Su único hijo
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Title: Su único hijo
Author: Leopoldo Alas
Release date: December 17, 2005 [eBook #17341]
Most recently updated: December 13, 2020
Language: Spanish
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Credits: E-text prepared by Chuck Greif
*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK SU ÚNICO HIJO ***
E-text prepared by Chuck Greif
Su único hijo
Por
Leopoldo Alas, «Clarín»
Librería de Fernando Fé, Madrid
1890
-I-
Emma Valcárcel fue una hija única mimada. A los quince años se enamoró
del _escribiente_ de su padre, abogado. El escribiente, llamado Bonifacio
Reyes, pertenecía a una honrada familia, _distinguida_ un siglo atrás,
pero, hacía dos o tres generaciones, pobre y desgraciada. Bonifacio era
un hombre pacífico, suave, moroso, muy sentimental, muy tierno de
corazón, maniático de la música y de las historias maravillosas, buen
parroquiano del gabinete de lectura de alquiler que había en el pueblo.
Era guapo a lo romántico, de estatura regular, rostro _ovalado_ pálido, de
hermosa cabellera castaña, fina y con bucles, pie pequeño, buena pierna,
esbelto, delgado, y vestía bien, sin afectación, su ropa humilde, no del
todo mal cortada. No servía para ninguna clase de trabajo serio y
constante; tenía preciosa letra, muy delicada en los perfiles, pero
tardaba mucho en llenar una hoja de papel, y su ortografía era
extremadamente caprichosa y fantástica; es decir, no era ortografía.
Escribía con mayúscula las palabras a que él daba mucha importancia,
como eran: amor, caridad, dulzura, perdón, época, otoño, erudito, suave,
música, novia, apetito y otras varias. El mismo día en que al padre de
Emma, don Diego Valcárcel, de noble linaje y abogado famoso, se le
ocurrió despedir al pobre Reyes, porque «_en suma_ no sabía escribir y le
ponía en ridículo ante el Juzgado y la Audiencia», se le ocurrió a la
niña escapar de casa con su novio. En vano Bonifacio, que se había
dejado querer, no quiso dejarse robar; Emma le arrastró a la fuerza, a
la fuerza del amor, y la Guardia civil, que empezaba a ser benemérita,
sorprendió a los fugitivos en su primera etapa. Emma fue encerrada en un
convento y el escribiente desapareció del pueblo, que era una
melancólica y aburrida capital de tercer orden, sin que se supiera de él
en mucho tiempo. Emma estuvo en su cárcel religiosa algunos años, y
volvió al mundo, como si nada hubiera pasado, a la muerte de su padre;
rica, arrogante, en poder de un curador, su tío, que era como un
mayordomo. Segura ella de su pureza material, todo el empeño de su
orgullo era mostrarse inmaculada y obligar a tener fe en su inocencia al
mundo entero. Quería casarse o morir; casarse para demostrar la pureza
de su honor. Pero los pretendientes aceptables no parecían. La de
Valcárcel seguía enamorada, con la imaginación, de su escribiente de los
quince años; pero no procuró averiguar su paradero, ni aunque hubiese
venido le hubiera entregado su mano, porque esto sería dar la razón a la
maledicencia. Quería _antes_ otro marido. Sí, Emma pensaba así, sin darse
cuenta de lo que hacía: «_Antes_ otro marido». El _después_ que vagamente
esperaba y que entreveía, no era el adulterio, era... tal vez la muerte
del primer esposo, una segunda boda a que se creía con derecho. El
primer marido pareció a los dos años de vivir libre Emma. Fue un
americano nada joven, tosco, enfermizo, taciturno, beato. Se casó con
Emma por egoísmo, por tener unas blandas manos que le cuidasen en sus
achaques. Emma fue una enfermera excelente; se figuraba a sí misma
convertida en una monja de la Caridad. El marido duró un año. Al
siguiente, la de Valcárcel dejó el luto, y su tío, el curador-mayordomo,
y una multitud de primos, todos Valcárcel, enamorados los más en secreto
de Emma, tuvieron por ocupación, en virtud de un _ukase_ de la tirana de
la familia, buscar por mar y tierra al fugitivo, al pobre Bonifacio
Reyes. Pareció en Méjico, en Puebla. Había ido a buscar fortuna; no la
había encontrado. Vivía de administrar mal un periódico, que llamaba
chapucero y guanajo a todo el mundo. Vivía triste y pobre, pero callado,
tranquilo, resignado con su suerte, mejor, sin pensar en ella. Por un
corresponsal de un comerciante amigo de los Valcárcel, se pusieron estos
en comunicación con Bonifacio. ¿Cómo traerle? ¿De qué modo decente se
podía abordar la cuestión? Se le ofreció un destino en un pueblo de la
provincia, a tres leguas de la capital, un destino humilde, pero mejor
que la administración del periódico mejicano. Bonifacio aceptó, se
volvió a su tierra; quiso saber a quién debía tal favor y se le condujo
a presencia de un primo de Emma, rival algún día de Reyes. A la semana
siguiente Emma y Bonifacio se vieron, y a los tres meses se casaron. A
los ocho días la de Valcárcel comprendió que no era aquel el Bonifacio
que ella había soñado. Era, aunque muy pacífico, más molesto que el
curador-mayordomo, y menos poético que el primo Sebastián, que la había
amado sin esperanza desde los veinte años hasta la mayor edad.
A los dos meses de matrimonio Emma sintió que en ella se despertaba un
intenso, poderosísimo cariño a todos los de su raza, vivos y muertos; se
rodeó de parientes, hizo restaurar, por un dineral, multitud de cuadros
viejos, retratos de sus antepasados; y, sin decirlo a nadie, se enamoró,
a su vez, en secreto y también sin esperanza, del insigne D. Antonio
Diego Valcárcel Merás, fundador de la casa de Valcárcel, famoso guerrero
que hizo y deshizo en la guerra de las Alpujarras. Armado de punta en
blanco, avellanado y cejijunto, de mirada penetrante, y brillando como
un sol, gracias al barniz reciente, el misterioso personaje del lienzo
se ofrecía a los ojos soñadores de Emma como el tipo ideal de grandezas
muertas, irreemplazables. Estar enamorada de un su abuelo, que era el
símbolo de toda la vida caballeresca que ella se figuraba a su modo, era
digna pasión de una mujer que ponía todos sus conatos en distinguirse de
las demás. Este afán de separarse de la corriente, de romper toda regla,
de desafiar murmuraciones y vencer imposibles y provocar escándalos, no
era en ella alarde frío, pedantesca vanidad de mujer extraviada por
lecturas disparatadas; era espontánea perversión del espíritu, prurito
de enferma. Mucho perdió el primo Sebastián con aquella restauración de
la iconoteca familiar. Si Emma había estado a tres dedos del abismo, que
no se sabe, su enamoramiento secreto y puramente ideal la libró de todo
peligro positivo; entre Sebastián y su prima se había atravesado un
pedazo de lienzo viejo. Una tarde, casi a oscuras, paseaban juntos por
el salón de los retratos, y cuando Sebastián preparaba una frase que en
pocas palabras explicase los grandes méritos que había adquirido amando
tantos años sin decir palabra ni esperar cosa de provecho, Emma se le
puso delante, le mandó encender una luz y acercarla al retrato del
ilustre abuelo.--Sí, os parecéis algo--dijo ella--; pero se ve claramente
que nuestra raza ha degenerado. Era él mucho más guapo y más robusto que
tú. Ahora los Valcárcel sois todos de alfeñique; si a ti te cargaran con
esa armadura, estarías gracioso.
Sebastián continuó amando en secreto y sin esperanza. El guerrero de las
Alpujarras siguió velando por el honor de su raza.
Bonifacio no sospechaba nada ni del primo ni del abuelo. En cuanto su
mujer dio por terminada la luna de miel, que fue bien pronto, como se
encontrase él demasiado libre de ocupaciones, porque el tío mayordomo
seguía corriendo con todo por expreso mandato de Emma, se dio a buscar
un _ser a quien amar_, _algo que le llenase la vida_. Es de notar que
Bonifacio, hombre sencillo en el lenguaje y en el trato, frío en
apariencia, oscuro y prosaico en gestos, acciones y palabras, a pesar de
su belleza plástica, _por dentro_, como él se decía, era un soñador, un
soñador soñoliento, y hablándose a sí mismo, usaba un estilo elevado y
sentimental de que ni él se daba cuenta. Buscando, pues, algo que le
llenara la vida, encontró una flauta. Era una flauta de ébano con llaves
de plata, que pareció entre los papeles de su suegro. El abogado del
ilustre Colegio, a sus solas, era romántico también, aunque algo viejo,
y tocaba la flauta con mucho sentimiento, pero jamás en público. Emma,
después de pensarlo, no tuvo inconveniente en que la flauta de su padre
pasara a manos de su marido. El cual, después de untarla bien con
aceite, y dejarla, merced a ciertas composturas, como nueva, se consagró
a la música, su afición favorita, en cuerpo y alma. Se reconoció
aptitudes algo más que medianas, una regular embocadura y mucho
sentimiento, sobre todo. El timbre dulzón, _nasal_ podría decirse,
monótono y manso del melancólico instrumento, que olía a aceite de
almendras como la cabeza del músico, estaba en armonía con el carácter
de Bonifacio Reyes; hasta la inclinación de cabeza a que le obligaba el
tañer, inclinación que Reyes exageraba, contribuía a darle cierto
parecido con un bienaventurado. Reyes, tocando la flauta, recordaba un
santo músico de un pintor pre-rafaelista. Sobre el agujero negro, entre
el bigote de seda de un castaño claro, se veía de vez en cuando la punta
de la lengua, limpia y sana; los ojos, azules claros, grandes y dulces,
buscaban, como los de un místico, lo más alto de su órbita; pero no por
esto miraban al cielo, sino a la pared de enfrente, porque Reyes tenía
la cabeza gacha como si fuera a embestir. Solía marcar el compás con la
punta de un pie, azotando el suelo, y en los pasajes de mucha expresión,
con suaves ondulaciones de todo el cuerpo, tomando por quicio la
cintura. En los _allegros_ se sacudía con fuerza y animación, extraña en
hombre al parecer tan apático; los ojos, antes sin vida y atentos nada
más a la música, como si fueran parte integrante de la flauta o
dependiesen de ella por oculto resorte, cobraban ánimo, y tomaban calor
y brillo, y mostraban apuros indecibles, como los de un animal
inteligente que pide socorro. Bonifacio, en tales trances, parecía un
náufrago ahogándose y que en vano busca una tabla de salvación; la
tirantez de los músculos del rostro, el rojo que encendía las mejillas y
aquel afán de la mirada, creía Reyes que expresarían la intensidad de
sus impresiones, su grandísimo amor a la melodía; pero más parecían
signos de una irremediable asfixia; hacían pensar en la apoplejía, en
cualquier terrible crisis fisiológica, pero no en el hermoso corazón del
melómano, sencillo como una paloma.
Por no molestar a nadie, ni gastar dinero de su mujer, puesto que propio
no lo tenía, en comprar papeles de música, pedía prestadas las polkas y
las partituras enteras de ópera italiana que eran su encanto, y él mismo
copiaba todos aquellos _torrentes de armonía y melodía_, representados por
los amados signos del pentagrama. Emma no le pedía cuenta de estas
aficiones ni del tiempo que le ocupaban, que era la mayor parte del día.
Sólo le exigía estar siempre vestido, y bien vestido, a las horas
señaladas para salir a paseo o a visitas. Su Bonifacio no era más que
una figura de adorno para ella; por dentro no tenía nada, era un alma de
cántaro; pero la figura se podía presentar y dar con ella envidia a
muchas señoronas del pueblo. Lucía a su marido, a quien compraba buena
ropa, que él vestía bien, y se reservaba el derecho de tenerle por _un
alma de Dios_. Él parecía, en los primeros tiempos, contento con su
suerte. No entraba ni salía en los negocios de la casa; no gastaba más
que un pobre estudiante en el regalo de su persona, pues aquello de la
ropa lujosa no era en rigor gasto propio, sino de la vanidad de su
mujer; a él le agradaba parecer bien, pero hubiera prescindido de este
lujo indumentario sin un solo suspiro; además, creía ocioso y gasto
inútil aquello de encargar los pantalones y las levitas a Madrid, exceso
de _dandysmo_, entonces inaudito en el pueblo. Conocía él un sastre
modesto, flautista también, que por poco dinero era capaz de cortar no
peor que los empecatados _artistas_ de la corte. Esto lo pensaba, pero no
lo decía. Se dejaba vestir. Su resolución era pesar lo menos posible
sobre la casa de los Valcárcel, y callar a todo.
-II-
Emma era el jefe de la familia; era más, según ya se ha dicho, su
tirano. Tíos, primos y sobrinos acataban sus órdenes, respetaban sus
caprichos. Este dominio sobre las almas no se explicaba de modo
suficiente por motivos económicos, pero sin duda estos influían
bastante. Todos los Valcárcel eran pobres. La fecundidad de la raza era
famosa en la provincia; las hembras de los Valcárcel parían mucho, y no
les iban en zaga las que los varones hacían ingresar en la familia,
mediante legítimo matrimonio. Procrear mucho y no querer trabajar, este
parecía ser el lema de aquella estirpe. Entre todos los Valcárcel no
había habido más hombre trabajador en todo el siglo que el padre de
Emma, el abogado, que también había sido, dentro del matrimonio, menos
prolífico que sus parientes. Ya se ha dicho que Emma era hija única, y,
por tanto, heredera universal del abogado romántico y flautista. Pero
los ahorros del aprovechado jurisconsulto llegaron a su hija un tanto
mermados. Parece ser que la castidad de D. Diego Valcárcel no era tan
extremada como se creía; su verdadera virtud había consistido siempre en
la prudencia y en el sigilo; sabía que el mal ejemplo y el escándalo son
los más formidables enemigos de las sociedades bien organizadas, y él,
visto que no le era posible conservarse en casta viudez, entre seducir a
las criadas de casa y a las doncellas de su hija, y, tal vez, como la
tentación le había apuntado varias veces a la oreja, a las respetables
clientes, desamparadas señoras que acudían a su despacho en demanda de
luces jurídico-morales, como él decía; entre esto y reglamentar el
vicio, las inevitables expansiones de la carne flaca, optó por lo
último, organizando con sabia distribución y prudentísimo secreto el
servicio de Afrodita, como decía él también. Y allí, fuera del pueblo,
en las aldeas vecinas adonde le llevaban a menudo los cuidados de la
hacienda propia y negocios ajenos, llegó a ser, valga la verdad, el
Abraham--_Pater Orchamus_--irresponsable de un gran pueblo de hijos
naturales, muchos adulterinos. Ni su conciencia, ni la del cura que le
confesó, que en vida le había ayudado a veces a evitar escándalos, ni
ciertas amenazas de bochornosas confesiones por parte de algunas
pecadoras, le consintieron, a la hora un tanto apurada de hacer
testamento, dejar en completo olvido ciertas obligaciones de la sangre;
y como se pudo, guardando los disimulos formales que fueron del caso, se
dejaron mandas aquí y allá, que disminuyeron en todo lo que la ley
consentía la herencia de Emma. No fue esto lo peor, sino que, previa
consulta del mismo director espiritual, D. Diego había hecho antes
subrepticiamente muchas enajenaciones _inter vivos_, a que, muy a su
pesar, le obligó el miedo al escándalo, que era su gran virtud, según se
ha dicho. _En suma_, Emma se vio con bastante menos caudal que su padre,
pero ella apenas lo supo casi, porque la daban jaqueca los papeles,
síncopes los números y grima la letra de los curiales. _Allá el tío_,
decía siempre que se trataba de intereses. Ella no entendía de nada más
que de gastar. Bien hubiera querido D. Juan Nepomuceno, antes curador de
Emma y actual mayordomo, sacudir todas las moscas que en forma de
parientes zumbaban alrededor del mermado panal de la herencia; mas no
era esto hacedero, porque el entrañable cariño que a los Valcárcel
pretéritos y presentes y futuros había cobrado la sobrina, exigía que la
hospitalidad más generosa acogiera a todos los suyos. D. Juan tuvo que
contentarse con ser el único administrador de aquella prodigalidad
gentílica, pero no llegó su influencia a evitar el despilfarro, ni
siquiera a conseguir que redundara sólo en provecho propio la
generosidad excesiva de su antigua pupila.
Emma, que tuvo un mal parto, salió de una crisis de la vida lisiada de
las entrañas, con el estómago muy débil, y perdió carnes y ocultó
prematuras arrugas. Mas no podía esconder un brillo frío y siniestro de
la mirada, antipático como él solo; en aquel brillo y en la expresión
repulsiva que le acompañaba, se había convertido el _misterioso fulgor_ de
aquellos ojos que habían cantado, a la guitarra, varios parientes de la
enfermucha mujer, nerviosa, irascible. De aquellos parientes, enamorados
los más en secreto tiempo atrás, cada cual según su temperamento, hizo
su corte Emma, que cada día despreciaba más a su marido, a quien sólo
estimaba como _físico_, y sentía más vivo el cariño por los de su raza.
Reyes comprendía bien que, sin culpa suya, se iba convirtiendo en el
enemigo de sus afines, enemigo vencido y humillado gracias a que su
mujer le entregaba indefenso, atado de pies y manos, a cuantos parientes
quisieran hacer de él un pandero.
Los Valcárcel, oriundos de la montaña, habían bajado a las villas de las
vegas y de la llanura a procurarse vida más holgada y muelle, y por todo
recurso acudían al expediente de buscar matrimonios de ventaja,
seduciendo a los ricachos de pueblo con pergaminos y escudos de piedra
labrada, allá en los caserones de los vericuetos, y a las tiernas
doncellas con las buenas figuras de arrogante vigor y señoril gentileza
que abundaban en la familia. Casi todos los Valcárcel eran buenos mozos,
aunque no tanto como el abuelo heroico, esbeltos; pero de palabra tarda,
ceño adusto, voz ronca, trato oscuro y orgullosos sin disimulo;
distinguíanse también por su apego exagerado a la capa, cuyo uso era
excusado la mayor parte del año en los poblachones bajos, templados y
húmedos, donde solían buscar novias. Algunos llevaron su audacia, sin
dejar la capa, a extender sus correrías de caballeros pobres hasta las
puertas de la misma capital de la provincia, y por fin, D. Diego, el
padre de Emma, el genio superior de la familia sin duda alguna, entró en
la ciudad sin miedo, fue estudiante emprendedor y calavera, y al llegar
a la mayor edad y tomar el grado, cambió de carácter, de repente, se
hizo serio como un colchón, abrió cuarto de estudio, acaparó la
clientela de la montaña, aduló a los señores del margen, magistrados
serios también y amigos de las fórmulas más exquisitas, hizo buena boda,
salió de pobre, brilló en estrados con fulgor de faro de primera clase,
y, sin perjuicio de ser romántico en el fuero interno, y hasta de
escribir octavillas en el seno del hogar, y dejar válvulas de seguridad
a los vapores del sentimentalismo en las llaves de la flauta, en que
soplaba con lágrimas en los ojos, fue con todo el más rígido amador de
la letra y enemigo del espíritu y de toda interpretación arriesgada e
irreverente de la ley sacrosanta. Y no se cuenta que una sola vez
tuviera la Sala que dirigirle el más comedido apercibimiento; ni de la
pulcritud de su lenguaje en estrados se hizo la magistratura sino
lenguas, llegando en este punto a caer D. Diego, valga la verdad, en
cierto culteranismo, disculpable, eso sí, porque mediante él procuraba
que su elocuencia saliese como el armiño de las cenagosas aguas de la
_podredumbre privada_, adonde le arrastraban, en ocasiones, las
necesidades del foro. Alguna vez tuvo que acusar, mal de su grado, a un
sacerdote indigno, de delitos contra la honestidad; y si bien en el
fondo procuró estar fuerte, terrible, implacable, no hubo modo de que su
lengua usase epítetos duros, ni siquiera enérgicos ni aun pintorescos,
llegando en el mayor calor del ataque a llamar a su contrario «el mal
aconsejado presbítero, si se le permitía calificarle así». «Mal
aconsejado--decía después D. Diego explicando el adjetivo--; esto es, que
yo supongo que el presbítero no hubiese caído en tales liviandades a no
ser por consejo de alguien, del diablo probablemente». Tenía el abogado
Valcárcel que luchar en sus discursos forenses con el lenguaje ramplón y
sobrado confianzudo que se usaba en su tierra, y que aun en estrados
pretendía imponérsele; mas él, triunfante, sabía encontrar equivalentes
cultos de los términos más vulgares y chabacanos; y así, en una ocasión,
teniendo que hablar de los pies de un hórreo o de una _panera_, que en el
país se llaman _pegollos_, antes de manchar sus labios con semejante
palabrota, prefirió decir «los sustentáculos del artefacto, señor
excelentísimo». A estas cualidades, que le habían conquistado las
simpatías y el respeto de toda la magistratura, unía el don no
despreciable de una felicísima memoria para recordar fechas con
exactitud infalible, y así, había más números en su mollera que en una
tabla de logaritmos. Llegó, sí, llegó el apellido de los Valcárcel,
gracias a D. Diego, a un grado de esplendor que no había tenido desde
los siglos remotos en que había brillado por las armas. Honra y provecho
había ganado el ilustre jurisconsulto, y, de una y otra ventaja, querían
gozar los parientes, que, por culpa de la fecundidad de sus hembras y de
las afines, incurrían en un doloroso proletariado que amenazaba llenar
de Valcárceles el mundo. No había matrimonios ventajosos que bastasen,
con esta desmedida facultad prolífica, a sacar a la raza del temor muy
racional de dar al fin en la miseria. Aquel movimiento de expansión en
busca de la prosperidad, que se había señalado en la dirección del
_vendamont_, bajando de la montaña al valle, ya volvía a indicarse en una
reacción proporcionada en sentido de _vendaval_, echando otra vez al
monte, a los caserones de los vericuetos, a las proles numerosas de los
Valcárcel, multiplicadas sin ton ni son, incapaces de trabajar; porque
no se puede llamar propiamente trabajo, a lo menos en el sentido
económico, los mil apuros que en redor de los tapetes verdes pasaban los
parientes de Emma, casi todos jugadores, y muchos de ellos víctimas de
su pasión, que estalló en forma de aneurisma. Muerto D. Diego, los
Valcárcel perdieron su único apoyo, y el movimiento de retroceso en
busca de la montaña se aceleró en toda la familia. Cuando bajaban al
llano venían cada vez más montaraces, más orgullosos; su odio a la
cortesía, a las fórmulas complicadas de la buena sociedad de provincia,
se acentuaba. Cuanto más pobres se iban quedando, más vanidad solariega
tenían y más despreciaban la vida en poblado y en tierra llana. En la
ribera, como llamaban allá arriba a las regiones bajas, sólo una cosa
respetable reconocían los Valcárcel del monte: el tapete verde. Se iba a
las ferias a jugar, a perder, a empeñarse... y a casa.
Por el camino de retroceso que llevaba aquella raza se volvía a la
horda; era aquel el atavismo de todo un linaje. Por algún tiempo contuvo
en gran parte tan alarmante tendencia el espíritu exaltado de Emma. El
cariño gentilicio que en ella despertó con tan exagerada vehemencia,
sirvió para reconciliar a muchos de sus parientes con la civilización y
la tierra llana. Las visitas a la capital fueron más frecuentes, tal vez
porque eran más baratas y más cómodas. Ya se sabía que la casa del
famoso y ya difunto abogado D. Diego Valcárcel, era, como él la hubiera
llamado si viviese, _jenodokia_, jenones, o sea, en cristiano, albergue de
forasteros. Emma, que en algún tiempo había desdeñado, no sin
coquetería, la adoración de sus primos y tíos--pues también tenía tíos
apasionados--ahora, es decir, después de haber perdido la flor de la
hermosura, sobre todo la lozanía, por culpa del mal parto, gozábase en
recordar los antiguos despreciados triunfos del amor, y quería rumiar
las impresiones deliciosas de aquella adoración pretérita. Rodeábase con
voluptuosa delicia, como de una atmósfera tibia y perfumada, de la
presencia de aquellos Valcárcel que algún día se hubieran tirado de
cabeza al río por gozar una sonrisa suya.
El amor aquel en algunos de ellos tenía que haber pasado por fuerza, so
pena de ser ridículo; los años y la grasa, y la terrible prosa de la
existencia pobre y montaraz de allá arriba, habían quitado todo carácter
de verosimilitud a cualquier tentativa de constancia amorosa; pero no
importaba: Emma se complacía en ver a su lado a los que todavía
recordaban con respeto y cariño el amor muerto, y consagraban al objeto
de tal culto todos los obsequios compatibles con el natural huraño y
brusco de la raza montés. Aquellos cortesanos del amor pretérito, tal
vez al rendir sus homenajes, pensaban sobre todo en la munificencia
actual de la heredera de D. Diego, única persona que aún tenía cuatro
cuartos en toda la familia; pero ella, la caprichosa cónyuge del infeliz
Bonifacio, no se detenía a escudriñar los recónditos motivos por que era
acatada su indiscutible soberanía sobre los suyos. Es muy probable que
ya ninguno de los parientes viese en su prima la belleza que, en efecto,
había volado; pero algunos fingían, con mucha delicadeza en el disimulo,
ocultar todavía una hoguera del corazón bajo las cenizas que el deber y
las buenas costumbres echaban por encima. Emma gozaba también, sin darse
cuenta clara de ello, creyéndolo vagamente; saboreaba aquel holocausto
de amor problemático con la incertidumbre de una música lejana que ya
suena, no se sabe si en la aprensión o en el oído. Lo que era un dogma
familiar, que tenía su fórmula invariable, era esto: que por Emma no
pasaban días, que lo del estómago no era nada, y que después de parir,
de mala manera, estaba más fresca y lozana que nunca. Nadie creía tal
cosa, porque saltaba a la vista que no era así; pero lo aseguraban
todos. Los cortesanos de aquella sultana caprichosa y de carácter
violento y variable, se vengaban de su humillación ineludible
despreciando a Bonifacio Reyes sin ningún género de disimulo. Emma llegó
a sentir por su esposo un afecto análogo en cierto modo al que hubiera
podido inspirar al Emperador romano su caballo senador. Otro dogma de la
familia, pero éste secreto, era que «_la niña_ había _labrado_ su desgracia
uniéndose a aquel hombre». El primo Sebastián confesaba entre suspiros
que el único acto de su vida de que estaba arrepentido (y era hombre que
se había jugado la hijuela materna a una carta), se remontaba a la época
de su pasión loca por Emma, pasión que le había hecho caer en la
debilidad de consentir en dar todos los pasos necesarios para buscar,
encontrar, emplear y casar al estúpido escribiente de D. Diego. Aquella
debilidad, aquella ceguera de la pasión, no se la perdonaría nunca. Y
suspiraba Sebastián, y suspiraban los demás parientes, y suspiraba Emma
también a veces, gozando melancólicamente con aquella afectación de
víctima resignada que sufre por toda una vida las consecuencias
desastrosas de una locura juvenil.
-III-
El buen esposo durante mucho tiempo no paró mientes en tales injurias.
En el fondo del alma, y a pesar de los elegantes trajes de paño inglés
que se le había hecho vestir, continuaba considerándose el antiguo
escribiente de D. Diego, a quien había pagado sus favores con la más
negra ingratitud.
Todos los Valcárcel eran para él los _señoritos_. En vano, allá en los
rápidos días, ya remotos, de aquella luna de miel que Emma había
decretado que fuese tan breve, en vano la enamorada esposa le había
exigido más dignidad y tesón en el trato con los primos y tíos; él,
Bonifacio, no podía menos de estimarlos siempre muy superiores a él por
la sangre, por los privilegios de raza en que confusamente creía. D.
Juan Nepomuceno le aterraba con sus grandes patillas cenicientas, sus
ojos fríos de color de chocolate claro y su doble papada afeitada con
esmero cancilleresco; le aterraba sobre todo con sus cuentas
embrolladas, que él miraba como la esencia de la sabiduría. Siempre que
D. Juan daba noticia somera de las mermas de la hacienda a su aturdida
sobrina, exigía que Bonifacio estuviese delante; era inútil que Emma y
el mismo Reyes quisiesen excusar esta ceremonia.--De ningún modo--gritaba
el tío--; quiero que lo presenciéis todo, para que el día de mañana no
diga ese (Bonifacio) que os he arruinado por inepto o por otra cosa
peor. El _todo_ que había de presenciar por fuerza _ese_, no era nada; allí
no se podía ver cosa clara, y aunque se pudiera, no la vería Reyes, que
ni siquiera miraba. Si era una escena molesta, irritante para Emma la de
asistir a _las cuentas del tío_, sin atender, sin sacar en limpio más que
«aquello iba muy mal», para el marido era el tormento más insoportable.
En vez de pensar en los números, pensaba en lo que le querrían decir
aquellos ojos del administrador pariente. Le querían decir, en su
opinión, «¿quién eres tú para pedirme cuentas, para fiscalizar mi
administración? ¿Por qué estás tú metido en la familia, plebeyo
miserable?». Sí, plebeyo, pensaba el infeliz; porque si bien sabía, con
gran oscuridad en los pormenores, que sus ascendientes habían sido de
_buena familia_, casi lo tenía olvidado, y comprendía que los demás, los
Valcárcel especialmente, no querrían recordar, ni casi casi creer,
semejante cosa.
Tan fuerte llegó a ser el disgusto que le causaban aquellas inútiles
entrevistas, que, por primera vez en su vida, se decidió a cumplir en
algo su propia voluntad, y se _cuadró_, como él dijo, y no quiso
presenciar más la insoportable escena. Con gran extrañeza y mayor placer
se vio victorioso en este punto sin gran resistencia por parte del tío.
En cuanto a Emma, tampoco insistió mucho en contrariar el deseo de su
esposo. Y fue porque se le ocurrió que detrás de la emancipación del
otro vendría la suya. En efecto, a los tres meses de haber prescindido
de la presencia de Bonifacio, Emma consiguió que se prescindiera también
de la suya. Y el tío, sin que lo supiera nadie más que él y la sobrina,
dejó de rendir cuentas de gastos y de ingresos a bicho viviente. Cada
cual firmaba lo que tenía que firmar, sin leer un renglón ni una cifra,
y no se hablaba del asunto.
Dos preocupaciones cayeron después sobre el ánimo encogido de Bonifacio:
la una era una gran tristeza, la otra una molestia constante. Del mal
parto de su mujer nacían ambas. La tristeza consistía en el desencanto
de no tener un hijo; la molestia perpetua, invasora, dominante, provenía
de los achaques de su mujer. Emma había perdido el estómago, y Bonifacio
la tranquilidad, su musa. El carácter caprichoso, versátil de la hija de
D. Diego, adquirió determinadas líneas, una fijeza de elementos que
hasta entonces en vano se pretendía buscar en él; ya no fue mudable
aquel ánimo, no iba y venía aquella voluntad avasalladora, pero
insegura, de cien en cien propósitos. Emma, con una seriedad extraña en
ella, se decidió a ser de por vida una mujer insoportable, el tormento
de su marido. Si para el mundo entero fue en adelante seca, huraña, la
flor de sus enojos la reservó para la intimidad de la alcoba. Molestaba
a su esposo como quien cumple una sentencia de lo Alto. En aquella
persecución incesante había algo del celo religioso. Todo lo que le
sucedía a ella, aquel perder las carnes y la esbeltez, aquellas arrugas,
aquel abultar de los pómulos que la horrorizaba haciéndola pensar en la
calavera que llevaba debajo del pellejo pálido y empañado, aquel desgano
tenaz, aquellos insomnios, aquellos mareos, aquellas irregularidades
aterradoras de los fenómenos periódicos de su sexo, eran otros tantos
crímenes que debían atormentar con feroces remordimientos la conciencia
del mísero Bonifacio. «¿No lo comprendía él así?». No. Su imaginación no
llegaba tan lejos como quería su mujer. Él no pasaba de confesar que
había sido un ingrato para con D. Diego dejándose robar por su hija. De
todo lo demás no tenía él la culpa, sino Emma o el diablo, que se
complacía en que él no tuviese hijos, ni su mujer las necesarias
condiciones para ser como todas las hembras. En cuanto se quedaban solos
en la habitación de la enferma, ella cerraba la puerta con estrépito, y
acto continuo se oía la voz chillona, estridente, que gastaba las pocas
fuerzas de la anémica en una catilinaria de cuya elocuencia y facundia
no era posible dudar. La disputa, si a estas verrinas se les podía dar
tal nombre, solía comenzar por una consulta médica.
--Me sucede esto--decía ella--, y hablaba de sus irregularidades íntimas;
¿qué te parece que será? ¿Qué debo hacer? ¿Continuaré con tal
medicamento o tendré que suspenderlo?
Bonifacio palidecía, la saliva se le convertía en cola de pegar... ¿Qué
sabía él? Compadecía a su esposa (por supuesto, mucho menos que a sí
mismo), pero no sabía ni podía saber lo que la convenía; es más, ni
siquiera tenía una idea exacta de los males de que ella se quejaba;
estaba seguro de que tenían cierta gravedad y de que eran origen de la
propia desesperación, porque le cerraban la esperanza de ser padre, de
tener hijos legítimos; pero de medicamentos y pronósticos ¿qué podía
decir él? Nada; y se echaba a temblar pensando en los oscuros fenómenos
patológicos de que ella le hablaba, y barruntando la tormenta que traía
aparejada su ignorancia del caso.
--Mujer, yo no puedo decirte... yo no entiendo... llamaremos al médico....
--¡Eso es, al médico! ¡Para estas cosas al médico! Ya que tú no tienes
pudor, déjame a mí tenerlo. Estas son intimidades del matrimonio: al
médico no se debe recurrir sino en el último apuro.... Tú debieras saber,
tú debieras afanarte por averiguar lo que me conviene; aunque no fuera
por cariño, por pudor, por vergüenza; y si no tienes vergüenza, por
remordimientos, por....
Ya se ha indicado que la facundia de Emma, llegados estos momentos, no
tenía límites.
Un día, en que a ella se le antojó que tenía una inflamación del
hígado... en el bazo, fue en busca de su esposo y le encontró en su
alcoba tocando la flauta. Su indignación no encontró palabras; allí no
había elocuencia posible, a no ser la del silencio... y la de los
hechos. «Ella muriendo de un _ataque al hígado_ y él... ¡tocando la
flauta!». Aquello merecía testigos, y los tuvo. Acudieron a la citación
de Emma D. Juan Nepomuceno, Sebastián y otros dos primos. La indignación
cundió por todos los presentes. El delito era flagrante: la flauta
estaba allí, sobre la mesa, y el hígado de Emma en su sitio, pero hecho
una laceria. Bonifacio, que a pesar de todo quería a su mujer más que
todos los tíos y primos, olvidando el propio crimen, quiso enterarse del
mal que padecía la víctima; a duras penas pudo conseguir que Emma,
tendida en un sofá y ahogando los sollozos, señalase con una mano en el
lado izquierdo la región del bazo.
--Pero, hija... se atrevió a decir, si eso... no es el hígado. El hígado
está al otro lado.
--¡Miserable!--gritó la esposa--. ¿Todavía te atreves a hablar? ¿No dices
que tú no eres médico? ¿Que tú no entiendes de eso? Y ahora por
contradecirme....
D. Juan Nepomuceno, amante de toda verdad, como no fuera del orden
aritmético, en el cual prefería las lucubraciones de la fantasía,
declaró, con la mano sobre la conciencia, que en aquella ocasión ¡_rara
avis_! (dijo) Bonifacio tenía de su parte la razón; que el hígado estaba
al otro lado, en efecto.
--No importa--dijo Sebastián--; puede ser un dolor reflejo.
--¿Y qué es eso?
--No lo sé; pero me consta que los hay.
No era tal cosa; era un dolorcillo reumático ambulante; pocos momentos
después lo sintió Emma en la espalda. Resultó, en fin, que no era nada;
pero siempre sería cierta una cosa: que Bonifacio estaba tocando la
flauta en el instante en que su esposa se creía a las puertas del
sepulcro.
No dormían juntos, sino en habitaciones muy distantes; pero el marido,
en cuanto se levantaba, que no era tarde, tenía la obligación de correr
a la alcoba de su mujer a cuidarla, a preparárselo todo, porque la
criada tenía irremediable torpeza en las manos; y en esta parte Emma
hacía a su Bonifacio la justicia de reconocerle buena maña y dedos de
cera. Rompía mucha loza y cristal, y buenas reprimendas le costaba; pero
tenía dotes de enfermero y de ayuda de cámara. Y también reconocía ella
de buen grado, y pensando a veces en pasadas ilusiones, que a pesar de
ser tan hábil en aquellos manejos, su marido no era afeminado de figura
ni de gestos; era suave, algo felino, podría decirse untuoso, pero todo
en forma varonil. Aquel plegarse a todos los oficios íntimos de alcoba,
a todas las complicaciones del capricho de la enferma, de las
voluptuosidades tristes y tiernas de la convalecencia, parecían en
Bonifacio, por lo que toca al aspecto material, no las aptitudes
naturales de un hermafrodita beato o cominero, sino la romántica
exageración de un amor quijotesco, aplicado a las menudencias de la
intimidad conyugal.
Emma seguía sintiéndose orgullosa del _físico_ de su Bonis, como llamaba a
Reyes; y al verle ir y venir por la alcoba, siempre de agradable y noble
catadura a pesar de los oficios humildes en que allí se empleaba,
experimentaba la alegría íntima de la vanidad satisfecha. Mas antes la
harían pedazos que dejase traslucir semejantes afectos, y cuanto más
guapo, más esclavo quería al mísero escribiente de D. Diego, más
humillado cuanto más airoso en su humillación. Reñir a Bonifacio llegó a
ser su único consuelo; no pudo prescindir ni de sus cuidados ni de
pagárselos con chillerías y malos modos. ¿Qué duda cabía que su Bonis
había nacido para sufrirla y para cuidarla?
Sus pocos momentos de buen humor relativo los gastaba Emma en cultivar
los resabios de sus pretéritas coqueterías; todavía pretendía parecer
bien a los parientes a quienes un día desdeñara; un poco de romanticismo
puramente fantástico, alambicado, enfermizo, era lo único que, en
presencia de los Valcárcel, y sólo entonces, revelaba la existencia de
un espíritu dentro de aquella flaca criatura pálida y arrugada: lo demás
del tiempo, casi todo el día, parecía un animal rabiando, con el
instinto de ir a morder siempre en el mismo sitio, en el ánimo apocado y
calmoso del suave cónyuge.
Bonifacio no era cobarde; pero amaba la paz sobre todo; lo que le daba
mayor tormento en las injustas lucubraciones bilioso-nerviosas de su
mujer, era el ruido.
«Si todo eso me lo dijera por escrito, como hacía D. Diego cuando
insultaba a la parte contraria o al inferior en papel sellado, yo mismo
lo firmaría sin inconveniente». Las voces, los gritos, eran los que le
llegaban al alma, no los _conceptos_, como él decía.
Había temporadas en que, después de los ordinarios servicios de la
alcoba, para los que era irreemplazable el marido, Emma declaraba que no
podía verlo delante, que el mayor favor que podía hacerla era marcharse,
y no volver hasta la hora de tal o cual faena de la incumbencia
exclusiva de Bonifacio. Entonces él veía el cielo abierto, tomando la
puerta de la calle.
-IV-
Se iba a una tienda. Tenía tres o cuatro tertulias favoritas alrededor
de sendos mostradores. Repartía el tiempo libre entre la botica de la
Plaza, la librería Nueva, que alquilaba libros, y el comercio de paños
de los Porches, propiedad de la viuda de Cascos. En este último
establecimiento era donde encontraba su espíritu más eficaz consuelo; un
verdadero bálsamo en forma de silencio perezoso y de recuerdos tiernos.
Por la tienda de Cascos había pasado todo el romanticismo provinciano
del año cuarenta al cincuenta. Es de notar que en el pueblo de
Bonifacio, como en otros muchos de los de su orden, se entendía por
romanticismo leer muchas novelas, fuesen de quien fuesen, recitar versos
de Zorrilla y del duque de Rivas, de Larrañaga y de D. Heriberto García
de Quevedo (salvo error), y representar _El Trovador_ y _El Paje_,
_Zoraida_ y otros dramas donde solía aparecer el moro entregado a un
lirismo llorón, desenvuelto en endecasílabos del más lacrimoso efecto:
¿Es verdad, Almanzor, mis tiernos brazos te vuelven a estrechar?
¡Pluguiera al cielo!, etc.
decía Bonifacio y decían todos los de su tiempo con una melopea pegajosa
y simpática, algo parecida a canto de nodriza. Y decían también, esto
con más energía:
¡Boabdil, Boabdil, levántate y despierta!... etc.
Esta era la mejor y más sana parte de lo que se entendía por
romanticismo. Su complemento consistía en aplicar a las costumbres algo
de lo que se leía, y, sobre todo, en tener pasiones fuertes, capaces de
llevar a cabo los más extremados proyectos. Todas aquellas pasiones
venían a parar en una sola, el amor; porque las otras, tales como la
ambición desmedida, la aspiración a algo desconocido, la profunda
misantropía, o eran cosa vaga y aburrida a la larga, o tenían escaso
campo para su aplicación en el pueblo; de modo que el romanticismo
práctico venía a resolverse en amor con acompañamiento de guitarra y de
periódicos manuscritos que corrían de mano en mano, llenos de versos
sentimentales. ¡Lástima grande que este lirismo sincero fuera las más
veces acompañado de sátiras ruines en que unos poetas a otros se
enmendaban el vocablo, dejando ver que la envidia es compatible con el
idealismo más exagerado! En cuanto al amor romántico, si bien comenzaba
en la forma más pura y conceptuosa, solía degenerar en afecto clásico;
porque, a decir la verdad, la imaginación de aquellos soñadores era
mucho menos fuerte y constante que la natural robustez de los
temperamentos, ricos de sangre por lo común; y el ciego rapaz, que nunca
fue romántico, hacía de las suyas como en los tiempos del Renacimiento y
del mismo clasicismo, y como en todos los tiempos; y, _en suma_, según
confesión de todos los tertulios de la tienda de Cascos, la moralidad
pública jamás había dejado tanto que desear como en los benditos años
románticos; los adulterios menudeaban entonces; los Tenorios, un tanto
averiados, que quedaban en la ciudad, en aquella época habían hecho su
agosto; y en cuanto a jóvenes solteras y _de buena familia_, se sabía de
muchas que se habían escapado por un balcón, o por la puerta, con un
amante; o sin escaparse se habían encontrado encinta sin que mediara
ningún sacramento. La tertulia de Cascos y la tienda de los Porches
habían sido, respectivamente, ocasión y teatro de muchas de aquellas
aventuras, que se envolvían en un picante misterio y después venían a
ser pasto de una murmuración misteriosa también y no menos picante.
Aunque en nombre de la religión y de la moral se condenasen tales
excesos, no cabe negar que en los mismos que murmuraban y censuraban
(tal vez cómplices, por amor al arte, de tales extremos) se adivinaba
una recóndita admiración, algo parecida a la que inspiraban los poetas
en boga, o los buenos cómicos, o los cantantes italianos--buenos o
malos--o los guitarristas excelentes. Aquel romanticismo representado en
la sociedad (entonces todavía no se había inventado eso de hablar tanto
de la realidad) era como un grado superior en la común creencia
estética. En cambio, si los antiguos partidarios del _clair de lune_ de la
tienda de paños tenían que declarar la inferioridad moral--relativamente
al sexto mandamiento no más--de aquellos tiempos, recababan para ellos el
mérito de las buenas formas, del eufemismo en el lenguaje; y así, todo
se decía con rodeos, con frases opacas; y al hablar de amores de
ilegales consecuencias se decía: «Fulano obsequia a Fulana», v. gr. De
todas suertes, la vida era mucho más divertida entonces, la juventud más
fogosa, las mujeres más sensibles. Y al pensar en esto suspiraban los de
la tienda de Cascos; de Cascos, que había muerto dejando a la viuda la
herencia de los paños, de la clientela y de los tertulios ex románticos,
ya todos demasiado entrados en años y en cuidados, y muchos en grasa,
para pensar en sensiblerías trascendentales. Pero no importaba; se
seguía suspirando, y muchos de aquellos silencios prolongados que
solemnizaban la ya imponente oscuridad de la tienda con aspecto de
cueva; muchos de aquellos silencios que tanto agradaban a Reyes, estaban
consagrados a los recuerdos del año cuarenta y tantos. La viuda, señora
respetable de cincuenta noviembres, tal vez había amado y se había
dejado amar por uno de aquellos asiduos tertulios, un D. Críspulo
Crespo, relator, funcionario probo y activo e inteligente, de muy mal
genio; sí, se habían amado, aunque sin ofensa mayor de Cascos; y en
opinión de los amigos, seguían amándose; pero todos respetaban aquella
pasión recóndita e inveterada; rara vez se aludía a ella, y se la tenía
por único recuerdo vivo de tiempos mejores; y el respeto a tal documento
póstumo del muerto romanticismo se mostraba tan sólo en dejar
invariablemente un puesto privilegiado, dentro del mostrador, para D.
Críspulo.
Bonifacio, que había sido uno de los más distinguidos epígonos de aquel
romanticismo al pormenor, ya moribundo, se sentía bien quisto en la
tertulia y se acogía a su seno, tibio como el de una madre.
Una tarde que Emma le arrojó de su alcoba por haber confundido los
ingredientes de una cataplasma--¡caso raro!--, Bonifacio entró en la
tienda de paños más predispuesto que nunca a la voluptuosidad de los
recuerdos. Don Críspulo estaba en su asiento privilegiado. La viuda
hacía calceta enfrente del relator. Ambos callaban. Los demás ex
románticos, entre toses y largos intervalos de silencio que parecían
parte del ceremonial de un rito misterioso, soñoliento, hablaban en la
semioscuridad gris, fuera del mostrador, y repasaban sus comunes
recuerdos. ¿Quién vivía en aquella plaza que tenían delante, el año
cuarenta? El habilitado del clero, allí presente, hombre de prodigiosa
memoria, recordaba uno por uno los inquilinos de todos aquellos
edificios tristes y sucios, grandes caserones de dos pisos. «Las de
Gumía habían muerto en la Habana, donde era el año cuarenta y seis
magistrado el marido de la mayor; en el piso segundo de la casa grande
de Gumía habitaba el secretario del Gobierno civil, que se llamaba
Escandón, era gallego, muy buen poeta, y se había suicidado en Zamora
años después, porque siendo tesorero se le había hecho responsable de un
desfalco debido al contador. En el número cinco vivían los de Castrillo,
cinco hermanos y cinco hermanas, que tenían tertulia y comedias caseras;
la casa de Castrillo era uno de los focos del romanticismo del pueblo;
allí se escribía el periódico anónimo y clandestino, que después se
metía por debajo de las puertas. Perico Castrillo había sido un
talentazo, sólo que entre las mujeres y la bebida le perdieron, y murió
loco en el hospital de Valladolid. Antonio Castrillo había sido el mejor
jugador de tresillo de la provincia, después se había ido a jugar a
Madrid, y allí se agenció de modo, siempre jugando al tresillo, que se
hizo un nombre en la política y fue subsecretario en tiempo de Istúriz.
Pero este y los demás Castrillos habían muerto tísicos. En cuanto a
ellas, se habían dispersado, mal casadas tres, monja una y perdida la
otra por un seductor del provincial de Logroño, el capitán Suero».
Al llegar a la casa número nueve el habilitado del clero suspiró con
gran aparato.
--Ahí... todos ustedes recuerdan quién vivía el año cuarenta....
--La _Tiplona_, dijeron unos.
--La _Merlatti_, exclamaron otros.
La _Tiplona_, la _Merlatti_ había sido el microcosmos del romanticismo
músico del pueblo. Era una tiple italiana que aquellos provincianos
hubieran echado a reñir con la Grissi, con la Malibrán, sin necesidad de
haber oído a estas. No concedían aquellos señores formales que en este
mundo se hubiera oído cosa mejor que la Merlatti... ¡Y qué carnes! ¡Y
qué trato! Era más alta que cualquiera de los presentes, blanca como la
nieve, suave como la manteca y de una musculatura tan exuberante como
bien contorneada; montaba a la inglesa, tiraba la pistola, y había
abofeteado en medio del paseo a la _Tiplona_, su rival la Volpucci, que
también tenía sus aficionados. Esta era delgada, flexible como un mimbre
y lucía más que la _Tiplona_ en las _fioriture_; pero como voz y como
carnes y buena presencia, no había comparación. La _Tiplona_ había
vencido, y había vuelto a la ciudad en varias temporadas, y por último se
había casado con un coronel retirado, dueño de aquella casa de la plaza
del teatro, el coronel Cerecedo; y allí había vivido años y años dando
conciertos caseros y admirada y querida del pueblo filarmónico,
agradecido y enamorado de los encantos, cada vez más ostentosos, de la
ex tiple. Y ¡quién lo dijera!, también había muerto tísica, después de
un mal parto. ¡La _Tiplona_! El que más y el que menos de aquellos señores
la había amado en secreto o paladinamente, y el mismo Bonifacio, muy
joven entonces, tenía que confesarse que su afición a la ópera seria
había crecido escuchando a aquella real moza, que enseñaba aquella
blanquísima pechuga, un pie pequeño, primorosamente calzado, y unos
dientes de perlas.
El habilitado del clero siguió pasando revista a los inquilinos del año
cuarenta; de aquella enumeración melancólica de muertos y ausentes salía
un tufillo de ruina y de cementerio; oyéndole parecía que se mascaba el
polvo de un derribo y que se revolvían los huesos de la fosa común, todo
a un tiempo. Suicidios, tisis, quiebras, fugas, enterramientos en vida,
pasaban como por una rueda de tormento por aquellos dientes podridos y
separados, que tocaban a muerto con una indiferencia sacristanesca que
daba espanto. El vejete terminó su historia al por menor con los ojos
encendidos de orgullo. ¡Qué memoria la suya!, pensaba él. ¡Qué mundo
este!, pensaban los demás.
A Bonifacio aquella narración le había hecho recordar el espectáculo
tristísimo de las ruinas de la casa donde él había nacido; sí, él había
visto desprenderse las paredes pintadas de amarillo y otras cubiertas de
papel de ramos verdes; él había visto como en un plano vertical la
chimenea despedazada, al amor de cuya lumbre su madre le había dormido
con maravillosos cuentos; allá arriba, en un tercer piso... sin piso,
quedaba de todo aquel calor del hogar el hueco de una hornilla en una
medianería agrietada, sucia y polvorienta. ¡Al aire libre, siempre
expuesta a las miradas indiferentes del público, estaba la alcoba en que
había muerto su padre! Sí; él había visto en lo alto los restos
miserables, la pared manchada por las expectoraciones del enfermo, las
señales del hierro de la cama humilde en la grasa de aquella pared....
¿Qué quedaba de toda aquella vivienda, de aquella familia pobre, pero
feliz por el cariño? Quedaba él, un aficionado a la flauta, en poder de
su Emma, una furia, sí, una furia, no había para qué negárselo a sí
mismo. La casa había desaparecido; aquellas ruinas de su hogar habían
estado siendo el escándalo de la gacetilla urbana. «¿Pero cuándo se
derriba la inmunda fachada de la esquina asquerosa de la calle del
Mercado?». Esto había gritado la prensa local meses y meses, y al fin el
Municipio había aplicado la piqueta de _doña Urbana_, como decía el
periódico, a los últimos restos de tantos recuerdos sagrados. ¿Y él
mismo, pensaba Bonifacio, qué era más que un esquinazo, una ruina
asquerosa que estaba molestando a toda una familia linajuda con su
insistencia en vivir, y ser, por una aberración lamentable, el marido de
su mujer? Todas aquellas ideas tristes y humillantes las había
despertado en su espíritu el diablo del habilitado con aquella _ojeada
retrospectiva_ al año cuarenta. ¡La historia! ¡Oh!, la historia en las
óperas era una cosa muy divertida... _Semíramis_, _Nabucodonosor_, _Las
Cruzadas_, _Atila_... magnífico todo... pero las de Gumía, las de
Castrillo... tanta muerte, tanta vergüenza, tanta dispersión y
podredumbre... esto _encogía el ánimo_. Por fortuna la conversación volvió
a la _Tiplona_, y con motivo de esto se recordó las óperas que se
cantaban entonces y las que se cantaban ahora en comparación con
aquellas. La verdad era que ahora no se cantaban óperas en el pueblo,
pues casi hacía ocho años que no parecía por allí un mal cuarteto.
Entonces el habilitado, que tanto había entristecido al concurso, se
dignó dar una noticia de actualidad, contra su costumbre. Su costumbre
era despreciar _altamente_ todos los sucesos próximos, pasados o futuros,
que no exigían, para ser referidos o inducidos, gran retentiva, como él
llamaba a la memoria. Con aire displicente dijo el buen hombre:
--Pues ópera la van ustedes a tener ahora, y buena; porque me ha dicho el
alcalde que han pedido el teatro desde León el famoso Mochi y la
Gorgheggi.
--¡La Gorgheggi!--gritaron a una los presentes.
Y hasta el relator hizo un movimiento de sorpresa en su silla, metido en
la sombra, y la viuda de Cascos le miró y suspiró discretamente.
Ocho días después estaban en el pueblo el tenor Mochi, famoso en todos
los teatros de provincia del reino, y su protegida y discípula la
Gorgheggi. Cantaron _La Extranjera_ la primera noche, y aunque el diario
más filarmónico de la capital «no se atrevió a emitir juicio por una
sola audición», el público, menos circunspecto (verdad es también que
con menos responsabilidad ante la historia del arte), se entusiasmó
desde luego y juró en masa que «desde la _Tiplona_ acá no se había oído
prodigio por el estilo. La Gorgheggi era un ruiseñor; y además, ¡qué
guapa, qué amable, qué atenta con el público, qué agradecida a los
aplausos!». Sí que era guapa; era una inglesa traducida por su amigo
Mochi al italiano, dulce y de movimientos suaves, de ojos claros y
serenos, blanca y fuerte; tenía una frente de puras líneas, que lucía
modestamente, con un peinado original, en que el cabello, de castaño
claro y en ondas, servía de marco sencillo a aquella blancura pálida, en
que, hasta de día, como pensaba Bonifacio, parecía haber reflejos de la
luna. Bonifacio vio dos actos de _La Extranjera_ la noche del estreno, y
con un supremo esfuerzo de la voluntad se arrancó de las garras de la
tentación y volvió al lado de su esposa, de su Emma, que, amarillenta y
desencajada y toda la cabeza en greñas, daba gritos en su alcoba porque
su esposo la abandonaba, acudiendo tarde, muy tarde, media hora después
de la señalada, a darle unas friegas sin las cuales pensaba ella que se
moría en pocos minutos. Llegó Reyes, dio las friegas con gran ahínco, en
silencio, oyendo resignado los gritos, mezclados de improperios, de su
mujer, y pensando en la frente y en la voz de la Gorgheggi y en el final
de _La Extranjera_, que estarían entonces cantando.
Y se acostó Bonifacio, discurriendo: «¡Sí, es muy hermosa, pero lo mejor
que tiene es la frente; no sé lo que dice a mi corazón aquella curva
suave, aquella onda dulce!... Y la voz es una voz... maternal; canta con
la coquetería que podría emplear una madre para dormir a su hijo en sus
brazos: parece que nos arrulla a todos, que nos adormece... es... aunque
parezca un disparate, una voz honrada, una voz de ama de su casa que
canta muy bien: aquella _pastosidad_, como dice el relator, debe de ser la
que a mí me parece timbre de bondad; así debieran cantar las mujeres
hacendosas mientras cosen la ropa o cuidan a un convaleciente... ¡qué sé
yo!, aquella voz me recuerda la de mi madre... que no cantaba nunca.
¡Qué disparates! Sí, disparates para dichos, pero no para pensados.... En
fin, ¿qué tengo yo que ver con ella? Nada. Probablemente Emma no me
dejará volver al teatro...». Y se durmió pensando en la frente y en la
voz de la Gorgheggi.
Al día siguiente, a las doce de la mañana había ensayo, y allí estaba
Bonifacio, más muerto que vivo, barruntando la escena que le preparaba,
de fijo, su mujer, a la vuelta. Se había escapado de casa. Y tenía que
confesarse que el placer de estar allí era mayor, por lo mismo que era
un acto de rebeldía su presencia en tal sitio.
Los ensayos siempre habían sido el encanto de Reyes. No se explicaba él
bien por qué los prefería a las funciones más solemnes y magníficas. A
su manera, venía a pensar esto: «El teatro verdadero, el teatro por
dentro, era el del ensayo; a Reyes no le gustaba la ficción en nada, ni
en el arte; decía él que los tenores y tiples no debían cantar delante
de las candilejas, entre árboles de lienzo y vestidos de percal ante un
público distraído y en una sala estrecha donde el aire era veneno; los
tenores y tiples debían andar, como los ruiseñores o las sirenas,
esparcidos por los bosques repuestos y escondidos, o por las islas
misteriosas, y soltar al aire sus trinos y gorjeos en la clara noche de
luna, al compás de las melancólicas olas que batían en la playa, y de
las ramas de la selva que mecía la brisa...». Bueno; pero ya que esto no
podía ser, Bonifacio prefería oír a los cantantes en el ensayo. Porque
allí veía al _artista_ tal como era, no como tenía que fingir que era. Por
un instinto de buen gusto, de que él no podía darse cuenta, lo que
aborrecía en las representaciones públicas era la mala escuela de
declamación, la falsedad de actitudes, trajes, gestos, etc., etc., de
los cómicos que iban por aquel pobre teatro de provincia. En el ensayo
no veía un Nabucodonosor que parecía el rey de bastos, ni un _Atila_
semejante a un cabrero, sino un caballero particular que cantaba bien y
estaba preocupado de veras con sus cosas, verbigracia, la mala paga, el
mal tiempo que le tomaba la voz, o el correo que le traía malas
noticias. Bonifacio amaba el arte por el artista, admiraba a aquella
gente que recorría el mundo sin estar jamás seguros del pan de mañana,
preocupados con los propios y los ajenos gorgoritos.--¡Cómo hay
valiente--pensaba él--, que se decida a fiar su existencia del fagot, o
del cornetín o del violoncello, verbigracia, o de una voz de bajo
segundo, con veinte reales diarios, que es lo más bajo que se puede
cantar! Yo, por ejemplo, sería un flauta pasable, pero ¡por cuanto hay
no me atrevería a escaparme de casa y a ir por esos mundos hasta Rusia,
tapando huecos en una orquesta! Acaso a mi dignidad y a mi independencia
les estuviera mejor emprender esa carrera; pero ¡antes me tiro al agua!
El azar... lo imprevisto... el pan dudoso, ¡qué miedo! Y por lo mismo
que él se creía incapaz de ser _artista_, en el sentido de echar a correr
sin más que la flauta, por lo mismo admiraba más y más a aquellos
hombres, que eran indudablemente de otra madera.
Ya la cualidad de extranjero, y aun la menos extraordinaria de
forastero, era para Bonifacio muy recomendable; no ser de su pueblo, de
aquel pueblo mezquino donde habían nacido él y su mujer, constituía una
ventaja; ser de muy lejos era una maravilla.... El mundo... el resto del
mundo ¡debía de ser tan hermoso! Lo que él conocía era tan feo, tan poca
cosa, que las bellezas que había soñado y de que hablaban los versos y
los libros de aventuras, deberían de estar, de fijo, en todos esos
lugares desconocidos.... En Méjico había visto poco bueno; pero al fin
Méjico había sido colonia española, y se le había pegado la pequeñez de
por acá. El verdadero _extranjero_ era otro. Y de este venían los
artistas, los cantantes.... Ser italiano, ser artista... ser músico, esto
era miel sobre hojuelas y néctar sobre la miel. Y cuando el extranjero,
el artista, el músico... era hembra, entonces el respeto y admiración de
Bonifacio llegaban a ser religión, idolatría.... Por todo lo cual, y por
lo antes apuntado, prefería con mucho ver a los cómicos tal como eran, a
verlos pintados de reyes o de sacerdotisas respectivamente. En el
ensayo, en el ensayo era donde se conocía al artista....
Entró en el palco proscenio, a que estaban abonados desde tiempo
inmemorial sus amigos de la tienda de Cascos; era el más bajo de los
_claros_, que así se llamaba entonces a los que después se denominó
plateas, y tenía, por ser de proscenio y estar medio escondido por una
pared maestra, el apodo vulgar de faltriquera (años adelante bolsa). No
había nadie en el palco. Reyes abrió la puerta, procurando evitar el
menor ruido. Para él era el teatro el templo del arte, y la música una
religión. Se sentó con movimientos de gato silencioso y cachazudo; apoyó
los codos en el antepecho y procuró distinguir los bultos que como
sombras en la penumbra cruzaban por el oscuro escenario. No había
entonces baterías de gas y no podía llevarse la luz por delgados tubos,
como años adelante se vio allí mismo, a una altura discrecional; las
humildes candilejas alumbraban lo poco que podían, desde el tablado,
como estrellas... de aceite, caídas. A la derecha del actor (así pensaba
Reyes), alrededor de una mesa alumbrada apenas por un quinqué de luz
triste, había un grupo de sombras que poco a poco fue distinguiendo.
Eran el director de escena, el apuntador, un traspunte y un hombre gordo
y pequeño, de panza extraordinaria, vestido con suma corrección, muy
blanco, muy _distinguido en sus modales_; era el _signor_ Mochi, empresario
y tenor primero... y último de la Compañía. Otros grupos taciturnos
vagaban por el foro, eran los coristas: el cuerpo de _señoras_ estaba
sentado en corro a la izquierda. Donde quiera que se juntaban aquellas
damas pálidas y mal vestidas tendían, por la fuerza de la costumbre, a
formar arcos de círculo, semicírculos y círculos según las
circunstancias.
Reyes había leído la _Odisea_ en castellano y recordaba la interesante
visita de Ulises a los infiernos; aquella vida opaca, subterránea del
Erebo, donde opinaba él que tanto debían de aburrirse las almas de los
que fueron, se le representaba ahora al ver a los tristes cómicos,
silenciosos y vagabundos, cruzar el escenario oscuro, como espectros. Ya
sabía él que otras veces reinaba allí la alegría, que aquello iría
animándose; pero había siempre en los ensayos cuartos de hora tristes.
Cuando al _artista_ no le anima esa especie de alcohol espiritual del
entusiasmo estético, se le ve caer en un marasmo parecido al que abruma
a los desventurados esclavos del hachís y del opio.... Reyes había hecho
a su modo un profundo estudio psicológico de los pobres tenores ex
notables que venían a su pueblo averiados, como barcos viejos que buscan
una orilla donde morir tranquilos, acostados sobre la arena; también
sabía mucho de tiples de tercer orden que pretendían pasar por
estrellas: aunque era muy joven todavía cuando había tenido ocasión de
hacer observaciones, la reflexión serena le había ayudado no poco.
Observaba compadeciendo, y compadecía admirando, de modo que el análisis
llegaba verdaderamente al alma de las cosas. Lo que él no veía era el
lado malo de los artistas. Todo lo poetizaba en ellos. Los contrastes
fuertes y picantes de sus ensueños de gloria y de su vida de bastidores
con la mezquina prosa de una existencia difícil, llena de los roces
ásperos con la necesidad y la miseria, le parecían a Reyes motivos de
poética piedad y daban una aureola de martirio a sus ídolos.
Aquel día procuró, como siempre, atraer hacia sí la atención de _las
partes_ (el tenor, la tiple, el barítono, el bajo y la contralto), y esto
solía conseguirlo sonriendo discretamente cuando algún cantante le
miraba por casualidad después de _atacar con valentía_ una nota, o de
hacer cualquier primor de garganta, o también después de decir un
chiste.
Mochi, el tenor bajo y gordo, era como una ardilla y hablaba más que un
sacamuelas, pero en italiano cerrado, y con suma elegancia en los
modales. Hablaba con el maestro director que se reía siempre, y Reyes,
que no entendía a Mochi, pero que creía adivinarle, sonreía también.
Como no había nadie más que él en calidad de mero espectador del ensayo,
el tenor no tardó en notar su presencia y sus sonrisas, y al poco rato
ya le consagraba a él, a Reyes, todos sus _concetti_. Tanto se lo
agradeció Bonifacio, que al tiempo de levantarse para salir del palco
deliberó consigo mismo si debía saludar al tenor con una ligera
inclinación de cabeza. Miró Mochi a Reyes... y Reyes, poniéndose muy
colorado, sacudió su hermosa cabellera con movimientos de maniquí, y se
fue a su casa... impregnado del ideal.
-V-
Por la noche Emma le echó del seno del hogar por algunas horas, y
Bonifacio volvió al ensayo. Ahora no estaba sólo en calidad de público;
en todas las _faltriqueras_ había abonados, y en la de los tertulios de
Cascos se destacaba la respetable personalidad del Gobernador militar,
que honraba a aquellos señores aceptando un asiento en lo oscuro. Reyes
se sentó en primera fila, y en cuanto Mochi miró hacia el palco, le
saludó con el sombrero. No contestó el tenor por lo pronto, lo cual
desconcertó al buen aficionado, principalmente por lo que pensarían sus
amigos; mas ¡oh gloria inmortal, oh momento inolvidable!, al lado de
Mochi, frente a la cáscara del apuntador, había una mujer, una señora,
con capota de terciopelo, debajo de la cual asomaban olas de cabello
castaño claro y fino; y aquella mujer, aquella señora que había notado
el saludo de Reyes, tocó familiarmente con una mano enguantada en un
hombro del tenor, y le debió de decir:
--En aquel palco te han saludado.
Ello fue que Mochi se volvió con rapidísimo gesto, vio a Reyes y se
deshizo en cortesías....
En el palco todos envidiaron aquello, hasta el _brigadier_ Gobernador
militar de la provincia; y más envidiaron la sonrisa con que la dama de
la capota se atrevió a acompañar el saludo de Mochi, muy satisfecha, al
parecer, de haberle advertido su distracción.
Reyes encontró en sus ojos la mirada de la Gorgheggi--que no era otra la
dama--y muchas veces, muchas, pensando después en aquel momento solemne
de su vida, tuvo que confesarse que impresión más dulce ni tan fuerte no
la había experimentado en toda su juventud, tan romántica _por dentro_.
«Una mirada así--se dijo en aquel instante--, sólo puede tenerla una
extranjera que sea además artista. ¡Qué modestia en el atrevimiento, qué
castidad en la osadía! ¡Qué inocente descaro, qué cándida
coquetería!...».
De las sonrisas y los saludos poco se tardó en pasar a las buenas
palabras: Bonifacio y otros señores de su palco reían discretamente los
chistes con que Mochi se burlaba con disimulo de la orquesta, que era
indígena y desafinaba como ella sola; un lechuguino, que tenía fama de
hacer grandes y muy valiosas conquistas entre bastidores, se atrevió a
servir de intérprete, a su modo, entre el tenor y _un_ trompa a quien el
artista dirigió una cortés reprimenda en italiano. No era que el
lechuguino supiera mucho de la lengua del Dante, pero sí lo suficiente
para comprender que al hablar de _missure_, Mochi se refería a los
compases; mas los conocimientos lingüísticos del trompa no llegaban
allí. Poco después Bonifacio se arriesgó, poniéndose muy colorado, a
traducir otra observación humilde--esta de la Gorgheggi--al idioma del
trompa pertinaz, un hombre de tan mal genio como oído; la tiple había
hablado en español, había dicho «compás» como, de hablar, podría decirlo
un canario; pero el hombre del bronce no había querido entender tampoco;
la traducción de Bonifacio consistió en repetir a gritos las palabras de
la cantante, inclinándose desde el palco sobre la cabeza calva del
músico.
--¡Mil gracias... oh... mil gracias!, había dicho la artista,
despidiendo, entre miradas y sonrisas, chispas de gloria para el corazón
de Reyes, que estuvo viendo candelillas un cuarto de hora. Le zumbaban
los oídos, y pensaba que si en aquel momento aquella mujer le proponía
escaparse juntos al fin del mundo, echaba a correr sin equipaje ni nada,
sin llevar siquiera las zapatillas; y eso que no concebía cómo hombre
nacido podía echarse por la mañana de la cama y calzarse las botas de
buenas a primeras. Siempre que leía aventuras de viajes lejanos, grandes
penalidades de náufragos, misioneros, conquistadores, etc., etc., lo que
más compadecía era la ausencia probable de las babuchas.
Sin faltar a un solo ensayo, y yendo también al teatro todas las noches
de función en que podía robar algunas horas a sus quehaceres domésticos,
llegó Bonifacio a intimar con las partes, como él decía, de tal manera,
que los amigos de la tertulia de Cascos llegaron a suponerle en
relaciones amorosas con la Gorgheggi.
--Yo les digo a ustedes que la obsequia--aseguraba el relator.
--Yo sostengo que no la obsequia--decía el lechuguino, envidioso.
La verdad era que la simpatía, y a los pocos días la más cordial
amistad, habían llegado a tal punto entre Mochi y Bonifacio, que el
tenor, después de tomar juntos café una tarde, no había vacilado en
pedir al _suo nuovo magià carissimo amico_, _duecento lire_, o sean
cuarenta duros en el lenguaje que entendía Reyes. Pidió el italiano con
tal sencillez y desenfado aquellos ochocientos reales, acto continuo de
haber contado una aventura napolitana que le había costado cerca de dos
mil duros, que Bonifacio tuvo que decirse: «Para este hombre cuarenta
duros son como para mí un cigarrillo de papel; me ha pedido esos cuartos
como quien pide lumbre para el cigarro; lo que le sobra a él, de fijo,
es dinero; pero no lo tiene aquí, en este momento; lo malo es que
tampoco lo tengo yo. Pero hay que buscarlo corriendo, no hay más
remedio. Si se lo doy, no me lo agradecerá, aunque bien sabe Dios que no
sé de dónde sacarlo; pero a él ¿qué? ¿Qué son ochocientos reales para
este hombre? En cambio, si no se los busco inmediatamente me
despreciará, me tendrá por un miserable... ¡Antes la muerte!».
Colorado como un pimiento declaró el español que, por una casualidad que
lamentaba, no traía consigo aquella insignificante cantidad; pero que en
un periquete corría a su casa... que estaba muy cerca, y volvía con los
cuartos.
Y echó a correr sin oír las palabras de Mochi que, por no molestarle,
renunciaba al préstamo.
En efecto, la casa de Emma no estaba lejos; pero llegar a ella, entrar,
era más fácil que volver al teatro, al cuarto del tenor, con los
cuarenta duros. ¿De dónde iba a sacarlos el infeliz esclavo de su mujer?
¡Ay! ¡Con qué amargura contempló entonces, por la primera vez, su triste
dependencia, su pobreza absoluta! No era dueño ni de los pantalones que
tenía puestos, y eso que parecía que habían _nacido_ ajustados a sus
piernas; ¡tan bien le sentaban! No tenía dos reales que pudiera decir
que eran suyos. ¿Qué hacer? ¿Renunciar para siempre al ideal? Mochi le
aguardaba con aquellos ojos punzantes, risueños y maliciosos: sin el
dinero no se podía volver: detrás de Mochi estaba la Gorgheggi, su
discípula, su pupila. Bien; puesto que no tenía aquellos cuarenta duros
ni de donde sacarlos, como no robase los candelabros de plata que tenía
delante de los ojos, sobre la mesa del despacho (el despacho de D.
Diego, que seguía siendo _despacho_ sin adjudicación singular: el de don
Juan Nepomuceno, el de Emma, el de todos); como no tenía cuarenta duros
ni de donde le vinieran, renunciaría a su felicidad; no volvería a
presentarse ante los queridos amigos italianos, ante los artistas
sublimes, se sacrificaría en silencio; cualquier cosa menos volver allá
con las manos vacías....
En aquel momento D. Juan Nepomuceno se presentó en el despacho con un
saquito de dinero entre las manos; saludó a Reyes con solemnidad, y se
puso a contar pesos fuertes sobre la mesa; se trataba de la renta de la
Comuña, una casería que entregaba limpios todos los años cuatro mil
reales. Mientras don Juan, sin hacer caso del importuno, iba haciendo
pilas de pesos en correcta formación hasta el punto de recordar al pobre
_dilettante_ de todas las artes las ruinas de un templo griego, Reyes
pensaba:
--Esas columnas argentinas debía formarlas yo: ¡yo debía ser el
administrador de los bienes de mi mujer!
Una ola de dignidad retrospectiva le subió al rostro y le dio valor
suficiente para decir:
--D. Juan, necesito mil reales.
Años después, recordando aquel golpe de audacia, para el cual sólo el
amor podía haberle dado fuerzas, lo que más admiraba en su temeraria
empresa era el piquillo de su pretensión, los doscientos reales en que
su demanda había excedido a su necesidad. «¿Por qué pedí mil reales en
vez de ochocientos?». No se lo explicó nunca.
D. Juan Nepomuceno miró, sin contestar, a su afín. ¡Mil reales! Aquel
mentecato se había vuelto loco.
--Sí, señor, mil reales; y no hace falta que mi mujer sepa nada; yo se
los devolveré a usted mañana mismo; se trata de sacar de un apuro a un
amigo de la infancia... paga segura....
--Amigo de la infancia... paga segura.... No lo entiendo.
Esto fue todo lo que dijo el tío administrador. ¿Cómo un amigo de la
infancia de aquel pelagatos podía ser paga segura? Esto quería dar a
entender, y Bonifacio, comprendiéndolo, rectificó:
--De la infancia... precisamente... no... es uno de los amigos de la
viuda de Cascos....
Y se puso otra vez muy colorado.
D. Juan clavó una mirada puntiaguda en los ojos claros... y turbados de
su afín; adivinó algo, echó sus cuentas en un segundo, y, tomando dos
montones de plata, se los puso entre los dedos al pasmado Reyes, sin
decir más que:
--Tome usted; son mil justos.
--Bueno, gracias. Mañana mismo....
--Eso... allá usted.
--Y que Emma no sepa....
--Por ahora no hace falta que sepa nada.
--¿Cómo por ahora?
--Y si usted reintegra a la caja (así hablaba el tío) esa cantidad en
breve, no sabrá nada nunca.
--Bien, bien; mañana mismo.
Ni mañana, ni pasado, ni al otro. Mochi recibió sus doscientas liras,
como él las llamaba, con más expresivas muestras de agradecimiento que
esperaba su _nuovo amico_; pero de devolución no dijo nada. ¡Cuáles serían
las emociones que se amontonaron en el pecho del pobre flautista en
aquellos días, que durante algunos, ni siquiera pensó en la deuda ni en
la promesa de reintegrar a la caja aquellos cuartos, ni en el peligro de
que se enterase Emma de todo, ni siquiera en la existencia de
Nepomuceno!
Con la generosidad de Reyes coincidió (pura coincidencia) la mayor
amabilidad de Serafina Gorgheggi. Por un privilegio, de que gozaban muy
pocos, a Bonifacio le consentía el empresario permanecer entre
bastidores durante la función. Solía colocarse el buen flautista muy
oportunamente, pero como al descuido, en las entradas y salidas por
donde él sabía, gracias a los ensayos y al traspunte, que tenía que
pasar la tiple. Serafina siempre se inmutaba al entrar en escena; él la
animaba con una sonrisa que ella parecía agradecerle con los ojos,
cariñosos, _maternales_, como pensaba el marido de Emma. Cuando salía de
la escena entre aplausos, por pocos que fueran, veía a Reyes que batía
palmas entusiasmado; entonces sonreía ella, inclinaba la cabeza
saludando y pasaba discretamente cerca del infeliz enamorado. ¡Qué
perfume el que dejaba tras de sí aquella mujer! Era un perfume
espiritual, según él; no se olía con las groseras narices, sino con el
alma.
Aquella noche, la correspondiente al día del préstamo, Serafina tuvo una
ovación en el segundo acto, y salió de la escena por la puerta lateral
de una decoración cerrada de modo que los bastidores dejaban en una
especie de vestíbulo, cerrado también por todos lados, a Bonifacio, que
aguardaba allí como solía; para salir de aquella garita de lienzo, había
que levantar un cortinón pesado, que se usaba para el foro en otras
decoraciones. La Gorgheggi y su adorador se vieron un momento solos en
aquel escondite; ella, después de saludar y sonreír al galán como solía,
radiante ahora de justa satisfacción por los aplausos que aún resonaban
allá afuera, se turbó un punto, buscando con torpe mano el éxito de
aquella especie de trampa; y no lo encontró, como si anduviera ciega.
No era Bonifacio hombre capaz de aprovechar ocasiones; pero como si lo
fuese y la hubiese aprovechado y se hubiera arrepentido de la demasía,
se echó a temblar también; y se puso a buscar la puerta y tampoco supo
levantar el tapiz pesado al primer intento. En estas maniobras,
tropezaron los dedos de uno y otro; pero como él no sabía qué decir y
ella lo comprendió así, la tiple, por hablar algo, dijo:
--_Il Mochi m'ha detto_... Ah! siete un _galantuomo_...
Y aludió vagamente, con delicadeza, al préstamo.
Serafina, inglesa, hablaba italiano en los momentos solemnes, cuando
quería dar expresión de seriedad a sus palabras; ordinariamente
chapurraba español con disparates deliciosos. En inglés no hablaba más
que con Mochi.
--Señorita... eso... no vale nada.... Entre amigos.... Ha estado usted
sublime... como siempre.... Es usted un ángel, Serafina.
Sus palabras le enternecieron, le sonaron a una declaración; además, se
acordó de su mujer y del mal trato que le daba; ello fue que dos
lágrimas como puños, muy transparentes y tardas en resbalar, le saltaron
de los hermosos ojos claros; se quedó muy pálido y daba diente con
diente.
--_Oh amico caro_!--dijo ella con dulcísima voz temblona--; _come siete
buono_...
Y le cogió la mano que andaba tropezando en la cortina, y se la apretó
con franca cordialidad.
--Serafina... yo no sé... lo que me hago... usted creerá...
Ella no le contestó, encontró la salida, levantó el cortinón, y con una
mirada intensa, llena de caridad y protección, le dijo que la siguiera.
Pero Bonis no se atrevió a traducir la mirada, y no siguió a la tiple.
En cuanto quedó solo en aquel escondite, sintió que las piernas se le
hacían ajenas, cayó sentado sobre las tablas, casi perdió el sentido, y,
como entre sueños, oyó un silbido y voces y blasfemias que sonaban en lo
alto; cayó un telón a una cuarta de su cabeza, desaparecieron algunos
bastidores arrastrados, y Reyes se vio entre un corro de tramoyistas y
señoritas que gritaban: ¡Un herido... un herido!... ¡Un telón ha
derribado a un caballero!
--¡Ah, el Sr. Reyes!...
--¡Reyes herido!...
--¡Una desgracia!...
Antes que él pudiera desmentir la noticia, había llegado al cuarto de
Mochi y al de la Gorgheggi.
Ambos acudieron a todo correr, asustados. Serafina se puso en primera
fila; y como Reyes, con el susto que le habían dado los que le rodearon,
y las emociones anteriores, y la vergüenza de confesar la verdad, no
acababa de hablar, por contuso se le tuvo, se le supuso víctima de un
vahído, pues tan pálido estaba, y las monísimas manos cuyo contacto de
poco antes aún sentía en la piel, las de la Gorgheggi, le aplicaron
esencias a las narices y le humedecieron las sienes. Un minuto después
se vio sentado en el confidente de raso azul que había en el tocador de
la tiple. Reyes se dejó compadecer, cuidar, mimar podría decirse, y no
tuvo valor para negar el accidente. ¿Cómo decir que se había caído al
suelo de gusto, de amor, no derribado por aquella decoración de monte
espeso?
Serafina parecía adivinar la verdad en los ojos de su apasionado. Los
curiosos los dejaron solos a poco; Mochi no más entraba y salía,
felicitándose de que no hubiera habido una desgracia; y por fin se
marchó porque le llamaba el traspunte. La doncella de la Gorgheggi, que
era partiquina, tuvo que presentarse también en escena; la tiple no
cantaba hasta el final del acto.
Para hacerle la operación peligrosa de la _declaración_, a lo que la
ardiente inglesa estaba resuelta, tuvo que cloroformizarle con miradas
eléctricas y emanaciones de su cuerpo, muy próximo al del paciente.
Reyes, en efecto, allá entre sueños, se dejó abrir el pecho, y habló sin
saber lo que decía, aturdido y hecho un mar de lágrimas. La Gorgheggi,
si hubiera sido más observadora, hubiera podido aprender en aquella
confesión de su adorador lo que eran los Valcárcel y adónde conducían
los matrimonios desiguales. Bonifacio en aquel estado no era responsable
de sus dichos ni de sus hechos; y así, no se le pudo llamar traidor al
pan que comía, aunque habló de Emma, la llamó por su nombre y tuvo que
quejarse de la vida que semejante mujer le daba; y aun aturdido y todo,
medio loco, no maltrató a su cónyuge; refirió los hechos tal como eran,
pero los comentarios fueron favorables a Emma; Serafina pudo oír que
aquella señora tenía gran talento, imaginación, un carácter enérgico de
hombre superior; hubiera sido un gran caudillo, un dictador; pero la
suerte quiso que no tuviese a quien dictar nada, a no ser a él, al pobre
escribiente de D. Diego Valcárcel.
Ocho días pasaron sin que Mochi volviera a pedir dinero a Reyes. Durante
una semana se juzgó este el hombre más feliz del mundo, a pesar de que
jamás había experimentado hasta entonces tantos y tan graves apuros,
acompañados de insufribles remordimientos a ciertas horas. Fue en uno de
aquellos tormentosos días cuando pensó por vez primera en su vida que
una pasión fuerte todo lo avasalla, como había leído y oído mil veces
sin entenderlo. Se creía a veces un miserable, el más miserable de todos
los maridos ordinariamente dóciles; y, a ratos, se tenía por un héroe,
por un hombre digno de figurar en una novela en calidad de protagonista.
De los cuarenta duros no había vuelto a acordarse Mochi, ni Reyes se
atrevió a pedírselos; mas todas las noches, pasados pocos días, los de
ceguedad completa para todo lo que no fuese el amor de la inglesa, al
volver a casa temblando por varios motivos, iba pensando en los mil
reales de la renta de la Comuña.
«¿Pero cómo reclamar aquel dinero por cuyo préstamo su _ídolo_ le había
llamado galantuomo?». Por cierto que, cuando podía discurrir con alguna
tranquilidad, Bonifacio extrañaba un poco dos cosas: primera, pensaba
que Serafina estuviese enterada del favorcillo hecho a Mochi, a Julio,
se decía él; segunda, que ella hubiera dado a un servicio tan
insignificante tanto valor. «¿Habrá sido un pretexto para provocar mi
declaración? Eso debe de haber sido». Las cavilaciones de Reyes en este
punto no pasaron de ahí.
A los ocho días de la _declaración_, cuando Julio se atrevió a pedirle
dinero otra vez a Bonifacio, los amores de este con la Gorgheggi no
habían pasado de los deliciosos preliminares que, por culpa del carácter
del varón que en ellos tenía interés, amenazaban prolongarse
indefinidamente.
En cuanto al segundo préstamo, Bonifacio tuvo que confesarse a sí
mismo que lo había tomado por un escopetazo, y que este era el apelativo
que le había aplicado en sus adentros.
Julio pidió cinco mil reales para pagar a un bajo profundo que estaba
mal con el público, porque aplaudían más al bajo cantante que a él, y
dejaba la Compañía por tesón... y, dicho fuera en secreto, por
exigencias de los abonados. No llegaba a cinco mil reales, ni con mucho,
lo que había que darle al bajo que se iba, pero... había que adelantarle
parte del sueldo a la _notabilidad_ que venía a sustituirle... en fin,
ello eran cinco mil reales: la Empresa no los tenía en aquel momento....
pero la renovación del abono daría un resultado seguro y... eran habas
contadas. Y _él_, Mochi, sonreía con la tranquilidad comunicativa con que
sonríe el titiritero sano y forzudo que hace trabajar en lo alto de una
percha a un pobre niño dislocado, que en el programa se llama su hijo.
«Esa sonrisa--pensaba Reyes--, equivale a una hipoteca... pero no es
confianza lo que me falta a mí, sino dinero».
No se le ocurrió pensar que negar aquel nuevo préstamo al tenor no era
desairar a la tiple: un secreto escozor, de que no quería hacer caso, le
decía siempre que entre los intereses de la Gorgheggi y los de su
maestro había una solidaridad misteriosa. «Negarle ese dinero a él era
negárselo a ella», se decía sin poder remediarlo. «Y yo a ella... en
estas circunstancias, no puedo negarle nada, ni siquiera lo que no
tengo».
Pensó en D. Juan Nepomuceno, y hasta entró en casa una noche con el
propósito de pedirle cinco mil reales. «Sí, no cabía duda, hubiera sido
el colmo del heroísmo. Yo le he prometido a usted devolverle mil reales
a las veinticuatro horas de recibidos, ¿eh? ¿No es eso? Pues bien; aquí
me presento, a los ocho días, no a entregar esos cincuenta duros, sino a
pedir cinco veces otro tanto». ¡Absurdo! El colmo del heroísmo, sí; pero
absurdo.
Y se acostó y apagó la luz, entregándose a sus remordimientos, que ya
iban siendo una costumbre casi necesaria para conciliar el sueño. Antes
de dormirse resolvió esto: que, sucediera lo que sucediera, él,
Bonifacio Reyes, no pediría ni un cuarto más al tío de su mujer. Pero
como había prometido llevar al teatro al día siguiente los cinco mil
reales, y lo había ofrecido con una petulancia que nunca se perdonaría,
sin titubear, como si lo que a él le sobrara fueran miles de reales;
como había que buscarlos, no decía encontrarlos, buscarlos sin falta, se
levantó temprano y se dirigió... a la plaza de la Constitución, lugar de
cita de todos los mozos de cuerda del pueblo.
--¿Qué hago yo aquí?--se dijo--. No parece sino que uno de estos gallegos
me va a prestar cinco mil reales por mi cara bonita--. Los barrenderos
levantaban nubes de polvo que un sol anaranjado teñía del mismo color de
la niebla que se arrastraba sobre los tejados.
--Pues lo que es uno de estos señores de escoba tampoco creo yo que me dé
lo que necesito. ¿Qué hago yo aquí?
Y entonces vio que por una calle estrecha, la de Santiago, subía D.
Benito el Mayor, escribano, hombre delgado y muy pequeño, que venía
soplándose las manos y traía un rollo de papel debajo del brazo
izquierdo. Le llamaban D. Benito el Mayor para distinguirle de don
Benito el Menor, otro escribano, éste muy buen mozo, que se apellidaba
como el Mayor, García y García. Al pequeño le llamaban el Mayor porque
era el más antiguo o porque era el más rico. Prestaba dinero a las
personas distinguidas, no era muy tirano en materia de réditos y plazos,
y su discreción y sigilo eran proverbiales en la provincia.
En cuanto Bonifacio reconoció al _Mayor_ sintió la súbita alegría que le
proporcionaba siempre la conciencia de una resolución irrevocable, en él
cosa rara. «Este es mi hombre--se dijo--; la Providencia me ha hecho
madrugar hoy; por algo yo he venido a la plaza».
Media hora después, Reyes recibía trescientos duros en oro, de manos de
D. Benito, en el despacho de este, sin más testigos que los libros del
protocolo, que siempre habían inspirado a Bonifacio una especie de
terror supersticioso.
D. Benito el Mayor tenía la costumbre de coger por las orejas a sus
parroquianos y clientes a poca confianza que tuviera con ellos.
--Vamos a ver--dijo, tentándole el pulpejo de la oreja izquierda a
Bonifacio--; ahora que ya tiene usted esos cuartos, sin más garantía que
un simple recibo... ahora que no puede usted sospechar que hable por
negarle este insignificante favorcillo, ¿me permite usted que, sin ánimo
de ofenderle, me atreva a hacerme cruces, un millón de cruces, viendo al
jefe de la casa Valcárcel venir a pedirme prestados seis mil reales?...
--Yo no soy jefe de la casa Valcárcel.
--Usted es el marido de la única heredera de Valcárcel... y no hace
cuatro días que yo he otorgado la escritura de venta del famoso molino
de Valdiniello; y usted lo sabe, pues usted ha firmado, como era
necesario, todos los documentos que ha traído aquí D. Juan, su tío de
usted....
--Ni D. Juan es mi tío....
--Bien, de su señora de usted; de usted por afinidad....
Ni yo he firmado nada, iba a añadir Bonifacio; pero se contuvo
recordando que sí había firmado tal; pero había firmado sin leer, sin
enterarse, como sucedía siempre, y esta humillación no se la podía
confesar al escribano.
Sin acabar la frase, y sin dar otras explicaciones, salió de allí
avergonzado, aturdido, como si acabara de robarle aquel dinero a don
Benito; y se fue derecho al teatro.
El notario, al verle salir así, y _pensando mejor_, se arrepintió de haber
entregado aquellos cuartos a semejante mamarracho. Algo sabía D. Benito,
y aún algos, del _pito que tocaba_ Reyes en su casa; pero lo que acababa
de oír y lo que sospechaba le hacía ver con claridad del mediodía: y de
resultas de esta clarividencia empezó a temer por su dinero. Pero le
tranquilizó enseguida el propósito de exigir serias garantías al tío D.
Juan, que, por las señas, era el que mandaba en casa.
A Bonifacio aquel día con las glorias se le fueron las memorias; entregó
cinco mil reales a Mochi, guardó los mil restantes con el presentimiento
de no sabía qué gastos extraordinarios que tendrían que sobrevenir, y se
dejó asfixiar moralmente, como él decía luego, por el incienso con que
el tenor le pagó, por lo pronto, su generosidad caballeresca.
Por la noche se cantaba el _D. Juan_, cosido a tijeretazos, y todavía a
las doce, después de recibir una ovación, le duraba el agradecimiento y
el entusiasmo al tenor, que se encerró en su cuarto con su carísimo
Reyes, y en mangas de camisa y con un calzón de punto, de seda color
lila, muy ceñido, y en calcetines, apretaba contra su corazón a su
_salvador_, y le llenaba la cara y el pelo de polvos de arroz, sin que ni
uno ni otro se fijaran en estos pormenores.
A las doce y media, a la luz de la luna, en mitad de la plaza del
Teatro, hablaban con el tono de las confidencias misteriosas, íntimas e
interesantes, Serafina, Julio y Bonifacio. Julio juraba que Reyes tenía
el alma de artista, que si _le vicende_ hubieran sido otras, sin duda se
hubiera aventurado a vivir del arte y sería a estas horas un músico
ilustre, un compositor, un gran instrumentista, Dios sabía....
--_Non è vero_, _mia figlia_?, con quel cuore ch'a questo' uomo... chi
sacosa sarebbe diventato!...
La Gorgheggi decía con entusiasmo contenido:
--_Ma si babbo_, _ma si_!...
Y pisaba con fuerza un pie de Bonifacio que tenía debajo del suyo.
--«_Babbo_, _figlia_!» pensaba el flautista; sí, en efecto, el trato de
esta mujer y de este hombre es el filial, es el amor de hija y padre.... El
arte, por modo espiritual, los ha hecho padre e hija.... Y ya estimaba a
Mochi como una especie de suegro artístico... y ¡adulterino!
¡Aquello era felicidad! Él, un pobre provinciano, ex escribiente, un
trapo de fregar en casa de su mujer; el último ciudadano del pueblo más
atrasado del mundo, estaba allí, a las altas horas de la noche,
hablando, en el seno de la mayor intimidad, de las grandes emociones de
la vida artística, con dos estrellas de la escena, con dos personas que
acababan de recibir sendas ovaciones en las tablas... y ella, la _diva_,
le amaba; sí, se lo había dado a entender de mil modos; y él, el tenor,
le admiraba y le juraba eterno agradecimiento.
A Mochi se le antojó de repente volverse a contaduría, donde había
dejado algún dinero, y como no se fiaba de la cerradura... «Id andando»,
dijo, y echó a correr. La posada de la Gorgheggi y de Mochi, que era la
misma, estaba lejos; había que seguir a lo largo todo el paseo de los
Álamos para llegar a la tal fonda. Serafina y Bonifacio echaron a andar.
A los tres pasos, en la sombra de una torre, ella se cogió del brazo de
su amigo sin decir palabra. Él se dejó agarrar, como cuando Emma se
escapó con él de casa. La Gorgheggi hablaba de Italia, de la felicidad
que sería vivir con un hombre amado y espiritual, capaz de comprender el
alma de una artista, allá, en un rincón de verdura de Lombardía, que
ella conocía y amaba....
Hubo un momento de silencio. Estaban en mitad del paseo de los Álamos,
desierto a tales horas. La luna corría, detrás de las nubes tenues que
el viento empujaba.
--Serafina--dijo Bonifacio con voz temblona, pero de un timbre metálico,
de energía, en él completamente nuevo--; Serafina, usted debe de tenerme
por tonto.
--¿Por qué, Bonifacio?
--Por mil razones.... Pues bien... todo esto... es respeto... es amor. Yo
estoy casado, usted lo sabe... y cada vez que me acerco a usted para
pedirle que... que me corresponda... temo ofenderla, temo que usted no
me entienda. Yo no sé hablar; no he sabido nunca; pero estoy loco por
usted; sí, loco de verdad... y no quisiera ofenderla. Lo que yo he hecho
por usted... no creí nunca poder atreverme a hacerlo.... Usted no sabe lo
que es, no ha de saberlo nunca, porque me da vergüenza decirlo.... Yo soy
muy desgraciado; nadie me ha querido nunca, y yo no le encuentro
sustancia, verdadera sustancia, a nada de este mundo más que al
cariño.... Si me gusta la música tanto es por eso, porque es suave,
porque me acaricia el alma; y ya le he dicho a usted que su voz de usted
no es como las demás voces; yo no he oído nunca--y va de nuncas--una voz
así; las habrá mejores, pero no se meterán por el alma mía como esa;
otros dicen que es pastosa... yo no entiendo de pastas de voces; pero
eso de lo pastoso debe de ser lo que yo llamo voz de madre, voz que me
arrulla, que me consuela, que me da esperanza, que me anima, que me
habla de mis recuerdos de la cuna... ¡qué sé yo!, ¡qué sé yo,
Serafina!... Yo siempre he sido muy aficionado a los recuerdos, a los
más lejanos, a los de niño; en mis penas, que son muchas, me distraigo
recordando mis primeros años, y me pongo muy triste; pero mejor, eso
quiero yo; esta tristeza es dulce; yo me acuerdo de cuando me vacunaron;
dirá usted que qué tiene eso que ver.... Es verdad; pero ya le he dicho
que yo no sé hablar.... En fin, Serafina, yo la adoro a usted, porque,
casado y todo... no debía estarlo. No, juro a Dios que no; nunca me he
rebelado contra la suerte hasta ahora; pero tiene usted la culpa, porque
ha tenido lástima de mí y me ha mirado así... y me ha sonreído así... y
me _ha cantado_ así... ¡Ay, si usted viera lo que yo tengo aquí dentro! Yo
había oído hablar de pasiones; ¡esto es, esto es una pasión... cosa
terrible!, ¿qué será de mí en marchándose usted? Pero, no importa; la
pasión me asusta, me aterra; pero, con todo, no hubiera querido morirme
sin sentir esto, suceda después lo que quiera. ¡Ay, Serafina de mi alma,
quiérame usted por Dios, porque estoy muy solo y muy despreciado en el
mundo y me muero por usted...!
Y no pudo continuar porque las lágrimas y los sollozos le ahogaban.
Estaban casi sin sentido, en pie, en mitad del paseo; deliraba; la luna
y la tiple se le antojaban en aquel momento una misma cosa; por lo
menos, dos cosas íntimamente unidas.... Volvió a creer, como la noche del
primer préstamo, que le faltaban las piernas; _en suma_, se sentía muy
mal, necesitaba amparo, mucho cariño, un regazo, seguridades
facultativas de que no estaba muriéndose. «Iba a ahogarse de
enternecimiento; esa era la fija», pensaba él.
La Gorgheggi miró en rededor, se aseguró de que no había testigos, le
brillaron los ojos con el fuego de una lujuria espiritual, alambicada,
y, cogiendo entre sus manos finas y muy blancas la cabeza hermosa de
aquel Apolo bonachón y romántico, algo envejecido por los dolores de una
vida prosaica, de tormentos humillantes, le hizo apoyar la frente sobre
el propio seno, contra el cual apretó con vehemencia al pobre enamorado;
después, le buscó los labios con los suyos temblorosos....
--_Un baccio_, _un baccio_--murmuraba ella _gritando_ con voz baja,
apasionada. Y entre los sueños de una voluptuosidad ciega y loca, la veía
Bonifacio casi desvanecido; después no oyó ni sintió nada, porque cayó
redondo, entre convulsiones.
Cuando volvió en sí se encontró tendido en un banco de madera, a su lado
había tres sombras, tres fantasmas, y del vientre de uno de ellos
brotaba la luz de un sol que le cegaba con sus llamaradas rojizas. El
sol era la linterna del sereno; las dos sombras restantes la Gorgheggi y
Mochi que rociaban el rostro de su amigo con agua del pilón de la fuente
vecina....
-VI-
A la mañana siguiente, a las ocho, despertaron a Bonifacio diciéndole
que deseaba verle un señor sacerdote.
--¡Un sacerdote a mí! Que entre.
Saltó de la cama y pasó al gabinete contiguo a su alcoba; no puede
decirse a su gabinete, pues era de uso común a todos los de casa.
Atándose los cordones de la bata saludó a un viejecillo que entraba
haciendo reverencias con un sombrero de copa alta muy grande y muy
grasiento. Era un pobre cura de aldea, de la montaña, de aspecto humilde
y aun miserable.
Miraba a un lado y a otro; y, después de los saludos de ordenanza, pues
en tal materia no mostraban gran originalidad ninguno de los
interlocutores, el clérigo accedió a la invitación de sentarse,
apoyándose en el borde de una butaca.
--Pues--dijo--, siendo usted efectivamente el legítimo esposo de doña Emma
Valcárcel, heredera única y universal de D. Diego, que en paz descanse,
no cabe duda que es usted la persona que debe oír... lo que, en el
secreto de la confesión... se me ha encargado decirle.... Sí, señor, a
ella o a su marido, se me ha dicho... y yo... la verdad... prefiero
siempre entenderme con... mis semejantes... masculinos, digámoslo así. A
falta de usted no hubiera vacilado, créame, señor mío, en abocarme, si a
mano viene, con la misma doña Emma Valcárcel, heredera universal y única
de....
--Pero vamos, señor cura, sepamos de qué se trata--dijo con alguna
impaciencia Bonifacio, que lleno de remordimientos aquella mañana,
sentía exacerbada su costumbre supersticiosa de temer siempre malas
noticias en las inesperadas y que se anunciaban con misterio.
--Yo exijo... es decir... deseo... no por mí, sino por el secreto de la
confesión... lo delicado del mensaje....
El cura no sabía cómo concluir; pero miraba a la puerta, que había
quedado de par en par.
Como su mujer dormía a tales horas, Bonifacio no tuvo inconveniente en
levantarse y cerrar la puerta de la estancia, pues no siendo Emma, nadie
se atrevería a pedirle cuenta de aquellos tapujos.
--Lo que usted quería era esto, ¿verdad?--dijo con aire de triunfo, y como
hombre que manda en su casa y que puede a su antojo tener las puertas de
_su_ gabinete abiertas o cerradas.
--Perfectamente, sí, señor, eso; secreto, mucho secreto. De usted para mí
nada más.... Después usted dará cuenta de lo sucedido a su señora
esposa... o no se la dará; eso allá usted... porque yo no me meto en
interioridades.... Al fin usted será, naturalmente, el administrador de
los bienes de su señora... y aunque yo no sé si estos son parafernales o
no... porque no entiendo... y... sobre todo no me importa, y, al fin, el
marido suele administrarlo todo... eso es; tal entiendo que es la
costumbre... y como la ley no se opone....
--Pero, señor cura, repare usted que yo no comprendo una palabra de lo
que usted me dice.... Comience usted por el principio....
Sonrió el clérigo y dijo:
--Paciencia, señor mío, paciencia. El principio viene después. Todo esto
lo digo para tranquilidad de mi conciencia. He consultado al chico de
Bernueces, que es boticario y abogado... sin precisar el caso, por
supuesto... y, la verdad, me decido a entregarle a usted los cuartos sin
escrúpulos de conciencia.... Sí, usted, el marido, es la persona legal y
moralmente determinada, eso es, para recibir esta cantidad....
--¡Una cantidad!
--Sí, señor, siete mil reales.
Y el cura metió una mano en el bolsillo interior de su larga y mugrienta
levita de alpaca, y sacó de aquella cueva que olía a tabaco, entre migas
de pan y colillas de cigarros, un cucurucho que debía de contener onzas
de oro.
Bonifacio se puso en pie, y sin darse cuenta de lo que hacía, alargó la
mano hacia el cucurucho.
El cura se sonrió y entregó el paquete sin extrañar aquel movimiento
involuntario del marido de la doña Emma, que recibía onzas de oro sin
saber por qué se le daban.
Mas Bonifacio volvió en sí y exclamó:
--Pero ¿a santo de qué me trae usted... esto?...
--Son siete mil reales....
--¿Pero de qué? Yo no soy... quien....
Iba a decir que el que allí corría con las cuentas de todo era D. Juan
Nepomuceno; pero se contuvo, porque solía darle vergüenza que los
extraños conocieran esta abdicación de sus derechos.
--¿Esto será alguna deuda antigua?--dijo por fin.
--No señor... y sí señor. Me explicaré...
--Sí, hombre, acabemos.
--Estos siete mil reales... proceden... de una restitución... sí, señor;
una restitución hecha en el secreto de la confesión... _in articulo
mortis_... La persona que devuelve esos siete mil reales a los herederos,
a la única y universal heredera de D. Diego Valcárcel, esa persona ¿me
comprende usted?, no quiso irse al otro mundo con el cargo de conciencia
de esa cantidad... que debía... y que no debía... es decir... yo... no
puedo tampoco hablar más claro... porque... la confesión, ya ve usted,
es una cosa muy delicada....
--Sí que es--exclamó Bonifacio, que se había puesto muy pálido y estaba
pensando en lo que el cura de la montaña ni remotamente podía sospechar.
--Sin embargo, yo... no debo... así, en absoluto... omitir las
circunstancias que explican, en cierto modo, la cosa. Esto, me dije yo a
mí mismo, es indispensable para que los herederos, o la heredera, o
quien haga sus veces, admitan sin reparo esta cantidad, con la
conciencia tranquila de quien toma lo que es suyo. Pues, sí, señores, de
ustedes es... ya lo creo.... Verá usted; es el caso que... aquí hay que
omitir determinadas indicaciones que no favorecen la memoria de....
--Del difunto.
--¿De qué difunto?
--Del que restituye....
--No señor; del difunto... de otro difunto. No me tire usted de la
lengua, eso no está bien.
--No, si yo no tiro... ¡Dios me libre! Ello será que la casa Valcárcel
prestó este dinero sin garantías... y ahora....
El cura estaba diciendo que no con la cabeza desde que Bonifacio había
dicho _casa_.
--No, señor; no fue préstamo, fue donación _inter vivos_.
--¿Y entonces?
--Entonces... no me tire usted de la lengua. He dicho ya que la cosa no
era favorable a la memoria del difunto.... X, llamémosle X, que en paz
descanse. Bueno, pues no me he explicado bien: es favorable y no es
favorable, porque en rigor... él es inocente, en este caso concreto a lo
menos; y además, aunque no lo fuera... el que rompe paga... y él quería
pagar... sólo que no había roto... ¿Me explico?
--No, señor; pero no importa. No se moleste usted.
Al cura empezaba a parecerle un majadero el marido de la doña Emma
Valcárcel.
--¿Usted conoció... trató al difunto.... Don Diego?
--Sí, señor; como que era mi suegro... quiero decir, mi principal.
--¿Si estará loco, o será tonto este señorito?--pensó el clérigo.
De repente se le ocurrió una idea feliz.
--Oiga usted--exclamó--. Ahora se me ocurre explicárselo a usted todo
mediante un símil... y de este modo... ¿eh?, se lo digo... y no se lo
digo, ¿me entiende usted?
--Vamos a ver--dijo Bonifacio, que apenas oía, porque estaba manteniendo
una lucha terrible con su conciencia.
--Figurémonos que usted es cazador... y va y pasa por una heredad mía;
supongamos que soy yo el otro; bueno, pues usted ve dentro de mi heredad
un ciervo, un jabalí... lo que usted quiera, una liebre....
--Una liebre--dijo Reyes maquinalmente.
--Va, y ¡pum!...
El fogonazo, remedado con mucha propiedad por el cura, hizo dar un salto
a Bonis, que estaba muy nervioso.
--Dispara usted su escopeta y me...; no, no conviene que sea liebre; es
mejor caza mayor para mi caso; y cae lo que usted cree robezo o
ciervo...; pero no hay tal ciervo ni robezo, sino que ha matado usted
una vaca mía que pastaba tranquilamente en el prado. ¿Qué hace usted? En
mi ejemplo, en mi caso, pagarme la vaca por medio de una donación inter
vivos... importante siete mil reales. Yo me guardo los siete mil reales
y el chico, digo, la vaca. Pero ahora viene lo mejor, y es que usted no
ha sido el matador. El tiro no dio en el blanco, el tiro de usted se fue
allá, por las nubes.... Sólo que antes que usted, mucho antes, otro
cazador, escondido, había disparado también... y ese fue el que mató la
res, y se quedó con ella y con los siete mil reales de usted. Pasa
tiempo, muere usted, es un decir, y muere también el otro; pero antes de
morir se arrepiente de la trampa, y quiere devolver a los herederos de
usted el dinero que, en rigor, no es suyo, aunque usted se lo ha dado....
_inter vivos_. (El cura daba gran importancia a este latín, sin el cual no
creía bien explicada la idea de la donación.) ¿Eh, qué tal, me ha
comprendido usted?
Ni palabra. Bonifacio no comprendió que se trataba de uno de aquellos
agujeros de honor que D. Diego había tapado con dinero. En este caso
concreto, como decía el cura, la lesión de honra no existía, o, por lo
menos, no era D. Diego el causante, y se le había hecho pagar lo que no
debía. La persona que había lucrado, gracias a la asustadiza conciencia
del jurisconsulto, siempre temeroso del escándalo, restituía a la hora
de la muerte, por miedo del infierno probablemente.
El cura creyó suficientes sus explicaciones; y, muy satisfecho del
símil, cuya exposición le había hecho sudar, se limpiaba el cogote con
su pañuelo verde con rayas blancas, sin cuidarse ya de que aquel
caballero, que parecía tonto, hubiese comprendido o no.... El secreto de
la confesión y la buena memoria de D. Diego no le permitían a él ser más
largo ni más explícito.
Habló más, pero sin nueva sustancia; insistió mucho en que aquello debía
quedar allí, y arrancó a Bonifacio la palabra de honor de que sólo él y
su señora, si él lo creía decente, debían enterarse de lo sucedido.
--Nadie más. Ya ve usted, es delicado... y los maliciosos, sobre todo
allá en el pueblo, si saben que yo vine... y entregué... enseguida caen
en la cuenta. Mucho sigilo pues. Además, la misma señorita... quiero
decir, la señora de usted, debe saber lo menos posible; podría
cavilar... y las mujeres, sobre todo las casadas, las cazan al vuelo, y
podría comprenderlo todo. «Mejor que tú, por lo que veo»; añadió para
sí.
Y salió el señor cura de la montaña satisfecho de sí mismo, confiado en
la palabra de honor de aquel señor soso y casi tonto, que, a pesar de
todo, tenía cara de honrado y de persona formal.
--Se puede ser fiel a la palabra y tener pocos alcances, se decía el
clérigo bajando la escalera.
A Bonifacio se le había ocurrido, ante todo, ver en aquello que él
llamaba casualidad la mano de la Providencia. Pero acto continuo añadió
para sí: «La mano de la providencia... del diablo». Porque lo primero
que pensó hacer de aquel dinero que le venía llovido del... infierno,
fue llevárselo a D. Benito el Mayor, para tapar aquel antro horrible de
la deuda, aquel agujero negro, por donde se escapaban las furias del
Averno (estilo Bonifacio), gritándole: «Infame, adúltero, ¿qué has hecho
de la fortuna de tu mujer?». En vano la razón decía: «Ni tú has sido
adúltero hasta la fecha, a no ser por palabra de presente, ni la fortuna
de tu mujer está comprometida por ese préstamo de seis mil reales, aun
suponiendo que los pagase ella». No importaba; los remordimientos, o,
más bien el miedo que tenía a Emma y a D. Juan Nepomuceno, no le habían
dejado dormir aquella noche. Lo que él llamaba ser adúltero quedaba en
segundo lugar; alambicando mucho, a fuerza de sofismas, tal vez
encontraría medio de disculpar a sus propios ojos aquel amor
ilegítimo... pero lo del dinero no admitía excusas; él había pedido seis
mil reales a un prestamista, abusando del crédito de su mujer. Esto era
inicuo... y lo que era peor, muy expuesto a una tragedia doméstica. La
imaginación, _la loca de la casa_, le ponía delante el cuadro aterrador:
«Emma saltaba de la cama con su gorro de dormir, pálida, huesuda,
echando fuego por los ojos y avanzaba en silencio hacia él, estrujando
en la mano temblorosa un recibo que D. Juan Nepomuceno acababa de
entregarle, impasible, como siempre, envuelto en la dignidad de sus
patillas. ¡Lo sabía todo! Lo de los cincuenta duros, lo de los seis mil
reales y lo del paseo por la noche... ¡Entre el sereno y Nepomuceno la
habían puesto al cabo de la calle! ¡Qué horror! ¡Adónde puede llegar la
fantasía!», pensaba Bonifacio temblando de pies a cabeza. Por fortuna
aquello no era más que un cuadro imaginado.... Pero la realidad podría
llegar a parecérsele. Y aquel señor cura se le presentaba con siete mil
reales, que él, Bonifacio, podría gastar en lo que quisiera, sin que
persona nacida lo estorbase ni lo supiese. Es más, el secreto era allí
lo principal. Y ¿cómo guardar el secreto haciendo ingresar aquellos
miles en lo que llamaba D. Juan Nepomuceno la _caja_? Ni el cura ni el que
restituía, honrado penitente, sabían que él, Bonis, allí no tocaba pito,
ni administraba, a pesar de lo que disponían ciertas leyes recopiladas,
según le habían asegurado; él, pese a todas las leyes del mundo, no
disponía de un cuarto, y sólo servía para firmar como en un barbecho
cuantos papeles le presentaba el de las patillas. Pues bien; siendo así,
¿cómo incorporar aquel dinero al caudal de su mujer sin que nadie se
enterase? Imposible. Por este lado la conciencia le decía: «Haz de tu
capa un sayo». Pero emplear aquellos cuartos en su provecho, ¿no era
robar a su mujer? Sí y no. No, porque con ellos iba a tapar una brecha
abierta al crédito de la casa Valcárcel. Ya se sabía que él no tenía un
cuarto, ni de dónde le viniera, y que D. Benito el Mayor había prestado
fiándose del capital de Emma; más era; el mismo Bonifacio reconocía que
en su fuero interno siempre había pensado en pagar con dinero de su
mujer, aunque le asustaba pensar en el cómo y cuándo. Por este lado no
era robar lo que quería hacer. Por otra parte, sí era robar; porque....
porque aquello era... un robo, un fraude o como se dijera, pero ello era
robar.
Satisfecho de sí mismo hasta cierto punto, en medio de aquella
desolación moral, contemplaba la rectitud de su alma, que rechazaba
sofismas vanos y gritaba: «¡_robar, robar_!». Lo cual no impidió que Bonis
se lavase y vistiera lo más de prisa que pudo y saliese de casa sin ser
visto ni oído, con ánimo de estar de vuelta antes que Emma despertase.
«Estas cosas hay que hacerlas así, iba pensando por la calle. Si vacilo,
si me estoy días y días dándome jaqueca con la idea de que esto es un
crimen... a lo mejor viene el trueno gordo, D. Benito se cansa de
esperar, Nepomuceno se entera del caso y... primero morir; cien veces la
muerte y el infierno. A pagar, a pagar. ¿No quería secreto el señor
cura? Pues ya verá qué secreto. Y soy un ladrón, no cabe duda, un
ladrón.... Sí, pero ladrón por amor». Esta _frase interior_ también le
satisfizo y tranquilizó un poco. «¡Ladrón por amor!». Estaba muy bien
pensado. Llegó al portal de la casa del escribano. «¿Subiría? Sí; en
último caso, si lo que iba a hacer era un verdadero delito, su honradez
heredada, la fuerza de la sangre, limpia de todo crimen, el instinto del
bien obrar, _en suma_, le impedirían llevar a cabo lo que intentaba. Se le
trabaría la lengua o se le doblarían las piernas, como en recientes
aventuras de otra índole; si nada de esto le sucedía, no debía de haber
tal crimen ni tales alforjas».
D. Benito estaba en pie en medio de su despacho oscuro, de techo bajo;
estaba rodeado de escribientes que trabajaban en vetustos escritorios
forrados de muletón verde. Los libros del protocolo, macizos y graves,
de lomo pardo, estaban allí, con la solemnidad misteriosa que tal pavor
supersticioso infundía en el alma romántica y nada jurisperita de Bonis.
El notario se acercó a su amigo el Sr. Reyes y le frotó las orejas con
ambas manos como para entrar en calor. Fingimiento inverosímil, pues
estaba la atmósfera que ardía, según el otro.
--¿Qué hay, perillán? ¿A qué viene usted aquí? ¿A robarme tiempo, eh?
Pues me lo pagará usted en dinero, porque el tiempo es oro. Y se reía D.
Benito, encantado con su propia gracia.
--Sr. García, quisiera hablar con usted dos palabras....
Bonifacio hizo un gesto que pedía una entrevista a solas.
D. Benito, cogiendo al deudor por las solapas del gabán, le llevó tras
de sí a un gabinete contiguo, cuyas paredes estaban ocultas también por
estantes, continuación del protocolo. Allí estaban los libros de siglos
pasados. «¡Dios mío, pensaba sin querer Bonis, bien antiguos son estos
líos del papel sellado y las triquiñuelas de los escribanos!». Sin saber
por qué, se acordó de haber oído describir las bodegas de Jerez y las
soleras de fecha remota, que ostentaban en la panza su antigüedad
sagrada. «¡Qué diferencia, pensó, entre aquello y esto!».
D. Benito le volvió a la realidad.
--Vamos a ver, señor mío, desembuche usted....
«Solos estamos los dos,
solos delante del cielo...».
¡Je, je!...
El notario, después de declamar aquellos dos versos de una comedia de
aficionados, muchas veces representada en el pueblo porque era de
_hombres solos_, dio una palmadita en el vientre a Reyes; y de pronto se
quedó muy serio, muy serio, sin decir palabra, como dando a entender:
«Soy todo oídos; basta de chistes; aquí tiene usted al representante de
la fe pública, o al prestamista sin entrañas, lo que usted quiera».
--Sr. García, vengo a pagar a usted aquel piquillo....
--¿Qué piquillo?
--Los seis mil reales que usted tuvo la amabilidad....
--¿Qué amabilidad?, quiero decir, ¿qué seis mil reales?... Usted no me
debe nada.
--¡Qué bromista es usted!--dijo Bonis, que más estaba para recibir los
Santos Sacramentos que para chistes.
Y se dejó caer en una silla y empezó a contar onzas sobre una mesa.
Aquel dinero le quemaba los dedos, pensaba él, o debía quemárselos. La
verdad era que la operación material de contar el dinero la hizo con
bastante tranquilidad, muy atento sólo a no equivocarse, como solía;
porque el reducir aquello a miles de reales, le parecía cálculo superior
a sus fuerzas ordinarias.
D. Benito le dejaba hacer, estupefacto, o tal vez por el gusto de
_amateur_. Era indudable que el espectáculo del oro le quitaba siempre la
gana de bromear. Fuese por lo que fuese, la presencia del dinero siempre
era cosa muy seria.
--Aquí están los seis mil; cámbieme usted esta....
--Pero...--a D. Benito se le atragantó algo muy serio también--; pero....
¿qué está usted haciendo ahí, criatura?... ¿No le digo... a usted que....
ya no me debe nada?
--Sr. García... celebraría estar de buen humor para poder seguírselo a
usted....
--¡Señor diablo!, le digo a usted que ayer mismo _me he reintegrado_ de esa
cantidad insignificante.
--¿Ayer?... usted... ¿quién?...
Lo que tenía atravesado en la garganta el escribano había saltado sin
duda al gaznate de Reyes, porque el infeliz se atragantó también.
--A ver, D. Benito, explíquese usted... ¡por los clavos de Cristo!...
--Muy sencillo, amigo mío. Ayer de tarde, en el Casino, D. Juan
Nepomuceno, su tío de usted....
--No es mi tío....
--Bueno... su....
--Bien, adelante; el tío... ¿qué?
--Pero hijo, ¿qué le pasa a usted? Está usted palidísimo, le va a dar
algo, ¿será el calor? Abriré aquí...
--No abra usted... hable, hable; el tío... ¿qué?
--Pues nada; que hablando de negocios, vinimos a parar en las
probabilidades del resultado de esa industria que van a montar ustedes
con el dinero de las últimas enajenaciones.
--¿Una industria? Que vamos a montar... ¿nosotros?...
--Sí, hombre, la fábrica de productos químicos.
--¡Ah!, sí, bien; ¿y qué?
Bonifacio había oído en casa, a los parientes de su mujer, algo de
productos químicos, pero no sabía nada concreto.
--¡Al grano!--dijo más muerto que vivo.
--Yo... con la mayor inocencia del mundo, le pregunté a su señor....
pariente si el dinero que usted acababa de tomar, honrándome con su
confianza, era para los gastos primeros... para algún ensayo; para
muestras de... qué sé yo...; en fin, que se me había metido en la cabeza
que era para la fábrica. D. Juan... me miró con aquellos ojazos que
usted sabe que tiene. Tardó en contestarme; noté eso, que tardaba en
hablar. En fin, encogiendo los hombros, me dijo: «Sí, efectivamente,
para gastos preliminares, de preparación... pero tengo orden, ahora que
me acuerdo, de pagar a usted inmediatamente ese dinero». Yo, la verdad,
extrañaba que haciendo tan pocas horas que usted había recogido los
cuartos... pero a mí, ¿quién me metía en averiguaciones?, ¿no es eso? En
fin, que nos citamos para esta su casa a las diez de la noche, y a las
diez y cuarto estaba aquí D. Juan Nepomuceno con seis mil reales en
plata. Esta es la historia.
¡Aquella era la historia!, pensó Reyes desde el abismo de su postración.
Estaba aturdido, se sentía aniquilado. El tío lo sabía todo... y ¡había
pagado! ¿Y Emma? Al acordarse de su mujer experimentó aquella ausencia
de las piernas, sensación insoportable que nunca faltaba en los grandes
apuros.
Callaban los dos. El notario comprendió que allí había gato encerrado;
«algún misterio de familia», pensaba él. Pero como había cobrado su
dinero, de lo que estaba muy contento, como se había _reintegrado_, sabía
contener su curiosidad, que dejaba paso a la más exquisita prudencia.
Allá ellos, se decía, y seguía callando.
Rompió el silencio Bonis, diciendo con voz sepulcral:
--Si usted hiciera el favor de mandar que me sirvieran un vaso de agua.
--Con mil amores.
Una maritornes sucia y muy gorda presentó el agua con un panal de azúcar
cruzado sobre el vaso.
--Gracias; sin azúcar. Nunca tomo azúcar en el agua. Gracias.
Esto lo decía Bonis con los ojos estúpidos clavados en el rostro risueño
y soez de la moza; lo decía con una voz y un tono como los que emplean
los cómicos al despedirse del pícaro mundo al final de un tercer acto,
cuando están con el alma en la boca y un puñal en las entrañas.
El agua le calmó y dio cierta fuerza. Pudo levantarse y despedirse. No
pensó en dar explicaciones ni disculpas. Su silencio era muy ridículo,
es claro. ¿Qué estaría pensando aquel señor? Lo menos, que él estaba
loco. Bien, ¿y qué? Valiente cosa le importaba en aquel momento a Bonis
que se riera de él el mundo entero. ¡Nepomuceno había pagado los seis
mil reales! Esto, esto era lo terrible. ¿Volvería a casa? ¿Se escaparía?
Viéndole tan conmovido, D. Benito, el Mayor, no quiso hablar una palabra
más sobre el asunto misterioso; sin tirarle de las orejas ni andarse con
cuchufletas, le despidió muy serio, con rostro compungido como
acompañándole en una desgracia tan respetable cuanto desconocida para
él; y después de conducirle hasta el primer tramo de la escalera, se
volvió a su despacho. Sólo entonces se le ocurrió esta diabólica idea:
--Aquí hay gato, es claro; a mí no me importa; pero si... es una
hipótesis, si hubiera podido haber un medio... así... verosímil....
legal... de... de cobrar yo mis seis mil reales, al tío primero, y
después otros seis mil al sobrino.... Disparate, absurdo; corriente; pero
hubiera tenido gracia.
Y dando un patético suspiro, se frotó las manos; y renunciando al ideal
de cobrar dos veces, no pensó más en aquello y volvió a sus negocios.
En cuanto a Reyes, al llegar al portal, donde trabajaba y comía un
zapatero de viejo, tuvo varias ideas y un desmayo. Las ideas fueron las
siguientes: «Ese farsante de ahí arriba me ha engañado, he debido tener
valor para acogotarle, o, por lo menos, para decirle cuántas son cinco.
Miente como un bellaco; el tío Nepomuceno ha pagado porque este traidor
no se fiaba de mí; me conoció en la cara que yo no podía sacar de
ninguna parte seis mil reales y se fue al otro... y cantó... Verdad es
que yo no le había encargado el secreto. Pero se suponía que lo
necesitaba; debía de conocérseme en la cara; y a él acudí por su fama de
discreto, de hombre de mucho sigilo.... Voy a volver arriba a matarle,
exprofeso...».
Y cuando pensaba en esto, fue cuando sintió absoluta necesidad de
dejarse caer. Cayó sentado en el portal y se le fue la cabeza. El
zapatero acudió en su auxilio. Cuando volvió en sí Reyes, sintió, como
la noche anterior, que le regaban la cara con agua fresca. Y medio
delirando, dijo:
--Gracias... sola, sin azúcar.
-VII-
Dio expresivas muestras de gratitud al zapatero, que se ofreció a
acompañarle a su casa y salió, sacando fuerzas de flaqueza, a paso
largo, sin saber adónde iba. «Yo debía tirarme al río», se dijo. Pero
enseguida reflexionó que ni por aquella ciudad pasaba río alguno, ni él
tenía vocación de suicida. Pasó junto al café de la Oliva, donde solía
tomar Jerez con bizcochos algunos domingos, al volver de misa mayor, y
el deseo de un albergue amigo le penetró el alma. Entró, subió al primer
piso, que era donde se servía a los parroquianos. Se sentó en un rincón
oscuro. No había consumidores. El mozo de aquella sala, que estaba
afinando una guitarra, dejó el instrumento, limpió la mesa de Reyes y le
preguntó si quería el Jerez y los bizcochos.
--¡Qué bizcochos!, no, amigo mío. _Botillería_, eso tomaría yo de buena
gana. Tengo el gaznate hecho brasas....
El mozo sonrió compadeciendo la ignorancia del señorito. ¡_Botillería_ a
aquellas horas!
--Ya ve usted... _botillería_ a estas horas....
--Es verdad... es un... anacronismo. Además, el helado por la mañana hace
daño. Tráeme un vaso de agua... y échale un poco de zarzaparrilla.
Debe advertirse que Bonifacio y el mozo, al hablar de _botillería_,
estaban pensando en el helado de fresa que allí, en el café de la Oliva,
se hacía mejor que en el cielo, en opinión de todo el pueblo.
Servido Reyes, el mozo volvió a su guitarra, y después de templarla a su
gusto, la emprendió con la marcha fúnebre de Luis XVI.
Al principio Bonis saboreaba la zarzaparrilla inocente sin oír siquiera
la música. Pero la vocación es la vocación. Al poco rato «su espíritu se
fue identificando con la guitarra». La guitarra, para Bonis, era a los
instrumentos de música lo que el gato a los animales domésticos.... El
gato era el amigo más discreto, más dulce, más perezosamente mimoso....
la guitarra le acariciaba el alma con la suavidad de la piel de gato,
que se deja rascar el lomo.
Las trompetas y tambores que imitaban las cuerdas, ya tirantes, ya
flojas, le hicieron a Reyes _ponerse en el caso_ del rey mártir; y se
acordó de la frase del confesor: «Nieto de San Luis, sube al cielo». Lo
había leído en Thiers en la traducción de Miñano. Muy a su placer se
sintió enternecido. Sabía él que sólo el sentimentalismo podía darle la
energía suficiente, o poco menos, para afrontar su «terrible» situación
cara a cara con _todos los suyos_, o, mejor dicho, _todos los de su mujer_.
Sí, era preciso armarse de valor, ir al suplicio con el espíritu firme
del desgraciado rey mártir. Para él era el suplicio la presencia de Emma
y de Nepomuceno.
El guitarrista dejó a Luis XVI en el panteón, y saltó a la jota
aragonesa.
Se lo agradeció Bonis, porque aquello edificaba; era el himno del valor
patrio. Pues bien, lo tendría, no patrio, sino cívico... o familiar... o
como fuese; tendría valor. ¿Por qué no? Es más, pensó que su pasión, su
gran pasión, era tan respetable y digna de defensa como la independencia
de los pueblos. Moriría al pie del cañón, a los pies de su tiple, sobre
los escombros de su pasión, de su Zaragoza....
--No disparatemos, seamos positivos--se dijo.
Y se llevó las manos a los bolsillos con gesto de impaciente
incertidumbre... ¿Si habría dejado aquellas onzas en casa del infame?...
No... estaban allí, en el bolsillo interior del gabán... ¡lo que era el
instinto! No recordaba cómo ni cuándo las había recogido y envuelto otra
vez en su cucurucho.
Después que palpó su tesoro, empezó a sentirlo por el peso, peso que le
oprimía dulcemente el pecho. Daba el dinero, aunque pareciera mentira a
un ser tan romántico, daba cierto calorcillo suave. «¡Siete mil reales!»
se decía; y experimentaba consuelo en sus tribulaciones; y sobre todo le
animaba la conciencia de un _valor cívico_ que nacía de la presión de
aquellas onzas... ¡Oh! Es indudable lo que dice el catedrático de
economía y geografía mercantil en la tienda de Cascos: «La riqueza es
una garantía de la independencia de las naciones». Si estos siete mil
reales fueran míos, yo afrontaría con menos miedo mi terrible situación.
Huiría al extranjero; sí, señor, me escaparía... ¡Y si ella me
acompañaba! ¡Oh!... ¡Qué felicidad!... Juntos... en aquel rincón de
Toscana o de Lombardía que ella conoce. Pero ¡ay!, siete mil reales eran
muy pequeña cantidad para compartirla con una dulce compañera. En
realidad, ¡qué pobre había sido él toda la vida! Había vivido de
limosna... y quería ser amante de una gran artista llena de necesidades
de lujo y de fantasía... ¡Miserable!... Se puso colorado recordando
ciertas reticencias maliciosas y alusiones tan embozadas como venenosas
de sus amigos envidiosos. El día anterior, el lechuguino, que en vano
había querido conquistar a la Gorgheggi, había dicho en la tienda de
Cascos:
--Estos señores creen que usted se entiende con la tiple, Sr. Reyes; pero
yo defiendo la virtud de usted... y le ayudo en su campaña para desarmar
la calumnia. Y mi argumento es este: «El Sr. Reyes sabe que una mujer de
estas es muy cara, y él no ha de querer arruinarse y arruinar a su mujer
por una cómica. Y sin regalos, y de los caros, es ridículo obsequiar a
una artista de tales pretensiones. Es usted demasiado discreto».
La verdad era que si hasta la fecha no había necesitado más dinero que
el prestado a Mochi, en adelante, si aquellas _relaciones se
formalizaban_... Sí, era indispensable disponer de cuatro cuartos. Por
muy desinteresada que se quisiera suponer a Serafina, y él la suponía
todo lo desinteresada que puede ser la mujer ideal (el _bello ideal_), era
indudable que si seguían tratándose y crecía la intimidad, llegarían
ocasiones en que alguno de los dos tendría que pagar algo, hacer algunos
gastos... y el ideal no llegaba al punto de exigir que pagase la mujer.
No, tendría que pagar él. Pero ¿con qué? «Con el dinero que tenía en el
bolsillo». Esto le dijo la _voz de la tentación_, pero la voz de la
honradez, antipática por cierto, contestó: «¡Ese dinero no es tuyo!». La
guitarra, que seguía hablando al alma de Bonis, se inclinaba al partido
de la tentación. La música le daba energía y la energía le sugería ideas
de rebelión, deseo ardiente de emanciparse... ¿De qué? ¿De quién? De
todo, de todos; de su mujer, de Nepomuceno, de la _moral corriente_, sí,
de cuanto pudiera ser obstáculo a su pasión. Él tenía una pasión, esto
era evidente. Luego no era rana, por lo menos _tan rana_ como años
seguidos había pensado.
Salió del café en un arranque de actividad que le sugirió también la
energía reciente, y tomó el camino de su casa dispuesto a afrontar la
situación y a no soltar los cuartos por lo pronto. Es claro que él
acabaría por hacer ingresar aquellos siete mil reales _en caja_; pero,
¿cuándo? No corría prisa.
Como en la calle ya no oía la guitarra del mozo del café, se le empezó a
aflojar el ánimo, y sin darse clara cuenta de sus pasos, en vez de
entrar en su casa se encontró en el vestíbulo del teatro. Era hora de
ensayo. Allí estaría Serafina de fijo. Tampoco le desagradó aquel cambio
instintivo de rumbo. Era otra prueba de que estaba muy enamorado.
Siempre había leído que los buenos amantes, en casos análogos, hacían lo
que él, seguir el misterioso imán del amor. ¡Oh!, y lo que él necesitaba
era estar bien seguro de que experimentaba una pasión _fatal_, invencible.
Averiguado esto, todas las consecuencias, fatales también, las reputaba
legítimas.
Ocho días después Bonis no se conocía a sí mismo, y se alegraba: es más,
ni pensaba en conocerse.
Serafina era suya, y él, por supuesto, era de Serafina, hasta donde
podía serlo aquel mísero esclavo de su mujer. Caricias como las de la
italiana-inglesa, Reyes ni las había soñado. «¡Nunca creí que el _placer
físico_ pudiera llegar tan allá!», se decía saboreando a solas, rumiando,
las delicias inauditas de aquellos amores de _artista_. Sí, ella se lo
había asegurado, el amor de los artistas era así, extremoso, loco en la
voluptuosidad; pasaba por una dulcísima pendiente del arrobamiento
ideal, cuasi místico, a la sensualidad desenfrenada....
En fin, él veía visiones; pero ¡qué hermosas, qué sabrosas! Tenía que
confesar que «la parte _animal_, la bestia, el bruto, estaba en él mucho
más desarrollado de lo que había creído». No pensaría Bonis que el
inofensivo flautista que olía a aceite de almendras, tenía dentro de sí
aquel turcazo voluptuoso que se dejaba querer al estilo
artístico-oriental tan ricamente. Y, sin embargo, el alma, el espíritu
puro, velaba, ¡sí, velaba!, y Serafina era la primera en mantener aquel
fuego sagrado de la poesía. «¡Besos con música! El que no sabe lo que es
esto no sabe lo que es bueno. Niego que haya moralista con derecho a
reprenderme por mi pasión, si el tal nunca ha gustado esta delicia,
¡besos con música!...». Pero el mayor encanto, el éxtasis de la dicha,
estaba en otra parte; en la íntima alegría del orgullo satisfecho.
--Serafina me ama, me ama; estoy seguro; llora de placer en mis brazos,
no hay fingimiento, no; en la escena no sabe hacerlo tan bien; me quiere
de veras, le gusto, le gusto como _físico_ y como moral, digámoslo así.
¿Y dónde cabría mayor gloria que gustarle a ella, a la mujer _soñada_, a
la que él amaba como amante y madre y musa en una pieza?
Lo cierto era que la Gorgheggi, corrompida en muy temprana juventud por
Mochi, su maestro y protector, se vengaba de su tirano y de la pícara
suerte, y no sabía de quién más, arrojándose a la mayor torpeza, al
desenfreno loco en los amores temporeros que su infame corruptor y
amante insinuaba, favorecía y explotaba.
Mochi había seducido a su discípula para dominarla; mucho tiempo creyó
tener en ella una gloria futura y una renta de muchos miles de liras,
que pronto se empezarían a cobrar. La corrompió para unirla a su suerte;
después, cuando el desencanto llegó, las frías lecciones de la realidad
le hicieron ver que se había equivocado, que a su hermosa discípula la
faltaba algo y la faltaría siempre para llegar a verdadera estrella....
le faltaba la voz y la flexibilidad suficiente de garganta. Tenía mucho
gusto, sentía infinito, en el timbre había una extraña pastosidad
voluptuosa, que era lo que llamaba Bonis voz de madre; sí, hablaba aquel
timbre de salud, de honradez, de discreción femenina, de dulzura
doméstica; pero... era poca voz para los grandes teatros. Y, además, se
movía poco la garganta: como una virgen demasiado gruesa se parece a una
matrona, la voz de la Gorgheggi tenía, siendo ella aún muy joven, un
_enbonpoint_, decía Mochi, que la quitaba la agilidad, la esbeltez.... En
fin, ello era que, a pesar de estar él seguro de que allí había un
corazón y un talento de gran artista y un timbre originalísimo,
seductor... no teníamos verdadera estrella de primera magnitud. Esta
convicción que adquirió antes Mochi, llegó al cabo a la conciencia de
Serafina; mas fue el secreto mutuo, si vale decirlo así, de que jamás se
hablaba. Fue la tristeza común quien los unió más que su trato amoroso y
sus intereses; pero fue también el origen y causa permanente de ocultos
rencores, de humillaciones viles. Mochi, por amor propio, por vanidad de
hombre de negocios, no quiso dar su brazo a torcer, confesarse que se
había equivocado uniéndose a Serafina para explotarla. ¿No era una gran
artista? Pues era mediana, y era además una mujer muy hermosa, y, más
que hermosa, seductora. Pensando, como en una prueba de habilidad, en
que no se había casado con ella, en que podía separarse de su _negocio_ en
cuanto fuese gravoso, se atrevió a comerciar con su hermosura y él mismo
le puso delante la tentación. Serafina, la primera vez que cayó en ella,
cayó, como tantas otras, seducida por la vanidad, por la lujuria
exaltada de la mujer de teatro, por el interés: su primer amante, a
quien quiso un poco, de quien estuvo muy orgullosa, fue un General
francés, Duque, millonario. La venganza que Mochi se reservó para hacer
pagar a su discípula la infidelidad espontánea, que él mismo había
provocado, pero que le dolía, fue dejarla ver que él lo sabía todo y que
el Duque era su mejor amigo y protector. Los regalos que Serafina
ocultaba no eran la mitad del provecho que de tales relaciones había
sacado la compañía. Siempre sereno, siempre risueño, feroz y cruel en el
fondo, Mochi hizo comprender a su amiga que aquella tolerancia del
maestro continuaría, y que era indispensable para tener nivelados los
presupuestos de la sociedad. Lo que no hacía falta era explicarse
directamente; lo que allí hubiera sido repugnante, según el tenor, era
un pacto explícito; no hacía falta. Además, él continuaba siendo amante
de su discípula, y por rachas le entraba un verdadero amor a que ella
debía corresponder, o fingirlo a lo menos. Pero lo principal era lo
principal, y cuando se presentaba un partido, Mochi se reducía al papel
de marido que no sabe nada; esto ante Serafina; ante el nuevo galán no
era ni más ni menos que para el público, el maestro, _il babbo_ adoptivo.
El segundo devaneo de Serafina, en Milán, ya no fue espontáneo. Aceptó
como aceptaba una contrata en un teatro, porque lo exigía el _otro_,
Mochi. También ella creía de _buen gusto_ guardar las formas; hacía como
que engañaba a su amante y director artístico. Y algo le engañaba,
porque, vengándose a su vez de aquel miserable comercio a que se la
condenaba, daba a entender a Mochi que sólo por interés y obediencia
aceptaba los galanteos provechosos, y que en el fondo sólo a su maestro
quería.
Mochi creía algo de esto. «Sí, ella me quiere ya; y me quiere a mí sólo:
si no fuera así, se escaparía; con los demás finge por interés y por
obedecerme».
Lo cierto era que la Gorgheggi no amaba a su tirano y le había sido
infiel de todo corazón desde la primera vez; pero al verse vendida, le
dolió el orgullo; creía que Mochi estaba loco por ella, y cuando
advirtió que era cómplice de sus extravíos, lo cual demostraba que no
había tal pasión por parte del tenor, se sintió más sola en el mundo,
más desgraciada, y experimentó el despecho de la mujer coqueta que, sin
querer ella, desea que la adoren. Aquel comercio infame la dolía más que
la repugnaba; en su vida de teatro, en la que entró ya seducida,
enamorada del vicio, no había tenido ocasión de adquirir nociones de
dignidad ni de amor puro; aquella mezcla del amor y el interés le
parecía sólo producto de su oficio; que la hermosura tenía que ser el
complemento del arte para ganar la vida, lo admitía, sobre todo desde
que ella misma estuvo convencida de que jamás llegaría a ser _prima donna
assolutissima_ en los grandes teatros.
Pero lo que lastimaba lo que llamaba ella su corazón, era la complicidad
de Mochi. «Yo hubiera hecho lo mismo sola y él hubiera conservado mi
respeto y mi amistad y mis caricias cuando las quisiera, y el provecho
de estas infidelidades mías también se habría repartido. ¿Qué falta
hacía que él se mezclase en esto? No me dice nada, pero me empuja, me
echa en brazos de los que debiera considerar como rivales...».
Y esto era lo que ella quería que él pagase. ¿Cómo? Suponía la Gorgheggi
que aunque él no estuviera ya enamorado, se creía querido todavía; y
engañarle, arrojarse con ardor al vicio, al amor lucrativo; remachar los
besos que vendía, era su venganza.
Eso hacía, sin darse cuenta de que tomaba parte en aquellos furores de
lubricidad con aires de pasión, la lascivia, la corrupción de su
temperamento fuerte, extremoso y de un vigor insano en los extravíos
voluptuosos. Se entregaba a sus amantes con una desfachatez ardiente
que, después, pronto, se transformaba en iniciativa de bacanal, es más,
en un furor infernal que inventaba delirios de fiebre, sueños del hachís
realizados entre las brumas caliginosas de las horribles horas de
arrebato enfermizo, casi epiléptico.
Cuando su cuerpo macizo y bien torneado, suave y palpitante, cayó en los
brazos de Bonifacio Reyes, ya estaba ella un poco cansada de aquella
campaña terrible de _su venganza_, pero todavía sus arrebatos eróticos
eran manjar muy superior al estómago empobrecido por tibias aguas
cocidas del mísero escribiente de D. Diego.
Él estaba pasmado, además de vivir en perpetua embriaguez, casi en
alucinación constante. Creía sentir aquellas caricias sin nombre (él a
lo menos no sabía cómo llamarlas), a todas horas, en todas partes; se le
figuraba estar bañándose todo el día en los besos de Serafina; la veía,
la oía, la olía, la palpaba en todas partes, hasta en el cuarto de Emma,
entre las medicinas y mal olientes intimidades de la esposa enferma y
poco limpia. Le extrañaba a veces que su mujer no conociese que la otra
estaba allí, entre los dos, más cerca de él que ella misma.
«¡Qué mujer!--pensaba el infeliz a cualquier hora, en cualquier parte--.
¡Quién había de imaginar que había mujeres así! ¡Oh!... todo esto es el
arte... sólo una artista puede querer en esta forma tan....
deliciosamente exagerada».
Lo que más picante le parecía, lo que venía a remachar el clavo de la
felicidad, era el contraste de Serafina, quieta, cansada y meditabunda,
con Serafina en el éxtasis amoroso: esta mujer, toda fuego, que asustaba
con sus gritos y sus gestos de furiosa de amor; que hablaba, mientras
acariciaba, con una voz ronca, gutural, que parecía salir de la faringe
sin pasar por la boca, y que decía cosas tan extrañas, palabras que,
aunque pareciera mentira, aún eran excitantes en medio de los hechos más
extremosos de la pasión; esta mujer, diablo de amor, cuando el cansancio
material irremediable sobrevenía y llegaban los momentos de calma
silenciosa, de reposo inerte, tomaba aire, contornos, posturas, gestos,
hasta ambiente de dulce madre joven que se duerme al lado de la cuna de
un hijo. Las últimas caricias de aquellas horas de transportes báquicos,
las caricias que ella hacía soñolienta, parecían arrullos inocentes del
cariño santo, suave, que une al que engendra con el engendrado. Entonces
_la diabla_ se convertía en la mujer de la voz de _madre_, y las lágrimas
de voluptuosidad de Bonis dejaban la corriente a otras de enternecimiento
anafrodítico; se le llenaba el espíritu de recuerdos de la niñez, de
nostalgias del regazo materno.
Cuando, al separarse, ella recomponía su tocado, con ademán tranquilo,
familiar, echaba a la cabeza, en posturas de estatua, sus brazos de
Juno, sonreía con reposada placidez, dejando los rizos de la sonrisa
rodar en su boca y sus mejillas, como la onda amplia de curva suave y
graciosa del mar que se encalma; pensaba, mirando el rostro pálido del
aturdido amante, más muerto que vivo a fuerza de emociones, pensaba en
Mochi y se decía:
--¡Si le dijeran a ese miserable lo dichoso que acaba de ser este pobre
diablo! Todo, todo por venganza. ¡Él cree que este infeliz tiene que
contentarse con desabridas caricias; no sospecha que le estoy matando de
placer y que va a morir entre delicias!
Bonis también creía que aquella vida no era para llegar a viejo; pero, a
pesar de cierto vago temor a ponerse tísico, estaba muy satisfecho de
sus hazañas. Se comparaba con los héroes de las novelas que leía al
acostarse, y en el cuarto de su mujer, mientras velaba; y veía con gran
orgullo que ya podía hombrearse con los autores que inventaban aquellas
maravillas. Siempre había envidiado a los seres _privilegiados_ que, amén
de tener una ardiente imaginación, como él la tenía, saben expresar _sus
ideas_, trasladar al papel todos aquellos sueños en palabras propias,
pintorescas y en intrigas bien hilvanadas e interesantes. Pues ahora, ya
que no sabía escribir novelas, sabía hacerlas, y su existencia era tan
novelesca como la primera. Y buenos sudores le costaba, porque había
ratos en que su apurada situación económica, sus remordimientos y sus
miedos sobre todo, le ponían al borde de lo que él creía ser la locura.
No importaba; la mayor parte del tiempo estaba satisfecho de sí mismo.
Aquella ausencia de facultades expresivas, que según él era lo único que
le faltaba para ser un artista, estaba compensada ahora por la _realidad
de los hechos_; se sentía héroe de novela; no había sabido nunca dar
expresión a lo que era capaz de sentir; mas ahora él mismo, todos sus
actos y aventuras, eran la viva encarnación de las más recónditas y
atrevidas imaginaciones. Y si no, se decía, no había más que repasar su
existencia, fijarse en los contrastes que ofrecía, en los riesgos a que
le arrastraba su pasión y en la calidad y cantidad de esta. Emma, cada
día más aprensiva y más irascible, exigente y caprichosa, había llegado
a complicar el tratamiento de sus enfermedades reales e imaginarias
hasta el punto de que, el mismo Bonifacio, a pesar de su gran retentiva
y experiencia, había necesitado recurrir a un libro de memorias en que
apuntaba las medicinas, cantidades de las tomas y horas de
administrarlas, con otros muchos pormenores de su incumbencia. Como la
enferma no estaba muy segura de padecer todos los males de que se
quejaba, temerosa muchas veces de que las pócimas recetadas no fuesen
necesarias dentro del estómago y acaso sí perjudiciales, prefería por
regla general el _uso externo_, con lo cual se aumentaban las fatigas del
cónyuge curandero, porque todo se volvía untar y frotar el cuerpo
delgaducho y quebradizo, quejumbroso y desvencijado, de su media naranja
o medio limón, como él la llamaba para sus adentros; porque los
desahogos de Bonis eran de uso interno, al contrario de lo que sucedía
con las medicinas de su mujer. Pulgada a pulgada creía conocer el
antiguo escribiente la superficie de aquel asendereado cuerpo de su
mujer, donde él daba friegas con fuerza y con delicadeza a un tiempo,
según lo exigía la paciente, esparcía ungüento con justicia
distributiva, amoroso tacto, pulcritud y suavidad; así como en la región
del pecho, y en la espalda y sobre el hígado había pasado un pincel
impregnado de yodo. Antojábasele aquel mísero conjunto de huesos y
pellejo y de importunas turgencias, edificio ruinoso que el dueño
defiende contra la piqueta municipal a fuerza de revoques de cal y manos
de pintura y recomposición de tejas. «¡Ay!, en vano la retejo, y la
unto, y la froto, y la pinto; esta mujer mía hace agua por todas partes,
y el viento de la ira entra en ella por mil agujeros; esta destartalada
máquina, inútil para mí, en cuanto legítimo esposo, sirve sólo, y
servirá tal vez muchos años, para albergue del espíritu sutil de la
discordia y de la contradicción: poca materia necesita el ángel malo
para encaramarse en ella como un buitre en una horca, un búho en un
torreón escueto y abandonado, y desde su miserable guarida hacerme cruda
guerra».
Lo cierto era que Bonis exageraba, lo mismo que en el lenguaje, en los
achaques de su mujer. Emma, que había estado en peligro de muerte meses
antes, poco a poco se reponía, y la nueva energía que iba adquiriendo
empleábala en inventar más exigencias, más achaques y en procurarse
unturas que no la comprometían a estar enferma de verdad, y en cambio
habían llegado a ser para ella una segunda naturaleza; no se sentía bien
sin grasa alrededor del cuerpo, sin algodón en rama aplicado a cualquier
miembro; y en cuanto al resquemillo del yodo y a las cosquillas del
pincel, habían llegado a ser uno de sus mejores entretenimientos. Todo
ello servía para multiplicar los trabajos de Reyes, su responsabilidad y
alarde de paciencia. Aquella resignación de su marido llegó a ser tan
extremada, que a Emma acabó por parecerle cosa sobrenatural y diole mala
espina. No sabía por qué le olía mal aquella sumisión absoluta; tiempo
atrás, antes de sufrir las últimas humillaciones, protestaba tímidamente
por medio de observaciones respetuosas; pero ahora, ni eso: callaba y
untaba. A un insulto, a una provocación, respondía con una obra de
caridad de las que inmortalizaban a un santo; allí hacía falta, no sólo
el sacrificio del corazón, sino el del estómago, pues todo se
sacrificaba. Bonis no tenía ni amor propio ni náuseas; el olfato parecía
haber desaparecido con el sentimiento de la propia dignidad. ¿Qué era
aquello? Lo que antes era para la esposa autocrática la única gracia de
su marido, ahora comenzaba a convertirse en motivo de sospechas, de
cavilaciones. ¿Por qué calla tanto? ¿Por qué obedece tan ciegamente? ¿Es
que me desprecia? ¿Es que encuentra compensación en otra parte a estos
malos ratos? Un día Emma, a gatas sobre su lecho, se recreaba sintiendo
pasar la mano suave y solícita de su marido sobre la espalda untada y
frotada, como si se tratase de restaurar aquel torso miserable sacándole
barniz. «¡Más, más!», gritaba ella, frunciendo las cejas y apretando los
labios, gozando, aunque fingía dolores, una extraña voluptuosidad que
ella sola podía comprender.
Bonis, sudando gotas como puños, frotaba, frotaba incansable, con una
sonrisa poco menos que seráfica clavada en el apacible rostro: sus ojos,
azules y claros, muy abiertos, sonreían también a dulces imágenes y a
deleitosos recuerdos. En vano Emma refunfuñaba, se quejaba, le increpaba
y con palabras crueles le ofendía; no la oía siquiera; cumplía su deber
y andando.
Volvió ella la cabeza hacia arriba, y al ver la expresión de beatitud de
aquella cara, quedose pasmada ante semejante alarde de paciencia y
humildad absoluta.
--A este algo le pasa, algo muy raro.... Parece más tonto que de
costumbre, y al mismo tiempo en esa cara hay una expresión que yo no he
visto nunca.
--¿Sabes que andas distraído, joven?
Aquel joven era la tremenda ironía de la mujer que, viéndose mustia y
enfermiza, recordaba al tierno esposo que él envejecía, gracias, no sólo
a los años, sino también a los disgustos de aquella servidumbre
conyugal.
El joven no contestaba cosa de sustancia y entonces ella le miraba de
hito en hito, y daba vueltas alrededor de él, para ver si por algún lado
estaba abierto y se le veía el secreto que debía de tener entre pecho y
espalda. Después le olfateaba. Le daba el corazón que por el olfato
habían de empezar los descubrimientos... ¿A qué olía aquel hombre? Olía
a ella, a los ungüentos con que la frotaba, al espliego y alcanfor de su
jurisdicción ordinaria. «Habrá que olerle cuando venga de fuera, de la
calle». Y le despachó, como casi siempre, con cajas destempladas.
Emma dormía mucho, y aun despierta tenía necesidad de estar
completamente sola muchas horas, porque además de las intimidades a que
podía y debía asistir Bonifacio, había otras más recónditas que no podía
presenciar ni el marido; eran unas las del tocador, secreto de secretos,
y otras misteriosas manías de cuya existencia no quería ella que supiese
nadie. Añádase a esto que había conservado la mala costumbre de soñar
despierta horas y horas en su lecho, antes de levantarse, y en tales
deliquios de la pereza, así como en las frecuentes rachas de murria,
Emma no toleraba la presencia de ningún semejante. Por todo lo cual,
Bonis, a pesar de la estricta sujeción de sus tareas de marido
enfermero, tenía por suyo mucho tiempo; el caso era ser exacto a las
horas de servicio; de las demás no pedía cuentas el tirano. Todas las
que, tiempo atrás, vivía Reyes olvidado por el mundo entero, sin tener
que dar noticia de su empleo a nadie, a fuerza de ser él persona
insignificante, ahora las dedicaba, siempre que había modo, a su amor.
Veía a Serafina en el teatro, en la posada y en los largos paseos que
daban juntos por parajes muy retirados o lejos de la ciudad.
Aquel día, después de lavarse bien con esponjas grandes y finas, género
de limpieza que había aprendido observando a la Gorgheggi en su tocador,
salió saltando las escaleras de dos en dos.
Y se decía: «¿Qué me importa ser aquí esclavo y oler a botica que
apesto, si en otra parte soy dueño del más hermoso imperio, árbitro de
la voluntad más digna de ser rendida, y me aguarda lecho de rosas y de
aromas, que no sé si serán orientales, pero que enloquecen?».
Seguro estaba Bonis de que era aquel vivir suyo un rodar al abismo; que
no podía parar en bien todo aquello era claro; pero ya... preso por
uno... y además, en los libros románticos, a que era más aficionado cada
día, había aprendido que a «bragas enjutas no se pescan truchas»; que un
hombre de grandes pasiones, como él estaba siendo sin duda, y metido en
aventuras extraordinarias, tenía que parar en el infierno, o, por lo
menos, en las garras de su mujer y en un corte de cuentas de D. Juan
Nepomuceno. Al pensar en D. Juan tembló de frío, porque se acordó de que
los siete mil reales de la restitución providencial habían ido
evaporándose, hasta quedar reducidos, en el día de la fecha, a dos mil.
Lo demás había parado en manos de Serafina, ya en forma de regalos, ya
en dinero, pues cierta clase de gastos indispensables no había tenido
valor para hacerlos por sí mismo, temiendo que el secreto de sus amores
pudiera ser conocido y divulgado por los comerciantes. ¿Con qué cara iba
él a pedir en una tienda de su pueblo polvos de arroz de los más finos,
ligas de seda, medias bordadas y pantalones de mujer con el jaretón por
aquí o por allá?
En cuanto a Mochi, no se había vuelto a acordar para nada de dinero, ni
para pedirlo, ni para pagar lo que debía. «En la cuestión de cantidades»
no quería pensar Reyes; se figuraba que toda la deuda del Estado era
cosa suya, la debía él. ¡Primero mil reales, después seis mil, ahora los
siete mil de la restitución... el mundo, el mundo entero en forma de
guarismos! No, no contaba él así; no se representaba las cantidades
fijas, ni menos la suma de todas; él recordaba que primero había
prestado lo que no tenía; después muchísimo más, y, por último, que
había cometido el gran sacrilegio de profanar una cantidad sagrada,
producto del secreto del confesonario, empleándola en un corsé regente,
en unos búcaros con chinos pintados, en sortijas, flores y pantalones de
señora... ¡Horror! «Sí, horror, pero ¿y qué se le iba a hacer? Preso por
uno.... Aquella misma atrocidad de haber gastado tanto dinero que no era
suyo demostraba la intensidad, la fuerza irresistible de su pasión. Pues
adelante». Cierto era que quedaba el rabo por desollar. D. Juan
Nepomuceno le tenía cogido por las narices, y podía hacer de él lo que
le viniese en voluntad.
Poco a poco la figura de Nepomuceno, del odiado y odioso Nepomuceno,
había ido creciendo a los ojos de la imaginación espantada de Bonis;
sobre todo, las patillas cenicientas, en que el desgraciado veía el
símbolo de todas las matemáticas aplicadas a la hacienda, el símbolo de
los aborrecibles intereses materiales, del negocio, de la previsión y
del ahorro... y la trampa si a mano viene; aquellas patillas habían
subido, tocado las nubes, y en el inmenso abismo hundían los lacios
hilos grises de sus puntas. ¡Rayo en ellas! Bonis, que amaba las letras,
aborrecía los guarismos, y en punto a aritmética, decía él que todo lo
entendía menos la división; aquello de calcular a cuántos cabían tantos
entre tantos, siempre había sido superior a sus fuerzas; al llegar a lo
de tantos entre tantos no caben (o no cogen, como él solía decir),
sudaba y se volvía estúpido y sentía náuseas; pues bien, Nepomuceno,
sólo con su presencia, hasta en idea, le producía el mismo efecto que
una división en que sobraba algo; no le cogía el tal Nepomuceno.
Y eso que el muy taimado callaba como un bellaco. Ni una palabra le
había dicho después de haber descubierto y pagado el préstamo famoso de
D. Benito. Es claro que tampoco Bonis había abordado la cuestión; en
este particular estaba el escribiente como el condenado a muerte que,
con los ojos tapados, aguarda el golpe del verdugo, y con gran sorpresa,
pero sin perder el miedo, siente que el tiempo pasa y el golpe no llega.
De otra manera también se figuraba su situación Reyes, fecundo siempre
en alegorías y toda clase de representaciones fantásticas; se figuraba
que a sus pies había una gran mina, que él estaba seguro de que el fuego
había prendido en la mecha... ¿Por qué no venía el estallido? ¿Se había
mojado la pólvora? ¿Se había mojado la mecha? No; él estaba convencido
de que Nepomuceno estaba seco y bien seco; sería que la mecha era más
larga que él había pensado; el fuego iba dando rodeos, pero el estallido
vendría, ¡no podía faltar! Aun así, daba gracias a Dios por aquel plazo,
que le permitía entregarse a su gran pasión sin complicaciones
económicas, que todo lo hubieran aguado.
Llegó Bonis al ensayo oliendo a agua de colonia, risueño y arrogante
hasta el punto que él podía serlo. Gran algazara había en el escenario.
Aquel día era de los de sol allí dentro, a pesar de que poca luz podía
entrar hasta la escena y la sala por las puertas de los palcos y los
ventiladores del techo; el sol que vio allí Reyes era un sol moral
(quería decirse que todos estaban contentos); Mochi había pagado y las
rencillas habían concluido, o, por lo menos, quedaban escondidas; el
barítono embromaba a la contralto, el director de orquesta al bajo,
Mochi a una señora del coro, y la Gorgheggi iba y venía repartiendo
sonrisas y saludos con voz de pájaro; para todos tenía inocentes
coqueterías, agasajos de voz y de gesto: para los de la escena, para los
señores de las bolsas o faltriqueras, y hasta para tal o cual músico que
había desafinado o perdido el tiempo. Serafina, radiante, se lo
perdonaba con una interjección o una inclinación de cabeza, y cargaba
con la responsabilidad. Tal vez el director decía: «¡Cristo!» y miraba
con fingido enojo al trompa, y entonces ella encogía los hombros y
mordía la punta de la lengua con picardía de colegiala, para decir
enseguida, llena de abnegación:
--Maestro, maestro... senti, non e'colpevole, questo signore, sono io.
¡Qué música de voz! ¡Qué corazón!, pensaba Bonis, que entraba en el
palco de sus amigos.
-VIII-
En el café de la Oliva se dispuso cierta noche una cena para doce
personas, en el comedor de arriba; un cuarto oscuro que a los calaveras
del pueblo y al amo del establecimiento les parecía muy reservado, y muy
misterioso, y muy a propósito para orgías, como decían ellos.
El camarero de la guitarra y otros dos colegas se esmeraban en el
servicio de la mesa, porque eran los de la ópera los que venían a cenar;
y... ¡colmo de la expectación!, se aguardaba también a las cómicas;
vendrían la tiple, la contralto, una hermana de esta y la doncella de
Serafina, que en los carteles figuraba con la categoría dudosa de otra
tiple.
El único profano a quien se invitó fue Bonifacio; él, lleno de orgullo
artístico, pero recordando que la hora señalada para la tal cena era de
las que su esposa le tenía embargadas para las últimas friegas, ofreció
ir a los postres y al café, reservándose el cuidado de echar a correr a
su tiempo debido. No sabía que a lo que él iba era a pagar. Esto lo supo
después, cuando, ebrio de amor y un poco de benedictino non sancto,
había caído en el panteísmo alalo a que le llevaban todos los
entusiasmos de su organismo, más empobrecido de lo que prometían las
buenas apariencias de su persona.
Llegó cuando los músicos y cantantes saboreaban el ponche a la romana
que Mochi había incluido en la lista de la cena. Fue recibido con una
aclamación, en que tomaron parte las señoras. Sin saber cómo, y cuando
la emoción producida por tal recibimiento aún le tenía medio aturdido,
se vio Reyes al lado de su ídolo, Serafina, que había comido mucho y
bebido proporcionadamente. Estaba muy colorada y de los ojos le saltaban
chispas. En cuanto tuvo junto a sí a Bonis, le plantó un pie encima, un
pie sin zapato, calzado con media de seda.
--¡Nene--dijo acercándole la cara al oído--, apestas a colonia!
Y le azotó un tobillo, por encima del pantalón, con el pie descalzo.
Bonis se ruborizó no por lo del pie, sino por lo de la colonia; aquel
olor era el rastro de su esclavitud doméstica.
«Si yo no oliese a colonia, ¡a qué olería!» pensó. Pero olvidó enseguida
su vergüenza al oír a Serafina que, quedándose muy seria, con la voz
algo ronca con que le hablaba siempre en la intimidad de su pasión, le
dijo, otra vez, al oído casi:
--Acércate más, aquí nadie ve nada... ya todos están borrachos.
Y sin esperar respuesta, y antes que Bonis se moviese, ella,
bruscamente, sin levantarse, hizo que su silla chocara con la del
amante, y ambos cuerpos quedaron en apretado contacto. El olor a colonia
desapareció, como deslumbrado por el más picante y complejo, que era una
atmósfera casi espiritual de Serafina; aquel olor a perfumes fuertes,
pero finos, mezclado con el aroma natural de la cantante, era lo que
determinaba siempre en Bonis las más violentas crisis amorosas. Perdió
el miedo, aturdido por aquella proximidad ardiente y olorosa de su
amada, y como si esto fuera escasa borrachera, se dejó seducir por las
tretas de Mochi, que le invitaban sin cesar a beber de todo. Bebió Reyes
ponche, champaña, benedictino después, y ya, sin conciencia despierta
para reprobar las demasías que se permitían el barítono y la contralto y
alguna otra pareja, consintió en brindar, por último, cuando de todas
partes salían exclamaciones que le invitaban a desahogar su corazón en
el seno de aquella amistad artística, «no por nueva, pensaba él, menos
firme y honda».
Borracho del todo nunca lo había estado Bonifacio; un poco más que
alegre, sí, aunque no muchas veces; y en tales trances era cuando se le
soltaba la lengua un poco, y decía aproximadamente algo parecido a lo
mucho que le bullía en el pecho.
Consultó con los candorosos ojos a su amada si haría bien o mal en
brindar; la Gorgheggi aprobó el brindis con un apretón de manos
subrepticio, y el flautista frustrado se levantó entre aplausos.
--Señoras y señores--dijo con una copa de agua en la mano--, es tanto mi
agradecimiento, es tal la emoción que me embarga, que... lo digo yo y no
me arrepiento, yo, Bonifacio Reyes, pago todo el gasto... eso es, toda
la comida y toda la bebida... _botillería_ inclusive.... Benito (a un
camarero), ya lo oyes, todo esto es cuenta mía. (Bravos y exclamaciones.
Mochi sonreía satisfecho, como pudiera estarlo un profeta que ve
cumplida su profecía.) Yo lo pago todo, y no hay que preguntarme de
dónde salen las misas. Preso por uno, preso por ciento, y uno... eso
es.... Nadie me toque a la vida privada. ¡Ahí le duele!... La vida
privada de la vida ajena es un sagrado, arca santa, arca sanctorum....
--Sancta Sanctorum!--interrumpió un apuntador que había sido seminarista.
(Voces de: ¡silencio!, ¡fuera!)
--Bueno; sanctorum omnium. Señores, yo no puedo... yo no sé decir, ni
debo, ni puedo ni quiero, todo lo que para mí significa vuestro
cariño.... Yo amo el arte... pero no lo sé expresar; me falta la forma,
pero mi corazón es artístico; el arte y el amor son dos aspectos de una
misma cosa, el anverso y el reverso de la medalla de la belleza,
digámoslo así. (Bravos; asombro en los cómicos.) Yo he leído algo... yo
comprendo que la vida perra que he llevado siempre en este pueblo
maldito es mezquina, miserable... la aborrezco. Aquí todos me
desprecian, me tienen en la misma estimación que a un perro inútil,
viejo y desdentado... y todo porque soy de carácter suave y desprecio
los bienes puramente materiales, el oro vil, y sobre todo la industria y
el comercio.... No sé negociar, no sé intrigar, no sé producirme en
sociedad... luego soy un bicho, ¡absurdo!, yo comprendo, yo siento... yo
sé que aquí dentro hay algo.... Pues bien, vosotros, artistas, a quien
también tienen en poco estos mercachifles sedentarios, estas lapas,
estas ostras de provincia, me comprendéis, me toleráis, me agasajáis, me
aplaudís, admitís mi compañía y....
Bonis estaba pálido, se le atragantaban las palabras, hacía pucheros, y
su emoción, de apariencia ridícula, no les pareció tal por algunos
momentos a los presentes, que sin gritar ni moverse siquiera, escuchaban
al pobre hombre con interés, serios, pasmados de oír a un infeliz, a un
botarate, algo que les llegaba muy adentro, que les halagaba y
enternecía. Al orador no le faltaban palabras, pero las lágrimas le
salían al camino y querían pasar primero; además, las malditas piernas
se le desplomaban, según costumbre, y así, se le veía ir doblándose, y
casi tocaba con la barba en el mantel, cuando siguió diciendo:
--¡Ah, amigos míos! Mochi amigo, Gaetano carísimo (el barítono), vosotros
no podéis saber cuánto me halaga que al pobre Reyes abandonado,
despreciado, humillado, le comprendan y quieran los artistas. Si yo me
atreviera huiría con vosotros, sería el último, pero artista,
independiente, libre, sin miedo al porvenir, sin pensar en él, pensando
en la música... ¿Creéis que no os comprendo? ¡Cuántas veces leo en
vuestro rostro las preocupaciones que os afligen, los cuidados del
mañana incierto! Pero poco a poco el arte os devuelve a vuestra
tranquilidad, a vuestra descuidada existencia; un aplauso os sirve de
opio, el puro amor del canto os embelesa y saca de la miserable vida
real.... Y el último de vosotros, Cornelio, que no tiene más que un traje
de verano para invierno, olvida o desprecia esta miseria, y se
entusiasma al gritar, lleno de inspiración artística, en su papel
modesto de corista distinguido, aquello de la Lucrezia: Vivva il Madera!
(Bravos y aplausos interrumpen al orador. El corista aludido, que está
presente y, en efecto, luce un traje digno de los trópicos y muy usado,
abraza a Reyes, que le besa entre lágrimas.)
Quiso continuar, pero no pudo; cayó sobre su silla como un saco, y
Serafina, orgullosa de aquella oratoria inesperada y de la discreción
con que su amante se abstuvo de aludirla, le felicita con un apretón de
manos y otro de pies más enérgico.
Mochi se aproxima al héroe, le abraza y le dice al oído, rozándose los
rostros:
--Bonifacio, lo que te debo, lo que vales, nunca lo olvidará este pobre
artista desconocido y postergado.
Las lágrimas de Mochi, mezcladas con los polvos de arroz que no ha
limpiado bien aquella noche, caen sobre las mejillas del improvisado
anfitrión.
Al cual apenas le quedan fuerzas para pensar.... Mas de repente da un
brinco, lívido, y con el brazo en tensión, señala con el índice a la
esfera del reloj que tiene enfrente.
--¡La hora!--grita aterrado, y procura separarse de la mesa y echar a
correr....
--¿Qué hora?--preguntan todos.
--La hora de.... Bonis miró a Serafina con ojos que imploraban compasión y
ser adivinados.
Serafina comprendió; sabía algo, aunque no lo más humillante, de aquella
esclavitud doméstica.
--Dejadle, dejadle salir, tiene que hacer a estas horas, sin falta... no
sé qué, pero es cosa grave; dejadle salir.
Bonis besó con la melancólica y pegajosa mirada a su ídolo, ya que no
podía de otro modo, y enternecido por el agradecimiento, tomó la
escalera....
Los cómicos le dejaron ir, pero miraron a Mochi como preguntándole algo
que él debía adivinar.
Mochi, risueño, tranquilo, retorciéndose el afilado bigote, adivinó en
efecto, y dijo:
--¡Oh, señores, no hay cuidado! Palabra de rey; aquí le conocen y saben
que no hay dinero más seguro que el del Sr. Reyes. Si no ha pagado ahora
mismo, habrá sido por olvido... o por no ofendernos.
--Claro--dijo el barítono--; eso sería limitar el gasto....
--Sí, se conoce que es un caballero.
Todos convinieron en que Bonis pagaría todo el gasto que se hiciera
aquella noche.
En cuanto a Bonifacio, comprendía, muy a su placer, que por el camino se
le iba aliviando la borrachera. Estaba seguro de que aquella buena
acción que había comenzado el fresco de la noche, la llevaría a remate
el miedo que le daba su mujer.
--Sí, estoy tranquilo, debo estar tranquilo; cuando entre en su cuarto,
el instinto de la conservación, llamémoslo así, me hará recuperar el uso
de todas mis facultades, y Emma no conocerá nada. Además, puede que se
haya dormido, y en tal caso hasta mañana no habrá riña por mi tardanza;
y lo que es mañana, ya estaré yo tan limpio de vino como el Corán.
Llegó a casa, abrió con su llavín, encendió una luz, subió de puntillas
y entró en las habitaciones de su mujer. Una triste lamparilla,
escondida entre cristales mates de un blanco rosa, alumbraba desde un
rincón del gabinete; en la alcoba en que dormía Emma, las tinieblas
estaban en mayoría; la poca luz que allí alcanzaba servía sólo para dar
formas disparatadas y formidables a los más inocentes objetos.
Bonis se acercó al lecho a tientas, estirando el cuello, abriendo mucho
los ojos y pisando de un modo particular que él había descubierto para
conseguir que las botas no chillasen, como solían. Esta era una de las
fatalidades a que se creía sujeto por ley de adverso destino; siempre
las suelas de su calzado eran estrepitosas.
Al acercarse a su mujer se le ocurrió recordar al moro de Venecia, de
cuya historia sabía por la ópera de Rossini; sí, él era Otello y su
mujer Desdémona... sólo que al revés, es decir, él venía a ser un
Desdémono y su esposa podía muy bien ser una Otela, que genio para ello
no le faltaba.
Lo principal, por lo pronto, era averiguar si dormía.
Él se lo pidió al Hacedor Supremo con todas las veras de su corazón.
Había pasado un cuarto de hora de la señalada para las últimas friegas
de la noche.
--Por lo menos calla--pensó, cuando ya estaba quieto, porque sus pies
habían tropezado con los de la cama.
Por desgracia, el silencio no era prueba del sueño; es más, aunque
tuviese los ojos cerrados no había prueba; porque muchas veces, por
mortificarle, por castigarle, callaba, así, con los ojos cerrados, y no
respondía aunque la llamase; no respondía a no ser ¡terrible era
pensarlo!, pero ¿cómo negárselo a sí mismo?, a no ser con una bofetada y
un
--¡Toma! ¡Vete a asustar a tu abuela!... ¡Infame, traidor, mal marido,
mal hombre! etcétera, etc.
Todo esto era histórico; ya sabía Bonis que si algún día se le ocurría
escribir sus Memorias, que no las escribiría, ¿para qué?, habría que
omitir lo de las bofetadas, porque en el arte no podían entrar ciertas
tristezas de la realidad excesivamente miserables, y lo que es sus
Memorias, o no serían, o serían artísticas; pero omitiéralas o no, las
bofetadas eran históricas. No habían sido muchas, pero habían sido. Y
más tenía que confesarse, que en rigor, en rigor, no le ofendían mucho;
más quería un cachete, si a mano viene, que una chillería; el ruido lo
último de todo. Además, Emma cuando le insultaba, se repetía; sí, se
repetía cien y cien veces, y aquello le llegaba a marear. Verdad era que
cuando le pegaba se repetía también; bueno, pero no tanto.
Emma tenía los ojos cerrados. Su esposo no se fiaba y le acercó un oído
a la boca. Su respiración tenía el ritmo regular del sueño. Podía ser
fingido. No se sabía si dormía o no. En cuanto a llamarla, hacía tiempo
que había renunciado a semejante prueba. Prefería estar allí, con la
cabeza inclinada sobre el rostro de la supuesta enferma, porque, en todo
caso, constaría que él, Bonis, había cumplido con su deber procurando
indagar si el sueño de su esposa era real o fingido. Si pasaban tres o
cuatro minutos, declaraba a Emma en rebeldía y se retiraba satisfecho
por haber cumplido con su deber. Podía al día siguiente echarle en cara
su abandono, el olvido en que la tenía, etcétera, etc.; pero él estaba
seguro de que se quejaba sin razón, porque se decía: «Si estaba
despierta, demasiado sabe que no falté de mi puesto; si dormía, ¿para
qué necesitó de mí?».
Pasaron los cuatro minutos de espera y Bonis quiso, por lo excepcional
de las circunstancias, prolongar la experiencia.
A los cinco minutos Emma abrió los ojos desmesuradamente, y con una
tranquilidad fría y perezosa, dijo, en una voz apagada que horrorizaba
siempre a Bonis:
--Hueles a polvos de arroz.
En las novelas románticas de aquel tiempo usaban los autores muy a
menudo, en las circunstancias críticas, esta frase expresiva: «¡Un rayo
que hubiera caído a sus pies no le hubiera causado mayor espanto!».
Sin querer, Bonis se dijo a sí mismo muy para sus adentros el
sustancioso símil «un rayo que hubiera caído a mis pies, etc.», y por
una asociación de ideas, añadió por cuenta propia: «¡Mal rayo me parta!
¡Maldita sea mi suerte!».
--Hueles a polvos de arroz--repitió Emma.
Tampoco ahora contestó Bonis en voz alta. Pensó lo siguiente: «En todo
soy desgraciado, hasta la Providencia es injusta conmigo; me castiga
cuando no lo merezco: cien veces habré olido a polvos de arroz, y
nada... y hoy... hoy que no hay de qué... hoy que no lo he...». De
repente, se acordó de Mochi, de su abrazo y de que, en efecto, las
lágrimas de borracho con que le había mojado, le olían a polvos de
arroz. «¡Malditísimo marica!--pensó--; fue él, el sobón del tenor Mochi....
y ahora, ¡qué conflicto!, ¡qué tormenta! Porque ¿quién le dice a esta....
'Mira, sí, huelo a polvos de arroz, pero es porque... me abrazó y me
besó... ¡el tenor de la Compañía italiana!'?».
--Hueles a polvos de arroz--dijo por tercera vez la esposa desvelada.
Y con gran sorpresa del marido, un brazo que salió de entre la ropa del
lecho no se alargó en ademán agresivo, sino que suavemente rodeó la
cabeza de Bonis y la oprimió sin ira. Emma entonces olfateó muy de cerca
sobre el cuello de Reyes, y este llegó a creer que ya no le olía con la
nariz, sino con los dientes. Temió una traición de aquella gata; temió,
así Dios le salvase, un tremendo mordisco sobre la yugular, una sangría
suelta... pero al retroceder con un ligero esfuerzo, sintió sobre la
nuca el peso de dos brazos que le apretaban con tal especie de ahínco,
que no podía confundirse con la violencia ni el dolo malo; y acabó de
entender, con gran sorpresa, de qué se trataba, cuando oyó un gemido
ronco y mimoso, de voluptuosidad soñolienta, imperativa en medio del
abandono, gemido que él conocía perfectamente y cuyo significado no
podía confundirse con nada. Significaba todo aquello el renacimiento de
una iniciativa conyugal largo tiempo abandonada. En la intimidad de las
intimidades no tenía Bonis mando superior al que le había sido conferido
en los demás quehaceres domésticos; de su espontaneidad no se esperaba
ni se admitía cosa alguna. Un rayo que hubiera caído a sus pies... y de
repente se hubiese convertido en lluvia de flores, no hubiera causado
mayor sorpresa al amante de Serafina, que la actitud de su mujer
soñolienta y caprichosa; pero sin andarse en averiguaciones de causas
próximas o remotas, echó sus cuentas Bonifacio, y se dijo en el fuero
interno, sin pararse a examinar la exactitud de la frase, «lo echaremos
todo a barato»; y a la invitación de su hembra hecha por señas
infalibles, que levantaban en el alma nubes melancólicas de recuerdos
que se deslizaban delante de una luna de miel muy hundida en el
firmamento oscuro, contestó con otras señas que fueron estimadas en lo
que valían.
«Esto no es infidelidad--pensaba Bonis--, esto es un 'sálvese el que
pueda'». Su conciencia de amante, la falsa conciencia del romántico
apasionado por principios, le acusaba, le decía que los recientes
vapores de la orgía le prestaban un fuego que no era fingido; fuese
resto de borrachera, agradecimiento, nostalgia de la luna de miel o lo
que fuese, ello era que aquel panteísta de la hora de los brindis no
sentía repugnancia ni mucho menos al cumplir aquella noche sus más
rudimentarios deberes de esposo; a la sorpresa que le causó la extraña
actitud de Emma, sucedieron pronto muchas sorpresas de un orden
inenarrable, llámese así, sorpresas que le enseñaron allá entre sueños,
que el que más cree saber no sabe nada, que las apariencias engañan, que
la aprensión hace ver lo que no hay, y viceversa; en fin, ello era que,
o los dedos se le antojaban huéspedes, o veía visiones, o su mujer no
estaba tan en los últimos como ella decía, ni las gallinas y chuletas
que juraba no digerir, ni los vinos exquisitos que aseguraba ella que la
envenenaban, dejaban de surtir sus efectos en aquella «naturaleza»; que
las unturas y el algodón en rama habían producido una... palingenesia....
algo así como una vegetación de la oscuridad, pálida, pero no mezquina.
La torcida y dañada conciencia del fiel amante y del marido infiel, se
quejaba, no admitía sofismas, allá en los adentros más nublados del
turbado Bonis, que entre el sueño y la vigilia se entregaba, mitad por
miedo, por desorientarla, como él se decía, mitad por una especie de
voluptuosidad nueva y que juzgaba monstruosa, se entregaba a los
arrebatos del amor físico, no con gran originalidad por cierto, pero sí
con una espontaneidad que era lo que más le remordía en la citada
conciencia de amante. Originalidad no la había, no; frases, gritos
ahogados, actitudes, novedades íntimas del placer, que Emma recibía con
tibias protestas y acababa por saborear con delicia epiléptica, y por
aprender con la infalibilidad del instinto pecaminoso; todo esto era una
copia de la otra pasión, todo revelaba el estilo de la Gorgheggi. Sin
pasar de aquella misma noche, Bonis oyó a su mujer en el delirio del
amor, que él siempre llamaba para sus adentros físico (por distinguirle
de otro), oyó a Emma interjecciones y vocativos del diccionario amoroso
de su querida; y vio en ella especies de caricias serafinescas; todo
ello era un contagio; le había pegado a su mujer, a su esposa ante Dios
y los hombres, el amor de la italiana, como una lepra; y de esto, la
conciencia que protestaba era la del marido, la del padre de familia....
virtual que había en él, en Bonifacio Reyes. «Esto es manchar el tálamo
con una especie de enfermedad secreta... moral... se decía, y esto es
además faltar a mis deberes... de fiel amante romántico y artístico».
Pero todos estos remordimientos mezclados y confusos se revolvían allá
en el fondo del pobre cerebro, entre vapores de la borrachera que había
creído desvanecida y que sólo se había descompuesto: por un lado era
plomo que se le agolpaba a la cabeza, por otro lado lujuria exaltada,
enfermiza, que amenazaba derretirle. Entre los brazos de Emma, Bonis oía
de cuando en cuando gritos que le estallaban dentro del cráneo.
«¡Bonifacio! ¡Reyes! ¡Bonifacio!» le decían aquellos tremendos
estallidos, y reconocía la voz del barítono, y la del bajo, y la del que
cantaba en Lucrezia: Vivva il Madera!
Vino el día y se durmió la triste pareja. A las diez despertó Emma, se
acordó de todo, sonrió como una gata lo haría si pudiera, y dio a su
marido un puntapié en la espinilla, diciendo:
--Bonis, levántate, que va a venir Eufemia.
Eufemia era la doncella que debía traerla el chocolate a Emma a las diez
y cuarto en punto. No quería que la chica se enterase de que el
matrimonio había dormido de aquella manera.
Cuando Bonis abrió los ojos a la realidad, como se dijo a sí mismo a los
pocos segundos de despierto, lo primero que hizo fue bostezar, pero lo
segundo... fue sentir una sed abrasadora de idealidad, de infinito, de
regeneración por el amor, y además sed material no menos intensa, y
grandísimos deseos de seguir durmiendo. Por lo demás, no quería pensar
en su situación; le horrorizaba, por varios conceptos. Sideo, se le
ocurrió decir acordándose de una de las siete palabras del Mártir de
Gólgota, como él llamaba a Nuestro Señor Jesucristo; pero como Emma
repitiese el puntapié con el pie desnudo en el hueso de la pierna
derecha, Bonis tradujo su exclamación, diciendo: «Tengo mucha sed....
¡algo líquido, por Dios!... ¡aunque sea jarabe!...».
--¡Oye, tú!; ¿sabes lo que te digo? Que te levantes antes que venga la
chica... si tú no tienes vergüenza, la tengo yo....
Y con aquella actividad y energía que caracterizaban a Emma y que habían
hecho pensar mil veces a Bonis que su mujer hubiera sido un magnífico
hombre de acción, un político, un capitán, digo que usando de estas
cualidades, la esposa arrojó al esposo del tálamo a patada limpia. No
tuvo más remedio Reyes que vestirse provisionalmente deprisa y
corriendo, y salir del cuarto de su media naranja sin más explicaciones:
medio desnudo, descalzo, pues llevaba las botas en las manos (¿cómo
calzar botas y no zapatillas al levantarse de la cama?), fue tropezando
con todo por los pasillos, atravesó el comedor, bebió en un vaso de agua
olvidado allí la noche anterior, llegó a su cuarto, se desnudó deprisa y
mal, rompiendo botones; y en cuanto se vio en su lecho, en aquel que él
tenía por propiamente suyo, pensó en entregarse a la reflexión y a los
remordimientos de varias clases y harto contradictorios que le
asediaban; pero la parte física pudo más; y la dulce frescura de la cama
tersa, la suavidad del colchón bien mullido, le arrojaron, como sirenas
vencedoras, en lo más hondo del mar del sueño, haciendo rodar sobre su
cabeza olas de reposo y olvido.
-IX-
Durmió como un muerto, pero no mucho. Como un resucitado volvió a la
vida haciendo guiños a la luz cruda de un rayo del sol del mediodía, que
por un resquicio de la ventana mal cerrada, se colaba hasta la punta de
sus narices, hiriéndole además entre ceja y ceja.
Aquel rayo de luz le recordaba los rayos místicos de las estampas de los
libros piadosos; él había visto en pintura que a los santos reducidos a
prisión, y aun en medio del campo, les solían caer sobre la cabeza rayos
de sol por el estilo del que le estaba molestando. Si él fuese idólatra
(que no lo era), vería en aquello la mano de la Providencia. No era
idólatra, pero creía en el Hacedor Supremo y en su justicia, que tenía
por principal alguacil la conciencia. Indudablemente su situación, la de
Bonis, se había complicado desde la noche anterior. «Hueles a polvos de
arroz», había dicho la engañada esposa, tres veces lo había dicho, y en
vez de irritarse... de envenenarle o ahorcarle... ¡cosa más rara!...
Y al llegar aquí se le pusieron delante de la imaginación las carnes de
su mujer tales como de soslayo y a escape las había vislumbrado por la
mañana, al salir del lecho conyugal. No era lo mismo lo que había creído
ver en el delirio o exaltación de la borrachera y la realidad que se le
había presentado por la mañana; pero aun esta realidad excedía con mucho
al estado que verosímilmente se hubiera podido atribuir a lo que él
denominaba encantos velados y probablemente marchitos de su mujer. Sí,
él mismo, a pesar de que, con motivo de las unturas y otros menesteres
análogos, veía cotidianamente gran parte del desnudo de su Emma, no
podía observar jamás, porque ella lo prohibía con sus melindres,
aquellas regiones que, en la topografía anatómica y poética de Bonis,
correspondían a las varias zonas de los encantos velados. En estas zonas
era donde él había visto sorpresas, inesperados florecimientos, una
especie de otoñada de atractivos musculares con que no hubiera soñado el
más optimista. ¿Cómo era aquello? Bonis no se lo explicaba; porque
aunque filósofo como él solo, amigo de reflexionar despacio y por sus
pasos contados, sobre todos los sucesos de la vida, importáranle o no,
era de esos pensadores que tanto abundan, que no hacen más que dar
vueltas a ideas conocidas, alambicándolas; pero no descubría, no
penetraba en regiones nuevas, y, _en suma_, en punto a sagacidad para
encontrar el por qué de fenómenos naturales o sociológicos, era tan romo
como tantos y tantos filósofos célebres que, en resumidas cuentas, no
han venido a sonsacarle a la realidad burlona ninguno de sus utilísimos
secretos. Mucho discurrió Bonifacio, pero no logró dar en el quid de que
su mujer, dándose por medio difunta, tuviera aquellas reconditeces nada
despreciables, aunque pálidas y de una suavidad que, al acercar la piel
a la condición del raso, la separaba de ciertas cualidades de la materia
viva. Parecía así como si entre el algodón en rama, los ungüentos y el
tibio ambiente de las sábanas perfumadas, hubiesen producido una
artificial robustez... carne falsa.... En fin, Bonis se perdía en
conjeturas y en disparates, y acababa por rechazar todas estas
hipótesis, contra las cuales protestaban todas las letras de segunda
enseñanza que él había leído de algunos años a aquella parte, con el
propósito (que le inspiró un periódico, hablando del progreso y de la
sabiduría de la clase media) de hacerse digno hijo de su siglo y
regenerarse por la ciencia. No, no podía ser; todas las leyes
físico-matemáticas se oponían a que el algodón en rama fuera asimilable
y se convirtiera en fibrina y demás ingredientes de la pícara carne
humana.
No hay para qué seguir a Bonis en sus demás conjeturas, sino irse a lo
cierto directamente. Cierto era, muy cierto, que Emma había amenazado
ruina, que sus carnes se habían derretido entre desarreglos originados
de sus malandanzas de madre frustrada, influencias nerviosas,
aprensiones, seudohigiénicas medidas y cavilaciones, rabietas y falta de
luz y de aire libre; pero también era verdad que no faltaba fibra al
cuerpo eléctrico de aquella Euménide, que sus nervios se agarraban
furiosos a la vida, enroscándose en ella, y que al cabo el estómago,
llegando a asimilar las buenas carnes, y los buenos tragos produciendo
sano influjo, habían dado eficacia al renaciente apetito, y la salud
volvía a borbotones inundando aquel organismo intacto a pesar de tantas
lacerías.
Pensaba Emma, al verse renacer en aquellos pálidos verdores, que era
ella una delicada planta de invernadero, y que el bestia de su marido y
todos los demás bestias de la casa, querrían sacarla de su estufa y
transplantarla al aire libre, en cuanto tuvieran noticia de tal
renacimiento. Su manía principal, pues otras tenía, era esta ahora: que
tenía aquella nueva vida de que tan voluptuosamente gozaba, a condición
de seguir en su estufa, haciéndose tratar como enferma, aunque, en
resumidas cuentas, ya no lo estuviera. Además, con las nuevas fuerzas
habían venido nuevos deseos de una voluptuosidad recóndita y retorcida,
enfermiza, extraviada, que procuraba satisfacerse en seres inanimados,
en contactos, olores y sabores que, lejos de todo bicho viviente, podían
ofrecerle, como adecuado objeto, las sábanas de batista, la cama
caliente, la pluma, el aire encerrado en fuelles de seda, el suelo
mullido, las rendijas de las puertas herméticamente cerradas, el heno,
las manzanas y cidrones metidos entre la ropa, el alcanfor y los cien
olores de que sabía ya Celestina.
Como un descubrimiento saboreaba Emma la delicia de gozar con los tres
sentidos a que en otro tiempo daba menos importancia, como fuentes de
placer. En su encierro voluntario ni la vista ni el oído podían
disfrutar grandes deleites; pero en cambio gozaba las sensaciones nuevas
del refinamiento del gusto y del olfato, y aun del contacto de todo su
cuerpo de gata mimosa con las suavidades de su ropa blanca, dentro de la
cual se revolvía como un tornillo de carne.
En los días en que sus aprensiones, mezcladas con su positiva enfermedad
nerviosa, la habían puesto en verdadero peligro, camino de la muerte,
por la debilidad no combatida, había llegado a sentir una soledad
terrible, la de todo egoísta que presiente el fin de su vida; todas las
cosas y todos los hombres la dejaban morirse sola, irse con Dios; y con
doble vista de enferma adivinaba el fondo de la indiferencia general, la
proximidad del peligro.
«¡Se muere uno solo, completamente solo, los demás se quedan muy
satisfechos en el mundo; ni por cumplido se ofrecen a morirse también!».
Bonifacio, Sebastián, que tanto la había querido, según él decía, el tío
Nepomuceno, todos se quedaban por acá, nadie hacía nada para ayudarla a
no morir, nadie decía: «Pues ea, yo te acompaño».
Emma era una atea perfecta. Jamás había pensado en Dios, ni para
negarlo; no creía ni dejaba de creer en la religión; cumplía con la
Iglesia malamente, y eso por máquina. En su tiempo no se solía discutir
asuntos religiosos en su tierra; los que no eran devotos gozaban de una
tolerancia completa; como tampoco eran descreídos, ni faltaban a las
costumbres piadosas y guardaban las principales apariencias, por nadie
eran molestados.
«Yo no soy beata», decía Emma: y no pensaba más en estas cosas. La
Iglesia, los curas, bien; todo estaba bien; ella no era aficionada a las
novenas; pero todo ello estaba en el orden, como el haber reyes, y
contribución, y Guardia civil. Sobre todo, no se pensaba en nada de eso,
no se hablaba de ello, ¿para qué? «Yo no soy beata». Y era atea
perfecta, porque vivía en perpetuo pensamiento de lo relativo. Jamás
había meditado acerca de negocios de ultratumba; el infierno se lo
figuraba como un horno probable; pero a ella ¿qué? Al infierno iban los
grandes pícaros que mataban a su padre o a su madre o a un sacerdote, o
que pisaban la hostia o no se querían confesar.... Además, no se sabía
nada de seguro. Pero el morirse era horroroso, no por el infierno, por
el dolor de morir y por la pena de acabarse.
Sí, de acabarse; sin pensar en la contradicción de su conciencia íntima
con el dogma del cielo y el infierno, Emma veía con toda seriedad, con
íntima convicción, con la conciencia de su propio espanto, el
aniquilamiento doloroso en la tumba; y, poco amiga de discernir, no se
paraba a separar lo racional de lo imaginado; y así, algo también sentía
la muerte por las paletadas de cal, y por la tierra húmeda, y la caja
cerrada, y el cementerio solo, y la eternidad oscura.
Sin ver esta otra contradicción, padecía con la idea del aniquilamiento
y la imagen de la sepultura. Pensaba en la muerte con ideas de vida, y
de vida ordinaria, usual, la de todos los días de su vulgar existencia,
y el horror del contraste crecía con esto.
Ni una vez sola se le ocurrió encomendarse a ningún santo, ni ofreció
nada a la Virgen ni a Jesús por si sanaba; la primera energía que tuvo
al convalecer, la empleó en sonreír, con terrible sonrisa de resucitada,
a un propósito firme y endiablado: su tremendo egoísmo de convaleciente,
mundano, prosaico y rastrero, se agarró a la resolución inconmovible de
vengarse de los miserables parientes que la iban a dejar morirse sola.
Emma, como la mayor parte de las criaturas del siglo, no tenía vigor
intelectual ni voluntario más que para los intereses inmediatos y
mezquinos de la prosa ordinaria de la vida; llamaba poesía a todo lo
demás, y sólo tenía por serio en resumidas cuentas lo bajo, el egoísmo
diario, y sólo para esto sabía querer y pensar con alguna fuerza. Tal
espíritu, era más compatible con aquel romanticismo falso y aquellas
extravagancias fantásticas de su juventud, de lo que ella misma hubiera
podido figurarse, a ser capaz de comparar el fondo de su alma mezquina
con el fondo de los ensueños de sus días de primavera.
El renacimiento de su carne lo guardaba como un secreto; era una
hipócrita de la salud; seguía fingiendo achaques corporales como si
fuese virtud el tenerlos. Eufemia, su doncella, era confidente parcial
de sus engaños: como una trampa que hiciera a todos los suyos, Emma
saboreaba a solas con su criada los pormenores de aquel fingimiento. La
hija de Valcárcel se robaba a sí misma por mano de Eufemia que, de
tapadillo, traía de tiendas y plazas los mejores bocados y las
chucherías más caras de la moda en materia de ropa interior, perfumes y
manjares. En todos los comercios y puestos de comestibles principales,
llegó a tener Emma cuentas enormes. «Ni el tío Nepomuceno, ni Bonis, ni
Sebastián, sospechaban que existiera aquel agujero que ella iba haciendo
con las uñas en el fortunón que ellos tal vez habían creído heredar de
un día a otro».
Así lo pensaba ella, y gozaba como de una voluptuosidad de las sorpresas
futuras que reservaba a sus deudos. Saborear la mejor perdiz y la mejor
lamprea de la plaza y usar con codos y rodillas la mejor batista, y
enredar los dedos entre los mejores encajes, y derramar por sábanas,
camisas, corsés, medias y pantalones, las esencias más caras, con
profusión, causando el asombro de Eufemia, era género de delicia que se
aumentaba con la idea de la mala pasada que les estaba jugando a todos
aquellos parientes, en particular a Bonis y a su tío.
--D. Nepo--se decía ella a solas, sonriendo con malicia--, róbeme usted,
róbeme, que yo tampoco me descuido.
Aunque entregada por completo a la vida material, no tenía el menor
instinto de conservación de la fortuna, no había pensado jamás en el
origen de su dinero; creía vagamente que el capital de que gozaba era
una fuente inagotable que estaba en algún paraje misterioso, que no
había para qué indagar ociosamente: allí, entre los papeles del tío,
estaba la mina; él se quedaría con gran parte del filón; pero ¿qué
importaba?, no valía la pena de echar cuentas, desconfiar, administrar
por sí misma; ¡absurdo!, por lo visto había para todo; él robaba, ella
también; le engañaba, y el mejor día vendrían a casa unas cuentas que le
dejarían patidifuso al buen D. Nepo, pues es claro que tenía que
pagarlas.
Las cuentas ya habían venido y algunas se habían pagado. D. Juan
Nepomuceno seguía con Emma la misma conducta que con Bonis desde que
cada cual por su lado se habían entregado a la prodigalidad, como él se
decía. La de Emma sí era prodigalidad verdadera, aunque no lo parecía.
Para ella era como la sensación de un lujo enorme extravagante la pereza
que sentía de echar cuentas y atar corto a Nepomuceno: comprendía que él
hacía su Agosto con el caudal de su sobrina, que iba pasando a poder del
administrador gran parte del capital administrado, pues bien claro
estaba que todos los días D. Juan hablaba de sus propias rentas, que por
milagros de la suerte o por bondad de la Providencia, prosperaban, y
todos los días también hablaba de desventuras sin cuento que caían sobre
los predios de la Valcárcel y la parte de su capital colocada en manos
industriosas de España y del extranjero.
Las minas de hierro y de carbón que empezaban a explotarse en aquella
provincia por entonces, daban mil chascos a cada momento, y no pocos de
ellos redundaron en perjuicio de las acciones de Emma que Nepomuceno
había comprado, siempre diligente en el cuidado de la hacienda de su
antigua pupila.
Pero ¡oh casualidad portentosa y fijeza de los hados!, las minas en que
tenía el mismo D. Juan sus miserables ahorrillos, no quebraban, dejaban
un rédito sano y constante. En montón comprendía Emma que todo aquello
significaba que la robaba el tío.... Y aquí estaba lo que ella entendía
por lujo refinado.... No la importaba; y le dejaba hacer, le dejaba
robar, prefiriendo no calentarse los cascos, calculando lo caro que le
salía este placer de no meterse a pedir cuentas ni a reñir por cuestión
de ochavos, ella que improvisaba una verrina a grito pelado sobre
motivos de un caldo demasiado caliente.
Mas notaba Emma, con una extraña delicia y cierta vanidad por lo que
ella creía su espíritu singular, único, notaba una complacencia, como la
de sentir cosquillas inaguantables capaces de ponerla enferma, en
tolerar y hasta hurgar las flaquezas del prójimo, siquiera en algo la
perjudicasen. El descubrimiento de la maldad ajena la embelesaba, la
enorgullecía y la animaba a abandonarse a sus perversiones caprichosas.
Además, tenía los sentidos y el gusto muy afinados para saborear y
discernir la belleza que hay en la energía y en la habilidad del mal; un
pícaro gracioso, redomado, hábil y suelto para sus picardías, le parecía
un héroe: Luis Candelas, según se lo presentaban librotes de imaginación
muy populares, era un héroe con quien hasta soñaba. Leía con avidez las
causas célebres y reservaba toda su compasión para los criminales en
capilla. Para los delitos de amor su lenidad era infinita; y si bien en
los días en que la debilidad la tuvo tan postrada que sintió como la
conciencia física de un agotamiento de deseos y facultades sexuales,
miraba con desprecio y repugnancia, y hasta ira, todo lo que se
refiriese a respetar, consagrar y propagar el amor, cuando se vio
renacer dentro de su pálido pellejo, suave y fofo, volvió a su ánimo
aquella piedad sin límites por las flaquezas amorosas y la admiración
para todos los grandes atrevimientos y extravagancias de este orden,
especialmente si eran hembras las que llevaban a cabo tales osadías.
De su tío Nepomuceno sabía, por murmuraciones del primo Sebastián y de
Eufemia, que tenía una pasión de viejo por una alemana, hija de un
ingeniero industrial, M. Körner, químico notable que había venido a
ciertos trabajos metalúrgicos.
--Sin duda el tío quiere hacerse rico a todo trance, y pronto, para
seducir con su fortuna, ya que no puede con sus patillas cenicientas, a
la hija de ese alemán.
Y Emma gustaba con delicia, casi material, casi del paladar, como la de
una lectura picante, figurándose al buen señor, con sus cincuenta y
pico, enamorado como un cadete y picado de veras y en lo vivo por el
demonio del amor.
Largos ratos se dedicaba ella a pensar en las contingencias de aquellos
graciosos amores, y llegaba, imaginando, al día de la boda, y pensaba en
la verosimilitud de una cencerrada, pues el tío era viudo, cencerrada en
que ella colaboraría a cencerros tapados, sin perjuicio de haberle
regalado antes a la novia un magnífico aderezo.
Y después serían muy amigas, y a paseo irían juntas, y llegarían a
burlarse juntas del ridículo señor de las patillas, su deudor y esposo
respectivamente... y hasta llegaba a pensar en los cuernos que su señora
tía acabaría por ponerle al infiel administrador, ¿con quién?, con el
primo Sebastián, por ejemplo.... Y hasta enredaba la madeja en su
fantasía de modo que resultaba que ella, Emma, tenía alguna culpa en la
desgracia de su tío... y ¿qué?, mejor. ¿No la había él engañado a ella?
¿No la había robado? Pues entonces, las pagaba todas juntas.
Porque además Emma se reservaba el derecho de vengarse de los antiguos
despojos que había tolerado antes, sacándole a relucir sus trampas a D.
Nepo, justamente en aquellos días de sus desgracias conyugales... ¡Qué
risa! ¡Qué oportunidad para ponerle en un apuro! En esta como en todas
las demás flaquezas ajenas que a ella podían mortificarla, y que por lo
pronto toleraba, por amor al arte de las picardías, la mujer de Bonis se
reservaba vagamente el derecho de vengarse del modo más refinadamente
cruel, allá más adelante, no sabía cómo ni cuándo, pero algún día; y
sentía una alegría y excitación semejantes a las que produce la
esperanza de ser feliz, con la conciencia de estos aplazados desquites,
de estos castigos y tormentos vengadores, representados y proyectados
entre las brumas de la voluntad y del pensamiento.
Para explicar su conducta con el tío y con Bonis, hay que añadir a este
examen de sus pervertidos sentimientos, su comezón de lo raro, original
e inesperado. La irritaba que nadie pudiera prever sus enfados y
rabietas, odios y venganzas; prefería incomodarse y enfurecerse por
motivos de los que nadie esperase tales resultados, y desorientar al más
experto observador quedándose fría, tranquila, impasible, ante injurias
y daños que los demás podrían creer que la iban a sacar de sus casillas.
Con Eufemia, su confidente, ejercitaba este prurito a menudo, ya en sus
mutuas relaciones, ya en lo que se refería a un tercero.
Nada de lo que el tío ni de lo que Bonis pudieran hacer en contra de
ella podía darle causa para más rencores que aquello de haberla dejado
estar a las puertas de la muerte... sin acompañarla al otro mundo; esto,
esto era lo que no perdonaría... y, sin embargo, ya se veía cómo
disimulaba. ¡Oh! ¡Pero qué chasco les iba a dar! ¡Qué gracia, cuando el
tío se encontrase con que ella también gastaba a todo gastar, y que el
caudal que él tenía de reserva, para robar más adelante (para cuando su
mujer, la alemana, por ejemplo, le diese chiquitines de Sebastián, era
un decir) había pasado, según la ley, a manos de los acreedores, al
tendero de la esquina, al comerciante de los Porches, etcétera, etc.!
Sí, la vida todavía guardaba para ella un porvenir sustancioso; ahora
caía en la cuenta de que no había sido antes bastante egoísta.
Mortificar a los demás y divertirse ella, de mil maneras desconocidas,
todo lo posible, estas eran las dos fuentes de placer que quería agotar
a grandes tragos; dos fuentes que venían a ser una misma.
Con la salud nueva sentía Emma esperanzas locas de no sabía qué
deleites; y a tanto llegó esta fuerza expansiva, que aquellos mismos
placeres secretos de su retiro voluntario, llegaron a parecerla
insuficientes, no saciaban su sed de emociones extrañas; y, entonces,
rompiendo la crisálida de su encerrona, determinó salir al mundo, no sin
cautela, no sin disimulos, en busca de aventuras de que no había de dar
cuenta a los parientes, procuradas entre misterios que las había de
hacer más sabrosas.
Una noche dormitaba Eufemia en el gabinete de su ama, dando cabezadas
contra la pared, cuando tuvo que despertar sobresaltada por un golpe que
sintió en un hombro; era la mano de Emma, que la llamaba; estaba la
señorita en camisa, pálida como nunca, su respiración era anhelante, las
narices se la ponían hinchadas, abriéndose como fuelles.
--¿Qué hora es?--preguntó con voz ronca.
--Serán las diez, señorita.
--Y llueve.
Eufemia atendió al ruido de la calle.
--Sí, llueve.
--Vamos a salir.
--¡A salir!
--Sí, tú calla. Anda, tráeme un vestido tuyo, de percal, y un mantón tuyo
y un pañuelo... vamos las dos de artesanas. Vamos al teatro, a la
cazuela. Hoy hacen la... no me acuerdo cómo se llama; es una ópera
nueva, muy buena, lo leí en el cartel al volver de misa, en la esquina
del Ayuntamiento. Corre, vete por eso; oye, tráeme aquel alfiler del
pelo, el de cabeza de dublé, que te costó dos reales. Ninguno de esos
tipos está en casa.... Vamos a correrla todos.... Conque... ¡andando!
-X-
Una mañana, muy temprano, Eufemia entró en la alcoba de Reyes, y le
despertó diciendo:
--La señorita llama, quiere que el señorito vaya a buscar a D. Basilio.
--¿Al médico?--gritó Bonis, sentándose de un brinco en la cama y
restregándose los ojos hinchados por el sueño--. ¡Al médico, tan
temprano! ¿Qué hay, qué ocurre?
No se le pasó por las mientes que se pudiera necesitar al médico para
curar algún mal; la experiencia le había hecho escéptico en este punto;
ya suponía él que su mujer no estaba enferma; pero Dios sabía qué
capricho era aquel, para qué se quería al médico a tales horas y cuál
sería el daño, casi seguro, que a él, a Reyes, le había de caer encima a
consecuencia de la nueva e improvisada y matutina diablura de su mujer.
--¿Qué tiene? ¿Qué pide?--preguntaba con voz de angustia, como implorando
luces y auxilio y fortaleza en el preguntar; mientras, a tientas,
buscaba debajo del colchón los calcetines.
Eufemia se encogió de hombros, y, acordándose del pudor, salió de la
alcoba para que se vistiera el señorito.
El cual, a los dos minutos, se acercaba al lecho de su mujer,
arrastrando las babuchas de fingida piel de tigre, y abrochándose hasta
la barba un gabán de medio tiempo, gris, muy usado, que le servía de
batín en las estaciones templadas. Temblaba Bonis, más que por el fresco
de la madrugada, por la incertidumbre y el miedo. No había en el mundo
cosa que más temblón le pusiera que la zozobra de la incertidumbre ante
un mal próximo, de repente anunciado y ni remotamente temido poco antes,
sobre todo si estas impresiones le cogían mal abrigado, a deshora,
cortándole el sueño, la digestión o el placer de oír música, o de
divagar imaginando: «Como este diablo de fantasía de liebre todos los
peligros me abulta, pensaba, prefiero un mal como ocho conocido
exactamente, a un mal como cuatro barruntado, pero que yo me figuro como
cuarenta».
Tiempo hacía que sus relaciones con Emma y con el tío eran para él
constante ocasión de sobresaltos. De ambos esperaba y temía terribles
descubrimientos, quejas, acusaciones concretas, crueles recriminaciones,
singularmente de su mujer. ¿Qué sabía? ¿Qué no sabía? ¿Qué _tregua del
diablo_, que no de Dios, era aquella que le estaba dando, y por qué se la
daba y hasta dónde llegaría?
¿Por qué, si le había cogido en flagrante olor de polvos de arroz
(aunque, en aquel trance, inocente), no había sacado todavía la
consecuencia de su maldita observación? ¡La que le estaría preparando!
Le horrorizaba el momento de una _explicación_, como él se complacía en
llamar a la escena que preveía; pero la prefería, o tal se le figuraba,
al estado de susto perpetuo, de excitación _leporina_ en que vivía de día
y de noche. En cuanto Emma le hablaba, o le miraba, o le mandaba a
llamar, creía llegado el momento.
--¿Qué pasa, hija mía?--preguntó a su cónyuge con la suavidad del mundo, y
dando diente con diente, inclinado sobre la cabecera del lecho
matrimonial.
--Quiero que vayas tú mismo a buscar a D. Basilio, ahora, enseguida,
antes que salga a la visita; quiero verle inmediatamente.
--Pero, ¿te sientes mal? ¡Tú, que estabas ahora tan buena!...
--Por lo mismo, yo me entiendo. Anda, anda; tú, corre y tráeme a D.
Basilio.
Bonis no discutió. Peor era meneallo; podían salir los polvos de arroz
por cualquier lado. Se volvió a su cuarto; se lavó y vistió de prisa y
se echó a la calle, ya un poco más valiente, gracias al chorro de agua
fría con que se había regado el cogote. Tenía notado que el agua fría
vertida por la nuca le daba mucho valor y le reconciliaba con la vida;
le repugnaba esta dependencia del espíritu con respecto de la materia,
pero tenía que reconocerla.
Por fortuna, la casa del médico no estaba lejos y no pudieron ser muchas
las hipótesis dolorosas del miedo, tocante a la relación que pudiera
tener la visita de D. Basilio con el _drama conyugal_ de su casa, cuyo
enredo llegaba a su mayor complicación, o poco entendía Bonis de teatro
casero y de las mañas de su mujer. ¿Qué papel representaba allí aquel
personaje _inopinado_ y que tan tarde aparecía, D. Basilio? No podía
sospecharlo.
El _inopinado_ personaje era un hombre como de cuarenta años, que
procuraba disimular más de diez; más bajo que alto, delgado, a su modo
esbelto, de largo levitón-gabán, muy ceñido y de color manteca, sombrero
de copa de anchas alas; su rostro era blanco, anémico; los ojos azules
oscuros, vivarachos, y, al quedarse quietos, penetrantes; usaba gafas de
oro, largas patillas, tal vez untadas de negro; tenía labio fino
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