Novelas Cortas
by Pedro Antonio de Alarcón · English, Spanish · Gutenberg #15532 · 454,542 chars · public domain (US)
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Title: Novelas Cortas
Author: Pedro Antonio de Alarcón
Editor: William F. Giese
Release date: April 4, 2005 [eBook #15532]
Most recently updated: December 14, 2020
Language: English, Spanish
Other information and formats: www.gutenberg.org/ebooks/15532
Credits: Produced by Stan Goodman, Miranda van de Heijning, Renald
Levesque and the Online Distributed Proofreading Team.
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Produced by Stan Goodman, Miranda van de Heijning, Renald
Levesque and the Online Distributed Proofreading Team.
[Illustration: From a photograph]
NOVELAS CORTAS
BY
DON PEDRO A. DE ALARCÓN
MEMBER OF THE SPANISH ACADEMY
EDITED WITH NOTES AND VOCABULARY
BY
W.F. GIESE, A.M.
ASSOCIATE PROFESSOR OF ROMANCE LANGUAGES
IN THE UNIVERSITY OF WISCONSIN
GINN AND COMPANY
BOSTON-NEW YORK-CHICAGO-LONDON
ATLANTA-DALLAS-COLUMBUS-SAN FRANCISCO
PREFACE
The following stories from Alarcón are offered to the student of Spanish
in the belief that the easy style, the interest of the narrative, and
the incidental sidelights that they throw on Spanish life and history
will make the book a welcome one in the earlier stages of study.
The stories have been very fully annotated, and nothing that seemed to
offer any real difficulty has been passed over. All proper names have
been explained, with the exception of a few too well known or too
insignificant to justify comment. The notes are further reënforced by an
_Idiomatic Commentary_, to be studied in connection with the text. By
frequent reviews and by oral drill in translating the idioms from either
language to the other, with changes of person, tense, etc., wherever
possible, the Commentary should enable the student to attain to a real
mastery of the idioms that are here tabulated.
Easy exercises for translation into Spanish are added. They are based on
very short passages from the text, and are so graded and arranged as to
afford a systematic review of the elements of grammar, a drill which
beginners always need.
The vocabulary, while registering all the words in the text, except such
as are nearly or quite identical, does not aim at giving, without any
labor of adaptation on the part of the student, the precise equivalent
required.
The stories are complete, except for a few trifling omissions dictated
by class-room proprieties.
Acknowledgment is gratefully made for a number of welcome suggestions
due to my esteemed colleague Mr. A.R. Seymour.
CONTENTS
PREFACE V
LA BUENAVENTURA 1
LA CORNETA DE LLAVES 14
LAS DOS GLORIAS 26
EL AFRANCESADO 33
¡VIVA EL PAPA! 43
EL EXTRANJERO 55
EL LIBRO TALONARIO 67
MOROS Y CRISTIANOS 76
EL AÑO EN SPITZBERG 111
IDIOMATIC COMMENTARY 131
NOTES 143
EXERCISES FOR TRANSLATION INTO SPANISH 173
VOCABULARY 183
NOVELAS CORTAS
LA BUENAVENTURA (p1)
I
No sé qué día de Agosto del año 1816 llegó a las puertas de
la Capitanía general[1-1] de Granada[1-2] cierto haraposo y grotesco
gitano, de sesenta años de edad, de oficio esquilador y de
apellido o sobrenombre _Heredia_, caballero en flaquísimo y
05 destartalado burro mohino, cuyos arneses se reducían a una
soga atada al pescuezo; y, echado que hubo[1-3] pie a tierra, dijo
con la mayor frescura «_que quería ver al Capitán general_.»
Excuso añadir que semejante pretensión excitó sucesivamente
la resistencia del centinela, las risas de los ordenanzas
10 y las dudas y vacilaciones de los _edecanes_[1-4] antes de llegar a
conocimiento del Excelentísimo Sr. D.[1-5] Eugenio Portocarrero,
conde del Montijo, a la sazón Capitán general del antiguo
reino de Granada.... Pero como aquel prócer era hombre de
muy buen humor y tenía muchas noticias de Heredia, célebre
15 por sus chistes, por sus cambalaches y por su amor a lo ajeno...,
con permiso del engañado dueño, dió orden de que dejasen
pasar al gitano.
Penetró éste en el despacho de Su Excelencia, dando dos
pasos adelante y uno atrás, que era como andaba en las
20 circunstancias graves, y poniéndose de rodillas exclamó:
--¡Viva María Santísima y viva su merced, que es el amo
de toitico[1-6] el mundo!
--Levántate; déjate de zalamerías, y dime qué se te ofrece
...--respondió el Conde con aparente sequedad. (p2)
Heredia se puso también serio, y dijo con mucho
desparpajo:
--Pues, señor, vengo a que[2-1] se me den los mil reales.
--¿Qué mil reales?
05 --Los ofrecidos hace días, en un bando, al que presente las
señas de _Parrón_.
--Pues ¡qué! ¿tú lo _conocías_?
--No, señor.
--Entonces....
10 --Pero ya lo conozco.
--¡Cómo!
--Es muy sencillo. Lo he buscado; lo he visto; traigo las
señas, y pido mi ganancia.
--¿Estás seguro de que lo has visto?--exclamó el Capitán
15 general con un interés que se sobrepuso a sus dudas.
El gitano se echó a reír, y respondió:
--¡Es claro! Su merced dirá: este gitano es como todos,
y quiere engañarme.--¡No me perdone Dios si miento!--Ayer
ví a _Parrón_.
20 --Pero ¿sabes tú la importancia de lo que dices? ¿Sabes
que hace tres años que se persigue[2-2] a ese monstruo, a ese
bandido sanguinario, _que nadie conoce ni ha podido nunca ver_?
¿Sabes que todos los días roba, en distintos puntos de estas
sierras, a algunos pasajeros; y después los asesina, pues dice
25 que los muertos no hablan, y que ése es el único medio de que
nunca dé con él la Justicia? ¿Sabes, en fin, que ver a _Parrón_
es encontrarse con la muerte?
El gitano se volvió a reír,[2-3] y dijo:
--Y ¿no sabe su merced que lo que no puede hacer un
30 gitano no hay quien lo haga[2-4] sobre la tierra? ¿Conoce nadie[2-5]
cuándo es verdad nuestra risa o nuestro llanto? ¿Tiene su
merced noticia de alguna zorra que sepa tantas picardías como
nosotros?--Repito, mi General, que, no sólo he visto a _Parrón_,
sino que he hablado con él. (p3)
--¿Dónde?
--En el camino de Tózar.
--Dame pruebas de ello.
--Escuche su merced. Ayer mañana hizo ocho días que
05 caímos mi borrico y yo en poder de unos ladrones. Me maniataron
muy bien, y me llevaron por unos barrancos endemoniados
hasta dar con una plazoleta donde acampaban los bandidos.
Una cruel sospecha me tenía desazonado.--«¿Será
esta gente de _Parrón_? (me decía a cada instante.) ¡Entonces
10 no hay remedio, me matan[3-1]!..., pues ese maldito se ha empeñado
en que ningunos ojos que vean su fisonomía vuelvan a
ver cosa ninguna.»
Estaba yo haciendo estas reflexiones, cuando se me presentó
un hombre vestido de macareno[3-2] con mucho lujo, y dándome
15 un golpecito en el hombro y sonriéndose con suma gracia, me
dijo:
--Compadre, ¡yo soy _Parrón_!
Oír esto y caerme de espaldas,[3-3] todo fué una misma cosa.
El bandido se echó a reír.
20 Yo me levanté desencajado, me puse de rodillas, y exclamé
en todos los tonos de voz que pude inventar:
--¡Bendita sea tu alma, rey de los hombres!... ¿Quién
no había de conocerte[3-4] por ese porte de príncipe real que
Dios te ha dado? ¡Y que haya madre[3-5] que para tales hijos!
25 ¡Jesús![3-6] ¡Deja que te dé un abrazo, hijo mío! ¡Que en
mal hora muera[3-6] si no tenía gana de encontrarte el gitanico
para decirte la buenaventura[3-7] y darte un beso en esa mano
de emperador!--¡También yo soy de los tuyos! ¿Quieres
que te enseñe a cambiar burros muertos por burros vivos?--¿Quieres
30 vender como potros tus caballos viejos? ¿Quieres
que le enseñe el francés a una mula?
El Conde del Montijo no pudo contener la risa....--Luego
preguntó:
--Y ¿qué respondió _Parrón_ a todo eso? ¿Qué hizo?
(p4)
--Lo mismo que su merced; reírse a todo trapo.[4-1]
--¿Y tú?
--Yo, señorico, me reía también; pero me corrían por las
patillas lagrimones como naranjas.
05 --Continúa.
En seguida me alargó la mano y me dijo:
--Compadre, es V. el único hombre de talento que ha caído
en mi poder. Todos los demás tienen la maldita costumbre de
procurar entristecerme, de llorar, de quejarse y de hacer otras
10 tonterías que me ponen de mal humor. Sólo V. me ha hecho
reír: y si no fuera por esas lágrimas....
--Qué, ¡señor, si son[4-2] de alegría!
--Lo creo. ¡Bien sabe el demonio que es la primera vez
que me he reído desde hace seis u ocho años!--Verdad es que
15 tampoco he llorado....
--Pero despachemos.--¡Eh, muchachos!
Decir _Parrón_ estas palabras y rodearme una nube de trabucos,
todo fué un abrir y cerrar de ojos.
--¡Jesús me ampare!--empecé a gritar.
20 --¡Deteneos! (exclamó _Parrón_.) No se trata de eso
_todavía_.--Os llamo para preguntaros qué le habéis _tomado_ a
este hombre.[4-3]
--Un burro en pelo.[4-4]
--¿Y dinero?
25 --Tres duros y siete reales.
--Pues dejadnos solos.
Todos se alejaron.
--Ahora dime la buenaventura--exclamó el ladrón, tendiéndome
la mano.[4-5]
30 Yo se la[4-6] cogí; medité un momento; conocí que estaba en el
caso de hablar formalmente, y le dije con todas las veras[4-7] de mi
alma:
--_Parrón_, tarde que temprano,[4-8] ya me[4-9] quites la vida, ya
me la dejes..., ¡morirás ahorcado!
(p5)
--Eso ya lo sabía yo.... (respondió el bandido con entera
tranquilidad.)--Dime _cuándo_.
Me puse a cavilar.
Este hombre (pensé) me va a perdonar la vida; mañana
05 llego a Granada y doy el _cante_;[5-1] pasado mañana lo cogen....
Después empezará la sumaria....
--¿Dices que _cuándo?_[5-2] (le respondí en alta voz.)--Pues
¡mira! va a ser el mes que entra.[5-3]
_Parrón_ se estremeció, y yo también, conociendo que el amor
10 propio de adivino me podía salir por la tapa de los sesos.[5-4]
--Pues mira tú, gitano.... (contestó _Parrón_ muy lentamente.)
Vas a quedarte en mi poder....--¡Si en todo el
mes que entra no me ahorcan, te ahorco[5-6] yo a ti, tan cierto
como ahorcaron a mi padre!--Si muero para esa fecha,[4-7]
15 quedarás libre.
--¡Muchas gracias! (dije yo en mi interior.) ¡Me perdona
... después de muerto![5-8]
Y me arrepentí de haber echado tan corto el plazo.[5-9]
20 Quedamos en lo dicho: fuí conducido a la cueva, donde
me encerraron, y _Parrón_ montó en su yegua y tomó el tole[5-10]
por aquellos breñales....
--Vamos,[5-11] ya comprendo... (exclamó el Conde del Montijo.)
_Parrón_ ha muerto; tú has quedado libre, y por eso sabes
sus señas....
25 --¡Todo lo contrario, mi General! _Parrón_ vive, y aquí
entra lo más negro de la presente historia.
II
Pasaron ocho días sin que el capitán volviese a verme. Según
pude entender, no había parecido por allí desde la tarde que le
hice la buenaventura; cosa que nada tenía de raro, a lo que me
30 contó[5-12] uno de mis guardianes.
--Sepa V. (me dijo) que el Jefe se va al infierno[5-13] de vez en (p6)
cuando, y no vuelve hasta que se le antoja.--Ello es[6-1] que nosotros
no sabemos nada de lo que hace durante sus largas
ausencias.
A todo esto, a fuerza de ruegos, y como pago de haber dicho
05 serían ahorcados y que llevarían[6-2] una vejez muy tranquila, había
yo conseguido que por las tardes me sacasen de la cueva y me
atasen a un árbol, pues en mi encierro me ahogaba de calor.
Pero excuso decir que nunca faltaban a mi lado un par de
10 centinelas.
Una tarde, a eso de las seis, los ladrones que habían salido
de _servicio_[6-3] aquel día a las órdenes del _segundo de parrón_,
regresaron al campamento, llevando consigo, maniatado como
pintan a nuestro Padre Jesús Nazareno, a un pobre segador de
15 cuarenta a cincuenta años, cuyas lamentaciones partían el alma.
--¡Dadme mis veinte duros! (decía.) ¡Ah! ¡Si supierais
con qué afanes los he ganado! ¡Todo un verano segando bajo
el fuego del sol!... ¡Todo un verano lejos de mi pueblo, de
mi mujer y de mis hijos![6-4]--¡Así he reunido, con mil sudores y
20 privaciones, esa suma, con que podríamos vivir este invierno!...
¡Y cuando ya voy de vuelta,[6-5] deseando abrazarlos y pagar
las deudas que para comer hayan hecho aquellos infelices,
¿cómo he de perder[6-6] ese dinero, que es para mí un tesoro?
--¡Piedad, señores! ¡Dadme mis veinte duros! ¡Dádmelos, por
25 los dolores de María Santísima!
Una carcajada de burla contestó a las quejas del pobre padre.
Yo temblaba de horror en el árbol a que estaba atado; porque
los gitanos también tenemos familia.
--No seas[6-7] loco.... (exclamó al fin un bandido, dirigiéndose
30 al segador.)--Haces mal en pensar en tu dinero, cuando tienes
cuidados mayores en que ocuparte....
--¡Cómo!--dijo el segador, sin comprender que hubiese
desgracia más grande que dejar sin pan a sus hijos.
--¡Estás en poder de _Parrón_!
(p7)
--_Parrón_.... ¡No le conozco!... Nunca lo he oído
nombrar.... ¡Vengo de muy lejos! Yo soy de Alicante,[7-1] y
he estado segando en Sevilla.[7-2]
--Pues, amigo mío, _Parrón_ quiere decir la _muerte_. Todo
05 el que cae en nuestro poder es preciso que muera. Así,
pues, haz testamento en dos minutos y encomienda el alma
en otros dos.--¡Preparen![7-3] ¡Apunten!--Tienes cuatro
minutos.
--Voy a aprovecharlos.... ¡Oídme, por compasión!...
10 --Habla.
--Tengo seis hijos[7-4]... y una infeliz...--diré _viuda_...,
pues veo que voy a morir....--Leo en vuestros ojos que sois
peores que fieras.... ¡Sí, peores! Porque las fieras de una
misma especie no se devoran unas a otras.--¡Ah! ¡Perdón!...
15 No sé lo que me digo.[7-5]--¡Caballeros, alguno de ustedes[7-6] será
padre!... ¿No hay un padre entre vosotros? ¿Sabéis lo
que son seis niños pasando un invierno sin pan? ¿Sabéis lo
que es una madre que ve morir a los hijos de sus entrañas,
diciendo: «Tengo hambre..., tengo frío»?--Señores, ¡yo no
20 quiero mi vida sino por ellos! ¿Qué es para mí la vida? ¡Una
cadena de trabajos y privaciones!--¡Pero debo vivir para mis
hijos!... ¡Hijos míos![7-7] ¡Hijos de mi alma!
Y el padre se arrastraba por el suelo, y levantaba hacia los
ladrones una cara.... ¡Qué cara!... ¡Se parecía a la de
25 los santos que el rey Nerón[7-8] echaba a los tigres, según dicen
los padres predicadores....
Los bandidos sintieron moverse algo dentro de su pecho,
pues se miraron unos a otros...; y viendo que todos estaban
pensando la misma cosa, uno de ellos se atrevió a decirla....
30 --¿Qué dijo?--preguntó el Capitán general, profundamente
afectado por aquel relato.
--Dijo: «Caballeros, lo que vamos a hacer no lo sabrá nunca
_Parrón_....»
--Nunca..., nunca...--tartamudearon los bandidos.
(p8)
--Márchese V., buen hombre....--exclamó entonces uno
que hasta lloraba.
Yo hice también señas al segador de que se fuese al instante.
El infeliz se levantó lentamente.
05 --Pronto.... ¡Márchese V.!--repitieron todos volviéndole
la espalda.
El segador alargó la mano maquinalmente.
--¿Te parece poco? (gritó uno.)--¡Pues no quiere su
10 dinero![8-1]--Vaya..., vaya.... ¡No nos tiente V. la paciencia!
El pobre padre se alejó llorando, y a poco desapareció.
Media hora había transcurrido, empleada por los ladrones
en jurarse unos a otros no decir nunca a su capitán que habían
perdonado la vida a un hombre, cuando de pronto apareció
_Parrón_, trayendo al segador en la grupa de su yegua.
15 Los bandidos retrocedieron espantados.
_Parrón_ se apeó muy despacio, descolgó su escopeta de dos
cañones, y, apuntando a sus camaradas, dijo:
--¡Imbéciles! ¡Infames! ¡No sé cómo[8-2] no os mato a
todos!--¡Pronto! ¡Entregad a este hombre los duros que
20 le habéis robado![8-3]
Los ladrones sacaron los veinte duros y se los[8-4] dieron al
segador, el cual se arrojó a los pies de aquel personaje que
dominaba a los bandoleros y que tan buen corazón tenía....
_Parrón_ le dijo:
25 --¡A la paz de Dios![8-5]--_Sin las indicaciones de V., nunca
hubiera dado con ellos._ ¡Ya ve V. que desconfiaba de mí sin
motivo!... He cumplido mi promesa.... Ahí tiene V.
sus veinte duros....--Conque... ¡en marcha!
El segador lo abrazó repetidas veces y se alejó lleno de júbilo.
30 Pero no habría andado[8-6] cincuenta pasos, cuando su bienhechor
lo llamó de nuevo.
El pobre hombre se apresuró a volver pies atrás.[8-7]
--¿Qué manda V.?--le preguntó, deseando ser útil al que
había devuelto la felicidad a su familia.
(p9)
--¿Conoce V. a _Parrón_?--le preguntó él mismo.
--No lo conozco.
--¡Te equivocas! (replicó el bandolero.) Yo soy _Parrón_.
El segador se quedó estupefacto.[9-1]
05 _Parrón_ se echó la escopeta a la cara[9-2] y descargó los dos
tiros contra el segador, que cayó redondo[9-3] al suelo.
--¡Maldito seas![9-4]--fué lo único que pronunció.
En medio del terror que me quitó la vista, observé que el
árbol en que yo estaba atado se estremecía ligeramente y que
10 mis ligaduras se aflojaban.
Una de las balas, después de herir al segador, había dado en
la cuerda que me ligaba al tronco y la había roto.
Yo disimulé que estaba libre, y esperé una ocasión para
escaparme.
15 Entretanto decía _Parrón_ a los suyos, señalando al segador:
--Ahora podéis robarlo.--Sois unos imbéciles..., ¡unos
canallas![9-5] ¡Dejar a ese hombre, para que se fuera, como se
fué, dando gritos por los caminos reales!... Si conforme
soy yo[9-6] quien se[9-7] lo encuentra y se entera de lo que pasaba,
20 hubieran sido los _migueletes_[9-8] habría dado vuestras señas y las
de nuestra guarida, como me las ha dado a mí, y estaríamos ya
todos en la cárcel!--¡Ved las consecuencias de robar sin
matar!--Conque basta ya de sermón y enterrad ese cadáver
para que no apeste.
25 Mientras los ladrones hacían el hoyo y _Parrón_ se sentaba a
merendar dándome la espalda,[9-9] me alejé poco a poco del árbol
y me descolgué al barranco próximo....
Ya era de noche. Protegido por sus sombras salí a todo
escape,[9-10] y, a la luz de las estrellas, divisé mi borrico, que
30 comía allí tranquilamente, atado a una encina. Montéme en él, y
no he parado hasta llegar aquí....
Por consiguiente, señor, déme V. los mil reales, y yo daré las
señas de _Parrón_, el cual se ha quedado con[9-11] mis tres duros y
medio....
(p10)
Dictó el gitano la filiación del bandido; cobró desde luego
la suma ofrecida, y salió de la Capitanía general, dejando asombrados
al Conde del Montijo y al sujeto, allí presente, que nos
ha contado todos estos pormenores.
05 Réstanos ahora saber si acertó o no acertó _Heredia_ al decir
la buenaventura a _Parrón_.
III
Quince días después de la escena que acabamos de referir,
y a eso de las nueve de la mañana, muchísima gente ociosa
presenciaba, en la calle de San Juan de Dios y parte de la de
10 San Felipe de aquella misma capital, la reunión de dos compañías
de migueletes que debían salir a las nueve y media en
busca de _Parrón_, cuyo paradero, así como sus señas personales
y las de todos sus compañeros de fechorías, había al fin averiguado
el Conde del Montijo.
15 El interés y emoción del público eran extraordinarios, y no
menos la solemnidad con que los migueletes se despedían de
sus familias y amigos para marchar a tan importante empresa.
¡Tal espanto había llegado a infundir _Parrón_ a todo el antiguo
reino granadino!
20 --Parece que ya vamos a _formar_... (dijo un miguelete a
otro[10-1]), y no veo al cabo López....
--¡Extraño es, a fe mía,[10-2] pues él llega siempre antes que
nadie[10-3] cuando se trata de salir en busca de _Parrón_, a quien
odia con sus cinco sentidos![10-4]
25 --Pues ¿no sabéis lo que pasa?--dijo un tercer miguelete,
tomando parte en la conversación.
--¡Hola! Es nuestro nuevo camarada....--¿Cómo te
va en nuestro Cuerpo?
--¡Perfectamente!--respondió el interrogado.
30 Era éste un hombre pálido y de porte distinguido, del cual
se despegaba mucho el traje de soldado.
--Conque ¿decías....--replicó el primero.
(p11)
--¡Ah! ¡Sí! Que el cabo López ha fallecido....--respondió
el miguelete pálido.
--_Manuel_.... ¿Qué dices?--¡Eso no puede ser!...--Yo
mismo he visto a López esta mañana, como te veo
05 a ti....
El llamado _Manuel_[11-1] contestó fríamente:
--Pues hace media hora que lo ha matado _Parrón_.
--_¿Parrón?_ ¿Dónde?
--¡Aquí mismo! ¡En Granada! En la Cuesta del Perro[11-2]
10 se ha encontrado el cadáver de López.
Todos quedaron silenciosos y _Manuel_ empezó a silbar una
canción patriótica.
--¡Van once[11-3] migueletes en seis días! (exclamó un sargento.)
¡_Parrón_ se ha propuesto exterminarnos!--Pero ¿cómo
15 es que está en Granada? ¿No íbamos á buscarlo a la Sierra de
Loja?[11-4]
_Manuel_ dejó de silbar, y dijo con su acostumbrada
indiferencia:
--Una vieja que presenció el delito dice que, luego que
20 mató a López, ofreció que, si íbamos á buscarlo, tendríamos el
gusto de verlo....
--¡Camarada! ¡Disfrutas de una calma asombrosa!
¡Hablas de _Parrón_ con un desprecio!...
--Pues ¿qué es _Parrón_ más que un hombre?--repuso
25 _Manuel_ con altanería.
--¡A la formación!--gritaron en este acto varias voces.
Formaron las dos compañías, y comenzó la lista nominal.[11-5]
En tal momento acertó a pasar por allí el gitano _Heredia_,
el cual se paró, como todos, a ver aquella lucidísima
30 tropa.
Notóse entonces que _Manuel_, el nuevo miguelete, dió un retemblido
y retrocedió un poco, como para ocultarse detrás de
sus compañeros....
(p12)
Al propio tiempo _Heredia_ fijó en él sus ojos; y dando un
grito y un salto como si le hubiese picado una víbora, arrancó
a correr[12-1] hacia la calle de San Jerónimo.
_Manuel_ se echó la carabina a la cara y apuntó al gitano....
Pero otro miguelete tuvo tiempo de mudar la dirección del
05 arma,[12-2] y el tiro se perdió en el aire.
--¡Está loco! ¡_Manuel_ se ha vuelto _loco_! ¡Un miguelete
ha perdido el juicio!--exclamaron sucesivamente los mil espectadores
de aquella escena.
Y oficiales, y sargentos, y paisanos rodeaban a aquel hombre,
10 que pugnaba por escapar, y al que por lo mismo sujetaban con
mayor fuerza, abrumándolo a preguntas, reconvenciones y dicterios
que no le arrancaron contestación alguna.
Entretanto _Heredia_ había sido preso en la plaza de la
Universidad por algunos transeuntes, que, viéndole correr
15 después de haber sonado aquel tiro, lo tomaron por un
malhechor.
--¡Llevadme a la Capitanía general! (decía el gitano.)
¡Tengo que hablar con el Conde del Montijo!
--¡Qué Conde del Montijo ni qué niño muerto![12-3] (le respondieron
20 sus aprehensores.)--¡Ahí están los migueletes, y ellos
verán lo que hay que hacer[12-4] con tu persona!
--Pues lo mismo me da[12-5].... (respondió Heredia.)--Pero
tengan Vds. cuidado de que no me mate _Parrón_....
--¿Cómo Parrón?...¿Qué dice este hombre?
25 --Venid y veréis.
Así diciendo, el gitano se hizo conducir delante del jefe de
los migueletes, y señalando a Manuel, dijo:
--Mi Comandante, ¡ése es _Parrón_, y yo soy el gitano que
dió hace quince días sus señas al Conde del Montijo!
30 --¡_Parrón_! ¡_Parrón_ está preso! ¡Un miguelete era
_Parrón_!...--gritaron muchas voces.
--No me cabe duda.... (decía entretanto el Comandante,
leyendo las señas que le había dado el Capitán general.)--¡A
fe que[12-6] hemos estado torpes!--Pero ¿a quién se le hubiera (p13)
ocurrido buscar al capitán de ladrones entre los migueletes que
iban a prenderlo?
--¡Necio de mí![13-1] (exclamaba al mismo tiempo _Parrón_, mirando
al gitano con ojos de león herido): ¡es el único hombre
05 a quien he perdonado la vida! ¡Merezco lo que me pasa!
A la semana siguiente ahorcaron a _Parrón_.
Cumplióse, pues, literalmente la _buenaventura_ del gitano....
Lo cual (dicho sea para concluir dignamente) no significa
que debáis creer en la infalibilidad de tales vaticinios, ni menos
10 que fuera acertada regla de conducta la de _Parrón_, de matar a
todos los que llegaban a conocerle....--Significa tan sólo[13-2]
que los caminos de la Providencia son inescrutables[13-3] para la
razón humana;--doctrina que, a mi juicio, no puede ser más
ortodoxa.
Guadix, 1853.
LA CORNETA DE LLAVES (p14)
Querer es poder.
I
Don Basilio, ¡toque V. la corneta, y bailaremos!--Debajo
de estos árboles no hace calor....
--Sí, sí..., D. Basilio: ¡toque V. la corneta de llaves!
--¡Traedle a D. Basilio la corneta en que se está enseñando
05 Joaquín!
--¡Poco vale!...--¿La tocará V., D. Basilio?
--¡No!
--¿Cómo que no?[14-1]
--¡Que no!
10 --¿Por qué?
--Porque no sé.
--¡Que no sabe[14-2]!...--¡Habrá hipócrita igual![14-3]
--Sin duda quiere que le regalemos el oído[14-4]....
--¡Vamos![14-5] ¡Ya sabemos que ha sido V. músico mayor[14-6]
15 de infantería!...
--Y que nadie ha tocado la corneta de llaves como V....
--Y que lo oyeron en Palacio[14-7]..., en tiempos de
Espartero[14-8]....
--Y que tiene V. una pensión....
20 --¡Vaya,[14-9] D. Basilio! ¡Apiádese V.!
--Pues, señor.... ¡Es verdad! He tocado la corneta
de llaves; he sido una... una _especialidad_,[14-10] como dicen
ustedes ahora...; pero también es cierto que hace dos años
regalé mi corneta a un pobre músico licenciado, y que desde
25 entonces no he vuelto[14-11]... ni a tararear.
--¡Qué lástima!
(p15)
--¡Otro[15-1] Rossini!
--¡Oh! ¡Pues lo que es esta tarde,[15-2] ha de tocar[15-3]
usted!...
--Aquí, en el campo, todo es permitido....
05 --¡Recuerde V. que es mi día,[15-4] papá abuelo[15-5]!...
--¡Viva! ¡Viva! ¡Ya está aquí la corneta!
--Sí, ¡que toque!
--Un vals....
--No..., ¡una polca!...
10 --¡Polca!... ¡Quita allá![15-6]--¡Un fandango!
--Sí..., sí..., ¡fandango! ¡Baile nacional!
--Lo siento mucho, hijos míos; pero no me es posible tocar
la corneta....
--¡Usted, tan amable!...
15 --Tan complaciente....
--¡Se lo suplica a V.[15-7] su nietecito!...
--Y su sobrina....
--¡Dejadme, por Dios!--He dicho que no toco.
--¿Por qué?
20 --Porque no me acuerdo; y porque, además, he jurado no
volver a aprender....
--¿A quién se lo ha jurado?
--¡A mí mismo, a un muerto, y a tu pobre madre, hija
mía!
25 Todos los semblantes se entristecieron súbitamente al escuchar
estas palabras.
--¡Oh!... ¡Si supierais a qué costa aprendí a tocar la
corneta!...--añadió el viejo.
--¡La historia! ¡La historia! (exclamaron los jóvenes.)
30 Contadnos esa historia.
--En efecto.... (dijo D. Basilio.)--Es toda una historia.
Escuchadla, y vosotros juzgaréis si puedo o no puedo tocar la
corneta....
Y sentándose bajo un árbol rodeado de unos curiosos y (p16)
afables adolescentes, contó la historia de sus lecciones de
música.
No de otro modo, _Mazzepa_,[16-1] el héroe de Byron, contó una
noche a Carlos XII,[16-2] debajo de otro árbol, la terrible historia
05 de sus lecciones de equitación.
Oigamos a D. Basilio.
II
Hace diez y siete años que ardía en España la guerra civil.
Carlos e Isabel[16-3] se disputaban la corona, y los españoles,
divididos en dos bandos, derramaban su sangre en lucha fratricida.
10 Tenía yo un amigo, llamado Ramón Gámez, teniente de
cazadores de mi mismo batallón, el hombre más cabal que he
conocido....--Nos habíamos educado juntos; juntos salimos
del colegio; juntos peleamos mil veces, y juntos deseábamos
morir por la libertad....--¡Oh! ¡Estoy por decir[16-4]
15 que él era más liberal que yo y que todo el ejército!...
Pero he aquí que cierta injusticia cometida por nuestro Jefe
en daño de Ramón; uno de esos abusos de autoridad que disgustan
de la más honrosa carrera; una arbitrariedad, en fin,
hizo desear al Teniente de cazadores abandonar las filas de sus
hermanos, al amigo dejar al amigo, al liberal pasarse a la facción,
20 al subordinado matar a su Teniente Coronel....--¡Buenos
humos tenía[16-5] Ramón para aguantar insultos e injusticias
ni al lucero[16-6] del alba!
Ni mis amenazas, ni mis ruegos, bastaron a disuadirle de su
25 propósito. ¡Era cosa resuelta! ¡Cambiaría el morrión[16-7] por
la boina,[16-8] odiando como odiaba mortalmente a los facciosos!
A la sazón nos hallábamos en el Principado,[16-9] a tres leguas del
enemigo.
Era la noche en que Ramón debía desertar, noche lluviosa
30 y fría, melancólica y triste, víspera de una batalla.
A eso de las doce entró Ramón en mi alojamiento.
Yo dormía.
(p17)
--Basilio....--murmuró a mi oído.
--¿Quién es?
--Soy yo.--¡Adiós!
--¿Te vas ya?
05 --Sí; adiós.
Y me cogió una mano.
--Oye... (continuó); si mañana hay, como se cree, una
batalla, y nos encontramos en ella....
--Ya lo sé: somos amigos.
10 --Bien; nos damos un abrazo, y nos batimos en seguida.
--¡Yo moriré mañana regularmente,[17-1] pues pienso atropellar
por todo hasta que mate al Teniente Coronel!--En cuanto a
ti, Basilio, no te expongas....[17-2]--La gloria es humo.
--¿Y la vida?
15 --Dices bien: hazte comandante.... (exclamó Ramón.)
La paga no es humo..., sino después que uno se la ha[17-3]
fumado....--¡Ay! ¡Todo eso acabó para mí!
--¡Qué tristes ideas! (dije yo no sin susto.)--Mañana sobreviviremos
los dos a la batalla.
20 --Pues emplacémonos para después de ella....
--¿Dónde?
--En la ermita de San Nicolás, a la una de la noche.--El
que no asista,[17-4] será porque haya muerto.--¿Quedamos
conformes?
25 --Conformes.
--Entonces.... ¡Adiós!...
--Adiós.
Así dijimos; y después de abrazarnos tiernamente, Ramón
desapareció en las sombras nocturnas.
III
30 Como esperábamos, los facciosos nos atacaron al siguiente día.
La acción fué muy sangrienta, y duró desde las tres de la
tarde hasta el anochecer.
(p18)
A cosa de las cinco, mi batallón fué rudamente acometido
por una fuerza de alaveses[18-1] que mandaba Ramón....
¡Ramón llevaba ya las insignias de Comandante y la boina
blanca de carlista[18-2]!...
05 Yo mandé hacer fuego contra Ramón, y Ramón contra mí:
es decir, que su gente y mi batallón lucharon cuerpo a
cuerpo.
Nosotros quedamos vencedores, y Ramón tuvo que huir con
los muy mermados restos de sus alaveses; pero no sin que antes
10 hubiera dado muerte por sí mismo, de un pistoletazo,[18-3] al que la
víspera era su Teniente Coronel; el cual en vano procuró
defenderse de aquella furia....
A las seis la acción se nos volvió desfavorable, y parte de mi
pobre compañía y yo fuimos cortados y obligados a rendirnos....
15 Condujéronme, pues, prisionero a la pequeña villa de...,
ocupada por los carlistas desde los comienzos de aquella campaña,
y donde era de suponer[18-4] que me fusilarían
inmediatamente....
La guerra era entonces sin cuartel.
IV
20 Sonó la una de la noche de tan aciago día: ¡la hora de mi
cita con Ramón!
Yo estaba encerrado en un calabozo de la cárcel pública de
dicho pueblo.
Pregunté por mi amigo, y me contestaron:
25 --¡Es un valiente! Ha matado a un Teniente Coronel.
Pero habrá perecido[18-5] en la última hora de la acción....
--¡Cómo! ¿Por qué lo decís?
--Porque no ha vuelto del campo, ni la gente que ha estado
hoy a sus órdenes da razón[18-6] de él....
30 ¡Ah! ¡Cuánto sufrí aquella noche!
Una esperanza me quedaba.... Que Ramón me estuviese (p19)
aguardando en la ermita de San Nicolás, y que por este motivo
no hubiese vuelto al campamento faccioso.
--¡Cuál será su pena al ver que no asisto a la cita! (pensaba
yo.)--¡Me creerá muerto!--¿Y, por ventura, tan lejos
05 estoy de mi última hora? ¡Los facciosos fusilan ahora siempre
a los prisioneros; ni más ni menos que nosotros!...
Así amaneció el día siguiente.
Un Capellán entró en mi prisión.
Todos mis compañeros dormían.
10 --¡La muerte!--exclamé al ver al Sacerdote.
--Sí--respondió éste con dulzura.
--¡Ya!
--No: dentro de tres horas.
Un minuto después habían despertado[19-1] mis compañeros.
15 Mil gritos, mil sollozos, mil blasfemias llenaron los ámbitos
de la prisión.
V
Todo hombre que va a morir suele aferrarse a una idea cualquiera
y no abandonarla más.
Pesadilla, fiebre o locura, esto me sucedió a mí.--La idea
20 de Ramón; de Ramón vivo, de Ramón muerto, de Ramón en
el cielo, de Ramón en la ermita, se apoderó de mi cerebro de
tal modo, que no pensé en otra cosa durante aquellas horas
de agonía.
Quitáronme el uniforme de Capitán, y me pusieron una gorra
25 y un capote viejo de soldado.
Así marché a la muerte con mis diez y nueve compañeros de
desventura....
Sólo uno había sido indultado... ¡por la circunstancia de
ser músico!--Los carlistas perdonaban entonces la vida a los
30 músicos, a causa de tener gran falta de ellos en sus
batallones....
(p20)
--Y ¿era V. músico, D. Basilio?--¿Se salvó V. por eso?--preguntaron
todos los jóvenes a una voz.[20-1]
--No, hijos míos.... (respondió el veterano.) ¡Yo no era
músico!
05 Formóse el cuadro, y nos colocaron en medio de él....
Yo hacía el número once, es decir, yo moriría el
undécimo....
Entonces pensé en mi mujer y en mi hija, ¡en ti y en tu
madre, hija mía!
10 Empezaron los tiros....
¡Aquellas detonaciones me enloquecían!
Como tenía vendados los ojos, no veía caer a mis compañeros.
Quise contar las descargas para saber, un momento antes de
morir, que se acababa mi existencia en este mundo....
15 Pero a la tercera o cuarta detonación perdí la cuenta.
¡Oh! ¡Aquellos tiros tronarán eternamente en mi corazón y
en mi cerebro, como tronaban aquel día!
Ya creía oírlos a mil leguas de distancia; ya los sentía reventar
dentro de mi cabeza.
20 ¡Y las detonaciones seguían!
--¡Ahora!--pensaba yo.
Y crujía la descarga, y yo estaba vivo.
--¡Esta es!...--me dije por último.[20-2]
Y sentí que me cogían por los hombros, y me sacudían, y me
25 daban voces en los oídos....
Caí....
No pensé más....
Pero sentía algo como un profundo sueño....
Y soñé que había muerto fusilado.
VI
30 Luego soñé que estaba tendido en una camilla, en mi prisión.
No veía.
Llevéme la mano a los ojos como para quitarme una venda, (p21)
y me toqué los ojos abiertos, dilatados....--¿Me había
quedado ciego?
No....--Era que la prisión se hallaba llena de tinieblas.
Oí un doble de campanas..., y temblé.
05 Era el toque de _Animas_.[21-1]
--Son las nueve.... (pensé.)--Pero ¿de qué día?
Una sombra más obscura que el tenebroso aire de la prisión
se inclinó sobre mí.
Parecía un hombre....
10 ¿Y los demás? ¿Y los otros diez y ocho?
¡Todos habían muerto fusilados!
¿Y yo?
Yo vivía, o deliraba dentro del sepulcro.
Mis labios murmuraron maquinalmente un nombre, el nombre
15 de siempre,[21-2] mi pesadilla....
--¡«Ramón!»
--¿Qué quieres?--me respondió la sombra que había a mi
lado.
Me estremecí.
20 --¡Dios mío! (exclamé.)--¿Estoy en el otro mundo?
--¡No!--dijo la misma voz.
--Ramón, ¿vives?
--Sí.
--¿Y yo?
25 --También.
--¿Dónde estoy?--¿Es ésta la ermita de San Nicolás?--¿No
me hallo prisionero?--¿Lo he soñado todo?
--No, Basilio; no has soñado nada.--Escucha.
VII
Como sabrás,[21-3] ayer maté al Teniente Coronel en buena lid....
30 --¡Estoy vengado!--Después, loco de furor, seguí matando...,
y maté... hasta después de anochecido..., hasta
que no había un cristino[21-4] en el campo de batalla....
(p22)
Cuando salió la luna, me acordé de ti.--Entonces enderecé
mis pasos a la ermita de San Nicolás con intención de
esperarte.
Serían las diez de la noche. La cita era a la una, y la noche
05 antes no había yo pegado los ojos....--Me dormí, pues,
profundamente.
Al dar la una, lancé un grito y desperté.
Soñaba que habías muerto....
Miré a mi alrededor, y me encontré solo.
10 ¿Qué había sido de ti?
Dieron las dos..., las tres..., las cuatro....--¡Qué
noche de angustia!
Tú no parecías....
¡Sin duda habías muerto!...
15 Amaneció.
Entonces dejé la ermita, y me dirigí a este pueblo en busca
de los facciosos.
Llegué al salir el sol.[22-1]
Todos creían que yo había perecido la tarde antes....
20 Así fué que, al verme, me abrazaron, y el General me colmó
de distinciones.
En seguida supe que iban a ser fusilados veintiún[22-2] prisioneros.
Un presentimiento se levantó en mi alma.
--¿Será Basilio uno de ellos?--me dije.
25 Corrí, pues, hacia el lugar de la ejecución.
El cuadro estaba formado.
Oí unos tiros....
Habían empezado a fusilar.
Tendí la vista...; pero no veía....
30 Me cegaba el dolor; me desvanecía el miedo.
Al fin te distingo....
¡Ibas a morir fusilado!
Faltaban dos víctimas para llegar a ti....
¿Qué hacer?
(p23)
Me volví loco; dí un grito; te cogí entre mis brazos, y, con
una voz ronca, desgarradora, tremebunda, exclamé:
--¡Éste no! ¡Éste no, mi General!...
El General, que mandaba el cuadro, y que tanto me conocía[23-1]
05 por mi comportamiento de la víspera, me preguntó:
--Pues qué, ¿es músico?
Aquella palabra fué para mí lo que sería para un viejo ciego
de nacimiento ver de pronto el sol en toda su refulgencia.
La luz de la esperanza brilló a mis ojos tan súbitamente, que
10 los cegó.
--¡Músico (exclamé); sí..., sí..., mi General! ¡Es
músico! ¡Un gran músico!
Tú, entretanto, yacías sin conocimiento.
--¿Qué instrumento toca?--preguntó el General.
15 --El... la... el... el...; ¡si!... ¡justo!...,
eso es..., ¡la corneta de llaves!
--¿Hace falta un corneta[23-2] de llaves?--preguntó el General,
volviéndose a la banda de música.
Cinco segundos, cinco siglos, tardó la contestación.
20 --Sí, mi General; hace falta--respondió el Músico mayor.
--Pues sacad a ese hombre de las filas, y que siga la ejecución
al momento....--exclamó el jefe carlista.
Entonces te cogí en mis brazos y te conduje a este calabozo.
VIII
No bien dejó de hablar Ramón, cuando me levanté y le dije,
25 con lágrimas, con risa, abrazándolo, trémulo, yo no sé cómo:
--¡Te debo la vida!
--¡No tanto!--respondió Ramón.
--¿Cómo es eso?--exclamé.
--¿Sabes tocar la corneta?
30 --No.
--Pues no me debes la vida, sino que he comprometido la
mía sin salvar la tuya.
(p24)
Quedéme frío como una piedra.
--¿Y música? (preguntó Ramón.) ¿Sabes?
--Poca, muy poca....--Ya recordarás la que nos enseñaron
en el colegio....
05 --¡Poco es, o, mejor dicho, nada!--¡Morirás sin remedio!...
¡Y yo también, por traidor..., por falsario!--¡Figúrate
tú que dentro de quince días estará organizada la banda de
música a que has de pertenecer!...
--¡Quince días!
10 --¡Ni más ni menos!--Y como no tocarás la corneta....
(porque Dios no hará un milagro), nos fusilarán a los dos sin
remedio.
--¡Fusilarte! (exclamé.) ¡A ti! ¡Por mí! ¡Por mí, que
te debo la vida!--¡Ah, no, no querrá el cielo! Dentro de
15 quince días sabré música[24-1] y tocaré la corneta de llaves.
Ramón se echó a reír.
IX
--¿Qué más queréis que os diga, hijos míos?
En quince días... ¡oh poder de la voluntad! En quince
días con sus quince noches (pues no dormí ni reposé un momento
20 en medio mes), ¡asombraos!... ¡En quince días aprendí
a tocar la corneta!
¡Qué días aquellos!
Ramón y yo nos salíamos al campo, y pasábamos horas y
horas con cierto músico que diariamente venía de un lugar
25 próximo a darme lección.... 25
_¡Escapar!_...-- Leo en vuestros ojos esta palabra....--¡Ay!
Nada más imposible!--Yo era prisionero, y me vigilaban....
Y Ramón no quería escapar sin mí.
Y yo no hablaba, yo no pensaba, yo no comía....
30 Estaba loco, y mi monomanía era la música, la corneta, la
endemoniada corneta de llaves....
¡Quería aprender, y aprendí!
(p25)
Y, si hubiera sido mudo, habría hablado....
Y, paralítico, hubiera andado....
Y, ciego, hubiera visto.
¡Porque _quería_!
05 ¡Oh! ¡La voluntad suple por todo!--QUERER ES PODER.
_Quería_: ¡he aquí la gran palabra!
_Quería_..., y lo conseguí.--¡Niños, aprended esta gran
verdad!
Salvé, pues, mi vida y la de Ramón.
10 Pero me volví loco.
Y, loco, mi locura fué el arte.
En tres años no solté la corneta de la mano.
_Do-re-mi-fa-sol-la-si_; he aquí mi mundo durante todo aquel
tiempo.
15 Mi vida se reducía a soplar.[25-1]
Ramón no me abandonaba....
Emigré a Francia, y en Francia seguí tocando la corneta.
¡La corneta era yo! ¡Yo cantaba con la corneta en la boca!
Los hombres, los pueblos, las notabilidades[25-2] del arte se
20 agrupaban para oírme....
Aquello era un pasmo, una maravilla....
La corneta se doblegaba entre mis dedos; se hacía elástica,
gemía, lloraba, gritaba, rugía; imitaba al ave[25-3], a la fiera, al
sollozo humano....--Mi pulmón era de hierro.
25 Así viví otros dos años más.
Al cabo de ellos falleció mi amigo.
Mirando su cadáver, recobré la razón....
Y cuando, ya en mi juicio, cogí un día la corneta... (¡qué
asombro!), me encontré con que[25-4] no sabía tocarla....
30 ¿Me pediréis ahora que os haga són[25-5] para bailar?
Madrid, 1854.
LAS DOS GLORIAS (p26)
Un día que el célebre pintor flamenco Pedro Pablo Rubens[26-1]
andaba recorriendo los templos de Madrid acompañado de sus
afamados discípulos, penetró en la iglesia de un humilde convento,
cuyo nombre no designa la tradición.
05 Poco o nada encontró que admirar el ilustre artista en aquel
pobre y desmantelado templo, y ya se marchaba renegando,
como solía, del mal gusto de los frailes de Castilla la Nueva,[26-2]
cuando reparó en cierto cuadro medio oculto en las sombras
de feísima capilla;[26-3] acercóse a él, y lanzó una exclamación
de asombro.
Sus discípulos le rodearon al momento,[26-4] preguntándole:
--¿Qué habéis encontrado, maestro?
--¡Mirad!--dijo Rubens señalando, por toda contestación,
al lienzo que tenía delante[26-5].
15 Los jóvenes quedaron tan maravillados como el autor del
_Descendimiento_.[26-6]
Representaba aquel cuadro la _Muerte de un religioso_.-- Era
éste muy joven, y de una belleza que ni la penitencia ni la agonía
habían podido eclipsar, y hallábase tendido sobre los ladrillos
20 de su celda, velados ya los ojos por la muerte, con una mano
extendida sobre una calavera, y estrechando con la otra, a su
corazón, un crucifijo de madera y cobre.
En el fondo del lienzo se veía pintado otro cuadro, que
figuraba estar colgado[26-7] cerca del lecho de que se suponía haber
25 salido el religioso para morir con más humildad sobre la dura
tierra.
Aquel segundo cuadro representaba a una difunta, joven y
hermosa, tendida en el ataúd entre fúnebres cirios y negras y
suntuosas colgaduras....
(p27)
Nadie hubiera podido mirar estas dos escenas, contenida la
una en la otra, sin comprender que se explicaban y completaban
recíprocamente. Un amor desgraciado, una esperanza
muerta, un desencanto de la vida, un olvido eterno del mundo:
05 he aquí el poema misterioso que se deducía de los dos ascéticos
dramas que encerraba aquel lienzo.
Por lo demás, el color, el dibujo, la composición, todo revelaba
un genio de primer orden.
--Maestro, ¿de quién puede ser esta magnífica obra?--preguntaron
10 a Rubens sus discípulos, que ya habían alcanzado
el cuadro.
--En este ángulo ha habido un nombre escrito (respondió
el maestro); pero hace muy pocos meses que ha sido borrado.--En
cuanto a la pintura, no tiene arriba de treinta años, ni
15 menos de veinte.
--Pero el autor....
--El autor, según el mérito del cuadro, pudiera ser Velazquez,[27-1]
Zurbarán, Ribera, o el joven Murillo, de quien tan prendado
estoy.... Pero Velazquez no siente de este modo.
20 Tampoco es Zurbarán, si atiendo al color y a la manera de ver
el asunto. Menos aún debe atribuirse a Murillo ni a Ribera:
aquél es más tierno, y éste es más sombrío; y, además, ese
estilo no pertenece ni a la escuela del uno ni a la del otro. En
resumen: yo no conozco al autor de este cuadro, y hasta juraría
25 que no he visto jamás obras suyas.--Voy más lejos: creo que
el pintor desconocido, y acaso ya muerto, que ha legado al
mundo tal maravilla,[27-2] no perteneció a ninguna escuela, ni ha
pintado más cuadro que éste, ni hubiera podido pintar otro que
se le acercara en mérito.... Ésta es una obra de pura inspiración,
30 un asunto _propio_,[27-3] un reflejo del alma, un pedazo de la
vida.... Pero.... ¡Qué idea!--¿Queréis saber quién ha
pintado ese cuadro?--¡Pues lo ha pintado ese mismo muerto
que veis en él!
--¡Eh! Maestro.... ¡Vos[27-4] os burláis!
(p28)
--No: yo me entiendo....
--Pero ¿cómo concebís que un difunto haya podido pintar
su agonía?
--¡Concibiendo que un vivo pueda adivinar o representar su
05 muerte!--Además, vosotros sabéis que profesar _de veras_[28-1] en
ciertas Órdenes religiosas es morir.
--¡Ah! ¿Creéis vos?...
--Creo que aquella mujer que está de cuerpo presente[28-2] en el
fondo del cuadro era el alma[28-3] y la vida de este fraile que
10 agoniza contra el suelo; creo que, cuando ella murió, él se creyó
también muerto, y murió efectivamente para el mundo; creo,
en fin, que esta obra, más que el último instante de su héroe o
de su autor (que indudablemente son una misma persona),
representa la profesión de un joven desengañado de alegrías
15 terrenales....
--¿De modo que puede vivir todavía?...
--¡Sí, señor, que puede[28-4] vivir! Y como la cosa tiene fecha,
tal vez su espíritu se habrá serenado[28-5] y hasta regocijado, y el
desconocido artista sea ahora un viejo muy gordo y muy
20 alegre....--Por todo lo cual ¡hay que buscarlo! Y, sobre
todo, necesitamos averiguar si llegó a pintar más
obras....--Seguidme.
Y así diciendo, Rubens se dirigió a un fraile que rezaba en
otra capilla y le preguntó con su desenfado habitual:
25 --¿Queréis decirle al Padre Prior que deseo hablarle de
parte del Rey?
El fraile, que era hombre de alguna edad, se levantó trabajosamente,
y respondió con voz humilde y quebrantada:
--¿Qué me queréis?--Yo soy el Prior.
30 --Perdonad, padre mío, que interrumpa vuestras oraciones
(replicó Rubens). ¿Pudierais decirme quién es el autor de
este cuadro?
--¿De ese cuadro? (exclamó el religioso.) ¿Qué pensaría
V. de mí si le contestase que no me acuerdo?
(p29)
--¿Cómo? ¿Lo sabíais, y habéis podido olvidarlo?
--Sí, hijo mío, lo he olvidado completamente.
--Pues, padre... (dijo Rubens en són de burla[29-1] procaz),
¡tenéis muy mala memoria!
05 El Prior volvió a arrodillarse sin hacerle caso.
--¡Vengo en nombre del Rey!--gritó el soberbio y mimado
flamenco.
--¿Qué más queréis, hermano mío?--murmuró el fraile,
levantando lentamente la cabeza.
10 --¡Compraros[29-2] este cuadro!
--Ese cuadro no se vende.
--Pues bien: decidme dónde encontraré a su autor....--Su
Majestad deseará conocerlo, y yo necesito abrazarlo, felicitarlo...,
demostrarle mi admiración y mi cariño....
15 --Todo eso es también irrealizable....--Su autor no está
ya en el mundo.
--¡Ha muerto!--exclamó Rubens con desesperación.
--¡El maestro decía bien! (pronunció uno de los jóvenes.)
Ese cuadro está pintado por un difunto....
20 --¡Ha muerto!... (repitió Rubens.) ¡Y nadie lo ha conocido!
¡Y se ha olvidado su nombre!--¡Su nombre, que
debió ser inmortal![29-3] ¡Su nombre, que hubiera eclipsado el
mío!--Sí; _el mío_..., padre.... (añadió el artista con
noble orgullo.) ¡Porque habéis de saber[29-4] que yo soy Pedro Pablo
25 Rubens!
A este nombre, glorioso en todo el universo, y que ningún
hombre consagrado a Dios desconocía ya, por ir unido[29-5] a cien
cuadros místicos, verdaderas maravillas del arte, el rostro pálido
del Prior se enrojeció súbitamente, y sus abatidos ojos se clavaron
30 en el semblante del extranjero con tanta veneración
como sorpresa.
--¡Ah! ¡Me conocíais! (exclamó Rubens con infantil satisfacción.)
¡Me alegro en el alma! ¡Así seréis menos fraile
conmigo!--Conque... ¡vamos![29-6] ¿Me vendéis el cuadro?
(p30)
--¡Pedís un imposible!--respondió el Prior.
--Pues bien: ¿sabéis de alguna otra obra de ese malogrado
genio? ¿No podréis recordar su nombre? ¿Queréis decirme
cuándo murió?
05 --Me habéis comprendido mal.... (replicó el fraile.)--Os
he dicho que el autor de esa pintura no pertenece al mundo;
pero esto no significa precisamente que haya muerto....
--¡Oh! ¡Vive! ¡vive! (exclamaron todos los pintores.)
¡Haced que lo conozcamos!
10 --¿Para qué? ¡El infeliz ha renunciado a todo lo de la
tierra! ¡Nada tiene que ver con los hombres!... ¡nada!...--Os
suplico, por tanto, que lo dejéis morir en paz.
--¡Oh! (dijo Rubens con exaltación.) ¡Eso no puede ser,
padre mío! Cuando Dios enciende en un alma[30-1] el fuego sagrado
15 del genio, no es para que esa alma se consuma en la soledad,
sino para que cumpla su misión sublime de iluminar el alma de
los demás hombres. ¡Nombradme el monasterio en que se oculta
el grande artista,[30-2] y yo iré a buscarlo y lo devolveré al
siglo[30-3]!--¡Oh! ¡Cuánta gloria le espera!
20 --Pero... ¿y si la rehusa?--preguntó el Prior tímidamente.
--Si la rehusa acudiré al Papa, con cuya amistad me honro,
y el Papa lo convencerá mejor que yo.
--¡El Papa!--exclamó el Prior.
25 --¡Sí, padre; el Papa!--repitió Rubens.
--¡Ved por lo que[30-4] no os diría el nombre de ese pintor
aunque lo recordase! ¡Ved por lo que no os diré a qué convento
se ha refugiado!
--Pues bien, padre, ¡el Rey y el Papa os obligarán á decirlo!
30 (respondió Rubens exasperado.)--Yo me encargo de que así
suceda.
--¡Oh! ¡No lo haréis! (exclamó el fraile.)--¡Haríais muy
mal, señor Rubens!--Llevaos[30-5] el cuadro si queréis; pero dejad
tranquilo al que descansa.--¡Os hablo en nombre de Dios!-- (p31)
¡Sí! Yo he conocido, yo he amado, yo he consolado, yo he
redimido, yo he salvado de entre las olas de las pasiones y las
desdichas, náufrago y agonizante, a ese grande hombre, como vos
decis, a ese infortunado y ciego mortal, como yo le llamo;
05 olvidado[31-1] ayer de Dios y de sí mismo, hoy cercano a la suprema
felicidad!...--¡La gloria!...--¿Conocéis alguna mayor
que aquélla a que él aspira? ¿Con qué derecho queréis resucitar
en su alma los fuegos fatuos de las vanidades de la tierra,
cuando arde en su corazón la pira inextinguible de la caridad?
10 --¿Creéis que ese hombre, antes de dejar el mundo, antes de
renunciar a las riquezas, a la fama, al poder, a la juventud, al
amor, a todo lo que desvanece a las criaturas, no habrá sostenido
ruda batalla con su corazón? ¿No adivináis los desengaños y
amarguras que lo llevarían[31-2] al conocimiento de la mentira de
15 las cosas humanas?--Y ¿queréis volverlo a la pelea cuando ya
ha triunfado?
--Pero ¡eso es renunciar a la inmortalidad!--gritó Rubens.
--¡Eso es aspirar a ella!
--Y ¿con qué derecho os interponéis vos entre ese hombre
20 y el mundo?--¡Dejad que le hable, y él decidirá!
--Lo hago con el derecho de un hermano mayor, de un
maestro, de un padre; que todo esto soy para él.... ¡Lo hago
en el nombre de Dios, os vuelvo a decir!--Respetadlo...,
para bien de vuestra alma.
25 Y, así diciendo, el religioso cubrió su cabeza con la capucha
y se alejó a lo largo del templo.[31-3]
--Vámonos[31-4] (dijo Rubens.) Yo sé lo que me toca hacer.
--¡Maestro! (exclamó uno de los discípulos, que durante la
30 anterior conversación había estado mirando alternativamente al
lienzo y al religioso.) ¿No creéis, como yo, que ese viejo frailuco
se parece muchísimo al joven que se muere en este cuadro?
--¡Calla![31-5] ¡Pues es verdad!--exclamaron todos.
--Restad las arrugas y las barbas, y sumad los treinta años
que manifiesta la pintura, y resultará que el maestro tenía (p32)
razón cuando decía que ese religioso muerto era a un mismo tiempo
retrato y obra de un religioso vivo.--Ahora bien: ¡Dios me
confunda si ese religioso vivo no es el Padre Prior!
Entretanto Rubens, sombrío, avergonzado y enternecido profundamente,
05 veía alejarse al anciano, el cual lo saludó cruzando
los brazos sobre el pecho poco antes de desaparecer.
--¡_Él era_..., sí!... (balbuceó el artista.)--¡Oh!...
Vamonos.... (añadió volviéndose a sus discípulos.) ¡Ese
hombre tenía razón! ¡Su gloria vale más que la mía!--¡Dejémoslo
10 morir en paz!
Y dirigiendo una última mirada al lienzo que tanto le había
sorprendido, salió del templo y se dirigió a Palacio,[32-1] donde lo
honraban SS. MM. teniéndole a la mesa.[32-2]
Tres días después volvió Rubens, enteramente solo, a aquella
15 humilde capilla, deseoso de contemplar de nuevo la maravillosa
pintura, y aun de hablar otra vez con su presunto autor.
Pero el cuadro no estaba ya en su sitio.
En cambio se encontró con que[32-3] en la nave principal del templo
había un ataúd en el suelo, rodeado de toda la comunidad,
20 que salmodiaba el Oficio de difuntos....
Acercóse a mirar el rostro del muerto, y vió que era el Padre
Prior.--¡Gran pintor fué!... (dijo Rubens, luego que la sorpresa
y el dolor hubieron cedido lugar a otros sentimientos.)--¡Ahora
25 es cuando más se parece a su obra!
Madrid, 1858.
EL AFRANCESADO (p33)
I
En la pequeña villa del _Padrón_, sita en territorio gallego,[33-1] y
allá por el año[33-2] del 1808, vendía sapos y culebras y agua
llovediza,[33-3] a fuer de legítimo boticario, un tal GARCÍA[33-4]
DE PAREDES, misántropo solterón, descendiente acaso, y sin acaso,
05 [33-5] de aquel varón[33-6] ilustre que mataba un toro de una
[puñada.]
Era una fría y triste noche de otoño. El cielo estaba encapotado
por densas nubes, y la total carencia de alumbrado terrestre
dejaba a las tinieblas campar por su respeto[33-7] en todas las
calles y plazas de la población.
10 A eso de las diez de aquella pavorosa noche, que las lúgubres
circunstancias de la patria hacían mucho más siniestra, desembocó
en la plaza que hoy se llamará[33-8] _de la Constitución_ un
silencioso grupo de sombras, aun más negras que la obscuridad de
cielo y tierra, las cuales avanzaron hacia la botica de García de
15 Paredes, cerrada completamente desde _las Ánimas_,[33-9] o sea desde
las ocho y media en punto.
--¿Qué hacemos?[33-10]--dijo una de las sombras en correctísimo
gallego.
--Nadie nos ha visto....--observó otra.
20 --¡Derribar la puerta!--propuso una mujer.
--¡Y matarlos!--murmuraron hasta quince voces.
--¡Yo me encargo del boticario!--exclamó un chico.
--¡De ése nos encargamos todos!
--¡Por judío![33-11]
25 --¡Por _afrancesado_!
--Dicen que hoy cenan con él más de veinte franceses....
--¡Ya lo creo! ¡Como saben que ahí están seguros, han
acudido en montón!
(p34)
--¡Ah! Si fuera en mi casa! ¡Tres alojados llevo echados[34-1]
al pozo!
--¡Mi mujer degolló ayer a uno!...
--¡Y yo... (dijo un fraile con voz de figle) he asfixiado a
05 dos capitanes, dejando carbón encendido en _su celda_, que antes
era mía![34-2]
--¡Y ese infame boticario los protege!
--¡Qué expresivo estuvo ayer en paseo con esos viles
excomulgados!
10 --¡Quién lo había de esperar[34-3] de García de Paredes! ¡No
hace un mes que era el más valiente, el más patriota, el más
realista del pueblo!
--¡Toma! ¡Como que[34-4] vendía en la botica retratos del
príncipe Fernando![34-5]
15 --¡Y ahora los vende de Napoleón!
--Antes nos excitaba a la defensa contra los invasores....
--Y desde que vinieron al Padrón se pasó a ellos....
--¡Y esta noche da de cenar a todos los jefes!
--¡Oíd qué algazara traen![34-6] ¡Pues no gritan _¡viva el
20 Emperador!_
--Paciencia.... (murmuró el fraile.) Todavía es muy
temprano.
--Dejémosles emborracharse.... (expuso una vieja.)
Después entramos[34-7]... ¡y ni uno ha de quedar vivo!
25 --¡Pido que se haga cuartos[34-8] al boticario!
--¡Se le hará ochavos,[34-9] si queréis! Un _afrancesado_ es más
odioso que un francés. El francés atropella a un pueblo extraño:
el afrancesado vende y deshonra a su patria. El francés comete
un asesinato: el afrancesado ¡un parricidio!
II
30 Mientras ocurría la anterior escena en la puerta de la botica,
_García de Paredes_ y sus convidados corrían la francachela[34-10] más
alegre y desaforada que os podáis figurar.
(p35)
Veinte eran, en efecto, los franceses que el boticario tenía a
la mesa, todos ellos jefes y oficiales.
_García de Paredes_ contaría[35-1] cuarenta y cinco años; era
alto y seco y más amarillo que una momia; dijérase[35-2] que su
05 piel estaba muerta hacía mucho tiempo; llegábale la frente a
la nuca, gracias a una calva limpia y reluciente, cuyo brillo tenía
algo de fosfórico; sus ojos, negros y apagados, hundidos en las
descarnadas cuencas, se parecían a esas lagunas encerradas
entre montañas, que sólo ofrecen obscuridad, vértigos y muerte
10 al que las mira; lagunas que nada reflejan; que rugen sordamente
alguna vez,[35-3] pero sin alterarse; que devoran todo lo que
cae en su superficie; que nada devuelven; que nadie ha podido
sondear; que no se alimentan de ningún río, y cuyo fondo
busca la imaginación en los mares antípodas.
15 La cena era abundante, el vino bueno, la conversación
alegre y animada.
Los franceses reían, juraban, blasfemaban, cantaban, fumaban,
comían y bebían a un mismo tiempo.
Quién[35-4] había contado los amores secretos de Napoleón;
20 quién la noche del 2 de Mayo[35-5] en Madrid; cuál[35-6] la batalla de
las Pirámides;[35-7] cuál otro la ejecución de Luis XVI.[35-8]
_García de Paredes_ bebía, reía y charlaba como los demás, o
quizás más que ninguno;[35-9] y tan elocuente había estado en favor
de la causa imperial, que los soldados del César[35-10] lo habían
25 abrazado, lo habían vitoreado, le habían improvisado himnos.
--¡Señores! (había dicho el boticario): la guerra que os
hacemos los españoles es tan necia como inmotivada. Vosotros,
hijos de la Revolución, venís a sacar a España[35-11] de su
tradicional abatimiento, a despreocuparla, a disipar las tinieblas
30 religiosas, a mejorar sus anticuadas costumbres, a enseñarnos esas
utilísimas e inconcusas «verdades de que no hay Dios, de que no hay
otra vida, de que la penitencia, el ayuno, la castidad y demás
virtudes católicas son quijotescas[35-12] locuras, impropias de un
pueblo civilizado, y de que Napoleón es el verdadero Mesías, el(p36)
redentor de los pueblos, el amigo de la especie humana....»
¡Señores! ¡Viva el Emperador cuanto yo deseo que viva!
--¡Bravo, vítor!--exclamaron los hombres del 2 de Mayo.
El boticario inclinó la frente con indecible angustia.
05 Pronto volvió a alzarla, tan firme y tan sereno como antes.
Bebióse un vaso de vino, y continuó:
--Un abuelo mío, un _García de Paredes_, un bárbaro, un
Sansón,[36-1] un Hércules, un Milón de Crotona,[36-2] mató doscientos
franceses en un día.... Creo que fué en Italia. ¡Ya veis que
10 no era tan _afrancesado_ como yo! ¡Adiestróse en las lides contra
los moros del reino de Granada; armóle caballero el mismo
Rey Católico,[36-3] y montó más de una vez la guardia en el
Quirinal,[36-4] siendo Papa _nuestro tío_ Alejandro Borja! [36-5]
¡Eh, eh! ¡No me hacíais tan linajudo!--Pues este DIEGO GARCÍA DE
15 PAREDES, este ascendiente mío..., que ha tenido un descendiente
boticario, tomó a Cosenza y Manfredonia; entró por asalto en
Cerinola, y peleó como bueno[36-6] en la batalla de Pavía![36-7]
¡Allí _hicimos_ prisionero a un rey de Francia, cuya espada ha
estado en Madrid cerca de tres siglos, hasta que nos la robó
20 hace tres meses ese hijo de un posadero que viene a vuestra
cabeza, y a quien llaman Murat![36-8]
Aquí hizo otra pausa el boticario. Algunos franceses demostraron
querer contestarle; pero él, levantándose, e imponiendo
a todos silencio con su actitud, empuñó convulsivamente un
25 vaso, y exclamó con voz atronadora:
--¡Brindo, señores, porque maldito sea mi abuelo, que era
un animal, y porque se halle ahora mismo en los profundos
infiernos!--¡Vivan los franceses de Francisco I[36-9] y de Napoleón
Bonaparte!
30 --¡Vivan!...--respondieron los invasores, dándose por
satisfechos.
Y todos apuraron su vaso.
Oyóse en esto[36-10] rumor en la calle, o, mejor dicho, a la puerta
de la botica.
(p37)
--¿Habéis oído?--preguntaron los franceses.
_García de Paredes_ se sonrió.
--¡Vendrán[37-1] a matarme!--dijo.
--¿Quién?
05 --Los vecinos[37-2] del Padrón.
--¿Por qué?
--¡Por _afrancesado_!--Hace algunas noches que rondan mi
casa....--Pero ¿qué nos importa?--Continuemos nuestra
fiesta.
10 --Sí... ¡continuemos! exclamaron los convidados.
¡Estamos aquí para defenderos!
Y chocando ya botellas contra botellas, que no[37-3] vasos contra
vasos.
--¡Viva Napoleón! ¡Muera Fernando![37-4] ¡Muera Galicia![37-5]
15 --gritaron a una voz.
_García de Paredes_ esperó a que[37-6] se acallase el brindis, y
murmuró con acento lúgubre:
--¡Celedonio!
El mancebo[37-7] de la botica asomó por una puertecilla su cabeza
20 pálida y demudada, sin atreverse a penetrar en aquella caverna.
--Celedonio, trae papel y tintero--dijo tranquilamente el
boticario.
El mancebo volvió con recado de escribir.[37-8]
--¡Siéntate! (continuó su amo.)--Ahora, escribe las cantidades
25 que yo te vaya diciendo. Divídelas en dos columnas.
Encima de la columna de la derecha, pon: _Deuda_,[37-9] y encima
de la otra: _Crédito_.
--Señor... (balbuceó el mancebo.)--En la puerta hay
una especie de motín.... Gritan _¡muera el boticario!_...
30 Y ¡quieren entrar!
--¡Cállate y déjalos!--Escribe lo que te he dicho.
Los franceses se rieron de admiración al ver al farmacéutico
ocupado en ajustar cuentas cuando le rodeaban la muerte y la
ruina.
(p38)
Celedonio alzó la cabeza y enristró la pluma, esperando cantidades
que anotar.
--¡Vamos a ver, señores! (dijo entonces _García de Paredes_,
dirigiéndose a sus comensales.)--Se trata de resumir nuestra
05 fiesta en un solo brindis. Empecemos por orden de colocación.
--Vos,[38-1] Capitán, decidme: ¿cuántos españoles habréis matado[38-2]
desde que pasasteis los Pirineos?[38-3]
--¡Bravo! ¡Magnífica idea!--exclamaron los franceses.
--Yo.... (dijo el interrogado, trepándose en la silla y
10 retorciéndose el bigote con petulancia.) Yo... habré
matado... personalmente... con mi espada... ¡poned
unos diez o doce!
--¡Once a la derecha![38-4]--gritó el boticario, dirigiéndose al
mancebo.
15 El mancebo repitió, después de escribir:
--_Deuda_... once.
--¡Corriente! (prosiguió el anfitrión.)--¿Y vos?...--Con
vos hablo, señor Julio....
--Yo... seis.
20 --¿Y vos, mi Comandante?
--Yo... veinte.
--Yo... ocho.
--Yo catorce.
--Yo... ninguno.
25 --¡Yo no sé!...; he tirado a ciegas....--respondía
cada cual, según le llegaba su turno.
Y el mancebo seguía anotando cantidades a la derecha.
--¡Veamos ahora, Capitán! (continuó _García de Paredes_.)--Volvamos
a empezar[38-5] por vos. ¿Cuántos españoles esperáis
30 matar en el resto de la guerra, suponiendo que dure todavía...
tres años?
--¡Eh!... (respondió el Capitán.)--¿Quién calcula[38-6] eso?
--Calculadlo...; os lo suplico....
--Poned otros once.
(p39)
--Once a la izquierda....--dictó _García de Paredes_.
Y Celedonio repitió:
--_Crédito_, once.
--¿Y vos?--interrogó el farmacéutico por el mismo orden[39-1]
05 seguido anteriormente.
--Yo... quince.
--Yo... veinte.
--Yo... ciento.
--Yo... mil--respondían los franceses.
10 --¡Ponlos todos a _diez_, Celedonio!... (murmuró irónicamente
el boticario.)--Ahora, suma por separado[39-2] las dos
columnas.
El pobre joven, que había anotado las cantidades con sudores
de muerte, vióse obligado a hacer el resumen con los dedos,
15 como las viejas. Tal era su terror.
Al cabo de un rato de horrible silencio, exclamó, dirigiéndose
a su amo:
--_Deuda_..., 285.--_Crédito_..., 200.
--Es decir... (añadió _García de Paredes_), ¡doscientos
20 ochenta y cinco _muertos_, y doscientos _sentenciados_! ¡Total,
cuatrocientas ochenta y cinco _víctimas_!!!
Y pronunció estas palabras con voz tan honda y sepulcral,
que los franceses se miraron alarmados.
En tanto, el boticario ajustaba una nueva cuenta.
25 --¡Somos unos héroes!--exclamó al terminarla.--Nos
hemos bebido[39-3] setenta botellas, o sean[39-4] ciento cinco libras
y media de vino, que, repartidas entre veintiuno, pues todos hemos
bebido con igual bizarría, dan cinco libras de líquido por
cabeza.--¡Repito que somos unos héroes!
30 Crujieron en esto las tablas de la puerta de la botica, y el
mancebo balbuceó tambaleándose:
--¡Ya entran!...
--¿Qué hora es?--preguntó el boticario con suma
tranquilidad.
(p40)
--Las once. Pero ¿no oye usted que entran?
--¡Déjalos! _Ya es hora_.[40-1]
--¡Hora!... ¿de qué?--murmuraron los franceses, procurando
levantarse.
05 Pero estaban tan _ebrios_, que no podían moverse de sus sillas.
--¡Que entren![40-2] ¡Que entren!... (exclamaban, sin embargo,
con voz vinosa, sacando los sables con mucha dificultad
y sin conseguir ponerse de pie.) ¡Que entren esos canallas!
¡Nosotros los recibiremos!
10 En esto,[40-3] sonaba ya abajo, en la botica, el estrépito de los
botes y redomas que los vecinos[40-4] del Padrón hacían pedazos, y
oíase resonar en la escalera este grito unánime y terrible:
--¡Muera el _afrancesado_!
III
Levantóse _García de Paredes_, como impulsado por un resorte,
15 al oír semejante clamor dentro de su casa, y apoyóse en la mesa
para no caer de nuevo sobre la silla. Tendió en torno suyo
una mirada de inexplicable regocijo, dejó ver en sus labios la
inmortal sonrisa del triunfador, y así, transfigurado y hermoso,
con el doble temblor de la muerte y del entusiasmo, pronunció
20 las siguientes palabras, entrecortadas y solemnes como las
campanadas del toque de agonía:[40-5]
--¡Franceses!... Si cualquiera de vosotros, o todos juntos,
hallarais ocasión propicia de vengar la muerte de doscientos
ochenta y cinco compatriotas y de salvar la vida a otros doscientos
25 más; si sacrificando vuestra existencia pudieseis desenojar
la indignada sombra de vuestros antepasados, castigar a los
verdugos de doscientos ochenta y cinco héroes, y librar de la
muerte a doscientos compañeros, a doscientos hermanos,
aumentando así las huestes del ejército patrio con doscientos
30 campeones de la independencia nacional, ¿repararíais ni[40-6] un
momento en vuestra miserable vida? ¿Dudaríais ni un punto (p41)
en abrazaros, como Sansón,[41-1] a la columna del templo, y morir,
a precio de matar a los enemigos de Dios?
--¿Qué dice?--se preguntaron los franceses.
--Señor..., ¡los asesinos están en la antesala!--exclamó
05 Celedonio.
--¡Que entren!... (gritó _García de Paredes_.)--Ábreles
la puerta de la sala.... ¿Qué vengan todos... a ver cómo
muere el descendiente de un soldado de Pavía![41-2]
Los franceses, aterrados, estúpidos, clavados en sus sillas por
10 insoportable letargo, creyendo que la muerte de que hablaba el
español iba a entrar en aquel aposento en pos de los amotinados,
hacían penosos esfuerzos por levantar los sables, que yacían
sobre la mesa; pero ni siquiera conseguían que sus flojos dedos
asiesen las empuñaduras: parecía que los hierros[41-3] estaban
15 adheridos[41-4] a la tabla por insuperable fuerza de atracción.
En esto inundaron la estancia más de cincuenta hombres y
mujeres, armados con palos, puñales y pistolas, dando tremendos
alaridos y lanzando fuego por los ojos.
--¡Mueran todos!--exclamaron algunas mujeres, lanzándose
20 las primeras.
--¡Deteneos!--gritó _García de Paredes_ con tal voz, con tal
actitud, con tal fisonomía, que, unido este grito a la inmovilidad
y silencio de los veinte franceses, impuso frío terror a
la muchedumbre, la cual no se esperaba[41-5] aquel tranquilo y
25 lúgubre recibimiento.
--No tenéis para qué[41-6] blandir los puñales.... (continuó
el boticario con voz desfallecida.)--He hecho más que todos
vosotros por la independencia de la Patria.... ¡Me he fingido
_afrancesado_!... Y ¡ya veis!... los veinte Jefes y Oficiales
30 invasores... ¡los veinte!--no los toquéis[41-7]...--¡están
envenenados!...
Un grito simultáneo de terror y admiración salió del pecho
de los españoles. Dieron éstos un paso más hacia los convidados,
y hallaron que la mayor parte estaban ya muertos, con la (p42)
cabeza caída hacia adelante, los brazos extendidos sobre la
mesa, y la mano crispada en la empuñadura de los sables. Los
demás agonizaban silenciosamente.
--¡Viva _García de Paredes_!--exclamaron entonces los españoles,
05 rodeando al héroe moribundo.
--Celedonio.... (murmuró el farmacéutico.)--El _opio_ se
ha concluido.... Manda por opio a la Coruña[42-1]....
Y cayó de rodillas.
Sólo entonces comprendieron los vecinos del Padrón que el
10 boticario estaba también envenenado.
Vierais[42-2] entonces un cuadro tan sublime como espantoso.--Varias
mujeres, sentadas en el suelo, sostenían en sus faldas y en
sus brazos al expirante patriota, siendo las primeras en colmarlo
de caricias y bendiciones, como antes fueron las primeras en
15 pedir su muerte.--Los hombres habían cogido todas las luces
de la mesa, y alumbraban arrodillados aquel grupo de patriotismo
y caridad....--Quedaban, finalmente, en la sombra
veinte muertos o moribundos, de los cuales algunos iban
desplomándose contra el suelo con pavorosa pesantez.
20 Y a cada suspiro de muerte que se oía, a cada francés que
venía a tierra, una sonrisa gloriosa iluminaba la faz de _García
de Paredes_, el cual de allí a poco devolvió su espíritu al cielo,
bendecido por un Ministro del Señor y llorado de sus hermanos
en la Patria.
Madrid, 1856.
¡VIVA EL PAPA! (p43)
I
El tierno episodio que voy a referir es rigurosamente histórico,
como los anteriores y como los siguientes; pero no ya sólo
por la materia, sino también por la forma.--Vivo está quien lo
cuenta, como suele decirse..., y entiéndase que quien le
05 cuenta no soy yo; es un Capitán retirado que dejó el servicio
en 1814.
Hoy no soy escritor; soy mero amanuense: no os pido, pues,
admiración ni indulgencia, sino que me creáis a puño cerrado.[43-1]
Para invención, el asunto es de poca monta; y luego pertenece
10 a un género en que yo no me tomaría el trabajo de inventar
nada....
Presumo de liberal,[43-2] y un pobre Capitán retirado me ha
conmovido profundamente contándome los sinsabores... políticos
de un Papa muy absolutista....
15 Mi objeto es conmoveros hoy a vosotros con su misma
relación, a fin de que el número de los derrotados cohoneste
mi derrota.
Habla mi Capitán.
II
Uno de los más calurosos días del mes de Julio de 1809, y
20 ¡cuidado que[43-3] aquel dichoso año hizo calor! a eso de las diez
de la mañana, entrábamos en Montelimart, villa o ciudad del
Delfinado,[43-4] que lo que sea no lo sé,[43-5] ni lo he (p44)
sabidonunca, y maldita la falta[44-1] que me hacía saber que
existía tal Francia en el mundo....
--¡Ah! ¿Conque era en Francia?...
--Pues ¡hombre![44-2] ¡Me gusta! ¿Dónde está el Delfinado
05 sino en Francia?--Y no crean ustedes que ahí, en la frontera...,
sino muy tierra adentro,[44-3] más cerca del Piamonte[44-4] que de
España....
--¡Siga V...., Capitán! Los niños... que aprendan[44-5]
en la escuela....--Y tú, ¡a ver si[44-6] te callas, Eduardito!
10 --Pues como digo, entrábamos en Montelimart, ahogados
de calor y polvo, y rendidos[44-7] de caminar a pie durante tres
semanas, veintisiete[44-8] oficiales españoles que habíamos caído
prisioneros en Gerona[44-9].... Mas no creáis[44-10] que en la
capitulación de la plaza, sino en una salida que hicimos pocos días
15 antes, a fin de estorbar unas obras en el campamento francés....
Pero esto no hace al caso. Ello es[44-11] que nos atraparon y nos
llevaron a Perpiñán,[44-12] desde donde nos destinaron a Dijon
[44-13].... Y ahí tienen Vds. el por qué[44-14] de lo que voy a
[referir.]
Pues, señor, como uno se acostumbra a todo, y el Emperador
20 nos pasaba[44-15] _diez reales_ diarios durante el viaje--que íbamos
haciendo a jornadas militares de tres o cuatro leguas,--y nadie
nos custodiaba, porque cada uno de nosotros había respondido
con su cabeza de que no desertarían los demás, y veintisiete
españoles juntos no se han aburrido nunca, sucedía que, sin embargo
25 del[44-16] calor, de la fatiga y de no saber ni una palabra de
francés, pasábamos muchos ratos divertidos,[44-17] sobre todo desde
las once de la mañana hasta las siete de la tarde, horas que
permanecíamos en las poblaciones del tránsito; pues las jornadas
las hacíamos de noche con la fresca.... A ver, Antonio,
30 enciéndeme esta pipa.
Montelimart....--¡Bonito pueblo!...--El café está en
una calle cerca de la Plaza, y en él entramos a refrescarnos, es
decir, a evitar el sol... (pues los bolsillos no se prestaban a
gollerías), en tanto que[44-18] tres de nuestros compañeros (p45)
iban a ver al Prefecto[45-1] para que nos diese las boletas de
alojamiento,[45-2] que en Francia se llaman _mandat_....
No sé si el café estará todavía como entonces estaba. ¡Han
pasado cuarenta y cuatro años! Recuerdo que a la izquierda[45-3]
05 de la puerta había una ventana de reja,[45-4] con cristales, y
delante una mesa a la cual nos sentamos algunos de los oficiales,
entre ellos C...., que ha sido diputado a Cortes[45-5] por Almería
[45-6] y murió el año pasado....--Ya veis que esto es cosa que puede
preguntarse.[45-7]
10 --Pues ¿no dice V. que ha muerto?
--¡Hombre! Supongo que C.... se lo habrá contado [45-8] a
su familia--respondió el Capitán, escarbando la pipa con la
uña.
--¡Tiene V. razón, Capitán!--Siga V....; el que no lo
15 crea, que [45-9] lo busque.
--¡Bien hablado, hijo mío!--Pues, como íbamos diciendo,
sentados estábamos a la mesa del café, cuando vimos correr
mucha gente por la calle, y oímos una gritería espantosa....
Pero como la gritería era en francés, no la entendimos.
20 --_Le Pape![45-10] Le Pape! Le Pape!_...--decían los muchachos
y las mujeres, levantando las manos al cielo, en tanto
que todos los balcones se abrían y llenaban de gente, y los
mozos del café y algunos gabachos que jugaban al billar se lanzaban
a la calle con un palmo de boca abierta,[45-11] como si oyeran
25 decir que el sol se había parado.
--¡Pues parado está, papá abuelo![45-12]
--¡Cállese V. cuando hablan los mayores! ¡A ver[45-13]... el
deslenguado!
--No haga V. caso, Capitán.... ¡Estos niños de
30 ahora!...
--Toma[45-14].... ¡Y si está parado[45-15]!...--murmuró el
muchacho entre dientes.
--_Le Pape! Le Pape!_ ¿Qué significa esto?--nos preguntamos
todos los oficiales.
(p46)
Y cogiendo a uno de los mozos del café, le dimos a entender
nuestra curiosidad.
El mozo tomó dos llaves; trazó con las manos una especie
de morrión sobre su cabeza; se sentó en una silla, y dijo:
05 --_Le Pontife!_[46-1]
--¡Ah!... (dijo C....--que era el más avisado de
nosotros.--¡Por eso fué luego diputado a Cortes!)--_¡El
Pontífice! ¡El Papa!_
--_Oui, monsieur. Le Pape! Pie sept._[46-2]
10 --¡Pío VII[46-3]!... ¡El Papa!... (exclamamos nosotros,
sin atrevernos a creer lo que oíamos.) ¿Qué hace el
Papa en Francia? Pues ¿no está el Papa en Roma? ¿Viajan
los Papas? ¿El Papa en Montelimart?
No extrañéis nuestro asombro, hijos míos.... En aquel
15 entonces[46-4] todas las cosas tenían más prestigio que hoy.--No
se viajaba tan fácilmente, ni se publicaban tantos periódicos.--Yo
creo que en toda España no había más que uno, tamaño
como un recibo de contribución.[46-5]--El Papa era para nosotros
un sér[46-6] sobrenatural..., no un hombre de carne y hueso....--¡En
20 toda la tierra no había más que un Papa!... Y en
aquel tiempo era la tierra mucho más grande que hoy.... ¡La
tierra era el mundo..., y un mundo lleno de misterios, de
regiones desconocidas, de continentes ignorados!--Además,
aun sonaban en nuestros oídos aquellas palabras de nuestra
25 madre y de nuestros maestros: «El Papa es el Vicario de
Jesucristo; su representante en la tierra; una autoridad
infalible, y lo que desatare o atare aquí, remanecerá atado o
desatado en el cielo....»
Creo haberme explicado.--Creo que habréis comprendido
30 todo el respeto, toda la veneración, todo el susto que
experimentaríamos aquellos pobres españoles del siglo pasado, al oír
decir que el Sumo Pontífice estaba en un villorrio de Francia y
que íbamos a verle!
Efectivamente: no bien salimos del café, percibimos allá, (p47)
en la Plaza (que como os he dicho estaba cerca), una empolvada
silla de posta, parada delante de una casa de vulgar
apariencia y custodiada por dos gendarmes de caballería,
cuyos desnudos sables brillaban que era un contento[47-1]....
05 Más de quinientas personas había alrededor del carruaje,
que examinaban con viva curiosidad, sin que se opusiesen a
ello los gendarmes, quienes, en cambio,[47-2] no permitían al
público acercarse a la puerta de aquella casa, donde se había
apeado Pío VII mientras mudaban el tiro de caballos....
10 --Y ¿qué casa era aquélla, abuelito? ¿La del Alcalde?
--No, hijo mío.--Era el Parador de diligencias.
A nosotros, como a militares que éramos, nos tuvieron un
poco más de consideración los gendarmes, y nos permitieron
arrimarnos a la puerta.... Pero no así pasar el umbral.
15 De cualquier modo, pudimos ver perfectamente el siguiente
grupo, que ocupaba uno de los ángulos de aquel portal u
oficina.
Dos ancianos..., ¿qué digo? dos viejos decrépitos, cubiertos
de sudor y de polvo, rendidos de fatiga, ahogados de
20 calor, respirando apenas, bebían agua en un vaso de vidrio,
que el uno pasó al otro después de mediarlo. Estaban sentados
en sillas viejas de enea. Sus trajes talares, blanco el uno,
y el otro de color de púrpura, hallábanse tan sucios y ajados
por resultas de aquella larga caminata, que más parecían humildes
25 ropones de peregrinos, que ostentosos hábitos de príncipes
de la Iglesia....
Ningún distintivo podía revelarnos cuál era Pío VII (pues
nada entendíamos nosotros de trajes cardenalicios ni pontificales),
pero todos dijimos a un tiempo:
30 --¡Es el más alto! ¡El de las blancas vestiduras!
Y ¿sabéis por qué lo dijimos? Porque su compañero lloraba
y él no; porque su tranquilidad revelaba que él era mártir;
porque su humildad denotaba que él era el Rey.
En cuanto a su figura, me parece estarla viendo todavía. (p48)
Imaginaos un hombre de más de setenta años, enjuto de carnes,
de elevada talla y algo encorvado por la edad. Su rostro, surcado
de pocas pero muy hondas arrugas, revelaba la más
austera energía, dulcificada por unos labios bondadosos que
05 parecían manar persuasión y consuelo. Su grave nariz, sus
ojos de paz, marchitos por los años, y algunos cabellos tan
blancos como la nieve, infundían juntamente reverencia y confianza.
Sólo contemplando la cara de mi buen padre y la de
algunos santos de mi devoción, había yo experimentado hasta
10 entonces una emoción por aquel estilo.
El sacerdote que acompañaba a Su Santidad era también muy
viejo, y en su semblante, contraído por el dolor y la indignación,
se descubría al hombre de pensamientos profundos y de acción
rápida y decidida. Más parecía un general que un apóstol.
15 Pero ¿era cierto lo que veíamos? ¿El Pontífice preso, caminando
en el rigor del estío, con todo el ardor del sol, entre
dos groseros gendarmes, sin más comitiva que un sacerdote,
sin otro hospedaje que el portal de una casa de postas, sin otra
almohada que una silla de madera?
20 En tan extraordinario caso, en tan descomunal atropello, en
tan terrible drama, sólo podía mediar un hombre más extraordinario,
más descomunal, más terrible que cuanto veíamos[48-1]....--El
nombre de NAPOLEÓN circuló por nuestros labios.
¡Napoleón nos tenía también a nosotros en el interior de
25 Francia! ¡Napoleón había revuelto el Oriente,[48-2] encendido en
guerra nuestra patria, derribado todos los tronos de Europa!--¡Él
debía de ser quien arrancaba al Papa de la Silla de San
Pedro[48-3] y lo paseaba así por el Imperio francés, como el pueblo
judío paseó al Redentor por las calles de la ciudad deicida!
30 Pero ¿cuál era la suerte del beatísimo prisionero? ¿Qué
había ocurrido en Roma? ¿Había una nueva religión en el
Mediodía de Europa? ¿Era papa Napoleón?
Nada sabíamos..., y, si he de deciros[48-4] la verdad, por lo
que a mí hace,[48-5] todavía no he tenido tiempo de averiguarlo....
(p49)
--Yo se lo diré a V., por vía de paréntesis, en muy pocas
palabras, Capitán.--Esto completará la historia de V., y dará
toda su importancia a ese peregrino relato.
III
El día 17 de Mayo de ese mismo año de 1809 dió Napoleón
05 un decreto, por el que[49-1] reunió al Imperio francés los Estados
pontificios, declarando a Roma[49-2] _ciudad imperial libre_.
El pueblo romano no se atrevió a protestar contra esta medida;
pero el Papa la resistió pasivamente desde su palacio
del Quirinal,[49-3] donde aun contaba con algunas autoridades y su
10 guardia de suizos.
Sucedió entonces que unos pescadores del Tiber cogieron
un esturión y quisieron regalárselo al Sucesor de San Pedro.
Los franceses aprovecharon esta ocasión para dar el último
paso contra la autoridad de Pío VII; gritaron: _¡al arma!_;
15 el cañón de Sant-Angelo[49-4] pregonó la extinción del gobierno
temporal de los Papas, y la bandera tricolor[49-5] ondeó sobre el
Vaticano.
El Secretario de Estado, cardenal Pacca (que sin duda era
el sacerdote que V. encontró con Pío VII), corrió al lado de
20 Su Santidad; y, al verse los dos ancianos, exclamaron: _Consummatum
est!_[49-6]
En efecto: mientras el Papa lanzaba su última excomunión
contra los invasores, éstos penetraban en el Quirinal, derribando
las puertas a hachazos.[49-7]
25 En la Sala de las Santificaciones[49-8] encontraron a cuarenta
suizos, resto del poder del ex Rey de Roma,[49-9] quienes los
dejaron pasar adelante por haber recibido orden de no oponer
resistencia alguna.
El general Radet, jefe de los demoledores, encontró al Papa
30 en la Sala de las Audiencias ordinarias, rodeado de los cardenales
Pacca y Despuig y de algunos empleados de Secretaría.
(p50)
Pío VII vestía roquete y muceta;[50-1] había dejado su lecho
para recibir al enemigo, y daba muestras de una tranquilidad
asombrosa.
Era media noche. Radet, profundamente conmovido, no
05 se atreve a hablar. Al fin intima al Sumo Pontífice que renuncie
al gobierno temporal de los Estados romanos.[50-2] El Papa
contesta que no le es posible hacerlo, porque no son suyos,
sino de la Iglesia, cuyo administrador lo hizo la voluntad del
Cielo.... Y el general Radet le replica mostrándole la orden
10 de llevarlo prisionero a Francia.
Al amanecer del siguiente día salía Pío VII de su palacio
entre esbirros y gendarmes, saltando sobre los escombros de
las puertas, sin más comitiva que el cardenal Pacca, ni más
restos de su grandeza mundanal que un _papetto_, moneda
15 equivalente a cuatro reales de vellón,[50-3] que llevaba en el
bolsillo.
En las afueras de la puerta del Popolo[50-4] lo esperaba una silla
de posta, a la cual le hicieron subir, y después de esto cerraron
las portezuelas con una llave, que Radet entregó a un gendarme
20 de caballería.
Las persianas del lado derecho, en que se sentó el Papa,
estaban clavadas, a fin de que no pudiese ser visto....
IV
--¡En esa silla lo encontré yo!...--¿Ven ustedes cómo
no miento?
25 --Hace V. bien en interrumpirme, Capitán; porque yo he
terminado, y el resto queremos oírlo de labios de V....
--Pues voy allá,[50-5] señores míos.
Íbamos diciendo que Pío VII y el cardenal Pacca (¡mucho
me alegro de haber llegado a saber su nombre!) estaban sentados
30 en el portal de la casa de postas; que el pueblo se había
agrupado en la calle; que los gendarmes le impedían el paso, (p51)
y que nosotros los españoles conseguimos acercarnos tanto a la
puerta, que veíamos perfectamente a los dos augustos
sacerdotes.
Pío VII fijó casualmente la vista en nosotros, y sin duda
05 conoció, por nuestros raros y destrozados uniformes, que también
éramos extranjeros y cautivos de Napoleón.... Ello
fué[51-1] que, después de decir algunas palabras al Cardenal, clavó
en nosotros una larga y expresiva mirada.
10 En esto sonó allí cerca un fandango, divinamente tocado y
cantado por los tres compañeros nuestros, que volvían ya con
las boletas para alojarnos....
Creo haberos dicho que habíamos comprado dos guitarras
antes de abandonar a Cataluña;[51-2] y si se me ha olvidado[51-3]
decíroslo, os lo digo ahora.
15 Al oír aquel toque y la copla que le siguió, el Papa levantó
otra vez la cabeza, y nos miró con mayor interés y ternura.
El italiano, el músico, había reconocido el canto.
¡Ya sabía que éramos españoles!
Ser español, significaba en aquel tiempo mucho más que
20 ahora. Significaba ser vencedor del Capitán del siglo; ser soldado
de Bailén y Zaragoza;[51-4] ser defensor de la historia, de la
tradición, de la fe antigua; mantenedor de la independencia
de las naciones; paladín[51-5] de Cristo; cruzado[51-6] de la
libertad.--En esto último nos engañábamos.... Pero ¡cómo ha
25 de ser!--¿Quién había de adivinar entonces, al defender a
D. Fernando VII[51-7] contra los franceses, que él mismo los
llamaría al cabo de catorce años y los traería a España en contra
nuestra,[51-8] como sucedió en 1823?...--En fin; no quiero
hablar..., ¡pues hay cosas que todavía me encienden la sangre!
30 El caso fué, volviendo a mi relato, que el rostro del Papa
se cubrió de santo rubor al considerar nuestra desventura y
recordar el heroísmo de que España estaba dando muestras al
mundo..., y que el más puro entusiasmo chispeó en sus
amantísimos ojos....--¡Parecía que aquellos ojos nos besaban!
(p52)
Nosotros, por nuestra parte, comprendiendo toda la predilección
que nos demostraba en aquel momento el Sumo Pontífice,
procurábamos expresarle con la mirada, con el gesto, con
la actitud, nuestra veneración y piedad, así como el dolor y la
05 indignación que sentíamos al verlo preso y ultrajado por sus
malos hijos....--Casi instintivamente nos quitamos los morriones
(cosa que chocó mucho a los franceses, los cuales seguían
con sus gorros[52-1] encasquetados), y nos llevamos la mano derecha
al corazón como quien hace[52-2] protestación de su fe.
10 El Papa levantó los ojos al cielo y se puso a rezar.--¡Sabía
que una bendición de su mano podía atraer sobre nosotros la
cólera del pueblo impío que nos rodeaba, como nosotros sabíamos
que un grito de _¡viva el Papa!_ podía empeorar la situación
del beatísimo prisionero!--¡Mostrábanse tan orgullosos
15 los franceses que nos rodeaban al ver aquel supremo triunfo de
la Revolución sobre la autoridad!... ¡Creían tan grande a
la Francia en aquel momento!
En esto se abrió paso por entre la muchedumbre, y apareció
en el cuadro que habían despejado los gendarmes, una mujer
20 del pueblo, mucho más anciana que el Pontífice: una viejecita
centenaria, pulcra y pobremente[52-3] vestida, coronada de cabellos
como la nieve, trémula por la edad y el entusiasmo, encorvada,
llorosa, suplicante, llevando en las manos un azafate de mimbres
secos lleno de melocotones, cuyos matices rojos y dorados se
25 veían debajo de las verdes hojas con que estaban cubiertos....
Los gendarmes quisieron detenerla.... Pero ella los miró
con tanta mansedumbre; era tan inofensiva su actitud; era su
presente tan tierno y cariñoso; inspiraba su edad tanto respeto;
había tal verdad en aquel acto de devoción; significaba tanto,
30 en fin, aquel siglo pasado, fiel a sus creencias, que venía a
saludar al Vicario de Jesucristo en medio de su calle de Amargura,
[52-4] que los soldados de la Revolución y del Imperio comprendieron
o sintieron que aquel anacronismo, aquella caridad de otra
época, aquel corazón inerme y pacífico que había sobrevivido (p53)
casualmente a la guillotina, en nada aminoraba ni deslucía los
triunfos del conquistador de Europa, y dejaron a la pobre mujer
del pueblo entrar en aquel afortunado portal, que ya nos había
traído a la memoria otro portal, no menos afortunado, donde
05 unos sencillos pastores hicieron también ofrendas al Hijo de
Dios vivo....
Comenzó entonces una interesante escena entre la cristiana
y el Pontífice.
Púsose ella de rodillas, y, sin articular palabra, presentó el
10 azafate de frutos al augusto prisionero.
Pío VII enjugó con sus manos beatísimas las lágrimas que
inundaban el rostro de la viejecita; y cuando ésta se inclinaba
para besar el pie del Santo Padre,[53-1] él colocó una mano sobre
aquellas canas humilladas, y levantó la otra al cielo con la
15 inspirada actitud de un profeta.
--¡VIVA EL PAPA!--exclamamos entonces nosotros en
nuestro idioma español, sin poder contenernos....
Y penetramos en el portal resueltos a todo.
20 Pío VII se pone de pie al oír aquel grito, y, tendiendo hacia
nosotros las manos, nos detiene, cual si su majestuosa actitud
nos hubiese aniquilado.... Caemos, pues, de rodillas, y el
Padre Santo nos bendice una, otra y tercera vez.
Al propio tiempo álzase en la puerta y en toda la Plaza como
un huracán de gritos, y nosotros volvemos la cabeza horrorizados,
25 creyendo que los franceses amenazan al Sumo Pontífice....--¡Lo
de menos[53-2] era que nos amenazasen a nosotros!--¡Decididos
estábamos a morir!
Pero ¡cuál fué nuestro asombro al ver que los gendarmes,
los hombres del pueblo, las mujeres, los niños..., ¡todo
30 Montelimart! estaba arrodillado, con la frente descubierta,
con las lágrimas en los ojos, exclamando:
--_Vive le Pape!_[53-3]
Entonces se rompió la consigna: el pueblo invadió el portal
y pidió su bendición al Pontífice.
(p54)
Éste cogió una hoja verde de las que cubrían el azafate de
melocotones que seguía ofreciéndole la anciana, y la llevó a sus
labios y la besó.
La multitud, por su parte, se apoderó de los frutos como de
05 reliquias; todos abrazaron a la pobre mujer del pueblo; el
Papa, trémulo de emoción, atravesó por entre la muchedumbre,
nos bendijo otra vez al paso, y penetró en la silla de
posta; y los gendarmes, avergonzados de lo que acababa de
pasar, dieron la orden[54-1] de partir.
10 En cuanto a nosotros, durante todo aquel día no fuimos en
Francia prisioneros de guerra, sino huéspedes de paz.
Conque... he dicho.
V
--¡Aun queda algo que decir!...--(exclamó el mismo
que contó poco antes lo acontecido en Roma.) ¡Óiganme
15 Vds. a mí un momento!
En 1814, cinco años después de la escena referida por el
Capitán, la fuerza de la opinión de toda Francia obligó a Napoleón
Bonaparte a poner en libertad a Pío VII.
Volvió, pues, el Sumo Pontífice a recorrer el mismo camino
20 en que le habían encontrado los prisioneros españoles, y he
aquí cómo describe Chateaubriand[54-2] la despedida que hizo
Francia al sucesor de San Pedro:
«Pío VII caminaba en medio de los cánticos y de las lágrimas,
del repique de las campanas y de los gritos de _¡Viva el Papa!
25 ¡Viva el Jefe de la Iglesia!_... En las ciudades sólo quedaban
los que no podían marchar, y los peregrinos pasaban la
noche en los campos, en espera de la llegada del anciano sacerdote.
TAL ES, SOBRE LA FUERZA DEL HACHA[54-3] Y DEL CETRO,
LA SUPERIORIDAD DEL PODER DEL DÉBIL SOSTENIDO POR LA
30 RELIGIÓN Y LA DESGRACIA.» 30
Guadix, 1857.
EL EXTRANJERO (p55)
I
«_No consiste la fuerza en echar por tierra[55-1] al enemigo, sino
en domar la propia cólera,_»--dice una máxima oriental.
«_No abuses de la victoria,_»--añade un libro de nuestra
religión.
05 «_Al culpado que cayere debajo de tu jurisdicción, considérale
hombre miserable, sujeto a las condiciones de la depravada
naturaleza nuestra; y en todo cuanto estuviere de tu parte, sin
hacer agravio a la contraria, muéstratele piadoso y clemente,
porque, aunque los atributos de Dios son todos iguales, más
10 resplandece y campea, a nuestro ver, el de la misericordia, que el
de la justicia,_» aconsejó, en fin, D. Quijote a Sancho Panza.[55-2]
Para dar realce a todas estas elevadísimas doctrinas, y cediendo
también a un espíritu de equidad, nosotros, que nos
complacemos frecuentemente en referir y celebrar los actos
15 heroicos de los españoles durante la _Guerra de la Independencia_,
[55-3] y en condenar y maldecir la perfidia y crueldad de los
invasores, vamos a narrar hoy un hecho que, sin entibiar en el
corazón el amor a la patria, fortifica otro sentimiento no menos
sublime y profundamente cristiano:--el amor a nuestro prójimo;
20 --sentimiento que, si por congénita desventura de la humana
especie, ha de transigir[55-4] con la dura ley de la guerra,
puede y debe resplandecer cuando el enemigo está humillado.
El hecho fué el siguiente, según que[55-5] me lo han contado
personas dignas de entera fe, que intervinieron en él muy de
25 cerca[55-6] y que todavía andan por el mundo.--Oíd sus palabras
textuales.
(p56)
II
--Buenos días, abuelo[56-1]...--dije yo.
--Dios guarde a V., señorito...--dijo él.
--¡Muy solo va V. por estos caminos!...
--Sí, señor. Vengo de las minas de Linares,[56-2] donde he estado
05 trabajando algunos meses, y voy a Gádor[56-3] a ver a mi familia.
--¿Usted irá[56-4]...?
--Voy a Almería[56-5]..., y me he adelantado un poco a la
galera[56-6] porque me gusta disfrutar de estas hermosas mañanas
de Abril.--Pero, si no me engaño, usted rezaba cuando yo
10 llegue....--Puede V. continuar.--Yo seguiré leyendo entretanto,
supuesto que el escaso andar de esa infame galera le
permite a uno estudiar en mitad de los caminos....
--¡Vamos! Ese libro es alguna historia....--Y ¿quién
le ha dicho a V. que yo rezaba?
15 --¡Toma! ¡yo, que le he visto a V. quitarse el sombrero[56-7] y
santiguarse!
--Pues ¡qué demonio! hombre.... (¿Por qué he de negarlo?)[56-8]
Rezando iba....--¡Cada uno tiene sus cuentas con
Dios!
20 --Es mucha verdad.
--¿Piensa V. andar largo?[56-9]
--¿Yo?--Hasta la venta....
--En este caso, eche V. por esa vereda[56-10] y cortaremos
camino.
25 --Con mucho gusto. Esa cañada me parece deliciosa.--Bajemos
a ella.
Y, siguiendo al viejo, cerré el libro, dejé el camino y descendí
a un pintoresco barranco.
Las verdes tintas y diafanidad del lejano horizonte, así como
30 la inclinación de las montañas, indicaban ya la proximidad del
Mediterráneo.
(p57)
Anduvimos en silencio algunos minutos, hasta que el minero
se paró de pronto.
--¡Cabales!--exclamó.
Y volvió a quitarse el sombrero y a santiguarse.
05 Estábamos bajo unas higueras cubiertas ya de hojas, y a la
orilla de un hermoso torrente.
--¡A ver,[57-1] abuelito!... (dije, sentándome sobre la hierba.)
Cuénteme V. lo que ha pasado aquí.
--¡Cómo!¿Usted sabe....--replicó él, estremeciéndose.
10 --Yo no sé más... (añadí con suma calma), sino que aquí
ha muerto un hombre...; ¡y de mala muerte, por más
señas![57-2]
--¡No se equivoca V., señorito, no se equivoca usted!--Pero
¿quién le ha dicho...?
15 --Me lo dicen sus oraciones de V.
--¡Es mucha verdad! Por eso rezaba.
Miré tenazmente la fisonomía del minero, y comprendí que
había sido siempre hombre honrado.--Casi lloraba, y su rezo
era tranquilo y dulce.
20 --Siéntese V.[57-3] aquí, amigo mío....--le dije, alargándole
un cigarro de papel.[57-4]
--Pues verá V., señorito....--Vaya,[57-5] ¡muchas gracias!
--¡Delgadillo[57-6] es!...
--Reúna V. dos, y resultará uno bastante grueso--añadí,
25 dándole otro cigarro.
--¡Dios se lo pague a V.!--Pues, señor... (dijo el viejo,
sentándose a mi lado): hace cuarenta y cinco años que una
mañana muy parecida a ésta, pasaba yo casi a esta hora por
este mismo sitio....
30 --¡Cuarenta y cinco años!--medité yo.
Y la melancolía del tiempo cayó sobre mi alma.--¿Dónde
estaban las flores de aquellas cuarenta y cinco primaveras?--¡Sobre
la frente del anciano blanqueaba la nieve de setenta
inviernos!
(p58)
Viendo él que yo no decía nada, echó unas yescas,[58-1] encendió
el cigarro y continuó de este modo:
--¡Flojillo es![58-2]--Pues, señor, el día que le digo a usted,
venía yo de Gérgal[58-3] con una carga de barrilla, y al llegar al
05 punto en que hemos dejado el camino para tomar esta vereda,
me encontré con dos soldados españoles que llevaban prisionero
a un polaco.[58-4]--En aquel entonces era cuando estaban aquí los
primeros franceses, no los del año 23,[58-5] sino los otros....
--¡Ya comprendo! Usted habla de la guerra de la
10 Independencia.
--¡Hombre! ¡Pues entonces no había V. nacido!
--¡Yo lo creo!
--¡Ah, sí! Estará apuntado[58-6] en ese libro que venía V. leyendo.
--Pero ¡ca! ¡Lo mejor de estas guerras no lo rezan[58-7]
15 los libros! ¡Ahí ponen lo que más acomoda..., y la gente
se lo cree a puño cerrado![58-8]--¡Ya se ve! ¡Es necesario tener
tres duros y medio[58-9] de vida, como yo los tendré en el mes de
San Juan,[58-10] para saber más de cuatro cosas!--En fin, el polaco
aquel[58-11] servía a las órdenes de Napoleón...--del bribonazo
20 [58-12] que murió ya....--Porque ahora dice el señor Cura que hay
otro[58-13]...--Pero yo creo que ése no vendrá por estas
tierras....--¿Qué le parece a V., señorito?
--¿Qué quiere V. que yo le diga?
--¡Es verdad! Su merced no habrá estudiado todavía de
25 estas cosas....--¡Oh! El señor Cura, que es un sujeto muy
instruido, sabe cuándo se acabarán los mamelucos de Oriente[58-14]
y vendrán a Gádor[58-15] los rusos y moscovitas[58-16] a quitar la
Constitución[58-17]....--Pero ¡entonces ya me habré yo muerto!...
--Conque vuelvo a la historia de mi polaco.
30 El pobre hombre se había quedado enfermo en Fiñana,[58-18] mientras
que sus compañeros fugitivos se replegaban hacia Almería.--Tenía
calenturas, según supe[58-19] más tarde....--Una vieja
lo cuidaba por caridad, sin reparar que era un enemigo....
(¡Muchos años de gloria llevará[58-20] ya la viejecita por (p59)
aquellam buena acción!); y, a pesar de que aquello la comprometía,
guardábalo escondido en su cueva, cerca de la Alcazaba[59-1]....
Allí fué donde, la noche antes, dos soldados españoles, que
iban a reunirse á su batallón, y que por casualidad entraron a
05 encender un cigarro en el candil[59-2] de aquella solitaria
vivienda, descubrieron al pobre polaco, el cual, echado en un
rincón, profería palabras de su idioma en el delirio de la
[calentura.]
--¡Presentémoslo a nuestro jefe! (se dijeron los españoles).
Este bribón será fusilado mañana, y nosotros alcanzaremos
10 un empleo.
Iwa, que así se llamaba el polaco, según luego me contó la
viejecita, llevaba[59-3] ya seis meses de tercianas, y estaba muy
débil, muy delgado, casi hético.
La buena mujer lloró y suplicó, protestando que el extranjero
15 no podía ponerse en camino sin caer muerto a la media
hora[59-4]....
Pero sólo consiguió ser apaleada por su falta de «_patriotismo_».
--¡Todavía no se me ha olvidado[59-5] esta palabra, que antes no
había oído pronunciar nunca!
20 En cuanto al[59-6] polaco, figúrese V. cómo miraría[59-7] aquel
lance. --Estaba postrado por la fiebre, y algunas palabras sueltas
que salían de sus labios, medio polacas, medio españolas, hacían
reír a los dos militares.
--¡Cállate, _didon_,[59-8] perro, gabacho![59-9]--le decían.
25 Y, a fuerza de golpes, lo sacaron del lecho.
Para no cansar a V., señorito: en aquella disposición, medio
desnudo, hambriento..., bamboleándose, muriéndose...,
¡anduvo el infeliz cinco leguas!...
¡Cinco leguas, señor!...--¿Sabe V. los pasos que tienen
30 cinco leguas?--Pues es desde Fiñana hasta aquí....--¡Y a
pie!... ¡descalzo!...
¡Piénselo V.!... ¡Un hombre fino, un joven hermoso y
blanco como una mujer, un enfermo, después de seis meses de
tercianas!... ¡y con la terciana en aquel momento mismo!...
(p60)
--¿Cómo pudo resistir?
--¡Ah! ¡No resistió!...
--Pero ¿cómo anduvo cinco leguas?
--¡Toma! ¡A fuerza de bayonetazos!...
05 --Prosiga V., abuelo.... Prosiga V.
--Yo venía por este barranco, como tengo de costumbre,[60-1]
para ahorrarme terreno, y ellos iban por allá arriba, por el camino.
Detúveme, pues, aquí mismo, a fin de observar el remate
de aquel horror, mientras fingía picar un cigarro[60-2] negro de los
10 de entonces....
Iwa jadeaba como un perro próximo a rabiar.... Venía con
la cabeza descubierta, amarillo como un desenterrado, con dos
rosetas encarnadas en lo alto de las mejillas y con los ojos
llameantes, pero caídos...: ¡hecho,[60-3] en fin, un Cristo en la
15 calle de la Amargura[60-4]!...
--_¡Mí querer morir!_[60-5] _¡Matar a mi, por Dios!_--balbuceaba
el extranjero con las manos cruzadas.
Los españoles se reían de aquellos disparates, y le llamaban
_franchute_,[60-6] _didon_ y otras cosas.
20 Dobláronse al fin las piernas de Iwa, y cayó redondo[60-7] al
suelo.
Yo respiré, porque creí que el pobre había dado su alma a
Dios.
Pero un pinchazo que recibió en un hombro le hizo erguirse
25 de nuevo.
Entonces se acercó a este barranco para precipitarse y
morir....
Al impedirlo los soldados, pues no les acomodaba que
muriera su prisionero, me vieron aquí con mi mulo, que, como
30 he dicho, estaba cargado de barrilla.
--¡Eh, camarada! (me dijeron, apuntándome con los
fusiles.)--¡Suba V ese mulo![60-8]
Yo obedecí sin rechistar, creyendo hacer un favor al extranjero.
(p61)
--¿Dónde va V.?[61-1]--me preguntaron cuando hube subido.
--Voy a Almería.... (les respondí). ¡Y eso que ustedes
están haciendo es una inhumanidad!
--¡Fuera sermones!--gritó uno de los verdugos.
05 --¡Un arriero _afrancesado_!--dijo el otro.
--¡Charla mucho..., y verás lo que te sucede!
La culata de un fusil cayó sobre mi pecho....
¡Era la primera vez que me pegaba un hombre, fuera de mi
padre!
10 --_¡No irritar, no incomodar!_--exclamó el polaco, asiéndose
a mis pies; pues había caído de nuevo en tierra.
--¡Descarga la barrilla!--me dijeron los soldados.
--¿Para qué?
--Para montar en el mulo a este judío.[61-2]
15 --Eso es otra cosa.... Lo haré con mucho gusto.
Dije, y me puse a descargar.
--_No..., no..., no...._ (exclamó Iwa.) _¡Tú dejar
que me maten!_
--¡Yo no quiero que te maten, desgraciado!--exclamé,
20 estrechando las ardientes manos del joven.
--_¡Pero mí sí querer! ¡Matar tú a mí, por Dios_!...
--¿Quieres que yo te mate?
--_¡Sí..., sí..., hombre bueno! ¡Sufrir mucho!_
Mis ojos se llenaron de lágrimas.
25 Volvíme a los soldados, y les dije con tono de voz que hubiera
conmovido a una piedra:
--¡Españoles, compatriotas, hermanos! Otro[61-3] español, que
ama tanto como el que más[61-4] a nuestra patria, es quien os
[suplica.]
--¡Dejadme solo con este hombre!
30 --¡No digo que es _afrancesado_!--exclamó uno de ellos.
--¡Arriero del diablo! (dijo el otro): ¡cuidado con lo que
me dices![61-5] ¡Mira que te rompo la crisma![61-6]
--¡Militar de los demonios! (contesté con la misma fuerza.)
Yo no temo a la muerte.[61-7]--¡Sois dos infames sin corazón! (p62)
¡Sois dos hombres fuertes y armados, contra un moribundo
inerme!... ¡Sois unos cobardes!--Dadme uno de esos
fusiles, y pelearé con vosotros hasta mataros o morir...; pero
dejad a este pobre enfermo, que no puede defenderse.--¡Ay!
05 (continué, viendo que uno de aquellos tigres se ruborizaba): si,
como yo, tuvieseis hijos; si pensarais que tal vez mañana se verán
en la tierra de este infeliz, en la misma situación que él,
solos, moribundos, lejos de sus padres; si reflexionarais en[62-1]
que este polaco no sabe siquiera lo que hace en España; en que
10 será un quinto[62-2] robado a su familia para servir a la ambición
de un Rey..., ¡qué diablo![62-3] vosotros le perdonaríais....--¡Si;
porque vosotros sois hombres antes que españoles, y este polaco
es un hombre, un hermano vuestro!--¿Qué ganará España
con la muerte de un tercianario? ¡Batíos[62-4] hasta morir con
15 todos los granaderos de Napoleón; pero que sea[62-5] en el campo
de batalla! Y perdonad al débil; ¡sed generosos con el vencido;
sed cristianos, no seáis[62-6] verdugos!
--¡Basta de letanías![62-7]--dijo el que siempre había llevado
la iniciativa de la crueldad, el que hacía andar a Iwa a fuerza
20 de bayonetazos, el que quería comprar un empleo al precio de
su cadáver.
--Compañero, ¿qué hacemos?[62-8]--preguntó el otro, medio
conmovido con mis palabras.
--¡Es muy sencillo! (repuso el primero.) ¡Mira!
25 Y sin darme tiempo, no digo de evitar, sino de prever sus
movimientos, descerrajó un tiro sobre el corazón del polaco.
Iwa me miró con ternura, no sé si antes o después de morir.
Aquella mirada me prometió el cielo, donde acaso estaba ya
el mártir.
30 En seguida los soldados me dieron una paliza con las baquetas
de los fusiles.
El que había matado al extranjero, le cortó una oreja, que
guardó en el bolsillo.
¡Era la credencial del empleo que deseaba!
(p63)
Después desnudó a Iwa, y le robó... hasta cierto medallón
(con un retrato de mujer o de santa) que llevaba al cuello.
Entonces se alejaron hacia Almería.
Yo enterré a Iwa en este barranco..., ahí..., donde
05 está V. sentado..., y me volví a Gérgal, porque conocí que
estaba malo.[63-1]
Y, con efecto, aquel lance me costó una terrible enfermedad,
que me puso a las puertas de la muerte.
--Y ¿no volvió V. a ver a aquellos soldados? ¿No sabe V.
10 cómo se llamaban?0
--No, señor; pero, por las señas que me dió más tarde la
viejecita que cuidó al polaco, supe[63-2] que uno de los dos
españoles tenía el apodo de _Risas_, y que aquél era justamente el
que había matado y robado al pobre extranjero.
15 En esto nos alcanzó la galera: el viejo y yo subimos al
camino; nos apretamos la mano, y nos despedimos muy contentos
el uno del otro.--¡Habíamos llorado juntos!
III
Tres noches después tomábamos café varios amigos en el
precioso casino de Almería.
20 Cerca de nosotros, y alrededor de otra mesa, se hallaban dos
viejos, militares retirados, Comandante el uno y Coronel el otro,
según dijo alguno que los conocía.
A pesar nuestro, oíamos su conversación, pues hablaban tan
alto como suelen los que han mandado mucho.
25 De pronto hirió mis oídos y llamó mi atención esta frase del
Coronel:
--El pobre _Risas_....
--_¡Risas!_--exclamé para mí.
Y me puse a escuchar de intento.
30 --El pobre _Risas_... (decía el Coronel) fué hecho prisionero
por los franceses cuando tomaron a Málaga, y, de depósito (p64)
en depósito, fué a parar nada menos que a Suecia,[64-1] donde yo
estaba también cautivo, como todos los que no pudimos escaparnos
con el Marqués de la Romana.[64-2]--Allí lo conocí, porque
intimó con Juan, mi asistente de toda la vida, o de toda mi
05 carrera; y cuando Napoleón tuvo la crueldad de llevar a Rusia,
formando parte de su Grande Ejército, a todos los españoles
que estábamos prisioneros en su poder, tomé de ordenanza a
_Risas_.[64-3] Entonces me enteré de que tenía un miedo cerval[64-4]
a los polacos, o un terror supersticioso a Polonia,[64-5] pues no
10 hacía más que preguntarnos a Juan y a mi «si tendríamos que pasar
por aquella tierra para ir a Rusia,» estremeciéndose a la idea
de que tal[64-6] llegase a acontecer.--Indudablemente, a aquel
hombre, cuya cabeza no estaba muy firme por lo mucho que
había abusado de las bebidas espirituosas,[64-7] pero que en lo
15 demás era un buen soldado y un mediano cocinero, le había
ocurrido algo grave con algún polaco, ora[64-8] en la guerra de
España,[64-9] ora en su larga peregrinación por otras naciones.
--Llegados a Varsovia,[64-10] donde nos detuvimos algunos días,
_Risas_ se puso gravemente enfermo, de fiebre cerebral, por resultas
20 del terror pánico que le había acometido desde que entramos
en tierra polonesa; y yo, que le tenía ya cierto cariño, no quise
dejarlo allí solo cuando recibimos la orden de marcha, sino que
conseguí de mis Jefes que Juan se quedase en Varsovia cuidándolo,
sin perjuicio de que,[64-11] resuelta aquella crisis de un modo
25 o de otro, saliese luego en mi busca con algún convoy de
equipajes y víveres, de los muchos que seguirían a la nube de
gente en que mi regimiento figuraba a vanguardia.--¡Cuál
fué, pues, mi sorpresa cuando, el mismo día que nos pusimos
en camino, y a las pocas horas de haber echado a andar,[64-12] se
30 me presentó mi antiguo asistente lleno de terror, y me dijo lo
que acababa de suceder con el pobre _Risas_!--¡Dígole a V.
que el caso es de lo más singular[64-13] y estupendo que haya
ocurrido nunca!--Óigame, y verá si hay motivo para que yo no
haya olvidado esta historia en cuarenta y dos años.--Juan (p65)
había buscado un buen alojamiento para cuidar a _Risas_, en
casa de cierta labradora viuda, con tres hijas casaderas, que
desde que llegamos a Varsovia los españoles no había dejado
de preguntarnos a varios, por medio de intérpretes franceses,
05 si sabíamos algo de un hijo suyo llamado _Iwa_, que vino a la
guerra de España en 1808, y de quien hacía tres años no tenía
noticia alguna, cosa que no pasaba a las demás familias que se
hallaban en idéntico caso.--Como Juan era tan zalamero,
halló modo de consolar y esperanzar a aquella triste madre, y
10 de aquí[65-1] el que, en recompensa, ella se brindara[65-2] a cuidar
a _Risas_ al verlo caer en su presencia atacado de una fiebre
cerebral...--Llegados a casa de la buena mujer, y cuando ésta
ayudaba a desnudar al enfermo, Juan la vió palidecer de pronto
15 y apoderarse convulsivamente de cierto medallón de plata, con
una efigie o retrato en miniatura, que _Risas_ llevaba siempre al
pecho, bajo la ropa, a modo de talismán o conjuro contra los
polacos, por creer[65-3] que representaba a una Virgen o Santa de
aquel país.--_¡Iwa! ¡Iwa!_--gritó después la viuda de un
20 modo horrible, sacudiendo al enfermo, que nada entendía,
aletargado como estaba por la fiebre.--En esto acudieron las
hijas; y, enteradas del caso, cogieron el medallón, lo pusieron
al lado del rostro de su madre, llamando por medio de señas la
atención de Juan para que viese, como vió, que la tal efigie[65-4]
25 no era más que el retrato de aquella mujer, y, encarándose
entonces con él, visto que su compatriota no podía responderles,
comenzaron a interrogarle mil cosas con palabras ininteligibles,
bien que con gestos y ademanes que revelaban claramente la
más siniestra furia.--Juan se encogió de hombros, dando a
entender por señas que él no sabía nada de la procedencia de
30 aquel retrato, ni conocía a _Risas_ más que de muy poco
tiempo....--Elnoble semblante de mi honradísimo asistente debió
de probar[65-5] a aquellas cuatro leonas encolerizadas que el pobre
no era culpable....--¡Además, él no llevaba el medallón!--Pero
el otro... ¡al otro, al pobre _Risas_, lo mataron a (p66)
golpes y lo hicieron pedazos con las uñas!--Es cuanto sé[66-1]
con relación a este drama, pues nunca he podido averiguar por
qué tenía _Risas_ aquel retrato.
--Permítame V. que se lo cuente yo....--dije sin poder
05 contenerme.
Y acercándome a la mesa del Coronel y del Comandante,
después de ser presentado a ellos por mis amigos, les referí a
todos la espantosa narración del minero.
Luego que concluí, el Comandante, hombre de más de
10 setenta años, exclamó con la fe sencilla de un militar antiguo,
con el arranque de un buen español y con toda la autoridad de
sus canas:
--¡Vive Dios, señores, que[66-2] en todo eso hay algo más que
una casualidad!
Almería, 1854.
EL LIBRO TALONARIO (p67)
HISTORIETA RURAL
I
La acción comienza en Rota.--Rota es la menor de aquellas
encantadoras poblaciones hermanas que forman el amplio semicírculo
de la bahia de Cádiz;[67-2] pero, con ser la menor,[67-3] no ha
faltado quien ponga los ojos en ella.--El Duque de Osuna, a
05 título de Duque de Arcos,[67-4] la ostenta entre las perlas de su
corona hace muchísimo tiempo, y tiene allí su correspondiente
castillo señorial, que yo pudiera describir piedra por piedra....
Mas no se trata aquí de castillos, ni de duques, sino de los
célebres campos que rodean a Rota y de un humildísimo hortelano,
10 a quien llamaremos _el tío Buscabeatas_,[67-5] aunque no era
éste su verdadero nombre, según parece.
Los campos de Rota (particularmente las huertas) son tan
productivos que, además de tributarle al Duque de Osuna
muchos miles de fanegas de grano y de abastecer de vino a
15 toda la población (poco amante del agua potable y malísimamente
dotada de ella), surten de frutas y legumbres a Cádiz, y
muchas veces a Huelva,[67-6] y en ocasiones a la misma Sevilla,[67-7]
sobre todo en los ramos de tomates y calabazas, cuya excelente
calidad, suma abundancia y consiguiente baratura exceden
20 a toda ponderación;--por lo que[67-8] en _Andalucía la Baja_[67-9]
se da a los roteños[67-10] el dictado de _calabaceros_ y de
_tomateros_, [67-11] que ellos aceptan con noble orgullo.
Y, a la verdad, motivo tienen para enorgullecerse de semejantes
motes; pues es el caso que aquella tierra de Rota que
25 tanto produce (me refiero a la de las huertas); aquella tierra (p68)
que da para el consumo y para la exportación; aquella tierra
que rinde tres o cuatro cosechas al año, ni es tal tierra,[68-1] ni
Cristo que lo fundó,[68-2] sino arena pura y limpia, expelida sin
cesar por el turbulento Océano, arrebatada por los furiosos
05 vientos del Oeste y esparcida sobre toda la comarca roteña, como las
lluvias de ceniza que caen en las inmediaciones del Vesubio.[68-3]
Pero la ingratitud de la Naturaleza está allí más que compensada
por la constante laboriosidad del hombre.--Yo no
conozco, ni creo que haya en el mundo, labrador que trabaje
10 tanto como el roteño.--Ni[68-4] un leve hilo de agua dulce fluye
por aquellos melancólicos campos.... ¿Qué importa? ¡El
_calabacero_ los ha acribillado materialmente de pozos, de donde
saca, ora[68-5] a pulso, ora por medio de norias, el precioso humor
que sirve de sangre a los vegetales!--La arena carece de
15 fecundos principios, del asimilable _humus_[68-6].... ¿Qué importa?
¡El _tomatero_ pasa la mitad de su vida buscando y
allegando sustancias que puedan servir de abono, y convirtiendo
en estiércol hasta las algas del mar!--Ya poseedor de
ambos preciosos elementos, el hijo de Rota va estercolando
20 pacientemente, no su heredad entera (pues le faltarla abono
para tanto), sino redondeles de terreno del vuelo de un plato
chico,[68-7] y en cada uno de estos redondeles estercolados siembra
un grano de simiente de tomate o una pepita de calabaza, que
riega luego a mano con un jarro muy diminuto, como quien da
25 de beber a un niño.
Desde entonces hasta la recolección cuida diariamente una por
una las plantas que nacen en aquellos redondeles, tratándolas con
un mimo y un esmero sólo comparables a la solicitud con que
las solteronas cuidan sus macetas. Un día le añade a tal mata[68-8]
30 un puñadillo de estiércol; otro le echa una chorreadita de
agua; ora las limpia a todas de orugas y demás insectos dañinos;
ora cura a las enfermas, entablilla a las fracturadas, y
pone parapetos de caña y hojas secas a las que no pueden
resistir los rayos del sol o están demasiado expuestas a los (p69)
vientos del mar; ora, en fin, cuenta los tallos, las hojas, las
flores o los frutos de las más adelantadas y precoces, y les
habla, las acaricia, las besa, las bendice y hasta les pone
expresivos nombres para distinguirlas e individualizarlas en su
05 imaginación.--Sin exagerar: es ya un proverbio (y yo lo he
oído repetir muchas veces en Rota) que el hortelano de aquel
país _toca por lo menos cuarenta veces con su propia mano a
cada mata de tomates que nace en su huerta_.--Y así se explica
que los hortelanos viejos de aquella localidad lleguen a quedarse
10 encorvados, hasta tal punto que casi se dan[69-1] con las
rodillas en la barba[69-2]....
¡Es la postura en que han pasado toda su noble y meritoria
vida!
II
Pues bien: _el tío Buscabeatas_ pertenecía al gremio de estos
15 hortelanos.
Ya principiaba a encorvarse en la época del suceso que voy
a referir: y era que[69-3] ya tenía sesenta años... y llevaba[69-4]
cuarenta de labrar una huerta lindante con la playa de la
[_Costilla_.]
20 Aquel año había criado allí unas estupendas calabazas,
tamañas[69-5] como bolas decorativas de pretil de puente monumental,
y que ya principiaban a ponerse por dentro y por fuera
de color de naranja, lo cual quería decir que había mediado el
mes de Junio. Conocíalas perfectamente _el tío Buscabeatas_
por la forma, por su grado de madurez y hasta de nombre,
25 sobre todo a los cuarenta ejemplares más gordos y lucidos, que
ya estaban diciendo _guisadme_, y pasábase[69-6] los días mirándolos
con ternura y exclamando melancólicamente:
--_¡Pronto tendremos que separarnos!_
Al fin, una tarde se resolvió al sacrificio; y señalando a los
30 mejores frutos de aquellas amadísimas cucurbitáceas que tantos
afanes le habían costado, pronunció la terrible sentencia.
(p70)
--Mañana (dijo) cortaré estas cuarenta, y las llevaré al
mercado de Cádiz.--¡Feliz quien se las coma![70-1]
Y se marchó a su casa con paso lento, y pasó la noche con
las angustias del padre que va a casar una hija al día siguiente.
05 --¡Lástima[70-2] de mis calabazas!--suspiraba a veces sin
poder conciliar el sueño.--Pero luego reflexionaba, y concluía
por decir:--Y ¿qué he de hacer,[70-3] sino salir de ellas?[70-4]
¡Para eso las he criado!--Lo menos van a valerme quince duros....
Gradúese, pues, cuánto sería[70-5] su asombro, cuánta su furia y
10 cuál su desesperación, cuando, al ir a la mañana siguiente a la
huerta, halló que, durante la noche, le habían robado las cuarenta
calabazas....--Para ahorrarme de razones,[70-6] diré que,
como el judío de Shakespeare, llegó al más sublime paroxismo
trágico, repitiendo frenéticamente aquellas terribles palabras
15 de Shylock, en que tan admirable dicen que estaba el actor
Kemble:[70-7]
--_¡Oh! ¡Si te encuentro!_[70-8] _¡Si te encuentro!_
Púsose luego _el tío Buscabeatas_ a recapacitar fríamente, y
comprendió que sus amadas prendas no podían estar en Rota,
20 donde sería imposible ponerlas a la venta sin riesgo de que él
las reconociese, y donde, por otra parte,[70-9] las calabazas tienen
muy bajo precio.
--¡Como si lo viera, están en Cádiz! (dedujo de sus cavilaciones.)
El infame, pícaro, ladrón, debió de robármelas[70-10]
25 anoche a las nueve o las diez y se escaparía con ellas a las doce
en el _barco de la carga_[70-11].... ¡Yo saldré para Cádiz hoy por
la mañana en el _barco de la hora_,[70-12] y maravilla será que no
atrape al ratero y recupere a las hijas de mi trabajo!
Así diciendo, permaneció todavía cosa de veinte minutos en
30 el lugar de la catástrofe, como acariciando las mutiladas
calabaceras, o contando las calabazas que faltaban, o extendiendo
una especie de _fe de livores_[70-13] para algún proceso que pensara
incoar hasta que, a eso de las ocho, partió con dirección al muelle.
Ya estaba dispuesto para hacerse a la vela[70-14] el _barco (p71)
de la hora_, humilde falucho que sale todas las mañanas para
Cádiz a las nueve en punto, conduciendo pasajeros, así como el
_barco de la carga_ sale todas las noches á las doce,
conduciendo frutas y legumbres....
05 Llámase _barco de la hora_ el primero, porque en este espacio
de tiempo, y hasta en cuarenta minutos algunos días, si el viento
es de popa, cruza las tres leguas que median entre la antigua
villa del Duque de Arcos y la antigua ciudad de Hércules[71-1]....
III
Eran, pues, las diez y media de la mañana cuando aquel día
10 se paraba _el tío Buscabeatas_ delante de un puesto de verduras
del mercado de Cádiz, y le decía a un aburrido polizonte que
iba con él:
--¡Estas son mis calabazas!--¡Prenda V. a ese hombre!
Y señalaba al revendedor.
15 --¡Prenderme a mí! (contestó el revendedor, lleno de sorpresa
y de cólera.)--Estas calabazas son mías; yo las he
comprado....
--Eso podrá V. contárselo al Alcalde--repuso _el tío
Buscabeatas_.
20 --¡Que no![71-2]
--¡Que sí!
--¡Tío ladrón![71-3]
--¡Tío tunante!
--¡Hablen Vds. con más educación,[71-4] so indecentes![71-5] ¡Los
25 hombres no deben faltarse[71-6] de esa manera!--dijo con mucha
calma el polizonte, dando un puñetazo[71-7] en el pecho a cada
interlocutor.
En esto ya había acudido alguna gente, no tardando en presentarse
también allí el Regidor encargado de la policía de los
30 mercados públicos, o sea[71-8] _el Juez de abastos_, que es su
verdadero nombre.
(p72)
Resignó[72-1] la jurisdicción el polizonte en Su Señoría, y enterada
esta digna autoridad de todo lo que pasaba, preguntó al revendedor
con majestuoso acento:
--¿A quién[72-2] le ha comprado V. esas calabazas?
05 --Al tío Fulano,[72-3] vecino [72-4] de Rota....--respondió el
interrogado.
--¡Ése había de ser! (gritó _el tío Buscabeatas_.) ¡Muy
abonado[72-5] es para el caso! ¡Cuando su huerta, que es muy
mala, le produce poco, se mete a robar en la del vecino!
10 --Pero, admitida la hipótesis de que a V. le han robado
anoche cuarenta calabazas (siguió interrogando el Regidor,
volviéndose al viejo hortelano), ¿quién le asegura a V. que
éstas, y no otras, son las suyas?
15 --¡Toma! (replicó _el tío Buscabeatas_.) ¡Porque las
conozco como V. conocerá a sus hijas, si las tiene!--¿No ve
V. que las he criado?--Mire V.: ésta se llama _rebolonda_;[72-6]
ésta, _cachigordeta_;[72-7] ésta, _barrigona_;[72-8] ésta,
_coloradilla_; [72-9] ésta _Manuela_..., porque se
parecía mucho a mi hija la menor....
20 Y el pobre viejo se echó a llorar amarguísimamente.
--Todo eso está muy bien... (repuso el Juez de abastos);
pero la ley no se contenta con que usted reconozca sus calabazas.
Es menester que la autoridad se convenza al mismo tiempo
25 de la preexistencia de la cosa, y que V. la identifique con
pruebas fehacientes....--Señores, no hay que sonreírse....--¡Yo
soy abogado!
¡Pues verá V. qué pronto le pruebo yo a todo el mundo,
sin moverme de aquí, que esas calabazas se han criado en mi
huerta!--dijo _el tío Buscabeatas_, no sin grande asombro de
30 los circunstantes.
Y soltando en el suelo un lío que llevaba en la mano, agachóse,
arrodillándose hasta sentarse sobre los pies, y se puso a
desatar tranquilamente las anudadas puntas del pañuelo que lo
envolvía.
(p73)
La admiración del Concejal, del revendedor y del corro subió
de punto.[73-1]
--¿Qué va a sacar de ahí?--se preguntaban todos.
Al mismo tiempo llegó un nuevo curioso a ver qué ocurría
05 en aquel grupo, y habiéndole divisado el revendedor,
exclamó:
--¡Me alegro de que llegue V., tío Fulano! Este hombre
dice que las calabazas que me vendió usted anoche, y que
están aquí oyendo la conversación, son robadas....--Conteste
10 V....
El recién llegado[73-2] se puso más amarillo que la cera, y trató
de irse; pero los circunstantes se lo[73-3] impidieron
materialmente, [73-4] y el mismo[73-5] Regidor le mandó quedarse.
En cuanto al _tío Buscabeatas_, ya se había encarado con el
15 presunto ladrón, diciéndole:
--¡Ahora verá V. lo que es bueno!
El tío Fulano recobró su sangre fría, y expuso:
--Usted es quien ha de ver[73-6] lo que habla; porque si no
prueba, y no podrá probar, su denuncia, lo llevaré a la cárcel
20 por calumniador.--Estas calabazas eran mías; yo las he
criado, como todas las que he traído este año a Cádiz, en mi
huerta del _Egido_,[73-7] y nadie podrá probarme lo contrario.
--¡Ahora verá V.!--repitió _el tío Buscabeatas_ acabando de
desatar el pañuelo y tirando de él.[73-8]
25 Y entonces se desparramaron por el suelo una multitud de
trozos de tallo de calabacera, todavía verdes y chorreando
jugo, mientras que el viejo hortelano, sentado sobre sus piernas
y muerto de risa, dirigía el siguiente discurso al Concejal y
a los curiosos:
30 --Caballeros: ¿no han pagado Vds. nunca contribución?
Y ¿no han visto aquel libraco[73-9] verde que tiene el recaudador,
de donde va cortando recibos, dejando allí pegado un tocón o
pezuelo,[73-10] para que luego pueda comprobarse si tal o cual
[73-11] recibo es falso o no lo es?
(p74)
--Lo que V. dice se llama el _libro talonario_--observó
gravemente el Regidor.
--Pues eso es lo que yo traigo aqui: el _libro talonario_ de mi
huerta, o sea[74-1] los cabos a que estaban unidas estas calabazas
05 antes de que me las robasen.--Y, si no, miren Vds.--Este
cabo era de esta calabaza.... Nadie puede dudarlo....
--Este otro..., ya lo están Vds. viendo..., era de esta
otra.--Este más ancho..., debe de ser de aquélla....
¡Justamente!--Y éste es de ésta.... Ése es de ésa....
10 Ésta es de aquél....
Y en tanto que[74-2] así decía, iba adaptando un cabo o pedúnculo
a la excavación que había quedado en cada calabaza al ser
arrancada, y los espectadores[74-3] veían con asombro que,
efectivamente, la base irregular y caprichosa de los pedúnculos
15 convenía del modo más exacto con la figura blanquecina y leve
concavidad que presentaban las que pudiéramos llamar cicatrices
de las calabazas.
Pusiéronse, pues, en cuclillas los circunstantes, inclusos
20 los polizontes y el mismo Concejal,[74-4] y comenzaron a
ayudarle al _tío Buscabeatas_ en aquella singular comprobación,
diciendo todos a un mismo tiempo con pueril
regocijo:
--¡Nada! ¡Nada! ¡Es indudable! ¡Miren Vds.!--Éste
es de aquí.... Ése es de ahí.... Aquélla es de
25 éste.... Ésta es de aquél....
Y las carcajadas de los grandes se unían a los silbidos de los
chicos, a las imprecaciones de las mujeres, a las lágrimas de
triunfo y alegría del viejo hortelano y a los empellones que los
guindillas daban ya al convicto ladrón, como impacientes por
30 llevárselo[74-5] a la cárcel.
Excusado es decir que los guindillas tuvieron este gusto;
que el tío Fulano vióse obligado desde luego a devolver al
revendedor los quince duros que de él había percibido; que el
revendedor se los entregó en el acto al _tío Buscabeatas_,(p75)
y que éste se marchó a Rota sumamente contento, bien que fuese
diciendo[75-1] por el camino:
--¡Qué hermosas estaban en el mercado! ¡He debido
traerme[75-2] a _Manuela_, para comérmela[75-3] esta noche y guardar
05 las pepitas!
Noviembre de 1877.
MOROS Y CRISTIANOS (p76)
(CUENTO)
I
La antes famosa y ya poco nombrada villa de Aldeire forma
parte del marquesado del Cenet, o como si dijéramos, del respaldo
de la Alpujarra,[76-1] hacia Levante,[76-2] y está medio colgada,
medio escondida, en un escalón o barranco de la formidable
05 mole central de Sierra Nevada, a cinco o seis mil pies sobre el
nivel del mar y seis o siete mil por debajo de las eternas nieves
del Mulhacen.
Aldeire, dicho sea con perdón de su señor cura, es un pueblo
morisco. Que fué moro, lo dicen claramente su nombre, su
10 situación y su estructura; y que no ha llegado aún a ser enteramente
cristiano, aunque figure en la España reconquistada y
tenga su iglesita católica y sus cofradías de la Virgen, de Jesús
y de no pocos santos y santas, lo demuestran el carácter y
costumbres de sus moradores, las pasiones terribles cuanto
15 quiméricas que los unen o separan en perpetuos bandos, y los
lúgubres ojos negros, pálida tez y escaso hablar y reír de mujeres,
hombres y niños....
Porque bueno será recordar, para que ni dicho señor cura ni
nadie[76-3] ponga en cuarentena[76-4] la solidez de este
20 razonamiento, 20 que los moriscos del marquesado del Cenet no fueron
expulsados en totalidad como los de la Alpujarra, sino que muchos de
ellos lograron quedarse allí agazapados y escondidos gracias a
la prudencia o cobardía con que desoyeron el temerario y heroico
grito de su malhadado príncipe Aben-Humeya;[76-5] de donde
25 yo deduzco que el tío Juan Gómez (a)[76-6] _Hormiga_, (p77)
alcalde constitucional de Aldeire en el año de gracia de 1821, podía
muy bien ser nieto de algún Mustafá, Mahommed o cosa por el estilo.
Cuéntase, pues, que el tal Juan[77-1] Gómez, hombre a la sazón
de más de media centuria, rústico muy avisado aunque no entendía
05 de letra,[77-2] y codicioso y trabajador con fruto, como lo
acreditaba, no solamente su apodo, sino también su mucha hacienda,
por él adquirida a fuerza de buenas o malas artes, y
representada en las mejores suertes de tierra de aquella
jurisdicción, tomó a censo enfitéutico[77-3] del caudal de Propios,
10 [77-4] y casi de balde, mediante algunas gallinas no ponedoras que
regaló al secretario del Ayuntamiento, unos secanos situados a las
inmediaciones de la villa, en medio de los cuales veíanse los restos
y escombros de un antiguo castillejo,[77-5] morabito o atalaya
árabe, cuyo nombre era todavía _La Torre del Moro_.
15 Excusado es decir que el tío Hormiga no se detuvo ni un instante
a pensar en qué moro sería aquél, ni en la índole o pristino
objeto de la arruinada construcción; lo único que vió desde
luego más claro que el agua fué que con tantas desmoronadas
piedras, y con las que él desmoronara, podía hacer allí un hermoso
20 y muy seguro corral para sus ganados; por lo que[77-6] desde
el día siguiente, y como recreo muy propio de quien tan económico
era, dedicó las tardes a derribar por sí mismo, y a sus
solas,[77-7] lo que en pie quedaba del vetusto edificio arábigo.
--¡Te vas a reventar!--le decía su mujer, al verlo llegar
25 por la noche lleno de polvo y de sudor, y con la barra de hierro
oculta bajo la capa....
--¡Al contrario!--respondía él.--Este ejercicio me conviene
para no podrirme como nuestros hijos los estudiantes, que
según me ha dicho el estanquero, estaban la otra noche en el
30 teatro de Granada y tenían un color de manteca que daba asco[77-8]
mirarlos....
--¡Pobres! ¡De tanto estudiar! Pero a ti debía de darte
vergüenza de trabajar como un peón siendo el más rico del
pueblo, alcalde por añadidura.
(p78)
--Por eso voy solo.... ¡A ver!... Acércame esa
ensalada....
--Sin embargo, convendría que te ayudase alguien. ¡Vas a
echar un siglo[78-1] en derribar la Torre, y hasta quizá no sepas
05 componértelas[78-2] para volcarla toda!...
--¡No digas simplezas, Torcuata! Cuando se trate de construir
la tapia del corral pagaré jornales, y hasta llevaré un
maestro alarife....--¡Pero derribar sabe cualquiera! ¡Y es
tan divertido[78-3] destruir!... ¡Vaya!... ¡quita la mesa y
10 acostémonos!...
--Eso lo dices porque eres hombre. ¡A mí me da miedo y
lástima todo lo que es deshacer![78-4]
--¡Debilidades de vieja! ¡Si supieras tú cuántas cosas hay
que deshacer[78-5] en este mundo!
15 --¡Calla, francmasón![78-6] ¡En mal hora te han elegido alcalde!
¡Verás cómo, el día que vuelvan a mandar los realistas,
te ahorca el Rey absoluto!
--¡Eso... lo veremos! ¡Santurrona! ¡Beata! ¡Lechuza!
¡Vaya!: apaga esa luz, y no te santigües más...,
20 que tengo[78-7] mucho sueño.
Y así continuaban los diálogos hasta que se dormía uno de
los dos consortes.
II
Una tarde regresó de su faena el tío Hormiga, muy preocupado
y caviloso, y más temprano que de costumbre.
25 Su mujer aguardó a que despachase a los mozos de labor
para preguntarle qué tenía, y él respondió enseñándole un tubo
de plomo con tapadera por el estilo del cañuto[78-8] de un licenciado
del ejército; sacó de allí, y desarrolló cuidadosamente, un
amarillento pergamino escrito en caracteres muy enrevesados, y
30 dijo con imponente seriedad:
--Yo no sé leer, ni tan siquiera[78-9] en castellano, que (p79)
es lalengua más clara del mundo; pero el diablo me lleve si esta
escritura no es de moros.
--¿Es decir, que la has encontrado en la Torre?
--No lo digo sólo por eso, sino porque estos garrapatos no
05 se parecen a ninguno de los que he visto hacer a gente cristiana.
La mujer de Juan Gómez miró y olió el pergamino, y exclamó
con una seguridad tan cómica como gratuita:
--¡De moros es!
Pasado un rato, añadió melancólicamente.
10 --Aunque también me estorba a mí lo negro,[79-1] juraría que
tenemos en las manos la licencia absoluta[79-2] de algún soldado de
Mahoma,[79-3] que ya estará en los profundos infiernos.
--¿Lo dices por el cañuto de plomo?
--Por el cañuto lo digo.
15 --Pues te equivocas de medio a medio,[79-4] amiga Torcuata;
porque ni los moros entraban en quintas,[79-5] según me ha dicho
varias veces nuestro hijo Agustín, ni esto es una licencia absoluta.
Esto es... un....
El tío Hormiga miró en torno suyo,[79-6] bajó la voz y dijo con
20 entera fe:
--¡Estas son las señas de un tesoro!
--¡Tienes razón!--respondió la mujer, súbitamente inflamada
por la misma creencia.--¿Y lo has encontrado ya? ¿Es
muy grande? ¿Lo has vuelto a tapar bien? ¿Son monedas de
25 plata, o de oro? ¿Crees tú que _pasarán_ todavía? ¡Qué felicidad
para nuestros hijos! ¡Cómo van a gastar y a triunfar en
Granada[79-7] y en Madrid! ¡Yo quiero ver eso! Vamos allá....
Esta noche hace luna....
--¡Mujer de Dios! ¡Sosiégate! ¿Cómo quieres que haya
30 topado ya con el tesoro guiándome por estas señas, si yo no sé
leer en moro ni en cristiano?
--¡Es verdad! Pues, mira.... Haz una cosa: en cuanto
Dios eche sus luces,[79-8] apareja un buen mulo; pasa la sierra por
el puerto[79-9] de la Ragua, que dicen está bueno, y llégate a (p80)
Ugíjar,[80-1] a casa de nuestro compadre[80-2] D. Matías Quesada, el
cual sabes entiende de todo[80-3].... El te pondrá en claro ese
papel y te dará buenos consejos, como siempre.
--¡Mis dineros me cuestan todos sus consejos a pesar de
05 nuestro compadrazgo!... Pero, en fin, lo mismo había pensado
yo. Mañana iré a Ugíjar, y a la noche estaré aquí de
vuelta; pues todo será apretar un poco a la caballería[80-4]....
--Pero ¡cuidado[80-5] que le expliques bien las cosas!...
--Poco tengo que explicarle. El cañuto estaba escondido
10 en un hueco o nicho revestido de azulejos como los de Valencia,
[80-6] formado en el espesor de una pared. He derribado todo
aquel lienzo, y nada más de particular he hallado. Debajo de
lo ya destruido comienza la obra de sillería de los cimientos,
cuyas enormes piedras, de más de vara en cuadro,[80-7] no removerán
15 fácilmente dos ni tres personas de puños tan buenos como
los míos. Por consiguiente, es necesario saber de una manera
fija en qué punto estaba escondido el tesoro, so pena[80-8] de tener
que arrancar con ayuda de vecinos todos los cimientos de la
Torre....
20 --¡Nada! ¡Nada! ¡A Ugíjar en cuanto amanezca! Ofrécele
a nuestro compadre una parte..., no muy larga, de lo
que hallemos, y, cuando sepamos dónde hay que excavar,[80-9] yo
misma te ayudaré a arrancar piedras de sillería. ¡Hijos de mi
alma! Todo para ellos! Por lo que a mí toca, sólo siento
25 si habrá algo que sea pecado en esto que hablamos en voz baja.
--¿Qué pecado puede haber, grandísima tonta?
--No sé explicártelo.... Pero los tesoros me habían parecido
siempre cosa del demonio, o de duendes.... Además,
¡tomaste a censo aquel terreno por tan poco rédito al año!...
30 ¡Todo el pueblo dice hubo trampa[80-10] en el tal negocio!
--¡Eso es cuenta del secretario y de los concejales! Ellos
me hicieron la escritura.
--Por otro lado, tengo entendido[80-11] que de los tesoros hay
que dar parte al Rey....
(p81)
--Eso es cuando no se hallan en terreno propio, como éste
mío....
--¡Propio! ¡Propio!... ¡A saber[81-1] de quién sería esa
torre que te ha vendido el Ayuntamiento!
05 --¡Toma! ¡Del _Moro_!
--¡A saber quién sería ese _Moro_!... Por de pronto,[81-2]
Juan, las monedas que el _Moro_ escondiera en su casa, serían
suyas o de sus herederos; no tuyas, ni mías....
--¡Estás diciendo disparates! ¡Por esa cuenta, no debía
10 yo ser alcalde de Aldeire, sino el que lo era el año pasado
cuando se pronunció Riego![81-3] ¡Por esa cuenta, habría que
mandar[81-4] todos los años a África, a los descendientes de los
moros, las rentas que produjesen las vegas de Granada, de
Guadix[81-5] y de centenares de pueblos!...
15 --¡Puede que[81-6] tengas razón!... En fin, ve a Ugíjar, y el
compadre te aconsejará lo mejor en todo.
III
Ugíjar dista de Aldeire cosa de cuatro leguas de muy mal camino.
No serían,[81-7] sin embargo, las nueve de la siguiente mañana
20 cuando el tío Juan Gómez, vestido con su calzón corto de
punto azul y sus bordadas botas blancas de los días de fiesta,
hallábase ya en el despacho de D. Matías de Quesada, hombre
de mucha edad y mucha salud, doctor en ambos Derechos[81-8]
y autor de la mayor parte de los _entuertos_ contra la justicia que
25 se hacían por entonces en aquella tierra. Había sido toda su
vida lo que se llama un abogado picapleitos, y estaba riquísimo
y muy bien relacionado en Granada y Madrid.
Oído que hubo[81-9] la historia de su digno compadre, y después
de examinar atentamente el pergamino, díjole que, en su
opinión, nada de aquello olía a tesoro: que el nicho en que
30 halló el tubo debió de ser[81-10] un _babuchero_,[81-11] y que el
escrito le parecía una especie de oración que los moros suelen (p82)
leer todos los viernes[82-1] por la mañana.... Pero que, sin
embargo, no siéndole a él completamente conocida la lengua árabe,
remitiría el documento a Madrid a un condiscípulo suyo que estaba
empleado en la Comisaría de los Santos Lugares,[82-2] a fin de que
05 lo enviara a Jerusalén, donde lo traducirían al castellano; por
todo lo cual sería conveniente mandarle al madrileño un par
de onzas de oro,[82-3] en letra,[82-4] para una jícara de chocolate.
Mucho lo pensó el tío Juan Gómez antes de pagar un chocolate
tan caro (que resultaba a diez mil doscientos cuarenta
10 reales la libra); pero tenía tal seguridad en lo del _tesoro_[82-5]
(y a fe que[82-6] no se equivocaba según después veremos), que sacó
de la faja ocho monedillas de a cuatro[82-7] duros y se las entregó
al abogado, quien las pesó una por una antes de guardárselas[82-8]
15 en el bolsillo; con lo que el tío Hormiga tomó la vuelta de Aldeire
decidido a seguir excavando en la Torre del Moro, mientras
tanto que[82-9] enviaban el pergamino a Tierra Santa y volvía de
allá traducido; diligencias en que, según el letrado, se tardaría
cosa de año y medio.
IV
No bien había vuelto la espalda el tío Juan, cuando su compadre
20 y asesor cogió la pluma y escribió la siguiente carta
comenzando por el sobre:
«SR. D. BONIFACIO TUDELA Y GONZALEZ,[82-10] _Maestro de capilla_
[82-11] _de la Santa Iglesia Catedral de CEUTA._[82-12]
«Mi querido sobrino político:[82-13]
25 «Solamente a un hombre de tu religiosidad confiaría yo el
importantísimo secreto contenido en el documento adjunto.
Dígolo porque indudablemente están escritas en él las señas de
un _tesoro_, de que te daré alguna parte si llego a descubrirlo
con tu ayuda. Para ello es necesario que busques un moro
30 que te traduzca ese pergamino, y que me mandes la traducción (p83)
en carta certificada,[83-1] sin enterar a nadie del asunto, como no
sea[82-2] a tu mujer, que me consta es persona reservada.
«Perdona que no te haya escrito en tantos años; pero bien
conoces mis muchos quehaceres. Tu tía sigue rezando por ti
05 todas las noches al tiempo de acostarse. Que estés mejor[83-3] del
dolor de estómago[83-4] que padecías en 1806, y sabes que te quiere
tu tío político,
«MATÍAS DE QUESADA.
«UGÍJAR, 15 de ENERO, 1821.
10 «POSDATA.--Expresiones a Pepa, y dime, si habéis tenido
hijos.»
Escrita la precedente carta,[83-5] el insigne jurisconsulto pasó a la
cocina, donde su mujer estaba haciendo calceta y cuidando el
puchero, y díjole las siguientes expresiones en tono muy áspero
15 y desabrido, después de echarle en la falda las ocho monedas
de a cuatro duros que ya conocemos:
--Encarnación,[83-6] ahí tienes: compra más trigo, que va a subir
en los meses mayores,[83-7] y procura que lo midan bien. Hazme
de almorzar mientras yo voy a echar al correo esta carta para
20 Sevilla preguntando los precios de la cebada. ¡Que el huevo
esté bien frito y el chocolate claro! ¡No tengamos la de
todos los días![83-8]
La mujer del abogado no respondió palabra, y siguió haciendo
calceta como un autómata.
V
25 Dos semanas después, un hermosísimo día de Enero, como
sólo los hay en el Norte de África y en el Sur de Europa,
tomaba el sol en la azotea de su casa de dos pisos el maestro
de capilla de la catedral de Ceuta con la tranquilidad
de quien ha tocado el órgano en misa mayor y se ha comido
30 luego una libra de boquerones, otra de carne y otra de
pan, con su correspondiente dosis de vino de Tarifa.[83-9] (p84)
El buen músico, gordo como un cebón y colorado como una
remolacha, digería penosamente, paseando su turbia mirada de
apoplético por el magnífico panorama del Mediterráneo, y del
Estrecho de Gibraltar, del maldecido Peñón[84-1] que le da nombre,
05 de las cercanas cumbres de Anghera[84-2] y Benzú[84-3] y de las
remotas nieves del Pequeño Atlas, cuando sintió acelerados pasos en
la escalera y la argentina voz de su mujer, que gritaba gozosamente:
--¡Bonifacio! ¡Bonifacio! ¡Carta de Ugíjar! ¡Carta de
tu tío! ¡Y vaya si es gorda![84-4]
10 --¡Hombre![84-5]--respondió el maestro de capilla, girando
como una esfera o globo terráqueo sobre el punto de su
redonda individualidad, que descansaba en el asiento.--¿Qué
santo se habrá empeñado para que mi tío se acuerde de mí?
¡Quince años hace que resido en esta tierra usurpada a Mahoma,
15 y cata aquí[84-6] la primera vez que me escribe aquel abencerraje,
[84-7] sin embargo de haberle yo escrito cien veces a él!
¡Sin duda me necesita para algo!
Y, dicho esto,[84-8] abrió la epístola (procurando que no la leyese
la _Pepa_ de la posdata), y apareció, crujiente y tratando de
20 arrollarse por sí propio,[84-9] el amarillento pergamino.
--¿Qué nos envía?--preguntó entonces la mujer, gaditana[84-10]
y rubia por más señas,[84-11] y muy agraciada y valiente a pesar de
sus cuarenta agostos.
--¡Pepita, no seas tan curiosa!... Yo te lo diré, si debo
25 decírtelo, luego que me entere. ¡Mil veces te he advertido
que respetes mis cartas!...
--¡Advertencia propia de un libertino como tú! En fin,
¡despacha! y veamos si yo puedo saber qué papelote[84-12] te
manda tu tío. ¡Parece un billete de Banco del otro mundo!
30 En tanto que[84-13] su mujer decía aquellas cosas y otras, el
músico leyó la carta, y maravillóse hasta el extremo de ponerse
de pie sin esfuerzo alguno.
Tenía, sin embargo, tal hábito de disimular, que acertó a
decir muy naturalmente:
(p85)
--¡Qué tontería! ¡Sin duda está ya chocheando aquel mal
hombre! ¿Querrás creer que me remite esta hoja de una
Biblia en hebreo, para que yo busque algún judío que la compre
imaginándose el muy bobo que darán por ella un dineral?
05 Al mismo tiempo...--añadió para cambiar la conversación
y guardándose[85-1] en la faltriquera la carta y el pergamino:--al
propio tiempo... me pregunta con mucho interés si tenemos
hijos.
--¡Él no los tiene!...--observó vivamente Pepita.--¡Sin
10 duda piensa dejarnos por herederos!
--¡Más fácil es que al muy avaro se le haya ocurrido heredarnos
a nosotros!... Pero ¡calla!: están dando las once,
y yo tengo que afinar el órgano para las vísperas de esta tarde....
Me voy. Oye, prenda: que la comida esté dispuesta a
15 la una, y que no se te olvide[85-2] echar dos buenas patatas en el
puchero. ¡Que si tenemos hijos[85-3]!... ¡Vergüenza me da
de haber de contestarle que no!
--¡Escucha! ¡Espera! ¡Oye!--contestó como un rayo
la parte contraria....
20 --¡Ya! ¡Ya!
--¡Anda, zambombo, tonel, desagradecido![85-4] ¿Quién te
habrá amado a ti en el mundo como esta necia, que, con ese
barrigón y todo, te considera el hombre más hermoso que
Dios ha criado?
25 --¿Sí? ¿Me has dicho _hermoso_? ¡Pues mira, Pepa--respondió
el artista, pensando seguramente en el pergamino
árabe;--si mi tío llega a dejarme por heredero, o yo me
hago rico de cualquier otro modo, te juro llevarte a vivir a la
plaza de San Antonio de la ciudad de Cádiz, y comprarte más
30 joyas que tiene la Virgen de las Angustias[85-5] de Granada! Conque
hasta luego, pichona.
Y tirando un pellizco[85-6] en la barba a la que de antemano
tenía ya el hoyo en ella, cogió el sombrero y tomó el (p86)
camino..., no de la catedral, sino de las callejuelas en que suelen
vivir las familias moras avecindadas en aquella plaza fuerte.[86-1]
VI
En la más angosta de dichas callejuelas, y a la puerta de
una muy pobre, pero muy blanqueada casucha, estaba sentado
05 en el suelo, o más bien sobre sus talones, fumando en pipa de5
barro secado al sol, un moro de treinta y cinco a cuarenta años,
revendedor de huevos y gallinas, que le traían a las puertas de
Ceuta los campesinos independientes de Sierra-Bullones y
Sierra-Bermeja, y que él despachaba, a domicilio o en el mercado,
10 con una ganancia de ciento por ciento. Vestía chilava[86-2]
de lana blanca y jaique[86-3] de lana negra, y llamábase entre los
españoles _Manos-gordas_, y entre los marroquíes
Admet-ben-Carime-el-Abdoun.
Tan luego como el moro vió al maestro de capilla levantóse
15 y salió a su encuentro, haciéndole grandes zalemas; y, cuando
estuvieron ya juntos, díjole cautelosamente:
--¿Querer[86-4] morita? Yo traer mañana cosa meleja; de doce
años....
--Mi mujer no quiere más criadas moras....--respondió
20 el músico con inusitada dignidad.
_Manos-gordas_ se echó a reír.
--Además...--prosiguió D. Bonifacio--tus endiabladas
moritas son muy sucias.
--Lavar....--respondió el moro, poniéndose en cruz[86-5] y
25 ladeando la cabeza.
--¡Te digo que no quiero moritas!--prosiguió D. Bonifacio.--Lo
que necesito hoy es que tú, que sabes tanto y que
por tanto saber eres intérprete de la plaza, me traduzcas al
español este documento.
30 _Manos-gordas_ cogió el pergamino, y a la primera ojeada
murmuró:
(p87)
--Estar moro....
--¡Ya lo creo que es árabe! Pero quiero saber qué dice,
y, si no me engañas, te haré un buen regalo... cuando se
realice el negocio que confio a tu lealtad.
05 A todo esto, Admet-ben-Carime había pasado ya la vista por
todo el pergamino y puéstose muy pálido.
--¿Ves que se trata de un gran tesoro?--medio afirmó,
medio interrogó el maestro de capilla.
--Creer que sí--tartamudeó el mahometano.
10 --¿Cómo creer? ¡Tu misma turbación lo dice!
--Perdona....--replicó _Manos-gordas_ sudando a mares.[87-1]
--Haber aquí palabras de árabe moderno, y yo entender. Haber
otras de árabe antiguo o literario, y yo no entender.
--¿Qué dicen las palabras que entiendes?
15 --Decir _oro_, decir _perlas_, decir _maldición de Alah_[87-2]...
Pero yo no entender sentido, explicaciones ni señas. Necesitar
ver al derwich de Anghera, que estar sabio, y él traducir
todo. Llevarme yo pergamino hoy, y traer pergamino mañana,
y no engañar ni robar al señor Tudela. ¡Moro jurar!
20 Así diciendo, cruzó las manos, se las llevó a la boca[87-3] y las
besó fervorosamente.
Reflexionó D. Bonifacio: conoció que para descifrar aquel
documento tendría que fiarse de algún moro, y que ninguno le
era tan conocido ni tan afecto como _Manos-gordas_, y accedió
25 a dejarle el manuscrito, bien que bajo reiterados juramentos
de que al día siguiente estaría de vuelta de Anghera con la
traducción, y jurándole él, por su parte, que le entregaría lo
menos[87-4] cien duros cuando fuese descubierto el tesoro.
Despidiéronse el musulmán y el cristiano, y éste se dirigió,
30 no a su casa ni a la catedral, sino a la oficina de un amigo,
donde escribió la siguiente carta:
«SR. D. MATÍAS DE QUESADA Y SÁNCHEZ (p88)
«Alpujarra, _UGÍJAR_.
«Mi queridísimo tío:
«Gracias a Dios que hemos tenido noticias de usted y de tía
05 Encarnación, y que éstas son tan buenas como Josefa y yo
deseábamos. Nosotros, querido tío, aunque más jóvenes que
ustedes, estamos muy achacosos y cargados de diez hijos, que
pronto se quedarán huérfanos y pidiendo limosna.
«Se burló de usted quien le dijera que el pergamino que me
10 ha enviado contenía las señas de un tesoro. He hecho traducirlo
por persona muy competente, y ha resultado ser una sarta
de blasfemias contra Nuestro Señor Jesucristo, la Santísima
Virgen y los santos de la Corte celestial, escritas en versos árabes
por un perro morisco del marquesado del Cenet durante la
15 rebelión de Aben-Humeya.[88-2] En vista de semejante sacrilegio,
y por consejo del señor Penitenciario,[88-3] acabo de quemar tan
impío testimonio de la perversidad mahometana.
«Memorias a mi tía: recíbanlas ustedes de Josefa, y mande
algún socorro a su sobrino, que está en los huesos[88-4] por
20 resultas del pícaro dolor de estómago.
«BONIFACIO.
«CEUTA, 29 de Enero de 1821.»
VII
Al mismo tiempo que el maestro de capilla escribía la precedente
carta y la echaba al correo, Admet-ben-Carime-el-Abdoun
25 reunía en un envoltorio no muy grande todo su hato y
ajuar, reducidos a tres jaiques viejos, dos mantas de pelo de cabra,
un mortero para hacer alcuzcuz,[88-5] un candil[88-6] de hierro y
una olla de cobre llena de pesetas (que desenterró de un rincón del
patinillo de su casa); cargó con todo ello a su única mujer,
30 esclava, odalisca o lo que fuera, más fea que una mala noticia (p89)
dicha de pronto[89-1] y más sucia que la conciencia de su marido, y
salióse de Ceuta, diciendo al oficial de guardia de la puerta que
da al campo moro que se iban a Fez[89-2] a mudar de aires por
consejo de un veterinario. Y como quiera que esta sea la hora,[89-3]
05 después de sesenta años y algunos meses de ausencia, que no se
haya vuelto a saber de _Manos-gordas_ ni en Ceuta, ni en sus
cercanías, dicho se está[89-4] que D. Bonifacio Tudela y González no
tuvo el gusto de recibir de sus manos la traducción del pergamino,
ni al día siguiente, ni al otro, ni en toda su vida, que por
10 cierto debió de ser muy corta, puesto que de informes dignos
de crédito aparece que su adorada Pepita se casó en Marbella
en terceras nupcias con un tambor mayor asturiano, a quien hizo
padre de cuatro hijos como cuatro soles, y era otra vez viuda a
la muerte del Rey absoluto,[89-5] fecha en que ganó por oposición en
15 Málaga el destino de matrona aduanera.
Con que busquemos nosotros a _Manos-gordas_, y sepamos qué
fué de él y del interesante pergamino.
VIII
Admet-ben-Carime-el-Abdoun respiró alegremente, y aun
hizo alguna zapateta,[89-6] sin que por eso se le cayesen las mal
20 aseguradas zapatillas, tan luego como se vió fuera de los redoblados
muros de la plaza española y con toda el África[89-7] delante de
sí....
Porque África, para un verdadero africano como _Manos-gordas_,
es la tierra de la libertad absoluta; de una libertad anterior
25 y superior a todas las Constituciones e instituciones humanas;
de una libertad parecida a la de los conejos no caseros y
demás animales de monte, valle o arenal.
África, quiero decir, es la Jauja[89-8] de los malhechores, el
seguro de la impunidad, el campo neutral de los hombres y de las
30 fieras, protegido por el calor y la extensión de los desiertos.(p90)
En cuanto a los sultanes, reyes y beyes que presumen imperar en
aquella parte del mundo, y a las autoridades y mílites que los
representan, puede decirse que vienen a ser, para tales vasallos,
lo que el cazador para las liebres o para los corzos: un mal
05 encuentro 05 posible, que muy pocos tienen en la vida, y en el cual
muere uno o no muere: si muere, tal día hizo un año;[90-1] y si no
muere, con poner mucha tierra por medio[90-2] no hay que pensar
[90-3] más en el asunto. Sirva esta digresión de advertencia a quien
la necesitare, y prosigamos nosotros nuestra relación.
10 --¡Toma aquí,[90-4] Zama!--dijo el moro a su cansada esposa,
como si hablase con una acémila.
Y, en lugar de dirigirse al Oeste, o sea hacia el Boquete de
Anghera, en busca del sabio santón, según había dicho a D.
Bonifacio, tomó hacia el Sur, por un barranquillo tapado de malezas
15 y árboles silvestres, que muy luego le llevó al camino de
Tetuán,[90-5] o bien a la borrosa vereda que, siguiendo las
ondulaciones de puntas y playas, conduce a Cabo-Negro por el valle
del Tarajar, por el de los Castillejos, por Monte-Negrón y por
las lagunas de Río-Azmir, nombres que todo español bien nacido
20 leerá hoy con amor y veneración, y que entonces no se habían
oído pronunciar todavía en España ni en el resto del mundo
civilizado.
Llegado que hubieron[90-6] ben-Carime[90-7] y Zama al vallecillo del
Tarajar, diéronse un punto de descanso a la orilla del arroyuelo
25 de agua potable que lo atraviesa, procedente de las alturas de
Sierra-Bullones; y en aquella tan segura y áspera soledad, que
parecía recién salida[90-8] de manos del Criador y no estrenada
todavía por el hombre; a la vista de un mar solitario, únicamente
surcado, tal o cual[90-9] noche de luna, por cárabos de piratas
o buques oficiales de Europa encargados de perseguirlos, 30
30 la mora se puso a lavarse y peinarse, y el moro sacó el manuscrito
y volvió a leerlo con tanta emoción como la primera
vez.
Decía así el pergamino árabe:
(p91)
«La bendición de Alah sea con los hombres buenos que lean
estas letras.
«No hay más gloria que la de Alah, de quien Mahoma fué y
es, en el corazón de los creyentes, profeta y enviado.
05 «Los hombres que roban la casa del que está en la guerra o
en el destierro viven bajo la maldición de Alah y de Mahoma,
y mueren roídos de escarabajos y cucarachas.
«¡Bendito sea, pues, Alah, que crió estos y otros bichos para
que se coman[91-1] a los hombres malos!
10 «Yo soy el caid _Hassan-ben-Jussef_, siervo de Alah, aunque
malamente he sido llamado D. Rodrigo de Acuña por los sucesores
de los perros cristianos que, haciéndoles fuerza y violando
solemnes capitulaciones, bautizaron con una escoba, a guisa de
hisopo, a mis infortunados ascendientes y a otros muchos islamitas
15 de estos reinos.
«Yo soy capitán bajo el estandarte del que, desde la muerte
de Aben-Humeya,[91-2] titúlase legítimamente rey de los andaluces,
Muley-Abdalá-Mahamud-Aben-Aboó, el cual, si no está ya sentado
en el trono de Granada, es por la traición y cobardía con
20 que los moros valencianos han faltado a sus compromisos y
juramentos, dejando de alzarse al mismo tiempo que los moros
granadinos contra el tirano común; pero de Alah recibirán el
pago, y, si somos vencidos nosotros, vencidos serán también
ellos y expulsados a la postre de España, sin el mérito de haber
luchado hasta última hora en el campo del honor y en defensa
25 de la justicia; y, si somos vencedores, les cortaremos el pescuezo
y echaremos sus cabezas a los marranos.
«Yo soy, en fin, el dueño de esta _Torre_ y de toda la tierra
que hay a su alrededor, hasta llegar por Occidente al barranco
30 del Zorro y por Oriente al de los Espárragos, el cual debe tal
nombre a los muchos y muy exquisitos que cultivó allí mi abuelo
Sidi-Jussef-ben-Jussuf.
«La cosa no anda bien. Desde que el mal nacido D. Juan
de Austria[91-3] (confúndalo Alah) vino a combatir contra los (p92)
creyentes, prevemos que por ahora vamos a ser derrotados, sin
perjuicio de que,[92-1] andando los años[92-2] o las centurias, otro
Príncipe de la sangre del Profeta venga a recobrar el trono de
Granada, que ha pertenecido setecientos[92-3] años a los moros, y
05 volverá a pertenecerles[92-4] cuando Alah quiera, con el mismo
título con que lo poseyeron antes vándalos y godos, y antes los
romanos, y antes aquellos otros africanos que se llamaban los
cartagineses:[92-5] ¡con el título de la conquista! Pero conozco,
vuelvo a decir, que por la presente[92-6] la cosa anda mal, y que
10 muy pronto tendré que trasladarme a Marruecos con mis cuarenta y
tres hijos, suponiendo que[92-7] los austriacos no me cojan en la
primera batalla y me cuelguen de un alcornoque, como yo los colgaría
a todos ellos si pudiera.
«Pues bien: al salir de esta _Torre_ para emprender la última
15 y decisiva campaña dejo escondidos aquí, en sitio a que no
podrá llegar nadie sin topar primero con el presente manuscrito,
todo mi oro, toda mi plata, todas mis perlas; el tesoro de mi
familia; la hacienda de mis padres, mía y de mis herederos; el
caudal de que soy dueño y señor por ley divina y humana, como
20 es del ave la pluma que cría, o como son del niño los dientes que
echa con trabajo, o como son de cada mortal los malos humores
de cáncer o de lepra que hereda de sus padres.
«¡Detente, por tanto, oh tú, moro, cristiano o judío que, habiéndote
puesto a derribar esta mi casa, has llegado a descubrir
25 y leer los renglones que estoy escribiendo! ¡Detente, y respeta
el arca de tu prójimo![92-8] ¡No pongas la mano en su caudal!
¡No te apoderes de lo ajeno! Aquí no hay nada del
fisco, nada de dominio público, nada del Estado. El oro de
las minas podrá pertenecer a quien lo descubra, y una parte de
30 él al Rey del territorio. Pero el oro fundido y acuñado, el
dinero, la moneda, es de su dueño, y nada más que[92-9] de su dueño.
¡No me robes, pues, mal hombre! ¡No robes a mis descendientes,
que ya vendrán, el día que esté escrito,[92-10] a recoger su
herencia! Y si es que buenamente, por casualidad, encuentras (p93)
mi tesoro, te aconsejo que publiques edictos, llamando y notificando
el caso a los causa-habientes de Hassan-ben-Jussef; que
no es de hombres honestos[93-1] guardarse los hallazgos cuando estos
hallazgos tienen propietario conocido.
05 «Si así no lo hicieres, ¡maldito seas,[93-2] con la maldición de
Alah y con la mía! ¡Y pártate un rayo! ¡Y quiera Dios que cada
una de mis monedas se vuelva en tus manos un escorpión, y
cada perla un alacrán! ¡Y que mueran de lepra tus hijos, con
los dedos podridos y deshechos, para que no tengan ni tan siquiera
[93-3] 10 el placer de rascarse! ¡Y que tu hija la mayor se escape
de tu casa con un judío! ¡Y que a ti te metan un palo
por el cuerpo, y te saquen asi a la vergüenza, teniéndote en
alto hasta que, con el peso de tu cuerpo, el palo salga por
encima de la coronilla y quedes patiabierto en el suelo, como
15 indecente rana atravesada por un asador!
«Ya lo sabes, y sépanlo todos, y bendito sea Alah, que es
Alah.
«Torre de Zoraya, en Aldeire del Cenet, a 15 días del mes de
Saphar del año de la egira[93-4] 968.
20 «HASSAN-BEN-JUSSEF.»
IX
_Manos-gordas_ quedó profundamente preocupado con la nueva
lectura de este documento, no por las máximas morales y por
las espantosas maldiciones que contenía, pues el pícaro había
perdido la fe en Alah y en Mahoma de resultas de[93-5] su frecuente
25 trato con los cristianos y judíos de Tetuán y Ceuta, que,
naturalmente, se reían del Corán,[93-6] sino por creer que su cara,
su acento y algún otro signo musulmán de su persona le impedían
trasladarse a España, donde se vería expuesto a muerte segura
tan luego como cualquier cristiano o cristiana descubriese en él
30 a un enemigo de la Virgen María.
(p94)
Además, ¿qué apoyo (a juicio de _Manos-gordas_) podría hallar
en las leyes ni en las autoridades de España un extranjero,
un mahometano, un semi-salvaje, para adquirir la _Torre de Zoraya_,
para hacer excavaciones en ella, para entrar en posesión
05 del tesoro o para no perderlo inmediatamente con la vida?
--¡No hay remedio!--díjose por remate de largas reflexiones.--¡Tengo
que confiarme al _renegado_ ben-Munuza! Él es
español, y su compaña[94-1] me librará de todo peligro en aquella
tierra. Pero como no existe bajo la capa del cielo un hombre
10 de peor alma que el tal renegado, no me estará de más[94-2] tomar
algunas precauciones.
Y en virtud de esta cavilación sacó del bolsillo avíos de escribir,
redactó una carta, púsole el sobre, pególo con un poco de
pan mascado, y echóse a reír de una manera diabólica.
15 En seguida fijó los ojos en su mujer, que continuaba haciendo
la policía de todo un año a costa de la limpieza física y...
moral del malaventurado arroyuelo, y, llamándola por medio de
un silbido, dignóse hablarle de este modo:
--Cara de higo chumbo, siéntate a mi lado y óyeme....
20 Luego[94-3] acabarás de lavarte, que bien lo necesitas, y puede que
entonces te juzgue merecedora de algo mejor que la paliza diaria
con que te demuestro mi cariño. Por de pronto,[94-5]
sinvergüenzona,[94-6] déjate de monadas y entérate bien de lo que
voy a decirte.
25 La mora, que, lavada y peinada, resultaba más joven y artística,
aunque no menos fea que antes, se relamió como una gata,
clavó en _Manos-gordas_ los dos carbunclos que le servían de ojos,
y díjole, mostrando sus blanquísimos y anchos dientes, que nada
tenían de humanos:
30 --Habla, mi señor; que tu esclava sólo desea servirte.
_Manos-gordas_ continuó:
--Si desde este momento en adelante llega a ocurrirme alguna
desgracia, o desaparezco del mundo sin haberme despedido de
ti, o, habiéndome despedido, no tienes noticias mías en seis (p95)
semanas, procura volver a entrar en Ceuta y echa esta carta al
correo. ¿Te has enterado bien, cara de mona?
Zama rompió a llorar, y exclamó:
--¡Admet! ¿Piensas dejarme?
05 --¡No rebuznes, mujer!--contestó el moro.--¿Quién habla
ahora de eso? ¡Demasiado sabes que me gustas y que me
sirves! Pero de lo que[95-1] ahora se trata es de que te hayas
enterado bien de mi encargo....
--¡Trae!--dijo la mora, apoderándose de la carta, abriéndose
10 el justillo y colocándola entre él y su gordo y pardo seno,
al lado del corazón.--Si algo malo llega a sucederte, esta carta
caerá en el correo de Ceuta, aunque después caiga yo en la
sepultura.
Aben-Carime sonrió humanamente al oír aquellas palabras, y
15 dignóse mirar a su mujer como a una persona.
X
Mucho y muy regaladamente debió de dormir aquella noche
el matrimonio agareno[95-2] entre los matorrales del camino, pues
no serían menos de las nueve de la siguiente mañana cuando
llegó al pie de Cabo-Negro.
20 Hay allí un _aduar_ de pastores y labriegos árabes, llamado
«Medik», compuesto de algunas chozas, de un morabito o ermita
mahometana, y de un pozo de agua potable, con su brocal de
piedra y su acetre de cobre, como los que figuran en algunas
escenas bíblicas.
25 El _aduar_ se hallaba completamente solo en aquel momento.
Todos sus habitantes habían salido ya con el ganado o con los
aperos de labor a los vecinos montes y cañadas.
--Espérame aquí...--dijo _Manos-gordas_ a su mujer.--Yo
voy á buscar a ben-Munuza, que debe de hallarse al otro
30 lado de aquel cerro arando los pobres secanos que allí posee.
--¡Ben-Munuza!--exclamó Zama con terror.--¡El renegado
de quien me has dicho....
(p96)
--Descuida....--interrumpió _Manos-gordas_.-- ¡Hoy
puedo yo más que él! Dentro de un par de horas estaré de
vuelta, y verás cómo se viene[96-1] detrás de mí con la humildad de
un perro. Esta es su choza.... Aguárdanos en ella, y haznos
05 una buena ración de alcuzcuz[96-2] con el maíz y la manteca
que hallarás a mano. ¡Ya sabes que me gusta muy recocido![96-3]
¡Ah! Se me olvidaba.... Si ves que anochece y no he bajado,
sube tú; y si no me hallas en la otra ladera del cerro o
me hallas cadáver, vuélvete a Ceuta y echa la carta al correo....
10 Otra advertencia: suponiendo que sea mi cadáver lo que encuentres,
regístrame, a ver[96-4] si ben-Munuza me ha robado o no
este pergamino.... Si me lo ha robado, vuélvete de Ceuta a
Tetuán, y denuncia a las autoridades el asesinato y el robo.
¡No tengo más que decirte! Adiós.
15 La mora se quedó llorando a lágrima viva, y _Manos-gordas_
tomó la senda que llevaba a la cumbre del inmediato cerro.
XI
Pasada la cumbre, no tardó en descubrir en la cañada próxima
a un corpulento moro vestido de blanco, el cual araba
patriarcalmente la negruzca tierra con auxilio de una hermosa
20 yunta de bueyes. Parecía aquel hombre la estatua de la Paz
tallada en mármol. Y, sin embargo, era el triste y temido _renegado_
ben-Munuza, cuya historia os causará espanto cuando la
conozcáis.
Contentaos por lo pronto con saber que tendría cuarenta años,
25 y que era rudo, fuerte, ágil y de muy lúgubre fisonomía, bien
que sus ojos fuesen azules como el cielo y rubias sus barbas
como aquel sol de África que había dorado a fuego[96-5] la primitiva
blancura europea de su semblante.
--¡Buenos días, _Manos-gordas_!--gritó en castellano el antiguo
30 español, tan luego como divisó al marroquí.
Y su voz expresó la alegría melancólica propia del extranjero
que halla ocasión de hablar la lengua patria.
(p97)
--¡Buenos días, Juan Falgueira!--respondió sarcásticamente
ben-Carime.
El renegado tembló de pies a cabeza al oír semejante saludo,
y sacó del arado la reja de hierro como para defender su vida.
05 --¿Qué nombre acabas de pronunciar?--añadió luego,
avanzando hacia _Manos-gordas_.
Éste lo aguardaba riéndose, y le respondió en árabe, con un
valor de que nadie le hubiera creído capaz:
--He pronunciado... tu verdadero nombre: el nombre
10 que llevabas en España cuando eras cristiano, y que yo conozco
desde que estuve en Orán[97-1] hace tres años....
--¿En Orán?
--¡En Orán, sí, señor!... ¿Qué tiene eso de extraordinario?
De allí habías venido tú a Marruecos,[97-2] y allí fuí yo a comprar
15 gallinas. Allí pregunté tu historia, dando tus señas, y allí
me la contaron varios españoles. Supe,[97-3] por tanto, que eras
gallego, que te llamabas Juan Falgueira, y que te habías escapado
de la Cárcel Alta de Granada, donde estabas ya en
capilla para ir a la horca por resultas de[97-4] haber robado y dado
20 muerte, hace quince años, a unos señores a quienes servías en
clase de mulero.... ¿Dudarás ahora de que te conozco
perfectamente?
--Dime, alma mía...--respondió el renegado con voz
sorda y mirando a su alrededor--¿y has contado eso a algún
25 marroquí? ¿Lo sabe alguien más que tú en esta condenada
tierra? Porque es el caso que yo quiero vivir en paz, sin que
nadie ni nada me recuerde aquella mala hora, que harto he
purgado. Soy pobre; no tengo familia, ni patria, ni lengua, ni
el Dios que me crió. Vivo entre enemigos, sin más capital
30 que estos bueyes y que esos secanos, comprados a fuerza de[97-5]
diez años de sudores.... Por consiguiente, haces muy mal
en venir a decirme....
--¡Espera!--respondióle muy alarmado _Manos-gordas_--No
me eches esas miradas de lobo, que vengo a hacerte un (p98)
gran favor, y no a ofenderte por mero capricho. ¡A nadie he
contado tu desgraciada historia! ¿Para qué? ¡Todo secreto
puede ser un tesoro, y quien lo cuenta se queda sin él! Hay,
empero, ocasiones en que se hacen _cambios de secretos_ sumamente
05 útiles. Por ejemplo: yo te voy a contar un importante
secreto mío, que te servirá como de fianza del tuyo, y que nos
obligará a ser amigos toda la vida....
--Te oigo. Concluye....--respondió calmosamente el
renegado.
10 Aben-Carime leyóle entonces el pergamino árabe, que Juan
Falgueira oyó sin pestañear y como enojado; visto lo cual[98-1]
por el moro, y a fin de acabar de atraerse su confianza, le
reveló también que había robado aquel documento a un cristiano
de Ceuta....
15 El español se sonrió ligeramente al pensar en el mucho
miedo que debía de tenerle el mercader de huevos y de
gallinas cuando le contaba sin necesidad aquel robo, y, animado
el pobre _Manos-gordas_ con la sonrisa de ben-Munuza,
entró al fin en el fondo del asunto, hablando de la siguiente
20 manera:
--Supongo que te has hecho cargo[98-2] de la importancia de
este documento y de la razón por qué te lo he leído. Yo no
sé dónde está la _Torre de Zoraya_, ni _Aldeire_, ni el _Cenet_: yo
no sabría ir a España, ni caminar por ella; y, además, allí me
25 matarían por no ser cristiano, o, cuando menos,[98-3] me robarían
el tesoro antes o después de descubierto.[98-4] Por todas estas
razones necesito que me acompañe un español fiel y leal, de
cuya vida sea yo dueño y a quien pueda hacer ahorcar con
media palabra; un español, en fin, como tú, Juan Falgueira, que,
30 después de todo, nada adelantaste con robar ni matar, pues
trabajas aquí como un asno, cuando con los millones que voy a
proporcionarte podrás irte a América, a Francia, a la India, y
gozar, y triunfar, y subir tal vez hasta rey.[98-5] ¿Qué te parece
mi proyecto?[98-6]
(p99)
--Que está bien hilado, como obra de un moro....--respondió
ben-Munuza, de cuyas recias manos, cruzadas sobre
la rabadilla, pendía, balanceándose, la barra de hierro a la
manera de la cola de un tigre.
05 _Manos-gordas_ se sonrió ufanamente, creyendo aceptada su
proposición.
--Sin embargo....--añadió después el sombrío gallego.--Tú
no has caído en una cuenta[99-1]....
--¿En cuál?--preguntó cómicamente ben-Carime, alzando
10 mucho la cara y no mirando a parte alguna, como quien se
dispone a oír sandeces y majaderías.
--¡Tú no has caído en que yo sería tonto de capirote[99-2] si
me marchase contigo a España a ponerte en posesión de...
medio tesoro, contando con que tú me pondrías a mí en posesión
15 del otro medio! Lo digo porque no tendrías más que
pronunciar media palabra el día que llegásemos a Aldeire y te
creyeses libre de peligros, para zafarte de mi compañía y de
darme la mitad de las halladas riquezas.... ¡En verdad que
no eres tan listo como te figuras, sino un pobre hombre, digno
20 de lástima, que te has metido en un callejón sin salida al
descubrirme las señas de ese gran tesoro y decirme al mismo tiempo
que conoces mi historia, y que, si yo fuera contigo a España,
serías dueño absoluto de mi vida!... Pues ¿para qué te
necesito yo a ti? ¿Qué falta me hace tu ayuda para ir a apoderarme
25 del tesoro entero? ¿Ni[99-3] qué falta me haces en el
mundo? ¿Quién eres tú, desde el momento en que me has
leído ese pergamino, desde el momento en que puedo quitártelo?
--¿Qué dices?--gritó _Manos-gordas_, sintiendo de pronto
circular por todos sus huesos el frío de la muerte.
30 --No digo nada.... ¡Toma!--respondió Juan Falgueira,
asestando un terrible golpe con la barra de hierro sobre
la cabeza de ben-Carime, el cual rodó en tierra, echando sangre
por ojos, narices y boca, y sin poder articular palabra....
El desgraciado estaba muerto.
(p100)
XII
Tres o cuatro semanas después de la muerte de _Manos-gordas,_
el veintitantos[100-1] de Febrero de 1821, nevaba si había
que nevar[100-2] en la villa de Aldeire y en toda la elegantísima
sierra andaluza,[100-3] a que la propia nieve da vida y nombre.
05 Era domingo de Carnaval, y la campana de la iglesia llamaba
por cuarta vez a misa, con su voz delgada y pura como la de un
niño, a los ateridos cristianos de aquella feligresía demasiado
próxima al cielo, los cuales no se resignaban fácilmente, en día
tan crudo y desapacible, a dejar la cama o a separarse de los
10 tizones, alegando acaso, como pretexto, que «los días de
Carnestolendas no se debe rendir culto a Dios, sino al diablo.»
Algo semejante decía por lo menos el tío Juan Gómez a su
piadosa mujer, la seña[100-4] Torcuata, defendiéndose, en el rincón
del fuego, de los argumentos con que nuestra amiga le rogaba
15 que no bebiera más aguardiente ni comiese más roscos, sino
que la acompañase a misa, a fuer de buen cristiano, sin miedo
alguno a las críticas del maestro de escuela y demás electores
liberales; y muy enredada estaba la disputa cuando cata aquí[100-5]
que entró en la cocina el tío Jenaro, mayoral de los pastores
20 de su merced, y dijo, quitándose el sombrero y rascándose la
cabeza, todo de un solo golpe:[100-6]
--¡Buenos días nos dé Dios, señor Juan y señá Torcuata!
Ya se harán ustedes cargo[100-7] de que algo habrá sucedido por
allá arriba para que yo baje por aquí con tan mal tiempo, no
25 tocándome oír misa este domingo. ¿Cómo va de salud?
--¡Vaya! ¡vaya! ¡no espero más!--exclamó la mujer del
alcalde, cruzándose la mantilla[100-8] con violencia.--¡Estaría de
Dios[100-9] que hoy echases la misa en el puchero![100-10] ¡Ya
tienes ahí conversación y copas para todo el día, sobre si [100-11]
30 las cabras están preñadas o sobre si los borregos han echado
cuernos!
(p101)
¡Te condenarás, Juan; te condenarás si no haces pronto las
paces con la Iglesia dejando la maldita alcaldía!
Marchado que se hubo[101-1] la seña Torcuata, el Alcalde alargó
un rosco y una copa al mayoral, y le dijo:
05 --¡Simplezas de mujeres, tío Jenaro! Arrímese usted a la
lumbre y hable. ¿Qué ocurre por allá arriba?
--¡Pues nada! que ayer tarde el cabrero Francisco vió que
un hombre, vestido a la malagueña, con pantalón largo y chaquetilla
de lienzo, y liado en una manta de muestra,[101-2] se había
10 metido en el _corral nuevo_ por la parte que todavía no tiene
tapia, y rondaba la _Torre del Moro_, estudiándola y midiéndola
come si fuese un maestro de obras.[101-3] Preguntóle Francisco qué
significaba aquello, y el forastero le interrogó a su vez _quién era
el dueño de la Torre_; y como Francisco le dijese que _nada menos
15 que el Alcalde del pueblo_, repuso que él hablaría a la noche con
su merced y le explicaría sus planes. Llegó presto la noche,
y el hombre hizo como que se marchaba,[101-4] con lo que el cabrero
se encerró en su choza, que, como sabe usted, dista poco de
allí. Dos horas después de obscurecer enteramente notó el
20 mismo Francisco que en la Torre sonaban ruidos muy raros y
se veía luz, lo cual le llenó de tal miedo que ni tan siquiera
[101-5] se atrevió a ir a mi choza a avisarme; cosa que hizo en
cuanto fué de día,[101-6] refiriéndome el lance de ayer tarde, y
advirtiéndome que los tales ruidos[101-7] habían durado toda la
25 noche. Como yo soy viejo, y he servido al Rey, y me asusto de pocas
cosas, me plantifiqué en seguida en la _Torre del Moro_ acompañado
de Francisco, que iba temblando, y encontramos al forastero
liado en su manta y durmiendo en un cuartucho[101-8] del piso
bajo, que tiene todavía su bóveda de hormigón. Desperté al
30 sospechoso personaje, y le reconvine por haber pasado la noche
en la casa ajena sin la voluntad de su dueño; a lo que me
respondió que aquello no era casa, sino un montón de escombros,
donde bien podía haberse albergado un pobre caminante
en noche de nieves, y que estaba dispuesto a presentarse a (p102)
usted y a explicarle quién era y todas sus operaciones y
pensamientos. Le he hecho, pues, venir conmigo, y en la puerta del
corral aguarda, acompañado del cabrero, a que usted le dé
licencia para entrar....
05 --¡Que entre!--respondió el tío Hormiga, levantándose
muy alterado por habérsele ocurrido, desde las primeras palabras
del mayoral, que todo aquello tenía bastante que ver con
el célebre _tesoro_, a cuyo hallazgo por sus solos esfuerzos había
renunciado su merced hacía una semana, después de arrancar
10 antes inútilmente muchas y muy pesadas piedras de sillería.
XIII
Tenemos ya cara a cara y solos al tío Juan Gómez y al
forastero.
--¿Cómo se llama usted?--interrogó el primero al segundo
con todo el imperio de un Alcalde de monterilla[102-1] y sin
15 invitarle a que se sentara.
--Llámome Jaime Olot--respondió el hombre misterioso.
--¡Su habla de usted no me parece de esta tierra!...--¿Es
usted inglés?
--Soy catalán.[102-2]
20 --¡Hombre! ¡Catalán!... Me parece bien. Y...
¿qué le trae a usted por aquí? Sobre todo, ¿qué diablos de
medidas tomaba usted ayer en mi _Torre_?
--Le diré a usted. Yo soy minero de oficio, y he venido a
buscar trabajo a esta tierra, famosa por sus minas de cobre y
25 plata. Ayer tarde, al pasar por la _Torre del Moro_, vi que con
las piedras de ella extraídas estaban construyendo una tapia, y
que aun sería necesario derribar o arrancar otras muchas para
terminar el cercado.... Yo me pinto solo[102-3] en esto de demoler,
ya sea dando barrenos, ya por medio de mis propios
30 puños, pues tengo más fuerza que un buey, y ocurrióseme la
idea de tomar a mi cargo, por contrata, la total destrucción (p103)
de la _Torre_ y el arranque de sus cimientos, suponiendo que
llegase a entenderme con el propietario.
El tío Hormiga guiñó sus ojillos grises, y respondió con
mucha sorna:
05 --Pues, señor; no me conviene la contrata.
--Es que[103-l] haré todo ese trabajo por muy poco precio, casi
de balde....
--¡Ahora me conviene mucho menos!
El llamado Jaime Olot paró mientes[103-2] en la soflama del tío
10 Juan Gómez, y miróle _a fondo_ como para adivinar el sentido
de aquella rara contestación; pero, no logrando leer nada en
la fisonomía zorruna de su merced, parecióle oportuno añadir
con fingida naturalidad:
--Tampoco dejaría de agradarme[103-3] recomponer parte de
15 aquel antiguo edificio y vivir en él cultivando el terreno que
destina usted a corral de ganado. ¡Le compro a usted, pues,
la _Torre del Moro_ y el secano que la circunda!
--No me conviene vender--respondió el tío Hormiga.
--¡Es que le pagaré a usted el doble de lo que aquello
20 valga!--observó enfáticamente el que se decía catalán.
--¡Por esa razón me conviene menos!--repitió el andaluz
con tan insultante socarronería, que su interlocutor dió un paso
atrás, como quien conoce que pisa terreno falso.
Reflexionó, pues, un momento, pasado el cual alzó la cabeza
25 con entera resolución, echó los brazos a la espalda[103-4] y dijo,
riéndose cínicamente:
--¡Luego sabe usted que en aquel terreno hay un _tesoro_!
El tío Juan Gómez se agachó, sentado como estaba; y,
mirando al catalán de abajo arriba, exclamó donosísimamente:
30 --¡Lo que me choca es que lo sepa usted!
--¡Pues mucho más le chocaría si le dijese que soy yo el
único que lo sabe de cierto!
--¿Es decir que conoce usted el punto fijo en que se halla
sepultado el tesoro?
(p104)
--Conozco el punto fijo, y no tardaría veinticuatro horas en
desenterrar tanta riqueza como allí duerme a la sombra....
--Según eso, ¿tiene usted cierto documento?...
--Sí, señor; tengo un pergamino del tiempo de los moros,
05 de media vara en cuadro..., en que todo eso se explica....
--Dígame usted; ¿y ese pergamino?...
--No lo llevo sobre mi persona, ni hay para qué, supuesto
que me lo sé[104-l] de memoria al pie de la letra[104-2] en español
10 y en árabe.... ¡Oh! ¡no soy yo tan bobo que me entregue
nunca con armas y bagajes! Así es que antes de presentarme
en estas tierras escondí el pergamino... donde nadie más
que yo podrá dar con él.
--¡Pues entonces no hay más que hablar! Señor Jaime
15 Olot, entendámonos como dos buenos amigos...--exclamó
el Alcalde, echando al forastero una copa de aguardiente.
--¡Entendámonos!--repitió el forastero, sentándose sin
más permiso y bebiéndose la copa en toda regla.
--Dígame usted--continuó el tío Hormiga,--y dígamelo
20 sin mentir, para que yo me acostumbre a creer en su formalidad....
--Vaya usted preguntando, que yo me callaré cuando me
convenga ocultar alguna cosa.
--¿Viene usted de Madrid?
25 --No, señor. Hace veinticinco años que estuve en la corte
por primera y última vez.
--¿Viene usted de Tierra Santa?
--No, señor. No me da por ahí.[104-3]
--¿Conoce usted a un abogado de Ugíjar llamado D. Matías
30 de Quesada?
--No, señor; yo detesto a los abogados y a toda la gente
de pluma.
--Pues, entonces, ¿cómo ha llegado a poder de usted ese
pergamino?
(p105)
Jaime Olot guardó silencio.
--¡Eso me gusta! ¡veo que no quiere usted mentir!--exclamó
el Alcalde.--Pero también es cierto que D. Matías de
Quesada me engañó como a un chino,[105-1] robándome dos onzas
05 de oro, y vendiendo luego aquel documento a alguna persona
de Melilla[105-2] o de Ceuta.... ¡Por cierto que, aunque usted
no es moro, tiene facha de haber estado por allá!
--¡No se fatigue usted ni pierda el tiempo! Yo le sacaré
a usted de dudas. Ese abogado debió de enviar el manuscrito
10 a un español de Ceuta, al cual se lo robó hace tres semanas el
moro que me lo ha traspasado a mí....
--¡Toma! ¡ya caigo! Se lo enviaría a un sobrino que
tiene de músico[105-3] en aquella catedral..., a un tal Bonifacio
de Tudela....
15 --Puede ser.
--¡Pícaro D. Matías! ¡Estafar de ese modo a su compadre![105-4]
¡Pero véase cómo la casualidad ha vuelto a traer el
pergamino a mis manos!...
--Dirá usted a las mías...--observó el forastero.
20 --¡A las nuestras!--replicó el Alcalde, echando más
aguardiente.--¡Pues, señor! ¡somos millonarios! Partiremos
el tesoro mitad por mitad, dado que[105-5] ni usted puede excavar
en aquel terreno sin mi licencia, ni yo puedo hallar el
tesoro sin auxilio del pergamino que ha llegado a ser de
25 usted. Es decir, que la suerte nos ha hecho hermanos.
¡Desde hoy vivirá usted en mi casa! ¡Vaya otra copa!
Y, en seguidita que almorcemos,[105-6] daremos principio a las
excavaciones....
Por aquí iba la conferencia cuando la señá Torcuata volvió
30 de misa. Su marido le refirió todo lo que pasaba y le hizo la
presentación del señor Jaime Olot. La buena mujer oyó con
tanto miedo como alegría la noticia de que el _tesoro_ estaba a
punto de parecer; santiguóse repetidas veces al enterarse de la
traición y vileza de su compadre D. Matías de Quesada, y miró (p106)
con susto al forastero, cuya fisonomía le hizo presentir grandes
infortunios.
Sabedora, en fin, de que tenía que dar de almorzar a aquel
hombre, entró en la despensa a sacar de lo más precioso y
05 reservado que contenía, o sea lomo en adobo y longaniza
de la reciente matanza, no sin decirse mientras destapaba las
respectivas orzas:
--¡Tiempo es de que parezca el _tesoro_; pues, entre si
parece o no parece,[106-1] nos lleva de coste los treinta y dos
10 duros de la famosa jícara de chocolate, la antigua amistad del
compadre D. Matías, estas hermosas tajadas, que tan ricas habrían
estado con pimientos y tomates en el mes de Agosto, y el tener
de huésped a un forastero de tan mala cara. ¡Malditos sean
los tesoros, y las minas, y los diablos, y todo lo que está debajo
15 de tierra, menos el agua y los fieles difuntos!
XIV
Pensando estaba así la señá Torcuata, y ya se dirigía a las
hornillas con una sartén en cada mano, cuando se oyeron sonar
en la calle gritos y silbidos de viejas y chicuelos, y voces de
gente más formal que decía:
20 --¡Señor Alca
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