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Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas

by Benito Pérez Galdós · Spanish · Gutenberg #17013 · 2,260,838 chars · public domain (US)

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Title: Fortunata y Jacinta: dos historias de casadas

Author: Benito Pérez Galdós


        
Release date: November 5, 2005 [eBook #17013]
                Most recently updated: December 12, 2020

Language: Spanish

Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/17013

Credits: Produced by Chuck Greif


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK FORTUNATA Y JACINTA: DOS HISTORIAS DE CASADAS ***




Produced by Chuck Greif





Fortunata y Jacinta: (dos historias de casadas)

por B. Pérez Galdós




Parte primera




-I-

Juanito Santa Cruz




--i--


Las noticias más remotas que tengo de la persona que lleva este nombre
me las ha dado Jacinto María Villalonga, y alcanzan al tiempo en que
este amigo mío y el otro y el de más allá, Zalamero, Joaquinito Pez,
Alejandro Miquis, iban a las aulas de la Universidad. No cursaban todos
el mismo año, y aunque se reunían en la cátedra de Camús, separábanse en
la de Derecho Romano: el chico de Santa Cruz era discípulo de Novar, y
Villalonga de Coronado. Ni tenían todos el mismo grado de aplicación:
Zalamero, juicioso y circunspecto como pocos, era de los que se ponen en
la primera fila de bancos, mirando con faz complacida al profesor
mientras explica, y haciendo con la cabeza discretas señales de
asentimiento a todo lo que dice. Por el contrario, Santa Cruz y
Villalonga se ponían siempre en la grada más alta, envueltos en sus
capas y más parecidos a conspiradores que a estudiantes. Allí pasaban el
rato charlando por lo bajo, leyendo novelas, dibujando caricaturas o
soplándose recíprocamente la lección cuando el catedrático les
preguntaba. Juanito Santa Cruz y Miquis llevaron un día una sartén (no
sé si a la clase de Novar o a la de Uribe, que explicaba Metafísica) y
frieron un par de huevos. Otras muchas tonterías de este jaez cuenta
Villalonga, las cuales no copio por no alargar este relato. Todos ellos,
a excepción de Miquis que se murió en el 64 soñando con la gloria de
Schiller, metieron infernal bulla en el célebre alboroto de la noche de
San Daniel. Hasta el formalito Zalamero se descompuso en aquella ruidosa
ocasión, dando pitidos y chillando como un salvaje, con lo cual se ganó
dos bofetadas de un guardia veterano, sin más consecuencias. Pero
Villalonga y Santa Cruz lo pasaron peor, porque el primero recibió un
sablazo en el hombro que le tuvo derrengado por espacio de dos meses
largos, y el segundo fue cogido junto a la esquina del Teatro Real y
llevado a la prevención en una cuerda de presos, compuesta de varios
estudiantes decentes y algunos pilluelos de muy mal pelaje. A la sombra
me lo tuvieron veinte y tantas horas, y aún durara más su cautiverio, si
de él no le sacara el día 11 su papá, sujeto respetabilísimo y muy bien
relacionado.

¡Ay!, el susto que se llevaron D. Baldomero Santa Cruz y Barbarita no es
para contado. ¡Qué noche de angustia la del 10 al 11! Ambos creían no
volver a ver a su adorado nene, en quien, por ser único, se miraban y se
recreaban con inefables goces de padres chochos de cariño, aunque no
eran viejos. Cuando el tal Juanito entró en su casa, pálido y
hambriento, descompuesta la faz graciosa, la ropita llena de sietes y
oliendo a pueblo, su mamá vacilaba entre reñirle y comérsele a besos. El
insigne Santa Cruz, que se había enriquecido honradamente en el comercio
de paños, figuraba con timidez en el antiguo partido progresista; mas no
era socio de la revoltosa _Tertulia_, porque las inclinaciones
antidinásticas de Olózaga y Prim le hacían muy poca gracia. Su club era
el salón de un amigo y pariente, al cual iban casi todas las noches D.
Manuel Cantero, D. Cirilo Álvarez y D. Joaquín Aguirre, y algunas D.
Pascual Madoz. No podía ser, pues, D. Baldomero, por razón de afinidades
personales, sospechoso al poder. Creo que fue Cantero quien le acompañó
a Gobernación para ver a González Bravo, y éste dio al punto la orden
para que fuese puesto en libertad el revolucionario, el anarquista, el
descamisado Juanito.

Cuando el niño estudiaba los últimos años de su carrera, verificose en
él uno de esos cambiazos críticos que tan comunes son en la edad
juvenil. De travieso y alborotado volviose tan juiciosillo, que al mismo
Zalamero daba quince y raya. Entrole la comezón de cumplir
religiosamente sus deberes escolásticos y aun de instruirse por su
cuenta con lecturas sin tasa y con ejercicios de controversia y palique
declamatorio entre amiguitos. No sólo iba a clase puntualísimo y cargado
de apuntes, sino que se ponía en la grada primera para mirar al profesor
con cara de aprovechamiento, sin quitarle ojo, cual si fuera una novia,
y aprobar con cabezadas la explicación, como diciendo: «yo también me sé
eso y algo más». Al concluir la clase, era de los que le cortan el paso
al catedrático para consultarle un punto oscuro del texto o que les
resuelva una duda. Con estas dudas declaran los tales su furibunda
aplicación. Fuera de la Universidad, la fiebre de la ciencia le traía
muy desasosegado. Por aquellos días no era todavía costumbre que fuesen
al Ateneo los sabios de pecho que están mamando la leche del
conocimiento. Juanito se reunía con otros cachorros en la casa del chico
de Tellería (Gustavito) y allí armaban grandes peloteras. Los temas más
sutiles de Filosofía de la Historia y del Derecho, de Metafísica y de
otras ciencias especulativas (pues aún no estaban de moda los estudios
experimentales, ni el transformismo, ni Darwin, ni Haeckel eran para
ellos, lo que para otros el trompo o la cometa. ¡Qué gran progreso en
los entretenimientos de la niñez! ¡Cuando uno piensa que aquellos mismos
nenes, si hubieran vivido en edades remotas, se habrían pasado el tiempo
mamándose el dedo, o haciendo y diciendo toda suerte de boberías...!

Todos los dineros que su papá le daba, dejábalos Juanito en casa de
Bailly-Baillière, a cuenta de los libros que iba tomando. Refiere
Villalonga que un día fue Barbarita _reventando_ de gozo y orgullo a la
librería, y después de saldar los débitos del niño, dio orden de que
entregaran a este todos los mamotretos que pidiera, aunque fuesen caros
y tan grandes como misales. La bondadosa y angelical señora quería poner
un freno de modestia a la expresión de su vanidad maternal. Figurábase
que ofendía a los demás, haciendo ver la supremacía de su hijo entre
todos los hijos nacidos y por nacer. No quería tampoco profanar,
haciéndolo público, aquel encanto íntimo, aquel himno de la conciencia
que podemos llamar los _misterios gozosos_ de Barbarita. Únicamente se
clareaba alguna vez, soltando como al descuido estas entrecortadas
razones: «¡Ay qué chico!... ¡cuánto lee! Yo digo que esas cabezas tienen
algo, algo, sí señor, que no tienen las demás... En fin, más vale que le
dé por ahí».

Concluyó Santa Cruz la carrera de Derecho, y de añadidura la de
Filosofía y Letras. Sus papás eran muy ricos y no querían que el niño
fuese comerciante, ni había para qué, pues ellos tampoco lo eran ya.
Apenas terminados los estudios académicos, verificose en Juanito un
nuevo cambiazo, una segunda crisis de crecimiento, de esas que marcan el
misterioso paso o transición de edades en el desarrollo individual.
Perdió bruscamente la afición a aquellas furiosas broncas oratorias por
un más o un menos en cualquier punto de Filosofía o de Historia; empezó
a creer ridículos los sofocones que se había tomado por probar que _en
las civilizaciones de Oriente el poder de las castas sacerdotales era un
poquito más ilimitado que el de los reyes_, contra la opinión de
Gustavito Tellería, el cual sostenía, dando puñetazos sobre la mesa, que
lo era _un poquitín menos_. Dio también en pensar que maldito lo que le
importaba que _la conciencia fuera la intimidad total del ser racional
consigo mismo_, o bien otra cosa semejante, como quería probar,
hinchándose de convicción airada, Joaquinito Pez. No tardó, pues, en
aflojar la cuerda a la manía de las lecturas, hasta llegar a no leer
absolutamente nada. Barbarita creía de buena fe que su hijo no leía ya
porque había agotado el pozo de la ciencia.

Tenía Juanito entonces veinticuatro años. Le conocí un día en casa de
Federico Cimarra en un almuerzo que este dio a sus amigos. Se me ha
olvidado la fecha exacta; pero debió de ser esta hacia el 69, porque
recuerdo que se habló mucho de Figuerola, de la capitación y del derribo
de la torre de la iglesia de Santa Cruz. Era el hijo de D. Baldomero muy
bien parecido y además muy simpático, de estos hombres que se
recomiendan con su figura antes de cautivar con su trato, de estos que
en una hora de conversación ganan más amigos que otros repartiendo
favores positivos. Por lo bien que decía las cosas y la gracia de sus
juicios, aparentaba saber más de lo que sabía, y en su boca las
paradojas eran más bonitas que las verdades. Vestía con elegancia y
tenía tan buena educación, que se le perdonaba fácilmente el hablar
demasiado. Su instrucción y su ingenio agudísimo le hacían descollar
sobre todos los demás mozos de la partida, y aunque a primera vista
tenía cierta semejanza con Joaquinito Pez, tratándoles se echaban de ver
entre ambos profundas diferencias, pues el chico de Pez, por su ligereza
de carácter y la garrulería de su entendimiento, era un verdadero
botarate.

Barbarita estaba loca con su hijo; mas era tan discreta y delicada, que
no se atrevía a elogiarle delante de sus amigas, sospechando que todas
las demás señoras habían de tener celos de ella. Si esta pasión de madre
daba a Barbarita inefables alegrías, también era causa de zozobras y
cavilaciones. Temía que Dios la castigase por su orgullo; temía que el
adorado hijo enfermara de la noche a la mañana y se muriera como tantos
otros de menos mérito físico y moral. Porque no había que pensar que el
mérito fuera una inmunidad. Al contrario, los más brutos, los más feos y
los perversos son los que se hartan de vivir, y parece que la misma
muerte no quiere nada con ellos. Del tormento que estas ideas daban a su
alma se defendía Barbarita con su ardiente fe religiosa. Mientras oraba,
una voz interior, susurro dulcísimo como chismes traídos por el Ángel de
la Guarda, le decía que su hijo no moriría antes que ella. Los cuidados
que al chico prodigaba eran esmeradísimos; pero no tenía aquella buena
señora las tonterías dengosas de algunas madres, que hacen de su cariño
una manía insoportable para los que la presencian, y corruptora para las
criaturas que son objeto de él. No trataba a su hijo con mimo. Su
ternura sabía ser inteligente y revestirse a veces de severidad dulce.

¿Y por qué le llamaba todo el mundo y le llama todavía casi unánimemente
_Juanito_ Santa Cruz? Esto sí que no lo sé. Hay en Madrid muchos casos
de esta aplicación del diminutivo o de la fórmula familiar del nombre,
aun tratándose de personas que han entrado en la madurez de la vida.
Hasta hace pocos años, al autor cien veces ilustre de _Pepita Jiménez_,
le llamaban sus amigos y los que no lo eran, _Juanito_ Valera. En la
sociedad madrileña, la más amena del mundo porque ha sabido combinar la
cortesía con la confianza, hay algunos _Pepes, Manolitos_ y _Pacos_ que,
aun después de haber conquistado la celebridad por diferentes conceptos,
continúan nombrados con esta familiaridad democrática que demuestra la
llaneza castiza del carácter español. El origen de esto habrá que
buscarlo quizá en ternuras domésticas o en hábitos de servidumbre que
trascienden sin saber cómo a la vida social. En algunas personas, puede
relacionarse el diminutivo con el sino. Hay efectivamente Manueles que
nacieron predestinados para ser _Manolos_ toda su vida. Sea lo que
quiera, al venturoso hijo de D. Baldomero Santa Cruz y de doña Bárbara
Arnaiz le llamaban _Juanito_, y _Juanito_ le dicen y le dirán quizá
hasta que las canas de él y la muerte de los que le conocieron niño
vayan alterando poco a poco la campechana costumbre.

Conocida la persona y sus felices circunstancias, se comprenderá
fácilmente la dirección que tomaron las ideas del joven Santa Cruz al
verse en las puertas del mundo con tantas probabilidades de éxito. Ni
extrañará nadie que un chico guapo, poseedor del arte de agradar y del
arte de vestir, hijo único de padres ricos, inteligente, instruido, de
frase seductora en la conversación, pronto en las respuestas, agudo y
ocurrente en los juicios, un chico, en fin, al cual se le podría poner
el rótulo social de _brillante_, considerara ocioso y hasta ridículo el
meterse a averiguar si hubo o no un idioma único primitivo, si el Egipto
fue una colonia bracmánica, si la China es absolutamente independiente
de tal o cual civilización asiática, con otras cosas que años atrás le
quitaban el sueño, pero que ya le tenían sin cuidado, mayormente si
pensaba que lo que él no averiguase otro lo averiguaría... «Y por último
--decía--pongamos que no se averigüe nunca. ¿Y qué...?». El mundo
tangible y gustable le seducía más que los incompletos conocimientos de
vida que se vislumbran en el fugaz resplandor de las ideas _sacadas a la
fuerza_, chispas obtenidas en nuestro cerebro por la percusión de la
voluntad, que es lo que constituye el estudio. Juanito acabó por
declararse a sí mismo que más sabe el que vive _sin querer saber_ que el
que _quiere saber sin vivir_, o sea aprendiendo en los libros y en las
aulas. Vivir es relacionarse, gozar y padecer, desear, aborrecer y amar.
La lectura es vida artificial y prestada, el usufructo, mediante una
función cerebral, de las ideas y sensaciones ajenas, la adquisición de
los tesoros de la verdad humana por compra o por estafa, no por el
trabajo. No paraban aquí las filosofías de Juanito, y hacía una
comparación que no carece de exactitud. Decía que entre estas dos
maneras de vivir, observaba él la diferencia que hay entre comerse una
chuleta y que le vengan a contar a uno cómo y cuándo se la ha comido
otro, haciendo el cuento muy a lo vivo, se entiende, y describiendo la
cara que ponía, el gusto que le daba la masticación, la gana con que
tragaba y el reposo con que digería.




--ii--


Empezó entonces para Barbarita nueva época de sobresaltos. Si antes sus
oraciones fueron pararrayos puestos sobre la cabeza de Juanito para
apartar de ella el tifus y las viruelas, después intentaban librarle de
otros enemigos no menos atroces. Temía los escándalos que ocasionan
lances personales, las pasiones que destruyen la salud y envilecen el
alma, los despilfarros, el desorden moral, físico y económico.
Resolviose la insigne señora a tener carácter y a vigilar a su hijo.
Hízose fiscalizadora, reparona, entrometida, y unas veces con dulzura,
otras con aspereza que le costaba trabajo fingir, tomaba razón de todos
los actos del joven, tundiéndole a preguntas: «¿A dónde vas con ese
cuerpo?... ¿De dónde vienes ahora?... ¿Por qué entraste anoche a las
tres de la mañana?... ¿En qué has gastado los mil reales que ayer te
di?... A ver, ¿qué significa este perfume que se te ha pegado a la
cara?...». Daba sus descargos el delincuente como podía, fatigando su
imaginación para procurarse respuestas que tuvieran visos de lógica,
aunque estos fueran como fulgor de relámpago. Ponía una de cal y otra de
arena, mezclando las contestaciones categóricas con los mimos y las
zalamerías. Bien sabía cuál era el flanco débil del enemigo. Pero
Barbarita, mujer de tanto espíritu como corazón, se las tenía muy tiesas
y sabía defenderse. En algunas ocasiones era tan fuerte la acometida de
cariñitos, que la mamá estaba a punto de rendirse, fatigada de su
entereza disciplinaria. Pero, ¡quia!, no se rendía; y vuelta al ajuste
de cuentas, y al inquirir, y al tomar acta de todos los pasos que el
predilecto daba por entre los peligros sociales. En honor a la verdad,
debo decir que los desvaríos de Juanito no eran ninguna cosa del otro
jueves. En esto, como en todo lo malo, hemos progresado de tal modo, que
las barrabasadas de aquel niño bonito hace quince años, nos parecerían
hoy timideces y aun actos de ejemplaridad relativa.

Presentose en aquellos días al simpático joven la coyuntura de hacer su
primer viaje a París, adonde iban Villalonga y Federico Ruiz
comisionados por el Gobierno, el uno a comprar máquinas de agricultura,
el otro a adquirir aparatos de astronomía. A D. Baldomero le pareció
muy bien el viaje del chico, para que viese mundo; y Barbarita no se
opuso, aunque le mortificaba mucho la idea de que su hijo correría en la
capital de Francia temporales más recios que los de Madrid. A la pena de
no verle uníase el temor de que le sorbieran aquellos gabachos y
gabachas, tan diestros en desplumar al forastero y en maleficiar a los
jóvenes más juiciosos. Bien se sabía ella que allá hilaban muy fino en
esto de explotar las debilidades humanas, y que Madrid era, comparado en
esta materia con París de Francia, un lugar de abstinencia y
mortificación. Tan triste se puso un día pensando en estas cosas y tan
al vivo se le representaban la próxima perdición de su querido hijo y
las redes en que inexperto caía, que salió de su casa resuelta a
implorar la misericordia divina del modo más solemne, conforme a sus
grandes medios de fortuna. Primero se le ocurrió encargar muchas misas
al cura de San Ginés, y no pareciéndole esto bastante, discurrió mandar
poner de Manifiesto la Divina Majestad todo el tiempo que el niño
estuviese en París. Ya dentro de la Iglesia, pensó que lo del Manifiesto
era un lujo desmedido y por lo mismo quizá irreverente. No, guardaría el
recurso gordo para los casos graves de enfermedad o peligro de muerte.
Pero en lo de las misas sí que no se volvió atrás, y encargó la mar de
ellas, repartiendo además aquella semana más limosnas que de costumbre.

Cuando comunicaba sus temores a D. Baldomero, este se echaba a reír y le
decía: «El chico es de buena índole. Déjale que se divierta y que la
corra. Los jóvenes del día necesitan despabilarse y ver mucho mundo. No
son estos tiempos como los míos, en que no la corría ningún chico del
comercio, y nos tenían a todos metidos en un puño hasta que nos casaban.
¡Qué costumbres aquellas tan diferentes de las de ahora! La
civilización, hija, es mucho cuento. ¿Qué padre le daría hoy un par de
bofetadas a un hijo de veinte años por haberse puesto las botas nuevas
en día de trabajo? ¿Ni cómo te atreverías hoy a proponerle a un mocetón
de estos que rece el rosario con la familia? Hoy los jóvenes disfrutan
de una libertad y de una iniciativa para divertirse que no gozaban los
de antaño. Y no creas, no creas que por esto son peores. Y si me apuras,
te diré que conviene que los chicos no sean tan encogidos como los de
entonces. Me acuerdo de cuando yo era pollo. ¡Dios mío, qué soso era! Ya
tenía veinticinco años, y no sabía decir a una mujer o señora sino _que
usted lo pase bien_, y de ahí no me sacaba nadie. Como que me había
pasado en la tienda y en el almacén toda la niñez y lo mejor de mi
juventud. Mi padre era una fiera; no me perdonaba nada. Así me crié, así
salí yo, con unas ideas de rectitud y unos hábitos de trabajo, que ya
ya... Por eso bendigo hoy los coscorrones que fueron mis verdaderos
maestros. Pero en lo referente a sociedad, yo era un salvaje. Como mis
padres no me permitían más compañía que la de otros muchachones tan
ñoños como yo, no sabía ninguna suerte de travesuras, ni habia visto a
una mujer más que por el forro, ni entendía de ningún juego, ni podía
hablar de nada que fuera mundano y corriente. Los domingos, mi mamá
tenía que ponerme la corbata y encasquetarme el sombrero, porque todas
las prendas del día de fiesta parecían querer escapárseme del cuerpo. Tú
bien te acuerdas. Anda, que también te has reído de mí. Cuando mis
padres me hablaron... así, a boca de jarro, de que me iba a casar
contigo, ¡me corrió un frío por todo el espinazo...! Todavía me acuerdo
del miedo que te tenía. Nuestros padres nos dieron esto amasado y
cocido. Nos casaron como se casa a los gatos, y punto concluido. Salió
bien; pero hay tantos casos en que esta manera de hacer familias sale
malditamente... ¡Qué risa! Lo que me daba más miedo cuando mi madre me
habló de casarme, fue el compromiso en que estaba de hablar contigo...
No tenía más remedio que decirte algo... ¡Caramba, qué sudores pasé!
'Pero yo ¿qué le voy a decir, si lo único que sé es _que usted lo pase
bien_, y en saliendo de ahí soy hombre perdido...?'.

Ya te he contado mil veces la saliva amarga que tragaba ¡ay, Dios mío!,
cuando mi madre me mandaba ponerme la levita de paño negro para llevarme
a tu casa. Bien te acuerdas de mi famosa levita, de lo mal que me estaba
y de lo desmañado que era en tu presencia, pues no me arrancaba a decir
una palabra sino cuando alguien me ayudaba. Los primeros días me
inspirabas verdadero terror, y me pasaba las horas pensando cómo había
de entrar y qué cosas había de decir, y discurriendo alguna triquiñuela
para hacer menos ridícula mi cortedad... Dígase lo que se quiera, hija,
aquella educación no era buena. Hoy no se puede criar a los hijos de esa
manera. Yo ¡qué quieres que te diga!, creo que en lo esencial Juanito no
ha de faltarnos. Es de casta honrada, tiene la formalidad en la masa de
la sangre. Por eso estoy tranquilo, y no veo con malos ojos que se
despabile, que conozca el mundo, que adquiera soltura de modales...».

--No, si lo que menos falta hace a mi hijo es adquirir soltura, porque
la tiene desde que era una criatura... Si no es eso. No se trata aquí de
modales, sino de que me le coman esas bribonas...

--Mira, mujer, para que los jóvenes adquieran energía contra el vicio,
es preciso que lo conozcan, que lo caten, sí, hija, que lo caten. No hay
peor situación para un hombre que pasarse la mitad de la vida rabiando
por probarlo y no pudiendo conseguirlo, ya por timidez, ya por
esclavitud. No hay muchos casos como yo, bien lo sabes; ni de estos
tipos que jamás, ni antes ni después de casados, tuvieron trapicheos,
entran muchos en libra. Cada cual en su época. Juanito, en la suya, no
puede ser mejor de lo que es, y si te empeñas en hacer de él un
anacronismo o una rareza, un _non_ como su padre, puede que lo eches a
perder.

Estas razones no convencían a Barbarita, que seguía con toda el alma
fija en los peligros y escollos de la Babilonia parisiense, porque había
oído contar horrores de lo que allí pasaba. Como que estaba infestada la
gran ciudad de unas mujeronas muy guapas y elegantes que al pronto
parecían duquesas, vestidas con los más bonitos y los más nuevos arreos
de la moda. Mas cuando se las veía y oía de cerca, resultaban ser unas
tiotas relajadas, comilonas, borrachas y ávidas de dinero, que
desplumaban y resecaban al pobrecito que en sus garras caía. Contábale
estas cosas el marqués de Casa-Muñoz que casi todos los veranos iba al
extranjero.

Las inquietudes de aquella incomparable señora acabaron con el regreso
de Juanito. ¡Y quién lo diría! Volvió mejor de lo que fue. Tanto hablar
de París, y cuando Barbarita creía ver entrar a su hijo hecho una
lástima, todo rechupado y anémico, se le ve más gordo y lucio que
antes, con mejor color y los ojos más vivos, muchísimo más alegre, más
hombre en fin, y con una amplitud de ideas y una puntería de juicio que
a todos dejaba pasmados. ¡Vaya con París!... El marqués de Casa-Muñoz
se lo decía a Barbarita: «No hay que _involucrar_, París es muy malo;
pero también es muy bueno».




-II-

Santa Cruz y Arnaiz. Vistazo histórico sobre el comercio matritense




--i--


Don Baldomero Santa Cruz era hijo de otro D. Baldomero Santa Cruz que en
el siglo pasado tuvo ya tienda de paños del Reino en la calle de la Sal,
en el mismo local que después ocupó D. Mauro Requejo. Había empezado el
padre por la más humilde jerarquía comercial, y a fuerza de trabajo,
constancia y orden, el hortera de 1796 tenía, por los años del 10 al 15,
uno de los más reputados establecimientos de la Corte en pañería
nacional y extranjera. Don Baldomero II, que así es forzoso llamarle
para distinguirle del fundador de la dinastía, heredó en 1848 el copioso
almacén, el sólido crédito y la respetabilísima firma de D. Baldomero I,
y continuando las tradiciones de la casa por espacio de veinte años más,
retirose de los negocios con un capital sano y limpio de quince millones
de reales, después de traspasar la casa a dos muchachos que servían en
ella, el uno pariente suyo y el otro de su mujer. La casa se denominó
desde entonces _Sobrinos de Santa Cruz_, y a estos sobrinos, D.
Baldomero y Barbarita les llamaban familiarmente _los Chicos_.

En el reinado de D. Baldomero I, o sea desde los orígenes hasta 1848, la
casa trabajó más en géneros del país que en los extranjeros. Escaray y
Pradoluengo la surtían de paños, Brihuega de bayetas, Antequera de
pañuelos de lana. En las postrimerías de aquel reinado fue cuando la
casa empezó a trabajar en géneros _de fuera_, y la reforma arancelaria
de 1849 lanzó a D. Baldomero II a mayores empresas. No sólo realizó
contratos con las fábricas de Béjar y Alcoy para dar mejor salida a los
productos nacionales, sino que introdujo los famosos Sedanes para
levitas, y las telas que tanto se usaron del 45 al 55, aquellos
patencures, anascotes, cúbicas y chinchillas que ilustran la gloriosa
historia de la sastrería moderna. Pero de lo que más provecho sacó la
casa fue del ramo de capotes y uniformes para el Ejército y la Milicia
Nacional, no siendo tampoco despreciable el beneficio que obtuvo del
_artículo para capas_, el abrigo propiamente español que resiste a todas
las modas de vestir, como el garbanzo resiste a todas las modas de
comer. Santa Cruz, Bringas y Arnaiz el gordo, monopolizaban toda la
pañería de Madrid y surtían a los tenderos de la calle de Atocha, de la
Cruz y Toledo.

En las contratas de vestuario para el Ejército y Milicia Nacional, ni
Santa Cruz, ni Arnaiz, ni tampoco Bringas daban la cara. Aparecía como
contratista un tal Albert, de origen belga, que había empezado por
introducir paños extranjeros con mala fortuna. Este Albert era hombre
muy para el caso, activo, despabilado, seguro en sus tratos aunque no
estuvieran escritos. Fue el auxiliar eficacísimo de Casarredonda en sus
valiosas contratas de lienzos gallegos para la tropa. El pantalón blanco
de los soldados de hace cuarenta años ha sido origen de grandísimas
riquezas. Los _fardos de Coruñas y Viveros_ dieron a Casarredonda y al
tal Albert más dinero que a los Santa Cruz y a los Bringas los capotes y
levitas militares de Béjar, aunque en rigor de verdad estos comerciantes
no tenían por qué quejarse. Albert murió el 55, dejando una gran
fortuna, que heredó su hija casada con el sucesor de Muñoz, el de la
inmemorial ferretería de la calle de Tintoreros.

En el reinado de D. Baldomero II, las prácticas y procedimientos
comerciales se apartaron muy poco de la rutina heredada. Allí no se supo
nunca lo que era un anuncio en el Diario, ni se emplearon viajantes para
extender por las provincias limítrofes el negocio. El refrán de _el buen
paño en el arca se vende_ era verdad como un templo en aquel sólido y
bien reputado comercio. Los detallistas no necesitaban que se les
llamase a son de cencerro ni que se les embaucara con artes
charlatánicas. Demasiado sabían todos el camino de la casa, y las
metódicas y honradas costumbres de esta, la fijeza de los precios, los
descuentos que se hacían por pronto pago, los plazos que se daban, y
todo lo demás concerniente a la buena inteligencia entre vendedor y
parroquiano. El escritorio no alteró jamás ciertas tradiciones
venerandas del laborioso reinado de D. Baldomero I. Allí no se usaron
nunca estos copiadores de cartas que son una aplicación de la imprenta a
la caligrafía. La correspondencia se copiaba _a pulso_ por un empleado
que estuvo cuarenta años sentado en la misma silla delante del mismo
atril, y que por efecto de la costumbre casi copiaba la carta matriz de
su principal sin mirarla. Hasta que D. Baldomero realizó el traspaso, no
se supo en aquella casa lo que era un metro, ni se quitaron a la vara de
Burgos sus fueros seculares. Hasta pocos años antes del traspaso, no usó
Santa Cruz los sobres para cartas, y estas se cerraban sobre sí mismas.

No significaban tales rutinas terquedad y falta de luces. Por el
contrario, la clara inteligencia del segundo Santa Cruz y su
conocimiento de los negocios, sugeríanle la idea de que cada hombre
pertenece a su época y a su esfera propias, y que dentro de ellas debe
exclusivamente actuar. Demasiado comprendió que el comercio iba a sufrir
profunda transformación, y que no era él el llamado a dirigirlo por los
nuevos y más anchos caminos que se le abrían. Por eso, y porque ansiaba
retirarse y descansar, traspasó su establecimiento a los _Chicos_ que
habían sido deudos y dependientes suyos durante veinte años. Ambos eran
trabajadores y muy inteligentes. Alternaban en sus viajes al extranjero
para buscar y traer las _novedades_, alma del tráfico de telas. La
concurrencia crecía cada año, y era forzoso apelar al reclamo, recibir y
expedir viajantes, mimar al público, contemporizar y abrir cuentas
largas a los parroquianos, y singularmente a las parroquianas. Como los
_Chicos_ habían abarcado también el comercio de lanillas, merinos, telas
ligeras para vestidos de señora, pañolería, confecciones y otros
artículos de uso femenino, y además abrieron tienda al por menor y al
_vareo_, tuvieron que pasar por el inconveniente de las morosidades e
insolvencias que tanto quebrantan al comercio. Afortunadamente para
ellos, la casa tenía un crédito inmenso.

La casa del gordo Arnaiz era relativamente moderna. Se había hecho
pañero porque tuvo que quedarse con las existencias de Albert, para
indemnizarse de un préstamo que le hiciera en 1843. Trabajaba
exclusivamente en género extranjero; pero cuando Santa Cruz hizo su
traspaso a los Chicos, también Arnaiz se inclinaba a hacer lo mismo,
porque estaba ya muy rico, muy obeso, bastante viejo y no quería
trabajar. Daba y tomaba letras sobre Londres y representaba a dos
Compañías de seguros. Con esto tenía lo bastante para no aburrirse. Era
hombre que cuando se ponía a toser hacía temblar el edificio donde
estaba; excelente persona, librecambista rabioso, anglómano y solterón.
Entre las casas de Santa Cruz y Arnaiz no hubo nunca rivalidades; antes
bien, se ayudaban cuanto podían. El gordo y D. Baldomero tratáronse
siempre como hermanos en la vida social y como compañeros queridísimos
en la comercial, salvo alguna discusión demasiado agria sobre temas
arancelarios, porque Arnaiz había hecho la gracia de leer a Bastiat y
concurría a los _meetings_ de la Bolsa, no precisamente para oír y
callar, sino para echar discursos que casi siempre acababan en sofocante
tos. Trinaba contra todo arancel que no significara un simple recurso
fiscal, mientras que D. Baldomero, que en todo era templado, pretendía
que se conciliasen los intereses del comercio con los de la industria
española. «Si esos catalanes no fabrican más que adefesios --decía
Arnaiz entre tos y tos--, y reparten dividendos de sesenta por ciento a
los accionistas...».

--¡Dale!, ya pareció aquello--respondía don Baldomero--Pues yo te
probaré...

Solía no probar nada, ni el otro tampoco, quedándose cada cual con su
opinión; pero con estas sabrosas peloteras pasaban el tiempo. También
había entre estos dos respetables sujetos parentesco de afinidad, porque
doña Bárbara, esposa de Santa Cruz, era prima del gordo, hija de
Bonifacio Arnaiz, comerciante en pañolería de la China. Y escudriñando
los troncos de estos linajes matritenses, sería fácil encontrar que los
Arnaiz y los Santa Cruz tenían en sus diferentes ramas una savia común,
la savia de los Trujillos. «Todos somos unos--dijo alguna vez el gordo
en las expansiones de su humor festivo, inclinado a las sinceridades
democráticas--, tú por tu madre y yo por mi abuela, somos Trujillos
netos, _de patente_; descendemos de aquel Matías Trujillo que tuvo
albardería en la calle de Toledo allá por los tiempos del motín de capas
y sombreros. No lo invento yo; lo canta una escritura de juros que tengo
en mi casa. Por eso le he dicho ayer a nuestro pariente Ramón
Trujillo... ya sabéis que me le han hecho conde... le he dicho que
adopte por escudo un frontil y una jáquima con un letrero que diga:
_Pertenecí a Babieca_...».




--ii--


Nació Barbarita Arnaiz en la calle de Postas, esquina al callejón de San
Cristóbal, en uno de aquellos oprimidos edificios que parecen estuches o
casas de muñecas. Los techos se cogían con la mano; las escaleras había
que subirlas con el credo en la boca, y las habitaciones parecían
destinadas a la premeditación de algún crimen. Había moradas de estas, a
las cuales se entraba por la cocina. Otras tenían los pisos en declive,
y en todas ellas oíase hasta el respirar de los vecinos. En algunas se
veían mezquinos arcos de fábrica para sostener el entramado de las
escaleras, y abundaba tanto el yeso en la construcción como escaseaban
el hierro y la madera. Eran comunes las puertas de cuarterones, los
baldosines polvorosos, los cerrojos imposibles de manejar y las
vidrieras emplomadas. Mucho de esto ha desaparecido en las renovaciones
de estos últimos veinte años; pero la estrechez de las viviendas
subsiste.

Creció Bárbara en una atmósfera saturada de olor de sándalo, y las
fragancias orientales, juntamente con los vivos colores de la pañolería
chinesca, dieron acento poderoso a las impresiones de su niñez. Como se
recuerda a las personas más queridas de la familia, así vivieron y viven
siempre con dulce memoria en la mente de Barbarita los dos maniquís de
tamaño natural vestidos de mandarín que había en la tienda y en los
cuales sus ojos aprendieron a ver. La primera cosa que excitó la
atención naciente de la niña, cuando estaba en brazos de su niñera,
fueron estos dos pasmarotes de semblante lelo y desabrido, y sus
magníficos trajes morados. También había por allí una persona a quien la
niña miraba mucho, y que la miraba a ella con ojos dulces y cuajados de
candoroso chino. Era el retrato de Ayún, de cuerpo entero y tamaño
natural, dibujado y pintado con dureza, pero con gran expresión. Mal
conocido es en España el nombre de este peregrino artista, aunque sus
obras han estado y están a la vista de todo el mundo, y nos son
familiares como si fueran obra nuestra. Es el ingenio bordador de los
pañuelos de Manila, el inventor del tipo de rameado más vistoso y
elegante, el poeta fecundísimo de esos madrigales de crespón compuestos
con flores y rimados con pájaros. A este ilustre chino deben las
españolas el hermosísimo y característico chal que tanto favorece su
belleza, el mantón de Manila, al mismo tiempo señoril y popular, pues lo
han llevado en sus hombros la gran señora y la gitana. Envolverse en él
es como vestirse con un cuadro. La industria moderna no inventará nada
que iguale a la ingenua poesía del mantón, salpicado de flores,
flexible, pegadizo y mate, con aquel fleco que tiene algo de los enredos
del sueño y aquella brillantez de color que iluminaba las muchedumbres
en los tiempos en que su uso era general. Esta prenda hermosa se va
desterrando, y sólo el pueblo la conserva con admirable instinto. Lo
saca de las arcas en las grandes épocas de la vida, en los bautizos y en
las bodas, como se da al viento un himno de alegría en el cual hay una
estrofa para la patria. El mantón sería una prenda vulgar si tuviera la
ciencia del diseño; no lo es por conservar el carácter de las artes
primitivas y populares; es como la leyenda, como los cuentos de la
infancia, candoroso y rico de color, fácilmente comprensible y
refractario a los cambios de la moda.

Pues esta prenda, esta nacional obra de arte, tan nuestra como las
panderetas o los toros, no es nuestra en realidad más que por el uso; se
la debemos a un artista nacido a la otra parte del mundo, a un tal Ayún,
que consagró a nosotros su vida toda y sus talleres. Y tan agradecido
era el buen hombre al comercio español, que enviaba a los de acá su
retrato y los de sus catorce mujeres, unas señoras tiesas y pálidas como
las que se ven pintadas en las tazas, con los pies increíbles por lo
chicos y las uñas increíbles también por lo largas.

Las facultades de Barbarita se desarrollaron asociadas a la
contemplación de estas cosas, y entre las primeras conquistas de sus
sentidos, ninguna tan segura como la impresión de aquellas flores
bordadas con luminosos torzales, y tan frescas que parecía cuajarse en
ellas el rocío. En días de gran venta, cuando había muchas señoras en la
tienda y los dependientes desplegaban sobre el mostrador centenares de
pañuelos, la lóbrega tienda semejaba un jardín. Barbarita creía que se
podrían coger flores a puñados, hacer ramilletes o guirnaldas, llenar
canastillas y adornarse el pelo. Creía que se podrían deshojar y
también que tenían olor. Esto era verdad, porque despedían ese tufillo
de los embalajes asiáticos, mezcla de sándalo y de resinas exóticas que
nos trae a la mente los misterios budistas.

Más adelante pudo la niña apreciar la belleza y variedad de los abanicos
que había en la casa, y que eran una de las principales riquezas de
ella. Quedábase pasmada cuando veía los dedos de su mamá sacándolos de
las perfumadas cajas y abriéndolos como saben abrirlos los que comercian
en este artículo, es decir, con un desgaire rápido que no los estropea y
que hace ver al público la ligereza de la prenda y el blando rasgueo de
las varillas. Barbarita abría cada ojo como los de un ternero cuando su
mamá, sentándola sobre el mostrador, le enseñaba abanicos sin dejárselos
tocar; y se embebecía contemplando aquellas figuras tan monas, que no le
parecían personas, sino _chinos_, con las caras redondas y tersas como
hojitas de rosa, todos ellos risueños y estúpidos, pero muy lindos, lo
mismo que aquellas casas abiertas por todos lados y aquellos árboles que
parecían matitas de albahaca... ¡Y pensar que los árboles eran el té
nada menos, estas hojuelas retorcidas, cuyo zumo se toma para el dolor
de barriga...!

Ocuparon más adelante el primer lugar en el tierno corazón de la hija
de D. Bonifacio Arnaiz y en sus sueños inocentes, otras preciosidades
que la mamá solía mostrarle de vez en cuando, previa amonestación de no
tocarlos; objetos labrados en marfil y que debían de ser los juguetes
con que los ángeles se divertían en el Cielo. Eran al modo de torres de
muchos pisos, o barquitos con las velas desplegadas y muchos remos por
una y otra banda; también estuchitos, cajas para guantes y joyas,
botones y juegos lindísimos de ajedrez. Por el respeto con que su mamá
los cogía y los guardaba, creía Barbarita que contenían algo así como el
Viático para los enfermos, o lo que se da a las personas en la iglesia
cuando comulgan. Muchas noches se acostaba con fiebre porque no le
habían dejado satisfacer su anhelo de coger para sí aquellas monerías.
Hubiérase contentado ella, en vista de prohibición tan absoluta, con
aproximar la yema del dedo índice al pico de una de las torres; pero ni
aun esto... Lo más que se le permitía era poner sobre el tablero de
ajedrez que estaba en la vitrina de la ventana enrejada (entonces no
había escaparates), todas las piezas de un juego, no de los más finos, a
un lado las blancas, a otro las encarnadas.

Barbarita y su hermano Gumersindo, mayor que ella, eran los únicos hijos
de D. Bonifacio Arnaiz y de doña Asunción Trujillo. Cuando tuvo edad
para ello, fue a la escuela de una tal doña Calixta, sita en la calle
Imperial, en la misma casa donde estaba el Fiel Contraste. Las niñas con
quienes la de Arnaiz hacía mejores migas, eran dos de su misma edad y
vecinas de aquellos barrios, la una de la familia de Moreno, del dueño
de la droguería de la calle de Carretas, la otra de Muñoz, el
comerciante de hierros de la calle de Tintoreros. Eulalia Muñoz era muy
vanidosa, y decía que no había casa como la suya y que daba gusto verla
toda llena de unos pedazos de hierro _mu_ grandes, _del tamaño de la
caña de doña Calixta_, y tan pesados, tan pesados que ni cuatrocientos
hombres los podían levantar. Luego había un sin fin de martillos,
garfios, peroles _mu grandes, mu grandes_... «más anchos que este
cuarto». Pues, ¿y los paquetes de clavos? ¿Qué cosa había más bonita? ¿Y
las llaves que parecían de plata, y las planchas, y los anafres, y otras
cosas lindísimas? Sostenía que ella no necesitaba que sus papás le
comprasen muñecas, porque las hacía con un martillo, vistiéndolo con una
toalla. ¿Pues y las agujas que había en su casa? No se acertaban a
contar. Como que todo Madrid iba allí a comprar agujas, y su papá se
carteaba con el fabricante... Su papá recibía miles de cartas al día, y
las cartas olían a hierro... como que venían de Inglaterra, donde todo
es de hierro, hasta los caminos... «Sí, hija, sí, mi papá me lo ha
dicho. Los caminos están embaldosados de hierro, y por allí encima van
los coches echando demonios».

Llevaba siempre los bolsillos atestados de chucherías, que mostraba para
dejar bizcas a sus amigas. Eran tachuelas de cabeza dorada, corchetes,
argollitas pavonadas, hebillas, pedazos de papel de lija, vestigios de
muestrarios y de cosas rotas o descabaladas. Pero lo que tenía en más
estima, y por esto no lo sacaba sino en ciertos días, era su colección
de etiquetas, pedacitos de papel verde, recortados de los paquetes
inservibles, y que tenían el famoso escudo inglés, con la jarretiera, el
leopardo y el unicornio. En todas ellas se leía: Birmingham. «Veis...
este señor _Bermingán_ es el que se cartea con mi papá todos los días,
en inglés; y son tan amigos, que siempre le está diciendo que vaya allá;
y hace poco le mandó, dentro de una caja de clavos, un jamón ahumado que
olía como a chamusquina, y un pastelón así, mirad, del tamaño del
brasero de doña Calixta, que tenía dentro muchas pasas chiquirrininas, y
picaba como la guindilla; pero _mu_ rico, hijas, _mu_ rico».

La chiquilla de Moreno fundaba su vanidad en llevar papelejos con
figuritas y letras de colores, en los cuales se hablaba de píldoras, de
barnices o de ingredientes para teñirse el pelo. Los mostraba uno por
uno, dejando para el final el gran efecto, que consistía en sacar de
súbito el pañuelo y ponerlo en las narices de sus amigas, diciéndoles:
_goled_. Efectivamente, quedábanse las otras medio desvanecidas con el
fuerte olor de agua de Colonia o de los _siete ladrones_, que el pañuelo
tenía. Por un momento, la admiración las hacía enmudecer; pero poco a
poco íbanse reponiendo, y Eulalia, cuyo orgullo rara vez se daba por
vencido, sacaba un tornillo dorado sin cabeza, o un pedazo de talco, con
el cual decía que iba a hacer un espejo. Difícil era borrar la grata
impresión y el éxito del perfume. La ferretera, algo corrida, tenía que
guardar los trebejos, después de oír comentarios verdaderamente
injustos. La de la droguería hacía muchos ascos, diciendo: «¡Uy, cómo
apesta eso, hija, guarda, guarda esas ordinarieces!».

Al siguiente día, Barbarita, que no quería dar su brazo a torcer,
llevaba unos papelitos muy raros de pasta, todos llenos de garabatos
chinescos. Después de darse mucha importancia, haciendo que lo enseñaba
y volviéndolo a guardar, con lo cual la curiosidad de las otras llegaba
al punto de la desazón nerviosa, de repente ponía el papel en las
narices de sus amigas, diciendo en tono triunfal: «¿Y eso?». Quedábanse
Castita y Eulalia atontadas con el aroma asiático, vacilando entre la
admiración y la envidia; pero al fin no tenían más remedio que humillar
su soberbia ante el olorcillo aquel de la niña de Arnaiz, y le pedían
por Dios que las dejase catarlo más. Barbarita no gustaba de prodigar su
tesoro, y apenas acercaba el papel a las respingadas narices de las
otras, lo volvía a retirar con movimiento de cautela y avaricia,
temiendo que la fragancia se marchara por los respiraderos de sus
amigas, como se escapa el humo por el cañón de una chimenea. El tiro de
aquellos olfatorios era tremendo. Por último, las dos amiguitas y otras
que se acercaron movidas de la curiosidad, y hasta la propia doña
Calixta, que solía descender a la familiaridad con las alumnas ricas,
reconocían, por encima de todo sentimiento envidioso, que ninguna niña
tenía cosas tan bonitas como la de la tienda de Filipinas.




--iii--


Esta niña y otras del barrio, bien apañaditas por sus respectivas mamás,
peinadas a estilo de maja, con peineta y flores en la cabeza, y sobre
los hombros pañuelo de Manila de los que llaman de talle, se reunían en
un portal de la calle de Postas para pedir _el cuartito para la Cruz de
Mayo_, el 3 de dicho mes, repicando en una bandeja de plata, junto a una
mesilla forrada de damasco rojo. Los dueños de la casa llamada _del
portal de la Virgen_, celebraban aquel día una simpática fiesta y ponían
allí, junto al mismo taller de cucharas y molinillos que todavía
existe, un altar con la cruz enramada, muchas velas y algunas figuras de
nacimiento. A la Virgen, que aún se venera allí, la enramaban también
con yerbas olorosas, y el fabricante de cucharas, que era gallego, se
ponía la montera y el chaleco encarnado. Las pequeñuelas, si los mayores
se descuidaban, rompían la consigna y se echaban a la calle, en reñida
competencia con otras chiquillas pedigüeñas, correteando de una acera a
otra, deteniendo a los señores que pasaban, y acosándoles hasta obtener
el ochavito. Hemos oído contar a la propia Barbarita que para ella no
había dicha mayor que pedir para la Cruz de Mayo, y que los caballeros
de entonces eran en esto mucho más galantes que los de ahora, pues no
desairaban a ninguna niña bien vestidita que se les colgara de los
faldones.

Ya había completado la hija de Arnaiz su educación (que era harto
sencilla en aquellos tiempos y consistía en leer sin acento, escribir
sin ortografía, contar haciendo trompetitas con la boca, y bordar con
punto de marca el dechado), cuando perdió a su padre. Ocupaciones serias
vinieron entonces a robustecer su espíritu y a redondear su carácter. Su
madre y hermano, ayudados del gordo Arnaiz, emprendieron el inventario
de la casa, en la cual había algún desorden. Sobre las existencias de
pañolería no se hallaron datos ciertos en los libros de la tienda, y al
contarlas apareció más de lo que se creía. En el sótano estaban, muertos
de risa, varios fardos de cajas que aún no habían sido abiertos. Además
de esto, las casas importadoras de Cádiz, Cuesta y Rubio, anunciaban dos
remesas considerables que estaban ya en camino. No había más remedio que
cargar con todo aquel exceso de género, lo que realmente era una
contrariedad comercial en tiempos en que parecía iniciarse la
generalización de los abrigos _confeccionados_, notándose además en la
clase popular tendencias a vestirse como la clase media. La decadencia
del mantón de Manila empezaba a iniciarse, porque si los pañuelos
llamados de talle, que eran los más baratos, se vendían bien en Madrid
(mayormente el día de San Lorenzo, para la

_parroquia de la chinche_) y tenían regular salida para Valencia y
Málaga, en cambio el gran mantón, los ricos chales de tres, cuatro y
cinco mil reales se vendían muy poco, y pasaban meses sin que ninguna
parroquiana se atreviera con ellos.

Los herederos de Arnaiz, al inventariar la riqueza de la casa, que sólo
en aquel artículo no bajaba de cincuenta mil duros, comprendieron que se
aproximaba una crisis. Tres o cuatro meses emplearon en clasificar,
ordenar, poner precios, confrontar los apuntes de don Bonifacio con la
correspondencia y las facturas venidas directamente de Cantón o
remitidas por las casas de Cádiz. Indudablemente el difunto Arnaiz no
había visto claro al hacer tantos pedidos; se cegó, deslumbrado por
cierta alucinación mercantil; tal vez sintió demasiado _el amor al
artículo_ y fue más artista que comerciante. Había sido dependiente y
socio de la Compañía de Filipinas, liquidada en 1833, y al emprender por
sí el negocio de pañolería de Cantón, creía conocerlo mejor que nadie.
En verdad que lo conocía; pero tenía una fe imprudente en la perpetuidad
de aquella prenda, y algunas ideas supersticiosas acerca de la afinidad
del pueblo español con los espléndidos crespones rameados de mil
colores. «Mientras más chillones--decía--, más venta».

En esto apareció en el extremo Oriente un nuevo artista, un genio que
acabó de perturbar a D. Bonifacio. Este innovador fue Senquá, del cual
puede decirse que representaba con respecto a Ayún, en aquel arte
budista, lo que en la música representaba Beethoven con respecto a
Mozart. Senquá modificó el estilo de Ayún, dándole más amplitud,
variando más los tonos, haciendo, en fin, de aquellas sonatas graciosas,
poéticas y elegantes, sinfonías poderosas con derroche de vida,
combinaciones nuevas y atrevimientos admirables. Ver D. Bonifacio las
primeras muestras del estilo de Senquá y chiflarse por completo, fue
todo uno. «¡Barástolis!, ¡esto es la gloria divina--decía--; es mucho
chino este...!». Y de tal entusiasmo nacieron pedidos imprudentes y el
grave error mercantil, cuyas consecuencias no pudo apreciar aquel
excelente hombre, porque le cogió la muerte.

El inventario de abanicos, tela de nipis, crudillo de seda, tejidos de
Madrás y objetos de marfil también arrojaba cifras muy altas, y se hizo
minuciosamente. Entonces pasaron por las manos de Barbarita todas las
preciosidades que en su niñez le parecían juguetes y que le habían
producido fiebre. A pesar de la edad y del juicio adquirido con ella, no
vio nunca con indiferencia tales chucherías, y hoy mismo declara que
cuando cae en sus manos alguno de aquellos delicados campanarios de
marfil, le dan ganas de guardárselo en el seno y echar a correr.

Cumplidos los quince años, era Barbarita una chica bonitísima,
torneadita, fresca y sonrosada, de carácter jovial, inquieto y un tanto
burlón. No había tenido novio aún, ni su madre se lo permitía.
Diferentes moscones revoloteaban alrededor de ella, sin resultado. La
mamá tenía sus proyectos, y empezaba a tirar acertadas líneas para
realizarlos. Las familias de Santa Cruz y Arnaiz se trataban con amistad
casi íntima, y además tenían vínculos de parentesco con los Trujillos.
La mujer de don Baldomero I y la del difunto Arnaiz eran primas
segundas, floridas ramas de aquel nudoso tronco, de aquel albardero de
la calle de Toledo, cuya historia sabía tan bien el gordo Arnaiz. Las
dos primas tuvieron un pensamiento feliz, se lo comunicaron una a otra,
asombráronse de que se les hubiera ocurrido a las dos la misma cosa...
«ya se ve, era tan natural...» y aplaudiéndose recíprocamente,
resolvieron convertirlo en realidad dichosa. Todos los descendientes del
extremeño aquel de los aparejos borricales se distinguían siempre por su
costumbre de trazar una línea muy corta y muy recta entre la idea y el
hecho. La idea era casar a Baldomerito con Barbarita.

Muchas veces había visto la hija de Arnaiz al chico de Santa Cruz; pero
nunca le pasó por las mientes que sería su marido, porque el tal, no
sólo no le había dicho nunca media palabra de amores, sino que ni
siquiera la miraba como miran los que pretenden ser mirados. Baldomero
era juicioso, muy bien parecido, fornido y de buen color, cortísimo de
genio, sosón como una calabaza, y de tan pocas palabras que se podían
contar siempre que hablaba. Su timidez no decía bien con su corpulencia.
Tenía un mirar leal y cariñoso, _como el de un gran perro de aguas_.

Pasaba por la honestidad misma, iba a misa todos los días que lo mandaba
la Iglesia, rezaba el rosario con la familia, trabajaba diez horas
diarias o más en el escritorio sin levantar cabeza, y no gastaba el
dinero que le daban sus papás. A pesar de estas raras dotes, Barbarita,
si alguna vez le encontraba en la calle o en la tienda de Arnaiz o en la
casa, lo que acontecía muy pocas veces, le miraba con el mismo interés
con que se puede mirar una saca de carbón o un fardo de tejidos. Así es
que se quedó como quien ve visiones cuando su madre, cierto día de
precepto, al volver de la iglesia de Santa Cruz, donde ambas confesaron
y comulgaron, le propuso el casamiento con Baldomerito. Y no empleó para
esto circunloquios ni diplomacias de palabra, sino que se fue al asunto
con estilo llano y decidido. ¡Ah, la línea recta de los Trujillos...!

Aunque Barbarita era desenfadada en el pensar, pronta en el responder, y
sabía sacudirse una mosca que le molestase, en caso tan grave se quedó
algo mortecina y tuvo vergüenza de decir a su mamá que no quería maldita
cosa al chico de Santa Cruz... Lo iba a decir; pero la cara de su madre
pareciole de madera. Vio en aquel entrecejo la línea corta y sin curvas,
la barra de acero trujillesca, y la pobre niña sintió miedo, ¡ay qué
miedo! Bien conoció que su madre se había de poner como una leona, si
ella se salía con la inocentada de querer más o menos. Callose, pues,
como en misa, y a cuanto la mamá le dijo aquel día y los subsiguientes
sobre el mismo tema del casorio, respondía con signos y palabras de
humilde aquiescencia. No cesaba de sondear su propio corazón, en el cual
encontraba a la vez pena y consuelo. No sabía lo que era amor; tan sólo
lo sospechaba. Verdad que no quería a su novio; pero tampoco quería a
otro. En caso de querer a alguno, este alguno podía ser aquel.

Lo más particular era que Baldomero, después de concertada la boda, y
cuando veía regularmente a su novia, no le decía de cosas de amor ni una
miaja de letra, aunque las breves ausencias de la mamá, que solía
dejarles solos un ratito, le dieran ocasión de lucirse como galán. Pero
nada... Aquel zagalote guapo y desabrido no sabía salir en su
conversación de las rutinas más triviales. Su timidez era tan
ceremoniosa como su levita de paño negro, de lo mejor de Sedán, y que
parecía, usada por él, como un reclamo del buen género de la casa.
Hablaba de los reverberos que había puesto el marqués de Pontejos, del
cólera del año anterior, de la degollina de los frailes, y de las muchas
casas magníficas que se iban a edificar en los solares de los derribados
conventos. Todo esto era muy bonito para dicho en la tertulia de una
tienda; pero sonaba a cencerrada en el corazón de una doncella, que no
estando enamorada, tenía ganas de estarlo.

También pensaba Barbarita, oyendo a su novio, que la procesión iba por
dentro y que el pobre chico, a pesar de ser tan grandullón, no tenía
alma para sacarla fuera. «¿Me querrá?» se preguntaba la novia. Pronto
hubo de sospechar que si Baldomerito no le hablaba de amor
explícitamente, era por pura cortedad y por no saber cómo arrancarse;
pero que estaba enamorado hasta las gachas, reduciéndose a declararlo
con delicadezas, complacencias y puntualidades muy expresivas. Sin duda
el amor más sublime es el más discreto, y las bocas más elocuentes
aquellas en que no puede entrar ni una mosca. Mas no se tranquilizaba la
joven razonando así, y el sobresalto y la incertidumbre no la dejaban
vivir. «¡Si también le estaré yo queriendo sin saberlo!» pensaba. ¡Oh!,
no; interrogándose y respondiéndose con toda lealtad, resultaba que no
le quería absolutamente nada. Verdad que tampoco le aborrecía, y algo
íbamos ganando.

Y en este desabridísimo noviazgo pasaron algunos meses, al cabo de los
cuales Baldomero se soltó y despabiló algo. Su boca se fue desellando
poquito a poco hasta que rompió, como un erizo de castaña que madura y
se abre, dejando ver el sazonado fruto. Palabra tras palabra, fue
soltando las castañas, aquellas ideas elaboradas y guardadas con
religiosa maternidad, como esconde Naturaleza sus obras en gestación.
Llegó por fin el día señalado para la boda, que fue el 3 de Mayo de
1835, y se casaron en Santa Cruz, sin aparato, instalándose en la casa
del esposo, que era una de las mejores del barrio, en la plazuela de la
Leña.




--iv--


A los dos meses de casados, y después de una temporadilla en que
Barbarita estuvo algo distraída, melancólica y como con ganas de llorar,
alarmando mucho a su madre, empezaron a notarse en aquel matrimonio, en
tan malas condiciones hecho, síntomas de idilio. Baldomero parecía otro.
En el escritorio canturriaba, y buscaba pretextos para salir, subir a la
casa y decir una palabrita a su mujer, cogiéndola en los pasillos o
donde la encontrase. También solía equivocarse al sentar una partida, y
cuando firmaba la correspondencia, daba a los rasgos de la tradicional
rúbrica de la casa una amplitud de trazo verdaderamente grandiosa,
terminando el rasgo final hacia arriba como una invocación de gratitud
dirigida al Cielo. Salía muy poco, y decía a sus amigos íntimos que no
se cambiaría por un Rey, ni por su tocayo Espartero, pues no había
felicidad semejante a la suya. Bárbara manifestaba a su madre con gozo
discreto, que Baldomero no le daba el más mínimo disgusto; que los dos
caracteres se iban armonizando perfectamente, que él era bueno como el
mejor pan y que tenía mucho talento, un talento que se descubría donde
y como debe descubrirse, en las ocasiones. En cuanto estaba diez minutos
en la casa materna, ya no se la podía aguantar, porque se ponía
desasosegaba y buscaba pretextos para marcharse diciendo: «Me voy, que
está mi marido solo».

El idilio se acentuaba cada día, hasta el punto de que la madre de
Barbarita, disimulando su satisfacción, decía a esta: «Pero, hija, vais
a dejar tamañitos a los _Amantes de Teruel_». Los esposos salían a paseo
juntos todas las tardes. Jamás se ha visto a D. Baldomero II en un
teatro sin tener al lado a su mujer. Cada día, cada mes y cada año, eran
más tórtolos, y se querían y estimaban más. Muchos años después de
casados, parecía que estaban en la luna de miel. El marido ha mirado
siempre a su mujer como una criatura sagrada, y Barbarita ha visto
siempre en su esposo el hombre más completo y digno de ser amado que en
el mundo existe. Cómo se compenetraron ambos caracteres, cómo se formó
la conjunción inaudita de aquellas dos almas, sería muy largo de contar.
El señor y la señora de Santa Cruz, que aún viven y ojalá vivieran mil
años, son el matrimonio más feliz y más admirable del presente siglo.
Debieran estos nombres escribirse con letras de oro en los antipáticos
salones de la Vicaría, para eterna ejemplaridad de las generaciones
futuras, y debiera ordenarse que los sacerdotes, al leer la epístola de
San Pablo, incluyeran algún parrafito, en latín o castellano, referente
a estos excelsos casados. Doña Asunción Trujillo, que falleció en 1841
en un día triste de Madrid, el día en que fusilaron al general León,
salió de este mundo con el atrevido pensamiento de que para alcanzar la
bienaventuranza no necesitaba alegar más título que el de autora de
aquel cristiano casamiento. Y que no le disputara esta gloria Juana
Trujillo, madre de Baldomero, la cual había muerto el año anterior,
porque Asunción probaría ante todas las cancillerías celestiales que a
ella se le había ocurrido la sublime idea antes que a su prima.

Ni los años, ni las menudencias de la vida han debilitado nunca el
profundísimo cariño de estos benditos cónyuges. Ya tenían canas las
cabezas de uno y otro, y D. Baldomero decía a todo el que quisiera oírle
que amaba a su mujer _como el primer día_. Juntos siempre en el paseo,
juntos en el teatro, pues a ninguno de los dos le gusta la función si el
otro no la ve también. En todas las fechas que recuerdan algo dichoso
para la familia, se hacen recíprocamente sus regalitos, y para colmo de
felicidad, ambos disfrutan de una salud espléndida. El deseo final del
señor de Santa Cruz es que ambos se mueran juntos, el mismo día y a la
misma hora, en el mismo lecho nupcial en que han dormido toda su vida.

Les conocí en 1870. D. Baldomero tenía ya sesenta años, Barbarita
cincuenta y dos. Él era un señor de muy buena presencia, el pelo
entrecano, todo afeitado, colorado, fresco, más joven que muchos hombres
de cuarenta, con toda la dentadura completa y sana, ágil y bien
dispuesto, sereno y festivo, la mirada dulce, siempre la mirada aquella
de perrazo de Terranova. Su esposa pareciome, para decirlo de una vez,
una mujer guapísima, casi estoy por decir monísima. Su cara tenía la
frescura de las rosas cogidas, pero no ajadas todavía, y no usaba más
afeite que el agua clara. Conservaba una dentadura ideal y un cuerpo
que, aun sin corsé, daba quince y raya a muchas fantasmonas exprimidas
que andan por ahí. Su cabello se había puesto ya enteramente blanco, lo
cual la favorecía más que cuando lo tenía entrecano. Parecía pelo
empolvado a estilo Pompadour, y como lo tenía tan rizoso y tan bien
partido sobre la frente, muchos sostenían que ni allí había canas ni
Cristo que lo fundó. Si Barbarita presumiera, habría podido recortar muy
bien los cincuenta y dos años plantándose en los treinta y ocho, sin que
nadie le sacara la cuenta, porque la fisonomía y la expresión eran de
juventud y gracia, iluminadas por una sonrisa que era la pura miel...
Pues si hubiera querido presumir con malicia, ¡digo...!, a no ser lo
que era, una matrona respetabilísima con toda la sal de Dios en su
corazón, habría visto acudir los hombres como acuden las moscas a una de
esas frutas que, por lo muy maduras, principian a arrugarse, y les
chorrea por la corteza todo el azúcar.

¿Y Juanito? Pues Juanito fue esperado desde el primer año de aquel
matrimonio sin par. Los felices esposos contaban con él este mes, el que
viene y el otro, y estaban viéndole venir y deseándole como los judíos
al Mesías. A veces se entristecían con la tardanza; pero la fe que
tenían en él les reanimaba. Si tarde o temprano había de venir... era
cuestión de paciencia. Y el muy pillo puso a prueba la de sus padres,
porque se entretuvo diez años por allá, haciéndoles rabiar. No se dejaba
ver de Barbarita más que en sueños, en diferentes aspectos infantiles,
ya comiéndose los puños cerrados, la cara dentro de un gorro con muchos
encajes, ya talludito, con su escopetilla al hombro y mucha picardía en
los ojos. Por fin Dios le mandó en carne mortal, cuando los esposos
empezaron a quejarse de la Providencia y a decir que les había engañado.
Día de júbilo fue aquel de Septiembre de 1845 en que vino a ocupar su
puesto en el más dichoso de los hogares Juanito Santa Cruz. Fue padrino
del crío el gordo Arnaiz, quien dijo a Barbarita: «A mí no me la das tú.
Aquí ha habido matute. Este ternero lo has traído de la Inclusa para
engarnos... ¡Ah!, estos proteccionistas no son más que contrabandistas
disfrazados».

Criáronle con regalo y exquisitos cuidados, pero sin mimo. D. Baldomero
no tenía carácter para poner un freno a su estrepitoso cariño paternal,
ni para meterse en severidades de educación y formar al chico como le
formaron a él. Si su mujer lo permitiera, habría llevado Santa Cruz su
indulgencia hasta consentir que el niño hiciera en todo su real gana.
¿En qué consistía que habiendo sido él educado tan rígidamente por D.
Baldomero I, era todo blanduras con su hijo? ¡Efectos de la evolución
educativa, paralela de la evolución política! Santa Cruz tenía muy
presentes las ferocidades disciplinarias de su padre, los castigos que
le imponía, y las privaciones que le había hecho sufrir. Todas las
noches del año le obligaba a rezar el rosario con los dependientes de la
casa; hasta que cumplió los veinticinco nunca fue a paseo solo, sino en
corporación con los susodichos dependientes; el teatro no lo cataba sino
el día de Pascua, y le hacían un trajecito nuevo cada año, el cual no se
ponía más que los domingos. Teníanle trabajando en el escritorio o en el
almacén desde las nueve de la mañana a las ocho de la noche, y había de
servir para todo, lo mismo para mover un fardo que para escribir
cartas. Al anochecer, solía su padre echarle los tiempos por encender el
velón de cuatro mecheros antes de que las tinieblas fueran completamente
dueñas del local. En lo tocante a juegos, no conoció nunca más que el
mus, y sus bolsillos no supieron lo que era un cuarto hasta mucho
después del tiempo en que empezó a afeitarse. Todo fue rigor, trabajo,
sordidez. Pero lo más particular era que creyendo D. Baldomero que tal
sistema había sido eficacísimo para formarle a él, lo tenía por
deplorable tratándose de su hijo. Esto no era una falta de lógica, sino
la consagración práctica de la idea madre de aquellos tiempos, el
progreso. ¿Qué sería del mundo sin progreso?, pensaba Santa Cruz, y al
pensarlo sentía ganas de dejar al chico entregado a sus propios
instintos. Había oído muchas veces a los economistas que iban de
tertulia a casa de Cantero, la célebre frase _laissez aller, laissez
passer_... El gordo Arnaiz y su amigo Pastor, el economista, sostenían
que todos los grandes problemas se resuelven por sí mismos, y D. Pedro
Mata opinaba del propio modo, aplicando a la sociedad y a la política el
sistema de la medicina expectante. La naturaleza se cura sola; no hay
más que dejarla. Las fuerzas reparatrices lo hacen todo, ayudadas del
aire. El hombre se educa sólo en virtud de las suscepciones constantes
que determina en su espíritu la conciencia, ayudada del ambiente social.
D. Baldomero no lo decía así; pero sus vagas ideas sobre el asunto se
condensaban en una expresión de moda y muy socorrida: «el mundo marcha».

Felizmente para Juanito, estaba allí su madre, en quien se equilibraban
maravillosamente el corazón y la inteligencia. Sabía coger las
disciplinas cuando era menester, y sabía ser indulgente a tiempo. Si no
le pasó nunca por las mientes obligar a rezar el rosario a un chico que
iba a la Universidad y entraba en la cátedra de Salmerón, en cambio no
le dispensó del cumplimiento de los deberes religiosos más elementales.
Bien sabía el muchacho que si hacía novillos a la misa de los domingos,
no iría al teatro por la tarde, y que si no sacaba buenas notas en
Junio, no había dinero para el bolsillo, ni toros, ni excursiones por el
campo con Estupiñá (luego hablaré de este tipo) para cazar pájaros con
red o liga, ni los demás divertimientos con que se recompensaba su
aplicación.

Mientras estudió la segunda enseñanza en el colegio de Masarnau, donde
estaba a media pensión, su mamá le repasaba las lecciones todas las
noches, se las metía en el cerebro a puñados y a empujones, como se mete
la lana en un cojín. Ved por dónde aquella señora se convirtió en
sibila, intérprete de toda la ciencia humana, pues le descifraba al
niño los puntos oscuros que en los libros había, y aclaraba todas sus
dudas, allá como Dios le daba a entender. Para manifestar hasta dónde
llegaba la sabiduría enciclopédica de doña Bárbara, estimulada por el
amor materno, baste decir que también le traducía los temas de latín,
aunque en su vida había ella sabido palotada de esta lengua. Verdad que
era traducción libre, mejor dicho, liberal, casi demagógica. Pero Fedro
y Cicerón no se hubieran incomodado si estuvieran oyendo por encima del
hombro de la maestra, la cual sacaba inmenso partido de lo poco que el
discípulo sabía. También le cultivaba la memoria, descargándosela de
fárrago inútil, y le hacía ver claros los problemas de aritmética
elemental, valiéndose de garbanzos o judías, pues de otro modo no andaba
ella muy a gusto por aquellos derroteros. Para la Historia Natural,
solía la maestra llamar en su auxilio al león del Retiro, y únicamente
en la Química se quedaban los dos parados, mirándose el uno al otro,
concluyendo ella por meterle en la memoria las fórmulas, después de
observar que estas cosas no las entienden más que los boticarios, y que
todo se reduce a si se pone más o menos cantidad de agua del pozo.
Total: que cuando Juan se hizo bachiller en Artes, Barbarita declaraba
riendo que con estos teje-manejes se había vuelto, sin saberlo, una doña
Beatriz Galindo para latines y una catedrática universal.




--v--


En este interesante periodo de la crianza del heredero, desde el 45 para
acá, sufrió la casa de Santa Cruz la transformación impuesta por los
tiempos, y que fue puramente externa, continuando inalterada en lo
esencial. En el escritorio y en el almacén aparecieron los primeros
mecheros de gas hacia el año 49, y el famoso velón de cuatro luces
recibió tan tremenda bofetada de la dura mano del progreso, que no se le
volvió a ver más por ninguna parte. En la caja habían entrado ya los
primeros billetes del Banco de San Fernando, que sólo se usaban para el
pago de letras, pues el público los miraba aún con malos ojos. Se
hablaba aún de talegas, y la operación de contar cualquier cantidad era
obra para que la desempeñara Pitágoras u otro gran aritmético, pues con
los doblones y ochentines, las pesetas catalanas, los duros españoles,
los de veintiuno y cuartillo, las onzas, las pesetas columnarias y las
monedas macuquinas, se armaba un belén espantoso.

Aún no se conocían el sello de correo, ni los sobres ni otras conquistas
del citado progreso. Pero ya los dependientes habían empezado a
sacudirse las cadenas; ya no eran aquellos parias del tiempo de D.
Baldomero I, a quienes no se permitía salir sino los domingos y en
comunidad, y cuyo vestido se confeccionaba por un patrón único, para que
resultasen uniformados como colegiales o presidiarios. Se les dejaba
concurrir a los bailes de Villahermosa o de candil, según las aficiones
de cada uno. Pero en lo que no hubo variación fue en aquel piadoso
atavismo de hacerles rezar el rosario todas las noches. Esto no pasó a
la historia hasta la época reciente del traspaso a _los Chicos_.
Mientras fue D. Baldomero jefe de la casa, esta no se desvió en lo
esencial de los ejes diamantinos sobre que la tenía montada el padre, a
quien se podría llamar _D. Baldomero el Grande_. Para que el progreso
pusiera su mano en la obra de aquel hombre extraordinario, cuyo retrato,
debido al pincel de D. Vicente López, hemos contemplado con satisfacción
en la sala de sus ilustres descendientes, fue preciso que todo Madrid se
transformase; que la desamortización edificara una ciudad nueva sobre
los escombros de los conventos; que el Marqués de Pontejos adecentase
este lugarón; que las reformas arancelarias del 49 y del 68, pusieran
patas arriba todo el comercio madrileño; que el grande ingenio de
Salamanca idease los primeros ferrocarriles; que Madrid se _colocase_,
por arte del vapor, a cuarenta horas de París, y por fin, que hubiera
muchas guerras y revoluciones y grandes trastornos en la riqueza
individual.

También la casa de Gumersindo Arnaiz, hermano de Barbarita, ha pasado
por grandes crisis y mudanzas desde que murió D. Bonifacio. Dos años
después del casamiento de su hermana con Santa Cruz, casó Gumersindo con
Isabel Cordero, hija de D. Benigno Cordero, mujer de gran disposición,
que supo ver claro en el negocio de tiendas y ha sido la salvadora de
aquel acreditado establecimiento. Comprometido éste del 40 al 45, por
los últimos errores del difunto Arnaiz, se defendió con los _mahones_,
aquellas telas ligeras y frescas que tanto se usaron hasta el 54. El
género de China decaía visiblemente. Las galeras aceleradas iban
trayendo a Madrid cada día con más presteza las novedades parisienses, y
se apuntaba la invasión lenta y tiránica de los medios colores, que
pretenden ser signo de cultura. La sociedad española empezaba a presumir
de _seria_; es decir, a vestirse lúgubremente, y el alegre imperio de
los colorines se derrumbaba de un modo indudable. Como se habían ido las
capas rojas, se fueron los pañuelos de Manila. La aristocracia los cedía
con desdén a la clase media, y esta, que también quería ser aristócrata,
entregábalos al pueblo, último y fiel adepto de los matices vivos. Aquel
encanto de los ojos, aquel prodigio de color, remedo de la naturaleza
sonriente, encendida por el sol de Mediodía, empezó a perder terreno,
aunque el pueblo, con instinto de colorista y poeta, defendía la prenda
española como defendió el parque de Monteleón y los reductos de
Zaragoza. Poco a poco iba cayendo el chal de los hombros de las mujeres
hermosas, porque la sociedad se empeñaba en parecer grave, y para ser
grave nada mejor que envolverse en tintas de tristeza. Estamos bajo la
influencia del Norte de Europa, y ese maldito Norte nos impone los
grises que toma de su ahumado cielo. El sombrero de copa da mucha
respetabilidad a la fisonomía, y raro es el hombre que no se cree
importante sólo con llevar sobre la cabeza un cañón de chimenea. Las
señoras no se tienen por tales si no van vestidas de color de hollín,
ceniza, rapé, verde botella o pasa de corinto. Los tonos vivos las
encanallan, porque el pueblo ama el rojo bermellón, el amarillo tila, el
cadmio y el verde forraje; y está tan arraigado en la plebe el
sentimiento del color, que la _seriedad_ no ha podido establecer su
imperio sino transigiendo. El pueblo ha aceptado el oscuro de las capas,
imponiendo el rojo de las vueltas; ha consentido las capotas,
conservando las mantillas y los pañuelos chillones para la cabeza; ha
transigido con los gabanes y aun con el _polisón_, a cambio de las
toquillas de gama clara, en que domina el celeste, el rosa y el amarillo
de Nápoles. El crespón es el que ha ido decayendo desde 1840, no sólo
por la citada evolución de la _seriedad_ europea, que nos ha cogido de
medio a medio, sino por causas económicas a las que no podíamos
sustraernos.

Las comunicaciones rápidas nos trajeron mensajeros de la potente
industria belga, francesa e inglesa, que necesitaban mercados. Todavía
no era moda ir a buscarlos al África, y los venían a buscar aquí,
cambiando cuentas de vidrio por pepitas de oro; es decir, lanillas,
cretonas y merinos, por dinero contante o por obras de arte. Otros
mensajeros saqueaban nuestras iglesias y nuestros palacios, llevándose
los brocados históricos de casullas y frontales, el tisú y los
terciopelos con bordados y aplicaciones, y otras muestras riquísimas de
la industria española. Al propio tiempo arramblaban por los espléndidos
pañuelos de Manila, que habían ido descendiendo hasta las gitanas.
También se dejó sentir aquí, como en todas partes, el efecto de otro
fenómeno comercial, hijo del progreso. Refiérome a los grandes
acaparamientos del comercio inglés, debidos al desarrollo de su inmensa
marina. Esta influencia se manifestó bien pronto en aquellos humildes
rincones de la calle de Postas por la depreciación súbita del género de
la China. Nada más sencillo que esta depreciación. Al fundar los
ingleses el gran depósito comercial de Singapore, monopolizaron el
tráfico del Asia y arruinaron el comercio que hacíamos por la vía de
Cádiz y cabo de Buena Esperanza con aquellas apartadas regiones. Ayún y
Senquá dejaron de ser nuestros mejores amigos, y se hicieron amigos de
los ingleses. El sucesor de estos artistas, el fecundo e inspirado
King-Cheong se cartea en inglés con nuestros comerciantes y da sus
precios en libras esterlinas. Desde que Singapore apareció en la
geografía práctica, el género de Cantón y Shangai dejó de venir en
aquellas pesadas fragatonas de los armadores de Cádiz, los Fernández de
Castro, los Cuesta, los Rubio; y la dilatada travesía del Cabo pasó a la
historia como apéndice de los fabulosos trabajos de Vasco de Gama y de
Alburquerque. La vía nueva trazáronla los vapores ingleses combinados
con el ferrocarril de Suez.

Ya en 1840 las casas que traían directamente el género de Cantón no
podían competir con las que lo encargaban a Liverpool. Cualquier
mercachifle de la calle de Postas se proveía de este artículo sin ir a
tomarlo en los dos o tres depósitos que en Madrid había. Después las
corrientes han cambiado otra vez, y al cabo de muchos años ha vuelto a
traer España directamente las obras de King-Cheong; mas para esto ha
sido preciso que viniera la gran vigorización del comercio después del
68 y la robustez de los capitales de nuestros días.

El establecimiento de Gumersindo Arnaiz se vio amenazado de ruina,
porque las tres o cuatro casas cuya especialidad era como una herencia o
traspaso de la Compañía de Filipinas, no podían seguir monopolizando la
pañolería y demás artes chinescas. Madrid se inundaba de género a precio
más bajo que el de las facturas de D. Bonifacio Arnaiz, y era preciso
realizar de cualquier modo. Para compensar las pérdidas de la
_quemazón_, urgía plantear otro negocio, buscar nuevos caminos, y aquí
fue donde lució sus altas dotes Isabel Cordero, esposa de Gumersindo,
que tenía más pesquis que este. Sin saber pelotada de Geografía,
comprendía que había un Singapore y un istmo de Suez.

Adivinaba el fenómeno comercial, sin acertar a darle nombre, y en vez de
echar maldiciones contra los ingleses, como hacía su marido, se dio a
discurrir el mejor remedio. ¿Qué corrientes seguirían? La más marcada
era la de las _novedades_, la de la influencia de la fabricación
francesa y belga, en virtud de aquella ley de los grises del Norte,
invadiendo, conquistando y anulando nuestro ser colorista y romancesco.
El vestir se anticipaba al pensar y cuando aún los versos no habían sido
desterrados por la prosa, ya la lana había hecho trizas a la seda.

«Pues apechuguemos con las _novedades_» dijo Isabel a su marido,
observando aquel furor de modas que le entraba a esta sociedad y el afán
que todos los madrileños sentían de ser elegantes _con seriedad_. Era,
por añadidura, la época en que la clase media entraba de lleno en el
ejercicio de sus funciones, apandando todos los empleos creados por el
nuevo sistema político y administrativo, comprando a plazos todas las
fincas que habían sido de la Iglesia, constituyéndose en propietaria del
suelo y en usufructuaria del presupuesto, absorbiendo en fin los
despojos del absolutismo y del clero, y fundando el imperio de la
levita. Claro es que la levita es el símbolo; pero lo más interesante de
tal imperio está en el vestir de las señoras, origen de energías
poderosas, que de la vida privada salen a la pública y determinan hechos
grandes. ¡Los trapos, ay! ¿Quién no ve en ellos una de las principales
energías de la época presente, tal vez una causa generadora de
movimiento y vida? Pensad un poco en lo que representan, en lo que
valen, en la riqueza y el ingenio que consagra a producirlos la ciudad
más industriosa del mundo, y sin querer, vuestra mente os presentará
entre los pliegues de las telas de moda todo nuestro organismo
mesocrático, ingente pirámide en cuya cima hay un sombrero de copa; toda
la máquina política y administrativa, la deuda pública y los
ferrocarriles, el presupuesto y las rentas, el Estado tutelar y el
parlamentarismo socialista.

Pero Gumersindo e Isabel habían llegado un poco tarde, porque las
_novedades_ estaban en manos de mercaderes listos, que sabían ya el
camino de París. Arnaiz fue también allá; mas no era hombre de gusto y
trajo unos adefesios que no tuvieron aceptación. La Cordero, sin
embargo, no se desanimaba. Su marido empezaba a atontarse; ella a _ver
claro_. Vio que las costumbres de Madrid se transformaban rápidamente,
que esta orgullosa Corte iba a pasar en poco tiempo de la condición de
aldeota indecente a la de capital civilizada. Porque Madrid no tenía de
metrópoli más que el nombre y la vanidad ridícula. Era un payo con
casaca de gentil-hombre y la camisa desgarrada y sucia. Por fin el
paleto se disponía a ser señor de verdad. Isabel Cordero, que se
anticipaba a su época, presintió la traída de aguas del Lozoya, en
aquellos veranos ardorosos en que el Ayuntamiento refrescaba y
alimentaba las fuentes del Berro y de la Teja con cubas de agua sacada
de los pozos; en aquellos tiempos en que los portales eran sentinas y en
que los vecinos iban de un cuarto a otro con el pucherito en la mano,
pidiendo por favor un poco de agua para afeitarse.

La perspicaz mujer vio el porvenir, oyó hablar del gran proyecto de
Bravo Murillo, como de una cosa que ella había sentido en su alma. Por
fin Madrid, dentro de algunos años, iba a tener raudales de agua
distribuidos en las calles y plazas, y adquiriría la costumbre de
lavarse, por lo menos, la cara y las manos. Lavadas estas partes, se
lavaría después otras. Este Madrid, que entonces era futuro, se le
representó con visiones de camisas limpias en todas las clases, de
mujeres ya acostumbradas a mudarse todos los días, y de señores que eran
la misma pulcritud. De aquí nació la idea de dedicar la casa al género
blanco, y arraigada fuertemente la idea, poco a poco se fue haciendo
realidad. Ayudado por D. Baldomero y Arnaiz, Gumersindo empezó a traer
batistas finísimas de Inglaterra, holandas y escocias, irlandas y
madapolanes, _nansouk_ y cretonas de Alsacia, y la casa se fue
levantando no sin trabajo de su postración hasta llegar a adquirir una
prosperidad relativa. Complemento de este negocio _en blanco_, fueron la
damasquería gruesa, los cutíes para colchones y la mantelería de
Courtray que vino a ser _especialidad_ de la casa, como lo decía un
rótulo añadido al letrero antiguo de la tienda. Las puntillas y
encajería mecánica vinieron más tarde, siendo tan grandes los pedidos de
Arnaiz, que una fábrica de Suiza trabajaba sólo para él. Y por fin, las
crinolinas dieron al establecimiento buenas ganancias. Isabel Cordero,
que había presentido el Canal del Lozoya, presintió también el
miriñaque; que los franceses llamaban _Malakoff_, invención absurda que
parecía salida de un cerebro enfermo de tanto pensar en la dirección de
los globos.

De la pañolería y artículos asiáticos, sólo quedaban en la casa por los
años del 50 al 60 tradiciones religiosamente conservadas. Aún había
alguna torrecilla de marfil, y buena porción de mantones ricos de alto
precio en cajas primorosas. Era quizás Gumersindo la persona que en
Madrid tenía más arte para doblarlos, porque ha de saberse que doblar un
crespón era tarea tan difícil como hinchar un perro. No sabían hacerlo
sino los que de antiguo tenían la costumbre de manejar aquel artículo,
por lo cual muchas damas, que en algún baile de máscaras se ponían el
chal, lo mandaban al día siguiente, con la caja, a la tienda de
Gumersindo Arnaiz, para que este lo doblase según arte tradicional, es
decir, dejando oculta la rejilla de a tercia y el fleco de a cuarta, y
visible en el cuartel superior el dibujo central. También se conservaban
en la tienda los dos maniquís vestidos de mandarines. Se pensó en
retirarlos, porque ya estaban los pobres un poco tronados; pero
Barbarita se opuso, porque dejar de verlos allí haciendo juego con la
fisonomía lela y honrada del Sr. de Ayún, era como si enterrasen a
alguno de la familia; y aseguró que si su hermano se obstinaba en
quitarlos, ella se los llevaría a su casa para ponerlos en el comedor,
haciendo juego con los aparadores.




--vi--


Aquella gran mujer, Isabel Cordero de Arnaiz, dotada de todas las
agudezas del traficante y de todas las triquiñuelas económicas del ama
de gobierno, fue agraciada además por el Cielo con una fecundidad
prodigiosa. En 1845, cuando nació Juanito, ya había tenido ella cinco, y
siguió pariendo con la puntualidad de los vegetales que dan fruto cada
año. Sobre aquellos cinco hay que apuntar doce más en la cuenta; total,
diez y siete partos, que recordaba asociándolos a fechas célebres del
reinado de Isabel II. «Mi primer hijo--decía--nació cuando vino la tropa
carlista hasta las tapias de Madrid. Mi Jacinta nació cuando se casó la
Reina, con pocos días de diferencia. Mi Isabelita vino al mundo el día
mismo en que el cura Merino le pegó la puñalada a Su Majestad, y tuve a
Rupertito el día de San Juan del 58, el mismo día que se inauguró la
traída de aguas».

Al ver la estrecha casa, se daba uno a pensar que la ley de
impenetrabilidad de los cuerpos fue el pretexto que tomó la muerte para
mermar aquel bíblico rebaño. Si los diez y siete chiquillos hubieran
vivido, habría sido preciso ponerlos en los balcones como los tiestos, o
colgados en jaulas de machos de perdiz. El garrotillo y la escarlatina
fueron entresacando aquella mies apretada, y en 1870 no quedaban ya más
que nueve. Los dos primeros volaron a poco de nacidos. De tiempo en
tiempo se moría uno, ya crecidito, y se aclaraban las filas. En no sé
qué año, se murieron tres con intervalo de cuatro meses. Los que
rebasaron de los diez años, se iban criando regularmente.

He dicho que eran nueve. Falta consignar que de estas nueve cifras,
siete correspondían al sexo femenino. ¡Vaya una plaga que le había caído
al bueno de Gumersindo! ¿Qué hacer con siete chiquillas? Para guardarlas
cuando fueran mujeres, se necesitaba un cuerpo de ejército. ¿Y cómo
casarlas bien a todas? ¿De dónde iban a salir siete maridos buenos?
Gumersindo, siempre que de esto se le hablaba, echábalo a broma,
confiando en la buena mano que tenía su mujer para todo.
«Verán--decía--, cómo saca ella de debajo de las piedras siete yernos de
primera». Pero la fecunda esposa no las tenía todas consigo. Siempre que
pensaba en el porvenir de sus hijas se ponía triste; y sentía como
remordimientos de haber dado a su marido una familia que era un problema
económico. Cuando hablaba de esto con su cuñada Barbarita, lamentábase
de parir hembras como de una responsabilidad. Durante su campaña
prolífica, desde el 38 al 60, acontecía que a los cuatro o cinco meses
de haber dado a luz, ya estaba otra vez en cinta. Barbarita no se
tomaba el trabajo de preguntárselo, y lo daba por hecho. «Ahora--le
decía--, vas a tener un muchacho». Y la otra, enojada, echando pestes
contra su fecundidad, respondía: «Varón o hembra, estos regalos debieran
ser para ti. A ti debiera Dios darte un canario de alcoba todos los
años».

Las ganancias del establecimiento no eran escasas; pero los esposos
Arnaiz no podían llamarse ricos, porque con tanto parto y tanta muerte
de hijos y aquel familión de hembras la casa no acababa de florecer como
debiera. Aunque Isabel hacía milagros de arreglo y economía, el
considerable gasto cotidiano quitaba al establecimiento mucha savia.
Pero nunca dejó de cumplir Gumersindo sus compromisos comerciales, y si
su capital no era grande, tampoco tenía deudas. El _quid_ estaba en
colocar bien las siete chicas, pues mientras esta tremenda campaña
matrimoñesca no fuera coronada por un éxito brillante, en la casa no
podía haber grandes ahorros.

Isabel Cordero era, veinte años ha, una mujer desmejorada, pálida,
deforme de talle, como esas personas que parece se están desbaratando y
que no tienen las partes del cuerpo en su verdadero sitio. Apenas se
conocía que había sido bonita. Los que la trataban no podían
imaginársela en estado distinto del que se llama interesante, porque el
barrigón parecía en ella cosa normal, como el color de la tez o la
forma de la nariz. En tal situación y en los breves periodos que tenía
libres, su actividad era siempre la misma, pues hasta el día de caer en
la cama estaba sobre un pie, atendiendo incansable al complicado
gobierno de aquella casa. Lo mismo funcionaba en la cocina que en el
escritorio, y acabadita de poner la enorme sartén de migas para la cena
o el calderón de patatas, pasaba a la tienda a que su marido la enterase
de las facturas que acababa de recibir o de los avisos de letras.
Cuidaba principalmente de que sus niñas no estuviesen ociosas. Las más
pequeñas y los varoncitos iban a la escuela; las mayores trabajaban en
el gabinete de la casa, ayudando a su madre en el repaso de la ropa, o
en acomodar al cuerpo de los varones las prendas desechadas del padre.
Alguna de ellas se daba maña para planchar; solían también lavar en el
gran artesón de la cocina, y zurcir y echar un remiendo. Pero en lo que
mayormente sobresalían todas era en el arte de arreglar sus propios
perendengues. Los domingos, cuando su mamá las sacaba a paseo, en larga
procesión, iban tan bien apañaditas que daba gusto verlas. Al ir a misa,
desfilaban entre la admiración de los fieles; porque conviene apuntar
que eran muy monas. Desde las dos mayores que eran ya mujeres, hasta la
última, que era una miniaturita, formaban un rebaño interesantísimo que
llamaba la atención por el número y la escala gradual de las tallas.
Los conocidos que las veían entrar, decían: «ya está ahí doña Isabel con
el muestrario». La madre, peinada con la mayor sencillez, sin ningún
adorno, flácida, pecosa y desprovista ya de todo atractivo personal que
no fuera la respetabilidad, pastoreaba aquel rebaño, llevándolo por
delante como los paveros en Navidad.

¡Y que no pasaba flojos apuros la pobre para salir airosa en aquel papel
inmenso! A Barbarita le hacía ordinariamente sus confidencias. «Mira,
hija, algunos meses me veo tan agonizada, que no sé qué hacer. Dios me
protege, que si no... Tú no sabes lo que es vestir siete hijas. Los
varones, con los desechos de la ropa de su padre que yo les arreglo, van
tirando. ¡Pero las niñas!... ¡Y con estas modas de ahora y este
suponer!... ¿Viste la pieza de merino azul?, pues no fue bastante y tuve
que traer diez varas más. ¡Nada te quiero decir del ramo de zapatos!
Gracias que dentro de casa la que se me ponga otro calzado que no sea
las alpargatitas de cáñamo, ya me tiene hecha una leona. Para llenarles
la barriga, me defiendo con las patatas y las migas. Este año he
suprimido los estofados. Sé que los dependientes refunfuñan; pero no me
importa. Que vayan a otra parte donde los traten mejor. ¿Creerás que un
quintal de carbón se me va como un soplo? Me traigo a casa dos arrobas
de aceite, y a los pocos días... pif... parece que se lo han chupado las
lechuzas. Encargo a Estupiñá dos o tres quintales de patatas, hija, y
como si no trajera nada». En la casa había dos mesas. En la primera
comían el principal y su señora, las niñas, el dependiente más antiguo y
algún pariente, como Primitivo Cordero cuando venía a Madrid de su finca
de Toledo, donde residía. A la segunda se sentaban los dependientes
menudos y los dos hijos, uno de los cuales hacía su aprendizaje en la
tienda de blondas de Segundo Cordero. Era un total de diez y siete o
diez y ocho bocas. El gobierno de tal casa, que habría rendido a
cualquiera mujer, no fatigaba visiblemente a Isabel. A medida que las
niñas iban creciendo, disminuía para la madre parte del trabajo
material; pero este descanso se compensaba con el exceso de vigilancia
para guardar el rebaño, cada vez más perseguido de lobos y expuesto a
infinitas asechanzas. Las chicas no eran malas, pero eran jovenzuelas, y
ni Cristo Padre podía evitar los atisbos por el único balcón de la casa
o por la ventanucha que daba al callejón de San Cristóbal. Empezaban a
entrar en la casa cartitas, y a desarrollarse esas intrigüelas inocentes
que son juegos de amor, ya que no el amor mismo. Doña Isabel estaba
siempre con cada ojo como un farol, y no las perdía de vista un momento.
A esta fatiga ruda del espionaje materno uníase el trabajo de exhibir y
airear el muestrario, por ver si caía algún parroquiano o por otro
nombre, marido. Era forzoso _hacer el artículo_, y aquella gran mujer,
negociante en hijas, no tenía más remedio que vestirse y concurrir con
su _género_ a tal o cual tertulia de amigas, porque si no lo hacía,
ponían las nenas unos morros que no se las podía aguantar. Era también
de rúbrica el paseíto los domingos, en corporación, las niñas muy bien
arregladitas con cuatro pingos que parecían lo que no eran, la mamá muy
estirada de guantes, que le imposibilitaban el uso de los dedos, con
manguito que le daba un calor excesivo a las manos, y su buena
cachemira. Sin ser vieja lo parecía.

Dios, al fin, apreciando los méritos de aquella heroína, que ni un punto
se apartaba de su puesto en el combate social, echó una mirada de
benevolencia sobre el muestrario y después lo bendijo. La primera chica
que se casó fue la segunda, llamada Candelaria, y en honor de la verdad,
no fue muy lucido aquel matrimonio. Era el novio un buen muchacho,
dependiente en la camisería de la viuda de Aparisi. Llamábase Pepe
Samaniego y no tenía más fortuna que sus deseos de trabajar y su
honradez probada. Su apellido se veía mucho en los rótulos del comercio
menudo. Un tío suyo era boticario en la calle del Ave María. Tenía un
primo pescadero, otro tendero de capas en la calle de la Cruz, otro
prestamista, y los demás, lo mismo que sus hermanos, eran todos
horteras. Pensaron primero los de Arnaiz oponerse a aquella unión; mas
pronto se hicieron esta cuenta: «No están los tiempos para hilar muy
delgado en esto de los maridos. Hay que tomar todo lo que se presente,
porque son siete a colocar. Basta con que el chico sea formal y
trabajador».

Casose luego la mayor, llamada Benigna en memoria de su abuelito el
héroe de Boteros. Esta sí que fue buena boda. El novio era Ramón
Villuendas, hijo mayor del célebre cambiante de la calle de Toledo; gran
casa, fortuna sólida. Era ya viudo con dos chiquillos, y su parentela
ofrecía variedad chocante en orden de riqueza. Su tío D. Cayetano
Villuendas estaba casado con Eulalia hermana del marqués de Casa-Muñoz,
y poseía muchos millones; en cambio, había un Villuendas tabernero y
otro que tenía un tenducho de percales y bayetas llamado _El Buen
Gusto_. El parentesco de los Villuendas pobres con los ricos no se veía
muy claro; pero parientes eran y muchos de ellos se trataban y se
tuteaban.

La tercera de las chicas, llamada Jacinta, pescó marido al año
siguiente. ¡Y qué marido!... Pero al llegar aquí, me veo precisado a
cortar esta hebra, y paso a referir ciertas cosas que han de preceder a
la boda de Jacinta.





-III-

Estupiñá




--i--


En la tienda de Arnaiz, junto a la reja que da a la calle de San
Cristóbal, hay actualmente tres sillas de madera curva de Viena, las
cuales sucedieron hace años a un banco sin respaldo forrado de hule
negro, y este banco tuvo por antecesor a un arcón o caja vacía. Aquélla
era la sede de la inmemorial tertulia de la casa. No había tienda sin
tertulia, como no podía haberla sin mostrador y santo tutelar. Era esto
un servicio suplementario que el comercio prestaba a la sociedad en
tiempos en que no existían casinos, pues aunque había sociedades
secretas y clubs y cafés más o menos patrióticos, la gran mayoría de los
ciudadanos pacíficos no iba a ellos, prefiriendo charlar en las tiendas.
Barbarita tiene aún reminiscencias vagas de la tertulia en los tiempos
de su niñez. Iba un fraile muy flaco que era el padre Alelí, un señor
pequeñito con anteojos, que era el papá de Isabel, algunos militares y
otros tipos que se confundían en su mente con las figuras de los dos
mandarines.

Y no sólo se hablaba de asuntos políticos y de la guerra civil, sino de
cosas del comercio. Recuerda la señora haber oído algo acerca de los
primeros fósforos o mistos que vinieron al mercado, y aun haberlos
visto. Era como una botellita en la cual se metía la cerilla, y salía
echando lumbre. También oyó hablar de las primeras alfombras de moqueta,
de los primeros colchones de muelles, y de los primeros ferrocarriles,
que alguno de los tertulios había visto en el extranjero, pues aquí ni
asomos de ellos había todavía. Algo se apuntó allí sobre el billete de
Banco, que en Madrid no fue papel-moneda corriente hasta algunos años
después, y sólo se usaba entonces para los pagos fuertes de la banca.
Doña Bárbara se acuerda de haber visto el primer billete que llevaron a
la tienda como un objeto de curiosidad, y todos convinieron en que era
mejor una onza. El gas fue muy posterior a esto.

La tienda se transformaba; pero la tertulia era siempre la misma en el
curso lento de los años. Unos habladores se iban y venían otros. No
sabemos a qué época fija se referirían estos párrafos sueltos que al
vuelo cogía Barbarita cuando, ya casada, entraba en la tienda a
descansar un ratito, de vuelta de paseo o de compras: «¡Qué hermosotes
iban esta mañana los del _tercero de fusileros_ con sus pompones
nuevos!»... «El Duque ha oído misa hoy en las Calatravas. Iba con Linaje
y con San Miguel»...

«¿Sabe usted, Estupiñá, lo que dicen ahora? Pues dicen que los ingleses
proyectan construir barcos de _fierro_».

El llamado Estupiñá debía de ser indispensable en todas las tertulias de
tiendas, porque cuando no iba a la de Arnaiz, todo se volvía preguntar:
«Y Plácido, ¿qué es de él?». Cuando entraba le recibían con
exclamaciones de alegría, pues con su sola presencia animaba la
conversación. En 1871 conocí a este hombre, que fundaba su vanidad en
_haber visto toda la historia de España_ en el presente siglo. Había
venido al mundo en 1803 y se llamaba hermano de fecha de Mesonero
Romanos, por haber nacido, como este, el 19 de Julio del citado año. Una
sola frase suya probará su inmenso saber en esa historia viva que se
aprende con los ojos: «Vi a José I como le estoy viendo a usted ahora».
Y parecía que se relamía de gusto cuando le preguntaban: «¿Vio usted al
duque de Angulema, a lord Wellington?...». «Pues ya lo creo». Su
contestación era siempre la misma: «Como le estoy viendo a usted». Hasta
llegaba a incomodarse cuando se le interrogaba en tono dubitativo. «¡Que
si vi entrar a María Cristina!... Hombre, si eso es de ayer...». Para
completar su erudición ocular, hablaba del _aspecto que presentaba
Madrid_ el 1.º de Septiembre de 1840, como si fuera cosa de la semana
pasada. Había visto morir a Canterac; ajusticiar a Merino, «nada menos
que sobre el propio patíbulo», por ser él hermano de la Paz y Caridad;
había visto matar a Chico..., precisamente ver no, pero oyó los tiritos,
hallándose en la calle de las Velas; había visto a Fernando VII el 7 de
Julio cuando salió al balcón a decir a los milicianos que _sacudieran_ a
los de la Guardia; había visto a Rodil y al sargento García arengando
desde otro balcón, el año 36; había visto a O'Donnell y Espartero
abrazándose, a Espartero solo saludando al pueblo, a O'Donnell solo,
todo esto en un balcón, y por fin, en un balcón había visto también en
fecha cercana a otro personaje diciendo a gritos que se habían acabado
los Reyes. La historia que Estupiñá sabía estaba escrita en los
balcones.

La biografía mercantil de este hombre es tan curiosa como sencilla. Era
muy joven cuando entró de hortera en casa de Arnaiz, y allí sirvió
muchos años, siempre bien quisto del principal por su honradez
acrisolada y el grandísimo interés con que miraba todo lo concerniente
al establecimiento. Y a pesar de tales prendas, Estupiñá no era un buen
dependiente. Al despachar, entretenía demasiado a los parroquianos, y si
le mandaban con un recado o comisión a la Aduana, tardaba tanto en
volver, que muchas veces creyó D. Bonifacio que le habían llevado preso.
La singularidad de que teniendo Plácido estas mañas, no pudieran los
dueños de la tienda prescindir de él, se explica por la ciega confianza
que inspiraba, pues estando él al cuidado de la tienda y de la caja, ya
podían Arnaiz y su familia echarse a dormir. Era su fidelidad tan grande
como su humildad, pues ya le podían reñir y decirle cuantas perrerías
quisieran, sin que se incomodase. Por esto sintió mucho Arnaiz que
Estupiñá dejara la casa en 1837, cuando se le antojó establecerse con
los dineros de una pequeña herencia. Su principal, que le conocía bien,
hacía lúgubres profecías del porvenir comercial de Plácido, trabajando
por su cuenta.

Prometíaselas él muy felices en la tienda de bayetas y paños del Reino
que estableció en la Plaza Mayor, junto a la Panadería. No puso
dependientes, porque la cortedad del negocio no lo consentía; pero su
tertulia fue la más animada y dicharachera de todo el barrio. Y ved aquí
el secreto de lo poco que dio de sí el establecimiento, y la
justificación de los vaticinios de D. Bonifacio. Estupiñá tenía un vicio
hereditario y crónico, contra el cual eran impotentes todas las demás
energías de su alma; vicio tanto más avasallador y terrible cuanto más
inofensivo parecía. No era la bebida, no era el amor, ni el juego ni el
lujo; era la conversación. Por un rato de palique era Estupiñá capaz de
dejar que se llevaran los demonios el mejor negocio del mundo. Como él
pegase la hebra con gana, ya podía venirse el cielo abajo, y antes le
cortaran la lengua que la hebra. A su tienda iban los habladores más
frenéticos, porque el vicio llama al vicio. Si en lo más sabroso de su
charla entraba alguien a comprar, Estupiñá le ponía la cara que se pone
a los que van a dar sablazos. Si el género pedido estaba sobre el
mostrador, lo enseñaba con gesto rápido, deseando que acabase pronto la
interrupción; pero si estaba en lo alto de la anaquelería, echaba hacia
arriba una mirada de fatiga, como el que pide a Dios paciencia,
diciendo: «¿Bayeta amarilla? Mírela usted. Me parece que es angosta para
lo que usted la quiere». Otras veces dudaba o aparentaba dudar si tenía
lo que le pedían. «¿Gorritas para niño? ¿Las quiere usted de visera de
hule?... Sospecho que hay algunas, pero son de esas que no se usan
ya...».

Si estaba jugando al tute o al mus, únicos juegos que sabía y en los que
era maestro, primero se hundía el mundo que apartar él su atención de
las cartas. Era tan fuerte el ansia de charla y de trato social, se lo
pedía el cuerpo y el alma con tal vehemencia, que si no iban habladores
a la tienda no podía resistir la comezón del vicio, echaba la llave, se
la metía en el bolsillo y se iba a otra tienda en busca de aquel licor
palabrero con que se embriagaba. Por Navidad, cuando se empezaban a
armar los puestos de la Plaza, el pobre tendero no tenía valor para
estarse metido en aquel cuchitril oscuro. El sonido de la voz humana, la
luz y el rumor de la calle eran tan necesarios a su existencia como el
aire. Cerraba, y se iba a dar conversación a las mujeres de los puestos.
A todas las conocía, y se enteraba de lo que iban a vender y de cuanto
ocurriera en la familia de cada una de ellas. Pertenecía, pues, Estupiñá
a aquella raza de tenderos, de la cual quedan aún muy pocos ejemplares,
cuyo papel en el mundo comercial parece ser la atenuación de los males
causados por los excesos de la oferta impertinente, y disuadir al
consumidor de la malsana inclinación a gastar el dinero. «D. Plácido,
¿tiene usted pana azul?».--«¡Pana azul!, ¿y quién te mete a ti en esos
lujos? Sí que la tengo; pero es cara para ti». --«Enséñemela usted... y
a ver si me la arregla»... Entonces hacía el hombre un desmedido
esfuerzo, como quien sacrifica al deber sus sentimientos y gustos más
queridos, y bajaba la pieza de tela. «Vaya, aquí está la pana. Si no la
has de comprar, si todo es gana de moler, ¿para qué quieres verla?
¿Crees que yo no tengo nada qué hacer?».--«Lo que dije; estas mujeres
marean a Cristo. Hay otra clase, sí señora. ¿La compras, sí o no? A
veinte y dos reales, ni un cuarto menos».--«Pero déjela ver... ¡ay qué
hombre! ¿Cree que me voy a comer la pieza?»... «A veinte y dos
realetes». --«¡Ande y que lo parta un rayo!».--«Que te parta a ti, mal
criada, respondona, tarasca...».

Era muy fino con las señoras de alto copete. Su afabilidad tenía tonos
como este: «¿La cúbica? Sí que la hay. ¿Ve usted la pieza allá arriba?
Me parece, señora, que no es lo que usted busca... digo, me parece; no
es que yo me quiera meter... Ahora se estilan rayaditas: de eso no
tengo. Espero una remesa para el mes que entra. Ayer vi a las niñas con
el Sr. D. Cándido. Vaya, que están creciditas. ¿Y cómo sigue el señor
mayor? ¡No le he visto desde que íbamos juntos a la bóveda de San
Ginés!»... Con este sistema de vender, a los cuatro años de comercio se
podían contar las personas que al cabo de la semana traspasaban el
dintel de la tienda. A los seis años no entraban allí ni las moscas.
Estupiñá abría todas las mañanas, barría y regaba la acera, se ponía los
manguitos verdes y se sentaba detrás del mostrador a leer el _Diario de
Avisos_. Poco a poco iban llegando los amigos, aquellos hermanos de su
alma, que en la soledad en que Plácido estaba le parecían algo como la
paloma del arca, pues le traían en el pico algo más que un ramo de
oliva, le traían la palabra, el sabrosísimo fruto y la flor de la vida,
el alcohol del alma, con que apacentaba su vicio... Pasábanse el día
entero contando anécdotas, comentando sucesos políticos, tratando de tú
a Mendizábal, a Calatrava, a María Cristina y al mismo Dios, trazando
con el dedo planes de campaña sobre el mostrador en extravagantes líneas
tácticas; demostrando que Espartero debía ir necesariamente por aquí y
Villarreal por allá; refiriendo también sucedidos del comercio, llegadas
de tal o cual género; lances de Iglesia y de milicia y de mujeres y de
la corte, con todo lo demás que cae bajo el dominio de la bachillería
humana. A todas estas el cajón del dinero no se abría ni una sola vez,
y a la vara de medir, sumida en plácida quietud, le faltaba poco para
reverdecer y echar flores como la vara de San José. Y como pasaban meses
y meses sin que se renovase el género, y allí no había más que maulas y
vejeces, el trueno fue gordo y repentino. Un día le embargaron todo, y
Estupiñá salió de la tienda con tanta pena como dignidad.




--ii--


Aquel gran filósofo no se entregó a la desesperación. Viéronle sus
amigos tranquilo y resignado. En su aspecto y en el reposo de su
semblante había algo de Sócrates, admitiendo que Sócrates fuera hombre
dispuesto a estarse siete horas seguidas con la palabra en la boca.
Plácido había salvado el honor, que era lo importante, pagando
religiosamente a todo el mundo con las existencias. Se había quedado con
lo puesto y sin una mota. No salvó más mueble que la vara de medir. Era
forzoso, pues, buscar algún modo de ganarse la vida. ¿A qué se
dedicaría? ¿En qué ramo del comercio emplearía sus grandes dotes?
Dándose a pensar en esto, vino a descubrir que en medio de su gran
pobreza conservaba un capital que seguramente le envidiarían muchos: las
relaciones. Conocía a cuantos almacenistas y tenderos había en Madrid;
todas las puertas se le franqueaban, y en todas partes le ponían buena
cara por su honradez, sus buenas maneras y principalmente por aquella
bendita labia que Dios le había dado. Sus relaciones y estas aptitudes
le sugirieron, pues, la idea de dedicarse a corredor de géneros. D.
Baldomero Santa Cruz, el gordo Arnaiz, Bringas, Moreno, Labiano y otros
almacenistas de paños, lienzos o novedades, le daban piezas para que las
fuera enseñando de tienda en tienda. Ganaba el 2 por 100 de comisión por
lo que vendía. ¡María Santísima, qué vida más deliciosa y qué bien hizo
en adoptarla, porque cosa más adecuada a su temperamento no se podía
imaginar! Aquel correr continuo, aquel entrar por diversas puertas,
aquel saludar en la calle a cincuenta personas y preguntarles por la
familia era su vida, y todo lo demás era muerte. Plácido no había nacido
para el presidio de una tienda. Su elemento era la calle, el aire libre,
la discusión, la contratación, el recado, ir y venir, preguntar,
cuestionar, pasando gallardamente de la seriedad a la broma. Había
mañana en que se echaba al coleto toda la calle de Toledo de punta a
punta, y la Concepción Jerónima, Atocha y Carretas.

Así pasaron algunos años. Como sus necesidades eran muy cortas, pues no
tenía familia que mantener ni ningún vicio como no fuera el de gastar
saliva, bastábale para vivir lo poco que el corretaje le daba. Además,
muchos comerciantes ricos le protegían. Este, a lo mejor, le regalaba
una capa; otro un corte de vestido; aquel un sombrero o bien comestibles
y golosinas. Familias de las más empingorotadas del comercio le sentaban
a su mesa, no sólo por amistad sino por egoísmo, pues era una diversión
oírle contar tan diversas cosas con aquella exactitud pintoresca y aquel
esmero de detalles que encantaba. Dos caracteres principales tenía su
entretenida charla, y eran: que nunca se declaraba ignorante de cosa
alguna, y que jamás habló mal de nadie. Si por acaso se dejaba decir
alguna palabra ofensiva, era contra la Aduana; pero sin individualizar
sus acusaciones.

Porque Estupiñá, al mismo tiempo que corredor, era contrabandista. Las
piezas de Hamburgo de 26 hilos que pasó por el portillo de Gilimón,
valiéndose de ingeniosas mañas, no son para contadas. No había otro como
él para atravesar de noche ciertas calles con un bulto bajo la capa,
figurándose mendigo con un niño a cuestas. Ninguno como él poseía el
arte de deslizar un duro en la mano del empleado fiscal, en momentos de
peligro, y se entendía con ellos tan bien para este fregado, que las
principales casas acudían a él para desatar sus líos con la Hacienda. No
hay medio de escribir en el Decálogo los delitos fiscales. La moral del
pueblo se rebelaba, más entonces que ahora, a considerar las
defraudaciones a la Hacienda como verdaderos pecados, y conforme con
este criterio, Estupiñá no sentía alboroto en su conciencia cuando ponía
feliz remate a una de aquellas empresas. Según él, lo que la Hacienda
llama suyo no es suyo, sino de la nación, es decir, de Juan Particular,
y burlar a la Hacienda es devolver a Juan Particular lo que le
pertenece. Esta idea, sustentada por el pueblo con turbulenta fe, ha
tenido también sus héroes y sus mártires. Plácido la profesaba con no
menos entusiasmo que cualquier caballista andaluz, sólo que era de
infantería, y además no quitaba la vida a nadie. Su conciencia, envuelta
en horrorosas nieblas tocante a lo fiscal, manifestábase pura y luminosa
en lo referente a la propiedad privada. Era hombre que antes de guardar
un ochavo que no fuese suyo, se habría estado callado un mes.

Barbarita le quería mucho. Habíale visto en su casa desde que tuvo el
don de ver y apreciar las cosas; conocía bien, por opinión de su padre y
por experiencia propia, las excelentes prendas y lealtad del hablador.
Siendo niña, Estupiñá la llevaba a la escuela de la rinconada de la
calle Imperial, y por Navidad iba con él a ver los nacimientos y los
puestos de la plaza de Santa Cruz. Cuando D. Bonifacio Arnaiz enfermó
para morirse, Plácido no se separó de él ni enfermo ni difunto hasta
que le dejó en la sepultura. En todas las penas y alegrías de la casa
era siempre el partícipe más sincero. Su posición junto a tan noble
familia era entre amistad y servidumbre, pues si Barbarita le sentaba a
su mesa muchos días, los más del año empleábale en recados y comisiones
que él sabía desempeñar con exactitud suma. Ya iba a la plaza de la
Cebada en busca de alguna hortaliza temprana, ya a la Cava Baja a
entenderse con los ordinarios que traían encargos, o bien a Maravillas,
donde vivían la planchadora y la encajera de la casa. Tal ascendiente
tenía la señora de Santa Cruz sobre aquella alma sencilla y con fe tan
ciega la respetaba y obedecía él, que si Barbarita le hubiera dicho:
«Plácido, hazme el favor de tirarte por el balcón a la calle», el
infeliz no habría vacilado un momento en hacerlo.

Andando los años, y cuando ya Estupiñá iba para viejo y no hacía
corretaje ni contrabando, desempeñó en la casa de Santa Cruz un cargo
muy delicado. Como era persona de tanta confianza y tan ciegamente
adicto a la familia, Barbarita le confiaba a Juanito para que le llevase
y le trajera al colegio de Massarnau, o le sacara a paseo los domingos y
fiestas. Segura estaba la mamá de que la vigilancia de Plácido era como
la de un padre, y bien sabía que se habría dejado matar cien veces antes
que consentir que nadie tocase al _Delfín_ (así le solía llamar) en la
punta del cabello. Ya era este un polluelo con ínfulas de hombre cuando
Estupiñá le llevaba a los Toros, iniciándole en los misterios del arte,
que se preciaba de entender como buen madrileño. El niño y el viejo se
entusiasmaban por igual en el bárbaro y pintoresco espectáculo, y a la
salida Plácido le contaba sus proezas taurómacas, pues también, allá en
su mocedad, había echado sus quiebros y pases de muleta, y tenía traje
completo con lentejuelas, y toreaba novillos por lo fino, sin olvidar
ninguna regla... Como Juanito le manifestara deseos de ver el traje,
contestábale Plácido que hacía muchos años su hermana la sastra (que de
Dios gozaba) lo había convertido en túnica de un Nazareno, que está en
la iglesia de Daganzo de Abajo.

Fuera del platicar, Estupiñá no tenía ningún vicio, ni se juntó jamás
con personas ordinarias y de baja estofa. Una sola vez en su vida tuvo
que ver con gente de mala ralea, con motivo del bautizo del chico de un
sobrino suyo, que estaba casado con una tablajera. Entonces le ocurrió
un lance desagradable del cual se acordó y avergonzó toda su vida; y fue
que el pillete del sobrinito, confabulado con sus amigotes, logró
embriagarle, dándole subrepticiamente un Chinchón capaz de marear a una
piedra. Fue una borrachera estúpida, la primera y última de su vida; y
el recuerdo de la degradación de aquella noche le entristecía siempre
que repuntaba en su memoria. ¡Infames, burlar así a quien era la misma
sobriedad! Me le hicieron beber con engaño evidente aquellas nefandas
copas, y después no vacilaron en escarnecerle con tanta crueldad como
grosería. Pidiéronle que cantara la Pitita, y hay motivos para creer que
la cantó, aunque él lo niega en redondo. En medio del desconcierto de
sus sentidos, tuvo conciencia del estado en que le habían puesto, y el
decoro le sugirió la idea de la fuga. Echose fuera del local pensando
que el aire de la noche le despejaría la cabeza; pero aunque sintió
algún alivio, sus facultades y sentidos continuaban sujetos a los más
garrafales errores. Al llegar a la esquina de la Cava de San Miguel, vio
al sereno; mejor dicho, lo que vio fue el farol del sereno, que andaba
hacia la rinconada de la calle de Cuchilleros. Creyó que era el Viático,
y arrodillándose y descubriéndose, según tenía por costumbre, rezó una
corta oración y dijo: «¡que Dios le dé lo que mejor le convenga!». Las
carcajadas de sus soeces burladores, que le habían seguido, le volvieron
a su acuerdo, y conocido el error, se metió a escape en su casa, que a
dos pasos estaba. Durmió, y al día siguiente como si tal cosa. Pero
sentía un remordimiento vivísimo que por algún tiempo le hacía suspirar
y quedarse meditabundo. Nada afligía tanto su honrado corazón como la
idea de que Barbarita se enterara de aquel chasco del Viático.
Afortunadamente, o no lo supo, o si lo supo no se dio nunca por
entendida.




--iii--


Cuando conocí personalmente a este insigne hijo de Madrid, andaba ya al
ras con los sesenta años; pero los llevaba muy bien. Era de estatura
menos que mediana, regordete y algo encorvado hacia adelante. Los que
quieran conocer su rostro, miren el de Rossini, ya viejo, como nos le
han transmitido las estampas y fotografías del gran músico, y pueden
decir que tienen delante el divino Estupiñá. La forma de la cabeza, la
sonrisa, el perfil sobre todo, la nariz corva, la boca hundida, los ojos
picarescos, eran trasunto fiel de aquella hermosura un tanto burlona,
que con la acentuación de las líneas en la vejez se aproximaba algo a la
imagen de Polichinela. La edad iba dando al perfil de Estupiñá un cierto
parentesco con el de las cotorras.

En sus últimos tiempos, del 70 en adelante, vestía con cierta
originalidad, no precisamente por miseria, pues los de Santa Cruz
cuidaban de que nada le faltase, sino por espíritu de tradición, y por
repugnancia a introducir novedades en su guardarropa. Usaba un sombrero
chato, de copa muy baja y con las alas planas, el cual pertenecía a una
época que se había borrado ya de la memoria de los sombreros, y una capa
de paño verde, que no se le caía de los hombros sino en lo que va de
Julio a Septiembre. Tenía muy poco pelo, casi se puede decir ninguno;
pero no usaba peluca. Para librar su cabeza de las corrientes frías de
la iglesia, llevaba en el bolsillo un gorro negro, y se lo calaba al
entrar. Era gran madrugador, y por la mañanita con la fresca se iba a
Santa Cruz, luego a Santo Tomás y por fin a San Ginés. Después de oír
varias misas en cada una de estas iglesias, calado el gorro hasta las
orejas, y de echar un parrafito con beatos o sacristanes, iba de capilla
en capilla rezando diferentes oraciones. Al despedirse, saludaba con la
mano a las imágenes, como se saluda a un amigo que está en el balcón, y
luego tomaba su agua bendita, fuera gorro, y a la calle.

En 1869, cuando demolieron la iglesia de Santa Cruz, Estupiñá pasó muy
malos ratos.

Ni el pájaro a quien destruyen su nido, ni el hombre a quien arrojan de
la morada en que nació, ponen cara más afligida que la que él ponía
viendo caer entre nubes de polvo los pedazos de cascote. Por aquello de
ser hombre no lloraba. Barbarita, que se había criado a la sombra de la
venerable torre, si no lloraba al ver tan sacrílego espectáculo era
porque estaba volada, y la ira no le permitía derramar lágrimas. Ni
acertaba a explicarse por qué decía su marido que D. Nicolás Rivero era
una gran persona. Cuando el templo desapareció; cuando fue arrasado el
suelo, y andando los años se edificó una casa en el sagrado solar,
Estupiñá no se dio a partido. No era de estos caracteres acomodaticios
que reconocen los hechos consumados. Para él la iglesia estaba siempre
allí, y toda vez que mi hombre pasaba por el punto exacto que
correspondía al lugar de la puerta, se persignaba y se quitaba el
sombrero.

Era Plácido hermano de la Paz y Caridad, cofradía cuyo domicilio estuvo
en la derribada parroquia. Iba, pues, a auxiliar a los reos de muerte en
la capilla y a darles conversación en la hora tremenda, hablándoles de
lo tonta que es esta vida, de lo bueno que es Dios y de lo ricamente que
iban a estar en la gloria. ¡Qué sería de los pobrecitos reos si no
tuvieran quien les diera un poco de jarabe de pico antes de entregar su
cuello al verdugo!

A las diez de la mañana concluía Estupiñá invariablemente lo que
podríamos llamar su jornada religiosa. Pasada aquella hora, desaparecía
de su rostro rossiniano la seriedad tétrica que en la iglesia tenía, y
volvía a ser el hombre afable, locuaz y ameno de las tertulias de
tienda. Almorzaba en casa de Santa Cruz o de Villuendas o de Arnaiz, y
si Barbarita no tenía nada que mandarle, emprendía su tarea para
_defender el garbanzo_, pues siempre hacía el papel de que trabajaba
como un negro. Su afectada ocupación en tal época era el corretaje de
dependientes, y fingía que los colocaba mediante un estipendio. Algo
hacía en verdad, mas era en gran parte pura farsa; y cuando le
preguntaban si iban bien los negocios, respondía en el tono de
comerciante ladino que no quiere dejar clarear sus pingües ganancias:
«Hombre, nos vamos defendiendo; no hay queja... Este mes he colocado lo
menos treinta chicos... como no hayan sido cuarenta...».

Vivía Plácido en la Cava de San Miguel. Su casa era una de las que
forman el costado occidental de la Plaza Mayor, y como el basamento de
ellas está mucho más bajo que el suelo de la Plaza, tienen una altura
imponente y una estribación formidable, a modo de fortaleza. El piso en
que el tal vivía era cuarto por la Plaza y por la Cava séptimo. No
existen en Madrid alturas mayores, y para vencer aquellas era forzoso
apechugar con ciento veinte escalones, _todos de piedra_, como decía
Plácido con orgullo, no pudiendo ponderar otra cosa de su domicilio. El
ser _todas de piedra_, desde la Cava hasta las bohardillas, da a las
escaleras de aquellas casas un aspecto lúgubre y monumental, como de
castillo de leyendas, y Estupiñá no podía olvidar esta circunstancia que
le hacía interesante en cierto modo, pues no es lo mismo subir a su
casa por una escalera como las del Escorial, que subir por viles
peldaños de palo, como cada hijo de vecino.

El orgullo de trepar por aquellas gastadas berroqueñas no excluía lo
fatigoso del tránsito, por lo que mi amigo supo explotar sus buenas
relaciones para abreviarlo. El dueño de una zapatería de la Plaza,
llamado Dámaso Trujillo, le permitía entrar por su tienda, cuyo rótulo
era _Al ramo de azucenas_. Tenía puerta para la escalera de la Cava, y
usando esta puerta Plácido se ahorraba treinta escalones.

El domicilio del hablador era un misterio para todo el mundo, pues nadie
había ido nunca a verle, por la sencilla razón de que D. Plácido no
estaba en su casa sino cuando dormía. Jamás había tenido enfermedad que
le impidiera salir durante el día. Era el hombre más sano del mundo.
Pero la vejez no había de desmentirse, y un día de Diciembre del 69 fue
notada la falta del grande hombre en los círculos a donde solía ir.
Pronto corrió la voz de que estaba malo, y cuantos le conocían sintieron
vivísimo interés por él. Muchos dependientes de tiendas se lanzaron por
aquellos escalones de piedra en busca de noticias del simpático enfermo,
que padecía de un reuma agudo en la pierna derecha. Barbarita le mandó
en seguida su médico, y no satisfecha con esto, ordenó a Juanito que
fuese a visitarle, lo que el Delfín hizo de muy buen grado.

Y sale a relucir aquí la visita del Delfín al anciano servidor y amigo
de su casa, porque si Juanito Santa Cruz no hubiera hecho aquella
visita, esta historia no se habría escrito. Se hubiera escrito otra, eso
sí, porque por do quiera que el hombre vaya lleva consigo su novela;
pero esta no.




--iv--


Juanito reconoció el número 11 en la puerta de una tienda de aves y
huevos. Por allí se había de entrar sin duda, pisando plumas y
aplastando cascarones. Preguntó a dos mujeres que pelaban gallinas y
pollos, y le contestaron, señalando una mampara, que aquella era la
entrada de la escalera del 11. Portal y tienda eran una misma cosa en
aquel edificio característico del Madrid primitivo. Y entonces se
explicó Juanito por qué llevaba muchos días Estupiñá, pegadas a las
botas, plumas de diferentes aves. Las cogía al salir, como las había
cogido él, por más cuidado que tuvo de evitar al paso los sitios en que
había plumas y algo de sangre. Daba dolor ver las anatomías de aquellos
pobres animales, que apenas desplumados eran suspendidos por la cabeza,
conservando la cola como un sarcasmo de su mísero destino. A la
izquierda de la entrada vio el Delfín cajones llenos de huevos, acopio
de aquel comercio. La voracidad del hombre no tiene límites, y sacrifica
a su apetito no sólo las presentes sino las futuras generaciones
gallináceas. A la derecha, en la prolongación de aquella cuadra lóbrega,
un sicario manchado de sangre daba garrote a las aves. Retorcía los
pescuezos con esa presteza y donaire que da el hábito, y apenas soltaba
una víctima y la entregaba agonizante a las desplumadoras, cogía otra
para hacerle la misma caricia. Jaulones enormes había por todas partes,
llenos de pollos y gallos, los cuales asomaban la cabeza roja por entre
las cañas, sedientos y fatigados, para respirar un poco de aire, y aun
allí los infelices presos se daban de picotazos por aquello de _si tú
sacaste más pico que yo... si ahora me toca a mí sacar todo el
pescuezo_.

Habiendo apreciado este espectáculo poco grato, el olor de corral que
allí había, y el ruido de alas, picotazos y cacareo de tanta víctima,
Juanito la emprendió con los famosos peldaños de granito, negros ya y
gastados. Efectivamente, parecía la subida a un castillo o prisión de
Estado. El paramento era de fábrica cubierta de yeso y este de rayas e
inscripciones soeces o tontas. Por la parte más próxima a la calle,
fuertes rejas de hierro completaban el aspecto feudal del edificio. Al
pasar junto a la puerta de una de las habitaciones del entresuelo,
Juanito la vio abierta y, lo que es natural, miró hacia dentro, pues
todos los accidentes de aquel recinto despertaban en sumo grado su
curiosidad. Pensó no ver nada y vio algo que de pronto le impresionó,
una mujer bonita, joven, alta... Parecía estar en acecho, movida de una
curiosidad semejante a la de Santa Cruz, deseando saber quién demonios
subía a tales horas por aquella endiablada escalera. La moza tenía
pañuelo azul claro por la cabeza y un mantón sobre los hombros, y en el
momento de ver al Delfín, se infló con él, quiero decir, que hizo ese
característico arqueo de brazos y alzamiento de hombros con que las
madrileñas del pueblo se agasajan dentro del mantón, movimiento que les
da cierta semejanza con una gallina que esponja su plumaje y se ahueca
para volver luego a su volumen natural.

Juanito no pecaba de corto, y al ver a la chica y observar lo linda que
era y lo bien calzada que estaba, diéronle ganas de tomarse confianzas
con ella.

--¿Vive aquí--le preguntó--el Sr. de Estupiñá?

--¿D. Plácido?... en lo _más último de arriba_ --contestó la joven,
dando algunos pasos hacia fuera.

Y Juanito pensó: «Tú sales para que te vea el pie. Buena bota»...
Pensando esto, advirtió que la muchacha sacaba del mantón una mano con
mitón encarnado y que se la llevaba a la boca. La confianza se
desbordaba del pecho del joven Santa Cruz, y no pudo menos de decir:

--¿Qué come usted, criatura?

--¿No lo ve usted? --replicó mostrándoselo--Un huevo.

--¡Un huevo crudo! Con mucho donaire, la muchacha se llevó a la boca por
segunda vez el huevo roto y se atizó otro sorbo.

--No sé cómo puede usted comer esas babas crudas--dijo Santa Cruz, no
hallando mejor modo de trabar conversación.

--Mejor que guisadas. ¿Quiere usted?--replicó ella ofreciendo al Delfín
lo que en el cascarón quedaba.

Por entre los dedos de la chica se escurrían aquellas babas gelatinosas
y transparentes. Tuvo tentaciones Juanito de aceptar la oferta; pero no;
le repugnaban los huevos crudos.

--No, gracias. Ella entonces se lo acabó de sorber, y arrojó el
cascarón, que fue a estrellarse contra la pared del tramo inferior.
Estaba limpiándose los dedos con el pañuelo, y Juanito discurriendo por
dónde pegaría la hebra, cuando sonó abajo una voz terrible que dijo:
_¡Fortunaaá!_ Entonces la chica se inclinó en el pasamanos y soltó un
_yia voy_ con chillido tan penetrante que Juanito creyó se le desgarraba
el tímpano. El _yia_ principalmente sonó como la vibración agudísima de
una hoja de acero al deslizarse sobre otra. Y al soltar aquel sonido,
digno canto de tal ave, la moza se arrojó con tanta presteza por las
escaleras abajo, que parecía rodar por ellas. Juanito la vio
desaparecer, oía el ruido de su ropa azotando los peldaños de piedra y
creyó que se mataba. Todo quedó al fin en silencio, y de nuevo emprendió
el joven su ascensión penosa. En la escalera no volvió a encontrar a
nadie, ni una mosca siquiera, ni oyó más ruido que el de sus propios
pasos.

Cuando Estupiñá le vio entrar sintió tanta alegría, que a punto estuvo
de ponerse bueno instantáneamente por la sola virtud del contento. No
estaba el hablador en la cama sino en un sillón, porque el lecho le
hastiaba, y la mitad inferior de su cuerpo no se veía porque estaba
liado como las momias, y envuelto en mantas y trapos diferentes. Cubría
su cabeza, orejas inclusive, el gorro negro de punto que usaba dentro de
la iglesia. Más que los dolores reumáticos molestaba al enfermo el no
tener con quién hablar, pues la mujer que le servía, una tal doña
Brígida, patrona o ama de llaves, era muy displicente y de pocas
palabras. No poseía Estupiñá ningún libro, pues no necesitaba de ellos
para instruirse. Su biblioteca era la sociedad y sus textos las palabras
calentitas de los vivos. Su ciencia era su fe religiosa, y ni para rezar
necesitaba breviarios ni florilogios, pues todas las oraciones las
sabía de memoria. Lo impreso era para él música, garabatos que no sirven
de nada. Uno de los hombres que menos admiraba Plácido era Guttenberg.
Pero el aburrimiento de su enfermedad le hizo desear la compañía de
alguno de estos habladores mudos que llamamos libros. Busca por aquí,
busca por allá, y no se encontraba cosa impresa. Por fin, en polvoriento
arcón halló doña Brígida un mamotreto perteneciente a un exclaustrado
que moró en la misma casa allá por el año 40. Abriolo Estupiñá con
respeto, ¿y qué era? El tomo undécimo del _Boletín Eclesiástico de la
Diócesis de Lugo_. Apechugó, pues, con aquello, pues no había otra cosa.
Y se lo atizó todo, de cabo a rabo, sin omitir letra, articulando
correctamente las sílabas en voz baja a estilo de rezo. Ningún tropiezo
le detenía en su lectura, pues cuando le salía al encuentro un latín
largo y oscuro, le metía el diente sin vacilar. Las pastorales,
sinodales, bulas y demás entretenidas cosas que el libro traía, fueron
el único remedio de su soledad triste, y lo mejor del caso es que llegó
a tomar el gusto a manjar tan desabrido, y algunos párrafos se los
echaba al coleto dos veces, masticando las palabras con una sonrisa, que
a cualquier observador mal enterado le habría hecho creer que el tomazo
era de Paul de Kock.

«Es cosa muy buena» dijo Estupiñá, guardando el libro al ver que Juanito
se reía.

Y estaba tan agradecido a la visita del Delfín, que no hacía más que
mirarle recreándose en su guapeza, en su juventud y elegancia. Si
hubiera sido veinte veces hijo suyo, no le habría contemplado con más
amor. Dábale palmadas en la rodilla, y le interrogaba prolijamente por
todos los de la familia, desde Barbarita, que era el número uno, hasta
el gato. El Delfín, después de satisfacer la curiosidad de su amigo,
hízole a su vez preguntas acerca de la vecindad de aquella casa en que
estaba. «Buena gente--respondió Estupiñá--; sólo hay unos inquilinos que
alborotan algo por las noches. La finca pertenece al Sr. de Moreno Isla,
y puede que se la administre yo desde el año que viene. Él lo desea; ya
me habló de ello tu mamá, y he respondido que estoy a sus órdenes...
Buena finca; con un cimiento de pedernal que es una gloria... escalera
de piedra, ya habrás visto; sólo que es un poquito larga. Cuando
vuelvas, si quieres acortar treinta escalones, entras por el _Ramo de
azucenas_, la zapatería que está en la Plaza. Tú conoces a Dámaso
Trujillo. Y si no le conoces, con decir: «voy a ver a Plácido» te dejará
pasar.

Estupiñá siguió aún más de una semana sin salir de casa, y el Delfín iba
todos los días a verle ¡todos los días!, con lo que estaba mi hombre
más contento que unas Pascuas, pero en vez de entrar por la zapatería,
Juanito, a quien sin duda no cansaba la escalera, entraba siempre por el
establecimiento de huevos de la Cava.




-IV-

Perdición y salvamento del Delfín




--i--


Pasados algunos días, cuando ya Estupiñá andaba por ahí restablecido
aunque algo cojo, Barbarita empezó a notar en su hijo inclinaciones
nuevas y algunas mañas que le desagradaron. Observó que el Delfín, cuya
edad se aproximaba a los veinticinco años, tenía horas de infantil
alegría y días de tristeza y recogimiento sombríos. Y no pararon aquí
las novedades. La perspicacia de la madre creyó descubrir un notable
cambio en las costumbres y en las compañías del joven fuera de casa, y
lo descubrió con datos observados en ciertas inflexiones muy
particulares de su voz y lenguaje. Daba a la _elle_ el tono arrastrado
que la gente baja da a la _y_ consonante; y se le habían pegado modismos
pintorescos y expresiones groseras que a la mamá no le hacían maldita
gracia. Habría dado cualquier cosa por poder seguirle de noche y ver con
qué casta de gente se juntaba. Que esta no era fina, a la legua se
conocía.

Y lo que Barbarita no dudaba en calificar de encanallamiento, empezó a
manifestarse en el vestido. El Delfín se encajó una capa de esclavina
corta con mucho ribete, mucha trencilla y pasamanería. Poníase por las
noches el sombrerito pavero, que, a la verdad, le caía muy bien, y se
peinaba con los mechones ahuecados sobre las sienes. Un día se presentó
en la casa un sastre con facha de sacristán, que era de los que hacen
ropa ajustada para toreros, chulos y matachines; pero doña Bárbara no le
dejó sacar la cinta de medir, y poco faltó para que el pobre hombre
fuera rodando por las escaleras. «¿Es posible--dijo a su niño, sin
disimular la ira--, que se te antoje también ponerte esos pantalones
ajustados con los cuales las piernas de los hombres parecen zancas de
cigüeña?». Y una vez roto el fuego, rompió la señora en acusaciones
contra su hijo por aquellas maneras nuevas de hablar y de vestir. Él se
reía, buscando medios de eludir la cuestión; pero la inflexible mamá le
cortaba la retirada con preguntas contundentes. ¿A dónde iba por las
noches? ¿Quiénes eran sus amigos? Respondía él que los de siempre, lo
cual no era verdad, pues salvo Villalonga, que salía con él muy puesto
también de capita corta y pavero, los antiguos condiscípulos no
aportaban ya por la casa. Y Barbarita citaba a Zalamero, a Pez, al chico
de Tellería. ¿Cómo no hacer comparaciones? Zalamero, a los veintisiete
años, era ya diputado y subsecretario de Gobernación, y se decía que
Rivero quería dar a Joaquinito Pez un Gobierno de provincia. Gustavito
hacía cada artículo de crítica y cada estudio sobre los Orígenes de tal
o cual cosa, que era una bendición, y en tanto él y Villalonga ¿en qué
pasaban el tiempo?, ¿en qué?, en adquirir hábitos ordinarios y en
tratarse con zánganos de coleta. A mayor abundamiento, en aquella época
del 70 se le desarrolló de tal modo al Delfín la afición a los toros,
que no perdía corrida, ni dejaba de ir al apartado ningún día y a veces
se plantaba en la dehesa. Doña Bárbara vivía en la mayor intranquilidad,
y cuando alguien le contaba que había visto a su ídolo en compañía de un
individuo del arte del cuerno, se subía a la parra y... «Mira, Juan,
creo que tú y yo vamos a perder las amistades. Como me traigas a casa a
uno de esos tagarotes de calzón ajustado, chaqueta corta y botita de
caña clara, te pego, sí, hago lo que no he hecho nunca, cojo una escoba
y ambos salís de aquí pitando»... Estos furores solían concluir con
risas, besos, promesas de enmienda y reconciliaciones cariñosas, porque
Juanito se pintaba solo para desenojar a su mamá.

Como supiera un día la dama que su hijo frecuentaba los barrios de
Puerta Cerrada, calle de Cuchilleros y Cava de San Miguel, encargó a
Estupiñá que vigilase, y este lo hizo con muy buena voluntad llevándole
cuentos, dichos en voz baja y melodramática: «Anoche cenó en la
pastelería del sobrino de Botín, en la calle de Cuchilleros... ¿sabe la
señora? También estaba el Sr. de Villalonga y otro que no conozco, un
tipo así... ¿cómo diré?, de estos de sombrero redondo y capa con
esclavina ribeteada. Lo mismo puede pasar por un _randa_ que por un
señorito disfrazado».

--¿Mujeres...?--preguntó con ansiedad Barbarita.

--Dos, señora, dos--dijo Plácido corroborando con igual número de dedos
muy estirados lo que la voz denunciaba--. No les pude ver las estampas.
Eran de estas de mantón pardo, delantal azul, buena bota y pañuelo a la
cabeza... en fin, un par de reses muy bravas.

A la semana siguiente, otra delación:

«Señora, señora...».

--¿Qué? --Ayer y anteayer entró el niño en una tienda de la Concepción
Jerónima, donde venden filigranas y corales de los que usan las amas de
cría...

--¿Y qué? --Que pasa allí largas horas de la tarde y de la noche. Lo sé
por Pepe Vallejo, el de la cordelería de enfrente, a quien he encargado
que esté con mucho ojo.

--¿Tienda de filigranas y de corales?

--Sí, señora; una de estas platerías de puntapié, que todo lo que tienen
no vale seis duros.

No la conozco; se ha puesto hace poco; pero yo me enteraré. Aspecto de
pobreza. Se entra por una puerta vidriera que también es entrada del
portal, y en el vidrio han puesto un letrero que dice: _Especialidad en
regalos para amas_... Antes estaba allí un relojero llamado Bravo, que
murió de miserere.

De pronto los cuentos de Estupiñá cesaron. A Barbarita todo se le volvía
preguntar y más preguntar, y el dichoso hablador no sabía nada. Y
cuidado que tenía mérito la discreción de aquel hombre, porque era el
mayor de los sacrificios; para él equivalía a cortarse la lengua el
tener que decir: «no sé nada, absolutamente nada». A veces parecía que
sus insignificantes e inseguras revelaciones querían ocultar la verdad
antes que esclarecerla. «Pues nada, señora; he visto a Juanito en un
simón, solo, por la Puerta del Sol... digo... por la Plaza del Ángel...
Iba con Villalonga... se reían mucho los dos... de algo que les hacía
gracia...». Y todas las denuncias eran como estas, bobadas,
subterfugios, evasivas... Una de dos: o Estupiñá no sabía nada, o si
sabía no quería decirlo por no disgustar a la señora.

Diez meses pasaron de esta manera, Barbarita interrogando a Estupiñá, y
este no queriendo o no teniendo qué responder, hasta que allá por Mayo
del 70, Juanito empezó a abandonar aquellos mismos hábitos groseros que
tanto disgustaban a su madre. Esta, que lo observaba atentísimamente,
notó los síntomas del lento y feliz cambio en multitud de accidentes de
la vida del joven. Cuánto se regocijaba la señora con esto, no hay para
qué decirlo. Y aunque todo ello era inexplicable llegó un momento en que
Barbarita dejó de ser curiosa, y no le importaba nada ignorar los
desvaríos de su hijo con tal que se reformase. Lentamente, pues,
recobraba el Delfín su personalidad normal. Después de una noche que
entró tarde y muy sofocado, y tuvo cefalalgia y vómitos, la mudanza
pareció más acentuada. La mamá entreveía en aquella ignorada página de
la existencia de su heredero, amores un tanto libertinos, orgías de mal
gusto, bromas y riñas quizás; pero todo lo perdonaba, todo, todito, con
tal que aquel trastorno pasase, como pasan las indispensables crisis de
las edades. «Es un sarampión de que no se libra ningún muchacho de estos
tiempos--decía--. Ya sale el mío de él, y Dios quiera que salga en bien.

Notó también que el Delfín se preocupaba mucho de ciertos recados o
esquelitas que a la casa traían para él, mostrándose más bien temeroso
de recibirlos que deseoso de ellos. A menudo daba a los criados orden de
que le negaran y de que no se admitiera carta ni recado. Estaba algo
inquieto, y su mamá se dijo gozosa: «Persecución tenemos; pero él parece
querer cortar toda clase de comunicaciones. Esto va bien». Hablando de
esto con su marido, D. Baldomero, en quien lo progresista no quitaba lo
autoritario (emblema de los tiempos), propuso un plan defensivo que
mereció la aprobación de ella. «Mira, hija, lo mejor es que yo hable hoy
mismo con el Gobernador, que es amigo nuestro. Nos mandará acá una
pareja de orden público, y en cuanto llegue hombre o mujer de malas
trazas con papel o recadito, me lo trincan, y al Saladero de cabeza».

Mejor que este plan era el que se le había ocurrido a la señora. Tenían
tomada casa en Plencia para pasar la temporada de verano, fijando la
fecha de la marcha para el 8 o el 10 de Julio. Pero Barbarita, con
aquella seguridad del talento superior que en un punto inicia y ejecuta
las resoluciones salvadoras, se encaró con Juanito, y de buenas a
primeras le dijo: «Mañana mismo nos vamos a Plencia».

Y al decirlo se fijó en la cara que puso. Lo primero que expresó el
Delfín fue alegría. Después se quedó pensativo. «Pero deme usted dos o
tres días. Tengo que arreglar varios asuntos...».

--¿Qué asuntos tienes tú, hijo? Música, música. Y en caso de que tengas
alguno, créeme, vale más que lo dejes como está.

Dicho y hecho. Padres e hijo salieron para el Norte el día de San Pedro.
Barbarita iba muy contenta, juzgándose ya vencedora, y se decía por el
camino: «Ahora le voy a poner a mi pollo una calza para que no se me
escape más». Instaláronse en su residencia de verano, que era como un
palacio, y no hay palabras con qué ponderar lo contentos y saludables
que todos estaban. El Delfín, que fue desmejoradillo, no tardó en
reponerse, recobrando su buen color, su palabra jovial y la plenitud de
sus carnes. La mamá se la tenía guardada. Esperaba ocasión propicia, y
en cuanto esta llegó supo acometer la empresa aquella de la calza, como
persona lista y conocedora de las mañas del ave que era preciso
aprisionar. Dios la ayudaba sin duda, porque el pollo no parecía muy
dispuesto a la resistencia.

«Pues sí--dijo ella, después de una conversación preparada con gracia--.
Es preciso que te cases. Ya te tengo la mujer buscada. Eres un
chiquillo, y a ti hay que dártelo todo hecho. ¡Qué será de ti el día en
que yo te falte! Por eso quiero dejarte en buenas manos... No te rías,
no; es la verdad, yo tengo que cuidar de todo, lo mismo de pegarte el
botón que se te ha caído, que de elegirte la que ha de ser compañera de
toda tu vida, la que te ha de mimar cuando yo me muera. ¿A ti te cabe en
la cabeza que pueda yo proponerte nada que no te convenga?... No. Pues a
callar, y pon tu porvenir en mis manos. No sé qué instinto tenemos las
madres, algunas quiero decir. En ciertos casos no nos equivocamos; somos
infalibles como el Papa».

La esposa que Barbarita proponía a su hijo era Jacinta, su prima, la
tercera de las hijas de Gumersindo Arnaiz. ¡Y qué casualidad! Al día
siguiente de la conferencia citada, llegaban a Plencia y se instalaban
en una casita modesta, Gumersindo e Isabel Cordero con toda su caterva
menuda. Candelaria no salía de Madrid, y Benigna había ido a Laredo.

Juan no dijo que sí ni que no. Limitose a responder por fórmula que lo
pensaría; pero una voz de su alma le declaraba que aquella gran mujer y
madre tenía tratos con el Espíritu Santo, y que su proyecto era un
verdadero caso de infalibilidad.




--ii--


Porque Jacinta era una chica de prendas excelentes, modestita, delicada,
cariñosa y además muy bonita. Sus lindos ojos estaban ya declarando la
sazón de su alma o el punto en que tocan a enamorarse y enamorar.
Barbarita quería mucho a todas sus sobrinas; pero a Jacinta la adoraba;
teníala casi siempre consigo y derramaba sobre ella mil atenciones y
miramientos, sin que nadie, ni aun la propia madre de Jacinta, pudiera
sospechar que la criaba para nuera. Toda la parentela suponía que los
señores de Santa Cruz tenían puestas sus miras en alguna de las chicas
de Casa-Muñoz, de Casa-Trujillo o de otra familia rica y titulada.
Pero Barbarita no pensaba en tal cosa. Cuando reveló sus planes a D.
Baldomero, este sintió regocijo, pues también a él se le había ocurrido
lo mismo.

Ya dije que el Delfín prometió pensarlo; mas esto significaba sin duda
la necesidad que todos sentimos de no aparecer sin voluntad propia en
los casos graves; en otros términos, su amor propio, que le gobernaba
más que la conciencia, le exigía, ya que no una elección libre, el
simulacro de ella. Por eso Juanito no sólo lo decía, sino que parecía
como que pensaba, yéndose a pasear solo por aquellos peñascales, y se
engañaba a sí mismo diciéndose: «¡qué pensativo estoy!». Porque estas
cosas son muy serias, ¡vaya!, y hay que revolverlas mucho en el magín.
Lo que hacía el muy farsante era saborear de antemano lo que se le
aproximaba y ver de qué manera decía a su madre con el aire más grave y
filosófico del mundo: «Mamá, he meditado profundísimamente sobre este
problema, pesando con escrúpulo las ventajas y los inconvenientes, y la
verdad, aunque el caso tiene sus más y sus menos, aquí me tiene usted
dispuesto a complacerla».

Todo esto era comedia, y querer echárselas de hombre reflexivo. Su madre
había recobrado sobre él aquel ascendiente omnímodo que tuvo antes de
las trapisondas que apuntadas quedan, y como el hijo pródigo a quien los
reveses hacen ver cuánto le daña el obrar y pensar por cuenta propia,
descansaba de sus funestas aventuras pensando y obrando con la cabeza y
la voluntad de su madre.

Lo peor del caso era que nunca le había pasado por las mientes casarse
con Jacinta, a quien siempre miró más como hermana que como prima.
Siendo ambos de muy corta edad (ella tenía un año y meses menos que él)
habían dormido juntos, y habían derramado lágrimas y acusádose
mutuamente por haber secuestrado él las muñecas de ella, y haber ella
arrojado a la lumbre, para que se derritieran, los soldaditos de él.
Juan la hacía rabiar, descomponiéndole la casa de muñecas, ¡anda!, y
Jacinta se vengaba arrojando en su barreño de agua los caballos de Juan
para que se ahogaran... ¡anda! Por un rey mago, negro por más señas,
hubo unos dramas que acabaron en leña por partida doble, es decir, que
Barbarita azotaba alternadamente uno y otro par de nalgas como el que
toca los timbales; y todo porque Jacinta le había cortado la cola al
camello del rey negro; cola de cerda, no vayan a creer... «Envidiosa».
«Acusón»... Ya tenían ambos la edad en que un misterioso respeto les
prohibía darse besos, y se trataban con vivo cariño fraternal. Jacinta
iba todos los martes y viernes a pasar el día entero en casa de
Barbarita, y esta no tenía inconveniente en dejar solos largos ratos a
su hijo y a su sobrina; porque si cada cual en sí tenía el desarrollo
moral que era propio de sus veinte años, uno frente a otro continuaban
en la _edad del pavo_, muy lejos de sospechar que su destino les
aproximaría cuando menos lo pensasen.

El paso de esta situación fraternal a la de amantes no le parecía al
joven Santa Cruz cosa fácil. Él, que tan atrevido era lejos del hogar
paterno, sentíase acobardado delante de aquella flor criada en su
propia casa, y tenía por imposible que las cunitas de ambos, reunidas,
se convirtieran en tálamo. Mas para todo hay remedio menos para la
muerte, y Juanito vio con asombro, a poco de intentar la metamorfosis,
que las dificultades se desleían como la sal en el agua; que lo que a él
le parecía montaña era como la palma de la mano, y que el tránsito de la
fraternidad al enamoramiento se hacía _como una seda_. La primita,
haciéndose también la sorprendida en los primeros momentos y aun la
vergonzosa, dijo también que aquello debía pensarse. Hay motivos para
creer que Barbarita se lo había hecho pensar ya. Sea lo que quiera, ello
es que a los cuatro días de romperse el hielo ya no había que enseñarles
nada de noviazgo. Creeríase que no habían hecho en su vida otra cosa más
que estar picoteando todo el santo día. El país y el ambiente eran
propicios a esta vida nueva. Rocas formidables, olas, playa con
caracolitos, praderas verdes, setos, callejas llenas de arbustos,
helechos y líquenes, veredas cuyo término no se sabía, caseríos rústicos
que al caer de la tarde despedían de sus abollados techos humaredas
azules, celajes grises, rayos de sol dorando la arena, velas de
pescadores cruzando la inmensidad del mar, ya azul, ya verdoso, terso un
día, otro aborregado, un vapor en el horizonte tiznando el cielo con su
humo, un aguacero en la montaña y otros accidentes de aquel admirable
fondo poético, favorecían a los amantes, dándoles a cada momento un
ejemplo nuevo para aquella gran ley de la Naturaleza que estaban
cumpliendo.

Jacinta era de estatura mediana, con más gracia que belleza, lo que se
llama en lenguaje corriente una mujer _mona_. Su tez finísima y sus ojos
que despedían alegría y sentimiento componían un rostro sumamente
agradable. Y hablando, sus atractivos eran mayores que cuando estaba
callada, a causa de la movilidad de su rostro y de la expresión
variadísima que sabía poner en él. La estrechez relativa en que vivía la
numerosa familia de Arnaiz, no le permitía variar sus galas; pero sabía
triunfar del amaneramiento con el arte, y cualquier perifollo anunciaba
en ella una mujer que, si lo quería, estaba llamada a ser elegantísima.
Luego veremos. Por su talle delicado y su figura y cara porcelanescas,
revelaba ser una de esas hermosuras a quienes la Naturaleza concede poco
tiempo de esplendor, y que se ajan pronto, en cuanto les toca la primera
pena de la vida o la maternidad.

Barbarita, que la había criado, conocía bien sus notables prendas
morales, los tesoros de su corazón amante, que pagaba siempre con creces
el cariño que se le tenía, y por todo esto se enorgullecía de su
elección. Hasta que ciertas tenacidades de carácter que en la niñez eran
un defecto, agradábanle cuando Jacinta fue mujer porque no es bueno que
las hembras sean todas miel, y conviene que guarden una reserva de
energía para ciertas ocasiones difíciles.

La noticia del matrimonio de Juanito cayó en la familia Arnaiz como una
bomba que revienta y esparce, no desastres y muertes, sino esperanza y
dichas. Porque hay que tener en cuenta que el Delfín, por su fortuna,
por sus prendas, por su talento, era considerado como un ser bajado del
cielo. Gumersindo Arnaiz no sabía lo que le pasaba; lo estaba viendo y
aún le parecía mentira; y siendo el amartelamiento de los novios
bastante empalagoso, a él le parecía que todavía se quedaban cortos y
que debían entortolarse mucho más. Isabel era tan feliz que, de vuelta
ya en Madrid, decía que le iba a dar algo, y que seguramente su
empobrecida naturaleza no podría soportar tanta felicidad. Aquel
matrimonio había sido la ilusión de su vida durante los últimos años,
ilusión que por lo muy hermosa no encajaba en la realidad. No se había
atrevido nunca a hablar de esto a su cuñada, por temor de parecer
excesivamente ambiciosa y atrevida.

Faltábale tiempo a la buena señora para dar parte a sus amigas del feliz
suceso; no sabía hablar de otra cosa, y aunque desmadejada ya y sin
fuerzas a causa del trabajo y de los alumbramientos, cobraba nuevos
bríos para entregarse con delirante actividad a los preparativos de
boda, al equipo y demás cosas. ¡Qué proyectos hacía, qué cosas
inventaba, qué previsión la suya! Pero en medio de su inmensa tarea, no
cesaba de tener corazonadas pesimistas, y exclamaba con tristeza: «¡Si
me parece mentira!... ¡Si yo no he de verlo!...». Y este presentimiento,
por ser de cosa mala, vino a cumplirse al cabo, porque la alegría
inquieta fue como una combustión oculta que devoró la poca vida que allí
quedaba. Una mañana de los últimos días de Diciembre, Isabel Cordero,
hallándose en el comedor de su casa, cayó redonda al suelo como herida
de un rayo. Acometida de violentísimo ataque cerebral, falleció aquella
misma noche, rodeada de su marido y de sus consternados y amantes hijos.
No recobró el conocimiento después del ataque, no dijo esta boca es mía,
ni se quejó. Su muerte fue de esas que vulgarmente se comparan a la de
_un pajarito_. Decían los vecinos y amigos que había _reventado de
gusto_. Aquella gran mujer, heroína y mártir del deber, autora de diez y
siete españoles, se embriagó de felicidad sólo con el olor de ella, y
sucumbió a su primera embriaguez. En su muerte la perseguían las fechas
célebres, como la habían perseguido en sus partos, cual si la historia
la rondara deseando tener algo que ver con ella. Isabel Cordero y D.
Juan Prim expiraron con pocas horas de diferencia.




-V-

Viaje de novios




--i--


La boda se verificó en Mayo del 71. Dijo D. Baldomero con muy buen
juicio que pues era costumbre que se largaran los novios, acabadita de
recibir la bendición, a correrla por esos mundos, no comprendía fuese de
rigor el paseo por Francia o por Italia, habiendo en España tantos
lugares dignos de ser vistos. Él y Barbarita no habían ido ni siquiera a
Chamberí, porque en su tiempo los novios se quedaban donde estaban, y el
único español que se permitía viajar era el duque de Osuna, D. Pedro.
¡Qué diferencia de tiempos!... Y ahora, hasta Periquillo Redondo, el que
tiene el bazar de corbatas al aire libre en la esquina de la casa de
Correos había hecho su viajecito a París... Juanito se manifestó
enteramente conforme con su papá, y recibida la bendición nupcial,
verificado el almuerzo en familia sin aparato alguno a causa del luto,
sin ninguna cosa notable como no fuera un conato de brindis de Estupiñá,
cuya boca tapó Barbarita a la primera palabra; dadas las despedidas, con
sus lágrimas y besuqueos correspondientes, marido y mujer se fueron a la
estación. La primera etapa de su viaje fue Burgos, a donde llegaron a
las tres de la mañana, felices y locuaces, riéndose de todo, del frío y
de la oscuridad. En el alma de Jacinta, no obstante, las alegrías no
excluían un cierto miedo, que a veces era terror. El ruido del ómnibus
sobre el desigual piso de las calles, la subida a la fonda por angosta
escalera, el aposento y sus muebles de mal gusto, mezcla de desechos de
ciudad y de lujos de aldea, aumentaron aquel frío invencible y aquella
pavorosa expectación que la hacían estremecer. ¡Y tantísimo como quería
a su marido!... ¿Cómo compaginar dos deseos tan diferentes; que su
marido se apartase de ella y que estuviese cerca? Porque la idea de que
se pudiera ir, dejándola sola, era como la muerte, y la de que se
acercaba y la cogía en brazos con apasionado atrevimiento, también la
ponía temblorosa y asustada. Habría deseado que no se apartara de ella,
pero que se estuviera quietecito.

Al día siguiente, cuando fueron a la catedral, ya bastante tarde, sabía
Jacinta una porción de expresiones cariñosas y de íntima confianza de
amor que hasta entonces no había pronunciado nunca, como no fuera en la
vaguedad discreta del pensamiento que recela descubrirse a sí mismo. No
le causaba vergüenza el decirle al otro que le idolatraba, así, así,
clarito... al pan pan y al vino vino... ni preguntarle a cada momento si
era verdad que él también estaba hecho un idólatra y que lo estaría
hasta el día del Juicio final. Y a la tal preguntita, que había venido a
ser tan frecuente como el pestañear, el que estaba de turno contestaba
_Chí_, dando a esta sílaba un tonillo de pronunciación infantil. El
_Chí_ se lo había enseñado Juanito aquella noche, lo mismo que el decir,
también en estilo mimoso, _¿me quieles?_, y otras tonterías y
chiquilladas empalagosas, dichas de la manera más grave del mundo. En la
misma catedral, cuando les quitaba la vista de encima el sacristán que
les enseñaba alguna capilla o preciosidad reservada, los esposos
aprovechaban aquel momento para darse besos a escape y a hurtadillas,
frente a la santidad de los altares consagrados o detrás de la estatua
yacente de un sepulcro. Es que Juanito era un pillín, y un goloso y un
atrevido. A Jacinta le causaban miedo aquellas profanaciones; pero las
consentía y toleraba, poniendo su pensamiento en Dios y confiando en que
Este, al verlas, volvería la cabeza con aquella indulgencia propia del
que es fuente de todo amor.

Todo era para ellos motivo de felicidad. Contemplar una maravilla del
arte les entusiasmaba y de puro entusiasmo se reían, lo mismo que de
cualquier contrariedad. Si la comida era mala, risas; si el coche que
les llevaba a la Cartuja iba danzando en los baches del camino, risas;
si el sacristán de las Huelgas les contaba mil papas, diciendo que la
señora abadesa se ponía mitra y gobernaba a los curas, risas. Y a más de
esto, todo cuanto Jacinta decía, aunque fuera la cosa más seria del
mundo, le hacía a Juanito una gracia extraordinaria. Por cualquier
tontería que este dijese, su mujer soltaba la carcajada. Las crudezas de
estilo popular y aflamencado que Santa Cruz decía alguna vez,
divertíanla más que nada y las repetía tratando de fijarlas en su
memoria. Cuando no son muy groseras, estas fórmulas de hablar hacen
gracia, como caricaturas que son del lenguaje.

El tiempo se pasa sin sentir para los que están en éxtasis y para los
enamorados. Ni Jacinta ni su esposo apreciaban bien el curso de las
fugaces horas. Ella, principalmente, tenía que pensar un poco para
averiguar si tal día era el tercero o el cuarto de tan feliz existencia.
Pero aunque no sepa apreciar bien la sucesión de los días, el amor
aspira a dominar en el tiempo como en todo, y cuando se siente
victorioso en lo presente, anhela hacerse dueño de lo pasado, indagando
los sucesos para ver si le son favorables, ya que no puede destruirlos y
hacerlos mentira. Fuerte en la conciencia de su triunfo presente,
Jacinta empezó a sentir el desconsuelo de no someter también el pasado
de su marido, haciéndose dueña de cuanto este había sentido y pensado
antes de casarse. Como de aquella acción pretérita sólo tenía leves
indicios, despertáronse en ella curiosidades que la inquietaban. Con los
mutuos cariños crecía la confianza, que empieza por ser inocente y va
adquiriendo poco a poco la libertad de indagar y el valor de las
revelaciones. Santa Cruz no estaba en el caso de que le mortificara la
curiosidad, porque Jacinta era la pureza misma. Ni siquiera había tenido
un novio de estos que no hacen más que mirar y poner la cara afligida.
Ella sí que tenía campo vastísimo en que ejercer su espíritu crítico.
Manos a la obra. No debe haber secretos entre los esposos. Esta es la
primera ley que promulga la curiosidad antes de ponerse a oficiar de
inquisidora.

Porque Jacinta hiciese la primera pregunta llamando a su marido _Nene_
(como él le había enseñado), no dejó este de sentirse un tanto molesto.
Iban por las alamedas de chopos que hay en Burgos, rectas e inacabables,
como senderos de pesadilla. La respuesta fue cariñosa, pero evasiva. ¡Si
lo que la _nena_ anhelaba saber era un devaneo, una tontería...!, cosas
de muchachos. La educación del hombre de nuestros días no puede ser
completa si este no trata con toda clase de gente, si no echa un vistazo
a todas las situaciones posibles de la vida, si no toma el tiento a las
pasiones todas. Puro estudio y educación pura... No se trataba de amor,
porque lo que es amor, bien podía decirlo, él no lo había sentido nunca
hasta que le hizo tilín la que ya era su mujer.

Jacinta creía esto; pero la fe es una cosa y la curiosidad otra. No
dudaba ni tanto así del amor de su marido; pero quería saber, sí señor,
quería enterarse de ciertas aventurillas. Entre esposos debe haber
siempre la mayor confianza, ¿no es eso? En cuanto hay secretos, adiós
paz del matrimonio. Pues bueno; ella quería leer de cabo a rabo ciertas
paginitas de la vida de su esposo antes de casarse. ¡Como que estas
historias ayudan bastante a la educación matrimonial! Sabiéndolas de
memoria, las mujeres viven más avisadas, y a poquito que los maridos se
deslicen... ¡tras!, ya están cogidos.

«Que me lo tienes que contar todito... Si no, no te dejo vivir».

Esto fue dicho en el tren, que corría y silbaba por las angosturas de
Pancorvo. En el paisaje veía Juanito una imagen de su conciencia. La vía
que lo traspasaba, descubriendo las sombrías revueltas, era la
indagación inteligente de Jacinta. El muy tuno se reía, prometiendo, eso
sí, contar luego; pero la verdad era que no contaba nada de sustancia.

«¡Sí, porque me engañas tú a mí!... A buena parte vienes... Sé más de lo
que te crees. Yo me acuerdo bien de algunas cosas que vi y oí. Tu mamá
estaba muy disgustada, porque te nos habías hecho muy chu... la... pito;
eso es».

El marido continuaba encerrado en su prudencia; mas no por eso se
enfadaba Jacinta. Bien le decía su sagacidad femenil que la obstinación
impertinente produce efectos contrarios a los que pretende. Otra habría
puesto en aquel caso unos morritos muy serios; ella no, porque fundaba
su éxito en la perseverancia combinada con el cariño capcioso y
diplomático. Entrando en un túnel de la Rioja, dijo así:

«¿Apostamos a que sin decirme tú una palabra, lo averiguo todo?».

Y a la salida del túnel, el enamorado esposo, después de estrujarla con
un abrazo algo teatral y de haber mezclado el restallido de sus besos al
mugir de la máquina humeante, gritaba:

«¿Qué puedo yo ocultar a esta mona golosa?... Te como; mira que te como.
¡Curiosona, fisgona, feúcha! ¿Tú quieres saber? Pues te lo voy a contar,
para que me quieras más».

--¿Más? ¡Qué gracia! Eso sí que es difícil.

--Espérate a que lleguemos a Zaragoza.

--No, ahora. --¿Ahora mismo?

--_Chí_.

--No... en Zaragoza. Mira que es historia larga y fastidiosa.

--Mejor... Cuéntala y luego veremos.

--Te vas a reír de mí. Pues señor... allá por Diciembre del año
pasado... no, del otro... ¿Ves?, ya te estás riendo.

--Que no me río, que estoy más seria que el Papamoscas.

--Pues bueno, allá voy... Como te iba diciendo, conocí a una mujer...
Cosas de muchachos. Pero déjame que empiece por el principio. Érase una
vez... un caballero anciano muy parecido a una cotorra y llamado
Estupiñá, el cual cayó enfermo y... cosa natural, sus amigos fueron a
verle... y uno de estos amigos, al subir la escalera de piedra, encontró
una muchacha que se estaba comiendo un huevo crudo... ¿Qué tal?...




--ii--


--Un huevo crudo... ¡qué asco!--exclamó Jacinta escupiendo una
salivita--. ¿Qué se puede esperar de quien se enamora de una mujer que
come huevos crudos?...

--Hablando aquí con imparcialidad, te diré que era guapa. ¿Te enfadas?

--¡Qué me voy a enfadar, hombre! Sigue...

Se comía el huevo, y te ofrecía y tú participaste...

--No, aquel día no hubo nada. Volví al siguiente y me la encontré otra
vez.

--Vamos, que le caíste en gracia y te estaba esperando.

No quería el Delfín ser muy explícito, y contaba a grandes rasgos,
suavizando asperezas y pasando como sobre ascuas por los pasajes de
peligro. Pero Jacinta tenía un arte instintivo para el manejo del
gancho, y sacaba siempre algo de lo que quería saber. Allí salió a
relucir parte de lo que Barbarita inútilmente intentó averiguar...
¿Quién era la del huevo?... Pues una chica huérfana que vivía con su
tía, la cual era huevera y pollera en la Cava de San Miguel. ¡Ah!
¡Segunda Izquierdo!... por otro nombre la _Melaera_, ¡qué basilisco!...
¡qué lengua!... ¡qué rapacidad!... Era viuda, y estaba liada, así se
dice, con un picador. «Pero basta de digresiones. La segunda vez que
entré en la casa, me la encontré sentada en uno de aquellos peldaños de
granito, llorando».

--¿A la tía? --No, mujer, a la sobrina. La tía le acababa de echar los
tiempos, y aún se oían abajo los resoplidos de la fiera... Consolé a la
pobre chica con cuatro palabrillas y me senté a su lado en el escalón.

--¡Qué poca vergüenza!

--Empezamos a hablar. No subía ni bajaba nadie. La chica era
confianzuda, inocentona, de estas que dicen todo lo que sienten, así lo
bueno como lo malo. Sigamos. Pues señor... al tercer día me la encontré
en la calle. Desde lejos noté que se sonreía al verme. Hablamos cuatro
palabras nada más; y volví y me colé en la casa; y me hice amigo de la
tía y hablamos; y una tarde salió el picador de entre un montón de
banastas donde estaba durmiendo la siesta, todo lleno de plumas, y
llegándose a mí me echó la zarpa, quiero decir, que me dio la manaza y
yo se la tomé, y me convidó a unas copas, y acepté y bebimos. No
tardamos Villalonga y yo en hacernos amigos de los amigos de aquella
gente... No te rías... Te aseguro que Villalonga me arrastraba a
aquella vida, porque se encaprichó por otra chica del barrio, como yo
por la sobrina de Segunda.

--¿Y cuál era más guapa?

--¡La mía!--replicó prontamente el Delfín, dejando entrever la fuerza de
su amor propio--, la mía... un animalito muy mono, una salvaje que no
sabía leer ni escribir. Figúrate, ¡qué educación! ¡Pobre pueblo!, y
luego hablamos de sus pasiones brutales, cuando nosotros tenemos la
culpa... Estas cosas hay que verlas de cerca... Sí, hija mía, hay que
poner la mano sobre el corazón del pueblo, que es sano... sí, pero a
veces sus latidos no son latidos, sino patadas... ¡Aquella infeliz
chica...! Como te digo, un animal; pero buen corazón, buen corazón...
¡pobre _nena_!

Al oír esta expresión de cariño, dicha por el Delfín tan
espontáneamente, Jacinta arrugó el ceño. Ella había heredado la
aplicación de la palabreja, que ya le disgustaba por ser como desecho de
una pasión anterior, un vestido o alhaja ensuciados por el uso; y
expresó su disgusto dándole al pícaro de Juanito una bofetada, que para
ser de mujer y en broma resonó bastante.

«¿Ves?, ya estás enfadada. Y sin motivo. Te cuento las cosas como
pasaron... Basta ya, basta de cuentos».

--No, no. No me enfado. Sigue, o te pego otra.

--No me da la gana... Si lo que yo quiero es borrar un pasado que
considero infamante; si no quiero tener ni memoria de él... Es un
episodio que tiene sus lados ridículos y sus lados vergonzosos. Los
pocos años disculpan ciertas demencias, cuando de ellas se saca el honor
puro y el corazón sano. ¿Para qué me obligas a repetir lo que quiero
olvidar, si sólo con recordarlo paréceme que no merezco este bien que
hoy poseo, tú, niña mía?

--Estás perdonado--dijo la esposa, arreglándose el cabello que Santa
Cruz le había descompuesto al acentuar de un modo material aquellas
expresiones tan sabias como apasionadas--. No soy impertinente, no exijo
imposibles. Bien conozco que los hombres la han de correr antes de
casarse. Te prevengo que seré muy celosa si me das motivo para serlo;
pero celos retrospectivos no tendré nunca.

Esto sería todo lo razonable y discreto que se quiera suponer; pero la
curiosidad no disminuía, antes bien aumentaba. Revivió con fuerza en
Zaragoza, después que los esposos oyeron misa en el Pilar y visitaron la
Seo.

«Si me quisieras contar algo más de aquello...» indicó Jacinta, cuando
vagaban por las solitarias y románticas calles que se extienden detrás
de la catedral.

Santa Cruz puso mala cara. «¡Pero qué tontín! Si lo quiero saber para
reírme, nada más que para reírme. ¿Qué creías tú, que me iba a
enfadar?... ¡Ay, qué bobito!... No, es que me hacen gracia tus
calaveradas. Tienen un _chic_. Anoche pensé en ellas, y aun soñé un
poquitito con la del huevo crudo y la tía y el mamarracho del tío. No,
si no me enojaba; me reía, créelo, me divertía viéndote entre esa
aristocracia, hecho un caballero, una persona decente, vamos, con el
pelito sobre la oreja. Ahora te voy a anticipar la continuación de la
historia. Pues señor... le hiciste el amor por lo fino, y ella lo
admitió por lo basto. La sacaste de la casa de su tía y os fuisteis los
dos a otro nido, en la Concepción Jerónima».

Juanito miró fijamente a su mujer, y después se echó a reír. Aquello no
era adivinación de Jacinta. Algo había oído sin duda, por lo menos el
nombre de la calle. Pensando que convenía seguir el tono festivo, dijo
así:

«Tú sabías el nombre de la calle; no vengas echándotelas de zahorí... Es
que Estupiñá me espiaba y le llevaba cuentos a mamá».

--Sigue con tu conquista. Pues señor...

--Cuestión de pocos días. En el pueblo, hija mía, los procedimientos son
breves. Ya ves cómo se matan. Pues lo mismo es el amor. Un día le dije:
«Si quieres probarme que me quieres, huye de tu casa conmigo». Yo pensé
que me iba a decir que no.

--Pensaste mal... sobre todo si en su casa había... leña.

--La respuesta fue coger el mantón, y decirme _vamos_. No podía salir
por la Cava. Salimos por la zapatería que se llama _Al ramo de
azucenas_. Lo que te digo; el pueblo es así, sumamente ejecutivo y
enemigo de trámites.

Jacinta miraba al suelo más que a su marido.

--Y a renglón seguido la consabida palabrita de casamiento--dijo
mirándole de lleno y observándole indeciso en la respuesta.

Aunque Jacinta no conocía personalmente a ninguna víctima de las
palabras de casamiento, tenía una clara idea de estos pactos diabólicos
por lo que de ellos había visto en los dramas, en las piezas cortas y
aun en las óperas, presentados como recurso teatral, unas veces para
hacer llorar al público y otras para hacerle reír. Volvió a mirar a su
marido, y notando en él una como sonrisilla de hombre de mundo, le dio
un pellizco acompañado de estos conceptos, un tanto airados:

«Sí, la palabra de casamiento con reserva mental de no cumplirla, una
burla, una estafa, una villanía. ¡Qué hombres!... Luego dicen... ¿Y esa
tonta no te sacó los ojos cuando se vio chasqueada?... Si hubiera sido
yo...».

--Si hubieras sido tú, tampoco me habrías sacado los ojos.

--Que sí... pillo... granujita. Vaya, no quiero saber más, no me cuentes
más.

--¿Para qué preguntas tú? Si te digo que no la quería, te enfadas
conmigo y tomas partido por ella... ¿Y si te dijera que la quería, que
al poco tiempo de sacarla de su casa, se me ocurría la simpleza de
cumplir la palabra de casamiento que le di?

--¡Ah, tuno!--exclamó Jacinta con ira cómica, aunque no enteramente
cómica--. Agradece que estamos en la calle, que si no, ahora mismo te
daba un par de repelones y de cada manotada me traía un mechón de
pelo... Con que casarte... ¡y me lo dices a mí!... ¡a mí!

La carcajada lanzada por Santa Cruz retumbó en la cavidad de la
plazoleta silenciosa y desierta con ecos tan extraños, que los dos
esposos se admiraron de oírla. Formaban la rinconada aquella vetustos
caserones de ladrillo modelado a estilo mudéjar, en las puertas
gigantones o salvajes de piedra con la maza al hombro, en las cornisas
aleros de tallada madera, todo de un color de polvo uniforme y
tristísimo. No se veían ni señales de alma viviente por ninguna parte.
Tras las rejas enmohecidas no aparecía ningún resquicio de maderas
entornadas por el cual se pudiera filtrar una mirada humana.

«Esto es tan solitario, hija mía--dijo el marido, quitándose el
sombrero y riendo--, que puedes armarme el gran escándalo sin que se
entere nadie».

Juanito corría. Jacinta fue tras él con la sombrilla levantada. «Que no
me coges». --«A que sí».--«Que te mato...». Y corrieron ambos por el
desigual pavimento lleno de yerba, él riendo a carcajadas, ella
coloradita y con los ojos húmedos. Por fin, ¡pum!, le dio un
sombrillazo, y cuando Juanito se rascaba, ambos se detuvieron jadeantes,
sofocados por la risa.

«Por aquí» dijo Santa Cruz señalando un arco que era la única salida.

Y cuando pasaban por aquel túnel, al extremo del cual se veía otra
plazoleta tan solitaria y misteriosa como la anterior, los amantes, sin
decirse una palabra, se abrazaron y estuvieron estrechamente unidos,
besuqueándose por espacio de un buen minuto y diciéndose al oído las
palabras más tiernas.

«Ya ves, esto es sabrosísimo. Quién diría que en medio de la calle podía
uno...».

--Si alguien nos viera... --murmuró Jacinta ruborizada, porque en
verdad, aquel rincón de Zaragoza podía ser todo lo solitario que se
quisiese, pero no era una alcoba.

--Mejor... si nos ven, mejor... Que se aguanten el gorro.

Y vuelta a los abracitos y a los vocablos de miel.

--Por aquí no pasa un alma... --dijo él--. Es más, creo que por aquí no
ha pasado nunca nadie. Lo menos hay dos siglos que no ha corrido por
estas paredes una mirada humana...

--Calla, me parece que siento pasos.

--Pasos... ¿a ver?... --Sí, pasos. En efecto, alguien venía. Oyose, sin
poder determinar por dónde, un arrastrar de pies sobre los guijarros del
suelo. Por entre dos casas apareció de pronto una figura negra. Era un
sacerdote viejo. Cogiéronse del brazo los consortes y avanzaron
afectando la mayor compostura. El clérigo, al pasar junto a ellos, les
miró mucho.

«Paréceme--indicó la esposa, agarrándose más al brazo de su marido y
pegándose mucho a él--, que nos lo ha conocido en la cara».

--¿Qué nos ha conocido?

--Que estábamos... tonteando.

--Psch... ¿y a mí, qué?

--Mira--dijo ella cuando llegaron a un sitio menos desierto--, no me
cuentes más historias. No quiero saber más. Punto final.

Rompió a reír, a reír, y el Delfín tuvo que preguntarle muchas veces la
causa de su hilaridad para obtener esta respuesta:

«¿Sabes de qué me río? De pensar en la cara que habría puesto tu mamá si
le entras por la puerta una nuera de mantón, sortijillas y pañuelo a la
cabeza, una nuera que dice _diquiá luego_ y no sabe leer».




--iii--


«Quedamos en que no hay más cuentos».

--No más... Bastante me he reído ya de tu tontería. Francamente, yo creí
que eras más avisado... Además, todo lo que me puedas contar me lo
figuro. Que te aburriste pronto. Es natural... El hombre bien criado y
la mujer ordinaria no emparejan bien. Pasa la ilusión, y después ¿qué
resulta? Que ella huele a cebolla y dice palabras feas... A él... como
si lo viera... se le revuelve el estómago, y empiezan las cuestiones. El
pueblo es sucio, la mujer de clase baja, por más que se lave el palmito,
siempre es pueblo. No hay más que ver las casas por dentro. Pues lo
mismo están los benditos cuerpos.

Aquella misma tarde, después de mirar la puerta del Carmen y los
elocuentes muros de Santa Engracia, que vieron lo que nadie volverá a
ver, paseaban por las arboledas de Torrero. Jacinta, pesando mucho sobre
el brazo de su marido, porque en verdad estaba cansadita, le dijo:

«Una sola cosa quiero saber, una sola. Después punto en boca. ¿Qué casa
era esa de la Concepción Jerónima...?».

--Pero, hija, ¿qué te importa?... Bueno, te lo diré. No tiene nada de
particular. Pues señor... vivía en aquella casa un tío de la tal,
hermano de la huevera, buen tipo, el mayor perdido y el animal más
grande que en mi vida he visto; un hombre que lo ha sido todo,
presidiario y revolucionario de barricadas, torero de invierno y
tratante en ganado. ¡Ah! ¡José Izquierdo!... te reirías si le vieras y
le oyeras hablar. Este tal le sorbió los sesos a una pobre mujer, viuda
de un platero y se casó con ella. Cada uno por su estilo, aquella pareja
valía un imperio. Todo el santo día estaban riñendo, de pico se
entiende... ¡Y qué tienda, hija, qué desorden, qué escenas! Primero se
emborrachaba él solo, después los dos a turno. Pregúntale a Villalonga;
él es quien cuenta esto a maravilla y remeda los jaleos que allí se
armaban. Paréceme mentira que yo me divirtiera con tales escándalos. ¡Lo
que es el hombre! Pero yo estaba ciego; tenía entonces la manía de lo
popular.

--¿Y su tía, cuando la vio deshonrada, se pondría hecha una furia,
verdad?

--Al principio sí... te diré...--replicó el Delfín buscando las
callejuelas de una explicación algo enojosa--. Pero más que por la
deshonra se enfurecía por la fuga. Ella quería tener en su casa a la
pobre muchacha, que era su machacante. Esta gente del pueblo es atroz.
¡Qué moral tan extraña la suya!, mejor dicho, no tiene ni pizca de
moral. Segunda empezó por presentarse todos los días en la tienda de la
Concepción Jerónima, y armar un escándalo a su hermano y a su cuñada.
«Que si tú eres esto, si eres lo otro...». Parece mentira; Villalonga y
yo, que oíamos estos _jollines_ desde el entresuelo, no hacíamos más que
reírnos. ¡A qué degradación llega uno cuando se deja caer así! Estaba yo
tan tonto, que me parecía que siempre había de vivir entre semejante
chusma. Pues no te quiero decir, hija de mi alma... un día que se metió
allí el picador, el querindango de Segunda. Este caballero y mi amigo
Izquierdo se tenían muy mala voluntad... ¡Lo que allí se dijeron!... Era
cosa de alquilar balcones.

--No sé cómo te divertía tanto salvajismo.

--Ni yo lo sé tampoco. Creo que me volví otro de lo que era y de lo que
volví a ser. Fue como un paréntesis en mi vida. Y nada, hija de mi alma,
fue el maldito capricho por aquella hembra popular, no sé qué de
entusiasmo artístico, una demencia ocasional que no puedo explicar.

--¿Sabes lo que estoy deseando ahora?--dijo bruscamente Jacinta.

--Que te calles, hombre, que te calles. Me repugna eso. Razón tienes; tú
no eras entonces tú. Trato de figurarme cómo eras y no lo puedo
conseguir. Quererte yo y ser tú como a ti mismo te pintas son dos cosas
que no puedo juntar.

--Dices bien, quiéreme mucho, y lo pasado pasado. Pero aguárdate un
poco: para dejar redondo el cuento, necesito añadir una cosa que te
sorprenderá. A las dos semanas de aquellos dimes y diretes, de tanta
bronca y de tanto escándalo entre los hermanos Izquierdo, y entre
Izquierdo y el picador, y tía y sobrina, se reconciliaron todos, y se
acabaron las riñas y no hubo más que finezas y apretones de manos.

--Sí que es particular. ¡Qué gente!

--El pueblo no conoce la dignidad. Sólo le mueven sus pasiones o el
interés. Como Villalonga y yo teníamos dinero largo para _juergas_ y
cañas, unos y otros tomaron el gusto a nuestros bolsillos, y pronto
llegó un día en que allí no se hacía más que beber, palmotear, tocar la
guitarra, _venga de ahí_, comer magras. Era una orgía continua. En la
tienda no se vendía; en ninguna de las dos casas se trabajaba. El día
que no había comida de campo había cena en la casa hasta la madrugada.
La vecindad estaba escandalizada. La policía rondaba. Villalonga y yo
como dos insensatos...

--¡Ay, qué par de apuntes!... Pero hijo, está lloviendo... a mí me ha
caído una gota en la punta de la nariz... ¿Ves?... Aprisita, que nos
mojamos.

El tiempo se les puso muy malo, y en todo el trayecto hasta Barcelona no
cesó de llover. Arrimados marido y mujer a la ventanilla, miraban la
lluvia, aquella cortina de menudas líneas oblicuas que descendían del
Cielo sin acabar de descender. Cuando el tren paraba, se sentía el
gotear del agua que los techos de los coches arrojaban sobre los
estribos. Hacía frío, y aunque no lo hiciera, los viajeros lo tendrían
sólo de ver las estaciones encharcadas, los empleados calados y los
campesinos que venían a tomar el tren con un saco por la cabeza. Las
locomotoras chorreaban agua y fuego juntamente, y en los hules de las
plataformas del tren de mercancías se formaban bolsas llenas de agua,
pequeños lagos donde habrían podido beber los pájaros, si los pájaros
tuvieran sed aquel día.

Jacinta estaba contenta, y su marido también, a pesar de la melancolía
llorona del paisaje; pero como había otros viajeros en el vagón, los
recién casados no podían entretener el tiempo con sus besuqueos y
tonterías de amor. Al llegar, los dos se reían de la formalidad con que
habían hecho aquel viaje, pues la presencia de personas extrañas no les
dejó ponerse babosos. En Barcelona estuvo Jacinta muy distraída con la
animación y el fecundo bullicio de aquella gran colmena de hombres.
Pasaron ratos muy dichosos visitando las soberbias fábricas de Batlló y
de Sert, y admirando sin cesar, de taller en taller, las maravillosas
armas que ha discurrido el hombre para someter a la Naturaleza. Durante
tres días, la historia aquella del huevo crudo, la mujer seducida y la
familia de insensatos que se amansaban con orgías, quedó completamente
olvidada o perdida en un laberinto de máquinas ruidosas y ahumadas, o en
el triquitraque de los telares. Los de Jacquard con sus incomprensibles
juegos de cartones agujereados tenían ocupada y suspensa la imaginación
de Jacinta, que veía aquel prodigio y no lo quería creer. ¡Cosa
estupenda! «Está una viendo las cosas todos los días, y no piensa en
cómo se hacen, ni se le ocurre averiguarlo. Somos tan torpes, que al ver
una oveja no pensamos que en ella están nuestros gabanes. ¿Y quién ha de
decir que las chambras y enaguas han salido de un árbol? ¡Toma, el
algodón! ¿Pues y los tintes? El carmín ha sido un bichito, y el negro
una naranja agria, y los verdes y azules carbón de piedra. Pero lo más
raro de todo es que cuando vemos un burro, lo que menos pensamos es que
de él salen los tambores. ¿Pues, y eso de que las cerillas se saquen de
los huesos, y que el sonido del violín lo produzca la cola del caballo
pasando por las tripas de la cabra?».

Y no paraba aquí la observadora. En aquella excursión por el campo
instructivo de la industria, su generoso corazón se desbordaba en
sentimientos filantrópicos, y su claro juicio sabía mirar cara a cara
los problemas sociales. «No puedes figurarte--decía a su marido, al
salir de un taller--, cuánta lástima me dan esas infelices muchachas
que están aquí ganando un triste jornal, con el cual no sacan ni para
vestirse. No tienen educación, son como máquinas, y se vuelven tan
tontas... más que tontería debe de ser aburrimiento... se vuelven tan
tontas digo, que en cuanto se les presenta un pillo cualquiera se dejan
seducir... Y no es maldad; es que llega un momento en que dicen: 'Vale
más ser mujer mala que máquina buena'».

--Filosófica está mi mujercita.

--Vaya... di que no me he lucido... En fin, no se habla más de eso. Di
si me quieres, sí o no... pero pronto, pronto.

Al otro día, en las alturas de Tibidabo, viendo a sus pies la inmensa
ciudad tendida en el llano, despidiendo por mil chimeneas el negro
resuello que declara su fogosa actividad, Jacinta se dejó caer del lado
de su marido y le dijo:

«Me vas a satisfacer una curiosidad... la última».

Y en el momento que tal habló arrepintiose de ello, porque lo que
deseaba saber, si picaba mucho en curiosidad, también le picaba algo el
pudor. ¡Si encontrara una manera delicada de hacer la pregunta...!
Revolvió en su mente todo lo que sabía y no hallaba ninguna fórmula que
sentase bien en su boca. Y la cosa era bastante natural. O lo había
pensado o lo había soñado la noche anterior; de eso no estaba segura;
mas era una consecuencia que a cualquiera se le ocurre sacar. El orden
de sus juicios era el siguiente: ¿Cuánto tiempo duró el enredo de mi
marido con esa mujer?, no lo sé. Pero durase más o durase menos, bien
podría suceder que... hubiera nacido algún chiquillo». Esta era la
palabra difícil de pronunciar, _¡chiquillo!_, Jacinta no se atrevía, y
aunque intentó sustituirla con _familia, sucesión_, tampoco salía.

--No, no era nada. --Tú has dicho que me ibas a preguntar no sé qué.

--Era una tontería; no hagas caso.

--No hay nada que más me cargue que esto... decirle a uno que le van a
preguntar una cosa y después no preguntársela. Se queda uno confuso y
haciendo mil cálculos. Eso, eso, guárdalo bien... No le caerán moscas.
Mira, hija de mi alma, cuando no se ha de tirar no se apunta.

--Ya tiraré... tiempo hay, hijito.

--Dímelo ahora... ¿Qué será, qué no será?

--Nada... no era nada. Él la miraba y se ponía serio. Parecía que le
adivinaba el pensamiento, y ella tenía tal expresión en sus ojos y en su
sonrisilla picaresca, que casi casi se podía leer en su cara la palabra
que andaba por dentro. Se miraban, se reían, y nada más. Para sí dijo la
esposa: «a su tiempo maduran las uvas. Vendrán días de mayor confianza,
y hablaremos... y sabré si hay o no algún _hueverito_ por ahí».




--iv--


Jacinta no tenía ninguna especie de erudición. Había leído muy pocos
libros. Era completamente ignorante en cuestiones de geografía
artística; y sin embargo, apreciaba la poesía de aquella región costera
mediterránea que se desarrolló ante sus ojos al ir de Barcelona a
Valencia. Los pueblecitos marinos desfilaban a la izquierda de la vía,
colocados entre el mar azul y una vegetación espléndida. A trozos, el
paisaje azuleaba con la plateada hoja de los olivos; más allá las viñas
lo alegraban con la verde gala del pámpano. La vela triangular de las
embarcaciones, las casitas bajas y blancas, la ausencia de tejados
puntiagudos y el predominio de la línea horizontal en las
construcciones, traían al pensamiento de Santa Cruz ideas de arte y
naturaleza helénica. Siguiendo las rutinas a que se dan los que han
leído algunos libros, habló también de Constantino, de Grecia, de las
barras de Aragón y de los pececillos que las tenían pintadas en el lomo.
Era de cajón sacar a relucir las colonias fenicias, cosa de que Jacinta
no entendía palotada, ni le hacía falta. Después vinieron Prócida y las
Vísperas Sicilianas, D. Jaime de Aragón, Roger de Flor y el Imperio de
Oriente, el duque de Osuna y Nápoles, Venecia y el marqués de Bedmar,
Massanielo, los Borgias, Lepanto, D. Juan de Austria, las galeras y los
piratas, Cervantes y los padres de la Merced.

Entretenida Jacinta con los comentarios que el otro iba poniendo a la
rápida visión de la costa mediterránea, condensaba su ciencia en estas o
parecidas expresiones: «¿Y la gente que vive aquí, será feliz o será tan
desgraciada como los aldeanos de tierra adentro, que nunca han tenido
que ver con el Gran Turco ni con la capitana de D. Juan de Austria?
Porque los de aquí no apreciarán que viven en un paraíso, y el pobre,
tan pobre es en Grecia como en Getafe».

Agradabilísimo día pasaron, viendo el risueño país que a sus ojos se
desenvolvía, el caudaloso Ebro, las marismas de su delta, y por fin, la
maravilla de la región valenciana, la cual se anunció con grupos de
algarrobos, que de todas partes parecían acudir bailando al encuentro
del tren. A Jacinta le daban marcos cuando los miraba con fijeza. Ya se
acercaban hasta tocar con su copudo follaje la ventanilla; ya se
alejaban hacia lo alto de una colina; ya se escondían tras un otero,
para reaparecer haciendo pasos y figuras de minueto o jugando al
escondite con los palos del telégrafo.

El tiempo, que no les había sido muy favorable en Zaragoza y Barcelona,
mejoró aquel día. Espléndido sol doraba los campos. Toda la luz del
cielo parecía que se colaba dentro del corazón de los esposos. Jacinta
se reía de la danza de los algarrobos, y de ver los pájaros posados en
fila en los alambres telegráficos. «Míralos, míralos allí. ¡Valientes
pícaros! Se burlan del tren y de nosotros».

--Fíjate ahora en los alambres. Son iguales al pentagrama de un papel de
música. Mira cómo sube, mira cómo baja. Las cinco rayas parece que están
grabadas con tinta negra sobre el cielo azul, y que el cielo es lo que
se mueve como un telón de teatro no acabado de colgar.

--Lo que yo digo--expresó Jacinta riendo--Mucha poesía, mucha cosa
bonita y nueva; pero poco que comer. Te lo confieso, marido de mi alma;
tengo un hambre de mil demonios. La madrugada y este fresco del campo,
me han abierto el apetito de par en par.

--Yo no quería hablar de esto para no desanimarte. Pronto llegaremos a
una estación de fonda. Si no, compraremos aunque sea unas rosquillas o
pan seco... El viajar tiene estas peripecias. Ánimo chica, y dame un
beso, que las hambres con amor son menos.

--Allá van tres, y en la primera estación, mira bien, hijo, a ver si
descubrimos algo. ¿Sabes lo que yo me comería ahora?

--¿Un bistec? --No. --¿Pues qué? --Uno y medio. --Ya te contentarás con
naranja y media.

Pasaban estaciones, y la fonda no parecía. Por fin, en no sé cuál
apareció una mujer, que tenía delante una mesilla con licores,
rosquillas, pasteles adornados con hormigas y unos... ¿qué era aquello?
«¡Pájaros fritos!--gritó Jacinta a punto que Juan bajaba del vagón--.
Tráete una docena... No... oye, dos docenas».

Y otra vez el tren en marcha. Ambos se colocaron rodillas con rodillas,
poniendo en medio el papel grasiento que contenía aquel _montón de
cadáveres_ fritos, y empezaron a comer con la prisa que su mucha hambre
les daba.

«¡Ay, qué ricos están! Mira qué pechuga... Este para ti, que está muy
gordito».

--No, para ti, para ti. La mano de ella era tenedor para la boca de él,
y viceversa. Jacinta decía que en su vida había hecho una comida que más
le supiese.

«Este sí que está de buen año... ¡pobre ángel! El infeliz estaría ayer
con sus compañeros posado en el alambre tan contento, tan guapote,
viendo pasar el tren y diciendo «allá van esos brutos»... hasta que vino
el más bruto de todos, un cazador y... ¡prum!... Todo para que nosotros
nos regaláramos hoy. Y a fe que están sabrosos. Me ha gustado este
almuerzo.

--Y a mí. Ahora veamos estos pasteles. El ácido fórmico es bueno para la
digestión.

--¿El ácido qué...?

--Las hormigas, chica. No repares, y adentro. Mételes el diente. Están
riquísimos.

Restauradas las fuerzas, la alegría se desbordaba de aquellas almas. «Ya
no me marean los algarrobos--decía Jacinta--; bailad, bailad. ¡Mira qué
casas, qué emparrados! Y aquello, ¿qué es?, naranjos. ¡Cómo huelen!».

Iban solos. ¡Qué dicha, siempre solitos! Juan se sentó junto a la
ventana y Jacinta sobre sus rodillas. Él le rodeaba la cintura con el
brazo. A ratos charlaban, haciendo ella observaciones cándidas sobre
todo lo que veía. Pero después transcurrían algunos ratos sin que
ninguno dijera una palabra. De repente volviose Jacinta hacia su marido,
y echándole un brazo alrededor del cuello, le soltó esta:

«No me has dicho cómo se llamaba».

--¿Quién? --preguntó Santa Cruz algo atontado.

--Tu adorado tormento, tu... Cómo se llamaba o cómo se llama... porque
supongo que vivirá.

--No lo sé... ni me importa. Vaya con lo que sales ahora.

--Es que hace un rato me dio por pensar en ella. Se me ocurrió de
repente. ¿Sabes cómo? Vi unos refajos encarnados puestos a secar en un
arbusto. Tú dirás que qué tiene que ver... Es claro, nada; pero vete a
saber cómo se enlazan en el pensamiento las ideas. Esta mañana me acordé
de lo mismo cuando pasaban rechinando las carretillas cargadas de
equipajes. Anoche me acordé, ¿cuándo creerás? Cuando apagaste la luz. Me
pareció que la llama era una mujer que decía ¡ay!, y se caía muerta. Ya
sé que son tonterías, pero en el cerebro pasan cosas muy particulares.
¿Con que, _nenito_, desembuchas eso, sí o no?

--¿Qué? --El nombre. --Déjame a mí de nombres.

--¡Qué poco amable es este señor!--dijo abrazándole--. Bueno, guarda el
secretito, hombre, y dispensa. Ten cuidado no te roben esa preciosidad.
Eso, eso es, o somos reservados o no. Yo me quedo lo mismo que estaba.
No creas que tengo gran interés en saberlo. ¿Qué me meto yo en el
bolsillo con saber un nombre más?

--Es un nombre muy feo... No me hagas pensar en lo que quiero
olvidar--replicó Santa Cruz con hastío--No te digo una palabra, ¿sabes?


--Gracias, amado pueblo... Pues mira, si te figuras que voy a tener
celos, te llevas chasco. Eso quisieras tú para darte tono. No los tengo
ni hay para qué.

No sé qué vieron que les distrajo de aquella conversación. El paisaje
era cada vez más bonito, y el campo, convirtiéndose en jardín, revelaba
los refinamientos de la civilización agrícola. Todo era allí nobleza, o
sea naranjos, los árboles de hoja perenne y brillante, de flores
olorosísimas y de frutas de oro, árbol ilustre que ha sido una de las
más socorridas muletillas de los poetas, y que en la región valenciana
está por los suelos, quiero decir, que hay tantos, que hasta los poetas
los miran ya como si fueran cardos borriqueros. Las tierras labradas
encantan la vista con la corrección atildada de sus líneas. Las
hortalizas bordan los surcos y dibujan el suelo, que en algunas partes
semeja un cañamazo. Los variados verdes, más parece que los ha hecho el
arte con una brocha, que no la Naturaleza con su labor invisible. Y por
todas partes flores, arbustos tiernos; en las estaciones acacias
gigantescas que extienden sus ramas sobre la vía; los hombres con
zaragüelles y pañuelo liado a la cabeza, resabio morisco; las mujeres
frescas y graciosas, vestidas de indiana y peinadas con rosquillas de
pelo sobre las sienes.

«¿Y cuál es --preguntó Jacinta deseosa de instruirse--el árbol de las
chufas?».

Juan no supo contestar, porque tampoco él sabía de dónde diablos salían
las chufas. Valencia se aproximaba ya. En el vagón entraron algunas
personas; pero los esposos no dejaron la ventanilla. A ratos se veía el
mar, tan azul, tan azul, que la retina padecía el engaño de ver verde el
cielo.

¡Sagunto! ¡Ay, qué nombre!, cuando se le ve escrito con las letras
nuevas y acaso torcidas de una estación, parece broma. No es de todos
los días ver envueltas en el humo de las locomotoras las inscripciones
más retumbantes de la historia humana. Juanito, que aprovechaba las
ocasiones de ser sabio sentimental, se pasmó más de lo conveniente de la
aparición de aquel letrero.

«Y qué, ¿qué es?--preguntó Jacinta picada de la novelería--. ¡Ah!
Sagunto, ya... un nombre. De fijo que hubo aquí alguna marimorena. Pero
habrá llovido mucho desde entonces. No te entusiasmes, hijo, y tómalo
con calma. ¿A qué viene tanto _¡ah!, ¡oh!_...? Todo porque aquellos
brutos...».

--¿Chica, qué estás ahí diciendo?

--Sí, hijo de mi alma, porque aquellos brutos... no me vuelvo atrás...
hicieron una barbaridad. Bueno, llámalos héroes si quieres, y cierra
esa boca que te me estás pareciendo al Papamoscas de Burgos.

Vuelta a contemplar el jardín agrícola en cuyo verdor se destacaban las
cabañas de paja con una cruz en el pico del techo. En los bardales vio
Jacinta unas plantas muy raras, de vástagos escuetos y pencas enormes,
que llamaron su atención. «Mira, mira, qué esperpento de árbol. ¿Será el
de los higos chumbos?».

--No, hija mía, los higos chumbos los da esa otra planta baja, compuesta
de unas palas erizadas de púas. Aquello otro es la pita, que da por
fruto las sogas.

--Y el esparto, ¿dónde está?

--Hasta eso no llega mi sabiduría. Por ahí debe de andar.

El tren describía amplísima curva. Los viajeros distinguieron una gran
masa de edificios cuya blancura descollaba entre el verde. Los grupos de
árboles la tapaban a trechos; después la descubrían. «Ya estamos en
Valencia, chiquilla; mírala allí».

Valencia era la ciudad mejor situada del mundo, según dijo un agudo
observador, por estar construida en medio del campo. Poco después, los
esposos, empaquetados dentro de una tartana, penetraban por las calles
angostas y torcidas de la ciudad campestre. «¡Pero qué país, hijo!... Si
esto parece un biombo... ¿A dónde nos lleva este hombre?».--«A la fonda
sin duda».

A media noche, cuando se retiraron fatigados a su domicilio después de
haber paseado por las calles y oído media _Africana_ en el teatro de la
Princesa, Jacinta sintió que de repente, sin saber cómo ni por qué, la
picaba en el cerebro el gusanillo aquel, la idea perseguidora, la penita
disfrazada de curiosidad. Juan se resistió a satisfacerla, alegando
razones diversas. «No me marees, hija... Ya te he dicho que quiero
olvidar eso...».

--Pero el nombre, _nene_, el nombre nada más. ¿Qué te cuesta abrir la
boca un segundo?... No creas que te voy a reñir, tontín.

Hablando así se quitaba el sombrero, luego el abrigo, después el cuerpo,
la falda, el _polisón_, y lo iba poniendo todo con orden en las butacas
y sillas del aposento. Estaba rendida y no veía las santas horas de dar
con sus fatigadas carnes en la cama. El esposo también iba soltando
ropa. Aparentaba buen humor; pero la curiosidad de Jacinta le
desagradaba ya. Por fin, no pudiendo resistir a las monerías de su
mujer, no tuvo más remedio que decidirse. Ya estaban las cabezas sobre
las almohadas, cuando Santa Cruz echó perezoso de su boca estas
palabras:

«Pues te lo voy a decir; pero con la condición de que en tu vida más...
en tu vida más me has de mentar ese nombre, ni has de hacer la menor
alusión... ¿entiendes? Pues se llama...».

--Gracias a Dios, hombre. Le costaba mucho trabajo decirlo. La otra le
ayudaba.

--Se llama _For_...

--_For_... _narina_.

--No. _For_... _tuna_...

--_Fortunata_.

--Eso... Vamos, ya estás satisfecha.

--Nada más. Te has portado, has sido amable. Así es como te quiero yo.

Pasado un ratito, dormía como un ángel... dormían los dos.




--v--


«¿Sabes lo que se me ha ocurrido?--dijo Santa Cruz a su mujer dos días
después en la estación de Valencia--. Me parece una tontería que vayamos
tan pronto a Madrid. Nos plantaremos en Sevilla. Pondré un parte a
casa».

Al pronto Jacinta se entristeció. Ya tenía deseos de ver a sus hermanas,
a su papá y a sus tíos y suegros. Pero la idea de prolongar un poco
aquel viaje tan divertido, conquistó en breve su alma. ¡Andar así,
llevados en las alas del tren, que algo tiene siempre, para las almas
jóvenes, de dragón de fábula, era tan dulce, tan entretenido...!

Vieron la opulenta ribera del Júcar, pasaron por Alcira, cubierta de
azahares, por Játiva la risueña; después vino Montesa, de feudal
aspecto, y luego Almansa en territorio frío y desnudo. Los campos de
viñas eran cada vez más raros, hasta que la severidad del suelo les dijo
que estaban en la adusta Castilla. El tren se lanzaba por aquel campo
triste, como inmenso lebrel, olfateando la vía y ladrando a la noche
tarda, que iba cayendo lentamente sobre el llano sin fin. Igualdad,
palos de telégrafo, cabras, charcos, matorrales, tierra gris, inmensidad
horizontal sobre la cual parecen haber corrido los mares poco ha; el
humo de la máquina alejándose en bocanadas majestuosas hacia el
horizonte; las guardesas con la bandera verde señalando el paso libre,
que parece el camino de lo infinito; bandadas de aves que vuelan bajo, y
las estaciones haciéndose esperar mucho, como si tuvieran algo bueno...
Jacinta se durmió y Juanito también. Aquella dichosa Mancha era un
narcótico. Por fin bajaron en Alcázar de San Juan, a media noche,
muertos de frío. Allí esperaron el tren de Andalucía, tomaron chocolate,
y vuelta a rodar por otra zona manchega, la más ilustre de todas, la
Argamasillesca.

Pasaron los esposos una mala noche por aquella estepa, matando el frío
muy juntitos bajo los pliegues de una sola manta, y por fin llegaron a
Córdoba, donde descansaron y vieron la Mezquita, no bastándoles un día
para ambas cosas. Ardían en deseos de verse en la sin par Sevilla...
Otra vez al tren. Serían las nueve de la noche cuando se encontraron
dentro de la romántica y alegre ciudad, en medio de aquel idioma ceceoso
y de los donaires y chuscadas de la gente andaluza. Pasaron allí creo
que ocho o diez días, encantados, sin aburrirse ni un solo momento,
viendo los portentos de la arquitectura y de la Naturaleza, participando
del buen humor que allí se respira con el aire y se recoge de las
miradas de los transeúntes. Una de las cosas que más cautivaban a
Jacinta era aquella costumbre de los patios amueblados y ajardinados, en
los cuales se ve que las ramas de una azalea bajan hasta acariciar las
teclas del piano, como si quisieran tocar. También le gustaba a Jacinta
ver que todas las mujeres, aun las viejas que piden limosna, llevan su
flor en la cabeza. La que no tiene flor se pone entre los pelos
cualquier hoja verde y va por aquellas calles vendiendo vidas.

Una tarde fueron a comer a un bodegón de Triana, porque decía Juanito
que era preciso conocer todo de cerca y codearse con aquel originalísimo
pueblo, artista nato, poeta que parece pintar lo que habla, y que
recibió del Cielo el don de una filosofía muy socorrida, que consiste en
tomar todas las cosas por el lado humorístico, y así la vida, una vez
convertida en broma, se hace más llevadera. Bebió el Delfín muchas
cañas, porque opinaba con gran sentido práctico que para asimilarse a
Andalucía y sentirla bien en sí, es preciso introducir en el cuerpo toda
la manzanilla que este pueda contener. Jacinta no hacía más que probarla
y la encontraba áspera y acídula, sin conseguir apreciar el olorcillo a
_pero de Ronda_ que dicen que tiene aquella bebida.

Retiráronse de muy buen humor a la fonda, y al llegar a ella vieron que
en el comedor había mucha gente. Era un banquete de boda. Los novios
eran españoles anglicanizados de Gibraltar. Los esposos Santa Cruz
fueron invitados a tomar algo, pero lo rehusaron; únicamente bebieron un
poco de Champagne, por que no dijeran. Después un inglés muy pesado, que
chapurraba el castellano con la boca fruncida y los dientes apretados,
como si quisiera mordiscar las palabras, se empeñó en que habían de
tomar unas cañas. «De ninguna manera... muchas gracias». --«¡Ooooh!,
sí»... El comedor era un hervidero de alegría y de chistes, entre los
cuales empezaban a sonar algunos de gusto dudoso. No tuvo Santa Cruz más
remedio que ceder a la exigencia de aquel maldito inglés, y tomando de
sus manos la copa, decía a media voz: «Valiente _curdela_ tienes tú».
Pero el inglés no entendía... Jacinta vio que aquello se iba poniendo
malo. El inglés llamaba al orden, diciendo a los más jóvenes con su
boquita cerrada que tuvieran _fundamenta_. Nadie necesitaba tanto como
él que se le llamase al orden, y sobre todo, lo que más falta le hacía
era que le recortaran la bebida, porque aquello no era ya boca, era un
embudo. Jacinta presintió la jarana, y tomando una resolución súbita,
tiró del brazo a su marido y se lo llevó, a punto que este empezaba a
tomarle el pelo al inglés.

«Me alegro--dijo el Delfín, cuando su mujer le conducía por las
escaleras arriba--; me alegro de que me hubieras sacado de allí, porque
no puedes figurarte lo que me iba cargando el tal inglés, con sus
dientes blancos y apretados, con su amabilidad y su zapatito bajo... Si
sigo un minuto más, le pego un par de trompadas... Ya se me subía la
sangre a la cabeza...».

Entraron en su cuarto, y sentados uno frente a otro, pasaron un rato
recordando los graciosos tipos que en el comedor estaban y los equívocos
que allí se decían. Juan hablaba poco y parecía algo inquieto. De
repente le entraron ganas de volver abajo. Su mujer se oponía.
Disputaron. Por fin Jacinta tuvo que echar la llave a la puerta.

«Tienes razón--dijo Santa Cruz dejándose caer a plomo sobre la
silla.--Más vale que me quede aquí... porque si bajo, y vuelve el
_mister_ con sus finuras, le pego... Yo también sé _boxear_».

Hizo el ademán del _box_, y ya entonces su mujer le miró muy seria.

--Debes acostarte--le dijo. --Es temprano... Nos estaremos aquí de
tertulia... sí... ¿tú no tienes sueño? Yo tampoco. Acompañaré a mi cara
mitad. Ese es mi deber, y sabré cumplirlo, sí señora. Porque yo soy
esclavo del deber...

Jacinta se había quitado el sombrero y el abrigo. Juanito la sentó sobre
sus rodillas y empezó a saltarla como a los niños cuando se les hace el
caballo. Y dale con la tarabilla de que él era esclavo de su deber, y de
que lo primero de todo es la familia. El trote largo en que la llevaba
su marido empezó a molestar a Jacinta, que se desmontó y se fue a la
silla en que antes estaba. Él entonces se puso a dar paseos rápidos por
la habitación.

--Mi mayor gusto es estar al lado de mi adorada _nena_--decía sin
mirarla--. _Te amo con delirio_ como se dice en los dramas. Bendita sea
mi madrecita... que me casó contigo...

Hincósele delante y le besó las manos. Jacinta le observaba con atención
recelosa, sin pestañear, q

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