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Un paseo por Paris, retratos al natural

by Roque Barcia · Spanish · Gutenberg #15046 · 769,745 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Un paseo por Paris, retratos al natural
    
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Title: Un paseo por Paris, retratos al natural

Author: Roque Barcia


        
Release date: February 14, 2005 [eBook #15046]
                Most recently updated: December 14, 2020

Language: Spanish

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Credits: Produced by Chuck Greif and the PG Online Distributed Proofreading Team. This file was produced from images generously made available by the Bibliothèque nationale de France


*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK UN PASEO POR PARIS, RETRATOS AL NATURAL ***




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by the Bibliothèque nationale de France.






UN PASEO POR PARIS

RETRATOS AL NATURAL

POR

DON ROQUE BARCIA.

MADRID, 1863. IMPRENTA DE MANUEL GALIANO. Plaza de los Ministerios, 2.




ADVERTENCIA.


Después de las infinitas sandeces y extravagancias con que los del
vecino imperio acostumbran á pasar ratos tan frecuentes de buen humor á
costa de nuestro país, apenas se concibe que no haya habido algun
escritor español que dijera de ellos tantas verdades, cuantas son las
mentiras que ellos han dicho de nosotros.

Lo más que han hecho ciertos celosos escritores nacionales, ha sido
vindicarnos de aquellas ingeniosas imposturas, de aquellos novelescos
despropósitos, como quien repele una invasión extraña; pero ninguno (que
sepamos) ha hecho una expedición á sus tierras, con ánimo deliberado de
ver y de decir lo que por allí pasa, porque algo que merezca la pena de
verse y de decirse debe pasar.

Esto es lo que, con escasísimos recursos y muy endebles fuerzas, vamos á
hacer nosotros.

Ellos han venido á nuestra casa. Nosotros irémos á la suya, aunque hay
una diferencia capitalísima en el pensamiento y en la intencion con que
ellos han venido, y nosotros vamos.

Ellos han venido á oler y fisgar, para decir luego entre los suyos, no
lo que han visto, sino lo que han soñado, ó lo que han querido soñar
para escribir una novela y producir un efecto cómico, á expensas de la
honra de un pueblo noble y generoso, brusco quizá, inculto tal vez, pero
generoso y confiado; tan generoso y tan confiado, que recibe con palmas
y olivas á los que le insultan.

Nosotros irémos á oler y fisgar, para decir sencilla y buenamente lo que
hemos olido y fisgado. Si es malo para ellos, que tengan paciencia; si
es bueno, con su pan se lo coman, y nosotros procurarémos comer tambien
lo que podamos, porque lo bueno es pan que debe comer todo el mundo.

Ellos han venido á burlarse.

Nosotros irémos á estudiar.

Ellos han sido novelistas.

Nosotros serémos historiadores.

Ellos han dicho la pura mentira, si es que hay mentiras puras.

Nosotros dirémos la pura verdad; la verdad sin dimes ni diretes, á la
buena de Dios, _á la pata la llana_, como dice la gente por estas buenas
tierras de _Morería_.

_Las mil y una noches_ que ellos han contado de nosotros, repugnan de
tal modo á la evidencia de los hechos, que si no pusieran el nombre de
nuestro asaeteado país, los mismos españoles no conoceriamos que se
hablaba de España. Los mismos españoles creeriamos que se nos hacia la
descripcion de cómo viven algunas tribus de la Polinesia ó de las
Molucas.

Lo que nosotros dirémos de los franceses será un retrato tan al natural,
un retrato tan _candorosamente_ parecido, que no habrá persona, por poco
instruida que esté en materia de caractéres nacionales, que no eche de
ver por instinto que hablamos de Francia, aunque nosotros supusiéramos
que la escena pasaba en la Nigricia. Todo eso tendrémos á nuestro favor:
pagarémos deudas antiguas, dando verdades á trueque de embustes,
agradeciendo y recomendando lo que juzguemos que debamos recomendar y
agradecer.

Sufra, pues, el civilizadísimo Paris, el tan culto y refinado Paris, el
Paris tan sutil, tan impalpable y tan vaporoso; sufra, decimos, que un
_tosco africano_ se le entre por las puertas, sin decir tú ni mú, ni
saco de paja, y le desdoble ciertos pliegues, y le adivine ciertas
cuitas, y le ponga el dedo en ciertas llagas, y quite la tierra de
ciertas sepulturas, y descubra ciertos cadáveres.

Lo vamos á decir con vergüenza; pero lo vamos á decir. Tenemos miedo, lo
que se llama miedo, de vernos en Paris. Nos parece (y lo hemos anotado
en nuestra cartera de viaje como un suceso previsto y corriente) que
aquel coloso nos va á confundir con una mirada, si es que no se digna
aplastarnos con un pié; y que aún cuando tenga la indulgencia de no
aplastarnos ó de no confundirnos, no vamos á saber por dónde entrar, ni
por dónde salir en aquel laberinto formidable; de todo lo cual
resultará que tendrémos que volvernos á nuestra humilde casa con los
tiestos en la cabeza.

Presumimos que nos va á suceder lo que á los monos de poco tiempo: se
suben al árbol para coger cocos, y las más de las veces son aplastados
por la misma fruta que quieren coger.

Pero, en fin, lector mio, pecho al agua; vamos al maravilloso y
estupendo Paris, á ese Paris que tantas veces habrá sonado en tus
orejas, en tu pensamiento, en tu corazon, en tu fantasía ... sobre todo
en tu conciencia y en tu bolsillo. La ignorancia es muy atrevida, y lo
suplirá todo. ¡Buen ánimo, lector! ¡vamos á Paris!

Si vale juzgar por el plan que nos hemos formado anticipadamente, estos
estudios comprenderán las siguientes séries.

PARIS MORAL, PARIS CURIOSO, CONSIDERACIONES Y DESPEDIDA.

El PARIS CURIOSO comprenderá una reseña histórica de Paris, monumentos,
estadística y hechos notables, con una descripcion diaria de las
impresiones que allí recibamos, y que trascribirémos al papel con la más
escrupulosa fidelidad.

A falta de otro mérito superior, la presente obra será notable por la
expresion ingénua con que será escrita. Si hay algun aliño en lo que
escribamos, será el que buenamente salga á nuestro encuentro. Nosotros
no hemos de buscar otra cosa que procurar decir, en la forma más fácil,
lo que veamos, lo que sintamos y lo que pensemos.




INTRODUCCIÓN.


¡Paris, fábula del mundo, fábula de tí propio; palacio por fuera,
sepulcro por dentro, salve!

Hace un mes que estamos en Paris mi mujer y yo. En este mes de noviciado
y de aprendizaje, ¡cuántas cosas nos han sucedido! ¡cuántas sorpresas
hemos llevado! Mi compañera y yo no hemos podido sacudir todavía la
inevitable ofuscacion de las primeras impresiones, y estamos como
sordos, y nos miramos con cierta expresion alelada. ¡Qué ruido! ¡Qué
tropel! ¡Qué infierno! Madrid no es más que un barrio de esta confusa y
turbulenta Babilonia; no es más que un lienzo de este interminable
panorama de sombras chinescas.

Pero la narracion de las aventuras que nos han sucedido durante este
mes, (¡qué mes, Dios mio!) toca al PARIS CURIOSO, y no debemos alterar
el sistema que nos hemos propuesto seguir. Aquí sólo hablarémos del
PARIS MORAL, cuyo punto nos ha parecido conveniente tocar ante todo,
correspondiendo á lo que de nosotros exige una necesidad de nuestro
país. Francia tiende á absorbernos en todos sentidos, tambien en sentido
moral, y no nos conformamos de ningun modo con que nos absorba en
ciertas tendencias, ahora que sabemos y presenciamos lo que no sabiamos
ni presenciábamos antes.

Nos explicamos, con más ó menos dificultad, que nos ponga la ley con sus
figurines, con sus modas, con sus jabones, sus pomadas, sus esencias y
sus juguetes: nos explicamos sin violencia que nos ponga la ley con sus
graciosísimos diges, con sus elegantísimas bicocas, con sus poéticos
relumbrones, con sus cultísimas frivolidades: nos explicamos, gimiendo ó
no gimiendo, que nos domine con sus tejidos, con sus ácidos, con sus
instrumentos, con sus libros, con sus novelas, con sus dramas, hasta con
su idioma: todo eso podemos explicarlo; pero no nos podemos explicar que
deba ser nuestra dictadora en punto á costumbres. Contra semejante
conato se levanta airado nuestro corazon. No reconocemos ese dominio, no
admitimos esa tutela, no concedemos esa supremacía, por más que la
organizacion exterior de las cosas nos deslumbre; por más que la cara
postiza de que todos los hechos se revisten aquí, haga que confundamos
el inocente arrullo de la tórtola con el canto agorero de la corneja.
Aquí hay una cosa particular, indefinible, múltiple, casi infinita: una
cosa que está en todas partes, que todo lo llena, que todo lo anima, que
á todo de su forma y su rostro, como nuestro pié de su forma propia á
nuestra pisada. Hay una cosa que nosotros llamamos _el palaustre
francés_. Los franceses tienen un _palaustre_, con el cual adoban y
alisan tan admirablemente la exterioridad de las cosas, la parte que se
ve, lo que está por fuera, lo que produce en nuestros sentidos y en
nuestra fantasía el primer efecto dramático: preparan tan
_deliciosamente_ las cosas con unos cuantos golpes de su portentoso
palaustre, que aquí casi todo parece arte, cuando real y verdaderamente
casi todo es un simple artificio. Traigamos á Paris cualquier cosa, una
fruslería cualquiera, de España, de Italia, de Inglaterra, de Rusia, de
Turquía, del Mogol; démosla á un francés, dejemos que el francés la
lleve á su casa; que allí la componga, que la aliñe, que _la lave la
cara con su palaustre_, y es bien seguro que la fruslería extranjera
será en Paris una especie de mágia. Por dentro será fruslería, el
interior estará vacío, _el precioso busto no tendrá seso_, como dice la
fábula, pero lo de fuera será un encanto. ¡Qué hechizo tan particular,
qué inspiracion tan asombrosa, qué talento tan admirable hay aquí, para
hacer ver que _es algo lo que no es nada!_ Quizá no lo habrémos meditado
bastante; tal vez no conocemos lo necesario este inmenso laboratorio,
esta inmensa química; acaso serémos injustos y agresivos con esta
sociedad que nos asombra, como podria asombrarnos una fantástica
aparicion; suplicamos al pueblo francés que nos perdone; pero vamos á
manifestar una idea, que hemos concebido más de una vez, que hemos
concebido muchas veces, bajo la influencia de hechos análogos, lo cual
prueba al menos que nuestra idea no es el resultado de una excepcion.
Cuando el espectador rie siempre, ó siempre llora, algo hace el actor
para producir aquella risa ó aquel llanto. Hé aquí nuestra idea. Creemos
que el dominio que Paris ejerce, creemos que ese espíritu en alas del
cual visita todo el globo; ese reinado que tiene un trono en tantos
pueblos; esa culta y privilegiada tiranía con que está pesando sobre el
mundo de hoy; creemos que esa mañosa red que tiene extendida sobre toda
la tierra, no es tanto la obra de su ciencia, de su arte, de su
industria y de su comercio, como la de su prodigiosa habilidad en dar á
las cosas una segunda cara, una cara postiza, _la cara francesa_: es
decir, una mano que cubre la cara de carne con una máscara de carton.
Creemos que la supremacía que hoy alcanza, el universal señorío de que
con más ó menos razon está tan orgulloso, no lo debe tanto á las
creaciones de su genio, como al artificio de su palaustre. Otro crea,
otro hace, otro descubre, otro saca del caos del pensamiento la
sustancia impalpable de la idea, el gérmen divino. Esta idea arranca,
esta idea camina por el mundo, Paris la llama, la acaricia, la pule, la
compone, la ajusta, la viste: es decir, coge su mezcla maravillosa,
empuña su palaustre mágico ... ¡oh portento! ¡Ved como brilla ahora lo
que poco antes era oscuro! ¡Ved qué gracioso, qué bonito, qué jugueton
es, lo que poco antes era duro, severo, grave! Antes era una cosa; lo
que el arte ó la naturaleza queria que fuese; ahora es una _monería_; lo
que Paris ha querido que sea. Dios y el hombre tienen un taller. Paris
tiene otro; el taller de Paris. El escudo de armas de esta
importantísima ciudad, debia representar un monarca que empuña por
cetro un _palaustre_. Volvemos á pedir uno y mil perdones al pueblo
parisiense, imploramos humildemente su indulgencia, en justo pago de la
deslumbradora hospitalidad que nos ofrece; pero hemos dejado nuestra
pobre España para decirla, no lo que soñemos, sino lo que creamos, y eso
es lo que creemos al pié de la letra.

Pues volviendo á la cuestion moral, hemos descubierto que el _palaustre
francés_ anda tambien alisando la cara de las costumbres, y que más allá
de esa cara lisa y graciosa, abajo, en lo hondo de la fábrica, hay
ciertas escorias que el palaustre no puede quitar, porque el palaustre
no quita nada, lo compone todo. Y nosotros, rudos y aviesos españoles,
no queremos esas composturas francesas. Aunque la cara no esté tan
bonita, preferimos que el interior no esté tan podrido, y dando las
gracias encima, regalamos á nuestros vecinos la escoria que está dentro
y la cara graciosa que está fuera.

Excusamos advertir que no nos duele que seamos llevados por un espíritu
extranjero, sino que seamos llevados sin razon. Cuando la razon media,
cuando la religion universal de lo bueno y de lo justo nos hace
hermanos, no vemos extranjeros, sino hombres. La idea del hombre nos
hace grandes, generosos, magnánimos, inmensos, por decirlo así, y no
debemos pagar á aquella noble idea siendo egoistas. ¡No! No marcamos
fronteras á los hechos universales, como lo son todos los que se
refieren al bien humano. No ponemos límites á ese bien, como no damos
patria al ambiente, á la tierra, al calórico, á los celajes. Un
patriotismo exagerado, es al mismo tiempo una ridiculez, una
supersticion y una imbecilidad. Nos pondrémos de parte de España en este
caso, porque cuando un hecho particular quiere absorber á otro hecho
particular, no podemos menos de declararnos á favor de aquel que recibe
la agresion injusta, especialmente cuando este hecho corre unido al amor
y a la veneracion que nos merecen las cenizas de nuestros padres, Antes
que cuestion de país, es cuestion de verdad. Es cuestion de patria
tambien; seriamos hipócritas si lo negásemos; pero este respeto viene
despues, como un hombre está despues de la humanidad, como la narracion
de un solo hecho está despues de toda la historia.

Tal es el pensamiento con que vamos á tratar esta delicada materia, y
declarado así, quedamos tranquilos y con el valor suficiente para decir
cuanto nos dicten nuestras convicciones. Pero no faltará quien diga: ¿á
qué tantas ceremonias y escrúpulos con esos hombres aturdidos y
desleales, que hablan al mundo de nuestro país, como si hablasen de una
horda de la Nueva Zelanda?

No, señores: la infantil ligereza con que nuestros vecinos hablan de
nosotros; esa ligereza que es tan nativa en ellos, y que se les debe
perdonar por ser un achaque de raza, una verdadera enfermedad de
temperamento y dé carácter; ese chistoso _sans façon_ con que nuestros
vecinos dicen las mayores sandeces con la formalidad más pomposa y más
entusiasta; esa especialidad francesa que consiste en hablar de la
niñería más grande que se ocurre á hombre, con la mayor magnificencia y
esplendidez del mundo; _ese curiosísimo secreto_ de nuestros vecinos,
no nos autoriza para insultar á una nacion. Nosotros sentiriamos
remordimiento si entrásemos en el exámen de esta sociedad con una
intencion egoista. ¡No! Por respetos al pueblo francés, por decoro á
nuestro país, por nuestro propio honor, como escritores públicos, no
harémos lo que hacen los franceses, con lo cual probarémos, que si no
somos tan refinadamente cultos, somos al menos más clásicamente
cristianos. La naturaleza lleva en sí cierta cosa bravía de buena
índole, una virtud salvaje, pero candorosa y original, y esta ventaja
tenemos los bárbaros.

Esta série comprenderá los siguientes capítulos:

1.º Moralidad de los franceses con relacion á la ley.

2.º Con relacion á la opinion.

3.º Con relacion á las costumbres.

4.º Con relacion al trato civil.

5.º Con relacion á la industria y al comercio.

6.º Con relacion al arte.

7.º Con relacion á la familia.

8.º Con relacion á cosas que verá el curioso lector.





UN PASEO POR PARIS.




I.

=Moralidad de Paris con relacion á la ley=.


Llegamos á Paris á las tres de la tarde, y no faltaba mucho para
oscurecer, cuando entrábamos en un hotel, llamado de los Extranjeros, á
tiro de pistola de los magníficos bulevares. Comimos luego en un lujoso
y _aéreo Restaurant_, situado en la Plaza de la Bolsa, cuyo dueño se
llama como jamás olvidaré, _Champeaux_. Ignoro si este nombre puede
tener para los oídos franceses alguna poesía; pero sé muy bien que es un
nombre célebre, prosáica y dolorosamente célebre para mi afligido
bolsillo, como verá el lector en el PARIS CURIOSO.

A las diez salimos del famoso _Restaurant-Champeaux_, y por señas que mi
mujer y yo caminábamos sin decirnos oste ni moste. ¿Por qué tal
silencio? Preguntará tal vez algun curioso. ¡Ay, lector, lector de
nuestra alma! Ordinariamente no hablamos, despues que somos ...
sorprendidos. La escena del _Restaurant_ nos dejó mudos. De vuelta, por
fin, en nuestro hotel, quiso mi mujer acostarse y notó con harta
estrañeza que los dos balcones de nuestra habitacion no tenian maderas,
y que á una de las vidrieras faltaba el pestillo. Es decir, notó con
extrañeza que dormir allí era dormir en medio de la calle, á pública
subasta, como decimos por allá. Se trataba de un piso entresuelo muy
bajo, no habia puerta en los balcones que daban á la calle, uno de los
cierros de cristales carecia de pestillo.... ¿Cómo era posible que mi
mujer, la más medrosa de las mujeres, se resignara á pegar los ojos en
un cuarto, expuesto al antojo del primer transeunte?

Llamo al _garçon_, y le digo que se habian olvidado sin duda de poner
las maderas á los balcones, y que una de las vidrieras no cerraba. El
_garçon_ se sonrió compasivamente. Hace cuarenta años, me dijo, que este
hotel existe; tal como está hoy estuvo siempre, y todavía no se cuenta
que haya sucedido la menor tentativa de robo.

_¡Bah! no tenga usted miedo. (¡N'ayez pas peur, allez!_) Y diciendo esto
se marchaba.

--Oiga usted, le grité con resolucion: ¿es decir, que nos hemos de
quedar de este modo?

--El amo responde de lo que suceda.

--Perdone usted; el amo no puede responder de que me degüellen, y si
esto aconteciera, me importaria muy poco que su amo respondiese.

El garçon soltó una carcajada con el mayor aplomo, cual si creyera que
yo queria tener con él un rato de solaz, y desapareció como un cohete.

Referí á mi mujer lo sucedido, y mi mujer determinó pasar, la noche
cerca de los cristales, reservándose mudar de habitacion al dia
siguiente.

Yo calculé que la sinrazon no estaba en el amo del hotel, sino en
nosotros. Esto es una costumbre del país, costumbre que no tiene aquí
peligro alguno: ¿por qué prestar oídos al temor infundado de un
extranjero, en cuya nacion se vive de otro modo?

¿Por qué presumir que nosotros dos estimamos más nuestros bienes y
nuestras vidas, que los centenares de hombres que diariamente se
hospedan en este mismo hotel? ¿Por qué presumir que el amo habia de
exponerse á perder los muchos objetos de valor que decoran nuestra
vivienda? ¿Por qué presumir que un establecimiento tan importante, podia
aceptar el riesgo de desacreditarse en una hora, supuesto un robo ó un
asesinato?

Yo preferiria que estos balcones tuviesen maderas; preferiria que los
transeuntes no tuvieran la tentacion contínua de ver dos balcones á su
disposicion, dos balcones que pueden tocarse con la mano; pero visto que
esto es aquí un hecho normal, me parece tan extravagante y tan ridículo
querer otra cosa, como lo seria en Constantinopla el pretender que cada
casa no fuese un palacio encantado.

En fin, mi mujer se acostó, por obediencia, y no cerró los ojos hasta
que observó que estaba muy entrado el dia. Pero luego que nos habituamos
á la vida nueva, tanto el dinero como los relojes quedaban sobre la mesa
ó sobre el armario, casi á la vista del que pasara por la calle.
Excusado fuera decir que nadie vino á desposeernos ni á matarnos.

Hemos atravesado varias veces todo Paris: jamás hemos tenido noticia de
un robo á mano armada, de un asesinato, de un tumulto de ninguna
especie. Sólo hemos presenciado una riña entre dos hombres en la calle
de Buenavista _(Beauregard)_, disturbio que duró un momento y que no
tuvo consecuencias desagradables. Trato, pesos, medidas, comestibles,
todo se ajusta perfectamente á la ley.

Estudiado Paris en otras tendencias, apenas se concibe, ó se concibe
como concebimos un prodigio, la existencia de ese escrupuloso nivel
entre la conducta social del que obedece, y la voluntad del que manda.
Este nivel es evidente, y sólo la ignorancia, la preocupacion ó el odio
pueden desconocerlo.

Hemos estudiado con el mayor esmero esta faz de la civilizacion
parisiense, y debemos decir que muy rara vez hemos visto que una
manifestacion pública del individuo, esté en discordancia con el
precepto de la sociedad: es decir, con las leyes escritas.

No falta quien haya atribuido este resultado á la vigilancia de la
policía; pero esta manera de juzgar no es la que más revela un
conocimiento sazonado de las cosas.

La policía, como todo hecho represivo, podrá evitar casos particulares,
accidentes de localidad y de hora; no producir un caso general, unánime,
con rarísimas excepciones. Aquí es una disposicion general de los ánimos
y de las costumbres no herir la propiedad, en cuanto esta propiedad está
garantida por una proclamacion formal de la ley.

Para que esta disposicion de los ánimos y de las costumbres fuese
resultado de la vigilancia de la policía, fuera menester que cada
individuo tuviera un vigilante tan unido á él como el pié á su huella,
lo cual nos llevaria á suponer la existencia de tantos espías como
ciudadanos. Esto es absurdo.

Cuando un pueblo es tan inmoral que cada uno de sus hijos necesita un
espía para no ser asesino ó ladron, no hay fuerzas humanas que impidan
que el individuo de aquella sociedad sea ladron ó asesino. El espía no
puede hacer otra cosa que añadir á la suma un guarismo nuevo. El
ciudadano criminal tendria necesidad de un cómplice: este cómplice seria
su propio guardian, la policía, el espionaje. El espionaje, pues, sólo
serviria para dar autoridad á los crímenes, ó para sucumbir en la lucha.
Sí, la policía tendria que ser cómplice, ó robada y asesinada por el
ladron y por el asesino.

¿Quién lo duda? Cuando un cáncer se apodera de todo nuestro cuerpo
¿dónde encontrareis carne sana que oponer á la carne cancerosa? Si el
cáncer está en todas partes, si hay que cortarlo todo, ¿en qué punto
concebís la vida? ¿De qué manera concebís la vida en una carne que debe
cortarse?

Esto no puede ser, y no pudiendo ser en ningun país del mundo, no hay
razon para que sea en Paris. No, no es la policía. Policía hay en
Austria, y la criminalidad es incomparablemente mayor. La Inglaterra
mantiene hoy menos policía que el imperio francés, y la Inglaterra es un
país más morigerado que Francia. Menos policía tiene Bélgica, mucha
menos, y las costumbres de aquel país son bastante mejores que las del
pueblo que examino. En caso parecido se encuentran la Holanda, algunos
Estados alemanes, las Ciudades Libres y la Suiza.

Cerdeña tiene menos policía que Nápoles, y Nápoles es más criminal que
Cerdeña en una proporcion fabulosa.

No, la policía es un hecho puramente exterior, y de este orígen no
pueden provenir las altas razones morales, religiosas, políticas y
económicas, que marcan los grados de sociabilidad en todos los pueblos
de la tierra, sociabilidad que es el gran círculo donde todos los hechos
humanos se contienen, las costumbres tambien.

No; la represion hace lo que una argolla. La argolla no tiene la virtud
de convertir á los malvados. La argolla no es un poder humano, un poder
moral; mata, no educa.

Pues ¿de dónde procede la religiosidad del pueblo francés en atemperarse
al precepto público? Sobre esto dirémos despues unas cuantas palabras.
Ahora no hacemos más que exponer hechos, y el hecho es que aquella
religiosidad exterior se manifiesta de una manera incuestionable. Vamos
ahora á ver las cosas de otro modo.




II.


=Moralidad de Paris con relacion á la opinion=.

Esta moralidad es tan escrupulosa como la que se observa con respecto á
las leyes, aunque proviene de causas distintas.

¡Cuántas manifestaciones engañosas! ¡Cuánta observacion, cuánto deseo y
cuánta buena fe se necesitan para penetrar en el interior de este
laberinto, y ver los hechos como son en sí!

¿Nos dejamos un paraguas, un pañuelo, un bolsillo, en algun café,
tienda, quizá teatro? Pues volvamos y allí estará.

¡Moralidad asombrosa! se exclama.

Poco á poco, amigos mios. No niego que esto es preferible á vernos
asaltados por una partida de beduinos ó de turcomanos, pero nosotros nos
guardarémos muy bien de llamarlo virtud. Le llamarémos habilidad;
virtud, no. ¿Por qué no? Vamos á explicarnos; pero, lector mio, con tu
vénia, hablarémos en adelante en singular.

Yo tengo una tienda, un café, un teatro, una fonda. Sin el favor de la
opinion pública, esto es, sin crédito exterior, sin probidad aparente,
sin esa probidad que sale á la calle vestida de colorea muy vivos, como
los payasos, para que la gente se pare á verlos: sin la moralidad de la
opinion en un gran centro de competencia, claro es que me arruino.

¿Pues qué hago? Agenciar dia y noche aquel favor, aquella condicion
necesaria para que yo adelante y goce; mejor dicho, procurarme sin
descanso aquella mercancía indispensable para que sea un mercader feliz.

¿Vale más mi crédito que un paraguas, un pañuelo, un bolsillo, un
billete? Pues tome usted el billete, el bolsillo, el paraguas. ¿Vale más
mi mercancía que la de usted? Pues tome usted su mercancía.

Pero si el bolsillo contuviera bastantes monedas para asegurar de una
vez mi fortuna; si el billete fuera un talon contra el Banco de Lóndres,
y representara una cantidad que hiciera imposible la ruina; si la
mercancía de la tienda, del café ó de la fonda, valiese menos que la del
bolsillo ó el billete de usted, ¿cree usted que el hombre moral de Paris
dejaria de ajustar la cuenta por los dedos; cree usted que dejaria de
anotar en el libro de entrada la partida mayor?

No niego que habrá muchas y honrosas excepciones: no condeno la
intencion virtuosa de uno ó mil individuos. Hablo de la temperatura
general que, en mi juicio, tiene aquí la conciencia.

Esta verdad se descubre más fácilmente en los cocheros. La ley ofrece
una recompensa pecuniaria, y en otros casos una mencion honorífica, al
conductor de un carruaje público que presente en las oficinas de la
policía los objetos olvidados en su carruaje. Los objetos devueltos en
este año suman un valor de 43.000 duros.

Pero ¿qué sucede en realidad? ¿Que sentido tienen estos alardes de
pureza y de abnegacion ante la moral verdadera, ante la emocion íntima
del alma, esa emocion que siente el bien, y que tiene bastante con
sentirlo, como mi corazón ama la belleza, y tiene bastante con amarla?
¿Qué significan esos 43.000 duros devueltos á la policía de esta ciudad?

Significan lo siguiente; y cuidado que no hablo de memoria, sino por
experiencia.

Si el objeto olvidado no valia la pena de que la policía premiase al
_cochero honrado_, el cochero honrado hizo noche de aquel objeto.

Si el objeto valia mucho mas que la recompensa pecuniaria ó la mencion
honorífica, el objeto no pareció tampoco.

¿Pues qué objetos son los que parecen? Parecen aquellos que no valen
menos ni más que el premio ó la mencion; no parecen más mercancías que
las que convienen al negocio.

Al volver una tarde de Passy, tomamos un coche cerca de las barreras del
arco del Triunfo; era de dos asientos, y un amigo que nos acompañaba
tuvo la bondad de subirse al pescante, mientras que mi mujer y yo
ocupábamos el interior del carruaje.

No hacia diez horas que nos habiamos comprado un sobretodo de goma,
forrado de merino, y que podia usarse tanto para las lluvias como para
servir de sobretodo.

Llegamos al hotel de Buenavista; subimos; á poco notamos que el amigo se
habia dejado el sobretodo en el pescante; el cochero no pareció por
nuestro hotel, ni el sobretodo pareció tampoco por las oficinas de la
policía. Me consta, porque estuve á saberlo, contra la voluntad del
interesado, que se hubiera creído en pecado mortal si un sobretodo le
obligara á mover un pié ó á despegar un labio.

En fin, depuradas las cosas en el crisol de la verdad, la virtud de
Paris con respecto á la opinion pública, seria una hipocresía, un
fraude, un dolo, si no fuera un comercio hábil, una industria que
participa de cierto hechizo para explotar al hechizado; ¡_palaustre
tambien_!

La conciencia se escribe y se suma: el guarismo mayor es el más moral.
¿No hay guarismo? Pues no hay nada.

¿Y dónde no sucede lo mismo? se replica.

Yo contesto que no sucede lo mismo en la mayor parte del mundo; yo
contesto que esa disposicion del sentimiento y de los hábitos, es una
especialidad francesa, al menos una especialidad parisiense. Aquí, la
alucinacion de la fantasía se ejerce sobre todo, hasta sobre el tul de
unos manguitos, hasta sobre los pliegues que se dan á una tela
cualquiera: ¿cómo no ha de ejercerse sobre las deliberaciones y las
costumbres?

Lo que aquí se llama moralidad, se llama en otras partes astucia,
destreza, _comprar y vender entendiendo el oficio_.

Yo no condeno tanto el hecho, como su falsa manifestacion y su falso
alarde. Llámenlo negocio, empresa, mercado: llámenlo como quieran,
moral, no. Eso no es la moral; _la cara de carton no es la cara de
carne_. La moral no se escribe sino sobre el código eterno de una verdad
que no se suma, que no se palpa: una verdad lúcida, inocente, afectuosa
y bella como el recuerdo de una madre; alta, noble, expansiva y
universal como la idea de Dios.




III.

=Moralidad de Paris con relacion á las costumbres=.


En una de las tiendas contiguas al pasaje de la calle Montmartre, cerca
del Mercado Nuevo, han llevado á mi mujer diez sueldos por unas
trencillas que cuestan dos en la plaza de las Victorias, siendo estas
últimas tal vez de mejor calidad.

Notaron que era extranjera, y la llevaron cinco veces más de lo justo.

En el pasaje de los Panoramas compramos un frasco de vinagre de olor, un
pomo de aceite y algunas pastillas. Yo creí equivocadamente que el
frasco valia dos francos y medio, y pagué á razon de esta suma. Pero no
valia más que uno y medio; la señora que despachaba se apercibió sin
duda del exceso de un franco, (la mujer francesa se apercibe de todo) y
se contentó con añadir una pastilla, como si se tratara de un regalo con
que nos obsequiaba.

La pastilla valia seis sueldos, de modo, que fué moral regalando una
pastilla que me costaba dos veces más de lo que valia.

En la calle de Montmorency hay una casa particular donde se come
(_cuisine bourgeoise_); hemos asistido á la mesa redonda varios dias, y
constantemente nos han llevado mucho más que á los comensales franceses.

El garçon del hotel de los Extranjeros me pidió un franco diario por el
arreglo de la habitacion, al cabo de dos meses de nuestra estada allí.
Ni la señora me habló de ello jamás, ni el garçon me dijo una palabra,
sin embargo de que á él pagaba la habitacion cada quince dias, y de que
no me daba una carta, ni me traia recado alguno sin que le gratificase
en el acto.

¿Qué cosa más natural que advertirme de ello cuando entré en el hotel?
¿Qué cosa más justa y más sencilla que decirme: «paga usted siete
francos por la habitacion y uno por el servicio?» ¿Y si yo no hubiera
tenido más que los siete francos, único compromiso que contraje?

Y cuando gratificaba todos los dias al criado, ¿qué cosa más natural que
haberme dicho: «advierta usted que estas gratificaciones no le desquitan
de un franco diario que ha de darme por el arreglo de la habitacion?»

Pues nada; calló durante sesenta y siete dias, y hubiera callado más
tiempo á no haber notado que queriamos mudar de hotel. Entonces me lo
dijo con una sangre fria, con un aplomo, _con una conciencia de su buen
derecho_, que yo le escuchaba y no comprendia qué queria decirme.
¡Cuitado de mi! Me mudaba por ahorrarme 50 francos mensuales, y aquel
hombre me pedia 67. ¿Qué es esto?

Yo tengo el defecto de que doy demasiada importancia al no quejarme, al
sufrir en silencio; pero esta vez no quise callar. Se trataba de 67
francos que me hacian falta, se trataba además de que era extranjero, de
que era español; casi todas las cuestiones son para nosotros en Francia
cuestiones de decoro, y me di á bajar la escalera con el fin de hacer
saber á la señora lo que ocurria.

La señora no estaba, pero estaba el _señor_, el cual me recibió de una
manera amabilísima, porque creyó tal vez que iba á pagar; pero luego que
se hubo enterado del asunto, _de l'affaire_, como dicen aquí, frunció el
entrecejo, agrió la voz, y se ladeó un poco, cual si quisiera
significarme que mi reclamacion era cosa que él se echaba á la espalda.

Yo me hice francés en aquel momento y no dejé de mano _mi negocio_.

--Por siete francos me ajusté, le dije; los he pagado, nada debo.

--En mi hotel hay costumbre de pagar aparte el servicio de la
habitacion.

--Usted es muy dueño de establecer en su hotel todas las costumbres que
le parezcan convenientes, pero no de establecer costumbres con la
condicion de que yo las he de pagar, cuando las ignoro.

--Todos las pagan, caballero, y nadie murmura.

--Pues contra lo que hacen todos, digo á usted, que ni usted ni nadie
puede perjudicarme por una ignorancia de que no tengo culpa.

--Yo no tenia necesidad de advertir á usted acerca de nada ...

--Ni yo de pagar.

Diciendo esto, salí del gabinete de recepcion, donde nos encontrábamos,
y subí á mi Cuarto, dispuesto á dejar el hotel en el momento mismo.

Apenas habiamos empezado á poner en órden nuestro equipaje, cuando
llamaron á la puerta. Era la señora. ¡Triste de mí!

--Siento-mucho, me dijo, que usted se haya incomodado ...

--Perdone usted, señora: yo no me incomodo por mí: hacen que me
incomode.

--¿No pensaba usted dar nada al criado?

--Le he dado más de seis duros, durante nuestra estancia en este hotel.

--¿Pero no pensaba usted gratificarle cuando se marchara?

--Sí, señora; pensaba darle cinco ó diez francos; tal vez cincuenta,
acaso ciento, si hubiera creido que los merecia; pero no pensaba tener
obligacion de dar 67, cuando nada se me ha advertido, cuando nada sé,
cuando por el contrario tengo necesidad de saber lo que he de pagar,
porque mi bolsillo no es infinito....

--Pues bien; hágalo usted por mí, dé usted al criado la mitad de lo que
ha pedido.... ¿Qué menos ha de dar usted que medio franco por arreglar
la habitacion?

En fin, entró la parte mágica, y _la funcion_ me costó seis napoleones
cumplidos.

¿Con qué objeto exponerse á escalar puertas ó balcones, cuando hay el
arte necesario para hacerlo mágicamente?

En el bulevar de la Buena Nueva me compré una levita de verano por 35
francos. El amo del establecimiento quitó la enseña donde estaba escrito
el precio, y nos dió la levita perfectamente envuelta en un gran papel.
Yo le di dos piezas de 20 francos, y esperaba que me diera la vuelta;
pero el amo no pensaba en tal cosa.

Tuve que preguntarle cuál era el precio de la levita para arrancarle los
5 francos que sobraban. Tal vez aquel hombre obraba distraidamente; esto
podia suceder; no quiero hacerle reo sin tener entera conviccion; pero
los varios lances análogos que me han sucedido, me dan el derecho de
consignar aquí este escrúpulo, para que valga lo que la sensatez del
lector juzgue regular.

Muy pocas cosas puedo decir acerca de la prostitucion de esta ciudad
extraordinaria.

Los lectores saben que la prostitucion se considera aquí como una
industria, industria que tiene su matrícula, que está bajo la vigilancia
del gobierno, pagando en trueque una contribucion.

La policía da á las mujeres públicas dos _horas de reclamo_; desde las
nueve hasta las once de la noche. Es un espectáculo sumamente curioso,
aparte lo que tiene de aflictivo, el sentarse en un balcon de una de las
travesías que conducen á los grandes centros, y ver pasar y repasar á
estas mujeres, desempedrando las aceras. Andan de una manera prodigiosa.
Cualquiera diria que caminan sobre resortes ó por influencia magnética.
Son un torrente á que abren el dique, y anda en dos horas lo que estuvo
parado en las veinte y dos de cautiverio.

No se contentan con insinuarse por su manera especial de moverse, ni con
_cecear_ á los transeuntes, sino que los llaman, los detienen, los
exhortan, como un candidato catequiza á los electores. Esto no deja de
tener su ventaja, porque la mujer pierde el prestigio que la da el
recato, aunque sea un recato hipócrita, y la prostitucion ofrece así
menos peligros.

La mujer no es temible sino en cuanto nos hace sentir, y no nos hace
sentir sino en cuanto nos ofrece una belleza recatada; la prostituta
vulgar en Paris es feísima en este sentido. ¡Cuánto más temible es la de
Italia, especialmente la de Roma!

Una noche saliamos mi mujer y yo del pasaje de los Panoramas. Mi mujer
se habia quedado algo detrás, mientras que una ramera que estaba de
acecho en la calle de Montmorency se dirigió hácia mí como una
exhalacion, _volcánicamente_, y me dijo con la mayor dulzura:
_voulez-vous venir avec moi?_ ¿Quiere usted venirse conmigo?

Mi mujer asomaba en este instante. Yo contesté á mi invasora: _parlez
avec madame s'il vous plaît_. Hable usted con mi señora, si le parece
bien.

La prostituta echó hácia atrás con la velocidad de una carretilla.

Yo conté á mi mujer lo sucedido, y mi compañera se sonrió de la manera
como una mujer suele sonreirse en tales casos.

Hay una casa en Paris (no quiero ser cómplice de ella ni aún revelando
el nombre), en la que no se puede entrar sino prévia la entrega de 60
francos, ó sean doce napoleones, que ingresan en los fondos del
establecimiento.

Paris es la ciudad del coquetismo y de los efectos dramáticos. Pues
bien, estoy seguro de que no hay magnate ni extranjero en Paris que
tenga una casa montada con más lujo, con más alarde, con más profusion;
sobre todo, con un gusto más refinado, más incitante, más deslumbrador.

Estilo árabe, estilo persa, estilo griego; doraduras, bordados,
reflejos, prismas; todo está allí mezclado y confundido formando una
region de hadas ó de huríes.

Una prostituta es hija de un banquero que se arruinó, la otra es hija de
un alto empleado que ya no vive; otra de un coronel ó de un general que
vino á menos. Esta sabe el inglés; aquella el aleman; la otra el
español, el italiano ó el ruso.

Allí es de ver cómo una prostituta, estudiado el temperamento de su
víctima, le devuelve un billete de cien francos que de ella recibió, con
el objeto de ganar su ánimo y apoderarse de toda su cartera.

Allí es de ver la suma habilidad con que la elegantísima _mademoiselle_,
convence á un hombre, de que jamás ha experimentado la pasion que su
talento y su profunda simpatía la han hecho concebir.

Allí es de ver como la reina de aquel sarao frota dulcemente la mano de
un hombre, cual si quisiera persuadirle empleando por razon el calórico
de la electricidad: allí es de ver la ingenuidad maravillosa, la
admirable inocencia, con que exclama, dando á su acento la expresion
tardía y entrecortada del patético: _¡Que je suis malheureuse!_ ¡Qué
desgraciada soy!

Esto quiere significar: ¡qué desgraciada me ha hecho tu amor!

O bien esto otro, que está más en relacion con las intenciones de
aquellas _eminentes actrices_: ¿cómo podrás pagarme el mal que me has
hecho?

Hay prostitutas que salen de allí para ser personajes en el gran mundo.
Yo he visto una, á quien un ruso dió, durante muchos años, veinticinco
mil francos mensuales.

La prostitucion de la casa de que hablo, está elevada á ciencia, á bella
arte, á gran tono: ¿lo querrán creer mis lectores? Está elevada á una
especie de adivinacion, á una especie de agorería. Hablar allí de la
piedra filosofal, de la cuadratura del círculo ó del movimiento
contínuo, es una cosa casi natural.

La prostituta de aquella casa, adivina el corazon de sus clientes, como
conocía Gall los órganos cerebrales del hombre.

¡Cuántos misterios curiosísimos y dolorosos encierra aquel Eden de la
corrupcion! ¡En cuántos presupuestos de familias ricas de Paris, tiene
un guarismo aquel Eden infame!

Sí, muchos hombres casados del mismo Paris, están ajustados anualmente
con la dueña del establecimiento: esto es, tienen un palco allí, como lo
tienen en el teatro de la grande Opera, en los Italianos ó en el Circo.

Por último, yo no tengo noticia de una casa igual, y no extraño que el
jóven, profano á la vida de las grandes ciudades, pierda allí el sentido
y se dé en cuerpo y alma al diablo de aquella tentacion. Es el talento
que la víbora tiene en saber picar; pero indudablemente hay allí un
talento asombroso. Yo no hallo palabras que expresen la memoria que deja
aquel _encantamiento maldito_, sino diciendo que es una CIVILIZACION QUE
ESPANTA.

¿A quién podria ocurrirse (y termino con esta especie) que la dueña del
establecimiento en cuestion, es una gran señora? Pues nada más cierto.

He oído decir á muchas personas que la corrupcion de Paris, en el
sentido indicado, es un hecho muy natural, atendida la circunstancia de
que á este pueblo afluyen todas las naciones del mundo.

Algo concedo á esta consideracion; creo tambien que hay vicios orgánicos
en la existencia de los grandes centros, de los grandes focos, de las
grandes acumulaciones. Creo tambien que la centralizacion causa daños
hasta en el censo de poblacion; pero esta creencia no me explica todo lo
que aquí veo.

¿Qué virtud atribuirémos á una pastora que vive aislada en el fondo de
un bosque? ¿Ha de ser impura con la soledad, con los árboles, con las
flores, con el ambiente? ¿Ha de ser impura con las tórtolas ó con los
faisanes? Sin vicio no hay virtud; como sin Ocaso no hay Oriente, como
no hay martirio sin lucha.

¿Es Paris corrompido porque hay lucha? No; la lucha es necesaria; pero
es necesario que sea una lucha moral, una lucha virtuosa, una lucha como
no lo es en este gran centro. No está el mal en que una piedra ruede;
esto es natural, providente, moralísimo: el mal está en que ruede hácia
el abismo; en que ruede hácia donde no debe rodar; en que ruede para
precipitarse.

La corrupcion de Paris consiste en que es el pueblo más ingenioso de la
tierra, y en que emplea su ingenio, al menos durante el tiempo que
atravesamos, en falsear artísticamente las leyes morales.

No, no es vicioso porque se mueve, sino porque se mueve mal.

En todas partes sucede lo mismo, con la diferencia de que hay peor
sentimiento, porque hay más hipocresía. Esto dicen los hijos de Paris.

Yo contesto á los hijos de Paris que se engañan. No me maravilla que
busquen esta solucion á sus pecados; pero se engañan.

En ninguna parte del mundo tiene la prostituta la instruccion y la
fascinacion teatral que en Paris: en ninguna parte del mundo tiene la
fantasía tantas imágenes y tantas formas para embellecer la fealdad: en
ninguna parte del globo conocido se hace de la prostitucion una especie
de apoteosis ó de reinado.

No hay más hipocresía en los demás países: hay menos ingenio, aplicado á
dar encanto á los goces ilícitos, á dar esplendidez á la sensualidad que
se embriaga. Hay más ignorancia cuando se trata de llamar á la
imaginacion para que haga de una ramera un personaje, una heroina, casi
una gloria, _una celebridad_.

Hay menos talento en hacer de un vicio una aristocracia. Digo otra vez,
y lo diré mil veces, que profeso por máxima de vida social el respeto
al hombre, sea quien fuere, aunque sea un mendigo, aunque sea un reo,
aunque sea un ajusticiado, y que respetando al individuo, con mayor
razon respetaré á los pueblos, en quienes hallo individuos más
respetables, á fuera de mayores. No me propongo lastimar á Paris; sino
manifestar lo que entiendo justo.

En los demás países se sabe menos en materia de convertir el vicio en
una hechicería, y ¡bendito el mármol que no rueda, cuando el rodar sólo
ha de servir para llevarlo al precipicio! ¡Bendito el arrullo de la
tórtola, que no sabe atraernos con la mirada venenosa de la serpiente!




IV.

=Moralidad con relacion al trato civil=.


Voy á dar algunos detalles sobre dos caractéres singularísimos de la
sociedad francesa, caractéres reflejados en dos palabras; _pardon y
merci; perdon y gracias_.

Un parisiense viene corriendo por una acera y magulla el pié á un
transeunte, vuelve la cara sin detenerse y le dice con la expresion más
fervorosa: _pardon, monsieur_, (perdone usted, caballero).

Sigue de la misma manera, y se da de cara con una señora, ó la da un
codazo que la tulle el brazo ó el pecho: _pardon, madame_ (perdone
usted, señora) y sigue su camino con aire triunfante, como un hombre que
está convencido de que merced á una palabra de etiqueta, tiene el
derecho de ir aporreando á todo el prójimo.

Esto nos ha acontecido varias veces, y mi mujer, al oir _pardon,
monsieur ó madame_, me preguntaba: ¿qué dice?

--Nos pide perdon, respondia yo á mi mujer.--¿Qué diantre de tantos
perdones? Mejor seria que hiciera de modo que no tuviera precision de
ser perdonado, y se dejaran de alharacas que no me quitan la molestia
del empujon, del aplastamiento de narices, ó del magullamiento del
pecho. Realmente, si me magulla un pié, si me disloca un brazo ó si me
aplasta la nariz ¿me curará aquel cumplido estéril? No. ¿Qué significa
aquel perdon, elevado á virtud social?

¡Ay! significa un hecho, como pudiéramos decir una dolencia, el cual se
deja ver en todos los círculos de esta especialísima sociedad. Significa
que la imaginacion crea una fórmula exterior, graciosa, dramática, para
apoderarse impunemente del espacio y hacer su negocio.

Es cultura, se dice.

¡Cómo! Respondo yo, ¡cultura! ¿Concebís la cultura sin el amor al
hombre, sin el respeto al hombre siquiera? ¿Concebís la cultura sin
humanidad? ¿Concebís la cultura sin la mútua conciencia de nuestro sér,
sin la moral humana? ¡Cultura! Esta idea peregrina me ha herido de una
manera particular.

El hombre francés se cree en el caso de estrujar á toda alma viviente,
añadiendo el correctivo del _¡perdon!_ ¿Y qué? ¿Me importará á mí más
que me extraigan del bolsillo un franco ó ciento, que el recibir un
choque de un semejante mio que corre á sus negocios, y para quien valen
más sus negocios que mi pié, mi brazo, mi nariz, mi cabeza? ¡Y qué!
vuelvo á decir: porque aquel franco me lo extrajeran con habilidad, con
gracejo, con ademan afable y ceremonioso, ¿podria decirse que el ladron
era un hombre culto?

Nadie puede decir que no matará á un semejante suyo, á su padre, á su
hijo, por un descuido inevitable; pero el hacer una política, una
etiqueta, de la facultad de magullar al primer nacido, equivale á
usurparme una seguridad que la moral debe garantirme, y juzgadas las
cosas en su verdadera significacion, este hecho no es más disculpable
que la accion del que extrae de mi bolsillo uno ó cien francos con
sutileza y maestría.

Aquí una maestría; allí una ceremonia; en medio una víctima. Que sea
robado, que sea tullido, siempre es víctima.

¡Y qué! repito aún: ¿concebís aquí la cultura? ¿Consiste la cultura en
la manera de hacer mal irresponsablemente?

Si semejante abuso fuera cultura, ¡bien nos iba á lucir el pelo con
ella! Afortunadamente no lo es, como no es salud la muerte que se nos da
en un veneno, por más que se nos brinde con el veneno en copa de oro,
coronada de flores. No, no es cultura. Los que así profanan este nombre,
cometen un crímen que ignoran, y por este lado deben recibir el perdon.

Las flores que circuyen la copa homicida, la copa en que se da un
veneno, no son buenas sino para añadir la traicion á la crueldad, para
añadir un crímen á otro crímen.

Yo preferiria, lo digo con el corazon en la mano, que me magullaran en
silencio, á tener que sufrir aquel revés con la obligacion de callarme,
por respetos á una exterioridad que no evita ni cura; una exterioridad
que da el poder impune de hacerme daño. Y no solamente me hace daño,
sino que me impone el deber de contestar con una cortesía, so pena de
pasar por un hombre avieso y mal educado. _¡Pardon, monsieur! Pas de
quoi, pas du tout_. Usted perdone, caballero.--No hay de qué.

Esto de tener que decirle: _no hay de qué_, cuando uno tendria más gana
de darle un cachete, ó de soltarle una tremenda, será indudablemente muy
francés; pero no tiene pizca de español.

Confieso que no lo puedo remediar, por mas que procuro contenerme y
acomodarme á la necesidad de respetar lo que aquí se respeta. Detesto,
me estomaga el _perdon_ agresivo y atolondrado de los franceses, y mi
mujer lo aborrece aún más, porque mi mujer es más española que yo.
Gracias á que, como habla en español, no la entienden. Si supiera
francés, es casi seguro que nos veriamos en más de un compromiso. Tales
son las rudas claridades con que agasaja á los franceses y á las
francesas con especialidad.

Sin embargo, no debo hacerme el hombre de mundo. Cuando siento un
codazo, ó un aplastamiento de pecho ó de nariz, acompañado de un
afectuoso _pardon, monsieur_, la sangre se me sube á la cabeza, y en mi
cara de hiel y vinagre, deben conocer evidentemente que no soy hijo de
Paris.

En fin, el _elástico_ perdon que aquí se estila, es la receta universal,
la carta blanca, el salvo-conducto que tienen los franceses para hacer
cuanto se les antoja, cuanto se les pone en el magín, sin peligro ni
responsabilidad de ningun género, y hasta sin el inconveniente de faltar
á las reglas urbanas. Es el privilegio de cometer toda clase de
descortesías, sin que caiga sobre el que las comete el apodo de
descortés. Si no supiera que aquí se acata como una fórmula social, lo
tomaria á insulto.

Pero aún es más original y curioso el otro carácter de que hablé:
_¡merci! (¡gracias!)_

Entro á comprar un bollo que vale un sueldo.

Saludo á la persona que despacha, y oigo _merci_.

Echo mano al bolsillo, y oigo _merci_.

Dejo el sueldo sobre el mostrador, y oigo _merci_.

Me despido, y oigo _merci_.

Los lectores que no me conozcan, creerán que exagero. No diré que esto
suceda en todas las tiendas de Paris, pero refiero hechos que me han
sucedido, y acerca de los cuales tengo la evidencia de lo que sucede á
uno propio. Dios no me dé salud si miento.

En la calle de Montmartre, cerca de la calle Feydeau, hácia el bulevar
de los Italianos, hay una bollería. Pues bien, en esa bollería me han
dado cuatro _mercis_ por un bollo que valia un sueldo, ó sea tres
ochavos. ¡Cuatro gracias por tres ochavos! ¡Ni á ochavo por gracia!

Esto me aflige, me contrista, me ahoga; y como no puede menos de ser, me
quita el gusto del trato social. No me gusta una gente tan excesivamente
_graciosa_.

Voy á buscar un pan, un pan que necesito, un pan que vale un sueldo; yo
doy un sueldo del mismo modo que á mí me dan un pan; yo hago el favor
que recibo; propiamente hablando, no hago favor ni me lo hacen, porque
la mutualidad no es favor; porque no es favor el préstamo de la
existencia: ¿por qué esas _cuatro gracias_ que vienen á llenarme de
melancolía, porque vienen á darme cuenta de profundas llagas sociales,
en un pueblo que se llama tan civilizado? ¿Por qué esas _gracias_ que
convierten en un alarde ceremonial y mentiroso la fraternidad que nos
debemos, la verdad eterna del hombre, porque es la verdad de la causa
creadora, la verdad de Dios?

Pero á esto se dice: natural es que suceda tal cosa, en un pueblo donde
la competencia representa tantos intereses y tantos goces. El mercader
de una pobre aldea, no tiene precision de ser _amable_, puesto que en la
aldea no hay más mercancía que la suya; pero en Paris, la _amabilidad_
es el gran secreto de grandes empresas y de muchas familias.

Yo contesto que he estudiado lo que sucede sobre el teatro del suceso, y
no encuentro la explicacion en la competencia.

Centros notabilísimos son tambien Lóndres, Hamburgo, Francfort,
Constantinopla, San Petersburgo, y no sucede lo que en Paris.

Yo comprenderia que la competencia pudiese explicar aquel fenómeno de la
índole francesa, cuando cada uno usara del _merci_ de un modo especial,
cuando cada cual lo revistiera de una forma que le diera la expresion y
el interés de su particular ingenio: más claro, comprenderia lo que se
dice, cuando el uno pronunciara el _merci_ con una corneta, el otro con
un clarinete, el de más allá con bombo ó platillos; pero si todos dicen
el _merci_ con el mismo acento habitual, con el mismo grado de sonrisa
autómata: si el _merci es un mercado comun_, ¿en donde se concibe la
competencia?

--¿Cómo está usted?

--Regular: ¡gracias! ¿Y usted?

--Voy pasando: ¡gracias!

--¿Y su familia?

--No tiene novedad: ¡gracias!

Yo pregunto á los que opinan que la competencia explica este contínuo é
indigesto _merci_: ¿tambien la competencia explica esto en el trato
social íntimo, en el seno de la familia? ¿Tambien la familia y la
amistad son mostradores de mercader? Pues la familia y la amistad
reconocen tambien aquella fórmula.

Pero este fenómeno singularísimo es más trascendental de lo que parece á
primera vista.

¿Qué quiere decir el dar las gracias á un semejante nuestro porque
pregunta por nuestra salud? ¡Poder del cielo! Tambien este cuidado, este
saludo de la moral universal, esta hora solemne y sagrada del corazón
del hombre, tambien esto ha de estar sujeto al compás de un sonido vano,
de una ficcion?

Pues si el vernos objeto de un cuidado tan natural merece las gracias,
cuando adelantemos algo en esta línea de decepcion, ¿quién no concibe
que llegará tiempo en que darémos gracias por no ser saqueados ó muertos
á puñal?

¡No! Este hábito no es ni competencia, ni amabilidad, ni menos cultura.
O es un olvido de las ideas sociales y morales que todos los hombres nos
debemos, ó es el sacrificio de aquellas ideas venerandas, en aras de una
fantasía que crea aquí tambien una forma hipócrita, para hacer bello
aquel sacrificio con los ornatos de un arte servil y egoísta. ¡Tambien
entra aquí el _palaustre_!

Esto es querer dar verdad á la mentira, con el fin de hacer de la
mentira un _ente amable_.

Así lo he sentido mil veces, y el sentimiento es el gran criterio del
alma, el talento casi infalible del corazón.

Yo deploro de todas veras que los españoles corrompan la expresion
franca, majestuosa y solemne de sus saludos, aceptando el afeminado
_merci francés_.

--¿Cómo está usted?

--Bien ó mal. Gracias. ¿Y usted?

--Mal ó bien; gracias.

Aconsejo fervorosamente á la juventud, que deseche esa profanacion de la
sociedad y de la conciencia, y que se atenga á la palabra candorosa,
sencilla, franca, honrada y leal de nuestros padres.

No lo repudio á título de innovacion; yo admito todas las innovaciones
posibles, cuando vienen autorizadas por una razon que las justifique y
las recomiende, aunque los innovadores sean cafres. Repudio aquella
costumbre alambicada, aquel alarde rebuscado y necio, porque
desnaturaliza nuestro trato, despojándolo de su ingenuidad, de su
poesía, de su belleza. Sí; el refinado y tonto _merci_, quita á nuestros
saludos ese aire de jovialidad y de buena fe, ese aire rudo y
caballeresco, grave é hidalgo, que es quizá el carácter más notable, más
original y más bello de nuestra raza.

Jóvenes, creedme; no digais _merci_. Si sois hombres, ese _merci_ tan
blando, tan ficcioso, tan almibarado y melífluo, os convierte en damas,
y os hace feos, porque no hay una cosa más fea que un hombre amadamado,
y sobre todo, amadamado á la francesa. Si sois mujeres, perdeis una gran
parte de vuestro encanto y de vuestra hermosura, porque la principal
hermosura y el principal encanto de las hijas de España, consiste
especialmente en ser españolas. Tal vez vosotras no comprendais esto, y
sin embargo es la verdad. Quitad á vuestros rostros, á vuestros talles,
á vuestras miradas, á vuestras sonrisas, á vuestros saludos, á vuestra
palabra, la originalidad propia de vuestro país, y sereis estátuas
vestidas. Decid _merci_ y sois francesas; no sois lo que sois realmente,
porque vosotras sois españolas. Aquel _merci_ es un postizo, un
adefesio, una caricatura. ¿Por qué poneros caricaturas extranjeras,
cuando las caras nacionales son tan hermosas? ¿Por qué aderezaros con
flores mústias de otro clima, cuando nuestros soles crian en nuestros
campos tantos jazmines y alelíes? Bellísimas jóvenes españolas, no
digais _merci_: os lo suplico por el alma de vuestros difuntos.




V.

=Moralidad en industria y comercio=.


¡Consecuencia admirable del temperamento! La fantasía es en Francia, en
Paris sobre todo, un elemento tan general y tan absorbente, que no hay
un solo círculo que no invada; ni uno solo, esté donde quiera y como
quiera. Aquel elemento penetra en todas partes, hasta en la industria,
hasta en sus elaboraciones más apartadas de la idealidad y de lo bello;
hasta en el calzado. Examinemos este zapato de señora. La punta remeda
un pico de ave; el tacon se va adelgazando progresivamente en forma de
espiral. ¿Remata así el pié de las mujeres? El tacon es una cosa propia
para servir de base; una base conforme al zancajo? ¿Es un zapato eso que
vemos, una figura acomodada á nuestro pié? No; de ninguna manera. Es un
capricho, una imaginacion, un efecto dramático, un golpe teatral. Es un
zapato, como es vestido lo que se pone el arlequin: es otro golpe del
_universal palaustre_.

Niego redondamente que este zapato pueda durar arriba de dos ó tres
noches de tertulia ó de baile, y niego tambien que haya mujeres que
consigan equilibrarse sobre ese _balancin_, sin ensayarse para este
ejercicio, como se ensayan los alcides para equilibrarse sobre la
maroma. Pero tal vez no tengo razon. El genio francés, esa estética
fabulosa que inspiró al artífice del zapato, la forma casi aérea que
tiene, habrá inspirado del mismo modo á las mujeres la habilidad de
usarlos sin riesgo. Es una especialidad de este temperamento, _un género
de este país_.

Al ver el calzado parisiense en estos hermosos escaparates, no he podido
menos de decirme repetidamente: si una mujer tuviera el pié como es el
zapato que aquí miro, ¿qué nombre daríamos á aquel pié? seguramente lo
llamariamos fenómeno, aborto, extravagancia.

Hé aquí la industria francesa: á fuerza de ser delicada, sutil,
vaporosa, es una industria fenomenal. La diosa Vénus salió de Chipre,
viajó por el mundo, y se hizo idolatrar aquí en la elaboracion de la
materia. Tratar de hacer algo en Paris, es tratar de hacer una Vénus, un
ídolo, una melodía. Alguna vez esta melodía deja escozores en el oído;
acaso esto sucede más de alguna vez; pero la melodía brotó, se operó el
prodigio; ¿qué significa lo demás? ¡_Siempre el palaustre_!

Excusado fuera entrar ahora en consideraciones sérias para demostrar la
significacion que esto tiene en el órden de las ideas morales.

En el calzado que hemos visto, está sacrificada la realidad á la
ilusion, lo mas á lo menos; es decir, está sacrificada la verdad á la
mentira, la naturaleza al artificio, el pié al zapato, las mujeres al
pié. Repito que es una idolatría como otra cualquiera, y no necesito
decir si la idolatría es ó no inmoral.

Hablar de la industria equivale á hablar del comercio. Un día pasábamos
por la calle de Richelieu y vimos un magnífico chal bordado de oro. Yo
tenia gana de saber su precio, así como de ver el arreglo interior del
almacen, y propuso á mi mujer que entráramos. Nos resolvimos por fin, y
al penetrar en un portal, que más bien anunciaba la casa de un noble que
el almacen de un comerciante, vimos dos lacayos vestidos de librea.
Naturalmente, creimos que aquellos dos lacayos esperaban á sus señores,
á quienes suponiamos ocupados en hacer compras. Creiamos mal. Los dos
centinelas heráldicos que allí encontramos, eran dos lacayos de la casa;
la librea al servicio de la mercancía; el blason feudal dando crédito á
la materia francesa. El ridículo es tambien crédito, cuando el crédito
nace de una ridiculez.

Los dos lacayos nos hicieron una marcada cortesía, procurando no
deslucir la gravedad y el tono erguido de sus cuellos, decorados por las
indispensables corbatas blancas. Nosotros contestamos al saludo como si
quisiéramos decirles: ¿qué teneis que ver con nosotros? O como decimos
en castellano: ¿quién os ha dado velas para este entierro?

Pero los dos vigías, venciendo valerosamente nuestro desden, se
aproximaron á nosotros y nos suplicaron que les dijésemos el fin que nos
llevaba. Yo tuve un momento dé vacilacion, casi de resistencia; iba ya á
decirles que nada tenia que arreglar con sus señores, cuando principié á
comprender.

--¿No es esta la entrada del almacen en donde está expuesto un chal
bordado de oro?

--Sí señor.

--Pues deseamos ver ese chal y saber su precio.

Uno de los lacayos tiró inmediatamente de una campanilla, y nos rogó
que pasáramos á otro piso. Subimos dos rellanos de una escalera
elegantemente alfombrada, y ya vimos en el piso principal á un caballero
que nos esperaba. Este caballero nos volvió á preguntar qué queriamos, y
oído que hubo nuestra respuesta, tira del cordon de otra campanilla,
enviándonos al piso segundo. ¿En que acabará esto?

Mi mujer y yo nos creiamos en el teatro de la Opera cómica.

Llegamos al piso segundo, en cuyo rellano nos aguardaba un tercero en
discordia, y cerca del umbral de la puerta una señora de mediana edad,
vestida con sencillez y gusto.

Nos explicamos en pocas palabras, entramos en un elegantísimo salon, y
antes de tres segundos, teniamos delante un chal como el que habiamos
visto en el escaparate.

El caballero y la señora nos observaban como si quisieran, entrar en el
secreto de nuestra voluntad, de nuestras ideas, más que todo en el
secreto de nuestros bolsillos, y yo me reputé obligado á valerme de una
mentira. ¿Cómo no mentir en un país, cuya astuta mirada taladra hasta
los huesos, como ciertos ácidos corrosivos?

Nosotros habiamos salido de casa para almorzar: íbamos, pues, en traje
de almuerzo, y nuestro aliño no podia sostener con honra la aspiracion
de comprar chales de cinco mil y pico de francos; ó sea una cantidad
casi superior á la que nosotros teniamos en Paris.

Tuve que decirles que un noble de la Habana me habia dado el encargo de
comprar algunos artículos de lujo, con el objeto de disponer el regalo
de boda para una de sus hijas. Mi mujer llevaba el sombrero de camino,
eramos extranjeros, yo tenia cierto color árabe ó americano, el color de
los hijos de un clima meridional; despues de cuatro ó cinco dias de
viaje en estío: en fin, notaron que cubria mi cabeza un sombrero de
jipijapa, la _etimología_ de este sombrero era evidente, y la ilusion
fué tan completa como era evidente el orígen de mi sombrero. Nos
creyeron de lleno americanos, y de la Habana por añadidura.

Favor del cielo! No bien oyó aquella señora que traia encargos de un
noble de la Habana, y que se trataba de un regalo de boda, cuando empezó
á desdoblar blondas y encajes, empedrando nuestras orejas de miles de
francos. Ahora cogia una riquísima manteleta, se la ponia sobre los
hombros y daba una vuelta majestuosa por todo el gracioso salon; despues
echaba mano á un velo y volvia á pasear, dando á su cabeza y á su talle
todo el aire posible para producir el efecto artístico; luego tocó el
turno al chal dorado, y dejaba caer la espalda hacia atrás, con el fin
sin duda de que la punta del pañuelo lamiera la alfombra, y formara así
alguna honda de buen gusto y algun reflejo deslumbrador. En esto acude
el caballero que se habia ausentado, y empieza á desdoblar ante nuestros
ojos una preciosa coleccion de pañuelos de India y de Persia, adobándola
con la salsa de los tantos y cuantos millares de francos.

Antes nos creiamos en el teatro de la Opera cómica; ahora creiamos
asistir á un juego de manos ó cosa semejante. Nosotros deslizábamos de
cuando en cuando una mirada hacia la puerta, como si quisiéramos decir:
¿Cuándo nos verémos en la calle? Estábamos sudando como pollos.

La situacion se hizo ya tan embarazosa, que ni mi mujer ni yo sabiamos
qué hacer. Al cabo, tuve que pretextar una ocupacion apremiante,
balbuceando alguna frase de admiracion y de complacencia; pero no nos
dejaron ir sin recabarnos la promesa de que volveriamos despacio para
tener una noticia más cabal del surtido del establecimiento, y poder
hacer con más acierto los encargos del noble de la Habana.

Nosotros nos rendimos, capitulamos á su sabor, tomamos dos tarjetas con
orlas y dorados, y nos dimos en cuerpo y alma á bajar la escalera.

¿Cuándo estaremos en la calle? me decia mi mujer. ¡Jesus qué calor!
Estoy sofocada. Yo no hacia más que oir; estaba ocupado enteramente en
bajar, en el ánsia de salir á la calle y de tomar el fresco.

Llegamos al portal, los lacayos nos cobijaron con una mirada maestra; no
vieron bulto ni cosa alguna que lo valiese; se convencieron de que nada
habiamos comprado, de que habiamos sido inútiles _á sus señores_, de que
la librea habia sido nula, y creyeron prudente ó estratégico retirar el
saludo.

¡Gracias á Dios! Ya estamos en la calle de Richelieu. Comparada la calle
al salon de donde salimos, podemos decir que estamos en el reino de la
verdad. ¡Oh delicia!

¡Qué objeto tan curioso es estudiar á un pueblo en estas minuciosidades
que tanto significan, aunque no sea sino porque jamás engañan! Retratar
con este pincel, es retratar al natural, y por eso he dado este título á
mis pobres apuntes.

¿Pero por qué sucede que despues de un lance semejante, nos invade
primero la risa y despues la tristeza? Esto sucede, porque la verdad no
deja nada impune, porque no existe una evidencia más infalible que la
ley moral. Esta ley nos castiga, castiga al hombre, castiga su pecado, y
¿quién no baja la cabeza ante el castigo? ¿Quién no dobla la espalda
bajo el peso de los azotes?

El comercio de Paris, lo digo otra vez, es lo que la industria:
fantasmagoría, aparato, _altas novedades_; es el zapato aéreo en otro
sentido; _palaustre tambien_.

Encargo al extranjero que nunca se llegue á comprar un objeto que lleve
este rótulo: FANTAISIE (fantasía), sino tiene marcado el valor. Cuando
esto no sucede, el comerciante parisiense se creerá _autorizado_ para
exigir el doble ó triple de lo que vale, porque la FANTASÍA, nombre que
aquí quiere decir _ingenio, invencion, maravilla, prodigio_, no está
sujeta á tarifa alguna. Se trata de vender una creacion ingeniosa, y el
ingenio no tiene límites: lo que no tiene límites no tiene precio, y de
aquí la infinita elasticidad del cálculo francés. ¡Pobre del extranjero
que olvide este encargo ó que tome á empresa el echarla de generoso!

Voy á terminar este ligerísimo bosquejo, haciendo notar una rareza que
me ha herido de una manera singularísima.

Todos saben que Francia es un pueblo dotado de ciertos instintos de
igualdad política, igualdad que tiene tantos monumentos en su historia,
que tanto trabaja su espíritu, que no deja de tener alguna forma
práctica en la constitucion social y en las costumbres; hasta en el
establecimiento del imperio. No obstante, la industria y el comercio de
este país son enteramente aristocráticos.

Por el contrario, todos saben que la desigualdad gerárquica, la casta
social, es en Inglaterra un principio tan indiscutible y sagrado como un
capítulo de dogma. Sin embargo, la industria y el comercio de Inglaterra
son enteramente democráticos.

Paris, el demócrata, viste á los ricos de casi toda Europa, y de una
gran parte de América.

Lóndres, el magnate, viste á los pobres de casi todo el globo.

El pobre busca al rico: este es Paris.

El rico busca al pobre: este es Lóndres.

No hay contradiccion. Hay habilidad. Tratándose del otro lado del
estrecho, hay más: _habilidad y lógica_; esto es, _habilidad inglesa_,
un miasma atmosférico que no tiene igual en el espacio, desde el cielo á
la tierra, desde la tierra hasta el abismo. Estoy deseando ir á Lóndres,
para poder establecer una comparacion concienzuda entre estos dos
grandes centros, que son sin disputa los dos pueblos más influyentes de
nuestro siglo, y los dos primeros rivales de la tierra.




VI.

=Moralidad de Paris con relacion al arte=.


Ante todo, tengo que poner en su lugar una opinion que juzgo importante.

En el arte moderno francés hallo cierto arranque social, que ha abierto
una grande era á la literatura, y que con el tiempo empujará al arte
hácia su expresion más trascendental, al menos más en armonía con el
espíritu de nuestra época. Este es un hecho capitalísimo; es un gérmen
que puede modificar maravillosamente el porvenir, y fuera injusto negar
sus esperanzas al trabajo del hombre francés. Pero como en este
capítulo no juzgo el elemento social del arte, sino que lo considero
únicamente en su relacion con las ideas morales, me parece que basta
esta salvedad.

El exámen de todas las obras artísticas de este pueblo, necesitaria la
vida laboriosa de más de un escritor, y el espacio de muchos volúmenes.
Dejo, pues, aparte el fardo inmenso de demasías, de licencias, de
crímenes, hasta de obscenidades, de que el teatro y la novela se han
hecho órgano en este país tantas veces, con un talento tan singular, y
me concretaré á un pasaje de un libro que han leido todos, que todos
conocen, de que la Francia está inundada, de que están inundadas la
Europa y la América. Hablo del _Montecristo_: hablo de ese libro
terrible, que hace de este mundo un sopor, una cueva encantada, un
brevaje oriental, una _bellísima diablura_. Ciertas gentes se han
empeñado en hacer ver que la diablura puede ser bella, que las brujas
pueden ser artistas. Hablo de esa nueva caballería andante, más ridícula
y más absurda que la del mismo Amadís de Gaula; esa caballería en que no
hay de real y positivo sino el trastorno y el escarnio de las virtudes
más sagradas del hombre.

Estamos en la escena en que un hijo aconseja á su padre con la mayor
formalidad.... (Imposible parece que Dios nos haya dado formalidad para
tales cosas. En este sentido, nuestra razon tiene misterios que
horrorizan, como tiene el abismo cavidades que nos espantan.)

Decia que un hijo aconseja á su padre que _se debe matar_. ¿Por qué?
Porque es comerciante, ha experimentado un revés en sus intereses, está
tocando la necesidad de una bancarota, y este descalabro le infamará á
él y á sus hijos. Pero ¿no hay remedio? Sí; el hijo se lo ofrece, se lo
propone, se lo aconseja, se lo exige. El remedio ... ES MATARSE.
Matándose, se habilita el banquero, el hombre muere honrado, y el padre
lega esta honradez á su familia. ¿No es bastante? ¿Debe el pobre viejo
dudar? ¿No dice bien el hijo? ¿No tiene razon Alejandro Dumas?

Hijo desdichado, hijo á quien el cielo no dió conciencia, sino para
hacerte probar el placer tremendo de desgarrarla, como no dió organismo
á la lombriz sino para hacerla probar el placer asqueroso de revolcarse
dentro del cieno; hijo desdichado, ven acá y oye á un hombre que no
tiene el genio de Alejandro Dumas, pero que tiene más corazon, que tiene
más genio; porque no hay genio fuera del sentimiento de la verdad y de
la virtud, porque no hay belleza fuera del sentimiento que busca el
bien. No, no hay genio en la lombriz. Alejandro Dumas nos llama
africanos á los españoles; enhorabuena. Preferimos ser tan bárbaros á
ser tan _cultos_. No queremos ser tan civilizados como él, ni como tú,
hijo infame y bastardo.

Hijo desdichado, ven acá y oye. Tu padre te ha dado la vida: ¿eres tú
quien ahora le aconseja que levante el brazo contra la suya?

De su amor recibiste tu primer amor: ¿eres tú quien ahora pones en su
mano un puñal?

Si tu padre cae en la bancarota, tú vas á vivir infamado: ¿eres tú quien
quiere que se mate para evitar tu infamia? ¿Eres tú quien crees que tu
egoismo vale más que la vida del que te ha consagrado su existencia?

¡Pero oye aún! Si tú crees que la desgracia de tu padre te va á dejar
sin honra, si lo crees así, si de ello estás convencido, ¿por qué no
eres tú el suicida? Responde, hijo cobarde, ¿por qué no eres tú quien
coge el puñal? ¿Por qué tu padre ha de ser víctima de una opinion tuya,
de un juicio tuyo? ¿Por qué ha de ser el caballero andante de tus ideas
romancescas?

¡Pero oye todavía! ¿Quién te ha dicho que un banquero se infama, porque
un infortunio que él no puede evitar le hace caer en la ruina? ¿Quién te
ha dicho que no hay honradez en el infortunio? ¿Quién te lleva á ver una
prostitucion en la desgracia? ¿Quién te ha dicho que Dios no se venga de
hombres como tú, dando al dolor una esperanza, un deseo, un suspiro
ferviente, una corona, una santidad? ¿Quién te ha dicho, responde, que
la Providencia no ha dado poesía al lamento amoroso y casto de la
tórtola?

Tu padre se arruina. ¡Y qué! ¿No hizo esa fortuna en otro tiempo? ¿Tenia
quizá alguna escritura en que la eternidad le prometia amparar sus
buques ó sus billetes?

Hoy pierde lo que ganó ayer. ¿Quién te ha dicho que la pérdida, como la
ganancia, es otra cosa que un accidente en la vida de un comerciante? Y
por un accidente de la vida, ¿buscas un puñal contra la vida? ¿Quieres
sacrificar el cielo á un celaje? ¿Quieres sacrificar el mar á una ola?
¡Ay! Á la gota de sangre que cae de un dedo, ¿quieres sacrificar el
corazon? Á la lágrima que cae de los ojos, á este soplo del aroma húmedo
de nuestra alma, ¿quieres sacrificar el alma toda?

Hijo desdichado, si tu destino es quemar tu conciencia y tu corazon,
quémalos, en silencio, ocúltate como se oculta el mago ó el hechicero
para dar cabo á sus maniobras; escóndete; pero no te valgas de la luz
para quemar la conciencia del mundo, vertiendo esas chispas en un libro.

Despues de esto ¿qué extraño tiene lo que se ve en el drama _Antony_,
del mismo Dumas? ¿Qué extraño tiene que Antony penetre en la alcoba con
una señora casada, en el momento de caer el telon, mientras que los ojos
del público, atravesando aquel telon, ven la obscenidad convertida en
fiesta, en declamacion y poesía, en bella-arte, en teatro? Despues que
un hijo aconseja á su padre que coja un puñal y lo bañe en sangre de sus
venas (sea cual fuere el motivo) ¿qué extraño tiene que el oído del
público, pasando á través del telon, oiga la respiracion convulsiva y
torpe del adulterio? ¿Qué mayor adulterio que el parricidio?

Pero esto se lee, esto gusta, esto recorre el mundo, esto hace fortuna,
reputacion, gloria ... en España tambien. ¡Qué desventura!

Pero ¿podrás negarle, se me dice, la habilidad en la ejecucion? ¿Podrás
negarle su belleza en la forma?

¿Podreis negar á los lagartos, respondo yo, la belleza de su piel verde?
¿Podreis negársela á los cocodrilos? ¿Podreis negar á la culebra la rica
variedad de sus brillantes y sedosas escamas?

¿Esa es vuestra belleza? ¿Ese es vuestro arte? ¿Por qué no haceis de un
cocodrilo un actor? ¿Por qué no haceis de una serpiente una actriz?

Basta de esto, mis queridos lectores. Tapémonos ambas orejas, contra el
graznido áspero y soez de ese cuervo que dice al mundo: oid en mi
graznido el gorgeo dulce y apasionado de la calandria y del ruiseñor.

El arte francés, generalmente hablando, lleva en sí el trastorno más
radical y más profundo de las ideas morales; el trastorno propio de una
sociedad que, á precio de ruido y de oro, embrolla sin escrúpulo las
verdades más venerandas del entendimiento y de la conciencia.

Oropel, luces, relumbrones, escenas cáusticas, contrastes imposibles,
aventuras maravillosas y disparatadas, alarmantes; pero que cautivan,
que seducen, que nos arrastran á despecho nuestro; sobre todo, _lavar la
cara de las cosas, mover el palaustre_; hé aquí la expresion más
constante y más universal del arte francés. La idea que más domina en el
escritor de Paris, es la de hacer de modo que á los lectores de sus
_novelas_ se les haya de dar un par de sangrías, aún antes de concluir
la tremenda lectura. Si quisiéramos citar ejemplos en comprobacion de
esta verdad, necesitariamos escribir centenares de tomos, como ya dije.

Acato la rica erudicion de un Thiers, de un Littré, de un Guizot; acato
la vastísima ciencia del eminente Augusto Conte; acato la hechicera
literatura de un Chateaubriand, de un De Lamartine, de un Balzac, de una
Cotin, de un Víctor Hugo; acato y amo la poesía fácil, ingénua,
encantadora del inspirado Beranger; acato el valeroso y fecundo arte, el
pincel arrebatador del inmenso Horacio Vernet; acato con profunda
veneracion á ese gran hombre, que ha dejado de ser pintor en el mundo
para ser monarca de los espléndidos salones de Versalles; acato á ese
Horacio Vernet, al humilde y modesto artista, que es más que Luis XIV en
las régias salas de aquel opulento y maravilloso palacio; acato á esos
genios de la Francia; no es mi ánimo negar que la Francia tenga sus
genios; pero estúdiese aquí el organismo que el arte tiene; estúdiense
con detencion y con cuidado sus manifestaciones generales, las
manifestaciones del pueblo francés, y no podrá menos de llegarse á la
conviccion más completa de la rigorosa exactitud de nuestros retratos.

Pero ¿y esos genios de que acabas de hablar? ¿Esos genios, como todos
los genios del mundo, contesto yo, no son la sociedad francesa; los
genios no tocan al pueblo en donde nacen; un don del cielo no tiene otra
cuna que el espacio que coge todo el cielo. El genio del hombre es como
la luz de los astros: su pueblo es el orbe, la creacion entera, la obra
del principio supremo, la patria de Dios.

Y aún á propósito de esos mismos genios, podriamos decir algo; algo que
probaria incontestablemente la verdad de mis opiniones. El carácter de
raza, el bautismo de nacionalidad, esa especie de limo que la nacion en
donde nacemos y vivimos pega á nuestra alma y á nuestras costumbres: esa
herencia de pueblo y de familia es un hecho tan poderoso y tan
inevitable, que si estudiamos con el necesario talento la forma exterior
del arte de Thiers, de Guizot, de Chateaubriand, de Balzac, de De
Lamartine, de Víctor Hugo, de madama Cottin, del mismo Horacio, de ese
ilustre pintor que tanto admiro; aún de Beranger, de ese nobilísimo
poeta que tanto venero; hasta si pasamos á la ciencia del inagotable
Augusto Conté, de ese coloso que tanto me asombra: si estudiamos la
forma exterior del arte de esos genios; si nuestro espíritu tuviera el
ojo penetrante que se necesita para distinguir ciertos colores, ciertos
tintes, ciertas sombras confusas y remotas: más claro, cierto hábil
relumbron, cierto viso dramático, cierta cara lavada por el _palaustre
francés_; si tuviéramos la necesaria habilidad para descubrir esos
delicadísimos detalles, juraría por mi alma, que aún en el arte de
aquellos grandes hombres encontraríamos la _hechicería francesa_. No
exceptúo ni á Bossuet, ni á Fenelon, ni á Condillac, ni á Bordaloue, ni
al severo y tajante Rousseau. No hablo de un hombre muy extraordinario y
muy célebre; un hombre que ha logrado más fama que todo un pueblo; no
hablo de Voltaire. Voltaire, como Diderot y casi todos los de la
memorable Enciclopedia, es un perfectísimo francés: francés en alma y
cuerpo; en pensamiento y obra; en juicio y palabra.

No exceptúo á nadie, ni al mismo preceptista y mirado Boileau.




VII.

=Moralidad de Paris con relacion á la familia=.


Se ha dicho que los lazos de la familia están relajados en Francia. Esta
opinion que seria una calumnia tratándose del pueblo francés, no deja de
ser cierta tratándose de la ciudad de Paris.

Desde luego se observa que está ciudad está sembrada por todas partes de
_restaurants_ (no quiero españolizar este nombre), de establecimientos
de caldo, de pastelerías, de _rotisseries_ (no lo quiero españolizar
tampoco) y de tabernas. En todos estos puntos se come. ¿Por qué tantos
establecimientos de esta clase? ¿Se alimentan todos con la poblacion
forastera? No. La mayor parte se sostiene con la poblacion de Paris,
porque en un gran número de las casas de Paris no se enciende lumbre en
todo el dia.

Estoy convencido de que si se juntaran todos los hoteles y todos los
establecimientos en donde se come en esta ciudad, formarian una
poblacion bastante mayor que la córte de España.

Es una curiosidad sorprendente para el extranjero, recorrer estas calles
de diez á once de la mañana y de cinco á seis de la tarde, ir mirando á
derecha é izquierda, y ver la mesa interminable á que asiste una
poblacion de millon y medio de almas.

Si el extranjero no saliera á la calle más que en las horas indicadas,
tendria harto motivo para decir despues en su tierra que Paris era una
inmensa fonda. Recorriéndolo á una hora cualquiera, tendrá motivos para
decir que, llegada la hora de comer, esta ciudad es una inmensa tribu
errante.

Lo declaro sin escozor. El que está acostumbrado al consuelo de la
familia, al rescoldo del hogar paterno: el que está acostumbrado á ver
el humo de la chimenea en que se calentó desde niño, no puede menos de
experimentar una mala impresion al ver hacinados tantos hombres; hombres
que van allí para no mirarse ni entenderse; que van allí á comer casi
maquinalmente; que comen como quien se da á una tarea mecánica, como
quien cumple _el jornal de la comida_, para acudir despues á otro
jornal, semejantes á las palomas silvestres que van al sembrado para
llenarse el buche, y levantan luego las alas hacia donde la Providencia
las lleve.

Este hábito lleva en sí cierto principio de desmoralizacion. Me he
fijado mucho en esta faz del pueblo que examino, y noto realmente que
aquel hábito imprime una arruga en su fisonomía. Estudiemos
cuidadosamente todas las caras que se nos ofrecen en tropel; reparemos
bien en todas las figuras que pasan por este gran lienzo de sombras
chinescas, y no advertiremos generalmente ese aire de atencion íntima y
afectuosa, propio del que dice: _me esperan en mi casa; como á tal hora
con mi familia_.

Esto quiere decir: la sociedad me ha dado un templo para que la consagre
un culto especialisimo y preferente. Este templo es mi hogar, donde me
aguardan los que me procrearon y nacieron conmigo. Mi culto me llama;
voy á ser ministro en el sacerdocio de la familia.

Si esto es preocupacion, confieso con orgullo que soy preocupado, y lo
soy, no únicamente por conviccion, sino por voluntad y por sentimiento.
Esto me hace sentir bien; amo y admiro en esos instintos y en esos
hábitos una belleza humana, una melodía que llena mi ser, y en vano
querria desimpresionarme, en vano pretendería que mi corazón perdiera la
ley que lo hace latir.

Quitad al hombre la familia, quitad á la familia su inteligencia
armoniosa, su consorcio interior, su necesidad más moralizadora y más
profunda; haced eso, y despedazareis al mundo.

He dicho que la costumbre parisiense lleva en sí un principio de
inmoralidad, y para dar una nocion de que esto es así, bastará presentar
un ejemplo.

Supongamos que una hija vive con su padre; supongamos que sigue
asistiéndole más ó menos tiempo despues de la época en que ha entrado en
la mayor edad, y en que por lo mismo no está sujeta á la autoridad
paterna para ciertos y respetables fines sociales. Pues bien, aquí es un
hecho que no escandaliza el que esa hija demande á su padre ante el
juez, para reclamarle el salario que merece por haberle asistido,
poniéndose en lugar de una criada. Si este hecho escandaliza, Paris ha
tenido y tiene que presenciar más de un escándalo, porque aquel hecho no
es invencion mía. Se ha repetido más de una vez, y acerca de ello puedo
alegar el testimonio de más de una persona digna de fe.

Cada cual se explicará á su modo la rebelion de la hija demandando al
padre ante la ley, para que no la ame como hija, sino para que la pague
como criada; pero á mí me subleva semejante atentado contra las leyes
del respeto, del amor, de la sangre. Mis sienes laten convulsivamente
cuando creo ver á una mujer que se acerca a la sociedad, que anda
preguntando el nombre del juez, que le pide auxilio, que le implora ...
¿con qué fin? Con el fin de que allí comparezca como reo el hombre
desgraciado que la dió la existencia. Él dió la existencia á su hija; su
hija le dió su afecto y su cuidado; ahora es delincuente ante aquel
cuidado y aquel afecto.

¿Qué es esto sino borrar el santo cariño de la hija, bajo el egoísmo
grosero é impío de la sierva? ¿Qué es esto sino borrar el sacramento
providencial del padre, bajo la crueldad idiota del salario?

¿Cómo representarnos la figura de esa mujer ante la justicia, sino
representándonos una mujer vestida de luto, que baja los ojos, que
tiembla, que no puede hablar y que despues se muere de dolor? ¿Cómo
concebimos la idea de esa hija que arrastra serena la mirada aturdida de
su padre; que le pide, que le provoca, que le acusa, que le denomina
usurpador de su trabajo: cómo concebir la idea de esa hija, repito, sin
concebir la idea de una sierpe ó de un tigre?

¡Dios me libre de ser juez, con la condicion de escuchar semejante
demanda!

¡Dios me libre de ser padre, con la condicion de tener semejante hija!
Es seguro que maldecirla, como Jeremias, el momento en que habia nacido;
momento que llevaba dentro de sí la profanacion de dar á la tierra una
huella que es un abismo horrible.

De la aglomeracion de guarismos vienen las grandes combinaciones; de los
grandes choques brotan las grandes chispas, y en este sentido tengo que
conformarme con los grandes centros de poblacion, de actividad, de
creaciones. Pero aparte esta necesidad trascendente de las grandes
masas, ¡cuánto más natural, más definida, más espontánea, es la vida de
las pequeñas poblaciones!

La emocion poética tiene en cada hombre su temperamento particular, y
este temperamento es una gran razon que cada uno debe tener en cuenta al
querer explicarse sus opiniones.

Yo creo que no me engaño al opinar así, porque es indecible el placer
religioso que siento cuando descubro un caserío ó una aldea, perdida
entre árboles ó arbustos, ó entre las sombras indecisas de la tarde. No
sé por qué, desearia haber nacido allí; desearia que allí se conservaran
mis cenizas. No sé por qué lo experimento, pero sé que lo experimento;
la poesía que cada cual lleva en su alma, despierta en mí aquella
emocion, y creo en la verdad de esta emocion, como creo en la verdad
grandiosa de la poesía.

¡Qué hermoso es á mis ojos contemplar aquel grupo de casitas que ocupa
la tierra, así como un nido está en un árbol, como una nave surca el
Océano, como una caravana se pierde entre los horizontes de la soledad,
como un pensamiento de la Providencia germina oculto entre los
torrentes de la creacion!

¡Qué hermoso es para mí mirar el humo que parece brotar de las
chimeneas, como una voz que viene á decirme: acércate, entra aquí: aquí
hay una casa, un calor, una lumbre: aquí hay dos amores que se han unido
y procreado; que comen, que duermen, que viven y que mueren juntos: aquí
está el misterio de la vida; aquí está el misterio de aquella mujer por
quien tú has llorado, cuya memoria evocas y veneras: la mujer á quien
debes el bien divino de tener una madre!

¡Ay! ¡Cuán de menos echo la vida de familia! ¡Cuán de menos echo la vida
del campo! Aquí no hay campo; hay quintas graciosas y elegantes, ricos
caseríos, palacios agrestes: un Paris dentro y otro Paris fuera. No hay
campo; no hay esa atmósfera callada, esas brisas sonoras y lentas, ese
genio de Italia y de España que nos inspira el olvido del mundo, para
hacernos mejores y más felices hablándonos de parte de la naturaleza,
trayendo á nuestras esperanzas un saludo de ese espíritu universal que
adoramos en nuestra conciencia y en nuestro corazon. No, no encuentro
aquí una porcion de yerbas silvestres, donde dejar por un momento el
fardo de mis inquietudes y de mis penas, y respirar al menos una hora al
aire libre, al aire del campo.

¡Qué bellas me parecen las cercanías de Tíboli! ¡Qué bellas me parecen,
tambien las laderas rojas de mi Andalucía; que ven impasibles
estrellarse á sus piés las olas espumosas del Océano Atlántico!

Pero ante todo debemos ser justos. ¿Podré decir que no hay en Francia
gratos lugares y paisajes pintorescos? No; eso seria ó maledicencia ó
sandez.

Recuerdo que hace algunos años fuí de Montpeller á Marsella, y la
Provenza me encantó con sus pequeñas casas, escondidas misteriosamente
entre cipreses y palmeras. Recuerdo que las verdes orillas del Ródano me
encantaron tambien, y casi me hicieron adivinar la nocion de un país
árabe.

Allí están el hogar, la casa, el rescoldo, la cuna y el sepulcro de los
que viven y mueren en un mismo palmo de tierra.

Al penetrar con el pensamiento en alguna de aquellas casitas, ocultas
casi todas entre palmeras y cipreses; como un nido está oculto entre las
hojas de los árboles: al pasar con la imaginacion el umbral de aquella
morada bendita, nos parece ver á un hombre sencillo y risueño, que
trabaja cerca de la lumbre; á su lado, tranquila y satisfecha, hila su
mujer; más allá, una jóven fresca y hermosa mece la cuna en donde duerme
un niño, hermano suyo. El padre representa el trabajo, la madre el
cuidado, la diligencia y la caridad; la jóven el amor, y el niño, la
inocencia. ¡Oh vida venturosa! ¡Oh secretos divinos de la sencillez y de
la virtud! ¡Infeliz del hombre que ha sido ingrato á tus hechizos!
¡Infeliz del hombre que deja las delicias del paterno hogar, desoyendo
el llanto sagrado de una madre! ¡Ay de mí, lector! ¡Infeliz del que
escribe temblando estas groseras líneas! Fuí rebelde y soberbio con mi
santa madre, desoí su ruego, la dejé llorando, la dejé por el mundo, por
mis ilusiones, por mi vanidad, por mi sandez. Este remordimiento late
dia y noche en mi corazon, é irá conmigo á la sepultura.

Pero voy á decir dos palabras acerca de las impresiones que sentí en las
orillas pintorescas del Ródano, porque es indecible el consuelo que mi
alma experimenta al hablar del campo. El campo es el santuario de la
naturaleza, el templo de Dios.

En la Provenza experimentamos lo que sentimos en las playas de Génova,
en las cercanías de Roma, en los campos de Nápoles, en las selvas de
Andalucía. La mujer parece más hermosa; alrededor de la mujer hay un
ambiente indefinible que la diviniza. Al ver una choza sobre un
montecillo de arena, entre retamas verdes; al ver una casita oculta en
un bosque de madre selva, el viajero no puede menos de exclamar: ¿quién
sabe si ahí respira la mujer ideal que yo he soñado, esa sombra del alma
tras la cual he corrido, esa misteriosa armonía que todos los hombres
hemos escuchado en nuestro corazon?

Y entonces nos sentimos animados de una existencia particular; no es la
vida que nosotros tenemos, es una vida que nos da la naturaleza, una
vida que nos da Dios. Mil memorias inexplicables nos agitan en aquel
momento; aquellas memorias nos hacen gemir, nos hacen llorar, y no
obstante, nosotros las queremos, las buscamos, ansiamos tenerlas cerca
de nosotros, son nuestras, íntimamente nuestras. ¡Ay! son el sepulcro de
nuestros padres, de nuestros hijos, de nuestros hermanos; son los
sudarios de nuestra alma.

Y entonces aparece la luna en el cielo, y el hombre dice al astro de la
noche: yo te conozco; tú eres el faro de mis esperanzas y mis dolores;
Dios te ha creado para mí.

Adios, Provenza; adios, Bocaire; adios, Ródano; adios, familias
inocentes; adios, casta doncella, que con el aliento de tu boca prestas
nuevos aromas á las flores de tu campo vírgen; á las flores que esmaltan
esas márgenes encantadoras; adios casitas; adios, palmeras; adios,
cipreces. Si la horrible dolencia que oprime dia y noche mi desgraciada
vida, me dejase algun tiempo de descanso, yo iria á saludaros otra vez;
pero me volveria pronto, porque ya tengo ageado mi sepulcro, ya he
pedido mi tierra postrera á mi adorada Andalucía.

Lector, estos renglones tienen un mérito poco comun en nuestro siglo;
tienen la augusta poesía de una lágrima que en este momento cae de mis
ojos; una lágrima que pide á Dios por el reposo eterno de mi madre.

Allí, en la Provenza, está tambien el hogar, la casa, el rescoldo; la
cuna y el sepulcro de los que nacen, viven y mueren en un mismo palmo de
tierra. Allí están tambien el padre, la madre y el hijo; allí está
tambien el mundo del hombre; casi todo el mundo; la familia.

Lo que antes he dicho debe entenderse respecto de Paris, pero seria una
calumnia y una ruindad, si se dijera tratándose del pueblo francés.




VIII.

=Moralidad francesa con relacion á la política=.


Entre los infinitos hechos que nos ofrece esta incansable sociedad,
elegirémos únicamente uno: _el pauperismo_: esto es, la pobreza como
hecho social, como manifestacion pública.

El actual emperador dijo: _el cristianismo abolió la esclavitud; la
democracia francesa abolió el pauperismo_.

Esto dijo el Emperador; pero su dicho no pasó á ser realidad en la
práctica. No condeno de ningun modo la buena intencion que puede
abrigarse en aquel deseo; conozco que el deseo es, por sí solo, una gran
virtud, una virtud inmensamente venerable, porque es lo que más nos
acerca á Dios; pero cuando el deseo no se cumple, cuando no halla una
fórmula práctica en su aplicacion, es una verdadera teología. Esto
sucedió al actual Emperador de los franceses, al proclamar tan absoluta
y confiadamente la extincion de la mendicidad. Fué teólogo, no hombre
político, porque la política quiere hechos, realidades, aplicaciones
evidentes de los principios que se proclaman, y el deseo del Emperador
no tiene aplicacion alguna, no tiene aquí ninguna realidad trascendente
en la organizacion de los hechos sociales.

Decir: _quiero que no haya pobres_, sin establecer el sistema que se
necesita para realizar aquel pensamiento, es como decir: _quiero que el
aire no se nivele_, cuando no se hiciera lo que debia hacerse, para que
fuese imposible el nivel atmosférico. De otra manera, habrá pobres, como
el aire se nivelará, como sucederá todo lo que la necesidad moral de las
cosas haga que suceda, diga lo que guste el Emperador de los franceses;
porque sobre la voluntad del Emperador, están las leyes universales que
todo lo gobiernan, á los emperadores tambien.

Eso de que en Francia no hay mendigos, es gana de hablar. Los franceses
lo pueden decir; los extranjeros no lo deben creer.

En este punto no hay otra realidad, que la existencia de una ley que
prohibe el pauperismo. Existe la ley; nada más que eso. El cumplimiento
de esa ley, es aparente, ficcioso; un golpe de _palaustre francés_.

Efectivamente sucede que no se mendiga por las calles; lo que nosotros
llamamos mendigar. Los pobres franceses no dicen: _deme usted una
limosna por Dios_; pero dicen y hacen cosas que producen idénticos
resultados.

Un ciego, una ciega, un manco, un tullido, va por la calle en una
máquina ó sobre un animal: canta, ó refiere una historia, ó reza, ó toca
un violin, un organillo ó unas chirimías, y el transeunte le socorre.
Claro es que la persona que auxilia á aquel desgraciado, no le da una
moneda en pago de la historia que cuenta, ni del instrumento que toca,
ni del canto con que tal vez desgarra los oídos; sino que lo hace por
caridad. Aquella moneda que le ha dado es una limosna, una verdadera
limosna. El pobre francés no ha dicho: _socórrame usted por el amor de
Dios_; pero lo ha expresado á su modo, de un modo perfectamente análogo.
_No pide pidiendo; pero pide cantando_; realmente pide; realmente es
mendigo; realmente pasa su vida implorando la caridad de zoca en
molondra.

Aquí hay mendigos como en España, con la diferencia de que allí el pan
es pan, y el vino es vino, y aquí ni el vino es vino, ni el pan es pan.
Hay mendigos; pero de un talante particular, á la moda, con su
intríngulis y su busilis, el busilis que aquí reina en todo con dominio
absoluto: mendigos de buen tono, de relumbron, con su poesía acomodada
al género, con su aparato artístico: es decir, mendigos con la cara
lavada por el palaustre de estas tierras; _mendigos franceses_.

¡Ay! se dice que el pauperismo se ha extinguido en Francia; se dice que
en Francia no hay pobres. ¡Ojalá! No seré yo el que deplore que
tuviésemos la santa obligacion de admirar á nuestros vecinos tan
cristiana conquista; no seré yo el que me lastime de tener que emular
esa gran fortuna á los franceses, no. Sobre la ojeriza trivial de pueblo
y de historia, venera mi alma todo lo que puede enjugar una gota de
llanto. ¡Ojalá que en Francia no se conociesen las lágrimas de la
miseria, y que el mundo entero, toda la tierra, España tambien, tuviese
un libro en donde estudiar ese caritativo secreto, ese bálsamo milagroso
de profundas llagas sociales!

Pero ¡ay! repito. Si fuese posible que de un golpe, de una sola vez,
como circula el fluido eléctrico, como corre la luz, apareciera á
nuestros ojos el interior de las boardillas de este fastuoso Paris; si
de un golpe se presentaran ante nosotros todas las cuitas de esta
sociedad artificial; si cayeran sobre nosotros todas las lágrimas que
una miseria honrada y venerable vierte aquí, ¡cuántas calles se
inundarian de llanto! ¡Cuántas calles irian de acera á acera! ¡Ah! Es
bien seguro que el Emperador nadaria en lágrimas, y que romperia, pálido
y tembloroso, la ley jactanciosa que ordena QUE EN FRANCIA NO HAYA
POBRES.

Sí, hay pobres, hay miseria, hay llagas, hay dolores, hay lamentos; yo
he raspado con el dedo la mezcla lisa que pone el palaustre, para que
parezca bonita la parte exterior de las paredes; yo he quitado esa
mezcla postiza, ese falso aliño, esa cara embustera; he penetrado más
allá; me he visto dentro.... Para la ley no hay pobres; para la moral,
sí; para los extraneros que tienen corazon, sí.

Antes habia mendicidad; no habia más que eso; no habia más que una cosa:
ahora hay dos. La mendicidad, y una estéril y vana prohibicion. Ahora
hay una mendicidad prohibida, una mendicidad afrentada; pero los
pueblos, como los individuos, no pueden vivir sin su genio particular, y
aquella ley, de puro ornato, de adobo y no otra cosa, era necesaria para
dar á ese pueblo el relumbron que imperiosamente necesita el genio
francés. ¡Pecador de mí! Ahora me explico yo por qué los franceses son
tan aficionados á la luz eléctrica. Ahora me explico del mismo modo, que
Paris sea la ciudad más alumbrada, más brillante del universo. Todo lo
que tire á luces, y reflejos, y visos, y prismas, entra de lleno en el
gusto francés.

La ley aboliendo el pauperismo, no es más que un reflejo de ese
cristal; un golpe mágico de aquel palaustre, un chiste de aquel cómico.
Deberia hablar tambien de la moralidad de Paris con relacion á la
ciencia y al dogma; pero las originalidades que en este punto ha tenido
Francia son tan extravagantes, tan atrevidas, tan francesamente
atrevidas y descocadas (perdóneme Paris este castizo nombre español),
que casi sospecho que no cabrian en la medida de nuestro país. Estoy
seguro de que habia de lastimar muchas orejas, muchos entendimientos,
muchas, muchísimas conciencias, y no escribo este libro para causar
lástimas.

Para muestra, y nada más que con el fin de que sirva de muestra,
presentaré un ejemplo de ciencia y otro ejemplo de religion.

El hecho de ciencia es el siguiente, hecho que acaso ignoran muchos
franceses de alto coturno, y que yo sé por una de esas inesperadas
dichas que se ofrecen al extranjero.

Un viejo ilustre, muy ilustre y muy venerable, tambien hay viejos
venerables en Francia, óigalo el Sr. Dumas; un viejo que habia sido
maestro de Luis Napoleon, antes de ser Luis Napoleon III, llevó cierto
libro á Luis Napoleon, cuando ya era Luis Napoleon III, Emperador de los
franceses.

El viejo de que hablamos era el honrado, valeroso, austero y lealísimo
senador Vieillard, maestro y amigo del Emperador. Cuando el imperio se
puso á votacion en el Senado, el Senado en peso, todo el Senado
entusiasta y unánime, le prestó su sufragio. En medio de la general
aclamacion, una voz seca, grave, segura y poderosa, dejó helados á los
senadores, al público y al Emperador mismo: aquella voz inexorable,
aquel acento de la conciencia, de la amistad y del cariño, aquella
palabra que parecia ser la palabra yerta y metálica de un cadáver, dijo
clara y resueltamente: ¡NO! Quien pronunció este no tremendo fué el
senador Vieillard. El único senador tal vez que era amigo de Napoleon,
un amigo grande, un amigo digno, uno de esos amigos que valen la pena de
que un hombre nazca para que pueda honrarse con tal amistad, fué tambien
el único que votó en contra del imperio. Napoleon, no obstante,
continuó queriéndole y respetándole hasta el fin de sus dias. El voto
contrario del maestro, y el respeto constante del discípulo, son cosas
que hacen tanto honor al discípulo como al maestro.

Llega su última hora al honrado viejo, hallándose en San Cloud el
Emperador; le participan que el senador Vieillard está agonizando; corre
á Paris, acude á casa del moribundo, penetra en la alcoba, Vieillard
espira, y Napoleon recibe el aliento postrero de aquel grande hombre; de
aquel hombre ignorado hoy, pero que es sin disputa uno de los caractéres
más bellos con que puede honrarse la historia moderna.

La verdad, lector mio, Napoleon no es santo de mi devocion, como decimos
por nuestras tierras. Si te dijera que le queria, te diria un embuste;
no le quiero, la verdad ante todo; tengo muchísimas razones para no
quererle; pero desde que supe que vino de San Cloud para recoger el
último suspiro de un viejo ilustre, de un hombre verdadero y honrado, no
le quiero tampoco, no le puedo querer; pero no le odio. Si tuviera que
perdonarle, en honra de la noble memoria del senador Vieillard, le
perdonaria.

Ahora preguntaré: ¿se cumplió el testamento del senador Vieillard? Creo
que no. ¿Por qué? Acaso Luis Napoleon lo sabe, acaso lo ignora, pero la
verdad es que la última voluntad del difunto no se cumplió. Me parece
oir á un lector que dice: pues ¿qué sucedió en esto? Amigo mio, ahora no
podemos entrar en explicaciones. Ignoro si podré tocar este punto en
algun pasaje de este libro; en este momento no puede ser.

Pues volviendo á la historia, decía que el senador Vieillard llevó un
libro á Napoleon. Dicho libro tenia un epígrafe en la portada, acerca
del cual llamó Vieillard toda la atencion de su antiguo discípulo.
Napoleon leyó, volvió á leer, miró á su maestro, leyó otra vez, pensó
luego un rato, hasta que por fin dijo: _c'est trop hardi; mais c'est
vrai_. Esto es muy atrevido, pero es verdad. ¿Qué calcula el lector que
decia el epígrafe? Decia lo siguiente: _le dieu de l'antiquité n'est
plus. Aujourd'hui, l'humanité c'est Dieu_. El Dios de los antiguos no
existe; hoy, la humanidad es Dios, ó la humanidad es el Dios moderno.

El Emperador dice que esto es verdad, yo pido perdon al Emperador, y con
su vénia creo que es mentira. Yo creo que antes, lo mismo que ahora, y
ahora lo propio que despues, la humanidad no ha sido, no es, no será, no
puede ser nunca el Dios del mundo, ni de sí misma, ni de nadie, ni de un
triste gusano, porque la humanidad no ha creado á nadie, ni al triste
gusano, ni á sí misma, ni al mundo, ni puede hacer, ni decir una palabra
en punto á marcar el último destino de las cosas, ese dia misterioso y
sagrado, ese enigma supremo, oculto y recogido en el pensamiento del
soberano artífice. Con perdon del Emperador, creo que los modernos no
tienen otro Dios que los antiguos, porque ni los antiguos ni los
modernos pueden cambiar de Dioses, como el año muda de estaciones, ó
como nosotros mudamos de camisa, ¡Qué! Cuando no podemos mudar de
arenas, de playas, de mares, de ambiente, de nubes, de estrellas, de
soles, ¿quieren los franceses que mudemos de causa suprema? Cuando no
podemos mudar de ojos, de cejas, ni aún de pestañas, ¿quieren los
franceses que mudemos de Dios?

Pero seamos justos ante todo. ¿Os parece, lectores mios, que el autor
del libro ha querido decir tal dislate, y que el Emperador ha podido
prestarle asenso? No. En esto, como en todo lo que aquí pasa, media
cierta poesía fantasmagórica, cierta fascinacion aérea. Lo que el autor
ha querido decir, lo que el Emperador ha podido creer, es una cosa
semejante á la que sigue: «la revelacion del principio supremo en la
antigüedad, era, por ejemplo, el milagro. La revelacion de aquel
principio sumo en los tiempos modernos, es el análisis, el experimento,
el compás, el exámen, el axioma, la demostracion, más claro, la razon
humana. En la antigüedad no existian más que castas teológicas, la idea
de Dios era la que exclusivamente reinaba. En los tiempos modernos hay
castas sociales; al lado de la excelsa idea de un Dios, reina en el
mundo la idea del hombre. En la antigüedad como en nuestra era, como en
todas las eras posibles, Dios representa el génesis de la sustancia;
hoy el hombre representa el génesis de la forma.» Esto, y no otra cosa
es lo que el autor de aquel libro quiso decir, y lo que el Emperador
pudo creer; pero si se hubiera expresado como yo lo he hecho, aquella
idea hubiera entrado en la gerarquía de las cosas oscuras, humildes y
plebeyas, no hubiera valido la pena de que un Vieillard llevase el libro
á un emperador, y de que un Emperador bajara la cabeza y pensase, y de
que volviera á estar cabizbajo y pensativo.

El autor sabria que se hallaba en una sociedad entusiasta por los
relumbrones, y diria para sus adentros: ¿sí? pues allá va ese magnífico
y sorprendente relumbron. EL DIOS DE LA ANTIGÜEDAD HA PASADO; LA
HUMANIDAD ES EL DIOS MODERNO. Y las gentes se miran unas á otras, se
agrupan, se hablan al oído, cuchichean, y el libro corre de boca en
boca, de pensamiento en pensamiento, de bolsillo en bolsillo; el autor
crece, se hace de moda, _se hace francés_, y hé aquí realizado el adagio
de que fray Modesto nunca llegó á guardian. Esto, que es una verdad en
todos los pueblos del mundo, es verdad y media en este país de las ALTAS
NOVEDADES. _En el Paris curioso_ verémos hasta qué punto se abusa aquí
de la expresion heráldica: ¡ALTA NOVEDAD! La primera vez que mi mujer y
yo vimos ese pomposo y campanudo rótulo, impreso en letras elegantísimas
sobre los vidrios de un escaparate, nos aproximamos con cierta avidez....
¡Ni el diablo inventa lo que los franceses! ¿Qué dirán mis lectores
que era el objeto anunciado al público de una manera tan altisonante y
rabiosa, por decirlo así? Pero estamos fuera de lugar. Estas noticias
tocan de derecho al _Paris curioso_, y no debemos perjudicar esta
segunda parte de nuestros humildes apuntes.

Vamos al otro ejemplo de que hablé; al ejemplo de dogma. Bastará decir
en este punto que la Francia ha corrido el espacio que media entre
proclamar: NO HAY DIOS, hasta celebrar misa en un altar cristiano, que
está precisamente sobre las cenizas y la estátua de Voltaire. En efecto,
el Panteon, ese suntuoso mausoleo que el pueblo francés ha levantado á
sus grandes hombres, se habilitó hace poco para templo cristiano, y el
altar en que un sacerdote católico dice misa diariamente, viene á caer
sobre la tumba del más furioso de todos los enciclopedistas; es decir,
sobre la tumba del más furioso de los protestantes franceses.

No llevo á mal que la Francia _reconocida_ haya levantado aquel suntuoso
mausoleo á sus grandes hombres; no llevo á mal tampoco que Voltaire sea
un grande hombre que ocupe un lugar en el espléndido mausoleo de su
patria; lo que digo es que me huele _á cosa francesa_, una cosa que pica
y que escuece, el que un sacerdote católico diga misa sobre los
sepulcros de Voltaire y de Diderot. Digo que es refinadamente _francés_,
refinadamente chispeante y fosfórico, el que las tumbas de Voltaire y de
Diderot ocupen su puesto en un mausoleo cristiano, y que en ese mausoleo
cristiano no hayan entrado las cenizas de un Bossuet, de un Flechier, de
un Bourdaloue, de un Fenelon. Este es positivamente el fenómeno que
menos he podido explicarme, un fenómeno que me aturde. Sobre una rareza
tan extraordinaria, he pedido noticias á personas muy competentes; pero
todas se encogen de hombros y murmuran algunas palabras á media voz.
Ahora ya no pregunto á nadie. Las singularidades de esta calaña no
tienen explicacion posible en el individuo francés; están explicadas
únicamente por el carácter general del país; por el carácter, por el
genio, por la necesidad de todos; están explicadas ... por la Francia.

Otros muchos ejemplos notables se me ocurren, en historia
principalmente; pero si me dejase llevar iria muy léjos; sumamente
léjos, y no puedo dar tanta extension á esta primera parte, cuando me
está esperando la segunda, que debe ser mucho más larga, y bastante más
entretenida.

He examinado la moralidad de Paris, en las varias esferas sociales, y en
todas partes he hallado una misma tendencia, un mismo secreto, una misma
cifra: _relumbron, efectos cómicos ó trágicos, caras muy lavadas y
bonitas por fuera, palaustre_. Mucho bombo y mucho platillo, para que
acuda gente, para que el corro sea muy grande, y pueda hacer negocio el
que maneja los cubiletes.

Pero á esto se dirá: ¿cómo se explica que un arte postizo, domine de
tal modo en el mundo? Es muy sencillo, contesto yo. El que quiera verse
seguido de centenares y centenares de personas, vístase de azul, de
encarnado, de amarillo, de verde, de blanco y de negro; cúbrase la
cabeza con plumas de pavo real, de cuervo, de buitre, aunque sea de
gallo ó de gallina; si no hay plumas, póngase la cola de una zorra, ó
cosa semejante; toque luego un chinesco, un tambor, una gaita; toque
unas trévedes ó un almirez, sino tiene á mano otros instrumentos; toque
con fuerza, haga ruido, mueva estrépito, mucho estrépito, alarme las
orejas de todo el mundo.... No tengais cuidado, no irá solo.

No quiero decir que esta gran ciudad es un payaso, no. De ser payaso,
habría que confesar que era un payaso muy _magnífico_. Me he valido del
símil anterior, como pude haberme valido de otro cualquiera, para dar á
entender el misterio con que Paris domina al mundo. El misterio consiste
en que da á todos sus guisados una salsa picante, que excita el paladar,
que lo estimula, que lo llama, que lo _emboba_; que lo mata luego, pero
que lo provoca antes, y esto basta para el consumo de la cocina.

Y ¿qué significa esa salsa picante? Esa salsa picante es el cáustico que
se pone sobre un tumor; es el cauterio que se aplica á una llaga; es la
fuente que se abre á un ético; es la cantárida que se receta á un pecho
podrido. Ya no basta el sér de las cosas, y se busca el sér de los
adobos. No basta la verdad, y hay que acudir á la mentira. No basta la
naturaleza, y tienen que implorar la ayuda de la mágia. No basta el
encanto del arte, y tienen que llamar la fantasmagoría del artificio. No
basta el rey, y tienen que acudir al reyezuelo. La salsa picante de los
franceses significa una cosa algo peor que el soñado puñal de la soñada
Manola de Madrid; algo peor que la soñada mata y el soñado facineroso,
de que nos habla el _brillante y reluciente_ Alejandro Dumas; algo peor
que las soñadas jícaras como dedales, en que toman el chocolate los
españoles; peor tambien que la soñada señorita española, que como dice
el mismo novelista, exclamaba cándida y apasionadamente: _¡mi amado
toro!_ Aún cuando todo eso fuera verdad, aún cuando existiese en nuestro
país una señorita que requebrase á un toro con el epiteto de _amado_, y
matas que ocultaran facinerosos, y dedales que sirviesen de jícaras, y
puñales que á manera de ligas, decorasen las medias de la Manola de
Madrid; aún cuando realmente existiera ese enjambre de desatinos, esa
porcion de sueños extravagantes y risibles de una imaginacion que tiene
fiebre; pues, sí, señor Dumas, mi muy querido novelista señor Dumas; aún
cuando todo eso existiese en España, creo que seria menos malo que lo
otro que existe en Paris, menos malo tambien que la calentura que usted
padece de decir, de contar poéticas _graciosidades_, á fin de embaucar á
sus paisanos, para que le escuchen con la boca abierta, y aflojen _los
sueldos_ de la suscricioncilla. Sí, señor novelista; creo que es más
fácil purgar el desierto de beduinos, arrojar los cafres de las costas
de oro, y poblar de hombres la Nueva Zelanda en que viven los
antropófagos, que purgar á Paris de esa civilizacion engañosa, de ésa
fascinadora cultura, de esa idolatría _chillona_ que comprende tan bien
el secreto de hacerse admirar.




=Resúmen de esta série. =


Voy á reasumir en pocas palabras todo lo expuesto sobre la moralidad,
sobre la tan _cacareada_ moralidad del pueblo parisiense: Tal vez me
hago insufrible á mis lectores; pero esto es una operacion de cirujía, y
todos tenemos la obligacion de ser pacientes hasta donde podamos
aguantar. Cuando, él lector no pueda más, tiene el recurso de quemar mi
libro.

Noto aquí, ni puedo ni debo ocultarlo, una grande armonía entre la ley
pública y la conducta privada, entre la sociedad y el individuo.

No hallo, la he buscado inútilmente por todas partes; no veo la
moralidad de la intencion, esa moralidad interior, absoluta, que existe
por sí, que tiene bastante con ella misma; esa moralidad que nace de
nuestro albedrío, de nuestra voluntad, de nuestra deliberacion, de
nuestro deseo, este deseo que es la virtud más alta y más grande con que
Dios enaltece al hombre; no veo, no hallo, no vislumbro la moralidad del
sentimiento que ama lo justo y lo virtuoso, por el placer magnánimo de
amar la justicia y la virtud. No veo, no hallo la verdadera y única
moralidad.

Hallo y veo una virtud que es virtud mientras que ve un castigo; que
puede ser vicio, que lo es frecuentemente, cuando se ve sola, léjos de
la ley y de su pena, léjos de la opinion y de su fama; una virtud que
obra bien, siempre que no puede obrar mal impunemente.

Hallo y veo una hábil hipocresía.

Hallo y veo un egoismo sábio.

En fin, hallo y veo un _palaustre_ que lava esta cara como las lava
todas.

Creo, pues, que Paris es un pueblo inmoral; inmoral de un modo picante,
novelesco, fantasmagórico; inmoral de una manera delicada, graciosa, aún
artística: sobre todo, de una manera relumbrona, dramática, teatral.
Brillante, muy brillante, muy reluciente, muy bonito, muy fascinador,
todo lo que se quiera; pero inmoral; tan inmoral, que ha logrado el
prodigio de _civilizar_ la _inmoralidad_; el prodigio asombroso de hacer
de la inmoralidad una _cultura_ célebre.

Esto dice á Paris y al señor novelista Dumas, un infeliz cafre de
allende el Pirineo.

Si eso es civilizacion, quiero que mi país sea salvaje.

Si eso es ser culto, quiero que mi país sea bárbaro.

Si por eso el Africa ha de principiar en los Pirineos, que principie en
buen hora, y Dios la dé mucha _fortuna_, mucha salud, _y que á mi no me
olvide_, como decia el autor del Quijote.





=SERIE SEGUNDA=




PARIS CURIOSO.




=Dia primero=.

Advertencia del autor.--Llegada á Paris.--Omnibus.--Travesía.---Hotel
Español.--Luisa Noel.--Hotel de los Extranjeros.--Restaurant.--Garçones.
--Mi barbarie.--Fin del dia.


Mi querido lector; despues de meditar despacio sobre el asunto, he
resuelto modificar el plan que me habia propuesto seguir. Antes de
presentarte, monda y lironda la historia de esta prodigiosa ciudad, creo
conveniente que nos acompañes por estas calles, por estas plazas, por
estos paseos, por estos cafés, por estos hoteles, por estos teatros, por
estas tertulias: es decir, por este bullicioso y deslumbrador laberinto.
Creo necesario que experimentes nuestra hambre, nuestra sed, nuestro
frio; que presencies los sendos codazos y empujones que nos dan, y el
suave y risueño _perdon_ con que los almibaran. En fin, creo necesario
que imagines con nuestra fantasía, que pienses con nuestra inteligencia,
que sientas con nuestro corazon, que esperes con nuestra esperanza; si
es posible, que vivas con nuestra propia vida, uniéndote á todas
nuestras impresiones, haciéndote parte en nuestra causa, á fin de que
te familiarices con esta sociedad, de que cobres cariño á este
personaje. Si esto no sucediera, su historia te importaria muy poco, y
yo me veria privado de la ayuda de tu buen deseo. En este mundo no
queremos sino lo que nos cuesta algun trabajo, algun sacrificio, algun
dolor, y por eso te ruego que nos acompañes por todas partes, que todo
lo veas, que todo lo oigas, que todo lo toques, que de todo te enteres,
que participes por completo de nuestros trabajos, de nuestros
sacrificios y de nuestros dolores. Despues de esto, es bien seguro que
tendrás interés en saber la historia de esta ciudad que tanto has
paseado, y que tanto te ha llevado y traido como palillo de barquillero.

Dividiré nuestras excursiones en _dias_, y cada dia llevará á la cabeza
un resúmen de todos los asuntos en él contenidos, para que, de un solo
golpe de vista, puedas vislumbrar el espacio que has de correr. Entremos
en asunto.

Despues de ochenta y cinco horas de encajonamiento en la diligencia,
desde Madrid hasta Bayona, y en los trenes, desde Bayona hasta Paris,
molidos, muy molidos, más que molidos, casi magullados, llegamos á la
estacion del Mediodía á las seis y media de la tarde. Nuestras miradas
se dirigian codiciosamente hácia adelante, buscando á Paris, como el
peregrino que llega á Sion al declinar la tarde, busca con los ojos
desencajados los torreones de Jerusalen. ¡Cómo nos latia el corazon!
¡Paris! ¡Ya vamos á llegar á Paris! En efecto, la cúpula del Panteon y
la veleta de la iglesia de los Inválidos (segun nos dijeron) se
destacaban arrogantes á través de la atmósfera. Esta parte poética de
los viajeros, es sin disputa una de las emociones más bellas de la vida.

Un ómnibus inmenso nos lleva desde la estacion del ferro-carril á no sé
qué calle. En este momento atravesamos uno de los más dilatados y
concurridos bulevares que surcan esta gran capital. Por la izquierda se
descubre un magnífico paseo; por la derecha se descubren
instantáneamente varias arcadas de los puentes que decoran el rio. El
primer coche de alquiler que hallamos, tiene escrito el número 8.976;
el primer ómnibus, de los destinados al tránsito de la ciudad, lleva el
número 2.637. Un rumor contínuo de carruajes y de personas nos va
circuyendo por todas partes, como si en todas partes existiese el mismo
Paris. Si al despertar hubiera percibido aquel estrépito incesante,
habria dicho seguramente que me encontraba en una fábrica, entre el
movimiento de muchas máquinas de vapor. Mis ideas se alargan con mi
vista á través de ese laberinto de chimeneas y de torres, y se pierden
con ellas sobre esa techumbre sin fin. Mi mujer y yo nos mirábamos sin
cesar como dos bobos.

¡Grandiosa creacion, en verdad, si sobre ella no tendiese sus alas
negras un ángel terrible; el egoismo!

Pero sin duda la Providencia quiere valerse de ese egoismo como de una
palanca que remueve á la humanidad, para empujarla luego hácia sus fines
predestinados.

Un sacerdote protestante nos acompañaba. El ómnibus paró, y el sacerdote
desapareció con su equipaje. Nuestro _locomotor_ prosiguió su marcha, y
al cabo de un cuarto de hora de camino á través de las calles de esta
Babilonia europea, el guia nos anunció que allí estaba el hotel indicado
por el caballero español que nos habia recibido en el ferro-carril.
Dejamos el ómnibus, y un mozo comenzó á subir el equipaje. Pasamos el
piso entresuelo y llegamos al principal; un principal bastante alto por
señas: el mozo proseguia subiendo.

--¿Dónde va usted? le grité desde el primer tramo del piso tercero,
porque el entresuelo era todo un piso.

--_Montez, monsieur, s'il vous plaît; c'est ici, c'est ici_. (Tened á
bien subir, señor; es aquí, es aquí.)

Llegamos al piso cuarto: el mozo proseguia subiendo. Yo dije á mi mujer
que venia á mi brazo sin comprender lo que pasaba: ese hombre nos quiere
arrebatar sin duda al Paris que está en la tierra, para llevarnos á otro
Paris que estará en el cielo ..._aunque ignoro si podrá subir tan
arriba.

En el primer tramo del piso cuarto me detuve.

--Mozo, no subo más.

--_Montez, monsieur, montez; nous y sommes._ (Subid, señor, subid; ya
estamos.)

--Mozo, no subo aun cuando estemos, le respondí en francés.

En esto apareció un caballero ... digo mal, no apareció; nosotros
llegamos á divisarlo por entre las barandas doradas del otro piso, es
decir, del piso quinto. Aquel caballero, amo del hotel Español, tuvo la
bondad de bajar adonde nosotros estábamos.

--Pido á usted auxilio, le dije sonriendo, contra las intenciones de su
criado, que sin duda pretende conducirnos á las estrellas.

--Es que no hay habitacion desocupada en los otros pisos.

--Entonces, contesté, no podemos tener el gusto de permanecer en su
casa. Una afeccion nerviosa que padezco, me impide habitar un piso
quinto.

--Perdone usted, es piso cuarto.

--Pues bien, me impide habitar un piso cuarto.

--Un piso cuarto con entresuelo, añadió mi mujer, y nos dimos á bajar la
escalera diciéndole: sírvase usted prevenir al criado que traiga el
equipaje, nosotros le gratificarémos, y rogamos á usted nos disimule
esta molestia.

El amo del hotel bajó al otro rellano.

--Ya que ustedes no pueden quedarse aquí, les recomendaré á una casa
española.

--¿Qué piso? pregunté.

--Principal; calle Vivienne, casa de Luisa Noel.

--Enhorabuena; si es piso principal, estamos conformes y le damos á
usted las gracias.

Dos criados de la fonda condujeron el equipaje desde la calle de
Richelieu á la de Vivienne, que están contiguas, núm. 45.

Llegamos á la primera puerta y yo hice alto, mientras que los mozos
continuaban subiendo la escalera.

--¿Dónde va usted? volví á preguntar.

Los criados me respondieron que aquel piso era el entresuelo, y que
Luisa Noel habitaba en el principal.

Subimos al piso principal.

Luisa Noel no estaba en casa; los criados de la fonda dejaron allí el
equipaje, y mi mujer y yo tomamos posesion de dos sillas en actitud de
esperar á la señora. No habian trascurrido dos minutos, cuando se dejó
ver una criada que nos dijo en buen español:

--Si ustedes quieren ver la habitacion que está vacante, pueden hacerlo;
y en el caso de acomodarles, dispongan de ella, sin perjuicio de que
luego se concierten con el ama.

Esta proposicion nos agradó en extremo, ansiosos como estábamos de
descansar, y la criada nos pareció una mujer de mucho talento.

Dos criados de Luisa Noel se apoderaron del equipaje y empezaron á subir
escaleras.

La criada seguia á los criados. Mi mujer seguia á la criada. Yo seguia á
mi mujer. Subí el primer tramo maquinalmente; pero al llegar allí me
acordé de mis nervios, no podia suponer que en Francia hubiese dos pisos
principales, uno abajo y otro arriba, y creí llegada la ocasion de
preguntar de nuevo:

--¿Dónde va usted, señora?

--Es aquí, es aquí.

--Perdone usted; el caballero que nos recomienda nos dijo que su ama de
usted vivia en un piso principal.

--Sí, señor; pero en el piso principal no hay habitacion desocupada.
Suban ustedes, vean ustedes el cuarto, y luego podrán resolver.

Antes subia maquinalmente; ahora subia por amabilidad; pero un hombre no
debe ser amable: el hombre no debe robar ese secreto á la mujer.

Subimos dos tramos, y hénos aquí en pleno piso segundo con entresuelo;
pero los criados y la criada continuaban subiendo escaleras.

--¿Dónde va usted, mujer de mis pecados?

--Es que en el piso segundo no hay habitacion vacante. Suban ustedes;
esto no es alto para Paris.

--Para Paris no será alto, señora, pero mis nervios no tienen el gusto
de Paris; Paris no me ha dado otros nervios, y con permiso de Paris, he
resuelto volverme al piso principal.

--Suban ustedes otro poco, es aquí; verán ustedes qué vista tiene. Si no
les acomoda, bajarán; pero examinen siquiera la habitacion.

Esto lo decia en alta voz desde el piso tercero con entresuelo, es
decir, desde el piso cuarto. Mi mujer me miraba como consultando mi
resolucion, hasta que la hice seña de que subiese. El diablo me tentó
aquel dia por ser amable, ó tal vez la amabilidad _parisiense_ se me
habia entrado de súbito por los poros del alma.

Subimos tres tramos; tres tramos muy lustrosos, muy limpios, muy
decentes; pero muy largos. En fin, eran tres tramos para un hombre á
quien los tramos matan, que habia subido en menos de una hora veinte y
cuatro tramos, sin contar noventa y tres horas de encajonamiento en la
diligencia y en el tren.

Puedo asegurar que no sé cómo era la habitacion. La cabeza se me caia, y
todo rodaba en torno mio, como si me hallase en alta mar. Pocas veces me
he visto asaltado de un malestar que más me afligiese. Mi mujer lo
conoció inmediatamente, y cogidos del brazo, empezamos á bajar la
escalera, detrás de la criada. Aquello era el descenso de la cruz, pero
siquiera era el descenso.

El equipaje quedó en las alturas.

No habiamos esperado media hora en el piso principal, cuando llegó Luisa
Noel.

Esta señora nos recibió con muy buenas maneras en una magnífica sala; la
conversacion comenzó á preludiarse; pero yo puse fin á los preludios
diciendo:

--Señora, ¿usted no tiene habitacion en el entresuelo ó en el principal?

--No, señor, no la tengo.

--Entonces no podemos estar en su casa, por más que lo sintamos.

--En Paris no es alto un piso tercero.

--Señora, no es cuestion de Paris; es cuestion de una enfermedad de que
adolezco con gran pena mía ... y en resumidas cuentas, tenga usted la
bondad de prevenir á sus criados que me traigan el equipaje á donde
encuentre un piso principal, entresuelo, bajo, aunque sea un sótano ó
una cueva.

Luisa Noel llamó sonriendo á dos criados, y nos envió al hotel del
Tirol, calle de Montmartre, á cincuenta pasos de la calle
Vivienne.--Eran las siete y media de la tarde.

Llegamos al hotel del Tirol; pero este hotel, en medio de las cosas
buenas que pueda tener, y que no le quiero disputar, tiene una escalera
tan estrecha, tan _nimiamente_ estrecha, que me resolví á no subirla.
Las aventuras anteriores me habian hecho cobrar horror á las escaleras,
aún siendo espaciosas y excelentes.

Hénos otra vez á cielo raso sobre las losas del imperial Paris.

Al salir del portal del hotel en cuestion, alcancé á divisar un
reverbero, en cuyo cristal ví este rótulo: _hôtel des étrangers, rue
Teydeau, 3_. (Hotel de los Extranjeros, calle de Teydeau, número 3.)

Hice seña á los mozos del equipaje de que me siguieran, y antes de un
minuto estaba hablando con los _garçones_ del hotel.

--_¿Combien voulez-vous payer?_ (¿Cuánto quiere usted pagar?)

--Quiero pagar lo que sea necesario para que me abran ustedes las
puertas de ese entresuelo (habia un entresuelo desocupado), y háganme
ustedes el favor de darse prisa.

La señora del hotel salió _du bureau_ (de la oficina: aquí todo
establecimiento público tiene su oficina) y dispuso que se nos
franqueara la habitacion. La señora del hotel es gruesa, de alguna edad,
y fea. Á mí me pareció un ángel, ó como dijera un novelista moderno, una
vírgen aérea de Rafael ó de Murillo. Mi buena y sufrida mujer y yo
subimos dos tramos, compuestos de 23 escalas, y nos encontramos en un
entresuelo lindísimo, con dos balcones á la calle y perfectamente
arreglado, como todas las habitaciones francesas.

Los criados de Luisa Noel hicieron entrega del equipaje, recibieron su
tanto, y se marcharon con los mozos de nuestro hotel; cerré la puerta,
me eché sobre el sofá, me quité el sombrero y arrojé un suspiro. Me
parecia mentira que Paris me diera un entresuelo. ¡Bienaventurado Paris!
¡Bienaventuradas escaleras!

Despues que hubimos descansado un instante, nos lavamos, y aún con el
polvo del camino encima, salimos á dar una vuelta, como suele decirse.

Bajamos por la calle Feydeau, torcimos á la derecha, y á pocos pasos nos
hallamos en la plaza de la Bolsa, cuyo suntuoso palacio descubrimos
confusamente entre dos luces.

Ibamos por el ángulo del Norte, y al fulgor de las luces de un café,
denominado de las Arcadas, vi escrito en una esquina _restaurant
Champeaux_. Anduvimos más, y al principio de la fachada de otro
edificio, ayudado por cuatro tubos de gas que la decoraban, volví á leer
_Champeaux_, y más adelante, en letras mayores, _restaurant Champeaux_,
y en el otro extremo, _Champeaux_, y muy abajo, casi rayando con la
acera, _restaurant Champeaux_.

No pude menos de decir á mi mujer:

--Cosa notable debe ser ese buen _restaurant Champeaux_, cuando tan de
manifiesto se pone, sin temor de que se le descubran las faltas. Vamos á
comer, y empujamos la puerta del dicho _Champeaux_.

Véanos el lector en un salon pequeño, pero adornado de espejos
magníficos, de magníficos tubos de gas, y de mesas muy blancas, con un
servicio esmerado y gracioso. Segun la expresion general, parecia una
taza de plata.

No bien nos habiamos sentado en el ángulo de la izquierda, cerca de un
espejo donde nos reflejábamos con platos, cubiertos y mesa, cuando nos
vimos rodeados de tres mozos. Todos tres iban vestidos de negro, frac,
corbata blanca, cabeza perfumada, y una servilleta en la mano. Yo quise
hacer señas á mi mujer de que se levantara, á fin de abandonar el
_restaurant Champeaux_; pero no era tiempo. _Los caballeros garçones_
nos habian sitiado, y no habia más remedio que sostener el sitio.

Pero ¿por qué queria yo abandonar el brillante salon, aquella brillante
coquetería del civilizado Paris? Lo queria abandonar por dos razones.
Primera: porque hay cosas que son como la carne que está podrida; tienen
un olor que las denuncia. Yo veia lo que me iba á suceder en el gracioso
_restaurant Champeaux_. Segunda: porque no queria ser servido por
caballeros de frac negro, corbata blanca y cabellos de dama galante. Y
cuidado, que no soy yo el que niega á un criado, ni á nadie, el derecho
que tiene de emplear su dinero como mejor lo entienda, comprándose frac
verde ó azul, y una corbata negra ó amarilla. Cuando un criado, lo mismo
que un magnate, se empeña en ser ridículo, sobre su opinion pesa su
ridiculez, así como sobre la opinion del payaso cae la confusion
burlesca de los colores que entran en su vestido. Suyo es su dinero,
suya su opinion, suya su responsabilidad; á quien toca la empresa, toca
el peligro, y hasta aquí nada tengo que reparar ni que oponer. Pero el
que se quiera hacer de un criado un estado ceremonial; que se quiera
hacer de la servidumbre una carta aristocrática; que de un _restaurant_
se pretenda hacer un centro de etiqueta, etiqueta que por respetos
tradicionales se sufre hoy difícilmente en una recepcion de embajadores:
en menos palabras, que del acto simple y neto de comer en una casa
pública, se pretenda hacer una especie de besamanos palaciego, es una
cosa que me repugna y me entristece. ¿No tenemos bastante todavía?
¿Queremos añadir el privilegio del frac y la corbata en el servicio de
una fonda?

Yo conozco que la mesa es una hora de recreo para muchas personas:
conozco que quien va á comer pagando su dinero, no debe ver nada que le
repugne; esto es muy justo; pero del aseo á una etiqueta impropia; de la
decencia al coquetismo; de un servicio decoroso á un servicio refinado y
_tonto_; tonto, si no fuera otra cosa peor, hay una distancia que
ninguna razon puede llenar. Yo estaria conforme con estas prácticas,
cuando una conquista civilizadora hubiera rescatado al _mozo_ del
cautiverio en que lo tiene la conciencia de este mismo pueblo; cuando de
la matrícula social se hubiera borrado la palabra degradante _garçon_;
pero la palabra _garçon_ está escrita aquí, tiene aquí su esfera propia,
constante, determinada: la palabra _garçon_ lleva en sí el pensamiento
de una raza ilota, menos ilota que la de Esparta; ilota, hasta donde
puede consentirlo la civilizacion de nuestros dias; pero ilota, sierva.

La opinion de Paris me da el derecho de golpear sobre esta mesa,
gritando: _¡mozo!_ é impone al mozo el imprescindible deber de acudir,
diciendo: _¡señor!_ El frac negro, la corbata blanca y la cabeza
perfumada en el _mozo_, no son el signo de una conquista reparadora en
la vía del derecho, no suponen una humanidad que se enaltece
enalteciendo al hombre; que glorifica al hombre, glorificando el
pensamiento de un principio hacedor y universal; no es la historia,
redimida á precio de sangre y de virtud en el Evangelio; redimida en la
cruz á precio de una verdad sublime, de un dolor sublime tambien, de una
paciencia más sublime todavía; no es la historia cristiana que entrega
al mundo el dia magnífico de la moral, no: no es el santo eso que veis
ahí; es un trozo de mala madera que se viste de santo, para que sobre el
ribete de su peana caiga la ofrenda del necio creyente.

Una ventaja tiene esta hipocresía maliciosa de Paris: el rico deja en
todas partes una porcion de lo que le sobra.

Ya sabe el lector las dos razones que tenia para querer salirme del
restaurant Champeaux. Una razon era de _hacienda_, porque sabia que
aquello era un juego de cubiletes, que se trataba de escamotear, y que
mi humildísimo y trabajadísimo bolsillo iba á ser el escamoteado. Otra
razon más poderosa indudablemente, era de sentimiento. Me repugna, me
repugna, quiera Dios que me repugne siempre, verme servido por
caballeros, á quienes me es lícito injuriar con el apóstrofe de
_garçones_.

La presencia de dos personas que traen aún encima el polvo del camino,
en un gabinete de elegancia y buen tono, no pudo menos de producir en
los asistentes cierta sensacion impregnada á la vez de lástima y de
burla. Afortunadamente mi mujer y yo conocemos bastante bien lo que
valen dos francos: con dos francos se compran unos guantes color de
caña.

Nos avinimos, pues, á purgar el _delito de ser inconvenientes_, y
perdonamos sin pesadumbre aquel inocente conato de la cultura
parisiense.

Sobre esto dijimos algunas palabras mi mujer y yo, y los _caballeros
garçones_ que nos circuian estrechamente, formando en el espejo un grupo
de cinco personas, una mesa y varios cubiertos, fallaron de propia
autoridad que debiamos ser italianos. En este idioma nos preguntaron qué
queriamos comer.

--Perdonen ustedes señores, no me atreví á llamarlos garçones; no somos
italianos: somos gentes que querémos comer, y que agradecerémos á
ustedes infinito que nos traigan pronto la lista de la fonda.

--Usted perdone, respondió uno de ellos; (_pardon, monsieur_) y trajo la
lista.

Pedimos poco.... ¿Cómo pedir mucho, quien pide con miedo? ¿Cómo no tener
miedo, quien se ve bloqueado de luces, fraques, corbatas blancas, y
untos aromáticos, mientras que su bolsillo baja la cabeza, y oye
estremeciéndose como el reo á quien se va á leer la sentencia? Pedimos
poco, pero al fin pedimos....

Vino la cuenta, y ¡eso si! en una cuartilla de papel azul, formando
aguas, sin contar el borde dorado, leí 27 _francos_. Eché mano al
bolsillo para pagar, y entre tanto decia para mis adentros: si yo he
venido aquí con el fin de comer, no más que de comer; ¿qué necesidad
tengo de pagar un papel azul, con canto dorado y aguas inglesas? ¿Qué
necesidad tengo de pagar una lista encuadernada en forma de libro, con
una cubierta magnífica? ¿Por qué he de pagar un frac que no me pongo, y
una corbata que no he tocado, y una pomada que no he olido? Pero el
cubilete estaba delante, el prestidigitador detrás, yo en medio, y mis 27
francos debian ser escamoteados sin recurso.

Despues de pagar, saqué un cigarro como para reponerme del ataque
sufrido; pero uno de los _caballeros garçones_ acudió presuroso
diciendo: _il n'est pas permis de fumer ici_. (No se permite fumar
aquí.)

Salimos del _restaurant Champeaux_ á las nueve y media.

Mi mujer me dijo: lo que nos han puesto no vale diez francos. Hazme el
favor de no volver á entrar en ninguna fonda, ni restaurant, ni almacen,
ni aún taberna que huela á cosa de _Champeaux_.

Yo medité un momento camino de casa, y dije á mi mujer:

--No es Paris el bárbaro: los bárbaros somos nosotros. Los bárbaros son
los extranjeros que no conocen á Paris, y que siendo pobres se van á la
mesa de los ricos: que despreciando la vanidad, van á ocupar la silla de
los vanidosos: que teniendo su espíritu más alto que esa civilizacion
enfermiza y servil, llaman á la puerta de los _civilizados_. Los
bárbaros, somos nosotros, que en vez de buscar hombres que nos den de
comer, pagamos tributo á los _caballeros garçones_ y á los cubiletes de
buen tono. Pero no, no eres bárbara tú que me sigues, como la sombra al
cuerpo: el bárbaro soy yo. Toda barbarie se ha de pagar en este mundo,
porque la ley moral es la más infalible y providente de todas las leyes:
no me digas nada; ya pagué. ¡Dichosa barbarie la que no cuesta más que
27 francos!

Llegamos á casa, mi mujer se acostó, yo escribí las aventuras
anteriores, despues me fuí á la cama, y así terminó el dia primero.




=Dia segundo=.

Mi amargor de boca.--Jeannin, sucesor de Sellier.--Recado de la señora
del hotel.--Paseo á pié.--Extravagancias de una cosa que en Paris se
llama gusto civilizado.--Sueldo francés.--Calcetines.--Sortija.--Chaleco.
--Pipa.--Sombrero de paja.--Programa.--Rótulos.--Cocina francesa.
--Fin del dia.


Me desperté á las siete de la mañana, sentí un grande amargor de boca, y
no pude menos de atribuirlo al _restaurant Champeaux_. En cambio el buen
_Champeaux_ se saborearia regaladamente con la memoria de mis pobres
francos.

Tengo la costumbre de levantarme muy temprano, siguiendo el prudente
consejo de Franklin. Hoy es dia excepcional; me levanto á las ocho
dadas. Despues de lavarme y ponerme á cubierto del frio, porque hace
frio, abro la ventana de mi gabinete y me fijo en un rótulo que distingo
en la esquina de enfrente: _Jeannin, sucesor de Sellier_. Yo creí
naturalmente, á mi me pareció que era naturalmente; creí, repito, que se
trataba de algun personaje famoso en materia de ciencias ó artes, y
tenia cierta curiosidad por adquirir noticias acerca del personaje que
yo me fraguaba. _Jeannin_ es lo que nosotros llamamos un tabernero. Esta
especie no dejó de causarme ciertamente extrañeza, y volví á conocer que
tambien en esta ocasion no era bárbaro Paris, sino el extranjero que
condena rutinariamente lo que no es conforme á su educacion y á sus
hábitos.

En realidad ¿por qué una taberna no ha de ser capaz de crédito, crédito
en que está cifrada la fortuna de una ó más familias? ¿Por qué un
tabernero no ha de llamarse sucesor de otro que alcanzó fama, fama
justificada por su diligencia y probidad? Luego que las cosas pasan á
ser industria pública; luego que de la oficina en que se crean pasan á
la oficina que se venden, ¿qué excelencia puede alegar el que vende
instrumentos de matemáticas sobre el que vende azumbres de vino?

Nosotros llevariamos á bien que se escribiese en una enseña: _Jeannin,
óptico ó químico, sucesor de Sellier_, y mirariamos con cierta intencion
satírica el que se dijese: _Jeannin, tabernero, sucesor de Sellier_.
Creo que el vicio no está en los franceses, sino en nosotros que
confundimos el vender con el crear, la operacion del cambio con la
operacion del talento. Los franceses creen, y creen muy bien, que la
venta es igual á la venta, y que tan vender es vender un Cristo de plata
como un jarron de china.

Siga el buen _Jeannin_ siendo sucesor de Sellier, el cielo le dé muchos
sucesores afortunados, y ojalá que los taberneros de mi país hicieran
consistir su orgullo en ser depositarios de una herencia de probidad y
de decoro.

El lector no llevará á mal que yo me pare en estas menudencias, ya
porque estas menudencias, son faces características en donde se refleja
la vida de un pueblo, ya tambien porque tengo necesidad de apreciar
estas cosas, con el fin de educar mis sentimientos propios. No lo hago
por enseñar á quienes saben más que yo; sino por enseñarme y corregirme
á mí mismo.

La señora del hotel me envia á un criado con el objeto de decirme que el
gabinete me cuesta siete francos todos los dias. Esto me hace ver que
hay muchos _Champeaux_ en Paris. Es una cosa que raya en prodigio el
talento con que está dispuesta esta sociedad, para que el extranjero se
vuelva á su casa sin un cuarto.

A pesar de la prevencion con que vivo, estoy seguro de que el famoso
_restaurant Champeaux_ no es otra cosa que el primer hilo de toda una
red.

Teniendo en cuenta lo que he de gastar en carruaje, gratificacion en la
visita de sitios públicos y reservados, casa, comida, teatros, _cafés
cantantes_, amen de las frecuentes _eventualidades y galanterías_ de
Paris, comienzo á sospechar que durante los tres primeros meses, me
bastarán apenas ocho napoleones diarios. ¡Ay de mí!

Mi mujer y yo nos vestimos, y por la vez primera nos vemos en las calles
de Paris en medio del dia, _en plein jour_, como aquí se dice.

No es posible atravesar algunos de los puntos céntricos, sin encontrarse
con muchos repartidores de papeles.

El uno anuncia una liquidacion definitiva, por valor de 300 ó 400 ú 800
mil francos; otro participa una rebaja de un 40 por 100, á consecuencia
de disolucion de sociedad, de retiracion del comercio ó de muerte: otro
va á cerrar sus salones de Invierno: otro va á franquear sus salones de
Estío. Aquí hay un gabinete _perfectamente confortable_, donde se ponen
dientes; allí se restauran las encías; allá nos ofrecen quijadas, ó
narices, ó piernas, ú ojos artificiales, todo con una baratura, una
comodidad y un buen gusto que encanta. No he visto aún ningun papel
donde se prometa estañar la vejiga, como si fuera un pedazo de hoja de
lata; pero no desespero de saber dónde se ponen trozos de pulmon. Aquí
se pone todo, todo absolutamente, menos corazon y cabeza.

Un tabernero se revela al público de este modo: _me apresuro á
participaros que he tenido la feliz idea (l'heureuse pensée) de formar
un establecimiento vinícola (vinicole), único en Francia, donde sereis
servidos como en ninguna parte, no sólo por la circunstancia de ser el
empresario cosechero en grande (en gros), sino tambien por reunir
treinta ó cuarenta años de experiencia y estudio. Escribid por el
correo._ El amo de un restaurant asegura que por 70 céntimos (22
cuartos), da un almuerzo de los más _convenientes_, y que el servicio se
hace en vajilla de plata. Que el servicio sea en vajilla de plata, ó en
vajilla de zinc, poco importa: él estaba en el caso de anunciarse
pomposamente, y dice que es de plata.

En el boulevard Montmartre hay un letrero enorme; en que se brindan
dientes por 5 _francos cada uno, prévia una garantía de diez años_.

¡Dónde estará el diente al cabo de diez años, y aquel á quién se puso, y
el mismo que lo puso!

_La antigua casa de Michaud_ (aquí todo el mundo se denomina _casa,
antigua casa, casa única_), se presenta como la sola casa de Paris, que
pone á nuestro arbitrio y disposicion _una dentadura completa (un
dentier complet)_ por la suma de 150 francos, reuniendo las mejores
condiciones de actividad y duracion (_de travail et de durée_).

En una de las travesías del boulevard de Beaumarchais, se ve un gran
rótulo, donde se promete un menjuge para hacer _salir el pelo á todo el
mundo_, con el bien entendido de que no se recibe paga alguna, hasta
despues de haber obtenido el resultado. El objeto es que acuda gente; lo
demás queda reservado á otro menjuge que sólo ellos conocen. _La charla_
en los mercaderes es aquí un verdadero y misterioso menjuge, una
operacion química, velada por el arte de un hechicero. Orfila era un
niño de teta, como suele decirse.

En Paris no se escapa ningun bicho viviente; ni el oidium, ni las
pulgas, ni las liendres, ni las chinches. Levante los ojos el que pasea
por estas espaciosas y magníficas calles, lea ciertos cuadros que están
expuestos en los almacenes y tiendas de comestibles, y se convencerá de
que sólo la _negligencia en soltar unos cuantos sueldos, puede tolerar_
el desacato de que haya pulgas en el mundo. ¡Cuántos millones
necesitaria un solo individuo, si la esaltase la humorada de creer en lo
que le dice este pueblo volátil, adornado no obstante de tan grandes
dotes, abismado no obstante bajo el peso de tantas flaquezas!

Visitemos las tiendas de pieles, y encontrarémos, perfectamente
disecados, leones, panteras, tigres, leopardos, hienas, lobos, zorras,
castores; en fin, un gabinete de zoología. No he visto ratas; pero no
extrañaria alzar la cabeza y darme de hocicos con una enorme culebra
boa, puesta en una urna de cristal, á lo largo de un escaparate.

¡Tal es el deseo que aquí hay de llamar la atencion y causar impresiones
teatrales! Seguramente no se contentan con la simple impresion
artística: claro es que el _sueldo_ es la suprema aparicion que se
vislumbra en el fondo de estas admirables sombras chinescas; pero es un
sueldo particular, un sueldo francés, que necesita estudiarse mucho para
comprenderlo; que no podrá nunca comprenderse, si se estudia de un modo
aislado. Es necesario poner la observacion en todas las partes de este
gran todo, para que lleguemos á divisar qué clase de _sueldo_ es el que
está depositado en el fondo de esta inmensa urna. Aquí entra en todo,
como uno de los elementos más poderosos, como la primera vitalidad del
país, como carácter de raza, la fantasía. Aquí tiene todo un algo
fantástico, el sueldo tambien. Aquí todas las cosas se cobijan bajo un
manto de coquetismo, tambien el sueldo. Paris no querria, le concedo
esta idealidad noble y generosa, un sueldo grosero, ignorante, idiota,
no; no quiere el oro que se da por ir al teatro, con el fin de ver las
maniobras de un hechicero, de una bruja, si las hubiera: busca siempre y
en todas partes la satisfaccion de su genio artístico; _su sombra
chinesca_. Fenómeno admirable en verdad. Los pueblos menos artistas por
naturaleza, son los que más se dan al arte por instinto y por
educacion. Por esto mismo los oradores suelen tener la pasion funesta de
querer ver escrito lo que hablan. Su palabra es su única belleza, y no
se contentan con ser bellos. La escritura es un postizo que los afea,
que los ridiculiza más de una vez, y están contentos con su fealdad y su
ridiculez. El genio tiene sus arcanos, como tiene el abismo cavidades
ocultas, y aquí encuentro yo uno de sus arcanos más curiosos.

Todo respira aquí contra el arte, contra el arte único que conoce la
humanidad, contra esa poesía santa y sublime que nos hace sentir el
bien, la verdad y el amor, bajo la relacion de la belleza; pero de una
belleza espontánea, impregnada en todo, en el ademan, en la mirada, en
el movimiento, en la voz, en el cielo, en el aire, en la luz, hasta en
el susurro de los árboles mecidos por la brisa. Yo no encuentro esa
poesía fácil, ese arte infuso, por decirlo así, en ninguna parte de esta
magnífica ciudad. Llevemos una estátua de las Tullerías ó del Luxemburgo
á un paseo de Roma, y seguramente parecerá más bella, más estátua, más
arte; es decir, más sentimiento, porque sentimiento es el arte, así como
verdad es la ciencia, utilidad la industria, ó justicia el derecho
humano.

¡Qué espectáculo tan interesante nos ofrece un centro tal de creaciones!
Aquí unos calcetines por ocho cuartos; allí una sortija de dos ó tres
mil duros; ahora un chaleco hecho que se da por una peseta; despues una
pipa de ocho mil reales, como la que hay en la plaza de la Bolsa, número
3. Al fin de la calle de Montmartre, cerca de San Eustaquio, corbatas de
seda por poco más de dos reales; en la calle de Richelieu, un sombrero
por doscientos duros.

Seguramente habrá mil contrastes más raros; pero no puedo hablar sino de
lo que he visto en veinte y cuatro horas que vivo en Paris, y me parece
que una regular indulgencia no podria exigirme más.

He ajustado la cuenta del importe á que suben los sombreros de paja que
hemos visto, segun el número anunciado en los depósitos y su precio
corriente, y resulta que no bajará de doce a catorce millones de
reales. Es verdad que no creo completamente en el anuncio de los
almacenistas, porque aquí nada es lo que parece, ni se fia tanto en la
bondad intrínseca de la cosa, como en su brillante manifestacion. Como
ya dije, aquí todo tiende á poetizarse, aunque nada tenga una verdadera
poesía. Es menester contar, para no engañarse, con la realidad del
objeto y sus aspiraciones poéticas. El cubilete es verdad; el
prestidigitador es mentira, ó si queremos llamarle verdad, habremos de
llamarle verdad fantástica, verdad mentirosa, verdad en que la verdad
sufre un escamoteo.

Una de las cosas más dignas de observarse en este gran horno de
fundicion social, es hasta qué punto agita los entendimientos: quiero
decir, las imaginaciones, porque la imaginacion es el gran entendimiento
de los franceses, la competencia industrial y mercantil.

El mercader de ropas hechas pone á los sastres _como hoja de peregil_:
el sastre viste al mercader de ropa de pascua; y no sabemos qué admirar
más, si la ironía del mercader ó la del sastre. En punto á comprar y
vender, todo el mundo es poeta á su modo, literato, erudito. En el
bulevar de la Poisonnière ó de San Dionisio, he visto hoy una especie de
programa en que uno se presenta como candidato á la diputacion, alegando
por título que vestirá á las mujeres mejor y más barato que ninguna casa
de Paris. _¿Qué mayores ventajas podeis hallar en un diputado_, dice á
los electores, _que la de contentar á vuestras mujeres_? Esto no pasa de
ser una broma, pero es una broma de un gusto enteramente parisiense.

Pasan de quince ó veinte lienzos de pared en que hemos divisado, á una
altura de quinto ó sexto piso, el anuncio de la _Ville de Paris_, calle
de Montmartre, núm. 74. Es seguro que en tales avisos ha empleado un
capital considerable. Calcule el lector que para anunciarse en algunos
lienzos de pared, ha necesitado poner andamios ó empalizadas.

No puede darse el caso de caminar por algun punto sin darse de cara con
un letrero, con una enseña, con un aviso; como si el aviso fuese el aire
que aquí se respira, el espíritu que todo lo mueve, el hornillo que
todo lo calienta. Nos metemos en un carruaje; allí está el rótulo del
diente, del pelo, de las píldoras, del agua prodigiosa: nos introducimos
en los lugares más escusados, toda vez que sean del dominio público;
allí están las píldoras ó el unto tambien. El aviso, el decir _aquí hay
esto ó lo otro_, es el arca predestinada donde se ha refugiado este Noé
con toda su familia.

Esto parece exagerado al que no lo presencia; pero sepa el que dude, que
una de las tareas que más dan que hacer á la policía de Paris, consiste
en especificar los sitios en donde no se pueden fijar anuncios, citando
el artículo del reglamento que lo prohibe. Así sucede, que lo más común
es encontrarse con letreros que dicen: _défense d'afficher, prohibicion
de fijar avisos_. De modo, que hasta la policía, queriendo evitar los
rótulos, _rotulea_ tambien.

Y por rotulear de todos modos, hay quien se anuncia _gratis_, (gracia
estraña en Paris en donde el céntimo está pegado á toda cosa, así como
el agua del bautismo corre sobre la frente del bautizado).

A orillas del Mercado Nuevo hemos visto un anuncio en que se dice con
letra bastardilla: «curso gratuito de piano, calle de Argel, núm. 3,
enfrente del jardin de las Tullerías.»

_A la pensée._ (Al pensamiento.) Esto vi en un almacen del bulevar
Montmartre (ó en sus inmediaciones), y tiré del brazo á mi mujer como
tocado de una curiosidad poderosa. ¿Qué pensamiento será este? decía
para mí. Llegamos: era una zapatería.

_Al bello pensamiento. (A la belle pensée.)_ Esto ví escrito en una de
las cajas que están expuestas en la esquina de la calle _Les filles
Saint Thomas_, y me ví asaltado del mismo conato curioso. Me aproximé,
ví: era una caja de confites.

_Hautes nouveautés_! (Altas novedades.) Esto leí en los cristales de un
almacen de la calle de Vivienne, y tales títulos no pueden menos de
sorprender. Fuimos allá, lo que nos habia cautivado el ánimo era una
coleccion de manguitos, camisolines, chambras y cofias.

Pero uno de los anuncios en que más me he fijado, acaso por su
_exterioridad relumbrona, por su oratoria esencialmente francesa_, es
uno que hemos visto en la encrucijada que forman la calle Vivienne y las
Hijas de Santo Tomás, en uno de los ángulos de la plaza de la Bolsa.
Tengo el anuncio copiado en mi cartera, y casi presumo que al lector no
le desagradará verlo, aunque no respondo de su completa fidelidad. Acaso
hay algun letrero en chimenea, rendija ó resquicio que nosotros no hemos
podido divisar. Lo que desde la calle se ve, es lo siguiente:

Arriba, muy arriba:

_Al palacio de cristal.--Vestidos para hombres_.

Más abajo:

_Palacio de cristal_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres_.

Más abajo:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo, sobre cristales:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres_.

Esto se ve estando situado el espectador en lo interior de la Plaza
de la Bolsa.

Ahora situémonos en la calle Vivienne, y descubrirémos; arriba:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres_.

Más abajo:

Especialidad en trajes de niños_.

Sobre la puerta:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo:

_Precio fijo_.

Más hácia la derecha:

_Trajes hechos y á la medida_.

En otra puerta:

_Al palacio de cristal_.

    En los cristales:

_Precio fijo_.

Más hacia la derecha:

_Trajes hechos y á la medida_.

Por otra calle:

_Precio fijo_.

Más abajo:

_Al palacio de cristal_.

Más abajo:

_Vestidos para hombres, niños y libreas_.

En los cristales:

_Trajes de casa y de librea_.

En un recodo que hace la calle:

_Al palacio de cristal_.

Más arriba:

_Al palacio de cristal.--Vestidos para hombres y niños_.


Más abajo, en un cuadro de hoja de lata ó de metal dorado:

_Vestidos para hombres y trajes para niños_. Este aviso está en francés,
inglés y aleman.

Sobre otra puerta:

_Al palacio de cristal.--Ropas de casa_.

A la izquierda de la misma puerta:

_Precio corriente de las libreas_; y mencionan diez y ocho objetos de
traje, por valor de 739 francos.

A la derecha, sobre cristales:

_Entrada de los obreros_.

Más á la derecha, sobre una muestra:

_Entrada de los obreros_.

Despues de tomada esta nota, veo una enseña en el extremo del primer
balcon que da á la calle de las Hijas de Santo Tomás, la cual decía:

_Vestidos para mujeres y niños_.

A su lado, casi en medio de dicho balcon, se ve tambien una gran placa
dorada alrededor y bronceada en el fondo, donde tiene las armas
francesas, ó un trofeo semejante. En la placa se divisa este rótulo en
elegantes letras cinceladas: _Comision imperial_. 1855.

Si tanto palacio, y tanto cristal, y tanto hombre, y tanto niño, y tanto
traje pudiera tener realidad animada, discurra el lector si podria
formarse todo un pueblo de trajes, de niños, de hombres, de cristales y
de palacios.

¿Cuánto habrá gastado esa casa en los anuncios? Digo lo que antes dije
de la _Ville de Paris_: es seguro que ha consumido un capital de alguna
cuantía.

Hemos comido en un famoso _restaurant_ de la calle de Richelieu, porque
es necesario ver estas celebridades (ver significa pagar), y nos
volvimos á nuestro hotel á las once dadas de la noche.

Mañana correrémos los bulevares de Montmartre, de los italianos, de las
Capuchinas, de la Magdalena; bajarémos por la calle Real, siguiendo
despues la calle de Rívoli, hasta el _Hotel de Ville_, y dando un
vistazo á las Tullerías, Plaza de la Concordia, campos Elíseos, y arco
de la Estrella, monumento suntuoso, que no cuesta á Paris menos de 39 ó
40 millones de reales.

Termino este día manifestando un incidente que tiene angustiada á mi
mujer, y que, en verdad sea dicho, á mí no me tiene de buen humor. Desde
que he llegado á Paris, no como; no porque no tenga ganas de comer, sino
porque estas salsas me repugnan.

La cocina francesa tiene gran fama, no se la quito, no soy perito en la
materia; pero lo soy en punto á conocer mi paladar y mi estómago, y digo
en _pleno Paris_, que echo muy de menos mis pichones de la plaza de
Herradores, el guisado que me aliñaba mi mujer, y mi clásico vino de
Valdepeñas.

O los manjares no se conocen, á fuerza de aderezarlos y _embellecerlos_,
porque hasta en los potes de la cocina quiere establecer su reinado _la
poesía francesa, el impertinente é inexorable palaustre,_ ó el diablo no
puede con ellos á fuerza de estar duros, permítame Paris esta ruda
expresion española.

El vino extranjero es carísimo, el vino común del país es malísimo para
mi gusto, y vuelvo á decir que doy razón, mucha razon á las perdices, á
los pucheros y al vino de mi tierra.

En materia de comer y de beber, sépalo el magnífico Paris, soy castizo
español. Le felicito por sus glorias; pero soy español, bien que en
otras muchas cosas ...no soy francés. Y mi mujer dice: ni yo francesa.
¡Dios me libre!

Así finalizó el día segundo.




=Dia tercero=.

Progresos de mi mujer.--Melancolía.--Nuevos rótulos.--Anuncio de la
Union agrícola.--Costumbre de las señoras de Paris.--Sangre fria de los
hombres.--Achaques de raza.--La soga.--Una mujer en la calle de
Richelieu.--La mujer francesa.--Medallas.--Prodigio del genio
francés.--Más rótulos.--Baston de Richelieu.--Plaza de la
Concordia.--Arco de la Estrella.--Campos Elíseos.--Vuelta al Hotel.


Mi mujer va haciendo admirables progresos en el idioma francés. Á las
mujeres las dice _monsieur_ y á los hombres _madame_: al _quilógramo_,
medida de áridos, lo llama _litro_, medida de líquidos: el bulevar, es
el _restaurant_ y el restaurant es el bulevar, y así en otras cosas.
Está muy afligida, porque dice que le sucederá lo que al otro: olvidó el
español y no aprendió el francés.

Salimos á las nueve de la mañana. Mi mujer y yo nos vemos asaltados por
esa melancolía indefinible, que no puede menos de experimentarse cuando
se llega á una ciudad tan populosa. El individuo parece absorberse en el
grupo que le circuye por todas partes, y se halla como privado de la
conciencia de su dignidad y de su poder. No quiero decir que pierda
realmente su personalidad en la familia, en la ciencia, en el arte, en
la industria, en la religion, en el derecho, no: una entidad absoluta no
se pierde por combinaciones accidentales. Lo que digo es que el
individuo se siente pequeño ante lo mismo que él ha creado: el artífice
se anonada ante su propia obra. En este caso sucede al hombre lo que al
grano de arena en medio de un desierto muy dilatado. Un grano de arena y
otro grano de arena forman el desierto; pero el grano se ve perdido
entre los horizontes de aquella inmensa soledad.

El individuo experimenta que otra fuerza mayor le reasume, una fuerza
extraña, indiferente, que no le hace amar, que no le educa el corazon,
que no lo civiliza para la gran moral de este mundo: no lo absorbe el
cariño, sino el número, este número no es la vida; porque el individuo
se siente con vida tambien, y esta emocion confusa le comunica una
tristeza que no se puede definir. No basta el bullicio, ni la agena
alegría, ni los espectáculos más pomposos, para que deje de estar
triste. Nunca debe ser más terrible el morir que cuando se oye cantar, y
por una razon idéntica, sucede que la música no distrae, sino que daña,
á las personas que padecen aflicciones profundas.

El extranjero está pesaroso, este pesar es una arruga de su alma, por
decirlo así, que apenas se divisa en su semblante; pero el pesar existe,
tiene su significacion muy trascendental, y para apreciarla debidamente,
es indispensable poner el pié en tierra extranjera. No, no vale el genio
sin el sentimiento experimental que nos descubre ciertas distancias en
la insondable matemática de la vida. El talento sin la experiencia, sin
sentimiento práctico, sin la estética particular de los lugares y de los
hombres, es lo que la trasparencia del cristal sin los rayos del foco:
es lo que nuestra vista sin la chispa eléctrica de la luz. Para
evaporarse, no basta que un licor sea espirituoso: es indispensable que
salga de la cavidad de su redoma es indispensable que la atmósfera
inflame sus poros bajo el contacto de la luz del cielo.

¡Cuánto quiere decir este dolor confuso que experimentamos en medio de
este enorme bullicio! ¡Cuánto deberia hacernos meditar y sentir! El
hombre da unos cuantos pasos, atraviesa una linde que es tierra tambien,
y se halla desterrado y proscripto en la humanidad. ¡Ay! ¡cuántas
lágrimas amarguísimas serian necesarias para purgar este inmenso pecado!
Pero para algo muy grande, muy solemne, muy humano, muy caritativo, debe
reservar estas cosas la justicia de Dios.

Esto es una urna velada por el impalpable crespon de todos los siglos.
¿Quién sabe el voto que en esa urna misteriosa depositará un dia la
Providencia!

--No lo verás tú, se me dice.

--Sí lo veré; lo veré en ese sentimiento que me hace infinito,
profesando amor á los hombres; en ese sentimiento que me hace inmortal
esperando en la ley de Dios. Lo veré, sí, lo veré, lo veo hoy, lo ve mi
esperanza.

Hemos visitado la calle y bulevar de Montmartre, el de Beaumarchais, San
Martin, Temple, Poisonnière, Italianos, Capuchinas y Magdalena.

Es sorprendente el estruendo que se percibe por donde quiera que se va,
trabajo prodigioso que en todas partes se revuelve y se agita, creacion
incesante que se desarrolla en tantas esferas, para dejarse luego ver
bajo formas tan gigantescas y variadas. ¿Cómo no? Es un coloso el que se
mueve: cada movimiento no puede menos de presentar una faz del coloso.

Uno es sastre del rey de Holanda, otro del de Cerdeña; otro manifiesta
una medalla del emperador de Prusia ó de Austria; tal almacen se titula
proveedor de _María Cristina_, como he visto en la calle _arrabal_ de
San Honorato. Aquí una tienda de gusto chinesco; allí otra de gusto
árabe, persa, griego ó ruso. Hotel de Francia, de Inglaterra, de
Holanda, de Rusia, de Prusia, de Austria, de Turquía, de Italia, de
América, de Europa, café ó estaminet del Universo; todo hierve y refluye
aquí, como toda la sangre se mueve y se trabaja en el corazon. No he
visto ningun hotel de Africa ó de la Oceanía; pero esto no es decir que
no lo haya. Parece imposible que no exista en Paris una fonda, café ó
cosa equivalente, que lleve por título: _café, fonda, pastelería ó
taberna_ de las costas de Oro. No seria esto más raro que un anuncio de
la Union Agrícola, puesto en verso rimado de once sílabas, tan contadas
como los dedos de la mano. Y no se crea que esto es pulla. He visto
aquel anuncio singular en una empalizada, cerca del lujoso edificio que
se está levantando en la misma calle donde finalizan las Tullerías y el
Louvre, y que es la décimo-tercera alcaldía de Paris. ¿Llegará dia en
que los poemas épicos se escriban en prosa tabernaria?

Una particularidad hemos notado mi mujer y yo. La pasion dominante en
las parisienses de mediano y alto coturno, consiste ... ¿en qué dirá el
lector? Consiste en alzarse muellemente el traje aunque no haya lodo.
Sin duda es un golpe de estado, aplicado á grandes razones de etiquetas.

Otra particularidad más curiosa hemos descubierto tambien. Apenas habrá
pueblo en el mundo en que los hombres vuelvan la cara con más sangre
fria, y se queden mirando con más formalidad los piés y las piernas de
las transeuntes. Esto viene de una raíz muy honda: viene de cierto
temperamento que es el carácter más distintivo del pueblo francés. No
hay casta social donde con tanta gravedad y tanto aplomo se hagan cosas
ridículas. No es decir que en los demás países no se caiga en ridículo;
más para este ridículo hay una risa: aquí no se rien. Y cuidado que no
se dejan de reir por hipocresía ó por estudio, sino porque creen de
buena fe que el asunto no merece reirse; porque están _patrióticamente_
convencidos de que no puede haber cosa ridícula, siendo _cosa francesa_.

Pero tal vez no tengo razon en decir que este hábito es lo que más
caracteriza al pueblo francés. Acaso esto viene de más adentro: acaso la
formalidad cómica de los franceses para el ridículo, es una simple
derivacion de otro carácter más universal, porque está más en el
interior de su genio: su genio, que todo lo devora; que todo lo devora,
conservándose intacto: que todo lo devora, sin devorarse jamás á sí
mismo: su genio, decia, le lleva hoy á consumar un hecho cualquiera;
pero á las veinticuatro horas este hecho está devorado y corre tras
otro. ¿Cuál es este otro? Un hecho nuevo, una nueva emocion, un nuevo
trabajo, el jornal de otro dia; el plato de hoy; quizás una emocion
contraria, acaso el plato que le envenena; pero la ley es devorar, la
necesidad es sentir lo que no se ha sentido; la pasion es no envejecer
en una idea, en un sentimiento, en una institucion: hoy una institucion,
otro dia la contraria. Hé aquí el ridículo; práctica este ridículo, no
sólo con formalidad, sino con ahínco, con efusion, con la efusion
ardiente y generosa del que trabaja, para satisfacer las inspiraciones
de su genio.

Antes que ridículo, el pueblo francés es voluble. Aquí encuentro yo el
carácter radical; todo lo demás es derivacion, corrientes de este
manantial oculto, gestos de este rostro escondido.

Creen, y creen bien, que una brisa estancada no seria buena para mecerse
sobre las florestas de un paraíso; creen, y creen mal, que lo primero es
renovar el aire, sin consultar si el aire nuevo está más dañado. Francia
es un águila, que para recibir ambiente nuevo, abre y golpea las alas
sin cesar; aquí se concentra la suma mayor de su vida: que un milano
venga y se oculte bajo aquellas alas impacientes, no importa: que el
águila se torne en cuervo ó buho, toda vez que el buho sacuda las plumas
para que las penetren los nuevos gérmenes de la atmósfera, no importa
tampoco.

Pero estoy fuera de lugar: estas apreciaciones pertenecen á otra parte
de estos apuntes.

No hallamos pobres que pidan, ni niños jugando por las calles. Las
clases que se manifiestan al público respiran bienestar y decencia.
¿Pero es todo esto verdad? ¡Ay!

En la plaza de la Bolsa hemos hallado dos jóvenes de veinte ó
veinticinco años, que saltaban en una cuerda, juego que en Andalucía se
llama de la _soga_. Lo mismo hacia en la calle Feydeau una mujer que
tenia varios hijos.

En la calle de Richelieu, una mujer se ataba las enaguas blancas,
adoptando apenas reserva alguna, sin que esto causara maravilla á los
transeuntes.

Aquí las mujeres, aún siendo jóvenes, entran y salen, van y vienen, en
la seguridad de que nadie las molesta ni las restringe. Se ve á la mujer
en el campo, dirigiendo hábilmente un carruaje, con su blanca y aseada
papalina, llevando las riendas de un elegante cabriolé en el paseo
público, detrás del mostrador en el café, en la tienda, en el
escritorio, en todas partes, posesionada siempre de la porcion de
humanidad que la ha dado una conciencia que yo respeto, por más que se
torne contra la poesía oriental de la mujer: una conciencia que no la
usurpa lo que la ha dado la verdad adorable de la creacion.

Estudiado Paris en esta tendencia, no parece un pueblo oriundo de los
latinos, herederos, como Atenas, de la esclavitud de la mujer asiática.
Así sucede que la mujer francesa, desarrollada en todas las faces de la
vida social, tiene un aire de dignidad, de fuerza, de albedrío, y un
grado de despejo y de inteligencia que nos maravilla.

El amo de una _rotiserie_, de una taberna, de una lechería, de un
pequeño almacen, podrá no ser acaso un _monsieur_: el ama es todo una
_madame_ ó señora. La mujer de Paris trabaja tanto como el hombre, tiene
mejor sentido que él, vive más honrada que él, no por la galantería
jactanciosa de los tiempos hidalgos, sino por los oficios que presta, y
esto explica en gran modo las creaciones casi fabulosas de esta rica
ciudad.

La poblacion inútil que en otros países consume lo que la poblacion útil
trabaja y crea, es sumamente reducida en el Norte de Francia, dejando
aparte la organizacion del órden oficial.

Creo que la parte mas sana de la civilizacion francesa, el progreso más
notable que aquí encuentro, consiste en el personalismo que se ha
otorgado á la mujer, aunque esto suceda á costa de la mujer misma, la
cual gana en representacion lo que pierde en belleza, porque perder
belleza es perder idealidad. La mujer oculta en el fondo de su casa,
como el arcano de la familia, es mucho más bella que la expuesta al
público detrás de un mostrador de mercader, mezclada y confundida con el
precio de lo que compra y vende. La mujer árabe no es tan hermosa por su
hermosura como por su misterio. Propiamente hablando, no es mujer; es
una fantasía, una especie de agüero ó hechizo que no seria nada, si no
despertase en nuestra alma el sentimiento de lo maravilloso, como nada
seria el encantamiento sin el encanto. La mujer se convierte en una
maravilla, en un monumento; parece rodearse de ese prestigio
inexplicable que circuye á una estátua; nos llama á sí con la atraccion
eléctrica que en nosotros produce el arco Iris; no es mujer, repito: es
una melancolía delicada, un arte sublime, un gran poder, porque el
elemento maravilloso, ese algo fantástico á que suele darse tan poco
sentido, es un poema armonioso é infinito que la naturaleza ha grabado
en nuestro corazon.

La fantasía es el complemento del hombre, como el éter es el complemento
del espacio. La fantasía llena al hombre, como el éter llena la creacion
entera. No os riais, vosotros que no creeis en la imaginacion, para
tributarla homenaje á cada momento, cuando menos os lo parece, como
aspirais la atmósfera cuando menos os apercibís. ¡No os riais de ese
éter divino, destinado á no dejar vacío ningun hueco en el ánfora de la
vida; no os riais!

Sin embargo de esto, que es verdad, que yo creo verdad, verdad
confirmada por la experiencia de siempre, juzgo que la mujer ha venido
al mundo para realizar fines sociales, en armonía con la moral y con el
derecho: juzgo que ahí está la expresion más profunda de su existencia;
no quiero que al arcano de la casa la comunique esa belleza que la da en
Oriente una tradicion que la hace bella para hacerla esclava; una
idealidad que la hace misteriosa para hacerla gemir; un Corán que la
torna en perfume para que ese perfume dé incienso á un ídolo; no, no
quiero esa poesía que es poesía, como es artístico el sarcasmo que se
logra ejecutar con arte. Quiero que la mujer salga á luz, porque la luz
fué tambien creada para ella. Quiero que el misterio la niegue la
hermosura asiática, para que reciba la hermosura humana de manos de su
propio destino, de manos de la razon universal; de manos de la
Providencia.

Quiero que la mujer sea el guardian doméstico, pero sin dejar de ser
entidad religiosa, moral, política, industrial, si conviene, porque la
casa está dentro de la sociedad, y quiero que la mujer no se tenga en
menos que la casa. Quiero que sea madre; venero este carácter santo,
este santo sacrificio de amor; pero quiero que no deje de ser mujer.
Quiero que sea mujer; pero que no deje de ser _sujeto humano_. Todo
reina en la verdad de la naturaleza; quiero el reinado de la mujer.

Aquí se está en camino de lograrlo, y esta civilizacion que por ella
aboga, es sin disputa lo que más me reconcilia con un pueblo que tiene
otros usos, otro lenguaje, otra manera de sentir, y cuya sociedad no
puede sernos completamente grata. No sé si es historia; pero entre un
español y un francés, hay algo que riñe.

Almorzamos en la calle Vivienne á las doce dadas, y dirigimos nuestras
visitas á diferentes travesías de los bulevares.

Apenas se encuentra establecimiento comercial de alguna importancia, en
donde no aparezca, en puerta ó balcon, algun privilegio manifestado en
pequeña ó grande medalla imperial. Hay carros que van _empavesados de
emperadores en bronce_. Si á todos los metales donde está el busto de
Napoleon III se les pudiera dar vida, seguramente habria bastante para
formar todo un vasto imperio compuesto solamente de emperadores.

Aparte del gusto que esto revela; aparte del sabor que esto deja en la
conciencia del que va examinando el mecanismo oculto de esta poblacion
colosal; aparte la contradiccion que se echa de ver inevitablemente
entre la Francia histórica y la Francia presente, entre la memoria y el
hecho; este tumulto de medallas y privilegios no me parece extraño,
sentada la competencia que es natural en un gran centro comercial y
fabril. Pero como este centro comercial y fabril tiene muchos libros
escritos, muchas y memorables jornadas políticas, muchas y gigantescas
revelaciones sociales: como la existencia de todos los pueblos se
reasume en dos grandes soluciones: lo que se escribe y lo que se obra,
lo que se recuerda y lo que se siente; encuentro desnivel entre el Paris
de tanta medalla y el Paris de tanto recuerdo; entre la solucion de la
historia y la solucion de la presente sociedad. La memoria y el
sentimiento pugnan y se repelen, á lo menos en mi juicio y en mi
conciencia.

En Lóndres veré más medallas, muchas más medallas, y no lo extrañaré
ciertamente. Pero estoy seguro de no hallar muchos breves de
indulgencias papales, y hé aquí la superioridad de la Inglaterra sobre
la Francia: la superioridad lógica, consecuente, de buen sentido: la
historia y la máquina que se mueven al par; todo el pueblo inglés
dirigido á un fin, más ó menos plausible, pero que no sale jamás de las
condiciones que se ha impuesto: cruel quizá, inmoral acaso; pero lógico.

La indulgencia pontificia en Lóndres es la indulgencia imperial en
Paris. Aquí hay indulgencias; es bien seguro que en la otra parte del
Estrecho no las habrá.

Los franceses tienen grandes títulos ante la opinion del mundo entero;
podrán tenerlos todos, menos el de la lógica; esa suprema geometría del
albedrío que va midiendo y nivelando progresivamente el ayer y el hoy,
la historia y la emocion, la emocion y el hecho.

La Francia, empero, no debe quejarse: alguna parte flaca habia de tener,
cuando tiene otras sobre las cuales se levanta tan grande, tan rica y
tan fuerte.

Sólo en una cosa me parece lógico el pueblo francés: no voy á decir que
sólo es lógico en ser voluble, porque esto ya se sabe. Una nacion, como
un individuo, es siempre lógica; providencial y santamente lógica, en
materia de no ahogar su genio; en tender dia y noche á que su genio
triunfe. ¿Cómo el hombre dado al retiro no ha de buscar la soledad?
¿Cómo el goloso no ha de buscar el plato en que sueña? ¿Cómo un
enamorado no ha de pensar en la mujer que ama?

La Francia es voluble, lo ha sido hasta hoy, porque la volubilidad es su
talento; la cifra que Dios escribe al pié de cada cuna. Tal vez la
educacion de la experiencia, un prodigio del estudio y del arte,
modifique mañana ese talento y le abra otro camino; pero esto será la
empresa de mañana, y yo no hago aquí la biografía de la Francia futura.

El pueblo francés es solamente lógico en aparentar que tiene olvidada á
la Inglaterra. Ya he dicho que Paris es un cartel inmenso. Si al
arbitrio particular quedara, el mercader parisien pondria anuncios de
sus géneros hasta en _la cabeza de un calvo_. ¿Cuántas vidas serian
necesarias para leer todos los rótulos y papeles impresos que bullen sin
cesar por esta Babel? Sin embargo, (¡Providencia del patriotismo!) no he
hallado un solo letrero en que se recomienden los artículos de la
industria inglesa, de la primera industria del mundo conocido.

Esta sensatez en materia de consecuencia me maravilla, y me da motivo
para decir que el pueblo francés es voluble, hasta el punto de
contradecir su propio carácter.

Las enseñas mercantiles é industriales son para mí un objeto de gran
distraccion.

_Al zapato galante. (Au soulier galant)_:

_A la Sílfide_. ¿Quién no habia de creer que se trataba de algun baile?
Pues no, la Sílfide es un restaurant, una Sílfide gastronómica, una
Sílfide que se engulle cinco ó seis platos por cinco ó seis pesetas.

_Al buen pastor_. ¿Quién no habia de creer que se trataba de alguna
hermandad ó cofradía? Pues tampoco: el buen pastor es un rico almacen de
géneros, sito en la calle de San Sulpicio, núm. 21, si no yerra un
anuncio que he visto cerca del Panteon.

Entre los objetos curiosos que hemos notado, no puedo menes de hacer
mérito de un _baston de Richelieu_, expuesto al público en el pasaje de
los Panoramas, en una galería que debe ser la de Feydeau, tienda núm. 6.

Quise conocer su valor en venta, y la señora del establecimiento me dijo
que el precio último era mil francos. Si aquel baston es en efecto del
memorable cardenal, alma de Luis XIV y de su siglo, del Luis XIV de la
política francesa, como varias personas me lo han asegurado, me creo con
derecho para decir que la Francia es poco _arqueóloga y hasta poco
francesa_, si se quiere; cosa extrañísima. ¿Cómo aquel baston, reliquia
anticuaria y social, no pasa á uno de los ricos y preciosos Museos de
Paris? No por mil francos, no por un millon de francos, consentirian los
ingleses que pasara á manos de extranjeros un baston de cualquiera de
sus personajes históricos. Si yo no codiciara en este mundo otra cosa
que un talego de oro, me consideraria feliz poseyendo un baston de
Cromwel, de Milton, Shakspeare, de cualquier Richelieu inglés, ora
político ó literario.

A pesar de la reiterada afirmacion de aquella señora, y de las formales
aseveraciones de dos franceses, no me atrevo á creer que aquel baston
fuera efectivamente de Richelieu. ¿Cómo no habia de recelar la Francia
que se lo llevaran los _ingleses_, que es como si dijéramos los moros?
¿Cómo los moros (para Francia) no se lo hubieran llevado ya?

Perdóneme la señora del almacen, perdónenme los dos caballeros
parisienses; yo no lo creo; en honra de Francia, no lo debo creer.

A las seis comimos en el _hotel de Madrid_ (comer para mí es sentarme á
la mesa) y nos dirigimos inmediatamente hácia la Magdalena, palacio
griego convertido en templo cristiano.

Desde los altos y espaciosos pórticos de aquel templo, veiamos á un
mismo tiempo la calle Real, la hermosa plaza de la Concordia, las
entenas y cables de un bergantin surto en el Sena, y uno de los palacios
que adornan la otra orilla del rio.

No es una vista pintoresca y expresiva, como las de Génova, como las de
Nápoles, como las de Roma, como las de Granada, Córdoba ó Sevilla: no es
una belleza italiana, griega, española; no es una naturaleza artística,
por decirlo así; un arte naturalmente monumental, pero es una belleza
grandiosa.

Avanzamos hasta el principio de la plaza y el espectáculo cobró mayores
dimensiones. Hé aquí el boceto.

Dos fuentes riquísimas en escultura y agua, circuidas por una especie de
celaje de polvo, porque tal es la impetuosidad con que el agua brota: en
medio de las fuentes, un obelisco egipcio colosal: en torno á la plaza,
grandes pedestales con las estátuas de las principales ciudades del
reino, sembradas todas las distancias por gruesas farolas de bronce:
hácia adelante, el Paris de la otra orilla del Sena, con su aspecto
feudal, sus palacios que parecen castillos, sus casas y sus árboles
corpulentos y verdes: hácia atrás, los dos palacios que limitan
lateralmente la calle Real, y en su fondo el gran templo de la
Magdalena, circuido de suntuosas columnas estriadas: á la izquierda, el
jardin de las Tullerías, dividido por una verja, coronada á intérvalos
de águilas doradas, entre dos pedestales que sostienen caballos de
mármol; luego un surtidor del jardin que arroja el agua á la altura de
un cuarto ó quinto piso, formando mil ondulaciones caprichosas á
impulsos del viento; despues varias calles de árboles simétricos, á
través de otras fuentes, hasta cerrarse el horizonte con la fachada del
palacio imperial, corriendo una extension de novecientos á mil pasos: á
la derecha, los campos Elíseos, por entre cuya hilera de árboles se
dilata la vista, hasta detenerse en el arco triunfal de Napoleon,
creacion enorme de la riqueza y del entusiasmo.

Luego que hubimos satisfecho los primeros conatos de admiradora
curiosidad, paseando los ojos tardíamente sobre aquel grandioso panorama
del arte humano, no del arte francés, digimos á nuestro _necesario
fiacre_ que nos llevara al arco de la Estrella.

Un coche es aquí un personaje de primera categoría, la gran carta de
recomendación y el gran amigo del extranjero.

El buen fiacre cogió el trote camino del arco, á través del
aristocrático palacio de la Industria, del aristocrático palacio de la
democracia (la democracia tiene un palacio casi enfrente del palacio del
Emperador); á través tambien de los _cafés cantantes de estío_, del
gracioso castillo de las flores, del jardin _Maville_, del jardin de
invierno, del circo de la Emperatriz, y de casas modernas que son las
más bellas que he visto.

Despues de correr un espacio de cuatrocientas ó quinientas varas,
extension aproximativa de los campos Elíseos, nos encontramos bajo la
bóveda central de aquella apoteosis espléndida de Napoleon, el arco del
Triunfo. Desde aquel arco descubriamos, á una distancia de un cuarto de
legua, el bosque de Bolonia, cuyo camino aparece sembrado de árboles y
elegantes quintas, que le comunican un aspecto muy grato, aunque no
bastante pintoresco; porque yo entiendo por pintoresco lo que es
variado, caprichoso, y sobre todo caprichoso de un modo agreste.

Vemos á la vez el arco del Triunfo, el dilatado bosque de Bolonia, el
Obelisco de la Plaza, mientras que nadando sobre la copa de los árboles
que pueblan el jardin de las Tullerías, allá, como una nube medio
perdida en el horizonte, como el amago de una borrasca, como la
aparicion indecisa de una sombra, se levanta trémulamente, segun la
ilusion óptica, la torre negra del Palacio Imperial. De manera que
mirábamos, casi simultáneamente, el monumento triunfal levantado á la
Francia revolucionaria y conquistadora, el monumento del Egipto
usurpado, y el monumento de la segunda Francia imperial: un triunfo, una
usurpacion y un misterio: el arco, el obelisco y las Tullerías.

Eran casi las ocho; y apenas podia distinguir el nombre de los generales
y batallas del imperio, batallas y nombres escritos en las altas paredes
de aquella pirámide.

No soy tan entusiasta de Napoleon como otros muchos. Le admiro más por
sus desafueros y sus vicios que por sus virtudes y sus glorias: si
viviera le apostrofaria vigorosamente en estas páginas. Estando muerto,
siendo historia, le acato. Bajo estas bovédas colosales, bajo esta
colosal inspiracion de un pueblo entusiasta, le venero. Su evocacion es
aquí una sombra que me conmueve, que me ilustra, que me moraliza, que
hace hervir mi alma bajo la inmensa idea del hombre. Sí, venero á
Napoleon bajo este arco, bajo este mausoleo de su ceniza histórica, como
no puede menos de venerarse la memoria de los Faraones tiranos en
presencia de las pirámides egipcias. Sí, le venero; y el que quiera
saber cuán poderoso es el genio artístico embelleciendo la historia
social, un genio embelleciendo á otro genio, un siglo embelleciendo á
otro siglo, la humanidad embelleciendo al hombre: el que quiera saber de
qué modo una piedra halla el camino de nuestro corazon, que venga y
contemple este arco.

Eran ya las nueve cuando nos dirigiamos hácia la plaza de la Concordia,
con el objeto de seguir la calle de Rívoli hasta la casa de la Ciudad ú
hotel de Ville.

Antes de penetrar en la calle, quisimos ver la perspectiva que
presentaban los campos Elíseos iluminados, así como la plaza de la
Concordia.

¡Espectáculo magnífico por cierto! Desde dentro del jardin de las
Tullerías, alcanzábamos á ver en dos filas simétricas los muchos faroles
de gas que alumbraban los campos Elíseos, hasta el mismo arco de la
Estrella, presentándose á nuestros ojos aquellas dos filas como dos
columnas flotantes de fuego. A la izquierda, por entre los árboles,
asomaban furtivamente centenares y centenares de luces, unas formando
pórticos y fachadas, otras sembradas por entre los árboles del paseo,
luces que iluminaban uno de los cafés cantantes de verano. Á la derecha
se descubrian tres grupos brillantes, que eran otros tantos cafés de
canto, en cuyas fachadas habia juegos de gas que representaban varios
caprichos, entre otros, un águila con las alas abiertas y caidas, como
si remedara un lloron.

Excepto la entrada de los emigrados en la plaza del Vaticano, entre un
bullicio indefinible de pueblo y millares de hachas encendidas, así como
la iluminacion instantánea de la cúpula de la gran Basilica en la noche
de San Pedro: exceptuadas estas dos ocasiones, repito, no he
experimentado nunca un sentimiento en que más participara de esa especie
de éxtasis con que adormece nuestro ánimo la percepcion de lo
maravilloso.

A lo dicho debe juntarse que el tránsito continuo de coches con faroles
encendidos por la plaza de la Concordia, causando un desnivel constante
entre sus luces y las luces de los campos Elíseos, de la plaza y de los
cafés, comunicaba á todo el grupo el aspecto extraño de una hoguera que
parece que pasa y que no acaba de pasar, mientras que al rumor de las
fuentes y de los coches, iba unida confusamente la voz de hombres y
mujeres que cantaban en los cafés vecinos.

Mi mujer estaba encantada. Tenia razon: aquello parecia un bosque
hechicero. ¡Si todo fuera así!

Eran casi las diez, estábamos muy léjos de la calle de Feydeau, nos
encontrábamos muy cansados, yo tenia que escribir esta reseña, y
determinamos dejar para otro día la visita de la calle de Rívoli, hasta
el palacio del ayuntamiento, y si el tiempo lo da, hasta la plaza de la
tan célebre _Bastilla_.

Estamos en casa á las diez y media, despues de siete horas de fiacre.

Mi mujer dice que nuestro gran viaje comenzó al llegar á Paris. Tambien
tiene razon. Las mujeres tienen razon en muchas cosas.

Yo acabo esta revista cerca de la una, y así doy fin al dia tercero.




=Día cuarto=.

Artículo, recuerdos, pesares.


He empleado toda la mañana en escribir un artículo para _La América_,
porque es necesario no descuidar la bolsa, que sufre por aquí tantos
ataques rudos. Pero he notado que mientras que escribia, y mientras que
me paseaba por la habitacion, el recuerdo de las muestras y rótulos que
he visto ayer, me tiene casi completamente preocupado. Sin querer, sin
apercibirme, repito á mi mujer varios letreros que me acuden á la
memoria, y sin querer tambien aquel recuerdo me entristece. Esta
tristeza que experimento tiene una historia que seria muy larga de
contar; muy larga y muy penosa.

¡Cuántas ilusiones nos forjamos! ¡Y qué caras nos cuestan algunas
ilusiones! ¡Qué triste es á veces ver la realidad! ¡Ay! Hubo un tiempo
en que estuve encantado, y ahora la realidad me desencanta. Hubo un
tiempo en que yo volvia los ojos á Paris, como quien espera un
milagro.... ¡Qué inocencia!

_¡Al Pensamiento!_ Y me hallo que es una zapatería. ¡Al bello
pensamiento! Y me doy de cara con una caja de confites. ¡A la sílfide! Y
me encuentro de manos á boca con un _grasiento restaurant_. ¡A la gran
industria del siglo! Y es un salon de limpia-botas. ¡Al dulce céfiro! Y
es un almacen de quincalla. ¡A la estrella del Mediodía! Y es quizá una
tienda de tapones de corcho. ¡Al buen pastor! y es un almacen de
baratijas ó una tienda de comestibles.

Esto no me divierte; al contrario, me repugna, me fastidia, casi me
sonroja; sí, casi, casi me da vergüenza. Creo que semejantes desatinos
son contra el respeto que debe merecernos la opinion pública, contra el
decoro que todos debemos á la formalidad, contra la cortesia universal
que debe el hombre al buen sentido. ¡Zapato galante! ¿Cómo y en qué? ¿De
qué modo puede un zapato tener galantería? ¡Al pensamiento! ¿Quién es un
fabricante de calzado para hablarnos del pensamiento? ¿Qué pensamiento
puede encerrarse en su zapatería? ¿Ni quién es tampoco un fabricante de
confites para hablarnos de pensamientos bellos? ¿Qué sabe él lo que es
un pensamiento bello? ¿Qué belleza de pensamiento puede esconderse en
sus confituras? ¿Ni qué tiene que ver el céfiro con un almacen de
quincalla, ni el poner betun en las botas con la gran industria del
siglo, ni una sílfide con una fonda, ni un almacen de tapones de corcho
con la estrella del Mediodía, ni una tienda de comestibles, en donde se
vende aceite, vinagre y velas de sebo, con el buen pastor, con ese buen
Pastor que es una personificacion religiosa, un símbolo moral, una
especie de poder divino? ¿Qué es esto? ¿Dónde estamos?

Los españoles serémos menos cultos; pero somos más circunspectos, más
sérios, más formales. Serémos africanos, serémos hotentotes, bien; pero
no podemos hacer un arte de la humorada de divertir al mundo con
chocarrerías. Esta gravedad cómica y esta jovialidad trágica que tienen
los franceses para decir los mayores disparates con la esplendidez más
pomposa, hasta con cierto engreimiento, hasta con cierta altanería, es
una cosa que me subleva y me amargura. Al ver tan pueriles frivolidades,
antes que vivir en Paris, preferiria vivir en una choza, enclavada en el
fondo de un bosque, aunque fuese un bosque de la selva Negra.

¡Ay! y quizá la Europa, tal vez el mundo, espera de este pueblo la
revolucion moral de un principio, la constitucion de un pensamiento, la
pauta y la fórmula de un sistema! ¡La Europa y el mundo esperan acaso de
esta ciudad una idea, una conducta, un código!

¡Ay! Hubo un tiempo en que yo lo esperaba tambien. ¡No habia estado en
Paris!

Si faltando la ayuda del pueblo francés, para esa revolucion
trascendental, lenta, difícil, concienzuda, prudente, á la vez
convencida y demostrada; si faltando la ayuda de Paris para esa
laboriosa transformacion, tuvieran todos los pueblos de la tierra que
cavar su sepulcro, pueblos de la tierra, pueblos del mundo, empezad á
cavar vuestra sepultura. Esa revolucion no saldrá de aquí. Ignoro si
saldrá de los hijos del Cáucaso, de los agrestes y bárbaros Kalmukos;
pero creo que no ha de salir de los franceses.

Paris es una vieja que se mira al espejo, se ve el rostro lleno de
arrugas y de lacras, y coge compotas, coge menjunges, coge untos, y se
adoba y se alisa la cara, como el albañil alisa una pared.

Esta cultura es una tiniebla iluminada por un fuego fátuo; es una sombra
herida exteriormente por una luz que viene de abajo, que no viene de
arriba, que alumbra por fuera, que no alumbra por dentro. Esta cultura
es una civilizacion endeble, flaca, postiza, enferma, que quiere
engalanarse para que no se vea lo asqueroso de la enfermedad, como los
tísicos proyectan viajes y romerías cuando sienten en la garganta la
agonía de la muerte. Esta cultura tan decantada, tan brillante, tan
coqueta; esta civilizacion tan adornada, tan entrometida, tan
jactanciosa, es una púrpura que cubre una llaga; es la sonrisa con que
el cortesano oculta el cáncer de sus envidias y de sus odios, la flor
desgraciada con que se corona la copa de un veneno. Esta cultura es una
civilizacion que vive á expensas de la verdad y del ser de las cosas; de
esa verdad que Dios ha puesto en todas partes; la verdad con que el humo
sube, con que baja la piedra, con que la luz alumbra, con que la lava
quema, con que la catarata corre, con que el huracan arrebata; esa
verdad que es el gran enigma, el gran principio, la gran ciencia, el
dogma sempiterno de la creacion. Esta cultura es una civilizacion que
triunfa a costa de la ciencia de Dios, y Dios no puede permitir que este
pueblo sea el pueblo de la humanidad. ¡No! no puede ser el maestro del
mundo, un pueblo que llama gran industria del siglo á la operacion de
lustrar las botas, y céfiro á una tienda de quincalla, y estrella del
Norte ó del Mediodía á un almacen de tapones de corcho, y buen pastor á
un despacho de aceite y de vinagre, y sílfide á un mesón, y pensamiento
á una zapatería, y bello pensamiento á unos confites.

Blondas exquisitas, exquisitos bordados, jabones trasparentes, pomadas
perfumosas, untos embrujados para que nazca el pelo, muñecos
graciosísimos, preciosos juguetes, cuquerías envidiables; eso, sí: una
revolucion moral, lenta, constante, trabajosa, concienzuda; un trabajo
profundo y difícil; una creacion lógica, extensa, trascendental; una
cosa grave, formal, seria, eso, no.

¡Cuánto más ha de hacer mi pobre España, esa España que los franceses
llaman salvaje; que los franceses han comparado á la Morería! ¡Cuánto
más ha de hacer en favor de la humanidad! ¡Cuánto más ha de hacer para
que se cumplan en el mundo los ocultos designios de la Providencia! El
tiempo lo dirá.

¡Yo esperó de Paris el mejoramiento político y social! ¡Me arrepiento,
señor! Ni el social, ni el político, ni el filosófico, ni el científico,
ni el religioso, ni el artístico, ni el literario, ni el industrial, ni
el comercial, ninguno, ninguno verdaderamente formulado, ninguno en la
alta escala de la ciencia, del derecho y de la moral.

Encantarnos, entusiasmarnos, aturdimos, sí. Hacernos buenos y felices,
no.

    Hay un calderero, madre,
    Que alarma á la vecindad,
    Y toda la gente acude
    A los porrazos que da.

Este antiguo cantar español viene de molde, en cierto modo, á las cosas
de este fabuloso Paris. Es un gran caldero que aturde al mundo, y el
mundo atribulado acude á los golpes.

[Ilustración: Arco del Triunfo.]

[Ilustración: La Magdalena.]




=Dia quinto=.

La Magdalena.


A las siete y media de la tarde tuvimos que pedir auxilio al fiacre, y
nos dirigimos á la Magdalena. ¡Hermoso edificio! ¡Fábrica suntuosa! Al
contemplar aquel enorme grupo, me parece que no estoy en Paris. Creo que
me han hecho viajar estando dormido, y que despierto en Grecia. La
Magdalena es un fastuoso palacio griego, no un templo cristiano. Un
templo es la casa de Dios, destinado á despertar en nuestro espíritu la
emocion religiosa. Donde no hallo la emocion religiosa, no hallo el
templo, y la Magdalena, ese precioso y espléndido alcázar, no despierta
en mi alma aquella emocion casi divina. Contemplándolo, siento el
entusiasmo de la admiracion, no la veneracion de la fe: creo ver
estátuas de héroes, no efigies de santos: me acuerdo de Alejandro, de
César, de Anníbal; no me acuerdo de Dios: me ecuerdo de Chipre y de
Vénus; no me acuerdo del monte Calvario, ni del Redentor, ni de la
Vírgen, ni de la Magdalena: me acuerdo de la gloria; no me acuerdo de la
Pasion.

La Magdalena es un _magnífico anacronismo_, un palacio asombroso y una
mala basílica; un gran alcázar y una mala iglesia; un gran templo gentil
y un mal templo cristiano.

Le estoy viendo delante de mí, le estoy contemplando durante cuatro ó
cinco minutos, quiero concentrarme, quiero abstraerme, quiero venerar,
quiero que la idea de un ente supremo deje caer sobre mi alma una sombra
inmensa; no puedo conseguirlo. Las musas me llaman, la fábula griega me
distrae, los bosques de la isla de Calipso me hablan de amor; veo
flores, mujeres, altares profanos; huelo perfumes embriagadores; diviso
florestas, cuyas sombras parecen ocultar misterios lascivos; oigo á lo
léjos un ruido que me intranquiliza, que me seduce; pero que me seduce
como nos seduce una maga ó una circe. Cedemos al placer, pero cedemos
suspirando: nuestros sentidos están alegres; nuestro corazon está
triste. En una palabra, mirando ese rico palacio ateniense, lo veo todo,
menos la lágrima de la Magdalena, aquella lágrima escondida y humilde,
fervorosa y santa; aquella lágrima que es una poesía más sublime que la
más sublime poesía de todos los poetas del mundo; la poesía del
Calvario.

¡Cómo la piedra nos enseña tambien! ¡Qué historia más grande es la
arquitectura! El libro puede escribirse de dos modos, en papel y en
mármol. La imprenta existió siempre: antes se llamó Fidias; luego se
llamó Guttemberg.

Estudiando ese alcázar que me llena de admiracion, se comprende la
infinita superioridad del Cristianismo sobre todas las religiones del
Asia, de la Grecia antigua y de la antigua Roma, no sólo en materia de
dogma, de ciencia, de política y de moral, sino hasta en materia de
arte. Chateaubriand decia muy bien: el mismo bronce, la ruda campana,
nos inspira cierta melancolía dulce y religiosa, cierto éxtasis
indefinible, cuando es intérprete de los sentimientos cristianos.

La poesía cristiana no nos ofusca, no nos arrebata; nos llama, nos
atrae, nos acaricia: no nos seduce; nos persuade; no nos alucina, nos
duerme.

La poesía cristiana, el arte cristiano, no es brillante, deslumbrador:
es grave, severo, recatado. Es una figura que se cubre á medias con un
velo. La parte que vemos, hace que nos enamoremos de ella, y la amamos.
La parte que no logramos ver, nos hace adivinar un prodigio, y la
adoramos.

El paganismo no hacia más que amar, porque no veia más que formas. El
Cristianismo ama y adora al mismo tiempo, porque al mismo tiempo ve
cuerpo y alma, formas y prodigios, tierra y cielo, humanidad y Dios.

El arte gentil habla á los sentidos, al corazon y á la fantasía.

El arte cristiano habla al sentimiento, á la conciencia y á la fe.

El arte gentil conoció la poesía del placer.

El arte cristiano conoce y siente la poesía del dolor.

El arte pagano tenia mujeres.

El arte cristiano tiene Marías y Magdalenas.

Bajo el arte asiátiaco y griego, cerramos los ojos y vemos bacanales.

Bajo el arte del Cristianismo, cerramos los ojos y vemos vírgenes.

La gentilidad nos abate; el Cristianismo nos enaltece. Segun la feliz
expresion de Pascal, el paganismo _nos trae_, el Cristianismo _nos
lleva_. El uno viene, el otro va.

Pues volviendo al edificio que tengo delante, nos alucina; no nos llama;
pertenece al arte gentil, no al arte cristiano; es una especie de
idolatría; no un culto; no una adoracion; tendré que decirlo otra vez:
es un _brillante anacronismo_. El culto divino no hubiera perdido casi
nada, si se hubiera llevado á cabo el pensamiento de Napoleon, que
queria convertirlo en templo de la gloria. Como templo de la gloria,
admirable; como templo cristiano, no habla á mi inteligencia y á mi fe,
por más que me haga latir el corazon.

Ahí, en donde ahora se levanta ese precioso monumento ático, no
existian, hace siete siglos, más que prados, pastores y ovejas, ¡Quién
lo habia de decir entonces!

El edificio que contemplo sucedió á una iglesia, edificada el siglo XV
por Cárlos VIII, en la cual este príncipe estableció la cofradía de la
Magdalena, de donde trae orígen el nombre actual de ese monumento. Y la
iglesia de Cárlos VIII, sucedió á una granja y capilla que en el siglo
XII construyó un obispo de Paris, en donde los cristianos de aquel
tiempo orarian indudablemente con más fervor, que los cristianos del
siglo XIX oran en ese régio alcázar. En torno á la capilla y á la granja
de aquel prelado, se fué formando un barrio populoso, conocido en la
historia con el nombre de _ciudad del Obispo, ville-l'Evèque_.

Mucho despues, la ciudad del Obispo entró á formar parte de Paris, y
habiéndose verificado la apertura de la calle Real, determinaron
construir el actual templo de la Magdalena, enfrente del palacio de
Borbon y de la plaza de Luis XV. Este monarca principió la obra, la
cual, atravesando la Revolucion, el Imperio y la Restauracion, llegó á
Luis Felipe, que la puso la última piedra.

Nos aproximamos un poco. La entrada es verdaderamente régia, gallarda,
arrogante. El gran pórtico del Mediodía, que es el que vemos, está
coronado por hermosos frontones triangulares, y adornado de un bajo
relieve de 35 á 40 metros de anchura, sobre 7 ú 8 de altura, en el cual
se ve á Santa Magdalena echada á los piés del Salvador, teniendo á su
derecha la fe, la esperanza y la caridad, y á su izquierda, casi
revueltos y confundidos, los siete pecados capitales. Así al lado
derecho como al izquierdo, divisamos otras figuras. Las de la derecha
deben ser bienaventurados, que guardan las tres virtudes teologales, y
las de la izquierda parecen ser figuras de réprobos, imágen de los siete
pecados.

Nos acercamos más. La enorme puerta principal, toda de bronce, es un
trabajo de mérito notable; una obra maestra. Allí se ven, simbólica y
admirablemente explicados los diez mandamientos de la ley escrita, por
medio de figuras del antiguo Testamento. Aquella grande historia,
escrita en bronce, me ha llenado de asombro, no tanto por su hábil
ejecucion, como por su vasta y feliz inteligencia.

Entramos en el templo, y nos hallamos en un espacioso átrio ó vestíbulo,
formado por una arcada de 25 á 30 metros de altura, sobre 14 ó 15 de
latitud, en donde están las dos capillas del bautismo y del matrimonio.
La primera tiene un grupo de mármol que representa el bautismo de
Jesucristo; y la segunda, otro grupo que representa las bodas de la
Vírgen con San José. Las pilas del agua bendita, obra del maestro
Antonin Moyne, son una verdadera preciosidad á los ojos del arte.

Nos volvimos para dirigir una mirada hácia el fondo del templo, y
nuestros ojos aturdidos se perdieron en una sola nave, alta, anchurosa,
iluminada, inmensa, llena de valentía, de fuerza y majestad. No es una
majestad ingénua, bíblica, inocente; no es esa majestad sencilla y
candorosa que saca su encanto del espíritu; no es una majestad
cristiana; es una majestad poderosa, esplendente, fantástica, agorera;
una majestad que saca su encanto de la forma; una majestad del arte
pagano; pero indudablemente estas formas tienen algo imponente,
majestuoso y grande.

Aquellas bóvedas

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