Las inquietudes de Shanti Andia
by Pío Baroja · Spanish · Gutenberg #12848 · 509,749 chars · public domain (US)
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Title: Las inquietudes de Shanti Andia
Author: Pío Baroja
Release date: July 8, 2004 [eBook #12848]
Most recently updated: October 28, 2024
Language: Spanish
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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK LAS INQUIETUDES DE SHANTI ANDIA ***
PÍO BAROJA
EL MAR
#Las inquietudes de Shanti Andía#
NOVELA
(#Ilustraciones de R. Zubiaurre y R. Baroja#)
[Ilustración]
1920
INDICE
LIBRO PRIMERO
INFANCIA
I.--Shanti se disculpa II.--El mar antiguo III.--Tengo que hablar de mí
mismo IV.--La casa de mi abuela V.--La tía Úrsula VI.--Lope de Aguirre,
el traidor VII.--El funeral de mi tío Juan VIII.--Correrías de chico
IX.--Yurrumendi, el fantástico X.--Las indignaciones de Shacu XI.--El
naufragio del «Stella Maris» XII.--Nuestra gran aventura XIII.--La gruta
del Izarra
LIBRO SEGUNDO
JUVENTUD
I.--Mis primeros viajes II.--Historia de la «Bella Vizcaína»
III.--Dolores de vanidad IV.--La palmera y el pino V.--Nuevas fatigas de
amor VI.--Grandeza y miseria VII.--El paradero de Juan de Aguirre
LIBRO TERCERO
LA VUELTA AL HOGARO
I.--La herida II.--Lúzaro y su formación III.--La tertulia de la
relojería IV.--La playa de las Ánimas V.--Frayburu VI.--Bisusalde
VII.--El recado VIII.--Urbistondo y su familia IX.--El devocionario de
Allen X.--La cueva de la serpiente
LIBRO CUARTO
LA URCA HOLANDESA, «EL DRAGÓN»
I.--El capitán de la «Dama Zuri» II.--NARRACIÓN DE ITCHASO.--Los dos
caminos del marino III.--El capitán Zaldumbide IV.--De otras personas
distinguidas que formaban la tripulación de «El Dragón» V.--Los dos
Tristanes VI.--La sublevación VII.--Por el Pacífico
LIBRO QUINTO
JUAN MACHÍN, EL MINERO
I.--Mala noticia II.--Días felices III.--Una noche en Frayburu
IV.--Ardides de guerra V.--La tempestad VI.--Una canción pesada
VII.--Machín desaparece
LIBRO SEXTO
LA SHELE
I.--Habla el médico viejo II.--La confesión III.--La venta de la ternera
IV.--El final de la Shele
LIBRO SÉPTIMO
EL MANUSCRITO DE JUAN DE AGUIRRE
I.--Resolución desesperada II.--De negrero III.--El pontón IV.--La
evasión V.--A la deriva VI.--La casa hospitalaria VII.--El odio estalla
VIII.--Patricio Allen y el tesoro de Zaldumbide
EPÍLOGO
LIBRO PRIMERO
INFANCIA
I
SHANTI SE DISCULPA
Las condiciones en que se desliza la vida actual hacen a la mayoría de
la gente opaca y sin interés. Hoy, a casi nadie le ocurre algo digno de
ser contado. La generalidad de los hombres nadamos en el océano de la
vulgaridad. Ni nuestros amores, ni nuestras aventuras, ni nuestros
pensamientos tienen bastante interés para ser comunicados a los demás, a
no ser que se exageren y se transformen. La sociedad va uniformando la
vida, las ideas, las aspiraciones de todos.
Yo, en cierta época de mi existencia, he pasado por algunos momentos
difíciles, y el recordarlos, sin duda, despertó en mí la gana de
escribir. El ver mis recuerdos fijados en el papel me daba la impresión
de hallarse escritos por otro, y este desdoblamiento de mi persona en
narrador y lector me indujo a continuar.
No tenía la menor intención de dar mis cuartillas a la imprenta; pero,
cuando salió _El Correo de Lúzaro_, todos los amigos me instaron para
que publicase mis memorias en el periódico.
Debía colaborar en la cultura de la ciudad. Yo era uno de los puntales
de la civilización luzarense. Nos reímos en casa un poco de estos
elogios y comencé a publicar mi diario en _El Correo de Lúzaro_ y a
pagar periódicamente las facturas de la imprenta.
Estuve ausente de Lúzaro una semana para llevar mi segundo hijo al
colegio, y al volver de mi viaje me encontré con que _El Correo_ había
pasado a mejor vida, y mis memorias quedaban colgadas en lo que yo
consideraba más interesante. A pesar del interés supuesto por mí, nadie
se ocupó de saber su continuación, lo cual sirvió para mortificar
bastante mi amor propio de literato.
Ahora, mi amigo Cincunegui se ha empeñado en que publique mi diario
íntegro. Lúzaro necesita un grande hombre; le es preciso tener una
figura presentable ante los ojos del mundo. Desde la muerte de don Blas
de Artola, el teniente de navío retirado, la plaza de hombre ilustre
está vacante en nuestro pueblo. Cincunegui excita mis sentimientos
ambiciosos, quiere mi encumbramiento, mi exaltación; según él, no puedo
dejar a mis paisanos en la orfandad en que se hallan; debo llegar al
pináculo de la gloria.
[Ilustración]
A mí, la verdad, la gloria no me entusiasma. La gloria no es para los
países lluviosos; tener una estatua a orillas del Mediterráneo, en una
ciudad de Andalucía, de Valencia o de Italia, está bien; ¿pero qué voy a
hacer yo si en premio de este libro me levantan una estatua en Lúzaro?
¿Estar recibiendo constantemente la lluvia en la espalda?
No, no; soy muy reumático, y ni aun en efigie me gustaría estar asi a la
intemperie.
¿Habrá que decir a mis lectores que no tengo pretensión literaria
alguna? Ellos lo verán si hojean, aunque sea distraídamente, las páginas
de mi libro. Estas cuartillas están escritas en distintas épocas de mi
vida y con diferentes estados de ánimo. El sentimiento ha sido sincero;
la forma, seguramente, poco hábil. Mi público creo que no me reprochará
mi falta de atildamiento. Más que para los jóvenes críticos del casino
de Lúzaro, escribo para mis amigos del Guezurrechape de Cay luce (El
mentidero del Muelle largo).
Soy un marino poco culto, un rudo marino, como dicen en los folletines y
melodramas, y de mí no hay que esperar los perfiles literarios de un
profesor de retórica.
II
EL MAR ANTIGUO
He tenido fama de indolente y optimista, de indiferente y apático. Basta
poseer una reputación cualquiera, buena o mala, para que las personas
conocidas por uno vayan poniendo su piedra en el monumento de valor o de
cobardía, de ingenio o de brutalidad, asignado a cada uno.
Esta colaboración espontánea adorna los grandes hechos y los grandes
caracteres. El uno insinúa: «Podría ser»; el otro añade: «Se dice»; un
tercero agrega: «Ocurrió asi», y el último asegura: «Lo he visto....» De
este modo se va formando la historia, que es el folletín de las personas
serias.
Según la gente de mi pueblo, la indolencia mía ha sido de esas
extraordinarias: borrascas, tempestades, rayos, truenos, nada ha logrado
sacarme de mi pasividad habitual.
Se han inventado anécdotas acerca de mi frialdad y de mi indiferencia.
Una vez, un juramentado de Filipinas vino a mí, con el yatagán
levantado, a cortarme la cabeza; yo le miré y bostecé de fastidio.
Es indudable que el fondo mío de pereza, de indolencia, ha dado pábulo a
estas historias, no lo niego; lo inaudito para mis panegiristas o para
mis detractores sería si oyeran que con frecuencia me lamento de mi
manera de ser. ¿De no tener mayor actividad? ¿De no tener más espíritu
de empresa?
No, de todo lo contrario. Ciertamente es una demostración de mi
naturaleza cínica e inmoral; pero la verdad ante todo.
La mayoría de los hombres se sienten muy orgullosos de su constancia, de
la permanencia de sus propósitos. Son consecuentes como el acero de una
brújula rota o enmohecida, y esto les parece una gran virtud.
Saben adónde van, de dónde vienen. Cada paso en el camino de la vida lo
llevan contado y calculado.
Si les escuchamos, nos dirán: «No nos detengamos a contemplar el mar o
las estrellas; no hay que distraerse. El camino espera. Corremos el
peligro de no llegar al fin».
¡El fin! ¡Qué ilusión! No hay fin en la vida. El fin es un punto en el
espacio y en el tiempo, no más trascendental que el punto precedente o
el siguiente.
Debe ser grande el asombro de esos hombres discretos, previsores y
sensatos, al ver a muchos que, sin preocuparse gran cosa por las
revueltas del camino, van llevados en alas de la suerte por iguales
derroteros que ellos, y que tienen, ¡los insensatos!, además de la
satisfacción de conseguir un fin, cuando lo consiguen, el placer de
mirar a un lado y a otro de su ruta y de ver cómo sale el sol y se pone
el sol, y cómo brotan las estrellas en el cielo de las noches serenas.
[Ilustración]
La preocupación por conseguir un fin nos intranquiliza a todos los
hombres, aun a los más desaprensivos, aun a los más indolentes, y yo,
por mi parte, hubiera deseado vivir todavía más en cada hora, en cada
minuto, sin la nostalgia del pasado ni la ansiedad por el porvenir.
Este deseo es consecuencia de mi fondo de epicurismo y de la decantada
indolencia que tanto me han reprochado, y que, sin duda, desarrolla y
exagera la vida del marino.
Realmente, el mar nos aniquila y nos consume, agota nuestra fantasía y
nuestra voluntad. Su infinita monotonía, sus infinitos cambios, su
soledad inmensa nos arrastran a la contemplación.
Esas olas verdes, mansas, esas espumas blanquecinas donde se mece
nuestra pupila, van como rozando nuestra alma, desgastando nuestra
personalidad, hasta hacerla puramente contemplativa, hasta identificarla
con la Naturaleza.
Queremos comprender al mar, y no le comprendemos; queremos hallarle una
razón, y no se la hallamos. Es un monstruo, una esfinge incomprensible;
muerto es el laboratorio de la vida, inerte es la representación de la
constante inquietud. Muchas veces sospechamos si habrá en él escondido
algo como una lección; en momentos se figura uno haber descifrado su
misterio; en otros, se nos escapa su enseñanza y se pierde en el reflejo
de las olas y en el silbido del viento.
Todos, sin saber por qué, suponemos al mar mujer, todos le dotamos de
una personalidad instintiva y cambiante, enigmática y pérfida.
En la Naturaleza, en los árboles y en las plantas hay una vaga sombra de
justicia y de bondad; en el mar, no: el mar nos sonríe, nos acaricia,
nos amenaza, nos aplasta caprichosamente.
Si a uno le coge mozo como a mí, le moldea de una manera definitiva, le
hace marino para siempre; al que de niño se entrega a su poder con el
alma cándida, con la inteligencia virgen, le convierte en su esclavo.
Para el pescador, para el hombre ignorante y sencillo que no puede
apoyar sus ideas en las bases de la ciencia, el mar es un tirano, le
engaña, le adula, le seduce, le ahoga. Para el pobre marinero, el mar es
el _summum_ del interés, del encanto, de la variedad. Esos trabajadores
míseros cuya vida es una continua lucha y un esfuerzo titánico y
desproporcionado, son muchas veces felices, y el mar, su enemigo, el
mar, el monstruo incomprensible, llena su existencia y hace su
felicidad.
Para nosotros los marinos de altura, el mar es principalmente una ruta,
es casi exclusivamente un camino. ¡Pero qué camino!
Yo no olvidaré nunca la primera vez que atravesé el Océano. Todavía el
barco de vela dominaba el mundo.
¡Qué época aquélla! Yo no digo que el mar entonces fuera mejor, no; pero
sí más poético, más misterioso, más desconocido.
Hoy, el mar se industrializa por momentos; el marino, en su barco de
hierro, sabe cuánto anda, cuándo va a parar; tiene los días, las horas
contadas...; entonces, no; se iba llevando la casualidad, la buena
suerte, el viento favorable.
En aquel tiempo, todavía el mundo estaba mal conocido, todavía había
derroteros tradicionales y una inmensidad de Océano en blanco jamás
visitado por el hombre. Como el caminante en el desierto sigue las
huellas de otro, el marino en alta mar sigue la derrota de los antiguos
nautas. Así, los que se dirigían al Cabo de Buena Esperanza, al llegar a
las islas de Cabo Verde marchaban al Brasil, obedientes a la rutina y al
viento, y atravesaban el Atlántico de nuevo.
Entonces, en la mayoría de los buques se deducía la situación más por
conjeturas que por cálculos; los instrumentos de navegación empleados
por la generalidad de los marinos tenían errores de grados enteros.
Claro que en Londres y en Liverpool había ya admirables sextantes y
círculos de reflexión; pero muchos capitanes no sabían usarlos y
navegaban a la antigua.
La variedad de formas y de aparejos era extraordinaria. Todavía se veían
en los puertos, alternando con los bergantines y las fragatas vulgares,
las carabelas turcas, las saicas greco-romanas, las polacras venecianas,
las urcas de Holanda, los síndalos tunecinos y las galeotas toscanas.
Todavía en el mundo había piratas, todavía había negreros, males todos
¿quién lo duda?, peligros que obligaban al marino a tomar ante los
hechos una actitud gallarda. Todos estos riesgos exaltaban la
imaginación, aumentaban el valor, daban el pensamiento de luchar contra
el mal y de vencerlo.
A la gran barbarie del mar correspondía la barbarie de su servidor el
marino; a la brutalidad del elemento salobre, la brutalidad humana. En
aquella época, un marino volvía a su rincón con un anillo en la oreja,
una pulsera en la muñeca y una cacatúa o una mona en el hombro.
Un marino, entonces, era algo extrasocial, casi extrahumano; un marino
era un ser para quien la moral ofrecía otros aspectos que para los demás
mortales.
--Te preguntarán cuánto has hecho--decían los padres a sus hijos, que se
lanzaban a la aventura--, no cómo lo has hecho.
Y los hijos se hundían en los abismos de la vida intensa, sin
preocupaciones ni escrúpulos. La madre casualidad los llevaba por sus
ignorados derroteros; el Destino, en su misterioso molde, vaciaba esta
humanidad y sacaba intrépidos mareantes o feroces negreros, exploradores
audaces o vendedores de chinos.
Para aquellos hombres, la moral era una cuestión de paralelo. El mar era
el más grande escenario de los crímenes y violencias de los hombres.
Hoy, el mar ha cambiado, y ha cambiado el barco, y ha cambiado también
el marino. De aquellas airosas arboladuras que tanto nos entusiasmaban,
no quedan más que esos palos cortos para sostener los vástagos de las
poleas; de aquellas maniobras complicadas, nada se conserva.
Antes, el barco de vela era una creación divina, como una religión o
como un poema; hoy, el barco de vapor es algo continuamente cambiante
como la ciencia ... una maquinaria en eterna transformación.
Antes, el capitán era un personaje sabio, un tirano de un poder
inaudito, un hombre que tenía que bastarse a sí mismo; hoy es un
especialista injerto en un burócrata.
Hoy, es la máquina la impulsadora del barco, algo exacto, matemático,
medido; antes, era el viento, algo caprichoso, impalpable, fuera de
nosotros. «Llevamos el Ángel de la Guarda en la lona de nuestras velas»,
me decía don Ciriaco, un viejo capitán de fragata muy inteligente y muy
romántico; «llevamos la fuerza en nuestra carbonera», puede decir el
capitán de hoy.
El carbón, ese dios modesto, pero útil, ha reemplazado las alas del
poético Ángel de la Guarda que llevábamos en nuestras velas, y ha
cambiado las condiciones del mar.
Antes, el mar era nuestra divinidad, era la reina endiosada y
caprichosa, altiva y cruel; hoy es la mujer a quien hemos hecho nuestra
esclava.
Nosotros, marinos viejos, marinos galantes, la celebrábamos de reina y
no la admiramos de esclava.
Seguramente, no; el mar entonces no era tan bueno como hoy, ni tan
pacífico; pero sí más hermoso, más pintoresco, un poco más joven. La
belleza del mundo y del mar dependía en gran parte de su rutina y de su
inmovilidad.
El mapa espiritual del universo de aquella época era como un plano de
diferentes colores, en donde se apreciaban no sólo las entonaciones
fuertes, sino los más ligeros matices.
Hoy, estos matices se pierden; el mundo lleva el camino de confundir y
borrar sus colores. Hoy, un japonés es un señor civilizado vestido a la
europea; un polinesio va como turista a la Meca, en un magnífico
paquebot de quince mil toneladas. La musa del progreso es la rapidez: lo
que no es rápido está condenado a morir.
Todo ello es mejor, ¿quién lo duda? Indica más civilización; pero para
el que todavía conserva en la retina el recuerdo del mar antiguo, para
ése, la confusión moderna es un espectáculo lamentable.
* * * * *
¡Oh, gallardas arboladuras, velas blancas, fragatas airosas con su proa
levantada y su mascarón en el tajamar! ¡Redondas urcas, veleros
bergantines! ¡Qué pena me da el pensar que vais a desaparecer! ¡Amable
sirena, que te levantabas sobre las olas azules para mirarnos con tus
ojos verdes, ya no te verán más!
¡Oh, días de calma! ¡Oh, momentos de indolencia!
¡Cuántas horas no habré pasado en la hamaca contemplando el mar, claro o
tempestuoso, verde o azul, rojo en el crepúsculo, plateado a luz de la
luna y lleno de misterio bajo el cielo cuajado de estrellas!
III
TENGO QUE HABLAR DE MÍ MISMO
Tengo que hablar de mí mismo: en unas memorias es inevitable. Además de
mi apatía e indolencia, exagerada un tanto por mis convecinos los
luzarenses para presentarme como un tipo estrambótico, soy un
sentimental y un contemplativo.
Me gusta mirar, tengo la avidez en los ojos; me quedaría contemplando
horas y horas el pasar una nube o el correr una fuente. Quizá viviendo
en tierra se hubiera desarrollado en mí el sentido musical, como en
muchos de mis paisanos; en el mar se ha ampliado, se ha alargado mi
sentido óptico.
Muchas veces me he figurado ser únicamente dos pupilas, algo como un
espejo o una cámara obscura para reflejar la Naturaleza.
Soy, además, al decir de mi familia, un tanto novelero, un tanto curioso
y amigo de novedades. Pero, ¿qué es la curiosidad--digo yo para
defenderme--sino el deseo de saber, de comprender lo que se ignora?
A mí me gusta ver; y si hay una molestia o un peligro para satisfacer mi
curiosidad, no tengo inconveniente en afrontarlo.
Soy también patriota a mi modo, sin sentido tradicional alguno. No
conozco la historia de España, y realmente no me preocupa gran cosa. Si
me preguntaran quién fué Wamba o Atanagildo, me vería en un gran
aprieto; pero, a pesar de no conocer nada o casi nada la historia de mi
país, cuando después de un largo viaje he visto desde lejos la costa de
España, he sentido siempre una gran impresión.
El recuerdo de la patria, y sobre todo de Lúzaro, de este rincón de la
costa vasca donde he nacido y donde vivo, ha estado siempre presente en
mi espíritu. No lo considero como un mérito; no tengo esa tendencia
exclusivista de las gentes mi pueblo. La tierra para el labrador, el mar
para el marino. Discutir si esto es mejor que aquello, me parece una
tontería.
Lúzaro me gusta; pero el haber nacido en él, y el que mi familia haya
vivido aquí muchos años, no creo constituya ninguna superioridad.
Pienso lo mismo que un masón a quien conocí en Liverpool. Este masón
había llegado al grado treinta y tres, o cuarenta y tres, no sé a cuál;
pero al más alto de todos. Los días de fiesta, el hombre se ponía el
frac, un mandil y una porción de placas y triángulos, se marchaba a la
logia y volvía perfectamente borracho. En la casa todo el mundo le
admiraba, y el buen señor, que era muy ingenuo, me decía:
--Mi padre me hizo ingresar en la logia a los catorce años; tengo
sesenta y cinco y he llegado al último grado. La gente le encuentra a
esto mucho mérito, pero yo, la verdad, no le encuentro ninguno.
Era un hombre sencillo el honrado masón.
Lo mismo que aquel albañil de la albañilería celeste, me sucede a mí con
el mérito de mi familia de haber vivido mucho tiempo en Lúzaro. Esto no
es obstáculo para que me encuentre en mi pueblo como en ningún otro.
Muchas veces, en mi camarote, navegando por el Atlántico o por el mar de
las Indias, al pensar en Lúzaro sentía el recuerdo intenso de un monte,
de una peña, de un hayal. Veía con la imaginación levantarse Lúzaro
sobre el mar, con el río que penetra por su flanco, y veía los montes a
un lado y a otro llenos de maizales y de robles.
Entonces me gustaba cantar, en voz baja, zortzicos y sones de tamboril,
y, al oírmelos a mí mismo, creía andar por las callejuelas de mi pueblo,
oler el olor del heno, contemplar las rocas del Izarra azotadas por el
mar, y el cielo azul pálido surcado por nubes blancas.
Se comprende mi entusiasmo por Lúzaro; soy de aquí, y de aquí es toda mi
familia. Además, mi vida se puede clasificar en dos períodos: uno el
pasado en Lúzaro, en el cual me han ocurrido los hechos más
trascendentales y más agradables de mi existencia; otro, el del mar, en
que no me ha sucedido nada, por lo menos nada bueno, y en que he vivido
con el corazón frío y la retina impresionada.
Mi familia ha sido de Lúzaro, y ha sido de marinos. Sobre todo, por
parte de mi madre, por los Aguirres, la genealogía marítima es abundante
e inacabable.
Mi padre, Damián de Andía, fué también capitán de barco. Murió en el
mar, en el Canal de la Mancha. Una noche, cerca del Finisterre inglés,
naufragó la corbeta que mandaba, la _Mary-Rose_; sólo un marino pudo
salvarse.
[Ilustración]
A pesar de que yo era muy niño, recuerdo bastante bien a mi padre. Era
un tipo indiferente y algo burlón; tenía la cara expresiva, los ojos
grises, la nariz aguileña, la barba recortada; por mis informes debía
ser un tipo parecido a mí, con el mismo fondo de pereza y de tedio
marineros; ahora, que no era triste; por el contrario, tenía una fuerte
tendencia a la sátira. Sentía una gran estimación por las gentes del
Norte, noruegos y dinamarqueses, con quienes había convivido; hablaba
bien el inglés, era muy liberal y se reía de las mujeres.
Parecía haber nacido para burlarse de todo y para encogerse de hombros;
pero su sátira no encerraba veneno; se reía sin amargura y sin pena.
Era de estos vascos que dejan todo su lastre de intolerancia y de
fanatismo al pisar el primer barco. Había echado la sonda en la sima de
la estupidez y de la maldad humanas y sabía a qué atenerse.
Mi abuela no se entendía bien con él y arrastraba a su hija, a mi madre,
a ponerse en contra de su marido. Sin duda el instinto de suegra le
cegaba. Él cedía, riendo, y mi abuela rabiaba.
Cuando mi padre llegaba a Lúzaro se reunía con otros pilotos, marineros
y pescadores, y charlaba con ellos, y algunas veces cantaba y
alborotaba, en su compañía, por las calles.
Todos los que le conocieron me han asegurado que era un hombre de gran
corazón. He sentido siempre una gran pena por no haberle llegado a
conocer. Hubiéramos sido buenos amigos.
Mi abuela, doña Celestina de Aguirre, no quería a mi padre; después de
pasados muchos años la he oído hablar en contra de él. Es muy triste que
el rencor de las personas alcance hasta los muertos; pero, ¿quién no
tiene algo de podrido en el alma?
Los motivos de mi abuela para no querer a mi padre eran un tanto
lejanos. Mi padre había nacido en Elguea, pueblo rival de Lúzaro. Para
mi abuela, las tres millas y media de costa que hay entre Lúzaro y
Elguea separan dos mundos aparte: la seriedad de los de Lúzaro, de la
petulancia, volubilidad y fatuidad de los de Elguea.
Otra causa de enemistad de doña Celestina para su yerno, provenía de ser
mi abuela paterna hija de un quincallero suizo, establecido en Elguea.
Doña Celestina había conocido a la hija del quincallero, en su juventud,
cuando las dos eran solteras, y parece que se desarrolló entre ellas una
gran antipatía.
Para doña Celestina, la sangre del quincallero suizo me ha perdido; el
bazar, con sus aros y sus pelotas de goma, ha perturbado la marcha del
severo barco con sus velas y sus anclas. Mi abuela me dijo muchas veces,
de chico, que yo salía a mi padre. Entonces no podía comprender bien la
terrible acusación encerrada en esta semejanza.
Mi abuela tuvo siempre grandes ambiciones escondidas, el orgullo del
nombre, y un amor extraordinario por su abolengo. Para ella, la familia
de los Aguirres constituía lo más selecto de la raza, y la profesión de
marino, por ser la más frecuente entre los de su estirpe, era
aristocrática y distinguida por excelencia.
Doña Celestina, en su fuero interno, debía suponer que las demás
familias de Lúzaro, exceptuando dos o tres, habían nacido, como los
hongos, entre la hierba, o que quizá sus individuos estaban modelados
con el fango del río.
No era fácil convencer a mi orgullosa abuela de que no tenía
precisamente una gran trascendencia para el mundo el que un Aguirre
apareciera o no apareciera en Lúzaro en el siglo xv. A doña Celestina le
parecía todo cuanto se refiriese a los Aguirres de una capital
importancia, y no sentía ningún escrúpulo en mentir, si era para mayor
gloria de su familia.
De vivir hoy, ¡cómo se hubiera indignado la buena señora con las ideas
del médico joven que tenemos en Lúzaro! Este médico es hijo de un
camarada de mi infancia, del piloto José Mari Recalde.
Nuestro joven doctor se entretiene ahora en medir cráneos; se ha metido
en el osario del Camposanto, y allí anda, ayudado por el enterrador,
llenando de perdigones las venerables calaveras de nuestros antepasados,
pesándolas y haciendo con ellas una porción de diabluras.
Recalde tiene talento, ha estado en Alemania y sabe mucho; pero yo, la
verdad, no creo gran cosa en sus afirmaciones.
Según él, en la raza blanca no hay más que dos tipos: el cabeza redonda
y el cabeza larga: Caín y Abel.
El cabeza redonda, Caín, es violento, orgulloso, inquieto, sombrío,
minero, aficionado a la música; el cabeza larga, Abel, es tranquilo,
plácido, inteligente, agricultor, matemático, hombre de ciencia. Caín es
salvaje, Abel, civilizado; Caín es religioso, fanático, reaccionario,
adorador de dioses; Abel es observador, progresivo, no le gusta adorar y
estudia y contempla.
Para Recalde, yo soy todo lo contrario de lo que era para mi abuela.
Según el doctor, la sangre de los Aguirres me ha estropeado; sin la
nefasta influencia de esa raza violenta de Caínes de cabeza redonda, yo
hubiera sido un hombre de un tipo admirable; pero esa sangre inquieta se
ha cruzado en mi camino.
--Usted--me suele decir Recalde--es uno de los tipos verdaderamente
europeos que tenemos en Lúzaro. Su abuelo, el suizo, debía ser un
dolicocéfalo rubio, un germano puro sin mezcla de celta ni de hombre
alpino. Los Andías son de lo mejor de Elguea, del tipo ibérico más
selecto. ¡Lástima que se cruzaran con esos Aguirres de cabeza redonda!
--No te preocupes por eso--le suelo decir yo, riendo.
--¡No me he de preocupar!--replica él--. Si usted fuera uno de esos
bárbaros de cabeza redonda como mi padre, por ejemplo, yo no le diría a
usted nada; pero como no lo es, le recomiendo que tenga usted cuidado
con sus hijos y con sus hijas: no les permita usted que se casen con
individuos de cabeza redonda.
Verdaderamente sería el colmo de lo cómico impedir a un hijo que se
casara con una buena muchacha por tener la cabeza redonda; pero no sería
menos cómico oponerse a un matrimonio porque el abuelo del novio o de la
novia hubiese sido en su tiempo zapatero o quincallero. En estas
cuestiones, los jóvenes suelen tener mejor sentido que los viejos,
porque no atienden más que a sus sentimientos.
Contaba una criada de mi casa, la _Iñure_, que un indiano rico de su
pueblo, ex negrero, que estaba muy incomodado porque su hijo quería
casarse con una muchacha pobre, hizo a la chica esta advertencia:
--Yo, como tú, no me casaría con mi hijo. Ten en cuenta que yo he sido
negrero y que en mi familia ha habido dos personas que fueron ahorcadas.
--Eso no importa--contestó la muchacha--. Gracias a Dios, en mi familia
ha habido también muchos ahorcados.
Realmente, esta muchacha discurría muy bien.
IV
LA CASA DE MI ABUELA
Mi madre y yo vivíamos en una casa solitaria, a un cuarto de hora del
pueblo, al lado de la carretera. El sitio era alto, claro, abierto y
despejado.
La casa tenía balcones a tres fachadas. Desde allí dominábamos toda la
ciudad, el puerto hasta la punta de la atalaya, y el mar. Veíamos, a lo
lejos, las lanchas cuando entraban y salían, y por delante de nuestra
casa pasaba la diligencia de Elguea, que se detenía en la fonda próxima.
En el mirador central de esta casita nuestra, transcurrieron los
primeros años de mi infancia.
Los días de temporal, más que una casa, parecía aquello un barco; las
puertas y ventanas golpeaban con furia, el viento se lamentaba por las
rendijas y chimeneas, gimiendo de una manera fantástica, y las ráfagas
de lluvia azotaban furiosamente los cristales.
En la casa vivíamos tres personas: mi madre y yo, y la vieja que había
sido nodriza de mi madre, a quien llamábamos la _Iñure_. Me parece que
estoy viendo a esta vieja. Era flaca, acartonada, la boca sin dientes,
la cara llena de arrugas, los ojos pequeños y vivos. Vestía siempre de
negro, con pañuelo del mismo color en la cabeza, atado con las puntas
hacia arriba, como es uso entre las viudas del país.
No creo que la _Iñure_ llegase a decir dos palabras seguidas en
castellano; pero, en cambio, se expresaba en vascuence con una rapidez
vertiginosa, en tono de persona que reza.
La _Iñure_ tenía una hermana, la Joshepa Iñashi, que era, al mismo
tiempo, cerora de la iglesia y mujer del sacristán. La Joshepa Iñashi
vivía en una casa antigua y negra, próxima a la parroquia y dependiente
de ésta. Como el sacristán era un simple, la cerora disponía lo que
había de hacerse en los altares y color de las casullas. Constantemente
estaba consultando el añalejo. Cuando yo iba a casa de la Joshepa
Iñashi, con la _Iñure_, solíamos meternos en la cocina y hacíamos
hostias pequeñas y grandes, echando un poco de harina y agua en una
plancha y calentándola al fuego.
Mi madre se pasaba casi todo el día con mi abuela; pero no quería ir a
vivir con ella, conociendo de sobra el carácter dominador y absorbente
de doña Celestina.
[Ilustración]
La casa de mi abuela se llamaba Aguirreche, en vascuence, Casa de
Aguirre, y era, y sigue siendo, de las mejores del pueblo.
Tenía el aspecto severo de esos antiguos caserones de piedra del país
vasco: el color negro, el tejado muy saliente, una fila de balcones muy
espaciados, con los hierros llenos de florones y adornos; encima unas
pequeñas ventanas, y un escudo grande en el chaflán.
La casa se hallaba incrustada entre casuchas negras, en la parte más
baja de Lúzaro, rodeada de callejuelas tortuosas y húmedas.
En aquella época en que vivía mi abuela, solía verse Aguirreche casi
siempre cerrada, lo que producía una impresión de tristeza, mitigada un
tanto por las muchas flores que resplandecían en los balcones.
Entrando, se experimentaba una sensación de ahogo y de lobreguez. El
zaguán, pintado de azul, era obscuro, con las paredes desconchadas y
salitrosas; la escalera, de castaño, torcida y apolillada; en el rellano
principal, dentro de una hornacina, brillaba una virgen pintada en
tabla, dorada y estofada.
La casa de mi abuela tenía muchos cuartos con puertas de cuarterones,
que nunca se abrían. Estos cuartos, de paredes encaladas, con las vigas
del techo al descubierto y el piso con grandes tablas obscuras, ya
combadas por el tiempo, estaban vacíos.
Mi abuela y mi tía Úrsula se hallaban poseídas por la manía de poner el
suelo brillante, y las dos, y una muchacha, solían estar encerándolo y
frotándolo hasta dejarlo como un espejo.
En la sala, síntesis y recapitulación de lo más selecto de Aguirreche,
el lustre era ya sagrado. Aquel cuarto podía llamarse el altar de la
familia; nada gozaba del honor de encontrarse allí si no tenía historia;
las sillas de damasco rojo, los dos o tres veladores de laca, el espejo,
el cuadro con la ejecutoria de los Aguirres, el arca.... De cada cosa de
éstas, mi abuela, o mi tía Úrsula, podían hablar media hora.
Del techo de aquella sala colgaba una fragata de marfil y de ébano, con
todos sus palos, sus velas y sus cañones correspondientes.
En el sitio de honor, encima del sofá, se veía un dibujo iluminado.
Representaba un barco luchando con las olas en medio de un temporal; el
capitán aparecía atado al palo mayor, dando órdenes, y sobre el mar
embravecido se veían tablas y cubas. El barco éste era _La Constancia_,
fragata que mandó, durante mucho tiempo, el padre de mi abuela.
El dibujo tenía al pie esta inscripción:
«La fragata española _La Constancia_, al mando de su capitán don Blas de
Aguirre, al amanecer del día 3 de febrero de 1793, en el meridiano de la
isla Rodrigo, atormentada con mares gruesas del nordeste y sudeste,
corriendo un huracán en su viaje de Manila a Cádiz, en el que perdió
todos los gallineros de la toldilla, vasijería, cubas y varias tablas de
obra muerta.
Pintado por _Ant.° de Iturrizar_.
Yo me figuraba antes, recordando las exageraciones de mi abuela, que
este cuadro tendría algún valor; pero después he visto que es un grabado
de la época, en el cual se ponía al pie una leyenda explicativa, y
servía a los marinos vascos de ex voto para llevarlo a la iglesia de
Begoña, a la Virgen de Guadalupe o a Nuestra Señora de Iciar.
[Ilustración]
A los lados de _La Constancia_ se veían dos grabados en color, con sus
respectivas leyendas: «Navío de línea, español, visto a proa de la amura
de sotavento, en facha y saludando», decía en uno; en el otro: «Navío
español del porte de 112 cañones, fondeado, visto por su medianía o
portalón.»
Todavía estos dos grabados siguen haciendo compañía a _La Constancia_,
en donde está mi bisabuelo atado al palo mayor, en el momento en que
prometía un cirio a la Virgen de Rota.
Había también en casa de mi abuela, encerrados en marcos de caoba, unos
grabados ingleses que representaban la batalla naval entre la fragata
inglesa _Eurotas_ y la francesa _Clorinda_, en 1814. Eran tres: en el
primero se veían los dos buques, con las velas desplegadas, que iban
acercándose; el segundo fijaba el preciso momento del fragor del
combate, y en el último los dos navíos estaban desarbolados, a punto de
irse a pique.
Otro cuadro iluminado que gozaba gran estimación en la casa, era uno que
tenía en medio la Rosa de los Vientos, y a los lados, todas las
banderas, gallardetes y matrículas del mundo.
En una categoría todavía superior estaban dos escapularios grandes que
le dieron a mi abuelo las monjas de Santa Clara, de Lúzaro, y a los
cuales él puso marco en Cádiz, y le acompañaron en sus viajes y en su
vuelta al mundo.
Mi abuela daba una importancia tan extraordinaria a estas cosas, que yo
creía que eran del dominio común, y que las hazañas de mi bisabuelo eran
tan conocidas como las de Napoleón o las de Nelson.
Había también en la sala una brújula, un barómetro, un termómetro, un
catalejo y varios daguerrotipos pálidos, sobre cristal, de primos y
parientes lejanos. Recuerdo también un octante antiguo muy grande y muy
pesado, de cobre, con la escala para marcar los grados, de hueso.
Sobre la consola solían estar dos cajas de té de la China, una copa
tallada en un coco y varios caracoles grandes, de esos del mar de las
Indias, con sus volutas nacaradas, que uno creía que guardaban dentro un
eco del ruido de las olas.
Lo que más me chocaba y admiraba de toda la sala era una pareja de
chinitos, metidos cada uno en un fanal, que movían la cabeza. Tenían
caras de porcelana muy expresivas y estaban muy elegantes y peripuestos.
El chinito, con su bigote negro afilado y sus ojos torcidos, llevaba en
la mano un huevo de avestruz, pintado de rojo; la chinita vestía una
túnica azul y tenía un abanico en la mano.
Al movimiento de las pisadas en el suelo, los dos chinitos comenzaban a
saludar amablemente, y parecían rivalizar en zalamerías.
Cuando me dejaban entrar en la sala, me pasaba el tiempo mirándolos y
diciendo:
--Abuelita, ahora dicen que sí, ahora que no. Ahora sí, ahora no.
[Ilustración]
Mi abuela poseía también un loro, _Paquita_, que dominaba el diálogo y
el monólogo.
Se le preguntaba:
Lorito, ¿eres casado?
Y él contestaba:
Y en Veracruz velado.
A ja jai, ¡qué regalo!
Su monólogo constante era esta retahila de loro de puerto de mar:
¡A babor! ¡A estribor!
¡Buen viaje! ¡Buen pasaje!
¡Fuego! ¡Hurra, lorito!
Yo encontraba en las palabras de aquel pajarraco verde un fondo de
ironía que me molestaba. La _Iñure_ me contó que una vez, hace mucho
tiempo, un loro que tenía un marino de Elguea lo denunció, y por él se
supo que su amo había sido pirata.
A pesar de la ciencia y de las habilidades de todos los de su clase,
_Paquita_ me era muy antipático; nunca quería contestarme cuando le
preguntaba si era casado, y una vez estuvo a punto de llevarme un dedo
de un picotazo. Desde entonces le miraba con rabia, y, de cogerlo por mi
cuenta, le hubiera atracado de perejil hasta enviarlo a decir sus
relaciones al paraíso de los loros. También tenía mi abuela una caja de
música, ya vieja, con un cilindro lleno de púas, a la que se le daba
cuerda; pero estaba rota y no funcionaba.
V
LA TÍA ÚRSULA
Tardé bastante tiempo en ir a la escuela. De chico tomé un golpe en una
rodilla, y no sé si por el tratamiento del curandero, que me aplicó
únicamente emplastos de harina y de vino, o por qué, el caso es que
padecí, durante bastante tiempo, una artritis muy larga y dolorosa.
Quizá por esto me crié enfermizo, y el médico aconsejó a mi madre que no
me llevara a la escuela. Mi infancia fué muy solitaria. Tenía, para
divertirme, unos juguetes viejos que habían pertenecido a mi madre y a
mi tío. Estos juguetes que pasan de generación en generación, tienen un
aspecto muy triste. El arca de Noé de mi tío Juan era un arca
melancólica; a un caballo le faltaba una pata; a un elefante, la trompa;
al gallo, la cresta. Era un arca de Noé que más parecía un cuartel de
inválidos.
Mi tía Úrsula, hermana mayor de mi madre, solterona romántica, comenzó a
enseñarme a leer. Doña Celestina era como el espíritu de la tradición en
la familia Aguirre; la tía Úrsula representaba la fantasía y el
romanticismo.
Cuando mi tía Úrsula llegaba a casa, solía sentarse en una sillita baja,
y allí me contaba una porción de historias y de aventuras.
En Aguirreche, en su cuarto, la tía Úrsula guardaba libros e
ilustraciones con grabados, españoles y franceses, en donde se narraban
batallas navales, piraterías, evasiones célebres y viajes de los grandes
navegantes. Estos libros debían de haber estado en alguna cueva, porque
echaban olor a humedad y tenían las pastas carcomidas por las puntas. En
ellos se inspiraba, sin duda, mi tía para sus narraciones.
La tía Úrsula solía contar la cosa más insignificante con una solemnidad
tal, que me maravillaba. Ella me llenó la cabeza de naufragios, islas
desiertas y barcos piratas.
Sabia más que la generalidad de las mujeres, y, sobre todo, que las
mujeres del país. Ella me explicó cómo iban los vascos, en otra época, a
la pesca de la ballena en los mares del Norte; cómo descubrieron el
banco de Terranova, y cómo aún, en el siglo pasado, en los astilleros de
Vizcaya y de Guipúzcoa, en Orio, Pasajes, Aguinaga y Guernica, se hacían
grandes fragatas.
Me habló también, con orgullo, de los marinos y capitanes vascos: de
Elcano, dando la vuelta al mundo; de Oquendo, victorioso en más de cien
combates, y que, vencido en la vejez por el almirante Tremp, muere de
tristeza; de Blas de Lezo, tuerto y con una sola pierna, batiéndose
constantemente y venciendo, con unos pocos barcos, la escuadra poderosa
del almirante inglés Vernon en Cartagena de las Indias; del sabio y
heroico Churruca, de Echaide, de Recalde, de Gaztañeta. Con frecuencia
terminaba sus narraciones con estos versos de Concha, en su _Arte de
Navegar_:
Por tierra y por mar profundo
Con imán y derrotero,
Un vascongado el primero
Dió la vuelta a todo el mundo.
Y aunque estos versos no tuvieran relación alguna con lo contado, por el
tono solemne con que los recitaba mi tía Úrsula, me parecían un final
muy oportuno para cualquier relato.
En tan lejana época de mi infancia, yo no conocía más chicos de mi edad
que unos primos segundos. Estos chicos vivían en Madrid y venían a
Lúzaro durante el verano.
Cuando estaban ellos en casa de mi abuela, íbamos juntos a un caserío de
la familia, donde solían darnos cuajada. La tía Úrsula la repartía,
mientras nosotros, los chicos, mirábamos si a alguno le daban más que a
los otros, para protestar.
Mis primos solían contar cosas de los teatros y circos de la corte;
pero, la verdad, esto no me llamaba la atención. Lo que me atraía era el
mar. Miraba con envidia los chicos descalzos del muelle. Me hubiera
gustado ser hijo de pescador, para corretear por las escolleras y jugar
en los lanchones y gabarras.
Mi tía Úrsula, además de su biblioteca, formada por folletines
ilustrados franceses, y de sus libros de aventuras marítimas, tenía otro
fondo de donde ir sacando los relatos emocionantes que a mí tanto me
cautivaban.
En la sala de Aguirre, en el arca, se guardaba, entre otras cosas viejas
y respetables, un tomo manuscrito, en folio, muy voluminoso. En la
cubierta, de pergamino, decía, con letras ya desteñidas y rojizas:
«Historia de la familia de Aguirre».
[Ilustración]
Como casi todos los miembros de la familia de este nombre y los
emparentados con ella habían sido marinos y viajeros, para explicar sus
correrías, intercaladas en las amarillentas páginas, se veían cartas de
navegar antiguas, bastante raras. En estos mapas, el mar se simbolizaba
con una ballena echando un surtidor de agua, un galeón y varios
delfines; los pueblos, por casitas; los montes, por árboles, y los
países salvajes, por indios con plumas en la cabeza, un arco y una
flecha. Había, también, planos para indicar las corrientes y los
vientos, y dibujos de sondas, brújulas primitivas y astrolabios.
Todo el libro se reducía a una serie de narraciones de aventuras
marítimas y terrestres.
Mi tía Úrsula se calaba las antiparras y leía con gran detenimiento
alguno de estos relatos, y los comentaba.
La mayoría eran breves, y estaban redactados en una forma tan amanerada,
que yo no me enteraba de su sentido. De las más entretenidas era la
historia de Domingo de Aguirre, llamado el Vascongado, que formó parte
en la expedición de Gonzalo Jiménez de Quesada, cuando la conquista de
América. Domingo de Aguirre presenció el incendio de Iraca, que debió de
tener mucha importancia a juzgar por sus descripciones.
Cuando comencé a escribir, a mi tía Úrsula se le ocurrió dictarme
párrafos del gran libro de la familia, y todavía conservo, por
casualidad, un pliego en papel de barba, escrito por mi inhábil mano,
con letras desiguales, que dice así:
«El capitán de barco, Martín Pérez de Irizar, hijo de Rentería, cuando
volvía de Cádiz de cargar un galeón de mercaderías, se encontró en alta
mar con el corsario francés Juan Florín, cuyo nombre espantaba a cuantos
salían al mar. El orgulloso francés llevaba dos barcos bien pertrechados
de armas. A los que cogía en el mar, grandes o chicos, hombres o
mujeres, los desvalijaba y los dejaba en cueros; así que estaba muy
rico.
Al divisar el galeón del capitán guipuzcoano, como el francés le atacara
con brío, Irizar se defendió en su barco, valientemente. Por ambas
partes corrió la sangre en abundancia, y después de la refriega, Martín
Pérez de Irizar apresó a Juan Florín, a sus barcos y a toda su gente.
De los piratas murieron treinta hombres y quedaron heridos más de
ochenta. Juan Florín quiso dar veinte mil duros al capitán Irizar por su
rescate; pero fué inútil su ofrecimiento, porque el hombre entendido y
de buen juicio prefiere su honra a todo el dinero del mundo.
Con noventa hombres presos y los dos barcos cogidos, el capitán Irizar
volvió a Cádiz, como correspondía a su fina lealtad.
El emperador don Carlos, nuestro Señor, mandó que fuese ahorcado Juan
Florín, el pirata, y que el capitán Martín Pérez de Irizar pusiera en su
escudo, para eterno recuerdo, el galeón, el arpón y la bandera ganados
en la batalla.»
Recuerdo que al escribir esto, que me dictaba mi tía, le hice varias
preguntas acerca de la vida y de las costumbres de los piratas, y, a
pesar de que ella trataba de exagerar la odiosidad de los caballeros de
la fortuna, a mí me parecía que aquello de ser pirata y de abordar a los
barcos y quitarles sus tesoros y guardarlos en una isla desierta debía
tener grandes encantos.
Yo aprendí a leer y a escribir con todas estas narraciones y aventuras
de la familia. Cosa extraña: casi siempre había algún Aguirre aventurero
cuyo fin se ignoraba. El uno quedaba entre indios, el otro se decía que
se había hecho pirata.
Parecía como si un destino fatal persiguiese a algunos individuos de la
familia, a través del tiempo y de las generaciones.
VI
LOPE DE AGUIRRE, EL TRAIDOR
De muchos capitanes, marinos, aventureros y frailes se ocupaba el libro
de la familia; pero, entre todas aquellas historias, la más
extraordinaria, la más absurda, dentro de su realidad, era la de Lope de
Aguirre, el loco, llamado también Lope de Aguirre, el traidor.
Varias veces leí las aventuras asombrosas de este hombre, que en el
manuscrito se contaban con todos sus detalles.
Domingo de Cincunegui, el autor de los _Recuerdos históricos de Lúzaro,_
me ha pedido repetidas veces que registre por todos los rincones de
Aguirreche, para ver si se encuentra el viejo manuscrito; pero el
infolio no aparece; sin duda, a la muerte de mi abuela, se perdió; quiza
a alguno de los marineros que vive ahora en el viejo caserón le habrá
servido para encender el fuego.
Lo que dice Cincunegui en sus _Recuerdos de Lúzaro_ está tomado de la
historia del Perú y de Venezuela.
De sus _Recuerdos_ tomo estos datos, para dar una idea de mi terrible
antepasado:
«Lope de Aguirre nació en el primer tercio del siglo XVI, y era
vizcaíno. No se sabe de qué pueblo. En el siglo XVI aparecen tres casas
de Aguirre importantes: una de Oyarzun, otra de Gaviria y otra de
Navarra.
Lope de Aguirre debía ser de una de estas casas.
Llegó Lope al Perú, a mediados del siglo XVI, y tomó partido por Gonzalo
Pizarro en la rebelión de éste. Durante algún tiempo estuvo a sus
órdenes, hasta que le hizo traición y ejecutó contra sus antiguos
compañeros actos de una crueldad inaudita.
Era Lope hombre inquieto y turbulento, terco y mal encarado. Condenado
a muerte durante una sedición, se evadió y tomó el oficio de domador de
caballos. Buen oficio para poner a prueba su bárbara energía. A Lope le
conocían entre los soldados por el apodo de Aguirre, el loco.
En 1560, el virrey, don Andrés Hurtado de Mendoza, confió al capitán
vasco Pedro de Ursúa una expedición para explorar las orillas del
Marañón en busca de oro. Lope fué uno de los principales jefes de la
partida.
Una noche, el inquieto Aguirre sublevó a la tropa expedicionaria, y él
mismo cosió a puñaladas al capitán Ursúa y a su compañera, Inés de
Atienza, que era hija del conquistador Blas de Atienza.
Lope asesinó también al teniente Vargas y dirigió un manifiesto a los
rebeldes, que le siguieron. Los sublevados proclamaron general y
príncipe del Perú a Fernando de Guzmán, y mariscal de campo a Lope de
Aguirre.
Como Guzmán reconviniera a Lope por su inútil crueldad, el feroz vasco,
que no admitía reconvenciones, se vengó de él, asesinándolo y cometiendo
después una serie de atropellos y de crímenes.
A la cabeza de sus hombres, subyugados por el terror (ahorcó a ocho que
no le parecían bastante fieles), bajó por el Amazonas y recorrió,
después de meses y meses, la inmensidad del curso de este enorme río, y
se lanzó al Atlántico.
No contaba Lope más que con barcas apenas útiles para la navegación
fluvial; pero él no reconocia obstáculos y se internó en el Océano. Lope
de Aguirre era todo un hombre.
Resistió en alta mar, cerca del Ecuador, dos terribles temporales en sus
ligeras embarcaciones, y fué bordeando con ellas las costas del Brasil,
de las Guayanas y de Venezuela.
Allí donde arribaba, Lope se dedicaba al pillaje, saqueando los puertos,
quemando todo cuanto se le ponía por delante, llevado de su loca furia.
El fraile de la flotilla se permitió aconsejar, suplicar a su capitán
que no fuera tan cruel. Aguirre le escuchó atentamente, y atentamente lo
mandó ahorcar.
Sintiendo quizá remordimientos en su corazón endurecido, llamó a su
presencia a un misionero de Parrachagua, para confesarse con él; y como
el buen sacerdote no quisiera darle la absolución, ordenó lo colgaran,
sin duda para que hiciese compañía al otro fraile ahorcado.
Los aventureros poco adictos a su persona iban sufriendo la misma
suerte.
De los cuatrocientos hombres que salieron con Ursúa, no le quedaban a
Lope más que ciento cincuenta, y de éstos, muchos iban, por días,
desertando.
Aguirre, al verse sin la tripulación necesaria para sus barcos, les pegó
fuego, y luego se refugió, con su hija y algunos compañeros fieles, en
las proximidades de Barquisimeto, de Venezuela.
Allí, en el campo, en una casa abandonada, Aguirre escribió un memorial
a Felipe II, justificándose de sus desmanes, y para dar más fuerza a su
documento, lo firmó de esta manera audaz, cínica y absurda:
_Lope de Aguirre,
el traidor_.
Las tropas del rey, unidas con algunos desertores de Aguirre, fueron
acorralando al capitán vasco como a una bestia feroz, para darle muerte.
Quebrantado, cercado, cuando se vio irremisiblemente perdido, Lope,
sacando su daga, la hundió hasta el puño en el corazón de su hija, que
era todavía una niña.
[Ilustración]
--No quiero--dijo--que se convierta en una mala mujer, ni que puedan
llamarla, jamás, la hija del Traidor.
Después mandó a uno de sus soldados fieles que le disparara un tiro de
arcabuz.
El soldado obedeció.
--¡Mal tiro!--exclamó Lope al primer disparo, al notar que la bala
pasaba por encima de su cabeza.
Y cuando sintió, al segundo disparo, que la bala penetraba en su pecho
y le quitaba la vida, gritó, saludando a su matador, con una feroz
alegría:
--Este tiro ya es bueno.
Realmente, Lope de Aguirre era todo un hombre.
Después de muerto le cortaron la cabeza y descuartizaron el tronco,
conservándose la calavera en la iglesia de Barquisimeto, encerrada en
una jaula de hierro.»
Esto es lo que cuenta Cincunegui en sus _Recuerdos históricos de
Lúzaro,_ y, poco más o menos, es lo que decía el libro de casa de mi
abuela, aunque con muchos más detalles y comentarios.
El leer aquellas aventuras de Aguirre me producía un poco la impresión
que produce a los niños _Guignol_ cuando apalea al gendarme y cuelga al
juez. A pesar de sus crímenes y de sus atrocidades, Aguirre, el loco, me
era casi simpático.
VII
EL FUNERAL DE MI TÍO JUAN
Una impresión de la infancia que me causó gran efecto, fué el funeral de
mi tío Juan de Aguirre.
Durante mucho tiempo constituyó un misterio el paradero del hermano
mayor de mi madre, hasta que se supo que había muerto.
Comprobé, con esa penetración que es frecuente en los chicos, que en mi
familia existía cierta reserva al referirse a mi tío Juan; ni mi madre,
ni su hermana Úrsula, ni mi abuela, querían hablar del desaparecido, y
este misterio y esta reserva excitaron mi fantasía.
Nuestra criada la _Iñure,_ que era muy supersticiosa, me aseguró que el
tío Juan no había muerto.
--¿Pues dónde está?--le pregunté yo.
--Está lejos de aquí.
--¿Y por qué no viene?
--No puede venir.
--Pero ¿por qué?
Al último, y después de grandes recomendaciones para que no dijera nada
a mi madre, la _Iñure_ me contó que mi tío Juan se había hecho pirata,
que le habían llevado a un presidio de Inglaterra, donde estaba preso
con cadenas en los pies y unas letras impresas con un hierro candente en
la espalda. Por eso, aunque vivía, no podía venir a Lúzaro.
La historia de la _Iñure_ me sobreexcitó aún más, y exaltó mi
imaginación hasta un grado extremo. De noche me figuraba ver a mi tío en
su calabozo, lamentándose, desnudo, con las letras grabadas en la
espalda, que se destacaban de un modo terrible.
Por esta época, y para que se fijara más en mí la memoria de mi tío, se
celebró su funeral en Lúzaro. Al parecer, mi abuela recibió del cónsul
de un pueblo de Irlanda una carta participándole que Juan de Aguirre
había muerto. ¿Pero era verdad? La _Iñure_ aseguró, rotundamente, que
no.
Recuerdo muy bien el día del funeral; tan grabado quedó en mi memoria.
Mi madre me despertó al amanecer; ella estaba ya vestida de negro; yo me
vestí rápidamente, y salimos los dos al camino con la _Iñure._
Era una mañana de otoño; el pueblo comenzaba a desperezarse, las brumas
iban subiendo por el monte Izarra y del puerto salía, despacio, una
goleta.
Llegamos a Aguirreche; estuvimos un momento, y después, mi abuela, la
tía Úrsula y mi madre, vestidas con mantos de luto, y yo con la _Iñure,_
nos dirigimos a la iglesia.
La alta nave se encontraba obscura y desierta; en medio, delante del
altar mayor, la cerora y el sacristán iban vistiendo de negro un
catafalco mortuorio; en el suelo se entreveían una porción de objetos,
trozos de madera, en donde se arrollan las cerillas amarillentas, y
cestas con paños negros.
Mi abuela, mi madre y mi tía se reunieron con la cerora, y las cuatro
anduvieron de un lado a otro, disponiendo una porción de cosas.
La _Iñure_ quería que me sentara en uno de los bancos próximos al
túmulo, donde tenían que colocarse los parientes a presidir el duelo;
pero a mí me daba miedo estar allí solo.
Anduve detrás de mi madre, cogido a su falda, sin dejarla hacer nada,
hasta que vino el viejo Irizar, con su traje negro y su sombrero de
copa, y me tuve que sentar junto a él en el banco del centro.
Poco a poco fueron entrando mujeres vestidas de luto, que se
arrodillaban, extendían paños negros en el suelo, desarrollaban la
cerilla amarillenta y la encendían.
Los cirios, en el altar mayor, comenzaron a arder, y a su luz
resplandeció todo el retablo churrigueresco, dorado, retorcido, con sus
columnas salomónicas y sus racimos de uvas.
Arriba del crucero de la iglesia, colgaba el barco de vela y se
balanceaba suavemente, como si fuera navegando hacia los esplendores de
oro que brillaban en el altar mayor.
Comenzó a sonar una campana; la gente fué afluyendo, primero, poco a
poco, luego de golpe; los dos bancos destinados a los parientes y amigos
se llenaron, y comenzó la misa.
[Ilustración]
Yo estaba asustado; ya sabía que en el túmulo no había nadie; pero me
parecía que allí dentro debía de estar agazapado el tío Juan con sus
cadenas y sus letras ignominiosas en la espalda.
De cuando en cuando sonaba el órgano, y su voz armoniosa se levantaba
hasta la alta bóveda. Yo miraba por todas partes, a pesar de que el
viejo Irizar me exhortaba a que estuviera con más devoción.
¡Qué fervor el de aquellas mujeres! Arrodilladas sobre sus paños negros
rezaban con toda su alma. Eran algunas viudas de capitanes y de pilotos,
y, al recordar el hombre perdido en el mar, sollozaban.
Después de la misa, el cura se volvió hacia los fieles y rezó por el
muerto y por todos los sepultados en el Océano.
Entonces los sollozos aumentaron.
Luego, el cura se acercó al catafalco a rezar sus responsos y lo roció
varias veces con agua bendita.
Yo me encontraba amilanado. Al salir de la iglesia, el sol pálido
iluminaba el atrio. Irizar y yo nos quedamos a la puerta. Todas las
mujeres, con sus capuchones negros, cruzaron por delante de nosotros, en
procesión, hacia casa de la abuela, y tras ellas fueron saliendo los
señores, con su sombrero de copa, y los marineros y la gente pescadora,
con los trajes de paño y las manos metidas en los bolsillos del
pantalón.
Por la noche, la _Iñure_ me aseguró de nuevo que mi tío Juan no había
muerto. Yo le tenía que ver, tarde o temprano.
Su convencimiento se me comunicó. Estaba persuadido de que un día vería
a un señor con el aspecto de marino de los libros de mi tía Úrsula, con
patillas, botas altas, levitón y sombrero de hule con cintas colgantes.
Hablaría con aquel señor y resultaría mi tío Juan.
Durante mucho tiempo, el misterio de Juan de Aguirre inquietó mi
espíritu, y con este misterio relacionaba aquel funeral en la iglesia,
con las nubes de incienso en el aire y el barco de vela colgado del
crucero, como si fuera navegando hacia los fuegos de oro del altar
mayor....
Una impresión semejante de misterio me producían las fiestas de Navidad.
En estos días, el aire, la luz, las cosas, todo me parecía distinto.
Había la tradición, en Aguirreche, de armar un gran nacimiento en un
cuarto del piso bajo. Una vieja medio loca, la _Curriqui_, vestida con
una falda de flores y una toca blanca, era la encargada de explicar lo
que pasaba en Belén. Llevaba una varita en la mano para mostrar las
figuras, y una pandereta para acompañarse cuando cantaba villancicos.
Tenía dos o tres tonadillas monótonas y unos cuantos versos monorrimos.
Entre las figuritas del nacimiento había una mujer desastrada, que sin
duda era la bufona. Recuerdo la canción que le dirigía la _Curriqui_.
Era así:
Orra Mari Domingui
Beguira orri
Gurequin naidubela
Belena etorri.
(Ahí está Mari Domingui. ¡Miradla qué facha! Quiere venir con nosotros a
Belén.)
Y la _Curriqui_ seguía:
Gurequin naibadezu Belena etorri Atera bearco dezu Gona zar hori.
(Si quieres venir con nosotros a Belén, tendrás que quitarte esa falda
vieja.)
El público de pescadores y de chicos celebraba estos detalles
naturalistas.
La _Curriqui_ volvía el día de Reyes a su escenario de Aguirreche, con
una capa blanca y una corona de latón, a cantar otras canciones.
Este día, algunos pastores del monte bajaban a las casas y entonaban
villancicos con voces agudas y roncas, acompañándose de panderos y de
zambombas.
Si el ama de la casa les daba algunos cuartos, decían en el villacinco
que se parecía a la Virgen; en cambio, si no les daba nada, le acusaban
de ser una vieja bruja.
VIII
CORRERÍAS DE CHICO
Tanto me habían hablado de la maldad de los chicos, que fuí a la escuela
como un borrego que llevan al matadero.
Yo estaba dispuesto a luchar, como Martín Pérez de Irizar, contra
cualquier Juan Florín que me atacase, aunque mis fuerzas no eran muchas.
Al principio me puso el maestro entre los últimos, lo que me avergonzó
bastante; pero pasé pronto al grupo de los de mi edad.
El maestro, don Hilario, era un castellano viejo que se había empeñado
en enseñarnos a hablar y a pronunciar bien. Odiaba el vascuence como a
un enemigo personal, y creía que hablar como en Burgos o como en Miranda
de Ebro constituía tal superioridad, que toda persona de buen sentido,
antes de aprender a ganar o a vivir, debía aprender a pronunciar
correctamente.
A los chicos nos parecía una pretensión ridicula el que don Hilario
quisiera dar importancia a las cosas de tierra adentro. En vez de
hablarnos del Cabo de Buena Esperanza o del Banco de Terranova, nos
hablaba de las viñas de Haro, de los trigos de Medina del Campo.
Nosotros le temíamos y le despreciábamos al mismo tiempo.
El comprendía nuestro desamor por cuanto constituía sus afectos, y
contestaba, instintivamente, odiando al pueblo y a todo lo que era
vasco.
Nos solía pegar con furia.
A mí me salvó muchas veces de las palizas la recomendación de mi madre
de que no me pegara, porque me encontraba todavía enfermo.
Yo, comprendiendo el partido que podía sacar de mis enfermedades, solía
fingir un dolor en el pecho o en el estómago para esquivar los castigos.
Me libré muchas veces de los golpes; pero perdí mi reputación de hombre
fuerte. «Este chico no vale nada», decían de mí; y hasta hoy creen lo
mismo.
Ahora se ríe uno pensando en las marrullerías infantiles; pero si se
intenta volver con la imaginación a la época, se comprende que los
primeros días de la escuela han sido de los más sombríos y lamentables
de la vida.
Después se han pasado tristezas y apuros, ¿quién no los ha tenido? Pero
ya la sensibilidad estaba embotada; ya dominaba uno sus nervios como un
piloto domina su barco.
Sí; no es fácil que los de mi época, al retrotraerse con la memoria a
los tiempos de la niñez, recuerden con cariño las escuelas y los
maestros que nos amargaron los primeros años de la existencia.
Esta impresión de la escuela, fría y húmeda, donde se entumecen los
pies, donde recibe uno, sin saber casi por qué, frases duras, malos
tratos y castigos, esa impresión es de las más feas y antipáticas de la
vida.
Es extraño; lo que ha comprendido el salvaje, que el niño, como más
débil, como más tierno, merece más cuidado y hasta más respeto que el
hombre, no lo ha comprendido el civilizado, y entre nosotros, el que
sería incapaz de hacer daño a un adulto, martiriza a un niño con el
consentimiento de sus padres.
Es una de las muchas barbaridades de lo que se llama civilización.
A los pocos días de entrar en la escuela entablé amistad con dos chicos
que han seguido siendo amigos míos hasta ahora: el uno, José Mari
Recalde; el otro, Domingo Zelayeta.
José Mari era hijo de Juan Recalde, el Bravo. Llamaban así a su padre
por haber demostrado, repetidas veces, un valor extraordinario; José
Mari iba por el mismo camino: se mostraba arrojado y valiente.
El otro chico, Chomin Zelayeta, era hijo de un tornero y vendedor de
poleas del muelle.
Chomin se distinguía por su viveza y por su ingenio. El padre era un
tipo, hombre enérgico, de carácter fuerte y un poco fosco, que
encontraba motivos raros para sus decisiones.
--¿Por qué no se casa usted de nuevo, Zelayeta?--le dijo alguno.
--No, no; ¿para qué? Tendría que hacer mayor la casa, y no me conviene.
Habían querido una vez nombrarle concejal; pero él se opuso con todas
sus fuerzas.
--Pero, hombre, ¿por qué no quieres ser concejal?
--Antes me matan--dijo él--que obligarme a llevar una levita de cola de
golondrina.
Esta levita, tan aborrecida por Zelayeta, era el frac que, en ciertas
solemnidades de Lúzaro, hay la costumbre de que lo vistan los
concejales.
Zelayeta, padre, a pesar de sus genialidades y de sus rabotadas, era
hombre de tendencia progresiva; le gustaba suscribirse a los libros por
entregas, sobre todo para que los leyese su hijo.
Los primeros meses de escuela mi madre me enviaba a la _Iñure_, a la
salida, y aunque la buena vieja no era muy severa conmigo, tenía que
marchar a su lado, mientras mis camaradas campaban solos por donde
querían.
Después de muchas súplicas y reclamaciones, conseguí libertad para ir y
venir a la escuela sin rodrigón vigilante. Mi madre me recomendaba que
anduviera por donde quisiera, menos por el muelle, lo cual significaba
lo mismo que decirme que fuera a todos lados y a ninguno.
A pesar de sus advertencias, al salir de la escuela echaba a correr
hasta las escaleras del muelle.
Otros chicos, en general los de familias terrestres o terráqueas, como
dicen algunos en Lúzaro, tenían más afición a ir al juego de pelota;
nosotros, los de familia marinera, entre los que nos contábamos Recalde,
Zelayeta y yo, nos acercábamos al mar.
Veíamos salir y entrar las barcas; veíamos a los chicos que se
chapuzaban, desnudos, en la punta de Cay luce, y a los pescadores de
caña haciendo ejercicio de paciencia. Los pescadores nos conocían.
¡Qué sorpresa cuando aparecía, al final de un aparejo, un pulpo con sus
ojos miopes, redondos y estúpidos, su pico de lechuza y sus horribles
brazos llenos de ventosas! Tampoco era pequeña la emoción cuando salía
enroscada una de esas anguilas grandes, que luchaban valientemente por
la vida, o uno de esos sapos de mar, inflados, negros, verdaderamente
repugnantes.
Cuando no nos vigilaba nadie nos descolgábamos por las amarras y
correteábamos por las gabarras y lanchones, y saltábamos de una barca a
otra.
En este punto de la independencia infantil se va ganando terreno
velozmente, y yo fuí avanzando en mi camino, con tal rapidez que llegué
en poco tiempo a gozar de completa libertad.
Muchas veces dejaba de ir a la escuela con Zelayeta y Recalde. Don
Hilario, el maestro, mandaba recados a casa avisando que el día tal o
cual no había ido; pero mi madre me disculpaba siempre y, como veía que
me iba poniendo robusto y fuerte, hacía la vista gorda.
Los domingos y los días de labor que faltábamos a clase solíamos ir al
arenal, nos quitábamos las botas y las medias y andábamos con los pies
descalzos.
Recogíamos conchas, trozos de espuma de mar, _mangos de cuchillo_ y
piedrecitas negras, amarillas, rosadas, pulidas y brillantes.
Al anochecer saltaban los pulgones en el arenal, y los agujeros redondos
del solen echaban burbujas de aire cuando pasaba por encima de ellos la
ligera capa de agua de una ola.
Alguna vez logramos ver ese molusco, que nosotros llamábamos en
vascuence _deituba_ y que no sé por qué decíamos que solía
estrangularse. Para hacerle salir de su escondrijo había que echarle un
poco de sal.
El que tenía más suerte para los descubrimientos era Zelayeta; él
encontraba la estrella de mar o la concha rara; él veía el pulpo entre
las peñas o el delfín nadando entre las olas. Siempre estaba
escudriñándolo todo; su padre, por esta tendencia a registrar, le
llamaba el carabinero.
Los domingos mi madre comenzó a dejarme andar con los camaradas, después
de hacerme una serie de advertencias y recomendaciones.
Ya, teniendo tiempo por delante, no nos contentábamos con ir al arenal;
subíamos al Izarra y después íbamos descendiendo a las rocas próximas.
Cuando ya estuvimos acostumbrados a andar entre los peñascos, nos
pareció la playa insípida y poco entretenida.
El fin práctico de nuestros viajes a las rocas era coger esos cangrejos
grandes y obscuros que aquí llamamos carramarros, y, en otros lados,
centollas y ermitaños.
El monte Izarra, a una de cuyas faldas está Lúzaro, forma como una
península que separa la entrada del puerto de una ensenada bastante
ancha comprendida entre dos puntas: la del Faro y la de las Animas.
El monte Izarra es un promontorio pizarroso, formado por lajas
inclinadas, roídas por las olas. Estos esquistos de la montaña se
apartan como las hojas de un libro abierto, y avanzan en el mar dejando
arrecifes, rocas negras azotadas por un inquieto oleaje, y terminan en
una peña alta, negra, de aire misterioso, que se llama Frayburu.
Para hacer nuestras excursiones solíamos reunimos a la mañanita en el
muelle, pasábamos por delante del convento de Santa Clara, y por una
calle empinada, con cuatro o cinco tramos de escaleras, salíamos a un
callejón formado por las tapias de unas huertas. Luego cruzábamos
maizales y viñedos y salíamos más arriba, en el monte, a descampados
pedregosos con helechos y hayas.
En la punta del Izarra debió de haber en otro tiempo una batería; aun se
notaba el suelo empedrado con losas del baluarte y el emplazamiento de
los cañones. Cerca existía una cueva llena de maleza, donde solíamos
meternos a huronear.
Era un agujero, sin duda hecho en otro tiempo por los soldados de la
batería, para guarecerse de la lluvia, y que a nosotros nos servía para
jugar a los Robinsones.
El viejo Yurrumendi, un extraño inventor de fantasías, le dijo a
Zelayeta que aquella cueva era un antro donde se guarecía una gran
serpiente con alas, la _Egan suguia_. Esta serpiente tenía garras de
tigre, alas de buitre y cara de vieja. Andaba de noche haciendo
fechorías, sorbiendo la sangre de los niños, y su aliento era tan
deletéreo que envenenaba.
Desde que supimos esto, la cueva nos imponía algún respeto. A pesar de
ello, yo propuse que quemáramos la maleza del interior. Si estaba la
_Egan suguia_ se achicharraría, y si no estaba, no pasaría nada. A
Recalde no le pareció bien la idea. Así se consolidan las
supersticiones.
La parte alta del Izarra era imponente. Al borde mismo del mar, un
sendero pedregoso pasaba por encima de un acantilado cuyo pie estaba
horadado y formado por rocas desprendidas. Las olas se metían por entre
los resquicios de la pizarra, en el corazón del monte, y se las veía
saltar blancas y espumosas como surtidores de nieve.
Algunos chicos no se atrevían a asomarse allí, de miedo al vértigo; a mí
me atraía aquel precipicio.
Allá abajo, en algunos sitios, las piedras escalonadas formaban como las
graderías de un anfiteatro. En los bancos de este coliseo natural
quedaban, al retirarse la marea, charcos claros, redondos, pupilas
resplandecientes que reflejaban el cielo.
El mismo Yurrumendi aseguraba, según Zelayeta, que aquellas gradas
estaban hechas para que las sirenas pudieran ver desde allá las carreras
de los delfines, las luchas de los monstruos marinos que pululan en el
inquieto imperio del mar.
El agua, verde y blanca, saltaba furiosa entre las piedras; las olas
rompían en lluvia de espuma, y avanzaban como manadas de caballos
salvajes, con las crines al aire.
Lejos, a media milla de la costa, como el centinela de estos arrecifes,
se levantaba la roca de aspecto trágico, Frayburu.
Los pescadores decían que enfrente de Frayburu, el monte Izarra tenía
una gran cavidad, una enorme y misteriosa caverna.
Pasada esta parte, el Izarra se cortaba en un acantilado liso, pared
negra y pizarrosa, veteada de blanco y de rojo, en cuyas junturas y
rellanos nacían ramas y hierbas salvajes.
Aquí, el mar de mucho fondo era menos agitado que delante de los
arrecifes.
Cuando ya bajaba el camino, se veía la playa de las Animas, entre la
punta del Faro y otro promontorio lejano. Sobre el arenal de la playa se
levantaban dunas tapizadas de verde, y las casitas esparcidas de la
barriada de Izarte, echando humo.
Ya cerca de la punta del Faro abandonábamos el camino para meternos
entre las rocas. Había por allí agujeros como chimeneas, que acababan en
el mar. En algunas de estas simas se sentía el viento, que movía las
florecillas de la entrada; en otras se oía claramente el estrépito de
las olas.
Saltábamos de peña en peña, y solíamos avanzar hasta los peñascos más
lejanos; pero cuando comenzaba a subir la marea teníamos que correr,
huyendo de las olas, y a veces descalzarnos y meternos en el agua.
En la marea baja, entre las rocas cubiertas de líquenes, solían verse
charcos tranquilos, olvidados al retirarse el mar. Muchas horas he
pasado yo mirando estos aguazales. ¡Con qué interés!¡Con qué entusiasmo!
Bajo el agua transparente se veía la roca carcomida, llena de agujeros,
cubierta de lapas. En el fondo, entre los líquenes verdes y las
piedrecitas de colores, aparecían rojos erizos de mar cuyos tentáculos
blandos se contraían al tocarlos. En la superficie flotaba un trozo de
hierba marina, que al macerarse en el agua, quedaba como un ramito de
filamentos plateados, una pluma de gaviota o un trozo de corcho. Algún
pececillo plateado pasaba como una flecha, cruzando el pequeño océano, y
de cuando en cuando el gran monstruo de este diminuto mar, el cangrejo,
salía de su rincón, andando traidoramente de lado, y su ojo enorme
inspeccionaba sus dominios buscando una presa.
Algunos de estos charcos tenían sus canales para comunicarse unos con
otros, sus ensenadas y sus golfos; viéndolos, yo me figuraba que así, en
gran tamaño, serían los océanos del mundo.
En los recodos de las peñas donde se amontonaban las algas y se secaban
al sol, me gustaba también estar sentado; ese olor fuerte de mar me
turbaba un poco la cabeza, y me producía una impresión excitante como la
del aroma de un vino generoso.
Las horas se nos pasaban entre las rocas, en un vuelo; casi siempre yo
llegaba tarde a casa.
Muchos domingos el tiempo nos fastidiaba; comenzaba a llover de una
manera desastrosa, y mi madre no me dejaba salir. Le acompañaba a
Aguirreche, comíamos en casa de mi abuela y pasábamos la tarde allí.
¡Qué aburrimiento!
Se formaba una tertulia de señoras respetables, entre las que había dos
o tres viudas de capitanes y pilotos, y al anochecer se tomaba
chocolate.
...Y yo oía la charla continua, en vascuence, de las amigas de mi
abuela, y veía con desesperación el caer de la lluvia continua y
monótona, y escuchaba el ruido de los chorros de agua que caían de los
canalones a chocar en las aceras.
IX
YURRUMENDI, EL FANTÁSTICO
En mi tiempo, el muelle largo de Lúzaro, que en vascuence se llama _Cay
luce,_ no era tan ancho ni tan bien empedrado como ahora; tenía una
pequeña muralla, y en vez de terminar en el Rompeolas, concluía en las
mismas peñas.
A todo lo largo del muelle, en aquella época y en ésta, sigue pasando lo
mismo; había casas de pescadores con balcones, ventanas y galerías de
madera, adornados por colgaduras formadas por camisetas encarnadas,
medias azules, sudestes amarillentos, aparejos y corchos.
En estas casas hay siempre ropa tendida, lo que depende, en parte, del
instinto de limpieza de esa gente pescadora, y en parte, de lo
difícilmente que se seca lo impregnado por el agua del mar.
Entre las casas de a lo largo del muelle de _Cay luce_, antes, como
ahora, había algunos almacenes de carbón, y una fila de tabernas en
donde los pescadores se reunían y se reúnen a beber y a discutir, y que
destilaban, sobre todo los domingos, por su única puerta, una tufarada
de sardina frita, de atún guisado con cebolla, y de música de
acordeones.
Entre aquellas tabernas había la del _Telescopio_, la de la _Bella
Sirena_, la del _Holandés,_ la _Goizeco Izarra_ (Estrella de la mañana);
y la más célebre de todas era la de Joshe Ramón, conocida por el
_Guezurrechape de Cay luce_, o sea, en castellano, el Mentidero del
muelle largo.
En este muelle y a pocos pasos del Mentidero, tenía su taller el padre
de Zelayeta. En la ventana de la casa, convertida en escaparate, exponía
poleas de madera, faroles, cañas de pescar, un cinturón de
salvavidas....
El padre de Zelayeta trabajaba en su torno con un aprendiz, y, mientras
él torneaba, solían sentarse a la puerta, a charlar, algunos amigos.
Yo me había hecho íntimo de Chomin Zelayeta. Chomin era muy hábil y muy
pacienzudo. Llegó a domesticar un gavilán pequeño, y el pájaro, cuando
se hizo grande, reñía con todos los gatos de la vecindad. Los días de
tormenta se ocultaba en algún agujero obscuro, y no salía hasta que
pasaba.
Zelayeta sentía, como yo, el entusiasmo por la isla desierta y por los
piratas, y, como tenía talento para ello, dibujaba los planos de los
barcos en que íbamos a navegar los dos, y de las islas desconocidas en
donde pasaríamos el aprendizaje de Robinsones.
Nuestra inclinación aventurera, en la cual latía ya la inquietud atávica
del vasco, pudo aumentarse más oyendo las narraciones de Yurrumendi el
piloto, el viejo y fantástico Yurrumendi, amigo y contertulio de
Zelayeta padre.
Eustasio Yurrumendi había viajado mucho; pero era un hombre quimérico a
quien sus fantasías turbaban la cabeza. Todos tenemos un conjunto de
mentiras que nos sirven para abrigarnos de la frialdad y de la tristeza
de la vida; pero Yurrumendi exageraba un poco el abrigo.
Era Yurrumendi un hombre enorme, con la espalda ancha, el abdomen
abultado, las manos grandísimas, siempre metidas en los bolsillos de los
pantalones, y los pantalones, a punto de caérsele, tan bajo se los
ataba.
Tenía una hermosa cara noble, roja; el pelo blanco, patillas muy cortas
y los ojos pequeños y brillantes. Vestía muy limpio; en verano, unos
trajes de lienzo azul, que a fuerza de lavarlos estaban siempre
desteñidos; y en invierno, una chaqueta de paño negro, fuerte, que debía
de estar calafateada como una gabarra. Llevaba una gorra de punto con
una borla en medio. Era soltero, vivía solo, con una patrona vieja;
fumaba mucho en pipa, andaba tambaleándose y llevaba un anillo de oro en
la oreja.
Yurrumendi había formado parte de la tripulación de un barco negrero;
navegado en buques franceses, armados en corso; vivido en prisión por
sospechoso de piratería. Yurrumendi era un lobo de mar. El Atlántico le
conocía desde Islandia y las islas de Lofoden, hasta el Cabo de Buena
Esperanza y el de Hornos. Sabía lo que son las tempestades del Pacífico
y los tifones del mar de las Indias.
Yurrumendi había visto mucho; pero más que lo que había visto, le
gustaba contar lo que había imaginado.
A Chomin Zelayeta y a mí nos tenía locos con sus narraciones.
Nos decía que en el fondo del mar hay, como en la tierra, bosques,
praderas, desiertos, montañas, volcanes, islas madrepóricas, barcos
sumergidos, tesoros sin cuento y un cielo de agua casi igual al cielo de
aire.
A todo esto, muy verdad, unía las invenciones más absurdas.
[Ilustración]
--Algunas veces--decía--el mar se levanta como una pared, y en medio se
ve un agujero como si estuviera lleno de perlas. Hay quien dice que, si
se mete uno por ese agujero, se puede andar como por tierra.
--¿Y adónde lleva ese agujero?--preguntaba alguno con ansiedad.
--Eso no se puede decir aunque se sepa--contestaba seriamente
Yurrumendi--; pero hay quien asegura que dentro se ve una mujer.
--Alguna sirena--decía el padre de Zelayeta, con ironía.
--¡Quién sabe lo que será!--replicaba el viejo marino.
Siempre que Yurrumendi hablaba de sí mismo, lo hacía como si se tratara
de un extraño, en tercera persona. Así decía: Entonces Yurrumendi
comprendió.... Entonces Yurrumendi dijo tal cosa.
Parecía que sentía ciertas dudas sobre su personalidad.
Yurrumendi tenía una fantasía extraordinaria. Era el inventor más grande
de quimeras que he conocido. Según él, detrás del monte Izarra, un poco
más lejos de Frayburu, había en el mar una sima sin fondo. Muchas veces,
él echó el escandallo; pero nunca dió con arena ni con roca. Se le decía
que su sonda era, seguramente, corta; pero Yurrumendi aseguraba que,
aunque fuera de cien millas, no se encontraría el fondo.
Respecto a la cueva que hay en el Izarra, frente a Frayburu, él no
quería hablar y contar con detalles las mil cosas extraordinarias y
sobrenaturales de que estaba llena; le bastaba con decir que un hombre,
entrando en ella, salía, si es que salía, como loco. Tales cosas se
presenciaban allí. Bastaba decir que las sirenas, los unicornios navales
y los caballos de mar andaban como moscas, y que un gigante, con los
ojos encarnados, tenía en la cueva su misteriosa morada.
Este gigante debía ser hermano, o por lo menos primo, de otro, no se
sabe si tan grande, pero sí con los ojos rojos, que en época de mayor
candidez y de mayor temor de Dios aparecía en Donosti, entre las rocas
de la Zurriola, con un pez en la mano, y a quien se le preguntaba:
_¿Onentzaro begui gorri
Nun arrapatu dec array hori?_
(¿Onentzaro, el de los ojos encarnados, dónde has cogido ese pez?)
Y el pobre gigante de los ojos encarnados, en vez de desdeñar la
pregunta impertinente de su interlocutor, contestaba con amabilidad:
_Bart arratzean amaiquetan
Zurriyolaco arroquetan._
(Ayer noche, a las once, en las rocas de la Zurriola.)
No sé a punto fijo en qué categoría colocaba Yurrumendi a su gigante de
los ojos encarnados; pero creo que no le consideraba a la altura de la
_Egan suguia_, la gran serpiente alada del Izarra, con sus alas de
buitre, su cara siniestra de vieja y su aliento infeccioso.
Nos hablaba, también, Yurrumendi de esos pulpos gigantescos con sus
inmensos tentáculos, que pueden hacer naufragar una fragata; del mar de
los Sargazos, en donde se navega por tierra, por verdadera tierra, que
se abre para dejar pasar un buque; de los países donde nievan plumas; de
los delfines, que tienen esa extraña simpatía mal explicada por los
hombres; de las sentimentales ballenas, cuya desgracia es pensar que la
humanidad estima más su aceite que su melancólico corazón; de los mil
enanos jorobados y extravagantes de las costas de Noruega; de las
serpientes de mar que persiguen, aullando, a los barcos; de la araña del
Kraken, en el pino de Portland, en Inglaterra, y de ese monstruo
terrible del Maëlstrom, cuyas fauces sorben el mar y tragan las
imprudentes naves haciéndolas desaparecer en sus gigantescas entrañas.
También le daba mucha importancia a la _Curcushada_ (los cuernos de la
luna), que creía que tenía una gran relación con la vida de los hombres.
Otro de los motivos favoritos de Yurrumendi era la descripción de la
isla del Fuego, en donde él había estado alguna vez. En la cumbre de
esta montaña inaccesible arde un fuego intermitente que se enciende de
noche y se apaga de día.
Alguno pensaba que quizá se trataba de un volcán cuyas llamas no se
pueden ver a la luz del sol; pero Yurrumendi aseguraba que esta hoguera
la hacían todas las noches las almas de los marineros del célebre pirata
Kidd, que guardan allí un inmenso tesoro escondido.
Otra de las cosas más interesantes que algunos llegaban a ver en el mar,
según Yurrumendi, era un buque fantasma, tripulado por un capitán
holandés. Este perdido, borracho, blasfemador y cínico pirata, anda, con
un equipaje de canallas, haciendo fechorías por el mar. Si el maldito
holandés se acerca al barco de uno, el vino se agria; el agua se
enturbia; la carne se pudre. Si le envía a uno una carta, ya puede no
leerla, porque se vuelve loco inmediatamente, tales absurdos y mentiras
dice.
Yurrumendi contaba que sólo una vez había visto, a lo lejos, al maldito
holandés; pero, afortunadamente, no se le había acercado.
Otras veces, el viejo marino nos contaba una serie de crueldades
horribles: piratas que mandaban cortar la lengua o las manos a los que
caían en su poder; otros que echaban al agua a sus enemigos, metidos en
una jaula y con los ojos vaciados. Nos hacía temblar, pero le oíamos.
Hay un fondo de crueldad en el hombre, y sobre todo en el niño, que goza
obscuramente cuando la barbarie humana sale a la superficie.
Casi siempre, al hablar de las piraterías y de las brutalidades de los
barcos negreros, Yurrumendi solía recordar una canción en vascuence.
--Esta canción--solía decir--la cantaba Gastibeltza, un piloto paisano
nuestro, de un barco negrero en donde yo estuve de grumete. Gastibeltza
solía cantarla cuando dábamos vuelta al cabrestante para levantar el
ancla, o cuando se izaba algún fardo.
--¿Cómo era la canción?--le decíamos nosotros, aunque la sabíamos de
memoria--. ¡Cántela usted!
Y él cantaba con su voz ronca de marino, formada por los fríos, las
nieblas, el alcohol y el humo de la pipa:
Ateraquiyoc
Emanaquiyoc
Aurreco orri
Elduaquiyoc
Orra! Orra!
Cinzaliyoc
Itsastarra oh! oh!
Balesaquiyoc.
Lo que quería decir en castellano: «Sácale! Dale! A ese de adelante,
agárrale. Ahí está, ahí esta, cuélgale, marinero, oh! oh! Puedes estar
satisfecho.»
Nadie cantaba esta canción como Yurrumendi; al oírla, yo me figuraba una
tripulación de piratas al abordaje, trepando por las escalas de un
barco, con el cuchillo entre los dientes.
Para Zelayeta y para mí, los relatos de Yurrumendi fueron una
revelación. Estábamos decididos; seríamos piratas, y después de
aventuras sin fin, de desvalijar navíos y bergantines, y burlarnos de
los cruceros ingleses; después de realizar el tesoro de viejas onzas
mejicanas y piedras preciosas, que tendríamos en una isla desierta,
volveríamos a Lúzaro a contar, como Yurrumendi, nuestras hazañas. Si por
si acaso teníamos loro, para que no nos denunciase, como contaba la
_Iñure,_ le ataríamos una piedra al cuello y lo tiraríamos al mar.
Zelayeta hizo el plano de la casa que construiríamos fuera del pueblo,
en un alto, cuando volviéramos a Lúzaro.
En aquella época, Yurrumendi era nuestro modelo; solíamos andar, como
él, balanceándonos con las piernas dobladas y los puños cerrados, y
fumábamos en pipa, aunque yo, por mi parte, a los dos chupadas no podía
con el mareo.
Cuando nuestro amigo, el viejo lobo de mar, estaba más alegre que de
ordinario, contaba cuentos. Sus cuentos no se diferenciaban gran cosa de
las historias que él tenía por verdaderas.
Pero entre ellos había uno a quien él daba infinitas variantes.
[Ilustración]
El asunto se reducía a un marinero, buena persona, aunque un poco
borracho, que se encontraba con un viejo mendigo zarrapastroso y sucio.
El mendigo pedía, humildemente, un ligero favor, el marinero se lo
hacía, y el viejo resultaba nada menos que San Pedro, que en
agradecimiento concedía al marinero un don.
Este don variaba en los diferentes cuentos: en unos era una bolsa, de
donde salía todo lo que se deseaba con decir unas cuantas frases
sacramentales; en otros, una semilla maravillosa que plantada se
convertía en poco tiempo en un árbol, de tal naturaleza, que daba madera
para diez o doce fragatas y otros tantos bergantines, y todavía sobraba.
Le gustaba a Yurrumendi, cuando relataba estos cuentos extraordinarios,
documentar sus narraciones con una exactitud matemática, y así decía:
«Una vez, en Liverpool, en la taberna del Dragón Rojo....» O si no: «Nos
encontrábamos en el Atlántico, a la altura de Cabo Verde....»
Cuando se trataba de un barco, siempre tenía que explicar con detalles
la clase de su aparejo, su tonelaje y sus condiciones marineras.
Últimamente, las serpientes aladas, las sirenas, las brujas y la
_Curcushada_, en combinación con la vejez y con el alcohol, le
trastornaron un poco. Yo, que, de muchacho, tenía cierto ascendiente
sobre él, intentaba convencerle de que debía tomar aquel mundo
fantástico como real, si quería, pero sin darle demasiada importancia.
El solía replicarme, de una manera solemne:
--Shanti, tú sabes más que nosotros, porque has estudiado; pero otros de
más edad y de más saber que yo han visto estas cosas.
--Es verdad--decía algún viejo amigo suyo.
¡Pobre Yurrumendi! Daría cualquier cosa por verle en la tienda de poleas
de Zelayeta o en el Guezurrechape de Cay luce, contando sus cuentos;
pero los años no pasan en balde, y hace ya mucho tiempo que Yurrumendi
duerme el sueño eterno en el Camposanto de Lúzaro.
X
LAS INDIGNACIONES DE SHACU
Recalde, Zelayeta y yo ingresamos en la Escuela de Náutica. Hubiéramos
preferido ir, como los chicos del muelle, a pescar con algún viejo
marinero: pero no podíamos. Eramos víctimas de nuestra posición elevada.
Si queríamos ser marinos de altura, teníamos que estudiar, y, para
nosotros, el ser pilotos de derrota constituía una gran superioridad.
Afortunadamente, después del curso con don Gregorio Azurmendi, que nos
explicaba matemáticas vestido de frac y corbata blanca, llegaron las
vacaciones de verano. Yo no podía hacer grandes escapadas, porque estaba
vigilado; pero algunas veces me fui a pescar chipirones y jibias con un
pescador, fuera de las puntas. Mi madre se alarmaba tanto, que me
quitaba todos los alientos.
--No se qué vas a hacer cuando me embarque--le decía.
--Entonces, ya veremos.
Como tenía tantas dificultades para andar en lancha, decidimos Zelayeta
y yo comprar un barco de juguete para ver cómo se hacían las maniobras,
y fuimos los dos a casa de Caracas, que era el maestro constructor de
aquella clase de barquitos. Los chicos le considerábamos a Caracas como
un ingeniero naval admirable, y pensábamos que lo mismo que un modelo
haría una fragata.
Caracas tenía su tienda en la punta del muelle; un agujero negro,
socavado en la muralla, donde vendía alquitrán, sebo, barricas, clavos,
maderas embreadas, redes y anzuelos de todas clases. Adornaba el fondo
de esta covacha un gran mascarón de proa, pintado y dorado, de algún
barco antiguo.
Caracas, además de comerciante, era carpintero; de tarde en tarde tenía
que hacer algún modelo de barco de vela, para colgarlo en la iglesia de
un pueblo próximo, y, cuando estaba concluído y pintado, los pescadores
amigos desfilaban por el rincón aquel, para ver la obra maestra. También
hacía modelos para algunos marinos como ex voto. Sabido es que el llevar
un modelo a una ermita es una forma de aplacar a la divinidad.
El hermano de Caracas había sido hasta su muerte uno de los hombres más
trapisondistas del pueblo; algunos aseguraban que había dejado más de
media docena de viudas en diferentes puntos de España y de América, y
una porción de herencias fabulosas en su testamento, herencias que no
existían más que en su acalorada imaginación.
En la cueva de Caracas solían estar a todas horas, de tertulia, un
borracho, que se llamaba Joshepe Tiñacu, y un tipo mediotonto, de blusa
azul y de gorro rojo, que vigilaba las lanchas, apodado Shacu.
Zelayeta y yo intimamos con aquellos y otros avinados personajes, al ir
a ver cuándo concluía Caracas nuestro barco.
Joshepe Tiñacu era de esos marineros holgazanes y borrachos que se pasan
la vida en el puerto con las manos en los bolsillos. Muy de tarde en
tarde se embarcaba y volvía pronto a Lúzaro. Continuamente andaba de
taberna en taberna y de sidrería en sidrería. Cuando estaba borracho
hacía tales dibujos por las calles, que, como decía Yurrumendi, sólo por
verle marchar trompicando, se le podía convidar a vino.
Al llegar Joshepe Tiñacu a casa, se paraba, y, con voz suave e
insinuante, solía decir a su mujer:
--Anthoni, saca el disco.
La mujer se asomaba a la ventana con una luz, y el borracho, entonces,
entraba en su casa.
Cuando Caracas concluyó nuestro barco, fuimos, Zelayeta y yo, a la rampa
del muelle, lo pusimos en el agua, y el barco, como si estuviera
cansado, se tendió suavemente y se le mojaron las velas.
Por más arreglos que intentamos hacer, no llegamos a poner a flote el
barco construído por Caracas. Como decorativo, lo era; para aparecer
colgado en el crucero de una iglesia estaba muy bien; pero no andaba en
el agua.
Así son muchas de nuestras cosas.
Para mitigar este fracaso, Shacu se avino, por consejo de Caracas, a
prestarnos una chanela de Zapiain, el relojero y corredor de comercio.
Esta chanela, que Shacu guardaba, se llamaba el _Cachalote_.
Al principio le dábamos al guardián alguna moneda para tenerle contento;
pero luego le cogíamos la lancha sin decirle nada. Mientras veía que
entrábamos en el bote, hacía como que no se fijaba; pero cuando
pasábamos por delante del agujero de Caracas, Shacu se adelantaba y se
ponía a gritar con todas sus fuerzas:
--¡Dejad esa lancha, granujas!
Nosotros no le hacíamos caso, seguíamos remando, y él, más enfurecido
gritaba:
--¡Ladrones! ¡Piratas! ¡Corsarios! Ojalá os muráis de repente.
Entonces Zelayeta, que a veces tenía mala intención, le decía:
--Vamos a vender tu lancha. ¡Llora, Shacu!
Y a él le entraba tal desesperación, que pateaba, tiraba el gorro rojo
al suelo, y casi comenzaba a llorar de rabia.
Con el _Cachalote_ no andábamos más que por el puerto y por la ría; no
nos atrevíamos a cruzar la barra en una lancha tan ligera, porque una
ola un poco más fuerte podía tumbarla.
Si el puerto no tenía nada que ver, en cambio la ría era muy bonita. Una
de las orillas la formaba un arenal fangoso, en donde estaba el
astillero de Shempelar. En la marea baja, en este arenal se pescaban
anguilas, y constantemente había una serie de barcas negras, en hilera.
La otra orilla era agreste, rocosa; mostraba entre las peñas y
matorrales cuevas en donde, según la tradición popular se guardaban
armas cuando la guerra de la Independencia. Nosotros, Zelayeta, Recalde
y yo, encontramos en una un gran cañón de bronce; pero hicimos los tres
juramento de no comunicar a nadie nuestro hallazgo.
Un poco más lejos, antes de la primera presa, había poéticos rincones
llenos de espadañas y de saúcos, y una pequeña gruta por donde brotaba
un manantial.
Al volver de nuestras expediciones, a Shacu se le había pasado la
rabieta. Únicamente alguna vez nos recomendó, en tono de malhumor, que
no volviéramos a coger el _Cachalote_. Al domingo siguiente se lo
volvíamos a robar.
Un día nos decidimos a pasar la barra, y desde entonces perdimos el
miedo y entrábamos y salíamos del puerto con el _Cachalote_, aunque
hubiera mucho oleaje.
[Ilustración]
[Ilustración]
XI
EL NAUFRAGIO DEL «STELLA MARIS»
Una mañana de otoño, tendría yo entonces catorce o quince años, vino
Recalde, antes de entrar en clase en la Escuela de Náutica, y nos llamó
a Zelayeta y a mí.
Una goleta acababa de encallar detrás del monte Izarra, cerca de las
rocas de Frayburu.
Recalde el Bravo, padre de nuestro camarada Joshe Mari, y otro patrón,
llamado Zurbelcha, habían salido en una trincadura para recoger a los
náufragos. Decidimos, Zelayeta, Recalde y yo no entrar en clase, y,
corriendo, nos dirigimos por el monte Izarra hasta escalar su cumbre.
Hacía un tiempo obscuro, el cielo estaba plomizo, y una barra amoratada
se destacaba en el horizonte; el viento soplaba con furia, llevando en
sus ráfagas gotas de agua. Las masas densas de bruma volaban rápidamente
por el aire. Tomamos el camino del borde mismo del acantilado; las olas
batían allí abajo haciendo estremecerse el monte. La niebla iba
ocultándolo todo, y el mar se divisaba a ratos con una pálida claridad
que parecía irradiar de las aguas.
Contemplábamos atentos el telón gris de la bruma. De pronto, tras de un
golpe furioso de viento, salió el sol, iluminando con una luz cadavérica
el mar lleno de espuma y de color de barro.
Con aquella claridad de eclipse vimos entre las olas la lancha que
intentaba acercarse a la goleta encallada.
--¿Es tu padre el que va de patrón?--le pregunté yo a Recalde.
--No, es Zurbelcha--me dijo él.
Zurbelcha, envuelto en el sudeste, encorvado hacia adelante, llevaba el
remo que hacía de timón, era el práctico que conocía mejor la costa y
los arrecifes.
Un movimiento a destiempo, y la lancha se estrellaría entre las rocas.
Zurbelcha tenía los nervios de acero, y una precisión de algo
matemático. Los remos se hundían y se levantaban rítmicamente; a veces
los remeros daban una pasada para atrás, con el objeto de no avanzar,
sin duda esquivando alguna roca. Olas como montes y nubes de espuma
ocultaban, durante algún tiempo, a aquellos valientes.
En la cubierta del barco encallado, dos hombres y una mujer accionaban y
gritaban. El viento nos trajo sus voces.
La lancha se fué acercando al costado de la goleta, estuvo sólo un
momento junto a ella, y se desasió violentamente del casco del buque
perdido y se hundió entre las espumas. Los dos hombres y la mujer
desaparecieron de la cubierta.
Creímos que la trincadura había desaparecido en el mar. Esperamos con
ansiedad, registrando el horizonte con la mirada. Allá estaban; los
vimos entre la niebla. Zurbelcha seguía inclinado sobre su remo y la
lancha avanzaba hacia el puerto.
Quedaba otra dificultud: el pasar la barra. Recalde, Zelayeta y yo
llegamos a la punta del muelle en este momento. El atalayero, desde las
rocas, fué dando instrucciones con la bocina a Zurbelcha, y la lancha
pasó sin dificultad.
Poco después los náufragos estaban en tierra firme. De los dos hombres,
uno era alto, viejo, de sotabarba, vestido de negro, con gorra; el otro,
pequeño y moreno. La mujer llevaba un niño en brazos.
Zapiain, el relojero y corredor de comercio, se entendió con ellos. Eran
bretones, no hablaban más que su idioma y algo de francés.
La goleta se llamaba _Stella Maris_, y era de la matrícula de Quimper.
No pudieron explicar lo que había pasado con los demás marineros. Sin
duda la tripulación del barco, dándose cuenta del peligro antes que el
capitán, se apoderó del bote, que chocó con algún arrecife y se fué a
pique.
Días después, pasado el temporal, se intentó sacar de los escollos al
_Stella Maris;_ pero fué imposible. La quilla estaba hincada entre los
peñascos de Frayburu, y no hubo manera de arrancarla de allí y de poner
el barco a flote.
Los prácticos desistieron de la empresa, y aconsejaron al capitán bretón
que aprovechara la carga y abandonara lo demás.
Así se hizo; cuando mejoró el tiempo unos cuantos hombres descargaron el
barco y lo desmantelaron. Quince días después, el cabo de miqueletes del
puerto de la carretera de Elguea participó al comandante de Lúzaro que
en la peña llamada _Leizazpicua_ encontraron el cadáver de un hombre de
unos cuarenta años de edad, arrojado por las olas.
Vestía el cadáver, traje de marinero, compuesto de elástica de lana de
punto y pantalón y chaleco con botones amarillos. Aparecía calzado sólo
en el pie derecho; le faltaba la mano del mismo lado y tenía el rostro
carcomido. Sentí verlo, porque después, durante mucho tiempo, se me
venía su imagen a la memoria.
XII
NUESTRA GRAN AVENTURA
Cuando vi que el _Stella Maris_ quedaba abandonado, se me ocurrió el
proyecto de ir hasta él y reconocerlo. Tenía la ilusión de que, por una
casualidad, pudiese quedar a flote. Al exponer mi plan a Zelayeta y a
Recalde les produjo a los dos entusiasmo y asombro.
Decidimos esperar a que cesaran las lluvias; tuvimos que aguardar todo
el invierno. Las fantasías que edificamos sobre el _Stella Maris_ no
tenían fin, lo pondríamos a flote, llevaríamos a bordo el cañón
enterrado en la cueva próxima al río, y nos alejaríamos de Lúzaro
disparando cañonazos.
Un día de marzo, sábado por la tarde, de buen tiempo, fijamos para el
domingo siguiente nuestra expedición.
Yo advertí por la noche a mi madre que íbamos los amigos a Elguea, y que
no volveríamos hasta la noche.
El domingo, al amanecer, me levanté de la cama, me vestí y me dirigí de
prisa hacia el pueblo. Recalde y Zelayeta me esperaban en el muelle.
Zelayeta dijo que quizá fuera mejor dejar la expedición para otro día,
porque el cielo estaba obscuro y la mar algo picada; pero Recalde afirmó
que aclararía.
Ya decididos, compramos queso, pan y una botella de vino en el
_Guezurrechape_ del muelle; bajamos al rincón de _Cay erdi_ donde
guardaba sus lanchas Shacu; desatamos el _Cachalote_ y nos lanzamos al
mar. Llevábamos un ancla pequeña de cuatro uñas, atada a una cuerda, y
un achicador consistente en una pala de madera para sacar agua.
Iríamos dos remando y uno en el timón, y nos reemplazaríamos para
descansar. Salimos del puerto; el horizonte se presentaba nublado, con
algunos agujeros, en cuyo fondo brillaba el azul del cielo; pasamos la
barra en nuestro _Cachalote_, que bailaba sobre las olas como un
cetáceo jovial, y comenzamos a doblar el Izarra a larga distancia de los
arrecifes.
Yo me acordaba de las fantasías de Yurrumendi acerca de la sima que hay
en aquel sitio en el mar, y me veía bajando al insondable abismo con una
velocidad de veinticinco millas por minuto.
A pesar de las seguridades de Recalde, el cielo no aclaraba; por el
contrario, iba quedando más turbio, más gris; había pocas traineras y
lanchas de pesca fuera del puerto.
El viento soplaba con fuerza, en ráfagas violentas; las olas batían las
rocas del Izarra produciendo un estruendo espantoso y llenándolas de
espuma.
Pasamos por delante de Frayburu, la peña grande, negra, la hermana mayor
de las rocas del Izarra, que desde el mar parece un torreón en ruinas.
Comenzamos a acercarnos al _Stella Maris_. El aspecto de la goleta con
los mástiles rotos, tumbada sobre una banda como un animal herido en el
corazón, era triste, lastimoso.
El mar chocaba contra las peñas y sobre el costado del barco,
produciendo un ruido violento como el de un trueno, las gaviotas
comenzaban a revolotear en derredor nuestro, lanzando gritos salvajes.
Estábamos emocionados; Zelayeta y yo, creo que hubiéramos vuelto a
Lúzaro con mucho gusto, pero nada dijimos. Recalde no era de los que
retroceden. Las dificultades y el peligro le excitaban. Proponiéndole
volver no le hubiéramos convencido, y, tácitamente, los dos más reacios
nos decidimos a obedecerle. Terco, pero sin arrebatos, Joshe Mari era
hábil y marino de instinto.
Sabía que había un canalizo estrecho, de cuatro o cinco brazas, entre
los arrecifes, y quería penetrar por él para acercarse a la goleta.
Muchas veces enfilamos la entrada del canal; pero al ir a tomarlo nos
desviábamos.
Recalde nos mandaba aguantar en sentido contrario para detenernos.
--¡Ciad! ¡Ciad!--gritaba.
Y nosotros metíamos las palas de los remos en el agua, resistiendo todo
lo posible.
Hubo un instante en que no pudimos contrarrestar el impulso de una ola,
y entramos en el canalizo rasando las rocas, envueltos en nubes de
espuma, expuestos a hacernos pedazos.
Alrededor, cerca de nosotros, todo el mar estaba blanco; en cambio, por
contraste, más lejos parecía completamente negro.
Las olas saltaban sobre las peñas con tal fuerza que, al caer la espuma
en copos blancos como nieve líquida, nos calaba la ropa.
A medida que avanzábamos en el canal, el mar iba quedando más tranquilo;
el agua verdosa, casi inmóvil, se cubría de meandros de plata.
Cuando nos vimos en seguridad nos miramos satisfechos. Zelayeta se puso
a proa con el bichero, y Recalde y yo, unas veces remando y otras
empujando contra las rocas, avanzamos despacio. De pronto, Zelayeta
gritó, mientras apretaba con el bichero:
--¡Eh! Parad.
--¿Qué pasa?
--Hay que pararse. Perdemos fondo.
El bote iba rasando la roca. Nos detuvimos. Estábamos a veinte pasos del
barco. Yo vi que de la popa colgaba una braza de cuerda; salté de peña
en peña y comencé a escalar el _Stella Maris_ a pulso.
[Ilustración]
Al asomarme por la borda, una bandada de pájaros y de gaviotas levantó
el vuelo, y tal impresión me hicieron que por poco me caigo al mar.
Algunas de aquellas furiosas aves me atacaban a picotazos y revoloteaban
alrededor de mí lanzando gritos agudos. Con un trozo de amarra pude
defenderme y hacerlas huír.
--¿Qué pasa?--gritó Recalde.
--Nada--dije yo--. Son pájaros. Se puede subir.
--Echa esa cuerda.
Les eché una cuerda, que ataron al _Cachalote_, y luego, saltando como
yo, de una piedra en otra, subieron al barco.
Tomamos posesión, solemnemente, del _Stella Maris_. Fué lástima que no
tuviéramos el cañón de la cueva del río para saludar con salvas nuestra
primera conquista.
Luego nos dispusimos a reconocer el barco. El _Stella Maris_ estaba
hundido por la proa y levantado por la popa. La cubierta se hallaba
rajada a consecuencia de haberse venido abajo los palos y las poleas. En
la parte donde no llegaba el agua se amontonaban excrementos de pájaros,
huesos de gaviotas y plumas; cerca de la proa, desencuadernada, deshecha
y humedecida por la marea, las tablas se hallaban cubiertas de algas y
de fucos y resbaladizas como una cucaña.
La humedad y el sol iban abriendo las maderas y derritiendo la brea;
todos los hierros y argollas se hallaban roídos por el orín; la rueda
del timón giraba todavía, chirriando; no se tocaba nada que no se
desmoronase; algunos manojos de maromas, como serpientes enroscadas, se
pudrían sobre cubierta.
Recalde, que forcejeaba para abrir la escotilla de popa, llegó a
conseguirlo y desapareció por ella.
--¿Se puede andar por ahí?--le preguntamos.
--Sí, hay agua; pero se puede andar.
Bajamos los tres y registramos el camarote principal, la despensa y la
bodega, anegados. No encontramos nada; solamente Zelayeta halló un
devocionario en francés, impreso en Quimper, que se lo guardó.
Con las emociones y el cansancio se nos había abierto el apetito.
Sacamos el pan y el queso y, sentados en la popa, los devoramos pronto.
Discutimos nuestro programa para la tarde; decidimos ir a explorar
Frayburu.
Este peñón, desde el mar, por la parte protegida del noroeste, aparece
distinto a como se le ve desde tierra, pues tiene una pequeña playa y
unos cuantos zarzales que crecen entre las rocas.
El tiempo mejoraba; la marea comenzaba a subir; las olas verdes y mansas
iban cubriendo las rocas, y avanzaban cada vez más cerca de nosotros; el
agua entraba por las aberturas de la proa del _Stella Maris_, se tendía
por el plano inclinado de la cubierta y se retiraba con un suave
murmullo.
A veces, un golpe de mar violento hacía estremecerse a todo el barco, y,
entonces, los hierros y argollas, la rueda del timón y la obra muerta,
rechinaban como con una protesta de malhumor.
--¿Podremos salir de aquí sin tomar el canal por donde hemos
entrado?--pregunté yo.
--Con la marea alta saldremos más fácilmente--dijo Recalde.
En esto oímos un crujido fuerte.
--¿Qué pasa?--nos preguntamos los tres.
No nos pudimos dar cuenta de lo que ocurría.
XIII
LA GRUTA DEL IZARRA
Nos asomamos a la borda. El _Cachalote_ estaba hundido, sujeto a la
amarra. Sin duda, al chocar el bote con alguna piedra, se había abierto.
¿Qué íbamos a hacer? ¿Cómo volver a Lúzaro?
Zelayeta propuso subirse al trozo de palo más alto de los dos que
quedaban a la goleta, y pedir auxilio desde allí, si pasaba cerca alguna
lancha pescadora; pero este remedio era lento y poco eficaz. A Recalde
debió parecerle, además, el procedimiento un tanto humillante, y dijo
que teníamos que sacar el bote.
Entre los tres, tirando de la amarra, pudimos extraer del agua la
chanela sumergida; pero no teníamos fuerza para subirla hasta la
cubierta del _Stella Maris,_ y fuimos llevándola hasta el lado donde no
azotaban las olas, entre el barco y Frayburu.
Así dejamos el bote, medio atado, medio sostenido en el agua. Recalde se
desnudó, se descolgó por un trozo de escala hasta sostenerse en unas
rocas, y él empujando, y Zelayeta y yo tirando de la cuerda, logramos
poner la lanchita a flote. A mí me daba espanto ver a Recalde en medio
del agua, y le dije que subiera, pero él afirmó que no corría el menor
peligro.
El _Cachalote_ tenía entre las costillas una rajadura como de un palmo
de larga.
--Echadme trozos de cuerda--dijo Recalde.
Le echamos todos los que pudimos encontrar, y fue rellenando la abertura
hasta cerrarla por completo. Como las cuerdas estaban empapadas en brea,
servían muy bien. Después, cuando concluyó de cerrar la vía de agua,
dijo:
--Dadme la ropa.
Le echamos la ropa, y se fue vistiendo despacio.
--Aquí no podemos ir más que dos--añadió--. Esto no resiste más; uno que
reme y otro que vaya achicando el agua y teniendo cuidado de que no se
abra el boquete. ¿Quién de vosotros va a venir?
--Dilo tú--contestó Zelayeta, no muy entusiasmado.
--Bueno; que venga Shanti. ¿Dónde está el achicador?
--Debe estar en el bote, si no se ha ido al agua--le dije yo.
--Sin achicador no podemos hacer nada--murmuró Recalde.
Lo buscamos, y lo vimos flotando a poca distancia.
--Vamos, baja--me dijo Recalde.
Me descolgué, un poco emocionado. La posibilidad de ir a explorar la
gran sima negra de que hablaba Yurrumendi se iba haciendo cada vez
mayor. Me veía como aquel marinero del _Stella Maris_, que el mar había
arrojado a una peña, con la cara carcomida y sin una mano.
--Hasta salir de las rocas rema tú--me dijo Recalde--; yo guiaré.
Comencé a remar; miraba con terror el suelo del bote, que se iba
llenando de agua. Recalde dirigía; la marea estaba en su pleno; pasamos
por encima de los arrecifes, sin el menor contratiempo. Dejamos Frayburu
a un lado y nos dirigimos hacia el Izarra.
Al salir de entre las peñas, en donde se rompían las olas, cambiamos de
sitio.
--Ahora, yo remaré--dijo Recalde--; tú no hagas más que ir achicando.
Era tiempo, porque el bote iba haciendo agua; tenía yo los pies y los
pantalones mojados. Me puse a trabajar con el achicador, con brío, y
conseguí que el nivel del agua dentro del bote disminuyera muchísimo.
Pensábamos dar la vuelta al monte Izarra y atracar en la punta del Faro.
Cuando se cansó Recalde de remar, le substituí yo. No quería mirar a
tierra, para no ver la distancia que nos separaba.
Además, nos encontrábamos enfrente de la gruta del Izarra, de que tanto
hablaba Yurrumendi, y nos daba cierto temor.
Al cambiar de sitio no sé qué hicimos; el tapón de la abertura debió
moverse, y empezó a inundarse de nuevo el bote. Recalde se agachó e
intentó cerrar la vía de agua, pero no lo consiguió. Yo dejé de remar.
--Dame el pañuelo--me gritó él.
Le di el pañuelo.
--A ver, la boina.
Le di la boina, y mientrastanto me puse a sacar agua, para no pensar en
la situación desesperada en que nos veíamos. Recalde cerraba el agujero
por un lado, pero se le abría por otro. Sudaba sin conseguir su objeto.
--¿Sabes andar?--me dijo, ya comenzando a asustarse de veras.
--Muy poco--contesté yo, con un estoicismo siniestro.
Recalde persistió en sus tentativas, y llegó a impedir que siguiera
inundándose el bote.
Estábamos a unos doscientos metros de la gruta de Izarra.
--Habrá que ir directamente a la cueva--dije yo.
--¡A la cueva! ¿Para qué?--preguntó Recalde, sobresaltado.
--No habrá más remedio. Si no se nos va a abrir el _Cachalote_ antes de
llegar a la punta del Faro.
--Sí, es verdad; vamos.
Comencé a remar despacio, con cuidado, haciendo la menor violencia, para
que no saltaran los tapones del bote. Yo miraba a Recalde, y Recalde
miraba el agujero enorme del Izarra, que iba haciéndose más grande a
medida que nos acercábamos.
Veía el terror representado en los ojos de mi compañero. La sima abría
ante nosotros su boca llena de espumas. Me esforcé en hablar
tranquilamente a Recalte y en convencerle de que toda la fantasmagoría
atribuída a la gruta era sólo para asustar a los chiquillos.
Cuando yo me volví me quedé sobrecogido. Aquello parecía la puerta de
una inmensa catedral irregular edificada sobre el agua. Dos grandes
lajas de pizarra negra la limitaban. Nos acercamos; nuestro estupor
aumentaba.
Fuimos bordeando algunas rocas de la entrada de la cueva: extraños y
fantásticos centinelas. Recalde, en el fondo mucho más supersticioso que
yo, no quería mirar. Cuando le insté para que contemplara el interior de
la gruta, me dijo rudamente:
--¡Déjame!
Yo, al ver aquella decoración, comencé a perder el miedo. Miraba con una
curiosidad redoblada. El momento de acercarnos a la entrada fué para
nosotros solemne. Dentro de la gruta negra todo era blanco; parecía que
habían metido en aquella oquedad los huesos de un megaterio grande como
una montaña; unas rocas tenían figura de tibias y metacarpos, de
vértebras y esfenoides; otras parecían agujas solitarias, obeliscos,
chimeneas, pedestales sobre los que se adivinaba el perfil de un hombre
y de un pájaro; otras, roídas, tenían el aspecto de verdaderos encajes
de piedra formados por el mar.
Las nubes, al pasar por el cielo aclarando u obscureciendo la boca de la
cueva, cambiaban aparentemente la forma de las cosas.
Era un espectáculo de pesadilla, de una noche de fiebre.
El mar hervía en el interior de aquella espelunca, y la ola producía el
estruendo de un cañonazo, haciendo retemblar las entrañas del monte.
Recalde estaba aterrado, demudado.
--Es la puerta del infierno--dijo en vascuence, en voz baja, y se
santiguó varias veces.
Yo le dije que no tuviera miedo; no nos pasaba nada. El me miró, algo
asombrado de mi serenidad.
--¿Qué hacemos?--murmuró.
--¿No habrá sitio donde atracar?--le pregunté.
Las paredes, hasta bastante altura, eran lisas. Recalde, que las miraba
desesperadamente, vió una especie de plataforma, que seguía formando una
cornisa, a unos tres metros de altura sobre el agua.
Nos acercamos a ella.
--A ver si cuando estemos cerca puedes saltar arriba--me dijo Recalde.
Era imposible; no había saliente donde agarrarse y el bote se movía.
--¿Si echáramos el ancla?--me preguntó mi compañero.
--¿Para qué? Aquí debe haber mucho fondo--contesté yo.
Me acordaba de lo que decía Yurrumendi.
--¿Qué hacemos entonces? ¿Salir de este agujero?--preguntó.
Recalde estaba deseándolo.
--Echa el ancla ahí arriba, a ver si se sujeta--le dije yo, indicando
aquella especie de balcón.
Lo intentamos, y a la tercera vez uno de los garfios quedó entre las
piedras. Subí yo por la cuerda a la plataforma, y después él.
Desenganchamos el ancla, por si la cuerda nos podía servir, y
descansamos.
Estábamos sobre una cornisa de piedra carcomida, llena de agujeros y de
lapas, que corría en pendiente suave hacia el interior de la cueva. Unos
pasos más adentro, en su borde, había un tronco de árbol, lo que me dió
la impresión de que esta cornisa era un camino que llevaba a alguna
parte. El _Cachalote_, abandonado ya, lleno de agua, comenzó a marchar
hacia el fondo de la gruta, dió en una piedra y se hundió rápidamente.
Yo me adelanté unos metros.
La cornisa en donde estábamos se continuaba siempre con aquel tronco de
árbol carcomido en el borde.
--Vamos a ver si de aquí se puede salir a algún lado--dije yo.
--Vamos--repitió Recalde, tembloroso.
Realmente, si no teníamos salida, nuestra situación, en vez de mejorar,
había empeorado. Avanzamos con precaución, afirmando el paso; al
principio se veía bien, luego la obscuridad se fué haciendo intensa. Las
olas entraban y hacían retemblarlo todo; rugían furiosas, con su voz
ronca, en medio de las tinieblas, y aquel estrépito del mar parecía una
algarabía infernal de clamores y de lamentos.
A los treinta o cuarenta pasos de negrura comenzamos a ver delante de
nosotros una pálida claridad. Se adivinaban a esta luz incierta las
pirámides afiladas de las rocas, las estalactitas blancas del techo y,
abajo, el mar, hirviendo en espumas, semejaba una aglomeración de
monstruos de plata revolviéndose en un torbellino. Era realmente
extraordinario. El choque de las olas hacía temblar las rocas, y su
ruido iba repercutiendo en todos los agujeros y anfractuosidades de la
gruta.
--Mira, mira--le dije a Recalde.
Mi amigo, temblando, murmuró:
--Shanti, volvamos atrás.
--No, no--le contesté yo--. Aquí debe haber un agujero por donde viene
la luz.
El tronco de árbol del borde de la cornisa indicaba que en otro tiempo
había andado por allí gente. Seguimos avanzando y salimos debajo de una
chimenea inclinada que formaban dos lajas de pizarra. Quedaban restos de
tramos de una escalera. Recalde, más ágil que yo, trepó hasta arriba, y
yo subí después de él, ayudándome de la cuerda.
Estábamos entre las rocas del Izarra; nos faltaban unos metros para
llegar hasta el camino del acantilado. Recalde me confesó que pasó
momentos de miedo terrible en aquella maldita cueva. Yo intenté
convencerle de que dentro de ella no había nada extraordinario más que
juegos de luz y de sombra.
La fila de troncos de árbol que había en el camino indicaba que por allí
se habían hecho desembarcos de armas o de contrabando en otras épocas.
Bajamos del Izarra y salimos por entre las peñas a la punta del Faro.
Recalde sabía que en un pequeño fondeadero, labrado entre las rocas del
promontorio donde se levantaba la torre solía haber una barca que el
torrero utilizaba para pescar; fuimos allá y encontramos la lancha; pero
estaba atada con una cadena.
Llamamos en el faro, y una vieja nos dijo que el torrero había ido a
Elguea. Por otra parte, el que tenía la llave de la cadena de la lancha
era un señor que vivía en la primera casa de Izarte.
--Este señor estará ahora en la playa. Idos por el arenal y lo
encontraréis.
Avanzamos por la playa de las Animas. Primero encontramos un hombre
alto, rojo, con patillas cortas, a quien explicamos lo que nos pasaba y
que no pareció entendernos.
Este hombre se reunió con nosotros y fuimos juntos más lejos, donde
estaba un señor con una niña. Volvimos a explicar lo que nos pasaba y el
señor se levantó y habló con el hombre alto. Luego, los dos hombres, la
niña, Recalde y yo nos acercamos al fondeadero de la punta del Faro; el
señor desató la barca y él y el hombre alto entraron en ella.
Nosotros íbamos a embarcarnos, pero el señor nos dijo:
--Vosotros quedaos ahí.
El señor se puso al timón, el hombre izó la vela, y la lancha comenzó a
marchar rápidamente hacia Frayburu. Una hora después volvían, trayendo a
Zelayeta.
El viejo nos preguntó nuestros nombres, y cuando yo le dije el mío se
quedó mirándome fijamente.
Los tres aventureros reunidos volvimos a Lúzaro, cansados, destrozados.
En mi casa no pude ocultar la aventura; tuve que contarlo todo. Mi madre
y la _Iñure_ se hacían cruces.
--¡Qué chico! ¡Qué chico!--decían las dos.
Desde aquel día Joshe Mari Recalde comenzó a mirarme con gran
estimación. El no haberme asustado tanto como él en la cueva del Izarra
le parecía, sin duda, una gran superioridad.
--No creáis--solía decir a los condiscípulos--. Parece que no, pero
Shanti es muy valiente.
Muchas veces, después de tantos años, suelo soñar que voy en el
_Cachalote_ por la entrada de la cueva del Izarra y que no encuentro
sitio donde atracar, y tal espanto me produce la idea, que me despierto
estremecido y bañado en sudor.
[Ilustración]
LIBRO SEGUNDO
JUVENTUD
I
MIS PRIMEROS VIAJES
Nuestra aventura fué muy sonada en _Lúzaro;_ todo el mundo se enteró, y
hubo que pagar el _Cachalote_ a Zapiain, el relojero y corredor de
comercio.
Para nosotros no era cosa de avergonzarnos; los chicos nos admiraban. Yo
conté de mil maneras distintas las impresiones que se experimentaban en
la cueva del Izarra y demostré que en ella no había nada maravilloso,
sino restos del paso de contrabandistas.
Mi abuela y mi madre no quisieron, sin duda, dejarme envanecer con esta
aura popular, y después de los exámenes en la Escuela de Náutica, me
entregaron en manos de don Ciriaco Andonaegui, capitán de una fragata de
la derrota de Cádiz a Filipinas y de Filipinas a Cádiz.
Don Ciriaco había comenzado su carrera de marino de la misma manera, con
mi abuelo, y era justo hiciese por mí lo que uno de mi familia había
hecho por él.
Mi abuela y don Ciriaco decidieron enviarme a navegar como agregado.
Después le acompañaría a don Ciriaco en la derrota de Cádiz a Filipinas,
y, tras este viaje de un año o año y medio, me quedaría en San Fernando
para concluír mis estudios de náutica.
Mi viaje como agregado fué desde Liverpool a la Habana, en el bergantín
_Caridad_, con el capitán Urdampilleta. Tardamos más de dos meses; no
fuimos en línea recta: bajamos a las Canarias, y desde allí nos
encaminamos a las Antillas.
De Cuba volvimos a Manchester y de Manchester a Cádiz.
En el bergantín aquél el aprendizaje era terrible; no se comía apenas,
ni se podía dormir, ni mudarse; en cambio, cuando hacía buen tiempo, una
delicia: se jugaba a las cartas y se contaban cuentos de brujas y de
piratas. Los marineros, casi todos vascos, se avenían bien y no había
riñas.
A la vuelta de este viaje me embarqué con don Ciriaco en Cádiz, en la
_Bella Vizcaína._ La fragata me pareció un salón, tan limpia, tan
arreglada estaba.
Don Ciriaco, como su barco, era también muy atildado y muy pulcro.
Llevaba casi siempre sombrero de paja, traje blanco, patillas cortas, ya
grises. Hablaba con un acento entre vascongado y andaluz, intercalando
palabras filipinas; tipo de marino a la antigua, conocía muy bien su
derrota, pero en lo demás estaba poco enterado. Le gustaba la ciudad y
la vida social. Había estudiado en Vergara y sabía tres cosas no muy
frecuentes entre los marinos mercantes: sabía latín, sabía bailar y
sabía hacer versos.
Don Ciriaco quiso completar mi educación, y varias veces me preguntó si
no tenía afición a la poesía o al baile; pero sin duda mis aptitudes no
iban por ese camino.
Salimos de Cádiz; aun no se había pensado en abrir el istmo de Suez, y
el viaje a Filipinas se hacía por el Cabo de Buena Esperanza. Bajamos
por la costa de África a buscar los vientos alisios, atravesamos las
calmas ecuatoriales y paramos en Cabo Verde. Continuamos hacia el sur,
hasta hallar los vientos del oeste y poder cortar las calmas del trópico
de Capricornio; doblamos el Cabo y fuimos dando una gran vuelta por el
mar de las Indias, en dirección del estrecho de la Sonda.
La primera Nochebuena a bordo la pasé en el Océano Índico, después de
una tarde sofocante. De día, el mar estuvo como una llanura inmóvil de
cristal fundido por el sol, y la noche fué espléndida, cuajada de
estrellas refulgentes.
La mayor parte de la tripulación la formaban chinos que no celebraban
este día. Pero los españoles vascongados y andaluces estuvimos bebiendo
y cantando hasta muy entrada la noche.
Atravesado el estrecho de la Sonda, nos quedaba poca distancia. Tardamos
en toda la travesía cinco meses, y, como el viaje en este tiempo era
para don Ciriaco un éxito, entramos en la bahía de Manila disparando
cohetes.
Los días que pasé en Manila se deslizaron para mí rápidamente; todo lo
encontraba nuevo y lleno de interés; era un chico, y no tenía motivos
mas que para estar contento.
Salimos de Filipinas en marzo, y, en vez de volver por el estrecho de la
Sonda, fuimos con la monzón del sudoeste a entrar en el mar de las
Molucas, pasamos por el estrecho de Gilolo y luego por el paso de Pitt y
el estrecho de Ombay.
Desde aquí hicimos rumbo, para llegar lo más pronto posible a la región
de los alisios, que pensábamos encontrar hacia los paralelos 18° ó 20°;
pero no tuvimos suerte.
Al doblar el Cabo de Buena Esperanza luchamos con una violenta
tempestad, que por poco no nos arrastra hacia los escollos del
continente africano, y en todo el resto del viaje fuimos padeciendo
borrascas y tiempos duros.
Cuando pisé Cádiz, sentí un verdadero placer. Hubiese querido ir a
Lúzaro, pero el curso empezaba, y don Ciriaco opinó que no debía perder
ni un día de clase. El capitán me presentó en la escuela de San Fernando
y me llevó a casa de una señora conocida suya en esta ciudad, para que
me tuvieran de huésped.
De la escuela de San Fernando saldría piloto primero, después haría un
par de viajes y luego don Ciriaco se retiraría, dejándome que le
substituyera en el mando de la _Bella Vizcaína._
[Ilustración]
II
HISTORIA DE LA «BELLA VIZCAÍNA»
El primer sábado del curso, por la tarde, don Ciriaco se presentó en mi
casa, en San Fernando, y me dijo:
Vente a dormir al barco. Mañana tenemos que ir a Cádiz. Te voy a
presentar en casa de Cepeda. Lleva el traje nuevo.
El señor don Matías Cepeda era el socio principal de la Sociedad naviera
Vasco-Andaluza, Cepeda y Compañía, propietaria de la fragata que mandaba
don Ciriaco y de otros muchos buques.
Fuimos al barco, dormí yo en mi camarote y por la mañana me despertaron
dos golpes en la puerta.
--¡Eh, Shanti!--me dijo don Ciriaco--, ya es hora. Duermes como un
lirón.
Me levanté, me vestí y me acicalé todo lo posible. Los marineros de la
fragata, vestidos de día de fiesta, nos esperaban en el bote; entramos
don Ciriaco y yo, y nos dirigimos al puerto de Cádiz. En el camino mi
capitán me explicó en vascuence que la visita la hacíamos principalmente
a la señora de Cepeda, una vascongada, paisana nuestra, casada primero
con Fermín Menchaca y después con don Matías Cepeda, un almacenista,
socio del primer marido.
Desembarcamos en el muelle, pasamos la puerta del Mar y seguimos por una
calle próxima a la muralla.
Llegamos cerca de la Aduana, y don Ciriaco se detuvo delante de una casa
grande, con miradores.
--Aquí es--dijo.
Entramos en un portal altísimo, enlosado de mármol. Lo cruzamos. Llamó
el capitán; un criado abrió la cancela y nos pasó a un patio con el
suelo también de mármol, el techo encristalado y las galerías con
arcadas.
Precedidos por el criado, subimos la escalera monumental, y,
recorriendo un pasillo, llegamos a un salón inmenso, con grandes espejos
y medallones.
Esperamos un rato y apareció la dueña de la casa, doña Hortensia, una
mujer opulenta, hermosísima.
Nos recibió con gran amabilidad. Don Ciriaco estuvo muy cortesano con
ella. Realmente, el viejo capitán era un hombre de salón.
Don Ciriaco, exagerando un poco, le habló a doña Hortensia de mi
familia, de nuestra casa solariega de Lúzaro, de mis antepasados.... Al
oír los detalles de nuestro preclaro abolengo, la amabilidad de la bella
señora aumentó.
Doña Hortensia sentía una extremada debilidad por las preeminencias
nobiliarias, y resultó cosa no muy rara entre vascongados, que teníamos
un apellido común.
--Debemos ser parientes--dijo ella.
--Es muy posible--repuse yo.
--Pues si eres algo pariente mío, no te choque que te hable de tú,
porque a mí me pareces todavía un chiquillo.
Yo, completamente confundido y turbado, le dije que me alegraría de esta
confianza por su parte.
Estábamos hablando cuando entró, acompañada de una criada vieja, la hija
de doña Hortensia, Dolorcitas, una muchachita de catorce o quince años,
preciosa. Don Ciriaco estuvo con ella como un viejo galante de la corte
de Versalles. Dolorcitas se parecía a su madre; pero era más pequeña de
estatura, de ojos más negros y de tez algo más morena. Tenía una gran
movilidad en la expresión y mucha gracia hablando.
¿Habrá que decir que yo estuve en su presencia torpe, turbado, hecho un
tonto? No, no es necesario. Me encontraba en la edad del pavo, no había
tratado a ninguna mujer y era naturalmente tímido.
Doña Hortensia dijo al criado:
--Dígale al señor que le esperamos para almorzar.
Media hora después vino don Matías Cepeda y fué presentado a él. El
señor Cepeda no era un hombre simpático ni mucho menos; tenía la cara
dura, juanetuda, la nariz chata, la frente pequeña y el bigote corto y
cerdoso.
Con don Ciriaco el señor Cepeda estuvo muy atento, y hasta pretendió ser
ocurrente; a mí no me miró. Sin duda, el no tener cincuenta años, para
don Matías era una impertinencia.
Solamente me dirigió una frase, y ésta me escoció:
--Ten cuidado--me dijo--, porque aquí, en Cádiz, te van a tomar el pelo.
Después de almorzar, don Matías y don Ciriaco se retiraron para hablar
de negocios, y doña Hortensia y Dolorcitas quisieron enseñarme la casa.
Esto halagaba su vanidad.
La casa era enorme. Se traslucía allí un verdadero delirio de grandezas:
el suelo era de mármol, los salones vastísimos, con techos pintados e
historiados; los miradores tan anchos y espaciosos como si fueran otras
habitaciones. En los testeros se veían espejos de toda la pared, y en
los pasillos se levantaban estatuas y fuentes de alabastro.
Yo entonces aun no había visto nada, no podía comprender la diferencia
que existe entre la ostentación lujosa y el buen gusto, y quedé
maravillado.
Después de recorrer la casa subimos la azotea y estuvimos contemplando
la bahía de Cádiz, inundada de sol, llena de fragatas, de bergantines y
de goletas.
Dolorcitas trajo un anteojo y miramos el Puerto de Santa María, Rota y
Puerto Real.
Yo conté lo mejor que pude mi viaje con don Ciriaco. Después vinieron
unas cuantas amigas de Dolorcitas. Yo estuve hablando con doña
Hortensia, que se mostró muy amable conmigo.
A media tarde don Ciriaco me llamó.
--Vamos, Shanti--me dijo.
El ama de la casa me advirtió que todos los domingos y días de fiesta
estaba invitado a comer allá. Si no iba, preguntarían por mí y me
llevarían a la fuerza.
Me despedí de todos, y salí con don Ciriaco, entusiasmado. El viejo
capitán me llevó a un colmado de la misma calle de la Aduana, llamó al
dueño, un montañés amigo suyo, y le recomendó una comida escogida, una
comida para gente que comprende lo trascendental de la misión de
engullir. El dueño del colmado y don Ciriaco discutieron detalladamente
los platos, las salsas y los vinos.
--Necesito una hora para preparar todo eso--dijo el montañés.
--Muy bien--contestó el capitán--. Le concedemos a usted la hora.
--Pueden ustedes dar una vuelta si quieren.
--No, no. ¿Para qué? Tráigase usted una botella de manzanilla de
Sanlúcar y unas aceitunas.
Bebimos los dos, y, de pronto, me dijo don Ciriaco:
--Mira, pilotín; te he presentado a Hortensia y a don Matías, porque te
pueden servir.
--¡Muchas gracias!--repuse yo.
--Espérate. Aquí tienes que quedarte durante un año; no conoces a nadie
y es conveniente que, en caso de necesidad, puedas dirigirte a alguien;
pero te voy a contar la historia de Hortensia para que sepas a qué
atenerte.
--¡Demonio! Tiene historia.
--Tú verás. Hortensia es vizcaína, de un pueblo próximo a Bilbao. Su
padre era un contramaestre a quien llamaban el Griego. Probablemente lo
sería; algún aventurero que llegó al pueblo y se casó. La bella
Hortensia tenía pretensiones, era muy hermosa y no quería casarse con un
cualquiera. Después de todo hacía bien. En esto, un amigo mío, Fermín
Menchaca, capitán de barco metido a comerciante en Cádiz, fué al pueblo,
donde acababa de morir su padre, que era patrón de una lancha; vio a
Hortensia y se enamoró de ella. Menchaca no estaba dispuesto a casarse,
ni tampoco a dejar a Hortensia. La llenó de regalos y de joyas. Ella
dijo que no a todo. O su mujer o nada. Menchaca prometió hacerla su
mujer y Hortensia cedió. En el momento del matrimonio, Menchaca, que era
voluble, se escapó del pueblo, dejando a Hortensia embarazada.
La muchacha, nada tímida, al ver su abandono, vendió las joyas que le
había regalado el amante y se presentó con su hija en Cádiz. Menchaca
estaba en Filipinas; Hortensia fué a Filipinas, encontró a Menchaca y le
obligó a casarse con ella.
Menchaca era un hombre exaltado, brutal, atrevido, con ideas geniales,
capaz de cosas buenas y de cosas malas. Menchaca no era un hombre
completo; creía como en un artículo de fe en esa simpleza de que a las
mujeres no hay que tomarlas en serio. Te lo dice un viejo, y un viejo
solterón que ha adorado a las mujeres; Shanti, no creas nada de lo que
digan ellas, y menos lo que te digan de ellas. No creas que una mujer
es, por serlo, débil o tímida o poco inteligente. El sexo es una
indicación muy vaga y las variaciones son infinitas. Si quieres saber
cómo es una mujer, primeramente no te enamores de ella; después
estúdiala con tranquilidad, y cuando la conozcas bien ... te pasará que
ya no te importará nada por ella.
--Trataré de seguir su consejo.
--Si puedes, pilotín; si puedes.... Como iba diciendo, a pesar de que
Menchaca tenía medios de comprobar que Hortensia era un carácter, no
quiso verlo ni reconocerlo. Menchaca se había asociado con este don
Matías Cepeda que has visto; asociación extraña desde el punto de vista
del carácter, porque Menchaca era un hombre atrevido y lleno de
iniciativas, y, por el contrario, Cepeda es el tipo vulgar del
comerciante escamón que va marchando rutinariamente sobre seguro. Cepeda
es un asturiano que vino aquí sin un cuarto y hoy tiene una gran
fortuna.
--Pues eso, don Ciriaco, no me parece de tontos.
--¿Pero tú sabes por qué medio ha hecho Cepeda su fortuna?
--No.
--Pues con su físico.
--¿Con su físico? Tiene gracia.
--Sí, con su físico. Tú dirás que no es un Adonis; pero la fealdad en un
hombre no es casi nunca un obstáculo. Cepeda llegó a Cádiz, de sus
montañas de Asturias, y entró de dependiente en un gran almacén de
azúcar, de café y de cacao de la calle de la Aduana; luego se casó con
la dueña, y ésta, al morir, le instituyó heredero único, con lo que
quedó viudo y riquísimo.
Cepeda era naturalmente tímido con su dinero; Menchaca le impulsó a los
negocios y los dos ganaron millones. El uno completaba al otro. Menchaca
era el hombre de iniciativa y de brío, el que concebía los proyectos;
Cepeda resolvía los detalles y las dificultades prácticas.
Menchaca, cuando se instaló en Cádiz, tuvo la veleidad de poner casa a
una muchacha de Puerto Real, y de pasear con ella en coche y regalarla
trajes y joyas.
Entonces fué cuando se comenzó a hablar de que Hortensia se entendía con
el socio de su marido, con Cepeda. Yo nunca lo creí. Menchaca era, como
te he dicho, un exaltado, casi un loco, y al oír que su mujer le
engañaba se enamoró de ella nuevamente. Menchaca ya era viejo. Tendría
cerca de cincuenta años, y un hombre de cincuenta años que se enamora es
como el caballo de un coche simón que se desboca. Menchaca abandonó a la
muchacha de Puerto Real y comenzó a vigilar a su mujer.
Ella estaba ofendida profundamente; él, celoso y sombrío, no quiso pedir
explicaciones ni reconocer su culpa, considerando este reconocimiento
como un agravio a su dignidad; una palabra a tiempo hubiera reconciliado
a los esposos; pero ninguno de ellos quiso pronunciarla. La hostilidad
entre los dos se hizo cada vez mayor. Comían separados y no se veían ni
se dirigían la palabra.
En esto, estaban concluyendo en Portsmouth una fragata para la Sociedad
Vasco-Andaluza; no le faltaba más que algunos detalles. Menchaca fué a
Inglaterra a recogerla. No sé si sabrás que, cuando se construye un
buque, se hace un libro o cuaderno que se entrega por el constructor al
primer oficial que lo manda.
--Sí, lo sé. Se llama _pliego de historia_, y en él se anotan cuantas
circunstancias se han observado en la construcción.
--Exacto. Pues cuando le entregaron el _pliego de historia_ del barco y
leyó el nombre, Menchaca estuvo a punto de tener una congestión.
--¡Demonio! ¿Cómo se llamaba el barco?
--La _Bella Vizcaína._
--¿Nuestra fragata?
--La misma, pilotín, la misma. Y alguien encontró que la sirena del
mascarón de proa tenía las facciones de la hermosa Hortensia.
--¡Bah!
--Fantasías que se inventan. Menchaca desde entonces quedó más sombrío
que nunca. No era posible que a Cepeda se le hubiese ocurrido aquella
idea de bautizar así el barco, con el fin de mortificar a su socio. El
pensamiento partió seguramente de ella.
La situación del matrimonio seguía difícil y sin mejorar, cuando un día
Menchaca, jugando con unas pistolas, no se sabe si inadvertida o
intencionadamente, se pegó un tiro en la sien y cayó muerto.
Al año Hortensia celebró su matrimonio con don Matías Cepeda; compraron
la casa de la calle de la Aduana y la arreglaron.
Esas son cosas de todos los tiempos--concluyó diciendo don Ciriaco
filosóficamente--, que han pasado, que pasan y que pasarán. Te he
contado la historia de Hortensia para que sepas qué clase de mujer es, y
para que no digas sin querer delante de ella alguna inconveniencia.
Comentamos los hechos y después hicimos honor a la cena, que fué
exquisita.
Don Ciriaco pensaba zarpar al día siguiente; yo quise acompañarle hasta
el barco; pero él no lo permitió.
--Tú vete a estudiar a San Fernando--me dijo--. No pasará mucho tiempo
en que seas tú el que te vayas y yo el que me quede. ¡Adiós, Shanti!
--Adiós.
Nos abrazamos, él se metió en el bote y desapareció.
III
DOLORES DE VANIDAD
El domingo siguiente, por la mañana, marchaba yo a casa de doña
Hortensia, por las calles de Cádiz. Iba con el corazón en un puño. Temía
que me recibieran mal o fríamente; pero no: mi paisana y su hija
Dolorcitas me acogieron con grandes extremos de amistad.
Estaban preparándose para ir a misa, y yo las acompañé hasta una iglesia
próxima. A la vuelta dimos un paseo por la calle Ancha y la plaza de
Mina, y volvimos a casa.
El encuentro con don Matías me preocupaba. Aquella estúpida insinuación
del señor Cepeda de que se burlarían de mí me intranquilizaba. Era muy
suspicaz, como todos los hombres tímidos, y estaba siempre en guardia,
creyendo ver ofensas en cualquier cosa.
Llegó don Matías y, efectivamente, me recibió con frialdad y como con
cierto alarde de no darme importancia.
--Este joven insignificante para mí no existe--era lo que parecía querer
dar a entender aquel señor.
Don Matías era, aunque no de una manera ostensible, mi adversario. Hacía
como si no me notara, por mi insignificancia; pero yo, a través de su
aire indiferente, le sentía hostil. Tenía sobre mí la ventaja de hablar
castellano bien, y se valía de ella para humillarme. Es una idea
estólida y mezquina, muy frecuente en España, creer que se demuestra
superioridad burlándose de una persona ingenua con frases de doble
sentido que dejan estupefacto al que ignora su significado. Don Matías
demostraba así su superioridad.
Yo, al caer en uno de estos lazos burdos, me confundía, y don Matías
soltaba la carcajada. Entonces, ya turbado, no sabía qué hacer y miraba
desde el amo de la casa hasta los criados como a enemigos que querían
humillarme.
Es ridículo y absurdo cómo en la juventud se sufre por necedades sin
importancia.
Don Matías y yo nos sentíamos como tipos de distinta raza. El no debía
notar en mí suficiente respeto, y el que yo me permitiese tener opinión
acerca de las cosas le producía una mezcla de cólera y de asombro que
ahora me hubiera parecido cómica. El señor Cepeda no podía discurrir,
razonar con libertad; no contaba con el suficiente número de ideas para
comparar y obtener juicios propios; verdad es que a la mayoría de la
gente le pasa lo mismo.
Para suplir esta falta de ideas, don Matías se refugiaba en las
anécdotas. En su cabeza, cada idea tosca y primitiva lleva como
atornillada una serie de cuentos y de chistes.
--Eso no es así--decía, por ejemplo, al exponer yo una opinión
cualquiera--, y te contestaré con lo que dijo Periquito Sánchez a don
Juan Martínez en Cádiz, en el año de 27....
Y don Matías seguía así con una velocidad de galápago, hasta contar una
anécdota de una vulgaridad aplastante.
Como hombre de poca delicadeza natural y de cultura rudimentaria, no
era, ni mucho menos, un modelo de discreción, y a veces tenía salidas de
patán que le regocijaban muchísimo. En el fondo estaba sorprendido de
verse a sí mismo tan alto; había hecho esfuerzos para convencerse de que
su caudal, que no dependía más que de un matrimonio afortunado y de la
suerte, era obra de su talento y de su perseverancia.
Don Matías era el tipo del buen burgués: bruto, rutinario, indelicado y,
en el fondo, inmoral. Toda rutina le parecía santa, el precedente la
mejor razón. Don Matías tenía sus manías; por ejemplo, ir siempre tarde
a comer para demostrar que los muchos trabajos no le permitían ser
puntual.
Don Matías solía estar en su despacho con su gorro y su bata, cuando no
andaba por el almacén, por entre hileras de sacos y de cajas, dando
órdenes o paseando con las manos cruzadas en la espalda.
El dependiente principal, que le conocía bien, un jerezano muy chistoso,
decía del señor Cepeda que se pasaba el tiempo cortando papeles para
llevarlos al retrete, o haciendo punta a los lápices lo más despacio
posible para obtener el gusto de aparecer ante su familia como atareado.
Hasta en eso era mezquino, porque hacía las puntas de los lápices cortas
y cortaba los papeles pequeños. Roñoso para todo, era hombre de rumbo
para los gastos de la casa y de la bella Hortensia. Tenía el sentimiento
del comerciante rico que considera a la mujer como el mejor medio de
lucirse.
En la apariencia, don Matías era un hombre respetabilísimo, serio, de
ideas profundas; en el fondo era un pobre majadero, un caso de
pedantería y de vanidad grotescas. A Dolorcitas la trataba secamente, no
por ser su hijastra y no su hija, sino porque consideraba que ése era su
papel de hombre de negocios.
Aquel solemne y majestuoso idiota creía que, para ser marido y padre a
la inglesa, tenía que mostrarse frío con su mujer y su hija.
Esa tendencia anglómana que se ha desarrollado en algunos pueblos
andaluces, no me resulta. Los ingleses, que en general son tiesos y
formales, tienen la ventaja de su tiesura y de su formalidad; pero estos
anglómanos del Mediodía, con su mezcla de tiesura y de mandanga, me
parecen bastante cómicos.
Dolorcitas, como era natural, no tenía mucho cariño por su padrastro.
Don Matías varias veces le prometió llevarla al teatro, y luego, para
demostrar su autoridad sin duda, hacía como que se olvidaba de su
promesa y dejaba a la muchacha llorando.
Todos los domingos, después de almorzar, don Matías, con su levita, sus
guantes, su sombrero de copa y sus botas siempre crujientes, se marchaba
al Casino Moderado, y no volvía hasta el anochecer.
Nos quedábamos de sobremesa doña Hortensia, Dolorcitas y yo. Dolorcitas
y yo jugábamos como chicos, recorríamos la casa, subíamos a la azotea,
íbamos al miramar.
La señora Presentación, una vieja muy graciosa y gesticuladora, a quien
yo no entendía nada de cuanto hablaba, solía venir a avisar a la
señorita Dolores, que alguna de sus amigas acababa de llegar.
Cuando se reunía Dolorcitas con alguna amiga, entonces yo ya no jugaba:
ellas jugaban conmigo. Recuerdo mis conversaciones con Dolores y con una
amiga suya, María Jesús; debían ser algo como el juego de un oso con dos
monitas.
Las amigas se contaban sus cosas al mismo tiempo, con una velocidad
vertiginosa; yo, en cambio, marchaba como una gabarra cargada hasta el
tope. No he podido hablar nunca el castellano rápidamente, y entonces,
menos. Además, como buen vasco, he sido siempre un poco irrespetuoso con
esa respetable y honesta señora que se llama la Gramática.
Las dos chiquillas charlaban haciendo monerías y gestos expresivos.
Dolorcitas, a pesar de ser hija de vascongados, era tan aguda y tan
redicha como una gaditana.
Después de María Jesús, que solía llegar la primera, venían a la casa
otras chicas y chicos de la misma edad. Entonces yo me sumía en el
mutismo; ¿para qué hablar, si por cada palabra mía ellos soltaban diez o
doce?
Dicen que un nuevo idioma es una nueva alma, y hay algo de verdad en
esto; yo comprendía, al oír aquellos muchachos, que no sólo no sabía el
castellano, sino que mi alma era distinta a la suya. Yo me sentía otra
cosa, pero no tenía el valor ni la fuerza para creer que mi espíritu,
más concentrado y más sobrio, valía tanto como el de ellos, todo
expansión, palabras y muecas. Mi humildad me inducía a creerme un
salvaje entre civilizados.
Mi timidez me hacía pasar unos momentos horribles; una palabra, un
gesto, cualquier cosa bastaba para que la sangre me subiese a la cara.
Dolorcitas sonreía al verme turbado. Veía que sufría y se alegraba. Era
la crueldad natural de la mujer.
Luego, más tarde, no se contentaba con el placer de confundirme, sino
que le gustaba darme celos. Yo estaba enamorado. ¿Enamorado? Realmente
no sé si estaba enamorado, pero sí que pensaba en Dolorcitas a todas
horas, con una mezcla de angustia y de cólera.
Si ella hubiese hablado un día con un joven y otro día con otro sin
hacer caso de mí, quizá no me hubiera hecho efecto; pero veía que sus
coqueterías me las dedicaba expresamente con intención de mortificarme,
y esto me sublevaba.
En general, el amor es eso, sobre todo en las personas muy jóvenes, que
no tienen preocupaciones espirituales; un instinto más cercano a la
crueldad y al odio que al afecto tranquilo.
A veces, huyendo de la coquetería y de los desdenes mortificantes de
Dolorcitas, pretextaba una ocupación cualquiera y me marchaba de casa de
don Matías. ¡Qué aburrimiento! ¡Qué saturación de fastidio! ¡Qué
amargura interior!
El sol brillaba en las calles desiertas, el cielo estaba azul, el mar,
tranquilo. ¿Qué hacer? El mundo entero me parecía inútil. El disgusto de
uno mismo, la hostilidad del ambiente, la imposibilidad de formarse otro
a gusto de uno, todo caía sobre mí con una pesadumbre de plomo.
En alguna ocasión que Dolorcitas vió en mí la decisión firme de
marcharme y no volver por su casa, se sintió de nuevo cariñosa conmigo.
Yo no me atrevía a reprocharle su coquetería claramente, pero sí le dije
varias veces que comprendía que no tuviera simpatía por mí, porque yo
era más tosco que ella, y ella me contestó que yo le _gutaba azí_. Le
gustaba así para mortificarme.
Las tardes del domingo solíamos ir a la Alameda de Apodaca, Dolorcitas y
alguna amiga suya; ellas muy elegantes, yo de marinerito.
Desde cerca de la Maestranza contemplábamos la bahía de Cádiz, tan azul;
allá lejos, Rota y Chipiona brillando al sol con sus caseríos blancos;
luego, la costa baja formando una serie de arenales rojizos hasta el
Puerto de Santa María, y en el fondo, los montes de Jerez y de
Grazalema, violáceos al anochecer, con una línea recortada y extraña en
el horizonte.
Veíamos la entrada de alguna fragata o de algún bergantín que venía con
el atoaje. Luego, al avanzar la tarde, nos dirigíamos a casa por la
muralla dando la vuelta a una punta que, si no recuerdo mal, se llama de
San Felipe.
Veíamos las baterías con sus cañones, avanzábamos por el adarve a mirar
por los huecos de las almenas. Tardábamos todo lo más posible en entrar
en casa. Al llegar a la Aduana comenzaba a obscurecer.
En las torres blancas de las casas próximas a la muralla quedaban aún
resplandores de sol. Echábamos una última mirada a la bahía.
El mar, como un lago azul, se rizaba apenas por el viento; en los barcos
comenzaban a brillar las luces, y en el puerto resplandecía una fila de
faroles; el cielo de otoño, un cielo azul y rosa, sin una nube, iba
obscureciendo. Las luces de San Fernando comenzaban a reflejarse en el
agua, y la esfera del reloj del Ayuntamiento de Cádiz se iluminaba y se
destacaba en el cielo pálido.
Muchas veces, desde aquel sitio de la muralla, oíamos las lentas
campanadas del _Ángelus._
Al anochecer tomaba la diligencia en una plazoleta próxima y me marchaba
a San Fernando con el espíritu angustiado y lleno de una extraña
amargura.
[Ilustración]
IV
LA PALMERA Y EL PINO
Algunas veces he oído referirse a una poesía de un poeta alemán, creo
que de Enrique Heine, en donde un pino del Norte suspira por ser una
palmera del trópico.
Este símbolo podía representar la situación espiritual mía en aquella
época lejana en que estudiaba en San Fernando. Hoy, cosa extraña, no me
gusta nada el Mediodía, y tampoco me entusiasman las palmeras, que son,
indudablemente, decorativas, pero que tienen aspecto de algo artificial.
En el tiempo de que hablo era yo el pino que aspira a transformarse en
palmera. Hubiese querido hablar con abandono y ligereza, saber hacer
chistes y comparaciones y echármelas de Tenorio. Hasta se me ocurrió
abandonar el mar y hacerme comerciante, o por lo menos empleado.
Ya no pensaba en islas desiertas ni en hacer de Robinsón; mis ideales
eran otros. Quería transformarme en un andaluz flamenco, en un andaluz
agitanado. Entrar en una de esas tiendas de montañés a tomar pescado
frito y a beber vino blanco, ver cómo patea sobre una mesa una
muchachita pálida y expresiva, con ojeras moradas y piel de color de
lagarto; tener el gran placer de estar palmoteando una noche entera,
mientras un galafate del muelle canta una canción de la _maresita_
muerta y el _simenterio_; oír a un chatillo, con los tufos sobre las
orejas y el calañés hacia la nariz, rasgueando la guitarra; ver a un
hombre gordo contoneándose marcando el trasero y moviendo las nalguitas,
y hacer coro a la gente que grita: _¡Olé!_ y _¡Ay tu mare!_ y _¡Ezo él;_
ésas eran mis aspiraciones.
Hoy no puedo soportar a la gente que juega con las caderas y con el
vocablo; me parece que una persona que ve en las palabras, no su
significado, sino su sonido, está muy cerca de ser un idiota; pero
entonces no lo creía así. Cada edad tiene sus preocupaciones.
Entonces hubiera querido ser tan discreto, tan conceptuoso y tan
alambicado como todos mis conocimientos.
Leí las novelas de Fernán Caballero, que tenían mucha fama; no me
gustaron nada, pero me convencí de que me debían gustar. Las he vuelto a
leer después, y me han parecido una cosa bonita, pero mezquina. Me dan
la impresión de un cuarto bien adornado, pero tan estrecho, que dentro
de él no se pueden estirar las piernas sin tropezar en algo.
Yo no comprendo bien el entusiasmo que ha habido en la España del siglo
XIX por cultivar la mezquindad. En libros, en dramas y en toda clase de
escritos se ha exaltado con fruición la más estúpida y fría mezquindad,
como la única virtud del hombre.
En aquellos tiempos era demasiado tímido para pensar así, no porque no
lo creyese en el fondo, sino porque no tenía confianza en mí mismo para
afirmar mis ideas categóricamente.
El no saber vivir como los demás me producía una sorda cólera, una
indignación frenética.
Me sentía como una rueda de reloj suelta que no engrana con otra.
La verdad es que si la civilización era lo que creía don Matías Cepeda:
tener un almacén de cacao y de azúcar y otro almacén de chistes y de
frasecitas, yo no llevaba camino de civilizado.
A veces me daban ganas de dar un puntapié a aquella gente, que después
de todo no me servía para nada, y mandar a paseo a don Matías, a su
mujer, a la niña y a todos sus amigos y amigas.
Yo no comprendía que había en mí una exuberancia de vida, un deseo de
acción; no veía que alternaba con gente orgánica y moralmente
encanijada; que yo necesitaba hacer algo, gastar la energía, vivir.
Muchas veces, al asomarme a la muralla, al ver la bahía de Cádiz,
inundada de sol, el mar somnoliento, dormido; los pueblos lejanos, con
sus casas blancas; la sierra azul de Jerez y Grazalema recortada en el
cielo; al contemplar esta decoración espléndida, me preguntaba:
--Y todo esto, ¿para qué? ¿Para vivir como un miserable conejo y recitar
unos cuantos chistes estúpidos?
Realmente era poca cosa.
Un domingo de invierno, por la tarde, al anochecer, no sé por qué me
decidí a dejar la diligencia de San Fernando y a quedarme en Cádiz.
Había en el muelle esa tristeza de domingo de los puertos de mar. No me
sentía alegre, sino agresivo, con gana de hacer una brutalidad
cualquiera. Entré en una tienda de montañés, pedí pescado frito y vino
blanco. Comí y bebí en abundancia. Estos colmados andaluces resumen el
carácter de la región: son pequeños, pintorescos y complicados.
Salí del colmado, fuí a un café de la calle Ancha, tomé unas copas de
licor y me marché de allí dispuesto a todo.
Era ya de noche; mis botas metían un ruido tremendo por las calles
desiertas.
Me pareció que quizá no había bebido bastante para ser todo lo insolente
y procaz que quería, y me senté en la mesa de una taberna, en la acera,
en una calle en donde hay tal profusión de colmados y de peluquerías,
que no parece sino que aquella gente se ha de pasar la vida entre el
plato de pescado frito y la tenacilla para rizarse el pelo.
A mi lado había un hombre borracho, vestido de negro, con el sombrero
ladeado y una flor roja en el ojal.
Se levantó de su silla y se acercó a mí sonriendo. Yo le miré de mala
manera y, como estaba iracundo, le pregunté:
--¿Qué pasa? ¿Qué quiere usted?
El sonrió estúpidamente.
--¿Marino?--me dijo después, en inglés, señalándome con el dedo.
--Sí, marino--le contesté yo--. ¿Y qué?
--Yo también marino--añadió él--. ¿Usted español?
--Sí, español.
--Yo, holandés. Los dos marinos..., los dos borrachos. Buenas
amistades.
Después de decir esto y estrecharme la mano, el holandés se sentó a mi
mesa. Bebimos juntos. El holandés era capitán de la corbeta _Vertrowen_.
Era chato, rojo, rubio, con unos bigotes amarillentos, caídos y lacios
como los de un chino; el traje negro, casi de etiqueta, que en aquella
taberna llamaba la atención.
Yo me constituí en su defensor, y pensé que si se burlaban de él tenía
derecho para hacer algún disparate.
Nos levantamos los dos. Entonces en Cádiz, y ahora probablemente pasará
lo mismo, había la costumbre de andar de noche por unas cuantas calles,
los días de fiesta sobre todo. Estas calles eran la calle Ancha, la de
Columela, la de Aranda, la de San Francisco, y no recuerdo si alguna
más. Este paseo nocturno tenía algo de procesión.
El capitán de la _Vertrowen_ y yo nos echamos por aquellas calles; había
por todas partes olor a aceite frito y humo de castañas asadas. En los
bancos de las plazas, gente sentada pacíficamente descansaba; algunos
obreros, endomingados, pasaban en coche, tocando la guitarra y cantando.
Los chiquillos se reían de nosotros. Invitamos a algunas muchachas de
aire equívoco a tomar algo en los cafés y tabernas; pero al vernos
borrachos huían. Aburridos, cansados, dimos con nuestros cuerpos en una
tienda de montañés próxima a la Puerta del Mar. Aquella noche hice yo un
gasto de cólera y de rabia inútil.
Al entrar en la taberna vi a un hombre moreno, mal encarado, que me
miraba de una manera aviesa. Debía de ser un matón. Me alegré; era el
momento. Me acerqué a él y le dije:
--¿Qué? ¿Qué pasa? ¿Qué mira usted?
--¡Yo!--exclamó él, sorprendido.
--Sí, me mira usted con una cara....
--Cara de _jambre, zeñorito_--me dijo amablemente--. No ha _pazao_ por
mi cuerpo en _to_ el día a razón de _doz cuartoz_ de comida.
Aquello me dió una ira y una tristeza profunda. El hombre me contó que
estaba sin colocación; la familia y los hijos sin comer. Le invité a
tomar cualquier cosa; pero él me dijo que, si quería pagarle algo,
prefería llevarlo a casa. Le di dos o tres pesetas y el hombre se largó
corriendo.
Mi aburrimiento y mi desesperación se iban fundiendo en una niebla
melancólica que se apoderaba de mi cerebro. El capitán de la _Vertrowen_
y yo estuvimos mirándonos sin hablarnos. De pronto nos decidimos a
marcharnos. Al salir el capitán tropezó con un marinero que entraba, y
estuvo a punto de caer al suelo. El holandés no sólo no se incomodó,
sino que dió excusas al marinero, que, a su vez, pidió mil perdones por
su torpeza.
Yo me avergoncé de mis instintos fieros. La bruma melancólica iba
avanzando en mi alma, dando a mis ideas un tono de sentimentalismo
verdaderamente ridículo.
Fuimos el holandés y yo al muelle. Mi compañero de embriaguez bajó los
escalones de una escalerilla y se puso a gritar, hasta que brotó de
entre las tinieblas un bote blanco. Creí que el hombre se caía al agua
con su traje de etiqueta y su flor en el ojal; pero no, se mantuvo firme
y saltó al bote con agilidad.
Luego, me saludó con el sombrero en la mano, con gran reverencia.
_--Good night_--me dijo.
--Buenas noches--le contesté yo.
Me quedé solo. Estaba cansado, triste, con la cabeza pesada. Ya no me
quedaba ni un rastro de cólera. No sabía qué hacer, y me decidí a ir a
San Fernando a pie.
V
NUEVAS FATIGAS DE AMOR
Como todos los hombres sentimentales que esperan demasiado de las
mujeres, he tenido momentos de aborrecer al bello sexo. Don Ciriaco
muchas veces me decía, con una exasperación alegre que le era
característica:
--Shanti, ten esto en cuenta. De cien mujeres, noventa y nueve son
animales de instintos vanidosos y crueles, y la una que queda, que es
buena, casi una santa, sirve de pasto para satisfacer la bestialidad y
la crueldad de algún hombrecito petulante y farsantuelo. Así nos vamos
vengando unos en otros, de la manera más inhumana y estúpida.
Realmente, la naturaleza es pródiga con el hombre egoísta y con la mujer
voluble e insensible. Quizá es lo natural en el hombre ser un poco
canalla, y en la mujer un poco cruel. Hasta es posible que la bondad y
la generosidad sean una anomalía.
Tengo que reconocer que Dolorcitas no era la excepción de las cien de
que hablaba don Ciriaco. Estaba entre las noventa y nueve restantes: era
caprichosa, cruel, instintiva, voluble. Por un capricho hubiera
sacrificado a su padre, a su madre, al pueblo entero y, probablemente, a
media humanidad.
Dolorcitas parecía decidirse por mí; pero, al mismo tiempo, todo el
mundo decía que iba a casarse con el hijo del marqués de Vernay, un
señor de Jerez, no muy rico, pero de familia aristocrática.
Le escribí a Dolorcitas y le hablé varias veces por la reja. Ella negaba
que fuera a casarse y aseguraba que no torcerían su voluntad. Sin
embargo, los indicios de la boda eran ciertos.
En todos los puertos de mar, constituídos casi siempre por una población
advenediza y aventurera, se forma un espíritu aristocrático endiablado.
En las ciudades arcaicas y tradicionales, los individuos que creen
formar parte de la aristocracia alegan los prestigios de la clase con
más o menos razón; en las ciudades modernas ya no es la clase solamente
lo que se defiende, sino el matiz. Así sucede que Bilbao o Buenos Aires,
Manila o Barcelona, tienen más prejuicios de casta que Toledo, Burgos o
León.
En Lúzaro, en pequeño, ocurre lo propio desde que se ha llenado de
indianos y de gente forastera.
El comerciante, que, en general, procede de la parte más turbia de la
sociedad, necesita, ya que no pueda decir que sus abuelos estuvieron en
la conquista de Jerusalén, demostrar que su escritorio es algo sagrado y
que todos sus pequeños útiles y procedimientos de robo constituyen
ejecutoria de nobleza.
Me chocó oír que don Matías hablaba repetidas veces de su clase. Al
mismo tiempo, y refiriéndose a Dolorcitas, dijo que ésta se casaría con
un hombre de su posición, indicándome de pasada que no pretendiese poner
los ojos demasiado alto.
Para el señor Cepeda, como para todos los comerciantes de puerto, había,
sin duda, la aristocracia de la sangre y la del escritorio, el
devocionario y el libro mayor, la espada y la pesa, la coraza y el
mandil.
Era extraño: así como mi abuela afirmaba la aristocracia de la
marinería, el señor Cepeda afirmaba la aristocracia del escritorio.
En el comercio del azúcar y del cacao la elevación social está en razón
directa de la cantidad; en cambio, en el comercio de drogas la elevación
está en razón inversa. Si uno vende azúcar y canela en pequeña cantidad,
es un vulgar ultramarino; en cambio, si negocia con estos géneros en
grande, es un comerciante.
Fenómeno singular: con las drogas sucede lo contrario; vendiéndolas en
grande, es uno un droguero; vendiéndolas en pequeño, un farmacéutico, un
hombre de ciencia.
La primera vez que comprendí claramente las pretensiones aristocráticas
de la familia de Dolorcitas, fué hablando con un empleado del almacén de
don Matías, a quien yo llamaba el Almirante.
Muchos domingos, al llegar a casa de doña Hortensia me encontraba con
que no había nadie, y solía entrar en el almacén. Los empleados me
conocían. Allí se trabajaba lo mismo días de labor que días de fiesta.
Era todavía la buena época de Cádiz. Constantemente estaban cargando y
descargando carros en la calle de la Aduana, llena de almacenes y de
escritorios, y constantemente los carretones entraban y salían del
almacén de don Matías.
El almacén era inmenso, con bóvedas en donde se apilaban sacos,
barricas, toneles y cajas. A la entrada estaba el escritorio, con su
pantalla y sus ventanillas con letreros. Una parte estaba destinada al
comercio y la otra al despacho de buques.
Antes de entrar en las cuevas se pasaba por un vestíbulo, en donde había
unas grandes balanzas colgadas del techo. En este vestíbulo, vigilando
las pesadas y la entrada y salida de los fardos, solía verse un señor
que no era más que algo como un conserje o portero; pero que, por su
aspecto, parecía un personaje. En la casa, medio en serio, medio en
broma, le conocían por don Paco. Yo le llamaba el Almirante y también el
primer lord del Almirantazgo.
Este personaje decorativo gastaba patillas largas y blancas, abdomen
abultado, pantalón obscuro y una chaquetilla blanca, de dril. Hablaba de
manera doctoral. La geografía, la historia, el comercio, la navegación,
todo lo dominaba este hombre extraordinario.
Don Paco me explicó que don Matías y doña Hortensia buscaban para la
niña un novio de la aristocracia. Les faltaba el título para la
decoración de la familia, y habían hablado con el viejo marqués de
Vernay, y en principio la boda estaba concertada. El Almirante sabía que
la niña estaba por mí. Yo no sabía otro tanto.
Concluí mi curso en San Fernando y fuí a vivir a Cádiz; tenía que
esperar a don Ciriaco para embarcarme.
Varias veces hablé por la reja con Dolores. Yo le decía que no se
casara, que me esperara.
--Sí, te esperaré--contestaba ella fríamente.
Supe que no era yo el único que hablaba con Dolorcitas por la reja y que
un joven guardia marina iba muchas noches a charlar con ella.
Hice proyectos absurdos de provocarle, que, afortunadamente, no llegué a
realizar, y a mediados del mes de julio me quedé sorprendido con la
entrada en la bahía de Cádiz de la _Bella Vizcaína._
Llegaba el momento fatal. Había que embarcarse. Me despedí de mi novia,
que me hizo mil promesas de fidelidad y de escribirme, y me fuí a la
fragata considerándome un hombre desgraciado. Don Ciriaco firmó el
conocimiento que se hacía por triplicado para responder de las
mercancías embarcadas, y levamos el ancla.
Para aliviar mi pena le conté a don Ciriaco mis amores. El viejo capitán
me escuchó burlonamente.
--Cuando vuelvas, esa niña se habrá casado ya--dijo tranquilamente, y,
añadió después--: Mejor para ti.
Don Ciriaco era un hombre tremendo.
[Ilustración]
VI
GRANDEZA Y MISERIA
Salimos de Cádiz y comenzamos el enorme viaje por el Atlántico hasta el
Cabo de Buena Esperanza, y después por el Océano Índico al Estrecho de
la Sonda y a Filipinas.
Por exigencias comerciales, en vez de volver a Europa directamente,
tuvimos que atravesar el Estrecho de San Bernardino y dirigirnos por el
Pacífico a buscar el de Magallanes. Por cierto que antes de llegar a las
Palaos encontramos dos islas de coral que no aparecían en los mapas, y a
una le llamamos con el apellido de don Ciriaco, isla Andonaegui, y a la
otra, isla de Santiago Andía.
Dos años y medio después de la salida llegamos a Cádiz. Yo recuerdo que
marqué el punto con la brújula con una gran emoción. Mentiría si dijera
que no me acordaba de Dolorcitas; pero me acordaba de una manera vaga,
remota.
En el barco supe que se había casado; pero por más esfuerzos que hice
para desesperarme no lo pude conseguir.
Entramos en la bahía de Cádiz una mañana de invierno, con un sol
espléndido. Sentí una gran alegría; allí estaban Chipiona y Cádiz con
sus casas blancas como huesos calcinados; allá estaba el castillo de San
Sebastián y la Caleta.
Al pasar por delante de la Maestranza y al ver de cerca la muralla, me
acordé de mis paseos con Dolorcitas y de mi época de estudiante en San
Fernando.
El caserío de Cádiz se desarrollaba ante mi vista, sus casas blancas sin
alero, la catedral con sus dos torres y su cúpula dorada, las azoteas
con sus torrecillas como minaretes y algunos de esos lienzos de pared
blancos, con dos o tres ventanas pequeñas, como los paredones de las
casas árabes.
Tenía ganas de pisar tierra española, de pasear por aquellas viejas
murallas con sus garitas, sus baluartes y sus cañones, de ver el hermoso
golfo de Cádiz.
La primer visita era indispensable hacerla a don Matías. Doña Hortensia
me recibió como si fuera su hijo. Mi capitán le hizo grandes elogios de
mí. Doña Hortensia estaba espléndida. Era una mujer de un gran
atractivo; parecía una emperatriz romana. Después he visto la estatua de
Agripina en el Museo del Capitolio, en Roma, y me acordé de ella.
Por lo que yo pude comprender, sentía por su marido un desprecio
inaudito. Se consideraba completamente emancipada. Yo tenía un poco más
de mundo que cuando estudiante, y pude comprender que la bella Hortensia
se desentendía de toda preocupación moral y que no buscaba más que
prosperar y gozar. Satisfacer los sentidos y la vanidad.
Su fama en Cádiz era un tanto equívoca.
Don Ciriaco pensaba retirarse y quería que yo le reemplazara en el mando
de la fragata; pero esta combinación no le gustaba a don Matías. Mi
capitán y yo fuimos a ver varias veces a Hortensia para que convenciese
a su marido. Ella prometió insistir hasta conseguir su asentimiento.
--Amigo, los chicos guapos tenéis esas ventajas--me dijo don Ciriaco,
con su tono zumbón--: las mujeres están de vuestra parte. Os ayudan, os
protegen, creen que sabéis mucho de marinería. Ya le quisiera yo ver al
capitán Cook, calvo y con las barbas blancas, venir a esta casa. Estoy
seguro de que Hortensia le encontraría el defecto de que no estaba muy
enterado de marinería.
Yo me eché a reír.
--Sí, sí, ríete--replicó mi capitán--; pero ten cuidado. Esta mujer
tiene malas intenciones para ti. Ya que has salido de la hija, no vayas
a caer en la madre.
--¿Qué me puede hacer don Ciriaco?--le dije yo, riendo.
--A otros barbilindos más listos que tú les he visto yo andar de cabeza
y hacer una porción de tonterías por una mujer. Conque, ¡ojo a la
brújula, pilotín, y cuidado con la rueda del timón!
--La ataremos, si le parece a usted, don Ciriaco.
--No, no; el buen timonel no tiene necesidad de eso.
Los consejos de don Ciriaco hicieron que no acudiese con frecuencia a
casa de Hortensia. Mi asunto marchaba bien. Antes de un mes podría ver
en la calle de la Aduana este letrero:
_COMPAÑÍA VASCO ANDALUZA_
_El día 5 de enero saldrá para las
Canarias, Cabo Verde, el Cabo de
Buena Esperanza y Manila la fragata
«La Bella Vizcaína»,
al mando del capitán don Santiago de Andía._
Los días que me quedaban de Cádiz pensé aprovecharlos. Me empezaba a
encontrar bien allí; llevaba una vida ligera y alegre. Paseaba mucho, me
encantaba el pueblo, sus plazas alegres, sus calles rectas; contemplaba
las casas blancas de miradores enormes, las iglesias también blancas, y
recorría la muralla al ponerse el sol.
Una tarde, al anochecer, al ir a entrar a la fonda, pasó por delante de
mí la criada vieja de casa de doña Hortensia, la señora Presentación, y
me dió una carta. Era de Dolorcitas. Me citaba para las diez de la
noche; tenía que hablar conmigo. Me esperaría en la reja. Vivía en la
calle de los Doblones, cerca de la Aduana. Toda mi ecuanimidad se vino
abajo desde aquel momento.
Se me ocurrieron dos cosas: una, la prudente, el ir a ver a don Ciriaco
y pedirle consejo; otra, la que más halagaba mi vanidad, escribir
diciendo que acudiría a la cita. Me decidí por lo último. Había entre
los marineros de la _Bella Vizcaína_ un chico de Cádiz, a quien llamaban
el Morito, porque había estado en Tánger y solía llevar con frecuencia
un fez rojo en la cabeza.
El Morito era muy partidario mío. Un barco es un pequeño mundo aparte,
donde las simpatías y las antipatías se establecen rápidamente, y el
Morito era joven y había simpatizado conmigo. Este muchacho solía estar
con frecuencia en una tienda de montañés de cerca de la Puerta del Mar.
Fuí a buscarle, le encontré, le di el encargo de llevar la carta a
Dolores, y después le dije que volviera por mí. Cenamos juntos el Morito
y yo; para las diez nos presentamos en la calle de los Doblones.
El Morito estaba contento de intervenir en un asunto un poco misterioso
como aquél.
--Tú vigila--le dije yo--, y si pasa alguno, avísame.
--Descuide usted--me contestó él.
A las diez en punto se oyó ruido detrás de la reja; vi una vaga luz,
después una falleba que chirriaba suavemente y una persiana que se
abría.
El corazón me golpeaba en el pecho como un martillo de fragua; creí que
me caía. Apareció ella y extendió la mano. Yo la cogí entre las mías.
Estaba tan emocionado que no podía decir nada.
Dolores, de pronto, rápidamente, me dijo que se había casado y que era
muy desgraciada. Había comprobado que su marido, el marqués, era el
amante de su madre, y ella quería vivir conmigo y abandonar Cádiz.
Yo quedé asombrado, perplejo, sin saber qué contestar. El Morito me sacó
del apuro, porque se acercó a decirme que venía alguien por la acera.
Pasó el transeúnte y seguimos hablando Dolores y yo.
Al día siguiente me esperaría en una casa próxima, que tenía una puerta
a otra calle, por donde yo entraría.
Se cerró la persiana, le avisé al Morito que nos íbamos y me fuí a la
fonda. No pude dormir en toda la noche. Realmente yo no estaba
enamorado, porque discurría fríamente, con tranquilidad completa. Veía
que me jugaba mi porvenir. Mis relaciones con Dolores se averiguarían en
seguida, por muchas precauciones que tomáramos, y don Matías me echaría
a la calle en cuanto se enterara. A veces se me ocurría la idea de
marcharme al barco y encerrarme allí; pero me parecía vergonzoso.
Por la mañana, después de una noche de insomnio, me decidí a seguir la
aventura. Estaba convencido de que en el fondo no tenía cariño por
Dolores; de que, probablemente, ella tampoco me quería; que obraba por
vengarse; pero no importaba; había que ir hasta el fin.
Al día siguiente nos vimos. Dolores había cambiado en los dos años que
no la veía. Era una mujer, pero una mujer espléndida, hermosísima. Yo
empecé a sentirme como en un sueño.
--¿Será la vida así?--pensaba al retirarme a la fonda.
Era un comenzar a vivir extraordinario. ¡Después de haber dado la vuelta
al mundo y respirado el ambiente voluptuoso de las islas del Pacífico;
después de haber luchado con los huracanes del Atlántico, con los
tifones del mar de la China y los bancos de hielo del Cabo de Buena
Esperanza, encontrarse con una mujer joven, bonita, marquesa, que le
dice a uno que le quiere!
¡Sentirse uno al mismo tiempo viejo por las cosas vistas y niño por el
corazón! Era una situación extraordinaria. No había leído todavía
ninguna novela de Balzac, de esas en que figuran únicamente duquesas y
jóvenes ambiciosos; de haberla leído, me hubiera encontrado a mí mismo
doblemente interesante. La seguridad en mí mismo me hizo ser temerario.
Recuerdo cómo fuí varias veces al palco de Dolorcitas en el teatro.
Dolores parecía una princesa; yo llevaba mi frac azul entallado, de
botones dorados, pantalón _collant_ de color gris, polainas y corbata
negra, de varias vueltas.
La gente me señalaba disimuladamente con el dedo. Si alguien me hubiera
dicho que no era el rey, el czar, el emperador, el niño mimado de la
suerte, le hubiera mirado con olímpico desprecio.
En el teatro había ópera, y más de una vez de pie, en el palco junto a
ella, se me arrasaron los ojos de lágrimas oyendo al tenor en _Lucía_,
aquello de: _Tu che a Dio spiegasti l'ale_.
Petulancia, sentimentalismo, vanidad, tristeza, todo esto se fundía en
mi alma, haciéndome creer unas veces que era un héroe y otras un
desdichado.
Mis penas procedían de Dolores. Yo hubiera querido identificarme con
ella, saber sus pensamientos más íntimos, penetrar en su alma. Sueño
irrealizable. Siempre había en ella una reserva, un temor de dejar su
espíritu al descubierto.
--¿Qué más quieres de mí?--me dijo algunas veces. Y esta sola pregunta,
expresada con acritud, bastó para hacerme desgraciado.
¡Qué estupidez, pensaba en estos momentos tristes, el considerar a la
mujer como una criatura ideal! ¡Qué error mirar la riqueza y el fausto
como felicidad!
Se acercaba el momento de que la _Bella Vizcaína_ tenía que partir. Yo
fuí a la fragata a dirigir la maniobra y a ponerla en franquía, fuera de
todos los barcos de la bahía de Cádiz. De allí volví en el bote. Me
encontraba en la mayor incertidumbre.
Un acontecimiento, a pesar de su lógica no esperado por mí, acabó, no
precisamente de una manera agradable, mis vacilaciones. Una mañana se
presentaron en mi hotel dos caballeros, de parte del marqués de Vernay.
Venían a provocarme a un duelo a pistola en condiciones graves. Yo
acepté desde luego; tenía la seguridad de que no me había de pasar nada.
Nombré de padrinos a un condiscípulo de San Fernando y a un oficial
inglés de Marina que comía en el hotel y que estaba en un navío surto en
la bahía de Cádiz.
Como digo, tenía una confianza absoluta, una confianza estúpida; me
parecía imposible que el marqués me hiriera. No sé qué idea absurda de
mi inviolabilidad se me había metido en la cabeza.
El duelo se verificaría en el Puerto de Santa María, en la finca de un
amigo del marqués. Se hicieron los preparativos con extraordinaria
reserva; el marqués y sus padrinos, con las cajas de pistolas, fueron a
primera hora de la mañana, y yo, con los míos, nos metimos en una barca
después de comer.
El patrón se sentó a la popa. Era un tipo de teatro, con patillas, faja
encarnada y calañés.
Nos reímos de él, porque decía en un andaluz muy cerrado:
--Bueno, vámonoz, que ze va el viento.
Cruzamos la bahía de Cádiz, desembarcamos, atravesamos las calles del
Puerto de Santa María, en coche, y llegamos a la finca del amigo del
marqués, a eso de las dos de la tarde.
Hacía un tiempo de invierno admirable; los padrinos midieron veinte
pasos dando unas zancadas enormes; nos dieron las pistolas, disparamos,
y al mismo tiempo que oí el fogonazo sentí un golpe que me derribó al
suelo. Intenté respirar, la boca se me llenó de sangre y sentí el ruido
del aire al entrar por el agujero de la herida.
Tenía atravesado el pulmón. Pasé días muy malos entre la vida y la
muerte. Un mes estuve en cama, y al cabo de este tiempo pude levantarme
hecho una momia. Don Ciriaco, desde que supo lo ocurrido, se plantó al
lado de mi cama y me cuidó como a un hijo. Hortensia vino también a
verme. Dolores y su marido habían ido a vivir a Madrid, al parecer
reconciliados.
Cuando ya estuve en disposición de salir de casa, don Ciriaco me llevó a
ver a un amigo suyo, capitán de una fragata, _La Ciudad de Cádiz_. El
viejo capitán, que me tenía cariño, quería que su amigo pasara a mandar
la _Bella Vizcaína_ y yo ocupara la vacante en _La Ciudad de Cádiz_.
El amigo no presentó dificultad alguna; don Ciriaco fué a ver a doña
Hortensia, quien parece que dijo que se haría lo que deseábamos sin la
menor vacilación.
Efectivamente; unos meses después, ya restablecido del todo, era capitán
de una hermosa fragata, a los veintitrés años.
VI
EL PARADERO DE JUAN DE AGUIRRE
Nunca volví a ocuparme de mi tío Juan de Aguirre, que en mi infancia
tanto me preocupó; pero un día iba en una de esas canoas que cruzan la
bahía de Manila conduciendo el pasaje, y que llaman _guilalos_, cuando
entablé conversación con un viejo capitán vasco que mandaba un
bergantín, y al decirle que yo era de Lúzaro, me preguntó:
--¿Usted sabe algo de la vida de Juan de Aguirre?
--No. Y eso que Juan de Aguirre era pariente mío.
--¿Juan de Aguirre y Lazcano?
--El mismo. Era mi tío carnal.
--¿Qué se hizo de él?
--Debió morir. Yo he asistido a su funeral.
--¿Cuánto tiempo hará de eso?
--Pues, hará cerca de veinte años.
--No puede ser. Hace unos catorce o quince años, Juan de Aguirre vivía,
y estaba, según me dijeron, en Ilo-Ilo.
--No creo que fuera él; me parece imposible.
--Yo no le he visto--repuso el capitán--, pero he conocido gente que ha
hablado con él.
--Podría ser una persona del mismo nombre.
--¿Del mismo nombre, del mismo pueblo y que hubiera navegado de piloto
en el mismo barco?... Muy raro tenía que ser.
--Sí, es verdad. Pero si hubiese vivido en Ilo-Ilo, le hubiese escrito a
su madre.
El capitán se encogió de hombros como si el argumento no le convenciera
y añadió con indiferencia:
--Hace veinte años que no le escribo yo a mi mujer, y probablemente
creerá que me he muerto.
Me despedí de este paisano, que sin duda no era un caso muy
significativo de ternura matrimonial; le conté la conversación a mi
segundo, e hicimos una serie de indagaciones entre capitanes, pilotos y
contramaestres vascongados. Varios nos confirmaron que, efectivamente,
habían oído hablar hacía unos quince años de un Juan de Aguirre,
propietario en Ilo-Ilo y antiguo marino; en cambio, el capitán de la
corbeta _Mari Galante_, Francisco Iriberri, a quien encontramos en una
de esas calmas del Océano Índico, al sur de Madagascar, me dió otros
datos.
Iriberri era un viejecito pequeño, imberbe, con el aire enfermizo, el
pelo rubio y los ojos ribeteados. Después he sabido que Iriberri fué uno
de los capitanes más audaces de su tiempo.
Iriberri me aseguró que Juan de Aguirre había estado, como él, haciendo
el comercio de negros y de chinos hasta que fué apresada su urca por un
crucero inglés. Iriberri me dijo que la urca en donde navegó mi tío se
llamaba _El Dragón_ y que era de una Sociedad franco-holandesa, y me dió
tales detalles, que quedé convencido. Según él, mi tío, si no se había
escapado o no había muerto, seguiría en presidio.
Su final lo desconocía, pero era indudable que mi tío, después de andar
en algún barco negrero o pirata, había sido preso.
Desde Ilo-Ilo hubiera escrito a su madre y ésta no hubiese tenido
inconveniente en declarar que su hijo vivía. Encontrándose en presidio,
se comprendía que mi orgullosa abuela prefiriese darle por muerto.
Con un viaje muy malo, después de siete meses de navegación con
temporales y borrascas, llegamos a Cádiz.
Llevaba cinco años de mar. Tenía veintiocho. Estaba cansado. Recogí las
cartas en el correo, y en la primera que leí mi madre me decía que la
abuela había muerto. Era conveniente que fuese a Lúzaro, para arreglar
las cuestiones de la herencia.
Tenía tanto deseo de ver tierra, que rechacé la proposición de un
compañero que quería llevarme en su barco hasta Bilbao, y tomé la
diligencia para Madrid.
Estuve una semana en la corte, y el primer día, al llegar al Prado, vi
en un coche a Dolorcitas con su marido. Él quizá no me conoció, pero
ella sí debió conocerme al momento, y volvió la cabeza con desdén.
Era una estupidez, pero aquel ademán desdeñoso me hizo mucho efecto.
Más melancólico de lo que había llegado, salí de Madrid; pasé por Burgos
y Vitoria, y de aquí, tomando un coche y dejando otro, llegué a Lúzaro.
Los bienes de la abuela tenían que repartirse en partes iguales entre mi
tía Úrsula y mi madre.
Aguirreche quedaba para las dos; pero como mi tía Úrsula, sintiendo
cierta veleidad mística, había manifestado el deseo de entrar en el
convento de Santa Clara, y mi madre no quería para vivir la antigua casa
solariega, decidieron alquilarla.
Yo, movido por el interés de averiguar el paradero de mi tío Juan,
registré los armarios de la abuela y leí todas las cartas y papeles
viejos.
Quería aclarar el enigma de la vida de mi tío, de quien se contaban
tantas historias, y que me volvía otra vez a preocupar.
Registrando los armarios, encontré un daguerrotipo en cristal, hecho en
París. Pregunté a mi madre si conocía al retratado, y me dijo que era su
hermano Juan, pero tan raro, que casi no le conocía. Nunca había visto
aquel retrato.
En un paquete de cartas amarillas leí una firmada _Juan_. En ella se
acusaba recibo de una cantidad no pequeña y se decía que enviaba su
daguerrotipo, hecho por un fotógrafo de París.
No cabía duda que la carta era de mi tío. Estaba escrita desde un pueblo
de Bretaña y fechada diez años después de que en Lúzaro se celebrara el
entierro. Era indudable que Juan de Aguirre vivía cuando su familia y
yo, de chico, asistimos a su funeral.
[Ilustración]
LIBRO TERCERO
LA VUELTA AL HOGAR
I
LA HERIDA
Por las mañanas, al asomarme al balcón, veo el pueblo con sus tejados
rojos, negruzcos, sus chimeneas cuadradas y el humo que sale por ellas
en hebras muy tenues en el cielo gris del otoño.
Después de las lluvias abundantes, las casas están desteñidas, las
calles limpias; la carretera descarnada, con las piedras al descubierto.
El azul del cielo parece lavado cuando sale entre nubes: es más diáfano,
más puro.
En el jardín del convento próximo, dos monjas de toca blanca han estado
mirándome y hablando entre ellas. ¡Qué idea más rara deben formarse de
un marino estas pobres mujeres que no han salido jamás fuera de las
tapias de su huerta.
Enfrente veo las casas solariegas contempladas por mí en la infancia,
tristes, viejas, negras. Entre ellas, Aguirreche, la de mi abuela,
convertida hoy en casa de pescadores; se destaca por su magnitud, con
las ventanas y balcones atestados de ropas puestas a secar, de aparejos
con corchos y anzuelos. Ahí siguen todas esas viejas casas bien
agarradas al suelo, con sus negros paredones y sus tejados llenos de
pedruscos. Están siempre igualmente tristes, igualmente severas,
durmiendo, envueltas en la bruma.
¡Qué contraste con la inquietud del mar y con sus mil caminos diversos!
¡Qué existencias más inmóviles!
Esa casa de piedra amarilla, sombreada por el saliente alero, se me
figura la cara de un viejo aldeano, tosco y pensativo.
¡Qué quietud en todo el pueblo! El mismo monte no es tan estático; al
menos, cambia de color en las estaciones. Las casas, no; así estarían
hace doscientos años, así están hoy.
Todo sigue igual. Hasta el loro de mi abuela, heredado por mi madre,
ahora en el balcón de mi casa, sigue diciendo, con su voz estridente y
chillona:
¡A babor! ¡A estribor!
Sí, todo está igual; yo sólo soy diferente, yo sólo he variado; era un
niño, soy un hombre; era un ingenuo, soy un desengañado y un
melancólico. He vivido en medio de los acontecimientos, y los
acontecimientos me han escamoteado la vida.
Algunas veces me miro en el espejo y, al verme viejo y cambiado, me digo
a mí mismo:
--¡Ah!, pobre hombre. Tu juventud se fué.
Han pasado muchos años desde que salí de mi pueblo, ¿y qué he hecho? Ir,
andar, moverme de aquí para allá, llevado por un turbión de
acontecimientos que me han dejado el alma vacía. Cuando he buscado un
poco de calor y de abrigo, he encontrado frialdad, dureza y egoísmo.
Navegando, he perdido la noción del tiempo; embarcado, los días son
largos, y, sin embargo, los años, suma de días, son cortos, escapan,
vuelan. El tiempo ha corrido bien rápidamente para mí. Ese pensamiento
en el pasado, cuando se deja atrás la juventud, es como una herida en el
alma, que va fluyendo constantemente y nos anega de tristeza. Todo el
camino andado parece una vía Apia sembrada de tumbas.
La _Iñure_ ha muerto: ya no la oiré contar historias supersticiosas; la
cerora ha muerto: ya no le haré las hostias, como antes; el atalayero
también ha muerto: ya no le veré, en el extremo del muelle, levantando
sus gallardetes. Ya, ni Caracas hará sus barcos, ni Yurrumendi hablará
de los piratas, ni Joshepe Tiñacu irá haciendo eses por las calles.
Todos han desaparecido. No he debido salir de aquí, o no he debido
volver aquí.
Extraña existencia la mía y la de los hombres andariegos. En una época,
todos son acontecimientos; en otra, todos son comentarios a los hechos
pasados.
La primera impresión, al llegar Lúzaro, fué un gran asombro, al ver lo
insignificante de los muelles, de la ciudad, del río. ¡Me parecía tan
pequeño, tan desierto, tan triste! Me había figurado grande la entrada
del puerto; hermoso, el río; anchos, los muelles, y al verlos quedé
asombrado; me parecieron de juguete.
--No vale la pena de vivir aquí--me dije al llegar.
Y ahora, ¡absurdo cambio de opinión!, me digo muchas veces:
--No vale la pena de vivir fuera de aquí.
Hace un mes no quería pensar en quedarme en Lúzaro; me parecía una
locura cambiar esas horas de indolencia y ensueño de los días de
navegación, por la vida de un pueblecillo triste, aburrido, lleno de
preocupaciones y de mezquindades. Ahora me espanta la idea de volver a
mi barco, de hundirme en el ajetreo contínuo del acontecimiento. Toda la
vida de a bordo se va alejando de mí; me parece una cosa vaga y sin
realidad. A medida que adquiero mi calidad luzarense me voy aficionando
a las cosas viejas; me paso las horas muertas contemplando, desde el
balcón, el pueblo, el campo y el mar, y me figuro encontrarles aspectos
antes no vistos por mí.
Me levanto todos los días muy temprano. Me gusta ver, al amanecer, cómo
se aligera la niebla y sube por el monte Izarra, y comienza a brotar la
ciudad y el muelle de las masas inciertas de bruma; me encanta oír el
cacareo de los gallos y el chirriar de las ruedas de las carretas en el
camino.
Cuando hace buen tiempo salgo por las mañanas y recorro el pueblo.
Contemplo estas casas solariegas, grandes y negras, con su alero ancho y
artesonado; me meto por las callejuelas de pescadores, empinadas y
tortuosas. Algunas de estas calles tan pendientes tienen tres y cuatro
tandas de escaleras; otras están cubiertas y son pasadizos en zig-zags.
Al amanecer, por las callejuelas estrechas, sólo se ve alguna mujer,
corriendo de puerta en puerta, golpeándolas violentamente, para avisar a
los pescadores. Las golondrinas pasan rasando el suelo, persiguiéndose y
chillando....
Los días de lluvia Lúzaro me gusta más. Esa tristeza monótona del tiempo
gris no me molesta. Es para mí como un recuerdo amable de los días
infantiles.
Acostumbrado al horizonte violento de los trópicos, a esos cielos
nublados y brillantes de las zonas en donde reinan los vientos alisios,
estas nubes grises y suaves me acarician. La lluvia me parece caer sobre
mi alma, como en una tierra seca, refrescándola y dándole alegría.
Muchas veces me paso el tiempo en el balcón viendo cómo la carretera se
llena de charcos y se ennegrecen las casas.
De noche, el ruido de la lluvia, esa canción del agua, es como un rumor
que acompaña resonando en los tejados y en los cristales; ritmo olvidado
vuelto a recordar.
Aun desde la cama lo oigo en la gotera del desván, que, al caer en un
barreño, hace un ruido metálico.
Y la lluvia, y el viento, y el agua, todo me encanta y todo me
entristece.
Es la herida, esa herida que va fluyendo y anegando mi alma; manantial
cegado que ahora tornó a brotar.
No sé por qué parecen llenas de magia melancólica las cosas pasadas; no
se lo explica uno bien; se recuerda claramente que en aquellos días no
era uno feliz, que tenía uno sus inquietudes y sus penas, y, sin
embargo, parece que el sol de entonces debía brillar más, y el cielo
tener un azul más puro y más espléndido.
Uno quisiera que las personas y las cosas relacionadas con nuestros
recuerdos fueran eternas; pero nuestra existencia no representa nada en
la corriente tumultuosa de los acontecimientos. Allí teníamos un
amigo..., en aquel rincón fuimos felices..., nuestra felicidad o nuestra
amistad tienen poca importancia.
Siento, al pensar en esto, un profundo terror, como si la vida se me
escapara en un momento de desmayo. La inanidad de las cosas me conturba;
la esperanza me falta. Yo quisiera que mi espíritu fuera como el
ruiseñor, que canta en la noche negra y sin estrellas, o como la
alondra, que levanta su vuelo en la desolación de los campos, y no el
pájaro herido que se viene a tierra velozmente....
[Ilustración]
II
LÚZARO Y SU FORMACIÓN
Si no hubiera vuelto ya de hombre a Lúzaro, no hubiera tenido una idea
clara de cómo es. Los recuerdos de la infancia me daban datos falsos;
esto amplificado, aquello disminuído, y entre una cosa y otra grandes
lagunas.
Si, basado en mis impresiones de chico, hubiese pretendido describir mi
pueblo, seguramente mi descripción se parecería muy poco, o quizá nada,
al original. Lúzaro es un pueblo bonito, obscuro, como todos los pueblos
del Cantábrico; pero de los menos sombríos. A un hombre del norte de
Europa le debe dar la impresión de una villa andaluza.
Muy templado, muy protegido del noroeste, Lúzaro tiene una vegetación
exuberante. Por todas partes, en las paredes negruzcas, en las escaleras
de piedra de algunas casas, en las tapias de los jardines, salen hierbas
carnosas y relucientes, con florecillas azules y rojas. En las huertas
hay inmensas magnolias, naranjos y limoneros.
Yo encuentro a mi pueblo algo de Cádiz, de un Cádiz pequeño, melancólico
y negro, menos suave y más rudo. Lúzaro tiene una salida al mar bastante
estrecha y una playa de arena muy movediza.
El puerto se ha agrandado en mi ausencia; hoy, la escollera de _Cay
luce_ avanza mucho; va paralelamente al barrio de pescadores, y termina
en el Rompeolas. El Rompeolas es hermoso; se ensancha en forma de
explanada; tiene en medio una cruz de piedra, y a un lado la atalaya
nueva, en cuya pared suelen jugar los chicos a la pelota. Desde allí se
disfruta del espectáculo admirable del mar batiéndose con furia contra
las olas.
Como en todos los pueblos de pescadores, en Lúzaro se ven lanchas en los
sitios más extraños e inverosímiles: en una calle en cuesta,
interceptando el paso; debajo de una tejavana, dentro de la guardilla de
una casa.
La ría de Lúzaro es pequeña, pero muy romántica; sobre ella se tiende un
puente de un solo arco, por donde pasa la carretera de Elguea. Una de
las orillas de esta ría es rocosa, accidentada; la otra es un fangal
negruzco. Sobre este fangal, desde hace años, según algunos, siglos,
está instalado un astillero. Antes, en él se construían fragatas y
bergantines; hoy sólo se hacen lanchas y alguna goletilla de poco
tonelaje.
El actual dueño del astillero es Shempelar. El astillero no es muy
complicado; consta solamente de dos barracas negras, formadas por
maderas de barcos desguazados y de una rampa con un carril en medio.
Ordinariamente se calafatea y se hacen composturas. Cuando hay trabajo
nuevo, Shempelar disfruta; saca sus compases y allí se está, dibujando
las piezas de un barco, sin levantar cabeza. Si se le pregunta qué tal
va la obra, dirá que mal, porque Shempelar es un _dilettanti_ del
pesimismo.
Concluye el maestro de dibujar las piezas, y entonces los carpinteros de
ribera comienzan a trabajar con el hacha y la azuela, cortando las
tablas, barrenándolas y armando después las costillas. El esqueleto del
barco se va cubriendo, la obra marcha; Shempelar, interiormente
entusiasmado con su obra, anda muy fosco, riñendo a todo el mundo. Los
calafates van clavando gruesos clavos en el costado del barco, a golpes
de martillo; alrededor suelen verse mazos, grandes barrenos, gubias,
gatos para levantar pesos y varias calderas negras llenas de alquitrán,
que los hijos pequeños de Shempelar suelen hacer hervir con virutas y
pedazos de tablas viejas. Luego, todos van cogiendo alquitrán con los
candiles de calafatear, y rellenan las hendiduras del barco, hundidos en
el fango como patos. Y cuando el barco queda a flote, y todo el mundo
dice que es un gran barco, hay que verle a Shempelar haciendo esfuerzos
maravillosos para demostrarse a sí mismo que tiene motivos, motivos
graves, motivos serios para estar profundamente incomodado.
Suelo ir a ver a Shempelar, sobre todo si tiene obra nueva, y hablamos;
pero mi paseo constante no es hacia el río, sino hacia el muelle; veo
cómo pescan en _Cay luce_, y cómo van entrando las barcas de bonito y
las goletas de cabotaje; oigo, riendo, las riñas en vascuence de las
mujeres a los chicos, porque todas estas mujeres de mar tratan a la
prole a fuerza de chillidos, como si imitaran a las gaviotas, y cambio
algunas palabras con los pescadores.
En ver esto, en recordar los sitios donde anduve de chico, en paladear y
saborearlo todo, he pasado más de un mes sin hacer mucho caso de visitas
y de prácticas sociales.
Mi madre quiere ayudarme a la reconquista de mi calidad luzarense,
haciendo ella misma una porción de guisos complicados y de postres
clásicos del país.
--Esto te gustaba mucho antes--me dice.
--¿De veras?
--Sí.
--Pues ahora también me gusta.
Ya, saturado de sabor local, he comenzado a ir a la tertulia de Zapiain,
el relojero y corredor de comercio, el antiguo dueño del _Cachalote_. La
relojería es una academia enciclopédica, un gimnasio ateniense. Allí se
ha discutido de todo lo divino y humano, y, entre lo no divino, una de
las cuestiones más debatidas ha sido la formación de Lúzaro.
Garmendia, el farmacéutico, atribuye la formación de Lúzaro casi
exclusivamente al río, que fué, dice él, abriéndose paso lentamente,
disgregando los terrenos blandos hasta salir al mar. Según Garmendia,
Frayburu y sus arrecifes, como los arenales de Legorreta, no son más que
restos de la disgregación de las rocas; los núcleos fuertes resistieron
a la acción corrosiva del aire y del agua y se convirtieron en peñascos;
los débiles se han disuelto en arena.
Socoa, el viejo capitán, quiere atribuir el boquete de Lúzaro únicamente
a la influencia de la Gran Corriente del Golfo o _Gulf Stream_.
El _Gulf Stream_, ese inmenso río de agua caliente, como le llamó el
mayor Rennell, que corre por dentro del mar y que atraviesa con
oblicuidad el Atlántico, proyecta, al llegar a la costa oeste de España,
dos corrientes: una la del golfo de Vizcaya o corriente costera, que al
subir por las costas de Francia se llama corriente de Rennell, y que
luego se incorpora al _Gulf Stream_; otra la corriente que baja hacia el
África y se llama corriente de Guinea.
La corriente costera se mete en las grandes curvas que hace la costa, y
después en las ensenadas y bahías, y lleva, además, restos orgánicos que
se depositan en las playas.
Para el capitán Socoa, esta corriente, y sólo ella, ha producido el
boquete de Lúzaro. La predilección de Socoa por el _Gulf Stream_ se
explica porque viajó continuamente por el Golfo de Méjico y pudo
apreciar la violencia de la corriente que parte de aquel punto y que es
como el horno que calienta las costas del noroeste de Europa.
Otro piloto antiguo, también contertulio de la relojería, aseguraba que
los arenales de Legorreta están formados por el viento.
Discutían los tres para demostrar que sólo lo que cada uno de ellos
decía era la verdad, y me preguntaron mi opinión.
--Creo que los tres tienen ustedes parte de razón--dije yo--. El río,
como dice el farmacéutico, fué, sin duda, el que abrió las tierras
blandas hasta llegar al mar y hacer un boquete; la corriente costera
vino después a ensancharlo, a redondearlo y a formar una ensenada;
luego, el viento del noroeste, que sigue al _Gulf Stream y_ que es el
semillero de todos los temporales del Cantábrico, fué echando las arenas
hacia Legorreta.
Por dar una opinión tan sensata y desapasionada, fuí calificado de
pancista y de pastelero.
Si hubiese sido ya antropólogo entonces el hijo de Recalde, hubiera
encontrado, probablemente, que todos ellos tenían la cabeza redonda y
que por eso eran tan absolutistas y violentos.
III
LA TERTULIA DE LA RELOJERÍA
Mi madre quería que, aprovechando mi licencia, me casara. Me tenía
destinada la hija de un propietario de _Lúzaro,_ más vieja que yo,
feúcha, flacucha y mística. Yo, la verdad, no estaba muy decidido.
Sabido es que los marinos no somos modelo de amabilidad ni de
sociabilidad. La perspectiva de los viernes con vigilias y abstinencias,
que me prometía el destino, de unirme con Barbarita, así se llamaba la
candidata de mi madre, no me sonreía. Mayormente, las mujeres de Lúzaro,
a pesar de su dulzura, tienen bastante afición a hacer su voluntad. Como
son casi todas hijas y mujeres de marinos, el vivir mucho tiempo solas
les ha dado decisión y energía, y las ha acostumbrado a no obedecer a
nadie.
Hoy no debe pasar esto, no porque las mujeres se hayan hecho más
humildes, sino porque apenas quedan en Lúzaro marinos de altura, con lo
cual las mujeres tendrán, de grado o por fuerza, que soportar a sus
respectivos esposos, todos los días del año.
El caso de mi amigo Recalde, padre del actual antropólogo, que me
contaron en la relojería, me pareció sintomático.
Recalde, mi antiguo camarada, el terrible Recalde, el piloto más
atrevido y más valiente del pueblo, se había casado con la Cashilda, la
hija del confitero de la plaza, muñequita con los ojos azules, muy
modosita y formal. Todo el almíbar, todo el cabello de ángel de la
tienda de su padre se le había comunicado a ella.
Recalde era un déspota: decidido, audaz, acostumbrado a mandar como se
manda en un barco, no podía soportar que nadie le contrariase. Se casó,
pasó la luna de miel; la Cashilda tuvo un niño, el antropólogo; Recalde
estuvo luego navegando tres años, y volvió a su hogar a pasar una
temporada.
El primer día, al volver a su casa, quiso ser fino:
--¿Qué hay? ¿Ha pasado algo?--le preguntó a su mujer.
--Nada. Estamos todos bien.
--¿Ha habido muertos en el pueblo?
--Si; don Fulano, don Zutano. La señora de Tal ha estado enferma.
Recalde escuchó las noticias, y después preguntó:
--¿A qué hora se cena aquí?
--A las ocho.
--Pues hay que cenar a las siete.
La Cashilda no replicó.
Recalde creía que el verdadero orden en una casa consistía en ponerla a
la altura de un barco.
Al día siguiente Recalde fué a su casa a las siete, y pidió la cena.
--No está la cena--le dijo su mujer.
--¿Cómo que no está la cena? Ayer mandé que para las siete estuviera la
cena.
--Sí; pero la chica no puede hacer la cena hasta las ocho, porque tiene
que estar con el niño.
--Pues se le despide a la chica.
--No se le puede despedir a la chica.
--¿Por qué?
--Porque me la ha recomendado la hermana de don Benigno, el vicario, y
es de confianza.
--Bueno; pues mañana, haga la cena la muchacha o la hagas tú, se ha de
cenar a las sietes.
Al día siguiente, la cena estaba a las ocho. Recalde rompió dos o tres
platos, dió puñetazos en la mesa, pero no consiguió que se cenara a las
siete, y cuando la Cashilda le convenció de que allí se hacía únicamente
su voluntad, y que no había ningún capitán ni piloto que le mandara a
ella, para remachar el clavo acabó diciendo a su marido:
--Aquí se cena todos los días a las ocho, ¿sabes, chiquito? Y si no te
conviene, lo que puedes hacer es marcharte; puedes ir otra vez a
navegar.
Y la Cashilda, mientras decía esto, le miraba a Recalde sonriendo, con
sus ojos azules.
Recalde, el terrible Recalde, comprendió que allí no estaba en su barco,
y se fué a navegar. Este caso ocurrido con mi camarada, ejemplo de la
energía femenina luzarense, no me inducía a casarme, ni aun con la
espiritual Barbarita. Me contaron el proceso de este conflicto familiar
entre Recalde y la Cashilda, en la relojería de Zapiain, que era el
mentidero de las personas pudientes del pueblo. Mi tío, el viejo Irizar,
fué el que me llevó allí. Todavía no se había fundado el casino de
Lúzaro, que, después de una época de pedantería y de esplendor, quedó
reducido a una reunión soñolienta de indianos y de marinos retirados.
En la relojería me enteré de cuanto pasaba en el pueblo. Casi todos los
contertulios eran carlistas y fanáticos; yo no lo era; pero allí pasaba
el rato enterándome de las vidas ajenas, y me entretenía. Mi norma era
no discutir cuestiones de política ni de religión.
El que por las trazas debía de ser liberal, mucho más aún de lo que se
mostraba en público, era el boticario Garmendia. No le convenía
desenmascararse por completo; pero, en el fondo, no tenía ideas
religiosas.
Garmendia no se atrevía a mostrarse francamente volteriano, y procedía
en la conversación con insidia, por frases sueltas, por observaciones al
parecer cándidas.
Los que más se indignaban con él eran dos carlistas cerrados, venidos
del interior de la provincia: el uno, administrador de un título; el
otro, contratista de piedras.
El administrador se llamaba Argonz; el contratista, Echaide.
Garmendia les sacaba fuera de quicio con sus observaciones, al parecer
ingenuas, pero de doble fondo.
El boticario decía, por ejemplo, que había conocido algún protestante o
judío, buena persona, y añadía que era para él muy extraño y muy triste
que un hombre que profesaba una religión falsa pudiera ser mejor que
muchos católicos.
--¿Qué importa que un hombre sea bueno o malo, si no es
cristiano?--preguntaba Echaide, furioso.
--Hombre, sí importa.
--No importa nada--replicaba el otro--. Nada. Si no va a misa, no se
puede salvar.
Garmendia les mortificaba continuamente. Lo mismo Echaide que Argonz
eran muy aficionados a la sidra y al chacolí, y a toda clase de licores.
--Es una lástima--les dijo una vez Garmendia--que los vascongados, a
pesar de ser tan religiosos, sean tan borrachos.
--¡Mentira!--exclamó Echaide, poniéndose rojo de indignación--. El
pueblo vascongado es un pueblo honrado, y los que le denigran son
indignos de pertenecer a él.
--Son unos canallas--añadió Argonz, con los ojos fuera de las órbitas.
--No lo dudo--replicó Garmendia--. Soy tan vascongado como cualquiera,
pero siento que a mis paisanos les pase lo que a los irlandeses, que son
muy religiosos, pero les gusta demasiado el vino.
--¿Y qué? ¿Por qué no les ha de gustar?
Los dos carlistas exaltados comprendían que Garmendia era su enemigo, y
uno de ellos dijo una vez, amenazadoramente:
--Lo que hay que hacer aquí es salir al campo con el fusil, y a todo
liberal que se encuentre, ¡fuego!
--Y por la espalda--añadió el otro, con la cara inyectada de rabia.
El relojero era de estos hombres que a todo el mundo dan la razón, y,
con su lente en el ojo derecho, movía la cabeza, en señal de
asentimiento, a cuanto decían sus contertulios; pero, al marcharse los
carlistas exaltados, murmuraba:
--Son unos bárbaros: la Inquisición no es para estos tiempos. El mundo
marcha.
Esta frase no expresaba para Zapiain más que el contento de vivir
tranquilo y satisfecho, sin guerras ni trifulcas.
Uno o dos meses después de llegar yo a Lúzaro, en la relojería se
comenzó a hablar a todas horas de las minas de hierro que se estaban
explotando en Izarte, y del embarcadero que se iba a construir en un
extremo de la playa de las Animas.
Estas minas se habían descubierto y comenzado a explotar mientras yo
estaba viajando. Dirigía los trabajos un tal Juan Machín, hijo de
Lúzaro, a quien se recordaba haber conocido holgazaneando por el pueblo.
En mis tiempos de chico, hablaba mucho de minerales y de filones de
hierro un señor que se llamaba don Juan Beracochea, de quien la gente
solía burlarse porque andaba con un criado suyo haciendo excursiones por
los montes próximos, y decía que los alrededores de Izarte valían una
millonada.
Beracochea era hombre con tipo de mosquetero: nariz aguileña, barba
negra en punta, sombrero de ala ancha y melenas. Llevaba un bastón
grueso, cuyo mango era un martillo, y volvía de sus paseos con los
bolsillos llenos de piedras.
Beracochea tenía fama de hereje; él decía con orgullo que su padre había
sido uno de los primeros suscriptores a la célebre _Enciclopedia
metódica_ de Diderot. Cuando se murió se encontraron en su casa muchos
libros. La sobrina de Beracochea, que era la heredera, llamó a don
Benigno, el vicario, para que los examinara, y éste afirmó que aquellos
libros eran tan malos, que era mejor quemarlos. Algunos preguntaron cómo
había averiguado la maldad de estos libros el buen cura, no sabiendo
francés e inglés, idiomas en que la mayoría estaban escritos; pero un
vicario no necesita de eso para comprender la ponzoña que hay encerrada
en el papel impreso. Beracochea tenía una porción de minas denunciadas;
pero, a pesar de la decantada bondad del mineral, no pudo explotarlas ni
venderlas.
En esto apareció Juan Machín, en compañía de unos ingleses; se entendió
con la sobrina de Beracochea, formaron una soc
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