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Los Hombres de Pro

by José María de Pereda · Spanish · Gutenberg #14995 · 391,799 chars · public domain (US)

The Project Gutenberg eBook of Los Hombres de Pro
    
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Title: Los Hombres de Pro

Author: José María de Pereda


        
Release date: February 9, 2005 [eBook #14995]
                Most recently updated: December 19, 2020

Language: Spanish

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OBRAS COMPLETAS DE D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA

=LIBRERÍA GENERAL DE VICTORIANO SUÁREZ= PRECIADOS, 48 MADRID


OBRAS COMPLETAS DE D. JOSÉ MARÍA DE PEREDA

A CINCO PESETAS TOMO EN MADRID

   I.--LOS HOMBRES DE PRO (sexta edición), con el retrato del autor.
  II.--EL BUEY SUELTO (sexta edición).
 III.--DON GONZALO GONZÁLEZ DB LA GONZALERA (sexta edición).
  IV.--DE TAL PALO, TAL ASTILLA (sexta edición).
   V.--ESCENAS MONTAÑESAS (quinta edición).
  VI.--TIPOS Y PAISAJES (cuarta edición).
 VII.--ESBOZOS Y RASGUÑOS (tercera edición).
VIII.--BOCETOS AL TEMPLE.--TIPOS TRASHUMANTES (cuarta
       edición).
  IX.--SOTILEZA (séptima edición).
   X.--EL SABOR DE LA TIERRUCA (quinta edición).
  XI.--LA PUCHERA (cuarta edición).
 XII.--LA MONTÁLVEZ (cuarta edición).
XIII.--PEDRO SÁNCHEZ (tercera edición).
 XIV.--NUBES DE ESTÍO (cuarta edición).
  XV.--PEÑAS ARRIBA (séptima edición).
 XVI.--AL PRIMER VUELO (cuarta edición)
XVII.--PACHÍN GONZÁLEZ (segunda edición).


TIPOS TRASHUMANTES; _edición elegantemente ilustrada, en 4.º, 5
  pesetas_.

DISCURSOS _leídos por los Sres. Menéndez y Pelayo, Pereda y Pérez
  Galdós, ante la Real Academia Española, en las recepciones públicas
  verificadas los días 7 y 21 de febrero de 1897; en 8.º, 2 pesetas_.




OBRAS COMPLETAS

DE

D. JOSÉ M. DE PEREDA DE LA REAL ACADEMIA ESPAÑOLA

CON UN PRÓLOGO

POR D. MARCELINO MENÉNDEZ Y PELAYO

TOMO I

LOS HOMBRES DE PRO

SEXTA EDICIÓN

MADRID LIBRERÍA GENERAL DE VICTORIANO SUÁREZ PRECIADOS, 48 1921

_Es propiedad del autor_.



IMPRENTA CLÁSICA ESPAÑOLA. MADRID

DON JOSÉ MARÍA DE PEREDA


Nunca he acertado a leer los libros de Pereda con la impasibilidad
crítica con que leo otros libros. Para mí (y pienso que lo mismo sucede
a todos los que hemos nacido _de peñas al mar_), esos libros, antes que
juzgados, son sentidos. Son algo tan de nuestra tierra y de nuestra
vida, como la brisa de nuestras costas o el maíz de nuestras mieses.
Pocas veces un modo de ser provincial ha llegado a traducirse con tanta
energía en forma de arte. Porque Pereda, el más montañés de todos los
montañeses, identificado con la tierra natal, de la cual no se aparta un
punto y de cuyo contacto recibe fuerzas, como el Anteo de la fábula,
apacentando sin cesar sus ojos con el espectáculo de esta naturaleza
dulcemente melancólica, y descubriendo sagazmente cuanto queda de
poético en nuestras costumbres rústicas, ha traído a sus libros la
Montaña entera, no ya con su aspecto exterior, sino con algo más
profundo e íntimo, que no se ve, y, sin embargo, penetra el alma; con
eso que el autor y sus paisanos llamamos _el sabor de la tierruca_,
encanto misterioso, producidor de eterna _saudade_ en los numerosos
hijos de este pueblo cosmopolita, separados de su patria por largo
camino de montes y de mares.

Esta recóndita virtud es la primera que todo montañés, aun el más
indocto, siente en los libros de Pereda, y por la cual, no sólo los lee
y relee, sino que se encariña con la persona del autor, y le considera
como de casa. No sé si éste es el triunfo que más puede contentar la
vanidad literaria. Sé únicamente que al autor le agrada más que otro
alguno; y en verdad que puede andar orgulloso quien ha logrado dar forma
artística y, en mi entender, imperecedera, al vago sentimiento de esta
nuestra raza septentrional, que con rebosar de poesía, no había
encontrado hasta estos últimos tiempos su poeta.

Le encontró al fin, y le reconoció al momento, cuando llegó a sus oídos
el eco profundo y melancólico de _La Leva_ y de _El fín de una raza_, o
cuando vió desplegarse a sus ojos, en minucioso lienzo holandés o
flamenco, avivado por toques de vigor castellano, el panorama de _La
Robla_ o de _La Romería del Carmen_, el nocturno solaz de la _Hila_ al
amor de los tizones, o el viaje electoral de don Simón de los Peñascales
por la tremenda hoz de Potes. Miróse el pueblo montañés en tal espejo, y
no sólo vió admirablemente reproducida su propia imagen, sino realzada y
transfigurada por obra del arte, y se encontró más poético de lo que
nunca había imaginado, y le pareció más hermosa y más rica de armonías y
de ocultos tesoros la naturaleza que cariñosamente le envolvía, y
aprendió que en sus repuestos valles, y en la casa de su vecino, y en
las arenas de su playa, había ignorados dramas, los cuales sólo
aguardaban que viniera tan soberano intérprete de la realidad humana a
sacarlos a las tablas y exponerlos a la contemplación de la muchedumbre.

Y eso que el artista no adulaba en modo alguno al personaje retratado,
ni pretendía haber descubierto ninguna Arcadia ignota; antes consistía
gran parte de su fuerza en sacar oro de la escoria y lágrimas del fango,
haciendo que por la miseria atravesase un rayo de luz, que descubría en
ella joyas ignoradas.

Estos primeros cuadros de Pereda, para mí los más admirables, no son ni
los más conocidos de lectores extraños, ni los que más han contribuído
a extender su nombre fuera de Cantabria. Sólo así se explica la necia
porfía con que, a despecho de los datos cronológicos más evidentes, y
cual si se tratase de un principiante recién llegado, insiste el vulgo
crítico en emparentarle con escuelas francesas y con autores que aún no
habían hecho sus primeras armas cuando ya Pereda había dado la más alta
muestra de las suyas.

Pide una especie de lugar común, en todo estudio acerca de Pereda, que
se discuta el más o menos de su _realismo o naturalismo_, tomada esta
palabra en su sentido modernísimo. Que Pereda emplea procedimientos
naturalistas, es innegable; que se va siempre tras de lo individual y
concreto, también es exacto; que enamorado de los detalles, los persigue
siempre, y los trata como lo principal de su arte, a la vista está de
cualquiera que abra sus libros; que en la descripción y en el diálogo se
aventaja más que en la invención y en la composición, es consecuencia
forzosa de su temperamento artístico; que no rehuye la pintura de nada
verdadero y humano, y, finalmente, que ha vigorizado su lengua con la
lengua del pueblo, también es verdad y para honra suya debe decirse.
Pero todo esto lo hace Pereda, no por imitación, no por escuela (que en
literatura siempre es dañosa), no por seguir las huellas de tal o cual
novelista más o menos soporífero de estos tiempos, que, a buscar Pereda
modelos, más nobles los tendría dentro de su propia casa, sino porque
ésa es su índole, porque así fué desde sus principios y porque no podría
ser otra cosa sin condenarse a la vulgaridad y a la muerte. No es el
naturalismo cuestión de doctrina que, con visible exclusivismo y ciega
intolerancia, quiera imponerse o proscribirse, sino cuestión individual,
genial y, por tanto, relativa.

Unos ven primero lo universal, y buscan luego una forma concreta en que
exprimirlo. Otros se van embelesados tras de lo particular, que también,
y a su modo, es revelación de lo universal. En los reinos del arte se
encuentran todos, y todo es legítimo como sea bello, sin pedantescas
excomuniones, sin hablar de ideales que mueren ni de ideales que viven,
y sin mezclar a la serena contemplación estética intereses ajenos y de
ínfima valía, que sólo sirven para enturbiarla. Yo tengo en mis
aficiones más de idealista que de realista; pero ¿cómo he de negar al
realismo el derecho de vivir y desarrollarse? Es más: en cierto sentido
amplio y generalísimo, soy realista, y todo idealista debe serlo, puesto
que lo que él persigue no es otra cosa que la _realidad realísima_, la
verdad ideal, en una palabra, que es la única verdad que se encuentra
en este bajo mundo.

Desde este punto de vista, la poética de los románticos más exaltados
era fundamentalmente realista, mucho más realista que el grosero
mecanismo que hoy usurpa ese nombre. En aquel célebre prefacio de
Alfredo de Vigny sobre _la Verdad en el Arte_, es cierto que se
distingue cuidadosamente esta verdad de la que el autor llama _verdad de
los hechos_, y aun se afirma que en el espíritu humano coexisten, con
derecho igual, el amor de lo verdadero y el de lo fabuloso; pero también
se enseña (y es enseñanza más fundamental) que la verdad artística es la
única que nos revela el oculto encadenamiento y la lógica relación de
los hechos, la única que conduce a la formación de grupos y series,
haciéndonos ver cada hecho como parte de un todo orgánico. De donde
infería aquel ilustre heraldo del romanticismo, y con frase elocuente
declaraba, que la verdad artística no era otra cosa que el conjunto
ideal de las principales formas de la naturaleza, una especie de tinta
luminosa que comprende sus más vivos colores, una manera de bálsamo, de
elixir o de quintaesencia extraída de los jugos mejores de la realidad,
una perfecta armonía de sus sonidos más melodiosos.

¿Entendía con esto Alfredo de Vigny, a quien tomo (y en tal concepto le
tiene todo el mundo) como uno de los ingenios más radicalmente
idealistas que han existido; entendía, digo, prescindir del estudio de
la realidad, o más bien la daba como supuesto y condición obligada de
todo arte digno de tal nombre? ¿Quién dudará que este último era su
pensamiento, cuando le vea imponer, ante todo, al artista dramático el
estudio profundo de la verdad histórica de cada siglo, así en el
conjunto como en los detalles?

Adviértase que he escogido de intento el testimonio de uno de los
románticos más intransigentes, para que se vea cómo no existe y debe
tenerse por un fantasma, creado por las necesidades de la polémica, ese
idealismo enemigo de la verdad humana, del cual triunfan tan fácilmente
los críticos naturalistas, como triunfaba el ingenioso hidalgo de los
cueros que encontró en la venta. No hay en el mundo escuela alguna
poética, ni de otro ningún género de arte, que se haya atrevido nunca a
cargar con el sambenito de proclamar como dogma el desprecio del mundo
objetivo, o exterior, o real, o como quiera llamarse. Lo convencional,
lo falso, lo amanerado no es doctrina de ninguna escuela, sino práctica
funesta y viciosa de muchos artistas, que pueden caer en ella hasta por
el camino del naturalismo.

La cuestión, evidentemente, no está puesta ni puede ponerse entre la
verdad de un lado y la falsedad de otro. Nadie que esté en su juicio
puede declararse idealista, si el idealismo consiste en sustituir las
quimeras y alucinaciones a las sanas y robustas realidades de la vida.

De aquí que muchos, con reprensible ligereza, hayan creído salir del
paso negando que tal cuestión exista, y que realismo e idealismo sean
escuelas verdaderamente antitéticas, puesto que todo productor de obras
vivideras toma del natural sus elementos. A lo cual todavía puede
añadirse que, formulada en esos términos la cuestión, envuelve una
verdadera logomaquia, a lo menos para las gentes, todavía muy numerosas,
que creemos en alguna metafísica, y afirmamos la existencia de algo
superior a lo fenomenal, relativo y transitorio. Admitido el mundo de
las ideas, no hay sino declarar que todo es a un tiempo real e ideal,
según se mire, sin que para esto sea preciso ahondar mucho en el sistema
de Platón ni en el de Hegel.

Pero tal solución, en fuerza de ser sencilla y de ser generalísima, es
nula, porque borra todas las diferencias históricas, merced a las cuales
viven cabalmente y medran, siendo igualmente necesarios para el progreso
del arte el llamado idealismo y el llamado naturalismo o realismo.

Por sabido se calla que este realismo no es la misma cosa que en las
escuelas de filosofía se llama así, y que es precisamente el sistema más
idealista de todos. No se dice, pues, _realismo_ en contraposición a
_nominalismo_. El arte que hoy llamamos realista, es precisamente un
arte _nominalista o fenomenalista_, si vale la frase; en una palabra, un
arte experimental. Entiéndase, pues, que la palabra realidad se toma
aquí en su acepción vulgar de realidad del hecho. Luego veremos si en
algún caso puede, aun dentro de la ortodoxia de la escuela, detenerse en
los hechos el arte.

Disputan algunos si hay o no verdadera diferencia entre los términos
realismo y naturalismo. El primero parece más comprensivo; pero el
segundo lleva hoy consigo un carácter de literatura militante, y aun de
motín demagógico, que exige establecer algún matiz entre ambos vocablos,
por mucho que los identifique su origen, ya que en lo real entra la
naturaleza y en ella el espíritu humano con cuanto crea y concibe. Pero
es evidente que en el uso común, y aun en el de las gentes doctas, una
cosa es el realismo de Cervantes, de Shakespeare y de Velázquez, y otra
muy diversa el _naturalismo_ francés, que reconociendo por patriarca y
maestro al gran Balzac (verdadero _realista_ de los de la primera clase,
y que probablemente renegaría de los que se dan por descendientes
suyos, si hoy viviera), se autoriza luego con los nombres de Flaubert,
de los Goncourt, de Zola y de otros que pudiéramos llamar _minora
sidera_.

A decir verdad, el calificativo de _naturalistas_, aplicado a la mayor
parte de estos escritores, no tiene explicación plausible, sobre todo si
se los estudia en el conjunto de sus obras. Por otra parte, muchos de
ellos, aun aplicando los procedimientos naturalistas, eran casi
idealistas en teoría, apareciendo sus principios y aficiones estéticas
en abierta contradicción con sus obras. Puede llamarse novela
naturalista a _Madame Bovary_; pero no cabe duda de que Flaubert vivió y
murió romántico impenitente, y nadie negará, por de contado, que _La
Tentación de San Antonio_ es obra de un desenfrenado idealismo, y que
_Salambó_ pinta un mundo tan convencional y tan falso como el de
cualquiera otra de las novelas con pretensión de históricas. De la misma
manera, sin negar que _Germinia Lacerteux_ caiga bajo la jurisdicción de
la escuela realista, puede dudarse y aun negarse que la supersticiosa y
enfermiza adoración que los Goncourt profesan al color (la cual
idolatría, ya por sí sola, constituye un verdadero elemento idealista),
encaje plenamente en la ortodoxia de los principios sostenidos con tanto
aparato por Zola en sus libros de crítica. En cuanto a Daudet, los
mismos naturalistas no le cuentan entre los suyos sino con muchas
atenuaciones y distingos, teniéndole más bien por un aliado útil que por
un partidario fervoroso. Y realmente, en los libros de Daudet no faltan
figuras de convención, ni deja de respirarse cierta atmósfera poética,
que los intransigentes de la escuela condenan con los nombres de
_romanticismo y lirismo_. De todo lo cual resulta que el único
naturalista acérrimo y consecuente es Emilio Zola, puesto que sus
discípulos apenas merecen ser nombrados. A la doctrina profesada y
practicada en libros interminables por el prolífico autor de los
_Rougon-Macquart_ es, pues, a lo que se llama hoy en Francia y en otras
partes (donde los libros y las clasificaciones de los franceses influyen
más de lo que fuera justo) _escuela naturalista_. Aceptemos el nombre, y
distingámosle del eterno y vastísimo realismo, del cual ese reducido
grupo de novelas (no todas ellas obras maestras ni muchísimo menos) no
es más que una de tantas manifestaciones históricas. Todo naturalista es
_realista_, si se mantiene fiel a los preceptos de su escuela; pero no
todo _realista_ es naturalista. Y así, v. gr., tratando de Pereda, todos
dirán unánimes que es realista; pero muchos negarán, y yo con ellos, que
deba contársele entre los naturalistas, por más que algunos de sus
procedimientos de trabajo se asemejen a los que emplea y preconiza la
novísima escuela.

Los dogmas de esta escuela andan escritos en muchos libros, conforme a
la costumbre moderna de escribir cada poeta y cada novelista su propia
poética. Así, verbigracia, Zola, en cinco o seis libros sucesivos de
crítica (entre los cuales los que importan más para el caso son _Le
Roman Experimental y Les Romanciers Naturalistes_), ha aplicado sus
principios a la novela y al teatro. Y entre nosotros los ha expuesto
recientemente, y aun defendido hasta cierto punto, una ingeniosísima
escritora gallega, mujer de muy brioso entendimiento y de varia y sólida
ciencia, bastante superior a la del maestro Zola, hombre inculto y de
pocas letras, como sus libros preceptivos lo declaran.

Esta falta de cultura literaria y filosófica que en Zola se advierte, y
de que tanto provecho han sacado sus adversarios, sin llegar por eso a
obscurecer la genial perspicacia con que juzga de las obras en
particular, explica la flaqueza de sus teorías, los pésimos argumentos
con que las explana y defiende, el aparato con que presenta como
descubrimientos y novedades las máximas de crítica más triviales y
manoseadas, y las fórmulas absurdas que da a algunos pensamientos, por
otra parte muy razonables. ¿Quién no ha de sonreírse del candor
mezclado de soberbia con que confunde a cada paso los términos de la
ciencia y los del arte? ¿Quién podrá sufrir que, por todo sistema de
estética, se nos dé un trozo de la _Introducción_ de Claudio Bernard _al
estudio de la medicina experimental_? ¿Ni cómo llevar con paciencia el
que unas veces se asimile el arte con una estadística y otras con una
clínica, y se le dé, por única misión, el recoger y coordinar
_documentos humanos_?

Todo esto es, a la verdad, inaudito, y el aplauso y la boga que tales
libros alcanzan en una nación tan civilizada como Francia, indican bien
claro cuán aceleradamente van retrogradando los estudios estéticos, que
parecían llamados a tan gloriosos destinos después del impulso que les
imprimió la mano titánica de Hegel.

El que recorra atentamente esos libros de Zola, advertirá, sin duda,
cuán vagas y confusas nociones tiene el autor de lo que debe entenderse
por _verdad humana_, y qué concepción tan torcida del arte es la que se
ha formado. Entendidos ambos conceptos en el sentido groserísimo en que
él los entiende, ni sus novelas, ni otras algunas, tendrían razón de
existir. En la misma noción del arte va envuelta la del ideal, siendo la
una inseparable de la otra. El mismo Zola viene a reconocer lo así,
aunque con una frase de crudo materialismo, cuando declara que el arte
no viene a ser otra cosa que la _naturaleza vista a través del
temperamento del artista_; es decir, _modificada_ por eso que Zola llama
_temperamento_. Pues bien: esa modificación que el artista más apegado a
lo real hace sufrir a los objetos exteriores, por medio de los dos
procedimientos que llamaré de _intensidad_ y de _extensión_, arranca de
la realidad material esos objetos, y les imprime el sello de otra
realidad más alta, de otra verdad más profunda; en una palabra, los
vuelve a crear, los _idealiza_. De donde se deduce que el idealismo es
tan racional, tan real, tan lógico y tan indestructible como el
realismo, puesto que uno y otro van encerrados en el concepto de la
forma artística, la cual no es otra cosa que una _interpretación_ (ideal
como toda interpretación) _de la verdad oculta bajo las formas reales_.
Merced a esta verdad interior, que el arte extrae y quintesencia, todos
los elementos de la realidad se transforman como tocados por una vara
mágica, y hasta los personajes que en la vida real parecerían más
insignificantes, se engrandecen al pasar al arte, y por la concentración
de sus rasgos esenciales adquieren un valor de _tipos_ (que es como
adquirir carta de nobleza en la república de las letras); y sin dejar de
ser individuos, rara vez dejan de tener algo de simbólico. Y es que los
ojos del artista en algo han de distinguirse de los del hombre vulgar, y
su distinción consiste en ver, como entre sombras y figuras, lo mismo
que el filósofo alcanza por procedimientos discursivos; es decir, la
medula de las cosas, y lo más esencial y recóndito de ellas. De donde
procede que los grandes personajes creados por el arte (que a su manera
es creación, y perdonen Zola y sus secuaces) tienen una vida mucho más
palpitante y densa que la mayor parte de los seres pálidos y borrosos
que vemos por el mundo.

Pero todo esto lo consigue el arte por medio de sus procedimientos,
radicalmente contrarios a los de la ciencia, con la cual nunca puede
confundirse sino en un término supremo, que no ha de buscarse
ciertamente en los métodos experimentales, sino en la cima de la
especulación ontológica, en aquella cumbre sagrada donde la verdad y la
belleza son una misma cosa, aunque racionalmente todavía se distingan.

Pero acá, en este bajo mundo, una cosa es el artista y otra cosa el
filósofo, y con mucha más razón una cosa es el artista y otra el autor
de trabajos estadísticos, demográficos y sanitarios. En este punto, el
fanatismo de escuela mal entendida y peor profesada ha llevado a los
naturalistas franceses a las más risibles exageraciones. Zola construye
el árbol genealógico de su familia favorita, y explica en una larga
serie de tomos el desarrollo de una _neurosis_ en los individuos de esa
familia, y las formas que sucesivamente afecta el mal. Y así, por este
orden, y con gran lujo de exactitud y de pormenores.

Todo este aparato científico, o más bien pedantesco, debe de ser sólo
_ad terrorem_ (puesto que no nos consta que de tales lucubraciones
novelísticas haya sacado fruto alguno la ciencia, ni siquiera que los
autores de esas novelas estén muy en disposición de entender y
aprovechar datos y documentos que pretenden recoger); pero, sea lo que
fuere, envuelve una tendencia docente y utilitaria, que a todo trance
importa combatir y desarraigar, como dañosa por igual modo a la ciencia
y al arte, y engendradora de libros tan soporíferos como inútiles. Ya
Flaubert (que no era, lo repito, naturalista más que a medias) dió el
perniciosísimo ejemplo (en _Bouvard y Pecuchet_) de _hacer leer_ a sus
personajes buen número de libros, y copiar largos trozos de ellos. Por
fortuna, no dió a su obra todas las proporciones que al principio había
pensado; pero no faltará algún _naturalista_ fervoroso que copie al pie
de la letra la Biblia, o la Suma de Santo Tomás, o el Código penal, si a
algún personaje de la novela se le ocurre leer cualquiera de estas
cosas.

Esta _verdad_ grosera, esta acumulación de fárrago incongruente, unida a
otro dogma de la escuela, es a saber, al desprecio profundo por todo lo
que huela a acción y a complicación de interés, va haciendo tan fatigosa
la lectura de novelas, que, dentro de poco, y como las cosas continúen
así, no van a tener razón de ser los antiguos clamores de los moralistas
contra este género literario, puesto que más difícil se va haciendo la
lectura de una novela (aun para gente avezada a lecturas largas y
áridas) que la de un censo de población o la de unas tablas de
logaritmos.

Es verdad que, temerosos de este daño, han procurado con excesiva
frecuencia Zola y los suyos cargar sus novelas de especias picantes, que
estimulen los paladares estragados. Y es triste decirlo, pero necesario.
Las _únicas_ novelas de Zola que han alcanzado verdadero éxito de
librería, así en Francia como en España, son las que, más o menos, están
cargadas de escenas libidinosas. Si exceptuamos _Nana, Pot-Bouille_ y el
_Assommoir_, todas las demás novelas de la serie de los _Rougon_ duermen
el sueño de los justos en los estantes de los libreros de acá y de allá.

Todo esto prueba, sin duda, lo soez y bestial del gusto del público;
pero prueba también otra cosa peor; es, a saber: el poco o ningún
respeto que los artistas tienen a la dignidad de su arte y la facilidad
con que se dejan corromper y prostituir por su público. Yo no entraré en
la escabrosísima cuestión ética de si puede o no tenerse por cosa
inmoral la representación artística de vicios y torpezas hediondas,
cuando esto se hace, no con el fin de enaltecerlos, sino con el de
clavarlos en la picota. La intención social del autor puede ser
sanísima, y de esto no disputo. El efecto que hagan en el lector tales
pinturas será un efecto individual y distinto, según la variedad de
condiciones, temperamentos y edades. Pero sea lo que quiera del
resultado ético de tales novelas, y aunque se diga, quizá con razón,
que, más que a malos pensamientos, provocan a asco, siempre será verdad
que el género es detestable, no ya por inmoral, sino por feo,
repugnante, tabernario y extraño a toda cultura, así mundana como
estética.

Cuando se hacen cargos a los naturalistas por tales obras, responden
siempre que el naturalismo no es eso; y tienen razón, sin duda, y es una
verdadera necedad de críticos adocenados el estribillo opuesto. Pero no
es menos verdad que si la _doctrina_ naturalista nada tiene que ver con
semejantes horrores, la _práctica_ de los naturalistas, lejos de
rehuírlos, los busca con fruición, habiéndose llegado a crear dentro de
la escuela una especie de derecho consuetudinario que los autoriza y
recomienda, y que hace creer a los mentecatos que la novela naturalista
ha de ser forzosamente un arte de mancebía, de letrina y de presidio,
como si sólo de tales lugares se compusiese esta inmensa variedad de la
naturaleza y de la vida.

En obsequio a la verdad, debe decirse que algo más que esto hay en la
obra del mismo Zola, aunque mucho menos rica, interesante y variada que
la inmortal _Comedia Humana_ de Balzac. Por otra parte, aun en sus obras
más licenciosas de expresión, sería verdadero ultraje (en que yo, como
adversario leal, no quiero incurrir) confundir al autor de _Nana_ con
otros inmundos escritorzuelos franceses, fabricantes de novelas
afrodisíacas, cuyos títulos no deben manchar el papel.

Harto tiene Zola con otros pecados más graves aún, por referirse a
tendencias sistemáticas y extrañas al arte, cuya integridad corrompen,
falseando la representación de la vida humana, que el autor dice
proponerse como único objetivo. Salta a la vista de todo el que haya
recorrido sus libros, que el patriarca de la nueva escuela, sectario
fanático, no ya del positivismo científico, sino de cierto materialismo
de brocha gorda, del cual se deduce, como forzoso corolario, el
_determinismo_, o sea la negación pura y simple de la libertad humana,
restringe deliberadamente su observación (y aun de ello se jacta) al
campo de los instintos y de los impulsos inferiores de nuestra
naturaleza, aspirando en todas ocasiones a poner de resalto la parte
irracional, o, como él dice, _la bestia humana_. De donde resulta el que
haga moverse a sus personajes como máquinas o como víctimas fatales de
dolencias hereditarias y de crisis nerviosas, con lo cual, además de
decapitarse al ser humano, se aniquila todo el interés dramático de la
novela, que sólo puede resultar del conflicto de dos voluntades libres o
de la lucha entre la libertad y la pasión.

Nace de aquí el escasísimo interés que la mayor parte de estas novelas
despiertan y el tedio que a la larga causan, como que carecen, en
realidad, de principio y de fin, y de medio también, reduciéndose a una
serie de escenas mejor o peor engarzadas, pero siempre de observación
externa y superficial, siendo para el autor un arca cerrada el mundo de
los misterios psicológicos, ya que fuera demasiada indulgencia aplicar
tal nombre a los actos ciegos y bestiales de individuos en quienes la
estupidez ingénita o los hábitos viciosos, llegados a la extrema
depravación, han borrado casi del todo el carácter de seres racionales.

Mucho parece que nos vamos alejando de Pereda, y, sin embargo, esta que
parece digresión, era de todo punto necesaria para entender cómo Pereda,
que tiene a gala el ser realista, ha rechazado con indignación en varios
prólogos suyos toda complicidad con los naturalistas franceses. Pero si
del naturalismo se separa todo lo que contiene de elementos positivistas
y fatalistas, y se separa también la protesta y reacción violenta contra
el idealismo mujeril y enteco de los Feuillet y de otros novelistas de
salón, a quienes Zola (y también Pereda) parece tener entre ceja y ceja,
lo único que queda de él es una afirmación realista incompleta y una
técnica minuciosa y detallista, que Pereda no puede condenar, puesto que
la practica él mismo.

Y, sin embargo, Pereda hace bien en no llamarse, ni querer que le
llamen, naturalista, no sólo porque él es realista a la buena de Dios y
reduce toda su estética a la proposición de sentido común de que _el
arte es la verdad_, sino porque cuando él empezó a escribir sus _Escenas
Montañesas_, coleccionadas ya en 1864, ni existía el naturalismo como
escuela artística, ni tal nombre se había pronunciado en España, ni
estaban siquiera escritas la mayor parte de las obras capitales del
género, en el cual yo no incluyo, sino con grandes limitaciones, las de
Balzac, ni muchísimo menos los caprichos psicológicos de Stendhal, que
ni en su tiempo, ni ahora ni nunca, han podido formar escuela, ni tienen
cosa alguna que ver con las novelas de Zola, por más que éste, en su
afán de buscar progenitores, le incluye entre los suyos, con evidente
falta de sentido crítico.

Pereda, pues, cuando en época ya muy lejana (hacia 1859) empezó a
publicar sus cuadros de costumbres en _La Abeja Montañesa_, de
Santander, no conocía ni aun de oídas a Flaubert, y no podía adivinar a
Zola, que no había escrito, probablemente, ni una línea de sus obras. De
donde resulta que, si a toda costa se quiere alistar a Pereda entre los
naturalistas, habrá que declararle un naturalista profético y darle por
antigüedad el decanato de la escuela.

La verdad es que Pereda, ni entonces ni ahora, hizo otra cosa que seguir
los impulsos de su peculiarísima complexión literaria, ni se mostró
jamás ansioso de teorías y novedades, ni reconoció nunca otros maestros
que la hermosa naturaleza que tenía enfrente y el estudio de nuestros
clásicos, de quienes heredó, sin afectación de arcaísmo, el buen sabor
de su prosa, tan castiza y tan serrana. Y tan cierto es esto, que casi
me da vergüenza haberme detenido (siguiendo la corriente) en hablar
tanto de literatura extranjera, cuando me propongo hacer el debido
encomio de uno de los escritores más españoles que han florecido en el
presente siglo. ¿Quién sabe si dentro de cincuenta años todas estas
discusiones de naturalismo y realismo parecerán tan anticuadas e
impertinentes como la antigua cuestión de clásicos y románticos? ¿Quién
sabe si entonces sus mismos admiradores de hoy se acordarán de Zola ni
de los Goncourt, y que, si se acuerdan, dejarán de convenir con nosotros
en que tales autores y tales libros, como todo lo que es exagerado,
monstruoso o violento, compraron, a costa de las esperanzas de la
inmortalidad, la boga pasajera del escándalo? ¿Quién sabe si en las
apologías que han hecho de tan pobre doctrina ingenios españoles muy
dignos de profesar otra más elevada, no ha entrado por mucho el anhelo
de la singularidad, el odio a los lugares comunes y a las opiniones
recibidas? ¿Cómo se comprendería si no que tan de buen grado hubieran
abierto las puertas a una doctrina tan anticuada y vulgar como la de la
_imitación de la naturaleza_, retrogradando hasta el abate Batteux y su
_sistema de las Bellas Artes reducidas a un principio_, como si tal
principio pudiera aplicarse, aun con esfuerzos singulares de ingenio, a
la música y a la arquitectura y a la poesía lírica, y como si no
quedasen también fuera de ese círculo vil todas las grandes
concepciones teogónicas y mitológicas, de las cuales vive la poesía
épica, todas las grandes construcciones del arte simbólico, todas las
maravillas de la escultura y de la tragedia atenienses, artes ideales
por excelencia, y con ellas la comedia fantástica o aristofánica, y todo
el mundo encantado de los antojos humorísticos de Rabelais, de Quevedo,
de Swift, de Sterne, de Juan Pablo, que acaban por anular la realidad
exterior, reprimiéndola o exaltándola, hasta reducirla a un capricho
imaginativo, en el cual se desborda sin diques la personalidad
omnipotente del poeta? ¿Será malo todo esto porque es idealismo? ¿O
habremos más bien de confesar que es endeble y raquítica una teoría que
procede como si en el mundo no existieran ni hubieran existido más artes
que el drama _burgués_ y la novela de costumbres domésticas y prosaicas,
y como si no vivieran en el alma humana (pese a quien pese) mil anhelos
de belleza ideal, hambrientos e insaciables, que jamás encontrarán su
satisfacción en la pintura, por muy perfecta que la supongamos, de un
lavadero, de una taberna o de un mercado? ¿Qué estética es ésa, dentro
de la cual no son posibles ni Fidias, ni Sófocles, ni Dante? ¡Sobre qué
cabezas van a parar los anatemas anti-idealistas!

Verdad es que llegado el caso, y a trueque de aumentar con nombres
ilustres el catálogo de los suyos, no se paran en barras los
naturalistas de acá ni los de allá, llegando a enumerar en el recuento
de sus huestes (que debían componerse sólo de fieles observadores de la
realidad) a los humoristas más excéntricos y personales, sólo porque
descubren en ellos groserías y pormenores crudos, como si nada de esto
tuviera que ver con el punto de la dificultad, y como si no fuera cosa
muy hacedera ser a un tiempo grosero e idealista. Y no reparan que si en
el mundo no hay Amadises, tampoco hay Gargantúas ni Pantagrueles, porque
las caricaturas gigantescas no son más que idealizaciones _sui generis_,
siendo bajo este aspecto tan ideal un _Sueño_ de Quevedo como una
tragedia de Esquilo o unos tercetos de Dante. A nadie se le persuadirá
que don Francisco de Quevedo, que era en prosa y en verso un poeta
lírico antes que todo, idealizador de lo feo, como quien miraba la
miseria con vidrios de aumento, hizo la figura de ningún avaro real ni
posible en su Licenciado Cabra. El _Euclion_ de Plauto o el _Harpagon_
de Molière, tipos abstractos, creados para demostrar una máxima ética,
están, con todo eso, más cerca de la vida que el personaje quevedesco,
lo cual no quita nada a la excelencia de este último; antes, a mi
entender, la aumenta.

Casi parece una perogrullada decir que por el camino idealista se pueden
hacer obras maestras; pero tal es la intolerancia de la crítica al uso,
que nos obliga a reforzar esa verdad tan obvia. Es más: a quien nació
idealista, es decir, con un exceso de vida espiritual propia, que tiñe
con sus matices el espectáculo de lo real, será siempre en vano
predicarle que tome por otra senda, como será no menos imposible empeño
apartar de la suya al que, escaso de facultades imaginativas, ve las
cosas como son, y les aplica el menor grado de transformación artística
posible.

Todo lo que va escrito (y que por lo mismo que es tan verdadero, es poco
nuevo), servirá, entre otras cosas, para que los abogados oficiosos del
naturalismo me apliquen de fijo los blandos calificativos de ignorante y
aun de idiota con que suelen favorecer a todos los que no confiesan
paladinamente que, desde el padre Homero hasta nuestros días, no se ha
producido cosa más perfecta y admirable que _La Faute de l'abbé Mouret_
o cualquier otro mamotreto por el estilo. Pero yo, que tengo mejor idea
del gusto de esos señores que el que ellos tienen de los críticos
idealistas, y sé, por otra parte, que esa alharaca no ha de durar arriba
de una docena de años, para entonces los emplazo (si es que para
entonces vivimos), apelando de su juicio de hoy al de aquel día
venidero. Y vamos andando.

Lo que importa dejar consignado es que si Pereda no debe ser tenido por
naturalista en el sentido francés de la palabra, quizá la principal
razón de esto sea su propia _naturalidad_ y el sano temple de su
espíritu. Porque lo cierto es que no conozco escritores menos naturales
y más artificiosos que los que hoy pretenden copiar exclusiva y
fielmente la naturaleza. Todo es en ellos bizantinismo, todo artificios
de decadencia y afeites de vieja, todo intemperancias coloristas y
estremecimientos nerviosos en la frase. Si ese estilo es natural, mucho
debe de haber cambiado la naturaleza al pasar por los _boulevards_ de
París. A la vista salta que la naturaleza y la realidad no son en el
sistema de Zola y sus discípulos más que un par de testaferros, tras de
los cuales se oculta un romanticismo enfermizo, caduco y de mala ley,
donde, por sibaritismo de estilo, se rehuye la expresión natural, que
suele ser noble, y se persigue con pésima delectación y artificio
visible la expresión más violenta y torcida, por imaginar los autores
que tiene _más color_. ¡Y cuánto suelen engañarse!

Precisamente uno de los méritos más señalados que para mí tiene Pereda,
consiste en haber huído de esa búsqueda malsana. Por eso, sin duda, le
han llamado algunos _naturalista de la naturaleza_. Y tienen razón, si
esto se entiende como en oposición a naturalista de escuela.

Bajo dos aspectos principales puede y debe considerarse a Pereda: como
autor de artículos o cuadros sueltos de costumbres, y como novelista. La
segunda manera es una evolución natural de la primera, o más bien no es
otra cosa que la primera ampliada.

No hay género más difícil que el de costumbres, ni otro ninguno tampoco
a que con más audacia se lleguen todos los aventureros y escaramuzadores
de la república de las letras. Aun en los críticos reina extraña
confusión sobre la índole y límites de este modo de escribir,
relativamente moderno. Y no porque hayan escaseado los pintores de
costumbres desde los tiempos de la comedia griega hasta nuestros días,
sino porque la descripción de _tipos y paisajes_ no era en ellos el
principal asunto, apareciendo sólo como accesorio de una fábula
dramática o novelesca. Así, en España, no son, hablando con todo rigor,
cuadros de costumbres, ni las insuperables escenas de la _Celestina_ y
sus continuaciones, ni las mismas novelas picarescas, aunque suelen no
tener más acción que la que les presta la vida del héroe. Sólo
Cervantes, en _Rinconete y Cortadillo_, dió el primero y hasta ahora no
igualado modelo de cuadro de costumbres. Allí la acción es poca o nula,
y todo el exquisito primor de aquel rasgo se cifra en la acabada y
realista pintura de los héroes de la cofradía de Monipodio. Desde
Cervantes existe, pues, el cuadro de costumbres, con jurisdicción
independiente de la novela y con formas variadísimas. A veces conserva
un resto de acción, no más que la suficiente para mover los personajes;
otras acude a invenciones fantástico-alegóricas; otras se limita a
describir con cuatro indelebles rasgos un carácter. En este sentido, La
Bruyère es un grande escritor de costumbres, aunque no hiciese
verdaderos cuadros.

En España fue cultivado este género más o menos incidentalmente por
Quevedo (prescindo de la finalidad política de algunos de los _Sueños_);
por Liñán y Verdugo en su _Guía y aviso de forasteros_ (obra donosísima,
que me duele ver olvidada en las reimpresiones que nuestros modernos
bibliófilos hacen de los libros antiguos); por Luis Vélez de Guevara en
_El Diablo Cojuelo_, y por Baltasar Gracián en muchas partes de su
_Criticón_, donde anda mucho oro de ley mezclado con escorias infinitas.
Pero más de propósito describieron tipos y costumbres Salas Barbadillo
(feliz imitador de Cervantes, hasta beberle los alientos) en varias
obras suyas, especialmente en _El Curioso y Sabio Alejandro;_ don Juan
de Zavaleta en su _Dia de fiesta_, más encomiado en nuestros días que lo
que merece su estilo afectado y tétrico, apenas realzado sino por dotes
de observación superficial, y Francisco Santos, que en su _Día y noche
de Madrid_ todavía se muestra más culterano y enigmático que su modelo.

La pintura de costumbres, que pareció morir en el siglo pasado con don
Diego de Torres, imitador poco dichoso del inimitable Quevedo, y con don
Ramón de la Cruz, cuyos sainetes son, por la mayor parte, cuadros en
diálogo (¡tal es la sencillez de su fábula!), hase renovado en la edad
presente con brillo no pequeño, aunándose a las veces el influjo de
extranjeros modelos con la tradición castiza. Así, don José Somoza,
amigo de Quintana, y uno de los últimos escritores de la gloriosa
escuela salmantina, pero libre de los pecados de afectación, que en los
poetas líricos a veces la desdoran, mostró en sus cortos y delicados
bosquejos alguna reminiscencia de los humoristas ingleses
(principalmente de Sterne), unida a exquisita sobriedad de estilo y a un
sentimiento que no degenera en _sensiblería_. Así, el ejemplo del hoy
tan olvidado Jouy en _L'Ermite de la Chausée d'Antin_, fué despertador
para que Mesonero Romanos comenzara su _Panorama Matritense_, a pesar
de lo cual su obra es muy española en pensamiento y aun en estilo, sin
que falten cuadros, como el de _Madre Claudia_, donde la inspiración
está directamente bebida en nuestros clásicos del siglo, XVI. Muy
superior a Mesonero en la pureza, abundancia y gallardía de la lengua,
objeto para él de fervoroso culto, y superior también en facultades
descriptivas y en intensidad y viveza de rasgos típicos, se mostró don
Serafín Estébanez Calderón (_El Solitario_), uno de los escritores más
castellanos de estos tiempos, si no en la elección de cada palabra, a lo
menos en el giro y rodar de la frase; cosa que vale mucho más y es harto
más rara, como discretamente ha hecho notar el moderno y elocuente
panegirista de las _Escenas andaluzas_, libro para el cual la posteridad
ha llegado muy tarde, como si las aficiones arcaicas del bibliófilo
Estébanez hubiesen levantado un muro entre el escritor y su público, que
sólo a medias podía disfrutar de aquel primoroso engarce y taracea de
piedrezuelas antiguas de las fábricas de Hurtado de Mendoza y de
Quevedo; labor sabia y paciente más digna de admiración que de ser
propuesta por modelo.

No sabía tanto la hija de Böhl de Fáber; pero así en los que llama
_cuadros de costumbres_, como en muchas de sus novelas, donde la acción
es escasa y los personajes y las escenas de familia lo son todo, rayó
tan alto como el que más en este linaje de escritos, aunque no estaba
inmune de cierto sentimentalismo a la alemana o a la inglesa,
enteramente extraño a la índole de las escenas que describe, ni tampoco
se libraba del inmoderado afán de declamar a todo propósito, y de
interrumpir sus mejores cuentos con inoportunos si bien encaminados
sermones. Gran cosa es el espíritu moral y la pureza de ideas; pero no
ha de mostrarlos el novelista por su cuenta y disertando (como no sea en
alguna breve sentencia), sino infundirlos calladamente en el total de la
composición y hacerla religiosa y moral, sin que la moral se anuncie ni
inculque en cada página.

Así y todo, aun los más prevenidos contra aquella índole literaria tan
angelical y tan simpática, ante quien toda crítica enmudece, no podrán
menos de reconocer a la insigne dama andaluza, autora de _Clemencia_ y
de _La Gaviota_, el mérito supremo de haber creado la novela moderna de
costumbres españolas, la novela de sabor local, siendo en este concepto
discípulos suyos cuantos hoy la cultivan, y entre ellos Pereda, que afín
además por sus ideas con las de Fernán Caballero, se ha gloriado siempre
de semejante filiación intelectual.

Nótase, pues, en los primeros cuadros de Pereda (salvas radicales
diferencias de temperamento, que pueden reducirse a la sencilla fórmula
de «más vigor y menos ternura») la influencia de Fernán Caballero, y
nótase también la de otro discípulo suyo (vecino de la Montaña por su
nacimiento), el cual, con cierta candidez de estilo, que al principio
pareció graciosa y luego se convirtió en _manera_, vino a exagerar el
_optimismo_ de la célebre escritora, empeñado en ver las costumbres
populares sólo por su aspecto ideal y poético. Malos vientos corren hoy
para esa literatura patriarcal; pero aun conserva Trueba su público
infantil, y además, ¿quién se atreverá a negar en todo el ámbito de las
Provincias Vascongadas la exactitud de sus pinturas, que nos muestran
allí un terrestre paraíso?

Trueba, que por los años de 1864 se hallaba en el apogeo de su fama, fué
el encargado de hacer el prólogo de las _Escenas Montañesas_; tarea que
llevó a cabo con buena voluntad, sin duda, a pesar de la muy poca que él
(como buen encartado) tiene a los montañeses, y aun con cierto
entusiasmo por la persona del autor; todo lo cual debe constar aquí en
honra y alabanza del prologuista, a lo menos para que los paisanos de
Pereda le perdonemos de buen grado aquellas variaciones sentimentales
sobre las _vulgarísimas mujeres_ (vulgo pasiegas) _que hacen granjería
con el_ _néctar de sus pechos_, y sobre los mendigos (montañeses, por
supuesto) _que explotan el carácter hospitalario y caritativo del pueblo
vascongado_. ¡Y luego nos concede como por misericordia que formamos
_parte_ de la heroica Cantabria, aunque de fijo fuimos los sometidos!
Que se lo cuente a sus paisanos los Autrigones, eternos aliados de los
Romanos, a quienes azuzaban contra nosotros.

Pero dejando para mejor ocasión a las pasiegas y a los Autrigones, y aun
al hospitalario pueblo vascongado, no puedo dejar de hacerme cargo de la
sinrazón artística con que el señor Trueba en ese prólogo acusa a Pereda
de _pesimista_ (aún no estaba inventado lo de _naturalista_), tildándole
de _fotografiar_ con marcada fruición _lo mucho malo_ que la Montaña
tiene, como todos los pueblos. Este cargo, repetido hasta la saciedad
por otros críticos, dió ya motivo a una vigorosa réplica de Pereda en el
prólogo de sus _Tipos y Paisajes_; pero como todos los lugares comunes,
y más si son irracionales, traen aparejada larga vida, no es de temer
que desaparezcan tan pronto del vocabulario de los críticos de Pereda
los términos de _sarcástico y pesimista_, como tampoco aquellos otros
_de gran fotógrafo_, ni siquiera el de _Teniers cántabro_. Ya he escrito
en otras ocasiones que Pereda aborrece de muerte los idilios y las
fingidas Arcadias, y tiene horror instintivo a los idealismos falsos,
optimistas, bonachones y empalagosos; pero esto no quita que haya en sus
cuadros idealidad y pureza, toda la que en sí tienen las costumbres
rústicas. No andan en sus cuadros Melibeos y Tirsis, sino montañeses
ladinos y litigantes _a nativitate_, entreverados de sencillez y
malicia, atentos a su interés y a las contingencias del papel sellado, y
juntamente con esto cautelosos y solapados en sus palabras, como suelen
ser los rústicos, a lo menos en nuestra tierra, aunque no sean así los
que se pintan en las _églogas_ y _cuentos de color de rosa_. Nada de
patriarcas de la aldea, ni de pastoras resabidas y sentimentales, ni de
discretos y canoros zagales. Cada uno habla como quien es, y el zafio
como zafio se expresa. El señor Pereda, por lo mismo que siente mucho y
bien, es enemigo jurado de la sensiblería; pero cuando llega a
situaciones patéticas, encuentra para el dolor o la alegría la expresión
natural y no rebuscada, y conmueve más que otros novelistas serios y
estirados, por lo mismo que no se esperan tales ternuras en un autor de
continuo alegre y jacarandoso.

Hay, ciertamente, tesoros de sentimiento en el alma y en los escritos de
Pereda; pero esos sentimientos son siempre viriles, robustos y
primitivos, como infundidos en hombres de tosca y ruda corteza. Yo no
conozco ni en la literatura antigua castellana, ni en la moderna, cuadro
de tan honda y conmovedora impresión como la que dejan en el ánimo las
últimas páginas de _La Leva_ y de _El Fin de una raza_. ¡Y de autor
capaz de tal grandeza en los afectos, han osado decir algunos que no
sabe herir las fibras del alma!

Es cierto que Pereda no rehuye jamás la expresión valiente y pintoresca,
por áspera y disonante que en un salón parezca, ni se asusta de la
miseria material, ni teme penetrar en la taberna y palpar los andrajos y
las llagas; pero basta abrir cualquiera de sus libros para convencerse
de que corre por su alma una vena inagotable de pasión fresca,
espontánea y humana, y que sabe y siente como pocos todo género de
delicadezas morales y literarias, y que acierta a encontrar tesoros de
poesía hasta en lo que parece más miserable y abyecto. En ese artículo
de _La Leva_, que nunca me cansaré de citar, porque desde Cervantes acá
no se ha hecho ni remotamente un cuadro de costumbres por el estilo
(igualado, pero no superado, por otros del autor), hay alcoholismo como
en los libros más repugnantes de la escuela francesa, hay palizas y
riñas conyugales, hay inmundicias y harapos y un penetrante y subido
olor a _parrocha_, y, sin embargo, ¡qué melancolía y ternura la del
final! ¡Cómo sienten y viven aquellos pobres marineros de la calle del
Arrabal! ¿Qué héroe de salón o de _boudoir_ interesará nunca lo que el
desdichado _Tuerto_, lanzando en la escena del embarque aquel solemne
_larga_? Si esto es realismo, bendito sea. Si realismo quiere decir
guerra al convencionalismo, a la falsa retórica y al arte docente y
sermoneador, y todo esto en nombre y provecho de la verdad humana, bien
venido sea. Así pintaba Velázquez.

El señor Pereda no es _fotógrafo_ grande ni chico, porque la fotografía
no es arte, y el señor Pereda es un grande artista. La fotografía
reproducirá los calzones rotos, la astrosa camisa y la arrugada y
curtida faz del viejo marinero santanderino; pero sólo el señor Pereda
sabe crear a Tremontorio, reuniendo en él los esparcidos rasgos,
infundiéndole con potente soplo vida y alma, y dando un nuevo habitador
al gran mundo de la fantasía. Esa pretendida exactitud fotográfica es el
grande engaño del arte, la gran prueba del poder mágico del artista: sus
personajes no están en la realidad, pero pueden estarlo, son humanos;
nos parece que viven y respiran; son la idealización de una clase
entera, la _realidad idealizada_.

Por su afición a cierta clase de escenas populares, ricas de vida y
colorido, hanle llamado algunos _Teniers cántabro_. Convengamos en que
tal vez _Cafetera, y El Tuerto, y Tremontorio, y El tío Jeromo, y Juan
de la Llosa_, y el mayorazgo _Seturas_, y el jándalo _Mazorcas_, y hasta
el erudito _Cencio_, serán de mal tono en un salón aristocrático; pero
vayan a consolarse con sus hermanos mayores _Rinconete y Cortadillo,
Lázaro de Tormes, Guzmán de Alfarache_, y con los venteros, rufianes y
mozos de mulas de toda nuestra antigua literatura, y con los héroes del
Rastro, eternizados por don Ramón de la Cruz. Y si a algunos desagradan
los porrazos de _La Robla_, y las palizas sacudidas por su marido a la
nuera del tío Bolina, y las consecuencias de _Arroz y gallo muerto_,
acuérdese de los molimientos de huesos que sacó don Quijote de todas sus
salidas, de las extraordinarias aventuras de la Venta, de los apuros de
Sancho en la célebre noche de los batanes, y acuérdese (si es hombre
erudito y sabe griego) de los mojicones de Ulises a Iro en la _Odisea_,
de los regüeldos de Polifemo, y de otros rasgos semejantes del padre
Hornero, que dan quince y falta a todos los realistas modernos. Y
cualquiera puede resignarse a ser _Teniers_ en compañía de Homero y de
Cervantes, y del gran pintor de borrachos, mendigos y bufones.

Si yo dijera que para mí son las dos series de las _Escenas Montañesas_
lo más selecto de la obra de Pereda, no diría más que lo que siento;
pero temo que muchos no sean de mi opinión, y que en ella influyan
demasiadamente, por un lado el amor a las cosas de mi tierra, y por otro
recuerdos infantiles, imposibles de borrar en quien casi aprendió a leer
en las _Escenas_, y las conserva de memoria con tal puntualidad, que a
su mismo autor asombra. Pero aun descartados estos motivos personales,
todavía admiro yo más en Pereda al autor de bosquejos y cuadritos de
género que al de novelas largas, y entre las escenas cortas, todavía doy
la preferencia a las de costumbres marineras sobre las de costumbres
campesinas, sintiendo que no sea mayor el número de las primeras, en las
cuales logra el ingenio de su autor un grado de vigor y de fuerza
creadora y hasta de terror sublime que, por decirlo así, le levanta
sobre sí mismo. Por eso espero yo, y conmigo todos los hijos de
Santander, que la obra maestra de Pereda, y el monumento que mejor
vinculará su nombre a las generaciones futuras, ha de ser su proyectada
novela de pescadores: _Sotileza_. Aun sin eso, ya no morirá, gracias a
Pereda, el tipo hoy casi perdido del viejo marinero de la costa
cantábrica, levantado por él a proporciones casi épicas, y digno de
hombrearse con muchos héroes de Fenimore Cooper.

Más serenos y apacibles, menos trágicos y apasionados son los cuadros
rurales, en cuya riquísima serie descuellan dos verdaderas novelas
primorosas y acabadas, aunque de cortas dimensiones: _Suum cuique y
Blasones y talegas_. Entre los más breves no se sabe cuál escoger,
porque todo es oro acendrado y de ley: yo pongo delante de todos _La
Robla, El día 4 de octubre y Al amor de los tizones_.

Entre la publicación de las dos series de _Escenas Montañesas_ mediaron
muchos años. Todavía pasaron más antes que Pereda se decidiese a
abandonar sus jándalos, sus mayorazgos y sus raqueros, y a ensanchar el
radio de sus empresas, imaginando fábulas de mayor complicación y
cuadros más amplios. Hizo entretanto algunos _Ensayos dramáticos_
(verdaderos cuadros de costumbres en diálogo y en verso), los cuales
andan coleccionados en un libro ya rarísimo[1]; y para probar sus
fuerzas en trabajo de más empeño, compuso las tres narraciones que
llenan el volumen de los _Bocetos al temple_. Allí apareció por segunda
vez la pintoresca, ingeniosísima y mordicante novela de costumbres
políticas, _Los Hombres de pro_, preludio de _Don Gonzalo_, y glorioso
trofeo de la única campaña electoral y de la única aventura política de
Pereda. Publicada esta novela en días de tremenda crisis y de universal
exacerbación de los ánimos, y escrita, no ciertamente con parcial
injusticia, pero sí con calor generoso y comunicativo (hasta en los
durísimos ataques que encierra contra el sistema parlamentario),
aparecía, en su primera edición, un tanto sobrecargada de reflexiones,
en que el autor, contra su costumbre, se dejaba ir a hablar por cuenta
propia, como en libro o folleto de propaganda. Todo esto ha desaparecido
en la edición presente, y así retocado el libro, y convertido en obra de
arte puro, no teme la comparación con ninguna otra del autor. ¡Qué
diálogo el de las niñas de la villa que no quiero nombrar! ¡Qué tipo el
del hidalgo don Recaredo! Se dirá que la novela sigue siendo política, y
que esto la daña; pero aunque sea cierto que las ideas políticas salen
de los límites del arte, ¿quién duda que las extravagancias y
ridiculeces de la vida pública caen, como todas las demás rarezas
humanas, bajo la jurisdicción del satírico y del pintor de costumbres?
¿Por qué no ha de describirse una escena de _club_ o de comicios
electorales, como se describe una escena de taberna o de mercado?

[1] De él se tiraron sólo 25 ejemplares. Aviso a los bibliófilos del
porvenir.

La segunda época de la vida literaria de Pereda comienza en 1878, y
abarca cinco largas novelas: _EL buey suelto, Don Gonzalo González de la
Gonzalera, De tal palo, tal astilla, El sabor de la tierruca y Pedro
Sánchez_. De todas ellas he hablado extensamente en otras ocasiones, y
forzoso me será repetir algunos de los conceptos que entonces expuse.

El asunto de _El buey suelto_, es el más viejo y el más nuevo que puede
imaginarse. Si hay cosa tratada o discutida en el mundo, ya seriamente,
ya en burla, es la cuestión del matrimonio, aunque sea cierto que ni los
razonamientos ni las _facecias_ influyen mucho en la resolución que cada
prójimo toma según cuadra a su genialidad, temple y más o menos
escrupulosa conciencia. Pero en la biblioteca que con poca dificultad
pudiera formarse de obras relativas a esta materia, pesan y abultan
mucho más las invectivas que las defensas. Sería grave error, sin
embargo, tomar por lo serio y al pie de la letra muchas de esas
diatribas, dándoles una transcendencia y alcance que las más veces no
tenían en el ánimo de sus autores. La censura del matrimonio y de las
mujeres ha sido en manos de los satíricos clásicos un lugar común, un
motivo de chistes y de amplificaciones, como podía serlo el elogio del
mosquito o de la pulga.

Observemos, no obstante, que nunca se multiplican ni recrudecen tanto
las sátiras contra el matrimonio como en los tiempos de decadencia y
senectud moral. No suele empezar la corrupción por las mujeres, pero el
hombre les atribuye toda la culpa; y el vínculo natural y santo, que él
huella y profana el primero, es a sus ojos la fuente y origen de todo
mal. _Hoc fonte derivata clades_. En vez de acusarse a sí propio, acusa
a la institución, acusa a la naturaleza; y entonces brotan, como
indicios del malestar social, ásperas y desolladuras sátiras, al modo de
la 6.ª de Juvenal, o livianos cuentos como los que manchan el _Asno_ de
Apuleyo, constituyen el fondo de los _fabliaux_ de la Edad Media y
corren en inagotable vena a regar los huertos de Boccacio y de todos los
_novellieri_ italianos, torpemente remedados por los franceses.

Dicho se está que no había de faltar en nuestros tiempos semejante
literatura, como no faltó en los de la Roma imperial, ni en el siglo XIV
(en que la barbarie no excluía la liviandad), ni en la Italia del siglo
XVI, ni en la Francia del XVIII. Pero al reaparecer (si alguna vez
faltó) el género _anti-matrimonial_ en la moderna Europa, vistióse de
nuevos paños, adoptó más grave arreo, tono más doctoral y circunspecto,
propúsose dogmatizar y hacer análisis _fisiológicos_. Algo se corrigió
en lo desmandado de la forma (sabido es que somos más pudibundos,
aunque no más honestos, que nuestros abuelos); pero el veneno fué mayor,
como destilado por alquitara. Más honda y corrosivamente ha influido
esta literatura que todos los sarcasmos y _verduras_ de otras épocas.
Fría, impasible, calculadora como eco de una sociedad que era
positivista antes que el positivismo tuviese una fórmula científica, ha
agotado el arsenal de los sofismas ligeros, parto de esa lógica sin
entrañas, con la cual el hombre pretende engañarse a sí mismo; pero
sofismas de éxito seguro, porque hablan al egoísmo, cifra y compendio de
todos los malos instintos de nuestra caída y pecadora naturaleza.

Yo bien sé que los libros son la expresión de la sociedad, y que la
sociedad sólo a medias es discípula de los libros; pero ¿quién negará
que cada uno de ellos es leña echada en el fuego de la concupiscencia,
incentivo del general descreimiento, piedra en que tropiezan las
voluntades mal inclinadas, ocasión nueva de desaliento para las
voluntades marchitas? Por eso es obligación ineludible en el escritor
cristiano y de bien ordenado entendimiento, aplicar su ingenio a la
reparación del edificio social, lidiando por la familia, que es su
primera y necesaria base. Y cuando ese autor es un novelista de primer
orden, un pintor de costumbres como ha visto pocos nuestra Península
desde Cervantes acá, un hombre de agudo ingenio, rico de observación, y
en donaires y gracias de decir excelente, natural es que emplee el
método _fisiológico_ contra los fisiólogos, y que, convirtiendo la
defensa en ataque, en vez de vindicar directamente el matrimonio, ponga
y clave en la picota de la sátira a la _cínica e infame soltería_, que
dice Jovellanos.

El libro que, como antídoto a los harto célebres de Balzac y de sus
muchos y desafortunados imitadores, ha escrito el señor Pereda, pudo
parecer pálido en los caracteres y poco interesante o animado en la
acción. Quizá entraba esto en los propósitos del autor. Para
personificar una plaga social, buscó un tipo insignificante, un
_Gedeón_, egoísta, vulgar, sin ninguna cualidad dominante buena ni mala,
que no es sabio ni tonto, ni hermoso ni feo, ni rico ni pobre, ni muy
viejo ni muy joven, sin aficiones políticas ni literarias; un ser por
excelencia prosaico, envuelto en las más ruines y mezquinas
contradicciones de la vida. Todos sus desórdenes y malas andanzas son de
escalera abajo. Lo singular del tipo está en su absoluta carencia de
idealismo. Todo es vulgar en torno suyo: sus amigos, su criada, su
manceba.

Y así debía ser para que el libro surtiese el efecto que el señor
Pereda se propuso.

¿Qué solterón recalcitrante había de convencerse, en vista de las
desdichas que sobre _Gedeón_ atrajeran sus personales manías y rarezas,
o una serie de casualidades novelescas regidas por la mano del autor y
no por el curso ordinario de las cosas humanas? _Gedeón_ tiene de hombre
lo bastante para no ser una _idea pura_; en lo demás puede pasar por el
_substratum_ de una clase entera, de las más numerosas, por desgracia,
entre los hijos de Adán. Es la encarnación del egoísmo, pero de un
egoísmo _bourgeois_, que no afecta proporciones titánicas ni colorido
trágico.

La sobriedad de la acción sólo parecerá pobreza a quien considere _El
buey suelto_, no como una novela (que no pensó en tal cosa el autor),
sino como una serie de cuadros en que externa e internamente se va
desarrollando la mala vida del héroe. Cada capítulo trae nuevos
personajes y escenas nuevas, reproducidas unas veces con el pincel de
Stein y de Teniers, otras con el brioso toque de la escuela española.
¡Lástima que en algunos pasajes la tendencia a la caricatura aparezca
tan de resalto, y convierta en falsos tipos que de cómicos no debieran
degenerar en bufos!

Como magistrales cuadros de costumbres, léanse sobre todo _La primera
catástrofe, No es casa de huéspedes, Entre Venus y Marte, La tienda de
la esquina, Los parientes de Gedeón_, sin olvidar el extraño y
fantástico capricho de _La gran batalla_, cuya ejecución es maravillosa
y digna de Goya.

Mas no se crea que sólo a lo cómico y alegre se inclina la musa del
autor, aun en este libro, el más endeble de los suyos. Testimonio son de
que sabe hablar en veras y herir al alma, además de alguno de los
capítulos antes citados, los que terminan la _última jornada_, sobre
todo el intitulado _La vanguardia de la muerte_, donde lo fácil se
hermana con lo bien y hondamente sentido.

Aun a los críticos más adustos que consideraron _El buey suelto_ como
una caída, parecieron admirables algunas porciones del _Don Gonzalo_,
publicado al año siguiente. Si como novela se la considera, puede
tachársela de acción escasa, aunque tiene la que basta y sobra para
mover unas cuantas figuras, principal, si no único, propósito del libro.
No es el fin de éste, como a algunos podrá antojárseles, la sátira
política, ni viene ésta más que como episodio, y sin salir de los
límites del arte, debiendo estimársela como un recurso para poner en
juego a los personajes. Es cierto que hay en _Don Gonzalo_ algunos
capítulos donde la revolución queda puesta en solfa. No falta un
estudiante que en la taberna de su pueblo haga discursos pomposos y
altisonantes, remedando los que en Madrid había oído. Ni se echa de
menos tampoco un _pardillo_ montañés, _albitrante y con otras industrias
saludables_, el cual pesca a río revuelto, y en días de revolución echa
al fuego, a impulsos del patriótico entusiasmo, los papeles del
Ayuntamiento donde constaban sus trapisondas. Hay, finalmente, una
parodia de junta revolucionaria, y milicia ciudadana, y clubs y
manifiestos electorales. Yo no sé si en otras partes será todo esto muy
serio; pero en Coteruco, pueblo de 300 vecinos, se convierte por sí
mismo en caricatura. Yo no admito que el señor Pereda se haya propuesto
en esta novela _probar_ nada (es demasiado artista para eso); pero si
alguna enseñanza se deduce de su libro, es la demostración del absurdo
que se comete llevando a un pueblo rústico y laborioso las miserias
políticas. El abandono del trabajo, la taberna perpetua, los palos y
asonadas, son la consecuencia primera y forzosa de tal delirio.

Eso acontece en Coteruco, pueblo que llegan a corromper dos intrigantes
y un mentecato, sin otro fin que el de satisfacer ruines pasiones y
venganzas. Y eso que Coteruco era antes el mejor pueblo del valle, y aun
el dechado de todos los pueblos de la Montaña, por la honradez y amor
al trabajo de sus moradores. Debíase tal milagro a un don Román Pérez de
la Llosía, señor rico, franco y campechano, sin aires de patriarca de la
aldea, pero con muy buen sentido y recta intención en todo. El era la
Providencia del pueblo, y su cocina la tertulia de Coteruco.

Enfrente de don Román coloca el señor Pereda otro tipo, montañés de pura
raza, y el mejor tipo de Pereda, el arbitrante Patricio Rigüelta,
_Maquiavelo de Campanario_, como dijo aguda y felizmente un crítico.
Patricio, personaje esbozado ya en ciertas sátiras políticas del
autor[2], adquiere aquí proporciones extraordinarias y se convierte en
verdadero héroe y rueda principal de la novela, dejando muy en segundo
término al _indianete_ que la da nombre, verdadera figura decorativa,
aunque admirablemente trazada. Don Gonzalo es mero instrumento y juguete
de la omnipotente voluntad y de las negras tramas de Patricio, que le
maneja como blanda cera, y explota sus rencores contra don Román por el
desaire de las bodas. Unese _Gonzalera_ con toda la gente díscola y
revoltosa del pueblo; hace propaganda el estudiante (que es cojo, por
más señas); se juega en la taberna una becerra a costa del indiano; los
apóstoles de la nueva idea desacreditan al cura y a don Román (el
_confesonario_ y el _feudalismo_, que dice el cojo), y aquello en pocos
días muda de aspecto.

[2] Vid. _El Tío Cayetano_, periódico político que Pereda y algunos
amigos suyos publicaron en Santander en 1868.

Tal es la sencilla trama de _Don Gonzalo_, que comienza con una
maravillosa descripción de la tertulia de don Román (inferior, sin
embargo, al antiguo cuadro de la _hila_, uno de los más exquisitos
primores de las _Escenas_), y acaba con un crimen cometido en días
electorales, y con la huída del noble Pérez de la Llosía de aquel
lugarejo mísero y pervertido. En ningún libro suyo ha congregado Pereda
igual número de tipos tan vivos y tangibles. Queda dicha la excelencia
satánica del carácter de Patricio, tan complicado, tan difícil y de tan
paciente estudio. Pero en torno de esta creación singular se agrupan,
como digno cortejo, todos con fisonomía propia y rebosando de vida: la
vieja _Narda_, sentenciosa consejera de Magdalena; el hidalgo don Lope,
alma de oro con corteza de hierro, tan breve en palabras como largo en
hechos, último vástago de aquellos indomables banderizos del siglo XV, y
condenado en el nuestro a matar las solitarias horas sobre su _potro_ de
piedra; el estudiante, el indiano, la solterona Osmunda, providencial
castigo de don Gonzalo; Carpio y Gorio, en quienes se cifra y compendia
el carácter del campesino montañés con todos sus rodeos y suspicacia, y
hasta los personajes de segundo orden, Chisquín, Toñazos, Polinar,
Barriluco.... ¡Qué plenitud de sangre española en todos ellos! ¡Y qué
cuadros los que llevan los títulos de _La feria de Pedreguero, La
romería de Verdellano y El festín_! Este último es un cuadro de Teniers,
con toque más vigoroso y más caliente entonación. Parece que sentimos el
peso de la becerra sobre la mesa, y el del vino tinto en las cabezas de
los comensales. ¡Y que diálogos los de Carpio y Gorio!

_De tal palo, tal astilla_ es quizá el libro menos realista de Pereda, y
no ya porque pinte costumbres campesinas, fáciles y risueñas, que esto
bien cabe en el realismo, ni menos porque en este libro, y todavía más
en _El sabor de la tierruca_, el tan decantado pesimismo de las _Escenas
Montañesas_ se haya ido convirtiendo en simpática benevolencia, harto
natural en quien, viviendo tantos años en la quieta soledad de su
Tusculano, se ha ido prendando cada vez más de las escenas rurales, y
viéndolas bajo un aspecto más poético y halagüeño. La única diferencia
substancial que encuentro yo entre esta novela y las demás de Pereda, y
lo que me hace declararla _realista_ a medias, consiste en que es un
libro de tesis, en que abandonando el autor, hasta cierto punto, la
observación desinteresada, principal musa suya, trata de inculcar,
aunque no directamente, no una, sino muchas y varias moralidades.
Plantea, pues, lo que llaman ahora _conflicto o problema religioso_, y le
plantea por medio de una fábula, que no deja de guardar cierta analogía
lejana con la de _Sibila_, de Octavio Feuillet, y la de _Gloria_, de
Galdós. Aunque esta semejanza no pasa de los datos fundamentales, y yo
sé además que Pereda no ha leído _Sibila_ y que no gustaría de ella si
la leyese, no ha de negarse que el _conflicto_ (usemos la jerga
corriente) viene a ser en las tres novelas el mismo. Pero _Sibila_ (con
ser libro delicadamente escrito) tiene algo de enteco y enfermizo,
respira falsedad en las ideas y en los afectos: aquel cristianismo
vaporoso es un cristianismo de salón, mundano y sentimental; se diría
que la moda y no la convicción dictaron aquellas páginas, donde falta de
un cabo a otro la naturalidad, y no hay un solo carácter acentuado y
vigoroso. Es un libro sin unción y sin nervio. Mayor talento, y más
firme convicción, aunque extraviada, inspiraron a Galdós en _Gloria_;
pero sus declarados intentos de propaganda anti-católica por una parte,
y por otra el exceso del simbolismo y de las abstracciones
personificadas, la enturbian y obscurecen, y casi la sacan fuera de los
límites del arte, convirtiéndola en un alegato librecultista, y a la
heroína en pedante e insufrible disputadora.

De fijo lo menos afortunado en la novela de Pereda es también el
carácter de la heroína. Puede decirse, sin agravio de él, que los tipos
femeniles y los diálogos de amor han sido, son y serán siempre la parte
más endeble de su armadura de novelista. Y aun añadiré que los huye, o
los trata con frialdad y despego. Y, sin embargo, el carácter de Águeda
estaba bien concebido, y ¡cuan hermosos y trágicos efectos podía haber
sacado el autor de la eterna lucha entre la pasión y la ley moral! Bien
está que Agueda, católica a la española y montañesa a toda ley, cumpla
su deber sin aparato ni estruendo, aunque su resolución le cause dolores
mortales. Bien está que su fe acendrada y robusta, su buen sentido
natural, lo recto y nunca maleado de su razón la impidan transigir con
la impiedad, aunque vaya unida a toda la gallardía de la juventud, a
todo el fuego de la pasión y a todo el poder y alteza del ingenio. Pero
¿era preciso para esto hacerla tan impasible, estoica y marmórea, cuando
al fin era mujer y enamorada?

¡Pero cómo se venga Pereda de esta inferioridad suya en otros tipos más
de su cuerda que la obra tiene, y sobre todo en los que forman el
_coro_! Sólo el recuerdo, no fácilmente borrable, de Patricio Rigüelta,
puede perjudicar al malvado de esta otra novela, el don Sotero,
abominable _tartuffe_, en cuya negra alma no ha temido penetrar y
ahondar hasta con encarnizamiento el señor Pereda, como si quisiera dar
hermosa muestra de que lo extremado de su ultramontanismo no corta las
alas a su ingenio ni le hace ñoño o meticuloso. Hasta puede añadirse que
ha recargado las tintas más de lo que suele, y ha hecho contra su
costumbre, y quizá contra la conveniencia artística, un carácter de una
sola pieza, porque entes tan completa y absolutamente perversos como don
Sotero, sin ninguna cualidad buena ni vislumbre de ella, son, por dicha,
rarísimos, y aun pueden tenerse por aberraciones de la humana
naturaleza.

No así el cernícalo de su sobrino, dechado de barbarie y grosería, ni
menos el espolique Macabeo, admirable personaje, uno de los mejor hechos
del libro, dentro del cual tiene él una novela propia y especial suya.
¡Cuántas veces ha presentado el señor Pereda al tipo del campesino
montañés, y, sin embargo, no se ha repetido nunca! Y ahora, cuando la
materia parecía agotada, nos regala a Macabeo, que vale él solo más que
Carpio y Gorio y todos los anteriores juntos. Habla y discurre como
ellos, tiene aire de familia, y, no obstante, es distinto. _Facies non
omnibus una, nec diversa tamen, qualem decet esse sororum_.

Así en lo serio como en lo jocoso, tiene el libro escenas de
extraordinaria belleza, cuadros insuperables de costumbres. Si yo
hubiera de elegir entre los capítulos del libro, me fijaría sin duda en
_La hoguera de San Juan_. La luz de esa hoguera es luz de Rembrandt.

Y puesto ya a citar bellezas de pormenor, no olvidaré _el paso de la
hoz_, donde el diálogo supera a la descripción, con ser la descripción
tan buena; y los capítulos de presentación de los diversos personajes,
especialmente aquel en que se describe la casa y modo de vivir de los
Peñarrubias; el maquiavélico diálogo en que don Sotero va persuadiendo a
su sobrino a que intente la deshonra de Águeda, y, finalmente, cuanto
dice y hace Macabeo, a quien mi amigo _Clarín_ ha llegado a comparar
nada menos que con el _Renzo_ manzoniano.

El paisaje en que toda esta gente vive y se mueve, es el paisaje
montañés de siempre. A quien haya leído otros libros de Pereda, no es
preciso decirle cómo están descritos Valdecines y Perojales, y también
es casi superfluo repetir que la obra es un tesoro de lengua, no con
afectada y mecánica corrección, sino con toda la riqueza, gala, armonía
y color del habla de nuestra Montaña, pasada por el tamiz de un gusto
privilegiado, aunque amante siempre de lo más espontáneo y de lo más
rústico.

_De tal palo, tal astilla_ es, hasta el presente, la única tentativa de
Pereda en el campo de la novela _tendenciosa_. Como si hubiera querido
desagraviar a los críticos amantes del arte puro y desinteresado,
escribió inmediatamente otro libro, de los que no prueban nada ni van a
ninguna parte sino a hacer sentir y gozar. Posible será que, apoyados en
esto mismo, y volviendo por pasiva sus antiguas censuras, le nieguen
algunos alcance y transcendencia, y hasta le disputen el título de
novela. Cuestión de nombres, propia de retóricos ociosos. ¿A qué buscar
más enseñanza ni más transcendencia en un libro, que deja al fin la
impresión de salud robusta, de frescura patriarcal y de primitivos
afectos que deja en el alma _El sabor de la tierruca_? Y en cuanto al
nombre, el autor no le ha dado ninguno. Novela es, aunque sencilla, y
llámese así o de otro modo, no dejará de ser un libro excelente. Novelas
muy celebradas hay que no tienen más acción; algunas, ni tanta.

Sea como quiera, la novela es aquí un pretexto para que aparezca en
acción la vida rústica de nuestra comarca. La obra es un poema idílico,
género de literatura que puede decirse propio de nuestro siglo y que ha
producido en Alemania, en América y en Provenza[3] tres obras
superiores, del todo ajenas al amanerado convencionalismo de la bucólica
antigua. Pereda había ensayado este género, aunque en prosa, pero
siempre como episodio de sus novelas políticas o morales, o bien en
cuadros cortos, v. gr.: el del _4 de Octubre_. Hoy le cultiva de frente,
y hay trozos en su libro, como el de la lucha de los dos pueblos
rivales, o el de la entrada del ganado en las mieses, que parece que
están reclamando el antiguo y largo metro épico, solemne y familiar a la
vez.

El interés, cualquiera que él sea, de las domésticas disensiones entre
el irascible don Juán de Prezanes y su vecino, pesa e importa poco ante
el alarde de fuerza muscular de los nuevos Entellos y Dares, ante el
empuje del ábrego desatado, o ante la nube de polvo que levantan
novillos y terneras.

[3] _Herman y Dorotea, Evangelina y Mireya_. También Jorge Sand dejó
preciosos ejemplares de este género, aunque un tanto idealistas, en _La
Mare au Diable, La Petite Fadette_, etc., etcétera.

No le pese al insigne novelista montañés ser más feliz en lo segundo que
en lo primero. Lo uno es más fácil, y es campo abierto a todos; lo otro
es para pocos, y quien lo alcanza se acerca a las primitivas y sagradas
fuentes de la poesía humana, crecida y arrullada con los halagos de la
madre Naturaleza; y con verlo todo más sencillo, lo ve más próximo a su
raíz, más íntegro y más hermoso, y se levanta enormemente sobre todo
este conjunto de estériles complicaciones, de interiores ahumados, de
figuras lacias, de sentimientos retorcidos y de psicologías pueriles, de
que vive en gran parte la novela moderna. Yo confieso que en las novelas
de Pereda, y sobre todo en ésta, que yo, apartándome de la opinión
general, pongo sobre todas (exceptuando, por de contado, los cuadros
sueltos), llega a desagradarme lo que no es rústico y agreste, y me
impaciento hasta que tornan los Niscos y Chiscones, por muy bien y
discretamente que haga hablar el autor a personajes de condición
superior y más altos propósitos. Y no es desventaja del autor, sino
ventaja de los tipos. Que así como (según el profundísimo parecer de los
filósofos escolásticos) las inteligencias superiores, conforme más altas
están en la escala, comprenden por menor número de ideas, así en el arte
es lo más bello lo menos complejo, y es lo más alto lo más próximo a la
naturaleza simple y ruda.

¡Bendito sea, pues, este libro rústico y serrano, que viene cargado de
perfumes agrestes, y no nos trae ni _problemas_ ni _conflictos_, ni
tendencias ni _sentidos_, ni otra cosa ninguna, sino lo que Dios puso en
el mundo para alegrar los ojos de los mortales: agua y aire, hierba y
luz, fuerza y vida! ¿Quién se acuerda de naturalismos ni de _estéticas_
cuando lee la _deshoja_, o cuando oye las quejas de Catalina a Nisco, o
cuando asiste con la imaginación al mercado de la villa?

Por eso yo no leí _El sabor de la tierruca_, sino que le sentí, y por
eso ahora no le juzgo, sino que traslado al papel la impresión de
placidez y de bienestar que me causó, sin ponerle peros, porque, a mi
entender, no los tienen ni aquel paisaje ni aquellas gentes.

Reciente está el éxito ruidoso de _Pedro Sánchez_. Aun los críticos que
no hace mucho tiempo hablaban de los _verdores_ de Pereda, y como que se
resistían a considerar sus obras perfectamente _maduras_, se han rendido
ante _Pedro Sánchez_, encontrando para ella un caudal de elogios que
ciertamente no habían desperdiciado al juzgar _Los hombres de pro_ o _El
sabor de la tierruca_. Confieso que la unánime y entusiasta aprobación,
diré mejor, la alabanza sin restricciones que ha coronado a _Pedro
Sánchez_, ha sido para mí, como para su autor, una verdadera aunque
agradable sorpresa.

Era la primera vez que Pereda abandonaba aquel su «huerto hermoso, bien
regado, bien cultivado, oreado por aromáticas y salubres auras
campestres», como dijo de perlas Emilia Pardo Bazán. Temíamos el autor y
yo que pareciese esta novela conjunto de reminiscencias algo pálidas o
de adivinaciones remotas, y que la ausencia del modelo vivo le quitase
frescura y animación. Temíamos que pareciese lenta y perezosa en los
primeros capítulos, y un tanto atropellada hacia el final. Temíamos que,
renunciando el pintor a casi todas sus ventajas indiscutibles, al
paisaje, al diálogo, al provincialismo, a lo más enérgico y
característico de su manera, renunciase por el mismo hecho a sus mayores
triunfos. Temíamos que la forma autobiográfica y _subjetiva_, la forma
de Memorias, perjudicase al fácil caudal de un ingenio tan exterior y
tan objetivo y tan poco amigo de reconditeces psicológicas. Temíamos que
el mismo carácter del héroe, entidad algo pasiva, movida por las
circunstancias mucho más que movedora de ellas, comunicase cierta
languidez al conjunto de la obra, impidiendo al lector interesarse
sinceramente por el protagonista. Temíamos, finalmente, que el carácter
en gran manera prosaico de las escenas políticas, que son la mayor parte
del libro, hubiese influído en detrimento de su valor estético; y esto
lo temía yo más que nadie, viendo correr con tibieza y desaliento la
pluma del autor por las descripciones de un club o de una redacción de
periódico, como si le aquejase la nostalgia de sus montes y de sus
marinas.

Y, sin embargo, lo declaro ingenuamente: Pereda y yo nos hemos llevado
en esta ocasión un solemnísimo chasco. _Pedro Sánchez_ ha parecido, no
ya a la masa de los lectores, sino a los críticos más agudos y
perspicaces, la más novela entre las novelas de Pereda, la mejor
compuesta y aderezada, la más grave y madura en el pensamiento, la más
apasionada en los momentos de pasión. Todos han ensalzado unánimes la
serena melancolía que el libro revela, la mirada firme y desengañada que
el autor dirige sobre las cosas humanas, la amargura sin misantropía con
que juzga nuestro estado social, y la verdad poética con que le
ennoblece.

Todo esto es verdad, y, sin embargo, estimando a _Pedro Sánchez_ más que
nadie, no acabo de convencerme de que Pereda y yo nos equivocásemos tan
de medio a medio; y sea montañesismo, sean recuerdos infantiles, vuelvo
siempre con amor los ojos hacia el poeta de _La Robla_ y de _La Leva_, y
por más esfuerzos que hago, no puedo simpatizar con _Matica_ y sus
amigos, ni con el señor de Valenzuela, como simpatizo con don Silvestre
Seturas o con don Robustiano Tres-Solares. _Pedro Sánchez_ me parece
mucho mejor novela que _El buey suelto_; pero me quedo con _El sabor de
la tierruca_ y con _Don Gonzalo_.

Y, por otra parte, esta opinión mía a nadie quiere imponerse. Yo en este
caso soy, ante todo, montañés, y quizá me equivocaré y daré a Pereda un
mal consejo excitándole, por su gloria misma, a no salir de _su huerto_
y a no hacer caso de los que encuentran limitados sus _horizontes_. Sin
salir de ellos, ha encontrado la novela política en _Don Gonzalo_ y en
_Los hombres de pro_, la novela religiosa en _De tal palo_..., la
novela o más bien el poema idílico en _El sabor de la tierruca_, la
novela social en _Blasones y talegas_ y hasta la más conmovedora
tragedia en _La Leva_. No hay pasión, no hay afecto, no hay interés, no
hay problema que no pueda traerse a la Montaña como a cualquiera otra
región del mundo. Sólo que en Pereda parecerá todo mejor si se viste y
arrea con traje montañés. A mí me ha encantado más que a nadie el éxito
de _Pedro Sánchez_; pero con este encanto iba mezclado en cierta dosis
el temor de una deserción. Me tacharán de crítico apocado; me dirán que
ésta es la novela más transcendental y más universal de Pereda, la más
comprensible para todos, la más traducible.... Todo esto es verdad; pero
cada cual tiene sus manías: yo me vuelvo a _La Robla_ y a _La Leva_ y a
_Suum cuique_.

Y consiste todo en que los críticos madrileños y yo juzgaremos siempre a
Pereda desde puntos de vista muy distintos. Para ellos es un eminente
novelista, a quien colocan entre Valera, Alarcón y Galdós; pero, en
suma, un novelista a quien tasan por su valor como tal, y cuyos triunfos
literarios empiezan a contar desde _Don Gonzalo_. Para mí, Pereda es,
antes que toda otra cosa, el compañero y el amigo de mi infancia, el
Pereda de las _Escenas_, el que en 1864 imprimía en _La Abeja Montañesa_
los diálogos del _Raquero_, el Pereda sin transcendentalismos, ni
filosofías, ni políticas; pintor insuperable de las tejidas nieblas de
nuestras costas; de la tormenta que se rompe en las _hoces_; del
alborozo de los prados después de la lluvia; de la vuelta de las
_cabañas_ desde los puertos; de la triste partida del mozo que va a
Indias; de la entrada triunfal y ostentosa del _jándalo_; de la alegría
del hogar en Nochebuena, amenizada por el estudiante de Corbán; de los
supersticiosos terrores que vagan en torno de la pobre _Rámila_, y la
traen a miserable muerte; de la salvaje independencia de los antiguos
pobladores de la calle Alta y del Muelle de las Naos, últimos
degenerados retoños de los que en la Edad Media daban caza a los
balleneros ingleses en los mares del Norte, y ajustaban tratados de paz
y de comercio con sus reyes; y finalmente, de la casa solariega próxima
a desplomarse, y apuntalada, si acaso, por los dineros del indiano; y
del concejo de la aldea, donde a duras penas vegeta algún rastro de las
antiguas costumbres municipales. Y para mí, al nombre de Pereda van
unidos inseparablemente, no _Pedro Sánchez_, en las barricadas ni en la
oficina de un gobierno político, sino _don Silvestre Seturas_, en su
perpetua lucha con los curiales, heredada de tres generaciones;
_Cafetera_, trincando la estopa y sosteniendo batalla campal con _Pipa_
y los de su cuadrilla, a la sombra veneranda del castillo de San Felipe;
_Juan de la Llosa_, examinando gravemente la estampa de _la Leona_ y de
_la Gallarda; Tremontorio_, tejiendo su red o consolando a las mujeres
en la _rampa_ grande del Muelle; _don Recaredo_, marcados pecho y
espalda por la garra de los osos inmolados en sus cacerías.... El otro
Pereda será una de las esperanzas, o mejor dicho, una de las realidades
de la novela contemporánea española; tendrá algo de Balzac y algo de
Dickens y algo de Topffer.... Yo lo reconozco, y le admiro más que
nadie, y me alegro que haya demostrado esta vez que sabe hacer una
novela en todo el rigor de la frase; en suma, que puede hacer cuanto
hacen otros. Pero con todo eso, el Pereda de mi más íntima predilección
y fervoroso cariño será siempre el Pereda que veranea en Polanco, y que
en invierno habita en el muelle de Santander, un poco antes de llegar a
la capitanía del puerto, en el teatro mismo de las hazañas de _Cafetera_
y de la lúgubre partida de _El Tuerto_, para morir en la fiera rompiente
de las _Quebrantas_.

¿Se comprende ahora por qué al principio he confesado mi incompetencia
para juzgar a Pereda? Porque yo no admiro sólo en él lo que todo el
mundo ve y admira: el extraordinario poder con que se asimila lo real y
lo transforma; el buen sentido omnipotente y macizo; la maestría del
diálogo, por ningún otro alcanzada después de Cervantes; el poder de
arrancar tipos humanos de la gran cantera de la realidad; la frase viva,
palpitante y densa; la singular energía y precisión en las
descripciones; el color y el relieve, los músculos y la sangre; el
profundo sentido de las más ocultas armonías de la naturaleza no
reveladas al vulgo profano; la gravedad del magisterio moral; la vena
cómica, tan nacional y tan inagotable, y, por último, aquel torrente de
lengua no aprendida en los libros, sino sorprendida y arrancada de
labios de las gentes; lengua verdaderamente patricia y de legítimo solar
y cepa castellana, que no es la lengua de segunda o de tercera
conquista, la lengua de Toledo o de Sevilla, sino otra de más intacta
prosapia todavía, dura unas veces como la indómita espalda de nuestros
montes, y otras veces húmeda y _soledosa_; lengua que, educada en graves
tristezas, conserva cierta amargura y austeridad aun en las burlas.

Por todo esto amo yo a Pereda; pero le amo además como escritor de raza,
como el poeta más original que el Norte de España ha producido, y como
uno de los vengadores de la gente cántabra, acusada hasta nuestros días
de menos insigne en letras que en armas. Y esto parecerá algo pueril a
los que no tienen patria ni hogar; pero como en este prólogo voy dejando
hablar al corazón tanto o más que a la cabeza, no quiero ocultar el
íntimo regocijo con que oigo sonar, cercado de alabanzas, el nombre de
Pereda unido al nombre de su tierra, que es la mía. En otro tiempo, los
montañeses, cuando queríamos presumir de abolengo literario, teníamos
que buscar entre las nieblas del siglo VIII el nombre de San Beato de
Liébana, o imaginarnos que el autor del romance del _Conde Alarcos_ era
paisano nuestro porque se llamaba Riaño, o desenterrar del fárrago del
_Reloj de Príncipes_ la fábula del Villano del Danubio, principal
fundamento del renombre de nuestro invencionero Fray Antonio de Guevara,
o rebuscar en algún olvidado códice de la Academia de la Historia las
fáciles quintillas con que Fray Gonzalo de Arredondo celebró al conde
Fernán González; y a duras penas podíamos ufanarnos, en tiempos menos
remotos, con las gongorinas poesías líricas y las discretas comedias de
don Antonio de Mendoza (imitado alguna vez por Molière y por Le Sage), o
con las novelas inglesas de Trueba y Cosío, mediano iniciador del
romanticismo. Algo consolaba nuestra penuria la consideración de que «si
no vencimos reyes moros, engendramos quien los venciese», puesto que de
nuestra sangre eran Lope y Quevedo.

Pero hoy, ¡loado sea Dios!, no tenemos ni que hacer sutiles
razonamientos para apropiarnos lo que sólo a medias nos pertenece, ni
que recoger las migajas de los autores de segundo orden, puesto que
plugo a la Providencia concedernos simultáneamente dos ingenios
peregrinos, bastante cualquiera de ellos para ilustrar una comarca
menos reducida que la nuestra; montañeses ambos hasta los tuétanos, pero
diversísimos entre sí, a tal punto que puede decirse que se completan. Y
no creería yo cumplir con lo que pienso y con lo que siento, si no
terminase este prólogo estampando, al lado del nombre del gran pintor
realista de las _Escenas Montañesas_, el nombre del pintor idealista,
rico en ternuras y delicadezas, que ha envuelto aquel paisaje en un velo
de suave y gentil poesía. Unidos quiero que queden en esta página el
nombre de Pereda y el de _Juan García_[4], como unidos están en el
recuerdo del montañesísimo crítico que esto escribe.

M. MENÉNDEZ Y PELAYO.


[4] Amós Escalante, autor de _Costas y Montañas_ y de _Ave Maris
Stella_; dos libros que pasarán por clásicos cuando los españoles
volvamos a aprender el castellano.


       *       *       *       *       *




POSTDATA

En los años transcurridos desde la primera edición de este prólogo, el
señor Pereda ha publicado tres novelas más: _Sotileza, La Montálvez_ y
_La Puchera_. Como complemento de la historia de sus libros, reproduzco
a continuación los dos artículos que escribí sobre la primera y la
tercera de estas novelas al tiempo de su aparición.


SOTILEZA

Siempre fué la vida marítima asunto adecuado y nobilísimo para el arte.
Dondequiera que el empuje de la voluntad humana se muestra; dondequiera
que la _fuerza_, principal elemento artístico y quizá razón suprema de
todos los grandes efectos de la poesía, llega a revestirse de la
majestad solemne y serena o del poder avasallador y turbulento, la
emoción estética se engendra necesariamente y obra con profundísima
energía en el ánimo del contemplador, por avezado que esté a lo delicado
y a lo tierno. Y si esta energía no se desenvuelve en el vacío de la
contemplación, ni se apaga estéril en el campo de las ideas y del
pensamiento puro, región helada y poco accesible a la mayoría de los
humanos, sino que lucha a brazo partido con las fuerzas tiránicas de la
naturaleza física o con otras voluntades personales tan imperiosas y tan
férreas como la del héroe mismo, la emoción llega a lo trágico, y en
medio del conflicto se disfruta el espectáculo más digno de la
consideración humana, el que más eleva y ennoblece el espíritu, el de
un poder racional y consciente en el pleno uso y ejercicio de su
soberanía, que se reconoce y afirma más a sí propia cuando más braman en
torno suyo las tempestades y más amenazan vencerla y sumergirla.

Y cuando estas tempestades no son metafóricas; cuando real y
verdaderamente despliega el mar todas sus furias, y no por excepción,
sino constante y diariamente, va educando el mar en los pueblos que le
ciñen y sin cesar le hostigan y provocan a desafío, una raza tan entera,
tan indomable y tan bravía como los mismos huracanes, cuyo rugido
acaricia su sueño; tan áspera como las puntas de la costa, sin cesar
invadidas, salpicadas y agrietadas por la deshecha espuma; tan amarga y
tan acentuadamente salina en la voz y en los ademanes, como que la
comunicaron su penetrante acritud las ondas mismas; tan avezada a mirar
la muerte de frente, que ni cabe en su ánimo el temor pueril, ni la
alegría insensata, ni el fácil y liviano contentamiento, sino una cierta
melancolía resignada, un cierto modo grave, llano y sereno de mirar las
cosas de la vida como si fuese palestra continua, en que el brazo se
fortifica y se dilata el pecho, y la batalla se acepta cuando viene, sin
provocarla estérilmente.

Tal es la raza, tales las costumbres que ha retratado Pereda en su
última novela, la mejor y más genial de las suyas. No parece sino que el
asunto ha tenido virtud bastante para levantar el ingenio del autor a
regiones que ni él mismo sospechaba hasta ahora. Todo el mundo le
reconocía como insuperable descriptor de costumbres populares, como
maestro en el diálogo, como dechado en el idilio rústico. De todas sus
novelas podían citarse admirables páginas aisladas; algunos dudaban que
hubiese encontrado la novela perfecta. Los más amigos del novelista,
todavía más conocedores que él de su propia fuerza, murmuraban siempre
en sus oídos un _más allá_, y no le dejaban adormecerse con los halagos
de la muchedumbre de los lectores, cuyo criterio estético se reduce a
admirar lo que está más cerca de sus gustos y propensiones. Por eso,
después de _Pedro Sánchez_, como después de _El sabor de la tierruca_ y
_De tal palo...,_ oyó siempre Pereda la voz de quien mejor le quería,
repitiéndole: «Tú eres ante todo el autor de _El Raquero_, de _La Leva_
y de _El fin de una raza_. Si quieres elevar un verdadero monumento a tu
nombre y a tu gente, cuenta la epopeya marítima de tu ciudad natal. Dios
te hizo, aún más que para ser el cantor de las flores y de la primavera,
para ser el cantor de las olas y de las borrascas. Tú solo puedes traer
a la literatura castellana ese mundo nuevo de intensas melancolías y de
rudos afectos. Hazte cada día más _local_, para ser cada día más
universal; ahonda en la contemplación del detalle; hazte cada día más
íntimo con la realidad, y tus creaciones engañarán los ojos y la mente
hasta confundirse con las criaturas humanas.»

Todo esto lo ha hecho Pereda, mucho más porque su buen genio se lo
decía, que porque se lo dictasen al oído sus paisanos y sus amigos. Y en
_Sotileza_, aquella misma robusta inspiración que había dado perpetua
vida a _Cafetera_, al _Tuerto_ y a _Tremontorio_, ha roto el estrecho
marco del cuadro de género y penetrado en el ancho y generoso cerco de
la gran pintura, poniendo con entera franqueza a sus héroes entre cielo
y mar, y haciéndoles verdaderos protagonistas de una acción trágica, que
llega y toca a lo más alto de la pasión humana, acentuada aquí en
vigoroso contraste con una naturaleza bravía y rebelde. Porque lo
primero que hay que admirar en _Sotileza_, y lo que desde luego la da
conocida ventaja sobre las novelas anteriores de su autor, es el tener
verdadera acción, y acción tan bien graduada, tan natural, tan sencilla,
tan en línea recta, tan consonante con los datos psicológicos y
fisiológicos de los personajes, tan a tiempo ligada, tan a tiempo
resuelta, tan ajena de todo lo que parezca artificio, violencia o amaño,
que el ánimo no puede menos de pararse gustosamente ante tan severa
estructura y trama tan bien concertada. Todo el libro parece concebido
en un solo aliento; los personajes han recibido al nacer tales bríos,
que, semejantes a los dioses homéricos, alcanzan de un solo salto cuanto
espacio puede divisar el espectador colocado a orillas del mar sobre
altísima roca. Todo tiene en este libro un sello de fiereza titánica, de
salvaje energía, de grandiosidad sublime: la tierra, y el mar, y los
hombres. Nada hay débil, enteco ni afeminado: recorriendo tales páginas,
se respira un soplo de barbarie que _hace bien_, que templa los nervios
y vigoriza la sangre. La expresión es lo más libre y lo más suelta que
puede darse: el autor ha agotado los infinitos recursos del vocabulario
_callealtero_, crudo, pintoresco, desgarrado, apestando a _parrocha_ y a
pescado podrido; pero todo esto, ¡con qué arte y con qué soberano
conocimiento de las condiciones de la lengua, a la cual se puede vencer
y domar por halagos, pero no forzar brutalmente como vil concubina!

Al fin del libro va un glosario de los términos náuticos y de las frases
populares empleadas en el libro; pero ¡con qué habilidad están
derramados por todo él, bien al contrario de esa pedantesca ostentación
de ciertos novelistas franceses de escuelas modernísimas, que, haciendo
gala de un externo y superficial conocimiento del tecnicismo de tal o
cual arte o ciencia, le derraman a carretadas en todas las páginas de su
libro, con la necia ostentación del aventurero llegado de improviso a
los honores y a la riqueza! No: Pereda no ha tenido necesidad de hacer
estudio especial de la lengua de los marineros de la calle Alta para
escribir _Sotileza_. Esa lengua la tiene él aprendida muchos años hace,
no por _dilettantismo_ erudito, sino porque ha vivido en perpetuo y
desinteresado comercio con el pueblo.

Esa lengua tan palpitante y tan densa, que tan diversos matices
adquiere, ya el de brusquedad estúpida y semisalvaje en _Muergo_, ya el
de dulcísima elegía amatoria en labios de _Cleto_, ya el de patriarcal
ternura en boca del _tío Mechelín_ y de su mujer, ya el de reconcentrada
soberbia femenina en _Silda_, especie de diana selvática y feroz de un
barrio de pesca, presenta tales variedades y se mueve con tal libertad
en ondulaciones tan diversas, que nadie diría que por primera vez viene
ahora el arte, y que ninguno ha precedido a Pereda en trabajarla y
domeñarla.

Y para que mayor sea el contraste, suena de vez en cuando, entre esas
rudas voces que traen la impresión de resaca de la playa, la voz medio
marítima, medio frailuna, del padre Apolinar, el tipo de fraile más
asombroso que yo he visto en novelas, desde el _Fra Cristóforo_, de
Manzoni, personaje de más noble alcurnia que el de Pereda, pero no más
rico que él de aquella elevación moral, que por lo mismo que nace como
fruto espontáneo y agreste, y se desarrolla sin más riego que el de los
cielos, trae estampado el sello de primitiva grandeza que acompaña a la
fuerza del bien cuando se desenvuelve sin conciencia de sí propia.

El pensamiento artístico de _Sotileza_, la idea primera es tan honda,
que casi parece un enigma. Pero entendamos bien: no es el enigma pueril
en que se deleitan los hacedores de novelas transcendentales. _Sotileza_
es un enigma sorprendido valerosamente, y sin intención ulterior, en las
profundidades de la naturaleza humana. El autor le ha planteado; pero en
la conclusión le elude más bien que le resuelve. Ha hecho bien, después
de todo. En el arte agradan y dominan siempre aquellos personajes en
quienes resta un fondo inaccesible a las miradas de la crítica. De este
modo quedan como algo simbólico y misterioso entrevisto en el crepúsculo
de la poesía, que adivina tales naturalezas más bien que las penetra.

_Sotileza_, con ser muy mujer, tiene algo de esfinge tebana, y el autor
no ha hecho más que levantar una punta del velo sagrado. Todos los
instintos de su rebelde y altiva naturaleza han recibido desde el
principio una dirección extraña, merced a aquella vida errabunda de
playa y de muelle de las Naos en que gastó sus primeros años. Su corazón
es recio y duro para amar. El mismo agradecimiento apenas ha llegado a
rayar aquella piedra tosquísima. Quizá duerman en su corazón escondidos
deseos, tanto más fogosos cuanto más contenidos; pero nunca asoman a la
lengua. Lo mismo rechaza el amor brutal de _Muergo_, que el honrado y
caballeroso de _Andrés_ o el suave y delicadísimo de _Cleto_. Si alguna
inclinación muestra, es aquella que Petronio atribuía con tan enérgicas
palabras a las matronas de su tiempo: «_Quoedam foeminoe sordibus
calent_.» A _Sotileza_, el oculto incentivo que la lleva hacia _Muergo_,
por extraña aberración fisiológica, es la suciedad, la barbarie, el
desaseo, la ingénita grosería de aquel semibruto. Con todo eso, Pereda
no ha pasado la línea en materia en que tan fácil era resbalar,
siguiendo las huellas de otros naturalistas; y como su franco y bien
nacido ingenio no le lleva a pintar lo excepcional y monstruoso, sino a
mirar con amplitud la vida, no insiste en el imperceptible punto
mórbido, y logra conservar a la heroína la más arrogante y señoril
castidad desde el principio hasta el fin de la obra.

Los pescadores que intervienen en la obra nada tienen del marinero
idealista, del _Gilliat_ de Víctor Hugo (pongo por caso). Su horizonte
es tan estrecho como su condición, sus propósitos tan limitados como sus
medios. El duelo continuo que sostienen con la mar, influye en el temple
de su voluntad mucho más que en el calor de su fantasía. Su vida y su
muerte tienen una simplicidad heroica, tanto más grande cuanto menos
buscadora del efecto y menos sabedora de sí misma. El mar interviene
como tremendo coro de tal drama, levantando y agigantando los hombres y
las cosas con su presencia. Unas veces risueño, como en _el día de
pesca_, acompaña el idilio amoroso de Andrés; otras veces es campo de
palestra virgiliana para las barcas del cabildo de Abajo y del de
Arriba; y en la prodigiosa _galerna_ final parece que lleva consigo, al
estrellarse contra las _Quebrantas_ y salpicarlas de rabiosa espuma,
todas las iras, todos los odios y todas las venganzas de los personajes.
¡Arte singular de Pereda: saber hacer paralelos de esta suerte los
fenómenos de la naturaleza y los del espíritu!

Todo esto y mucho más podrá admirar en _Sotileza_ quien la mire
solamente bajo la razón de arte. Pero ¿qué he de decir yo, que no
solamente soy montañés, sino santanderino y _callealtero_? ¿Qué he de
decir de un libro que es la epopeya de mi _calle_ natal, libro que he
visto nacer y que casi presentía y soñaba yo antes de que naciese?

Nunca comprenderán los extraños de qué manera suenan para nosotros en el
libro una porción de nombres de lugares y de personas, y qué fuentes tan
escondidas van a buscar en el alma de aquellos para quienes el libro ha
sido principalmente escrito, de aquellos cuyo aplauso desea Pereda más
que otro alguno. Ya no morirá la calle Alta, aunque acaben de caer las
pocas casas viejas que le restan en pie, porque consagrada queda en el
arte hasta la menor de sus piedras. Y cuando se extinga hasta el último
resto de aquella raza marinera, de la cual en otra ocasión he escrito
que «en la Edad Media daba caza a los balleneros ingleses en los mares
del Norte y ajustaba tratados de paz y de comercio con sus reyes»,
todavía vivirán en un libro de sólida e indestructible fortaleza ciertos
nombres y reminiscencias que tienen virtud de conjuro, como todo lo que
toca la vara mágica del arte. Otros juzgarán el libro; que yo en esta
ocasión me reconozco incompetente para todo lo que no sea saludar,
desde lo más íntimo de mi alma, la bandera que flota sobre el libro, la
_bandera blanca y roja de la matrícula de Santander_.

(_La Época_ del 27 de marzo de 1885.)




LA PUCHERA


Por primera vez he leído un libro de Pereda al mismo tiempo que el
público, y sin estar iniciado previamente en el secreto del autor. Fue
voluntad suya y mía, para que nada extraño a la obra misma preocupase mi
juicio, y no hablasen en favor de ella intimidades de las que
forzosamente nacen entre el crítico y el libro que va a juzgar, cuando
él ha asistido a la elaboración de este libro, embriagándose con el
fervor de la producción ajena, y participando de ella en algún modo. He
querido por esta vez sola no saber nada de lo que Pereda escribía en
Polanco este verano, y tomar su novela como obra de un extraño. He
procurado olvidarme de que el autor era montañés, y entrañable y
fidelísimo amigo mío desde que tengo uso de razón, y amigo de los de mi
casa antes que yo naciera; y haciendo un esfuerzo, que me ha costado
mucho, y que no pienso volver a repetir, he detenido mi impaciencia, que
me llevaba a leer con el pensamiento antes que con los ojos las páginas
de un libro, que más que libro parece fragmento de la realidad viva; y
he tenido el valor de estarle aplicando por días y días eso que llaman
_el escalpelo de la crítica_.

Y el libro ha salido triunfante de la prueba. Yo soy quien me quedo con
el sentimiento de no haberle disfrutado con fruición espontánea y
sincera, sin pensar ni en la crítica ni en el público, dejándome llevar
sólo por la magia del relato y por las dulces memorias que en mi
espíritu evocaba. ¡Duro e impertinente oficio el del que intenta razonar
su propia impresión y la impresión ajena, para ahuecar luego la voz y
decir solemnemente al público lo que mucho mejor sienten y mucho mejor
expresaran, si tal expresión cupiese en palabras, los críticos que no
escriben, los espíritus delicados y rectos a quienes no aqueja la
comezón de hacer confidente suyo al público, y que por lo mismo rinden
al autor, a quien admiran con admiración silenciosa, tributo más de
agradecer que el de vanos artículos encomiásticos!

Pero los tiempos andan tales, y crece tanto la depravación del gusto,
que empieza a ser ya deber de conciencia en todo el que clara u
obscuramente profesa algún género de magisterio literario, alzar la voz
cuando una obra maestra aparece, y llamar la atención del vulgo
circunstante, para que no pase de largo por delante de ella, y se guarde
de confundirla con el fárrago de producciones insulsas y baladíes que
son actualmente el oprobio de nuestras prensas.

Por eso escribo hoy acerca de _La Puchera_, no precisamente por ser obra
montañesa, sino por ser el mejor libro de amena literatura que en estos
últimos tiempos ha aparecido en España.

Quién sea Pereda, y cuál el valor de sus escritos, no necesito yo
declarárselo a un público que ya comienza, aunque algo tardíamente, a
hacerle justicia y a conocerle y admirarle. Su fama, modesta al
principio, y reducida al círculo de sus paisanos, es hoy universalmente
española, y traspasa ya nuestras fronteras, como lo prueban recientes
traducciones de novelas suyas en francés y alemán. Su carácter local le
favorece mucho más que le perjudica, en el momento presente. De su
aparente limitación nace su fuerza positiva. El arte, como la historia,
tiene algo de concreto, limitado y relativo; lo abstracto y lo general
le matan. Con razón, aunque en términos demasiados absolutos, afirmaba
Goethe que en la vida de las llamadas _clases altas_, que son en todo
país las más semejantes y las más descoloridas, no había encontrado ni
un átomo de poesía. Poesía puede haber; pero anda muy oculta bajo la
dura ley social, que obliga a todos a decir la mitad, cuando mucho, de
lo que piensan y de lo que sienten, y que al detener en los labios la
expresión pintoresca y enérgica, engendra hábitos de convención elegante
y de disimulo académico, a los cuales difícilmente se allana, ni
siquiera para remedarlos, una naturaleza artística tan sana, robusta y
viril como la de Pereda.

Por eso, a mi juicio, erró en la _Montálvez_, no por culpa suya, sino
por culpa del asunto. Por eso ha acertado plenamente en las dos grandes
formas del idilio rústico y del idilio marítimo, que son los verdaderos
timbres de su gloria. En ambos géneros, así como no ha tenido maestros,
tampoco es fácil que llegue a tener rivales, a lo menos en nuestra
lengua castellana.

_La Puchera_ (título que a los lectores melindrosos habrá parecido
vulgar, pero que tiene sublime explicación en uno de los capítulos de la
novela) reúne ambos géneros de excelencia: es a un tiempo novela
campesina y novela costeña, respondiendo al modo de ser _anfibio_ de los
habitantes de aquel rincón de nuestra provincia, donde pasa la escena;
el más amado del autor, aquel con quien sus ojos están más encariñados.
Los que hayan leído _El sabor de la tierruca, Don Gonzalo_, _De tal
palo, tal astilla_, y aquellos incomparables cuadros cortos de las dos
series de las _Escenas Montañesas_, entre los cuales sobresale el no
bastante conocido de _La hila_, aquí encontrarán, sin que el autor se
repita, el mismo mundo de alegría franca, de plácida honradez, de salud
rústica, con que ya están familiarizados. Los que han llegado a saborear
otros rasgos de Pereda, todavía de más singular y exquisita literatura,
de emoción trágica e intensa, de cruda expresión y ardiente colorido;
los que recuerdan, quizá con lágrimas, _La Leva, El fin de una raza_ y
las mejores escenas de _Sotileza_, aquí hallarán la misma grandeza y el
mismo brío; la misma arrogancia, casi épica, con que el autor realza y
ennoblece las catástrofes vulgares y los más desdeñados esfuerzos del
trabajo humano, dando nobilísimos ejemplos de una poesía verdaderamente
cristiana y verdaderamente moderna.

No sé qué género de influencia poderosa y benéfica han ejercido siempre
sobre Pereda, aldeano de nacimiento, los tipos de gente de mar y las
escenas de pesca. Pero lo cierto es que siempre que toca a ellas se
engrandece y resulta superior a sí mismo. Los personajes que entonces
crea, exuberantes de vida poética, con cierta poesía salina y acre,
tienen no sé qué grandiosidad y fiereza primitiva, crecida y educada
con los arrullos y las tremendas caricias del mar resonante. Tremontorio
y el Tuerto, el Lebrato y el Josco, son figuras de tal potencia y
resalto, que en vano se les buscaría competidores aun dentro de las
obras mismas de Pereda. Sobre todos ellos corre un viento de tempestad
heroicamente resistida y sobrellevada con heroísmo silencioso y viril,
tanto más admirable, cuanto menos consciente. Pereda sobresale en la
descripción de estas naturalezas sencillas y rudas. Y lo mejor de _La
Puchera_, lo verdaderamente incomparable, está en aquellos capítulos
donde el Lebrato y su hijo intervienen, con su locuacidad el uno, con su
timidez el otro, los dos con el mismo natural resignado y austero,
sacudido por bruscas impaciencias en el joven, acrisolado por divina
serenidad en el viejo.

En tales cuadros la vida resulta amable y digna de ser vivida, por
áspera y brava que parezca. Y el mar, inmenso coro de esta humilde
tragedia, parece asociarse al esfuerzo de sus domadores, entonando con
ritmo pausado y solemne el himno de la paz de la conciencia, que huye
del _agosto_ del Berrugo y calienta _la puchera_ del Lebrato.

He nombrado intencionadamente los dos mejores capítulos del libro, los
que por sí solos bastarían para labrar la reputación de un artista que
no tuviese tan hechas sus pruebas en este género de cuadros. El del
_agosto_, que por la pureza clásica de sus líneas recuerda el famoso
lienzo de _Los segadores_ de Leopoldo Robert, se aparta de él hondamente
por el ardor del colorido y por la embriaguez naturalista que le
convierte en acabadísimo tipo de geórgica moderna. Nunca ha sido tan
intrépido el estilo de Pereda, tan grande la fuerza plástica de su
lenguaje, y ese raro poder de asimilación que Dios le concedió para que
se hiciera íntimo de todo hilo de luz, de toda hebra de maíz, de todo
zumbido de insecto, de todo rielar del agua. Hay que remontarse a
Teócrito para encontrar idilio tan bello y humano como el rústico idilio
de Pedro Juan y de su amada. El final del capítulo traspasa ya los
lindes de lo bello, y empieza a rayar en los de lo sublime.

Lo más débil de _La Puchera_ es, a mi juicio, la historia de Inés, del
seminarista y del indiano. En la transformación de los sentimientos de
Inés, hay cierto alarde de psicología un poco infantil, que no va bien
con los hábitos literarios ni con las facultades dominantes de su autor,
a quien le basta con su psicología instintiva y adivinatoria para crear
cuerpos y almas, sin necesidad de perderse en sutiles y tortuosos
análisis. El seminarista peca por otro concepto: es real, pero con
realidad bestial y grosera, que el autor marca y acentúa con verdadero
encarnizamiento y saña. Su tía vale mucho más, y a veces habla una
lengua digna de la mismísima madre Celestina. El indiano, _rara avis_
entre los indianos de Pereda, por lo sentimental, romántico y atildado,
aparece como caído de las nubes, y sirve sólo para desenlazar la fábula.

He dicho que todo esto era débil, pero sólo en comparación con otras
bellezas más altas. Si aisladamente se lo considera, todo está bien,
todo en su punto. Pero en un libro como _La Puchera_, donde hay tanto
oro de ley y capítulos que desde el día de su aparición deben pasar por
clásicos, es lícito ser exigente y posponer lo bueno a lo mejor y lo
mejor a lo óptimo. Lo óptimo es el Lebrato y su hijo, y _Pilara_ y
Quilino, y el médico don Elías, y el magnífico tipo del Berrugo, avaro
supersticioso, que Balzac adoptaría por suyo, y la fantástica historia
del descubrimiento del tesoro, que Walter Scott hubiera robado para su
_Anticuario_.

Y ahora ya tiene el lector abierta la novela: no incurriré en la
puerilidad de contar su argumento; me basta con haber contado mi
impresión.

M. MENÉNDEZ Y PELAYO.

(_El Correo_ del 10 de febrero de 1889.)




ADVERTENCIA


_La siguiente novela ha formado parte, hasta ahora, de un libro
titulado_ BOCETOS AL TEMPLE. _Personas cuyos dictámenes son leyes para
mí, pretenden que_ Los HOMBRES DE PRO _deben establecerse de cuenta
propia y correr solos las aventuras que les depare la suerte. Por eso
aparecen aquí dando nombre a este primer tomo de mis_ =Obras completas=,
_en cuya impresión no se seguirá el mismo orden en que fueron saliendo a
luz por vez primera, sino el más conveniente a mis propósitos, que en
nada perjudican el escaso interés que puedan merecer del público mis
libros.

Siguiendo los consejos de las mencionadas personas, no será la
alteración hecha en los_ BOCETOS AL TEMPLE _la única que se observe
durante el curso de esta publicación. Parece ser que ha llegado la
oportunidad (y no quiero desaprovecharla) de que se completen mutuamente
algunos tomos de mis cuadros_ _sueltos, adquiriendo, por ejemplo, él
de_ ESCENAS MONTAÑESAS _lo que indebidamente posee el de_ ESBOZOS y
RASGUÑOS, _y desprendiéndose, en cambio, de lo que, con muy justos
títulos, le reclama este su hermano menor.

Ignoro si con todos estos cambalaches y trastrueques falto a alguna ley
que debe respetarse. Varios ejemplos, que recuerdo, me dicen que no; uno
solo, pero de mucha calidad, afirma que ni las erratas de la primera
edición de un libro deben desaparecer de las sucesivas, por respeto a
los lectores que le poseen, o le han adquirido o conocido con ellas.

Mientras se ventila esta cuestión de derecho y se llega a formar
jurisprudencia sobre el caso, creo yo que no debe estar prohibido en la
propiedad literaria lo que es lícito y hasta recomendable en las
rústicas y urbanas. Ahora, si se me dice que eso de propiedad literaria
es, en España, música celestial, porque los libros son aquí_ primi
capientis, _y todo el mundo, menos su autor, puede hacer de ellos mangas
y capirotes..., ya es otra cosa.

Por de pronto, y aceptando la responsabilidad que me alcance por el
atrevimiento, a mi parecer me agarro..., y lo dicho, dicho_.

J.M. DE PEREDA.

Febrero de 1884.




LOS HOMBRES DE PRO




CAPÍTULO PRIMERO


Docena y media de casucas, algunas de ellas formadas en semicírculo, a
lo cual se llamaba _plaza_, y en el punto más alto de ella una iglesia a
la moda del día, es decir, ruinosa a partes, y a partes arruinada ya,
era lo que componía años hace, y seguirá componiendo probablemente, un
pueblo cuyo nombre no figura en mapa alguno ni debe figurar tampoco en
esta historia.

En el tal pueblo todos los vecinos eran pobres, incluso el señor cura,
que se remendaba sus propios calzones y se aderezaba las cuatro patatas
y pocas más alubias con que se alimentaba cada día.

Los tales pobres eran labradores de oficio, y todos, por consiguiente,
comían el miserable mendrugo cotidiano empapado en el sudor de un
trabajo tan rudo como incesante.

Todos dije, y dije mal: todos menos uno. Este uno se llamaba Simón
Cerojo, que había logrado interesar el corazón de una moza de un pueblo
inmediato, la cual moza le trajo al matrimonio cuatro mil reales de una
herencia que _le cayó_ de repente un año antes de que Simón la
pretendiera.

Era Juana, que así se llamaba la moza, más que regularmente vana por
naturaleza, a la cual debía algunos favores, no muchos en verdad; pero
desde los cuatro mil de la herencia, fué cosa de no podérsela aguantar.
Parecíale gentezuela de poco más o menos toda la que la rodeaba en su
pueblo, y se prometió solemnemente morir soltera si no se presentaba por
allí un pretendiente que, a la cualidad de buen mozo, reuniese un poco
de educación, algo de mundo y cierto _aquel_ a la usanza del día.

Simón Cerojo, que acababa de recibir su licencia de soldado, que sabía
un poco de pluma y había corrido media España con su regimiento, de cuyo
coronel fue asistente cinco años, y era, además, un mocetón fresco y
rollizo, se creyó con todas las condiciones exigidas por la vanidosa
muchacha; y se atrevió a pretenderla, no sin llevar encima, por memorial
y a mayor abundamiento, en su primera visita, un reloj de cinco duros y
alguna de la ropa que, como prenda «de una buena estimación y una fina
amistad», le había regalado su coronel al despedirle. Aceptó Juana la
pretensión de buen grado, y se celebró en su día la boda, con la posible
solemnidad; y como Simón, huérfano de padres años hacía, y sin pizca de
parentela en el mundo, poseía en su pueblo, por herencia, una casuca con
su poco de balcón a la plaza, trasladóse a ella el flamante matrimonio.

Como Simón manejaba la brocha casi tan bien como la pluma y la azuela,
dando un pellizco al caudal de su mujer, blanqueó la fachada principal,
pintó de verde el balcón y las ventanas y una cruz del mismo color sobre
cada hueco; puso por veleta en el tejado, después de retejarle
convenientemente, un guardia civil de madera, apuntando con su fusil
(obra admirable y admirada, que él mismo talló), y arregló el cuarto del
portal, que hasta entonces había estado sirviendo de cubil. Colocó en
él, según lo previamente pactado y convenido con su mujer, un mostrador
y una estantería que improvisó con cuatro tablones viejos, e invirtió el
resto de la herencia en aceite, aguardiente de caña, hormillas, hilo
negro, cordones de justillo y otras baratijas por el estilo.
Distribuyóse todo convenientemente entre el mostrador y la anaquelería;
sentóse Juana detrás del primero, muy grave y emperejilada; colocó Simón
sobre la puerta principal, y mirando a la plaza, un letrero verde en
campo rojo, que decía:

_Abacería de San Quintín_,

en memoria del regimiento en que él había servido, y quedó abierto al
público aquel establecimiento, tan necesario en un pueblo que hasta
entonces había tenido que surtirse en la villa, a dos leguas de
distancia, de los artículos más indispensables.

Por eso se celebró el acontecimiento como uno de los de más
transcendencia, por aquellos sencillos habitantes, y fueron los
tenderos, durante algunos días, el objeto de la admiración de todos sus
convecinos; admiración que recibieron los admirados con toda la dignidad
del caso: Simón, con los brazos remangados hasta el codo, de pie, y con
el índice y el pulgar de cada mano apoyados sobre el mostrador; Juana,
sentada detrás de éste, con el hocico plegado y los párpados muy caídos.
Así al principio; y luego, con bastante más sencillo ceremonial, fueron
los de la tienda recaudando poco a poco las roñosas economías de
aquellos campesinos, a cambio de sus bebidas y chucherías, no cobrando
siempre al contado, pero cuidando, en las _fías_, de sacar hasta los
intereses al vencer los plazos.

Por esta razón, la casa de Simón Cerojo era la única que en el pueblo de
que se trata ofrecía un aspecto bastante risueño..., si bien se nublaba
un tantico los días festivos, por reunirse en ella más gente de la que
dentro cabía, a jugar a las cartas y a beber algo que no se parecía al
agua sino en el color. Mas eran éstas ligeras nubéculas que trataba de
disipar el señor cura con algunas pláticas oportunas desde el altar
mayor, aunque sin conseguirlo; pero que jamás (sea dicho en honor de
aquellas buenas gentes) dieron que hacer cosa alguna al juzgado de
primera instancia.

Ya irá comprendiendo el lector por qué al decir que _todos_ los vecinos
del consabido pueblo comían el pan amasado con el sudor de su rostro,
exceptuamos a Simón Cerojo.

Es de advertir que éste era la persona más notable del pueblo, no
solamente por su condición de comerciante, de hombre de pluma y de
campanudo consejo, sino por estar agarrado a buenas aldabas, o séase por
privar con gente de mucha _soflama_.

En efecto: ya se ha dicho que Simón fué durante cinco años asistente de
su coronel, y que le despidió colmándole de atenciones, y, al decir del
licenciado, de pruebas «de una buena estimación y una fina amistad».
Pues sépase ahora, y es la verdad, que a pesar de haber sido ascendido a
general en menos de dos años, por no sé qué ni cuántos pronunciamientos,
el tal señor coronel no se desdeñaba de responder muy atento a las
cartas en que Simón le enviaba la enhorabuena, ni le escaseaba las
ofertas de hacer algo por él cuando fuese necesario; ofertas que
cumplió en dos ocasiones, en las cuales el ex asistente le puso a
prueba, no muy dura por cierto, en beneficio de dos convecinos suyos que
se creyeron atropellados por la Administración de Hacienda.

--Y ¿cómo Simón--se nos preguntará--estaba al tanto de esos ascensos y
de esas evoluciones de su antiguo jefe, viviendo en aquel humildísimo
rincón?

Para responder a esta pregunta, hay que poner de manifiesto algo que
Simón no mostraba a sus convecinos; y como yo había de denunciárselo al
lector más tarde o más temprano, lo haré en este momento, y eso
tendremos adelantado.

Había en la naturaleza de Simón algo refractario a lo imposible. Para
él, dentro de lo humano, todos los hombres eran capaces de todo; y si
cuando le tocó la suerte de soldado alguien le hubiera dicho en broma
«adiós, mi general», él, encogiéndose de hombros, de seguro habría
contestado muy serio para sus adentros: «¿Quién sabe?...»

No por esto le asustó su condición de soldado raso mientras sirvió de
asistente a su coronel. El cómo y el cuándo no preocupaban a Simón gran
cosa. Gustábale mucho viajar de pueblo en pueblo y de ciudad en ciudad;
y viendo aquí y escuchando allá, fue familiarizándose con ciertas cosas
y acontecimientos, pero sin enamorarse de ellos. De este modo, al tomar
su licencia en Madrid, salió hacia su pueblo sin penas ni alegrías; y al
mirar a la corte desde lejos, envióle una despedida que tanto podía
significar «adiós para siempre», como «hasta la vista».

Sentía, sin embargo, dentro de sí mismo, aunque muy poco pronunciada,
una afición especial: la política; y el temor de perderla de vista, era
lo único que le hacía poco placentero el recuerdo de su pueblo. No
necesito decir que la política que amaba Simón era la callejera, la
política de las noticias. Esta le embelesaba tanto, que haciendo una
calaverada, como él decía, invirtió una parte de la rumbosa
gratificación que le hizo el coronel al despedirle en la suscripción a
un periódico noticiero y baratito, que no le faltó un solo día después
de llegar a su casa. He aquí por qué estaba al tanto de los ascensos de
su coronel.

Era Simón de voz sonora, reposado en el hablar, de palabra rebuscada y
frase difícil; pobre de imaginación, por ende, y no muy sutil de
entendimiento; muy aficionado a perorar, y liberal de conveniencia, si
es que tenía alguna opinión política. Y digo de conveniencia, porque en
sus expansiones con el coronel solía decirle: «Me gustan los liberales
porque con ellos hablan todos y de todo cuanto les da la gana. No estoy
yo, como _los otros_, porque sólo hablen de ciertas cosas los que lo
entienden.»

Instalado Simón en su pueblo, como sabemos, se guardó muy bien de
ocuparse en otra cosa que en su familia y su negocio. Pero ¿le tomó
tanto cariño a este último, que estuviese resuelto a seguir explotándole
mientras a ello se prestase? No por cierto. Antes al contrario: a medida
que se iba haciendo independiente, iba mirando con menos apego los
reducidos horizontes de la aldea.

No se acentuaba en él una ambición determinada, quizás porque se creía
capaz de todo, en teniendo alas con que volar. Pero todavía no le
atormentaba la prisa; y esto podía consistir en que tenía que ocuparse
en refrenar la que devoraba incesantemente a su mujer, que volaba en
ambiciones mucho más alto que él. Simón, cuando menos, tenía la
habilidad o el privilegio ingénito de saber disimular. Juana, por el
contrario, se había hecho insufrible. _Despachaba_ detrás del mostrador
con más humos que un ministro en su poltrona, recibiendo a sus
parroquianos con un hocico y unos dengues como una señorona de horca y
cuchillo. Indignábale la osadía de los muchachos que, a veces y por
curiosear, asomaban la cabeza dentro del establecimiento, y prohibía
severamente a su hija, niña de tres años, jugar con sus conocidas, por
no haber entre ellas ninguna de su _parigual_.

Un día dijo a su marido, que estaba meditabundo, sentado junto a ella
detrás del mostrador:

--Simón, la verdad es que esto se va poniendo cada vez más inaguantable.

--¿Eh?--respondió Simón, un tanto azorado, como si le hubieran
descubierto un secreto.

--Quiero decir que tú y yo estamos siendo los _cerineos_ de todo el
pueblo, y que el oficio no tiene nada de divertido.

--Pues no te entiendo, Juana--repuso Simón, disimulando el placer con
que entraba a discutir aquel punto.

--Digo que esta casa es el paño de lágrimas de toda esa _gentuza_. Que
un vecino no tiene que comer; pues aquí a empeñar la manta o el jergón.
Que otro necesita un par de pesetas; aquí a vender el grano. Que otro
quiere un empeño para _allá arriba_; aquí a buscar la carta tuya. Que a
una le pega el marido una paliza; aquí al vuelo a llorar la lástima. Que
me echo yo un refajo nuevo; aquí en seguida a saber lo que me costó, y
en qué tienda de la villa le compré.... Que el medio cuarterón de
aceite, que los dos cuartos de hilo, que la moneda roñosa, que la fía....
Vamos, Simón, que esto es un laberiento que acaba conmigo.

--¿Y nada más?--díjola Simón con mucha flema.

--¿Y te parece poco?

--Pues ven acá, mal pecao, y dime: sin ese cuarterón de aceite, y esos
dos cuartos de hilo, y ese grano comprado a lance, y el empeño de la
manta, y el servir a todo el que se presenta, si se puede y vale la
pena, ¿qué sería de nuestros intereses? Acuérdate que cuando nos
establecimos, apenas había en casa cuatro mil reales mal contados. ¿Te
dejarías hoy ahorcar por treinta mil?

--Cierto es eso, Simón, y no me quejo yo de la fortuna.

--Pues ¿de qué te quejas entonces?

--Quiero decirte que sin tanto trabajo como el que aquí tenemos,
podíamos hacer más..., pinto el caso, en otra parte.

--¡Conque en otra parte!... Y ¿cómo? ¿Se te figura a ti que estos cuatro
cachivaches que uno tiene en casa van a producir más en otro lado, donde
haya que pagar la tienda y hasta el agua que uno beba?

--Claro que no. Pero decía yo que si con esto que ya tenemos y, pinto el
caso, un estanco que te sacara el general... en la villa....

--Aguárdate un poco--dijo Simón, fascinado de repente con la indicación
de su mujer--. No había dado yo en lo del estanco.

--Y de este modo--continuó Juana, explotando aquella favorable actitud
de su marido--podríamos enseñar algo a la niña para el día de mañana, si
la suerte quiere favorecerla con un buen acomodo.... Porque aquí, ya
ves tú que nada bueno puede aprender.

--¡Que estamos conformes, mujer!... Pero....

Y Simón se rascaba la cabeza y fruncía la boca.

En esto entró el señor cura, venerable viejecito, a comprar dos cuartos
de hilo negro para recoserse la sotana.

--Más a tiempo no podía usted llegar, señor don Justo--le dijo Simón.

--Pues ¿que ocurre?--preguntó el cura.

--Algo muy serio para nosotros--respondió Simón ingenuamente.

--Que no le importa un rábano a nadie de fuera de esta casa--saltó Juana
con acento brusco, temiendo que la intrusión de un tercero pudiera
torcer la marcha de aquel asunto que tan a su gusto caminaba.

--Pues quedaos con Dios--dijo el señor cura, que ya conocía el humor de
Juana, disponiéndose a salir de la tienda.

--Poco a poco, señor don Justo, y usted perdone--dijo Simón
deteniéndole--, que para estas ocasiones son los consejos de los hombres
de saber.

--Pues aconséjate de tu mujer--repuso el cura--, que parece no necesitar
consejos de nadie.

--Mi mujer, que quiera que no, tomará el que usted le dé--añadió Simón
mirando con firmeza a Juana.

Hizo ésta un gesto de desagrado, y continuó su marido:

--Es el caso, señor cura, que quisiéramos trasladarnos a la villa con la
tienda y algo más que pudiéramos añadirla.

--Si ese es vuestro gusto--dijo el cura,--¿quién os lo ha de impedir?

--No se trata de eso, sino del temor que yo tengo de que cambiemos, como
el topo, y usted perdone la comparanza, los ojos por el rabo.

--Pues si temes eso, ¿por qué te quieres mover de aquí?

--Es que, por otra parte, parece que nos conviene ir a la villa.

--Pues entonces id benditos de Dios.

--No me explico bien, señor don Justo.

--Pues explícate mejor.

--Voy a hacerlo sin rodeos. A usted ¿qué le parece? ¿Nos conviene o no
nos conviene salir de aquí?

--Antes de responder a esa pregunta, necesito que tú me respondas a
otra.

--A cuantas usted quiera, señor cura.

--Pregunto, pues: ¿es sólo el deseo de acrecentar vuestras ganancias,
extendiendo el comercio y la parroquia, lo que os mueve a abandonar este
pacífico rincón, o hay en vosotros alguna otra ambición de distinto
género?

Al sentir esta estocada al pecho, Simón miró a Juana, Juana miró a
Simón; y el señor cura, mirando al uno y a la otra, adivinó lo que, al
cabo de un rato y después de sonreír y vacilar mucho, contestó Simón en
estas palabras:

--Ya veo, don Justo, que para usted no hay secretos ni disculpas. La
verdad es que tenemos una niña que no puede educarse aquí como nosotros
quisiéramos. Por otra parte, Juana, como no ha nacido en este pueblo, no
le tiene gran ley que digamos.... Además de que también yo tengo acá en
mis adentros cierto escarabajeo que... en fin, señor cura, ya sabe
usted que la paloma no vuela a su gusto en el palomar.

--No te hacía yo pájaro de tan alto vuelo, Simón--dijo don Justo con
sorna.

--Es un decir, señor cura--añadió Simón algo confuso--. Por lo demás,
esto es todo lo que tenía que decirle a usted. Conque hágame el favor de
darme su parecer sin reparos ni miramientos.

--Pues sin miramientos ni reparos voy a dártele desde el fondo de mi
corazón, en vista de lo que me dices..., y de lo que te callas, y,
sobre todo, de que me le pides:

Lleváis aquí cuatro o cinco años de establecidos, y en ese tiempo habéis
hecho una fortuna que os permite ser las personas más independientes del
pueblo. Todos en él os necesitan, casi todos os respetan y muchos os
envidian. Dejar esto, que es seguro y positivo, por la esperanza
ilusoria de otra cosa mejor, téngolo por verdadera temeridad a más de
insigne ingratitud. Dados vuestros antecedentes, vuestra procedencia,
vuestra educación, concededme, y no os ofendáis por ello, que lo
probable, lo racional, lo seguro, es que no hagáis en parte alguna papel
más alto y más airoso que el que hacéis aquí. Y en cuanto a la educación
de vuestra hija..., ¿qué he de deciros? Yo tengo para mí que el mejor
colegio para una niña es una buena madre; especialmente cuando la niña,
como la vuestra, se ha envuelto en toscos pañales y no conoce otras
grandezas que las que Dios ha impreso en sus obras. Tal es mi parecer,
en substancia; y si aún os resulta largo, os le condensaré en dos
axiomas, que no por ser vulgarísimos, dejan de ser muy dignos de que
meditéis sobre ellos:

_La piedra movediza no cría moho.

Más vale ser cabeza de ratón que cola de león_.

Pensativo dejó al matrimonio el desengañado parecer de don Justo; pero
todavía se atrevió Simón a hacer este pequeño reparo:

--En todo caso, señor cura, siempre nos quedará el recurso, si nos pinta
mal fuera de esta casa, de volvernos a ella con los trastos.

--¡Por supuesto!--dijo con ironía don Justo--. Al salir de aquí dejáis a
la fortuna clavada detrás de la puerta, hasta que volváis a decirla que
os ampare. ¡Como si no hubiera otros que se aprovecharán de ella en
cuanto vosotros la abandonéis! ¡Inocentes!

Volvió a mirar Simón a su mujer, como preguntándola: «¿qué te parece de
esto?»; pero con tal mirada y tal semblante le contestó Juana, que, no
pudiendo aquél resistirla sereno, volvió sus ojos al señor cura, y le
dijo por decir algo:

--Lo pensaremos, señor don Justo.

--Y haréis bien--replicó éste.

Y como había leído muy claro en la última mirada de Juana a su marido,
comprendiendo que estaba allí de más, concluyó con estas palabras:

--Conque, hijos míos: dicho lo dicho, me largo a mis quehaceres; pero
conste que no me he mezclado en vuestros asuntos hasta que lo habéis
solicitado, y no dudéis que aquí o dondequiera que la fortuna os
coloque, no han de faltaros mis pobres oraciones ni mis deseos de que
Dios, autor y dispensador de toda felicidad, os la dé tan cumplida como
duradera.

--¡Amén!--dijo Juana en un arranque de despecho, mientras salía de la
tienda el santo varón.

Simón se quedó pensativo.

Iba, de fijo, a promoverse un altercado entre la mujer, que estaba
dominada por el demonio de la impaciencia, y el marido, que no lo
estaba tanto, cuando entró la niña llorando en la tienda.

--¿Qué tienes, hija del alma?--le preguntó Juana entre iracunda y
alarmada.

--Te me peló... Titina... la del Toco.... Hi, hiiii...

--¿Que te pegó Cristina la del Cojo, hija mía?--dijo Juana, único
intérprete capaz de traducir al castellano aquellas palabras, dichas por
la media lengua de la inocente--. ¿Y por qué te pego, ángel de Dios?

--Hi... hiii.... Polque telía tugal tomigo, y yo..., hi, hiii..., no
telía tugal ton ella, y... y... y la llamé piojosa.

--¡Hiciste bien en llamárselo, hija mía! ¿Quién es ella para ponerse a
jugar contigo?--exclamó, en un sincero arranque de soberbia, la mujer de
Simón--. Y si después de esto no saca tu padre al suyo los ojos, o el
dinero que le debe, te digo que no tendrá sangre ni vergüenza.
¡Miserables! ¡Tras de que si no fuera por uno, se morirían de hambre!...
¡Y todavía hemos de andar aquí en contemplaciones, pedriques y
gazmoñerías, para hacer lo que nos dé la gana de nuestra hacienda! |Ah,
si yo tuviera los calzones!...

Disponíase a responder Simón a Juana desde la puerta, contra la cual
estaba recostado, mirando a la calle, cuando salió botando, de hacia la
cocina, un perrazo de áspero y sucio pelaje, con una morcilla chorreando
caldo entre los dientes. Iba a enfilar la puerta como una exhalación;
pero viéndola ocupada por _el amo_, saltó sobre el mostrador, sin duda
para que le sirviera de trampolín; y derribando y haciendo añicos media
docena de vasos y una botella, cruzó el espacio como un cohete; pasó,
sin tocar, sobre la cabeza de Simón; cayó en la calle, sin soltar la
morcilla, por supuesto, y desapareció en la calleja inmediata.

--¡El perro del sacristán!--gritó Simón al verle, disponiéndose a coger
una tranca.

Pero todo fue inútil: la aparición del animal, el desastre del
mostrador, el salto sobre Simón y el desaparecer en la plaza, fué obra
de un solo instante.

Juana alcanzaba el cielo con las manos al contemplar los destrozos
causados por el perro ladrón.

--¡Y esto es de todos los días!--gritaba fuera de sí.

--Yo te aseguro--gruñía Simón--que he de hacer pagar caro a su amo este
estropicio.

--¡Sí!--decía Juana--; como la media libra de tocino que te robó de
entre las manos el otro día ese mismo demonio de animal! ¡Como el pollo
que me sacó de la tartera antes de ayer el gato del enterrador! ¡Como el
grano que se zamparon ayer en el desván las gallinas del vecino! ¡Como
tantas otras cosas que se nos van por arte del demonio!

Y como todo lo convertía al punto en substancia aquella impetuosa mujer:

--¡Cuando te digo--concluyó--que no se puede vivir en este pueblo!, ¡que
nos han de dejar en él sin camisa y sin salud!

--La verdad es--refunfuñó Simón--que se le acaba a uno la paciencia para
bregar con esta gente.

--Eso te estoy predicando yo todos los días, y no me haces maldito el
caso.

--Más de lo que a ti se te figura.

--Poco se te conoce.

--Porque me gusta más hablar a tiempo que hablar mucho.

--Pues ¿a qué esperas, alma de hielo?

--A que me saque el general el estanco en la villa, que voy a pedirle
hoy mismo.

--¡Acabaras, con dos mil demonios!--exclamó Juana en un desahogo de
insensata alegría.

--Las cosas, mujer, han de seguir su marcha natural--dijo Simón con
acento solemne y reposado, como si hubiera consignado una gran
sentencia--. Te aseguro--añadió en tono aún más campanudo--que _esto del
perro me ha llegado al alma_, y que me pesa en ella mucho más que las
palabras del señor cura.

No hay que reírse de esta ocurrencia de Simón, que a razones de igual
peso suelen agarrarse ciertas pasiones para triunfar del corazón humano
cuando éste desea ser vencido.

       *       *       *       *       *

Algunos días después vió el vecindario dos carros _enrabados_ a la
puerta de la abacería; luego vió cargar en uno de ellos las aceiteras,
los barriles, los cacharros, las chucherías de la tienda, ¡hasta los
estantes y el mostrador!; vió en seguida cómo en el otro carro se
colocaron los colchones, las camas desarmadas, la batería de cocina...,
todo el ajuar de la casa de Simón; cómo se acomodaron en un hueco dejado
al efecto sobre los colchones, Juana y su niña, después de haberse
restregado la primera los zapatos contra el suelo repetidísimas veces,
mirando al mismo tiempo a todas partes, cual si quisiera, con alarde tan
necio, dar a entender que hasta el polvo de aquel suelo la ofendía; vió
la gente también cómo, después de sacar hasta la escoba, cerró Simón la
puerta y se guardó la llave en el bolsillo, y luego ponerse en
movimiento los carros, a los cuales seguía Simón, saludando con gravedad
a cuantas personas le despedían desde lejos con un movimiento de cabeza;
no vió una sola vez asomar la de Juana fuera del toldo bajo el cual iba;
y vió, por último, que los dos carros y Simón, que marchaba siempre
junto a ellos, después de atravesar la plaza, tomaron el camino de la
villa y desaparecieron en él.




CAPÍTULO II


Esta villa era como todas o la mayor parte de las villas de España: un
mal remedo de ciudad, sin dejar de ser aldea; o mejor, todo lo malo de
la aldea y de la ciudad, sin tener nada de lo bueno de ellas. No tenía
de la aldea la holgura, ni la independencia, ni el horizonte, ni el aire
puro, ni el sol esplendoroso, ni los aromas, ni el plácido aislamiento;
pero sí sus miserias, sus _vecindades_, su escasez de recursos, su
soledad, su desamparo, su pequeñez. No tenía de la ciudad los
monumentos, los espectáculos, la policía, la provisión de todo, la
cultura, las comodidades; pero sí sus etiquetas, sus necesidades, sus
estrecheces, su esclavitud, sus pestilencias. Regía allí la ley de
razas, si no por colores, por posiciones o categorías, y se guardaban
las distancias hasta en la casa de Dios, único punto de la tierra en que
es un hecho la decantada igualdad social, menos cuando se trata de esos
ridículos términos medios entre la confusión de las grandes poblaciones
y la tranquila sencillez de la vida campestre.

Remedo de aquella presuntuosa sociedad era el pueblo mismo. Lleno de
tiendas de gran fachada, no se vendía en ellas lo más indispensable para
la vida que allí hacía la gente encopetada; gruñían y se revolcaban los
cerdos en las calles mal empedradas; pastaban las aves de corral en las
grietas de las aceras y en los rincones de la plaza, y en el campo
inmediato, mitad jardín y huerta, mitad de labranza, ni esponjaban las
flores, ni maduraba la fruta, ni el trigo espigaba, ni el heno crecía.

Por todo este conjunto desentonado y angustioso, habían trocado Simón y
Juana su pintada casita de aldea, sus hermosos horizontes y sus floridos
linderos, cuatro años antes del momento en que el lector y yo entramos
en la villa de que se trata.

Corría el mes de mayo a la sazón, y el follaje, los pájaros, las flores
y el céfiro que los columpiaba, llenaban toda la campiña. De todos estos
primores de la naturaleza, sólo alcanzaba a la villa tal cual penacho de
mortecinas flores, que algunos frutales raquíticos dejaban ver sobre los
mohosos lomos de esta y de la otra tapia, aun en las calles más
céntricas, como anuncio burlesco de una fruta que no había de llegar a
la madurez.

Tenía aquel pueblo también, como todos los pueblos, como todos los
hombres, su especialidad, su fatalidad invencible, su _anankée_
insuperable, como diría Víctor Hugo. Este _anankée_ era un regato, el
cual regato nacía en un cerro vecino; y dejando morirse de sed durante
el verano a la pobre campiña que atravesaba, tenía la desvergüenza de
inundar varias veces cada invierno, y merced a las aguas que le
prestaban las lluvias y las destilaciones del cerro, la parte más baja
de la villa a cuya proximidad pasaba.--Aquel regato, los desmanes de
aquel regato, el partido que podía sacarse de aquel regato encauzado
convenientemente, eran la pesadilla y el tema sempiterno de todos los
municipios de la villa y de sus más reposadas deliberaciones.

La cuestión del regato reaparecía nueva y palpitante de interés entre el
vecindario a cada Congreso que se constituía en Madrid, a cada municipio
que se elegía en la villa, a cada gobernador que se cambiaba en la
capital de la provincia. Y dicho queda con esto que la tal cuestión
apenas se olvidaba un punto.

¡Y era de oír cómo se hablaba entre aquellas gentes de _canalizar_, de
_fecundizar_, de _obras de fábrica_, del _curso del río_, de
_empalizadas, murallones y_ otras magnitudes por el estilo, ni más ni
menos que si trataran de dar nuevo cauce al _Amazonas_, o de poner un
dique a los furores del Atlántico, cuando, en rigor, todo estaba
reducido a retorcer el cauce del regato, junto a la villa, en un
trayecto de cuarenta varas, de dos de anchura por otras tantas de
profundidad!

Esta era la necesidad más apremiante; y era otra, bastante urgente, la
de abrir algunos canales de riego, por los cuales se distribuyera
convenientemente el caudal del arroyo en invierno, a fin de que empapase
toda la campiña por igual, de modo que en verano conservara alguna
frescura, ya que en tan calorosa estación todo canal era inútil, puesto
que se secaba el regato hasta su origen, y no corrían por su cauce otras
cosas que las nubes de polvo que levantaba el viento, las lagartijas y
las cucarachas.

Cabalmente el día en que nosotros entramos en la villa con esta
narración, había en las Casas Consistoriales reunión de contribuyentes
para tratar de este perdurable asunto, con motivo de haber ido a las
Cortes un diputado natural de un pueblo inmediato, al cual representante
iba a encomendarse la tarea, no floja, de conseguir del Gobierno la
protección tantas veces intentada en vano por el vecindario de la villa.

Estaba el salón de bote en bote, como decirse suele; pero figurando en
los bancos de preferencia, inmediatos a la comisión, el _se__ñorío_, o
sea la gente de levita, aunque allí la gastaban casi todos.

Abierta la sesión, y después de leída la exposición de razones que se
elevaba a la consideración del Gobierno, dijo el presidente:

--Creo, señores, que en esto todos estaremos conformes. Que las crecidas
del río perjudican a la población, y que el canalizarle aprovecharía a
la campiña no puede negarlo nadie.

--Conformes--dijeron todos.

--Medios que se proponen para llevar a cabo esta empresa--continuó el
presidente--: Que pague el Gobierno la mitad de los gastos calculados, y
la otra mitad el pueblo.

--Conformes--contestó la concurrencia.

--Recursos con que cuenta el pueblo para pagar su parte, y cuya
aprobación solicita--añadió el presidente hojeando la instancia en
borrador, que estaba sobre la mesa--. Primero: la demolición de la
capilla de San Roque que se halla a la vera del río... Señores--dijo
volviéndose al auditorio, en ademán resuelto--: La comisión ha tenido
presente, al hacer esta proposición, la proximidad de la capilla al
sitio en que ha de abrirse el nuevo cauce; los sillares y la madera que
puede darnos para la obra de fábrica que está indicada allí mismo, y el
dinero que han de valernos los ornamentos y las esculturas, sacados
oportunamente a remate. Se me dirá por algunos que en esa capilla se
dice la primera misa en los días festivos, por lo cual es, hasta cierto
punto, una necesidad para el vecindario la conservación de ese pequeño
templo; pero, señores, lo cierto es también que esa necesidad es
puramente moral, al paso que la otra se toca y se palpa, y afecta a la
hacienda y hasta a la vida de muchos de nosotros; de nosotros, señores,
que somos muy liberales.... Digo, por tales os tengo... (_Voces
estrepitosas: ¡Sí, sí_!) Pues bueno: si, como liberales que somos, no
nos pagamos de ciertas preocupaciones añejas... (_Voces: ¡No, no_!), ¿a
qué desechar ese recurso, cuando con él podemos remediar en gran parte
la calamidad que nos aflige cuatro, cinco y seis veces cada invierno, y,
en sentido inverso, todo el verano? (_Muchas voces: ¡Abajo la capilla de
San Roque! ¡Abajo los curas_!) ¡No tanto, señores, no tanto!; con la
capilla hay bastante _por ahora_. (_Bravos frenéticos en la sala_.)
Ábrese discusión sobre este asunto.

Momentos de silencio, durante los cuales pudo creerse que todos estaban
conformes con la opinión del presidente, o que nadie se atrevía a
manifestar otra distinta.

Creyendo lo primero, iba a dar la comisión por aprobada la base, cuando
se levantó un pobre cura, viejo ya, y achacoso como viejo, que había
obtenido voz, pero no voto, en el salón, por una especial merced de los
congregados, a protestar contra las palabras del presidente. Demostró,
en voz cascada y lenta, pero impávido, primero: que era una superchería
lo de que la demolición de la capilla pudiese proporcionar los recursos
a que se refería el presidente; que no había en el edificio más sillares
que los pequeñísimos y carcomidos de la puerta; que los ornamentos no
valdrían, en subasta, dos pesetas, y que no llegarían a treinta reales
las esculturas del pobrísimo y desmantelado altar. Esto lo demostró como
dos y dos son cuatro. Segundo: que aun en el caso de ser ciertos los
risueños cálculos del presidente, la fe de un pueblo católico, las
santas tradiciones, las exigencias del culto divino, el respeto al
derecho de los demás y a la ley común, exigían que no se procediese tan
de ligero en un asunto tan grave, siquiera porque no se dijese por algún
malicioso que se obedecía a un _resabio de partido_ más bien que al
rigor de una apremiante necesidad.

Todo lo cual valió al pobre sacerdote una tempestad de murmullos, entre
los cuales tuvo que sentarse, abandonando en seguida el salón, por no
autorizar con su presencia la discusión de un punto para él
indiscutible.

Por segunda vez iba a darse por terminado el asunto, cuando pidió la
palabra un hombre joven, rechoncho, de escasa frente, pero de mucha
cara, abultado de pecho, ancho de espaldas, muy atusado de pelo y crespo
de bigote, grueso de manos y amanerado en el vestir. Aquel hombre era
Simón Cerojo, que tenía ya toda la gordura y todo el lustre, y aun todo
el traje, propios de un tratante en _caldos_ que va en próspera fortuna,
pero que no ha llegado todavía a la mitad de su carrera.

--Señores--dijo Simón, después de carraspear mucho y de atusarse el pelo
no poco--: Yo, el más incompetente y el más... y el más ineto (_Risas
hacia los bancos de la comisión_), y el más ineto, digo, de los
presentes que aquí estamos, me levanto a terciar en este debate, ya que
nadie ha querido hacerlo después que usó de la palabra el dino señor
cura. (_Risas y jujeos a su lado_.) Sí, señores, dinísimo... (_Risas
generales_.) ¡Dinísimo digo, y circunspecto añado! (_Carcajadas_.) Pero
voy al caso. Dice el señor presidente que el interés moral no es quién
contra el interés material y del momento. No diré que no tenga razón el
señor presidente; pero tampoco diré que la tenga. (_Más jujeos_.) Me
explicaré, señores; que, por lo visto, aquí todos son eruditos y saben
latinidades. (_Risas de levita y aplausos de chaquetón_) Que es
respetable la necesidad de echar el río por otra parte, y respetable la
cantidad que valga la ermita después de derribada, y respetables los
materiales que proporcione para la obra: concedido. Pero se dice: «No es
respetable el interés moral.» Yo no diré que lo sea; ¡pero las
aparencias tan siquiera, señores; las aparencias! (_Risotadas acá y
allá_.)

Reirvos lo que queráis, si eso vos engorda, que yo por ello no he de ser
ni menos contingente... (_Asombro_), ni menos liberal. (_Sensación_.)
Decía, señores, que debemos salvar las aparencias, ya que no pueda
salvarse la ermita de San Roque. Yo soy cristiano, tan cristiano como el
que más... _Rumores_. Sí, señores, tan cristiano como el que más; pero
más liberal que el primero que se presente. (_Estrepitosos aplausos_.) Y
claro está que mi concencia no se asusta porque haiga una iglesia más o
menos...; ¡porque yo no soy de esos fariseos que especulan con la
religión!... Frenéticos aplausos, ¡ni tampoco de esos otros que no
quieren nada con ella! (_Rumores_.) Me gusta vivir bien y ser tolerante
con todos. Por eso soy buen cristiano... (_Murmullos_), ¡buen
católico!... (_Risas_) ¡y buen liberal! (_Aplausos. El orador se limpia
la cara con el pañuelo, y pide un vaso de agua con anisete, que no le
sirven_.) Repito que si el derribo de la capilla es tan necesario como
se dice, que se lleve a efecto; pero que no se desoigan las palabras del
señor cura, que, al cabo, todavía hay muchas almas que le escuchan.
¿Cómo yo había de oponerme a ningún proyecto de interés general? Que
caiga la ermita, si está de Dios que ha de caer; pero que caiga con el
respeto debido a los que se oponen a ello. Esto es lo que quería yo
decir..., porque yo soy muy contingente, muy tolerante y muy liberal.
He dicho. _(Aplausos, risotadas y murmullos. El orador recibe las
felicitaciones de algunos colegas; vuelve a limpiarse el sudor con el
pañuelo, y escupe pegajoso varias veces en medio de la sala.)_

No habiendo quien quisiera ilustrar más el asunto, púsose a votación, y
fué aceptado casi por unanimidad lo propuesto por la comisión.

Y continuó el presidente:

--Segundo medio de arbitrar recursos: «Se autoriza al municipio para
imponer a los artículos de _beber_ y _arder_ un recargo de seis por
ciento.»

--Eso no, ¡voto al demonio!--dijo Simón Cerojo, poniéndose de pie sobre
el banco y echando espumarajos de ira por la boca, contra su mesura, su
tolerancia y su _contingencia_ acostumbradas.

--¡Lo mismo digo!--gritaron otras muchas voces alrededor de Simón--.
¡Fuera ese artículo! ¡Abajo la comisión!

--¡Orden!--gritaba el presidente dando bastonazos sobre la mesa.

--¡Afuera _la canalla_!--vociferaban los señores propietarios,
encarándose con la masa tabernera.

--¡Abajo los tiranos!--gritaban algunos _caldistas_ desde lo último de
la sala--. ¡Viva el pueblo que trabaja!

--¡Viva el duque de la Victoria!--gritó un zapatero.

--¡Orrrden!

--¡Abajo los de arriba!

--¡A la calle los de abajo!

--¡Orrrrrdeeennn!

Y nadie se entiende allí, porque todos gritan y se revuelven y manotean,
armándose un tumulto tan espantoso, que me río yo de los que se
promueven cada día en el «templo de nuestra Representación nacional».

Al cabo de media hora, y sin duda por cansancio, se calma la tempestad.

--Es digno de observación, señores--dijo entonces el presidente--, lo
que acaba de pasar aquí. Un hombre que, según él mismo nos ha dicho, es
todo _tolerancia_, todo _moderación_ y todo _contingencia_ (_Risas_), es
cabalmente quien ha amotinado el salón en cuanto ha visto que se tocaba
al pelo, no más, de sus intereses particularísimos. _(Simón Cerojo pide
la palabra para una alusión personal.)_ ¡Así es, señores, el patriotismo
de algunos hombres! Y no digo más.

--Señores diput..., digo circunstantes: cumple a mi hombría de bien, a
mi lealtad y a mi... contingencia (_Risas_) dejar bien claro este
punto. Yo no me he rebelado contra la base que se ha leído sólo por lo
que toca a mis intereses, sino por lo que no toca a los de los demás.
(_Murmullos_) Me explicaré. Se trata de hacer una obra que beneficie
los terrenos que hoy cruza el río, y se propone que la paguemos, en su
mayor parte, los que tratamos en artículos de beber y arder...,
precisamente los que no tenemos media libra de tierra en la campiña.
Contra esto me rebelo, porque no es justo. Pero tampoco es nuevo en este
pueblo ese modo de proceder, y por lo mismo que no es nuevo, y ya estoy
cansado de arrimar el hombro para que otros suban a lo alto, es por lo
que me rebelo con más empeño. _(Aplausos hacia abajo. Murmullos hacia
arriba.)_ Yo soy muy liberal, pero no consiento que nadie me pise y me
atropelle; y también muy tolerante, pero no a costa de mis intereses,
que son el pan, y el sustento, y la... contingencia intelectual...
(_Jujeos_) de mi familia. Yo pagaré la parte que me corresponda para
echar el río por otro lado, de modo que no toque a la villa, que al
cabo, y bien sabe Dios por qué, en ella vivo; pero el que quiera buenas
tierras y bien regadas, que lo sude de su bolsillo. _(Aplausos entre los
caldistas.)_

--El señor Cerojo--dijo con retintín un personaje muy soplado de la
sección de propietarios--, y los demás taberneros que le rodean, no son
muy partidarios de que se aleje el río, o mejor dicho, el agua que
lleva, de sus establecimientos. No me extraña.

--Oiga usté, sió pendón--respondió un caldista, asaz mugriento y
desengañado--, ¿piensa usté que, aunque pobres, vivimos aquí de estafar
a inocentes, como hace algún señorón que yo me sé?

--¡Al orden, señores!--gritó el presidente deseando torcer el sesgo
peligroso que tomaba el debate.

--Yo no sé cómo piensan en esto mis _cólegas_--objetó Simón, afectando
desdén hacia las palabras del propietario--; pero sé cómo pienso yo, y
por eso he dicho lo que dije; y ahora añado que siempre somos la carne
de pescuezo en este pueblo, los pobres artistas; que lo bueno, lo cómodo
y lo de lustre, allá se lo reparten los manates. Entonces no se cuenta
con nosotros ni para un triste saludo de cortesía, porque lo tienen a
menos; pero cuando se trata de sacar dinero... (_Protestas de arriba_),
se nos busca y se nos mima. (_Aplausos abajo_.) Y esto es insufrible,
inominioso para nosotros; y yo reniego ya hasta del día en que puse los
pies en la geografía de este pueblo.

--¡Señor Cerojo, señor Cerojo!--gritó el presidente sin poderse contener
por más tiempo--, esas palabras son indignas de este sitio y de esta
concurrencia, y yo espero que usted las retirará espontáneamente.

--Yo no tengo nada que retirar más que a mi persona, que voy a
retirarla de aquí ahora mismo.

--No será sin que antes le demuestre yo, con una prueba sencillísima,
todo lo importuno que ha sido su enojo, todo lo inconveniente que ha
sido su conducta, ya que no se lo ha dado a entender la muy diferente y
digna que han observado otros señores comerciantes que se hallan aquí
presentes.

--Es que a esos señores no se les ha pedido nada.

--Eso es lo que usted no sabe.... ¡Señores, para que se comprenda toda
la intemperancia del señor Cerojo y sus amigos, baste saber que de la
base que tanto le ha sulfurado, no se ha leído más que la mitad!
(_Atención general_.) La otra mitad dice así: «... y otro recargo de
tres por ciento sobre la clavazón y quincalla (_Protestas de los
quincalleros_), paños del reino.... (_Enérgicos rumores entre los
pañeros_), y otros artículos de vestir y calzar.» (_Alaridos en varias
partes del salón_.)

--¡Ahora no soy yo el intemperante, señor presidente!--vociferó Simón,
dominando con dificultad el tumulto que empezaba a reinar en la sala.

--¡Orrrdeeen, señores!--gritó el presidente.

--¡Justicia era mejor!--le contestaron muchas voces.

--¡Catalana hay que hacerla en este pueblo!--añadieron otras.

--¡Orrrrdeeeen!

--¡Afuera esa _gentuza_!--gritaron otra vez los propietarios.

--¡Abajo la comisión!

--¡Y los que quieran engordar a la sombra de ella!

--¡Vivan los pobres honrados!

--¡Viva el duque de la Victoria!--volvió a gritar el zapatero.

--¡Orrrdeeen!

--¡Canalla!

--¡Ladrones!

Y se repite el tumulto, y la cosa se pone seria, y los prudentes
desaparecen, y el presidente, enronquecido ya, sube sobre la mesa y
logra hacerse oír breves momentos.

--Señores--dice--: Por la centésima vez en mi vida presencio este
espectáculo, hijo de la misma causa que hoy le ha promovido. Esto me
demuestra que los habitantes de este pueblo estamos condenados a sufrir
cobardemente, y por los siglos de los siglos, los desafueros de ese mal
regato. La comisión, al comprenderlo así también, hace respetuosa
renuncia de su cargo y levanta la sesión.

Silbidos, denuestos, un estrépito espantoso y alguna que otra bofetada,
fueron el resultado inmediato de esta arenga, y el término de aquella
reunión.




CAPÍTULO III


Mientras tales cosas pasaban en las Casas Consistoriales, ocurrían otras
de bien distinta naturaleza junto al mismo regato de que se ha tratado,
a la escasa sombra que proyectaba el aún no bien formado follaje de dos
cortas hileras de chopos, a las cuales se llamaba en la villa la
_Alameda grande_.

Como el día era de trabajo y la hora la menos a propósito para el
descanso, eran dueñas absolutas de todo el paseo, para correr por él sin
estorbos ni tropiezos, hasta media docena de niñas, de nueve años la más
esponjada; todas risueñas, todas ágiles, todas hechiceras, como son
todas las niñas a esa edad, cuando no están cohibidas por la opresión
del vestido de gala o de las botitas recién estrenadas.

Tras aquellas niñas tan alegres, que corrían y gritaban sin cesar un
punto, no corría, sino andaba a lentos pasos, mustia y como recelosa,
otra niña no menos agraciada y no más entrada en años que ellas. Había,
sin embargo, notables diferencias entre una y otras. De éstas, las que
no eran rubias eran muy blancas; aquélla era morena. Las que corrían
eran ágiles como cabritillas, y al correr parecía que no tocaban el
suelo con sus diminutos pies; la que las seguía con la vista, era de
formas más abultadas y de movimientos menos suaves y graciosos; y aunque
vestía lo mismo que ellas en forma y calidad, en la combinación de los
colores y en _el aire_ de su vestido había algo que no era del mejor
gusto. Indudablemente aquella niña no pertenecía, como las otras, al
_buen tono_ de la villa, y por eso no tomaba parte en sus juegos más que
con la intención.

He observado muchas veces que las niñas de corta edad son muy exigentes
en la elección de amigas, por lo cual difícilmente se familiarizan con
las que no sean de su categoría social, o de otra más alta si es
posible. Los niños son todo lo contrario: parece que tienen a gala
asociarse, para sus juegos y empresas, a todo lo más perdido y
desarrapado que encuentran en la calle.

La niña rezagada de nuestra historia seguía siempre, y aunque de lejos,
las evoluciones de las que corrían, y frecuentemente, al encontrarse con
alguna de ellas, corría también, como si se forjara la ilusión de que
la perseguían al _escondite_ o la disputaban el sitio a _las cuatro
esquinas_.

Y como estas _libertades_ se las había permitido varias veces, en una de
ellas la niña con quien tropezó se detuvo jadeante; y echándose atrás
los rizos con ambas manos, exclamó en el tono más desdeñoso que pudo:

--¡Qué plaga de moco, hija!... ¡Cómo se agarra!

--Eso es de familia--dijo otra, que se paró a su lado.

--Pues vamos a decirla una fresca--añadió otra--, a ver si se va.

--¡Si yo creo que hasta debe de tener _miseria_, mujer!--apuntó una
delgadita como un mimbre, que oscilaba mucho al andar y se chupaba un
dedo en cuanto se paraba--. ¡Cómo se _arrasca_!

--Oye, tú--dijo al oído de la anterior, abriendo mucho los ojos y
enarcando las cejas, una pequeñuela, muy nerviosa y asombradiza--. ¡Si
traerá la navaja!

--¿Qué navaja?--preguntó la delgadita, no muy segura de su valor.

--Una muy grandona que tenía en la mano el otro día, a la puerta de su
casa.

--¿Y qué nos haría con ella, tú?...

--¡Madre de Dios!...
Como estamos aquí solas y en medio de este bosque...

--¿Quieres que nos vayamos a casa?...

--¡Para ella estaba!--dijo con desenvoltura una mayorzuela que había
oído estas observaciones--. ¡Miedosas, más que miedosas!...

--¡Pues juega tú con ella si no!

--¡Como no juegue yo con ese pendón!... Primero iba y se lo decía a mi
papá.

--¿Vamos a buscar el perro que tenemos nosotros en la huerta, y a
_hinchársele_ aquí mismo?--propuso la miedosa.

--¿Y si se la come toda?

--Que se la coma. Mi papá es alcalde...

--Sí; pero eso lo castiga Dios..., y puede que nos caiga algo malo.

--Pues ¿qué hacemos si no?

--Vámonos a aquel rincón, a ver si se queda aquí sola y después se
marcha.

Y esto dicho, las vanidosillas fueron desfilando lentamente y mirando
hacia atrás con el rabillo del ojo; llegaron a un ángulo de la alameda,
y allí se acurrucaron en el suelo, formando estrecho y apretado círculo.

A todo esto, la pobre desdeñada niña, que había estado observando a las
otras durante su breve diálogo, mirando de reojo y mordiéndose las uñas,
cuando las vió sentadas se dirigió hacia ellas paso a paso, con la
cabeza gacha; y al estar a media vara de las desdeñosas, se dejó caer al
suelo lentamente y se puso a deshojar las florecillas del césped, sin
arrancarlas, flechando ojeadas de través de vez en cuando al grupo, y
sorbiendo muy recio el aire con las narices.

--¡Hija, qué peste de chica!--exclamó impaciente la mayorzuela al verla
a su lado otra vez--. ¡Ni aunque fuera de engrudo!

--¡Así ella se pega!--observó la más cachazuda.

--¡Si el otro día la vi yo limpiarse las narices con la enagua!--dijo
muy admirada la delgadita, sonándose las suyas con los dedos.

--¿Vamos a arañarla?--propuso la nerviosa, crispando los suyos.

--Eso no es de tono, hija--respondió la mayor--. Mejor es otra cosa,
ahora que me acuerdo.

--¿Qué cosa es?

--Darla mate, para que rabie de envidia.

--Pues empieza tú.

--Verás qué pronto. Amigas de Dios--continuó muy recio, de modo que lo
oyera la intrusa--: mi papá vino de las Indias el año pasado..., y
trajo cinco fragatas cargadas de onzas..., y un negrito para que le
sirviera el chocolate...; y es tan rico, que se cartea con el rey de
las Indias...; y a mí me da dos reales cada vez que es su santo..., y
yo los echo en lo que me da la gana...; y tengo tres muñecas de
resorte, y un muestrario de botones que le regaló a mamá para mí una
modista que quitó la tienda...; y tengo dos marmotas de lana para ir al
colegio en el invierno..., porque yo voy al colegio, y no a la escuela
de zurri-burri, como algunas infelices... que yo conozco..., y puede
que no estén muy lejos de aquí. Yo voy a cumplir siete años; y cuando
los cumpla, me dará mamá una pechera de imitación, que ella ya no pone,
para hacer unos encajes a la muñeca grande; y un señor que viene a casa,
me da dos cuartos todos los domingos; y si yo quisiera, me regalaría una
almohadilla de coser, con su llave de oro y su dedal de plata..., y...
y... (Ahora tú)--dijo a la nerviosa, que la seguía por la derecha; la
cual, después de estremecerse y de mirar con ojos espantados a la
solitaria niña, continuó:

--Pues mi papá es alcalde de toda la villa, y tiene tres casas como tres
palacios, y un primo en la corte del rey; y mi mamá tiene una doncella
que es hija de condes, y siete vestidos para cada hora que da el reló, y
una cadena así, así, así de larga, que le costó un millón a papá cuando
estuvo en París de Francia. Y cuando yo sea grande, me comprarán tres
vestidos cada mes, y un reló con diamantes y botas a la emperatriz. Yo
voy también al colegio con ésta; y en mi casa se come principio todos
los días, y los domingos se toma café; y mi papá tiene un perro en la
huerta que muerde a las tarascas pegotonas.

--Yo soy hija de juez--dijo la que seguía a la nerviosilla--; y siendo
hija de juez, a mi papá le sirven cuatro alguaciles, de levita, y le
llaman _usía_; y además le pagan una onza cada día todos los españoles;
y cuando va a Madrid, vive en los palacios del rey; y la otra noche me
dijo en la mesa que si le tocaba la lotería me iba a comprar una caja de
música. Y mi mamá compra los garbanzos por mayor: ayer compró tres
libras; y por Navidad nos regalan pavos los señores que van a casa
porque tienen pleitos; y yo tengo muchos vestidos, más de tres, y dos
pares de botas, con las que tengo puestas y otro par que me harán para
San Pedro, si le cae a papá la lotería; y mi papá es tan poderoso, que
manda a la cárcel a todo el que quiere, _u_ le manda ahorcar, como ya lo
ha hecho otras veces; y si yo le dijera que metiera en la cárcel a una
pegotona que yo sé, en seguida la metía.

--Pues en mi casa--continuó la delgadita, dejando de chuparse el
dedo--todo es un puro merengue. Mi mamá no come más que pastelillos; mi
papá, bizcochos; y yo, jalea; y mi hermana Carmen, suspiros. No queremos
puchero, porque no es de tono; y por eso a las muchachas les damos
hojaldre. Y mi papá recibe todos los años, de renta, más de doce sacos
de harina, quince arrobas de manteca y dos cajas de azúcar de la Habana....
Porque mi papá es indiano, y trae todas las noches mucho dinero a
casa, cuando viene de la tertulia, adonde va también el juez, el papá
de ésta; y si no comieran tanta inmundicia algunas niñas zanguangas que
yo sé, no estarían tan pringosas y tendrían mejor educación.

--Toda mi casta--dijo la más seria y conceptuosa--viene de reyes; y en
mi casa las camas son de oro y las ropas de seda de la India; y si mi
papá gana el pleito que le defiende el papá de ésta, ensanchará la
huerta en más de otro tanto...; y como soy tan fina por principios,
cuando me apesta una niña ordinaria, se lo digo, y al sol.

--Pu... pu... pues yo--concluyó la sexta, que era bastante
tartamuda--ta... ta... ta... tamién....

Oír esto y soltar la carcajada la niña, hasta entonces taciturna y
desdeñada, fué una misma cosa.

--¡Y se chancea!--exclamaron admiradas las otras.

--¡Ta... ta... ta!--repetía entre carcajada y carcajada la burlona.

--¡El demonio de la...!

--¡El diantre de...!

--¡Miren si...! ¡Atreverse a burlarse de una niña fina!

--Y sí; y me río. ¿Y qué? «Ta... ta... ta....»

--Ahora mismo voy a decírselo a mi papá--exclamó la que nos dijo ser
hija del juez.

--Y dile de paso que pague los doscientos reales que debe a mi
padre--replicó con desgarro la amenazada.

--¡Ay, qué atrevida!

--Déjate, que yo traeré el perro--dijo la nerviosa.

--¡Fachenda traerás tú! Y no tendrás tanta cuando le ajusten las cuentas
a tu padre en el Ayuntamiento.

--¡Ay, qué bribona!

--¡Chismosas!

--¡Pegotona, aceitera!

--¡Hambronas! ¡Tramposas, más que tramposas!

--¡Aldeana! ¡Tarasca!

--¡Golosas! ¡Relambidas!

--Ta... ta... ta... tab... tabernera!--logró decir la tartamuda,
después de un esfuerzo desesperado.

--¡Tar... tar... tartajosa!--la contestó, remedándola, la otra.

En esto se oyeron muy cercanos los ladridos de un perrazo. La del
alcalde, pensando que era el de su huerta, que venía a vengarla, comenzó
a gritar:

--¡Aquí, chucho, aquí!... ¡Éntrala, éntrala!...

--¡A ella, chucho, a ella, que aquí está!--gritaron a coro sus amigas.

La amenazada chica comenzó a mirar, asustada, en todas direcciones, y
aunque no se veía el perro, como los ladridos se oían cada vez más
cerca, dió a correr desesperadamente, buscando la entrada de la villa
por un atajo.

--¡A ella, chucho!--seguían gritando las otras--. ¡Cómela, cómela!

Y viendo que el perro no aparecía, siguieron a la fugitiva arrojándole
piedras, con una de las cuales la descalabraron al fin.

--¡Que me matan!--gritó la pobre chica llevándose las manos a la cabeza.

Pero cuando, al retirarlas, las vió manchadas de sangre, su espanto no
tuvo límites, y sus alaridos pudieron oírse desde media legua.

Entonces retrocedieron aterradas las perseguidoras, cuya intención no
alcanzaba más que a meter miedo a la fugitiva; pero al volver a la
alameda, se hallaron con el perro que, por desgracia, no era el del
alcalde. Acabaron de aturdirse en su presencia, y huyeron a la
desbandada; mas el animal, «a una quiero y a la otra la dejo», hartóse
de romper vestidos; y sabe Dios qué más hubiera roto, si a los gritos y
a los ladridos no hubieran acudido algunas personas que ahuyentaron a
palos a la fiera, y condujeron al pueblo a las inocentes criaturas, bien
merecedoras del susto que pasaron si se les toma en cuenta lo que
hicieron padecer a la pobre descalabrada.




CAPÍTULO IV


Esquina a la plaza y a una de las calles que desembocaban en ella, había
una casa más pequeña que cuantas la seguían en la fila. Debajo del
balcón del único piso que tenía, y sobre la puerta principal, se leía,
en un largo tablero coronado con las armas de España, lo siguiente:

ESTANCO NACIONAL

ESTABLECIMIENTO DE SAN QUINTÍN

LÍQUIDOS Y OTROS COMESTIBLES

Penetrando por aquella puerta, se veía la razón del letrero en un
mostrador sobrecargado de cacharros menudos; en una gran aceitera con
canilla, y algunas botellas blancas, llenas de aguardiente de otras
tantas denominaciones; en una estantería espaciosa, ocupada con
paquetes de cigarros y de cajas de cerillas, libritos de fumar, grandes
pedazos de bacalao, tortas de pan, madejas de hilo, garbanzos y otros
artículos, tan varios en su naturaleza como reducidos en cantidad; en
algunas mesas simétricamente colocadas fuera del mostrador; en tal cual
barrica o hinchado pellejo que se vislumbraban entre la obscuridad del
fondo..., y en otros mil detalles propios de semejantes
establecimientos, los cuales conoce el discreto lector tan bien como yo.

Detrás del mostrador estaba sentada, haciendo media, nuestra antigua
conocida Juana, la mujer de Simón Cerojo. Como éste, había engordado y
echado mejor pellejo, y dado a su vestido cierto corte presuntuoso.
Pero, al revés que en su marido, su entrecejo se había ido frunciendo, y
todo su semblante agriando, a medida que la suerte fué favoreciéndolos.
Porque la suerte los había favorecido. Para convencerse de ello, bastaba
echar una mirada a su establecimiento, en una sola de cuyas secciones
había más capital empleado que el que representaba toda la antigua
abacería..., y permítaseme una corta digresión a este propósito.

Merced al estanco que obtuvo Simón sin dificultad, a los ahorros que
trajo de la aldea y al crédito, aunque muy limitado, que no tardó en
abrírsele en algunos depósitos al por mayor, en el primer año de
establecido en la villa duplicó su capital. En el segundo se dedicó,
por extraordinario, a hacer ligeros préstamos, bien garantidos, a un
interés variable, según las personas y las circunstancias: entre una
peseta por duro a la semana, si el menesteroso era jugador de afición
bien puesta, y treinta por ciento al año, si era _artista_ establecido
convenientemente. Esta nueva industria le permitió ensanchar un tanto
sus negocios principales; con tan buena mano, que al concluir los dos
años de su estancia en la villa, se encontró con un capitalito de más de
seis mil duros, libre y desempeñado. Entonces se hizo _caldista_ de
veras; es decir, no se anduvo con parvidades de aceite, vino y
aguardiente, sino que surtió de estos artículos su establecimiento, por
mayor; lo cual le permitió hacer préstamos más en grande, más a menudo y
en condiciones de mayor atractivo.--Resultado de estas y otras
combinaciones: que el día en que nos hallamos con Simón en las Casas
Consistoriales y con Juana en su establecimiento, eran dueños de la casa
que éste ocupaba, de lo que la tienda contenía y de un respetable
sobrante en continuo movimiento; todo lo cual representaba un valor de
muchos miles de duros.

Por este lado, pues, los asuntos de Simón y de Juana habían marchado
viento en popa. No así los demás; es decir, aquellos que se relacionaban
íntimamente con la vanidad de Juana, y las no más cortas, aunque más
disimuladas, aspiraciones de Simón.

Todos los esfuerzos de la primera, todas sus meditaciones, todos sus
desvelos y todas sus consultas al espejo antes de darse a luz en los
sitios más públicos de la villa, hecha un brazo de mar y cargada de
relumbrones, no lograron colocarla en jerarquía más alta que la
correspondiente al nombre de _la tabernera_, con el cual se la designó
desde el primer día en que se hizo notar por sus humos estrafalarios.
Aunque poco avisada, no desconoció que este descalabro la alejaba para
siempre, en aquel centro, de la altura a que había querido trepar de un
salto. El primer efecto de una presentación jamás se olvida en la
sociedad, máxime cuando ésta es reducida y presuntuosa.

Bien penetrada de esta verdad, Juana la sintió en su alma, como un toro
siente en el morrillo el primer par de banderillas; hízose más áspera y
brutal que de costumbre, y se prometió arrollar cuanto hallara por
delante, creyendo demostrar así, mejor que con dulzura y sencillez, que
era tan digna como la más encopetada de ocupar el puesto que no se le
concedía.

Con esto consiguió adquirir en la villa cierta celebridad que acabó de
exasperarla. Un solo ejemplo dará la medida de la altura a que había
llegado la insensatez de Juana. Menudeaban allí los bailes y las
_recepciones_ entonadas, a maravilla; y, naturalmente, nadie se
acordaba de invitar a _la tabernera_. Pues estas _desatenciones_ sacaban
de quicio a Juana.--Yo bien conozco, decía, que no estoy _todavía_ al
corriente de esas ceremonias, y me guardaría mucho de concurrir a ellas;
pero la voluntad es lo que se agradece. ¿Por qué no se tiene para mí un
mal recado de atención, por lo mismo que soy forastera? ¿Se les caería
la venera a algunas de esas fachendosas por acordarse de mí, que soy más
rica que muchas de ellas? ¡Pues no parece sino que todas son marquesas!
¡Y el marido de la una vende paño de Munilla y sogas de esparto, y el de
la otra _pecajuana_ y _engüento_ de soldado, y me debe a mí hasta la sal
con que sazona lo poco que come!... Pues vinos y jabón vende mi marido.
¿Qué más da lo uno que lo otro?

Saturada también de estas máximas su hija, apenas comenzó a concurrir al
entonado colegio en que quiso darle educación su madre, hubo que
retirarla de él. Era ya la niña medio montuna por naturaleza, y con las
predicaciones de Juana llegó a hacerse indomesticable.

En los cuchicheos, en las sonrisas, hasta en los juegos más inocentes de
sus compañeras, veía burlas y desprecios; y en esta creencia, las ponía
a todas como ropa de pascua; se pegaba con algunas, y concluía por
volver a su casa, todos los días, llorando soñados agravios hasta de
sus maestras. De este modo la niña se hizo tan antipática a sus
condiscípulas, como su madre a cuantos se la aproximaban. Por eso la
retiraron del colegio y la enviaron a la escuela pública, donde, según
el parecer de Juana, no la enseñaban tanto, pero se la miraba «con el
respeto debido».

Más de tres años de martirio llevaba la mujer de Simón al encontrarnos
con ella de nuevo, no porque se fijase en que en la villa se hacía con
ella lo que ella había hecho con los demás en la aldea, ni porque
suspirara por volver a recuperar su pequeño trono abandonado; no, en
fin, porque le atormentasen la memoria los atinados consejos del anciano
señor cura, sino porque deseaba un campo más ancho en que explayarse,
otro mundo más revuelto en que campar por lo que se era y no por lo que
se había sido. Y un día y otro día predicaba a su marido la conveniencia
de establecerse _en grande_ en la capital de la provincia, donde, según
ella, ni los ricos eran vanos ni los pobres envidiosos.

Oíala Simón sin soltar prenda, y aun haciendo como que no la oía; pero
la verdad es que en el fondo de su corazón detestaba de la villa tanto
como su mujer.

Simón no podía perdonar a aquella gente el que se le tratase como a
persona de poco más o menos, «en los momentos más críticos para la vida
de los pueblos, y, por consiguiente, para la de los ciudadanos», como él
decía en más de un monólogo que no llegó a oír su mujer. Se pagaba muy
poco de que no se acordasen de él para invitarle a un baile particular,
o a una tertulia de más o menos tono; pero que nunca hubiera para su
nombre un hueco en las candidaturas de concejales; que no se le agregase
jamás a una comisión de respeto que había de representar ciertos
intereses del pueblo en el Gobierno de la provincia, o en Madrid, o ante
el Municipio mismo de la villa; que no se buscase, ni aun se tolerase de
buena gana, su opinión en tal cual corrillo formado en la plaza por
personas de importancia, en que no entraba él sino a fuerza de brazo,
como quien dice, o poco menos; que se le tuviera, en fin, por un
tabernerillo de tres al cuarto, cosa era que le hacía perder su
serenidad habitual, y le ponía a pique de echarlo todo a trece, aunque
no lo vendiera, y largarse a otro terreno menos ocasionado a esas
«miserias de aldea». Pero Simón, que no era tan insensato como su mujer,
guardaba estos sentimientos en el fondo del pecho, y, entretanto, iba
ocupándose en adquirir alas con que volar.--Por eso se le veía atender
con tanta asiduidad a su taberna y a su estanco... y a sus préstamos
garantidos. Odiando tanto como Juana aquella sociedad inaguantable, sólo
trataba de redondearse lo preciso para darle un adiós de despedida y
caer en medio de otra mejor; pero de tal modo, que no lastimasen en lo
más mínimo su importancia de actualidad las reliquias del pasado. Estaba
convencido de que, sin una precaución por el estilo, en todas partes
serían él y su mujer los taberneros de marras, por grandes que fueran
sus caudales. Se ve, pues, que, en el fondo de la cuestión, estaban
perfectamente de acuerdo Juana y su marido.

Y dejando esto bien consignado, porque importa, volvamos a tomar el hilo
de nuestra historia.




CAPÍTULO V


Así que la niña descalabrada en la alameda notó la presencia del perro
entre sus implacables ofensoras, por los ladridos del uno y por los
gritos de las otras, contuvo su llanto, y con íntima complacencia, se
volvió para presenciar los destrozos que el enfurecido animal parecía
estar haciendo en las ropas y pellejo de aquellas mal aconsejadas
criaturas. Fuera aquél el perro del alcalde o dejara de serlo, era lo
cierto que a todas las trataba por igual, y que de todas la estaba
vengando a ella cumplidamente.... Pero ¿no era posible que después de
concluir con las seis desventuradas niñas la emprendiese con la séptima,
por lo mismo que a nadie conocía ni en remilgos se paraba?

Esta consideración tan cuerda, que asaltó de pronto la mente de la pobre
chica, hízola retroceder; y menudeando los pasos cuanto pudo, y
tornando a recordar su herida y a llorar, por ende, llegó a la villa y
no paró de correr hasta el estanco que conocemos, en el cual entró
momentos después que nosotros, y al mismo tiempo que llegaba también,
aunque por distinto sendero, Simón Cerojo, demudado el semblante y
apretando los puños de ira. Tanta, que ni siquiera reparó en la niña,
que, por haberse limpiado las lágrimas con las manos después de
oprimirse con ellas la cabeza, tenía la cara manchada de sangre. Pero
Juana sí, y al punto arrojó la obra en que se ocupaba; saltó por encima
del mostrador sobrecogida de espanto, y tomando a la niña en sus brazos,

--¡Hija mía!--gritó--. ¿Qué sangre es ésa?

Entonces se fijó Simón en la niña; y olvidando por un momento sus
disgustos, corrió también hacia ella.

--¿Te has caído?--la preguntó con cariñoso anhelo--. ¿Te han pegado?
¿Por qué sangras?... ¡Habla, hija mía, por Dios!...

La niña, después de sollozar un rato, refirió, punto por punto, cuanto
la había ocurrido.

--¡Conque la hija del juez, y la del indianete, y la del
alcalde--exclamó Simón en seguida, con rencoroso acento--son las que más
te han injuriado, porque tenían a menos jugar contigo!... ¡Las hijas de
esos personajes que me adulan y me soban cuando necesitan un par de
duros para comer aquel día, o media docena de onzas para apuntarlas a
una carta, o pagar una trampa que podría ponerlos en vergüenza..., si
alguna les queda!... ¡Pero yo les juro que, por poca que ella sea, he de
sacársela a la cara..., y a algunos más también!

Juana, maldiciendo a su vez de todos y de todo, comenzó a lavar con agua
fresca la herida de su hija, que, por cierto, era insignificante.

Y tranquilo ya sobre este punto, Simón refirió a su mujer cuanto había
ocurrido en la junta que acababa de celebrarse en la Casa de
Ayuntamiento recargando un poquillo los colores, a fin de que resultasen
más justificado su enojo y de más efecto sus _discursos_, que repitió al
pie de la letra.

--¿Y qué piensas hacer después de tanto desengaño como vas sufriendo y
de tanto disgusto como vamos llevando de estos niquitrefes de
levita?--preguntó Juana, que no desperdiciaba ocasión de hablar de su
pleito.

--¿Qué pienso hacer?--dijo Simón con su poquito de rescoldo--. Lo que
estoy pensando tres años hace, desde que conocí que en esta recua
siempre había de tocarme ir a la cola; lo que hubiera hecho entonces a
tener el remedio entre las manos, como le tengo hoy: sacar a más de
cuatro fachendosos a la vergüenza pública, y largarme en seguida con la
música a otra parte.

Juana vio el cielo abierto.

--¡Lo mismo que yo te he dicho tantas veces!--exclamó, retozándole la
alegría en el semblante--. ¿Qué necesidad tenemos nosotros de sufrir lo
que aquí estamos sufriendo? Con lo que ya conocemos este trato, ¿cuánto
no podríamos ganar estableciéndole en la ciudad?

--¡No, Juana, no!... ¡Basta de taberna! Si con ella entráramos en la
ciudad, _taberneros_ seríamos hasta el fin de los siglos. Y si con ser
taberneros, aunque ricos, nos conformáramos, yo no saldría de esta
villa, donde he ganado en cuatro años una riqueza, y podría ganarla
mayor en poco más. Pero hay una _noble ambición_ que manda en ti y en mí
con mayor fuerza que los tres ochavos de una buena ganancia; y esa
ambición está reñida con las manos manchadas de vino tinto y con las
ropas que huelen a anisado. Así, pues, ya que las alas me lo permiten,
saldremos de aquí _volando por alto_, para que en la ciudad se vea _cómo
caemos_, pero no _de dónde venimos_. Este es el modo; que, según yo
llevo observado, desde _nada_ a _bastante_ están los ascos y los
reparos; desde _bastante_ para arriba, ya todos somos iguales, y todo
nos está bien.... Nosotros tenemos _lo bastante_: ¿quién será capaz de
probar que no tenemos hasta _de sobra_? No sé lo que diría a esto el
cura de mi pueblo; pero llevo corrido ya mucho mundo y tratados muchos
hombres, y a mi experiencia me agarro.

Lo que Simón ignoraba con respecto al señor cura, lo sabemos nosotros.
Cuando alguno de sus feligreses le decía:

--¿Sabe usted, don Justo, que Simón se va saliendo con la suya?..., ¿que
ya es hombre rico?

--No lo dudo--contestaba el santo varón--. Pero ¿le dan más
importancia?..., ¿es más feliz que aquí? Este es el problema.




CAPÍTULO VI


Para volver a encontrar al protagonista de esta verídica historia, no
nos bastaría ya la luz del candil de su taberna. Tal se ha borrado la
huella de sus pasos en los quince años que van corridos (y perdonen
ustedes el modo de señalar) desde que le oímos hablar lo que fielmente
consta al final del capítulo anterior.

Pero es el caso que tenemos que hallarle; y como podría llevar muy a mal
que lo intentáramos indagando aquí y allá por los pelos y señales de su
vida pasada, lo cual, por otra parte, no nos conduciría al fin que nos
proponemos, ya que, por especial privilegio que gozo, me es posible dar
con él a la primera tentativa, véngase el lector conmigo para acabar más
pronto y evitar un mal rato a nuestro personaje.

Estamos en la ciudad, en una de sus calles principales y frente a un
portal no muy limpio, pero sí muy espacioso; subimos el primer tramo de
la ancha escalera que de él arranca; atravesamos, sin detenernos, la
puerta del entresuelo, en la cual se lee, sobre bruñida chapa metálica,
el siguiente letrero: SIMÓN C. DE LOS PEÑASCALES; prescindimos de cuanto
se halla a nuestro paso al entrar en un salón largo y estrecho;
cruzámosle en toda su extensión, y nos detenemos a la puerta de un
gabinete. Allí hay un alto escritorio de caoba, sobrecargado de libros y
papeles; algunas banquetas de gutapercha, dos mapas, un barómetro, un
aguamanil y pocas cosas más por el estilo. Adjunta al escritorio hay una
butaca, y embutido en ella, un hombre como de cincuenta años de edad,
frescote, de cara ancha y risueña, con recortadas patillas grises, gorro
de terciopelo azul, lujosa bata, blanca pechera y leve corbata de raso
negro sobre holgadas y relucientes tirillas. Ese hombre, lector amigo,
absorto a la sazón en el examen de algunos papeles llenos de números de
varios colores, es, para ti y para mí... (pero ¡cuidado con que se lo
cuentes a nadie!), Simón Cerojo; para la sociedad en que vive, _el señor
don Simón de los Peñascales_, y para la plaza mercantil en que figura en
primera línea, SIMÓN C. DE LOS PEÑASCALES. Aquella carpeta y aquel
gabinete son _su despacho_; y esas personas que trabajan silenciosas en
modestos atriles en el salón en que estamos, los dependientes de su
casa.

Pero aun hay más. Cuando don Simón suspende, dos veces al día, sus
tareas, sube al primer piso; y atravesando alfombradas estancias,
alfombradas, así como suena, entra en un gabinete lujosamente amueblado
también, y allí se cambia la bata por un elegante traje de calle; se
quita el gorro de la cabeza, en la cual ocasión puede vérsela coronada
por una calva nada aristocrática por cierto, y se pone el grave,
reluciente sombrero de copa. Antes de salir a la calle pasa a otro
gabinete frontero al suyo, con la aparatosa sala por medio; y allí
encuentra, ordinariamente solas, y rara vez con _visitas_, a una señora
tan gruesa como él, dura de semblante y rica aunque charramente vestida,
y a una joven como de veintidós años, ancha de hombros y caderas; bien
destacada de pecho; de ojos y cabellos negros como el azabache; de
blancos dientes y moreno cutis; bien proporcionada y airosa de talle, y
vestida con todo el rigor de la moda...; una buena moza en toda la
extensión de la palabra. Estas dos señoras son la esposa y la hija,
respectivamente, de don Simón; dícelas éste «adiós» desde la puerta, si
están solas, o saluda cumplidamente a las personas que las acompañan, y
sale en busca de sus amigos para dar el acostumbrado paseo. Si no se
trata de salir a la calle, sino simplemente de almorzar o de comer, usa
el mismo ceremonial, pero sin quitarse la bata ni el gorro; y cuando una
doncella avisa que está la sopa sobre la mesa, pasa la familia al
elegante comedor, y allí se hace servir una bien sazonada comida;
después de la cual, _echa_ don Simón una hora de siesta sobre la cama;
_descabeza_ el sueño su señora en una butaca, y medita, o lee, o mira
por los cristales a la calle la repolluda muchacha.

Y en este _tono_ todo lo demás inherente a la vida doméstica y social de
esta _respetabilísima_ familia.

       *       *       *       *       *

Amigo lector, me cargan las digresiones; pero hay casos en que no puede
prescindirse de ellas, y éste es uno de esos casos. Tú serías el primero
en negar la verosimilitud de esta última transformación del _abacero_ de
marras; y yo quiero que no se dude de la realidad de mis personajes,
sobre todo cuando escribo historia pura. Conque ármate de paciencia, y
escucha, que yo procuraré ser breve y hasta entretenido.




CAPÍTULO VII


Firme en sus manifestados propósitos de abandonar la villa tan pronto
como le fuera posible, Simón Cerojo, desde el día en que le oímos hablar
de ello con su mujer, se consagró exclusivamente a realizar, pero con
mucho pulso, sus existencias y créditos; indispensable tarea que le
ocupó algunos meses.

Cuando tuvo su caudal entero en el bolsillo, como quien dice, y después
de haber sacado a la vergüenza pública a algunos de sus deudores que más
le habían atormentado el amor propio; después, repito, de haber puesto
en evidencia ante la villa entera los apuros de unos y las perpetuas
trampas de otros, dejando, de este modo, encendida una guerra civil
entre muchas de aquellas encopetadas familias, tomó de su caudal una
pequeña parte, y se dijo:--Esto (el caudal) _para las alas_, y esto (el
pico) _para pintar__las_.--En seguida se metió con su familia y con su
tesoro en la diligencia, y se largó a Madrid; buena escuela, como él
decía, para tomar aire y tono que lucir después en la ciudad.

Ya en la corte, puso a su hija en un buen colegio, con promesa de no
sacarla de él mientras no estuviera completamente instruida en cuanto
podía saber la señorita más encopetada; y con este fin, pagó
rumbosamente, por adelantado, las estancias de un año, y prometió hacer
lo mismo en los sucesivos.

Libre de este cuidado, consagróse a recorrer con Juana paseos, teatros y
toda clase de espectáculos, estudiando aquí las exigencias de la moda, y
allá la manera de lucirlas. Pero su entretenimiento favorito era el
Congreso; y ya con su mujer, ya solo, rara era la sesión que él no
presenciara desde la tribuna pública.--No se habrá olvidado que Simón
era muy dado a la política y a la elocuencia.--Por eso buscaba allí una
buena escuela en que nutrir sus inclinaciones; no precisamente porque
esperase utilizarla algún día desde aquellos lujosos escaños, como padre
de la patria, sino porque _un buen decir_ le juzgaba él indispensable
para entrar con desembarazo en el terreno al cual pensaba trasplantarse
en breve.

Y como si la suerte se complaciera en allanarle todos los caminos que
emprendía, dale la corazonada de jugar un billete a la lotería, y le
_cae_, como quien nada dice, más de medio millón.

Este golpe inesperado le puso a pique de desbaratar sus maduros
proyectos, excitándole a darse por satisfecho de los mimos de la suerte,
y a quedarse a vivir de sus rentas en Madrid. Pero como en Simón había
algo ingénito que le obligaba a caminar siempre, aunque sin fijarse en
el punto de parada, desechó la tentación fundándose en que Madrid era
demasiado grande para que nadie reparara en un hombre como él; y él
quería, por más que no lo intentara en una forma concreta, descollar, un
poquito siquiera, sobre el común de las gentes que le rodearan.

Lo único que hizo, que no había pensado hacer al salir de la villa, fué
permanecer en Madrid cuatro meses en lugar de uno, y adquirir esos tres
grados más de civilización que lucir en la ciudad.

Cuando, tanto él como su mujer, creyeron bastante borrados en sus
personas los rastros de la taberna, tomó Simón letras sobre la capital
de su provincia; y bien provistos de ropa los baúles, salió con Juana de
Madrid, dejando muy recomendada a la niña en el colegio.

Su única pena al abandonar la corte fué el no haber podido encontrar en
ella a _su general_, que, sin duda, se hubiera alegrado al conocer la
rápida transformación ocurrida últimamente en la fortuna del humilde
asistente; pero _Su Excelencia_ había andado aquella vez más torpe que
de costumbre en el pronunciamiento que fraguaba para adquirir
honradamente el segundo entorchado; sorprendióle el Gobierno, y le
desterró a Filipinas, pocos días antes de llegar Simón a Madrid.

Calculen ustedes el efecto que causaría en una plaza mercantil de
segundo orden la aparición de un hombre que se anuncia con letras de
cambio, a cargo de las principales casas de comercio, por valor de
ochenta mil duros, pagaderos a tocateja. Excitada vivamente la pública
curiosidad, hablóse largamente del suceso, suponiéndose, no sin
fundamento racional, que persona que tales recursos traía _a la mano_,
mucho más debía de tener en reserva. Hubo quien, puesto ya el caso en el
terreno de las indagaciones, aseguró haber _oído algo_ muy parecido a lo
que el lector y yo sabemos de la historia de nuestro personaje; pero
como los nombres de uno y de otro no coincidían exactamente, y había
quien aseguraba muy formal que el recién llegado era un rico negociante
de Madrid que había trasladado su residencia, calló la murmuración y
tomósele de buena gana, a pesar de ciertos resabios de mal género que de
vez en cuando le asomaban, y sobre todo a su mujer, por un señor de
importancia, muy rumboso además y muy atento.... Y esto sí que era la
verdad pura.

Veamos ahora por qué no coincidían los nombres del Simón de la ciudad y
los del Simón de la aldea.

Observó éste, viviendo en la villa, que cuando su apellido Cerojo
(sinónimo de _ciruelo_ en el país) se pronunciaba recio en ciertas
solemnidades, causaba en el público un efecto desgraciadísimo; y
queriendo evitar en lo sucesivo los inconvenientes a que esta
circunstancia pudiera dar lugar, resolvióse, al salir de la villa, a
firmar en adelante con otro apellido que, sin dejar de ser de su
familia, fuera menos vulgar que el primero de los de su padre. Tarea
harto difícil, en verdad; pues al pasar revista, de memoria, a toda su
ascendencia por ambas líneas, se encontró con que ésta parecía formada
en un bosque virgen, según eran sus antepasados _Carrascas, Bardales,
Cajigas y Abedules_. Al cabo, entre lo más remoto de su progenie, halló
ciertos _Peñascales_ que le convinieron, pues sobre salirse este
apellido de la rutina forestal de los demás, amén de ser muy sonoro,
tenía sus ribetes de empingorotado. Pero no era cosa de prescindir
totalmente del que había usado hasta entonces, por más de una razón que
tuvo presente. Así es que, en sus propósitos de conciliario todo,
resolvióse a adoptar en adelante, para todo documento de carácter
particular y privado, la firma a secas de _Simón de los Peñascales_; y
para los que tuvieran relación con su vida pública, es decir, para
_nombre de guerra_, el más aparatoso de _Simón C. de los Peñascales_.

Como el ya _don_ Simón no conocía bien al pormenor el carácter de la
plaza mercantil en que se había establecido, dedicóse el primer año, y
mientras la estudiaba a fondo, a descuentos ventajosos y préstamos sobre
fincas; negocios que le proporcionaron cómodas y pingües utilidades. Al
siguiente, ya se matriculó como comerciante capitalista. Al tercero,
_botó_ dos barcos a la mar. Al cuarto, todo lo anterior, más dos
magníficas casas en construcción en lo mejorcito de la ciudad. Al
quinto, era su firma una de las más respetables de la plaza, y de las
más respetadas fuera de ella.

Entonces le avisaron de Madrid que su hija estaba al corriente de
cuantas materias de utilidad y adorno podían enseñarse a una joven de la
_buena sociedad_, y fué con su señora a recogerla. Mas en lugar de
volver directamente a casa, hicieron los tres un rodeo por París; y con
la disculpa de que el padre deseaba resarcir a su hija de la larga
reclusión en que la había tenido, estuvo la madre un invierno entero
_perfeccionando_ su civilización en la capital de Francia, escuela que
no desaprovechó el marido para tomar nuevas tinturas de _hombre del
día_.

De retorno de este viaje es cuando, verdaderamente, se ve darse a luz a
la familia de don Simón.

Éste, muy afecto siempre a estudiar en el libro de su experiencia,
recordando lo ocurrido en la villa con las intemperancias de su mujer,
trató de que, en lo posible, no se reprodujera en la ciudad. Y digo en
lo posible, porque demasiado conocía el ex tabernero que, a pesar de
todas las podaderas de la civilización, _doña_ Juana había de soltar las
bellotas en cuanto se la sacudiera un poco. Proponíase don Simón sacar
partido del caudal de nociones de cultura que indudablemente traería su
hija del colegio para dar a sus salones y a su señora cierta entonación
que doña Juana no podía prestarles, y tener siempre en la joven una
especie de tribunal de consulta para los casos de apuro.

Quiero decir que hasta la vuelta de París de toda la familia, no se
estableció ésta a la altura de sus recursos, ni don Simón consintió a su
mujer que abriese sus salones ni adquiriese otras visitas que las más
indispensables. Por supuesto que, así y todo, por debajo de los damascos
de la _gran dama_ asomó más de una vez el mandil de la taberna. Pero
¿qué se le había de hacer? En cambio, se declaró aquella casa, desde
entonces, el centro de la buena sociedad del pueblo; y a doña Juana se
le caía la baba de placer con las atenciones de que era objeto: sinceras
unas, es verdad, por tratarse de gentes no mucho más avisadas que ella,
e hijas otras de la diabólica intención de dar pábulo a las majaderías
de la encumbrada lugareña; pero interesadas todas, porque, al cabo, en
aquella casa se bailaba mucho y se cenaba bien, lo cual en ninguna parte
se desdeña en estos tiempos.

Felizmente, Julieta (no sé si he dicho antes de ahora que así se llamaba
la niña) era sumamente precoz en su desarrollo físico, y no atrasada en
el intelectual; de modo que su madre tuvo en ella, no sólo un auxiliar
activo, sino un prudente consejero para _hacer los honores_ de su casa
desde el momento en que ésta se declaró, como se ha indicado, centro del
_buen tono_ de la ciudad.

Y así fueron corriendo los años. Don Simón, acrecentando en cada uno
prodigiosamente su caudal, sin duda por aquello de «dinero llama
dinero»; doña Juana, sudando placer y vanidades por todos los poros de
su cuerpo, y Julieta transformándose en una arrogante moza,
desesperación de imberbes, codiciada de talludos y obsequiada de todos.

En esta época floreciente es cuando el carácter de don Simón _hace
crisis_; o mejor, cuando don Simón _entra en carácter_.

Ya no es hombre que ama las situaciones _eminentemente_ liberales
«porque en ellas cada uno puede hablar de cuanto le acomode, aunque no
lo entienda»; al contrario, es apasionado defensor de los gobiernos _de
orden_, que sin negar al tiempo las libertades que le corresponden,
sostengan a cada uno en su esfera, y no alimenten, en _ciertas clases,
insensatas ambiciones_. Odia toda suerte de tiranías; y por lo mismo,
no dejándose imponer de sus braceros y empleados, después de regatearles
cuarto a cuarto sus jornales, les paga _religiosamente_ lo convenido.
También es filántropo; y si no se le ve pródigo con los pobres que
llegan a su puerta, no es por falta de buen deseo, ni por sobra de
economía, sino porque no quiere alimentar vicios ni fomentar la
vagancia. Cree en el progreso moral de los pueblos; pero bajo la
dirección _paternal_ de los gobiernos, y con el esfuerzo... de los
años. En cuanto al progreso material, le protege rumbosamente; pero
alrededor de su casa, como, en su concepto, debe hacer todo ciudadano, a
fin de que el progreso llegue a sentirse y a palparse en todas
partes.--Ha comprado muchas tierras en su aldea, y las ha distribuido
entre sus antiguos convecinos... a renta; pero dispensando a éstos el
favor de no embargarles la manta de la cama cuando, por bien probada
necesidad, dejan de pagarle... un año; al segundo ya varía de conducta,
si el _abuso_ se repite; y esto, únicamente por respeto a su derecho, no
porque necesite para nada las míseras economías de aquellos pobres
campesinos. No ha reformado con una mala teja su antigua casita de la
plaza, ni ha vuelto a poner en ésta los pies; y se comprende en un
hombre de sus circunstancias; muerto el señor cura, don Justo, ¿qué otra
persona quedaba allí con quien «pudiera entenderse» él?

Por lo demás, continúa siendo el hombre dado a las grandes frases y al
aplomo en el decir, y no ha enriquecido su erudición ni reformado su
ortografía; pero aquélla no la necesita en la vida que trae, ni ésta le
es indispensable, dictando, como dicta, hasta su correspondencia
particular. Y en cuanto a sus peroraciones frecuentes, ¡vayan ustedes a
conocer que aquellas palabras _culminantes_ de su oratoria, que son su
delicia, las escribe con _q_!

Lejos de perjudicarle esto en su importancia, todo el mundo se la
concede para todo; así es que, al creer lo que afirma la opinión
pública, don Simón es _una gran persona_, es decir, prudente en el
consejo, elocuente en emitirle, rico de hacienda, honra del comercio,
provecho de la ciudad, benemérito patricio, y cuanto ustedes quieran.
Añádase a esto que sonríe muy poco, y que jamás se ríe; que se afeita
todos los días, y gasta una ropa muy fina y muy holgada; muy destacados
el pecho, los cuellos y los puños de su camisa, y muy abarquilladas las
alas del sombrero; añádanse, digo, estas gravísimas circunstancias, y se
comprenderá mejor por qué don Simón ha llegado a ser, en la región que
habita, el hombre indispensable: indispensable en las juntas,
indispensable en las comisiones de dentro y fuera, e indispensable en el
Municipio, que ya no sabe qué hacerse si él no lo preside.

Don Simón, pues, es ya todo UN HOMBRE DE PRO; y para que nada le falte,
hasta tiene la conciencia de su importancia.

Y la tiene, no porque se 

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