La Espuma
by Armando Palacio Valdés · Spanish · Gutenberg #11529 · 756,747 chars · public domain (US)
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Title: La Espuma
Author: Armando Palacio Valdés
Release date: March 1, 2004 [eBook #11529]
Most recently updated: October 28, 2024
Language: Spanish
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LA ESPUMA
OBRAS COMPLETAS
DE
D. ARMANDO PALACIO VALDÉS
TOMO VII
LA ESPUMA
1922
I
#Presentación de la farándula.#
A las tres de la tarde el sol enfilaba todavía sus rayos por la calle de
Serrano bañándola casi toda de viva y rojiza luz, que hería la vista de
los que bajaban por la acera de la izquierda más poblada de casas. Mas
como el frío era intenso, los transeuntes no se apresuraban a pasar a la
acera contraria en busca de los espacios sombreados: preferían recibir
de lleno en el rostro los dardos solares, que al fin, si molestaban,
también calentaban. A paso lento y menudo, con el manguito de rica piel
de nutria puesto delante de los ojos a guisa de pantalla, bajaba a tal
hora y por tal calle una señora elegantemente vestida. Tras sí dejaba
una estela perfumada que los tenderos plantados a la puerta de sus
comercios aspiraban extasiados, siguiendo con la vista el foco de donde
partían tan gratos efluvios. Porque la calle de Serrano, con ser la más
grande y hermosa de Madrid, tiene un carácter marcadamente provincial:
poco tráfago; tiendas sin lujo y destinadas en su mayoría a la venta de
los artículos de primera necesidad; los niños jugando delante de las
casas; las porteras sentadas formando corrillos, departiendo en voz alta
con los mancebos de las carnicerías, pescaderías y ultramarinos. Así
que, no era fácil que la gentilísima dama pasara inadvertida como en las
calles del centro. Las miradas de los que cruzaban como de los que se
estaban quietos posábanse con complacencia en ella. Se hacían
comentarios sobre los primores de su traje por las comadres, y se decían
chistes espantosos por los nauseabundos mancebos, que hacían prorrumpir
en rugidos de gozo bárbaro a sus compañeros. Uno de los más salvajes y
pringosos vertió en su oído, al cruzar, una de esas brutalidades que
enrojecería súbito el cutis terso de una _miss_ inglesa y le haría
llamar al _policeman_ y hasta quizá pedir una indemnización. Pero
nuestra valiente española, curada de melindres, no pestañeó siquiera:
con el mismo paso menudo y vacilante de quien pisa pocas veces el polvo
de la calle, continuó su carrera triunfal. Porque lo era a no dudarlo.
Nadie podía mirarla sin sentirse poseído de admiración, más aún que por
su lujoso arreo, por la belleza severa de su rostro y la gallardía de la
figura. Llegaría bien a los treinta y cinco años. El tipo de su rostro
extremadamente original. La tez, morena bronceada; los ojos azules; los
cabellos de un rubio ceniciento. Pocas veces se ve tan extraña mezcla de
razas opuestas en un semblante. Si a alguna se inclinaba era a la
italiana, donde tal que otra, suele aparecer esta clase de figuras que
semejan _ladies_ inglesas cocidas por el sol de Nápoles. En ciertos
cuadros de Rafael hay algunas que pueden dar idea de la de nuestra dama.
La expresión predominante de su rostro en aquel momento era la de un
orgulloso desdén. A esto contribuía quizá la luz del sol, que le
obligaba a fruncir su frente tersa y delicada. Hay que confesarlo; en
aquel rostro no había dulzura. Debajo de sus líneas correctas y firmes
se adivinaba un espíritu altivo, sin ternura. Aquellos ojos azules no
eran los serenos y límpidos que sirven de complemento adorable a ciertas
fisonomías virginales que pueden admirarse alguna vez en nuestro país y
más a menudo en el norte de Europa. Estaban hechos, sin duda, para
expresar un tropel de vivas y violentas pasiones. Quizá alguna vez
tocara su turno al amor ardiente y apasionado, pero nunca al humilde y
mudo que se resigna a morir ignorado. Llevaba en la cabeza un sombrero
apuntado, de color rojo, con pequeño y claro velo, rojo también, que le
llegaba solamente a los labios Los reflejos de este velo contribuían a
dar al rostro el matiz extraño que impresionaba a los que a su lado
cruzaban. Vestía rico abrigo de pieles, con traje de seda del color del
sombrero, cubierta la falda por otra de tul o granadina, que era por
entonces la última moda.
Llevaba, como hemos dicho, el manguito levantado a la altura de los
ojos: éstos posados en el suelo, como quien nada tiene que ver ni partir
con lo que a su alrededor acaece. Por eso, hasta llegar a la calle de
Jorge Juan, no advirtió la presencia de un joven que desde la acera
contraria y caminando a la par con ella la miraba con más admiración aún
que curiosidad. Al llegar aquí, sin saber por qué, levantó la cabeza y
sus ojos se encontraron con los de su admirador. Un movimiento bien
perceptible de disgusto siguió a tal encuentro. La frente de la dama se
frunció con más severidad y se acentuó la altiva expresión de sus ojos.
Apretó un poco el paso: y al llegar a la calle del Conde de Aranda se
detuvo y miró hacia atrás, con objeto sin duda de ver si llegaba un
tranvía. El mancebo no se atrevió a hacer lo mismo: siguió su camino, no
sin dirigirla vivas y codiciosas ojeadas, a las que la gentil señora no
se dignó corresponder. Llegó al fin el coche, montó en él dejando ver,
al hacerlo, un primoroso pie calzado con botina de tafilete, y fué a
sentarse en el rincón del fondo. Como si se contemplase segura y libre
de miradas indiscretas, sus ojos se fueron serenando poco a poco y se
posaron con indiferencia en las pocas personas que en el carruaje había;
mas no desapareció del todo la sombra de preocupación esparcida por su
rostro, ni el gesto de desdén que hacía imponente su hermosura.
El juvenil admirador no había renunciado a perderla de vista. Siguió,
cierto, por la calle de Recoletos abajo; mas en cuanto vió cruzar el
tranvía se agarró bonitamente a él y subió sin ser notado. Y procurando
que la dama no advirtiese su presencia, ocultándose detrás de otra
persona que había de pie en la plataforma, se puso con disimulo a
contemplarla con un entusiasmo que haría sonreír a cualquiera. Porque
era grande la diferencia de edad que había entre ambos. Nuestro muchacho
aparentaba unos diez y ocho años. Su rostro imberbe, fresco y sonrosado
como el de una damisela; el cabello rubio; los ojos azules, suaves y
tristes. Aunque vestido con americana y hongo, por su traje revelaba ser
una persona distinguida. Iba de riguroso luto, lo cual realzaba
notablemente la blancura de su tez. Por esa influencia magnética que los
ojos poseen y que todos han podido comprobar, nuestra dama no tardo
mucho tiempo en volver los suyos hacia el sitio donde el joven vibraba
rayos de admiración apasionada. Tornó a nublarse su rostro; volvió a
advertirse en sus labios un movimiento de impaciencia, como si el pobre
chico la injuriase con su adoración. Y ya desde entonces empezó
claramente a dar señales de hallarse molesta en el coche, moviendo la
hermosa cabeza ora a un lado, ora a otro, con visibles deseos de
apearse. Mas no lo hizo hasta llegar a San José, frente a cuya iglesia
hizo parar y bajó, pasando por delante de su perseguidor con una
expresión de fiero desdén capaz de anonadarle.
O muy temerario era o muy poca vergüenza debía de tener éste cuando
saltó a la calle en pos de ella y comenzó a seguirla por la del
Caballero de Gracia, caminando por la acera contraria para mejor
disfrutar de la figura que tanto le apasionaba. La dama seguía
lentamente su marcha haciendo volver la cabeza a cuantos hombres
cruzaban a su lado. Era su paso el de una diosa que se digna bajar por
un momento del trono de nubes para recrear y fascinar a los mortales,
que al mirarla se embebían y daban fuertes tropezones.
--¡Madre mía del Amparo, qué mujer!--exclamó en voz alta un cadete
agarrándose a su compañero como si fuese a desmayarse del susto.
La hermosa no pudo reprimir una levísima sonrisa, a cuya luz se pudo
percibir mejor la peregrina belleza de que estaba dotada. En carruaje
descubierto bajaban dos caballeros que le dirigieron un saludo
reverente, al cual respondió ella con una imperceptible inclinación de
cabeza. Al llegar a la esquina, en la misma red de San Luis, se detuvo
vacilante, miró a todas partes, y percibiendo otra vez al rubio mancebo
le volvió la espalda con ostensible desprecio y comenzó a descender con
más prisa por la calle de la Montera, donde su presencia causó entre los
transeuntes la misma emoción. Tres o cuatro veces se detuvo delante de
los escaparates aunque se advertía que más que por curiosidad se paraba
por el estado nervioso en que la persecución tenaz del jovencito la
había puesto. Cerca de la Puerta del Sol, sin duda para huirla,
resolvióse a entrar en la joyería de Marabini. Sentóse con negligencia
en una silla, levantó un poquito el velo del sombrero y se puso a
examinar con distracción las joyas recién llegadas que el dependiente de
la tienda fué exhibiendo. Era lo peor que pudo hacer para librarse de
las miradas de su adolescente adorador. Porque éste, con toda comodidad,
sobre seguro, se las enfilaba por los cristales del escaparate con una
insistencia que la encolerizaba cada vez más.
La verdad es que aquella tiendecita primorosamente adornada, donde
brillaban por todas partes los metales y las piedras preciosas, era
digno aposento para la bella; el estuche que mejor convenía a joya tan
delicada. Así debió de pensarlo el joven rubio, a juzgar por el éxtasis
apasionado de sus ojos y la inmovilidad marmórea de su figura. Al fin la
dama, no pudiendo vencer la irritación que esto la producía, alzóse
bruscamente de la silla y despidiéndose con una frase seca del
dependiente, que le guardaba extraordinarias consideraciones, salió del
comercio y llegó hasta la Puerta del Sol a toda prisa. Aquí se detuvo;
luego dió algunos pasos hacia un coche de punto, como si fuese a entrar
en él; pero de pronto cambió de rumbo, y con paso firme se dirigió hacía
la calle Mayor, escoltada siempre y no de lejos por el joven. Al llegar
a la mitad de ella próximamente, entró en una casa de suntuosa
apariencia, no sin lanzar antes una rápida y furibunda mirada a su
perseguidor, que la recibió con entera y rara serenidad.
El portero, que estaba plantado en el umbral atusándose gravemente sus
largas patillas, despojóse vivamente de la gorra, le hizo una profunda
reverencia y corrió a abrir la puerta de cristales que daba acceso a la
escalera, apretando en seguida el botón de un timbre eléctrico. Subió
lentamente la escalera alfombrada, y al llegar al principal la puerta
estaba ya abierta y un criado con librea al pie de ella esperando.
La casa pertenecía al Excmo. Sr. D. Julián Calderón, jefe de la casa de
banca _Calderón y Hermanos_, el cual ocupaba todo el principal de ella,
sirviéndose por escalera distinta de los demás pisos, que tenía
alquilados. Este Calderón era hijo de otro Calderón muy conocido en el
comercio de Madrid, negociante al por mayor en pieles curtidas, que con
ellas había hecho una buena fortuna y que en los últimos años de su vida
la había acrecentado, dedicándose, a la par que al comercio, al giro y
descuento de letras. Fallecido él, su hijo Julián continuó su obra sin
apartarse un punto, manejando con el suyo el haber de sus dos hermanas
casadas, la una con un médico, la otra con un propietario de la Mancha.
A su vez estaba casado, bastantes años hacía, con la hija de un
comerciante de Zaragoza, llamado D. Tomás Osorio, padre también del
conocido banquero madrileño del mismo nombre, que tenía su hotel con
honores de palacio en el barrio de Salamanca, calle de Ramón de la Cruz.
La hermosa dama que acaba de entrar en la casa es la esposa de este
banquero, y hermana política, por lo tanto, de la señora de Calderón.
Pasó por delante del criado sin aguardar a que éste la anunciase, avanzó
resueltamente como quien tiene derecho a ello, atravesó tres o cuatro
grandes estancias lujosamente decoradas, y alzando ella misma la rica
cortina de raso con franja bordada, entró en una habitación más reducida
donde se hallaban congregadas varias personas. En el sillón más próximo
a la chimenea estaba arrellanada la señora de la casa, mujer de unos
cuarenta años, gruesa, facciones correctas, ojos negros, grandes y
hermosos, pero sin luz, la tez blanca, los cabellos de un castaño claro
excesivamente finos. Al lado de ella, en una butaquita, estaba otra
señora, que formaba contraste con ella; morena, delgada, menuda, de
extraordinaria movilidad, lo mismo en sus ojillos penetrantes que en
toda su figura. Era la marquesa de Alcudia, de la primer nobleza de
España. Las tres jóvenes que sentadas en sillas seguían la fila, eran
sus hijas, muy semejantes a ella en el tipo físico, si bien no la
imitaban en la movilidad: rígidas y silenciosas, los ojos bajos, con
modestia y compostura tan afectadas, que pronto se echaba de ver el
régimen severo a que las tenía sometidas su viva y nerviosa mamá. Con
una de ellas hablaba de vez en cuando en voz baja la hija de los señores
de Calderón, niña de catorce o quince años, carirredonda, de ojos
pequeños, nariz arremolachada y algunos costurones en el cuello,
pregoneros de un temperamento escrofuloso. Esta niña gastaba aún los
cabellos trenzados, con un lacito en la punta de la trenza, lo mismo que
la última de las de Alcudia, con quien sostenía tímida e intermitente
conversación. Esta, y sus hermanas, llevaban en la cabeza sendos y
caprichosos sombreros, mientras Esperancita (que así nombraban a la hija
de los amos) andaba con su cabecita redonda al descubierto. El traje una
_matinée_ azul, demasiadamente corta para sus años. Los señores de
Calderón solo tenían esta hija y un niño de dos años. Frente a la
señora, reclinado en una butaca igual, estaba el general Patiño, conde
de Morillejo. Hállase entre los cincuenta y sesenta, pero conserva en
sus ojos el fuego de la juventud; sus cabellos grises están
esmeradamente peinados, los largos bigotes a lo Víctor Manuel, la
perilla apuntada, la nariz aguileña le dan un aspecto simpático y
gallardo. Es el tipo perfecto del veterano aristócrata. A su lado, en
otra butaca, estaba Calderón, hombre de unos cincuenta años, grueso, de
cara redonda y sonrosada, adornada por cortas patillas grises; los ojos
redondos, vagos y mortecinos. Cerca de él una señora anciana, que era la
madre de la esposa de Calderón, aunque mucho se diferenciaba de ella en
el rostro y la figura: delgada al punto de no tener más que la piel
sobre los huesos, morena, ojos hundidos y penetrantes, revelando en
todos los rasgos de su fisonomía inteligencia y decisión. Hablando con
ella está Pinedo, el inquilino del cuarto tercero. Aunque su bigote no
tiene canas, se adivina fácilmente que está teñido: su rostro es el de
un hombre que anda cerca de los sesenta: fisonomía bonachona, ojos
saltones que se mueven con viveza, como los que poseen un temperamento
observador. Viste con elegancia y manifiesta extraordinaria pulcritud en
toda su persona.
Al ver en la puerta a nuestra bellísima dama, la tertulia se conmovió.
Todos se alzan del asiento, excepto la señora de Calderón, en cuyo
rostro parado se dibujó una vaga sonrisa de placer.
--¡Ah, Clementina! ¡Qué milagro el verte por aquí, mujer!
La dama se adelantó sonriente, y mientras besaba a las señoras y daba la
mano a los caballeros, respondía a la cariñosa reprensión de su cuñada.
--¡Anda! Aplícate la venda, hija, tú que no pareces por mi casa más que
por semestres.
--Yo tengo hijos, querida.
--¡Miren ustedes qué disculpa! Yo también los tengo.
--En Chamartín.
--Bueno; el tener hijos no te priva de ir al Real y al paseo.
Clementina se sentó entre su cuñada y la marquesa de Alcudia. Los demás
volvieron a ocupar sus asientos.
--¡Ay, hija!--exclamó aquélla respondiendo a la última frase.--¡Si
vieras qué catarrazo he pillado la otra noche en el teatro! El tonto de
Ramoncito Maldonado es el que ha tenido la culpa. Con tanto saludo y
tanta ceremonia, no acababa de cerrar la puerta del palco. Aquel aire
colado se me metió en los huesos.
--Ha tenido fortuna ese aire--manifestó con sonrisa galante el general
Patiño.
Todos sonrieron menos la interesada, que le miró con sorpresa abriendo
mucho los ojos.
--¿Cómo fortuna?
Fué necesario que el general le diese la galantería mascada; sólo
entonces la pagó con una sonrisa.
--¿No es verdad que ha estado muy bien Gayarre?--dijo Clementina.
--¡Admirable! como siempre--respondió su cuñada.
--Yo le encuentro falto de maneras--expresó el general.
--¡Oh, no, general!... Permítame usted....
Y se empeñó una discusión sobre si el famoso tenor poseía o no poseía el
arte escénico, si era o no elegante en su vestir. Las señoras se
pusieron de su parte. Los caballeros le fueron adversos.
Del tenor pasaron a la tiple.
--Es toda una hermosa mujer--dijo el general con la seguridad y el
acento convencido de un inteligente.
--¡Oh!--exclamó Calderón.
--Pues yo encuentro a la Tosti bastante ordinaria, ¿no le parece a
usted, Clementina?
Esta corroboró la especie.
--No diga usted eso, marquesa; el que una mujer sea alta y gruesa no
indica que sea ordinaria, si tiene arrogancia en el porte y distinción
en las maneras--se apresuró a decir el general, echando al mismo tiempo
una miradita a la señora de Calderón.
--Ni yo sostengo eso, general; no tome usted el rábano por las
hojas--manifestó la marquesa con extraordinaria viveza, atacando después
con brío y un poquillo irritada la gracia y buen talle de la tiple.
Generalizóse la disputa, y sucedió lo contrario que en la anterior. Los
caballeros se mostraron benévolos con la cantante mientras las señoras
le fueron hostiles. Pinedo la resumió, diciendo en tono grave y solemne,
donde se notaba, sin embargo, la socarronería:
--En la mujer, las buenas formas son más esenciales que en el hombre.
Clementina y el general cambiaron una sonrisa y una mirada
significativas. La marquesa miró al pulcro caballero con dureza y
después se volvió rápidamente hacia sus hijas, que seguían con los ojos
bajos, en la misma actitud rígida y silenciosa de siempre. Pinedo
permaneció grave e indiferente, como si hubiese dicho la cosa más
natural del mundo.
--Pues yo, amigo Pinedo, creo que los hombres deben tener también buenas
formas--manifestó la pánfila señora de Calderón.
Al decir esto se oyó un resuello débil, como de risa reprimida con
trabajo. Era la última niña de la marquesa de Alcudia, a quien su mamá
dirigió una mirada pulverizante. La fisonomía de la niña volvió
instantáneamente a su primitiva expresión tímida y modesta.
--Es una opinión ...--respondió Pinedo, inclinándose respetuosamente.
Este Pinedo, que ocupaba uno de los cuartos terceros de la misma casa
propiedad de Calderón, desempeñaba un empleo de bastante importancia en
la Administración pública. Los vaivenes de la política no lograban
arrancarle de él. Tenía amigos en todos los partidos, sin que se hubiese
jamás decidido por ninguno. Hacía la vida del hombre de mundo; entraba
en las casas más aristocráticas de la corte; trataba familiarmente a la
mayoría de los personajes de la banca y la política; era socio antiguo
del _Club de los Salvajes_, donde se placa en bromear todas las noches
con los jóvenes aristócratas que allí se reunían, quienes le trataban
con harta confianza que no pocas veces degeneraba en grosería. Era
hombre afable, inteligente, muy corrido y experto en el trato de los
hombres; tolerante con toda clase de vanidades por el mismo desprecio
que sentía hacia ellas. No obstante, con la apariencia de hombre cortés
e inofensivo, guardaba en el fondo de su alma un fondo satírico que le
servía para vengarse lindamente, con alguna frase incisiva y oportuna,
de las demasías de sus amiguitos los sietemesinos del _Club_. Estos le
profesaban una mezcla de afecto, desprecio y miedo. Nadie conocía su
procedencia, aunque se daba por seguro que había nacido en humilde cuna.
Unos le hacían hijo de un carnicero de Sevilla; otros le declaraban
granuja de la playa de Málaga en su juventud. Lo que se sabía de
positivo, era que hacía ya muchos años había aparecido en Madrid como
parásito de un título andaluz, el cual, después de haber disipado su
fortuna, se saltó los sesos. En la compañía de éste, nuestro Pinedo
adquirió gran número de relaciones útiles, llegó a conocer y tratar a
toda la gente que hacía viso, entre la cual era popular. Tenía el buen
tacto de echarse a un lado cuando tropezaba con un hombre inflado y
soberbio, dejándole paso. No excitaba los celos de nadie y esto es medio
seguro de no ser aborrecido. Al mismo tiempo su ingenio, su carácter
socarrón, que procuraba mantener siempre dentro de ciertos límites,
despertaba a menudo la alegría en las tertulias; bastaba para darle en
ellas cierta significación, que de otro modo no hubiera disfrutado.
No tenía más familia que una hija de diez y ocho años llamada Pilar. Su
mujer, a quien nadie conoció, había muerto muchos años hacía. Su sueldo
era de cuarenta mil reales, y con él vivían económicamente padre e hija,
en el tercero que Calderón les dejaba por veintidós duros al mes. Los
gastos mayores de Pinedo eran de representación. Como frecuentaba una
sociedad muy superior a la que, dada su posición, le correspondía, era
preciso vestir con elegancia y asistir a los teatros. Comprendiendo la
necesidad absoluta de seguir cultivando sus relaciones, que eran las
pilastras en que su empleo se sustentaba, imponíase tales dispendios sin
vacilar, ahorrándolo en otras partidas del presupuesto doméstico. Vivía,
pues, en situación permanente de equilibrio. El empleo le permitía
frecuentar la sociedad de los prepotentes, mientras éstos le ayudaban
inconscientemente a mantenerse en el empleo. Ningún ministro se atrevía
a dejar cesante a un hombre con quien iba a tropezar en todas las
tertulias y saraos de la corte. Luego Pinedo tenía el honor de hablar
alguna vez con las personas reales: ciertas frases suyas corrían por los
salones y se celebraban más quizá de lo que merecían, por lo mismo que
en los salones suele haber poco ingenio: tiraba bastante bien con
carabina y con pistola y era inteligentísimo y poseía una copiosa
biblioteca tocante al arte culinario. Los más altos personajes se
sentían lisonjeados cuando oían decir que Pinedo elogiaba a su cocinero.
--¿Cuándo has estado en el colegio, Pacita?--le preguntó en voz baja
Esperanza a la menor de la marquesa de Alcudia.
--Pues el viernes; ¿no sabes que mamá nos lleva todos los viernes a
confesar? ¿Y tú?
--Yo hace lo menos tres semanas que no he estado. Mamá y yo nos
confesamos cada mes.
--¿Y se conforma con eso el padre Ortega?
--A mí no me dice nada.... No sé si a mamá....
--No le dirá, no: ya sabe muy bien dónde pone el pie. ¿Has visto a las
de Mariani?
--Sí; hace pocos días, en el Retiro.
--¿No sabes que María se ha echado un novio?
--No me ha dicho nada.
--Sí, de caballería ... hijo del brigadier Arcos.... ¡Un tío más
desgalichado! Feo no es; pero le tiemblan las piernas cuando anda como
si saliese del hospital.... Ya ves, como la mamá es querida del
brigadier ... todo queda en casa.
--Y tú, ¿sigues con tu primo?
--No te lo puedo decir. El lunes se marchó enfadado y no ha vuelto por
casa. Mi primo no es lo que parece; no es una mosquita muerta, sino un
pillo muy largo, que si le dan el pie se toma la mano.... ¡Anda! pues si
no anduviese yo con ojo, no sé adonde hubiera parado con la marcha que
llevaba.... ¿Sabes que estaba empeñado en que le regalase mis ligas?
--¡Jesús!--exclamó la niña de Calderón riendo.
--Lo que oyes, hija.... Por supuesto que yo le puse de sucio y de
gorrino que no había por dónde cogerle.... Se marchó muy amoscado, pero
ya volverá.
--Tu primo monta muy bien. Le he visto ayer a caballo.
--Lo único que sabe hacer. Las letras le estorban. Se ha examinado ya
seis veces de Derecho romano y siempre ha salido suspenso.
--¡Qué importa!--exclamó la niña de Calderón con un desprecio que
hubiera estremecido a Heinecio en su tumba. Y añadió en seguida:
--¿Esos sombreros os los ha hecho Mme. Clement?
--No, los ha encargado mamá a París por la señora de Carvajal, que ha
llegado el sábado.
--Son muy bonitos.
--Más que los que hace Mme. Clement ya son.
Y se enfrascaron por breves momentos en una plática de moda.
La niña de Calderón, que era bastante fea, poseía, no obstante, cierto
atractivo que provenía acaso de sus cortos años, acaso también de una
boca de labios gruesos y frescos y dientes iguales y blancos, donde la
sensualidad había dejado su sello. La última de Alcudia era una chicuela
de temperamento enfermizo, que no tenía más que huesos y ojos.
--Oye--le dijo Esperanza cuando se hubieron cansado de hablar de
sombreros--, ¿sabes que el último día que he estado en el colegio les
llevé el retrato de mi hermanito?... Verás qué paso más gracioso. Lo han
retratado desnudo, y como tiene aquello descubierto, la hermana María de
la Saleta no quería enseñarlo a las niñas. Las chicas comenzaron a
gritar: "¡queremos verlo! ¡queremos verlo!" ¿Sabes lo que hizo entonces?
Pues lo fué enseñando con la mano puesta encima, dejando sólo ver el
pecho y la cabeza.
--¡Chica, qué gracia tiene eso!--exclamó Pacita soltando la carcajada.
Esperanza la secundó, riendo ambas de tan buena gana que concluyeron por
llamar la atención de la tertulia, sobre todo de la marquesa, que volvió
a dirigir a su hija una mirada severísima.
Entraba en aquel momento una señora que representaba cuarenta años; el
rostro, hermoso aún, pintado, con señales impresas más que de los años,
de una vida agitada y galante.
--Aquí está Pepa Frías--dijo sonriendo Mariana, la esposa de Calderón.
--Eso es; aquí está Pepa Frías--respondió con afectado mal humor la
misma--. Una mujer que no tiene pizca de vergüenza al poner los pies en
esta casa.
Los tertulios rieron.
--¿Tú te crees por lo visto que soy de la Inclusa? ¿que no tengo casa?
Pues sí que la tengo, Salesas, 60, principal.... Es decir, la tiene el
casero.... Pero le pago, lo que no harán seguramente todos tus
inquilinos. Perdone usted, Pinedo; no le había visto.... Y también tengo
mis sábados ... y no hay tanto calor como aquí ¡uf! y doy chocolate y
té, y conversación y todo ... lo mismo que aquí.
Mientras decía esto, iba saludando a los circunstantes con semblante
furioso. Pero como todos sabían a qué atenerse, reían.
Era una mujer metida en carnes, los cabellos artificialmente rubios, los
ojos un poco saltones, pero hermosos, la boca fresca y sensual; una
mujer agradable, en suma, que había tenido y que seguía teniendo, a
pesar de sus años, muchos apasionados.
--Lo que no hay--añadió acercándose a la señora de Calderón y dándole
dos sonoros besos en las mejillas--es una mujer tan ingrataza y tan
insignificante como tú.... Por supuesto, que yo no vengo ya a verte a
ti, sino a mi señor D. Julián, que alguna vez que otra sube a darme las
buenas tardes y a decirme cómo anda la cotización.... Y a propósito de
cotización, Clementina, dile a tu marido que suspenda aquello hasta que
le avise.... Mejor dicho, no le digas nada; yo pasaré esta noche por tu
casa.
--¡Pero hija, qué líos traes siempre con el papel y la Bolsa y las
acciones!--exclamó Mariana.
--Pues los mismos que tú traerías si no tuvieses un marido tan activo
que se encarga de calentarse la cabeza para que tú la tengas fresca y
descansada....
--Vaya, Pepa, no me eche usted piropos, que voy a ponerme colorado--dijo
Calderón.
--No digo más que la verdad. ¡Si creerán que es plato de gusto estar
pensando en si baja o si sube el papel, escribir cartas y endosos y
andar camino del Banco!
--Imagino yo, Pepa--manifestó el general con sonrisa galante--que por
más que diga, usted tiene afición a los negocios.
--¿Imagina usted? ¡Qué raro!
--No tengo tanta imaginación como usted, pero alguna sí--respondió el
general un poco molestado por la risa que la frase de Pepa había
producido.
Esta Pepa era una mujer que gozaba fama de chistosa en sociedad, aunque
realmente su gracia se confundía a menudo con la desvergüenza. Hablar
siempre con rostro enojado, llamar a las cosas por su nombre, por crudo
que fuese, decir una fresca al lucero del alba; tales eran las
cualidades que habían logrado darle popularidad en los salones. Había
quedado viuda bastante joven, con dos hijos, un varón que había seguido
la carrera de marino y que a la sazón estaba navegando, y una hija a
quien había casado hacía un año. Su marido había sido comerciante, y en
los últimos años jugaba en la Bolsa con fortuna. En esta temporada, Pepa
contrajo la misma pasión. Una vez viuda siguió alimentándola. La
prudencia, o por mejor decir la timidez que caracteriza a las mujeres en
los negocios, la habían librado de la ruina, que suele ser, tarde o
temprano, inevitable para los apasionados al juego. Algo se había
mermado su fortuna, pero aún disfrutaba de un envidiable bienestar.
--Pepa, el asunto marcha admirablemente--dijo Pinedo--. De Zaragoza han
pedido un volcán y en la Coruña ha resuelto el Ayuntamiento establecer
dos, al oriente y al poniente de la ciudad.
--Me alegro, me alegro muchísimo. ¿De manera que no suelto las acciones?
--Nunca; el sindicato tiene seguridad de que antes de un mes subirán a
trescientos.
Los pocos que estaban en la broma rieron. Los demás fijaron en ellos sus
ojos con curiosidad.
--¿Qué es eso de los volcanes, Pinedo?--preguntó la esposa de Calderón.
--Señora, se ha formado una sociedad para establecer volcanes en las
poblaciones.
--¡Ah! ¿Y para que sirven esos volcanes?
--Para la calefacción, y además como objeto de adorno.
Todos comprendieron ya la burla menos la linfática señora, que siguió
preguntando con interés los pormenores del negocio. Los tertulios reían,
hasta que Calderón, entre risueño y enojado, exclamó:
--¡Pero mujer, no seas tan cándida! ¿No ves que es una guasa que se
traen Pepa y Pinedo?
Estos protestaron afectando gran formalidad, pero la primera dijo al
oído del segundo:
--Si será pánfila esta Mariana, que hace ya tres meses que el general
Cruzalcobas le está haciendo el amor y aún no se ha enterado.
Así llamaba Pepa al general Patiño, y no sin fundamento. A pesar de su
apuesta figura un tanto averiada, y de su continente marcial, Patiño era
un veterano falsificado. Sus grados habían sido ganados sin derramar una
gota de sangre. Primero como ayo instructor del arte militar de una
persona real; miembro después de algunas comisiones científicas, y
empleado últimamente en el ministerio de la Guerra, cultivando la
amistad de todos los personajes políticos; diputado varias veces;
senador por fin y ministro del Tribunal Supremo de Guerra y Marina, no
había estado en el campo de batalla sino persiguiendo a un general
revolucionario, y eso con firme propósito de no alcanzarle nunca. Como
había viajado un poco y se jactaba de haber visto todos los adelantos
del arte de la guerra, pasaba por militar instruído. Estaba suscrito a
dos o tres revistas científicas; citaba en las tertulias, cuando se
tocaba a su profesión, algunos nombres alemanes; para discutir empleaba
un tono enfático y sacaba voz de gola que imponía respeto a los oyentes.
Pero la verdad es que las revistas se quedaban siempre por abrir sobre
la mesa de noche, y los nombres alemanes, aunque bien pronunciados, no
eran más que sonidos en su boca. Preciábase de militar a la moderna por
esto y por vestir siempre de paisano. Amaba las artes, sobre todo la
música: abonado constante al teatro Real y a los cuartetos del
Conservatorio. Amaba también las flores y las mujeres, muy especialmente
a la mujer del prójimo. Era catador insaciable de la fruta del cercado
ajeno. Su vida se deslizaba modesta y feliz, regando las gardenias de su
jardincito de la calle de Ferraz y seduciendo a las esposas de los
amigos. Hacía esto último por vocación, como se deben hacer las cosas, y
ponía en ello todo el empeño y concentraba todas las fuerzas de su
lúcida inteligencia, lo cual es de absoluta necesidad para hacer algo
grande y provechoso en el mundo. Sus conocimientos estratégicos, que no
había tenido ocasión de aplicar en el campo de batalla, servíanle
admirablemente para entrar a saco en el corazón de las bellas damas de
la corte. Bloqueaba primero la plaza con miradas lánguidas, acudiendo a
los teatros, al paseo, a las iglesias que ellas frecuentaban. En todas
partes el sombrero flamante y reluciente de Patiño se agitaba en el aire
declarando la ardiente y respetuosa pasión de su dueño. Estrechaba
después el cerco intimando en la casa, trayendo confites a los niños,
comprándoles juguetes y libros de estampas, llevándoles alguna vez a
almorzar. Se hacía querer de los criados con regalos oportunos. Venía
después el asalto; la carta o la declaración verbal. Aquí desplegaba
nuestro general una osadía y un arrojo singulares que, contrastaban
notablemente con la prudencia y habilidad del cerco. Esta complejidad de
aptitudes ha caracterizado siempre a los grandes capitanes, Alejandro,
César, Hernán Cortés, Napoleón.
Los años no conseguían ni calmar su pasión por las altas empresas ni
mermar sus extraordinarias facultades. O por mejor decir lo que perdía
en vigor ganábalo en arte, con lo que se restablecía el equilibrio en
aquel privilegiado temperamento. Mas la fortuna, según ha tenido a bien
comunicar a varios filósofos, se niega a ayudar a los viejos. El insigne
capitán había experimentado en los últimos tiempos algunos descalabros
que no podían atribuirse a falta de previsión o valor, sino a la
versatilidad de la suerte. Dos jóvenes casadas le habían dado calabazas
consecutivamente. Como sucede a todos los hombres de verdadero genio en
quien los reveses no producen desmayos femeniles, antes sirven para
concentrar y vigorizar las fuerzas de su espíritu. Patiño no lloró como
Augusto sobre sus legiones. Pero meditó, y meditó largamente. Y su
meditación fué de fecundos resultados. Un nuevo plan estratégico,
asombroso como todos los suyos, surgió del torbellino de sus
pensamientos elevados. Dándose cuenta perfecta del estado y cantidad de
sus fuerzas de ataque y calculando con admirable precisión el grado de
resistencia que podían ofrecerle sus dulces enemigos, comprendió que no
debía atacar las plazas nuevas, cuyas fortificaciones son siempre más
recias, sino aquellas que por su antigüedad empezasen ya a desmoronarse.
Tal viva penetración del arte y tal destreza en la ejecución como el
general poseía, anunciaban desde luego la victoria. Y, en efecto, a
consecuencia del nuevo y acertado plan de ataque, comenzaron a rendirse
una en pos de otra, a sus armas, no pocas bellezas de las mejor
sazonadas y maduras de la capital. Y en los brazos de estas Venus de
plateados cabellos siguió recogiendo el merecido premio a su prudencia y
bravura.
Como el cartaginés Aníbal, Patiño sabía variar en cada ocasión de
táctica, según la condición y temperamento del enemigo. Con ciertas
plazas convenía el rigor, desplegar aparato de fuerza. En otras era
necesario entrar solapadamente sin hacer ruido. A una dama le gustaba el
aspecto marcial y varonil del conquistador; se deleitaba escuchando las
memorables jornadas de Garravillas y Jarandilla, cuando iba persiguiendo
a los sublevados. A otra le placa oirle disertar en estilo correcto con
su hermosa voz de gola, acerca de los problemas políticos y militares. A
otra en fin, le extasiaba oirle interpretar alguna famosa melodía de
Mozart o Schuman en el violoncelo. Porque nuestro héroe tocaba el
violoncelo con rara perfección y fuerza es confesar que este
delicadísimo instrumento le ayudó poderosamente en las más de sus
famosas conquistas. Arrastraba las notas de un modo irresistible,
indicando bien claramente que, a pesar de su arrojado y belicoso
temperamento, poseía un corazón sensible a las dulzuras del amor. Y por
si este arrastre oportunísimo de las notas no lo decía con toda
claridad, corrobóralo un alzar de pupilas y meterlas en el cogote,
dejando descubierto sólo el blanco de los ojos, cuando llegaba al punto
álgido o patético de la melodía, que realmente era para impresionar a
cualquier belleza por áspera que fuese.
La maliciosa insinuación de Pepa Frías tenía fundamento. El bravo
general hacía ya algún tiempo "que estaba poniendo los puntos" a la
señora de Calderón, aunque ésta no daba señales de advertirlo. Jamás en
sus muchas y brillantes campañas se le había presentado un caso
semejante. Disparar contra una plaza durante algunos meses cañonazos y
más cañonazos, meter dentro de ella granadas como cabezas y permanecer
tan sosegada, durmiendo a pierna suelta como si le echasen bolitas de
papel. Cuando el general le soltaba algún requiebro a quemarropa,
Mariana sonreía bondadosamente.
--Cállese usted, pícaro. ¡Buen pez debió usted de haber sido en sus
buenos tiempos!
Patiño se mordía los labios de coraje. ¡Los buenos tiempos! ¡El, que
pensaba que nunca los había tenido mejores! Pero con su inmenso talento
diplomático sabía disimular y sonreía también como el conejo.
--¿Cuándo te han comprado esa pulsera?--preguntó Pacita a Esperanza,
reparando en una caprichosa y elegante que ésta traía.
--Me la ha regalado el general hace unos días.
--¡Ah! ¿El general, por lo visto, te hace muchos regalos?--dijo la de
Alcudia con leve expresión irónica que su amiga no entendió.
--Sí; es muy bueno, siempre nos trae regalos. A mi hermanito le ha
comprado una medalla preciosa.
--¿Y a tu mamá no le hace regalos?
--También.
--¿Y qué dice tu papá?
--¿Mi papá?--exclamó la niña levantando los ojos con sorpresa--, ¿qué ha
de decir?
Pacita, sin contestar, llamó la atención de una de sus hermanas.
--Mercedes, mira qué pulsera tan bonita le ha regalado el general a
Esperanza.
La segunda de Alcudia perdió su rigidez por un momento, y tomando el
brazo de Esperanza la examinó con curiosidad.
--Es muy bonita. ¿Te la ha regalado el general?--preguntó cambiando al
mismo tiempo con su hermana una mirada maliciosa.
--Aquí está Ramoncito--dijo Esperanza volviendo los ojos a la puerta.
--¡Ah! Ramoncito Maldonado.
Un joven delgado, huesudo, pálido, de patillas negras que tocaban en la
nariz, como las gastaba entonces el rey, y a su imitación muchos jóvenes
aristócratas, entró sonriente y comenzó a saludar con desembarazo a
todos, apretándoles la mano con leve sacudida y acercándola al pecho,
del modo extravagante que se hace algunos años entre los pisaverdes
madrileños. En cuanto él entró esparcióse por la habitación un perfume
penetrante.
--¡Jesús, qué peste!-exclamó por lo bajo Pepa Frías después de darle la
mano-. ¡Qué afeminado es este Ramoncito!
--¡Hola, barbián!-dijo el joven tomando de la barba con gran
familiaridad a Pinedo-. ¿Qué te has hecho ayer? Pepe Castro ha
preguntado por ti....
--¿Ha preguntado por mí Pepe Castro? ¡Tanto honor me confunde!
Causaba cierta sorpresa ver a Maldonado tutear a un hombre ya entrado en
años y de venerable aspecto. Todos los mozalbetes del _Club de los
Salvajes_ hacían lo mismo, sin que Pinedo se diese por ofendido.
--Ahí tienes a Mariana--siguió éste--que acaba de hablar perrerías de
ti, y con razón.
--¿Pues?
--No haga usted caso, Ramoncito--exclamó la señora de Calderón asustada.
--Y Pepa también.
--¿Usted, Pepa?-preguntó el mancebo queriendo demostrar desembarazo,
pero inquieto en realidad, porque la de Frías era con razón temida.
--Yo, sí. Vamos a cuentas, Ramoncito, ¿qué se propone usted echando
sobre sí tanto perfume? ¿Es que pretende usted seducirnos a todas por el
órgano del olfato?
--Por cualquier órgano me agradaría seducir a usted, Pepa. La tertulia
celebró la respuesta. Se oyó una espontánea carcajada. Pacita la había
soltado. Su mamá se mordió los labios de ira y encargó a la hija que
tenía más cerca que hiciese presente a la otra, para que a su vez lo
comunicase a la menor, que era una desvergonzada y que en llegando a
casa se verían las caras.
--¡Hombre, bien! choque usted--exclamó la de Frías, dando la mano a
Ramoncito-. Es la única frase regular que le he oído en mi vida.
Generalmente no dice usted más que tonterías.
--Muchas gracias.
--No hay de qué.
--Ya hemos leído la pregunta que usted hizo en el Ayuntamiento,
Ramoncito--dijo la señora de Calderón, mostrándose amable para
desvirtuar la acusación de Pinedo.
--¡Ps! cuatro palabrejas.
--Por ahí se empieza, joven--manifestó Calderón con acento Protector.
--No; no se empieza por ahí--dijo gravemente Pinedo--. Se empieza por
_rumores_. Luego vienen las _interrupciones.... (¡Es inexacto!
¡Pruébemelo su señoría! La culpa es de los amigos de su señoría.)_ En
seguida llegan los ruegos y las preguntas. Después la explicación de un
voto particular o la defensa de una proposición incidental. Por último,
la intervención en los grandes debates económicos.... Pues bien. Ramón
se encuentra ya en la tercer categoría, en la de los ruegos.
--Gracias, Pinedito, gracias--respondió el joven algo amoscado--.Pues ya
que he llegado a esa categoría, _te ruego_ que no seas tan guasón.
--¡Hombre, tampoco está mal eso!--exclamó Pepa Frías con asombro--.
Ramoncito, va usted echando ingenio.
El joven concejal fué a sentarse entre la niña de la casa y la menor de
Alcudia, que se apartaron de mala gana para dejarle introducir su silla.
Este Maldonado, muchacho de buena familia, no enteramente desprovisto de
bienes de fortuna y elegido recientemente concejal por la Inclusa,
dirigía desde hace algún tiempo sus obsequios a la niña de Calderón. Era
un matrimonio bastante proporcionado, al decir de los amigos. Esperanza
sería más rica que Ramoncito, porque la hacienda de D. Julián era sólida
y considerable; pero aquél, que tampoco estaba en la calle, tenía ya
comenzada con buenos auspicios su carrera política. Los padres de la
chica ni se oponían ni alentaban sus pretensiones. Con el aplomo y la
superioridad que da el dinero, Calderón apenas fijaba la atención en
quién requería de amores a su hija, abrigando la seguridad de que no le
faltarían buenos partidos cuando quisiera casarla. Y en efecto, cinco o
seis pollastres de lo más elegante y perfilado de la sociedad madrileña
zumbaban en los paseos, en las tertulias y en el teatro Real alrededor
de la rica heredera, como zánganos en torno de una colmena. Ramoncito
tenía varios rivales, algunos de consideración. No era lo peor esto,
sino que la niña, tan apagada de genio, tan tímida y silenciosa
ordinariamente, sólo con él era atrevida y desenfadada, autorizándose
bromitas más o menos inocentes, respuestas y gestos bruscos que
mostraban bien claro que no le tomaba en serio. Por eso le decía a
menudo Pepe Castro, su amigo y confidente, que se hiciese valer un poco
más; que no se manifestase tan rendido ni ansioso; que a las mujeres hay
que tratarlas con un poco de desdén.
Este Pepe Castro no sólo era el amigo y el confidente de Maldonado, pero
también su modelo en todos los actos de la vida social y privada. Los
juicios que pronunciaba acerca de las personas, los caballos, la
política (de esto hablaba pocas veces), las camisas y los bastones eran
axiomas incontrovertibles para el joven concejal. Imitábale en el
vestir, en el andar, en el reir. Si el otro compraba una jaca española
cruzada, ya estaba Ramoncito vendiendo la suya inglesa para adquirir
otra parecida; si le daba por saludar militarmente llevándose la mano
abierta a la sien, a los pocos días Ramoncito saludaba a todo el mundo
como un recluta; si tomaba una chula por querida, no tardaba mucho
nuestro joven en pasear por los barrios bajos en busca de otra. Pepe
Castro se peinaba echando el pelo hacia adelante, para ocultar cierta
prematura calva. Ramoncito, que tenía un pelo hermoso se peinaba
también hacia adelante. Hasta la calva hubiera imitado con gusto por
parecerle más _chic_. Pues bien, a pesar de tan devota imitación no
había podido obedecerle en lo tocante a sus incipientes amores. Y esto
porque, aunque parezca raro, Ramoncito había llegado a interesarse de
verdad por la niña. El amor pocas veces es un sentimiento simple. A
menudo contribuyen formarle y darle vida otras pasiones, como la
vanidad, la avaricia, la lujuria, la ambición. Así formado apenas se
distingue del verdadero amor: inspira el mismo vigilante cuidado y causa
las mismas zozobras y penas. Ramoncito se creía sinceramente enamorado
de Esperancita, y acaso tuviera razón para ello, pues la apetecía,
pensaba en ella a todas horas, buscaba con afán los medios de agradarla
y aborrecía de muerte a sus rivales. Por mas que se esforzaba en seguir
los consejos del admirado Pepe Castro, procurando ocultar su inclinación
o al menos la vehemencia con que la sentía, no lo lograba. Había
empezado por cálculo a festejarla, con el dominio sobre sí de un hombre
que tiene libre el corazón: había llegado pronto, gracias a la
resistencia desdeñosa de la chica, a preocuparse vivamente, a sentirse
aturdido y fascinado en su presencia. Luego la competencia de otros
pollos le encendía la sangre y los deseos de hacerse pronto dueño de la
mano de la niña. En obsequio a la verdad, hay que decir que se había
olvidado "casi" de los millones de Calderón, que amaba ya a la hija
"casi" desinteresadamente.
--¿Conque ha hablado usted en el Ayuntamiento, Ramón?--le preguntó
Pacita--. ¿Y qué ha dicho usted?
--Nada, cuatro palabras sobre el servicio de alcantarillas--respondió
con afectado aire de modestia el joven.
--¿Pueden ir las señoras al Ayuntamiento?
--¿Por qué no?
--Pues yo quisiera mucho oirle hablar un día.... Y Esperancita tiene más
deseos que yo, de seguro.
--¡No, no!... Yo no--se apresuró a decir la niña.
--Vamos, chica, no lo disimules. ¿No has de tener ganas de oir hablar a
tu novio?
Esperanza se puso como una amapola y exclamó precipitadamente:
--Yo no tengo novio, ni quiero tenerlo.
Ramoncito también se puso colorado.
--¡Pero qué cosas tan horribles tienes, Paz!--siguió aturdida y
confusa--. No vuelvas a hablar así porque me marcho de tu lado.
--Perdona, hija--dijo la maliciosa niña, que se gozaba en el
aturdimiento de su amiga y del concejal--. Yo creía.... Hay muchos que
lo dicen.... Entonces, si no es Ramón será Federico.... Maldonado
frunció el entrecejo.
--Ni Federico ni nadie.... ¡Déjame en paz!... mira, aquí está el padre
Ortega; levántate.
II
#Más personajes.#
Un clérigo alto, de rostro pálido y redondo, joven aún, con ojos azules
y mirada vaga de miope, apareció en la puerta. Todos se levantaron. La
marquesa de Alcudia avanzó rápidamente y fué a besarle la mano. Detrás
de ella hicieron lo mismo sus hijas, Mariana y las demás señoras de la
tertulia.
--Buenas tardes, padre--. Buenos ojos le vean, padre--. Siéntese aquí,
padre.--No, ahí no, padre; véngase cerca del fuego.
El sexo masculino le fué dando la mano con afectuoso respeto. La voz del
sacerdote, al preguntar o responder en los saludos era suave, casi de
falsete, como si en la pieza contigua hubiese un enfermo; su sonrisa era
triste, protectora, insinuante. Parecía que le habían arrancado a su
celda y a sus libros con gran trabajo, que entraba allí con repugnancia,
sólo por hacer algún bien con el contacto de su sabia y virtuosísima
persona a aquellos buenos señores de Calderón, de quienes era director
espiritual. Sus hábitos y sotana eran finos y elegantes; los zapatos de
charol con hebilla de plata; las medias de seda.
Le dieron la enhorabuena calurosamente por una oración que había
pronunciado el día anterior en el oratorio del Caballero de Gracia. El
se contentó con sonreír y murmurar dulcemente:
--Dénsela a ustedes, señoras, si han sacado algún fruto.
El padre Ortega no era un clérigo vulgar, al menos en la opinión de la
sociedad elegante de la corte, donde tenía mucho partido. Sin pecar de
entremetido frecuentaba las casas de las personas distinguidas. No le
gustaba hacer ruido ni llamar la atención de las tertulias sobre sí. No
daba ni admitía bromas, ni tenía el temperamento abierto y jaranero que
suele caracterizar a los sacerdotes que gustan del trato social. Si era
intrigante, debía de serlo de un modo distinto de lo que suele verse en
el mundo. Discreto y afable, humilde, grave y silencioso cuando se
hallaba en sociedad, procurando borrar y confundir su personalidad
entre las demás, adquiría relieve cuando subía a la cátedra del Espíritu
Santo, lo que hacía a menudo. Allí se expresaba con desenfado y
verbosidad sorprendentes. No lograba conmover al auditorio ni lo
pretendía, pero demostraba un talento claro y una ilustración poco común
en su clase. Porque era de los poquísimos sacerdotes que estaban al
tanto de la ciencia moderna, o al menos semejaba estarlo. En vez de las
pláticas morales que se usan y de las huecas y disparatadas
declamaciones de sus colegas contra la ciencia y la razón, los sermones
de nuestro escolapio trascendían fuertemente a lecturas modernísimas: en
todos ellos procuraba demostrar directa o indirectamente que no existe
incompatibilidad entre los adelantos de la ciencia y el dogma. Hablaba
de la evolución, del transformismo, de la lucha por la existencia,
citaba a Hegel alguna vez, traía a cuento la teoría de Malthus sobre la
población, el antagonismo del trabajo y el capital. De todo procuraba
sacar partido en defensa de la doctrina católica. Para rechazar los
nuevos ataques era necesario emplear nuevas armas. Hasta se confesaba,
en principio, partidario de las teorías de Darwin, cosa que tenía
sorprendidos e inquietos a algunos de sus timoratos amigos y penitentes,
pero esto mismo contribuía a infundirles más respeto y admiración.
Cuando hablaba para las señoras solamente, prescindía de toda erudición
que pudiera parecerles enfadosa; adoptaba un lenguaje mundano. Les
hablaba de sus tertulias, de sus saraos, de sus trajes y caprichos, como
quien los conoce perfectamente; sacaba comparaciones y argumentos de la
vida de sociedad, y esto encantaba a las damas y las postraba a sus
pies. Era el confesor de muchas de las principales familias de la
capital. En este ministerio demostraba una prudencia y un tacto
exquisitos. A cada persona la trataba según sus antecedentes, posición y
temperamento. Cuando tropezaba con una devota escrupulosa, viva y
ardiente como la marquesa de Alcudia, el buen escolapio apretaba de
firme las clavijas, se mostraba exigente, tiránico, entraba en los
últimos pormenores de la vida doméstica y los reglamentaba. En casa de
Alcudia no se daba un paso sin su anuencia. Y en estos sitios, como si
se gozase en mostrar su poder, adoptaba un continente grave y severo que
en otras partes no se le conocía. Cuando daba con alguna familia
despreocupada, con poca afición a la iglesia, ensanchaba la manga, se
hacía benigno y tolerante, procurando nada más que guardasen las formas
y no diesen mal ejemplo a los otros. Hacía cuanto le era posible por
afianzar esa alianza dichosa establecida de poco tiempo a esta parte
entre la religión y el "buen tono" en nuestro país. Cada día sacaba una
moda que a ello contribuyese, traducidas unas del francés, otras nacidas
en su propio cerebro. En la capilla u oratorio de alguna familia ilustre
reunía ciertos días del año por la tarde a las damas conocidas. Eran
unas agradabilísimas _matinées_, donde se oraba, tocaba el órgano
expresivo la más hábil pianista, decía el padre una plática familiar,
departía después amigablemente con las señoras acerca de asuntos
religiosos, se confesaba la que quería, y por último pasaban al comedor,
donde se tomaba te, cambiando de conversación. Cuando fallecía alguna
persona de estas familias, el padre Ortega se hacía poner en las
papeletas de defunción como director espiritual, rogando que la
encomendasen a Dios. Luego repartía entre todos los amigos unos
papelitos impresos o memorias con oraciones, donde se pedía al Supremo
Hacedor con palabras encarecidas y melosas que por tal o cual mérito que
resplandeció en su sagrada pasión perdonase al conde de T*** o a la
baronesa de M*** el pecado de soberbia o de avaricia, etc. Generalmente
no era aquel en que más había sobresalido el difunto, lo cual hacía el
padre con buen acuerdo para evitar el escándalo y una pena a la familia.
También se encargaba de gestionar la adquisición del mayor número
posible de indulgencias, la bendición papal _in articulo mortis_, las
preces de algún convento de monjas, etc. Siendo su amigo y penitente se
podía tener la seguridad de no ir al otro mundo desprovisto de buenas
recomendaciones. Lo que no sabemos es el caso que Dios hacía de ellas,
si escribía encima de las memorias con lápiz azul, como los ministros,
"hágase", o si preguntaba al padre Ortega, como la señora del cuento:
"¿Y a usted quién le presenta?"
Cuando hubo cambiado algunas palabras corteses con casi todos los
tertulios, haciendo a cada cual la reverencia que dada su posición le
correspondía, la marquesa de Alcudia le tomó por su cuenta, y llevándole
a uno de los ángulos del salón y sentados en dos butaquitas, comenzó a
hablarle en voz baja como si se estuviese confesando. El clérigo, con el
codo apoyado en el brazo del sillón, cogiendo con la mano su barba
rasurada, los ojos bajos en actitud humilde, la escuchaba. De vez en
cuando profería también alguna palabra en voz de falsete, que la
marquesa escuchaba con profundo respeto y sumisión, lo cual no impedía
que al instante volviese a la carga gesticulando con viveza, aunque sin
alzar la voz.
Había entrado poco después que el padre un joven gordo, muy gordo,
rubio, con patillitas que le llegaban poco más abajo de la oreja, mucha
carne en los ojos y fresco y sonrosado color en las mejillas. La ropa le
estallaba. Su voz era levemente ronca y la emitía con fatiga. Al entrar
nublóse la descolorida faz de Ramoncito Maldonado. El recién llegado era
hijo de los condes de Casa-Ramírez y uno de los pretendientes a la mano
de la primogénita de Calderón. Jacobo Ramírez o Cobo Ramírez, como se le
llamaba en sociedad, pasaba por chistoso por el mismo motivo que Pepa
Frías, aunque con menos razón. Caracterizábale una libertad grosera en
el hablar, un desprecio cínico hacia las personas, aun las más
respetables, y una ignorancia que rayaba en lo inverosímil. Sus chistes
eran de lo más burdo y soez que es posible tolerar entre personas
decentes. Alguna vez daba en el clavo, esto es, tenía alguna ocurrencia
feliz; mas, por regla general, sus chuscadas eran pura y lisamente
desvergüenzas.
La tertulia, no obstante, se regocijó con su entrada. Una sonrisa feliz
se esparció por todos los rostros, menos el de Ramoncito.
--Oiga usted, Calderón--entró diciendo, sin saludar--. ¿Cómo se arregla
usted para tener siempre criados tan guapos?... A uno de ellos, el de la
entrada, con la poca luz que había y la voz de mezzo-soprano que me
gasta, le he confundido con una muchacha.
--¡Hombre, no!--exclamó riendo el banquero.
--¡Hombre, sí! A mí no me importa nada que usted traiga todos los Romeos
que guste.... ¿Viene por aquí su amigo Pinazo?
Los que entendieron adónde iba a parar, que eran casi todos, soltaron la
carcajada.
--¡No viene! ¡no viene!--dijo Calderón casi ahogado por la risa.
--¿De qué se ríen?--preguntó Pacita por lo bajo a Esperanza.
--No sé--respondió ésta con acento de sinceridad, encogiéndose de
hombros.
--De seguro Cobo ha dicho una barbaridad. Se lo preguntaré después a
Julia que no dejará de haberla cogido.
Volvieron ambas la vista hacia la mayor de Alcudia y la vieron inmóvil,
rígida, con los ojos bajos como siempre. En el ángulo de sus labios, sin
embargo, vagaba una leve sonrisa maliciosa que mostraba que no sin razón
la hermanita fiaba en sus profundos conocimientos.
--Hola, Ramoncillo--dijo acercándose a Maldonado y dándole una palmada
en la mejilla con familiaridad--. Siempre tan guapote y tan seductor.
Estas palabras fueron dichas en tono entre afectuoso e irónico, que le
sentó muy mal al joven.
--No tanto como tú..., pero en fin, vamos tirando--respondió Ramoncito.
--No, no, tú eres más guapo.... Y si no que lo digan estas niñas.... Un
poco flacucho estás, sobre todo desde hace una temporada, pero ya
doblarás en cuanto se te pase eso.
--No tiene que pasarme nada.... Ya sé que nunca podré ser de tantas
libras como tú--replicó más picado.
--Pues tienes más hierbas.
--Allá nos vamos, chico; no vengas echándotelas de _fanciullo_, porque
es muy cursi, sobre todo delante de estas niñas.
--¡Pero hombre, que siempre han de estar ustedes riñendo!--exclamó Pepa
Frías--. Acaben ustedes pronto por batirse, ya que los dos no caben en
el mundo.
--Donde no caben los dos--le dijo por lo bajo Pinedo--es en casa de
Calderón.
--Nada de eso--manifestó Cobo en tono ligero y alegre--. Los amigos más
reñidos son los mejores amigos. ¿Verdad, barbián?
Al mismo tiempo tomó la cabeza de Ramoncito con ambas manos y se la
sacudió cariñosamente. Este le rechazó de mal humor.
--Quita, quita, no seas sobón.
Cobo y Maldonado eran íntimos amigos. Se conocían desde la infancia.
Habían estado juntos en el colegio de San Antón. Luego en la sociedad
siguieron manteniendo relaciones estrechas, principalmente en el _Club
de los Salvajes_, adonde ambos acudían asiduamente. Como ambos ejercían
la misma profesión, la de pasear a pie, en coche y a caballo; como ambos
frecuentaban las mismas casas y se encontraban todos los días en todas
partes, la confianza era ilimitada. Siempre había habido entre ellos,
sin embargo, una graciosa hostilidad, pues Cobo despreciaba a Ramoncito,
y éste, que lo adivinaba, manteníase constantemente en guardia. Esta
hostilidad no excluía el afecto. Se decían mil insolencias, disputaban
horas enteras; pero en seguida salían juntos en coche como si no hubiera
pasado nada, y se citaban para la hora del teatro. Maldonado tomaba las
cosas de Cobo en serio. Este se gozaba en llevarle la contraria en
cuanto decía, hasta que conseguía irritarlo, ponerlo fuera de si. Mas el
afecto desapareció en cuanto ambos pusieron los ojos en la chica de
Calderón. No quedó más que la hostilidad. Sus relaciones parecía que
eran las mismas; reuníanse en el club diariamente, paseaban a menudo
juntos, iban a cazar al Pardo como antes. En el fondo, sin embargo, se
aborrecían ya cordialmente. Por detrás decían perrerías el uno del otro;
Cobo con más gracia, por supuesto, que Ramoncito, porque le tenía,
fundada o infundadamente, un desprecio verdadero.
--Vamos, les pasa a ustedes lo que a mi hija y su marido....--dijo la
de Frías.
--¡No tanto! ¡no tanto, Pepa!--interrumpió Ramírez afectando susto.
--¡Pero qué sinvergüenza es usted, hombre!--exclamó aquélla tratando de
contener la risa, que no cuadraba a su mal humor característico--. Se
parecen ustedes en que siempre están regañando y haciendo las paces.
Y se puso a describir con bastante gracia la vida matrimonial de su
hija. Lo mismo ella que el marido eran un par de chiquillos mimosos,
insoportables. Sobre si no la había pasado el plato a tiempo o no la
había echado agua en la copa, sobre los botones de la camisa, o si no
cepillaron la ropa, o tenía la ensalada demasiado aceite, armaban
caramillos monstruosos. Los dos eran Igualmente susceptibles y
quisquillosos. A veces se pasaban seis u ocho días sin hablarse. Para
entenderse en los menesteres de la vida se escribían cartitas y en ellas
se trataban de usted--. "Asunción me ha pasado un recado diciéndome que
vendrá a las ocho para llevarme al teatro. ¿Tiene usted inconveniente en
que vaya?"--escribía ella dejándole la carta sobre la mesa del
despacho--. "Puede usted ir adonde guste"--respondía él por el mismo
procedimiento--. "¿Qué platos quiere usted para mañana? ¿Le gusta a
usted la lengua en escarlata?"--"Demasiado sabe usted que no como
lengua. Hágame el favor de decir a la cocinera que traiga algún pescado,
pero no boquerones como el otro día, y que no fría tanto las tortillas".
Ninguno de los dos quería humillarse al otro. Así que, esta tirantez se
prolongaba ridículamente, hasta que ella, Pepa, los agarraba por las
orejas, les decía cuatro frescas y les obligaba a darse la mano. Luego,
en las reconciliaciones, eran extremosos.
--¿Sabe usted, Pepa, que no quisiera estar yo allí en el momento de la
reconciliación?--dijo Cobo haciendo alarde nuevamente de su malignidad
brutal.
--Tampoco yo, hijo--respondió, dando un suspiro de resignación que hizo
reir--. Pero ¡qué quiere usted! Soy suegra, que es lo último que se
puede ser en este mundo, y tengo esa penitencia y otras muchas que usted
no sabe.
--Me las figuro.
--No se las puede usted figurar.
--Pues, querida, a mí me gustaría muchísimo ver a mis hijos
reconciliados. No hay cosa más fea que un matrimonio reñido--dijo la
bendita de Mariana con su palabra lenta, arrastrada, de mujer linfática.
--También a mí ... pero después que pasa la reconciliación--respondió
Pepa, cambiando miradas risueñas con Cobo Ramírez y Pinedo.
--¡De qué buena gana me reconciliaría yo con usted, Mariana, del mismo
modo que esos chicos!--dijo en voz muy baja el almibarado general
Patiño, aprovechando el momento en que la esposa de Calderón se inclinó
para hurgar el fuego con un hierro niquelado. Al mismo tiempo, como
tratase de quitárselo para que ella no se molestase, sus dedos se
rozaron, y aun puede decirse, sin faltar a la verdad, que los del
general oprimieron suave y rápidamente los de la dama.
--¡Reconciliarse!--dijo ésta en voz natural--. Para eso es necesario
antes estar enfadados y, a Dios gracias, nosotros no lo estamos.
El viejo tenorio no se atrevió a replicar. Rió forzadamente, dirigiendo
una mirada inquieta a Calderón. Si insistía, aquella pánfila era capaz
de repetir en voz alta la atrevida frase que acababa de decirle.
--Por supuesto--siguió Pepa--que yo me meto lo menos posible en sus
reyertas. Ni voy apenas por su casa. ¡Uf! ¡Me crispa el hacer el papel
de suegra!
--Pues yo, Pepa, quisiera que fuese usted mi suegra--dijo Cobo,
mirándola a los ojos codiciosamente.
--Bueno, se lo diré a mi hija, para que se lo agradezca.
--¡No, si no es por su hija!... Es porque ... me gustaría que usted se
metiese en mis cosas.
--¡Bah, bah! déjese usted de músicas--replicó la de Frías medio enojada.
Un amago de sonrisa que plegaba sus labios pregonaba, no obstante, que
la frase la había lisonjeado.
Ramoncito volvió a sacar la conversación del teatro Real, la liebre que
sale y se corre en todas las tertulias distinguidas de la corte. La
ópera, para los abonados, no es un pasatiempo, sino una institución. No
es el amor de la música, sin embargo, lo que engendra esta constante
preocupación, sino el no tener otra cosa mejor en qué ocuparse. Para
Ramoncito Maldonado, para la esposa de Calderón y para otros muchos, los
seres humanos se dividen en dos grandes especies: los abonados al teatro
Real y los no abonados. Los primeros son los únicos que expresan
realmente de un modo perfecto la esencia de la humanidad. Gayarre y la
Tosti fueron puestos otra vez a discusión. Los que habían llegado
últimamente dieron su opinión, tanto sobre el mérito como sobre la
disposición física de los dos cantantes.
Ramoncito se puso a contar en voz baja a Esperanza y a Paz que la noche
anterior había sido presentado a la Tosti en su _camerino_. "Una mujer
muy amable, muy fina. Le había recibido con una gracia y una amabilidad
sorprendentes. Ya había oído hablar mucho de el, de Ramoncito, y tenía
deseos vivos de conocerle personalmente. Cuando supo que era concejal,
quedó asombrada por lo joven que había llegado a ese puesto. ¡Ya ven
ustedes que tontería! Por lo visto, en otros países se acostumbra a
elegir sólo a los viejos. De cerca era aún mejor que de lejos. Un cutis
que parece raso; una dentadura preciosa; luego una arrogante figura; el
pecho levantado y ¡unos brazos!..."
La vanidad hacía a Ramoncito no sólo torpe, porque es regla bien sabida
que cuando se galantea a una mujer no debe alabarse con demasiado calor
a otra, sino un tantico atrevido dirigiéndose a niñas. Estas se miraban
sonrientes, brillándoles los ojos con fuego malicioso y burlón que el
joven concejal no observaba.
--Y diga usted Ramón, ¿no se ha declarado usted a ella?--le preguntó
Pacita.
--Todavía no--respondió haciéndose cargo ya de la intención burlona de
la pregunta.
--Pero se declarará.
--Tampoco. Estoy ya enamorado de otra mujer. Al mismo tiempo dirigió una
miradita lánguida a Esperanza. Esta se puso repentinamente seria.
--¿De veras? Cuente usted ... cuente usted.
--Es un secreto
--Bien, pero nosotras lo guardaremos.... ¿Verdad Esperanza que tú no
dirás nada?
Y la escuálida chiquilla miraba maliciosamente a su amiga gozándose en
su mal humor y en la inquietud de Ramoncito.
--Yo no tengo gana de saber nada.
--Ya lo oye usted, Ramón. Esperanza no tiene gana de oir hablar de sus
novias. Yo bien sé por qué es, pero no lo digo....
--¡Qué tonta eres, chica!--exclamó aquélla con verdadero enojo.
El joven concejal quedó lisonjeado por tal advertencia que venía de una
amiga íntima. Creyó, sin embargo, que debía cambiar la conversación a
fin de no echar a perder su pretensión, pues veía a Esperanza seria y
ceñuda.
--Pues no crean ustedes que es tan difícil declararse a la Tosti y que
ella responda que sí.... Y si no ... ahí tienen ustedes a Pepe Castro,
que puede dar fe de lo que digo.
--Es que Pepe Castro no es usted--manifestó la niña de Calderón con
marcada displicencia.
Maldonado cayó de la región celeste donde se mecía. Aquella frase
punzante dicha en tono despreciativo le llegó al alma. Porque cabalmente
la superioridad de Pepe Castro era una de las pocas verdades que se
imponían a su espíritu de modo incontrastable. Pudiera ofrecer reparos a
la de Hornero, pero a la de Pepito, no. La seguridad de no poder llegar
jamás, por mucho que le imitase, al grado excelso de elegancia,
despreocupación, valor desdeñoso y hastío de todo lo creado, que
caracterizaba a su admirado amigo, le humillaba, le hacía desgraciado.
Esperanza había puesto el dedo en la llaga que minaba su preciosa
existencia. No pudo contestar; tal fué su emoción.
Clementina estaba triste, inquieta. Desde que había entrado en casa de
su cuñada, buscaba pretexto para irse. Pero no lo hallaba. Era forzoso
resignarse a dejar transcurrir un rato. Los minutos le parecían siglos.
Había charlado unos momentos con la marquesa de Alcudia, mas ésta la
había dejado en cuanto entró el padre Ortega. Su cuñada estaba
secuestrada por el general Patiño, que le explicaba minuciosamente el
modo de criar a los ruiseñores en jaula. Las dos chicas de Alcudia que
tenía al lado parecían de cera, rígidas, tiesas, contestando por
monosílabos a las pocas preguntas que las dirigió. Una sorda irritación
se iba apoderando poco a poco de ella. Dado su temperamento, no se
hubieran pasado muchos minutos en echar a rodar todos los miramientos y
largarse bruscamente. Alas al oir el nombre de Pepe Castro levantó la
cabeza vivamente y se puso a escuchar con ávida atención. La reticencia
de Ramoncito la puso súbito pálida. Se repuso no obstante en seguida, y,
entrando en la conversación con amable sonrisa, dijo:
--Vaya, vaya, Ramón; no sea usted mala lengua.... ¡Pobres mujeres en
boca de ustedes!
--No se habla mal sino de la que lo merece, Clementina--respondió éste
animado por el cable que impensadamente recibía.
--De todas hablan ustedes. Me parece que su amiguito Pepe Castro no es
de los que se muerden la lengua para echar por el suelo una honra.
--Clementina, hasta ahora no le he cogido tras de ninguna mentira. Todo
Madrid sabe que es hombre de mucha suerte con las mujeres.
--¡No sé por qué!--replicó con un mohín de desdén la dama.
--Yo no soy inteligente en la hermosura de los hombres--manifestó el
joven riendo su frase--, pero todos dicen que Pepito es guapo.
--¡Ps!... Será según el gusto de cada cual ... y que me dispense Pacita,
que es su pariente. Yo formo parte de esos _todos_ y no lo digo.
--La verdad es--apuntó Esperancita tímidamente--que Pepito no pasa por
feo.... Luego, es muy elegante y distinguido, ¿verdad tú?
Y se dirigió a Pacita, poniéndose al mismo tiempo levemente colorada.
Clementina le dirigió una mirada penetrante que concluyó de ruborizarla.
--¿De qué se habla?--preguntó Cobo Ramírez acercándose al corro.
Casi nunca se sentaba en las tertulias. Le placa andar de grupo en
grupo, resollando como un buey, soltando alguna frase atrevida en cada
uno. La faz de Ramoncito se nubló al aproximarse su rival. Este no dejó
de notarlo y le dirigió una mirada burlona.
--Vamos, Ramoncillo, dí; ¿cómo te arreglas para tener tan animadas a las
damas? Me acaba de decir Pepa que vas echando ingenio.
--No, hombre; ¿cómo voy a echarlo si lo tienes tú todo?--profirió con
irritación el concejal.
--Vaya, chico, si es que te azaras porque yo me acerco, me voy.
Una sonrisa irónica, amarga y triunfal al mismo tiempo, dilató el rostro
anguloso de Ramoncito. Había cogido a su enemigo en la trampa. Ha de
saberse que pocos días antes averiguó casualmente, por medio de un
académico de la lengua, que no se decía _azararse_, sino _azorarse_.
--Querido Cobo--dijo echándose hacia atrás con la silla y mirándole con
fijeza burlona--. Antes de hablar entre personas ilustradas, creo que
debieras aprender el castellano.... Digo ... me parece....
--¿Pues?--preguntó el otro sorprendido.
--No se dice azarar, sino _azorar_, queridísimo Cobo. Te lo participo
para tu satisfacción y efectos consiguientes.
La actitud de Ramoncito al pronunciar estas palabras era tan arrogante,
su sonrisa tan impertinente, que Cobo, desconcertado por un momento,
preguntó con furia:
--¿Y por qué se dice azorar y no azarar?
--¡Porque sí!... ¡Porque lo digo yo!... ¡Eso!...--respondió el otro sin
dejar de sonreír cada vez con mayor ironía y echando una mirada de
triunfo a Esperanza.
Se entabló una disputa animada, violenta, entre ambos. Cobo se mantuvo
en sus trece sosteniendo con brío que no había tal _azorar_, que a nadie
se lo había oído en su vida y eso que estaba harto de hablar con
personas ilustradas. El joven y perfumado concejal le respondía
brevemente sin abandonar la sonrisilla impertinente, seguro de su
triunfo. Cuanto más furioso se ponía Cobo, más se gozaba en humillarle
delante de la niña por quien ambos suspiraban.
Pero la decoración cambió cuando Cobo irritadísimo, viéndose perdido,
llamó en su auxilio al general Patiño.
--Vamos a ver, general, usted que es una de las eminencias del ejército,
¿cree que está bien dicho azorarse?
El general, lisonjeado por aquella oportuna dedada de miel, manifestó
dirigiéndose a Maldonado en tono paternal:
--No, Ramoncito, no: está usted en un error. Jamás se ha dicho en España
azorar.
El concejal dió un brinco en la silla. Abandonando súbito toda ironía,
echando llamas por los ojos, se puso a gritar que no sabían lo que se
decían, que parecía mentira que personas ilustradas, etc., etc.... Que
estaba seguro de hallarse en lo cierto y que inmediatamente se buscase
un diccionario.
--El caso es, Ramoncito--dijo D. Julián rascándose la cabeza--, que el
que había en casa hace ya tiempo que ha desaparecido. No sé quién se lo
ha llevado.... Pero a mí me parece también, como al general, que se dice
azarar....
Aquel nuevo golpe afectó profundamente a Maldonado, que, pálido ya,
tembloroso, lanzó con voz turbada un último grito de angustia.
--¡Azorar viene de _azor_, señores!
--¡Qué azor ni qué coliflor, hombre de Dios!--exclamó Cobo soltando una
insolente carcajada--. Confiesa que has metido la patita y dí que no lo
volverás a hacer.
El despecho, la ira del joven concejal no tuvieron límites. Todavía
luchó algunos momentos con palabras y ademanes descompuestos. Pero como
se contestase a sus enérgicas protestas con risitas v sarcasmos,
concluyó por adoptar una actitud digna v despreciativa, mascullando
palabras cargadas de hiel, los labios trémulos, la mirada torva. De vez
en cuando dejaba escapar por la nariz un leve bufido de indignación.
Cobo estuvo implacable: aprovechó todas las ocasiones que se ofrecieron
para dirigirle indirectamente una pullita envenenada que causaba el
regocijo de las niñas y hacía sonreír discretamente a las personas
graves. Nadie en el mundo padeció más hambre y sed de justicia que
Ramoncito en aquella ocasión.
La llegada de un nuevo personaje puso fin o suspendió por lo menos su
tormento. Anunció el criado al señor duque de Requena. La entrada de
éste produjo en la tertulia un movimiento que indicaba bien claramente
su importancia. Calderón salió a recibirle dándole las dos manos con
efusión. Los hombres se levantaron apresuradamente y se apartaron de los
asientos para salir a su encuentro sonrientes, expresando en su actitud
la veneración que les inspiraba. Las damas volvieron también sus rostros
hacia él con curiosidad y respeto, y Pepa Frías se levantó para
saludarle. Hasta el padre Ortega abandonó a su marquesa y se adelantó
inclinado, sumiso, dirigiéndole un saludo almibarado, sonriéndole con
sus ojos claros al través de los fuertes cristales de miope que gastaba.
Por algunos instantes apenas se oyó en la estancia mas que "querido
duque", "señor duque". "¡Oh, duque!"
El objeto de tanta atención y acatamiento era un hombre bajo, gordo, la
faz amoratada, los ojos saltones y oblicuos, el cabello blanco, y el
bigote entrecano, duro y erizado como las púas de un puerco-espín. Los
labios gruesos y sinuosos y manchados por el zumo del cigarro puro que
traía apagado y mordía paseándolo de un ángulo a otro de la boca sin
cesar. Podría tener unos sesenta años, más bien más que menos. Venía
envuelto en un magnífico gabán de pieles que no había querido quitarse a
la entrada por hallarse acatarrado. Mas al poner los pies en el
saloncito de Calderón, sintióse malamente impresionado por el calor que
allí hacía. Sin contestar apenas a los saludos y sonrisas que a porfía
le dirigían, murmuró en tono brutal, con la voz gruesa y ronca a la vez
que caracteriza a los hombres de cuello corto:
--¡Puf! ¡Esto echa bombas!...
Y lo acompañó de una interjección valenciana que principia por f. Al
mismo tiempo hizo ademán de despojarse del abrigo. Veinte manos cayeron
sobre él para ayudarle y esto retrasó un poco la operación.
Representóse en la tertulia de Calderón la escena de los israelitas en
el desierto que más se ha repetido en el mundo, la adoración del becerro
de oro. El recién llegado era nada menos que D. Antonio Salabert, duque
de Requena, el célebre Salabert rico entre los ricos de España, uno de
los colosos de la banca y el más afamado, sin disputa, por el número y
la importancia de sus negocios. Había nacido en Valencia. Nadie conocía
a su familia. Decían unos que había sido granuja del mercadal, otros que
empezó de lacayo de un banquero y luego fué cobrador de letras y
zurupeto, otros que había sido soldado de Cabrera en la primera guerra
civil, y que el origen de su fortuna estuvo en una maleta llena de onzas
de oro que robó a un viajero. Algunos llegaban hasta a filiarle en una
de las célebres partidas de bandoleros que infestaron a España poco
después de la guerra. Pero él explicaba del modo más sencillo y gráfico
la procedencia de su fortuna, que no bajaba de cien mil millones de
pesetas. Cuando se enfadaba con los empleados de su casa, lo cual
sucedía a menudo, y notaba que se ofendían con sus palabrotas
injuriosas, solía decirles gritando como un energúmeno:
--¿Sabéis, f...., cómo he llegado yo a tener dinero?... Pues recibiendo
muchas patadas en el trasero. Sólo a fuerza de puntapiés se logra subir
arriba. ¿Estamos?
Hay que confesar que este dato adolece de ser un poco vago; pero la
perfecta autenticidad de que se halla revestido, le da un valor
inapreciable. Tomándolo como base de la investigación, acaso se pueda
llegar a definir el carácter y a historiar la vida y las empresas del
opulento banquero.
--Hola, chiquita--dijo avanzando hasta Clementina y tomándole la barba
como se hace con los niños--. ¿Estás aquí? No he visto tu coche abajo.
--He salido a pie, papá.
--Es un milagro. Si quieres, puedes llevarte el mío.
--No; tengo deseos de caminar. Estoy estos días muy pesada.
El duque de Requena había prescindido de todos los presentes y hablaba a
su hija con toda la afabilidad de que era susceptible. La veía pocas
veces. Clementina era su hija natural, habida allá en Valencia, cuando
joven, de una mujer de la ínfima clase social, como él lo era al
parecer. Luego se había casado en Madrid, ya en camino de ser rico, con
una joven de la clase media, de la cual no tuvo familia. Esta señora,
extremadamente delicada de salud desde su matrimonio, había cedido o,
por mejor decir, había ella misma propuesto que la hija de su marido
viniese a habitar la misma casa. Clementina se educó, pues, aquí y fué
amada de la esposa de su padre como una verdadera hija. Ella la quiso y
la respetó también como a una madre. Después que se casó solía visitarla
a menudo; pero como su padre estaba siempre muy ocupado, no entraba en
sus habitaciones, y desde las de su madre (así la llamaba) se iba a la
calle. Sólo en los días de banquete o recepción, o cuando casualmente le
tropezaba en las casas o en la calle departía un rato con él.
Después de preguntarle por su marido y por sus hijos, el duque se puso a
hablar, sin sentarse, con Calderón y Pepa Frías. Un hombre rudo y
campechanote en la apariencia: sonreía pocas veces: cuando lo hacía era
de modo tan leve que aún podía dudarse de ello. Acostumbraba a llamar
las cosas por su nombre y a dirigirse a las personas sin fórmulas de
cortesía, diciéndoles en la cara cosas que pudieran pasar por groserías:
no lo eran porque sabía darles un tinte entre rudo y afectuoso que les
quitaba el aguijón. No era muy locuaz. Generalmente se mantenía
silencioso mordiendo su cigarro y examinando al interlocutor con sus
ojos oblicuos, impenetrables. Mostraba al hablar una inocencia falsa y
socarrona que no le hacía antipático. Detrás se veía siempre al antiguo
granuja del mercadal de Valencia, diestro, burlón, receloso y
marrullero.
Pepa Frías le habló de negocios. La viuda era incansable en esta
conversación. Quería enterarse de todo, temiendo ser engañada ávida
siempre de ganancias y temblando con terror cómico ante la perspectiva
de la baja de sus fondos. Se hacía repetir hasta la saciedad los
pormenores. "¿Soltaría las acciones del Banco y compraría _Cubas_? ¿Qué
pensaba hacer el Gobierno con el amortizable? Había oído rumores. ¿Se
haría en alza la próxima liquidación? ¿No sería mejor liquidar en el
momento con treinta céntimos de ganancia que aguardar a fin de mes?"
Para ella las palabras de Salabert eran las del oráculo de Delfos. La
fama inmensa del banquero la tenía fascinada. Por desgracia, el duque,
como todos los oráculos antiguos y modernos, se expresaba siempre que se
le consultaba, de un modo ambiguo. Respondía a menudo con gruñidos que
nadie sabía si eran de afirmación, de negación o de duda. Las frases que
de vez en cuando se escapaban de su boca entre el cigarro y los labios
húmedos y sucios eran oscuras, cortadas, ininteligibles en muchos casos.
Además, todo el mundo sabía que no era posible fiarse de él, que se
gozaba en despistar a sus amigos y hacerles caer de bruces en un mal
negocio. Sin embargo, Pepa insistía aspirando a arrancar de aquel
cerebro luminoso el secreto de la mina: bromeaba tomándole de las
solapas de la levita, llamándole viejo, cazurro, zorro, haciendo gala de
una desvergüenza que en ella había llegado a ser coquetería. El banquero
no daba fuego. Le seguía el humor respondiendo con gruñidos y con tal
cual frase escabrosa que hacía reir a Calderón, aunque no tenía muchas
ganas de hacerlo viéndole echar sin miramiento alguno tremendos
escupitajos en la alfombra. Porque el duque con el picor del tabaco
salivaba bastante y no acostumbraba a reparar dónde lo hacía, a no ser
en su casa donde cuidaba de ponerse al lado de la escupidera. Calderón
estaba inquieto, violento, lo mismo que si se los echase en la cara. A
la tercera vez, no pudiendo contenerse, fué él mismo a buscar la
escupidera para ponérsela al lado. Salabert le dirigió una mirada
burlona y le hizo un guiño a Pepa. Ya tranquilo Calderón se mostró
locuaz y pretendió sustituirse al duque dando consejos a Pepa sobre los
fondos. Pero aunque hombre prudente y experto en los negocios, la viuda
no se los apreciaba ni aun quería oirlos. Al fin y al cabo, entre él y
Salabert existía enorme distancia: el uno era un negociante vulgar, el
otro un genio de la banca. Sin embargo, éste asentía con sonidos
inarticulados a las indicaciones bursátiles del dueño de la casa. Pepa
no se fiaba.
Salabert se apartó un poco del grupo y se dejó caer sobre el brazo de un
sillón adoptando una postura grosera, para lo cual sólo él tenía
derecho. En vez de ser mal vistos aquellos modales libres y rudos,
contribuían no poco a su prestigio y al respeto idolátrico que en
sociedad se le tributaba. Lejos nuevamente de la escupidera volvió a
salivar sobre la alfombra con cierto goce malicioso, que a pesar de su
máscara indiferente y bonachona se le traslucía en la cara. Calderón
tornó igualmente a nublarse y fruncirse hasta que, resolviéndose a
saltar por encima de ciertos miramientos sociales, le acercó otra vez
la escupidera sin tanto valor como antes, pues lo hizo con el pie. Pepa
sentóse en el otro brazo y siguió haciendo carocas al duque. Este
comenzaba a fijar más la atención en ella. Sus miradas frecuentes la
envolvían de la cabeza a los pies, notándose que se detenían en el
pecho, alto y provocador. Pepa era una mujer fresca, apetitosa. Al cabo
de algunos minutos el banquero se inclinó hacia ella con poca
delicadeza, y acercando el rostro a su cara, tanto que parecía que se la
rozaba con los labios, le dijo en voz baja:
--¿Tiene usted muchas _Osunas_?
--Algunas, sí, señor.
--Véndalas usted a escape.
Pepa le miró a los ojos fijamente, y dándose por advertida calló. Al
cabo de unos momentos fué ella quien acercando su rostro al del banquero
le preguntó discretamente:
--¿Qué compro?
--Amortizable--respondió el famoso millonario con igual reserva.
Entraban a la sazón un caballero y una dama, ambos jovencitos, menudos,
sonrientes, y vivos en sus ademanes.
--Aquí están mis hijos--dijo Pepa.
Era un matrimonio grato de ver. Ambos bien parecidos, de fisonomía
abierta y simpática, y tan jóvenes, que realmente parecían dos niños.
Fueron saludando uno por uno a los tertulios. En todos los rostros se
advertía el afecto protector que inspiraban.
--Aquí tienes a tu suegra, Emilio. ¡Qué encuentro tan desagradable!
¿verdad?...--dijo Pepa al joven.
--Suegra, no; mamá ... mamá--respondió éste apretándole la mano
cariñosamente.
--¡Dios te lo pague, hijo!--replicó la viuda dando un suspiro de cómico
agradecimiento.
Volvió la tertulia a acomodarse. Los jóvenes casados sentáronse juntos
al lado de Mariana. Clementina había dejado aquel sitio y charlaba con
Maldonado: el nombre de Pepe Castro sonaba muchas veces en sus labios.
Mientras tanto Cobo aprovechaba el tiempo, haciendo reir con sus
desvergüenzas a Pacita; pero aunque intentaba que Esperanza acogiese los
chistes con igual placer, no lo conseguía. La niña de Calderón, seria,
distraída, parecía atender con disimulo a lo que Ramoncito y Clementina
hablaban. Pinedo se había levantado y hacía la corte al duque. Y el
general, viendo a su ídolo en conversación animada con los jóvenes
casados, fatigado de que sus laberínticos requiebros no fuesen
comprendidos, ni tampoco sus restregones poéticos, vino a hacer lo
mismo. La marquesa y el sacerdote seguían cuchicheando vivamente allá en
un rincón, ella cada vez más humilde e insinuante, sentada sobre el
borde de la butaca, inclinando su cuerpo para meterle la voz por el
oído; él más grave y más rígido por momentos, cerrando a grandes
intervalos los ojos como si se hallase en el confesionario.
--¡Qué par de bebés, eh!--exclamó Pepa en voz alta dirigiéndose a
Mariana--. ¿No es vergüenza que esos mocosos estén casados? ¡Cuánto
mejor sería que estuviesen jugando al trompo!
Los chicos sonrieron mirándose con amor.
--Ya jugarán ... en los momentos de ocio--manifestó Cobo Ramírez con
retintín.
--¡Hombre, ca!--exclamó Pepa, volviéndose furiosa hacia él--. ¿Le han
dado a usted cuenta ellos de sus juegos?
Aquél y Emilio cambiaron una mirada maliciosa. Irenita, la joven casada,
se ruborizó.
--Te están haciendo vieja, Pepa. Acuérdate que eres abuela--respondió
la señora de Calderón.
--¡Qué abuela tan rica!--exclamó por lo bajo Cobo, aunque con la
intención de que lo oyese la interesada.
Esta le echó una mirada entre risueña y enojada, demostrando que había
oído y lo agradecía en el fondo. Cobo se hizo afectadamente el
distraído.
--¿Os ha pasado ya la berrenchina?--siguió la viuda dirigiéndose a sus
hijos--. ¿Cuánto durarán las paces?... ¡Jesús, qué criaturas tan
picoteras!... Mirad, yo no voy a vuestra casa porque cuando os encuentro
con morro me apetece tomar la escoba y romperla en las costillas de los
dos....
Los tertulios se volvieron hacia los jóvenes esposos sonriendo. Esta vez
se pusieron ambos fuertemente colorados. Después, por la seriedad que
quedó bien señalada en el rostro de Emilio, se pudo comprender que no le
hacían maldita la gracia aquellas salidas harto desenfadadas de su
suegra.
El general Patiño, por orden de la bella señora de la casa, puso el dedo
en el botón de un timbre eléctrico. Apareció un criado: le hizo el ama
una seña: no se pasaron cinco minutos sin que se presentase nuevamente y
en pos de él otros dos con sendas bandejas en las manos colmadas de
tazas de te, pastas y bizcochos. Momento de agradable expansión en la
tertulia. Todos se ponen en movimiento y brilla en los ojos el placer
del animal que va a satisfacer una necesidad orgánica. Esperancita deja
apresuradamente a su amiga y a Ramírez y se pone a ayudar con solicitud
a su madre en la tarea de servir el te a los tertulios. Ramoncito
aprovecha el instante en que la niña le presenta una taza, para decirla
en voz baja y alterada "que le sorprende mucho que se complazca en
escuchar las patochadas y frases atrevidas de Cobo Ramírez". Esperanza
le mira confusa, y al fin dice "que ella no ha oído semejantes
patochadas, que Cobo es un chico muy amable y gracioso". Ramoncito
protesta con voz débil y lúgubre entonación contra tal especie y
persiste en desacreditar a su amigo, hasta que éste, oliendo el
torrezno, se acerca a ellos bromeando según costumbre. Con lo cual, a
nuestro distinguido concejal se le encapota aún más el rostro y se va
retirando poco a poco: no sea que al insolente de Cobo se le ocurra
cualquier sandez para hacer reir a su costa.
Llegó el momento de hablar de literatura, como acontece siempre en
todas las tertulias nocturnas o vespertinas de la capital. El general
Patiño habló de una obra teatral recién estrenada con felicísimo éxito y
le puso sus peros, basados principalmente en algunas escenas subidas de
color. Mariana manifestó que de ningún modo iría a verla entonces. Todos
convinieron en anatematizar la inmoralidad de que hoy hacen gala los
autores. Se dijeron pestes del naturalismo. Cobo Ramírez, que había
tomado te y luego unos emparedados y se había comido una cantidad
fabulosa de ensaimadas y bizcochos, expuso a la tertulia que
recientemente había leído una novela titulada _Le journal d'une dame_
(en francés y todo), preciosa, bonitísima, la más espiritual que él
hubiera leído nunca. Porque Cobo, en literatura--¡caso raro!--, estaba
por lo espiritual, lo delicado. No le vinieran a él con esas nove-lotas
pesadas donde le cuentan a uno las veces que un albañil se despereza al
levantarse de la cama (o los bizcochos y ensaimadas que se come un chico
de buena sociedad), ni le hablaran de partos y otras porquerías
semejantes. En las novelas deben ponerse cosas agradables, puesto que se
escriben para agradar. Esto decía con notable firmeza, resollando al
hablar como un caballo de carrera. Los demás asentían.
La entrada de un caballero ni alto ni bajo, ni delgado ni gordo, alzado
de hombros y cogido de cintura, la color baja, la barba negra y tan
espesa y recortada que parecía postiza, cortó rápidamente la plática
literaria. Nada menos que era el señor ministro de Fomento. Por eso
llevaba la cabeza tan erguida que casi daba con el cerebelo en las
espaldas, y sus ojos medio cerrados despedían por entre las negras y
largas pestañas relámpagos de suficiencia y protección a los presentes.
Hasta los veintidós años había tenido la cabeza en su postura natural;
pero desde esta época, en que le nombraron vicepresidente de la sección
de derecho civil y canónico en la Academia de Jurisprudencia, había
comenzado a levantarla lenta y majestuosamente como la luna sobre el mar
en el escenario del teatro Real, esto es, a cortos e imperceptibles
tironcitos de cordel. Le hicieron diputado provincial; un tironcito.
Luego diputado a Cortes; otro tironcito. Después gobernador de
provincia; otro tironcito. Más tarde director general de un
departamento; otro. Presidente de la Comisión de presupuestos; otro.
Ministro; otro. La cuerda estaba agotada. Aunque le hicieran príncipe
heredero, Jiménez Arbós ya no podía levantar un milímetro más su gran
cabeza.
Su entrada produjo movimiento, pero no tanto como la del duque de
Requena. Este, cuyo rostro carnoso, sensual, no podía ocultar el
desprecio que aquella asamblea le inspiraba, corrió a él sin embargo, y
le saludó con rendimiento y servilismo sorprendentes, teniendo en cuenta
la rusticidad y grosería con que generalmente se comportaba en el trato
social. El ministro comenzó a repartir apretones de manos de un modo tan
distraído que ofendía. Únicamente cuando saludó a Pepa Frías dió
señales de animación. Esta le preguntó en voz baja tuteándole:
--¿Cómo vienes de frac?
--Voy a comer a la embajada francesa.
--¿Vas luego a casa?
--Sí.
Este diálogo rapidísimo en voz imperceptible fué observado por el duque,
quien acercándose a Pinedo le preguntó con reserva y haciendo una seña
expresiva:
--Diga usted, ¿Arbós y Pepa Frías?...
--Hace ya lo menos dos meses.
La mirada que el banquero le echó entonces a la viuda no fué de la
calidad de las anteriores. Era ahora más atenta, más respetuosa y
profunda, quedándose después un poco pensativo. Calderón se había
acercado al ministro y le hablaba con acatamiento. Salabert hizo lo
mismo. Pero el personaje no tenía ganas de hablar de negocios o por
ventura le inspiraba miedo el célebre negociante. La prensa hacía
reticencias malévolas sobre los negocios de éste con el Gobierno. Por
eso, a los pocos momentos, se fué en pos de Pepa Frías y se pusieron a
cuchichear en un ángulo de la estancia.
Clementina estaba cada vez más impaciente, con unos deseos atroces de
marcharse. Dejaba de hacerlo por el temor de que su padre la acompañase.
El ministro se fué a los pocos minutos, repartiendo previamente otros
cuantos apretones de manos con la misma distracción imponente, mirando,
no a la persona a quien saludaba, sino al techo de la estancia. Entonces
el duque se apoderó de Pepa Frías, mostrándose con ella tan galante y
expresivo, como si fuese a hacerle una declaración de amor. El general,
observándolo, dijo a Pinedo:
--Mire usted al duque, qué animado se ha puesto. De fijo le está
haciendo el amor a Pepa.
--No--respondió gravemente el empleado--. A lo que está haciendo el amor
ahora es al negocio de las minas de Riosa.
La viuda anunció al cabo en voz alta que se iba.
--¿Adonde va usted, Pepa, en este momento?--le preguntó el banquero.
--A casa de Lhardy a encargar unas mortadelas.
--La acompaño a usted.
--Vamos; le convidaré a tomar unos pastelitos.
Al duque le hizo mucha gracia el convite.
--¿Vienes, chiquita?--le dijo a su hija.
Clementina aún pensaba quedarse un rato. Pepa, al tiempo de salir del
brazo del banquero, dijo en alta voz volviéndose a los Presentes:
--Conste que no vamos en coche.
Lo cual les hizo reir.
--Conste--dijo el duque riendo--que esto lo dice por adularme.
--Que se explique eso: no hemos comprendido ...--gritó Cobo Ramírez.
Pero ya el duque y Pepa habían desaparecido detrás de la cortina.
Clementina aguardó sólo cinco minutos. Cuando presumió que ya no podía
tropezar en la escalera a su padre, se levantó, y pretextando un
quehacer olvidado, se despidió también.
III
#La hija de Salabert.#
Bajó con ansia la escalera. Al poner el pie en la calle dejó escapar un
suspiro de consuelo. A paso vivo tomó la del Siete de Julio, entró en la
plaza Mayor y luego en la de Atocha. Al llegar aquí vino a su
pensamiento la imagen del joven que la había seguido y volvió la cabeza
con inquietud. Nada; no había que temer. Ninguno la seguía. En la puerta
de una de las primeras casas y mejores de la calle, se detuvo, miró
rápida y disimuladamente a entrambos lados y penetró en el portal. Hizo
una seña casi imperceptible de interrogación al portero. Este contestó
con otra de afirmación llevándose la mano a la gorra. Lanzóse por la
escalera arriba. Subió tan de prisa, sin duda para evitar encuentros
importunos, que al llegar al piso segundo le ahogaba la fatiga y se
llevó una mano al corazón. Con la otra dió dos golpecitos en una de las
puertas. Al instante abrieron silenciosamente: se arrojó dentro con
ímpetu, cual si la persiguiesen.
--Más vale tarde que nunca--dijo el joven que había abierto, tornando a
cerrar con cuidado.
Era un hombre de veintiocho a treinta años, de estatura más que regular,
delgado, rostro fino y correcto, sonrosado en los pómulos, bigote
retorcido, perilla apuntada y los cabellos negros y partidos por el
medio con una raya cuidadosamente trazada. Guardaba semejanza con esos
soldaditos de papel con que juegan los niños; esto es, era de un tipo
militar afeminado. También parecía su rostro al que suelen poner los
sastres a sus figurines; y era tan antipático y repulsivo como el de
ellos. Vestía un batín de terciopelo color perla con muchos y primorosos
adornos; traía en los pies zapatillas del mismo género y color con las
iniciales bordadas en oro. Advertíase pronto que era uno de esos hombres
que cuidan con esmero del aliño de su persona; que retocan su figura con
la misma atención y delicadeza con que el escultor cincela una estatua;
que al rizarse el bigote y darle cosmético creen estar cumpliendo un
sagrado e ineludible deber de conciencia; que agradecen, en fin, al
Supremo Hacedor, el haberles otorgado una presencia gallarda y procuran
en cuanto les es dado mejorar su obra.
--¡Qué tarde!--volvió a exclamar el apuesto caballero dirigiéndola una
mirada fija y triste de reconvención.
La dama le pagó con una graciosa sonrisa, replicando al mismo tiempo con
acento burlón:
--Nunca es tarde si la dicha es buena.
Y le tomó la mano y se la apretó suavemente, y le condujo luego sin
soltarle al través de los corredores, hasta un gabinete que debía ser el
despacho del mismo joven. Era una pieza lujosa y artísticamente
decorada; las paredes forradas con cortinas de raso azul oscuro,
prendidas al techo por anillos que corrían por una barra de bronce;
sillas y butacas de diversas formas y gustos; una mesa-escritorio de
nogal con adornos de hierro forjado; al lado una taquilla con algunos
libros, hasta dos docenas aproximadamente. Suspendidos del techo por
cordones de seda y adosados a la pared veíanse algunos arneses de
caballo, sillas de varias clases, comunes, bastardas y de jineta con sus
estribos pendientes, frenos de diferentes épocas y también países,
látigos, sudaderos de estambre fino bordados, espuelas de oro y plata;
todo riquísimo y nuevo. Las aficiones hípicas del dueño de aquel
despacho se delataban igualmente en los pasillos, que desde la puerta de
la casa conducían allí; por todas partes monturas colgadas y cuadros
representando caballos en libertad o aparejados. Hasta sobre la mesa de
escribir, el tintero, los pisapapeles y la plegadera estaban tallados en
forma de herraduras, estribos o látigos. Al través de un arco con
columnas, mal cerrado por un portier hecho de rico tapiz en el que
figuraban un joven con casaca y peluca de rodillas delante de una joven
con traje Pompadour, veíase un magnífico lecho de caoba con dosel.
Así que llegaron a esta cámara, la dama se dejó caer con negligencia en
una butaquita muy linda y volvió a decirle con sonrisa burlona:
--¡Qué! ¿no te alegras de verme?
--Mucho; pero me alegraría de haberte visto primero. Hace hora y media
que te estoy esperando.
--¿Y qué? ¿Es gran sacrificio esperar hora y media a la mujer que se
adora? ¿Tú no has leído que Leandro pasaba todas las noches el
Helesponto a nado para ver a su amada?... No; tú no has leído eso ni
nada.... Mejor: yo creo que te sentaría mal la ciencia. Los libros
disiparían esos colorcitos tan lindos que tienes en las mejillas, te
privarían de la agilidad y la fuerza con que montas a caballo y guías
los coches.... Además, yo creo que hay hombres que han nacido para ser
guapos, fuertes y divertidos, y uno de ellos eres tú.
--Vamos, por lo que estoy viendo me consideras como un bruto que no
conoce ni la A--respondió triste y amoscado el joven, en pie frente a
ella.
--¡No, hombre, no!--exclamó la dama riendo; y apoderándose de una de sus
manos la besó en un repentino acceso de ternura--.Eso es insultarme. ¿Te
figuras que yo podría querer a un bruto?... Toma--añadió despojándose
del sombrero--, pon ese sombrero con cuidado sobre la cama. Ahora ven
aquí, so canalla; ya que eres tan susceptible, ¿no consideras que has
principiado diciéndome una grosería?... ¡Hora y media!... ¿Y qué?...
Acércate, ponte de rodillas; deja que te tire un poco de los pelos.
El joven, en vez de hacerlo, agarró una silla-fumadora y se montó en
ella frente a su querida.
--¿Sabes por qué he tardado tanto?... Pues por el dichoso niño, que me
ha seguido hoy también.
Al decir esto, se puso repentinamente seria; una arruga bien pronunciada
cruzó su linda frente.
--¡Es insufrible!--añadió--. Ya no sé qué hacer. A todas horas, salga
por la mañana o por la tarde, traigo aquel fantasma detrás de mí. He
tenido que refugiarme en casa de Mariana. Luego, una vez allí, no hubo
más remedio que aguantar un rato. Vino papá, y porque no saliese conmigo
esperé otro poquito a que se fuese.... ¡Ahí ves!
--¡Tiene gracia ese chico!--dijo riendo el caballero.
--¡Mucha! ¡Si es muy divertido que le averigüen a una dónde va y lo sepa
en seguida todo el mundo, y llegue a oídos de mi marido! ¡Ríete, hombre,
ríete!
--¿Por qué no? ¿A quién se le ocurre más que a ti tomarse un disgusto
por tener un admirador tan platónico? ¿Has recibido alguna carta? ¿Te ha
dicho alguna palabra al paso?
--Eso es lo que menos importaba. Lo que me excita los nervios es la
persecución. Luego es un mocoso capaz por despecho, si averigua mis
entradas en esta casa, de escribir un anónimo.... Y tú ya sabes la
situación especial en que me encuentro respecto a mi marido.
--No es de presumir: los que escriben anónimos no son los enamorados,
sino las amigas envidiosas.... ¿Quieres que yo me aviste con él y le
meta un poco de miedo?
--¡Eso no se pregunta, hombre!--exclamó la dama con voz irritada--.
Mira, Pepe; tú eres hombre de corazón y tienes inteligencia; pero te
hace muchísima falta un poco más de refinamiento en el espíritu para que
comprendas ciertas cosas. Debieras dedicar menos horas al club y a los
caballos y procurar ilustrarte un poco.
--¡Ya pareció aquéllo!--dijo el joven con despecho, muy molestado por la
agria reprensión.
--Pues si quieres que no te diga ciertas cosas, procura callarte otras.
Pepe Castro se encogió de hombros con superior desdén y se alzó de la
silla. Dió algunas vueltas distraídamente por la estancia y paró al fin
delante de un cuadrito, que descolgó para sacudirle el polvo con el
pañuelo. Clementina le miraba en tanto con ojos coléricos. Se puso en
pie vivamente, como si la alzara un resorte: luego, refrenando su ímpetu
y adquiriendo calma, avanzó lentamente hacia la alcoba, penetró en ella,
recogió su sombrero de la cama y comenzó a ponérselo frente al espejillo
de una cornucopia, con ademanes lentos, donde se adivinaba, sin embargo,
en el levísimo temblor de las manos, la sorda irritación que la
embargaba.
--¡Bueno!--exclamó por último en tono distraído e indiferente--. Me voy,
chico.... ¿Quieres algo para la calle?
El joven dió la vuelta y preguntó con sorpresa:
--¿Ya?
--Ya--repuso la dama con exagerada firmeza.
El joven avanzó hacia ella, le echó suavemente un brazo al cuello, y
levantando con la otra mano el velito rojo le dió un beso en la sien.
--¡Que siempre ha de pasar lo mismo! Yo soy el descalabrado y tú te
apresuras a ponerte la venda.
--¿Qué estás diciendo ahí?--replicó ella algo confusa--. Me voy porque
tengo que hacer una visita antes de comer.
--Vamos, Clementina, aunque quieras no puedes disimular.... Debes
comprender que no se pueden escuchar con risa los insultos ... y tú me
estás insultando a cada momento.
--Te digo que no te comprendo. No sé a qué insultos ni a qué disimulos
te refieres--replicó la dama con afectación.
Pepe intentó con mimo y dulzura quitarle de nuevo el sombrero. Ella le
detuvo con gesto imperioso. Tomóla entonces por la cintura y la condujo
hacia el diván. Sentóse, y cogiéndole las manos se las besó repetidas
veces con apasionado cariño. Ella siguió en pie sin dejarse ablandar.
Tan extremado estuvo, sin embargo, en sus caricias y tan sumiso, que al
cabo, arrancando con violencia sus manos de las de él, Clementina dijo
medio riendo, medio enojada aún:
--Quita, quita, que ya estoy hastiada de tus lametones de perro de
Terranova.... ¡Eres un bajo!... Primero que yo me humillase de tal modo
me harían rajas.
Volvió a quitarse el sombrero, y fué ella misma a colocarlo sobre la
cama.
--Cuando se está tan enamorado como yo--replicó el joven un poco
avergonzado--, no puede llamarse nada humillación.
--¿Es de veras eso, chico?--dijo acercándose a él sonriente y tomándole
con sus dedos finos sonrosados la barba--. No lo creo.... Tú no tienes
temperamento de enamorado.... Y si no, vamos a probarlo.... Si yo te
mandase hacer una cosa que pudiera costarte la vida, o lo que es aún
peor, la honra ... algunos años de presidio..., ¿lo harías?
--¡Ya lo creo!
--¿Sí?... Pues mira, quiero que mates a mi marido.
--¡Qué barbaridad!--exclamó asustado, abriendo los ojos
desmesuradamente.
La dama le miró algunos segundos fijamente, con expresión escrutadora,
maliciosa. Luego, soltando una sonora carcajada, exclamó:
--¿Lo ves, infeliz, lo ves?... Tú eres un señorito madrileño, un socio
del _Club de los Salvajes_.... Ni yo, ni mujer ninguna te harían cambiar
el frac y el chaleco blanco por el uniforme de presidiario.
--¡Qué ideas tan extrañas!
--Sigue, sigue por donde te arrastra tu naturaleza de sietemesino y no
te metas en honduras. Ya comprenderás que te he hablado en broma. Así y
todo me has confirmado en lo que ya pensaba.
--Pues si tienes formada esa idea tan pobre de mi cariño, no sé por qué
razón me quieres--expresó el joven volviendo a amoscarse.
--¿Por qué te quiero?... Pues por lo que yo hago casi todas mis cosas
... por capricho. Un día te he visto en el Retiro revolviendo un caballo
admirablemente y me gustaste. Luego, a los dos meses, en Biarritz, te vi
en el asalto del casino tirando con un oficial ruso y concluí de
encapricharme. Hice que me fueses presentado, procuré agradarte, te
agradé en efecto.... Y aquí estamos.
Pepe concluyó por sufrir con paciencia aquel tono entre cínico y burlón
de su querida. A fuerza de charlar logró hacerlo desaparecer.
Clementina, cuando estaba tranquila, era afectuosa, alegre, pronta a
compadecerse y a los rasgos de generosidad; su rostro, tan bello como
original, no adquiría nunca dulzura, pero sí una expresión bondadosa y
maternal que lo hacía muy simpático. Mas por poco que sus nervios se
excitasen o se viese contrariada en sus pensamientos y deseos, el fondo
de altivez, de obstinación y aun crueldad que su alma guardaba, subía a
la superficie y agitaba sus ojos azules con relámpagos de feroz sarcasmo
o de cólera.
Pepe Castro, que no era hombre ilustrado ni ingenioso, sabía no obstante
entretenerla agradablemente con cuentecillos de salón, murmuraciones
casi siempre de las personas por quienes ella sentía marcada antipatía.
El recurso era burdo, pero surtía admirable efecto. "La condesa de T***,
señora a quien Clementina odiaba de muerte por un desaire que en cierta
ocasión le había hecho, andaba necesitada de dinero; se lo pidió al
viejo banquero Z*** y éste se lo había otorgado mediante un rédito muy
poco apetitoso para la deudora. Los marqueses de L***, a quienes también
ella profesaba aversión, cuando no estaban en el poder daban reuniones
allá en su finca de la Mancha y ofrecían espléndido _buffet_ a sus
electores: cuando el marqués era ministro daban también reuniones, pero
suprimían el _buffet_. Julita R***, una jovencita muy linda, que tampoco
inspiraba simpatías a la altiva dama, había sido arrojada de casa de los
señores de M*** por haberla hallado encerrada en el cuarto del
primogénito, un chico de quince años". Estas y otras noticias del mismo
jaez dejábalas caer el gallardo mancebo de sus labios con cierta
displicencia cómica que despertaba el buen humor de la bella. Era todo
el talento de Pepe Castro en el orden moral. Los demás que poseía
referíanse enteramente al físico.
Se habían disipado las nubes que cubrían la frente de Clementina.
Mostróse locuaz y risueña. Fué pródiga de caricias con su amante en la
hora que con él estuvo. Quedó bien compensado de los alfilerazos que de
ella había recibido al principio de la entrevista, gozando de toda la
dicha que una mujer hermosa y enamorada puede proporcionar cuando la
soledad y la ocasión convidan.
La noche había cerrado ya, tiempo hacía. El joven encendió las dos
lámparas de la chimenea sin llamar al criado, que era su único servidor
y el único ser viviente asimismo que habitaba con él en aquel cuarto.
Pepe Castro era hijo de una ilustre familia de Aragón. Su hermano mayor
llevaba un título conocido y tenía una hermana además casada con otro
título. Se había educado en Madrid. A los veinte años quedó huérfano.
Vivió con su hermano primogénito una temporada. No tardaron en reñir
porque éste, que era económico hasta la avaricia, no podía sufrir con
paciencia su despilfarro. Trasladóse entonces a casa de su hermana; pero
a los pocos meses, existiendo incompatibilidad de caracteres entre él y
su cuñado, chocaron de modo tan violento, que se contaba en el club y en
los salones de la corte que se habían abofeteado y aporreado bravamente.
No llegó a efectuarse un duelo entre ambos por la intervención de
algunos respetables miembros de la familia. Después de vivir en fonda un
poco de tiempo, decidióse a poner casa. Tomó un criado, se hizo traer el
almuerzo de un restaurante y comía cuándo en Lhardy, cuándo, en casa de
alguno de sus muchos amigos. Su cuadra la tenía muy cerca, en la calle
de las Urosas, y no estaba mal provista: dos jacas de silla, inglesa y
cruzada, un tiro extranjero y otro español, berlina, _charrette, milord,
break_. Era un chorro por donde se escapaba rápidamente su hacienda,
aunque no el más copioso. La mayor parte la había dejado sobre el tapete
de la mesa de juego del club, y una porción, no insignificante por
cierto, entre las uñas de algunas lindísimas chulas transformadas por él
de la noche a la mañana en espléndidas y llamativas cortesanas. Esto
último lo negaba con arrogancia pensando que su gloria de seductor podía
con ello menoscabarse; pero no importa: es exacto como todo lo que aquí
se puntualiza.
Quiere decir esto que Pepe Castro se hallaba arruinado a la hora
presente. A pesar de lo cual, seguía viviendo con, la misma comodidad y
aparato que antes. Su trabajo y sus vueltas le costaba. Empréstitos a su
hermano hipotecándole alguna finca trasconejada en las ventas y
subastas, pagarés a algunos arrojados usureros sobre la herencia de un
tío viejo y enfermo reconociendo tres veces la cantidad recibida, joyas
que su hermana le regalaba no pudiendo regalarle dinero, cuentas
exorbitantes con el importador de coches y caballos, con el sastre, con
el perfumista, con Lhardy, con el conserje del club, con todo el mundo.
Parecía imposible que un hombre pudiera vivir tranquilo en tal estado de
trampas y enredos. Sin embargo, nuestro gallardo joven vivía con la
misma admirable serenidad de espíritu e idéntica alegría de corazón, y
como él otros muchos de sus amigos y consocios según tendremos ocasión
de ver, tan arruinados aunque no tan gallardos.
--Te preparo una sorpresa--dijo Clementina concluyendo de ponerse el
sombrero y arreglarse el cabello frente al espejo.
El bello gomoso olfateó el aire como un perro que recibe vientos y se
acercó a la dama.
--Si es agradable, veamos.
--Y si es desagradable lo mismo, groserazo. Todo lo que proceda de mí
debe serte agradable.
--Convenido, convenido. Veamos--repuso disimulando mal su afán.
--Bueno, tráeme aquel manguito.
Castro se apresuró a obedecer el mandato. Clementina, cuando lo tuvo
entre las manos se sentó con afectada calma en el diván, y agitándolo
luego en el aire exclamó:
--¿A que no adivinas lo que contiene este manguito?
--Sus ojos resplandecían de alegría y orgullo al mismo tiempo. Los de
Castro chispearon de anhelo. Sus mejillas se colorearon y respondió con
voz alterada entre dudando y afirmando:
--Quince mil pesetas.
La expresión alegre y triunfal del rostro de la dama se trocó
instantáneamente en otra de cólera y despecho.
--¡Quita!, ¡quita allá, puerco!--exclamó furiosa dándole un fuerte golpe
en la cara con el lujoso manguito--. No piensas más que en el dinero....
No tienes ni pizca de delicadeza.
--¡Yo pensaba!...
También hubo cambio de decoración en la fisonomía de Castro. Se puso más
triste que la noche.
--En la guita, sí; ya acabo de decírtelo.... Pues no, señor; aquí no
viene nada de eso. Sólo hay un alfilerito de corbata que yo ¡tonta de
mí! he comprado al pasar, en casa de Marabini, como una prueba de que te
tengo siempre en el pensamiento.
--Y yo te lo agradezco en el alma, pichona--manifestó el joven haciendo
un esfuerzo supremo sobre sí mismo para vencer el repentino abatimiento
y resultando de él una sonrisa forzada y amarga--. ¿Por qué te disparas
de ese modo?... Dame eso.... Bien se conoce que tienes muy mala idea
formada de mí.
Clementina se negó a entregar el recuerdo. El joven insistió
humildemente. Había, no obstante, en sus ruegos un tinte de frialdad que
dejaba traslucir, para el espíritu penetrante de una mujer, el sordo
disgusto y la tristeza que en el fondo del alma sentía.
--Nada, nada; mi pobre alfilerito que estás despreciando horriblemente
... (¡se te conoce en la cara!) ... irá a la cajita donde guardo los
recuerdos de los muertos.
Alzóse del diván; bajó el velo del sombrero. Pepe aún insistía por
mostrarse galante y desagraviarla. Al fin, cuando ya estaba cerca de la
puerta, volvióse repentinamente y sacó del fondo del manguito una
primorosa carterita, que le presentó, mirándole al mismo tiempo
fijamente a la cara. Los ojos del joven, después de posarse en la
cartera con ávida expresión de gozo, chocaron con los de su amada.
Contempláronse unos instantes, ella con expresión maliciosa y
triunfante, él con gratitud y gozo reprimidos.
--¡Si siempre lo he dicho yo! ¡Si no hay otra como mi nena para saber
querer!... Ven aquí, deja que te dé las gracias, rica mía; deja que te
adore de rodillas.
Y la arrastró, embargado por el entusiasmo, hacia el diván, la obligó a
sentarse de nuevo y se dejó caer de rodillas besando con fervor sus
manos enguantadas.
--¡Jesús, qué locura!--exclamó la dama un tanto confusa--. ¡Vaya una
cosa para hacer tales extremos!
--No es por el dinero, nena mía; no es por el dinero; es porque tienes
una manera de hacer las cosas original; porque tienes la gracia de Dios;
porque eres una barbiana.... ¡Toma, toma, retemonísima!
Y le abrazaba las rodillas y se las besaba con calurosos ademanes. No
contento, se prosternó aún más y le besó los pies o por mejor decir, el
tafilete de sus zapatos.
--¡Qué bajo eres, Pepe!--exclamaba ella riendo.
--No importa que me llames lo que quieras. Soy tuyo, ¡tuyo hasta la
muerte! Te quiero más que a Dios. Quiero a estos piececitos tan ricos y
los beso. ¿Lo ves? A ver; que venga alguien a decirme que no debo
hacerlo.
Clementina le miraba risueña. No era fácil averiguar si gozaba en
realidad o se divertía simplemente con aquella adoración o más bien
aquel regocijo estrepitoso de perro que se arrastra el sentirse
acariciado y lame los pies de su señor.
--No sólo te debo la felicidad, sino también la honra. No sabes lo que
he sufrido desde anteayer por la maldita deuda--decía él con voz
conmovida.
--¿Volverás a jugar, eh? ¿Volverás a jugar, perdido?--preguntaba ella
tirándole de los cabellos, borrando aquella primororosa raya que los
partía tan lindamente.
--No ... particularmente sobre mi palabra te aseguro....
--Ni sobre tu palabra, ni sobre tu dinero, grandísimo trasto.... Me voy,
me voy--añadió con un gesto de mimo, levantándose y corriendo a mirar la
hora al reloj de la chimenea--. ¡Uf, qué tarde!... Adiós, chiquillo.
Y se precipitó a la puerta extendiendo la mano a su amante sin mirarle.
Este no pudo besarle más que la punta de los dedos. Corrió a abrir, pero
ya ella había echado mano al cerrojo; por cierto que se encolerizó
porque resistía a sus débiles tirones.
--Adiós, adiós; hasta el sábado--dijo en voz de falsete.
--Hasta pasado mañana.
--No, no; hasta el sábado.
Bajó la escalera con la misma precipitación con que la había subido,
hizo otro gesto imperceptible de despedida al portero y salió a la
calle. Siguió a pie hasta la plaza del Ángel, y allí detuvo un coche de
punto y se metió en él.
Eran más de las seis. Hacía una hora que estaban encendidas las luces de
los comercios. Ocultóse cuanto pudo en un rincón y dejó vagar su mirada
distraída sin curiosidad por las calles que iba atravesando. Su
fisonomía adquirió la expresión altiva, desdeñosa, que la caracterizaba,
a la cual se añadía ahora leve matiz de hastío y preocupación. Por su
elegancia refinada, por su arrogante porte, y sobre todo por aquella
severa majestad de su rostro peregrino, nadie vacilaría en diputar a
Clementina por una de las más altas y nobles damas de la corte. No
obstante, si lo era de hecho, dado que figuraba en todos los salones
aristocráticos, en todas las listas de personas distinguidas que los
periódicos publicaban al día siguiente de cualquier sarao, carreras de
caballos, u otra fiesta cualquiera, de derecho distaba mucho de serlo
por su origen. No podía ser más humilde. Su padre la había tenido en una
inglesa, manceba de un tonelero irlandés que había llegado a Valencia en
busca de trabajo. Llamábase Rosa Coote. Era espléndidamente bella y lo
hubiera sido más a cuidar algo del adorno o aliño de su persona. La
miseria, en que ordinariamente vivía aquel hogar ilícito, la había hecho
sucia y andrajosa. El granuja del mercadal de Valencia y la bella
inglesa se entendieron a espaldas del tonelero, dueño temporal de las
gracias de ésta. Salabert era más joven, más gallardo: el vicio de la
borrachera no le tenía dominado como a aquél. Rosa le siguió a su
zaquizamí abandonando al primer amante. A los pocos meses de vivir
juntos, Salabert, a quien se presentó ocasión de partir a Cuba como
camarero de un vapor, la abandonó a su vez. La inglesa, que llevaba ya
en sus entrañas el fruto de aquella pasajera unión, rodó algún tiempo
sin protección, sin recursos, por las calles de la ciudad, hasta que
entró en relaciones con un carpintero del Grao que la recogió y llegó a
hacerla su legítima esposa. Clementina se crió como intrusa en aquel
nuevo hogar. Su madre era una mujer violenta, irascible, con ráfagas de
ternura, que sólo guardaba para sus hijos legítimos. A ella, por todas
las señales, la aborrecía y en ella vengó injustamente el agravio de su
padre. ¡Qué terrible infancia la de Clementina! Si en Madrid se supiesen
ciertos pormenores, si en rápida visión pudiesen ofrecerse a los ojos de
la sociedad elegante algunas escenas por las que aquella altiva y
encopetada dama pasó, pocos envidiarían su existencia. ¡Qué torturas,
qué refinamientos de crueldad! A los cuatro o cinco años ya estaba
obligada a ser la vigilante guardadora de otros dos hermanitos. Si en
esta vigilancia decaía un punto, el castigo venía inmediatamente; pero
no el castigo como quiera, el golpe pasajero, el estirón de orejas; no.
El castigo era meditado con ensañamiento, procurando herir donde más
doliera y donde más durase el dolor.... Los vecinos habían acudido más
de una vez a los lamentos de la infeliz criatura; habían increpado a la
madre desnaturalizada. De ello no resultaba más que alguna reyerta
fragorosa en que la feroz irlandesa, chapurrando el valenciano, se
despachaba a su gusto contra las comadres del barrio, y con mayor encono
después contra la causante de aquel disgusto. A todas horas gritaba que
iba a meterla en la Inclusa. A esto se oponía el carpintero, que se
jactaba de ser hombre de bien y compasivo, que alguna vez intervenía en
los castigos para aplacarlos, pero que la mayor parte de las veces
dejaba a su esposa "que enseñase a su hija", como él decía a los vecinos
que le recriminaban. Sus ideas pedagógicas chocaban con sus instintos
piadosos, y cuando lograban sobreponerse ¡ay de la desgraciada niña!
Aquella serie de inauditas crueldades terminaron al fin con otra mayor
que trajo consigo la intervención de la justicia. La madre
desnaturalizada, no sabiendo ya de qué modo atormentar a su hija, la
hizo algunas quemaduras en el trasero con una bujía. Una vecina averiguó
el hecho casualmente, lo comunicó a otras vecinas, se armó el
consiguiente escándalo en el barrio, dieron parte al juez, se instruyó
causa, y, probado el delito, la inglesa fué condenada a seis meses de
cárcel y la niña recogida en un establecimiento de beneficencia.
Un año después llegó a Valencia Salabert, si no hecho un potentado, con
alguna hacienda. Enteráronle de lo ocurrido. Fué a ver a su hija al
colegio de niñas pobres. La sacó de allí y la puso en otro de pago,
adonde por rara casualidad iba a visitarla. En la población, sin
embargo, fué loado su rasgo de generosidad. El sabía hacerlo valer en la
conversación ofreciéndose a los ojos de sus conocidos como un ejemplo
vivo de amor paternal y contraste notable frente a la perversidad de su
antigua querida. Poco más tarde se casó en Madrid. Fué su esposa la hija
de un comerciante en camas de hierro y colchones metálicos de la calle
Mayor. Era una joven bastante feíta y enfermiza; pero buena, afectuosa y
con cincuenta mil duros de dote. Llamábase Carmen. A los tres o cuatro
años de casados, ésta, viéndose cada vez más delicada de salud, perdió
la esperanza de tener familia. Sabiendo que su marido tenía una hija
natural en un convento de Valencia, le propuso, con generosidad no muy
frecuente, traerla a casa y considerarla como hija de ambos. Salabert
aceptó con gusto la proposición. Fué a buscar a Clementina, y desde
entonces cambió por entero la suerte de esta infeliz niña.
Tenía entonces catorce años y era ya un portento de hermosura, mezcla
dichosa del tipo inglés correcto y delicado y de la belleza severa de la
mujer valenciana. Su tez guardaba los reflejos suaves, nacarados de la
raza sajona. En su mirada azul y sombría había la misma profundidad y
misterio que en los ojos negros de las valencianas. Poco desarrollada
aún por virtud de su crudelísima infancia, por la vida sedentaria,
después, del convento, en cuanto cambió de clima y de forma de vida
adquirió en dos o tres años la elevada estatura y las majestuosas
proporciones con que hoy la vemos. Sus partes morales dejaban bastante
más que desear. Era su temperamento irascible, obstinado, desdeñoso y
sombrío. Si nació con estos vicios o fueron el resultado de sus bárbaros
martirios, de su tristísima infancia, no es fácil resolverlo. En el
convento, donde nadie la trataba mal, no fué bien querida de sus
maestras y compañeras por su carácter receloso, por la ausencia de
cariño que se notaba en su corazón. Los disgustos de sus compañeras, no
sólo no la conmovían, sino que despertaban en sus labios una sonrisa
cruel, que las dejaba yertas. Luego tenía, de vez en cuando, accesos de
furor que la habían hecho temible y odiosa. En cierta ocasión, a una
niña que le había dicho algunas palabras ofensivas le echó las manos al
cuello y estuvo muy próxima a asfixiarla. Nunca fué posible después que
le pidiese perdón, según exigía la superiora. Prefirió estar recluída un
mes, a humillarse.
Los primeros meses que pasó en casa de su padre fueron de prueba para la
buena D.ª Carmen. En vez de una niña alegre y agradecida al inmenso
favor que la hacía, se encontró frente a frente de una fierecilla, un
ser antipático sin afecto ni sumisión, extravagante y caprichosa hasta
un grado sorprendente, cuya risa no brotaba ruidosa sino cuando algún
criado se caía o el lacayo recibía una coz de los caballos. Pero no se
desanimó. Con el instinto infalible de los corazones generosos,
comprendió que si aquella tierra no daba amor era porque hasta entonces
sólo se había sembrado odio. Los afectos dulces residen en todo ser
humano, como en todo cuerpo la electricidad: mas para hacerlos vibrar,
precisa someterlos a una fuerte corriente de cariño por algún tiempo. Y
esto fué lo que hizo D.ª Carmen con su hijastra. Durante seis meses la
tuvo envuelta en una atmósfera tibia de afecto, en una red espesa de
atenciones delicadísimas, de testimonios constantes de vivo y afectuoso
interés. Al fin, Clementina, que principió por mostrarse desdeñosa y
luego indiferente a aquel cariño, que pasaba horas y horas encerrada en
su cuarto y sólo iba a las habitaciones de su madrastra cuando la
llamaba, que no tenía jamás con ésta una expansión viviendo en absoluta
reserva, sucumbió repentinamente; sintió vibrar en su corazón ese algo
maravilloso que une a las criaturas humanas como a todos los cuerpos del
Universo. Cambió de un modo extraño, violento, como todo lo que procedía
de su temperamento singular. Cayó, cuando menos se pensaba, de hinojos
ante D.ª Carmen, dedicándole un respeto tan profundo, un cariño tan
apasionado, que la buena señora quedó estupefacta y le costó gran
trabajo creer en su sinceridad. En su alma se había operado al fin la
revelación de la ternura. Al calor maternal de aquella bondadosa señora,
su corazón de hielo se había derretido. La esencia divina del amor
penetró donde, hasta entonces, sólo había entrado la esencia de Satanás.
Fué un verdadero milagro. En vez de pasar la vida en su cuarto, no sabía
salir del de su madrastra a quien llamaba mamá, con un gozo, con un
fuego, con una pronunciación tan decidida, como sólo se observa en los
devotos sinceros al dirigirse a la Virgen. Devoción podía llamarse
también lo que Clementina sentía por la esposa de su padre. Asombrada de
que en el mundo existiese un ser tan dulce, tan tierno, no se hartaba de
mirarla como si acabase de bajar del cielo. Quería adivinarle los
pensamientos en los ojos, quería adelantarse a sus menores deseos,
quería que nadie la sirviese más que ella, quería, en fin, como todo
enamorado, la posesión exclusiva del objeto de su amor. Una levísima
señal de descontento de D.ª Carmen bastaba para confundirla y sumirla en
el más acerbo dolor. Aquella criatura tan altanera, que había llegado a
hacerse odiosa a todos, se humillaba con placer intenso, a su madrastra.
Era su humillación la del místico que se postra por una necesidad
invencible del espíritu. Cuando sentía la mano de la señora
acariciándole el rostro, pensaba sentir la de Dios mismo. Apenas se
atrevía a rozar con sus labios aquellos dedos flacos y transparentes.
Sólo para su madrastra había cambiado tan radicalmente. Con los demás,
incluso con su mismo padre, seguía mostrando la misma frialdad
despreciativa, el mismo carácter obstinado y altivo. Si aparecía alguna
vez más dulce y tratable, no había que achacarlo a su voluntad, sino al
mandato expreso de D.ª Carmen. En cuanto este mandato cesaba o se
olvidaba, volvía a su primitivo ser malévolo. Los criados la aborrecían
por el orgullo insufrible que comenzó a manifestar así que se dió cuenta
de su estado de princesa heredera; por no encontrar tampoco en ella
ninguna compasión para sus faltas. La que más padeció en su servicio fué
la institutriz inglesa que su padre la había traído. Era ya entrada en
años, pero tenía gusto en vestirse y aliñarse como una damisela. Esta
inocente manía sirvió tantas veces de burla a la niña, que sólo la
necesidad le pudo obligar a tolerarlo. ¡Pobre mujer! Todos sus secretos
técnicos de tocador fueron entregados sin piedad a la befa de los
criados. Sus imperfecciones físicas despertaban, contrahechas por la
doncella de la señorita, algazara en la cocina. En cierta solemne
ocasión, un día de banquete, Clementina le escondió la dentadura, que
tenía sobre el tocador para limpiarla. Cualquiera puede figurarse la
desazón que esto produjo a la vieja _miss_. La cual se vengaba
cándidamente de ella llamándola _señorita Capricho y_ poniéndole por
temas, en los ejercicios de inglés y francés, algunas máximas y
aforismos que le escociesen, verbigracia: "La soberbia es la lepra del
alma. La niña soberbia es una leprosa de quien todos deben apartarse
con horror"--. "Quien no respeta a los mayores nunca llegará a ser
respetado", etcétera. Clementina se reía de estos desahogos. Alguna vez
llegó su insolencia hasta cambiar la sentencia de la profesora por otra
de su invención. Donde decía: "Nada hay tan feo y despreciable como una
joven altanera", ponía la discípula: "Nada hay tan ridículo y digno de
risa como una vieja presumida". Alborotábase _la miss_, daba parte a D.ª
Carmen, llamaba ésta a su hijastra, la reprendía dulcemente, y al verla
triste y acongojada desarrugaba el ceño y la besaba cariñosamente. Y
hasta otra. La verdad es que tenía razón _miss_ Ana y los demás criados
al decir que la señora era quien echaba a perder a la chica. D.ª Carmen,
viviendo en una espantosa soledad moral, estaba tan cautivada y
agradecida al vivo cariño que a todas horas le demostraba su hijastra,
que no tenía ojos para ver sus faltas, y si los tenía carecía de fuerzas
para corregirlas.
A los diez y ocho años era Clementina una de las mujeres más bellas y
uno de los mejores partidos de Madrid. El caudal de su padre había
crecido como la espuma. Estaba considerado como uno de los banqueros
importantes de la villa y no se le conocía otro heredero ni era ya de
presumir que lo tuviese. Comenzaron los jóvenes de la aristocracia, de
la sangre y el dinero, los socios más eminentes del _Club de los
Salvajes_, a festejarla apremiándola con vivas declaraciones. Si iba a
una tertulia, un grupo de muchachos la tenía constantemente amurallada;
si a la iglesia, otro grupo mayor la esperaba en correcta formación a la
salida; si al paseo de la Castellana, apuestos caballeros galopaban en
las inmediaciones de su coche sirviéndola de escolta. En el teatro
veinte pares de gemelos estaban sin cesar posados sobre ella. El nombre
de Clementina Salabert salía en todas las conversaciones de la juventud
elegante, se veía impreso en todas las crónicas de salones, sonaba en
Madrid como el de una de las más brillantes estrellas del firmamento
aristocrático. Tuvo buena porción de amoríos o noviazgos que no
produjeron huella alguna en su corazón. Tomaba y dejaba los novios
inconsideradamente, con lo cual adquirió fama de coqueta y casquivana.
Pero esto no es obstáculo para que una muchacha encuentre adoradores. Al
contrario, el amor propio de los hombres les incita a dedicar sus
lisonjas a tal clase de mujeres, siempre con la esperanza vanidosa de
ser el clavo que fije la rueda de la veleta. Tampoco fué serio
inconveniente para ella cierto murmullo grosero y malicioso que se
levantó y corrió por todo Madrid con motivo de la amistad original que
entabló con un joven y célebre torero. La inocencia y debilidad de D.ª
Carmen tuvo buena parte en ello. No sólo consintió esta buena señora que
el torero entrase en la casa y se sentase a su mesa, sino también que
las acompañase en público en más de una ocasión. Con esto y con
brindarle la muerte de algunos toros, la maledicencia, que anda suelta
en la capital como en las provincias, tuvo suficiente pretexto para
ensañarse ferozmente con la envidiada beldad. Mas como no pudo aportar
otra cosa que sospechas atrevidas y vagas conjeturas, y como por otra
parte existían dos datos positivos que las contrapesaban sobradamente, a
saber, la hermosura y la riqueza excepcionales de la joven, la calumnia
no produjo merma en los adoradores; sólo sirvió para que algún
desengañado escupiese con más facilidad su bilis.
Clementina ofrecía en sus modales y discursos, en esta edad, y la
ofreció siempre después, cierta tendencia al _flamenquismo_, o sea a las
formas desenvueltas, a la serenidad burlona, al desgarro especial de las
chulas de Madrid. Semejante tendencia se hallará más o menos exagerada
en toda la alta sociedad madrileña. Es un signo que la caracteriza y la
distingue de la de otros países. Hay en esta inclinación que se observa
en Madrid, en el alcázar como en la zahurda, algo de bueno: no es todo
malo. Por lo pronto significa una protesta contra esa continua mentira
que el refinamiento y la complicación de las fórmulas sociales trae
siempre consigo. Es loable la corrección en los modales y la medida en
las palabras; pero exageradas producen la frialdad tediosa que nuestros
diplomáticos observan en los salones extranjeros.
Clementina exageraba un poco su afición a las palabras y a los gestos
flamencos. El gusto le había venido no se sabe cómo, por contagio tal
vez de la atmósfera, dado que las señoras de su categoría no suelen
alternar mucho tiempo con las chulas. Había tenido una doncellita nacida
y criada en Maravillas. Esta fué en sus ratos de expansión quien le
proporcionó mayor cantidad de vocablos y modismos. Luego su amistad con
el torero que hemos mencionado; las relaciones que mantuvo después con
algunos señoritos cultivadores del género; los teatros por horas, donde
se copian, no sin gracia, las costumbres de la plebe madrileña; la
amistad con Pepa Frías y otras aristocráticas _manolas_ fueron
iniciándola poco a poco y la introdujeron al cabo en pleno flamenquismo.
Fué entusiasta admiradora de los toros. Por milagro dejaba de asistir a
una corrida desde su palco, ataviada con la consabida mantilla blanca y
los consabidos claveles rojos. Y discutía las suertes, y fulminaba
censuras, y tributaba aplausos, y era tenida entre los aficionados por
acérrima y fervorosa _lagartijista._ El espectáculo nacional, animado y
sangriento, estaba muy conforme con su naturaleza violenta, indómita.
Cuando veía a otras señoras taparse los ojos o hacer otros melindres
ante las peripecias de la corrida, reía sardónicamente, como si dudase
de la sinceridad de su espanto.
Entre los varios adoradores y solicitantes que su mano tuvo, y que
entraban y caían de su gracia alternativa y rápidamente, llegó uno que
logró fijar algo más su atención. Llamábase Tomás Osorio. Era un joven
de veintiocho a treinta años de edad, rico, exiguo y delicado de figura,
de rostro agraciado y genio vivo y resuelto. Supo hacerse valer más que
los otros, o por cálculo o por verdadera independencia de carácter. Al
entrar en amores con ella no se entregó por completo ni abdicó su
voluntad. En cuantas reyertas de alguna importancia tuvieron durante
sus largas relaciones, pues no duraron menos de dos años, mantuvo con
energía su dignidad. Era de temperamento bilioso, soberbio,
despreciativo como ella, confiado en su dinero, y poseía un donaire
maligno que le daba prestigio entre las damas. Gracias a estas
cualidades, Clementina no se cansó de él tan pronto como de los otros.
Al cabo de dos años, sin embargo, cuando faltaban sólo algunos días para
realizarse el matrimonio, rompieron de un modo sonado y hasta
escandaloso. Todo Madrid se enteró. Los comentarios fueron infinitos. De
ellos resultaba que quien había tomado la iniciativa para cortar las
relaciones había sido el novio. Tales dichos, exactos o no, llegaron a
oídos de Clementina e hirieron su orgullo tan vivamente, que le faltó
poco para enfermar de ira.
Pasó un año. Tuvo algún noviazgo de poca importancia. Osorio también
galanteó a otras jóvenes. En ambos se conservaba vivo, no obstante, el
recuerdo de sus amores. A ella la agitaba un deseo punzante de venganza.
Mientras aquel hombre anduviese en sociedad tan contento como
aparentaba, se sentía humillada. En él, a pesar de su disfraz de
indiferencia, ardía el fuego del amor o por lo menos del deseo.
Clementina había fascinado sus sentidos, había penetrado en su carne:
por más esfuerzos que hacía no podía arrancarla de sí. A todas horas
soñaba con ella, la veía ante sus ojos cada vez más incitante y
apetecible. Cuanto más tiempo pasaba más crecía el fuego que le consumía
y más esfuerzo y dolor le costaba adoptar un continente altivo e
indiferente al encontrarse con ella en cualquier sarao. Clementina, con
la sagacidad bastante común en las mujeres, llegó al cabo a adivinar que
su antiguo novio seguía adorándola en secreto y sintió un regocijo
maligno. Desde entonces no se vistió, no se adornó más que para él; para
aturdirle, para fascinarle, para hacerle beber la amarga copa de los
celos.
De esta época data la fama ruidosa que adquirió como mujer elegante.
Clementina en este punto era una gran artista. Sabía vestirse de tal
modo que las telas, ni por sus vivos colores, ni por su riqueza,
atrajesen demasiado la vista en perjuicio de la figura. Comprendiendo
que el traje en la mujer no debe ser un uniforme sino adorno, un medio
de hacer resaltar las perfecciones con que la naturaleza la hubiese
dotado, no obedecía ciegamente a la moda. En cuanto ésta atentase poco o
mucho a la exposición de su belleza, la esquivaba con valor o la
modificaba. Rehuía los colores chillones, la profusión de lazos, los
peinados complicados. Consideraba a su cuerpo como una estatua y la
vestía como tal. De aquí una cierta tendencia, que constantemente se
manifestaba en sus trajes, hacía el ropaje, esto es, hacia la amplitud
de los pliegues, hacia la vestidura larga. Su figura gallarda,
majestuosa, ganaba mucho de esta manera. Algo la pronunció después de
casada, pero no llegó a exagerarla, retenida por su buen gusto. Solía
vestirse de blanco. Con esto y con peinar sus cabellos del modo
sencillísimo que los tiene la Venus de Milo, semejaba al parecer en los
salones hermosa estatua que llegase de la Grecia. Una cosa hacía muy
digna de censura en el terreno moral, aunque no lo sea en el del arte:
descotarse con exageración. Una de las sumas bellezas que poseía era el
pecho. Parecía amasado por las Gracias para trastornar a los dioses. No
había en Madrid una garganta mejor modelada, ni un seno mejor puesto,
más delicado, más atractivo. El deseo vanidoso de mostrarlo, no
contenido por la vigilancia saludable de una madre, le hizo incurrir en
más de una ocasión en las censuras de la sociedad. Porque la infeliz D.ª
Carmen, a más de no hallarse muy al tanto de los usos sociales, era tan
débil con los caprichos y fantasías de su hijastra, que los tomaba sin
inconveniente por actos razonables, por expresión de su gusto
indiscutible y su elegancia. Algún disgusto le proporcionó tal vanidad.
En cierta ocasión, al presentarse en noche de baile en casa de Alcudia,
la marquesa le dijo al saludarla:
--Muy linda, muy linda, Clementina. Está usted admirablemente
vestida.... Pero me parece que la han descotado mucho.... Venga usted
conmigo, ya arreglaremos eso.
Y la llevó a su tocador y con maternal solicitud le puso en el pecho
unos céfiros que ocultaron lo que en realidad no debía mostrarse. La
joven procuró disimular su vergüenza achacando la falta a la modista. No
obstante se sintió tan humillada por aquella lección y por la sonrisa
compasiva que la acompañó, que nunca más pudo ver desde entonces a la
devota marquesa.
Con este soplar incesante y adecuado, la llama de Osorio tomaba cada vez
más incremento. Ya no era poderoso por más tiempo a guardarla en el
pecho. Al cabo se confió a su hermana, que era amiga bastante íntima de
la joven. Rogóla que tantease el terreno a ver si podía avanzar de nuevo
el pie sin peligro de precipitarse. Mariana dió el recado. Clementina
escuchólo con mal refrenada alegría y le metió los dedos en la boca
hasta que la pánfila señora de Calderón desembuchó lo que tenía dentro y
pudo convencerse de que Tomás ardía en amores por ella. Cuando se
cercioró bien, respondió con palabras ambiguas y riendo: "Lo pensaría,
lo pensaría.... Estaba muy agraviada por lo que se había dicho de la
ruptura de sus relaciones.... Pero en fin, no le quitaba por completo
las esperanzas".
Se puso a meditar con atención sobre el medio de satisfacer las
exigencias de su amor propio herido, y al cabo de algunos días formuló a
Mariana la siguiente proposición: "Para que consintiese en dar su mano a
Tomás, era indispensable que éste la pidiese de rodillas a sus padres
delante de los testigos que ella elegiría a su gusto". A ninguna
española de pura raza se le hubiera ocurrido semejante extravagancia.
Precisa llevar en las venas sangre británica para concebir un
refinamiento tan monstruoso de la soberbia. Cuando Osorio tuvo
conocimiento de la resolución de su ex novia, se enfureció atrozmente;
declaró con arrogancia que antes que pasar por tal humillación le
harían cachos. No se volvió, pues, a hablar del asunto. Siguieron las
cosas como antes. Mas como a pesar de sus rabiosos esfuerzos el gusano
del apetito le roía cada vez con más crueldad las entrañas, el mísero,
al cabo de dos meses, cayó en gran abatimiento. Sintióse desfallecer de
amor y de deseo. No tuvo fuerzas para alejarse de Madrid. Volvió a rogar
a su hermana que otra vez entablase las negociaciones. Clementina, que
estaba bien penetrada ya de que le tenía en su poder, se mostró
inflexible. O pasar por aquellas singulares horcas caudinas, o nada.
Y Osorio pasó. ¿Qué había de hacer? Efectuóse la extraña ceremonia una
tarde en casa de la novia. Al llegar a ella Osorio se encontró con unas
veinte personas del sexo femenino, que Clementina había elegido entre
las conocidas más envidiosas, las que más habían murmurado con motivo de
su ruptura. Adoptó la mejor actitud para semejante caso. Grave, solemne,
suelto de lengua y ademanes, dejando traslucir un poco de ironía, como
si estuviese representando una comedia por satisfacer la fantasía de una
enferma. Dijo algunas palabras previamente acerca de la historia de sus
relaciones. Reconocióse culpable. Elogió desmesuradamente a Clementina,
con tan poca medida, que en ocasiones parecía estar burlando. Se confesó
indigno de aspirar a su mano. Por fin manifestó que siendo ella tan
digna de ser adorada y tan grande la ventura de poseer su mano, no creía
hacer nada de más pidiéndola de rodillas a sus padres. Al propio tiempo
dobló una. D.ª Carmen vino a levantarle riendo y le abrazó con efusión.
Clementina también le dió un apretón de manos, más alegre al ver lo bien
y dignamente que salía del paso, que satisfecha en su orgullo. La verdad
es que en aquella ocasión sintió hacia él lo que nunca más volvió a
sentir, una migaja de amor. Si hubo humillación en semejante escena
resultó para ella, por la frescura y el aplomo desdeñoso con que su
novio la llevó a término. Pero no importa. La mujer goza más viva y más
íntimamente observando la superioridad del hombre que humillándole.
Clementina fué feliz aquella tarde.
Pero si Osorio salió bien del paso, no le perdonó jamás la intención de
humillarle; porque era tan orgulloso como ella. La pasión frenética que
le había inspirado sofocó por algún tiempo todo otro sentimiento. Su
luna de miel fué tan pegajosa como breve. El choque entre aquellos dos
caracteres, de igual obstinación y fiereza, era ineludible. Vino pronto
y vino con una serie de pequeños desabrimientos que hicieron desaparecer
en un instante del corazón de la joven los fugaces destellos de amor que
su marido le había inspirado. En él duró más tiempo la pasión. El
conocimiento que cada cual tenía del otro los hizo prudentes, rehuyendo
un choque formidable que había de ser funesto. Pero vino al fin. Se dijo
entre los murmuradores que Osorio, cansado de la indiferencia y los
desdenes de su esposa, en una hora fatal de ira y desesperación la había
ultrajado con su misma doncella y en el mismo tálamo nupcial. Después
de esta escena, que no sabemos si se realizó con los pormenores
horrendos que algunos contaban, quedó roto el matrimonio para siempre.
Osorio, sin derecho ya para intervenir en la conducta de su mujer, se
vió obligado a ser mero espectador de ella. Entregóse Clementina sin
reserva, sin disimulo, puede decirse también que sin pudor, a todos los
galanteos que se le ofrecieron. El, por su parte, para contrarrestar el
ridículo, que a causa de ellos pudiera tocarle, dióse con más descaro
aún a la disipación. Extrajo mujeres de las últimas clases sociales y
las convirtió en señoras, rodeándolas de un lujo deslumbrador. La
Felipa, la Socorro y la Nati, cortesanas famosas en la capital, que
fueron queridas de muchos personajes, ministros, banqueros y grandes de
España, lo habían sido antes de él. El fué quien, por medio de sus
celestinas, las había sacado de la calle de la Paloma, del barrio de
Triana en Sevilla o del Perchel, de Málaga, y había gozado de sus
primicias.
Dentro de casa, marido y mujer se hablaban muy poco, lo indispensable
solamente. Para evitar la molestia que les produciría sentarse solos a
la mesa tenían siempre algún convidado. Fuera se trataban con expansiva
y natural confianza. Alguna vez Osorio iba a buscar a su esposa a última
hora a la reunión o teatro donde se hallase. Pero esto era valor
entendido en el mundo. Todos sabían a qué atenerse respecto a sus
relaciones. Ordinariamente, Clementina salía del brazo de su amante.
Charlaban largo rato en el _foyer_, a presencia de todos, esperando el
coche. Entraba al fin en éste. Antes de partir todavía cambiaban en tono
confidencial buena copia de frases entreveradas, de alegres carcajadas.
La moral, la moral elegante quedaba a salvo con que el amante no entrase
en el mismo coche, aunque fuesen pocos minutos después a juntarse en el
dulce retiro de un gabinete particular.
Cuando Clementina llegó a su casa eran las seis y media. Silbó el
cochero. Salió de su pabelloncito el portero a abrir la puerta de la
verja y luego la del coche. El mismo se encargó de pagar al cochero. La
dama, sin decir una palabra, entró en el jardín, que era exiguo pero
lindo y bien cuidado. Subió la escalera de mármol, debajo de una gran
marquesina que ocupaba más de la mitad de la fachada del _hôtel_. No era
éste muy grande, pero sí fabricado con lujo y arte, de piedra blanca de
Novelda y ladrillo fino. Osorio lo había hecho construir hacía solamente
cuatro o cinco años. Como los planos fueron largamente meditados y
discutidos, ofrecía una adecuada distribución, que lo hacía más cómodo
tal vez que el de su suegro, con ser este tres o cuatro veces mayor.
Halló a un criado en el recibimiento.
--Estefanía ¿dónde anda?
--Hace ya un buen rato que ha llegado, señora.
Atravesó un magnífico vestíbulo iluminado por dos grandes lámparas con
bombas esmeriladas sostenidas por sendas estatuas de bronce, siguió por
el corredor y tomó la escalera que conducía al principal sin tropezarse
con nadie. Cerca ya del salón que daba ingreso a su _boudoir_, halló a
Fernando, un criadito de catorce años vestido con librea muy cuca y
adecuada a sus años.
--¿Estefanía?
--Debe de estar en la cocina.
--Que suba inmediatamente.
Entró en el _boudoir_, y yendo al espejo de cuerpo entero sostenido por
dos pies derechos de madera dorada, se despojó del sombrero. Era el
gabinete una pieza reducida, vestida toda ella de raso azul con cenefas
de cartón-piedra imitando una guirnalda de flores. Sobre la chimenea,
vestida también de raso, había dos magníficos candelabros y un reloj,
obra de nuestros plateros del siglo pasado. Los enseres de la chimenea
eran igualmente de plata. La alfombra blanca con cenefa azul. En medio
un confidente forrado de tisú de oro. Butacas, sillas doradas. En el
suelo dos grandes almohadones de pluma. En un rincón el espejo; en otro
un escritorio de madera taraceada estilo Pompadour; en los otros dos
unas columnas forradas de terciopelo azul sosteniendo dos quinqués que
esclarecían ahora la estancia. Comunicaba esta pieza por un lado con el
tocador de la señora y éste con su dormitorio; por el otro con un
saloncito donde solía recibir a sus amigos los martes por la tarde o
jugar al tresillo de noche con los íntimos. En el _boudoir_ sólo
entraban algunas pocas amigas de confianza que iban a visitarla en horas
no señaladas. Aquí era donde celebraba esos coloquios secretos, tan
sabrosos para las mujeres, donde su pensamiento se vacía por entero,
pasando de lo más escondido y profundo a las frivolidades del día, los
pormenores del traje y de la moda.
Pocos segundos después de quitarse el sombrero apareció Estefanía. Era
una jovencita pálida con hermosos ojos negros. Vestía, dentro de su
condición, con elegancia y primor. Por encima del traje traía un
delantal color gris orlado de puntilla blanca.
--¡Ya podías aguardarme, chiquilla! ¿Dónde estabas metida?--dijo con
tono de mal humor y distraído a la vez la señora.
--Estaba en la cocina.... Había ido a darle unas puntadas a la falda de
Teresa, que se le ha roto en un clavo--repuso con afectada humildad la
doncella.
Clementina guardó silencio, absorta sin duda en sus pensamientos.
Colocada frente al espejo se dejó despojar del abrigo, contemplándose al
propio tiempo con esa curiosidad eterna que las mujeres hermosas sienten
por sí mismas.
--¿Has estado en casa de Escolar?--preguntó al cabo distraídamente.
--Sí, señora.
--¿Qué ha dicho?
--Que no tiene ahora una seda tan doble en ese color, pero que si la
señora quiere enviará por ella.
--¡Puf! Para ese viaje no necesitamos alforjas.... ¿Y en _La
Perfección_?
--Sí, señora. Que el sábado enviarán los gorros.
--¿Has preguntado cómo seguía el padre Miguel?
--No he tenido tiempo.... ¡Está tan lejos!...
--¿Cómo lejos? ¿Pues no has ido en coche?
--No, señora.... Juanito me ha dicho que la yegua estaba desherrada....
--¿Por qué no te ha puesto uno de los caballos normandos?
--No sé.... Siempre encuentra alguna disculpa cuando la señora me manda
salir en coche.
--Tal me parece.... Descuida, hija: ya arreglaré yo eso. ¡Bueno está el
señor Juanito, con sus ínfulas de indispensable!
Al echar una mirada a su doncella reflejada en el espejo, creyó observar
algo extraño en sus ojos. Se volvió para mejor verlo. En efecto,
Estefanía los tenía enrojecidos.
--¡Tú has llorado, chica!
--¿Yo?... No, señora, no.
La manera de negarlo era hipócrita. La señora no tuvo necesidad de
insistir mucho para que se lo confesase y aun la causa de su llanto.
--El jefe, señora--comenzó a gimotear--, el jefe, que las ha tomado de
poco tiempo a esta parte conmigo.... En cuando digo cualquier cosa,
suelta la carcajada o dice una porquería.... Y los demás claro, los
demás, como me tienen ojeriza porque la señora me quiere, y por adular
al jefe, se ríen también.... Porque le he dicho hoy que se lo diría a la
señora, me ha llenado de insolencias y me ha echado de la cocina.
--¡Echado! ¿Y quién es él para echarte?--exclamó con ímpetu el ama.--Vé
a llamarle. Es menester que yo caliente las orejas, lo mismo a ese necio
que a Juanito. ¡Si nos descuidamos van a mandar en esta casa los criados
más que los amos!
--Señora ... yo no me atrevo. ¿Quiere que le envíe recado por Fernando?
--Haz lo que quieras, pero llámale.
Se había irritado vivamente al escuchar los sollozos de su doncella.
Estefanía era su predilecta, a quien distinguía entre todos los criados
y confiaba gran parte de sus secretos. Como todos los déspotas presentes
y pasados, estaba dominada sin darse cuenta de ello. El carácter
zalamero y adulador de la doncellita había ganado su corazón de tal
manera, que con él, sin saberlo ella misma, le había entregado la
voluntad. Estefanía era de hecho quien mandaba en la casa, pues que
mandaba en la señora. El criado que no entraba en su gracia, podía
prepararse a salir en plazo más o menos corto. Y sucedía lo que puede
darse como regla segura en tales casos, que la preferida y amada de la
señora era profundamente antipática a la servidumbre. No acaece esto
solamente por esa pasión vergonzosa que en mayor o menor grado reside en
todos los seres humanos, la envidia, sino también porque es condición
precisa del hipócrita y adulador con el grande, ser al propio tiempo
altanero y malévolo con el pequeño.
Llamado por Fernando, a quien Estefanía dió el encargo, no tardó en
presentarse en la puerta del gabinete el cocinero, con los atavíos del
oficio, esto es, con mandil y gorra blanca; todo blanquísimo. Era un
mocetón de treinta años, de rostro fresco y no desgraciado, con largas
patillas negras. En el ceño que contraía su frente, en la preocupación
que se observaba en sus ojos, comprendíase que ya sabía a qué venía
llamado. Clementina se había sentado en el confidente. Estefanía se
había retirado a un rincón y puso los ojos en el suelo al entrar el
jefe.
--Vamos a ver, Cayetano; acabo de saber que después de tratar con muy
poca consideración a esta chica, la ha echado usted de la cocina. Le
llamo para decirle que ni yo consiento que ningún criado trate mal a
otro, ni usted está facultado para echar a nadie dentro de mi casa.
--Señora ... yo no la he tratadu mal.... Es ella, la que nus trata mal a
todus ... pincha aquí, pincha allá, sin dejarnus en paz--tartamudeó el
cocinero con marcado acento gallego.
--Bueno, pues si pincha aquí y pincha allí, ningunu de ustedes está
facultadu para desvergonzarse con ella.... Se me dice a mí y
concluído--, replicó vivamente la señora imitando el acento del jefe.
--Es que....
--Es que, nada. Ya sabe usted lo que le he dicho. Hemos
concluído--manifestó el ama con gesto imperioso.
El cocinero, con la cara encendida y todo el cuerpo tembloroso,
permaneció unos segundos inmóvil. Después, antes de retirarse, dirigió
una larga mirada iracunda a la doncellita, que seguía con los ojos en el
suelo con expresión hipócrita donde se traslucía el triunfo del amor
propio.
--¡Chismosa!--le vomitó al rostro más que le dijo.
La señora se alzó de su asiento, y rebosando de cólera por tal falta de
respeto, le dijo:
--¿Y cómo se atreve usted a insultarla en mi presencia? Márchese usted
pronto.... ¡Quítese de mi vista!
--Señora, lo que le digu es que ella tiene la culpa....
--Pues si tiene la culpa, mejor.... Váyase usted.
--Todus nus iremus de la casa, señora, porque a esa mentecata no hay
quien la sufra.
--Usted, por lo pronto, como si ya se hubiese ido. Puede usted buscar
otro sitio donde servir, que yo no tolero que ningún criado se me quiera
imponer.
El cocinero quedóse otra vez inmóvil y estupefacto ante aquella brusca
despedida; pero reponiéndose en seguida giró sobre los talones, diciendo
con dignidad:
--Está bien, señora; lo buscaré.
Clementina siguió murmurando después de haberse ido:
--¡Pero qué atrevido es este gallegazo! ¿Habrá mastuerzo? No creo que a
nadie más que a mí le toquen semejantes criados....
Apaciguándose de pronto por virtud de otra idea que le acudió, dijo:
--Anda, ven a vestirme, que ya es tarde.
Entró en su tocador seguida de Estefanía. Contra lo que debía
presumirse, ésta tenía el semblante grave y nublado. Comenzó a
despojarse rápidamente de su traje de calle para ponerse el de media
ceremonia con que comía y recibía a sus íntimos por la noche, más claro
siempre, con un pequeño descote y los brazos cubiertos. La doncella, a
una indicación suya, sacó un traje color fresa exprimida del gran
armario de espejo que ocupaba enteramente uno de los lienzos de la
pared. Antes de ponérselo le arregló el pelo y le quitó las botinas
bronceadas, sustituyéndolas con el zapato adecuado. No había abierto su
boca la pálida doncellita hasta entonces, reflejando en el rostro cada
vez más tristeza y preocupación. Al fin, hallándose arrodillada a los
pies de su ama, levantó los ojos para decirla tímidamente:
--Señora, voy a rogarle una cosa ... que no despida a Cayetano.
Clementina la miró con sorpresa:
--¿Esas tenemos?... Conque después que has sido tú la que....
--Es que, señora--articuló Estefanía poniéndose todo lo colorada que
permitía su tez--, si ahora le despide, me van los demás a tomar
ojeriza.
--¿Y a ti qué te importa?
La doncella insistió con muchas veras y cada vez con palabras más
suplicantes y persuasivas. La señora negó poco tiempo. Como el asunto
era de poca monta y observaba no sin sorpresa el interés y aun ansiedad
que su predilecta tenía en que el cocinero quedase, no tardó en
concederlo, ordenándole que ella arreglase el asunto. Con esto el
semblante de la chica se animó al instante, se puso como unas pascuas y
comenzó a maniobrar en torno de su ama con extraordinaria presteza.
Dos golpecitos dados en la puerta las sorprendió a ambas.
--¿Quién es?--preguntó la señora.
--¿Te estás vistiendo, Clementina?--se oyó de fuera.
Era la voz de su marido. La sorpresa de la dama no disminuyó por esto.
Osorio subía rarísima vez a su cuarto estando ella sola.
--Sí; me estoy vistiendo. ¿Hay gente abajo?
--Los de siempre: Lola, Pascuala y Bonifacio.... Es que tengo que hablar
contigo. Te espero aquí en el salón.
--Bien; allá voy.
Desde entonces hasta que terminó de arreglarse, Clementina guardó
silencio obstinado, expresando en el rostro una preocupación sombría que
no pasó inadvertida para su doncella. En sus dedos, al dar los últimos
toques a los pliegues de la falda, había un ligero temblor, como el de
las niñas que por primera vez se visten para ir a un baile.
Osorio la esperaba, en efecto, en el saloncito de arriba contiguo a su
_boudoir_. Estaba sentado negligentemente en una butaca; pero al ver a
su esposa se levantó, dejando caer previamente en la escupidera la punta
del cigarro que fumaba. Clementina observó que estaba algo más pálido
que de costumbre. Era el mismo hombrecillo de facciones correctas y mal
color que cuando se casó; pero en los últimos doce años se había gastado
bastante su naturaleza. Muchas arrugas en la cara; el cabello gris y la
barba también; los ojos menos vivos.
Fué a cerrar la puerta que su mujer dejó abierta, y acercándose a ésta
le dijo con afectada naturalidad:
--El cajero me ha entregado hoy un recibo tuyo de quince mil pesetas....
Aquí está.
Sacó la cartera y de ella un papelito satinado y oloroso, que presentó a
su esposa. Esta lo miró un instante con semblante grave, sombrío, sin
pestañear, y guardó silencio.
--Hace quince días me entregó otro de nueve mil.... Aquí está.
La misma operación, y el mismo silencio.
--El mes pasado me presentó tres; uno de siete mil, otro de once mil y
otro de cuatro mil.... Aquí los tengo también.
Osorio agitó el puñado de papeles un instante delante de los ojos de la
dama. Viendo que ésta no despegaba los labios, preguntó:
--¿Estás conforme?
--¿Con qué?--dijo secamente.
--Con que son exactas estas partidas.
--Lo serán si están firmados los recibos por mí. Tengo poca memoria,
sobre todo en cuestiones de dinero.
--Es una gran felicidad--repuso sonriendo irónicamente Osorio, mientras
volvía a guardar en la cartera los papeles--. Yo también he intentado
muchas veces prescindir de ella. Desgraciadamente, el cajero se encarga
siempre de refrescársela a uno.... ¡Bueno!--añadió, viendo que su mujer
no replicaba--. Pues no he subido a otra cosa más que a hacerte una
pregunta, y es la siguiente: ¿Crees que las cosas pueden seguir de este
modo?
--No entiendo.
--Me explicaré: ¿crees que puedes seguir tomando de la caja cada pocos
días cantidades tan crecidas como éstas?
Clementina, que estaba pálida cuando entró, se había puesto fuertemente
encarnada.
--Mejor lo sabrás tú.
--¿Por qué mejor?... Tú debes de saber adónde llega tu fortuna.
--Bien, pues no lo sé--replicó refrenando con trabajo su despecho.
--Nada más claro. Los seiscientos mil duros que tu padre me ha entregado
al casarme, como están en fincas producen, según puedes enterarte de los
libros, unos veintidós mil duros. El gasto de la casa, sin contar con
el mío particular, suma bien tres veces esa cantidad.... Saca ahora, si
quieres, la consecuencia.
--Si te pesa que se gaste de tu dinero, puedes vender las casas--dijo
Clementina con desdeñosa sequedad, volviendo a ponerse pálida.
--Es que si se vendiesen, mañana sería yo responsable con mi dinero de
su importe. ¿No sabes eso?
--Firmaré cualquier papel diciendo que no se te haga cargo de nada.
--No basta, querida, no basta. La ley no me exime nunca de responder de
la dote mientras tenga dinero.... Además, si tú te lo gastases
_alegremente_ (recalcó esta palabra), el negocio sería para ti muy
bueno, pero para mí deplorable, porque siempre me quedaba en la
obligación de ... subvenir a tus necesidades.
--¿De mantenerme, verdad?--dijo ella con ironía amarga.
--Quería evitar esa palabra ... pero, en efecto, es la más exacta.
Hablaba Osorio en un tonillo impertinente y protector que estaba
desgarrando por varios sitios la soberbia de su esposa. Desde las
feroces reyertas que habían producido su separación debajo del mismo
techo, no habían tenido una entrevista de tal especie como la presente.
Cuando por la convivencia se originaba algún rozamiento, resolvíanlo por
una breve y seca explicación de pasada, en que ambos, sin deponer el
orgullo, usaban de prudencia por temor del escándalo. Pero ahora el
asunto tocaba en lo más vivo a Osorio. Para un banquero, por espléndido
que sea, lo más vivo es el dinero. Además su amor propio, aunque otra
cosa aparentase, había sufrido mucho en los últimos años. No basta
fingir indiferencia y desdén ante los extravíos de una esposa; no basta
pagarle en igual moneda paseándole por delante de los ojos las queridas,
hacer gala de ellas ante el público. Las armas serán iguales, pero las
heridas que la mujer causa son más profundas y más graves que las del
hombre. El malestar que la conducta libre de su esposa le causaba no
disminuía con el tiempo. El abismo que los separaba era cada vez más
profundo. Por eso, la airada venganza cogía esta ocasión por los pelos.
Clementina le miró un instante. Luego, encogiéndose de hombros y
haciendo con los labios una leve mueca de desdén, dió la vuelta y se
dispuso a salir de la estancia. Osorio avanzó unos pasos colocándose
entre ella y la puerta.
--Antes de irte quiero que sepas que el cajero tiene orden de no pagar
ningún recibo que no vaya visado por mí.
--Enterada.
--Para tus gastos tendrás una cantidad fija, que ya determinaremos cuál
ha de ser. No quiero más sorpresas en la caja.
Clementina, que iba a salir por la puerta de la antesala, retrocedió
para hacerlo por la de su _boudoir_. Antes de desaparecer, teniendo el
portier levantado con una mano y encarándose con su marido, le dijo con
reconcentrada ira:
--Al fin resultas un puerco como tu cuñado; sólo que éste no las echa
como tú de generoso.
Dejó caer el portier y dió un gran portazo.
Osorio hizo un movimiento para arrojarse detrás de ella; pero
reponiéndose instantáneamente gritó más que dijo para que le oyese bien:
--¡Es claro! soy un puerco porque no quiero mantener señoritos
hambrientos. ¡Que los mantengan las viejas que los utilizan!
Después de proferida esta ferocidad quedó satisfecho al parecer, porque
en sus labios se dibujó una sonrisa de triunfo y sarcasmo.
Cinco minutos después ambos esposos estaban en el comedor riendo y
bromeando con los tres o cuatro convidados que tenían.
IV
#Cómo alentaba a la virtud el señor duque de Requena.#
A ver, a ver, explica eso.
--Señor duque, el negocio es clarísimo. Hoy he hablado con Regnault. La
mina puede producir, cambiando los hornos, construyendo algunas vías y
estableciendo maquinaria a propósito, una mitad más de lo que
actualmente rinde. Puede llegar a producir sesenta mil frascos de
azogue. El dinero necesario para lograr esto no pasa de ciento a ciento
cincuenta mil duros.
--Me parece mucho.
--¿Mucho, para un resultado como ese?
--No; me parecen muchos frascos.
--Pues a mí no me cabe duda de que es verdad lo que dice Regnault. Es un
ingeniero inteligente y práctico. Seis años ha estado explotando las de
California. Además, el ingeniero inglés que ha ido con él asegura lo
mismo.
Los que así hablaban eran el duque de Requena y su secretario, primer
dependiente o como quiera llamarse, pues en la casa no había apelativo
designado para él. Llamábasele simplemente Llera. Era un mozo asturiano,
alto, huesudo, de rostro pálido y anguloso, brazos y piernas
larguísimos, grandes manos y pies, brusco y desgarbado de ademanes y con
unos ojos grandes de mirar franco y sincero donde brillaba la voluntad y
la inteligencia. Era un trabajador infatigable, asombroso. No se sabía a
qué horas comía ni dormía. Cuando llegaba a las ocho de la mañana al
escritorio, ya traía hecha la tarea de cualquier hombre en todo el día.
A las doce de la noche aún se le podía ver muchas veces con la pluma en
la mano en su despacho. Con ese don especial para conocer a los hombres,
que poseen todos los que han de lograr éxito feliz en el mundo, Salabert
penetró, al poco tiempo de tenerle por ínfimo escribiente, el carácter
y la inteligencia de Llera. Y sin darle gran consideración en
apariencia, porque esto no entraba jamás en su proceder, se la dió de
hecho acumulando sobre él los trabajos de más importancia. En poco
tiempo llegó a ser el hombre de confianza del célebre especulador, el
alma de la casa. Su laboriosidad humillaba a todos los demás empleados y
de ella se servía Salabert para cargarlos de trabajo en horas
excepcionales. Llera, a un mismo tiempo, era su secretario, su mayordomo
general, el primer oficial de su oficina, el inspector de las obras que
tenía en construcción y el agente de casi todos sus negocios. Por llevar
a cabo este trabajo inconcebible, superior a las fuerzas de cuatro
hombres medianamente laboriosos, le daba seis mil pesetas al año. El
dependiente se creía bien retribuido, considerábase feliz pensando que
hacía seis años nada más, ganaba mil quinientas. Todos los días, antes
de dar su paseo matinal y emprender sus visitas de negocios, daba el
duque una vuelta por el despacho de Llera, se enteraba de los asuntos y
conversaba con él un rato largo o corto según las circunstancias.
El duque tenía las oficinas en los altos de su palacio del paseo de
Luchana, soberbio edificio levantado en medio de un jardín que, por lo
amplio, merecía el nombre de parque. En el verano, los árboles, tupidos
de follaje, apenas dejaban ver la blanca crestería de la azotea. En el
invierno, las muchas coníferas y arbustos de hoja permanente que allí
crecían, le daban todavía aspecto muy grato. Era el centro de reunión de
todos los pájaros del distrito del Hospicio. Tenía acceso por una gran
escalinata de mármol. Además del piso bajo donde se hallaban los salones
de recibir y el comedor poseía otros dos. Parte del último era lo que
ocupaban las oficinas, que no eran muy considerables. A Salabert le
bastaba para la dirección de sus negocios con una docena de empleados
expertos. El lujo desplegado en la casa era sorprendente: el mobiliario
valía no pocos millones. Chocaba con la avaricia, que todo el mundo
atribuía a su dueño. Esta y otras contradicciones parecidas se irán
resolviendo según vayamos penetrando en su carácter, uno de los más
curiosos y más dignos de fijar la atención del lector. Las cocinas
estaban en los sótanos, que eran espaciosos y bien dispuestos. El
comedor, que ocupaba la parte trasera del piso bajo, tenía por
complemento un invernadero de excepcionales dimensiones, donde crecían
gran número de arbustos y flores exóticas y donde el agua que manaba
profusamente formaba estanquecillos y cascadas muy gratos de ver; todo
imitando, en lo posible, a la naturaleza. Las cuadras estaban en
edificio aparte al extremo del jardín, lo mismo que la habitación de
algunos criados, no todos.
El duque, repantigado en el único sillón que había en el despacho de
Llera, mientras éste se mantenía frente a él de pie dando vueltas en la
mano a unas grandes tijeras de cortar papel, paseó tres o cuatro veces
de un ángulo a otro de la boca el negro y mojado cigarro, sin contestar
a las últimas palabras de su secretario. Al fin gruñó más que dijo:
--¡Hum! El ministro está cada día más terco.
--¡Qué importa! ¿No sabe usted el secreto de hacerle ceder?...
Telegrafíe usted a Liverpool y antes de quince días el frasco de azogue
baja desde sesenta a cuarenta duros.
El duque de Requena había formado por iniciativa y consejo de Llera,
hacía cuatro años, una sociedad o sindicato de azogues con el objeto de
acaparar todo el mercurio que saliese al mercado. Gracias a ello, este
producto había subido extraordinariamente. La sociedad se encontraba con
un depósito inmenso en Liverpool. El plan de Llera era lanzarlo al
mercado en un momento dado, produciendo una baja enorme que asustase al
Gobierno. Esto, realizado en la época misma del pago del empréstito de
cien millones de pesetas que el Gobierno había hecho hacía diez años a
una casa extranjera, le empujaría a pensar en la venta de la mina de
Riosa. Si por otra parte se ayudaba a la empresa sacrificando algunos
millones, subvencionando periódicos y personajes, podía darse por seguro
el éxito. Este plan, formado por Llera y madurado por el duque, venía
desenvolviéndose con regularidad y tocaba a su término.
--Allá veremos--manifestó el opulento banquero quedándose unos instantes
pensativo--. Cuando salga a subasta--dijo al cabo--, será necesario
formar otra sociedad. La de azogues no nos sirve para el caso.
--¡Claro que se formará!
--El caso es que yo no quiero comprometer en este negocio más de ocho
millones de pesetas.
--Eso ya es otra cosa--manifestó Llera poniéndose serio--. Apoderarse de
un negocio de esa entidad con tan poco dinero me parece imposible. La
gerencia irá a parar a otras manos y entonces queda reducido a un tanto
por ciento mayor o menor.... ¡es decir, a nada!
--Verdad, verdad--masculló Salabert quedándose otra vez profundamente
pensativo. Llera también permaneció silencioso y meditabundo.
--Ya le he indicado a usted el único medio que hay para conseguir la
dirección....
Este medio consistía en tomar una cantidad bastante crecida de acciones
en la mina al ser comprada por la sociedad; seguir comprando todas las
que se pudiesen; luego comenzar a venderlas más baratas, hasta llegar a
producir el pánico en los accionistas. Comprar y vender perdiendo
durante algún tiempo éste era el medio que proponía Llera para conseguir
la baja de las acciones y poder adquirir con mucho menos dinero la mitad
más una y apoderarse por completo del negocio. Salabert no lo veía tan
claro como su secretario. Era la suya una inteligencia perspicaz,
minuciosa, penetrante; pero le faltaba grandeza e iniciativa en los
negocios, aunque otra cosa pensasen los que le veían acometer empresas
de excepcional importancia. El pensamiento primordial, la que pudiéramos
llamar idea madre de un negocio, casi nunca nacía en su cerebro; le
venía de afuera. Pero en él germinaba y se desarrollaba quizá como en
ningún otro de España. Poco a poco lo iba analizando, disecando mejor,
penetraba hasta las últimas fibras, lo contemplaba en sus múltiples
aspectos, y una vez convencido de que le reportaría ventajas, se lanzaba
sobre él con rara y sorprendente audacia. Esto era lo que acerca de sus
dotes de especulador había producido el engaño del públíco. Estaba bien
convencido de que una vez resuelto a acometer la empresa, cualquier
vacilación resultaba perjudicial. Tal audacia no procedía, pues,
directamente de su temperamento, sino de la reflexión. Era una muestra
de su astucia incomparable.
Por lo demás, su fondo era tímido. Este defecto, en vez de corregirse
con la felicidad casi nunca interrumpida de sus éxitos, se aumentaba
cada día. La avaricia es medrosa y suspicaz. Salabert era cada vez más
avaro. Además, con los años, el pesimismo va penetrando en el espíritu
del hombre. Acostumbrado a grandes resultados en sus especulaciones,
nuestro banquero juzgaba deplorable el negocio en que no percibía
pingües ganancias. Si por acaso no obtenía ninguna o había leve pérdida,
creía el caso digno de ser lamentado largamente. Así que, sin el
concurso de Llera, sin su carácter osado y su imaginación fecunda en
invenciones, el duque de Requena haría ya tiempo que no se aventuraría
en un negocio de mediana importancia. En cambio, lo que había perdido de
inventiva y audacia habíalo reemplazado por un tacto y habilidad
verdaderamente pasmosos, un conocimiento de los hombres que sólo la edad
y una atención constante pueden lograr. En tal sentido puede decirse que
Llera y él se completaban a maravilla. Esta sagacidad y este
conocimiento del corazón humano llegaban en Salabert a pecar de
excesivos; esto es, se pasaba de listo en ocasiones. En su trato con los
hombres, mirándoles siempre del lado de los intereses materiales, había
llegado a formarse tan triste idea de ellos, que resultaba monstruosa y
le expuso a serios percances. Quizá lo que veía en los otros no era más
que el reflejo de su propia imagen como nos sucede a todos los humanos.
Para él no había hombre ni mujer incorruptibles. Un poco más caras o un
poco más baratas las conciencias, todas estaban a la venta. En los
últimos años el soborno llegó a ser en él una manía. Si tropezaba con
personas que no se dejaban comprar, nunca imaginaba que lo hacían de
buena fe, sino porque se estimaban en mayor precio del que ofrecía. Era
una de las tareas más pesadas de Llera arrancarle de la cabeza los
proyectos de soborno cuando recaían en hombres que sin duda habían de
rechazarlos con indignación. Si tenía un pleito, lo primero que pensaba
era cuánto dinero iban a costarle los magistrados que habían de
fallarlo. Si estaba interesado en un expediente gubernativo, separaba
_in mente_ la cantidad que debía destinar al ministro o al subsecretario
o a los consejeros de Estado. Desgraciadamente este lápiz negro que
tenía siempre en la mano para tiznar el rostro de la humanidad, se
empleaba con resultado positivo en bastantes ocasiones.
El duque de Requena ni tenía sentido moral ni nunca lo había conocido.
Su vida de granuja anónimo en Valencia, estaba señalada por una serie de
travesuras y mañas chistosas, por una fecundidad tan grande en trazas
para sacar al prójimo su dinero, que lo hicieron digno émulo del
_Lazarillo de Tormes, El pícaro Guzmán de Alfarache_ y otros héroes
famosos de la novela española. Por cierto que antes de ir adelante
conviene expresar que un grupo de socios del Ateneo había puesto a
Salabert el sobrenombre de _El pícaro Guzmán_ con que le conocían. Pero
este apodo no salió del círculo de amigos. Mejor éxito tuvo una frase
del presidente del Consejo de Ministros explicando las iniciales del
duque. Decía que a estas iniciales A.S. debía ponérseles signo de
admiración para que dijeran: _¡A Ese!_
Contábase con visos de verosimilitud que en Cuba, adonde había ido a
buscar fortuna, compró un tabernucho en los arrabales de la Habana, con
todo su mobiliario, incluyendo en él una negra destinada a su servicio.
Esta negra, durante los años que tuvo aquel comercio, fué su criada, su
ama de gobierno, su dependiente y su concubina. De ella tuvo varios
hijos. Cuando hubo ahorrado algunos miles de duros para restituirse a
España, liquidó sus cuentas vendiendo la taberna, el mobiliario, la
negra.... ¡y los hijos!
Luego comenzaron los equipos para la tropa, los negocios de tabacos, la
subasta de carreteras, cediéndolas unas veces con primas, otras
construyéndolas sin las condiciones exigidas por el contrato, los
empréstitos al Gobierno, etc., etc. En todos ellos desplegó nuestro
negociante su rara sagacidad, su talento positivo y un "órgano de la
adquisividad" tan poderoso, que con razón le hicieron célebre entre los
personajes de la banca.
No era antipático su trato. Al revés de casi todos los que aspiran a las
riquezas o al poder, ni era fino en los modales ni meloso en las
palabras. Era más bien brusco que cortés; pero sabía admirablemente
distinguir de personas y se suavizaba cuando hacía falta. Esta misma
tosquedad nativa servíale para disfrazar lo astuto y sutil de su
pensamiento. Parecía que aquel exterior burdo, rústico, aquellos modales
exageradamente libres y campechanos no podían menos de guardar un
corazón franco y leal. Era (por fuera nada más) el tipo acabado del
castellano viejo, honradote, sincero e impertinente. Hablaba poco o
mucho según le convenía, se expresaba con dificultad real o fingida (que
esto nunca llegó a averiguarse), tenía de vez en cuando salidas
chistosas, aunque siempre tocadas de grosería, y solía decir en la cara
algunas cosas desagradables que le hacían temible en los salones. La
preponderancia adquirida por sus riquezas había hecho crecer este último
defecto. A la mayor parte de las personas, aun a las damas, solía
hablarles con una franqueza rayana en el cinismo y la desvergüenza;
signos del desprecio que en realidad le inspiraban. No obstante, cuando
tropezaba con un personaje político de los que a él le convenía tener
propicios, esta franqueza tomaba otro giro muy distinto y se
transformaba en adulación y casi casi en servilismo. Mas esta farsa,
aunque admirablemente desempeñada, no engañaba a nadie. El duque de
Requena era tenido por un zorro de marca. Por milagro creía ya alguno en
sus palabras ni se dejaba cautivar por aquel aspecto rudo y bonachón.
Los que le hablaban estaban siempre en guardia, aunque fingiendo
confianza y alegría. Como sucede a todos los que han conseguido
elevarse, los defectos que universalmente se le reconocían, mejor dicho,
la mala fama que tenía, no era obstáculo para que se le respetase, para
que todos le hablasen con el sombrero en la mano y la sonrisa en los
labios, aunque nunca hubiesen de necesitar de él. Los hombres muchas
veces se humillan por el solo placer de humillarse. Salabert conocía
esta innata tendencia que tiene la espina dorsal del hombre a doblarse y
abusaba de ella. Muchos que vivían con independencia, no sólo le
toleraban impertinencias que les hubieran parecido intolerables en algún
amigo de la infancia, sino que apetecían y buscaban su trato.
--Veremos, veremos--repitió de nuevo cuando Llera le recordó el medio de
apoderarse de la gerencia--. Tú eres muy fantástico; tienes la cabeza
demasiado caliente. No sirves para los negocios. A ver si nos pasa aquí
lo que con las alhóndigas.
Por consejo de Llera, el negociante había construído alhóndigas en
algunas capitales de España, las cuales no habían tenido el éxito que
esperaban. Como después de todo el negocio no era de gran entidad, las
pérdidas tampoco fueron cuantiosas. A pesar de eso, el duque, que las
había llorado como si lo fuesen y no había escaseado a su secretario
frases groseras e insultantes, le recordaba a cada instante el asunto.
Servíale de arma para despreciar sus planes, aunque después los
utilizase lindamente y a ellos debiese un aumento considerable de su
hacienda. Teníale de esta suerte sumiso, ignorante de su valer y presto
a cualquier trabajo por enojoso que fuera.
Un poco avergonzado por el recuerdo, Llera insistió en afirmar que el
negocio de ahora era de éxito infalible si se le conducía por los
caminos que él señalaba. Salabert cortó bruscamente la discusión pasando
a otros asuntos. Informóse rápidamente de los del día. La pérdida de una
fianza que había hecho por un pariente de Valencia, le puso fuera de sí,
bufó y pateó como un toro cuando le clavan las banderillas, se llamó
animal cien veces y tuvo la desfachatez de decir, en presencia de Llera,
que su bondadoso corazón concluiría por arruinarle. La pérdida, en
total, representaba unas veintidós mil pesetas. Las fianzas que el duque
hacía por sus más íntimos amigos o parientes eran del tenor siguiente:
Las hacía generalmente en papel, exigía al afianzado un seis por ciento
del capital depositado, y se encargaba además de cortar y cobrar los
cupones. De suerte que el capital, en vez de redituarle lo que a todos
los tenedores de valores del Estado, le producía un seis por ciento
más. Así eran los negocios que el duque hacía, no tanto por interés como
por impulso irresistible de su corazón.
Salió furioso del despacho de su secretario, fuese a la caja y
aprendiendo allí que iban a mandar a cobrar al Banco nueve mil duros de
cuenta corriente, él mismo recogió el _talón_ después de firmarlo. Debía
pasar por allá a celebrar una Junta como consejero, y de paso ningún
trabajo le costaba hacerlo efectivo. Salió a pie como era su costumbre
por las mañanas. En las hermosas coníferas que bordaban los caminos del
jardín-parque cantaban alegremente los pájaros. Se comprendía que no
habían puesto fianza alguna y la habían perdido. El señor duque maldita
la gana que tenía de cantar ni aun escuchar sus regocijados trinos. Pasó
de largo con el semblante torvo, sin responder a los saludos de los
jardineros y del portero, mordiendo con más ensañamiento que nunca su
enorme cigarro. En la calle no tardó en colorearse un poco su rostro.
Tuvo un encuentro agradable y útil. El presidente del Consejo de Estado,
a quien le gustaba también madrugar, le saludó en el paseo de Recoletos.
Hablaron algunos momentos y los aprovechó para recomendarle, con la
brusquedad calculada que le caracterizaba, un expediente de ciertas
marismas en que estaba interesado. Después, a paso lento, mirando con
sus ojos saltones, inocentes, a los transeuntes, deteniéndolos
particularmente en las frescas domésticas que regresaban a sus casas con
la cesta de la compra llena y las mejillas más coloradas por el
esfuerzo, se dirigió al Banco de España. Era mucha la gente que le
quitaba el sombrero. De vez en cuando se detenía un instante, daba un
apretón de manos, y cambiando con el conocido que tropezaba cuatro
palabras en tono familiar y desenfadado, seguía su camino.
Era temprano aún. Antes de llegar al Banco se le ocurrió subir a casa de
su amigo y compariente Calderón. Tenía éste su almacén y su escritorio
en la calle de San Felipe Neri, tal cual su padre lo había dejado, esto
es, pobrísimo de apariencia y hasta lóbrego y sucio. En aquel local,
donde la luz se filtraba con trabajo al través de unos cristales
polvorientos resguardados por toscos barrotes de hierro, donde el olor
de las pieles curtidas llegaba a producir náuseas, el viejo Calderón
había ido amontonando con mecánica regularidad duro sobre duro, onza
sobre onza, hasta formar algunas pilas de millón. Su hijo Julián nada
había cambiado. A pesar de ser uno de los banqueros más ricos de Madrid,
no había querido prescindir del almacén de pieles, y eso que este
comercio, comparado con el de letras y efectos públicos que la casa
llevaba a cabo, poco le representaba. Calderón era un tipo de banquero
distinto de Salabert. Tenía un temperamento esencialmente conservador,
medroso hasta el exceso para los negocios, prefiriendo siempre la
ganancia pequeña a la grande cuando ésta se logra con riesgo. De
inteligencia bastante limitada, cauteloso, vacilante, minucioso. Toda
empresa nueva le parecía una locura. Cuando veía fracasar a un
compañero en alguna, sonreía maliciosamente y se daba a sí mismo el
parabién por el gran talento de que estaba dotado. Si rendía ganancias,
sacudía la cabeza murmurando con implacable pesimismo: "Al freir será el
reir". Económico, avaro mejor dicho, hasta un grado escandaloso en su
casa. Si la tenía puesta con relativo lujo había sido a fuerza de
súplicas de su mujer, de burlas de sus amigos, y sobre todo porque había
llegado a convencerse de que necesitaba gozar de cierto prestigio
exteriormente si había de competir con los muchos e inteligentes
banqueros establecidos en la corte. Los tiempos habían cambiado mucho
desde que su padre acaparaba una parte considerable de los giros de la
plaza. Pero después de comprados cuidaba con tal esmero de la
conservación de los muebles, exigía tal refinamiento de vigilancia a los
criados, a su mujer y a sus hijos, que en realidad eran todos esclavos
de aquellos costosos artefactos. Pues si vamos al coche, no es posible
imaginarse los temores, las agitaciones sin cuento que le costaba. Cada
vez que el cochero le decía que un caballo estaba desherrado, era un
disgusto. Tenía un tronco de yeguas francesas de bastante precio. Las
mimaba tanto o más que a sus hijos. Sacábalas a paseo por las tardes;
pero no le conducían al teatro por miedo a una pulmonía. Prefería que su
mujer fuese a pie o en coche de alquiler, a exponerse a la pérdida de
una de ellas. No hay que decir, si alguna se ponía enferma, lo que
pasaba por nuestro banquero. La preocupación, el abatimiento se pintaban
en su semblante. Visitábala a menudo, la acariciaba, y no pocas veces
ayudaba al cochero y al veterinario a las curas, aunque consistiesen en
ponerle lavativas. Hasta que la enferma sanase no había buen humor en la
casa.
Era un marido cominero. Para eso tal vez no le faltaba razón. La apatía
de su mujer era tan grande, que si él no se encargase de tomar la cuenta
a la cocinera y manejar las llaves de los armarios, Dios sabe cómo
andaría la casa. Mariana no disponía ni ejecutaba nada. Su papel era el
de una hija de familia, y lo aceptaba sin pesar. Otra mujer cualquiera
se creería humillada necesitando acudir a cada instante a su marido para
los menesteres más insignificantes de la vida doméstica. Ella juzgábalo
natural, y sobre todo muy cómodo cuando la sórdida economía de Calderón
no la apretaba demasiado. La que alguna vez protestaba sordamente contra
esta exclusiva centralización de las atribuciones administrativas era su
madre, aquella señora delgadísima, de ojos hundidos, de quien hicimos
mención en el primer capítulo. Tales protestas no eran, sin embargo,
frecuentes ni duraderas. En el fondo había un acuerdo perfecto entre la
suegra y el yerno. La vieja, como viuda de comerciante de provincia, a
quien había ayudado a labrar su capital, era más amante aún del orden y
la economía, mejor dicho, era todavía más tacaña que él. Por esto no
había podido vivir jamás con su hijo: su excesivo gasto, y sobre todo el
despilfarro, los caprichos escandalosos de Clementina, la irritaban, la
amargaban todos los instantes de la existencia. En casa de Calderón, su
papel era el de vigilante o inspector de la servidumbre, el cual
desempeñaba a maravilla. Su yerno descansaba confiadamente en ella.
Gracias a esto y a que esperaba que mejorase a Mariana en el testamento,
la guardaba más consideraciones que a ésta.
Salabert era, en el fondo, tan avaro como Calderón y casi tan tímido,
pero mucho más inteligente. Su timidez estaba contrapesada por una buena
dosis de fanfarronería: su avaricia por un conocimiento profundo de los
hombres. Sabía bien que el aparato, la ostentación de las riquezas,
influye notablemente hasta en el ánimo de los más despreocupados;
contribuye en sumo grado a inspirar la confianza necesaria para acometer
empresas importantes. De aquí el lujo con que vivía, su palacio, sus
trenes, los bailes famosos que de vez en cuando daba a la sociedad
madrileña. El carácter de Calderón le inspiraba un desprecio profundo:
al mismo tiempo le despertaba el buen humor. Al ver la pequeñez de su
amigo se crecía, contemplábase más grande de lo que en realidad era y
experimentaba viva satisfacción. No se juzgaba solamente más hábil, más
astuto (únicas ventajas que positivamente le llevaba), sino generoso y
liberal, casi un pródigo.
Penetró resoplando en el tenebroso almacén de la calle de San Felipe
Neri, dejando como siempre estupefactos, abatidos, aniquilados a los
dependientes, para los cuales el duque de Requena no era sólo el primer
hombre de España, sino un ser sobrenatural. Producíales su vista la
misma impresión de espanto y entusiasmo, de temor y fervorosa adoración
que a los japoneses el gran Mikado. Y si no se prosternaban y hundían su
frente en el polvo como aquéllos, por lo menos se ponían colorados hasta
las orejas y no acertaban en algunos minutos a colocar la pluma sobre el
papel ni prestaban atención a lo que el parroquiano les decía. Mirábanse
con señales de pavor y decíanse en voz baja lo que de sobra sabían
todos: "¡El duque!" "¡El duque!" "¡El duque!"
El duque pasó, como solía cuando por casualidad iba por allí, sin
dignarse arrojarles una mirada, y se fué derecho al pequeño departamento
donde Calderón solía estar. Mucho antes de llegar a él comenzó a decir
en voz alta:
-¡Caramba, Julián! ¿cuándo saldrás de esta cueva? Esto no es una casa de
banca; es una cuadra. No tiene vergüenza el que viene a visitarte. ¡Puf!
¿Pero desolláis aquí también las reses, o qué? Hay un hedor insufrible.
Calderón ocupaba, al final del almacén, un rincón separado del resto por
un biombo de tabla pintada con una puertecita de resorte. Pudo escuchar,
pues, todas las palabras de su amigo antes que éste empujase la mampara.
--¡Qué quieres, hombre!--dijo algo amoscado por haberse enterado los
dependientes de la filípica--; no todos somos duques ni se nos enredan
los millones en los pies.
--¡Qué millones! ¿Se necesitan millones para tener un despacho limpio y
confortable? Lo que debes confesar es que te duele gastar una peseta en
adecentarle. Te lo he dicho muchas veces, Julián; eres un pobre y toda
la vida lo serás. Yo con mil reales seré más rico siempre que tú con mil
duros; porque sé gastarlos.
Calderón gruñó algunas protestas y siguió trabajando. El duque, sin
quitarse el sombrero, dejóse caer en la única butaca que allí había
forrada de badana blanca, o que debió de ser blanca. Ahora presentaba un
color indefinible entre amarillo de ámbar, ceniza y verde botella, con
fuertes toques negros en los sitios de apoyar la cabeza y las manos.
Había además tres o cuatro banquetas forradas de lo mismo y en idéntico
estado, una estantería de pino llena de legajos, una caja pequeña de
valores, una mesa de escribir antiquísima de nogal y forrada de hule
negro, y detrás de ella un sillón tosco y grasiento donde se hallaba
sentado el jefe de la casa. Aquel pequeño departamento estaba
esclarecido por una ventana con rejas. Para que los transeuntes no
pudiesen registrarlo había visillos que, a más de ser de lo más
ordinario y barato en el género, ofrecían la curiosa circunstancia de
ser el uno demasiado largo y el otro tan corto que le faltaba cerca de
una cuarta para tapar por completo el cristal de abajo.
--Pero hombre, ya que no te mudes de casa deja ese dichoso comercio de
pieles, que no es digno de un hombre de tu representación y tu fortuna.
--Fortuna ... fortuna--masculló Calderón sin dejar de mirar el papel en
que escribía--. Ya sé que se habla de mi fortuna.... ¡Si fuésemos a
liquidar, quién sabe lo que resultaría!
Calderón no confesaba jamás su dinero: gozaba en echarse por tierra.
Cualquier alusión a su riqueza le molestaba en extremo. Por el
contrario, a Salabert le gustaba dar en rostro con sus millones y
representar el _nabab_; por supuesto, a la menor costa posible.
--Además--siguió diciendo con mal humor--, todo el mundo se fija en lo
que entra, pero nadie atiende a lo que sale. Los gastos que uno tiene
son cada vez mayores. ¿A que no sabes lo que llevo gastado este año,
vamos a ver?
--Poca cosa--respondió el duque con sonrisa despreciativa.
--¿Poca cosa? Pues pasa de setenta y cinco mil duros, y aún estamos en
Noviembre.
--¿Qué dices?--manifestó el duque con viva sorpresa--. No puede ser.
--Lo que oyes.
--Vaya, vaya, no me metas los dedos por los ojos, Julián.... A no ser
que en esos setenta y cinco mil duros estén incluidos los gastos de la
casa que estás fabricando en el Horno de la Mata.
--Pues naturalmente.
Al duque le acometió al oir esto tal golpe de risa, que por poco se
ahoga. Cayósele el cigarro. La faz, ordinariamente amoratada, se puso
ahora que daba miedo. El golpe de tos que le vino, acompañando a la
risa, fué tan vivo, que parecía que iba a desplomarse presa de la
congestión.
--¡Hombre, tiene gracia! ¡tiene muchísima gracia eso!--dijo al cabo
entre los flujos de la risa y de la tos--. No se me había ocurrido hasta
ahora.... De aquí en adelante incluiré en los gastos de mi casa todas
las compras de valores y todas las casas que edifique. Voy a aparecer
con más gasto que un rey.
La risa tan franca y ruidosa del duque molestó y corrió
extraordinariamente a Calderón.
--No sé a qué viene esa risa.... Si sale de la caja, en el capítulo de
gastos está.... De todas maneras, Antonio, más sabe el loco en su casa
que el cuerdo en la ajena.
El duque, de algún tiempo a esta parte, menudeaba las visitas a su amigo
y compañero. Empezaba a hacerle la rosca para atraerle al negocio de las
minas de Riosa. Se aproximaba el momento en que había de efectuarse la
subasta. Necesitaba para entonces contar con algunos accionistas de
consideración. D. Julián lo era, tanto por el capital que representaba,
como por su carácter mismo. Gozaba en el mundo de los negocios fama de
precavido, de receloso mejor. De suerte que el hecho de tomar parte en
cualquier especulación la acreditaba de segura, y esto era lo que
Salabert necesitaba. No quiso molestarle, pues, muy fuertemente y cambió
la conversación. Con la gran flexibilidad, con la finura que poseía bajo
su corteza ruda, supo ponerle de buen temple loando su previsión en
cierto negocio fracasado donde no se dejó coger, desollando a otros
negociantes enemigos y reconociéndole tácitamente sobre ellos
superioridad de talento y penetración. Cuando le tuvo bien trasteado,
hablóle por tercera o cuarta vez, en términos vagos, del negocio de la
mina. Ofrecíalo como un ideal inaccesible para meterle en apetito. ¡Si
algún día fuera posible comprar esa mina, qué gran negocio! No había
conocido otro más claro en su vida. Lo peor era que el Gobierno no
estaba dispuesto a soltarla. Sin embargo, f..., con un poco de habilidad
y trabajándolo bien, acaso con el tiempo.... Para entonces necesitábanse
algunos hombres que no tuviesen inconveniente en invertir un buen
capital. Si no los hallaba en España, iría al extranjero a buscarlos....
Calderón, al oir hablar de un negocio, se encogía como los caracoles
cuando los tocan. El de ahora era tan gordo, por los datos indecisos que
el duque le suministraba, que le obligó a meterse de golpe en la
cáscara. Así que Salabert comenzó a precisar un poco, púsose torvo y
sombrío, mostróse receloso e inquieto, como si entonces mismo le fuesen
a exigir una cantidad exorbitante.
Cuando hubo concluído su largo discurso, un poco incoherente, que
parecía más bien un monólogo, el duque se levantó bruscamente.
--Vaya, Julianito, me voy de aquí al Banco.
Al mismo tiempo sacó otro cigarro de la petaca, y sin ofrecerle, porque
no fumaba, lo encendió por fórmula, pues los dejaba apagarse en seguida
para seguir mordiéndolos.
D. Julián respiró con satisfacción.
--¡Tú siempre con esa actividad febril!--dijo, sonriendo y alargándole
la mano.
--¡Siempre detrás del dinero!
Cuando ya iba a trasponer la puerta, Calderón se acordó de que podía
utilizar aquella visita.
--Oye, Antonio: tengo ahí un montón de _londres_.... ¿Las quieres? Te
las doy baratas.
--No me hacen falta ahora. ¿Cómo las cedes?
--A cuarenta y siete.
--¿Son muchas?
--Ocho mil libras entre todas.
--Siento no necesitarlas. Es buena ocasión. Adiós.
Trasladóse al Banco, asistió a la reunión, y después de hacer efectivos
los nueve mil duros del _talón_, salió con su amigo Urreta, otro de los
célebres banqueros de Madrid. Al llegar cerca de la Puerta del Sol, se
dieron la mano para despedirse.
--¿Adónde va usted?--le preguntó Salabert.
--Voy de aquí a casa de Calderón, a ver si puede facilitarme _londres_.
--Es inútil el paseo--repuso vivamente el primero--. Todas las que tenía
acabo yo de tomárselas.
--Hombre, lo siento. ¿Y a cómo se las ha puesto?
--A cuarenta y seis, diez.
--No son baratas; pero me hacen mucha falta y aun así las tomaría.
--¿Le hacen a usted falta de verdad?--dijo Salabert echándole al mismo
tiempo el brazo sobre los hombros.
--De verdad.
--Pues voy a ser su Providencia. ¿Qué cantidad necesita usted?
--Bastante. Diez mil libras lo menos.
--No puedo tanto; pero por ocho mil, puede usted enviar esta tarde.
El rostro de Urreta se iluminó con una sonrisa de agradecimiento.
--¡Hombre, no puedo permitir!... A usted le harán falta también....
--No tanto como a usted.... Pero aunque así fuera.... Ya sabe usted que
se le quiere mucho. Es usted el único guipuzcoano con talento que he
tropezado hasta ahora.
Al mismo tiempo, como le llevara abrazado, le daba afectuosas palmaditas
en el hombro. Estrecháronse de nuevo la mano, y después que Urreta se
deshizo en frases de gratitud, a las cuales contestaba Salabert en ese
tono brusco y campechanote que tanto realza el mérito de cualquier
servicio, se despidieron.
El duque tomó inmediatamente un coche de alquiler.
--A la calle de San Felipe Neri, número....
--Está bien, señor duque--repuso el cochero.
Alzó la cabeza el prócer para mirarle.
--¡Hola! ¿Me conoces?
Y sin aguardar la contestación se metió adentro y cerró la portezuela.
--Julián.... Julián--gritó a su amigo antes de abrir la mampara del
escritorio--. Vengo a hacerte un favor.... ¡Qué suerte tienes, maldito!
Mándame esas _londres_ a casa.
--¡Hola!--exclamó el banquero con sonrisa triunfal--. ¿Las necesitas?
--¡Si, f...., sí! Siempre me ha de hacer falta a mí lo que a ti te
conviene soltar.... Adiós....
Y sin entrar en el despacho dejó libre la mampara de resorte que tenía
sujeta y se fué. Dió las señas al cochero de un hotel situado en el
barrio Monasterio y se reclinó en un ángulo, mordiendo su cigarro y
resoplando con evidente satisfacción. Experimentóla nuestro banquero
después de cometer aquella granujada, después de despojar a su amigo
Calderón de unas cuantas pesetas, como el justo al concluir un acto de
justicia o de caridad. Su imaginación, siempre alerta para los asuntos
donde hubiese dinero, vagó, mientras el carruaje le conducía al
Hipódromo, al través de los varios negocios en que estaba comprometido;
pero se detuvo muy particularmente en el de la mina de Riosa. La
combinación de Llera le iba pareciendo cada vez mejor. Sin embargo,
tenía sus puntos flacos. A reforzarlos se aplicó con el pensamiento,
hasta que el coche se detuvo delante de la verja de un hotelito de
construcción barata, con muchos adornos de yeso y madera que le hacían
semejar a las obras de confitería.
Apresuróse el portero a abrirle con acatamiento. Salvó en tres pasos el
diminuto jardín. Al subir las pocas escaleras del piso bajo salió a la
puerta una criada joven.
--Hola, Petra: ¿y tu ama?
--Duerme todavía, señor duque.
--Pues ya son las doce--dijo sacando su cronómetro--. Voy a subir de
todos modos.
Y pasando por delante de ella, entró en la antesalita ochavada.
Despojóse del gabán que la doméstica recibió y se encargó de colgar.
Subió al piso principal. El dormitorio donde penetró era un gabinete con
alcoba, separados por columnas y una gran cortina de brocatel. Estaba
amueblado con lujo de gusto dudoso. En vez del sello que imprime
cualquier persona, si no es enteramente vulgar, al decorado y adorno de
sus habitaciones, observábase la mano del mueblista que cumple el
encargo que le han dado, según el patrón corriente. Las puertas de
madera del balcón estaban abiertas. La luz penetraba por un transparente
que representaba un paisaje de color de chocolate. Las paredes estaban
acolchadas con damasco amarillo; las sillas eran doradas igual que una
mesilla de centro y un armarito para colocar chucherías.
Observábase en aquella estancia, perteneciente a una mujer, el mismo
desorden que suelen presentar los cuartos de los estudiantes o
militares. Diversas prendas de vestir, enaguas, corsé, medias, andaban
esparcidas por las sillas. Sobre la rica alfombra de terciopelo había
algunos escupitajos y puntas de cigarro. En la delicada mesilla del
centro una licorera con las botellas casi vacías y las copas fuera de su
sitio. El duque echó una mirada torva a esta licorera y alzó suavemente
la cortina de la alcoba. En primoroso lecho de ébano con incrustaciones
de marfil, reposaba una joven de tez blanca, blanquísima, y cabellos
negros, negrísimos. Reposaba con un abandono sin delicadeza, en una
posición de animal bien cebado. Hasta en el sueño es posible conocer la
condición y espiritualidad de la persona.
Salabert tuvo un momento la cortina suspendida. Luego la sujetó con
cuidado, y sentándose en una butaquita que había al lado de la cama, se
puso a contemplar con fijeza a la bella dormida. Porque era bella en
efecto y en grado excelso. Sus facciones, notablemente correctas y
delicadas: perfil griego, frente pequeña y bonita, nariz recta, labios
rojos un poco gruesos; la tez, un prodigio de la naturaleza, mezcla de
alabastro y nácar, de rosas y leche, debajo de la cual corría la vida
abundante y rica. Los cabellos, negros y brillantes, estaban sueltos,
manchando con el aceite perfumado la almohada de batista. A pesar de lo
frío del tiempo, tenía un brazo y casi medio cuerpo fuera de las
sábanas. Verdad que en el gabinete ardía con vivo e intenso fuego la
chimenea. El brazo estaba enteramente desnudo y era de lo más hermoso y
mejor torneado que pudiera verse en el género. Pero la mano que estaba
al cabo de este brazo no correspondía a su belleza. Era una mano donde
la holganza presente no había conseguido borrar las huellas del trabajo
pasado, mano pequeña, pero deformada, con los dedos macizos y
aporretados, mano plebeya elevada de repente al patriciado.
Aunque el banquero no se movía, la fijeza y avidez de sus ojos posados
sobre la joven ejercieron sobre ella la consabida influencia magnética.
Al cabo de algunos minutos cambió de postura, suspiró con fuerza y abrió
los ojos, que eran negros como la tinta. Fijáronse un instante con vaga
expresión de asombro en el duque, y cerrándolos de nuevo murmuró una
interjección de carretero, hundiendo al mismo tiempo su cara en la
almohada. Luego, como si repentinamente cruzara por su mente la idea de
que había hecho una cosa fea, dió la vuelta, abrió de nuevo los ojos y
dijo sonriendo:
--¡Hola! ¿Eres tú?
Al mismo tiempo le alargó la mano. El duque se la estrechó, y alzándose
de la butaca le dió un sonoro beso en la mejilla, diciendo:
--Si quieres dormir más te dejaré. No he venido más que a darte un beso.
Pero no era uno, sino buena porción los que le estaba aplicando en
ambas mejillas. La joven frunció el entrecejo, disgustada de aquellas
caricias, que por venir de un viejo no debían de serle agradables.
Además, ya se ha dicho que los labios del duque, por efecto de la manía
de morder el tabaco, solían estar sucios.
¡Quita, quita!--dijo al fin rechazándole--. No me sobes más. Bastante me
has sobado ayer tarde. Me he lavado tres veces. Eché sobre mí un frasco
de rosa blanca y todavía a las doce de la noche me olía mal.
--Olor de tabaco.
No: el olor del tabaco me gusta. Olor de viejo.
Esta salida brutal no despertó la indignación del duque como era de
presumir. Soltó una carcajada y le dió una palmadita cariñosa en la
mejilla.
--Pues no me salen baratos los besos.
Tampoco esta cínica replica alteró a la bella, que en el mismo tono de
mal humor dijo:
--Ya lo creo. Y cuantos más años tengas, más caros te irán saliendo....
Dame un cigarro.
El duque sacó la petaca.
--No traigo más que tabacos.
--No quiero eso.... Ahí, sobre ese chisme de escribir, debe de haber.
Tráeme.
El banquero tomó de encima de un pequeño escritorio taraceado algunos
cigarritos y se los presentó. La joven prep
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