codos sobre la mesa y del sombrero hasta las cejas
hundido, eran los arregladores de la cosa pública. Ya desde entonces se
dedicaban con preferencia a esta patriótica tarea de arreglar al país
los hombres sin oficio ni ganas de aprenderlo, que sentían la
irresistible vocación del empleo lucrativo. Algunos lo hacían también
por cierta desavenencia ingénita con el poder público, y los menos por
exaltación de ideas o por leal deseo de labrar el bien de la
muchedumbre. De todas estas especies de patricios había la noche aquella
pocas aunque buenas muestras en el café de San Sebastián.

No había andado Monsalud cuatro pasos dentro del local, cuando se sintió
llamado desde lados opuestos. Acudió allí donde había visto caras más de
su gusto, y después de saludar a varios individuos sentose en la más
apartada mesa en compañía de dos sujetos. Uno de ellos parecía tener con
Salvador amistad antigua y estrecha porque se saludaron con mucho
afecto. Era de edad mediana y buena presencia; llamábase don Eugenio
Aviraneta: su patria era Guipúzcoa y tenía el especialísimo talento de
la conversación, calidad no escasa en España, donde se han hecho grandes
carreras por saber contar cuentos o referir bien o plantear con arte los
asuntos y cuestiones de todas clases. El otro era más joven, de color
pálido tirando a aceitunado, el pelo y cejas de grandísima negrura, la
nariz afilada el bigote corto y espeso, modelado por la navaja de una
manera singular con arreglo a la moda más ridícula que puede imaginarse,
la cual consistía en trazar dos líneas rectas desde las ventanillas de
la nariz a los extremos de la boca, dibujando así un pequeño mostacho
rigurosamente triangular que llevó el nombre de _bigotillo de moco_.
También llevaba el aceitunado personaje una perilla de rabo de conejo, y
en los cachetes patillas o chuletas cortas, también modeladas por la
navaja con un esmero tal que casi venía a confundirse el oficio de
rapista con el arte del escultor. Esto y el breve tupé acompañado de
mechoncillos sobre las orejas estaban declarando a gritos que el remate
y coronamiento de tan singular cabeza había de ser uno de aquellos
ingentes morriones de base estrecha y anchísima tapa, visera menuda y
carrilleras de cobre suspendidas a los lados de la placa frontal. El tal
morrión inconmensurable se estaba viendo, sí, sobre la cabeza de aquel
buen señor por la fuerza de la analogía, aunque estaba descubierto y
vestido de paisano. Pero si por un hilo se saca un ovillo, suele también
sacarse por una cara un morrión, y así se podía decir a boca llena que
nuestro individuo era militar y por más señas _ayacucho_.

--Te presento a mi amigo el capitán Rufete--dijo Aviraneta poniendo en
relaciones a sus dos camaradas--. Y ahora cuéntanos algo, dinos qué es de
tu vida, hombre. Después que eres rico no hay quien te vea.

Hablaron largo rato de cosas de la vida, de viajes, de caza, de
enfermedades, y sin saber cómo pararon en la cuestión magna del día, a
saber, que el Rey no se moría tan presto como algunos pillos quisieran,
que se había decidido jurar solemnemente a Isabelita como heredera del
trono, y que el buenazo de D. Carlos se marchaba a Portugal. Rodó la
conversación de idea en idea, hasta que Aviraneta tocó a Salvador en el
brazo y le dijo con misterio:

--Si quieres encargarte de una misión delicada, no hay ningún
inconveniente en confiártela.

--Ya sé que conspiras, ¿pero por quién?--replicó Salvador riendo--¿Por
Cristina, por D. Carlos o por ambos a la vez?

--Tú me conoces, y sabes que con alas mías no ha de volar ningún
murciélago. Me ha comprometido a explorar los ánimos de la gente liberal
para saber en qué condiciones se podría contar con ella en caso de una
guerra civil.

--Los libres--dijo el _ayacucho_ con énfasis--, están y estarán siempre al
lado de la Princesa, si a la Princesa le ponen por almohada en su cuna
_el mejor de los códigos_.

El llamar _libres_ a los liberales y _el mejor de los códigos_ a la
Constitución del 12 constituía, con otras muchas frases, un estilo
especial que por largo tiempo prevaleció en todas las manifestaciones
literarias del partido avanzado.

--Calle usted, hombre, por amor de Dios--dijo Aviraneta reprendiendo con
un gesto la espontaneidad del capitán--. Los _libres_, como usted dice, y
los liberales, como los llamo yo, están tan divididos que no oye usted
dos opiniones iguales si habla con ellos. Hay multitud de tontos a
quienes no se puede arrancar de la cabeza lo _del mejor de los códigos_;
hay algunos solemnes pillos que por malicia y por tener poder ante la
canalla, gritarán, si les dejan, _constitución o muerte_; hay el grupo
de los _anilleros_ o de los _sabios_, que reniegan de todo si no les dan
las dos Cámaras con Carta, a la francesa, y aun creo que alguien quiere
que haya tres Cámaras, por no parecerle bastante dos. Unos piden que
haya mucha religión sin dejar de haber libertad, mientras los
_iluminados_ desean acabar con la gente de cogulla y quemar los
conventos, para que _suprimidos los nidos no haya miedo de que vuelvan
los pájaros_. Yo he tanteado aquí y allí y he encontrado asperezas que
no es fácil suavizar, y antagonismos que no es posible vencer. Martínez
de la Rosa, Toreno, Burgos y comparsa se niegan a todo lo que sea
revolución, Palafox se aviene siempre con el parecer de Calvo de Rozas,
y Calvo de Rozas, unido con Flores Estrada, ha hecho una constitución
templadita. La quieren tanto, como buenos padres, que si no es
preferida, dicen que no se cuente con ellos para nada. Romero Alpuente y
los exaltados juran y perjuran que no hay más Constitución que la del 12
en todo el globo terráqueo, y que ellos la harán triunfar, pese a quien
pese. Vamos, esta es una casa de fieras, y yo digo que convendría que
estallase la guerra y viniesen grandes peligros para que entonces se
unieran tantas voluntades y se llegara a un acuerdo en lo de la
Constitución definitiva, aunque hubiese siete Cámaras y cuatrocientas
alcobas.

--La Nación soberana--dijo el _ayacucho_ hablando como hablaría Solón--,
decidirá en su día lo que mejor convenga. Un pueblo libre no se
equivoca.

--Con sentencias sacadas de las _Gacetas_, amigo Rufete, poco
adelantamos. Yo veo que las divisiones son hondas, que el partido
liberal, por estar disperso y perseguido, no tiene ya una idea fija y
común sobre nada. El ejército, que antes era amigo de la Constitución
del 12, ahora va donde le llevan, y es realista con el conde de España y
templado con Llauder. Pues bien, en vista de este desconcierto, ¿no es
patriótico intentar la reconciliación de todos los que aborrecen la
tiranía? ¿Qué te parece, Salvador, no es patriótico, altamente
patriótico?

--Me parece tan patriótico como imposible--replicó el interrogado--.
Conozco a mi país, conozco a mis paisanos, he pulsado teclas de
conspiración en distintas épocas; sé el valor que tienen las ideas,
insignificante junto al valor de las pasiones; sé muy bien que a los
políticos de nuestra tierra les gobierna casi siempre la envidia, y que
la mayoría de ellos tienen una idea, sólo porque el vecino de enfrente
tiene la idea contraria.

--Pesimista estás--dijo Aviraneta severamente.

Luego se llevó el dedo a la boca con cierto aire solemne, y levantándose
ordenó con una seña a sus dos amigos que le siguiesen, lo que hicieron
de buen grado Rufete y Salvador, el uno por disciplina de conspirador y
el otro por curiosidad. Atravesando una puertecilla que junto al
mostrador había, pasaron a un cuartucho estrecho y oscuro, formado en el
anguloso hueco de la escalera que a las terulias conducía. Un ruinoso
banco ofreció durísimo y no muy limpio asiento a los tres individuos, y
dábanle compañía algunas cafeteras de largo pico, cajas vacías, escobas
y enormes cangilones destinados a usos distintos. Aquel era el
laboratorio químico de donde salían las ingeniosas mezclas a qué debió
su fortuna el amo del establecimiento (el cual, dicho sea de paso, era
fervientísimo patriota); allí era donde se verificaba la multiplicación
de las raciones de leche, gracias al agua que Dios crió; allí se
fabricaba con diversas sustancias europeas y asiáticas el café de Moka,
y allí las libras de azúcar se convertían en arrobas de la noche a la
mañana, lo mismo que un quidam se convierte en ministro.

Sentáronse en aquello que más parecía nicho que cuarto, y como no tenían
luz, no eran vistos de fuera y podían ver a todos los que desde el café
subían a las regiones altas.

--Aquí podemos hablar cómodamente--dijo el guipuzcoano--, y explicaré mi
idea sin que nadie se entere. Para poner remedio al grave mal que antes
indiqué, he determinado fundar una sociedad secreta...

--Ya pareció aquello--dijo Salvador interrumpiendo con su risa el grave
exordio de su amigo--. En eso habíamos de parar.

--Cállate, no juzgues lo que no conoces todavía... Una sociedad secreta
que se llamará _La Isabelina_ o _de los Isabelinos_.

--Insisto en mi opinión de que se llame de los _Patriotas
isabelinos_--dijo el ayacucho, demostrando en su acento y en la tiesura
de su mano enérgica la importancia que daba al bautismo de la sociedad
proyectada.

--El nombre debe ser breve y sencillo.

--Ya tenemos el masonismo en planta--indicó Salvador--, con sus irrisorios
misterios, sus fórmulas y necedades.

--No, no, hijo, aquí no hay misterios.

--¿Ni iniciación, ni torres, ni orientes?...

--Nada de eso.

--¿Ni vocabulario especial, ni mandiles?

--Nada, nada.

--No habrá más que el juramento de someterse intencionalmente a la
soberanía de la Nación--afirmó Rufete.

--Aquí es todo corriente. No hay misterios. La sociedad trabajará en
silencio, pero sin fórmulas masónicas, y nos llamamos por nuestros
nombres, si bien en los actos y documentos adoptamos un signo
convencional para designarnos.

--¿De modo que la sociedad funciona ya?

--Se está formando. Todavía no hemos tenido una reunión total de
asociados... ¿Cuántos hay en la lista, querido Rufete?

--Trescientos veinte y uno--dijo el ayacucho, que por lo visto desempeñaba
las funciones de secretario.

--No se ha hecho nada todavía, no ha ido a provincias ningún comisionado.
Se necesita uno de toda confianza y muy listo, que vaya a París y
Londres a entenderse con los emigrados que quedan por allá y con otras
personas residentes en el extranjero, y que no nombro porque no puedo
nombrarlas.

--Ya... y ese correveidile que se necesita...

--Correveidile no, sino agente; ese agente que se necesita eres tú.

--Pues te juro--dijo Salvador de la manera más jovial--, que si la sociedad
_Isabelina_ o de los _Patriotas isabelinos_, como pretende el señor... y
se me figura que lo pretende con razón...

--La idea del patriotismo--exclamó Rufete sin poderse contener--, es tan
primordial, que debe ponerse al frente de todas las denominaciones, para
que se grabe más y más en la mente del pueblo.

--Pues, decía--prosiguió el otro--, que si la sociedad espera para
extenderse y prosperar a que yo sea su agente, llegará el Juicio final
sin que de todos los frutos que el país y tú esperáis de ella.

Aviraneta meditaba, la mejilla apoyada en la mano. A cada instante se
oían los pasos de los que subían por la escalera 7, y como esta era
endeble y estaba tan cerca de las cabezas de los tres sujetos, parecía
que se les venía la casa encima siempre que un patriota se encaramaba a
los aposentos altos.

--¡Malditos!--exclamó Aviraneta, en ocasión que subían tres cuatro
mozalbetes metiendo más ruido que los monaguillos en día de repicar
recio--. Esos son los que todo lo echan a perder con sus inocentadas.
Ahora los tiernos angelitos, en vez de chuparse el dedo, han dado en la
flor de jugar a la masonería y al carbonarismo, y entre burlas y risas
tienen arriba sus _Cámaras de honor_ y sus _Hornos_, donde hacen varias
mojigangas, que es preciso denunciar a la policía. Son casi todos
chicuelos con más ganas de hacer bulla que de estudiar. ¡Y qué discursos
los suyos! Es esa una empolladura de oradores que, si no me engaño, ha
de dar a España más peroratas que garbanzos dará Castilla.

--Estos pajarillos cantores--dijo Monsalud riendo--, vienen siempre delante
de las tormentas políticas, anunciándolas con sus angelicales trinos. Es
un fenómeno que observé en la tormenta pasada y que se repetirá, no lo
duden ustedes, en las que han de venir; y así veremos siempre que toda
trasformación política de carácter progresivo viene precedida de grandes
eflorescencias de sabiduría infantil y discursos en las aulas.

--Pues grande va a ser la trasformación--manifestó Aviraneta--, si se ha de
juzgar de ella por lo que chilla esta caterva de pavipollos... ¡Santa
Mónica, cuántos suben ahora, y qué pico tienen! Esa voz... oigan ustedes
qué órgano tan admirable: es González Bravo, un mozo terrorista, más
listo que Cardona y con más veneno que un áspid... Pero, volviendo a
nuestro asunto, nosotros, al fundar la sociedad isabelina, llevamos el
objeto de unificar el pensamiento de los liberales y de traer al
ejército a una idea común que sea precursora de una acción común.

--El ejército está profundamente dividido--dijo Salvador--, pues me consta
que el bando apostólico o _carlino_, como ahora se llama, ha hecho
últimamente grandes adquisiciones en la Guardia Real.

--El ejército es liberal--exclamó Rufete, que no pudiendo estar por más
tiempo callado tomó la palabra con estruendo en la primera coyuntura--.
El ejército se compone de hombres libres que aman _el más perfecto de
los códigos_ y aborrecen la tiranía. Dígase _Constitución_, y el
ejército responderá _Constitución_.

Y echando un poco atrás el sombrero, que debía ser morrión de los de
tinaja invertida, se puso más amarillo y acompañó su alteración facial
de estas patrióticas palabras:

--Muchos hablan del ejército sin conocerlo, y yo, que lo conozco, que
pertenezco a él, que me glorio de pertenecer a él, digo que con
excepción de media docena de traidores, todos somos liberalísimos, aquí
y en América. Yo he estado en América, señores; me he batido en aquellos
colosales combates de Chuquisaca y Cochabamba, y puedo decir que nada
nos consolaba de nuestras privaciones y trabajos como hablar de la
Constitución, pensar en ella y poder escribirla en nuestras banderas
para hacer doblar la rodilla a los indios más bravos. Recuerdo bien que
después de la famosa expedición de Jujuí, nos llegó la noticia del
triunfo de la Constitución en las Cabezas de San Juan, y nos volvimos
locos de contento. Deseábamos, o que nos trajeran a España, o que nos
llevaran allá al bendito Código, y no pudiendo ser ni una cosa ni otra,
celebramos con fiestas, bailes, versos y meriendas aquel gran suceso. La
alegría era general. Algunos tuvimos el proyecto de proclamar la
Constitución en el Perú; pero el traidor de Maroto se opuso. Los
_libres_ deseábamos que la América adoptase el _sistema_, los traidores
no querían sino hierro y sangre; y yo pregunto ahora lo que he
preguntado siempre: ¿quién es responsable de que se perdiera la tremenda
batalla de Ayacucho? ¿Quién?...

--Esa cuestión, querido Rufete--observó Aviraneta viendo con disgusto que
la musa histórica de su secretario remontaba el vuelo en demasía--, ha
perdido su oportunidad. Poco nos importa saber quien lo hizo peor en
América. En cuanto al ejército, ya sabemos que en su mayoría es liberal;
pero usted mismo ha hablado de traidores: traidores hubo en América, y
también los hay en España.

--Aquí tengo la lista--exclamó prontamente Rufete haciendo ademán de sacar
un papel.

--No, no saque usted la lista. Tampoco eso nos importa gran cosa
ahora... Nuestra sociedad cuenta ya con un brillantísimo contingente de
personajes civiles.

--Espere usted--insistió Rufete revolviendo sus papeles--, aquí está.

--No... ¡Con cien mil palitroques! tampoco nos hace falta ahora la lista
de _isabelinos_. Envaine usted sus listas, hombre. Lo que yo quiero es
traer a nuestras filas a este buen amigo, para darle una comisión que
desempeñará bonitamente.

Salvador hizo con la cabeza repetidos signos negativos.

--Eso lo veremos--dijo el guipuzcoano--. Peñas más duras he quebrantado yo.
¿Tienes ocupaciones?

--Las de mis intereses, que no son muchas.

--Es verdad que casi eres rico; ¡mal negocio! ¿Te has casado?

--No.

--¿No ambicionas una posición elevada?

--No ambiciono nada más alto que este banco, y lo que llaman aura popular
me incomoda más que la tristeza de estar solo.

--A pesar de todo--dijo Aviraneta--, creo que te conquistaré.

Y calló después. De buena gana se habría desprendido en aquel momento de
los servicios de su secretario Rufete, cargado de listas, para estar
solo con Monsalud y hablarle franca y descubiertamente, pues bien se
conocía que el astuto conspirador había manifestado su idea de un modo
harto enigmático. Pero Rufete no se movía, y a la dudosa claridad que en
el cuarto entraba se entretenía en revisar sus listas de traidores y sus
listas de _isabelinos_.




-VII-


Hallábanse, pues, el uno aburridísimo, el otro ideando motivos para
despedir al _ayacucho_, y el tercero discurriendo el modo de pasar algún
nombre de un papel a otro, cuando entró en el café un jefe de
caballería, haciendo con el sable rastrero, con las espuelas y los
tacones tan grande estrépito, que no parecía sino que un escuadrón había
asaltado el establecimiento. Traía fango en las botas y polvo en el
traje, manifestando en esto, así como en la oficiosidad con que iba de
mesa en mesa dando noticias, que acababa de llegar de una expedición o
quizás de un campo de batalla. Era D. Rafael Seudoquis, exaltado
patriota primero, después indefinido, luego conspirador perseguido y
condenado a horca, pero indultado otra vez y admitido en el servicio por
influencias de parientes poderosos. Después que satisfizo la curiosidad
de los del café, dirigiose arriba, y al entrar en el hueco de la
escalera llamole Aviraneta desde su escondrijo. Entró Seudoquis,
reconoció a Salvador, se abrazaron; pero tanta gana tenía el buen hombre
de contar lo que sabía, que sin poder aguardar a que acabaran los
saludos, habló así:

--¡Ya les hemos cogido! ¡buena caza hemos hecho!

--¿Qué? ¿qué ha sido?... ¿una batida de voluntarios realistas?

--Sí, y con media docena como esta pronto quedaba la Nación limpia de
sacristanes... Ya saben ustedes que salí con la columna de Bassa a
perseguir la partida de aguiluchos que se levantó en Villaverde mandada
por el traidor coronel Campos... Al principio nos daba que hacer... que
por aquí, que por allá... Total, señores, en Alares a cinco leguas de
Navahermosa les sorprendimos rezando el rosario, les copamos... no se
escapó uno para simiente de monaguillos.

--¿Les arcabucearon?

--No hay órdenes para tanto. El Gobierno es conciliador, o por otro
hombre pastelero, y en una mano tiene las disciplinas y en otra el
emplasto. Como no soy partidario de andar con mantecas tratándose de esa
gente, yo les hubiera dado a todos un poco de tuétano de fusil. En el
otro barrio están mejor que aquí... Pero no se trata ahora de fusilar:
ellos lo harán cuando nos cojan debajo. Total, que les hemos traído codo
con codo, y el bribón de Campos es tan cobarde que se echó a llorar, y
sin que nadie se lo preguntara nos reveló todo el _diebus ille_ de la
junta carlista de Madrid, citando nombres uno por uno. A estas horas el
traidor habrá vomitado todas sus delaciones ante la policía y ya andará
esta haciendo prisiones. Medio Madrid va calentito a la cárcel esta
noche. He encontrado en la Puerta del Sol a un escuadrón, no miento, sí,
un escuadrón de policías que iban a la calle de Belén, donde parece hay
un cabildo máximo de subdiáconos con puñal y de guerrilleros de estola.
Total, señores, que nos hemos lucido los de Bassa, y que esta noche van
a ser ventiladas muchas madrigueras. Con que _viva la angélica_ y abur,
señores, que me voy arriba a cenar.

--Y yo a ponerme el uniforme y a correr al cuartel--dijo Rufete
levantándose presuroso--. Es fácil que se altere la pública tranquilidad
esta noche. Vamos a nuestro puesto, que cuando menos se piensa, viene el
desbordamiento carlino, y la patria necesita de todos sus hijos.

--Vaya usted con Dios, valiente--dijo Aviraneta gozoso de verle partir--.
Aquí nos quedamos nosotros procurando entendernos.

Luego que estuvieron solos, Aviraneta dijo a su amigo que pues arreciaba
el calor dentro del café, harían bien en salir a la calle y dar un par
de vueltas, con lo que además de respirar el aire libre, podían hablar
sin recelo. Cuando se hallaron en la plazuela del Ángel, Salvador tomó
el brazo de su amigo y burlonamente le dijo:

--¡Pillo!... ¿qué nueva farsa de sociedad secreta es esa? ¿qué trama
traes tú ahora entre mano?

--Poco a poco... pase lo de trama; pero no lo de farsa.

--¿Quién te paga?

--Mucho ahondas, ¡palitroques! Has de comprar mi franqueza con tu
benevolencia, no con tus burlas, y si persistes en negarme tu apoyo, no
tendrás de mí ni una palabra. Cosas podría decirte que te dejarían
pasmado; pero ya sabes... no se dan gratis los secretos como los buenos
días. Venga tu voluntad y abriré el pico.

--Es que no puedo dar mi voluntad no conociendo a quién la doy ni por qué
la doy.

Aviraneta insistió en que su pensamiento era unir a los liberales para
preparar una acción común; pero esto, si no encerraba una intención
distinta, era de lo más inocente que se podía ocurrir por aquellos días
a hombre nacido, y Aviraneta, justo es decirlo, tenía de todo menos de
espíritu puro. Por más que el guipuzcoano se diera aires de inventor de
aquel plan sapientísimo, se podía jurar que sólo era instrumento de una
voluntad superior, maquinilla engrasada por el oro y movida por una mano
misteriosa. Sobre esto no quiso decir una sola palabra que no fuese la
misma confusión; pero Monsalud, que era listísimo y además tenía la
experiencia de aquellos líos, supo sacar la verdad de entre tanta
mentira. Su creencia era que D. Eugenio había recibido de altas regiones
la misión de desunir a los liberales y enzarzarlos en disputas sin fin;
pero no podía fácilmente averiguarse si el impulso partía del cuarto de
María Cristina o del gabinete ministerial de Zea Bermúdez. Salvador hizo
una y otra pregunta caprichosa para coger por sorpresa el principal
secreto de su amigo; mas este era tan diestro en aquellas artes, que
evadió los lazos con extremada gracia.

Este señor Aviraneta fue el que después adquirió celebridad fingiéndose
carlista para penetrar en los círculos más familiares de la gente
facciosa y enredarla en intrigas mil, sembrando entre ella discordias,
sospechas y recelos, hasta que precipitó la defección de Maroto,
preparando el convenio de Vergara y la ruina de las facciones.
Admirablemente dotado para estas empresas, era aquel hombre un colosal
genio de la intriga y un histrión inimitable para el gigantesco
escenario de los partidos. Las circunstancias y el tiempo hiciéronle un
gran intrigante; otra época y otro lugar hubieran hecho de él quizás el
primer diplomático del siglo. Ya desde 1829 venía metido en oscuros
enredos y misteriosos trabajos, y por lo general su maquinación era
doble, su juego combinado. Probablemente en la época de este encuentro
que con él tenemos, durante el invierno de 1833, las incomprensibles
diabluras de este juglar político constituían también una labor fina y
doble, es decir, revolver los partidos en provecho del ministerio y
vender el ministerio a los partidos.

La fundación de la sociedad _isabelina_ servíale de pretexto para entrar
en tratos con gente diversa, con cándidos patriotas o políticos ladinos,
poniéndose también en relación con militares bullangueros; y así,
hablando del bueno del Sr. Rufete, dijo a Salvador:

--Este infeliz _ayacucho_ es una alhaja que no se paga con dinero. Él se
presta desinteresadamente a entusiasmarse y a entusiasmar a un centenar
de oficiales como él. Se morirá de hambre antes de cobrar un céntimo por
sus servicios secretos al _Sistema_, y se dejará fusilar antes que hacer
revelaciones que comprometan a la sociedad. Es un prodigio de inocencia
y de lealtad. El pobre Rufete trabaja como un negro, y se pasa la vida
haciendo listas de sospechosos, listas de traidores, listas de tibios y
listas de calientes. En su compañía pasa por un Séneca empalmado en un
Catón. Los sargentos lo adoran y son capaces de meterse con él en un
horno encendido, si les dicen que es preciso salvar del fuego _el
precioso código_. ¡Oh! amigo, respetemos y admiremos la buena fe y la
valentía de esta gente. ¡Si en todas las clases sociales se encontraran
muchos Rufetes!... ¡Pero hay tanta canalla indomesticable de esa que no
sirve sino para hacer _pueblo_, para gritar, para meter bulla, de esa
que en los días solemnes desacredita las mejores causas, entregándose a
la ferocidad que le inspiran su cobardía y su apetito!...

Entre estos y otros dichos y observaciones, llegaron a la calle del
Duque de Alba, porque Salvador, no pudiendo sacar cosa limpia y concreta
de las confusas indicaciones de D. Eugenio, había decidido retirarse a
su casa. Echaban el último párrafo en el portal de esta, cuando del de
la inmediata vieron salir a un hombre silbando el estribillo de una
canción político-tabernaria. A pesar del embozo, Aviraneta le conoció al
momento y Salvador también.

--Tablillas--dijo D. Eugenio--, cuartéate aquí, que somos amigos.

El atleta se acercó, examinando con atención recelosa a los dos
caballeros.

--Señor _Vinagrete_ y la compañía, buenas noches... Estaba encandilado y
no les conocía.

--¿Está durmiendo ya el Sr. D. Felicísimo?

--Todavía están en brega. Han venido tantos señores esta noche que
aquello es la bóveda de San Ginés.

--¿Pues qué, se dan disciplinazos?

--Con la lengua... hablan por los codos, y todo se vuelve manotadas y
_perjuraciones_.

--¿Qué entiendes tú por _perjuraciones_?

--Decir, pongo el caso, _señores, muramos por el Trono legítimo_.

--¿Y todavía están reunidos?

--Todavía.

--Pero di, ¿no ha venido esta noche la policía? Yo creí que a estas horas
D. Felicísimo y su comunidad estaban echando _perjuraciones_ en la
cárcel de Corte.

--Vino la policía, sí señor; vinieron tres y llamaron tan fuerte que la
casa estuvo si cae o no cae. Los señores se asustaron, y D. Felicísimo
les consolaba diciendo: «no hay nada que temer, la policía es la
policía. Que entre el que llama». Yo bajé a abrir la puerta, y se
colaron tres señores de cara de perro con bastones de porra. Subieron, y
al entrar en la sala, se dejaron a un lado las porras y todo fue
cortesía limpia y vengan esos cinco. D. Felicísimo me mandó traer vino y
bizcochos, y bebieron, cosa la más desacostumbrada que puede verse en
esta casa; y uno de los de porra alzó el vaso y dijo: «Por el triunfo de
la monarquía legítima y de la religión sacratísima».

--Brindaron.

--Y los tres tomaron el olivo.

--¿Está Pipaón arriba?

--Es de los más lenguaraces. Cuando brindaron, D. Juan echó no sé cuantos
_loores_...

--¿Y qué es eso?

--Que se sopló mucho, echando fuera toda la caja del pecho, y dijo _loor
a esto, loor a lo otro_.

--¿Se casa con Micaelita?

--Dios los cría y ellos se juntan.

--¿Y te retiras ya?

--Si, porque yo he dicho a D. Felicísimo que estoy enfermo.

--¿A dónde vas?

--Allá--replicó Tablas manifestando en la mirada recelosa que a Salvador
dirigió, que no debía hablar con más claridad.

--Bien--dijo Aviraneta--. Nos veremos luego. ¿Y la Pimentosa cómo está?

--Agria.

--¿Qué es eso?

--Enojada, porque le pica la despensa.

--¿Qué quieres decir? ¿Qué despensa es esa?

--El estómago.

--Es verdad que padece mi señora males de estómago... Aguarda, que me
voy contigo.

Tablas, que había dado ya algunos pasos hacia San Millán se detuvo,
mientras el guipuzcoano, estrechando con el más vivo afecto la mano de
su amigo, lo dijo estas palabras:

--Mañana... y quien dice mañana dice el mes que viene o el año que
viene... estarás conmigo en la _Isabelina_.




-VIII-


Las escenas y conversaciones de aquella noche dejaron en el espíritu de
Salvador un dejo de amargura, y así se esforzaba en apartarlas de su
memoria, considerando que reproducían en pequeño cuadro lastimoso de la
Nación española. La confusión de pareceres, el incesante conspirar con
recursos misteriosos y fines mal determinados, las repugnantes
connivencias de la policía con los conspiradores de todas clases, no
eran cosa nueva para él; pero había cobrado tal odio a estos fenómenos
políticos, manifestación morbosa de nuestra miseria, que de buena gana
se marchara a los antípodas o a cualquier región apartada dónde no oyera
ni viera lo que allí mortificaba sus ojos y sus oídos.

La experiencia, el profundo conocimiento de las personas, los viajes y
la desgracia, habíanle dado elementos bastantes para construir en su
pensamiento una patria muy distinta de la que pisaba, y la inmensa
superioridad de esta patria soñada en parangón con la auténtica era en
él motivo constante de padecer y aburrimiento. Por eso decía:--«Mucho han
de variar las cosas, mucho han de aprender los hombres para que la
política de mi desventurado país pueda llegar a serme simpática, y como
yo, por muchos años que Dios me conceda, no he de vivir lo bastante para
ver a mis compatriotas instruidos en lo que es libertad, en lo que es
ley y en lo que es gobernar, lo mejor será que no me afane por esto, y
que deje pasar, pasar, contemplando desde mi indiferencia los sucesos
que han de venir, como se miran desde un balcón las figuras de una
mascarada».

Estos propósitos no eran constantes, porque otras veces meditaba sobre
el mismo tema y hacía las siguientes consideraciones, llenas de buen
sentido y de tolerancia.--«No puede sostenerse en las acciones de la vida
el criterio pesimista, que suele ser el disimulo del egoísmo. ¿Quién
duda que existen en nuestro país, al lado de esa cáfila de
alborotadores, cabecillas, intrigantes, charlatanes, aventureros, muchos
caracteres nobilísimos, innumerables hombres de buena fe, patricios
desinteresados, verdaderos y leales que se aplicarían a la política y
serían discretos en la idea, enérgicos en la acción y honrados en la
conducta? Pues bien, si yo me siento capaz de inculcar a esos hombres un
pensamiento feliz y de ayudarles en el desempeño, ¿por qué no he de
hacerlo?».

Después de vacilar un momento se contestaba con amargura:--«Porque no me
creerían. ¿Cómo habían de creerme y hacer caso de mí, si yo también he
sido alborotador, cabecilla, intrigante, aventurero y hasta un poco
charlatán? ¿Si he sido todo lo que condeno, cómo han de fiar de mí al
verme condenar lo que he sido? ¿Si exploté la industria del pobre en
este país, que es la conspiración, cómo han de ver en mí lo que
realmente soy? No, yo he quedado inútil en esta refriega espantosa con
la necesidad. He salido vivo, sí, pero sin autoridad, sin crédito para
tomar en mis labios ese ideal noble, por donde van las vías rectas y
francas del progreso de los pueblos. Mi destino es callar y
arrinconarme, sopena de que me tengan por un Aviraneta, cuando no por un
Rufete».

Al pensar esto, el propósito de condenarse a oscuridad perpetua
triunfaba en su ánimo de una manera completa. Pero esta oscuridad sin
familia y sin afectos era el cenobitismo más triste que puede
imaginarse. Y aquí, en esta lóbrega caverna sin salida, terminaban las
excursiones mentales del misántropo. Pero la salida no era absolutamente
imposible. Si hacía falta una familia, ¿por qué no la buscaba? Hay
ciertos bienes que valen más encontrados al azar que buscados con
cálculo, y es muy general que quien despreció la suerte cuando pasó a su
lado, ande después a cabezadas tras ella, y no la encuentre ni siquiera
pintada, o halle cualquier falsificación del bien y la coja gozoso y la
abrace y se desengañe y rabie, deplorando su torpe indolencia.

Quería vencer su extraordinario tedio frecuentando la sociedad.
Había renovado mucho sus amistades, dando un poco de mano a las que
le recordaban su juventud de trapisondas y procurando contar entre
sus íntimos a personas de mayor fuste. Su buena figura, su conducta
intachable, su instrucción, su entretenida palabra, tratándose de
referir viajes o verosímiles casos y peligros le dieron muchas simpatías
en todas partes. Había dejado de visitar a Jenara y a D. Benigno Cordero
por razones poderosas; pero en cambio frecuentaba otras muchas casas
decentes, a donde concurría lo más selecto de la Corte. Por las noches
gustaba mucho de pasear un poco por las calles antes de retirarse
a su casa, poniendo así entre la tertulia y el sueño un trozo de
meditación trans-urbana de más gusto para él que la más entretenida y
docta lectura. La soledad sospechosa de algunas calles, el bullicio
de otras, el rumor báquico de la entreabierta taberna, la canción que
de una calleja salía con pretensiones de trova amorosa, el cuchicheo
de las rejas, el desfile de inesperados bultos, indicio del robo
perpetrado, del contrabando o quizás de una broma furtiva; la disputa
entre viejecillas terminada con estrépito de bofetadas... por otra
parte el rodar de magníficos coches; la salmodia insufrible del dormido
sereno que bostezaba la horas como un reloj del sueño, funcionando por
misterioso influjo del aguardiente; el rechinar de las puertas vidrieras
de los cafés, por donde salían y entraban los patriotas; el triste
agasajo de las castañeras que se abrigaban con lo que vendían tendiendo
una mano helada para recibir los cuartos y otra mano caliente para dar
las castañas; las singulares sombras que hacían las casas construidas
sin orden, unas arrumbadas hacia atrás, las otras alargando un ángulo
ruinoso sobre la vía pública; los caprichos de claridad y tinieblas que
formaban las luces de aceite encendidas por el Ayuntamiento y que podían
compararse a lágrimas vertidas por la noche para ensuciar su manto
negro; el peregrino efecto de la escarcha en las calles empedradas,
que parecían cubrirse de cristal esmerilado con reflejos tristes; el
mismo efecto sobre los tejados, en cuya superficie se veía como una
capa de moho esmaltada por polvo de diamante, el grandioso efecto de
la helada, que en flechazos invisibles se desprendía del cielo azul
ante las miradas aterradoras de la luna, la deidad funesta de Enero;
la consideración del frío general hecha dentro de una caliente pañosa;
el estrépito de la diligencia al entrar en la calle, barquichuelo que
navegaba sobre un mar de guijarros, espantando a los perros, ahuyentando
a los chiquillos y a los curiosos;... el buen paso marcial de los
soldados que iban a llevar la orden prendida en lo alto del fusil; el
coro sordo de los mercados al concluir las transacciones, cuando se
cuenta la calderilla, se barre el puesto y se recogen los restos; el
olor de cenas y guisotes que salía por las desvencijadas puertas de las
casas a la malicia, y el rasgueo de guitarras que sonaba allá en lo
profundo de moradas humildes; la puerta sobre la cual había un nombre de
mujer groseramente tallado con navaja, o una cruz o un cartel de toros,
o una insignia industrial, o una amenaza de asesinato, o una retahíla
de palabras groseras, o una luz mortecina indicando posada, o un macho
de perdiz que cantará a la madrugada, o un cuadrito de vacas de leche,
o un objeto negro algo semejante a un zapato, o una armadura de fuegos
artificiales pregonando el arte de polvorista, o una alambrera cubierta
con un guiñapo, señal de la industria de prendería, o una bacía de
cobre, o un tarro de sanguijuelas... todo esto, en fin, y otros muchos
accidentes de la fisonomía urbana durante la noche, páginas vivas y
reales, abiertas entre la vulgaridad de la tertulia y el tedio de su
casa solitaria, le cautivaban por todo extremo.

Pero una noche tuvo un encuentro triste. Al entrar en la Plaza de
Provincia vio una persona, dos, tres. Eran un hombre cojo, bien envuelto
en su capa, una mujer tan bien resguardada del frío, que sólo se le
veían los ojos, y un niño con gabán y bufanda, mostrando la nariz húmeda
y los carrillos rojos de frío. Los tres iban en una misma fila: se
detenían en todos los escaparates para ver las mantillas, los lujosos
vestidos, las telas riquísimas, las joyas, y parecían muy gozosos y
entretenidos de lo que veían. En la esquina había una castañera.
Detuviéronse. El cojo sacó cuartos del bolsillo, la mujer un pañuelo,
compraron, probó el chico y luego siguieron. La mujer agasajó el pañuelo
lleno de castañas, como para calentarse las manos con él...
Avanzaron... desaparecieron por una puerta.

Salvador se sintió estremecer de desesperación y envidia. El hombre
cojo, el niño, la placentera unión de los tres, los cuartos sacados del
bolsillo, los saltos del chico cuando se estaba haciendo el trato con la
vendedora, las castañas, el pañuelo, las manos que tenían el pañuelo...
En vista de las insolentes burlas del destino, juró no volver a pasar
por allí.




-IX-


El hombre cojo entró en su casa, como hemos dicho, y después de un
ligero altercado entre la familia por saber cuál había de acostarse
primero, retiráronse todos. La paz, el orden, el silencio, la quietud se
ampararon de todo el ámbito de la vivienda, y bien pronto no hubo en
ella un individuo que no durmiese, a excepción de aquel buen señor de la
cojera, el cual, despierto en su lecho, daba vueltas a una idea como si
la devanase, sacándola del enredado pensamiento al corriente ovillo del
discurso.

--Cuanto más cerca veo el día--pensaba--, más indeciso y perplejo me
encuentro. ¿Por qué dudo, decídmelo, Virgen Santa del Sagrario y tú, San
Ildefonso bendito? ¿Por qué mi anhelo se ha trocado en vacilación y mi
fe en temor de causar gravísimo daño? ¿Qué dices a esto, conciencia
pura, qué razones me das? ¿Sale acaso de ti esa voz que siento y que me
dice: «detente, ciego?...». Y tú, caviloso Benigno, ¿has notado, por
ventura, frialdad en los afectos de ella, arrepentimiento en su voluntad
o siquiera desvío? Nada: ella es siempre la misma. Aún me parece más
cariñosa, más apegada a mis intereses, más amante, más diligente...
Entonces, mentecato, hombre bobísimo y pueril, digno de salir por esas
calles con babero y chichonera, ¿por qué vacilas, por qué temes?...
Adelante y cúmplase mi plan, que tiene algo, ¡barástolis! algo, sí, de
inspiración divina... ¡Ah! ya vienen los malditos dolores... ¡todo sea
por Dios! ¡Oh! ¿por qué te me has torcido en el camino del Cielo, oh
pierna?...

Las historias están conformes en asegurar que D. Benigno, después de
decir «¡oh, pierna!» lanzó un gran suspiro y se durmió como un santo. A
la mañana siguiente tenía la cabeza despejada, el humor alegre. Lo
primero que leyó cuando le trajeron la _Gaceta_ fue el decreto
convocando a la Nación en Cortes a la usanza antigua, para jurar a la
princesa Isabel, por heredera de la corona de ambos mundos. Esto le dio
mucho contento, y viendo la fecha del 20 de Junio marcada para aquel
notable suceso, dijo así:

--Para entonces, ya estaremos casados... Es preciso fijar
definitivamente esta fecha que es mi martirio. Ella dice que cuando yo
quiera, y yo digo que la semana que entra, y cuando entra la semana que
entra, entran ¡ay! también mis escrúpulos como un tropel de acreedores,
y así estamos y así vivimos.

Parte de los escrúpulos de hombre tan bueno provenían de sentirse
achacoso. No era ya aquel hombre que engañaba al siglo con sus cincuenta
y ocho años disimulados por una salud de hierro, por alientos y espíritu
dignos de un joven de treinta, con ilusiones y sin vicios. Aquella
funesta rotura de la pierna había ocasionado en él pérdida brusca de la
juventud que disfrutaba, y se sentía entrar, con paso vacilante y cojo,
en una región fría y triste que hasta entonces no había conocido. Con
las lluvias primaverales y los cambios de temperatura se le renovaron
los dolores, complicándose con pertinaz afección reumática, y el pobre
señor estuvo mes y medio sin poder moverse de un sillón.

«¿Apostamos, decía, a que llega también el 20 de Junio y se reúnen las
Cortes y juran a la princesa, y yo no habré soltado aún este grillete
que Dios se ha servido ponerme? ¿Qué presidio es este? ¿Temes, oh, Dios
mío, que marche muy a prisa? ¿Esto es acaso para bien de mí alma,
amenazada de correr demasiado y estrellarse?».

¡Y qué pesadas habrían sido las horas de aquella temporada, que él
llamaba su condena, si no las aligerasen con su cariño y con mil
solicitudes y ternezas las seis personas que él designaba con el
dulcísimo nombre de _la sacra familia_! Sola le cuidaba como podría
cuidarse a un niño enfermo, y de su cuenta corría todo lo relativo a
aquella dichosa pierna averiada que no se quería componer sino a medias.
Ella parecía haber robado a los ángeles de la medicina el delicado arte
del apósito, y sus dedos eran tan conocidos del dolor que este les veía
cerca de sí sin irritarse. Cumplida esta obligación suprema, la futura
esposa del mejor de los hombres se ocupaba de todo lo de la casa con la
diligencia de siempre, con más diligencia, si cabe, pues sin
sospecharlo, se había ido acostumbrando a considerarse partícipe de
aquel trono doméstico y co-propietaria de tan dulces dominios.

Por las noches, la familia se reunía en el comedor, en torno del
patriarca claudicante. Doña Crucita, que se había dedicado a bordar
pájaros, despachaba semanalmente una bandada de aquellos preciosos
seres, y a veces el comedor parecía una selva americana, porque los
había de todos colores, y además mariposas y florecillas, todo inventado
por la señora que creaba las especies con su rica fantasía, de tal modo
que se viera muy perplejo Buffón ante tal maravilla. Este interesante
autor era leído algunos ratos en voz alta por uno de los hijos mayores,
pues no había lectura más sabrosa que aquella para D. Benigno, después
de la de Rousseau; y todos se quedaban pasmados oyendo la magnífica
descripción del caballo, la pintura del león, o la peregrina industria
de los castores. El mismo muchacho o su hermano solía leer también las
_Gacetas_ para dar variedad a los conocimientos y saber lo que pasaba en
Hungría, Cracovia o Finlandia. Los sucesos de España eran los que jamás
se sabían por _Gacetas_ ni papelotes, y era preciso recibirlos por el
vehículo del padre Alelí, amigo fiel sobre todos los fieles amigos, cada
vez más perturbado de caletre y más difuso de explicaderas. Por él
supieron que D. Carlos se marchaba a Portugal, haciendo la comedia de
que su esposa quería abrazar a D. Miguel (otro que tal) y a las infantas
portuguesas; pero realmente por no verse en el caso de jurar a
Isabelita. El mismo _Tío Engarza Credos_ les informó de que en una casa
de la calle de Belén había sido sorprendida una junta carlista y presos
todos los que la formaban. Si el interés político de las tertulias
corderiles estaba en estas noticias, su amenidad dependía de las gracias
y atrevimientos de Juanito Jacobo, que con su media lengua decía más que
si la tuviera toda entera, y ya recitara fábulas o romances, ya se
despachara a su gusto con frasecillas y observaciones de su propia
cosecha, hacía morir de risa a toda la familia, menos cuando le daba por
enojarse, hacer pucheros y tirar a la cabeza de su hermano un zapato,
libro, palmatoria, tintero o cualquier otro proyectil mortífero.

La tienda había sido traspasada por Cordero a otro comerciante, amigo y
pariente suyo, y con esto quedó retirado absolutamente del comercio. Su
capital, si no muy grande, sólido como el que más, le aseguraba rentas
modestas y saneadas. Tenía vastos proyectos de ensanche y mejoramiento
en los Cigarrales, y no esperaba sino a que aclarase el tiempo para
trasladarse allá con toda la familia.

En Mayo sintiose tan mejorado de su pierna que pensó era llegado el
momento de poner fin a sus vacilaciones. Era una tarde hermosa. Habían
concluido de comer en paz y en gracia de Dios. D. Benigno, dejando que
Alelí se durmiera en el sillón del comedor y que Crucita hiciera lo
mismo en su cuarto, envió a los muchachos a la escuela, y a su cuarto a
Sola, entabló con ella una conversación de la cual es preciso no perder
punto ni coma.

--Querida Sola--le dijo--, tengo que dar a usted explicaciones acerca de un
hecho que le habrá sorprendido y que tal vez (y esto es lo que más
siento) habrá lastimado su amor propio de usted.

Sola manifestaba grandísima sorpresa.

--El hecho es que, habiéndose resuelto desde que estuve en la Granja
todas las dificultades que se oponían a nuestro matrimonio, haya
aplazado yo varias veces desde aquella época un suceso tan lisonjero
para mí. Como usted podría sospechar que estos aplazamientos
significaban algo de mala gana, frialdad o escaso deseo de ser su
marido, y como nada sería más contrario a la verdad que esa sospecha de
usted, tengo que explicarme, hija, tengo que revelar ciertos
pensamientos íntimos y ciertas cosillas... ¿me entiende usted?

Con su verbosidad indicaba el héroe estar muy lleno de su asunto, como
dicen los oradores, y es probable que desde la noche anterior hubiese
preparado en su cabeza y hasta construido algunas de las frases de aquel
memorable discurso.

--Pues bien, la causa de esta poca prisa... darémosle este nombre, que es
el que más le cuadra... ha sido cierto escrúpulo que me ha asaltado,
cierto temor de que nuestro matrimonio hiciera a usted desgraciada en
vez de hacerla feliz, como es mi deseo.

--¡Desgraciada!--exclamó Sola, recibiendo aquella idea como una ofensa.

--¡Oh! no apresurarse... falta mucho que decir. Estos escrúpulos y
temores no se refieren a cosa alguna que pueda menoscabar los
extraordinarios méritos de la que elegí por esposa; son cosa pura y
exclusivamente mía. Ha llegado el momento de hablar con absoluta
franqueza, y de no ocultar idea alguna por penosa que sea para mí. Pues
bien, hay una persona, un hombre, hija mía, que la aprecia a usted en lo
mucho que vale, que la conoce a usted desde su niñez, que la ha
protegido, que la quiere, que la ama; hombre que tal vez, ¿por qué no?
es amado de usted... ¡Ah! querida Sola, hija mía, me parece que he
puesto el dedo en una llaga antigua de ese corazón sin par, hecho a
resistir y padecer como ninguno... En su cara de usted veo...

Ella se había quedado pálida cual si tuviera por rostro una máscara de
cera, y miraba a su delantal, cuya punta tenía entre los dedos.

--Esa palidez--dijo D. Benigno conmovido--no indica en manera alguna que
usted tenga que arrepentirse de nada, pues no se trata de faltas; indica
que yo he despertado un sentimiento que dormía, ¿no es verdad?

La palidez de Sola se disipó como un velo que se rasga dejando ver la
claridad que encubre, y así fue, por modo parecido al brusco descorrer
de una cortina, como se encendió en ella un rubor vivísimo. Echándose a
llorar, murmuró estas palabras:

--Es verdad, sí señor. Usted es más bueno que los ángeles.

El de Boteros estuvo callado un mediano rato contemplándola.

--Pero yo no he faltado, yo no he mentido...--balbució _Doña Sola y Monda_
entre suspiro y suspiro--. Lo que usted dice, muerto estaba y enterrado
en mi corazón para no resucitar jamás.

--Lo sé, lo sé--dijo Cordero no menos turbado que su amiga--. ¡Oh! la voz
aquella, la voz aquella blanda y un poco triste que hablaba aquí en mi
conciencia, ¡qué bien me lo decía! Pues oiga usted todo. En este tiempo
que ha pasado desde que vine de la Granja, se puede decir que no he
vivido sino para pensar en esto y hacer comparaciones. Sí, he vivido
comparándome, querida hija, he vivido atormentado por un análisis
comparativo de las cualidades que creo tener y las que reúne el
hombre a quien usted conoce mejor que yo, resultando que él es
extraordinariamente superior a mí.

--¡Oh! no, cien veces no--replicó Sola con energía--. Es todo lo contrario.

--No violentemos la naturaleza, hija mía; no violentemos tampoco la
lógica. Concedo que en honradez y en prendas morales no me aventaje, si
bien no hay motivo para no reconocer que me iguala, pero en cambio, ¡qué
superioridad tan grande la suya en el exterior y los atractivos de la
persona!... Las cosas claritas... ¿eh?... ¿por qué no se ha de decir
que él es un hombre que cautiva, un hombre que despierta simpatías en
todo aquel que le trata, mientras yo...?

--Usted también, usted también--dijo Sola prontamente. D. Benigno movía la
cabeza con triste ademán.

--No violentemos la naturaleza, querida, no violentemos la
lógica--repitió--. Concedo que no sea yo enteramente antipático; pero
usted, que siente y discurre muy bien, podrá decir si hay nada en la
persona y en el alma de un viejo que pueda competir con la juventud, con
el rostro alegre y expresivo de un hombre sano en la plenitud de sus
afectos, de su fuerza, de su vida toda.

--Según como se mire, según como se mire--dijo Sola arrebatada de
compasión por su amigo y anhelante de concederle todas las ventajas.

--¡Oh!--exclamó D. Benigno sonriendo--, por más que usted se empeñe en
echarme flores, no conseguirá que yo me enfatúe, ni que me obceque hasta
el punto de no ver claramente lo que soy. La vejez tiene sus
preeminencias, tiene sus bellezas; pero estas preeminencias y estas
bellezas no son de gran valor para el caso de que tratamos. Yo me
conozco bien, no me doy ni me quito ni un adarme de lo que realmente
peso, puesto en la balanza del matrimonio; creo que no carezco de
algunas cualidades que me harían apreciar y respetar y aun amar de una
mujer joven; pero la comparación con otro me revela mis años, que no son
floja cuenta para el caso; me revela mis achaques, que se han iniciado
precisamente ahora como un aviso, como una advertencia que Dios me hace
por conducto de la Naturaleza. En fin, querida mía, si se tratara de
cualquiera extraño, de cualquier advenedizo que en esta ocasión se
presentase, ni por el pensamiento me pasaría que usted pudiera
preferirle a mí; pero ¡ay! se trata de una antigua amistad, de un cariño
antiguo en él y antiguo en usted... Usted me lo ha revelado, diciéndome
con el acento más noble y leal: «es verdad, es verdad».

--Es cierto--replicó Sola--, y ahora, para que no quede en mi corazón ni un
fondo siquiera de los secretos que he guardado en él por tantísimo
tiempo, voy a confesarme con usted... Delante de un sacerdote, delante
de Dios mismo no sería más sincera, créamelo usted... Si antes no hablé
de esto, fue porque yo quería considerarlo como cosa muerta y sepultada.
Creía que mientras más lo callara y menos lo pensara, mayor sería el
olvido, y no me atrevía a confesarlo, por temor de que con la confesión
renaciera y me atormentara otra vez.

Se había sentado en una silla baja y sus brazos tocaban las venerables
rodillas del héroe. Quien no la viera de cerca, creería que estaba de
hinojos.

--Mucha parte de lo que usted ha callado con tanto afán, por su empeño de
echar tierra y más tierra sobre un sentimiento desgraciado--dijo
Cordero--, me lo reveló él mismo.

--Habrá dicho a usted que me recogió a la muerte de mi padre, poniéndome
al amparo de su madre, y mirándome como a hermana. Si se jactó de sus
beneficios hizo bien, porque estos fueron grandes en aquella época.

--No se jactó. Adelante.

--Diría también que yo le cuidaba como una hermana y le servía como una
esclava. Su voluntad me parecía una cosa de que no se podía dudar; sus
palabras como el Evangelio.

--¿Y él?...

--Me trataba con consideración; pero...

--¿No tenía a usted más cariño que el de hermano?

--Ninguno más; pero aquel cariño me consolaba en mi tristeza.

--Tengo idea de que fue bastante calavera y que tuvo amores con
algunas... ¿Pero a usted jamás...?

--Jamás--dijo Sola ingenuamente--, quería a otras mujeres; pero a mí no me
quería.

D. Benigno se sonrió.

--¿Pero usted--dijo--, le quería desde entonces?...

--Me da vergüenza decirlo--replicó Sola--, por el desairado papel que hice:
pero puesta a confesar, no oculto nada. Le quería, sí, muchísimo.

--¿Cómo?

--Todo lo que se puede querer a una persona--dijo ella, inclinando la
cabeza, que le pesó, sin duda, por una extraordinaria aglomeración de
recuerdos.

Cordero sintió un nudo en su garganta. Necesitó tragar algo para quitar
aquel estorbo y poder decir:

--¿Y siempre lo mismo?

--Siempre le quería lo mismo y no pensaba más que en él, a todas horas,
dormida y despierta.

--¿Y cuando estaba ausente?

--Le quería más.

--¿Y cuando volvía?

--Más. Era una cosa superior a mí, una especie de enfermedad o desgracia
que me enviaba Dios.

--¿No procuró usted librarse de ese tormento, pensando en otro?

--¡En otro hombre!--exclamó Sola como horrorizada--. Eso no, eso era
imposible... Lo que yo sentía, aquel tormento mío me era necesario para
vivir, como el aire y la luz.

--¿Nunca le demostró usted con acciones y palabras la grandísima afición
que le tenía?

--¡Oh! no... A veces hacía yo proyectos disparatados y me imaginaba no
sé qué medios para hacérselo comprender; pero luego me daba mucha
vergüenza.

--¡Qué horroroso tormento! ¡Qué agonía!

--Casi siempre, sí; pero a veces era feliz.

--¿Cómo, criatura?

--Pensando tonterías... y echándome a discurrir que de pronto se le
antojaba quererme como yo le quería a él.

--¡Oh! barástolis--exclamó D. Benigno, cerrando el puño amenazador--, por
vida de... Estoy indignado contra ese hombre, y bien merecía que usted
lo despreciara... Si usted viene a mí entonces y me cuenta lo que le
pasa, como me lo cuenta ahora, juro a usted que voy derecho a ese hombre
y le cojo, y le digo: «Oiga usted, caballero...».

Sola no pudo menos de reír un poco, y dijo:

--No tenía usted más que hacerle daño para ser mi mayor enemigo. Pues
sí... que lo tomaba yo con poco tesón... Ahora comprendo que era muy
extremada y que yo misma me recalentaba la imaginación noche y día, como
cuando se echa leña en un fuego que se teme ver apagado. Como no había
nadie a quien yo pudiera contar tales cosas, me las contaba a mí misma.
Yo me consolaba diciéndome tonterías y resignándome, pues las muchas
desgracias que he tenido desde niña y el verme siempre privada de todo
lo que más he querido, me acostumbraron a tener mucha paciencia,
muchísima. Es un consuelo un poco triste este de la paciencia; pero
usándolo mucho, concluye uno por quererle y familiarizarse con él... Yo
tenía... hasta mis alegrías, sí señor, alegrías a mi modo, ¡pues qué
sería de nuestra alma si no tuviese medios de sacar alguna vez de sí
misma lo que los de fuera no quieren darle!... En fin, señor, así iba
pasando el tiempo, pasando, él ausente, yo sin esperanza. Me parece que
los días eran como unos velos que se corrían despacio, uno sobre otro, y
estos velos caían sobre mi memoria, y poco a poco iban apagando y
oscureciendo lo que en ella había. Al cabo de cierto tiempo empecé a
verle... así como entre brumas, lejos; y con las ocupaciones, todo lo
que yo pensaba se interrumpió para dar lugar a otras cosas. A veces
perdía bruscamente el terreno perdido, quiero decir, que por causa de
algún sueño, de alguna conversación que me recordaba las cosas pasadas,
o por nada, por simpleza mía, volvía a sentirme atormentadísima, y me
parecía tenerle delante y oírle, ¡siempre tan cariñoso, siempre tan
bueno, pero siempre hermano!... En fin, aquellas recaídas... porque eran
como las recaídas de una enfermedad... pasaban también. Yo sentía que
iba cayendo tierra sobre aquello, y si he de decir verdad, yo la echaba
también a puñados, unas veces rezando, otras trabajando en demasía...
¡Ay! al fin me encontré triunfante, y si pudiera valerme de una
expresión rara...

--A ver, diga usted esa expresión rara, querida sepulturera.

--Pues diré que últimamente me paseaba sobre el grandísimo montón de
tierra que yo había echado sobre aquellas penas sepultadas... Algunas
veces no iba segura, porque me parecía que sentía moverse debajo de mis
pies la tierra... pero yo, valiente como debía serlo, daba golpes con
los pies y todo se quedaba entonces quieto... ¿Ve usted qué
pamplinas?...

--Siga usted--exclamó Cordero con la voz entrecortada--. Estoy lelo de
admiración.

--Pues en estas y otras cosas, llegué a tener conocimiento con una
persona que me manifestó tanto interés, tanta consideración... Yo no
sabía cómo pagarle, y decía: «Es una desgracia para mí no tener algo de
gran valor que ofrecer a este hombre generoso». ¡Qué lejos estaba
entonces de suponer que mi hombre generoso, mi segundo padre había de
querer cobrarse sus beneficios de un modo que me obligaba más a la
gratitud! Yo trabajaba en su casa: hubiera deseado que se multiplicaran
las obligaciones para poder esclavizarme más. Yo comprendí... Dios y
mis desgracias me han dado alguna penetración... comprendí que mi buen
amigo había encontrado en esta pobre algunos méritos personales, y no
estaba conforme con que yo fuera su criada, ni su pupila, ni tampoco su
hija; quería llevar su generosidad hasta un extremo tal... El
agradecimiento llenaba mi corazón; ¡qué regocijo me causa el agradecer y
el pagar, aunque sea con poco!... Yo acepté entonces los favores de mi
protector, y me dije que debía hacer todo lo posible por merecer el bien
inmenso que aquel hombre quería hacerme. ¡Ay! cómo luchó entonces por
arrancarme lo que aún restaba de lo pasado... Aún quedaba algo: negarlo
sería mentir. Mi buen protector se apoderaba de mi alma de una manera
dulce y lenta. Llegué a acostumbrarme a su compañía de tal modo, que si
esta me faltara, faltaríame lo principal de la vida. La idea de ser su
mujer se clavó en mí, echó raíces, y me prometí entonces a él sin
escrúpulo y con la conciencia serena. Mi corazón, reconquistado por mí,
podía ser ofrecido a quien mejor que nadie lo merecía. ¿Qué mejor dueño
podía desear que aquel hombre sin igual, por quien sentí además de la
gratitud un afecto tan grande, tan grande que no sé cómo expresarlo?

D. Benigno hacía los imposibles por impedir que las lágrimas salieran de
sus ojos, y ya miraba al lecho, sin dejar de atender con toda su alma a
lo que Sola decía, ya estiraba los músculos de su cara, ya en fin ponía
diques al llanto queriendo convertirlo en benévola risa. Por último,
pudo más su emoción que su dignidad y se llevó la mano a los ojos.

--Reconozco con mucho gusto, con muchísimo gusto--dijo hablando con
turbación, pero sin llanto--, que al aceptar usted mis ofrecimientos lo
ha hecho con lealtad... sí, señora mía, lo reconozco... estoy
agradecido... yo no valgo nada... reconozco que usted, al responder
afirmativamente a mis ruegos, echó el último puñado de tierra sobre un
pasado triste; me ofreció su cariño y me consagró su persona toda, su
porvenir... yo lo agradezco... pero, pero... luego cambiaron las cosas,
se presentó a usted de improviso aquel sobre quien había caído tanta,
tantísima tierra...

--No--exclamó Sola enérgicamente, levantándose--. Nada puede alterar mi
resolución. Cuando apareció, ya yo no me pertenecía. Me considero tan
ligada por mi palabra antes como después de aquella visita, y no debo,
ni quiero... ni quiero, repito, volver atrás.

--No es posible que la presencia de ese señor lo fuera a usted
indiferente.

--Indiferente no; pero quien tanto ha luchado y tanto ha vencido, no
podía de ningún modo comprometer su victoria. Soy la misma ahora que
cuando fui por primera vez a los Cigarrales a pasar los mejores días de
mi vida... La menor duda de usted sobre esto será para mí una ofensa.
Soy toda en cuerpo y alma del que miró a esta huérfana sola y abandonada
y tuvo la incomparable generosidad de querer hacerla su señora.

La actitud firme de Sola, la energía y la lealtad que en su semblante se
pintaban, como la expresión más propia y adecuada de su alma
hermosísima, tenían al buen Cordero sobrecogido de admiración, de
gratitud, de entusiasmo, de amor.

--Una sola palabra--añadió--una sola pregunta quiero hacer. Lo que usted
diga será para mí como declaración bajada del cielo y lo creeré, como se
cree en Dios... Una palabrita nada más. Somos dos, dos hombres, el uno
joven, lleno de vida y salud, de inmejorable presencia, despejado, rico,
honrado, con innumerables prendas que aumentará la imaginación de la que
tanto supo amarle de niña; el otro viejo, enfermo, pesado...

--Pesado no--gritó Sola protestando con calor.

--Bueno, quitemos lo de pesado... enfermo, feo...

--En los hombres no hay fealdad.

--Enfermo--prosiguió Cordero contando por los dedos--, poco agraciado,
corto de vista, honrado sí, como el primero, de buen corazón... En fin,
voy al objeto. Los dos quieren casarse con una tal Sola, y esto parece
fin de comedia. Una palabra de la dama va a decidir la cuestión, ¿a cuál
de los dos quiere por marido?

¡Oh! quién tuviera pincel para pintar aquel destello de verdad suprema
que brilló en los ojos de Sola, aquel gesto de heroína con que llevó la
mano al pecho y elevó al cielo los ojos, bella por la verdad, sublime
por lo que de abnegación había en el fondo de aquella verdad, y quién
pudiera expresar el acento suyo cuando pronunció estas palabras:

--¡Como Dios es mi padre celestial, así es verdad que quiero casarme con
el viejo!

D. Benigno no la había abrazado nunca. Aquel día la abrazó por primera
vez, y aquel abrazo bien valía por mil.




-X-


Contaba el padre Alelí, historiador desmemoriado y chocho, que aquella
noche estuvo D. Benigno durante seis horas seguidas sin moverse de su
asiento, con los ojos fijos en las puntas de los pies, y el puño en la
mejilla, y tal fue, añade, la duración de su éxtasis, cavilación o
modorra, que al dejar aquella actitud tenía marcadas las coyunturas en
los rojos mofletes de su cara, y el codo había dejado un hoyo
profundísimo en el cojinete del brazo del sillón. Pero nuestro buen
criterio no nos permite admitir ciegamente esta versión, y así reducimos
a tres las seis horas de que habla Alelí, el cual como Herodoto era muy
inclinado a exagerar y dar proporciones a lo que veía. Mejor sería aún,
reducir a una hora nada más el plazo de aquella perplejidad de nuestro
querido señor, y así lo haremos. Conste, pues, que meditó largo rato, y
que después apareció como ensimismado y lleno de confusiones. ¿No se
habían disipado sus recelos? Sin duda no. De su talante sólo puede
decirse que tan pronto parecía muy alegre como muy triste.

Al día siguiente muy temprano, después de un sueño ni profundo ni largo,
se levantó, y despachando a toda prisa el desayuno, salió y fue derecho
en busca de un sujeto que vivía en la calle del Duque de Alba, junto a
D. Felicísimo. Aquel era día de mala suerte para el de Boteros, porque
el individuo a quien buscaba había salido más temprano que de costumbre,
dejando dicho a sus criados que no le esperaran en todo el día.

--¡Barástolis y más que barástolis! ya podía haber esperado un poco.

--Si llega usted cinco minutos antes--dijo el criado--, le encuentra
bajando la escalera.

--Cinco minutos... ¿y cómo había de llegar cinco minutos antes, hombre
de Dios? ¿No ve usted que soy cojo?... ¿no lo ve usted?

--No se incomode usted, caballero.

--¡Malaventurados los cojos--dijo el héroe para sí con tristeza--, porque
ellos llegaron siempre tarde!

El señor a quien D. Benigno buscaba con tanto empeño no estaba lejos de
su casa. Si Cordero, en vez de retroceder hacia la Merced y calle de
Carretas con ánimo de encontrarle, hubiera seguido hacia San Millán y la
calle de los Estudios, le habría de seguro hallado. Estaba frente a una
puerta de la citada calle, con la vista fija en un hombre y en un
caldero, en una mesilla forrada de latón, en un enorme perol de masa y
en un gancho. En el caldero que era grandísimo, ventrudo y negro, hervía
un mediano mar amarillo con burbujas que parecían gotas de ámbar
bailando sobre una superficie de oro.

Del líquido hirviente salía un chillón murmullo, como el reír de una
vieja, y del hogar o rescoldo, profundo son como el resuello de un
demonio. La llama extendía sus lenguas, que más bien parecían manos con
dedos de fuego y uñas de humo, las cuales acariciaban la convexidad del
cazuelón, y ora se escondían, ora se alargaban resbalando por el hollín.
El hombre que estaba junto al cazuelón y sobre él trabajaba, habría
pasado en otro país por prestidigitador o por mono, pues sólo estos
individuos podrían igualarle en la ligereza de sus brazos y blandura de
sus manos. En el espacio de pocos segundos metía la izquierda en el
cacharro de la masa, daba en ella un pellizco, sacaba un pedazo, que más
parecía piltrafa; estrujaba ligerísimamente aquella piltrafa, haciendo
entro sus dedos como un pequeño disco u oblea grande; arrojaba esto al
hervidero amarillo, y en el mismo instante, con una varilla que en la
mano tenía, agujereaba el disco, haciendo un movimiento circular como
quien traza signo cabalístico. Unos cuantos segundos más y el disco se
llenaba de viento y se convertía en aro. Con un brusco impulso de la
varilla echábalo fuera para empezar de nuevo la operación. No será
necesario decir que aquellos roscos amarillos, vidriados y tiesos como
vejigas eran buñuelos. Una mujer flaca, bigotuda, con parches en las
sienes, y las cejas como dos parches negros, se ocupaba en poner
ordenadamente los buñuelos y en espolvorearles azúcar con un cacharrillo
de lata, agujereado cual salvadera. La misma mujer de los parches era
quien vendía, cuando alguien compraba, ensartando las docenas de
buñuelos en juncos verdes que a la mano tenía.

El prestidigitador buñuelista era un hombre pequeño, antipático, tirando
a viejo. Sudaba tanto con aquel continuo y fatigoso ejercicio, que su
cara parecía haber estado en remojo poco antes. Para entretener el
fastidio canturreaba 10 esta copla:

          Reinará D Carlos
          con la Inquisición,
          cuando la naranja
          se vuelva limón.

Salvador reconoció la puerta de la casa que buscaba, y acercándose,
preguntó si vivía allí el señor Pedro López, por otro nombre Tablas.
Mientras el hombre se limpiaba el sudor, la hembra de los parches
contestó que sí. La tiendecita ahumada donde estaba el puesto de
buñuelos y aguardiente comunicábase con una lonja grande y espaciosa,
donde había espléndido comercio de carne y salchichería. Ambos
establecimientos eran, al parecer, de un mismo dueño: el pequeño tenía
una puerta a la calle y el grande dos.

--Es en la tienda de al lado--dijo el buñuelero sin urbanidad--; pero se
puede entrar por aquí. Pase usted, caballero... Señá Nazaria, aquí
preguntan por usted.

          Cuando la naranja
          se vuelva limón.

Salvador penetró en la gran tienda donde podía admirarse todo lo más
hermoso y rico que producen las industrias de Montánchez y Candelario, y
si no hubiera freno para las comparaciones, si todo lo visible pudiese
entrar en el dominio del arte metafórico, bien podría llamarse a aquello
el palacio de las morcillas o el templo del jamón. Además de la
extraordinaria abundancia de lo que en el comercio se llama _género_,
cautivaba en tal sitio el buen orden y, si se quiere, la elegancia con
que todo estaba colocado y mostrando que había allí buen ojo y buena
mano para que lo destinado a complacer al estómago embelesase primero a
la vista. El techo era un portento, pues no parecía sino la convexidad
de admirable gruta adornada de estalactitas, de corales, madréporas y
raras especies de aquella parte del reino vegetal que con el mineral se
confunden. Fijándose en los jamones que colgaban de un barrote de hierro
y en las oscuras morcillas que les acompañaban, no se podía menos de
pensar en algún inmenso árbol de Jauja, que había metido allí una de sus
ramas, completamente llena de gigantescas frutas, tan sabrosas como
picantes. En graciosas cenefas y en madejas ondeadas pendían las
salchichas rojas como el pimiento de quien tomaban su afectado colorete,
y las sartas de chorizos se entremezclaban con los perniles,
acariciándolos suavemente con su piel crasosa. Por una columna abajo
descendían en cuelga millares de salchichones, los unos vestidos con
coraza de plata, los otros desnudos y tiesos como garrotes, en tal
número, que con ellos se podría armar un ejército, si los ejércitos se
batieran a cachiporrazos. En el mostrador, de pintada tabla, estaba el
peso de metal amarillo, que como el más fino oro de Arabia relucía, y de
unos ganchos que traían a la memoria las horcas alzadas por Chaperón en
la vecina plazuela, colgaban las orondas reses puestas al despacho. Allí
era de ver la hercúlea fiereza con que un fornido inocentón manejaba el
hacha sobre el tajo, haciendo trizas a la víctima, que había sido un
inocentísimo carnero manchego, o benemérita vaca de la sierra de Gredos.
Insensible como un verdugo, había en él también algo de la estricta
equidad de quien cumple justicias superiores, porque cortaba los pedazos
de modo que resultasen conforme al peso pedido, y era muy comedido de
huesos y escrupuloso de piltrafas. El tajo era quizás el objeto que
menos conforme estaba con el aspecto ordenado y hasta bonito de la
tienda. ¿Quién nos asegura que no salió del mismo tronco de donde
sacaron el que sirvió para hacer justicia a los Comuneros? Cuando
nuestro buen amigo Rufete le miraba, las edades ominosas acudían a su
mente y con ellas la imagen de los terribles escarmientos aplicados al
hombre por el hombre. Las rayas trazadas sobre el madero por el filo del
hacha le parecían una página histórica.

Las pesas subían y bajaban golpeando el mostrador duro, y de mano en
mano iba pasando el sustento de todo el barrio, aquí pobre y esquilmado,
allá rico y sustancioso. Sobre la tabla caía una lluvia de cuartos
negros manchados de verde, y con la música que estos hacían, se
concordaba el choque de las medias libras y onzas de cobre, sin cesar
dando sobre el platillo. La aguja de la balanza oscilaba constantemente
como un péndulo invertido. Cuando se distribuía una res, dividiéndose en
innumerables pedazos destinados a tan diversas necesidades humanas, se
descolgaba otra. Tan continuado rasgar de fibras y estallido de huesos
causaría horror a los que no lo presenciaran todos los días. Entre el
murmullo se oía: «Señá Nazaria, péseme bien, que soy parroquiana...
Señá Nazaria, córteme pierna de abajo... Señá Nazaria, tenga conciencia
y vea que eso es cordilla para los gatos... Señá Nazaria, el solomillo
limpio y mondo o no cobrado... Señá Nazaria, tenga conciencia en las
chuletas».

Y señá Nazaria atendía a todos los términos de esta baraúnda,
demostrando actividad pasmosa, inteligencia múltiple y compleja. Unía al
talento para distribuir la grandeza de alma para conceder siempre un
poco más del peso. No era cicatera, pero cuando se creía engañada en el
dinero, hacía justicia pronta y seca. En cierta ocasión agarró un moño
como se podría coger una fruta, tiró de él y una copiosa cabellera negra
se le quedó en la mano, por lo que se dijo que en sus grandezas imitaba
a Julio César, y en su modo de guerrear a los salvajes. Era una mujer
alta y gorda, no tan gorda que llegara a ser repugnante, sino llena,
redondeada y bien compartida. Si era verdad que parecía haber absorbido
parte considerable de la infinita sustancia que en la tierra existe,
también lo es que conservaba mucha ligereza en todo su cuerpo, y que no
lo pesaban las mantecas. Su rostro era de admirable blancura, sus ojos
garzos y negros, su nariz basta y respingada, abierta descaradamente al
aire, como gran ventana, necesaria a la respiración de un grande y
profundo edificio. El chorro de viento que entraba por aquella nariz
modelada para el desparpajo, imponía miedo a los espectadores de su
cólera. Nazaria tenía la hermosura que por extraña amalgama de los tipos
humanos, hace simpático al descaro.

Lucía enormes amatistas montadas en pendientes de filigrana como
relicarios, de modo que parecía llevar en cada oreja el pectoral de un
obispo. Sus manos eran bonitas y gordezuelas, y los anillos que de
antiguo llevaba no se le podían sacar, porque su carne había crecido y
el oro no. Tenía treinta y tantos años y era viuda de un opulento
negociante de Candelario.

Por qué la llamaban Pimentosa es cosa que no se sabe; pero algunos
decían que picaba mucho y levantaba ampolla a la manera de guindilla. Se
podía ir a la tienda por verla despachar. También ella era
prestidigitadora como el de los buñuelos, y parecía que se le
multiplicaban milagrosamente las manos para coger pesar, cobrar, contar
y devolver, todo sin dejar de charlar ni un solo momento. Enormes
calderos de manteca blanca como espuma ocupaban un extremo del
mostrador, y era bonito ver resbalando por aquellas blanduras de grasa
las esmeraldas y los diamantes clavados en los dedos de Nazaria. Otras
veces aquellos dedos, en sangre tintos, ocupábanse en usos industriales
del género de Candelario; pero pronto recobraban su belleza revolcándose
en espuma de jabón y estrujándose en agua hasta quedar limpios como el
oro y finos como la seda. Así y todo se pirraban por dar una bofetada.




-XI-


--¿Qué se le ofrecía a usted, caballero?

--¿Está ese Sr. Tablas?

--Perico querrá usted decir. Esta no es hora.

--Eso es, D. Pedro López.

--No tan arriba. Pique más bajo.

--¿Se le puede ver, sí o no?

--Creo que está durmiendo. Suba usted... Eh, tú, Rumalda... ve con este
caballero... Di a Perico que si no tiene vergüenza de dormir a estas
horas.

Romualda era una mujercita encanijada y vestida de harapos que en la
tienda inmediata ayudaba a la mujer de los parches a ensartar buñuelos.
La fisonomía de Romualda estaba de tal manera desvirtuada por la palidez
y por la suciedad, que no se podía decir si era fea o bonita. Igual
dificultad había para declararla niña o mujer, y así lo menos expuesto a
equivocaciones será decir que no tenía edad ninguna.

El fenómeno (pues no de otro modo era llamada en el barrio) echó a andar
delante de Salvador para guiarlo. Pero como el fenómeno cojeaba ninguno
de los dos podía ir a prisa. Tardaron algunos minutos en vencer la
escalera, cuya tortuosidad igualaba a las oscuras revueltas de la
conciencia de un asesino. Por decir algo durante el fastidio de tan
penosa ascensión, Salvador preguntó a su compañera si era de la familia
del Sr. Tablas.

--Es mi padre--replicó la cojuela.

--Pues no lo parece--dijo el caballero--. El Sr. Tablas y la señora Nazaria
están, según parece, en muy buena posición.

El fenómeno no dijo nada, y siguió subiendo. Parecía subir con un solo
pie. Al llegar arriba detúvose para tomar aliento. Sin duda no respiraba
más que con un pulmón.

--¿Se ha cansado usted, caballero?

--No tal... piso tercero. La escalera no es larga, y se subiría bien si
no fuese tan oscura... Tú sí estás cansada. ¿Cuántas veces al día
subes?

El fenómeno se quedó pensando. Por último, dijo:

--Unas sesenta veces.

--Es buena renta, hija. Tres mil escalones diarios.

--Con poco más al cielo.

Romualda no dijo más, y entrando en la casa despertó a Pedro López,
que dormía como un canto. Desde la sala en que esperaba entretenido en
contemplar las estampas de santos y toreros que cubrían las paredes,
oyó Salvador los gruñidos del atleta al ser arrancado de su dulce sueño
por la mano áspera y aceitosa del fenómeno. Oyó después imprecaciones y
desperezos, y luego una ronquísima voz que decía:

--Baja a la tienda y tráeme los cigarros que dejé en el cajón grande del
mostrador.

Poco después Tablas y Salvador se saludaban en la sala. Hablaron con
interés un largo rato, y al fin dijo López:

--Vámonos al café, y almorzando hablaremos de eso despacito. Aquí no se
puede hablar de nada. Nazaria es muy re-curiosa, y todo lo quiere saber.

Se fueron. En la escalera hallaron al fenómeno, que después de haber
subido para llevar los cigarros al Sr. Tablas, volvía a subir (¡oh
Cristo de la cruz acuestas!) en busca de la sal para un huevo frito que
se estaba comiendo la señora Nazaria.

Se comprenderá por este último y no insignificante detalle que la
hermosa carnicera había concluido el despacho de la mañana. Al fin podía
gozar algún descanso después de aquella espantosa brega de cortar,
pesar, cobrar y devolver, y en el rescoldo de la buñolería le aderezaba
la de los parches un ligero almuerzo. Detrás del mostrador ponía su mesa
Nazaria; se lavaba manos y brazos hasta el codo; quitábase aquel
horrible mandil que le sirviera poco antes, y acompañada de alguna
discreta amiga que de la próxima tienda de lienzos venía o de la mujer
del vinatero, restauraban sus fuerzas. Después solía tomar una
almohadilla con algo de costura, y a cada instante volvía la cabeza
hacia la otra tienda para decir:--«Rumalda, sube y tráeme el dedal...».
Más tarde:--«Rumalda, la seda negra que está en mi costurero...».

En la buñolería, que a eso de las diez apagó sus fuegos, estaba la de
los parches al frente de sus menguados despachillos de escarola, perejil
y lechugas. Romualda se comía un pedazo de pan, engañado con los restos
del almuerzo de Nazaria.

--Rumalda--dijo esta después de medio día--, sube y dile a Petrilla que no
ponga las perdices.

Y media hora después Romualda subió a preguntar si estaba la comida.
Siendo la respuesta negativa, volvió a subir para dar prisa, y cuando
Nazaria se remontó despacio a su alojamiento para comer y dormir la
siesta, el fenómeno bajó a buscar las tijeras que se habían quedado en
la tienda, y más tarde a decir al cortador que cerrara, y luego fue por
aceite a la lonja de la esquina.

La Pimentosa comió abundantemente, como solía hacerlo, y antes de dormir
la siesta mandó al fenómeno que bajase para ver si Tablas estaba en la
taberna de la calle de las Maldonadas. Malísimo humor tenía la señora
por aquella tardanza de su hombre, aunque acostumbrada estaba a tales
ausencias y a otras mayores. Del mal humor pasó a la furia, y después de
poner como ropa de pascuas a Petrilla, a la mujer de los parches, al
cortador, al lucero del alba, al Preste Juan de las Indias, al rey
David, miró a Romualda con dictatorial ceño.

--¿Y tú qué haces ahí, holgazana? ¿En dónde está la media?

El fenómeno respondió temblando que la media estaba abajo... ¿pues
dónde había de estar?

--Pues correndito por ella.

Y se echó a dormir. Después de la siesta recibió varias visitas, a
saber: el respetable vinatero que venía con importantísimos chismes de
la vecindad; la inquilina del segundo, que era prestamista, con más
conchas que un galápago y más dinero que la Real Hacienda; una criada de
la señora de D. Pedro Rey que vino a traer recados de su ama, (pues
Nazaria era hija de una antigua sirvienta de los Rey), y el padre
Carantoña, de la orden de Predicadores, que algunas veces solía ir a la
casa para llevarse una cestilla repleta de ricos chorizos y butifarras,
con otras vituallas de consideración.

--Padre Carantoña--dijo Nazaria al despedir al fraile--. Hágame un favor.
Si ve a Rumaldilla en la tienda o jugando en la calle, dígale que suba.

Aquella tarde sintiose la insigne carnicera bastante molestada de la
dispepsia que padecía. Hallábase en disposición de abofetear a todo el
género humano, porque las malas digestiones exacerbaban su carácter
agrio y despótico. Desconfiando de los médicos, sólo se aplicaba
remedios que llamaremos populares, recomendados por las comadres de la
vecindad, los unos del orden supersticioso, los otros del género
terapéutico familiar; y como se los administraba todos a la vez o _in
solidum_, sin criterio, sin tino, la buena mujer estaba cada día peor.
Por eso aquella tarde, se oyeron muchas veces sus vehementes gritos de
mando: «--Rumalda, a la botica.--Rumalda, a casa de la tía Pistacha... que
te dé aquellos polvos...».

En estos y otros lances, recibió una visita altamente honrosa. La sala
se llenó de negro, quiero decir que entró en ella el padre Gracián
acompañado de otro clérigo, no tan grande como Su Reverencia, pero
también bastante talludo. El padre Gracián era bien recibido en una y
otra parte y muy querido del vecindario de Madrid, porque a todas las
casas que se honraban con su presencia, y eran muchas (aunque él no
pecaba de pedigüeño ni de entrometido, como algunos individuos
monacales), llevaba siempre una misión desinteresada y evangélica. El
palacio del rico y el cuarto numerado del pobre abrían con igual amor
sus puertas a aquel enemigo del escándalo, a aquel trabajador incansable
de la viña del Señor, a aquel guerrero de la moral cristiana, a aquel
perseguidor de las malas costumbres. Hacía la propaganda de los
matrimonios leales y bien acordados, de las familias pacíficas; llevaba
por todas partes el pabellón de las reconciliaciones y de la paz;
perseguía sin tregua las irregularidades, los odios domésticos, los
amancebamientos, los desórdenes, y su mayor gloria era encarrilar un
marido extraviado, enderezar una esposa torcida, atraer un hijo pródigo,
ablandar a un padre cruel. No abandonaba ni un punto su arriesgado
puesto de combate enfrente de las baterías de Satanás, y exponía su
noble pecho a las burlas, a las injurias, a la mala interpretación, con
tal de defender el baluarte de Cristo en que asentaba su planta, y no
dejarse quitar un palmo de terreno, sino antes bien ganar al pecado
palmos, varas y leguas.

La Pimentosa se turbó al verle entrar. Ella, que no respetaba nada en el
mundo, respetaba al clérigo por un sentimiento natural adquirido desde
la cuna y, si se quiere, mamado con la leche. Ofreció una silla al Padre
y otra al Hermano que acompañaba al Padre.

--No, no me siento--dijo con áspera voz Gracián, blandiendo su sombrero de
teja, como si fuera un montante para cortar cabezas--; nos vamos
enseguida. Yo no vengo aquí como el padre Carantoña a tomar chocolate y
a recibir morcillas; vengo a arrojar una semilla fructífera en este
erial; vengo a arrojar una palabra en este desierto, con esperanza de
que alguna vez sea oída... Me intereso por vosotros porque sois
pecadores. El sano no necesita de médico, el leproso sí. Conocí a la
señora Nazaria en casa de D. Pedro Rey, y allí supe su mala vida. Conocí
a López en casa de D. Felicísimo, y allí supe su extravío. Pues bien,
aquí vengo hoy con el mismo fin que me trajo la semana pasada; vengo a
deciros: «Casaos, casaos, casaos, que estáis perdiendo vuestras almas y
dando mal ejemplo». Soy misionero de Cristo, apóstol de gentiles, y veo
que no es preciso ir al Asia ni al África para encontrar salvajes.
Aquellos son mejores que vosotros, porque ellos son nacidos ciegos, y
vosotros, que nacisteis con vista, cerráis los ojos a la luz. Vuestra
unión ilícita es un pecado mortal para vosotros y un escándalo para los
fieles. Casaos, almas de cántaro, y vivid como Dios manda y la sociedad
desea.

En la cara de la Pimentosa parecían fluctuar batallando la cólera y el
respeto, y con turbada lengua se disculpó así:

--Bueno, ya lo sé... ¡Caramba, qué trompeta de Padre!... No soy sorda...
Yo bien sé que Su Reverencia habla con razón. Pero yo me voy a separar
de Tablas, yo reniego de Tablas, que es un holgazán, que me está
comiendo lo que gano y lo que heredé de mi difunto.

--Pues separaos, por la Virgen Santísima--dijo Gracián con más suaves
modos--. Si él es un borracho, un haragán y un libertino, váyase
enhoramala. Ayer le calenté las orejas en casa del Sr. Carnicero. Pero
él no desea romper esta unión ilícita, sino casarse. Tiene buen fondo.
Decidid una cosa u otra; estáis llenos de pecados, vivís como fieras, no
como cristianos.

--Padre, por amor de Dios--dijo Nazaria aterrada por las palabras del
clérigo--. No me caliente la cabeza. Estoy esta tarde que si me acercan a
la lumbre, ardo. El mal que padezco...

--Sí, ya sé que padeces un mal insufrible. ¿Pero de qué proviene ese mal?
Proviene de tus infames vicios, de la glotonería primero, de la cólera
después y de otros grandes y deplorables pecados. Luego no quieres
atenerte a la medicina ni al dictamen de entendidos físicos, sino que te
entregas a la superstición. Has de saber que es ultrajar a Dios y a los
santos creer que con palitroques pasados por los pies de una imagen se
curan las enfermedades, y que el romero guisado al compás de un credo
sirve para hacer buen quilo. ¡Error, necedad, irreverencia,
sacrilegio!... No veo en esta casa más que escándalo y
profanación--añadió colérico, revolviendo sus ojos y mirando las estampas
que llenaban las paredes--. ¿Qué significan estos retratos de toreros
confundidos con los santos más venerables? ¿Qué significan esas muletas
y esos estoques, banderillas y puyas, colocadas en pabellón y como al
modo de ofrenda al pie de la Santísima Virgen? ¿Y esa cabeza de toro que
tiene pendiente de cada cuerno un Niño Jesús de alcorza?... Mujer
escandalosa, hasta en los adornos de esta casa se conoce que reinan aquí
la profanación, el escándalo y el vicio.

--Así tenía mi marido la casa--dijo Nazaria alzando su nariz provocativa,
por donde entró un chorro de aire que sonaba a resoplido de fragua.

--Bueno estaría también tu marido--dijo Gracián, haciendo un mohín de
escarnio--. Los sentimientos de la gente de esta casa se revelan hasta en
lo más insignificante. Pues si fuera a ocuparme de todo lo que hay aquí
de reprensible, ¿qué diría, señora Nazaria, qué diría de la bárbara
crudeza con que es tratada esa pobre niña, o mujer canija, hija del
señor Tablas?... Os tratáis como duques, y ella se confunde con los más
lastimosos pordioseros. ¿Qué tal? ¿Es esto cristiano, es esto honrado?
Pero donde no hay verdadera familia no puede haber sentimientos
humanitarios ni caridad. Casaos, casaos, reconciliaos con Dios y con la
Iglesia, no me cansaré de decirlo. Si así lo hacéis, después todo se os
hará fácil. Salvad vuestra alma, y no contaminéis otras almas que aún
están puras. Curaos de vuestro daño, y así ninguno que esté próximo a
vosotros se contaminará de él... Os amonesto por tercera vez, y os
amonestaré la cuarta y la quinta, porque yo, que he despreciado tantas
veces la muerte, ¿qué caso puedo hacer de vuestra resistencia? Nazaria,
vuelve en ti, oye mis consejos. Citando tu corazón de un grito, corre a
la iglesia, no te detengas. Me hallarás en mi confesionario. Adiós.

Sin hacer reverencia alguna, impávido, formidable, como el guerrero que
ha cumplido su deber en lo más recio de un combate, salió seguido del
Hermano. Cuando bajaba la escalera, Tablas subía.




-XII-


Abrió el gigante la puerta de la sala donde su giganta estaba, y antes
de entrar echó en redondo una mirada recelosa, bajando la barba al pecho
y escondiendo los ojos bajo las negras cejas. La amenazadora expresión
de su ceño, la prominencia de su frente abultada y aquel mirar hosco
daban a su cabeza semejanza con la espantable testa del toro jarameño
cuando aparece en el circo, y reconoce con su mirar de fuego el ansioso
público, y parece que él mismo, antes de empezar la lidia, se espanta de
la barbarie que se prepara.

La nariz de Nazaria se infló hasta no poder más. En aquellos momentos
necesitaba mucho aire. Tablas dio algunos pasos hacia ella, y echándose
ambas manos a la estrecha cintura, se meneó a un lado y otro como muñeco
de goma, y escupió estas palabras:

--¡Cristo!... si habré dicho alguna vez que no quiero clerigones en
casa... ¿Por qué los has recibido?

Pimentosa echó mano de un abanico y replicó así:

--Porque me ha dado la real gana... En paz.

--En guerra... Si les vuelvo a encontrar... van a la calle por el
balcón... y tú detrás.

--¡Valiente papamoscas! Pero hombre, no mates tanta gente, que se acaba
el mundo.

--¿Qué buscaban esos pillos?

--El pillo eres tú... salvaje. ¡Tanto rezar rosarios en casa de D.
Felicísimo, y llama pillos a los señores sacerdotes!...

--¿A qué venían?

--A lo que nos ha dado la gana.

--Vamos, vamos--dijo Tablas contoneándose otra vez--, que hoy estoy tan
bromista, que si me tocan, por cada dedo me sale un tiro.

--Lo que a ti te sale es el aguardiente que has bebido.

--¡Nazaria!...

--Úrgame tanto así, y verás lo que es canela.

--¡Nazaria!...

--¿En dónde has estado hoy? dilo pronto--gritó la Pimentosa hablando a
borbotones--. ¿Quién es ese _futraque_ que vino a buscarte?

--A ti no te importa eso... Toma varas con los sayos negros y déjame a
mí.

--¡Borracho!

--¡Pues y tú!..--exclamó Tablas, mascando su cólera--. Vamos, no quiero
incomodarme... ¿Por qué has recibido a los clérigos?

--Porque es mi santa voluntad. Soy reina de mi casa.

--Reinita nada menos...

Tablas miró a un palo que en el rincón de la sala había, y que sin duda
iba a intervenir como tercer personaje en aquella escena.

--Sí, reina soy y ama de todo--bramó Nazaria pálida y furiosa, extendiendo
los brazos--. Mío es el pan que comes, mía la ropa que vistes, mío el
tabaco que fumas, y mías las copas, las copas...

No pudo decir más porque la ahogó la tos. Su abultado seno trepidaba
saltando, como vejiga de payaso.

--Todo es de la señora, já, já...--dijo grotescamente López queriendo
tornar en burlas afirmación que tanto le humillaba--. Después hablaremos
de eso; pero ahora, dígame la reina por qué estaban aquí otra vez los
sacripantes negros.

--Porque yo les llamé, ¿estamos?... porque me gusta el sermón y quise dar
para las ánimas.

--¡_Anima mea_!... Cristo... Con que hay _pedriques_ en mi casa... Pues
mira yo te voy a dar la _Extrema_. ¿No te pide el cuerpo _hinsopo_?...
Pues verás.

Volvió a mirar el palo, que ya estaba, como si dijéramos, al paño,
esperando el momento de salir al escenario.

--Ladrón, si te mueves, te como...--gritó Nazaria en voz tan imponente,
que Tablas, ya en camino de traer al tercer personaje, se detuvo en
medio de la sala--. Ponte en la puerta de la calle ahora mismo, holgazán,
gorrón, que el pan que me has comido, mejor habría sido echarlo a los
perros... ¿Pues no te contentas con gastarme mi dinero y arruinarme la
casa, sino que me amenazas?... ¡Por vida del arpa del tío David, yo
tenía más dinero y más _comenencia_ que cuatro reyes, y tú me has
llenado de trampas! Por ti y tus vicios estoy empeñada en más miles que
pesas, trapalón, y cuando toquen a embargar, la viuda de Peribáñez el de
Candelario tendrá que ponerse al buñuelo, a la castaña, al aguardiente o
al mondongo... Sacados te vea yo los ojos, hi de mujer mala. Dime,
calzonazos, ¿en dónde están mis alhajas qué daban envidia a las de la
Pilarica en Zaragoza? ¿en dónde están mis cuatro mantones de Manila que
parecía que los habían bordado ángeles con manos de rosa?... ¡Ah! ¿dónde
ha de estar todo aquel tesoro? En _Peñíscola_, para que el señor beba,
para que el señor monte a caballo y vaya a derribar vacas, para que el
muy mamarracho convide a los gorrones y tenga mozas... Ea, fuera
espantajos. Por aquella puerta se va a la calle...

--¿Sabes lo que te digo?... pues que eres una cotorra charlatana y hay
que cortarte el pescuezo.

--¿Sabes lo que te digo? pues que a otros de más hígados que tú los he
tendido yo de un soplamocos. Mejor tuvieras vergüenza y fueras persona
decente como yo. ¿En dónde pasas las noches?... ¿en qué gastas el
dinero?... Y luego viene diciendo el bobo que se trata con esos señores
de política, y que está armando un gatuperio como el de los tiempos en
que cayó la Mamancia... ¿Qué entiendes tú de eso, cafre, si andas en
dos pies porque al Señor se le olvidó hacerte la cruz en el lomo?...
Mira que no se ha acabado la madera de que hicieron las horcas en la
plazuela. Allá te quisiera ver colgado como una butifarra para ir a
tirarte de las piernazas y verte haciendo más visajes que un cómico con
hambre. ¡Política el señor Tragacantos! ¿De cuándo acá tenemos esas
sabidurías? Lo que tú harás será engañar al pobre D. Felicísimo que te
dio la primer bazofia que comiste en el mundo, y venderle a los masones,
contándoles lo que pasa en su casa. ¡Ah! bribonazo, si creerás embobarme
a mí, que conozco tus mañas y sé dónde te aprieta la herradura.

--¡Ah!... ¡resangre! si digo que voy a echar al gato esa
lengüecita...--dijo Tablas abalanzando sus pesadas manos hacia la cara de
la Pimentosa.

--Quita allá esas aspas de molino--replicó ella rechazando con
extraordinaria energía las manos de su hombre.

--Maldita sea la hora...

Bramando así con insensata ira, Tablas hizo un gesto, e instantáneamente
enganchó en su garra el moño negro de la giganta. La giganta rugió como
una leona, levantose, hubo formidable choque de cuerpos y cruzamiento
horrible de brazos tiesos. Se balancearon, se oyó un doble gemido y un
estertor siniestro, señal de violentos esfuerzos. Pero la gigantona
logró desasirse, blandió sus fornidos brazos, echó un temporal por su
nariz, y rápida como el pensamiento, dio un salto, dos, tres. El piso
temblaba como si pasara un carro. Nazaria llegó a una mesa y cogió un
objeto voluminoso que encima de ella había. ¿Qué era aquello? Era una
urna de madera y cristal, alta de tres cuartas. Dentro de ella había una
virgen de los Dolores, y encima un toro de yeso, dos toreros, un niño
Jesús, una enormísima moña. Alzó en sus manos la mujerona todo aquel
catafalco religioso-taurino, y en menos tiempo del que se necesita para
pensarlo, cayó todo con estrépito formidable sobre la cabeza de Tablas.
La increpación o voz felina que este lanzó al recibir el golpe no es
para descrita. Los vidrios rotos sobre su cráneo rasgaron su frente. Sin
sentir manar la sangre corrió en busca del palo; pero antes de llegar,
ya se le interpuso la Pimentosa con una silla enarbolada en ambas manos.
El gigante tomó otra silla. Se detuvieron un momento mirándose cara a
cara; echándose mutuamente su ardiente resuello y cruzando los rayos de
sus ojos llenos de ira. De repente la giganta soltó el mueble; había
tenido una idea feliz, salvadora. Dio un paso atrás, revolvió en su
cesto de costura, sacó una navaja enorme, y corriendo en seguimiento del
gigante, que retrocedía espantado, exclamó con bramido:

--Te degüello...

Entraron algunos vecinos, para quienes no era nuevo aquel laberinto,
aunque hasta entonces no había ocurrido pendencia tan ruidosa en casa de
Nazaria; entró también Romualda dando gritos, y todos se dedicaron a la
grande obra de la pacificación. Cada contendiente se vio rodeado de un
grupo y oyó las exhortaciones más razonables. ¡Cosa extraordinaria! El
primero en quien se notaron síntomas de aplacamiento fue el descalabrado
López, el ofendido de palabra y de obra. Gruñendo como un mastín
apaleado, dijo que él no quería perderse, que era demasiado hombre de
bien para perderse, y que no había mujer alguna en el mundo merecedora
de que se perdiera por ella un hombre. Nazaria no decía nada, pero con
los resoplidos mostraba el desfogamiento de su cólera que parecía salir
en mangas de aire desalojando el henchido seno. La navaja yacía en el
suelo junto a los restos de lo que fue urna y a los pedacitos de toro de
yeso que, pisados en la contienda, manchaban de blanco la fina estera.

--¡Y está sangrando el canalla!--dijo la Pimentosa lanzando de su boca
esas chispas de risa que saltan entre las llamas de la ira iluminando el
rostro--. Parece un _Decehomo_.

--No es nada, no es nada--dijo Tablas llevándose a la frente un pañuelo
que le dio el fenómeno.

--Rumalda--gritó la giganta--, baja y trae un poco de vino y aceite.

Viendo que la furia de uno y otro se aplacaba poco a poco, los vecinos
se fueron retirando.

--Se incomoda uno por cualquier majadería--murmuró López, dejando que
Nazaria le aplicase el pañuelo a la frente--. Cuando uno va a reparar ya
ha hecho una barbaridad... y hombre perdido.

--Le hablan a una con malos modos, y a una se le sube la mostaza a la
nariz, y allá te vas lengua.

--Y gracias que uno es prudente y sabe las mañas de la fiera y le para
los pies...--dijo López queriendo dar explicaciones de su cobardía.

--Y si a una le preguntaran con buen modo lo que buscaban los padres
caras, una contestaría que venían a sus _pedriques_, y en paz. Pero se
incomoda la gente por una palabra... Hay lenguas que tiran coces... No
se puede remediar...

--Yo soy un ángel; pero cuando me solicitan, embisto. ¡Qué genio me ha
dado Dios! Yo mismo me tengo miedo a veces... Rumalda...

Rumalda había llegado con el aceite y con el vino, y Nazaria aprontaba
el remedio que reclama toda cabeza sobre la cual se ha hecho pedazos una
urna.

--Rumalda, no tengo tabaco--dijo el atleta--; bájate al estanco... pronto,
chica... Pues como iba diciendo, si a un hombre como yo, que es todo
pólvora, se le hubiera preguntado con decencia dónde había pasado el día
y qué negocios traía con el _futraque_, el hombre habría contestado como
un caballero. ¡Si aquí no hay misterio...! Que un señor, a quien conocí
en casa de D. Felicísimo, viene a buscarme y me dice: «Sr. López, me va
usted a hacer un favor muy grande.--Usted disponga, señor mío...--Pues
hace dos meses, la policía registró una casa de la calle de Belén, donde
se reunían unos cuantos partidarios de D. Carlos. La policía fue
sobornada en aquella ocasión y no prendió a nadie. Pero el Gobierno ha
cambiado los guindillas de soflama por otros, y anoche volvió la policía
a registrar la casa de la calle de Belén, y pescó a cinco sujetos, y les
puso en la cárcel de Villa.--De lo cual me alegro, Sr. D. Salvador.--Pues
mire usted, Sr. Tablas, yo vengo a que usted me haga el favor de
proporcionar a uno de esos cinco sujetos los medios de fugarse, porque
corre el run run de que les van a fusilar.--¿Es pariente de usted?--Sí
señor.--¿Usted ha estado empleado en la cárcel de Villa?--Sí señor.--Usted
favoreció la escapatoria de Olózaga.--Sí, señor.--Usted podrá hacer ahora
otro tanto.--Sí señor.--Pues es preciso hacerlo.--¿Cuánto vamos
ganando?--Tanto.--Es poco.--Pues cuanto.--Nos arreglaremos.--¿Quién es el
sujeto?--Pues es Fulano de Tal.--Adelante, empezaremos a trabajar hoy
mismo. Vamos al café y a la taberna; hablaremos con los chicos de la
cárcel...». Total, que hemos estado todo el día inventando diabluras, y
luego fuimos a casa de don Felicísimo, que también está empeñado en
poner en salvo a ese preso. Y de unos y de otros he de sacar metal,
mujer, mucho metal, para desempeñar lo que hemos empeñado, y quitar
trampas... fuera trampas, venga acá dinerazo de la gente carlina, y
juntándolo con el dinerito de la gente masona, verás como nuestra
hacienda se pone otra vez de pie...

La reconciliación era ya segura, y los endurecidos ánimos se ablandaban
rápidamente al calor de la confianza. La idea de que Tablas ganase algún
dinero, idea novísima y extravagante, produjo en el espíritu de Nazaria
benéfica y reparadora reacción. Aunque no era tonta, se dejaba alucinar
fácilmente por risueñas quimeras, como persona crédula y sin experiencia
que había vivido siempre en el mayor desorden moral y económico, y ya le
parecía estar viendo las talegas que entraban por la puerta, ganadas en
la explotación de toda aquella caterva política que ya se llamaba
carlina ya masónica. Tablas había derrochado sumas relativamente
considerables. Si ahora traía a la casa otras sumas mayores, se trocaba
de libertino y perdido en el hombre más allegador y apersonado de todo
el barrio. ¡Bien, re-Cristo! Nazaria, que juntamente con la fiereza
tenía la inocencia de la bestia cornúpeta a quien tan fácilmente engaña
un vil trapo rojo, se calmó y sintió dolor muy vivo de haber ofendido a
su gigante. Así procede siempre, pasando de salvajes cóleras a
vergonzosas condescendencias, toda esa gente desalmada, ignorante y tan
incapaz de calcular sus intereses como de refrenar sus pasiones.

Se reconciliaron. El aceite juntó su pringosa suavidad con la acritud
astringente del vino, y batidos y juntados sellaron el pacto, cuando los
dedos gordezuelos de Nazaria vendaban aquella frente merecedora del yugo
para tirar de un arado.

Dignos de lástima eran aquellos dos seres, pertenecientes a la clase más
numerosa y más compleja del país, por la confusión de vicios y virtudes
que en ella había; pero Nazaria merecía más que su cómplice la
compasión, porque valía un poco más, valiendo muy poco. En ella la
barbarie y la tosquedad eran tales, que ahogaban los sentimientos
generosos que a veces brotaban en su corazón cual hierbecilla en la
grieta húmeda. Una religiosidad sonora y supersticiosa no bastaba a
suplir en ella la falta absoluta de luces y de ideas morales. Vivía en
el escándalo, sostenida por el ejemplo de otros escándalos mayores, y
aunque alguna vez nacía y se agitaba en su alma como un misterioso
prurito del bien, una especie de adivinación que ella no podía precisar,
eran tales las exigencias de la naturaleza en ella, que no podía, ni en
pensamiento, separar su persona de la persona de aquel monstruo.
¡Irresistible atracción la de un gigante que ni era listo, ni simpático,
ni noble, ni siquiera guapo! Tan grande es la miseria humana, que allí
donde aparentemente no hay cualidades que sirvan de base a un verdadero
amor, suelen encontrar alguna las gigantas fogosas como la hermosa viuda
de Peribáñez.




-XIII-


¡Qué lejos estaba el excelente padre Gracián de que su exhortación moral
había motivado una reyerta que pudo ser drama sangriento! Él se retiró
aquella tarde muy satisfecho después de haber predicado la unión, la
concordia y la paz matrimonial en otras dos o tres casas. Al entrar en
su celda pensó que el día había sido fecundo en resultados evangélicos,
y que con muchas batallas semejantes, pronto había de verse el Enemigo
muy mal y acorralado en las últimas trincheras del pecado.

Antes de dormir, consagró dos horas al estudio y a la ciencia de que era
maestro en las aulas del Colegio Imperial, la profunda y enmarañada
Ética. Después oró y meditó por espacio de otras dos horas largas,
puesto de hinojos a ratos, y a ratos tendido boca abajo sobre el suelo.
Lejos de haber en este las blanduras suntuarias con que los pecadores
atienden al sibaritismo de los pies, era la dureza misma combinada con
la frialdad, para que la mortificación fuese conforme a la implacable
saña con que varón tan santo trataba a su carne miserable. Allí no habla
alfombra, ni estera, ni cosa que a tal se pareciese, sino ligera capa de
tierra, rojiza extendida sobre los ladrillos, la cual era traída de la
cueva de San Ignacio en Manresa y servía para producir en el espíritu
del clérigo la piadosa ilusión de que en la misma santa cueva estaba.
Últimamente había repartido entre sus buenos amigotes tantas
porcioncillas de aquella bendita y quizás milagrosa arcilla, que la
celda se iba quedando limpia, y por varias partes pedía algunos
escobazos que la acabaran de limpiar. Lo demás de la reducida estancia
era insignificante y revelaba la humildad y el estudio, cosas en verdad
que fraternizan perfectamente.

El jesuita durmió después de estudiar y de mortificarse, y abandonó de
madrugada el lecho. Rezó, dijo misa, (y las suyas por lo tempranas y lo
largas, eran muy elogiadas entre las personas piadosas de aquel populoso
barrio) y después entró en su cátedra, seguido de muchedumbre de
escolares. Esto se repetía diariamente, mes tras mes, año tras año. En
sus explicaciones filosóficas, Gracián realizaba el prodigio de volver
claro lo oscuro y de hacer ver las honduras de aquella ciencia,
iluminando la superficie con la luz de un método admirable y de un decir
ameno. Sus discípulos le querían por todo extremo, y era uno de esos
maestros siempre preferidos y siempre elogiados que hacen amable el
estudio. En las horas de recreo veíase rodeado de enjambre de
colegiales, que dejaban el escaso solaz de aquella hora para consultar
con el Padre puntos oscuros de la conferencia señalada, y platicar sobre
cualquier tema de humanidades o teología, pues en todo ello y aun en
otra clase de sabidurías era muy versado el bendito clérigo.

En aquellos tiempos, ¡oh tiempos clásicos! todo se estudiaba en latín,
incluso el latín mismo, y era de ver la gran confusión en que caía un
alumno novel, cuando le ponían en la mano el Nebrija con sus reglas
escritas en aquella misma lengua que no se había aprendido todavía. Poco
a poco iba saliendo del paso con el admirable método de enseñanza
adoptado por la Compañía, y acostumbrándose al manejo del Calepino para
los significados castellanos, y del _Thesaurus_ para la operación
inversa, pronto llegaba a explicarse como Quinto Curcio o Cornelio
Nepote. Las lecciones se daban en latín, y para que los chicos se
familiarizasen con la lengua que era llave maestra de todo el saber
divino y humano, hasta se les exigía que hablasen latín en sus
conversaciones privadas, de donde vino esa graciosa latinidad
macarrónica, que ha producido inmenso centón de chistes, y hasta algunas
piezas literarias, que no carecen de mérito, como la _Metrificatio
invectivalis_ de Iriarte y las sátiras políticas que se han hecho
después. Si Horacio y Cicerón hubieran, por arte del Demonio, salido de
sus tumbas para oír como hablaban los malditos chicos del Colegio
Imperial, habría sido curioso ver la cara que ponían aquellos dignos
sujetos a cada instante se oía: _Quantas habeo ganas manducandi!...
Carissime, hodie castigavit me Pater Fernández (vel á Ferdinando),
propter charlationen meam... ¡Eheu, paupérrime! ¿Ibis in calabozum?...
Non; sed fugit meriendicula mea. Dum tu chocolate bollisque amplificas
barrigam tuam, ego meos soplabo dedos. Guarda mihi quamquam
frioleritam._

El que así se expresaba era un muchacho despiertísimo, nombrado Calisto
Rodríguez, aunque en el colegio, sin dada por lo diminuto de su persona
y por su inquietud de ardilla, nadie le llamaba sino Don Rodriguín. Era
tan bizco que, al mirar, un ojo se le metía detrás del otro, como
malicioso flechero, que se esconde para hacer mejor la puntería de su
dardo. Su travesura y charlatanismo daban no poco que hacer a los
Padres, y si adelantaba en sus estudios era más bien por sus brillantes
dotes que por su aplicación. El estrabismo daba chocarrera gracia a su
rostro, y con el bonete terciado, como solía llevarlo, parecía un
diablillo enmascarado de clérigo. Alborotaba mucho en las horas de
recreo; sublevaba las masas escolares en las de estudio, y a pesar de
pertenecer a una familia rabiosamente carlina, en la cual había muchos
canónigos, frailes y hasta un obispo, sus inclinaciones eclesiásticas no
eran muy decididas.

Por jácara, más que por espíritu de erudición, D. Rodriguín se había
prohibido en absoluto la lengua castellana, y hasta las frases más
familiares y las más insignificantes expresiones las latinizaba con
zandunga, entremezclando siempre en su charla trozos de los clásicos y
fragmentos de verso y prosa, vinieran o no a cuento. Así, cuando se
escabullía de la sala de estudio para ir a fumar un cigarro a
hurtadillas, decía: _Eo in chupatorium, procul negotiis_. El
_chupatorio_ era un rinconcillo del claustro alto, que daba al patio, y
recibió este nombre por ser lugar a propósito para echar una fumada sin
ser visto de los Padres. Para anunciar a sus compañeros en la sala de
estudio que venía el Padre Fernández, varón pesado cuyos pies de plomo
hacían temblar el pavimento, decía: _Cavete Ferdinandum... Ecce
draco... Exaudite... quatit ungula campum_. En las horas de recreo, en
el claustro bajo, no perdía ripio para motejar a los condiscípulos, y si
algún extraño entraba en la casa para hablar con los jesuitas, Grijalva
le había de echar su latín correspondiente, _verbi gratia_:

«_Videte Piaonem ad petendum Gratianum... arcades ambo_».

El bueno de D. Juan iba muchas tardes en busca del Padre Gracián para
conferenciar con él de los últimos obstáculos que convenía allanar para
casarse con Micaelita.

Hablando de la tierra con que el profesor de Ética alfombraba su celda,
decía el estudiante: «_Sunt quos pulverum manresianum collegisse
jurat_».

Durante las partidas de pelota, a que era muy aficionado, se le oía
constantemente: «_Bene... fortiter... Italiam contra... ego valeo...
amen dico... vobis... fuerunt vel fuere... pasce capellas_».

Era el capitán de todas las fechorías perpetradas en el colegio, de
noche, burlando la vigilancia de los Padres, bien para hacer un escalo
en la despensa y proveerse de víveres, bien para efectuar un bromazo,
eligiendo por víctima a un desdichado novato sin experiencia. Si alguna
tarde lograba escaparse y subir a las boardillas, se entretenía en tirar
cáscaras de nueces a los balcones de Nazaria que fronteros de la fachada
del colegio estaban, o en disparar peladillas contra la cojuela, que
solía sentarse por las tardes en la puerta de la carnecería, _templum
mantecationis_.

Otras muchas barrabasadas hacía para matar el fastidio y hacerse
aplaudir de sus compañeros, pues le gustaba, como a todos los traviesos,
oír los encomios de sus atrevimientos. Pero su mayor lucimiento provino
de una memorable invención suya, con la cual alcanzó aplausos y
lisonjas, que traspasando el círculo del colegio, llegaron al público.
Fue que compuso un _Discurso apologético macarrónico_ sobre un suceso
público de la más alta importancia en aquellos días, y lo hizo con tan
gracioso desparpajo, tanta donosura en los disparates, tan grande
agudeza en lo descriptivo y tan furibunda intención en la sátira
personal, que la composición produjo en el colegio un verdadero
escándalo.

Habiendo enfermado D. Rodriguín a principios de Junio, su familia le
sacó del colegio. Restablecido en un par de semanas, no quiso volver a
la clausura hasta no presenciar las grandiosas ceremonias de la jura de
la Princesa Isabel, y las alegres fiestas de los tres días que siguieron
al 20. Todo lo vio y en todo metió las narices el bullicioso estudiante,
desde la imponente función de San Jerónimo, hasta la justa de los
maestrantes fuera de la puerta de Alcalá; desde la fiesta nacional de
toros con caballeros en plaza, en la Mayor, hasta el simulacro militar.
Cansado de tanto correr, durante los tres días, entró en el colegio,
tomó la pluma, y enjaretó su famoso _Discurso apologético macarrónico_.
A medida que iba escribiéndolo, leía trozos de él en los corrillos de
estudiantes, y bien pronto la fama de aquellos graciosos dislates se
extendió por San Isidro, llegó a oídos de los Padres, y estos pidieron
el manuscrito. Negolo y no quiso darlo D. Rodriguín por temor a una
reprimenda; pero como ya los escolares amigos del autor habían sacado
varias copias, facilitaron una al Padre Fernández (_vel a Ferdinando_),
el cual se regocijó mucho con la lectura. Enterados los demás jesuitas
se rieron en coro y a todo trapo, porque además de las chuscadas de la
forma, había en el discurso una intención satírica que les agradaba en
extremo. Don Rodriguín no fue castigado por su travesura latinizante;
entregó a los Padres el manuscrito original donde se conservaba, según
dijo, toda la pureza clásica del texto, libre de los múltiples errores
de las copias, y gozó extraordinariamente con su triunfo literario.

Es lástima que no podamos dar a conocer en toda su extensión esta obra,
que uno a sus gracias, el mérito de ser un precioso documento histórico,
pues en ella está descrito con detalles mil el solemnísimo acto de la
jura, y narradas las fiestas con que la monarquía quiso hacer memorable
aquel suceso. Los personajes todos de la época, retratados en
caricatura, dan mayor realce al discurso, y la intención perversa que en
cada comentario campea, pinta el espíritu de un bando político que era
en aquellos días, si no la mayoría, parte grande y granada de la Nación
española. En la imposibilidad de transcribir la composición entera,
daremos cuenta de ella según el arte y modo de la crítica ligera,
haciendo resaltar algunas de sus caprichosas donosuras, y callando mucho
de lo que contiene, por ser materia vedada a la publicidad.

Empezaba describiendo la comitiva que salió del palacio de San Juan para
San Jerónimo, el aspecto de este templo, la corte y su servidumbre,
los obispos, los procuradores de las ciudades con voto en Cortes y los
treinta títulos de Castilla que representaban la nobleza del reino.
Luego venía el _Magister ceremoniarum_, el _Indiarum Patriarca_,
el duque de Medinaceli (_Coelico-Metinensi dux_) presidiendo a los
nobles... «_Concurrebant cortesani frailesque_, decía el texto,
_milites cum morrione atque canonici cum piporro. Turbamulta sequebat
guardiarum Corporis cum bandoleris, et damarum caterva inter mayordomos
miscuebatur_». Pintando al Rey, que en su trono presidía el acto, se
expresaba Rodriguín en estos irrespetuosos términos: «_Regium estafermum
in throno posuerunt. Inmovilis tanquam sacus furfuris lascivis oculis
circunspicebat damarum pectorem quasi nudum et caritas guapas_». A
Cristina y demás familia la nombraba en términos más irreverentes aún.
«_Venus Partenopea, graciositer fecebat perendengues inter caballeritos,
dum tenera Isabella pendebat a nodrizae mamellis. Dominus Francisquitus
cum Carlota ejus sedebat in aureo rincone. ¡Oh quantum erat inflammata
Carlota propter vinum!_».

_Conticuere omnes_, decía al narrar la ceremonia, y luego contaba cómo
había jurado D. Francisco poniéndose de rodillas y extendiendo la mano
sobre el crucifijo; cómo le había abrazado el Rey, cómo había el Infante
besado la mano de Cristina y de la Princesa. Al llegar aquí lanzaba el
autor una larga epifonema y luego ariadía: _Sic itur ad astra_.

Describía el desfilar de los Procuradores, obispos y grandes, que uno
tras otro se adelantaban lentamente para jurar, _sicut recua_, y en el
párrafo siguiente ponía la salida pública de la corte desde San Jerónimo
hasta Palacio. _Cum repeto diem_, exclamaba parodiando a Ovidio,
_agitantur in manibus castañuelae meis_. La famosa función de toros con
caballeros en plaza, espectáculo nuevo en Madrid por aquel tiempo, era
tratada por D. Rodriguín con la amplitud que el caso merecía. No se
libraron de sus dardos los caballeros rejoneadores, ni las damas que les
apadrinaron, ni los alcaldes de Corte que dirigían la fiesta. No se dejó
en el tintero ninguna de las partes de la fiesta, y en toda su charla
macarrónica se veía claramente la idea de representar en el pobre toro
aburrido y pinchado por todas partes al partido cristino, de quien daban
cuenta al fin, rematándolo, los apostólicos, representados en el
simbólico circo por espadas, picadores y puntilleros. _Plaudite cives_,
decía al fin, _et ruant masones, turba mentecatorum_. Concluía este
párrafo diciendo que pronto empezaría la corrida en los campos de
batalla, y exclamaba: _Cedant cornu armae_.

No nos ocuparemos del resto de la composición porque su contenido es
demasiado extenso y quizás harto desenfadado. Para completar su obra, el
pícaro estudiante satirizó también al Comisario de Cruzada, Sr. Varela,
_plena cruoris hirudo_ (sanguijuela llena de sangre), que hizo
cuantiosos donativos a los pobres para celebrar la jura; también flageló
al general Castaños, nombrado duque de Bailén, y a todos los demás que
recibieron mercedes en aquellos días. Y amenazándoles les decía en el
último delirio macarrónico: _Jam vobis dicebitur misis_, ya os lo dirán
de misas.




-XIV-


No marchaba muy bien el negocio que Salvador entre manos traía, porque
la vigilancia en la cárcel de Villa era más estrecha y rigurosa que en
los tiempos de la dramática evasión de Olózaga. En vano Tablas llenaba
de aguardiente los cuerpos de uno y otro mandadero, sin olvidar la
conquista de los alcaides por medio de merendonas y duros; en vano se
hacían trabajos en esfera más alta, dirigidos a ablandar o corromper a
sujetos de mayor categoría. Con disimulo, pero también con brío
gestionaba Jenara, más que por afecto al preso, por librarse de la
situación desagradable en que el encierro de su esposo la ponía; y
Pipaón (_patriarca zascandilorum_, según el macarrónico), de acuerdo con
Carnicero y otros compadres, manejaba también con arte sus considerables
influencias. Tantos esfuerzos reunidos dieron al fin el resultado feliz
que todos deseaban; pero hay indicios seguros de que el Sr. Navarro
debió principalmente su venturosa escapatoria, a la condescendencia o
complicidad de la gente menuda, siempre venal; de modo que Salvador no
se arrepintió de haber recurrido al buenazo de Pedro López, ni este se
arrepintió de servirle, porque, habiendo cobrado en moneda corriente sus
estipendios y el importe de todos los gastos, pudo ofrecer a la iracunda
Nazaria parte del caudal que le había derrochado. Después se verá en qué
emplearon el dinero adquirido por tan extraña industria.

Los presos eran tres: D. Carlos, un fraile aragonés que pereció el año
35 en Zaragoza cuando la célebre causa y conspiración de D. Vicente Ena,
y un capitán de caballería que desde mucho antes andaba en aquellos
trotes, y después de ser masón el 20 e indefinido el 24, había ingresado
en los nacientes y aún no fogueados ejércitos del Infante. No habría
sucedido nada si todos los señores congregados en casa de las de Porreño
hubieran procedido con la discreción que se acostumbraba en tales
reuniones ilícitas cuando las sorprendía la justicia. Seis de los
conspiradores se escondieron en lo más hondo de la casa; el capitán y el
fraile se pusieron a rezar el rosario; mas D. Carlos Navarro, que era,
por su geniazo díscolo y entero, enemigo de bajas comedias y de
disimulos viles, afrentó a los polizontes, les dijo mil herejías, y no
pudiendo contener su ira, abofeteó al que parecía principal entre ellos.
Este acto de violencia, cuando lo que hacía falta era maña y dulzura,
les llevó a los tres a la cárcel de Villa, donde habrían estado todo el
tiempo que exige una buena y voluminosa causa de mil folios, si no
vinieran en auxilio de Navarro las tramas que hemos mencionado, en
auxilio del fraile el fuero eclesiástico, y del capitán la muerte, que
se le llevó a los seis meses de encierro.

La desolación que causó a las dignas señoras de Porreño aquel suceso, no
se expresa con las frías palabras de la historia. El descrédito de su
casa, la vergüenza y el azoramiento en que desde entonces vivían, y por
último, la falta del auxilio pecuniario que D. Carlos les daba,
precipitaron de tal modo su decadencia, que bien pronto se vieron en
aquel término lastimoso en que la estrechez se confunde con la miseria.

El atroz Navarro, luego que se vio fuera de la cárcel no quiso averiguar
el poder que le había salvado. Su orgullo le inclinaba a no atribuir su
salvación a ninguna persona que le tuviera afecto. «A mí nadie me
quiere, decía, nada tengo que agradecer a ningún hombre. Sólo Dios me ha
salvado». Pasó algunas horas en casa de las señoras, en cuya compañía
había vivido, les dio una limosna con carácter de liquidación de
atrasos, y acompañado de Oricaín y Zugarramurdi, que habían quedado
libres y que siempre le eran fieles, partió disfrazado de arriero para
las Provincias Vascongadas y Navarra. Nadie le vio. Se fue con su
indignación crónica y su incurable soberbia, siempre 

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