La Fontana de Oro
by Benito Pérez Galdós · Spanish · Gutenberg #11070 · 749,239 chars · public domain (US)
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Title: La Fontana de Oro
Author: Benito Pérez Galdós
Release date: February 1, 2004 [eBook #11070]
Most recently updated: October 16, 2026
Language: Spanish
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LA FONTANA DE ORO
B. PÉREZ GALDÓS
[Illustration: ARS-NATURA-VERITAS]
MADRID 1821
Los hechos históricos ó novelescos contados en este libro, se refieren á
uno de los periodos de turbación política y social más graves é
interesantes en la gran época de reorganización, que principió en 1812 y
no parece próxima á terminar todavía. Mucho después de escrito este
libro, pues sólo sus últimas páginas son posteriores á la Revolución de
Septiembre, me ha parecido de alguna oportunidad en los días que
atravesamos, por la relación que pudiera encontrarse entre muchos
sucesos aquí referidos y algo de lo que aquí pasa; relación nacida, sin
duda, de la semejanza que la crisis actual tiene con el memorable
período de 1820-23. Esta es la principal de las razones que me han
inducido á publicarlo.
B.P.G.
Diciembre de 1870.
ÍNDICE
I.--La carrera de San Jerónimo en 1821.
II.--El club patriótico
III.--Un lance patriótico y sus consecuencias
IV.--Coletilla
V.--La compañera de Coletilla
VI.--El sobrino de Coletilla
VII.--La voz interior
VIII.--Hoy llega
IX.--Los primeros pasos
X.--La primera batalla
XI.--La tragedia de _Los Gracos_
XII.--La batalla de Platerías
XIII.--No llega el esperado.--Llegada de un importuno
XIV.--La determinación
XV.--Las tres ruinas
XVI.--El siglo décimoctavo
XVII.--El sueño del liberal
XVIII.--Diálogo entre ayer y hoy
XIX.--El abate
XX.--Bozmediano
XXI.--¡Libre!
XXII.--El _vía-crucis_ de Lázaro
XXIII.--La Inquisición
XXIV.--_Rosa mística_
XXV.--_Virgo prudentísima_
XXVI.--Los disidentes de _La Fontana_
XXVII.--Se queda sola
XXVIII.--El ridículo
XXIX.--Las horas fatales
XXX.--_Virgo fidelis_
XXXI.--La reunión misteriosa
XXXII.--_La Fontanilla_
XXXIII.--Las arpías se ponen tristes
XXXIV.--El complot.--Triunfo de Lázaro
XXXV.--El bonete del Nuncio
XXXVI.--Aclaraciones
XXXVII.--El _vía-crucis_ de Clara
XXXVIII.--Continuación del _vía-crucis_
XXXIX.--Un momento de calma
XL.--El gran atentado
XLI.--Fernando el Deseado
XLII.--_Virgo potens_
XLIII.--Conclusión
CAPÍTULO PRIMERO
#La Carrera de San Jerónimo en 1821#.
Durante los seis inolvidables años que mediaron entre 1814 y 1820, la
villa de Madrid presenció muchos festejos oficiales con motivo de
ciertos sucesos declarados _faustos_ en la _Gaceta_ de entonces. Se
alzaban arcos de triunfo, se tendían colgaduras de damasco, salían á la
calle las comunidades y cofradías con sus pendones al frente, y en todas
las esquinas se ponían escudos y tarjetones, donde el poeta Arriaza
estampaba sus pobres versos de circunstancias. En aquellas fiestas, el
pueblo no se manifestaba sino como un convidado mas, añadido á la lista
de alcaldes, funcionarios, gentiles-hombres, frailes y generales; no era
otra cosa que un espectador, cuyas pasivas funciones estaban previstas y
señaladas en los artículos del programa, y desempeñaba como tal el papel
que la etiqueta le prescribía.
Las cosas pasaron de distinta manera en el período del 20 al 23, en que
ocurrieron los sucesos que aquí referimos. Entonces la ceremonia no
existía, el pueblo se manifestaba diariamente sin previa designación de
puestos impresa en la _Gaceta;_ y sin necesidad de arcos, ni oriflamas,
ni banderas, ni escudos, ponía en movimiento á la villa entera; hacía de
sus calles un gran teatro de inmenso regocijo ó ruidosa locura; turbaba
con un solo grito la calma de aquel que se llamó el _Deseado_ por una
burla de la historia, y solía agruparse con sordo rumor junto á las
puertas de Palacio, de la casa de Villa ó de la iglesia de Doña María
de Aragón, donde las Cortes estaban.
Años de muchos lances fueron aquellos para la destartalada, sucia,
incómoda, desapacible y obscura villa! Sin embargo, no era ya Madrid
aquel lugarón fastuoso del tiempo de los reyes tudescos; sus gloriosas
jornadas del 2 de Mayo y del 3 de Diciembre, su iniciativa en los
asuntos políticos, la enaltecían, sobremanera. Era, además, el foro de
la legislación constituyente de aquella época, y la cátedra en que la
juventud más brillante de España ejercía con elocuencia la enseñanza del
nuevo derecho.
A pesar de todos estos honores, la villa y corte tenía un aspecto muy
desagradable. Mari-Blanca continuaba en la Puerta del Sol como la más
concreta expresión artística de la cultura matritense. Inmutable en su
grosero pedestal, la estatua, que en anteriores siglos había asistido al
tumulto de Oropesa y al motín de Esquilache, presidía ahora el
espectáculo de la actividad revolucionaria de este buen pueblo, que
siempre convergía á aquel sitio en sus ovaciones y en sus trastornos.
Si fuera posible trasladar al lector á las gradas de San Felipe,
capitolio de la chismografía política y social, ó sentarle en el húmedo
escaño de la fuente de Mari-Blanca, punto de reunión de un público más
plebeyo, comprendería cuan distinto de lo que hoy vemos era lo que veían
nuestros abuelos hace medio siglo. De fijo llamaría su atención que una
gran parte de los ociosos, que en aquel sitio se reúnen desde que
existe, lo abandonaban á la caída de la tarde para dirigirse á la
Carrera de San Jerónimo ó á otra de las calles inmediatas. Aquel público
iba á los clubs, á las reuniones patrióticas, á _La Fontana de Oro_, al
_Grande Oriente_, á _Lorencini_, á la _Cruz de Malta_. En los grupos
sobresalían algunas personas que, por su ademán solemne, su mirada
protectora, parecían ser tenidos en grande estima por los demás.
Aparentaban querer imponer silencio á la multitud; otras veces,
extendiendo los brazos en cruz, volvíanse atrás como quien pide
atención: todo esto hecho con una oficiosa gravedad que indicaba influjo
muy grande ó presunción no pequeña.
La mayor porte se dirigía á la Carrera. Es porque allí estaba el club
más concurrido, el más agitado, el más popular de los clubs: _La Fontana
Se Oro_. Ya entraremos también en el café revolucionario. Antes
crucemos, desde el Buen Suceso á los Italianos, esta alegre y animada
Carrera de los Padres Jerónimos, que era entonces lo que es hoy y lo
que será siempre: la calle más concurrida de la capital.
Pero hoy, cuando veis que la mayor parte de la calle está formada por
viviendas particulares, no podéis comprender lo que era entonces una vía
pública ocupada casi totalmente por los tristes paredones de tres ó
cuatro conventos. Imposible es comprender hoy la obscuridad que
proyectaban sobre la entrada de la Carrera el ancho paredón del
Monasterio de la Victoria por un lado, y la sucia y corroída tapia del
Buen Suceso por otro. Más allá formaban en línea de batalla las monjas
de Pinto; por encima de la tapia, que servía de prolongación al
convento, se veían las copas de los cipreses plantados junto á las
tumbas. Enfrente campeaba la ermita de los Italianos, no menos ridícula
entonces que hoy, y más abajo, en lo más rápido del declive, el Espíritu
Santo, que después fué Congreso de los Diputados.
Las casas de los grandes alternaban con los conventos. En lo más bajo de
la calle se veía la vasta fachada del palacio de Medinaceli, con su
ancho escudo, sus innumerables ventanas, su jardín á un lado y su
fundación piadosa á otro; enfrente los Valmedianos, los Pignatellis y
Gonzagas; más acá los Pandos y Macedas, y, finalmente, la casa de Híjar,
que hasta hace poco ostentaba en su puerta la cadena histórica,
distintivo de la hospitalidad ofrecida á un monarca. Quedaba para catas
particulares, para tiendas y sitios públicos la tercera parte de la
calle: esto es lo que describiremos con más detención, porque es
importante dar á conocer el gran escenario donde tendrán lugar algunos
importantes hechos de esta historia.
Entrando por la Puerta del Sol, y pasado el convento de la Victoria, se
hallaba un gran pórtico, entrada de una antiquísima casa que, á pesar de
su escudo decorativo, grabado en la clave del balcón, era en aquel
tiempo una casa de vecindad en que vivían hasta media docena de honradas
familias. Su noble origen era indudable; pero fué adquirida no sabemos
cómo por la comunidad vecina, que la alquiló para atender á sus
necesidades. En dicho portal, bastante espacioso para que entraran por
él las enormes carrozas de su primitivo señor, tenía su establecimiento
un memorialista, secretario de certificaciones y misivas; y en el mismo
portal, un poco más adentro, estaban los almacenes de quincalla de un
hermano de dicho memorialista, que había venido de Ocafia á la Corte
para _hacer carrera_ en el comercio. Constaba su tienda de tres
menguados cajoncillos, en que había algunos paquetes de peines, unas
cuantas cajas de obleas, juguetes de chicos y un gran manojo de rosarios
con cruces y medallones de estaño.
La parte de la izquierda, y especialmente el rincón contiguo á la
puerta, era un lugar en que el público ejercía un incontestable derecho
de servidumbre. Era un centro urinario: la secreción pública había
trocado aquel rincón en foco de inmundicia, y especialmente por las
noches la ofrenda líquida aumentaba de tal modo, que el escribiente y su
hermano hacían propósito firme de abandonar el local. En vano se
amonestaba al público con terribles pragmáticas de policía urbana,
promulgadas por la autorizada voz del memorialista. El público no
renunciaba por esto á su costumbre, y de seguro lo habrían pasado mal
los dos hermanos si hubieran tratado de impedir por la fuerza la
libertad mingitoria, autorizada por un derecho consuetudinario que,
según la feliz expresión de un parroquiano de aquel sitio, radicaba en
la naturaleza del hombre y en la hospitalidad forzosa del vecindario.
Enfrente de este portal clásico había una puertecilla, y por los dos
yelmos de Mambrino, labrados en finísimo metal del Alcaraz y
suspendidos á un lado y otro, se venía en conocimiento de que aquello
era una barbería. Por mucho de notable que tuviera el exterior de este
establecimiento, con su puerta verde, sus cortinas blancas, su redoma de
sanguijuelas, su cartel de letras rojas, adornado con dos viñetas dignas
de Maella, que representaban la una un individuo en el momento de ser
afeitado, y la otra una dama á quien sangraban en un pie, mucho más
notable era su interior. Tres mozos, capitaneados por el maestro
Calleja, rapaban semanalmente las barbas de un centenar de liberales de
los más recalcitrantes. Allí se discutía, se hablaba del Rey, de las
Cortes, del Congreso de Verona, de la _Santa Alianza_. Oiríais allí la
peroración contundente del oficial primero y más antiguo, mozo que se
decía pariente de Poilier, el mártir de la libertad. Al compás de la
navaja se recitaban versos amenizados con agudezas políticas; y las
voces _camarilla, coletilla, trágala, Elio, la Bisbal, Vinuesa_,
formaban el fondo de la conversación. Pero lo más notable de la barbería
más notable de Madrid, era su dueño, Gaspar Calleja (se había quitado el
Don después de 1820), héroe de la revolución, y uno de los mayores
enemigos que tuvo Fernando el año 14. Así lo decía él.
Más lejos estaba la tienda de géneros de unos irlandeses establecidos
aquí desde el siglo pasado. Vendían, juntamente con el raso y el
organdí, encajes flamencos y catalanes, alepín para chalecos, ante para
pantalones, corbatas de color de las llamadas _guirindolas_, y
_carrikes_ de cuatro cuellos, que estaban entonces en moda. El patrón
era un irlandés gordo y suculento, de cara encendida, lustrosa y redonda
como un queso de Flandes. Tenía fama de ser un servilón de á folio,
pero, si esto era cierto, las circunstancias constitucionales del país,
y especialmente de la Carrera de San Jerónimo, le obligaban á
disimularlo. Fundábanse los que tan feo vicio imputaban al irlandés, en
que cuando pasaba por la calle la Majestad de Fernando ó Amalia, la
Alteza de _mi tío el doctor_ ó de don Carlos, el buen comerciante dejaba
apresuradamente su vara y su escritorio para correr á la puerta,
asomándose con ansiedad y mirando la real comitiva con muestras de
ternura y adhesión. Pero esto pasaba, y el irlandés volvía á su habitual
tarea, haciendo todas las protestas que sus amigos le exigían.
Cerca de la tienda del irlandés se abría la puerta de una librería, en
cuyo mezquino escaparate se mostraban abierto por su primera hoja
algunos libros, tales como la _Historia de España_, por Duchesne; las
novelas de Voltaire, traducidas por autor anónimo; _Las noches_ de
Young; el _Viajador sensible_, y la novela de _Arturo y Arabella_, que
gozaba de gran popularidad en aquella época. Algunas obras de Montiano,
Porcell, Arriaza, Olavide, Feijóo, un tratado del lenguaje de las flores
y la _Guía del comadrón_, completaban el repertorio.
Al lado, y como formando juego con este templo literario, estaba una
tienda de perfumería y de bisutería con algunos objetos de caza, de
tocador y de encina, que todo esto formaban comercio común en aquellos
días. Por entre los botes de pomadas y cosméticos; por entre las cajas
de alfileres y juguetes, se descubría el perfil arqueológico de una
vieja que era ama, dependiente y aun fabricante de algunas drogas. Más
allá había otra tienda obscura, estrecha y casi subterránea en que se
vendían papel, tinta y cosas de escritorio, amén de algún braguero ú
otro aparato ortopédico de singular forma. En la puerta pendía colgado
de una espetera un manojo de plumas de ganso, y en lo más profundo y más
lóbrego de la tienda lucían como los ojos de un lechuzo en el recinto de
una caverna, los dos espejuelos resplandecientes de don Anatalio Mas,
gran jefe de aquel gran comercio.
Enfrente había una tienda de comestibles; pero de comestibles
aristocráticos. Existía allí un horno célebre, que asaba por Navidades
más de cuatrocientos pavos de distintos calibres. Las empanadas de
perdices y de liebres no tenía rival; sus pasteles eran celebérrimos,
y nada igualaba á los lechoncillos asados que salían de aquel gran
laboratorio. En días de convite, de cumpleaños ó de boda, no encargar
los principales platos á casa de _Perico el Mahonés_ (así le
llamaban), hubiera sido indisculpable desacato. Al por menor se
vendían en la tienda: rosquillas, bizcochos, galletas de Inglaterra y
mantecadas de Astorga.
No lejos de esta tienda se hallaban las sedas, los hilos, los algodones,
las lanas, las madejas y cintas de doña Ambrosia (antes de 1820 la
llamaban la tía Ambrosia), respetable matrona, comerciante en hilado: el
exterior de su tienda parecía la boca escénica de un teatro de aldea.
Por aquí colgaba á guisa de pendón, una pieza de lanilla encarnada; por
allí un ceñidor de majo; más allá ostentaba una madeja sus innumerables
hilos blancos, semejando los pistilos de gigantesca flor; de lo alto
pendía algún camisolín, infantiles trajes de mameluco, cenefas de
percal, sartas de pañuelos, refajos y colgaduras. Encima de todo esto,
una larga tabla en figura de media, pintada de negro, fija en la muralla
y perpendicular á ella, servía de muestra principal. En el interior todo
era armonía y buen gusto; en el trípode del centro tenían poderoso
cimiento las caderas de doña Ambrosia, y más arriba se ostentaba el
pecho ciclópeo y corpulento busto de la misma. Era española rancia,
manchega y natural de Quintanar de la Orden, por más señas; señora de
muy nobles y cristianos sentimientos. Respecto á sus ideas políticas,
cosa esencial entonces, baste decir que quedó resuelto después de
grandes controversias en toda la calle, que era una servilona de lo más
exagerado.
Estas tiendas, con sus respectivos muestrarios y sus tenderos
respectivos, constituían la decoración de la calle; había además una
decoración movible y pintoresca, formada por el gentío que en todas
direcciones cruzaba, como hoy, por aquél sitio. Entonces los trajes eran
singularísimos. ¿Quién podría describir hoy la oscilación de aquellos
puntiagudos faldones de casaca? ¿Y aquellos sombreros de felpa con el
ala retorcida y la copa aguda como pilón de azúcar? ¿Se comprenden hoy
los tremendos sellos de reloj, pesados como badajos de campana, que iban
marcando con impertinente retintín el paso del individuo? Pues ¿y las
botas á la _farolé_ y las mangas de jamón, que serían el último grado de
la ridiculez, si no existieran los tupés hiperbólicos, que asimilaban
perfectamente la cabeza de un cristiano á la de un guacamayo?
El gremio cocheril exhibía allí también sus más característicos
individuos. Lo menos veinte veces al día pasaban por esta calle las
carrozas de los grandes que en las inmediaciones vivían. Estas carrozas,
que ya se han sumergido en los obscuros abismos del no ser, se componían
de una especie de navío de línea, colocado sobre una armazón de hierro;
esta armazón se movía con la pausada y solemne revolución de cuatro
ruedas, que no tenían velocidad más que para recoger el fango del piso y
arrojarlo sobre la gente de á pie. El vehículo era un inmenso cajón: los
de los días gordos estaban adornados con placas de carey. Por lo común
las paredes de los ordinarios eran de nogal bruñido, ó de caoba, con
finísimas incrustaciones de marfil ó metal blanco. En lo profundo de
aquel antro se veía el nobilísimo perfil de algún prócer esclarecido, ó
de alguna vieja esclarecidamente fea. Detrás de esta máquina, clavados
en pie sobre una tabla, y asidos á pesadas borlas, iban dos grandes
levitones que, en unión de dos enormes sombreros, servían para
patentizar la presencia de dos graves lacayos, figuras simbólicas de la
etiqueta, sin alma, sin movimientos y sin vida. En la proa se elevaba el
cochero, que en pesadez y gordura tenía por únicos rivales á las mulas,
aunque éstas solían ser más racionales que él.
Rodaba por otro lado el vehículo público, tartana calesa ó galera, el
carromato tirado por una reata de bestias escuálidas; y entre todo esto
el esportillero con su carga, el mozo con sus cuerdas, el aguador con su
cuba, el prendero con su saco y una pila de seis ó siete sombreros en la
cabeza, el ciego con su guitarra y el chispero con su sartén.
Mientras nos detenemos en esta descripción, los grupos avanzan hacia la
mitad de la calle y desaparecen por una puerta estrecha, entrada á un
local, que no debe de ser pequeño, pues tiene capacidad para tanta
gente. Aquélla es la célebre _Fontana de Oro, café y fonda_, según el
cartel que hay sobre la puerta; es el centro de reunión de la juventud
ardiente, bulliciosa, inquieta por la impaciencia y la inspiración,
ansiosa de estimular las pasiones del pueblo y de oír su aplauso
irreflexivo. Allí se había constituido un club, el más célebre é
influyente de aquella época. Sus oradores, entonces neófitos exaltados
de un nuevo culto, han dirigido en lo sucesivo la política del país;
muchos de ellos viven hoy, y no son por cierto tan amantes del bello
principio que entonces predicaban.
Pero no tenemos que considerar lo que muchos de aquellos jóvenes fueron
en años posteriores. Nuestra historia no pasa más acá de 1821. Entonces
una democracia nacida en los trastornos de la revolución y alzamiento
nacional, fundaba el moderno criterio político, que en cincuenta años se
ha ido difícilmente elaborando. Grandes delirios bastardearon un tanto
los nobles esfuerzos de aquella juventud, que tomó sobre sí la gran
tarea de formar y educar la opinión que hasta entonces no existía. Los
clubs, que comenzaron siendo cátedras elocuentes y palestra de la
discusión científica, salieron del círculo de sus funciones propias
aspirando á dirigir los negocios públicos, á amonestar á los gobiernos é
imponerse á la nación. En este terreno fué fácil que las personalidades
sucedieran á los principios, que se despertaran las ambiciones, y lo que
es peor, que la venalidad, cáncer de la política, corrompiera los
caracteres. Los verdaderos patriotas lucharon mucho tiempo contra esta
invasión. El absolutismo, disfrazado con la máscara de la más abominable
demagogia, socavó los clubs, los dominó y vendiólos al fin. Es que la
juventud de 1820, llena de fe y de valor, fué demasiado crédula ó
demasiado generosa. O no conoció la falacia de sus supuestos amigos, ó
conociéndola, creyó posible vencerles con armas nobles, con la
persuasión y la propaganda.
Una sociedad decrépita, pero conservando aún esa tenacidad
incontrastable que distingue á algunos viejos, sostenía encarnizada
guerra con una sociedad lozana y vigorosa llamada á la posesión del
porvenir. En este libro asistiremos á algunos de sus encuentros.
Sigamos nuestra narración. Los curiosos se paraban ante la _Fontana_;
salían los tenderos á las puertas; el barbero Calleja, que se hacía
llamar _ciudadano Calleja_, estaba también en su puerta pasando una
navaja, y contemplando el club y á sus parroquianos con una mirada
presuntuosa, que quería decir: "si yo fuera allá...."
Algunas personas se acercaron á la barbería formando corro alrededor del
maestro. Uno llegó muy presuroso, y preguntó:
"¿Qué hay? ¿Ocurre algo?"
Era el recién venido uno de esos individuos de edad indefinible, de esos
que parecen viejos ó jóvenes, según la fuerza de la luz ó la expresión
que dan al semblante.
Su estatura era pequeña, y tenía la cabeza casi inmediatamente adherida
al tronco, sin más cuello que el necesario para no ser enteramente
jorobado. El abdomen le abultaba bastante, y generalmente cruzaba las
manos sobre él con movimiento de cariñosa conservación. Sus ojos eran
medio cerrados y pequeños, pero muy vivos, formando armoniosa simetría
con sus labios delgados, largos y elásticos, que en los momentos más
ardorosos de la conversación avanzaban formando un tubo acústico que
daba á su voz intensidad extraordinaria. A pesar de su traje seglar,
había en este personaje no sé qué de frailuno. Su cabeza parecía hecha
pura la redondez del cerquillo, y ancho gabán que envolvía su cuerpo,
más que gabán, parecía un hábito. Tenía la voz muy destemplada y acre;
pero sus movimientos eran sumamente expresivos y vehementes.
Para concluir, diremos que este hombre se llamaba Gil de nombre y
Carrascosa de apellido; educáronle los frailes agustinos de Móstoles, y
ya estaba dispuesto para profesar, cuando se marchó del convento,
dejando á los Padres con tres palmos de boca abierta. A fines de siglo
logró, por amistades palaciegas, que le hicieran abate; mas en 1812
perdió el beneficio, y depuso el capisayo. Desde entonces fué ardiente
liberal hasta la vuelta de Fernando, en que sus relaciones con el
favorito Alagón le proporcionaron un destino de covachuelista con diez
mil reales. Entonces era absolutista decidido; pero la Jura de la
Constitución por Fernando en 1820 le hizo variar de opiniones hasta el
punto de llegar á alistarse en la sociedad de los _Comuneros_ y formar
pandilla con los más exaltados. Cuando tengamos ocasión de penetrar en
la vida privada de Carrascosa, sabremos algunos detalles de cierta
aventura con una beldad quintañona de la calle de la Gorguera, y
sabremos también los malos ratos que con este motivo le hizo pasar
cierto estudiantillo, poeta clásico, autor de la nunca bien ponderada
tragedia de los Gracos.
"¿Pues no ha de ocurrir?--dijo Calleja.--Hoy tenemos sesión
extraordinaria en la _Fontana_. Se trata de pedir al Rey que nombre un
Ministerio exaltado, porque el que está no nos gusta. Tendremos discurso
de Alcalá Galiano.
--Aquel andaluz feo...
--Si, ese mismo. El que el mes pasado dijo: _No haya perdón ni tregua
para los enemigos de la libertad. ¿Qué quieren esos espíritus obscuros,
esos...?_ Y por aquí seguía con un pico de oro....
--Ya les dará que hacer--observó Carrascosa--¡Qué elocuencia! ¡Qué
talento el de ese muchacho!
--Pues yo, señor don Gil--manifestó Calleja,--respetando la opinión de
usted, para mi tan competente, diré...."
Y aquí tosió dos veces, emitió un par de gruñidos por vía de proemio,
y continuó:
"Diré que, aunque admiro como el que más las dotes del joven Alcalá
Galiano, prefiero á Romero Alpuente, porque es más expresivo, más
fuerte, más ... pues. Dice todas las cosas con un arranque ... por
ejemplo, aquello de ¡_al que quiera hierro, hierro_! y aquello de ¡_no
buscan los tiranos su apoyo en la vara de la justicia; búscanle en los
maderos del cadalso, en el hombro deshonrado del verdugo_! Si le digo á
usted que es un....
--Pues yo--contestó el ex abate,--aunque admiro también á Romero
Alpuente, prefiero á Alcalá Galiano, porque es más exacto, más
razonador....
--Se engaña usted, amigo Carrascosa. No me compare usted á ese hombre
con el mío; que todos los oradores de España no llegan al zancajo de
Romero Alpuente. Pues ¿y aquel pasaje de los _abajos_? Cuando decía:
¡_Abajo los privilegios, abajo lo superfluo, abajo ese lujo que llaman
rey..._! ¡Ah! Si es mucha boca aquella."
Calleja repetía estos trozos de discurso con mucho énfasis y afectación.
Recordaba la mitad de lo que oía, y al llegar la ocasión comenzaba á
desembuchar aquel arsenal oratorio, mezclándolo todo y haciendo de
distintos fragmentos una homilía substancial y disparatada. Se nos
olvidaba decir que este ciudadano Calleja era un hombre muy corpulento y
obeso; pero aunque parecía hecho expresamente por la Naturaleza para
patentizar los puntos de semejanza que puede haber entre un ser humano y
un toro, su voz era tan clueca, fallida y aternerada, que daba risa
oírle declamar los retazos de discursos que aprendía en la _Fontana_.
Pues no estamos conformes--contestó Carrascosa, accionando con mucho
aplomo,--porque ¿qué tiene que ver esa elocuencia con la de Alcalá, el
cual es hombre que, cuando dice "allá voy", le levanta á uno los pies
del suelo?
--Es verdad--dijo, terciando en el debate, uno de los circunstantes, que
debía de ser torero, á juzgar por su traje y la trenza que en el cogote
tenía;--es verdad. Cuando Alcalá embiste á los tiranos y se empieza á
calentar.... Pues no fué mal puyazo el que le metió el otro día á la
Inquisición. Pero, sobre todo, lo que más me gusta es cuando empieza
bajito y después va subiendo, subiendo la voz.... Les digo á ustedes que
es el espada de los _oraores_.
--Señores--afirmó Calleja,--repito que todos esos son unos muñecos al
lado de Romero Alpuente. ¡Cómo puso á los frailes hace dos noches! ¿A
que no saben ustedes lo que les dijo? ¿A que no saben...? Ni al mismo
demonio se le ocurre.... Pues los llamó.... _¡sepulcros blanqueados!_...
Miren qué mollera de hombre....
--No se empeñe usted, Calleja--refunfuñó el ex covachuelista con alguna
impertinencia.
--Pero venga usted acá, señor don Gil--dijo Calleja, haciendo todo lo
posible por engrosar la voz.--¡Si sabré yo quién es Alcalá Galiano y los
puntillos que calzan todos ellos! ¡A mí con esas! Yo, que les calo á
todos desde que les veo, y no tengo más que oírles decir _castañas_ para
saber de qué palo están hechos....
--Creo, señor don Gaspar, que está usted muy equivocado, y no sé por qué
se cree usted tan competente,--indicó Carrascosa en tono muy grave.
--¿Pues no he de serlo? ¡Yo, que paso las noches oyéndoles á todos, no
saber lo que son! Vamos, que algunos que se tienen por muy buenos, no
son más que ingenios de ración y equitación.
--Es verdad también que Romero Alpuente no es ningún rana--dijo otro de
los presentes.
--¿Cómo rana?--exclamó, animándose, Calleja.--¡Que le sobra talento por
los tejados!... Y á usted, señor Carrascosa, ¿quién le ha dicho que yo
no soy competente? ¿Quién es usted para saberlo?
--¿Que quién soy? ¿Y usted qué entiende de discursos?
--Vamos, señor don Gil, no apure usted mi paciencia. Le digo á usted que
le tengo por un ignorante lleno de presunción.
--Respete usted, señor Calleja--exclamó don Gil un poco
conmovido;--respete usted á los que por sus estudios están en el caso
de... Yo... yo soy graduado en cánones en la Complutense.
--Cánones, ya. Eso es cosa de latín. ¿Qué tiene que ver eso con la
política? No se meta usted en esas cuestiones, que no son para cabezas
ramplonas y de cuatro suelas.
--Usted es el que no debe meterse en ellas--exclamó Carrascosa sin
poderse contener;--y el tiempo que le dejan libre las barbas de sus
parroquianos, debe emplearlo en arreglar su casa.
--Oiga usted, señor pedante complutense, canonista, teatino, ó lo que
sea, váyase á mondar patatas al convento de Móstoles, donde estará más
en su lugar que aquí.
--Caballero--dijo Carrascosa, poniéndose de color de un tomate y mirando
á todos lados para pedir auxilio, porque aunque tenía al barbero por lo
que era, por un solemne gallina, no se atreva con aquel corpachón de
ocho pies.
--Y ahora que recuerdo--añadió con desdén el rapista,--no me ha pagado
usted las sanguijuelas que llevó para esa señora de la cal é de la
Gorguera, hermana del tambor mayor de la Guardia Real.
--¿También me llama usted estafador? Mejor haría el ciudadano Calleja
en acordarse de los diez y nueve reales que le prestó mi primo, el
que tiene la pollería en la calle Mayor; reales que le ha pagado como
mi abuela.
--Vamos, que tú y el pollero sois los dos del mismo estambre.
--Sí, y acuérdese de la guitarrilla que le robó á Perico Sardina el día
de la merienda en Migas Calientes.
--¿La guitarrilla, eh? ¿Dice usted que yo le robé una guitarrilla?
Vamos, no me venga usted á mí con indirectas...--contestó el barbero,
queriendo parecer sereno.
--Véngase usted aquí con pamplinas: si no le conoceremos, señor
_Callejón angosto_.
--Anda, que te quedaste con la colecta el día de San Antón. ¡Catorce
pesos! Pero entonces eras realista y andabas al rabo de Otolaza para
que te hiciera limpia-polvos de alguna cocina. Entonces dabas vivas
al Rey absoluto, y en la estudiantina del Carnaval le ofreciste un
ramillete en el Prado. Anda, aprende conmigo, que, aunque barbero, he
sido siempre liberal, sí, señores. Liberal aunque barbero; que yo no soy
cualquier vende-humos, sino un ciudadano honrado y liberal como
cualquiera. Pero miren á estos realistones: ahora han cambiado de
casaca. Después que con sus delaciones tenían las cárceles atarugadas de
gente; se agarran á la Constitución, y ya están en campaña como toro en
plaza, dando vivas á la libertad.
--Señor Calleja, usted es un insolente.
--¡Servilón!
Esta voz era el mayor de los insultos en aquella época, Cuando se
pronunciaba, no había remedio: era preciso reñir.
Ya el arma ingeniosa, que la industria ha creado para el mejoramiento y
cultivo de las barbas de la mitad del género humano se alzaba en la
mano del iracundo barbero; ya el agudo filo resplandecía en lo alto,
próximo á caer sobre el indefenso cráneo del que fué lego, abate y
covachuelista, cuando otra mano providencial atajó el golpe tremendo
que iba á partir en dos tajadas á todo un graduado en cánones de la
Complutense. Esta mano protectora era la mano robusta de la mujer de
Calleja, la cual, desconcertada y trémula al ver desde el rincón de su
tienda la actitud terriblemente agresiva de su esposo, dejó con rapidez
la labor, echó en tierra al chicuelo, que en uno de sus monumentales
pechos se alimentaba, y arreglándose lo mejor que pudo el mal
encubierto seno, corrió á la puerta y libró al pobre Carrascosa de una
muerte segura.
Las tres figuras permanecieron algunos segundos formando un bello grupo.
Calleja con el brazo alzado y el rostro encendido; su esposa, que era
tan gigantesca como él, le sostenía el brazo; el pobre Gil, mudo y
petrificado de espanto. Doña Teresa Burguillos, que así se llamaba la
dama, era de formas colosales y bastas; pero tenía en aquellos momentos
cierta majestad en su actitud, la cual recordada á Minerva en el momento
de detener la mano de Aquiles, pronta á desnudar el terrible acero
clásico. El Agamenón de la Covachuela ofrecía un aspecto poco académico
en verdad.
"Ciudadano Calleja--dijo aquella señora en tono muy reposado,--no
emplees tus armas contra ese pelón, que se pudre á todo podrir:
guárdalas para los tiranos."
Calleja cerró, pues, la navaja, y la guardó para los tiranos.
Don Gil se apartó de allí, llevado por algunos amigos, que quisieron
impedir una catástrofe; y poco después, el grupo que allí se había
formado quedaba disuelto.
La amazona cerró la puerta, y dentro continuó su perorata interrumpida.
No queremos referir las muchas cosas buenas que dijo, mientras el
muchacho se apoderaba otra vez del pecho, que tan bruscamente había
perdido. Basto decir, para que se comprenda lo que valía doña Teresa
Burguillos, que sabía leer, aunque con muchas dificultades, hallándose
expuesta á entender las cosas al revés; que á fuerza de mascullones
podía enterarse de algunos discursos escritos, reteniéndolos en la
memoria; que alentada por la barberil elocuencia y liberalesca conducta
de su esposo, se había hecho una gran política, y que era muy entusiasta
de Riego y de Quiroga, aunque más que los _hombres de sable_ le gustaban
los _hombres de palabra_, llegando hasta decir que no conocía caballero
más galantemente discreto que _Paco_ (así mismo) Martínez de La Rosa. Es
casi seguro que manifestó deseos de tener delante al _bárbaro Elio_ para
clavarle sus tijeras en el corazón. Penetremos ahora en la _Fontana_.
CAPÍTULO II
#El club patriótico#.
En la _Fontana_ es preciso demarcar dos recintos, dos hemisferios: el
correspondiente al café, y el correspondiente á la política. En el
primer recinto había unas cuantas mesas destinadas al servicio. Más al
fondo, y formando un ángulo, estaba el local en que se celebraban las
sesiones. Al principio el orador se ponía en pie sobre una mesa, y
hablaba; después el dueño del café se vió en la necesidad de construir
una tribuna. El gentío que allí concurría era tan considerable, que fué
preciso arreglar el local, poniendo bancos _ad hoc_; después, á
consecuencia de los altercados que este club tuvo con el _Grande
Oriente_, se demarcaron las filiaciones políticas; los exaltados se
encasillaron en la _Fontana_, y expulsaron á los que no lo eran. Por
último, se determinó que las sesiones fueran secretas, y entonces se
trasladó el club al piso principal. Los que abajo hacían el gasto
tomando café ó chocolate, sentían en los momentos agitados de la
polémica un estruendo espantoso en las regiones superiores, de tal modo,
que algunos, temiendo que se les viniera encima el techo con toda la
mole patriótica que sustentaba, tomaron las de Villadiego, abandonando
la costumbre inveterada de concurrir al café.
Una de las cuestiones que más preocupaban al dueño fué la manera de
armonizar lo mejor posible el patriotismo y el negocio, las sesiones del
club y las visitas de los parroquianos. Dirigió conciliadoras
amonestaciones para que no hicieran ruido pero esto parece que fué
interpretado como un primer conato de servilismo, y aumentó el ruido, y
se fueron los parroquianos.
En la época á que nuestra historia se refiere, las sesiones estaban
todavía en la planta baja. Aquéllos fueron los buenos días de la
_Fontana_. Cada bebedor de café formaba parte del público.
Entre los numerosos defectos de aquel local, no se contaba el de ser
excesivamente espacioso: era, por el contrario, estrecho, irregular,
bajo, casi subterráneo. Las gruesas vigas que sostenían el techo no
guardaban simetría. Para formar el café fué preciso derribar algunos
tabiques, dejando en pie aquellas vigas; y una vez obtenido el espacio
suficiente, se pensó en decorarlo con arte.
Los artistas escogidos para esto eran los más hábiles pintores de
muestra de la Villa. Tendieron su mirada de águila por las estrechas
paredes, las gruesas columnas y el pesado techo del local, y unánimes
convinieron en que lo principal era poner unos capiteles á aquellas
columnas. Improvisaron unas volutas, que parecían tener por modelo las
morcillas extremeñas, y las clavaron, pintándolas después de amarillo.
Se pensó después en una cenefa que hiciera el papel de friso en todo lo
largo del salón; mas como ninguno de los artistas sabía tallar
bajo-relieves, ni se conocían las maravillas del cartón-piedra, se
convino en que lo mejor sería comprar un listón de papel pintado en los
almacenes de un marsellés recientemente establecido en la calle de
Majaderitos. Así se hizo, y un día después la cenefa, engrudada por los
mozos del café, fué puesta en su sitio. Representaba unos cráneos de
macho cabrío, de cuyos cuernos pendían cintas de flores que iban á
enredarse simétricamente en varios tirsos adornados con manojos de
frutas, formando todo un conjunto anaecreóntico-fúnebre de muy mal
efecto. Las columnas fueron pintadas de blanco con ráfagas de rosa y
verde, destinadas á hacer creer que eran de jaspe. En los dos testeros
próximos á la entrada, se colocaron espejos como de á vara; pero no
enterizos, sino formados por dos trozos de cristal unidos por una barra
de hojalata. Estos espejos fueron cubiertos con un velo verde para
impedir el uso de los derechos de domicilio que allí pretendían tener
todas las moscas de la calle. A cada lado de estos espejos se colocó un
quinqué, sostenido por una peana anaecreóntico, donde se
apoyaba el receptáculo; y éste recibía diariamente de las entrañas de
una alcuza, que detrás del mostrador había, la substancia necesaria para
arder macilento, humeante, triste y hediondo hasta más de media noche,
hora en que su luz, cansada de alumbrar, vacilaba á un lado y otro como
quien dice _no_, y se extinguía, dejando que salvaran la patria á
obscuras los apóstoles de la libertad.
El humo de estos quinqués, el humo de los cigarros, el humo del café
habían causado considerable deterioro en el dorado de los espejos, en el
amarillo de los capiteles, en los jaspes y en el friso clásico. Solo por
tradición se sabía la figura y color de las pinturas del techo, debidas
al pincel del peor de los discípulos de Maella.
Los muebles eran muy modestos; reducíanse á unas mesas de palo, pintadas
de color castaño simulando caoba en la parte inferior, y embadurnadas de
blanco para imitar mármol en la parte superior, y á medio centenar de
banquillos de ajusticiado, cubiertos con cojines de hule, cuya crin, por
innumerables agujeros, se salía con mucho gusto de su encierro.
El mostrador era ancho, estaba colocado sobre un escalón, y en su
fachada tenía un medallón donde las iniciales del amo se entrelazaban en
confuso jeroglífico. Detrás de este catafalco asomaba la imperturbable
imagen del cafetero, y á un lado y otro de éste, dos estantes donde se
encerraban hasta cuatro docenas de botellas. Al través de la mitad de
estos cristales se veían también bollos, libras de chocolate y algunas
naranjas; y decimos la mitad de los cristales, porque la otra mitad no
existía, siendo sustituida por pedazos de papel escrito, perfectamente
pegados con obleas encarnadas. Por encima de las botellas, por encima
del estante, por encima de los hombros del amo, se veía saltar un gato
enorme, que pasaba la mayor parte del día acurrucado en un rincón,
durmiendo el sueño de la felicidad y de la hartura. Era un gato
prudente, que jamás interrumpía la discusión, ni se permitía maullar ni
derribar ninguna botella en los momentos críticos. Este gato se llamaba
Robespierre.
En el local que hemos descrito se reunía la ardiente juventud de 1820.
¿De dónde habían salido aquellos jóvenes? Unos salieron de las
Constituyentes del año 12, esfuerzo de pocos, que acabó iluminando á
muchos. Otros se educaron en los seis años de opresión posteriores á la
vuelta de Fernando. Algunos brotaron en el trastorno del año 20, más
fecundo tal vez que el del 12. ¿Qué fué de ellos? Unos vagaron
proscriptos en tierra extranjera durante los diez años de Calomarde;
otros perecieron en los aciagos días que siguieron á la triste victoria
de los cien mil nietos de San Luis. Entre los que lograron vivir más que
el inicuo Fernando, algunos defendieron el mismo principio con igual
entereza; otros, creyendo sustentarle, tropezaron con las exigencias de
una generación nueva. Encontráronse con que la generación posterior
avanzaba más que ellos, y no quisieron seguirla.
Al crearse el club, no tuvo más objeto que discutir en principio las
cuestiones políticas; pero poco á poco aquel noble palenque, abierto
para esclarecer la inteligencia del pueblo, se bastardeó. Quisieron los
fontanistas tener influencia directa en el gobierno. Pedían solemnemente
la destitución de un ministro, el nombramiento de una autoridad.
Demarcaron los dos partidos _moderado y exaltado_, estableciendo una
barrera entre ambos. Pero aún descendieron más. Como en la _Fontana_ se
agitaban las pasiones del pueblo, el Gobierno permitía sus excesos para
amedrentar al Rey, que era su enemigo. El Rey, entre tanto, fomentaba
secretamente el ardor de la _Fontana_, porque veía en él un peligro para
la libertad. La tradición nos ha enseñado que Fernando corrompió á
alguno de los oradores é introdujo allí ciertos malvados que fraguaban
motines y disturbios con objeto de desacreditar el sistema
constitucional. Pero los ministros, que descubrían esta astucia de
Fernando, cerraban la _Fontana_, y entonces ésta se irritaba contra el
Gobierno y trataba de derribarlo. Fomentaba el Rey el escándalo por
medio de agentes disfrazados; ayudaba el club á los ministros; éstos le
herían; vengábase aquél, y giraban todos en un círculo de intrigas, sin
que los crédulos patriotas que allí formaban la opinión conociesen la
oculta transcendencia de sus cuestiones.
Pero oigamos á Calleja que pide á voz en cuello que comience la sesión.
Dos elementos de desorden minaban la _Fontana_: la ignorancia y la
perfidia. En el primero ocupaba un lugar de preferencia el barbero
Calleja. Este patriota capitaneaba una turba de aplaudidores semejantes
á él, y la tal cuadrilla alborotaba de tal modo cuando subía á la
tribuna un orador que no era de su gusto, que se pensó seriamente en
prohibirle la entrada.
En la noche á que nos referimos, nuestro hombre daba con sus pesadas
manos tales palmadas, que sonaban como golpes de batán y los demás
metían ruido dando porrazos en el suelo con los bastones. En vano pedían
silencio y moderación los del interior, personas entre las cuales había
diputados, militares de alta graduación, oradores famosos. Los
bullangueros no callaron hasta que subió á la tribuna Alcalá Galiano.
Era éste un joven de estatura más que regular, erguido, delgado, de
cabeza grande y modales desenvueltos y francos. Tenía el rostro
bastante grosero, y la cabeza poblada de encrespados cabellos. Su boca
era grande, y muy toscos los labios; pero en el conjunto de la fisonomía
había una clara expresión de noble atrevimiento, y en su mirada profunda
la penetración y el fuego de los ingenios de la antigua raza.
Comenzó á hablar relatando un suceso de la sesión anterior, que había
dado ocasión á que salieran de la _Fontana_ Garelli, Toreno y Martínez
de la Rosa. Indicó las diferencias de principios que en lo sucesivo
habían de separar á los moderados de los exaltados, y pintó la situación
del Gobierno con exactitud y delicadeza. Pero cuando con más robusta voz
y elocuencia más vigorosa hacía un cuadro de las pasadas desdichas de la
nación, ocurrió un incidente que le obligó á interrumpir su discurso.
Era que se oía en la calle fuerte ruido de voces, el cual creció
formando gran algazara. Muchísimos se levantaron y salieron. El
auditorio empezó á disminuir, y al fin disminuyó de tal modo, que el
orador no tuvo más remedio que callarse.
Cortado y colérico estaba el andaluz cuando bajó de la tribuna. [Nota 1:
El mismo Alcalá Galiano refiere con mucha franqueza este suceso en sus
anotaciones á _Historia de España_, por Durham.] El tumulto aumentaba
fuera, y por fin no quedaron en el café sino cinco ó seis personas.
Estas querían satisfacer la curiosidad, y acompañadas del mismo Galiano,
salieron también.
En diez minutos la _Fontana_ se quedó sin gente, y el rumor exterior
pasaba, se oía cada vez más lejano, porque andaba á buen paso la oleada
de pueblo que lo producía. Todas las señales eran de que había comenzado
una de aquellas asonadas tan frecuentes entonces.
Era ya tarde: los quinqués habían llegado al tercer período de su
reverberación dificultosa, es decir, estaban en los instantes
precursores de su completo aniquilamiento, y las mechas despedían humo
más hediondo y abundante. Uno de los mozos se había marchado á dormir;
otro roncaba junto á la puerta, y el tercero había salido con los
parroquianos. A lo lejos se oía un eco de voces siniestras, las voces
del tumulto popular, que rodaba por la villa agitándola toda.
El cafetero continuaba inmóvil en su trípode. Dos luminosos puntos de
claridad verdosa brillaban detrás de él. Era Robespierre que se acercaba
á su amo, y saltando por encima de sus hombros, se ponía delante para
recibir una caricia. El hombre del café le pasó la mano afectuosamente
por el lomo, y el animal, agradecido, alzó el rabo, arqueó el espinazo,
se lamió los bigotes, y después de estirarse muy á la sabor, se volvió á
su rincón, donde se agazapó de nuevo.
Frente por frente al mostrador, y en el más obscuro sitio del café,
principió á destacarse una figura humana, invisible hasta entonces. Esta
persona salía de la sombra, y avanzando lentamente hacia el mostrador,
entraba en el foco de la escasa luz que aclaraba el recinto, siendo
posible entonces observar las formas de aquel silencioso y extraño
personaje.
Era un hombre de edad avanzada; pero en vez de la decrepitud propia de
sus años, mostraba entereza, vigor y energía. Su cara era huesosa,
irregular, sumamente abultada en la parte superior; la frente tenía una
exagerada convexidad, mientras la boca y los carrillos quedaban
reducidos á muy mezquinas proporciones. A esto contribuía la falta
absoluta de dientes, que, habiendo hecho de la boca una concavidad
vacía, determinaba en sus labios y en sus mejillas depresiones profundas
que hacían resaltar más la angulosa armazón de sus quijadas. En su
cuello, los tendones, huesos y nervios formaban como una serie de piezas
articuladas, cuyo movimiento mecánico se observaba muy bien, á pesar de
la piel que las cubría. Los ojos eran grandes y revelaban haber sido
hermosos. Por extraño fenómeno, mientras los cabellos habían
emblanquecido enteramente, las cejas conservaban el color de la
juventud, y estaban formadas de pelos muy fuertes, rígidos y erizados.
Su nariz corva y fina debió también haber sido muy hermosa, aunque al
fin por la fuerza de los años, se había afilado y encorvado más, hasta
el punto de ser enteramente igual al pico de un ave de rapiña. Alrededor
de su boca, que no era más que una hendidura, y encima de sus quijadas,
que no eran otra cosa que un armazón, crecía un vello tenaz, los fuertes
retoños blancos de su barba que, afeitada semanalmente en cuarenta años,
despuntaban rígidos y brillantes como alambres de plata. Hacían más
singular el aspecto de esta cara dos enormes orejas extendidas,
colgantes y transparentes. La amplitud dé estos pabellones
cartilaginosos correspondía á la extrema delicadeza timpánica del
individuo, la cual, en vez de disminuir, parecía aumentar con la edad.
Su mirada era como la mirada de los pájaros nocturnos, intensa, luminosa
y más siniestra por el contraste obscuro de sus grandes cejas, por la
elasticidad y sutileza de sus párpados sombríos, que en la obscuridad
se dilataban mostrando dos pupilas muy claras. Estas, además de ver
mucho, parecía que iluminaban lo que veían. Esta mirada anunciaba la
vitalidad de su espíritu, sostenido á pesar del deterioro del cuerpo, el
cual era inclinado hacia adelante, delgado y de poca talla. Sus manos
eran muy flacas, pudiéndose contar en ellas las venas y los nervios; los
dedos parecían, por lo angulosos y puntiagudos, garras de pájaro rapaz.
La piel de la frente era amarilla y arrugada como las hojas de un
incunable; y mientras hablaba, esta piel se movía rápidamente y se
replegaba sobre las cejas formando una serie de círculos concéntricos
alrededor de los ojos, que remataban en semejanza con un lechuzo. Vestía
de negro, y en la cabeza llevaba una gorrilla de terciopelo.
Cuando este hombre estuvo cerca del mostrador, levantóse el cafetero con
recelo, se fué á la puerta de la calle y escuchó atentamente algún
tiempo; volvió, se asomó á un ventanillo que daba al patio, y después
repitió la misma operación en una puerta que daba á la escalera. De los
tres mozos del café, uno solo estaba allí, roncando sobre un banco: el
amo le despertó y le despidió. Atrancada bien la puerta, volvió aquel á
su trípode, y estableciéndose en ella, miró al del gorro, como si
esperara de él una gran cosa.
¡Buena la han armado!--dijo en voz alta, seguro de no ser escuchado por
voces extrañas--¡Otro alboroto esta noche! Y dicen que la Guardia Real
prepara un gran tumulto. Usted, D. Elías, debe saberlo.
--Deje usted andar, amigo; deje usted andar, que ya llegarán,--dijo el
flaco con voz sonora y profunda.
Y metiendo la mano en el bolsillo, sacó un pequeño envoltorio que, por
el sonido que produjo al ser puesto sobre la mesa, indicaba contener
dinero. El cafetero miró con singular expresión de cariño el envoltorio,
mientras el viejo lo desenvolvió con mucha cachaza, y sacando unas onzas
que dentro había, comenzó á contar.
Al ruido de las monedas, Robespierre abrió los ojos; y viendo que no era
cosa que le interesaba, los volvió á cerrar, quedándose otra vez
dormido. El viejo contó diez medias onzas, y se las dió al del café.
--Vamos, señor D. Elías--dijo éste descontento.--¿Qué hago yo con
cinco onzas?
--Por cinco onzas se vende la diosa misma de la libertad,--replicó Elías
sin mirar al cafetero.
--Quite usted allá: aquí hay patriotas que no dirán "viva el Rey" por
todo el oro del mundo.
--Si: es mucha entereza la de esos señores--exclamó Elías con un acento
de ironía que debía de ser el acento habitual de su palabra.
--Vaya usted á ofrecer dinero á Alcalá Galiano y á Moreno Guerra....
--Esos alborotan allá, en las Cortes; de esos no se trata. Tratamos de
los que alborotan aquí.
--Pues le aseguro á usted, señor don Elías de mi alma, que con lo que me
ha dado, no tengo ni para la correa del zapato del orador más malo de
este club.
--Le digo á usted que basta con eso. El señor no está para gastos.
--¡Y que tacaño se vuelve el Absoluto! Mala landre le mate, si con estas
miserias logra derribar la Constitución.
--Deje usted andar, que ya se arreglará esto--contestó el viejo dando un
suspiro. Y al darlo cerró la boca de tal modo, que parecía que la
mandíbula inferior se le quedaba incrustada dentro de la superior.
--Pero, don Elías de mis pecados, ¿qué quiere usted que haga yo con
cinco onzas...? ¿Qué le pareció aquel sargentón que habló anoche? Dicen
que es un bruto; pero lo cierto es que hace ruido y nos sirve bien, pues
me cuesta un ojo de la cara cada párrafo de aquéllos que sublevan la
multitud y ponen al pueblo encendido... ¡Y hay otros tan reacios, don
Elías...! Anteanoche subió á la tribuna uno que suele venir ahí con el
barbero Calleja: ¡qué voz de becerro tenía! Empezó á hablar de la
Convención, y dijo que era preciso cortar las cabezas de adormidera. Le
aplaudieron mucho, y yo confieso que fué una gran cosa, aunque, á decir
verdad, no le entendí más que si hubiera hablado en judío. Cuando acabó
la sesión, quise picarle para que hablara segunda vez; pero no sé si
caló mis intenciones; lo cierto es que dijo que me iba á cortar el
pescuezo, añadiendo que no me descuidara. ¡Qué susto me llevé! ¡Y esto
se me paga tan mal! Aquel discurso que pronunció anoche á última hora el
estudiantillo valenciano, me costó dos raciones de carne estofada y dos
botellas de vino ¡Ay! Si llegaran á saber estos manejos Alcalá Galiano y
Flórez Estrada ... le digo á usted que me voy á reír de gusto.
--Esas son las cabezas de adormidera que es preciso cortar--exclamó el
viejo, guiñando el ojo y haciendo con la mano derecha, movida
horizontalmente, la señal de quien corta alguna cosa.
--Pues fuera una lástima, porque son buenos chicos. Yo, francamente se
lo digo á usted, aunque soy en lo íntimo de mi corazón partidario
amantísimo de mi Rey absoluto, cuando oigo á esos muchachos, y
especialmente cuando veo á Alcalá Galiano subir á la tribuna, y empieza
á echar flores por aquella boca, y después culebras, me da un
escarabajeo tan grande, que me baila el corazón y me dan ganas de
abrazarle.
--Déjalos que griten: eso precisamente es lo que se busca. Mira el motín
de esta noche: á ellos se les debe. Con muchos así, pronto estallará la
cuerda. Eso es lo que quiere el Rey. ¡Oh! Ya verás qué pronto se
despedazarán unos á otros.
--¿Pero qué hago yo con cinco onzas?--volvió á decir el dueño del café.
--Ya lo he dicho El Rey no está para despilfarros, y para levantar de
cascos á está gente no es preciso mucho dinero.
--¿Que no? Pregúnteselo usted á aquel lego exclaustrado que escribe _El
Azote_; ya me tiene comidas tres onzas de las que usted me trajo la
semana pasada. ¿Pues y aquel oficialito que pronunció hace días aquel
fuerte discurso en que dijo: _Calendas Cartagos_...?
--_Delenda est Carthago_, querrá usted decir.
--Eso es: _dilenda ó calenda_, lo mismo da--dijo el del café.--¡Pues ese
oficialito tiene unas tragaderas! Me comió dos empanadas de conejo como
dos ruedas de molino. Y sobre todo, con decirle á usted que para
conseguir que Andresillo Corcho saliera por esas calles gritando, como
usted vió muy bien el domingo, tuve que pagarle todas sus deudas, que
eran ocho meses al casero, y qué sé yo cuántos piquillos sueltos á los
amigos... Y luego no gana uno para sustos, don Elías. Vuelvo á repetirle
á usted que si los liberales de copete descubren estas socaliñas, no me
dejarán un hueso en su lugar.
--Mucha cautela, ten mucha cautela: nada de papeles escritos, no me
dirijas cartas, no fíes al papel ni una idea sobre este punto,--le dijo
Elías con severidad.
--Y dígame usted--continuó el del café, bajando la voz como si
temiera ser oído por Robespierre;--dígame usted, ¿cuándo se alza la
Guardia Real?
--No sé--dijo Elías, encogiéndose de hombros.
--Dicen que la _Santa Alianza_ ha escrito al Rey.
Elías debía ser hombre prudentísimo, porque contestó "no sé" á secas
como á la primera pregunta.
Entonces se oyó otra vez, aunque muy lejano, el mismo ruido de voces,
que hizo salir del club á toda la concurrencia.
"Creo que piensan allanar la casa de Toreno.
--Bien: me alegro--dijo el viejo con siniestra satisfacción.--Veo que
empiezan á devorarse unos á otros. No podía suceder otra cosa. ¡Oh! Yo
entiendo á esta canalla. ¿Y qué había de suceder? ¿España podrá estar
mucho tiempo en manos de una gavilla de pensadores desesperados? Si esto
durara, yo dudaría de la Providencia, que arregla á las naciones como da
aliento á los individuos, España está sin Rey, que es estar sin gloria,
sin vida y sin honor. ¿Había, por ventura, Constitución cuando España
fué el primer país del mundo? Eso de hacer el pueblo las leyes es lo más
monstruoso que cabe. ¿Cuándo se ha visto que el que ha de ser mandado
haga las leyes? ¿Sería justo que nuestros criados nos mandaran? Aquí no
hay Rey ni Dios esto se acabará; yo te jure que se acabará."
Al decir esto, el viejo abría los ojos y apretaba los puños con furor.
El del café no pudo resistir al encanto de tanta elocuencia, levantóse
de su trípode y le abrazó. Al alargar sus manos con entusiasmo, una
botella cayó y fué rodando hasta dar un golpe á Robespierre, el cual,
despertando súbitamente, dió un atroz maullido y fué á buscar regiones
más tranquilas en lo alto del armario de los bizcochos.
Elías sacó de su bolsillo una pequeña faja negra, que le servía de
tapabocas, se la envolvió al cuello y se dispuso á salir. El cafetero,
con su oficiosidad acostumbrada en presencia de aquel personaje, se
dirigió á abrirle la puerta. Ya principiaba á despuntar el día. El viejo
realista salió sin saludar á su amigo y tomó la dirección de su casa.
CAPÍTULO III
#Un lance patriótico y sus consecuencias#.
Don Elías cruzaba la Carrera de San Jerónimo, cuando vió que hacia él
venían unos cuantos hombres que reían y gritaban dando vivas á la
Constitución y á Riego. Trató de evitar el encuentro, y tomó la otra
acera; pero ellos pasaron también, y uno le detuvo.
Eran cinco individuos, y de ellos tres, por lo menos, estaban
completamente embriagados. Nuestro ya conocido Calleja les mandaba.
Componíase la cuadrilla de un chalán del barrio de Gilimón y un matutero
del Salitre, un caballero particular conocido en Madrid por sus trampas
y gran prestigio en la plazuela de la Cebada, y finalmente, un mocetón
alto, flaco y negro, que tenía fama de guerrillero, y del cual se
contaban maravillas en las campañas de 1809 y después en los sucesos del
20. El sello de sus hazañas marcaba siniestramente su rostro en un
chirlo, que le cogía desde la frente hasta el carrillo, cegándole un ojo
y abollándole media nariz.
Los cinco detuvieran al anciano.
"¡Mátale, mátale!--dijo con aguardentosa voz el matutero, pinchando con
la varita que llevaba en la mano el pecho de Elías.
--No, déjale, Perico. ¿De qué vale espachurrar á este bicho?
--Si es Coletilla--exclamó él del chirlo reconociéndole.--Coletilla,
el amigo de Vinuesa, el que anda por los clubs para contarle al Rey
lo que pasa.
--¡Que cante el _Trágula!_--dijo el chalán, que estaba envuelto desde el
pescuezo á la rabadilla en un ceñidor encarnado, por entre cuyo pliegues
asomaba el puño de uno de aquellos célebres alfileres de Albacete que
tanto dan que hacer á la justicia.
--Tres Pesetas, coge por ese brazo al señorito."
Tres Pesetas puso su mano sobre el gorro de Elías y se lo tiró al suelo,
dejando al aire la pelada calva del anciano. Carcajada sonora acogió
este movimiento.
"¡Miren que orejazas de mochuelo!--añadió el guerrillero, tirándole de
la derecha hasta inclinarle la cabeza sobre el hombro.
--_Pos_ no tiene mala cabeza _é pelailla pa_ jugar á los trucos--dijo el
matutero, dándole un papirotazo en mitad del cráneo."
El realista estaba lívido de cólera: apretaba los puños en convulsión
nerviosa, y en sus ojos brillaron lágrimas de despecho. En esto Calleja,
que parecía tener gran autoridad entre aquella gente, se agarró al brazo
de Elías, y exclamó, riendo con la desenfrenada hilaridad de la
embriaguez:
"Ven, bravucón, ven con nosotros. Ciudadanos--prosiguió, volviéndose á
los otros:--éste es el gran Coletilla, el mismo Coletilla. Seremos
amigos. Nos va á presentar al Rey constitucional para que nos haga...."
--¡_Menistros_!--gritó el matutero enarbolando su vara.
--Ciudadanos, ¡viva el Rey absoluto, viva Coletilla!
--Vamos á _jaserle_ comunero de la gran _comuniá_--dijo el
matutero.--Primera prueba. ¡Que salte!
--¡Que salte!
--¡Que salte!
Y uno de ellos tomó de la mano á Elías como para hacerle saltar,
mientras otro, empujándole con violencia, le hizo caer al suelo.
"_Zegunda_ prueba--chilló Tres Pesetas:--toma esta espada, pincha á uno
de nosotros."
Y sacando un sable le dió de plano tan fuerte golpe, que le obligó á
caer en opuesto sentido.
"Dí '¡viva la constitución!'
--¿Pues no lo ha _é ezir?_ Y si no, yo tengo aquí unas
_explicaeras_...--vociferó el matutero, sacando su navaja.
--Este tunante fué el que delató al cojo de Málaga--dijo el caballero
particular.
--Y el amigo de Vinuesa.
--Señores, éste no es más que Coletilla, el gran Coletilla--afirmó
Calleja con mucha gravedad."
La ferocidad se pintaba en los ojos del matutero y del chalán. El de la
cicatriz cogió por el cuello á Elías, y con su mano vigorosa le apretó
contra el suelo.
"Suéltalo, Chaleco; déjalo tendido."
Es de advertir que el matutero era conocido entre los de su calaña por
el extravagante nombre de Chaleco.
"Déjamelo á mi--exclamó el chalán.--_Tríncalo por el piscuezo; quío_ ver
lo que tienen esos realistas dentro del buche."
Muy mal parado estaba el infeliz Elías; y ya se encomendaba á Dios con
toda su alma, cuando la inesperada llegada de un nuevo personaje puso
tregua á la cólera de sus enemigos, salvándole de una muerte segura.
Era un militar alto, joven, bien parecido y persona de noble casa sin
duda, porque, á pesar de su juventud, llevaba charreteras de una alta
graduación. Traía largo capote azul, y uno de aquellos antiguos y
pesados sables, capaces de cercenar de un tajo la cabeza de cualquier
enemigo. Al verle que se interponía en defensa del anciano, los otros se
apartaron con cierto respeto, y ninguno se atrevió á insistir.
"Vamos, señores, dejen ustedes en paz á ese pobre viejo, que no les hace
ningún daño--dijo el militar.
--Si es Coletilla, el mismo Coletilla.
--Pero sois cinco contra él, y él es un pobre señor indefenso.
--Eso mismo decía yo--exclamó Calleja, con la misma risa de borracho.
--_Poz_ que diga '¡viva el Rey constitucional!'
--Lo dirá cuando se vea libre de vosotros. Yo respondo de que es un buen
liberal y hombre de bien.
--¡Si es un servilón!--exclamó Chaleco.
¿Y qué queréis hacer con él?--preguntó el militar.
--Poca cosa--dijo Tres Pesetas, que era el más atrevido.--No más que
abrirle un tragaluz en la barriga _pa_ que salgan á misa las _asaúras_.
--Vamos, marchaos á vuestras casas--dijo el militar con mucha
entereza:--yo le defiendo.
--¿Usía?
--Sí, yo. Marchaos, yo respondo de él.
--Pues sino _ize_ ¡viva la...!
--Dí '¡viva la Constitución!'--exclamaron todos á la vez, menos Calleja,
que se estaba riendo como un idiota.
--Vamos--manifestó el militar, dirigiéndose á Elías: dígalo usted, es
cosa que cuesta poco, y además hoy debe decirlo todo buen español.
--¡Que lo diga!
--¡Que lo _iga_ pronto!"
El militar persistía en que dijera aquellas palabras, como un medio de
verse libre; pero Elías continuaba en silencio.
"Vamos padrito, pronto--dijo el matutero.
--¡No!--exclamó Elías con profunda voz y trémulo de indignación."
Entonces Tres Pesetas alzó la vara sobre el viejo; los demás se
dispusieron á acometerle, y fué preciso que el militar empleara todas
sus fuerzas y todo su prestigio para impedir un mal desenlace.
"Diga usted ¡viva la Constitución!"
--¡No!--repitió Elías. Y como si recibiera inspiración del cielo, en un
arrebato de supremo valor exclamó:
"¡Muera!"
Los cuatro desalmados rugieron con ira; pero el militar parecía resuelto
á defender á Elías hasta el último trance.
"Apartaos--dijo.--Este hombre está loco. ¿No conocéis que está loco?
--Que retire esas palabras--dijo riendo siempre Calleja, que aun en la
embriaguez blasonaba de usar con propiedad las formulas parlamentarias.
--¿Qué _rítire_ ni _ritire_?
--Si, está loco--dijo Chaleco;--y si no está loco, está bo ... bo
... borracho.
--¡Eso es ... eso ... borracho!--gritó Calleja, que al fin había
necesitado apoyarse en la pared para no caer en tierra."
Algunos vecinos se habían asomado; algunos transeúntes trabaron
conversación con el venerable Tres Pesetas, y ya sea que un ebrio se
distrae fácilmente, ya que les impusiera temor la actitud firme del
militar, lo cierto es que los cuatro amigos de Calleja dejaron en paz á
Elías, el cual, ayudado de su protector, se levantó como pudo y se puso
el gorro que casi había perdido la forma bajo los pies del matutero. El
militar, al detener con un vigoroso esfuerzo el movimiento agresivo de
Chaleco contra Elías, se rozó la mano izquierda con la extremidad
puntiaguda de la empuñadura de la navaja que el mozo llevaba en la faja.
Esta rozadura le levantó un poco la piel y le hizo derramar alguna
sangre. El militar se envolvió la mano en un pañuelo, y con la derecha
tomó el brazo del viejo. Este se hallaba magullado, roto y en un estado
de desfallecimiento tal, que no podía andar sino á pasos cortos y
vacilando á cada momento.
El militar le sostuvo con fuerza, y andando con él muy lentamente, le
preguntó dónde estaba su casa para llevarle á ella. Elías, sin
contestarle, le encaminó haciéndole señas por la calle de Alcalá,
dirigiéndose á la del Barquillo para tomar al fin la de Válgame Dios,
donde aquel buen hombre vivía.
El joven militar era sin duda poco amante del silencio, y de carácter
alegre y comunicativo, porque por el camino comenzó á hablar con
singular volubilidad, pareciendo que el obstinado mutismo del viejo
estimulaba más su prolija locuacidad.
No podemos transcribir los términos precisos en que habló éste, que
desde ahora es nuestro amigo, y nos acompañará en todo el tránsito de
esta dilatada historia; pero conociendo su carácter como lo
conocemos, es seguro que no será aventurado poner en boca suya éstas
ó parecidas palabras:
"Hay que deplorar, amigo mío, en esta imperfecta vida humana, que las
cosas mejores y más bellas tienen siempre un lado malo; fatal obscuridad
que proyecta en breve parte de su esfera lo más resplandeciente y
luminoso. Las instituciones más justas y buenas, ideadas por el hombre
para producir efectos de bien común, ofrecen en los primeros tiempos de
práctica extraños resultados, que hacen dudar á los de poca fe de la
bondad y justicia de ellas. Los hombres mismos que fabrican un objeto de
sutil mecanismo, vacilan en los primeros momentos del uso, y no aciertan
á regular su compás y reposado movimiento. La libertad política,
aplicación al gobierno del más bello de los atributos del hombre, es el
ideal de los Estados. ¡Pero qué penosos son los primeros días de
práctica! ¡Como nos aturde y desespera el primer ensayo de esta máquina!
"El mayor inconveniente es la impaciencia. Hay que tener perseverancia y
fe, esperar á que la libertad dé sus frutos y no condenarla desde el
primer día. ¿No sería loco el que plantando un árbol le arrancara
desesperado al ver que no echaba raíces, crecía y daba flores y frutos
al primer día?"
Es probable que el militar no empleara estos mismos términos; pero es
seguro que las ideas eran las mismas. Lo cierto es que al concluir
esperó á ver si su peroración producía algún efecto en el viejo; pero
éste sumamente abstraído, daba muestras de no atender á sus palabras y
de hacer en su interior otras consideraciones no menos transcendentales
y profundas.
"Es de deplorar--continuó el militar reforzando su elocuencia con un
poco de mímica,--es de deplorar que los primeros derechos concedidos por
la libertad sean mal empleados por algunos hombres. El hábito de la
libertad es uno de los más difíciles de adquirir y tenemos que sufrir
los desaciertos de los que por su natural rudeza tardan más en adquirir
este hábito. Pero no desconfiemos por eso, amigo. Usted, que es sin duda
buen liberal, y yo, que lo soy muy mucho, sabremos esperar. No
maldigamos al sol porque en los primeros momentos de la mañana produce
molestia en nuestros ojos, cuando salen bruscamente de la obscuridad y
del sueño."
Paróse por segunda vez el joven para tomar aliento y ver si la fisonomía
del anciano daba señales de aprobación; pero no observó en aquel rostro
singular otra cosa que abstracción y melancolía.
"Esos que le han detenido á usted--continuó el militar,--no son
liberales. O son agentes ocultos del absolutismo, ó ignorantes soeces
sin razón ni conciencia. O libertinos sin instrucción, ó alborotadores
asalariados. ¿Será preciso quitarles la libertad y no devolvérsela hasta
que reciban educación ó castigo? Entonces, ¿habrá libertad para unos, y
para otros no? Ha de haberla para todos, ó quitársela á todos. ¿Y es
justo renunciar á los beneficios de un sistema por el mal uso que
algunos pocos hacen de él? No: más vale que tengan libertad ciento que
no la comprenden, que la pierda uno solo que conoce su valor. Los males
que con ella pudieron ocasionar los ignorantes son inferiores al inmenso
bien que un solo hombre ilustrado puede hacer con ella. No privemos de
la libertad á un discreto por quitársela á cien imprudentes."
El joven se paró por tercera vez por dos razones: primera, porque no
tenía más que decir (insistimos en que no empleó las mismas palabras); y
segunda, porque el viejo, al llegar á su calle, se detuvo en una puerta,
y dijo: "Aquí." El viejo había concluido, y el militar iba á dejar á su
nuevo amigo; pero notó que estaba éste cada vez más desfallecido y
corría peligro de no poder subir si le abandonaba. El locuaz y discreto
joven entró, pues, en la casa sosteniendo al realista, que apenas podía
dar un paso.
La mansión de Elías se ostentaba en la mitad de la calle de Válgame
Dios, donde hacía veces de palacio. Colocada entre dos casas _á la
malicia_, aparecía allí con proporciones gigantescas, sin que por eso
tuviera más que dos pisos altos, de los cuales el superior gozaba la
singular preeminencia de ser habitado por nuestro héroe.
La fachada era mezquina, fea. El cuarto bajo servía de oficina á las
ruidosas ocupaciones de un machacador de hierro, que surtía de sartenes,
asadores y herraduras á todo el barrio del Barquillo. Los balcones del
principal eran fiel remedo de los jardines colgantes de Babilonia,
porque había en ellos muchos tiestos con flores, muchas matas que
estaban en camino de ser árboles, juntamente con tres jaulas de
codornices y dos reclamos, que por la noche daban armonía á toda la
calle. En medio de esta selva y de estos gorjeos se veía una muestra de
_Prestamista sobre alhajas_.
El portal era angosto y muy largo. Para llegar á la escalera, que estaba
en lo profundo, se corrían mil peligros á causa de las sinuosidades del
terreno, en el cual los hoyos, llenos de inmundicia, alternaban con
puntiagudos guijarros, alzados media cuarta. La escalera era angosta, y
sus paredes, blanqueadas en tiempo de Felipe V, cuando menos, se
hallaban en el presente siglo cubiertas de una venerable rapa de mugre,
excepto en la faja ó zona por donde rozaban los codos de los que subían,
la cual tenía singular pulimento. En uno de los tramos había, no un
candil, sino el sitio de un candil manifestado en una gran chorrera de
aceite hacia abajo, una gran chorrera de humo hacia arriba, y en la
convergencia de ambas manchas un clavo ennegrecido.
Llegaron al segundo, y el militar llamó. Sin duda, alguna persona
esperaba con impaciencia, porque la puerta se abrió al momento. Abrióla
una joven como de diez y ocho años de edad, que al ver el aspecto
abatido del viejo, y sobre todo al ver que un desconocido le
acompañaba, cosa sin duda muy rara en él, dejó escapar una exclamación
de temor y sorpresa.
"¿Qué hay? ¿Qué le ha pasado á usted?" dijo cerrando la puerta, después
que los dos estaban en el pasillo.
E inmediatamente marchó delante y abrió la puerta de una sala, donde
entraron los tres. El anciano no habló palabra, y se dejó raer en un
sillón con muestras de dolor.
"¿Pero está usted herido? ¿A ver? Nada--dijo la joven examinando con
mucha solicitud á Elías y tomándole la mano.
No ha sido nada--dijo el militar, que se había descubierto
respetuosamente,--no ha sido nada: pasaba hace un momento por la calle,
y cinco hombres soeces que le encontraron quisieron que cantara no sé
qué cosa, y el señor, que no estaba para cantos, se negó."
La joven miró al militar con expresión de estupor. Parecía no comprender
nada de lo que éste había dicho.
"Eran unos borrachos que quisieron hacerle daño; pero pasé yo
felizmente... No se asuste usted: no tiene nada."
Elías pareció un poco repuesto; apartó con despego á la joven, y su
semblante principió á serenarse.
"¡Ay! qué miedo he tenido esta noche--dijo la joven.--Esperándole hora
tras hora y sin parecer.... Luego esos alborotos en la calle.... A media
noche pasaron por ahí unos hombres gritando. Pascuala y yo nos
escondimos allí dentro, y nos sentamos en un rincón temblando de miedo.
¡Cómo gritaban! Después sentimos muchos golpes ... decían que iban á
matar á uno. Nosotras nos pusimos á llorar: Pascuala se desmayó; pero yo
procuré animarme, y juntas empezamos á rezar de rodillas delante de la
Virgen que está allí dentro. Después se fué alejando el ruido; sentimos
unos quejidos en la calle. ¡Ay! no lo quiero recordar. Todavía no se me
ha quitado el susto."
El militar oyó con interés estas palabras; pero sin dejar de oirlas
dirigió su atención á reconocer el sitio en que se hallaba y á examinar
el aspecto de la amable persona que en él vivía.
La casa era modesta; pero la sencillez y el aseo revelaban en ella un
bienestar pacífico.
La joven llamó su atención más que la casa. Clara (que así se llamaba,)
representaba más de diez y ocho años y menos de veintidós. Sin embargo,
estamos seguros de que no tenía más que diez y siete. Su estatura era
más bien alta que baja, y su talle, su busto, su cuerpo todo tenían las
formas gallardas y las bellas proporciones que han sido siempre
patrimonio de las hijas de las dos Castillas. El color de su rostro,
propiamente castellano también, era muy pálido, no con esa palidez
intensa y calenturienta de las andaluzas sino con la marmórea y fresca
blancura de las hijas de Alcalá, Segovia y Madrid. En los ojos negros y
grandes había puesto todos sus signos de expresión la tristeza. Su nariz
era delgada y correcta, aunque demasiado pequeña; su frente pequeña
también, pero de un corte muy bello; su boca muy hermosa y embellecida
más por la graciosa forma de la barba y la garganta, cuya voluptuosidad
y redondez contribuía á hacer de su semblante uno de los más
encantadores palmos de cara que se había ofrecido á las miradas del
militar desconocido, el cual (digámoslo de paso) era hombre corrido en
asuntos femeninos.
El peinado de Clara podía rigurosamente ser tachado de provinciano,
porque se alzaba en un moño de tres tramos sobre la corona. Este modo de
peinarse era ya desusado en la corte; pero la belleza suele generalmente
triunfar de la moda, y Clara estaba muy bien con su trenza piramidal. El
traje era de los que usaba entonces la clase no acomodada, pero tampoco
pobre, es decir, un guardapiés de tela clara con pintas de flores,
mangas estrechas hasta el puño, talle un poco alto y el corte del cuello
cuadrado y adornado de múltiples encajes.
La investigación del militar duró mucho menos de lo que hemos empleado
en describir la figura. Durante algunos segundos estuvieron los tres
personajes inmóviles el uno frente al otro sin decir palabra, hasta que
el viejo, como continuando una peroración interior, exclamó con un
repentino acceso de ira y lanzando de sus ojos rápidamente iluminados
una mirada feroz.
"¡Infames, perros! Quisiera tener en mi mano un arma terrible que en un
momento acabara con todos esos miserables. ¡Ah! Pero ellos no tienen la
culpa. Tienen la culpa los otros, los sabios, los declamadores, los que
les educan, esos malvados charlatanes que profanan el don de la palabra
en los infames conciliábulos de las Cortes. Tienen la culpa los
revolucionarios, rebeldes á su Rey, blasfemos de su Dios, escarnio del
linaje humano. ¡Oh, Dios de justicia! ¿No veré yo el día de la
venganza?"
El militar estaba atónito y algo corrido. Parecíale que aquello era una
réplica indirecta á su expresiva disertación del camino; y aunque se le
ocurrió contestarla, vió en el rostro de Elías una expresión de
contumacia y ferocidad que le intimidó. Su atención estaba en parte
reconcentrada en la compañera del realista. Clara miraba al viejo con la
indiferencia propia de la costumbre, y al mismo tiempo miraba á su
protector como si se avergonzara de la extrañeza que le causaban las
palabras del viejo.
El militar, poco cuidadoso al fin de las imprecaciones del realista,
comenzó á sentir interés hacia aquella pobrecilla, que, sin saber por
qué, le inspiró mucha lástima desde el principio.
Pero llegó un momento en que el joven sintió su situación embarazosa.
Elías continuaba en voz baja su soliloquio sin cuidarse de él; era
preciso marcharse; y eso de marcharse sin satisfacer un poco la
curiosidad y hablar otro poco con la joven, no le gustaba. Miró á Elías
con insistencia y se acercó á él; pero éste no daba muestras de fijar en
el otro la atención, ni tenía gratitud, ni afecto, ni cortesía, ni era,
al parecer, cortado por el común patrón de los demás hombres. Al fin,
viéndole tan abstraído, resolvió tomar pretexto de la protección que le
había dispensado para hacer hablar á la muchacha.
--No tema usted nada--le dijo en voz baja, apartándose hacia la
ventana.--No ha recibido golpe ninguno. Está aterrado por lo sorpresa y
la ira; pero se calmará.
--Sí, se calmará ... un poco.
--Y se pondrá contento.
--Contento, no.
--Cuidado: por usted no estará triste.
Esto, que podía pasar por una galantería, no hizo efecto ninguno en
Clara. Volvióse para mirar á Elías, que continuaba en la misma postura,
gesticulando á solas. De tiempo en tiempo profería sus adjetivos
predilectos "¡Malvados, perros!"
El militar arriesgó entonces la pregunta, y bajando más la voz, y
apartándose hasta llegar al hueco de la ventana, dijo:
"Tal vez será indiscreción la pregunta que voy á hacerle á usted;
pero me disculpa el gran interés que por ese caballero me he tomado,
y el deseo de servirle bien en lo que pueda. ¿Este señor está en su
cabal juicio?"
Clara miró al militar con expresión de gran asombro; y como si la
pregunta fuera una revelación, contestó:
--"¿Loco?..." Y después de una pausa, añadió encogiéndose de
hombros: "No sé."
La curiosidad del militar creció.
--No lo tome usted á agravio; pero su conducta, sus palabras en aquella
pendencia, lo sombrío de su aspecto, lo que ahora acaba de decir, me
hacen creer que padece una enajenación.
Clara miraba al joven con expresión que tenía algo de afirmativa.
--Yo no sé--dijo al fin.--El pobrecito padece mucho. Yo también padezco
de verle. No está nunca alegre: á veces creo que se me va á morir en un
arrebato de ira. Pasa las noches leyendo libros, escribiendo cartas, y á
veces habla consigo mismo como ahora. A Pascuala y á mí nos da mucho
miedo: la sentimos levantarse y pasear precipitadamente, dando vueltas
en este cuarto. De día sale temprano, y está fuera toda la noche.
El militar sintió aumentarse la compasión que Clara le inspiró desde el
principio, porque le parecía que aquella infeliz era una mártir, que
sufría resignada los atropellos de un loco.
--Pero usted--dijo con el mayor interés, ¿no es víctima de sus
bruscos ademanes? ¿No la maltrata á usted? Entonces sería cosa de
declararle rematado.
--¿A mí? No--dijo Clara;--no me ha maltratado nunca.
Parecerá extraño que Clara, sin conocer al militar, le hiciera
declaraciones que parecen de íntima confianza; pero esto, que en
circunstancias ordinarias sería raro, en este caso no lo era. Clara
había vivido siempre en compañía de aquel viejo: era huérfana, no tenía
parientes ni amigas, no salía nunca, no se comunicaba con nadie, se
consumía en el desierto de aquella casa, sin otra cosa que algunos
recuerdos y algunas esperanzas que luego conoceremos. Su carácter era
extremadamente sencillo: un incidente imprevisto le ponía delante á un
hombre cortés y generoso que para satisfacer su curiosidad empleaba
hábiles recursos de conversación, y ella le dijo lo que quería saber; se
lo dijo obedeciendo á una poderosa necesidad de desahogo, hija de su
aislamiento y melancolía.
El curioso no se atrevía á continuar investigando: ya iba á despedirle
mal de su grado, cuando Clara vió que tenía una mano ensangrentada, y
exclamó sobrecogida:
--¡Está usted herido!
--No es nada: un rasguño.
--Pero sale mucha sangre. ¡Jesús! tiene usted la mano destrozada.
--¡Oh! no es nada.... Con un poco de agua....
--Voy al momento.
Clara se marchó muy á prisa y volvió á poco rato, entrando en la
habitación inmediata: traía una jofaina, que puso sobre la mesa, y llamó
al militar, que no tardó en acercarse.
--¿Y tiene familia?--dijo éste tocando el agua con la mano para ver si
estaba muy fría.
--¿Familia?--contestó Clara con su naturalidad acostumbrada.--No: me
quería mucho. Yo deseo tanto que se le quiten de la cabeza esas
manías.... Antes era muy bueno para mí, y estaba muy alegre.... Yo era
muy niña entonces.
--Antes era muy bueno. ¿Y ahora no lo es?
--Sí; pero ahora.... Como tiene tantas cosas en qué pensar....
--¿Y desde cuando ha variado?
--Hace mucho tiempo, cuando hubo muchos alborotos y dijeron que iban á
matar á ... ¿al Rey?... no sé á quién. Pero antes de eso, ya estaba casi
siempre alterado. Cuando yo era muy niña ... No ... entonces salíamos
los domingos á paseo, y me llevaba á Chamartín y comíamos en el campo
con Pascuala.
--¿Y ahora no sale usted nunca de aquí?
--Nunca--dijo Clara, como si aquella soledad en que vivía fuera la cosa
más natural del mundo.
El militar se interesaba cada vez más por la persona que tan
repentinamente había conocido. Cada vez sospechaba más que aquella
infeliz era víctima de las brutalidades del fanático. Desde el sitio en
que se hallaba, veía al viejo sentado en un sillón y entregado á su mudo
frenesí. Mirando después á Clara, cuya gracia sencilla y melancólica
franqueza formaban contraste con el terrible realista, se aumentó su
confusión, su curiosidad y sus temores.
--¿Y usted no sale para distraerse, para ver y reponerse de estar aquí
encerrada tanto tiempo?--le dijo casi conmovido.
--¿Yo?... ¿para qué salgo? Me pongo triste cuando salgo. No veo la calle
sino cuando voy á las Góngoras los domingos muy temprano; pero al verme
fuera, me parece que estoy más sola que aquí.
--¿Y él no tiene empeño en que usted se divierta, en que pase
agradablemente la vida?--dijo el militar casi asustado de su curiosidad
y mirando de soslayo á Elías para ver si atendía á su conversación.
--¿El? Pero yo no quiero divertirme ... porque ... ¿qué voy yo hacer
fuera de aquí? El dice que debo estar siempre en la casa.
--¿Pero usted no trata á nadie, no ve á nadie?
--A Pascuala, que me quiere mucho.
Ya el militar tenía ganas de saber quién era aquella Pascuala.
--¿Y esa Pascuala es amiga de usted?
--Es la criada.
--Ya... ¿Y no tiene usted más amiga? A la edad de usted es natural y
conveniente la amistad de las jóvenes, y, sobre todo, no se puede vivir
de esa manera. Es preciso....
--Yo estoy bien así. El dice que no debo conocer á nadie.
--¿Y la obliga á usted á llevar esta vida tan triste?
--No me obliga. Yo, si quisiera, podría salir. El no está nunca aquí.
Pero yo ... Dios me libre ... ¿A dónde había de ir?
El militar no sabía qué pensar. ¿Qué relaciones existían entre aquel
monomaníaco y aquella joven? ¿Sería su padre, su marido?...--No--decía
para sí.--Es repugnante sospechar que puedan existir los vínculos del
matrimonio entre los dos.
--No extrañe usted mis preguntas--dijo, continuando con
ansiedad;--pero me interesan mucho ustedes dos. ¿Y á él nadie le
visita, nadie viene á verle?
--Conoce mucho á unas señoras, que llaman las señoras de Porreño. Son
nobles y fueron muy ricas.
--¿Y vienen aquí?
--Muy pocas veces. Él las quiere mucho.
--Y esas, que presumo serán personas de buenos sentimientos, ¿no le
tienen á usted cariño, no la quieren?
--¿A mí? Una vez me dijeron que yo parecía ser una buena muchacha.
-¿Y nada más? ¿No le han dicho más?
--¡Ah! son muy buenas. El dice que son muy buenas. Una de ellas dicen
que es santa.
Estas declaraciones eran hechas por Clara con una ingenuidad tan
espontánea, que conmovía al que pudiera oirlas. Para que el lector, que
aún no conoce la infinita bondad de este carácter, no estrañe la
franqueza leal y la sublime indiscreción de la pobre Clara, añadiremos
que durante años enteros esta desgraciada no veía más persona que don
Elías, Pascuala, y á veces, muy de tarde en tarde, las tres melancólicas
efigies de las señoras de Porreño. Su vida era un silencio prolongado y
un hastío lento. Tan solo pudieron reanimarla y darle alguna felicidad
los cuarenta días que, seis meses antes de estos sucesos, había pasado
en Ateca, pueblo de Aragón, á donde Elías la mandó para que disfrutara
del campo. Más adelante veremos por qué tomó Elías esta determinación, y
lo que resultó del viaje de Clara.
--Pero es posible--continuó el militar, olvidado de que Elías estaba
cerca--¿es posible que pase usted la vida de esta manera, sin más
compañía que la de ese hombre? ¿Y no ha salido usted nunca de aquí, no
ha ido al campo?
--Sí; estuve unos días fuera, hace seis meses.
--¿En dónde?
--En Ateca. El me mandó. Me puse mala, y fuí allá á restablecerme.
Estuve en su pueblo.
--Ya.--dijo el militar, contento de haber encontrado un motivo, aunque
pequeño, para suponer que aquel hombre no era enteramente feroz.
--¿Y lo pasó usted bien?
--¡Ah! sí: me alegré mucho de estar allí.
--¿Y no quiera usted volver?
--¡Oh! sí,--exclamó Clara, sin poder contener una exclamación expansiva.
--Usted no debe estar aquí; usted tiene el corazón más bondadoso que
puede existir. ¿Para qué, sino para la sociedad, puede haber creado Dios
un conjunto de gracias y méritos semejante? ¡A cuántos podría usted
hacer felices! ¿No ha pensado en esto? Piense usted en esto.
Clara no pareció hacer caso de la galantería. Quedó en silencio y
con los ojos bajos, tal vez ocupada en _pensar en aquello_, como el
joven le aconsejó. ¿Quién sabe cuáles serían sus reflexiones en
aquellos momentos?
El curioso esperaba una contestación, cuando Elías, mirando hacía la
habitación en que hablaban, exclamó:
"¡Clara, Clara!"
El militar se dirigió rápidamente hacia él, y disimulando su
turbación, le dijo:
"Caballero, no he querido marcharme hasta estar seguro de su mejoría.
Aquí le contaba á esta niña el caso, y le hacía una relación de la
imprudencia de aquellos hombres. Ya le veo á usted tranquilo y fuerte, y
me retiro, diciéndole que puede disponer de mí para cuanto yo pueda
serle útil.
--Gracias--contestó secamente Elías.--Clara, acompaña á este caballero.
Era preciso retirarse; ya no había pretexto alguno para permanecer allí.
Su mano estaba perfectamente vendada, y su protegido le había indicado
la puerta. El impresionable joven no sabía que hacer para no salir. Miró
á Clara para ver si leía en sus ojos el deseo de que no se marchara;
pero ella manifestaba la mayor indiferencia, y hasta se había adelantado
á abrir la puerta.
No había mas remedio. El militar tendió una mano al realista, que alargó
dos dedos fríos y huesosos, y salió de la sala; al llegar á la puerta,
quiso entablar de nuevo la conversación; pero la reverencia que le hizo
la joven acabó de desesperarle. Salió, y se paró fuera otra vez.
--No olvide usted lo que le he dicho. Usted no puede vivir de esta
manara--dijo, bajando el primer escalón.--Es preciso que usted...
--¡Clara, Clara!--exclamó el fanático desde dentro con voz fuerte."
Clara cerró la puerta, y el militar se quedó cortado y aturdido en la
escalera. Su primer intento fué llamar otra vez, llamar hasta que ella
saliera; pero reflexionó en lo imprudente de semejante conducta. Bajó
con lentitud.--¿Qué misterio hay en esta casa?--decía para sí.--Al
hallarse en la calle, sintió mas viva su curiosidad, y la compasión
hacia la joven era mas intensa.--¿Es su hija, es su mujer, es su
sobrina, es su protegida?--exclamó.--¡Oh! No es posible renunciar á
saber los secretos de esta casa. ¿Cómo renunciar á oírlos de la boca de
Clara, que los contaba con tanta ingenuidad?
Anduvo un buen trecho por la calle, y se paró, miró á la casa. Ella
misma no me recibirá--dijo:--esto ha sido una casualidad. Y si vuelvo
¿con qué pretexto?... ¡Cuánto debe padecer esa infeliz! Tiene cara de
sufrir mucho ... en compañía de esa fiera, sin ver á nadie ni hablar
con nadie....
Maquinalmente se dirigió otra vez á la casa, y continuando su
soliloquio, decía:--Tal vez la riña por haber hablado conmigo; tal vez,
aparentando distracción, oyó cuanto me dijo, se habrá ofendido y la
maltratará.
Entró, subió, procurando no ser sentido. Llegó á la puerta y se detuvo.
Su mano tornó maquinalmente el cordón de la campanilla. Si hubiera
sentido el menor rumor de disputa; si hubiera sentido la voz agria del
viejo, habría llamado con todas sus fuerzas. Pero nada sintió; aplicó el
oído. Un silencio sepulcral reinaba en la casa. De repente sintió una
voz de mujer que cantaba, sintió pasar una persona rápidamente por el
pasillo en que estaba la puerta; sintió el ruido del traje, rozando con
las paredes al correr, y sintió la voz, la voz que, al pasar tan cerca,
resonó con timbre delicado y expresivo. Era Clara, que cantaba y corría.
¿Era acaso feliz? Nuevo misterio.
El curioso se sintió más confundido: soltó el cordón, y paso á paso, y
muy quedito, bajó mirando á todos lados con cautela como un ladrón.
Salió á la calle: marchó resuelto á alejarse: llegó á la esquina, se
paró, miró á la casa, y al fin, tomando una resolución, emprendió su
camino en dirección á su casa, donde le dejaremos por ahora preocupado y
aturdido; para volver á ocuparnos de los amigos de la calle de Válgame
Dios, cuya vida y caracteres necesitan historia y explicación.
CAPÍTULO IV
#Coletilla.#
El hombre extraño, que conocemos con el nombre de Elías, nació allá en
el año 1762 en el pueblo de Ateca, lugar aragonés que se encuentra como
vamos de Sigüenza á Calatayud. Fueron sus felices padres Esteban Orejón
y Valdemorillo y Nicolasa Paredes: él, labrador honrado; ella, hija
única del vinculero más rico del vecino pueblo de Cariñena. A los nueve
meses justos de matrimonio nació un tierno vástago que, por las
circunstancias que á la preñez y al parto acompañaron, á grandes empresas
y notables prodigios estaba destinado. Es el caso que doña Nicolasa tuvo
allá por el quinto mes un sueño extraordinario, en el cual vió que el
fruto de su vientre, ya crecido y entrado en años, era arrebatado al
cielo en un carro de fuego; más tarde la buena señora daba en soñar
todas las noches que su hijo era consejero del Despacho, padre
provincial, venticuatro, racionero, deán y hasta obispo, rey, emperador
ó, cuando menos, papa ó archipapa.
Llegó al fin el alumbramiento, y encomendándose á Dios y á cierto
comadrón que había en Ateca, hombre de gran ingenio, dió á luz un niño,
el cual no entró en el mundo con señales de elegido entre los elegidos,
sino tan flaco, enteco y encanijado, que no parecía sino que su madre,
distraída en aquel perpetuo soñar de coronas y tiaras, había apartado su
organismo de la nutrición del muchachejo.
Pero aunque éste nació como cualquier hijo del hombre, no por eso
dejaron de verificarse al exterior algunos prodigios. Observóse en el
cielo de Ateca la conjunción nunca vista de las siete Cabrillas con
Mercurio; la luna apareció en figura de anillo, y al fin salió por el
horizonte un cometa que se paseó por la bóveda del cielo como Pedro por
su casa. El boticario del pueblo, que se daba á observar los astros,
entendía algo de judiciaria y tenía sus pelos de nigromante, vió todas
aquellas cosas celestiales aparecidas en el cielo de Ateca, y dijo con
gran solemnidad que eran señales de que aquel niño sería pasmo y gloria
del universo mundo. La conjunción significaba que dos naciones se
unirían contra él; el cometa que él los vencería á todos, y el anillo de
la luna á cualquiera se le alcanzaba que era signo de la inmortalidad.
"Porque--decía don Pablo (que así se llamaba el boticario)--á mi no se
me escapa nada en esto de círculos celestiales; y cosa que yo barrunto,
ello ha de ser verdad, como esto es chocolate."
Efectivamente: chocolate, y del mejor de Torroba, era el que durante los
solemnes augurios tomaba, merced á la gratitud generosa de los Orejones.
En el bautismo hubo un holgorio que déjelo usted estar. Hubo en gran
abundancia vino aragonés, grandes ensaimadas, bollos de á cuarta,
hogazas de á media vara, gran pierna de carnero, pimientos riojanos y
unos bizcochos como el puño, fabricados por las monjas del Carmen
Descalzo de Daroca. El más obsequiado era don Pablo á causa de sus
augurios, que él consideraba dignos de grabarse en bronces y pintarse en
tablas. Entusiasmado por la generosidad con que pagaban sus trabajos
astronómicos, compuso una décima en que llamaba á los Orejones
_protectores de la ciencia_.
El niño crecía. Inútil es decir que durante su infancia parecían
adquirir fundamento las esperanzas de sus padres. ¡Qué precocidad! Todo
lo que el niño hacía era prodigioso nunca visto ni oído. Abría la boca
para articular una sílaba: ya había dicho una sentencia. ¿Pedía la teta?
Aquello era, según la opinión del astrólogo, un incomprensible aforismo.
Pasaban dos, cuatro y seis años, y con la edad crecía la fama del joven
Orejoncito.
¿Sabe usted lo que he visto, señora Nicolasa?--decía el farmacéutico
un día con cierto tono de misterio que asustó á la buena mujer.
--¿Qué hay, señor don Pablo Bragas?
--Que Elisico estaba ayer jugando con unas gallinas, y les pegaba á los
pollos con una caña, que á ser manejada por más fuertes manos, no les
dejara con vida. "Muchacho, le dije: ¿por qué castigas á esos
animalejos?" "Porque son pollos, contestó, y los quiero matar."--"¿Y qué
te han hecho, verduguillo."--"Les estoy mandando que digan _pío_, y no
quieren." Vea, usted, señora doña Nicolasa, vea usted. Esto está fuera
de lo común, por la sentencia y el gran tuétano que encierra: _Quia
pulii sunt_. Lo mismo dijo el Dialéctico cuando zurraba á los
jansenistas: _Quia, heretici sunt!_
Doña Nicolasa Paredes, dicho sea en honor de la verdad, no comprendía
muy bien el _tuétano_ que encerraban las palabras de su hijo; pero
agradecida á las cariñosas profecías de don Pablo Bragas, tendió un
mantel y puso delante del amigo una taza de sopas en caldo gordo, que
darían rabia á un teatino.
Elías creció mas, y siguiendo la discreta opinión de un lector del
convento de dominicos de Tarazona, que fué á predicar á Ateca el día de
la Patrona del pueblo, le mandaron á estudiar humanidades con los padres
de dicho convento. Ya tenía doce años; allí creció su reputación, y á
poco fué tan gran latino, que ni Polibio, ni Eusebio, ni Casiodoro se le
igualaran.
Tenía quince años cuando se celebró un consejo de familia para resolver
si se le mandaba al Seminario de Tudela ó á la Universidad de Alcalá;
pero al fin fueron tantas y de tanto peso las razonas de don Pablo
Bragas en favor de la Complutense, que se adoptó su dictamen. El
prodigio de la Naturaleza fué puesto sobre un macho, en compañía da unas
alforjas que encerraban algunas, tortas y dos azumbres de vino, y
después de algunos lloriqueos de doña Nicolás y de algunos dísticos que
ensartó el de los astros, Elías partió en dirección de la patria del
inmortal Cervantes, adonde llegó en cuatro días: de viaje.
Entonces doña Nicolasa tuvo una hija. Ningún trastorno sufrió la
Naturaleza en su nacimiento.
Elías estudió en Alcalá cánones y teología. Durante sus estudios, en
que mostró grande aplicación, los maestros no cesaron de poner en las
mismas nubes al que tanto honraba la ilustre estirpe de los Orejones.
Unos esperaban en él un Luis Vives, otros un Escobar, cuál un Sánchez,
cuál un Vázquez ó un Arias Montano. Y efectivamente, el joven era
aplicado. Pasábase las noches en vela, devorando á Eusebio, á Cavalario
y á Grotius. Atarugábase con enormes raciones diarias del libro _De
locis teologices,_ y cuando iba á clase descollaba entre todos.
Entonces principiaron á marcarse los rasgos fundamentales de su
carácter, el cual consistía en orgullo muy grande, unido á gran
sequedad de trato y á rigidez de maneras, por lo cual sus compañeros no
le tenían ningún cariño.
Pero su reputación de sabio era general. Fué á su pueblo, y al entrar en
él lo primero que vió fué la venerable efigie de don Pablo Bragas, que
le saludó con un pomposo arqueo de cintura. Junto á él estaban el
alcalde, el cura y lo más notable de Ateca, incluso el herrador. Bragas
sacó un papel del bolsillo y leyó un discurso, mitad en latín y mitad en
castellano, que aplaudieron todos menos el obsequiado. En la casa le
esperaban la señora Nicolasa, que se estaba poniendo vieja, y Orejón
_senior,_ que se conservaba muy fuerte. Su pequeña hermana era ya una
muchacha; pero la pobre más fama tenía de traviesa que de sabía. Hubo
una pequeña fiestecilla de confianza con abundancia de bollos, de los
cuales la mitad (sea dicho en honor de la imparcialidad) fueron
consumidos por don Pablo Bragas.
En el pueblo continuó Elías consagrado al estudio. Su sequedad aumentó,
y se determinó más su orgullo; pero los padres no notaban tal cosa, y
estaban amartelados con el joven. Si alguna vez los ofendía
momentáneamente la rigidez de su trato, contentábanse luego con oír de
boca de Bragas un panegírico, cuyo epílogo era siempre tazón de
chocolate ó magra de gran calibre.
Elías tenía treinta años cuando marchó á la Corte. No sabemos si él, al
tomar esta determinación, soñó con adquirir la gloria que los astros,
por boca de un sabio, habían anunciado. El, sin duda, tenía dispuesto
algún plan. Al llegar á Madrid trabó relaciones muy íntimas con los
Padres del convento de Trinitarios, que eran sabios como unos templos.
Hizo asimismo estrechas relaciones con un señor de la nobleza
perteneciente á la casa ilustre de los Porreños y Venegas, marqueses de
la Jarandilla; y tomó tal afición á esta familia, que la sirvió
fielmente en la prosperidad, y fué su mayordomo, aun después de la ruina
de la casa, acontecida al fin de la guerra. Al estallar ésta en 1808,
Elías dejó sus costumbres sedentarias, sus Pandectas, su Digesto y sus
Dacretales, para militar en las filas de Echevarri y el Empecinado;
hizo con el primero toda la campaña de Navarra, y organizó una porción
de somatenes en Castilla al pasar Napoleón de vuelta de Madrid.
Concluida la guerra, pasó por su pueblo: su padre había muerto; su
hermana era ya mujer y se había casado con un pariente labrador; su
madre estaba tullida y enferma. Bragas había perdido su buen humor y su
afición á los astros; pero no su amor á Elisico, ni el convencimiento
profundo de que _dos naciones se unirían contra él, y que él las
vencería á las dos_.
En Ateca supo el incremento que tomaba el partido constitucional y el
entusiasmo con que en toda la Península era mirada la Asamblea de Cádiz.
Advirtamos que Elías detestaba de muerte á los constitucionales. Aquel
hombre, que desde que tuvo uso de razón no vivió sino con la
inteligencia, ni en su juventud experimentó los naturales sentimientos
de amistad y afecto, estaba á los cuarenta años enardecido con una
fuerte y violentísima pasión. Esta pasión era el amor al despotismo, el
odio á toda tolerancia, á toda libertad; era un realista furibundo,
atroz, y su fanatismo llegaba hasta hacerle capaz de la mayor
abnegación, del sacrificio, del martirio. Su carácter era apasionado por
naturaleza, aunque los asiduos estudios le habían comprimido y
desfigurado. Pero al llegar á aquella época, en que era imposible á todo
español apartar la vista del gran problema que se trataba de resolver,
la escondida vehemencia de sentimientos de Elías se manifestó, y no en
forma de amor, ni de avaricia, ni de ambición: se manifestó en forma de
pasión política, de adhesión frenética á un sistema y odio profundo al
contrario.
Como consecuencia de esta evolución de su carácter, se desarrollaron en
él una fuerza de voluntad y una energía tales, que le hubieran llevado á
los más grandes hechos, á tener ocasión para ello. Su inteligencia, que
era muy perspicaz y cultivada del modo que hemos dicho, prestaba más
fuerza á aquel sentimiento exagerado; y el consorcio extraño de sus
facultades intelectuales con su gran pasión, unido á su trato indomable,
hacía de él uno de esos seres monstruosos, que la observación
superficial califica ligeramente de este modo: un loco.
Hundido el sistema constitucional en 1814, Elías fué feliz; pero no por
eso vivió tranquilo, porque comenzó á tomar parte en la vida activa de
la política, que es en todas ocasiones una vida poco agradable. Trabó
amistad con el duque de Alagón, individuo de la odiosa camarilla;
entraba en los conciliábulos de Palacio, y se _honró_ con la amistad de
aquel príncipe que deshonró á su patria. Entonces tomaba parte en los
sordos manejos de aquella corte infame.
Pero vino el año 20, y nuestro personaje entró en el período de rabia
crónica, de desorden moral y frenética tenacidad en que le hemos
conocido. Ya sabemos poco más ó menos cómo vivía: su actividad había
redoblado, y conspiraba con una constancia de que no se ha visto
ejemplo. En relaciones secretas con la corte, procuraba organizar una
reacción, y todos los medios se adoptaban si conducían al fin deseado.
Iba á los clubs, atizaba alborotos, frecuentaba las reuniones de
realistas y aun de los liberales. Todo lo averiguaba y lo aprovechaba
todo. Pero ya sonaban públicamente algunas acusaciones contra él; ya se
decía que había pertenecido á la camarilla: ya se le indicaba como
conspirador, y más de una vez se vió amenazado por gentes que pretendían
conocerle ó le conocían en efecto.
Todos los que le conocían de vista en los círculos patrióticos le
llamaban _Coletilla_, apodo elaborado en la barbería de Calleja, algunos
días después del famoso aditamento que puso el Rey al discurso de la
Corona. Aquel apéndice literario, que tan mal efecto produjo, era
designado en el pueblo con la palabra _Coletilla_. La idea de que Elías
era amigo del Rey, unió en la mente del pueblo la persona del fanático y
aquella palabra: los nombres que el pueblo graba en la frente de un
individuo con su sello de fuego, no se borran nunca. Así es que Elías se
llamaba así, para todo el mundo.
Sus pocos amigos únicamente se cuidaban bien de nombrarle así.
Concluiremos consagrando un recuerdo á uno de los principales héroes de
este capítulo. Nuestro amigo don Pablo Bragas murió en Ateca á los
noventa y un años de edad, de calenturas gástricas, debidas al doble
efecto de un hartazgo de salpicón y de un constipado que cogió
examinando la conjunción de Arcturus con Marte en una noche de Enero.
Desde entonces la astronomía está en Ateca en lastimosa decadencia.
CAPÍTULO V
#La compañera de Coletilla#.
En Diciembre de 1808 militaba Elías, como hemos dicho, en una partida
que había levantado en Segovia el Empecinado. Tuvieron varios
encuentros con los franceses, hasta que Soult, que salió en persecución
de Moore, encontró á los guerrilleros y les hizo retroceder hacia
Valladolid; de allí siguieron avanzando hacia el Norte y llegaron hasta
Astorga. Elías se quedó en Sahagún con unos cuantos hombres, dispuestos
á organizar allí una partida considerable que hostilizara á Ney en su
salida de Galicia.
En Sahagún había un coronel segoviano que, habiéndose casado allí, vivía
retirado del servicio militar. Era hombre de elevado carácter, de mucho
corazón y de bien cultivada inteligencia; había sido muy rico, pero
deparóle el cielo ó el infierno una esposa que ni de encargo hubiera
salido tan díscola, intratable y antojadiza. El pobre militar hacía
cuanto era imaginable para dominar el carácter de aquel basilisco, en
quien parecían haberse reunido todas las malas cualidades que la
naturaleza suele emplear en la elaboración de las mujeres. Empezó por
hacerse excesivamente devota, y tal era su mojigatería, que abandonaba á
su marido y su casa para pasarse todo el santo día entre monjas, padres
graves, cofrades, penitentes, sin ocuparse más que de rosarios,
escapularios, letanías, horas, antífona y cabildeos. Vivía entre el
confesonario, el locutorio, la celda y la sacristía, hecha un santo de
palo, con el cuello torcido, la mirada en el suelo, avinagrado el gesto,
y la voz siempre clueca y comprimida.
En los pocos momentos que pasaba en su casa era intratable. En todo
cuanto decía su pobre marido encontraba ella pensamientos pecaminosos;
todas las acciones de él eran mundanas: le quemaba los libros, le sacaba
el dinero para obras pías, le llenaba la casa de padres misioneros,
teatinos y premostratenses; y en cuanto se hablaba do conciencia y de
pecados, empezaba á mentar los de todo el mundo, sacando á la
publicidad de una tertulia frailuna la vida y milagros del vecindario,
para condenarla como escandalosa y corruptora de las buenas costumbres.
En tocando á este punto le daban arrebatos de santa cólera, y entonces
no se la podía aguantar.
Pero de repente la insoportable beata se volvió del revés; el fondo de
su carácter era una volubilidad extremada. Cambiando repentinamente,
adoptó un género de vida muy mundano: se salía de capa y se andaba por
esos mundos dando zancajos con el pretexto de que tenía una fuerte
afección moral y necesitaba distracción. Acompañábala algún militar
joven ó algún abate verde. Su marido, viendo que era imposible detenerla
en casa, tuvo que consentir en aquella vida voladera; que si bien le
costaba una parte de su fortuna, le libraba por algún tiempo de las
impertinencias de aquel demonio.
La tercera metamorfosis de doña Clara fué peor. Le dió por ponerse
enferma, y entonces no había malestar, ni dolencia, ni afección crónica,
ni ataque agudo que no viniera á afligir su cuerpo. Agotó todos los
ungüentos, específicos y tisanas; puso sobre un pie á todos los
boticarios, curanderos, médicos y protomédicos, y visitó todos los baños
minerales de España, desde Ledesma á Paracuellos, desde Lanjarón á
Fitero. Lo único que parecía aliviarla era el circunstanciado relato de
sus males que hacía á todos los teatinos, franciscanos, mínimos y
premostratenses, con quienes volvió á entibiar místicas relaciones.
Chacón, su pobre esposo, cogía el cielo con las manos, y aun llegó á
aplicarle el eficaz cauterio de unos cuantos palos, que no produjeron
otro efecto que recrudecer la feroz impertinencia de aquel enemigo.
Al mismo tiempo la fortuna del matrimonio tocaba á su término, y el
desventurado marido temblaba al considerar qué sería en lo porvenir de
su pobre hija, entonces de cinco años de edad. La devota, la enferma
había tenido, antes de ser enferma y devota, una niña que se llamaba
Clara, como ella, único fruto de aquel malaventurado matrimonio.
Doña Clara se curó cuando lo tuvo por conveniente, y se entregó de nuevo
á las cosas de la Iglesia, tomándolo tan á pechos que no había día en
que no se mortificase con disciplinazos, que se oían desde la calle.
Estábase de rodillas y en cruz una hora seguida; cuando empezaba á
contar los éxtasis que _le daban_ y las visiones que _tenía,_ era el
cuento de las cabras de Sancho. El esposo pedía á Dios que le librara
de aquel infierno vivo. Doña Clara no amaba á su hija ni á su esposo, y
éste que la había amado mucho, concluyó por aborrecerla.
Al fin _la Chacona_ (así la llamaban en el pueblo) dejó otra vez la
vida devota, y de la noche á la mañana se marchó á Portugal á _tomar
aires_. Felizmente Dios la iluminó, y de Portugal se fué al Brasil
con unos misioneros. No se supo más de ella. El pundonoroso y leal
esposo respiró: estaba libre, pero pobre, enteramente pobre sin otra
cosa que un sueldo mezquino; tranquilo en cuanto á lo presente, pero
inquieto siempre que pensaba en aquella niña infeliz que iba á quedar
en la miseria.
En la mitad de Diciembre de 1808 todo el pueblo de Sahagún salió al
camino real lleno de curiosidad. El emperador Napoleón I pasaba por allí
para dirigirse á Astorga en persecución de los ingleses. Llegó al
pueblo, descansó dos horas, y siguió su camino, seguido de una gran
parte del ejército que ocupaba á España. Cuando los franceses, guiados
por Napoleón, estuvieron lejos, Sahagún se atumultuó; tomaron las armas
todos los jóvenes, y mandados por Elías y el cura de Carrión, se
disponían á pelear con unos regimientos franceses, que al día siguiente
habían de pasar por allí para unirse al cuerpo del ejército.
Aquella tarde Chacón abrazaba y besaba tiernamente á su hija, que, al
ver llorar á su padre, lloraba también sin saber porqué. El coronel
tenía un proyecto, el único que podía darle alguna esperanza de asegurar
en lo futuro el bienestar de Clara. Había resuelto entrar en campaña,
avanzar en su carrera y seguir á la nación en aquella crisis, seguro de
que le pagaría sus servicios. Escribió al Empecinado pidiéndole órdenes,
y éste le contestó que se pusiera al frente de los 500 hombres de
Sahagún, y procurase batir á los regimientos franceses que iban á unirse
con Napoleón en Astorga. El bravo militar, aclamado jefe de la partida
que Elías y el cura de Carrión organizaron, salió aquella noche, dejando
á su hija en poder de dos antiguas criadas. Situáronse á un cuarto de
legua del pueblo, y al amanecer del siguiente día se vieron brillar á lo
lejos las bayonetas de los franceses. La guerrilla les hostilizó con
fuegos esparcidos: al principio, los franceses vacilaron con la
sorpresa; mas repuestos un poco, atacaron á los nuestros. El combate fué
encarnizado. Elías y Chacón se miraron con angustia. "¡Son tres veces
mas que nosotros!--dijo Chacón;--pero _no importa_: ¡adelante!"
Retrocedieron hasta la entrada del pueblo: allí la lucha fué horrible.
Desde las ventanas, desde las esquinas disparaban los paisanos contra
el enemigo, cuyas filas se diezmaban. El coronel mandaba á los suyos con
un denuedo sin ejemplo. A la partida unióse al fin el resto del pueblo.
Un esfuerzo más, y los franceses eran vencidos. Este esfuerzo se hizo:
costó muchas vidas; pero los franceses, no queriendo perder más gente,
emprendieron la retirada hacia Valencia de Don Juan.
El pueblo todo les siguió, con Chacón á la cabeza; pero aún no había
andado éste veinte pasos, cuando fué herido por una bala: dió un grito y
cayó bañado en su sangre. Las mujeres le rodearon, llorando todas al
verle herido; él dijo algunas palabras, volvieron los suyos, y entre
cuatro le llevaron á su casa. Antes de llegar á ella ya estaba muerto.
Reinaba en el pueblo la consternación, porque habían perecido muchos
hijos y muchos maridos; las madres y las esposas gritaban por las calles
con amargos y dolorosos lamentos. Delante de la puerta de la casa de
Chacón había un grupo de mujeres silenciosas que contemplaban el cadáver
del coronel, teñido en sangre, con la frente partida y destrozado el
pecho. Algunos niños, en quienes podía más la curiosidad que el miedo,
se habían acercado hasta tocarle los dedos, las espuelas y el cinturón.
Nadie hablaba en aquella escena, y sólo la pobre Clarita, consternada al
ver que todos la miraban llorando, comenzó á llamar con fuertes voces á
su padre, cuya muerte no comprendía.
--Qué niña es ésta?--preguntó Elías.
--Es su hija,--contestó una mujer que la tenía abrazada.
--¿Y no tiene madre?--
--No, señor,--
--¿Y qué vamos á hacer de ella?--dijo Elías mirando al cura de Carrión y
á los demás cabecillas del tumulto.
Todos se encogieron de hombros y besaron á Clara.
--Nosotros nos quedaremos con ella,--dijeron las dos mujeres que habían
servido al coronel cuando era rico.
--No--dijo Elías:--yo la recojo. Me la llevaré conmigo, la educaré.--
Las mujeres aquellas eran muy pobres. Gran cariño les inspiraba Clarita;
pero al tenerla á su lado la condenaban á ser pobre como ellas para toda
la vida. Consideraban á don Elías como persona de posición y carácter, y
no dudaron, por lo tanto, en dejarle la niña.
Permaneció, sin embargo, en Sahagún hasta 1812, época en que el
realista dejó las armas y se retiró á Madrid. Entonces le acompañó
Clara, que no pudo separarse de sus pobres amigas sin llorar mucho, ni
pudo acostumbrarse tampoco á mirar cara á cara á su protector, porque le
daba mucho miedo.
Grande fué su tristeza cuando al despertar en un hermoso día de Mayo se
encontró entre las obscuras paredes de la casa que conocemos en la calle
de Válgame Dios; y esta tristeza aumentó cuando la llevaron al
convento-colegio de ciertas hermanas de una Orden famosa, que enseñaban
á las niñas del barrio lo poquito que sabían. Tenía la escuela todo lo
sombrío del convento, sin tener su claustro melancólico y su dulce paz.
Dirigíanla unas cuantas viejas, entre quienes descollaba por su
displicencia, fealdad y decrepitud una tal madre Angustias, que usaba
una caña muy larga para castigar á las niñas, y unas antiparras verdes,
que más que para verlas mejor, le servían para que las pobrecillas no
conocieran cuándo las miraba.
Las niñas se levantaban muy temprano, y rezaban; almorzaban unas sopas
de ajos, en que solía nadar tal cual garbanzo de la víspera, y después
pasaban al estudio, que era ejercicio de lectura, en el cual desempeñaba
el principal papel la caña de doña Angustias. Trazaban luego, por
espacio de dos horas, sendos garabatos en un papel rayado; y después de
contestar de memoria á las preguntas de un catecismo, cosían tres horas
largas, hasta que llegaba la del juego. El recreo tenía lugar en un
patio obscuro y hediondo, cuya vegetación consistía en un pobre clavel
amarillento y tísico que crecía en un puchero inservible, erigido en
tiesto de flores. Las niñas jugaban un rato en aquella pocilga, hasta
que la madre Angustias sonaba desde su cuarto una siniestra campanilla,
que reunía en torno á su caña á los tristes ángeles del muladar.
Después de comer llevaba el rosario la madre Brígida, por no poder
hacerlo la madre Angustias, á causa del asma que la afligía,
entrecortándole la voz. Aquel rosario era interminable, porque detrás de
sus infinitos paternóster venían las letanías, llagas, misterios,
jaculatorias, oraciones, gozos y endechas místicas. La noche las
sorprendía en aquel devoto ejercicio, y era muy común que alguna de las
chiquillas, rendida bajo el peso moral de tan monótono y cansado rezo,
bostezara tres veces y se durmiera al fin benditamente. Parapetada
detrás de sus antiparras, la madre Angustias observaba los bostezos y
acariciaba su caña dictatorial sin decir palabra á la culpable,
esperando á que se durmiera, y entonces ¡ira de Dios! le sacudía un
cañazo, seguido de una retahila de insinuaciones coléricas. Las otras
niñas, que no esperaban más que un motivo de distracción y
entretenimiento, al ver la triste figura que hacía su compañera al
despertar bruscamente, soltaban la risa, se interrumpía el rezo, gruñía
la madre Brígida, cacareaba la madre Angustias, y llovían los cañazos á
diestra y siniestra. Al anochecer continuaban las lecciones y el
catecismo. La madre Angustias les decía: "Ahora el ca ... ca ...
tecismo. Madre Brí ... Brí ... Brígida, la que no lo sepa, al ca ... ca
... caramanchón."
Y se marchaba á acostar, porque padecía de ciertos ahoguillos, y tenía
que ponerse todas las noches paños calientes en el estómago.
Clarita y otras niñas de la escuela creían á pie juntillas que la madre
Angustias no tenía ojos, y que todas sus facultades ópticas residían en
aquellos dos temibles vidrios verdes, engastados en una armazón rancia y
enmohecida; y acontecía que para imitarla cortaban dos redondeles de
papel verde del forro del catecismo y se lo pegaban con saliva en los
ojos, con lo cual se morían de risa. Como no podían ver gota con
aquellos parches, sorprendiólas un día la madre Petronila, que era un
vinagre, y después de darles muchos coscorrones, las condenó á no comer
ni jugar aquel día, ¡Qué horas pasaron las pobres!
Otra vez se hallaban todas en el patio, y ocurriósele á un pajarito muy
flaco meterse allí por el tejado y posarse, después de chocar en los
muros, en el entristecido clavel. ¡Qué algazara se armó! Aquél fué el
mayor acontecimiento del año. Con pañuelos, con mantos, con cuanto
hallaron á mano, le persiguieron hasta cogerle; atáronle un hilo en una
de las patas, y Clara le guardó muy bien en un cajoncillo donde tenía la
costura. A escondidas le echaban de comer por las noches; pero el
animalito enflaquecía y se ponía más triste cada vez. Una noche, en el
momento en que el rezo iba á principiar, Clara tenía abierto el
costurero, y fingiendo arreglar dentro de él alguna cosa, se ocupaba en
abrirle la boca al pajarito y meterle á la fuerza unas migajas de pan
que había guardado en el bolsillo, cuando de repente alzó el vuelo el
animal, revoloteó por la habitación con el hilo atado en la pata, y fué
á pararse ¿dónde creeréis? en la misma cabeza de doña Angustias, que al
verse profanada de aquel modo, tomó tal cólera, que el asma le ahogó la
voz y estuvo gesticulando en silencio diez minutos, roja como un tomate.
Clara se quedó yerta de miedo.
"Cla ... Cla ... Cla ... rita--exclamó la madre Angustias ciega de
furor.--¡Niña mal ... mal criada! ¡Qué desaca ... ca ... cato es éste?
Esta noche al ca ... ca ... caramanchón."
Clara fué condenada aquella noche á dormir en el caramanchón, última
pena que sólo se aplicaba muy de tarde en tarde á los más negros y
raros delitos. Doña Angustias continuó en su cacareo hasta que vió
cumplida la terrible orden; y á la hora en que acostumbraban á
recogerse, Clara fué llevada al presidio, que era un desván obscuro,
fétido y pavoroso. La pobrecilla no cabía en sí de miedo al verse sola
en aquel tugurio, entre mil objetos cuya forma no podía apreciar,
tendida en un miserable jergón y expuesta al aire colado, que por una
ventanilla entraba. En su desvelo, sintió las pisadas de los ratones
que en aquellos climas vivían; pisadas que en sus oídos resonaban como
si fueran producidas por los pies de un ejército de gigantes. Se
encogió, se envolvió toda en su manta, escondiendo los pies, las manos
y la cabeza; pero las ratas corrían por encima, y saltaban, iban y
venían con una algarabía espantosa. También contribuyó á aumentar el
pavor de la niña una disputa que en el tejado vecino se trabó entre dos
gatos bullangueros que lanzaban maullidos lúgubres y desentonados. La
pobre no pudo dormir, y el día la encontró hecha un ovillo, empapada en
sudor frío y temblando de miedo.
Entre estos sucesos extraordinarios y la diaria tarea del estudio y la
costura, aterrada siempre por la fascinación terrible de los espejuelos
de la madre Angustias, pasó Clara cuatro años, hasta que, cumplidos los
once, vino Elías por ella y se la llevó á su casa.
El realista no sabía al principio qué hacer de aquella niña: ocurrióle
hacerla monja; pero impulsado por un repentino egoísmo, resolvió
conservarla á su lado. Era solo: su casa necesitaba una mujer. ¿Quién
mejor que Clara? Su inteligencia no estaba bien cultivada, pues no sabía
sino leer, escribir y hacer algunas cuentas; pero, en cambio, cosía muy
bien y entendía de toda clase de labores.
La hija de la Chacona creció en casa de Coletilla, y fué mujer. Creció
sin juegos, sin amables compañeras, sin alegrías, sin esas saludables y
útiles expansiones que conducen felizmente de la niñez á la juventud.
Elías no la trataba mal, pero tampoco era muy cariñoso son ella.
Los domingos la solía llevar á la Florida ó á la Virgen del Puerto; una
vez la llevó al teatro, y Clara creyó que era verdad lo que estaban
representando. Los paseos dominicales cesaron cuando Elías tuvo
ocupaciones y preocupaciones que le apartaban de su casa: entonces ella
se limitó á oír misa muy de mañana en las monjas de Góngora, y en esta
expedición lo acompañaba, una criada alcarreña llamada Pascuala, que
Coletilla había tomado á su servicio.
Este encierro perpetuo hubiera agriado y pervertido tal vez otro
carácter menos dulce y bondadoso que el de Clara, la cual llegó á creer
que aquella vida era cosa muy natural, y que no debía aspirar á otra
cosa; así es que vivía tranquila, melancólicamente feliz, y á veces
alegre. Y, sin embargo, semanas enteras pasaban sin que una persona
extraña penetrara en la casa del fanático. Parecía que toda la sociedad
quería huir de aquella jaula en que estaba encerrado su mayor enemigo.
Sólo una excepción existía en aquel aislamiento normal. Ya hemos dicho
que don Elías fué amigo y servidor de una antigua é ilustre casa.
Después de la ruina de los Porreños y Venegas, sólo quedaron tres
individuos, tres dueñas venerables que conservaron relaciones amistosas
con el realista. Muy de tarde en tarde iban á visitarle. Tenían un trato
seco; eran intolerantes, rígidas, orgullosas. Nunca hablaban á Clara
sino con palabras solemnes, que daban tristeza y abatían el ánimo. No
podían prescindir de la etiqueta, ni aun delante de una pobre muchacha y
eran tan ceremoniosas y tiesas, que Clara les llegó á tomar antipatía,
porque siempre que iban á la casa dejaban allí una sombra de tristeza
que duraba mucho tiempo en el alma de la huérfana.
En los últimos años, Coletilla entraba, como hemos dicho, en el período
álgido de su frenesí político; la cólera era su estado normal, y era
cosa imposible que en su fanáticas obsesiones pudiera aquella alma
irascible tener cariños y finezas para la pobre compañera que tanto las
necesitaba. Por el contrario, mostrábase muy duro con ella; se estaba
sin hablarle semanas enteras; otras veces la reprendía con acrimonia y
sin motivo: la llamaba frívola y casquivana. Un día, al ver que la
desventurada se había peinado con menos sencillez que de ordinario, y se
había vestido, reformando un poco su natural elegancia con el poderoso
instinto de la moda, que las mujeres más apartadas del mundo poseen, la
riñó, repitiéndole muchas veces esta frase que le costó lágrimas á la
infeliz: "Clara, te has echado á perder." Otras veces le daba al viejo
por vigilarla, y le prohibía asomarse al balcón y abrir la puerta, es
decir, la abandonaba ó la martirizaba, según el estado de aquel espíritu
perturbador y cruel.
Clara se puso mala; se iba agostando con lentitud como el clavel que
crecía difícilmente en el patio de la escuela. Su melancolía creció, se
puso descolorida y extenuada, y llegó á hacer temer graves peligros
para su salud. Coletilla no pudo permanecer indiferente á la enfermedad
de su protegida, y trajo un médico el cual expresó su dictamen muy
brevemente, diciendo: "Si usted no manda á esta chica al campo se muere
antes de un mes."
El realista pensó que la muerte de aquella muchacha sería un
contratiempo. Recordó que su hermana vivía en Ateca con su familia, y
formó su plan.
Escribió dos letras y algunos días después Clara entraba en el pueblo
con el corazón rebosando de alegría.
Benéfica reacción se verificó en su salud, y su espíritu, tanto tiempo
abatido por el fastidio y el encierro, se reanimó con el pleno goce de
la Naturaleza y el trato de personas alegres que la atendían y la
amaban. Aquellos días fueron una segunda vida para la desdichada mártir,
porque se regeneró materialmente, adquiriendo lozanía, frescura y vigor:
sus ojos, acostumbrados á la obscuridad de cuatro paredes, recorrían ya
un largo horizonte: sus pasos la llevaban á grandes distancias: su voz
era escuchada por amigas joviales y francas, por jóvenes sencillos, por
viejos cariñosos; su alegría era comprendida y compartida por otros; sus
inocentes deseos satisfechos; conocía la amistad, la vida familiar, la
confianza; gozaba de un cielo hermoso, de un aire puro, de un bienestar
sobrio y tranquilo, de felices y no monótonos días, de sosegadas y
apacibles noches.
Pero durante la permanencia de Clara en Ateca pasaron cosas que
influyeron poderosamente en el resto de su vida. Vamos á referirlas,
porque de ellas se deriva casi toda esta historia; y por tan importantes
y graves, las dejamos para el capítulo siguiente, donde las verá el
lector, si está decidido á no abandonarnos.
CAPÍTULO VI
#El sobrino de Coletilla.#
Marta, la hermana de Elías, había quedado viuda con un hijo llamado
Lázaro, que después de estudiar Humanidades en Tudela, pasó á la
Universidad de Zaragoza. Era éste un mozo como de veintitrés á
veinticinco años, de agradable presencia, de ingenio muy precoz, de
imaginación viva, de palabra fácil y difusa, muy impresionable y
vehemente, y de recto y noble corazón.
Las nuevas ideas, que entonces conmovían profundamente el corazón de la
juventud, habían hallado en el joven Lázaro un creyente decidido. Era
uno de los que, brotados en el tumulto de un aula de Filosofía militaban
con pasión generosa en las filas de los propagadores políticos, entonces
tan necesarios.
Sucedió que los estudiantes zaragozanos trabaron una pendencia con los
socios de cierto club político; el asunto tomó proporciones, intervino
la autoridad universitaria, y Lázaro se vió obligado á salir de
Zaragoza, perdiendo curso. Esto pasaba en los días en que, destituido
Riego del mando de capitán general de Aragón, hubo en aquella ciudad
tumultos y manifestaciones, que el Gobierno quiso reprimir. Lázaro, que
estaba á punto de concluir la carrera, conoció la gravedad de su
situación y el disgusto que tendrían su madre y su abuelo, á quienes
amaba mucho. Quiso reclamar, pero fué inútil, y tuvo que retirarse á su
pueblo, triste, avergonzado y lleno de dudas y temores.
Pero al entrar en su casa, agitado por la zozobra y los remordimientos,
vió en compañía de su madre á una persona desconocida que desde el
primer momento le produjo una secreta impresión de alegría,
imponiéndole, sin saber por qué, consuelo y esperanza. Confesó lo que le
pasaba, sin disminuir la gravedad del caso, por lo cual don Fermín, su
abuelo paterno, se puso serio y quiso enfadarse, y su madre lloró un
poco. Pero la persona desconocida, que parecía estar allí para alegrar
la casa, disipó la cólera del primero y secó las lágrimas de la
segunda, mientras Lázaro, con la cabeza baja y humedecidos los ojos,
permanecía inmóvil delante de sus jueces y de su defensor sin decir
palabra, aunque á la verdad no era preciso, porque la joven le defendía
muy bien sin desplegar gran elocuencia, ni emplear otros recursos que su
claro y natural sentido, su acrisolado y generoso sentimiento.
El pobre Lázaro estaba tan turbado, que se le figuraba que aquella
persona era una aparición, un ser enviado del cielo para ampararle en
aquellos apurados momentos. Esperaba verla desaparecer al concluir su
misión, y la miraba con ese estupor silencioso que causa lo
sobrenatural y desconocido. No tenía antecedentes de aquella joven, ni
había sospechado que existiera y se encontrara allí. Pero la imagen no
se desvanecía, y, por el contrario, continuaba viéndola adornada con
todos los encantos físicos y morales que pueden poseer los ángeles de
este mundo.
No se habló más del asunto. Lázaro fué perdonado, pero no salió de sus
confusiones. Explicáronle quién era Clara y por qué estaba allí; más no
por eso pudo dominar el estudiante la respetuosa y fuerte sorpresa que
le había producido.
Estuvo encogido y como asombrado todo el día, y temblóle la voz cuando
quiso hablar con ella, y se calló al fin por temor de decir mil
disparates. Al día siguiente despertó con una alegría exaltada, á la que
sucedía bruscamente una tristeza sin igual. Su aturdimiento tomaba fases
muy diversas tan pronto se veía atacado de un apetito insaciable de
verbosidad que no podía contener; tan pronto hacía esfuerzos inauditos
para pronunciar una palabra, sin llegar á conseguirlo. Era un
polaticómano ferviente, y en Zaragoza se había distinguido por sus
elocuentes arengas en los clubs, que le habían dado mucha celebridad; en
sus conversaciones privadas se expresaba también con mucho entusiasmo y
corrección pero esta vez de todo hablaba menos de política. Parecía que
no existían ya para él ni la revolución francesa, ni el _Emilio_, de
Rousseau, ni las _Carta de Talleyrand_, ni el Diccionario, de Voltaire.
Se había olvidado de todo esto, y sólo pensaba en la fórmula más
expresiva y exacta para decirle á Clara que la había visto en sueños
aquella noche. Recurrió al sistema de las circunlocuciones, pensó
después en decirlo á secas y sin ambajes, acordóse de que las alegorías
se habían inventado para aquel caso, y probó todos los medios sin lograr
con ninguno su objeto.
Pasaron dos ó tres días sin que hallara un modo de ser explícito.
Cuando estaba solo, sí; entonces hablaba, hablaba consigo mismo, y aun
parecías entablar misteriosos diálogos con aquel hermoso espíritu, que
encontraba siempre en todas partes, acompañándole en sus soledades é
insomnios; espíritu lleno de luz y con formas de mujer, que brotaba del
seno mismo de la noche para mirarle inmóvil, callado y sereno. Delante
de esta sombra era Lázaro muy elocuente, y siempre acertaba á expresar
lo que sentía; y sentía tanto el pobre, que á veces le daba uno de esos
accesos vehementes, en que el organismo se conmueve todo, quebrantado y
oprimido por la enorme expansión del espíritu. Salía de la casa por no
hallarse bien en ella, y volvía á entrar por no hallarse bien fuera. Por
fin, había logrado formular un diálogo con Clara. La primera vez que
pudo hablar con ella un cuarto de hora seguido, se mostró muy enojado.
¿Enojado? ¿Porqué? Después empezó á darle las gracias. ¿Las gracias?
¿Por qué? Después le pidió perdón. ¿Perdón? ¿De qué? Y acto continuo le
dijo que se iba á volver loco. ¿Loco?... Su andar era errante. Se
dirigía á todas partes, y no llegaba á ninguna; se hallaba siempre donde
no quería estar. Pero á pesar de estas evoluciones de ciego, acontecía
que si Clara iba á alguna parte, ¡qué casualidad! encontraba en ella á
Lázaro que la esperaba.
El alma de la muchacha no estaba sujeta á estas extrañas perturbaciones.
Siempre sensible y feliz en su serenidad inocente, se dejaba llevar por
la corriente de una vida sin agitación ni contratiempos. En su sitio
propio, para dar paz al ánimo y descanso á la fantasía, vivía sin
sentirlo digámoslo así; y si alguna vez la entristecía algún
pensamiento, era el pensamiento de volver á la calle de Válgame Dios. La
amistad, casi desconocida por ella, fué entonces causa de que adquiriera
esa sutil delicadeza, que caracteriza los afectos femeninos, y esa
fluidez de ingenio que tanto los embellece y adorna.
Había en el pueblo otra joven de la misma edad é idéntico carácter,
llamada Ana, hija de un rico labrador. Ana y Clara se hicieron íntimas
amigas en pocos días de trato. Ibanse todas las tardes á una huerta
perteneciente al padre de Ana, y allí, entretenidas con sus labores, se
pasaban conversando largas horas. En esta comunicación de las dos
jóvenes, Clara se desarrollaba moralmente con una rapidez desconocida.
Para quien había pasado su juventud en compañía de un viejo excéntrico é
insociable, aquellas franquezas inocentes y el cambio simultáneo de
pensamientos, comunicados sin disimulo y en toda su hermosa sencillez
natural, realizaron en el alma de la huérfana una revelación de sí
misma, que fijó y fortaleció más su bello carácter.
Cuando las dos amigas iban á la huerta, la maldita casualidad hacía que
Lázaro pasara por la entrada precisamente en el mismo momento en que
ellas llegaban. La conversación empezaba todas las tardes á las cuatro,
y duraba basta el anochecer. Ni un solo día en todo el tiempo que pasó
Clara en Ateca dejaron de ir á la huerta las dos muchachas, y ni un solo
día dejó Lázaro de encontrarlas allí por casualidad. En aquellas
conversaciones, que eran cada vez más íntimas, se notaba algunas veces
que, por efecto de los accidentes del diálogo escénico, Ana callaba ó
hablaba aparte en voz baja, mientras el bueno del estudiante y la picara
Clara charlaban muy quedito y muy juntos el uno del otro. La cara,
angustiosa á veces, á veces pálida, ya animada, ya triste, del joven,
anunciaba que el tema del coloquio era muy interesante, ¿Qué decían? De
pronto unas largas pausas, en que uno y otro se quedaban mirando á la
tierra un buen rato, permitían á Ana alguna alusión ingeniosa, cuya
gracia alababa y reía ella sola. Clara y Lázaro parecía que no estaban
para risa. Callaban, hasta que un monosílabo aquí, un gesto allá,
volvían á estimular de nuevo la conversación. A veces él se ponía á
meditar como recapacitando lo que iba á decir; y él, que tan buena
memoria tenía, se encontraba con que se le habían olvidado (¡otra
casualidad!) los admirables trozos de elocuencia que tenía preparados.
¿Hablaban del pasado, del presente, del porvenir? ¿Trazaban un plan,
planteaban un proyecto? Es probable que nada de esto fuera objeto de
aquellos íntimos debates: no hacían sus voces otra cosa que expresar mil
inquietudes interiores, pintar ciertas turbaciones del espíritu,
formular preguntas intensamente apasionadas, cuyas réplicas aumentaban
la pasión; confesar secretos, cuya profundidad crecía al ser confesados;
hacer juramentos, manifestar ciertas dudas, cuya resolución daba origen
á otras mil dudas; pedir explicaciones de misterios, que engendran
misterios sin fin; explicar lo inexplicable, medir lo infinito, agotar
lo inagotable.
A veces interrumpía Ana estas comunicaciones impenetrables, diciendo:
--Pero, mujer, ¿no ves cómo va ese bordado? ¿En qué estás pensando?--
En efecto; Clara, que estaba bordando sobre cañamazo, con lanas de
colores, una cabecita de ángel rodeada por una guirnalda de flores, le
había hecho los ojos de estambre rojo y los labios con estambre negro;
las flores tenían todos los colores tan trastornados, que no se sabía lo
que aquello era. Al oír la observación de su amiga, Clara se puso del
color de los ojos del ángel.
Veinte y treinta días se pasan muy pronto cuando hay citas cuotidianas
en una huerta, diálogos anhelantes, dudas no resueltas, preguntas mal
contestadas y angelitos bordados con los labios negros. Así es que llegó
un día en que Lázaro se puso á jurar por todos los santos del cielo que
no permitía que Clara se fuera de allí. Se ponía fastidioso al tocar
este punto; repetía la misma cosa infinitas veces, y á lo mejor empezaba
á relatar un sueño que había tenido la noche anterior, del cual sueño se
desprendía la imposibilidad absoluta de que él y Clara se pudieran
separar. Ella se ponía muy pensativa y no decía palabra en media hora;
los pobres chicos miraban al cielo alternativamente, como si en el cielo
se hallara escrita la solución de aquel problema.
Se separaban. Clara depositaba sus amarguras en el seno de su amiga Ana.
Lázaro confiaba á las profundidades de la noche el gran vértigo que
sentía dentro de sí; no dormía, porque una serie interminable y
rapidísima de razonamientos confusos, mezclados con imágenes vagamente
percibidas, le sostenían en vigilia invencible y dolorosa. El día volvía
á darles esperanza, la tarde venía á unirlos, el anochecer volvía á
entristecerlos. Así se acercaba el día funesto.
Cuando se teme de ese modo la llegada de un día que nos ha de traer algo
malo, la imaginación tiene como una extraordinaria fuerza de odio, con
la cual personifica ese día que se detesta; la imaginación ve acercarse
este día, y lo ve en figura de no sé qué monstruo amenazador que avanza
con la mano alzada y la mirada llena de ira. Hay días en que el sol no
debiera salir.
Pero el designado para la vuelta de Clara á Madrid el sol, ¡qué
crueldad! salió. Sus primeros rayos llevaron la desolación al alma de
los dos jóvenes, amenazados de una separación. Parece que cuando se
verifica una separación de esa clase, cuando se disuelve y destruye esa
unidad misteriosa y fundamental de la vida humana, unidad constituida
por la totalidad complementaria de dos individuos, parece, decimos, que
debía ocurrir un cataclismo en la Naturaleza; pero eso que llamamos
comúnmente los elementos, es ciego é insensible. Se hunde un continente
y se chocan dos océanos por la más insignificante de esas causas
mecánicas que nacen en el centro de la materia; pero nada sucede, nada
se mueve en la inerte y ciega máquina del mundo, cuando se altera el
grande, el inmenso equilibrio de los corazones.
Aquella mañana sintió Lázaro un dolor desconocido. Avanzaba el día: el
estudiante fué á casa de Ana y la encontró llorando; se asustó de verla
llorar; volvió á su casa, quiso entrar en el cuarto donde Clara hacía
los preparativos de su viaje, pero se tuvo miedo á si mismo. La vió
salir después pálida y con los ojos cansados de llorar. Al ver que se
despedía de su madre y de su abuelo, Lázaro corrió fuera por temor de
que intentara también despedirse de él. Salió y anduvo á prisa mucho
tiempo; salió del pueblo y se internó en el camino, lejos, muy lejos del
pueblo. De pronto sintió el ruido da la diligencia, que se acercaba. El
joven se detuvo, retrocedió; la diligencia pasó rápidamente. Allí iba la
huérfana desolada, con el rostro oculto entre las manos. Las demás
personas que iban con ella se reían de verla así. Lázaro la nombró, la
llamó dando un fuerte grito, y sin darse cuenta de ello corrió tras el
coche larguísimo trecho, hasta que el cansancio le obligó á detenerse.
La diligencia desapareció.
Regresó al pueblo ya entrada la noche: al pasar por la huerta notó que
unos pájaros que acostumbraban dormir allí formaban diabólica algazara
con sus cantos disparatados y su inquieto aleteo. Apresuró el paso para
no oír aquello y entró en su casa. Su madre y su abuelo estaban muy
pensativos y melancólicos; ni les habló ni le hablaron. Quedóse solo; se
encerró y quiso leer un libro; quiso dormir, y quiso arrancarse de la
mente una como corona de hierro inflamado que se la quemaba y oprimía;
pero era imposible. Aquello era una irradiación, que, á ser visible,
hubiera parecido una aureola. En su fiebre se quedó aletargado, y en su
letargo le pareció que de su cabeza brotaban llamas vivísimas que no
podía sofocar, y que sus sesos hervían como un metal derretido.
CAPÍTULO VII
#La voz interior#.
Aquel muchacho era sumamente impresionable, nervioso, de temperamento
ideal, dispuesto á vivir siempre de lo imaginario. Nadie le igualaba en
forjar incidentes venideros, enlazándolos para hacer con ellos una vida
muy dramática y muy interesante; trabajaba involuntariamente con el
pensamiento en la elaboración de estas acciones futuras; y siempre tenía
ante la imaginación aquella gran perspectiva de hechos en que
desempeñaba la principal parte una sola figura, él solo, Lázaro. Esta
visión perpetua, fenómeno propio de la juventud, tenía en él
proporciones extraordinarias; su fantasía tenía una poderosa fuerza
conceptiva, y puede asegurarse que esta gran facultad era para él un
enemigo implacable, un demonio atormentador.
Con este carácter, fácil era que brotaran en él todas las grandes
pasiones expansivas, y que crecieran hasta llevarle á la exaltación. En
épocas como aquella, la política, el proselitismo, el espíritu de secta
engendraba grandes pasiones. El heroísmo cívico, la abnegación y esa
tenacidad catoniana que brillan en algunos personajes de todas las
revoluciones, la venalidad solapada, la traición, la sanguinaria
crueldad y el encono vengativo que se han visto en otros, provienen de
la pasión política. Lázaro tuvo esta pasión: sintió en sí el ardor del
patriotismo, creyóse llamado á ser apóstol de las nuevas ideas, y con
ardiente fe y noble sentimiento las abrazó.
¿Pero existen estas resoluciones inquebrantables sin mezcla de egoísmo?
Egoísmo sublime, pero egoísmo al fin. Lázaro tenía ambición. ¿Pero qué
clase de ambición? Esa que no se dirige sino al enaltecimiento moral del
individuo, que sólo aspira á un premio muy sencillo, á la simple
gratitud. Pero la gratitud de la humanidad ó de un pueblo es la cosa de
más valor que hay en la tierra. El que es digno de ella la tendrá,
porque un hombre puede ser ingrato; pero un pueblo en la serie de la
historia, jamás. En una vida cabe el error; pero en las cien
generaciones de un pueblo, que se analizan unas á otras, no cabe el
error, y el que ha merecido esa gratitud la tiene sin remedio, aunque
sea tarde.
Lázaro aspiraba á la gloria; quería satisfacer una vanidad: cada hombre
tiene su vanidad. La del joven aragonés consistía en cumplir una gran
misión, en realizar alguna empresa gigantesca. Cuál era esta misión, es
cosa que no sabía á punto fijo. Los jóvenes como aquél no gustan de
concretar las cosas porque temen la realidad; creen demasiado en la
predestinación, y engañados por la brillantez del sueño, piensan que los
sucesos han de venir á buscarlos, en vez de buscar ellos á los sucesos.
Después que se retiró de Zaragoza y fué á Ateca, una figura iba
perpetuamente unida á la suya en aquellas escenas futuras. ¡Insensato!
¿Qué piensas hacer de ella? Una reina. ¿De dónde? Será simplemente la
mujer de un gran hombre. Menos tal vez: la mujer de un hombre obscuro...
Concluía por concretar el objeto de todas sus quimeras á un retiro
pacífico, á un matrimonio feliz.
Pero era preciso meditar, trazar un plan, ver la manera más fácil de
unirse á ella.
Clara era huérfana, él pobre. He aquí dos contratiempos ocurridos desde
el principio. ¡Ah! Pero él trabajaría; sería activo, ingenioso, astuto.
Bien sabía él que tenía talento. ¿Pero debía ser un simple agricultor?
No: eso era poco para él. Debía ir á Madrid, hacerse oír, buscar un
nombre, un puesto. Esto sería cosa muy fácil para quien tenía tales
aptitudes. ¿No era seguro que al llegar Lázaro á la corte, centro
entonces, como ahora, de la actividad intelectual del país, adquiriría
nombre, posición, fortuna? Sin duda. Ya debían conocerle de oídas por
sus discursos pronunciados en Zaragoza. En aquel tiempo los jóvenes se
abrían paso fácilmente entre la multitud decrépita; aquellos que, con
todo el vigor de la fe y toda la fuerza de la edad primera, emprendían
la propagación de las nuevas ideas, se imponía infaliblemente,
adquiriendo una alta y envidiada posición social. El se creía superior,
¿á qué negarlo? En la profundidad de su conciencia sentía una voz que
sin cesar decía: "Yo valgo. Es preciso buscar los sucesos antes que
ellos vengan á buscarnos. Animo, pues."
Estos pensamientos eran los que ocupaban la mente de Lázaro en los días
que siguieron á la partida de Clara. Cuando su determinación se hizo
firme, vió con entusiasmo que su inteligencia adquirió más vigor y su
pecho más osadía. Parecíale que su voz era capaz de emitir los más
profundos, los más calurosos, los más verdaderos acentos en defensa de
los nobles principios de la época; le parecía que nada igualaba á su
facilidad de expresión, á su lógica terrible, á su frase pintoresca y
expresiva. En lo más callado de la noche, cuando en parajes solitarios
se entregaba á sus meditaciones, se oía, se estaba oyendo. Una voz
elocuente resonaba dentro de él, y mudo y reconcentrado asistía á las
maravillas é internas manifestaciones de su propio genio. Era auditorio
de sí mismo, y le parecía que jamás había tenido el verbo humano frases
más bellas, lógica más segura, entonación más vigorosa. Se aplaudía; le
parecía que en torno suyo multitud infinita de sombras aglomeradas le
aplaudían también; que resonaba un intenso palmoteo, cuyo fragor llenaba
toda la tierra.
De vuelta á su casa dormía, y durante el sueño continuaba resonando en
su cerebro la misma voz que hacía estremecer miles de corazones; que
llevaba el entusiasmo ó el espanto á ejércitos enteros de ciudadanos; y
entonces se le figuraba que dentro de su ser había una misteriosa
entidad sonora, un espíritu locuaz, que sostenía constantemente allá en
su profundo núcleo la más brillante y enérgica peroración.
Lázaro tenía el genio de la elocuencia. El lo conocía: estaba seguro
de ello. Cada día que pasaba sin que un gran auditorio le escuchara,
le parecía que se perdían en el vacío y en el silencio de un desierto
aquellas voces admirables que sentía dentro de sí. No había tiempo
que perder.
Dijo á su abuelo que se iba á Madrid. El pobre viejo se puso á llorar, y
dijo entre sollozos y babas que aquella resolución era muy grave y
convenía meditarla.
--¿Y qué vas tú á hacer allá?--decía después, queriendo aparecer
incomodado: ¡Tienes una letra tan mala!...
Estaba entonces en Ateca un tal don Gil Carrascosa (el mismo personaje á
quien vimos disputar con cierto barbero en el primer capítulo de esta
historia), el cual tenía amistad con Coletilla. El abuelo consultó con
el ex-abate la resolución de Lázaro, y éste opinó que se debía escribir
al tío. El viejo tomó la pluma y con vacilante mano trazó esta carta,
que recibió el realista pocos días después.
"Querido y respetable señor: Lazarillo, mi nieto y sobrino de vuesa
merced, quiere ir á Madrid. Se le ha puesto en la cabeza que ahí podrá
hacer fortuna: dice que no puede estar en el pueblo. Y, en efecto,
querido señor, esto está malo. La cosecha de este año no nos da ni la
simiente, y el pobre chico tiene más afición á los libros que al arado.
Le diré á vuesa merced, respetable señor, que Lázaro es un mozo muy
despierto: sabe muchos libros de memoria, y ha leído cuatro veces de la
cruz á la fecha un tomo que le llaman _Los grandes hombres de Plutarco_,
el cual me ha asegurado no ser cosa de herejía; que si lo fuera no lo
había de leer en mis días. Entiende de leyes, y á veces se pone á
escribir y llena unos cuadernos de cosas muy buenas, aunque yo no las
entiendo. Es buen cristiano y muy respetuoso y cortés con todo el mundo.
No ocultaré sus defectos, respetable señor; y por lo mismo que le
quiero, diré á vuesa merced cuál es su gran defecto, para ver si con su
talento y su gran sabiduría lo puede corregir. Es el caso que
difícilmente podrá hacer cosa buena en la Corte, porque tiene muy mala
letra y no le luce lo que sabe. Siento mucho tener que revelar esta
flaqueza suya; pero antes que nada es mi conciencia, y por todo el oro
del mundo no ocultaría sus defectos. Creo, sin embargo, que con un buen
maestro, como los hay en la Corte, podrá corregirse si se aplica. De
este modo llegará, andando el tiempo, á ser apto para desempeñar una
plaza de dos mil reales en alguna covachuela, como mi señor abuelo, que
en paz descanse. Yo deseo que haga fortuna, porque le quiero con toda mi
alma; y así, deseo que vuesa merced, con su gran tino y universal
sabiduría, me informe si será posible sacar algo de provecho de este
muchacho, diciéndome al mismo tiempo si puedo contar con su protección.
Hágalo vuesa merced, por Dios, que es el único hijo de su hermana, y
nosotros, que estamos pobres, no podemos hacerle feliz."
_Su respetuoso y reverente servidor_.
#FERMÍN...#
Pasaron tres meses sin que don Elías contestara. Al fin contestó,
advirtiendo que esperara un poco, que avisaría si podía venir ó no. Un
mes después escribió de nuevo llamando á Lázaro á su lado, y
añadiendo que de su comportamiento y disposiciones dependía el que
hiciera fortuna.
Lázaro no cabía en sí de gozo. Quiso partir el mismo día; pero los
ruegos de su madre y de su abuelo le obligaron á aguardar dos más.
El joven estudiante sabía, por las tradiciones de la familia, que su tío
era hombre muy sabio, y se le había antojado que había de ser un gran
liberal. No comprendía que un hombre muy sabio dejara de ser muy amante
de la libertad.
La carta de Coletilla fué recibida en los primeros días de Septiembre de
1821, en que ocurren los primeros acontecimientos que hemos referido.
Poco después de la lamentable escena de la barbería y de la entrada del
militar en la casa de Clara, ocurrió el viaje de Lázaro á Madrid. Clara
no lo supo antes del día en que debía llegar.
Ahora podemos seguir naturalmente el curso de los sucesos de esta
puntual historia. Dejaremos á Lázaro preparándose á partir. Su madre y
su abuelo le despiden llorando, el alcalde le abraza diciendo que ya ve
en él nada menos que un secretario del Despacho; el cura le da dos
bollos maimones para el camino y le echa un sermón fastidioso. El
estudiante sube á la galera, y con más ilusiones que dineros toma el
camino de la Corte.
CAPÍTULO VIII
#Hoy llega#.
Tres días después de la aventura descrita en el capítulo segundo, estaba
Clara muy de mañana encerrada en el cuarto que le servía de habitación.
El fanático le había dicho pocas horas antes que esperaba á su sobrino,
y que era preciso acomodarle allí hasta que se mudaran todos á una nueva
casa que pensaba tomar.
Clara se quedó absorta al oír esta noticia, y no pudo contestar palabra,
porque la sorpresa le embargaba la voz. Cuando quedó sola se encerró en
su cuarto.
Era éste pequeño é irregular: estaba en lo más interior de la casa, y
tenía una ventana estrecha, con vidrios de dudosa transparencia, que
daba á un patio, de esos que por lo profundos y estrechos parecen
verdaderos pozos. Enfrente y á los lados se abrían tres filas de
ventanas mezquinas, respiraderos de otras tantas celdas, donde se
albergaban familias bulliciosas. El cuarto de Clara tenía el usufructo
de un rayo de luz desde las once á las once y media, hora en que pasaba
á iluminar las regiones tropicales del tercer piso. Aquel rayo de luz no
traía nunca colores, ni paisaje, ni horizonte, ni alegría.
El patio era un recinto populoso, el centro de un enjambre humano. A
ciertas horas asomaban por aquellos agujeros otras tantas cabezas: esto
sucedía en los grandes acontecimientos, cuando la herrera del piso bajo
y la planchadora del cuarto resolvían al aire libre alguna cuestión de
honor, ó cuando la manola del tercero y la zurcidora de enfrente
entablaban pleito sobre la propiedad de la ropa tendida.
Por lo demás, allí reinaba siempre una paz octaviana, y era cosa de ver
la amable franqueza con que la esterera pedía prestada una sartén á la
vecina de la izquierda, y la confianza íntima con que dialogaban en el
quinto el soldado y la mujer del zapatero. Enlazaban unas ventanas con
otras, á guisa de circuitos telegráficos, varias cuerdas de donde
colgaban algunas despilfarradas camisas, y de vez en cuando tal cual
lonja de tasajo, sobre el cual descendía en el silencio de la noche una
caña con anzuelo, manejada por las hábiles manos del estudiante del
sotabanco.
La vidriera del cuarto de Clara no se abría nunca. Elías la había
clavado por dentro desde que ocupó la casa.
Si la perspectiva del patio era desapacible, el interior de la
habitación tenía indudablemente cierto encanto, no porque en él hubiera
cosas bellas, sino por la sencillez y modestia que allí reinaba, y el
cuidadoso aseo y esmero, única elegancia de los pobres. Veíase, en
primer término, una voluminosa cómoda, compuesta de seis enormes gavetas
con sus labores de talla junto á las cerraduras, y algunas
incrustaciones un poco carcomidas; encima un mueble decorativo bastante
viejo, que representaba una figura de Parca con una de las manos alzada
en actitud de sostener algo; pero en lugar del reloj que en otro tiempo
cargaba, sostenía en tiempo de Clara una caja forrada en papeles de
color, la cual debía guardar utensilios de labor femenina. En lugar de
la redoma de cristal, tapaba todo esto un pedazo de gasa, sujeto con
cintas azules á las piernas de la diosa, la cual ostentaba en su
profano pecho un escapulario de la Virgen del Carmen.
Una mesa de tocador, tres sillas de viejo nogal, pesadas y lustrosas,
un cojincillo erizado de agujas y alfileres, banqueta y cama de caoba
de muy voluminosa arquitectura, cubierta con manta palentina,
completaban el ajuar.
Clara estaba delante de su espejo, y se ocupaba en enredarse en la
coronilla una gruesa trenza de pelo negro, recientemente tejida y
terminada en la punta con un atadijo del mismo pelo y un lazo encarnado.
Dos órdenes de pequeños rizos; guedejas sutiles, retorcidas con
negligencia, le adornaban la frente, y de las sienes blancas, cuya piel
transparentaba ligeramente la raya azulada de alguna vena, le caían dos
airosos mechones.
No hay actitud más propia para apreciar debidamente las formas
académicas de una mujer, que esa que toma cuando alza las manos y se
enrolla una trenza en la cabeza, dejando ver el busto, el talle, el
cuello en toda su redondez. Tiéndense los músculos del pecho, se
contornea la espalda, y el ángulo del codo y las suaves curvas del
hombro describen en su dilatación graciosas líneas que dan armoniosa
expresión escultural á toda la figura.
Concluida la operación del peinado, Clara echó una mirada de deseo y
desconfianza á la última gaveta de la enorme cómoda en donde tenía su
ropa. Es que allí existía, guardado con singular esmero, un traje que
Elías le había comprado algunos años antes, cuando era menos adusto y
gruñón. Este traje, que era lo más lujoso y bello que la huérfana
poseía, tenía la forma y los colores más en moda en aquella época:
cuerpo de terciopelo negro con prolijos dibujos de pasamanería, y
guardapiés de seda pajizo, adornado con una gran franja, como de á
tercia, de encaje negro. Dudaba si sacarlo ó no: quería ponérselo, y
temía ponérselo; quería lucir aquel día su mejor vestido, y temió al
mismo tiempo estar demasiado guapa con él. ¿Por qué? Y se detenía
pensativa y triste, sin atreverse á sacar á la luz pública aquel tesoro
tanto tiempo escondido. ¿Por qué? Porque Elías se había puesto tan
fastidioso (así decía ella), estaba tan maniático y la reñía tanto sin
motivo... ¡qué singularidad! La semana anterior estaba cosiendo y
arreglando la cenefa del vestido que se había roto, cuando entró aquel
hombre, y bruscamente le dijo:
--¿Qué haces ahí...? Siempre pensando en componerte. ¿Para qué te ocupas
en esas fruslerías?
Ella, la verdad sea dicha, aunque tenía una razonable contestación
que dar á aquella pregunta, no se atrevió; y doblando tristemente su
obra, fué á sepultarla en la cómoda. Elías no se ablandó por esta
prueba de sumisión, y en tono más agrio y severo le dijo al verla
tirar de la gaveta:
--Cuando digo que te has echado á perder....
Pero no fué esto lo peor que escuchó la pobrecilla mientras, llena de
vergüenza, devolvía á la tumba aquel despojo que había querido profanar
sacándolo de tan venerable asilo. No fué esto lo peor que oyó, porque el
viejo, bajando la voz y como si hablara consigo mismo, dijo:
--Al fin tendré que tomar una determinación contigo.
¡Jesús, santos y santas del cielo! ¡Qué determinación será esa!... ¡Si
querrá también el viejo encerrarla á ella en la misma gaveta como una
prenda sin uso!...
Aquello de la determinación la tuvo preocupada muchos días. En vano
trató de sondear el ánimo del viejo. ¡Ay! Pero si ella no sabía sondear
ánimos de nadie... El único medio de que se hubiera valido para
averiguarlo era preguntárselo sencillamente, y á esto no se atrevía.
Aún hubo más. Por la triste calle de Válgame Dios solía pasar una
ramilletera, que en su cesta llevaba algunos manojos de claveles, dos
decenas de rosas y muchas, muchísimas violetas. Clara observaba al
través de los cristales el paso de aquellos frescos colores que le
atraían el alma, de aquellos suaves aromas que anhelaba aspirar desde el
balcón. Un día se decidió á comprar unas flores, y mandó á Pascuala por
ellas. Clara las tomó, las besó mil veces, les puso agua, las acarició,
se las puso en el seno, en la cabeza, y no pudo menos de mirarse al
espejo con aquel atavío; las volvió á poner en el agua, y, por último,
las dejó quietas en un búcaro, que tuvo la imprudencia de colocar donde
Coletilla ponía su bastón y su sombrero cuando llegaba de la calle. ¡Oh!
Sin duda él, al entrar, se había de poner alegre viendo las flores. Las
flores le gustarían mucho. ¡Qué sorpresa tendría!... Esto pensaba ella.
Decididamente era una tonta.
El fanático llegó y se acercó á la mesa; pero al poner en ella su
sombrero, chocó éste con el vaso, que cayó al suelo, soltando las flores
y vertiendo el agua en las mismas piernas del realista.
El hombre montó en cólera, y mirando con furor á la huérfana, que estaba
temblando, gritó:
--¿Qué flores son estas? ¿Quién te ha mandado comprar estas flores?
Clara, ¿qué devaneos son estos? ¡Coqueta! No hay ya remedio. Te has
echado á perder. ¿También quieres llenarme de flores la casa?
Clara quiso contestarle; pero aunque hizo todo lo posible, no le
contestó nada. Elías pisoteó las flores con furia.
--Estoy resuelto á tomar la determinación.
Otra vez la determinación, ¿Qué determinación sería aquella? pensaba
Clara en el colmo de su confusión y de su miedo. Después, retirada á su
cuarto, pensó en lo mismo, y decía para sí: "¿Querrá matarme?"
Aquella noche no pudo dormir. A eso de las doce sintió que Elías se
paseaba en su cuarto con más agitación que de ordinario. Hasta lo
pareció oír algunas palabras, que no debían ser cosa buena. Levantóse
Clara muy quedito movida de la curiosidad, y poco á poco se acercó con
mucha cautela á la puerta del cuarto de Elías, y miró por el agujero de
la llave. Elías gesticulaba marchando: de pronto se paró, se acercó á
una gaveta y sacó un cuchillo muy grande, muy grande y muy afilado,
resplandeciente y fino. Le estuvo mirando á la luz, examinándolo bien, y
después lo volvió á guardar. Clara, al ver esto, estuvo á punto de
desmayarse. Retiróse á su cuarto y se acostó temblando, arropándose
bien. Desde la noche que pasó en el camaranchón de doña Angustias en
compañía de los ratones, no había tenido un miedo igual. A la madrugada
se adormeció un poco; pero en su sueño se le presentaban multitud de
cuchillos como el que había visto, y á veces uno solo, pero tan grande,
que bastara por sí á cercenar cincuenta cabezas á la vez. Arropábase más
á cada momento, creyendo en los extravíos del sueño que el cuchillo, á
pesar de su puntiaguda forma y de su brillante filo, no podía penetrar
las sábanas.
Al día siguiente se serenó, y después se reía de haber temido que Elías
podría matarla.
Poro, sin embargo, no se atrevía á ponerse el traje. Aquella bella
prenda pecaminosa había de dormir el sueño de la eternidad en lo más
hondo de la cómoda, donde seria pasto de gusanos.
Clara no había podido determinar en su entendimiento lo que para ella
podía resultar de la venida de Lázaro. En su grande alegría no veía en
aquello más que un suceso muy feliz, sin detenerse á considerar los
sucesos que posteriormente se podían derivar de aquella llegada. Algunas
ideas vagas acompañaron tan sólo aquel sentimiento expansivo y
desinteresado. El sería un joven de posición. ¿Cómo no? Sin discurrir en
el medio, Clara pensó en un cambio de suerte. Sin saber cómo, se unían
en su entendimiento y confusión indisoluble la idea de la llegada de
Lázaro y la idea de emanciparse un poco de la fastidiosa (no calificaba
de otra manera) tutela de don Elías. A su mente vino la idea del
matrimonio. Vino, sí, varias veces; pero casi no era idea aquello: era
una percepción confusa, una esperanza tímida y como recelosa. Por
último, ya llegó á pensar, á pensar verdaderamente en esto. Una
percepción confusa, dijimos, sí: esta percepción la ocupaba
constantemente. Lázaro iba á ser su marido. Clara también sabía ver los
días futuros, y veía á su marido junto á ella en un lugar que no era
aquél, en una casa que no era aquélla, en otros sitios, en otra tierra.
Y en otro mundo, ¿por qué no? Esto hubiera sido lo más acertado...
Aquel día estaba muy alegre, reía por la menor causa, se ruborizaba sin
motivo, estaba inquieta y sin sosiego, quedábase pensativa un largo
rato, y después parecía hablar consigo misma.
Las nueve serían cuando Pascuala volvió de la calle, y entró en el
cuarto de Clara.
Era Pascuala una mujer que formaba á su lado el contraste más violento
que puede existir entre dos ejemplares de la familia humana. Era una
moza vigorosa y hombruna, apacentada en los campos alcarreños, alta de
pecho, ancha de caderas, de mejillas rojas, boca grande, nariz chica,
frente estrecha, pelo recogido en un gran moño, color encendido, pesadas
manos, ojos grandes y negros.
Acercóse á la joven, y misteriosamente le dijo:
--¿Sabe usted lo que me ha _pasao?_
--¿Qué?--dijo Ciara alarmada.
--Que he visto al _melitarito_ del otro día, el que estuvo aquí cuando
el señor vino malo.
-¿Y qué?
--¿Qué? Nada, sino que me ha _asustao_, porque me dijo que quería entrar,
y como estamos solas, pensé que me pasaría algo ... porque como
es una así tan guapetona.... Y no tiene una mala cara.... Ya ve usted.
--¡Ah! ¿El oficial aquél del otro día?... ¿Y dices que se quería
meter aquí?
--Sí; y después me preguntó por usted.
--¿Por mí? ¿Y qué le dijiste?
--Que estaba _güena._ Después dijo que si estaba aquí _el viejo._ Ya ve
usted qué poco respeto. ¡El viejo! ¡Qué irreverencia! Yo le dije que no.
El me dijo que quería entrar á hablar conmigo... Pero vamos ... ya soy
muy maliciosa, y yo me malicio....
--¿Qué?
--A mí no me engañan así con palabritas. Como es una tan guapetona....
--No tengas cuidado--dijo Clara riendo.--Es que está enamorado de ti y
quiere casarse contigo. Si lo sabe el tabernero....
--¿Mi Pascual? No lo sabrá... Si llegara á saber mi Pascual que hay un
señorito que dice chicoleos á Pascuala....
Advirtamos que esta fregona tenía por novio á un Pascual que había
fundado nada menos que una taberna en la calle del Humilladero. Aquellas
relaciones honestas y nobles parecían muy encaminadas al matrimonio; y
como ella era _así tan guapetona_, habría probabilidades de que aquel
par de Pascuales se unieran ante la Iglesia para dar hijos al mundo y
agua al vino.
--Pues como Pascual lo llegue á saber....
--Pero yo soy muy picara ... y se me ha puesto en la cabeza... ¿Sabe
usted lo que se me ha puesto en la cabeza?
-¿Qué?
--Que él no quiere entrar aquí por mí, sino por usted.
--¿Por mí? No seas tonta--replicó Clara, riendo con la mayor
naturalidad.
--¿Le dejo entrar?
--No, cuidado. Por Dios, no hagas tal. No vuelvas á hablarle más. ¿A qué
tiene que venir aquí ese caballero?
--Yo me malicio ... aunque una sea así tan guapetona.... Yo me malicio
que á mí no me quiere _pa_ maldita de Dios la cosa ... porque al fin,
siempre una es criada y él un caballero.... Pues parece persona muy
principal. Digo... ¿Le dejo entrar?
--¡Jesús, Pascuala, no lo vuelvas á decir!--exclamó seriamente
Clara.--¿Pero á qué quiere entrar aquí ese caballero?
--Toma, á verla á usted.
--¿Y para qué quiere verme á mí?
--Toma, para verla.
--¡Qué ocurrencia!--murmuró pensativa.
En esto se sintió un campanillazo. Abrieron y entró Coletilla.
Las dos muchachas seguían su coloquio cuando sintieron en la calle rumor
de voces agitadas, algunos gritos y pasos precipitados. Asomáronse los
tres, y vieron que discurrían varios grupos por la calle. Los chisperos
más famosos del barrio dejaban sus hierros y salían en busca de
aventuras. Coletilla lanzó una mirada de rencoroso desdén sobre los
transeúntes, y cerrando con estrépito el balcón, dijo;
--¡Otra asonada!
Las dos muchachas temblaron acordándose del miedo que tuvieron pocas
noches antes.
--¡Ay, cuándo se acabarán estas cosas!--observó Clara.
--¡Pronto!--dijo con sequedad el viejo, sentándose y tomando una carta
que había sobre la mesa.
La leyó; después tomó su capa y su sombrero, y dijo á las chicas:
--Voy á salir; tengo que hacer: no volveré en toda la tarde. Mi sobrino
llegará esta noche á eso de las ocho: yo no vendré hasta las diez lo más
temprano. Que me espere aquí.
Y embozándose en su capa, miró un triste reloj, que contaba con
tristísimo compás la vida en el testero de la sala.
--No abráis á nadie: cuidado, cuidado con la puerta. Echad todos
los cerrojos. Cuando venga mi sobrino, dadle algo que comer y que
me aguarde.
--¿Pero cómo va usted á salir con esos alborotos?--dijo Clara con
temor.--No nos deje usted solas: tenemos mucho miedo.
--¡A mí ¿Qué me han de hacer á mí? ¡Ay de ellos!--murmuró con ahogado
furor.--Tened cuidado con la puerta os repito.
Y después, como hablando consigo mismo, dijo en voz baja:
--Sí es preciso tomar una determinación ... buena determinación.
Clara pudo oírlo, y pensó en la cómoda, en el traje, en las flores, en
el cuchillo y en la determinación, en aquella maldita determinación que
no conocía. Pero aun esto, que la tuvo cabizbaja y melancólica un buen
rato, no fué bastante para quitarle la felicidad que aquel día rebosaba
en su alma.
CAPÍTULO IX
#Los primeros pasos#.
Los grupos de la calle crecían. La población toda presentaba ese aspecto
extraño y desordenado que no es tumulto popular, pero sí lo que le
precede. Era el 18 de Septiembre de 1821. La mayor parte de los
habitantes de Madrid estaban en la calle. El ansioso ¿qué hay? salía de
todas las bocas. En tales ocasiones basta que se paren dos para que en
seguida se vayan adhiriendo otros hasta formar un espeso grupo. Entonces
todos los que vemos nos parecen _malas caras_. El accidente más curioso
en tales días es el que ofrece la llegada de la persona que se supone
enterada de lo que va á haber. Rodéanle: el _enterado_ se hace de rogar,
principia á hablar en lenguaje simbólico para aumentar la curiosidad,
sienta por base que sin la más profunda discreción y la promesa de
guardar el secreto, no puede decir lo que sabe. Todos le juran por lo
más sagrado que guardarán el secreto, y, por fin, el hombre empieza á
contar la cosa con mucha obscuridad; excitado por los oyentes, se decide
á ser claro, y les encaja tres ó cuatro bolas de tente-tieso, que los
otros se tragan con avidez, desbandándose en seguida para ir á vomitarla
en otros grupos: tan indigestos son esta clase de secretos.
La tarde á que nos referimos era casualmente cierto lo que nuestro amigo
Calleja, _enterado_ oficial de la _Fontana_, contaba en uno de los
grupos formados en la Carrera.
--Pues qué, ¿no saben ustedes?--decía bajando la voz y haciendo unos
gestos dignos del único espartano que, escapado en las Termópilas, llevó
á Atenas la noticia de aquella catástrofe memorable.--¿No saben ustedes?
Pues no hay más sino que mañana habrá procesión cívica en honor de
Riego, cuyo retrato será paseado por todas las calles de la Corte.
--Bien, bien--dijo uno de los oyentes.--¿Íbamos á consentir que se
maltratara al héroe de las Cabezas, al fundador de las libertades
de España?
--Pues lo grave es que el Gobierno está decidido á que no haya
procesión. Pero es cosa decidida. La _Fontana_ lo ha resuelto y se hará:
ya está preparado el retrato. Y por cierto que es una linda obra: está
representado de uniforme, y con el libro de la Constitución en la mano.
¡Gran retrato! Como que lo hizo mi primo, el que pintó la muestra del
café _Vicentini_.
--¿Y el Gobierno prohibe la fiesta?
--Sí: no le gustan esas cosas. Pero habrá procesión ó no somos
españoles. El Gobierno la prohibe.
En efecto: en aquel momento las esquinas recibían un emplasto oficial,
en que se leía el bando prohibiendo la fiesta preparada por los clubs
para el siguiente día. La tropa estaba sobre las armas.
--Y esta noche tenemos gran sesión en la _Fontana_.
--Mira, Perico, guárdame un buen sitio esta noche--dijo un joven que
formaba parte del grupo;--guárdame un puesto, que tengo que ir esta noche
á primera hora al parador del _Agujero_ á recibir unos amigos que vienen
de Zaragoza.
Y después añadió con misterio, dirigiéndose á otros dos ó tres que
parecían amigos suyos:
--Buenos chicos aquellos chicos de Zaragoza, de que os he hablado. Esta
noche llegan. Son del club republicano de allá. Buenos chicos.
El grupo se disolvió; al mismo tiempo, la siniestra figura de
Tres Pesetas cruzaba por la calle, unida á la no menos desapacible de
Chaleco.
Del grupo salieron tres jóvenes de los que hablaron anteriormente. Eran
tres mancebos como de veinticinco años. No podemos llamarles lechuguinos
netos; pero tampoco podía decirse de ellos que carecían de toda
distinción y elegancia. Eran amigos íntimos, que compartían sus fatigas
y sus goces, las fatigas de la pobreza estudiantil y loa goces del aura
popular, conquistada con artículos de periódicos y discursos en el club.
El uno era un joven de familia distinguida, segundón, á quien habían
mandado á estudiar Cánones y sagrada Teología en Salamanca, con el
objeto de que fuera sacerdote y disfrutara unas pingües capellanías que
habían pertenecido á un su tío, chantre de la catedral de Calahorra.
Capellán te vean mis ojos, que obispo como tenerlo en el puño. En
efecto: Javier, que así se llamaba el muchacho, hubiera sido obispo,
porque su familia tenía gran influencia. Pero el chico, que no amaba los
hábitos y se sentía impresionado por las nuevas ideas, hizo su hatillo,
y falto de dineros, aunque no de osadía, se puso en camino, y se plantó
en Madrid el mismo bendito año de 1820. Vagó por las calles solo; pero
pronto tuvo bastantes amigos; escribió á su abuelita, que le concedió un
medio perdón y algunos cuartos (pocos, porque la familia, aunque la más
noble del territorio leonés, se hallaba en situación muy precaria);
marchó después á Zaragoza, donde vivió algunos meses, figurando mucho en
los clubs democráticos, y volvió después á la Corte, no muy bien comido
ni bebido, pero alegre en demasía. Escribía en _El Universal_ furibundos
artículos, y contento con su poquito de gloria, iba pasando la vida,
pobre, aunque bien quisto. Cautivaba á todos por la amabilidad de su
carácter y lo generoso de sus sentimientos. En política profesaba
opiniones muy radicales, y pertenecía á la fracción llamada entonces
_exaltada_.
En la misma militaba el segundo de estos tres amigos que describimos, el
cual era andaluz, de veintrés años, delgado, pequeño y flexible. En
Ecija, su patria, pasaba el tiempo escribiendo verbos á Marica, á
Ramona, á Paca, á la fuente, á la luna y á todo. Pero todo causa, y la
poesía á secas no es de lo que más entretiene: un día se encontró
aburrido y pensó salir del pueblo. Pasó por allí á la sazón el ejército
de Riego, y aquellas tropas excitaron su curiosidad.
Preguntó; le dijeron que eran los soldados de la libertad, y esto resonó
en sus oídos con cierta agradable armonía. "Me voy con ellos", dijo á
sus padres. Estos eran muy pobres, y contestaron: "Hijo, vete con Dios,
y que El te haga bueno y feliz; pórtate bien, y no te olvides de
nosotros."
El poeta siguió el ejército, llorando sus padres, y aun es fama que
lloraron á escondidas tres de las chicas más guapas de Ecija. Al llegar
á Madrid, el joven volvió á ser poeta, y entonces hacía versos al Rey
cuando abría las Cortes, á Amalia, á Riego, á Alcalá Galiano, á Quiroga,
á Argüelles. En su vida cortesana, este poeta, que, como después
veremos, pertenecía á la escuela clásica en todo su vigor, pasó algunos
clásicos apurillos; mas después, escribiendo en casa de un abogado,
desempeñando funciones modestas en el periódico _El Censor_, vivía
siempre alegre, siempre poeta, siempre clásico, apreciado de sus amigos,
con alguna fama de calavera, pero también con opinión de joven listo y
de buen fondo.
La fisonomía del tercero no era tan agradable ni predisponía tanto su
favor como la de los anteriores. Sin embargo, tenía fama de buen chico;
y en cuanto á opiniones políticas, no podía echársele en cara la
tibieza, porque era frenético republicano. Algunos mal intencionados
decían que en el fondo era realista, y que sólo por cálculo hacía alarde
de aquel radicalismo intransigente. Pero aún no tenemos motivo para
aceptar esta aseveración, que es quizá una calumnia. Llamábanle el
Doctrino, porque había estudiado primeras letras en el colegio de San
Ildefonso. No podía negarse que había en su carácter cierta astucia
disimulada, y en sus modales alguna afectación bastante notoria. Era
hijo natural de un vidriero, que le reconoció al morir, dejándole
pequeña fortuna; pero los albaceas testamentarios, á quienes el difunto
dió amplios poderes, hicieron un inventario, del cual resultaba que el
vidriero no había dejado en el mundo cosa alguna de valor. El Doctrino
les pedía dinero, y ellos le solían decir: "Tome usted para un
semestre." Y le daban una onza.
Pero sus amigos le ayudaban á vivir, le mantenían y le compraban algún
levitón de pana. Era notorio (y aun llegó á tratarse seriamente del
asunto) que poco antes de la época en que esta historia comienza, el
Doctrino gastaba más dinero que de costumbre; y cuando sus amigos le
preguntaban el origen de aquel caudal, respondía evasivamente y mudaba
de conversación.
Estos tres jóvenes eran inseparables, sin que alteraran la paz las
desventuras pasajeras del uno, ni las ganancias fortuitas del otro. La
onza semestral del Doctrino perecía en _Lorencini_ ó en la _Fontana_ en
dos días de café, chocolate y jerez; pero después Javier escribía un
artículo tremendo sobre la soberanía nacional para comprarle unas botas
al poeta clásico, y el mismo Doctrino sacaba de un misterioso bolsillo
un doblón de á cinco para atender á las necesidades amorosas de Javier,
que tenía pendiente cierta cuestión con la hija de un coronel de
caballería, hombre atroz y fiero como un cosaco.
Estos tres jóvenes vagaron juntos por las calles, acercándose á los
grupos, preguntando á todos, contando noticias fraguadas por la fecunda
imaginación del poeta, hasta que, llegada la noche, se dirigieron al
parador del _Agujero_, sito en la calle de Fúcar, á esperar á unos
amigos de Javier, que llegaban aquella misma noche de Zaragoza.
Ni en la arquitectura antigua ni en la moderna se ha conocido un
monumento que justificara mejor su nombre que el parador del _Agujero_
en la calle de Fúcar. Este nombre, creado por la imaginación popular,
había llegado á ser oficial y á verse escrito con enormes y torcidas
letras de negro humo sobre la pared blanquecina de la fachada. Un
portalón ancho, pero no muy alto, la daba entrada; y esta puerta, cuyo
dintel consistía en una inmensa viga horizontal, algo encorvada por el
peso de los pisos principales, era la entrada de un largo y obscuro
callejón que daba al destartalado patio. Este patio estaba rodeado por
pesados corredores de madera, en los cuales se veían algunas puertas
numeradas.
En lo alto residía el establecimiento patronil de _La
Riojana,_antonomasia imperecedera que se conservó por tres generaciones.
Allí se servía á los viajeros, recién descoyuntados y molidos por el
suave movimiento de las galeras, algún pedazo de atún con cebolla, algún
capón, si era Navidad ó por San Isidro, callos á discreción, lonjas
escasas de queso manchego, perdiz manida, con valdepeñas y pardillo.
Esta comida frugal, servida en estrechos recintos y no muy limpios
manteles, era la primera estación que corría el viajero para entrar
después en el _vía crucis_ de las posadas y albergues de la villa.
Dos veces al día un ruido áspero y creciente aumentaba la normal
algarabía del barrio. Se oían las campanillas, el chasquido del látigo y
un estrépito de ruedas que de bache en bache, de guijarro en guijarro
iban saltando. La máquina llegaba frente al portal, y aquí era donde se
probaba la habilidad náutico-cocheril del mayoral: la máquina daba una
vuelta, los machos entraban en el portalón, y tras ellos el vehículo,
siendo entonces el ruido tan formidable, que la casa parecía venirse al
suelo. El navío daba fondo en el patio, los brutos eran desenganchados,
el mayoral bajaba de lo alto de su trono, y los viajeros, que aún se
mantenían con la cabeza inclinada, y muy agachados, resabio de cuando
atravesaron el portal, notaban al fin que no tenían el techo en la
corona, se admiraban de verse con vida, y descendían también.
Aquí, si había parientes esperando, empezaban los abrazos, los besos,
las felicitaciones. Era propinado con algún real mal contado el cochero,
y cada cual se iba por su camino, siendo costumbre tomar allí mismo, en
los aposentos de la Riojana, un preámbulo estomacal para poder subir la
calle de Atocha, que era entonces algo más inaccesible que ahora.
Esta vez, cuando la nave hizo su parada definitiva en el patio, hubo una
aclamación general. El Doctrino abrazó á sus amigos.
--¡Javier!
--¡Lázaro!
Y se abrazaron con efusión. Después de los monosílabos de alegría y
sorpresa, el segundo dijo al primero:
--¿Tú en Madrid? ... al fin! ¿Vienes de Ateca?
--Sí.
--Bien. No podías llegar más á tiempo. ¿Y los amigos de Zaragoza? ¿Pero
de dónde vienes? ... ¿Y el club ... y nuestro club? ...
--Ya sabes que nos lo disolvieron. Hace seis meses que estoy en Ateca.
--¿Y estarás mucho aquí?
--Siempre!
--Bien. Aquí la juventud, la vida. Y si he de decirte la verdad ...
hacemos falta.--Sí ... ¿oh?
--Señores, aquí tenéis á mi amigo, al grande orador del club de
Zaragoza, mi amigo y compañero.
Los demás jóvenes, tanto viajeros como visitadores, rodearon al
aragonés.
Expliquemos. Cuando Javier estuvo en Zaragoza, trabó amistad muy íntima
con Lázaro. En el club propagaron ambos las ideas democráticas
(democracia de 1820)que entonces cundieron rápidamente por aquella noble
ciudad. Privadamente estos dos jóvenes, afines por carácter y
temperamento, se miraban como hermanos, tenían una misma bolsa, comían
en un mismo plato, y confundían en un común sentimiento sus pesares y
alegrías. Desde la salida de Lázaro para su pueblo no se habían visto.
--Cuánto me alegro de que vengas acá!--dijo Javier, abrazándole otra
vez.--Hacen falta jóvenes como tú. La juventud de ayer se va
corrompiendo: unos se enervan, otros retroceden y algunos se venden por
falta de fe.
--Señores, vamos á _Vicentini_--dijo el Doctrino, llevándose á
sus amigos.
--¿Qué _Vicentini_? A _La Cruz de Malta_. Allí hay muchos aragoneses,
todos son aragoneses.
--Este no viene sino á la _Fontana_--dijo Javier, señalando á su amigo.
--Viva la _Fontana_, el rey de los clubs!
--Y el club de los reyes--dijo uno que se escurrió como si hubiera dicho
una imprudencia.
--¿Quién ha dicho eso?--exclamó el Doctrino furioso.
--No hagas caso: es uno de los que creen esas calumnias--indicó
Javier.--Vamos, señores: esta noche hay gran sesión en la _Fontana_.
--Mañana me llevarás allá--dijo Lázaro á su amigo con empeño.
--¿Cómo mañana? Esta noche misma, ahora mismo. ¿Vas á perder la más
importante sesión que se ha visto ni verá?
--¿Pero cómo puedo ir esta noche? Si acabo de llegar. Tengo que ir á
casa de mi tío.
--¿Tienes aquí un tío? ¿Es liberal?
--Presumo que sí: no le conozco.
--¿Y ahora vas allá?
--Naturalmente.
--¡Qué disparate! Déjate ahora de tíos. Vente á la _Fontana_. Son las
ocho: ya va á empezar. A la salida irás á tu casa.
--Hombre ... eso no me parece bien--dijo Lázaro suspenso.
--¿Pero cómo vas á perder esta sesión? Habla Alcalá Galiano, Romero
Alpuente, Flórez Estrada, Garelli y Moreno Guerra. No habrá otra sesión
como ésta. ¿Qué más da que vayas á tu casa ahora ó á las doce? Tu tío
creerá que no ha llegado la diligencia.
--Hombre, no. Estoy cansado. Me esperan tal vez en su casa.
--No seas tonto. Vente á la _Fontana_. No hay más remedio sino que vas.
¿Dónde vive tu tío?
--Calle de Válgame Dios.
--¡Jesús, qué lejos! No vayas allá ahora.
Lázaro tenía un vivo deseo de llegar pronto á casa de su tío: ya se
comprenderá por qué. Pero le era humanamente imposible, porque su
cariñoso amigo le llevaba casi por fuerza al club. Además, las razones
con que disculpaba aquella determinación tenían también algún peso en su
mente. Aquel recibimiento caluroso, la noticia de aquella gran sesión de
la célebre _Fontana_, estimularon el entusiasmo á que siempre propendía
su carácter, y se dejó llevar.
Quién sabe si había algo de providencial en aquella extemporánea visita
á la _Fontana_. Sería cosa de ver que sin sacudir el polvo del camino
(esto pensaba él) le acogieran con aplauso en el club más ilustre y
célebre de la monarquía. Tal vez le conocían ya de oídas por sus
brillantes discursos de Zaragoza. ¿Cómo tal vez? Sin duda le conocían
ya. A estos pensamientos se mezclaba el orgullo de que á oídos de Clara
llegara al día siguiente su nombre llevado por la fama. Una apoteosis se
le presentaba confusamente ante la vista. ¿Por qué no? Sin duda aquello
era providencial.
Así es que la resistencia que al principio opuso fué disminuyendo á
medida que se acercaba á la _Fontana_. No le tengáis por loco todavía.
Llegaron. La puerta estaba obstruida por un inmenso gentío. Pero el
Doctrino con los suyos, y Javier con Lázaro y el poeta, tuvieron medio
de entrar por un patio interior. La sesión era muy agitada. Un orador
acusaba al Gobierno de la destitución de Riego. Contó lo que había
pasado en Zaragoza, y acusó á los habitantes de esta ciudad por no haber
defendido á su General.
--Poner la mano--decía--en un héroe como Riego, es la mayor de las
profanaciones. ¿Y qué ha hecho Zaragoza? ¡Oh! la ciudad en que tal cosa
ha pasado permaneció muda y permitió que su Capitán General fuera
destituido; dejó que un vil esbirro manchara la sagrada investidura de
la autoridad, despojando de ella á Riego. _(Grandes aplausos.)_ Se ha
dado el pretexto de que Riego fomentaba el desorden en todo Aragón. Esto
no es cierto: es una mentira fraguada en esos obscuros conciliábulos de
cierto palacio que no quiero nombrar. _(Rumores y risas.)_ Se le manda
de cuartel á Lérida como un sospechoso, y se entrega el mando al jefe
político. ¿Quién es ese jefe político? Siempre fué enemigo de la
libertad. Todos le conocéis: es un enemigo encubierto de la libertad.
¡Abajo los disfraces! _(Aplausos.)_ Lo que se quiere bien lo conocéis:
es ir apartando poco á poco de los cargos públicos á los buenos
liberales, para poner en ellos á esos hipócritas que se llaman nuestros
amigos, y nos detestan en el fondo de sus corazones corrompidos. _(¡Sí!
¡sí! ¡sí!)_ ¿Qué se pretende? ¿A dónde nos conducen? ¿Qué va á resultar
de esto? ¡Ay de la libertad que hemos conquistado! Mucha atención,
ciudadanos. No os descuidéis. Estad alerta, ó si no, ¡ay de la libertad!
_(Bien, bien.)_
Pero lo repito, señores: ¡de quien tengo más quejas es del pueblo de
Zaragoza, de ese pueblo que yo creí el más grande de la tierra y que no
lo es!... ¡No, no lo es! _(Rumores.)_ ¿Por qué permitió que Riego fuera
destituido? ¿Por qué le dejó marchar? ¿Y es ésta la ciudad de 1808? No,
yo diré á esa ciudad: no te conozco, Zaragoza. Tú no eres Zaragoza. Ya
no sabes levantarte como un solo aragonés. Has dejado atropellar á
Riego. ¡Tú nos salvaste en otro tiempo; pero hoy, Zaragoza, nos has
perdido! _(Grandes y continuados aplausos.)_
Un joven se levantó (era aragonés).
--Protesto--dijo con la mayor energía--contra las acusaciones lanzadas á
mi patria, á la noble capital de Aragón, por ese señor, cuyo nombre no
sé ... ni quiero saberlo. _(Una voz dice: Alcalá Galiano.)_ Mi patria
no ha olvidado su honor. ¿Qué queréis que hiciera contra lo mandado en
un decreto del Gobierno constitucional?...
--Desobedecerlo--gritaron varias voces.
--Señores, dejadme continuar.
--¡Que siga, que siga!
--Protesto en nombre de mis paisanos, y afirmo que es Zaragoza el pueblo
de España que más ha hecho en todos tiempos por la libertad. ¿No se le
acusa de ser un foco de exaltación republicana? ¿No se ha dicho que de
allí salen las ideas más disolventes, que allí se elabora una
conspiración para sostener la República?
--Hechos quiero y no palabras--dijo el primer orador.
--Pues hechos tendréis. ¿No sabéis que existe en Zaragoza un club, cuya
influencia y prestigio alcanzan á todo Aragón? Ese club, llamado
_democrático,_ ha sido en dos años la más entusiasta y eficaz asamblea
de la nación. Lo que allí se ha predicado bien lo sabéis. Las voces
elocuentes que allí han resonado bien autorizadas son. La propaganda que
allí se ha hecho ha llegado hasta aquí. _(Rumores.)_
--No sabemos lo que es ese club. Siempre nos hablan ustedes los
aragoneses del club de Zaragoza, y aun hoy no sabemos lo que es eso.
¿Qué es eso? Mucho discurso democrático, pero ningún acierto para hacer
propaganda y formar un partido. Pero en último resultado, ¿cuáles son
las teorías de ese club tan decantado? Yo desconfío de él. ¿Quién habla
de ese club? Conozcamos á sus hombres. Creo que la mayor parte de los
que estamos aquí reunidos miran á esa insignificante reunión con el
desdén que merece. _(Voces y algazara.)_
Muchos aragoneses se levantaron apostrofando al orador. Lázaro escuchaba
todo, inmutándose por grados. Sus amigos le decían en voz baja que
defendiese al club de Zaragoza. De repente un aragonés se levantó en
medio de la sala, y señalando al sitio donde se hallaba Lázaro con los
demás llegados aquella noche, dijo:
--Presentes están algunos señores que han pertenecido á ese club.
Todos miraron á aquel sitio.
--Bien--dijo el orador.--Si están ahí esos señores, que hablen, que nos
digan lo que es ese club y qué ha hecho. Queremos oírles: que hablen.
--¡Aquí está el orador más notable del club democrático de
Zaragoza!--dijo en voz muy alta Javier, señalando á su amigo.
--¡Sí, sí!--dijeron todos los aragoneses que había en el recinto,
reconociendo á su compatriota.--Defiéndanos usted, defiéndanos.
Todas las miradas se fijaron en Lázaro. ¡Cosa singular! En aquel momento
una súbita transformación se verificó en el ánimo del joven. Se sintió
turbado, se esforzó en saludar, quiso decir algo y no pudo. Pero le
impelían hacia la tribuna, y no había remedio. Si no hablaba, ¿qué
dirían de él? Lázaro había brillado en Zaragoza por su elocuencia; había
aprendido á dominar la multitud, á sobreponerse á ella, á manejarla á su
antojo. Pero en aquella ocasión se encontraba novicio, se desconocía,
tenía miedo.
--¡Que hable, que hable!
--Abrid paso--exclamó uno de los diputados más notables de las Cortes
de entonces.
Lázaro tuvo una inspiración. El recuerdo de su joven y amable amiga le
fortalecía; y á la manera de aquellos caballeros antiguos, que invocaban
el auxilio soberano de su dama antes de entrar en combate, procuró
evocar todas las imágenes de gloria y felicidad que le habían dado
estímulo. Ensanchado el pecho con esto, subió á la tribuna. Desde arriba
miró aquella multitud de cabezas apiñadas, y recibió de un golpe las
miradas curiosas de tantos ojos.
Aquello le pareció un abismo. Su rostro, encendido por la turbación, se
puso bruscamente muy pálido. Hubiera querido hablar con los ojos
cerrados. Aquellos diputados, aquellos escritores, aquellos políticos
eminentes que veía en torno suyo, le daban miedo. Pero él tenía mucho
corazón, y logró dominarse un poco. ¿Pero cómo iba á empezar? ¿Qué iba á
decir? En un supremo esfuerzo de inteligencia recogió sus ideas, formuló
mentalmente una oración, miró al auditorio... El auditorio le miró á él,
y observó que estaba pálido como un cadáver. Lázaro tosió; el auditorio
tosió también. La primera palabra se hacía esperar mucho; por fin el
orador tomó aliento, y desafiando aquel abismo de curiosidad que se
abría ante él, comenzó á hablar.
CAPÍTULO X
#La primera batalla#.
Lázaro era un poco retórico en la augusta cátedra del club democrático
de Zaragoza. Parece que allí tenían buena acogida ciertas fórmulas del
decir que nuestro joven había aprendido con su maestro de Humanidades de
Tudela, varón docto de la escuela pura de Luzán. El joven tenía, sin
embargo, el instinto de la elocuencia tribunicia, seca, rotunda,
incisiva, desnuda. La _Fontana_, por desgracia en aquella ocasión, era
enemiga declarada de la retórica, y más enemiga aún de las frases
hechas, de los lugares comunes y de esos preámbulos oficiosos,
neciamente corteses y en extremo fastidiosos de la oratoria académica.
Lázaro tuvo la mala tentación (porque tentación del demonio fué sin
duda) de empezar con aquella de _su pequeñez en presencia de tantos
grandes hombres_, y lo _escogido é ilustrado del auditorio_, siguiendo
después lo de su _confusión_ y su _necesidad de indulgencia_, sus
_escasas fuerzas_, etc., etc. El exordio fué largo: otra desventura.
Algunas voces dijeron: "Al grano, al grano."
Pero á Lázaro le fué un poco difícil dar con el grano, lo cual no es de
extrañar, porque no estaba preparado, ni había vuelto aún de la
sorpresa. En vano hizo una sinécdoque de las más expresivas; en vano
quiso dominar al público con cuatro litotes y dos ó tres metonimias: no
era aquel su camino. Dijo algunas generalidades que á él le parecían muy
nuevas, pero que en realidad eran viejísimas, y concluyó un párrafo con
dos ó tres sentencias plutarquianas, que á él le parecían encajar como
de molde, pero que no produjeron sensación ninguna. El esperaba un
aplauso: nadie aplaudió.
Lázaro estaba acostumbrado á oír aplausos desde el principio: esto le
daba estímulo. La frialdad que notaba en el auditorio en aquella
ocasión, le desanimó. Quiso pensar en esto, y casi estuvo á punto de no
saber qué decir. Y, sin embargo, él tenía fijos en la imaginación
algunos magníficos pensamientos; pero ¡cosa singular! no los podía
decir. Le parecía verlos escritos delante; pero por un misterio, natural
en aquellos momentos, no encontraba la forma oratoria para expresarlos.
¡Qué contrariedad! Poco á poco hasta la voz se le enronqueció. Sin duda
había en el espíritu de nuestro amigo una influencia maligna. Hablaba
con frialdad unas veces; notábalo él mismo, y al querer corregirlo,
gritaba demasiado. Las ideas le faltaban, las imágenes se le
desvanecían, las palabras se le atropellaban en la boca.
¡Ah! ¿Dónde estaban aquellas peroraciones internas, llenas de vida, de
vehemencia, persuasivas como una voz divina? ¿Dónde aquella lógica
terrible que en la profundidad de sus deliquios oratorios hervía en su
cerebro, el cual parecía pequeño para tantas ideas? ¿Dónde estaban los
pensamientos sublimes, la facundia descriptiva, la facultad pintoresca,
la sentencia concisa y profunda? Sí: él sentía bullir todo eso allá
dentro; dentro de aquel Lázaro solitario y apasionado que hablaba á la
Naturaleza en el silencio de la noche, que hablaba á la Sociedad en lo
profundo de un sueño. Las ideas, las formas, el lenguaje, todo lo tenía,
todo lo sentía dentro de sí; pero no podía, no podía de ningún modo
expresarlo.
En todo orador hay dos entidades: el orador, propiamente dicho, y el
hombre. Cuando el primero se dirige á la multitud, el segundo queda
atrás, dentro, mejor dicho, hablando también. Dos peroraciones
simultáneas son producidas por un mismo cerebro. Una es verbal y sonora:
dejémosla al público. Otra es profunda y muda: examinémosla. Lázaro
describía, apostrofaba, rebatía, exponía, declamaba. Interiormente, la
otra voz parecía decir esto: "¡Qué mal lo estoy haciendo! ¡No me
aplauden! ¿Qué debo decir ahora?... ¿Trataré éste punto?... No lo
trato.... ¿Y aquella idea que antes me ocurrió?... ¡Se me ha
escapado!..." Y al mismo tiempo no interrumpía su oración; continuaba
defendiendo el club de Zaragoza, explanaba un sistema democrático, y
hacía además una breve historia de la República. Pero la voz de dentro
seguía de este modo: "No sé qué hacer... ¿Por qué no me aplauden?... No
me conozco... Yo tenía tantos argumentos... ¿Dónde están?... ¡Ah! Voy á
emitir esta gran idea... Ya la he dicho.... No ha hecho efecto...
Procuraré ser esmerado en la frase... Esta oración va bien... ¿Como la
terminaré?... ¡Qué apuro!... No doy con el adjetivo... ¡Demonio de
adjetivo!... ¡Ahí terminaré con un apostrofe ... allá va.... No ha hecho
efecto ... no me aplauden."
Así hablaba el alma atribulada de Lázaro, mientras con los medios
exteriores se dirigía al auditorio en un discurso, confuso, tortuoso,
desigual y falto de lógica.
Empezaron las toses. Dicen los oradores que al oír las toses en las
pausas de sus discursos, se les hiela la sangre. Lázaro las oyó
repetidas y comunicadas á todo el auditorio, y resonaron en su corazón
como siniestros ecos. El tosió también. ¡Ah! la tos le concedió cuatro
segundos de descanso: hizo un esfuerzo desesperado, tomó algunas ideas
en aquel depósito que tenía en la mente, se apoderó de ellas con
firmeza, y prosiguió hablando:
"Allá va eso, decía la lengua interior; allá van ... las expondré de este
modo ... no mejor de este otro ... no ... mejor del otro ... de
cualquier modo ... ¡Oh! hay allí uno que se está riendo... Y otro que
cuchichea. Pero qué tos les ha entrado... No les gusta lo que digo ahora
... ni esto tampoco ... ánimo. Concluiré este párrafo con una cita...
allá va... ¡Ah! tampoco ha hecho efecto..."
Compréndase bien que estas frases que nadie oye y el discurso que oyen
todos, guardan perfecto paralelismo.
¡Ah, qué misterios hay en la inteligencia humana, y qué fenómenos tan
extraños en sus relaciones con la palabra humana!
¿Por qué fracasó el discurso del aragonés? ¿Fracasó por la reunión
diabólica de mil accidentes, ajenos á la naturaleza de su notable
ingenio y de su fácil palabra? ¿De quién fué la culpa, de él ó del
público? Aquí hay otro gran misterio. El público y el orador tienden á
fascinarse mutuamente. El primero mira y oye: no sabemos lo que es más
terrible, si la mirada ó el oído. Las miles de pupilas dan vértigo. La
atención de tanta gente dirigida á una sola voz confunde y anonada. El
orador, por su parte, ve y oye: ve la serenidad anhelante ó desdeñosa, y
oye toser. Por eso Lázaro hubiera deseado en algunos momentos de aquella
noche ser sordo y ciego. Pero el orador tiene sobre el público una
ventaja; tiene un arma, además de la palabra: el gesto. El también
fascina, él también lleva en sus ojos aquel vértigo que confunde y
anonada; él generalmente mira hacia abajo para ver al público; puede
mover sus brazos y su cabeza cuando el público está como atado de pies y
manos, inmóvil y viviendo sólo de atención.
Aquella noche fatal, Lázaro y el público no se fascinaron mutuamente, no
se impusieron el uno al otro, no se comunicaron. Ni Lázaro persuadió al
público, ni este aplaudió al orador. Un público no persuadido y un
orador no aplaudido se rechazan, se repelen con energía. "Es preciso
que calles," hay que decir á éste. "Es preciso que te marches," hay que
decir á aquél.
El joven aragonés había tenido la peor de las tentaciones: la tentación
de ser largo y difuso. Un segundo más de lo regular basta á concluir la
paciencia de un auditorio y á trocar su interés en hastío. Lázaro vió
pasar este segundo sin notarlo. Indudablemente no se comprendieron el
uno al otro. ¿Se despreciaron mutuamente? ¿Se temieron mutuamente? Tal
vez empezaron por temerse; pero es lo cierto que acabaron por
despreciarse.
Lo singular es que si se hubiera preguntado á cualquiera particularmente
su opinión sobre el discurso, habría dado tal vez una opinión no
desfavorable; pero la opinión de un público no es la suma de las
opiniones de los individuos que lo forman, no; en la opinión colectiva
de aquél hay algo fatal, algo no comprendido en las leyes del sentido
humano. Decididamente, Lázaro fracasaba.
Veinte veces se le ocurrió que era preciso concluir. ¿Pero cómo? No se
atrevía. Iba á concluir mal. ¡Qué horror! Y para terminar mal, valía más
no terminar, seguir hablando, siempre, siempre, siempre. Buscaba el
final y no podía encontrarlo. ¡Y el final es tan importante! Podía
rehabilitarse en un momento de inspiración. ¡Oh! la idea de concluir
sin un aplauso le daba horror. Por eso temía el final y lo evitaba.
Pero era preciso acabar: á las toses siguieron los bostezos, á los
cuchicheos los murmullos. Buscaba sin cesar el remate; daba vueltas
alrededor del asunto, procurando una salida airosa; pero no encontraba
escapatoria; la palabra se deslizaba de su boca, y afluía continua, sin
solución, infinita.
"Es preciso concluir," decía la voz interior. "¿Concluir? No hallo el
fin, y el fin ha de ser bueno ... ¡Dios mío, ampárame! Resumiré ...
recapitularé ... pero ya no me acuerdo de lo que he dicho ... ¿Pediré
perdón al auditorio?... No: eso es rebajarme...." Al fin le ocurrió la
oración final, y la empezó; pero al llegar al final, otra oración se
enlazó con ella, y con ésta otra, y otra, y otra. Su discurso era una
oscilación sin término; pero el público se impacientaba. Ni un minuto
más: se apoderó del último período, resucito á que fuera el último.
Pronunció al fin el postrer substantivo; y después, alzando la voz,
emitió con graduación los tres adjetivos que le acompañaban para darle
fuerza y calló.
La postrera palabra de aquel malhadado discurso vibró en el espacio,
sola, seca, triste, con fúnebre resonancia. Ni un aplauso ni una
exclamación satisfactoria la recogió. Su voz había caído en el abismo
sin producir un eco. Parecíale que no había hablado, que su discurso
había sido una de aquellas mudas, aunque elocuentes, manifestaciones
internas de su genio oratorio. Estaba en un desierto; rodeábale una
noche. ¿Qué había dicho? Nada. Y había hablado mucho. Aquello fué como
si diera golpes en el vacío, como si hiriera en una sombra creyéndola
cuerpo humano, como si hubiera encendido un sol en un mundo de ciegos.
Bajó con el alma atribulada, oprimido el corazón, ardiente y turbada la
cabeza, bañado el rostro en sudor frío.
En vano Javier quiso rehabilitarle dando algunas palmadas tardías. El
público, animal implacable, le mandó callar. Lázaro tuvo la presencia de
espíritu suficiente para contemplar cara á cara aquellas cien bocas que
bostezaban. Robespierre se desesperaba en el mostrador con suprema
expresión de fastidio.
--Lo he hecho muy mal--dijo tristemente el orador al oído de su amigo.
--Ya lo harás mejor otro día. Eres un gran hombre; pero no has tocado en
el _quid_. Con una lección mía estarás al corriente. Otro va á hablar:
atiende ahora.
--No: yo me voy á casa de mi tío. No puedo estar aquí más tiempo. Me
ahogo.
--Espera á ver lo que éste va á decir.
Un segundo orador subió á la tribuna á disipar el fastidio que la
peroración de Lázaro había causado. Mientras la multitud celebraba con
aplausos maquinales las frases de su orador favorito, el otro se iba
sumergiendo lentamente en profunda melancolía. Nada es más terrible que
estos momentos de desencanto en que el alma yace atormentada por los
dolores de la caída: el tormento de esta situación consiste en cierta
ridiculez que rodea todos los recuerdos de las pasadas ilusiones. Todas
las frases de íntimo elogio, de profundo orgullo con que antes se regaló
la imaginación, resuenan con eco de burla en la pobre alma abatida,
llena de vergüenza.
"Pero es preciso intentar una rehabilitación--decía Lázaro para sí.--¿Y
cómo? Todos murmuran de mí, y si mañana se ofrece hablar de mi discurso,
dirán todos que fué detestable, malísimo. Correrá de boca en boca,
llegará á oídos de todas las personas que me interesan. Ella lo sabrá,
se reirá tal vez de mí. Todos se reirán ahora."
Lo más particular es que desde que bajó de la tribuna empezaron á
ocurrirle grandes pensamientos, magníficos recursos de elocuencia,
soberbios golpes de efecto, citas oportunísimas; y estaba seguro de que
diciendo aquello, arrancaría grandes aplausos. Pero ya era tarde: estaba
allí mudo y perplejo, cubierto su espíritu de una nube sombría.
Entre tanto, el nuevo orador divagaba á sus anchas por el campo de la
historia y de la política, y, por último, expuso la necesidad de la
manifestación preparada para el siguiente día. Todos se levantaron
unánimes, gritando: "¡Sí!" Todos prometieron concurrir, y tres ó cuatro,
encargados del ceremonial, dieron cuenta del arreglo de la procesión, se
fijó la hora, se designó el punto de reunión. Los _bravos_ sucedieron á
los aplausos, y los aplausos á los _bravos_, y al fin la sesión terminó.
Los socios comenzaron á salir; pero aquella fracción ignorante y
turbulenta, que ocupaba siempre uno de los rincones del café, no creyó
conveniente salir sin decir algo. Calleja subió á una silla y gritó,
dirigiéndose á los suyos.
--¡Señores, serenata á Morillo!
La idea fué acogida con estrépito. Morillo era el Capitán general de
Castilla la Nueva. Enemigo do asonadas tumultuosas, había tomado sus
medidas para impedir la procesión. Una parte del pueblo se agolpó junto
á su casa en la noche del 17, atronando toda la calle con espantosa
cencerrada.
--¡Serenata á Morillo!--dijo Calleja saliendo de la _Fontana_ y
reuniendo toda la gente dispuesta para el caso que por allí pasaba.
No sabemos por donde vino; pero allí estaba Tres Pesetas. Nuestros tres
amigos y Lázaro salieron de los últimos y se acercaron por curiosidad al
grupo que Calleja había formado.
Entre tanto, el barbero pasó en dos zancajos á la otra acera, y se
acercó á la puerta de su casa. Su mujer salió á encontrarle.
--Ciudadano, ¿has hablado?--le dijo.
--No, ciudadanita mía. No puede ser esta noche; pero lo que es mañana, ó
hablo, ó me corto la lengua. Ya tengo estudiado el principio, y no se me
olvidará una letra. Cuando hable, me los como.
--Estoy por no dejarte entrar--le contestó gravemente su mujer.--Si yo
llevara calzones, ya me habían de oír. Así y todo, si me pusiera á ello,
los volvía locos ... Si yo tuviera calzones, andaba por esos _clubes_ á
qué quieres boca. Porque tengo más verdades aquí en el buche....
--Ya verás mañana á la noche si hablo ó no. Es que cuando voy á empezar
me hace unas cosquillas la lengua ... y me trabo. Pero no tengas cuidado
que los voy á dejar aturrullados.
--¡Serenata á Morillo!--dijeron cien voces.--Señores--exclamó uno de los
mas célebres oradores de la _Fontana_--váyase cada uno á su casa, que
estos desórdenes nos van á desacreditar. Cada uno en paz á su casa; nada
de gritos.
Estos discretos consejos fueron saludados con murmullo prolongado de
reprobación.
--¿Quién es ese servilón?--dijo una voz aguardentosa, que no era otra
que la del sin par Chaleco.
--A casa de Morillo--repitió Calleja.--Mujer, tráeme el almirez.
El gentío aumentaba con nu
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