Juanita La Larga
by Juan Valera · Spanish · Gutenberg #16484 · 433,031 chars · public domain (US)
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Title: Juanita La Larga
Author: Juan Valera
Release date: August 8, 2005 [eBook #16484]
Most recently updated: December 12, 2020
Language: Spanish
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Credits: Produced by Chuck Greif
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Produced by Chuck Greif
JUAN VALERA
JUANITA LA LARGA
PROLOGO DE PAULINO GARAGORRI
SALVAT EDITORES, S.A.
1982 Salvat Editores, S.A.
Impreso en:
Gráficas Estella, S.A. Estella (Navarra)-1983
I.S.B.N. 84-345-8003-9 (obra completa)
I.S.B.N. 84-345-8011-X (tomo 8)
Depósito Legal: NA-40-1983
Printed in Spain
Edición Integra especialmente autorizada
para BIBLIOTECA BÁSICA SALVAT
PROLOGO
Don Juan Valera no fue solamente novelista. Escribió mucho, Algo de
todo, según reza el título de uno de sus libros, y lo hizo a despecho de
vacilaciones y desengaños. «Varias veces me di ya por vencido, y hasta
por muerto; mas, apenas dejé de ser escritor, cuando reviví como tal
bajo diversa forma. Primero fui poeta; luego periodista; luego crítico;
luego aspiré a filósofo; luego tuve mis intenciones y conatos de
dramaturgo, y al cabo traté de figurar como novelista.... Bajo esta
última forma es como la gente me ha recibido menos mal; pero, aun así,
no las tengo todas conmigo.» Hoy, Valera es un autor clásico reconocido
en toda historia de nuestra literatura, pero la frase final de la cita
transcrita no es sólo fórmula de buena crianza para evitar la propia
ponderación, sino confidencia íntima de un hombre que ha corrido mucho
pero sin asiento ni rumbo seguro. Pues, además de tantear la carrera de
escritor, cultivando tan diversos géneros literarios, empeñó su tiempo
en otras profesiones. En su larga vida (muere cumplidos los ochenta y
uno) residió muchos años fuera de España--en Nápoles, Lisboa, Río,
Dresde, Moscú, Francfort, Washington, Bruselas, Viena--, con cargos
diplomáticos que le confería o retiraba el Gobierno según estuviese
regido por amigos o enemigos políticos. Y él quiso y logró intervenir
activamente en la política, como diputado en varias legislaturas, y aun
llegó a Subsecretario de Estado, pero por muy poco tiempo y al favor de
la Revolución de Septiembre de 1868, tan gloriosa como fugaz. Tenía,
además, algo de hacienda propia, heredada, en tierras de Córdoba, con lo
que a veces salía de apuros y otras se veía envuelto en obligaciones.
Casó ya cuarentón con una joven a la que doblaba en edad y cuyo
carácter resultó poco acordado a sus gustos. «Mi casa--escribe a un
amigo--es el rigor de las desdichas. No me ha valido la posición que
aquí tengo (de embajador, en Lisboa), los dineros, tal vez más de lo
conveniente, que gasto, ni nada, para que mi mujer esté alegre y
satisfecha y no me muela.... En suma, yo estoy archifastidiado. No se
case usted nunca. Razón tuvo la Iglesia católica en establecer el
celibato para los clérigos, y clérigos somos usted y yo» (Valera se
dirigía a Menéndez Pelayo). Su vida fue, pues, movediza, con paréntesis
y alternativas, y a los giros de la biografía personal hay que sumar los
grandes cambios que en la sociedad española le tocó presenciar y
compartir, desde el siniestro Fernando VII--nació en 1824--a las
frivolidades de don Alfonso XIII--muere en 1905--. Sufrió, además,
algunos pesares acerbos: la muerte de su hijo primogénito y predilecto,
cuando él estaba lejos y solo, en Washington; el caso de una distinguida
joven americana tan perdidamente enamorada, cuando él tenía cumplidos
los sesenta años, que se suicidó al abandonar Valera aquellas tierras.
Y, sin embargo, creo difícil hallar en toda la literatura castellana un
autor que pueda ofrecer tantas páginas risueñas, divertidas y penetradas
por un amor a la vida que anega las desventuras y limitaciones
inevitables en una comprensión optimista que, al cabo, valora más la
complacencia en lo realmente existente que en los defectos y ausencias
que se echan de menos. No es que don Juan Valera fuese hombre bondadoso
y contentadizo; por el contrario, sus dotes de crítico, su inteligencia
penetrante e irónica fueron superlativas, aunque embozadas, porque el
tiempo que le tocó vivir lo requería. Pero siempre el _panfilismo_--el
«amor a todo»--, como él decía, sobrenada en sus páginas. Y
principalmente en su labor, tardía, de novelista.
Las novelas de Valera aparecen en dos etapas. En la primera, en los
cinco años que median entre 1874 y 1879, se publican _Pepita Jiménez_,
_Las ilusiones del doctor Faustino_, _El comendador Mendoza_, _Pasarse
de listo_ y _Doña Luz_, en una racha de excepcional intensidad; tenía
Valera por entonces entre cincuenta y cincuenta y cinco años, y en la
dedicatoria que antepuso a _El comendador Mendoza_ figuran las
confidencias que cité al comienzo. De haber continuado a ese aire, don
Juan Valera hubiese escrito tanto como Galdós--el más grande de los
novelistas españoles, y no sólo en cantidad--y su vida y su obra serían
otras. Mas, a pesar del esfuerzo del autor y de la benévola aceptación
del público, las cuentas domésticas no cuadraban, se acentuaba la
«escasez de metales preciosos» y, al amparo de otra oportunidad, Valera
volvió a la diplomacia. Son los años de Lisboa, Washington, Bruselas,
Viena. En Viena cumplirá los setenta años, pero al siguiente sale
Sagasta y entra Cánovas al Gobierno, y Valera se considero obligado a
dimitir del que sería su último cargo. Vuelto a Madrid, de nuevo se pone
seguidamente a escribir, o a dictar al amanuense cuando pierde la vista,
y continuará sin tregua hasta el fin de sus días. En esta última etapa,
su primer libro será, precisamente, Juanita la Larga (1895); luego
_Genio y figura_ (1897) y _Morsamor_ (1899), además de componer otros
varios libros, y aun otra novela, de edición póstuma e inacabada, _Elisa
la malagueña_.
Las novelas fueron, pues, frutos tardíos en la vida de Valera y
resultado de dos etapas distantes y relativamente breves. Sin embargo,
su inspiración no procedía de factores azarosos ni circunstanciales. En
rigor, y salvando las excepciones que lo confirman, cabe decir que una y
otra vez Valera escribió y reescribió principalmente una sola novela, la
biografía de un determinado tipo de mujer, situada en un ambiente que no
procede de experiencias en tierras y con gentes extrañas, ni siquiera en
Madrid, sino el de su tierra natal, la ciudad de Cabra, y el municipio
próximo de Doña Mencía; en ambos lugares es donde sus padres tenían
alguna propiedad y él pasó en ellos su infancia y mocedad. Luego los
visitó poco, pero abrigó siempre el propósito de retirarse a Cabra solo
y con sus libros, a escribir y leer, y ocupar así sus postrimerías. Unas
estancias con ocasión de la vendimia, en torno al año 72, debieron
refrescarle emociones y sucesos vividos, y de ese renacimiento de
impresiones añejas salió precisamente la primera racha de sus novelas.
Para la segunda bastaron los recuerdos. Otro elemento se reitera
igualmente en sus novelas: el amor, difícil, entre el varón bastante
maduro y la mujer todavía en agraz.
Entre las páginas más felices de Valera figuran las que título La
cordobesa, descripción y análisis precioso de la mujer de su tierra.
Pues bien, el héroe de sus novelas es precisamente una serie de
cordobesas a las que vemos vivir en el marco andaluz y lugareño que les
presta sus gracias y sus límites. Las novelas de Valera están llenas de
detalles, sin duda observados en la realidad, y no sólo detalles de
objetos y lugares, sino de gentes y aun personas reales. Sin embargo,
Valera, al explayarse en el plano teórico, solía insistir en los
ilimitados fueros de la fantasía y en la postura del arte por el arte.
Frente al naturalismo zolesco y frente a otros realismos más castizos,
estimaba que la novela no ha de recluirse en lo verosímil ni contener
una intención moralizante. Mediante esas afirmaciones amparaba, además,
a sus propias novelas, en las que presumía de libre invención y libres
de tesis. Pero, aludiendo en particular a Juanita la Larga, escribía:
«No sé si este libro es novela o no. Lo he escrito con poquísimo arte,
combinando recuerdos de mi primera mocedad y aun de mi niñez, pasada en
tal o cual lugar de la provincia de Córdoba. A fin de tener libre campo
en que fingir una acción, no determino el lugar en que la acción pasa e
invento uno, dándole nombre supuesto; pero yo creo que los usos y
costumbres, los caracteres, las pasiones y hasta los lances de mi relato
han podido suceder, naturalmente, y tal vez han sucedido, siendo yo, en
cierto modo, más bien historiador fiel y veraz que novelista rico de
imaginación y de inventiva. Si no fuese porque ahora está muy de moda
este género de novelas, copia exacta de la realidad y no creación del
espíritu poético, yo daría poquísimo valor a mi obra. No lo tiene
tampoco porque trate de demostrar una tesis metafísica, psicológica,
social, política o religiosa. Juanita la Larga no propende a demostrar
ni demuestra cosa alguna. Su mérito, si lo tuviese, ha de estar en que
divierta.» Y todavía agrega: «Mi libro puede considerarse como un espejo
o reproducción fotográfica de nombres y de cosas de la provincia en que
yo he nacido.» Es decir, que, al cabo, en esta obra de plena madurez,
reconoce el predominio de la vena realista, pero mantiene que en ella no
pretende demostrar nada oculto ni reservado.
Y, sin embargo, la aventura reiteradamente encarnada en ese determinado
tipo de mujer que Valera, se complace en describir y animar constituye,
a mi entender, una tesis y su viviente demostración. Contra el pesimismo
y el determinismo propios del naturalismo, Valera nos mostrará un mundo
en el que la libre decisión y el optimismo alcanzan el triunfo. Todas
sus heroínas tienen algo grave--a los ojos de la sociedad de su
tiempo--que hacerse perdonar. Y lo que Valera nos muestra es, por así
decirlo, de lo que es capaz una mujer si tiene resolución y buenas
hechuras. Pobreza extrema y vileza de nacimiento cierran el horizonte
de Juanita, hija de Juana la Larga, y le prohíben, por ejemplo, vestirse
de seda, mas se trata de una criatura indómita y... el lector va a verla
actuar por sí mismo en las páginas que siguen, y no debo adelantarle las
sorpresas que le esperan. Pero Valera profesaba ciertamente la religión
del arte, y esa y otras tesis se hacen casi invisibles tras las
peripecias de los personajes y la prosa admirable que constituye su
sobrehaz y su atractivo.
Es opinión compartida--a la que, en esta oportunidad, me sumo--que
_Juanita la Larga_ es la mejor entre las novelas que escribió Valera. La
multiplicidad de los personajes con relieve en la trama, sin mengua del
protagonismo de la heroína; las sucesivas transformaciones de la
situación, que sin interrupción reinician y amplían la historia; el
razonable reparto de bondad y malicia entre los que hacen el
papel--inevitable--de buenos y malos; la perfección que alcanzan algunos
de los clisés, ya ensayados por el autor en anteriores producciones, son
algunas de entre las razones que lo justifican, y a las que me cabe
aludir en las contadas líneas de este prólogo.
_PAULINO GARAGORRI_
I
Cierto amigo mío, diputado novel, cuyo nombre no pongo aquí porque no
viene al caso, estaba entusiasmadísimo con su distrito y singularmente
con el lugar donde tenía su mayor fuerza, lugar que nosotros
designaremos con el nombre de Villalegre. Esta rica, aunque pequeña
población de Andalucía, estaba muy floreciente entonces, porque sus
fértiles viñedos, que aún no había destruido la filoxera, producían
exquisitos vinos, que iban a venderse a Jerez para convenirse en
jerezanos.
No era Villalegre la cabeza del partido judicial, ni oficialmente la
población más importante del distrito electoral de nuestro amigo; pero
cuantos allí tenían voto estaban tan subordinados a un grande elector,
que todos votaban unánimes y, según suele decirse, volcaban el _puchero_
en favor de la persona que el gran elector designaba. Ya se comprende
que esta unanimidad daba a Villalegre, en todas las elecciones, la más
extraordinaria preponderancia.
Agradecido nuestro amigo al cacique de Villalegre, que se llamaba don
Andrés Rubio, le ponía por las nubes y nos le citaba como prueba y
ejemplo de que la fortuna no es ciega y de que concede su favor a quien
es digno de él, pero con cierta limitación, o sea sin salir del círculo
en que vive y muestra su valer la persona afortunada.
Sin duda, don Andrés Rubio, si hubiera vivido en Roma en los primeros
siglos de la era cristiana, hubiera sido un Marco Aurelio o un Trajano;
pero como vivía en Villalegre y en nuestra edad, se contentó y se
aquietó con ser el cacique, o más bien el César o el emperador de
Villalegre, donde ejercía mero y mixto imperio y donde le acataban todos
obedeciéndole gustosos.
El diputado novel, no obstante, ensalzaba más a otro sujeto del
distrito, porque sin él no se mostraba la omnipotencia bienhechora de
don Andrés Rubio. Así como Felipe II, Luis XIV, el papa León X y casi
todos los grandes soberanos han tenido un ministro favorito y constante,
sin el cual tal vez no hubieran desplegado su maravillosa actitud ni
hubieran obtenido la hegemonía para su patria, don Andrés Rubio tenía
también su ministro que, dentro del pequeño círculo donde funcionaba,
era un Bismarck o un Cavour. Se llamaba este personaje don Francisco
López y era secretario del Ayuntamiento, pero nadie le llamaba sino don
Paco.
Aunque había cumplido ya cincuenta y tres años, estaba tan bien
conservado que parecía mucho más joven. Era alto, enjuto de carnes, ágil
y recio, con poquísimas canas aún, atusados y negros los bigotes y la
barba, muy atildado y pulcro en toda su persona y traje, y con ojos
zarcos, expresivos y grandes. No le faltaba ni muela ni diente, que los
tenía sanos, firmes y muy blancos e iguales.
Pasaba don Paco por hombre de amenísima y regocijada conversación,
salpicada de chistes con que hacía reír sin ofender mucho ni lastimar al
prójimo, y por hábil narrador de historias, porque conocía perfectamente
la vida y milagros, los lances de amor y fortuna y la riqueza y la
pobreza de cuantos seres humanos respiraban y vivían en Villalegre y en
veinte leguas a la redonda.
Esto, en lo tocante al agrado. Para lo útil, don Paco valía más: era un
verdadero factótum. Como en el pueblo, si bien había dos licenciados y
tres doctores en Derecho, eran abogados _Peperris_, o sea, de secano,
todos acudían a don Paco, que rábula y jurisperito, sabía más de leyes
que el que las inventó, y los ayudaba a componer o componía cualquier
pedimento o alegato sobre negocio litigioso de algún empeño y cuantía.
El escribano era un zoquete, que había heredado la escribanía de su
padre, y que sin las luces y la colaboración de don Paco apenas se
atrevía a redactar ni testamento, ni contrato matrimonial, de
arrendamiento o de compraventa, ni escritura de particiones. El alcalde
y los concejales, rústicos labradores, por lo común, a quienes don
Andrés Rubio hacía elegir o nombrar, le estaban sometidos y devotos, y
como no entendían de reglamentos ni de disposiciones legales sobre
administración y hacienda, don Paco era quien repartía las
contribuciones y lo disponía todo. Cuidaba al mismo tiempo de la
limpieza de la villa, de la conservación de las Casas Consistoriales y
demás edificios públicos y del buen orden y abastecimiento de la
carnicería y de los mercados de granos, legumbres y frutas; y era tan
campechano y dicharachero, que alcanzaba envidiable favor entre los
hortelanos y verduleras, quienes solían enviar a su casa, para su
regalo, según la estación, ya higos almibarados, ya tiernas lechugas, ya
exquisitas ciruelas claudias o ya los melones más aromáticos y dulces.
El carnicero estaba con don Paco a partir un piñón, y de seguro que si
alguna becerrita se perniquebraba y había que matarla, lo que es los
sesos, la lengua y lo mejorcito del lomo no se presentaba en otra mesa
sino en la de don Paco, a no ser en la de su hija, de quien hablaremos
después.
Asombrosa era la actividad de don Paco, pero distaba mucho de ser
estéril. Con tantos oficios florecía él y medraba que era una bendición
del Cielo, y aunque había empezado en su mocedad por no poseer más que
el día y la noche, había acabado por ser propietario de buenas fincas.
Poseía dos hazas en el ruedo, de tres fanegas la una. La otra sólo tenía
una fanega y cinco celemines; pero como allá en lo antiguo había estado
el cementerio en aquel sitio, la tierra era muy generosa y producía los
garbanzos más mantecosos y más gordos y tiernos que se comían en toda la
provincia, y en cuya comparación eran balines los celebrados garbanzos
de Alfarnate. Poseía también don Paco quince aranzadas de olivar, cuyos
olivos no eran ningunos cantacucos, sino muy frondosos y que llevaban
casi todos los años abundante cosecha de aceitunas, siendo famosas las
gordales, que él hacía aliñar muy bien, y que, según los peritos en esta
materia, sobrepujaban a las más sabrosas aceitunas de Córdoba, tan
celebradas ya en _La gatomaquia_ por el Fénix de los Ingenios, Lope de
Vega.
Por último, poseía don Paco la casa en que vivía, donde no faltaban
bodega con diez tinajas de las mejores de Lucena, un pequeño lagar y una
candiotera con más de veinte pipas entre chicas y grandes. Para llenar
las pipas y las tinajas era don Paco dueño de un hermoso majuelo, que
casi tenía seis fanegas de extensión; y aunque su producto no bastaba,
solía él comprar mosto en tiempo de la vendimia, o más bien comprar uva,
que pisaba en el lagar de su casa.
Era ésta de las buenas del pueblo, con corral donde había muchas
gallinas, y con patio enlosado y lleno de macetas de albahaca, brusco,
evónimo, miramelindos, dompedros y otras flores.
Claro está que para las faenas rústicas del lagar, del trasiego del vino
y de la confección del aceite, hombres y bestias entraban por una
puertecilla falsa que había en el corral. En suma, la casa era tal y tan
cómoda y señoril, que si la hubiera alquilado don Paco, en vez de
vivirla, no hubiese faltado quien le diese por ella cuatrocientos reales
al año, limpios de polvo y paja, esto es, pagando la contribución el
inquilino.
Menester es confesar que todo este florecimiento tenía una terrible
contra: la dependencia de don Andrés Rubio, dependencia de que era
imposible o por lo menos dificilísimo zafarse.
Por útiles y habilidosos que los hombres sean, y por muy aptos para
todo, no se me negará que rara vez llegan a ser de todo punto
necesarios, singularmente cuando hay por cima de ellos un hombre de
voluntad enérgica y de incontrastable poderío a quien sirven y de cuyo
capricho y merced están como colgados. Don Andrés Rubio había, digámoslo
así, hecho a don Paco; y así como le había hecho, podía deshacerle. No
le faltarían para ello persona o personas que reemplazasen a don Paco,
repartiéndose sus empleos, si una sola no era bastante a desempeñarlos
todos con igual eficacia y tino.
Don Paco tenía plena conciencia de lo que debía y de lo que podía
esperar y temer aún de don Andrés; de suerte que tanto por gratitud
cuanto por prudencia previsora, le servía con la mayor lealtad y celo y
procuraba complacerle siempre. Don Paco, sin embargo, no recelaba mucho
perder su elevada posición y su envidiable privanza. Además de contar
con su rarísimo mérito, estaba agarrado a muy buenas aldabas.
II
Viudo hacía ya más de veinte años, tenía una hija de veintiocho, que
había sido la más real moza de todo el lugar, y que era entonces la
señora más elegante, empingorotada y guapa que en él había, culminando y
resplandeciendo por su edad, por su belleza y por su aristocrática
posición, como el sol en el meridiano. Hacía ya diez años que ella había
logrado cautivar la voluntad del más ilustre caballero del pueblo, del
mayorazgo don Alvaro Roldán, con quien se había casado y de quien había
tenido la friolera de siete robustos y florecientes vástagos entre hijos
e hijas.
El tal don Alvaro vivía aún con todo el aparato y la pompa que suelen
desplegar los nobles lugareños. Su casa era la mejor que había en
Villalegre, con una puerta principal adornada, a un lado y a otro, de
magníficas columnas de piedra berroqueña, estriadas y con capiteles
corintios. Sobre la puerta estaba el escudo de armas, de piedra también,
donde figuraban leones y perros, calderas, barcos y castillos y multitud
de monstruos y de otros objetos simbólicos que para los versados en la
utilísima ciencia del blasón daban claro testimonio de su antigüedad y
sublimidad de su prosapia.
Decían las malas lenguas, y en los lugares nunca faltan, que don Alvaro
estaba atrasado, que tenía hipotecadas algunas de sus mejores fincas y
que debía bastante dinero; pero yo las supongo hablillas calumniosas,
porque él vivía como si nada debiese. Le servían muchos criados,
constantes unos y entrantes y salientes otros; y como era aficionadísimo
a la caza, no le faltaban una jauría de galgos, podencos y pachones, y
dos hábiles cazadores o escopetas negras, que solían acompañarle.
En la casa había jardín, y además un desmesurado corralón, donde, para
mayor recreo y gala, no se encerraban sólo gallinas y pavos, sino, en
apartados recintos, venados y corzos traídos vivos de Sierra Morena, y
por último, amarrado a fuerte cadena de hierro, por temor a sus
travesuras y ferocidades, un enorme mono que había enviado de Marruecos
un capitán de Infantería, primo del señor.
Doña Inés, que así se llamaba la hija de don Paco, venerada esposa de
don Alvaro Roldán, tenía también muchos costosos caprichos de varios
géneros. Se vestía con lujo y elegancia no comunes en los lugares;
sustentaba canarios, loros y cotorras; era golosísima y delicada de
paladar, y los mejores platos de carne y los almíbares más apetitosos se
comían en su mesa. El chocolate, que se elaboraba en su casa dos veces al
año, gozaba de nombradía en toda la comarca.
Como don Alvaro Roldán estaba ausente más de la mitad del tiempo, ya
cazando conejos, perdices y liebres, ya en distantes monterías, ya en
las ferias más concurridas de los cuatro reinos andaluces, doña Inés se
quedaba sola, pero tenía para distraerse varios recursos, además de la
lectura de libros serios.
Su criada favorita, llamada Serafina, era una verdadera joya, lo que se
llama un estuche. Sabía tocar la guitarra rasgueando y de punteo;
cantaba como una calandria, tanto las melancólicas playeras como el
regocijado fandango. Su memoria era rico arsenal o archivo de coplas,
tiernas o picantes, en que la casta musa popular no siempre merecía el
mencionado calificativo con que algunos la designaban.
No se entienda por esto que doña Inés gustase de conversaciones libres y
escabrosas. Cuanto no era lícito y puro en el pensamiento y en la
palabra ofendía sus oídos de austera matrona; pero en un lugar hay que
sufrir tales libertades o hay que aparentar que no se oyen. El propio
don Alvaro no era nada mirado en el hablar, ni menos aún lo eran las
personas que le rodeaban. Valga para ejemplo cierto mozo, de unos quince
años de edad, hijo del aperador y favorito de don Alvaro, que este tenía
siempre en casa para que entretuviese a los niños. Como el aperador era
Calvo de apellido, al mozo le apellidaban Calvete. Y para que se vea lo
mucho que hubo de sufrir en ocasiones la pulcritud de doña Inés, he de
citar un caso que de Calvete me han referido.
Antes que cumpliese dos años el primogénito de los Roldanes, logró
Calvete enseñarle a pronunciar con la mayor perfección cierto vocablo de
tres sílabas en que hay una aspiración muy fuerte. Encantado con su
triunfo pedagógico, corrió por toda la casa gritando como un loco:
--¡Señor don Alvaro! ¡Ya lo dice claro! ¡El señorito lo dice claro!
Doña Inés se disgustó y rabió, pero don Alvaro quedó más encantado que
Calvete y le dio en albricias un doblón de a cuatro duros, después que
el niño dijo delante de él la palabreja y él admiró el aprovechamiento y
la precocidad del discípulo y la virtud didáctica del maestro.
Amigas tenía pocas doña Inés, porque casi todas las hidalguillas y
labradoras de la población estaban muy por bajo de ella en
entendimiento, ilustración, finura y riqueza.
Quien más acompañaba, por consiguiente, en su soledad a la señora doña
Inés era el cacique don Andrés Rubio, embobado con el afable trato de
ella y cautivo de su discreción y de su hermosura. Daba esto ocasión a
que los maldicientes supusiesen y dijesen mil picardías. Pero ¿quién en
este mundo está libre de una mala lengua y de un testigo falso? ¿Cómo la
gente grosera de un lugar ha de comprender la amistad refinada y
platónica de dos espíritus selectos? El señor cura párroco era de los
pocos que verdaderamente la comprendían, y así encontraba muy bien
aquella amistad, y acaso daba gracias a Dios de que existiese, porque
redundaba en bien de los pobres y de la iglesia, a quien doña Inés y
don Andrés, puestos de acuerdo, hacían muchos presentes y limosnas.
Era el cura párroco un fraile exclaustrado de Santo Domingo, muy severo
en su moral, muy religioso y muy amigo del orden, de la disciplina y del
respeto a la jerarquía social. Casi siempre en sus pláticas, en sus
conversaciones particulares y en los sermones, que predicaba con
frecuencia porque era excelente predicador, clamaba mucho contra la
falta de religión y contra la impiedad que va cundiendo por todas
partes, con lo cual los ricos pierden la caridad y los pobres la
resignación y la paciencia, y en unos y en otros germinan y fermentan
los vicios, las malas pasiones y las peores costumbres.
El padre Anselmo, que así se llamaba el cura párroco, admiraba de buena
fe a la señora doña Inés como a un modelo de profunda fe religiosa y de
distinción aristocrática. Era el tipo ideal realizado de la gran señora,
tal como él se la imaginaba. Ni siquiera le faltaban a doña Inés
ocasiones en que ejercitar las raras virtudes del prudente disimulo para
no dar escándalos, de la santa conformidad con la voluntad de Dios y de
la longanimidad benigna para perdonar las ofensas. Bien sabía toda la
gente del lugar los malos pasos en que don Alvaro Roldán solía andar
metido. A menudo, sobre todo en las ferias, jugaba al monte y hasta al
cañé; y lo que es peor, era tan desgraciado o tan torpe, que casi
siempre perdía. Para consolarse apelaba a un lastimoso recurso: gustaba
de empinar el codo, y aunque tenía un vino regocijado y manso, siempre
era grandísimo tormento para una dama tan en sus puntos tener a su lado
y como compañero a un borracho.
Por último, aquel empecatado de don Alvaro, aunque tenía tan egregia y
bella esposa, se dejaba llevar a menudo de las más villanas
inclinaciones, y en una o en otra de sus dos magníficas caserías alojaba
con mal disimulado recato a alguna daifa, por lo común forastera, que
había conocido y con quien había simpatizado, ya en esta feria, ya en la
otra.
Como se ve, don Alvaro distaba mucho de ser un modelo de perfección. El
padre Anselmo no ignoraba sus extravíos, contribuyendo esto a hacer más
respetable a sus ojos a la prudente y sufrida señora.
Era tal la distinción aristocrática de doña Inés, que, sin poder
remediarlo, hasta en su padre encontraba cierta vulgar ordinariez que la
afligía no poco; pero como doña Inés tenía muy presentes los
mandamientos de la Ley de Dios y los observaba con exactitud rigurosa,
nunca dejaba de honrar a su padre como debía, si bien procuraba honrarle
desde lejos y no verle con frecuencia, a fin de no perder las ilusiones.
En suma, don Andrés el cacique era la única persona que por naturaleza
estaba a la altura de doña Inés y era capaz de comprenderla y admirarla.
Y digo por naturaleza, porque el padre Anselmo, aunque por naturaleza
era entendido, estaba, además, tan ayudado y tan ilustrado con la gracia
de Dios, que comprendía como nadie el valor y las excelencias de doña
Inés, y era muy digno de su trato familiar, teniendo con ella
piadosísimos coloquios, en los cuales se desataba contra la abominable
corrupción de nuestro siglo y contra la blasfema incredulidad que
prevalece en el día y que se va apoderando de todos los espíritus.
III
Sin el menor artificio he presentado ya a mis personajes, a varios de
los personajes principales que han de figurar en la presente historia;
pero me quedan dos todavía, de los cuales conviene dar previamente
alguna noticia.
Don Paco, según hemos dicho, era un hombre enciclopédico, de varias
aptitudes y habilidades; la mano derecha del cacique y la subordinada
inteligencia que hacía que en el lugar la soberana voluntad del cacique
se respetase y cumpliese.
Había, sin embargo, en Villalegre otra persona, que en más pequeña
esfera y en más reducidos términos, si no competía, se acercaba mucho al
mérito de don Paco por la multitud de sus conocimientos y habilidades y
por lo hacendosa y lista que era.
Hablo aquí de la famosísima Juana la Larga. Imposible parece que esta
mujer atinase a hacer bien tantas cosas diversas. Ella trabajaba mucho,
pero no se ha de negar que con fruto. Tenía casa propia, sin lagar y sin
bodega, pero en lo restante casi tan buena como la de don Paco. Carecía
de olivares y de viñas, pero había hecho algunos ahorrillos, que, según
la voz pública, pasaban de doce mil reales, y que iban creciendo como la
espuma, porque los tenía dados a rédito a personas muy de fiar, y al
diez por ciento al año, porque como era mujer muy temerosa de Dios, de
muy estrecha conciencia y muy caritativa, no quería pasar por usurera.
En sus diferentes oficios, Juana la Larga ganaba por término medio, y
según los cálculos más juiciosos, sobre ocho reales al día, o dígase
cerca de tres mil cada año. Y esto sin contar las adehalas, propinas,
regalos y obsequios que recibía a menudo. Bien es verdad que todo y más
se lo merecía ella.
Nadie era más a propósito para dirigir una matanza de cerdos. Salaba los
jamones con singular habilidad. El adobo con que preparaba los lomos
antes de freírlos en manteca era sabroso y delicadísimo, y teñía la
manteca de un rojo dorado que hechizaba la vista, daba delicado perfume
y despertaba el apetito de la persona más desganada cuando entraba por
sus narices y por sus ojos. Sus longanizas, morcillas, morcones y
embuchados dejaban muy atrás a lo mejor que en este género se condimenta
en Extremadura. Y tenía tan hábil mano para todo que hasta cuando
derretía las mantecas sacaba los más saladitos y crujientes chicharrones
que se han comido nunca. Así es que los labradores ricos y otras
personas desahogadas y de buen gusto se disputaban a Juana la Larga para
que fuese a la casa de ellos a hacer la matanza.
En lo tocante a repostería no era nada inferior; y casi todo el año, y
particularmente en tres solemnes épocas, no sabía ella cómo acudir a las
mil partes adonde la llamaban: antes de Pascua de Navidad, a fin de
confeccionar las chucherías y delicadezas que las personas pudientes y
sibaríticas suelen entonces mandar hacer para su regalo; por ejemplo,
los hojaldres y las célebres empanadas con boquerones y picadillo de
tomate y cebolla que se toman por allí con el chocolate. Hacía, también,
como nadie, tortillas de azúcar y polvorones que se dejaban muy atrás a
los tan encomiados de Morón; roscos de huevo y de vino, y mucha variedad
de bizcochos y de almíbares.
Si Juana no hubiera sabido tanto de otras cosas, se hubiera podido
asegurar que era una especialidad maravillosa para las frutas de sartén;
de modo que en los días que preceden a la Semana Santa no daba paz a la
mano ni a la mente, acudiendo a las casas de los hermanos mayores de las
cofradías para hacer las esponjosas hojuelas, los gajorros y los
exquisitos pestiños, que se deshacían en la boca y con los cuales se
regalaban los apóstoles, los nazarenos, el santo rey David y todos los
demás profetas y personajes gloriosos del Antiguo y del Nuevo Testamento
que figuraban en las deliciosas procesiones que por allí se estilan.
No estaba ociosa Juana ni carecía de conveniente habilidad para
emplearla en la estación de la vendimia. Sus arropes no tenían rival en
toda aquella provincia, y lo mismo puede decirse de sus excelentes
gachas de mosto. En otoño, por ser cuando se dan los mejores frutos, se
castran las colmenas y está fresca la miel, se empleaba Juana en hacer
carne de membrillo y de manzana, gran variedad de turrones y legítimo y
esponjado piñonate, cuyos gruesos y dorados granos quedaban ligados con
la olorosa miel bien batida.
Fuera de esto, Juana se pintaba sola para disponer cualquier pipiripao o
banquete que debía o quería dar algún señor del pueblo, ya con ocasión
de boda o bautizo, ya para obsequiar al diputado, al señor gobernador o
al propio obispo si venía a visitar la villa.
Y no se crea que Juana sabía sólo hacer los guisos locales, sino que
también había importado y añadido a la cocina indígena no pocos platos
forasteros de más o menos remotos países, entre las cuales platos o
manjares descollaban los celebérrimos bizcochos de yema, que sólo hacían
unas monjas de Ecija, de cuyo secreto tradicional no se comprende por
qué arte o maña prodigiosa ella había sabido apoderarse. Confeccionaba,
por último, varios platos de origen francés, cuyos nombres enrevesados
habían venido a modificarse poniéndose de acuerdo con la pronunciación
española. Así, por ejemplo, chuletas a la _balsamela_, lenguados
_inglatines_ y angulas fritas con salmorejo tártaro.
No era todo esto lo más admirable. Lo más admirable era que Juana, sobre
ser la más sabia cocinera y repostera del lugar, era también su primera
modista.
Casi siempre tenía una o dos oficialas que cosían para ella, y ella
cortaba vestidos con tanto arte y primor como Worth o la Doucet en la
capital de Francia.
Las señoras y señoritas más pudientes y aficionadas al lujo acudían,
pues, a Juana para sus trajes de empeño, cuando había que lucirlos ya en
una boda, ya en una feria o ya en el baile que solía darse en las
Consistoriales el día del Santo Patrón.
Juana, por último, no era sólo sabia y operosa en las artes del deleite,
sino que ejercía también, aunque no estaba examinada ni tenía título, un
menester o profesión de la más alta importancia social.
Era peritísima y agilísima para ayudar a cualquier mujer en los más
duros trances de Lucina, y muchas se confiaban y se entregaban a ella,
porque jamás se le había desgraciado ninguna criatura, y porque la madre
como no fuese muy enclenque, a los seis o siete días de salir de su
cuidado estaba ya en pie, y a menudo iba a misa, y si se presentaba la
ocasión bailaba el bolero.
Con todas estas habilidades y excelencias, Juana la Larga no podía menos
de ser querida y estimada en Villalegre, consiguiendo que su severa y
más alta sociedad o _high-life_ le hubiese perdonado un desliz o
tropiezo que tuvo en sus mocedades.
IV
En el momento en que va a empezar la acción de esta verdadera historia,
Juana tendría unos cuarenta años muy cumplidos, si bien conservaba aún
restos de su antigua belleza, que había sido notable cuando ella tenía
veinte años; pero como entonces era muy pobre y no había descubierto ni
mostrado sus grandes habilidades, no encontró, a pesar de su mérito,
novio que le acomodase, y tuvo que permanecer soltera.
A lo que se cuenta, cierto oficial de Caballería que vino por aquellos
lugares a comprar caballos para la Remonta, y que era guapísimo y muy
gracioso y divertido, se enamoró de Juana y logró enamorarla. No se sabe
si le dio palabra de casamiento o no se la dio; pero lo cierto es que el
bueno del oficial tuvo que irse a la guerra civil, que ardía en las
Provincias Vascongadas, y allí le mató una bala carlista, que le
agujereó el cráneo y se le entró en los sesos.
Juana quedó, pues, semiviuda. Póstuma o no póstuma, tuvo una niña
preciosa, a quien dieron en la pila bautismal el mismo nombre que a su
madre. El vulgo añadió después al nombre el mismo epíteto, por donde
esta niña, que será la principal heroína de nuestra historia, vino a ser
apellidada Juanita la Larga.
Su madre la crió con gran cariño y esmero, sin recatarse y sin disimular
que ella era su hija, lo cual hubiera sido en aquel lugar, donde todo se
sabía, el más inútil de los disimulos. Juana crió, pues, a sus pechos a
Juanita; siempre la llamaba hija, y Juanita desde que empezó a hablar,
llamaba a Juana madre a boca llena.
Esto era considerado como una gran desvergüenza entre las personas
severas del lugar, que clamaban contra el escándalo y mal ejemplo; pero
poco a poco todos se fueron acostumbrando, y al cabo de algunos años
nada parecía más natural ni más justo sino que Juanita fuese hija de
Juana, a la cual no faltaron tampoco defensores, ya razonables, ya
fervorosos, que alababan el cariño y la devoción maternal de la madre a
la hija, y que cuando eran algo maldicientes no dejaban de comparar a
Juana con otras que pasaban por honradísimas y que hasta tenían la
insolencia de presumir de casi santas. De ellas se murmuraba, con más o
menos fundamento, que habían tenido también fruto, y no de bendición,
del cual se habían desprendido o enviándole a la Inclusa o sabe Dios o
el diablo de qué otra manera.
El epíteto de Larga dado a Juanita no era sólo por herencia; sino que
era también por conquista.
Juanita, a los diecisiete años, había espigado tanto, que era la moza
más alta y más esbelta que había en el lugar. Algo de la sangre belicosa
del oficial de Caballería se había infundido en ella, y la crianza libre
y hombruna que había recibido había desarrollado su agilidad y sus
bríos. Cuando andaba tenía un aire marcial, al par que gracioso; corría
como un gamo; tiraba pedradas con tanto tino que mataba los gorriones, y
de un brinco se plantaba sobre el lomo del mulo más resabiado o del
potro más cerril. Y no a horcajadas, porque esto no lo consentía su
decoro y su estética natural e inconsciente, sino sentada, lo cual es
más difícil; hacía trotar y galopar a la bestia, espoleándola con los
talones o azotándola con el extremo del ronzal o de la jáquima, cuando
la tenía y no iba a pelo, sin brida ni rienda de ninguna clase.
Los primeros años de la mocedad de Juanita habían sido dificultosos,
porque su madre no había alcanzado aún la extraordinaria reputación de
que después gozaba, no tenía el bienestar y la riqueza de que ya hemos
hablado.
Juanita no fue nunca a la miga, pero su madre le enseñó a coser y a
bordar primorosamente; y el maestro de escuela, que le tomó mucho
cariño, la enseñó a leer y a escribir gratis en sus ratos de ocio.
Desde que tuvo nueve años, Juanita fue de grande auxilio a su madre, que
hasta mucho más tarde no se dio el lujo de tener una sirvienta.
Juanita barría y aljofifaba, fregaba los platos, enjalbegaba algunos
cuartos y la fachada de la casa, que era la más limpia de la población,
y hasta agarraba su cantarillo e iba por agua a la milagrosa fuente del
ejido, cuyo caño vertía un chorro tan grueso como el brazo de un hombre
robusto, siendo tal la abundancia del agua, que con ella se regaban
muchísimas huertas y se hacían frondosos, amenos y deleitables los
alrededores de Villalegre, contribuyendo no poco a que la villa
mereciese este nombre.
El agua, además, era exquisita por su transparencia y pureza, como
filtrada por entre rocas de los cercanos cerros, y tenía muy grato sabor
y muy saludables condiciones. La gente del pueblo le atribuía, por
último, algunas prodigiosas cualidades, calificándola de muy _vinagreta_
y de muy _triguera_. Quería significar con esto que el arriero que
compraba en Villalegre vinagre de yema, por lo común muy fuerte, llenaba
sólo dos tercios de la cavidad de la corambre, y la acababa de llenar
por la mañana temprano, antes de emprender su viaje, mitigando y
suavizando con el agua de la fuente la fortaleza y acritud del líquido,
y ganándose así, desde luego, un treinta y tres por ciento, aunque
vendiese el vinagre al mismo precio en que lo había comprado.
Era también _triguera_ el agua de la fuente, porque sus raras cualidades
consentían, aunque era difícil operación y que debía hacerse con gran
sigilo, que valiéndose de una escoba de palma enana, se rociase con ella
el trigo que se iba a vender, dejándolo expuesto al sol para que se
secase. Así el trigo recibía mejor sabor, y aunque por fuera quedaba
seco, guardaba por dentro algo del líquido, y se esponjaba y crecía en
peso y en volumen.
Todavía esta fuente tenía otro mérito y prestaba otro notable servicio,
porque, además de un gran pilar en que iban a beber y bebían todas las
bestias de carga y de labor y los toros, vacas y bueyes, y además de
otro pilar bajo, que solía ser abrevadero del ganado lanar y de cerda,
llenaba con sus cristalinas ondas un espacioso albercón cercado de muros
que lo ocultaban a la vista de los transeúntes, adonde iban las mujeres
a lavar la ropa, remangadas las enaguas hasta los muslos y metidas en el
agua hasta la rodilla, como por allí es uso, aun en el rigor del
invierno. Frondosos y gigantescos álamos negros y pinos y mimbreras
circundan la fuente y hacen aquel sitio umbrío y deleitoso. Al pie de
los mejores árboles hay poyos hechos de piedra y de barro y cubiertos de
losas, en los cuales suelen sentarse los caballeros y las señoras que
salen de paseo. Casi todas las tardes se arma allí tertulia y grata
conversación, siendo los más constantes el escribano, el boticario,
nuestro don Paco y el señor cura, quien al toque de oraciones recita el
_Angelus Domini_, al que responden todos quitándose el sombrero y
santiguándose y persignándose.
En torno del pilar charlan las mozas que vienen por agua, cada cual con
su cantarillo, y suelen hacer el papel de Rebecas con cuantos arrieros
Eliezeres acuden allí para que beban, si no sus camellos, sus muías y
sus borricos. También al lado y dentro del albercón, y a poca distancia
de él, donde hay un vallado o seto vivo de zarzamoras, granados y
madreselvas, que limita y defiende las huertas, y sobre el cual seto se
pone a secar la ropa lavada, se extiende y dilata la tertulia
democrática y popular con mucha charla, risotadas, jaleos y retozos,
pues no faltan nunca zagalones y hasta hombres ya maduros que acuden por
allí atraídos por las muchachas, como acuden los gorriones al trigo.
V
Juana la Larga, según queda indicado, gracias a su constante actividad,
buen orden y economía, en todo lo cual su hija la ayudaba con
inteligencia y celo, había mejorado de posición y de fortuna. Tenía una
criada muy trabajadora, que barría y fregaba, y bajo la dirección de las
señoras guisaba también, dejando a estas el tiempo libre para ejercer
sus lucrativos oficios. El oficio principal de Juanita era coser y
bordar, para lo cual había desplegado aptitud superior a la de su madre.
Juanita no tenía que emplearse en más bajas ocupaciones. Sin embargo,
ora fuese por candorosa coquetería, o sea por deseo de lucir la
gallardía de su persona, deseo de que no se daba cuenta, ora porque
Juanita necesitase del ejercicio corporal y de mostrar y desplegar la
energía de su sana naturaleza, Juanita, aun cumplidos ya los diecisiete
años, gustaba de ir por agua a la fuente del ejido, allanándose a veces,
a pesar de la desahogada posición de su madre y de ella, a ir al
albercón a lavar alguna ropa, cuando la ropa era fina y temía ella, o
aparentaba temer, que manos más rudas que las suyas la estropeasen.
La verdad era que esto de ir al albercón y a la fuente, más que fatiga
era recreo y solaz para Juanita, la cual divertía a las otras muchachas
con sus agudos dichos y felices ocurrencias, las hacía reír a casquillo
quitado y gozaba de popularidad y favor entre ellas.
Era ya Juanita una guapa moza en toda la extensión de la palabra. Las
faenas caseras no habían estropeado sus lindas y bien torneadas manos, y
ni el sol ni el aire habían bronceado su tez trigueña. Su pelo negro,
con reflejos azules, estaba bien cuidado y limpio. No ponía en él ni
aceite de almendras dulces ni blandurilla de ninguna clase, sino agua
sola con alguna infusión de hierbas olorosas para lavarlo mejor. Lo
llevaba recogido muy alto, sobre el colodrillo, en trenza, que, atada
luego, formaba un moño en figura de dos triángulos equiláteros, que se
tocaban en uno de los vértices.
Como Juanita decía que «cabeza loca no quiere toca», casi siempre iba a
la fuente sin pañuelo en la cabeza, luciendo así el primor y la
pulcritud de su peinado y dejando ver lo bien plantada que estaba la
cabeza sobre su airoso cuello, sólo sombreado por algunos ricillos
menudos que se sustraían a la cautividad en que tenía el moño los más
largos cabellos. Por delante, recogido el pelo, dejaba ver la tersa
frente, recta y chiquita, y sobre las sienes tenía grandes rizos
sostenidos con horquillas que llaman por allí _caracoles_, por debajo de
los cuales había una suave patillita, que no fijaba contra la cara con
zaragatona o pepitas de membrillo, como hacen otras muchachas, sino que
dejaba flotar libremente en vagas sortijas o más bien alcayatas donde
colgar corazones.
La misma libertad en que se había criado, y el constante ejercicio
corporal, ya en útiles faenas, ya en juegos más de muchacho que de niña,
habían hecho que Juanita, aunque no tenía la santa ignorancia ni había
vivido con el recogimiento que recomiendan y procuran otras madres
celosas, no hubiese pensado todavía en cosas de amor. Era buscada,
requebrada y solicitada por no pocos mozos; pero, brava y arisca, sabía
despedir huéspedes, imponer respeto y tener a raya a los más atrevidos.
Sólo se le conocía una inclinación que desde la niñez persistía en ella
con constancia; pero esta inclinación, al menos por su parte, más que de
afecto amoroso tenía trazas de fraternal cariño. Quien lo inspiraba,
compartiéndolo sin duda por menos inocente estilo, era Antoñuelo, el
hijo del maestro herrador y sobrino del cacique, quien tenía en el lugar
muy humilde parentela.
Antoñuelo era un mocetón gentil y robusto, muy simpático, aunque de
cortos alcances, y decidido para todo, y singularmente para admirar a
Juanita, a quien consideraba y respetaba, sometiendo a ella toda su
voluntad como por virtud de fascinación o de hechizos.
VI
Entregado don Paco a sus constantes y diversos quehaceres, no o no había
pensado en casarse por segunda vez, sino que nunca había tenido
amoríos, o, al menos, si alguno había tenido, había sido con tan
maravilloso recato, que nadie se había enterado de ello en Villalegre,
lo cual es una inverosimilitud extraordinaria, porque en aquel lugar
apenas había persona, y menos aún si era de tanta importancia y viso
como don Paco, que pudiera hacer o decir cosa alguna que no se supiese.
Hasta los mismos pensamientos se adivinaban allí, se divulgaban y se
comentaban, como el pensador no pensase con mucho disimulo y muy para
dentro. Debemos, pues, creer que don Paco no había tenido amoríos, a no
ser muy efímeros y livianos, y que ni siquiera, durante su larga viudez,
había pensado en semejante cosa.
Tenía, sin embargo, notable aptitud y tino para conocer y admirar la
belleza femenina, y hacía ya meses que, casi sin reparar en ello y muy
involuntariamente, cuando estaba de tertulia con el escribano y el
boticario y con otros señores en los poyos que había junto a la fuente,
sus ojos se fijaban con amorosa delectación en Juanita la Larga, que aún
solía venir a llenar su cántaro y a estar allí de charla con las otras
muchachas mientras que le llegase su turno.
Indudablemente, don Paco había empezado a sentir hacia Juanita viva
inclinación, que era difícil de dominar; pero se le pasó bastante tiempo
sin dar muestra exterior de que la sentía, anhelando acaso ocultársela a
sí mismo por razones que él se daba.
Fundado en la propia modestia, que le hacía formar un pobre concepto de
su persona, hallaba que con sus cincuenta y tres años, treinta y seis
más que Juanita, no podía ya enamorar a la muchacha, la cual o
desdeñaría su cariño o sólo por interés se movería a correspondele.
Pensaba luego que Juanita, aunque en aparente libertad, estaba muy
vigilada por su madre, y como madre e hija vivían con cierto desahogo,
no era de presumir que, si él tuviese intenciones pecaminosas, ellas
cediesen, sino que en todo caso cederían _in facie Ecclesiae_ y llevando
al cura por delante.
La idea de casamiento aterrorizaba a don Paco, y no porque en absoluto
le repugnase estar casado, sino porque su hija, la señora doña Inés, le
inspiraba un entrañable cariño, mezclado de terror, y porque ella era
tan imperiosa como brava, y sin duda se pondría hecha una furia del
Averno si su padre le diese madrastra, sobre todo de tan ruin posición,
y si a los siete nietos que ella le había dado, y a los que calculaba
que podrían venir todavía persistiendo ella en su actitud productora,
quitase él la esperanza de heredar el majuelo, el olivar y la casa, y de
gozar en vida suya de no poco de lo que él fuese granjeando con sus
varias artes. Temblaba don Paco de incurrir en el enojo de su hija, y
aunque temblaba principalmente por el mismo enojo, no dejaba de recelar
sus malas consecuencias.
Bien conocía él que no había en el lugar una persona, ni varias juntas,
que pudieran reemplazarle con éxito en sus diferentes empleos; pero el
mundo no estaba yermo ni falto de hombres de Estado rústicos, los cuales
podrían buscarse y traerse de fuera del lugar para que a él le
reemplazaran. Y bien conocía también que su hija era punto menos que
omnipotente, porque tenía subyugadas ambas potestades, la temporal y la
espiritual.
El padre Anselmo la tenía por una santa y por una doctora, y cuanto ella
decía era para él, sin poderlo remediar, un legítimo corolario de los
Evangelios y de las Epístolas. El padre Anselmo sería capaz de
excomulgar a quien ella le mandase. Y en lo tocante al brazo secular,
era evidentísimo que doña Inés le tenía sujeto a sus caprichos y que
aplastaría con todo su peso a quien ella quisiese.
Don Paco, en esta disposición de ánimo, razonablemente motivada, aunque
no hemos de negar que él era dulce, pacífico y algo débil de carácter,
adelantaba en su imaginación los casos futuros, y presuponiéndose ya
prendado de Juanita, declarado y aceptado, veía un tropel de males que
salían del corazón enfurecido de doña Inés como de nueva caja de
Pandora.
Pesaban tanto en su espíritu estas consideraciones, que, notando que su
afición oculta iba creciendo, procuraba, o más bien se proponía huir de
la vista de Juanita, no pasar por su calle para no verla en el portal o
asomada a la ventana; y no ir a la tertulia de los poyetes, bajo los
álamos, para no tener que admirarla cuando charlaba con las demás
zagalonas o con los mozos en la fuente del ejido, o cuando subía o
bajaba gallardamente, con el cántaro apoyado en la cadera, por la
cuestecilla que se extiende desde la fuente hasta el lugar.
A pesar de sus prudentes propósitos de retraimiento, una fuerza, al
parecer superior a su voluntad, le llevaba a veces a pasar por delante
de la casa de Juanita más de lo que era necesario, a ir a la iglesia
cuando él sabía que iba a ella con su madre a misa o a sus devociones, y
a acudir a la tertulia de los poyetes casi todas las tardes.
Para Juanita, que se había pasado todo el día cosiendo y bordando en
casa, era pretexto solaz o de paseo el ir casi al anochecer a la fuente
por agua. Su madre encontraba que en la posición algo señoril,
desahogada y decorosa en que ya imaginaba hallarse, y atendido el
desenvolvimiento físico de Juanita, que había llegado a transformarse de
muchachuela en una magnífica y real moza, no estaba bien y era darse
poquísimo tono el ir por agua a la fuente como la más plebeya y humilde
pelafustana. Pero a Juanita le divertía este ejercicio, y tenía una
voluntad indómita. A las observaciones que su madre le hacía daba oídos
de mercader; acariciaba a su madre para vencer su oposición y disipar su
disgusto, y seguía yendo a la fuente a pesar de todas las observaciones.
VII
Una tarde del mes de mayo, Juanita se entretuvo en la fuente en larga y
alegre conversación con otras muchachas.
Ya anochecido subía con su cántaro lleno por la cuesta, que en aquel
momento estaba sola.
La tertulia de los poyetes solía, en primavera y en verano, durar hasta
las ánimas, hora en que los tertulianos se retiraban para cenar y
acostarse.
Aquel día don Paco había estado haciendo esfuerzos o, como si dijéramos,
gimnasia con su voluntad para no ir a la tertulia y ver a Juanita. La
lucha entre su voluntad razonable y su inclinación había durado
bastante. Al fin, la voluntad sometida llevó, aunque tarde, a la
tertulia de los poyetes a toda la persona de don Paco.
La pícara casualidad hizo que al bajar don Paco subiese Juanita, según
hemos dicho.
Era ya de noche. El cielo estaba despejado, pero sin luna. Las
estrellas, si resplandecían en el éter infinito, vertían muy débil luz
sobre la tierra. Acrecentaban la oscuridad, en el punto en que ambos se
encontraron, algunos frondosos árboles que allí había y el alto vallado
de zarzamoras y de otros arbustos que se extendía a un lado y a otro por
casi todo el camino.
Juanita era muy distraída e iba además pensando en sus travesuras de
muchacha. Don Paco era también distraído. El mismo no sabía en qué
estaba pensando. Era, además, algo corto de vista.
Lo cierto es que no repararon uno en otro al venir en opuestas
direcciones, ni oyeron el ruido de los pasos. Chocaron, pues, y se
dieron un buen empellón.
--Caramba, hombre--dijo Juanita--, mire usted por dónde va y no camine a
ciegas; por poco me tira el cántaro.
Don Paco, que conoció a Juanita por la voz, contestó con mucha dulzura:
--¡Perdona, hija mía! ¿Te he hecho daño? Ella, que también conoció a don
Paco en seguida, replicó riendo:
--¿Qué daño me ha de haber hecho usted? Pues qué, ¿soy yo acaso de
alfeñique?
--No, hija. Bien sólida y firme me pareces. Si en algo eres de
alfeñique, no es por lo quebradiza, sino por lo dulce.--Entonces seré
turrón de Alicante: dulce, pero duro.
--Y vaya si me ha parecido duro.
--Si advirtió usted dureza, hablará sólo de su dulzura por adivinanza.
--Pues qué, ¿no podría yo probarla?
--Ya está usted viejo, don Paco, y no podría meterle el diente.
--Pues te equivocas, que yo no estoy tan viejo, y tengo los dientes tan
cabales y fuertes, que si se tratase de mordiscos, hasta en una piedra
los daría. Pero yo no quiero emplear contigo sino más blandas y amorosas
demostraciones.
--¡Ea, quite usted allá, señor don Paco! ¿Qué demostraciones ha de hacer
usted, si puede ser mi abuelo?
Y como don Paco seguía plantado delante atajándole el camino, Juanita
continuó:
--Vamos, déjeme usted pasar. Si parece usted un espantajo. ¿Qué diría la
gente si le ve y le oye hablar aquí y requebrar en la oscuridad a una
mocita? Capaz será de decir que ha perdido usted la chaveta y que no
sirve para secretario del Ayuntamiento y consejero de don Andrés.
Don Paco se apartó entonces y dejó pasar a Juanita; pero en vez de
dirigirse hacia la fuente, se volvió, siguiéndola, hacia el lugar.
--¿Qué hace usted, señor? ¿Por qué no va a su tertulia? Todavía están en
los poyetes el señor cura, el boticario y el escribano. Váyase usted a
hablar con ellos.
--Ya es tarde, pronto se volverá y desisto de ir hasta allí. Prefiero
volver charlando contigo.
--¿Y de qué hemos de charlar nosotros? Yo no sé decir sino tonterías. No
he leído los libros y papeles que usted lee, y como no le hable de los
guisos que mi madre hace o de mis bordados y costuras, no sé de qué
hablar a su merced.
--Hablame de lo que hablas a Antoñuelo cuando estás con él de palique.
--Yo no sé lo que es palique, ni sé si estoy o no estoy a veces de
palique con Antoñuelo. Lo que sé es que yo no puedo decir a su merced
las cosas que a él le digo.
--¿Y qué le dices?
--¡Pues no quiere usted saber poco! Ni el padre Anselmo, que es mi
confesor, pregunta tanto.
--Algo de muy interesante y misterioso tendrá lo que dices a Antoñuelo,
cuando ni al padre Anselmo se lo confiesas.
--No se lo confieso porque no es pecado, que si fuera pecado se lo
confesaría. Y no se lo cuento tampoco, porque a él no le importa nada, y
a usted debe importarle menos que a él.
A todo esto, como iban a buen paso ambos interlocutores, habían ya
subido la cuesta y se hallaban en el altozano, a la entrada del lugar,
donde están la iglesia parroquial y las primeras casas.
--Déjeme su merced ahora--dijo Juanita--y no venga, con perjuicio de su
autoridad, acompañando a una chicuela que lleva un cántaro. ¡Pues no se
enojaría poco la señora doña Inés, que tiene tantos humos, si viese a su
señor padre sirviendo de escolta, no a una princesa como ella, sino a
una pobrecita trabajadora!
--¿Qué había de decir? Diría que yo te estaba encomendando algún
trabajo.
--No es ésta hora ni ocasión para eso, y, por otra parte, no es a mí,
sino a mi madre, a quien los trabajos se encargan. Acuda usted a ella si
algo quiere encargar.
Y diciendo esto, apresuró el paso, hizo a don Paco un gesto imperativo,
marcándole la calle por donde debía irse y ella se fue por otra que
formaba ángulo recto con la que don Paco debía seguir.
VIII
Mucho caviló don Paco sobre aquel diálogo, midiendo e interpretando la
palabras de Juanita.
Le había llamado abuelo, pero con amable risa. Todos los hombres,
abuelos y nietos, solemos prometérnoslas felices y casi siempre nos
inclinamos a dar la más favorable interpretación a cuanto dicen las
mujeres que pretendemos.
No se podía dudar, por ser cuestión de una ciencia tan exacta como la
aritmética, que él hubiera podido ser el abuelo de Juanita. Don Paco
hacía este cálculo:
--Yo tengo cincuenta y tres años. De diecisiete a cincuenta y tres van
treinta y seis; a los diecinueve años bien pude yo haber tenido una
hija, y esta hija bien pudo haberse casado y tener a Juanita a los
diecisiete.
Después sumaba don Paco:
--Diecinueve más diecisiete, más otros diecisiete que tiene Juanita
ahora, son cincuenta y tres, que es mi edad; luego muy descansadamente
pudiera ser yo el abuelo de esa pícara muchacha. _Eppur_, _si
muove_--proseguía, pues era hombre erudito hasta cierto punto, sabía un
poco de italiano porque había oído cantar muchas óperas y conocía las
palabras que se atribuyen a Galileo, así como varias otras sentencias
expresadas en la lengua de Dante; verbigracia: _Chi va piano, va sano e
va lontano_.
La primera sentencia, aplicada a su situación, quería significar que él,
a pesar de poder ser el abuelo de Juanita, quería y podía ser otra cosa
muy diferente; y la segunda sentencia, que también recordaba don Paco,
quería significar que él debía ir con tiento, con pies de plomo y sin
precipitarse, porque no se ganó Zamora en una hora y porque la muchacha
no era muy arisca en el fondo, ni, probablemente, tan firme y dura de
entrañas como, merced al encontrón que había tenido con ella, le
constaba que era de firme y dura en su juvenil superficie. Además, las
esperanzas, lejos de desvanecerse, crecían en su pecho, hallándose más
inverosímil abuelo que inverosímil amante. Para corroborar esta
lisonjera afirmación, se contemplaba don Paco en el espejo en que solía
afeitarse, el cual, aunque era pequeño, no lo era tanto que no reflejase
casi toda su persona. El exclamaba al verla, como el pastor Coridón de
Virgilio o como el Marramaquiz, de Lope:
¡Pues no soy tan feo!
Y, verdaderamente, no era feo don Paco, ni parecía viejo tampoco.
A las últimas palabras de Juanita les dio don Paco una interpretación
lisonjera, pero acaso más comprometida de lo que él deseaba.
Al indicarle la muchacha que hablase con su madre y que le encargase la
obra de costura que ella debía hacer, ¿no estaba claro que Juanita se
mostraba propicia a entrar en cierto género de relaciones, aunque no a
hurto, sino a sabiendas y con beneplácito de la autoridad materna?
Como quiera que fuese, don Paco, sintiéndose prendado de Juanita, se
allanaba a pasar por todo; pero se propuso, como hombre prudente, no
aventurarse más de lo necesario y no soltar prenda por lo pronto.
A que él entrase en relaciones serias con Juanita y conducentes a la
_buena fin_ se oponían dos consideraciones: era la primera la excesiva,
sospechosa e íntima familiaridad que tenía Juanita con Antoñuelo, el
hijo del herrador, y era la segunda la casi seguridad del furioso enojo
de doña Inés cuando llegase a saber que él tenía un compromiso serio con
Juanita. Doña Inés inspiraba a su padre terror pánico, y siempre trataba
de huir de su enojo como de una espada desnuda.
Su decidida afición a la muchacha saltaba, no obstante, por encima de
los obstáculos, como un corcel generoso salta la valla que se le ha
puesto para atajar su carrera.
En resolución, combatido don Paco por harto contrarios sentimientos,
aunque se propuso no desistir de la empresa que había formado de manera
muy vaga, se propuso también proceder con la mayor cautela y ser lo más
ladino que pudiese, aunque en estos negocios no le sucedía como en los
negocios del Municipio, y el ser ladino no era su fuerte.
Así discurriendo, pasó don Paco revista a su ropa blanca. Vio que sólo
tenía media docena de camisas bastante estropeadas y con muchos
zurcidos. Y como esto era muy poco para él, persona de extremado aseo,
que, ¡cosa rara en un pequeño lugar!, se ponía limpia tres veces a la
semana, decidió que estaba justificadísimo el mandar que le hiciesen
media docena de camisas nuevas, que le hacían muchísima falta, ¿Y quién
había de hacerlas mejor que Juanita, que era la costurera más hábil de
Villalegre? ¿Y quién había de cortarlas mejor que su madre, la cual, lo
mismo que con el mango de la sartén en la izquierda y la paleta en la
diestra, era una mujer inspirada con las tijeras en la mano y con
cualquier tela extendida sobre la mesa y marcada ya artísticamente con
lápiz o con jaboncillo de sastre?
Al día siguiente, decidido ya don Paco, acudió muy de mañana a casa de
Juana la Larga, y le mandó hacer seis hermosas camisas de madapolán con
puños y pechera de hilo, ajustándolas a treinta reales cada una. Para
ganarse la voluntad y excitar el celo de ambas Juanas, les llevó don
Paco, envuelto en un pañuelo y sin que los profanos viesen lo que
llevaba, un cestillo lleno de fresas, fruta muy rara en el lugar, y para
mayor esplendidez sacó, además, del bolsillo del holgado chaquetón que
solía vestir a diario, nada menos que tres bollos del exquisito
chocolate que solía hacer doña Inés en su casa, y del cual había
regalado a su padre una docena de bollos de cuatro onzas cada uno.
Juana la Larga, que era muy golosa y muy aficionada a que la
obsequiasen, aceptó el presente con gratitud y complacencia; pero como
no era larga solamente de cuerpo, sino que lo era también de previsión,
y, si vale decirlo así, de olfato mental, al punto olió y caló la
intenciones que don Paco traía y sobre las cuales había ya sospechado
algo.
IX
Reza el refrán, que honra y provecho no caben en un saco; pero Juana la
Larga, sobre ser honrada, rayando su honradez en austeridad para que se
borrase la mala impresión de sus deslices juveniles, era además, una
matrona llena de discreción y de juicio, y sabía que el mencionado
refrán se equivocaba a menudo. Para ella, en el caso que se le acababa
de presentar, en vez de no caber en un saco, el provecho no podía ser
sin la honra, y la honra tenía que producir naturalmente el provecho.
Si Juanita se dejaba camelar a tontas y a locas, se exponía a dar al
traste con su reputación y a ser el blanco de las más feroces
murmuraciones y a perder siempre la esperanza de hallar un buen marido.
Y todo ello por unas cuantas chucherías y regalillos de mala muerte.
Mientras que si Juanita acertaba a ser rígida sin disgustar y ahuyentar
al pretendiente, pero sin otorgarle tampoco el menor favor de
importancia antes que el cura diese en la iglesia el pasaporte para los
favores, convirtiéndolos en actos de deber y cargas de justicia, harto
posible era que don Paco se emberrenchinase hasta tal punto que entrase
por el aro, rompiendo todo el tejido de dificultades que al aro pusiesen
doña Inés y otras personas, y elevando a Juanita a ser legítimamente la
señora del personaje más importante del lugar, después de don Andrés
Rubio, el cacique.
Con tales pensamientos en la mente, a par que con notable destreza, y
desarrollando la cinta que estaba enrollada en una carretilla, tomó
Juana a don Paco las medidas convenientes. Estuvo con él más dulce que
una arropía, y aunque le dijo que no tenía que venir a su casa para
probarse la primera camisa, porque cuando estuviese medio hecha o
hilvanada se la enviaría para la prueba, le convidó a que algunas
noches, de nueve a once, cuando no tuviese nada mejor que hacer,
viniese, sí quería, un rato de tertulia a su casa, porque ni ella ni
Juanita gustaban de acostarse temprano, y aunque estaban casi siempre
solas, velaban hasta las doce. Juanita cosía o bordaba; pero como esto
se hace con las manos, su lengua quedaba expedita y charlaba más que una
cotorra.
--Yo--añadía Juana la Larga--no coso ni bordo de noche, porque tengo la
vista perdida, y así estoy mano sobre mano o paso las cuentas de mí
rosario y rezo. Si alguna vez está usted de mal humor, podemos echar
juntos cuatro o cinco manos de tute, que yo sé que a usted le agrada. A
mí me agrada también, pero mi mala suerte y mis cortos medios no me
permiten jugarlo más que a real cada juego. Y aun así, si se le da a una
muy mal, bien puede perder veinte o treinta reales en una noche, como
quien no quiere la cosa.
Ya se comprende que don Paco aceptó el convite y fue de tertulia a casa
de Juana; al principio, de cuando en cuando; al cabo de poco tiempo,
todas las noches. Casi siempre jugaba al tute y perdía. Sus pérdidas
podían evaluarse, una noche con otra, en una peseta diaria. Todo, no
obstante, lo daba don Paco por bien empleado.
Las camisas estuvieron pronto concluidas y don Paco quedó muy
satisfecho. En la vida se había puesto otras que mejor le sentasen.
No las hubiera hecho más lindas el camisero más acreditado de París. Las
lustrosas pecheras no hacían una arruga; los cuellos eran derechos, a la
diplomática, y los puños muy bonitos y para los botones que en el día se
estilan, Juana le regaló, en compensación de los muchos regalos que de
él recibía, un par de botones preciosos de plata sobredorada que mercó
en la tienda del _Murciano_, tienda bien abastecida, y donde, según
dicen por allí, había de cuanto Dios crió y de cuanto puede imaginar,
forjar, tejer y confeccionar la industria humana: naipes, fósforos,
telas de seda, lana y algodón, especiería, quesos, garbanzos y
habichuelas, ajonjolí, matalahúva y otras semillas. Casi eran los únicos
artículos que allí faltaban las carnes de vaca y de carnero y toda la
pasmosa variedad de sabrosos productos que resultan de la matanza y
sacrificio de los cerdos.
Ya estuviesen hablando don Paco y Juana, ya estuviesen jugando al tute,
Juanita rara vez suspendía su costura o su bordado; pero, sin
suspenderlos, solía tomar parte en la conversación del modo más
agradable. Nadie venía a interrumpir esta tertulia de los tres, salvo
Antoñuelo, que escamaba mucho a don Paco y le llenaba de sobresalto y de
mal humor.
Crecía este de punto porque mientras que don Paco estaba jugando al tute
y Juana le acusaba las cuarenta, Antoñuelo se sentaba muy cerca de
Juanita, en el otro extremo de la sala donde ella cosía, y ambos
cuchicheaban con mucha animación y en voz tan baja, que don Paco no
podía pescar ni palabra de lo que decían. Con esto se ponía como sobre
ascuas y muy alborotado y triste, sin que para ocultarlo le valiese el
disimulo.
Entonces don Paco jugaba peor: solía tener rey y caballo del mismo palo
y se le olvidaba acusar veinte, o bien, si Juana le jugaba un oro y él
tenía el as o el tres, se lo guardaba y no lo echaba. Así es que las
noches en que venía Antoñuelo a la tertulia, sobre la desazón que daba a
don Paco, le hacía perder un par de pesetas y hasta tres a veces.
Viniese o no viniese Antoñuelo a la tertulia, Juana la Larga estaba
siempre presente. Don Pablo no hallaba modo de hablar a solas con
Juanita, ni de abandonar a la madre e imitar a Antoñuelo enredándose en
cuchicheos con la hija.
Alguna vez que lo intentó, hablando bajo a Juanita, esta le contestó
alto, haciendo la conversación general y despojándola de todo misterio.
Bien hubiera querido don Paco, cuando Antoñuelo venía, rodear las cosas
de suerte que le obligase a entretener a la madre, hablando o jugando al
tute con ella; pero Antoñuelo aseguraba que no sabía jugar al tute y
daba a entender que nada tenía que decir a Juana.
Con frecuencia salía don Paco tan cargado de esta tertulia, que se
proponía y casi resolvía no volver a ella o, al menos, ir poco a poco
retirándose. Pero ya había tomado la maldita costumbre de ir, y todas
las noches, si lo retardaba algo, empezaban al toque de ánimas a
hormiguearle y bullirle los pies, y ellos mismos, pronunciándose y
rebelándose contra su voluntad, le llevaban a escape y como por encanto
a casa de ambas Juanas.
X
Pronto notaron todos los vecinos, cundiendo la noticia por el resto de
la población, las constantes visitas nocturnas de don Paco; pero como
Antoñuelo solía ir también, y entre don Paco y Juanita había tan grande
desproporción de edad, la gente murmuradora lo explicó todo suponiendo
que Antoñuelo era novio de Juanita, y que don Paco tenía o trataba de
tener relaciones amorosas con la madre, la cual, a pesar de sus cuarenta
y cinco años y de los muchos trabajos y disgustos que había pasado en
esta vida, apenas tenía canas, y estaba ágil, esbelta, y aunque de
pocas, de bien puestas, frescas, apretadas y al parecer jugosas carnes.
La austeridad esquiva de Juana la Larga durante muchos años, desde que
tuvo su juvenil tropiezo, no pudo en esta ocasión eximirla de la
maledicencia. La gente decía que al fin se había dejado tentar y lo daba
todo por hecho. Cuando veía la gente que Antoñuelo y don Paco iban a las
nueve a la casa y permanecían allí hasta cerca de las doce, no juzgaba
aquella tertulia tan inocente como era en realidad, y la calificaba de
amor por partida doble.
Las bromas que sobre ello dieron a don Paco algunos de sus amigos le
soliviantaron bastante.
Así es que, excitado, si bien no tenía derecho para pedir explicaciones,
con más o menos disimulados rodeos, y cuando Antoñuelo no estaba
presente, se atrevió a pedirlas y a indagar por qué venía Antoñuelo con
tanta frecuencia y de qué trataba con Juanita en sus largos apartes y
cuchicheos.
Ambas Juanas, sin alterarse en manera alguna y como la cosa más natural
y sencilla, lo explicaban todo, afirmando que Juanita y Antoñuelo eran
exactamente de la misma edad, se habían criado juntos desde que estaban
en pañales y podían considerarse como hermanos.
Añadían ambas que Antoñuelo era travieso y muy tronera, que daba a su
padre grandes desazones, que de él podían temerse mayores males aún y
que a Juanita ni remotamente le convenía para novio; pero ella no
acertaba a prescindir del cariño fraternal que le tenía, ni a prohibirle
que viniese a verla, ni a dejar de darle buenos consejos y
amonestaciones, los cuales eran el asunto de los cuchicheos.
Don Paco aparentaba aquietarse al oír tal explicación; pero en realidad
no se aquietaba; y mostrando el verdadero interés que el buen nombre de
Juanita le inspiraba, insinuaba que, aunque todo fuese moral e
inocentísimo, convenía, a fin de evitar el qué dirán, no recibir a
Antoñuelo con tanta frecuencia.
Los sermones que predicaba don Paco, más que morales conducentes a
observar el decoro de Juanita, no se puede decir que fueron predicados
en desierto. Poco a poco dejaron de menudear las visitas de Antoñuelo;
sus cuchicheos con Juanita se acortaron, y al fin, cuchicheos y visitas
vinieron a ser raros.
Esto dio ánimo a don Paco. Creyó notar que se prestaba dócil oído a sus
cariñosas reprimendas, y se atrevió a predicar también sobre otro punto.
En extremo gustaba él de ver a Juanita charlar en la fuente o subir la
cuesta con el cantarillo en la cadera o con la ropa ya lavada sobre la
gentil cabeza, más airosa y gallarda que una ninfa del verde bosque, y
más majestuosa que la propia princesa Nausicaa, que también lavaba la
ropa cuando, sin desconcharse ni echar las ínfulas por el suelo, solían
hacerlo las princesas, allá en los siglos de oro.
Don Paco, que tenía, según hemos apuntado ya, entendimiento de amor de
hermosura, se quedaba extasiado contemplando el andar de la moza, que no
tenía el liviano, provocativo y sucio movimiento de caderas y los
pasitos menudos que suelen tener las chulas, sino que era un andar
sereno, a grandes pasos, noble y lleno de gracia, como sin duda debía de
andar Diana Cazadora, o la misma Venus al revelarse al hijo de Anquises
en las selvas que rodeaban a Cartago.
En Villalegre se gastaban corsés, y hasta era Juana la Larga quien mejor
los hacía; pero la indómita Juanita nunca quiso meterse en semejante
apretura ni llevar aquel cilicio que para nada necesitaba ella y que
entendía que hubiera desfigurado su cuerpo. Sólo llevaba, entre el
ligero vestido de percal y sobre la camisa y enaguas blancas un justillo
o corpiño sin hierros ni ballenas, cosa que bastaba a ceñir la estrecha
y virginal cintura, dejando libre lo demás que, derecho y firme, no había
menester de sostén ni apoyo.
En el espíritu de don Paco pudo, sin embargo, más que el deleite de ver
a Juanita en la fuente o volviendo del albercón, la idea de que, estando
ya muy remotos los siglos de oro, no era posible imitar a la princesa
Nausicaa, sin rebajarse o avillanarse demasiado; y así, aconsejó y
amonestó tantas veces y con tan discretas razones a Juanita para que no
fuese a la fuente, apoyándole siempre la madre de ella, que Juanita
cedió, al cabo, y dejó de ir a la fuente y al albercón, retrayéndose,
además, de otros varios ejercicios y faenas que no son propios de una
señorita.
XI
Doña Inés López de Roldán distaba mucho de ser una lugareña vulgar y
adocenada. Era, por el contrario, distinguidísima; y en su tanto de
méritos mirados, o sea guardando la debida proporción, pudiéramos
calificarla de una princesa de Lieveo o de una madame Récamier aldeana.
Su vida no pasaba ociosa, sino empleada en obras casi siempre buenas y
en fructuosos afanes. Su caridad para con los pobres era muy elogiada,
ayudándola en este ejercicio el señor don Andrés Rubio. No descuidaba
ella por eso el gobierno de su casa, que estaba saltando de limpia, y
todo muy en orden, a pesar de los siete chiquillos que tenía, el mayor
de ocho años; pero como la casa era muy grande, a los cinco mayores,
entregados a una mujer ya anciana y de toda confianza, los tenía en el
extremo opuesto de aquel en que estaba ella, a fin de que no turbasen
con sus chillidos y gritería, ya sus solitarias meditaciones, ya sus
lecturas, ya sus interesantes coloquios con el padre Anselmo, con el
cacique o con alguna persona de fuste que viniese a visitarla.
A las nueve de la noche en verano, y a las ocho o antes en invierno,
mandaba acostar a los niños, y desde entonces, hasta las once, y a veces
hasta más tarde, tenía tertulia, en la cual se discreteaba, y a la cual
rara vez asistía el señor Roldán, que no presumía ni podía presumir de
discreto, y a quien las discreciones de su mujer pasmaban y
enorgullecían, pero al mismo tiempo le excitaban al sueño.
En las horas que le dejaban libre los afanes y cuidados de la casa y aun
de la administración de la hacienda, de la que suavemente había
despojado a su marido por no considerarle capaz, doña Inés solía
ocuparse en lecturas que adornaban y levantaban su espíritu. Rara vez
perdía su tiempo en leer novelas, condenándolas por insípidas o
inmorales y libidinosas. De la poesía no era muy partidaria tampoco, y
sin plagiar a Platón, porque no sabía que Platón lo hubiese preceptuado,
desterraba de su casa y familia a casi todos los poetas como corruptores
de las buenas costumbres y enemigos de la verdadera religión y de la paz
que debe reinar en las bien concertadas repúblicas; pero en cambio,
doña Inés leía Historia de España y de otros países y, sobre todo,
muchos libros de devoción. El cura la admiraba tanto al oírle hablar de
teología que, mentalmente, adornaba sus espaldas con la muceta y su
cabeza con el bonete y la borla.
Era tan grande la actividad de doña Inés, que a pesar de tan varias
ocupaciones, aún le quedaba tiempo para satisfacer su anhelo de
enterarse a fondo de la historia contemporánea y local, que tenía para
ella más atractivos que la Historia Universal o de épocas y países
remotos.
Para conocer bien esta historia contemporánea y local y ejercer sobre
los hechos la más severa crítica, se valía doña Inés de diferentes
medios, siendo el más importante una criada antigua, que hacía recados,
que entraba y salía por todas partes y que se llamaba Crispina, émula en
su favor y privanza de Serafina, la doncella.
Gracias a Crispina, doña Inés estaba al corriente de los noviazgos que
había en el pueblo, de las pendencias y de los amores, de las amistades
y enemistades, de lo que se gastaba en vestir en cada casa, de lo que
este debía y de lo que aquel había dado a premio, y hasta de lo que
comía o gastaba en comer cada familia. A los que comían bien, doña Inés
los censuraba por su glotonería y despilfarro, y a los que comían poco y
mal, los calificaba de miserables, de hambrones y de perecientes.
No tardó, por consiguiente, doña Inés en tener noticia de las aficiones
de su padre y de sus visitas o tertulias en casa de ambas Juanas.
Muchísimo la molestó esta grosera bellaquería, que tan duramente la
apellidaba; pero disimuló y se reportó durante muchos días, sin decir
nada a su padre. Doña Inés estaba muy adelantada en sus concebidas
esperanzas de octavo vástago, y en tal delicada situación se cuidaba
mucho y procuraba no alterarse por ningún motivo, para que las dichas
esperanzas no se frustraran o se torcieran ruinmente, realizándose de un
modo prematuro, con deterioro y quebranto de su salud. Pero aunque doña
Inés no dijo por lo pronto nada a don Paco, se la tenía guardada y
seguía observando y averiguando por medio de Crispina, en la creencia de
que era a Juana y no a Juanita a quien su padre pretendía o cortejaba.
Esta creencia mitigaba no poco el disgusto de doña Inés, porgue no podía
entrar en su cabeza que su padre intentase jamás contraer segundas
nupcias con Juana la Larga. Así es que lo que censuraba en este muy
ásperamente era la inmoralidad y el escándalo de unas relaciones
amorosas contraídas por hombre que tenía más de medio siglo y que iba a
ser pronto por octava vez abuelo. La enojaba también la condición harto
plebeya del objeto de los amores de su padre, los cuales, si no dignos
de aplauso, la hubieran parecido dignos de disculpa a haber sido con
alguna hidalga recatada y de su posición, como había dos o tres en el
lugar, que, según pensaba doña Inés, hubieran abierto a don Paco, si él
hubiera llamado a la puerta de ellas pidiendo entrada. No se cansaba,
pues, doña Inés de censurar las ruines inclinaciones de su padre. Le
dolía asimismo que su padre gustase tanto en obsequiar a Juana la Larga,
suponiendo, según las noticias que le trajo Crispina, que gastaba mucho
más de lo que ganaba.
--¿Conque juega al tute con ella?
--Sí, señora--contestó Crispina--. Y ya por echarla de fino, ya porque
está embobado y embelesado mirando a Juana con ojos de carnero a medio
morir y sin atender al juego, lo cierto es que Juana le pela, ganándole
diez o doce reales cada noche. Además, los regalos de don Paco llueven
sin descampar sobre aquella casa; ya envía un pavo, ya una docena de
morcillas, ya fruta, ya parte del chocolate que le regala su merced,
hecho por el hombre que viene expresamente desde Córdoba a hacerlo a
esta casa.
Lo de que don Paco hubiese regalado también parte de su chocolate irritó
ferozmente a doña Inés; lo consideró una verdadera profanación y casi le
hizo perder los estribos; pero al fin pensó en la situación en que se
encontraba, ya fuera de cuenta, y logró reportarse. Su moderación y sus
cuidados no fueron inútiles.
El 29 de junio, día de San Pedro Apóstol, sintió doña Inés desde muy de
mañana los primeros dolores, y con gran facilidad dio a luz en aquel
mismo día a un hermoso niño. La madre y el señor Roldán decidieron que
debía llamarse Pedro, en honor del Príncipe de los apóstoles en cuyo día
había nacido y del que eran muy devotos. El señor don Andrés Rubio
prometió tener al infante en sus brazos en la pila bautismal. Y como el
infante fue robustísimo y el médico asegurase que no corría peligro su
vida, retardaron su bautismo hasta mediados del mes de julio, así porque
ya estaría levantada la señora doña Inés y podría asistir a las fiestas
que se hiciesen, como porque para entonces se realizaría la anunciada
visita del señor obispo, el cual, a más de confirmar a todos los
muchachos que no lo estuviesen, les haría la honra de bautizar al futuro
Periquito.
El obispo sería hospedado en casa de los señores de Roldán los tres o
cuatro días que estuviese en Villalegre. Doña Inés, por tanto, pensando
en los preparativos y en todos los medios que había de emplear para
hacer con lucimiento recepción tan honrosa, perseveró en refrenar su ira
contra Juana la Larga, a quien imaginaba seductora de su padre. Y
disimulando el odio que le había tomado, no quiso dejar de valerse de
ella en ocasión de tanto empeño. Ya la había llamado el día del
alumbramiento, porque bien sabía por experiencia que no había en el
mundo conocido más hábil comadre que Juana.
Y como tampoco había por allí mujer tan dispuesta para preparar y
dirigir los festines, con tiempo comprometió a Juana a fin de que desde
dos días antes de la llegada del obispo se viniese a su casa, sin volver
a la casa propia sino para dormir, y lo preparase y dirigiese todo.
Juana prometió hacerlo así y lo cumplió muy gustosa.
XII
La víspera de la llegada del obispo, que fue el 15 de julio, víspera
también de la Virgen del Carmen, Juana había trabajado ya mucho, sudando
el quilo para condimentar los manjares y las golosinas, y hasta para
disponer el aparato y la magnificencia que habían de desplegarse en la
recepción y en el hospedaje de su señoría ilustrísima, y en el refresco
y ambigú que había de darse en aquella casa a todo lo más granado e
ilustre de la villa, después de terminadas las cristianas ceremonias de
la confirmación y del bautismo. En ella, doña Inés iba a dar al señor
obispo más trabajo que nadie, pues tenía siete chiquillos no confirmados
aún, y uno todavía _moro_, como apellidan en Andalucía a todo ser humano
antes de recibir el agua sacramental que le trae al gremio de la
Iglesia.
La noche del 15 de julio hacía muchísimo calor. A eso de las nueve, don
Paco, según costumbre, se fue de tertulia a casa de Juana la Larga; pero
Juana seguía trabajando aún en la de los señores de Roldán, y Juanita
estaba sola con la criada, tomando el fresco en la reja de su sala baja.
La vio don Paco, y llegó a hablarle antes de dirigirse a la puerta.
Juanita, después de los saludos de costumbre, dijo a don Paco, que
pretendía que le abriese:
--Mi madre no ha vuelto aún. No sé cuándo volverá. Estando yo sola no
me atrevo a abrir a usted la puerta y a dejarle entrar. La gente murmura
ya contra nosotros, y murmurará mil veces más si yo tal cosa hiciera.
Váyase usted, pues, y perdóneme que no le reciba.
Ninguna objeción acertó a poner don Paco, convencido de lo puesta en
razón que estaba Juanita. Solamente le dijo:
--Ya que no me recibes, no te vayas de la reja y habla conmigo un rato.
Aunque la gente nos vea, ¿qué podrán decir?
--Podrán decir que usted no viene a rezar el rosario conmigo; podrán
creer que yo interesadamente alboroto a usted y le levanto de cascos, y
podrán censurar que pudiendo ser yo nietecita de usted, tire a ser su
novia y tal vez su amiga. Con esta suposición me sacarán todos el
pellejo a túrdigas; y si llega a oídos de su hija de usted, mi señora
doña Inés López de Roldán y otras hierbas, que usted y yo estamos aquí
pelando la pava, será capaz de venir, aunque se halla delicada y
convaleciente, y nos pelará o nos desollará a ambos, ya que no envíe por
aquí al señor cura acompañado del monaguillo, con el caldero y el hisopo
del agua bendita, no para que nos case, sino para que nos rocíe y
refresque con ella, sacándonos los demonios del cuerpo.
--Vamos, Juanita, no seas mala ni digas disparates. No es tan fiero el
león como lo pintan. Y si tú gustases un poquito de mí, y mi
conversación te divirtiese en vez de fastidiarte, no tendrías tanto
miedo de la maledicencia, ni de los furores de mi hija, ni de los
exorcismos del cura.
--¿Y de dónde saca usted que yo no guste de tener con usted un rato de
palique? Pocas cosas encuentro yo más divertidas que la conversación de
usted, y además siempre aprendo algo y gano oyéndole hablar. Yo soy
ignorante, casi cerril; pero, si el amor propio no me engaña, me parece
que no soy tonta. Comprendo, pues, y aprecio el agrado y valor que
tienen sus palabras.
--Entonces, ¿cómo es que no me quieres?
--Entendámonos. ¿De qué suerte de quereres se trata?
--De amor.
--Ya esa es harina de otro costal. Si el amor es como el que tiene el
padre Anselmo a su breviario, como el que tiene doña Inés a sus libros
devotos o como el que tiene usted a las leyes o a los reglamentos que
estudia, mi amor es evidente y yo quiero a usted como ustedes quieren
esos libros. No menos que ustedes se deleitan en leerlos, me deleito yo
en oír a usted cuando habla.
--Pero, traidora Juanita, tú me lisonjeas y me matas a la vez. Yo no
quiero instruirte, sino enamorarte. No aspiro a ser tu libro, sino tu
novio.
--Jesús, María y José. ¿Está usted loco, don Paco? ¿En qué vendría a
parar, qué fin que no fuera desastroso podría tener ese noviazgo? ¿No le
tiemblan a usted las carnes al figurarse la estrepitosa cencerrada que
nos darían si nos casáramos? Y si el noviazgo no terminase en
casamiento, ¿adónde iría yo a ocultar mi vergüenza, arrojada de este
pueblo por seductora de señores ancianos?
Lo de la ancianidad, tantas veces repetido, ofendió mucho a don Paco en
aquella ocasión, y muy picado, y con tono desabrido, exclamó haciendo
demostración de retirarse:
--Veo que presientes graves peligros. No quiero que te expongas a ellos
por mi culpa. Adiós, Juanita.
--Deténgase usted, don Paco; no se vaya usted enojado contra mí. ¿No
conoce usted muy a las claras que yo le quiero de corazón y que mi mayor
placer es verle y hablarle? Como soy franca y leal, procuro no retener a
usted con esperanzas vanas. Mucho me pesaría de que usted me acusase un
día de que yo le engañaba. Por esto digo a usted que de amor no le
quiero y me parece que no le querré nunca. Pero lo que es por amistad,
debe usted contar conmigo hasta la pared de enfrente. ¿Por qué no se
contenta usted con esa amistad? ¿Por qué me pide usted lo que no puedo
ni debo darle? No sería flojo el alboroto que se armaría en el pueblo si
usted y yo fuésemos novios y sí el noviazgo se supiese.
Don Paco se atrevió a decir entonces, en mala hora y con poco acierto:
--¿Pues qué necesidad hay de que nuestro noviazgo se sepa?
--Y usted, ¿por quién me toma para insinuar ese sigilo, dado que sea
posible? Sólo se oculta lo poco decente, y, por tanto, yo no he de
ocultar nada aunque pueda. Si me decidiese yo a ser novia de usted,
sería por considerarlo bueno y honrado, y en vez de ocultarlo como fea
mancha, lo pregonaría y lo dejaría ver a todos con más orgullo que si
enseñase una joya, jactándome de ello, en vez de andar con tapujos. Ya
sabe usted mi modo de pensar. Nada más tenemos que decirnos. Ahora, lo
repito, váyase usted y déjeme tranquila. Malo es siempre dar que hablar;
pero dar que hablar sin motivo es malo y tonto.
Don Paco depuso el enojo, no acertó a responder a Juanita con ninguna
frase concertada y se fue, despidiéndose de ella resignado y triste.
XIII
Pasaron días y vino el obispo, como se esperaba.
Su señoría ilustrísima bautizó a los niños _moros_, que aguardaban su
venida, como los padres del Limbo el santo advenimiento, y confirmó a
los no confirmados, que se contaban a centenares, entre ellos no pocos
harto talludos.
Doña Inés se lució dando hospedaje al señor obispo, y este se fue del
lugar muy maravillado y gozoso de la magnificencia y primor con que allí
se vivía.
Libre ya doña Inés de tanta extraordinaria faena, se consagró con mayor
atención al estudio de la historia contemporánea, y al cabo, auxiliada
por los datos que le suministraba Crispina, y valiéndose de su rara
sagacidad, vino a comprender que no era a la madre, sino a la hija, a
quien cortejaba don Paco. Su furor fue entonces muy grande; pero por lo
mismo se calló y no atormentó a su padre con insinuaciones ni bromas. El
asunto no se prestaba a bromas ni a medios términos. La ira de doña Inés
había de estallar y manifestarse de una manera más seria cuando
estuviese completamente convencida de la locura de su padre, pues de tal
la calificaba.
Don Paco, entre tanto, si bien daba ya menos pretexto a la murmuración,
se sentía más enamorado que nunca de Juanita. Pensaba en sus dulces
desdenes, recapacitaba sobre ellos, hacía doloroso examen de conciencia
y miraba y cataba la herida de su corazón, como un enfermo contempla con
amargo deleite la llaga o el cáncer que le lastima y en el que prevé la
causa de su muerte.
Toda la vida había sido don Paco el hombre más positivo y menos
romántico que puede imaginarse. Aquel imprevisto sentimentalismo que se
le había metido en las entrañas y se las abrasaba, le parecía tan
ridículo que, a par que le afectaba dolorosamente, le hacía reír cuando
estaba a solas, con risa descompuesta y que solía terminar en algo a
modo de ataque de nervios.
Don Paco dejó, pues, de ir todas las noches a casa de ambas Juanas; ya
no veía a Juanita en la fuente y sola, porque él mismo había predicado
para que no fuese, y, sin embargo, no acertaba a sustraerse a la
obsesión que Juanita le causaba de continuo, presente siempre a los
perspicaces ojos de su espíritu, así en la vigilia como en el sueño.
Por dicha, no le atormentaban los celos. Juanita zapateaba, donosa o
duramente, a cuantos mozos la pretendían, y lo que es Antoñuelo iba ya
con menos frecuencia a casa de Juanita. Según en el lugar se sonaba,
andaba él muy extraviado, frecuentando las tabernas en harto malas
compañías y pasando muchas noches en francachelas y jaranas. Villalegre
no era el único teatro de sus proezas, sino que, a pesar de las
amonestaciones y reprensiones de su padre, a menudo muy duras, se solía
ir de parranda al campo o algunos lugares cercanos, y en dos o tres días
no aparecía por su casa.
Don Paco no tenía, pues, rivales. Parecía completamente dueño del campo;
pero el campo estaba tan bien atrincherado, que don Paco no lograba
entrar en él y se quedaba fuera como los otros. No desistió por eso de
ir por las noches a casa de ambas Juanas, aunque no de diario.
Como de costumbre, jugaba al tute con la madre; como de costumbre,
hablaba con Juanita en conversación general, y Juanita hablaba
igualmente y le oía muy atenta manifestándose finísima amiga suya y
hasta su admiradora; pero, como de costumbre también, las miradas
ardientes y los mal reprimidos suspiros de don Paco pasaban sin ser
notados y eran machacar en hierro frío, o hacían un efecto muy contrario
al que don Paco deseaba, poniendo a Juanita seria y de mal humor,
turbando su franca alegría y refrenando sus expansiones amistosas.
De esta suerte, poco venturosa y triunfante para don Paco, se pasaron
algunos días y llegaron los últimos del mes de julio.
Hacía un calor insufrible. Durante el día los pajaritos se asaban en el
aire cuando no hallaban sombra en que guarecerse. Durante la noche
refrescaba bastante. En el claro y sereno cielo resplandecían la luna y
multitud de estrellas, que, en vez de envolverlo en un manto negro, lo
teñían de azul con luminosos rasgos de plata y refulgentes bordados de
oro.
Ambas Juanas no recibían a don Paco en la sala, sino en el patio, donde
se gozaba de mucha frescura y olía a los dompedros, que daban su más
rico olor por la noche, a la albahaca y a la hierba luisa, que había en
no pocos arriates y macetas, y a los jazmines y a las rosas de
enredadera, que en Andalucía llaman de _pitiminí_, y que trepan por las
rejas de las ventanas, en los cuartos del primer piso, donde dormían
Juanita y su madre.
En aquel sitio, tan encantador como modesto, era recibido don Paco.
Todavía allí, a la luz de un bruñido velón de Lucena, de refulgente
azófar, se jugaba al tute en una mesilla portátil, pero no con la
persistencia que bajo techado. Otras distracciones, casi siempre
gastronómicas, suplían la falta del juego. Juana, que era tan
industriosa, solía hacer helado en una pequeña cantimplora que tenía;
pero con más frecuencia se entretenía comiendo ora piñones, ora
almendras y garbanzos tostados, ora flores de maíz, que Juanita tenía la
habilidad de hacer saltar muy bien en la sartén, y ora altramuces y, a
veces, hasta palmitos cuando los arrieros los traían de la provincia de
Málaga, porque en la de Córdoba no se crían.
Estas rústicas semicenas, dignas de ser celebradas por don Francisco
Gregorio de Salas en su famoso _Observatorio_, deleitaban más a don Paco
que hubieran podido deleitarle las antiguas cenas de Trimalción o de
Apicio y las modernas de la Maison Dorée o del Café Inglés en París,
pareciéndole mejor aquellos groseros alimentos que la ambrosía que comen
las deidades del Olimpo, ya que Juanita, comiéndolos, les comunicaba
cierta celestial u olímpica naturaleza. Dichas chucherías, apéndices de
la verdadera cena que cada uno había tomado ya en su casa antes de
empezar la tertulia, probaban además, cuando las dos Juanas y don Paco
se las comían, sin el menor susto y sin ninguna mala resulta, que
nuestros tres héroes poseían tres estómagos de los más sanos, eficaces y
potentes que hay en el mundo.
Una noche en que estaban aquellas señoras muy familiares, conversables y
benignas con don Paco, se atrevió este a ofrecer algo que pensaba en
ofrecer tiempo hacía, sin acabar de decidirse por temor de que no
aceptasen su obsequio.
Desechado el temor, dijo al cabo:
--De hoy en ocho días, el cuatro de agosto, habrá grandes fiestas en
este pueblo. Habrá procesión, feria, velada, función de iglesia y
sermón, que predicará el padre Anselmo, contando y celebrando la vida y
milagros del glorioso Santo Domingo de Guzmán, nuestro patrono y abogado
en el cielo. Tengo yo una pieza de tela de seda, flexible y rica, por el
estilo de la de estos mantones que llaman de espumilla o de Manila.
Carece de bordados y es de color verde oscuro. Me la envió meses ha de
regalo mi sobrino Jacinto, que está en Filipinas empleado en Hacienda.
Tiempo hay todavía de hacer con esta tela un precioso vestido de mujer.
¿Y quién lo llevaría con más garbo y lucimiento que Juanita, si aceptase
mi presente? La tela es pintiparada para hacer el traje, y si ustedes
quieren darse prisa, aún tienen tiempo de sobra.
Madre e hija dieron mil gracias a don Paco por su buena intención,
mostrando repugnancia en aceptar por el qué dirán y sosteniendo que
cuando viesen a Juanita con traje tan lujoso todo el lugar se
alborotaría, adivinaría que la seda era regalo de don Paco y él y ellas
darían una estruendosa campanada.
Nada contestó don Paco a tan juiciosos razonamientos; pero hizo algo más
elocuente y persuasivo. Tomó de una silla un paquete que había traído
recatadamente envuelto en un pañuelo, y desdoblándolo, mostró la tela a
la luz del velón.
Ambas mujeres admiraron aquella hermosura; la calificaron de divina. Los
ojos y el alma se les iban en pos de la tela. En suma, no pudieron
resistir y aceptaron el obsequio. Juana quiso mostrarse más difícil y
Juanita tuvo que ceder y que aceptar antes que ella.
No bien se fue don Paco, a eso de las doce, Juanita dijo a su madre.
--Yo no he sabido resistir. La tela es encantadora. Lo que más me agrada
de ella es su flexibilidad, porque no tiene tiesura como otras sedas. Se
ceñirá muy bien al cuerpo y se podrá dar mucho vuelo a las faldas, que
formarán pliegues muy graciosos. Vamos..., he caído en la tentación.
¿Qué no van a murmurar y a morder las envidiosas cuando me vean tan
peripuesta y tan guapa ir a la función de iglesia el día de Santo
Domingo? Porque tú, mamá, irás con tu mantilla de tul bordado, y me
emprestarás o me regalarás la otra que tienes de madroños, que me está
como pintada. Varias veces la he sacado del fondo del arca y me la he
probado, mirándome al espejo. Mucho van a rabiar cuando me vean tan maja
las hijas del escribano, que gastan tanta fantasía como si fueran dos
marquesas, aunque son dos esperpentos y van siempre mal pergeñadas.
--Sí, hija; pues la menor está tan escuchimizada que parece una lombriz
de caño sucio, y la otra es tan pequeñuela y tan gorda como una bolita.
Si llega a casarse, a tener hijos y a engordar más, perderá la forma de
mujer y se convertirá en cochinillo de San Antón. Pero, dejando esto a
un lado, yo no las tengo todas conmigo. Despertaremos la más tremenda
envidia y nos pondrán como un regalado trapo.
--Pecho al agua y preparémonos para la lucha. ¿Qué podrán decir de mí?
¿Que don Paco me viste? Pues yo voy a vestir a don Paco..., y patas.
Mira: con mis ahorrillos iré mañana a la tienda del _Murciano_ y
compraré paño de Tarrasa o del mejor que tenga. Calcula tú cuántas
varas se necesitan. El tiene gabina, castora o como se llame; pero su
levita, aunque no se la pone más que diez o doce veces al año, está ya
desvergonzada de puro raída. Sin chistar, con mucho sigilo, vamos tú y
yo a hacerle una levita nueva, según el último figurín de _La Moda
Elegante e Ilustrada_ que recibiste de Madrid el otro día. Como tú
tienes las medidas de don Paco y eres muy hábil, la levita, sin
probársela ni nada, le caerá muy bien, y ya verás con qué majestad y con
qué chiste la luce en la procesión, cuando marche en ella entre los
demás señores del Ayuntamiento. Así no seré yo sola, sino él también,
quien estrene prenda en tan solemne día.
--Pero, muchacha, eso que dices no es apagar el fuego, sino echarle leña
para que arda más. Si han de murmurar como uno al verte con el vestido
nuevo, murmurarán como dos al ver con levita nueva a don Paco.
--Pues que murmuren. Lo que yo me propongo al regalar la levita, además
de la satisfacción que me cause el obsequiar a don Paco, es que nadie me
acuse, y sobre todo, que no me acuse yo misma de tener el vestido sin
dar en pago algo equivalente.
Decididas así las cosas, al otro día se compró el paño. Juana cortó con
segura destreza la levita y el traje de mujer, y madre e hija y dos
oficialas trabajaron con tal ahínco, que el tres de agosto, víspera del
santo, levita y vestido de mujer estaban terminados.
XIV
Cuando aquella noche vino don Paco de tertulia, le dieron la sorpresa de
enseñarle la levita.
El casi se enojó, y hasta se le saltaron las lágrimas de puro
agradecido.
En el patio mismo se probó la levita; le hicieron dar con ella cuatro o
cinco paseos, y ambas mujeres encontraron que con la levita estaba don
Paco muy airoso; y eso que no se veía todo el efecto, porque no había
traído la gabina, sino el hongo, como de costumbre, y la levita y el
hongo no armonizan bien.
Animados ya los tres y de buen humor, dijo don Paco:
--No comprendo por qué gustan ustedes tanto de la soledad y están tan
retraídas. La plaza esta noche estará animadísima. Todo el mundo habrá
acudido a la verbena y a ver los fuegos, que dicen que serán
magníficos. Empezarán en punto de las once, y como habrá muchos cohetes
y dos o tres soles o ruedas, y a lo último un gran castillo, que
terminará con un espantoso trueno gordo, durará la fiesta hasta después
de medianoche. La gente quiere que el trueno gordo estalle en el momento
mismo que empiece el día del santo, y espera que el santo lo oiga desde
el cielo y se alegre de que sus patrocinados le saluden y feliciten.
¿Por qué no se animan ustedes y van a gozar de todo esto? Iremos juntos.
Yo las acompañaré.
--Bien quisiera yo ir--contestó Juana--; pero temo que nos pongan como
chupa de dómine cuando nos vean reunidos.
--Pues mira, mamá, deja que nos pongan como les de la gana; a mí me sale
de adentro el ir, y no quiero andar con repulgos. Vamos allá, y arda
Troya. Como estamos, vamos bien, sin nada en la cabeza; no tenemos más
que echar a andar.
Sin hacer más reparos, los tres se fueron en seguida a la velada y feria
que había en la plaza, la cual, con los muchos farolillos y candilejas
que la iluminaban, parecía una ascua de oro; y por el bullicio y por la
muchedumbre de gente, que casi la llenaba, era un hormiguero de seres
humanos.
En los balcones, en las ventanas y en las puertas de las casas, las
personas de más edad y fuste estaban sentadas en sillas.
Las jóvenes se paseaban o se paraban a contemplar las tiendas de
mercaderes ambulantes que se extendían por la plaza y por dos o tres
calles de las que en la plaza desembocan.
Las tiendas a las que se agolpaba más gente eran las de juguetes y
muñecos. Apenas había chicuelo que no fuese obsequiado por sus padres o
por los amigos de sus padres con un pito, con una trompeta o con un
tambor. Y como casi todos desplegaban en seguida su capacidad musical en
los instrumentos que les habían mercado, el aire resonaba con marcial y
alegre, aunque algo discordante armonía. Ni faltaban en las tiendas de
muñecos trompas marinas, siempretiesos, sables y fusiles de madera y de
latón, y especialmente Santos Domingos de diversos tamaños, todos de
barro cocido y pintados de vivísimos colores. Estas imágenes eran las
que más se vendían, porque el santo inspiraba en el pueblo devoción
fervorosa.
El ambiente estaba embalsamado por el aroma del aceite frito de más de
quince buñolerías, donde gitanas viejas y mozas freían y despachaban de
continuo esponjados buñuelos, que unas personas se comían allí mismo con
aguardiente o con chocolate y otras se los llevaban a su casa,
ensartados todos en un largo, flexible y verde junco.
Ni faltaban allí tampoco puestos de exquisitas frutas; pero los que más
atraían la atención de los chicuelos eran los de almecinas, ya que,
además del gusto de comérselas, proporcionaban la diversión de ejercitar
la puntería tirando al blanco. Cada muchacho que compraba almecinas
compraba también un canuto de caña, cerbatana por donde, después de
haberse comido la poca y negra carne de la fruta, disparaba soplando el
huesecillo redondo y duro. Estos proyectiles corrían silbando por el
aire como las balas en una reñida batalla, salvo que eran mucho más
inocentes, pues apenas hacían daño, si por una maldita y rara casualidad
no acertaban a darle a alguien en un ojo, pues entonces bien podían
dejarle tuerto. Caso tan lastimoso, sin embargo, rara vez ocurre, y, por
consiguiente, la muchedumbre se paseaba tranquila en medio de aquel
feroz tiroteo. Había, por último, en la feria nocturna siete u ocho
mesillas de turrón, y hasta tres confiterías, donde lo que con más
abundancia se despachaba eran las yemas, los roscos de huevo y las
batatas confitadas.
Se cuenta que cuando algún campesino que presume de muy rumboso quiere
obsequiar a su novia o a la muchacha a quien va acompañando, se dirige
al confitero y le pide yemas o batatas.
--¿Cuántas quiere usted?--dice el confitero poniendo en uno de los
platillos del peso la pesa de cuarterón.
--Eche usted _jierro_--responde el galán.
El confitero pone la pesa de media libra.
--Eche usted más _jierro_--repite varias veces el galán, y el confitero
va echando casi todas las pesas.
Pero siempre la muchacha, llena de exquisita delicadeza, y con los más
modestos remilgos, alega la dificultad que hay en trasladar a casa tanta
balumba y pesadumbre de confites, y asegura que no se los podrá comer en
una o dos semanas, y que se pondrán agrios, secos o rancios. En fin,
ella está tan elocuente, que el galán, aunque al principio se resiste
llamando a la muchacha dama de la media almendra, al cabo se deja
convencer, pero no de repente, sino poquito a poco; y según va entrando
el convencimiento en su ánimo y ella sigue hablando, él la interrumpe a
trechos diciendo al confitero:
--Quite usted _jierro_.
Y de esta suerte acaba por no quedar en el platillo de las pesas más que
la de cuarterón, y a veces la de dos onzas.
Para que no careciere la velada de ningún atractivo, hubo en ella
también una banda de música militar, que se había conservado desde la
época en que hubo milicianos nacionales, gracias a los desvelos y
esfuerzos de don Andrés Rubio, que había sido comandante de la milicia.
Los ocho músicos de que constaba la banda vestían aún, cuando iban a
tocar de ceremonia, el antiguo uniforme de la extinguida institución
defensora de nuestras libertades. Eran los músicos menestrales o
jornaleros de los más listos; no tocaban mal, y siempre el Municipio les
pagaba un buen estipendio: seis y hasta ocho reales a cada uno. De este
modo se libertaba Villalegre del tributo a que estaba sometida en lo
antiguo, haciendo venir de la ciudad vecina, siempre que había función,
a los músicos, a quienes apellidaban en el lugar _tragalentejas_.
Don Paco paseó a sus amigas por toda la feria, dando no poco que
murmurar, según habían previsto.
Como ellas eran más finas que los jornaleros, ninguno se acercaba a
hablarles, y como estaban en más humilde posición que las ricas
labradoras, propietarias e hidalgas, la aristocracia las desdeñaba. El
nacimiento ilegítimo de Juanita hacía mayor este aislamiento. Juanita no
tenía ya una amiga. Entre los mozos, como había desdeñado a muchos, los
pobres no se le acercaban por ofendidos o tímidos, y los ricachos, que
si ella hubiera sido fácil hubieran porfiado por visitarla en su casa,
temían desconcharse o rebajarse acompañándola en público. Antoñuelo era
el único galán que aún se complacía en acompañar a Juanita; pero
Antoñuelo andaba entonces muy extraviado y se hallaba ausente en una de
sus correrías por los lugares cercanos.
Las mozas que solían ir por agua a la fuente del ejido, y los arrieros,
pastores y porquerizos que acudían a dar agua al ganado, considerando
que desde que Juanita dejó de ir allí se daba tono de señora, no se
atrevían ya ni a saludarla.
Toda la noche, o sea hasta que los fuegos terminaron, que fue ya cerca
de la una, madre e hija permanecieron en la plaza, y hubieran estado sin
otro acompañante que don Paco, si don Pascual, el maestro de escuela, no
se hubiera unido también a ellas.
Era don Pascual un solterón de más de sesenta años, delicado de salud,
flaco y pequeño de cuerpo, pero inteligente y dulce de carácter.
Desde que Juanita tuvo seis años don Pascual, prendado de su despejo y
de su viveza, se había esmerado en enseñarle a leer y escribir, algo de
cuentas y otros conocimientos elementales.
Juanita había tenido en el maestro de escuela un admirador constante y
útil, porque había sido para ella, a falta de aya, ayo gratuito y
celosísimo.
Ella, en cambio, hacía mucho honor a su maestro, pues tomando sus
lecciones en horas de asueto y cuando la escuela estaba desierta de
muchachos, salió discípula tan aventajada, que avergonzaba a casi todos
los que a la escuela asistían.
Nadie sabía mejor que ella el Catecismo de Ripalda y el Epítome de la
gramática. Nadie conocía mejor las cuatro reglas.
Había aprendido también Juanita algo de geografía y de historia; y ya,
cuando apenas tenía nueve años, recitaba con mucha gracia varios
antiguos romances y no pocas fábulas de Samaniego.
Tiempo hacía que don Pascual no visitaba a Juanita ni a su madre.
Primero, las frecuentes visitas de Antoñuelo le habían espantado.
Después le retrajo más de ir a casa de las dos Juanas el saber que tanto
las frecuentaba don Paco. Tal vez supuso el bueno del maestro que
Antoñuelo y don Paco bastaban en aquella casa, y que si él iba estaría
de non y sería un estorbo.
Aquella noche pasó por acaso don Pascual cerca de Juanita, y esta se
dirigió a él diciéndole:
--Buenas noches, maestro. ¿Qué le hemos hecho a usted, que tan caro se
vende y que nos tiene tan olvidadas?
Fueron tantas las cordiales zalamerías de la muchacha, que la
preocupación de que él pudiera ser estorbo se le borró por completo del
magín y acompañó a ambas mujeres durante toda la velada, siendo el
cuarto personaje del grupo.
Ya paseaban los cuatro, ya se sentaban en los bancos de piedra que hay
en la plaza. Siempre estaban o iban en medio las dos mujeres, y
alternando, a un lado y otro, ambos galanes.
Ellos quisieron obsequiarlas con confites, pero ninguna de las dos
consintió tamaño despilfarro. Para que don Paco no lo tomase a desaire,
dejó Juana que le comprase un buen puñado de cacahuetes y cotufas, que
se echó en el bolsillo y que iba comiendo. Juanita, que gustaba mucho de
las castañas, como la Amarilis de Virgilio, se avino a que don Pascual
le comprase un cuarterón de pilongas, que también se iba comiendo sin el
menor melindre.
A don Pascual le bastó con una que ella le dio con fineza, porque como
don Pascual no tenía dientes, no la podía roer ni mascar y la tuvo hora
y media en la boca, tratando en balde de ablandarla, y recordando que
sin duda por eso, así como por su baratura, se llaman las castañas
pilongas caramelos de cadete. Agradablemente pasaron, pues, la velada, y
fueron de los que más gozaron en ella, sin perdonar los fuegos con los
que la velada terminó, y que estuvieron espléndidos.
Los galanes, ya cerca de la una, acompañaron a ambas Juanas hasta la
puerta de su casa.
Cada mochuelo a su olivo, como suele decirse. Todos en el lugar se
retiraron a dormir y trataron de dormir profundamente y de prisa, a fin
de estar listos y bien apercibidos, desde muy temprano, para las
magníficas fiestas que había de haber al día siguiente.
XV
Desde el amanecer empezó a solemnizarse el 4 de agosto de manera
estruendosa con repique general de campanas.
Multitud de gente, tanto de la villa como de no pocos lugares cercanos,
circulaba por la vía pública, acudía a la plaza, donde seguía la feria
como en la noche antes, o se agolpaba en la carretera por donde había de
ir la procesión, saliendo de la iglesia de Santo Domingo, que era la
parroquia, y volviendo a entrar en ella después de haber dado gentil
paseo por las calles principales. Estas habían sido bien barridas y
alfombradas luego de juncia y gayomba. Aguardando ver pasar la procesión
se hallaban muchas personas en las puertas, ventanas y balcones,
pendientes de cuyas rejas y barandas lucían vistosas colgaduras de
damasco encarnado, verde y amarillo, o de colchas de algodón estampado
con enormes floripondios y orladas de rizados y cándidos faralaes.
La población toda estaba de gala. Los hombres, bien afeitados, pues la
víspera quedaron abiertas las barberías y afeita que afeita hasta muy
dadas las doce. Los señores más importantes y ricos, cuantos recibían el
tratamiento de don, estaban de levita y castora, hasta con frac dos o
tres, el escribano entre ellos. Los jornaleros, de camisa limpia y con
sus mejores ropas; si eran jóvenes, iban en cuerpo, pero con chivata o
larga vara de membrillo, oliva o fresno; y si eran ya mayores de edad,
con capa, para el conveniente decoro, por ser por allí la capa el traje
de etiqueta, del que no se puede prescindir, aunque se achicharre o
derrita el humano linaje, como era entonces el caso, porque el sol
hacía chiribitas.
Las mujeres de todas las clases sociales habían sacado sus trapitos de
cristianar para adornarse aquel día. Ninguna iba con la cabeza
descubierta. Todas, sí no tenían mantilla, llevaban mantones de lana
ligera, o bien pañuelos que denominaban allí _seáticos_, o sea percal
lustrosísimo, que imita la seda. Las damas pudientes, ya provectas,
vestían trajes negros u oscuros de tafetán, de sarga malagueña o de
alepín o de cúbica; y las señoritas, sus hijas, iban con trajes de
muselina o de otras telas aéreas y vaporosas, pero ninguna sin mantilla,
ora de tul bordado, ora de blonda catalana o manchega. Sobre la pulidez
y el aseo del peinado, y como matorral a pie de enhiesta torre,
relucían, junto a las peinetas de carey, las moñas de jazmines, la
albahaca y otras hierbas de olor, y las rosas y los claveles rojos,
amarillos, blancos y disciplinados.
Las flores abundaban en Villalegre, gracias a la fuente del ejido, cuyas
milagrosas propiedades ya hemos elogiado, y gracias también a otros
caudalosos veneros, que brotan entre rocas al pie de la inmediata
sierra, y a varias norias y a no pocos pozos de agua dulce, con los
cuales se riegan huertos, macetas y arriates.
Por entre los hierros de las cancelas que había en las mejores casas se
veían los floridos patios, en algunos de los cuales los naranjos y las
acacias prestaban grata sombra. Las plantas enredaderas trepaban por las
paredes y formaban tupido cortinaje en las ventanas del primer piso.
En el centro del patio, o refrescaba el ambiente un surtidor que caía en
roja taza de bruñido jaspe, o se levantaba gran pirámide de tiestos,
formando compacta masa de flores y verdura.
Las libélulas y las inquietas mariposas revoloteaban en torno, y las
avispas y las abejas zumbaban buscando miel.
El territorio o término de Villalegre confina con la campiña, donde
todas son tierras de pan llevar o baldíos incultos, sin huertas, ni
olivares, ni viñedos. Si algo verdea por aquellos campos es tal cual
melonar en las hondonadas. Todo lo demás es en aquella estación pajizo,
ya sembrado, ya barbecho, ya rastrojos, los cuales arden como yesca y
suelen quemarse para fecundar el suelo. Las plantas que se elevan más
por allí y dan mayor sombra son las pitas. Son las más leñosas y
arborescentes los cardos y los girasoles. Así es que en los hogares se
guisa con cierto producto animal, que no sólo da calor, sino perfume,
salvando por el aire una o dos leguas de distancia, de suerte que las
poblaciones se huelen mucho antes de llegar a ellas, y aun de
columbrarse en el horizonte sus campanarios.
Los gorriones, los jilgueros, las golondrinas y otras cien especies de
pintados y alegres pajarillos salen a la campiña con el alba, a coger
semillas, cigarrones y otros bichos con que alimentarse; pero todos
anidan en el término de Villalegre, y vuelven a él, después de sus
excursiones, para guarecerse en sus cotos y umbrías, para beber en sus
cristalinos arroyos y acequias, y para regocijar aquel oasis con sus
chirridos, trinos y gorjeos.
Aquel día, que era en extremo caluroso, o no habían salido las aves a
merodear o habían vuelto tempranito, y trinando y piando, mientras que
arrullaban tórtolas y palomas, hacían salva y música al Santo Patrono,
así en los alrededores como dentro de la misma villa.
Para mayor ornato y esplendor se habían erigido en ella seis triunfales
arcos de lozano y verde follaje.
La procesión salió en buen orden de la iglesia a las ocho en punto de la
mañana. Rompían la marcha el sacristán y los monaguillos, que llevaban
el estandarte, la manga de la parroquia y dos cruces de plata, a uno y
otro lado de la manga. Después muchísima cera, esto es, multitud de
hombres con velas encendidas caminaban en dos hileras. A trechos
aparecían, conducidas en andas, hasta seis imágenes de santos, todas
policromas, de barro o de madera. La quinta imagen era la de Santo
Domingo. Su cara, severa y hermosa. Sobre su inspirada frente relucía
una estrella de plata sobredorada. Con su mano derecha echaba el santo
bendiciones. A sus pies había un perro, muy bien figurado, que llevaba
entre los dientes una antorcha, al parecer encendida, con la cual, según
el sueño de Santa Juana de Asas, abrasaba e ilustraba el mundo en amor y
en conocimiento de Dios. Caminaban luego las dos filas de hombres con
velas ardiendo, y por último venía una bella efigie de la Virgen, que
estaba sobre los cuernos de la luna, la cual luna era de plata, lo mismo
que la corona que llevaba la Santísima Celestial Señora.
Era su manto de raso azul celeste, todo él bordado también de plata, y
que había costado un dineral. Tenía la Virgen en el brazo izquierdo,
apoyado contra el corazón, a un precioso Niño Jesús con la bola del
mundo, que ostentaba la cruz en lo más alto. En la mano derecha llevaba
la Virgen el escapulario del Carmen.
Iban delante de la Virgen, con dalmáticas e incensarios, dos diáconos,
que por allí llaman _jumeones_.
En mitad de los _jumeones_ descollaba el hermano mayor de la cofradía,
con túnica de seda azul sobre el frac, y empuñando larga pértiga de
plata. Este hermano mayor era nada menos que el marido de doña Inés y
yerno de don Paco, el ilustre don Alvaro Roldán, uno de cuyos
antepasados había costeado la imagen de la Virgen, así como la de Santo
Domingo, obras ambas de Montañés, según se jactaban de ello los
naturales de Villalegre.
En pos de la Virgen, revestido de riquísima capa pluvial, aparecía el
padre Anselmo, y en torno de él varios capellanes, así indígenas como
forasteros, con roquetes y sobrepellices, sueltos algunos de ellos, y
otros seis sosteniendo los argentinos varales del magnífico palio,
debajo del cual se contoneaba con la debida prosopopeya el ya mencionado
cura párroco.
Inmediatamente marchaban los individuos del Ayuntamiento, con el alcalde
a la cabeza, el cual llevaba bengala con puño y borlas de oro. El
secretario, don Paco, estaba al lado del alcalde, con su levita nueva,
elegantísimo, y excitando la envidia de otros señores cuyas levitas o
fraques eran viejos, fuera de moda, y algunos muy pelados, y ya que no
con remiendos y rasgones, con picaduras de polilla, zurcidos chapuceros
y tal cual lamparón o mancha de pringue o aceite, no menos conspicua que
las que notó y censuró el Cid en el hábito del monje don Bermudo.
El cacique, don Andrés Rubio, brillaba en la procesión por su ausencia.
Cercado de una caterva de muchachos, se mostraba luego el hombre más
forzudo del lugar, con la bandera del santo, cuya asta era larguísima.
La bandera estaba hecha de retazos cuadrados de tafetán de diversos y
vivísimos colores. Y era la gala que aquel jayán, cuando había para ello
espacio bastante, porque el paño de la bandera tenía lo menos cuatro
varas en cuadro, revolotease la bandera girándola en torno, paralela al
suelo, de modo que, agachándose los muchachos y hasta algunos hombres y
mujeres, eran por ella cobijados y benditos. Esta operación del
revoloteo y el cobijo iba siempre acompañada de un precipitado redoble
de tambor, tocado por un tamborilero hasta cierto punto eclesiástico y
consagrado a aquel menester.
No cerraba la procesión ninguna tropa de veras, porque en el pueblo,
desde que se había extinguido la milicia nacional, no había soldados.
Sólo había dos guardias civiles. Sin embargo, en lugar de los
_tragalentejas_; que solían venir en lo antiguo de una ciudad cercana,
iban los músicos municipales casi siempre tocando y vistiendo aún el
uniforme de la extinguida milicia.
No contentos con esto los del lugar y considerando y sabiendo, más o
menos confusamente, que el Santo Patrono había tenido algo de guerrero,
quisieron que aquella pompa fuese más militar, y tuvieron una felicísima
idea. A los soldados romanos que salen allí en las procesiones de Semana
Santa les pusieron en el pecho cruces de terciopelo carmesí y los
convirtieron de perseguidores de Cristo en perseguidores de herejes de
los que los amigos del santo habían metido en costura. Los soldados
romanos estaban vestidos con mucha propiedad, porque en el pueblo había
un santo nacido en él, el cual santo perteneció a la Legión Tebana; y
como en compañía de una de sus canillas, hallada en las catacumbas, vino
de Roma su imagen, el traje que llevaba sirvió de modelo para hacer los
de los soldados romanos.
En cuanto al traje de los judíos, era tan fantástico, que podía valer
para cualquier época, si bien tenía el inconveniente de ser tan rico y
primoroso, que sólo los señoritos más acaudalados del pueblo lo podían
costear; así es que había pocos judíos, muchos menos que soldados
romanos; mas no por eso se sometían del todo, sino que de cuando en
cuando se enredaban a trancazos con los cruzados, armando muy graciosas
escaramuzas o simulacros de pelea, con los cuales el pueblo se reía y
era como el sainete o parte cómica de la procesión.
Debemos advertir que estos judíos herejes, tan elegantes en el vestir,
gastaban ciertas espantosas carátulas, con enormes narices, a veces como
berenjenas amoratadas y llenas de verrugas, porque los judíos de los
tiempos antiguos eran más feos que los de ahora, si bien entonces tenían
la mar de dinero, cuando se vestían con tanto lujo.
La devota muchedumbre no veía pasar la procesión en reverente y mustio
silencio, sino con alborozo y algazara, prorrumpiendo en nutridos y
sonoros vivas, entre los cuales se oían a veces proposiciones
candorosamente heterodoxas y aun un poco blasfemas de puro
entusiásticas, como, por ejemplo: «¡Viva nuestro glorioso Patriarca, que
joroba a todos los demonios!» «¡Viva nuestro Santo Patrono, que achica a
todos los otros santos!»
Para colmo de la devoción y muestras de júbilo, varios mozos tenían
escopetas y trabucos, y disparaban tiros sin bala ni perdigones, pero
con mucha pólvora y muy apretada por el taco, a fin de que retumbase más
el tronido. En suma, la procesión no dejó nada que desear. El público
quedó muy satisfecho.
XVI
A las diez se cantó la misa mayor con órgano, que lo hay allí muy bueno,
y no sucede lo que en Tocina y en otros lugares de la Andalucía baja,
donde dicen que, a falta de órgano, tocan la guitarra en la iglesia. De
esto no respondemos. Puede que sea una calumnia. Lo contamos porque lo
hemos oído contar.
La Virgen estaba ya de nuevo ocupando su camarín en el altar mayor, cuyo
retablo, todo de madera tallada y dorada, subía hasta la cumbre del
ábside, y era caprichoso y atrevido desate del estilo churrigueresco:
complicado laberinto de retorcidos tallos, colosal hojarasca, frutas,
armas, monstruos simbólicos y rosetones, por los cuales asomaban sus
infantiles y aladas cabezas los ángeles y los serafines.
A la derecha, y sobre otro altar, estaba ya también en su nicho el Santo
Patrono.
Ambos altares resplandecían con muchísimas velas y hachones ardiendo, y
ramilletes de flores y festones y guirnaldas de arrayán, laurel y
limonero los engalanaban.
Las paredes del templo, si bien blanqueaban sin mácula por el reciente
enjalbiego, se veían en parte cubiertas de rojo damasco, aunque el
damasco era poco, y era más el filipichín que lo remeda.
A ambos lados del altar de Santo Domingo admiraban los fieles multitud
de exvotos, claro testimonio de la potencia milagrosa de su celestial
abogado. Allí piernas, ojos, brazos y hasta niños completos, y bastantes
tablitas pintadas al óleo, donde el milagro se representaba, y por medio
de un largo letrero escrito al pie quedaba explicado.
La multitud llenaba el templo. En el centro, las mujeres, de rodillas o
sentadas en el suelo, se abanicaban casi todas. El movimiento de los
abanicos de diversos colores alegraba la vista. Alrededor estaban los
hombres, en pie. Sólo ocupaban algunos escaños de nogal los señores del
Ayuntamiento y el cacique don Andrés, que vino a la iglesia, aunque no a
la procesión.
Las miradas de los asistentes se fijaban con pasmo en el pecho del
cacique, donde aquel día brillaba por vez primera la placa de oro,
diamantes y rubíes y lustrosa banda de una gran cruz que el Gobierno
acababa de concederle en premio de sus eminentes servicios.
Ambas Juanas, que tampoco habían estado en la procesión, porque la
habían visto pasar por delante de su casa, sita en la carrera,
aparecieron en la iglesia cuando ya empezaba la misa. Involuntario y
general murmullo de admiración se escapó entonces del pecho de los
hombres. La madre iba delante abriéndose paso con los codos. Detrás
venía la hija, hecha un sol, con su lindo vestido de seda chinesca, su
mantilla de madroños, su alta peineta de concha y un montón de claveles
junto a la peineta. Como el vestido era alto, Juanita no llevaba pañuelo
y mostraba toda la gallardía y esbeltez de su talle. Parecía la señora
principal, la reina de aquella función, y apenas podían comprender sus
compatriotas que fuese ella misma la moza que hacía poco iba con un
cántaro por agua a la fuente. Era marcial y decidido su paso, pero al
mismo tiempo majestuoso y modesto.
En la mano, que, en vez de emplearse en humildes y rudos trabajos
domésticos, se diría que había estado conservada entre algodones, como
delicada joven, tenía un pericón que manejaba con mucha gracia.
El asombro que causó su entrada en la iglesia bien se puede decir que
durante tres o cuatro minutos turbó el orden y la tranquilidad que allí
reinaba. El maestro de escuela, hombre leído y que sabía de memoria el
Romancero, recordó a este propósito, hablando a la oreja de un concejal,
el efecto que hizo entrada semejante en la ermita de San Simón de cierta
niña sevillana, alborotando hasta a los monagos y a los sacristanes,
quienes
en vez de decir amén,
decían amor, amor.
Tan disparatado triunfo no cogió de susto a doña Inés. Ya tenía ella
averiguada la transformación de Juanita de zagalona rústica en algo que
presumía de dama, y ya sabía, merced a las investigaciones de Cristina,
que Juanita iba a lucir aquel día un maravilloso traje de lo más a la
moda y señoril que se había visto nunca en aquel lugar y en muchas
leguas a la redonda. El éxito sobrepujó, no obstante, todos los
presentimientos y temores de doña Inés. Aunque todavía estaba guapa, a
pesar de los ocho vástagos que había tenido, se sintió en el fondo del
alma, inferior a Juanita en hermosura; no dejó de notar, con profunda
mortificación, que Juanita estaba vestida con mejor gusto que ella;
hasta en la distinción, aunque doña Inés se preciaba de muy distinguida,
tuvo recelos de que Juanita le llevaba ventaja. Apenas se daba cuenta la
señora de Roldán del arte o de la adivinación con que una chicuela que
se había criado entre pillería andrajosa y casi en medio de la calle,
como vaca sin cencerro, se había hecho sujeto capaz de tan repentina
elegancia.
Como Juana la Larga iba tan engreída y tan ufana con el asombroso
esplendor y con la rara belleza de su niña, no buscó para ponerse con
ella de rodillas un sitio muy apartado, sino el mejor y más visible.
Ambas mujeres fueron a plantificarse en un pequeño claro, inmediato a
los escaños en que estaba el Ayuntamiento y don Paco y don Andrés; claro
que el respeto y la humildad de otras mujeres habían contribuido a
formar, y en cuyo límite, no distante, se hallaba doña Inés López de
Roldán, la cual tomó aquella intrusión por desaforado atrevimiento, y
ardió en sed de imponerle pronto y severo castigo.
Al efecto había ya prevenido al padre Anselmo, y le tenía muy
sobreexcitado contra Juanita y contra su madre.
El padre Anselmo distaba mucho de ser malo y de ser ignorante. Sabía no
poco de teología dogmática y de moral, y poseía notable despejo y
prodigiosa facundia; pero era terco, persistente en las opiniones que
una vez aceptaba, y desconocedor de los asuntos mundanos. Doña Inés,
además, le tenía sorbidos los sesos. Doña Inés le infundía una veneración
y un cariño alambicadamente espirituales, que la convertían para él en
oráculo. Era el devoto afecto que se filtra y se cuela a menudo en el
virtuoso corazón de los ancianos: amor sin deseo y sin vicio; lo que
hasta llamándose platonismo escandalizaría al mismo que lo siente; lo
que es tan sutil, tan etéreo y tan limpio como aquel semidivino sentir
que describe y pinta con rasgos luminosos el conde Baltasar Castiglione
en las últimas áureas páginas de su _Cortesano_.
El padre Anselmo jamás había leído este libro y no había caído ni podía
caer en que sentía inclinación tan dulce; pero sin tener conciencia de
ello reverenciaba a doña Inés como si fuera ángel o santa. Estaba ciego
para todos los defectos y pecados de ella, y no veía o no creía ver en
ella sino virtudes: la prudencia, la caridad, el recogimiento y la
piedad religiosa. Para el padre Anselmo era doña Inés modelo de casadas
y de madres de familia y dechado ejemplar de señoras distinguidas y
doctas. En todo cuanto le dijo acerca de Juanita no advirtió otro
intento que el de evitar o reprimir el escándalo y el mal ejemplo que en
el lugar se estaba ya dando.
Influido por estas ideas, había preparado el sermón que predicó aquel
día y que versaba, con aplicación a las circunstancias, sobre el mismo
tema que él gustaba de tratar siempre: sobre la corrupción de nuestro
siglo y sobre sus síntomas ominosos, que son alternativamente efectos y
causas. Porque la falta de religión hace que se hunda la moralidad, como
edificio cuyos cimientos se socavan, mientras que el excesivo regalo y
el esmerado atildamiento del cuerpo apartan a las almas de toda seria
meditación diabólicamente hacia lo temporal y caduco, y abrasándolas en
el infernal apetito de poseerlo y de gozarlo. De aquí la ambición, la
codicia y la lascivia, red que Satanás nos tiende, cebo con que nos
atrae y anzuelo con que nos pesca y nos lleva consigo para devorarnos.
La incredulidad y la herejía nacen de la molicie y del lujo, y por la
ambición y la codicia, cunden, se propagan y lo inficionan todo.
El padre ilustró su doctrina con citas históricas. Los albigenses, a
quienes convirtió Santo Domingo con ayuda de Simón de Monfort, habían
caído en abominable herejía porque se entregaban a los festines,
elegancias y malas pasiones. Una pícara mujer que sedujo a Martín Lutero
tuvo la culpa de que se hiciese protestante media Europa. Y la perversa
Ana Bolena fue el medio de que se valió el diablo para apoderarse de los
ingleses, que eran antes fervorosos católicos. La codicia había sido,
sin embargo, peor que la lascivia, ya que, si bien toda revolución
herética o impía empezaba con deportes, amoríos y relajación de
costumbres, siempre era la codicia la que lograba que triunfase,
convirtiendo la revolución en cucaña, en cuyo extremo superior se ponían
los bienes de la Iglesia.
--Tal vez--añadía el padre--las personas honradas y pacíficas andarán
ahora muy confiadas imaginando que ya acabó la era de las revoluciones,
porque la Iglesia es pobre y no tiene bienes que le quiten; pero ¡ay,
cuán lastimosamente se equivocan! A falta de bienes de la Iglesia se
pondrán, o se ponen ya en lo alto de la cucaña, los bienes de los
particulares ricos. Y aún habrá menos escrúpulos para incautarse de
ellos, como ahora dicen, porque la incautación (socorrida palabra para
no emplear otra muy dura que cuadraría mejor) no será sacrílega.
Entonces el padre habló del socialismo, refutándolo y procurando
demostrar que cada una de sus utopías es sueño y delirio insano. Según
él, siempre habrá pobres y ricos, y figurándose ya la revolución social
triunfante, dio por ineludible resultado que los que ahora son ricos
queden pobres; que algunos de los pobres más listos y audaces se hagan
ricos y que la muchedumbre de los pobres se aumente en número y padezca
mayor miseria, porque gran porción de la riqueza se habrá consumido o
destruido con las huelgas, alborotos y guerras civiles. En cambio, si el
orden establecido se conserva y se cuida de que nadie se haga rico
burlando el Código Penal, todos trabajarán y se ingeniarán decentemente,
por donde crecerán la riqueza y el bienestar; y los ricos serán más
ricos y serán más, y los pobres serán menos pobres y menesterosos; y
llegará el día, allá en lo por venir, en que los pobres estén mejor
tratados que los ricos de ahora. Pero ahora y entonces habrá clases y
jerarquías sociales, y será justo que se respeten, porque las hay hasta
en el cielo.
Aquí declamó mucho el padre contra el feroz empeño que muestran hoy
tantas personas por salir de su clase y elevarse sin mérito suficiente:
el tendero, sólo porque se enriquece, pretende ser marqués; el usurero,
duque; el sargento, general, sin ir a la guerra, y las mozuelas
desvergonzadas, damas y grandes señoras. Contra todos estos abusos
disertó con vehemencia, o más bien lanzó centellas y rayos, discurriendo
más por extenso sobre el lujo femenino y encareciendo los males que de
él proceden.
Al cuerpecito de una niña presumida y muy ataviada lo llamó colmena de
Lucifer, cuya miel endulza el veneno, y de donde salen las abejas y los
zánganos de punzantes aguijones, o sea un maldito enjambre de vicios,
pecados y sandeces.
Además de escandalizar con aquel lujo y de provocar a los hombres hasta
en los lugares sagrados, turbando el sosiego de los espíritus e
impidiendo su elevación, se gasta para sustentar dicho lujo más de lo
que honradamente se gana; se aceptan regalos de los pretendientes y se
les sonsaca el dinero. Dejándose ir, pues, por pendiente tan
resbaladiza, las muchachas pobres que se ponen muy majas dan con
facilidad en busconas. «Bien lo comprendió así--dijo el padre--la sabia
y gloriosa reina doña Isabel la Católica, cuando se indignó al ver en
unas fiestas que hubo en Segovia a ciertas aventureras vestidas de seda,
y prohibió el uso de la seda a las que no fuesen hidalgas y
ricashembras, lo cual fue providencia discretísima y moralizadora.»
En suma, el padre Anselmo estuvo muy bien aquel día: censuró el vicio
sin censurar al vicio, y no designó ni aludió a nadie.
De esto se encargó la maliciosa envidia de las mujeres, excitada con
disimulo por doña Inés. Todas hicieron a la emperejilada Juanita blanco
de sus insolentes miradas. La consideración del origen ilegítimo de la
muchacha vino a corroborar la creencia de que era pecadora. Cada cual
recordó allá en sus adentros alguna de las varias sentencias vulgares
que sostienen como verdad la transmisión de la culpa por medio de la
sangre: de tal palo, tal astilla; la cabra tira al monte; quien lo
hereda, no lo hurta; de casta le viene al galgo el ser rabilargo, y así
la madre, así la hija y así la manta que las cobija.
No pecaban las dos Juanas por encogidas ni por medrosas; pero apenas
pudieron resistir la muda y formidable tempestad que descargó sobre
ellas. Aparentemente estaba más conmovida la madre. Juanita no mostró
perder la serenidad y el reposo. Su orgullo y el convencimiento de que
no había incurrido en grave falta la sostuvieron. El dolor, no obstante,
y la cólera por la inmerecida afrenta bañaron sus mejillas en más
encendido carmín. Y bajando ella la vista, veló con los párpados y las
rizadas y largas pestañas la luz de sus ojos, que dos mal reprimidas
lágrimas humedecieron.
Al terminar la función acertaron madre e hija a escabullirse sin ser
notadas y a volver precipitadamente a su casa.
XVII
Juanita se dejó caer desmadejada en un sillón de brazos. Juana paseaba,
yendo y volviendo a largos pasos en su salita, como leona en su jaula.
--¡Habráse visto--exclamaba--mayor descoco! ¡Vaya... las mantesonas, las
pu...ercas! Pues si durase aún la prohibición de seda, ¿cuál de ellas la
llevaría sin contrabando? Mejores hidalgas y ricashembras nos dé Dios.
De seda y muy de seda iban las dos hijas del escribano, pero «aunque la
mona se vista de seda, mona se queda». Son más feas que noche de
truenos. ¿Y de dónde han sacado su hidalguía? Quizá no sabremos que son
hijas de la Frasquita, a quien Dios haya perdonado. Era viuda del
cagarrache del molino de Don Andrés cuando la pretendió y la tomó por
mujer el escribano. ¿Y por qué la tomó por mujer? Para remediarse,
porque ella había allegado bastante dinero con un gran corral de
gallinas, y más aún con su habilidad para aviar pollos. Aunque iba a la
chita callando y no gastaba pito, la llamaban la _gabacha_. ¡Qué tacto
en aquellos dedos verdugos! A escape entrecogía ella como con alicates
lo que andaba buscando a tientas en los pobres animalitos, y los dejaba
aviados por docenas, sin que se le desgraciase ninguno en la operación.
Luego los cebada y ponía gordísimos y los vendía muy caros. Yo
preguntaría al padre Anselmo si oficio tan cruel es propio de
ricashembras.
Juanita se recobró pronto de su momentáneo abatimiento, y dijo:
--Mira, mamá, no me hables de las hijas del escribano. No las quiero
mal. Si me miraban con descaro y con susto, fue de puro tontas.
--Pues, hija mía, no sé de qué habían de asustarse. En la menor no se
reparaba, porque es tan chiquituela y consumida, que parece un gusarapo;
pero la mayor bien llamativa estaba. Vestida de colorado y tan gorda,
parecía un tomate enorme con patas. Y luego, ¡qué desvergüenza! Durante
toda la misa estuvo su novio a la vera de ella, todavía de judío, como
había figurado en la procesión. ¡Buena hidalguía está la de Pepito, el
hijo del albardonero! En vez de mercarle traje tan costoso, su padre
debió hacerle una albarda, que no le vendría mal. Aunque ha vuelto de
Granada licenciado en leyes, sigue tan burro como se fue, salvo que
rebuzna en latín y larga las coces ajustadas a Derecho. Pero, en fin, tú
tienes razón. No debemos quejarnos de ellos. Debemos despreciarlos. El
arrastrado del padre Anselmo tiene la culpa de todo.
--No maldigas del padre--replicó Juanita--. Es un bendito, espejo de
santidad. Mucho de lo que dijo en el sermón era juicioso. Y si incurrió
en exageraciones, bien sé yo por qué. La Reina Católica prohibiría sin
duda la seda porque en su tiempo se entenderían las cosas de muy otra
manera que en el día, y además porque la seda costaría entonces un ojo
de la cara y arruinaría al país. En fin, yo no sé por qué prohibió la
reina la seda. Acaso no sea verdad que la prohibiese. Pero si lo es o no
lo es, ¿a mí qué me importa? Yo no me quejo de la reina ni del cura. De
quien me quejo es de aquella embustera gazmoña de doña Inés, que es la
que ha armado contra mí todo este gatuperio. Ella me las pagará. ¡Voto a
Cristo que me las pagará!
Y levantándose entonces de la silla se dirigió hacia su madre con los
ojos echando chispas, y haciendo la cruz como para persignarse, dijo
solemnemente:
--Por esta cruz lo juro: yo me vengaré. Ella se acordará de mi durante
toda su asquerosa vida o me han de borrar el nombre que tengo.
--Sí, hija mía--repuso Juana--, véngate, véngate. Nada más natural y
razonable, pero sin hacer ninguna barrabasada. Y, sobre todo, no jures,
que es pecado mortal. Véngate sin juramento; con cachaza y mala
intención.
--Pierde cuidado. No me faltará cachaza. He de disimular más y he de ser
más hipocritona que esa indina. Mala intención es lo que no tengo; mi
intención siempre será buena.
Al llegar a este punto de su interesante diálogo, ambas interlocutoras
oyeron en la calle terrible estruendo de voces, silbidos y carreras. Se
asomaron a la ventana y miraron por la celosía. Apenas tuvieron tiempo
de ver pasar atropellada muchedumbre de gente, y una vaca brava, atada a
una larga y recia soga, de la que tiraban catorce o quince mozos de los
más robustos y ágiles. Otros mozos aguijoneaban y enfurecían a la vaca,
apaleándola con las chivatas y punzándola por detrás con pitacos o
bohordos de pita.
No siguieron mirando las Juanas lo que ocurría en la calle, porque más
conmovedor espectáculo se ofreció de repente a sus ojos dentro de la
sala misma. Apareció don Paco, a quien la criada había abierto la
puerta, con una gran pelota colorada entre los brazos. Pronto
reconocieron en aquella pelota a la hija mayor del escribano, que venía
desmayada y con acardenalado y gordo chichón en la frente. Las mejillas
y las narices las traía embadurnadas en una sustancia amarilla y
pegajosa a la que las moscas acudían. Al pronto dio no poco que
sospechar tal sustancia, pero luego se supo que eran yemas
despachurradas.
En un cucurucho, que le había feriado el novio, las llevaba doña
Nicolasita, y no se rompió las narices porque al caer dio con ellas
sobre las yemas.
Embelesada con la conversación de su novio, que iba a su lado, con la
carátula en la cabeza como montera y casi tan majo como ella, y seguida
de su padre y de su hermanita, habían estado todos en la plaza, donde
Pepito se había despilfarrado feriando los dulces. Allí se habían
olvidado por completo de que formaba parte del programa de los regocijos
y festejos con que se celebraba el día del Santo, un toro de cuerda, que
entonces fue vaca, como hemos dicho.
Al pasar un grupo por la calle donde ambas Juanas vivían, oyeron de
repente el alboroto y vieron el tropel de los que huían de la vaca, y
hasta entonces no recordaron el peligro a que se habían expuesto.
El escribano, sin pensar en sus hijas, con frac y todo, se subió por los
hierros de una reja y logró ponerse en salvo. La hermanita menor, que
era muy ligera, tal vez por ser tan ruin y enjuta de carnes, se subió
también a otra reja, donde parecía un mico.
El novio estuvo muy caballeroso y quiso imitar a Edgardo, el héroe de la
novela de Walter Scott, _Lucía de Lammermoor_, que él había leído; pero
la vaca no entendía de heroicidades y le derribó al suelo, dándole un
empellón con el testuz. Por fortuna, la vaca no le hizo daño ni caso,
porque sólo llamaba su atención y la atraía poderosamente aquella masa
redonda y colorada que corría delante de ella agitando mucho las faldas.
Como la calle estaba cubierta de gayomba y de juncia y con muchas gotas
de cera que habían caído al pasar la procesión, el piso resbalaba
demasiado. No es, pues, de extrañar que resbalase doña Nicolasita y
diese en el suelo de hocicos. Gracias a las dos libras de yemas que se
interpusieron entre su cara y las piedras no se despampanó la pobre.
Sólo se hizo en la frente el chichón ya mencionado. Su terror fue
inmenso y causa de su desmayo. Allá, en su fantasía febricitante, creyó
sentir el cuerno que penetraba traidoramente en sus delicadísimas
carnes, ya por un lado, ya por otro; y como por el terror, y antes que
sobreviniese el soponcio, le dio la pataleta, agitaba la falda roja y
llamaba al toro, o digamos a la vaca, que se le venía encima.
La fuerza de los mozos que la detuvieron tirando de la cuerda impidió
que hubiese aquel día un desastre y que la función acabase en tragedia.
Don Paco, que venía por allí para visitar a sus amigas, al ver desmayada
a doña Nicolasita, la levantó en sus brazos y se refugió en casa de
ellas.
Cuando ambas se enteraron de lo sucedido, olvidando el enojo, cumplieron
piadosamente con las leyes de la hospitalidad. Hicieron volver de su
desmayo a la víctima de la vaca, aplicando a sus narices vinagre muy
fuerte; con el mismo vinagre aguado le pusieron compresas en el chichón
y se lo vendaron con un pañuelo blanco, de suerte que doña Nicolasita
parecía un Cupido. Y, por último, le lavaron la cara y le quitaron la
costra y churretes de yemas.
Don Paco auxilió en todo esto a las dos caritativas mujeres.
El escribano, Pepito y la hermana menor recobrados ya del susto,
vinieron a la puerta a llamar a doña Nicolasita, la cual, restablecida
también, salió en busca de ellos, sin dar ocasión ni tiempo a que
entrasen.
Tal vez pudo creerse que esta precipitación en la partida y el no entrar
en la casa los otros había sido de puro avergonzado; pero como doña
Nicolasita no dio las gracias sino de un modo muy seco, y Juana y
Juanita estaban escamadas, ambas lo atribuyeron a desdén y a estúpido
recelo de rebajarse y contaminarse en el trato de ellas.
Más amostazada entonces que nunca Juana la Larga, aprovechándose de un
momento en que Juanita había subido a su cuarto, habló a don Paco de
esta manera:
--Señor don Paco, de sobra habrá visto usted la afrenta que nos han
hecho. Su hija de usted, mi señora doña Inés, tiene la culpa de todo. Se
le figura que le tenemos a usted engatusado, y que le queremos chupar y
le chupamos los parneses. Harto sabe usted que eso no es verdad. Mi niña
aceptó el corte de vestido y algún que otro regalo; pero los hemos
pagado, si no con creces, en lo justo. La levita que lleva usted puesta
bien vale la seda que mi hija ha lucido hoy y que tanto jaleo ha
causado. Nosotras queremos mucho a usted, como buenas amigas; pero no le
queremos tanto para que por usted nos sacrifiquemos; si seguimos
recibiéndole nos tendrán por unas perdidas, y hasta serán capaces de
echarnos del lugar. A Juanita le divierte mucho la conversación de
usted; pero yo no quiero conversación que a nada conduce y que nos puede
salir muy cara. Conque, con pena lo digo, y sin pensamiento de
ofenderle, transponga usted, y no vuelva a parecer por esta casa, al
menos hasta que cambien las circunstancias, sí es que cambian algún día,
y sí no cambian, no parezca usted nunca.
Don Paco se compungió y se aturdió al oír este discurso y no acertó a
dar contestación. Algo tartamudeaba; pero la resuelta Juana no le dejaba
decir palabra. Le empujó hacia la puerta y le echó a la calle antes que
volviese su hija.
XVIII
Atolondrado don Paco con los sucesos de aquel día, y más aún con la
expulsión de que acababa de ser objeto, no sabía qué camino tomar ni a
qué carta quedarse, y maquinalmente se fue a su casa a meditar y a hacer
examen de conciencia. Lo primero que notó fue que la tenía muy limpia.
No era ningún delito, aunque pudiese pasar por extravagancia, el que
estuviese enamorado de aquella muchacha que podía ser su nieta. El haber
ido a su casa todas las noches durante algunas semanas apenas le parecía
imprudente y digno de censura. De Juanita formaba, sucesiva y a veces
simultáneamente, distintos conceptos, como sí en el fondo del ser de
ella hubiese algo de misterioso e indescifrable. De sobra reconocía él
que Juanita, si no le había dado calabazas, era porque él no se había
declarado en regla; pero con sus bromas de llamarle abuelo y con la maña
que ella empleaba para que él no le hablase al oído y para esquivar el
estar a solas con él, harto claro se veía que no quería admitirle por
novio ni por amante. Sin embargo, ¿sería esto cálculo o ladino instinto
de mujer para cautivarle mejor o para entretenerle con esperanzas vagas?
También recordaba don Paco los cuchicheos de Juanita con Antoñuelo y se
ponía celoso.
¿Si estaría ella prendada de Antoñuelo, y considerando que como novio no
le convenía, pensaría en plantarle y en decidirse al fin por don Paco,
como mejor partido y conveniencia? ¿Si titubearía ella entre su propio
gusto y lo que su madre, sin duda, le aconsejaba? Como quiera que fuese,
don Paco tenía estampada en las telas del juicio la imagen de Juanita, y
cada vez le parecía más hermosa y más deseable. Harto bien notaba que ni
su madre ni ella habían tratado jamás de medrar a su costa de un modo
pecaminoso e ilegítimo. La madre acaso le deseaba para yerno. Lo que es
la hija, hasta entonces no había mostrado desearle, ni menos buscarle
para amante ni para marido. El había hecho todos los avances. Culpa suya
era todo aquel furor suscitado contra las dos mujeres, del cual no le
cabía la menor duda de que doña Inés era promovedora. Consideraba luego
don Paco, y esto le lisonjeaba y le ponía muy orondo, que Juanita, ya
que no le amase, se deleitaba con su conversación, le reía los chistes,
le aplaudía las discreciones, y oyéndole hablar, se mostraba muy atenta
y como pendiente de sus labios.
En aquella casa, de donde le habían echado, no había recibido sino
honestos y amistosos favores, en pago de los cuales, y fuese por lo que
fuese, acababan de recibir ambas mujeres un agravio sangriento, para el
cual se creía él obligado de hallar satisfacción. Exaltado por estas
cavilaciones, se decidió don Paco a ir a ver a su hija, a explicarle con
franqueza y lealtad lo que había pasado y a pedirle cuentas de su
maligna conducta.
De mucho valor tenía que revestirse para atreverse a dar aquel paso.
Doña Inés, con su severidad y su tiesura, casi le infundía miedo; pero
le venció la vergüenza, hizo cuanto pudo para apartarlo de sí, y se
dirigió, con todos los bríos que pudo recoger y acumular en su ánimo, a
casa de la señora doña Inés López Roldán, a quien sabía él que hallaría
sola a la hora de la siesta.
En casa de doña Inés se comía entonces a las dos de la tarde. Don
Alvaro, cuando no estaba en el campo, se acostaba en seguida, y como
comía bastante y bebía más del exquisito vino que se cría por allí, y
que es mejor que el de Jerez, con perdón sea dicho, se tendía en su cama
y estaba roncando hasta las cuatro o las cinco de la tarde.
A los niños se los llevaban Serafina, el ama, y Calvete al otro extremo
de la casa, donde no molestaban con su ruido. Doña Inés se quedaba
entonces sola en su estrado o en su despacho, ya haciendo cuentas, ya
entregada a sus oraciones, ya leyendo algún libro de devoción o de
historia.
El cacique don Andrés y otros personajes importantes del lugar no venían
de visita o de tertulia sino por la noche. Las malas lenguas pueden
decir cuanto se les antoja, los mal pensados pueden suponer las mayores
diabluras; pero lo cierto es que doña Inés era recatadísima y, o bien
tenía razón el padre Anselmo y era una Lucrecia cristiana, o bien sabía,
con prodigioso artificio, practicar aquel famoso precepto que dice: «Si
no eres casta, sé cauta.» De aquí que doña Inés pudiese erguir muy alta
la frente y calificar de brutal y grosera calumnia la más leve
insinuación que contra su honestidad se atreviese a hacer algún
deslenguado.
Muy entretenida se hallaba entonces leyendo la vida de Santo Domingo,
porque a causa de la función de iglesia no había leído aquel día muy de
mañana el _Año cristiano_, como tenía de costumbre, cuando entró
Serafina a anunciar que don Paco llegaba a visitarla. Don Paco tenía
entrada franca en aquella casa; pero Serafina le anunció para tener
prevenida a su ama. Apenas transcurrió un minuto entre el anuncio y la
entrada de don Paco diciendo buenos días.
--Buenos días dé Dios a usted, señor padre--dijo doña Inés, levantándose
de la silla, acudiendo respetuosamente a su padre para besarle la mano y
convidándole a sentarse, como se sentó, en un sillón, frente a ella.
--Dichosos los ojos que ven a usted--prosiguió doña Inés--. Hace no sé
cuántas semanas que no pone usted los pies aquí. ¿Qué negocios le traen
a usted tan ocupado? ¿Qué le ha caído a usted que hacer que no le deja
siquiera una hora o dos libres por la noche para venir a mi tertulia,
verme y darme el gusto de que yo le vea, echar algunas manos de tresillo
o tener un rato de agradable conversación con el padre Anselmo y con los
demás señores que honran mi casa con su presencia?
Estas cariñosas quejas parecían todas sin intención y como nacidas del
filial afecto; pero al mismo tiempo era un cruel interrogatorio, que
turbó a don Paco, y al que tuvo que hacer un esfuerzo para contestar. De
nada valía el disimulo. Era menester contestar con franqueza, y don
Paco, armándose de valor, contestó de esta suerte;
--Tienes razón en quejarte, hija mía. Hace tiempo que no vengo a tu
tertulia, ¿qué quieres? Acaso han sido chocheces, extravagancias de
viejo; pero yo había tomado la maña de ir a otra tertulia más modesta y
menos elegante que la tuya, y que, sin embargo, lo confieso, tenía para
mí singular atractivo.
--¡Válgame Dios, señor padre! Lo había oído decir, pero no lo había
querido creer hasta que lo oigo de su boca. Extraño me parece que una
persona de la posición, de la gravedad y de los conocimientos de usted
se deleite rebajándose y dando conversación, durante horas enteras, a
dos mujeres tan ordinarias y tan poco edificantes como las Juanas; pero
más extraño es todavía que no sea la conversación de usted y su tertulia
con ellas solas, sino que haya usted tenido casi siempre por contertulio
a Antoñuelo, el hijo del herrador, el más pillete y el más zafio de
todos los mozos de este lugar. ¡Singular tertulia! ¡Buen par de parejas
estaban ustedes! La verdad..., yo no sabía qué decir cuando me hablaban
de esto. Aseguraban unos que Antoñuelo es el novio, o sabe Dios qué, de
la Juanita, y le endosaban a usted a la Juana. Otros afirmaban que usted
pretendía a Juanita; pero entonces, ¿en qué se empleaba, qué papel hacía
el celebérrimo Antoñuelo? ¿Eran ustedes rivales? Confiese usted que ha
sido una locura, un disparate, lo que ha estado usted haciendo. No niego
yo que la Juanita es guapa, aunque más que de honrada mocita tiene
trazas de desaforada marimacho o de desenfrenada potranca. Pero aunque
fuese Juanita la propia diosa Venus, debía usted (perdóneme, señor
padre, si se lo digo, por el interés y el amor que me inspira), debía
usted no avillanarse yendo a diario a su casa. Pecado y vicio sería ir
allí solo y como favorecido vencedor; pero ir en competencia con
Antoñuelo, francamente, yo no acierto a calificarlo. Lo mejor que se
puede decir es que ha sido un delirio. Vuelva usted en su juicio; deje
de visitar a esas mujeres, y todos trataremos en el pueblo de hacer
olvidar que usted las ha visitado pretendiendo a una de ellas, hasta
ahora tal vez en balde. Si ha pecado sólo con la intención, no por eso
es menor el pecado. Al contrario, ya que no para las personas piadosas y
timoratas, para gente vulgar y profana es pecado más feo. No se ofenda
usted si me atrevo a declararlo, con harto dolor lo declaro: la
ridiculez le acompaña.
Casi todo el valor de que se había armado don Paco a fin de hablar a su
hija y de quejarse de su conducta, cayó derribado a los pies de la
señora de Roldán. Sus contundentes razones abrumaban a su padre como una
lluvia de acicalados chuzos, cuyas puntas se le clavaban en el corazón.
Mirando todo por el lado poético, se explicaba satisfactoriamente:
Juanita era el recato, la virtud, el talento y la modestia en persona.
Era, además, hermosa como una ideal virgen espartana, como la propia
Diana Cazadora, rica en salud y gallardía; esbelta, fuerte y ágil; con
todos los atractivos de la más casta, limpia y juvenil hermosura. Si
Antoñuelo, que era un perdido, iba allí y trataba con la mayor
familiaridad a Juanita, esto consistía en que Antoñuelo se había criado
con ella desde la infancia; en que ella le miraba y candorosamente le
quería como a un hermano, y en que procuraba evitar que se extravíase y
cayese en el precipicio.
La propia madre de Juanita, aunque había tenido en su mocedad lo que
llaman en aquellos lugares un tropiezo, estaba-ya purificada por la vida
ejemplar que había hecho después y por el honroso trabajo con que había
logrado sustentarse y criar y conservar el fruto de sus desventurados
amores. Todo esto y más podía valer como respuesta a las observaciones
de doña Inés. Pero lo cierto era que, despojado el caso de este tinte
poético, y tal como el prosaico vulgo podía entenderlo, doña Inés tenía
razón que le sobraba. Para la generalidad de los habitantes de
Villalegre, Juanita no era más que la mozuela del cántaro, la hija
ilegítima de Juana la Larga, la chica que había corrido y jugado con los
pilletes en medio de las calles hasta la edad de nueve o diez años, y la
que después había conservado una sospechosa e íntima amistad con
Antoñuelo, el cual pasaba entre todos por un tunante de la peor especie.
De aquí el desairado y mal papel que una persona de los años, de la
seriedad y la importancia de don Paco no podía menos de hacer en
apariencia, o bien siendo rival de Antoñuelo, o bien de acuerdo con él
para cortejar a la madre uno y a la hija el otro. Reponiéndose, no
obstante, de la consternación que el tremendo discurso de doña Inés le
había causado, y por lo mismo que ella con su feroz acometida le
acorralaba y, como suele decirse, le ponía entre la espada y la pared,
don Paco habló, al fin, con energía, y dijo de esta suerte:
--La gente podrá decir lo que le dé la gana. Yo me río de la gente,
porque lo que dice es injusto. Tal vez me acusen las apariencias. En
realidad, no hay culpa, ni falta, ni desdoro en lo que he hecho. Mi
yerno será un señor muy noble, pero yo no lo soy, y al tratarme con los
plebeyos, me trato con mis iguales. Sólo se puede exigir de mí que sean
decentes las personas que trato, y no hay el menor motivo para afirmar
que las Juanas no lo sean. La vista y la conversación de Juanita me
deleitaban, y por eso he estado yendo a casa de Juanita todas las
noches. Soy mayor que tú en edad, saber y gobierno. Sé lo que me hago.
No necesito de guía. No quiero ni debo aguantar tus sermones. Me basta
con aguantar el que nos ha echado hoy el padre Anselmo, inocente tal
vez, pero que tú y otras mujeres envidiosas habéis envenenado con
vuestra malicia.
--¡Dios mío!--interrumpió doña Inés--. ¡Esto solo me faltaba: que llegue
la ceguedad de usted hasta suponer que yo envidio a esa hija... de su
madre! Lo ocurrido es muy natural; la desvergonzada mozuela se ha
encajado en la iglesia, no vestida humildemente, según su clase, sino
con el lujo escandaloso de las mujeres cortesanas que bullen en las
grandes ciudades y que son la perdición de los hombres. ¿De dónde ha
salido el traje que llevaba puesto? Aquí nadie lo ignora. Era regalo de
usted.
--No he de negar yo que era regalo mío. Ella lo aceptó por no
desairarme; pero como me ha dado en cambio prenda de más valor, nadie
puede decir que se viste a mi costa. Juanita se viste bien o mal con lo
que gana trabajando de modo honrado y lícito, y no estando vigentes en
el día la pragmática contra la seda ni ningunas otras leyes suntuarias,
no sólo de seda, sino de oro y de perlas puede vestirse Juanita si tiene
dinero para comprar el vestido y si se le antoja engalanarse con él.
--Si el respeto que a usted debo no anudase mí lengua--replicó doña
Inés--, me atrevería a decir que está usted loco de atar. ¿Cómo defender
el escándalo, la campanada que ha dado esa chica, transformada de
repente en princesa, como en los cuentos de hadas? Tiene chiste el que
le haya dado a usted la levita. Ya se la cobrará con usura. Las puntadas
de ella y las morcillas y longanizas que sabe hacer su madre no bastan
para costear levitas a los caballeros, y para seguir emperejilándose con
ricos trajes y mantillas de madroños, como dicen que en Madrid van a los
toros las damas de alto copete y las majas de rumbo. El día menos
pensado, no sólo para ir tan pomposas, sino para comer, faltará dinero a
las Juanas, y entonces acudirán a usted y a otros a fin de retenerle, y
como no podrán dar en cambio levitas, harto sabe el diablo lo que darán,
sí ya no lo han dado.
--Ni han dado ni darán lo que no debe darse--exclamó don Paco, perdiendo
ya los estribos--. Lo que yo te aseguro es que si Juanita quiere darme
su mano, yo la aceptaré gustoso, y tú tendrás que respetarla como madre.
--¡Jesús, María y José!, respetar yo a ese arrapiezo.... Se me caería la
cara de vergüenza si hiciera usted semejante disparate.
--Pues sólo de Juanita depende que no lo haga. Y como no es posible, sin
que nos peleemos, continuar esta conversación, me voy y te dejo. Adiós,
hija.
--Señor padre, vaya usted con Dios y El le ilumine para que no continúe
usted desatinando tan lastimosamente.
Don Paco salió con precipitación y muy enojado de casa de su hija, y no
quedó ella menos furiosa.
XIX
El sermón del padre Anselmo se comentó y se interpretó por todo el lugar
en perjuicio de ambas Juanas. Nadie sacó la cara por ellas, salvo el
maestro de escuela, aquella noche, en la Casilla.
La Casilla era y es todavía en algunos lugares el Casino y el Ateneo
primitivos y castizos.
Por lo general, y así sucedía en Villalegre, la Casilla estaba en sala
relativamente cómoda y espaciosa, detrás de la botica. Allí se leían los
periódicos, se fumaba, se charlaba y se jugaba malilla, al tresillo, al
truquiflor y al tute, y tal vez al ajedrez, al una a la dominó y a las
damas.
Don Policarpo, el boticario de Villalegre, hacía muy bien los honores
del establecimiento, donde concurrían casi todos los personajes del
lugar, a despecho de las mujeres, que eran devotas y que abominaban del
boticario, porque lejos de estar en olor de santidad, alcanzaba la poco
envidiable fama de descreído y materialista. Siempre había permanecido
soltero; tenía una lengua como un hacha, con la que destrozaba las
reputaciones; y en su maligno rostro, en sus ojos vivarachos y algo
bizcos, en su nariz aguileña y en su boca sumida y burlona se revelaba
cierta diabólica y punzante travesura.
En el pueblo se referían estupendas singularidades sobre sus doctrinas y
facultades científicas, sosteniendo muchos que no todo lo que él hacía y
decía era natural, sino en gran parte por inspiración y con auxilio del
demonio; por lo cual, al hablar de sí propio, declaraba él que, si
hubiese Inquisición aún, ya no viviría, porque le hubieran quemado vivo.
Era dogma suyo que todas las cosas son lo mismo, y que la diferencia de
ellas es más aparente que real y más somera que profunda. Produce la
diferencia de las cosas una fuerza que vive y se agita en ellas,
ocultando la raíz de su ser, y que, según sus varios efectos y
operaciones ya se llama calor, ya luz, ya electricidad, ya magnetismo,
de donde transformaciones y mudanzas y vida y muerte. Esta fuerza era el
dios de don Policarpo. Por él se jactaba de estar poseído y de ser
energúmeno.
Para hacer milagros por su medio y en su nombre no tenía don Policarpo
vara de virtudes; pero, en cambio, tenía una recia, puntiaguda y
larguísima uña en el dedo meñique de la mano derecha, la cual uña le
servía de ordinario como mondadientes. Las damas se llenaban de terror
cuando la veían, como si viesen la de Satanás en persona. Se decía que
el boticario ya magnetizaba, adormecía y sujetaba a su voluntad a las
gentes, despidiendo por dicha uña fluido magnético, ya se electrizaba
todo, restregando con rapidez sus pies contra una piel de lobo, y
lanzaba por dicha uña un chorro o penacho de chispas azuladas y
luminosas. Y no faltaba quien añadiese, jurando haberlo visto, que sólo
con acercar la uña, cuando estaba él bien cargado y saturado de
electricidad, encendía un candil o disparaba un cañoncito muy cuco que
se usaba para esta experiencia.
Yo no respondo de que hubiese o no algo de exagerado en tales
afirmaciones; pero como quiera que fuese, el boticario, aunque
aborrecido de las damas, a lo que debía de contribuir su fealdad nada
común, era persona divertida y hospitalaria.
Ninguna noche faltaban en la tertulia de su casa ocho o diez
tertulianos. No iba el cura por culpa de la impiedad con que allí se
hablaba; pero iban el médico, dos o tres concejales, el propio señor
alcalde, varios de los mayores contribuyentes y don Pascual, el maestro
de escuela.
Don Policarpo comentó el sermón de aquel día con maliciosa agudeza,
sosteniendo irónicamente que el padre tenía razón.
--Sí, señores--dijo--; ya no hay bienes de la Iglesia que repartir. El
reparto se ha hecho mal y entre pocas personas que se han enriquecido.
La futura revolución tendrá, pues, por objeto apoderarse de otros bienes
y repartirlos con mayor equidad entre todos los pobres.
El maestro de escuela, que era liberal e individualista, respondió de
este modo:
--No es exacto que la revolución haya despojado inicuamente de sus
bienes a la Iglesia. Si se los ha expropiado, bien la indemniza. El
Estado puede expropiar, indemnizando, para utilidad pública. Sin
embargo, aunque no hubiera tal indemnización, el caso no es idéntico.
Ninguna asociación tiene por sí los derechos radicales e
imprescriptibles de los individuos que la componen. El Estado es
asociación suprema, a la cual están sometidas las otras, sin que puedan
existir en contra suya. Y si el Estado es árbitro de la vida de ellas,
¿cómo no ha de serlo de lo que poseen? Lejos de caminar hacia el
socialismo, yo creo que la civilización propende a extender y afirmar
más cada día los derechos individuales. ¿Quién se atreverá a decir hoy,
si no está loco rematado, que el Gobierno o el rey, por respetado y
poderoso que sea, es señor de vidas y haciendas?
--No nos venga usted con sofismas--interrumpió el boticario--. Si cada
uno de los individuos que se asocian tienen singularmente derechos
imprescriptibles, incluso el de asociarse, y si no hay rey ni roque que
pueda despojar a nadie a su antojo de la hacienda y de la vida, ¿cómo se
explica que no persista en la suma lo que preexistía aisladamente en
cada uno de los sumandos?
Apuradillo se vio el maestro de escuela para impugnar el nuevo argumento
del boticario; pero lo impugnó al fin con razones, si no juiciosas,
agudas.
Por dicha, los que estaban allí presentes eran propietarios más o menos
ricos, y varios de ellos habían comprado bienes de la Iglesia. Todos,
por consiguiente, hallaron que don Pascual discurría mejor que Solón y
que Licurgo; se pusieron de su lado, dejaron al boticario solo, y
trataron de sofocar su voz y de aturdirle a fuerza de gritos.
Don Policarpo no se dejaba convencer ni intimidar fácilmente, pero todos
se cansaron de chillar y se pusieron roncos, terminando por cansancio
una disputa en que los extremos se habían tocado y en que la impiedad
atea había estado de acuerdo con el más fervoroso catolicismo. Hubo un
entreacto: un rato no corto de sosiego. Después recayó de nuevo la
conversación sobre el sermón de aquel día, sobre el desenfrenado lujo de
las mujeres y sobre las elegancias de Juanita la Larga.
En este punto, el maestro de escuela impugnó igualmente el sermón y
defendió con más calor, ahínco y acierto a Juanita.
--Es--decía--una muchacha discreta, honrada y trabajadora. Dios la ha
hecho hermosísima, y casi, casi estoy por decir que no sólo tiene
derecho, sino que tiene el deber de acicalarse y de realzar y mostrar la
hermosura que Dios le ha dado. Lo contrario sería ingratitud para con
Dios y desdeñar lo que enseña la parábola de los cinco talentos. Y
extraño mucho que ustedes, que han estado conmigo defendiendo la
propiedad individual, se vuelvan ahora contra mí y se pongan del lado de
don Policarpo para impugnar dicha propiedad. Pues qué, si Juanita tiene
dinero, ¿por qué no ha de gastarlo en cuanto se le antoje y vestirse
como una reina? ¿Y qué le falta a ella para ser reina o para ser
emperatriz?
Movido el boticario por su espíritu malicioso, e impulsados los demás
por el odio y envidia de sus mujeres, respondían, si no con buen
discurso, con desvergüenzas y con burlas a cuanto don Pascual alegaba.
Juana la Larga fue declarada una largartona de primera fuerza; Juanita,
una moza extraviada que estaba ya pervirtiendo y corrompiendo las buenas
costumbres, y don Paco, un viejo chinadísimo, a quien hija y madre
ponían en ridículo e iban a chupar cuanto poseía.
En lo más recio de la disputa acertó a entrar en la botica el señor don
Paco, y antes de llegar a la trastienda tuvo el disgusto de oír y de
comprender los horrores que allí se propalaban.
Todos se callaron, porque cara a cara no querían ofenderle. La herida,
con todo, estaba ya hecha. Se dio otro giro a la conversación. Se habló
de cosas distintas. Y don Paco halló lo más prudente no dar a entender
que había oído, y no traer de nuevo la conversación a tema para él tan
enojoso.
A fin de disimular, trató de aparecer sereno y alegre; habló de las
novedades políticas; se congratuló de que don Andrés Rubio acabase de
obtener una gran cruz y fuese ya excelentísimo; y, por último, echó unas
cuantas manos de tute con el maestro de escuela.
Embromó al boticario diciendo que no creía en la fuerza electrizadora de
su uña; y el boticario, a fin de convencerle, le prometió que el día
menos pensado, cuando estuviese él bien dispuesto, le llamaría y haría
delante de él la experiencia de encender el candil y de disparar el
cañonazo.
Don Paco se había reportado, disimulando su pena y su enojo; pero no
bien volvió a su casa, la pena le arrancó lágrimas y el enojo le hizo
crispar los puños como sí estuviese delante algún enemigo a quien dar de
puñaladas.
No podía, sin embargo, reñir con la población entera. Su hija era la más
culpada, y él la había sufrido. Por más que cavilaba, no veía otro modo
de vengarse, de castigar a su hija y de adquirir el derecho e imponerse
el deber de defender a Juanita contra todos que el de ofrecerle su mano
y casarse con ella.
¡Ay de aquel que se atreviese entonces a decir nada ofensivo contra
Juanita, aunque ella estrenase cada día otro vestido de seda!
Pensó bien en todo, interrogó a su corazón-, y su corazón le respondió
que estaba perdidamente enamorado de la muchacha.
Entonces no se paró don Paco en más reflexiones; fue a su bufete y
escribió a la señora doña Juana Gutiérrez (suprimiendo el alias de la
_Larga_) una grave epístola pidiendo en forma la mano de su hija.
Llamó en seguida al alguacil y pregonero, que le servía al mismo tiempo
de criado y ayuda de cámara, y le encargó que al día siguiente, y muy de
mañana, llevase aquel pliego cerrado a Juana la Larga y se lo entregase
en mano propia.
Hecho esto, se acostó y durmió con alguna tranquilidad, como quien ha
cumplido un deber, y con alguna satisfacción, como quien ha puesto una
pica en Flandes.
XX
Juana la Larga se llenó de júbilo cuando, a las siete de la mañana,
recibió la carta y la deletreó con no poca fatiga, porque, si bien sabía
leer, no leía de corrido y le estorbaba lo negro.
No era Juana muy reflexiva ni previsora, y no pensó en las dificultades;
sólo pensó en el triunfo que ella y su hija, en su sentir, habían
alcanzado. Acudió, pues, a la sala baja, donde Juanita estaba cosiendo,
y con el mayor alborozo le dio parte de lo que ocurría.
Como comentario, la madre no sabía sino exclamar:
--¡Qué victoria! Todas esas perras, cochinas, van a reventar cuando lo
sepan.
--Pues oye, mamá--contestó Juanita con el mayor reposo--: yo no quiero
que nadie reviente; lo mejor es que no lo sepa nadie.
--¿Qué quieres decir con eso, muchacha?
--Lo que quiero decir es que nosotros, tú, él y yo, seríamos los
reventados si hiciésemos tal desatino. No lo sufriría doña Inés; y el
cura y el cacique, la Iglesia y el Estado, lo temporal y lo eterno,
caerían sobre nosotros y nos aplastarían. Nos echarían del lugar a
patadas. Y quién sabe si en otro lugar lograríamos, y cuánto tiempo
tardaríamos en lograr, tú la reputación y clientela que aquí tienes, yo
tanta costura, y don Paco el poder que aquí alcanza y su mangoneo
provechoso, debido en mucha parte a su capacidad, pero no menos aún a la
sombra y al apoyo de don Andrés, con quien priva.
--¿Y de dónde sacas tú esos agüeros tan angustiosos?
--No es menester ser profeta ni adivino para sacarlos. Y además, ni yo
estoy enamorada de don Paco, ni él quizá esté enamorado de mí. ¿Para qué
el casorio? ¿Qué vamos ganando en ello? ¿No comprendes que si me pide es
por un extremo de delicadeza? Yo se lo agradezco; me lisonjea mucho la
prueba de aprecio que me da; pero no paso de agradecida y de lisonjeada.
Porque ha venido a casa de tertulia, y porque me ha regalado el traje, y
porque las malas lenguas murmuran, piensa él remediar el mal casándose
conmigo. Pues entonces la misma razón hay para que contigo se case,
porque también de él y de ti dijeron, o para que me case yo con el hijo
del herrador, ya que más y peor han hablado de mis relaciones con él que
de mi relaciones con don Paco. Nada, mamá: todo eso es una tontería, o
una prueba, si quieres, de que el bueno de don Paco es un caballero
cabal, aunque no tenga los leones, los pajarracos y los otros
chirimbolos que tiene su yerno en el escudo.
--Y si tú, hija mía, reconoces y confiesas que don Paco es todo un
caballero, ¿por qué no le tomas por marido?
--Porque no quiero casarme por cálculo; porque aunque quisiese casarme
por cálculo, este cálculo de ahora estaría muy mal hecho, y, sobre todo,
porque yo por nada del mundo he de aprovecharme de la caballerosidad
generosa de ese hombre para cogerle la palabra y satisfacer mi vanidad y
mi ambición, ya que amor no le tengo. Su trato me deleita; celebro su
discreción; le oigo hablar con gusto; pero de esto a desear ser suya y
casarme con él hay todavía mucha distancia. No quiero salvarla de un
brinco. Aquí, para entre nosotras, algunas veces he sentido inclinación
a ir por esa senda, a andar ese camino, y sabe Dios si lo hubiera andado
sin estos tropezones que ha habido; pero, en fin, aún no lo he andado.
--¡Ay niña, con qué tiquis miquis y sutilezas te me descuelgas! ¡Cómo se
conoce el saber de que don Pascual te ha atiborrado la mollera! Si
parece cuanto dices tomado de esos libros que don Pascual te da a leer.
Pero, en fin, ¿qué contestamos a la carta de don Paco? Yo haré lo que tú
desees, porque el asunto más importa a ti que a mí y porque tú sabes más
que Lepe.
--¿Pues qué hemos de contestar sino darle las gracias y decirle que
nones?
--¿Y a quién le toca escribir eso? Creo que debo escribir yo... y dorar
la píldora. Yo no lograré poner el oro con mí pluma. Tú lo pondrás. Tú
irás diciendo y yo iré escribiendo, aunque hago letras que parecen
garrapatos. ¡Ay!, y más en el día, porque mi escribir ha caído en
desuso. Desde que murió tu padre en la guerra contra los carlistas, yo
no escribo sino las cuentas.
--Con buena o con mala letra, es menester que tú escribas la carta; yo
te la iré dictando.
--Hoy todavía no. ¿Es acaso puñalada de pícaro? ¿Quién nos corre? Antes
de dar un paso tan importante, conviene que lo medites y consultes con
la almohada. No es mucho veinticuatro horas de término. Hoy no escribo.
Mañana, si todavía te aterras a la opinión que ahora tienes, escribiré,
aunque me pese, lo que tú me digas.
Juanita estaba segura de que no había de variar su resolución por mucho
que lo meditase. Tuvo, no obstante, que ceder a los ruegos de Juana y
aguardó hasta el día siguiente, en el cual, dividiéndose el trabajo,
según queda dicho, fabricaron entre ambas la carta, que, por su
trascendencia e influjo en los ulteriores sucesos de esta sencilla y
verdadera historia, hemos de consignar aquí.
La carta decía como sigue:
Señor don Paco: Muy ufanas estamos mi hija y yo de la honra que
usted nos hace en la carta que acabo de recibir. Se lo agradecemos
con toda el alma. La niña le quiere a usted mucho y le estima más;
pero declara que no puede ni debe aceptar lo que usted propone.
Cree ella que fue una imprudencia de su parte ir al sermón vestida
como una princesa, para azuzar más en contra suya a la gente, que
ya deseaba morderla. Todo el lugar está ahora sublevado. Mal
remedio sería la boda. Aumentarían la sublevación y el motín. Su
Hija de usted se pondría a la cabeza. Nosotros no podríamos
resistir. Los tres tendríamos que irnos con la música a otra parte.
En fin, don Paco, Juanita sostiene que sería la boda una locura.
Dice, por último, que ella no manda en su corazón, que la
diferencia de edad es grande entre ustedes y no quiere a usted de
amor, aunque le profesa la amistad más fina. Sería, pues, muy feo
de parte de ella abusar de la generosidad de usted para satisfacer
su ambición o su vanidad casándose por cálculo, y también sería muy
tonto, porque el cálculo estaría mal hecho.
Lo mejor y lo más discreto es que ustedes no se casen y que nadie
sepa que ha dado usted este paso. Doña Inés nos odiaría si
aceptásemos la proposición de usted; pero también nos odiará y nos
declarará más la guerra si averigua que no aceptamos, pareciendo
como que desdeñamos a su padre con infundada soberbia. Importa,
pues, ocultar todo esto.
Ahí devuelvo a usted su carta. Rásguela y rasgue la mía, a fin de
que no quede prueba escrita de lo ocurrido, y conserve usted en su
memoria grato recuerdo de nosotras. Crea en nuestra profunda
gratitud y mande a su afectísima amiga y constante servidora,
q.b.s.m.,
_Juana Gutiérrez_.
XXI
Don Paco se sintió lastimado y encantado a la vez con la lectura de la
carta, que calificó de muy discreta y que miró como dictada por Juanita.
Sí ella le hubiera aceptado por marido, el contento de don Paco hubiera
sido grande, pero menor su estimación del valor de Juanita que el que
era entonces al recibir las calabazas. Acaso una vaga sospecha de que
Juanita aprovechaba la ocasión hubiera aguado el contento de ver que
ella le aceptaba. Si en extremo le dolía que ella declarase que no le
amaba, no podía menos de aplaudir la lealtad de la declaración. Don Paco
estaba conforme en lo tocante al aprecio de las circunstancias que se
oponían a la boda y que la hacían aparecer a toda juiciosa previsión
como fuente de disgustos y de males.
De aquí que sus sentimientos al leer la carta fuesen de dolor y de
mortificación de amor propio por el desamor de Juanita; de admiración y
aplauso por la prudente conducta de la muchacha, y de mayor cariño hacia
ella, así por la noble franqueza con que exponía las causas que
justificaban su desdén, como por las amistosas dulzuras con que
procuraba suavizarlo.
Conoció también don Paco que importaba mucho que su petición y la
subsiguiente repulsa no llegaran a saberse, y aunque no tuvo valor para
rasgar o quemar lo que él escribió y la contestación de Juana, guardó
ambos documentos en el más secreto escondite de su escritorio.
Trató, además, de hacerse superior a su pena y de ver si olvidaba a
Juanita, o al menos si seguía queriéndola con calma y con cierta
tibieza, a fin de esperar sin impacientarse que Dios mejorase las horas,
ya que la esperanza es lo último que se pierde en esta vida.
Y por lo pronto, o bien para conseguir el olvido o bien para enfriar o
entibiar su fervorosa pasión, resolvió no volver a poner los pies en
casa de Juanita y evitar su encuentro en la iglesia, en las calles y en
la plaza.
Juanita, entre tanto, como era poco amiga de la sociedad y gustaba mucho
de la conversación de don Paco, se afligía del aislamiento y deploraba
el sacrificio que había tenido que hacer. Allá, en el fondo de su alma,
cuando estaba a solas con su conciencia, y con el notabilísimo despejo y
la serenidad imparcial con que ella lo miraba todo, hacía repetidas
veces las sutiles reflexiones que trataremos de expresar aquí en el
siguiente soliloquio:
«Me lo tengo bien merecido. He vivido hasta el día desgobernada y muy a
tontas y a locas. Mi madre, Dios me perdone si la ofendo, tiene poco
juicio, aunque bien puede ser que lo pierda por el entrañable amor que
me tiene. Lo cierto es que entre las dos hemos hecho una infinidad de
tonterías. Justo es que las paguemos. No debo quejarme. En primer lugar,
siendo yo mocita casadera, y si no ocupando cierta posición, aspirando a
ocuparla, debí dejar de ir por agua a la fuente y a lavar al albercón.
Debí darme más tono. Y ya que no me lo di, aún fue mayor disparate el
querer de repente transformarme en dama y eclipsar y aturdir y excitar
la envidia y la rabia del señorío mujeril de este lugar. Todavía mi
súbita transformación hubiera podido tener buen éxito si atino a ganarme
antes la buena voluntad de la muy poderosa e ilustre señora doña Inés
López de Roldán. Pero, lejos de eso, lo que hice fue provocar su enojo.
Si el trato de don Paco me agradaba y me divertía, jamás he pensado yo
en casarme con él, y aquí viene bien que yo lamente otra locura mía,
otra completísima falta de cautela en mi madre y en mí. ¿A qué fin
recibir de tertulia todas las noches a don Paco, sola a veces y a veces
en compañía de Antoñuelo, lo que casi es peor? Lo hacíamos porque nos
daba la real gana, sin atender a que somos pobres y a que la gana de los
pobres no es real, sino súbdita que necesita someterse y hasta morir sin
hallar satisfacción, a fin de no exponerse a muy crueles castigos.
Nuestra tertulia era muy inocente; bien puedo sostener que más inocente
que la de doña Inés. ¿Cómo evitar, no obstante, que doña Inés supiese y
hasta creyese de buena fe mil abominaciones, excitada por esa chismosa
de Crispina, que todo lo huele y cuando no lo huele lo inventa? Ella,
sin duda, le diría primero que Antoñuelo era mi amigo y don Paco el de
mamá, y después, que yo me había apoderado de los dos, de uno para el
gusto y del otro para el gasto, y que yo me estaba comiendo las mil
chucherías que él me traía de regalo y hasta el exquisito y sin par
chocolate que se fabrica en casa de ella. Comprendo lo furiosa que doña
Inés se pondría, y más aún al sospechar que don Paco pudiera casarse
conmigo, porque doña Inés quiere heredar o que hereden sus hijos los
ahorros y las finquillas que don Paco va reuniendo, para lo cual importa
que don Paco no se case, o bien que se case con una hidalga viuda que yo
me sé y que le daría cierto lustre aristocrático, y de seguro no le
daría hijos, porque está ya pasada y huera, y el caso de Abrahán y de
Sara no se repite.»
Así, y si no en los términos de que me valgo, en términos muy parecidos,
discurría Juanita a sus solas. Luego continuaba:
«Es indispensable que yo me enmiende y que ajuste mi conducta a la razón
y a la conveniencia. Debo tener doble juicio, por mi madre y por mí. Y
ya que (esto no puede negarse) soy cándida como la paloma, no está bien
que me olvide de la otra mitad de la sentencia evangélica que he oído
decir tantas veces al padre Anselmo en sus sermones. Por tanto, en lo
sucesivo me propongo ser astuta y prudente como la serpiente. La vida de
zagalona rústica no hay que pensar en hacerla de nuevo. Dios me libre
también de recaer en la mala tentación de presumir de princesa. Nada de
volver con la cabeza al aire y con el cántaro por esos andurriales; y
nada tampoco de ponerme el magnífico vestido de seda mientras no gane
posición, autoridad y título duradero, suficiente y legítimo, para
tamaña audacia. Ahora me conviene seguir por un justo término medio:
salir poco de casa, coser y bordar mucho e ir con frecuencia a la
iglesia, a misa y a mis devociones, muy humilde, con vestidito de
percal, y cobijada así, borrar la mala impresión que necia o
inocentemente he causado, y hasta llegar a adquirir reputación de
santa.»
Aquí no podía menos de sonreírse Juanita, a pesar de lo fastidiada que
estaba, y luego proseguía:
«Cierto que yo no soy mala y que amo a Dios sobre todas las cosas y que
me complazco en darle adoración y culto; pero también, ¡qué diantres!,
¿por qué no confesarlo?, también me amo y me doy culto a mí misma. Quizá
sea pecado. Lo que debo hacer es que este segundo culto, para no
escandalizar a nadie, no sea público, sino misterioso. En lo exterior he
de parecer como una beata pobre; mas ¿por qué he de privarme del placer
de cuidar, de asear y de pulir con el mayor esmero este cuerpecito que
Dios me ha dado? Sin que nadie lo sospeche, he de cuidarlo y he de
lavarlo como si fuera el de una infanta de España. ¡Qué horror, cielos
santos, sí llegase a saberlo, por ejemplo, Julián el arriero! Yo le oí
contar en la fuente mientras daba agua a sus mulos, y haciéndose cruces,
la indignación que le causó, cuando servía en Córdoba a una marquesa, el
averiguar, estando él en la cocina, que llevaban a dicha señora un
enorme lebrillo y dos grandes jarros de agua a su cuarto. "¿Qué harías
tú--le preguntó una chica--si tu mujer emplease también un lebrillo por
el estilo?" "Pues yo--contestó él--agarraría una vara y la pondría negra
a varazos, por indecente y por mantesona." Necesario es que yo haga un
misterio de mi limpieza, si no quiero que me excomulgue Julián y la
mayoría de mis compatricios que discurren como él. Mas no por eso he de
dejar de ser limpia. Además, quiero ser cuidadosa y muy regalada en mi
ropa blanca interior. En los ratos de ocio, con mis ahorrillos y cuando
no cosa para la calle, he de hacerme camisas finas y enaguas bordadas
como no las use mejores una archiduquesa de Austria. Tapado todo ello
con el mezquino traje exterior, me pareceré a la violeta, que, escondida
entre las verdes hojas y tal vez entre feos hierbajos, no deja conocer
que exista como no sea al que tenga la nariz muy fina y por su delicado
olor la descubra. Seré como aquel personaje de cierto romance que recita
don Pascual, el cual personaje vestía de peregrino y llevaba una
esclavina
que no valían un reale;
debajo llevaba otra
que valía una ciudade.»
Juanita, al citar estos versos y al aplicárselos, se olvidaba de sus
melancolías y soltaba una carcajada.
--¿De qué te ríes, niña?--le dijo una vez su madre--. Pues no es cosa de
risa lo que nos está sucediendo.
--Sí, mamá; es cosa de risa. Mejor es reír que rabiar. Cuando las cosas
se toman a risa, las penas que causan se mitigan o se consuelan.
Juanita no se contentó con pensar y con proponerse cuanto queda dicho,
sino que lo cumplió todo con la mayor exactitud y perseverancia.
Pasaron muchos meses.
El cambio de Juanita empezó a notarse y a celebrarse entre las personas
más devotas del lugar. El padre Anselmo, singularmente, y sin poderlo
remediar, a despecho de su humildad cristiana y del menosprecio de sí
mismo, sintió un noble orgullo y se dio a entender que había hecho la
más repentina y milagrosa conversión, deteniendo a aquella joven y
simpática pecadora al borde del abismo en que iba ya a precipitarse.
XXII
Su rehabilitación costó a Juanita largo tiempo, y además no pocos
sacrificios, trabajos y esfuerzos de voluntad.
Fue lo más duro para ella el tener que vivir, sobre todo al principio,
en soledad completa.
Se aburría, y a menudo recelaba que iba a enfermar de ictericia. No
podía ni quería retroceder y charlar de nuevo y reanudar amistades con
las mozuelas que antes había tratado, las cuales, ofendidas ya, le
darían acaso mil sofiones; ni menos podía intimar, aunque lo desease,
con las hidalgas y con las hijas de los labradores ricos, que se
preciaban de señoritas y que huirían de ella, así por la humilde
posición de su madre como por su ilegítimo nacimiento y por la mala fama
que le habían dado en el lugar, y que entre todos sus habitantes cundía.
Juanita tuvo que perder hasta la amistad y el trato de Antoñuelo. Y esto
no sólo para no seguir dando pábulo a la maledicencia, sino también
porque Antoñuelo estuvo muy tonto y ella se vio en la precisión de
despedirle con cajas destempladas y para siempre.
Dos días después de haber predicado el padre Anselmo su famoso sermón,
Antoñuelo volvió de sus correrías. Entonces no se hablaba en el lugar
sino del escándalo que Juanita había dado y de la severa y merecida
lección que del padre Anselmo había recibido.
Ya en la plaza, ya a la sombra de algunos álamos que están en el
altozano, cerca de la iglesia, y donde se reúne y platica la gente moza,
varios amigos y conocidos embromaron pesadamente a Antoñuelo por el
papel desairado y ridículo que suponían que había hecho reverenciando,
sirviendo y adorando casi como una deidad a una mozuela que le desdeñaba
y que aceptaba, quién sabe hasta qué punto, los regalos y el amor de un
rival dichoso.
Las relaciones entre Juanita y Antoñuelo tal vez parecerán inverosímiles
a quien piense someramente en ello; pero yo creo que son más naturales y
frecuentes de lo que se imagina.
Desde la infancia habían vivido en la mayor intimidad Antoñuelo y
Juanita.
Con cortísima diferencia, tenían la misma edad, y podía asegurarse que
se habían criado juntos. El era zafio, mal educado, travieso y atrevido;
tenía pocos alcances y una voluntad tan realenga, que ni a su padre se
sometía; peto en estos mismos defectos se fundaba la amistad de Juanita
hacia él. Juanita había adquirido y conservaba tai imperio sobre aquel
muchacho, que lograba que la respetase, temiese y obedeciese como un
perro a su amo.
A ella no se le pasó jamás por la imaginación el querer a Antoñuelo como
una mujer quiere a un hombre. Y él, como por una parte la tenía por un
ser superior y por otra parte sus instintos amorosos eran vulgarísimos,
procuraba emplearlos y satisfacerlos en más fáciles objetos, y sin darse
cuenta de ello, e ignorando su esencia y su nombre, consagraba a Juanita
un afecto puro, ideal y platónico. Sentimientos tales, si bien se
recapacita, no son extraños al alma de los más vulgares sujetos. Todos o
casi todos los hombres tienen sed, tienen necesidad de venerar y de
adorar algo. El espiritual, el sabio, el discreto, comprende con
facilidad y adora a una entidad metafísica; a Dios, a la virtud o a la
ciencia. Pero el rudo, el que apenas sabe sino confusamente lo que es
ciencia, lo que es virtud y lo que es Dios, consagra sin reflexionar ese
afecto, en él casi instintivo, a un ídolo visible, corpóreo, de bulto.
Juanita era este ídolo para Antoñuelo. Juanita era también su oráculo.
El oía con religioso respeto sus advertencias y amonestaciones, y de
buena fe se prometía y prometía al pronto tomarlas para pauta de su
conducta. Siempre que Antoñuelo se hallaba en la presencia de Juanita,
se sentía avasallado por su influjo, deslumbrado por su superior
inteligencia y ligado a la voluntad de ella. Por desgracia, no bien
Antoñuelo se hallaba ausente de Juanita, el influjo bienhechor
desaparecía, y los instintos brutales y las malas pasiones acudían en
tropel y desataban o rompían las ligaduras y arrojaban al olvido los
buenos consejos y preceptos que Juanita le había dado. Antoñuelo, lejos
de la fascinación y del encanto que casi milagrosamente le habían
conservado como ser racional, se convertía en un estúpido y en un
perdido.
A pesar de la ineficacia, por falta de duración, de su poder purificante
sobre el alma de Antoñuelo, Juanita le quería, se interesaba por él y
sentía halagado su orgullo al dominarle, aunque fuera momentáneamente.
Para dar una idea exacta de la inclinación de Juanita hacia aquel mozo,
diré que se parecía a la que yo he visto que tienen ciertas grandes
señoras ya por un alano, ya por un mastín corpulento y poderoso que hay
en casa de ellas, que inspira terror a las visitas, que parece capaz de
derribar a un hombre de un manotazo y de destrozarle de un mordisco, y
que, sin embargo, se echa con la mayor humildad a las plantas de su ama
y siente inexplicable placer si ella con su blanca mano le toca la
cabeza o con el pie le sacude o le pisa.
En la ocasión de que vamos hablando, las feroces burlas de sus camaradas
habían transformado a Antoñuelo; su domesticidad y mansedumbre habían
desaparecido: ya no era perro, sino lobo.
Traía muy estudiado el discurso, si puede llamarse discurso lo que iba a
decir; y a fin de que no se le borrara de la memoria o se le enmarañara
en el caletre, deseaba descargarse de él como quien suelta un peso y
decirlo sin preámbulos. La ocasión se presentó propicia a su deseo.
Juana estaba en la cocina, y Antoñuelo halló sola a Juanita cosiendo en
la sala. Venía él con el entrecejo fruncido y con marcadas señales en
toda la cara de muy terrible enojo. Apenas se saludaron él y ella,
Antoñuelo dijo:
--Vengo a quejarme de ti, a decirte que me has engañado. Por culpa tuya
he estado haciendo el tonto, y no quiero hacerlo más.
--Pues, hijo mío--dijo ella riendo--, yo no sé cómo te las compondrás
para no seguir haciendo el tonto. Lo que yo sé es que no tengo la culpa
de que lo hayas sido hasta ahora, y menos sé aún en qué y cuándo te he
engañado.
--Me has engañado fingiéndote santa, para que yo, embaucado, te adorase,
cuando no eres santa, sino una mala mujer. Por todo el lugar no se habla
de otra cosa sino de tus relaciones con don Paco, y de que te mantiene y
te viste.
--¿Y has creído tú esas calumnias? ¿Y en vez de defenderme y de
enfurecerte contra los calumniadores te enfureces contra mí? Juanita
dejó escapar irreflexiblemente estas últimas frases. Luego se reprimió y
procuró enmendarlas. Creía bruto a Antoñuelo, pero no lo creía cobarde.
Si dejó de defenderla fue, no por cobardía, sino por maliciosa necesidad
que acepta lo malo como cierto. De todos modos, más valía así. Mucho
hubiera contrariado a Juanita que por sacar la cara por ella hubiera
reñido Antoñuelo, resultando tal vez de la riña heridas o mayores
desgracias, que hubieran empeorado la situación.
Juanita añadió entonces:
--Bien pensado, hiciste bien en no defenderme. He sido imprudentísima.
Los que no me conocen tienen algún fundamento para acusarme. Las
apariencias me condenan. Yo me resigno y perdono a los que me acusan.
Perdónalos tú también, pero no los creas. Tú, que me conoces de toda la
vida; tú, que sabes con qué pureza de afecto, con qué ternura de hermana
te he querido y te quiero aún, no debes, no puedes creer esas infamias;
pues qué, ¿no comprendes que yo soy capaz de querer a don Paco por el
mismo estilo que a ti te quiero?
--Esa es grilla, esa es grilla--replicó Antoñuelo--. Tú, con tus
sutilezas y mentiras, quieres volverme tarumba; pero no lo conseguirás.
Te burlas de mí porque me crees bobo. No quiero callar. Aunque me pongas
el dedo en la boca, te morderé y no callaré. En adelante no quiero ser
tu juguete. Quien te conozca, que te compre. Me han abierto los ojos. Ya
te conozco. Eres una tramoyana y una perdida. Y tu madre es peor que tú.
La última frase la decía Antoñuelo para desafiar también la cólera de
Juana, que entraba en la sala de vuelta de la cocina.
--¡Ay niña, niña!--dijo Juana--. ¡Qué paciencia la tuya! ¿Por qué
aguantas los insultos de este animal de bellota, las coces de este mulo
resabiado?
--Señora--replicó Antoñuelo--, mire usted lo que dice y no se
desvergüence conmigo, si no quiere que me olvide yo de que es mujer y le
ponga las peras a cuarto o la emplume, como merece.
Al oír esto Juana ya no contestó palabra, pero se precipitó sobre el que
tan atrozmente la ofendía Juanita se interpuso entre su madre y el mozo,
a fin de evitar la lucha.
--Vete, vete al punto de esta casa y no vuelvas más en tu vida. Para mí
has muerto. Quiero olvidar hasta el santo de tu nombre. No tengo que
darte cuenta de mi conducta. Nada me importa ni me aflige el ruin
concepto que formes de mí. Vete.
Y diciendo y haciendo, interpuesta siempre entre su madre y el mozo,
recelosa de que se empeñasen en un combate tragicómico, fue empujando
con suavidad a Antoñuelo hasta la puerta de la calle. Ella misma levantó
el picaporte, abrió la puerta y echó de su casa al amigo de toda la
vida. Al hacer esto, en el rostro de Juanita se mostraba más bien la
tristeza que la cólera; Antoñuelo, al mirarla tan digna, amainó en su
furor, no persistió en sus improperios, y se fue cabizbajo y silencioso.
XXIII
Al disgusto de vivir aisladas ambas Juanas se añadía otro no menor y más
positivo.
Al principio se difundió tanto la idea de que Juana había llevado su
complacencia inmoral hasta ser tercera de su hija, que la llamaban menos
para trabajar en las casas principales por el temor de que fuese ella la
propia Celestina resucitada y tratara de pervertir a las Melibeas de
dichas casas. No obstante, y como ya he dicho, aquella malísima
situación se fue poco a poco suavizando. Además, eran tan notorios y tan
irreemplazables el arte y la inspiración de Juana para dirigir una
matanza, para hacer arrope, piñonate, empanadas y tortas, y para
preparar festines, que las personas de gusto y de medios desecharon los
recelosos escrúpulos, y, poniéndoles el correctivo de estar a la mira y
ojo avizor para que Juana no ejerciese sus presuntas artes
_proxenéticas_, siguieron llamándola a trabajar a sus casas; y los
ingresos y rentas de Juana, que habían disminuido, volvieron a su estado
normal, aunque no se aumentaron.
El recogimiento y la austeridad de Juanita al fin surtieron efecto. La
idea que el padre Anselmo concibió de que había logrado convertir a
aquella pecadora incipiente y de atraer al aprisco a la ovejita
descarriada antes que cayese entre las uñas y la boca del lobo, fue
adquiriendo resonancia y eco entre el vulgo. Juanita fue, pues, mirada,
si no como paloma sin mancilla, como Magdalena arrepentida y penitente,
no de la culpa, sino del conato.
Transcurrió más de un año antes que Juanita, a fuerza de ingenio y de
fatigas, lograse resultado tan brillante.
La rígida doña Inés era la más difícil de ablandar. No quería creer en
la virtud de la muchacha, y sospechaba que era todo hipocresía.
Cuando llegaban a oídos de Juanita noticias de la terca incredulidad de
doña Inés y de que la sospechaba de hipócrita, Juanita decía para sí:
«No es mal sastre el que conoce el paño»; y sin arredrarse seguía por el
camino que se había trazado.
Llegó en esto el invierno, y doña Inés quiso vestir a todos sus niños
con buena ropa de abrigo; Juanita alcanzaba ya alta reputación de
costurera. Todo lo que pudiesen hacer Serafina y otras del lugar era una
chapucería cursi si se comparaba con las confecciones de nuestra
heroína, que estaba al corriente de las últimas modas de París, que
recibía los figurines y que, ajustándose a ellos, sin encadenar
servilmente su fantasía a una imitación minuciosa, ideaba, trazaba,
cortaba y hacía trajes para las mujeres, dignos de figurar en los
salones de la corte y de ser descritos por _Montecristo_ o por
_Asmodeo_, y para los niños y niñas no inferiores por su gracia y por su
chic a aquellos con que la prole de un milord opulento o de un banquero
inglés se engalana.
Ruego al lector que me dé entero crédito y que no imagine que son
ponderaciones andaluzas, o que mis simpatías hacia Juanita me ciegan. Lo
que digo es la verdad exacta, pura y no exagerada. Yo he estado en
Villalegre, he visto algunos trajes hechos por Juanita y me he quedado
estupefacto. Y cuenta que yo tengo buen gusto. Todo el mundo lo sabe.
En fin, doña Inés se dio a pensar y a repensar en lo muy preciosos que
estarían sus niños con los trajes que Juanita les hiciese; venció la
repugnancia que sentía contra ella, la llamó a su casa y le encomendó
trajes para todos, según la edad y el sexo de cada uno.
Fue Juanita a casa de doña Inés tan pobre y modestamente vestida como si
saliese de un beaterio, y tan modosita en el hablar, en la voz y en los
modales, que parecía, sin visos ni asomos de afectación, una criatura
seráfica.
Esto, sin duda, hubo ya de entreabrirle o de ponerle entornadas las
puertas del corazón de doña Inés, la cual sabía mucho y pensaría y diría
en su interior.
--Si no lo finge, en verdad que es muy buena esta muchacha; y sí lo
finge, sabe más que Cardona: es admirable su fingimiento.
Así, doña Inés se predispuso ya favorablemente.
Su favor valía mucho, y doña Inés acertó a cobrárselo por instinto.
También hay su poco de gorronería en los grandes y poderosos de la
tierra. Viene o propósito esta sentencia, porque doña Inés pagó el
trabajo de Juanita en la tercera parte de lo que valía, aun en aquel
lugar donde se trabaja barato, y pagó las otras dos terceras partes en
el favor tan deseado y apetecido que empezó entonces a alcanzar la linda
costurera.
Los niños, con los trajes hechos por Juanita, salieron tan bien vestidos
el 1 de noviembre, día de Todos los Santos, que daba gloria verlos, y la
gente los miraba y los seguía en la calle. La vanidad maternal de doña
Inés quedó muy satisfecha. Ni la propia Cornelia se ufanó más cuando
enseñaba a sus Gracos. Pero doña Inés fue más allá de Cornelia: no se
contentó con lucir a sus hijos, sino que se propuso competir con ellos y
aun superarlos en indumentaria, y decidió que Juanita también la
vistiese.
Juanita se prestó a todo con el mejor talante y prodigioso acierto e
hizo a doña Inés corsés y varios trajes.
Nacieron de aquí la confianza y alguna familiaridad, hasta donde es
lícito y decoroso que la familiaridad se entable entre una dama
principal y una trabajadora plebeya; pero al fin, como doña Inés tenía
que mostrarse a Juanita en paños menores para probarse corsés y
vestidos, ¿qué mucho que la confianza naciese y creciese?
Juanita supo después, con lentitud y por sus pasos contados, darse tal
maña, que doña Inés, que ya le había confiado su cuerpo para que lo
vistiese, empezó a confiarle también y a descubrirle su espíritu, aunque
sólo hasta cierto punto, porque el espíritu de doña Inés, según pensaba
Juanita, acaso con malicia sobrada, tenía más conchas que un galápago y
jamás se desnudaba y se descubría por completo.
Juanita tenía una voz melodiosa y clara y sabía leer muy bien, lo cual
es bastante raro, dando a lo que leía entonación y sentido. Pronto atinó
a mostrar a doña Inés que ella poseía habilidad tan útil, y no tardó
doña Inés, que se fatigaba algo leyendo, en tomar a Juanita por
lectora.
Claro está que doña Inés, que era mística muy elevada en sus
pensamientos y un tanto cuanto asceta, aunque más en lo especulativo que
en lo práctico, hacía que Juanita le leyese vidas de santos y libros
devotos y morales como _Monte Calvario_, _Gracia
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