Morsamor
by Juan Valera · Spanish · Gutenberg #17430 · 508,722 chars · public domain (US)
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Title: Morsamor
Author: Juan Valera
Release date: December 31, 2005 [eBook #17430]
Language: Spanish
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Morsamor: peregrinaciones heroicas y lances de amor y fortuna de Miguel
de Zuheros y Tiburcio de Simahonda
Por
Juan Valera
Librería de Fernando Fé
Madrid
1899
Al Excmo. Sr. Conde de Casa Valencia
Mi querido primo: Para distraer mis penas egoístas al considerarme tan
viejo y tan quebrantado de salud, y mis penas patrióticas al considerar
a España tan abatida, he soltado el freno a la imaginación, que no le
tuvo nunca muy firme, y la he echado a volar por esos mundos de Dios,
para escribir la novela que te dedico.
Tomando por lo serio algunos preceptos irónicos de don Leandro Fernández
de Moratín, en su _Lección poética_, he puesto en mi libro cuanto se ha
presentado a mi memoria de lo que he oído o leído en alabanza de una
época muy distinta de la presente, cuando era España la primera nación
de Europa. Así he procurado consolarme de que hoy no lo sea, si bien
escribiendo la más _antimoratinesca_ de mis composiciones literarias.
Bien puedo asegurar que hay en ella
Cuanto puede hacinar la fantasía,
en concebir delirios eminente:
magia, blasón, alquimia, teosofía,
náutica, bellas artes, oratoria,
brahmánica y gentil mitología,
sacra, profana, universal historia
Y otras mil curiosidades.
Si a pesar de tanta riqueza de ingredientes el pasto espiritual que doy
al público resulta desabrido o empalagoso, no te negaré que he de
afligirme, pero me servirá de consuelo lo inocente de mi trabajo. Nada
más inocente que componer un libro de entretenimiento aunque no
entretenga. Con no leerle evitará toda persona discreta el mal que
involuntariamente pudiera yo causarle. Yo no trato de enseñar nada ni de
probar nada. Si alguien deduce consecuencias o moralejas de la lectura
de este libro, él, y no yo, será responsable de ellas. Yo sólo pretendo
divertir un rato a quien me lea, dejando a los sabios enseñar y
adoctrinar a sus semejantes, y dejando a nuestros hombres políticos la
difícil tarea de regenerarnos y de sacarnos del atolladero en que nos
hemos metido.
He de confesarte, sin embargo, que a veces tengo yo pensamientos algo
presuntuosos, porque creo que el mejor modo de obtener la regeneración
de que tanto se habla, es entretenerse en los ratos de ocio contando
cuentos, aunque sean poco divertidos, y no pensar en barcos nuevos, ni
en fortificaciones, ni en tener sino muy pocos soldados, hasta que
seamos ricos, indispensable condición en el día para ser fuertes. Ser
fuertes en el día es cuestión de lujo. Seamos pues débiles e inermes
mientras que no podemos ser lujosos. Imitemos a Don Quijote, cuando
quiso hacerse pastor después de vencido por el Caballero de la Blanca
Luna. Mientras que unos esquilan las ovejas y mientras que otros recogen
la leche en colodras y hacen requesones y quesos, aumentando así la
riqueza individual, y por consiguiente, la colectiva, nosotros, o al
menos yo, incapacitados por la vejez para tan útiles operaciones,
empleémonos en tocar la churumbela, el violón u otro instrumento
pastoril para que se recreen las ovejas.
De pacer olvidadas escuchando
o quizás consolándose de que poco o nada les dejen que pacer los
rabadanes. A fin de vivir contentos en esta forzosa Arcadia, recordemos
vuestras pasadas glorias, no superadas aún por los pueblos más pujantes
y engreídos que hay ahora en el mundo, y compongamos, con dichos
recuerdos y con el buen humor que no debe abandonarnos, historias como
la que yo te ofrezco, la cual, si no es amena, es por su benigna y
candorosa intención, digna de todo aplauso. Date tú el tuyo, defiéndeme
con indulgente habilidad de los que me censuren y créeme siempre tu
afectísimo amigo y pariente,
Juan Valera
En el claustro
-I-
En el primer tercio del siglo XVI, y en un convento de frailes
franciscanos, situado no lejos de la ciudad de Sevilla, casi en la
margen del Guadalquivir y en soledad amena, vivía un buen religioso
profeso, llamado Fray Miguel de Zuheros, probablemente porque era
natural de la enriscada y pequeña villa de dicho nombre.
No era el Padre alto ni bajo, ni delgado ni grueso. Y como no se
distinguía tampoco por extremado ascetismo, ni por elocuencia en el
púlpito, ni por saber mucho de teología y de cánones, ni por ninguna
otra cosa, pasaba sin ser notado entre los treinta y cinco o treinta y
seis frailes que había en el convento.
Hacía más de cuarenta años que había profesado. Y su vida iba
deslizándose allí tranquila y silenciosa, sin la menor señal ni indicio
de que pudiese dejar rastro de sí en el trillado camino que la llevaba a
su término: a una muerte obscura y no llorada ni lamentada de nadie,
porque Fray Miguel, aunque no era antipático, no era simpático tampoco,
se daba poquísima maña para ganar voluntades y amigos, y, al parecer, ni
en el convento ni fuera del convento los tenía.
En vista de lo expuesto, nadie puede extrañar que hayan caído en el
olvido más profundo el nombre y la vida de Fray Miguel.
Ya verá el curioso lector, si tiene paciencia para leer sin cansarse
esta historia, las causas que me mueven a sacar del olvido a tan
insignificante personaje.
Son estas causas de dos clases: unas, particularísimas, que se sabrán
cuando esta historia termine; y otras tan generales, que bien pueden
declararse desde el principio y que voy a declarar aquí.
Todo ser humano, considerado exterior y someramente, es indigno de
memoria, si no ha logrado por virtud de sus hechos o de sus palabras,
habladas o escritas, influir poderosamente en los sucesos de su época,
haciendo ruido en el mundo. Los que ni por la acción ni por el
pensamiento, revestido de una forma sensible, logran señalarse, pasan
como sombras sin dejar rastro ni huella en el sendero de la vida y van a
hundirse en olvidada sepultura, sin que nadie deplore su muerte y sin
que nadie, al cabo de pocos años, y a veces al cabo de pocos días, se
acuerde de que vivieron.
Y, sin embargo, cuando por cualquier medio o estilo acertamos a penetrar
en las profundidades del corazón y en los más apartados y obscuros
aposentos del cerebro del personaje al parecer más insignificante, todo
suele cambiar de aspecto en la idea que formamos de él, ya que
descubrimos allí multitud de pensamientos maravillosos y de soberanas
aspiraciones, y un mar tempestuoso de apasionados sentimientos, que ora
sean buenos, ora sean malos, si llegan a ser grandes, dan valer e
importancia a la persona que los concibe e inspiran hacia ella un
interés acaso mayor del que nos han inspirado los más famosos varones al
saber sus altas hazañas o al leer sus inmortales escritos.
Fray Miguel, al empezar este relato y al presentarle yo a mis lectores,
no era escritor, ni predicador, ni por nada se distinguía. Cualquiera
otro fraile de su mismo convento era más notable que él.
Antes de entrar en la vida religiosa tampoco había conseguido señalarse.
Tenía ya setenta y cinco años cumplidos, y, para todos sus semejantes,
no pasaba de ser una de las innumerables unidades que forman la gran
suma del linaje humano.
En el convento se sabía poco y a nadie le importaba saber de la vida
pasada de Fray Miguel antes de que fuera fraile.
Como otros muchos hombres, en aquel largo período de anarquía,
discordias y guerras civiles, que precedió al reinado de los Reyes
Católicos, había buscado por diversos caminos la notoriedad, el poder y
la fortuna, y no había logrado hallarlos.
Fray Miguel había sido soldado y poeta, que eran las dos profesiones,
por las cuales, no siendo clérigo o fraile, podía un hombre del estado
llano en aquella edad encumbrarse o darse a conocer al menos.
Fray Miguel había trabajado en balde. No decidiremos aquí si fue la
capacidad o si fue la ventura lo que le faltó en su empresa. Su ambición
y sus propósitos no debieron de ser pequeños si los calculamos por la
significación del nombre que él como trovador y aventurero de armas
tomar había adoptado.
Fray Miguel se había llamado Morsamor en el siglo.
Sus versos fueron tan malos o fueron tan infelices que no entraron en
ningún Cancionero, aunque en muchos Cancioneros abundan los detestables,
tontos o fríos. Sus hazañas, si las hizo, no le dieron riqueza, ni
valimiento, ni poder, y no hubo cronista que hablase de ellas en sus
narraciones, ni épico callejero que escribiese un mal romance para
referirlas y ensalzarlas. Dice el refrán que el lobo, harto de carne, se
mete fraile. Morsamor no fue como el lobo. Morsamor no cogió la carne:
apenas columbró la sombra. La desilusión, la esperanza perdida, le trajo
a la vida monástica.
En ambos reinos, unidos ya bajo el centro de Isabel y Fernando, había
cambiado todo y era menester que Morsamor también cambiase. La paz y el
orden con enérgica severidad habían venido a sobreponerse a la confusión
y al alboroto que estimulaban tanto la ambición y la codicia. Los falsos
antiguos ideales de la Edad Media habían caído por tierra como ídolos
quebradizos, desbaratados y rotos bajo los certeros golpes del cetro de
hierro de los nuevos soberanos. Morsamor no acertaba a descubrir nuevos
ideales: nuevos objetos, término y meta de la ambición humana. A sus
ojos sólo quedaba en pie el venerando e indestructible ideal religioso,
que se alzaba como elevadísima y solitaria torre en medio de un campo
arrasado y lleno de ruinas. Lo único que quedaba como refugio, consuelo
y fin de la vida de Morsamor era la religión. Hízose, pues, religioso
por no saber qué hacerse. Y ya se comprende que esta manera de hacerse
religioso de poco o de nada podía valerle así en la tierra como en el
cielo.
Harto se comprenderá también, se explicará y se justificará por lo
dicho, el pobre papel que Fray Miguel de Zuheros hacía entre los demás
frailes.
Sólo Dios sabía lo que guardaba él en el centro del alma. En lo exterior
la figura inconsistente de Fray Miguel, sin color, sin energía y sin
carácter propio, se esfumaba en el espacio e iba lenta y desabridamente
a desaparecer en el tiempo.
-II-
De vez en cuando, creciendo en importancia y en frecuencia e
interrumpiendo la monotonía de la vida claustral, llegaban al convento
noticias vagas y confusas que revelaban una pasmosa renovación en la
vida social de la recién formada nación española. Los ideales, por susto
de cuya ausencia se había refugiado Fray Miguel en el claustro, brotaron
entonces en el suelo fecundo de España, le cubrieron todo y vinieron a
llamar con estrépito en su celda al desengañado solitario. Mientras que
Fray Miguel vivía vida contemplativa y obscura, una vida fecunda en
acciones maravillosas se había desenvuelto en toda nuestra Península,
salvando sus límites y confines, y derramándose con irresistible
expansión por el mundo todo. Los reyes unidos de Aragón y Castilla
habían vencido a los portugueses en Toro, vengando la afrenta de
Aljubarrota; habían conquistado el hermoso reino de Granada; habían
expulsado de Italia a los franceses, enseñoreándose de Nápoles y de
Sicilia. Un aventurero genovés había ofrecido llegar a Cipango y al
Catay, atravesando con sus naves el nunca surcado y tenebroso mar de
Sargaso, y el aventurero había descubierto extensas y hasta entonces
incógnitas regiones, donde había ido a plantar la cruz del Redentor y el
pendón de Castilla, dejando entrever y haciendo augurar que la tierra en
que vivimos es mayor de lo que se pensaba y que todo lo oculto y
misterioso que hasta entonces había habido en ella, iba a revelarse y a
manifestarse a nuestros ojos y a ser dominado por castellanos y
aragoneses.
En competencia con ellos y movidos por idéntico impulso, los portugueses
habían persistido en su casi secular empeño de navegar hasta el extremo
Sur de África, de ir más allá navegando, y de llegar a la India y de
apoderarse allí del comercio, y de la riqueza de que hasta entonces
habían gozado árabes, persas, venecianos y genoveses.
Iba Fray Miguel enterándose vaga y confusamente de todas estas
novedades. Como era poco comunicativo no decía a nadie la impresión que
le hacían; pero la impresión era profunda, acrecentando su profundidad y
su fuerza, la reconcentración y el sigilo con que en el centro de su
alma lo escondía todo.
Cualquier ser humano, como no sea depravadísimo, tiene el amor de la
patria, del pueblo, de la tierra en que ha nacido y de la gente a que
pertenece. Este sentimiento es tan natural y tan general que no he de
hacer yo el elogio de Fray Miguel porque le tuviese. Me limito a afirmar
que le tenía. Los triunfos de su nación, el verla trocada de sociedad
desquiciada y anárquica en Potencia temida, influyente y gloriosa,
lisonjeaban el orgullo de Fray Miguel y le tenía muy satisfecho y
orondo. Por nada del mundo hubiera anhelado él que lo que era no fuese;
que de todas las glorias, grandezas y triunfos su nación, resultasen
falsedad y sueño vano de la fantasía. Su corazón se alegraba de que
fuesen reales; pero al mismo tiempo, por extraña aunque frecuente
contradicción de nuestro espíritu, había en el suyo vergüenza y
abatimiento de no haber contribuido a la elevación nacional de que se
admiraba y se enorgullecía. Ni con sus humildes rezos, ya en el templo
solitario, ya en su mezquina celda, había contribuido Fray Miguel a
ninguna de las altas empresas que se habían llevado a cabo. Su corazón
falto de fe y de esperanza y su mente inclinada y torcida a no prever
sino lo peor, no habían podido pedir ni habían pedido al cielo lo
inasequible, lo absurdo, lo que no habían concebido ni en sueños,
comprendiéndolo sólo al verlo en realidad efectiva. España, pobre,
desgarrada por discordias civiles, sin dominio y sin influjo en lo
exterior, se había transformado de repente en la primera nación del
mundo, y Fray Miguel, que en sus verdes mocedades había aspirado a
llenarle de su ama, como trovador y como guerrero, tenía entonces que
confesarse asimismo, en amargo vejamen, que ni como devoto fraile, con
oraciones y súplicas, había contribuido a tan maravillosa transformación
y a tan no prevista ni imaginada grandeza.
Los nombres gloriosos de navegantes intrépidos, de dichosos e invictos
capitanes, de habilísimos políticos, de negociadores que sabían ganar
ajenas voluntades e imponer la propia, y de administradores juiciosos y
atinados que encontraban recursos sin esquilmar a la nación, todo esto,
a par que halagaba el alma de Fray Miguel en lo que tenía de alma
española y en lo que era como parte del alma superior y colectiva de su
pueblo y de su casta, lastimaba, hería y destrozaba su alma individual,
colmándola de amargo abatimiento y de ponzoñosa envidia.
Durante muchos años, desde que se retiró Fray Miguel al claustro hasta
mucho después, el completo menosprecio del mundo, o sea del linaje
humano en general y de su pueblo en particular, había estado en perfecta
consonancia con el menosprecio de sí mismo que Fray Miguel sentía, de
donde resultaba una tranquilidad fúnebre. Fray Miguel había estado,
durante muchos años, fúnebremente tranquilo; pero el reciente alto
concepto que de su patria había formado y la consideración del valer, de
las hazañas y de la gloria de los hombres que habían encumbrado su
patria, se contraponían ahora al menosprecio de sí mismo que no podía
menos de seguir sintiendo, y esto levantaba en su alma una tempestad de
celos y hacía retoñar y reverdecer en ella la antigua ambición de su
mocedad, volviendo a ser ambicioso con más de setenta y cinco años
cumplidos. Su corazón latía con violencia lleno de extrañas aspiraciones
bajo el humilde sayal franciscano. Su corazón se agitaba en la vejez
acaso con más poderosas energías que en la juventud. En su juventud
había habido siempre algo de vano en todos sus propósitos ambiciosos:
había puesto la mira en fines confusos o efímeros y poco elevados: en
distinguirse en un torneo o en alguna otra empresa caballeresca
atrayendo la atención y conquistando el afecto de alguna dama hermosa,
encumbrada y noble. Ahora los fines que se proponían, que buscaban y que
alcanzaban los hombres de acción, eran más consistentes, eran más altos
y no por eso menos positivos y sustanciales. El mundo, ignorado antes,
había venido a revelarse con una grandeza real hasta entonces no
percibida y por toda ella iban a extenderse y a triunfar la religión de
Cristo y la civilización de Europa, llevadas par los hijos de Iberia
hasta las regiones más remotas, ya entre gentes bárbaras y selváticas
que separadas del resto del humano linaje no habían seguido su marcha
progresiva y hasta habían olvidado la nobleza de su origen común, ya
entre los pueblos de Oriente donde persistían y florecían aún la poesía
y el saber y el arte de las edades divinas, cuando entendían los hombres
que estaban en comunicación y trato con los dioses y con los genios; por
todas partes, entre todas las lenguas, tribus y gentes, así entre
aquellas, que olvidadas de las primitivas aspiraciones y revelaciones,
se habían hundido en una vida casi selvática, como entre aquellas que,
combinando y fecundando esas aspiraciones y revelaciones primitivas con
los ensueños de una exuberante fantasía, habían creado una portentosa
cultura, en cuya ponderación y admiración permanecían inmóviles.
Si nos figuramos a todo el humano linaje como inmensa hueste que marcha
a la conquista de una tierra de promisión, los pueblos selváticos y
rudos que hacia el Occidente se habían descubierto, eran como parte de
la hueste que se había extraviado en el camino y que no sólo había
desistido de la empresa sino que la habían olvidado. Por el contrario,
los pueblos que los portugueses habían vuelto a visitar en el Oriente,
abriéndose camino por los mares, se diría que, embelesados en el regalo
y deleite de encantados jardines y orgullosos de su primitivo saber y
del rico florecimiento de la antigua cultura, permanecían aún parados e
inertes. Misión providencial de los hijos de Iberia era sin duda sacar a
los unos de la abyecta postración en que habían caído y despertar a los
otros del sueño secular, del profundísimo letargo en que estaban.
Esta parte de la misión parecía especialmente confiada a los
portugueses. Habían, como el gentil caballero del antiguo cuento de
hadas, venciendo mil obstáculos y dificultades, penetrado en los
deliciosos jardines y luego en el encantado palacio donde, desde hacía
muchos siglos, la hermosísima princesa estaba dormida.
El modo que los portugueses emplearon para despertarla del sueño, no fue
a la verdad tan dulce y tan delicado como el del cuento; pero la
realidad tiene sus impurezas y aquellos tiempos eran más rudos que los
de ahora. Valga esto para disculpa de los portugueses.
Como quiera que ello sea, ya las noticias de nuestros triunfos en
Italia, ya las vagas y confusas narraciones de los descubrimientos que
hacia el Occidente hacían los castellanos de grandes y fértiles islas y
de un dilatado continente, habitado todo por tribus salvajes y decaídas
que no habían llegado o que habían retrocedido hasta el extremo de no
tener animales domésticos, de no ser pastores, de vivir en un estado de
humanidad más rudimentario que el de los pueblos errantes de Asia y de
África, ya las expediciones, victorias y conquistas de Portugal en la
India, que renovaban o eclipsaban las glorias fabulosas del Dios
Ditirambo y las hazañas y empresas reales del Macedón Alejandro y que
obscurecían las leyendas de los siglos medios, todo entusiasmaba y
solevantaba a Fray Miguel de Zuheros; pero lo que más le seducía, lo que
ejercía fascinador influjo en su ánimo y le atraía poderosamente, era el
éxito de los portugueses en la India.
Acostumbrado Fray Miguel a disimular sus emociones, a no confiarse a
nadie y a no desahogar confesándolo lo que tenía en su pecho, no
mostraba en lo exterior ni para cuantos le rodeaban alteración ni
cambio.
Como además fijaba poco la atención y todos le tenían por persona menos
notable de lo que era, nadie advertía el cambio imperceptible y lento
que en él se había realizado. Fray Miguel estaba más retraído y
silencioso que nunca. De sus labios no brotaban sino las indispensables
palabras que la necesidad o la cortesía nos obligan a pronunciar en la
vida diaria, y no sonaba su voz en más largos discursos que los de las
devotas oraciones que rezaba en el coro.
-III-
En contraposición a la insignificancia y obscuridad de Fray Miguel,
había en el mismo convento otro fraile cuya fama y alta reputación de
sabio se extendían por toda la Península y aun trascendían a Italia y a
otras naciones. Se llamaba este fraile el Padre Ambrosio de Utrera. No
había disciplina ni facultad en que no se le proclamase maestro. Era
gran humanista, diestro y sutil en las controversias, teólogo y
jurisconsulto, y muy versado en el estudio de los seres que componen el
mundo visible. Se suponía que de magia natural, astrología y alquimia
sabía cuanto podía saberse en su tiempo, y que él además, a fuerza de
estudios, meditaciones y experiencias, había descubierto grandes
misterios y secretas propiedades y leyes de las cosas creadas, de lo
cual revelaba algo a sus contemporáneos y ocultaba mucho, por considerar
que el humano linaje no alcanzaba aún la madurez y la capacidad,
convenientes para que pudiera confiársele sin profanación o sin
gravísimo peligro la llave de aquellos temerosos arcanos, de los que sin
embargo, se valía él para aliviar muchos males, corregir muchos vicios y
mejorar la condición y la suerte de sus semejantes, los demás hombres.
El Padre Ambrosio había ido por orden superior y en misión secreta a
Roma.
No importa a nuestra historia, ni sabríamos declarar aquí, aunque
importase, cuál había sido el objeto de la misión del Padre Ambrosio.
Baste saber que estuvo siete años en Roma, bajo el pontificado de León
X, y que volvió a su convento de Sevilla el año de 1521 en que va a
empezar la historia que aquí referimos.
A pesar de su grande autoridad como hombre de ciencia y a pesar de la
austeridad de sus costumbres, el Padre Ambrosio era benigno y afable con
todos los hombres y más aún con los desatendidos y desdeñados.
De aquí que Fray Miguel de Zuheros, si de alguien había recibido
muestras de cariñosa simpatía, había sido del Padre Ambrosio, y si algo
los interiores tormentos de su espíritu había revelado a alguna persona,
esta persona había sido el mencionado Padre.
Durante su ausencia, pues, Fray Miguel había vivido más aislado y mudo
que nunca.
Con frecuencia, en las horas de recreo y solaz que en el convento había,
cuando ni los Padres ni los novicios estudiaban, meditaban o rezaban, en
el extremo de la huerta donde había árboles de sombra y asientos de
piedra, el Padre Ambrosio se sentaba rodeado de muchas personas que
componían un atento auditorio, y con fácil palabra les relataba lo que
llamaríamos hoy sus impresiones de viaje.
Describía el Padre elocuentemente las magnificencias de la Ciudad
Eterna: sus palacios, sus templos y sus majestuosas ruinas.
El Padre Ambrosio no consideraba sin embargo a Roma como
ciudad-relicario, museo de antigüedades, residuo maravilloso pero inerte
de poderío y grandeza jamás igualados antes ni después en la historia.
Roma para él había sido siempre, y entonces era más que nunca, porque
volvía deslumbrado y hechizado por el esplendor, la elegancia y el lujo
de la corte de León X, Roma era para él en realidad la Ciudad Eterna, la
reina de las ciudades, la capital del mundo. El pensamiento
profundamente católico y español del Padre Ambrosio, si no auguraba, si
no se atrevía a profetizar una monarquía universal, la creía posible y
hasta probable y creía ver en el giro de los sucesos y en el
desenvolvimiento que iban tomando las cosas humanas, que todo se
encaminaba la formación de tan gloriosa monarquía, si monarquía podía
llamarse, y no debía darse otro nombre a lo que imaginaba el Padre. Él
imaginaba que el sucesor de San Pedro, vicario de Cristo y cabeza
visible de la iglesia, había de ser y era menester que fuese el Soberano
que dominase sobre toda la tierra y gobernase y dirigiese al humano
linaje como único pastor a una sola grey. Pero el Padre Santo era
principal ministro de un Dios de paz; en vez de cetro y espada tenía
cayado. No eran sus armas visibles ni capaces de herir el cuerpo sino
los espíritus: sus armas eran la bendición y el anatema. Determinando
mejor su concepto, el Padre Ambrosio miraba todos los territorios, donde
se había plantado la Cruz redentora, como redil amplio, gobernado por el
sucesor del príncipe de los apóstoles, pero gobernado por la persuasión
y por la dulzura y realizando la paz perpetua. Antes sin embargo de
llegar a término tan deseado, era menester el empleo de la fuerza
material para traer a Cristo las cosas todas, para impeler a entrar en
el aprisco a las ovejas descarriadas, y para combatir, matar o domar a
los leones bravos y a los hambrientos lobos que amenazaban el rebaño y
que no le dejaban vivir y pacer tranquilo. El Padre Santo, pues, a pesar
de su inmenso poder espiritual, necesitaba aún, y así estaba prescrito y
decretado en el plan divino de la historia, un poderoso y enérgico brazo
secular que le ayudase en su empresa, que le valiese para la
pacificación de la tierra toda y para lograr que Roma, al cabo,
transfigurada y purificada, en nada se pareciese a la antigua Babilonia,
sino a la Jerusalem refulgente, que el Águila de Patmos vio descender
del cielo, ricamente ataviada con admirables joyas y con la vestidura
nupcial y con las regias galas de la esposa de Cristo. Para el Padre
Ambrosio, en suma, el Padre Santo, en nuestra Ley de Gracia, y en la
nueva Era, en cuyo principio creía él vivir, parecía permanente y más
dichoso Moisés, que no había de ver la tierra prometida desde lo alto
del monte Nebo y allá a lo lejos, sino que había de entrar en ella y
dominarla para bien de todo nuestro linaje. A este fin, el Moisés
permanente pedía al cielo un Josué activo y belicoso, cuya espada
desbaratase y rompiese las huestes enemigas y al son de cuyos clarines
cayesen derribados con espantoso fragor los muros de las fortalezas
infieles, cuya poderosa hacha de armas quebrase y derribase todos los
ídolos y cuyo brazo infatigable acabase por plantar la Cruz del Redentor
en todas las latitudes y en todas las alturas, haciendo que las gentes
fieras y las más remotas y bárbaras naciones, desconocidas antes,
cayesen ante ella postradas de hinojos.
Este brazo secular, este permanente Josué con que el Padre Ambrosio
soñaba, era el pueblo español y era su soberano: flamante pueblo de Dios
y nuevo e inmortal caudillo que la providencia suscitaría a fin de que
se cumpliesen sus altos designios, de todo lo cual la lozanía juvenil de
todo Portugal, Aragón y Castilla era como signo precursor, era como
primavera riquísima en flores, que alegraban el corazón y ya le daban en
esperanza segura el venturoso y sazonado fruto.
Tales eran en cifra los ensueños y las ideas con que a su vuelta de Roma
trajo el Padre Ambrosio embargado el espíritu.
-IV-
En su trato y relaciones, así con la gente seglar y profana como con la
mayoría de sus hermanos los religiosos, el Padre Ambrosio de Utrera, si
bien mostraba, sin vanidosa ostentación y cuando convenía, la ciencia
teológica que con sus estudios había adquirido y que atesoraba su
inteligencia, todavía guardaba, en lo más hondo y arcano de su mente,
cierta filosofía oculta que la prudencia, y tal vez compromisos y
deberes de secta, le prescribían no revelar por completo a nadie. Algo
sólo podía comunicar a los adeptos e iniciados, según los grados de la
iniciación que tuviesen y según las pruebas que hubiesen hecho.
Con dificultad hallaba y reconocía el Padre Ambrosio en las personas con
quien trataba las prendas y requisitos necesarios para la iniciación.
En el convento sólo había tres frailes con los cuales el Padre Ambrosio
se entendía, uniéndolos a él por virtud de misterioso lazo y haciéndolos
participantes con profundo sigilo de sus doctrinas esotéricas, no del
todo ni por igual, sino a cada uno según la aptitud y el vigor de
entendimiento y de voluntad que en él reconocía.
No se presuma, con todo, que el Padre Ambrosio imaginase que su saber
oculto se oponía en lo más mínimo a las ortodoxas afirmaciones en que
por fe creía y que forman la base de la religión de que era ministro y
sacerdote.
Sencillo y mero narrador de esta historia, no afirmaré ni negaré yo, que
hubiese o no hubiese error en el pensamiento del Padre Ambrosio. Sólo
diré lo que él pensaba, dejando que la responsabilidad sea suya. Verdad
incontrovertible era para él cuanto está contenido en las sagradas
escrituras, interpretadas recta y autorizadamente por los santos Padres,
por los concilios y por la cabeza visible de la Iglesia; pero, con
independencia de esta verdad, contra la cual nada podía prevalecer, veía
el Padre Ambrosio una amplia extensión, un inmenso y casi ilimitado
campo, por donde la inteligencia, la voluntad ansiosa de descubrir
misterios y hasta la fantasía creadora que forjando hipótesis tal vez
los explica y los aclara, podían volar libremente, sin ofender a Dios,
antes bien, ensalzándole y glorificándole hasta donde es capaz de ello
la pobre criatura humana.
Para el Padre Ambrosio la revelación era de varios modos y no acababa
nunca. Con frecuencia salían de su boca estas palabras que San Juan, en
su evangelio, pone en los labios de Cristo: _Aún tengo que deciros
muchas cosas; mas no las podéis llevar ahora_. Muchas cosas quedaban aún
por revelar. De algunas de ellas suponía el Padre Ambrosio que él tenía
conocimiento, pero este conocimiento era incomunicable, al menos para la
generalidad de los hombres, porque _ahora_, entonces, en el momento en
que el Padre Ambrosio hablaba y pensaba, _no las podían llevar_, esto
es, no podían comprenderlas.
Así fundaba el Padre Ambrosio su _ocultismo_ en un texto sagrado.
Y no por eso desconocía los peligros a que se hallaba expuesto,
penetrando con su espíritu por medio de hondas e inexploradas tinieblas
en busca de nuevas verdades.
Hasta por prudencia, hasta por caridad repugnaba que le siguieran en tan
peligroso camino los que no tuviesen valor probado y la serenidad y la
elevación de juicio convenientes para no extraviarse, y en vez de hallar
nueva luz caer en transcendentales errores como en profundísima sima.
En la mente del Padre Ambrosio había además otro motivo que justificaba
la no transmisión de mucha parte de su ciencia. La palabra alada no
podía llevarla materialmente y atravesando el aire desde un cerebro
humano a otro cerebro humano. No había frase, ni giro, ni idioma capaz
de expresar y de formular de modo sensible lo que el Padre suponía haber
aprendido o descubierto allá en las raíces y abismos de su mente cuando
tan hondo penetraba. A resurgir de allí su espíritu se figuraba que
volvía, no ya bañado, sino impregnado de luz vivísima, que sólo podía
pasar inmediatamente a otras almas y no mediatamente por los sentidos
corporales y groseros. Quien anhelase poseer aquella ciencia y el poder
que ejerce sobre la naturaleza quien la posee, no podía adquirirla por
la enseñanza oral o escrita de hombre alguno, sino descendiendo en su
busca hasta los abismos donde quien la traía consigo la había alcanzado.
En suma, el Padre Ambrosio podía enseñar, y enseñaba, toda aquella parte
más vulgar de su magia, que se fundaba en el conocimiento experimental
del organismo de los seres animados, de hierbas y de metales, de
linimentos y pociones; pero la potencia mágica de su alma, la fuerza que
había tomado el espíritu en la propia raíz de su ser y con la que
avasallaba las substancias materiales y dominaba la naturaleza, esto no
podía transmitirse. Ni por difusión ni por intensidad cabía en esto
adelanto o mejora en la serie de los siglos. Hermes sabía y podía más
que el Padre Ambrosio. En su ciencia intransmisible no había habido ni
podía haber habido progreso. El progreso, la difusión por enseñanza era
dable para los menos iniciados en no pequeño conjunto de noticias, de
secretos raros y de atinada averiguación de propiedades de los seres.
De los tres adeptos que el Padre Ambrosio tenía, el más adelantado era
el hermano Tiburcio, humilde lego, aunque señaladísimo y estimadísimo en
el convento por su ferviente piedad religiosa.
Esta piedad había hecho que en un principio mirase el hermano Tiburcio
con repugnancia y hasta con horror al Padre Ambrosio por la fama que con
vaguedad le acusaba de hechicero; mas vencida al cabo la repugnancia, la
doctrina del Padre Ambrosio penetró con ímpetu en el espíritu del
hermano Tiburcio, arrollando toda contradicción y produciendo allí
vivísima fe y devoto entusiasmo.
El mayor recelo del hermano Tiburcio se había disipado. Había pensado él
que la doctrina ortodoxa debía circundar y encerrar el espíritu como
fuerte muro flanqueado de eminentes torres; y temía que al salir de él
el espíritu orgulloso le derribase o al menos le quebrantase, apagando
los faros luminosos que en las torres resplandecían, y que el espíritu
entonces, perdido, sin guía y sin luz en las tinieblas, jamás volvería a
encontrar su santo refugio.
A esta objeción, había contestado el Padre Ambrosio valiéndose de un
símil semejante. Así había dominado el temor del hermano Tiburcio.
--Mi fe religiosa--le había dicho el Padre Ambrosio--es sin duda como
fortaleza inexpugnable, mas no para que yo me quede encerrado en ella
cobarde y ocioso, sino para que me valga como apoyo, y como centro de
mis más atrevidas excursiones y de mis conquistas más gloriosas por las
inmensas e ignoradas regiones, donde el pensamiento humano ha de erigir
un día su trono y ha de fundar su imperio. Sin duda con la fe y con el
amor ayudado de los dones sobrenaturales de la gracia, el alma puede
llegar hasta Dios mismo y unirse en cierto modo con él; pero mi ciencia
profana, sin contradecir la obra sobrenatural de las divinas virtudes,
tiene distinto objeto, que agrada también a Dios, aunque en muy inferior
grado. Yo no soy, ni merezco ser, un santo; pero ¿por qué no he de ser
un sabio, un conocedor de aquella magia, que sin ofender al cielo, sin
buscar el auxilio de genios o de ángeles réprobos y valiéndose sólo de
medios naturales, acierta a producir prodigios pasmosos? En esta ciencia
te iniciaré yo, porque te creo capaz de estudiarla y de alcanzarla. Y
bien puedes estar seguro de que esta mi ciencia profana no se opone ni a
la santidad ni a la pureza de la fe, ni a la perfección ascética y
mística a que puedas elevarte.
En suma, tantas y tales razones alegó el Padre Ambrosio, que el hermano
Tiburcio hubo de quedar convencido, convirtiéndose en su más apasionado
discípulo y en su más constante satélite.
De los otros dos iniciados que tenía el Padre Ambrosio, no se fiaba
tanto, aunque también les comunicaba algunos de sus menos hondos
secretos.
Para los demás frailes y para el resto del humano linaje no iniciado, el
Padre Ambrosio jamás hablaba de su ciencia oculta, pero discurría con
fácil elocuencia sobre todo cuanto del saber paladino o no oculto se
alcanzaba en su época, y trataba de viajes, de planes políticos y de
cuanto presumía que había de suceder en el mundo o que convenía que
sucediese.
Tales eran en cifra los ensueños y las ideas con que, a su vuelta de
Roma, trajo el Padre Ambrosio embargado el espíritu.
-V-
El Padre Ambrosio era inagotable en las descripciones y pinturas de
cuanto había visto en Roma y de los grandes sucesos que allí había
presenciado o que había allí comprendido mejor por encontrarse él en el
centro del mundo.
Cada día, en el extremo de la huerta, bajo los álamos frondosos, hacía
el Padre Ambrosio un largo discurso que frailes y novicios escuchaban en
religioso silencio. No siempre comprendía la mayoría del auditorio todo
cuanto el padre describía o contaba; pero, hasta lo menos comprendido
tenía un no sé qué de peregrino y poético que deleitaba y cautivaba la
atención.
Los discursos del Padre Ambrosio eran como una serie de lecciones en las
cuales instruía a sus oyentes y les mostraba el estado del mundo, en la
edad aquella, y contemplado todo desde el foco mismo de la civilización
cristiana. A veces pintaba el Padre el florecimiento de las artes, y
encomiaba las obras pasmosas de Leonardo de Vinci, de Rafael y de Miguel
Ángel, que venían a eclipsar las obras del arte antiguo, o a competir al
menos con las que resurgían y se extraían del seno de la tierra, en
donde habían estado sepultadas durante largos siglos de obscuridad y de
barbarie. Pugnaba el arte nuevo por imitar el antiguo, pero la misma no
vencida dificultad de la imitación daba ser a un arte distinto.
Algo semejante ocurría en ciencias y en letras humanas. Comentando,
explicando e interpretando los antiguos filósofos, como Platón y
Aristóteles, se formaba una nueva filosofía, se abrían esplendidos y
dilatados horizontes, y se descubrían caminos y términos con los que
Aristóteles y Platón jamás habían soñado. Como si la tierra de Italia
estuviese fecundada por un espíritu nuevo, hasta los prófugos de la
antigua Bizancio, que habían traído como penates la ciencia y las letras
de los antiguos, las transformaban, al transmitirlas y enseñarlas a los
italianos, en algo lleno de novedad, de vida y de sugestión poderosa.
Esos mismos prófugos, que sin dejar huella, mudos e inactivos, hubieran
acabado en el viejo imperio de Bizancio por disiparse como sombras y por
hundirse en el olvido, arrojados de su patria y en el nuevo suelo que
les daba hospitalidad, habían cobrado inesperada energía, y, difundiendo
su saber, cumplían alta misión civilizadora y dejaban en pos de ellos un
imperecedero y luminoso rastro. En la magnífica puerta de la edad
moderna, arco triunfal que daba entrada a una nueva Era, esos hombres,
escapados de las ruinas de un destrozado imperio y como exhumados y
vueltos a la vida, figuraban y resplandecían ahora entre los fundadores
de nueva y mayor civilización, entre los hierofantes de la ciencia del
porvenir. Bessarión, Láscaris, Teodoro Gaza, Juan Argirópulos,
Chrisóloras, Jemistio Pleton y no pocos otros fueron los iniciadores y
maestros del saber antiguo y como los paraninfos que procuraron y
concertaron las fecundas bodas del poderoso genio del renacimiento y de
la musa helénica.
En otros días pintaba el Padre Ambrosio el esplendor y la magnificencia
de la corte de León X, a quien rendían tributo todas las naciones y
prestaban respetuoso homenaje los más altos príncipes y poderosos
monarcas. Dábale esto ocasión para ensalzar al pueblo y a los soberanos
de España, que pasmosamente cumplían su misión de dilatar por el mundo
el imperio de la fe cristiana. Entusiasmado con esto el Padre Ambrosio,
pintó a los frailes la pompa triunfal con que Tristán de Acuña entró en
Roma. Tal vez desde los tiempos en que volvió el andaluz Trajano de
conquistar la Dacia, moviendo por última vez al dios Término para que
ensanchase el imperio de Roma, Roma no había presenciado espectáculo más
grandioso. Esta vez los nuevos romanos, los fuertes hijos de Lusitania,
habían llevado al dios Término más allá de donde le llevaron o soñaron
en llevarle Osiris, el hijo de Semele, y Alejandro de Macedonia. Le
habían llevado más allá del Indo y del Ganges. El tremendo conquistador
Alfonso de Alburquerque había recorrido victorioso los mares de Oriente
desde Aden hasta Borneo; había conquistado y destruido reinos, había
hecho tributarias o entrado a saco populosas y ricas ciudades desde
Ormuz, emporio de Persia, India y Arabia, hasta Malaca, en el extremo
sur de Siam. Para capital de los nuevos dominios portugueses había
tomado dos veces por asalto a Goa, en el vecino reino de Villapor,
realizando increíbles hazañas y cometiendo inauditas crueldades. Había
visitado a Ceilán, tierra encantada de las piedras preciosas, delicia
del mundo, patria de la canela y de las perlas. El apóstol Santiago,
montado en su caballo blanco, se aparecía en las más sangrientas
batallas de Alburquerque e iba matando moros. Cristo mismo, para dar
testimonio de la misión divina que a Alburquerque había confiado, le
mostró en el cielo una gran cruz luminosa, hacia el lado de Arabia,
convidándole y excitándole a conquistar a Aden, a ir luego a la Meca a
incendiar y destruir el templo de la Caaba, y a dirigirse por último a
Jerusalem para libertar el Santo Sepulcro. La muerte sorprendió a
Albuquerque en medio de estos últimos colosales proyectos; pero antes de
morir había realizado tan grandes cosas, que el rey D. Manuel, su
augusto y dichoso amo, se complació en darlas a conocer al Papa de un
modo digno y solemne, y para ello le envió como embajador a Tristán de
Acuña, quien había precedido a Albuquerque en el mando de la India y
bajo cuyas órdenes al principio Albuquerque había militado.
De esta gloriosa embajada portuguesa, que el Padre Ambrosio presenció
durante su permanencia en Roma, hizo el Padre a los frailes un
entusiasta relato.
-VI-
La fama, decía el Padre Ambrosio, había anunciado por toda Italia la
novedad singular de la Embajada portuguesa. Gran multitud de forasteros
de todas las repúblicas y principados de Italia acudieron a Roma.
Calles, plazas, balcones y azoteas estaban llenas de gente que se
apiñaba y empujaba para coger buen sitio y ver pasar la procesión desde
la puerta del pueblo hasta el punto en que León X debía recibirla. Era a
fines de Marzo: una hermosa mañana de la naciente primavera. Rompían la
marcha varios heraldos a caballo con los estandartes de Portugal.
Seguían luego, a caballo también, los trompeteros y los músicos tocando
clarines y chirimías. Trescientos palafreneros, vestidos de seda,
llevaban de la rienda otras tantas briosas y bellísimas alfanas,
ricamente enjaezadas con gualdrapas y paramentos de brocado y caireles
de oro. Iba en pos vistosa turba de pajes y de escuderos. Luego todos
los portugueses, eclesiásticos y seculares, que entonces residían en
Roma. Luego los parientes del Embajador, todos en caballos que
ostentaban ricos jaeces. Eran los jinetes más de sesenta hidalgos, que
lucían sedas y encajes, collares y cadenas de oro y de piedras
preciosas, y en los sombreros, cubiertos de perlas, airosas y blancas
plumas. Para mayor decoro y ostentación de la Embajada, marchaban
enseguida muchos empleados y gentiles hombres asistentes al solio
pontificio, y la guardia de honor de Su Santidad, compuesta de arqueros
suizos y de lanceros griegos y albaneses. Capitaneaba la segunda parte
de la procesión el caballerizo mayor del rey, Nicolás de Faría, quien
montaba un magnífico caballo con arreos cubiertos de oro y tachonados de
perlas.
Inmediatamente marchaban dos elefantes, en cuyas torres iban los
presentes que el rey don Manuel enviaba al Papa. Con fantásticos y
vistosos trajes, _naires_ de la India, montados en el cuello de aquellos
gigantescos cuadrúpedos, los iban dirigiendo. Después aparecía lo más
espantoso de aquella pompa. Montado en un soberbio alazán de Persia iba
un domador de Ormuz, que llevaba a las ancas, en el mismo caballo y casi
abrazado con él, un tigre domesticado. En carros, y encerrados en
jaulas, iban después leopardos y otras alimañas feroces que el rey don
Manuel regalaba al Papa, además de las joyas, de la canela, de la
pimienta, del clavo, de las armas y de los tejidos y bordados del
Oriente. La Embajada venía en pos de todo esto formando un conjunto
deslumbrador. Marchaba primero el ilustre poeta García de Resende,
recopilador del Cancionero que lleva su nombre, y Secretario de la
Embajada, y le seguían los reyes de armas de Portugal con sus lucientes
cotas y los maceros del Papa, que precedían al Embajador Tristán de
Acuña. Este, por la riqueza de su traje, por su gentil y noble presencia
y por la pujanza y hermosura del corcel en que cabalgaba, dejaba
eclipsados a todos los caballeros y personajes que iban en torno de él
formando comitiva; al Gobernador de Roma, al duque de Bari, a los
Obispos y a los Arzobispos y a los Embajadores de Alemania, Francia,
Castilla, Inglaterra, Polonia, Venecia, Milán y otros Estados.
Al ir desfilando esta procesión, la multitud entusiasta lanzaba sonoros
vivas y altos gritos de admiración y de aplauso, mientras que
estremecían el aire el estruendo de las salvas de artillería y el
repique de campanas de todas las iglesias de Roma.
El Padre Santo aguardó la Embajada y la vio venir desde el balcón
principal de la Mole Adriana o Castillo de Santángelo, donde se parecía
cercado de cardenales, príncipes y altos dignatarios. Los elefantes,
cuando estuvieron a la vista del Papa, metieron las trompas en unas
calderetas de oro, que para el caso iban preparadas y llenas de
exquisita agua de olor, y lanzaron luego el líquido que en las trompas
habían absorbido, perfumando a la muchedumbre.
Al referir todo esto, el Padre Ambrosio encumbraba el concepto que de
Portugal debía tenerse; pero, en su mente, era más alto aún el concepto
que Aragón y Castilla le merecían. El Papa Alejandro VI había repartido
y dividido el mundo entre las dos monarquías de la Península. Por lo
pronto, Portugal brillaba más, pero la empresa de Aragón y Castilla era
más sublime, gloriosa y difícil, y por lo mismo tardaba más en
realizarse. Ambos pueblos iban buscando la cuna de las primeras
civilizaciones; los orientales alcázares del Sol, donde le recibía en su
tálamo la Aurora; el imperio en que se cría la seda, y la tierra fértil
de las especias y de los aromas. Los portugueses habían llegado ya,
caminando hacia Oriente. Los castellanos, caminando hacia el Occidente,
ansiosos de circunnavegar el planeta, habían hallado un imprevisto
obstáculo, un valladar inmenso, un continente extensísimo que se
dilataba millares de leguas, casi desde un polo a otro, y que les
cerraba el camino de Cipango, del Catay y de la India. El mundo
resultaba mucho mayor de lo que se habían imaginado. En la realidad, o
más bien en el concepto de los hombres, era ya más que doble. Colón,
creyendo hallar la India y la China, había hallado un nuevo mundo. A los
castellanos incumbía civilizarle, erigir en él la cruz de Cristo,
edificar en él templos y palacios y fundar en él ciudades y repúblicas.
La tarea era más ardua, aunque al principio menos lucida. Todo ello, no
obstante, no se oponía, y ya el Padre Ambrosio lo pronosticaba, a que,
salvado el valladar del enorme continente nuevo, surcasen las quillas
castellanas más largos y desconocidos mares, diesen la vuelta al mundo y
encontrasen, caminando siempre hacia el ocaso, a los portugueses en el
extremo Oriente victorioso.
Agitado por inspiración profética, el Padre Ambrosio predecía ya como
muy cercano, como muy próximo a realizarse este glorioso acontecimiento,
el mayor y el más trascendente de la historia humana después de la
tempestuosa proclamación de la Ley antigua en la cumbre del Sinaí, y
después del tremendo drama del Calvario que redimió a los hombres, y que
con sangre divina lavó sus pecados y confirmó la Ley nueva.
-VII-
Con mayor atención que nadie, y con avidez reconcentrada y silenciosa,
oía Fray Miguel todos los discursos del Padre Ambrosio, y su alma ardía
cada vez más en el fuego de dos violentas pasiones. Una de ellas, el
orgullo de nación y de casta, plenamente satisfecho, ensanchaba su
corazón y tal vez le hacía latir, brioso y alegre, como allá en los años
de su juventud primera. La otra pasión era de envidia, de creciente
abatimiento, de rabia y de menosprecio de sí mismo, al considerar su
obscura insignificancia, y sus ocios viles y abyectos, durante mis de
cuarenta años, en los cuales se había renovado el mundo, se había
revelado y más que duplicado a los ojos de las asombradas naciones
europeas, y España había surgido entre ellas y se había levantado por
cima de ellas, triunfante, cubierta de laureles, abriendo ancha entrada
y largo camino a un porvenir de mayores glorias y conquistas. Este
segundo sentimiento predominaba en el alma de Fray Miguel y le ponía más
tétrico y silencioso. Ninguno de los frailes, sus compañeros, notaba ni
por indicios el tormento infernal que desgarraba el corazón del
ambicioso Fray Miguel, y que para un observador perspicaz y que sintiese
por él algún afecto, se vislumbraba en su pálido y demacrado rostro, en
las muecas nerviosas y como de réprobo que involuntariamente hacía de
vez en cuando, y en el brillo calenturiento de sus hundidos negros ojos,
a los cuales, así como a la despejada y blanca frente, daba casi siempre
sombra la capucha.
El Padre Ambrosio fue el único que entrevió el tempestuoso estado del
ánimo de Fray Miguel y la ambición y la envidia que le devoraban y que
el propio Padre Ambrosio, al principio irreflexiva e involuntariamente,
había con sus discursos solevantado y exacerbado.
El Padre Ambrosio tuvo compasión de Fray Miguel: pensó en consolarle y
hasta en curarle y anheló en esta obra de misericordia desplegar todos
los poderes que su ciencia oculta le había dado y acudir a los
misteriosos recursos de la magia, de la alquimia y de otras artes
adquiridas por él a fuerza de estudios y de largas vigilias.
El Padre Ambrosio jamás había ejercido ni querido ejercer cargo en el
convento. Hubiera podido ser guardián, pero era sencillamente un fraile
como otro cualquiera. Su extraordinaria reputación inspiraba, no
obstante, el respeto más profundo. Y más que el Padre guardián por su
dignidad y oficio, se hacía él respetar, obedecer y temer por las
singulares prendas de su carácter, por su inteligencia, por su saber y
por los poderes sobrenaturales que se le atribuían.
Movido a compasión como ya hemos dicho, y excitado también por la
curiosidad y el empeño de penetrar en el fondo obscuro de un corazón
humano cuya profundidad vislumbraba, el Padre Ambrosio, después de uno
de los discursos que solía pronunciar bajo los álamos, citó a Fray
Miguel para que fuese a hablar con él en su celda.
--Tengo--le dijo--no pocas cosas que confiarle y muchas más que
preguntarle a las que quiero que en puridad me responda, sin reserva ni
disimulo.
Fray Miguel acudió a la cita a altas horas de la noche, entre completas
y maitines.
El Padre Ambrosio aguardaba en su celda. Sobre la mesa de nogal ardía
una lámpara que iluminaba el rostro del Padre Ambrosio. Era el Padre más
anciano que Fray Miguel. Su frente calva y su barba luenga y blanquísima
le daban muy venerable aspecto. Sobre la mesa, además de la lámpara,
había recado de escribir, un crucifijo de metal sobre una cruz de ébano,
varios libros manuscritos e impresos y una calavera.
Cuando entró Fray Miguel, el Padre Ambrosio le indicó para que se
sentase un sillón de brazos, al otro lado de la mesa y enfrente al que
él ocupaba.
Sentado Fray Miguel y en silencio, el Padre Ambrosio habló de esta
suerte:
--Hermano, mi vista, que penetra y escudriña los corazones, ha penetrado
en el tuyo y ha visto que está lleno de ambición, de codicia, de sed de
deleites, honores y poder, y de desesperación, porque en tu mocedad no
pudiste alcanzarlos, y hoy, abrumado por la vejez, no te queda ni la más
leve esperanza. Por despecho, hace ya más de cuarenta años, abandonaste
el mundo y la vida activa, creyéndote capaz de la vida contemplativa y
mística. Mas por el pensamiento eres menos capaz de elevarte que por la
acción, y ahora, al ver cuánto han conseguido por la acción los hombres
de tu edad y de tu pueblo, aunque como español te enorgulleces, te
acibaran el patriótico orgullo y te roen las entrañas la envidia de esos
hombres y la contemplación de la obscura y estéril inercia en que tú has
vivido. Si yo creyese que se aproximaba la plenitud de los tiempos y que
el linaje humano en las vías que sigue, trazado por el mismo Dios, se
hallaba cerca del término que deseo y que considero infalible, yo
condenaría esas pasiones que te agitan y te atormentan. Pero como hay
mucho que combatir y muchos obstáculos que vencer todavía, tal vez
durante siglos, yo aplaudo los poderosos estímulos que en ti hay, y
aunque renacidos tan tarde y tan fuera de sazón, no quiero sofocarlos,
sino darles pábulo y hasta satisfacción en cuanto esté a mi alcance,
valiéndome para ello de mi ciencia portentosa. Yo, al contrario que tú,
he desdeñado siempre la acción material; en vez de dominar el mundo, me
he satisfecho con contemplarle, pero al contemplarle, le he comprendido,
y comprendiéndole, me he enseñoreado de él con poder más amplio y más
hondo y seguro que el de los más poderosos soberanos. Ellos además no
dominan sino lo presente; el término de su vida ha de ser el término de
su imperio. Yo hasta cierto punto domino también en el porvenir. Mi
dominio es de dos modos: uno por el conocer; en los casos humanos hay
una parte que indefectiblemente se cumple en virtud de leyes eternas y
de plan divino. La marcha de los sucesos es como el curso de los astros:
no hay potencia humana que los desvíe de la senda que tienen trazada
desde la eternidad, en el tiempo y en el espacio, en la tierra y en el
cielo. Pero al comprender yo la ley que siguen, mi inteligencia se
enseñorea de la ley como si la impusiera, porque mi voluntad coincide en
tan elevado punto con la inteligencia y con ella se identifica. Dentro
de esta ley, dentro de la amplia senda que siguen los sucesos, se mueve
con holgura el libre albedrío del hombre, y caben determinaciones y
hechos, que nosotros podemos modificar o producir.
En esta parte secundaria puedo yo valerte. Acudiré a una comparación a
fin de que mejor lo entiendas. Figúrate que la historia de nuestro
linaje es como drama maravilloso, compuesto por un divino poeta, el cual
ni consiente ni puede consentir que se altere, ni se cambie ni una
sílaba, ni un tilde de lo que ha compuesto. El drama ha de representarse
sin modificación, sin supresión y sin añadidura: tal como lo escribió el
poeta: pero tal vez el sabio empresario, tal vez el director de escena
pueda repartir a su gusto los papeles. La sabiduría eterna, que todo lo
prevé, previó también esta repartición, pero no la dispuso. Dejó que la
libertad humana la dispusiera. Ahora bien, yo creo, o mejor dicho, yo
doy por seguro que, en virtud de mi ciencia y por los poderes que mi
ciencia me otorga, puedo conceder o dar un papel brillante a quien mejor
me parezca, aunque no ciegamente, sino después de ciertas pruebas y
examen que justifiquen mi elección y que me demuestren a las claras ser
digno de ella el elegido. Las pruebas son terribles. ¿Querrás tú, podrás
tú someterte a esas pruebas?
En el rostro de Fray Miguel, al escuchar con atención el anterior
discurso, se pintaban muy diversos sentimientos que ya se sucedían, ya
coexistían, combatiendo unos contra otros por la posesión de su alma.
Interrogado por el Padre Ambrosio, le contestó de esta manera:
--Me deleita y me pasma lo que dices, pero he de confesarte que entiendo
algo de ello de un modo confuso, que hay algo que no entiendo de ningún
modo, y que sin dudar de tu buena fe, dudo del poder de tu ciencia y
recelo que el amor propio te lleve a dilatar fantásticamente sus límites
mucho más allá de donde en realidad llega su imperio. No negaré yo que
tú has leído en mi alma como en un libro abierto y sabes cuanto en ella
hay. No admiro, sin embargo, tu penetración. Antes de que años ha te
fueses a Roma, ganaste mi confianza y lograste que te descubriera yo
entonces parte de las pasiones que me agitaban. No lo has olvidado.
Después ha sido fácil y es poco pasmoso, aunque yo nada te he dicho, que
hayas adivinado que mi mal, en vez de remediarse, ha ido en aumento. De
lo que yo dudo ahora es de que esté en tu mano dar a mi mal remedio. Ni
mi mal le tiene ni tú se le buscas ya por medio de la religión. Lo
repugna mi espíritu cada vez más pervertido y agriado. Cuando abandoné
el siglo y el mundo y vine a refugiarme en el claustro, me impulsaban y
halagaban ambiciosas esperanzas que también al fin se han desvanecido.
En la tierra no había logrado yo, o por caprichos de la adversa fortuna,
o por mengua de mi entendimiento, o de mi voluntad, elevarme entre los
demás hombres por fama, poder o riqueza, pero confiaba en que con las
energías de mi anhelo podría yo conquistar el reino de Dios y alcanzar
en él bienes superiores a todo el poder que en la tierra despliegan los
hombres, a toda la riqueza de que gozan y a toda la fama y crédito que
conceden. En el día de hoy estoy ya desesperado. Reconozco que todo fue
vana ilusión de mi orgullo. Ignoro si es culpa mía o de mis hados
adversos. Bien puede ser que mi entendimiento carezca de alas para
elevarse a ciertas alturas, que no haya impulso en él para penetrar en
el abismo de lo sobrenatural, ni que mi alma acierte a hundirse en él
valerosamente por un arranque de abnegación y por la irresistible fuerza
del amor divino. Ello es que yo, y perdóneme Dios el concepto grosero
que formo de su reino, ello es, repito, que aun suponiendo que,
acrisolado y purificado por mil tormentos, que hacen un purgatorio de mi
vida, logre entrar en el cielo, haré en él tan insignificante, vil y
desairado papel como el que en la tierra he hecho. ¿Qué seré yo al lado
de los santos gloriosos, de los heroicos mártires, de los que asombraron
al mundo con sus penitencias, de los que difundieron por cuantos son sus
climas y, regiones la hermosa doctrina del Cordero inmaculado? En el
cielo, pues, será delirio de mi imaginación perversa, pero aun cuando yo
me ponga, me pongo entre la más baja plebe. Y mi envidia, y mis celos, y
mi rabia, en intensidad y en duración, toman las colosales proporciones
de la vida eterna, y me burlan y me convierten el cielo en infierno. A
extremo tan horrible ha venido a parar mi fe religiosa, que hasta
imaginándome salvado, soy precito. Mi ser íntimo está formado de suerte,
que nunca en mi sentir, ni en otra vida mejor, como nunca no atine yo a
ganarlas en esta, podrá hallar satisfacción, paz y ventura. El desengaño
amargo, el conocimiento de mi impotencia, el recuerdo ponzoñoso de mis
derrotas, subirán conmigo a la gloria, aunque yo suba a la gloria, y me
la trocarán en espantoso infierno. Sí, Padre, el infierno está en mi
alma; en lo más profundo de ella he querido esconderle, pero no he
podido engañar a Dios; Dios lo ha visto y no me llevará a su cielo
cuando el infierno está en mí. Yo me explico la abnegación, yo me siento
capaz de todo sacrificio, yo desdeñaría honras, poder y deleites, y lo
dejaría todo, y haría vida penitente y me abrasaría entonces en amor
divino; pero necesito antes tener esas honras, alcanzar ese poder, tener
en mi mano cuantos deleites y venturas hay en la tierra, para poder
luego desdeñarlos y sacrificarlos. Pero no teniéndolos ¿qué desdeño ni
qué sacrifico? Yo me he metido fraile creyendo que no servía sino para
fraile. Luego he descubierto con horror y asco de mí mismo que ni para
fraile sirvo. Ahora quisiera yo desgarrar y tirar mis hábitos, volver al
mundo y acometer y llevar a cabo empresas tales que justificasen mi
ambición, que la justificasen a mis propios ojos y que anonadasen el
desprecio con que a mí mismo me miro y con que al mirame me mato, pero
con muerte que no tiene fin y cuya horrible eternidad está en mi
conciencia.
--Singular extravío de tu espíritu--interpuso con calma el Padre
Ambrosio--fue el que te trajo al claustro, confundiendo y tomando el
despecho por verdadera y santa vocación. Pero tú eres tan valiente como
ambicioso, si nada te asusta ni te arredra, yo podré, no remediar tu
mal, pero ponerte en situación de que tú mismo le remedies, de que
satisfagas tus ambiciosos propósitos, de que apartes de ti la duda que
puedes o de que no puedes, y de que realices los esfuerzos de tu
voluntad, haciéndolos fecundos. Mi ciencia, por ti, puede hacer un
milagro. Te advierto, no obstante, que no puede hacerle ni le hará mi
ciencia sin tu auxilio. En la producción del milagro, por tanto o por
más que mi ciencia han de entrar y han de ser parte tu fe, tu plena
confianza en mí, tu firme decisión y tu brío. He de poner a prueba tu
valor. Veremos si desfalleces.
-VIII-
El Padre Ambrosio, en pago de la confianza que a Fray Miguel infundía,
quiso mostrarse no menos confiado.
--Yo no puedo revelarte--le dijo--mi oculto saber. Se oponen a ello por
sentencia unánime los iniciados y maestros. En el estado que hoy tiene
la sociedad humana, divulgar mis secretos sería causa de una
perturbación espantosa. El gran Raimundo Lulio amenaza con la
condenación eterna a quien los divulgue. La doctrina debe permanecer
oculta y sólo transmitirse entre los iniciados por medio de misteriosos
símbolos y para el vulgo indescifrables figuras. La llave del tesoro ha
de confiarse sólo a quien sea capaz de custodiarla. La ciencia no es un
sueño vano. Todo está escrito desde hace más de sesenta siglos, pero son
pocos, muy pocos los que entienden lo escrito y lo interpretan. Hermes,
tres veces grande, con un buril de diamante hecho ascua grabó todo lo
sustancial de la ciencia en una lámina de esmeralda y dejó escondida la
lámina en la mayor de las pirámides de Egipto, en recóndito y estrecho
aposento, a donde no podía llegarse sino por un revuelto e inextricable
laberinto, o bien por la violencia de un héroe conquistador de
sobrehumanas facultades. Alejandro de Macedonia halló la lámina de
esmeraldas, pero no la comprendió. Ni Aristóteles ni ninguno de los
sabios que después ha habido, la han interpretado y comentado como se
debe. Yo me lisonjeo de entender todo su sentido, pero no quiero ni
puedo explicártele ni me entenderías aunque te le explicase. El que le
entiende, la lámina misma lo declara, tendrá toda la gloria del mundo y
de en torno suyo se apartarán las tinieblas. Yo no puedo darte la
ciencia. La ciencia que poseo es intransmisible, pero puedo y quiero
darte los bienes que de la ciencia dimanan, que yo desdeño porque soy
superior a ellos, pero que sujeto a mis órdenes. Sígueme si tienes
valor; sube conmigo a mi laboratorio y allí verás cómo se agitan los
misteriosos poderes y cómo las energías ocultas realizan
transformaciones y van más allá, y trasmutan las sustancias, y de lo
sólido y duro sacan el oro, y en lo aéreo y difuso hallan el movimiento
y la fuerza y los medios de renovar y de reconstituir la vida. Si tienes
valor, si presencias sin temblar y sin desmayarte mis tremendas
operaciones y te sometes a ellas, yo te prometo que te devolveré el
vigor de la mocedad y los medios de ponerte a prueba por segunda vez, y
sin perder tiempo ver de un modo definitivo si vales o no vales.
Dicho esto, el Padre Ambrosio, tomando en la mano la lámpara que ardía
sobre la mesa y sirviendo de guía, hizo entrar a Fray Miguel en la
mezquina alcoba donde tenía su cama. Allí había en el ángulo formado por
las paredes del fondo y lado derecho una estrechísima escalera de
caracol, por donde ambos frailes subieron más de treinta escalones. Al
extremo de ellos había una compuerta que el Padre Ambrosio levantó con
facilidad. Ambos se encontraron entonces en un espacioso camaranchón,
lleno de extraños objetos que provocaron la admiración y el asombro y
despertaron la curiosidad de Fray Miguel de Zuheros. En varios anaqueles
multitud de vasijas de barro, ampolletas de vidrio, redomas y pomos, que
contenían sin duda extrañas drogas; arrimados a la pared o suspendidos
de ella dos esqueletos humanos y pájaros y reptiles disecados; en
diversos poyos, en mesas, en hornillas y en anafes, retortas, embudos y
vasos de metal y de arcilla; en la gran chimenea de campana, que estaba
en la pared opuesta al sitio por donde habían entrado, ardía un poco de
leña en medio de rescoldo y ceniza. En el centro de la estancia una
lámpara de bronce, pendiente del techo por una cadena, derramaba luz más
viva, clara e intensa que la producida por la combustión de la cera y
del aceite. Casi debajo de la lámpara había un atril y en el atril un
gran libro manuscrito en pergamino. El Padre Ambrosio se acercó al libro
y dijo:
--Esta es la Alegoría de Merlín.
Luego leyó, extractando e interpretando en nuestra lengua vernácula el
contenido de las páginas por donde el libro estaba abierto:
«Él quiso beber del agua que le agradaba. Se la trajeron y bebió. Se
puso muy pálido. Sintió grandes dolores como si le arrancasen con
tenazas pedazos de su cuerpo. Invadieron su ser la pesadez y la fatiga.
Cayó por último en profundo letargo. Ha muerto, decía la gente. El
médico que le dio el agua le ha envenenado. Menester será enterrarle o
quemarle antes de que se pudra e inficione toda la tierra. Pero el sabio
médico no consintió que le enterrasen. Le puso en una caja de hierro en
forma de cruz, ungiéndole antes con raros linimentos y olorosos
bálsamos. Cercó de fuego y de llamas el féretro metálico, y pronto, muy
pronto volvió a la vida el que parecía muerto, y volvió tan lleno de
hermosura y de fuerza, que todos le amaban y los reyes y los poderosos
de cuantas naciones hay en el mundo le honraban y le temían».
El Padre Ambrosio cerró entonces el libro y continuó hablando de esta
suerte:
--Algo semejante al procedimiento alegórico del sabio puedo yo hacer
contigo. De tu confianza en mí y de tu valor depende el logro de tu
deseo. Un extracto, una quinta esencia de la piedra filosofal es
ardiente líquido que puede y debe dar, ya que no la inmortalidad,
juventud, fuerza y plena duración de vida. Si te sometes, me atrevo a
hacer en ti la peligrosa experiencia. Hay quien afirma que mi maestro
Lulio consiguió remozarse, que Alán de la Isla vivió cerca de dos
siglos, que Nicolás Flamel vivió cuatro, y que frisó en la edad de mil
años el sabio Artefio. Algo de esto entiendo yo que podré hacer contigo
si tú te prestas y si Dios me ayuda.
Fray Miguel de Zuheros permaneció en silencio por no saber qué
contestar, lleno de dudas y recelos. Era naturalmente incrédulo y
desconfiado, y su corta ventura y los muchos y tristes años que había
vivido, habían arraigado en su alma y acrecentado más cada día la
incredulidad y la desconfianza. Ora dudaba del saber del Padre Ambrosio
atribuyendo a jactancia sus ofrecimientos, ora recelaba de un modo
confuso que el Padre Ambrosio intentaba hacerle juguete de una burla
cruel para reprimir y humillar su ambición impotente e inveterada.
Notando el Padre Ambrosio que la vacilación, que el recelo causaba el
silencio de Fray Miguel, habló de nuevo y dijo:
--Te callas y vacilas y no lo extraño ni lo censuro. Para que yo haga
contigo lo que puedo hacer, se necesita que te fíes de mí por completo,
que me rindas todas las potencias de tu alma, que seas entre mis manos,
mientras duren mis operaciones mágicas, como masa inerte, sin voluntad,
sin entendimiento y sin sentido. No bastaría que yo por fuerza o por
astucia te despojase de todo. Se requiere que tú mismo te despojes y te
sometas a mi poder con abnegación sin límites. Y no quiero ni exijo yo
que esto sea de repente y como por sorpresa. Te concedo tres días para
que lo pienses y lo decidas. Al cabo de ellos, ven por aquí, a la misma
hora en que has venido esta noche, a decirme la determinación que hayas
tomado. Ahora vete a tu celda.
Respondiendo sólo con una profunda inclinación de cabeza, obedeció Fray
Miguel; bajó del camaranchón antes que el Padre Ambrosio, y
despidiéndose de él atravesó los oscuros claustros, levemente iluminados
por la luz de las estrellas y por una lamparilla que ardía ante un
crucifijo pendiente del muro, y se retiró a su celda, todo conmovido por
los mil encontrados pensamientos, deseos y temores que combatían por la
posesión de su alma.
-IX-
Desde que se retiró a su celda Fray Miguel de Zuheros, hasta que pasaron
los tres días y se cumplió el plazo señalado por el Padre Ambrosio, la
agitación del ánimo de Fray Miguel fue grandísima y apenas le dejó pocos
instantes de reposo. Su sueño fue breve y lleno de extrañas visiones. La
destemplanza de su sangre y la excitación de sus nervios ya le hacían
tiritar con intenso frío, ya sofocarse hasta sudar con el calor de la
calentura. Motivo y no pretexto tuvo para no asistir por enfermo ni al
coro ni al refectorio. Acudió, no obstante, aunque sin comer apenas y
casi sin desplegar los labios sino para murmurar sus rezos.
Fray Miguel no habló con nadie, pero habló mucho consigo mismo, en
aquella conversación interior y profunda, cuyas palabras y frases no es
menester que suenen o en la que tal vez se dice y se representa todo de
un modo más directo y más vivo, sin acudir a los signos arbitrarios de
las frases y de las palabras.
Punto menos que imposible, es reproducir aquí lo que Fray Miguel pensó y
se dijo. En todo discurso, si se enuncia por el lenguaje humano, las
imágenes, las pasiones y los pensamientos van tomando forma,
sucediéndose y mostrándose con cierto orden y gradación, unos en pos de
otros. En Fray Miguel no era así: en silencio exterior estaba él, sin
voz y sin acento que pudiesen percibir los sentidos; pero allá en los
abismos de su alma se levantaba tempestad espantosa. Recuerdos,
esperanzas, dudas y desengaños, todo acudía en tumulto y asaltaba y
atormentaba su mente. Fray Miguel por involuntario impulso hacía un raro
examen de conciencia. El bien y el mal de cuanto había hecho se le
aparecían como presente y no como desvanecido y pasado, y al mismo
tiempo hacían irrupción en su espíritu, en tropel contradictorio y
confuso, triunfos y derrotas, crímenes y virtudes, gloria y oprobio y
mil portentosos lances y sucesos, que flotaban sin encadenamiento que
los ligase, en un porvenir nebuloso.
Arduo sería penetrar en el espíritu de Fray Miguel y descubrir cuanto en
aquel momento le agitaba; pero aún es arduo el empeño de distinguir lo
que bullía en aquel caos y darlo a conocer por medio de la palabra
escrita. Haré, no obstante, un esfuerzo, a fin de que se sepa algo de lo
que entonces Fray Miguel sentía y pensaba. Lo que en su mente era
simultáneo no podrá menos de sucederse en el soliloquio, pero lo que él
interiormente se hablaba, carecía de conclusión y de principio y se
manifestaba todo a la vez.
Desesperado de lograr en el mundo la fortuna que buscaba, Fray Miguel a
los treinta y cinco años de su edad se había refugiado en el claustro.
Su última derrota había sido en la batalla de Toro, donde militó en
defensa de doña Juana, en las huestes portuguesas.
Ya en el claustro, pensó que la paz le bastaría. Se propuso no aspirar
sino a la paz, pero conoció pronto que la paz no le bastaba. Su ambición
y su codicia de riquezas, bienes, poder y deleites materiales, le
alejaron del mundo, mas no para hundirse y perecer, sino para buscar su
satisfacción más allá del mundo: en algo tan sublime y tan luminoso que
todas las excelsitudes y resplandores del mundo fuesen, en su
comparación, ruindad, misericordia y sombra. En la fertilidad y verdura
de los campos, en las umbrías solitarias, durante las horas meridianas,
cuando vierte el sol a torrentes sus rayos esplendorosos, en el augusto
silencio de la noche, en la amplitud del cielo lleno de estrellas, en el
movimiento y en la vida de los seres, en la yerbecilla que pisaban sus
pies, en la flor silvestre que deshojaban sus dedos y en el astro remoto
que sus ojos apenas distinguían, en lo más cercano y en lo más distante,
Fray Miguel buscó la clave del misterio, quiso hallar la cifra de un
nombre incomunicable, pugnó porque se le apareciese y se le revelase lo
sobrenatural y lo sobrehumano. Sin duda era el orgullo y no el amor
quien impulsaba a Fray Miguel; Fray Miguel no consiguió nada.
Entonces apartó el sentido y distrajo la atención de todo lo creado, de
cuanto se muestra en lo exterior a nuestros ojos o resuena en nuestros
oídos. Como buzo que baja en busca de coral y de perlas al fondo de los
mares, hundió su mente en la íntima contemplación de su propio ser,
buscando allí la raíz por donde estaba asido y como pendiente de lo
infinito. Tampoco así halló nada, sino obscuridad vacía y lúgubre.
Volvió el pensamiento de Fray Miguel al mundo exterior. Desechando la
idea de estar poseído, concibió la esperanza de poder estar obseso. ¿Era
él tan vil y tan indigno que no lograse ponerse en comunicación con
seres inteligentes que no formen parte del linaje humano? El universo
está lleno de tales seres. ¿Por qué eran tan groseros sus sentidos que
no los percibían? ¿No podría él evocarlos, formar pacto y alianza con
ellos y adquirir virtudes, poder y fuerzas superiores a cuanto posee la
generalidad de los mortales de su misma especie?
Cuando se paraba Fray Miguel en esta impía imaginación, solía caer en el
más hondo abatimiento, y tal vez exclamaba:
--Sin duda no me ha faltado ni la intención, ni el propósito, ni el
valor de darme al diablo; pero el diablo no me quiere y me desdeña. Yo
no consigo lo que consigue cualquiera vieja ignorante y estúpida. Las
puertas que defienden la mansión del milagro, ya celestial, ya infernal,
están cerradas para mí. Llamo a ellas y nadie me responde.
La reacción del orgullo venía luego a levantar su espíritu y a elevarle
al extremo contrario: al mayor grado de soberbia:
--Ningún demonio viene y me ayuda--decía--porque son inferiores a mí,
porque no pueden darme lo que me falta, porque yo valgo más que ellos.
En balde me humillo pidiéndoles que me socorran. Lo que me conviene es
buscar el camino del lugar hasta donde mi aptitud y mi predestinación
pueden conducirme, y, desde allí, llamarlos y sujetarlos a mi mandado,
no tomándolos como protectores sino como siervos sumisos.
En estas y en otras cavilaciones, que entonces se presentaban juntas en
la mente de Fray Miguel, habían pasado muchos años de su vida claustral.
Su orgullo no había consentido que fuese un santo, pero también su
orgullo se había opuesto a que ningún poder infernal viniese a dominar
su alma, ocupada y dominada toda por su orgullo mismo.
En el espíritu de Fray Miguel había además poco briosas facultades que
le habilitasen para conquistar y dominar nada por medio del pensamiento,
Era distraído, poco insistente, ambicioso de ciencia como de todo, pero
sin la paciente perseverancia que se requiere para adquirirla. Fray
Miguel, si era algo, si algo valía, era como hombre de acción, aunque su
poca fortuna o su mucha torpeza le habían extraviado en el camino,
encontrando sólo, cuando se cansó y se hartó de andar por él, el
desengaño más negro. Aborrecía la vida, pero tenía miedo de la muerte.
Así por la época de fe en que vivía como por la natural condición de su
espíritu, en la cabeza de Fray Miguel no cabía imaginar que fuera la
muerte la aniquilación del individuo, la desaparición de la persona, el
olvido de todo. Él veía en el término de su vida mortal, no sueño
eterno, sino tránsito a vida nueva. Y no le asustaba tanto el temor de
ser condenado y no salvado, cuanto el humillante recelo de ser tan
insignificante en la vida futura como en la vida presente, y de que así
en el cielo, como en el infierno, se le hiciese poquísimo caso: se le
tratase con el mismo desdén con que en este mundo sublunar sus
semejantes le habían tratado.
La monotonía y la uniformidad de la vida habían hecho que el tiempo
pareciese que pasaba con inaguantable lentitud, según iba pasando; pero,
pasado ya, transcurridos los cuarenta años de convento, Fray Miguel
volvía la vista atrás y no veía el larguísimo camino que había seguido y
la enorme distancia que del punto de partida le separaba. Como no tenía
variedad de sucesos con qué llenar, diversificar y distinguir aquella
larga serie de años, toda ella le parecía soplo, relámpago fugitivo,
desmayo y letargo que al disiparse se lo había llevado todo consigo,
esperanzas y proyectos y hasta la posibilidad de forjarlos de nuevo. La
horrible vejez había caído sobre él sin sentir. Su cabeza se había
cubierto de canas y su rostro de arrugas. Cascada y temblona estaba su
voz, sin brío sus brazos, flojas y vacilantes sus piernas. La luz hería
y lastimaba sus ojos, sin dejarle ver con distinción, claridad y deleite
las formas y los colores. Y aun esta amarga luz, que le ofendía más que
le iluminaba, estaba amenazándole con abandonarle para siempre y sumirle
en tinieblas. Y ya sabía él por sus experiencias y por sus frustrados
conatos anteriores, que por mucho que penetrase y ahondase en estas
tinieblas, no lograría romper su duro y tupido velo y bañar su espíritu
en el infinito y luminoso mar donde le habían dicho que se bañan las
almas, si se reconcentran en ellas mismas y se desprenden de lo terrenal
y caduco.
Su vida iba tocando a su fin: hasta entonces había sido lastimosa y
estéril, y, sin embargo, él daba inmenso precio a la vida. En esta baja
tierra, encerrado nuestro espíritu en este cuerpo mortal y flaco, y
asistido y servido por sus órganos durante breve tiempo, que huye para
nunca volver, Fray Miguel entendía que era menester conquistar el
respeto, la nombradía y el valor y el mérito que por toda una eternidad
hemos de poseer, siendo por ello remunerados o castigados, glorificados
o despreciados. Tan alta era la importancia que Fray Miguel daba a
nuestra existencia efímera y transitoria en este planeta. De mucho
dudaba Fray Miguel, en mucho no creía; pero, como roca, cuyo cimiento y
raíz se hunde tanto en el seno de la tierra que no hay impetuoso
torrente que la derribe y la arrastre, así su firme creencia en el valer
de la vida humana, en este mundo, para preparación y prueba y para
conquista de otra más alta vida, se conservaba firme y arraigada en su
espíritu contra todas las tempestades y contra todas las avenidas de
dudas y pasiones que habían pugnado y que pugnaban aún por arrancarla de
allí y por sepultarla en la vana región de los sueños.
Cuán enorme no sería el pesar de Fray Miguel, que tamaña importancia
atribuía a la vida, al ver que la suya iba ya a consumirse, tocaba a su
fin, sin que persistiese más en ella que la energía de atormentarse y de
desesperarse.
Si el Padre Ambrosio no se burlaba de él, si no se jactaba en vano, si
por medio de sus artes mágicas podía volverle la mocedad, Fray Miguel
estaba seguro de que sabría aprovecharla y no perderla sin fruto como
había perdido la mocedad pasada. Ahora tenía él más claro concepto del
valor de la vida y de los fines a que podía y debía aspirar en el mundo.
La ociosa y larga meditación de sus cuarenta años de vida claustral, las
estupendas novedades y sucesos cuya resonancia había llegado a
conmoverle y alborotarle en su retiro, la explicación que el Padre
Ambrosio hacía de todo y de que él se había penetrado con pasmo oyendo
sus discursos, todo le persuadía de que se mostraba ante sus ojos el
blanco a donde le importaba dirigir la mira, el digno empleo de su
resucitada actividad, la misión que le tocaba cumplir secundando el
propósito y cooperando al plan de la Providencia.
Con lógica inconsecuencia, Fray Miguel estaba lleno de dudas, y por
momentos de negaciones, cuando en lo interior de su propio ser buscaba
la verdad; pero, no bien su pensamiento salía fuera de sí y se extendía
sobre la faz de la tierra, todo era en Fray Miguel fe y esperanza en los
sublimes destinos del humano linaje y en el papel principal y brillante
que le tocaba hacer a su pueblo. La fe del Padre Ambrosio había sido
como llama voraz que había incendiado su alma haciéndola de luz y de
fuego. El entusiasmo le poseía, pero hasta entonces la envidia, nacida a
par del entusiasmo, le había desgarrado el pecho y le había devorado las
entrañas. Vivir y morir en la obscuridad y en la inercia cuando tan
grandes cosas realizaba el esfuerzo de los hombres, para Fray Miguel era
insufrible. Resolvió, pues, someterse a todas las pruebas y a todas las
operaciones mágicas de que el Padre Ambrosio había hablado a fin de
remozarse y de lanzarse de nuevo en la palestra y tomar parte en la
lucha. La agitación y el estruendo de esta lucha penetraba en el
claustro, rompían su silencio, llamaba a la puerta de su celda y le
excitaba y le convidaba a armarse y a ir al combate. Se le antojaba a
veces que resonaba en sus oídos como la trompeta del día del juicio y
que le resucitaba de entre los muertos.
El portentoso poema épico que el Padre Ambrosio fantaseaba en sus
discursos iba verificándose y desarrollándose en la consistente realidad
de la historia, y Fray Miguel no se contentaba con ser oyente o lector
del poema, sino que anhelaba ser uno de sus héroes. Y ora fuese por
severidad de juicio, ora porque Fray Miguel no quería que ningún
individuo descollase mucho sobre él, Fray Miguel ponía como héroe
principal del poema a todo su pueblo, mirándole como pueblo elegido,
como nuevo pueblo de Dios que había de vencer a todos los enemigos de su
ley, que había de arrostrar todos los peligros y que había de dar cima a
mil inauditas empresas.
Fray Miguel no veía ni se forjaba en la mente un campeón que todo lo
dirigiese y que se llevase la palma. Por bajo del pueblo estaban o
surgían todos los campeones. Alborotados los reinos de Castilla y
Valencia por las comunidades y germanías, allá en su pensar sigiloso
Fray Miguel no estimaba mucho al joven, extranjero y ausente Emperador.
Sospechaba que había de heredar algo de la extravagante locura materna y
de la ligera futilidad de su padre, y que una inquietud sin propósito
había de tejer la tela de su vida. Pero el pueblo español era grande, y
de su seno surgirían adalides que venciesen y dominasen. Ellos
derrotarían al turco, que amenazaba la cristiandad; ellos, con armas
temporales y espirituales, lograrían sofocar la herejía que estaba
naciendo en Alemania y que, barbarie mental, ansiaba derrocar el imperio
de Roma en los espíritus, como los antiguos bárbaros habían destruido el
imperio material de Roma. España, con sus héroes y con sus santos, había
de sostener y conservar la unidad divina que informa y da vigor a la
civilización europea. Y esta civilización poderosa y benéfica había de
continuar difundiéndose por todos los climas y regiones, tierras y mares
del mundo que habitamos.
Fray Miguel había ya oído hablar con horror y sabía las audacias del
fraile Martín Lutero y sus propósitos infernales; pero, en el fervoroso
espíritu de Fray Miguel, estaba ya la convicción profunda de que Dios
había suscitado en España un gigantesco contrario al sajón heresiarca
para arrebatarle sus conquistas. Entre tanto seguían extendiéndose
magnificándose las de nuestra fe y nuestras armas en los más apartados y
hasta entonces inexplorados países y entre gentes infieles y selváticas,
alucinadas por el demonio y entregadas a crueles supersticiones y a
monstruosos y nefandos ritos. A esta difusión de la luz y de la verdad,
aunque más por medio de las armas que por medio de vanos discursos, se
consideraba llamado y predestinado Fray Miguel, en cuanto el Padre
Ambrosio realizase en él el prometido milagro de remozarle.
Fray Miguel acudió, pues, a la celda del Padre Ambrosio, resuelto a
todo, y en la noche y en la hora convenidas.
-X-
El Padre Ambrosio estaba aguardándole. Saludó a Fray Miguel con una leve
inclinación de cabeza, y sin decir palabra, le indicó que le siguiese.
Ambos subieron por la escalera de caracol a la ancha cámara que ya
conocemos.
Todo estaba en ella como lo hemos descrito antes. Sólo había tres
objetos que por su novedad llamaron en seguida la atención de Fray
Miguel. En la chimenea, en vez de no haber más que rescoldo y cenizas,
ardía bastante leña que levantaba llamas, en cuyo centro, sobre unas
trébedes se veía una retorta de cobre donde empezaba a hervir un
líquido. El tubo encorvado, con que terminaba la cobertera de aquel
pequeño alambique, iba a parar a una urna de vidrio suspendida en la
pared y llena de agua clara. Dentro de la urna o refriante se veían las
roscas de la culebra de metal. La cabeza de la culebra aparecía fuera de
la urna en su parte baja.
No lejos de la chimenea estaba por el suelo un féretro abierto y vacío.
Y por último, ocupado en mullir y arreglar los almohadones, donde había
de reposar la cabeza la persona que en el féretro se encerrase, estaba
el hermano Tiburcio, predilecto y aprovechado discípulo del Padre
Ambrosio.
Encarándose este con Fray Miguel, apenas dejó caer la compuerta por
donde había entrado, le dijo con gravedad solemne:
--Si fuera lícito valerse de palabras sagradas, aplicándolas a lo
profano, con el único propósito de hacerse entender mejor, yo me
atrevería a decirte, a fin de inspirarte denuedo y a fin de infundirte
omnímoda confianza en mí, que yo soy resurrección y vida, y que si crees
en mí, vivirás, cuando mueras.
--A todo estoy dispuesto. Mátame, si es necesario o conveniente a
nuestros fines.
--A decir verdad y desechando toda jactancia, la muerte que yo te dé ha
de ser aparente y no real. La virtud de volver a la vida a quien la
pierde no es dada aún, ni acaso sea dada nunca, a la ciencia meramente
natural y humana. Y yo, conviene que así lo entiendas, no acudo ni
quiero ni puedo acudir a medios sobrenaturales para obrar mis prodigios.
Mi magia es toda natural y lícita, aunque es de dos maneras: la que se
funda en el conocimiento de hierbas, de drogas y de otros recursos
enteramente materiales, en la cual está instruido el hermano Tiburcio,
que como ves ha venido a ayudarme, y la magia superior, incomunicable y
pura, cuyo poder estriba en el centro del espíritu, en el ápice de la
mente, en la raíz misma por donde nuestro limitado pensamiento, no sólo
toca, sino está asido a lo infinito. De esta más elevada ciencia, aunque
todavía natural y nada más que humana, el hermano Tiburcio tiene pocas
nociones. Yo sólo soy aquí quien la posee. De ella depende el éxito de
mi empresa. Y no debo ocultarte que si bien tengo yo el éxito por
seguro, reconozco modestamente que puede engañarme el amor propio. Si
así fuese, si el amor propio me engañase, yo te mataría sin querer, pero
te mataría. Ya ves a lo que me aventuro. ¿Quieres tú también
aventurarte?
--Quiero--contestó sin arrogancia y con tranquilidad Fray Miguel.
--Para el rejuvenecimiento--continuó el Padre Ambrosio--que ha de
verificarse en ti, se requiere algo parecido a la muerte, aunque no sea
muerte. ¿Te sometes a ello?
--Me someto.
--Pues bien, dentro de poco te sumiré en letargo profundísimo; el
hermano Tiburcio y yo te ungiremos las sienes y la frente con un
precioso bálsamo, te tenderemos y te encerraremos en ese féretro que
miras abierto en el suelo; y al cabo de poco, si no son falsas mis
teorías, aunque nunca corroboradas aún por la experiencia, así como la
crisálida rompe la tela que la envuelve y sale convertida en mariposa,
aparecerás tú, mozo robusto y capaz, si tienes brío en el alma, de
acometer y de dar cima a las empresas más arriesgadas y espantables. Veo
con satisfacción que estás muy animado. Ya no dudo de tus bríos
espirituales. Pero, aunque el espíritu sea fuerte, la carne flaquea, y
es menester que se fortalezca tu mísera carne. Así, antes de remozarte,
a par que sientas el deseo en el alma sentirás en tu cuerpo debilitado
ya por los años el prurito de que se remoce. Para ello has a tomar una
poción preparatoria, sabiamente compuesta de substancias eficacísimas,
con tal habilidad y tino combinadas y templadas que no se neutralizan
sus encontrados efectos, sino que se armonizan y conspiran todos al
mismo fin.
Dirigiose entonces el Padre Ambrosio, hacia un ángulo de la estancia
donde había un pequeño velador y sobre él una bandeja, un jarro y una
ancha copa de plata. Llenó luego la copa del líquido que el jarro
contenía, y llamando a Fray Miguel y dándosela para que bebiese le dijo:
--Con esto se fortalecerá tu cuerpo y se hará apto para las operaciones
ulteriores. Es un elixir exquisito, en cuya composición entran el
_nepenthes_ que dio Elena a Telémaco para disipar su melancolía; la flor
del cáñamo de la India; el _soma_ o licor divino de los antiguos
brahmanes; el hongo de Siberia que infunde furor bélico, y el zumo de
las mandrágoras, con que Lía amó y deseó con mayor vehemencia a Jacob y
se hizo de él amada y deseada.
Fray Miguel tomó la copa, y, casi de un solo trago, apuró todo el licor
que contenía.
El hermano Tiburcio que lo presenciaba y miraba todo en silencio,
aproximó un taburete e indicó por señas a Fray Miguel, que en él se
sentase. En seguida tomó en los dedos cierto linimento oloroso, que
había en un pomito de vidrio, y ungió con él lo más alto de la cabeza,
la frente y las sienes del fraile.
Mientras se verificaba la untura, el Padre Ambrosio, recitó no corta
serie de palabras y frases, al parecer de un lenguaje exótico y punto
menos que inaudito. Al extraño son de aquellas palabras, o acaso por
obra del linimento, Fray Miguel imaginó que todo brincaba y giraba en
torno suyo con rapidez vertiginosa; que los muros y el suelo se
estremecían y amenazaban derrumbarse, y que el edificio no estaba parado
y fijo sobre su cimiento, sino que iba lanzado por el espacio sin
límites.
Por dicha, cesó pronto en el cerebro de Fray Miguel, aquel a modo de
mareo. Y, terminada también la serie de conjuros ininteligibles, oyó que
el Padre Ambrosio le decía:
--No es todo alucinación mental lo que acabas de experimentar ahora. En
gran parte, es efecto de las palabras mágicas que he pronunciado. Nada
sin embargo más natural. No receles artes ni prestigios diabólicos. Las
palabras que he pronunciado ignoro yo lo que significan, pero me consta
que nada hay en ellas de pecaminoso. Se han ido conservando por
tradición oral entre varones piadosos aficionados a la magia lícita, y
son palabras del idioma primitivo que se hablaba mucho antes de Abraham,
en Ur de los caldeos, y aun antes, en el imperio que fundó Nemrod en el
centro del Asia. La clave de este idioma se perdió siglos ha, y acaso no
vuelva nunca a encontrarse. Yo he oído referir que un antiguo rey de
Nínive, llamado Asurbanipal, siete siglos antes de nuestra era, formó
una biblioteca de libros escritos en esta lengua, que era ya una lengua
muerta, como el latín hoy entre nosotros. Pero los libros reunidos por
Asurbanipal, sepultados hoy entre las ruinas y escombros de antiquísima
ciudad y regio alcázar, eran ya de una época de gran decadencia, cuando
el mencionado primitivo idioma estaba corrompidísimo, y la alta
filosofía que le había informado viciada y cuajada de supersticiones. En
cambio, las palabras que yo he dicho son del idioma primitivo y puro, y
no son signos arbitrarios, sino que tienen relación íntima y substancial
con los objetos que expresan o designan. De aquí el alboroto, la
agitación y el tumulto de todas las cosas creadas cuando tales palabras
se pronuncian. Juzgo de mi deber explicarte todo esto para que no te des
a sospechar que soy brujo, que me valgo de prestigios o que ando en
tratos con el diablo. Aunque peque yo de sobrado llano y pedestre, diré
para mayor claridad, que juego limpio.
Fray Miguel estaba tan impaciente y tan ansioso ya de rejuvenecerse, que
las explicaciones del Padre Ambrosio le parecían inútiles y le cansaban.
Por el debido respeto, sin embargo, no se atrevió a dar la menor señal
de impaciencia.
El Padre Ambrosio se complacía en perorar y prosiguió de esta suerte:
--Ten calma y espera. La destilación del maravilloso filtro, que va a
remozarte, se está verificando en ese pequeño alambique. Apenas empiece
a salir por la boca de la culebra la refinada quinta esencia, acudiré a
recogerla en la misma copa en que bebiste la poción preparatoria, y tú
la beberás sin vacilar.
--La beberé con ansia--contestó Fray Miguel--para apagar la sed de vida
y de juventud que me devora.
--Todavía me incumbe decirte--interpuso el Padre--que no quiero, cuando
te remoces, dejarte ir solo por esos mundos de Dios. Deseo que lleves en
tu compañía a alguien de toda mi confianza, que sabrá, sin duda,
conquistar la tuya y que vendrá a ser como tu criado, paje, escudero y
secretario todo en una pieza.
--¿Y quién va a ser ese acompañante que me designas?
--El hermano Tiburcio que está presente--contestó el Padre Ambrosio--.
Más gana tiene él de correr mundo que de estar metido en su celda. Con
todo, no es esta la razón que me induce a que el hermano Tiburcio te
acompañe. Los caballeros que salen en busca de aventuras llevan siempre
escuderos y tú no has de infringir esta ley o esta costumbre. En cuantas
historias conozco de hombres que para medrar o para divertirse y
holgarse se han dado al diablo, el diablo figura después constantemente
al lado de ellos como ayudante o espolique, y tú no has de ser menos
aunque distes muchísimo de haberte dado al diablo. Tendrás, pues,
escudero, aunque natural y humano. El hermano Tiburcio, si bien es un
mozuelo barbilampiño, sabe más que el diablo y te valdrá de mucho. Por
otra parte, yo he observado que tú eres sobrado serio y esta seriedad
continua a la larga a ti mismo te aburriría. Importa, pues, que la
temple y modere un sujeto algo cómico y jocoso, como lo será el
mencionado hermano. Jovial será él, si tú saturnino, y juntos recibiréis
combinado el influjo mirífico de los dos más poderosos planetas. He
pensado además que necesito tener con frecuencia noticias tuyas,
satisfacer mi curiosidad y ver cómo va saliendo esta experiencia que
ahora hago. En las venideras edades sé yo que inventarán los hombres
medios ingeniosos para ponerse en comunicación con la rapidez del rayo y
dirigirse la palabra desde un extremo a otro de la tierra. Pero tales
inventos distan mucho aún de verse realizados y de ser vulgares. Sólo
los iniciados en mi ciencia oculta se entienden ya y se hablan desde muy
lejos, sin aparato alguno físico ni mecánico, sino por el arte y la
fuerza del alma. El hermano Tiburcio, irá pues contigo también, para que
se entienda conmigo y me informe de todo. Y por último, si tú acometes
altas empresas, las llevas a cabo y vences y triunfas, no quiero yo que
todo esto se ignore, se sepa mal o se olvide, y el hermano Tiburcio, que
es un buen letrado, te acompañará para ponerlo por escrito con el mayor
esmero y legarlo a la posteridad más remota. Será para ti, válgame como
ejemplo, lo que para Don Pedro Niño, valeroso y galante Conde de Buelna,
fue Gutierre Díez de Games, su alférez.
A este punto de su algo prolija disertación llegó el Padre Ambrosio,
cuando empezó a manar por la piquera del alambique, el líquido
destilado. Sin darse un instante de vagar, tomó el Padre la copa de
plata, se acercó a la piquera, la llenó del líquido y se le dio a beber
a Fray Miguel sin decir más palabra.
En silencio también, sin susto y con ansia, Fray Miguel se llevó la copa
a los labios y bebió el licor que había en ella.
El efecto fue rápido y terrible. A Fray Miguel se le trabó la lengua y
no pudo exhalar ni queja ni suspiro. Palidez mortal cubrió su rostro. A
los pocos instantes cayó como herido del rayo. Y sin duda hubiera dado
en tierra de golpe, si el Padre Ambrosio y el hermano Tiburcio,
apercibidos ya para el caso, no le hubiesen sostenido.
Todo el cuerpo de Fray Miguel, adquirió de súbito una rigidez más que
cadavérica. No parecía ya de carne sino de madera o de barro.
El Padre Ambrosio, no obstante, tuvo a tiempo la precaución de cruzar a
Fray Miguel las manos sobre el pecho.
El hermano Tiburcio tomó por la espalda a Fray Miguel. Por los pies le
levantó el Padre Ambrosio. Ambos le llevaron al féretro y allí le
dejaron tendido.
_Juan Valera_
Las aventuras
-I-
En el año 1521 era Lisboa la más espléndida, animada, pintoresca y
original ciudad de Europa. Fundada sobre varias colinas, se extendía ya
por la margen derecha del Tajo, siguiendo su curso hacia el mar. Los
palacios y jardines de dicha margen hacían delicioso el camino que iba y
va hasta el sitio donde el rey D. Manuel el Dichoso había erigido
graciosa y elegante torre, en conmemoración de que allí se embarcó Vasco
de Gama para ir por vez primera a la India, y no lejos el magnífico
templo y claustro de Belén, obra de singular y bellísima arquitectura.
Frente del más populoso centro de la ciudad, en la opuesta orilla del
río, se alzaba la villa de Almada, sobre enriscado promontorio. Y desde
allí, mirando en dirección contraria a la que trae el agua, esta se
extiende y la orilla se aleja, formando una extensa y grandiosa bahía,
capaz de contener entonces todos los barcos de guerra y de comercio que
surcaban los mares.
Aquella bahía estaba concurridísima. En ella había naves inglesas y
francesas, de Holanda y de las ciudades anseáticas, de Aragón y de
Castilla, de Génova y de Venecia y de otras Repúblicas y principados de
Italia. Todas acudían allí para traer telas, alhajas, primores y otros
objetos de arte producto de la industria europea, conque satisfacer el
amor al fausto de los portugueses, y para llevar, en cambio clavo y
pimienta, perfumes de Arabia, canela de Ceilán, sedas y porcelanas del
Catay, marfil de Guinea, alfombras de Persia, chales y albornoces de
Cachemira, perlas, diamantes y rubíes de las montañas y de los golfos de
la India, bambúes y cañas y tejidos de algodón y de nipa de Bengala,
monos, papagayos y otras aves de vistosas plumas, y mil exóticas
curiosidades del extremo Oriente.
La muchedumbre de hombres y mujeres que hervía en los muelles y paseos,
calles y plazas de Lisboa, tenía extraño y pasmoso aspecto por la
variedad de sus rostros, de sus trajes y de los idiomas que iban
hablando. Por donde quiera se notaban movimiento y bullicio, pero más
que en ninguna parte en la Calle Nueva y Plaza del Rocío, donde estaban
las tiendas de los más ricos mercaderes, y a lo largo de la orilla, casi
hasta Belén, donde a la par de las quintas y de los parques había
grandes almacenes o depósitos para las mercancías que se embarcaban o
desembarcaban. Millares de esclavos negros, empleados en las faenas del
puerto y en otros trabajos, discurrían solícitos por donde quiera.
Marineros, soldados y hombres y mujeres del pueblo, paseaban o formaban
grupos para charlar y reír, tratar de amores o promover pendencias.
Entonadas hidalgas, ya caminasen a pie ya a las ancas de una mula que
montaba y dirigía respetable escudero, ya en soberbios y dorados
palanquines, solían llevar lucido séquito de dueñas, lacayos y pajes
para mayor autoridad y decoro. Los magnates y señores ricos se mostraban
cabalgando en hermosos caballos con ricos jaeces y con numerosa comitiva
de criados y familiares de sus casas. Y el Señor Rey, que gustaba como
nadie de la pompa y del aparato, salía con frecuencia en público
formando con su lujoso y raro acompañamiento una procesión admirable. No
semejaba el monarca portugués, príncipe de Europa, sino déspota
oriental, soberano de cuentos de hadas o de _Las mil y una noches_,
merced al brillo y al lujo que le circundaban. Le precedían a veces
elefantes y rinocerontes, domadores que llevaban serpientes y tigres
domesticados, y el rey iba a caballo, en medio de los más brillantes
señores de la corte, sus favoritos y validos, todos con muy elegantes y
vistosas ropas y con airosas y blancas plumas en los birretes. Don
Manuel, que era regocijado y festivo, también se hacía acompañar a
menudo de juglares y bufones, que le divertían con sus chistes y burlas,
y casi nunca prescindía de los músicos, que iban tocando sonoros
instrumentos, anunciando así que el rey venía y alegrando los sitios por
donde transitaba.
Todo era animación y movimiento, todo alborozado y estruendoso júbilo en
Lisboa, en la hermosa mañana del día del Corpus de aquel año de 1521, en
que el rey Don Manuel cumplía los cincuenta y dos de su edad, celebrando
con gran pompa su natalicio.
Terminada además la soberbia fábrica del templo de Belén, el monarca
lusitano le abría y le mostraba por vez primera a su pueblo haciendo
cantar en él un solemne _Te Deum_.
Su alteza, acompañado de su tercera mujer, la reina Doña Leonor, hermana
del César Carlos V, con más ricas y pomposas galas que nunca y
circundado de brillante y vistosa comitiva, había acudido a la iglesia
para presenciar la ceremonia religiosa y darle mayor lustre.
Aunque el templo es espacioso, sólo se había permitido entrar en él a
los convidados; porque si hubiera tenido franca entrada la muchedumbre,
no pocos se hubieran maltratado allí dentro, a causa de los miles y
miles de personas que habían venido a la fiesta, no sólo de Lisboa, sino
de otras ciudades y villas de Portugal y aun de reinos extraños.
La muchedumbre, pues, se agitaba y bullía fuera del templo,
extendiéndose a un lado y a otro hasta la misma orilla del Tajo como
enorme mosaico de cabezas humanas.
La mayor parte de la gente estaba a pie, si bien a trechos descollaban
no pocas personas montadas en caballos y en mulas o levantadas en sillas
de manos por esclavos o sirvientes.
A la puerta del santuario, en el atrio y también a la puerta del
convento, guardaban los caballos de los reyes y de su séquito,
custodiados por pajes y lacayos y por buen golpe de lanceros de la
guardia del Rey.
A pesar de los mil murmullos y gritos de tan gran número de gentes, que
reían, chillaban, hablaban o disputaban, el majestuoso sonido del órgano
y el canto sagrado de los frailes, repercutiendo en las altas bóvedas
del templo, salía a veces de él y se difundía en ráfagas sonoras sobre
los asistentes que se hallaban más cerca.
Apenas estaría mediada aquella fiesta, que parecía absorber enteramente
la atención del pueblo, cuando sobrevino algo que distrajo dicha
atención, excitando la curiosidad general.
Por el camino de Lisboa, y abriéndose paso por entre el apiñado gentío,
aparecieron en sendos y magníficos caballos, ricamente enjaezados, dos
muy lozanos caballeros, bizarramente vestidos de gala.
Parecía uno de ellos hombre de veinticinco años de edad, de barba y ojos
negros, airoso talle, anchas espaldas, robustos hombros y rostro
hermosísimo. En todo él había además algo de noble, raro y peregrino,
como procedente de tierras extrañas, y en el gesto y en los ademanes un
no sé qué de soberbio e imperativo que infundía involuntariamente
respeto.
Era el otro jinete mozo barbilampiño. Su blanco y sonrosado rostro, sus
ojos azules y los rubios cabellos que coronaban su cabeza, cubierta de
un lindo birrete de velludo blanco, por bajo del cual caían dichos
cabellos en rizadas ondas de oro, casi hubieran dado al gentil
extranjero la apariencia de una disfrazada andante damisela, si no
hubieran mostrado que era muy hombre, la energía insolente de su mirar,
su briosa apostura y el desahogo y la destreza conque manejaba y
dominaba su fogoso caballo, que retenido por él hacía piernas, se
encabritaba impaciente y tascaba el freno, cubriéndole de espuma.
Entre la plebe, las personas curiosas se preguntaban unas a otras
quiénes eran aquellos dos galanes. Y como no faltó allí quien ya los
hubiera visto, en la gran posada de la Calle Nueva, donde ellos habían
venido a parar y donde habían declarado su condición y sus nombres,
pronto pasaron estos de boca en boca, y por donde quiera se oía decir:
--Esos son dos ricos y elegantes aventureros de Castilla; el más granado
se llama Miguel de Zuheros, por sobrenombre Morsamor; y el jovencito,
que es su doncel, se llama Tiburcio de Simahonda.
-II-
La función de iglesia llegó pronto a su término. Los soldados de la
guardia empezaron a abrir calle, a fin de que la regia comitiva pudiese
pasar holgadamente por entre la muchedumbre que a un lado y a otro se
apiñaba, procurando cada cual ponerse delante para ver y acaso para ser
visto del Rey, de la Reina o de los señores y damas de la corte y
alcanzar de alguno de ellos un saludo o una amable sonrisa.
Miguel de Zuheros y Tiburcio no se hallaban por dicha muy lejos de la
calle que se iba abriendo, y como estaban a caballo bien podían verlo
todo por cima de las cabezas de los que estaban a pie. Así es que no se
molestaron ni se movieron para buscar mejor sitio, como si se
avergonzasen de mostrar curiosidad plebeya.
No salió el Rey por la puerta del templo, sino por la del atrio cercado
de magnífico claustro, donde habían montado a caballo él y cuantos le
acompañaban.
Cuando la lucida cabalgata apareció ante el gran público, la admiración
general dio muestras de sí en murmullos, exclamaciones y vítores.
Aquello era verdaderamente espléndido: un derroche de sedas, randas,
plumas, oro y pedrería. Los caballos, magníficos; vistosos, los arreos.
Los rayos del sol refulgente herían el bruñido acero de las armas, las
joyas, los metales preciosos y los áureos bordados, deslumbrando todo la
vista con fúlgidos destellos. El Rey llevaba aquel día el _bonete_ y el
estoque de honor, que le había regalado el Padre Santo y que sólo sacaba
en las más solemnes ocasiones. La Reina Doña Leonor, muy bizarra y
lujosamente vestida y tocada, cabalgaba a la derecha del Rey. Les
seguían y lo circundaban las principales damas de la corte y muchos
egregios personajes del reino, ilustres por su nacimiento o por armas y
letras.
El hermano Tiburcio, convertido en escudero o doncel, era un prodigio
para enterarse de todo a escape. No sabemos, si sólo por naturaleza o
por virtud de la magia que había estudiado, gozaba de pasmosa aptitud
para averiguarlo todo; para reconocer a los sujetos notables, aunque
nunca los hubiese visto; y para narrar la historia de cada uno hasta en
sus más insignificantes pormenores. Además de esta habilidad, poseía
otra más rara aún, que en lo sucesivo valió de mucho a su señor, Miguel
de Zuheros. Tiburcio de Simahonda era, en aquella edad, aunque en grado
más eminente, lo que ha sido en la nuestra el célebre Cardenal
Mezzofanti. Ya fuese empleando un método ingenioso y secreto o caminando
por ignorados atajos, ya fuese por preciosa capacidad nativa, ello es
que Tiburcio a los dos o tres días de oír hablar cualquier idioma, se
penetraba de su organismo, se enseñoreaba de sus formas y leyes
gramaticales, atesoraba en su feliz memoria cuanto había de esencial y
de radical en su léxico, y se soltaba a hablarle correcta y lindamente y
con muy buena pronunciación, como si no hubiera hecho otra cosa en toda
su vida.
Al notar Miguel de Zuheros lo mucho que sabía su doncel, en apariencia
con tan poca edad que apenas le apuntaba el bozo, se daba a sospechar si
sería más viejo que él y si estaría como él remozado o si de cualquiera
otra suerte habría vivido largas y sospechosas vidas anteriores. Miguel
de Zuheros, sin embargo, no persistía en cavilar sobre estas cosas
cuando notaba la sencillez y la naturalidad con que Tiburcio, sin hacer
gala de su ciencia, la mostraba si era menester, y afirmaba haberla
adquirido por medios y caminos, no raros y reprobados, si no lícitos y
vulgares.
En aquella ocasión Tiburcio dio pruebas de lo bien que se enteraba de
todo, señalando a su señor los más conspicuos caballeros y las más
garridas damas, que en aquella procesión se parecían, y diciendo sus
nombres, sus cualidades y su historia.
Nadie llamó tanto la atención de Miguel de Zuheros, como una dama muy
hermosa y muy joven que iba cerca de la Reina.
--Esa es--dijo Tiburcio--la señora doña Sol de Quiñones, íntima amiga y
favorita de la Reina, y nieta de aquel famoso y enamorado D. Suero que
sostuvo el Paso honroso en el puente de Órbigo. Ya ves que es muy bella.
Su beldad, no obstante, queda eclipsada por su discreción, por su
talento, por sus virtudes y por la ingenua candidez de su carácter.
Cuantos la tratan se prendan de ella y se hacen lenguas en su elogio.
Al contemplar tanta pompa y hermosura, Miguel de Zuheros sentía viva
impaciencia de darse a conocer y de ser presentado en la corte. Pensando
en cómo lo conseguiría de la manera para él más favorable, vio pasar la
comitiva toda.
Aún salía mucha más gente del templo, y nuestros dos aventureros
permanecieron parados para verla salir.
Ya de los últimos, apareció un pequeño grupo que montó a caballo a la
puerta del templo y que pasó muy cerca de Miguel de Zuheros, excitando
su curiosidad. Tiburcio la satisfizo diciéndole:
--Esos dos galanes, que van como cautivos al lado de las damas, son
Pedro Carvallo y Ramón de Acevedo, valientes soldados de fortuna ambos,
que han vuelto de la India con más oro que pesan. La graciosa morenita,
que ríe a carcajadas y se zarandea y se mueve come si estuviera hecha de
rabillos de lagartijas, es la muy ponderada ninfa gaditana, conocida ya
en gran parte del mundo, con el extraño apodo que su compañera le ha
dado. La llaman Teletusa la Culebrosa, en conmemoración de la Teletusa
antigua y clásica, a quien celebra Marcial en uno de sus epigramas por
lo bien que bailaba, repiqueteaba las castañuelas y hacía otros
primores. La principal figura del grupo, y por serlo la he dejado para
lo último, es nada menos que donna Olimpia de Belfiore, una de las más
artísticas, hermosas, sabias y elocuentes mujeres, que ha producido
Italia en nuestros días, en que renacen, más allí que en otras regiones,
la antigua cultura greco-romana y las ciencias y artes de amor, de paz y
de guerra. Atraída donna Olimpia por la trascendente fama del esplendor
y de la riqueza de esta capital, ha venido a ella, hará dos semanas, en
compañía de su amiga y en cierto modo discípula, la de Cádiz, a quien ha
dado el nombre que ya te he dicho de Teletusa. Porque es de saber, que
la tal donna Olimpia, lejos de ser una hembra adocenada, tiene
portentoso ingenio y despunta por su mucha doctrina. En Italia la
celebran de _mirabilmente colta_. Sabe latín como Nebrija; sabe también
algo de griego; ha leído los poetas e historiadores antiguos y clásicos
y los de su patria, y entiende tanto de cuanto hay que entender, que
pasa por un Pico de la Mirándola o por un Fernando de Córdoba, con
faldas.
A este punto de su perorata llegaba Tiburcio, cuando donna Olimpia y los
que le acompañaban pasaron casi tocando con Miguel de Zuheros, el cual
pudo ver bien y de frente a la dama. Estrella de amor le pereció y de
primera magnitud y deslumbrante brillo. Sus cabellos relucían como oro
candente, suponiéndose que se los adobaba y doraba con cierta loción
cosmética de muy pocos conocida, y usada también por la famosa Lucrecia
Borgia, Duquesa de Ferrara. Tanto hubo de ser así que no faltó en aquel
tiempo quien asegurase, que el precioso rizo que tenía Pietro Bembo en
el principio de su ejemplar de Lucrecio, donde está la invocación a
Venus, rizo que se conserva aún en la Biblioteca Ambrosiana de Milán, no
era de la Duquesa de Ferrara, sino de la tal donna Olimpia. Sea de esto
lo que se quiera, lo que nos importa añadir aquí es que el aspecto,
ademán y entono de donna Olimpia estaban llenos de reposada majestad. De
sus años no sabemos qué decir. Como las deidades mitológicas, como los
seres inmortales, su edad era problemática; era casi un misterio. Se
diría, no obstante, que aquel astro culminaba entonces en el meridiano
de su belleza y de su gloria. Sobre la hacanea torda en que iba y
sentada sobre blandos cojines en elegantísimo sillón o jamugas, semejaba
una emperatriz en su trono.
Al encararse con Miguel de Zuheros, mirándole de frente, le hizo bajar
los ojos deslumbrado por la viveza de aquel mirar y por la fuerza
magnética de aquellos ojos verdes o glaucos como los de Minerva, Medea y
Circe, y que podrían compararse a dos esmeraldas ardiendo en llamas.
Donna Olimpia era alta y bien formada, pero, más que esbelta, amplia y
exuberante sin perder la gracia y el hechizo, como las ninfas y diosas
que pintaba Tiziano Vecelli.
Cuando pasaron los del grupo, Tiburcio prosiguió su arenga diciendo:
--Esta donna Olimpia es un prodigio singular. Se ignora la edad que
tiene. Quizá sea como la hechicera Arleta, que se disfrazaba de moza y
enamoraba y seducía a todos los hombres. Su hermosura, sustancial o
aparente, no se puede negar. Tiziano, no hace mucho tiempo, se complació
en retratarla en un cuadro delicioso. Ella está figurando a Venus, con
la ligereza de ropas que tal figuración requiere, pero en su soberbia
cabeza lleva el morrión penachudo, y a sus pies tiene por tierra la
truculenta espada de Marte. Por dichas prendas, que le ha entregado el
Dios de la guerra que está allí contemplándola en éxtasis, le entrega
ella un travieso amorcito, que tiene cogido por las alas y que ha sacado
de una jaula, donde quedan aún presos otros varios hermanos suyos.
Paréceme, señor Miguel, que no os disgustaría que os regalase o vendiese
donna Olimpia alguno de los mencionados hermanos.
Interpelado así bruscamente, contestó Miguel de Zuheros:
--Déjate de eso ahora. En asuntos más graves debemos ocuparnos y más
gloriosas empresas nos conviene acometer. Dime, sin embargo, pues no te
niego que soy curioso, algo más que sepas de donna Olimpia.
--Poco más puedo contarte. Si hemos de creer lo que ella refiere, no ha
habido, en lo que va de siglo, mujer más victoriosa. A sus pies han
estado príncipes y duques, guerreros invictos, acaudalados mercaderes y
laureados poetas como Ludovico Ariosto, Fracastoro, el Aretino,
Sannazaro y muchos más cuyos nombres no acuden a mi memoria. En cierta
farsa o representación alegórica, en el palacio de Alejandro VI, hizo
una vez la figura de la Justicia, con la balanza en su fiel, pesando
méritos y repartiendo premios según a cada uno le tocaba. Se cuenta, por
último, que donna Olimpia, allá en su primera mocedad, se lució una vez
en la academia platónica de Florencia, pronunciando un sublime discurso
sobre el amor, que oyó Marcilio Ficino, ya viejo, y quedó embelesado de
oírle.
--Vamos, vamos, no me cuentes más de esa mujer. Basta con lo que has
dicho para comprender que es la más desvergonzada de las aventureras.
Terminada aquella conversación, Miguel de Zuheros y su doncel soltaron
las riendas a sus caballos, y a buen trote, y buscando rodeos para no
tropezar con la muchedumbre que atajaba el paso, se dirigieron a la
Plaza del Rocío, para ver de nuevo la procesión o pompa regia, que debía
pasar por allí. En seguida, según estaba anunciado, la procesión subiría
a iglesia del Carmen, edificada sobre un cerro, que domina dicha plaza,
y donde se ven y persisten aún sus ruinas, después del terremoto
horrible que la destruyó en 1755.
En la iglesia del Carmen se venera una imagen de la Virgen de los
Dolores, de quien era el Rey muy devoto y a quien iba a presentar rica
ofrenda y a dar fervorosas gracias por los recientes triunfos que las
armas portuguesas habían alcanzado en Ceilán y en otras islas más
remotas.
-III-
La procesión iba con tanta pausa, que Miguel de Zuheros y Tiburcio no
tuvieron que apresurarse para llegar a la Plaza del Rocío antes de que
la procesión llegara.
Poca gente había aún en dicha plaza, en uno de cuyos ángulos se pararon
nuestros aventureros. Todo en torno estaba sosegado. El escaso público
hablaba en voz baja y hacía poco ruido, pero de súbito todo cambió de
aspecto, levantándose allí cerca furioso tumulto. La gente se agolpaba a
donde el tumulto había empezado: unas personas para tomar parte en él y
por curiosidad otras. Un anciano de venerable aspecto, de blanca y
luenga barba, vestido de negro a la italiana, y acompañado sólo de otro
de menos edad, que parecía ser su familiar o secretario, estaba rodeado
de hombres y mujeres del pueblo, de esclavos negros y de muchachuelos
vagabundos, que en ademán hostil le insultaban y amenazaban a gritos,
llamándole marrano, enemigo de Cristo y perro judío.
Sin provocar más la furia del populacho, y sin tratar tampoco de huir,
el anciano miraba con serenidad y calma a los que le ofendían,
manifestando en sus miradas, no indignación, sino dulce y resignada
tristeza.
Aquel grave modo de sufrir la injuria, así como el valor pasivo de que
el anciano daba pruebas, contuvieron por algunos momentos la furia del
populacho. Los gritos no obstante de perro judío y de marrano, que los
más desaliñados y maleantes no se cansaban de repetir, sobreexcitaron
las malas pasiones. Todavía quedaba alrededor del denostado, un claro o
vacío no pequeño; pero el círculo se iba estrechando, y era de temer,
era casi seguro, que pronto las ofensas de palabra iban a convertirse en
rudas ofensas de hecho. Ya algunos pilletes y mujercillas habían
disparado contra el anciano desperdicios de berzas y frutas, y alguien
también había escupido sobre él, aunque sin tocarle.
Un mulato, el más insolente de la chusma, avanzó hacia el anciano con la
mano levantada como para darle en el rostro. El anciano permaneció
impasible e inmóvil, apoyado en la larga bengala que le servía de
báculo; pero su secretario o familiar, más joven y robusto, perdió
paciencia, se interpuso, hizo cara al mulato y le sacudió tan fuerte
puñetazo, que lo derribó por tierra.
La ira popular rompió entonces todo freno. Hombres, mujeres y chiquillos
cayeron sobre los dos, al parecer forasteros y judíos, y sin duda los
hubieran despedazado, si no acuden muy a tiempo Miguel de Zuheros y
Tiburcio, abriéndose paso por entre la alborotada y amontonada
muchedumbre y sacudiendo golpes sobre ella, con las espadas desnudas,
aunque procurando que fuese de plano, para no causar heridas ni muertes.
Sorprendida y asustada la turba por aquella súbita e imprevista
intervención, retrocedió no poco, dejando despejado un largo trecho en
torno de los forasteros inermes, delante de los cuales se pusieron
prontos a defenderlos los otros dos forasteros a caballo.
El populacho, no obstante, pasado su primer asombro, arremetió contra
Miguel de Zuheros y Tiburcio, yendo algunos de los que acometían armados
de garrotes y de puñales.
Sangrienta hubiera sido aquella pendencia, y tal vez de éxito fatal para
nuestros dos héroes, si de repente no hubieran recibido el socorro de un
gallardo mozo, más joven en apariencia que Tiburcio, a caballo también,
elegante y ricamente vestido, y con el escudo de las armas reales
bordado en la sobreveste, manifestando así que era mozo fidalgo o menino
de la cámara del Rey.
Su nombre corrió entonces de boca en boca entre la plebe. Era el
simpático Damián de Goes, que privaba mucho con el soberano.
Por lo pronto tuvo esto a raya a la multitud, pero no faltó quien la
irritase, y empezó entre los tres caballeros por una parte, y siete u
ocho fidalgos que estaban a pie y vinieron a auxiliarlos, y por otra
parte la desarrapada muchedumbre, una muy reñida escaramuza, que hubiera
terminado en tragedia, si por dicha no hubiesen amortiguado la cólera de
todos, parándolos atónitos y respetuosos el resonar de los clarines y el
estruendo jubiloso de las aclamaciones que anunciaban la entrada en la
plaza del Rey y de su comitiva.
Aunque la lucha cesó, no cesó tan a tiempo que el Rey no se enterase de
ella. Y mandados por él, se adelantaron algunos soldados de su guardia,
rompieron por medio de la apiñada multitud y llegaron al centro mismo
donde se hallaban los que dieron ocasión al alboroto.
Damián de Goes, haciéndose seguir de Miguel de Zuheros, de Tiburcio y de
los dos forasteros desconocidos, llegó donde estaba el Rey y le refirió
todo el suceso.
Dirigiéndose el Rey al anciano desconocido, le preguntó:
--¿Y tú quién eres y de dónde sales, viniendo a perturbar la alegría y
la paz de Lisboa en ocasión tan solemne?
Con serenidad y desenfado respetuoso y en correcta y elegante lengua
portuguesa, el anciano contestó al Rey:
--Yo señor, he nacido en Lisboa. Aquí he pasado los mejores años de mi
vida. Las _saudades_ de mi ciudad natal y (¿por qué he de negárselo a
Vuestra Alteza?) negocios importantes de mi casa me han hecho volver a
Portugal, que abandoné muy niño, cuando ya estoy viejo, aunque más
abrumado por los pesares que por los años. Pensaba yo permanecer en
Portugal muy poco tiempo, y no recelaba que nadie me reconociese,
descubriendo y divulgando mi nombre, mi religión y mi casta, tan
aborrecida hoy en España toda. Por desgracia no ha sido así. Interesados
enemigos míos me han reconocido, han hecho correr la voz entre el vulgo
de que soy israelita y han causado el atropello de que yo hubiera sido
víctima, si estos nobles caballeros no me socorren.
--¿Y cuáles son tu condición y tu nombre?--preguntó el Rey.
Temeroso de que no le diesen crédito, vaciló en declararlos el anciano.
García de Resende, que acompañaba al Rey y no estaba muy lejos, se
acercó entonces y dijo:
--Bien puede Vuestra Alteza estar satisfecho de que este anciano haya
quedado libre de toda injuria. No sólo es portugués, sino uno de
aquellos portugueses que dan más gloria a Portugal en esta nuestra edad
para Portugal tan gloriosa.
Y dirigiéndose luego al anciano y alargándole la diestra para estrechar
amistosamente la suya, añadió el ínclito trovador:
--¿Te has olvidado acaso de mí y del amistoso lazo con que nos unimos en
Roma y de las largas pláticas que allí teníamos, cuando estuve yo como
Secretario de la pomposa Embajada de Tristán de Acuña?
--¿Cómo había yo de olvidarme de García de Resende?--respondió el
interrogado--. Yo no podía olvidar a uno de mis mejores amigos, cuyo
Cancionero además, regalado por él, hace mi delicia y me vale,
leyéndole, para conservar y perfeccionar en mi alma la lengua
portuguesa, que fue la primera que hablé.
--Pero a todo esto--exclamó el Rey con impaciencia y encarándose con el
anciano--tú no acabas de decirme quién eres.
--Perdona mi tardanza, señor.
Y añadió luego, echándose a los pies del Rey:
--Yo soy el hijo de un leal criado de tu heroico antecesor Alfonso V el
Africano. Yo soy Judas Abravanel, más conocido hoy en el mundo con el
nombre de León Hebreo.
Apenas Judas Abravanel hubo pronunciado estas palabras, muchos de la
comitiva, y particularmente las damas, le cercaron para contemplarle y
aplaudirle. Sus discretísimos _Diálogos de amor_ eran muy admirados en
la corte. La Reina, la Infanta doña Beatriz y otras muy sabias señoras
se deleitaban leyendo en italiano aquellas tan sublimes filosofías.
Todas, pues, se dieron el parabién de que León Hebreo no hubiera sido
gravemente ofendido.
El Rey, no sin meditar para mejor ocasión algo en desagravio y obsequio
de León Hebreo, hizo que, por lo pronto, dos de su guardia de a pie le
acompañasen y le escoltasen hasta su posada.
Aunque Damián de Goes había dicho al Rey los nombres de los dos
aventureros castellanos que habían tomado la defensa del ilustre
filósofo israelita, el Rey, por distracción fingida o verdadera, y acaso
por estar depriesa, no les dirigió la palabra y aparentó no fijar la
atención en ellos. Conocedor de las más notables alcurnias y casas de la
nobleza castellana, los apellidos de Zuheros y de Simahonda sonaron mal
y sordamente en sus oídos.
Harto contrariado se sintió de esto Morsamor. No valía la pena de
remozarse y de aparecer otra vez en el mundo como resucitando o
resurgiendo a nueva vida para que le desdeñasen y le hiciesen tan
poquísimo caso como en la vida antigua. Un reniego, apenas articulado,
brotó de sus labios. Morsamor, no obstante, se repuso y disimuló su
enojo, pero Tiburcio no dejó de notarlo y le dijo en voz baja:
--No pierdas paciencia, y ya verás cómo pronto te es propicia la
fortuna.
En efecto, o por benevolencia, o porque los dos aventureros le eran
simpáticos, o para mitigar el desdén o descuido del Rey, Damián de Goes
estuvo afabilísimo con ellos y los movió a seguirle a la iglesia del
Carmen, en pos de la comitiva del Rey.
Contrariado y triste se mostraba Damián de Goes, que era muy humano y
benigno, de la feroz conducta que había tenido la plebe lisbonense con
Judas Abravanel. Esto retrajo a su memoria la horrible matanza de judíos
que pocos años antes, siendo él todavía muchacho, había hecho la plebe
de Lisboa, fanatizada y enfurecida por algunos frailes y secundada por
marineros de diversos países de cuantos barcos estaban anclados en el
Tajo. Tres días duraron el saqueo y la matanza. Más de quinientos judíos
murieron quemados, y degollados cerca de dos mil. El hedor de la carne
chamuscada, de los cadáveres insepultos y de la sangre corrompida
infectaba el aire. El Rey Don Manuel el Dichoso se hallaba entonces en
Évora. Cuando volvió a su capital castigó, severamente justo, tan cruel
infamia, haciendo ahorcar a varios de los amotinados y a dos o tres de
los frailes instigadores. Los judíos portugueses, y no pocos de los
expulsados de Castilla que en Portugal se habían refugiado, con mayor
recelo del rencor de la plebe que confianza en el escarmiento que pudo
causar el castigo, no osaban desde entonces aparecer en público en días
de fiesta y solemnidad religiosa. Lamentable imprudencia había sido la
de León Hebreo.
Pensando casi en alta voz, y según iban subiendo a la iglesia del
Carmen, el futuro historiador del Rey Don Manuel, más excitado por el
amor de la humanidad que por el amor de la patria, deploraba y condenaba
la ferocidad de sus compatriotas contemporáneos así contra los judíos en
Portugal como allá en la India contra las diversas gentes, musulmanas y
gentiles, que iban venciendo y sujetando.
Nuestro Tiburcio, que iba al lado de Damián de Goes, procuró consolarle
diciendo de esta manera:
--No os apesadumbréis tanto, mi buen señor, por lo tremendos y feroces
que suelen mostrarse en el día los hombres de esta península, engreídos
por sus triunfos y por su predominio en la tierra. Al cabo, no sin
piadoso designio, entiendo yo que ha dispuesto la Providencia que sean
las naciones de Aragón, Portugal y Castilla las que prevalezcan y
descuellen en esta edad, todavía algo bárbara y de costumbres poco
suaves. El sentimiento y la creencia de la fraternidad y de la igualdad
humanas están más hondamente arraigados y grabados en el corazón y en la
mente de los pueblos del Mediodía de Europa que en el corazón y en la
mente de los pueblos del Norte. No hay castellano, ni portugués, que se
juzgue de una raza superior; que deje de tener por hermanos suyos a los
demás hombres; pero a veces la codicia rompe este lazo fraternal, y por
robar se mata, y a veces una caridad mal entendida mueve al creyente
celoso a infligir duras penas temporales con el intento y buen propósito
de sacar del poder del diablo y de libertar de las penas eternas a los
que están dados al diablo y son sus esclavos. Confieso que lo dicho
tiene inconvenientes enormes, pero aún sería incomparablemente peor si
fuese un pueblo más soberbio quien hoy predominara. Dentro de dos o tres
siglos, cuando el corazón humano se ablande mucho con la cultura, acaso
sean los pueblos del Norte los que predominen sin los horrores y
estragos que hoy causaría su predominio. En el engreimiento del triunfo,
tendrían por evidente que eran una raza superior y nos exterminarían a
todos sus prójimos no creyéndonos tales. Dentro de dos o tres siglos,
según ya he dicho, la culta filantropía no consentirá tan horrible caso.
Lo más que podrá ocurrir, será que con su desdén orgulloso abatan y
hundan en la abyección a los pueblos de que se enseñoreen, y que tal
vez, predicándoles y enseñándoles doctrinas religiosas contrarias a la
fe católica, sin el esplendor artístico y sin la pompa de sus ritos y
con un concepto tremendo y duro de la justicia divina, no templada por
la misericordia, entristezcan y desesperen a sus catecúmenos y los hagan
morir de aburrimiento. Así presumirán ellos que, sin crueldad, van
despejando de razas inferiores la superficie de nuestro planeta para que
se extienda por toda ella, crezca y se multiplique la raza superior a
que pertenecen.
La extraña teoría de Tiburcio no convenció a Damián de Goes, pero le
hizo reír; y si no la halló verdadera, la halló chistosa.
Morsamor, distraído y taciturno, no prestó atención a lo que Tiburcio
decía.
Así llegaron a la puerta de la iglesia del Carmen, y, encomendando sus
caballos a sendos palafreneros de la Casa Real, que los tuvieron de la
brida, entraron en la iglesia, donde se hallaban ya el Rey y todo su
séquito.
-IV-
Poco tiempo permaneció Morsamor en la iglesia. Pronto salió de ella
acompañado de Tiburcio que le seguía como su sombra.
--Yo no podía estar allí--dijo Morsamor--. Aquel ambiente me sofocaba.
Me consideré reo del sacrilegio más espantoso. Fraile perjuro a sus
votos imaginé que me arrojaban del santuario aquellos mismos tres
ángeles poderosos que armados de azotes y montados en fantásticos
corceles, arrojaron del templo de Jerusalén, para que no le profanase,
al impío Heliodoro, ministro del rey de Siria.
--Mucho exageras tu pecado y el castigo que merece--contestó Tiburcio--.
Te atormentas en demasía. Es muy excepcional tu situación. Tú debes ser
también excepcionalmente juzgado. Tu vida de ahora es vida nueva por
completo. Tu remozamiento casi es resurrección. Desecha remordimientos
vanos. No te tengas por la misma persona que hizo sus votos en el
convento de Sevilla. Cree más bien que eres el hijo de aquel fraile, que
te engendró antes de entrar en la regla, y hasta que eres el nieto de
aquel otro aventurero Morsamor que andaba por el mundo en el reinado de
Enrique IV de Castilla.
Morsamor replicó:
--Quiero suponer que tienes razón en lo que dices. Me serenaré; me
aquietaré creyéndome otro del que era. Algo hay, no obstante, que me
amarga y emponzoña esta nueva vida y me persuade de que soy el mismo: el
desdén, el menosprecio con que todos me miran. Con rapidez ha pasado por
mi alma, pero dejando en ella doloroso rastro como si fuese metal
derretido, un abominable pensamiento. Si yo me hubiese lanzado de súbito
sobre ese rey presuntuoso que me desdeñaba, y le hubiese dado violenta
muerte, de súbito también hubiera salido yo de la insignificante
obscuridad en que me veo y las diez mil voces de la Fama hubieran
llevado mi nombre por el mundo todo.
--Menester es--interpuso Tiburcio--que deseches esa ridícula y constante
preocupación de que no te hacen caso. El tenerla ha sido hasta hoy causa
principal de que no te le hagan. Tal preocupación proviene de sobra de
vanidad y de falta de orgullo. Quien anhela que le hagan caso es quien
no está seguro de su propio valer. Ora duda de él y quiere que los
extraños confirmen y acrediten que le tiene; ora en el fondo de su
atribulada conciencia se ve ruin, necio y para poco, y aspira sin
embargo, a imponerse, engañando al mundo. Al orgulloso, al que hace alta
estimación de sí propio, poco o nada le preocupa la estimación de los
demás. Si no le estiman es porque no le comprenden. Y si le estiman,
todo el caso que hagan de él no aumentará en un escrúpulo, en un átomo,
la importancia que él se atribuye. En lo antiguo, entre los gentiles,
era muy frecuente esa preocupación que tú tienes ahora. Sin duda por el
afán de lucirse y de inmortalizarse, así como Eróstrato incendió el
templo de Diana en Efeso, hubo muchos que, sintiéndose ruines, amaron la
celebridad más que la vida, y no por amor a la libertad y a la patria,
sino por amor de la vanagloria, dieron muerte a sendos reyes o tiranos.
El gran satírico de Roma lo consigna en sus versos: _Pocos son los
tiranos y los reyes que descienden al infierno con muerte sosegada y
pacífica y sin violencia ni sangre_. La religión de Cristo ha mitigado
este furor de celebridad. Acaso llegue un día en que las creencias sean
menos firmes, y entonces movidos los miserables por la sed de nombradía,
volverán a intentar o a perpetrar crímenes que los levanten sobre los
demás hombres, aunque sea en el patíbulo. Tiene de bueno la humildad
cristiana, que es de todo punto contraria a la vanidad aviniéndose con
el orgullo recto y sano. Después de exclamar, con el muy elocuente
Obispo de Hipona: _¡Gran cosa es el hombre hecho a imagen y semejanza de
Dios!_, ¿quién ha de preocuparse de que en esta baja tierra le hagan o
no le hagan caso? Si ha de consistir nuestra aspiración en _ser
perfectos como nuestro Padre que está en el cielo_, ¿qué añaden a la
suma de lo perfectible las vulgares alabanzas y los honores mundanos? El
buen imitador de Cristo se muestra sin duda muy humilde, pero es con
relación al Dios que ama y adora. Postrado ante su Dios es despreciable
pecador, es vil gusano, pero esa misma humillación le encumbra luego. El
humilde Francisco de Asís sube al cielo, y, si hemos de dar fe a la
revelación que tuvieron sus hijos espirituales, fue a sentarse en el
esplendoroso y elevadísimo trono que dejó allí vacante Lucifer después
de su rebeldía. Y no dilato más mi razonamiento. Básteme concluir
aconsejándote que no hagas el menor caso de que te hagan o de que no te
hagan caso. La estimación se la da uno mismo sin necesidad de que se la
dé nadie. Otras son las mil cosas materiales e inmateriales que están
fuera de nosotros y que fuera de nosotros es menester buscar y hallar.
Como ejemplo de las inmateriales pongo el amor. Ya encontrarás tú quien
te ame. Como ejemplo de las materiales, casi como cifra y compendio de
todas ellas, pongo el dinero, y ese le tenemos en abundancia, gracias a
la espléndida munificencia del Padre Ambrosio. Alégrate pues, y ten
pecho ancho. Ya el Padre Ambrosio, en su previsora sabiduría, habrá
dispuesto los sucesos de tal manera que pronto te atiendan, no como fin,
pues basta que te atiendas tú, sino como medio de realizar otros fines.
Aquí llegaba Tiburcio en su singular perorata, cuando salió de la
iglesia un viejo venerable, ricamente vestido, como muy principal
hidalgo que era. Y parándose delante de Morsamor y mirándole de hito en
hito con jubilosa sorpresa, le dijo:
--Sois, señor, el vivo retrato, no sé si de vuestro padre o de vuestro
abuelo, a quien conocí y traté hará ya medio siglo, pero cuya imagen
está grabada en mi memoria con rasgos indelebles. Le debí primero
franca, leal y cariñosa amistad y después, la vida. Yo me llamo Duarte y
soy hijo del heroico Pedro de Mendaña, quien después de la batalla de
Toro se mantuvo tanto tiempo en el castillo de Castronuño, contra todo
el poder de Castilla. Un valeroso aventurero de aquella nación, cuyo
nombre era como el vuestro Miguel de Zuheros, y cuyo sobrenombre de
guerra era también Morsamor, fue en aquel castillo mi constante
compañero de armas. Audaces correrías hicimos a menudo en el país
enemigo. Talamos sus panes, saqueamos alquerías y granjas y volvimos no
pocas veces a nuestra fortaleza cargados de botín riquísimo. En una de
estas excursiones, que no olvidaré nunca, nos cercó gran golpe de
villanos armados y de gente guerrera a caballo. Allí me derribaron del
mío, asaz mal herido, y allí hubiera muerto yo, si Morsamor no me
defiende con extraordinario brío. Él pudo rechazar por algunos instantes
a los que nos cercaban, ponerme con increíble ligereza a las ancas de su
corcel, y huir conmigo a todo escape entre un diluvio de flechas y de
balas. Así pudimos refugiarnos en el castillo de Castronuño. Poco tiempo
después desalojó mi padre el castillo en virtud de muy honrada y
ventajosa capitulación. Siete mil florines cobró mi padre del castellano
por el favor que le hizo de abandonar la fortaleza y de volverse a su
patria. Entonces nos separamos de Morsamor que se quedó en Castilla.
Como yo le debo tanto, jamás he podido olvidarle, aunque no volví a
verle ni a saber de él después. Ya en aquella época era él, sin duda, de
mayor edad que tú ahora. Precoces arrugas surcaban su rostro, y en sus
cabellos y en su barba, negros como la endrina, blanqueaban bastantes
hilos de plata. Morsamor era más joven, pero aparentaba tener más de
cuarenta años. Tú resplandeces ahora en juventud lozana. Acaso no hayas
cumplido aún los veinticinco. Entiendo, pues, que no eres el hijo, sino
el nieto de mi salvador y amigo de tu mismo nombre. Permíteme que
reanude contigo los lazos de aquella amistad, que te pague la deuda de
mi gratitud y que estrechamente te abrace.
Morsamor se dejó abrazar y abrazó también con efusión a Duarte de
Mendaña, recordando el beneficio que le hizo, aunque aceptando que el
bienhechor no había sido él, sino su abuelo.
--Así es mejor--dijo Tiburcio riendo y por lo bajo--. Así te triplicas y
de ti mismo te forjas antepasados. Así te asemejas a cierto mercader que
el Padre Ambrosio conoció en Roma, de quien contaba que se hizo retratar
en escultura y en pintura, con trajes de todas las edades, hasta de
aquella en que florecieron los Scipiones y los Favios. Con tan buena
maña se formó larga serie de progenitores ilustres.
Como quiera que ello fuese, el reconocimiento que Duarte de Mendaña hizo
de Morsamor, le sirvió de mucho, allanó dificultades, disipó recelos e
hizo que el Rey le hablase y le recibiese en su corte.
-V-
Recibidos ya en la corte Morsamor y su doncel Tiburcio, lograron pronto
ser estimados y queridos.
Las fiestas de todo género se sucedían entonces sin un momento de
descanso. El Rey quería celebrar el concertado enlace de su hija la
Infanta doña Beatriz con el Duque de Saboya, y anhelaba deslumbrar a los
embajadores de aquel potentado, que iba a ser su yerno, con el lujo, la
magnificencia y el esplendor de la capital de sus dominios. El tiempo
volaba sin sentir en medio de tantos deleites. Hubo brillantes saraos,
festines, cacerías y giras campestres variadas y amenas.
Tiburcio, que era muy alegre y decidor, divertía y regocijaba a las
damas y tenía con ellas mucho partido. No alcanzaba tanto favor con los
hombres. Tal vez le envidiaban muchos. Tal vez se dolían otros de la
insolente suerte con que les ganaba el dinero cuando jugaban a los
dados.
De todos modos, aunque era muy lucido el papel que Tiburcio hacía,
Morsamor se adelantaba en lucimiento y obtenía aplausos mayores.
Muy celebrado fue Tiburcio por la serenidad y la destreza con que en una
montería a caballo, hirió con su rejón un enorme y espumante jabalí,
dejándole muerto. Pero Morsamor aún fue más aplaudido, porque, en
cerrado coso, a caballo, y armado también de frágil bastón en cuya
extremidad había acicalado hierro, lidió y mató bravos toros entre las
entusiastas aclamaciones de caballeros y de damas.
Sin duda entonces hubo de prendarse de Morsamor doña Sol de Quiñones. Lo
cierto es que él se prendó de ella, hizo gala de que la servía y vistió
sus colores.
Cuando se dispuso que hubiese también algo a modo de justas, donde los
caballeros luciesen su habilidad en varios ejercicios a la jineta,
corriendo sortijas y tirando bohordos, Morsamor quiso tomar parte en las
justas y lucir en ellas una empresa significativa de los sentimientos
amorosos que doña Sol le había inspirado.
Consultado sobre el caso a Tiburcio, que de todo entendía, Tiburcio hubo
de decirle que no le parecía mal su propósito, con tal de que la empresa
no fuese sobrado jactanciosa, ni tampoco muy clara ni muy obscura, sino
dotada de la discreción conveniente y con lema, mote o divisa de notable
concisión y más bien en latín que en idioma moderno.
Tiburcio añadió luego:
--Esto de las empresas es usanza muy agradable y muy seguida en el día.
No hay príncipe, ni monarca, ni valiente y enamorado caballero que no
guste ahora de salir luciendo alguna empresa, ya en su sobreveste, ya en
su bandera o estandarte, ya en la cimera de su yelmo. Algunas de estas
empresas han sido y son muy celebradas por el tino y primor con que
expresan el pensamiento, la intención o el valer de quien las usa. De
aquí que varones muy doctos no han desdeñado inventarlas, sino que lo
han tenido a mucha gloria. De Antonio de Nebrija, egregio maestro en
Castilla de letras humanas, se cuenta que inventó la empresa del Rey D.
Fernando el Católico, la cual era el nudo gordiano, desbaratado y roto
por la mano y espada de Alejandro, con un letrero que decía: _Tanto
monta_, o sea que es lo mismo romper que desatar. Y más tarde el Sr.
Luis Marliani, Obispo de Tuy y médico y matemático insigne, inventó
empresa todavía mejor, para el César Carlos V, reemplazando el eslabón
de Carlos el Atrevido, Duque de Borgoña. Y fue y es la tal empresa la
representación de las columnas de Hércules, con esta letra: _Plus
ultra_; breves, elocuentes y sublimes palabras, que evocan en la mente
de quien las lee la inmensidad del Océano, las islas y los continentes
incógnitos, el nuevo mundo en suma, descubierto y dominado por la
tenacidad, la osadía y la ventura de los hijos de Iberia. Empresas
políticas son estas; pero también los galanes enamorados han solido
inventar en ocasiones muy graciosas y gentiles empresas. Veamos si a ti
se te ha ocurrido alguna que merezca elogio y que convenga a tus fines.
Morsamor contestó:
--En verdad, se me ha ocurrido una empresa, que me parece bien. Si peca
por algo, es por ser sobrado clara. Pongo yo un campo dividido en
quiñones o suertes, pero que nadie puede cultivar ni gozar porque le
rodea una salamandra que en torno del campo se enrosca. Y en el centro
hay un sol de oro cuyos rayos enamoran a la salamandra a par que la
queman. Y de la boca de la salamandra sale una cinta que va hacia el sol
y lleva este escrito: _En ti vivo, muero y ardo_.
Tiburcio no pudo menos de hallar la empresa sutil e ingeniosa; pero como
era muy franco y decía su parecer sin rodeos y aconsejaba con toda
libertad, habló a Morsamor de esta suerte:
--De perlas encuentro yo todo eso. He de permitirme, no obstante, hacer
algunas observaciones, y aun de atreverme a aconsejarte y amonestarte,
pues aunque novicio y más joven que tú, soy como el apoderado y
representante del sapientísimo Padre Ambrosio, en cuyo nombre hablo.
Declaro, pues, en su nombre, que estos enamoramientos son un tanto
cuanto pueriles y pueden ser perjudiciales. ¿Has venido acaso a nueva
vida por la virtud pasmosa de la ciencia para volver a las andadas e
incurrir (perdóname que así las califique) en las mismas locuras y
sandeces de tu vida anterior? Tú te has remozado para acometer grandes
empresas que honren y glorifiquen a ti y a todo el linaje humano y no
para enamorarte como un bobo de una damisela entonada y cogotuda que
acabará por apartarse de sí con melindroso desprecio cuando se satisfaga
y harte su amor propio de recibir adoraciones. Si yo creyese como
Pitágoras que las almas transmigran y que van sucesivamente informando
distintos cuerpos, lo que recelo que pasa en ti, me inclinaría a
entender que de nada vale la tal transmigración para el adelanto de las
almas. Aunque tuviésemos siete vidas como los gatos, haríamos en la
séptima simplezas no menores que en la primera y daríamos idénticos
tropiezos y caídas. Nada censuraría yo si se limitasen estos amoríos a
ser un galante y fugaz pasatiempo, pero los hallo muy mal si son serios.
El inaudito esfuerzo que el Padre Ambrosio hizo para remozarte, no debe
tener tan mezquino resultado.
--Tu amonestación--contestó Miguel de Zuheros--es infundada y hasta
perversa. Blasfemas calificando de sandio y de mezquino al amor, germen
fecundo de virtudes y de grandes acciones. Acuérdate de la divina fábula
de Esopo. Amor bajó del Olimpo para consolar al linaje humano. En el
banquete de los dioses faltó la antigua alegría porque Amor estaba
ausente. Amor volvió entonces al cielo y rara vez y muy de pasada acude
al mundo, donde sus menores hermanos, hijos de las ninfas, toman su
apariencia y le imitan hiriendo las almas vulgares. Pero el verdadero y
celeste Amor hiere las almas escogidas, e hiriéndolas, las habilita y
dispone para llevar a cabo las más altas hazañas. De este celeste Amor
imagino y pretendo yo estar herido. ¿En qué contraría, en qué desluce o
esteriliza semejante enamoramiento el propósito que pudo tener el Padre
Ambrosio al remozarme?
--Mucho podría yo argumentar en contra--replicó Tiburcio--. Para impulso
de grandes hazañas, preferiría yo en ti el amor de la gloria, el de la
patria, el de todo el humano linaje, el de Dios mismo y no el de una
mujer cualquiera. Tal amor tiene no poco de idolatría. Tú te le finges
espiritual y alambicado, mas yo sospecho que no lo es. Yo le creo nacido
del consorcio de tu vanidad mundana con cierto prurito que proviene sin
duda de que al Padre Ambrosio se le fue la mano cuando compuso la poción
preparatoria que te propinó antes de remozarte, vertiendo en ella en
demasía cierto ingrediente: el zumo de las mandrágoras con que Lía
apartaba a Jacob de Raquel y le atraía a su regazo.
--Inverosímil parece--interpuso Morsamor--que tú, siendo tan mozo, dudes
de lo verdaderamente poético o más bien lo niegues, entregándote a
cavilaciones diabólicas.
--¿Quién sabe?--dijo Tiburcio--. Posible es que tenga yo algo de diablo,
pero, aun así, yo sería siempre un diablo muy puesto en razón y muy
juicioso.
Sin enojo oyó Morsamor las amonestaciones de Tiburcio, pero no atendió a
sus consejos y siguió pretendiendo y rindiendo culto a doña Sol de
Quiñones.
En las justas figuró con brillantez y lució la empresa que él mismo nos
ha descrito.
Hubo en palacio otra magnífica fiesta. El egregio poeta Gil Vicente
había compuesto un auto alegórico y mitológico para celebrar la boda de
la Infanta y desearle toda ventura en su viaje a los Estados de su
esposo. El auto se representó en palacio con gran lujo y primor en los
adornos y vestimentas de cuantos farsantes figuraron en él.
Nada menos que la Divina Providencia toma las convenientes medidas y lo
apercibe todo para que la navegación de la recién desposada sea
próspera, decorosa y grata. A este fin llama a Júpiter y le encomienda
el asunto. Júpiter entonces convoca y reúne a las divinidades de los
mares y de los vientos y con ellas arregla y ordena tan benignamente las
cosas que la Infanta puede llegar al puerto de Villafranca, sana, salva
y complacida, como llegó en efecto.
El lindo y candoroso auto de Gil Vicente se titula _Cortes de Júpiter_,
y fue muy aplaudido por el noble auditorio. Pero, en medio de los
aplausos, no faltaron cortesanos y damas que en voz baja hablasen de un
sujeto cuya ausencia no extrañaban aunque hacían sobre ella comentarios,
tal vez piadosos, tal vez malignos.
Era este sujeto el trovador Bernardín Riveiro, estimado como nuevo
Macías. Nadie ignoraba su audacia, su fervoroso amor a doña Beatriz. Y
no pocos creían que ella había correspondido a aquel amor con afecto tan
puro como vehemente. Por cierta se daba la desesperación de Bernardín
Riveiro al ver que iba a ausentarse el alto objeto de su adoración y de
su culto. ¿Dónde habría ido Bernardín Riveiro a ocultar su dolor o más
bien a darle en la soledad rienda suelta? Esto se preguntaban los
caballeros y las damas, si bien se lo preguntaban como profundo misterio
que todos sin embargo sabían. De lo que tal vez se dudaba era de si
compartía doña Beatriz la pena del trovador, de si engreída con la pompa
nupcial y con su triunfo, no se cuidaba de aquella pena o de si la
convertía en su corazón en melancolía suave, en algo a modo de ensueño
dulce, triste y vago que la brillante realidad iba desvaneciendo como se
desvanece la pálida luz de las estrellas ante el alegre esplendor de la
rosada aurora.
Como quiera que fuese, la Infanta doña Beatriz, acompañada de los
embajadores, de su esposo y de gran comitiva de damas y de señores
ilustres de la primera nobleza de Portugal, partió al fin de Lisboa para
Villafranca de Niza. El Rey, su padre, y la señora Reina fueron
embarcados hasta el convento de Belén para despedirla. Y de allí zarpó
la magnífica armada de dieciocho bajeles, tan poderosos y bien
artillados que, como dice Gil Vicente en su auto, no podían menos de
hacer temblar al turco.
A poco de la partida de la Infanta doña Beatriz, la corte se fue a
Cintra, deliciosa residencia de verano.
Morsamor, como gran forastero, siguió a la corte, acompañado de su
doncel Tiburcio.
Aún no hermoseaban a Cintra los espléndidos bosques de camelias que le
prestan hoy tan singular atractivo. En la más elevada cumbre de sus
montes no resplandecía aún restaurado el castillo que llaman de la Peña,
donde el maravilloso ingenio artístico del Rey D. Fernando, consorte de
doña María de la Gloria, ha mostrado su inspiración y lucido su
inventiva, labrando la piedra con mil primorosos caprichos y dando ser a
un extraño monumento arquitectónico que más que de hombres parece
vivienda de silfos y de hadas.
Cintra, no obstante, era entonces tan encantadora como en el día.
Aquellos cerros, que estriban en el Atlántico y forman el promontorio
más occidental de Europa, parecían tener, en edad de tanto predominio y
triunfo de los portugueses, un simbólico significado; eran el trono de
flores y de perenne verdura, donde había venido a sentarse el Genio de
Portugal para derramar luz sobre el Mar Tenebroso, abrir nunca hollados
caminos y extender su conocimiento y su dominación por los más apartados
países y entre los más diversos pueblos.
Flora y Pales han prodigado sus tesoros en aquellos sitios. Arroyos de
agua cristalina fecundan por donde quiera el suelo y dan grata frescura
al ambiente, embalsamado por la esencia olorosa de una vegetación
exuberante. Árboles lozanos y gigantescos crecen hasta en los más
elevados picos, arraigan hasta en las hendiduras de las peñas y forman
enramadas y verde bóveda sobre los mil senderos y veredas que cruzan los
valles y que serpentean por la falda de los cerros, dibujándose como
bordado de oro sobre el florido manto y sobre la mullida alfombra de
hierba fresca que por todas partes se extiende.
Además del regio alcázar, ya había entonces en Cintra no pocos palacios
y quintas de particulares ricos y no faltaban hospederías donde los
extranjeros pudieran albergarse.
-VI-
Doña Sol y algunas otras damas de palacio habían acompañado a la Reina a
Cintra. Natural era que hubiesen acudido allí también los galanes que a
estas damas servían.
Algo me incumbe decir aquí de que me pesa por dos razones. Es la
primera, que lo que yo diga como historiador verídico redunda quizá en
menoscabo, aunque ligero, de la alta opinión que de doña Sol debe
tenerse. Y es la segunda que no acierto a decirlo, sin grandes rodeos y
perífrasis, a no valerme de términos o vocablos disonantes por su
anacronismo.
Nadie ignora en el día lo que significa _coquetear_. Otro verbo novísimo
se va introduciendo ya en nuestro idioma, verbo que no sé bien si
expresa la misma acción del coqueteo o si tiene un leve diferente matiz,
que se opone a la completa sinonimia. _Flirtear_ es el verbo novísimo.
Permítaseme, pues, que, desechando mis escrúpulos morales y
lingüísticos, me atreva a declarar aquí que doña Sol era muy inclinada a
coquetear o a _flirtear_ y que con Morsamor había coqueteado o
_flirteado_ mucho.
El anhelo de ser servidas y adoradas es tan poderoso en las mujeres, aun
en las más recatadas y honestas, que las mueve a atropellar muchos
respetos y a ponerse en ocasión de graves dificultades y compromisos.
Sin duda no fue amor lo que Miguel de Zuheros inspiró a aquella dama:
fue sólo sobrada y muy poética estimación de su gallarda apostura,
elegancia, bizarría y ameno trato. Pero, al distinguir a Morsamor con
inocentes favores, al atraerle con blandas sonrisas y con apenas
perceptibles, fugaces y dulces miradas, y al mostrarse con él más
conversable y benigna que con los otros hombres, doña Sol hizo que él se
engriese y se juzgase correspondido. Doña Sol entonces hubo de asustarse
de su poca prudencia, y deseosa sin duda de cortar las alas a los
atrevidos pensamientos que ella misma había hecho nacer en el alma de
Morsamor, apeló a un recurso, empleado con harta frecuencia, aunque por
demás peligroso. Para que Miguel de Zuheros reconociese que no era amor
lo que por él sentía, sino gratitud a sus rendimientos y obsequios y
cierta vaga e indecisa predilección doña Sol atrajo y cautivó, aunque
con menos marcados favores, con menos blandas sonrisas y con miradas
menos dulces y más fugaces, a otro caballero de los que en la corte
asistían.
El remedio fue peor que la enfermedad. El nuevo galán semi-favorecido
fue Pedro Carvallo, hidalgo poco sufrido y en extremo orgulloso por las
riquezas y por la fama de valiente soldado que de la India había traído.
Pedro Carvallo era además infatigable emprendedor en conquistas amorosas
de todo linaje. Con igual ahínco acometía la más fácil como la más
difícil empresa, y ya le hemos visto aparecer en esta historia
acompañando a la célebre aventurera italiana Donna Olimpia de Belfiore.
Con gusto entró Pedro Carvallo en más arduo y noble empeño. Y sobre el
contento y la satisfacción de amor propio que por enamorar a tan bella e
ilustre dama se prometía, hubo de prometerse también desbancar y
humillar a aquel castellano intruso, a quien sin saber porqué, puede ser
que por envidia, había cobrado odio desde que le vio por vez primera.
Pedro Carvallo, no obstante, distó mucho de conseguir su propósito. Doña
Sol no le favoreció sino hasta el punto de hacer notar que su afecto
hacia Morsamor no era exclusivo, y siguió otorgando a Morsamor favores
más marcados y preferencia más clara.
Así acrecentó y emponzoñó doña Sol en el alma de Pedro Carvallo el enojo
que Morsamor le Inspiraba. Y como Pedro Carvallo era poco circunspecto y
muy jactancioso y no sabía refrenar la lengua, habló en varios sitios y
con no pocas personas, contra el aventurero castellano y hasta llegó a
decir que le provocaría, le retaría y le daría muerte.
Nadie, por fortuna, llevó a los oídos de Morsamor tales fieros y
jactancias. Pero la Reina, con la propia condición de mujer, y más aún
de la que vive retraída y desocupada, se complacía en saber todas las
intrigas y sucesos, sobrando siempre damas de la servidumbre que se
empleasen a porfía en averiguarlos y en contárselos luego.
Pronto, pues, supo la Reina la rivalidad de Pedro Carvallo y de
Morsamor, así como las coqueterías de doña Sol que la habían causado. La
Reina no tardó entonces en reprender severamente a su dama favorita.
Doña Sol se arrepintió, lloró y prometió enmendarse. Hizo examen de
conciencia y creyó sacar en limpio del examen que no amaba aunque
agradecía; que la habían deleitado y lisonjeado el acatamiento y las
finuras amorosas de ambos galanes, pero que no estaba prendada de
ninguno de ellos y que sin pena quería y podía despedir al uno y al
otro.
Entre tanto, en Cintra no era como en Lisboa. En Cintra no había en
palacio grandes fiestas, sino íntimas reuniones.
Morsamor y Pedro Carvallo no eran de los íntimos, no iban a palacio y en
balde procuraban acercarse y hablar a doña Sol, a quien sólo veían rara
vez y desde lejos.
No por eso desistían ellos de sus pretensiones. Muy pertinaces y tercos
eran los dos. La Reina acabó por enfadarse de encontrarlos siempre a su
paso cuando salía del alcázar e iba a cualquiera parte. El temor de que
sobreviniese un conflicto aumentaba su enfado.
La Reina volvió entonces a reprender a doña Sol y esta alegó que ya no
tenía culpa. Y al cabo para mostrar mejor que no la tenía y para lograr
que acabasen aquellos obstinados galanteos, concertó con la Reina el
medio que le pareció más prudente.
Doña Sol no podía escribir decorosamente a ninguno de los dos galanes ni
para despedirlos siquiera. El encargado de todo, por la Reina misma, fue
el anciano Duarte de Mendaña, que tenía empleo en palacio y que había
sido el que introdujo a Morsamor en la corte, según ya referimos.
Duarte de Mendaña se apresuró a cumplir con su comisión. Visitó primero
a Pedro Carvallo, le enteró del enfado de la Reina y en nombre de su
Alteza y con pleno y libre consentimiento de doña Sol, le intimó que
desistiese de sus pretensiones y persecuciones.
Duarte de Mendaña, más severamente aún y con no menor recato, habló con
Morsamor, le robó de parte de doña Sol toda esperanza de ser amado de
ella y le exigió que no siguiese pretendiéndola.
Grandes fueron el pesar y la rabia de Morsamor luego que recibió tan mal
recado.
Con descompuestos ademanes, el entrecejo fruncido y crispados los puños,
acudió Morsamor a su confidente Tiburcio para desahogarse hablando del
caso.
-VII-
Con entrecortadas y rápidas frases refirió Morsamor a Tiburcio su
conversación con Duarte de Mendaña.
Luego añadió Morsamor:
--Ya ves cuán cruel ha sido mi desengaño. Casi me arrepiento de haber
querido volver a ser joven. Viejo y retirado del mundo, ni yo me
enamoraba de nadie ni nadie me desdeñaba. ¿Qué puedo yo ser en esta
nueva vida sino el arrendajo miserable, la mal trazada copia del pobre
Bernardín Riveiro?
--Cálmate, Miguel, y no imagines que debes ser copia de original tan
menguado y atribulado. Yo topé con él varias veces y me dio lástima y
grima el verle. Ya iba cruzando por entre las breñas e internándose en
lo más esquivo, ya emulando con las cabras monteses, saltaba por esos
vericuetos. Dos o tres veces pasó cerca de mí y me causó horror. Rota y
manchada la vestidura y enmarañado el cabello, más parece fiera que
hombre. Seguro estoy de que en las venideras edades no han de creer y
han de negar los críticos juiciosos estos ridículos desatinos; pero yo
los he visto y no puedo negarlos. Bernardín Riveiro, por otro lado,
tiene algún fundamento para hacer lo que hace. La Infanta había
correspondido a su pasión; le había querido y había dejado de quererle,
pues se casó con otro. Tú distas mucho de hallarte en el mismo caso. Ni
doña Sol es Infanta, ni doña Sol te ha querido nunca, ni inspirado tú
por doña Sol has de escribir églogas, canciones, romances e historias en
prosa que te inmortalicen. Dado que le imitases, sólo imitarías a
Bernardín Riveiro en lo tonto. Serías la víctima candorosa de ciertas
invenciones poéticas, falsas o exageradas, que deleitan mucho en el día,
como, por ejemplo, la famosa _Questión de Amor_. Indigno de ti y más que
ridículo sería que te empeñases en traer a la vida real los ensueños de
la fantasía y en convertir las flores retóricas en hechos. Bien está que
se diga:
El primer día que os vi
tan mortal fue mi ferida
que en veros quedé sin vida
y el vivir se vio sin mí.
Y todavía me parece mejor, más alambicado y más agudo, aquello otro que
con tintas variantes suele repetirse:
Morir a vivir prefiero;
y de tu beldad cautivo,
o no vivo porque vivo
o muero porque no muero.
No creas que no me deleitan estas y otras coplas parecidas. Son muy
ingeniosas. Pero del dicho al hecho, hay gran trecho. Y el Padre
Ambrosio tendría una desazón enorme si viese frustrado el buen éxito de
su ciencia pasmosa y que no había valido el remozarte sino para que tú
hicieses sin razón la parodia de Beltenebros en la Peña pobre. Si es
verdad lo que se refiere de D. Enrique de Villena, yo me complazco en
esperar que no salga jamás de la redoma a vivir segunda vida para
incurrir en las mismas necedades que hizo en la primera. Escarmienta tú
en el caso del monje Teófilo, cuya historia nos refirió el poeta Berceo,
y escarmienta en otros casos de algunos sujetos que ya se remozaron con
el auxilio del demonio y no disparates como ellos disparataron.
Considera que tú tendrías menos disculpa, porque no te has dado al
demonio como se dieron ellos y porque esta juventud nueva, que te ha
caído encima como llovida del cielo, no se debe a Satanás, sino a
ciencia y arte muy sanas. Indispensable es, por consiguiente, que tú te
conserves sano también, que mires por tu gloria, que aproveches la
ocasión que de alcanzarla se te ofrece y que no hagas muchas tonterías.
Lícito te será, a mi ver, hacer algunas, por distracción y como de
pasada, pero tu mira principal debe ponerse muy alto.
--Tan conforme estoy contigo en lo esencial--dijo Morsamor--que tu
sermón es inútil porque predicas a un convertido. Antes que todo y sobre
todo yo quiero gloria y harto sabes tú cuan dispuesto y apercibido estoy
a buscarla. Concertado lo tengo todo con los ricos mercaderes genoveses
Gabriel Adorno y Gaspar Salvago. La gruesa nave que ellos han fletado y
con real privilegio han cargado de mercancías nos aguarda ya en Cascaes,
pronta a zarpar para la India. Las direcciones náutica y mercantil están
encomendadas por dichos mercaderes a un hábil piloto y a un
administrador inteligente, pero yo he de ser el verdadero capitán de la
nave y el que gobierne y ordene en ella cuanto importe a la defensa de
las riquezas que conduce y cuanto sea menester para castigar y arrollar
a los enemigos de la fe de Cristo, mahometanos o idólatras, que se
atraviesen en nuestro camino. Iremos con la expedición que manda a
Oriente el Rey D. Manuel y estaremos a las órdenes de su almirante y de
su virrey, pero gozaremos de cierta independencia que yo sabré hacer
mayor cuando conviniere. Acaso mañana mismo nos podremos ya dar a la
vela. ¿Qué inconveniente hubiera habido en que yo, en vez de salir
desdeñado, saliese alentado por el favor de una dama, señora de mis
pensamientos, por sus promesas de ser mía cuando yo volviese triunfante
y por el anhelo de acometer y dar cima a grandes hazañas para poner a
sus pies mis laureles y mis trofeos?
--Bello era tu plan--replicó Tiburcio--pero de falsa y vana belleza. Un
gran propósito se empequeñece cuando se subordina a fin pequeño. Por la
patria a que perteneces, por la raza de hombres, cuya religión, cultura
y lenguaje sostienes y defiendes, por amor de todo el humano linaje, por
el afán de lograr altos fines a que puedes creerte como fadado y
predestinado, comprendo que no haya empresa a que no te aventures;
comprendo que todas ellas sean sublimes por la elevación del término que
tú les busques. Pero, si todo se hace por lisonjear la vanidad de una
dama, todo será también vanidad y lisonja, y nada serio habrá en ello ni
digno de varón discreto y prudente. Extraños fueron a los sandios
enamoramientos que tú fantaseas los héroes sanos de cuerpo y de alma que
hubo en las antiguas edades. Y si por acaso caía alguno de ellos en
sandez por el estilo era para su vencimiento y vergonzosa desventura.
Sírvante de lección la vida y los amores de Marco Antonio y Cleopatra,
que habrás leído o habrás oído referir a personas doctas.
--Juiciosa es la doctrina que expones--interpuso Miguel de Zuheros--. No
atino contradecirla ni a disputar contigo. El corazón, no obstante,
puede más que la cabeza. Y no bastan todas tus reflexiones, que hago
mías, para que deje yo de lamentar la pérdida de la ilusión que me había
forjado: que el recuerdo de doña Sol fuese como la estrella que me
guiase en mis peregrinaciones, y que mi amor y mi esperanza de ser amado
me prestasen aliento para dar cima a las proezas más altas. Te confieso
que la pérdida de esta ilusión me tiene harto triste, aunque me esfuerzo
para no estarlo.
--Bueno será--dijo Tiburcio--que sacudas de ti esa melancolía. El
abatimiento y la tristeza enervan a los hombres y los incapacitan para
todo. Menester es que tu ánimo se regocije. No se riegan con lágrimas
los laureles. La alegría es quien mejor cuida de ellos y hace que
florezcan lozanos.
-VIII-
De acuerdo con lo ya expuesto, el previsor y hábil Tiburcio lo preparó
todo de la manera más conveniente, para que la partida de Morsamor no
fuese con lágrimas humillantes y amargas, como nacidas de desdenes, sino
con alegría, y hasta con cierto estrépito y alborozo según a un héroe y
futuro conquistador correspondía y cuadraba.
Tiburcio era un hurón para descubrir y acosar su presa, por muy borrado
que el rastro quedase en la pista y por muy oculta que fuese la
madriguera.
No acertaremos a explicar con qué arte diabólico Tiburcio había
averiguado que al anochecer del día anterior dos gentiles damas,
conocidas suyas, habían llegado a Cintra muy recatadamente, y habían ido
a instalarse en una hermosa casa de campo que allí poseían los señores
Adorno y Salvago.
La casa estaba lejos de la población, en lugar retirado y esquivo, más
allá de la sombría quinta que fue más tarde de D. Juan de Castro, y en
amenísimo valle, camino de Colares.
Los genoveses, viudo el uno y solterón el otro, aunque eran ambos de
edad provecta, enemigos del escándalo y muy inclinados a la devoción,
gustaban de echar de vez en cuando una cana al aire, sin perder su grave
circunspección y con la debida cautela. En aquellos días, estaban
afanadísimos con los preparativos y el embarque de víveres y de otros
bastimentos que por contrata debían hacer y que hacían para la salida de
la flota.
No bien esta se diese a la vela, se proponían ellos reposar de sus
fatigas y recrearse y holgarse en su retiro campestre, con un idilio
delicioso y bien concertado. A este fin, enviaron por delante, para que
lo tuviesen todo dispuesto y los aguardasen nada menos que a donna
Olimpia de Belfiore y a su compañera Teletusa. Ambas, se comprometieron
con gusto y fueron a esta excursión.
Donna Olimpia era muy singular mujer por todos estilos. Se preciaba de
bien nacida, de leal en sus tratos, de fiel a sus compromisos y de tener
una conciencia tan escrupulosa y estrecha, cuanto su profesión
consentía.
Jactábase donna Olimpia de la nobleza de su cuna, procuraba hacer creer
que era su familia del patriciado de Venecia y que figuraba en el _Libro
de oro_, y aun llegaba a afirmar en ocasiones que en el Tribunal de los
Díez se había sentado un tío suyo.
Años atrás, donna Olimpia había figurado con brillo en los saraos de la
bella Imperia, Aspacia del siglo de León X, como la cortesana de Mileto
lo había sido del de Pericles. Donna Olimpia, satélite ya de un astro
tan refulgente, acaso hubiera llegado a igualarse con dicho astro, si su
desatentada afición a correr mundo y ver tierras extrañas no lo hubiese
estorbado. Era tal afición, que Pedro Aretino, autor de la preciosa
historia de _La p... errante_, pensó con insistencia en tomar a donna
Olimpia por modelo, para dotar su historia de una segunda parte más
variada y peregrina. Acaso impidió que dicho propósito se realizase la
repentina muerte de Pedro Aretino, el cual, según aseguran, aunque donna
Olimpia, que era muy su amiga, lo negaba como calumniosa patraña, murió
de risa, al oír contar los embustes, embelecos y travesuras de una
hermana suya, famosa por sus devaneos.
Como quiera que fuese, donna Olimpia, según hemos dicho, tenía la
conciencia muy estrecha y jamás faltaba a sus compromisos, a no ser
sorprendida por irrupciones y agresiones inesperadas y violentas.
Había, sin embargo, quien la acusase de que una vieja, llamada la señora
Claudia, que iba siempre en su compañía como aya o como dueña, solía
preparar dichas irrupciones y agresiones. A lo que parece, la señora
Claudia había caído en aquellos días del favor de su ama, suplantándola
Teletusa que se había apoderado de su voluntad por completo.
Empleado Morsamor en sus rendimientos y obsequios a doña Sol, no había
vuelto a ver y apenas había recordado a donna Olimpia, desde que la vio
salir de Belén el día del Rey: pero donna Olimpia, aunque distraída y
empleada también a su manera, nunca había dejado de recordar a Morsamor
desde entonces, porque le hizo impresión viva y profunda y porque daba
por cierto que en toda nuestra península no había ni podía haber galán
más apuesto y hermoso, ni más gallardo y gentil hombre.
Tiburcio que, libre de amores platónicos, privaba tiempo hacía con
Teletusa, sabía por ella el buen concepto que donna Olimpia tenía de su
amigo y la inclinación que hacia él le llevaba.
Aquella tarde vio Tiburcio a Teletusa, y juntos concertaron un plan muy
alegre y una grata sorpresa para donna Olimpia.
A la hora de ánimas, Miguel y Tiburcio cenaron juntos en su posada, y ya
solos y de sobremesa, con la regocijada confianza que el haber comido y
bebido bien inspiran, Tiburcio expuso a Morsamor lo sustancial de su
plan, venció su repugnancia y logró que le aceptase para desechar
melancolías y para consolarse de los desdenes y sobreponerse a la
altivez de la noble amiga de la Reina.
Para no dar tiempo a que Morsamor lo reflexionase y se arrepintiese,
Tiburcio le condujo enseguida a la casa de campo donde las dos ninfas
vivían.
A un silbido de Tiburcio, que era la convenida señal, Teletusa, que
estaba aguardando, abrió sin ruido la puertecilla falsa del jardín, y
guiándolos por lo más umbrío de la frondosa espesura, los introdujo en
la casa, subió con ellos la escalera, atravesó corredores y salas, y
vino a parar a amplio dormitorio escasamente alumbrado por tres velas de
cera, puestas en un candelabro de plata, sobre una mesa que estaba en el
centro de la estancia. Teletusa que tenía a Morsamor de la mano, le dijo
entonces con voz dulce y sumisa:
--Quedaos aquí, señor Morsamor, que pronto vendrá quien os alegre y se
alegre de veros.
Y dicho esto, sin que hubiese vagar para contestación o pregunta,
desaparecieron Teletusa y Tiburcio con ella, dejando a Morsamor solo.
Solo ya, recapacitó Morsamor sobre lo que había hecho y casi se
arrepintió y se afligió de su viciosa ligereza. Indigno del héroe que él
anhelaba ser, hallaba aquel tan ruin comienzo de altas caballerías:
entrar con engañoso recato en casa ajena como ladrón astuto, y todo para
alcanzar los venales y fáciles favores de una cortesana.
Donna Olimpia tardaba en venir, y con la soledad y, con la impaciencia
crecía en Morsamor el disgusto de haber cedido a los propósitos de su
doncel, tan juicioso cuando hablaba en contra de las locuras sublimes,
como ligero y hasta cínico cuando se trataba de otra clase de locuras.
Contrariado Morsamor, se sentó en una silla en el rincón más obscuro de
la estancia y casi a los pies del lecho con colgadura que había en ella.
En medio de sus cavilaciones, oyó o creyó oír de súbito voces y
carcajadas que a lo lejos sonaban por el lado derecho del sitio en que
estaba él. Sin tiempo para pensar en lo que aquello sería, pero movido
de recelosa curiosidad, intentó Morsamor ir adonde sonaba el ruido a fin
de enterarse de todo. En pie estaba ya para realizar su intento, cuando
por el lado contrario, se abrió una puertecilla, penetró por ella un
bulto y Morsamor oyó una voz varonil que decía:
--¡Voto a los demonios todos del infierno! ¡Olimpia! ¡Olimpia! ¿Estás
ahí? Al fin, tropezando en la obscuridad y dándome de calabazadas contra
las paredes creo que he logrado llegar a tu cuarto. Esa maldita vieja
Claudia me dejó solo, prometiendo volver para guiarme. Tardaba en volver
y yo me cansé y he venido sin guía. Aquí estoy, Olimpia.
Con pasmosa serenidad y reposo, aunque harto previó las fatales
consecuencias que podía tener aquel encuentro, Morsamor se adelantó
hacia el personaje que había entrado y le dijo:
--Mucho lamento, señor Pedro Carvallo, pues la luz de las bujías os da
de lleno en la cara y os he reconocido, que la casualidad nos reúna aquí
donde y cuando los dos esperábamos encuentro más grato y suave.
Era Pedro Carvallo, el hombre de más violento carácter y más iracundo
que hubo en Portugal en aquellas edades. Terrible era además su encono
contra Morsamor, primero por natural antipatía, y después por su
rivalidad en amores con doña Sol, de quien Morsamor, en cierto modo
había sido harto más favorecido.
Pedro Carvallo ardió, pues, en cólera al oír y ver a Morsamor, y le
replicó de esta suerte:
--Mi encuentro contigo, no será ni quiero que sea suave, pero me será
grato. Tiempo ha, que me tienta el demonio con el prurito de matarte, y
ahora me ofrece la ocasión más propicia. ¡Defiéndete, miserable!
Y Pedro Carvallo desenvainó la espada y se puso en guardia adelantándose
hacia Morsamor.
Este, desdeñando la provocación y el insulto y procurando aún excusar un
lance que le parecía poco o nada honroso, dijo a Pedro Carvallo:
--Sosegaos, señor, y no llevemos a tan crudo extremo este negocio. Ruin
fundamento tendrían nuestro duelo y la muerte de cualquiera de nosotros
dos en esta casa extraña, y que ambos hemos asaltado. Vergonzosa sería
la victoria del que saliese vivo de aquí, y más vergonzoso el término de
quien aquí quedase muerto o herido.
--La poca vergüenza--contestó Pedro Carvallo feroz y groseramente--es la
de esas viles palabras con que tratáis de disimular vuestra cobardía.
Defendeos o mataros he como a un perro.
Pedro Carvallo se abalanzó entonces con furia contra Morsamor.
Morsamor sacó la espada, le recibió con calma y paró con inaudita
destreza todas sus cuchilladas y estocadas. Repugnaba Morsamor darle
muerte. Estaba seguro de su inmensa superioridad. Lo descompuesto y sin
arte del ataque ponía en su poder a Pedro Carvallo; pero Morsamor, por
eso mismo, consideraba más odioso dar sangriento término a la lucha con
aquel energúmeno, ciego por el rencor y la soberbia.
La lucha, no obstante, se iba prolongando demasiado. Pedro Carvallo,
aunque inhábil, era fuerte y menudeaba sus golpes con tanto brío, que
los quites de Morsamor tenían que ser también muy violentos. En uno de
estos quites, Morsamor dio de plano y con tanta fuerza en el brazo de su
contrario, que le derribó por tierra la espada.
Generosamente se contuvo Morsamor, para que el desarmado volviera a
armarse. Y ya Pedro Carvallo había recogido la espada; y sin tener en
cuenta en su furiosa locura la magnanimidad de Morsamor, se disponía de
nuevo a embestirle, cuando Morsamor se sintió de repente ceñido el
cuerpo en estrecho abrazo y cubierto el rostro de besos.
Donna Olimpia,
_In tutto il vezzo, della sua persona,_
le tenía asido y exclamaba con jubiloso entusiasmo:
--_¡O gioja ed orgoglio del mio core! ¡O coraggioso mio drudo!_
-IX-
Las tiernas y repentinas caricias de la vaga italiana, fueron
acompañadas de un diluvio de improperios y de blasfemias, que salían de
la boca de Pedro Carvallo, haciéndole coro con risotadas alegres
Teletusa y Tiburcio.
Pedro Carvallo sólo podía herir ya con la lengua. Dos robustos y
estupendos rufianes le tenían bien cogido entre sus enormes manazas
fuertes como el hierro, y Teletusa y Tiburcio, sin dejar de reír, le
ataban de pies y manos con suma destreza y valiéndose de lienzos
retorcidos a falta de cuerdas que por allí no había.
--¡Matadme o soltadme para que le mate!--gritaba Pedro Carvallo.
Y Tiburcio respondía riendo siempre:
--Tiempo te sobró para matarle cuando estabas suelto. Ahora te atamos
por caridad y para que no mueras.
Blasfemó, chilló e insultó de nuevo Pedro Carvallo. Teletusa pensó y
propuso ponerle una mordaza, pero no lo consintió donna Olimpia y con
voz imperiosa dijo:
--Llevadle al desván con los otros, echad la llave y traédmela. Que
pasen allí la noche. Ya veremos cómo sin peligro ni escándalo se les da
suelta cuando sea de día.
Aquellos dos formidables satélites, escuderos de donna Olimpia, y que
ella traía siempre consigo para imponer respeto y tener a raya a los
insolentes, sobre todo, cuando eran _spiantati_, oído el mandato de su
señora, tomaron en volandas a Pedro Carvallo y se le llevaron al desván
con delicadeza y esmero cuidadoso.
Donna Olimpia así lo recomendaba diciendo:
--Nada de malos tratamientos. No le hagáis el menor daño. Hasta podéis
desatarle las manos cuando esté en el desván y llevarle de comer y de
beber y un colchón para que duerma.
Dirigiéndose luego a Miguel de Zuheros, donna Olimpia le dijo:
--Yo os ruego, señor, que me perdonéis el grave disgusto que os ha
causado el venir a verme. No hubo en ello la menor culpa mía. Toda la
culpa fue de la vieja Claudia, mi criada. Sin encomendarse más que a su
propia codicia, y creyendo que podía disponer a su antojo de Teletusa y
de mí, cuando menos lo recelábamos, cuando ni sabíamos que estuviesen en
Cintra los señores Carvallo y Acevedo, los introdujo aquí a ambos
furtivamente. Dejó solo a Carvallo para que aguardase por un momento su
vuelta y vino con Acevedo a la estancia de Teletusa. Hallábase allí
vuestro amigo el señor Tiburcio, mancebo prudente y listo a maravilla.
Buen doncel y consejero tenéis en él. Si la imaginación humana fuese tan
viva y creadora en nuestros días como lo fue en la antigua Grecia, yo me
daría a sospechar que la diosa Minerva, así como acompañó y guió a
Telémaco en sus peregrinaciones, tomando la figura de Mentor, así os
acompaña y guía al presente bajo la figura de un garzón barbilindo,
disfraz más adecuado, en mi sentir, que el de un vejestorio barbudo.
Pero dejando a un lado alabanzas, diré en cifra y resumen, que Acevedo,
lo mismo que Carvallo, quiso llevarlo todo por la tremenda, y que
prevenidos a tiempo mis dos escuderos, que andan siempre alerta y ojo
avizor, aun antes de que Acevedo y Tiburcio desenvainasen las espadas,
se apoderaron de Acevedo, y con el auxilio de Teletusa y de vuestro
doncel, le ataron chistosamente abrazado a la vieja Claudia y
traspusieron con ellos al desván, donde se los encontrará el Sr.
Carvallo cuando allí llegue. La algazara promovida por estos sucesos que
atrajo al cuarto de Teletusa en donde ocurrían. Tal ha sido la causa de
mi tardanza en venir por aquí, donde algún indicio leve tenía yo de que
tan dulce bien me aguardaba. Por dicha, y merced a vuestra destreza,
serenidad y generosa sangre fría, todos hemos llegado a tiempo de evitar
una tragedia.
--Y ya que no la hubo--dijo Teletusa--celebrémoslo bebiendo un trago a
la salud de los amos de esta casa que no tienen mal provista la
despensa. No os propongo que cenéis, porque no tendréis gana. Tal vez
habréis cenado ya. Siempre, no obstante, habrá quedado lugar para un
bocadillo de algo picante y salado que sea despertador de la sed. Las
dos criadas de esta casa van a serviros al punto en esta misma mesa.
En efecto, salió Teletusa y a poco volvió, riendo, brincando y bailando,
con un gran plato levantado en alto en sus manos como si representase a
Herodias.
--No os asustéis--exclamó--que no os traigo la cabeza de Juan, sino la
de un jabalí, rellena de verdes alfónsigos y de lengua y lomo con mucha
sal, pimienta y otros aliños. Estas manos, que se ha de comer la tierra,
lo han condimentado todo. Estoy orgullosa de mi habilidad culinaria. Ha
sido mi tarea del día de hoy.
--Bien puedes decir como Tito--interpuso donna Olimpia--que no has
perdido tu día.
--¿Lo oyes, Tiburcio? Llámame tu Tita que es más breve y más dulce que
tu Teletusa.
Y diciendo esto, puso sobre la mesa el plato con la cabeza de jabalí.
Las dos criadas, que entraron en pos de ella, colocaron también sobre la
mesa blanco pan, anchas copas y sendos y grandes jarros.
Señalándolos Teletusa con el dedo, habló así:
--Este es vino rancio y seco de Chipre, néctar exquisito, consagrado a
Venus, cuya fue aquella isla, allá en las edades felices en que vivieron
y reinaron las diosas entre los mortales. Este otro es moscatel de
Siracusa, vino del que se embriagaba el Cíclope para consolarse de los
desdenes de Galatea, con el que Arquímedes se inspiraba para sus más
raras invenciones y del que siempre bebía Teócrito antes de componer sus
idilios. No os pasméis, señores, de mi notable erudición. No en balde
soy la discípula predilecta de donna Olimpia. De tal palo tal astilla,
como suele decirse.
Donna Olimpia y Tiburcio aplaudieron a Teletusa. Y Morsamor, algo
pensativo aún y no muy conforme con que todo aquello se aviniese bien
con su papel de héroe, empezó a rendirse y a contagiarse del regocijo
harto profano que allí reinaba. Morsamor se sintió ebrio antes de beber
el vino.
--Que mis escuderos vuelvan aquí también--dijo donna Olimpia--para que
coman y beban patriarcalmente con nosotros, que bien lo merecen después
del primor con que se han conducido.
--Y vaya si lo merecen--dijo Teletusa--. ¡Hola! Asmodeo y Belcebú,
acudid a beber y a regocijaros. Y vosotros, señores Morsamor y Tiburcio,
no os maravilléis ni asustéis de los fingidos nombres que damos a estos
dos galanes (y como ya habían entrado los señalaba), porque sus nombres
verdaderos se guardan para mayores cosas. Ambos son de noble prosapia y
aun creo que algo parientes de donna Olimpia.
--No hay duda en ello--interpuso esta--. Nuestro parentesco es evidente
aunque remoto. Soy prima quinta de Belcebú y sexta de Asmodeo.
--Pues que sea enhorabuena--dijo Morsamor, desechando escrúpulos, echado
a rodar su formalidad y tomando parte y aun haciendo el papel principal
en la orgía que hubo de seguirse.
-X-
Resbaladizo y difícil sería describir aquí lo que allí ocurrió después.
La cabeza de jabalí casi desapareció. Los dos enormes jarros quedaron
vacíos. A las risas, a los brincos y a los cantares, con que se animó la
cena, sucedió profundo silencio. Tiburcio y Teletusa se fueron por un
lado. Asmodeo y Belcebú, por otro.
Sólo la tenue luz de una lámpara velada por el vaso de alabastro en que
ardía iluminó la estancia tranquila, hasta que rayó el alba y sus
resplandores primeros penetraron por la ventana, entreabierta a causa
del calor del estío, penetrando también fresco y manso vientecillo,
impregnado de aromas de mil flores, y el gorjeo de los pájaros que
cantaban en la enramada y saludaban el día naciente. Poco más tarde, en
la gran sala de la quinta, aparecieron Morsamor y Tiburcio, donna
Olimpia y Teletusa y los dos formidables escuderos. Todos se movían y se
afanaban como en el momento que precede a un largo viaje.
Donna Olimpia y Teletusa estaban hartas de Portugal y habían resuelto
acompañar a Morsamor y a Tiburcio al extremo Oriente. Los hijos de
Lusitania no se les habían mostrado pródigos de los tesoros que de allá
venían y así determinaron ellas ir a buscarlos. El imprevisto lance,
además, de la noche anterior podría acarrearles no pocas desazones,
sobre todo cuando las abandonaran sus dos triunfantes amigos.
Donna Olimpia había expresado su resolución del modo más terminante.
--Os seguiremos--había dicho--y os seremos fieles. Unidos,
conquistaremos el mundo. Si fuese menester, hasta nos convertiremos en
amazonas. Teletusa será Bradamente y yo la propia Pentesilea. Yo estaré
contigo, Morsamor, hasta que se harte de mí tu alma. Sólo entonces, y si
acertamos a dar con el verdadero y legítimo Preste Juan, que tantos han
buscado en balde hasta ahora, yo le rendiré, le cautivaré, me sentaré en
su trono y vendré a ser la Papisa Juana del Oriente.
Teletusa, Tiburcio y los dos jaques, holgaron mucho de oír este
razonamiento; le aplaudieron y le celebraron con risas estrepitosas.
Allá en su interior, todo aquello repugnaba no poco a Miguel de Zuheros;
pero cierto vehemente atractivo de amor vicioso luchaba con la
repugnancia y la vencía. Morsamor no quiso o no se atrevió a rechazar
los propósitos y ofrecimientos de donna Olimpia.
Dichos propósitos se cumplieron.
Apenas despuntó el día, acudieron a la puerta de la quinta dos criados
de Morsamor y Tiburcio con caballos y bagaje. Donna Olimpia y Teletusa,
auxiliadas por los dos jaques, empaquetaron y embaularon sus alhajas,
vestidos y demás prendas.
Todo esto, así como las mismas damas y sus escuderos, habían de viajar
en mulas que los genoveses tenían en la caballeriza y de las que se
dispuso como de bienes mostrencos. Y no mucho después, antes de que el
sol apareciese y dorase con sus rayos la tierra, todos se pusieron en
marcha, formando alegre caravana y caminando a paso largo hacia Cascaes.
La llave del desván quedó en poder de las sirvientas de los señores
Adorno y Salvago, para que pusiesen en franquía a la vieja Claudia y a
los señores Carvallo y Acevedo, a las tres horas de haber salido de la
quinta Morsamor y su acompañamiento.
La nave que mandaba Morsamor era grande y capaz y él podía tripularla a
su antojo. Con holgura, pues, instaló en ella a su gente. Y aquel mismo
día, antes de que el sol rayase en lo más alto del cielo,
_Yá no largo Oceano navegavam_,
_As inquietas ondas apartando_:
_Os ventos brandamente respiravam_,
_ Das naos as velas concavas inchando_.
-XI-
Donna Olimpia y Teletusa no se mareaban. Se hallaban en el mar como
nacidas: como si fuesen nereidas y no mujeres. Morsamor se sentía
también más a gusto que en tierra, lleno de esperanzas y forjando en su
mente los más audaces y ambiciosos planes. En cuanto a Tiburcio eran de
maravillar sus conocimientos náuticos, su alegre humor y su útil
actividad a bordo. Por la traza seguía pareciendo mancebo de menos de
veinte años, mas por las acciones podría suponérsele viejo y
experimentado navegante. Así se lo decía Lorenzo Fréitas, piloto de la
nave, que tenía más de sesenta años, que había navegado mucho y que
había hecho ya otros dos viajes de ida y vuelta a la India.
Pronto Lorenzo Fréitas trabó amistad íntima con Tiburcio y se ganó el
afecto y la confianza de Morsamor y de las damas aventureras.
Iba asimismo en la nave un piadoso y entusiasta misionero franciscano,
cuyo nombre era Fray Juan de Santarén. Grandísima gana llevaba este de
difundir la luz del Evangelio, de convertir idólatras y mahometanos y de
bautizarlos a centenares. No se oponía todo ello a que Fray Juan,
reservando la gravedad solemne para sus futuras predicaciones, fuese por
lo pronto jocoso y alegre como unas sonajas, inclinado a cuidarse y a
tratarse bien para sufrir más tarde las fatigas del apostolado, y harto
propenso a contar chascarrillos y a decir chirigotas, que no siempre
despuntaban por su urbanidad y delicadeza.
Como cielo y mar estaban serenos y el viento era próspero, el viaje iba
haciéndose con felicidad y prontitud.
Al subir una mañana sobre cubierta, nuestros seis principales personajes
se extasiaron admirando el azul transparente de las aguas, rizadas
apenas por el soplo de la brisa, donde se reflejaban el más claro azul
del cielo y las ligeras nubes, que parecían de nácar, purpura y oro. La
luz del sol, que se iba levantando, formaba en las ondas rieles
luminosos y se diría que penetraba por curiosidad en el seno
transparente del agua para iluminar las grutas y los alcázares
submarinos que allí se esconden.
La costa europea había quedado lejos. Sólo mar y cielo se hubiera visto,
sino apareciese ante los ojos encantados de los de la nave, no lejos de
ella y en medio del piélago azul, algo a modo de ingente y precioso
canastillo de flores y verdura, que parecía flotar sobre la superficie
del Atlántico. Mil lozanos y frondosos árboles subían hasta la cima del
cerro que en el centro de la isla se alzaba, como ramillete en forma de
piña, en cuya punta, destacándose sobre el limpio fondo del aire,
resplandecía un blanco santuario de la Virgen, dorado ya por los casi
horizontales rayos del sol naciente.
--Esa--dijo Lorenzo Fréitas a nuestros cuatro aventureros--es la isla de
Madera, descubierta por Juan Gonzalves y Tristán Vaz en tiempo del
glorioso Infante Don Enrique, instigador y fundador de nuestras grandes
empresas marítimas, hoy tan en auge.
A la vista de la isla de Madera, tomando el fresco sobre cubierta y bajo
un toldo, se desayunaron aquel día Miguel y Tiburcio, ambas damas, el
misionero Fray Juan y el viejo piloto.
No hemos de seguir nosotros punto por punto a los viajeros. Pasaremos de
largo cuando nada les ocurra de singular y memorable. Si ahora nos
detenemos aquí es por considerar que, durante aquel desayuno, todos
estuvieron expansivos y casi elocuentes y dijeron cosas muy importantes
a la narración que vamos haciendo.
Hasta el desayuno que tomaron los seis, sentados en torno de una mesa
redonda, tenía algo de exótico para los europeos de entonces, porque
bebieron en hondas tazas, mezclada con leche y azúcar, una infusión de
cierta hierba olorosa y salubre, que llamaban cha y que ya se traía a
Portugal de los remotos reinos del Catay, que están mucho más allá del
Indo y del Ganges.
--Larga y penosa--dijo Miguel de Zuheros--va a ser nuestra navegación
hasta llegar a las regiones del extremo Oriente. Enorme es el rodeo que
tenemos que dar, bajando hasta el Cabo de las Tormentas, hoy de Buena
Esperanza, que Bartolomé Díaz dobló por vez primera. Pasman el esfuerzo
constante y el secular empeño, primero del Infante Don Enrique y después
de sus sucesores y de su pueblo para conseguir el triunfo que han
conseguido.
--Con menos tiempo y trabajo--repuso donna Olimpia--me parece a mí que,
si mis compatriotas los venecianos se hubiesen puesto de acuerdo con
árabes y turcos y con el Soldan de Babilonia y con el de Egipto, tal vez
hubieran podido abrir algún ancho canal por donde sin tantos rodeos
hubieran pasado sus naves del mar Mediterráneo al mar Rojo,
encaminándose luego por allí hasta más allá de Trapobana, a Cipango y al
remoto país de los seras. El pensamiento de abrir ese canal no es cosa
nueva. Ya le tuvieron algunos Faraones, y sin duda le tuvieron también
Salomón e Hiran rey de Tiro, cuando unidos en estrecha alianza enviaban
sus flotas a Ofir, de donde volvían cargadas de riquezas. Si tal
pensamiento se hubiera realizado no hubieran perdido Venecia y toda
Italia la supremacía en la navegación y en el comercio, y el poder que
consigo trae y que hoy tienen los portugueses.
Fray Juan de Santarén tomó parte en la conversación y exclamó:
--Lo que menos importa al bien de la cristiandad y del humano linaje es
que decaigan Venecia y otros Estados de Italia a causa de los
descubrimientos y conquistas de los portugueses. Más alto es el fin que
estos han tenido y han de tener en lo futuro. No van los de mi nación a
despojar en Oriente a los venecianos: van a que la religión de Cristo
prevalezca allí sobre la de Mahoma: van a quebrantar allí el poderío de
turcos, árabes y persas; y van, por último, a despertar del hondo sueño
de muchos siglos a las dormidas naciones orientales, que aletargadas e
inertes yacen en el seno letal de la idolatría.
--Todo eso, estará muy bien--interrumpió Tiburcio, riendo como tenía de
costumbre--. Pero ¿a qué tanto rodeo? ¿A qué ir por tan extraviado
camino hasta el extremo Sur de África? ¿A qué dejar atrás misterioso e
inexplorado, este continente enorme, en cuyo centro, que nos fingimos
abrasado, acaso esté el Paraíso que perdieron nuestros primeros padres?
¿A qué, en fin, dar tan desaforada vuelta y buscar el bien tan lejos,
cuando le tenemos cercano?
El piloto Lorenzo Fréitas, aunque sospechaba que Tiburcio no hablaba con
seriedad, sino para embromarlos, se enojó y no quiso consentir que ni en
broma se tildara de poco razonable la gloriosa y secular empresa de los
portugueses, y habló así en su defensa:
--No es sólo la codicia mercantil la que nos ha llevado a la India, no
es sólo el deseo de sobreponernos a la Señoría del Adriático, ni es sólo
tampoco el afán de vencer al Islam, buscándole en la fuente misma de su
mayor riqueza y despojándole de sus ocultos tesoros, lo que movió al
Infante Don Enrique y ha movido después a sus sucesores a hacer cuanto
han hecho. Mil veces más elevadas eran y son sus miras. Noble curiosidad
nos impulsó y nos impulsa. Anhelamos desgarrar el velo en que Naturaleza
se envuelve aún y se encubre a nuestros ojos mortales. Y hemos aspirado
y aspiramos todavía a que, así como se nos reveló el misterio del Mar
Tenebroso, por la persistente violencia que sobre él ejercimos, se nos
revelen también la magnitud y estructura de la tierra, y después todo el
artificio y la máquina del Universo, con las leyes de su movimiento y
vida.
--En verdad--dijo Fray Juan de Santarén--el señor Fréitas tiene razón
que le sobra. Hay un enigma de la mayor transcendencia, no resuelto aún,
que trae sin sosiego a cuantos hombres piensan y discurren en el día.
--Años ha, siendo yo muy mozo y reinando Don Juan II--interrumpió
entonces Lorenzo Fréitas--aportó a Lisboa un genovés muy presumido y
soberbio que estaba al servicio de Castilla y se llamaba Cristóbal
Colón. A ser cierto lo que él imaginaba y afirmaba, el enigma se hubiera
explicado y dejado de serlo. Aquel hombre audaz, fiado en sentencias e
insinuaciones de antiguos sabios griegos, y singularmente de
Aristóteles, había ido en busca de la India navegando hacia Occidente, y
casi creía haberla hallado y se jactaba de ello. Había aportado a
grandes y fértiles islas, y poco más allá casi daba por seguro que
debían de estar Cipango y otros países visitados por Marco Polo. Se
jactó también Colón de haber descubierto extensa costa al parecer de un
gran continente, y supuso que aquello era el extremo oriental del Asia,
y que más al Norte estaba el Catay, y la India más al Mediodía. A punto
estuvo de costarle la vida esta jactancia, porque algunos señores de la
corte, muy poco sufridos, creyeron lo que aseguraba y recelando que así
el rey de Castilla iba antes y por camino más corto a llegar a la India,
donde todavía no habían llegado los portugueses, decidieron provocar a
Colón, y como era poco sufrido reñir con él y darle muerte, con lo cual
su descubrimiento quedaría para Portugal y no aprovecharía a los
castellanos. Por dicha, los mencionados señores expusieron su proyecto
al Rey Don Juan II, apellidado con razón el Príncipe Perfecto, el cual,
aunque vehementísimo en su cólera y de ímpetus tan vitandos que mataba a
puñaladas a quien juzgaba que le ofendía, sin excluir al hermano de su
mujer, reflexivamente era tan recto, tan temeroso de Dios y tan buen
Católico, que rechazó el plan, indignado. Colón pudo pues volver a
Castilla a lucir su descubrimiento y a que los reyes Don Fernando y Doña
Isabel le aprovechasen. Suscitó esto, no obstante, recelos y diferencias
entre los soberanos de España; pero pronto se arregló todo por virtud de
aquella línea, que tiraron idealmente desde un Polo a otro, dividiéndose
así las tierras y los mares apenas explorados y los que pudieran
explorarse en lo venidero. El Padre Santo sancionó el convenio con el
poder y la autoridad de que goza como Vicario de Cristo. Pocos años
después, enviado por el rey Don Manuel, llegó a Malabar Vasco de Gama,
Tristán de Acuña, el grande Albuquerque y otros héroes de Lusitania
dilataron nuestro dominio y nuestra gloria por el Oriente. Y los
castellanos en tanto llenos de noble emulación, hicieron nuevas
conquistas y descubrimientos en aquellas tierras occidentales a donde
Colón había llegado por vez primera y que por su magnitud merecieron
llamarse Nuevo Mundo. Según las últimas noticias que yo tengo, un
extremeño, cuyo nombre es Hernán Cortés, ha surcado el mar, ha pasado
por medio de vastos territorios y ha llegado a la capital populosa de un
bárbaro y desconocido Imperio, del que está a punto de enseñorearse.
Todavía pretenden algunos que este Imperio, donde Hernán Cortés ha
entrado a saco, está al Sur del Catay y al Norte de la India. De aquí
presumo yo que está aclarado el enigma, que hay antípodas y que es
evidente la redondez de la tierra.
--Poquito a poco, señor Fréitas--replicó Tiburcio--. Las cosas distan
mucho de ser tan claras. Yo tengo noticias más recientes que invalidan
lo que el señor Fréitas dice. Otro castellano, no menos valiente aunque
menos venturoso que Hernán Cortés, un tal Vasco Núñez de Balboa ha
cruzado ese continente por una región en que es muy estrecho; ha salvado
altas montañas y ha descubierto más allá un mar extensísimo que tiene
toda la traza de dilatarse más que el mar de Atlante. El enigma queda
por consiguiente en pie en toda su obscuridad misteriosa. Posible será
que los castellanos, navegando siempre hacia el Occidente por ese mar
recién descubierto se alejen cada vez más de la India. Y posible será
que los portugueses yendo siempre en dirección contraria a la que el sol
sigue, no aporten jamás a las regiones visitadas ya por Colón, Cortés y
Balboa.
--Ya sabía yo--dijo Morsamor--que ese Balboa de que habla Tiburcio había
descubierto un gran mar al otro lado del mundo de Colón, entrando en sus
aguas con la espada desnuda en la diestra y enseñoreándose de él en
nombre del César Carlos V. Esto complica y retarda la resolución del
problema, pero no me induce a creer que la resolución sea otra de la que
yo pensaba. Para mí es evidente la forma esférica o casi esférica de la
tierra. A la extremidad de ese mar han de estar Cipango, el Catay y la
India. Lo difícil ahora ha de ser para el que navegue hacia el Occidente
hallar el término de ese valladar o hallar un canal o estrecho, por
donde se pase del mar del Atlante a ese otro mar de Balboa. El que esto
logre y tenga además valor y fortuna para surcar el nuevo mar
desconocido, aportará sin duda a la India y podrá luego dar la vuelta al
mundo en que vivimos. Y el que navegue hacia Oriente, como navegaremos
nosotros cuando salvemos el obstáculo que África nos opone, podrá volver
también a su patria por opuesto camino si encuentra modo de salvar el
valladar que el Nuevo Mundo de Colón le ofrece. Yo os confieso, señores,
que la ambición me induce a señalarme en la India en empresas guerreras,
pero como no cuento con muchos soldados para eclipsar allí las hazañas
de Alejandro de Macedonia, preferiría yo sin estrago y sin sangre
emprender y llevar a cabo un propósito que me daría gloria nueva y sin
rival entre los seres nacidos de mujer: la gloria de circunnavegar este
planeta. Así probaría yo experimentalmente que no es enorme disco,
suspendido en el éter y asido por eje de diamante a las cristalinas
esferas que giran en torno suyo sobre dicho eje con arrebatada y pasmosa
armonía. Así aduciría yo razones y pruebas a los que pretenden que
nuestra tierra no es el centro del Universo, sino astro pequeño y opaco,
que va rodando en torno del sol, como Venus, Marte, Saturno y otros
planetas.
--Atrevida es la tal suposición--dijo Fray Juan de Santarén--pero ni en
Coimbra ni en Salamanca faltan doctores que la tienen por probable y aun
por casi demostrada, respondiendo a los que tratan de invalidarla por
mal entendidas sentencias de las Sagradas Escrituras, con aquellas
célebres frases de Francisco de Villalobos, médico de la Reina Católica:
los que acuden a la religión en asuntos de ciencias naturales son como
los delincuentes que buscan en la iglesia un asilo.
--También en Italia--añadió donna Olimpia--anda desde hace años muy
válida la opinión de que no es la tierra, sino el sol quien está en el
centro; y ya, en mi primera mocedad, conocí yo y traté en Roma a cierto
doctor polaco, cuyo nombre era Nicolás Copérnico, que enseñaba dicho
sistema y andaba muy afanado componiendo un libro, que pensaba dedicar
al Papa, sobre las revoluciones de los orbes celestes. No sería impío ni
herético tal sistema cuando con semejante dedicatoria intentaba su autor
santificar el libro que le defendiese.
--Así podrá ser--dijo Tiburcio--. Nadie, sin embargo, logrará quitarme
de la cabeza un endiablado razonamiento que agua o mejor diré envenena
el gozo de esta invención. Por ella resulta degradado y hasta envilecido
este mundo en que habitamos. No es ya el centro y objeto principal de la
creación entera para cuya iluminación, regocijo y deleite salieron de la
nada el sol, la luna y todas las estrellas. Nuestro globo queda reducido
a un astro opaco, pequeñuelo y hasta deforme que gira como otros muchos
planetas más grandes y más hermosos que él, perdido en la inmensidad del
éter. ¿Qué será de nuestra preeminencia sobre las demás criaturas; qué
de la dignidad humana, si tal suposición llega a demostrarse por
completo?
Morsamor, que coincidía por lo común con las opiniones de su joven amigo
y se complacía en aceptar su parecer y su consejo, estaba en aquella
ocasión tan poseído del parecer contrario y tan lleno de la fe y de la
esperanza de contribuir a la demostración de su verdad, que encarándose
con Tiburcio, exclamó con enojo:
--Sin duda tendrías razón si por lo material aspirase el hombre al
principado y si su valer se midiese por varas o se pesase por arrobas.
Pero como el gran ser del hombre es por el espíritu, lo mismo importa
para que le conserve que tenga su vivienda corporal en el centro del
Universo o en el más ruin y esquivo lugar de las profundidades del éter.
Donde quiera que mi espíritu se halle, allí estará, allí creará el
centro de todo; y en la capacidad inmensa de su entender encerrará
cuantos seres existen y pueden existir, y comprendiendo sus leyes, será
como si se las impusiera, porque si Dios está en todas partes, más
esencialmente está en el alma humana. Y así el alma humana, si procura
estar conforme con Dios y unirse con Dios, sólo será inferior a Dios
mismo y no a los habitantes de otros mundos, dado que tales habitantes
haya. Podrán ser más corpulentos, podrán tener sentidos más variados y
perspicaces, pero la ley moral y los primeros principios absolutos, raíz
de todo saber, y el amor inextinguible de lo infinito que sólo en lo
infinito se aquieta, en nadie podrán asistir con mayor energía y virtud
creadora que en el hombre, hecho a imagen y semejanza de Dios.
Todos aplaudieron el discurso de Morsamor. El propio Fray Juan de
Santarén, aunque con escrúpulos de que en el calor de la improvisación
hubiese dejado escapar alguna herejía, aplaudió también a Morsamor, en
gracia del entusiasmo y de la buena fe con que había hablado.
Convinieron además en que no hay ni habrá sistema de astrólogos o de
sabios empíricos
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