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La Catedral

by Vicente Blasco Ibáñez · Spanish · Gutenberg #16670 · 593,085 chars · public domain (US)

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Title: La Catedral

Author: Vicente Blasco Ibáñez


        
Release date: September 7, 2005 [eBook #16670]
                Most recently updated: December 12, 2020

Language: Spanish

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Credits: Produced by Chuck Greif


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LA CATEDRAL ***




Produced by Chuck Greif





LA CATEDRAL

Vicente Blasco Ibáñez

Portada de C. SANROMA

Primera edición: Enero, 1978

Editado por PLAZA & JANES, S.A., Editores

Virgen de Guadalupe, 21-33. Esplugas de Llobregat (Barcelona)

Printed in Spain--Impreso en España

ISBN: 84-01-48014-0--Depósito Legal: B. 134-1978

GRAFICAS GUADA, S.A.--Virgen de Guadalupe, 33





I

Comenzaba a amanecer cuando Gabriel Luna llegó ante la catedral. En las
estrechas calles toledanas todavía era de noche. La azul claridad del
alba, que apenas, lograba deslizarse entre los aleros de los tejados, se
esparcía con mayor libertad en la plazuela del Ayuntamiento, sacando de
la penumbra la vulgar fachada del palacio del arzobispo y las dos torres
encaperuzadas de pizarra negra de la casa municipal, sombría
construcción de la época de Carlos V.

Gabriel paseó largo rato por la desierta plazuela, subiéndose hasta las
cejas el embozo de la capa, mientras tosía con estremecimientos
dolorosos. Sin dejar de andar, para defenderse del frío, contemplaba la
gran puerta llamada del Perdón, la única fachada de la iglesia que
ofrece un aspecto monumental. Recordaba otras catedrales famosas,
aisladas, en lugar preeminente, presentando libres todos sus costados,
con el orgullo de su belleza, y las comparaba con la de Toledo, la
iglesia-madre española, ahogada por el oleaje de apretados edificios que
la rodean y parecen caer sobre sus flancos, adhiriéndose a ellos, sin
dejarla mostrar sus galas exteriores más que en el reducido espacio de
las callejuelas que la oprimen. Gabriel, que conocía su hermosura
interior, pensaba en las viviendas engañosas de los pueblos orientales,
sórdidas y miserables por fuera, cubiertas de alabastros y filigranas
por dentro. No en balde habían vivido en Toledo, durante siglos, judíos
y moros. Su aversión a las suntuosidades exteriores parecía haber
inspirado la obra de la catedral, ahogada por el caserío que se empuja y
arremolina en torno de ella como si buscase su sombra.

La plazuela del Ayuntamiento era el único desgarrón que permitía al
cristiano monumento respirar su grandeza. En este pequeño espacio de
cielo libre, mostraba a la luz del alba los tres arcos ojivales de su
fachada principal y la torre de las campanas, de enorme robustez y
salientes aristas, rematada por la montera del «alcuzón», especie de
tiara negra con tres coronas, que se perdía en el crepúsculo invernal
nebuloso y plomizo.

Gabriel contemplaba con cariño el templo silencioso y cerrado, donde
vivían los suyos y había transcurrido lo mejor de su vida. ¡Cuántos años
sin verlo! ¡Con qué ansiedad aguardaba a que abriesen sus puertas...!

Había llegado a Toledo la noche anterior en el tren de Madrid. Antes de
encerrarse en un cuartucho de la «Posada de la Sangre»--el antiguo
«Mesón del Sevillano», habitado por Cervantes--había sentido una ansiosa
necesidad de ver la catedral; y pasó más de una hora en torno de ella,
oyendo el ladrido del perro que guardaba el templo y rugía alarmado al
percibir ruido de pasos en las callejuelas inmediatas, muertas y
silenciosas. No había podido dormir. Le quitaba el sueño verse en su
tierra después de tantos años de aventuras y miserias. De noche aún,
salió del mesón para aguardar cerca de la catedral el momento en que la
abrieran.

Para entretener la espera, iba repasando con la vista las bellezas y
defectos de la portada, comentándolos en alta voz, como si quisiera
hacer testigos de sus juicios a los bancos de piedra de la plaza y sus
tristes arbolillos. Una verja rematada por jarrones del siglo XVIII se
extendía ante la portada, cerrando un atrio de anchas losas, en el cual
verificábanse en otros tiempos las aparatosas recepciones del cabildo y
admiraba la muchedumbre los gigantones en días de gran fiesta.

El primer cuerpo de la fachada estaba rasgado en el centro por la puerta
del Perdón, arco ojival enorme y profundo, que se estrecha siguiendo la
gradación de sus ojivas interiores, adornadas con imágenes de apóstoles,
calados doseletes y escudos con leones y castillos. En el pilar que
divide las dos hojas de la puerta, Jesús, con corona y manto de rey,
flaco, estirado, con el aire enfermizo y mísero que los imagineros
medioevales daban a sus figuras para expresar la divina sublimidad. En
el tímpano, un relieve representaba a la Virgen rodeada de ángeles,
vistiendo una casulla a San Ildefonso, piadosa leyenda repetida en
varios puntos de la catedral, como si fuese el mejor de los blasones. A
un lado, la puerta llamada de la Torre; al otro, la de los Escribanos,
por la que entraban en otros tiempos, con gran ceremonia, los
depositarios de la fe pública a jurar el cumplimiento de su cargo; las
dos con estatuas de piedra en sus jambas y rosarios de figurillas y
emblemas que se desarrollaban entre las aristas hasta llegar a lo más
alto de la ojiva.

Encima de estas tres puertas, de un gótico exuberante, se elevaba el
segundo cuerpo, de arquitectura grecorromana y construcción casi
moderna, causando a Gabriel Luna la misma molestia que si un trompetazo
discordante interrumpiese el curso de una sinfonía. Jesús y los doce
apóstoles, todos de tamaño natural, estaban sentados a la mesa, cada uno
en su hornacina, encima de la portada del centro, limitados por dos
contrafuertes como torres que partían la fachada en tres partes. Más
allá extendían sus arcadas de medio punto dos galerías de palacio
italiano, a las que más de una vez se había asomado Gabriel cuando
jugaba, siendo niño, en la vivienda del campanero.

«La riqueza de la iglesia--pensaba Luna--fue un mal para el arte. En un
templo pobre se hubiese conservado la uniformidad de la fachada antigua.
Pero cuando los arzobispos de Toledo tenían once millones de renta y
otros tantos el cabildo, y no se sabía qué hacer del dinero, se
iniciaban obras, se hacían reconstrucciones, y el arte decadente paría
mamarrachos como la Cena.»

A continuación se elevaba el tercer cuerpo, dos grandes arcos que daban
luz al rosetón de la nave central, coronado todo por una barandilla de
calada piedra que seguía las sinuosidades de la fachada entre las dos
masas salientes que la resguardan: la torre y la capilla Mozárabe.

Gabriel cesó en su contemplación, viendo que no estaba solo ante el
templo. Era casi de día. Pasaban rozando la verja algunas mujeres con la
cabeza baja y la mantilla sobre los ojos. En las baldosas de la acera
sonaban las muletas de un cojo, y más allá de la torre, bajo el gran
arco que pone en comunicación el palacio del arzobispo con la catedral,
reuníanse los mendigos para tomar sitio en la puerta del claustro.
Devotas y pordioseros se conocían. Eran todas las mañanas los primeros
ocupantes del templo. Este encuentro diario establecía en ellos cierta
fraternidad, y entre carraspeos y toses se lamentaban del frío de la
mañana y de lo tardo que era el campanero en bajar a la iglesia.

Se abrió una puerta más allá del arco del Arzobispo, la de la escalera
que conducía a la torre y las habitaciones del claustro alto, ocupadas
por los empleados del templo. Un hombre atravesó la calle agitando un
gran manojo de llaves, y rodeado de la clientela madrugadora comenzó a
abrir la puerta del claustro bajo, estrecha y ojival como una saetera.
Gabriel le conocía: era Mariano el campanero; y para evitar que pudiese
verle, permaneció inmóvil en la plaza, dejando que se precipitasen por
la puerta del Mollete las gentes ansiosas de penetrar en la Primada,
como si pudieran robarlas el sitio.

Por fin se decidió a seguirlas, y bajó los siete escalones del claustro,
pues la catedral, edificada en un barranco, se halla más baja que las
calles contiguas.

Todo estaba lo mismo. A lo largo de los muros, los grandes frescos de
Bayeu y Maella representando los trabajos y grandezas de San Eulogio,
sus predicaciones en tierra de moros y las crueldades de la gente infiel
de gran turbante y enormes bigotes que golpea al santo. En la parte
interior de la puerta del Mollete, el horrendo martirio del niño de La
Guardia, la leyenda nacida a la vez en varios pueblos católicos al calor
del odio antisemita: el sacrificio del niño cristiano por judíos de
torva catadura, que lo roban de su casa y lo crucifican para arrancarle
el corazón y beber su sangre.

La humedad iba descascarillando y borrando gran parte de esa pintura
novelesca que orlaba la ojiva como la portada de un libro; pero Gabriel
aún vio la horrible cara del judío puesto al pie de la cruz y el gesto
feroz del otro que, con el cuchillo en la boca, se inclina para
entregarle el corazón del pequeño mártir: figuras teatrales que más de
una vez habían turbado sus ensueños de niño.

El jardín, que se extiende entre los cuatro pórticos del claustro,
mostraba en pleno invierno su vegetación helénica de altos laureles y
cipreses, pasando sus ramas por entre las verjas que cierran los cinco
arcos de cada lado hasta la altura de los capiteles. Gabriel miró largo
rato el jardín, que está más alto que el claustro. Su cara se hallaba al
nivel de aquella tierra que en otros tiempos había trabajado su padre.
Por fin volvía a ver aquel rincón de verdura; el patio convertido en
vergel por los canónigos de otros siglos. Su recuerdo le había
acompañado cuando paseaba por el inmenso Bosque de Bolonia y por el
Hyde-Park de Londres. Para él, el jardín de la catedral de Toledo
resultaba el más hermoso de los jardines, por ser el primero que había
visto en su vida.

Los pordioseros sentados en los escalones de la puerta le miraban
curiosamente, sin atreverse a tenderle la mano. No sabían si aquel
desconocido madrugador, con capa raída, sombrero ajado y botas viejas,
era un curioso o uno del oficio que buscaba sitio en la catedral para
pedir limosna.

Molestado por este espionaje, Luna siguió adelante por el claustro,
pasando ante las dos puertas que lo ponen en comunicación con el templo.
La llamada de la Presentación, toda de piedra blanquísima, es una alegre
muestra del arte plateresco, cincelada cual una joya, con adornos
caprichosos y alegres de juguete. A continuación venía el respaldo del
hueco de la escalera por la que los arzobispos descienden desde su
palacio a la iglesia, un muro de junquillos góticos y grandes escudos, y
casi a ras del suelo, la famosa «piedra de luz», delgada lámina de
mármol transparente como un vidrio, que alumbra la escalera y es la
principal admiración de los rústicos que visitan el claustro. Después,
la puerta de Santa Catalina, negra y dorada, con gran riqueza de
follajes policromos, castillos y leones en las jambas y dos estatuas de
profetas.

Gabriel se alejó algunos pasos, viendo que por la parte de adentro
abrían el postigo de esta portada. Era el campanero, que acababa de dar
la vuelta al templo, abriendo todas sus puertas. Salió un perrazo
estirando el cuello, como si fuese a: ladrar de hambre; después, dos
hombres con la gorra hasta las cejas, envueltos en capas de pañol pardo.
El campanero sostuvo la cancela para que saliesen.

--¡Vaya, buenos días, Mariano!--dijo uno de ellos a guisa de despedida.

--Buenos nos los dé Dios... y dormir bien.

Gabriel reconoció a los guardianes nocturnos de la catedral. Encerrados
en el templo desde la tarde anterior, se retiraban a sus casas a dormir.
El perro emprendía el camino del Seminario para devorar las sobras de la
comida de los estudiantes, hasta que le buscasen los guardianes para
encerrarse de nuevo.

Luna bajó los peldaños de la portada y entró en la catedral. Apenas
hubo pisado las baldosas del pavimento, sintió en el rostro la caricia
fría y un tanto pegajosa de aquel ambiente de bodega subterránea. En el
templo todavía era de noche. Arriba, las vidrieras de colores de los
centenares de ventanas que, escalonándose, dan luz a las cinco naves,
brillaban con la luz del amanecer. Eran como flores mágicas que se
abrían a los primeros resplandores del día. Abajo, entre las enormes
pilastras que formaban un bosque de piedra, reinaba la obscuridad,
rasgada a trechos por las manchas rojas y vacilantes de las lámparas que
ardían en las capillas haciendo temblar las sombras. Los murciélagos
revoloteaban en las encrucijadas de las columnas, queriendo prolongar
algunos instantes su posesión del templo, hasta que se filtrase por las
vidrieras el primer rayo de sol. Pasaban volando sobre las cabezas de
las devotas que, arrodilladas ante los altares, rezaban a gritos,
satisfechas de estar en la catedral a aquella hora como en su propia
casa. Otras hablaban con los acólitos y demás servidores del templo que
iban entrando por todas las puertas, soñolientos y desperezándose como
obreros que acuden al taller. En la obscuridad deslizábanse las manchas
negras de algunos manteos camino de la sacristía, deteniéndose con
grandes genuflexiones ante cada imagen; y a lo lejos, invisible en la
obscuridad, adivinábase al campanero, como un duende incansable, por el
ruido de sus llaves y el chirriar de las puertas que iba abriendo.

Despertaba el templo. Sonaban como cañonazos los golpes de las puertas,
repitiéndolos el eco de nave en nave. Una escoba comenzó a barrer por la
parte de la sacristía, produciendo el ruido de una enorme sierra. La
iglesia vibraba con los golpes de algunos monaguillos que sacudían el
polvo a la famosa sillería del coro. Parecía desperezarse la catedral
con los nervios excitados: el menor frote le arrancaba quejidos.

Los pasos resonaban con eco gigantesco, como si se conmovieran todos los
sepulcros de reyes, arzobispos y guerreros ocultos bajo sus baldosas.

El frío era más intenso en la iglesia que fuera de ella. Uníase a la
baja temperatura la humedad de su suelo atravesado por las alcantarillas
de desagüe, el rezumar de ocultos y subterráneos estanques, que manchaba
el pavimento y hacía toser a los canónigos en el coro, «acortando su
vida», como decían ellos quejumbrosamente.

La luz de la mañana comenzaba a esparcirse por las naves. Salía de la
sombra la inmaculada blancura de la catedral toledana, la nitidez de su
piedra, que hace de ella el más alegre y hermoso de los templos. Se
marcaban con toda su elegante y atrevida esbeltez las ochenta y ocho
pilastras robustos haces de columnas que suben audazmente cortando el
espacio, blancos como si fuesen de nieve solidificada, y esparcen y
entrecruzan sus nervios para sostener las bóvedas. En lo alto se abrían
los grandes ventanales, con sus vidrieras que parecen jardines mágicos
cubiertos de flores de luz.

Gabriel se había sentado en el zócalo de una pilastra, entre dos
columnas, pero a los pocos instantes tuvo que ponerse de pie. La humedad
de la piedra, el frío de tumba que circulaba por toda la catedral, le
penetraba hasta los huesos. Anduvo por las naves, llamando la atención
de las devotas, que interrumpían sus rezos al verle. Un forastero a
aquellas horas, que eran las de los familiares de la iglesia, excitaba
su curiosidad. El campanero se cruzó varias veces con él, siguiéndole
con mirada inquieta, como si le inspirase poca confianza aquel
desconocido de mísero aspecto vagando a la hora en que las riquezas de
las capillas no pueden ser vigiladas.

Otro hombre tropezó con él cerca del altar mayor. Luna lo conoció. Era
Eusebio, el sacristán de la capilla del Sagrario, el _Azul de la
Virgen_, como se le llamaba entre la gente de la catedral por el traje
color celeste que vestía en los días de ceremonia. Seis años iban
transcurridos desde que Gabriel le vio por última vez, y no había
olvidado su corpachón mantecoso, la cara granujienta, de frente angosta
y rugosa, orlada de pelos hirsutos, y el cuello taurino, que apenas si
le permitía respirar, convirtiendo sus aspiraciones en un resoplido de
fuelle. Todos los empleados que vivían en el claustro alto envidiaban su
cargo, por ser el más productivo y por el favor de que gozaba cerca del
arzobispo y los canónigos.

El _Azul_ consideraba el templo como de su propiedad, faltándole poco
para arrojar de él a los que le inspiraban antipatía. Al ver a un
vagabundo paseando por la iglesia, fijó en él los ojos insolentes,
haciendo un esfuerzo por levantar sus cejas abultadas. ¿Dónde había
visto a aquel pájaro raro? Gabriel notó su esfuerzo por concentrar la
memoria, y evitó el ser examinado, volviéndose de espaldas para mirar
con falsa atención un retablo colocado en una pilastra.

Huyendo de la recelosa curiosidad que despertaba su presencia en el
templo, salió al claustro. Allí estaba mejor, completamente aislado. Los
pordioseros charlaban sentados en los escalones de la puerta del
Mollete. Pasaban por entre ellos los curas, embozados en el manteo,
entrando apresuradamente en la catedral por la puerta de la
Presentación. Los mendigos les saludaban por sus nombres, sin tenderles
la mano. Los conocían, eran de la casa, y entre amigos no se mendiga.
Ellos estaban allí para caer sobre los forasteros, y aguardaban
pacientemente la hora de los «ingleses», pues sólo de Inglaterra podían
ser todos los extranjeros que llegaban de Madrid en el tren de la
mañana.

Gabriel se mantenía cerca de la puerta, sabiendo que por ella entraban
los que vivían en el claustro alto. Atravesaban el arco del Arzobispo, y
siguiendo la escalera abierta en el palacio, bajaban a la calle,
entrando en la catedral por la puerta del Mollete. Luna, que conocía
toda la historia del famoso templo, recordaba el origen del nombre de la
puerta. Primitivamente se llamó de la Justicia, porque en ella daba
audiencias el vicario general del Arzobispado. Luego la llamaron del
Mollete, porque todos los días, después de la misa mayor, el preste, con
acólitos y pertigueros, se presentaba en ella a bendecir los panes de
media libra o molletes que se repartían entre los pobres. Seiscientas
fanegas de trigo--según recordaba Luna--se gastaban todos los años en
esta limosna: pero era en los tiempos que la catedral cobraba todos los
años más de once millones de renta.

Molestaban a Gabriel las miradas curiosas de los clérigos y beatas que
entraban en la iglesia. Eran gentes acostumbradas a verse todos los
días, siempre las mismas, a idéntica hora, y sentían revuelta su
curiosidad cuando un rostro extraño alteraba la monotonía de su
existencia.

Retirábase hacia el fondo del claustro, cuando algunas palabras de los
mendigos le hicieron retroceder.

--Ahí viene el _Vara de palo_ viejo.

--¡Buenos días, señor Esteban!

Un hombre pequeño, vestido de negro y rasurado como un clérigo, bajó los
peldaños.

--¡Esteban...! ¡Esteban...!--dijo Luna interponiéndose entre él y la
puerta de la Presentación.

El _Vara de palo_ le miró con sus ojos claros que parecían de ámbar:
unos ojos pasivos, de hombre acostumbrado a permanecer largas horas en
la catedral sin que la más leve rebeldía de pensamiento llegase a turbar
su inmovilidad beatífica. Dudó largo rato, como si no pudiese creer en
la remota semejanza de aquella cara pálida y descarnada con otra que
existía en su memoria; pero al fin se convenció de la identidad con
dolorosa sorpresa.

--¡Gabriel...!, ¡hermano mío! Pero ¿eres tú?

Y su rostro rígido de servidor del templo, que parecía haber tomado la
inmovilidad de las pilastras y las estatuas, se animó con una sonrisa
cariñosa.

Los dos, estrechándose las manos, se alejaron por el claustro.

¿Cuándo has venido...? Pero ¿en dónde has estado...? ¿Qué vida es la
tuya? ¿A qué vienes?

El _Vara de palo_ expresaba su sorpresa con incesantes preguntas, sin
dar tiempo a que su hermano las contestase.

Gabriel explicó su llegada en la noche anterior; su permanencia ante la
iglesia desde antes de amanecer, esperando el momento de ver a su
hermano.

--Ahora vengo de Madrid; pero antes he estado en muchos sitios: en
Inglaterra, en Francia, en Bélgica, ¿quién sabe dónde? He rodado de un
pueblo a otro, siempre luchando con el hambre y con la crueldad de los
hombres. Me siguen los pasos la miseria y la policía. Cuando me detengo,
anonadado por esta existencia de Judío Errante, la Justicia, en nombre
del miedo, me grita que ande, y vuelvo a emprender la marcha. Soy un
hombre temible, así como me ves, Esteban: enfermo, con el cuerpo
arruinado antes de la vejez y la certeza de morir muy pronto. Ayer
mismo, en Madrid, me dijeron que iría de nuevo a la cárcel si prolongaba
allí mi estancia, y por la tarde tomé el tren. ¿Dónde ir? El mundo es
grande; mas para mí y otros rebeldes como yo se achica, se comprime,
hasta no dejar un palmo de terreno en que poner los pies. En la tierra
sólo me quedas tú y este rincón tranquilo y silencioso donde vives
feliz. En tu busca vengo; si me rechazas, no me queda más sitio para
morir que la cárcel o un hospital, si es que quieren recibirme en él al
conocer mi nombre.

Y Gabriel, fatigado por sus palabras, tosía dolorosamente, resonando su
pecho como si el aire se deslizase por tortuosas cavernas. Se expresaba
con vehemencia, moviendo instintivamente los brazos, como hombre
habituado de larga fecha a hablar en público, ardiendo con la llama del
proselitismo.

--¡Ah, hermano... hermano!--dijo Esteban con expresión de cariñoso
reproche--. ¿De qué te ha servido tanto leer periódicos y libros? ¿Para
qué ese deseo de arreglar lo que está bien, o si está mal no tiene
arreglo posible...? De seguir tranquilamente tu camino, serías
beneficiado de la catedral, y ¡quién sabe si te sentarías en el coro,
entre los canónigos, para honra y amparo de la familia...! Siempre
tuviste mala cabeza, por lo mismo que eres el más listo de entre
nosotros. ¡Maldito talento que a tales miserias conduce...! ¡Lo que yo
he sufrido, hermano, enterándome de tus cosas! ¡Cuántas amarguras desde
la última vez que pasaste por aquí! Te creía contento y feliz en la
imprenta de Barcelona, corrigiendo libros, con aquel sueldazo que era
una fortuna comparado con lo que aquí ganamos. Algo me escamaba leer tu
nombre con tanta frecuencia en los periódicos, unido a esos _metinges_
en los que se pide el reparto de todo, la muerte de la religión y la
familia, y qué sé yo cuántos disparates más. El _compañero_ Luna ha
dicho esto, el _compañero_ Luna ha hecho lo otro; y yo ocultaba a la
gente de la casa que el tal _compañero_ fueses tú, adivinando que tantas
locuras acabarían mal, forzosamente mal.... Después... después vino lo
de las bombas.

--Nada tuve que ver en ello--dijo Gabriel con voz triste--. Yo soy un
teórico: abomino de la acción, por prematura e ineficaz.

--Lo sé, Gabriel. Siempre te creí inocente. ¡Tú tan bueno, tan dulce,
que de pequeño nos asombrabas a todos con tu bondad; tú que ibas para
santo, como decía nuestra pobre madre!, ¡matar tú! ¡Y tan traidoramente,
por medio de artefactos del infierno...! ¡Jesús!

Y el _Vara de palo_ calló, como aterrado por él recuerdo de los
atentados en que habían envuelto a su hermano.

--Pero lo cierto fue--continuó al poco rato--que caíste en la redada que
dio el gobierno al ocurrir aquellos sucesos. ¡Lo que yo sufrí una
temporada! De vez en cuando fusilamientos en el foso del castillo que
hay allá, y yo buscaba ansioso en los papeles los nombres de los
sentenciados, siempre esperando encontrar el tuyo. Corrían rumores de
tormentos horribles que se hacían sufrir a los presos para que cantasen
la verdad, y pensaba en tí tan delicado, tan poquita cosa, creyendo que
cualquier mañana te encontrarían muerto en el calabozo. Y aún sufría más
por mi empeño de que aquí no se conociese tu situación. ¡Un Luna, el
hijo del señor Esteban, el antiguo jardinero de la Primada, con el que
conversaban los canónigos y hasta los arzobispos... mezclado entre la
gentuza infernal que quiere destruir el mundo...! Por esto, cuando
Eusebio el _Azul_ y otros chismosillos de la casa me preguntaban si
podrías ser tú el Luna de que hablaban los periódicos, yo decía que mi
hermano estaba en América y que me escribías de tarde en tarde, por
andar ocupado en grandes negocios. ¡Ya ves qué dolor! Esperar que te
matasen de un momento a otro, y no poder hablar, no poder quejarse,
comunicando la pena ni aun a los de la familia... ¡Lo que yo he rezado
ahí dentro...! Acostumbrados los de la casa a ver todos los días a Dios
y los santos, somos algo duros y pecadores; pero la desgracia ablanda el
alma, y yo me dirigí a la que todo lo puede, a nuestra patrona la Virgen
del Sagrario, pidiéndola que se acordase de ti, ya que ibas de niño a
arrodillarte ante su capilla, cuando te preparabas para entrar en el
Seminario.

Gabriel sonrió con dulzura, como admirando la simplicidad de su hermano.

--No rías, te lo ruego: me hace daño tu risa. La excelsa Señora lo hizo
todo en favor tuyo. Meses después supe que a ti y a otros os habían
metido en un barco, con orden de no volver más a España, y... hasta la
hora presente. Ni una carta, ni una noticia buena o mala. Te creía
muerto, Gabriel, en esas tierras lejanas, y más de una vez he rezado por
tu pobre alma, que bien lo necesita.

El _compañero_ mostraba en sus ojos el agradecimiento por estas
palabras.

--Gracias, Esteban. Admiro tu fe, pero cree que no he salido tan bien
como te imaginas de aquella aventura sombría. Mejor hubiese sido morir.
La aureola del martirio vale más que entrar en un calabozo siendo un
hombre y salir hecho un pingajo.

Estoy muy enfermo, Esteban: mi sentencia de muerte es irrevocable. No
tengo estómago, mis pulmones están deshechos, este cuerpo que ves es una
máquina desvencijada que apenas si funciona, y cruje por todos lados
como si las piezas fuesen a separarse y a caer cada una por su lado. La
Virgen que me salvó por tu recomendación bien podía haber intercedido
algo más en favor mío, ablandando a mis guardianes. Los infelices creían
salvar al mundo dando suelta a los instintos de bestia que duermen en
nosotros como restos del pasado... Después, en plena libertad, la vida
ha sido más dolorosa que la muerte. Al volver a España, empujado por la
miseria y las persecuciones, mi existencia ha sido un infierno. No he
podido parar en ningún sitio donde se reúnen hombres. Me acosan como
perros; quieren que viva fuera de las ciudades; me acorralan,
empujándome hacia el monte, hacia el desierto, donde no existen seres
humanos. Parece que soy un hombre temible, más temible que los
desesperados que arrojan bombas, porque hablo, porque llevo en mí una
fuerza irresistible que me hace propagar la Verdad apenas me veo en
presencia de dos desgraciados.... Pero esto se acabó. Puedes
tranquilizarte, hermano. Soy hombre muerto; mi misión tocó a su fin;
pero detrás de mí vendrán otros y otros. El surco está abierto y la
simiente en sus entrañas. ¡Germinal! Así gritó un amigo mío de destierro
cuando en España vio el último rayo de sol desde el tablado del
patíbulo.... Voy a morir, y me creo con derecho al descanso por unos
meses. Quiero gustar por primera vez en mi vida la dulzura del silencio,
de la inmovilidad, del incógnito: no ser nadie, que nadie me conozca; no
inspirar simpatías ni miedo. Quisiera ser una estatua de esa portada,
una pilastra de la catedral, algo inmóvil, sobre cuya superficie
resbalasen el tiempo, las alegrías y las tristezas, sin causar
estremecimientos ni emociones. Anticipar la muerte; ser cadáver que
respira y come, pero que no piensa, ni sufre, ni se entusiasma: ésa
sería para mí la dicha, hermano. No sé adonde ir: los hombres me
esperan más allá de esa puerta para acosarme otra vez... ¿Me quieres
contigo...?

El _Vara de palo_, por toda contestación, empujó cariñosamente a
Gabriel.

--¡Vamos arriba, loco! No morirás; yo te sacaré adelante. Lo que tú
necesitas es calma y cariño. La catedral te curará. Aquí sanarás esa
cabeza enferma, que parece la de Don Quijote. ¿Te acuerdas cuando de
niño nos leías su historia en las veladas...? Anda adelante, fantasioso.
¿Qué te importa a ti que el mundo esté mejor o peor arreglado? Así lo
encontramos, y así será siempre. Lo que importa es vivir cristianamente,
con la certeza de que la otra vida será mejor, ya que es obra de Dios y
no de los hombres. ¡Arriba, vamos arriba!

Y empujando cariñosamente al vagabundo, salieron del claustro por entre
los mendigos, que habían seguido con mirada curiosa la entrevista sin
poder escuchar una palabra. Atravesaron la calle, entrando en la
escalera de la torre. Los peldaños eran de ladrillos rojos y gastados, y
las paredes, pintadas de blanco, estaban cubiertas en todas sus
revueltas de grotescos dibujos y enrevesadas inscripciones de las gentes
que subían a la torre atraídas por la fama de la Campana Gorda.

Gabriel ascendía lentamente, jadeando y deteniéndose en cada tramo.

--Estoy malo, Esteban... muy malo. Este fuelle hace aire por todas
partes.

Después, como arrepentido de su olvido, se apresuró a preguntar:

--¿Y Pepa, tu mujer? Supongo que estará buena....

Se contrajo la frente del empleado de la catedral y sus ojos pusiéronse
vidriosos, como si fuese a llorar.

--Murió--dijo con laconismo sombrío.

Gabriel se detuvo, agarrándose a la barandilla, como inmovilizado por la
sorpresa. Después de un corto silencio, añadió, con el deseo de consolar
a su hermano:

Pero Sagrario, mi sobrina, estará hecha una hermosura. La última vez
que la vi parecía una reina, con su moño rubio y aquella carita
sonrosada, de vello dorado, como un albaricoque de los cigarrales. ¿Se
casó con el cadete o está con tigo?

El _Vara de palo_ puso el gesto más sombrío y miró a su hermano
torvamente.

--Murió también--dijo con sequedad.

--¿También Sagrario ha muerto?--preguntó; Gabriel con extrañeza.

--Ha muerto para mí, y es lo mismo.... Hermano, por lo que más quieras
en el mundo, no me hables de ella.

Gabriel comprendió que despertaba una pena grande con sus preguntas y no
dijo más, emprendiendo de nuevo la ascensión. En la vida de su hermano
había ocurrido algo grave durante su ausencia: uno de estos sucesos que
disuelven las familias y separan para siempre a los que sobreviven.

Atravesaron la galería cubierta del arco del Arzobispo y entraron en el
claustro alto, llamado las Claverías: cuatro pórticos iguales en la
longitud a los del claustro bajo, pero desnudos de toda decoración y con
un aspecto mísero. El pavimento era de ladrillos gastados y rotos. Los
cuatro lados que daban sobre el jardín tenían una barandilla entre las
chatas columnas que sostenían la techumbre de añejas vigas. Era una obra
provisional, de tres siglos antes, que había quedado para siempre en tal
estado. A lo largo de las paredes enjalbegadas abríanse sin simetría las
puertas y ventanas de las habitaciones que venían ocupando los
servidores de la catedral, transmitiéndose oficio y vivienda de padres a
hijos. El claustro, con sus pórticos bajos, ofrecía el aspecto de cuatro
calles, cada una de las cuales sólo tenía una fila de casas. Enfrente
estaba la chata columnata, sobre cuyas barandillas asomaban sus copas
puntiagudas los cipreses del jardín. Por encima del tejado del claustro
veíanse las ventanas de la segunda fila de habitaciones, pues casi
todas las casas de las Claverías tenían dos pisos.

Era un pueblo que vivía sobre la catedral al nivel de los tejados, y al
llegar la noche y cerrarse la escalera de la torre quedaba aislado de la
ciudad. La tribu semieclesiástica se procreaba y moría en el corazón de
Toledo, sin bajar a sus calles, adherida por tradicional instinto a
aquella montaña de piedra blanca y calada, cuyos arcos la servían de
refugio. Vivía saturada del olor del incienso y respiraba el perfume
especial de moho y hierro viejo de las catedrales, sin más horizonte que
las ojivas de enfrente o el campanario, que aplastaba con su mole un
pedazo del cielo que se veía desde el claustro alto.

El _compañero_ Luna creyó retroceder de golpe a la niñez. Chicuelos
semejantes al Gabriel de otros tiempos corrían jugando por las cuatro
galerías o se sentaban encogidos en la parte del claustro bañada por los
primeros rayos del sol. Mujeres que le recordaban a su madre sacudían
sobre el jardín las mantas de las camas o barrían los rojos ladrillos
inmediatos a sus viviendas. El _compañero_ vio aún borrosos en la pared
dos monigotes que había pintado con carbón cuando tenía ocho años. Sin
los pequeñuelos que gritaban y reían persiguiéndose, se hubiera creído
que la vida estaba en suspenso en este rincón de la catedral, como si en
aquel pueblo casi aéreo no naciese ni muriese nadie.

El _Vara de palo_, cejijunto y sombrío desde las últimas palabras, quiso
dar algunas explicaciones a su hermano.

--Vivo en nuestra casa de siempre. Me la han dejado en consideración a
la memoria del padre. Hay que agradecerlo a los señores del cabildo,
teniendo en cuenta que no soy más que un triste _Vara de palo_.... Desde
que ocurrió la «desgracia» tengo una vieja que arregla la casa, y además
vive conmigo don Luis, el maestro de capilla. Ya le conocerás: un
sacerdote joven, de mucho valer, que aquí está obscurecido; un alma de
Dios, al que tienen por un loco en la catedral y vive como un ángel.

Entraron en la casa de los Luna, que era de las mejores de las
Claverías. Junto a la puerta, dos hileras de macetas en forma de
relojera, clavadas al muro, dejaban pender las cabelleras verdes de sus
plantas. Dentro, en la sala que servía de recibimiento, Gabriel lo
encontró todo lo mismo que en vida de sus padres. Las paredes blancas,
que con los años habían tomado un moreno color de hueso, estaban
adornadas con grabados antiguos de santos. La sillería de caoba,
brillante por el continuo frote, ofrecía cierto aspecto de juventud, que
contrastaba con sus curvas de principios de siglo y sus asientos
próximos a desfondarse. Por una puerta entreabierta se veía la cocina,
en la que había entrado su hermano para dar órdenes a una mujer vieja de
aspecto tímido. En un rincón de la sala estaba enfundada una máquina de
coser. Luna había visto trabajando en ella a su sobrina la última vez
que pasó por la catedral. Era el recuerdo permanente que había dejado la
«pequeña» después de aquella catástrofe que despertaba en el padre un
dolor sombrío. Al través de una ventana de la sala veía Gabriel el patio
interior, que hacía apetecible aquella habitación entre todas las de las
Claverías: un espacio de cielo libre, con los cuartos superiores
sostenidos por cuatro filas de delgadas columnas de piedra, que daban al
patio el aspecto de un pequeño claustro.

Esteban volvió a reunirse con su hermano.

--Tú dirás lo que quieres almorzar. En la cocina todo está listo. Pide,
hombre, pide por esa boca. Aunque pobre, he de poder poco si no te saco
a flote, quitándote ese aspecto de muerto resucitado.

Gabriel sonrió tristemente.

--Es inútil que te esfuerces. Mi estómago acabó. Le basta con un poco de
leche, y gracias que lo admita.

Esteban dio órdenes a la vieja para que bajase a la ciudad en busca de
leche, y cuando iba a sentarse al lado de su hermano, se abrió la
puerta que daba al claustro, asomando por ella una cabeza de hombre
joven.

--¡Buenos días, tío!--exclamó.

Tenía un perfil achatado y perruno; los ojos eran de malicia, y peinaba
lustrosos tufos pegados arriba de las orejas.

--Pasa perdido, pasa--dijo el _Vara de palo_.

Y añadió, dirigiéndose a su hermano:

--¿Sabes quién es éste...? ¿No? Pues el hijo de nuestro pobre hermano,
que Dios tenga en su gloria. Vive en las habitaciones altas del claustro
con su madre, que lava la ropa de coro de los señores canónigos y riza
unas sobrepellices que da gozo verlas.... Tomás, muchacho, saluda al
señor. Es tu tío Gabriel, que acaba de llegar de América, y de París, ¡y
qué sé yo de dónde! De tierras que están muy lejos, muy lejos.

El muchacho saludó a Gabriel, algo intimidado por la cara triste y
enferma de aquel pariente, del que había oído hablar a su madre como de
un ser misterioso y novelesco.

--Aquí donde lo ves--prosiguió Esteban dirigiéndose a su hermano y
mostrándole al muchacho--, es la peor cabeza de la catedral. El señor
canónigo Obrero más de una vez le hubiese puesto de patitas en la calle
si no fuese por consideración a la memoria de su padre y de su abuelo y
al apellido que lleva, pues todos saben que los Luna son antiguos en la
catedral como las piedras de sus muros.... No se le ocurre calaverada
que no la realice: en plena sacristía jura como un impío a espaldas de
los señores beneficiados. ¡No digas que no, granuja!

Y le amenazaba con una mano, entre severo y risueño, como si en el fondo
de su pensamiento le hiciesen cierta gracia las faltas del sobrino. Éste
acogía la reprimenda con muecas que agitaban su cara de movilidad
simiesca y sin bajar los ojos, que tenían una fijeza insolente.

--Es una mala vergüenza--continuó el tío--que te peines así, como la
chulería de la corte que viene a Toledo en las grandes fiestas. En la
buena época de la catedral ya te hubiesen pelado al rape. Pero como en
estos tiempos de desamortización, libertad y desgracias, nuestra santa
iglesia es pobre como una rata, la miseria no deja humor a los señores
del cabildo para fijarse en detalles, y todo anda abajo que da lástima.
¡Qué abandono, Gabriel! ¡Si lo vieras! Esto parece una oficina como esas
de Madrid adonde va la gente a cobrar y echa a correr en seguida. La
catedral es hermosa como siempre, pero no se encuentra por parte alguna
la majestad del culto del Señor. Lo mismo dice el maestro de capilla,
indignándose al ver que en las grandes fiestas sólo toman asiento en
medio del coro hasta media docena de músicos. La gente joven que vive en
las Claverías no tiene amor a nuestra Primada y se queja de lo cortos
que son los sueldos, sin tener en cuenta el temporal que aguanta la
religión. Si esto continúa, no me extrañará ver a este pájaro y a otros
tan tunantes como él jugando a la rayuela en el crucero... ¡Dios me
perdone!

Y el simple _Vara de palo_ hizo un gesto escandalizándose de sus
palabras. Después continuó:

--Este señorito, aquí donde lo ves, no está contento con su estado, y
eso que, siendo casi un mocoso, ocupa el cargo que su pobre padre no
pudo conseguir hasta los treinta años. Quiere ser torero, y hasta un
domingo se atrevió a salir en una novillada en la plaza de Toledo. Su
madre bajó desmelenada como una Magdalena a contármelo todo, y yo,
pensando que su padre había muerto y me correspondía hacer sus veces,
aguardé al señor cuando volvía de la plaza echándolas de guapo, y lo
arreé desde la escalera de la torre hasta su habitación con la misma
vara de palo que me sirve en la catedral. Él te dirá si tengo la mano
dura cuando me enfado.... ¡Virgen del Sagrario! ¡Un Luna de la Santa
Iglesia Primada metido a torero! ¡Poco rieron los canónigos y hasta el
señor cardenal, según me han dicho, al conocer el caso! Un beneficiado
de buen humor le apodó desde entonces el _Tato_, y así le llaman todos
en la casa. ¿Has visto, hermano, qué honra proporciona a la familia este
tuno...?

El silenciario pretendía anonadar con su mirada al _Tato_, pero éste
sonreía, sin impresionarse gran cosa con las palabras de su tío.

--Y no creas, Gabriel--continuó--, que a este individuo le falta un
pedazo de pan y por eso hace tales disparates. A pesar de su mala
cabeza, tiene desde los veinte años el cargo de perrero de la santa
catedral: ha llegado adonde sólo se llegaba en tiempos mejores después
de muchos años y buenas agarraderas. Cobra sus seis realitos diarios, y
como anda suelto por la iglesia, puede enseñar las curiosidades a los
forasteros. Con las propinas que le caen está mejor que yo. Los
extranjeros que visitan la catedral, gentes descomulgadas que nos miran
como monos raros y encuentran todo lo nuestro curioso y digno de risa,
se fijan en él. Las inglesas le preguntan si ha sido toreador, y él
¡para qué necesita más...! Al ver que le dan por el gusto, suelta el
saco de las mentiras (porque a embustero nadie le echa la pata encima) y
cuenta las grandes corridas que lleva dadas en Toledo y fuera de él, los
toros que ha muerto... y esos bobalicones de Inglaterra toman nota en
sus álbumes, y hasta alguna rubia patuda dibuja de un trazo la cabeza de
este trapalón. A él lo que le interesa es que le crean las mentiras y al
final le larguen la peseta; le importa poco que esos herejes se vayan a
su tierra propalando que en la catedral de Toledo, en la Iglesia Primada
de las Españas, los empleados son toreros y ayudan a las ceremonias del
culto entre corrida y corrida. Total, que gana más dinero que yo, y a
pesar de esto, se cree postergado en su cargo... ¡Un empleo tan hermoso!
¡Marchar en las grandes procesiones al frente de todos, junto a la gran
manga de la Primada, con una horquilla forrada de terciopelo rojo para
sostenerla si es que cae, y vestido con un ropón de brocado escarlata,
como un cardenal! Hasta se parece en ese traje, según dice el maestro de
capilla, que sabe mucho de tales cosas, a un tal _Diente_ o no sé cómo,
que hace siglos vivía en Italia y bajó al infierno, escribiendo su viaje
en verso.

Sonaron pasos en una angosta escalerilla de caracol que, perforando el
muro, comunicaba el recibimiento con el piso superior.

--Es don Luis--dijo el _Vara de palo_--. Va a decir su misa en la
capilla del Sagrario, y después al coro.

Gabriel se levantó del sofá para saludar al sacerdote. Era pequeño y de
constitución débil, resaltando en él desde el primer golpe de vista la
desproporción entre el cuerpo enfermizo y la cabeza enorme. La frente,
abombada y saliente, parecía aplastar con su peso las facciones morenas
e irregulares, alteradas por la huella de las viruelas. Era feo, y sin
embargo, la expresión de sus ojos azules, el brillo de la dentadura
sana, blanca e igual, que parecía iluminar la boca, y la sonrisa
ingenua, casi infantil, que plegaba los labios, daban a su rostro esa
expresión simpática que revela a los seres sencillos ensimismados en sus
aficiones artísticas.

--¿Conque el señor es ese hermano de quien tanto me ha hablado
usted?--dijo al oír la presentación que hacía Esteban.

Tendió su mano a Gabriel amistosamente. Los dos eran de aspecto
enfermizo: el desequilibrio orgánico parecía atraerles fraternalmente.

--Ya que el señor ha estudiado en el Seminario--dijo el maestro de
capilla--, conocerá algo de música.

--Es lo único que recuerdo de aquellas enseñanzas.

--¡Y al viajar tanto por el mundo, habrá oído cosas buenas...!

--Algo hay de eso. La música es para mí la más grata de las artes.
Entiendo poco de ella, pero «la siento».

--Muy bien, muy bien. Seremos amigos. Ya me contará usted cosas. ¡Cuánto
le envidio por haber corrido el mundo...!

Hablaba como un niño inquieto, sin querer sentarse por más que el
silenciario, en cada una de sus evoluciones por la sala, le ofrecía una
silla. Iba de un lado a otro con el manteo terciado y la teja en la
mano, un pobre sombrero sin rastro de pelo, abollado, con una capa de
grasa en las alas, mísero y viejo como la sotana y los zapatos. A pesar
de esta pobreza, el maestro de capilla tenía cierta elegancia. Su
cabello, demasiado crecido para la costumbre eclesiástica, se
ensortijaba en la cúspide del cráneo. La manera arrogante con que
plegaba el manteo en torno de su cuerpo hacía recordar la capa de los
tenores de ópera. Había en él cierta desenvoltura profana que delataba
al artista sepultado en los hábitos sacerdotales, ansioso por volar
fuera de ellos, abandonándolos a sus pies como una mortaja.

Llegaron a la habitación, como truenos lejanos, algunas campanadas
graves que conmovieron el claustro.

--Tío, que llaman a coro--dijo el _Tato_--. Ya debíamos estar en
la-catedral. Son casi las ocho.

--Es verdad, hombre; tiene gracia que seas tú quien me lo recuerde. En
marcha.

Luego añadió, dirigiéndose al sacerdote músico:

--Don Luis, su misa es a las ocho. Ya hablará después de sus cosas con
Gabriel. Ahora, a la obligación. Hay que sacar para los postres, como
usted dice, ya que en estos tiempos del demonio apenas si da el cargo
para comer.

El maestro de capilla asintió tristemente con un movimiento de cabeza y
salió tras los dos servidores del templo, contrariado, como si le
arrastrasen a un trabajo penoso y antipático. Tarareaba distraídamente
al dar la mano a Gabriel, y éste creyó reconocer un fragmento del
_Septimino_ de Beethoven en la música que, sorda y cortada, salía de
entre los labios del joven sacerdote.

Luna se tendió en el sofá, abandonándose a la fatiga al verse solo,
después de la larga espera ante la catedral. La vieja que servía a su
hermano puso junto a él un jarrito de leche, llenando después un vaso.
Gabriel bebió, haciendo esfuerzos por dominar los estremecimientos de
su estómago enfermo, que pugnaba por expeler el líquido. Su cuerpo,
fatigado por la mala noche y el cansancio de la espera, acabó por
asimilarse el alimento, sumiéndose en una dulce languidez que no había
sentido en mucho tiempo. Gabriel pudo adormecerse, y así estuvo más de
una hora, inmóvil en el sofá, cortándose varias veces su desigual
respiración con el estertor de la tos cavernosa, que no llegaba a
desvanecer su sueño.

Cuando despertó, fue de golpe, con un estremecimiento nervioso que le
conmovió de los pies a la cabeza, haciéndole saltar del sofá como a
impulsos de un resorte. Era la inquietud del peligro que había quedado
fija en él para siempre; el hábito de la intranquilidad contraído en los
obscuros calabozos, cuando esperaba a todas horas ver abrirse la puerta
para ser apaleado como un perro o conducido al cuadro de ejecución ante
la doble fila de fusiles; y a más de esto, la costumbre de vivir
vigilado en todos los países, presintiendo el espionaje de la policía en
torno de él, sorprendido en medio de la noche en cuartos de posada por
la orden de salir inmediatamente; la zozobra del antiguo Asheverus, que
apenas gustaba un instante del descanso, oía el eterno «Anda, anda».

No quiso dormir más, como si temiera sufrir de nuevo las negras
pesadillas del ensueño. Prefería la realidad: aquel silencio de la
catedral que le envolvía en una dulce caricia; la calma augusta del
templo, inmenso monte de piedra labrada que parecía pesar sobre él
aplastándolo, ocultando para siempre su debilidad de perseguido.

Salió al claustro, y puesto de codos en la barandilla contempló el
jardín.

Las Claverías parecían desiertas. Los niños que las animaban al comenzar
el día estaban en la escuela; las mujeres, dentro de sus casas,
preparaban la comida. En todo el claustro no había otra persona que él.
La luz del sol bañaba todo un lado; la sombra de las columnas cortaba
oblicuamente los grandes cuadros de oro que cubrían las baldosas. Un
silencio augusto, la calma santa de la catedral, penetraba en el
agitador como dulce narcótico. Los siete siglos adheridos a aquellas
piedras parecían envolverle como otros tantos velos que le aislaban del
resto del mundo. En una habitación de las Claverías sonaba un martillo
con repiqueteo incesante. Era el de un zapatero que Gabriel había visto,
al través de los vidrios de una ventana, encorvado ante su mesilla. En
el pedazo de cielo encuadrado por los tejados volaban algunos palomos,
moviendo sus blancas alas como si bogasen en un lago de intenso azul. Al
fatigarse, descendían al claustro, y agarrados a las barandillas,
emprendían un susurro que estremecía el religioso silencio como un
suspiro de amor. De vez en cuando se abrían las cancelas de la catedral,
esparciendo en el jardín y las Claverías una bocanada de aire cargada de
incienso, de rugidos de órgano y voces graves que cantaban palabras
latinas prolongando solemnemente las sílabas.

Gabriel miraba el jardín, orlado por las arcadas de piedra blanca y sus
rudos contrafuertes de berroqueña obscura, en cuya cúspide dejaban las
lluvias una florescencia de hongos como botones de terciopelo negruzco.
Descendía el sol a un ángulo del jardín, y el resto quedaba en una
claridad verdosa, de penumbra conventual. La torre de las campanas
ocultaba un pedazo de cielo, ostentando sobre sus flancos rojizos,
ornados de junquillos góticos y contrafuertes salientes, las fajas de
mármol negro con cabezas de misteriosos personajes y escudos de armas de
los diversos arzobispos que intervinieron en su construcción. En lo
alto, cerca de los pináculos de piedra blanquísima, mostrábanse las
campanas tras de enormes rejas, como pájaros de bronce en jaulas de
hierro.

Tres campanadas graves, anunciando que la misa mayor estaba en su
momento más solemne, retumbaron en toda la catedral. Tembló la montaña
de piedra, transmitiéndose la vibración por naves, galerías y arcadas
hasta los profundos cimientos.

Después, otra vez el silencio, que parecía más imponente, más profundo,
tras los truenos del bronce. Volvía a oírse el susurro de los palomos, y
abajo, en el jardín, piaban unos pájaros, como enardecidos por el rayo
de sol que reanimaba la verdosa penumbra.

Gabriel sentíase conmovido. Se apoderaba de él la dulce embriaguez del
silencio, de la calma absoluta: la felicidad del no ser. Más allá de
aquellos muros estaba el mundo; pero no se le veía, no se le sentía;
parábase respetuoso y aburrido ante aquel monumento del pasado, hermosa
sepultura en cuyo interior nada excitaba su curiosidad. ¿Quién podía
suponer que él estaba allí...? Aquella verruga de siete siglos, formada
por poderes políticos que murieron y por una fe agonizante, sería su
último refugio. En plena época de descreimiento, la iglesia le serviría
de lugar de asilo, como a los grandes criminales de la Edad Media, que
desde lo alto del claustro se burlaban de la justicia, detenida en la
puerta como los mendigos. Allí dejaría que se consumara en el silencio y
la calma la lenta ruina de su cuerpo. Allí moriría, con la dulce
satisfacción de haber perecido para el mundo mucho tiempo antes. Por fin
realizaba el deseo de acabar sus días en un rincón de la soñolienta
catedral española, única esperanza que le sonreía cuando caminaba a pie
por las carreteras de Europa, ocultándose del guardia civil o del
gendarme, y pasaba las noches en un foso, apelotonado, con la barba en
las rodillas, creyendo morir de frío.

Coger la catedral como el náufrago agarra un resto del buque, próximo ya
a ahogarse: ésta era su esperanza, y acababa de realizarla. La iglesia
le acogía como una madre vieja y adusta que no sonríe, pero abre los
brazos.

--Por fin.... Por fin...--murmuró Luna.

Y sonrió pensando en aquel mundo de persecuciones y dolores que
abandonaba como en un lugar remoto, situado en otro planeta, al que
jamás había de volver. La catedral le guardaba para siempre.

En el silencio profundo del claustro, al que no llegaban los ruidos de
la calle, el _compañero_ Luna creyó oír, lejano, muy lejano, el chillón
sonido de las cornetas, y después un sordo redoble de tambores. Entonces
se acordó del Alcázar de Toledo, que parece dominar desde su altura a la
catedral, intimándola con la pesada mole de sus torres. Eran las
cornetas de la Academia Militar.

A Gabriel le hicieron daño estos sonidos. Había perdido de vista el
mundo, y cuando se creía lejos, muy lejos de él, sentía su presencia, un
poco más allá de los tejados del templo.




II

Desde los tiempos del segundo cardenal de Borbón, era el señor Esteban
Luna jardinero de la catedral, por derecho que parecía vinculado en su
familia. ¿Cuál fue el primer Luna que entró al servicio de la Santa
Iglesia Primada? El jardinero, al hacerse esta pregunta, sonreía
satisfecho, y sus ojos miraban a lo infinito, como queriendo abarcar la
inmensidad del tiempo. Los Luna eran tan antiguos como los cimientos de
la iglesia. Habían ido naciendo las diversas generaciones en los
aposentos del claustro alto, y cuando el ilustre Cisneros aún no había
construido las Claverías, los Luna vivían en las casas inmediatas, como
si no pudiesen existir fuera de la sombra de la Primada. A nadie
pertenecía la catedral con mejor derecho que a ellos. Pasaban los
canónigos, los beneficiados y los arzobispos; ganaban la plaza, morían,
y otro al puesto; era un desfile de caras nuevas, de señores que venían
de todos los rincones de España a sentarse en el coro para morir años
después, dejando la vacante a otros advenedizos; y los Luna siempre en
su puesto, como si la antigua familia fuese una pilastra más de las
muchas que sostienen el templo. Podría ser que el arzobispo que un día
se llamaba don Bernardo, se llamase al año siguiente don Gaspar y al
otro don Fernando; lo imposible e inverosímil era que la catedral
pudiese existir sin tener algún Luna en el jardín, en la sacristía o en
el crucero, acostumbrada durante tantos siglos a sus servicios.

El jardinero hablaba con orgullo de su estirpe: de su noble y
desgraciado pariente el condestable don Álvaro enterrado como un rey en
su capilla detrás del altar mayor; del papa Benedicto XIII, altivo y
tozudo como todos los de la familia; de don Pedro de Luna, V de su
nombre en la silla arzobispal de Toledo, y de otros parientes no menos
ilustres.

--Todos somos del mismo tronco--decía con orgullo--. Todos vinimos a la
conquista de Toledo con el buen rey Alfonso VI. Sólo que unos Luna le
tomaron gusto a matar moros, y fueron señores y conquistaron castillos,
y otros, mis abuelos, quedaron al servicio de la catedral, como
fervorosos cristianos que eran.

Con la satisfacción de un duque que cuenta sus ascendientes, el señor
Esteban remontaba la cadena de los Luna hasta titubear y perderse en
pleno siglo XV. Su padre había conocido a don Francisco III Lorenzana,
el príncipe de la Iglesia fastuoso y pródigo, que gastaba las cuantiosas
rentas del arzobispado construyendo palacios y editando libros, como un
gran señor del Renacimiento. Había conocido también al primer cardenal
de Borbón, don Luis II, y contaba la vida novelesca de este infante.
Hermano del rey Carlos III, la costumbre que dedicaba a la Iglesia a los
ilustres segundones le había hecho cardenal a la edad de nueve años.
Pero a aquel buen señor, retratado en la Sala Capitular con peluca
blanca, labios pintados y ojos azules, le llamaban más los goces del
mundo que las grandezas de la Iglesia, y abandonó el arzobispado para
casarse con una dama de modesta estirpe, riñendo para siempre con el
monarca, que lo envió al destierro. Y el viejo Luna, saltando de abuelo
en abuelo a través de los siglos, recordaba al archiduque Alberto, que
renunció la mitra toledana para ir a gobernar los Países Bajos, y al
magnífico cardenal Tavera, protector de las artes; todos príncipes
excelentes, que habían tratado con cariño a la familia, reconociendo su
secular adhesión a la Santa Iglesia Primada.

Los tiempos de la juventud fueron malos para el señor Esteban. Eran los
de la guerra de la Independencia. Los franceses ocupaban Toledo y
entraban en la catedral como paganos, arrastrando el sable en plena misa
mayor, para curiosear hasta por los últimos rincones. Las alhajas
estaban escondidas; los canónigos y los beneficiados, que entonces se
llamaban racioneros, vivían desperdigados por la península. Unos se
habían refugiado en las plazas todavía españolas; otros estaban ocultos
en los pueblos, haciendo votos por que pronto volviese el Deseado. El
coro daba lástima con las escasas voces de los tímidos y los comodones
que, pegados al asiento y no pudiendo vivir lejos de él, habían
reconocido al rey intruso. El segundo cardenal de Borbón, el dulce e
insignificante don Luis María, estaba en Cádiz, de regente del reino.
Era el único de la familia que quedaba en España, y las Cortes habían
echado mano de él para dar cierto tinte dinástico a su autoridad
revolucionaria.

Cuando al terminar la guerra volvió a su sede el pobre cardenal, el
señor Esteban se enterneció viendo su rostro de niño triste, rematado
por una cabeza de redonda e insignificante pequeñez. Venía desalentado y
cariacontecido, después de recibir en Madrid a su sobrino Fernando VII.
Sus compañeros de regencia estaban en la cárcel o en el destierro; y sí
él no sufrió igual suerte, era por su mitra y su apellido. El infeliz
prelado creía haber hecho una gran cosa sosteniendo los intereses de su
familia durante la guerra, y se veía acusado de liberal, de enemigo de
la religión y del trono, sin que pudiese adivinar en qué había
conspirado contra ellos. El pobre cardenal de Borbón languideció de
tristeza en su palacio, dedicando sus rentas a hacer obras en la
catedral, hasta que murió al iniciarse la reacción de 1832, dejando el
sitio a Inguanzo, el tribuno del absolutismo, un prelado con patillas
entrecanas, que había hecho su carrera en las Cortes de Cádiz atacando
como diputado toda reforma y abogando por el retroceso a los tiempos de
los Austrias, medio seguro para salvar al país.

El buen jardinero saludaba con igual entusiasmo al cárdena borbónico
odiado de los reyes, que al prelado con patillas que hacía temblar a
toda la diócesis con su genio acre y desabrido y sus arrogancias de
revolucionario absolutista. Para él, quien llegaba a la silla de Toledo
era un hombre perfecto, cuyos actos no se podían discutir, y hacía oídos
sordos a las murmuraciones de canónigos y beneficiados, los cuales,
fumando un cigarrillo en el cenador de su jardín, hablaban-de las
genialidades de aquel señor de Inguanzo, indignado contra el gobierno de
Fernando VII porque no era bastante «neto» y por miedo a los extranjeros
no osaba restablecer el saludable Tribunal de la Inquisición.

Lo único que entristecía al jardinero era contemplar la decadencia de su
querida catedral. Las rentas del arzobispado y las del cabildo habían
sufrido gran merma con la guerra. Había ocurrido lo que en las
inundaciones, que, al retirarse, arrastran árboles y casas, dejando el
terreno yermo y desabitado. La Primada perdía muchos de sus derechos;
los arrendatarios se hacían dueños valiéndose de los apuros del Estado;
los pueblos se negaban a pagar sus servidumbres feudales, como si el
hábito de defenderse y hacer la guerra les librase para siempre del
vasallaje. Además, las empecatadas Cortes, decretando la abolición de
los señoríos, habían cercenado las cuantiosas rentas de la catedral,
adquiridas en los siglos en que los arzobispos de Toledo se calaban el
casco y andaban con los moros a golpes de mandoble.

Aun así, le restaba una fortuna considerable a la Iglesia Primada, y
mantenía su esplendor como si nada hubiese ocurrido; pero el señor
Esteban husmeaba el peligro desde el fondo de su jardín, enterándose por
los canónigos de las conspiraciones liberales y de los fusilamientos,
horcas y destierros a que tenía que apelar el señor rey don Fernando
para contener la audacia de los «negros», enemigos de la monarquía y la
Iglesia.

--Han probado el dulce--decía--, y volverán, ¡vaya si volverán!, así que
les dejen. Durante la guerra nos dieron el primer mordisco, quitando a
la catedral más de la mitad de lo suyo, y ahora nos robarán el resto, si
es que logran coger la sartén del mango.

El jardinero se indignaba ante la posibilidad de que esto ocurriera.
¡Ay! ¡Y para esto habían peleado con los moros tantos señores arzobispos
de Toledo, conquistando villas, asaltando castillos y acotando dehesas,
que pasaban a ser propiedad de la catedral, contribuyendo al mayor
esplendor del culto a Dios! ¡Y para caer en las manos puercas de los
enemigos de todo lo santo habían testado tantos fieles en la hora de la
muerte, reinas, magnates y simples particulares, dejando lo más sano de
su fortuna a la Santa Iglesia Primada, con el deseo de salvar su
alma...! ¿Qué iba a ser de las seiscientas personas, entre grandes y
chicos, clérigos y seglares, dignidades y simples empleados, qué comían
de las rentas de la catedral...? ¿Y a eso llamaban libertad? ¿A robar lo
que no era suyo, dejando en la miseria a un sinnúmero de familias que se
mantenían de la «olla grande» del cabildo?

Cuando los tristes presentimientos del jardinero comenzaron a cumplirse
y Mendizábal decretó la desamortización, el señor Esteban creyó morir de
rabia. El cardenal Inguanzo procedió mejor que él. Arrinconado en su
palacio por los liberales, como su antecesor lo había sido por los
absolutistas, tomó el partido de morirse, para no presenciar tantos
atentados contra la fortuna sagrada de la iglesia. El señor Luna, que
por ser simple jardinero no podía imitar al cardenal, siguió viviendo;
pero todos los días tomaba un disgusto al saber que, por cantidades
irrisorias, algunos moderados de los que no faltaban a la misa mayor
iban adquiriendo hoy una casa, mañana un cigarral, al otro una dehesa,
fincas todas pertenecientes a la Primada que habían pasado a figurar en
los llamados bienes nacionales. ¡Ladrones! Al señor Esteban le causaba
igual indignación esta subasta lenta, que desgarraba en piezas la
fortuna de la catedral, que si viera a los alguaciles entrar en su casa
de las Claverías para llevarse los muebles de la familia, cada uno de
los cuales guardaba el recuerdo de un ascendiente.

Hubo momentos en que pensó abandonar el jardín, marchando al Maestrazgo
o a las provincias del Norte en busca de los leales que defendían los
derechos de Carlos V y la vuelta a los antiguos tiempos. Tenía entonces
cuarenta años; sentíase ágil y fuerte, y aunque su humor era pacífico y
nunca había tocado un fusil, le animaba el ejemplo de algunos
estudiantes tímidos y piadosos que se habían fugado del Seminario, y,
según se decía, peleaban en Cataluña tras la capa roja de don Ramón
Cabrera. Pero el jardinero, para no estar solo en su, gran habitación de
las Claverías, se había casado tres años antes con la hija del sacristán
y tenía un hijo. Además, no podía despegarse de la iglesia. Era un
sillar más de la montaña de piedra; se movía y hablaba como un hombre,
pero tenía la seguridad de perecer apenas saliese de su jardín. La
catedral perdería algo importante si le faltaba un Luna, después de
tantos siglos de fiel servicio, y a él le asustaba la posibilidad de
vivir fuera de ella. ¿Cómo había de ir por los montes disparando tiros,
si para él transcurrían los años sin pisar otro suelo «profano» que el
pedazo de calle entre la escalera de las Claverías y la puerta del
Mollete?

Siguió cultivando su jardín, con la melancólica satisfacción de
considerarse a cubierto de los males revolucionarios al abrigo de aquel
coloso de piedra que imponía respeto con su majestuosa vetustez.
Podrían cercenar la fortuna del templo, pero serían impotentes contra la
fe cristiana de los que vivían a su amparo.

El jardín, insensible y sordo a las tempestades revolucionarias que
descargaban sobre la iglesia, seguía desarrollando entre las arcadas su
belleza sombría. Los laureles crecían rectos hasta llegar a las
barandillas del claustro alto; los cipreses agitaban sus copas como si
quisieran escalar los tejados; las plantas trepadoras se enredaban en
las verjas del claustro formando tupidas celosías de verdura, y la
hiedra tapizaba el cenador central, rematado por una montera de negra
pizarra con cruz de hierro enmohecido. En el interior de éste, los
clérigos, al terminar el coro de la tarde, leían, a la verdosa claridad
que se filtraba entre el follaje, los periódicos del campo carlista o
comentaban entusiasmados las hazañas de Cabrera, mientras que en lo
alto, indiferentes para las insignificancias humanas, revoloteaban las
golondrinas en caprichosa contradanza, lanzando silbidos como si rayasen
con su pico el cristal del cielo. El señor Esteban asistía silencioso y
de pie a este club vespertino, que traía recelosos a los de la Milicia
Nacional de Toledo.

Terminó la guerra y se desvanecieron las últimas ilusiones del
jardinero. Cayó en un mutismo de desesperado: no quería saber nada de
fuera de la catedral. Dios había abandonado a los buenos; los traidores
y los malos eran los más. Lo único que le consolaba era la fortaleza del
templo, que llevaba largos siglos de vida y aún podría desafiar a los
enemigos durante muchos más.

Sólo quería ser jardinero, morir en el claustro alto, como sus abuelos,
y dejar nuevos Luna que perpetuasen los servicios de la familia en la
catedral. Su hijo mayor, Tomás, tenía doce años y le ayudaba en el
cuidado del jardín. Con un intervalo de algunos años había tenido otro,
Esteban, que apenas sabía andar y ya se arrodillaba ante las imágenes de
la habitación, llorando para que su madre le bajase a la iglesia a ver
los santos.

La pobreza entraba en el templo; reducíase el número de canónigos y
racioneros. Al morir los empleados anulábanse las plazas, y eran
despedidos los carpinteros, los albañiles, los vidrieros, que antes
vivían en la Primada como obreros adheridos a ella, trabajando
continuamente en su reparación. Si de tarde en tarde era indispensable
verificar un trabajo, se llamaban jornaleros de fuera. En las Claverías
se desocupaban muchas habitaciones; un silencio de cementerio reinaba
allí donde antes se aglomeraba todo un pueblo falto de espacio. El
_gobierno de Madrid_--había que ver con qué expresión de desprecio
subrayaba el jardinero estas palabras--andaba en tratos con el Santo
Padre para arreglar una cosa que llamaban Concordato. Se limitaba el
número de los canónigos, como si la Iglesia Primada fuese una colegiata
cualquiera. Se les pagaba por el Gobierno, lo mismo que a los
empleadillos, y para el sostenimiento y culto de la más famosa de las
catedrales españolas, que cuando cobraba el diezmo no sabía dónde
encerrar tantas riquezas, se destinaban mil doscientas pesetas
mensuales.

--¡Mil doscientas pesetas, Tomás!--decía a su hijo, un chicarrón
silencioso a quien no interesaba gran cosa lo que no fuese su jardín--.
¡Mil doscientas pesetas, cuando yo he conocido a la catedral con más de
seis millones de renta! ¿Para qué hay con eso? Malos tiempos nos
esperan, y si yo fuese otro, os dedicaría a un oficio, a cualquier cosa,
fuera de la Primada. Pero los Luna no pueden desertar, como tantos
pillos que han traicionado la causa de Dios. Aquí hemos nacido y aquí
hemos de morir hasta el último de la familia.

Y enfurecido contra los clérigos de la catedral, que parecían acoger con
buen gusto el Concordato y sus sueldos, satisfechos de salir bien
librados de la tormenta revolucionaria, se aislaba en el jardín,
cerrando la puerta de la verja y rehuyendo las tertulias de otros
tiempos.

Aquel pequeño mundo vegetal no cambiaba. Su sombra verdosa era semejante
al crepúsculo que envolvía el alma del jardinero. No era la alegría
ruidosa, desbordante de colores y susurros, del huerto al aire libre
inundado de sol; tenía la melancólica belleza del jardín monacal entre
cuatro paredes, sin más luz que la que desciende a lo largo de los
aleros y las arcadas, ni otras aves que las que revolotean en lo alto
mirando con asombro un paraíso en el fondo de un pozo. La vegetación era
la misma da los paisajes griegos: laureles, cipreses y rosales, como en
los idilios de los poetas helénicos. Pero las ojivas que lo cerraban,
los andenes pavimentados con grandes losas berroqueñas, en cuyos
intersticios crecía la hierba en festones, la cruz del cenador central,
el olor mohoso del hierro viejo de las verjas y la humedad de la piedra
de los contrafuertes cubiertos por la verde capa de las lluvias, daban
al jardín un ambiente de vetustez cristiana. Los árboles se agitaban al
viento como incensarios; las flores, de color pálido, lánguidas, con
anémica hermosura, olían a incienso, como si las bocanadas de aire de la
catedral con que las impregnaban las cercanas puertas transformasen sus
naturales perfumes. El agua de las lluvias, cayendo por las gárgolas y
canalones de los tejados, dormía en dos profundas albercas de piedra. El
cubo del jardinero rompía un instante la capa verdosa de su superficie,
dejando ver el azul negruzco de las grandes profundidades; pero apenas
extinguidos los círculos excéntricos de la inmersión, volvían a
aproximarse y a confundirse las verdes lentejas, y otra vez desaparecía
el agua bajo su mortaja vegetal, sin un estremecimiento, sin un susurro,
muerta e inmóvil como el templo en el silencio de la tarde.

En la fiesta del Corpus y en la de la Virgen del Sagrario, a mediados de
agosto, la gente acudía con cántaros al jardín y el señor Esteban
permitía que los llenasen en las dos cisternas. Era una antigua
costumbre que apreciaban los viejos toledanos, haciéndose lenguas de la
frescura del agua de la catedral, condenados como estaban el resto del
año al líquido terroso del Tajo. Otras veces entraba la gente en el
jardín para proporcionar algunas ganancias al señor Esteban. Las devotas
le encargaban ramos para sus imágenes o compraban tiestos de flores,
creyéndolos preferibles a los de los cigarrales, por ser de la Iglesia
Primada. Las viejas pedían ramas de laurel para guisos y medicinas
caseras. Estos ingresos, unidos a las dos pesetas que el cabildo había
asignado al jardinero después de la fatal desamortización, servían al
señor Esteban para sacar la familia adelante. Próximo ya a la vejez
había tenido su tercer hijo, Gabriel, un pequeñuelo que a los cuatro
años llamaba la atención de las mujeres de las Claverías. Su madre
afirmaba con fe ciega que era el «vivo retrato» del Niño Jesús que
llevaba en brazos la Virgen del Sagrario. Su hermana Tomasa, casada con
el _Azul de la Virgen_ y autora de una numerosa familia que ocupaba casi
la mitad del claustro alto, hacíase lenguas del talento de su sobrinillo
cuando apenas sabía hablar y de la unción infantil con que contemplaba
las imágenes.

--Parece un santo--decía a sus amigas--. Hay que ver la seriedad con que
repite las oraciones.... Gabrielillo llegará a ser algo. ¡Quién sabe si
le veremos obispo! Monaguillos he conocido yo, cuando mi padre estaba
encargado de la sacristía, que ya usan mitra, y puede que algún día los
tengamos en Toledo.

El coro de halagos y alabanzas rodeaba desde sus primeros años al niño
como una nube de incienso. La familia vivía para él. El señor Esteban,
padre al uso latino, que amaba a sus hijos pero se mostraba con ellos
sombrío y amenazador para que creciesen rectos, sentía ante el pequeño
un retoñamiento de juventud, y jugueteaba con él, prestándose sonriente
a todos sus caprichos. La madre abandonaba las faenas de la casa para no
contrariar a Gabriel, y los hermanos estaban pendientes de sus
balbuceos. El mayor, Tomás, mocetón silencioso que había reemplazado a
su padre en el cuidado del jardín e iba descalzo en pleno invierno por
los arriates y las ásperas losas de los andenes, subía con frecuencia
manojos de hierbas olorosas para que juguetease con ellas su hermanillo.
Esteban, el segundo, que tenía trece años y gozaba de cierto prestigio
entre los monaguillos de la catedral por la escrupulosidad con que
ayudaba las misas, asombraba a Gabriel con su sotana roja y el roquete
encañonado, y le ofrecía cabos de vela y estampitas de colores
sustraídas del breviario de algún canónigo.

Algunas veces le entraba en brazos en el departamento de los gigantones,
una vasta sala entre los contrafuertes y los botareles de las naves,
atravesada por arbotantes de piedra. Allí estaban los héroes de las
antiguas fiestas: el Cid gigantesco, con su espadón, y las cuatro
parejas representando otras tantas partes del mundo, enormes figurones
con los vestidos apolillados y la cara resquebrajada que habían alegrado
las calles de Toledo, pudriéndose ahora en los tejados de la catedral.
En un rincón estaba la Tarasca, espantable monstruo de cartón que abría
sus fauces asustando a Gabriel, mientras sobre su lomo rugoso giraba
locamente una muñeca desmelenada e impúdica, que la religiosidad de
otros siglos había bautizado con el nombre de Ana Bolena.

Cuando Gabriel fue a la escuela, todos se asombraron de sus progresos.
La chiquillería del claustro alto, que tanto enfadaba al _Vara de
plata_, sacerdote encargado de la dirección y buen orden de la tribu
establecida en los tejados de la catedral, admiraba al pequeño Gabriel
como un prodigio. Aún no sabía andar y ya leía de corrido. A los siete
años comenzó a rumiar el latín, dominándole rápidamente, como si en su
vida no hubiese hablado otra cosa; a los diez disputaba con los clérigos
que frecuentaban el jardín, los cuales se gozaban en oponerle objeciones
y dificultades.

El señor Esteban, cada vez más encorvado y débil, sonreía satisfecho
ante su última obra. ¡Iba a ser la gloria de la casa! Se llamaba Luna, y
podía aspirar a todo sin miedo, pues hasta papas había en la familia.

Los canónigos llevábanse al pequeño a la sacristía, antes del coro,
para hacerle preguntas sobre sus estudios. Un clérigo de las oficinas
del arzobispado lo presentó al cardenal, quien después de oírle le dio
un puñado de almendras y la esperanza de ocupar una beca para que
hiciese gratuitamente sus estudios en el Seminario.

Los Luna y sus parientes más o menos cercanos, que formaban casi el
total de la población del claustro alto, se regocijaron con este
ofrecimiento. ¿Qué otra cosa podía ser Gabriel sino sacerdote? Para
aquellas gentes, pegadas desde que nacían al templo, cual excrecencias
de la piedra, y que consideraban a los arzobispos de Toledo los seres
más poderosos del mundo después del Papa, el único lugar digno de un
hombre de talento era la Iglesia.

Gabriel fue al Seminario, y la familia creyó que las Claverías quedaban
desiertas. Con la marcha del estudiante acababan en casa de los Luna las
veladas, en las que el campanero, el pertiguero, los sacristanes y demás
empleados del templo escuchaban la voz clara y bien acentuada de
Gabriel, que les leía como un ángel, unas veces las vidas de los santos,
otras los periódicos católicos que llegaban de Madrid, y en ciertas
noches un _Quijote_ con tapas de pergamino y ortografía anticuada,
venerable ejemplar que había pasado en la familia de generación en
generación.

La vida de Gabriel en el Seminario fue la existencia monótona y vulgar
del estudiante laborioso: triunfos en las controversias teológicas,
premios a granel y el honor de ser presentado a los compañeros como
modelo. De vez en cuando, algún canónigo de los que explicaban en el
Seminario entraba en el jardín.

--El muchacho marcha muy bien, Esteban. Es el primero en todo, y además,
callado y piadoso como un santo. Será el consuelo de su ancianidad.

El jardinero, cada vez más extenuado y viejo, movía la cabeza. Él sólo
podría ver el término de la carrera de su hijo desde las alturas, si es
que Dios le llamaba a ellas. Moriría antes de su triunfo, pero no se
entristecía por esto; quedaba la familia para gozar de la victoria y dar
gracias al Señor por su bondad.

Humanidades, teología, cánones, todo lo vencía aquel jovenzuelo con
extraordinaria ligereza que asombraba a sus maestros. Le comparaban en
el Seminario con los Padres de la Iglesia que habían llamado la atención
por su precocidad. Iba a acabar sus estudios muy pronto, y todos le
auguraban que Su Eminencia le daría una cátedra en el Seminario antes de
cantar misa. Su deseo de saber era insaciable. La biblioteca del
Seminario la trataba como cosa propia. Algunas tardes iba a la catedral
para perfeccionar sus estudios de música religiosa hablando con el
maestro de capilla y el organista. En el aula de oratoria sagrada dejaba
estupefactos al profesor y los alumnos por la fogosidad y la convicción
con que pronunciaba sus sermones.

--Le llama el pulpito--decían en el jardín de la catedral--. Siente el
fuego de los apóstoles. Tal vez sea un San Bernardo o un Bossuet. ¡Quién
sabe adonde irá a parar ese muchacho...!

Uno de los estudios que más apasionaban a Gabriel era el de la historia
de la catedral y de los príncipes eclesiásticos que la habían regido.
Surgía en él el amor vehemente de los Luna por aquella giganta que era
su eterna madre. Pero no la admiraba a ciegas; como todos los suyos:
quería saber el _por qué_ y el _cómo_ de las cosas; comprobar en los
libros las noticias vagas oídas a su padre con más carácter de leyenda
que de hechos históricos.

Lo primero que llamaba su atención era la cronología de los arzobispos
de Toledo, una cadena de hombres famosos, santos, guerreros, escritores,
príncipes, todos con su cifra detrás del nombre, como los reyes en las
dinastías. Habían sido en ciertas épocas los verdaderos monarcas de
España. Los reyes godos en su corte no eran más que figuras decorativas,
a las que se ensalzaba o se deponía según las exigencias del momento.
La nación era una República teocrática, y el verdadero jefe el arzobispo
de Toledo.

Gabriel dividía y agrupaba por caracteres la larga lista de prelados
famosos. Primeramente los santos, los propagandistas de la edad heroica
del cristianismo, los obispos pobres como sus diocesanos, descalzos,
fugitivos de la persecución romana y entregando al fin su cabeza al
verdugo con el afán de dar nuevo prestigio a la doctrina por el
sacrificio de la existencia: San Eugenio, Melando, Pelagio, Patruno y
otros nombres que brillaban en el pasado, rompiendo apenas las nieblas
de lo legendario. Luego venían los arzobispos de la época goda, los
prelados monarcas, que ejercían sobre los reyes conquistadores la
superioridad con que el poder espiritual acaba por dominar a la barbarie
conquistadora. El milagro les acompañaba para confundir a los arríanos
sus enemigos; el prodigio celeste estaba a sus órdenes para asombrar a
los rudos hombres de guerra, supeditándolos. El arzobispo Montano, que
vive con su mujer, indignado por la murmuración, pone carbones
encendidos entre sus vestiduras sagradas mientras dice la misa y no se
quema, demostrando con este milagro la pureza de su vida. San Ildefonso,
no contento con escribir libros contra los herejes, hace que se le
aparezca Santa Leocadia, dejando entre sus dedos un pedazo de manto, y
goza el honor de que la misma Virgen descienda del cielo para ponerle
una casulla bordada por sus manos. Sigiberto, años después, tiene la
audacia de vestirse esta casulla, y es depuesto, excomulgado y
desterrado por su temeridad. Los únicos libros que se producen en tal
época los escriben los prelados de Toledo. Ellos compilan las leyes,
ellos ungen con el óleo santo la cabeza de los monarcas, ellos
improvisan rey a Wamba, conspiran contra la vida de Égica, y los
concilios reunidos en la basílica de Santa Leocadia son asambleas
políticas, en las que la mitra está sobre el trono y la corona del rey a
los pies del prelado.

Al sobrevenir la invasión sarracena se reanuda la serie de los
arzobispos perseguidos. No temen ya por su vida, como en los tiempos de
la intransigencia romana. Los musulmanes no dan martirio y respetan las
creencias de los vencidos. Todas las iglesias de Toledo siguen en poder
de los cristianos mozárabes, a excepción de la catedral, que se
convierte en mezquita mayor. Los obispos católicos son respetados por
los moros, lo mismo que los rabinos hebreos, pero la Iglesia es pobre, y
las continuas guerras entre sarracenos y cristianos, junto con las
represalias que sirven de contestación a la barbarie de la Reconquista,
dificultan la vida del culto. Gabriel, al llegar a este punto, soñaba
leyendo los nombres obscuros de Cixila, Elipando y Wistremiro. A éste le
llamaba San Eulogio «antorcha del Espíritu Santo y luz de España», pero
la Historia no decía nada de sus actos. A San Eulogio lo martirizan y
matan los moros en Córdoba por su excesivo entusiasmo religioso. Benito,
francés de nación, que le sucede en la silla, por no ser menos que sus
antecesores, hace que la Virgen le baje otra casulla en una iglesia de
su país antes de venir a Toledo.

Tras éstos, surgían en la interesante cronología los arzobispos
guerreros; los prelados de cota de malla y hacha de dos filos; los
conquistadores, que, dejando el coro a los humildes, montaban en su
trotón de guerra y creían no servir a Dios si en el año no añadían
algunas aldeas y montes a los bienes de la Iglesia. Llegaban en el siglo
xi, con Alfonso VI, a la conquista de Toledo. Los primeros eran
franceses, monjes del famoso monasterio de Cluny, enviados por el abad
Hugo al convento de Sahagún, y que comenzaban a usar el Don como señal
de señorío. A la piadosa tolerancia de los anteriores obispos,
acostumbrados al trato con árabes y judíos en la amplia libertad del
culto mozárabe, sucedía la feroz intransigencia del cristiano
conquistador. El arzobispo don Bernardo, apenas se ve en la silla de
Toledo, aprovecha la ausencia de Alfonso VI para violar sus compromisos.
La mezquita mayor sigue en poder de los moros, por pacto solemne del
rey, tolerante en materias religiosas como todos los monarcas de la
Reconquista. El arzobispo se apodera de la voluntad de la reina, la hace
cómplice de sus planes, y una noche, seguido de clérigos y obreros,
derriba las puertas de la mezquita, la limpia, la purifica, y por la
mañana, cuando acuden los sarracenos a dirigir sus oraciones al sol
naciente, la encuentran convertida en catedral católica. Los vencidos,
seguros de la palabra dada por el vencedor, protestan escandalizados, y
si no se sublevan es por la intervención del alfaquí Abu-Walid, que
confía en que el rey cumplirá sus compromisos. Alfonso VI, en tres días,
viene sobre Toledo desde el fondo de Castilla, dispuesto a matar al
arzobispo y aun a su propia mujer por este atentado que pone en
entredicho su palabra de caballero; pero tan grande es su furia, que los
mismos árabes se conmueven; el alfaquí sale a su encuentro para rogarle
que respete lo hecho, ya que los perjudicados se conforman, y en nombre
de los vencidos le releva de cumplir su palabra, pues la posesión de un
edificio no es motivo bastante para que se altere la paz.

Gabriel alababa al leer esto la prudencia y la tolerancia del buen moro
Abu-Walid; pero aún admiraba más, con entusiasmo de seminarista, a
aquellos prelados fieros, intransigentes y batalladores, que
atrepellaban leyes y pueblos para mayor gloria de Dios.

El arzobispo don Martín es capitán general contra los moros de
Andalucía, conquista villas y acompaña a Alfonso VIII en la batalla de
Alarcos. El famoso prelado don Rodrigo escribe la crónica de España,
llenándola de prodigios para mayor prosperidad de la Iglesia, y hace
historia prácticamente, pasando más tiempo sobre su caballo de guerra
que en su silla del coro. En la batalla de las Navas da el ejemplo
metiéndose en lo más recio de la pelea, por lo que el rey, después de la
victoria, le da el señorío de veinte lugares y el de Talavera de la
Reina. Luego, en ausencia del monarca, el belicoso arzobispo echa a los
moros de Quesada y de Cazorla y se apodera de vastos territorios, que
pasan a ser señorío suyo con el título de _Adelantamiento_. Don Sancho,
hijo de don Jaime de Aragón y hermano de la reina de Castilla, estima en
más su título de caudillo que la mitra de Toledo, y al ver que los moros
avanzan, sale a su encuentro en los campos de Marios, se mete en lo más
fuerte del combate y cae muerto por la morisma, que le corta las manos y
pone su cabeza en una pica.

Don Gil de Albornoz, el famoso cardenal, marcha a Italia, huyendo de don
Pedro el Cruel, y, como experto capitán, reconquista todo el territorio
de los papas refugiados en Aviñón; don Gutierre III va con don Juan II a
batallar con los moros; don Alfonso de Acuña pelea en las revueltas
civiles durante el reinado de Enrique IV; y como digno final de esta
serie de prelados políticos y conquistadores, ricos y poderosos como
verdaderos príncipes, surgen el cardenal Mendoza, que guerrea en la
batalla de Toro y en la conquista de Granada, gobernando después el
reino, y Jiménez de Cisneros, que, no encontrando en, la Península moros
a quienes combatir, pasa el mar y va a Orán, tremolando la cruz,
convertida en arma de guerra.

El seminarista admiraba a estos hombres, agigantados por la nebulosidad
de la historia antigua y las alabanzas de la Iglesia. Para él, eran los
seres más grandes del mundo después de los papas, y aun alguna vez
superiores a éstos. Se asombraba de que en los tiempos presentes fuesen
tan ciegos los españoles que no confiaran su dirección y gobierno a los
arzobispos de Toledo, que en otros siglos tantas cosas heroicas habían
realizado. La gloria y el desarrollo de la patria iban íntimamente
unidos a su historia. Su dinastía valía casi tanto como la de los reyes,
y en más de una ocasión habían salvado a éstos con sus consejos y su
energía.

Detrás de las águilas venían las aves de corral. Después de los prelados
de morrión de hierro y cota de malla desfilaban los prelados ricos y
fastuosos, que no reñían otros combates que los de los pleitos,
litigando con villas, gremios y particulares, para mantener la inmensa
fortuna amasada por sus antecesores. Los que eran generosos como Tavera
levantaban palacios y protegían al Greco, a Berruguete y otros artistas,
creando en Toledo un Renacimiento, eco del de Italia; los avarientos
como Quiroga reducían los gastos de la fastuosa iglesia para convertirse
en prestamistas de los reyes, dando millones de ducados a aquellos
monarcas austriacos en cuyos inmensos dominios no se ponía el sol, pero
que se veían obligados a mendigar apenas retrasaban su viaje los
galeones de América.

La catedral era obra de sus príncipes eclesiásticos. Todos habían puesto
en ella algo que revelaba su carácter. Los más rudos y guerreadores, el
armazón, la montaña de piedra y el bosque de madera que formaban su
osamenta; los más cultos, elevados a la sede en época de refinamiento,
las verjas de menuda labor, las portadas de pétreo encaje, los cuadros,
las joyas que convertían en tesoro su sacristía. La gestación de la
giganta había durado cerca de tres siglos. Era como los animales enormes
de la época prehistórica, durmiendo largos años en el vientre materno
antes de salir a luz.

Cuando sus pilastras y muros surgieron del suelo, el arte gótico aún
estaba en su primera época. En los dos siglos y medio que duró su
construcción, la arquitectura hizo grandes adelantos. Esta lenta
transformación la seguía Gabriel con la vista al visitar la catedral,
encontrando el rastro de sus evoluciones. El grandioso templo era un
gigante calzado con zapatos toscos y cubierta la cabeza de deslumbrantes
penachos. Las bases de las pilastras eran groseras, sin adorno alguno.
Subían los haces de columnas con rígida sencillez, marcando el arranque
de los arcos con capiteles simples, en los cuales el cardo gótico aún no
tiene la exuberante frondosidad del período florido. Pero en las
bóvedas, allí donde la catedral estaba al término de su gestación, o sea
dos siglos después de comenzada la obra, los ventanales, con sus ojivas
multicolores, muestran la magnificencia de un arte en su período
culminante.

En los dos extremos del crucero encontraba Gabriel la prueba de los
grandes progresos realizados durante los centenares de años que necesitó
la catedral para elevarse sobre el suelo. La puerta del Reloj, llamada
también de la Feria, con sus rudas esculturas de hierática rigidez y el
tímpano cubierto de compactas escenas de la Creación, contrastaba con la
puerta del otro extremo del crucero, la de los Leones, o, por otro
nombre, de la Alegría, construida doscientos años después, risueña y
majestuosa a la par como la entrada de un palacio y revelando ya las
carnales audacias del Renacimiento, que pugnaba por aposentarse entre
las rigideces de la arquitectura cristiana. Una sirena desnuda, fija a
la puerta por su cola enroscada, sirve de llamador.

La catedral, labrada toda en piedra blanca y lechosa de las canteras
inmediatas a Toledo, se remonta de un solo esfuerzo desde las bases de
las pilastras hasta las bóvedas, sin _triforiums_ que corten las arcadas
y achaten y hagan pesadas sus naves con ojivas superpuestas. Gabriel
veía en ella la dulce oración petrificada subiendo recta al cielo, sin
sostenes ni apoyos. La piedra blanda servía para las labores
arquitectónicas; otra piedra más blanda aún formaba las bóvedas. En el
exterior, los contrafuertes y botareles, así como los arbotantes que
como puentes se extienden entre ellos, son de piedra berroqueña
durísima, formando un caparazón dorado, obscurecido por los siglos, que
protege y sustenta las aéreas delicadezas del interior. Las dos clases
de piedra marcan el aspecto de la catedral: obscura y rojiza por fuera,
blanca y lechosa por dentro.

En ella encontraba el seminarista muestras de todas las arquitecturas
que han florecido en la Península. El gótico primitivo y rudo lo veía
Gabriel en las primeras portadas; el florido en la del Perdón y la de
los Leones; la arquitectura árabe extiende sus graciosos arcos de
herradura en el _triforium_ que corre por todo el ábside tras el altar
mayor, siendo obra de Cisneros, que quemaba los libros de los musulmanes
y restablecía su estilo arquitectónico en pleno templo cristiano. El
estilo plateresco mostraba su gracia juguetona en la portada del
claustro, y hasta el arte churrigueresco tenía la mayor de sus muestras
en el famoso transparente de Tomé, que rompe la bóveda detrás del altar
mayor para dar luz al ábside.

En las tardes de asueto, Gabriel abandonaba el Seminario, vagando por la
catedral hasta la hora en que se cerraban sus puertas. Le gustaba pasear
por las naves, detrás del altar mayor, el sitio más obscuro y silencioso
del templo. Allí dormía gran parte de la historia de España. Tras la
cerrada puerta de la capilla de los Reyes, guardada por dos heraldos de
piedra puestos en jarras, estaban los monarcas de Castilla en sus tumbas
coronadas por estatuas de armadura de oro haciendo oración con la espada
al cinto. Se detenía ante la capilla de Santiago, mirando a través de
las verjas de sus tres arcos ojivales. En el fondo, el santo de las
leyendas, vestido de peregrino, con la cuchilla en alto, atrepellaba con
su caballo a la morisma. Grandes conchas y escudos rojos con una luna de
plata adornaban los muros blancos, subiendo hasta la bóveda. Esta
capilla la miraba su padre el jardinero como cosa propia. Era la de los
Luna, y aunque alguien hiciese burla del parentesco, allí estaban sus
ilustres ascendientes don Álvaro y su mujer, en tumbas monumentales. La
de doña Juana Pimentel tenía arrodillados en sus ángulos a cuatro
frailes de mármol amarillento, que contemplaban a la noble señora
tendida en la parte alta del monumento. La del infeliz condestable de
Castilla estaba escoltada por cuatro caballeros santiaguistas envueltos
en el manto de la orden, que parecían velar a su Gran Maestre, enterrado
sin cabeza en la caja de piedra orlada de góticos junquillos. Gabriel
recordaba lo que había oído contar a su padre de la estatua yacente de
don Álvaro. En otros tiempos era de bronce, y cuando decían misa en la
capilla, al llegar el instante del ofertorio, la estatua, por ocultos
resortes, incorporábase, quedando de rodillas hasta que terminaba la
ceremonia. Unos decían que la Reina Católica había hecho desaparecer
este artificio teatral que turbaba la devoción de los fieles; otros, que
eran soldados enemigos del condestable los que en un día de asonada
rompieron en piezas la articulada estatua. En el exterior del templo, la
capilla de los Luna alzaba sus torreones almenados, formando una
fortaleza aislada dentro de la catedral.

El seminarista, a pesar de que su familia consideraba la capilla como
suya, sentíase más atraído por la inmediata de San Ildefonso, que
guardaba la tumba del cardenal Albornoz. De todo el pasado de la
catedral, lo que más excitaba su admiración era la figura novelesca de
aquel prelado guerrero, amante de las letras, español por nacimiento e
italiano por sus conquistas. Dormía en un rico sepulcro de mármol,
brillante y pulido por los años, con un color suave de caramelo. La mano
invisible de los siglos había frotado el rostro de la estatua yacente,
aplastando la nariz y dando al belicoso cardenal una expresión de
ferocidad mongólica. Cuatro leones velaban los restos del prelado. Todo
en él era extraordinario y aventurero: hasta la muerte. Su cadáver había
sido conducido desde Italia a España, entre rezos y cánticos, llevado en
hombros por poblaciones enteras que salían al camino para ganar las
indulgencias concedidas por el Papa. Este regreso a la patria después de
muerto había durado muchos meses, yendo el buen cardenal a jornadas
cortas, de iglesia en iglesia, precedido por un cuadro de Cristo, que
adornaba ahora su capilla, y esparciendo sobre las multitudes
arrodilladas los olores de su embalsamamiento. Para don Gil de Albornoz
no había nada imposible. Era la espada del apóstol que volvía al mundo
para imponer la fe. Huyendo de don Pedro el Cruel, se había refugiado en
Aviñón, donde vivían otros desterrados más ilustres. Allí estaban los
papas arrojados de Roma por un pueblo que, en su pesadilla mediévica,
soñaba con restaurar, a la voz de Rienzi, la antigua República de los
Cónsules. Don Gil no era hombre para vivir en la risueña corte
provenzal. Llevaba la cota de malla bajo la capa, como buen arzobispo de
Toledo, y a falta de moros quiso matar herejes. Partió a Italia como
caudillo de la Iglesia; los aventureros de Europa y los bandidos del
país formaron su ejército: mató e incendió en los campos, entró a saco
en las ciudades a nombre de su señor el Pontífice, y al poco tiempo los
desterrados de Aviñón podían ocupar de nuevo su trono de Roma. El
cardenal español, después de estas campañas que devolvían media Italia
al Papado, era rico como un rey y fundaba en Bolonia el famoso Colegio
Español. El Papa, conociendo sus rapiñas, quiso pedirle cuentas, y el
altivo don Gil presentó un carro cargado de llaves y cerrojos.

--Son--dijo con fiereza--de las ciudades y castillos que gané para el
Papado. He ahí mis cuentas.

El irresistible encanto que el hombre de guerra ejerce sobre el débil
sentíalo el seminarista ante el cardenal Albornoz, aumentándose aún con
la consideración de que tanta bravura y altivez se habían juntado en un
servidor de la Iglesia. ¿Por qué no resucitaban hombres como éste en la
presente época de impiedad, para el renacimiento del catolicismo...?

Gabriel, en sus paseos por la catedral, admiraba la verja del altar
mayor, maravillosa obra de Villalpando, con sus follajes de oro viejo y
sus barrotes negruzcos con manchas de estaño. Estas manchas hacían
afirmar a los mendigos y guías del templo que la verja era de plata,
sólo que los señores canónigos la habían pintado de negro para evitar
que la robasen los soldados de Napoleón. Detrás de ella lucía el retablo
del altar mayor su majestuosa fábrica de un dorado suave y viejo: todo
un mundo de figuras representando, bajo calados doseletes, las diversas
escenas del drama de la Pasión. Entre el retablo y la verja, el oro
parecía chorrear, resbalando por las blancas paredes, marcando con
líneas deslumbrantes las junturas de los sillares. Bajo ojivas dentadas,
estaban los sepulcros de los reyes más antiguos de Castilla y el del
gran cardenal Mendoza.

En los remates de la crestería, una orquesta muda de ángeles góticos, de
rígida dalmática y plegadas alas, tañían laúdes, tiorbas y flautas. En
la parte central de las pilastras confundíanse con las imágenes de los
santos obispos las estatuas de personajes históricos y legendarios. A un
lado, el buen alfaquí Abu-Walid, inmortalizado en un templo cristiano
por su espíritu tolerante. En el lado opuesto, el misterioso pastor de
las Navas que enseñó a los cristianos el camino de la victoria,
desapareciendo después como un enviado divino: imagen de mísero villano,
con el rostro achatado cubierto por un grosero capuchón. A ambos
costados de la verja, como testimonio de la pasada opulencia del templo,
los dos pulpitos de ricos mármoles y bronce cincelado.

Gabriel echaba una mirada al coro, admirando su sillería portentosa
ocupada por los canónigos, y pensaba con entusiasmo que tal vez lograse
algún día sentarse en ella, con gran orgullo de su familia. En su vagar
por el templo, deteníase más allá, ante la enorme imagen de San
Cristóbal: una pintura al fresco tan mala como imponente; un monigote
que ocupaba todo un lienzo del muro, desde el zócalo hasta la cornisa, y
que por su tamaño parece el único habitante digno de la catedral. Los
cadetes venían por la tarde a contemplarlo, siendo para ellos lo más
notable de la Primada aquel coloso de carnes sonrosadas que, con el niño
al hombro, adelantaba sus piernas angulosas, apoyándose en una palmera
que parecía una escoba. La alegre juventud militar divertíase midiendo
los tobillos con el sable y calculando después cuántos «sables» de
altura alcanzaba el bendito coloso. Era la aplicación más inmediata que
podían hacer de los cálculos matemáticos con que les aburrían en la
Academia. El aprendiz de cura irritábase ante la desenvoltura de pájaros
traviesos con que pasaban por el templo los aprendices de guerrero.

Algunas mañanas asomábase a la capilla Mozárabe, siguiendo atentamente
la anticuada liturgia de los sacerdotes adscritos a ella, fieles
guardadores del culto católico de la Edad Media. En las paredes estaban
representadas, con vivos colores, las escenas de la conquista de Orán
por el gran cardenal Cisneros. Gabriel, escuchando el canto monótono de
los sacerdotes mozárabes, recordaba las luchas en tiempo de Alfonso VI
entre la liturgia romana y la de Toledo, el culto extraño y el nacional.
Los creyentes, para acabar la eterna disputa, habían apelado al «juicio
de Dios». El rey nombró el campeón de Roma, y los toledanos confiaron la
defensa del rito gótico a la espada de Juan Ruiz, un castellano de
orillas del Pisuerga. Triunfó en el combate el breviario gótico,
demostrando su superioridad con magníficas cuchilladas; pero aun después
de manifestarse por este medio contundente la voluntad de Dios, el rito
romano fue poco a poco enseñoreándose del culto, hasta dejar al mozárabe
arrinconado en aquella capilla como una curiosidad del pasado.

Por las tardes, cuando terminado el coro se cerraba la catedral, Gabriel
subía a las habitaciones del campanero, asomándose a la galería de la
puerta del Perdón. Mariano, el hijo del campanero, un muchacho de la
misma edad del seminarista, unido a él por el respeto que le inspiraba
su sabiduría, lo guiaba en sus excursiones por las alturas del templo.
Se apoderaban de la llave de las bóvedas y entraban en este lugar
misterioso, al que únicamente subían los obreros de tarde en tarde.

La catedral era fea y vulgar vista desde arriba. En sus primeros tiempos
habían quedado las bóvedas de piedra al descubierto, sin más remate que
una calada barandilla de aéreo aspecto. Pero las lluvias habían
maltratado las bóvedas, amenazando destruirlas, y el cabildo cubrió la
catedral con un techo de pardas tejas, que daba a la Iglesia Primada el
aspecto de un almacén o de una inmensa casa de vecindad. Las pinas de
los botareles parecían avergonzadas asomando sobre la cubierta vulgar;
los arbotantes se hundían y desaparecían entre las áridas construcciones
de las dependencias adosadas a la catedral; las torrecillas de las
escaleras se ocultaban tras aquel lomo de tejas groseras.

Los dos muchachos, resbalando en las cornisas verdosas por las lluvias,
seguían los bordes superiores del edificio. Sus pies se enredaban en las
plantas silvestres que la fecunda Naturaleza hacía crecer en las
junturas de los sillares. Bandadas de pájaros escapaban en tropel, al
acercarse ellos, de estos bosques en miniatura. Los relieves
escultóricos servían de refugio a los nidos. Cada oquedad de la piedra
era un pequeño lago, donde se depositaba el agua de las lluvias y venían
a beber los pájaros. A veces, en el pináculo de un botarel alzábase
algún avechucho negro e inmóvil como un inesperado remate
arquitectónico. Era un cuervo que se alisaba las alas con el pico y
permanecía horas enteras al sol: la gente lo veía desde abajo del tamaño
de una mosca.

Las bóvedas causaban en Gabriel una impresión de extrañeza. Nadie podía
adivinar la existencia de aquel mundo en lo alto del templo. Cuando años
después vio Gabriel las galerías altas, los «telares» de un escenario,
se acordó de las bóvedas de su catedral. Caminaban a través del bosque
de postes carcomidos que sostenía la techumbre, por senderos angostos,
entre las cúpulas de las bóvedas que hinchaban el suelo como blancos y
polvorientos tumores. De vez en cuando un agujero, por el que se veía el
interior de la catedral, con una profundidad que causaba vértigos. Eran
aspilleras verticales, estrechas bocas de pozo, por cuyo fondo pasaban
las personas como hormigas sobre las baldosas del templo. Por estos
agujeros bajaban las cuerdas de las grandes lámparas y la cadena dorada
que sostiene el Cristo sobre la reja del altar mayor. Tornos enormes
marcaban en la penumbra sus ruedas dentadas y mohosas, sus manivelas y
maromas, como olvidados aparatos de tormento. Era la maquinaria oculta
de las grandes representaciones religiosas. Con estos artefactos se
izaba el grandioso dosel del Monumento de Semana Santa.

Al deslizarse los rayos del sol entre los postes, danzaban los átomos de
aquel polvo que en capas seculares se extendía sobre las bóvedas.
Movíanse al viento, como abanicos de gasa, las telarañas de muchos años.
Los pasos de los visitantes provocaban en los rincones obscuros, tras
los maderos abandonados, carreras precipitadas y locas de los ratones.
Aleteaban en los extremos más sombríos las aves negruzcas que descendían
de noche al templo por los agujeros de la bóveda. Como puntos fosfóricos
brillaban en la obscuridad los ojos de los mochuelos. Los murciélagos,
asustados por la luz, volaban torpemente, rozando con sus alas las caras
de los dos jóvenes.

El hijo del campanero, examinando los excrementos perdidos en el polvo,
enumeraba todas las aves refugiadas en la cúspide de la montaña de
piedra. Esto era de búho, lo otro de mochuelo, lo de más allá de cuervo,
y hablaba con respeto de cierto nido de águilas que su padre había visto
de joven en aquel sitio: feroces animales que pretendían picarle los
ojos, y obligaban al buen campanero a pedir la escopeta al guardia
nocturno cada vez que había de visitar las bóvedas.

A Gabriel le gustaba, por su silencio y su imponente soledad, aquel
mundo extraño aposentado en la cabeza de la catedral. Era una selva de
maderos poblada de bestias lúgubres que vivía olvidada en el interior de
la bóveda craneal del templo. El buen Dios tenía una casa para los
fieles y un inmenso desván para las bestias del espacio.

La salvaje soledad de las alturas contrastaba con la riqueza de la
capilla del Ochavo, llena de reliquias en vasos de oro y arquillas de
esmalte y marfil; con la magnificencia del Tesoro, que amontona las
perlas y las esmeraldas con tanta profusión como si fuesen guijarros;
con la elegante abundancia del guardarropa, lleno de telas sobre las
cuales reproducía el bordado todos los matices de la pintura.

Tenía Gabriel dieciocho años cuando perdió a su padre. El viejo
jardinero murió tranquilo viendo a toda su familia al servicio de la
catedral, sin que se interrumpiese la sana tradición de los Luna. Tomás,
el hijo mayor, quedaba encargado del jardín; Esteban, después de largos
años de monaguillo y ayudante del sacristán, era silenciario y había
agarrado la vara de palo con los siete reales diarios, objeto de todas
sus ambiciones. En cuanto al menor, tenía el señor Esteban la convicción
de haber engendrado un Padre de la Iglesia, al que le estaba reservado
un sitio en el cielo a la derecha de Dios omnipotente.

Gabriel había adquirido en el Seminario esa dureza eclesiástica que hace
del sacerdote un guerrero, más atento a los intereses de la Iglesia que
a los afectos de la familia. Por esto no se impresionó gran cosa con la
muerte de su padre. Desgracias de mayor gravedad traían preocupado al
seminarista.




III

Eran los tiempos de la revolución de septiembre. En la catedral y el
Seminario había gran revuelo, comentándose de la mañana a la noche las
noticias de Madrid. La España tradicional y sana, la de los grandes
recuerdos históricos, se venía abajo. Las Cortes Constituyentes eran un
volcán, un respiradero del infierno para las negras sotanas que formaban
corro en torno del periódico desplegado. Por cada satisfacción que les
proporcionaba un discurso de Manterola, sufrían disgustos de muerte
leyendo las palabras de los revolucionarios, que asestaban fuertes
golpes al pasado. La gente clerical volvía sus miradas a don Carlos, que
comenzaba la guerra en las provincias del Norte. El rey de las montañas
vascongadas pondría remedio a todo cuando bajase a las llanuras de
Castilla. Pero transcurrían los años, venía y se iba don Amadeo, ¡hasta
se proclamaba la República! y la causa de Dios no adelantaba gran cosa.
El cielo estaba sordo. Un diputado republicano proclamaba la guerra a
Dios, le retaba a que le hiciese enmudecer, y la impiedad seguía inmune
y triunfante, derramando su elocuencia como una fuente envenenada.

Gabriel vivía en un estado de belicosa excitación. Olvidaba los libros,
despreciando su porvenir: ya no pensaba en cantar misa. ¿Qué le
importaba su carrera viendo a la Iglesia en peligro y próxima a
desvanecerse la poesía soñolienta de los siglos que le había envuelto
desde la cuna como una nube perfumada de incienso viejo y rosas
marchitas...?

Con frecuencia desaparecían alumnos del Seminario, y los catedráticos
contestaban con un guiño malicioso a las preguntas de los curiosos:

--Están «allá»... con los buenos. No pueden ver con calma lo que ocurre.
Cosas de chicos... calaveradas.

Y las tales calaveradas les hacían sonreír con paternal satisfacción.

Él pensó ser también de los que huían. Creía que el mundo iba a
acabarse. En ciertas ciudades la muchedumbre revolucionaria invadía los
templos, profanándolos. Aún no mataban a los sacerdotes, como en otras
revoluciones, pero los ministros de Dios no podían salir a la calle con
traje talar sin riesgo de ser silbados e insultados. El recuerdo de los
arzobispos de Toledo, de aquellos bravos príncipes eclesiásticos
guerreadores e implacables con el infiel, enardecía su belicosidad. Él
nunca había salido de Toledo, de la sombra de la catedral. España le
parecía tan grande como el resto del mundo, y sentía la comezón de ver
algo nuevo, de contemplar de cerca las cosas extraordinarias admiradas
en los libros.

Un día besó la mano de su madre, sin conmoverse gran cosa ante el
temblor de la pobre vieja, casi ciega. El Seminario tenía para él más
tiernos recuerdos que la casa de sus padres. Fumó el último cigarro con
sus hermanos en el jardín de la catedral, sin revelarles sus propósitos,
y por la noche huyó de Toledo con un escapulario del Corazón de Jesús
cosido al chaleco y una hermosa boina de seda en el bolsillo, de las
confeccionadas por blancas manos en los conventos de la ciudad. El hijo
del campanero iba con él. Se incorporaron a las partidas insignificantes
que corrían la Mancha, y pasaron después a Valencia y Cataluña, ganosos
de empresas más importantes para a causa de Dios y el rey que robar
muías e imponer contribuciones a los ricos.

Gabriel encontró un encanto brutal a aquella existencia errante, siempre
en continua alarma, esperando la proximidad de la tropa. Le habían hecho
oficial, en atención a sus estudios y a las cartas en que le
recomendaban algunos prebendados de la Iglesia Primada, lamentando que
un mozo de tanto porvenir teológico fuese a exponer su vida como un
simple sacristán.

Luna gustaba de la existencia libre y sin leyes de la guerra con la
avidez de un colegial que sale de su encierro; pero no podía ocultar la
decepción dolorosa que le producía la vista de aquellos ejércitos de la
Fe. Se había imaginado encontrar algo semejante a las antiguas
expediciones de las Cruzadas: soldados que peleaban por el ideal, que
hincaban la rodilla antes de entrar en combate para que Dios estuviera
con ellos, y por la noche, después de ardientes plegarias, dormían con
el puro sueño del asceta, y se encontraba con rebaños armados indóciles
al pastor, incapaces del fanatismo que corre ciego a la muerte, ganosos
de que la guerra se prolongase todo lo posible para mantener la
existencia de holganza errante a costa del país, que ellos creían la más
perfecta; gentes que a la vista del vino, de las hembras o de la riqueza
se desbandaban, hambrientas, atrepellando a sus jefes.

Era la antigua vida de horda que surgía en plena civilización; la
atávica costumbre de robar el pan y la mujer ajena con las armas en la
mano; el celtíbero espíritu de bandería, de lucha intestina que tomaban
para resucitar un pretexto político. Gabriel, salvo raras excepciones,
no encontraba en aquellas bandas mal armadas y peor vestidas quien
pelease por un ideal determinado. Eran aventureros que querían la guerra
por la guerra; ilusos deseosos de fortuna; mozos del campo que, en su
ignorancia pasiva, habían ido a las partidas como se hubieran quedado en
casa a tener otros consejeros; almas sencillas que creían firmemente que
en las ciudades quemaban y devoraban a los ministros de Dios, y se
habían lanzado al monte para que la sociedad no cayese en la barbarie.
El peligro común, la miseria de las marchas interminables para burlar al
enemigo, la escasez sufrida en los yermos y picachos que les servían de
refugio, los igualaban a todos, entusiastas, escépticos e ignorantes.
Todos sentían por igual el deseo de resarcirse de las privaciones, de
acallar la bestia que llevaban dentro, irritada y despierta por una vida
de bruscos cambios, tan pronto en la abundancia loca y despilfarradora
del saqueo, como en las penalidades de la marcha por llanuras
interminables, sin ver el menor rastro de vida. Al entrar en los pueblos
gritaban: «¡Viva la religión!», pero a la más leve contrariedad, los
combatientes de la Fe se hacían esto y aquello en Dios y en todos los
santos, no olvidando en sus sucios juramentos ni a los más sagrados
objetos del culto.

Gabriel, habituado a esta vida errante, no se escandalizaba. Los
antiguos escrúpulos de seminarista desaparecían ahogados bajo la corteza
de hombre de horda con que la guerra le endurecía. Doña Blanca, la
cuñada del «rey», pasó ante él como una figura novelesca. En su
romanticismo de princesa nerviosa deseaba imitar a las heroínas de la
Vendée, y montando un pequeño caballo, el revólver al cinto y la boina
blanca sobre la trenza flotante, se puso a la cabeza de aquellas tribus
armadas que resucitaban en el centro de la Península la vida y las
luchas de los tiempos casi prehistóricos. El revoloteo de la negra
amazona de la heroína servía de bandera a los batallones de zuavos,
tropa de aventureros franceses, alemanes e italianos, detritus de todas
las guerras del globo, que encontraban más grato seguir a una hembra
ganosa de notoriedad que engancharse en la Legión extranjera de Argelia.

El asalto de Cuenca, única victoria de la campaña, dejó en la memoria de
Gabriel una huella profunda. El tropel de hombres con boina, después de
rebasar las murallas débiles como tapias, entraba cual arroyos
desbordados por diferentes calles de la ciudad. Los tiros desde las
ventanas no lograban detenerles. Todos estaban pálidos, con los labios
descoloridos, los ojos brillantes y un temblor homicida en las manos. El
peligro arrostrado y la certeza de que por fin eran dueños de una ciudad
les enloquecía. Las puertas de los edificios caían a culatazos. Salían
hombres despavoridos en mitad del arroyo atravesados por las bayonetas;
dentro de las casas veíanse mujeres desgreñadas debatiéndose entre los
brazos de los asaltantes, arañándoles con una mano el rostro, mientras
con la otra pugnaban por sostener sus ropas.

Luna vio cómo en el Instituto los más montaraces rompían a culatazos los
aparatos del gabinete de Física. Clamaban contra aquellas invenciones
del demonio, con las cuales creían ellos que se comunicaban los impíos
con el gobierno de Madrid, y machacaban contra el suelo con el fusil y
con los pies las doradas ruedas de los aparatos, los discos y las
primeras pilas de electricidad.

El seminarista contemplaba satisfecho esta destrucción. Él también
odiaba, pero con odio reflexivo amamantado en el Seminario, las ciencias
positivas y materiales, que al final de todas sus deducciones llegaban
fatalmente a la negación de Dios. Aquellos hijos de las montañas, en su
santa ignorancia, hacían sin saberlo una gran cosa. ¡Ah, si toda la
nación les imitase! En otros tiempos no existían los chirimbolos de la
ciencia, y España era más dichosa. Para vivir santamente bastaba con la
sabiduría de los sacerdotes y la ignorancia popular, que proporciona una
beatífica tranquilidad. ¿Para qué más? Así había permanecido el país
durante los siglos más gloriosos de su historia.

Terminó la guerra. Las partidas, acosadas, pasaron del Centro a
Cataluña, y por fin, empujadas sobre la frontera, tuvieron que rendir
sus armas a los aduaneros franceses. Muchos se acogían al indulto,
ganosos de volver a sus casas. Mariano el campanero se fue también. No
quería vivir en tierra extranjera; además, su padre había muerto, y no
era difícil que le entregasen la torre de la catedral si alegaba los
méritos de la familia, sus tres años de campaña por la religión y un
balazo que había recibido en una pierna. Casi podía compararse con los
mártires del cristianismo.

Gabriel fue a la emigración: «Era un oficial, y no podía jurar fidelidad
a la dinastía intrusa.» Esto lo declaraba con la arrogancia aprendida en
aquella caricatura de ejército, que extremaba las ceremonias del antiguo
militarismo, y en el cual los andrajosos, con el sable al cinto, se
transmitían las órdenes llamándose siempre «caballero oficial». Pero el
verdadero motivo de que Luna no volviese a Toledo era que le gustaba
seguir la corriente de los hechos, viendo nuevas tierras y cambiando de
costumbres. Regresar a la catedral era quedarse en ella para siempre,
renunciar a la vida; y él, que durante la guerra había gustado los
encantos mundanales, no quería abandonarla tan pronto. Aún no era mayor
de edad: tiempo le quedaba para acabar sus estudios. El sacerdocio era
un retiro seguro, al que no tenía prisa de volver. Además, había muerto
su madre, y las cartas de sus hermanos no le anunciaban otra variación
en la vida soñolienta del claustro alto que el haberse casado el
jardinero y andar en relaciones el _Vara de palo_ con una muchacha de
las Claverías, ya que era contrario a las buenas tradiciones aliarse con
gente de fuera de la catedral.

Vivió Luna más de un año en los acantonamientos de los emigrados. Su
educación clásica y la simpatía que inspiraba su juventud le abrieron
cierto camino. Hablaba en latín con los abates franceses, que gustaban
saber cosas de la guerra por aquel joven teólogo y al mismo tiempo le
aleccionaban en el idioma del país. Estos amigos eclesiásticos le
proporcionaban lecciones de español entre la alta burguesía afecta a la
Iglesia. En los momentos de penuria le salvaba su amistad con una
condesa vieja y legitimista que le invitaba a pasar algunos días en su
castillo, presentando el seminarista belicoso a su tertulia de gentes
graves y piadosas como si fuese un cruzado de regreso de Palestina.

El deseo ferviente de Gabriel era ir a París. Su vida en Francia había
cambiado radicalmente sus ideas. Experimentaba la misma impresión que si
hubiera caído en un planeta nuevo. Acostumbrado a la monótona vida del
Seminario y a la existencia nómada de aquella guerra montaraz y sin
gloria, le asombraban el progreso material, los refinamientos de la
civilización, la cultura y el bienestar de las gentes en la tierra
francesa. Recordaba ahora con vergüenza su ignorancia española, aquella
prosopopeya castellana, mantenida por mentirosas lecturas, que le hacían
creer que España era el primer país del mundo, el pueblo más valiente y
más noble, y las demás naciones una especie de rebaños tristes, creados
por Dios para ser víctimas de la herejía y recibir soberbias palizas
cada vez que intentaban medirse con este país privilegiado que come mal
y bebe poco, pero tiene los primeros santos y los más grandes capitanes
de la cristiandad.

Cuando Gabriel pudo expresarse en francés y tuvo reunidos unos cuantos
francos para el viaje, se trasladó a Paris. Un abate amigo le había
encontrado colocación como corrector de pruebas en una librería
religiosa inmediata a San Sulpicio. En este barrio levítico de París,
con sus hoteles para curas y familias religiosas, sombríos como
conventos, y sus almacenes de imaginería piadosa que infestan el globo
de santos charolados y risueños, se verificó la gran transformación de
Gabriel.

El barrio de San Sulpicio, con sus calles tranquilas y silenciosas a la
española y sus beatas de velo negro que pasan rozando los muros del
Seminario, atraídas por el toque de las campanas, fue para el
seminarista español lo que el camino de Damasco para el apóstol. El
catolicismo francés, culto, razonador y respetuoso con los progresos
humanos, aturdió a Gabriel. Su fiera devoción española estaba
acostumbrada al desprecio de las ciencias profanas. No había en el mundo
más que una sabiduría verdadera: la teología; las demás ciencias eran
juegos, buenos cuando más para entretener la eterna infancia de la
humanidad. Conocer a Dios y medir la grandeza de su poder era lo único
serio a que podían dedicarse los hombres. Las máquinas, los
descubrimientos de las ciencias positivas, todo lo que no se relacionaba
con la divinidad y la vida futura, eran bagatelas para entretener a
gentes locas y sin fe.

Y el antiguo seminarista, que despreciaba el progreso humano desde niño,
como una ridícula mentira, quedó estupefacto viendo con qué solemnidad
hablaba de él el catolicismo francés. Corrigiendo las pruebas de tanto
libro religioso notaba Gabriel el profundo respeto que aquella ciencia
despreciada infundía a los buenos abates franceses, de cultura muy
superior a la de los canónigos de allá abajo. Es más: hasta notaba
cierto encogimiento humilde en los representantes de la religión cuando
se encaraban con la ciencia; un deseo de agradar, de no ser rechazados,
de infundir simpatía con soluciones conciliadoras para que el dogma no
quedase en tierra privado de asiento en aquel tren de rapidísima marcha
que llevaba a la humanidad hacia el porvenir con el vértigo de los
nuevos descubrimientos. Libros enteros de sacerdotes ilustres estaban
dedicados a ajustar y amoldar, aun a riesgo de violentarlas, las
revelaciones de los libros santos con los descubrimientos de la ciencia.
La Iglesia, anciana venerable que Gabriel había visto en su país
inmóvil, con majestad hierática, sin dignarse tocar un solo pliegue de
su manto para no perder el polvo de los siglos, se agitaba en Francia
queriendo remozarse, arrojaba a un lado las vestiduras de la tradición,
como harapos vetustos que la ponían en ridículo, y distendía sus
miembros con esfuerzo desesperado, para acoplarse dentro de la moderna
armadura de la ciencia, la gran enemiga del ayer, la gran triunfadora
del presente, cuya aparición había sido saludada con hogueras y
bochornosas abjuraciones.

¿Qué tenía dentro la fatal manzana del Paraíso, que después de seis mil
años de maldición la misma Iglesia comenzaba a venerarla, esforzándose
por hacerla olvidar las antiguas persecuciones? ¿Por qué la religión,
firme como una roca en medio de los siglos, que había desafiado
persecuciones, cismas y guerras, se ablandaba por el miedo ante los
descubrimientos de unos cuantos hombres, entrando en la corriente loca
que buscaba la causa y la explicación de todas las cosas? Teniendo el
apoyo secular de la Fe, ¿a qué buscar el auxilio de la Razón para
sostener sus tradiciones y justificar sus dogmas?

Sintió Gabriel la misma fiebre de curiosidad que de niño le había
obligado a encorvar su espalda ante los volúmenes encuadernados en
pergamino de la biblioteca del Seminario. Quiso conocer el misterioso
perfume de aquella ciencia odiada que perturbaba a los sacerdotes de
Dios y les hacía renegar indirectamente de las creencias de diecinueve
siglos. Deseó saber por qué se descoyuntaban y torturaban los libros
sagrados para explicar por épocas geológicas la creación que Dios había
realizado en seis días; qué peligro se quería evitar haciendo comparecer
a la divinidad ante la ciencia para que explicase sus actos,
ajustándolos a las decisiones de ésta; a qué obedecía el miedo
instintivo de los autores religiosos a afirmar rotundamente los
milagros, justificándolos con intrincados razonamientos, sin atreverse a
sostener como prueba decisiva la indiscutibilidad del prodigio
sobrenatural.

Por entonces abandonó Gabriel el ambiente tranquilo de la librería
religiosa. Su fama de humanista había llegado hasta un editor vecino de
la Sorbona que publicaba libros clásicos, y Luna, sin salir de la orilla
izquierda del Sena, saltó al Barrio Latino para corregir pruebas en
latín y griego. Ganaba doce francos al día: mucho más que aquellos
canónigos de Toledo que en otros tiempos le parecían grandes duques.
Vivía en un hotelito de estudiantes, cerca de la Escuela de Medicina, y
sus discusiones vehementes por la noche, entre el humo de las pipas, con
los compañeros de hospedaje, le instruían tanto como los libros de la
odiada ciencia. Aquellos estudiantes que le prestaban volúmenes o le
indicaban los autores que debía buscar en sus horas libres en la
biblioteca de la montaña de Santa Genoveva, reían como paganos ante sus
exaltadas afirmaciones de antiguo seminarista.

Durante dos años, el joven Luna no hizo otra cosa que leer. De vez en
cuando se permitía acompañar a sus amigos en alguna escapatoria,
sumiéndose en la vida alegre y amorosa del barrio. Gastó los codos de
sus mangas en las mesas de las cervecerías. La Mimí de Murger pasó
varias veces ante él menos melancólica que en la obra del poeta, y el ex
seminarista tuvo sus idilios de una tarde de domingo en los bosques
inmediatos a París. Pero Gabriel no era un temperamento amoroso; la
curiosidad, el ansia de saber, le dominaban, y después de estas
escapadas, de las que volvía más fresco, con el cerebro más despierto,
como si saliera de un baño que calmaba su juventud, entregábase con
mayores ánimos al estudio. La Historia, la verdadera Historia, cuya fría
limpidez contrastaba con la intrincada maraña de prodigios de los
cronicones leídos en la niñez, abatió gran parte de sus creencias. El
catolicismo no fue ya para él la religión única. Ya no partió en dos
períodos la historia de la Humanidad, antes y después de la aparición en
Judea de unos hombres obscuros que se esparcieron por el mundo
predicando una moral cosmopolita sacada de las máximas de los pueblos
orientales y de las enseñanzas de la filosofía griega. Las religiones
fueron para él invenciones humanas, sometidas a las condiciones de
existencia de todo organismo, con su infancia generosa, capaz de ciegos
sacrificios, su virilidad absorbente y dominadora, en la que las
antiguas dulzuras se convierten en imposiciones autoritarias del poder,
y su vejez irremediable, con una lenta agonía que hace que el enfermo,
adivinando su próximo fin, se agarre a la vida con el ansia de la
desesperación.

La antigua fe intentaba renacer en Luna, pugnando por arrojar lejos las
nuevas convicciones que le dominaban; pero las lecturas del día
siguiente bastaban para borrar estas reminiscencias que agitaban durante
la noche su pensamiento. El cristianismo no era ya para Gabriel más que
una de las muchas manifestaciones del pensamiento humano, deseoso de
explicarse la presencia del hombre en la tierra y el pavoroso misterio
de lo que pueda existir más allá de la muerte. Estos dos problemas
venían preocupando al ser humano desde que, salido de la barbarie
prehistórica, con una casa que le pusiera al abrigo de las fieras, un
vestido que le librase del frío y la tierra cultivada asegurando su
nutrición, pudo desarrollar la más tardía de sus facultades: el
pensamiento.

Su fe en el catolicismo como religión única desapareció completamente.
Al perder sus creencias en el dogma perdió también, como consecuencia
lógica, aquella fe en la monarquía que le había llevado a pelear en las
montañas. Apreciaba ahora claramente la historia de su país sin
prejuicios de raza. Los historiadores extranjeros le mostraban la triste
suerte de España, estacionada en el período crítico de su desarrollo,
cuando salía joven y vigorosa del fecundo período de la Edad Media, por
el fanatismo de sacerdotes e inquisidores y la demencia de unos reyes
que, faltos de medios, quisieron resucitar la monarquía de los Césares,
agotando al país en esta empresa de locos. Los pueblos que habían roto
con el Pontificado, volviendo para siempre la espalda a Roma, eran más
prósperos y felices que aquella España que dormitaba como una mendiga a
la puerta de la iglesia.

En este período de su evolución intelectual, Gabriel tuvo un ídolo, y
muchas tardes abandonaba el trabajo para ir a oírle durante una hora en
el Colegio de Francia. Era Ernesto Renán. Luna le admiraba con doble
afecto: por su talento y por su historia. Era como de su familia. El
grande hombre había pasado también por el Seminario y guardaba aún
cierto aspecto clerical, como si hubiera sufrido más hondamente la
presión del troquel eclesiástico. Era un rebelde: «los martillos para
derribar el templo, dentro del templo se forjaban». Cumplíase la ley
fatal de todas las religiones, cuando la fe se desvanece y la gran
muchedumbre no siente el fervor de la primera edad.

Gabriel se asombraba viendo cómo iba el sabio desentrañando los orígenes
intelectuales del pueblo hebreo, que habían servido de base al
cristianismo; cómo desarmaba el inmenso retablo ante el cual había
permanecido de rodillas la humanidad diecinueve siglos, pieza por pieza,
marcando sus diversas procedencias. El seminarista español se indignaba
contra su antigua fe con toda la fogosidad de un temperamento vehemente.
¡Y él había podido creer en todo aquello, considerándolo el resumen de
la humana sabiduría! El cristianismo desempeñaba un papel beneficioso en
un período de la infancia de la humanidad. Llenaba la vida de los
hombres durante la Edad Media, cuando no podía darse un paso fuera de la
religión, y en la tierra, asolada por las luchas, no había otra
esperanza que el cielo ni más lugar de asilo para el pensamiento que la
catedral en la ciudad y el monasterio en el campo. «Las ferias, las
reuniones para negocios o placeres--como decía su maestro--, eran
fiestas religiosas; las representaciones escénicas eran misterios; los
viajes, peregrinaciones, y las guerras, cruzadas.» Pero después se
partía la vida: lo religioso a un lado, lo humano a otro. El arte
colocaba la Naturaleza sobre el ideal; los hombres pensaban más en la
tierra que en el cielo: la Razón nacía; cada uno de sus avances era un
paso atrás para la Fe, y llegaba el momento, por fin, en que los
clarividentes, los que se inquietaban por el porvenir, pensaban ya en
cuál había de ser la nueva creencia que sustituyese a la religión
agonizante. Luna no vacilaba: la Ciencia, únicamente la Ciencia ocuparía
el hueco de la religión, muerta para siempre.

Influido por el helenismo de su maestro, que fácilmente prendía en él,
acostumbrado como estaba al trato diario con los autores griegos, soñaba
con que la humanidad del porvenir fuese una inmensa Atenas, una
democracia artística y sabia gobernada por grandes pensadores, sin más
luchas que las de las ideas ni otra ambición que la de pulir la
inteligencia, de costumbres dulces y dedicada a los goces del espíritu y
al culto de la Razón.

De sus antiguas creencias, Gabriel sólo conservaba la idea de Dios
creador con cierto escrúpulo supersticioso. Algo le desconcertaba la
astronomía, estudio al que se había entregado con entusiasmo casi
infantil, atraído por el encanto de lo maravilloso. Aquel infinito por
el que en otro tiempo revoloteaban las legiones de ángeles, y que servía
de camino a la Virgen en sus descensos terrenales, se poblaba de pronto
de miles de millones de mundos, y cuanto más potentes eran los
instrumentos inventados por el hombre, mayor se hacía su número,
prolongándose las distancias en una inmensidad que causaba vértigos.
Unos cuerpos se atraían a otros girando por el espacio a razón de
millares y millones de leguas por minuto, y toda esta nube de mundos
caía y caía, sin pasar dos veces por el mismo punto de la silenciosa
inmensidad, en la que surgían otros astros y otros y otros, así como
iban perfeccionándose los instrumentos de observación. ¿Dónde estaba en
este infinito el Dios que fabricaba la tierra en seis días, que se
irritaba por el capricho de dos seres inocentes sacados del barro y
hechos carne de un soplo, y hacía surgir de la nada el sol y tantos
millones de mundos, sin más objeto que alumbrar este planeta, triste
molécula de polvo de la inmensidad?

El Dios de Gabriel, al perder la forma corporal que le habían dado las
religiones y difundirse en la creación, perdía todos sus atributos. Al
agigantarse para llenar el infinito, confundiéndose con él, se hacía tan
sutil, tan impalpable para el pensamiento, que casi era un fantasma. El
panteísmo, como decía Schopenhauer, equivale a licenciar a Dios por
inútil.

Los estudiantes amigos de Gabriel pusieron en sus manos los libros de
Darwin, de Büchner y de Haeckel; y el secreto de la creación natural,
que inquietaba su pensamiento después de la abolición de la omnipotencia
divina, se desgarró ante sus ojos. Vio cómo había surgido la vida sobre
aquella esfera que rodaba centenares de millones de años en el espacio,
sufriendo cataclismos y transformaciones. Cuando la vejez enfriaba su
corteza, la vida animal asomaba como una consecuencia del medio
favorable, ajustándose a las condiciones de éste, comenzando con formas
tímidas y microscópicas de existencia, con el musgo que apenas cubre las
rocas, con el animal que apenas presenta los vestigios de un organismo
rudimentario. Y con este prólogo de la creación natural comenzaba la
vida, desarrollándose al través de millones y millones de años,
interrumpida a veces por los cataclismos de la tierra agitada por las
últimas crisis de su crecimiento, y continuando adelante con la ciega
tenacidad que anima a la Naturaleza. Era una cadena infinita de
evoluciones, de formas abortadas y de organismos triunfantes por la
selección, hasta llegar al hombre, que, por un esfuerzo supremo de la
materia que encierra su cráneo, sale de la bestialidad, se despoja de la
envoltura animal de sus antecesores, a los que hace sus esclavos, y
reina sobre el planeta.

Nada quedó en Gabriel de sus antiguos ideales. Su conciencia fue un
campo raso sobre el que había soplado el vendaval. La última creencia,
la postrera, que aún se mantenía erguida como un monolito en medio de
ruinas, explicando el origen de la creación, se vino abajo. Luna se
despidió de Dios como de un fantasma consolador que se interpone entre
el hombre y la Naturaleza.

Pero el antiguo seminarista no era capaz de permanecer inactivo con su
bagaje de nuevas ideas. Necesitaba creer en algo, dedicar a la defensa
de un ideal la fe de su carácter, hacer uso de aquel ardor de
proselitismo que había causado admiración en la clase de Elocuencia del
Seminario. La sociología revolucionaria se apoderó de él. Primero fue
Proudhon con sus audaces escritos; después completaron la obra algunos
«militantes» que trabajaban en la misma imprenta que él, viejos soldados
de la Commune que acababan de volver del destierro o de las prisiones de
Oceanía, y reanudaban su campaña contra la organización social con un
ardor acrecentado por los dolores sufridos y el ansia de venganza. Con
ellos fue a las reuniones del anarquismo; oyó a Reclús y al ex príncipe
Kropotkine, y las palabras del difunto Miguel Bakounine llegaron a él
como el evangelio de un San Pablo del porvenir..

Gabriel había encontrado su nueva religión y se entregó por completo a
ella, soñando en la regeneración de la humanidad por el estómago.
Creyendo en una vida futura, los desgraciados aún tenían el falso
consuelo de la felicidad después de la muerte. Pero la religión era
mentira, y no, existiendo más vida que la presente. Luna se indignaba
contra la injusticia social, que condena a la miseria a muchos millones
de seres para la felicidad de unos miles de privilegiados. La autoridad,
fuente de todos los males, era para él el mayor de los enemigos. Había
que matarla, pero creando antes hombres capaces de subsistir sin amos,
sacerdotes y soldados. La dulzura de su carácter, el odio que le
inspiraba la violencia después de sus tres años de guerrillero, le
hacían apartarse de los nuevos camaradas, que soñaban con hecatombes por
la dinamita y el puñal para aterrar al mundo, obligándolo a aceptar por
el miedo las nuevas doctrinas. No; él confiaba en la fuerza de las ideas
y en la inocente evolución de la humanidad. Había que trabajar como los
primeros apóstoles del cristianismo, seguros del porvenir, pero sin
prisa por ver realizadas sus ideas; puestos los ojos, en la labor del
día, sin pensar en los años y los siglos que tardaría en dar su fruto.

El ardor del proselitismo le hizo abandonar París a los cinco años.
Sentía el ansia de ver mundo, de estudiar por sí mismo las miserias
sociales y las fuerzas de que disponían los desheredados para su gran
transformación. Además, veíase molestado por la vigilancia de la policía
francesa, a causa de sus íntimas relaciones con los estudiantes rusos
del Barrio Latino, jóvenes de mirada fría y lacias melenas, que osaban
implantar en París las venganzas del nihilismo. En Londres conoció a una
inglesa joven, enferma, que, movida como él por el ardor de la
propaganda revolucionaria, iba de la mañana a la noche por los paseos y
los alrededores de los talleres repartiendo folletos y hojas impresas
que guardaba en una caja de sombreros siempre pendiente de su brazo.
Lucy fue al poco tiempo la compañera de Gabriel. Se amaron sin arrebato,
con una pasión fría y calmosa, más por la comunidad de ideales que por
la instintiva aproximación del sexo; un amor de revolucionarios, con el
pensamiento dominado por la rebeldía contra lo existente, sin dejar
sitio a otros entusiasmos.

Luna y su compañera pasaron a Holanda y a Bélgica y se instalaron
después en Alemania, siempre viajando de grupo en grupo de compañeros,
dedicándose a diversos trabajos, con esa facilidad de adaptación de los
revolucionarios universales, que sin dinero corren el mundo sufriendo
privaciones y encontrando siempre, en el momento difícil, una mano
fraternal que los levanta y los pone de nuevo en camino.

A los ocho años de esta vida, la amiga de Gabriel murió tísica. Estaban
en Italia. Luna, al verse solo, se dio cuenta por primera vez del dulce
apoyo que le había prestado la compañera de su vida. Olvidó sus
entusiasmos revolucionarios para llorar a Lucy, lamentándose del vacío
que dejaba en su existencia. No la había amado como aman los demás
hombres, pero era su compañera, su hermana; se compenetraban los dos en
gustos y aficiones; la miseria en común los había fundido en una sola
voluntad. Además, Gabriel sentíase aviejado antes de hora por aquella
existencia de aventuras emocionantes y penosas privaciones. En varios
sitios de Europa le habían encarcelado por sospechas de complicidad con
los terroristas. La policía le había golpeado muchas veces. Comenzaba a
serle difícil viajar por el continente, pues su fotografía figuraba con
la de muchos compañeros en los centros policíacos de las principales
naciones. Era un perro vagabundo y peligroso, que acabaría por ser
expulsado a puntapiés de todas partes.

Gabriel no podía vivir solo. Estaba habituado a ver cerca de él unos
ojos azules, a oír una voz acariciadora, con inflexiones de pájaro, que
le animaba en los momentos difíciles, y no pudo resistir la soledad en
tierra extraña después de la muerte de Lucy. Despertóse en él un
vehemente amor por la tierra natal. Quería volver a España, de la que
tanto se había burlado, y que ahora, a pesar de su atraso secular, le
parecía interesante. Pensaba en sus hermanos, que seguían agarrados
como plantas a los sillares de la catedral, sin enterarse de lo que
ocurría en el mundo, sin buscar noticias suyas, como si lo hubieran
olvidado.

Con repentino impulso, como si temiese morir lejos del suelo natal,
volvió a España. En Barcelona le proporcionaron los compañeros la
dirección de una imprenta, pero antes de ocupar su puesto quiso pasar
unos días en Toledo. Volvía envejecido antes de los cuarenta años,
hablando cuatro o cinco idiomas y más pobre que salió de allí. Supo que
su hermano el jardinero había muerto, y que la viuda refugiada con su
hijo en un desván de las Claverías, lavaba ropa para los canónigos.
Esteban, el _Vara de palo_, le acogió después de tan larga ausencia con
la misma admiración que cuando estaba en el Seminario. Se hacía lenguas
de sus viajes y convocaba a toda la gente del claustro alto para que
oyera a aquel hombre que iba de una parte a otro del mundo como si fuese
su propia casa. En sus preguntas embrollaba dolorosamente la geografía;
no reconociendo en ella más que una división: países de herejes y de
cristianos.

Gabriel compadecíase de la miseria tranquila de aquella gente; admiraba
su mansedumbre de servidores del templo, satisfechos de vegetar y morir
en el mismo sitio, sin curiosidad alguna por lo que ocurría más allá de
los muros. La iglesia le parecía una gran ruina. Era el caparazón de
piedra de un animal en otros tiempos poderoso y fuerte, pero que había
muerto hacía más de un siglo, deshaciéndose su cuerpo, evaporándose su
alma, sin dejar otro vestigio que aquella envoltura exterior, semejante
a las conchas que encuentran los geólogos en los yacimientos
prehistóricos, y que por su estructura dejan adivinar las partes blandas
del ser extinguido. Viendo las ceremonias del culto, que en otros
tiempos le conmovían, sentía impulsos de protesta, deseos de gritar a
sacerdotes y acólitos que se retirasen, pues su tiempo había pasado, la
fe había muerto, y únicamente por rutina y por miedo a la opinión ajena
volvía la gente a aquellos lugares que antes llenaba de la mañana a la
noche el fervor religioso.

Al volver a Barcelona, la vida de Gabriel fue un torbellino de
proselitismo, de luchas y de persecuciones. Los compañeros le
respetaban, viendo en él al amigo de los grandes propagandistas de «la
idea», al hombre que había corrido casi toda Europa y se escribía con
los revolucionarios más famosos. No se celebraba mitin sin el
_compañero_ Luna. Aquella elocuencia natural que había causado asombro
al iniciarse en el Seminario, se hinchaba y esparcía como un gas
embriagador en las reuniones revolucionarias, enardeciendo a la
muchedumbre desarrapada, hambrienta y miserable, que sentía
estremecimientos de emoción ante la sociedad futura descrita por el
apóstol: la ciudad celeste de los soñadores de todos los siglos, sin
propiedad, sin vicios, sin desigualdades, donde el trabajo sería un
placer y no existiría más culto que el de la ciencia y el arte. Algunos
oyentes, los más sombríos, sonreían con gesto compasivo oyendo sus
maldiciones a la fuerza y sus himnos a la dulzura y al triunfo por la
resistencia pasiva. Era un ideólogo, al que había que oír porque servía
a «la causa». Ellos, que eran los hombres, los luchadores, sabrían en
silencio aterrar a la sociedad maldita, ya que se mostraba sorda a la
voz de la Verdad.

Cuando estallaron bombas en las calles, el _compañero_ Luna fue el
primer sorprendido por la catástrofe y el primero también en entrar en
la cárcel, a causa de la popularidad de su nombre... ¡Oh los dos años
pasados en el castillo de Montjuich! En la memoria de Gabriel habían
abierto un surco hondo, una herida profunda que no se cerraba, que se
estremecía con el más leve recuerdo, turbando su calma, haciéndole
temblar con el escalofrío del terror.

Se había apoderado de la sociedad la locura del miedo y atrepellaba
leyes y respetos humanos para defenderse. La justicia de otros siglos,
con sus procedimientos de violencia, resucitaba en plena civilización.
Se desconfiaba del juez por culto y escrupuloso y se echaba mano del
esbirro, pidiéndole que renovase los antiguos aparatos de tormento.

En el silencio de la noche, Gabriel veía iluminarse su mazmorra; hombres
con uniforme le empujaban por la escalera hasta una habitación donde le
aguardaban otros con enormes garrotes. Un joven de voz melosa, con
insignias de teniente y el aire perezoso de los criollos, le hacía
preguntas sobre los atentados ocurridos meses antes abajo en la ciudad.
Gabriel nada sabía, nada había visto. Tal vez los terroristas serían
compañeros suyos; pero él, fijos los ojos en lo alto, contemplando sus
visiones del porvenir, no había llegado a darse cuenta de que germinaba
en torno suyo la violencia. Su negativa tenaz indignaba a aquellos
hombres; la voz melosa del criollo se atiplaba por la ira, y entre
amenazas y blasfemias abalanzábanse todos sobre él, y comenzaba la caza
del hombre por toda la mazmorra, cayendo los garrotes sobre su cuerpo,
alcanzándole lo mismo en la cabeza que en las piernas, acosándolo en los
rincones, siguiéndole cuando con un salto desesperado pasaba al muro
opuesto, abriéndose camino con la testa baja. Su espalda resonaba como
un cofre vacío bajo los golpes. Algunas veces, la desesperación del
dolor enardecía a la víctima; el cordero se volvía fiera, y antes de
caer al suelo, gimoteando como un niño bajo la superioridad del número,
se arrojaba sobre los verdugos, arañándolos, intentando morderles.
Gabriel guardaba un botón del uniforme del criollo, que en una de estas
rebeliones de su debilidad había quedado entre sus dedos.

Después, cansados los atormentadores de la inutilidad de sus violencias,
le dejaban olvidado en la mazmorra. Un pan y unos trozos de bacalao seco
eran su comida. La sed, una sed infernal, le desgarraba las entrañas, le
oprimía la garganta y hacía arder su boca. Al principio pedía agua con
voz angustiosa por debajo de la puerta. Después ya no quiso suplicar,
conociendo de antemano la respuesta: Era un tormento calculado: le
ofrecían agua cuanta quisiera, pero luego que delatase los nombres de
los culpables, afirmando lo que no sabía. El hambre luchaba en él con la
sed; pero temiendo a ésta mucho más, arrojaba a un rincón aquellos
alimentos cargados de sal, como si fuesen veneno. Deliraba con el
delirio de los náufragos atenaceados por el recuerdo del agua en medio
de las olas amargas. Veía en sus pesadillas arroyos claros y
murmuradores, ríos inmensos; y buscando frescura para su boca, paseaba
la lengua por las paredes mugrientas, sintiendo cierto alivio al
contacto de la cal del enjalbegado. La privación y el encierro
perturbaban su inteligencia con horribles delirios. Muchas veces,
Gabriel se sorprendía viéndose a cuatro patas en medio del calabozo,
gruñendo y ladrando frente a la puerta sin saber por qué.

Sus atormentadores parecieron olvidarle. Tenían otros presos a los que
acudir. Los carceleros le dieron agua, y pasó meses enteros sin que
nadie entrase en su calabozo. Algunas noches oía lejanos y vagos, al
través de los gruesos muros, lamentos y sollozos en las mazmorras
inmediatas. Una mañana le despertaron varios truenos, a pesar de que un
rayo de sol se filtraba por el ventanillo. Oyendo a los carceleros en el
inmediato corredor, comprendió el misterio. Habían fusilado a algunos de
los presos.

Luna acogía como una felicidad la esperanza de la muerte. Renunciaba con
gusto a aquella sombra de vida dentro de un estuche de piedra,
atormentado por el mal físico y el miedo a la ferocidad de los hombres.
Su estómago, herido por las privaciones, se negaba muchos días, con
horribles náuseas, a recibir el pan áspero y el cazo de rancho. La larga
inmovilidad, el enrarecimiento del aire, la escasa nutrición, le habían
hecho caer en una anemia mortal. Tosía continuamente, sintiendo cierta
opresión en el pecho. Los conocimientos que había adquirido del cuerpo
humano, en su afán de estudiarlo todo, no lo permitían engañarse.
Moriría como la pobre Lucy.

Después de año y medio de encierro, compareció ante el Consejo de
guerra, confundido en un rebaño miserable de viejos, mujeres y hasta
adolescentes, todos enflaquecidos y quebrantados por la prisión, con la
piel blanca y mate, como de papel mascado, y ese estrabismo en los ojos
que da el aislamiento. Gabriel deseaba que le matasen. Al llegar el
fiscal en la larga lista de acusación al nombre de Luna, detúvose un
instante para lanzarle una mirada feroz. Aquel acusado era de los
«teóricos»: aparecía en las declaraciones de los testigos sin
intervención directa en los hechos de fuerza y reprobándolos en sus
predicaciones; pero no había que olvidar que era uno de los principales
propagandistas del anarquismo, y que había pronunciado discursos en
todas las sociedades obreras frecuentadas por los autores de los
atentados.

Un capitán viejo se inclinó al oído de otro compañero de Consejo, y
Gabriel oyó sus palabras:

--A estos señoritos que hacen discursos es a los que hay que sentar la
mano, para que escarmienten y no hablen más de Tolstoi, de Ibsen y de
todos esos tíos extranjeros que enseñan a tirar bombas.

Gabriel pasó muchos meses aislado en su encierro. Por algunas palabras
oídas a los carceleros, pudo ir siguiendo las fluctuaciones de su
suerte. Tan pronto se veía conducido con todos sus compañeros de
infortunio a los presidios de África, como le auguraban la inmediata
libertad o le profetizaban el fusilamiento en masa. Cuando salió,
después de dos años, del tétrico castillo, fue para embarcarse con todos
sus compañeros de emigración forzosa. Gabriel era una sombra de hombre.
Su debilidad le hacía andar vacilante y trémulo como un niño; pero
olvidando su mísero estado, se apiadaba de otros compañeros más enfermos
que él, con visibles cicatrices de los tormentos sufridos y el sexo
atrofiado por bárbaras estrangulaciones. La vuelta a la libertad hacía
renacer en él su antigua dulzura, la conmiseración filosófica en que
envolvía a todos los hombres, perdonando sus errores. Los más violentos
de sus compañeros hablaban al desembarcar en Inglaterra de futuras
venganzas contra los verdugos, mientras Gabriel pedía perdón para ellos,
ciegos instrumentos empleados por la sociedad en un momento de terror,
que creían haberla salvado con su barbarie.

El clima de Londres extremaba la enfermedad de Gabriel, y a los dos años
tuvo que trasladarse al continente, a pesar de que el país británico,
con su absoluta libertad, era el único suelo donde podía vivir tranquilo
e ignorado.

Su existencia fue cruel: siempre fugitivo a través de las naciones de
Europa, arrojado de una a otra por la vigilancia policíaca, reducido a
prisión o expulsado por la más insignificante sospecha. Era la antigua
persecución de los bohemios en la Edad Media, el acosamiento de las
gentes independientes, de vida vagabunda, que resucitaba en plena
civilización. La enfermedad y el deseo de paz le hicieron volver a
España. Con el tiempo se había establecido cierta tolerancia para los
emigrados. En España todo se olvida, y aunque la autoridad sea más feroz
y menos escrupulosa que en otros pueblos, molesta poco, por la
imprevisión y el descuido propios de la raza.

Enfermo y sin un oficio para ganarse la vida, imposibilitado de pedir
trabajo en las imprentas, porque su nombre tenía cierta aureola que
aterraba a los patronos, Gabriel cayó en la miseria, sin que le bastasen
los auxilios con que le socorrían los compañeros. Fue de un extremo a
otro de la Península, mendigando entre los suyos y ocultándose de la
policía.

Su ánimo decayó. Era un vencido; no podía prolongar la lucha. Sólo le
restaba morir; pero la muerte misericordiosa acudía lentamente a su
llamamiento. Pensó en su hermano, el único afecto que le restaba en el
mundo. Recordó aquella familia tranquila de las Claverías entrevista en
su último paso por la catedral, y fue en su busca como una última
esperanza.

Al volver a Toledo encontraba disuelta la familia feliz. También por
aquel rincón silencioso e inmutable había pasado la desgracia.

Pero la catedral, insensible a las vicisitudes humanas, estaba allí como
siempre, y a ella se agarraba, ocultándose en sus entrañas para morir
tranquilo, sin más anhelo que ser olvidado, pereciendo antes de hora,
gustando la amarga felicidad del anonadamiento, dejando en la puerta,
como una bestia que se despoja de la piel, aquellas rebeldías que le
habían atraído el odio de la sociedad.

Su dicha era no pensar, no hablar, amoldarse a aquel mundo muerto.
Sería, entre las estatuas vivientes que poblaban el claustro alto, un
autómata más; imitaría a aquellas criaturas que tenían en su ser algo de
la aspereza de la piedra berroqueña de los contrafuertes; aspiraría como
un bálsamo de tranquilidad la herrumbre de las rejas, que esparcían por
el templo el perfume vetusto de los siglos.




IV

Al salir al claustro por las mañanas, poco después de amanecer, la
primera persona que veía Gabriel era don Antolín, el _Vara de plata_.
Este sacerdote ejercía autoridad a modo de gobernador de la catedral,
pues a sus órdenes estaban los servidores laicos y bajo su inspección se
hacían todos los trabajos de escasa importancia.

Abajo, en el templo, vigilaba a sacristanes y acólitos, cuidando de que
los canónigos y los beneficiados no pudieran quejarse de descuidos en el
servicio. Arriba, en el claustro, velaba por el buen orden y las sanas
costumbres de las familias, siendo, por la gracia del
cardenal-arzobispo, una especie de alcalde de aquel pequeño pueblo.

Ocupaba la mejor habitación de las Claverías. En las grandes fiestas
marchaba al frente del cabildo Con capa pluvial y un bastón de plata tan
alto como él, que hacía retemblar las losas con sus golpes, y durante la
misa mayor y el coro de la tarde rondaba por las naves para evitar las
irreverencias de los devotos y las distracciones de los empleados. A las
ocho de la noche en invierno y a las nueve en verano cerraba la escalera
del claustro alto, guardábase la llave en el bolsillo y toda la
población quedaba aislada de la ciudad. Si de tarde en tarde se sentía
alguien enfermo durante la noche, era preciso despertar a don Antolín; y
hundiendo éste la mano en las profundidades de la sotana, se dignaba
restablecer con su llave la comunicación con el mundo.

Tenía cerca de sesenta años; era pequeño y enjuto. La edad apenas si
había encanecido un poco sus cabellos, cortados al rape. La frente la
tenía espaciosa y cuadrada, sin la más leve curva, como una chapa de
hueso con dos aristas a los lados, que se marcaban bajo el gorro de seda
que usaba en invierno. Las facciones estiradas, sin una arruga, sin un
estremecimiento que delatase emoción; la mandíbula estrecha y aguda como
hierro de lanza, y los ojos tan inexpresivos e inmóviles como el rostro,
pero con una fijeza fría que desconcertaba.

Gabriel le había conocido en su niñez. Era, según su expresión, un
soldado raso de la Iglesia, que en fuerza de años y servicios había
llegado a sargento, para no pasar de ahí. Cuando Luna entró en el
Seminario, don Antolín acababa de ordenarse de sacerdote, después de
pasar su vida en la sacristía de la Primada, donde había comenzado de
monaguillo. Por su fe absoluta e irracional, por su adhesión
inquebrantable a la Iglesia, le habían sacado adelante en la carrera los
señores del Seminario, a pesar de su ignorancia. Era un hijo del
terruño; había nacido en una aldea de los montes de Toledo. La Iglesia
Primada era para él la segunda casa de Dios, después de San Pedro de
Roma, y las ciencias eclesiásticas un haz de rayos de la divina
sabiduría que le cegaban, adorándolos con el respeto profundo del
ignorante.

Tenía la santa y firme incultura tan apreciada por la Iglesia en otros
siglos. Gabriel estaba seguro de que, a nacer el _Vara de plata_ en la
buena época del catolicismo, hubiese llegado a santo al dedicarse a la
vida espiritual, o habría desempeñado un excelente papel en la
Inquisición al intervenir en la religiosidad militante. Venido al mundo
en la mala época, cuando flaquea la fe y la Iglesia no puede imponerse
por la violencia, el buen don Antolín había quedado obscurecido en la
baja administración de la catedral, ayudando al canónigo Obrero en la
partición y señalamiento de las pesetas que el Estado daba a la Primada,
dedicando una larga meditación a cada puñado de céntimos, y esforzándose
por que la santa casa, como las familias arruinadas, conservase su buen
exterior, sin revelar la miseria.

Le habían prometido varias veces una capellanía de monjas, pero él era
de los fieles a la catedral, de los enamorados de la gran solitaria. Le
enorgullecía la confianza que el señor arzobispo tenía puesta en él, la
amistosa franqueza con que le hablaban canónigos y beneficiados y sus
conciliábulos administrativos con el Obrero y el Tesorero. Por esto no
podía evitar cierto gesto de superioridad desdeñosa cuando, revestido de
la capa pluvial y empuñando la vara de plata, se acercaban a hablarle
los curas de los pueblos de paso por la Primada.

Sus vicios eran puramente de eclesiástico. Ahorraba en secreto, con esa
avaricia fría y dominadora de la gente de iglesia en todos los tiempos.
Su bonete mugriento era siempre de algún canónigo que lo desechaba por
viejo; su sotana de un negro verdoso y sus zapatos habían sido antes de
algún beneficiado. En las Claverías se hablaba en voz baja del dinero
guardado por don Antolín, de sus ahorros, que dedicaba a la usura;
préstamos que nunca iban más allá de dos o tres duros a los pobres
servidores del templo agobiados por la miseria, y que recobraba con
creces cuando a principios de mes pagaba el canónigo Obrero. En él, la
avaricia y la usura iban unidas a la más absoluta probidad para los
intereses de la iglesia. Perseguía encarnizadamente la menor sisa en la
sacristía, y entregaba sus cuentas al cabildo con una minuciosidad que
fastidiaba al Obrero. A cada cual lo suyo. La iglesia era pobre, y
resultaba un pecado digno del infierno privarla de un solo ochavo. Él,
como buen servidor de Dios, era pobre también, y no creía faltarle
sacando cierto producto al dinero que había podido reunir en fuerza de
contraerse, con dolorosas privaciones, dentro de su miseria.

Vivía con él su sobrina Mariquita, una fea, de facciones hombrunas y
frescas carnes, venida de las montañas para cuidar al tío, de cuya
riqueza y poder en la Primada se hacían lenguas en la aldea parientes y
amigos. En las Claverías llevaba a maltraer a todas las mujeres,
abusando de la autoridad absoluta de don Antolín. Las más tímidas
formaban en torno de ella a modo de aduladora corte, para atraerse su
protección, limpiándola la casa o haciendo la cocina, mientras
Mariquita, vestida de hábito y cuidadosamente peinada, único lujo que le
permitía su tío, salía al claustro con la esperanza de que subiese algún
cadete o se fijasen en ella los forasteros que iban a la torre o a la
sala de los gigantones. Ponía los ojos tiernos a todos los hombres;
ella, tan áspera e imperiosa con las mujeres, sonreía a cuantos solteros
vivían en las Claverías. El _Tato_ era gran amigo suyo; le buscaba
cuando su tío estaba ausente, riendo sus gracias de aprendiz de torero.
Gabriel, con su aspecto enfermizo, su misterioso ensimismamiento y la
historia confusa de sus grandes viajes por el mundo, no le inspiraba
menos interés. Hasta hablaba con marcada deferencia al viejo _Vara de
palo_, por ser hombre y estar viudo. Como decía el perrero, los
pantalones volvían loca a la pobre en aquella casa donde la mayor parte
de los hombres llevaban faldas.

Don Antolín había conocido a Gabriel siendo niño y le tuteaba. En el
cura ignorante subsistía aún el recuerdo de los grandes triunfos
alcanzados por Luna en el Seminario, y al verle pobre y enfermo,
refugiado en la catedral casi de limosna, su tuteo de superioridad no
estaba exento de cierta admiración. Gabriel, por su parte, temía al
_Vara de plata_, conociendo su fanatismo intolerante. Por esto se
limitaba a escucharle, cuidando de que en sus conversaciones no se
deslizara una palabra que revelase su pasado. Sería el primero en pedir
su expulsión de la catedral, y él deseaba vivir en ella desconocido y en
silencio.

Al encontrarse por las mañanas en el claustro los dos hombres, se
abordaban con la misma pregunta:

--¿Cómo va esa salud?

Gabriel se mostraba optimista. Sabía que su dolencia no tenía remedio.
Pero aquella vida sosegada y sin emociones, y el cuidado continuo de su
hermano, alimentándolo casi a la fuerza a todas horas, como a un pájaro,
había puesto un puntal a su salud ruinosa. El curso de la enfermedad era
más lento: la muerte tropezaba con obstáculos.

--Estoy mejor, don Antolín.... Y ayer, ¿qué tal fue el día?

El _Vara de plata_ hundía sus manos sucias y huesosas en las
profundidades de la sotana, sacando tres gruesos talonarios, uno rojo,
otro verde y el tercero blanco. Pasaba las hojas, consultando los folios
de las que llevaba arrancadas. Acariciaba respetuosamente las libretas,
como si fuesen más importantes para el culto que los grandes libros del
coro.

--¡Día flojo, Gabriel! Estamos en invierno, y ahora viaja poca gente. La
gran temporada es en primavera, cuando, según dicen, entran los ingleses
por Gibraltar. Van a la feria de Sevilla y vienen después a echar una
vista a nuestra catedral. Además, la gente de Madrid sale con el buen
tiempo, y aunque a regañadientes, afloja la mosca por ver los
gigantones y la Campana Gorda. Da gusto entonces despachar papeletas. Ha
habido día, Gabriel, que he recogido ochenta duros. Me acuerdo: fue en
el último Corpus. Mariquita tuvo que recoserme los bolsillos de la
sotana, que se rompían con el peso de tantas pesetas. Fue una bendición
del Señor.

Y miraba tristemente los talonarios, como lamentando que pasasen los
días del invierno sin cortar más que alguna que otra hoja. Esta tarea de
expender papeletas de entrada para ver las riquezas y curiosidades de la
catedral llenaba su pensamiento. Era la salvación de la iglesia, el
procedimiento moderno para llevarla adelante, y él se sentía orgulloso
de desempeñar esta función, que le convertía en el órgano más importante
de la vida del templo.

--¿Ves estas papeletas verdes?--dijo a Gabriel--. Pues son las más
caras: dos pesetas cuesta cada una. Con ellas puede verse lo más
importante: el Tesoro, la capilla de la Virgen, el Ochavo con sus
reliquias, únicas en el mundo. Las de las otras catedrales son
porquerías si se comparan con las nuestras; mentiras, inventadas muchas
de ellas por la envidia que inspira nuestra Iglesia Primada. ¿Ves estas
otras que son rojas? Pues sólo cuestan seis reales, y con ellas pueden
visitarse las sacristías, el guardarropa, las capillas de don Álvaro de
Luna y del cardenal Albornoz, y la Sala Capitular, con sus dos filas de
retratos de arzobispos, que son una maravilla. ¿Quién no se rasca el
bolsillo por ver tales portentos?

Después añadió, designando el último talonario con cierto desprecio:

--Estas blancas sólo valen dos reales. Son para ver los gigantones y las
campanas. Se venden muchas entre la gente menuda que viene a la catedral
en días de fiesta. ¿Querrás creer que aún hay judíos que protestan y
dicen que esto es un robo? El otro día, tres soldados de la Academia,
que vinieron con unos «parditos» a ver los gigantones, armaron un
escándalo porque no les dejaban entrar por un perro gordo. ¡Como si
pidiésemos limosna...! Se van muchos echando pestes contra la iglesia,
lo mismo que si fuesen herejes, y en la escalera pintan con carbón cosas
abominables o escriben palabras obscenas. ¡Qué tiempos!, ¿eh, Gabriel?

Luna sonreía silencioso, y animado el _Vara de plata_ por este mutismo,
que le parecía de conformidad, añadió con cierto orgullo:

--Esto de las papeletas lo inventé yo.... Es decir, realmente no fui yo
el inventor, pero a mí se debe su establecimiento en esta casa. Tú has
corrido mucho y habrás visto en esos países de _extranjis_ que todo
puede visitarse... pero pagando. El señor cardenal anterior a éste, que
en santa gloria esté--y se llevó la mano al bonete--, también había
corrido muchas tierras; un «moderno» que, a vivir más tiempo, hubiese
acabado por poner luz eléctrica en las naves de la catedral. Yo le oí en
cierta ocasión hablar de lo que se hacía en los museos y demás edificios
notables allá en Roma y en otras ciudades: la entrada libre a todas
horas, pero pagando. Una gran comodidad para el público, que no necesita
de recomendaciones para ver las cosas. Y un día que el Obrero y yo nos
roíamos las uñas viendo que esas mil y pico de pesetas puercas (¡Dios me
perdone!) que nos da el desdichado Estado no bastaban para finalizar el
mes, propuse mi idea. ¿Querrás creer que hubo en el cabildo señores que
se opusieron? Ciertos canónigos jóvenes hablaron de los mercaderes del
templo; tú ya sabes quiénes eran: unos judíos a los que corrió el Señor
con la cuerda en la mano por no sé qué perrerías; otros más viejos
alegaron que la catedral había tenido abiertas sus maravillas a todos
durante siglos, y así había de seguir. Tendrían razón todos los señores,
pues no se llega a canónigo sin talento; pero intervino el cardenal
difunto, que de Dios goce--otro golpe de bonete--, y el cabildo hubo de
aceptar la reforma a regañadientes, y acabará por aplaudirla. ¡A
cualquiera le amarga un dulce! ¿Sabes cuánto dinero le entregué al señor
cardenal el año pasado? Más de tres mil duros, casi tanto como nos da el
Estado pecador. Y esto sin perjuicio para nadie. El público paga, mira y
se marcha. De todos modos, son aves de paso, que sólo vienen una vez: el
que se va ya no vuelve. ¡Y qué son cuatro míseras pesetas, cuando por
ellas se ve uno de los templos más gloriosos de la cristiandad, la cuna
del catolicismo español, la catedral de Toledo! ¡Como quien dice
nada...!

Paseaban los dos hombres por el claustro, siguiendo el lado que a
aquella hora matinal caldeaba el sol. El clérigo se había guardado los
talonarios. Sus ojos se fijaban en Gabriel, que creía del caso sonreír
de un modo enigmático que don Antolín tomaba por una afirmación. Esto le
animó a continuar en sus confidencias.

--¡Ay, Gabriel! No creas que cumplo sin trabajo mis pesados deberes. El
cardenal confía en mí, el cabildo me distingue con su afecto, el Obrero
no tiene otra esperanza que mi auxilio. Gracias a las papeletas puede ir
tirando la catedral y conservar su antiguo aspecto de grandeza, para que
venga el público a admirarla. Somos más pobres que las ratas. Y gracias
que nos quedan para remediarnos algunas migajas de nuestro pasado. Si el
viento o el granizo rompe una vidriera de las naves, podemos echar mano
de los vidrios sobrantes que nos dejaron los señores Obreros de otros
siglos. ¡Ay, Señor, Dios mío! ¡Y pensar que hubo una época en que el
cabildo mantenía a sus expensas, dentro del templo, talleres de pintores
de vidrio, de plomeros y qué sé yo cuántos más, pudiendo hacer grandes
obras sin buscar auxilio fuera de casa! Si se rompe una casulla, aún nos
quedan para componerla tiras bordadas con santos y flores, que son una
maravilla. Pero ¿y cuando todo esto se acabe?, ¿cuando se rompa el
último vidrio de repuesto y se agoten los retales de la Obrería? Habrá
que poner vidrios blancos y baratos en los ventanales para que no entren
el viento y la lluvia; la catedral parecerá una casa de huéspedes (¡que
el Señor me perdone la comparación!) y los sacerdotes de la Primada
alabarán a Dios vestidos como el capellán de una ermita.

Y don Antolín reía sarcásticamente, como si este porvenir por él evocado
fuese un absurdo contrario a las leyes eternas.

--Y no creas--continuó--que aquí se despilfarra ni se deja de hacer
dinero de todo lo utilizable. El jardín, que tantos años fue de tu
familia, lo dio en arrendamiento el cabildo desde la muerte de tu
hermano. Veinte duros al año paga tu tía Tomasa para que lo explote su
hijo, y eso porque, como sabes, la vieja es gran amiga de Su Eminencia,
pues le conoce desde niño. Yo ando como un azacán por el templo y los
claustros, vigilándolo todo para que no se hagan trampas, pues aquí hay
gente joven y ligera que no es de fiar. Tan pronto estoy en el Ochavo,
viendo si tu sobrino el _Tato_ ha pedido la papeleta a los forasteros
(pues es muy capaz de dejarlos entrar gratis para que le den propina),
como subo al claustro para vigilar a ese zapaterín que enseña los
gigantones. A mí no me la pegan. Nadie se escapa sin pagar; pero ¡ay!
hace tiempo que no celebro; tú me ves a mediodía, cuando se cierra la
catedral, leyendo mis Horas apresuradamente por el claustro, pendiente
del reloj para bajar así que abren de nuevo el templo y vienen los
forasteros a ver el Tesoro. Esto no es vida de católico, y si Dios no me
tomase en cuenta que lo hago todo por la gloria de su casa, creo que
hasta perdería mi alma.

Pasearon largo rato en silencio los dos hombres. Pero don Antolín no
podía callar fácilmente cuando se trataba de la vida económica de la
Primada.

--¡Y pensar, Gabriel--continuó--, que siendo lo que hemos sido en otros
tiempos, nos vemos así...! Tú y la mayoría de los que aquí viven no
tenéis idea de lo rica que ha sido esta casa. Tanto como un rey, y en
algunos tiempos, más. De muchacho sabías tú, como nadie, la historia de
nuestros gloriosos arzobispos, pero de la fortuna que amasaron para
Dios, ni una palabra. A vosotros los sabios no os da por estas
«materialidades». ¿Conoces las donaciones que reyes y grandes señores
hicieron en vida a nuestra catedral y las herencias que le dedicaron en
la hora de la muerte? ¡Qué has de conocer! Yo lo sé todo; me he enterado
en la Obrería, en el Archivo, en la Biblioteca. Cada uno a lo que le
interesa, y yo, que con el señor Obrero he rabiado más de una vez ante
los apuros de la casa, me consuelo pensando en lo que tuvo cuando aún no
habíamos nacido. Hemos sido muy ricos, Gabriel, pero muy ricos. El
arzobispo de Toledo podía colocarse en la mitra una corona o dos, y no
digo tres porque pienso en el Sumo Pontífice.... Primero, la escritura
de dotación a la catedral hecha por el rey Alfonso VI a raíz de haber
conquistado Toledo. La hicieron en una ermita, después de elegido el
obispo don Bernardo, y yo la he visto con mis pecadores ojos en el
Archivo: un pergamino con letras góticas, que figura a la cabeza de los
Privilegios de esta Santa Iglesia. El buen rey da a la catedral nueve
villas, y si quisiera te podría citar los nombres, varios molinos y un
sinnúmero de viñas, casas y tiendas en la ciudad, y termina diciendo,
con su largueza de caballero cristiano: «Esto, pues, de tal manera lo
doy, y concedo a esta Santa Iglesia y a ti, Bernardo, Arzobispo, por
libre y perfecta donación, que por homicidio ni por otra alguna calumnia
en ningún tiempo se pierdan. Amén.» Después, don Alfonso VII nos da ocho
pueblos al otro lado del Guadalquivir, varios hornos, dos castillos, las
salinas de Belinchón y el diezmo de toda la moneda que se labrase en
Toledo, para el vestuario de los prebendados. El VIII del mismo nombre
suelta sobre la catedral otra lluvia de donaciones, ciudades, aldeas y
molinos: Illescas es nuestra, y una gran parte de Esquivias, así como la
apoteca de Talavera. Después viene el batallador prelado don Rodrigo,
que conquista a los moros mucha tierra; la catedral posee un principado,
el Adelantamiento de Cazorla, con poblaciones como Baza, Niebla y
Alcaraz.... Y dejando a los reyes, ¡no hay poco que decir de los grandes
señores, nobles como príncipes, que mostraron su generosidad con la
Iglesia Primada...! Don Lope de Haro, señor de Vizcaya, no contento con
costear la construcción del templo desde la puerta de los Escribanos
hasta el coro, nos regala la villa de Alcubilete, con sus molinos y
pesquerías, y deja dotación para que en el coro, al rezarse las
completas, arda esa vela que llaman «la Preciosa», y que se coloca en el
águila de bronce del gran atril. Don Alfonso Teilo de Meneses nos da
cuatro castillos en las riberas del Guadiana, y como él, otros grandes
señores nos conceden diezmos, derechos de peaje y ¡qué sé yo cuántas
riquezas más...! Hemos sido poderosos, Gabriel. El territorio de esta
diócesis era más grande que un principado. La catedral tenía propiedades
en la tierra, en el aire y en el mar. Nuestros dominios se extendían por
toda la nación, de punta a punta, y no había provincia donde no
poseyésemos algo. Todo contribuía a la gloria del Señor y a la decencia
y bienestar de sus ministros; todo pagaba a la catedral: el pan al
cocerse en el horno, el pez al caer en la red, el trigo al pasar por la
muela, la moneda al saltar del troquel, el viandante al seguir su
camino. Los rústicos, que entonces no pagaban contribuciones e
impuestos, servían a su rey, y salvaban la propia alma dándonos la mejor
gavilla de cada diez, con lo cual los graneros de la Iglesia Primada
eran insuficientes para contener tanta abundancia. ¡Qué tiempos
aquéllos! Había fe, Gabriel, y la fe es lo principal en la vida. Sin fe
no hay virtud, ni decencia... ni nada.

Se detuvo un momento, jadeante por su discurso, echando el aliento a la
cara de Luna. El clérigo estaba tan impregnado del ambiente de la
catedral, que en su cuerpo parecían resumirse todos los olores del
templo: su sotana tenía el perfume mohoso de la piedra vieja y las rejas
herrumbrosas; por su boca parecían respirar los canalones y las
gárgolas la rancia humedad de los desvanes.

Con la rápida evocación de las riquezas pasadas, enardecíase don Antolín
hasta indignarse.

--Y habiendo sido tan ricos, Gabriel, hoy nos vemos en la miseria, y yo,
hijo mío, un sacerdote del Señor, tengo que ir de un lado a otro con
estas papeletas para que vivamos todos, como si fuese un revendedor de
entradas de toros, como si la casa de Dios fuera un teatro, teniendo que
aguantar a extranjeros herejes que entran sin santiguarse, mirándolo
todo con gemelos. ¡Y yo debo sonreírles, porque pagan y nos proporcionan
los postres para el triste cocido! ¡Ca...rape! ¡Jesús me valga! Iba a
decir una barbaridad.

Y don Antolín siguió lanzando indignadas lamentaciones, hasta que al
pasar frente a la puerta de su casa asomó Mariquita el abultado y feo
rostro.

--Tío, basta de paseo. Se enfría el chocolate.

Aun después de desaparecer el sacerdote dentro de su casa, siguió la
sobrina sonriendo amablemente a Luna.

--¿Usted gusta, don Gabriel?

Con sus ojos audaces de loba hambrienta invitaba a Luna a entrar. Le
gustaba el porte «aseñorado», como ella decía, de aquel hombre, la
soltura que le daba su antiguo trato con el mundo. Además, sobre su
imaginación de mujer ejercía cierto encanto el misterioso pasado de
Gabriel, su altivez silenciosa, la vaga fama de sus aventuras y aquella
sonrisa un tanto compasiva y desdeñosa con que escuchaba a las gentes
del claustro alto.

Se retiró la insinuante Mariquita y siguió Gabriel sus paseos por el
claustro, después de apurar el jarrito de leche que todas las mañanas le
subía su hermano.

A las ocho salía don Luis, el maestro de capilla, siempre con el manteo
terciado teatralmente y el sombrero de teja echado atrás como una
aureola sobre su enorme cabeza. Tarareaba con aire distraído, agitado
perpetuamente por su nerviosa movilidad. Preguntaba con alarma si
habían tocado ya a coro, asustado por las amenazas de multa a causa de
su retraso. Gabriel sentíase atraído por este artista eclesiástico que
vegetaba despreciado en las últimas capas de la Iglesia, pensando más en
la música que en el dogma.

Por las tardes subía Gabriel al camaranchón que habitaba el maestro de
capilla en el piso superior de la casa de los Luna. La habitación
contenía toda la fortuna del artista: una cama de hierro, que era aún la
del Seminario, un armónium, dos bustos de yeso de Beethoven y Mozart y
un montón enorme de paquetes de música, de partituras encuadernadas, de
hojas sueltas de papel pautado, pero tan grande, tan revuelto y confuso,
que con frecuencia se desplomaba, invadiendo con blanco aleteo hasta los
últimos rincones.

--En esto se le van los cuartos--decía el _Vara de palo_ con acento de
bondadosa reconvención--.

Nunca tendrá un céntimo. Apenas coge la paga, ¡a pedir más papelotes a
Madrid! Más le valdría, don Luis, comprarse un sombrero nuevo, aunque
fuese modestito, para que los señores del coro no se burlasen de la
cobertura que lleva en la cabeza.

En las tardes de invierno, después del coro, el músico y Gabriel se
refugiaban en aquella habitación. Los canónigos, huyendo del viento frío
o de la lluvia, daban su paseo diario por las galerías del claustro
alto, con el afán de no privarse de este ejercicio a que estaba
acostumbrada su metódica existencia. El agua del cielo golpeaba los
vidrios de la ventana del camaranchón. A la claridad triste y gris de la
tarde hojeaba el maestro los cuadernos o hacía correr sus manos sobre el
armónium, conversando con Gabriel, que se sentaba en la cama.

Enardecíase el músico hablando de sus adoraciones artísticas. En mitad
de una peroración entusiasta callaba, inclinándose ante el armónium, y
las melodías del instrumento llenaban el cuarto, descendiendo por la
escalera hasta llegar a los paseantes del claustro como un eco lejano.
De repente, cesaba de tocar en el pasaje más interesante y reanudaba su
charla, como temiendo que en su continua distracción se le evaporasen
las ideas.

El silencioso Luna era el único auditorio que había encontrado en la
catedral, el primero que le escuchaba largas horas sin burlarse ni
tenerlo por loco; antes bien, mostraba con sus breves interrupciones y
preguntas el gusto con que le oía. El final de la conversación todas las
tardes era el mismo: la grandeza de Beethoven, ídolo del sacerdote
artista.

--Le he amado toda mi vida--decía el maestro de capilla--. A mí me educó
un fraile jerónimo, un exclaustrado viejo, que, después de abandonar el
convento, corrió algo de mundo como profesor de violoncelo. Los
Jerónimos fueron los grandes músicos de la Iglesia. Usted no sabrá esto;
yo tampoco lo sabría si poco después de nacer no me hubiese tomado bajo
su protección aquel santo hombre, que fue para mí un verdadero padre.
Parece que cada orden religiosa se dedicaba en sus buenos tiempos a una
especialidad. Unos, creo que los benedictinos, anotaban libros viejos;
otros fabricaban licores para las damas; los de más allá tenían unas
manos de oro para jaulas de pájaros, y los Jerónimos estudiaban siete
años de música, dedicándose cada uno al instrumento de su preferencia. A
ellos se debe que se conservara en las iglesias de España un poco, un
poquito nada más, de buen gusto musical. ¡Y qué orquestas, según me
contaba mi padrino, formaban los Jerónimos en sus conventos! Para las
señoras era una gloria ir los domingos por la tarde al locutorio, donde
encontraban a los buenos Padres, cada uno de los cuales resultaba un
profesorazo instrumentista. Eran los únicos conciertos de aquella época.
Con la pitanza asegurada, sin tener que preocuparse de casa ni vestido y
teniendo el amor al arte por toda obligación, figúrese usted, Gabriel,
qué musicotes podrían salir. Por eso, cuando echaron a los frailes de
sus conventos, los Jerónimos no salieron mal librados. Nada de mendigar
misas por las iglesias ni vivir de gorra con las familias devotas.
Tenían para ganarse el pan un arte estudiado concienzudamente, y se
colocaron en seguida en las catedrales como organistas y maestros de
capilla. Los cabildos se los disputaban. Algunos fueron más audaces, y
ganosos de ver de cerca aquel mundo musical que se les aparecía dentro
de sus conventos como un paraíso fantástico, entraron en las orquestas
de los teatros, viajaron, hicieron sus calaveradas allá por Italia,
transformándose de tal modo, que ni en cien años los hubiera reconocido
su antiguo prior. Uno de éstos fue mi padrino. ¡Qué hombre! Era un buen
cristiano, pero de tal modo se había entregado a la música, que en él
quedaba muy poco del antiguo fraile. Cuando le anunciaban, que pronto se
restablecerían los conventos, levantaba los hombros con indiferencia. Le
interesaba más una sonata nueva. Pues bien, Gabriel: aquel hombre tenía
frases que han quedado en mi memoria para siempre. Un día, siendo yo
niño, me llevó en Madrid a una reunión de músicos amigos que ejecutaban
para ellos solos el famoso _Septimino_. ¿Lo conoce usted? La obra más
«fresca» y más graciosa de Beethoven. Recuerdo a mi padrino saliendo de
la audición ensimismado, con la cabeza baja, tirando de mí, que apenas
podía seguir sus grandes zancadas. Cuando llegamos a casa, me miró
fijamente, como si yo fuese una persona mayor. «Oye, Luis--me dijo--, y
acuérdate bien de esto. En el mundo no hay más que un "Señor": Nuestro
Señor Jesucristo, y dos "señoritos": Galileo y Beethoven...»

El músico miró amorosamente el busto de yeso que desde una rinconera
contemplaba el cuartucho con entrecejo de león y ojos huraños de sordo.

--Yo no conozco a Galileo--continuó don Luis--. Sé que fue un sabio, un
genio de la ciencia. No soy más que un músico y entiendo poco de estas
cosas. Pero a Beethoven lo adoro, y creo que mi padrino se quedó corto.
Es un dios, es el hombre más extraordinario que ha producido el mundo.
¿No lo cree usted así, Gabriel?

Vibrantes sus nervios por el entusiasmo, poníase de pie y paseaba por
la habitación, pisoteando los papeles esparcidos por el suelo.

--¡Ah, cómo le envidio a usted, Gabriel, que ha corrido mundo y ha oído
tan buenas cosas! La otra noche no pude dormir pensando en lo que usted
me contó de su vida en París: aquellas tardes de los domingos, tan
hermosas, corriendo después de almorzar, unas veces a los conciertos de
Lamoreux, otras a los de Colonna, dándose un hartazgo de sublimidad...
¡Y yo aquí encerrado, sin otra esperanza que dirigir alguna misita
rossiniana en las grandes festividades...! Mi único consuelo es leer
música, enterarme por la lectura de las grandes obras que tantos tontos
oirán en las ciudades dormitando o aburriéndose. Ahí tengo en ese montón
las nueve sinfonías del «Hombre», sus innumerables sonatas, su misa, y
con él a Haydn, a Mozart, a Mendelssohn, a todos los grandes tíos, en
una palabra. Hasta tengo a Wagner. Los leo, toco en el armónium lo que
es posible, ¿y qué...? Es como si a un ciego le describieran con gran
elocuencia el dibujo de un cuadro y sus colores. Enterrado en este
claustro, sé, como el ciego, que hay en el mundo cosas muy hermosas...
pero de oídas.

El maestro de capilla guardaba del año anterior un recuerdo de
felicidad, y hablaba de él con entusiasmo. Por indicación del
cardenal-arzobispo había ido a Madrid a formar parte de un tribunal de
oposiciones para organistas.

--Fue la gran temporada, Gabriel: la mejor de mi vida. Una noche conocí
a Wagner, pero sin tapujos, como quien dice en su propia salsa. Vestido
con ropas de un violinista amigo que algunas veces toca en las fiestas
de Toledo, oí _La Walkyria_ en el paraíso del Real. Otra noche asistí a
un concierto. La gran noche, Gabriel, ¡como quien dice nada! La _Novena
Sinfonía_ de este tío feo, de este sordo mal genio que está
escuchándonos.

Y de un salto, el músico llegó hasta el busto, besándolo con humildad
infantil, como un niño acaricia al padre ceñudo e imponente.

--Usted conoce la _Novena Sinfonía_, ¿verdad, Gabriel? ¿Y qué
experimentó usted al oírla...? A mí, con la música me ocurren cosas
raras: cierro los ojos y veo paisajes desconocidos, caras extrañas; y es
notable que tantas veces como oigo las mismas obras se repiten idénticas
visiones. Si hablo de esto con las gentes de abajo, me llaman loco. Pero
usted es de los míos, y no temo que se burle. Hay pasajes musicales que
me hacen ver el mar, azul, inmenso, con olas de plata (y eso que yo
nunca he visto el mar); otras obras desarrollan ante mí bosques,
castillos, grupos de pastores y rebaños blancos. Con Schubert veo
siempre dúos de amantes suspirando al pie de un tilo, y ciertos músicos
franceses hacen desfilar por mi imaginación hermosas señoras que pasean
entre parterres de rosales vestidas de color violeta, siempre violeta. Y
usted, Gabriel, ¿no ve cosas?

El anarquista asintió. Sí; también despertaba en él la música un mundo
fantástico, de visiones más bellas que la realidad.

--Yo--continuó el sacerdote--me acuerdo de lo que me hizo ver la Novena,
lo veo ahora con sólo tararear algunos de sus pasajes. ¡Oh, aquel
_scherzo_ tan gracioso, con sus originales trémolos de timbal! Me
parece, oyéndolo, que Dios y su corte de santos han salido del cielo a
dar un paseo, dejando a los angelitos dueños de la casa. ¡Amplia
libertad!, ¡juerga general! La celeste chiquillería, sin respeto alguno,
salta de nube en nube, se entretiene en deshojar sobre la tierra las
guirnaldas de flores que han dejado olvidadas las santas. Uno abre el
compartimiento de la lluvia y la hace caer sobre el mundo; otro se
acerca a la llave de los truenos y la toca: ¡redoble espeluznante que
turba el jugueteo y los pone en fuga! Pero vuelven otra vez y continúa
la ronda graciosa, repitiéndose de nuevo las ruidosas travesuras
cortadas por los truenos. ¿Y el _adagio_? ¿Qué me dice usted de él?
¿Conoce algo más dulce, más amoroso y de tan divina serenidad? Los seres
humanos no llegarán a hablar así por más progresos que hagan. Juntos
todos los amantes famosos, no encontrarían las inflexiones de ternura
de aquellos instrumentos que parecen acariciarse. Oyéndolo, pensaba en
esos techos pintados al fresco con figuras mitológicas. Veía desnudeces,
carnes jugosas de suaves curvas, algo así como Apolo y Venus
requebrándose sobre un montón de nubes de color de rosa a la luz de oro
del amanecer.

--Capellán, que se cae usted--dijo Gabriel--. Eso no es muy cristiano.

--Pero es artístico--dijo con sencillez el músico--. Yo me ocupo poco de
religión. Creo lo que me enseñaron, y no me tomo el trabajo de averiguar
más. Sólo me preocupa la música, que alguien ha dicho que será «la
religión del porvenir», la manifestación más pura del ideal. Todo lo que
es hermoso me gusta y creo en ello como en una obra de Dios. «Creo en
Dios y en Beethoven», como dijo su discípulo.... Además, ¿qué religión
tiene la grandeza de la música? ¿Conoce usted el último cuarteto que
escribió Beethoven? Se sentía morir, y al borde de la partitura escribió
esta pregunta aterradora: «¿Es preciso?» Y más abajo añadió: «Sí; es
preciso, es preciso.» Era necesario morir, siendo un genio, abandonar la
vida cuando aún llevaba en la cabeza tantas sublimidades, pagar el
tributo a la renovación humana, sin consideración a su majestad de
semidiós. Y entonces escribió este lamento, esta despedida a la vida,
cuya grandeza no puede ser igualada por ningún canto, por ninguna
palabra de la religión.

El músico se sentó ante el armónium, y durante largo rato hizo sonar el
último lamento del genio, su queja dolorosa al transponer el umbral de
la vida, no desesperada y temblona por el miedo a lo desconocido, sino
de una melancolía varonil, que se sumerge en la eterna sombra con la
confianza de que la nada roerá inútilmente su gloria.

Estas tardes de comunión artística en aquel rincón de la catedral
adormecida ligaban a los dos hombres con un afecto creciente. El músico
hablaba, hojeaba cantando sus partituras, o hacía sonar el armónium; el
revolucionario le escuchaba silencioso, sin interrumpir a su amigo más
que con la tos de su pecho enfermo. Eran tardes de dulce tristeza, en
las que se compenetraban aquellos dos hombres: el uno, soñando con salir
de la cárcel de piedra de la catedral para ver el mundo; el otro, de
regreso de la vida, herido y desalentado, contento del obscuro reposo de
la hermosa ruina y guardando con prudente silencio el secreto de su
pasado. El arte brillaba para ellos como un rayo de sol en el ambiente
gris y monótono de la catedral.

Al encontrarse en el claustro por las mañanas, el diálogo era siempre
parecido entre los dos amigos.

--A la tarde, ¿eh?--decía misteriosamente el maestro de capilla--. Tengo
papeles frescos. Vamos a paladear una novedad que me traerán hoy.
Además, escribí anoche una cosita.

Y el anarquista contestaba afirmativamente, contento de servir en cierto
modo de entretenimiento a aquel paria del arte, que veía en él su único
auditorio y le agasajaba para retenerlo.

Mientras duraban los oficios divinos, Gabriel paseaba solo por el
claustro. Todos los hombres estaban en la catedral, excepto el zapatero
que enseñaba los gigantones. Cansado de la charla de las mujeres
asomadas a las puertas de las Claverías, subía a la habitación del
campanero, su antiguo camarada de armas, o descendía al jardín por la
monumental escalera de Tenorio cuando estaba abierta o por el arco del
Arzobispo atravesando la calle.

Gustábale pasar una hora entre los árboles. Encontraba en el jardín
iguales recuerdos de su familia que en la habitación de arriba.
Fatigado, además, de tropezar siempre en sus paseos con muros de piedra
que le recordaban la cárcel, necesitaba la movilidad de la vegetación
acariciada por el viento, forjándose la ilusión de que vivía libre en
plena campiña.

En el cenador, donde había visto a su padre en otra época, casi inmóvil
por la vejez, voceando a su hijo mayor, que acogía resignado todas sus
indicaciones, encontraba ahora a la tía Tomasa haciendo calceta y
siguiendo con ojos vigilantes el trabajo de un mocetón que había tomado
a su servicio.

La tía de Gabriel era la persona más importante de las Claverías. Su
palabra valía tanto como la de don Antolín. El _Vara de plata_ la temía,
inclinándose ante la poderosa protección que todos adivinaban detrás de
la pobre mujer. En los tiempos que su padre, abuelo materno de Gabriel,
era sacristán de la catedral, ejercía las funciones de monaguillo un
chicuelo, sobrino de cierto beneficiado que acabó por costearle la
carrera en el Seminario. El monaguillo de medio siglo antes era ahora
príncipe de la Iglesia y cardenal-arzobispo de Toledo. La vieja Tomasa y
él se habían conocido de niños, peleándose en el claustro alto por la
posesión de una estampita o haciendo jugarretas a los mendigos que
acupaban la puerta del Mollete. El imponente don Sebastián, que hacía
temblar con una mirada al cabildo y a todos los curas de la diócesis,
mostrábase alegre, fraternal y confianzudo cuando de tarde en tarde veía
a Tomasa. Era el único recuerdo vivo que quedaba de su infancia en la
catedral. Besábale la vieja el anillo con gran reverencia, pero a
continuación le hablaba como a un individuo de su familia, faltándola
poco para tutearle. El cardenal, rodeado a todas horas por el temor y la
adulación, necesitaba de vez en cuando el trato franco y descuidado de
la jardinera. Según afirmaban las gentes de la catedral, la señora
Tomasa era la única que podía decirle las verdades cara a cara a Su
Eminencia. Y los vecinos de las Claverías sentían halagado su orgullo de
parias cuando veían al príncipe eclesiástico arrastrar su sotana de
vivos rojos por los andenes de piedra para sentarse en el cenador y
charlar más de una hora con la vieja, mientras los familiares
permanecían respetuosamente de pie en la puerta de la verja.

A Tomasa no le enorgullecía este honor. Para ella, el príncipe
eclesiástico no era más que un compañero de la infancia que había tenido
cierta suerte. Á lo sumo, era don Sebastián, sin pasar más adelante en
tratamientos y fórmulas de respeto. Pero su familia sabía aprovecharse
de esta amistad, especialmente su yerno, el _Azul de la Virgen_, un
camándulas, según decía la vieja, que hacía dinero hasta de las
telarañas del templo; una hormiga insaciable que, valiéndose de la
amistad del cardenal y su suegra, iba adquiriendo nuevos privilegios,
sin que sacerdotes y sacristanes osasen la menor protesta contra él
viéndole tan bien protegido.

Gabriel gustaba mucho del trato con su tía. Era la única persona nacida
en el claustro que parecía haberse librado del influjo adormecedor del
templo. Amaba a la catedral como su casa solariega, pero no parecían
imponerle gran respeto los santos de las capillas ni las dignidades
humanas que se sentaban en el coro. Reía con la alegría de una vejez
sana y plácida; sus sesenta años, como ella afirmaba, estaban limpios de
todo daño al semejante. Su lenguaje era algo irrespetuoso y libre, como
de mujer que ha visto mucho y no cree en las majestades humanas ni en
las virtudes inexpugnables. El fondo de su carácter era la tolerancia,
la compasión para todos los defectos, pero se indignaba contra los que
pretendían ocultarlos.

--Todos son hombres, Gabriel--decía a su sobrino, hablando de los
señores de la catedral--. Don Sebastián es hombre también. Todos
pecadores, y con mucho que responder ante Dios. No pueden ser de otra
manera, y yo los excuso. Pero créeme, sobrino; muchas veces me dan ganas
de reír cuando veo a la gente arrodillada ante ellos. Yo creo en la
Virgen del Sagrario y un poquito en Dios; ¿pero en esos señores? ¡Si los
conocieran como yo...! Pero, en fin, todos hemos de vivir, y lo malo no
es tener defectos, sino ocultarlos, hacer la comedia como el
sinvergüenza de mi yerno, que ahí donde lo ves, grandote como un
castillo, se da golpes de pecho, besa el suelo lo mismo que las beatas,
está deseando mi muerte, creyendo que guardo algo en mi arcón, y quita
lo que puede del cepillo de la Virgen, y roba las velas y hace trampas
en el cobro de las misas, y ya estaría en la calle si no fuese por mí,
que pienso en mi hija, siempre enferma, y en los pobrecitos de mis
nietos.

Cuando Gabriel bajaba a verla en el jardín, le recibía con el mismo
saludo:

--¡Hola, estantigua! Hoy tienes mejor cara; te vas apañando. Parece que
tu hermano te sacará adelante con tantos cuidados.

Luego venía la comparación entre su vejez sana y vigorosa y aquella
juventud arruinada que se defendía tenazmente de la muerte.

--Aquí ves mis sesenta años: ni una enfermedad en toda mi vida. Verano e
invierno, nunca oigo las cuatro en la cama; tengo la dentadura completa
y como lo mismo que cuando don Sebastián venía con su sotana roja de
monago a quererme quitar una parte del almuerzo. Vosotros los Luna
siempre habéis sido flojuchos; tu padre, antes de llegar a mi edad, no
podía menearse y se quejaba del reúma y de la humedad de este jardín. En
él estoy yo, y nada: me encuentro lo mismo que cuando no bajaba de las
Claverías. Nosotros los Villalpando somos de hierro: por algo
descendemos de aquel famoso Villalpando que hizo la reja del altar mayor
y la Custodia y un sinnúmero de maravillas. Debía ser un gigantón, a
juzgar por la facilidad con que retorcía y moldeaba toda clase de
metales.

La ruina física de Gabriel despertaba en ella honda conmiseración,
evocando al mismo tiempo maliciosas suposiciones.

--¡Lo que te habrás divertido por esos mundos!, ¿eh, sobrino? Para ti,
la guerra fue una perdición. Ahora estarías en tu silla del coro, y
¡quién sabe si llegarías a ser otro don Sebastián! La verdad es que él,
de muchacho, dio menos que hablar que tú en el Seminario, y no era un
prodigio de sabiduría.... Pero viste mundo, le tomaste el gusto a esos
países donde dicen que hay unas señoronas muy guapas, con cada sombrero
como un quitasol. Tú estás hecho ahora un mamarracho de feo, pero antes
eras guapo; te lo digo yo, que soy tu tía, y ¡claro!, así has vuelto de
enfermo y desmirriao. Has vivido muy aprisa. ¡A saber qué cosas habrás
hecho por el mundo, camastrón! ¡Y tu pobre madre que te criaba para
santo! ¡Buena santidad nos dé Dios...! No me lo niegues, no te hagas el
bueno: las mentiras me enfadan. Te has divertido, y has hecho bien; has
cogido por los pelos todas las ocasiones. Lo malo es cómo te has
quedado, cómo has vuelto por aquí, que da lástima verte. He conocido a
muchos como tú. Yo no sé qué tienen las gentes de Iglesia, qué espíritu
malo llevan dentro, que cuando se echan a la vida es para no parar, y
arden y arden sin prudencia alguna hasta que no queda ni el cabo. Como
tú han pasado muchos por el Seminario.

Una mañana, Gabriel hizo a su tía una pregunta que llevaba preparada
mucho tiempo sin osar formularla. Quería saber qué era de su sobrina
Sagrario y lo que había ocurrido en casa de su hermano.

--Usted que es tan buena, tía, usted me lo dirá. Todos parece que teman
hablar de eso. Hasta mi sobrino el _Tato_, que es tan parlanchín y
despelleja a todos los de las Claverías, calla cuando le pregunto algo.
¿Qué ocurrió, tía...?

Se ensombreció el rostro de la vieja.

--Una gran desgracia, hijo; lo que nunca se había visto en el claustro
alto. Las locuras del mundo entraron en la catedral, y fueron a hacer
nido justamente en la casa más honrada, más antigua y más respetable de
las Claverías. Todos somos buenos; al fin, gentes que no hemos visto el
mundo ni por un agujero y vivimos aquí como en conserva; pero los Luna
habéis sido de lo bueno lo mejor; y no digamos de los Villalpando, que
os vienen a la zaga. ¡Ay, si tu madre levantase la cabeza! ¡Si tu padre
viviera...! Yo a quien doy toda la culpa es a tu hermano, por buenazo,
por simple, por esa maldita manía de todos los padres, que desafían el
peligro con la esperanza de colocar bien a las hijas....

--Pero ¿cómo fue, tía? ¿Qué pasó entre mi sobrina y el cadete?

--Lo que pasa con frecuencia en el mundo y aquí no había ocurrido nunca.
Mil veces le sermoneé a tu hermano: «Mira, Esteban, que ese señorito no
es para tu hija.» Muy simpático, muy vivaracho, llevando el uniforme de
la Academia como nadie y capitaneando el grupo más endiablado de cadetes
en sus calaveradas por toda la ciudad. Además, hijo de una gran familia;
señorones adinerados que nunca le dejaban ir por Toledo con el bolsillo
vacío. Y ella, la pobre Sagrario, bobita de amor, chalada por su cadete,
orgullosa cuando paseaba los domingos por Zocodover o el Miradero entre
su madre y aquel novio tan apuesto que le envidiaban las señoritas de la
ciudad. La hermosura de tu sobrina hacía hablar a todo Toledo. Las del
Colegio de Doncellas Nobles la apodaban por envidia «la sacristana de la
catedral»; pero ella, la pobrecita, sólo vivía para su cadete, y parecía
querer bebérselo con sus ojazos azules. El bestia de tu hermano lo
dejaba entrar en su casa, muy orgulloso del honor que hacía a la
familia. Ya sabes, Gabriel: la eterna ceguera de ciertos toledanos de
medio pelo, que aceptan como una gloria el noviazgo del cadete con la
niña, a pesar de que son rarísimos los casos en que estos amores llegan
al matrimonio. Aquí no hay mujer que posea un mediano palmito y se
escape de haber tenido su miaja de encariñamiento por unos pantalones
colorados. Hasta yo misma recuerdo que de chica me atusaba el pelo y me
estiraba la falda cuando oía arrastrar un sable por las losas del
claustro. Es una ceguera que pasa de madres a hijas, y eso que ellos,
los malditos, tienen sus primas o sus novias allá en su tierra, y a
ellas vuelven así que salen de la Academia.

--Bueno, tía; pero ¿en qué paró lo de mi sobrina?

--Cuando el tal señorito salió teniente, su familia consiguió que lo
destinaran a Madrid. La despedida fue cosa de teatro. Yo creo que hasta
el bragazas de tu hermano y la simple de su mujer (que en gloria esté)
lloraron como si fueran ellos la novia. Los muchachos se cogían las dos
manos, y así se estaban las horas, mirándose en los ojos como si
quisieran comerse. Él estaba más tranquilo: prometía venir todos los
domingos, escribir todos los días. Al principio así lo hizo; pero
después pasaron las semanas sin viaje y el cartero subió con menos
frecuencia a las Claverías, hasta que llegó a no subir.... Se acabó: el
señorito teniente tenía en Madrid otras ocupaciones. Tu pobre sobrina se
puso perdida: se desvanecieron los Colores de su cara; ya no era aquel
albaricoque fresquito, de piel fina, que daba ganas de morderlo. Lloraba
por los rincones como una Magdalena... y un día, la muy loca, voló... y
hasta ahora....

--Pero ¿adónde fue? ¿No la buscaron?

--Tu hermano se puso perdido. ¡Pobre Esteban! Algunas noches lo
sorprendimos en ropas menores en el claustro alto, tieso como un poste,
mirando al cielo fijamente con unos ojos que parecían de vidrio. No
había que hablarle de buscar a la chica: se enfurecía. El escándalo
estaba dado, y no quería agravarlo recogiéndola, haciendo entrar a una
perdida en la Iglesia Primada, en la honrada casa de los Luna. Más de un
año estuvimos en las Claverías como aplastados por este suceso. Parecía
que todos llevábamos luto. ¡Ya ves: ocurrir esto en la catedral, aquí,
donde pasan los años en santa tranquilidad, sin que nos digamos una
palabra más alta que la otra...! Yo me acordé entonces de ti. Parecía
imposible que de los Luna, tan tranquilos y formalotes, hubiese podido
salir una muchacha con redaños bastantes para escapar a ese Madrid,
donde nunca había estado, juntándose con su hombre, sin miedo a Dios y a
las gentes. ¿A quién podía parecérsele la mosquita muerta? A su tío, a
Gabriel, que iba para santo, y sin embargo, después de hacer la guerra
como un lobo, rodaba por el mundo lo mismo que los gitanos.

Gabriel no protestó del concepto que la tía se forjaba de su pasado.

--Y después de la fuga, ¿qué ha sabido usted de la chica?

--Al principio, mucho; después, ni una palabra. Vivían en Madrid los dos
juntos, recatándose de la gente, en santa tranquilidad, como si fuesen
marido y mujer. Esto duró algún tiempo, y yo misma, al saber tales
cosas, dudaba de mi malicia, pensando si el muy condenado se habría
vuelto buena persona y acabaría casándose con Sagrario. Pero al año se
terminó todo. Él estaba cansado y la familia intervino para que la
calaverada no cortase el porvenir del muchacho. Hasta buscaron a la
policía para que, amenazando a la chica, no molestase más al oficialete
con sus terquedades de abandonada. Luego... nada sé de cierto. De vez en
cuando me han dicho algo los que van a Madrid. La han visto algunos,
pero mejor hubiese sido que no la vieran. Una vergüenza, Gabriel; una
deshonra para vuestra familia, que es la mía. Esa infeliz es lo peor de
lo peor. Me han dicho que ha estado muy enferma; creo que aún lo está;
figúrate: ¡esa vida!, ¡y durante cinco años!, ¡lo que le habrá ocurrido
a la infeliz...! ¡Y pensar que es la hija de mi hermana!

Hablaba la señora Tomasa con voz conmovida.

--Después, Gabriel, ya sabes lo que ocurrió aquí. Se murió tu pobre
cuñada, no sabemos de qué. Fue cosa de pocos días; tal vez de vergüenza,
pues murió diciendo que ella era la culpable de todo. La partía el
corazón ver cómo había quedado tu hermano después del suceso. Siempre ha
sido Esteban poco cosa, pero luego de lo de su hija quedó como
imbécil... ¡Ay, muchacho! También me ha tocado algo a mí. Así como me
ves, tan alegre, tan satisfecha de vivir, a ratos se me clava aquí en la
frente el recuerdo de esa infeliz, y como mal y duermo peor, pensando
que una criatura que al fin lleva mi sangre va perdida por el mundo,
sirviendo de juguete a los hombres, sin que nadie la ampare, como si
estuviera sola, como si no tuviese familia.

La señora Tomasa se pasó por los ojos la punta del delantal. Temblaba su
voz, y por sus mejillas enjutas de vieja caían las lágrimas.

--Tía, usted es muy buena--dijo Gabriel--, pero debía preocuparse más de
esa infeliz. Había que recogerla, que salvarla; traerla aquí.... Hay que
ser misericordioso con las debilidades ajenas, y más aún cuando la
víctima es carne nuestra.

--¡Ay, hijo! ¿A quién se lo dices? Mil veces he pensado en esto, pero me
da miedo tu hermano. Es un pedazo de pan, pero se vuelve una fiera
cuando le hablan de su hija. Aunque la encontrásemos y se la trajésemos,
no querría admitirla. Se indigna como si le propusieran un sacrilegio.
No podría sufrir con calma su presencia en la casa que fue de vuestros
padres. Además, aunque no lo dice, teme el escándalo de todos los
vecinos de las Claverías, que conocen lo ocurrido. Esto es lo más fácil
de arreglar. Ya se cuidarán todos de no abrir la boca estando yo de por
medio. Pero tu hermano me da miedo. No me atrevo.

--Yo la ayudaré--dijo con firmeza Gabriel--. Busquemos a la chica, y una
vez la tengamos, me encargaré yo de Esteban.

--Dificilillo es encontrarla. Hace tiempo que nada sé de ella. Sin duda
los que la ven se privan de decirlo por no darnos disgusto. Pero yo
averiguaré.... Veremos, Gabriel... pensaremos en ello.

--¿Y los canónigos? ¿Y el cardenal? ¿No se opondrán a que la pobre
muchacha vuelva a las Claverías?

--¡Bah! La cosa ocurrió hace tiempo y pocos se acuerdan. Además, la
muchacha podemos llevarla a un convento, para 

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